Kitabı oku: «La música con faldas», sayfa 2
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¿Hubo más misóginos?
En la música, y en cuanto se relaciona con el despertar del ser humano, caemos en un oscuro pozo del que sólo algunos salen, por lo general a base de hipótesis.
Mientras más nos internamos por la historia y la prehistoria, más lejos está la posibilidad de afi rmar o negar con evidencia.
Con toda probabilidad, los disparates pontifi cios no fueron los primeros, pero se parte de ellos a falta de elementos anteriores cuyo hallazgo, factible en razón del impulso explorador actual, no cambiaría mayormente las cosas.
Si nos remontamos al siglo XVIII,
encontraremos a un patriarca singular llamado Moses Mendelssohn (1729-1786), que nos interesa por haber sido el abuelo de los compositores Félix y Fanny, pero también por haber pertenecido a los más selectos grupos de intelectuales judíos y por su amistad cercana con Wilhelm y Alexander von Humboldt.
Conviene recordar que el primero de estos hermanos fue uno de los fundadores de la Universidad 22
de Berlín, y el segundo un investigador infatigable de quien se conserva tan buen recuerdo en México por sus descubrimientos.
La familia Mendelssohn fue auténtica red de salvamento fi nanciero para Alexander, no sólo en sus viajes al continente americano, sino en los fondos necesarios para proveerse de instrumentos y libros que le permitieran llevar a cabo sus admirables trabajos. Un dato elocuente nos revela que, en su tarea científi ca, Alexander pudo contar con la valiosa colaboración de uno de los de los hijos de Moses, llamado Nathan.
Abraham Mendelssohn, otro de los vástagos de Moses, fue padre de Felix y de Fanny. En la coyuntura de un congreso científico, encargó a su hijo la obra musical laudatoria que se conoció como “cantata Humboldt”. Cuando Wilhelm murió en 1835, un tercer hijo, Joseph Mendelssohn y su familia, se convirtieron en verdadera compañía para el solitario Alexander.
En un mal momento don Moses pronunció inconsecuencia tan desconcertante como ésta:
“El saber moderado sienta bien a una dama, pero no la erudición”. Ya veremos, en el capítulo correspondiente, cómo fue contrarrestada por Fanny Mendelssohn tan severa frase. Al mismo tiempo podremos enterarnos de que, a pesar del cariño fraternal, los Mendelssohn dejaron varias muestras de la preeminencia del compositor sobre su hermana.
Conventos y amores místicos No resulta fácil eludir el vicio de hacer listas en páginas que quieren abarcar muchos nombres y hechos importantes. Confío en que el lector no llegue al hartazgo ante tan larga e informativa relación como es la que aquí comienza.
Al principio, figuran dos armenias del siglo VIII. Ambas pertenecen a la vida ascética.
Sahakduxt, poeta y maestra, vivió, a principios del siglo VIII, en una gruta del valle de Gami, donde parece haber escrito una serie de himnos dedicados a la Virgen María, de los que sobrevive sólo uno: Srbuhi Mariam, que un es texto acróstico de nueve versos13. Tuvo un hermano que fue teórico musical.
Khosrovidukht, de quien se dice que fue miembro de la familia real, dejó también testimonios como distinguida himnógrafa. Aislada durante veinte años en la fortaleza de Kemah, su hermano padeció prisión y muerte en 737, por haberse convertido al cristianismo. En su honor, la compositora escribió 13
Acróstico. Composición poética en la cual las letras iniciales, medias o fi nales de cada verso forman un vocablo o una frase.
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el himno Zamanali e Ints, que hasta hoy se canta en la Iglesia Armenia.
La quietud de los claustros y la inquietud de los espíritus ofrecen un paisaje sembrado de mujeres que turbaron aquella paz, con una música que no pudieron mantener guardada dentro de su cabeza.
Los siglos iniciales de la historia femenina de la composición se desarrollan dentro de los conventos.
Kassia (nacida en 810 y muerta entre 843 y 867, en Constantinopla), es el nombre de la primera religiosa occidental que dedicó su vida a un quehacer musical destinado al servicio litúrgico. Pasó al santoral cristiano como Santa Casiana. Vivió los años en que el emperador romano de Oriente ordenó la destrucción de imágenes, a la cual se opuso ella con el apoyo del monje Teodoro de Stuidum.
Antes de ella no se encuentra ninguna compositora registrada. Existe un acervo suyo más o menos considerable. Profesó en un monasterio de Salónica, la ciudad sobre el mar Egeo que ocupa tantos capítulos del pasado helénico. También cultivó la poesía. Dejó música sagrada y profana, entre la cual numerosos himnos con letras propias y ajenas, de los que trece están editados. Algunos historiadores proclaman su belleza y sostienen que anduvo tras ella el Emperador Teófi lo.
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¿Sor o Santa Hildegard?
La más conocida y estudiada de las monjas es Hildegard von Bingen, nacida el 16 de septiembre de 1098 en Bermershein, a orillas del Rhin, y muerta el 17 del mismo mes, de 1179. Como la hija más pequeña de un matrimonio prominente que ya tenía nueve, fue ofrecida al Señor en calidad de diezmo y a los ocho años llevada a un monasterio de hombres que tenía una reducida sección para mujeres, donde a las internas se les consideraba reclusas. Jutta era el nombre de la superiora, quien llegó a ser amiga de la novicia y acabó designándola sucesora en 1136, año de su muerte.
Hildegard había profesado en 1115 ante el obispo Otto de Bamberg. Pronto impulsó la creación del monasterio femenino de Rupertsberg. Más tarde inició otro convento en Eibingen.
Desde muy niña comenzó a tener visiones acompañadas por voces o por música y en 1151, ya adulta, decidió escribir sus experiencias en el libro “Conoce los caminos”, con ayuda del monje amanuense Volmar. El Papa Eugenio III la 26
entusiasmó para redactar otro texto: Symphonia armonie celestium revelationum, donde une su quehacer musical con sus trances místicos y sus famosas predicaciones, que la llevaron a ser llamada
“la Sibila del Rhin”.
Por su condición musical, por su personalidad polifacética y por sus dimensiones místicas, a través de los siglos sor Hildegard ha sido motivo de biografías y estudios que hoy abundan como nunca. Si en algún momento ciertos investigadores expusieron dudas en torno a sus prodigios, actualmente es difícil cuestionar los méritos de su actividad como visionaria y fundadora de sistemas terapéuticos que algunos siguen con enorme fe. Hacía curaciones prodigiosas mediante la literatura y la música. Decía escuchar la voz de Dios. Sus iluminaciones fueron aceptadas por la Iglesia Católica. Fue consultada por varios pontífi ces y por altos dignatarios civiles y eclesiásticos.
Se convirtió en viajera que predicaba por diversos lugares. En las postrimerías de su vida arremetió contra las sectas heréticas de los cátaros y contra el sisma alentado por Federico I Barbarro-ja14. En 1178 protestó enérgicamente por el entierro
“en sagrado” de un personaje que había sido reo de excomunión.
El Papa Gregorio IX inició su proceso de canonización en 1227, y tras haber sido suspendido, Inocencio IV lo reanudó en 1244. No fue sino hasta 14
Federico I Barbarroja (1122-1190), Emperador de Alemania, por razones políticas se enfrentó al Papado y a las autoridades lombardas. Murió ahogado durante la Tercera Cruzada.
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1940 cuando se le incluyó en el martirologio romano, elevándola prácticamente a los altares y citando su nombre en algunas letanías. Con motivo de su octavo centenario, el Papa Juan Pablo II se refi rió a ella como a una santa. Benedicto XVI la mencionó junto con Catalina de Siena, Teresa de Ávila y Teresa de Calcuta. A la fecha hay propuestas para que se le nombre Doctora de la Iglesia. La mayoría de las páginas que hablan sobre ella, la llaman Santa Hildegard.
En el plano musical, se dice que no recibió enseñanza técnica, aunque estudió a fondo el canto gregoriano y memorizó los salmos. Dejó buen número de obras monódicas15 para el servicio religioso, con voces femeninas de rangos mucho más amplios que los empleados en aquel tiempo.
En su obra contenida en Symphonia armonie celestium revelationum hay 43 antífonas, 18
responsorios, 7 secuencias, 4 himnos y un oratorio que es motivo de asombro porque esta forma musical, originalmente religiosa, no aparece en 15
Monodia es sinónimo de música monofónica sin armonía ni contrapunto, opuesta a la polifonía. Un ejemplo puede ser el canto gregoriano de la Iglesia.
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la historia sino hasta principios del siglo XVII en tiempos posteriores a Felipe Neri, el santo fl orentino llamado apóstol de Roma, que nació en 1515 y fundó una asociación cultural que se aprobó como
“Congregazione dell’Oratorio” por la capilla donde se reunía. De allí surgió el nombre musical del repertorio sacro que se ejecutaba.
Hay grabaciones comerciales de diversas obras, particularmente nueve discos que contienen buena cantidad de sus cantos sagrados.
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Estirpe conventual Es necesario tomar en cuenta, al hablar de las monjas, lo que dijo la investigadora Elisa Weaver: “entre las muchas que hay, solamente se recuerda a las que fueron santas”. Referencia a von Bingen que es una pedrada a las intervenciones eclesiásticas en la historia musical.
Uno de los primeros trabajos de estas compositoras tuvo relevancia en el monasterio de Santa María Real de Las Huelgas, en la ciudad de Burgos. Allí las monjas cistercienses de la orden de San Bernardo, fundada por Alfonso VIII y su esposa Eleonor de Inglaterra entre 1180 y 1187, produjeron mucha música, de la que sabemos mediante datos del siglo XIII, y nos lo confi rma el Códice Musical de Las Huelgas copiado durante el siglo XIV, y compilado en el XX por el especialista Higinio Anglés en tres tomos. Allí se reúnen 186 obras del Ars Antiqua y del Ars Nova16, y es uno de los más valiosos elementos de estudio, no solamente en España.
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Ars Nova: Arte nuevo, titulado por el músico Felipe de Vitry en el siglo XIV. Se caracteriza por una polifonía más allá de lo religioso, que trata de superar las estructuras polifónicas de los siglos anteriores (Ars antiqua).
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Por aquella época, Azalais de Porcairagues y Tibors de Sarenom fueron mujeres que justifi can el término trovatriz, femenino de trovador17, a su vez procedente del francés troubadour. Azalais por el rumbo de Montpellier, y Tibors en plena Provenza, siguieron el camino musical de los cantantes callejeros llamados trovadores, y también el rumbo aventurero y amoroso que les daba renombre. Porcairagues, de cuya biografía no se sabe nada, compuso para su pretendido Guy Guerrijat, hermano de Guillermo VII de Monetpellier, un poema amoroso de 52 versos, que hoy sobrevive sin música.
Tibors, una condesa bien educada, nació en el castillo En Blacatz y entre sus obras se conoce un Lombard chansonnier que se conserva en la Biblioteca del Vaticano. El marido de Tibors murió en 1180 y ella pudo sobrevivirlo corto tiempo. Estos y otros datos se deben a la publicación de vidas de mujeres occitanas18 donde aparecen ocho trovatrices, además de las que aquí se mencionan.
Las penumbras históricas juegan bromas pesadas. No se acaba de saber si el nombre de Vittoria Aleotti (Ferrara 1575-1620) perteneció a una compositora de carne y hueso, o si el de su hermana mayor Rafaela, que se difundió con los mismos apellidos, fue invento de Vittoria para poder ingresar en el convento agustino de San Vito, fi ngiéndose mayor de lo que era. La cosa se complica 17
Trovador se defi ne como poeta provenzal de la Edad Media que escribía y cantaba en la lengua de Oc.
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Occitania. Nombre que los geógrafos modernos han dado a la región del sur de Francia donde se habla la lengua de Oc.
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con documentos donde se afi rma que Rafaela dirigió un coro de veintitrés monjas y en cambio no hay registro de Vitroria.. Lo poco que se sabe de Vittoria es que aprendió música escuchando las lecciones de su hermana, y que compuso una colección de motetes dada a conocer como Guirnalda de Madrigales a cuatro voces. Para ahorrarse problemas, algunos proponen que Rafaela y Vittoria sean una sola y misma persona, pero hay otros que sostienen la existencia de ambas, hijas del distinguido arquitecto Giovanni Battista Aleotti.
Una vida tormentosa fue la protagonizada por doña Leonora Orsini (1560?- 1634), inquieta dama de la corte que decidió terminar sus días en la paz monacal. Su padre Paolo Giordano Orsini, duque de Bracciano, en 1574 despachó al otro mundo a la madre de la entonces adolescente muchacha.
El crimen marcó a la joven, quien optó por irse a Roma con su prima Maria de Medici. Allí fundaron y sostuvieron un grupo de cantantes. En 1594 casó con Alessandro Sforza, conde de Santa Fiora y duque de Segni. Las graves divergencias conyugales no fueron impedimento para que procrearan ocho hijos, antes de separarse en 1621. En busca de mejores horizontes, Leonora fundó el Monasterio de Santa Chiara delle Cappuccine, donde se dedicó a la composición piadosa. Existe una edición de Per pianto la mia carne, obra incluida en un programa femenino que se presentó en Frascatti el año 2007, donde también se escucharon composiciones iraquíes y libanesas.
Nacida en 1577 y muerta en 1619, Sulpitia Ludovica Cesis, monja del convento agustino de San 32
Geminiano en Módena, fue experta laudista. Escribió motetes para ser cantados por combinaciones que iban de 2 a 12 voces. El cronista Spaccini habla del motete interpretado durante una procesión, a las puertas de San Geminiano. La única obra suya que se conoce fue editada el año de su fallecimiento, y está dedicada otra monja de Roma del mismo apellido, quizá pariente suya.
Donna Lucrezia Vizzana (1590-1662) vivió enclaustrada en Bolonia. Sus composiciones estuvieron ligadas a la liturgia de su convento. Como autora tuvo inclinación por las ornamentaciones virtuosísticas y manejó disonancias muy atrevidas para su época. Se dice que los pleitos con sus hermanas de congregación acabaron por volverla loca, y no pudo escribir música durante los últimos cuarenta años de su vida. Están editados y se pueden obtener cinco duetos vocales de su producción.
La ortodoxia conventual no se limitaba al apego a Cristo y a su doctrina, sino también a las reglas morales y estéticas de la Iglesia. Por eso no deja de ser asombroso el auge de Chiara Cozzolani (1602-1678), monja benedictina que componía música barroca y no sagrada en el monasterio milanés de Santa Redegonda. Se ignoran los detalles precisos por los que fue nombrada abadesa, pero sabemos que a partir de ese momento se le fue la inspiración. En 1988 se editaron sus motetes completos.
Sor Claudia Sessa, del convento de Santa Maria Annunciata de Milán (nacida hacia 1613), fue elogiada en sus días por la dimensión de su talento y la humildad de su carácter. Sólo llegaron a nuestro 33
siglo dos canciones suyas que no revelan una gran capacidad. Ambas estás editadas, una con el título Vatteme pur lascivia.
Caso especial fue el de Isabella Leonarda (1620-1704), italiana de Novara que dejó a la posteridad alrededor de 200 obras. Tan arduo trabajo no fue impedimento para que llegara a ser madre superiora de su convento y vicaria de su congregación. Su primer editor fue Gasparo Casati.
Los motetes que compuso parecen haber gustado mucho por su estilo tierno. Escribió también salmos y misas, en algunas de las cuales usó violines –
incompatibles con la liturgia– como soporte de las voces. Tuvo el atrevimiento de aprovechar el recurso vocal de la coloratura19 en la música sagrada, adorno proscrito por aquellos días. Existen grabaciones de una sonata para dos violines, dos motetes y una sonata para violín y clavicémbalo que data de 1693.
También una grabación de dos motetes para soprano e instrumentos y dos sonatas de cuerda, piano y órgano.
Alba Trissina vivió hacia 1622. Profesó en el monasterio de Araceli. Su maestro fue Leoni Eloni, muy prestigiado entonces. Se le considera representante típica del estilo veneciano de la época. Escribió obras para contralto. Está editada Vulnerasti cor meum.
Maria Xaviera Peruchona nació en 1652
y murió después de 1709. Tomó el velo en Santa 19
Coloratura. Deriva del alemán Koloratur que significa adornos coloridos, particularmente en la tesitura de soprano.
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Úrsula. Aunque publicó nada más Sacri concerti di moteti para voces y cuerdas cuando era adolescente, su nombre fi gura entre los principales de las monjas compositoras del siglo XVII y algunas obras como Solvite, Solvite y Regina Coeli, están recogidas en la grabación “Compositoras Barrocas del siglo XVII”.
Hay una autora de principios de ese mismo siglo, Alessandra Caterina, de la que solamente se conoce Se Viver non Posso, para voz, violín y teclado. Parece haber muerto siendo casi niña, y para redondear el misterio sus datos biográfi cos la confunden con una monja adulta de la misma época.
Rosa Giacinta Badalla (1660-1715) no tenía más de veinte años cuando dio muestras de su buen ofi cio, publicando en el monasterio benedictino Santa Radegonda de Milán su único libro de motetes
“a voce sola” (1684). Después afi rmó su prestigio con dos cantatas seculares. Hay edición actual de Pane Angelico y Vuo Cercando.
Blanca Maria Meda, nacida hacia 1665
y muerta después de 1700, fue benedictina en San Martino del Leano, monasterio de Pavía. Gozó fama como autora fecunda de motetes con aliento espiritual. Se conservan colecciones donde los hay de una, dos, tres y cuatro voces. Está editado Cari musici.
Hubo una cantidad mucho mayor de mujeres que dentro del claustro quisieron alabar al Señor con bellos sonidos de su propia cosecha. El nombre de la mayoría no pasó de las paredes conventuales; su producción fue a veces mínima, y el perfi l de su talento 35
exige buena voluntad para tomarlas en cuenta. Pero se trata de una legión que no puede ser ignorada. El nombre y prestigio legendarios de su comandante indiscutible, Sor Hildegard, inspiraron la creación de una compañía editora que imprime y divulga buena parte del repertorio mundial femenino.
A partir del siglo XVIII el contingente monacal disminuye, y para el XIX existen más compositoras en los palacios que en los claustros.
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¿Cierto o falso?
Puesto que los juglares cantaban su poemas, y ya que Hegel20 subrayó la consanguinidad de música y poesía, algunos han creído que entre sus muchos dones, nuestra Décima Musa (1648-1695) tuvo también el de autora musical. La estudiosa Rocío Olivares dice que “el perdido manual de música de Sor Juana Inés de la Cruz ha sido objeto de muchas especulaciones”. Expertos de la solvencia de Aurelio Tello afi rman que no existen elementos documentales para sostener que la monja de Nepantla haya llenado pentagramas.
Entre los siglos XVI y XVII el quehacer musical fue común entre las princesas. Algunas no pasaron de ser afi cionadas, pero otras nos heredaron bellas páginas, muy profesionales.
Elisabeth de Inglaterra, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, recibió de sus padres una cultura de privilegio. Nació en Greenwich el año 1533, y en 1603 murió en Londres. Con vocación de maestra, dejó un manual de piezas de alta difi cultad para el 20
Georg Friedrich Hegel. Filósofo alemán (1770-1831).
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