Kitabı oku: «Argumentando se entiende la gente»



Para mi reina, Diane Guité Gilbert
y mi princesa, Emma Alison Wymant
Sólo la existencia de una argumentación,
que no sea ni represiva ni arbitraria,
le otorga un sentido a la libertad humana,
condición de ejercicio de una elección razonable.
(Perelman y Olbrechts-Tyteca 1958, Conclusión)
Índice
Nota del traductor
Prefacio del autor a la traducción
Agradecimientos
Introducción
Parte 1. Todo sobre los argumentos
1.1 Acerca de los argumentos
1.2 Las etapas de una discusión (argumentación)
1.3 Tipos de argumentación
1.4 Polémica vs. discusión
Parte 2. Todo sobre los argumentadores
2.1 ¿Con quién discutimos?
2.2 Modos de argumentar
2.3 Coalescencia
2.4 Ser discutidor y ser agresivo
2.5 Género y argumentación
Parte 3. Argumentando se entiende la gente
3.1 Heurística, ethos, auditorio
3.2 Contemplemos el proceso
3.3 Lo más importante que debes creer
3.4 Las reglas
3.5 Argumentación coalescente
3.6 Argumentar bien
3.7 La teoría en acción
3.8 Últimas palabras
Ejercicios
Lecturas recomendadas
Bibliografía
Nota del traductor
Este libro del profesor Michael Gilbert, prestigiado teórico canadiense de la argumentación, fue escrito con un lenguaje sencillo y directo en el original, y yo he tratado de duplicar, no siempre quizá con éxito, estas cualidades en la traducción al español que el lector tiene en sus manos. Con todo, no está de menos advertir sobre algunos puntos que podrían causar algún alzamiento de cejas.
Comencemos por el principio, el título mismo de la obra original: Arguing with People. La traducción literal sería “Argumentar con gente” o incluso con el gerundio, gramaticalmente poco correcto, “Argumentando con gente”. El propósito del título es hacer notar que muchos teóricos de la argumentación, consciente o inconscientemente, tienden a excluir los aspectos más usuales, típicos y cotidianos de las discusiones entre personas de carne y hueso, mientras que este libro busca todo lo contrario. Sin embargo, la traducción literal no parece indicar en español, con la misma claridad, lo que pretende el profesor Gilbert. Como, por otro lado, el verbo hablar en el proverbio “hablando se entiende la gente” tiene precisamente el sentido de argumentar, le expliqué al autor ese proverbio y la manera como lo usamos los hispanohablantes, y entonces estuvimos de acuerdo en que, con el debido cambio, el proverbio representaba muy bien el propósito del título en el texto original en inglés y de paso se mantenía, sin necesidad de atentar contra la gramática del español, el sentido dinámico del gerundio.
Pasando al texto mismo del libro, el profesor Gilbert habla desde la primera línea de su introducción, y después en repetidas ocasiones a lo largo del libro, de áreas de estudio llamadas “pensamiento crítico” y “lógica informal”, las cuales son bastante populares en el mundo anglosajón. Esos rubros se refieren a cursos impartidos en el bachillerato y la licenciatura, talleres con profesionistas y otros adultos interesados, y libros de texto abundantes en aquellos países, pero no en los nuestros. De hecho, la frase “pensamiento crítico” en nuestro medio está asociada a un cierto pensamiento de izquierdas mucho más que a la discusión de la estructura de los argumentos, la utilización de estadísticas en los medios de comunicación o la identificación de falacias. En los países de habla hispana este tipo de cursos probablemente se ofrecerán más bajo rubros como “lógica”, “análisis del discurso”, “evaluación de textos” o “argumentación”. Con todo, no se trata de tradiciones idénticas, por lo que algunas alusiones del profesor Gilbert resultarán algo opacas. No veo manera de resolver esto sin afear un texto límpido con estorbosas y pedantes notas a pie de página.
En segundo lugar, tenemos una gran cuestión terminológica: nada menos que las dos palabras centrales del libro, el substantivo argument y el verbo correspondiente to argue. La forma más fácil de traducir estas palabras sería a través del substantivo argumento y el verbo argumentar (ya no argüir, que muchos considerarían un arcaísmo). Sin embargo, las palabras argument y to argue en inglés tienen, vistas desde el español, una curiosa ambigüedad, o incluso varias.
Por un lado, en la vida ordinaria y el habla de todos los días las palabras argument y to argue suelen significar discusión y discutir, incluso con la connotación que tienen —en el español de México al menos— las palabras pleito y alegar, respectivamente. De hecho, el adjetivo argumentative es utilizado en psicología social (véase §2.4 de este libro) en el sentido en que se usan las palabras discutidor y alegón, es decir para referirnos a las personas que gustan de discutir, inclusive por el puro placer de hacerlo.
En cambio, en el habla académica, el substantivo argument puede significar sea argumentación (es decir, la actividad cuyo producto son los argumentos), sea argumento (esos productos mismos, en tanto objetos posibles de análisis y evaluación). Por su parte, el verbo to argue, cuando se lo usa en contextos académicos, no va nunca a significar otra cosa que argumentar (o argüir en el español de antaño).
Insisto en este punto por la sencilla razón de que la mayoría de la literatura sobre teoría de la argumentación (y áreas afines como la retórica, la lógica formal e informal y el pensamiento crítico) está en lengua inglesa, con lo cual esta múltiple ambigüedad ha generado en el ámbito anglosajón discusiones y distinciones que en este libro se retoman (§1.1). Como en español no sufrimos de esta ambigüedad, la solución más sencilla sería eliminar toda discusión de este punto; pero como confío en que los lectores de este libro se interesen por leer la literatura en inglés sobre el tema, me pareció conveniente dejarla como está, añadiendo nada más aquí y allá algunas cosas que no están en el libro original, pero que el profesor Gilbert me autorizó a incluir.
Y ya que hablamos de términos, aprovecho para mencionar brevemente la palabra claim. Esta palabra, de origen legal, fue adoptada por el filósofo británico Stephen E. Toulmin, pionero de la teoría de la argumentación, para designar lo que en lógica llamamos la “conclusión” de un argumento. Aquí traduzco claim uniformemente por “punto de vista”, que tiene en español la amplitud requerida: todo aquello que una persona sostiene y para lo cual puede ofrecer razones o argumentos en caso de que así se le pida. La frase “punto de vista” me parece, por cierto, más pertinente que las palabras “tesis”, “postura” o “posición”, las cuales resultan demasiado secas y académicas para el tipo de discusiones cotidianas que el profesor Gilbert mayormente discute en su libro.
Por razones culturales, y a petición del autor, he substituido todos los nombres propios de los personajes ficticios que discuten en las páginas de este libro, así como otras referencias a lugares, empresas o deportes que aparecen de tanto en tanto.
Un aspecto estilístico que me causó un poco de dolor de cabeza es que el autor se dirige muy a menudo al lector (de hecho, lo hace desde la primera línea) en segunda persona y por cierto en tono familiar, algo que en español sólo lo vemos en libros de texto u obras de divulgación para niños. Al principio, y obedeciendo los cánones del español escrito, di en substituir todas esas formas por las frases “el lector” o “los lectores”, obviamente en tercera persona. Sin embargo, muy pronto advertí que el estilo directo y personal del autor se veía afectado por este prurito mío. Recordando entonces el juicio de Ortega y Gasset de que el buen traductor debe dejar ciertos usos del original intactos a fin de recordar al lector el hecho penoso de que está leyendo una traducción, discutí el asunto con el profesor Gilbert, quien se acogió inmediatamente a la autoridad del gran filósofo español. Espero que lo desusado de esta manera de interpelar al lector no sea vista como falta de respecto por parte del autor, sino más bien como un guiño de amistad y complicidad.
Finalmente, y con el permiso del profesor Gilbert, he añadido algunos títulos en español a las referencias bibliográficas del original a fin de hacer el libro más útil a nuestros lectores. Agradezco a mis estudiantes, Celina Arredondo Rubio, Cicerón Muro Cabral y Adriel Hernández Guzmán, el haberse tomado el tiempo para leer esta traducción y sugerir correcciones que estoy seguro ayudan a acercarla más a los lectores hispanohablantes.
Fernando Leal Carretero
Departamento de Estudios en Educación
Universidad de Guadalajara
Prefacio del autor a la traducción
Estoy encantado con el hecho de que mi libro Argumentando se entiende la gente (Arguing with People) aparezca en traducción al español. Paso mucho tiempo en México y disfruto mucho hablando con los estudiantes y colegas mexicanos acerca de la teoría de la argumentación y mis ideas sobre ella. Espero que el tener acceso a esta traducción haga crecer a mi público y aumente el interés en un campo tan importante. En un mundo lleno de malentendidos, miopía y estrechez mental, la argumentación —llamésela discusión, debate o disputa— es lo que puede guiarnos hacia el consenso y hacia conclusiones sensatas. La única manera de evitar errores, sean ellos factuales o morales, es por el camino de una discusión abierta, abarcadora y cooperativa.
Quiero agradecer a Stephen Latta de la editorial Broadview el haberme conseguido los derechos para la traducción de este libro. Pero sobre todo quiero agradecer al profesor Fernando, el traductor. No fue un libro fácil de traducir y el profesor Leal tuvo sus problemas en varios puntos. El más fundamental es la diferencia que hay entre la lengua inglesa y la española respecto de los significados de la palabra clave: to argue. Es una palabra mucho más amplia en inglés y cubre tanto argumentar como discutir. El profesor Leal, como habrán leído en la nota del traductor, siendo un investigador escrupuloso, luchó con este problema, y él y yo lo discutimos largamente. Con él, un colega estimado y sobre todo un querido amigo, estoy profundamente en deuda.
Michael A. Gilbert
Ajijic, Jalisco, México
Abril de 2017
Agradecimientos
Este libro es un acto de piratería. He pirateado ideas de algunas de las mentes más brillantes y mejores con que me he topado en mis más de cuarenta años de trabajo académico. Si se halla algo bueno aquí, el crédito es de ellas. Si no, eso se debe entonces a mi incapacidad de comunicar sus ideas. Si bien la lista de aquellos cuya obra me ha influenciado es muy larga, quiero destacar a unos pocos que tuvieron un impacto especialmente grande. Quiero agradecer, en primer lugar, a Charlie Willard, quien me animó a regresar al mundo de los congresos a pesar de las amargas experiencias anteriores. Quiero también agradecer a Ralph Johnson y Tony Blair, quienes me dieron la bienvenida como colega incluso cuando estaban en desacuerdo conmigo, lo que ocurrió a menudo. Frans van Eemeren y el fallecido Rob Grootendorst toleraron mi crítica de su maravillosa obra en un tiempo en que, para mí, tal crítica era una manera de encontrar mi propio camino. Mis agradecimientos también para Christopher Tindale, Leo Groarke, Hans Hansen, Dale Hample, Harvey Siegel, Sharon Bailin, Claudio Duran, Daniel Cohen, David Godden, Chris Reed, y muchos otros.
Quiero extender el agradecimiento a mi departamento en la Universidad de York, así como a la misma universidad por haberme concedido un financiamiento puntual y una licencia para ayudarme a redactar el libro. Me beneficié grandemente también de una beca ordinaria del Consejo de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades del gobierno de Canadá, la cual me permitió viajar y participar en muchos congresos valiosos. Mis estudiantes en York, especialmente los de mis seminarios de cuarto año, a lo largo de los últimos años leyeron borradores del manuscrito y tuvieron a menudo sugerencias meditadas y útiles: gracias a todos ustedes. Los dictaminadores que Broadview Press utilizó tanto en las etapas tempranas de la propuesta como del manuscrito más tarde fueron cuidadosos y reflexivos, y me proporcionaron muchas sugerencias e ideas valiosas. Otro tanto vale de Bob Martin, quien hizo el trabajo final de edición con paciencia y comprensión del tema. Gracias, por supuesto, para Stephen Latta, editor de la Sección de Filosofía en Broadview, quien vio lo valioso y único del proyecto.
Muchos de mis amigos me ayudaron leyendo el manuscrito y dándome apoyo moral en tiempos de tensión y duda. Gracias a los Goofy Guys: Alan, Alex, Andrew, Mike, Peter, y Simon mi gramático. Agradezco a Jack Malick por estar allí para mí, y especialmente a Dodie Richman, quien tuvo el trabajo nada envidiable de ser mi muro de las lamentaciones, una tarea que manejó con afecto y finura. Por encima de todo quiero agradecer a mi amada Diane, mi reina, quien toleró mis distracciones y ansiedades además de ser lectora y escucha atenta. Con ella estuvo también mi princesa Emma, quien también padeció el proceso. Sin ellas no habría podido hacerlo, y probablemente tampoco lo habría querido hacer.
A los escritores se les pregunta a menudo: ¿Cuánto tiempo le tomó escribir el libro? Aunque mis respuestas varían, se reducen todas a la misma. En este caso, la respuesta es 68 años, y gracias a todos los que me ayudaron en el camino.
Michael A. Gilbert
Toronto
2013
Introducción
El curso de Razonamiento Crítico que tomaste en la prepa o la universidad en forma de taller es probablemente el más importante y útil que habrás tenido. En mis cuarenta años de profesor universitario los estudiantes que me buscan para saludarme invariablemente mencionan el curso de Razonamiento Crítico que tomaron conmigo como el más útil y relevante en su educación post-secundaria. Este libro se dirige a dos públicos. Por un lado, busca ser una lectura extra o adicional a cursos de Pensamiento o Razonamiento Crítico. Pero, por otro lado, también quiero tomar los desarrollos y avances de la teoría de la argumentación actual y ponerlos a disposición de las numerosas personas cuyas ocupaciones e intereses los involucran diariamente en discusiones y argumentaciones. En resumen, este libro va para todo aquel que se interese en mejorar y ampliar sus habilidades argumentativas.
Los cursos de Pensamiento Crítico, tengan el nombre que tengan, te dan información esencial para orientarte y avanzar en tu vida. La habilidad de reconocer argumentos y estructuras argumentativas, de comprender el concepto de validez, de evaluar la fuerza de un argumento, son todas competencias que utilizarás en cualquier carrera y aspecto de tu vida. La razón es simple: avanzamos todo el tiempo mediante desacuerdo, controversia, discusión y toma de decisiones: siempre estamos argumentando, discutiendo, aclarando, disintiendo, explorando, poniendo a prueba, preguntándonos y, en términos generales, tratando de hallarle sentido a un mundo denso y confuso. Por todas estas muy puntuales razones, el pensamiento crítico es un campo vital.
Este no es un libro de texto de Razonamiento Crítico, pero es el siguiente paso significativo para hacerse competente y hábil en comprender y negociar los desacuerdos. Su propósito es llenar una laguna que dejan los cursos tradicionales de Razonamiento Crítico mediante la introducción de materiales que se han desarrollado en los últimos cincuenta años en el campo conocido como Teoría de la Argumentación. Este campo es interdisciplinario y se nutre primordialmente de la lógica informal, el pensamiento crítico, la lingüística, el análisis del discurso, la teoría de la comunicación, la retórica y la psicología social.
La diferencia esencial entre la teoría de la argumentación y el pensamiento crítico tradicional es que la teoría de la argumentación se ocupa del desacuerdo y de la argumentación tal como ella ocurre entre personas reales en situaciones reales. El pensamiento crítico, con su enfoque en la estructura de los argumentos y en su evaluación, por fuerza toma sus ejemplos y objetos de estudio de los argumentos estáticos y no interactivos que aparecen en editoriales, cartas al editor y ensayos. Examinar estos argumentos y aplicar a ellos reglas y evaluación del pensamiento crítico es un componente crucial a la hora de incrementar tu conciencia de los argumentos. Si tomas un curso de éstos, pasarás una gran cantidad de tiempo a lo largo de los años leyendo argumentaciones y escuchando discursos para decidir si los aceptas o rechazas. Sin embargo, estoy convencido de que las argumentaciones dialógicas, es decir, las que tienen lugar en discusiones entre personas, es donde la mayoría de nuestras opiniones se forman y moldean. Ciertamente hay ejemplos de argumentaciones dialógicas en cursos de Pensamiento Crítico que aparecen en algunos libros de texto, pero es difícil crear artificialmente un tipo de situación en que se puedan aplicar las reglas y el análisis que los cursos de Pensamiento Crítico exigen.
Trabajar con argumentaciones reales y comprenderlas al hilo de disputas que ocurren espontáneamente requiere un enfoque que incluye a los libros de texto de Pensamiento Crítico, pero va más lejos. La mayoría de los ejercicios en este libro, por ejemplo, son interacciones semi-estructuradas con un interlocutor. Dicho de otra manera, para aprender a entender y negociar argumentaciones activas tú tienes que emprenderlas activamente. Esto es, sin duda, algo que hacemos todo el tiempo en nuestras vidas. La diferencia con esta experiencia ordinaria es que aquí estarás además prestando atención a ciertos aspectos durante el curso de la discusión. Los ejercicios de este libro no son fáciles, ya que para resolverlos hay que ser participante y observador al mismo tiempo. Los reportes que presentes acerca de estos ejercicios pueden ser evaluados para ver hasta dónde prestaste la atención debida a los argumentos que has creado, hasta dónde escuchaste y comprendiste los argumentos de la contraparte, hasta dónde te hiciste consciente de las reglas y evaluación de pensamiento crítico que se aplican a cada caso y fuiste capaz de analizar cómo se siguieron las reglas y lineamientos que esta obra expone.
Este libro tiene tres partes. La parte 1 se ocupa de qué son los argumentos (discusiones), de cuántos tipos hay, y cómo necesitamos ajustar nuestras metas y expectativas dependiendo de estos factores. Tú ya sabes de premisas y conclusiones y esquemas argumentativos; y todo eso es importante. Pero probablemente no se te han enseñado todavía la diferencia entre argumentos lógicos y emocionales, o la distinción entre argumentos clínicos y caóticos. La parte 1 introducirá una serie de ideas y técnicas que son básicas en la teoría de la argumentación, de forma que saques ventaja de ellas.
En la parte 2 discutimos con quién argumentamos y cómo los participantes, el lugar y el contexto alteran o modifican el proceso. Todos conocemos gente a la que le gusta discutir y gente que lo evita por todos los medios, pero tú tienes que saber qué significan esas características y cómo influyen y deben influir en la manera en que transcurre un argumento. En esta sección te familiarizarás con el papel que en la comunicación interactiva juegan el poder, las relaciones, el género y otros factores personales y físicos.
Finalmente, en la parte 3, aprenderás cómo argumentar y cómo determinar las reglas que están en juego. Te familiarizarás con las técnicas y estilos argumentativos, así como con las reglas y convenciones que controlan la argumentación. Aquí retomamos lo dicho en las partes 1 y 2 y vemos cómo nos puede guiar en la manera de proceder en una discusión o argumentación particular.
Siempre que estudias un tema —no importa si es sobre sistemas de gestión, reparación de autos o gramática francesa— necesitas simplificarlo y construir un modelo manejable que sea posible analizar, dividir en partes y examinar. El modelo se construye con el fin de comprender la realidad que representa, pero es esencial recordar que el modelo es justo eso: una simplificación, y que el todo es más rico y complejo. Aquí también es importante entender que el libro se divide en tres secciones, pero no así la argumentación. Cuando argumentas, todo ocurre al mismo tiempo, y tratar de seguirle la pista a todo lo que pasa no es poca cosa. Cuando argumentas, necesitas razonar, evaluar la fuerza de los argumentos, la relevancia y aceptabilidad de las premisas, no perder de vista los objetivos de las personas, ser sensible a sus emociones, permanecer en el momento presente, y escuchar con cuidado y todo eso al mismo tiempo. Esto puede requerir una gran cantidad de energía mental, de forma que no hay que sorprenderse si resulta a veces fatigoso.
Recuerda también que, cuando hablamos de argumentos y discusiones, nos referimos a todos los tipos. Como expliqué en mi libro How to Win an Argument (Cómo ganar una discusión), “Una discusión (argument) es cualquier desacuerdo, desde la discusión (discussion) más cortés hasta el pleito más ruidoso”. En las culturas canadiense y estadounidense el término argument se usa a menudo para indicar algo negativo, mientras que el término discussion connota algo positivo. Habrá momentos en que cuidemos el tono emocional de nuestros desacuerdos, pero cuando tratamos de argumentos y discusiones en general, tenemos la intención de cubrir todos los casos sin importar cuán tranquilos o cargados de emoción sean ellos. Vale la pena notar también que los estilos de argumentación y discusión varían mucho de una cultura a otra. Para algunas culturas cualquier desacuerdo es considerado descortés y algo que hay que evitar, mientras que en otras culturas disentir y discutir de forma vehemente pertenece a la vida ordinaria. Vale la pena prestar atención a estas cosas cuando consideramos el contexto de un argumento o una discusión.
Una última palabra antes de saltar con ambos pies al terreno de la argumentación. Este libro se nutre ampliamente del trabajo de muchos investigadores recientes en teoría de la argumentación. Algunos serán mencionados por su nombre y nuestro estudio incluirá puntos clave de sus teorías, mientras que la obra de otros investigadores no se identificará directamente. Es importante entender que todos los investigadores en teoría de la argumentación han hecho contribuciones que nos han llevado al punto en que es posible intentar una empresa como la de Argumentando se entiende la gente. La investigación y los hallazgos no son nunca función de unas pocas mentes, sino el resultado de una multitud de aportes, exploraciones, correcciones, debates y de compartir ideas. Todos los investigadores en este campo han hecho de la marcha hacia delante de la teoría de la argumentación el éxito que creo ha resultado. Finalmente, permítaseme anotar que algunas de las tesis que propondré, tal vez incluso muchas de ellas, son controvertibles y no todos los estudiosos de la teoría de la argumentación estarán de acuerdo conmigo. Adopto yo un enfoque particular y el alcance de este libro no me permitirá siempre mostrar todos los ángulos ni todas las posiciones. Lo que aquí encontrarás, y lo que espero aprenderás de este libro, es mi teoría y yo soy el único responsable de cualquier debilidad o error que contenga. Hay otras perspectivas distintas a la mía y para conocerlas confío en que te remitas al apéndice de lecturas recomendadas.
Para concluir, si quisieras saber más del pensamiento crítico, te invito a asomarte a mi libro How to Win an Argument, publicado por University Press of America; es fácil y divertido. Y si quieres más sobre teoría de la argumentación, puedes consultar Coalescent Argumentation, publicado por Lawrence Erlbaum, que es más difícil, pero se deja leer.


1.1 Acerca de los argumentos
Un problema interesante en teoría de la argumentación tiene que ver con las palabras mismas que usamos para referirnos a los diversos fenómenos que queremos estudiar. En inglés la palabra más usada es argument, la cual puede a veces traducirse por “argumento”, pero a veces significa más bien “discusión” e incluso “pleito”. Eso ha llevado a que los teóricos de habla inglesa hagan distinciones que no siempre es fácil reproducir en nuestra lengua (o en las demás lenguas europeas). Nótese, para empezar, que cuando hablamos de “argumento” en español nos referimos a una cosa, un objeto, o mejor dicho un producto, justamente el producto de la acción de argumentar, o lo que resulta de esta acción. En cambio, cuando hablamos de “discusión”, ya no se diga “pleito”, nos referimos más bien a una interacción, un intercambio dinámico entre dos o más personas, o mejor dicho un proceso. Nótese también que la palabra “argumentación” en español tiene una ambigüedad parecida a la de la palabra argument en inglés, en el sentido de que puede designar tanto el producto de una acción como también esta acción misma. Pero aún en este caso, la palabra “argumentación” nunca tiene en español el significado de “pleito”, que sí puede tener en inglés.
Ahora bien, si lo que tienes es un producto, lo que normalmente llamamos un argumento, entonces te será posible tratarlo como un objeto que puedes examinar y dividir en partes; es un objeto que típicamente tendrá componentes tales como las razones (o premisas) y el punto de vista (o conclusión). En este sentido, un argumento es un artefacto, algo que puede usarse en diferentes circunstancias y con personas diferentes.
Son muchos los ejemplos de argumentos en el sentido de productos. Algunos de ellos son muy conocidos, como el primero de los siguientes, que es tal vez el argumento más famoso de todos los tiempos:
[1] Los hombres son mortales; Sócrates es hombre; luego, Sócrates es mortal.
[2] —¿Quieres pescado para la cena de esta noche?
—No. Ya comimos pescado anoche y no quiero lo mismo dos noches seguidas.
[3] —No tomes el Periférico. A esta hora del día está realmente repleto y te tomará muchísimo tiempo.
Cada uno de estos ejemplos es un producto fácilmente identificable. Puedes ver que un argumento en este sentido no tiene por qué ser algo tieso y formal, como [1]. Los productos a menudo están incompletos, lo cual constituye una forma de argumentar que solemos llamar un entimema, que es el nombre pedante para un argumento al que le falta una premisa o la conclusión. Así, el ejemplo [2] podría haberse hecho igualmente sin explicitar la conclusión:
[2a] —¿Quieres pescado para la cena de esta noche?
—Ya comimos eso anoche.
En [2a] el punto de vista se deja implícito, algo que ocurre con muchos argumentos. Así pues, uno de los usos del término argument en inglés, y el único que tiene “argumento” en español, es para designar un conjunto formado por las razones y por la conclusión, sean o no explícitas.
Cuando en inglés decimos the argument (“el argumento X”) o that’s a strong argument (“ese es un argumento fuerte”) o that argument won’t stand up to scrutiny (“si examinamos con cuidado este argumento, veremos que no se sostiene”), es probable que estemos hablando de productos; pero a veces decimos cosas como they had a good argument (“tuvieron una buena discusión”) o Carol and Juan had a really bad argument last night (“Carol y Juan tuvieron un pleito horrible anoche”). Nótese que la expresión inglesa en este caso es to have an argument, “tener una discusión” o incluso “tener un pleito”. En este sentido, claramente lo que tenemos es un proceso. Se trata de un proceso que tiene lugar entre personas que están envueltas en un desacuerdo. Esta distinción anglosajona entre argument como producto y argument como proceso fue introducida por el teórico de la comunicación Joseph Wenzel (1979) y más adelante examinaremos sus ideas con cuidado y las usaremos constantemente.
Daniel O’Keefe (1977) introdujo, de nuevo para sus lectores anglosajones, una manera útil de indicar esta diferencia en los dos usos de la palabra inglesa argument utilizando números: un argument1 es un producto, mientras que un argument2 es un proceso. Un argument2 (en español, una discusión) casi seguramente contendrá varios arguments1 (es decir, varios argumentos) como objetos: las personas que se involucran en el proceso de argumentar ofrecen argumentos una a la otra. Así pues, una persona ofrece un argument1 (en español, un argumento) y dos personas tienen un argument2 (en español, una discusión). La notación de O’Keefe es en realidad muy simple: argument1 una persona, argument2 dos personas.
Esta distinción es importante en inglés porque ayuda a evitar la confusión cuando se discute en esa lengua la naturaleza de los arguments. Un argument1, por ejemplo, es decir, un argumento, contiene típicamente una o dos razones que concluyen en un punto de vista particular. Un argument2, por otro lado, es decir, una discusión, puede implicar muchos puntos de vista y muchas razones, y puede estar o no enfocado en un solo punto de vista principal. Por eso, en la edición inglesa de este libro la palabra argument se usa normalmente en el sentido de argument2, ya que el objeto primordial de estudio son las discusiones reales entre personas reales; y sólo se aplica la notación de O’Keefe cuando el contexto lo requiere. En esta versión hispana hablaremos de “discusión” o de “argumentación” para traducir este término argument2 y emplearemos la palabra “argumento” cuando se trate de argument1.
Wenzel, por su parte, sostiene que debemos distinguir tres perspectivas diferentes. Si lo que hacemos es aplicar la lógica a ciertos objetos producto de una argumentación, entonces hablamos de argumentos (argument1 de O’Keefe). Aquí los argumentos son objetos que pueden ser inspeccionados para ver hasta dónde siguen reglas lógicas y cómo sus partes se conectan entre sí.
Por otro lado, Wenzel señala que hay una segunda perspectiva: la de actos de comunicación que siguen ciertos procedimientos, que se adhieren a un conjunto de reglas diseñadas para asegurar que la discusión discurra suavemente y con equidad. Esto, dice Wenzel, es el dominio de la dialéctica. La dialéctica es el estudio de las argumentaciones (arguments2) cuyo fin es encontrar la verdad o al menos la mejor respuesta posible. Como tal, sigue reglas y procedimientos diseñados para alcanzar resultados que nos acerquen a la verdad lo más que se pueda. Las discusiones y argumentaciones dialécticas son cuidadosas, precisas y controladas. A diferencia de la lógica, que se enfoca en la estructura de los argumentos (arguments1) individuales y los examina con relación a propiedades lógicas específicas, la dialéctica contempla las discusiones y argumentaciones tal como ellas tienen lugar entre las personas. Las partes de una discusión escuchan cada argumento que se les propone, se turnan para hablar y responden a lo que se ha dicho antes. Tenemos aquí el tipo de argumentaciones que nos ofrecen los maestros de cursos de Pensamiento Crítico como los mejores ejemplos y los modelos a imitar. Lamentablemente, el problema es que no ocurren en realidad con tanta frecuencia.
La última perspectiva que Wenzel introduce es la del proceso. Este es el aspecto de la argumentación que cubre cosas tales como escoger las palabras, el modo de presentar los argumentos y el orden, el cuándo y el dónde del uso de argumentos, y en fin, todos los aspectos incluyendo el tono de voz. A la perspectiva del proceso se le ha llamado tradicionalmente retórica. Aunque la retórica ha adquirido a lo largo de los años una muy mala reputación, dentro de la teoría de la argumentación se la está repensando y rehabilitando. Durante los últimos cincuenta años, los investigadores han venido re-examinando el papel de la retórica y muchos han ido encontrando que la mala reputación
es inmerecida.
Mucha de esta labor ha sido estimulada por uno de los abuelos clave de la moderna teoría de la argumentación, Chaïm Perelman. Su obra clásica fue escrita junto con la investigadora Lucie Olbrechts-Tyteca, pero Perelman la continuó luego con muy importantes escritos que elaboró por su cuenta. La obra de Perelman y Olbrechts-Tyteca —La nueva retórica o Tratado de la argumentación, publicada en francés en 1958, traducida al inglés en 1969, al español en 1989, al italiano en 2001 y al alemán en 2004— contribuyó a crear una nueva actitud hacia la retórica. Sus autores argumentaron que toda argumentación implica retórica, y que no importa cuán cuidadosos seamos, es imposible evitar hacer elecciones retóricas a la hora de argumentar. Argumentaron también que la verdad no es manifiesta, es decir que nunca podemos estar seguros de tener la verdad. A los retóricos les preocupa la verdad, pero no creen que sepamos de cierto nunca que la tenemos. De esa manera, a la hora de tomar decisiones, resolver disputas, zanjar diferencias de valores y llegar a las mejores conjeturas posibles, lo único que tenemos son argumentaciones. Algunos investigadores rechazan esa actitud ante la verdad, pero otros, incluido el autor de este libro, la hacen suya.
Toda argumentación, y de hecho toda comunicación, implica retórica porque siempre tenemos que escoger las palabras, el tono, etcétera. Por ejemplo, Male quiere ir a ver la más reciente comedia romántica y le expresa a Edu su deseo. Edu responde:
—Claro, es una gran idea.
Observa que, si nada más lees estas palabras, en realidad no tienes ni idea de si Edu abraza la idea de Male con entusiasmo o más bien se opone a ella. Solamente el tono que adopta Edu y la cara que pone harán claro cuál es el mensaje. Dicho de otra manera, la retórica es necesaria para desplegar el sentido del mensaje.
En tiempos recientes esta postura ha sido defendida por Chris Tindale (1999, 2004), quien argumenta que la retórica es el fundamento real de la argumentación y que las demás perspectivas dependen de ella. En apoyo de esto, yo he dicho en otra parte que la argumentación está gobernada por un conjunto natural de reglas que son reforzadas socialmente por la mayoría de las culturas (Gilbert 2007). El problema con la retórica ha sido siempre que parece enfocarse en la persuasión antes que en llegar a la verdad sobre el asunto de que se trate. Esto es lo que ha llevado a su pésima reputación; y de allí que la expresión “¡Eso es pura retórica!” ha venido a ser una manera de decir que un enunciado es persuasivo, pero en rigor carece de todo significado real. Pero como Tindale y quien esto escribe, aparte de otros autores, hemos señalado, no preocuparse por a quién se dirigen tus argumentos puede tener costos muy altos. En inglés decimos: Fool me once, shame on you; fool me twice, shame on me. Con otras palabras, si tú me haces tonto una vez, es tu culpa; pero si lo haces dos veces, es la mía. El punto que estoy queriendo recalcar aquí es que la retórica nos pide que prestemos atención acerca de quién es y quién no es digno de nuestra confianza; y que una vez que una persona ha traicionado la confianza que habíamos depositado en ella, no debemos tan rápido volver a confiar. Esto es lo que esconde el concepto retórico de ethos, una idea central de la teoría de la argumentación sobre la que volveremos más adelante.
Las emociones son una parte integral de toda argumentación. Argumentaciones que no contengan nada de emoción son cosas que no existen. Siempre hay algo de emoción en todo argumento, dado que, si no la hubiese, entonces ¿para qué estaríamos discutiendo? (Gilbert 1994, 2001). Dicho de otra manera, si algo te da igual, ¿para qué te molestas en argumentar? Sin embargo, hay que señalar —y cuando lleguemos a la sección 2.1 habrá ocasión de reflexionar sobre este punto— que el impulso emocional puede no referirse a la conclusión de un argumento como tal, sino a cómo en un cierto contexto queda uno parado o cómo se siente en ese contexto, es decir, otra vez, apariencias. Por ejemplo, a mí puede no importarme demasiado cuál es la verdad acerca de tu afirmación de que Diego Maradona ha sido el más grande jugador en la historia del futbol, pero en cambio lo que sí podría importarme es cómo me muestro en tanto que conocedor de este deporte. Mi argumentación podría no ser tanto acerca de los hechos relativos a Maradona, sino que estaría yo tratando de probar otro punto, un punto retórico acerca de mi persona.
He aquí un ejemplo en que se usan las emociones para obtener ventaja en una discusión. Natalia está negociando el precio por un pedido de ciertos artículos, y acepta a regañadientes la petición de su cliente de que use un método de embarque más rápido, con el consiguiente incremento en los gastos de envío. En realidad, Natalia siempre había previsto ceder en este punto, pero quiere que su cliente sienta que ha ganado algo. Al parecer que se resistía, Natalia utilizó las emociones de manera retórica.
Las emociones juegan otro papel también al limitar de forma natural el campo o el alcance de la argumentación de forma que podamos enfocarnos en lo importante. Las emociones motivan las discusiones, pero también son esenciales en el proceso de toma de decisiones, y muchas discusiones son precisamente sobre tomar decisiones. Hablando lógicamente, hay un número infinito de opciones a que nos enfrentamos cuando tomamos hasta la más simple de las decisiones, pero sin necesidad de pensar ignoramos la mayoría de esas opciones gracias al uso de nuestro aparato emocional. Toma el siguiente caso de mi vida: cuando estoy en el campus de mi universidad en Toronto y me pregunto qué voy a comer a mediodía, no pierdo tiempo considerando si voy a pasarme por la tienda de delicatessen de Katz en Nueva York para comerme un sándwich de pastrami o por el Malecón del Pescador (Fisherman’s Wharf) de San Francisco para comerme unas almejas fritas. Estas son posibilidades lógicas, y técnicamente podríamos considerarlas; pero desde un punto de vista emocional no son opciones reales. El hecho de que podamos desecharlas como poco prácticas, no tiene nada que ver con el hecho de que son opciones posibles. Descartamos de manera puramente emocional un enorme número de tales posibilidades sin detenernos a considerarlas, porque nuestra experiencia nos ha enseñado que simplemente no se plantean en serio. El neurofisiólogo Antonio Damasio (1994) nos cuenta la historia de un paciente con traumatismo cerebral cuyo trastorno implicaba que era incapaz de utilizar o experimentar emociones. Cuando le pidió a su paciente que eligiera una hora para su cita, este podía quedarse considerando todas las opciones sin poder detenerse, ya que carecía del equipamiento emocional que le permitiera desechar la mayoría del conjunto infinito de opciones. De esa manera, las emociones nos impiden hundirnos en un océano de alternativas mediante el expediente de marcar muchas de ellas como poco razonables. A la hora de discutir es a menudo lo emocional lo que nos hace ver qué es y qué no es relevante.
Vale la pena recordar que la misma dinámica que nos permite tomar una decisión simple sin emplear horas o días puede también limitar las opciones que tomamos en consideración. Cuando piensas outside the box, como se dice en inglés, o sea saliéndose del marco prefijado por las convenciones, tienes que dejar libres tus emociones y mirar esas opciones que habías dejado fuera y volver a ponerlas en juego. Este podría muy bien ser un factor que opera cuando tenemos sesiones de “lluvia de ideas”, nos apoyamos en el trabajo en equipo, y tratamos de salirnos de los carriles usuales.
Habiendo dicho todo esto, no hay duda de que las emociones extremas pueden dificultar mucho una discusión. Cuando las emociones son muy fuertes, ellas pueden meterse en la discusión y hacer que se descarrile. A veces las personas que disputan se enojan o alteran mucho y dejan de escuchar o prestar atención a la argumentación como un proceso encaminado a encontrar una solución. Cuando eso ocurre, sin embargo, no significa siempre que la discusión fue mal llevada. Puede significar que los problemas más importantes no se han planteado, asuntos que son más vitales que el enunciado en torno al cual las personas han venido alegando.
Algunos investigadores en el área del pensamiento crítico e incluso en la teoría de la argumentación quisieran hacernos creer que la argumentación debe siempre ser parte de discusiones tranquilas y ordenadas, en las que se tiene buen cuidado de los turnos para hablar y se presta gran atención al contenido preciso de lo que se está diciendo. Pero no solamente son esas argumentaciones la excepción más que la regla, sino que ocultan una gran cantidad de informaciones, sentimientos, valores e ideas importantes. Yo llamo a esto el modelo crítico-lógico, y en ese modelo no hay nunca “agendas ocultas” ni tiene sentido preguntarse de qué trata realmente la discusión. En ese modelo, las personas dicen exactamente lo que quieren decir, y las palabras y enunciados pueden tomarse más o menos de manera literal. Es un modelo útil para enseñar pensamiento crítico y te ayuda a entender los aspectos elementales y los conceptos medulares concernientes a los argumentos, pero en rigor no se aplica en los casos reales en que la gente discute.
Las argumentaciones y discusiones clínicas, es decir aquellas que muestran lo mínimo de emoción, no son siempre las mejores. A veces las discusiones clínicas tienen el defecto de ser aburridas y demuestran falta de imaginación porque en realidad a nadie le importan. Sé cuidadoso a la hora de distinguir entre “clínico” y “ordenado”, una distinción de la que hablaremos enseguida. “Clínico” significa “sin contenido emocional”, mientras que “ordenado” se refiere al estilo en que se presentan los argumentos. La distinción importante aquí es pues entre clínico y emocional.
Según nos movemos a lo largo del continuo que va de lo clínico a lo emocional, las discusiones tienden a volverse más difíciles, aunque no necesariamente es así siempre. Las discusiones en la pareja íntima o con la familia, por ejemplo, pueden ser altamente emocionales, y puede ser importante sacar esas emociones, reconocerlas y admitirlas. Incluso entre socios en una empresa, una discusión altamente emocional puede a menudo ventilar las cosas y sacar a relucir problemas que de otra manera hubieran permanecido escondidos. Por eso es importante no tener miedo de las emociones, sino más bien entenderlas y ocuparse de ellas de maneras efectivas y provechosas.
Las argumentaciones y discusiones pueden también distinguirse más allá de la división entre emocional y clínico. Esta distinción identifica más o menos el grado de emoción. Sin embargo, la manera en que se conduce una argumentación no es una función directa de la distinción entre emocional y clínico. Puede haber discusiones altamente emocionales que se conducen con claridad y cuidado, y discusiones clínicas que no parecen tener ningún sentido. Cuando se trata de las cualidades de precisión y comprensión, podemos hablar del continuo ordenado-caótico. Una argumentación es ordenada cuando las partes en disputa se escuchan una a la otra, se turnan para hablar, establecen sus puntos y en general proceden de forma coherente. Así, “ordenado” indica el tono del proceso, mientras que “clínico” indica el grado de emoción. Las argumentaciones son caóticas cuando las partes no se escuchan, no se presta atención a los argumentos y hay interrupciones y digresiones irrelevantes. El caos incluye gritar, hacer muecas, imitar al otro, usar palabras fuertes, y muchas otras actividades generalmente consideradas desagradables. Entiéndase, por favor, que entre ordenado y caótico hay un continuo de la misma manera que lo hay entre clínico y emocional. Dicho de otra manera, un poco de caos nunca ha hecho daño a nadie y es muy común en la mayoría de las interacciones donde hay desacuerdo.
Podemos ir aún más lejos: clínico y ordenado no es lo mismo que bueno. A veces las argumentaciones calmadas y altamente lógicas pueden llevarnos a resultados terribles. La razón es simple. Cuando dejamos fuera las emociones, suele ocurrir que los valores dejen de jugar su vibrante papel. La moral, la estética, la inspiración, son cosas que impiden que descuidemos la parte humana. Cuando no tomamos en cuenta los sentimientos, las emociones, y las preocupaciones humanas, entonces puede resultar una especie de frialdad insensible espantosa. Esto, por ejemplo, suele ser la base del fascismo: acciones draconianas por las que se suprime el desacuerdo y la inquietud pueden ser muy lógicas, pero al mismo tiempo también inmorales.
Las argumentaciones caóticas pueden a menudo ponerse bajo control solicitando un resumen, o bien planteando una pregunta muy específica sobre la postura que se discute con el propósito de determinar mejor cuál es esa postura. Entonces, si una argumentación se ha vuelto demasiado caótica, puedes tratar de estabilizarla. La mejor manera de hacerlo es resumiendo las posturas. Puedes tratar de definir mejor la interacción y regresar al tema, de forma que la discusión deje de dar vueltas o dispararse en todas las direcciones. A veces, cuando una argumentación caótica es también altamente emocional, incluyendo quizá lágrimas y gritos, la discusión se ha convertido en pleito. Si esto ocurre, lo mejor es dejarla y quizá volver a ella más adelante. Sin embargo, puede ser incluso más importante el establecer y aclarar ciertas reglas para la discusión particular que se está teniendo. Eso nos lleva al siguiente tema, la noción pragma-dialéctica de etapas de la argumentación. Pero antes de pasar a eso, quisiera hacer otra observación.
Muy al principio de esta sección introduje una distinción entre argumentaciones como productos o artefactos (en inglés, arguments1) y argumentaciones como procesos (en inglés, arguments2). Habrás notado que en esta parte hemos venido considerando las argumentaciones primariamente como procesos interactivos entre partes en disputa. Esto significa que los términos utilizados se están aplicando a los procesos como lo opuesto a los argumentos. Sin embargo, eso no significa que dentro de una discusión no pueda haber argumentos particulares que sean emocionales y otros que no lo sean. Lo que quiero decir es que los términos “clínico” y “emocional” se aplican también a los argumentos (objetos de un proceso de argumentación), y lo mismo pasa con los términos “ordenado” y “caótico”, si bien es cierto que lo normal es aplicarlos a las discusiones como tales. Esto es importante por razones estratégicas. Un argumento particular no debe caracterizar toda una discusión, sino que puede usarse como un indicador o termómetro del proceso completo. Vale la pena recordar esto.
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