Kitabı oku: «Los señores del Uritorco»
LOS SEÑORES DEL URITORCO
Finalmente el libro que todos los que aman Córdoba y su historia estaban esperando: un texto de divulgación serio, accesible y ameno sobre la etnia que pobló las serranías y los valles de la provincia: los henia-kamiare, popularmente conocidos como comechingones. Esta obra, contrariamente a lo que sucede con otra literatura en circulación, se basa en las fuentes científicas más acreditadas, a partir de los trabajos señeros de los grandes investigadores argentinos Aníbal Montes y Antonio Serrano, a quienes el libro rinde homenaje. Además, plantea un análisis de la visión que de los henia-kamiare difundieron operadores esotéricos como Guillermo Terrera, Ángel Cristo Acoglanis y José Trigueirinho, quienes relacionaron a los comechingones con la mitología ufológica del cerro Uritorco y con la supuesta ciudad intraterrena de Erks.
Sebastiano De Filippi nació en 1977, y es un experimentado investigador y escritor. Cursó sus estudios universitarios de ciencias sociales en las universidades de Buenos Aires y Católica Argentina, y se graduó como Licenciado en Dirección Orquestal por la Real Academia de Música de Londres.
Ganó certámenes de ensayo, narrativa y poesía, incluyendo el Concurso Literario Internacional organizado por la Comisión de Conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento Oficial de América. Publicó artículos de divulgación científica en revistas de la Argentina, Italia y España.
Como musicógrafo, escribió para los programas de mano de orquestas, teatros y festivales de la Argentina, Ecuador y Bolivia. Es autor de los libros Cristóbal Colón. Los navegantes italianos de los siglos XV y XII (1992), Alta en el cielo. Vida y obra de Héctor Panizza (2017, en coautoría con Daniel Varacalli Costas) y La Ciudad de la Llama Azul. Luces y sombras sobre el cerro Uritorco (2018).
Tiene una destacada carrera musical como músico, profesor, disertante y gestor. Es director de la Orquesta de Cámara del Congreso de la Nación. Fue nombrado Caballero en la Orden al Mérito de la República Italiana.
Fernando Soto Roland nació en 1963, y es un conocido historiador y escritor. Se graduó con honores como Profesor en Historia en la Universidad Nacional de Mar del Plata y desde 1992 ejerce labor docente en los niveles educativos secundario, terciario y universitario.
Es autor de libros y artículos. Su primer trabajo bibliográfico, Visitantes de la noche, versó sobre el imaginario que rodea a las historias de fantasmas, y fue publicado en 1997 en la Argentina y en España. Abordó la cuestión de los exploradores y las exploraciones durante el siglo XIX en el libro Aproximación al imaginario de los exploradores durante la Era del Imperio (2012).
SEBASTIANO DE FILIPPI
FERNANDO SOTO ROLAND
LOS SEÑORES DEL URITORCO
La verdadera historia de los Comechingones

A la memoria de don Aníbal Montes (1886-1959), ingeniero de profesión, militar de carrera y antropólogo por vocación.
A la memoria de don Antonio Serrano (1899-1982), prototipo de científico positivista volcado a la arqueología.
El estudio autodidacta y la investigación independiente de ambos nos legaron buena parte de lo que sabemos sobre los comechingones.
Revelar la memoria de los pueblos es avanzar hacia un mundo sin odios.
Aníbal Montes
Índice
Cubierta
Acerca este libro
Portada
Dedicatoria
Epígrafe
Presentación, por Horacio Sanguinetti
Prefacio, por Sebastián Pastor
Prólogo, por Diego Viegas
Introducción
I. Semblanza de un pueblo olvidado Denominaciones Perfil étnico Origen histórico Ubicación geográfica Organización sociopolítica Espiritualidad y culto Manifestaciones artísticas Viviendas y refugios Hábitos alimenticios Vestimenta típica Actividad económica Materiales y manufacturas Combate en guerra Idiomas y dialectos Proceso de conquista Presencia en la actualidad
II. Indios metafísicos del imaginario esotérico Deformaciones culturales Reescribiendo el pasado Un profesor cordobés Indígenas místicos De bastones y cálices Arte extraterrestre Conclusiones
Apéndice Aníbal Montes Antonio Serrano
Bibliografía
Agradecimientos
Créditos
Presentación
Horacio Sanguinetti*
Por lo común, quienes aman ciertos lugares se interesan en su historia, en conocer quienes los apreciaron, vivieron y conformaron. Por eso muchos argentinos procuran saber de los pueblos indígenas que los habitaron antes de la conquista, de sus costumbres y de la relación con los espacios que hoy sentimos nuestros.
El centro de la actual República Argentina fue hogar de las comunidades comechingonas, acerca de cuyos caracteres se ignora tanto, mucho más que en relación con los de otras poblaciones precolombinas.
Sobre los comechingones, por eso mismo, se han creado las más fantásticas leyendas: hay quienes los suponen totalmente barbados, de piel blanca, de ojos celestes… pero poco de eso tiene mayor seriedad.
Desde niño frecuento una zona de Córdoba donde existió un pisadero comechingón (en el que se fabricaba adobe a partir del barro) y los utensilios de su uso se encontraban entonces a flor de tierra. Personalmente y a muy corta edad, hallaba trozos de barro cocido, con precarias formas humanas o acaso divinas, aparentes armas y, en cierta cantidad, puntas de flechas; una de ellas, de estética destacable, muy completa y bien tallada, la conservo hasta hoy.
El pisadero de marras estaba en un sitio muy bien escogido, próximo a un arroyo, con declive adecuado para su drenaje y fácil acceso.
Espero que este ingenioso libro, que recoge prácticamente cuanto se sabe sobre los comechingones, ilumine el tema, y provoque entusiasmo en ampliarlo y profundizarlo. Intuyo que esa etnia era más avanzada de lo que se pretende y que sus condiciones de vida habían ido progresando al nivel de sus vecinos contemporáneos.
Es un enorme tema, cuyo abordaje puede fascinar a cualquiera; en primer lugar a los autores que aquí presentamos con el aprecio y el alto respeto que merecen.
* Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Academia Nacional de Educación. Real Academia Española. Universidad de Buenos Aires.
Prefacio
Sebastián Pastor*
En su propuesta, la obra elaborada por Sebastiano De Filippi y Fernando Soto Roland aborda la problemática de determinadas comprensiones extendidas acerca de las antiguas comunidades originarias que poblaron las serranías cordobesas antes de la invasión europea en el siglo XVI, en una comarca específica como es la zona de Capilla del Monte, en el norte del valle de Punilla.
Particularmente se analiza un fenómeno iniciado en la década de 1980, con un crecimiento verificado hasta la actualidad, que entiende el milenario desarrollo histórico y cultural de estos pueblos desde paradigmas basados en la ufología y en las llamadas “ciencias esotéricas”. Se habla de este modo de “indios metafísicos”, en un marco interpretativo donde intervienen variados ingredientes como contactos extraterrestres, ciudades intraterrenas, migraciones normandas o escandinavas, la búsqueda del Santo Grial y misteriosos “bastones de mando”.
Los autores asumen una postura crítica y contraponen una visión fundada en los aportes de la arqueología y la etnohistoria, con una particular valoración del trabajo de pioneros de estos estudios como el profesor Antonio Serrano y el ingeniero Aníbal Montes.
Desde mi posición personal en el campo científico y de la arqueología académica, debo señalar aquí algunas condiciones que rigen la producción de conocimientos en este terreno.
Las tareas de investigación se realizan desde un paradigma que parte de ideas previas o hipótesis, que son alimentadas por información arqueológica preexistente y por determinados marcos teóricos, y luego confrontadas con observaciones emanadas del análisis de la materialidad producida en el pasado, mediante metodologías y técnicas específicas. Las interpretaciones resultantes son sometidas a examen, verificación y crítica, por parte del propio investigador y de sus colegas (compañeros, colaboradores, competidores). De este modo, solo logran arraigo aquellas ideas o propuestas que se muestran más plausibles, capaces de generar mayores consensos.
La materialidad comprende una variedad de restos, de gran tamaño como una ciudad, una edificación o una cueva con pinturas rupestres, y vestigios microscópicos como una célula mineralizada de una planta, descompuesta en el suelo y luego recuperada con técnicas arqueológicas. Forman parte de las indagaciones de esta disciplina artefactos como herramientas de diferentes materiales y destinadas a variados propósitos, así como residuos resultantes de su elaboración o de otras actividades, como la preparación y el consumo de alimentos o la realización de un ritual (restos de huesos de animales, de carbón de una fogata, ofrendas, sepulturas, etcétera).
El desarrollo de nuevas técnicas analíticas, de nuevos marcos conceptuales y, asimismo, los nuevos descubrimientos permiten un proceso acumulativo a partir del cual los insumos para la reconstrucción histórica son cada vez más abundantes, variados y precisos.
Por ejemplo, en la década de 1940, cuando Antonio Serrano escribió su famoso libro Los comechingones, aún no se habían identificado con nitidez contextos precerámicos de entre 8.000 y 2.000 años de antigüedad, ni se había descubierto la técnica del carbono 14, que permite una estimación precisa del tiempo transcurrido desde la muerte de un organismo y, junto a él, la cronología del contexto arqueológico que lo contiene (huesos humanos o de animales, restos de carbón vegetal, valvas de caracol, etcétera).
Pocos años después, en la década de 1950, el arqueólogo Alberto Rex González logró distinguir con claridad contextos arqueológicos de miles de años de antigüedad en el valle de Ongamira, la pampa de Olaen y las sierras de San Luis, así como aplicar por primera vez en la Argentina la técnica de datación radiocarbónica (con fechados de 8.000 años para la llamada “cultura ayampitín”, en la puntana gruta de Intihuasi).
Del mismo modo, el panorama disponible en la década de 1950 no puede ser comparado con la realidad contemporánea, donde se cuenta con decenas de fechados radiocarbónicos para una variedad de contextos arqueológicos en toda la región serrana, de las más diversas cronologías, y cuyos contenidos pudieron ser analizados mediante técnicas y métodos que solo alcanzaron un desarrollo y aplicación convencional en años recientes.
Al mismo tiempo que se acumulan nuevas informaciones y se incrementa el conocimiento del proceso histórico prehispánico, aumenta la conciencia del carácter fragmentario y provisorio del saber arqueológico: el hecho de que nuevas miradas desplazarán a las anteriores, entre ellas a las actuales, puesto que en el futuro intervendrán elementos que hoy no están presentes. También, por la comprensión de que cada época mira hacia el pasado desde un lugar situado, desde sus propios horizontes, intereses, expectativas y, asimismo, desde los marcos conceptuales y medios puestos a disposición.
En pocas palabras, cambian los datos empíricos y cambian también los esquemas globales de interpretación. En la década de 1940 Serrano no conocía la secuencia varias veces milenaria que poco tiempo después estableció González, pero además utilizaba un marco teórico que incluía nociones acerca del difusionismo, de los modelos de centros y periferias, de áreas marginales y pueblos “primitivos”, que ya no forman parte de la matriz con la que se analizan estas cuestiones en la actualidad.
Junto al refinamiento y la sofisticación técnica, a los nuevos hallazgos y a los esquemas superadores en las comprensiones teóricas, crece la conciencia entre los practicantes de la arqueología sobre la parcialidad y provisionalidad de los conocimientos adquiridos; si bien existen “demostraciones” más firmes que otras, en poco tiempo el conjunto de elementos será dispuesto de otra manera en nuevos esquemas.
Entonces, del mismo modo en que no existen “verdades” incontrovertibles, tampoco han de imponerse discursos con fuerzas legitimadoras, emanadas desde determinados poderes sociales, en reemplazo o desplazamiento de otros relatos o versiones acerca del pasado. Probablemente para muchos arqueólogos y arqueólogas hoy resulta incómoda la posición “legítima” de sus enunciados, transferida por el prestigio científico o por el poder de agencias estatales.
Concretamente, en la “vereda de enfrente” de los relatos basados en las disciplinas esotéricas no se contrapone un saber científico entendido como verdades positivas, rígidas, que no pueden ser sometidas a revisión, crítica, ni al filtro que suponen otras miradas o paradigmas. Y si bien es cierto que determinados actores o colectivos sociales pueden asumirlo de este modo, desde otras comprensiones o cosmovisiones –como las de las “ciencias esotéricas”– otros actores podrán confrontar, desacreditar o sencillamente ignorar estas posturas.
Incluso, para muchos el lugar de prestigio o legitimidad transferido al discurso científico, desde determinados poderes sociales, resulta por esta misma razón un motivo de desconfianza y oposición. Se opta entonces por miradas alternativas, como las que aportan las llamadas ciencias esotéricas o, en otros casos, la cosmovisión de las comunidades originarias.
Con frecuencia, los saberes producidos desde la ciencia, lenta y pacientemente forjados, con el reconocimiento de certezas provisorias y de vastos terrenos de incertidumbre, resultan poco atractivos, de difícil acceso y en definitiva menos preferibles que los discursos alternativos, basados en otros supuestos y epistemologías.
Desde el campo académico, la comprensión de la parcialidad y provisionalidad de sus saberes, no obstante acumulativos y cada vez más precisos, así como cierta incomodidad por ocupar sitiales de legitimidad social, persuade a numerosos arqueólogos y arqueólogas de la necesidad de habitar espacios más simétricos, junto a otras fuentes de saber y “versiones” acerca del pasado.
Al mismo tiempo, se suma la responsabilidad por la limitada socialización de los resultados y de la discusión interna en estos campos de estudio, lo que provoca que fuera de su círculo no se sepa, o se sepa muy poco, de lo que “ya se sabe”. Así, desde el lugar de los especialistas se percibe la notable desactualización de los conocimientos que circulan por fuera de la academia, como bien apuntan los autores de este libro, más allá de que no resulta sencillo escapar por completo de este diagnóstico.
En una postura que apunte hacia la democratización de los saberes, en su proceso de producción, enunciación y apropiación, o bien en una postura posmoderna del tipo “todo vale”, todos tenemos derecho a la palabra, a pensar y a escoger los discursos que prefiramos. ¿Qué poder podría imponer, y con cuáles motivaciones, una versión sobre otras?
En otro nivel, un diálogo honesto e informado entre las diferentes posturas, paradigmas o epistemologías podría resultar benéfico para actores individuales o para colectivos genuinamente interesados en esta problemática. Sin dudas, no sería una iniciativa sencilla: requeriría ante todo la buena voluntad de los intervinientes para “suspender”, al menos en forma momentánea o teórica, los supuestos de verdad con los que cada uno se siente acompañado.
Con todos los matices que aquí intentamos aclarar acerca de las características del saber arqueológico, los autores de esta obra desarrollan una crítica al paradigma de las ciencias esotéricas aplicado a la historia y la cultura de las comunidades originarias de las serranías cordobesas. Desde el lugar de los “criticados” posiblemente existirán actores dispuestos a entablar un diálogo sensato, otros que no y otros que directamente ignoren tal propuesta.
Desde mi postura, se acuerda con los autores en la idea de que aceptar relatos fantasiosos, contrapuestos a conocimientos aceptablemente firmes emanados desde la arqueología, por tomar alternativas a la ciencia y a presuntos poderes de matriz colonial, significa en realidad arrojar una nueva mirada colonialista sobre estos antiguos pueblos, despojados por los procesos de la conquista de sus culturas, tierras y vidas, pero que aún cuentan con descendientes que pugnan por su reconocimiento y valoración.
Pensando en estos últimos, así como en todos quienes habitamos y amamos este territorio, se trata posiblemente de un camino más corto, pero a la vez más sensible y profundo, atento a las antiguas marcas y vestigios que cubren la geografía serrana, a sus rocas, aguas, plantas, animales y personas; un camino que para cobrar sentido no requiere trasladarse a tierras lejanas, como el altiplano de Bolivia, Oceanía o Escandinavia y mucho menos hacia otros planetas o galaxias…
* Centro de Investigación y Transferencia de Catamarca. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Universidad Nacional de Córdoba. Universidad Nacional de La Plata.
Prólogo
Diego Viegas*
Estamos ante la presencia de un “pequeño gran libro”. Tal vez pequeño en sus dimensiones, pero de imperiosa y urgente, más que necesaria, publicación y circulación: me sumo a los argumentos de los autores en el sentido de que durante mucho tiempo ha existido en el marco de la divulgación popular de las ciencias sociales un deplorable vacío acerca de los grupos étnicos henia-kamiare de las provincias de Córdoba y San Luis, más conocidos como “comechingones”.
A pesar del interés general que en las últimas décadas se ha manifestado acerca de la historia de este pueblo originario de nuestro país, su contexto y su entorno natural, la información fidedigna aparece fragmentaria, poco accesible, muchas veces divulgada solo entre los especialistas dentro de los ámbitos académicos de la antropología y la arqueología; por momentos resulta incluso difícilmente abordable por fuera de los ambientes eruditos de Córdoba o de las viejas publicaciones no reeditadas de los pioneros investigadores clásicos (dos de ellos homenajeados en esta obra: Serrano y Montes).
Es por ello que hacía mucha falta una obra que actualizara y sintetizara, en forma breve y sencilla, para uso de todos los lectores –versados o no– los conocimientos fiables, comprobados, auténticos, verificables, sobre el origen histórico de los “comechingones”, su verdadera denominación, su proceso étnico identitario (incluso los actuales procesos de reetnización y autoadscripción de sus pocos y mixturados descendientes), su geografía tradicional, su organización sociopolítica, su alimentación, vestimenta, actividad económica, manufacturas, idiomas… y finalmente un conciso compendio de su trágica invasión, conquista, reducción a la esclavitud y exterminio por el español.
La exigencia de esta obra se basa además en que sabemos poco de los comechingones. Tanto este pueblo como sus vecinos sanavirones, habitantes de las Sierras Centrales, se fueron configurando como culturas definidas desde el año 500 de la era cristiana. Las crónicas españolas afirmaban que “eran barbudos como nosotros” y con alguna sorpresa registraron sus sistemas de regadíos artificiales y su organización guerrera.
Tenemos bastante conocimiento arqueológico de su vida material, fundamentalmente agrícola-pastoril y en menor medida cazadora, pero aún mucha ignorancia en cuanto a sus complejas relaciones con otras comunidades, su organización en el seno de las parcialidades, dimensiones más acabadas respecto de su medicina tradicional, cosmovisión, ritos y aspectos religiosos profundos. Algunas de estas facetas culturales seguramente se han perdido para siempre.
Como suele suceder, ante los huecos de información veraz, ante la carencia o insuficiencia de datos ciertos y evidentes, la especulación extrema y la fantasía se hacen cargo de aquellos. Y a veces, lamentablemente, se trata de una fantasía desbordada que se difunde y populariza en el propio territorio que otrora habitó orgullosa la cultura henia-kamiare, actualmente sede de centros turísticos (como Capilla del Monte en Córdoba y Merlo en San Luis), donde la New Age de fin de semana se vincula a los desvaríos del “contactismo extraterrestre” y a los disparates de una falsa antropología –denominada “metafísica”– de carácter antimoderno (como afirman los autores, y yo creo pero solo a medias), además de esotérica, nacionalista y con tendencias filonazis.
En última instancia esta doctrina absurda no genera daño en el interior de las facultades de ciencias humanísticas –donde es completamente ignorada– pero quizás sí lo haga entre los legos que inocentemente (o no) podrían confundir tal ficticia disciplina con los nuevos paradigmas del conocimiento en ciencias sociales que pugnan por ocupar un lugar al lado de las amplias corrientes universitarias positivistas, “posmodernas” o del materialismo histórico-dialéctico (antropología de la conciencia y lo sagrado; psicología arquetipal, transpersonal o integral; fenomenologías de la religión).
También algún despistado podría asociar dicho embuste a los nuevos senderos intelectuales decoloniales, pero sobre todo el daño de esta literatura supuestamente científica –pero “hermética” y “primordial” a la vez– es hacia la educación y la cultura en general, ya bastante maltrechas por las sucesivas crisis y la decadencia de nuestro país.
Peor aún, la herida más perceptible de esta ideología grotesca se inflige sobre la propia memoria de esa singular cultura originaria de Sudamérica que fue la de los comechingones. A pesar de su presunta antimodernidad, paradójicamente este pensamiento encubre en mi opinión una de sus manifestaciones intrínsecas: una nueva forma de colonialidad.
Al respecto, trataré de hacer un aporte a los contenidos que los autores analizan lúcidamente en relación con los antiguos habitantes de la región del cerro Uritorco en la segunda parte de este libro, tan necesaria e impostergable como la primera: la “antropología” llamada “metafísica” del acádemico cordobés devenido en ocultista Guillermo Alfredo Terrera –y cualquiera de sus derivaciones– afirma una filiación germánico-escandinava de los comechingones, los amalgama en un peligroso cóctel de tufillo neonazi con un supuesto bastón de mando ancestral, el símbolo de la esvástica (presente por supuesto en la Sudamérica precolombina, pero sin las connotaciones interesadas del profesor Terrera), la mitología nórdica, la literatura de caballería medieval europea y un sinnúmero de otros elementos.
Estos dislates tienen su claro antecedente en aquellos primeros estudios americanistas del siglo XIX, en los cuales las culturas del Nuevo Mundo solo podían ser explicadas, justificadas y prestigiadas por su relación con Europa o Eurasia.
Así, en 1875, durante el Primer Congreso Internacional de Americanistas en Nancy, Francia, las ponencias versaban sobre los presuntos contactos precolombinos de los pueblos americanos con irlandeses, escandinavos, fenicios, chinos y pobladores de la India. En 1868 el pionero historiador argentino Lucio Vicente López escribió Les races aryennes du Pérou, donde trató de probar que los incas eran un pueblo de raza aria, para intentar ensalzar la cultura incaica, al mismo tiempo que reafirmar su vínculo con Europa, tras la publicación del célebre ensayo racista del conde Arthur de Gobineau (1855).
En 1889 el padre Miguel Ángel Mossi publicó una Gramática quichua que, a pesar de la admiración que profesaba por el idioma incaico, buscaba continuamente establecer comparaciones con el griego, el latín y el hebreo. Bartolomé Mitre no acuerda con las “fantasías hebraístas y escandinavistas” del origen del hombre americano, pero en su estudio Las ruinas de Tiahuanaco (1879) opina que desde una notable civilización como aquella el americano entró en una marcha descendente a la barbarie, de la que fue rescatado con la llegada de los europeos.
Florencio de Basaldúa, por su parte, con la famosa novela Erné (1893) ya no prestigia las culturas americanas por su referencia a Europa, sino por descender de una civilización mítica tipo Atlántida.
Sin embargo, esto no quita que los debates del siglo XIX y los diferentes modelos identitarios de nacionalidad –hispanidad, inmigración “modernizadora”, autoctonía aborigen, etcétera– tienen su razón de ser en esa propia historia de una nación joven como la Argentina y de sus diferentes inserciones en la trama socioeconómica mundial.
Pero la antropología e historia “metafísicas” del profesor Terrera y sus acólitos, ya a fines del siglo XX, a mi criterio (y los autores examinan muy agudamente el asunto) solo encuentra sustento en un fracasado proyecto político nacionalista y revolucionario –popular pero de algún modo también aristocrático– del autor cordobés.
Dado el fracaso apuntado, con el tiempo la cuestión derivó (quizás buscando ser asesor o influyente al estilo de Rasputín, von Sebottendorf, Wiligut, de Mahieu y López Rega) en una prolífica obra seudocientífica donde –lastimosamente– los comechingones son protagonistas de muchas páginas como guerreros “elevados, superiores, puros” y de una espiritualidad casi sobrenatural… tal como Heinrich Himmler describía a sus idealizados guerreros germánicos. Por si no fuese suficiente, los henia-kamiare también resultan embajadores de las “entidades cósmicas” de una ciudad mágica subterránea que se encontraría en las cercanías del cerro Uritorco.
Mientras tanto, los pocos descendientes de aquel pueblo exterminado, sin muchas más opciones que vivir del turismo, adaptándose por ende al contexto New Age de la región en los últimos treinta años, luchan casi en solitario por sus derechos y por sus territorios, contra los proyectos saqueadores y extractivistas del monte, en esta etapa de neocapitalismo primitivo, pugnando por revivir o rescatar un mínimo de aquella organización comunitaria, en total armonía con la madre naturaleza, que tuvieron sus ancestros.
Gracias a esta sinopsis a la vez respetuosa y crítica de Sebastiano De Filippi y Fernando Soto Roland algo de su cultura nos es devuelto de manera precisa, puntualizada, concreta, sincera, con información demostrada y constatada sobre esos auténticos Señores del Uritorco, de los que seguramente tenemos mucho que aprender todavía, sin necesidad de asignarles mitologías ajenas, exaltaciones gratuitas, ni mucho menos prejuicios y discriminaciones necias.
* Escuela Superior de Museología de Rosario. Fundación Mesa Verde. Universidad Nacional de Rosario. Universidad Nacional de Tres de Febrero.
Introducción
El alcance de este libro es tan modesto como su reducida extensión. Fueron los propios autores quienes se plantearon como uno de los objetivos de su trabajo buscar una exposición muy sintética de los contenidos involucrados, dentro de una mirada integradora.
Su intención fue la de resumir de forma amena lo que la arqueología, la antropología, la etnografía y la historiografía contemporáneas nos dicen sobre los comechingones, con la esperanza de generar así una fuente de consulta tan ágil como accesible para un público no especializado.
En razón de esta finalidad, la primera parte de la obra se articula en numerosos capítulos breves, cuyo respectivo título indica claramente qué aspecto específico del pueblo comechingón es abordado; estas unidades temáticas fueron concebidas de forma tal que el lector pueda consultar las que desee, y leerlas en el orden que prefiera.
La segunda parte presenta una necesaria desmentida a los mitos modernos que se están instalando en torno a los henia-kamiare (tal es la autodenominación de los comechingones) con relación a la mitología ufológica surgida desde mediados de la década de 1980 en la zona del cerro Uritorco; una mitología que actualmente, en algunos casos, está degenerando en auténticas religiones platillistas, cuando no en sospechosos cultos sectarios.
Una tercera y última parte ofrece al lector breves semblanzas biográficas de Aníbal Montes y Antonio Serrano, los pioneros estudiosos argentinos cuyo trabajo inspiró la escritura de este libro, y un nutrido y actualizado listado bibliográfico.
Sin perjuicio del limitado alcance de esta obra al que venimos de aludir, parecería que este pequeño texto viene a llenar –así sea en forma temporal e incompleta– un vacío muy real y no menos alarmante: sucede que el lector interesado en el tema no encontrará casi ninguna publicación sobre el tema circulando en librerías y apenas si tendrá mejor suerte acudiendo a las principales bibliotecas públicas de su ciudad.
Por increíble que parezca, por fuera del ámbito específico de los estudiosos universitarios resulta bastante difícil acceder a fuentes bibliográficas serias sobre el pueblo henia-kamiare. Los habitantes de los que fueron parajes de la Comechingonia –como la denominaron algunas crónicas españolas– casi no tienen dónde leer sobre sus antiguos moradores, los visitantes de los principales sitios arqueológicos de este pueblo a duras penas pueden conseguir allí publicación alguna al respecto y hasta los actuales descendientes de comechingones tienen por principal fuente de su propia historia algunos relatos orales de sus mayores.
Las informaciones sobre este grupo humano tan notable como olvidado se encuentran mayormente en libros de baja tirada o agotados hace décadas, revistas antiguas de escasa circulación, publicaciones académicas sin distribución comercial, actas de congresos, tesis de doctorado, apuntes universitarios mimeografiados y manuscritos inéditos, estos últimos no siempre presentes en bibliotecas y archivos de instituciones oficiales.
La publicación, en 2008, de un enjundioso compendio de escritos de Aníbal Montes titulado Indígenas y conquistadores de Córdoba resultó un esfuerzo tan encomiable como tendencialmente aislado. Pero aun en el caso de poder consultar este y otros valiosos libros, se trata de trabajos mayormente destinados a especialistas.
Como es de esperar por su ubicación geográfica y su tradición cultural, la Universidad Nacional de Córdoba dedicó y dedica loables esfuerzos al estudio de esta temática, con un interesante desarrollo que a partir de la década de 1930 lideraron algunas figuras tan pioneras como autodidactas en la investigación antropológica. Pero, contrariamente a lo que sucede con otros ámbitos de las disciplinas sociales, el lector ocasional no tiene mayor oportunidad de tomar contacto con lo medular de estas investigaciones a través de ensayos de divulgación científica.
Peor todavía: ante la natural curiosidad sobre la temática, esta escasez de literatura divulgativa dio pie a la difusión de afirmaciones incomprobables que pretendieron suplir la falta de información veraz con relatos fantasiosos, en los que la historia de este pueblo originario se mixtura desenfadadamente con áreas culturales tan insospechadas como la literatura germánica medieval, la mitología religiosa escandinava y el contactismo extraterrestre.
Desde mediados del siglo pasado la arqueología nos ha venido entregando un heterogéneo conjunto de artefactos provenientes del ámbito geográfico en el que los comechingones desarrollaron su vida comunitaria. Por su parte, las crónicas españolas de los siglos XVI, XVII y XVIII nos legaron algunas noticias respecto de la misma etnia, aunque –para pena del historiador– estas son más bien escuetas, muy sesgadas y poco informativas.
Más allá de los rasgos fenotípicos que llamaron la atención de conquistadores y doctrineros, no es mucho lo que sobrevivió de la cultura comechingona original luego del impacto con el europeo. Por tanto, reconstruir su historia nos resulta hoy en día por demás complicado. Solo estamos capacitados para recuperar algunas pinceladas de ciertos aspectos de su diario vivir.
Por la razón que fuera, los comechingones no llamaron tanto la atención del español y del criollo, ni son tan populares en nuestros días como los incas; lo que no ha sido obstáculo para que supuestos especialistas se lanzaran a escribir sobre ellos como si hubieran convivido con ese pueblo ya extinguido como tal.
El resultado de esa operación derivó en especulaciones, fantasías y una imaginativa forma de entender el universo y la historia de los comechingones, además del rellenado –lápiz y papel en mano– de los huecos dejados por la falta de documentación antes mencionada.
De este modo, una dudosísima erudición acientífica invadió cierta bibliografía de pretendida divulgación, recreando una imagen esotérica no solo del grupo étnico, sino también de toda la geografía en la que este se desarrolló. Es parte del fenómeno sociocultural que hoy puede apreciarse en el valle cordobés de Punilla y muy especialmente en la ciudad de Capilla del Monte.
En definitiva, contamos con pocas fuentes escritas (crónicas) y muchas materiales (arqueológicas). En ambos casos, la mirada que se lanza sobre los comechingones a través de ellas está fuertemente mediada; ello es claro en los textos antiguos que nos muestran –cuando lo hacen– al comechingón no tal como era, sino tal como lo vio el español.
Por lo demás, los artefactos arqueológicos han sido interpretados etnológicamente, no pudiendo hacer de ellos más que descripciones razonablemente precisas y alguna que otra datación radiocarbónica (14C); aunque, lamentablemente, algunas fueron condimentadas con elucubraciones que no guardan fundamentos serios, fuera de ciertos ámbitos esotéricos que creen haberse apropiado de la temática.
Perimidas teorías difusionistas se cuelan en libros no especializados –atesorados generalmente por lectores de nula versación en cuestiones históricas– que buscan establecer como verdades absolutas especulaciones de corte racista, propias de cierta literatura europea del siglo XIX. Un pensamiento acendradamente reaccionario, que supone el origen ario o la presencia civilizadora de etnias nórdicas en las sierras cordobesas, intenta rediseñar sin prueba alguna el milenario pasado de la región. Increíblemente, ha tenido cierto éxito por fuera del ámbito académico.
Así, quien manifieste algún interés por los henia-kamiare se encuentra hoy con la disyuntiva entre la indigencia bibliográfica y la lectura de escritos de corte veladamente ocultista que incluyen a los comechingones en contextos que difícilmente puedan justificarse con algún asidero científico. En la era de internet estas elucubraciones proliferan y se entremezclan fácilmente con datos genuinamente antropológicos. Todo ello hace un flaco favor a los pobladores originarios de las serranías cordobesas.
La Constitución Nacional de la República Argentina, en el inciso 17 de su artículo 75, dispone –entre otras acciones de igual importancia–, “reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad, y el derecho a una educación bilingüe e intercultural”. Sobre la base de lo que venimos de exponer, es ciertamente difícil que un Estado Nacional cumpla cabalmente con disposiciones como esta si la sociedad en su conjunto ignora la cultura de las etnias que debería tutelar.
Con esta pequeña obra, carente de pretensiones en cuanto a novedad conceptual y a formalismo académico, esperamos entonces dar un primer paso para modificar esta preocupante situación. Lo intentamos desde el respetuoso recuerdo de esos primeros y curiosos soldados, ingenieros, abogados y naturalistas –solo en algunos casos historiadores o sociólogos– que hace ochenta o noventa años se improvisaron antropólogos y arqueólogos para beneficio de las generaciones venideras.
Los escritos científicos a los que hicimos alusión –y que citamos profusamente a lo largo de este trabajo como forma de reconocimiento a la autoridad de sus autores, puesto que lograr consultarlos requeriría al lector una cantidad insólita de tiempo y energía– son una de las dos fuentes principales de este trabajo sobre un pueblo que parece injustamente relegado al olvido.
La otra es la entrañable experiencia personal de los autores como impenitentes viajeros de los cerros y valles de la Comechingonia, cuyo encanto irresistible parece acrecentarse con el paso de los años, experiencia que incluye extensas charlas in situ con ancianos repletos de historias y de historia, a quienes va con estas líneas el mayor de nuestros agradecimientos.
Por medio de estas pocas palabras damos la bienvenida al lector, con la esperanza de que comparta la idea que nos impulsó a escribir el libro que tiene entre sus manos: no se puede valorar lo que se desconoce.
Descubramos, pues, a los auténticos Señores del Uritorco.
I
SEMBLANZA DE UN PUEBLO OLVIDADO
Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia.
Simón Bolívar en el discurso al Congreso de Angostura (Discursos y proclamas, París, Garnier Hermanos, 1913, p. 33)
Denominaciones
Por increíble que parezca, el olvido y la confusión en los que el mundo actual tiende a sumir a este pueblo originario de lo que hoy es la República Argentina alcanza hasta su propia denominación.
Sucede que los dos grupos humanos que hoy solemos identificar genéricamente como “comechingones” desconocían por completo este término, optando por denominarse a sí mismos –respectivamente– henia (en el norte) y kamiare o camiare (en el sur).1
La realidad es que “comechingones” resulta un término que no da cuenta de grupo étnico alguno, sino más bien de un espacio territorial –la denominada “provincia de los comechingones”– y es un producto propio de la intervención europea.
Al respecto, se ha escrito con total claridad:
Ningún testimonio nos autoriza a reconocer que los nativos se llamaran a sí mismo comechingones. Así como la fragmentación política de las comunidades prehispánicas refuerza la idea de que, al menos en el nivel de la identidad positiva, no puede hipotetizarse la existencia de alguna unidad étnica supragrupal.2
Acerca del origen del término castellano “comechingón” no hay más consenso que sobre el hecho que fue atribuido a este pueblo por terceros, pero lo seguro es que surgió de intenciones tendencialmente peyorativas.3
Esta voz de sonoridad tan peculiar parece ser, prima facie, la deformación de un grito de guerra que sonaba algo así como “kom chingon”, con la esperable connotación de invitar a enfrentar y derrotar al enemigo.
Los belicosos indígenas sanavirones, que con sus reiteradas invasiones al territorio henia-kamiare desde Santiago del Estero fueron sus tradicionales enemigos, habrían deformado la expresión mencionada en “kamichingan”, palabra que en sanavirón podía significar dos elementos con relación a este pueblo: “habitante de cuevas” –lo que, como se puede leer en otro apartado de este trabajo, es solo parcialmente cierto– y “vizcacha”. Sin embargo, hasta esta ya tradicional dicotomía comechingón-sanavirón parece tener limitado asidero para los investigadores más recientes.
En los últimos años se ha puesto en crisis la concepción de que las nominaciones de comechingones y sanavirones dan cuenta de grupos étnicos propiamente dichos, esto es, conjunto de personas que se reconocen como una unidad definida y separada de los otros […] los “comechingones” como unidad claramente diferenciada es un construcción española que operó extendiendo un nombre que, posiblemente, se aplicaba a parte de un grupo de toda la región serrana […] Hasta el presente, ni la arqueología ni la etnohistoria han podido identificar ningún rasgo que sea propio y exclusivo de ese grupo, así como resulta muy difícil definir áreas específicas para este grupo separadas de los “sanavirones”.4
En tiempos recientes una teoría alternativa sobre el vocablo “comechingón” apunta al significado, más neutro y aceptable, de “pueblos de las serranías” (o “serranías con muchos pueblos”), acaso el que mejor describe a este grupo humano.5
El mencionado binomio comechingón-sanavirón parece estar circunscripto, además, a un lapso temporal bastante acotado:
Asentados los españoles en Córdoba, los términos «comechingón» y «sanavirón» […] se pierden y solo aparecen aisladamente en los documentos, en particular el segundo, en boca de los propios indígenas, como un modo de referirse a grupos ingresados recientemente al territorio cordobés.6
En este tema, como en otros tantos inherentes a los henia-kamiare, hay un vacío de informaciones y sobre todo de certidumbres que todo lo ensombrece. Habrá que acostumbrarse a ello. No en vano se ha escrito:
Conocemos muy poco sobre […] los antiguos habitantes de la región […]. No existen testimonios directos […]. Los documentos con que contamos son españoles.7
1. Antonio Serrano, Los comechingones, Imprenta de la Universidad Nacional de Córdoba, 1945, p. 58.
2. Eduardo E. Berberián (dir.), Los pueblos indígenas de Córdoba, Córdoba, Universitas, 2013, p. 116.
3. Eduardo E. Berberián y Beatriz Bixio, La crónica de Gerónimo de Bibar y los aborígenes de la Provincia de Córdoba (República Argentina), Universidad Nacional de Córdoba, 1988, p. 231.
4. Eduardo E. Berberián (dir.), Los pueblos indígenas de Córdoba, p. 116.
5. Véase Lautaro Parodi, Leyendas indígenas de la Argentina, Buenos Aires, Libertador, 2013.
6. Eduardo E. Berberián (dir.), Los pueblos indígenas de Córdoba, p. 117.
7. Ibídem, p. 116.
Perfil étnico
El aspecto específicamente étnico del pueblo comechingón reviste mucho interés por su complejidad y por las particularidades que le son propias.
Aunque está comprobado que pertenecían esencialmente al grupo huárpido, se distinguían por la presencia de otros linajes de distinto origen geográfico (pámpidos, ándidos y acaso hasta amazónidos), lo que hace presuponer una larga historia de contactos e integraciones con grupos migrantes desde los cuatro puntos cardinales.
Lo que llamó de inmediato la atención del colonizador europeo fue su aspecto físico, algo cercano al caucásico, al menos en comparación con otros grupos étnicos de América del Sur, pues los henia-kamiare ostentaban una figura tendencialmente espigada, tupidas barbas y –en un porcentaje menos significativo– hasta ojos verdosos (quienes tenían ojos de este color eran destinatarios de especial atención y eran llamados chutos, vocablo luego castellanizado como “soto”).
El hecho de que fueran barbados no es curioso solo desde el punto de vista étnico, sino también desde lo cultural, pues aparentemente los comechingones no se afeitaban y llevaban sus barbas con particular orgullo, lo mismo que sus trenzas y flequillos.
Como se menciona en otro apartado del presente libro, estas características que despertaron la suspicacia de los conquistadores españoles luego fueron exageradas y deformadas para volverse el punto de partida de teorías carentes de fundamento en las que se quiere ver a los comechingones (y aún a otros pueblos indígenas sudamericanos) como relacionados directamente con europeos precolombinos.
Un dato curioso es que se encontraron algunos cráneos comechingones achatados en sentido vertical. Pero más que de una característica propia de las etnias kamiare y henia, esta deformación craneana era consecuencia de una costumbre, compartida por otra parte con los diaguitas: los padres a menudo sujetaban la parte posterior de la cabeza de sus hijos pequeños a una tabla fijada en la cuna, dando así una forma más alargada a sus cráneos.
Con la única sustentación de infundadas especulaciones se ha llegado a decir en algunos textos no científicos que todos los comechingones eran rubios, de piel clara, con ojos celestes, y que ostentaban una inteligencia superior y una espiritualidad “metafísica” elevadísima, en un grado que no resistiría comparación alguna. Pero, como detallamos en otro apartado de este trabajo, no hay pruebas o indicios concretos de todo ello; se trata más bien de fantasías originadas en planteos puramente esotéricos.
Las pocas referencias hechas en las crónicas europeas solo nos dicen que la zona de la Comechingonia “era la provincia de la gente barbada”,8 “tierra do los indios […] habitan en cuevas […] y ellos crían barbas”.9 Estos individuos “eran morenos, altos, con barbas como cristianos y no tienen ponzoña en sus flechas”.10
También se los describe como “indios bien dispuestos y valientes”11 que, según indica Antonio Serrano, no eran tan altos como exageradamente señalaron algunos. Los restos humanos desenterrados no se corresponden con individuos de estatura descollante: los trabajos del prestigioso antropólogo y arqueólogo argentino Alberto Rex González indican incluso una talla algo inferior a la media, de aproximadamente 1,63 metros de altura.12
Claro que si la altura promedio de un español en el siglo XIX era de 1,62 resulta entendible que tres siglos antes un europeo viera a un indígena de 1,63 como alto. No debemos olvidar la carga valorativa que el europeo solía dar al tema de la estatura en ese contexto: que un “salvaje primitivo” pudiera equipararlo o incluso rebasarlo en altura debió llamarle mucho la atención.
En cuanto a la mentada barba de los comechingones, en efecto, debió ser crecida y abundante para que fuera citada con tanta insistencia. Ello es particularmente notable si se considera la tendencia lampiña que caracterizó a la mayoría de los aborígenes de América.
Esa tendencia era tan marcada que llevó a algunos pueblos americanos a fabricar mostachos y barbas artificiales de oro o plata, para ser sostenidos de las alas de la nariz por presión, y ser usados en ceremonias en las que se ensalzaban la figura del felino y sus bigotes.
En Perú dicha práctica fue muy común tanto en Nazca como en Paracas. Del mismo modo, en Tiahuanaco (Bolivia) existen litoesculturas –monolitos antropomórficos– que muestran esa misma costumbre decorativa.13 No sorprende que fueran interpretadas por autores esotéricos, arqueólogos aficionados y otros advenedizos con inclinaciones filonazis como una prueba de la presencia de vikingos en el altiplano boliviano.
8. Pedro Lozano, Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, Buenos Aires, Edición de Andrés Lomas, 1874, t. I, p. 189.
9. Diego Fernández, Primera parte de la historia del Perú, Madrid, Biblioteca Hispánica, 1914, t. II, p. 36.
10. Ídem.
11. Véase Reginaldo de Lizárraga, Descripción de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile, Buenos Aires, Ediciones de la Biblioteca Argentina, 1916, t. II.
12. Véase Alberto Rex González, “Algunas observaciones sobre los caracteres antropológicos de los primitivos habitantes de Córdoba”, Publicaciones del Instituto de Arqueología, Lingüística y Folklore, Nº IX, Universidad Nacional de Córdoba, 1944.
13. Federico Kauffmann Doig, Manual de arqueología peruana, Lima, Peisa, 1983, p. 431.
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