Kitabı oku: «El exilio español y su vida cotidiana en México»


A través de nuestras publicaciones se ofrece un canal de difusión para las investigaciones que se elaboran al interior de las universidades e instituciones de educación superior del país, partiendo de la convicción de que dicho quehacer intelectual se completa cuando se comparten sus resultados con la colectividad, al contribuir a que haya un intercambio de ideas que ayude a construir una sociedad madura, mediante una discusión informada.
Con la colección Pública histórica se ponen al alcance del público interesado en el devenir de las culturas, textos académicos originales, en los que se acrecienta y actualiza el conocimiento histórico.
Otros títulos de la colección
Historia imperial del Santo Oficio (siglos XV-XLX)
Fernando Ciaramitaro y Miguel Rodrigues Lourenço (eds.)
El cuerpo del tiempo. Códices, cosmología y tradiciones cronográficas del centro de México
Ana Díaz
Nuestro cónsul en Lima. Diplomacia estadounidense durante el Congreso anfictiónicode Panamá y Tacubaya (1824-1828)
Germán A. de la Reza
Historias de científicos. Antología sobre la memoria disciplinaria y reflexiones historiográficas
Ricardo Govantes Morales y Lucero Morelos Rodríguez (coords.)
La risa del profeta o Rafael GIl Rodríguez
Teresa Farfán Cabrera, Jazmín Hernández Moreno y Javier Meza González


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Primera edición en papel: abril 2021
Edición epub: mayo 2021
D. R. © 2021
Fernando Serrano Migallón
D. R. © 2021
Bonilla Distribución y Edición, S. A. de C. V.
Hermenegildo Galeana #111, Barrio del Niño Jesús,
C. P. 14080, Ciudad de México
editorial@bonillaartigaseditores.com.mx
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ISBN: 978-607-8781-28-7 (Bonilla Artigas Editores)
ISBN digital: 978-607-8781-35-5
Coordinación editorial: Bonilla Artigas Editores
Diseño editorial y de portada: d.c.g. Jocelyn G. Medina
Realización ePub: javierelo
Hecho en México

Una nación que cría hijos que huyen de ella
por no transigir con la injusticia,
es más grande por los que se van que por los que se quedan.
Ángel Ganivett
Hermano:
Tuya es la hacienda,
la casa, el caballo y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo
más yo te dejo mudo... ¡mudo!
¿Y cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?
León Felipe
Y al llegar ustedes a esta tierra nuestra,
entregaron su talento y sus energías a intensificar el cultivo de los campos,
aumentar la producción de las fábricas, avivar la calidad de las aulas,
a edificar sus nuevos hogares y a hacer, junto con nosotros,
más grande la nación mexicana, en esta forma habéis hecho honor
a nuestra hospitalidad y a nuestra patria
Lázaro Cárdenas
Los emigrados amamos a este país con el caudaloso y violento amor
con el que amamos al nuestro, porque si para la gran mayoría España
fue la tumba de los padres, Mexico ha sido la cuna de los hijos
Diego Martínez Barrio
Contenido
Presentación
Introducción
Exilio
Vida cotidiana
Anexo fotográfico
Referencias
Sobre el autor
Presentación
La repetición de un fenómeno con las características del exilio español es prácticamente impensable y, mucho menos, deseable.
Por el número de sus componentes ‒y solamente hablamos del grupo que vino a México, de sus características educativas y de formación, de su pluralidad ideológica y del arraigo paulatino pero definitivo y lleno de orgullo al país que convirtieron en su nueva patria‒, se trata de un tema polifacético cuyas alternativas de estudio y análisis difícilmente se agotarán.
Siempre habrá un ángulo nuevo, análisis distintos y, por supuesto, para quienes estuvieron, de una forma u otra, ligados a la migración siempre será posible expresar nuevas emociones, pasiones y compasiones, así como representar esa vida cotidiana y las circunstancias históricas, políticas y sociales en las que se produjo el exilio.
Estas páginas han querido recoger uno más de los muchos, muchísimos enfoques posibles. ¿La aspiración? Recordar el pasado para entender la generosidad, el humanismo y la grandeza de espíritu de quienes ayudaron a los españoles a arraigarse en nuestro país, siempre sobre la base del vigor, la crítica y el repudio al oscurantismo, la felonía y la traición que causaron la migración.
Prólogo
Sobre el exilio español republicano que arribó a México, mucho, bueno y necesario se ha escrito. Fue una tragedia para España, pero la solidaridad de México con los derrotados significó una inyección de conocimientos, trabajo y talento que enriqueció al país. Fue una época de espanto, ominosa. El triunfo del franquismo y su cauda de terror fue también el prólogo de lo que sería la auténtica carnicería humana de la Segunda Guerra Mundial.
Y hoy en tiempos de grandes flujos migratorios generados por la violencia, la persecución o las precarias condiciones de vida, no está de más rememorar que los migrantes no necesariamente deben ser vistos y tratados como si fueran una amenaza, una “invasión”. Por el contrario, su búsqueda de un lugar para vivir, de un refugio, de una tierra para trabajar y crecer, puede, eventualmente, convertirse en un nutriente para el país o los países receptores. (Se escribe fácil, pero en estos tiempos –quizá como en cualquiera– hemos aprendido que recibir a “los otros”, “los extraños”, “los de fuera” no resulta sencillo, por esa pulsión que ve en los extranjeros un riesgo para esa noción brumosa a la que denominamos identidad).
Pues bien, Fernando Serrano Migallón aborda en este libro una dimensión poco tratada en relación al exilio español en México: la vida cotidiana. No tanto el significado político de ese flujo migratorio, no tanto la política solidaria del gobierno encabezado por el general Lázaro Cárdenas, no tanto los aportes de los “refugiados” en terrenos tan diversos como las artes, las ciencias, las humanidades o la vida comercial, agraria o industrial. Y escribo “no tanto” porque sobre esos temas también hay información y reiteradas alusiones. Pero me parece –y esa es la intención central del autor– que de lo que se trata es de poner en primer plano una dimensión poco tratada y que resulta crucial si queremos contar con un mural lo más acabado posible de lo que significó y cómo se vivió el exilio.
No es sencilla la vida en un nuevo país. Menos cuando se llega a él por ingente necesidad, como quien toma una tabla de salvación. Por ello acercarse al difícil proceso de adaptación no solo resulta interesante sino iluminador. Las ciudades en las que se instalaron, la vida cotidiana, los lugares de reunión, el esparcimiento, la comida, las celebraciones, el enfrentamiento con los modos y modismos del lenguaje, las fiestas o la música son parte del rompecabezas que arman las vidas de los transterrados. Serrano Migallón nos entrega breves notas sobre todos esos asuntos y algunos más. Son como ventanas en las que oteamos a miles de personas ajustando por necesidad su proyecto de vida: profesores universitarios trabajando como dependientes de alguna tienda, hombres del campo intentando aclimatarse a proyectos agrícolas en una tierra desconocida, algún político reconstruyéndose de principio a fin porque en su nueva casa no hay espacio para que esa actividad la realicen extranjeros. Estoy convencido de que de todos y cada uno de los apartados se podría hacer un libro entero: las bodas de los refugiados, la militancia política, la vida estudiantil o las ligas de futbol serían temas magníficos para conocer el fascinante proceso de acomodo en la tierra nueva.
Soy de la idea de que el factor fundamental en el proceso de aclimatación en el país receptor es el tiempo. Los migrantes, los refugiados, intentan de manera natural reconstruir –hasta donde eso es posible– las instituciones y el ambiente de su país de origen. No es casual que edifiquen escuelas, centros deportivos o clubes para celebrar y encontrarse, que se apropien de distintos cafés para reunirse y continuar con una conversación que les es propia. La añoranza los acompaña y la forma de vivir es la que aprendieron y ejercieron en España. No es fácil ni sencillo trasplantarse a un país desconocido. Algunos se integrarán y otros vivirán extrañados en tierra ajena, segregados porque no encuentran las llaves para esa integración.
Pero repito, el tiempo hace su tarea. Sus hijos y sus nietos se acoplarán a la nueva realidad de distintas formas: unos se integrarán a la vida del país, pero conservarán algunas señas de identidad, algunos giros del lenguaje, el aprecio por ciertos platillos, el gusto por determinada música y sobre todo una memoria, una historia familiar, que por fortuna no desaparece de la noche a la mañana. Y otros acabarán asimilándose hasta hacer difícil encontrar huellas del pasado de sus antepasados. Es el tiempo el que hace esa tarea y es inútil e intolerante (necio) querer acelerar las cosas en un sentido u otro.
Permítanme un paréntesis: (cuando los migrantes mexicanos a los Estados Unidos crean sus propias escuelas, reclaman que la educación sea en español, construyen templos para mantener viva su fe, realizan murales que rememoran su historia, van en masa a ver los partidos de la selección nacional de futbol, aplaudimos la vitalidad de nuestra cultura, su exportación a otras latitudes, su afán por no desaparecer. Pero cuando diferentes flujos migratorios (españoles, libaneses, judíos, chinos, franceses, etc.) hacen algo similar en nuestro territorio, nunca falta alguien que denuncie la auto segregación de esos migrantes, su afán por mantener su singularidad, su incapacidad para asimilarse. Dos varas y dos medidas. Y me temo que no es una característica nuestra, sino universal. Aplaudimos que lo “propio” se recree fuera de nuestras fronteras, pero vemos con ansiedad y resquemor que “los otros” hagan lo mismo en nuestro territorio. Insisto: el género humano es uno, pero sus manifestaciones culturales son múltiples. Y solo el tiempo, la convivencia e intercambio van produciendo las amalgamas en cada caso. No tiene ningún sentido productivo ser impacientes.
El autor acudió a muy diferentes fuentes para pintar el cuadro de los refugiados en México: entrevistas realizadas por distintos investigadores, material hemerográfico, autobiografías, testimonios y diversos archivos. Se trata de una tarea lenta, metódica, realizada con cariño por eso que de manera neutra y fría se llama en las ciencias sociales “el objeto de estudio”. Porque Serrano Migallón no esconde su aprecio y afecto por ese caudal humano que dejó su noble huella en la historia de México.
Al parecer, los refugiados españoles en México tenían la esperanza de que su estancia sería temporal. Y al finalizar la Segunda Guerra Mundial esas ilusiones se redoblaron. La idea de que los aliados ajustarían cuentas con la dictadura de Franco no era descabellada. Pero no sucedió, la llamada guerra fría y el reconocimiento convenenciero del gobierno que había sido fruto de un alzamiento militar sembraron desilusión y rabia. Así, lo que se pensaba como transitorio se convirtió en definitivo. Con todo lo que ello supone…
Pero antes de entrar de lleno al tema, Serrano Migallón hace una muy buena recreación del contexto en el que se produjo la llegada de los varios miles de republicanos. México, se sabe, apoyó a la República de manera decidida. Desplegó una política diplomática digna de encomio (y fsm dedica páginas relevantes a rescatarla y a poner el nombre y apellido de quienes la operaron), y en el momento de la derrota construyó las condiciones para que entre 18 y 20 000 personas pudieran refugiarse en nuestro país. Son episodios dignos de ser rememorados porque ilustran lo que una política de principios, con flexibilidad y audacia, puede lograr.
Fernando Serrano Migallón tiene talentos varios: licenciado en derecho, ha sido consejero electoral, abogado general y director de la Facultad de Derecho de la unam, consejero de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, subsecretario de Educación Superior, secretario general de la Cámara de Diputados. Es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y de otras asociaciones culturales. Y ha escrito libros sobre Isidro Fabela, la legislación sobre el derecho de autor, el asilo político, las constituciones de México y más, entre los que se encuentra un “curioso” libro que recoge todos los gritos de Independencia, desde el original de Hidalgo hasta las réplicas que llegan a Vicente Fox (no sé si lo ha actualizado). Lo dicho, nuestro autor es versátil, su campo de interés es amplio y sus talentos variados. El libro que hoy nos entrega se lee fácil, resulta sugerente y aborda un complicado tema que llama a la reflexión. Es un texto bien intencionado, docto y sobre todo rescata una noble experiencia de solidaridad que en tiempos aciagos refrenda la esperanza de que las “cosas” pueden, quizá, ser distintas, mejores.
José Woldenberg
Introducción
I
El primero de abril de 1939, el general Francisco Franco expide la parte que da por finalizada la llamada Guerra Civil española. Ese día, España y la República pierden el conflicto. Pierde también la esperanza de un pueblo que había querido incorporarse a una vida más justa, más libre y, por supuesto, más democrática. A cambio, se abría un largo proceso de obscurantismo, opresión y represión.
Dos años antes, cuando el conflicto bélico alcanzaba sus momentos más álgidos, muchos españoles comenzaron a tomar el camino del exilio. Tenían diversos motivos: ideológicos, políticos o de simple seguridad personal. Son notables los campamentos para niños que se instalaron en numerosos países de Europa y el mundo. En México, se conoció a los menores exiliados como los niños de Morelia.
La salida masiva de españoles por la frontera francesa ocurrió entre febrero y abril de 1939. Se calcula que migraron entre 500 000 y 600 000 personas. Una cantidad indeterminada fue albergada en las frías playas del invierno mediterráneo, al pie de los Pirineos Orientales. Muchos migrantes compartían la ilusión de trasladarse a América Latina, para esperar ahí la que entonces se pensaba como inminente caída del régimen franquista. Querían, en particular, llegar a México, país que había sido partidario abierto y definitivo de la República y su Gobierno desde la proclamación de aquélla en 1931. La mitad de quienes salieron terminó por regresar a España.
Las expediciones a México inician el mismo año de 1939. El primer barco llegó a las costas nacionales el 12 de junio de 1939. Se trataba del ya histórico Sinaia. Los traslados siguieron de manera ininterrumpida, hasta que la Segunda Guerra Mundial y el Gobierno francés encabezado por el mariscal Philippe Pétain, a quien habían impuesto los alemanes, entorpecieron los viajes.
No se sabe a ciencia cierta cuántos españoles llegaron a México. Los cálculos más serios hablan de entre 18 000 y 20 000 jefes de familia. Por su tamaño y por el perfil ideológico, político y social de quienes lo conformaron, el exilio español ha sido un tema permanente de estudio. Con frecuencia, se le ha calificado como un exilio intelectual. Conviene precisar esto. En 1931, 60% de los españoles eran analfabetos. De la población restante, no más del 1% pudieron haber sido intelectuales. Sin embargo, entre el 10% o 12% de los españoles que se exiliaron en México pertenecía a esa categoría. Esto significa que la decisión o la suerte de exiliarse en México fue mucho más común entre los intelectuales que entre los que no lo eran, y que la mayoría de los intelectuales españoles que dejaron su patria llegaron a nuestro país.
Las figuras señeras del exilio han sido motivo de estudio, análisis y homenajes. Sin embargo, gran parte de los migrantes se han mantenido en el anonimato y es necesario revalorizarlos. Esa inmensa mayoría estuvo formada por obreros, agricultores, profesionistas liberales, campesinos, trabajadores y empleados en empresas de todos tipos. Su vida cotidiana, lo que hicieron día a día, es decir adaptarse, paulatina pero vitalmente, a una nueva situación es un tema que no ha sido estudiado a fondo. La vida cotidiana en nuestro país rara vez ha sido objeto de análisis y estudio. Una excepción notable es el trabajo de la doctora Pilar Gonzalvo sobre la vida en México1 desde sus orígenes hasta nuestros días.
A decir de Ágnes Heller, la vida cotidiana es la vida de todo hombre.2 La conforman elementos tan diversos como la mentalidad, la religión, las costumbres, los hábitos, los deseos y las pasiones. Abarca toda su existencia, las circunstancias vitales de las que habla Ortega y Gasset.
Nosotros y nuestras vidas estamos hechos de cotidianidad, de acciones que no consideramos importantes pero que a la larga serán lo que prevalezca de nuestro paso por el mundo. Lo cotidiano: esa sucesión reiterada de prácticas, costumbres y actos. Los pequeños objetos que nos hacen recordar (cartas, libros, fotografías) forman parte de nuestra historia personal y se integran, al final de todo, a la historia social.
Esa vida diaria que llevamos sin darnos mucha cuenta recibe el impacto de sucesos trascendentes e irrepetibles que transcurren a la par de ella en otras esferas ‒política, científica, social o cultural‒ y al mismo tiempo tiene un impacto en ellos. Influencia recíproca entre lo común y lo infrecuente.
Aunque en principio la vida cotidiana es privada, cabe decir que se vuelve pública cuando el grupo social en la que transcurre adopta partes de ella y las reitera. Se van construyendo así usos, costumbres, una moral pública y valores reconocidos como propios de ese grupo.
Estudiar la vida diaria de un grupo establecido que no ha sufrido mayores sobresaltos históricos es de suyo complicado, en buena parte porque, en general, prestamos poca atención a esos actos reiterados y no guardamos registro de ellos. Si a este inconveniente se añaden dificultades excepcionales como las que suponen las guerras, las luchas políticas, los desastres naturales y los cismas religiosos, el reto resulta aún mayor. El objeto de estudio, es decir la cotidianidad, se trastoca. Las tareas para asegurar la supervivencia pierden regularidad y no es sencillo mantener la identidad de grupo. A su vez, la tarea de investigar, registrar y explicar un conjunto representativo de ideas, creencias, actos, comportamientos y objetos se entorpece.
La composición del exilio español en México representa un abanico cultural de gran amplitud. En ella están representadas todas las regiones geográficas de España, todos los grupos de su rica configuración étnica y todas las posiciones ideológicas, desde la derecha constitucional hasta las posiciones ácratas en el otro extremo. Personas de todos los partidos y asociaciones políticas, de todos los niveles socioeconómicos, de todos los niveles educativos y con los más variados grados de desarrollo intelectual. Y todas ellas frente a una situación inédita.
El exilio es uno de esos fenómenos históricos que afectan profundamente a quien lo padece: trastoca la vida personal, laboral, familiar, social y política, y cada individuo lo asimila de diferente forma. Por eso, hablar de la vida cotidiana en las circunstancias de un exilio es más complicado que en situaciones normales: todos asumen el rompimiento de forma única y todos enfrentan a su manera la inserción en un nuevo medio.
Distintos pensadores ilustres han vivido y comprendido el exilio de maneras distintas. Stefan Zweig dijo que sólo el hombre exiliado es plenamente libre, pues no padece las ataduras propias de la vida en sociedad. María Zambrano, en la línea de su maestro Ortega y Gasset, afirmaba que si el hombre es él y sus circunstancias, al cambiar las circunstancias, deja de ser él. En Buenos Aires, el español Ángel Ossorio y Gallardo reconocía que el exilio había alterado de fondo la comprensión que tenía del periodo de su vida anterior y que todos sus actos posteriores al exilio lo tuvieron como eje.
En ese mismo sentido, los migrantes republicanos españoles tuvieron que establecer relaciones sociales dentro de su mismo grupo y, a la vez, con la sociedad mexicana que los acogía. Construyeron así dos vidas que normalmente corrían paralelas pero que, con frecuencia, chocaban o se interceptaban.
Por supuesto, un exilio político está siempre muy imbuido de valores éticos y morales que afectan en primer lugar la situación personal de quienes debieron dejar su patria y, enseguida, definir las pautas de asimilación o de rechazo a su nueva condición. En consecuencia, tienen que optar, de manera explícita o tácita, voluntaria u obligadamente, por nuevos valores: ciertos actos que antes tal vez parecían anodinos, en la nueva situación podrían no serlo.
II
Una historia de la vida cotidiana debe referirse a las relaciones humanas y su evolución, las formas culturales y los valores éticos que paulatinamente nacen en un grupo. Explicar la vida cotidiana de los españoles que llegaron a México en 1939 y en años posteriores no es fácil. Para acercarnos a su existencia diaria, tuvimos que recurrir a diversas fuentes. Destacan las entrevistas realizadas por investigadores3 cuyo objeto de estudio no era necesariamente la cotidianidad en sí misma. También, el material hemerográfico que, además de dar cuenta del contexto político, económico y social del México de la época, permite descubrir y asomarse las experiencias de muchos hombres, mujeres, ancianos y niños, y que tanto afectaron su vida en la tierra que los recibió con los brazos abiertos. Otra fuente son las autobiografías de algunos refugiados que guardaron registro de sus avatares y reflejaron aspectos de su devenir diario a lo largo de años en México. Los coloquios y congresos que reúnen testimonios de los exiliados, así como de mexicanos que han convivido con ellos, aportan información valiosa. Hay excelentes materiales en repositorios como el del Ateneo Español de México, la Hemeroteca Nacional, el Archivo General de la Nación, el Archivo Oral del Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Fundación Pablo Iglesias.
Son muchas las dimensiones del exilio español que han sido objeto de investigación: sus orígenes; sus características ideológicas, políticas y sociales; su influencia, etcétera. Sobre todo, se han estudiado las vidas de los refugiados que integraron un grupo notable por sus logros intelectuales y políticos. Son innumerables los textos dedicados a los abogados, pintores, filósofos, músicos y escritores que conformaron de manera definida y señalada parte del exilio.
Es necesario, sin embargo, recordar más ampliamente la vida cotidiana de quienes, sin destacar por alguna hazaña o circunstancia distintiva, formaron ese conjunto esencial y mayoritario del exilio; padres, madres, funcionarios públicos, obreros, campesinos, trabajadoras y militares que hicieron juntos una nueva vida común, padecieron los mismos sinsabores y fueron parte de una historia y un proceso de integración a la sociedad mexicana. Y tan importante como todo ello es referir la situación política, cultural y social en que estaba el país que los acogía.
En unas cuantas líneas, Pablo Carriedo describe a la perfección la política internacional del cardenismo: “En un tiempo marcado por el auge del fascismo y un capitalismo salvaje en plena crisis, las líneas de la política internacional de Lázaro Cárdenas se distinguen claramente por el racionalismo y la humanización”. Y añade: “Su Gobierno se posicionó siempre, y de una manera contundente e inequívoca, en favor de las democracias y en contra del imperialismo”.4
Esa defensa de los derechos de los pueblos e individuos se refleja claramente en el caso español. Desde el inicio de la Guerra Civil en España, el presidente Cárdenas brindó todo su apoyo y reconocimiento al Gobierno republicano de Manuel Azaña. Y una vez que inició el éxodo de españoles republicanos ‒entre ellos Azaña5‒ al vecino país de Francia, comenzaron las gestiones diplomáticas para que todos ellos quedaran bajo la protección de México y se llevara a cabo su traslado a tierras nacionales.
Por invitación y acción del Gobierno cardenista, a México llegó una muestra íntegra de la sociedad española. El 22 de septiembre de 1938 se celebró en la Ciudad de México un acto de solidaridad para los republicanos españoles recién desembarcados. El poeta mexicano Enrique González Martínez dijo entonces: “Volver los ojos a España es encontrar tristezas y destrozos sangrientos, mas quienes están ahora entre nosotros no pueden ni deben sentirse desterrados, pues en cada jirón de América encontrarán una evocación de la buena tierra que creó el Nuevo Mundo”.6
El exilio es ese desprendimiento en el que se mezclan el dolor y la esperanza, el despojo y el renacimiento; es un fenómeno múltiple, personal e íntimo, pero al mismo tiempo social y colectivo; es un hecho político e histórico que pone en evidencia la irrupción de la violencia en la vida pública, la irracionalidad de sus relaciones y el hecho, perverso al fin, de que un Estado persiga a quienes, por su naturaleza, debería proteger. El exilio es también un fenómeno cultural que demuestra la persistencia de la memoria, la voluntad de vivir y la riqueza de la civilización que acepta mestizajes, combinaciones y diálogos para generar frutos que se prolongan en el tiempo.
El exilio lo cambia todo, como decía María Zambrano. Quien se refugia en un país distinto deja de ser lo que era o por lo menos como era. El exilio es, para el que lo ha sufrido, una situación permanente. Si por alguna razón favorable el exiliado pudiera volver a su patria, el recuerdo y la añoranza del país que lo acogió tomaría el lugar del objeto anhelado. El exilio es también un diálogo, confuso a veces, y como en todo intercambio que implica lo más profundo de la identidad, lo que se quiere decir es distinto de lo que el otro entiende. En el exilio se oyen tres voces que dificultan el entendimiento: los que expulsan, los que son expulsados y los que reciben.
Desde poco antes de que se dispararan las últimas balas de la guerra y hasta el final del proceso, poco más de 500 000 personas salieron expulsadas de España y se trasladaron a diferentes destinos de la geografía europea y americana. España perdió mucho más que la voz para cantar, como dijo León Felipe: había conservado “la casa, el caballo y la pistola”, pero se había privado de un Gobierno legítimo, una parte importante de sus maestros universitarios y casi todos sus científicos e intelectuales. Pero, sobre todo, el país perdió una fracción significativa de su sociedad, un futuro que habría sido mejor si se hubiera concedido el perdón, y la piedad y la tolerancia necesarias para que quienes se fueron hicieran su vida en su propia tierra.
Una muestra social e ideológica de la España anterior a la guerra cruzó las fronteras: desde los republicanos de derecha hasta los de extrema izquierda; desde el profesor universitario y el científico hasta el labrador y el obrero; desde familias completas hasta individuos solos; desde el niño cuyos padres querían darle un lugar donde crecer en libertad hasta el anciano que buscaba un lugar para morir dignamente.
Lo más insólito de este exilio es que, por primera vez en la historia, un Estado completo, con todos sus órganos legítimos y capacidad jurídica plena, tuvo que instalarse fuera de su territorio para seguir existiendo. Salieron los titulares de las tres altas magistraturas del Estado: los presidentes de la República, del Gobierno y de las cortes; el Gobierno en pleno; los presidentes y los gabinetes íntegros de las dos regiones autónomas establecidas por la República; y los poderes Legislativo y Judicial, en número tal que sus sesiones eran legítimas y sus decisiones válidas.
En España se quedó una sociedad amordazada, temerosa y violentada. Las cifras más conservadoras nos asoman a un panorama desolador:
500 000 muertos durante la guerra, tanto en los campos de batalla como en la lucha soterrada que se libró en las calles de las ciudades y pueblos.
500 000 exiliados.
Cerca de 2 000 000 de presos, la mayoría de los cuales recibieron condena sin que mediaran juicios, acusaciones formales ni delitos.
De esos 2 000 000, más de 150 000 fueron ejecutados entre 1939 y 1949; cuando llegó a haber juicios, las sentencias eran el producto de los procesos más inverosímiles.
81 000 desaparecidos durante la dictadura, esto es, entre 1940 y 1975.
España entró en una larga noche donde la luz era un privilegio, la palabra una osadía. Bajo la triste fachada del orden y la promesa del progreso material, la represión encerraba a una sociedad que no podía ni quería verse o reconocerse a sí misma.
El medio millón de españoles que huyó de esta situación, abandonando su tierra, llegó sobre todo a dos destinos. Del otro lado de los montes Pirineos, a una Francia hosca y temerosa que se hundiría poco después en el negro periodo de la ocupación nazi. El país vecino se preocupaba más por sobrevivir que por acoger a los incómodos visitantes. En el mejor de los casos, era necesario liberarse de ellos pronto.
El segundo destino, al otro lado del Atlántico. México era un país convaleciente. Terminaba el periodo armado de una más de sus revoluciones, el primer levantamiento social del siglo XX. Se trataba de una nación aislada internacionalmente. Bloqueada por diversos Estados a raíz de la expropiación petrolera y sujeta a los reajustes de sus propias fuerzas políticas, sus gobiernos revolucionarios no eran reconocidos diplomáticamente. Cuando nació, la Sociedad de Naciones no incluyó a México como uno de sus miembros fundadores; su integración ocurriría hasta 1931.
Al mismo tiempo, México era un país en pleno crecimiento, dispuesto a regresar a los escenarios internacionales y a construir el futuro por el que habían entregado sus vidas muchas mujeres y hombres de todas las condiciones. Era también un país profundamente dividido por los rencores, las posturas políticas enfrentadas y las divergencias que toda guerra fraticida deja tras de sí.
Esas divisiones fueron evidentes cuando los españoles llegaron a México. Quienes estuvieron a favor de la acogida, más que expresar su aprobación, participaron de una auténtica entrega, solidaria y plena. En medio de un periodo sumamente nacionalista, un sector importante de la población mexicana vio en el arribo de los migrantes una oportunidad de reencuentro con el componente hispánico de su identidad; la revitalización de una herencia idiomática, intelectual y filosófica.
A convocatoria del presidente ‒y en un momento en el que el corporativismo obrero tenía más poder que nunca‒, casi todos los sindicatos mexicanos se pusieron del lado de Cárdenas y ofrecieron su abrigo a los recién llegados. Fueron los primeros. El sector de los movimientos obreros organizados fue el que menos importancia dio al temor de que los trabajadores mexicanos se vieran desplazados por los españoles y, desde un principio, decidió cooperar con Cárdenas, al menos en el discurso, para hacer realidad el asilo republicano. Como es natural, los sindicatos del Estado fueron los más decididos defensores de las políticas públicas en este tema.
Los grupos que respaldaron al Gobierno en relación al asilo eran de naturalezas distintas; empresarios que querían emplear los cerebros y brazos que habían llegado; agricultores que distinguieron la oportunidad de tratar con colegas avezados en las técnicas de cultivo europeas y que en México eran apenas conocidas; intelectuales y políticos cuyas convicciones ideológicas coincidían con el discurso republicano; grupos de la clase media que veían en el asilo una manifestación del grado de civilización y cultura que México podía alcanzar una vez superado el trauma de la violencia revolucionaria.
Las muestras prácticas de apoyo ‒más allá de la simple felicitación o adhesión moral, cuyos ejemplos se cuentan por centenares‒ comenzaron tan pronto como llegó la vanguardia de los refugiados. Los primeros en manifestar una militancia activa a favor del asilo fueron los trabajadores agrícolas. El Gobierno federal comprendió los beneficios que traería la ocupación de campesinos españoles en las tierras de cultivo mexicanas y destino a tantos como pudo para esa actividad.
Entre los opositores al exilio, en cambio, había personas y grupos vencidos durante la Revolución, sectores contestatarios que provenían de la rancia dictadura porfirista, algunos miembros de la vieja colonia española y la jerarquía católica. Realizaron distintos actos hostiles, aunque no violentos, contra los recién llegados. Buscaban presentarlos de distintas maneras. Como emigrantes económicos más que como refugiados políticos, es decir, como competencia desleal para los trabajadores; como gente perseguida por la justicia de España, delincuentes comunes que no podían ganarse la vida de forma honesta en su tierra de origen; bandoleros que huían de la ley, según lo muestra el texto “Cortes de caja y cortes de paja”, de Alfonso Junco. O bien como elementos peligrosos para la convivencia social dado su ascendiente rojo; individuos mimados y protegidos por un Gobierno que los prefería a otros grupos en desgracia, como los judíos ‒véase, por ejemplo, “El Sinaia y el Sinaí”, artículo de Salvador Novo. La Iglesia, por su parte, los llamaba comunistas y herejes enemigos de la religión.
Si en lo interior la expropiación de la industria petrolera constituyó el punto más alto de la política cardenista, en lo exterior el asilo concedido a las víctimas de la guerra civil española fue el momento de mayor importancia.
En general y en el caso español, Lázaro Cárdenas procuró ceñir su política de asilo y su discurso a la materia a la legalidad constitucional y el marco jurídico internacional. Se valió de un discurso ideológicamente revolucionario y progresista en lo social, y aplicó por primera vez políticas duras para mantener el control de legaciones y embajadas en medio de situaciones críticas.
En torno a Cárdenas se reunió un equipo cuyo valor no iba a la zaga de sus talentos e inteligencia. Hombres dignos de homenaje por su calidad humana y que es justo mencionar: Isidro Fabela, Luis I. Rodríguez, Gilberto Bosques, Narciso Bassols, Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas.
En las décadas de 1930 a 1950, la política exterior de México brilla en el contexto internacional por su respaldo a la legalidad internacional y la defensa que hizo de ella; por una diplomacia dotada de gran sentido humano y valor, cualidades que subrayan el oficio político de los representantes mexicanos; una diplomacia disciplinada, ordenada.
La España peregrina en México estuvo constituida por entre 18 000 y 20 000 jefes de familia que hicieron de ésta su nueva patria. Un pueblo que nunca dejó del todo la tierra que había sido obligado a abandonar pero que logró integrarse al país de asilo. Poco a poco, lo fue considerando suyo.
Para los propios exiliados, su destino fue motivo de constante reflexión. Ya en 1959, año en que la dictadura celebraba 20 años de paz en la Península, el debate se planteaba con claridad. Desde Ginebra, donde se refugió, Luis Araquistáin proclamó el fracaso del exilio. Para él, el exilio había sido olvidado en España; los hijos nacidos fuera de la patria de sus padres se habían desentendido de ella, de sus ideales y aun de su historia, mientras los antiguos republicanos vagaban por el mundo como doña Juana la Loca, llevando consigo el cuerpo insepulto de la República, y se iban consumiendo sin otra trascendencia que el vago recuerdo que podía quedar de ellos en su patria.
En respuesta, Fernando Valera ofreció desde París un compendio de la moral colectiva del exilio republicano. Para él, la República albergada fuera de España no era Juana la Loca, sino una Numancia peregrina dispuesta a sacrificarse por sus valores; porque, sin importar cuántos quedaran, dónde estuvieran o qué tiempo pasara, los españoles del futuro comprenderían algún día que el exilio había sido la fuerza que mantuvo vivas las instituciones y la dignidad de la República, y que los exiliados habían honrado el compromiso adquirido en las últimas elecciones libres de España, en el ya lejano 1936.
No pudieron contribuir a la historia española desde su propia tierra, pero lo hicieron desde el exilio. Sus años y sus obras en México son una herencia que une a ambas naciones y marca una bifurcación en la historia española. Observar el asilo es ejercitar una doble mirada: sobre la sociedad receptora, que vive una experiencia colectiva y ve enriquecido su patrimonio cultural, y sobre los exiliados mismos, que viven y actúan como entes sociales y culturales, pero siempre dentro de los márgenes de su drama humano.
Hoy debemos reconocer que para España el exilio está muerto; murió a fuerza de traiciones y de olvido. Los republicanos fueron derrotados una y otra vez: la primera, al ver caer su Gobierno luego de una guerra injusta; la segunda, al presenciar los arreglos internacionales entre los triunfadores de la Segunda Guerra Mundial, que permitieron sobrevivir al fascismo en España. Otra más, cuando las conversaciones para la reconstrucción de la democracia española derivaron en la instalación de una monarquía; y, por último, cuando el socialismo triunfante omitió incluir su participación en la historia de España. Olvidados en un país donde ya no podían reconocerse, no tuvieron más patria que la ajena.
Sin embargo, para México, el exilio español vive. Extraña paradoja de la historia: si en la Península el tema, que apenas comienza a abrirse, es tratado con el tacto y delicadeza propios de los asuntos más espinosos, en México el exilio pervive no sólo en la tercera generación de mexicanos de origen español, sino también en su legado de ideales democráticos, honor y colaboración con el pueblo que fue en un primer momento su refugio, posteriormente su casa y hoy su propia patria.
Este drama histórico se desarrolló en cuatro etapas claramente definidas. Todas ellas estuvieron marcadas por el ritmo de la política internacional y el desarrollo del conflicto en España, y todas involucraron al país que lentamente dejó de ser asilo para convertirse en patria. En la primera, de 1937 a 1944, el exilio sale al encuentro de México; en ese entonces se creía que todo sería temporal y la gente esperaba que, al terminar la Segunda Guerra Mundial, los aliados provocarían la caída de Franco, y, así, el paso por México sería sólo una anécdota llena de afecto y agradecimiento.
Esa primera etapa de encuentro se convierte en esperanza entre 1944 y 1953, al compás de una Guerra Fría en la que las democracias recibían el apoyo de los países triunfantes y no parecía creíble que un dictador fascista sobreviviera en Europa occidental. Entre 1953 y 1975, las circunstancias geopolíticas, los intereses económicos y la conveniencia militar normalizaron el Gobierno espurio de la Península y lo admitieron ‒aunque nunca plenamente, siempre con ciertas reservas‒ dentro de la familia de las naciones. A esta derrota se le llamó desilusión. Vencidos una vez más, conscientes de que mientras Franco viviera no habría regreso posible, los exiliados se hicieron cada vez más mexicanos, tuvieron descendencia nacional y España se volvió bandera moral y añoranza de otros tiempos. Entre 1975 y 1978, la reconstrucción de España parecía una fuente nueva de esperanza y, sin embargo, fue la derrota postrera y el inicio del olvido que hoy tratamos de revertir.
Durante décadas, la migración republicana española se apreció exclusivamente como un exilio de intelectuales, como el exilio intelectual por excelencia. En cierta forma lo fue, pero considerarlo sólo de ese modo significa perder de vista un profundo contenido humano y un esfuerzo desinteresado por salvar familias y personas, sin importar sus ocupaciones, preferencias políticas o grado de estudios.
El rostro del exilio fue también el del sufrimiento humano, el del ciudadano de todos los días ‒el que no aparece en los libros de historia, pero que hace la historia y la recuerda‒ que busca la vida y la libertad.
No es desdeñable, por lo demás, el exilio intelectual. Quienes se dedicaban a labores artísticas, educativas y literarias encontraron en México un lugar para continuar su actividad y un terreno fértil para sus reflexiones. La mayor parte de sus miembros se integraron a la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyo cuerpo docente creció 10% ‒especialmente en las facultades de Filosofía y Letras y de Derecho, donde los inmigrantes representaron 20% del profesorado‒, al Instituto Politécnico Nacional y, en menor medida, a las instituciones de educación superior de los estados. Fue creada la Casa de España ‒El Colegio de México de hoy‒ institución epónima de esa migración. Se trató de intelectuales identificados por su respeto a la verdad, su imparcialidad y rigor científico, su pluralidad intelectual; mujeres y hombres tan diferentes ideológicamente como Victoria Kent y José María Gallegos Rocafull, como Ramón de Ertze Garamendi y Wenceslao Roces. Fueron ellos también los que encabezaron la ruptura del aislamiento y el inicio de la participación mediante la construcción del México moderno.
Los republicanos aportaron a México una nueva visión de España, la que llevaban consigo. Esta visión encarnaba la libertad, la dignidad humana, el respeto a la vida y los mejores valores de Occidente. En la memoria de los mexicanos dejaron constancia del espíritu republicano que mostraban con orgullo y dignidad, y desalojaron, por lo menos en parte, el sentimiento generalizado de la leyenda negra. Fueron la raíz de un nuevo humanismo laico que se incorporaría a la vida diaria del país y entraría en diálogo con la tradición liberal mexicana. Para los mexicanos, también representaron la conciencia de lo que es la democracia y de lo que significa perderla. Enarbolaron una moral colectiva arraigada en el honor y que se manifestaba en el principio de que un republicano español no podía volver a su patria mientras gobernara en ella el fascismo.
El 14 de abril de 1957, el exilio español rindió un homenaje al general Cárdenas. Fue una ocasión especial, por cuanto estaban frescos en la memoria de los exiliados el dolor y el desprendimiento de España, dolor que no se había convertido todavía en añoranza y melancolía. El presidente aceptó el homenaje como un acto de enaltecimiento a la hospitalidad, muy al margen de todo merecimiento personal. Ahora sabemos y entonces se sabía que este suceso de enormes dimensiones no hubiera sido posible sin la fuerza, la entrega y la voluntad de Lázaro Cárdenas. En la ceremonia, el general afirmó:
Amigos nuestros: la tarea no está aún cumplida. Mas ¿qué importa que transcurra el tiempo, si siendo apenas un instante en el decurso de los siglos, el sacrificio convierte a nuestra causa en una conquista más que está contribuyendo a la marcha ascendente de la Humanidad?
Aunque no quedara ninguno de los veteranos de la República, su ejemplo de lealtad y su fe en la reivindicación de los derechos violados será mandato para la actual juventud y las futuras generaciones y continuará como bandera invicta de los precursores del triunfo de la democracia.
Exilio
México y España: una amistad peculiar
El primero de abril de 1939, el jefe de las fuerzas sublevadas en España difundió el último parte de guerra. Anunciaba el final de la contienda, que significó el triunfo de la rebelión y la derrota de la República y de España, sin concesiones de ningún tipo.
Este hecho tuvo una serie de consecuencias inmediatas de muy distintas clases: en el ámbito personal, las tragedias de todos los exiliados, marginados, encarcelados, perseguidos y muertos; en lo social, el reacomodo político y económico por el que, desde un principio y durante largo tiempo, los grupos mayoritarios perdieron los beneficios alcanzados gracias a los programas de desarrollo; en lo político, la oportunidad de los triunfadores de hacerse con el poder absoluto, sin contrapesos ni oposiciones, y la necesidad moral y vital de los perdedores de conservar vivos y en pie los principios y la estructura del régimen que acababa de caer.
En todas estas circunstancias de la desgracia española, un lejano país y una sociedad solidaria, la mexicana, tuvieron un papel protagónico. Mucho antes del advenimiento de la República española, se habían creado canales de diálogo y lazos que respondían a problemas y aspiraciones comunes, en particular a una honda y seria necesidad de autoconocimiento. Como dijo Arturo Souto Alabarce,
la pregunta “¿qué es España?” puede parecerle extraña a un francés, a un inglés, pero no a un mexicano, no a un hispanoamericano. Paralelos a los pensamientos que esta pregunta removía en Unamuno, en Valle-Inclán, en Azorín, en Ortega, en Azaña, los pensamientos de Sierra, de Vasconcelos, de Antonio Caso, de Reyes, de Henríquez Ureña, de Ramos; y antes, si se cita a Galdós, a Menéndez Pelayo, a Castelar, puede también citarse a Altamirano, a Ignacio Ramírez, a Martí, a Bello o a Sarmiento. El gran tema, pues, que para España propusieron los noventayochistas, forma la sustancia del ensayo español contemporáneo, y hay, de hecho, tantas respuestas como autores. La guerra ‒en esto como en todo‒ vino a hacer tabla rasa de muchas opiniones, de muchas teorías, de muchos prejuicios.
Desde mediados del siglo XIX, México y España habían sostenido una serie de encuentros históricos; hacia las décadas de 1920 y 1930, el número de encuentros se incrementó. En otras palabras, México no era un desconocido para España, ni al revés. Existía una corriente de comunicación, las más de las veces personal e informal, entre miembros destacados de ambos países, aunque no se reflejara en una política oficial de mutuo acercamiento. La proximidad se dio hasta el advenimiento de la República española.
Llama la atención que España y México compartan historias de exilios similares, lo que ha propiciado un diálogo privilegiado. Así fue precisamente con esa cadena de liberales y progresistas que fueron, según sus distintos tiempos y condiciones, Juan Sánchez Azcona, Vicente Riva Palacio, Bernardo Reyes y su hijo, Alfonso Reyes, entre otros. Es en ese tiempo de exilios mexicanos en España que las circunstancias políticas y sociales gestan la revolución intelectual que llevará a España a la promulgación de la República. Mientras Francisco Giner de los Ríos, durante su cautiverio, concebía la Institución de Libre Enseñanza, Riva Palacio buscaba, también en España, allanar diferencias y buscar el entendimiento tras el episodio de Maximiliano en México. Riva Palacio había pisado tierra española antes, para la publicación de El libro rojo, escrito con Manuel Payno, y había dado así un paso inicial en otra línea de diálogo, que luego continuaría Artemio de Valle Arizpe: la de la novela colonialista. Desde luego, los canales del diálogo entre España y México no se debieron sólo a las circunstancias y los tiempos. Fueron también el producto de ideas claras y de la voluntad de mexicanos y españoles.
Los mexicanos en tránsito por España participaron en la política local, la mayoría de las veces de manera sutil ‒el caso de Martín Luis Guzmán es excepcional. Así, tanto Riva Palacio como Reyes observaron la realidad española y, con frecuencia, aunque también con tiento, opinaron. Aquellos años de exilios mexicanos discontinuos en España dejaron huella en ambos países. Héctor Perea señala que Vicente Riva Palacio permaneció en España diez años, salvo por los breves lapsos que pasó en México y Francia. Es el mismo número de años que consigna Servando Teresa de Mier en su libro autobiográfico; el mismo, también, del periodo madrileño de Reyes. Riva Palacio festejó en Madrid y de manera fastuosa el cuarto centenario del descubrimiento de América. Pero, sobre todo, como Juan de Dios Peza, Amado Nervo, Francisco A. de Icaza, Luis G. Urbina, Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán, participó en la vida cultural hispana con tanta o más pasión que los nacidos en esa tierra. Es notable el trabajo de Alfonso Reyes como secretario del Ateneo de Madrid; de Rodolfo Reyes como presidente de la Sección de Ciencias Morales, durante la República; de Riva Palacio como presidente del Círculo de Bellas Artes, en 1894, y vicepresidente de la Asociación de Escritores y Artistas, en 1892, año en que Valle-Inclán realiza su primer viaje a México.
Los promotores del asilo republicano en México pertenecieron fundamentalmente a dos generaciones claramente definidas de la historia cultural mexicana: la del Ateneo de la Juventud y la de Los Siete Sabios. De la primera fueron parte Antonio Caso y Alfonso Reyes; de la segunda, Daniel Cosío Villegas y, de manera señalada, los hermanos Martínez Báez.
La presencia de México en España y el diálogo de los intelectuales mexicanos con sus pares españoles se extendieron a la siguiente generación. En una carta fechada en Madrid el 30 de abril de 1930, Jaime Torres Bodet da esta noticia a Alfonso Reyes: “Mathilde Pomès, nuestra Mathilde, estuvo hace unos días en España. Vino también a Madrid, en donde le ofrecimos una comida Salinas, Marichalar, Bergamín, Fernández Almagro, Rafael Alberti, León Sánchez Cuesta y yo”.
Cuando el periodo armado de la Revolución mexicana había pasado, el Gobierno cardenista añadió a su discurso político un elemento que se percibía ya en los ambientes culturales y educativos de varios países de América Latina y que se acentuó a partir de la Guerra Civil española: el elemento de la unidad natural de los países de habla española. A diferencia de las ideas panamericanas de Estados Unidos ‒que identificaban la unidad de América con la sujeción formal del continente a las políticas de influencia estadounidense y que no hacían distinciones históricas, culturales, sociales o económicas‒ y de los ideales bolivarianos que a mediados del siglo XX proponían formas utópicas y románticas de unidad iberoamericana, el postulado hispanoamericano de Cárdenas se refería, más bien, a elementos culturales y de identidad histórica. La visión cardenista era extensiva por cuanto incluía a la España republicana, a Portugal y a todos los países de la América hispana y portuguesa. Se basaba, además, en un nuevo modelo de relación entre todos los países del continente, agrupados ya no en torno de una metrópoli sino de un país cuya maternidad histórica y lingüística no era cuestionada y había superado ya la era de los reproches, los resentimientos y las distancias. Desde este punto de vista, era una relación más madura que la simple imitación o añoranza del romanticismo decimonónico y, al mismo tiempo, más real que el desdén del liberalismo mexicano que solía rayar en la leyenda negra de la colonia.
La propuesta no se limitaba a la simple idea de un frente político común, sino que concebía la región como una entidad histórica con un futuro compartido. Éste es el hispanismo de intelectuales tan distintos como Alfonso Reyes y Fernando Benítez, al que contribuyeron figuras del exilio como José María Gallegos Rocafull y José Gaos, cuyas tesis, en ocasiones opuestas, seguirían influyendo el pensamiento mexicano hasta el final del siglo, se convertirían en cultura viva y nutrirían la reflexión tan variada en fondo y forma de escritores como Octavio Paz, Carlos Fuentes y Fernando Salmerón.
Ambos Gobiernos, el mexicano y el republicano español, descubrieron que la exportación al mundo de su lenguaje común denotaba que la relación entre ellos iba más allá de la simple cordialidad. Permitía, además, introducir la noción de universalidad en la ideología y los códigos de lucha, y prefiguraba de cierta manera un discurso político cercano al que tendrían los Aliados frente a las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de los especialistas, por no decir que todos, han insistido como Hugh Thomas en la idea de que la Guerra Civil fue el laboratorio de los fascistas en vistas a una gran conflagración. Puede decirse que el contacto diplomático entre la República española y México equivalía también a un laboratorio ideológico para la expresión de los preceptos revolucionarios y la defensa democrática.
El Gobierno de Cárdenas permitió y fomentó que las embajadas de México en el exterior funcionaran como centros de comunicación ideológica y reunión para alcanzar acuerdos. Fueron lugares de encuentro y difusión de las ideas revolucionarias. La acción diplomática, así, daba cuenta del Gobierno mexicano como el impulsor de una corriente mundial a favor de las libertades en general y de la República española en particular.
La diplomacia de México debió enfrentar, en más de una ocasión, oposiciones diversas. No puede decirse que existiera una política deliberada en contra de las posiciones mexicanas. Los conflictos se debieron más bien a la errónea postura de no intervención de la Sociedad de Naciones, que favorecía de facto la rebelión franquista, y a las acciones de las naciones del Eje. La conformación, al menos aparente, de una política multilateral a favor de los ideales revolucionarios y liberales latinoamericanos no tenía lugar en el juego de las naciones de Europa, que comenzaban a batirse en España, pero sí se interpretaba como una extensión de lo que ocurría en España.
Unos meses después de que iniciara la Guerra Civil, llegó a Ginebra Isidro Fabela. Desde la ciudad suiza, defendió con pasión la causa de la República española: “si el destino fuera transitoriamente adverso a la causa del verdadero pueblo español, que con tanto denuedo y fe defendemos, todavía entonces y siempre estaría convencido de que defendimos con el más puro desinterés un ideal que forzosamente triunfará en España”.
México se oponía a que el problema español fuera retirado de la jurisdicción de la Liga de las Naciones y se aislara al Gobierno republicano. Isidro Fabela fincó su posición en un pacto suscrito por México, pero ya casi olvidado: “La convención sobre derechos y deberes de los Estados, para el caso de las guerras civiles”. Este pacto fue producto de VI Conferencia Panamericana, realizada en La Habana en 1928.
España, que se abstuvo de firmar la convención, no podía pedir sus beneficios, pero los demás países americanos, incluido Estados Unidos, debían haber secundado la posición mexicana, como lo indicaba dicho tratado. No fue así y, muy al contrario, aprobaron la creación del Comité de No Intervención. El representante español terminó por aceptar el proyecto del Comité, incurriendo así en una falta técnica y política de buena fe que constituyó un error de alcances irreparables.
La delegación mexicana se vio en el dilema de votar a favor del Comité, lo que equivalía a obviar los principios jurídicos; votar en contra e incumplir así los deseos del Gobierno al que se quería ayudar, o no asistir y de ese modo abstenerse, lo que se podría interpretar como debilidad. Se consultó telegráficamente al general Cárdenas, quien estuvo de acuerdo en la solución propuesta: votar favorablemente, pero con reservas sobre el significado del voto.
Fabela escribió después al presidente: “Es seguro que la presión de Inglaterra y Francia sobre el Gobierno republicano ha de haber sido tremenda para obligarlo a aceptar semejantes resultados; es posible, aunque las maniobras ejercidas contra las autoridades legítimas hayan llegado hasta las amenazas para conseguir su objeto”.
En septiembre de 1937, Fabela pronunció en Ginebra dos discursos. Señaló en ellos la posición de México: defendió a España, condenó la intervención extranjera en la guerra y acusó a los miembros de la Liga de falta de valor para afrontar los problemas y aplicar el pacto. A raíz de esas intervenciones, el general Cárdenas le dirigió una carta abierta que fue publicada por diversas agencias internacionales. “Transmito a usted [...] mi simpatía por su actitud en la Asamblea de Ginebra, que refleja fielmente el pensamiento del Gobierno y pueblo mexicano, manifestado constantemente lo mismo en los congresos interamericanos que en el pacto de la Liga”.
Al caer el frente republicano, a principios de 1939, el éxodo de españoles hacia territorio francés se hace interminable. Fabela telegrafía el 6 de febrero a la Secretaría de Relaciones Exteriores para pedir autorización de “ir con carácter particular a Perpignan, pues deseo recoger personalmente dos niños de cuya educación encargarme y llevar víveres y ropa a los refugiados, que se hallan en situación deplorable”.
México y la Guerra Civil española
En la tercera década del siglo XX se establecieron las pautas que ‒a partir de la Guerra Civil española, el ascenso de los fascismos y el inicio de la Segunda Guerra Mundial‒ dirigirían por más de 50 años la política internacional de México. La nueva política resultaba de la conjugación de tres elementos: una visión moderna del Estado mexicano, el ideario revolucionario y la relectura del orden mundial. El objetivo: colocar a México en el lugar que le correspondía entre las demás naciones, por su historia, su cultura y su proyección futura.
La relación entre política interior y exterior transitó desde la necesidad fundamental de reconciliar y reunificar a la sociedad mexicana tras el largo periodo revolucionario (1910-1921) hasta la mediación frente a grupos extremos y el cumplimiento de objetivos relacionados con esta actividad.
Al estallar la Guerra Civil española y, posteriormente, la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno mexicano se propuso fortalecer el modelo de un nuevo Estado, popular e institucionalizado. Con el apoyo de amplios sectores sociales que deseaban ver cumplidas las promesas revolucionarias, el proyecto nacional buscaba ligar a una sociedad cruelmente dividida por décadas de violencia. Para ello, consideró necesaria la incorporación de actores que habían estado marginados desde la Independencia, como los obreros y los campesinos. Buscó, pues, la inclusión de las masas en la política.
Llevar a cabo reformas sociales profundas que hicieran realidad las reivindicaciones agraristas y obreras de la Revolución requería de una infraestructura política y material importante. Estaba en juego la viabilidad de un nuevo Estado nacional cuyo ingreso en el mundo moderno se había postergado más allá de lo tolerable. Justo en este marco se inscribe el asilo concedido a los republicanos españoles, la expropiación petrolera y la educación socialista.
Para alcanzar sus metas, el Gobierno decidió compartir su proyecto con las fuerzas ideológicas y regionales que componían la vida política. No debe olvidarse que en esa época la autoridad federal aún gozaba de un gran ascendiente sobre las autoridades locales y que el presidente era visto como el líder natural de la Revolución. Del catálogo de respuestas que dieron los gobernadores de los estados a la petición del mandatario de acoger a los asilados españo-
les, destaca una: la aceptación del discurso humanitario cardenista, que buscaba identificar el movimiento revolucionario, entonces ya en el poder, con las mejores tradiciones humanas de Occidente. Un discurso que plantea la reconstrucción del Estado, no como corolario de las luchas armadas, sino como consecuencia de la dialéctica política, del proceso revolucionario que aspira al constante mejoramiento del pueblo.
En 1937, la presión norteamericana cobró tal magnitud que México debió suspender el envío oficial de armas al Gobierno de la República española. Sin embargo ‒de manera subrepticia y, presumiblemente, desde la Secretaría de la Defensa Nacional, encabezada por el general Manuel Ávila Camacho‒, se organizó un sistema de contrabando tolerado que permitió que continuara, aunque disminuido, el flujo de armas de México a España. Es imposible pensar que este sistema de apoyo funcionara sin el conocimiento del presidente de la república, sobre todo si se tiene en cuenta que, al paso del tiempo, Ávila Camacho se convertiría en candidato a la presidencia y después en presidente.
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