Kitabı oku: «Filosofía de la imagen: lenguaje, imagen y representación»

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Filosofía de la imagen: lenguaje, imagen y representación

D. R. © Universidad Nacional Autónoma de México

Ciudad Universitaria, Delegación Coyoacán, 04510, México, DF

Primera edición, abril 2007.

Cuarta reimpresión, mayo 2015.

Quinta reimpresión, julio 2019.

Primera edición electrónica, julio 2021

ISBN: 978-607-30-4833-0

© Facultad de Artes y Diseño

Universidad Nacional Autónoma de México

Av. Constitución 600, Barrio La Concha, Delegación Xochimilco, 16210, México, DF

© Fernando Zamora Águila, 2006

Profesor titular de tiempo completo “C”,

Facultad de Artes y Diseño (antes enap), unam

Diseño de cubierta: Rodolfo Peláez

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio

sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.

Hecho en México

Zamora Águila, Fernando.

Filosofía de la imagen : lenguaje, imagen y representación /

Fernando Zamora Águila. -- México : UNAM, Escuela Nacional

de Artes Plásticas, 2007.

368 p. : il.; 23 cm. -- (Colección Espiral)

Bibliografía: p. 355-364

Edición digital

ISBN 978-607-30-4833-0

1. Imagen (Filosofía). 2. Lenguaje y lenguas - Aspectos simbólicos.

3. Percepción visual. 4. Comunicación visual. I. Universidad

Nacional Autónoma de México. Escuela de Artes Plásticas.

II. Universidad Nacional Autónoma de México. II. t.

701.15-scdd20 Biblioteca Nacional de México

A la memoria de Elva Águila Quintero (1928-2001)

Agradecimientos

La primera formulación de estas indagaciones se remonta a 1988, cuando empecé a cursar la Maestría en Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Siete años después redacté la primera versión de mis hallazgos principales (que hoy siguen siendo los mismos). Hacia 1998 reformulé el proyecto como investigación doctoral para esta misma universidad, sin cambiar sus objetivos centrales pero sí con la ambición de darle más amplitud y profundidad. En 2003 lo presenté como tesis doctoral. El texto que ahora presento es una versión reducida y reestructurada de esa tesis.

De 2003 a la fecha han aparecido en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica interesantes estudios sobre teoría de la imagen (filosofía, historia, metodología). No creí conveniente referirlos en la bibliografía y hemerografía de este libro, para dejar constancia sólo del aparato crítico que utilicé originalmente. Hasta donde alcanzo a conocer estos materiales recientes, puedo afirmar que lo planteado en ellos no me llevaría a modificar mis propias posturas.

En las últimas dos décadas, los planes de estudio universitarios de diversos países han ido introduciendo asignaturas relativas a la imagen (estudios visuales, imagen y sociedad, historia de la imagen, etc.), de modo que los intereses académicos se hacen eco de la realidad cultural. Espero que mi aportación se inserte en dicha tendencia.

Un libro no se escribe; se manufactura, se elabora. Para que lo escrito por mí llegara a formar parte del libro que el lector tiene en sus manos, se conjuntó la intervención de personas e instituciones a las que doy las gracias.

En primer lugar a Ignacio Salazar Arroyo, Director de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM, por su interés en la teoría de la imagen y sus gestiones académicas. Con él he tenido desde hace décadas una amistad que no requiere demostraciones. También agradezco a María Rosa Palazón Mayoral, que como tutora creyó en este proyecto y me animó a difundir sus resultados. Ella es para mí un ejemplo de probidad intelectual. Asimismo, a Raúl Alcalá Campos y a José de Santiago Silva, por cuyos dictámenes favorables el Comité Editorial de la ENAP aprobó la publicación de mi trabajo.

Doy las gracias a la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM), mi alma mater, que me formó en el mundo de la palabra poética y la palabra filosófica. A todos mis colegas, amigos y alumnos de la ENAP, que me abrieron al mundo de la imagen. De ellos aprendí cuán compleja es la creación en las artes y en el diseño: han sido para mí un gran estímulo a lo largo de veintisiete años. Y al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, que me otorgó de enero de 2001 a julio de 2002 una beca para realizar esta investigación.

Estoy muy agradecido con Rodolfo Peláez, por su rigor editorial y su paciencia, y porque coordinó de modo inmejorable todos los aspectos necesarios para la impresión y distribución de este libro. Con Adriana García Valderrama, por la cuidadosa revisión del texto y sus sugerencias tan pertinentes. Y con Gabriela García Jurado, por la formación tipográfica y la captura de ilustraciones.

Debo a Josset Herrera Vinueza, mi compañera, el impulso y el apoyo incondicionales para llevar a término el presente trabajo. A mis hijas, Montserrat Zamora Márquez y Úrsula Zamora Herrera, les debo el gusto por estar vivo.

— Fernando Zamora Águila

Contenido

Agradecimientos

Introducción

Primera Parte Palabras e imágenes: divergencias y convergencias Capítulo 1 Logocentrismo 1.1 Racionalismo lingüístico (lenguaje verbal y humanidad)

§ 1. La palabra como facultad distintiva del ser humano

§ 2. De la emisión de ruidos a la articulación lingüística

1.2 Relativismo lingüístico (el lenguaje verbal como nuestro alfa y omega)

§ 3. La palabra como marco de la realidad

§ 4. La palabra como concepción del mundo

§ 5. Las categorías semánticas como concepción del mundo

§ 6. Crítica del relativismo lingüístico

1.3 Trascendentalismo lingüístico (el lenguaje verbal como condición del conocimiento)

§ 7. Lenguaje, juicio y concepto

§ 8. Lenguaje verbal y hermenéutica trascendental

1.4 Idealismo lingüístico (lenguaje verbal y ontología hermenéutica)

§ 9. La ontologización de la palabra en Heidegger

§ 10. El logocentrismo hermenéutico de Gadamer

Capítulo 2 Lenguaje, conocimiento y pensamiento

§ 11. Conceptos discursivos y conceptos perceptivos. Patología del lenguaje

§ 12. La tricotomía materia-forma-contenido

§ 13. Asociacionismo

§ 14. Trascendentalismo

§ 15. Los sonidos y las palabras como soportes materiales de los conceptos. Negación del pensamiento prelingüístico

§ 16. El encuentro entre pensamiento y palabras, según Vygotsky

§ 17. El lenguaje articulado como una modalidad

del pensar entre otras, según Wittgenstein

Capítulo 3 Logocentrismo, iconocentrismo y confluencias palabra-imagen

§ 18. La obligación del lenguaje discursivo

§ 19. Limitaciones del lenguaje verbal: las nociones de “palabra” y “enunciado”

§ 20. Distinción filosófica entre concebir e imaginar

§ 21. Concebir e imaginar en la obra artística y en la experiencia estética

§ 22. Críticas al logocentrismo

§ 23. La imagen frente al «imperialismo lingüístico»

§ 24. Cooperación entre imaginación y entendimiento

§ 25. Confluencias de la palabra y la imagen, o de la razón y la emoción

Segunda Parte Imágenes e imaginación Capítulo 4 De la forma a la imagen

§ 26. Superación de la tricotomía materia-forma-contenido. La vida de las formas y las formas de vida

§ 27. El concepto de imagen

§ 28. La imagen del mundo y el mundo de la imagen

§ 29. La imagen animada, la imagen zoón

Capítulo 5 Imágenes sensibles (materiales) 5.1 Objetividad de las imágenes

§ 30. Las imágenes sensibles como objetos

§ 31. Modalidades y “elementos” de las imágenes visuales

5.2 Imágenes visuales, conocimiento y pensamiento. Imágenes y realidad

§ 32. El ver considerado como la mejor manera de conocer

§ 33. El uso de imágenes y esquemas visuales: un modo de pensar

§ 34. Concepciones clásicas de la iconicidad

§ 35. Crítica de la iconicidad

Capítulo 6 Imágenes no sensibles (imaginarias) 6.1 Subjetividad de las imágenes

§ 36. El estatus de la imagen imaginaria

§ 37. Tipologías de la imagen imaginaria

6.2 Concepciones clásicas de la imaginación

§ 38. Aristóteles

§ 39. Empirismo

§ 40. Racionalismo

6.3 La imaginación kantiana

§ 41. La imaginación en la Crítica de la razón pura

§ 42. La imaginación en la Crítica de la capacidad de juzgar

6.4 La imaginación como pensamiento legítimo

§ 43. En contra y a favor de la imaginación como pensamiento

§ 44. Imágenes filosóficas

6.5 Intersubjetividad de la imagen imaginaria

§ 45. Crítica de la noción de “imagen mental”

§ 46. Relaciones entre imágenes materiales e imágenes imaginarias

Capítulo 7 Represión y reivindicación de lo imaginario

§ 47. La cultura occidental: entre la iconoclastia y la iconofilia

§ 48. Las paradojas de lo imaginario en Platón

§ 49. El rechazo de lo imaginario en la filosofía moderna

§ 50. Imaginación y libertad

Capítulo 8 La imagen arcaica: antes y después de la razón discursiva

§ 51. El pensamiento filosófico: entre la reminiscencia y el olvido;

entre el regreso y el progreso

§ 52. Imágenes artísticas del pasado mítico

§ 53. Imágenes psicológicas del inconsciente colectivo

§ 54. Imágenes tecnológicas de lo arcaico

Tercera Parte Visión, representación y presencia Capítulo 9 De la visión a la mirada 9.1 Ver inocente y mirar intencionado

§ 55. La percepción visual como mímesis mental o como actividad creadora

§ 56. Horizontes de la mirada: la parte, el todo y la parte

§ 57. Ver y mirar, observar y contemplar

9.2 Visión y hermenéutica

§ 58. Ver y proyectar

§ 59. Ver figuras ambiguas. Ver aspectos

§ 60. Ver y saber

§ 61. El “ver como...” es mirar

Capítulo 10 El cuadrante de la representación

§ 62. Representación espacial (sustitutiva)

§ 63. Representación inmaterial (imaginaria)

§ 64. Representación material (sensible)

§ 65. Representación temporal (reproductiva)

Capítulo 11 La representación: de la copia al signo y del signo al símbolo 11.1 De la copia al signo

§ 66. La imagen sensible: representación sin semejanza

§ 67. Naturalismo

§ 68. Convencionalismo / Relativismo

§ 69. Cognitivismo

§ 70. Del reflejo al signo

§ 71. La imagen como representación lógica del mundo, según Wittgenstein

11.2 Del signo al símbolo

§ 72. Representación versus conocimiento directo

§ 73. Representación y símbolo

§ 74. Más allá de la referencia: los signos y los símbolos como cosas o como presencias

Capítulo 12 Los límites de la representación: del símbolo a la presencia

§ 75. La representación como configuración del mundo, no como su reflejo

§ 76. La deixis

§ 77. El ídolo, el ixiptla

§ 78. Visión de lo invisible y diálogo interior; diálogo con lo invisible y visión de lo interior

§ 79. Del decir al mostrar, del mostrar al callar y al cerrar los ojos:

el silencio y la presencia

Bibliografía y hemerografía

Índice de figuras

Hombre, árbol de imágenes,

palabras que son flores que son frutos que son actos.

— Octavio Paz

Himno entre ruinas

Las palabras son los ríos;

las imágenes, el mar.

— F.Z.A.

Introducción

¿Qué fue primero, la imagen o la palabra? Ésta es una de las cuestiones más profundas que podemos plantearnos. Una pregunta que, con toda su ingenuidad, no sólo nos hunde en las profundidades de la historia, sino que nos lleva a indagar acerca de nuestra primera infancia y acerca de las relaciones que entablamos cotidianamente entre la voz y la mirada. ¿Qué fue primero, la palabra o la imagen? Hay momentos en que inquietudes de este tipo afloran, de modo involuntario; cuestiones a las que Kant consideró insolubles, pero inevitables como un destino; que rebasan a nuestra razón, pero que la asedian sin cesar.

El acicate inicial para emprender estas indagaciones fue justamente la necesidad de elucidar las complejas relaciones entre el lenguaje verbal y el lenguaje de la imagen. En esta intrincada problemática fue imposible eludir el asunto de la prioridad entre lo lingüístico y lo imaginativo. Pero, en el transcurso de mis reflexiones, la pregunta arriba anotada tuvo un desarrollo: ¿Qué es primero, la imagen o la palabra? El paso del fue al es no implicó la desaparición de la primera duda, sino más bien el enriquecimiento de la perspectiva desde la cual se analiza el problema. El fue se refiere a los orígenes históricos y filogenéticos; el es se refiere a los orígenes ontogenéticos y psicológicos. Y ambos tienen que ver con la ontología de la palabra y de la imagen. El asunto de la prioridad implica, pues, una serie de preguntas genuinamente filosóficas, y no el planteamiento de problemas espurios.

Mis pretensiones en el presente trabajo van más allá de examinar como problema central una parcela tan movediza como el asunto de la prioridad entre palabras e imágenes. A lo que aspiro es más bien a plantear y desarrollar una filosofía de la imagen. Ambición ciertamente desmesurada o temeraria si se pretende satisfacerla en un solo trabajo y mediante el esfuerzo individual y aislado, pero sin duda estimulante cuando se sabe que tiene antecedentes y cuando se espera secuelas y respuestas. Ahora explicaré algunos antecedentes que he encontrado, así como los principales ejes temáticos cuyo estudio organizado hará posible construir una filosofía de la imagen.

Se ha afirmado tantas veces que la cultura moderna de matriz europea es una cultura de la palabra, de la lógica y el discurso, que tiende a soslayarse un hecho: ha sido, al mismo tiempo, una cultura de la imagen. En esta dualidad residen las raíces de la añeja contraposición entre imágenes y palabras, fenómeno típico del pensamiento occidental, y que ha originado los incesantes debates sobre la preeminencia de la palabra frente a la imagen (o viceversa), o bien sobre los “peligros” de que las palabras se vean desplazadas por las imágenes (o viceversa).

Durante la Edad Media, las luchas entre iconódulos e iconoclastas con respecto a la conveniencia de representar visualmente a Dios o a la Virgen abonó el terreno para que se desarrollaran complejas argumentaciones de carácter doctrinal, moral y filosófico. Las prohibiciones bíblicas de crear y adorar “ídolos” servían de base a quienes se oponían a toda figuración de lo divino. Pero, al mismo tiempo, la persona de Cristo era invocada como representación material de Dios y, por tanto, era legítimo valerse de diversas representaciones de lo divino, no importando que fueran de creación humana. En el aspecto moral, por un lado se reprobaba la concupiscencia oculorum que estimulaban las imágenes. Pero, por otro, se exaltaba el poder de las imágenes materiales para acceder a Dios: era la llamada vía anagógica o método de elevación espiritual. En cuanto a las discusiones filosóficas —que se amalgamaron con las otras dos—, el movimiento neoplatónico y sus secuelas se mantuvieron fieles a la entronización de lo intelectual en detrimento de lo sensorial, pero dando a esto último un valor positivo en la anagogía, o ascenso a la divinidad. Y al mismo tiempo surgió y se desarrolló la teoría medieval de los signos (según la cual todo objeto puede ser un signo de lo divino, y es válido recurrir a imágenes que nos remitan a Dios). La filosofía medieval de la imagen osciló entre la afirmación de las “imágenes espirituales”, que no se ven sino que se contemplan con el “ojo del alma” platónico, y la reivindicación de las imágenes físicas, de los íconos[1] como vehículos privilegiados del conocimiento.

Hay pocos conceptos tan ambiguos y a la vez tan ricos en connotaciones como el de “imagen”. A lo largo de la Edad Media, y en relación con todas estas polémicas, circularon distintas terminologías (de origen hebreo, griego, latino y germánico) que son afines a nuestro vocablo “imagen” y cuyos usos y significaciones se entrecruzaban y combinaban. Para la filosofía de la imagen, uno de los aspectos más importantes de lo anterior radica en la gran diversidad de implicaciones que puede tener la expresión “ser una imagen de...” Es decir, en el problema de la representación referido a las imágenes materiales o sensibles.

En la antesala de la modernidad, durante el movimiento humanista, ocurrió la misma oscilación que durante la Edad Media entre la valoración, ya de la palabra, ya de la imagen, como herramienta básica o principal del pensamiento y del conocimiento. Unido al florecimiento de los estudios filológicos, el invento de la imprenta de tipos móviles dio un enorme impulso al libro impreso como vehículo básico en la difusión del saber. Así, el nacimiento del homo tipographicus tuvo repercusiones no sólo sobre las herramientas del pensamiento, sino también sobre las modalidades del pensamiento: la existencia del texto impreso estimuló el análisis, la comparación, el enlistado de ideas, el desglose y ordenamiento de datos, la clasificación, las secuencias, la cronología, la exposición clara y secuencial. Esto llevó a que lo escrito y lo pictórico se separaran. Y una de las consecuencias de tal separación fue que la forma de leer y de escribir adquirió sus características modernas: silenciosa, intelectual, poco o nada sensual, lineal. Pero al mismo tiempo hubo en el campo de la imagen un florecimiento sin precedentes. Las nuevas técnicas de impresión permitieron el surgimiento de un verdadero “nuevo mundo de la imagen” renacentista. Se desarrolló la perspectiva artificialis, que fue festinada como un método exacto, científico y realista de representación visual, “superior” a los sistemas de representación sobre el plano usados anteriormente. Al adquirir un carácter matemático y científico, la representación visual perdió sus funciones anagógicas. Se estableció la ecuación ver = conocer; visión fisiológica y certeza se identificaron.

En este contexto volvieron a polarizarse las posiciones con respecto a la conveniencia de elaborar y adorar imágenes religiosas. El movimiento reformista desembocó en otra rabiosa oleada iconoclasta. Razones doctrinales y filosóficas no distintas de las que se esgrimieron durante la Edad Media eran el argumento para destruir imágenes. Pero en ese mismo tenor se dio la respuesta de la Iglesia Católica. El Concilio de Trento, a la manera de otros realizados durante el medioevo, defendió y fomentó el uso didáctico, religioso y político de las imágenes, tanto en Europa como en las recién adquiridas posesiones americanas.

Empiristas y racionalistas, más adelante —y aparte de sus profundas diferencias—, coincidieron en su menosprecio de lo imaginario. John Locke se refería peyorativamente a la imaginación como «asociación de ideas», y como una «fuente de errores» relacionada con la locura, distinguiéndola así del pensamiento racional. Malebranche la consideraba no sólo una forma de la locura, sino una peligrosa tendencia fomentada especialmente por las mujeres. Se coincidía en relegar los productos de la imaginación al desván de la locura, el primitivismo o la infancia. Se desarrolló la noción de “imagen mental”: tanto racionalistas como empiristas postularon la existencia de ideas o «imágenes» que, ubicadas «en el cerebro», se corresponden punto por punto con las cosas. Esta concepción se abrió paso y ha llegado hasta nuestros días, arraigándose en el sentido común.[2]

Habría que esperar hasta Kant para que se revalorara la imaginación como mediadora entre las intuiciones y los conceptos. La filosofía crítica, al sintetizar los enfoques empirista y racionalista, abrió el camino hacia la exaltación de lo imaginario por los románticos alemanes en la filosofía y en la literatura, así como por los artistas plásticos. Pero en el mismo Kant se aprecia la tensión entre imagen y palabra. En la primera Crítica la imaginación tiene un lugar subordinado frente al entendimiento en el proceso de conocimiento. Aquí, el único conocimiento posible es aquel que se configura de modo estrictamente discursivo: estamos condenados a pensar, y a pensar discursivamente, no imaginalmente. En cambio, en la tercera Crítica adquiere la imaginación un valor más positivo, si bien acaba por difuminarse frente a las esferas de lo sublime, ante las cuales se ve avasallada.

La frontera trazada por el trascendentalismo kantiano entre el conocimiento posible, fenoménico, y la esfera del noúmeno (la cosa en sí), parecía una barrera inexpugnable. El mundo posible era sólo el de la razón, acotado por las fronteras del tiempo-espacio y por los conceptos discursivos. Sin embargo, el romanticismo y las artes visuales, por un lado, y la reflexión filosófica, por otro, se esforzaron en tender puentes entre la realidad fenoménica y el mundo transfenoménico. La ensoñación, el simbolismo, la exacerbación de los sentidos eran sendos caminos hacia lo inefable. Para los poetas, los filósofos y los creadores artísticos, lo imaginal ofrecía un modo de acercarse a lo que está “más allá” de la razón, más allá de las representaciones y del lenguaje discursivo: imágenes visuales o no visuales, imágenes poéticas o filosóficas, imágenes miméticas o simbólicas daban esa posibilidad. Schopenhauer y Nietzsche, con sus respectivas dicotomías entre la representación y la voluntad, o entre lo apolíneo y lo dionisíaco, retomaron la idea kantiana de los límites. Pero, a diferencia de Kant, abrieron un gran boquete en esa muralla que separa lo fenoménico de lo nouménico y propusieron recorrer las vías que conducen hacia la contemplación del infinito, de lo innombrable. De nuevo, la añeja oposición entre imágenes y palabras estaba en el centro de la problemática. Pues al mismo tiempo hubo en Occidente una gran explosión del saber centrado en la investigación crítica, en el análisis, en la lecto-escritura sistemática. La filología, la lingüística, la historia, la crítica literaria y de arte, en fin, las disciplinas humanísticas que florecieron durante el siglo XIX. Y el vehículo principal de su quehacer era el lenguaje articulado.

Vendría después, en el siglo XX, lo que fue llamado el «giro lingüístico» en la filosofía. Filosofar se convirtió para algunos en una actividad centrada en la reflexión sobre el lenguaje. Pero, ¿acaso el siglo del giro lingüístico no fue también el siglo de la imagen? Mientras la filosofía analítica se presentaba como un proyecto orientado a terminar de una vez por todas con la metafísica (como una especie de depuración del pensar, con bases lingüísticas y lógicas), en la vida cotidiana del hombre común y del filósofo se hacía presente con gran agresividad el mundo de la imagen. Aparecieron la fotografía, el cine y la televisión: una triada irresistible, aun para el espíritu más lingüistizado. Tal vez el giro lingüístico fue una reacción, una defensa instintiva de la razón occidental ante el enorme desarrollo de la imagen visual, ante los embates de un modo de pensar no sujeto al logos discursivo.

Una paradoja más: en la segunda mitad del siglo XX se asistió al despliegue de la imagen electrónica, la imagen pantocrator, la imagen ubicua, la imagen multifuncional. Desde el Vaticano hasta el laboratorio del científico, el mundo fue mediatizado, reducido a los límites de una pequeña pantalla rectangular. Hiperrealismo, holografía, realidad virtual: el sujeto se introdujo en el mundo por la vía de las imágenes. Y esta parafernalia puso en crisis conceptos que durante milenios permitieron entender de un modo más o menos consensado lo que significaba “ser una imagen de...”

El rasgo principal de la imagen actual parece ser su carácter de pseudo-imagen, o más bien dicho de no-imagen. Hoy en día se tiene abundantes imágenes, muy “realistas”, de cosas que no existen, o bien de otras imágenes que a su vez representan imágenes. Algunos gustan incluso de anunciar la muerte de las imágenes. Al mismo tiempo se levantan voces de alarma que nos advierten sobre los peligros de la inflación visual. Se nos previene en contra de la “barbarie”, la pérdida irreparable de los “valores humanísticos” (tales como el espíritu crítico, la capacidad discursiva y de análisis), contra la uniformización de las conciencias y la “enajenación”, etc.

La lucha entre iconoclastas e iconódulos no puede terminar: es inherente a la razón occidental. En un bando, se ubican los cultores de la imagen, los iconocentristas; en el otro, los logocéntricos, los iconófobos, los representantes del «imperialismo lingüístico». Pero Occidente es una civilización tanto de la vista y la imagen como de la palabra ar-ticulada, oral o escrita. La vista y el oído son sus mediadores privilegiados. Por ello, en las antípodas de esta cultura se ubican las culturas de la oralidad, del contacto epidérmico, del olor. La definición de lo intelectual como distinto y contrario de lo sensual es una marca distintiva de la Weltanschauung occidental: hay que ver para creer y para tener certeza; al mismo tiempo, hay que pasar el mundo por el tamiz del lenguaje para apropiarse de él. «Nombrar es dominar», reza una vieja sentencia. Ver y decir han sido las claves del poder occidental sobre otras culturas.


El principal objetivo de este libro es contribuir a la construcción de una filosofía de la imagen. Hoy en día es ya una necesidad urgente contar con un aparato conceptual que nos permita afrontar las distintas modalidades de lo imaginal, que aparecen en ámbitos tan diversos como la intimidad psicológica, la ciencia, la filosofía, la comunicación masiva, la religión, la educación, la propaganda o el arte. Considero que la reflexión filosófica no ha atendido con la suficiente dedicación a las formas de ser de la imagen, así como a los nexos de ésta con las palabras. En vez de eso, la filosofía predominante en los centros universitarios se orientó durante toda la modernidad a, por un lado, entronizar al discurso como la forma natural del pensamiento o de la razón (excluyendo cualquier otra forma de pensar o de razonar) y, por otro lado, a demeritar las cualidades de la imaginación y de la imagen visual (al considerarlas como ajenas a la razón humana o bien como dañinas para ésta). Esto es el logocentrismo.[3] Ahora bien, esta tendencia ha declinado, al grado de que en nuestros días abundan los estudios sobre la imagen o la imaginación. Sin embargo, suelen darse ciertas fallas en tales estudios. O bien se incurre en la exaltación de las imágenes o lo imaginario, al grado de incurrir en una especie de iconocentrismo que exagera los poderes de la creación visual y de la fantasía. O bien se dedican exhaustivas investigaciones a la disección de las imágenes, intentando determinar cuáles son sus elementos, su gramática o su semiótica, aplicando a fin de cuentas conceptos provenientes de la larga tradición de estudios sobre la gramática de la palabra. Mi propuesta pretende distanciarse de ambos tipos de enfoques —en sí muy interesantes y aportativos.[4]

Con la noción de “filosofía de la imagen” me refiero sobre todo al desarrollo de una epistemología y de una ontología de la imagen. Al menos, tales serán los aspectos en que me centraré. Como se verá en el cuerpo de este trabajo, ambos han sido abordados por la filosofía en distintos momentos. Sin embargo, se carece de suficientes estudios que los examinen sistemáticamente.[5] Con mi trabajo pretendo contribuir a subsanar esa falla.

El eje de la filosofía de la imagen que propongo será el estudio de la representación, o de las imágenes como representación. Pero para llegar a esta parte habrá que recorrer un camino muy largo y accidentado. No es posible enfrascarse de lleno en este complejo tema sin antes transitar por los territorios de la palabra y de la imagen como lenguajes. Por ello es que esta investigación se estructura de la siguiente manera.

En la Primera Parte (capítulos 1 a 3), se estudia los enfoques predominantes sobre el lenguaje verbal, intentando distanciarse de aquellos que se han esgrimido para descalificar a la imagen. Los temas son:

a) Las cuatro principales variantes del logocentrismo. Se abordará críticamente el racionalismo, el relativismo, el trascendentalismo y el idealismo lingüísticos.

b) Las relaciones entre la palabra articulada, el pensamiento y la realidad. Se examinará distintos enfoques al respecto, desde los que dan una solución asociacionista y entronizan a la palabra sobre otras formas de lenguaje, hasta algunos que se distancian de esa postura excluyente.

c) Las relaciones de exclusión o de cooperación entre lenguaje verbal y lenguaje no verbal. Veremos cómo se ha entendido que las palabras son el “soporte” de las imágenes, o bien cómo se ha buscado “emancipar” a éstas de aquéllas. También se tratará la manera en que imágenes y palabras se complementan y confluyen, en vez de separarse y competir entre sí.

No es posible elaborar una filosofía de la imagen sin considerar de modo sistemático la filosofía del lenguaje (verbal). En la tradición occidental imágenes y palabras se han acompañado, recorriendo caminos paralelos, atacándose, negándose mutuamente, reflejándose o reforzándose entre sí. El amante de las imágenes es muchas veces un enemigo de la verbalización, o al revés: lo cual demuestra que imágenes y palabras se presuponen. Para bien o para mal, en Occidente las palabras han sido tal vez nuestra principal manera de decir las cosas; por eso, hay que empezar por ajustar cuentas con el lenguaje verbal.

La Segunda Parte (capítulos 4 a 8) se centra en las imágenes mismas:

a) La forma y la imagen. Busco delimitar inicialmente las nociones de “forma” y de “imagen”, así como las de “mundo de la imagen” y “vida de las imágenes”. Éstos son conceptos básicos, que irán apareciendo en el resto de la presente investigación.

b) La imagen como realidad sensible. Aquí se tratará de las imágenes como cosas materiales que pueden servir para conocer las demás cosas (materiales o no), o para pensar en ellas.

c) La imagen como realidad imaginaria o no sensible. El principal objetivo de esta sección será tratar críticamente el concepto de “imagen mental” y oponerle el de “intersubjetividad de la imagen”. Asimismo, se trata de rehabilitar a la imagen imaginaria como una vía legítima de conocimiento o como una modalidad compleja del pensamiento (sobre todo en la filosofía).

d) La postura dual de Occidente ante lo imaginario. Será un breve resumen de algunas posturas “en contra” o “a favor” de la imaginación.

e) La imagen arcaica. Es una reflexión sobre la validez de mirar hacia atrás, hacia lo que está antes (o después) de la imagen representativa.

La Tercera Parte (capítulos 9 a 12) llega al meollo de estas investigaciones: el estudio de la representación. Se divide en cuatro grandes temas:

a) El paso de la visión a la mirada. Se considerará qué diferencia puede haber entre ver y mirar, y se buscará aquilatar la dimensión hermenéutica del segundo. Ya desde aquí se abrirá una grieta en la teoría de la representación (que se irá ensanchando y profundizando): se atisbará la posibilidad de dar un paso que nos lleve de vuelta a la visión inocente, partiendo de la mirada.

b) El cuadrante de la representación. Propondré una tipología de las modalidades de la representación, que consiste básicamente en el cruce de dos ejes: el de la representación espacio-temporal y el de la representación sensible-imaginaria.

c) La representación como un paso: de la copia al signo y del signo al símbolo. Examinaré estos dos pasos de la representación, dando pie a plantear los límites de la representación y la superación de dichos límites.

d) El paso del signo y el símbolo a la ausencia de simbolización: la presencia. Aquí se planteará abiertamente la posibilidad de un tercer paso: la vuelta a la visión presencial o al contacto directo con las cosas y las personas, un contacto inocente, no hermenéutico. Pero ya no será una visión meramente fisiológica, sino contemplativa o gnóstica. Se pretende mostrar que la representación tiene límites, y que es necesario reconocerlos.

La filosofía occidental apenas comienza a interesarse por las imágenes como tema de su incumbencia. A lo largo de las últimas décadas, han surgido diversos métodos interesados explícitamente en la visualidad, apoyados en disciplinas como la semiótica, la iconología, la retórica, la psicología, la pedagogía, la estética, la hermenéutica y la mediología. El fenómeno de la imagen requiere ser abordado con todas las herramientas teóricas disponibles. ¿Por qué la filosofía se ha mantenido al margen de esta gran corriente? Una de las explicaciones puede ser el profundo arraigo logocéntrico del quehacer filosófico. El filósofo a la occidental es un profesional de la palabra; es un hombre (o mujer) de letras. Filosofar no sólo ha sido saber pensar bien, sino también saber utilizar el lenguaje, saber leer, escribir y hablar bien. ¿A eso se debe que haya una gran escasez de trabajos filosóficos sobre la televisión, sobre el multimedia y el hipermedia o sobre el hipertexto? ¿Estas modalidades de la representación son un peligro real para la profesión filosófica? ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que se desarrolle una auténtica ontología, o una epistemología de la imagen? ¿Es posible una variedad del pensar filosófico no circunscrito a la razón discursiva, y que se manifieste también mediante imágenes visuales y no sólo mediante imágenes no visuales (como las de un Platón o un Wittgenstein)?

Pensar la imagen puede implicar un cuestionamiento radical de las formas filosóficas tradicionales. Los pedagogos, los sociólogos, los mediólogos y los teóricos del arte se han ocupado de los efectos de la expresión y la comunicación visual sobre el individuo. ¿Por qué la filosofía no lo ha hecho con tanto interés como el que dedicó al estudio del lenguaje? ¿Acaso la filosofía no tiene nada que decir al respecto? Tiene mucho que decir, tal vez demasiado para su propia supervivencia como disciplina sólidamente establecida y segura de su estatus. Y, si lo hace, tal vez empiece a comprender que, hoy por hoy, ya no es (en su tradicional vertiente logocéntrica) la madre de todas las ciencias. La razón discursiva no es la única razón posible. Hay otras.


Mi método de indagación consistió en combinar la búsqueda divergente de informaciones y la intención de hacerlas llegar a un punto de convergencia. Con la primera estrategia, revisé todos los libros o artículos que parecían tener alguna relación con mi temática, así fuera lejana. Gracias a una disposición intelectual divergente, se abría constantemente el espectro de temas afines, de modo que todo podría estar relacionado con el asunto principal. A la vez, aplicaba una estrategia convergente, de modo que seguía, pese a todo, una dirección previamente establecida, aunque con una meta que a veces parecía estar más lejos. Esto tuvo como resultado un permanente zigzagueo, pues a cada movimiento divergente (que ampliaba el campo de estudio) respondía un movimiento convergente (que lo restringía), o viceversa.

En cuanto al método de exposición que se sigue en este libro, es acumulativo y en espiral. Casi siempre, cuando ya he argumentado suficientemente una idea mediante mis propios razonamientos o apoyándome en algún autor, procedo a citar a algunos más, acumulando así exposiciones coincidentes. Pero hay algo más importante: la organización expositiva sigue una trayectoria en espiral: cada una de las tres partes es como un gran ciclo, que presupone a las que la anteceden o es presupuesta por las que la siguen, y que de algún modo repite lo que ya fue dicho antes. No obstante, en cada ciclo se avanza, siempre en la dirección prefijada. A su vez, procuré dar a cada capítulo una estructura también en espiral; a este nivel (secciones y parágrafos) se dan sistemáticamente reiteraciones y circularidades. Puedo decir que la presentación de los resultados de esta investigación fue concebida como un gran tejido con una urdimbre radial y una trama en espiral. La primera consiste en las tesis principales que se exponen o defienden en cada parágrafo, sección o capítulo, y que confluyen en un mismo punto. La segunda son los ejemplos, las argumentaciones, las reseñas de lo que piensan otros, las comparaciones o los resultados específicos que se van alcanzando. Es decir: se tendrá una urdimbre invisible, pero efectiva, recubierta por una trama repetitiva, acumulativa y fluyente.

Con todo esto quiero decir que me adscribo al pensamiento complejo, no lineal: prefiero trabajar mediante repeticiones y ciclos. Eso implica un riesgo constante de incurrir en paradojas y contradicciones, mas espero haber evitado tal peligro. En suma, quiero distanciarme de lo que enseñaba Descartes hace cuatro siglos: el método del pensamiento analítico, lineal.

[1] En este libro distinguiré el ícono como imagen religiosa (la imagen medieval cristiana, sobre todo la que se hacía y veneraba en el ámbito de la Iglesia Oriental), e ícono como imagen mimética (la imagen, generalmente no religiosa, que guarda una relación de semejanza con su referente). Siempre se utilizará el término “ícono”, y el contexto permitirá entender de qué uso se trata.

[2] A lo largo de este libro se utilizarán los sargentos (« ») únicamente en las citas textuales (sea de textos o de palabras aisladas) y en la referencia a títulos de artículos o capítulos citados. En todos los demás casos (indicación de conceptos de uso común, uso irónico de palabras o frases, referencia a palabras o a sus significados, etc.) se utilizarán las comillas (“ ”). (N. del E.)

[3] Para evitar confusiones, hay que distinguir desde ahora entre el logocentrismo en este sentido, al que podríamos llamar «logocentrismo logicista», del «logocentrismo metafísico» o «logocentrismo de la presencia», al que rechazan Derrida y los deconstruccionistas. Mi apuesta va contra el primero, y hacia el final se acerca más bien al segundo. No puedo dejar de asumir estas delicadas implicaciones de mi planteamiento, pues la filosofía de la imagen que propongo aquí desemboca en una metafísica de la imagen, en una teoría de la imagen como presencia. Será materia de otra investigación desarrollar tal metafísica.

[4] Ejemplos del segundo tipo son Semiótica del signo visual, del Grupo µ (1992), y Principios de teoría general de la imagen, de Justo Villafañe y Norberto Mínguez (1996).

[5] El excelente libro de Jean-Jacques Wunenburger Philosophie des images (1997) es una referencia fundamental en cuanto a la sistematización de los problemas filosóficos de la imagen, y al planteamiento de soluciones. Opté por no utilizarlo en mi investigación, a fin de mantener en claro las diferencias (no discrepancias) entre mi propuesta y la de este autor. Más allá de, por ejemplo, las diferencias en la manera de clasificar las imágenes, o de las coincidencias en lo referente a la legitimidad de un pensamiento en y con imágenes, hay tres cuestiones cruciales en que el presente libro se distingue de la obra de Wunenburger: a) la necesidad para mi propia investigación de iniciar con un examen del lenguaje verbal, b) el lugar central que se da en mis indagaciones al problema de la representación (así como a sus límites y la superación de éstos) y c) la «confrontación» reiterada que hago entre la palabra y la imagen.

Primera Parte
Palabras e imágenes:
divergencias y convergencias

Referirse a las palabras, escribir sobre la oralidad o hablar sobre la escritura son actividades paralelas que implican un doble juego: por un lado, convertir en objeto de reflexión (las palabras) el medio mismo en que se manifiesta la reflexión (las palabras); por otro lado, ignorar que nuestro propio vehículo expresivo es al mismo tiempo nuestro tema de reflexión. A veces nos es difícil tomar conciencia de este doble movimiento, sobre todo cuando creemos vivir exclusivamente en un mundo de palabras donde la palabra es “el” medio del pensamiento, o donde el mundo pensado está hecho de palabras. Esto nos lleva a creer que no podemos vivir fuera de ellas, pese a que, en muchas situaciones, habitamos territorios ajenos a su imperio.

La pretensión de esta Primera Parte es reconocer algunas concepciones sobre la palabra y sobre la imagen que las llevan por caminos divergentes, y otras que las hacen transitar hacia territorios comunes. Se trata de la contraposición entre ellas o de su unión en un gran lenguaje que las abarca, incluyendo otros modos de expresión y comunicación (la música, la gestualidad, etc.). El avance hacia el tratamiento de los problemas específicos de la imagen y la representación será un poco lento, pues es imprescindible abordar antes tales cuestiones. Una filosofía de la imagen formulada verbalmente está obligada a sistematizar lo más posible sus relaciones con la filosofía del lenguaje (en sus vertientes ontológicas, epistemológicas y lingüísticas). Sólo después de esto podré enfrascarme en el estudio directo de la imagen (Segunda Parte), para abordar luego, ya con suficientes fundamentos, los alcances y los límites de la imagen y la palabra como representación, tema central de estas indagaciones (Tercera Parte).

Capítulo 1
Logocentrismo

He aquí cómo pensaba el clásico con respecto al hombre y la palabra:

el hombre es el único ser dotado de alma racional; esta alma racional se revela en todos sus actos, pero su expresión característica es la palabra.

Alfonso Reyes[6]

Pensar contra la “Lógica” no significa quebrar lanzas a favor de lo ilógico,

sino solamente esto: repensar el logos. ¿Qué nos van ni nos vienen todos

los prolijos sistemas de lógica si se sustraen a la tarea previa

de preguntar por la esencia del logos?

Martin Heidegger[7]

1.1 Racionalismo lingüístico (lenguaje verbal y humanidad)

Hoy en día sigue siendo un lugar común afirmar que “se habla como se piensa”. Para que este tipo de ideas haya pasado a formar parte de las nociones corrientes ha debido transcurrir mucho tiempo sin que se cuestionara desde su raíz la vieja identificación entre lenguaje y pensamiento. Y con esta identificación, prestigiada y casi inamovible, han surgido otras, como vástagos igualmente vigorosos: “pensamos con la cabeza”, “las personas inteligentes saben pensar y por lo tanto hablar mejor que las no inteligentes”, “los seres racionales piensan y hablan; sabemos que los animales no piensan, puesto que no hablan”.

Nuestros sistemas educativos están basados generalmente sobre estos postulados, en los que durante siglos se han apoyado a su vez los conceptos relativos al razonamiento, el orden expositivo, la sistematización de ideas, la argumentación coherente, la demostración y otros semejantes. Con base en ellos se ha determinado también qué es un mal razonamiento, un mal argumento, un texto mal escrito o una idea mal expuesta, es decir, aquellos que no se apegan a tales criterios del “bien pensar” y del “bien decir”.

§ 1. La palabra como facultad distintiva del ser humano

La consideración de que el logos es una facultad distintiva del humano frente al animal, y del humano racional frente al no racional se remonta por lo menos a Isócrates, quien comprendió el inmenso poder de la palabra como factor comunicativo entre los seres humanos:

Debido a que en nosotros ha sido implantado el poder de persuadir a los demás y dejarles en claro lo que deseamos, no sólo hemos dejado atrás la vida de las bestias salvajes, sino que nos hemos unido y hemos fundado ciudades, hemos hecho leyes e inventado las artes […] no hay institución concebida por el hombre a la que el poder del lenguaje no haya ayudado a establecer. Gracias a esto se ha podido establecer leyes concernientes a lo justo y lo injusto […] o rechazar lo malo y exaltar lo bueno. Gracias a esto educamos a los ignorantes y valoramos al sabio. Pues el poder de hablar bien se puede tomar como el indicio más seguro de un entendimiento, y el discurso verdadero, legal y justo es la imagen externa de un alma buena y confiable. […] Los mismos argumentos que utilizamos para persuadir a otros cuando hablamos en público, los empleamos cuando deliberamos con nuestros propios pensamientos.[8]

Difícilmente se encontraría una mejor formulación del racionalismo lingüístico, o sea, de la identificación entre discurso y razón. Éstos nos distinguen de los seres irracionales y son el cimiento de la ciudadanía y la convivencia social; de la capacidad de hacer leyes y respetarlas; del sentido de la justicia, así como del de lo bueno y lo malo; ambos son signos inequívocos de la inteligencia, y son el vehículo del conocimiento, tanto como de la reflexión. En suma: son cifra de lo humano.

Pasemos ahora a algunos argumentos de nuestra época en pro de la idea de que los animales no poseen lenguaje. Se ha insistido en que la comunicación animal está sujeta a estímulos (Urban),[9] o bien se han señalado importantes diferencias entre ella y la comunicación humana, como que es casi completamente hereditaria, que no es elástica (pues no permite crear nuevas formas a partir de elementos básicos) y que no tiene historia (Schaff);[10] que está sujeta a las circunstancias inmediatas (Porzig),[11] o que es fundamentalmente una función biológica más (Sapir).[12] Hay cuatro diferencias que parecen ser las más importantes, y en las que tal vez todos los estudiosos coinciden:

a) el «lenguaje» animal no es reflexivo (no puede referirse a sí mismo) [Schaff: loc. cit.];

b) no denota: no nombra ni designa de modo alguno [Ibíd.];

c) no permite generalizar ni abstraer;[13]

d) no es articulado.[14]

Este grupo de características diferenciadoras son enfatizadas por los enfoques filo-sóficos, lógicos y gramaticales a los que Chomsky reúne bajo el marbete de «lingüística cartesiana».[15] Son cartesianos en este sentido pensadores como Herder y Humboldt, para quienes (apunta Chomsky) la diferencia esencial entre el hombre y el animal es el lenguaje, y particularmente la capacidad en aquél y la incapacidad en éste de formar, con las herramientas de expresión que posee, nuevos enunciados sobre nuevos pensamientos. Desde esta perspectiva, el lenguaje constituye una prueba concluyente de que el ser humano es distinto de las bestias, pues tiene la capacidad de desligarse de las pasiones y de los estímulos sensoriales. Chomsky considera que para Descartes «el lugar en donde se expresa la diferencia esencial entre el animal y el hombre es el lenguaje humano, y particularmente la capacidad que tiene aquél de formar nuevos enunciados que expresan pensamientos nuevos, adaptados a situaciones nuevas» [Ibid, pp. 18-19].

El lenguaje como factor hominizador, o como criterio de racionalidad, era para todos estos autores una facultad sumamente confiable y segura: al no poder saberse si los animales piensan o no, o cómo piensan, se recurría al lenguaje (considerado el modo en que se manifiesta la razón) como prueba concluyente de que los animales no piensan. Por lo tanto —y esto es lo que importa para tales estudios— el ser humano es racional. El lenguaje verbal probaba asimismo que los seres humanos pensamos con base en abstracciones y generalizaciones. Así, quien no hablara de esta manera no sería un humano racional, sino un enfermo (“loco”, “imbécil”, “afásico”), o bien un primitivo o un niño que aún no aprendía a pensar.

§ 2. De la emisión de ruidos a la articulación lingüística

Rousseau valoró positivamente el sonido inarticulado que está presente en nuestra expresión lingüística. Para él, las emisiones inarticuladas son las más vivas y son la mayoría; cualquier lengua posee una gran variedad de sonidos, acentos, ritmos y tonos: «La mayoría de las palabras radicales serían sonidos imitativos del acento de las pasiones o del efecto de los objetos sensibles».[16] Conforme en un idioma adquiere mayor importancia la articulación, se vuelve más exacto y menos apasionado: «[se] sustituye los sentimientos por las ideas [...] de ahí que el acento se extinga, la articulación se extienda [y] la lengua se haga más exacta, más clara, pero más lánguida, más sorda y más fría» [Ibíd., 24]. Es decir, para Rousseau la articulación lingüística conlleva empobrecimiento, pues con ella es más lo que se pierde que lo que se gana: se pierde espontaneidad, emotividad, calor expresivo, musicalidad, variedad sonora, y se gana únicamente en precisión. El grito apasionado es sustituido por un enunciado gramaticalmente correcto; la exclamación de dolor, de coraje o de amor es sustituida por un grupo de palabras claras y exactas; el gemido o la expresión desgarrada son desplazados por frases ordenadas.

Las ideas de Rousseau fueron heterodoxas, ya que la tendencia predominante en su tiempo (y en general durante la época moderna) consistió en señalar las bondades de la articulación, o sea, su importancia en términos de avance hacia la conformación de un lenguaje más racional, más útil, más intelectual y menos expresivo o pasional. Una lengua era considerada «superior» en la medida en que era menos emocional y expresiva, esto es, más intelectual y comunicativa. Tal es la concepción básica del pensamiento racionalista sobre el lenguaje.

Humboldt, por ejemplo, vio en la articulación del sonido un recurso de gran importancia, resultante de la intención y la capacidad de significar algo pensado:

El que el sonido articulado se distinga de cualquier resonancia que pueda volverlo confuso es indispensable tanto para su nitidez como para la posibilidad de una eufonía armoniosa. […] En efecto, cuando esta intención es lo bastante enérgica, el sonido aparece con limpieza, libre de la oscura confusión de la algarabía animal, producto de un impulso puramente humano y de una intencionalidad humana.[17]

Según estas afirmaciones, el lenguaje humano deja de ser un conjunto inconexo de sonidos en la medida en que se vuelve discurso ordenado; es entonces cuando deja de ser mera «algarabía animal» para convertirse en un instrumento de la razón.

Aquí podemos empezar a preguntarnos: ¿Sólo el lenguaje ordenado, articulado, gramaticalmente correcto es signo de humanidad o de racionalidad? ¿La expresión poética, que a veces es ilógica, inarticulada e incluso caótica, no es también signo de humanidad? ¿En qué lugar queda el pensamiento que no recurre al lenguaje verbal, sino a las imágenes, los gestos, los gemidos, los movimientos corporales, los objetos, etc.? A lo largo de éste y los siguientes capítulos se responderá a tales preguntas.

Saussure describió esa cualidad de nuestro lenguaje —la articulación— extrayendo también diversas conclusiones que rebasan los alcances de la lingüística. La lengua es el dominio de las articulaciones, o sea:

a) cada término es un articulus que «fija una idea en un sonido y donde un sonido se hace signo de una idea»;

b) es como una hoja de papel: una cara es el pensamiento y la otra el sonido: no se puede separar uno del otro;

c) la combinación de los dos elementos (idea y sonido) «produce una forma, no una sustancia»: por ello, la palabra no es una unión mecánica de idea y sonido;

d) el sonido y el pensamiento son amorfos antes de su unión.[18]

Es decir, que la lengua consta de relaciones, y no de “elementos” mínimos que al articularse forman otros “elementos”, los cuales a su vez se articulan formando otros más complejos, etc. O en otros términos: la lengua es un sistema en donde cada elemento tiene un valor en relación con todos los demás, tanto en su forma como en su significado. Esto implica que el significado de un término no es únicamente el objeto al que se refiere, sino el conjunto de significados que tienen todos los términos afines a él. La lengua es un sistema de valores, no un catálogo de palabras con sus significados. Sin embargo, esto no quiere decir de ningún modo que la articulación pierda la gran importancia que tiene para Saussure: se trata de un paso necesario para que el pensamiento deje de ser amorfo y adquiera orden.

Hay que mencionar también la postura de los teóricos soviéticos. Spirkin encuentra en la articulación un paso del lenguaje hacia su perfeccionamiento como herramienta de la inteligencia humana. Con el lenguaje articulado surgen las palabras diferenciadas y, por ende, los conceptos abstractos; gracias a él la actividad analítico-sintética del cerebro humano se desarrolla.[19]

La concepción del lenguaje de Spirkin, pese a haber surgido en el contexto de la filosofía soviética oficial, no está muy alejada del cartesianismo lingüístico ni de los planteamientos de Humboldt: en todos los casos se entiende que el lenguaje, al abandonar la inarticulación y al cambiar hacia la articulación y la discursividad, avanza hacia su perfeccionamiento como instrumento de la inteligencia; se dejan atrás etapas “inferiores” del lenguaje y de la inteligencia. Tal idea de que hay etapas inferiores y etapas superiores en el desarrollo del lenguaje será cuestionada a lo largo del presente trabajo.

1.2 Relativismo lingüístico (el lenguaje verbal como nuestro alfa y omega)
§ 3. La palabra como marco de la realidad

Cuando encontré por vez primera la afirmación de que «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» (Wittgenstein)[20] no pude menos que imaginar un universo cerrado, un ambiente enrarecido al que nada podría entrar y del que nada podría salir. ¿De qué otro modo entender este enunciado según el cual para cada quien no hay nada más allá de su propio lenguaje? Así, no me importa gran cosa lo que pase en los otros mundos, es decir, en las otras personas; me entiendo con los demás, pero sólo hasta cierto límite muy estrecho, pues ninguno puede penetrar la burbuja del otro; y la seguridad de que nadie entra a mi mundo me releva del compromiso de entender o intentar entender a cualquier otro individuo. Pero además de estas implicaciones —de tipo ético y hermenéutico— hay otra muy delicada: se grava al lenguaje con una carga ontológica demasiado pesada. Pues se le erige como la medida de lo que es y de lo que no es, de lo que tiene sentido y de lo que no lo tiene. He aquí una forma radical de relativismo lingüístico.

Se ha llamado “solipsismo” a esa especie de encierro que consiste en no querer o no poder ver nada más allá del propio mundo. Y cuando este mundo propio, inaccesible a los demás e independiente de ellos (como una especie de mónada leibniziana o una cárcel), es configurado por el lenguaje del individuo, lo que se da es un solipsismo lingüístico; o, de otro modo, un logocentrismo radical. Así es como lo podemos encontrar formulado por Wittgenstein en el Tractatus logico-philosophicus:

5.6 Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.

5.62 Lo que el solipsismo quiere decir es totalmente cierto.

El que el mundo es mi mundo, se muestra en que los límites del lenguaje (el lenguaje que sólo yo comprendo) significan los límites de mi mundo.

Después de Wittgenstein, Urban hizo suya esta afirmación sobre los límites del mundo, intentando matizarla para retirarle sus implicaciones solipsistas:

El lenguaje y el conocimiento son inseparables [...] sentido y verdad en última instancia deben coincidir. [...] Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Esto no significa necesariamente la negación dogmática de algo que esté más allá de lo que podemos expresar, pero sí quiere decir —y por cierto debe decirlo— que sólo pueden suscitarse con sentido las cuestiones relativas a la verdad y falsedad acerca de lo que puede expresarse.[21]

Es decir, el lenguaje pone límites solamente a lo que para mí es significativo, no a mi mundo en sí.

Pero no es fácil abandonar la tentación de erigir al lenguaje como criterio único y excluyente de la verdad, del conocimiento cierto, de lo que es y aun de lo que se percibe inmediatamente. Las categorías del conocimiento, con las cuales nos enfrentamos a la realidad,

son en última instancia categorías del lenguaje, tomando lenguaje en sentido filosófico. [...] La única manera de determinar el ser o la realidad es por medio de aquellas formas en que son posibles las afirmaciones acerca de ellos. [...] Éste es el corazón de la doctrina de las categorías tanto de Aristóteles como de Kant. [Ibíd., pp. 291-292. Cursivas de F.Z.]

La palabra articulada es el marco de nuestra realidad, a tal grado que no podemos ni siquiera pensar fuera de ella. Éste es el sentido del llamado «giro lingüístico», uno de cuyos principales artífices es precisamente el Wittgenstein del Tractatus.

En la misma tónica, Ernst Cassirer decía que percibimos sólo aquello que el lenguaje nos permite percibir: «El hombre no sólo piensa y comprende al mundo por medio del lenguaje sino que ya el mero modo de verlo intuitivamente y de vivir en esa intuición está justamente determinado por ese medio».[22] Como confirmación, también señalaba que algunas patologías confirman el papel subordinado de la percepción con respecto al lenguaje.[23]

§ 4. La palabra como concepción del mundo

Hay una vertiente moderada de esta consideración del lenguaje como marco de nuestra realidad, que se distingue en varios aspectos importantes de la anterior. Surgió a partir de la lingüística comparada, que en el siglo XIX echó por tierra las pretensiones de formular una «gramática universal». Al encontrarse que no hay partes del discurso universales y necesarias (sujeto, verbo, etc.), se llegó a la conclusión de que esos elementos no tienen un valor ontológico, sino sólo antropológico.[24] Se afirma que cada lengua lleva ínsita una “visión del mundo” (Weltansicht) o una “concepción del mundo” (Weltanschauung). Con ello se pudo evitar la trampa del solipsismo, y a la vez se alivió de cargas ontológicas al lenguaje verbal.

Sin embargo, uno de los principales iniciadores de esta línea de investigación, Wilhelm von Humboldt, no produjo una obra que se apegara plenamente a tal idea antropológica del lenguaje. Pese a que en sus profundas e interesantes reflexiones sobre la lengua y el lenguaje la historicidad de éstos se señala una y otra vez, las conclusiones a que llega están lastradas casi siempre por un hegelianismo un tanto forzado. Por ejemplo, cuando escribe que ni la civilización ni la cultura son generadoras del lenguaje, y que la producción de éste se debe a otra fuerza que las genera también a ellas (el «desenvolvimiento del espíritu»). Con todo esto, la responsabilidad ontológica del lenguaje sigue presente.

Paradójicamente, es su pertenencia al hegelianismo y al movimiento romántico lo que habilita a Humboldt para percibir que el lenguaje no es una simple nomenclatura (como habría querido el empirista más cerrado), sino que está conectado con la vida de los hablantes. Conceptos hoy en día de circulación corriente fueron acuñados por los románticos: “espíritu del pueblo”, “lengua nacional”, “concepción del mundo”... Y gracias a ellos Humboldt pudo hacer afirmaciones como:

En cada lengua está inscrita una manera peculiar de entender el mundo. [...] Cada lengua traza en torno al pueblo al que pertenece un círculo del que no se puede salir si no es entrando al mismo tiempo en el círculo de otra. Por eso aprender una lengua extraña debería comportar la obtención de un nuevo punto de vista.[25]

Para esta concepción relativista, la lengua no representa nunca los objetos, sino los conceptos sobre los objetos: cada designación distinta del mismo objeto produce un concepto distinto; cada lengua forma sus conceptos a su manera y es rica en conceptos de determinada especie. [Ibíd., pp. 119-23]

Los tintes idealistas del filósofo Humboldt no impidieron al lingüista Humboldt desarrollar una concepción del lenguaje que ha sobrevivido casi dos siglos y que, pese a todas las críticas de que ha sido objeto, no ha recibido una refutación definitiva. Edward Sapir, en las primeras décadas del siglo pasado, realizó estudios que lo condujeron a sustentar en lo fundamental las tesis de Humboldt: vemos, oímos y actuamos de acuerdo con nuestros parámetros lingüísticos: «El lenguaje es heurístico: sus formas nos proponen de antemano ciertos modos de observación y de interpretación. [...] [El lenguaje] condiciona en gran medida todo nuestro pensamiento»;[26] «¿Acaso estaríamos tan prontos a morir por la “libertad”, a luchar por nuestros ideales, si las palabras mismas no estuvieran resonando dentro de nosotros?».[27]

Otro heredero y continuador de la escuela humboldtiana es Benjamin Lee Whorf. Con él se dibujó nítidamente la concepción de que las diferentes lenguas implican diferentes concepciones del mundo, de que aquello que observamos (o que creemos observar) «son hechos puramente gramaticales» dependientes de la lengua en que nos estemos comunicando y dentro de la cual nos desenvolvamos.

Todos nosotros proyectamos las relaciones lingüísticas sobre el universo, sin saberlo y de formas muy sutiles, y las VEMOS entonces allí. [...] Nosotros decimos «mira esa ola» de la misma forma que decimos «mira esa casa». Pero sin la proyección del lenguaje nadie vería nunca una sola ola. [...] Algunas lenguas no pueden decir “una ola”; y en este aspecto, se encuentran más cerca de la realidad. En hopi se dice “ocurre oleaje plural”.[28]

§ 5. Las categorías semánticas como concepción del mundo

Un aspecto específico de la identificación entre la lengua y la concepción del mundo es el de las categorías semánticas. Según esto, si se aprendió a distinguir entre “bueno” y “malo” mediante los vocablos correspondientes, tal distinción se hará permanentemente en la realidad del hablante. Igual sucede con las clasificaciones “masculino-femenino”, “feo-hermoso”, etc. El análisis o la síntesis de significados varían en las distintas lenguas: depende de lo que es importante en la vida diaria, así como de otros factores, como el entorno físico. Por ejemplo: en la lengua esquimal hay una gran variedad de nombres para la nieve y una gran pobreza de nombres para el agua; mientras que en otras lenguas (que existen en otros entornos geográficos y climáticos) hay una gran variedad de nombres para el agua y una gran pobreza de nombres para la nieve.[29]

Seguimos en pleno relativismo lingüístico. Pero los problemas surgen cuando se utiliza este tipo de ejemplos para otorgar “grados” de perfección, de elaboración o de civilización a las distintas lenguas; entonces se está faltando a los principios más elementales de esta doctrina y se llega a la posición contraria: el etnocentrismo. Tal es lo que ocurre con Ernst Cassirer cuando distingue entre lenguas que según él no pueden formar conceptos generales y lenguas que sí lo pueden hacer: los numerosos nombres árabes para el camello son esgrimidos como una prueba de que la denominación no ha alcanzado en este caso un grado de generalizacion “superior”: «Pero [...] cuando el lenguaje expresa la circunstancia de que determinados contenidos están relacionados genéricamente, está sirviendo como vehículo del progreso intelectual».[30]

La respuesta a estas ideas sobre “primitivismo” o “progreso” la encontramos en un relativista extremo como el propio Whorf, quien afirma que la extensión de las clases de las cosas no es igual de una lengua a otra: en hopi hay sólo un término para todo aquello que vuela; en lenguas SAE (Standard Average European) hay un solo término para todo tipo de nieve; y para los esquimales hay decenas de términos para designar lo que nosotros llamamos “nieve”. Pero en ningún caso puede hablarse seriamente de inferioridad o de superioridad de una lengua: se trata más bien de distintas maneras de ver el mundo.[31]

§ 6. Crítica del relativismo lingüístico

Schaff considera como serias debilidades de la llamada «hipótesis Sapir-Whorf» el que hasta el momento no haya sido probada empíricamente y el que conduzca a la imposibilidad de la traducción. Además, se dice ahí que las lenguas determinan la concepción del mundo, pero al mismo tiempo se sostiene que la concepción del mundo determina la lengua. Sin embargo, Schaff no deja de reconocer que las tesis de Whorf plantean un punto muy importante: el papel activo del lenguaje en el conocimiento:

Hay allí una idea que no han podido discutir ni los críticos más rigurosos, [...] es la afirmación de que el sistema de la lengua en que pensamos influye sobre la forma de nuestra percepción de la realidad y, en consecuencia, sobre la forma de nuestro comportamiento, [...] Aún subsiste un problema indiscutible, […] el problema del papel activo del lenguaje dentro del proceso del conocimiento y del comportamiento de los hombres.[32]

Para las presentes indagaciones, la importancia del relativismo lingüístico y de la concepción del lenguaje como una facultad activa que determina nuestra concepción del mundo o nuestro modo de pensar, radica en que este tipo de cualidades del lenguaje pueden ser esgrimidas como argumentos a favor de la idea de que todo sistema de signos, aun la música y las imágenes, tienen un significado únicamente porque son traducidas o interpretadas gracias al lenguaje de la palabra. Mi postura es contraria a esta tesis, y en capítulos posteriores la desarrollaré. Por otro lado, debo señalar que, pese a las diferencias entre el solipsismo wittgensteiniano y la concepción de Humboldt-Whorf, sigue habiendo un punto en común entre todos ellos: el logocentrismo. A fin de cuentas, en las dos vertientes el lenguaje es el criterio último, el patrón último, el esqueleto de lo que se piensa, de lo que se ve, de las clases o categorías, de lo que se puede hacer o no hacer; y fuera del lenguaje, parece que no hay ni puede haber nada más para nosotros como seres culturales.

1.3 Trascendentalismo lingüístico
(el lenguaje verbal como condición del conocimiento)
§ 7. Lenguaje, juicio y concepto

Aparentemente, Kant no se ocupa del lenguaje en la Crítica de la razón pura, donde no se refiere de modo explícito a las palabras. Pero cuando aborda la formación de los conceptos y recurre a explicar el papel del juicio, se está refiriendo implícitamente al lenguaje. Para él, los conceptos no se basan en las afecciones de los sentidos, sino en funciones intelectuales, entendidas éstas como el ordenamiento de diversas representaciones en una común. Y es sólo por medio de estos conceptos como el entendimiento formula juicios:

No hay otro modo de conocer, sino por conceptos. Por tanto, el conocimiento de todo entendimiento, por lo menos humano, es un conocimiento por conceptos, no intuitivo, sino discursivo [cursivas de F.Z.]. Todas las intuiciones, como sensibles que son, descansan en afecciones; los conceptos, en funciones. Mas por función entiendo la unidad de la acción que consiste en ordenar diversas representaciones bajo una común. [...] De estos conceptos no puede el entendimiento hacer otro uso que el de juzgar por medio de ellos. [...] Podemos reducir a juicios todas las acciones del entendimiento, de modo que el entendimiento en general puede representarse como una facultad de juzgar. Pues, según lo que antecede, es una facultad de pensar. Pensar es conocer por conceptos.[33]

Es decir, como humanos no podemos tener conocimientos más que discursivos, o sea, mediante el lenguaje verbal. Ese conocimiento toma la forma de conceptos, los que a su vez son asimilados por el entendimiento bajo la forma de juicios. Ahora bien, si se afirma que «pensar es conocer por conceptos» se está cerrando un círculo: el conocimiento sólo puede estar basado en la intervención del discurso.

Detrás de esta complicada trama expositiva hay una tesis: se piensa mediante el lenguaje articulado y sólo mediante éste. Desde luego, enunciada así la idea queda muy simplificada. Pero ésta parecería ser la conclusión a la que llega Kant después de una intrincada reflexión. Al explicar el papel de los conceptos puros del entendimiento (o categorías) como ordenadores de la multiplicidad de representaciones, destaca el papel de la síntesis, que es realizada por el entendimiento para dar un sentido a esos múltiples datos. Es así como se forman los conceptos: por una síntesis de la multiplicidad de representaciones sensibles. Mas tal síntesis por sí misma no crea los conceptos: ésa es labor del entendimiento, que así genera el conocimiento. Dicho de otra manera: la intuición proporciona la materia múltiple de la que se nutren los conceptos puros del entendimiento; éste sintetiza y organiza las diferentes representaciones y comprende su multiplicidad en un contenido. [Ibid: B 102-106]

Más adelante vuelve Kant al papel del lenguaje en el conocimiento y en la formación de juicios y conceptos:

Un juicio no es otra cosa que el modo de reducir conocimientos dados a la unidad objetiva de la apercepción. Para eso está la cópula “es”, en los juicios, para distinguir la unidad objetiva de representaciones dadas, de la subjetiva […] aun cuando el juicio sea empírico y por tanto contingente, como v.g.: los cuerpos son pesados. [...] Sólo así se transforma esa relación en juicio, es decir en una relación objetivamente valedera y se distingue suficientemente de la relación de esas mismas representaciones, en la cual hubiere sólo validez subjetiva, v.g. según leyes de la asociación. Según estas últimas podría yo decir solamente, cuando sostengo un cuerpo, que siento una presión del peso; y no podría decir: el cuerpo, él, es pesado... [Ibíd.: B 141-142]

El lenguaje discursivo es considerado a fin de cuentas el único modo de pensar. Gracias a uno de sus elementos —el verbo “ser”— tiene la capacidad de ordenar, dar objetividad y unificar las impresiones desordenadas que provee la intuición.

Con Kant se da una superación del empirismo estrecho que reducía todo a sensaciones y para el cual la “mente” es un recipiente pasivo en el que se guardan “reflejos” de las cosas que están afuera. Ahora el lenguaje no es un mero añadido posterior a la formación de los conceptos, sino que es la herramienta de la que se vale el entendimiento para formarlos. Sin embargo, pese a esta radical diferencia, tanto en el empirismo clásico como en Kant se encuentra la explicación del concepto (Locke lo llama idea) como una generalización (para Kant es la síntesis) que hace abstracción de rasgos particulares.

Pretendo evidenciar esto: en la argumentación de Kant se implica que el lenguaje articulado tiene un valor trascendental. Si nos remitimos al propio filósofo, cuando dice: «Llamo trascendental a todo conocimiento que se ocupa no tanto de los objetos como del modo de conocerlos en cuanto este modo es posible a priori» [Ibíd., B 81], esto nos quedará un poco más claro. Es decir, la palabra organizada como discurso hace posible la formación conceptos, que a su vez permiten la estructuración de juicios centrados en la cópula «es». A la vez, el pensamiento es posible sólo como un conocimiento mediante conceptos. Todos los caminos llevan al lenguaje articulado o, mejor dicho, lo presuponen; por lo tanto, éste es una condición de posibilidad del conocimiento: tiene un valor trascendental.

§ 8. Lenguaje verbal y hermenéutica trascendental

Cuando ubico al trascendentalismo lingüístico entre las variantes del logocentrismo soy consciente de los riesgos que corro. El principal es la simplificación de la filosofía trascendental, su reducción a una mera exaltación del lenguaje articulado como “requisito” del pensar o del conocer. Para afrontar este peligro, una estrategia es recurrir a ciertas elaboraciones filosóficas contemporáneas que examinan las implicaciones de lo dicho por Kant con respecto al papel del discurso en el conocimiento. En las reflexiones de Karl-Otto Apel se encuentra un conjunto de propuestas sumamente estimulantes, relativas a una hermenéutica trascendental, o transformación de la filosofía trascendental en una filosofía del lenguaje. Uno de los aspectos más interesantes de esta empresa es que Apel no duda en confrontar los resultados de la hermenéutica heideggeriana y gadameriana con los de la filosofía analítica (incluyendo al joven Wittgenstein), ni en conjuntarlos con los hallazgos del Wittgenstein maduro. Esta apertura le permite romper con la típica separación entre filosofía inglesa y filosofía “continental”, con muy buenos resultados.

Vayamos a Apel, de quien utilizaré un par de artículos. En el primero de ellos,[34] abre preguntando si la filosofía del lenguaje puede desempeñar la función de una filosofía trascendental en sentido kantiano, es decir, fungir como una prima philosophia. Y responde en sentido positivo al afirmar que «La filosofía del lenguaje […] como reflexión sobre las condiciones de posibilidad lingüísticas del conocimiento, ocupó el lugar de la tradicional teoría del conocimiento». [Ibíd., p. 310] La cuestión del conocimiento del mundo ya no se plantea en términos de evidencia, certidumbre o verdad, tal como se darían éstas en relación a una conciencia subjetiva, sino que ahora se trata en relación con la «formación de un consenso intersubjetivo basado en la comprensión lingüística (argumentativa)». [Ibíd.] El interés se ha desplazado de la privacidad o la subjetividad a la comunicabilidad o la intersubjetividad. Pierden su sentido preguntas de corte solipsista como «¿todo lo que puedo concebir está en mi conciencia?» (Wittgenstein I), pues ahora lo importante es preguntarse cómo funciona el «juego de lenguaje» (Wittgenstein II) que se utiliza cuando se habla de «conciencia». [Ibíd., p. 315]

Para Apel, la semiótica de Peirce o los análisis de los «juegos de lenguaje» de Wittgenstein podrían ayudar a tratar «el problema de la reflexión sobre el lenguaje mediante el lenguaje». Aquí se percibe la relación de estas cuestiones con lo apuntado en la sección anterior: el relativismo implica que cada lengua es una concepción del mundo cerrada o separada de las otras, por lo tanto, una especie de “cárcel” conceptual. Como salida a esta problemática, Apel recurre a la noción wittgensteiniana de “juegos de lenguaje”.[35] «Las más distintas formas de vida socioculturales se pueden encontrar qua juegos de lenguaje». [Ibíd., p. 321]

A partir de estos planteamientos aflora a su vez una problemática hermenéutica: ¿cómo logran comprenderse entre sí los hablantes dentro de un mismo juego de lenguaje, o incluso a través de distintas tradiciones lingüísticas? ¿Cómo puede lograrse que una lengua deje de ser una “cárcel” que encierra al hablante y le impide comprender lo que se piensa o se dice en otras lenguas? Identificar esta problemática prepara el terreno para la construcción de una filosofía hermenéutica del lenguaje. Y aquí Apel se remite directamente a Heidegger al afirmar que, en contraste con la filosofía analítica del lenguaje, el enfoque hermenéutico es capaz de explicar cómo la «apertura del mundo» se realiza con base en la intervención del lenguaje. Así, «si las personas no pudieran construir mediante el lenguaje un entendimiento mutuo sobre el mundo, entonces no podrían encontrarse con “algo como algo”». [Ibíd., p. 322] Esta cuestión implica que el lenguaje articulado es la condición de posibilidad de la comprensión del mundo. E insiste Apel en que el Wittgenstein de la madurez y el enfoque hermenéutico de raíz heideggeriana confluyen:

La teoría del lenguaje de Wittgenstein, que otorga al entretejido de trabajo, interacción y comunicación un valor trascendental-pragmático, confluye aquí muy bien con el enfoque lingüístico-hermenéutico. [...] Cada niño [...] al aprender una lengua aprende también la comprensión de un uso lingüístico, lo cual lo habilita para aprender lenguas extranjeras y para traducir de una a otra, es decir, para comprender formas de vida extrañas.

El artículo se cierra refiriéndose al estatuto de la filosofía misma. [Cfr. Ibíd., pp. 325-326] Ésta es, como todos sabemos, una actividad basada en la palabra (escrita, hablada o ambas), y estoy convencido de que es necesario reflexionar a fondo sobre esa circunstancia. El que los filósofos utilicen exclusivamente el lenguaje verbal tiene profundas implicaciones y explicaciones, así como muchos efectos y causas. Todo esto debe ser explorado con seriedad, si queremos comprender qué hacemos cuando filosofamos en Occidente o a la manera occidental. No se trata ya, entonces, de las condiciones de posibilidad del conocimiento, sino de las condiciones que hacen posible a la filosofía misma. [Ibíd., p. 326]

En el segundo artículo[36] Apel desarrolla con más detalle su propuesta de una hermenéutica lingüístico-trascendental; o, en otros términos, de realizar una transformación de la filosofía trascendental hacia una filosofía del lenguaje. Puntualiza para empezar que casi todas las disciplinas y corrientes de pensamiento han puesto en el centro de sus preocupaciones al lenguaje. En conjunto, estos enfoques han conducido a que se supere la concepción del lenguaje como un mero instrumento o medio de comunicación y a que, en cambio, se lo conciba en sus dimensiones míticas y metafísicas. Antecedentes de esto se encuentran en la doctrina heracliteana del logos (que identificaba razón y lenguaje), en la afirmación de Hölderlin según la cual «somos desde que hay un discurso», y en el concepto heideggeriano del lenguaje como «la casa del ser». Con ese cambio, la filosofía del lenguaje logró diferenciarse a fondo de las «ciencias del lenguaje». [Ibíd., p. 332] Por tanto,

con el lenguaje se trata de una dimensión trascendental en el sentido kantiano, esto es, de una condición de posibilidad y validez del entendimiento y el autoentendimiento, y con ello del pensamiento conceptual, del conocimiento de los objetos y de la acción con un sentido. Preferimos por tanto hablar de una concepción trascendental-hermenéutica del lenguaje. [Ibíd.]

La «transformación de la filosofía trascendental» que propone Apel debe realizar dos tareas en relación con el pensamiento anterior:

a) Una «destrucción crítica y una reconstrucción de la historia de la filosofía del lenguaje» que demuestre que los enfoques del lenguaje como medio de comunicación o de designación son «filosóficamente insuficientes».

b) Una «reconstrucción crítica de la idea de la filosofía trascendental», una «corrección de ésta» de modo que se «concretice el concepto de “razón” en el sentido del concepto de “lenguaje”». [Ibíd., pp. 333-334]

En la primera tarea está contemplado destruir el tradicional concepto del lenguaje que lo explica como parte del Commonsense (esto es, un instrumento de comunicación entre seres que tienen en común la razón). Según este concepto, en la comunicación se dan varios pasos:

Primeramente reconocemos —cada quien en su fuero interno y con independencia de los demás— los elementos del mundo dado sensible (después llamados «datos de los sentidos»); luego captamos, mediante la abstracción y con ayuda de los instrumentos de la lógica humana universal, la estructura ontológica del mundo; después describimos —de modo convencional— los elementos del mundo ya ordenado mediante dichos intrumentos y representamos los hechos mediante signos concatenados; finalmente comunicamos a los demás, con ayuda de dichas concatenaciones de signos, los hechos que hemos descubierto. [Ibíd., pp. 338-339]

Para Apel este modelo se remite hasta Aristóteles y todos los teóricos antiguos y medievales de la expresión verbal, quienes veían en cada encuentro entre hablantes un doble proceso: por un lado, una relación de las palabras con las cosas, y por otro lado, una relación de las palabras de un hablante con su oyente. De acuerdo con ello, las palabras eran únicamente un conjunto de sonidos que, por convención, se relacionaban con determinados objetos, ideas “internas” o acciones: eran signos referidos a las cosas, y ajenos a ellas. Y, en otro sentido, eran formas de influir sobre los demás, provocando en ellos ciertos efectos previstos por el emisor. [Ibíd., pp. 334-337]

Derivada de ese modelo, se encuentra una variante del solipsismo. Por ejemplo, Locke dice: «las palabras, en su significado primario o inmediato, están en lugar de las ideas en la mente de quien las usa, por muy imperfectamente o sin cuidado que estas ideas se formen a partir de las cosas que se supone representan…» [Essay... II, 2, 2] Pero tal explicación genera más problemas de los que resuelve, el principal de los cuales es: «¿cómo puede el individuo […] estar seguro de que los demás […] relacionan con sus palabras los mismos significados inmediatos, o sea, las mismas representaciones intramentales?». [Ibíd., pp. 340-341]

Apel propone como salida real al problema del solipsismo la seguida por el Wittgenstein maduro al distanciarse de sus propias concepciones en el Tractatus, proponiendo «el modelo de los “juegos de lenguaje”, y […] la tesis de la imposibilidad de un “lenguaje privado”». [Ibíd., p. 346] Wittgenstein, en su época de madurez, señaló que nadie puede utilizar el lenguaje sin quedar envuelto en una red de reglamentaciones: todos los que hablan son participantes en un juego público, sin importar lo que ocurra en su “privacidad”. Ni siquiera los filósofos están exentos de esta situación: ellos son unos integrantes más, puntualiza Apel, de una comunidad de comunicación.

Y aquí es donde el autor da el gran salto que le interesa: postula que esos «juegos de lenguaje» pueden ser entendidos idealmente como la condición de posibilidad de la comunicación: «ese juego de lenguaje ideal es anticipado por cada persona que sigue una regla […] como una posibilidad del juego de lenguaje en que participa, es decir, es presupuesto como condición de posibilidad y validez de su acción en tanto ésta es una acción con sentido. Por ello, me gustaría llamar “juego de lenguaje trascendental” […] a ese juego de lenguaje». [Ibíd., p. 348] Con ello, está tendiendo un puente entre Kant y Wittgenstein, apoyándose en Heidegger. La filosofía trascendental de Kant, así como la filosofía del lenguaje de Wittgenstein e incluso la hermenéutica heideggeriana han sido «transformadas». Pero no sólo éstas. También, yendo hacia atrás, se remite Apel al relativismo lingüístico postulado por Humboldt, y lo relaciona con su propuesta. El principal problema que plantea el relativismo es (como acabamos de ver) que cada lengua puede quedar reducida a una especie de “cárcel” dentro de la cual vive el hablante, y de la que no puede salir, a menos que aprenda a hablar otra lengua, en cuyo caso se meterá en otra “cárcel” que lo encerrará igualmente. Pero Apel encuentra que este problema puede ser resuelto cuando se apela a la noción de “juegos de lenguaje”, concepto en el que basa su idea de una transformación de la filosofía trascendental en una filosofía del lenguaje:

Mientras es posible concebir los sistemas lingüísticos […] como condiciones inconmensurables (espacios, perspectivas) de las formaciones conceptuales posibles, eso no es procedente […] en los juegos de lenguaje. […] Así, es razonable esperar una comprensión lingüística del sentido entre personas pertenecientes a distintas comunidades de lenguaje, en el nivel de una competencia comunicativa (que no depende sólo de las preformaciones lingüísticas específicas, sino —como muestra la traducción— también de los universales pragmáticos). [Ibíd., pp. 351-352]

Los juegos de lenguaje son el suelo común en el cual se desenvuelven los hablantes, y gracias al cual es posible que se transite, no sólo de una individualidad a otra, sino de una lengua a otra (esto es, de una Weltanschauung a otra). Es posible, pues, esperar una comunicación efectiva entre las personas, así como la construcción de consensos dentro de las comunidades o entre distintas comunidades. Pero el punto de unión no se da en una “interioridad” o “privacidad” solipsista, sino en la operación efectiva de los «juegos de lenguaje». Este es el fundamento de la «transformación lingüísticamente orientada de la filosofía trascendental». [Ibíd., p. 353] Y la aplicación del concepto de “juegos de lenguaje” en un sentido hermenéutico consolida no sólo la «transformación», sino la «reconstrucción» de la filosofía trascendental: «En lugar de la “conciencia sin más” supuesta por la metafísica kantiana […] aparece el principio regulativo de la formación crítica de consensos en una comunidad de comunicación ideal establecida en una comunidad de comunicación real». [Ibíd., pp. 354-355]

Por último, es necesario apuntar que el concepto hermenéutico-trascendental de una «comunidad de comunicación» será retomado mucho más adelante,[37] a propósito de cómo las comunidades aplican criterios comunes en cuanto a las imágenes visuales mediante las cuales se representa el mundo. No debe olvidarse que todo el Capítulo 1 tiene entre sus funciones establecer los conceptos sobre el lenguaje verbal que serán confrontados con los conceptos sobre el lenguaje no verbal en los Capítulos 2 a 7. Pero con esto, como puede verse, estoy planteando ya que el enfoque de Apel puede ser a su vez «transformado» al aplicarlo al lenguaje de las imágenes. Algo que, ciertamente, no es considerado en absoluto por este filósofo y que implicaría una «destrucción» del logocentrismo.

1.4 Idealismo lingüístico (lenguaje verbal y ontología hermenéutica)
§ 9. La ontologización de la palabra en Heidegger

El recorrido hecho hasta el momento permite extraer ya una conclusión: dentro de las concepciones logocéntricas, la palabra no es un simple instrumento, medio o vehículo del pensamiento, de la comunicación o del conocimiento, sino que, más bien, establece lo que es pensable, comunicable o cognoscible. El racionalismo lingüístico parte de un postulado absolutizante y excluyente: la humanidad que hay en cada uno de nosotros está configurada lingüísticamente; estamos hechos de lenguaje articulado. Por ello nuestro mundo no puede ser ni pre ni post-lingüístico. En el caso del relativismo lingüístico (sobre todo el radical-solipsista, pero también el moderado-antropologista), pensamos, comunicamos y conocemos dentro de una lengua determinada, por lo cual trasladar los resultados de estas actividades a otras lenguas implica traducirlos o interpretarlos, con los peligros y limitaciones consiguientes a tal extrapolación. Para el trascendentalismo lingüístico, por último, el discurso es la condición de posibilidad del conocimiento (por tanto, del pensamiento y de la comunicación): se puede conocer sólo aquello que se puede pensar, se puede pensar sólo aquello que se puede enunciar discursivamente. Común a los tres enfoques es esa idea de que la palabra nos antecede, de que ella habla por nuestra boca y nosotros no la utilizamos a ella, sino que ella nos utiliza: el lenguaje discursivo no es un vehículo, sino que nosotros somos el vehículo de éste.

Pues bien, hay un modo en que el pensamiento de Heidegger reúne estas vertientes humanista, antropológica y trascendental del logocentrismo.[38] Aquí me refiero al llamado Heidegger II, que como el llamado Wittgenstein I incurrió en el logocentrismo.[39] En El origen de la obra de arte, luego de una exposición sobre la esencia del arte y la apertura o develamiento del ente (alétheia o «verdad»), Heidegger concluye que la obra de arte establece (Aufstellt) un mundo. El arte no se limita a recrear o copiar el mundo, sino que lo hace: «La obra como obra es esencialmente algo que hace».[40] Lo relevante de todo esto es cómo la verdad se realiza en la obra de arte gracias a la presencia de la poesía en ella. Sí, de la poesía como «arte verbal», que «tiene un puesto extraordinario en la totalidad de las artes». Por ello, «si cada arte es en esencia poesía, entonces la arquitectura, la pintura y la música se remiten a la poesía», es decir, que estas artes poetizan dentro de la apertura del ente que ya efectuó el arte verbal. Pero no es la poesía en sí, sino el lenguaje verbal lo que actúa como fundamento del arte y de la apertura del mundo: «En donde no hay lenguaje [...] no hay apertura del ente. [...] En tanto el lenguaje nombra al ente por vez primera, lleva a ese ente a la palabra y a su manifestación». Así, el lenguaje es un decir proyectante (en el sentido de configurante o conformante) no sólo porque da nacimiento al mundo de un pueblo y por ende a «la pertenencia de un pueblo a la historia universal», sino sobre todo porque delimita lo decible y lo indecible: «El decir proyectante es aquel que en la delimitación de lo decible determina al mismo tiempo lo indecible». [Ibíd., pp. 59-62] ¿Cómo no remitirnos con esto último al Wittgenstein solipsista del Tractatus?

La esencia de las artes es, pues, la poesía, y la esencia de ésta es el lenguaje articulado que, a su vez, con su poder de nombrar y de delimitar, establece lo pensable y lo cognoscible. He aquí en germen la faceta del pensamiento heideggeriano que puede ser caracterizada como “idealismo lingüístico”, y que tanto peso tendrá en Gadamer y, de modo atenuado, en Ricoeur. A continuación examinaré la formulación de estas mismas ideas en otros dos momentos de Heidegger.

Uno de ellos es la famosa Carta sobre el humanismo, en donde afirma que «la palabra —el lenguaje— es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensantes y poetas son los vigilantes de esta morada».[41] Hermosas e intensas afirmaciones sobre nuestra condición humana, y según las cuales vivimos “dentro” de la palabra. Eso implica que el lenguaje verbal no nos pertenece, sino que, como entes lingüísticos, más bien le pertenecemos, en virtud de su honda dimensión ontológica. El ser humano es un ser-ahí (Dasein), pues siempre se encuentra en una situación, y puede estar en situación sólo dentro del territorio demarcado por el lenguaje: es lo que Heidegger llama ek-sistencia, y que para él es nuestra condición ontológica «fundamental». Hay dos entes humanos —el pensador filosófico y el poeta— que tienen como misión cuidar la pertenencia al ser de los demás hablantes, que ostentan ese poder. Dicho poder se basa en que ellos saben trabajar con las palabras, no limitándose a “utilizarlas”, no manejándolas como meros “instrumentos”: ellos hacen el mundo, ellos sí abren al ente.

La «esencia humana» consiste en la lingüisticidad, y ésta a su vez es lo que conecta al ser humano con el ser: la que distingue el «modo de “ser” humano». Estamos, pues, hechos de lenguaje discursivo: por ejemplo, el lenguaje del filósofo. Eso nos distingue. Al mismo tiempo, esta comunicación con el ser convierte al poseedor del lenguaje en un «guardián» o «cuidador» del ser: «A esto apunta Sein und Zeit cuando es experimentada la exis­tencia ec-stática como “cuidado”». [Ibíd., p. 84]

Así define Heidegger su posición con respecto al asunto del “humanismo”: «El hombre no es sólo un “ser con vida” que al lado de otras facultades posee también el lenguaje, sino que el lenguaje es la casa del ser, habitando en la cual el hombre ek-siste, en cuanto, al resguardarla, pertenece a la verdad del ser». [Ibíd., p. 87] Se refiere a la antigua expresión que define al ser humano como zoón lógon éjon (animal o ser vivo dotado de lenguaje), y que pone en un mismo plano la “animalidad” del humano y su capacidad lingüística, de modo que la diferencia entre él y los «demás animales» se reduce a una capacidad específica que éstos no poseen. Para Heidegger, en cambio, la humanidad radica en su conexión con el ser por el lenguaje verbal, el cual es mucho más que un puente hacia el ser: «el lenguaje [es] a la vez la casa del ser y la morada del ser humano». [Ibíd., p. 117] ¿Es esto “humanismo”?, se pregunta Heidegger, y responde: «De seguro que no, en cuanto el humanismo piensa metafísicamen­te» [Ibíd., p. 82] esto es, en tanto desconoce nuestra relación con el ser como seres lingüísticos. Ello significa que Heidegger sí se reconoce como un humanista, y sí reconoce al lenguaje discursivo como la característica específica de lo humano, pero su humanismo va más allá del tradicional debido a que lo radicaliza. Se apoya en uno de los postulados del humanismo clásico y del humanismo clasicista del Renacimiento (así como del racionalismo lingüístico, que es una consecuencia de ambos): somos seres lingüísticos, nuestro mundo está constituido lingüísticamente. Y de ahí parte para avanzar a una posición ontológica extrema: el ser mismo se manifiesta lingüísticamente, el ser mismo no sólo es quien piensa por nuestro conducto, sino que es quien “habla” por nuestra boca:

El pensar es —para hablar sin rodeos— el pensar del ser.

El lenguaje es así el lenguaje del ser, como las nubes son las nubes del cielo. [Ibíd., pp. 67 y 121]

Quien habla no somos nosotros, sino el ser; el lenguaje que hablamos no es el nuestro, sino el suyo. Esta idealización del lenguaje verbal alcanza su máximo en la serie de conferencias publicadas como En camino hacia el lenguaje. En la primera de ellas, Heidegger parece retomar una vieja idea: el humano se distingue de los demás seres vivientes en que posee lenguaje: «El humano habla. Nosotros hablamos despiertos o dormidos. Hablamos incluso cuando no emitimos palabra alguna. [...] El humano se distingue de la plantas y de los animales en que es un ser viviente capacitado para el lenguaje».[42] Pero de inmediato va más allá: esa capacidad distintiva no es para Heidegger una mera facultad diferenciadora entre un ser viviente y los demás.

El lenguaje no es esencialmente ni una expresión ni una acción del humano. El lenguaje habla.

El lenguaje habla. ¿El lenguaje, y no el humano? [Ibíd., pp. 19 y 20]

Rechaza no sólo la concepción del lenguaje como manifestación “externa” de una “interioridad”, sino también las concepciones pragmatista (el lenguaje como una actividad humana, como una acción), y cognoscitivista (el lenguaje como una representación tanto de lo real como de lo irreal) del mismo. Un poema de Stefan George que alude a la presencia muda de las cosas le permite responder parcialmente a la pregunta que ha planteado: «El lenguaje habla con el sonido del silencio».[43]

Las conferencias reunidas como «La esencia del lenguaje» se centran en una cuestión: cómo tener una experiencia con el lenguaje. Pese a que vivimos en la casa construida por éste —dice Heidegger—, no es fácil determinar cuál es nuestra experiencia con él, que es más bien oscura y no verbalizable.[44] Pero, ¿qué es tener una experiencia?

Nos falta por conocer los caminos que nos lleven a la posibilidad de tener una experiencia con el lenguaje. Desde hace mucho tiempo hay caminos así. [...] Uno de estos casos es el caso del poeta.

Experimentar algo es: en el caminar, sobre el camino lograr algo. [Ibíd., pp. 161-162 y 178]

La palabra poética, el arte verbal, es una forma privilegiada de acceder a la mo-rada del ser: al lenguaje verbal. Esto nos lo ha dicho Heidegger una y otra vez, y no cesa de repetirlo. Apoyándose de nuevo en Stefan George, quien en su poema La palabra afirma: «No habría cosas donde faltaran palabras», el filósofo se toma la licencia de alterar la frase, para subrayar su intención: «No hay cosas donde faltan palabras, i. e. nombres. La palabra da el ser a la cosa», rematando así: «Aquí vale la afirmación: El lenguaje es la casa del ser». [Ibíd., pp. 164 y 166] Tener una experiencia con el lenguaje, podemos concluir de acuerdo con Heidegger, es, entonces, algo como lo que sucede cuando se emite la palabra poética: dar, por medio del lenguaje discursivo, el ser a las cosas nombradas.

La auténtica experiencia con el lenguaje se da tanto en el pensar como en el poetizar, y éstos nos acercan a la esencia del lenguaje. Pero, ¿hay una esencia del lenguaje (una Wesen der Sprache)? Sí, mientras seamos capaces de experimentarla como un «lenguaje de la esencia» (Sprache des Wesens), un lenguaje del ser. Entonces estaremos en el camino del pensar y del poetizar: experimentaremos el lenguaje al ejercerlo como tal, como apertura. [Ibíd., p. 176]

Y sin embargo... «Sigue siendo oscuro cómo podemos pensar la esencia, sigue siendo completamente oscuro en qué medida la esencia habla, y lo más oscuro de todo es qué significa hablar. [...] Si esclareciéramos esto [...] llegaríamos a lo que nos permite tener una experiencia con el lenguaje...» [Ibíd., pp. 201 y 202] Heidegger atisba territorios en donde la experiencia se vuelve confusa, en donde ni siquiera la palabra poética puede alcanzar para decir lo que se experimenta. De la conferencia «El camino hacia el lenguaje» puedo reseñar ahora muy poco, casi nada. En ella —como también en la anterior— se abre una puerta hacia el abandono del logocentrismo:

Lo esencial del lenguaje es el decir como mostrar.

El decir es un mostrar.

El lenguaje, que cuando habla dice, cuida que nuestro hablar escuche lo no dicho y corresponda a lo dicho. Así es también el guardar silencio.[45]

Palabras que nos remiten, inevitablemente, al Tractatus de Wittgenstein. Al tratar más adelante estas cuestiones[46] veremos cómo el Heidegger II y el Wittgenstein I se encuentran.

§ 10. El logocentrismo hermenéutico de Gadamer

En Gadamer las posturas logocéntricas no tienen los complejos matices que sí tienen en Heidegger. Por el contrario, su reificación del lenguaje verbal está perfectamente delineada. Casi podría decirse que por momentos este filósofo se desempeña como un auténtico militante a favor de la causa humanista tradicional. Por ejemplo, cuando en su artículo «Hombre y lenguaje» resuenan con gran convicción las palabras de Isócrates citadas al iniciar este capítulo:

Sólo los seres humanos poseen [...] logos que los capacita para informarse mutuamente sobre lo que es útil y lo que es dañino, y también lo que es justo y lo que es injusto [...] nota característica del hombre [es la] superioridad sobre lo actual, un sentido del futuro. [...] Y todo ello, porque el hombre es el único poseedor del logos. [...] Puede hablar, es decir, hacer patente lo no actual mediante su lenguaje, de forma que también otro lo pueda ver. Puede [...] tener conceptos comunes sobre todos aquellos conceptos que posibilitan la convivencia de los hombres sin asesinatos ni homicidios. [...] Todo esto va implícito en el simple enunciado de que el hombre es el ser vivo dotado de lenguaje.[47]

Aquí Gadamer se apoya explícitamente en el Aristóteles de la Política, pero es innegable la presencia del viejo Isócrates en su defensa del logos: «logos no significa sólo pensamiento y lenguaje, sino también concepto y ley». [Ibíd., p. 147] El lenguaje de la palabra es, pues, como la cara externa de la razón: nuestro racionalismo es lingüístico, y no puede ser de otro tipo.

Sin embargo, procura no limitarse a estas afirmaciones humanistas y racionalizantes. Siguiendo a Heidegger, entiende a las palabras como el hábitat del ser humano, y no como una herramienta de su razón:

El lenguaje no es un medio más que la conciencia utiliza para comunicarse con el mundo. [...] Aprender a hablar no significa utilizar un instrumento ya existente [...] significa la adquisición de la familiaridad y conocimiento del mundo mismo tal como nos sale al encuentro. [Ibíd., pp. 147-148] Todo lo humano debemos hacerlo pasar por el lenguaje. [Ibíd., p. 152]

En Verdad y método Gadamer desarrolla ampliamente estas tesis, particularmente en la parte titulada «Viraje ontológico de la hermenéutica bajo la guía del lenguaje». Ya desde la parte en que aborda la noción de “juego”, afirma que tomar en serio un juego implica dejarlo ser, y quien no hace esto lo estropea.[48] Eso significa que el juego es autónomo con respecto al jugador. El juego se juega del mismo modo que en la naturaleza lo que sucede se da, sin ninguna finalidad, intención ni esfuerzo. De manera que «todo jugar es un ser jugado [...] el juego domina al jugador».[Ibíd., pp. 101-102]

En una vena que lo remite tanto al relativismo lingüístico de Humboldt como al idealismo lingüístico de Heidegger, Gadamer hace afirmaciones contundentes que amalgaman ambas vertientes del logocentrismo. Por ejemplo, dice que en una conversación los interlocutores no son quienes conducen el diálogo, sino que éste los conduce a ellos. ¿Por qué? Fundamentalmente, porque «la experiencia del sentido [...] es lingüística», debido a que «el lenguaje es el medio [Medium] en el cual se realiza la comprensión de los interlocutores y su acuerdo sobre las cosas de que hablan». [Ibíd., p. 360. Cursivas de F.Z.][49] Por ello, continúa Gadamer, cuando se aprende una lengua extranjera no se traduce a ella los pensamientos de uno, sino que se aprende a pensar en esa lengua. Traducir, por tanto, no es meramente trasladar palabras de un idioma a otro, sino interpretarlas. De lo cual deriva esta conclusión: la palabra no es un soporte sonoro de la interpretación, sino «el medio (Medium) universal en el que se consuma la comprensión». [Ibíd., p. 366] Y no puede dejar de insistir en una idea central dentro de su pensamiento: en y por el lenguaje se concreta la conciencia del efecto histórico y se manifiesta la tradición. [Ibíd., p. 367] Es decir, gracias a que somos seres vivos dotados de lenguaje discursivo podemos entender cómo la historia ejerce siempre un efecto sobre nosotros, y somos sensibles a las tradiciones de las que provenimos y que siguen vivas en nosotros. En referencia a Isócrates y a Aristóteles, Gadamer subraya cómo el logos otorga a su poseedor exclusivo (el humano) un sentido del futuro, y agrega que también le da un sentido del pasado, en dos de sus dimensiones más profundas: la historia y la tradición. De cualquier modo, el logos parece ejecutar una especie de “liberación” con respecto al presente, y esta liberación es vista como uno de los más confiables signos de acceso a la humanidad o de abandono de la animalidad.

La tradición lingüística, dice Gadamer, se distingue de los monumentos de las artes visuales en que no tiene la misma inmediatez que éstos. Pero ese carácter mediato de la palabra proveniente de la tradición (que se plasma como escritura), en vez de ser un defecto es justamente su mayor virtud: es lo que la convierte en historia: «Por ello nuestro conocimiento de una cultura se mantiene inseguro y fragmentario cuando no tenemos de ella ninguna tradición lingüística, sino sólo monumentos mudos, y no consi-deramos como historia tales informaciones del pasado». [Ibíd., p. 368]

Lo que no pasa por la verbalización no se acepta, pues, como un testimonio válido de la historia. Pero, me pregunto yo, ¿acaso las piedras no hablan a su manera? Un creador escultórico, un artesano o un simple contemplador de las obras de éstos saben que pueden manifestar algo, pero no desde el logos discursivo. Mas el logocentrismo gadameriano impide reconocer esto.

Por último, debo referirme a una cuestión no resuelta satisfactoriamente por Gadamer, y que él mismo plantea así: «¿Cómo es posible comprender una tradición extraña, si estamos relegados al lenguaje que hablamos?» Ésta es una de las consecuencias del relativismo (aun del moderado). Si cada lengua implica una visión del mundo (Weltansicht) única, entonces pasar de una lengua a otra implica traducir una visión del mundo a otra o interpretarla desde otra visión del mundo, que puede ser completamente distinta. Cada lengua sería como una cárcel en la que algunos viven encerrados, condenados a cadena perpetua. La solución de Gadamer me parece francamente idealista, o idealizante: después de decir que, aunque el lenguaje parece incapaz de expresar lo que sentimos, así como de poner en palabras lo que significan las obras de arte, afirma que «ello no cambia en nada la preeminencia fundamental del lenguaje. Su universalidad va al mismo paso que la universalidad de la razón». [Ibíd., pp. 368-369] Y concluye que «la experiencia hermenéutica es el correctivo a través del cual la razón pensante supera el encierro lingüístico, y ella misma se realiza lingüísticamente». [Ibíd., p. 380] Sin embargo, es muy difícil entender cómo la superación del encierro lingüístico se realiza por medios lingüísticos.

Esta respuesta es complementada por el propio Gadamer más adelante. Nuestro ser-en-el-mundo, dice de modo heideggeriano, tiene un carácter originariamente lingüístico. Por ello, tener un mundo y tener un lenguaje son lo mismo. Basándose en que «todas las formas de comunidad humana son formas de comunidad lingüística», llega al resultado de que la lengua en que nos desenvolvemos no es una barrera infranqueable, sino que lleva en sí la posibilidad de ampliarse a otras concepciones del mundo: «En un sentido semejante al de la percepción, se puede hablar de un “perfil lingüístico”, que experimenta el mundo dentro de un conjunto de distintos mundos lingüísticamente constituidos. […] Entre los perfiles de las distintas visiones del mundo, cada uno encierra potencialmente en sí a todos los demás». [Ibíd., p. 424]

Aquí está la clave de la liberación de esa “cárcel”: en la posibilidad o potencialidad de esa universalidad hermenéutica, en el hecho de que cada lengua (esto es, cada concepción del mundo) contiene «potencialmente» a todas las demás. ¿Pero en qué radica dicha potencialidad? Radica en que todas las concepciones del mundo se desarrollan dentro del mismo mundo lingüísticamente constituido, un mundo que es uno: «En el lenguaje se representa al mundo. La experiencia lingüística del mundo es “absoluta”. Ésta supera todo relativismo en la disposición de lo que es, porque abarca todas las visiones de lo que es. [...] La relación básica entre el lenguaje y el mundo no significa, pues, que el mundo sea el objeto del lenguaje». [Ibíd., p. 426] Y más adelante: «No podemos apreciar el mundo lingüísticamente constituido desde fuera. Pues no hay ningún sitio ajeno a la experiencia lingüística del mundo. [...] Tener un lenguaje significa tener un modo de ser completamente distinto a la dependencia del entorno del animal. [...] Quien tiene lenguaje, tiene un mundo». [Ibíd., p. 429]

Ni el Wittgenstein del Tractatus ni Heidegger escriben esto, sino un Gadamer que se plantea con radicalidad el problema de los límites del lenguaje como si fueran los límites del mundo. Relativismo, idealismo lingüístico, incluso racionalismo o trascendentalismo lingüístico... ¿cuál es primero? Ninguno: todos se encuentran en la entronización del lenguaje, todos provienen de ahí.

En Gadamer parece que estas cuatro facetas del logocentrismo coexisten. Sin embar-go, también él abrirá —aunque con mucha más reserva que el Heidegger II y con mucha menos radicalidad que el Wittgenstein I— una puerta hacia la superación del logocentrismo cuando, queriendo dar un paso más adelante en la solución al problema de la lengua como cárcel, recurra a Platón y a San Agustín.[50]

[6] Alfonso Reyes, La antigua retórica, 1941, Primera Lección, § 16.

[7] Martin Heidegger, Carta sobre el humanismo, 1948, p. 103.

[8] Isócrates, siglos V-IV a.C., «A Nicocles».

[9] Wilbur M. Urban, Lenguaje y realidad, 1939, p. 61.

[10] Adam Schaff, Ensayos sobre filosofía del lenguaje, 1968, pp. 61-79.

[11] Walter Porzig, El mundo maravilloso del lenguaje, 1957, pp. 88-89.

[12] Edward Sapir, El lenguaje, 1921, pp. 7-9.

[13] Ernst Fischer, La necesidad del arte, 1976, p. 15.

[14] W. Porzig, op. cit, p. 167; A. G. Spirkin, «Origen del lenguaje y su papel en la formación del pensamiento», en Gorski, D. P., Pensamiento y lenguaje, 1961, pp. 27-41.

[15]Noam Chomsky, La linguistique cartesienne, 1966, pp. 18-22 y 32-35.

[16]Jean-Jacques Rousseau, Ensayo sobre el origen de las lenguas, 1817, pp. 21-23.

[17]Humboldt, Sobre la diversidad de la estructura del lenguaje humano y su influencia sobre el desarrollo espiritual de la humanidad, 1836, pp. 89-91.

[18]Ferdinand de Saussure, Curso de lingüística general, 1915, pp. 191-193. También dice ahí: «La sustancia fónica [...] no es un molde a cuya forma el pensamiento deba acomodarse necesariamente. [...] El pensamiento, caótico por naturaleza, se ve obligado a precisarse al descomponerse»; «No hay ni materialización de los pensamientos ni espiritualización de los sonidos. [...] El “pensamiento-sonido” implica divisiones y la lengua elabora sus unidades al constituirse entre dos masas amorfas».

[19]A. G. Spirkin, «Origen...», en Gorski, et. al., op. cit., pp. 47-54.

[20]Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, 1921.

[21]W. M. Urban, op. cit., p. 605. Cursivas de F.Z.

[22] Ernst Cassirer, Filosofía de las formas simbólicas, t. III, 1929, p. 243.

[23] Cassirer analiza extensamente diversas patologías conectadas con deficiencias en el lenguaje: la afasia, consistente en la dificultad o imposibilidad de articular palabras; la apraxia, que es la dificultad de realizar acciones cotidianas; la agnosia, que es la dificultad de reconocer objetos. En suma, estas patologías son para él alteraciones en la capacidad de simbolizar, de imaginar fuera de una situación concreta, de categorizar. E. Cassirer, Ibíd., pp. 245-330.

[24] W. M. Urban, op. cit., pp. 65-67.

[25] Humboldt, op. cit., pp. 82-84. Cursivas de F.Z.

[26] Citado por A. Schaff en Lenguaje y conocimiento, 1964, p. 101.

[27] E. Sapir, op. cit., p. 25.

[28] Benjamin Lee Whorf, Lenguaje, pensamiento y realidad, 1956, p. 294. Cursivas de F.Z.

[29] Cfr. Mauricio Swadesh, El lenguaje y la vida humana, 1966, p. 184.

[30] E. Cassirer, op. cit., t. I, pp. 273-279.

[31]B. L. Whorf, op. cit., p. 243.

[32]A. Schaff, Lenguaje y conocimiento, 1967, pp. 130-135.

[33] Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, 1781, 1787, B 92-94.

[34] «Sprache als Thema und Medium der transzendentalen Reflexion» [«El lenguaje como tema y medio de la reflexión trascendental»], en Apel, Karl Otto, Transformation der Philosophie [Transformación de la filosofía], t. 2, Das Apriori der Kommunikations-gemeinschaft [Lo a priori de la comunidad de comunicación], 1973. En el presente libro, siempre que se refiera una fuente en su lengua original, la traducción de las citas es de F.Z.

[35] Los «juegos de lenguaje» son algo así como los distintos usos del lenguaje, con sus propias reglas y ámbitos de aplicación. Cada persona aprende a utilizar diversos juegos de lenguaje, que pone en práctica en las distintas situaciones en que se desenvuelve.

[36] «Der traszendentalhermeneutische Begriff der Sprache» [«La concepción trascendental-hermenéutica del lenguaje»], en ibíd.

[37] Véase § 61 y sobre todo § 64.

[38] Pido al lector su atención a la idea de que en Heidegger hay también un modo en que dichas vertientes son superadas o abandonadas. Esta superación del logocentrismo por parte de Heidegger se examinará sobre todo en el Capítulo 12, «Los límites de la representación».

[39] En cambio, el Heidegger I y el Wittgenstein II no entronizan al lenguaje verbal. Esto lo vio muy bien Richard Rorty. Cfr. su «Wittgenstein, Heidegger y la reificación del lenguaje», en Ensayos sobre Heidegger y otros pensadores contemporáneos, 1991. En el ámbito alemán se ha llamado Kehre (giro, viraje) a este cambio en Heidegger que lo llevó a ubicar al lenguaje como el patrón o el eje del pensar, del actuar y del proyectarse humanos, abandonando lo propuesto en Ser y tiempo, donde el lenguaje no ocupaba ese lugar central. Por ello se habla de un Heidegger II a partir de ese movimiento.

[40] «Das Werk als Werk ist in seinem Wesen herstellend». M. Heidegger, «Der Ursprung des Kunstwerkes» [«El origen de la obra de arte»], 1952, en Holzwege [Sendas perdidas], pp. 29-31.

[41] Martin Heidegger, «Carta sobre el humanismo», 1948, en Jean-Paul Sartre, M. Heidegger, Sobre el humanismo, p. 65.

[42] M. Heidegger, «Die Sprache» [«El lenguaje»], 1950, en Unterwegs zur Sprache [En camino hacia el lenguaje], p. 11.

[43] No puedo examinar aquí la profunda significación del silencio. Para llegar a esto será necesario hacer un largo recorrido, que desembocará en el Capítulo 12.

[44] M. Heidegger, «Das Wesen der Sprache» [«La esencia del lenguaje»], 1957-1958, en Ibíd., p. 160.

[45] M. Heidegger, «Der Weg zur Sprache» [«El camino hacia el lenguaje»], 1959, en Ibíd., pp. 254, 257 y 262.

[46] En § 79.

[47] Hans-Georg Gadamer, «Hombre y lenguaje», 1965, en Verdad y método II, p. 145.

[48] H-G. Gadamer, Wahrheit und Methode [Verdad y método], 1960, p. 97.

[49] Entiéndase que aquí “medio” no significa “vehículo”, sino “ambiente” o “ámbito”, como señala Cristina Lafont, quien encuentra en Heidegger la diferencia entre medio1 (Medium) en el sentido de “entorno” o “ámbito”, y medio2 (Mittel) en el sentido de “vehículo físico” o “instrumento”. Cfr. Cristina Lafont, Lenguaje y apertura del mundo: El giro lingüístico de la hermenéutica de Heidegger, 1992, p. 130.

[50] Véase § 78.

Capítulo 2
Lenguaje, conocimiento y pensamiento

¡Puede incluso que no exista lo que concebimos como Lenguaje

(con L mayúscula)! La exposición de que “el pensamiento es una cuestión

de LENGUAJE” es una generalización incorrecta de la idea, más correctamente

expresada, de que «el pensamiento es una cuestión de lenguas diversas».

Benjamin Lee Whorf[51]

En vez de indicar algo que sea común a todo lo que llamamos lenguaje,

digo que no hay nada en absoluto común a estos fenómenos por lo cual

empleamos la misma palabra para todos —sino que están emparentados entre

sí de muchas maneras diferentes. Y a causa de este parentesco, o de estos

parentescos, los llamamos a todos “lenguaje”.

Ludwig Wittgenstein[52]

Las relaciones entre lenguaje y realidad han sido uno de los problemas filosóficos de más difícil tratamiento. Ello se debe a que nuestra vía de acceso a su solución es el lenguaje mismo: para determinar cómo las palabras se relacionan con las cosas tenemos que valernos de las palabras mismas. Si fuera posible valerse de un metalenguaje netamente diferenciado del lenguaje con el cual nos referimos al mundo, seguramente no se nos presentarían muchas de las interrogantes que nos asedian.

§ 11. Conceptos discursivos y conceptos perceptivos. Patología del lenguaje

Una de las más viejas discusiones filosóficas se refiere a la capacidad o incapacidad de un concepto para comprender las características de aquello a lo que se refiere. Éste era uno de los principales temas de discusión para Platón, y en casi todos sus diálogos vemos que, por boca de Sócrates, insta a sus interlocutores a definir, delimitar, caracterizar o conceptualizar las cosas. Prácticamente en todas estas ocasiones, Sócrates lucha contra la tendencia espontánea de los demás a ejemplificar, enumerar cualidades, comparar o mostrar. Él pide una generalización y siempre se le responde con series de casos particulares; quiere abstraer y se le responde con hechos concretos.

Paul Feyerabend explica este surgimiento de los conceptos abstractos en Grecia como un empobrecimiento de la representación. Contrasta el procedimiento de Sócrates con el de los sofistas, que no buscaban decir qué son las cosas en general, sino más bien cómo son, o qué variaciones presentan. Sabemos que las dos son maneras de pensar las cosas, pero se distinguen por su grado de abstracción o de concreción. Feyerabend, por su parte, afirma que las respuestas a las que Platón combate y quiere eliminar no provienen de la filosofía, sino de la épica, donde la virtud, el saber, la belleza, etc. son ilustrados, no definidos:

Las respuestas que Menon y Teeteto dan se orientan hacia las cosas. [...] Valiéndose de la ejemplificación explican la cambiante naturaleza de los objetos. [...] Con palabras no se puede agotar las cosas. […] Así proceden los sofistas [...] y ése es también el método de la épica, en donde la virtud y la sabiduría son ilustradas, pero no fijadas de una vez para siempre. Sócrates está completamente en desacuerdo con este método. [...] Las preguntas socráticas [...] son preguntas por conceptos relativamente vacíos, y «la vieja lucha entre filosofía y poesía», de la que Platón habla [...] es una lucha entre formas de representación ricas en detalles y otras carentes de detalles que se ocupan con esquematizaciones.[53]

Se tiene, pues, una lucha entre la representación rica en detalles y la representación sin detalles basada en esquematizaciones. Igualmente es de notarse, dice Feyerabend, que para los sofistas la imposibilidad de formar conceptos generales está directamente conectada con la imposibilidad de decir en palabras, y exhaustivamente, las cualidades de cualquier cosa o acción. Por ello es que se recurre a ejemplos, y no a definiciones. Pero el Sócrates platónico no quiere ilustraciones, sino abstracciones fijas. El surgimiento de los conceptos filosóficos en Grecia significó, pues, el descrédito y la desaparición como medio de conocimiento de las narraciones vivaces y de las descripciones detalladas sobre dioses, hombres y hechos cosmológicos. En su lugar se implantaron definiciones y descripciones de dioses carentes de forma y movimiento que controlan todo desde un sólo lugar: dioses sin cualidades concretas, inhumanos, monstruosos, y concebidos por un intelectual que ve el mundo desde su escritorio. [Ibíd., pp. 50-52]

Aunque no en los mismos términos, las críticas del segundo Wittgenstein al esencialismo apuntan en la misma dirección. Para él, preguntas como “¿Qué es el significado?, ¿qué es el tiempo?, ¿qué es el lenguaje? ¿qué es la proposición en general?” adolecen de una falla fundamental: presuponen que existe la “esencia” de aquello por lo cual preguntan. Pero las preguntas pertinentes serían más bien “¿Cómo se usa la palabra “significado”?, ¿qué es para nosotros una proposición?” Apoyándose en Russell, pregunta: «¿Tiene entonces el nombre “Moisés” un uso fijo y unívocamente determinado para mí en todos los casos posibles?»[54] Y la respuesta es: no. Pues a ese nombre pueden ir asociadas una cantidad indeterminada de descripciones: «el hombre que de niño fue sacado del Nilo por la hija del Faraón», «el hombre que condujo a los israelitas a través del desierto», etc. Más adelante continúa con esta argumentación: «Si le digo a alguien “¡Detente aproximadamente aquí!” —¿no puede funcionar perfectamente esta explicación? ¿Y no puede también fallar cualquier otra? [...] ¡Pero entendamos qué significa “inexacta”! Pues no significa “inusable”». [Ibíd., § 88]

He aquí una crítica a las intenciones de crear un sistema para escribir o expresar “exactamente” los conceptos. A fin de cuentas, el uso determina si un término ha sido correctamente aplicado o no, con independencia de su definición.

Trasladémonos a un terreno teórico muy distinto, el de la teoría de la forma (Gestaltheorie). Rudolf Arnheim realiza una crítica de la noción tradicional de concepto, que es muy similar a las de Feyerabend y Wittgenstein. Para él, ese enfoque tradicional entiende la formación del concepto como un proceso basado en datos sensoriales pero alejado de ellos y como una suma generalizadora de propiedades comunes:

Una abstracción se define tradicionalmente como la suma de las propiedades que tienen en común varias entidades particulares. […] Así se supone que la abstracción está basada en la generalización. […] La generalización existe […] pero es difícil ver cómo podría ser el primer paso hacia el conocimiento. […] Podemos decir que un gato es miembro de las cosas materiales, de las cosas orgánicas, de los animales, de los mamíferos, de los felinos, y así sucesivamente. […] Y no sólo esto, pues nuestro gato podría pertenecer al grupo de las cosas negras […] a los temas del arte y de la poesía, a las divinidades egipcias […] y así indefinidamente.[55]

Arnheim está señalando que la generalización como primer paso hacia el conocimiento no es un instrumento confiable, debido a que la agrupación de rasgos comunes es muy relativa o incluso arbitraria. Para él, la generalización y la inducción presuponen la abstracción, y no al revés. Es decir, que la generalización no es el primer paso, sino que sigue al acto abstractivo. Agrupar rasgos comunes no es el modo de llegar a la abstracción, sino que más bien la abstracción es el modo de llegar a las clasificaciones:

Antes de generalizar, uno debe seleccionar las características que servirán para determinar qué cosas serán agrupadas bajo determinada categoría. Es decir: la generalización presupone la abstracción. […] Esta selección requiere un criterio, o sea, la abstracción previa de ciertas propiedades que deben estar presentes en los individuos a elegir. [Ibíd., pp. 161-165. Cursivas de F.Z.]

En suma, no se debe confundir generalización con abstracción. Esta última es la determinación de características pertinentes, no una mera suma de características comunes. Pero, además, a Arnheim le interesa especialmente reivindicar la percepción (sobre todo la visual) como una herramienta legítima para la formación de conceptos, no como un obstáculo que hay que salvar o como una mera proveedora de datos concretos que hay que abstraer. También percibir es abstraer.[56]

Ya vimos al inicio del Capítulo 1 los nexos tan estrechos que se ha establecido tradicionalmente entre palabra y razón. El estudio de las patologías que afectan el lenguaje ha atraído siempre a filósofos y lingüistas. Por ejemplo, John Locke, en una época en que las anormalidades no eran objeto de ningún tipo de atención seria, considera a quienes no son capaces de abstraer con corrección simplemente como enfermos mentales:

...quienes perciben con dificultad, o retengan mal las ideas que llegan a su mente. […] Quienes no puedan distinguir, comparar y abstraer, apenar podrán entender y hacer uso del lenguaje, o juzgar o razonar [...] y sólo acerca de cosas que tengan presentes y que sean muy familiares a sus sentidos. [...] Los locos juntan ideas que no deben unirse, de tal suerte que formulan proposiciones equivocadas […] los idiotas apenas formulan proposiciones y casi no razonan.[57]

Según Locke, un surrealista sería un loco...[58]

Más atrás (en § 3) hice una referencia a cómo para Cassirer el uso de la palabra en la formación de conceptos es un criterio de salud mental. Considera que en las patologías que él describe (apraxia, agnosia, afasia) se ha dañado la capacidad de simbolización (especialmente de la basada en el lenguaje discursivo), y por tanto de representación. Considera a esa falta de simbolización y representación demasiado «cercana a la vida».[59]

Estos estudios coinciden en señalar que los enfermos mentales o las personas con un bajo nivel intelectual son quienes tienen el más rudimentario manejo del lenguaje. Tal ha sido la concepción predominante durante siglos (o milenios) entre filósofos, lógicos, gramáticos y psicólogos, según la cual la manera “correcta” de razonar es criterio de salud mental, de inteligencia o de razón. Mas no todo es tan fácil de explicar en este terreno. Así sería si no se hubiesen levantado tantas críticas a la idea de que quien no sabe categorizar, abstraer o definir es un enfermo mental, un tonto, un salvaje o un niño...

Si aceptamos las críticas de Wittgenstein y Feyerabend a la exigencia de hacer sólo “definiciones exactas”, no podemos aceptar sin más que quien demuestra incapacidad verbal para formar estas definiciones es necesariamente un baldado intelectual. ¿No se debe ese tipo de valoraciones a que se ubica el pensamiento únicamente en el reino de lo abstracto, de lo discursivo y lo no sensorial? ¿No se puede “pensar” también sin lenguaje discursivo? Ésta es precisamente la postura de Arnheim, y a ella me adhiero. Se acaba de ver cómo para él la abstracción no implica desconexión de la experiencia directa, de la percepción, sino que es un lazo de unión entre percepción y pensamiento. Es más, la abstracción es un componente de la percepción misma. Si hay enfermos incapaces de desligarse de la situación presente concreta y real, incapaces de nombrar con palabras principios generales de ciertas situaciones, o de hacer clasificaciones “lógicas” subsuntivas, ello no significa que son incapaces de abstraer. Hay un hecho que ninguna teoría puede negar: estos enfermos pueden resolver problemas y fabricar objetos; abstraen y son creativos.[60] Pero se ha erigido lo “lógico” como criterio de “inteligencia” y como un parámetro para demostrar concluyentemente la superioridad de los adultos frente a niños y de los civilizados frente a los “primitivos”: «Si se afirma que los naturales, los niños y las personas incultas tienen problemas con los “símbolos”, es necesario cuestionar qué se quiere decir con ello. ¿Son incapaces de pensar abstractamente? ¿O bien son incapaces o reacios a efectuar operaciones mentales desligadas de tareas concretas?» [Ibíd., pp. 202-204]

Ciertamente, los niños, los primitivos, los enfermos mentales y los incultos tienen dificultades para manejar el lenguaje a la manera en que lo maneja un adulto civilizado sano y culto. Pero también es cierto que casi siempre pueden utilizar con enorme riqueza y creatividad otras formas de lenguaje: imágenes, sonidos, gestos; y que para ellos los silencios tienen un enorme significado y un gran valor. ¿Cómo debemos interpretar esto? Desde luego, con base en postulados no logocéntricos.

§ 12. La tricotomía materia-forma-contenido

Una filosofía de la imagen necesita tomar en cuenta las maneras en que el pensamiento ha sido pensado, y cómo han sido entendidas sus relaciones con la palabra (escrita, hablada o pensada). En su momento,[61] habrá que estudiar también las relaciones entre pensamiento, conocimiento e imagen. Por ahora, además de la relevancia epistemológica de esta temática, tenemos ya su relevancia ontológica. Pues en las reflexiones filosóficas sobre la imagen hay que abordar preguntas como: ¿Qué es “ser una imagen de...”? ¿“Ser una imagen de…” es presentar una forma que represente un contenido? ¿Puede haber formas sin contenido? ¿Puede haber imágenes que no sean formas, que sean informes? ¿Las Formas platónicas son imágenes? ¿Si lo son, tienen un carácter visual o no?

El problema de los nexos entre lenguaje y pensamiento hace aflorar una cuestión crucial: la dicotomía entre materia y forma, por un lado, y contenido, por otro. O tal vez sea mejor hablar de una tricotomía, que se presta muy bien para ser representada por un triángulo:


Cuando se dice que el lenguaje (verbal, visual, gestual, etc.) es un medio para comunicar, representar y organizar el pensamiento, se está planteando una separación dicotómica entre lo primero y lo segundo. Es decir, las palabras, las imágenes o los gestos son entendidos como una materia organizada de cierta forma, que sirve para transmitir determinados contenidos independientes de ella. Esa “materia” es en principio sonora, pero puede adquirir otras modalidades: visual (en la escritura, en el alfabeto manual de los mudos, en las señales con banderas) o táctil (en el caso de la escritura Braille). En cuanto al “contenido”, consiste en los pensamientos, las ideas, las intenciones o las emociones (por mencionar las nociones más comunes) que requieren un vehículo físico para ser emitidos y recibidos. De no existir estos medios, no habría comunicación o información. Así, se supone que, por un lado, está disponible una materia/forma y, por otro, un contenido, como realidades separadas que existen independientemente entre sí. Realidades que en el acto de la comunicación se relacionan, pero que podrían permanecer ajenas, pues preexisten a esa relación.

Me propongo demostrar que dicha separación en dos o en tres realidades ajenas es más bien una distinción intelectual, útil para fines analíticos o teóricos, pero que en realidad es más fácil o más “natural” concebir una especie de continuidad entre materia, forma y contenido. En otros términos, busco contribuir a que no se vea este triángulo como una tricotomía, sino como un todo orgánico, en donde cada vértice es necesario para la existencia de los otros dos.

En la historia del pensamiento occidental, quizá los dos más grandes momentos en que se estableció la separación entre la materia y las ideas fueron la filosofía platónica y la filosofía cartesiana. Con Platón se formuló la concepción del cuerpo como mera materia sujeta al devenir, en cuyo “interior” yace el alma. Ésta, a su vez, no está sujeta al devenir, aunque su “encierro” en el cuerpo le impide encontrarse (o reencontrarse) con las Ideas eternas. Para que el alma recupere su verdadero estatus, deberá desprenderse del cuerpo (de las necesidades materiales y de las formas físicas) para acceder a las Ideas o Formas eternas. Este camino es en realidad una ascesis, que implica renunciar a lo sensible y a las apariencias para acceder a las esencias. Se trata de una ruptura radical con la materia y la forma a fin de liberar al alma de éstas y habilitarla para su elevación.

Cuando el pensamiento de Platón fue asimilado dentro del mundo cristiano se planteó una problemática muy compleja: ¿había que renunciar por completo a la vertiente física para llegar a Dios? En el terreno de las imágenes se separaron con nitidez dos posturas: a favor de la representación visual de contenidos teológicos (iconofilia, iconodulia) o abiertamente en contra (iconoclastia).[62]

René Descartes postuló la misma separación entre lo material y lo espiritual, pero ahora formulada en términos ya no idealistas, sino racionalistas. Cuando este filósofo afirmó de manera contundente en la Sexta de sus Meditaciones metafísicas: «soy una cosa que piensa» y «estoy compuesto de cuerpo y alma», abrió un ancho camino al dualismo, no sólo en la explicación de la naturaleza humana, sino de la naturaleza de las cosas y de los signos. Si cada uno de nosotros es cuerpo y alma, eso implica que cuerpo y alma son dos realidades diferentes, aunque relacionadas. La razón humana es para Descartes la parte espiritual e intelectual, capaz de llegar a certezas absolutas, siempre y cuando sepa liberarse de los «engaños» del cuerpo. Así, el cogito ergo sum es un conocimiento cierto que se logra mediante una especie de ascesis, esta vez no religiosa sino intelectual, pero con los mismos resultados que en Platón: el desligamiento del alma con respecto a la materia y la forma física.

Todo esto es de gran importancia para el estudio de las relaciones entre pensamiento y lenguaje, o entre pensamiento e imagen, en la medida en que al superar las explicaciones dicotómicas o tricotómicas no tomamos ni a palabras ni a imágenes como meros “vehículos”, “instrumentos” o “soportes sensibles” de los pensamientos. Por tanto, para que en vez de separar integremos palabras, imágenes y pensamientos. Entre otros autores, Heidegger me enseñó a cuestionar esa concepción dualista o dicotómica, según la cual las cosas constan de la «unión» de una materia (hilé, υλη) y una forma (morphé, µορϕη). Para esta concepción (hilemorfismo), cada cosa es «una materia formada»: su núcleo permanente es su materialidad, y su forma es lo que se modifica.[63] Sin embargo, a Heidegger le parece ina-ceptable esta distinción entre materia y forma, que además es «irresistible» por acoplarse muy bien a la distinción entre sujeto y predicado. Al inicio del Capítulo 4 trataré sobre la superación de dicha tricotomía. Ahora hay que seguir con la cuestión de los nexos entre pensamiento y lenguaje.

§ 13. Asociacionismo

El planteamiento más común en relación con este problema consiste en afirmar que los pensamientos se encuentran “dentro” del sujeto y el lenguaje es el “canal” o el “medio” para exteriorizarlos. En realidad las demás soluciones están configuradas como respuestas, críticas o alternativas ante este enfoque, que ha pasado a formar parte del “sentido común”.

En la Lógica de Port Royal se encuentra formulada con una nitidez paradigmática la explicación asociacionista de los nexos entre pensamiento y lenguaje:

Las palabras son sonidos distintos y articulados, a partir de los cuales los hombres han hecho signos para señalar lo que sucede en su espíritu.

Y como lo que sucede en el espíritu se reduce a concebir, juzgar, razonar y ordenar […] las palabras sirven para señalar todas esas operaciones.[64]

El acto de pensar (sea formar conceptos, juzgar, razonar u ordenar) se realiza inpendientemente de las palabras. Éstas son sonidos separados y articulados que se utilizan, después de que ya se ha pensado, como signos de lo que sucede en el interior, es decir, en el intelecto. Primero se piensa y después se traslada a signos lo que se piensa.

John Locke da la misma explicación. Para él, las ideas de las cualidades primarias, inicialmente producidas por estas mismas cualidades, se asientan en el cerebro, desde donde se conectan con éstas, reflejándolas:

Si [...] percibimos esas cualidades originales de aquellos objetos [externos] que individualmente caen bajo nuestros sentidos, es evidente que habrá algún movimiento en esos objetos que, afectando algunas partes de nuestro cuerpo, se prolongue por conducto de nuestros nervios o espíritus animales hasta el cerebro o el asiento de la sensación, para producir allí en nuestra mente las ideas particulares que tenemos acerca de dichos objetos.

El entendimiento es un cuarto oscuro: dentro de él se guardan imágenes semejantes, ideas de las cosas que están afuera y que se acumulan dentro en orden, quedando disponibles para ser encontradas cuando se necesiten. [...] Paréceme que el entendimiento [...] no tendría sino una pequeña abertura para dejar que penetraran las semejanzas externas visibles, o si se quiere, las ideas de las cosas que están afuera; de tal manera que, si las imágenes que penetran en un tal cuarto obscuro pudieran quedarse en él, y se acumularan en un orden como para poder ser encontradas cuando lo pida la ocasión, habría un gran parecido entre ese cuarto y el entendimiento humano.[65]

He aquí un abundante manantial que ha surtido durante siglos muchas explicaciones corrientes sobre el conocimiento: las ideas son «producidas» por la percepción de las cosas; las ideas están «en» el cerebro; las ideas son «semejantes» a las cosas; la «mente» es como una caja en donde están depositadas las ideas; cuando se necesita alguna de esas ideas, la memoria la busca y la encuentra. También encontramos formulada, en toda su plenitud, la que muy posteriormente sería llamado “teoría del reflejo” (y que se achaca generalmente al marxismo de corte leninista): la mente es como un espejo que refleja el exterior. Tenemos, pues, una teoría fotográfica o pictórica del conocimiento. Locke sugiere que en el cerebro hay imágenes, no conceptos de las cualidades primarias.[66]

En cuanto a la relación lenguaje-pensamiento, resulta que el primero es sólo un añadido externo para poder designar las ideas acumuladas internamente y comunicarlas a los demás. En suma, se distinguen de modo radical un ámbito “interior” del pensamiento, de las ideas, del conocimiento y de las imágenes, y un ámbito “exterior” de las sensaciones y de los objetos: entre ambos ámbitos habría una asociación.

Hay una gran riqueza en la respuesta leibniziana a esta metáfora de la mente propuesta por Locke. Leibniz recurre también a una especie de metáfora pictórica, pero la suya es muy distinta: el entendimiento no es como una cámara oscura que registra pasivamente imágenes del exterior y las tiene ahí disponibles para cuando se requieran, como si fueran objetos. En el interior de esa cámara hay como un lienzo, pero que no es liso, sino «diversificado por los pliegues que presentasen los conocimientos innatos» y en el que se forman imágenes o huellas que no se reciben del exterior, sino que creamos nosotros, «pues no solamente recibimos imágenes o huellas en el cerebro, sino que nosotros formamos otras nuevas cuando consideramos las ideas complejas. Así es preciso que la tela que representa nuestro cerebro sea activa y elástica».[67] Frente a la concepción de la mente como una tabula rasa en donde originalmente no hay nada, se presenta la concepción de la mente como un conjunto de estructuras activas, generadoras de ideas y de conocimiento.

La crítica de Leibniz a Locke nos conduce todavía más allá: nos lleva al trascendentalismo.

§ 14. Trascendentalismo

La concepción kantiana del conocimiento es equidistante de la racionalista y de la empirista. En un sentido trascendentalista, dice que el conocimiento no es posible antes de la experiencia, pero agrega que no se origina en ella: «Todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia, no por eso origínase todo él en la experiencia. Pues bien podría ser que nuestro conocimiento de experiencia fuera compuesto de lo que recibimos por medio de impresiones y de lo que nuestra propia facultad de conocer (con ocasión tan sólo de las impresiones sensibles) proporciona por sí misma».[68]

El estudio de las condiciones de posibilidad del conocimiento permite a Kant superar tanto la estrecha concepción empirista de que la mente es un “recipiente” que guarda “en su interior” los “reflejos” de las cosas externas, como la concepción racionalista según la cual los conocimientos se originan en el “espíritu”, con independencia de las cosas externas. En cuanto a las relaciones entre lenguaje, pensamiento y conocimiento según Kant, en realidad ya fueron tratadas en el Capítulo 1. Ahí mismo se aprovechó la aportación de Karl-Otto Apel: el trascendentalismo lingüístico.[69]

Pero el propio Kant fue en cierto modo más allá de sí mismo. Inicialmente propuso (en la primera Crítica) a la imaginación como la facultad principal en el conocimiento; luego (en la segunda edición de esta misma obra) marginó a la imaginación y puso en su lugar al entendimiento. Finalmente (en la Crítica de la capacidad de juzgar), volvió al planteamiento original, cuando moderó el papel que otorgara antes al discurso como condición de posibilidad del conocimiento; en su lugar, la imaginación asumió de nuevo algunas funciones trascendentales.[70]

Al parecer este filósofo nunca superó la separación dicotómica de lo material y formal (lo sensible) con respecto a lo conceptual (lo suprasensible). Al decir que lo primero «simboliza» a lo segundo, los mantuvo separados:

Todas las intuiciones que se ponen bajo conceptos a priori son esquemas o símbolos, encerrando los primeros representaciones [Darstellungen] directas de conceptos, y los segundos, indirectas. […] Así, un estado monárquico que esté regido por leyes populares internas, es representado por un cuerpo animado [o] por una simple máquina (como v. gr. un molinillo), cuando es regido por una voluntad única absoluta; pero en ambos casos sólo simbólicamente, pues entre un estado despótico y un molinillo no hay ningún parecido. […] Nuestra lengua está llena de semejantes exposiciones indirectas, según una analogía, en las cuales la expresión no encierra propiamente el esquema para el concepto, sino sólo un símbolo para la reflexión.[71]

Los esquemas representan directamente los conceptos, mientras que los símbolos lo hacen indirectamente. Y aquí Kant está refiriéndose sobre todo a los segundos, es decir, a las imágenes con que simbolizamos las cosas, e incluso a las palabras cuando tienen el mismo sentido simbólico. Le interesa dejar en claro que en esa simbolización hay como un desprendimiento de la razón humana con respecto a lo sensible: «Ahora bien, digo: lo bello es el símbolo del bien moral […] el espíritu, al mismo tiempo, tiene consciencia de un cierto ennoblecimiento y de una cierta elevación por encima de la mera receptividad de un placer por medio de impresiones sensibles». [Ibíd.] ¿No recuerda esto la identificación platónica entre lo bello y lo bueno, con su implicación de que para acceder a esto hay que desprenderse de la materia y de las formas físicas?[72]

En relación con esto, es necesario (y también posible) recuperar de la estética su posibilidad de mantener la cooperación entre lo material-formal y lo espiritual-intelectual, superando su exclusión mutua. Además, porque de esa manera se reconocerá a la imagen como una forma legítima de pensamiento, y no sólo como una “simbolización”, que es como decir una «ilustración visual» de los conceptos. En suma, esta pequeña desviación por los terrenos de lo estético permite rescatar de Kant (y en cierto modo contra el propio Kant) una superación del asociacionismo, que separa con nitidez el ámbito de lo físico-exterior y el de lo intelectual-interior al afirmar que lo primero es sólo un «símbolo» o «representación material» de lo segundo. En mi concepción, esta separación es sólo teórica: de un ámbito al otro hay continuidad, no separación.

§ 15. Los sonidos y las palabras como soportes materiales
de los conceptos. Negación del pensamiento prelingüístico

La concepción del sonido como un mero apoyo físico para que pueda tomar forma la parte intelectual o emotiva del lenguaje (considerada como la principal) entiende que hablar es conectar o asociar un significado (que está de algún modo en cierta parte interna u oculta del hablante) con un grupo de sonidos (que están fuera y que forman parte del mundo material).

Humboldt, en quien se reunían el lingüista y el filósofo, otorgó al sonido un papel central en el lenguaje. A diferencia de los datos táctiles y olfativos, el sonido era para él un correlato del «espíritu» y de la posición erecta del ser humano:

La actividad de los sentidos ha de unirse con la acción interna del espíritu en una síntesis, y de esta unión se desprende la representación. […] Mas para esto es indispensable el lenguaje. Pues al abrirse paso en él el empeño espiritual a través de los labios, su producto retorna luego al propio oído. […] Sólo el lenguaje puede hacer esto. Y sin esta permanente conversión en objetividad que retorna al sujeto, callada pero siempre presupuesta allí donde el lenguaje entra en acción, no sería posible formar conceptos ni por lo tanto pensar realmente. De manera que, aun al margen de la comunicación de hombre a hombre, el hablar es condición necesaria del pensar del individuo en apartada soledad.

Sin embargo, en su manifestación como fenómeno, el lenguaje sólo se desarrolla socialmente, y el hombre sólo se entiende a sí mismo en cuanto que comprueba en los demás, en intentos sucesivos, la inteligibilidad de sus palabras. Pues la objetividad se incrementa cuando la palabra formada por uno le es devuelta al resonar en boca ajena. La subjetividad no sufre con ello detrimento, ya que el hombre siempre se siente uno con el hombre. […] Al pasar a otros se asocia con lo que es común al conjunto del linaje humano...[73]

Según esto, el sonido es como la emanación hacia afuera de lo que sucede dentro del individuo. A la vez, el sonido articulado lingüísticamente sirve para dar objetividad al pensamiento y al conocimiento, y por ello mismo funciona como un aglutinante social.

En otro lado se refiere Humboldt a la «perfección» que puede alcanzar una lengua. Mas no se trata de ningún tipo de perfección lógica o matemática, sino de una perfección consistente en la confluencia o adecuación entre la estructura sonora y la configuración interna de la lengua. Eso es para él la síntesis entre la forma externa y la forma interna: «La conexión de la forma sonora con las leyes internas de la lengua constituye la perfección de ésta». [Ibíd., p. 125] Con estas afirmaciones sobre el valor de la palabra, implica que un lenguaje visual, o táctil, o de cualquier naturaleza que no sea fonética, es una forma “imperfecta” comparada con el lenguaje fonético.

Un siglo después, Cassirer hizo la misma valoración del sonido como elemento intelectualizador. Destacaba cómo un componente sensible (un fonema o una nota musical) adquiere vida «espiritual» al insertarse en una totalidad. En la operación del lenguaje, una cualidad sensible adquiere sentido al unirse y contrastarse con otras cualidades sensibles. Y gracias a esta intelectualización producida por el desarrollo semántico del lenguaje, se desarrollaron a su vez las nociones temporales y espaciales. Eso ocurre en virtud de que el sujeto hablante es capaz de desligarse de su situación presente: el ahora va a poder implicar el antes y el después, así como el aquí podrá implicar el allá. Por lo tanto, sólo cuando el pensamiento y el lenguaje se desligan de lo material, se distinguen los atributos constantes de una cosa de aquellos que son variables.[74] Muchos de quienes otorgan al lenguaje un papel central en la conformación del pensamiento coinciden en que las palabras son, por decirlo así, el “elemento concreto” y que los pensamientos son el “elemento no concreto”. Las palabras son las «formas sensoriales» o la «base material»[75] del pensamiento. Para Galkina-Fedoruk, «el pensamiento no existe sin la lengua, y ésta no puede darse sin él. La lengua es el medio de existencia del pensamiento, su materialización...».[76]

Ernst Cassirer coincide con todo lo anterior cuando dice que el lenguaje verbal, sin ser idéntico al pensamiento, es un “vehículo” fundamental en su formación:

Justamente se revela el lenguaje una y otra vez como el poderoso e imprescindible “vehículo” del pensamiento, como rueda motriz que recibe y arrastra al pensamiento al ámbito de su propio movimiento incesante. Cada intuición sensible queda privada de esa libre movilidad a causa de su repleción concreta. […] Es por eso que no puede negarse un «pensamiento sin palabras», pero tal pensamiento queda siempre confinado en mucho mayor medida que el pensamiento lingüístico a lo singular, a lo dado hic et nunc. [...] Así pues, la palabra no crea el concepto, pero tampoco es un mero accesorio exterior del mismo, sino que más bien constituye uno de los medios más importantes para su actualización, esto es, para desligarlo de lo inmediatamente percibido e intuido.[77]

No niega la existencia de un pensamiento averbal, pero le da un valor mínimo. ¿Por qué? Porque es un pensamiento «repleto de concreción». En cambio, el pensamiento estructurado verbalmente está desligado de los contenidos sensibles. Cassirer es coherente con sus posiciones: la relación estrecha con lo concreto, con lo sensorial y particular es «inferior» a su contraparte. Por otro lado, es de notarse que distingue (aunque vagamente) entre un pensamiento basado sobre palabras y uno basado sobre imágenes.

Un enfoque muy distinto del sonido en el lenguaje articulado es el de Sapir. No sólo lo ha despojado de todo ropaje metafísico (como el que le pone Humboldt) o trascendental (como en Cassirer), sino que incluso minimiza su valor como simple soporte o vehículo de los significados. El hecho lingüístico no es un efecto acústico bruto: es un fenómeno muy complejo que condensa lo acústico, lo articulatorio, lo sensible, lo perceptivo, la imagen del referente y el sentido de los vocablos; es también la constitución de un símbolo, que de ese modo pasa a ser elemento del lenguaje. El hecho lingüístico conlleva la formación de conceptos, es decir, la reunión en conceptos de rasgos comunes generales.[78] Así, aunque el lenguaje ha llegado a ser un sistema de símbolos auditivos, «los sonidos del habla, en cuanto tales, no son el hecho esencial del lenguaje». Los elementos del lenguaje no son sonidos, sino series de sonidos: palabras, partes de palabras y series de palabras. [Ibíd., pp. 30-38]

En este mismo tenor, es oportuno referir la postura de Turbayne con respecto al sonido del lenguaje. Para este autor es contingente que nuestro lenguaje articulado se base en el sonido (cuando se habla) y en la luz (cuando se escribe): nuestro lenguaje articulado pudo haber sido gustativo y olfativo, en vez de sonoro y visual. Ciertamente, su uso dejó de ser convencional una vez que fue establecido, pero eso no significa que las palabras deban ser sonoras y tener la forma sonora que tienen, o que ya escritas deban tener la forma visual que aprendemos cuando se nos enseña a leer y escribir.[79] Con este enfoque, se reivindica a los lenguajes no verbales (visuales o de cualquier otro tipo), que ya no son relegados como formas limitadas o rudimentarias de comunicación.

La confrontación directa entre imágenes y palabras y el debate sobre las limitaciones y alcances de unas y otras serán tratados a lo largo del Capítulo 3 de este trabajo. Pero es pertinente hacer ahora una referencia a esta cuestión. Adam Schaff sostiene la primacía del pensamiento en palabras:

a) El proceso del pensamiento abstracto es siempre verbal, aunque el individuo pensante no siempre se dé cuenta de ello. Se trata, por tanto, de una unidad específica de lenguaje y pensamiento.

b) Todos los procesos mentales y todos los procesos de la transmisión de ideas vienen acompañados, de una u otra forma, de procesos linguísticos.

c) Toda la subclase de signos extralingüísticos, dentro de la clase de los signos propios, sólo abarca —en relación con el lenguaje y sus signos— medios meramente derivados de la transmisión del pensamiento humano, y en este sentido son signos de expresión derivativa. En otras palabras: mientras que los signos lingüísticos pueden funcionar sin recurrir a la ayuda de señales o símbolos, el funcionamiento de las señales o símbolos presupone en cambio su traducibilidad a signos lingüísticos.[80]

Afirma, pues, que lenguaje verbal y pensamiento están unidos porque el pensamiento abstracto es verbal. Pero podemos preguntarnos: ¿no hay acaso pensamiento no abstracto? Sí lo hay, y no depende de la verbalización. Dice también que todo tipo de comunicación de ideas está acompañada de verbalizaciones. Mas hay que aclarar que eso sucede si por ideas entendemos únicamente razonamientos formulados en enunciados.

Schaff se preocupa por no identificar en exceso lenguaje y pensamiento. Son como «las dos caras de un papel», pero no son lo mismo:

El pensamiento humano es verbal y, precisamente por ello, abstracto y generalizador: toda palabra generaliza. Pero el pensamiento también opera con medios de orientación prelingüística en el mundo, con imágenes sensibles concretas y sus asociaciones. [...] Las imágenes sensibles concretas […] no poseen, empero, naturaleza lingüística. Al menos por este motivo, el pensamiento no es idéntico al lenguaje, es más rico que este último.[81]

La tesis de que las imágenes sensibles y sus asociaciones son también pensamiento parece contradecir lo que afirma Schaff en la cita anterior, donde ubica a las señales no lingüísticas como derivaciones del lenguaje articulado. Pero luego continúa de esta manera:

¿Puede aparecer el lenguaje sin el pensamiento? [...] Si se acepta que la orientación del recién nacido en el mundo es idéntica al pensamiento, entonces se debería sacar la consecuencia de que los animales piensan; o sea, poner en entredicho el carácter específico del pensamiento humano. [...] No he encontrado ningún defensor de la tesis de que existe un lenguaje […] sin un pensamiento. Puesto que el lenguaje es una unión del portador material —es decir, el sistema de símbolos— y de los significados de esos símbolos —sin lo cual los símbolos dejan de ser lenguaje— no puede existir sin pensamiento. [Ibíd., pp. 180-182]

Como vemos, despacha rápidamente la cuestión del pensamiento en los animales: simplemente, el pensar es privativo de los humanos. Y agrega argumentos que remiten a Locke o a la «lingüística cartesiana»: puesto que los animales y los niños no hablan, entonces no piensan; por tanto, no hay pensamiento «específicamente humano» sin lenguaje. En cuanto al lenguaje, si existe, es porque hay pensamiento: hablo, luego pienso. Por tanto, lenguaje y pensamiento, aunque no son lo mismo, van juntos necesariamente. Y más adelante:

El verdadero problema sólo comienza cuando preguntamos: «¿Es posible un pensamiento sin lenguaje, averbal?» Naturalmente, las distintas formas de intuicionismo filosófico proporcionan una respuesta positiva, según la cual el pensamiento alinguístico no sólo es posible, sino que, además, este pensamiento debe ser precisamente la fuente del «verdadero conocimiento». Sin embargo [...] los argumentos presentados [...] son fruto de la especulación pura, basada en supuestos totalmente arbitrarios. A los hechos de la experiencia cotidiana, a los argumentos de la ciencia experimental [...] se opone mera metafísica e irracionalismo puro. [Ibíd., pp. 183-184]

En primer lugar, es evidente que para Schaff las imágenes o cualquier otra forma no verbal de razonamiento no son en ningún sentido pensamiento. Aunque él mismo ha afirmado que «el pensamiento también opera con medios de orientación prelingüística», [loc. cit.., p. 206] esto no implica para él que puede haber pensamiento sin palabras. El otro argumento es una crítica a los enfoques que proponen la existencia de un pensamiento no verbalizado. Los considera especulativos y sin bases experimentales, «mera metafísica», «irracionalismo puro».

La posición soviética oficial hizo de su lucha contra la noción de “pensamiento prelingüístico” una verdadera cuestión de militancia ideológica. Demostrar la inexistencia de un pensamiento sin lenguaje era derrotar en este terreno a los «filósofos burgueses». Entre los argumentos esgrimidos hay algunos claramente enmarcados por la ortodoxia marxista, como éstos de Panfilov:

El carácter secundario de la conciencia, del espíritu y el carácter primario de la materia, se manifiestan [...] en que el pensamiento, al darse en indisoluble conexión con los procesos fisiológicos materiales del cerebro […] no puede darse al margen del lenguaje, que lenguaje y pensamiento son indisolubles entre sí tanto en su génesis como en su existencia. [...] ¿Ha existido una etapa en el desarrollo del pensamiento humano en que éste se verificara enteramente a base de percepciones y representaciones en imágenes y careciera en absoluto de la capacidad de formar conceptos?[82]

Después de poner así en tela de juicio que haya habido una etapa en que el pensamiento humano se realizara en imágenes y sin conceptos, se centra en sus ataques a la tesis de que existió filogenéticamente o de que puede existir un pensamiento averbal o prelingüístico, v. gr., en imágenes:

Los partidarios de la tesis de que el pensamiento de los antecesores primitivos del hombre tenía un carácter sensorial y se verificaba en forma de imágenes […] suelen argüir tan sólo que en las imágenes de la representación, a diferencia de lo que ocurre con las imágenes de la percepción, pueden omitirse algunos rasgos o propiedades secundarios del objeto. Es obvio, empero, que […] no podemos representarnos una casa o un perro en general. [Ibíd., p. 117]

Recurre este autor al argumento de Berkeley en contra de la doctrina de las ideas abstractas y lo utiliza aquí para sus propios fines, es decir, para demostrar que no hay pensamiento sin palabras: las imágenes son incapaces de representar de manera general a un objeto. Por eso, rechaza que «en el desarrollo del pensamiento humano existe un estadio en que éste tiene un carácter sensorial y en imágenes», dando algunos ejemplos, como el gran número de nombres para la morsa, para la nieve o para el trineo en la lengua esquimal, junto a un nombre general para cada uno de esos objetos. [Ibíd., pp. 125-130]

Es decir, en las lenguas “primitivas” que actualmente se hablan hay una capacidad de generalización y abstracción igual a la de lenguas como el alemán. De modo que estas investigaciones de tipo etnológico no pueden apoyar la idea de que hay un pensamiento en imágenes o concreto, puesto que sencillamente éste no existe. En síntesis, se concluye que el “primitivo” no está incapacitado para el cómputo abstracto ni para la generalización basada en el lenguaje, y por ello es falso que su lenguaje esté atado a lo concreto y sea pobre en abstracciones, o que exista un pensamiento prelingüístico, imaginal.

§ 16. El encuentro entre pensamiento y palabras, según Vygotsky

Uno de los principales hallazgos de Lev Vygotsky es que lenguaje y pensamiento tienen distintas raíces. En consonancia con esto, reconoce que hay formas de pensamiento y de lenguaje no verbales:

Esquemáticamente podemos imaginarnos el pensamiento y el lenguaje como dos círculos en intersección. En sus partes superpuestas, constituyen lo que se ha llamado pensamiento verbal; éste, sin embargo, no incluye de ningún modo todas las formas de pensamiento y las de lenguaje. Existe un área muy amplia del pensamiento que no tiene relación directa con el lenguaje. [...] Nos vemos, pues, forzados a concluir que la fusión del pensamiento y el lenguaje, tanto en los adultos como en los niños, es un fenómeno limitado a un área circunscrita. El pensamiento no-verbal y el lenguaje no intelectual no participan de esta fusión y son afectados sólo indirectamente por los procesos del pensamiento verbal.[83] [Ibid, p. 76]

Vygotsky admite la existencia de un pensamiento no verbal, declarando que «se ve forzado» a ello, seguramente porque la fuerza de las pruebas experimentales lo llevó a aceptarlo. Una vez que se han encontrado el lenguaje y el pensamiento (hacia los primeros años escolares del niño), se abandona la percepción sin palabras y se desarrolla una percepción verbalizada, que se puede describir en términos de significados, y ya no de meras impresiones. A partir de entonces la introspección se verbaliza y el niño se hace consciente de sus procesos mentales. Pensamiento y lenguaje, que al inicio existían con independencia uno del otro, se condicionan mutuamente una vez que se encuentran, pero no por eso son lo mismo.

El autor clasifica tres grandes enfoques de la relación pensamiento-lenguaje:

a) identificación total;

b) separación radical;

c) asociación.

Sobre el primero, considera que su principal falla consiste en que si son idénticos no hay de hecho ninguna relación entre ellos, pues son lo mismo. Ésta es una manera de «cerrar la puerta al problema». El segundo concibe el lenguaje y el pensamiento como si existieran en estado «puro», o sea, con independencia uno del otro, y así los estudia. Pero de ese modo su relación acaba por ser el nexo mecánico y externo entre dos procesos que no tienen nada que ver entre sí. El tercero es el más simplificador: por un lado están los signos (palabras o sonidos) y por otro lado están los contenidos; determinados signos sirven como medios de comunicación que se asocian con determinados contenidos y transmiten estos contenidos de una persona a otra.[84] El enfoque de Vygotsky se separa de los tres.

Aunque ha admitido [Cfr. loc. cit., p. 76] la posible existencia de un pensamiento puro, Vygotsky concluye que éste sería totalmente inocuo, pues su existencia sería irrelevante. Por ello critica la concepción de que pensamiento consiste en contenidos independientes de las palabras. Por lo demás, recalca que la relación entre pensamiento y lenguaje está sujeta a constantes cambios, el principal de los cuales es que el sonido del lenguaje deja de ser un mero «medio» para organizar y formar conceptos y se convierte en un elemento central para el pensamiento: se convierte en signo. Es cuando las funciones intelectuales ya no pueden realizarse sin el concurso de la palabra, que las dirige y acaba por controlar su curso. [Ibíd., pp. 87-90]

En su lucha contra el asociacionismo, Vygotsky subraya la dinámica de la significación:

La relación entre pensamiento y palabra no es un hecho, sino un proceso, un continuo ir y venir del pensamiento a la palabra y de la palabra al pensamiento. […] El pensamiento no se expresa simplemente en palabras, sino que existe a través de ellas. [...] Pensamiento y palabra no están cortados por el mismo molde; en cierto sentido existen entre ellos más diferencias que semejanzas. La estructura del lenguaje no refleja simplemente la del pensamiento; es por eso que las palabras no pueden ser utilizadas por la inteligencia como si fueran ropas a medida. El pensamiento sufre muchos cambios al convertirse en lenguaje. No es una mera expresión lo que encuentra en el lenguaje, halla su realidad y su forma. [Ibíd., pp. 165-167. Cursivas de F.Z.]

Tenemos aquí una explicación satisfactoria de por qué el lenguaje no siempre corresponde al pensamiento: a veces se trata de un ropaje inadecuado (un disfraz, decía el Wittgenstein del Tractatus), a veces obliga a que el pensamiento se modifique demasiado para poder comunicarse... Son más sus diferencias que sus semejanzas, sí, pero gracias al lenguaje articulado es que el pensamiento «halla su realidad y su forma».

Por mi parte, extraigo de todo esto un resultado: en virtud de que pensamiento y lenguaje discursivo no son lo mismo, y de que ha quedado demostrado que en algún punto del desarrollo ontogenético se encuentran, es justificado plantear que el pensamiento también se encuentra con la imagen visual. Ello destrona al lenguaje de la palabra, y lo ubica como uno más de los lenguajes en los cuales adquiere existencia social el pensamiento.

§ 17. El lenguaje articulado como una modalidad
del pensar entre otras, según Wittgenstein

Para entender en toda su complejidad la concepción del pensamiento y sus relaciones con el lenguaje en el Wittgenstein joven, hay que referirla a su concepto de “imagen”. De modo que lo abordado ahora sobre este tema será complementado con lo expuesto mucho más adelante sobre el lenguaje como imagen lógica del mundo.[85]

La tríada pensamiento-lenguaje-realidad es indisoluble para el Wittgenstein del Tractatus. No podríamos decir nada de los nexos entre pensamiento y realidad sin mencionar al lenguaje, que establece una relación entre ellos. La unión entre lenguaje y realidad, por otro lado, sería un mero juego vacuo sin el sustento del pensamiento. Por último, la conexión entre pensamiento y lenguaje (la más difícil de esclarecer, a mi juicio), requiere de un punto de referencia que nos indique si es correcta o no, si tiene o no algún sentido. Y este punto de referencia no puede ser otro que la realidad misma. Así es como se establece en el Tractatus la amalgama de lo ontológico con lo lógico-lingüístico.

2.18 Lo que cada imagen, de cualquier forma, debe tener en común con la realidad para po-der representarla —justa o falsamente— es la forma lógica, esto es, la forma de la realidad.

2.22 La imagen representa lo que representa, independientemente de su verdad o falsedad.

2.223 Para conocer si la imagen es verdadera o falsa debemos compararla con la realidad.

2.224 No se puede conocer sólo por la imagen si es verdadera o falsa.

Si no hay imagen verdadera a priori es porque el pensamiento no mantiene nexos «directos» o intrínsecos con la realidad. Necesita confrontarse con ella, y para hacerlo tiene que adquirir forma con el lenguaje. De estas aseveraciones se deriva que Wittgenstein no concibe al pensamiento como una entidad o actividad que yace intacta y pura en la mente. Al mismo tiempo, entiende que el lenguaje no es un mero vehículo inerte al servicio de las ideas, sino un factor que garantiza y asegura la relación entre el pensamiento y el mundo.

Esta concepción de la pareja lenguaje-pensamiento, aunque despojada posteriormente por el propio Wittgenstein de sus adherencias ontológicas y metafísicas, es mantenida en lo esencial a lo largo de sus escritos de madurez. En el volumen de reflexiones reunidas como Zettel, rechaza las concepciones asociacionistas, específicamente la idea de que “en” la mente (sea en el cerebro, en la cabeza o en algún lugar indeterminado) se encuentran las ideas y que éstas se exteriorizan por medio del lenguaje. Tanto el “decir” como el “pensar” suelen ser explicados como «actividades» que ocurren “internamente” y que son “externadas”:

El querer decir se representa como una especie de designar mentalmente algo.

Una de las ideas más peligrosas filosóficamente hablando es que pensamos en la cabeza o con la cabeza.

La idea del pensar como un proceso que ocurre en la cabeza, en un espacio completamente cerrado, le da algo de oculto.[86]

Aquí Wittgenstein está atacando concepciones consideradas casi como verdades incuestionables, específicamente la idea de que en el cerebro se encuentra la razón, y de que la razón se exterioriza por medio del lenguaje.[87]

Surgen varias preguntas: “¿si no se piensa en la cabeza, en dónde se piensa?”, “¿el lenguaje es o no es la forma externa del pensamiento?” Wittgenstein propone no dar una respuesta unilateral a este tipo de preguntas. Por ejemplo, en cuanto al “lugar” del pensamiento, su propuesta es orientarse más bien hacia la observación de las acciones durante las cuales se piensa.

Representémonos el caso de alguien que realiza un trabajo que implica comparación, ensayos, opciones. Digamos que produce un objeto de uso corriente. [...] El obrero quizá también emite sonidos como «¡hum!» o «¡Ah!». Sonidos, por así decirlo, de titubeo, de súbito hallazgo, de decisión, de satisfacción o de insatisfacción. [...] Desde luego, no podemos separar su “pen-sar” de su actividad. El pensar no es ningún aspecto concomitante del trabajo, y tampoco del hablar reflexivo. [...] Pensar es un concepto terriblemente ramificado. Un concepto que abarca múltiples manifestaciones de la vida. Los fenómenos del pensar son muy distintos entre sí. [...] No debe esperarse que esta palabra tenga una aplicación homogénea; más bien, debe esperarse lo contrario. [Ibíd., § 100-101, 110, 112]

Si, de acuerdo con Wittgenstein, aceptamos que no existe el lenguaje, sino un complejo conglomerado de usos lingüísticos a los que por comodidad consideramos como reunidos bajo un solo nombre,[88] nos será fácil entender que no existe el pensamiento, sino una indefinida diversidad de acciones para cuya ejecución hay que pensar. Por eso afirma que «pensar es un concepto terriblemente ramificado», frase que conviene no olvidar. En el caso del trabajador manual, no es posible separar su pensamiento de su actividad, pero no porque el pensamiento “acompañe” a la actividad, sino porque pensar y actuar están amalgamados: son, de algún modo, lo mismo. En cuanto a la relación lenguaje-pensamiento, Wittgenstein matiza sus ideas del Tractatus, pues señala ahora que las palabras no son la única vía para que el pensamiento tome forma, sino que hay otras maneras de pensar. Así habría que leer las siguientes frases:

Recuérdese que nuestro lenguaje podría poseer gran variedad de palabras: unas para “pensar en voz alta”; otras para pensar mientras uno se habla a sí mismo en la imaginación; unas más para hacer una pausa en la que se nos ocurra algo, después de la cual somos capaces de dar una respuesta con mayor seguridad.

Una palabra para el pensamiento que se expresa en una frase; otra para la idea repentina que más tarde puedo “investir de palabras”, una más para trabajar pensando sin articular palabras. [89]

A fin de cuentas, no se trata de decir qué es el pensamiento, sino en qué contextos reales (no filosóficos) se usa el término “pensamiento”. Por eso afirma: «Sólo en el flujo de los pensamientos y de la vida tienen significado las palabras». [Ibíd., § 146, 173]

Palabras y pensamientos tienen un sentido sólo en relación con la vida, o sea, con la actividad real de quienes hablan y piensan. Palabras, pensamientos y praxis son inseparables. Entonces, no habrá problema en aceptar que puede haber un pensamiento sin palabras, como el pensamiento visual.

[51] Benjamin Lee Whorf, Lenguaje, pensamiento y realidad, 1956, p. 269.

[52] Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, 1930, § 65.

[53] Paul Feyerabend, Wissenschaft als Kunst [La ciencia como arte], 1984, pp. 56-59.

[54] L. Wittgenstein, Investigaciones... § 79.

[55] Rudolf Arnheim, Visual Thinking, 1969, pp. 157-158.

[56] En § 55 será necesario volver a estas ideas de Arnheim, particularmente a que pensar no requiere «desembarazarse» de los datos perceptivos, sino al contrario: la percepción es pensamiento.

[57] John Locke, An Essay Concerning Human Understanding, 1690, Lib. II, Cap. XI, 12-13.

[58] Las pruebas clínicas de A. R. Luria lo conducen a conclusiones similares a las de Locke: en casos de retraso mental, el desciframiento de una comunicación (hablada o escrita) se mantiene en el nivel de la representación concreta, gráfico-figurativa, y se vuelve inasequible el significado metafórico o no concreto. Esto significa que el retrasado o el dañado mental son incapaces de abstraer, de generalizar y de conceptualizar. Por ejemplo, en esquizofrénicos se da una plurivocidad en las interpretaciones: en su expresión verbal afloran significados no frecuentes. [A. R. Luria, Lenguaje y pensamiento, 1975, pp. 121-121].

[59] Ernst Cassirer, op. cit., p. 265. Véase nota 18 del Capítulo 1.

[60] R. Arnheim, Visual..., pp. 188-207.

[61] Véase § 32-33 y § 43-44.

[62] Hubo, sin embargo, una postura que logró conciliar, al menos en teoría, ambas posiciones: el neoplatonismo aplicado a la doctrina cristiana. Por ejemplo, un personaje conocido como Pseudo Dionisio Areopagita (siglos V-VI) estableció que mediante la materia y la forma visual era legítimo o válido representar un contenido divino, pues nuestra condición de seres carnales hace necesario valerse de las primeras para llegar a lo segundo: se podía acceder a lo no sensible mediante lo sensible.

[63] Véase Martin Heidegger, El origen de la obra de arte, 1952, pp. 50-51.

[64] Antoine Arnauld y Pierre Nicole, La logique ou l’art de penser, 1670, p. 143.

[65] J. Locke, op. cit., Lib. II, Cap. VIII, 12; Cap. XI, 17.

[66] Sobre este punto véase más adelante § 45 y § 70.

[67] Gottfried Leibniz, Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, 1704, Lib. II, Cap. XII.

[68] Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, 1781, B 1.

[69] Véase § 7 y § 8.

[70] Estas vacilaciones se examinarán en § 21, § 42 y § 49 del presente trabajo.

[71] I. Kant, Crítica de la facultad de juzgar, 1790, § 59.

[72] Cfr. Herbert Marcuse, Eros y civilización, 1953, p. 182: «Ante la corte de la razón teórica y práctica […] la existencia estética está condenada».

[73] W. Humboldt, op. cit., pp. 76-77.

[74] E. Cassirer, op. cit., t. I, 1923, pp. 37-45.

[75] V. M. Bogulavski, «La palabra y el concepto», en D. P. Gorski, op. cit., pp. 155 y 198.

[76] E. M. Galinka-Fedoruk, «La forma y el contenido en el lenguaje», en ibíd., p. 355.

[77] E. Cassirer, op. cit., t. III, pp. 386-387.

[78] E. Sapir, op. cit., pp. 18-21.

[79] Colin Murray Turbayne, El mito de la metáfora, 1970, pp. 107-117.

[80] A. Schaff, Ensayos..., pp. 36-37.

[81] A. Schaff, Lenguaje y ..., pp. 206-207. Cursivas de F.Z.

[82] V. Z. Panfilov, «Acerca de la correlación existente entre el lenguaje y el pensamiento», en D. P. Gorski, op. cit., pp. 106-111.

[83] Lev S. Vygotsky, Pensamiento y lenguaje, 1934, p. 76.

[84] L. S. Vygotsky, op. cit., pp. 22-26.

[85] En § 71.

[86] L. Wittgenstein, Zettel, 1967, § 12, § 605 y § 606.

[87] Concepción que se puede encontrar en Locke, por ejemplo.

[88] L. Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, § 65.

[89] L. Wittgenstein, Zettel, § 122.

Capítulo 3
Logocentrismo, iconocentrismo y confluencias palabra-imagen

Siempre debe uno disculparse por hablar de pintura. Pero hay grandes razones para no quedarse callado. Todas las artes viven de palabras.

Paul Valéry[90]

El arte, convertido en uno de los centros de interés de nuestra época, sufre los efectos de esa tupida vegetación de paráfrasis que lo aprisionan y ahogan como una enredadera. Una vez más se impone la necesidad de aplicar, sí, el pensamiento al arte, pero con el intento de ver claro en esa logomaquia,

de entrar en contacto con verdades sustentadas por los hechos. En la materia

que nos ocupa, los únicos hechos que cuentan son las obras.

René Huyghe[91]

El iconófobo y el iconódulo están condenados a vivir juntos,

y a veces en el mismo individuo.

Régis Debray[92]

Para la filosofía de la imagen es más fructífero estudiar la continuidad entre palabras e imágenes que estudiar su discontinuidad. Tanto en la comunicación como en el pensamiento, y tanto en la representación como en la expresión recurrimos a distintos vehículos significantes que en cada ocasión conforman un todo unificado. Si dos personas conversan frente a frente, no sólo hablan, sino que también gesticulan, hacen ademanes, guardan silencio, manipulan y señalan objetos, varían el volumen y el timbre de la voz, intercambian miradas, trazan dibujos sobre algún papel o bien “dibujan” objetos en el aire, sonríen de diversas maneras, manifiestan interés o indiferencia, se emocionan, se deprimen, etc., etc. Su conversación está integrada por todo eso. Si la conversación se realiza por teléfono, la comunicación tampoco se limita al lenguaje fonético-articulado: hay silencios, matices o ruidos que tienen un valor significante. Pretender que las palabras sean “la base” de su conversación y el resto sea sólo “derivaciones” o “apoyos” es incurrir en un reduccionismo logocéntrico más dañino que benéfico. Los encuentros entre personas consisten en un complejo intercambio de signos de toda índole, no simplemente en hablar y escuchar. Y lo mismo sucede en otro tipo de actividades como el pensar y el expresar: cada vez intervienen diversos signos y soportes que se complementan entre sí. A veces se piensa discursivamente, a veces imaginativamente, a veces combinando ambas formas. El lenguaje no tiene “esencia” o componentes “esenciales”, sino que consiste en un conglomerado de “juegos” (lingüísticos, gestuales, olfativos, visuales, sonoros…).

Este capítulo mostrará en forma panorámica los caminos por donde palabras e imágenes transitan juntas, a pesar de los esfuerzos que se han hecho por separlas o incluso por oponerlas.

§ 18. La obligación del lenguaje discursivo

A lo largo del Capítulo 1 revisé distintas versiones del logocentrismo. Ahora veré brevemente cómo éste sirve de plataforma para elevar argumentos explícitos en contra de las imágenes. Asistimos aquí a una verdadera militancia en defensa del lenguaje articulado ante los embates de las cada vez más omnipresentes y variadas modalidades de la imagen.

Uno de los más viejos argumentos que se han esgrimido para erigir el lenguaje verbal como sistema “superior” de signos ha sido su capacidad de desligarse de las circunstancias o de las situaciones momentáneas o inmediatas, a diferencia de otras formas de expresión y comunicación (como el lenguaje gestual humano o el lenguaje de las abejas).

Ésta era una de las principales tesis de Cassirer, para quien, sencillamente, sin lenguaje tendríamos sensaciones, pero no conoceríamos nada. El lenguaje, principal forma simbólica, posibilita para este filósofo el paso de la mera presentación a la representación, categoría humana. Asimismo, ello demostraba según Cassirer que la representación por medio de imágenes es en todo caso una etapa inferior comparada con la representación lingüística.[93] Y con esto entramos de lleno a los intentos explícitos por descalificar a la imagen como forma de representación legítima.

W. M. Urban, seguidor de Cassirer, sostiene:

La vida meramente vivida no tiene sentido. Quizá pueda concebirse que somos capaces de aprehender o intuir directamente la vida, pero su sentido no puede aprehenderse ni expresarse sino en un lenguaje, sea cual fuere.

Del lenguaje […] articulado, es de donde proceden los símbolos no idiomáticos, y es a este lenguaje natural al que todos los símbolos convencionales, si han de entenderse e interpretarse, deben inevitablemente volver. [...] La vida, ciertamente, es más profunda que el lenguaje, pero lo que es así más profundo no tiene sentido. Puedo tener un sentido de la vida, pero la vida no tiene sentido o significado mientras no se expresa, y en último análisis, esa expresión tiene que ser verbal.[94]

Veamos algunos casos más. Roland Barthes ha generado una de las más radicales formulaciones logocéntricas. Al afirmar que es «difícil concebir un sistema de imágenes u objetos cuyos significados pueden existir fuera del lenguaje»,[95] implica que es imposible para cualquier signo sustraerse a las palabras o funcionar con independencia de éstas. Es imposible una significación no lingüistizada. En consecuencia, no es posible la existencia de imágenes puramente denotativas (carentes de connotaciones), “inocentes”, sin código o naturales.[96] En la lectura de una fotografía, por ejemplo, interviene de un modo o de otro una verbalización por parte del espectador. Pero no sólo eso, sino que toda percepción es categorizada y está mediada por el discurso: «no hay percepción sin categorización inmediata, la fotografía se verbaliza en el momento mismo en que se percibe».[97]

Conducen a lo mismo los argumentos de un integrante de la escuela soviética como Kopnin. Para él, una fórmula matemática, una tabla estadística, un gráfico, contienen un sujeto y un predicado (con su cópula, desde luego). Estos sistemas sígnicos extralingüísticos no tienen un valor independiente, pues sólo el lenguaje les da significado:

«Como toda proposición lógica, la tabla estadística tiene su sujeto y su predicado» (V. S. Niemehinov)

La lengua constituye un medio capitalísimo para expresar los juicios. Con ella no puede competir ningún lenguaje artificial de los símbolos, gráficos y tablas. […] Sin el lenguaje verbal no pueden existir. No es posible aplicar y comprender designaciones simbólicas, sean de la clase que sean, sin palabras y sin oraciones.[98]

Por su parte, Adam Schaff entiende que los signos no verbales son improductivos y unívocos, mientras que los verbales son productivos y plurívocos además de ser herramienta indispensable para el pensamiento abstracto.[99] Este autor también se opone a la idea de que la creación musical o la pintura abstracta puedan ser “asemánticas”. Ni el compositor musical ni el artista plástico producen sus obras imaginando sonidos y formas independientemente de su explicación lingüística y de la enunciación de su significado en términos verbales:

Aun cuando supongamos que la creación musical o pictórica está totalmente separada del lenguaje de las palabras, no debemos pasar por alto el hecho de que en ambos dominios se emplean, empero, lenguajes específicos, que son un producto del intelecto. [...] La música también posee su lenguaje, rico y formalizado con gran exactitud, al menos en lo que se refiere a la notación musical, es decir, las notas. Además, posee una serie de principios de armonía, contrapunto, composición, que se expresan a través del lenguaje hablado. [...] La pintura está más ligada que la música al lenguaje verbal. [...] El pintor [...] mientras produce su obra no se puede separar de la reflexión sobre su propia creación, y […] esta reflexión siempre se lleva a cabo en el lenguaje verbal.[100]

La posición de Schaff es típicamente logocéntrica. Pero, podríamos preguntar, ¿cuáles son las oraciones (con su estructura sujeto-predicado) que “subyacen” o “explican” a estas “frases” musicales?

Johann Sebastian Bach, Minueto en Sol Mayor


Si escuchamos completa esta pequeña obra maestra, podremos darnos cuenta de que hay un “diálogo”, de que hay algo como “afirmaciones”, “respuestas”, “contrarrespuestas”, “réplicas”, etc. Pero ninguna de éstas requiere de la verbalización para ser entendida, comprendida, interpretada y disfrutada. De hecho, cuando interpretamos esta sencilla pieza sentimos y disfrutamos todos esos ecos internos. Mas no hace falta “traducir” a palabras lo que la obra dice a su manera o, mejor dicho, lo que muestra o presenta.

§ 19. Limitaciones del lenguaje verbal: las nociones de “palabra” y “enunciado”

¿Qué es una palabra? La dificultad de responder a esta pregunta suele deberse a que se confunde (a veces por no ser capaz de separarlos) el punto de vista fonético y el punto de vista semántico. Es decir, se cree que una palabra es una unidad fonética independiente claramente identificable, y con un significado también independiente. La idea corriente es que las palabras son como unas celdillas separadas entre sí que “contienen” significados, a su vez independientes entre sí. Según esto, el lenguaje es el conjunto integrado por estas celdillas. Pero ésta es una concepción artificial del lenguaje. El lenguaje, en realidad, no consta de palabras, sino de enunciados.

Sapir entiende que una palabra es una «unidad de habla viva», o sea, un elemento separable, pero no en el laboratorio o en los libros, sino en el uso real del lenguaje. Una palabra no es el correspondiente simbólico o lingüístico de un concepto único: puede consistir en un solo vocablo que se refiere a un solo concepto, o puede consistir en una expresión sonora que en una lengua se dice con un solo vocablo y se traduce a otras lenguas con una oración entera.[101] Esta aclaración es muy importante, pues supera la concepción trillada de que cada palabra es como una etiqueta que identifica a un objeto.

Viene a colación aquí la idea de “campos conceptuales”. Según Porzig, para determinar el contenido de una palabra se necesita conocer el de las demás de ese campo.[102] Es más correcto decir que las lenguas constan de campos de palabras que decir que constan de palabras como elementos discretos (separados) del lenguaje. Hablamos con palabras, sí, pero nos entendemos a base de campos de palabras. El valor de una palabra se reconoce respecto al valor de otras palabras afines u opuestas: siempre es parte de un conjunto y sólo dentro de ese conjunto tiene significado. Ése es el campo conceptual, como lo define Trier.[103]

La significación, pues, no consiste en la asociación entre dos conjuntos (los sonidos del lenguaje por un lado y los significados por el otro), sino que es más bien un proceso por medio del cual uno o varios vocablos se relacionan temporalmente con algún significado que en determinado contexto es el pertinente: la significación no es un acto de etiquetación, sino el resultado de un complejo proceso selectivo y combinatorio.

Si la definición de “palabra” plantea dificultades, la de “oración”, “enunciado” o “proposición” no le va a la zaga. Tradicionalmente se ha aplicado un criterio gramatical para decir qué es una oración: una emisión discursiva que consta de dos elementos imprescindibles (un sujeto y un predicado). También se considera un tercer elemento: la cópula (verbo «ser»). De modo que —según esta concepción— si no se encontraran tales elementos no estaríamos ante un enunciado.[104]

Cassirer se mantiene fiel a estos principios. La cópula es para él la cumbre de la conceptuación de las relaciones, de la conceptuación del «puro enlace». Gracias a la cópula, el enlace del sujeto y el predicado adquiere objetividad, en tanto se lo libera de la subjetividad. Sólo las lenguas “superiores” poseen la cópula pura, universal. Con ellas se da un salto evolutivo de la expresión del mero existir o el mero estar a la expresión del ser:

No sólo las lenguas de los pueblos primitivos —como la mayoría de las lenguas africanas, las lenguas de los aborígenes americanos, etc.— carecen de una expresión unitaria y general para lo que nosotros indicamos con nuestra conectiva “es”, sino que tampoco puede hallársela en otras lenguas altamente evolucionadas, [...] por ejemplo, en la familia uralo-altaica la unión del sujeto con el predicado se efectúa casi siempre mediante yuxtaposición, de tal manera que una expresión como «la ciudad grande» significa «la ciudad es grande», una expresión como «yo hombre» significa «yo soy un hombre», etc.[105]

Como diría Wittgenstein, tenemos aquí dos casos en que se sublima un elemento gramatical. Se desliga al verbo “ser” de su contexto gramatical y de los juegos de lenguaje en donde es parte de jugadas genuinas, para erigirlo como el verbo. Y con este criterio se considera que aquellas lenguas que carecen de tal verbo son imperfectas. Según Cassirer, el significado “real” de la expresión «la ciudad grande» sería: realmente «la ciudad es grande»; el de la expresión “yo hombre” sería: “yo soy hombre”. Pero ¿no podría ser al revés? Wittgenstein nos enseña a plantearnos este tipo de preguntas, cuando dice que la expresión «¡Losa!» dicha por un albañil a su ayudante no necesariamente es una abreviación de «¡Tráeme una losa!», pues esta última bien podría ser una manera de alargar la primera.[106] Con esto, la estructura sujeto-predicado, que ha sido considerada como necesaria para pensar y para comunicarse, se tambalea peligrosamente cuando aprendemos a mirarla “desde fuera”.

Este resultado será de gran utilidad más adelante,[107] cuando se haga ver que el sentido de una imagen no consiste en que ésta “contiene” enunciados o palabras que se “traducen” a términos visuales. Pues la imagen significa a su manera y por sí misma, no como una ilustración de ideas formuladas discursivamente.[108]

Diversos lingüistas y filósofos se han opuesto a esta consideración de que la forma sujeto-predicado es universal. Porzig, por ejemplo, sostiene que dicha organización sintáctica no es universal, sino que sólo se da en las lenguas cuya estructura concuerda con la del griego:[109]

Aquí había cosas independientes, sustancias, que se denominaban con los sustantivos. En ellas aparecían propiedades, que designaban los adjetivos. Los cambios y sucesos en el mundo los reflejaban los verbos, y las muchas palabras todavía restantes expresaban relaciones entre las cosas. Así fue fundada la doctrina de las clases de palabras sobre la ontología o doctrina del ser, y entonces debía, naturalmente, convenir a todas las lenguas. [...] Uno, por ejemplo, puede aguardar a la partida del tren. ¿Esta partida es una cosa, una sustancia, o no es más bien un suceso? [Ibíd., p. 163]

Al fundarse la ontología sobre conceptos de la gramática, como “ser”, “sustancia” y “atributo”, se pretende que la estructura sujeto-predicado es universal, o que «corresponde a la lógica de las cosas», como dice Kopnin.[110] La anterior cita de Porzig señala también que las nociones de sustancia y atributo son relativas, que son más bien categorías originadas en el lenguaje.

Whorf llegó a los mismos resultados en la primera mitad del siglo XX, cuando estudió la estructura sintáctica y semántica de una lengua no occidental: el hopi. Encontró que en las lenguas SAE (Standard Average European) se analiza la realidad en términos de “cosas”, de “sustancias” o “materias”, en tanto que el hopi la analiza en términos de acontecimientos.[111] Entonces, lo que es sustantivo en una lengua (como el inglés) puede ser verbo en otra (como el hopi):

En inglés dividimos la mayor parte de las palabras en dos clases que tienen diferentes propiedades gramaticales y lógicas. A la clase 1 le llamamos nombres, como por ejemplo “casa”, “hombre”; a la clase 2 le llamamos verbo, como por ejemplo “pegar” “correr”. [...] Pero la naturaleza no está polarizada así. Si se dice que “volverse”, “correr”, etc. son verbos porque indican acontecimientos temporales, o sea acciones, ¿por qué “puñetazo” tiene que ser un nombre? [...] En la lengua hopi son verbos “ola”, “llama”, “meteoro”, “nube de humo”, “pulsación”, los acontecimientos de una duración necesariamente breve no pueden ser más que verbos. [Ibíd., pp. 143-144]

Las investigaciones de Whorf son pródigas en este tipo de análisis, de los que extrae fundamentalmente argumentos a favor de sus tesis relativistas, como cuando realiza un brillante estudio de la manera en que la lengua hopi hace referencia a dos categorías imprescindibles en las lenguas SAE: tiempo y espacio. Su conclusión es sorprendente: en hopi «no hay referencia alguna al tiempo, ni explícita ni implícita», como tampoco al espacio, sino que esta lengua categoriza el mundo en dos «formas cósmicas», que son la objetiva (lo concreto, lo físico, lo pasado y lo presente) y la subjetiva (lo futuro y lo que está en la mente y en el corazón del hombre, de las plantas y de las cosas). Estos ejemplos de apoyo al relativismo lingüístico apoyan también la idea de que las estructuras sintácticas de las lenguas SAE no son necesariamente las mismas en todas las lenguas. Es decir, no “subyacen” a otro tipo de estructuras sintácticas, como si fueran su “esencia”. [Ibíd., pp. 73-76]

Explicaciones de la proposición como las de Kopnin son relativizadas por Wittgens-tein: «¿Qué pasa cuando aprendemos a determinar el sujeto de la oración por medio de la pregunta “¿Quién o qué?”? —Aquí hay ciertamente un “ajustarse” del sujeto a esta pregunta; ¿pues cómo averiguaríamos cuál es el sujeto si no mediante la pregunta?»[112]

Todos estos ejemplos y reducciones al absurdo apuntan a un objetivo: demostrar que no hay una única definición de lo que es un enunciado, pues los parámetros para definirla son establecidos dependiendo de las reglas arbitrariamente adoptadas como normas. De manera que ni las preguntas «¿Qué?», «¿A quién?», «¿Para quién?», etc., ni las preguntas por el valor de verdad son medios para determinar qué es una oración «en sí». No hay una «forma general de la proposición». Lo que hay son criterios para determinar qué es y qué no es una oración, es decir, para determinar a qué llamamos oración. Asimismo, se desecha la tesis de que la forma sujeto-predicado subyace a, por ejemplo, las imágenes, los gestos o las expresiones musicales.

En los estudios psicológicos de Vygotsky se puede encontrar pruebas de que la estructura sujeto-predicado no es la manera en que se formulan los pensamientos. Este investigador realizó pruebas experimentales que lo llevaron a esclarecer la noción psicológica de lenguaje interiorizado. Éste es el lenguaje que, por decirlo así, utilizamos para «hablar con nosotros mismos», que nos sirve para formular ideas antes de decirlas a los demás, que nos auxilia a razonar en silencio, etc. La tesis de Vygotsky es que el niño pequeño no piensa en silencio o «para sí mismo» a la manera en que lo hacen los adultos. Todo su pensamiento es «en voz alta»: aunque piense para sí, no lo hace más que hablando. Con el avance de su desarrollo, y a medida que entra en contacto con quienes saben hablar, va aprendiendo a pensar con los términos que escucha de sus padres, hermanos, etc. (A este lenguaje particular lo llamó Piaget lenguaje egocéntrico.)

Vygotsky explica que, con el desarrollo del niño (sobre todo en la edad escolar), el habla egocéntrica va desapareciendo a medida que se desarrolla el habla interiorizada: «El lenguaje egocéntrico [...] está sujeto a una evolucion, no a una involucion. Finalmente, se transforma en lenguaje interiorizado».[113] El lenguaje egocéntrico se intensifica como vehículo del pensamiento; conforme sirve más para pensar, se hace más inescrutable para los demás, su vocalización disminuye más y más y su separación del lenguaje social se hace mayor, hasta que, finalmente, desaparece como lenguaje sonoro y se convierte en lenguaje interior. Es entonces, dice Vygotsky, cuando sus «características estructurales» se definen:

El lenguaje egocéntrico, al desarrollarse, presenta una tendencia hacia una forma totalmente especial de abreviación, es decir, omisión del sujeto de una oración y de todas las palabras conectadas y relacionadas con él, en tanto se conserva el predicado.

La predicacion pura [...] es la forma natural del lenguaje interiorizado, que psicológicamente se compone sólo de predicado. [Ibíd., pp. 176 y 186. Cursivas de F.Z.]

Así, el lenguaje interiorizado tiene dos características:

a) el no ser sonoro, esto es el pensar palabras en vez de pronunciarlas, y

b) el prescindir del sujeto, o sea, ser un lenguaje de «predicación pura».

Las hipótesis de Vygotsky asestan un golpe mortal a las afirmaciones según las cuales la estructura sujeto-predicado no sólo es imprescindible para comunicar pensamientos, sino incluso para formular los pensamientos antes de ser comunicados a los demás.

Las implicaciones de todo lo antes citado son muchas, y muy diversas. Por lo pronto, echan abajo la noción de universalidad de la forma sintáctica sujeto-predicado. Pero hay más. El pensamiento interior parece distinguirse del exterior en su no discursividad, y ello lo acerca más a los terrenos de la imagen y la imaginación. Y, si es correcto que este lenguaje interior no tiene la forma sujeto-verbo-complemento, o sujeto-predicado, se demuestra que tal estructura sintáctica no es en absoluto universal, así como que es posible pensar o comunicarse sin ella. También resulta que para entender una imagen no es necesario formular enunciados completos, o sea, enunciados con esa estructura gramatical.

§ 20. Distinción filosófica entre concebir e imaginar

Una distinción muy arraigada en el sentido común filosófico es la que separa entre sí conceptos e imágenes. Tal vez sus orígenes se remonten hasta Platón, para quien el verdadero filósofo es aquel que gusta de «contemplar la verdad», mas no como «esas gentes que están ávidas de ver», sino con esa visión incorpórea o inteligible que puede ver las esencias.[114] En Aristóteles no es tan radical la separación entre imaginar y pensar, pero también se establece que el pensamiento conceptual es en cierto modo superior a la imaginación. Más abajo,[115] se expondrá cómo para este filósofo la imaginación depende de los sentidos y lleva a errores sobre los objetos, mientras que la mente capta la forma o eidos de éstos (sin depender de los datos físicos para esta labor), y es capaz de pensarlos.

En la filosofía moderna es posible encontrar esta misma distinción entre los productos de la imaginación y los del pensamiento conceptual. Para los racionalistas, que según el propio Leibniz sustentan posiciones afines a las de Platón,[116] hay una clara diferencia entre concebir e imaginar. Descartes basaba su sistema filosófico en la separación entre el cuerpo y el alma, y se esforzó en demostrar la separación ontológica entre uno y otro. También relacionaba a la imaginación con lo corporal, y por eso la despreciaba como fuente del conocimiento: «Me parece que al espíritu solo, y no al compuesto de espíritu y cuerpo, corresponde conocer la verdad. [...] Así, aunque una estrella no cause mayor impresión en mis ojos que la luz de una vela, no hay, sin embargo, en mí ninguna facultad real o natural que me incline a creer que la estrella no es mayor que dicha luz».[117]

La imaginación es presa fácil de esa clase de errores y por eso tiene límites. Es posible imaginar un triángulo, un pentágono o incluso una figura de diez o doce lados. Pero a medida que se trata de una figura de más lados, la imaginación se revela incapaz de funcionar: es totalmente imposible imaginar un kilógono. En cambio, sí es posible concebir un kilógono o una figura de cualquier número de lados: «Me es imposible imaginar los mil lados del kilógono como imagino los tres del triángulo, porque no puedo considerarlos como presentes con los ojos de mi espíritu. [...] Observo, además, que esta virtud de imaginar, en cuanto difiere del poder de concebir, no es necesaria a mi naturaleza o a mi esencia». [Ibíd., VI, 2]

Descartes planteó una diferencia que se volvió casi artículo de fe durante siglos. De acuerdo con ella, los conceptos y las imágenes son excluyentes: o bien se concibe, o bien se imagina. Pero, ¿es correcta esta dicotomía?

Me parece que de la tesis:

a) No es posible imaginar una figura de mil lados, pero sí es posible describirla o definirla.

se deriva erróneamente:

b) Imaginar no puede ser formar conceptos.

o bien

c) Concebir es no imaginar.

En la raíz de tal error está la identificación entre imaginar y ver. En efecto, es imposible distinguir por medio de la vista si una figura tiene mil lados y no 999 o 1001. Por lo tanto, si se define la imaginación como una especie de «acto visual interno» que emula a la visión corporal, se va a concluir que la imaginación es limitada. Pero la implicación principal de estos postulados racionalistas (o logocentristas) es que la imaginación no constituye un modo «racional» de pensar; en cambio, los conceptos son «el» pensamiento.

En la Lógica o el arte de pensar encontramos explicitadas estas afirmaciones implícitas en Descartes. Para Arnauld y Nicole,

a) Imaginar es formarse imágenes de las cosas en nuestro cerebro.

b) Es posible concebir una figura de mil lados, pero no es posible imaginarla.

c) Un pensamiento es concebible, pero no imaginable.

Por tanto,

d) Pensar e imaginar se excluyen.

Y además,

e) Hay una relación indisoluble entre pensar algo claramente y decirlo claramente.[118]

Un siglo más tarde, también Kant establecía una relación indisoluble entre el concepto, el conocimiento y el lenguaje, al igual que los racionalistas. El entendimiento es «una facultad de juzgar», y ésta «es una facultad de pensar». Ahora bien, la homogeneidad entre las categorías del entendimiento y los fenómenos se da por la intervención de los esquemas trascendentales: permiten que la imaginación haga llegar al concepto una imagen del objeto general, que no se limite a este o aquel objeto, sino que abarque a todos los que entren en el concepto.[119] Ésta es la función principal de los llamados por Kant «esquemas puros del entendimiento».

Kant se cuida de dejar en claro que los esquemas no son imágenes: en la base de nuestros conceptos puros del entendimiento no hay imágenes, sino esquemas; se tiene un concepto puro de triángulo o de perro, no una imagen particular de un perro o un triángulo. Mientras que la imagen es un producto empírico de la imaginación productiva, el esquema no puede ser puesto en imágenes:

En realidad, a la base de nuestros conceptos puros sensibles no hay imágenes de los objetos, sino esquemas. [...] La imagen es un producto de la facultad empírica de la imaginación productiva [Vaihinger propone que se lea: reproductiva], el esquema de los conceptos sensibles (como el de las figuras en el espacio) es un producto y como un monograma de la imaginación pura a priori, por el cual y según el cual se hacen posibles las imágenes. [...] El esquema de un concepto puro del entendimiento es algo que no puede ser puesto en imagen alguna; es sólo la síntesis pura, conforme a una regla de la unidad, según conceptos en ge-neral y que expresa la categoría.[120]

¿A qué se refiere exactamente con esta denominación de «monograma de la imaginación pura a priori»? No es fácil responder. Por un lado habla de un «esquema de los conceptos sensibles», con el cual «se hacen posibles las imágenes». Por otro lado habla de un «esquema de un concepto puro del entendimiento» o «monograma de la imaginación», que «no puede ser puesto en imagen alguna» y es «síntesis pura». Su «pureza» deriva de que no tiene ningún carácter imaginal, sino al contrario: es «puramente» conceptual.

Esto nos remite a las posiciones opuestas entre sí de Locke y Berkeley. Mientras que para el primero es posible tener una idea “general” (por ejemplo, la idea de un triángulo en general), para el segundo es imposible formarse una idea general de un triángulo, que ni sea escaleno, ni equilátero, ni rectángulo, sino todos y ninguno.[121] Kant es partidario de la existencia de ideas generales abstractas; en su léxico, son «conceptos puros del entendimiento».

La lectura heideggeriana[122] de la Crítica de la razón pura se distingue por su heterodoxia. No se circunscribe a la tradicional interpretación epistemológica de Kant, sino que ve la obra de éste «como una fundamentación de la metafísica» centrada en la «ontología fundamental» y por tanto en la pregunta concreta «¿Qué es el hombre?». [Ibíd., p. 1] Así, el Kant de Heidegger ofrece una ontología, y no una teoría del conocimiento: «La Crítica de la razón pura no tiene nada que ver con la “teoría del conocimiento”. [...] No es, de ningún modo, una teoría del conocimiento óntico (experiencia), sino del conocimiento ontológico». [Ibíd., p. 24]

Heidegger explica desde su propia filosofía la teoría kantiana de los «esquemas», a la que considera como una auténtica teoría de la imagen, y en donde la separación canónica entre imaginación y concepto resulta no ser tan nítida como parece. Su punto de partida es la tesis de que Kant se propone en la primera Crítica investigar sobre la posibilidad de acceder a una comprensión del ser. Como vemos, se trata del tema que más interesa al propio Heidegger, y que éste encuentra en Kant.

Más adelante muestra Heidegger cómo la imaginación es en Kant mucho más que una servidora del entendimiento o una etapa en la formación de conceptos: la imaginación kantiana cumple la labor crucial de “sensibilizar” los conceptos. Primero señala que «la imaginación pura, al formar el esquema, proporciona de antemano el aspecto (“imagen”, Bild) del horizonte de la trascendencia». [Ibíd., p. 84] Enseguida distingue tres sentidos de la noción de “imagen”:

a) «aspecto de un ente determinado, en tanto se patentice ante los ojos»;

b) «aspecto que forma la imagen de un ante los ojos (retrato)»,

c) «aspecto que reproduce la imagen a un ya-no-ante-los-ojos, o aspecto que preforma la imagen de un ente por crear». [Ibíd., p. 85]

Y afirma que Kant utiliza los tres sentidos. A la vez, aclara que el tercero de ellos implica que se trata del «aspecto de algo en general», [Ibíd.] señalando que «no puede formarse [...] una imagen del concepto». [Ibíd., p. 86. Cursivas de F.Z.] ¿Por qué? Porque dicha generalidad no es algo que se puede «ver ante los ojos», algo que tenga un aspecto determinado. Más bien, consiste en una unidad que «vale para muchos». [Ibíd.] Ahora bien, un concepto puede ser sensibilizado. Por ejemplo, cuando tomamos una casa realmente percibida como una muestra representativa de lo que es en general una casa, de lo que son todas las casas; en otras palabras, del concepto “casa”. Aquí estamos recurriendo a un auténtico “concepto de casa”, a partir de un caso perceptible. Entonces, la «representación conceptual» aportará las reglas o criterios para tomar una percepción como determinado objeto.[123] Ahora bien, esa «sensibilización de los conceptos» «se realiza primeramente en la imaginación» [Ibíd., p. 88] y consiste, según palabras de Kant, en «proporcionar su imagen a un concepto», o en «el esquema de ese concepto». ¿Qué es, entonces, el concepto? Es «algo así como una imagen», dice Heidegger, pero no en el primer sentido arriba enunciado, ni en el segundo. Y entonces propone: «¡Llamémosla, pues, imagen-esquema!». [Ibíd.]

El autor de Ser y tiempo se refiere con esto al «monograma de la imaginación pura a priori», que es como la sensibilización de los esquemas de los conceptos. Pero están también los «conceptos puros del entendimiento» de que habla Kant, y que «no pueden ser puestos en imagen alguna» (Kant). Tal distinción determina que Heidegger a su vez distinga entre «imagen-esquema» y «esquema», entendiendo que sólo la primera es una sensibilización de conceptos, mientras que el segundo se mantiene por completo ajeno a cualquier configuración visual. Ahora bien, debido a esta diferencia, ninguna imagen podrá representar adecuadamente un concepto, sea cual sea éste:

Un retrato o copia del ente, jamás alcanzará el concepto empírico de éste. [...] Esta inadecuación es precisamente un rasgo de la imagen-esquema que es, en un sentido verdadero, la imagen del concepto. [...] El aspecto empírico contiene exactamente todo lo que contiene el concepto, tal vez más aún. Sin embargo, no lo contiene en la manera en que lo representa el concepto, a saber: como lo uno que vale para muchos. El contenido del aspecto empírico se da más bien como uno entre otros. [Ibíd., p. 89]

Por lo cual queda claro para Heidegger que el concepto se “eleva” por encima de los objetos empíricos particulares o de los aspectos específicos de éstos, pues consiste precisamente en «valer para muchos». Y esa generalidad es irrepresentable imaginalmente. Pero, ¿acaso las imágenes-esquema de los conceptos matemáticos sí pueden ser adecuadas para representar los objetos “en general”? Tampoco, pues «una imagen-es­quema matemática, por ejemplo, un triángulo dibujado, ha de ser forzosamente un acutángulo, un rectángulo o un obtusángulo. [...] La imagen tiene más bien la figura de algo particu­lar, mientras que el esquema tiene “por objeto” la unidad de la regla general de múltiples presentaciones posibles». [Ibíd., p. 90]

Entonces Heidegger llega a una conclusión: los esquemas son necesariamente “puros” en el sentido de que no son visuales o visibles, imaginales o imaginables; si no tuvieran esa pureza no harían posible la formación de conceptos. [Ibíd., p. 92] En palabras de Kant: «este esquematismo […] es un arte recóndito en las profundidades del alma humana». [Citado en ibidem]

Y, al ser un rasgo profundo del alma humana, que posibilita la formación de los conceptos, el esquematismo tiene un valor trascendental, en términos kantianos. En este nivel, ya no importa la representación sensible (intuitiva) de dichos esquemas, sino su pureza: «Los conceptos puros del entendimiento, pensados en el “yo pienso” puro, necesitan de una intuitividad esencialmente pura», esto es, una intuitividad sin imá-genes, [Ibíd., p. 93] una representación ajena por completo a lo visual. Pero, ¿cuál puede ser esa representación pura? Podríamos proceder por eliminación y deducir que, si las imágenes visibles son eminentemente espaciales, se debe tratar entonces de una imagen no espacial. Esto es lo que enfatiza Heidegger:

Es Kant mismo quien dice en el capítulo sobre esquematismo: «El tiempo, pues, en calidad de intuición pura, es algo que proporciona un aspecto antes de toda experiencia. [...] La imagen pura... de todos los objetos de los sentidos en general (es) el tiempo». [Ibíd., p. 94]

El tiempo es, pues, una imagen, pero es una imagen pura. ¿Por qué? Porque no es espacial.

Heidegger insiste en que los conceptos puros del entendimiento «no pueden ser jamás hallados en intuición alguna», esto es, que son irrepresentables por medios espaciales (visuales) y en que, precisamente por ello, su explicación teórica «constituye la etapa decisiva de la fundamentación de la meta-physica generalis», es decir, de la «ontología kantiana». [Ibíd., p. 100]

Pasaré por último a Jean-Paul Sartre, quien en L’imaginaire separa de manera radical imagen y concepto: «La mayoría de los psicólogos [...] pueden hablar de un pensamiento apoyado en imágenes. Pero ahora sabemos que se debe renunciar a esas metáforas espaciales. […] Es tan absurdo decir que un objeto está dado a la vez en imágenes y en conceptos, como hablar de un cuerpo que sería a la vez sólido y gaseoso».[124] Sartre es muy claro: para él no hay pensamiento en imágenes; imágenes y conceptos son mutuamente excluyentes. Antes de esto ha distinguido entre percepción y concepto:

La percepción de un objeto es pues un fenómeno con una infinidad de fases. […] Cuando, por el contrario, pienso en un cubo mediante un concepto concreto, pienso a la vez sus seis lados y sus ocho ángulos. […] A eso se debe que nunca podremos percibir un pensamiento ni pensar una percepción. Se trata de fenómenos radicalmente distintos. [Ibíd., pp. 21-22. Cursivas de F.Z.]

En cuanto a la diferencia entre imagen y percepción:

¿Y la imagen? ¿Es aprendizaje o saber? [...] En la percepción, un saber se forma lentamente; en la imagen, el saber es inmediato. […] Una imagen no se aprende. […] Esta observación es de una importancia capital para distinguir la imagen de la percepción. […] Siempre hay, a cada instante, infinitamente más de lo que podemos ver; para agotar la riqueza de mi percepción real, requeriría un tiempo infinito. […] Ahora, en la imagen hay por el contrario una especie de pobreza esencial. […] En una palabra, el objeto de la percepción desborda constantemente a la conciencia; el objeto de la imagen nunca es algo más que la conciencia que se tiene de él. [Ibíd., pp. 22-25. Cursivas de F.Z.]

En tanto que la percepción es infinitamente rica en contenidos, puesto que nos ofrece una cantidad inagotable de datos, la imagen es «esencialmente pobre», debido a que sintetiza de golpe toda esa infinidad de datos pero sin relacionarlos efectivamente con la realidad. Además, mientras que la percepción desborda lo que podemos contener en la conciencia, la imagen no es más que un hecho de conciencia. En resumen, frente a la riqueza de la percepción y frente a la claridad del concepto, la imagen es relegada por Sartre al desván de lo limitado y lo confuso.

Considero que en esta temática muchos problemas conceptuales se han originado debido a que se parte de varias tesis erróneas:

a) La imaginación está ligada a la visión.

b) No es posible ningún tipo de pensamiento independiente del lenguaje. Por tanto, no hay pensamiento imaginario o visual.

c) Sólo haciendo a un lado la imaginación y las imágenes visuales es posible formar pensamientos.

d) Las imágenes contienen palabras.

Respecto a los incisos (a), (b) y (c), podemos remitirnos a las secciones 6.4 y 6.5 del presente libro, para considerar cómo la imaginación es un pensamiento legítimo y a la vez no consiste en una “visión interna”. En cuanto a la crítica de (d), véase el parágrafo 23.

§ 21. Concebir e imaginar en la obra artística y en la experiencia estética

Las reflexiones de G. E. Lessing sobre estética revisten un gran interés, aun en nuestros días, debido a que plantean con gran claridad las diferencias entre dos modalidades de la representación: la verbal y la visual.[125] A propósito del grupo escultórico Laocoonte, apunta las diferencias entre éste y la parte de la Eneida en donde se narra, con gran profusión de imágenes verbales, la misma escena. Pero Lessing consideraba que la versión plástica de esta escena no debía mostrar las deformidades, las hinchazones o los escurrimientos de veneno que describe Virgilio en su poema, y que, por lo mismo, los artistas que crearon el Laocoonte no se apegaron a la narración poética: evitaron ilustrarla y representar visualmente las babas venenosas de la serpiente, los gritos, los rictus de dolor y las deformaciones en los cuerpos de las víctimas. [Ibíd., pp. 37-45] Con estos argumentos se pronuncia Lessing contra la inclinación de algunos creadores visuales (o de algunos críticos) a pedir de las representaciones pictóricas una ilustración exacta (“literal”, podría decirse) de las imágenes que se encuentran en un poema. [Ibíd., p. 62] Y entonces llega al núcleo de su idea: la poesía puede recurrir a nombres y relatos de acciones para representar lo abstracto, mientras que las artes visuales no pueden abstraer y sólo pueden recurrir a figuras alegóricas; por otro lado, la poesía no puede demorarse en la descripción de detalles, sino que debe mantenerse en un nivel de generalización mayor. [Ibíd., pp. 71-72] Este resultado demarca las capacidades de la palabra y de la imagen, adscribiendo a la primera el poder de la abstracción y a la segunda el poder de repre-sentar lo individual, lo particular.

Otro aspecto de su estética se refiere a la capacidad de la palabra, también ausente en la imagen, de representar lo invisible. Debido al poder abstractivo de la poesía, ésta puede provocar que en la imaginación del lector se generen representaciones de escenas no visualizables. Por ejemplo, cuando el poeta describe un combate entre dioses, la imaginación «engrandece la escena»; pero la pintura no puede representar visualmente a una Minerva moviendo montañas, so pena de producir imágenes monstruosas, desproporcionadas y por tanto inverosímiles. Un caso similar es la descripción o narración poética de las emociones (por ejemplo, el «corazón irritado» de un dios olímpico), que no puede trasladarse literalmente a imágenes. [Ibíd., pp. 81-88]

Con esto queda claro (para Lessing y para nosotros) que la imaginación no consiste en la producción de imágenes visuales, sino de imágenes imaginarias (para usar mi propia terminología). Asimismo, se puede concluir que las palabras no pintan (pero sí describen) lo que las imágenes pueden mostrar; y que las imágenes no cuentan ni narran (pero sí hacen visible) lo que las palabras pueden decir. Mostrar y decir pertenecen a esferas diferentes, no opuestas, pero sí distintas y complementarias. Por ejemplo, si leemos o escuchamos los versos en que Juana de Asbaje dice:

Pues, entre el llanto que el dolor vertía,

mi corazón deshecho destilaba

lo más grotesco y de mal gusto sería imaginarse visualmente o representar visualmente un corazón que sale por los ojos en forma líquida. Es más fiel al poema, en cambio, no visualizar esa “imagen” poética, y pensar sólo en el llanto de la persona, un llanto tan intenso, que ésta siente como si su corazón se le saliera por los ojos. Otro ejemplo sería la escena de Alicia en el país de las maravillas en donde la niña muerde un hongo que, ora la hace crecer, ora la hace empequeñecer. Eso se puede narrar, y se puede imaginar, pero no es posible ilustrarlo. No necesitamos visualizar o figurar exactamente la escena para entender o sentir la angustia de alguien que ve crecer una parte de su cuerpo y al mismo tiempo reducirse otra. Eso se puede decir mediante imágenes literarias (que son imaginarias, no visibles), pero no se puede mostrar.

Volviendo a Kant, encontramos que en la Crítica de la capacidad de juzgar sigue distinguiendo (al igual que en la primera Crítica) entre imaginación y concepto. Pero ahora ya no es tan clara la «superioridad» del segundo sobre la primera. Incluso, se percibe que encuentra en la imaginación cualidades, ausentes del concepto, que tienen un valor más positivo y no son meros “defectos”. La separación entre imaginar y concebir pierde relevancia, pues Kant vislumbra un ámbito al que ni una ni otra facultad tienen acceso: la experiencia de lo sublime.

Encuentro en Kant una tremenda tensión entre una vertiente negativa y una vertiente positiva de su propia teoría estética. Después de desarrollar la «analítica de lo bello» (en donde expone su clasificación del juicio de gusto en cuatro modalidades), emprende la «analítica de lo sublime» y expone lo que yo considero su estética negativa.[126] Ahí se enfrasca en una temática que difícilmente se puede conciliar con el conjunto de su filosofía crítica. ¿Qué sucede? Toma como base la separación entre lo bello (que es forma, limitación, cualidad y encanto) y lo sublime (que es falta de forma y de límites, así como cantidad y «placer negativo»). A partir de esto, señala que un fenómeno sublime (por ejemplo, un evento natural grandioso, como una tormenta o un gran abismo, o una obra de arte imponente) rebasa «nuestra facultad de exponer» y es «violento para la imaginación». De manera que «lo propiamente sublime no puede estar encerrado en forma sensible alguna», y por eso no puede ser captado ni por nuestra imaginación ni por nuestro entendimiento. En realidad, la experiencia con lo sublime provoca una gran tensión entre imaginación y entendimiento, un dolor-placer indefinible, inconcebible e irrepresentable. Por ejemplo, ante las distancias astronómicas la imaginación misma resulta impotente. Pero también el entendimiento y sus conceptos son incapaces de comprender en sus términos esas experiencias en que se rompen las barreras espacio-temporales: «El sentimiento de lo sublime es, pues, un sentimiento de dolor que nace de la inadecuación de la imaginación […] el objeto es recibido como sublime, con un placer que sólo es posible mediante un dolor»; la experiencia de lo sublime «hace intuible la simultaneidad». [Ibíd., § 23-28] De pronto, leyendo estas emocionadas y emocionantes palabras de Kant, nos remitimos a autores como el Pseudo Dionisio, quien, a partir de su teología negativa, pregonaba las limitaciones de los símbolos para representar lo inefable divino, y postulaba que sólo «negativamente» era posible representarlo. He aquí, pues, la estética negativa de Kant.

El filósofo, que ha sentido muy de cerca los límites de la representación, vacila y retrocede. Sabe que ni las imágenes ni el discurso pueden traspasar esa frontera de lo sublime que provoca placer-dolor. Pero no quiere, no puede o no se atreve a abandonar el edificio de la filosofía crítica. Por ello, en una franca retirada, vuelve a la trillada separación entre imaginación y concepto, afirmando que las ideas «suprasensibles» sólo pueden ser “pensadas”, pues «exceden totalmente la esfera de la imaginación». Un ejemplo son las ideas morales, a las que llama «sublimes». Y es en este marco que ha elogiado la prohibición judía de utilizar imágenes, considerándola como una forma de controlar «el ímpetu de una imaginación ilimitada» que se apoya en imágenes visuales. Se evitan así, dice, los peligros de la exaltación y la «ilusión de querer ver más allá de todos los límites de la sensibilidad». [Ibíd., nota posterior al § 29]

En suma, la posición de Kant es ambivalente, o tal vez sea aporética: la imaginación (al igual que el concepto) descubre sus límites y vislumbra lo que hay más allá de ellos, pero se mantiene de “este lado”. Tal vez éstos sean los límites mismos del kantismo.

§ 22. Críticas al logocentrismo

Para Jean-Jacques Rousseau, la música no es sólo el arte de combinar sonidos de un modo agradable para el oído, sino ante todo la expresión de nuestras pasiones: «es la melodía la que, al imitar las inflexiones de la voz, expresa las quejas, los gritos de dolor, las amenazas, los gemidos [...] su lenguaje inarticulado pero vivo [...] tiene cien veces más energía que la palabra misma». En contraste con su exaltación de la melodía, considera que la armonía no es signo de nada y que los acordes no tienen nada en común con nuestras pasiones.[127] Esta idea concuerda plenamente con su concepción del lenguaje, según la cual éste no necesariamente “mejoró” al volverse más significativo y menos expresivo, sino que en muchos sentidos se empobreció: perdió cualidades emotivas a medida que ganó en precisión y claridad conceptuales. [Ibíd., p. 24]

En lo que más insiste Rousseau a lo largo de su célebre ensayo sobre el lenguaje es en la insuficiencia de palabras y enunciados como medios expresivos. Por ejemplo, la palabra es limitada para expresar el amor, la ira, etc. Pero hay otros modos de dar a entender con mayor eficacia lo que con palabras no es posible dar a entender: acciones, gestos, objetos, símbolos…

El lenguaje más enérgico es aquel en que el signo lo ha dicho todo antes de que se hable. Tarquino Trasíbulo abatiendo las cabezas de las adormideras, Alejandro aplicando su sello a la boca de su favorito, Diógenes paseándose ante Zenón, ¿no hablan así mejor que con palabras? ¿Qué circuito de palabras hubiese sido capaz de expresar tan bien las mismas ideas? [Ibíd., pp. 13-14]

Cuando se desarrollaba la lingüística como una ciencia emergente y se exaltaban las “ventajas” del lenguaje como herramienta civilizatoria, las tesis rousseaunianas no podían encontrar mucho eco. Fue quizá hasta la segunda mitad del siglo XX —esto es, cuando la curva del logocentrismo fue hacia abajo— que pudieron empezar a ser verdaderamente apreciadas.

Ejemplo sobresaliente de reivindicación de lo no verbal son las propuestas de Marshall McLuhan, quien hace más de cuatro décadas comenzó a examinar críticamente la cultura basada en el lenguaje fonético-articulado. Sin duda alguna, McLuhan era un espíritu en la misma tonalidad que Rousseau. Él sí encontró eco a sus ideas, aunque al inicio no precisamente entre los filósofos. En sus estudios sobre los medios de comunicación llegó a resultados que subvertían el orden logocéntrico. Por ejemplo, en relación con la palabra escrita y con el lenguaje articulado indicaba que ambos son incapaces de decir un sollozo, un gemido o un grito: ambos desmenuzan y ponen en secuencia lo que es implícito y rápido, impiden que la inteligencia se implique totalmente en los objetos y separan a los hombres unos de otros. El lenguaje articulado en sí es la Torre de Babel. En cambio, la tecnología eléctrica, que no necesita de palabras, subsana tales fallas: conduce a un estado de conciencia colectiva, carente de habla y semejante al estado preverbal.[128]

En cuanto a los mecanismo del conocimiento, McLuhan afirmaba que éstos no deben identificarse con la organización secuencial y lineal de las ideas mediante el lenguaje: «En el campo total del conocimiento que existe en cualquier momento de conciencia no hay nada lineal ni secuencial. El estado consciente no es un sistema verbal. Sin embargo, durante todos nuestros siglos de instrucción fonética hemos sido partidarios de la cadena de inferencias como la huella de la lógica y la razón». [Ibíd., p. 116] La razón, esa facultad suprema del hombre occidental, ha sido identificada con el orden lineal y con la palabra organizada por escrito:

Desde hace mucho tiempo la palabra “racional” significa para el Occidente «uniforme, continuo, en secuencia». Dicho en otras palabras, hemos confundido la razón con la alfabetización, y el racionalismo con una sola técnica. Así, en la era eléctrica, al Occidente convencional le parece que el hombre se está volviendo irracional. [Ibíd., p. 32. Cursivas de F.Z.]

Todos estos enunciados pueden resultar sumamente provocativos y desagradables para quienes proponen ideales educativos y de superación social basados en la alfabetización, en el lenguaje y en la organización académica, es decir, los ideales “humanistas” que se remontan a la invención de la imprenta, al desarrollo del libro como medio privilegiado de la cultura y a la educación que persigue desarrollar el bien hablar y el bien escribir como signos del bien pensar. Sin embargo, es muy saludable que, después de casi cinco siglos de logocentrismo, se haga una revisión crítica y un balance de sus resultados. Ésta es una de las razones por las que resulta de enorme relevancia lo planteado por McLuhan y otros críticos de la razón logocéntrica.[129]

§ 23. La imagen frente al «imperialismo lingüístico»

¿Por qué decía Paul Valéry que siempre debe uno disculparse por hablar de pintura? Él, uno de los más grandes hombres de letras del siglo pasado, un hombre cuya actividad profesional consistía en escribir o hablar, era consciente de la molestia que pueden causar las palabras dichas a propósito de imágenes que son concebidas por sus propios creadores como productos independientes del lenguaje. Sin embargo, escribía esto:

Siempre debe uno disculparse por hablar de pintura.

Pero hay grandes razones para no quedarse callado. Todas las artes viven de palabras. Toda obra exige que uno le responda, y una “literatura”, escrita o no, inmediata o meditada, es inseparable de aquello que impulsa al hombre a producir, y de las producciones que resultan de ese extraño instinto.

¿La causa primera de una obra no es el deseo de que se hable de ella, aunque esto ocurra sólo entre un espíritu y él mismo? ¿Un museo no es un lugar de monólogos? […] Quitemos a los cuadros la posibilidad de un discurso, interior o de otro tipo, e inmediatamente las más bellas telas del mundo perderán su sentido y su finalidad.

Pero, más aun, la literatura desempeña a veces, en las entretelas de la creación, un papel bastante destacado.

Un pintor que aspira a la grandeza, a la libertad, a la seguridad; que se exige a sí mismo la sensación poderosa y deliciosa de ir hacia delante […] ese pintor se ve conducido a resumir su experiencia […] y también a definir las obras más vastas o más complejas que sueñe con emprender.

Es entonces cuando escribe.[130]

He aquí expuesta en su máximo esplendor la soberbia logocéntrica: toda obra pictórica es creada para que se hable sobre ella, aunque sea al nivel del monólogo; sin el discurso que se emita sobre ellas, las más bellas pinturas del mundo carecerían de todo sentido; el pobre artista cree equivocadamente que puede oponerse al juicio literario. Pero estas ideas, que hoy en día siguen siendo sostenidas por diversos teóricos, fueron cuestionadas ya al mediar el siglo XX.

Mircea Eliade saludó la emergencia de un pensamiento simbólico fincado más bien en las imágenes que en el discurso. Señalaba que con la reacción en contra del positivismo, el simbolismo había sido «restaurado como instrumento de conocimiento» en Occidente. Y advertía: «la cultura europea, a menos de enclaustrarse en un provincialismo estéril, tiene obligacion de contar con otras vías de conocimiento, con otras escalas de valoración que no son las suyas».[131] Ese provincialismo no es otro que la razón logocéntrica de que he tratado aquí. Para Eliade el valor de las imágenes no radica en ningún significado discursivo que esté guardado en su “interior” o que lo “anteceda”, sino que ellas significan como imágenes: y toda imagen queda desnaturalizada al ser “traducida” a palabras. Así, lo que hace el psicoanalista cuando explica verbalmente una imagen onírica es traicionar el sentido originario de ésta: la atracción del niño por la madre se vuelve “escandalosa” cuando es traducida y no se la deja como imagen, pues pierde su carácter multivalente al ser reducida a un “complejo” y a una serie de explicaciones causales.[132] La imagen transformada a conceptos pierden su verdad: «traducirla a una terminología concreta, reduciéndola a uno solo de sus planos de referencia, es peor que mutilarla, es aniquilarla, anularla en cuanto instrumento de conocimiento». [Ibíd., p. 15]

Gillo Dorfles se unió a esa crítica de las traducciones verbalistas de las imágenes, rechazando el logocentrismo psicoanalítico, que con su reducción lingüística de los simbolismos los despoja de toda su riqueza.[133] Apuntaba que la terapia psicoanalítica clásica se centra en la verbalización, dejando de lado otras estrategias que han sido probadas con buen éxito, como el uso de dibujos hechos por el propio paciente. Al lado del bildhafte Denken (pensamiento visual), que es más confiable como mecanismo de acceso al inconsciente, el pensamiento verbalizado «deforma y altera los posibles “indicios” de una revelación auténtica por parte del individuo». [Ibíd., pp. 34-36] Otro ámbito en que el bildhafte Denken resulta más adecuado en comparación con las reducciones verbalistas, que son insuficientes y empobrecedoras, es el de los ritos y los mitos, tanto antiguos como actuales. [Ibíd., pp. 27-28] De hecho, los mitos de todas las culturas son la formulación de conocimientos sobre psicología profunda, pero no en términos conceptuales o “científicos”, sino en una forma simbólica, visual e imaginaria. [Ibíd., p. 29]

Vayamos a las obras visuales. Dorfles encuentra que el pensamiento conceptual es inadecuado para comprender tanto el arte como la actividad artística. [Ibíd., pp. 25-26] En la génesis y en la contemplación de obras plásticas lo que entra en juego es el pensamiento visual, no el verbal. Para el creador artístico, el punto de partida es

en primer lugar, un pensamiento visual, un factor imaginativo, una Stimmung, una atmósfera, de lo que partirá la obra, que después podrá desarrollarse “racionalmente”, es decir, de acuerdo con un razonamiento lógico, esquemático, traducible en palabras, pero que, en su fase auroral, no podía sino estar vinculado exclusivamente a una imagen e imaginación exclusivamente de tipo visual. [Ibíd., pp. 44-45]

Y lo mismo sucede con el crítico o el contemplador de dicha obra: su primera impresión no es formulable en palabras y conceptos: «sólo en un segundo momento podrá intervenir la reflexión, el disfrute valorativo, el juicio crítico, expresable en formulaciones verbales precisas, pero siempre será indiscutible la prioridad de una primera percepción imaginativa». [Ibíd.] Tenemos de nuevo una posición exactamente opuesta a la de Valéry.

Las imágenes que produce un creador artístico han sido consideradas por el psicoanálisis como «procesos secundarios», derivaciones de los «procesos primarios» del inconsciente. María Rosa Palazón dedica una parte de sus investigaciones sobre estética a esclarecer las relaciones entre unos y otros. Como se explicará más abajo,[134] la autora dedica su estudio a examinar seis vertientes de la imaginación, la cuarta de las cuales viene ahora al caso: «las artes figurativas como actividades imaginarias o fantasiosas […] se deben indirectamente al sistema inconsciente del emisor».[135] Las imágenes artísticas son una especie de conciliación entre la censura y «los deseos más profundos o vetados». [Ibíd., p. 343] Y, en cuanto a las palabras y su relación con el inconsciente:

El lenguaje —«proceso secundario»— es coherente; se funda en una relación plausible entre significantes y significados, en reglas que enlazan los signos; en cambio, lo inconsciente es menos pergeñado y se hace con cadenas de imágenes, acompañadas de palabras y demás efectos acústicos, que no son reductibles a los circuitos asociativos que establece el entendimiento. [Ibíd., p. 345]

Las mismas imágenes artísticas, al ser procesos secundarios, están estructuradas de modo coherente. Dicha estructuración se organiza, según el psicoanálisis clásico, en dos modalidades: condensación y desplazamiento. La primera sintetiza o resume aspectos diversos del objeto, seleccionando los que más interesan y desechando los que no (por ejemplo, imaginar o dibujar objetos que reúnen características diversas o disí-miles). La segunda atribuye a un objeto las cualidades de otro (por ejemplo, cuando Hamlet identifica a su tío con su padre). Comenta Palazón que «la literatura está plagada de desplazamientos que revelan la capacidad que tienen sus emisores de amalgamar lo preconsciente-consciente con lo reprimido». [Ibíd., p. 351] Mas aquí surge un problema: es muy difícil distinguir claramente un proceso del otro, por lo cual la autora advierte: «varias veces estuve tentada de poner los que consideré desplazamientos metonímicos en los desplazamientos metafóricos, y viceversa». [Ibíd., p. 349]

Aquí llego al punto que interesa en este parágrafo. ¿Por qué se da esta dificultad? Para mí, se debe a que con las denominaciones de «condensación» o «desplazamiento» se intenta reducir discursivamente un conjunto de procesos que son irreductibles a categorías lingüísticas. Dichos procesos no son verbales, y tampoco son visuales: el inconsciente es averbal y avisual; como tal, es una dimensión significante irreductible al lenguaje verbal. Por eso, cuando es “traducido” a palabras (metáforas o metonimias), con éstas no se captura toda su riqueza. En otros términos, puede decirse que lo auténticamente irreductible son las imágenes del inconsciente, que no son visuales ni verbales.

Cuando se producen obras de arte visuales, también esas imágenes visuales son intentos de reducir las otras (las del inconsciente), que no son visuales y por tanto son intrínsecamente i-rrepresentables, irreductibles.

Resumiendo,

a) Los procesos inconscientes no son en sí ni visuales ni verbales: son en principio a-representativos.

b) Tanto las palabras como las imágenes visuales pueden fungir (al ser «procesos secundarios») como reducciones de los procesos inconscientes («primarios»).

Cuando Palazón afirma que «la obra de arte no es igualable con las imágenes o palabras (y efectos acústicos) del inconsciente», [Ibíd., p. 457] entiendo que en el inconsciente no hay imágenes o palabras, sino procesos que son “traducidos” o “trasladados” a imágenes o palabras. Debido a esto, precisamente, afirma que «el sueño es agramatical. [...] La obra de arte altera parcialmente el código, pero jamás es agramatical. Si las obras oníricas se transcribieran o calcaran, no serían entendibles […] no serían artísticas: se considerarían como caos». [Ibíd., p. 459]

El sueño es irreductible no sólo a las formas discursivas, sino a cualquier forma representante, y por eso es imposible saber si una imagen representa icónicamente un sueño. Una obra de arte visual es, por un lado, una reducción (o un intento de reducción) de los procesos inconscientes y, por otro lado, es a su vez en principio irreductible a la palabra. Sin embargo, ésta puede intentar reducir la obra visual a sus términos. Por ello agrego un tercer resultado:

c) La obra de arte visual es en principio es irreductible al lenguaje discursivo. Su “traducción” a palabras implica la posibilidad de que sea desnaturalizada.

Las críticas al reduccionismo lingüístico no han sido plenamente asimiladas. Se sigue practicando la “traducción” de imágenes a palabras, incluso de aquellas que no reclaman la intervención del lenguaje; se sigue creyendo que sólo mediante el lenguaje verbal tienen sentido las imágenes, las acciones o cualquier emisión sígnica. Por eso es muy importante, tanto para la actividad filósofica como para crítica de arte, que se ponga en su justo lugar a la palabra. Hay que abandonar la idea de que las imágenes necesitan del lenguaje para que se sepa «qué quiso decir el pintor» con su trabajo.

Debemos cuidarnos también de no caer en la idea de que las imágenes son “superiores” a las palabras. En realidad, si las palabras son incapaces de darnos todo el sentido que “contienen” las imágenes no es porque sean inferiores, sino porque son diferentes. Asimismo, si las imágenes no «dicen nada», ello no es signo de que algo les “falta”. Lo que sucede es que en muchos casos son dos lenguajes irreductibles el uno al otro. Como apunta Foucault:

Por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto no reside jamás en lo que se dice, y por bien que se quiera hacer ver, por medio de imágenes, de metáforas, de comparaciones, lo que se está diciendo, el lugar en el que ellas resplandecen no es el que despliega la vista, sino el que definen las sucesiones de la sintaxis.[136]

Lo visto y lo dicho son tan distintos, que al ser traducidos entre sí sufren cierta desnaturalización.

El estudio de Michael Baxandall sobre la pintura italiana renacentista[137] es un buen ejemplo de reivindicación de la imagen frente a la palabra. Este autor, refiriéndose a una carta enviada a Milán (fechada alrededor de 1490), en la que se expresan diversos juicios sobre algunos pintores (Botticelli, Filippo Lippi…), afirma que «tanto el pintor como su público […] pertenecían a una cultura muy distinta a la nuestra, y algunas zonas de su actividad visual están muy condicionadas por ella». [Ibíd., pp. 43-44] Ni las imágenes ni las percepciones pueden ser verbalizadas sin más: son, en todo caso, interpretadas verbalmente dentro de un entorno cultural determinado. Baxandall demuestra que el universo conceptual renacentista era un todo coherente dentro del cual se manejaban imágenes, colores, estilos dancísticos, cálculos matemáticos, mercancías, dinero… y palabras. Es decir que estas últimas no eran, ciertamente, el lenguaje “principal”. De modo que «las prácticas sociales más relevantes para la percepción pictórica son prácticas visuales. Es natural que las prácticas visuales de una sociedad no estén representadas to­tal ni aun mayormente por los registros verbales». [Ibíd., p. 139] Y, en el mismo sentido, «La oscuridad de la carta a Milán se debe en parte a la inseguridad del escritor con sus palabras: carece de la facultad verbal para describir el estilo pictórico en forma muy completa o precisa». [Ibíd., p. 141] Con esto debería quedar demostrado que las palabras no alcanzan a abarcar toda la riqueza de las imágenes.

René Huyghe pregunta: «¿De qué nos valdremos sino de palabras para destruir el falso prestigio de las palabras?»[138] Y en la paradoja está ya la respuesta: sólo con palabras podemos convencer a los amantes de las palabras de que éstas no son el único camino para pensar y comprender el mundo. Huyghe considera que, en Occidente, las imágenes han estado rodeadas de una «tupida vegetación de paráfrasis que [las] aprisionan y ahogan». [Ibíd.] Por lo cual hay que liberarlas de ese asfixiante logocentrismo. Ésta es su tarea, y la acomete al señalar como punto crucial el momento en que la pintura occidental abrió la puerta al abstraccionismo, dejando que los elementos plásticos y pictóricos «se abandonen [...] al juego y a las combinaciones de sus solos recursos». [Ibíd., p. 76] Con giros como éste, la imagen artística del siglo XX se independizó de la palabra. Así, «lo que el artista intentará decir con su lenguaje de imágenes, no corresponde al dominio del lenguaje de las palabras», y la imagen puede ya «expresarse directamente mediante sus elementos constitutivos». La noción de “lenguaje” dejó de ser privativa del discurso articulado: «Hablar del lenguaje de las imágenes no implica que éste daba confundirse con el lenguaje de las palabras o se le convierta en su mero sustituto. [...] El lenguaje de las imágenes cubre una zona de la vida interior distinta de la de las ideas, de las cuales se nutren las palabras». [Ibíd., pp. 100-101. Cursivas de F.Z.]

Ese lenguaje de las imágenes es para Huyghe un «lenguaje del alma», no de la razón. ¿En qué sentido? En tanto que las palabras funcionan muy bien «para la inteligencia recíproca de los humanos», pero son incapaces de expresar «la totalidad de nuestra vida interior». El amor o el dolor nombrados o descritos por el lenguaje verbal, no son los mismos «que experimentamos en el fondo de nosotros mismos». [Ibíd., pp. 235-236] Y entonces, cuando el lenguaje verbal resulta insuficiente se transforma en imágenes: «El inconsciente y la espiritualidad, de los que se nutre la vida interior de los individuos tanto como la de las colectividades, se ven condenados al mutismo por la insuficiencia del lenguaje usual, a menos que se liberen y se manifiesten a través del arte y sus imágenes». [Ibíd., p. 238]

Se implica que el lenguaje articulado se libera de sí mismo tendiendo hacia la imagen, hacia la poesía. Y el autor dice explícitamente que en esa liberación se enriquece; en cambio, cuando se empeña en llevar la imagen hacia sus terrenos, la empobrece: «La idea-palabra se enriquece, se recarga de sensibilidad (de esa sensibilidad de la que se había despojado en su origen) empleando su facultad de sugerir imágenes; a partir de aquí tiene acceso a la poesía. La imagen, por el contrario, se empobrece en cuanto intenta intelectualizarse». [Ibíd., pp. 239-240]

Entre los investigadores que he consultado para esta investigación, Régis Debray es especialmente radical en su postura antilogocéntrica. «No hace falta verbalizar para simbolizar», apunta. Considera que, históricamente, la palabra no ha sido el principal medio de transmisión: pues enviamos y recibimos informaciones por el cuerpo, por la mirada, por el olfato. La frase de Valéry «hay que disculparse por hablar de pintura», es tomada por Debray en un sentido literal, pues en efecto resulta impertinente reducir el lenguaje pictórico a un lenguaje de la palabra. Por eso es que «los artistas plásticos siempre se han entendido mejor con los poetas que con los filósofos». Por eso, también, el silencio es una manera de rebelarse contra el dominio de la razón discursiva: «Hay algo profundamente subversivo en no querer expresar nada». En la historia de la imagen, durante siglos o milenios, ha habido operaciones simbólicas que no pasan por el control de la palabra, como los mitogramas y pictogramas, los vitrales, la estatuaria o las imágenes piadosas en general... En suma, «mostrar nunca será decir [...] aprender a leer una foto es aprender a respetar su mutismo».[139]

Otro investigador de la imagen es Gottfried Boehm, quien no reconoce al lenguaje articulado como un modelo adecuado para estudiar la imagen y establecer una “gramática” o una “sintaxis” visuales. La «diferencia icónica» hace difícil o imposible traducir a palabras la experiencia que se tiene con las imágenes. Pues toda imagen es una «unidad de sentido» en sí misma, indepediente de la palabra.[140]

En un artículo de carácter más metodológico,[141] trata sobre las relaciones entre imagen y palabra. Para muchos parecería obvio que el «contenido» de una imagen se explica verbalmente, o se “extrae” mediante palabras. Sin embargo, Boehm propone preservar el carácter propio de la imagen frente a su enajenación lingüística y reconocer que la imagen tiene una validez en sí misma, al no entenderla como una «provincia en el reino universal de la palabra», donde domina el logos. No importa que esto vaya contra la tradición europea logocéntrica, en donde se ha negado a la imagen legitimidad conceptual, y se la relega a la esfera de una materialidad tosca, sorda (dumpf) y carente de espiritualidad. [Ibíd., pp. 447-449]

A partir de esto, Boehm llega al centro de la confrontación entre imágenes y palabras. El lenguaje verbal distingue entre, por un lado, el sujeto-ser (Subjekt-Sein) y, por otro lado, el predicado-cualidades, que se refiere a las apariencias del sujeto-ser (prädikativen Erscheinungsweisen). Con ello se supone una estabilidad del sujeto-ser, de modo que los cambios de apariencias no implican un cambio esencial del sujeto-ser: éste tiene una identidad aparte de sus cualidades. En contraste, «la identidad de la cosa representada visualmente se constituye de un modo completamente distinto»: el objeto que aparece en la imagen «no puede ser separado del lugar y el contexto de su aparición»; si éstos cambian, cambia el objeto. Ahí reside la ontología de la imagen: «ser y aparecer son indisociables en la imagen», y esto es «innominable con palabras, no es verbalizable, es a-fónico y silencioso». [Cursivas de F.Z.] De manera que, mientras en la verbalidad se presupone una estabilidad del ser independiente de la forma en que se manifiesta, en la visualidad no es posible separar el ser de la aparición. En el reino de la palabra es posible, y tal vez necesario, distinguir entre hecho y aparición (Sachlage und Erscheinungsform); pero ¿cuál es el “hecho” que se puede identificar en la Venus de Urbino, en una naturaleza muerta de Zurbarán o en el Homenaje al cuadrado de Albers, y que sean distintos de su forma de aparecer? [Ibíd., pp. 450-451. Cursivas de F.Z.]

Así, para Boehm la imagen es «un lenguaje mudo o silencioso», y es un malentendido considerar ese silencio de la imagen como una deficiencia o una «falta de claridad lingüística». Por el contrario, la tarea que se plantea a toda posible hermenéutica de la imagen es: «entender el lenguaje de la imagen como un lenguaje específico, aunque no lo sea en absoluto según los principios del logos, pues no “habla”, sino “calla”. Este callar es la forma de articulación del modo de ser específico de la imagen, de su potencialidad». [Ibíd., p. 456. Cursivas de F.Z.]

Boehm plantea un interesante reto: aplicar a la imagen la interpretación, pero fuera de los límites logocéntricos que han encerrado a la hermenéutica. Para llevar adelante propuestas como la de Boehm, necesitamos disponer de un concepto de “imagen” construido fuera de los límites logocéntricos, cuyo resultado sería una nueva ontología de la imagen, “liberada” de logocentrismo. Tal es mi propuesta con estas indagaciones, sobre todo a partir de la Segunda Parte.

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673 s. 40 illüstrasyon
ISBN:
9786073048330
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