Kitabı oku: «Los apartados»

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Los apartados

Fernando García Maroto

© Fernando García Maroto, 2012

© de esta edición para:

Literaturas Com Libros 2022

Erres Proyectos Digitales, S.L.U.

Avenida de Menéndez Pelayo 85

28007 Madrid

Diseño de la colección: Benjamín Escalonilla

ISBN: 978-84-124540-5-5

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Para Lorena y Marcos García

Una vida sin semejanza y de hombres aparte.

Fiodor M. Dostoyevski

Capítulo 1

El hombre estuvo durante toda la noche paseándose inquieto por el piso. La tarde anterior, y por vez primera desde que estaba en aquel lugar infecto, un malestar vago e insistente se había apoderado de él. Rechazó el nombre de miedo por orgullo y, de la misma manera, tampoco quiso definirlo como remordimiento, en esta ocasión por falta de fe. Sin embargo, ahí estaba, instalado tenaz dentro de él, subiéndole en oleadas ácidas, biliosas desde el estómago hasta la boca y repitiendo ese ciclo intestinal con la puntualidad de la muerte.

Antes de que su cerebro enfermizo hubiera pensado en un posible significado, su cuerpo ya había tomado la delantera y la determinación de no dormir. Mantenerse despierto había sido la consigna desde un principio y aún seguía vigente. De este modo, con las luces encendidas, atiborrado hasta las cejas de café, siempre bien cargado y del que ya se había bebido en total dos cafeteras, fumando cigarrillos negros hasta el filtro esponjoso y acercándose a las ventanas de cuando en cuando, con la intención de ser visto pero sin tentar demasiado a la suerte, el hombre había estado dando vueltas por todas las habitaciones del piso sin seguir un orden concreto.

En la estrecha cocina, suficiente para uno, restos fríos y malolientes de cena se pudrían lentamente, mientras una grasa seca y pringosa se solidificaba con repugnancia en las puntas melladas de los cubiertos inoxidables. El aroma del café y el humo denso del tabaco disimulaban con esfuerzo ese tufo hediondo a descomposición.

De aquella angostura en penumbra, porque el hombre había decidido, sin verse obligado a consultarlo con nadie, que no era necesario encender la luz de la cocina pues la ventana de esta, acorde con sus dimensiones ridículas, no era más que una rendija abierta a un patio de luces abandonado, la silueta oscura se introdujo en el pasillo nada alargado por el que se accedía al salón, el despacho y el dormitorio con cuarto de baño. Aquí ya brillaban todas las luces.

Su idea, su intención, consistía en que la gente supiera que él estaba alerta. Ahí le tenían por si querían ir a verle; y, sin embargo, el hombre deseaba que todos se mantuvieran a raya, al margen, alejados como siempre lo habían estado, que nadie tuviese el valor, al comprobar que estaba despierto, de venir y ajustarle las cuentas pendientes por venganza, por odio o por maldad; o, mejor aún, por una mezcla explosiva y loca, suicida de esas tres furias. De hacerlo, ya les iba conociendo a todos en aquel pueblucho de mala muerte, lo intentarían por la espalda, sin dar opciones ni explicaciones: las primeras sobraban si se quería ganar y las segundas porque sí, porque allí todo se sabía, aunque a muchos les costara reconocerlo.

Cada vez que se adentraba en la encrucijada del pasillo, el hombre tenía que decidir entre el vértigo de tres puertas abiertas, ya que siempre venía, por lógica espacial y por ubicuidad inexistente, de una cuarta. A lo largo de la noche era seguro que ya habría repetido en más de una ocasión alguno de los recorridos posibles, si no todos. Acechando ruidos y husmeando olores, la esperpéntica figura del hombre entraba con cuidado en cada cuarto; queriendo así percibir cualquier mínimo cambio en el orden en que él había dispuesto las cosas.

Encima de la cama del dormitorio, abierta, casi destripada, como si alguien se hubiera ensañado violentamente con sus entrañas, una maleta a medio hacer ocupaba la práctica totalidad del somier. Faltaban por meter algunas chaquetas y el mismo número de camisas; siempre lo último que debía meterse en la maleta, para que se arrugaran menos, como le había enseñado con paciencia didáctica su mujer. Al mirar el bulto despanzurrado, cosa extraña, sintió verdadera nostalgia. Y también ganas de marcharse cuanto antes de Villa. Había aguantado vivo, y ya quedaba menos. Empezó a sudar de repente.

—No sé qué demonios me pasa. A qué tanto nervio —se dijo en voz alta, mintiéndose a sabiendas.

Porque sabía lo que le pasaba, porque sabía la razón del sudor y del temblor en las manos. Porque por mucho que se dijera, con bastante entereza y convicción, bien sabido su papel, que el sudor era consecuencia directa de ese clima húmedo y caluroso, sofocante hasta la extenuación, y el nerviosismo tembloroso producto de la cafeína y la nicotina ingeridas en exceso, por mucho que tratara de esconder la realidad actual a la que se había visto abocada su existencia, el hombre sabía. Sabía del porqué de no dormir y conocía el significado de la claridad de las luces. Incluso los niños pequeños conjuran el temor de idéntica forma. El instinto espanta con lo primero que encuentra a mano, con lo más primario. Así que podía engañarse tanto como quisiera, como se habían engañado todos en Villa: el hombre sabía. Supo desde el principio y eso había sido su perdición. Aunque todavía estaba a tiempo: si cogía el autobús de las ocho de la mañana hasta Ciudad Costera, y desde allí el tren hasta Capital, entonces podría darlo todo por bien empleado. Entonces, solo entonces, su breve estancia en Villa podría compararse, en causas, daños y efectos, al hecho de haber prendido fuego a la boca de un hormiguero.

En el cuarto de baño del dormitorio se lavó la cara y se refrescó el torso desnudo. No llevaba camisa para evitar empaparla con su transpiración rancia. Además, no quiso ducharse porque en esos escasos minutos bajo el agua filamentosa se vería forzado a bajar la guardia. Por ese motivo, sumaban ya más de diez las veces que el hombre había entrado en el lavabo para humedecerse con agua fría el rostro y el pecho. Se enfrentó al espejo y unas ojeras sin disimular enmarcaron su mirada tenebrosa de crueldad. Era como si en aquel lugar su cara hubiese envejecido el doble que su cuerpo. Pocas cosas iba a echar de menos de ese sitio agobiante y asqueroso, nauseabundo en donde se había enfrentado a casi todo el mundo que había conocido.

—Hatajo de memos —escupió con asco al espejo, como si aquellas personas habitaran en la dimensión simétrica que ahora mismo ocupaba su propio reflejo y no en el pueblo al que había sido forzosamente destinado como castigo por sus pecados. Les culpaba de todo, a los otros; al igual que estos últimos le señalaban a él con rabia. Alimentaron durante meses, viéndola crecer sin inmutarse, una repulsión mutua.

La visión del revólver sobre la mesa del despacho le tranquilizó a medias.

Lo había limpiado con mimo, acunándolo, y cargado con precisión al comienzo de esa larga noche. Luego, tantas veces como paseos había dado en círculo por aquella estancia pretenciosa, lo había tomado en sus manos con dulzura y firmeza, demostrándole así su confianza. Su tacto habría notado la variación más insignificante de temperatura o peso en ese preciado objeto domesticado y obediente por el uso.

A su lado, obscena y sobada de tanto leída y releída, doblada en una perfecta trinidad, sobrevivía, a pesar de las ganas que le habían entrado de romperla en pedazos irregulares y anárquicos, la carta falsificada por don Rafael y firmada por el alcalde de Villa. Su cinismo descarado y su hipocresía manifiesta le habían dado ganas de vomitar. Sentía asco de todo y de todos; también de él mismo. Se veía incapaz de librarse de esa sensación. Además, su cuota de participación en la farsa de la existencia era amplia. Llevaba casi cuarenta años viviendo sin sentido, llenando los espacios vacíos con absurdos. Iba tirando hacia delante porque no tenía el valor suficiente para desertar del mundo, y, mientras tanto, arrastraba a los demás en su caída; pero no por rencor sino por pura indiferencia, ya que, a pesar de todo aquello que tenía, no se sentía unido a nadie ni a gusto con nada. También odiaba esa carta malintencionada por una ironía topográfica: quizá inconscientemente, aunque no es seguro, la había situado junto al arma, y el contraste entre ambos objetos agrandaba el sentido de cada cual y le añadía trascendencia a su elección.

Muy señores míos:

En vista del excelente trabajo y de la labor encomiable que el teniente Soto ha llevado a cabo en nuestra ciudad, los habitantes de Villa, y yo como alcalde en su nombre, solicitamos que el interfecto sea reincorporado con honores en su puesto anterior y propuesto para el ascenso a comisario que tenía pendiente en Capital.

Ofendido en una primera lectura ante tal sarta de mentiras en tan poco espacio, el teniente Soto tuvo el arrebato de dinamitar Villa entera, con todos nosotros dentro. Después de una segunda lectura, la indignación fue perdiendo fuelle por lo que tenía de fingida, ya que regresar a Capital, con su mujer, era precisamente lo que ese hombre deseaba: todo aquello que había urdido y hecho escondía el objetivo último de huir de esta aldea viciada. A partir de la tercera lectura y sucesivas, surgieron lentamente una insana y secreta veneración por sus adversarios, un convencimiento responsable de que aquella solución era la más satisfactoria para todas las partes y ese asco prolongado por sí mismo, ya que una vez más había elegido lo que le ofrecían, como en Capital, rechazando con cobardía cualquier enfrentamiento directo y apocalíptico.

A estas alturas, incluso le encontraba la gracia a esa epístola envenenada y su boca se torcía en una mueca de sonrisa al llegar a la palabra interfecto, por su posible significado oculto. Todavía no las tenía todas consigo.

De ahí el antagonismo de ambos objetos y el rechazo de uno de ellos en detrimento del otro. El revólver implicaba lucha y la misiva, aceptación. Lo más curioso era que Soto precisamente abominaba de lo que había elegido libremente: una muestra más de su inconformismo rebelde y su angustia existencial inherente y vocacional, destructiva. El odio por sí mismo y los demás solo era otro síntoma. Cargaría con todo eso durante su vida, tanto en los ascensos como en los descensos. Aquí residía el sentido de su tragedia y el origen de sus males.

La taza de café que estaba todavía tomándose descansaba en la mesa baja del salón, al lado de un cenicero repleto de filtros blancos aplastados y diminutos cilindros de ceniza porosa agrupados de tres en tres por cada cigarrillo.

—Una característica típicamente maniaca, esa obsesión enfermiza y compulsiva por el orden y el control de las cosas —comentaban sin inquietud, incluso con un punto de sorna, los que le veían fumar, al menos cuando había un cenicero cerca; sorprendidos y admirados ante ese pulso temible y la precisión matemática necesarias para ir descomponiendo cada cigarrillo en un amasijo impecable formado por tres bloques grises y un algodón retorcido. Siempre llevaba a cabo tal metamorfosis en silencio; y nunca nadie le preguntó nada: Soto resultó poco accesible para la mayoría de los habitantes de Villa.

Exceptuando esa mesita baja, el resto del escaso mobiliario aparecía cubierto con sábanas blancas, algunas tirando a sepia de puro viejas, y una cantidad incierta de cajas de cartón embaladas y numeradas escrupulosamente, llenas de libros y de los pocos objetos personales que el teniente trajo consigo, ocupaban el espacio libre. Se hacía difícil maniobrar por el salón. Así que el hombre fumaba y bebía café de pie; o bien se sentaba con cuidado, intentando no apoyar del todo su cuerpo entumecido, en alguna de las cajas.

A las seis en punto sonó el timbre.

Casi a trompicones, esquivando muebles tapados como si jugaran al escondite y regateando cajas selladas sin cadera, el teniente Soto fue a abrir la puerta de entrada no sin antes pasar por el despacho y armarse de seguridad con el revólver de seis balas. Su contacto frío, espeluznante, y el peso conocido le hicieron sonreír.

Abrió la puerta tal cual estaba; sin ceremonias, sin camisa, con la mano izquierda y con precaución, asomando ligeramente la cabeza por la estrecha rendija que dejó adrede y sujetando el revólver reglamentario con la derecha, a la altura del ombligo para que no se viera demasiado el trasto, ese armatoste al que había estado velando toda la pesada noche. Una silueta conocida y a media luz permanecía inmóvil al otro lado. Fue ese conocimiento lo que hizo que la puerta se abriera más, de par en par, dejando que el propietario de la silueta enmarcada pudiese pasar. A la silueta no le extrañó que le recibieran pistola en mano.

—Parece que no me esperaba. Ya sabía usted que iba a venir —comentó con voz lúgubre el otro hombre mientras entraba en el piso.

Antes de contestar, Soto quiso aclarar ciertas cosas.

—¿Cómo entró en el portal?

El otro sonrió: durante un segundo tuvo un secreto que el teniente no podía averiguar.

—Estaba abierto. Alguien lo dejó así.

Soto no insistió. No tenía sentido hacerlo porque en Villa la mentira y la conspiración eran el pan nuestro de cada día, la vida según la norma. Tenía que desconfiar para poder seguir tranquilo. Allí la paradoja había alcanzado la categoría de axioma y necesidad.

Ironizó el otro hombre por juego, por estirar un poco más esa pírrica victoria que no conducía a nada.

—No tiene porqué temer. No he visto a nadie merodeando por la calle. ¿O creyó quizá que vendría con don Rafael?

—Tampoco me habría extrañado. La lealtad tiene sus límites y sus condiciones; y en este lugar todos tienen la memoria muy corta para recordar. Podrían haber venido los dos. Incluso seis: tengo hasta ahí en un solo cargador —respondió con maldad el teniente Soto, envalentonado, mientras se enfundaba el revólver en el borde del pantalón, sujetándolo con el cinturón de piel.

A pesar de que esa había sido su intención, Soto agregó:

—No se ofenda, profesor.

Y no por hacerle caso, sino porque no estaba en su carácter, el profesor Vargas no se ofendió. Quizá también se había acostumbrado, durante esos meses que el teniente anduvo deambulando, merodeando por el pueblo y metiendo sus dedos salados en las peores llagas, a la maldad, a veces inocente, a veces purgante, siempre dolorosa, del jefe de policía; que pasaría a ser ex en dos horas escasas.

—No se preocupe, teniente, que no me ofendo. Como dijo usted una vez, y parafraseando al ingeniero Kirillov, gentilhombre y ciudadano del mundo, le diré que todos, y usted también, somos unos canallas; y no hombres honrados.

—Porque hombre honrado no hubo nunca —terminó Soto; no sin antes decorar con una guinda esa frase con la que el profesor Vargas estaba muy de acuerdo—: Y en Villa, menos.

Ambos sonrieron a medias, como si hubieran jugado a eso mismo durante toda la vida.

—Solo puedo ofrecerle un café y un cigarrillo —dijo el teniente al profesor, señalándole el paquete que había al lado del cenicero y que estaba a punto de acabarse, al igual que su estancia allí. El otro sacó su armatoste de madera y solo así Soto recordó—: Se me había olvidado que fumaba usted en pipa. Para parecer mayor.

Corría ponzoña por las venas de aquel hombre. Cualquier conversación, cualquier parlamento debía cerrarlo con comentarios hirientes, que realmente escondían indefensión y temor. Era la trampa de los tímidos. Aunque el profesor Vargas tuvo que reconocer, una vez más, que la herida provenía por la dosis de verdad que encerraban todas aquellas frases, semejantes a diagnósticos, que le había oído a Soto en infinidad de ocasiones, y que revelaban una perspicacia de demonio, terrorífica; perspicacia o penetración psicológica que él, Vargas, había aceptado y muchas veces había aplaudido e incluso celebrado, llegando así a convertirse en uno de los pocos amigos o, si no eso, al menos compañero y confesor del policía. En cambio, otros nunca le habían perdonado esos humos y habían jurado rebajárselos.

Sin embargo, era cierto: el profesor Vargas tendría unos diez años menos que el teniente, y se sentía aún más pequeño a su lado, menguado ante el carácter y el empuje, la soberbia de ese hombre aparentemente indiferente y asqueado. La pipa y la sotabarba, junto con las ojeras casi negras y profundas, abismales, y alguna que otra cana aislada y prematura le ayudaban a aparentar más edad. Comprendía que Soto intentara burlarse de él. Comparado con todo lo demás, aquello carecía de relevancia.

—¿Tiene el billete? —preguntó por fin el teniente. No había querido hacerlo antes para no parecer ansioso, pero desde que reconoció al otro hombre en el umbral de la puerta eso era lo único que le rondaba por la cabeza.

El profesor Vargas, después de encender su pipa con parsimonia, demorándose y disfrutando esa demora como un triunfo, uno de los pocos que le quedaban, extrajo el billete del bolsillo interior de su fina chaqueta y se lo tendió a Soto por toda respuesta. Exhaló círculos de humo como coronas de laurel en el aire. Había cumplido con su trabajo, esa instrucción que Soto le había dado, por teléfono y de madrugada, despertándole de improviso y confundiéndole al principio ante tanta precipitación, y que luego, según fue espabilándose y rumiando en soledad, no pudo por más que entender: «Billete de ida, solo de ida, hasta Ciudad Costera. A las ocho de la mañana.»

Con todas las luces encendidas, sentados en sendas cajas de cartón que amenazaban roturas irreparables, bebiendo café y fumando cada cual según sus gustos y sus complejos; en medio de ese decorado deprimente y desolador de mudanza repentina, abrasados ya por el calor que despuntaba con el alba, los dos hombres, uno vestido y otro a medio terminar, chocaron sin apenas ruido ni emoción sus tazas en un brindis patético y amargo que ponía fin a su relación. O a lo que hubiese existido entre ellos.

El que no llevaba camisa y se sentaba encorvado por la molestia metálica que abultaba entre su espalda y el cinturón dijo:

—Ahora esperaremos.

Y eso hicieron: esperaron.

Capítulo 2

Cuando le llegó a Soto la hora de partir, por aquel entonces él y su mujer ya habían alcanzado de sobra un punto de no retorno en su convivencia, la época de los reproches esporádicos y los murmullos aviesos, un tiempo en el que no necesitaban acostarse juntos y entrelazados para poder dormir. Eran días en los que cada uno se levantaba a su hora, y desayunaban por separado sin echarse de menos ni notar la ausencia; a veces, al contrario, bendiciéndola. Se conocían perfectamente y sabían cómo hacerse daño de refilón, casi sin esforzarse; permitiendo así unas reconciliaciones violentas e indiferentes, psicópatas, que acababan siempre con ellos en la cama, donde se desfogaban a empujones, como si ese furor carnal convalidara otros impulsos criminales. Echada a perder la posibilidad de tener hijos, y con ella el sentido social de su matrimonio incomprensible, ambos se concentraron tercamente en su propia individualidad, radicalizándola, y se refugiaron inútilmente en sus trabajos respectivos, en los mundos imaginarios de sus libros y en la crítica feroz de las vidas tan miserables como las suyas de los pocos amigos que todavía les quedaban; así como en el alcohol y en el tabaco, consumidos en compañía o a solas dependiendo del humor del momento.

Cuando le llegó a Soto, por aquel entonces capitán, la hora de partir definitivamente a Villa, después de una larga temporada en el limbo de la duda, atrapado en idas y venidas al juzgado, dimes y diretes entre compañeros y superiores, fue como teniente, degradado en cargo y con el sueldo reducido.

Y sin embargo, a ninguno de los dos les pilló por sorpresa la noticia.

—Debo irme. Me obligan a irme. Me desplazan de aquí, como si tuviera la peste dentro de mí. No quieren que les contamine, cuando son ellos los que ensucian todo con su aliento fétido de estercolero. Toda esa pandilla de advenedizos provincianos ahora no quiere saber nada de mí. Me niegan tres veces y lo harían otras tres mil si alguien se atreviera a escucharles. No se merecen ni siquiera el desprecio que les tengo —vomitó Soto el día que tuvo que comunicarle a su mujer la decisión tomada a expensas suyas.

Ambos eran plenamente conscientes de que alguien tendría que pagar por los sobornos recibidos, la cabeza de turco propicia, y Soto llevaba las de perder por ser lo suficientemente importante como para satisfacer las expectativas del fiscal y al mismo tiempo no tanto como para importunar a los mandamases. La única suerte consistía en que las pruebas no abundaban. Todo el departamento de policía del distrito sur había tomado parte en la trama, permitiendo locales clandestinos de prostitución, haciendo la vista gorda ante la existencia de talleres a destajo, beneficiando a los mejores pagadores, y siempre habían tenido la precaución de no dejar pistas excesivas; porque, inevitablemente, un rastro siempre queda.

Así que, como el ansia de castigo ejemplar y el hambre de linchamiento público nunca desaparecen del todo de la esencia cruel y despreciable de la plebe, de toda aquella chusma, Soto y su mujer hacía días que habían asumido el desenlace temporal de este episodio tremebundo: el capitán, ya teniente, tendría que desaparecer durante un tiempo, incalculable a priori, hasta que todo se olvidara y las aguas volvieran mansas y limpias, al menos no tan sucias, a su cauce.

Su superior inmediato, por la propia cuenta que le traía, le prometió encargarse de que nada se descubriera. Un día sugerido por este, pero en realidad decidido por los de arriba, además de temido por Soto y esperado por el total de sus compañeros, el futuro teniente tuvo que presentarse solícito, cabizbajo y clarividente en el despacho de su jefe. Desconfiado por naturaleza, este encuentro informal pero nada casual en semejante terreno, todo lo más alejado y contrario del campo abierto de la pelea noble entre iguales y el duelo de honor con padrinos, sembró en el ánimo de Soto el germen paulatino de la condena y la certeza irrevocable de la traición: nada bueno podía esperarse que saliera de allí.

Después de unos tibios preámbulos de tanteo, durante los cuales Soto, movido por el hastío y la dejadez del que se sabe vendido, dejó vagar una mirada inquisitiva y sarcástica por los diplomas rimbombantes y las fotos bien enmarcadas de su jefe estrechando la mano, esa misma mano que ahora asestaría el golpe de gracia, a distintas personalidades y autoridades de Capital, su superior le dio sin inmutarse la previsible noticia al hasta ese mismo momento capitán.

—Me temo que las cosas se han complicado, Soto. Acabo de recibir una orden incuestionable y de inmediata aplicación. Confío que usted sabrá entender mi posición, acatar su nuevo destino y esperar el tiempo justo y necesario hasta que la situación se calme. Todos debemos poner algo de nuestra parte, teniente.

Pero el teniente Soto ni supo ni quiso entender la posición de su jefe, cómoda y ambigua, a resguardo, ni tampoco cumplir de buen grado las nuevas órdenes porque esa parte de la que cada cual tendría que poner o haber puesto ya un poco, la proporción alícuota según la culpa general y la implicación particular, no estaba muy clara para él. La cruz parecía ser solo suya, y el camino cuesta arriba.

—Váyase a casa con su mujer y aproveche sus últimos días en Capital. Acépteme el consejo y deje todo en mis manos, amigo —concluyó el jefe de Soto en un último alarde de hipocresía que al teniente se le hizo bola en la garganta y tuvo que escupir literalmente al abandonar la comisaría.

Así que las últimas noches juntos Soto y su mujer se las reservaron en pareja, bebiendo y fumando en silencio, rumiando la pena por la separación cada uno a su modo.

No resulta entonces difícil imaginarles, a Soto y su mujer, uno al lado del otro la noche antes de la llegada de este a Villa, sosteniendo con una mano los cigarrillos que languidecen y con la otra las copas que amarillean a medida que el hielo se deshace, pensando ambos en lo que se les viene encima, la soledad más absoluta, algo a lo que no están acostumbrados, a pesar de lo que quieran aparentar con su mirada triste y su aspecto avejentado. No hay vergüenza en ellos; Soto sabía en lo que se metía y su mujer nunca se lo impidió. Cuando surgió el proyecto, pues así era como se conocían sus actividades en el departamento, todo eran ventajas.

—En poco tiempo reuniremos lo suficiente como para cubrir de sobra nuestras necesidades y concentrarnos en los caprichos, el pico más alto de la pirámide. Dejaremos atrás este tedio que nos consume —aventuró Soto; sin darse cuenta de la espiral de codicia en la que estaban entrando y de la que solo podían salir despedidos violentamente por la fuerza centrífuga del crimen. Ahora ya no les quedaba mucho más que decirse ni nada de lo que convencerse.

No, no resulta difícil imaginarles porque tuvo que suceder así. Y luego ella, la mujer de Soto, con sus ojos apagados de embriaguez, le condujo a oscuras hasta la cama tomando la mano peluda y áspera del hombre entre las suyas, esqueléticas y jalonadas por los surcos azulados de las venas secas. Se desnudaron mecánicamente y cayeron de golpe, con estruendo de muelles y chasquidos de huesos. El pelo pajizo y falto de nervio de la mujer fue recibiendo a intervalos crecientes la respiración entrecortada y ronca de Soto; hasta que este ya no pudo más y terminó por hundirse en ese olvido placentero, momentáneo y estéril con el que concluían siempre sus encuentros. Se habían convertido en fieras, en verdaderas fieras, en auténticas fieras que saciaban sus apetitos insaciables en cuanto estos se presentaban, sin preocuparse lo más mínimo por el trasfondo ni las implicaciones derivadas de los actos enloquecedores a los que se lanzaban. Entonces se separaron, empapados y a punto del infarto, cada cual ocupando su lado de la cama, a la espera de que el pulso retomara su ritmo normal y uno de los dos se atreviera a ser el primero en hablar.

—¿Vendrás conmigo? —preguntó Soto aun a sabiendas de que esa cuestión era absurda y provocativa, dado que la única maleta preparada, y que habían montado juntos, era la de él. No miraba directamente a su mujer; ni ella a él. Tendidos boca arriba en la cama, ambos detenían sus miradas bobaliconas en el techo infinito del dormitorio.

Era evidente que se marcharía solo y lo sabía. Solamente deseaba fastidiar; y por eso volvió a insistir ante esa renuncia muda a la pelea.

—¿Vendrás conmigo, sí o no?

Ella se giró en la cama, dándole la espalda, poniendo así fin a otro posible altercado repleto de insultos, gritos y lamentos. No quería darle el gustazo de verla llorar, porque sabía que eso era precisamente lo que Soto deseaba: una carga de emotividad final para satisfacer su ego, su vanidad masculina antes de la despedida final. Quería inocularla un injusto complejo de culpa, como si hubiese sido ella la responsable de la situación actual.

Estaba dolido, Soto, y pensó: «¿Y si la forzara a acompañarme? Podría apartarla de aquí como esos otros hacen conmigo, por crueldad e hipocresía, escudándome en la incongruente justificación de que eso es lo que más le conviene. Tendría que seguir una táctica infalible; ella ya conoce todos mis trucos. ¿Sería capaz de hacerlo?»

Le guardaba algo de rencor a su mujer porque se quedaba, podía quedarse, mientras él se veía obligado a huir, con la cabeza gacha de perro apaleado. A ella no la empujaban, no la amenazaban; le permitían continuar con su vida, no había caído en la desgracia del exilio. Y ella era tan culpable como él. Se habían apoyado siempre el uno en el otro; la única manera posible de sobrevivir en aquella ciudad espléndida y despiadada que les ahogaba con sus delitos, sus mezquindades y su brillo y contra la que habían apostado su existencia. Si ahora le apartaban de ella, de Capital, todo podría venirse abajo. No soportaba esa separación, ese destierro solicitado por la opinión pública, que no es más que la conciencia culpable haciendo de centinela. Le entraron ganas de agarrarla por los hombros y darle una paliza.

A pesar de todo, Soto cedió y fue tranquilizándose poco a poco. Llegó a la conclusión de que le venía bien, por interés personal y logístico, que su mujer se quedara: esa permanencia obstinada dotaría de provisionalidad a su marcha y de sentido a su regreso; además de permitirle tener a alguien de confianza que administrara ese dinero fraudulento que no podía llevar consigo.

La oyó dormirse y no la despertó cuando salió de casa bien temprano. Tampoco dejó una nota; no por olvido, sino por deseo expreso. Antes se hacían eso a menudo, dejarse notas, cuando tenían menos edad, también más entusiasmo, y pensaban que esos mensajes cifrados que solo ellos entendían durarían siempre, que nunca se les agotarían las frases que en este momento, bastante tiempo después, morían en la tierra yerma del cerebro del hombre antes de prosperar y perpetuarse fértiles sobre un papel. Sin darse cuenta habían derrochado todas las palabras.

En la estación central, un bullicio respetuoso y cabizbajo de funeral se había instalado en los vestíbulos y los andenes, llenándolo todo del ajetreo matutino y nervioso de una gran ciudad. Las escaleras mecánicas no daban abasto y los paneles informativos cambiaban sus letras fosforescentes a medida que voces asexuadas de ultratumba anunciaban las salidas y las llegadas por una megafonía gangosa apenas audible. Oleadas de hombres y mujeres afanados en comprar billetes y coger a tiempo sus trenes competían entre sí, en una carrera frenética de atletas amodorrados, sin pertenecer de veras a ningún equipo concreto; solo responsables y esclavos de sí mismos. Para ellos existía todavía el premio tangible del regreso inmediato, después de la jornada de trabajo; no así para Soto, que se movía lentamente entre la multitud, como si la cosa no fuera con él, desequilibrado por el peso enorme de su maleta. A diferencia de todas aquellas personas, grises y monótonas como él, el teniente no se alejaba por unos días, sino que le amputaban de Capital como se hace con los apéndices de grasa inútiles y fofos que lastran el resto del cuerpo. De esa manera no podía participar de la excitación del viaje. Además, debido a su escasa velocidad, la gente no parecía percatarse de su inquietante presencia.

—Es como si ya hubiese muerto para ellos. No existo en su mundo: habito en otra dimensión, la de los apartados —se dijo en voz baja, para que no le tomaran encima por loco. Luchó intensamente contra su deseo de gritarles—: Pero aún estoy vivo; aunque quieran enterrarme en ese lugar indescriptible al que me dirijo.

—¿Ida y vuelta? —oyó que decía indiferente el taquillero uniformado de la compañía ferroviaria cuando llegó su turno. Solo despertó de su letargo ese hombrecillo casposo para mirar incrédulo la cara de Soto cuando este le pidió el billete en un solo sentido y acto seguido quiso saber cómo podría llegar desde Ciudad Costera hasta Villa. En autobús, claro. Un sitio como ese no podía albergar una estación de ferrocarril. Sentado tras esa mesa, durante unos segundos nada más, Soto había encontrado a un sujeto perspicaz, alguien que comprendía: un adivino que entendía de miserias.

Ya con el billete en su poder, Soto se encaminó a uno de los establecimientos de la estación a tomar un café. Desmintiendo la realidad, allí parecía uno más entre todas aquellas personas que hacían tiempo delante de sus desayunos completos y ridículos, con zumos concentrados que se hacían pasar por naturales, solo gracias a la buena voluntad de los consumidores, y una bollería industrial que resplandecía como si la hubiesen barnizado.

Sin embargo, no era así, no era como esas gentes, porque él estaba obligado a desaparecer. No tenía opciones.

Eligió un sitio esquinado, alejado del tumulto de la barra, en una mesita aún sucia del último cliente, porque desde ahí veía todo. Sus años de trabajo como policía le daban ventaja a la hora de escoger la mejor posición de vigilancia. Y es que Soto quería comprobar su corazonada, verificar si tenía algún fundamento esa sensación paranoica que le perseguía desde que había salido de puntillas, como un espía, de casa.

Al rato de sentarse y pedir su solitario café, un hombre con traje barato y zapatos desgastados le imitó; como un rato antes le había imitado en la humillante fila de compra de billetes, y bastante tiempo atrás, en el autobús que les llevó a la estación. La justicia desconfiaba: en eso consistía su verdadero trabajo. Quería cerciorarse de que el teniente se iba de verdad, sin artimañas. Alguien debió de pensar que Soto daría un paso en falso, que se autoinculparía por sentimentalismo o debido a su oscura educación cristiana. Pensarían que un desliz cometido en el último momento les daría la clave. Pero se equivocaban.

Mientras removía el azúcar en la espesura de selva de su café solo, el teniente Soto habló a media voz, intentado con esas palabras arrastradas que su sombra pudiera leerle los labios, pero sin atreverse del todo a establecer contacto con ella.

—Estoy ya cansado de vosotros, de todos vosotros, fantoches petulantes que os creéis tan importantes y que nunca os habéis ensuciado las manos, ni para lo bueno ni para lo malo. No os creáis mejores que yo porque no lo sois. Únicamente habéis tenido menos oportunidades de medrar.

Y ahora, ahí tenía delante a uno de ellos, ignorante de que le habían descubierto, copiando sus gestos y comportándose con una fingida naturalidad de autómata. Su poco astuta sombra de esta mañana, peor vestida aunque aparentemente más descansada, al trabajar con otras sombras en conjunto y por turnos, reprodujo con exactitud matemática todos sus movimientos, en un juego de simetrías especulares que no tenía nada de divertido, ninguna gracia; al menos Soto no se la veía. En cualquier caso, una vez hecho el descubrimiento y constatados los manejos predecibles de aquel torpe tipejo sin gusto, Soto se olvidó por completo de él, con la desgana de los niños, que se aburren enseguida. El protocolo decía que tendría que seguirle hasta Ciudad Costera, y una vez allí, comprobar también que llegaba hasta su destino final. Así que ambos tendrían que tomárselo con calma. Al menos Soto estaba dispuesto a cumplir con la parte que le correspondía y llegar hasta ese pueblo maldito. Por él no tenía que preocuparse nadie; era mayorcito y sabía cargar con el peso muerto de las consecuencias de sus actos.

Acomodado en el tren, dejándose vencer por el sopor nacido del traqueteo regular y la velocidad constante y apenas perceptible, Soto se quedó dormido en pocos minutos; después de elegir una postura cómoda que le evitase al despertar futuros dolores cervicales y que no le provocase ronquidos guturales y escandalosos durante el trayecto.

Antes de cerrar por completo los ojos, tuvo tiempo de vislumbrar a su sombra, petrificada a escasa distancia en uno de los asientos de tapizado hortera de su mismo vagón. Solo vio eso antes de dormirse. Eso y una cantidad exagerada y problemática de ancianos de ojos acuosos agrupados en torno a él, con sus interminables peregrinajes al cuarto de baño y sus respiraciones costosas. Tampoco le ayudaba a entretenerse el paisaje infinitamente plano que escondía la verdadera línea del horizonte. Dentro del sueño no se perdía gran cosa; ni en el vagón ni en el exterior.

Después de tres horas de viaje sumido en ese duermevela, Soto tuvo que aguantar una hora más hasta llegar a su destino; treinta minutos de espera y otros tantos de viaje en autobús, por una penosa carretera secundaria en la que el polvo levantado por el vehículo era lo único visible a través de la ventana. En esta ocasión no se durmió. Estuvo leyendo los informes que había traído consigo, en los que se detallaban las personas y las actividades más importantes y significativas de Villa; todo ello resumido con una minuciosidad que hacía pensar en esos habitantes no como simples seres humanos, sino como alienígenas de otra galaxia. Leyendo los nombres y las proezas de don Rafael, el doctor Riaza, el profesor Vargas, el juez Onil y demás miembros de aquella sórdida comunidad, consiguió que el tiempo se le fuera volando. Ni siquiera volvió a interesarse por el convidado de piedra que le acechaba.

Villa era la última parada y el comienzo de un nuevo trayecto polvoriento. El autobús quedó vacío, a excepción del títere cuya actividad dependía de la del teniente.

Meses más tarde, ya de regreso en Capital, reinsertado en su antiguo departamento como capitán y en puertas de un irónico ascenso a comisario, es seguro que Soto comentaría el incidente, fanfarroneando, agrupado en torno a sus antiguos compañeros, aquellos que le dieron la espalda, por prudencia o mezquindad, y ahora le recibían con honores de héroe, por idénticos motivos.

—Me quedé allí hasta que el autobús se puso en marcha; desafiando a aquel pobre diablo con la mirada. Le vi discutir con el conductor. El menda no quería bajarse del cacharro para no tener que enfrentarse conmigo. El muy estúpido blandió su credencial del gobierno como si fuera una admonición divina, hasta que el chófer, un analfabeto todavía temeroso de Dios, accedió a dejarle a bordo.

Y también es seguro que alguno de esos recién recobrados camaradas que en su día no dieron un paso al frente para demostrar su adhesión o al menos una raquítica forma de solidaridad entre bandidos le preguntaría entre risas al todavía teniente por Villa, por ese lugar y sus gentes malditas, por la evocación misteriosa que esconde todavía su simple mención. Entonces Soto callaría, cortando en seco las risas y las bromas, añadiendo más silencio a ese otro silencio que dejó atrás y pretende olvidar. Tendría que venir en su ayuda algún otro de los presentes, más avispado, menos curioso o simplemente más precavido, que alejara la tensión del ambiente y retomara con una frase banal el curso de la diversión chusca e intrascendente.

—Vuelva a contar otra vez lo del autobús, capitán. Y díganos cómo acaba.

Y es por eso que en la historia el autobús partió a su hora, con un único pasajero, mientras que otro hombre lo seguía con la mirada bajo un sol que ya empezaba a quemar demasiado. Ahora la sombra que nacía a sus pies era de verdad.

Capítulo 3

Villa no es un lugar real, sino una maldición limitada geográficamente. Es el infierno hecho a la medida de cada uno. En ella habitan los personajes imposibles de una ciudad inventada y flota el calor enervante que sienten por dentro los condenados. Porque eso es lo primero que se nota nada más llegar, incluso antes, cuando uno se va acercando a ese siniestro pueblucho, el calor asfixiante; ese calor tórrido que abrasa en verano y sobrevive en invierno, muy descarado, crecido por la humedad cómplice que viene directamente del mar cercano. La lluvia no tiene nada que hacer en este sitio; y cuando aparece, casi siempre efímera y torrencial, no hace sino aumentar la sensación de ahogo que atenaza al pueblo desde la mañana temprano hasta el principio de la noche. Apenas quedan entonces unas pocas horas para descansar. Nada más que eso, porque, a la mañana siguiente y desde que amanece, más pronto que en otros lugares por estar aquí más hacia el este, no importa mucho que uno se refresque la cara o se duche con agua fría: antes del mediodía el sudor ya se habrá pegado a la piel formando una película viscosa y brillante, un tanto voluptuosa, y la sensación de sofoco será tal que todo el mundo por la calle irá ahuecándose las camisas y los vestidos como si estos hubieran adquirido una pesadez pecaminosa.

Resulta imposible que más vida vegetal que la típicamente desértica pueda crecer en este paraje; y la animal se reduce a nosotros, una banda de seres humanos pringosos echados a perder por propia voluntad, con ayuda de esos continuos treinta y cinco grados a la sombra; además de las chicharras, que van aumentando el ruido y la furia de su salmodia a medida que sube la temperatura. A veces el canto deviene tumulto insoportable, más insoportable aún por la paciencia que se ha perdido conforme se mueve el sol. Entonces no es extraño que alguien, cualquiera, arroje una piedra con locura y sin saber muy bien adónde, contra un espíritu, tan solo guiado por ese barullo ensordecedor que viene de los matorrales y el monte bajo resecos que se mantienen vivos a duras penas.

Villa solo tiene una calle principal, bastante larga, que desemboca en la carretera de la playa, prácticamente abandonada a ambos lados y que corre durante varios kilómetros perpendicular a la línea de la costa, donde muere a medias. Rigurosamente hablando, Villa carece de playa. Solo Ciudad Costera la tiene, y alcanza hasta ahí, donde llega esa carretera fantasmal, mal iluminada y repleta de baches y curvas, como si fuese una invitación explícita y sugerente a matarse en ella. Muchos habitantes de Villa deben cogerla para ir a trabajar a Ciudad Costera, donde abundan los hoteles, los restaurantes y demás negocios de turismo, nacional y extranjero. Aun así, nunca nadie se ha preocupado por crear otra vía de acceso a Villa: muy poca gente está interesada en venir aquí, y a muchas personas les conviene que sea difícil salir. Sobre todo a los que están fuera.

Por ese motivo basta una sola carretera, tan endiablada y peligrosa como el purgatorio al que conduce. Y para venir ya está el autobús de línea, cuya frecuencia es más que suficiente tanto para el trayecto que cubre como para las silenciosas personas a las que favorece. Así el control fronterizo es exacto y seguro, marcial.

Son nulas las raíces del pueblo, y aquí el pasado tiende al olvido. Pero no porque no interese o se desconozca, sino precisamente por todo lo contrario: todo el mundo conoce al resto, quizá demasiado bien, y no abundan los secretos ni los misterios. La vigilancia entre nosotros es el mal endémico de esta aldea. Por eso es el infierno. Se ha conseguido así ese sueño de cárcel panóptica de un modo más sibilino que el de poner un centinela en medio: aquí no existe un guardián, sino que todos lo somos; además de jueces, testigos y verdugos. Nos conocemos hasta la médula. Y eso incluye las miserias más bajas y ciertas aberraciones inefables.

Pero lo mejor de todo es justamente lo peor de este sinsentido de pueblo, con nombre propio y densidad de población: la indiferencia hacia nosotros mismos y el rechazo de los de fuera. Llevando y estirando el absurdo hasta extremos insospechados, desarrollando ese desinterés de proporciones olímpicas y un nihilismo sin objeto ni rencor, el proyecto de una cárcel sin barreras parece haberse hecho realidad y carne en apenas una decena de kilómetros cuadrados.

Aquí vienen a parar aquellos que la sociedad, no tan correcta ni tan justa ella misma, considera que debe apartar de su lado por ser una mala influencia. No son estos los malos de verdad: simplemente son los que no interesan, de los que no se puede sacar ningún provecho. Somos los apartados.

En Villa coexisten explotadores de hijos, saqueadores de padres y herederos discutibles; embaucadores, prestamistas sin escrúpulos y bien armados, estafadores de poca monta y tahúres tramposos; exhibicionistas, proxenetas ambiciosos y prostitutas sin gracia. Cualquier ocupación, profesión u oficio del que se pueda obtener algo a costa de otros de la manera más vil tiene aquí su hogar. Incluso los más respetables conviven con sus delitos.

Don Rafael se lo dejó claro al teniente Soto la primera vez que este le visitó en su local.

—Aquí todos tenemos algo que confesar. ¿Somos culpables realmente? Eso no importa. Además, si alguien se empeñara en proclamar a gritos su inocencia, entonces parecería mucho más culpable. Sabemos que, si no de la culpabilidad, todos nosotros participamos al menos de la sospecha; y eso es más que suficiente.

Incluso el doctor Riaza compartió un día con él su opinión.

—Hemos sido arrojados a este pozo en el nombre de las buenas costumbres a través de cartas conminatorias, como en su caso, reuniones humillantes, como le pasó al profesor Vargas, anónimos puritanos, en lo que concierne al alcalde y su mujer, o llamadas telefónicas amenazadoras, como en mi caso; y una vez en este lugar, nos hemos agrupado en torno a la figura magnética y odiosa, paternal, de don Rafael.

Porque es don Rafael quien controla todo. Administra destinos como otros lo hacen con su calderilla. Anima a los jóvenes prometedores a ir a la universidad de Ciudad Costera, financia el periódico local, también dirigido por chavales, y rebusca entre la chusma, convencido de encontrar en ella auténticos talentos.

Con esa perspicacia nacida de su mala leche congénita, o quizá fuese al revés y esa mala leche naciera de una perspicacia insana, una clarividencia dolorosa que le hacía adivinar todo lo malo y abyecto de cada existencia, el teniente Soto caracterizó un día a don Rafael.

—Ese hombre que se cree Dios, don Rafael. Hablándoles a todos ustedes con palabras de mesías, de redentor. Y luego todos ustedes, sin excepción, como borregos, su rebaño de crápulas y meretrices, siguiéndole a ciegas, embebidos de su proyecto, que solo es el suyo y de nadie más. Porque nunca permitirá que nada ni nadie, y con eso saben perfectamente a lo que me refiero, se encumbre a su lado.

Aquel día perdió Soto su calma particular, esa flema cínica y a veces retadora que le hacía, como a su adversario, atractivo y odioso.

—No se extrañen si un día tienen que erigirle una estatua en medio de la plaza del Ayuntamiento; una estatua bien grande e intemporal, inaugurada por todo lo alto. Un homenaje en vida, a mayor gloria del creador y menor dignidad de cada uno de ustedes.

Aquel día, sí, perdió el teniente Soto su calma particular, pero no la razón. Porque las cosas eran así. No había necesitado más que unos pocos meses de verano, los más calurosos, para acostumbrarse a lo insoportable. Para acostumbrarse y para sentir en todo su ser que él también podría pertenecer a este mundo. Y era eso lo que le exasperaba, lo que le desquiciaba. Lo demás le traía sin cuidado.

Pero si existía algo en Villa que definía con frialdad a don Rafael y lo clasificaba mejor que las palabras rabiosas de Soto, eso era La Colonial. Su creación más personal e intransferible; más aún que su casa o su esposa, quien se dejaba ver más bien poco desde la desafortunada desaparición de su hijo. Desaparición esta que todos en Villa conocíamos y que en igual número no nos creíamos. Sin embargo, nadie decía nada porque ahí estaba La Colonial, hecha para olvidar y desentenderse, levantada como consuelo y bálsamo de heridas profundas y soledades incurables.

Siguiendo la carretera que sale del pueblo y llega hasta el mar, uno va a darse de bruces con aquel local desproporcionado y ocioso, ideado para el recreo y la cópula, cada cosa en su lugar y a su tiempo. Situado en el límite entre Villa y Ciudad Costera, es precisamente de las gentes de esta última de quienes se nutre esa bestia arquitectónica. Turistas, gentes de paso o habitantes de Ciudad Costera visitan esporádicamente o con asiduidad ese lugar de lenocinio nido de ludópatas enfervorecidos y adictos al sexo. La policía de Ciudad Costera tiene a gala ser bastante estricta, y por eso en Villa necesitamos un jefe de policía permisivo y condescendiente, sobre todo con ese tipo de delitos. O eso, o alguien que se pueda comprar; perfil que, a ojos de don Rafael, le iba como anillo al dedo a Soto.

La primera noche el teniente Soto avanzó por el camino angosto en forma de carretera abandonada y silenciosa, mineral hasta llegar a La Colonial. Se quedó largo rato contemplando desde fuera el edificio, sin atreverse a entrar. Ya tendría más adelante tiempo de hacerlo. Desde su posición solo pudo ver la fachada principal y el enorme, pantagruélico jardín anterior; ambos del estilo que da nombre al tugurio.

Sin embargo, una vez dentro la cosa cambia. Si hubiese entrado en ese instante, Soto habría accedido, una vez franqueada la puerta de entrada, custodiada por dos gorilas armados y semianalfabetos, al amplio recibidor de decoración recargada, barroca, donde uno puede deshacerse, si lo desea, de la chaqueta, el sombrero o cualquier otro complemento. De allí habría pasado al salón de la planta baja, también enorme, pues carece de tabiques o paredes que limiten la visión, albergando en su lugar espejos en el techo que doblan las distancias. Es la sala de baile, atendida por las chicas. Luego está la sala de juego, con multitud de mesas enmoquetadas en verde encima de las cuales corre despreocupado el dinero en apuestas ilícitas al compás de las cartas, los dados, el billar o la ruleta. También las máquinas tragaperras, siempre a pleno rendimiento, siempre bien calientes, absorbiendo dinero con ansia de recién nacido, componen una sinfonía estrepitosa de cancioncillas absurdas y brillos cegadores. La caída de las monedas, cuando algún jugador afortunado consigue superar el ritmo lento del goteo de la limosna de las figuras desiguales, los avances o las parejas de frutas y alcanza el premio gordo del trío de campanas o ases, es un vómito de metal por la borrachera de la codicia. Una barra de bar acristalada y pegajosa por los licores derramados ocupa todo uno de los muros, atendida esta vez por camareros uniformados y discretos que hacen señas a chicas sugerentes, propiedad de don Rafael, todas sonrientes y carnales, que se pasean a la caza y captura del ganador del momento, con la intención de exprimirle en la segunda planta el jugo ganado con sudor en esa primera, o de los perdedores de oficio, deseosos de gastar sus últimos billetes en un juego vergonzoso al que nunca se pierde.

Ahora bien, la subida, ese ascenso a los infiernos de la segunda planta, no es gratis, ni todo el mundo es bien recibido en las escaleras poco iluminadas que conducen hasta un corredor jalonado de puertas numeradas, divididas en pares e impares. Lo que sucede en la segunda planta es secreto, y cada cuarto es un agujero lujoso en el que el placer muere a contrarreloj. Para llegar ahí, Darío, un cancerbero musculoso y alcahueto, debe dar el visto bueno. Darío suplanta a los ojos de don Rafael en La Colonial. Las chicas pueden agarrar del brazo a quien prefieran, y dejarse invitar por todos. Incluso los jugueteos están permitidos por la dirección, siempre y cuando el cliente, por muy habitual que sea, no se sobrepase lo más mínimo. Pero es Darío, factotum irremplazable, quien permite el acceso, quien corona o degrada. Y solo se fía de su intuición de chulo. Darío es una especie de jefe de sala; aunque otras veces, según la importancia y el apetito del cliente, puede hacer las veces de cicerone o trozo de carne.

A Darío todos le llaman el argentino, por su acento y sus maneras; pero a los que le prestamos atención de cuando en cuando, además de pedirle paso, nos desmiente.

—No soy de allá. Más bien uruguayo. Pero aquí se trata de hacer felices a los que no lo son; y la mentira es parte importante de la dicha. Podría hacerle una lista, más larga que corta, de todas las chicas operadas; por cuenta del jefe, claro.

Porque siempre está el jefe de por medio. Es él, por mediación de otros, quien capta a las chicas de fuera y convence a las de Villa, ya curadas de espanto ante tanta vergüenza ajena. Sabe cómo hacerlo; se gana la vida con eso. Quizá habla incluso personalmente con las madres de esas muchachas todavía adolescentes y les pinta un futuro negro y aciago a menos que entren a trabajar en su negocio, para él; y las pobres mujeres, asustadas, ceden a los impulsos de ese hombre que tan bien sabe llevar los designios de todo un pueblo perdido de la mano de Dios hasta haberlo convertido en símbolo y referencia de la provincia.

Nada de eso vio Soto aquella noche. Se quedó afuera, contando mentalmente los coches que aparcaban en un descampado cercano a La Colonial y de los que luego salían hombrecillos temerosos, casados como él seguramente, que usaban como excusa los naipes y las fichas. Contempló la carrera apresurada de unos cuantos sin atreverse a juzgarlos. Cuando se cansó del espectáculo previsible, decidió irse.

Hizo allí mismo un cálculo aproximado del poder y la influencia de don Rafael, dándose un margen de error suficiente hasta que entrara en ese sitio y diese entonces con la solución exacta, matemática.

Capítulo 4

Aquel primer día, después de bajarse del autobús y mucho tiempo antes de su paseo nocturno hasta La Colonial, el teniente Soto anduvo por las calles de Villa, dejándose ver, a esa hora en la que el incendio de cada día abrasaba inclemente las cosas sin llegar nunca a convertirlas en ceniza. El crepitar de las llamas invisibles se oía dentro de cada cabeza.

Tenía que arreglar unos cuantos asuntos, el teniente Soto.

Varios de nosotros le vimos a través de las sucias cristaleras de El Círculo, un bar con pretensiones y derecho de admisión reservado; también propiedad de don Rafael. La sola entrada al local era considerada un privilegio; muy distinto del de la entrada a La Colonial. Aquellos que tenían algo que decir en Villa, aunque no sirviera para nada ni nadie les escuchara, se congregaban en El Círculo, antes y después de las comidas; respetando con devoción y solemnidad las horas ociosas del aperitivo y la sobremesa. Un humo denso flotaba siempre en el lugar, volviéndolo tan sofocante como el ambiente exterior. Cada cual tenía allí su sitio favorito y una bebida preferida conocida por los camareros. Nunca se pagaba en el acto, sino que una cuenta con nombre y apellidos descansaba tras la barra acumulándose gulosa durante una semana entera hasta verse satisfecha los lunes, que era el día asignado para el cobro. Pretendía así el espíritu provinciano de don Rafael establecer a la fuerza una especie de club de caballeros, un salón de tertulia de amigos; con la sustancial y esencial diferencia de que los presentes en ese sitio mugriento poco teníamos de caballeros y mucho menos de amigos. Un aire de decadencia y desconfianza se mezclaba, volviéndose casi insoportable, con ese humo azulado de cigarros, pipas y cigarrillos.

Y fue desde ahí, a través de las sucias cristaleras de El Círculo, desde donde varios de nosotros le vimos.

La extranjería del hombre nos llamó la atención; y una vez reconocido y clasificado el individuo alguien comentó:

—Solo nos traerá problemas.

Parecía un diagnóstico arbitrario y sacado de la manga, sin base alguna; y, sin embargo, todos estuvimos de acuerdo, acompañando en silencio nuestro asentimiento con movimientos lúgubres de cabeza. El juez Onil y el profesor Vargas aplazaron un momento su eterna partida de ajedrez: la diagonal de un alfil se detuvo en seco y el consiguiente gambito de caballo quedó suspendido unos segundos. Era como si siempre jugaran la misma partida y ninguno de los dos se atreviese a ganar, por temor a lo que ello pudiera significar en sus destinos. Ambos se asomaron unos segundos y tuvieron tiempo de ver al hombre cruzar la plaza del Ayuntamiento en dirección oeste. Conservaron en su memoria el rostro y la amenaza; y luego reanudaron el juego con la lentitud de los que tienen acumulada y gravosa toda la vida por detrás. Ellos no dijeron nada.

Don Rafael no tuvo que moverse de su rancio sillón orejero, de su trono de cuero, porque el doctor Riaza se encargó de describirle al sujeto en cuestión. Plantado de pie delante del ventanal, Riaza no se entretuvo en el aspecto físico, ya que tarde o temprano tendría el cacique ocasión de admirarlo, sino que dedicó su parlamento a cuestiones de temperamento, subjetivas. Nos regaló sus impresiones engolando un poco la voz.

—Es un hombre lento —sentenció el galeno—. Lento y desafiante; pero a propósito. Se sabe observado y no le importa. Yo creo que hasta le gusta. No tiene pinta de echarse atrás, ni de ceder. Y desde luego no tiene ninguna prisa. Como he dicho antes, sobre todo es un hombre lento.

El profesor Vargas encendió su pipa, disimulando haber oído tal comentario, fingió que pensaba en una jugada ya largamente meditada y avanzó con solemnidad el único caballo, ya rendido, que le quedaba. Los jamelgos eran sus piezas favoritas; más que la reina o las torres: tenían elegancia y lamentaba su sacrificio. El juez Onil perdió un peón de cabeza gorda. Renegó en inglés, como si en los momentos trágicos la lengua de sus antepasados irlandeses tomara las riendas de la blasfemia. El hielo del vermú tembló en el vaso, balanceado por el vaivén improvisado de sus manos nudosas de anciano envejecido prematuramente por el alcohol.

Entonces le tocó el turno de palabra a don Rafael. Un aro de humo expulsado con maestría y vanidad precedió a sus frases de profeta.

—Quizá sea un hombre lento. Pero la velocidad de un individuo se puede cambiar. El freno y el acelerador están a nuestros pies; más bien en nuestras manos. Las humillaciones sucesivas frenarán aún más su paso y el miedo le obligará a correr.

El jaque pronunciado por Vargas resonó con la ironía de un amén. El juez ni siquiera sabía por dónde salir. Veía la partida perdida, esa partida prolongada en el tiempo por su voluntad férrea de moribundo que iba ya a morir definitivamente. No hubo ni entierro ni réquiem: mañana, o esa misma tarde, empezarían otra, colocando de nuevo las fichas en posición de batalla y turnándose los colores.

—Solo nos traerá problemas —volvió a repetir el alcalde, al que casi habíamos olvidado por completo, acurrucado solo en un sofá.

Atravesó Soto varias veces la plaza del Ayuntamiento, sin ver pero siendo visto. Por sus gestos medidos y arrogantes era indudable que se sabía observado, espiado por futuros enemigos que él ya consideraba presentes y reales. Las personas anónimas con las que se había ido cruzando por las calles de Villa le miraron sin disimulo, catalogándole, y dibujaron mentalmente un retrato robot del individuo con vistas a ponerlo en común y contrastarlo con esos otros de sus respectivos conocidos en charlas improvisadas cuyo tema estrella sería el nuevo, el extranjero, ese huésped invitado a la fuerza que se movía con pasos lentos y el caminar desarraigado típico del exilio.

El primer habitante de Villa que oyó su voz fue la encargada del puesto de correos. No duró mucho ese dudoso privilegio, y consistió en unas pocas frases sueltas encaminadas a reservar un apartado de correos con su nombre y, luego de hacerlo, mandar en el acto la primera de una serie periódica de cartas con esa dirección virtual en el remite. Todas aquellas cartas, esa primera y las que siguieron en la lista, llegaron siempre puntualmente a su destino, a su destinataria, a la mujer del teniente, y en ellas poco contó este de sus andanzas. Quizá su intención al redactar epístolas tan escuetas fuese la de no preocupar demasiado a su esposa, aunque nunca pensó Soto que ella pudiera estarlo por él; o quizá no le quedaran muchas ganas al policía de poner por escrito, de revivir amargamente y sin solución, el absurdo de su día a día en el pueblo. Otros nos inclinamos a pensar, pensando mal para intentar acertar y así acercarnos a la verdad, que esos jeroglíficos con extensión de telegrama eran a propósito limitados y anodinos, intrascendentes por cautela, por la sospecha legítima de que alguien, todavía sin rostro para Soto en el momento en que escribía la primera misiva, pudiera leer las notas y sacar provecho de ellas.

Encorvado a medias sobre el mostrador, Soto apuntó en la cuartilla, junto a la frase falsamente cariñosa de despedida, una cantidad. Dudó entre varias y al final se decidió por aquella de cuatro cifras, bien redonda. Para cualquiera que viese ese guarismo descontextualizado situado en lugar tan extraño, el significado no estaría nunca claro. Pero sí para ellos dos, los implicados. De ese modo, las cantidades escritas en cada carta regresaban a él con cada respuesta materializadas como por arte de magia en billetes usados de curso legal. La exactitud era matemática; y si alguien, alguna vez, leyó sin permiso y a traición cualquiera de esas respuestas, carentes de sustancia al igual que los párrafos que las motivaban, entonces solo hizo eso, leer. Porque billetes nunca, jamás faltaron.

La encargada de correos, miope con avaricia, era incapaz de ver con claridad lo que Soto estaba escribiendo. Aun así, forzó su postura, se puso de puntillas tras el mostrador y proyectó el cuello hacia delante intentando crear un ángulo de visión suficiente para captar algo, cualquier cosa, por pequeña que esta fuera. No seguía instrucciones de nadie, todavía; era pura curiosidad y afán de protagonismo. Así sabría más que la vecina cuando cuchichearan en voz baja acerca de ese individuo con maleta y chaqueta, y que sudaba a raudales, que había surgido de la nada en medio de ese desierto al que algunos consideraban su hogar.

Remedando la imagen de un escolar aplicado que se sabe la lección del examen, Soto protegió su escritura con un brazo doblado noventa grados. Fueron unos minutos tensos, de un tira y afloja continuado que casi le hicieron perder los nervios al hombre.

—Si levanto la vista y sigue mirando, la contesto —se prometió Soto, que no veía a la mujer pero que sentía el bizquear de sus ojos por encima de su brazo—. Como me mire a la cara, la insulto. La ofendo como sea y le tapo la boca a esa arpía antes de que pueda hablar.

Pero no fue necesario: la otra apartó la mirada y volvió a su posición natural en cuanto notó el movimiento final del bolígrafo, exagerado, como si el hombre hubiese querido advertirla, antes de que la cosa pasara a mayores, de que se metiera en sus asuntos y no hurgara donde no debía. Después selló la carta, recibió las monedas por su labor de burócrata y entregó al hombre del apartado de correos su resguardo de envío urgente y certificado. Si alguien le preguntase por él, diría la verdad: que no le había gustado. Que no era de fiar. Que parecía violento y amargado. Que tenía el odio reflejado y ganas de expulsarlo.

Tras ese primer conato de enfrentamiento, ese amago de encontronazo, hubo un segundo; presagio de los sucesivos. Y de nuevo con otra mujer, algo mayor pero igual de miope que la anterior, con la cara arrugada transformada en una enorme gafa que deformaba sus ojos empequeñeciéndolos al máximo, hasta alcanzar un tamaño ridículo y sospechoso. Por esa razón únicamente pudo intuir Soto, porque verlo habría sido imposible, cómo la mujer abría los ojos de estupor y sorpresa cuando el hombre sacó ante sus narices un fajo abultado de billetes y le entregó a cuenta la cantidad correspondiente a un mes de fianza y dos de alquiler por el piso que esta ofrecía a través del reclamo de un cartel prefabricado anunciando la oferta en la ventana. Aceptó la mujer sin rechistar; pero solo después de ver el dinero, aumentado y convincente por la lupa de sus gafas. Antes de eso desconfió, y mucho, porque Soto se negó a proporcionarle la información que pedía acerca de su trabajo y sus intenciones en el pueblo.

—No puede ser nada bueno —concluyó a regañadientes su futura casera mientras contaba el dinero por segunda vez—. Aquí nadie viene por mucho tiempo a nada bueno. Eso si descontamos a los que vienen a morir.

Si no hubiese mediado la comicidad patética de las gafas de culo de botella, a Soto se le habría puesto la piel de gallina ante ese comentario apocalíptico. En todo caso, se abstuvo de opinar. La segunda arpía seguía contando el dinero cuando el teniente sacó un pliego de papel y se lo extendió sin contemplaciones. Se detuvo en sus cuentas, que ni menguaban ni hacían crecer la cantidad de dinero, y trató de leer el papel. No pudo: la letra era demasiado pequeña. Con una sonrisa, celebrando la indefensión óptica de la mujer, Soto le leyó el contrato de alquiler que este traía ya redactado desde Capital. Completó los huecos mientras leía con el nombre de la mujer y la dirección de la vivienda.

—No hay trampa ni cartón, créame —dijo Soto. Y dijo la verdad. Luego continuó con una mentira necesaria—: Solo es un mero trámite que me permitirá desgravarme ante el fisco.

Porque ese contrato era un as que Soto se guardaba en la manga para partidas posteriores contra rivales mejores.

La otra no pudo resistir la tentación: era bastante dinero. Además, el hombre no había puesto pegas ni había querido ver antes el piso. Así que las futuras quejas carecerían de base o fundamento si algo no le gustaba. Todo sería culpa de él. Y en cuanto a los asuntos que le traían por Villa, ella seguía pensando que no podían ser nada bueno; pero también pensaba, y esta vez con conocimiento de causa, que en Villa era mucho mejor no saber demasiado. Por si acaso.

Por eso, si alguien le preguntase por él, diría la verdad: que no le había gustado. Que no era de fiar. Como el resto de habitantes del pueblo.

Subieron a ver el piso, que se encontraba unas plantas más arriba que la propia vivienda de la patrona. Avanzó Soto en primera posición, inusualmente abriendo camino el que no conocía el terreno. De cuando en cuando, cada tramo de escaleras más o menos, el teniente se giraba con la tranquilidad lenta de un enfermo desahuciado y consciente, condenado, para comprobar cómo esa segunda arpía husmeaba a su espalda, replegada tras un hocico ratonil y lacayuno. Por suerte no decía nada, lo cual habría sido aún más insoportable; le bastaba con ir en la retaguardia, bien segura porque ahí no corría el peligro de ofrecer su espalda a una posible e imaginada puñalada de ese extraño, todavía una incógnita para ella, cuyo dinero había aceptado apenas unos minutos antes y guardado durante la subida, mientras el individuo, antipático como ella, no podía verla. En esos pocos giros de cabeza, el teniente Soto disfrutó de la percepción de ese sentimiento que, de una manera u otra, fue provocando poco a poco en varios, muchos de los habitantes de Villa: la curiosidad hacia su persona mezclada con un miedo instintivo de herbívoro. Se regodeó decenas de veces en esa voluptuosidad de tirano que, precisamente, llegó a ser uno de los atributos que más pudo odiar en don Rafael.

Ni siquiera entró la primera en el piso, tal era el temor de la mujer. Soto se apartó unos centímetros en cuanto alcanzaron la puerta y dejó el paso franco a la asustadiza. Después de abrir fue esta quien se hizo a un lado, repitiendo el amago de danza que iban representando, y le cedió el paso con la ceremonia artificial que provoca el terror más profundo.

Soto dejó la maleta en la entrada y recorrió el piso en solitario. No prestó mucha atención a nada en especial. Ni siquiera comprobó el funcionamiento de las luces ni la corriente del agua. Se conformó con el silencio y el anonimato; de los que creyó erróneamente poder disfrutar mucho tiempo. Luego de la leve inspección, le pidió las llaves a la rata miope que le esperaba todavía agazapada en la puerta, preparada para huir en caso de necesidad, de hacer más agua el encuentro, y la despidió con un portazo seco y firme, contundente, que no deseaba respuesta ni comprensión.

No tuvo tiempo ni de deprimirse un poquito en aquel lugar inhóspito, en aquel piso todavía desconocido y repleto de rincones. Aguardó unos minutos a que la mujer desapareciera, volviera a su casa y las cosas a la normalidad. Deshizo entonces la maleta, colocó sus pertenencias en el armario y los cajones de la habitación principal, exceptuando el arma reglamentaria, que palpó en la sobaquera, bajo la fina tela de su americana, y se dispuso a ir a comer.

Aunque quizá ya se había hecho un poco tarde para comer fuera, bares y restaurantes todavía quedaban abiertos, y el teniente no tardó mucho en encontrar el que andaba buscando. Era este un sitio pequeño, sin pretensiones, dedicado a la comida casera y a los clientes habituales, con tan solo una única mujer atendiendo las mesas y la barra. Probablemente había una persona más, que no le interesaba a Soto, en la grasienta cocina. Porque a él solamente le interesaba comer y ver de primeras a aquella mujer. Sin ninguna ceremonia, dirigiéndose con decisión hasta la mesa mejor situada del local, la que tenía la puerta enfrente y una visión amplia de los alrededores, el hombre entró en la tasca con la familiaridad del que frecuenta esas casas de comidas guisadas en aceites refritos y bañadas en sospechosas, insalubres salsas parduscas. No había ningún cliente más. La máquina tragaperras llamaba inútilmente la atención a base de soniquetes chirriantes y destellos epilépticos. La dueña le miró sin fingir sorpresa; pues esta fue real: a esa hora, con el calor que ya hacía, que entrara un desconocido a comer, o simplemente a tomarse un café rápido, era algo desconcertante. Se acercó a la mesa con su mantel de hule a cuadros rojiblancos y dejó que el hombre posara su mirada en ella mientras le recitaba de memoria la carta con el menú del día, omitiendo los platos, ya agotados, de los que el resto de comensales, más tempraneros, habían dado buena cuenta. El interés con que Soto miraba le pareció a la mujer desproporcionado y extraño, ya que no era lascivo ni curioso. Solo insistente, nada más; y eso no podía entenderlo. Parecía estar midiéndola, comparándola con alguno de los personajes de sus sueños temibles o sus recuerdos más remotos. Sin embargo, si se hubieran visto antes, ella se acordaría de esos ojos cínicos y escrutadores de policía. Porque de eso no cabía duda. Intentó no ruborizarse ni gritar. Era más que probable que aquel hombre volviera algún que otro día y no quería perder la mano ante él tan pronto. Aguantó el tipo. Apuntó el primero, el segundo y la bebida. Ordenó el pedido de paella mixta y filete de cerdo a la plancha a través del hueco que conectaba la barra con el interior de la cocina y ahora, después de hacerlo, fue la mujer quién se entretuvo en observar al hombre que mataba la espera fumando, ya olvidado de ella por completo.

Soto comió en silencio, sin hacer muecas ni gestos bruscos, manejando con cuidado los cubiertos para no producir ruido alguno. Pidió café, que se tomó acompañado de un segundo cigarrillo. Y no volvió a mirar a la mujer. No fue necesario: tenía su rostro en la cabeza, había memorizado sus gestos y sus andares; reconocería incluso su olor y su ropa. Era como se había imaginado a través del fiable informe policial de Capital.

—¿No nos hemos visto antes? —preguntó Soto con cautela y timidez fingidas, como queriendo establecer un contacto precipitado y torpe, una especie de acercamiento prematuro de rotura de hielo que de todas formas ninguno de los dos necesitaba ni habría solicitado jamás del otro en vidas distintas, las que podrían haber vivido desde entonces hacia delante si nada de esto hubiese ocurrido realmente y todo hubiera consistido en el trance amargo de una pesadilla de la que uno despierta empapado en sudor, temblando, pero aliviado al mismo tiempo, sin importar ya la incongruencia ni el absurdo.

—No lo creo, señor —contestó la mujer, esquiva y seca. Y puntualizó—: Creo que me acordaría de ello.

Quiso de ese modo cerrar la conversación y abortar nuevas preguntas incómodas. Sin embargo, un estremecimiento recorrió el cuerpo de la mujer y esta quiso reconocer a Soto, recordar al hombre, extraer su presencia y rescatar su influencia de algún sueño porque no podría haber sido de otro modo: la visión repentina de aquel ángel exterminador vengativo tenía que ser falsa, fruto único y exclusivo del vientre de las ganas de justicia.

Antes de marcharse, el teniente Soto exageró la propina y la cortesía, alabando francamente lo exquisito de esa comida de rancho. Luego pronunció un hasta mañana con el que quería dar a entender su regreso al día siguiente. Que le quedase claro que él no estaba de paso, como habían estado otros. Que él se encargaría de su problema. Del de todos.

Capítulo 5

Y de repente vinieron a buscarlo a las nueve de la mañana.

Se presentaron sin avisar y sin contemplaciones. Un coche oficial, o eso parecía, por el color oscuro y la matrícula equívoca, y por la poca importancia que le dio su chófer al aparcamiento en doble fila, se detuvo en su misma calle, y de él salió un ujier uniformado, que después de unos cuantos minutos, los necesarios para llegar hasta el portal, hizo sonar el timbre. Soto le abrió en mangas de camisa, con una taza de café en la mano. El ujier comprobó con desgana su identidad mediante una ridícula pregunta y le entregó después un sobre cerrado con el membrete del Ayuntamiento de Villa en el reverso.

—No espero respuesta —informó el ujier—. Simplemente debe usted presentarse allí cuanto antes.

Dicho esto, construyó como pudo una especie de reverencia exagerada y organizó su marcha con ruido de tacones y movimientos ágiles.

El teniente, con el sobre todavía cerrado en la mano libre, se dirigió hasta la ventana del saloncito y vio cómo el ujier volvía a subirse al coche, que arrancó con estrépito de bujías y acelerador. Al principio le costó entender a qué tanto despliegue de medios y personal para hacerle llegar una notificación que seguramente se limitaría a dos líneas impersonales e imperativas; a qué ese gasto de gasolina cuando un único hombre a pie podría cubrir en aproximadamente el mismo tiempo el trayecto entre el Ayuntamiento y su piso. Pero ese pensamiento extraño solo le abordó al principio, pues luego comprendió que todo aquello iba encaminado precisamente a hacerle ver que ellos ya sabían que estaba allí, en Villa, en aquel piso, y solo. Que seguían sus pasos en la distancia y que si se giraba bruscamente, les encontraría a su espalda, como ayer mismo le sucedió con su sombra y la arpía de su casera.

Entonces encendió un cigarrillo y abrió el sobre rajándolo con su navaja de bolsillo. Aunque equivocó el número de líneas de la misiva, no así le ocurrió con el tono, impersonal e imperativo como había supuesto, asquerosamente burocrático.

—En todos los lugares la misma mierda; la misma cobardía enfundada tras el sello oficial —maldijo mientras rompía la carta en ocho pedazos. No le decía nada nuevo; casi lo mismo que le había dicho el ujier, aunque empleando esta vez un lenguaje más pomposo y reiterativo: ellos querían verle esa mañana en el edificio del Ayuntamiento para indicarle sus funciones. No especificaba nada más; ni el carácter de sus funciones, que ya Soto se temía, ni quiénes eran esos ellos, que ya Soto sospechaba.

Seducido de antemano por el miedo de ese encuentro que se avecinaba y no podía eludir, tan solo postergar, Soto trató de no anticipar nada, de no esperar nada de él. Sabía que, a pesar de su trabajo en las calles de Capital, él no era un hombre de acción, nunca había disparado el arma fuera del campo de tiro, sino que su cometido era el de un funcionario analítico y sin escrúpulos, más parecido al de un tirano que al de un verdugo. Sabía que en aquella entrevista, nacida de la voluntad de un solo hombre, se encontraría solo, sin aliados de ningún tipo, y que todo lo más que podía hacer era ver, oír y callar; tragar saliva, aguardar su turno y golpear en otro momento. Aquella mañana le tocaba encajar, no devolver.

—Esta mañana te toca encajar. Te toca demostrar el alcance de tu aguante —se dijo. Dándose consejos estúpidos quería darse ánimo—: Pero si acaso no te puedes controlar, si por lo que sea debes responder, que se note que no te vas a andar con remilgos. Marca bien y deja señal.

Así visto, Soto tenía las maneras de un entrenador de boxeo antes de un combate amañando: hiciera lo que hiciese, la derrota de su pupilo estaba asegurada y una caída digna, no demasiado escandalosa, era todo a lo que podía aspirar. No podía fiarse de su temperamento, el teniente Soto. Un cínico y brutal aire de indiferencia solía presidir sus actos y barnizar su rostro; y no obstante había veces en que algo estallaba dentro de él. Quizá se debía a que muy en el fondo no todo le daba igual.

Con ese cigarrillo consumiéndose lentamente y el peregrinaje de su mente por las trincheras imaginarias del futuro campo de batalla, el teniente consiguió serenarse a medias, y eso le ayudó a ordenar prioritariamente pensamientos y motivaciones. Si le habían mandado buscar a las nueve, eso significaba que ellos ya estaban allí preparando el terreno. Y si ya estaban allí, esperándole sin más, entonces carecían de la certeza del tiempo de espera.

—Entonces que esperen —se animó él solo—. Cuanto más larga sea la espera, más nerviosas se pondrán esas personas y más tensos sus ánimos. Y eso está en mi mano.

Así que decidió hacerles esperar. Y mucho. Las ganas locas que tenía de verles ya las caras tiraban por un lado; pero por otro tiraban la insensatez del héroe y la mala fe del tramposo. Convenía hacerles esperar, se convenció; por más que él también sufriera lo suyo, que no era despreciable, con esa demora premeditada, con ese torturante y desesperanzado aguardar.

Como si la mejor manera de no venirse abajo consistiera en la domesticación del carácter, Soto se concentró en múltiples tareas insignificantes. Con esfuerzo, convirtió durante esa mañana lo mecánico en algo trascendente y racional, prestando atención a todos y cada uno de los pasos que conformaban esas acciones, llevándolas a cabo como si lo hiciera por vez primera, empleando los minutos y la energía que la costumbre diaria les restaba. Para no salirse del guión, estructuró sus labores.

Primero desmontó el revólver y lo limpió cuidadosamente. Todavía recordaba las lecciones de la academia y cada una de las partes por su nombre. En voz alta fue recitando, antes de volver a ensamblarlo como si fuera un juguete macabro.

Segundo, comprobó repetidas veces, como esperando a que en alguna fallase, el mecanismo automático de su navaja. Su funcionamiento se asemejaba al de las navajas de barbero, con la apertura en aspa, teniendo que sujetar con dos dedos el revés del filo y con toda la otra mano las cachas nacaradas.

Tercero, fue a la ducha, demorándose aposta bajo esa lluvia artificial y constante, prefabricada, que le despejó y le ayudó a invertir minutos enojosos para aquellos que lo aguardaban. Se enjabonó al milímetro y luego se secó repasando la piel como si fuese cuero repujado.

Cuarto, preparó más café y un par de huevos fritos. Dio cuenta de todo ello y de un segundo cigarrillo, que hizo durar más de lo habitual, sin renunciar a las tres partes equitativas de ceniza. Además, mientras desayunaba, hizo inventario de las provisiones compradas ayer en un supermercado cualquiera de Villa para ir tirando. Café, huevos, latas de conserva, pan de molde y embutidos envasados al vacío.

Quinto, tomó papel y bolígrafo y redactó dos listas: en una apuntó las cantidades que debería ir pidiéndole por carta a su mujer y que esta debería enviarle al apartado de correos reservado a su nombre, y en otra anotó una serie de libros que tenía en casa y deseaba tener consigo el tiempo indefinido y terrible que pasara en aquel lugar. Se sintió como un condenado sin darse apenas cuenta.

Y cuando ya no pudo por más tiempo posponer lo inevitable, cuando no le quedaban excusas ridículas ni entretenimientos rebuscados, cuando sonó su hora, que fueron casi las doce del mediodía, entonces el hombre supo que tenía que salir a la calle, recorrer el tramo que separaba su piso de la plaza del Ayuntamiento y enfrentarse a lo que desde un principio sabía que sucedería.

La gente en la calle le miraba curiosa, cuchicheando con el vecino en cuanto el extraño desaparecía de su vista. Y a su vez ese extraño se sentía lógicamente observado, sin atisbo de paranoia, mientras andaba y envidiaba la aparente complicidad de compadre de esas gentes provincianas que le espiaban y le temían por desconocimiento, o por lo que representaba. Los tenderos avaros y los ancianos ociosos no dudaban en seguirle con la mirada y medir sus fuerzas, sin riesgo, tras la barrera, con las de ese hombre tranquilo que, según ya había dicho alguien, no podría traerles más que problemas. A las mujeres les faltó santiguarse cuando le vieron, como para conjurar la maldad callada de ese demonio y el deseo inconfesable que les apretaba el vientre ante lo exótico y salvaje, por novedoso y cruelmente civilizado, del extranjero.

—Es como si me dirigiese al cadalso. Me odian y se sienten al mismo tiempo atraídos, unidos a mi destino incalificable; y no sé todavía si para ellos soy el reo o el matarife —pensó el teniente—. En cualquier caso, soy su nueva atracción, su más querido entretenimiento, el espectáculo garantizado, y me agotarán hasta que se acostumbren, como se acostumbran las bestias al arreo y el yugo.

Soto aguantó en su fantasía las patadas, los arañazos, los insultos, los empujones, los escupitajos, los puñales y los disparos que le donarían encantados todos esos monstruos sádicos que a su paso enmudecían y solo hablaban tras su espalda.

En esas estaba cuando alcanzó el edificio del Ayuntamiento. Nunca hubiese creído que sentiría alivio al hacerlo.

Flanqueando la puerta del despacho del alcalde, sentado tras una recia mesa de roble repleta de papeles indescifrables bien ordenados y un obsoleto teléfono de baquelita color sepia, Soto reconoció al ujier, ahora distraído, que por la mañana, exactamente a las nueve, había llamado solícito a su puerta con el encargo sellado dentro de un sobre. Lo clasificó como el senescal de confianza para cuestiones peliagudas. En cuanto vio acercarse al teniente, que avanzaba con pasos lentos ya que deseaba que el uniformado hiciese de anfitrión y le precediera, este se levantó, y sin preguntarle nada llamó a la puerta, que no abrió hasta que una voz chillona dio la orden.

Por fin estaba Soto donde los otros querían. Finalmente había llegado el momento tan esperado de ese encuentro obligado por las circunstancias e impuesto por el capricho de un solo hombre.

El despacho consistorial se hallaba sumido en una penumbra beatífica. Confusas capas de niebla de humo de tabaco caían despacio y en paralelo desde el techo hasta la altura de los zapatos. Bien larga había resultado la espera, y los nervios de aquellos cinco hombres que ahora le miraban también tenían su límite. Ni se habían molestado en abrir una de las amplias y pesadas ventanas que daban a la plaza.

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