Kitabı oku: «El Idiota»
Este libro narra las aventuras y desventuras del príncipe Mishkin, personaje que da nombre a la novela y que intenta ser esencialmente bueno. La peripecia le sirve a Dostoyevsky para desarrollar su concepción trágica de la vida y pintar un fresco apasionante de Rusia.
Primera parte
I
A las nueve de la mañana de un día de finales de noviembre, el tren de Varsovia se acercaba a toda marcha a San Petersburgo. El tiempo era de deshielo, y tan húmedo y brumoso que desde las ventanillas del carruaje resultaba imposible percibir nada a izquierda ni a derecha de la vía férrea. Entre los viajeros los había que tornaban del extranjero; pero los departamentos más llenos eran los de tercera clase, donde se apiñaban gentes de clase humilde procedentes de lugares más cercanos. Todos estaban fatigados, transidos de frío, con los ojos cargados por una noche de insomnio y los semblantes lívidos y amarillentos bajo la niebla.
En uno de los coches de tercera clase iban sentados, desde la madrugada, dos viajeros que ocupaban los asientos opuestos correspondientes a la misma ventanilla. Ambos eran jóvenes, ambos vestían sin elegancia, ambos poseían escaso equipaje, ambos tenían rostros poco comunes y ambos, en fin, deseaban hablarse mutuamente. Si cualquiera de ellos hubiese sabido lo que la vida del otro ofrecía de particularmente curioso en aquel momento, habríase sorprendido, sin duda, de la extraña casualidad que les situaba a los dos frente a frente en aquel departamento de tercera clase del tren de Varsovia. Uno de los viajeros era un hombre bajo, de veintisiete años poco más o menos, con cabellos rizados y casi negros, y ojos pequeños, grises y ardientes. Tenía la nariz chata, los pómulos huesudos y pronunciados, los labios finos y continuamente contraídos en una sonrisa burlona, insolente y hasta maligna. Pero la frente, amplia y bien modelada, corregía la expresión innoble de la parte inferior de su rostro. Lo que más sorprendía en aquel semblante era su palidez, casi mortal. Aunque el joven era de constitución vigorosa, aquella palidez daba al conjunto de su fisonomía una expresión de agotamiento, y a la vez de pasión, una pasión incluso doliente, que no armonizaba con la insolencia de su sonrisa ni con la dureza y el desdén de sus ojos. Envolvíase en un cómodo sobretodo de piel de cordero que le había defendido muy bien del frío de la noche, en tanto que su vecino de departamento, evidentemente mal preparado para arrostrar el frío y la humedad nocturna del noviembre ruso, tiritaba dentro de un grueso capote sin mangas y con un gran capuchón, tal como lo usan los turistas que visitan en invierno Suiza o el norte de Italia, sin soñar, desde luego, en hacer el viaje de Endtkuhnen a San Petersburgo. Lo que hubiese sido práctico y conveniente en Italia resultaba desde luego insuficiente en Rusia. El poseedor de este capote representaba también veintiséis o veintisiete años, era de estatura algo superior a la media, peinaba rubios y abundantes cabellos, tenía las mejillas muy demacradas y una fina barba en punta, casi blanca en fuerza de rubia. Sus ojos azules, grandes y extáticos, mostraban esa mirada dulce, pero en cierto modo pesada y mortecina, que revela a determinados observadores un individuo sujeto a ataques de epilepsia. Sus facciones eran finas, delicadas, atrayentes y palidísimas, aunque ahora estaban amoratadas por el frío. Un viejo pañuelo de seda, anudado, contenía probablemente todo su equipaje. Usaba, al modo extranjero, polainas y zapatos de suelas gruesas. El hombre del sobretodo de piel de cordero y de la cabellera negra examinó este conjunto, quizá por no tener mejor cosa en qué ocuparse, y, dibujando en sus labios esa indelicada sonrisa con la que las personas de mala educación expresan el contento que les producen los infortunios de sus semejantes, se decidió al fin a hablar al desconocido.
–¿Tiene usted frío? —preguntó, acompañando su frase con un encogimiento de hombros.
–Mucho —contestó en seguida su vecino—. Y eso que no estamos más que en tiempo de deshielo. ¿Qué sería si helase? No creí que hiciese tanto frío en nuestra tierra. No estoy acostumbrado a este clima.
–Viene usted del extranjero, ¿verdad?
–Sí, de Suiza.
–¡Fííí! —silbó el hombre de la cabellera negra, riendo.
Se entabló la conversación. El joven rubio respondía con naturalidad asombrosa a todas las preguntas de su interlocutor, sin parecer reparar en la inoportunidad e impertinencia de algunas. Así, hízole saber que durante mucho tiempo, más de cuatro años, había residido fuera de Rusia. Habíanle enviado al extranjero por hallarse enfermo de una singular dolencia nerviosa caracterizada por temblores y convulsiones: algo semejante a la epilepsia o al baile de San Vito. El hombre de cabellos negros sonrió varias veces mientras le escuchaba y rio sobre todo cuando, preguntándole: —¿Y qué? ¿Le han curado?—, su compañero de viaje repuso:
–No, no me han curado.
–¡Claro! Le habrán hecho gastar una buena suma de dinero en balde… ¡Y nosotros, necios, tenemos fe en esa gente! —dijo, acremente, el hombre del sobretodo de piel de cordero.
–¡Ésa es la pura verdad! —intervino un señor mal vestido, de figura achaparrada, que se sentaba a su lado. Era un hombre cuarentón, robusto, de roja nariz y rostro lleno de granos, con aire de empleado subalterno de ministerio—. ¡Es la pura verdad! Esa gente no hace más que llevarse toda la riqueza de Rusia sin darnos nada en cambio.
–En lo que personalmente me respecta se engañan ustedes —dijo, con acento suave y conciliador, el cliente de los doctores suizos—. Desde luego, no puedo negar en términos generales lo que ustedes dicen, porque no estoy bien informado al propósito; pero me consta que mi médico ha invertido hasta su último céntimo a fin de proporcionarme los medios de volver a Rusia, después de mantenerme dos años a sus expensas.
–¡Cómo! —exclamó el viajero de cabellos negros—. ¿No había nadie que pagase por usted?
–No. El señor Pavlichev, que era quien atendía a mis gastos en Suiza, murió hace dos años. Escribí entonces a la generala Epanchina, una lejana parienta mía, pero no recibí contestación. Y entonces he vuelto a Rusia.
–¿Dónde va usted a instalarse?
–¿Quiere decir que dónde cuento hospedarme? Aún no lo sé; según como se me pongan las cosas. En cualquier sitio…
–¿De modo que aún no sabe dónde?
Y el hombre del cabello negro comenzó a reír, secundado por el tercero de los interlocutores.
–Me temo —agregó el primero— que todo su equipaje está contenido en este pañuelo…
–Yo lo aseguraría —manifestó el otro, con aspecto de extrema satisfacción—. Estoy cierto de que todo el equipaje de este señor es ése, ¿verdad? Pero la pobreza no es vicio, desde luego.
La suposición de aquellos dos caballeros resultó ajustada a la realidad, como el joven rubio no titubeó en confesarlo.
–Su equipaje, sin embargo, no deja de tener cierta importancia —prosiguió el empleado, después de que él y el joven de la cabellera negra hubieron reído con toda su alma, siendo de notar que aquel que era objeto de su hilaridad había terminado también por reír viéndoles reír a ellos, con lo que hizo subir de punto sus carcajadas—; pues, aunque pueda darse por hecho que en él brillan por su ausencia las monedas de oro francés, holandés o alemán, el hecho de que tenga usted una parienta como la Epanchina modifica en mucho la trascendencia de su equipaje. Esto, claro, en el caso de que la Epanchina sea efectivamente parienta suya y no se trate de una distracción…, lo que no tiene nada de particular en un hombre, cuando es muy imaginativo…
–Ha adivinado usted —contestó el joven—. Realmente, casi me he equivocado, porque sólo quise decir que la generala es medio parienta mía, hasta el extremo de que su silencio no me ha sorprendido. Lo esperaba.
–Ha gastado usted inútilmente en sellos de correo. ¡Hum! Usted, al menos, es ingenuo y sincero, lo cual merece alabanzas. ¡Hum! Yo conozco al general Epanchin… como todos le conocen. Al difunto señor Pavlichev, el que pagaba sus gastos en Suiza, también le conocía, si es que se refiere a Nicolás Andrevich Pavlichev, porque hay dos primos hermanos del mismo apellido. El otro habita en Crimea. El difunto Nicolás Andrevich era hombre muy respetado, con muy buenas relaciones y propietario, en sus tiempos, de cuatro mil almas1…
–Sí; se trataba de Nicolás Andrevich Pavlichiev —contestó el joven, mirando con atención a aquel desconocido que tan bien informado estaba de todas las cosas.
Esta clase de caballeros que lo saben todo suelen encontrarse con bastante frecuencia en cierta capa social. No hay nada que ignoren: toda su curiosidad espiritual, todas sus facultades de investigación se dirigen sin cesar en igual sentido, sin duda por carencia de ideas e intereses vitales más importantes, como diría un pensador moderno. Añadamos que esa omnisciencia que poseen está circunscrita a un campo harto restringido: les consta en qué departamento sirve Fulano, qué amistades tiene, qué fortuna posee, de dónde ha sido gobernador, con quién está casado, qué dote le aportó su mujer, quiénes son sus primos en primero y segundo grado, y otras cosas por el estilo. Por regla general, estos caballeros que lo saben todo llevan los codos rotos y ganan diecisiete rublos al mes. Las personas de quienes conocen tantos detalles se quedarían muy confusas si lograran saber cómo y por qué estos señores omniscientes están tan bien informados de sus existencias. Sin duda los interesados encuentran algún consuelo positivo en poseer semejantes conocimientos, que consideran una completa ciencia de la que derivan una alta estima de sí mismos y una elevada satisfacción espiritual. Y es, en efecto, una ciencia subyugadora. Yo he conocido literatos, intelectuales, poetas y políticos, que parecían hallar en semejante disciplina científica su mayor deleite y su meta final habiendo hecho, además, su carrera gracias a ella.
Durante aquella parte de la conversación, el joven de negros cabellos miraba distraídamente por la ventanilla, bostezando y aguardando con impaciencia el fin del viaje. Parecía preocupado, muy preocupado, casi inquieto. Su actitud resultaba extraña: a veces miraba sin ver, escuchaba sin oír, reía sin saber él mismo el motivo.
–Permítame: ¿a quién tengo el honor de…? —preguntó de improviso el señor de los granos al propietario del paquetito del pañuelo de seda.
–Al príncipe León Nicolaievich Michkin —contestó el interpelado inmediatamente sin la menor vacilación.
–¿El príncipe León Nicolaievich Michkin? No le conozco. Jamás lo he oído mencionar —dijo el empleado, reflexionando—. No me refiero al nombre, que es histórico y se puede encontrar en la historia de Karamzin, sino a la persona, ya que ahora no se encuentran en ningún sitio príncipes Michkin y no se oye jamás hablar de ellos.
–No lo dudo —replicó el joven—. En este momento no existe más príncipe Michkin que yo, que creo ser el último de la familia. En cuanto a mis antepasados, hace ya varias generaciones que vivían como simples propietarios rurales. Mi padre fue subteniente del ejército. La generala Epanchina pertenece, aunque no sé bien en virtud de qué parentesco, a la familia de los Michkin, y es también, como mujer, la última de su raza…
–¡Ja, ja, ja! —rio el empleado—. ¡Mujer, y la última de su raza2! ¡Qué chiste tan bien buscado!
El señor de los cabellos negros sonrió igualmente. Michkin quedó muy sorprendido al ver que le atribuían un chiste, bastante malo además.
–Lo he dicho sin darme cuenta —aseguró al fin, repuesto de su sorpresa.
–¡Por supuesto, por supuesto! —repuso jovialmente el empleado.
–Y en Suiza, príncipe —preguntó de pronto el otro viajero—, ¿estudiaba usted, tenía algún profesor?
–Sí; lo tenía…
–Yo, en cambio, no he aprendido nada nunca.
–Tampoco yo —dijo el príncipe, como excusándose— he aprendido nada apenas. Mi mala salud no me ha permitido seguir estudios sistemáticos.
–¿No ha oído usted hablar de los Rogochin? —interrogó con viveza el joven de los cabellos negros.
–No; no conozco a casi nadie en Rusia. ¿Se llama usted Rogochin?
–Sí; Parfen Semenovich Rogochin.
–¿Parfen Semenovich? ¿No será usted uno de esos Rogochin que…? —preguntó el empleado con súbita gravedad.
–Sí; uno de esos —interrumpió impacientemente el joven moreno quien, desde el principio, no se había dirigido al hombre granujiento ni una sola vez, limitándose a hablar únicamente con Michkin.
El empleado, estupefacto, abrió mucho los ojos y todo su semblante adquirió una expresión de respeto servil, casi temeroso.
–¡Cómo! —prosiguió—. ¿Es posible que sea usted hijo de Semen Parfenovich Rogochin, burgués notable por derecho de herencia y que murió hace un mes dejando un capital de dos millones y medio de rublos?
–¿Y cómo puedes tú saber que ha dejado dos millones y medio? —preguntó rudamente el hombre moreno sin dignarse mirar al empleado. Luego añadió, haciendo un guiño a Michkin para referirse al otro—: Mírele: apenas se ha enterado de quién soy, ya empieza a hacerme la rosca. Pero ha dicho la verdad. Mi padre ha muerto y yo, después de pasar un mes en Pskov, vuelvo a casa como un pordiosero. Ni mi madre ni el bribón de mi hermano me han avisado ni me han enviado dinero. ¡Cómo si fuera un perro! Durante todo el mes he estado enfermo de fiebres en Pskov y…
–¡Pero ahora va usted a recibir un rico milloncejo, si no más! ¡Oh, Dios mío! —exclamó el señor granujiento alzando las manos al cielo.
–Dígame, príncipe —exclamó Rogochin, irritado, señalando al funcionario con un movimiento de cabeza—, ¿qué podrá importarle eso? Porque no voy a darte ni un kopec aunque bailes de coronilla delante de mí. ¿Oyes?
–Lo haré, lo haré.
–¿Qué le parece? Bien: pues no te daré ni un kopec aunque bailes de coronilla delante de mí una semana seguida.
–No me des nada. ¿Por qué habías de dármelo? Pero bailará de coronilla ante ti. Dejaré plantados a mi mujer y a mis hijos e iré a bailar de cabeza ante ti. Necesito rendirte homenaje. ¡Lo necesito!
–¡Puaf! —exclamó Rogochin, escupiendo. Y se dirigió al príncipe—: Yo no tenía más equipaje que el que usted lleva cuando, hace cinco semanas, huí de la casa paterna y me fui a la de mi tía, en Pskov. Allí caí enfermo. Y entre tanto murió mi padre de un ataque de apoplejía. Gloria eterna a su memoria, sí; pero la verdad es que faltó poco para que me matase a golpes. ¿Lo creería usted, príncipe? Pues es verdad: si yo no hubiese huido, me habría matado.
–¿Qué hizo usted para irritarle tanto? —preguntó el príncipe, que miraba con curiosidad a aquel millonario de tan modesta apariencia bajo su piel de cordero.
Aparte el millón que iba a heredar, había en el joven moreno algo que intrigaba e interesaba a Michkin. Y en cuanto a Rogochin, fuese por lo que fuera, se complacía en hablar con el príncipe, quizás más que en virtud de una ingenua necesidad de expansionarse, por hallar un derivativo a su agitación. Dijérase que la fiebre le atormentaba aún. En cuanto al empleado, pendiente de la boca de Rogochin, recogía cada una de sus palabras como si esperase hallar entre ellas un diamante.
–Mi padre estaba, desde luego, enojado conmigo, y acaso con razón —respondió Rogochin—; pero quien más le predisponía contra mí era mi hermano. No quiero decir nada de mi madre: es una mujer de edad, lee el Santoral, pasa su tiempo en hablar con viejas y no ve más que por los ojos de mi hermano Semka3. Pero ¿no es cierto que éste debió avisarme con oportunidad? ¡Bien sé por qué no lo hizo! Cierto que yo estaba entonces sin conocimiento… Cierto también que me expidieron un telegrama… Pero desgraciadamente lo recibió mi tía, viuda desde hace treinta años y que no trata, de la mañana a la noche, sino con hombres de Dios4 y gente por el estilo… No es monja, pero peor que si lo fuera. El telegrama la asustó, así que lo llevó al puesto de policía, donde aún continúa. Sólo me he informado de lo sucedido por una carta de Basilio Vasilievich Koniev, quien me lo cuenta todo, incluso que por la noche, mi hermano cortó un paño mortuorio de brocado de trencillas de oro, que adornaba el ataúd de mi padre, diciendo: «Esto vale su dinero». ¡Si quiero, me basta con eso para enviarle a Siberia, porque es un robo sacrílego! ¿Qué opinas tú, espantapájaros? —añadió, dirigiéndose al funcionario—. ¿Cómo califica la ley ese acto? ¿De robo sacrílego?
–Sí: de robo sacrílego —confirmó el empleado.
–¿Y se envía a Siberia a los culpables de ese crimen?
–¡A Siberia, sí! ¡A Siberia inmediatamente!
–En casa me creen enfermo aún —prosiguió Rogochin dirigiéndose al príncipe otra vez—. Pero yo he tomado el tren sin decir nada a nadie y, aunque mal de salud todavía, dentro de un rato estaré en San Petersburgo. ¡Cuánto se sorprenderá mi hermano Semen Semenovich al verme llegar! ¡El que, como bien sé, fue quien indispuso a mi padre contra mí! Aunque, a decir verdad, éste ya estaba irritado conmigo por lo de Nastasia Filipovna. En ese caso, desde luego, la culpa fue mía.
–¿Nastasia Filipovna? —preguntó el empleado, con aire servil y, al parecer, reflexionando intensamente.
–¡Si no la conoces! —exclamó Rogochin, con impaciencia.
–¡Si! ¡La conozco! —exclamó, con aire triunfante, el señor granujiento.
–¡Claro! ¡Hay tantas Nastasias Filipovnas en el mundo! Eres un solemne animal, permíteme que te lo diga. ¡Ya sabía yo que este bestia acabaría queriendo pegarse a mí! —añadió Rogochin, hablando a Michkin.
–¡Bien puede ser que la conozca! —replicó el empleado—. ¡Lebediev sabe muchas cosas! Podrá usted injuriarme cuanto quiera, excelencia, pero ¿y si le pruebo que digo la verdad? Esa Nastasia Filipovna por cuya culpa le ha golpeado su padre, se apellida Barachkov, y es una señora distinguida y hasta, en su estilo, una verdadera princesa. Mantiene íntimas relaciones con Atanasio Ivanovich Totsky y no tiene otro amante que él. Totsky es un poderoso capitalista, con mucho dinero y muchas propiedades, accionista de varias compañías y empresas y por esta razón muy amigo del general Epanchin.
–¡Diablo! ¡La conoce de verdad! —exclamó Rogochin, realmente sorprendido—. ¿Cómo puedes conocerla?
–¡Lebediev lo sabe todo! ¡Lebediev no ignora nada! He andado mucho con Alejandro Lichachevich cuando éste acababa de perder a su padre. ¡No sabía dar un paso sin mí! Ahora está preso por deudas; mas yo en aquel tiempo conocí a todas aquellas mujeres: Arrancia y Coralia, y la princesa Patzky, y Nastasia Filipovna, y muchas otras.
–¿Es posible que Lichachevich y Nastasia Filipovna…? —preguntó Rogochin lanzando una mirada de cólera al empleado. Y sus labios se convulsionaron y palidecieron.
–¡No, no, nada! —se apresuró a contestar Lebediev—. Él le ofrecía sumas enormes, pero no pudo conseguir absolutamente nada… No es como Amancia. Su único amigo íntimo es Totsky. Por las noches puede vérsela siempre en su palco en el Gran Teatro o en el Teatro Francés. Y la gente hablará de ella lo que quiera, pero nadie puede probarle nada. Se la señala y se dice: «Mirad a Nastasia Filipovna»; pero nada más, porque nada hay que decir.
–Así es, en efecto —convino Rogochin, con aire sombrío—; eso concuerda con lo que me contó hace tiempo Zaliochev. Un día, príncipe, yo cruzaba la Perspectiva Nevsky vestido con un gabán viejo que mi padre había retirado hacía tres temporadas. Ella salía de un comercio y subió al coche. En el acto sentí que me atravesaba el alma un dardo de fuego. A poco encontré a Zaliochev. No vestía como yo, sino con elegancia, y llevaba un monóculo aplicado al ojo. En cambio yo, en casa de mi padre, usaba botas enceradas y comía potaje de vigilia. «Esa no es de tu clase —me dijo mi amigo—: es una princesa. Se llama Nastasia Filipovna Barachkov y vive con Totsky. Él ahora, quisiera desembarazarse de ella a toda costa, porque, a pesar de sus cincuenta y cinco años, tiene entre ceja y ceja el propósito de casarse con la beldad más célebre de San Petersburgo». Zaliochev añadió que si yo iba aquella noche a los bailes del Gran Teatro podría ver en un palco a Nastasia Filipovna. Entre nosotros, le diré que ir a ver una sesión de baile significaba para mí correr el riesgo de ser molido a golpes por mi padre. No obstante, burlando su vigilancia, pasé una hora en el teatro, volví a ver a Nastasia Filipovna y no pude dormir en toda la noche. Por la mañana, mi difunto padre me entregó dos títulos al cinco por ciento de cinco mil rublos cada uno. «Vete a venderlos —dijo—, pasa por casa de los Andreiev, liquídales una cuenta de siete mil quinientos rublos que tengo con ellos y tráeme el resto del dinero. No te entretengas en el camino, que te aguardo». Negocié los títulos, pero en vez de ir a casa de Andreiev entré en el Bazar Inglés y compré unos pendientes de diamantes, cada uno casi tan grueso como ruta avellana. Como el precio excedía en cuatrocientos rublos el dinero que yo llevaba, di mi nombre y el comerciante me abrió, crédito por la diferencia. Tras esto, fui a ver a Zaliochev. «Acompáñame a casa de Nastasia Filipovna», le dije. Y fuimos. No sé, ni recuerdo, lo que había ante mí, ni a mi lado, ni bajo mis pies. Entrarnos en una sala y ella salió a recibirnos. Yo no di mi nombre: fue Zaliochev quien tomó la palabra. «Sírvase aceptarlos en nombre de Parfen Rogochin, en recuerdo del encuentro de ayer tarde», dijo. Ella abrió el estuche, miró los pendientes y sonrió: «Agradezca a su amigo Rogochin su amable atención», repuso. Y, haciéndonos una reverencia, se apartó. ¿Por qué no caería yo muerto en aquel instante? Si me había decidido a hacer la visita, era porque, en verdad, no esperaba volver vivo de ella. Lo que más me mortificaba de todo era ver que aquel animal de Zaliochev se había arreglado para atribuirse el mérito a sí mismo, en cierto modo. Yo, bajo de estatura como soy y mal vestido como iba, guardaba un silencio lleno de turbación, y me limitaba a contemplar a aquella mujer abriendo mucho los ojos, mientras él, ataviado con elegancia, los cabellos rizados y llenos de cosmético, muy sonrosada la cara, el lazo de la corbata impecable, mostraba una desenvoltura de hombre de mundo, y todo se volvía inclinaciones y gracias. ¡Estoy seguro de que ella le tomó por mí! Cuando salimos le dije: «Ahora no vaya a ocurrírsete cualquier insolencia respecto a Nastasia Filipovna. ¿Comprendes?». Él, riendo, repuso: «¿Cómo te las compondrás para arreglar tus cuentas con Semen Parfenovich?». Yo sentía tanto deseo de volver a casa como de tirarme al agua, pero me dije: «Sea lo que quiera. ¿Qué me importa?». Y regresé a casa como un alma en pena.
–¡Oh! —exclamó el empleado, estremeciéndose con positivo espanto—. ¿No sabe —añadió, dirigiéndose al príncipe— que el difunto Semen Parfenovich era capaz de matar a un hombre por diez rublos? ¡Figúrese de lo que sería capaz por diez mil!
Michkin miraba con curiosidad a Rogochin, que parecía haber palidecido en aquel momento más aún.
–¿Matar a un hombre? —dijo Rogochin—. ¡Qué sabes tú de eso! ¡Peor aún! —Y, volviéndose a Michkin, continuó—: Mi padre no tardó en averiguar lo ocurrido, ya que Zaliochev lo iba contando a todos. El viejo me hizo subir al piso alto de casa. Allí se encerró conmigo y me golpeó durante una hora seguida. «Esto es sólo el prólogo —me aseguró—. Antes de acostarme volveré a darte las buenas noches». ¿Y sabe lo que hizo luego? Pues aquel hombre de cabellos blancos visitó a Nastasia Filipovna y se inclinó hasta el suelo delante de ella, suplicándole y llorando. Al fin ella buscó el estuche y se lo tiró a la cara. «Toma, viejo barbudo —le dijo—. Ahí van tus pendientes, pero ahora que sé lo que Parfen Semenovich hizo para regalármelos, tienen diez veces más valor a mis ojos. Saluda a tu hijo y dale las gracias en mi nombre». Entretanto, yo, con permiso de mi madre, pedí veinte rublos prestados a Sergio Protuchin y me fui a Pskov. Llegué tiritando de fiebre. Allí, las viejas de casa de mi tía comenzaron a leerme el Santoral. Cansado, me dediqué a gastar en bebida los restos de mi dinero. Invertí hasta mi último groch en una taberna, y al salir mortalmente borracho caí al suelo y allí pasé la noche. Por la mañana amanecí delirando, y costó mucho trabajo volverme a la razón. Pasé unos días muy malos, se lo aseguro.
–Vamos, vamos —dijo jovialmente el funcionario, frotándose las manos—, ahora ya verá cómo Nastasia Filipovna canta otra canción. ¿Qué importan aquellos pendientes? ¡Ya le regalaremos otros!
–¡Si vuelves a mencionar a Nastasia Filipovna, te daré de latigazos por muy amigo que seas de Alejandro Lichachevich! —gritó Rogochin, asiendo con violencia el brazo de Lebediev.
–Si me das de latigazos, eso quiere decir que no me rechazas. ¡Anda, dame de latigazos! ¡No lo tomo a mal! Cuando se azota a alguien, se pone el sello a… ¡Ea, al fin ya llegamos!
El tren, en efecto, entraba en la estación. Aunque Rogochin había hablado de una marcha en secreto, varios individuos le esperaban. Al verle, comenzaron a gritar y a agitar sus gorros en el aire.
–¡También está con ellos Zaliochev! —exclamó Rogochin, mirándoles con sonrisa entre maligna y orgullosa. Luego se dirigió repentinamente a Michkin—: Te he tomado afecto no sé cómo, príncipe. Quizá por haberte encontrado en este momento. Sin embargo, también he encontrado a ése —agregó, indicando a Lebediev—, y no me ha despertado simpatía alguna. Ven a verme, príncipe. Te quitaré esas polainas y te regalaré una pelliza de marta de primera calidad. Además mandaré que te hagan un magnífico frac, con chaleco blanco o del color que te guste. Luego te llenaré los bolsillos de dinero… e iremos a ver a Nastasia Filipovna. ¿Vendrás?
–Atiéndale, príncipe León Nicolaievich —dijo el empleado, con solemnidad—. ¡No deje escapar tan buena ocasión!
El príncipe Michkin se incorporó, tendió cortésmente la mano a Rogochin y le dijo con la mayor cordialidad:
–Iré a verle con el mayor placer y aprecio mucho la amistad que me testimonia. Quizá vaya a visitarle hoy mismo. Me ha simpatizado mucho, sobre todo cuando nos ha contado esa historia de los pendientes. Pero ya me agradaba usted antes, a pesar de su aspecto sombrío. Le agradezco la pelliza y los vestidos que me ofrece, porque pronto, en efecto, lo necesitaré todo. En este momento apenas poseo un kopec.
–Ven, ven y tendrás dinero esta misma tarde.
–Lo tendrá —repitió el empleado, como un eco—. ¡Lo tendrá esta misma tarde!
–Dime, príncipe; ¿te gustan las mujeres? ¡Dímelo en seguida!
–No… Yo, ¿comprende?… En fin, quizá usted lo ignore, pero el caso es que yo, como consecuencia de mi enfermedad congénita, no puedo tratar íntimamente a las mujeres.
–En ese caso —exclamó Rogochin— eres un verdadero hombre de Dios. Dios ama a los seres así.
–Sí: el Señor Dios los ama —aseguró el empleado a su vez.
–Anda, moscón, acompáñame —dijo Rogochin a Lebediev.
Todos descendieron del carruaje. Lebediev había conseguido al fin su propósito. El ruidoso grupo partió en dirección a la Perspectiva Voznesensky. Michkin debía dirigirse a la Litinaya. El tiempo era húmedo. El príncipe preguntó a los transeúntes el camino a seguir y cuando supo que debía recorrer tres verstas, resolvió tomar un coche de alquiler.
II
El general Epanchin vivía en una casa propia cerca de la Litinaya, junto a la Transfiguración. Además de ser dueño de aquel magnífico edificio, cuyas cinco sextas partes alquilaba, el general obtenía una buena renta de otra casa, muy vasta también, que poseía en la Sadowaya. Era igualmente propietario de una fábrica en el distrito de San Petersburgo y de una finca que producía considerables ingresos, situada a poca distancia de la capital. Como todos sabían, el general, antes, había estado interesado en los arrendamientos públicos y a la sazón era un fuerte e influyente accionista en varias poderosas sociedades comanditarias. Gozaba reputación de hombre muy rico, muy ocupado y muy bien relacionado. Tenía el arte de saber hacerse necesario en donde le convenía, como, por ejemplo, en su departamento gubernamental. Nadie, sin embargo, ignoraba que Iván Federovich Epanchin no había recibido educación alguna, ya que su padre fue mero soldado raso. Sin duda este último hecho no podía sino honrarle, comparándolo con la posición social alcanzada, pero el general, aunque hombre inteligente, no se eximía de ciertas debilidades, y le disgustaba, en consecuencia, que se aludiese a sus orígenes. En todo caso, era talentoso y capaz. Se atenía, verbigracia, al principio de no hacerse evidente nunca allí donde convenía difumarse y, a los ojos de mucha gente, uno de sus principales méritos consistía en su falta de pretensiones y en saber no salirse de su lugar. ¿Qué hubieran dicho los que le juzgaban así de haber leído sus sentimientos reales en el fondo de su alma? El hecho era que, uniendo a una gran experiencia de la vida varias notabilísimas facultades, Iván Fedorovich fingía obrar, más que en virtud de sus inspiraciones personales, como ejecutor del pensamiento de los demás, a fin de parecer un hombre «desinteresadamente consagrado al servicio» y de ganar fama, de acuerdo con el sentir de la época, de ser un auténtico ruso. Cierto que circulaban al propósito algunas anécdotas divertidas, pero el general no se desconcertaba nunca por semejante causa. Además, era afortunado en todo, incluso en el juego. Arriesgaba gruesas sumas en el tapete verde y lejos de ocultar lo que él llamaba su «pequeña debilidad», procuraba hacer ostentación de ella. Trataba círculos muy mezclados, sí, pero, por supuesto, de gente influyente y bien situada. Por mucho que tuviese que hacer, siempre encontraba tiempo para todo, y todo era diligenciado por él a su debido tiempo. También en punto a edad el general se hallaba en eso que se llama «la flor de la vida», ya que contaba cincuenta y seis años, momento en que, como todos saben, es cuando se empieza a vivir de veras. Su buena salud, su rostro optimista, su figura recia, sus dientes sólidos aunque ennegrecidos, el aire de preocupación con que trabajaba por la mañana en su despacho y el aspecto de buen humor que exhibía por la noche ante la mesa de juego o en casa de Su Gracia, todo contribuía a su éxito presente y futuro y contribuía a cubrir de rosas su sendero.
El general tenía varias deliciosas hijas. En aquel sentido, no todo eran rosas, aunque sí motivo de que Epanchin albergase esperanzas profundamente acariciadas. ¿Hay, después de todo, planes más graves y respetables que los de un padre? ¿Qué debe preocupar a un hombre más que su familia?
La del general consistía en su esposa y tres hijas, ya mujeres. Epanchin habíase casado muchos años atrás, siendo sólo teniente, con una muchacha de su edad aproximada que no sobresalía por su belleza ni su cultura, ni le llevó como dote más que cincuenta almas, dote, sin embargo, que constituyó el primer peldaño de la fortuna del general. Éste nunca deploró aquel matrimonio contraído en su obscura juventud, nunca lo consideró como un error, y respetaba y hasta, a veces, temía tanto a su mujer, que ello era casi para él un equivalente del amor. Su esposa pertenecía a la familia principesca de los Michkin, de nobleza antigua aunque no brillante, y tenía una alta opinión de sí misma en razón a su nacimiento. Una persona influyente, uno de esos protectores amigos de proteger sin que les cueste nada, se había interesado por el porvenir del esposo de la joven princesa cuando ambos estaban recién casados. Abrió, en efecto, camino, al joven oficial, tendiéndole, como suele decirse, una mano, aunque en realidad nunca hizo falta mano alguna, sino una simple mirada para que ambos se comprendieran. Con pocas excepciones, marido y mujer pasaron toda su existencia en buena armonía. La Epanchina, desde su edad juvenil, gracias a ser princesa por nacimiento —la última de su familia— y acaso también a causa de sus cualidades personales, había encontrado amistades de peso en los círculos más altos.
En los últimos años, gracias a la riqueza de su esposo y al grado de éste en el servicio, acabó sintiéndose como en su casa en aquellas elevadas regiones.
En el curso de los años, las tres hijas del general —Alejandra, Adelaida y Aglaya— se habían convertido en mujeres muy atractivas. Eran, cierto, meras Epanchinas, pero por parte de su madre descendían de cuna ilustre, poseían considerables dotes, se esperaba que su padre, más pronto o más tarde, llegase a ocupar una posición muy alta y, lo que resultaba también importante, las tres tenían una notable belleza, sin exceptuar a la mayor, que ya había rebasado los veinticinco años. La segunda contaba veintitrés y Aglaya, la más joven, acababa de cumplir los veinte. Aglaya, auténtica hermosura, comenzaba a atraer la atención en sociedad. Por ende, las tres eran también muy distinguidas en materia de educación, inteligencia y talento. Todas se querían mucho y se apoyaban mutuamente. Incluso la gente hablaba de ciertos sacrificios hechos por las dos mayores en beneficio de la tercera, que era el ídolo de la familia. No les gustaba exhibirse mucho en sociedad y procedían siempre con extraordinario recato. Nadie podía reprocharles altanería o desdén, aunque todos las supiesen orgullosas y conscientes de su propia valía. La mayor de todas tocaba admirablemente, y la segunda pintaba muy bien, aunque ello no se había sabido hasta hacía pocos años. En resumen, se las elogiaba mucho. Cierto que tampoco faltaban comentarios hostiles. La gente hablaba con horror del número de libros que las tres muchachas habían leído. No mostraban prisa en casarse y no aparecían sino muy moderadamente en el círculo social al que pertenecían. Esto resultaba lo más notable de todo, siendo notorios, como lo eran, los propósitos, inclinaciones, carácter y deseos de su padre.
Serían cosa de las once cuando el príncipe pulsó el timbre de la puerta del general. Éste habitaba, en el primer piso de su casa, un departamento relativamente modesto para su posición en el mundo. Un lacayo de librea abrió la puerta y el príncipe hubo de entrar en largas explicaciones con aquel hombre, quien desde el primer momento miróles a él y su paquete con clara desconfianza. Al fin, en vista de la reiterada y concreta aserción del visitante de que era realmente el príncipe Michkin y que deseaba ver al general acerca de un asunto urgente y de importancia, el asombrado servidor le pasó a una reducida antecámara que precedía al salón contiguo al despacho, confiándose allí a otro criado cuyo deber consistía en recibir a los visitantes en la antesala y anunciarlos al general. Este segundo sirviente, que vestía de frac, era un hombre como de cuarenta años, con el aspecto inquisitivo propio de quien conoce bien la importancia de sus funciones, que en su caso, según dijimos, consistían en anunciar a los visitantes y pasarlos al despacho.
–Entre en el salón y deje aquí su paquete —dijo el lacayo, sentándose en su butaca con mesurada gravedad y examinando a la vez, con ojo sorprendido y severo, al príncipe, quien, sin abandonar su modesto equipaje, se había instalado junto a él en una silla.
–Si me lo permite —indicó Michkin— esperaré en su compañía. ¿Qué voy a hacer yo solo ahí dentro?
–Puesto que viene usted de visita, no puede quedarse en la antesala. ¿Quiere usted ver al general en persona?
–Sí; tengo un asunto que… —principió el príncipe.
–No le pregunto sobre su asunto. Mi deber es sólo el de anunciarle. Pero, como ya le he dicho, sin permiso del secretario no puedo hacerlo.
El lacayo se sentía cada vez más inclinado a la desconfianza. El aspecto del príncipe difería mucho del de los visitantes ordinarios. Si bien a ciertas horas, e incluso todos los días, el general solía recibir personas de las más diversas calidades, especialmente en materia de negocios, el criado, pese a la amplitud de sus instrucciones, experimentaba en este caso gran titubeo y por ello consideró imprescindible consultar al secretario.
–¿Viene usted en realidad del extranjero? —preguntó, involuntariamente, sintiéndose muy turbado apenas concluyó de hablar.
En rigor había estado a punto de preguntar: «¿Es usted en realidad el príncipe Michkin?».
–Sí: llego ahora mismo de la estación. Creo que quería usted preguntarme si soy verdaderamente el príncipe Michkin; pero la cortesía le ha impedido hacerlo así.
–¡Hum! —rezongó el sirviente, sorprendido.
–Le aseguro que no miento y que no incurrirá usted en responsabilidad alguna por culpa mía. Si me presento vestido de este modo y llevando este paquete, ello no debe extrañarle. Mi situación actual no es muy desahogada.
–Es que… Mire; mi deber es sólo anunciarle, y el secretario le verá, a menos que usted… Precisamente la dificultad está en que… En fin: ¿puedo preguntarle si se propone solicitar del general una ayuda pecuniaria?
–¡Oh, no! Tranquilícese; no es ése el asunto que me trae aquí.
–Dispénseme, pero yo, viendo su traje… Espere al secretario. Ahora el general está ocupado con un coronel… y luego tiene que venir el secretario de la compañía…
–Si he de esperar mucho, le ruego que me permita fumar en algún sitio Tengo pipa y tabaco…
–¡Fumar! —exclamó el lacayo mirándole con despectiva extrañeza, como si no pudiera creer a sus oídos—. ¡Fumar! No, no puede usted fumar aquí y no debía ocurrírsele ni preguntármelo. ¡Je, je! ¡Vaya una ocurrencia!
–No se trata de fumar en esta habitación. Ya me hago cargo de que eso no debe estar permitido. Sólo quería referirme a que me indicara un lugar donde poder encender una pipa, porque tengo ese vicio y hace tres horas que no he fumado. Pero, en fin, como le parezca… Ya lo dice el refrán: «Do quiera que estuvieres, haz lo que vieres…».
El lacayo no pudo contenerse y exclamó:
–¿Cómo voy a anunciar a un hombre así? En primer lugar, su sitio como visitante no es éste, sino el salón, y me expone usted a recibir reproches. ¿No pensará usted quedarse a vivir en la casa? —añadió, mirando de soslayo el paquetito, que evidentemente le preocupaba.
–No, no me lo propongo. Incluso si me invitaran no me quedaría. El único objeto de mi visita es conocer a los dueños de la casa… y nada más.
Esta respuesta pareció muy equívoca al desconfiado sirviente.
–¿Conocerlos? —dijo con sorpresa—. ¡Pero si me aseguró usted al principio que venía por un asunto!
–Quizá haya exagerado yo al hablar de un asunto. No obstante, puedo decir que me trae un asunto, en el sentido de que tengo que pedir un consejo… Pero sobre todo deseo presentarme a los Epanchin, porque la generala pertenece a la familia de los Michkin, como yo, y los dos somos los últimos descendientes de nuestra raza.
Las últimas palabras del príncipe llevaron al colmo la inquietud del lacayo.
–¿Así que es usted un pariente?
–Apenas un pariente. El parentesco existe, en realidad, pero tan lejano que se puede considerar como nulo. Desde el extranjero escribí una vez a la generala y no me contestó. Sin embargo, al volver a Rusia, he creído deber mío venir a visitarla. Entro en tantas explicaciones para disipar sus dudas, ya que le veo muy sorprendido. Anuncie al príncipe Michkin y este nombre será suficiente razón de mi visita. Se me recibirá o no: en el primer caso, bien; en el segundo tal vez mejor aún. Pero creo que no pueden dejar de recibirme, porque la generala querrá ver al último miembro actual de su familia, ya que, según me han dicho, da mucha importancia a su nacimiento.
Cuanto más se esforzaba el príncipe en hacer natural su conversación, más aquella naturalidad hacía entrar en sospechas al experto sirviente, quien, reconociendo la charla muy lógica de hombre a hombre, no podía considerarla de igual modo de visitante a lacayo. Y como los criados son mucho menos torpes de lo que sus señores imaginan, sólo dos ideas surgían en la mente del lacayo: o el visitante era un impostor que acudía a pedir dinero al general, o era sencillamente un idiota sin un ápice de dignidad, porque un príncipe en sus sentidos cabales y suficientemente digno no se habría quedado en la antesala ni contado sus intimidades a un sirviente. En cualquiera de ambos casos, el anunciar tal visita podía originarle complicaciones.
–En todo caso, debe usted pasar al salón —dijo lo más apremiantemente que supo.
–Si hubiese pasado, no habría podido darle estas explicaciones —contestó el príncipe con sonrisa jovial— y usted estaría inquieto aún acerca de mi capote y de mi paquete. Ahora, quizá juzgue usted inútil esperar al secretario y me anuncie sin más.
–No puedo anunciar a un visitante como usted sin contar con el secretario. Además, Su Excelencia tiene dadas órdenes de que no se le moleste cuando está con el coronel… Sólo Gabriel Ardalionovich puede pasar en estas ocasiones sin ser anunciado.
–¿Es un empleado?
–¿Quién? ¿Gabriel Ardalionovich? No. Está al servicio de la compañía. Deje usted el paquete aquí.
–Sí, ya pensaba hacerlo si me lo permitía. Y el capote también. ¿Le parece?
–Sí: no puede usted conservarlo puesto cuando pase a ver a Su Excelencia.
El príncipe, levantándose, quitóse ágilmente el capote. Llevaba debajo un traje bastante elegante y bien cortado, aunque algo raído. Sobre su chaleco serpenteaba una cadena de acero. El reloj, de fabricación ginebrina, era de plata.
Aunque el lacayo tuviese a aquel hombre por un imbécil —y la convicción de que lo era había arraigado vigorosamente ya en su cerebro— no dejaba de comprender lo inusitado de que él, un sirviente, conversase así con un visitante. Además, sentía cierta simpatía por Michkin, siempre, por supuesto, desde un punto de vista distinto a aquel que le produjera tan violenta indignación.
–Y ¿a qué horas recibe la señora Epanchina? —preguntó Michkin después de volver a sentarse donde anteriormente.
–Eso ya no es cosa mía. Sus horas de recepción varían según las personas. Para la modista, la señora está visible desde las once. Gabriel Ardalionovich puede pasar también antes que los demás, incluso durante el desayuno.
–En invierno, la temperatura de las casas es mejor aquí que en el extranjero —comentó Michkin—, aunque en la calle el aire allá es menos frío que aquí. Un ruso no acostumbrado a las casas extranjeras las encuentra inhabitables en el invierno.
–¿No tienen calefacción?
–Sí; pero se construye de diferente modo, con otro sistema de calefacción y de ventanas.
–Ya. ¿Ha estado usted mucho tiempo en el extranjero?
–Cuatro años. Claro que siempre he habitado en el mismo lugar, en el campo.
–Se encontrará usted extraño entre nosotros, ¿no?
–Es verdad. Puede creerme que me ha sorprendido observar que no se me había olvidado el idioma ruso. Ahora, ¿ve?, mientras conversamos, pienso: «¡Pues si hablo bien!». Tal vez por eso charle tanto. Desde ayer, en realidad, experimento una necesidad continua de hablar en ruso.
–¡Sí; claro! ¿Vivía usted en San Petersburgo? —preguntó el lacayo, que, pese a sus esfuerzos, no podía lograr librarse de una conversación tan afable y cortés.
–¿En San Petersburgo? Sólo he estado de paso. Pero entonces yo no conocía nada de Rusia y ahora, según dicen, ha habido tantos cambios que hasta los que la conocían han tenido que estudiarla de nuevo. Se habla mucho de las nuevas instituciones judiciales…
–Sí, claro; las instituciones judiciales… ¿Y qué? ¿Es mejor la justicia extranjera que la nuestra?
–No lo sé. He oído decir muchas veces que la nuestra es buena. Entre nosotros, por ejemplo, la pena de muerte no existe.
–¿Y en el extranjero sí?
–Sí. Yo he visto una ejecución en Lyón, en Francia. El doctor Schneider me llevó a presenciarla.
–¿Cómo hacen? ¿Ahorcan a los delincuentes?
–No. En Francia les cortan la cabeza.
–¿Y gritan?
–¿Cómo van a gritar? Es cosa de un instante. Se coloca al hombre sobre una plancha y en seguida cae la cuchilla, movida por una potente máquina llamada guillotina. La cabeza queda cortada antes de tener tiempo de parpadear. Los preparativos son horrorosos. Sí; lo más terrible es cuando leen la sentencia al condenado, cuando le visten, cuando le maniatan, cuando le conducen al cadalso… Acude una multitud a verlo, incluso mujeres, aunque allí se opina que las mujeres no deben ver una ejecución.
–¡Cómo que no es cosa para ellas!
–Desde luego que no… Recuerdo que el criminal era un hombre inteligente, maduro, fuerte y resuelto, llamado Legros. Pero le aseguro a usted, aunque no me crea, que cuando subió al cadalso iba llorando y blanco como el papel. ¿No le parece increíble y tremendo? ¿Cómo cabe que haya quien llore de miedo? Yo no creía que el terror pudiese arrancar lágrimas a un adulto, a un hombre de cuarenta y cinco años que no había llorado jamás. ¿Qué pasa, pues, en el alma en este momento? ¿Qué terrores la dominan?
El príncipe se animaba a hablar. Un ligero matiz rosado coloreaba su pálido rostro. Sin embargo, no elevaba la voz más que de costumbre. El criado le escuchaba con vivo interés.
–Al menos, con ese género de suplicio no se sufre mucho —comentó.
–Lo que acaba usted de decir es precisamente lo que todo el mundo dice —contestó Michkin, excitándose— y para eso se inventó la guillotina. Pero yo, mientras asistía a la ejecución, me decía: «¿Quién sabe si la rapidez de la muerte no la hace más cruel aún?».
Mientras el príncipe seguía hablando sobre el mismo tema, el lacayo, aunque no supiese expresar sus ideas como Michkin, delataba en su rostro la emoción que le poseía. La dureza de su semblante se suavizó.
–Si tiene muchas ganas de fumar —dijo—, hágalo pero dése prisa para estar aquí cuando Su Excelencia le mande pasar. ¿Ve esa puerta bajo la escalerilla? Pues abriéndola encontrará un cuartito donde podrá fumar, aunque debe abrir la ventana, porque esto va contra las instrucciones que se nos han dado.
Mas el príncipe no tuvo ya tiempo de fumar. En la antecámara entró de pronto un joven que llevaba unos papeles en la mano. El lacayo se apresuró a quitarle la pelliza. El joven dirigió al príncipe una rápida ojeada.
–Gabriel Ardalionovich —principió el lacayo en tono confidencial y casi familiar—, este caballero se ha presentado bajo el nombre de príncipe Michkin y dice que es pariente de la señora. Acaba de llegar del extranjero, y trae un paquetito en la mano…
El príncipe no oyó más, porque el lacayo continuó el resto de sus palabras en voz baja. Gabriel Ardalionovich escuchaba atentamente, mirando al príncipe con redoblada curiosidad. Al fin cesó de atender y se aproximó vivamente al visitante.
–¿Es usted el príncipe Michkin? —preguntó con cortesía y afabilidad extremas.
Gabriel Ardalionovich era un hombre de veintiocho años, de buena apariencia, bien formado, de mediana estatura, con un rostro inteligente y agradable, cabello rubio y una pequeña perilla a lo Napoleón III. Pero la amabilidad de su sonrisa parecía fingida y, aunque afectaba buen humor y cordialidad, su mirada era fija y escudriñadora.
«Cuando esté solo debe de tener otro aspecto. Acaso nunca se ría», pensó el príncipe.
Y se apresuró a suministrar todos los informes que pudo sobre su personalidad, repitiendo poco más o menos lo que dijera al criado y antes a Rogochin. Gabriel Ardalionovich pareció recordar algo.
–¿No escribió usted, hace un año o quizá menos, una carta desde Suiza a Lisaveta Prokofievna? —preguntó.
–Sí.
–En ese caso ya se le conoce aquí y se le recuerda. ¿Desea ver a Su Excelencia? Voy a anunciarle… El general, dentro de un instante, estará libre. Pero vale más que espere usted en el salón. ¿Por qué está aquí el señor? —añadió severamente, dirigiéndose al criado.
–Ya le he dicho, Gabriel Ardalionovich, que porque así lo ha querido.
En aquel momento abrióse bruscamente la puerta del despacho y salió de él un militar que sostenía en la mano una cartera y hablaba en voz alta.
–¿Estás ahí, Gania5? —preguntó alguien desde el interior—. Entra, entra.
Gabriel Ardalionovich se inclinó ligeramente ante Michkin y penetró en el aposento desde el que le llamaban.
Al cabo de dos minutos se abrió la puerta de nuevo y se oyó la voz sonora, afable y musical, del secretario:
–Príncipe, sírvase pasar.
III
El general Iván Fedorovich Epanchin, de pie en medio del despacho, miraba con gran curiosidad al joven que entraba en él. Incluso adelantó dos pasos hacia Michkin. Éste se aproximó al general y se presentó.
–Muy bien —dijo el general—. ¿En qué puedo servirle?
–No me trae ningún asunto urgente. Sólo deseaba conocerle a usted. No quisiera molestarle, pero como no conozco sus días ni horas de visita… En cuanto a mí, llego ahora de la estación. Vengo de Suiza.
El general iba a sonreír, pero reflexionó y reprimióse. Permaneció un momento pensativo, guiñó los ojos y examinó de nuevo a su visitante de pies a cabeza. Luego, con rápido ademán, le señaló una silla, y acomodóse junto a él, un poco de lado, en impaciente espera. Gania, de pie en un ángulo del despacho, examinaba papeles sobre una mesa.
–En principio y como regla —dijo Iván Fedorovich— no tengo tiempo para entablar nuevos conocimientos, pero como usted, al decidirse a visitarnos, persigue sin duda algún fin, yo…
–Yo esperaba precisamente —interrumpió Michkin— que usted no dejara de atribuir a mi visita algún fin particular. Pero le aseguro que, aparte el placer de conocerle, no me guía ningún otro interés concreto.
–El placer no es menor para mí; mas, como usted sabe, no siempre puede uno entregarse a lo que le agrada. Hay que trabajar también… Además, hasta el momento, yo no he descubierto nada de común entre nosotros, algo que, por decirlo así…
–No hay nada, con certeza, que justifique nuestro trato, y sin duda existe muy poco de común entre los dos. Porque si bien yo soy el príncipe Michkin y la esposa de usted procede de mi familia, esto, evidentemente, no es razón, y yo lo comprendo muy bien, para entablar relaciones. Pero no tengo otro motivo para visitarle. Acabo de pasar cuatro años en el extranjero… ¡y no sabe usted en qué estado me hallaba cuando, abandoné Rusia! Estaba casi loco. Y si entonces no conocía a nadie, ahora menos aún. Necesito, pues, conocer y tratar personas amables… Incluso tengo que pedir consejo sobre cierto asunto y no sé a quién recurrir. Por eso, estando en Berlín, me dije: «Los Epanchin son casi parientes. Me dirigiré primero a ellos: quizá podarnos sernos mutuamente útiles, si son buena gente». He oído decir que usted lo es.
–Gracias —repuso el general, sorprendido—. Permítame preguntarle dónde se hospeda.
–Hasta ahora en ningún sitio.
–¿Así que ha venido directamente desde el tren a casa?… ¿Y con… con sus equipajes?
–No traigo más equipaje que un paquetito con ropa blanca, que suelo llevar a mano. Pero de aquí a la noche me queda tiempo de encontrar donde alojarme.
–¿Tiene usted, pues, la intención de buscar dónde hospedarse?
–¡Oh, sí, desde luego!
–Juzgando por sus palabras, creí que contaba usted instalarse en nuestra casa.
–Para eso habría hecho falta ante todo que usted me lo propusiera y debo confesarle que aun en ese caso no hubiera accedido. No por razón alguna, sino, sencillamente… porque soy así.
–Entonces he acertado no invitándole, y no le invitaré. Permítame, príncipe, llegar a una conclusión definitiva: hemos convenido los dos en que no cabe hablar de relaciones de parentesco entre ambos, por muy halagador que ello fuese para mí. Por tanto, no queda nada sino…
–Sino marcharme, ¿verdad? —acabó el visitante, levantándose y sonriendo jovialmente, pese a la notoria dificultad de su situación—. En realidad, general, aunque mi inexperiencia de la vida petersburguesa es absoluta, ya presentía que nuestra entrevista no podría terminar de otro modo. Bien: quizá valga más así. Ya antes no contestaron ustedes a mi carta… Ea, adiós, y dispense que le haya molestado…
La faz de Michkin expresaba en aquel momento tal cordialidad, su sonrisa carecía tan en absoluto de la menor sombra de oculta malevolencia o rencor, que el general interrumpió en el acto el curso de sus palabras, y comenzó a mirar al visitante de manera totalmente distinta. Aquel cambio se produjo en menos de un minuto.
–Vamos, príncipe —dijo con voz que difería mucho de la de unos momentos atrás—, yo no le conocía, es verdad; pero Lisaveta Prokofievna, tendrá probablemente interés en ver a una persona que lleva su apellido. Sírvase esperar un poco, si no tiene mucha prisa.
–¡Oh, yo soy dueño absoluto de mi tiempo! —dijo Michkin, colocando otra vez sobre la mesa su sombrero flexible de alas redondas—. Reconozco que esperaba que acaso Lisaveta Prokofievna se acordase de haber recibido una carta mía. Antes, mientras yo aguardaba en la antecámara, su criado ha creído recibir a un pedigüeño en demanda de dinero, y he comprendido bien que tiene usted dadas al respecto instrucciones precisas y rigurosas. Pero le aseguro que ha existido un equívoco sobre el objeto de mi visita. Mi solo fin al venir ha sido conocerle. Por desgracia, temo haberle importunado.
–Escuche, príncipe —dijo el general con jovial sonrisa—; si es usted lo que parece ser, celebraré estrechar mi relación con usted. Sólo que —ya se hará usted cargo—, soy un hombre muy ocupado. Ahora mismo tengo todavía que leer y firmar algunos documentos; luego debo visitar a Su Gracia y después acudir a mi despacho oficial. Así que, por muy agradable que me sea tratar a la gente…, a la gente distinguida, claro… Por otra parte, veo que es usted un hombre de excelente educación y… ¿qué edad tiene usted, príncipe?
–Veintiséis años.
–¡Yo le suponía mucho más joven!
–Todos dicen que no represento mi edad. Esté seguro de que procuraré no estorbarle; no me gusta molestar a la gente. Imagino, además, que los dos somos caracteres bastante distintos y, a través de diversos detalles sospecho que no debemos tener muchos puntos de contacto. Sin embargo, esto no acabo de creerlo, porque a menudo sucede que cuando entre dos personas se supone que no hay punto alguno común, existen muchos en realidad. Es la indolencia humana la que hace que la gente tienda a clasificarse en virtud de las apariencias y no encuentre nada común entre sí… Pero temo empezar a cansarle. Me parece notar que…
–Dos palabras: ¿tiene usted algún recurso? ¿O se propone buscar ocupación? Perdone mi pregunta, pero…
–No hay nada que perdonar. Me hago cargo de su pregunta y la encuentro justificada. Por el momento no tengo recurso alguno ni ocupación, y me haría falta al menos tener lo último. Hasta ahora sólo personas extrañas se han ocupado en mantenerme. Cuando he salido de Suiza, Schneider, el médico que me atendía, me dio el dinero justo para el viaje, y en consecuencia sólo me quedan unos kopecs. Tengo entre manos, es cierto, un asunto sobre el que necesitaría consejo; pero…
–Dígame —interrumpió el general—: ¿de qué cuenta vivir entre tanto y cuáles son sus proyectos?
–Quisiera trabajar en lo que fuese.
–¡Oh, es usted un filósofo! Pero ¿tiene usted aptitudes o habilidades concretas? Quiero decir, de aquellas que sirven para ganar el pan de cada día… Le ruego, una vez más, que me perdone…
–No hay de qué. No, no creo tener aptitudes ni habilidades determinadas. Más bien al contrario, dado que, en consecuencia de mi mal estado de salud, mi instrucción ha sido muy incompleta. Pero, para ganarme simplemente el pan, me figuro…
Otra vez el general le interrumpió y comenzó a preguntarle. El príncipe tornó a relatar su vida. Resultó que Iván Fedorovich había oído hablar de Pavlichev y hasta le había conocido personalmente. Michkin no podía decir por qué aquel hombre resolvió encargarse de su educación, aunque probablemente se debía a haber sido amigo de su padre. Al quedar huérfano en edad muy temprana, el príncipe fue enviado al campo, ya que el aire puro era esencial para su salud. Pavlichev le puso a cargo de unas ancianas parientas suyas, propietarias en provincias, y buscó para el niño, primero, una institutriz y después un ayo. Michkin agregó que aunque recordaba toda su vida pasada, existían muchas cosas en ella que no podía explicar, ya que nunca había logrado comprenderlas bien. Los frecuentes ataques de su enfermedad habían acabado volviéndole casi idiota (tal fue la palabra que el mismo empleó). Dijo luego que Pavlichev le había enviado a Berlín y desde allí siguió el viaje a casa del doctor Schneider, un médico suizo, especialista en enfermedades mentales, que tenía una clínica psiquiátrica en el cantón suizo de Valais. En aquel sanatorio, los enfermos, dementes o idiotas, eran sometidos a un tratamiento personal del doctor a base de hidroterapia y gimnasia, educando y desarrollando a la vez su actividad mental. Pavlichev le había confiado a aquel doctor suizo unos cinco años antes y al morir, dos años atrás, no dejó nada dispuesto respecto a su protegido. Schneider, sin embargo, retuvo consigo a éste, sometiéndolo a tratamiento dos años más, y logrando que mejorase mucho, aunque sin curarlo del todo. Finalmente, por su propio deseo y en virtud de cierta novedad que se produjo en su vida, Michkin tornó a Rusia.
El general quedó muy sorprendido.
–¿Y no tiene usted en Rusia a nadie, absolutamente a nadie que le ayude? —preguntó.
–De momento, no; pero espero… He recibido una carta que…
–Al menos —interrumpió Iván Fedorovich sin atender las últimas palabras del príncipe—, ¿le han enseñado a hacer algo? ¿Le impediría su enfermedad desempeñar algún empleo fácil?
–No, no me lo impediría. E incluso deseo vivamente tener un empleo para ver lo que puedo dar de mí. Durante los cuatro años en Suiza he estudiado sin cesar, aunque de modo poco sistemático, según el método personal de Schneider. Además, he leído muchos libros rusos.
–¡Libros rusos! Entonces ¿lee y escribe usted correctamente?
–Sí; con toda perfección.
–Está bien. ¿Y cómo anda de caligrafía?
–Mi caligrafía es excelente. En ese sentido poseo verdadera habilidad. Puedo jactarme de ser un calígrafo. Déme recado de escribir y se lo probaré en el acto —dijo el príncipe con vehemencia.
–Celebraré que lo haga. Lo considero esencial. Me agrada su interés en demostrármelo, príncipe. Es usted muy amable.
–Tiene usted un magnífico material de escritorio. ¡Cuántas plumas y cuántos lápices y qué admirable papel, grueso y resistente! También su despacho es muy hermoso. Veo un cuadro que conozco: un paisaje suizo. Desde luego, tomado del natural. Estoy seguro de haber visto ese panorama en el cantón de Uri.
–Muy posible, aunque el lienzo haya sido comprado en Rusia. Da papel al príncipe, Gania. Ea, torne plumas y papel, y siéntese, si gusta, a esta mesita. ¿Qué es eso? —preguntó el general volviéndose a Gania, que acababa de sacar de su carpeta una fotografía de gran tamaño—. ¡Ah, Nastasia Filipovna! ¿Ha sido ella quien te la ha enviado? ¿Ella misma? —preguntó con viva curiosidad.
–Me la dio hace poco, cuando fui a felicitarla. Hace tiempo que se la había pedido. No sé —agregó Gania con desagradable sonrisa— si me la habrá dado como para insinuarme que me he presentado en su casa, en un día como hoy, llevando las manos vacías.
–¡No! —replicó el general, con convicción—. ¡Qué modo tienes de sacar las cosas de quicio! ¡Una insinuación de ese género en una mujer tan poco interesada! Además, ¿qué regalo ibas a hacerle? ¡Cómo no le dieras tu propio retrato! Y, a propósito, ¿no te lo ha pedido nunca?
–No, no me lo ha pedido, ni quizá me lo pida jamás. ¿Recuerda usted la reunión de hoy, Ivan Federovich? Es usted uno de los especialmente invitados.
–Me acuerdo, me acuerdo e iré con toda certeza. ¡Ya lo creo! ¡Un cumpleaños! Porque cumple los veinticinco… Hum… Voy a revelarte un secreto, Gania. Prepárate… Nastasia Filipovna nos ha prometido a Atanasio Ivanovich y a mí decir esta noche la última palabra: ser o no ser. ¿Comprendes?
Gania repentinamente se estremeció y se puso pálido.
–¿Lo ha dicho así de verdad? —preguntó con voz temblorosa.
–Nos ha hecho esa promesa anteayer, impelida por nuestras comunes instancias. Pero nos pidió que por el momento no te lo dijéramos.
El general clavaba los ojos en Gania, cuya turbación le causaba notorio disgusto.
–Recuerde, Iván Fedorovich —dijo el joven agitado— que Nastasia Filipovna me ha dejado en libertad de decidir hasta después de que ella haya decidido, y que aun entonces sigo siendo yo quien debe resolver.
–Así, pues, tú… tú… —balbució el general, súbitamente alarmado.
–Yo no digo nada.
–Pero, vamos a ver: ¿qué posición adoptas?
–No es que rehúse… No he querido decir eso…
–¡No faltaría más que rehusaras! —exclamó el general dando libre curso a su descontento—. Aquí, amigo mío, no se trata de que «no rehúses», sino de que aceptes la resolución de Nastasia Filipovna con entusiasmo, con alegría, sintiéndote dichoso… Dime: ¿qué sucede en tu casa?
–Eso no importa. En casa, todo depende de mi voluntad. Mi padre, como de costumbre, sigue haciendo disparates. ¡Ya sabe usted a qué punto ha llegado! Yo no le dirijo la palabra, pero le refreno y, de no ser por mi madre, le habría echado de casa. Mi madre, naturalmente, se pasa el día llorando y mi hermana disgustadísima, desde que les he declarado francamente que sólo yo tengo derecho a decidir de mi futuro, que el amo en casa soy yo y que deseo ser obedecido. Todo eso se lo dije a mi hermana delante de mi madre.
–Pues yo, amigo mío, continúo sin comprender nada —manifestó Iván Fedorovich encogiéndose de hombros y haciendo un movimiento con las manos—. Nina Alejandrovna estaba desolada, y lloraba y sollozaba de un modo tremendo cuando vino el otro día, ¿recuerdas? Le pregunté qué le pasaba y supe por su contestación que considera tu enlace como un deshonor para la familia. ¿Qué deshonor puede haber en eso, si me permite preguntárselo? —dije yo—. ¿Quién puede reprochar nada a Nastasia Filipovna ni afear su conducta? ¿Que ha tenido intimidad con Totsky? Hablar de ello es absurdo, sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias. «¡Pero usted no toleraría que tratase con sus hijas!», dijo ella. ¡Figúrate! Verdaderamente esta Nina Alejandrovna no sabe comprender, no sabe hacerse cargo de…
–¿De su posición? —insinuó Gania, concluyendo la frase del general—. No se disguste contra ella: la comprende muy bien. Además, ya le he dicho lo que convenía para que aprenda a no intervenir en los asuntos de los demás. Sin embargo, si en casa las cosas no se han puesto peor es porque no se ha dicho aún la última palabra; pero la tempestad se cierne en el aire. Si hoy se dice la última palabra, en casa se desencadenará la tormenta.
El príncipe oyó toda aquella conversación desde el rincón en que se entregaba a su trabajo caligráfico. Cuando lo hubo terminado se aproximó a la mesa para entregarlo al general.
–¿Así que ésta es Nastasia Filipovna? —preguntó, examinando el retrato con curiosidad—. ¡Es maravillosamente bella! —añadió fervorosamente.
El retrato era, como Michkin decía, el de una mujer maravillosamente bella, ataviada, sin afectación alguna, con un vestido de seda negro cuya elegante hechura no excluía la sencillez. Los cabellos que, al parecer, debían de ser castaños, iban peinados con casera simplicidad; la frente era pensativa; los ojos negros y profundos; la expresión apasionada y un tanto desdeñosa, el rostro delgado y probablemente pálido.
Gania e Iván Fedorovich miraron, sorprendidos, a Michkin.
–¿Qué dice de Nastasia Filipovna? ¿Es que la conoce también? —preguntó el general.
–Sí; aunque sólo llevo veinticuatro horas en Rusia, ya conozco a esta bella mujer —repuso el príncipe, sonriendo.
Y relató su encuentro con Rogochin y cuanto este último le contara.
–¡He aquí una cosa que no sabíamos! —exclamó el general, inquieto.
Había escuchado con atención el relato del príncipe y ahora sus ojos parecían querer sondear el alma de Gania.
–Probablemente todo se reduce a una necedad de ese Rogochin —murmuró el secretario, un tanto turbado, como el general, por lo que acababa de oír—. He oído hablar de él. Es hijo de un mercader, y además un libertino…
–También yo he oído mencionarle —dijo el general— con motivo de lo de los pendientes de diamantes. Nastasia Filipovna nos contó el episodio. Pero ahora es otra cosa. Aquí hay de por medio un millón tal vez y… una pasión… Pongamos que esa pasión sea la de un libertino: eso no implica que haya de ser menos violenta. Ya se sabe de lo que son capaces gentes así cuando están bebidas… En fin… ¡Con tal que no surjan complicaciones! —concluyó el general, preocupado.
–¿Teme usted el millón? —sonrió Gania.
–¿Acaso no lo temes tú?
Gania se volvió súbitamente a Michkin.
–¿Qué le parece ese Rogochin, príncipe? ¿Un hombre serio o un necio? ¿Cuál es su opinión personal?
Mientras Gania hacía esta pregunta, se producía algo nuevo en su interior. Una idea inédita inflamaba su cerebro y hacía relampaguear sus ojos. En cuanto al general, cuya inquietud era muy real, miró también al príncipe, pero sin confiar mucho, al parecer, en tal fuente de informes.
–No sé qué decirle —respondió Michkin—. Rogochin me ha parecido muy enamorado, e incluso con una pasión morbosa. Por otra parte, le encuentro muy delicado de salud. No sería extraño que recayera en breve, sobre todo si no se cuida.
–¿Cree usted…? —preguntó Iván Fedorovich asiéndose a aquella idea.
–Sí.
Gania, sonriendo, se dirigió al general.
–Poco importa que recaiga de aquí a unos días.
No hace falta mucho tiempo para que dé un escándalo de la clase del que usted teme. Puede darlo hoy mismo…
–Claro, sin duda… Sí, eso es posible… Todo depende del estado de ánimo de Nastasia Filipovna —repuso el general.
–Y ya sabe usted lo que ella es a veces…
–¿Qué quieres decir? —exclamó, muy desconcertado, Iván Fedorovich—. Escucha, Gania: procura no contradecirla hoy; te lo ruego… Esfuérzate en ser con ella lo más amable que puedas… ¿Por qué haces esa mueca?, óyeme, Gabriel Ardalionovich: ¿qué es lo que nos proponemos? Si no lo decimos ahora no lo diremos nunca. Respecto a mi interés personal en este asunto, bien sabes que no tengo por qué inquietarme: resuélvase como se resuelva la situación, siempre será en ventaja mía. Nada hará desistir a Totsky de la decisión tomada, y por tanto yo no corro riesgo alguno. De modo que si algo me propongo, es únicamente tu bien. Piénsalo… ¿No tienes suficiente confianza en mí? Además, tú eres un hombre que… En una palabra, eres un hombre inteligente y yo me fundaba en tu inteligencia en este caso porque…, porque…
Gania acudió en auxilio del titubeante general:
–Porque ella constituye lo principal en este asunto —acabó.
Y una sonrisa maligna plegó sus labios. Ni siquiera se esforzó en disimularla. Sus ojos centelleantes miraban fijamente a Epanchin como queriendo leer en sus ojos cuanto albergaba su mente. El general se ruborizó y se enfureció a la vez.
–Sí: es lo principal —asintió, mirando agriamente a Gania—. Pero tú eres un hombre muy extraño, Gabriel Ardalionovich. Se diría que te agrada la llegada de ese hijo de comerciante, que ves en él una salida. Pero es ahora precisamente cuando tendrías que proceder desde el principio con inteligencia, ahora cuando es necesario hacerse cargo de la situación y obrar honradamente por ambas partes, ahora cuando hay que demostrar franqueza. De lo contrario, más vale prevenirse con antelación para no comprometer a los demás, con tanto mayor motivo cuanto que nos ha sobrado tiempo para ello. ¡E incluso en este momento no es tarde todavía, aunque sólo falten algunas horas! —y el general arqueó las cejas con aire significativo—. ¿Comprendes? ¿Te haces cargo? En resumen: ¿quieres aceptar o no quieres? Si no quieres, dilo y acabemos. Nadie te obliga, Gabriel Ardalionovich, nadie te arrastra a la fuerza para hacer caer en un lazo, si tal te parece.
–Quiero —declaró Gania a media voz, pero en tono firme.
Y en seguida bajó la vista y guardó silencio.
Su respuesta satisfizo al general. Se había excitado un tanto y se le notaba pesaroso de no haber sabido contenerse. Volvióse hacia el visitante y la idea de que éste había oído la conversación precedente hizo asomar al rostro de Iván Fedorovich una expresión de inquietud. Pero aquella expresión se desvaneció en un instante: le bastó dirigir una sola mirada a Michkin.
–¡Oh! —exclamó examinando la muestra caligráfica que el príncipe acababa de presentarle—. ¡Esto es un modelo de escritura! ¡Y un modelo muy poco corriente! Mira qué destreza caligráfica tiene el príncipe, Gania.
Michkin había escrito sobre una gruesa hoja de papel vitela la siguiente frase, trazada en caracteres rusos de la Edad Media:
«El humilde igúmeno Pafnutí ha puesto aquí su firma».
–Esto —explicó Michkin con alegre animación— es la propia firma del igúmeno Pafnutí, tornada de un manuscrito del siglo catorce. Todos esos igúmenos y metropolitanos de antaño firmaban perfectamente y a veces con mucho gusto, con un minucioso esmero… ¿No posee usted, general, la colección de Pogodin? Luego he reproducido otro tipo de escritura: la letra grande y redonda usada por los franceses el siglo pasado. Algunas letras no tienen siquiera la forma de las de hoy. Ésta era la letra habitual de los hombres de negocios y de los escribanos. El modelo que me ha servido de muestra procede de uno de ellos. Y usted convendrá que no carece de cierto mérito. Mire qué a y qué d tan redondas. He trasladado los caracteres franceses a los tipos rusos, lo que es bastante difícil. Pero he logrado hacerlo. Observe esta otra y original escritura: la frase que dice «la perseverancia todo lo vence». Es la escritura rusa normal, la de los escribanos profesionales y de los funcionarios militares. Así se escriben los documentos oficiales que han de dirigirse a personajes de importancia. Las letras son redondas también y el trazo grueso, pero de un gusto notable. Un calígrafo rechazaría estos adornos, o mejor dicho, estas insinuaciones de adornos. ¿Ve usted esas a modo de colas inacabadas? El conjunto tiene cierto sello propio, que delata el carácter del escribiente; quisiera dar rienda suelta a su fantasía, obedecer a las inspiraciones de su talento; pero un militar no conoce más que su consigna, y la pluma, esclava de la disciplina, se detiene a medio camino. ¡Es delicioso! Cuando, recientemente, pude ver un trozo de esa escritura, quedé admirado. ¿Y sabe dónde la casualidad hizo que la encontrase? ¡En Suiza! Ésta es la letra inglesa normal. Aquí la elegancia no puede ir más lejos: todo es exquisito, encantador, perfecto. Vea una variante: una escritura mixta cuyo modelo me procuró un viajante francés. En el fondo es la misma letra inglesa, pero los trazos gruesos aparecen un tanto más acusados y los óvalos, compruébelo, sugieren cierta modificación: tienden a ser más redondos. Esta escritura admite los floreos, que son lo más peligroso de la caligrafía. El floreo exige un gusto extraordinario, pero si se consigue se obtiene una letra que desafía toda comparación y que le enamora literalmente a uno.
–¡Cuánto ha profundizado usted el tema! —dijo el general, riendo—. Verdaderamente, amigo mío, no es usted un mero calígrafo: es un artista. ¿Qué opinas, Gania?
–¡Maravilloso! —dijo el joven. Y añadió, con sonrisa burlona—: Además, el príncipe se siente consciente de la gran importancia de su trabajo.
–Ríe si gustas. No por eso deja de ofrecérsele un porvenir gracias a su pluma —repuso Iván Fedorovich—. Seguramente no acertaría usted, príncipe, a qué personaje van a ser dirigidos los escritos que salgan de su mano. Puede usted contar con un sueldo inicial de treinta y cinco rublos al mes. Pero ya son las doce y media —continuó mirando su reloj— y el tiempo me apremia. Hablemos, pues, de negocios, príncipe, porque acaso no tengamos ocasión de volver a vernos hoy. Siéntese un momento. Ya le he dicho que no podré recibirle muy a menudo, pero deseo sinceramente ayudarle un poco… Entendámonos: muy poco; sólo lo preciso para subvenir a sus necesidades más urgentes. Luego, una vez colocado, le dejaré abrirse camino por sí solo. Voy a buscarle un empleíto en algún departamento en donde no tendrá usted exceso de trabajo, pero donde habrá de ser muy puntual. Y respecto a lo demás, escúcheme. Mi joven amigo Gabriel Ardalionovich Ivolguin, aquí presente, y con quien deseo verle en buenas relaciones, vive con su familia, es decir, con su madre y su hermana. Estas señoras tienen dos o tres habitaciones debidamente amuebladas, que alquilan, incluyendo mesa y servicio, a personas de buenas referencias. Estoy seguro de que Nina Alejandrovna atenderá mi recomendación respecto a usted.
Esa casa, príncipe, creo que será magnífica para usted sobre todo porque en lugar de vivir solo estará, por así decirlo, en el seno de la familia; y, a juicio mío, no debe usted vivir solo en una ciudad como San Petersburgo. Nina Alejandrovna y Bárbara Ardalionovna, madre y hermana, respectivamente, de Gabriel Ardalionovich, son señoras por quienes tengo la mayor estima. La primera es esposa de un antiguo compañero mío, el general Ardalion Alejandrovich, hoy retirado y a quien (aunque me haya visto obligado a romper mis relaciones con él en virtud de determinadas circunstancias) sigo profesando aprecio en cierto sentido. Le digo todo esto, príncipe, para hacerle comprender que lo recomiendo en esa casa personalmente, si vale la palabra, y que, por lo tanto, respondo de usted en algunos aspectos. El precio de la pensión es moderado y espero que en breve su sueldo le permitirá atender a ese gasto. Claro que un hombre necesita dinero de bolsillo para sus gastos, por poco que sea; pero no se moleste, príncipe, si le digo que, en mi opinión, le conviene no llevar dinero de bolsillo y hasta no llevar en el bolsillo dinero alguno. Hablo así en virtud del juicio que he formado sobre usted. Pero como en este momento su bolsa está completamente vacía, permítame ofrecerle estos veinticinco rublos para sus primeros gastos. Haremos cuentas más tarde, naturalmente, y si es usted un hombre tan recto y leal como lo hacen suponer sus palabras, no tendremos dificultades por ese lado. Si me intereso tanto por usted, se debe a que tengo sobre su persona determinadas miras que algún día conocerá. Como ve, le soy muy franco. No tendrás nada que objetar a que el príncipe se aloje en vuestra casa, ¿verdad, Gania?
–Muy al contrario. Y mamá se sentirá encantada —respondió cortésmente el joven.
–Creo que ya tenéis otro huésped. ¿Cómo se llama? ¿Fert…? ¿Ferd…?
–Ferdychenko.
–¡Ah, sí! Ese Ferdychenko no me gusta nada; es un bufón de muy mal gusto. No comprendo por qué Nastasia Filipovna le alienta tanto. ¿Es cierto que tiene algún parentesco con ella?
–¡No! Eso es pura broma. Entre ambos no media el menor vínculo de familia.
–¡Entonces que se vaya al diablo! Diga, príncipe: ¿está usted satisfecho?
–Le doy las gracias, general. Ha mostrado usted una bondad extraordinaria conmigo, bondad tanto mayor cuando yo no le pedía nada. Y no es que lo hiciera así por orgullo… En verdad, no sabía dónde dormir esta noche. Cierto que Rogochin me invitó a visitarle…
–¿Rogochin? ¡Oh, no! Yo le daría, príncipe, el consejo paternal o, si lo prefiere, amistoso de no visitar a Rogochin, de olvidarle incluso. En general, a mi juicio, haría usted bien limitando sus amistades a la familia con la que va a vivir.
–Ya que es usted tan amable —empezó el príncipe—, quisiera consultarle sobre un asunto… He recibido aviso de que…
–Perdóneme ahora —interrumpió el general—, porque no me queda ni un minuto. Voy a anunciarle a Lisaveta Prokofievna. Si ella consiente en recibirle (y ya me arreglaré para presentarle de un modo que consienta), le aconsejo que aproveche la ocasión y procure agradarla, porque Lisaveta Prokofievna puede serle muy útil. Además, lleva usted su mismo apellido… Si no quiere recibirle hoy, no insistiremos: otra vez será. Echa una ojeada a esas cuentas, Gania…
Ivan Fedorovich salió y el visitante no pudo exponerle el asunto que por tres veces ya había insinuado. Gania encendió un cigarrillo y ofreció otro a Michkin, quien lo aceptó, y después, sin hablar por temor a importunar el secretario, comenzó a examinar la estancia. Pero Gania apenas si miró el papel lleno de números sobre el que el general llamara su atención. Parecía distraído; su sonrisa, su mirada, su aire de preocupación sorprendieron aún más a Michkin cuando ambos jóvenes quedaron solos. De pronto Gania se aproximó al príncipe, que en aquel momento examinaba el retrato de Nastasia Filipovna.
–¿Le gusta esa mujer, príncipe? —le interrogó a quemarropa, mirándole inquisitivamente.
Dijérase que tras aquella pregunta se ocultaba alguna intención peculiar.
–Tiene un rostro maravilloso —repuso el príncipe—. Y estoy seguro de que no ha vivido una existencia vulgar. Aunque su fisonomía es alegre, esta mujer ha debido de atravesar grandes sufrimientos, ¿no? Los ojos lo dicen, y lo dicen sus pómulos, y lo dicen esas ojeras… Tiene un rostro orgulloso, altanero… No sé si será o no una mujer de buen corazón. ¡Si fuera buena, todo lo demás podría pasar!
–¿Se casaría usted con una mujer así? —preguntó Gania, mirando fijamente a Michkin con ojos ardientes.
–Yo no puedo casarme con mujer alguna, porque estoy enfermo —respondió el príncipe.
–¿Y Rogochin se casaría con ella? ¿Qué opina usted?
–¡Casarse con ella! Hoy mejor que mañana, si pudiera. Aunque tal vez dentro de una semana la asesinase…
Al oír esta contestación Gania se estremeció tan violentamente que el príncipe hubo de contenerse para no lanzar un grito.
–¿Qué le pasa? —dijo tomando el brazo del secretario.
El criado apareció en la puerta.
–Excelencia, Su Excelencia le ruega que pase a ver a Su Excelencia.
Michkin siguió al lacayo.
IV
Las tres hijas del general Epanchin eran unas jóvenes robustas, saludables, altas, desarrolladas, con magníficos hombros, ancho pecho y brazos fuertes, casi masculinos. De acuerdo con esta sana y vigorosa constitución necesitaban comer bien y no disimulaban el hecho. A veces su madre se mostraba escandalizada de semejante apetito y de la naturalidad con que lo satisfacían, pero aunque sus hijas la escuchaban respetuosamente, algunas de sus opiniones habían dejado de tener la indiscutida autoridad que poseyeran años antes, tanto más cuanto que las tres muchachas, obrando siempre de concierto, formaban un conjunto demasiado fuerte para su madre, y ésta, por salvar su dignidad, había de prescindir de su oposición. Cierto que su carácter le impedía a veces el seguir los dictados del sentido común, porque Lisaveta Prokofievna tenía cada año que pasaba más impaciencia y más caprichos. Incluso cabe decir que se mostraba extravagante. Por fortuna disponía siempre a mano de un marido tolerante y sumiso, sobre quien descargaba sus enojos, con lo que la paz doméstica se restablecía y las cosas tornaban a marchar tan bien como antes.
De otra parte, la señora Epanchin no carecía tampoco de apetito. Por regla general se reunía con sus hijas a las doce y media para participar en un substancioso almuerzo casi equivalente a una comida. Las jóvenes bebían siempre una taza de café en sus lechos, a las diez en punto, cuando despertaban. Les placía esta costumbre y la habían adoptado como definitiva. A las doce y media la mesa estaba servida en un comedorcito próximo a las habitaciones de su madre y a veces el general, cuando tenía tiempo, participaba en el almuerzo de su familia. Además de té, café, queso, miel y manteca, veíanse en la mesa ciertas frituras muy apreciadas por la dueña de la casa, chuletas y sopa espesa y caliente.
La mañana en que empieza nuestra historia, toda la familia, reunida en el comedor, esperaba al general, que había prometido acudir a las doce y media. De haberse retardado un solo instante se le habría enviado a buscar; pero se presentó personalmente. Al acercarse a su mujer para darle los buenos días y besarle la mano notó en su rostro una expresión especial. Ya la noche antes había tenido el presentimiento de que iban a surgir ciertas complicaciones debidas a un determinado «incidente» (tal era su palabra favorita) y en el lecho se había preocupado mucho al propósito. A la sazón se sintió alarmado de nuevo. Las jóvenes acudieron a besar a su padre, y aun cuando no evidenciaran aspereza alguna, él notó también en ellas un algo especial, como en su madre. Desde luego, el general últimamente se sentía en extremo susceptible respecto a las cuestiones familiares. Pero como era un padre y un esposo experimentado y hábil, se había apresurado a tomar las oportunas medidas.
Aun a costa de perjudicar el orden de nuestro relato, creemos conveniente aclararlo mediante algunas explicaciones concretas acerca de la situación de la familia Epanchin al comenzar nuestra historia. Acabamos de decir que aunque el general no fuese hombre de mucha educación, sino, como él decía, un autodidacta, era esposo y padre experto y hábil. Mientras la mayoría de los hombres a quienes el cielo ha concedido una numerosa descendencia femenina sólo piensan en casarla lo antes posibles, Ivan Fedorovich, al contrario, profesaba el sistema de no apremiar a sus hijas para que se casasen. Incluso supo inculcar a su mujer el mismo principio, aunque ello resultara difícil, porque el modo habitual de ser de padres y madres parece acomodarse mal a semejante sistema. Pero los razonamientos del general eran sólidos y se apoyaban en hechos palpables. Dejadas a su libre decisión e iniciativa, las jóvenes se sentirían inevitablemente inclinadas a comprometerse en el momento oportuno y entonces todo resultaría más fácil, porque ellas mismas procurarían allanar las cosas prescindiendo de excesivos caprichos y pretensiones. El papel de los padres se limitaría, así, a ejercer una suave y en lo posible poco notoria vigilancia para evitar una elección desastrosa o un afecto inconveniente, y a intervenir en el momento adecuado con todo su apoyo e influjo a fin de llevar a cabo las cosas. Y, además, el mero hecho de que la fortuna paterna, y en consecuencia la posición social de la familia, crecían de año en año en progresión geométrica, hacía que el valor de las muchachas aumentase cada vez más en el mercado matrimonial.
Pero todos estos argumentos indiscutibles fueron contrarrestados de improviso por otro. La hija mayor, Alejandra, alcanzó, súbita e inesperadamente, como siempre ocurre, su vigésimo quinto año de edad. Casi al mismo tiempo, Atanasio Ivanovich Totsky, persona de la mejor sociedad, de elevadísimas relaciones y extraordinariamente rico, tornó a sentir un deseo acariciado mucho tiempo atrás: el de casarse. Totsky era un hombre de cincuenta y cinco años, de temperamento artístico y gran refinamiento. Deseaba hacer un buen matrimonio y era muy admirador de la belleza femenina. Como mantenía estrecha amistad con Ivan Fedorovich, especialmente desde que ambos estaban asociados en varias empresas financieras, hablóle en solicitud de su amistoso consejo y orientación. ¿Podría ser estudiada con interés una propuesta de matrimonio de Totsky con una de las hijas de su amigo? Esto representaba, o podía representar, una inminente alteración en el curso, hasta entonces plácido y feliz, de la vida de la familia del general.
Ya dijimos que la beldad de la casa era incuestionablemente Aglaya, la más joven de las tres hijas. Pero Totsky, aunque hombre de ilimitado egoísmo, juzgó inútil dirigirse en aquel sentido, comprendiendo que Aglaya no sería para él. Acaso el ciego amor y el extraordinario afecto de las hermanas exagerase la nota; mas el caso era que, de un modo u otro, habían convenido entre sí que el destino de Aglaya no sería un destino vulgar y que habría de alcanzar uno excepcionalmente brillante, el más alto ideal posible de la felicidad terrena. El futuro esposo de Aglaya debía ser un dechado de perfecciones además de poseer una vasta riqueza. Las dos hermanas mayores habían convenido, casi sin palabras, que en caso necesario harían por Aglaya todos los sacrificios posibles. De este modo, la dote de la menor sería colosal, inaudita. Los padres conocían este pacto de las hermanas mayores y, por lo tanto, cuando Totsky pidió consejo, creyeron poder obtener con certeza el asenso de Alejandra o de Adelaida, tanto más cuanto que el opulento Atanasio Ivanovich no sería muy exigente en materia de dote. El general, dado su profundo conocimiento de la vida, concedió desde el primer instante todo su valor a las proposiciones de su amigo. Como éste, en virtud de ciertas circunstancias especiales, había aventurado su indicación con suma cautela, limitándose, por decirlo así, a explorar el terreno, los Epanchin no hablaron del asunto a sus hijas sino en el sentido de una posibilidad remota. Recibieron como respuesta una satisfactoria aunque algo vaga seguridad de que Alejandra, llegado el caso, no se negaría al enlace. La mayor era una muchacha de buen carácter y fácil de convencer, sin que ello significase que no tuviera voluntad propia. Era de creer que estuviese dispuesta a casarse con Totsky, y que, si daba su palabra, la mantuviera fielmente. No le gustaba la vida ostentosa, y así, en vez de perturbar y trastornar la vida de su marido, llevaría a ella dulzura y paz. Alejandra era muy hermosa, aunque no absolutamente deslumbrante. ¿Qué más podía pedir Totsky?
Y, sin embargo, el proyecto permanecía aún en grado de tentativa. Totsky y el general habían convenido, mutua y amistosamente, que de momento no se daría paso ni habría arreglo alguno de carácter irrevocable. Los padres no habían comenzado aún a hablar abiertamente del asunto a sus hijas, ya que existían signos de discordia entre ambos. Lisaveta Prokofievna, la madre, sentíase descontenta por algún motivo —y un motivo, por cierto, muy importante—. Mediaba un serio obstáculo, un complicado y molesto factor que podía echar a perder todo el asunto.
Este complicado y molesto «factor», como el propio Totsky solía decir, había comenzado su existencia dieciocho años antes.
Atanasio Ivanovich poseía entonces una de las más ricas propiedades de cierta provincia del centro de Rusia. Su más cercano vecino, dueño de una pequeña y pobre finca, se distinguía por su notoria y continua mala fortuna. Era un oficial retirado, de buena familia —mejor, en realidad, que la del propio Totsky— y se llamaba Felipe Alejandrovich Barachkov. Agobiado de deudas e hipotecas, logró, tras trabajar rudamente casi como un labriego, poner sus fincas un poco en orden. El más pequeño éxito le infundía inmensa confianza. Radiante de entusiasmo se dirigió, pues, a la pequeña población cabeza de distrito para intentar un arreglo con uno de sus principales acreedores. Llevaba dos días en la población cuando el estarosta de su aldea llegó a rienda suelta, con la barba abrasada y el rostro lleno de quemaduras, y le informó de que el lugar había ardido la víspera a mediodía y que «la barina había tenido el honor de perecer, pero las niñas estaban sanas y salvas». El golpe fue excesivo para Barachkov, por acostumbrado que se hallase a los embates de la mala suerte. Volvióse loco y murió un mes más tarde en pleno delirio. Su arruinada propiedad, con sus andrajosos campesinos, fueron vendidos para pagar sus deudas. En cuanto a sus hijas —dos niñas de seis y siete años respectivamente— fueron atendidas gracias al generoso corazón de Atanasio Ivanovich, quien las hizo educar en compañía de las de su mayordomo, un alemán, antiguo empleado público y padre de numerosa familia. La niña menor murió de tos ferina y sólo quedó con vida la pequeña Nastasia. Totsky vivía entonces en el extranjero y no tardó en olvidar hasta la existencia de la pequeña. Pero cinco años después ocurriósele ir a inspeccionar sus propiedades y vio en casa de su mayordomo una encantadora muchachita de doce años, inteligente, retozona, dulce y prometedora de una gran belleza. En tal sentido, Atanasio Ivanovich era un gran conocedor. Aunque sólo pasó unos días en la finca, adoptó disposiciones tendentes a producir un gran cambio en la educación de la niña, que fue confiada a una respetable y culta institutriz suiza, de bastante edad, muy experta en su profesión y que durante los cuatro años que dedicó a su alumna, le enseñó, francés y las diversas cosas necesarias a una señorita.
La suiza instalóse en la casa de campo de Totsky y la pequeña Nastasia comenzó a recibir una amplia educación. A los cuatro años, ésta se dio por concluida y otra mujer vino de otra finca de Totsky, situada en una remota provincia, para hacerse cargo de la joven, quien se acomodó en dicha finca, en una casita de madera recientemente construida, muy elegantemente amueblada y provista, y que se llamaba, con nombre apropiado, «La Placentera». La encargada de Nastasia llevó a la joven allí y, como era una viuda sin hijos y residía habitualmente a poco más de una versta de distancia, se fue a vivir con ella en la casita. Como servidumbre, Nastasia dispuso de una anciana ama de llaves y de una joven y diligente doncella. En la casa encontró instrumentos musicales, una escogida biblioteca de libros adecuados a su edad y sexo, lienzos, grabados, lápices, pinceles, pintura y un perrillo faldero… Y quince días después apareció Atanasio Ivanovich… Desde entonces pareció volverse particularmente amante de aquella remota propiedad perdida en las estepas y pasaba allí dos o tres meses todos los veranos. Así transcurrieron cuatro años, tranquilos y felices, en un ambiente lleno de elegancia y buen gusto.
Cierta vez, a principios de invierno, cuatro meses después de una de las visitas estivales de Totsky, que en esta ocasión sólo se detuvo quince días, llegó hasta Nastasia Filipovna el rumor de que Atanasio Ivanovich iba a casarse en San Petersburgo con una bella heredera de buena familia. Tratábase de un enlace brillante y conveniente. El rumor no era cierto en todos sus detalles, ya que el casamiento que se daba por hecho no pasaba de ser un proyecto vago; pero supuso un cambio radical en la vida de Nastasia Filipovna. La joven mostró entonces gran determinación y una inesperada fuerza de voluntad. Sin vacilar, abandonó en seguida su casita de madera y se presentó, sola, en San Petersburgo, dirigiéndose inmediatamente a la residencia de Totsky. Él, muy confuso, tan pronto como principió a hablarle, comprendió que debía prescindir de todo lenguaje, entonación y lógica de las agradables y refinadas conversaciones que con tanto éxito desplegara antes. Todo era inútil. La que veía sentada ante él era una mujer completamente distinta a la que en julio anterior había dejado en su casita provinciana.
Ante todo, esta nueva mujer mostraba saber y entender muchas cosas, tantas, que él se preguntaba, asombrado, dónde podía haber adquirido tal conocimiento y llegado a tan definidas ideas. Seguramente no en su biblioteca de muchacha. Además, ella enfocaba también las cosas desde el punto de vista legal y mostraba, si no conocimiento del mundo, sí de cómo ciertas cosas se hacen en el mundo. Tampoco su carácter era el mismo de antes. No quedaba nada de su timidez, de su inseguridad de colegiala, de esos sentimientos tan fascinadores en su original naturalidad, de sus melancolías y sus sueños, de sus asombros, sus desconfianzas, sus lágrimas, sus inquietudes…
Sí: era una nueva y desconcertante criatura la que Totsky veía ante sí riéndose de él en su cara y abrumándole con malignos sarcasmos mientras le aseveraba rotundamente no haber albergado jamás por él otro sentimiento que el del asco y desprecio más profundos, desprecio y asco que la habían invadido tan pronto como pasó el momento de la primera sorpresa. Esta nueva mujer anunció en seguida que la tenía completamente sin cuidado que Totsky se casase cuando y con quien quisiera, pero que había venido para impedirle aquel matrimonio, no por maldad, sino simplemente porque se le antojaba hacerlo así, y así lo haría. «Tengo ganas —dijo— de reírme de ti a mi vez, y me ha llegado la hora».
Tal era al menos lo que decía, aunque bien pudiera ser que pensase de otro modo. Mientras la nueva Nastasia Filipovna reía y se expresaba así, Atanasio Ivanovich reflexionaba procurando poner en orden sus trastornadas ideas. Tal meditación le llevó tiempo, ya que pasó quince días ponderando las cosas. Al fin de la quincena, llegó a una decisión.
Atanasio Ivanovich, hombre entonces de cincuenta años, tenía un carácter concreto y unas costumbres formadas. Su posición en el mundo y en la sociedad estaba asentada desde hacía largo tiempo sobre cimientos seguros. No amaba ni apreciaba otra cosa que su propia persona, su paz y su comodidad por encima de todo en el mundo, como corresponde a un hombre de alta educación. Ningún elemento destructivo ni dudoso podía ser admitido en aquel espléndido edificio de su vida. Por otra parte, su experiencia y perspicacia le hicieron ver en seguida claramente que tenía que vérselas con una persona fuera de lo ordinario, una persona que no sólo amenazaría, sino que obraría, sin que nada la detuviera, en virtud de que nada amaba en la vida ni nada la tentaba. Evidentemente hallábanse en ella síntomas de una febril agitación mental y espiritual, una especie de indignación romántica —¡Dios sabía por qué y contra quién!—, un insaciable y exagerado sentimiento de desprecio que rebasaba toda medida. Algo, en resumen, muy ridículo e inadmisible entre la buena sociedad y bastante para incomodar gravemente a un hombre bien educado. Desde luego, la riqueza e influencia de Totsky le permitían desembarazarse de aquel estorbo mediante cualquier perdonable maniobra un tanto pícara. En otro sentido, el legal, por ejemplo, era palmario que Nastasia Filipovna no podía causarle apenas perjuicio. Ni aun le podría dar un escándalo de bulto, puesto que sería fácil ahogarlo. Mas todo esto era aplicable al caso de que Nastasia Filipovna se comportara como suelen comportarse en tales casos las demás personas, sin salirse gran cosa del cauce habitual. Y esta consideración no podía tranquilizar a un espíritu tan sagaz como el de Atanasio Ivanovich, quien había podido ver muy bien en los ojos relampagueantes de la joven que ella se daba buena cuenta de su impotencia en el terreno jurídico y acariciaba en su mente un proyecto diverso. Como no concedía importancia a nada, y a sí misma menos que a nada (y había falta mucha inteligencia y perspicacia para que un cínico mundano como Totsky hubiese adivinado entonces que ella no se cuidaba de sí misma, y además para creer en la sinceridad de tal sentimiento), Nastasia Filipovna, con tal de satisfacer su odio, con tal de humillar al hombre por quien sentía tan extraordinaria aversión, era capaz de afrontar la ruina de su vida, la prisión y el destierro en Siberia. Totsky no solía ocultar el hecho de que era cobarde, o más bien de que poseía en grado extremo el instinto conservador. Si hubiese sabido que se iba a atentar, por ejemplo, contra su vida en medio de la ceremonia nupcial, o a golpearle en público, o cosa por el estilo, igualmente inaudita, ridícula e intolerable en sociedad, se habría sentido alarmado, sin duda, pero no tanto de resultar muerto, afrentado o herido, como de la forma vulgar e ilógica de la ofensa. Y con una cosa así era con lo que Nastasia Filipovna amenazaba, aunque no lo dijese. Totsky comprendió que ella le había estudiado, que conocía su carácter y que sabía cuál era el mejor modo de herirle. Y como el matrimonio de que se hablaba era un mero proyecto, Atanasio Ivanovich desistió de él.
Otra circunstancia influyó en su determinación. Hacíase difícil imaginar cuán poco se parecía físicamente esta Nastasia Filipovna a la que él conociera. Antes era sólo una muchacha bonita, pero ahora… Totsky se reprochaba no haber sabido durante cuatro años leer en su rostro. Mucho de su aspecto de ahora se debía sí, a su cambio; mas él, por otra parte, recordaba que ya en ciertos momentos habíanle asaltado extrañas ideas mirando los ojos de la joven. Aparecía en ellos, en cierto modo, una oscuridad profunda y misteriosa, como la proposición de un enigma. Durante los dos años últimos le había extrañado a menudo el cambio que se operaba en el rostro de Nastasia Filipovna, el cual se volvía poco a poco más pálido, y, por extraño que pareciera, más bello en su palidez. Totsky, como todos los vividores, consideraba hasta entonces con desprecio lo barato que le había costado el conseguir aquella alma virginal; pero últimamente este sentimiento perdía firmeza. La primavera anterior había pensado en que acaso conviniese dar una buena dote a Nastasia Filipovna a fin de casarla con algún sujeto inteligente y correcto que sirviese en alguna otra provincia. (¡Oh, qué horrible y maliciosamente la nueva Nastasia Filipovna se burlaba ahora de la idea!). Pero al presente, Atanasio Ivanovich, fascinado por la novedad de aquella mujer, pensaba que podía serle útil aún. Decidió, pues, instalarla en San Petersburgo y rodearla de lujos y comodidades. Con ella aun podía satisfacer su vanidad y ganar cierta reputación —que Atanasio Ivanovich estimaba mucho— en determinados círculos.
Desde entonces pasaron cinco años y en su curso se aclararon muchas cosas. La situación de Totsky no era envidiable. Habiéndose dejado intimidar una vez, no lograba recuperar la confianza en sí mismo. Temía no sabía qué, aunque en realidad sólo temía a Nastasia Filipovna. Durante los dos primeros años supuso que ella deseaba casarse con él y que, a causa de su extraordinario orgullo, nada decía, esperando que él se lo ofreciese. La idea podía parecer extraña; pero Totsky se había vuelto muy suspicaz. Su rostro ensombrecíase a menudo y su mente se entregaba a penosas meditaciones. Grande y desagradable (el corazón humano es así) fue la sorpresa que experimentó cuando tuvo la convicción de que incluso si él hiciese una oferta de matrimonio a su protegida, no le sería aceptada. Pasó largo tiempo antes de que pudiese comprender el motivo. Sólo cabía una explicación: la de que aquella mujer, «ofendida y fantástica» hubiese extremado su orgullo hasta el punto de expresarle su desprecio definitivo negándose a casarse con él, prefiriendo esta venganza al hecho de asegurar su futura posición y elevarse a casi inaccesibles alturas de grandeza. Para colmo, Nastasia Filipovna mostrábase superior a él de un modo muy molesto. No influían en ella consideraciones venales, por importantes que fuesen, y, aunque aceptando el lujo que él le ofrecía, vivía muy modestamente y apenas se preocupó de guardar dinero en aquellos cinco años. Totsky inició sutiles tácticas para romper sus cadenas, procurando tentar a la joven con los más idealísticos métodos de tentación. Pero los ideales en forma de príncipes, húsares, secretarios de embajada, novelistas, poetas y hasta socialistas no ejercieron la menor influencia sobre Nastasia Filipovna. Dijérase que escondía una piedra en lugar de corazón y que todos sus sentimientos se habían agotado. Llevaba una existencia retirada, leía, estudiaba y le gustaba la música. Tenía pocas amistades: tratábase con pobres y grotescas mujeres de empleados, con dos actrices y con varias ancianas. También la unía muy buena amistad con la numerosa familia de un respetable profesor, todos los miembros de la cual la querían mucho y la recibían calurosamente en su casa. A menudo la visitaban durante las veladas cinco o seis amigos. Totsky iba a verla asidua y regularmente. El general Epanchin, tras algunas dificultades, había logrado conocimiento con ella desde algún tiempo atrás. Y a la vez un joven empleado público llamado Ferdychenko, hombre mal educado y beodo, con pretensiones de gracioso, pero un bufón en realidad, había conseguido sin trabajo alguno ser admitido en la casa. Otro miembro del círculo de Nastasia Filipovna era un extraño joven llamado Ptitzin, modesto, correcto, de corteses maneras, que, elevándose desde la pobreza, se había convertido en prestamista. Finalmente, Gabriel Ardalionovich fue presentado a la joven… Nastasia Filipovna acabó granjeándose una curiosa reputación. Todos hablaban de su belleza y nada más. Ninguno podía jactarse de haber conseguido sus favores, ninguno podía decir nada contra ella.
Esta fama, la buena educación y el talento y elegancia de modales de la joven, acabaron confirmando a Totsky en el plan que ya bosquejaba. Por entonces el general Epanchin comenzó a tomar parte activa en el asunto.
Cuando Totsky, discretamente, se confió a él pidiéndole un consejo de amigo respecto a declararse a una de sus hijas, le hizo una noble y sincera confesión general. Declaróle que estaba dispuesto a no retroceder ante medio alguno para recuperar su libertad; que no se sentiría tranquilo ni aun si Nastasia Filipovna le ofreciese dejarle tranquilo en el porvenir, y que, como las palabras significaban poco, él deseaba garantías positivas. Hablaron largamente y determinaron obrar de concierto. Se resolvió primero apelar a las buenas y tocar, por así decirlo, «las cuerdas más nobles del corazón» de Nastasia Filipovna. Fueron juntos a verla y Totsky le expuso la miseria moral de su situación. Achacóse todas las culpas y añadió que no podía arrepentirse de lo hecho porque era un desenfrenado epicúreo y no sabía dominarse; pero que ahora, deseando contraer un matrimonio honroso, todo dependía de ella y en ella ponía todas sus esperanzas. El general Epanchin, en su calidad de padre de la futura desposada, comenzó a hablar y habló razonablemente, evitando todo sentimentalismo, y limitándose a decir que reconocía el derecho de Nastasia Filipovna a resolver sobre el porvenir de Totsky. Luego, adoptando inteligentemente un aire de humildad, declaró que la suerte de una de sus hijas, y acaso la de las otras dos, dependía de la resolución de Nastasia Filipovna.
Ésta les preguntó qué deseaban de ella y Totsky respondió con la franqueza que mostrara desde el principio de la conversación. Nastasia Filipovna habíale asustado de modo tal cinco años antes, que ahora nunca se sentiría completamente seguro de su actitud mientras ella no se casase. Apresuróse a añadir que semejante propuesta sería absurda de su parte a no tener algún fundamento en que apoyarla. Pero había observado y le constaba que un joven bien nacido y de distinguida familia, Gabriel Ardalionovich Ivolguin, a quien ella acogía con gusto en su casa, la amaba apasionadamente y daría con gusto la mitad de su vida sólo por la esperanza de conseguir su afecto. Gabriel Ardalionovich le había confiado su amor a él largo tiempo atrás, en el secreto de la amistad y con toda la sencillez de su puro corazón juvenil, e Ivan Fedorovich, protector del joven, conocía ese amor también. Finalmente, Totsky añadió que si él no estaba equivocado, Nastasia Filipovna debía, desde tiempo atrás, haber reparado en la pasión del joven y hasta no parecía mirarle con malos ojos. Desde luego, agregó Totsky, hablar de semejante cosa le era muy duro, más que a nadie; pero si Nastasia Filipovna creía que él albergaba al menos algún buen deseo hacia ella, además de pensar en su propio y egoísta interés, debía comprender que no la veía sin disgusto llevar una existencia solitaria, únicamente debida a su indefinible depresión y a su creencia de que no le era posible comenzar una nueva vida que podía hacerla conocer las nuevas satisfacciones del amor conyugal. Destruir sistemáticamente capacidades que acaso fuesen de las más brillantes, a cambio de entregarse a un sombrío pensar en la ofensa sufrida, constituía, en verdad, una especie de sentimentalismo indigno del buen sentido y el noble corazón de Nastasia Filipovna. Siempre repitiendo que le era más duro que a nadie hablar de aquel tema, acabó declarando su confianza en que ella no le contestase con el desprecio si, con el sincero deseo de asegurar su porvenir, le ofrecía una suma de setenta y cinco mil rublos. Añadió, como explicación, que, de todos modos, tal suma le estaba ya asignada a la joven en su testamento y que no se trataba de compensación alguna… Aunque, después de todo, ¿por qué no reconocer y admitir y perdonar en él un muy humano deseo de tranquilizar algo su conciencia? Y así continuó discurriendo, y alegando cuanto se suele en análogas circunstancias. Atanasio Ivanovich habló mucho y con elocuencia. De paso deslizó la interesante noticia de que nadie, ni aun Ivan Fedorovich, allí presente, conocía lo de las setenta y cinco mil rublos.
La contestación de Nastasia Filipovna sorprendió a los dos amigos. No mostró ni trazas de su anterior ironía, hostilidad y aversión, ni de aquella risa cuyo solo recuerdo hacía estremecerse a Totsky. Por el contrario, la joven parecía contenta de poder hablar al fin amistosa y francamente con alguien. Reconoció que durante largo tiempo había estado deseando un consejo leal, aunque su orgullo le impidiera pedirlo; pero roto el hielo, ella se alegraba de poder escucharles. Con sonrisa triste al principio y que al cabo se trocó en risa abierta y alegre, afirmó que no volvería a producirse una tempestad como antaño, que desde hacía algún tiempo miraba las cosas de otro modo y que, si bien su corazón no había cambiado en nada, creía conveniente aceptar ciertas cosas como hechos consumados. Lo hecho, hecho estaba; lo pasado, pasado. No comprendía, pues, la continua inquietud de Atanasio Ivanovich. Luego, volviéndose con deferencia a Ivan Fedorovich, díjole que hacía tiempo conocía de oídas a sus hijas y albergaba por ellas estima sincera y profunda. Se sentía, pues, orgullosa y feliz en poder serles útil en algo. También era verdad que se notaba deprimida y triste: Atanasio Ivanovich había adivinado en esto, como también en que ella hubiese querido renacer, ya que no en el amor, al menos en el cariño de los hijos y la vida del hogar. Respecto a Gabriel Ardalionovich, apenas podía decir nada. Juzgaba, en efecto, que él la quería y parecíale que, de creer en la verdad de su afecto, ella podría corresponderle; pero, aun de ser Gabriel Ardalionovich sincero, ella vacilaba por verle tan joven. Lo que más le agradaba en él era saber que trabajaba y sostenía a su familia sin auxilio de nadie. Había oído comentar que era hombre enérgico, altivo, resuelto a abrirse camino y hacer carrera. Constábale que su madre, Nina Alejandrovna, era mujer excelente y respetada, así como Bárbara Ardalionovna, su hermana, era muchacha notable por su recio carácter. Ptitzin le había hablado mucho de la última. Conocía que toda la familia Ivolguin soportaba su mala fortuna con entereza y con gusto hubiese estrechado sus relaciones con ellos; pero faltaba saber si la acogerían o no. En resumen, Nastasia Filipovna no objetaba contra aquella propuesta de matrimonio; si bien quería reflexionar y que no la apremiasen. Respecto a los setenta y cinco mil rublos, Atanasio Ivanovich no necesitaba esforzarse en convencerla de que los aceptara. Ella sabía apreciar el valor del dinero y por tanto los tomaría. Agradecía a Totsky su delicadeza al no hablar de ello al general ni a Gabriel Ardalionovich, pero ¿por qué no informar al joven sobre el asunto? Ella no tendría de qué avergonzarse recibiendo aquel dinero al entrar en la familia. En cualquier caso, se proponía no excusarse de nada ante nadie, y deseaba que ello fuese conocido de todos. No se casaría con Gabriel Ardalionovich sino después de estar segura de que ni él ni su familia abrigaban reticencia alguna hacia ella. En todo caso, por lo que la atañía, no tenía nada de qué culparse y desde luego valía más que Gabriel Ardalionovich supiera en qué condiciones económicas y morales se hallaba ella con Totsky. En fin, si aceptaba el dinero, no era como pago de su honor perdido, sino en compensación de su existencia destrozada.
Se animó tanto al hablar así (y ello no era sino muy natural) que el general Epanchin, satisfechísimo, dio el asunto por arreglado. Pero Totsky, recordando su anterior conflicto, no juzgó igual y temió que bajo las mieles se ocultase alguna hiel. Mas de todos modos se había parlamentado y los dos amigos veían que el punto en que hacían descansar el conjunto de su plan —la posible inclinación de Nastasia Filipovna por Gania— convertíase cada vez más claro y definido. El propio Totsky, a veces, creía en la posibilidad del éxito. Entre tanto Nastasia Filipovna se explicó con Gania, si bien sin hablar a fondo, porque el asunto resultaba penoso para su delicadeza femenina. Ella aceptaba el amor del joven, mas exigía no ser apremiada en sentido alguno y se reservaba hasta el momento del matrimonio, si éste se producía, el derecho a decir no, dejando en la misma libertad a Gania. A poco, una afortunada casualidad hizo saber al joven que Nastasia Filipovna estaba perfectamente al tanto de la oposición que aquel proyecto de casamiento suscitaba en casa de los Ivolguin, así como que no ignoraba las escenas de hostilidad contra la futura esposa a que tal oposición daba lugar. Ella, sin embargo, no le había hablado del asunto, aunque Gania lo esperaba de un momento a otro.
Podría decirse mucho más sobre las habladurías y enredos levantados en torno al proyectado enlace y a las negociaciones pertinentes; pero, aparte que ya hemos anticipado algo sobre ellas, muchas no pasaban de vagos rumores. Decíase, por ejemplo, que Totsky había descubierto una indefinida y secreta inteligencia entre Nastasia Filipovna y las hijas del general, historia que probablemente tenía todos los caracteres de una disparatada inverosimilitud. Pero existía otro rumor que inquietaba mucho más a Atanasio Ivanovich, persiguiéndole como una pesadilla, y era que, según se le aseguraba, Nastasia Filipovna estaba muy al corriente de que Gania sólo se casaba con ella por el dinero; de que el joven tenía un alma venal, ávida, perversa y codiciosa; de que su grotesca vanidad rebasaba todos los límites; y, en fin, de que, si bien él había deseado apasionadamente conquistar a Nastasia Filipovna, desde que aquellos dos hombres maduros resolvieron explotar su pasión en su propio beneficio, entregándole a la mujer anhelada como esposa legal, Gania había principiado a odiarla como a una siniestra sombra de delirio. El odio y la pasión mezclábanse, violentos, en su alma y aunque después de una dolorosa incertidumbre consintió en desposar a semejante «despreciable mujerzuela», habíase prometido en su interior «hacérselo pagar caro», como, según se rumoreaba, dijera Gania literalmente.
Afirmábase también que Nastasia Filipovna conocía al dedillo todo esto y que maquinaba algún plan a su vez. Totsky entonces sintió tal terror que ni siquiera osó confiarse al general Epanchin. Pero a ratos, como si fuese un hombre débil de carácter, renacían sus esperanzas y lo veía todo a través de un prisma optimista. Así, por ejemplo, sintióse muy aliviado cuando Nastasia Filipovna prometió a los dos amigos adoptar la resolución definitiva la noche de su cumpleaños.
Por otra parte, el más extraño e inverosímil de los rumores, el que concernía a persona tan honorable como el propio Ivan Fedorovich aparentaba ser, adquiría —¡ay!– cada vez más fundamento a medida que el tiempo transcurría.
Sin embargo, a primera vista tal rumor parecía perfectamente absurdo. Resultaba duro de creer que Iván Fedorovich, en sus ya maduros y graves años, con su excelente comprensión y su conocimiento práctico del mundo, y con todas las demás cosas similares que en estos casos pueden decirse, hubiese acabado cayendo bajo el influjo de Nastasia Filipovna y sintiendo por ella un capricho rayano en pasión. Difícil sería preciar qué esperanzas albergaba en semejante sentido: acaso esperase la ayuda complaciente del propio Gania. Totsky sospechaba algo de esta clase y, en tal sentido, suponía una especie de tácito convenio entre el general y Gania, un acuerdo propio de gentes que se comprenden bien. Es notorio que un hombre cegado por la pasión, sobre todo si está entrado en años, se torna ciego y encuentra firmes cimientos para sus esperanzas donde no hay ninguno; y, lo que es peor, pierde el juicio y obra como un niño sin sentido, por poderosa que sea su inteligencia.
Sabíase, así, que con ocasión del cumpleaños de Nastasia Filipovna el general había acordado regalarle unas magníficas perlas, por valor de una inmensa suma, y que confiaba mucho en la eficacia de su presente, aunque le constase que Nastasia Filipovna no era una mujer venal. Todo el día anterior al del cumpleaños, Epanchin lo pasó en un estado febril, si bien supo ocultar a los demás su emoción.
La generala había oído hablar de aquellas perlas. Lisaveta Prokofievna estaba acostumbrada hacía años a las infidelidades de su esposo; pero esta vez estimó imposible pasar por alto el incidente. El rumor relativo a las perlas la impresionaba mucho. El general lo notó a través de algunas palabras escuchadas el día antes, y preveía y temía el momento de la explicación.
De aquí que pensase con vivo desagrado en el almuerzo en el seno de la familia la mañana en que comienza esta historia. Ya antes de aparecer Michkin, el general había decidido esquivarse pretextando asuntos urgentes. A menudo, «esquivarse» significaba, en el caso de Epanchin, huir. Lo esencial era lograr pasar aquel día, y sobre todo aquella noche, sin turbaciones ni conflictos. Y el príncipe había llegado con oportunidad. «El cielo me lo envía», meditaba el general mientras iba al encuentro de su mujer.
V
Lisaveta Prokofievna estaba muy orgullosa de su noble cuna. ¿Cómo reaccionaría cuando supiese a quemarropa, sin la menor preparación, que el último representante de su raza, aquel príncipe Michkin de quien oyera hablar alguna vez, no era más que un pobre idiota, un pordiosero necesitado de la caridad ajena? El general, temiendo un interrogatorio sobre las perlas, había premeditado este efecto teatral que dirigiría la atención de su mujer en otro sentido.
Cuando sucedía algo extraordinario, Lisaveta Prokofievna abría mucho los ojos, recostábase en su asiento y miraba vagamente en torno suyo. Era una mujer alta y ancha de formas, pero delgada, de la misma edad que su marido, con una cabellera negra que empezaba a encanecer, aunque fuese abundante todavía. Tenía la nariz algo aquilina, mejillas hundidas y macilentas y delgados labios plegados hacia dentro. Su frente era alta, si bien estrecha, y sus grandes ojos pardos mostraban a veces las más inesperadas expresiones. Antaño había tenido la creencia de que sus ojos eran subyugadores y desde entonces nada había podido disipar su convicción.
–¿Recibirle? ¿Recibirle ahora?
Y abriendo mucho los ojos miraba a su marido, que paseaba de un lado a otro de la habitación.
–No tienes por qué enojarte en lo más mínimo, querida —se apresuró a declarar Ivan Fedorovich—. No lo recibas a no ser que verdaderamente te complazca verle. Es realmente un niño, y un niño que da lástima. Padece accesos de cierta enfermedad y en este momento llega de Suiza. Ha venido a casa en seguida de apearse del tren. Va vestido un poco extravagantemente, algo a la usanza alemana. Y lo principal es que no tiene un kopec. ¡No creas que exagero! Poco le falta para que se le salten las lágrimas. Le he dado veinticinco rublos y quiero buscarle un empleo de escribiente en nuestro ministerio. Os ruego, mesdames6, que le invitéis a almorzar, porque sospecho que debe de estar hambriento…
–Me asombras —contestó la generala, sin cambiar de tono—. ¡Hambriento y sufriendo accesos! ¿Qué clase de accesos?
–¡Bah! No son frecuentes y además, lo repito, es como un niño, y está bien educado. Os agradeceré, mesdames, que le sometáis a un examen —añadió el general volviendo a dirigirse a sus hijas—. Conviene conocer sus aptitudes.
–¿Someterle a un examen? —murmuró su mujer, pronunciando lentamente cada sílaba y dirigiendo alternativamente la mirada a sus hijas y a su marido—. Querida, no lo tomes a mal… En fin, haz lo que quieras. Yo me proponía tratarle con benevolencia, introducirlo en casa… Casi sería una buena acción. —¿Introducirlo en casa?… ¿Y dices que acaba de llegar de Suiza?
–Eso no es obstáculo… Pero repito que como quieras. Se me ha ocurrido la idea porque lleva tu mismo apellido y acaso sea tu pariente, y además porque no tiene ni donde reposar la cabeza. He juzgado también que, como miembro de nuestra familia, despertaría en ti algún interés.
–Por supuesto… Maman, no hay que enojarse con él —dijo Alejandra—. Además llega de viaje y está hambriento. ¿Por qué no darle de comer si no tiene adónde ir?
–Además, es un niño completo. Hasta se puede jugar con él al escondite…
–¿Jugar al escondite? ¿Qué quieres decir?
–¡Oh, maman, deja ya de ponerte interesante! —interrumpió Aglaya, molesta.
Adelaida, la hija segunda, que era de carácter alegre, no pudo contenerse y rompió a reír.
–Hazle llamar, papá. Maman lo permite —decidió Aglaya.
El general llamó y ordenó al criado que introdujese al príncipe.
–Pero a condición de que se le anude una servilleta al cuello cuando se siente a la mesa —declaró la generala—. Y habrá que decir a Mafra y a Fedor que estén detrás de él mientras come, sin quitarle la vista de encima. ¿Es tranquilo, por lo menos, en sus ataques? ¿No hace ademanes desordenados?
–Está por el contrario, muy bien educado y tiene muy buenas maneras. Acaso sea un poco simple… Ea, aquí le tenéis. Te presento al último de los príncipes Michkin, que lleva tu mismo nombre y acaso sea tu pariente, Lisaveta. Tratadle bien y sed amables con él… Príncipe, el almuerzo está servido; háganos el honor. Dispense que no me quede, pero es muy tarde ya y tengo mucha prisa.
–¿Podemos saber adónde te lleva esa prisa? —preguntó, con acento significativo, Lisaveta Prokofievna.
–Tengo que irme, querida; dispongo de muy poco tiempo… Si dais al príncipe vuestro álbum, mesdames, y le pedís que os ponga algún autógrafo, comprobaréis el talento caligráfico que tiene. ¡Es un calígrafo consumado! Hace un momento me ha reproducido una muestra de la escritura medieval: «El igúmeno Pafnutí ha puesto aquí su firma»… Bueno, hasta luego…
–¿Pafnutí? ¿El igúmeno? ¡Espera, espera un poco! ¿Adónde vas y quién es ese Pafnutí? —exclamó la generala, colérica y casi inquieta mientras su esposo alcanzaba la puerta rápidamente.
–Si, sí, querida: es un igúmeno antiguo… Voy a casa del conde, que me espera hace rato. El mismo me citó. Hasta la vista, príncipe…
Y el general salió a toda prisa.
–¡Bien sé a la casa de qué conde va! —dijo con áspero acento Lisaveta Prokofievna dirigiendo los ojos al príncipe con expresión de descontento. Y luego, procurando coordinar sus recuerdos, gruñó—: ¿Qué decíamos? ¡Ah, sí, hablábamos del igúmeno!
–Maman… —comenzó Alejandra.
Aglaya golpeó el suelo con el pie.
–Déjame hablar, Alejandra Ivanovna —interrumpió secamente la madre—. También yo deseo enterarme de eso. Siéntese en esta butaca, príncipe. No, aquí, frente a mí. Más al sol y de modo que le dé bien la luz para que yo pueda verle. ¿Qué igúmeno era ése?
–El igúmeno Pafnutí —respondió el príncipe con gravedad.
–¿Pafnutí? ¡Muy interesante! ¿Y qué hizo?
Lisaveta Prokofievna preguntaba con voz brusca e impaciente, fijando los ojos en el príncipe. Cuando éste le contestó, ella de vez en cuando asentía con la cabeza.
–El igúmeno Pafnutí vivía en el siglo catorce —comenzó Michkin—. Su monasterio estaba situado a orillas del Volga, en la región ahora conocida como provincia de Gostroma. Fue célebre por la santidad de su vida. Le enviaron a la Horda para arreglar ciertos asuntos con los tártaros y puso su firma al pie de un documento. Como el general quería ver si yo tenía suficiente buena letra para ser empleado en algún sitio, he escrito varias frases, cada una con un tipo de letra diferente. Entre otras frases se encontraba ésa: «El humilde igúmeno Pafnutí ha puesto aquí su firma». Ello agradó mucho al general y por eso lo ha mencionado hace poco.
–Aglaya —dijo la generala—, acuérdate de lo que dice el príncipe. O, si no, anótalo, porque de lo contrario lo olvidaré. Pero yo creía que se trataba de algo más interesante. ¿Dónde está esa firma?
–Creo que ha quedado en el despacho del general, sobre la mesa.
–Que vayan a buscarla en seguida.
–No vale la pena. Puedo volver a escribirla, si usted lo desea.
–Opino, maman —dijo Alejandra—, que por el momento sería mejor almorzar. Nosotras tenemos apetito…
–Está bien —resolvió la generala—. Venga, príncipe. Debe usted de sentir apetito.
–Sí: comeré con gusto y les quedaré muy reconocido.
–Me alegro de ver que es usted cortés y no tan…, tan original como me habían dicho. Ea, siéntese así, frente a mí —dijo la generala cuando entraron en el comedor, señalando un asiento al príncipe—. Quiero verle bien. Alejandra, Adelaida, ocupaos del príncipe. ¿No es cierto que dista mucho de estar tan… enfermo? Tal vez no sea necesario ponerle la servilleta al cuello… Diga, príncipe: ¿le ponen una servilleta bajo la barbilla cuando se sienta a comer?
–Creo que se hacía así cuando yo tenía siete años; pero ahora, cuando como, despliego la servilleta sobre las rodillas.
–Como debe ser. ¿Y los ataques?
–¿Los ataques? —repitió Michkin con cierta sorpresa—. Actualmente sólo los sufro rara vez. Pero en adelante no sé. Me han dicho que este clima me sentaría peor.
Lisaveta Prokofievna continuaba inclinando la cabeza después de cada palabra del visitante.
–Habla bien —hizo notar a sus hijas—. Estoy sorprendida. Así que todo eran necedades y mentiras, como siempre… Coma, príncipe, y relátenos su vida. ¿Dónde nació usted? ¿Dónde le educaron? Quiero saberlo todo: me interesa usted mucho.
Michkin le dio las gracias y mientras comía con excelente apetito recomenzó la narración hecha ya varias veces durante aquella mañana. La generala estaba cada vez más satisfecha. Las muchachas escuchaban con bastante atención. Se trató de averiguar qué parentesco existía entre ellos. El príncipe conocía bastante bien la serie de sus antepasados, pero del cotejo de los respectivos árboles genealógicos resultó que el parentesco entre él y la generala era casi nulo. Sus respectivos abuelos y abuelas hubieran podido considerarse primos lejanos a lo sumo. Esta árida conversación agradó mucho a Lisaveta Prokofievna, a quien le placía hablar de sus antepasados sin que casi nunca se le presentara ocasión de hacerlo. En consecuencia estaba de muy buen humor cuando se levantó de la mesa.
–Venga a nuestro saloncito —dijo— y nos llevarán el café allí. Tenemos una habitación común —explicó al príncipe mientras salían del comedor—: mi saloncito, en el que todas nos reunimos y nos ocupamos en nuestros quehaceres cuando estamos solas. Alejandra, mi hija mayor, toca el piano, cose o lee; Adelaida pinta paisajes y retratos (y nunca concluye ninguno) y Aglaya no hace nada. Yo tampoco hago casi nada: nunca termino ninguna labor. Ya hemos llegado, príncipe. Ahora siéntese junto al fuego y cuéntenos algo. Deseo ver en qué forma sabe relatar. Quiero convencerme de sus aptitudes y, así, cuando vea a la anciana princesa Bielokonsky le hablaré de usted. Me propongo que todos se interesen en su favor. Vamos, cuente.
–¿No comprendes que es muy original contar una historia así, maman? —observó Adelaida preparando su caballete y tomando sus pinceles y su paleta para trabajar en un cuadro comenzado largo tiempo atrás.
Alejandra y Aglaya se sentaron en un mismo divancito y, cruzándose de brazos, se dispusieron a escuchar la conversación. El príncipe notó que era objeto de la atención general.
–Si se me pidiese de ese modo, yo no contaría nada —dijo Aglaya.
–¿Por qué no? ¿Qué hay de extraño en ello? ¿Por qué no había el príncipe de contarnos algo? ¡Para eso tiene lengua! Quiero saber cómo habla. Vaya, díganos alguna cosa. Explíquenos qué le ha parecido Suiza, cuál fue su primera impresión… Veréis qué pronto empieza y cómo se explica bien.
–La impresión que sentí fue muy fuerte… —comenzó Michkin.
–¿Veis, veis? ¡Ha empezado! —exclamó la generala dirigiéndose a sus hijas.
–Al menos déjale hablar, maman —repuso Alejandra—. Este príncipe podrá ser un gran socarrón, pero no un idiota —añadió, en un cuchicheo, al oído de Aglaya.
–Hace rato que me lo parece así —contestó Aglaya—. Y es muy desagradable verle desempeñar esta comedia. ¿Qué interés le moverá?
–La primera impresión fue muy fuerte —repitió Michkin—. Cuando me condujeron al extranjero, mientras atravesábamos las diferentes ciudades de Alemania, yo me limitaba a mirarlo todo en silencio. Recuerdo que no hacía pregunta alguna. Acababa de sufrir una serie de ataques muy violentos y cada uno más que sufría, cada recrudecimiento de mi enfermedad, tenía la virtud de sumirme en una atonía completa. Entonces perdía la memoria en absoluto, y aunque mi espíritu permanecía despierto, el desarrollo lógico de mi pensamiento quedaba interrumpido, si vale la expresión. No me era posible unir entre sí más de dos o tres ideas. Cuando los accesos pasaban, me sentía tan bien y tan fuerte como ustedes me ven ahora. Recuerdo que sentía una tristeza insoportable, que tenía ganas de llorar, que estaba siempre inquieto y, en cierto modo, como asombrado. Me encontraba extraño a cuanto veía. Sí, extraño de un modo que me anonadaba. Y me acuerdo de que ese marasmo se disipó del todo al llegar a Basilea, en Suiza. La circunstancia que lo eliminó fue el hecho de escuchar el rebuzno de un asno que se hallaba tendido en el suelo, en la plaza del mercado. El asno me impresionó extremadamente; su vista me causó, no sé por qué, un placer extraordinario… Y mi cerebro recobró en el acto su lucidez.
–¿Un asno? ¡Qué raro! —observó la generala. Pero luego, mirando con irritación a sus hijas, que habían comenzado a reír, añadió—: Aunque, después de todo, no tiene nada de raro. Muchas personas sienten cariño hacia los asnos. Eso se veía ya en los tiempos mitológicos. Diga, príncipe.
–Desde entonces siento gran afecto por los jumentos, casi simpatía. Comencé a informarme sobre ellos, ya que antes no los conocía en absoluto. No tardé en comprobar que son animales muy útiles, laboriosos, robustos, pacientes y económicos. En resumen, aquel asno me hizo tomar cariño a toda Suiza y mi tristeza desapareció como por encanto.
–Todo eso es bastante extraño… Pero dejemos el pollino y pasemos a otro tema. ¿Por qué te ríes, Aglaya? ¿Y tú, Adelaida? El príncipe ha hablado del pollino con mucha elocuencia. Lo ha visto personalmente. Y tú, en cambio, ¿qué has visto en tu vida? ¿Acaso has estado siquiera en el extranjero?
–Yo también he visto asnos, maman —dijo Adelaida.
–Y yo he oído a uno —añadió Aglaya.
Hubo nuevas risas, a las que el príncipe se sumó.
–Esta actitud está muy mal en vosotras —dijo la generala—. Perdónelas, príncipe. Aunque se ríen, son buenas muchachas. Siempre estoy discutiendo con ellas, pero las quiero mucho. Son frívolas, atolondradas, locas…
–Yo hubiera hecho lo mismo en su lugar —aseguró Michkin, risueño—. Pero, eso aparte, el jumento es un ser bueno y útil.
–Y usted, príncipe, ¿es bueno también? —interrogó la generala—. Sólo se lo pregunto por curiosidad…
Aquella interrogación produjo un nuevo estallido de carcajadas.
–¡Otra vez se acuerdan de ese maldito asno! —exclamó Lisaveta Prokofievna—. ¡Y yo que no pensaba en él para nada! Crea, príncipe, que no he tratado de hacer ninguna…
–¿Alusión? ¡Oh, lo creo!
Y el príncipe rio de todo corazón.
–Hace bien en reírse. Ya veo que es usted un buen muchacho —dijo la generala.
–No tan bueno a veces —denegó Michkin.
–Yo soy buena también —aseveró inopinadamente la Epanchina— y, si quiere creerme, incluso le diré que soy buena siempre. Es mi único defecto, porque no se debe ser buena en todas las ocasiones. Me disgusto a veces con mis hijas y con mi marido; pero lo más lamentable es que nunca soy más buena que cuando estoy enfadada. Así, antes de entrar usted, yo me había irritado y adoptado el aire de no comprender ni poder comprender nada. Eso me pasa a veces: soy como una niña. Aglaya me dio una lección. Te la agradezco, Aglaya. En fin, todo esto no tiene importancia. Yo no soy tan necia como pudiera creerse y como mis hijas quisieran dar a entender. No me falta carácter y no soy vergonzosa. Lo digo sin mala intención. Ven aquí y dame un beso, Aglaya. Basta, basta —dijo a Aglaya que le besaba con sincero cariño el rostro y las manos—. Continúe, príncipe. ¿Se acuerda de algo más interesante que lo del pollino?
–Vuelvo a decir —observó Adelaida— que no creo posible contar nada cuando le apremian así a uno. Yo no sabría qué relatar.
–Pero el príncipe sí sabrá, porque el príncipe es muy inteligente, lo menos diez veces más que tú, y acaso doce. ¿Te enteras? Pruébeselo continuando, príncipe. Desde luego, podernos prescindir del asno. ¿Qué vio usted en el extranjero aparte ese animal?
–Lo que el príncipe dijo del asno demuestra ya su inteligencia —intervino Alejandra—. Nos ha descrito de un modo muy interesante su estado de salud y cómo reaccionó a consecuencia de una impresión exterior. Siempre he sentido la curiosidad de saber cómo pierde la gente la razón y cómo la recobra. Sobre todo cuando el cambio sucede bruscamente.
–¿Veis? —dijo vivamente la generala—. Ya sé que tú también a veces eres inteligente. ¡Vamos, acabad de reír! Creo, príncipe, que iba usted a hablar del paisaje suizo. Diga, diga…
Michkin siguió su relato:
–Llegamos a Lucerna y me llevaron a dar un paseo por el lago. Admiré la belleza de lo que me rodeaba, pero no sin sentir a la vez un peso en el corazón.
–¿Por qué? —preguntó Alejandra.
–No lo sé. Siempre me siento oprimido e inquieto cuando veo por primera vez un paisaje así. Me agrada y me turba a la vez. Además entonces yo estaba enfermo aún.
–Pues yo tengo muchas ganas de ver esos paisajes —dijo Adelaida—. No sé por qué no vamos al extranjero. Hace dos años que estoy buscando con interés una naturaleza que copiar, porque, como sabe, «el Oriente y el Sur se han pintado ya mucho…». Encuéntreme un paisaje que pintar, príncipe.
–No sabría hacerlo. Yo he creído siempre que bastaba mirar y pintar lo que se ve.
–Yo no sé mirar.
–¿A qué viene ese lenguaje enigmático? —interrumpió bruscamente la generala—. Yo no saco nada en limpio: «No sé mirar…». ¿Qué significa eso? Tú tienes ojos, así que te basta abrirlos. Si no sabes mirar aquí, no será en el extranjero donde aprendas. Más vale que nos cuente usted cómo miraba, príncipe.
–Sí, vale más —convino la joven artista—. Sin duda en el extranjero el príncipe habrá aprendido a mirar.
–No sé; ignoro si he aprendido; sólo sé que he restablecido mi salud. Y además que he sido dichoso casi constantemente.
–¿Dichoso? ¿Sabe usted ser dichoso? —preguntó Aglaya—. ¿Y cómo dice entonces que no ha aprendido a ver las cosas? Instrúyanos, príncipe.
–Sí, instrúyanos —rio Adelaida.
–Nada les puedo enseñar —repuso Michkin, riendo también—. Durante mi estancia en el extranjero apenas salí de la aldea suiza a que me llevaron, y casi nunca me alejé de sus contornos. ¿Qué podía aprender allí? Primero me limité a dejar de aburrirme; luego recobré la salud, y más tarde empecé a estimar cada día y cada día adquirió, a medida que iba pasando el tiempo, un valor más grande a mis ojos. Me acostaba siempre contento y me levantaba más contento aún. Cuál fuera el motivo de ello, es cosa que no sé decir.
–¿Y no sentía deseos —preguntó Alejandra— de ir a otro lugar? ¿No experimentaba necesidad de trasladarse?
–Al principio sí, sentía cierta tendencia inquieta y vagabunda. Pensaba siempre en mi existencia futura, quería adivinar mi destino y en algunos momentos el descanso me resultaba incluso penoso. Ya saben ustedes cuando pasa eso: cuando está uno a solas. En nuestra aldea había una cascada, o, mejor dicho, un delgado hilo de agua que caía de una montaña casi perpendicular: un agua blanca, espumeante, tumultuosa. Hallábase como a media versta de nuestra casa y a mí me parecía verla a cincuenta pasos. Por la noche me agradaba oírla caer, pero en ciertas ocasiones se apoderaba de mí una gran agitación… De vez en cuando ocurríame estar solo en los montes en medio del día: en torno mío se erguían grandes pinos seculares, olorosos a resina. En lo alto de una roca se divisaban las ruinas de un antiguo castillo feudal; la aldehuela, perdida en el valle, apenas se divisaba; el sol era vivo; el cielo azul; reinaba en torno un imponente silencio. Pues bien, en aquellos momentos me invadía el ansia de viajar y me figuraba que caminando siempre en derechura hasta franquear la línea donde se confunden cielo y tierra, encontraría más allá la clave de los misterios, hallaríame en el centro de una vida nueva mil veces más animada que la nuestra. Y soñaba en una gran ciudad como por ejemplo Nápoles, llena de palacios, de agitación, de ruido, de vida… Sí, yo tenía no sé qué aspiraciones… Pero a poco me pareció que en cualquier sitio, en una prisión incluso, se podía encontrar un tesoro de vida.
–A los doce años leí ese mismo loable pensamiento en mi «Manual de Enseñanzas Útiles» —declaró Aglaya.
–¡Siempre filosofía! —exclamó Adelaida—. Usted es un filósofo y viene a instruirnos.
–Quizá tenga usted razón —repuso Michkin, sonriendo—. Soy filósofo, en efecto, y hasta acaso me impela la idea de instruir… Sí, es posible…
–Su filosofía —manifestó Aglaya— es la misma de Eulampia Nicolaievna, la viuda de un funcionario, que nos visita en calidad de parásito. Para ella, todo el problema de la vida se reduce a comprar barato, y, así, no se aplica más que a gastar lo menos posible. Nunca habla sino de kopecs. Y le advierto que tiene dinero; sólo que lo disimula. Esto se parece al enorme tesoro de vida que usted encontraría en una prisión, y acaso a su felicidad de cuatro años en una aldea, felicidad por la que ha cambiado su soñado Nápoles, y aun parece que con ganancia, siquiera ésta no pase de un kopec.
–Respecto a la vida en una prisión —contestó Michkin— puede existir diversidad de criterio. He conocido a un hombre que había pasado doce años en una cárcel y a la sazón era uno de los pacientes del doctor. Sufría ataques; a veces se agitaba, rompía a llorar, y en una ocasión incluso quiso suicidarse. Su vida en la cárcel había sido triste, se lo aseguro; pero, con todo, valía más de un kopec. Todas sus relaciones de prisionero se reducían a una araña y un arbusto que cuidaba al pie de su ventana… Pero prefiero hablarles de otro hombre a quien he conocido el año último. En su caso hay una circunstancia rara, en el sentido de que pocas veces se produce. Este hombre había sido conducido al cadalso y se le había leído la sentencia que le condenaba a ser fusilado por un crimen político. Veinte minutos después llegó el indulto. Pero entre la lectura de la sentencia de muerte y la noticia de que le había sido conmutada la pena por la inferior, pasaron veinte minutos, o, al menos, un cuarto de hora durante el cual aquel desgraciado vivió en la convicción de que iba a morir al cabo de unos instantes. Yo deseaba saber cuáles habían sido sus impresiones y le pregunté sobre ellas. Lo recordaba todo con extraordinaria claridad y decía que nada de lo sucedido en aquellos minutos se borraría jamás de su memoria. Y pensaba: «¡Si no muriese! ¡Si me perdonaran la vida! ¡Qué eternidad! ¡Y toda mía! Entonces cada minuto sería para mí como una existencia entera, no perdería uno sólo y vigilaría cada instante para no malgastarlo»…
Tras hablar algunos instantes más sobre el mismo tema, el príncipe calló de repente. Su auditorio creía que iba a continuar.
–¿Ha terminado usted? —preguntó Aglaya.
–¿Cómo? ¡Ah, sí! —respondió Michkin, saliendo de una especie de ensueño en que parecía sumido.
–¿Y por qué nos ha contado eso?
–Por nada… Porque me ha acudido a la memoria… Una cosa llama a la otra y…
–Su relato carece de desenlace —dijo Alejandra—. Usted, príncipe, nos ha querido probar que no hay instante que no valga más de un kopec y que a veces cinco minutos pueden valer más que un tesoro. Todo ello está muy bien; pero permítame preguntarle una cosa. Ese amigo que le contó sus sensaciones y que, al parecer, consideraba una eternidad la vida si se la devolvían, ¿qué uso hizo de esa «vida eterna» cuando le conmutaron la pena? ¿Cómo aprovechó tal tesoro? ¿Vivió cada minuto sin perderlo y aprovechándolo como esperaba?
–¡Oh, no! Le pregunté si había llevado a la práctica sus propósitos de aprovechar y no perder cada minuto de vida, y me confesó que había dilapidado después muchísimos minutos.
–La experiencia es decisiva y demuestra que no se puede vivir aprovechando cada instante. Es imposible.
–Es imposible, en efecto —dijo Michkin—. Lo reconozco. Y, sin embargo, no puedo dejar de creer…
–En otras palabras: ¿piensa usted que vive más inteligentemente que los demás? —precisó Aglaya.
–Sí, a veces se me ha ocurrido esa idea.
–¿Y la sostiene aún?
–Sí, aún —afirmó Michkin.
Hasta entonces había contemplado a la joven con una sonrisa dulce e incluso tímida; pero después de pronunciar aquellas palabras rompió a reír y la miró alegremente.
–¡Verdaderamente no es usted muy modesto! —repuso ella, algo enojada.
–Son ustedes valientes —dijo él—. Ustedes ríen, y en cambio a mí el relato de aquel hombre me impresionó tanto que hasta lo soñé. Sí: vi en sueños aquellos cinco minutos de espera afanosa… —y de pronto, preguntó, con cierta turbación, aunque sin dejar de mirar fijamente a las tres muchachas—: ¿No están ustedes ofendidas contra mí?
–¿Por qué? —exclamaron ellas, sorprendidas.
–Porque parece, en efecto, como si estuviese instruyéndolas…
Todas coincidieron en una carcajada.
–Si se han molestado, dejen de sentirse molestas —continuó Michkin—. Sé bien que conozco la vida menos que los demás porque he vivido menos que cualquier otro. Pero a veces se me ocurre decir cosas extrañas…
Y al terminar estas frases pareció muy confuso.
–Puesto que usted asegura haber sido feliz, no puede haber vivido menos, sino más que el resto de sus semejantes. Por lo tanto, ¿a qué vienen esas excusas? —dijo Aglaya con acritud—. No asuma una actitud de triunfador modesto, porque aquí usted no ha triunfado de nada. Dado el quietismo que profesa, podría vivir feliz de cualquier modo durante cien años. Sea que se le muestre una ejecución capital o que se le muestre mi dedo meñique, usted extraerá de ambas cosas un pensamiento igualmente loable y se quedará tan satisfecho. Así, la vida es sencilla.
–¿Por qué te irritas de ese modo? No lo comprendo —intervino la generala, que desde hacía largo rato escuchaba la discusión observando los semblantes de los interlocutores—. Además no sé de qué habláis, ¿a qué viene aquí ese dedo meñique? ¿Qué quieres decir con eso? El príncipe habla bien, sólo que no dice cosas alegres. ¿Por qué te empeñas en abrumarle así? Cuando comenzó su relato, reía y ahora parece estar preocupado.
–Déjale, maman. Es lástima, príncipe, que no haya visto usted una ejecución capital, porque de haberla presenciado, quizá le pediría una cosa…
–He visto una ejecución —repuso Michkin.
–¿Ha visto una ejecución? —exclamó Aglaya—. ¡No lo hubiera creído jamás! ¡Eso era lo que le faltaba!
–Desde luego, ello no concuerda nada con su quietismo —murmuró Alejandra, como hablando consigo misma.
–Ahora —dijo Adelaida, desviando la conversación—, cuéntenos sus amores.
El príncipe la miró con sorpresa.
–Escuche —continuó la joven con cierta precipitación—: tengo interés en oír la historia de sus amores. No niegue que alguna vez ha estado enamorado. ¡Ah, a propósito! Le advierto que en cuanto empieza usted a contar una cosa cualquiera desaparece toda su filosofía.
–Y en cuanto termina de relatar algo, parece avergonzarse usted de haberlo hecho —observó bruscamente Aglaya—. ¿Por qué?
–¡Qué estupidez! —exclamó la generala, mirando con indignación a su hija menor.
–Realmente, esa salida no es muy espiritual, Aglaya —contestó Alejandra.
–No le haga caso, príncipe —dijo Lisaveta Prokofievna a Michkin. Aglaya habla así adrede, por testarudez. No piense que está tan mal educada como finge. No vaya a juzgarlas mal viendo cómo le embroman. Quieren divertirse un poco, pero le aprecian. Se lo conozco en la cara.
–Yo también se lo conozco en la cara —dijo Michkin con acento significativo.
–¿Cómo es eso? —preguntó Adelaida, intrigada.
–¿Qué sabe usted de la expresión de nuestros rostros? —preguntaron las otras dos.
El príncipe calló y asumió un aire de gravedad. Las tres jóvenes esperaban su respuesta.
–Se lo diré después —prometió en voz baja y con tono solemne.
–Se propone excitar nuestra curiosidad —dijo Aglaya—. ¡Y qué serio nos mira!
–Todo eso está bien —insistió Adelaida—; pero aunque sea un buen fisonomista no por ello ha dejado de estar enamorado. Por tanto, he dado en el clavo. Cuéntenos, cuéntenos…
–No he estado enamorado —dijo el príncipe—. He sido feliz… de otro modo…
–¿Cómo? ¿Y de qué manera?
Y su rostro había adquirido una expresión profundamente meditabunda.
–Ea, se lo diré —decidiese Michkin.
VI
—En este momento —comenzó Michkin— me miran ustedes con una curiosidad que me inquieta porque, si no la satisfago, se incomodarán conmigo. Pero, no, esto es una broma —se apresuró a añadir, sonriendo—. Paso, pues, a contar…
En aquel pueblo había muchos niños y yo estaba siempre con ellos, solo con ellos. Eran los niños de la aldea, toda una bandada de colegiales. No pretenderé haberlos instruido yo. No; para eso estaba Julio Thibaut, el maestro de escuela. Si se quiere, admito que les enseñaba algo; pero lo que hacía sobre todo era convivir con ellos.
Y así han transcurrido mis cuatro años en Suiza. No me hacía falta otra cosa. Les hablaba de todo, sin ocultarles nada. Esto acabó atrayéndome el descontento de sus familias, porque los niños terminaron no pudiendo prescindir de mí. Me rodeaban sin cesar, al punto de que el maestro de escuela llegó a convertirse en mi mayor enemigo. Otras muchas personas de la aldea me cobraron antipatía, todas a causa de los niños. El mismo doctor Schneider me hizo reproches sobre ello. Pero ¿qué temían de mí? A un niño se le puede decir todo, absolutamente todo. Siempre me ha sorprendido la falsa idea que los adultos se forman sobre los niños. Éstos no son comprendidos jamás, ni siquiera por sus padres… ¡Y qué bien se dan cuenta los niños de que su familia los toma por pequeñuelos incapaces de comprender nada cuando lo comprenden tan bien todo! Las personas mayores ignoran que, incluso en asuntos difíciles, los niños pueden dar consejos de la mayor importancia. ¿Cómo no sentir vergüenza de engañar a esos lindos pajaritos que fijan en vosotros sus miradas confiadas y felices?
Les llamo pajaritos porque los pájaros son lo mejor que existe en el mundo… Pero medió una circunstancia que excitó los ánimos contra mí más que cualquier otra… El odio de Thibaut era mera envidia. Al principio movía la cabeza y se asombraba viendo lo bien que los niños comprendían lo que les contaba yo, mientras él no lograba jamás hacerse entender de ellos. Más tarde se burló de mí cuando supo que les decía que ni él ni yo les enseñábamos nada, sino que aprendíamos de ellos. No sé cómo pudo injuriarme y calumniarme como lo hacía viviendo él mismo entre niños, porque el trato de éstos purifica el alma…
Entre los enfermos que curaba Schneider había un hombre extremadamente desgraciado. No sé si podría existir desgracia comparable a la suya. Había sido llevado al establecimiento achacándole enajenación mental; pero en mi opinión no estaba loco, sino que había sufrido horrorosamente y ésa era toda su dolencia. ¡Si ustedes supiesen lo que aquellos niños llegaron a ser para él!
Pero de ese enfermo les hablaré luego. Ahora voy a decirles cómo empezó todo. Al principio los niños no me querían. Yo era tan mayor, tan tímido, tan feo además… Y finalmente tenía en contra mía mi calidad de extranjero…
Los niños inicialmente se burlaban de mí y desde que me sorprendieron besando a María comenzaron a tirarme piedras.
No la besé más que una vez… No se rían —apresuróse a añadir el príncipe replicando a las sonrisas de su auditorio—: el amor no intervino en eso para nada. Si ustedes hubiesen conocido a aquella infeliz criatura la habrían compadecido tanto como yo. Era una joven de la aldea, que habitaba con su anciana madre una cabaña con sólo dos ventanitas, en una de las cuales la vieja, con permiso de las autoridades locales, vendía cintas, hilas, hilos, tabaco y jabón, comercio que le producía el poco dinero preciso para su vida. Estaba enferma y tenía las piernas hinchadas, lo que la obligaba a permanecer siempre en un asiento. María contaba veinte años y era delgada y de débil constitución. Hacía largo tiempo que se encontraba tuberculosa, pero aun así iba a asistir a las casas, donde realizaba trabajos muy pesados: fregar el suelo, lavar la ropa, limpiar los platos, dar el pienso a las bestias…
Un viajante francés la sedujo y se la llevó consigo; mas al cabo de una semana la dejó plantada. Abandonada en una carretera, María volvió a su casa pidiendo limosna por el camino.
Llegó sucia, andrajosa, con los zapatos terriblemente desgarrados. Había andado durante ocho días durmiendo al raso y sufriendo mucho frío. Tenía ensangrentados los pies y las manos hinchadas y ulceradas. Antes tampoco era hermosa: sólo tenía unos ojos muy dulces, llenos de inocencia y de bondad. Su taciturnidad era extraordinaria. Una vez, poco antes del incidente de que he hablado, comenzó de pronto a cantar mientras trabajaba y el hecho causó general asombro. «¡María ha cantado! ¡Hay que ver! ¡María ha cantado!», se decían riendo. Ella, oyendo a la gente, quedó muy confusa y desde entonces se encerró en un mutismo obstinado.
En aquel tiempo trabajaba aún y la miraban con benevolencia; pero cuando volvió enferma y con los miembros ensangrentados nadie le testimonió la menor piedad. ¡Qué dura es la gente en casos así! ¡Con qué severidad juzga las cosas!
La vieja fue la primera en recibir a su hija con ira y desprecio. «¡Me has deshonrado!», le dijo. Y fue la primera también en abandonarla a su vergüenza. En cuanto se supo en la aldea la vuelta de María, todos, viejos, niños, mujeres, jóvenes, todos, repito, acudieron a verla. Los habitantes de la aldea casi en pleno invadieron la cabaña de la anciana.
María, hambrienta y haraposa, yacía en tierra a los pies de su madre y lloraba. Mientras los visitantes afluían, ella se tapaba el rostro con los revueltos cabellos e inclinaba los ojos al suelo para rehuir la curiosidad de la gente. Todos hacían círculo en su torno, mirándola como a un reptil. Los viejos la censuraban implacablemente; las mujeres la colmaban de injurias y ofensas, contemplándola con repugnancia, como si viesen un bicho asqueroso. La madre, sentada en su habitación, lejos de oponerse a aquella actitud, les alentaba con la voz y el ademán.
La anciana estaba muy enferma, casi moribunda, al extremo de que a los dos meses falleció; pero aun sintiendo aproximarse su fin se negó a reconciliarse con su hija. No le hablaba jamás, la hacía acostarse en el zaguán y apenas le daba de comer. Necesitaba mojarse frecuentemente las piernas hinchadas con agua caliente, y a pesar de que María se las lavaba y le prodigaba afectuosos cuidados, la vieja los aceptaba sin compensarle con una sola palabra cariñosa. La joven lo sufría todo con resignación. Más adelante, cuando entablé conocimiento con ella, observé que aprobaba aquella actitud, considerándose a sí misma como la más vil de las criaturas.
La anciana hubo de guardar cama definitivamente, y las comadres de la aldea acudieron a cuidarla por turno, según la costumbre de la región. Y entonces se dejó en absoluto de dar de comer a María. Todos la rechazaban de su puerta y nadie le proporcionaba trabajo como antes. Puede decirse que le escupían encima literalmente. Los hombres no la consideraban ya como una mujer y le dirigían las palabras más soeces. A veces, los domingos, cuando estaban embriagados, le arrojaban alguna moneda de a sueldo por irrisión. María las recogía en silencio.
Por aquella época comenzaba a escupir sangre. Acabó teniendo los vestidos tan andrajosos que no osaba presentarse en la aldea. Y desde su regreso andaba descalza. Los niños de la escuela, que pasaban de cuarenta, se regocijaban especialmente en molestarla y arrojarle inmundicias. Habiéndose dirigido a un propietario de vacas para que le diera trabajo, el hombre la puso en la puerta. Mas María, por iniciativa propia, comenzó a cuidar del ganado y pasó el día en aquella ocupación. El hombre, observando que le prestaba buenos servicios, dejó de arrojarla de allí, y hasta le daba a veces los restos de su comida que solían consistir en pan y queso. Y consideraba esto como una gran bondad que hacía a la joven.
Cuando murió la madre de María, el Pastor llegó a vilipendiar a la desgraciada públicamente. Ella, vestida con sus miserables harapos, habíase arrodillado, llorando, junto al ataúd. La curiosidad había atraído a mucha gente a la ceremonia fúnebre. Queríase ver si la joven sollozaba y con qué aspecto caminaría tras el cadáver de su madre.
El Pastor, hombre joven aún y cuya ambición consistía en llegar a ser un gran predicador, habló a la multitud señalando a María. «He ahí —dijo— la que ha causado la muerte de esta respetable anciana (lo cual no era verdad porque la vieja estaba enferma hacía muchos años). Ahí está, ante todos, sin atreverse a levantar la vista porque sabe que ha sido marcada por el dedo de Dios. Vedla, descalza, andrajosa… ¡Buen ejemplo para las que se sintieran a punto de caer en la tentación! ¿Y quién es esa mujer? ¡La hija de la difunta!». Y continuó hablando por el mismo estilo, como suelen los Pastores protestantes.
Aunque parezca increíble, esta cobardía agradó a casi todos. Pero entonces sobrevino una novedad. Los niños, que en aquella época ya estaban todos de mi parte y comenzaban a querer a María, tomaron la defensa de la desgraciada. Vean cómo comenzó la cosa. Yo, antes ya, deseaba favorecer en algo a la pobre joven. Ella padecía gran necesidad de dinero, mas yo durante mi estancia en Suiza no dispuse de un solo kopec. Pero sí tenía un alfiler de diamantes y lo vendí a un buhonero que andaba de pueblo en pueblo vendiendo ropas usadas. El hombre me dio ocho francos por mi alfiler, que valía lo menos cuarenta. Largo tiempo transcurrió antes de que yo pudiese hablar a solas con María. Al fin nos encontramos fuera del poblado, en un sendero montañoso, tras un árbol.
Le entregué los ocho francos y le recomendé que los administrara bien, porque en adelante no podría volver a ayudarla. Y luego la besé diciéndole que no lo tomase en mal sentido y que si la besaba no era porque estuviese enamorado de ella, sino porque me inspiraba profunda piedad, y porque nunca, desde el principio, la había considerado culpable, sino desgraciada.
Yo sentía verdadero deseo de consolarla, de persuadirla que hacía mal en considerarse tan por debajo de las otras mujeres, pero no tardé en observar que no comprendía mis palabras. Lo noté en su actitud. Permanecía en pie ante mí, silenciosa, con los ojos bajos, como abrumada por la vergüenza.
Cuando hube terminado me besó la mano. Yo tomé la suya y quise besarla también, pero la retiró en seguida. De pronto los niños nos descubrieron. Toda la banda se hallaba ante nosotros. Supe después que llevaban largo rato espiándonos.
Comenzaron a reír, a silbar, a dar palmadas y María se puso en fuga rápidamente. Traté de hablarles, pero comenzaron a lanzarme piedras. Aquel mismo día la aldea conocía toda la historia. La maledicencia pública se encarnizó más que nunca con María. Incluso oí decir que se hablaba de que las autoridades le infligiesen un castigo, pero, gracias a Dios, la iniciativa no se llevó adelante. En cambio los niños no dejaban un instante de reposo a su víctima. La perseguían sin cesar y le arrojaban todo género de porquerías.
La pobre enferma, cuando les veía llegar, corría con todas las fuerzas de sus débiles piernas, tosiendo y jadeando. Ellos la seguían vociferando injurias.
Una vez tuve literalmente que entablar una lucha con ellos. Más adelante traté de hacerles entrar en razón, o al menos intenté realizarlo. A veces me escuchaban, pero no por eso dejaban de hostigar a María.
Al fin acerté a explicarles lo desgraciada que era y entonces no tardaron en dejar de injuriarla y empezaron a pasar de largo ante ella sin decirle cosa alguna. Poco a poco los niños y yo fuimos teniendo charlas más prolongadas. Yo les contaba todo, no les ocultaba nada. Ellos me escuchaban con curiosidad y principiaron a sentir lástima de la pobre joven. Algunos cuando la encontraban, le dirigían ya un afable «buenos días».
María, según imagino, debió de sorprenderse mucho de semejante cambio. Una vez, dos chiquillas que tenían algunas vituallas para merendar fueron a llevárselas a la joven y vinieron a decírmelo. Añadieron que María se había puesto a llorar y que ahora ellas la querían mucho.
En breve todos los niños llegaron a amarla y a experimentar a la vez un repentino afecto por mí. Acudían a menudo en mi busca y siempre me pedían que les contase algo. Creo que yo debía relatar bien, porque se mostraban ávidos de mis narraciones.
Entreguéme al estudio y a la lectura para poder comunicarles lo que aprendía en los libros, y esto continuó así durante los tres años siguientes.
Cuando Schneider o los demás me reprochaban el no ocultar nada a los chiquillos y el hablarles como si fuesen personas mayores, yo contestaba que era vergonzoso mentirles. «Además —añadía—, a pesar de todas las precauciones, ellos llegarán siempre a saber lo que uno se empeñe en ocultarles, con la diferencia de que lo sabrán de un modo que excite su imaginación, mientras que conmigo ese peligro no existe. Si lo dudan, evoquen las memorias de su propia infancia». Pero este razonamiento no convencía a nadie.
Fue quince días antes de la muerte de su madre cuando yo besé a María. Al pronunciar el Pastor su sermón, todos los niños estaban ya de mi parte. Les manifesté la ocurrencia que el eclesiástico se había permitido y la califiqué como creí justo. Los niños se indignaron y algunos de ellos, en su ira, rompieron a pedradas los vidrios del Pastor. Yo les hice comprender que habían obrado mal; pero no por eso dejó de esparcirse en la aldea el rumor de que yo soliviantaba a los colegiales. Luego, todo el mundo observó que los niños querían a María, lo que provocó una inquietud extrema. Pero la joven vivía feliz. Los padres podían prohibir a sus hijos que la tratasen, mas no por eso dejaban los niños de ir a buscarla, a escondidas, al lugar en que apacentaba las vacas, y que estaba como a media versta de la aldea.
Le llevaban regalos y algunos se acercaban hasta ella sólo para estrecharla contra su corazón, besarla y decirle: «Te quiero mucho, María». Y tras esto, volvían a sus casas con toda la velocidad de sus piernas.
Poco faltó para que una dicha tan inesperada no hiciese perder la cabeza a María. Jamás había imaginado cosa semejante, ni aun en sueños, y experimentaba, por tanto, una mezcla de confusión y de júbilo. Los niños, y sobre todo las niñas, la iban a ver con frecuencia únicamente para decirle que yo la quería y que les hablaba mucho de ella. «Nos ha contado toda tu historia —le explicaban— y ahora te queremos, sentimos lo que te pasa, y siempre lo sentiremos y te querremos igual».
Luego tornaban a mi lado y con el rostro alegre y aire de traer una noticia importante, me informaban de que habían estado hablando a María y de que ella me enviaba sus saludos.
Por la tarde yo iba a la cascada. Había allí un retirado rincón, sombreado de álamos y no visible desde el pueblo. Era en aquel lugar donde yo recibía por las tardes la visita de los niños, algunos de los cuales acudían a escondidas de sus padres.
Creo que les producía un placer extremo mi supuesto amor por María. Y éste fue el único punto sobre el que les engañé durante mi permanencia en aquella aldea. Les dejaba creer que estaba enamorado de María, aunque sólo experimentaba piedad por ella, porque, viendo que me atribuían otro sentimiento y que éste les era agradable, me libraba bien de desengañarles y fingía que habían sabido adivinar mis sentimientos. ¡Qué delicada bondad albergaban aquellos corazones! Citaré un solo ejemplo: parecíales inadmisible que, amando tanto María a su querido León, ella fuese tan mal vestida y careciese de calzado. ¡Y figúrense que le proporcionaron zapatos, medias, ropa blanca y hasta algunos vestidos! Cómo y por qué prodigios de ingenio lograron procurarse todo aquello, es cosa que no comprendo. El caso fue que toda la escuela puso manos a la obra. Cuando les interrogaba sobre el particular, una risa alegre era su única respuesta. Y las niñas batían palmas y me besaban.
Yo, a veces, iba a ver a María, procurando que nadie lo supiese. Por entonces enfermó gravemente. Ya sólo podía andar a duras penas. Finalmente dejó de trabajar en la finca donde servía, pero, con todo, cada mañana llevaba el ganado a pacer. Sentábase apoyada en una roca perpendicular al suelo y permanecía casi inmóvil hasta el momento de llevar otra vez las vacas al establo.
Agotada por la tuberculosis, respirando difícilmente, pasaba el día en un estado de casi somnolencia, con los ojos cerrados y la cabeza recostada contra la roca. Tenía el rostro descarnado como un esqueleto y el sudor bañaba su frente y sus sienes.
Así la encontraba yo siempre. Sólo me detenía con ella un momento, porque no quería que nos viesen juntos. En cuanto yo aparecía, María temblaba, abría los ojos y se apresuraba a besarme las manos. Yo se lo permitía sabiendo que aquello constituía una dicha para la joven. Mientras estábamos juntos, ella no dejaba de temblar y de verter lágrimas. A veces, es cierto, intentaba hablar, pero era difícil comprender sus palabras. Tan emocionada y exaltada se volvía, que dijérase loca.
A veces los niños me acompañaban. Por regla general, en aquel caso, se quedaban a distancia haciendo centinela para que nadie me sorprendiese hablando con María. Y este papel de vigilantes les agradaba infinitamente.
Cuando nos íbamos, María, al quedar sola, permanecía inmóvil de nuevo, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la roca. Acaso soñase en no sé qué…
Una mañana le fue imposible salir para apacentar el ganado como de costumbre, y quedó sola, en su casita vacía. Los niños lo supieron muy pronto y casi todos fueron a visitarla varias veces en el día. Ella estaba en el lecho desprovista de toda asistencia.
Durante dos días los niños fueron los únicos que la atendieron, relevándose en el cargo de enfermero. Pero luego, cuando se supo en la aldea que María estaba moribunda, varias ancianas acudieron a la cabecera de su lecho. Parece que en el pueblo comenzaban a tener piedad de la joven. Al menos se dejaba a los niños visitarla y no se la injuriaba como antes.
La enferma había entrado en período comatoso, tenía un sueño agitado y tosía horriblemente. Las viejas impedían a los niños penetrar en la casa; pero aun así ellos corrían a la ventana, asomábanse a ella a veces sólo por un momento y decían: Bonjour, notre bonne Marie.
Cuando ella les veía u oía sus voces, se reanimaba y, sin atender las advertencias de quienes la asistían, alzábase penosamente sobre el lecho, hacía un signo de cabeza a sus amiguitos y les daba las gracias. Seguían llevándole regalos, pero ya no comía nada.
Les aseguro que gracias a los niños murió casi dichosa. Merced a ellos olvidó su desgracia, y de ellos recibió en cierto modo el perdón, ya que hasta su último momento se consideró culpable.
Semejantes a ligeros pajarillos, cada mañana batían con el ala su ventana repitiéndole: Nous t'aimons, Marie. Ella murió muy pronto. Yo esperaba que viviese más tiempo. La víspera de su muerte, antes de ponerse el Sol, fui a visitarla.
Pareció reconocerme. Le estreché la mano —¡y qué mano tan descarnada era aquélla!– por última vez. A la mañana siguiente fueron a decirme que María había muerto.
Esta vez, sin que nadie pudiera contenerles, los niños entraron en la cabaña, cubrieron de flores el ataúd de la difunta y engalanaron su cabeza con una guirnalda. Y el Pastor no pronunció ninguna palabra contra la muerta cuando el cuerpo fue llevado al templo. La asistencia se redujo a unos pocos curiosos.
Al ir a ser levantado el ataúd, todos los niños disputaban entre sí por llevarlo al cementerio. Como no eran lo bastante fuertes para hacerlo, no se les pudo atender. Y entonces, después de ayudar a levantarlo, siguieron el séquito deshechos en lágrimas.
A partir de ese momento, los niños han cuidado la tumba de María, plantando rosales en torno y adornándola con flores todos los años.
A partir del entierro se desencadenaron las iras contra mí más que nunca, a causa de mis relaciones con los escolares. Los principales urdidores de la intriga fueron el maestro de escuela y el Pastor protestante.
Llegóse a prohibirme que me entrevistase con los niños y Schneider prometió evitarlo. A pesar de ello nos veíamos y hablábamos desde lejos por señas. Ellos me enviaban cartitas.
Cuando más adelante cambiaron las cosas, todo resultó admirable, porque la persecución había contribuido a estrechar mi amistad con los pequeños. Durante el último año casi me reconcilié con Thibaut y con el Pastor; pero entre Schneider y yo se provocaban frecuentes discusiones. Él me reprochaba lo que definía de sistema «pernicioso para los niños». ¡Cómo si yo tuviese un sistema!
Finalmente, la misma víspera de mi marcha el doctor me confió una extraña opinión que había formado sobre mí.
«He adquirido la absoluta convicción —me dijo— de que usted mismo es un verdadero niño. Quiero decir un niño en todo el sentido de la palabra. Tiene usted el rostro y la estatura de un adulto; pero nada más. Respecto al desarrollo moral, al alma, al carácter, acaso a la inteligencia, usted no es un hombre maduro, y así quedará aunque viva sesenta años».
Aquello me hizo reír mucho. Indudablemente se engaña. ¿Acaso tengo el aspecto de un niño? Sin embargo, una cosa hay verdadera y es que no me agrada tratar con los hombres, con los adultos, con las personas mayores, y —he hecho tal observación mucho tiempo atrás— no me agrada porque no soy como ellos.
Díganme lo que me digan, testimónienme la bondad que me testimonien, me es penoso tratarlos y en cambio me siento a mis anchas cuando puedo reunirme con mis camaradas. Y éstos han sido siempre los niños, no porque yo mismo sea un niño, sino porque me siento atraído por la infancia.
Al principio de mi residencia en Suiza, cuando errando solo y triste por las montañas, los veía salir de pronto de la escuela, a mediodía sobre todo, llenos de entusiasmo, cargados con sus carteras y sus pizarras, jugando, gritando y riendo, mi alma se sentía inmediatamente atraída hacia ellos. No puedo explicar esto, pero el caso era que sentía una impresión de extraordinaria felicidad cada vez que los encontraba. Deteníame y reía, dichoso, considerando aquellos piececitos, que corrían tan de prisa, aquellos niños y niñas que salían en tropel, sus risas y sus lágrimas (porque muchos de ellos, camino de casa desde la escuela, tenían tiempo para pelearse, llorar, reconciliarse y empezar a jugar de nuevo). Aquel espectáculo hacíame olvidar mi melancolía. Después, en los tres años siguientes, nunca he podido comprender cómo y por qué pueden entristecerse los hombres.
Toda mi vida se concentraba en los niños. No contaba con abandonar la aldea jamás, ni se me ocurría que alguna vez hubiera de volver a Rusia. Imaginaba que permanecería siempre allí, hasta que al fin me di cuenta de que Schneider no podría tenerme perpetuamente en las mismas condiciones. Además sobrevino una circunstancia tan importante, que el mismo doctor me exhortó a partir. Tengo que examinar el asunto que me trae a Rusia y aconsejarme con alguien. Acaso mi suerte cambie en absoluto; pero eso es lo de menos.
Lo principal es que se ha producido ya un gran cambio en mi vida. He dejado en Suiza muchas cosas, quizá demasiadas. Todo ha desaparecido. En el tren he venido pensando: «He aquí que vuelvo a vivir entre las gentes normales. Acaso yo no sepa nada de nada, mas el caso es que una nueva vida ha comenzado para mí». Y he decidido ser honrado y firme en el cumplimiento de las tareas que emprenda. Quizá el trato humano me reserve muchas complicaciones y contrariedades. Pero he tomado la resolución de ser cortés y atento con todos y no puede pedírseme más. Tal vez aquí, como en Suiza, me consideren un niño… Me es igual.
Todos me toman también por un idiota. Antaño he estado, en efecto, tan enfermo, que parecía realmente un idiota. Pero ¿puedo ser un idiota ahora que me doy cuenta de que los demás me juzgan así? Pienso en ello y me digo: «Veo que los demás me toman por un idiota, mas, sin embargo, estoy cuerdo, y la gente no lo comprende…». Este pensamiento se me ocurre a menudo.
Al recibir en Berlín algunas cartas que me enviaban los niños comprendí cuánto los quería en realidad. La primera carta que se lee en casos así produce una impresión dolorosa. ¡Qué tristes estaban los niños viéndome marchar! Se hallaban preparados para mi partida desde un mes antes, y constantemente decían: Léon s'en va, Léon s'en va pour toujours! Seguíamos reuniéndonos todas las tardes junto a la cascada y no hablábamos más que de nuestra próxima separación. A veces ellos recuperaban su antigua alegría, pero al llegar el momento de volverse a sus casas me abrazaban apretadamente, lo que no hacían antes.
Cuando fui a tomar el tren todos me acompañaron hasta la estación, que está situada como a una versta de la aldea. Procuraban dominar su emoción y su llanto, pero por mucho que se esforzasen en no llorar, todos, en especial las niñas, tenían lágrimas en la voz. Íbamos con prisa, pero, sin embargo, a veces el grupo tenía que detenerse, para esperar a alguno que se empeñaba en echarme los brazos al cuello y besarme. Subí al coche y el tren se puso en marcha. Al fin todos lanzaron un «¡Hurra!» y permanecieron en el andén hasta que el convoy se perdió de vista. Yo les miraba también.
Cuando he entrado antes aquí, visto los lindos rostros de ustedes y oído sus palabras, me he sentido aliviado por primera vez desde que abandoné Suiza. He llegado a pensar en ese momento que acaso sea yo un hombre verdaderamente afortunado. Sé que no es frecuente encontrar personas con quienes se simpatice a primera vista, y he aquí que yo las encuentro a ustedes nada más que al salir, como quien dice, de la estación.
No ignoro que en general todos nos avergonzamos de hablar a los demás de nuestros sentimientos, pero yo no me avergüenzo revelándoles los míos. Soy muy poco sociable y bien puede ser que tarde mucho tiempo en volver por esta casa. Pero no lo consideren como un desprecio. No lo haré, ni lo anuncio, porque desprecie la amistad de ustedes; no me consideren tampoco ofendido por nada.
Me han preguntado antes lo que juzgaba de la expresión de sus rostros y ahora se lo voy a decir.
Usted, Adelaida Ivanovna, tiene un semblante feliz y el más simpático de los tres. Además de que es usted muy bella, se piensa en cuanto se la mira: «Esta mujer tiene aspecto de ser una buena hermana». Trata usted a la gente de modo natural y atractivo y sabe leer con prontitud en los corazones. Tal es lo que deduzco de la expresión de su rostro.
En cuanto a usted, Alejandra Ivanovna, su semblante es encantador pero acaso se esconda bajo él un secreto pesar. Seguramente su alma es muy bondadosa; mas usted no se siente alegre. Su fisonomía me recuerda la de la Madonna de Holbein que se admira en Dresde. Tal es la opinión que he formado mirando su rostro. A usted corresponde decir si estoy en lo justo.
En lo que a usted respecta, Lisaveta Prokofievna —añadió el príncipe, volviéndose bruscamente a la generala—, su semblante me induce a creer, o más bien me prueba que, a pesar de su edad, es usted una verdadera niña, con todas las cualidades y los defectos que implica la palabra. ¿No se molesta porque se lo diga? Usted sabe cómo considero a los niños… Y no crean que es por ingenuidad por lo que me he explicado tan francamente respecto a la expresión de sus rostros. No, nada de eso. Acaso tenga un motivo para expresarme así.
VII
Cuando Michkin dejó de hablar todas las que le oían le miraron jovialmente, incluso Aglaya; pero la que más satisfecha se mostró fue Lisaveta Prokofievna.
–¡Ea, ya le hemos examinado! —exclamó—. Vosotras, hijas, os proponíais protegerle en calidad de pariente pobre, y he aquí que él apenas se digna aceptar vuestra protección, y aun esto con la advertencia previa de que os visitará poco a menudo. De modo que hemos quedado burladas, e Ivan Fedorovich más que nosotras aún. ¡Me alegro mucho! ¡Bravo, príncipe! Se nos había encargado hacerle un examen… Lo que ha dicho usted de mi cara es la pura verdad: yo soy una niña y lo sé. Lo sabía antes de que usted lo dijera y usted ha definido mi pensamiento en una palabra. Creo que su carácter es absolutamente semejante al mío y que nos parecemos como una gota de agua a otra, lo que me satisface mucho. La única diferencia consiste en que usted es hombre y yo mujer; que usted ha estado en Suiza y yo no.
–No te precipites, maman —dijo Aglaya—. El príncipe ha declarado que tenía sus motivos para hablar con esa franqueza y que no lo hacía por ingenuidad.
–¡Sí, sí! —apoyaron, riendo, las otras dos jóvenes.
–No riais, hijas. Puede que el príncipe sea más astuto que las tres juntas. ¡Ya veréis como sí! Pero no ha dicho usted nada de Aglaya. Ella espera sus palabras y yo también.
–No puedo decir nada por ahora. Ya hablaré más adelante.
–¿Por qué? No creo tan difícil estudiarla.
–No, no lo es. Mas Aglaya Ivanovna resulta una beldad tan extraordinaria que se siente temor de mirarla aunque sólo se trate de intentar conocerla.
–Bien; pero ¿y su carácter? —insistió la generala.
–Juzgar la belleza es difícil. Aún no me siento con fuerzas para hacerlo. La belleza es un enigma.
–Eso es proponer el enigma a Aglaya —dijo Adelaida—. Anda, Aglaya, descífralo. ¿Así que le parece guapa, príncipe?
–¡Extraordinariamente guapa! —repuso él, considerando con fascinados ojos a la interesada—. Casi tanto como Nastasia Filipovna, aunque con un semblante muy diferente.
La generala y sus hijas se miraron profundamente asombradas.
–¿Quieeeén? —preguntó la generala ¿Nastasia Filipovna? ¿De qué conoce usted a Nastasia Filipovna? ¿A qué Nastasia Filipovna se refiere?
–A una cuyo retrato ha mostrado hace poco Gabriel Ardalionovich, y éste ha mostrado al general.
–¿Dónde está el retrato? —dijo vivamente la generala—. ¡Quiero verlo! Si ella se lo ha dado, Gabriel Ardalionovich debe tenerlo aún. Y Gabriel Ardalionovich está sin duda en el despacho de mi marido. Viene a trabajar todos los miércoles y nunca se marcha antes de las cuatro. ¡Qué venga en seguida! Pero no: no siento tanto interés por verle. Haga el favor, querido príncipe, de ir a pedirle ese retrato y traérnoslo. Dígale que queremos verle. Háganos este servicio.
–Es simpático, pero demasiado ingenuo —comentó Adelaida cuando Michkin salió.
–Tan ingenuo —confirmó Alejandra— que casi toca en ridículo, hablando francamente.
Las dos jóvenes parecían ocultar parte de su pensamiento.
–Hablando de nuestras caras —dijo Aglaya— ha sabido salir muy bien del apuro. Nos ha adulado a todas, incluso a mamá.
–¡Déjate de indirectas, te lo ruego! —replicó la generala. No es que me haya adulado; es que yo he encontrado lisonjeras sus palabras.
–¿Crees que ha obrado con malicia? —preguntó Adelaida.
–Creo que dista de ser tan tonto como parece.
–Bueno, basta —dijo con vehemencia la generala—. A mí vosotras me parecéis más absurdas que él. El príncipe es ingenuo, sí, pero sabe lo que se dice y es un socarrón, en el sentido más noble de la palabra. Es exactamente lo mismo que yo.
Michkin, entre tanto, camino del despacho, reflexionaba, sintiendo algún remordimiento de conciencia.
«He cometido una indiscreción hablando del retrato. Pero acaso haya convenido…».
Gabriel Ardalionovich, aún en el despacho del general, estaba abstraído ante sus papelotes. Era evidente que la compañía no le pagaba su sueldo por holgar. Cuando el príncipe le pidió el retrato y le explicó que las señoras deseaban verlo, se sintió tremendamente desconcertado.
–¿Eh? ¿Y qué necesidad tenía de haber hablado de tal cosa? ¡De una cosa de la que usted no está enterado para nada! —exclamó, presa de violento enojo. Y añadió para sí—: ¡Idiota!
–Perdone, lo he mencionado sin darme cuenta en el curso de la conversación. Sin querer, declaré que Aglaya era casi tan bella como Nastasia Filipovna.
Gania le pidió que le relatase con exactitud todo lo ocurrido. Michkin lo hizo y el secretario le miró sarcásticamente.
–Veo que tiene usted a Nastasia Filipovna dentro del cerebro —murmuró.
Y se tomó pensativo. Notándole absorto, Michkin le recordó el retrato.
–Escuche, príncipe —dijo Gania de pronto, como si le acudiese de súbito una idea a la mente—: tengo que pedirle un inmenso favor. Pero en verdad no sé si…
Interrumpióse, turbado. En su interior parecía librarse una violenta lucha. Michkin esperaba en silencio. Gania volvió a mirarle con ojos penetrantes e inquisitivos.
–Príncipe —continuó—, las señoras en este momento deben de estar disgustadas conmigo a causa de una circunstancia extraña y absurda de la que no tengo culpa ciertamente… Es inútil entrar en detalles… El caso, repito, es que las señoras están, a lo que parece, algo molestas conmigo de algún tiempo a esta parte y por eso evito en lo posible pasar a sus habitaciones. Y yo tengo ahora gran necesidad de hablar con Aglaya Ivanovna. Le he escrito unas líneas —y mostraba un papelito cuidadosamente plegado que tenía entre los dedos— y no sé cómo hacérselas llegar. ¿Quisiera, príncipe, encargarse de llevárselas a Aglaya Ivanovna? Mas habría que entregárselas en propia mano y a escondidas de todos. ¿Comprende? No es un secreto grave ni cosa parecida, pero… ¿Puede hacerme este favor?
–Confieso que el encargo no me agrada —contestó Michkin.
–¡Oh, príncipe! —suplicó Gania—. ¡Si supiera cuánto interés encierra esto para mí! Ella acaso contestará y… Créame que se trata de algo urgente, muy urgente, para que me atreva a pedirle… ¿Por quién enviaría yo esto? ¡Y es tan importante, tan importante!
Gania, temerosísimo de que el príncipe persistiera en su negativa, le miraba con expresión de acendrado ruego.
–Bien; lo entregaré.
–¿Pero sin que nadie lo note? —insistió Gania, jubiloso—. ¿Cuento con su palabra de honor príncipe?
–No lo enseñaré a nadie —dijo Michkin—. El pliego no está cerrado, pero…
Y el secretario se interrumpió, turbado por la inconveniencia que acababa de deslizar sin querer.
–No lo leeré, no tema —aseguró el príncipe, sin parecer molesto en lo más mínimo.
Y tomando el retrato salió de la estancia.
Al quedar solo Gania se llevó las manos a la cabeza.
–¡Una palabra de ella —exclamó— y… y acaso rompa con todo!
Y, en la impaciencia de aguardar contestación a su nota, Comenzó a pasear de un lado a otro del despacho, incapaz de reanudar su tarea.
Entre tanto, Michkin, preocupado, pensaba en el encargo que recibiera. La misión aceptada le impresionaba desagradablemente y el que Gania escribiera a Aglaya no le desagradaba menos. Antes de llegar a las dos habitaciones que precedían al salón, se detuvo de pronto como si acabase de surgir alguna idea en su mente y luego, lanzando una mirada en torno, se acercó a la ventana y comenzó a examinar el retrato de Nastasia Filipovna.
Dijérase que quisiera descifrar el no se sabía qué de misterioso que antes le afectara tanto al mirar la faz de aquella mujer. Su impresión entonces había sido muy viva y ahora quería someterla a nueva prueba. Contemplando otra vez aquel rostro, que tenía de notable, no sólo su belleza, sino algo más, imposible de definir, el príncipe tornó a recibir una sensación muy fuerte, más fuerte todavía que la primera. El orgullo y el desprecio, por no decir el odio, se acusaban en aquel semblante femenino con intensidad extraordinaria: pero a la vez se desprendía de él una sorprendente expresión de ingenuidad y confianza, contraste que producía un sentimiento casi compasivo. La deslumbrante hermosura de Nastasia Filipovna tenía un carácter extraño: el rostro era pálido, las mejillas poco menos que hundidas, los ojos ardorosos. ¡Extraña belleza aquélla! El príncipe examinó fijamente el retrato por un momento y luego, después de asegurarse de que nadie le observaba, aproximó a sus labios el rostro de la joven y lo besó con precipitación. Cuando un minuto después entró en el saloncito, su rostro estaba tranquilo en absoluto.
Pero al ir a entrar en el comedor, que estaba separado del salón por otra estancia, casi tropezó con Aglaya, que salía, sola.
–Gabriel Ardalionovich me ha rogado que le entregue esta nota —dijo Michkin, presentándosela.
Aglaya se detuvo, tomó el papel y miró de un modo extraño al príncipe. En la fisonomía de la joven no se delataba la menor confusión. Su extrañeza parecía limitada al curioso papel que Michkin desempeñaba en aquel encargo. La mirada altiva y serena de Aglaya parecía preguntar al príncipe por qué motivo se encontraba mezclado en aquel asunto con Gabriel Ardalionovich. Durante un par de segundos ambos permanecieron mirándose, en pie uno frente al otro.
Al fin, una expresión un tanto burlona se pintó en el rostro de Aglaya. Sonriendo levemente, la joven se retiró.
La generala miró en silencio por unos instantes el retrato de Nastasia Filipovna, afectando mantenerlo a mucha distancia de los ojos y con aire levemente desdeñoso.
–Sí, es bella e incluso muy bella —declaró al fin—. La he visto dos veces, pero de lejos. ¿Así que le gusta esa clase de belleza? —preguntó bruscamente a Michkin.
–Sí, me gusta —repuso él, no sin cierto esfuerzo.
–Pero ¿esta clase de belleza precisamente?
–Esta precisamente.
–¿Por qué?
–Porque en ese rostro… hay una expresión de intenso sufrimiento —articuló casi involuntariamente el príncipe, más bien hablando consigo mismo que a su interlocutora.
–Creo que no sabe usted lo que dice —declaró la generala.
Y con altanero ademán arrojó el retrato sobre la mesa.
–¡Oh, cuánta energía! —exclamó Adelaida, que, por encima del hombro de su hermana, contemplaba el retrato con vivo interés.
–¿A qué energía te refieres? —preguntó ásperamente su madre.
–A la de esta belleza —dijo Adelaida, con calor—. Una belleza así es una verdadera fuerza que puede revolucionar el mundo.
Y tornó, pensativa, a su caballete. Aglaya, después de dirigir una rápida mirada al retrato, guiñó los ojos, adelantó el labio inferior y, sentándose en un diván aparte de los demás, como ausente, cruzó las manos sobre la falda.
La generala tocó la campanilla.
–Diga a Gabriel Ardalionovich que venga. Está en el despacho —ordenó al sirviente.
–¡Maman…! —exclamó Alejandra, con tono significativo.
La generala, cuyo mal humor era notorio, no hizo caso alguno de la insinuación de su hija.
–¡Basta! —contestó, perentoria—. Quiero decirle dos palabras. ¿Sabe, príncipe? En esta casa no hay más que secretos. ¡Siempre secretos! Toda la vida lo mismo: dijérase que el secreto es aquí una especie de protocolo. ¡Qué necedad! ¡Y esto en un asunto que exige más que ninguno claridad, honradez y franqueza! Se trata de arreglar unos casamientos… que no me satisfacen en lo más mínimo…
Alejandra volvió a intentar hacer que callase.
–¿Por qué dices eso, maman?
–Vamos, querida… ¿Acaso te agradan a ti? ¿Importa algo que el príncipe nos oiga? ¿No somos amigos? Yo, al menos, soy su amiga. Dios ama a los hombres, sí, pero a los buenos, no a los malvados ni tornadizos. Menos que a ninguno a los tornadizos, que hoy deciden una cosa y mañana otra. ¿Comprendes, Alejandra Ivanovna? Mis hijas, príncipe, aseguran que soy una original; pero yo contesto que hay que saber apreciar y distinguir a las gentes. Lo que importa en una persona es su corazón y lo demás no significa nada. También la sensatez es precisa, claro… Y hasta puede que sea lo más esencial… No sonrías, Aglaya: mis palabras no se contradicen. Una tonta con corazón y sin sentido común es tan desgraciada como la que tiene sentido común y no corazón. Esta verdad es muy antigua. Yo soy una tonta con corazón y sin inteligencia; tú una tonta con inteligencia y sin corazón. Así, las dos somos igualmente desgraciadas y tanto sufrimos una como otra.
–¿Y qué es lo que te hace tan desgraciada, maman? —preguntó Adelaida.
Parecía ser la única entre todos que conservaba el buen humor.
–En primer término me hacen desgraciada mis sabias hijas —respondió la generala—. Y como con eso basta, sobra extenderse sobre lo demás. Ya se ha hablado bastante. Veremos cómo vosotras (no hablo ya de Aglaya) salís del asunto con toda vuestra facundia y vuestra inteligencia. Ya veremos si tú, admirable Alejandra Ivanovna, serás feliz con tu noble adorador… ¡Ah! —añadió, viendo entrar a Gania—. ¡Otro que se dispone al matrimonio! Buenos días —dijo en respuesta a la inclinación del joven y sin invitarle a sentarse—. ¿Así que se prepara usted a la boda?
–¿A la boda? ¿Qué boda? —balbució Gania, atónito, perdiendo toda su presencia de ánimo.
–Quiero decir si va usted a casarse, si es que prefiere esa expresión.
–No… no… Yo…, no —tartamudeó Gabriel Ardalionovich, rojo de vergüenza.
Lanzó una mirada a Aglaya, sentada aparte, y luego se apresuró a separar la vista. Aglaya le contemplaba fríamente, observando la confusión de Gania.
–¿No? ¿Ha dicho usted que no? —prosiguió la implacable generala—. Conste que recordaré que hoy por la mañana, usted, contestando a mi pregunta, me ha dicho: «No». ¿Qué día es hoy? ¿Miércoles?
–Creo que sí, maman —contestó Adelaida.
–¡Nunca se acuerdan de los días! ¿Y qué fecha del mes?
–Veintisiete —repuso Gania.
–¿Veintisiete? Bueno es saberlo. Adiós. Creo que tiene usted muchas ocupaciones y además es hora de que yo me vista para salir. Tome su retrato. ¡Y salude de mi parte a la desgraciada Nina Alejandrovna! ¡Hasta la vista, querido príncipe! Ven siempre que puedas. Yo iré adrede a ver a la vieja Bielokonsky para hablarle de ti. Y oye esto querido: creo que Dios te ha hecho venir desde Suiza a San Petersburgo para mi bien. Quizá te traigan también otros asuntos, pero Dios te envía sobre todo por mí. Sin duda eso entraba precisamente en sus designios. Hasta la vista, queridas. Acompáñame, Alejandra.
La generala salió. Gania, abrumado, irritado, confuso, cogió el retrato de sobre la mesa y se dirigió a Michkin tratando de sonreír.
–Me voy a casa, príncipe. Si no ha cambiado usted de intenciones y se propone instalarse con nosotros, yo le llevaré, puesto que no conoce usted nuestra dirección.
–Espere, príncipe —dijo Aglaya, levantándose de pronto—. Quiero que escriba alguna cosa en mi álbum. Papá dice que es usted un gran calígrafo… Voy a buscarlo…
Y desapareció.
–Hasta la vista, príncipe; yo me voy también —se despidió Adelaida.
Estrechó cordialmente la mano de Michkin, le sonrió con afabilidad y se fue sin mirar siquiera a Gania. Éste, que no esperaba más que la salida de las mujeres para dar libre curso a su irritación, se lanzó hacia el príncipe y, con los ojos centelleantes y el rostro inflamado por la ira, le interpeló con violencia, si bien en voz baja:
–¡Ha sido usted, usted quien les ha hablado de mi matrimonio! —profirió, rechinando los dientes—. ¡Es usted un descarado charlatán!
–Le aseguro que se engaña —repuso Michkin con tranquila cortesía—. Ni siquiera sabía que iba usted a casarse.
–¡Ha oído usted antes decir a Ivan Fedorovich que todo se resolvería esta noche y lo ha repetido aquí! ¡Así que miente usted! ¿Cómo iban a saberlo ellas si no? ¡El diablo me lleve si hay otro que pudiera habérselo contado! ¿Acaso no me ha dirigido la vieja alusiones suficientemente claras?
–Si cree usted hallar alusiones en las palabras de la generala, mejor podrá saber a través de quién tiene informes. Yo no le he dicho una sola palabra.
–¿Ha entregado usted mi nota? ¿Y la contestación? —preguntó Gania, ardiendo de impaciencia.
En aquel momento entró Aglaya y Michkin no tuvo tiempo de responder.
–Tenga, príncipe —dijo la joven, poniendo el álbum sobre una mesita—; escoja la página que desee y escriba algo en ella. Tome una pluma. ¡Y nueva además! ¿No le importa que sea de acero? He oído decir que a los calígrafos no les gusta usarlas…
Aglaya hablaba con el príncipe sin parecer notar la presencia de Gania. Mientras Michkin se preparaba a escribir, el secretario se acercó a la joven, que permanecía en pie junto a la chimenea, a la izquierda del príncipe, y con temblorosa y entrecortada voz la dijo casi al oído:
–Una palabra, una sola palabra, y me salvo…
Michkin se volvió rápidamente y miró a los dos. En el rostro de Gania se pintó una verdadera desesperación. Era notorio que había hablado de aquel modo sin reflexionar, casi sin saber lo que decía. Aglaya le miró durante unos segundos con el secreto asombro que el príncipe notara poco antes en ella cuando la había encontrado en el comedor. Era indudable que en aquel momento el más violento desprecio hubiese herido menos a Gania que el aire fríamente sorprendido de aquella mujer que parecía no comprender su ruego.
–¿Qué quiere que escriba? —preguntó Michkin a Aglaya.
–Voy a dictarle —repuso la joven, volviéndose a él—. Ponga esto: «No acepto esa clase de tratos». Y debajo la fecha. ¿A ver?
El príncipe le ofreció el álbum.
–¡Perfecto! ¡Admirablemente escrito! ¡Tiene usted una letra soberbia! Muchas gracias, príncipe, y hasta la vista… Espere —añadió, como recordando algo—. Venga: quiero darle un recuerdo.
Michkin la siguió. Aglaya se detuvo en el comedor.
–Lea esto —dijo, tendiéndole la nota de Gania. El príncipe, cogiendo el papel, miró a la joven con indecisión.
–Estoy segura de que no lo ha leído y que usted no puede ser el confidente de ese hombre. Léalo, quiero que lo lea…
La nota, apresuradamente escrita, rezaba así:
Hoy se decide mi suerte, usted sabe cómo. Hoy tengo que dar una palabra irrevocable. No poseo derecho alguno a su interés, no me atrevo a albergar esperanza alguna; pero en cierta ocasión usted pronunció una palabra, una sola palabra, que desde entonces ha iluminado la noche de mi existencia, y ha sido un faro para mí. Dígame ahora una palabra semejante y me salvará usted de la ruina. Diga sólo: «Rómpalo todo» y lo romperé todo hoy mismo. ¿Qué trabajo le cuesta decirlo? Al solicitar esas palabras sólo imploro de usted una muestra de interés y compasión y nada más, nada… No oso concebir esperanza alguna, porque reconozco que soy indigno de ello. Pero si usted pronuncia esa frase yo aceptaré la pobreza de nuevo y soportaré con alegría mi situación —¡tan sin esperanza!– en el mundo, afrontando la lucha que me aguarda con satisfacción y renovado esfuerzo.
Envíeme esa frase de piedad (sólo de piedad; se lo juro). No se enoje contra un desesperado, contra un hombre que se ahoga y hace el postrer intento para salvarse de la perdición.
G. A. I.
Cuando el príncipe concluyó la lectura, Aglaya dijo secamente:
–Ese hombre me asegura que la expresión «rómpalo todo» no me comprometería, no me obligaría a nada, y él mismo da con esa nota la garantía escrita de lo que ofrece. Repare en su cándido e intenso deseo de subrayar ciertas palabras y con qué brutal claridad evidencia sus pensamientos ocultos. Él sabe, aparte esto, que si lo rompiese en efecto todo, pero por sí mismo, sin esperar una palabra mía, sin incluso hablarme de ello, en fin, sin fundar en mí ninguna esperanza; él sabe, repito, que en ese caso mis sentimientos respecto a él cambiarían y hasta tal vez consintiese en ser amiga suya. Él lo sabe positivamente. Pero su alma es vil. Y por eso, aun no ignorando lo que digo, no se decide a obrar, exige garantías previas, no se resuelve a actuar con fe. A cambio de renunciar a cien mil rublos, quiere que yo le autorice a esperar mi mano. En cuanto a la palabra de antaño a que se refiere, y que según dice ha iluminado su vida, al mencionarla comete una desvergonzada mentira. En cierta ocasión me limité a testimoniarle piedad. Pero como es un insolente desvergonzado ha fundado sobre mi piedad sus esperanzas. Lo comprendí en seguida. Desde entonces no ha cesado de tenderme lazos, como ahora. Tome su nota y devuélvasela cuando salga con él. No aquí, por supuesto.
–¿Y qué le contesto de parte suya?
–Nada. Es la mejor contestación. ¿Va usted a vivir en su casa?
–Ivan Fedorovich me ha comprometido a hacerlo —dijo el príncipe.
–Pues guárdese de ese hombre. No le perdonará el devolverle su nota.
Aglaya estrechó ligeramente la mano del príncipe y se fue. Su rostro aparecía grave y ceñudo. Ni siquiera sonrió al inclinarse ante Michkin.
–Soy como usted. Permítame antes recoger mi paquete —dijo el príncipe a Gania.
Éste golpeó el suelo con el pie. Estaba impaciente, congestionado de ira.
Al fin los dos jóvenes salieron de la casa. Michkin llevaba en la mano su modesto equipaje.
–¡La respuesta, la respuesta! —exclamó violentamente Gania—. ¿Qué le ha dicho Aglaya? ¿Le entregó usted mi nota?
El príncipe, en silencio, le devolvió el papel. Gania quedó estupefacto.
–¡Cómo! ¡Si es mi nota! —exclamó—. ¡No la ha entregado! ¡Ya debí yo haberlo supuesto! ¡Oooh, maldición! ¡Claro: no es extraño que ella no me comprendiera hace un momento! Pero ¿cómo ha podido usted, cómo ha podido usted no entregarla? ¡Oooh, maldi…!
–Perdóneme. No es lo que usted piensa. Tuve ocasión de entregar la nota un momento después de dármela usted y la di tal como me lo había rogado. Si ahora se encontraba en mis manos se debía a que Aglaya Ivanovna acababa de dármela para que se la devolviera.
–¿Cuándo se la dio? ¿Cuándo?
–Al terminar de escribir en su álbum me pidió que la acompañase. ¿No lo oyó usted? Pasamos al comedor, me ofreció el escrito, me lo hizo leer y me ordenó devolvérselo a usted.
–¿Qué se lo ha hecho leer? —gritó Gania—. ¡Qué se lo ha hecho leer! ¿Y lo ha leído?
En su estupefacción permanecía como clavado en el suelo, abierta la boca en medio de la acera.
–Sí, lo he leído hace un momento.
–¿Y ella misma se lo ha dado a leer? ¿Ella misma? —Ella misma. Tenga la seguridad de que no siendo así no me habría permitido semejante cosa.
Gania calló por un minuto, haciendo penosos esfuerzos para ordenar sus ideas; pero al fin exclamó de pronto:
–¡Es imposible! ¡Ella no puede habérselo hecho leer! ¡Miente usted! ¡Lo ha leído por propia iniciativa!
–Digo la verdad —repuso el príncipe, sin perder la calma—. Y crea que lamento el disgusto que esto le produce.
–Pero, desgraciado, ¡al menos le habrá dicho alguna cosa más! ¿No le ha dado otra contestación?
–Sí.
–¡Pues dígala, demonio! ¡Hable!
Y Gania golpeó el suelo con el pie dos veces seguidas.
–Cuando hube leído su nota, Aglaya Ivanovna me dijo que usted le tendía un lazo, que su intención era comprometerla, y que antes de renunciar a cien mil rublos usted quería que ella le compensase de ese sacrificio permitiéndole esperar su mano. Añadió que si usted lo hubiera hecho sin querer entrar en tratos sobre su sacrificio, si lo hubiese roto todo sin pedir garantías previas, ella quizá habría accedido a ser amiga suya. Creo que esto es todo. ¡Ah, no: una cosa más! Cuando le pregunté, después de coger la nota, si debía dar a usted alguna respuesta, me dijo que el silencio sería la mejor contestación. Creo que se ha expresado así. Dispense si no recuerdo las palabras con exactitud; pero desde luego le reproduzco el sentido, tal como he creído entenderlo.
Una cólera infinita se adueñó de Gania haciéndole perder todo dominio de sí mismo.
–¡Con que eso es! —vociferó, rechinando los dientes—. ¡Conque así se tiran mis cartas por la ventana! ¡Conque se niega a esos tratos! ¡Conque le proponía cotizar mi sacrificio! ¡Pero ya lo veremos! Todavía quedan teclas que tocar. ¡Ya veremos! ¡Yo seré quien diga al fin la última palabra!
Su rostro estaba pálido y convulso, sus labios blanqueaban de espuma, su puño se agitaba, amenazador en el aire. Los dos jóvenes caminaron así, uno al lado del otro, durante varios minutos. Sin inquietarse ni un ápice por la presencia del príncipe, con el que no contaba para nada, Gania daba curso a su exasperación tan libremente como si hubiese estado a solas en su habitación. Pero de improviso una idea acudió a su mente.
–¿Cómo puede ser —preguntó a Michkin con brusquedad— que Aglaya le testimoniara de pronto semejante confianza…? ¡A usted, a quien sólo conoce hace dos horas! —Y añadió aparte—: Y que es un idiota, además… —Luego insistió—: ¿Cómo es posible?
Para que su desgracia fuese completa, sólo le faltaba a Gania estar celoso, y he aquí que ahora los celos le punzaban el corazón.
–No puedo decírselo —respondió el príncipe—. No lo sé.
Gania le miró con rencor.
–¿Así que le ha conducido al comedor para otorgarle su confianza? Al rogarle que la siguiera, ¿no le dijo que quería darle algo?
–Eso fue lo que me pareció entender.
–Pero ¡el diablo me lleve!, ¿por qué? ¿Qué hizo usted allí? ¿Cómo puede haberle agradado y tan pronto? Escuche —prosiguió Gania, que no lograba coordinar sus pensamientos a causa de la terrible confusión de su mente—: ¿No puede usted recordar de lo que han hablado durante su visita? ¿Ha notado algo de particular? ¿No recuerda nada?
–Me acuerdo muy bien de todo —dijo Michkin—. Al principio de entrar y de ser presentado a las señoras empezamos a hablar de Suiza.
–Siga… ¡Al diablo con Suiza!
–Después, de la pena de muerte…
–¿De la pena de muerte?
–Sí: de una cosa a otra la conversación recayó sobre ese tema. Luego les hablé de mi vida en Suiza durante tres años y les relaté la historia de una pobre aldeana…
–Siga, siga. ¡Al diablo con la pobre aldeana! ¿Qué más? —exclamó Gania, impaciente.
–A continuación les expliqué la opinión del doctor Schneider sobre mi carácter y cómo me instó vivamente a…
–¡Qué ahorquen a Schneider y sus opiniones sobre usted! ¿Qué más?
–Más tarde el curso de la conversación nos llevó a hablar de la expresión de los semblantes, e hice observar que Aglaya Ivanovna era casi tan bella como Nastasia Filipovna… Entonces fue cuando tuve esa malhadada ocurrencia sobre el retrato…
–Pero ¿no contaría usted lo que nos oyó hablar antes en el despacho? ¿No, no?
–Le repito que no.
–Pero, entonces, ¿cómo demonio…? ¿Enseñó Aglaya la nota a la vieja?
–Puedo asegurarle formalmente que no. He estado allí todo el tiempo, y si ella hubiera mostrado la carta a su madre, yo habría reparado en ello.
–Quizá no… ¡Oh, maldito idiota! —exclamó Gania, fuera de sí—. ¡Ni siquiera sabe contar las cosas bien!
Envalentonado por la paciencia de su interlocutor, como les suele suceder a ciertas personas, Gania se entregaba cada vez más a la violencia de su carácter. Tan furioso estaba que, de soportar Michkin nuevas ofensas, quizá su compañero hubiese concluido golpeándole. El furor le cegaba. De no ser así habría notado ya hacía tiempo que aquel a quien llamaba «un idiota» sabía a veces comprender las cosas con tanta prontitud como sagacidad y relacionarlas entre sí de modo satisfactorio. Por eso lo que sucedió entonces fue inesperado para Gania.
–Debo hacerle observar, Gabriel Ardalionovich —dijo de pronto el príncipe—, que si antaño, en efecto, mi enfermedad me condujo a una especie de idiotismo, hace tiempo que estoy curado y en consecuencia hoy me es algo desagradable oírme tratar abiertamente de idiota. Sin duda eso es perdonable en consideración al disgusto que en este momento padece usted; pero el caso es que, en su exaltación, me ha injuriado usted dos veces. Ello me molesta, especialmente cuando apenas nos conocemos, como es nuestro caso. De manera que, como ahora llegamos a una bocacalle, lo mejor es que nos separemos. Usted puede torcer a la derecha para seguir su camino y yo tomaré por la izquierda. Tengo veinticinco rublos y no me será difícil encontrar habitación en una casa de huéspedes.
Gania había creído hasta entonces entendérselas con un imbécil. Por ello su confusión fue mucho mayor. Reconociendo su error se ruborizó de vergüenza y su tono insolente dejó el puesto a una excesiva amabilidad.
–Perdóneme, príncipe —dijo con voz suplicante—. ¡Perdóneme, por amor de Dios! ¡Ya ve usted lo desgraciado que soy! Usted no sabe apenas nada, pero de estar informado de todo comprendería mi situación y tendría, sin duda, alguna indulgencia para conmigo, aunque no la merezca…
–No son necesarias tantas excusas —se apresuró a interrumpir Michkin—. Comprendo que está usted muy contrariado y me explico por ello sus palabras hirientes. Ea, vamos a su casa. Le acompañaré con mucho gusto.
«Era imposible dejarle marcharse así —pensaba Gania mientras caminando, contemplaba a Michkin con enojados ojos—. ¡El muy socarrón me ha hecho soltarlo todo y luego se ha quitado la careta! Es una circunstancia que no debo olvidar. Ya veremos… Todo va a decidirse, todo… ¡Y hoy mismo!».
En aquel momento llegaban a su casa.
VIII
Una escalera amplia, clara y limpia conducía a la morada de Gania, situada en el tercer piso y que comprendía seis o siete piezas, entre pequeñas y grandes. El piso, sin tener nada de extraordinario, parecía superar las posibilidades de un funcionario cualquiera, aun admitiéndole un ingreso de dos mil rublos al año. Pero Gania y su familia sólo llevaban allí dos meses y lo habían alquilado con miras a tomar huéspedes a pensión.
Este acuerdo fue adoptado con gran disgusto de Gania, quien hubo, no obstante, de ceder a las instancias de su madre y hermana, deseosas de aumentar a toda costa los ingresos familiares y de ser útiles también. Gania consideraba denigrante aceptar huéspedes, porque creía que ello le avergonzaba ante la sociedad en que estaba hecho a brillar como un joven a quien se le abría un espléndido porvenir. Tales concesiones a lo inevitable y las demás ingratas condiciones de su existencia causábanle heridas morales cada vez más profundas. Durante cierto tiempo, después de acceder mostróse extremada y desmesuradamente irritable sobre cualquier nadería. De todos modos, sólo aceptó a título provisional y transitorio, ya que estaba resuelto a modificar la situación en un inmediato futuro. Pero este cambio total, este camino de escape que se hallaba resuelto a seguir, ofrecía una dificultad, una formidable dificultad cuya solución amenazaba ser más difícil y complicada que todas las precedentes.
Un pasillo que comenzaba en el recibidor dividía en dos zonas el departamento. A un lado estaban las tres habitaciones destinadas a huéspedes «especialmente recomendados». Además, en el mismo lado, había al final del corredor, junto a la cocina, una cuarta pieza, más pequeña que las restantes, en la que se alojaba el general Ivolguin, es decir, el cabeza de familia, quien dormía allí sobre un amplio diván y estaba obligado a entrar y salir por la cocina, usando para ir a la calle la escalera de servicio. El mismo cuarto servía de estancia a Kolia, hermano menor de Gania y colegial de trece años a la sazón, quien allí hacía sus trabajos escolares y allí dormía sobre un diván pequeño y estrecho, entre rasgadas sábanas. Además, el muchacho tenía la misión de esperar a su padre y de vigilarle, lo que se iba haciendo más necesario cada vez.
A Michkin le dieron el cuarto central de los tres de huéspedes. El primero de todos a la derecha de la puerta del príncipe, lo ocupaba Ferdychenko y el tercero estaba desalquilado aún. Al entrar, Gania introdujo a Michkin en la parte del piso que la familia se había reservado. Aquella zona se componía de tres aposentos: un comedor; un salón que sólo era salón por la mañana, transformándose, entrando el día, en despacho y dormitorio de Gania; y un tercer cuarto, muy pequeño y siempre cerrado, donde dormían las dos mujeres. En resumen, todos se hallaban muy apretados en el piso. Gania se limitaba a rechinar los dientes en silencio. Aunque era y deseaba ser respetuoso con su madre, se notaba desde el primer momento que se consideraba el gran déspota de la familia.
Nina Alejandrovna no estaba sola en el salón, sino con su hija. Ambas mujeres hacían calcetas mientras hablaban con un visitante: Iván Petrovich Ptitzin.
Nina Alejandrovna representaba unos cincuenta años. Tenía la faz delgada y consumida, con profundas y obscuras ojeras. Aunque melancólica y de aspecto enfermizo, su fisonomía y mirada resultaban agradables. En cuanto se la oía hablar comprendíase que era mujer de genuina dignidad y que poseía firmeza e incluso resolución. Vestía muy modestamente, como una vieja, un traje de color oscuro de antigua hechura; pero su apariencia, su conversación, el conjunto de sus modales denotaban que había frecuentado la mejor sociedad.
Bárbara Ardalionovna, muchacha de veintitrés años, bastante delgada y de mediana estatura, poseía uno de esos semblantes que, sin ser hermosos, tienen, sin embargo, el don de atraer y aun de fascinar casi tanto como la propia belleza. Era muy parecida a su madre, incluso en el atavío, ya que no albergaba pretensiones de elegancia. Sus ojos pardos, aunque a veces muy alegres y muy afables, de ordinario aparecían serios y pensativos. Sobre todo desde poco tiempo a aquella parte la mirada de la joven delataba una intensa preocupación. En su rostro leíanse energía y firmeza como en el de su madre, pero la hija delataba un carácter aún más vigoroso y decidido. Bárbara Ardalionovna tenía el genio vivo y hasta su propio hermano la temía. También el visitante que se hallaba a la sazón en la sala, Iván Petrovich Ptitzin, la temía un poco. Ptitzin era un joven de treinta años escasos, vestido con elegante sencillez y de modales agradables, aunque un poco solemnes. Usaba barba castaña, lo cual indicaba que no servía en los departamentos ministeriales. Sabía hablar bien y con inteligencia, pero en general solía permanecer silencioso. En conjunto producía una impresión favorable. Era obvio que Bárbara Ardalionovna le atraía y no se esforzaba en disimularlo. Por su parte la joven le trataba como a un amigo, si bien prescindiendo de contestar a ciertas insinuaciones. No obstante, Ptitzin no se había desanimado. Nina Alejandrovna le acogía con mucha amabilidad y desde hacía tiempo le testimoniaba gran confianza. Todos sabían que Ptitzin había logrado amasar una fortuna prestando dinero a elevado interés sobre garantías más o menos sólidas. Era muy buen amigo de Gania.
Éste saludó secamente a su madre, sin decir palabra a su hermana, y tras presentar a Michkin y dar explícitos detalles sobre él, salió en seguida del salón con Ptitzin. Nina Alejandrovna recibió al príncipe con afabilidad y viendo que Kolia entreabría la puerta le ordenó que llevase a su estancia al nuevo huésped. Kolia era un mozo de rostro sonriente y bastante atractivo y de modales francos e ingenuos.
–¿Dónde está su equipaje? —preguntó, introduciendo a Michkin en la habitación.
–Traigo un paquetito que he dejado en el pasillo.
–Voy a buscarlo. No tenemos más servidumbre que la cocinera y Matrena, de modo que yo me ocupo también en el servicio. Varia nos vigila a todos y está rezongando siempre. ¿Ha llegado usted de Suiza hoy? Lo he oído decir a Gania.
–Sí.
–¿Y es bonito ese país?
–Mucho.
–¿Montañoso?
–Sí.
–Bien. Ahora mismo le traigo sus paquetes. Bárbara Ardalionovna entró en aquel momento. —Matrena va a poner en su cama las ropas necesarias. ¿Trae usted maleta?
–No. Sólo un paquetito. Su hermano ha ido a buscarlo. Lo dejé en el recibidor.
–No hay equipaje alguno, aparte ese paquete —dijo Kolia, tornando—. ¿Dónde ha puesto usted sus equipajes?
–No tengo más que eso —dijo Michkin, cogiendo su paquetito.
–¡Ah! Ya estaba yo temiendo que Ferdychenko se los hubiera llevado.
–No digas necedades —ordenó, Varia con sequedad. Incluso para hablar al nuevo huésped, la joven empleaba un acento seco y no muy cortés.
–Podías tratarme más amablemente, chére Babette. Yo no soy Ptitzin, ¿oyes?
–Eres tan tonto, Kolia, que aún necesitarías de vez en cuando unos buenos azotes. Usted, príncipe, diríjase a Matrena para cuanto desee. La comida es a las cuatro y media. Puede usted comer con nosotros o hacerse servir en su habitación. A su gusto. Vamos, Kolia; no molestes más.
–Voy, voy… ¡Qué genio!
Al retirarse se cruzaron con Gania.
–¿Está papá en casa? —preguntó a Kolia.
El muchacho respondió afirmativamente y su hermano le habló unas palabras al oído.
Kolia asintió con la cabeza y siguió a Varia. Gania habló:
–Dos palabras, príncipe… Con todo este… asunto, había olvidado pedirle una cosa. Y es que, si ello no le resulta muy desagradable, se abstenga de hablar aquí de lo sucedido entre Aglaya y yo, y procure no mencionar allá lo que vea aquí, porque, ¡maldita sea!, verá sin duda cosas harto enfadosas… Al menos le ruego que calle por hoy.
–Le aseguro que he hablado mucho menos de lo que usted piensa —dijo Michkin, algo resentido por los reproches de Gania.
Las relaciones entre ambos, lejos de mejorar, tomaban cada vez peor cariz.
–Sí; pero el caso es que ya he tenido bastantes contratiempos hoy a causa de usted. Lo que le digo ahora es un ruego que le dirijo.
–Permítame indicarle, Gabriel Ardalionovich, que antes yo no me había comprometido a guardar silencio sobre nada. ¿Por qué no había, pues, de mencionar el retrato? Usted no me pidió que guardase reserva sobre él.
–¡Qué cuarto tan horrible! —exclamó Gania, mirando en torno—. ¡Sin luz apenas y con las ventanas a un patio! Verdaderamente, viene usted con inoportunidad en todos los sentidos… En fin: esto no es cosa mía. No soy yo quien me ocupo en instalar a los huéspedes.
Ptitzin llegó y llamó a Gania. Éste abandonó en seguida a Michkin. Había querido, sin duda, decirle algo más, pero una especie de vergüenza le retuvo y por ello se desahogó en imprecaciones contra la alcoba.
Apenas acababa Michkin de lavarse y arreglarse un poco, se abrió la puerta y dio paso a un nuevo personaje. Era éste un hombre de unos treinta años, alto y corpulento, con el cabello rojo y rizado. Tenía el rostro purpúreo y carnoso, nariz grande y chata y unos ojos pequeños y burlones que, perdidos en la gordura de aquel semblante, parecían estar haciendo guiños constantemente. Presentaba, en suma, una fisonomía descarada y vestía bastante mal.
El recién llegado comenzó entreabriendo la puerta e introduciendo la cabeza por la abertura. Luego, alargando el cuello, miró la estancia durante cinco segundos. Después la puerta se abrió lentamente del todo y el visitante apareció en pie en el umbral. Pero no entró en el acto, sino que continuó por unos instantes mirando a Michkin y guiñando los ojos. Al fin cerró la puerta tras sí, se acercó, tomó asiento y, cogiendo con fuerza el brazo del príncipe, le forzó a instalarse en el diván.
–Soy Ferdychenko —dijo mirando a Michkin atenta e inquisitivamente.
–¿Y qué? —repuso el interpelado, casi a punto de reír.
–Un huésped —continuó Ferdychenko mirándole como antes.
–¿Y desea usted conocerme?
–¡Pst! Sí —dijo el recién llegado, suspirando y pasándose la mano por el cabello, con lo que lo desordenó. Y tras examinar un rato el rincón opuesto del dormitorio, dirigió otra vez la vista al príncipe y añadió—: ¿Tiene usted dinero?
–Algo…
–¿Cuánto?
–Veinticinco rublos.
–Enséñemelos.
El príncipe sacó del bolsillo de su chaleco el billete de veinticinco rublos y lo exhibió a Ferdychenko. Éste lo tomó, desplególo, lo contempló por ambos lados y luego lo miró al trasluz.
Es extraño —dijo con aire pensativo—. Siempre me he preguntado por qué estos billetes se oscurecerán tanto. Hay billetes de veinticinco rublos que se oscurecen, mientras otros pierden el color. Tome.
Michkin recuperó su billete y Ferdychenko se levantó.
–He venido, en primer lugar, para advertirle que no me preste dinero, ya que yo no dejaré de pedírselo.
–Muy bien.
–¿Piensa usted pagar su hospedaje?
–Sí.
–Yo no. Gracias. Mi puerta es la primera a la derecha. ¿La ha visto? Procure no ir a mi habitación con mucha frecuencia. Ya procuraré yo, en cambio, venir a la suya; no se preocupe… ¿Ha visto usted ya al general?
–No.
–¿Ni le ha oído?
–Tampoco.
–Ya le verá y oirá. ¡Con decirle que hasta a mí me pide dinero prestado! Avis au lecteur… Adiós. Y diga: ¿cree usted que es posible andar por el mundo llamándose Ferdychenko?
–¿Por qué no?
–Adiós.
Y se dirigió a la puerta. Michkin supo más tarde que aquel hombre consideraba un deber el asombrar a todos con su originalidad y gracia, si bien infortunadamente, no lo conseguía nunca. En ciertas personas producía incluso una impresión desagradable, lo que le disgustaba mucho, pero sin renunciar por eso a perseverar en su extraña tarea.
La casualidad procuró una pequeña satisfacción a Ferdychenko al ir a salir. En la puerta tropezó con otro hombre a quien Michkin no conocía. Ferdychenko se hizo a un lado para dejar paso al que llegaba y, mientras éste se introducía en la habitación, él guiñó los ojos a espaldas suyas repetidamente, como guisa de aviso al príncipe, tras lo cual se retiró, satisfecho.
El nuevo caballero era un hombre alto y corpulento, de unos cincuenta y cinco años o acaso más. Tenía los ojos grandes y algo a flor de piel, bigote y espesas patillas grises encuadrando un rostro grueso y rojizo. A no ser por un aire apoltronado, de fatiga y de descuido, que se notaba en su aspecto, aquel hombre hubiera tenido una figura impresionante. Vestía una vieja levita con los codos rotos y su ropa interior distaba mucho de estar limpia. Al acercarse, trascendía de él cierto olor a vodka. En sus maneras, de una distinción un poco afectada, traicionábase el ingenuo deseo de imponer a sus interlocutores por su aire de dignidad.
El visitante avanzó lentamente hacia Michkin con la sonrisa en los labios, tomóle la mano en silencio y la estrechó entre la suya, mientras examinaba el rostro del príncipe con atención, como esforzándose en encontrar en él rasgos conocidos.
–¡Es él, es él! —dijo, al fin, en tono solemne, sin alzar la voz—. ¡Me parece verle vivo otra vez! He oído pronunciar hace unos momentos un nombre conocido y amado y él me ha traído a la memoria un ayer desvanecido para siempre… ¿Es usted el príncipe Michkin?
–Lo soy.
–Yo soy el general Ivolguin, retirado y muy desgraciado. ¿Puedo preguntarle su nombre y el de su padre?
–Me llamo León Nicolaievich.
–¡Eso es, eso es! ¡El hijo de mi amigo, de mi camarada de infancia! ¡El hijo de Nicolás Petrovich!
–Mi padre se llamaba Nicolás Lvovich.
–Lvovich, sí —rectificó el general, sin apresurarse y con una seguridad absoluta, como un hombre cuya memoria no le falla y que sólo ha cometido una secundaria equivocación verbal.
Sentóse y cogiendo a Michkin por la muñeca le forzó a sentarse a su lado y le dijo:
–Yo le he llevado a usted en mis brazos.
–¿Es posible? —preguntó Michkin—. Porque hace veinte años que mi padre murió.
–Sí, veinte años y tres meses. Hicimos juntos nuestros estudios. Inmediatamente de concluir mi educación entré en el servicio militar.
–Mi padre sirvió también en el ejército. Era subteniente en el regimiento Vasilkovsky.
–No: Bielomirsky. Pasó a este regimiento casi en vísperas de su muerte. Yo estaba allí y le rendí los últimos deberes. Su madre…
El general se detuvo como para dejar calmar la emoción que un triste recuerdo despertaba en él.
–Sí: murió seis meses después, de un enfriamiento —dijo Michkin.
–No, de enfriamiento, no. Crea en la palabra de un viejo. Yo estaba allí y yo la enterré también… No la mató un enfriamiento, sino el disgusto de perder a su esposo. ¡Sí; me acuerdo mucho de la princesa! ¡Ay, juventud! Imagine que su padre y yo, antiguos amigos de infancia, estuvimos a punto de matarnos por la que había de ser la madre de usted…
Michkin principiaba a escuchar con cierto escepticismo.
–Yo estuve locamente enamorado de su madre antes de casarse, cuando era la prometida de mi amigo. Éste lo notó y se enfureció contra mí. Llegó a casa un día, antes de la siete de la mañana, y me despertó. ¡Figúrese! Ambos callábamos. Yo me visto, preguntándome qué significaría aquello. El príncipe saca dos pistolas del bolsillo. Lo comprendo todo. Resolvemos batirnos a pistola, sólo separados por un pañuelo y sin testigos. ¿Para qué testigos cuando cinco minutos después nos habremos enviado mutuamente a la eternidad? Cargamos las armas, extendemos el pañuelo y cada uno de nosotros, mirándonos a la cara, apoyamos la pistola en el pecho del adversario. De pronto, gruesas lágrimas brotan de nuestros ojos… Nuestras manos tiemblan… ¡Y ello nos sucedía a los dos a la vez, a los dos a la vez! Entonces, naturalmente, nos lanzamos el uno en brazos del otro y se entabla un torneo de generosidad. «¡Ella será para ti!», grita el príncipe. «¡No; para ti!», exclamo por mi parte. En una palabra, en una palabra… En fin, ¿va usted a hospedarse con nosotros?
–Sí, por algún tiempo acaso —repuso el príncipe, con voz un tanto vacilante.
Kolia se asomó a la puerta:
–Mamá le llama, príncipe.
Michkin se incorporó para salir, pero el general le puso una mano en el hombro y le Obligó a sentarse con dulce violencia.
–En concepto de sincero amigo de su padre —prosiguió el viejo—, deseo hacerle ciertas advertencias. Usted mismo puede ver que yo he sufrido mucho a consecuencia de una trágica catástrofe. ¡Y sin formación de causa! ¡Sin formación de causa! Nina Alejandrovna es una mujer rara. Bárbara Ardalionovna, mi hija, es otra mujer rara. Las circunstancias nos obligan a tomar huéspedes… ¡Es una caída terrible! ¡Cuándo yo estaba a punto de ser nombrado gobernador general! Cierto que a un pupilo como usted nos alegramos de recibirle… Pero ¡oh!, hay una tragedia en mi casa…
El príncipe miró a su interlocutor con acentuada curiosidad.
–Aquí se prepara un casamiento y es un casamiento muy extraño el enlace de una mujer equívoca con un joven que tendría derecho a ser gentilhombre del zar. ¡Y esa mujer va a ser introducida en la casa en que habitan mi hija y mi esposa! Pero mientras me quede un soplo de vida, no entrará. Me tenderé a través de la puerta y habrá de pasar sobre mi cuerpo. Y ya no hablo apenas a Gania y procuro eludir su presencia. Quería advertírselo, príncipe. Usted mismo lo verá, puesto que se queda a vivir con nosotros. Pero usted es hijo de un buen amigo y tengo derecho a esperar…
–Le ruego, príncipe, que pase un momento conmigo al salón —dijo Nina Alejandrovna, apareciendo en la puerta del cuarto.
–¿Sabes, querida —exclamó el general—, que, según resulta, yo he llevado al príncipe en mis brazos, de niño?
La dama contempló severamente a su marido y luego fijó en Michkin, una mirada escrutadora. Pero no dijo nada. Michkin la siguió. Ambos se dirigieron a la sala y, una vez sentados, Nina Alejandrovna se apresuró a entablar con su huésped una conversación a media voz. Mas apenas había comenzado a hablar, el general entró bruscamente en la estancia. Nina Alejandrovna guardó silencio y, con visible desagrado, se inclinó sobre su labor. Quizá el general notara el descontento de su mujer, pero no le afectó en lo más mínimo.
–¡Qué encuentro tan inesperado! —comentó dirigiéndose a Nina Alejandrovna—. ¡El hijo de mi mejor amigo! Hacía mucho tiempo que yo había dejado de creer posible verle jamás. ¿Es posible, querida, que no te acuerdes del difunto Nicolás Lvovich? ¡Si le viste en… en Tver!
–No recuerdo a Nicolás Lvovich —dijo ella—. ¿Era su padre? —preguntó a Michkin.
–Sí; pero creo que no murió, en Tver, sino en Elisabethgrad —observó tímidamente el príncipe—. Así me lo dijo Pavlichev…
–¡En Tver! —afirmó el general—. Había sido trasladado allí poco antes de su muerte, cuando su enfermedad acababa de comenzar. Usted no puede acordarse del viaje: ¡era tan pequeño! Pavlichev se engañó sin duda, aunque era muy inteligente.
–¿También conocía usted a Pavlichev?
–Sí; y por cierto que le tenía por un hombre raro, pero muy buena persona. Yo estaba presente cuando murió y le bendije en el lecho mortuorio.
–Mi padre falleció hallándose sumariado —dijo el príncipe—, aunque nunca he sabido de qué le acusaban. Murió en el hospital.
–Fue por lo del soldado Kolpakov. Desde luego su padre habría sido absuelto.
–¡Ah! ¿Conoce usted el caso? —preguntó el príncipe, cuyo interés se había despertado vivamente ante las últimas palabras del general.
–¡Ya lo creo! —exclamó Ivolguin—. El consejo de guerra se disolvió sin haber decidido nada. Fue un asunto muy extraño, puede decirse incluso que misterioso. El segundo capitán Larionov, jefe de la compañía, había fallecido y el príncipe Michkin hubo de substituirle transitoriamente. Bien. El soldado Kolpakov robó las botas de un camarada, las vendió y se bebió el importe. Bien. El príncipe —en presencia, téngalo en cuenta, de un sargento mayor y de un cabo— reprendió duramente a Kolpakov y le amenazó con hacerle azotar. Muy bien. Kolpakov se va al cuartel, se acuesta en su cama de campaña y al cabo de un cuarto de hora muere. Perfectamente. El caso parece raro, casi inverosímil. Pero es igual: se entierra a Kolpakov, se le borra de la lista y el príncipe expide el oficio correspondiente. Inmejorable, ¿verdad? Pues, a los seis meses justos, al hacerse una inspección de la brigada, el soldado Kolpakov aparece tan vivo como antes en la tercera compañía del segundo batallón del regimiento de infantería Novosemliansky, perteneciente a la misma división y brigada.
–¿Es posible? —exclamó Michkin en el colmo del asombro.
–Es un error —se apresuró a decir Nina Alejandrovna mirándole con cierta ansiedad—. Mon mari se trompe —añadió en francés.
–Se trompe, querida, es muy sencillo de decir; pero quisiera ver cómo resolverías tú un caso semejante. Todos andaban medio locos. Yo sería también el primero en decir «se trompe» de no haber figurado como testigo y formado parte de la comisión investigadora. Todo demostró que el soldado Kolpakov era el mismo que seis meses antes había sido enterrado según la ordenanza, al son del tambor. Cierto que el hecho parece raro, casi inverosímil. Lo reconozco, pero…
–Papá: tienes servida la comida —anunció, compareciendo, Bárbara Ardalionovna.
–¡Ah, bueno! Verdaderamente ya tenía apetito… Pues sí, el caso es incluso psicológico, bien puede decirse…
–Se te va a enfriar la sopa —dijo Varia con impaciencia.
–En seguida voy, en seguida… —murmuró el general, saliendo de la sala—. Y por mucho que se multiplicaran las investigaciones… —continuó, ya en el pasillo.
–Si usted se queda a vivir con nosotros —dijo Nina Alejandrovna a Michkin— habrá de perdonar muchas cosas a mi marido. Pero no le molestará demasiado. Siempre come solo. Usted sabe que todos tenemos nuestros defectos y nuestras… particularidades, y muchas veces aquellos a quienes se les critican tienen menos que otros… Debo hacerle un ruego, y es que si mi marido le pide el precio de la pensión le conteste usted que ya me lo ha abonado. Por supuesto, lo mismo da que lo entregue a uno o a otro; pero se lo agradeceré así para el buen orden de las cosas… ¿Qué hay, Varia?
Varia había entrado en la estancia y presentaba en silencio a su madre el retrato de Nastasia Filipovna. Nina Alejandrovna se estremeció y mirólo por unos instantes, primero como con temor, luego con una especie de rencorosa amargura. Al fin dirigió la mirada a Varia, como pidiéndole explicaciones.
–Se lo ha regalado hoy —dijo la joven— y esta noche acordarán ya una decisión.
–¡Esta noche! —repitió a media voz Nina Alejandrovna con desesperado acento—. ¡Esta noche! Veo que ahora no queda duda ni tampoco esperanza. El regalo de ese retrato es un detalle bastante elocuente. ¿Te lo ha enseñado él mismo? —preguntó, con extrañeza.
–Ya sabes que hace meses que no nos hablamos apenas. Me he enterado de todo por Ptitzin. El retrato se había caído de la mesa y yo lo he recogido en el suelo.
–Príncipe —dijo de súbito Nina Alejandrovna quería hacerle una pregunta. Por eso le rogué que viniese. Dígame: ¿hace mucho que conoce usted a mi hijo? Porque me parece que Gania indicó que había llegado usted hoy mismo del extranjero.
Michkin dio sobre su personalidad varias sucintas explicaciones de las que ambas mujeres no perdieron una sola palabra.
–Le ruego que me crea si le digo que al interrogarle no pretendo inmiscuirme en los asuntos de mi hijo —prosiguió Nina Alejandrovna—. Si hay cosas que él mismo no puede confesar, no seré yo quien trate de averiguarlas por otros. Pero ¿sabe?, cuando usted ha marchado a su cuarto, Gania, después de lo que nos había dicho sobre su persona, ha agregado: «No gastéis cumplidos con el príncipe: está enterado de todo». ¿Qué significa esto? Me gustaría saber hasta qué punto…
En aquel momento entraron Gania y Ptitzin. Nina Alejandrovna se interrumpió inmediatamente. Michkin permaneció sentado junto a ella, pero Varia se apartó. El retrato de Nastasia Filipovna permanecía, en plena evidencia, sobre la mesita de costura de Nina Alejandrovna, precisamente bajo sus ojos. Gania, mirándolo, frunció el entrecejo, cogió la cartulina y la arrojó, con ira, a su mesa de escritorio, que se hallaba al otro extremo de la habitación.
–¿Es hoy, Gania? —preguntó bruscamente Nina Alejandrovna.
Él se estremeció.
–¿Hoy, qué?
Y de repente se volvió, airado, a Michkin.
–¡Comprendo! ¡Claro, está usted aquí! ¡Veo que eso debe ser una enfermedad en usted! ¿Es que no sabe reprimir la lengua? Permítame decirle, excelencia…
Ptitzin le interrumpió:
–La falta es mía, Gania, sólo mía.
Gabriel Ardalionovich le miró, sorprendido.
–Así es mejor, Gania; especialmente cuando la cosa está ya resuelta por un lado —dijo Ptitzin entre clientes.
Y fue a sentarse ante una mesa apartada. Sacó del bolsillo un papel cubierto de números y comenzó a examinarlos atentamente. Gania, sombrío, esperando, al parecer, con inquietud una escena familiar, ni siquiera pensó en excusarse ante el príncipe.
–Puesto que todo está arreglado, Iván Petrovich ha hecho bien en hablar —dijo Nina Alejandrovna—. Te ruego, Gania, que no arrugues el entrecejo ni te enfades. Prescindiré de toda pregunta sobre lo que no me quieras contestar. Te aseguro que me resigno a todo. Tranquilízate, haz el favor.
Pronunció sus palabras sin interrumpir su labor y con acento sereno. Gania, extrañado, calló, por prudencia y, con los ojos fijos en su madre, esperó que ésta se explicase más claramente. Odiaba las disputas domésticas.
Nina Alejandrovna, notando la circunspección de su hijo, añadió con amarga sonrisa:
–Veo que no te calmas ni me crees. Pero desecha tu preocupación; no te incomodaré con lágrimas ni súplicas como otras veces. Mi único deseo es que seas feliz, como sabes bien. Me someto al destino… Mi corazón estará siempre contigo, ora quedemos juntos, ora nos separemos. Naturalmente, yo respondo de mí. De tu hermana no puedo decir lo mismo.
–¡Otra vez ella! —exclamó Gania, mirando a su hermana con rencor y desdén—. Ya te he prometido, mamá, y vuelvo a repetírtelo, que nadie, sea quien fuere, te faltará al respeto mientras yo viva. Sea quien fuere la persona que franquee nuestra puerta, exigiré de ella el mayor respeto hacia ti…
Y Gania pareció serenarse tanto, que incluso miró a su madre con expresión reconciliadora, casi tierna.
–No te disgustes por mí, Gania. Ya sabes que no es por mí por quien llevo tanto tiempo sintiéndome inquieta y torturada. Se dice que hoy va a quedar todo resuelto entre vosotros. ¿En qué consiste ese «todo»?
–Nastasia Filipovna ha ofrecido declarar esta noche si consiente en el matrimonio o no —repuso Gania.
–Hace tres semanas que rehuíamos ese tema de conversación y nos iba mejor… Pero ahora que todo está resuelto permíteme dirigirte una pregunta: ¿cómo es que ella te ha dado su consentimiento y su retrato, siendo así que no la quieres? ¿Cómo una mujer tan, tan…?
–¿Tan experta, quieres decir?
–No es así como yo me hubiera expresado. Pero en fin… ¿Cómo puedes haberla engañado de tal modo sobre tus sentimientos?
Aquellas palabras delataban una ira súbita y violenta. Tras un momento de reflexión, Gania dijo con acento claramente irónico:
–Otra vez, mamá, no has sabido contenerte y has perdido la paciencia. Así empiezan siempre nuestras disputas. Me habías prometido evitar toda pregunta, todo reproche… ¡y ya has olvidado tu promesa! Vale más dejarlo. Sí, mejor es no hablar. Al menos sé que tu intención es buena… Yo no te abandonaré nunca por nada del mundo. Otro en mi lugar, huiría, eso sí, de una hermana como la que tengo. ¡Observa cómo me mira! No hablemos más; no sabes cuánto me alegrará que dejemos el tema… Por otra parte, ¿quién te dice que yo engañe a Nastasia Filipovna? En cuanto a Varia, que haga y piense lo que guste. Y ahora no hablemos más del asunto. ¡Basta!
Gabriel Ardalionovich se exaltaba a cada palabra que decía mientras paseaba, inquieto, por la habitación. Siempre que aquel delicado tema aparecía sobre el tapete, las cosas tomaban un matiz muy agrio.
–He dicho que si esa mujer entra aquí, yo saldré de esta casa. Y cumpliré mi palabra —declaró sombríamente Varia.
–¡Sí, por testarudez! —gritó Gania—. ¡Lo mismo que no te casas por testarudez! Puedes mirarme por encima del hombro todo lo que quieras: ¡me tiene sin cuidado, Bárbara Ardalionovna! Y si quieres, puedes hacer ahora mismo lo que dices. ¡No quedaría yo poco descansado si cumplieses lo que amenazas! ¿Cómo es eso, príncipe? ¿Se decide al fin a dejarnos solos? —concluyó, viendo que Michkin se incorporaba.
En el tono de la voz de Gania se revelaba que la cólera del joven había llegado a ese extremo en el que el hombre se complace en manifestarla, si cabe la expresión, abandonándose a ella libremente sean cuales fueren sus consecuencias. Michkin, ya junto a la puerta, se volvió para contestar; pero el rostro descompuesto del que le increpaba hízole comprender que sólo faltaba una gota para desbordar el vaso y juzgó prudente salir sin responder. Cuando se hubo retirado, la discusión continuó, más enconada y ardiente que nunca.
Para llegar a su cuarto, el príncipe debía atravesar el comedor, la antesala y el pasillo. En la antesala creyó notar que alguien hacía esfuerzos para agitar la campanilla exterior, pero seguramente estaba estropeada, porque se movía sin sonar. El príncipe descorrió el cerrojo, abrió la puerta y retrocedió. Ante él se encontraba Nastasia Filipovna. La reconoció inmediatamente, evocando su retrato. Al ver a Michkin, la cólera brilló en los ojos de la visitante. Entró vivamente en el piso, empujando al príncipe con el hombro y dijo, con voz irritada, mientras se quitaba el abrigo de piel:
–Ya que eres tan perezoso que no arreglas la campanilla, al menos debieras estar aquí para cuando llaman. ¡Vamos! ¡Pues no ha dejado ahora caer mi abrigo! ¡Qué mastuerzo!
En efecto, el abrigo de piel yacía en el pavimento. Nastasia Filipovna, en vez de esperar que se lo quitasen, se había despojado de él por sí sola, lanzándolo a Michkin, que no supo cogerlo al vuelo.
–¡Mereces que te echen a la calle! ¡Anúnciame!
El príncipe quiso hablar, pero en su turbación no acertó a proferir una palabra y, llevando en la mano el abrigo que acababa de recoger, se dirigió al salón. —Pero ¡si se lleva mi abrigo! ¿Por qué te lo llevas? ¡Ja, ja, ja! Debes haberte vuelto loco, ¿no?
El príncipe desanduvo lo andado y miró estupefacto a Nastasia Filipovna. Viéndola reír, sonrió a su vez, pero su lengua parecía pegada al paladar. En el momento de abrir la puerta a la joven, se había puesto muy pálido, ahora toda su sangre le afluía a la cara.
–¡Qué idiota! —exclamó Nastasia Filipovna, dando un golpe en el suelo con el pie, en su indignación—. ¿Adónde vas? ¿A quién vas a anunciar?
–A Nastasia Filipovna —balbució el príncipe.
–¿Me conoces? —exclamó ella vivamente—. ¡Pero si no te he visto hasta hoy! Ea, anúnciame… ¿Por qué gritan tanto ahí dentro?
–Están disputando —respondió Michkin.
Cuando entró en el salón, las cosas amenazaban adquirir mal sesgo. Nina Alejandrovna parecía a punto de olvidar que se «sometía a todo» y defendía a Varia con calor. Ptitzin se había guardado en el bolsillo su papel lleno de números y tomaba partido por la joven. Ésta, que no tenía nada de tímida, recibía sin pestañear las groserías, cada vez más brutales, con que su hermano intentaba abrumarla. Varia sabía que en aquellos casos le bastaba callar y mirar a Gania con persistente mofa para exasperarle.
En aquel momento Michkin penetró en la estancia y anunció:
–Nastasia Filipovna.
IX
Un silencio general siguió a aquellas palabras. Todos miraron a Michkin como si no le comprendieran y desearan no comprenderle. El espanto había paralizado a Gania. La visita de Nastasia Filipovna, y especialmente en tal ocasión, constituía para todos el hecho más extraño, inesperado e inquietante que cupiera suponer. Ante todo, era la primera vez que aquella mujer acudía a casa de los Ivolguin. Hasta entonces habíase mostrado tan desdeñosa respecto a ellos, que nunca, hablando con Gania, manifestaba el menor deseo de ser presentada a la familia del joven. Y desde hacía cierto tiempo no hablaba más de los Ivolguin que si no existieran. Por un lado, Gania celebraba que Nastasia Filipovna prescindiese de un tema de conversación tan poco grato para él; pero en el fondo de su corazón sentía un amargo rencor motivado por aquella indiferencia despectiva. En todo caso, juzgaba a Nastasia Filipovna mucho más capaz de mofarse de sus allegados que de hacerles objeto de una atención, porque ella, como Gania sabía muy bien, desde que el joven pidiera su mano, estaba perfectamente informada de cuanto sucedía en casa de los Ivolguin, y se hallaba al corriente de cómo la consideraba la familia. Su visita, pues, en este momento, es decir, después del regalo del retrato y algunas horas antes de la velada en que ella decidiría sobre la pretensión de Gabriel Ardalionovich, parecía tener un significado casi equivalente ya a la decisión en sí.
La duda que se leía en todas las miradas, fijas aún en el príncipe, no duró mucho. Nastasia Filipovna apareció en persona a la puerta del salón y penetró en él, empujando al príncipe una vez más.
–¡Al fin he logrado pasar! ¡No sé para qué les vale la campanilla! —dijo alegremente, tendiendo la mano a Gania, que se había precipitado hacia ella—. ¡Qué cara de asombro, amigo mío! Ea, presénteme a su familia, se lo ruego.
El joven, desconcertado, le presentó primero a Varia. Las dos mujeres cambiaron extrañas miradas antes de estrecharse la mano. Nastasia Filipovna reía, afectando satisfacción, pero Varia no se tomó la molestia de fingir. Por el contrario, examinó largamente a la visitante con expresión sombría sin que en su rostro asomase la menor traza de la sonrisa obligada en una circunstancia como aquella. Gania se sintió desfallecer.
Pero no era momento de súplicas. Por lo tanto, dirigió a su hermana una mirada amenazadora. La joven comprendió en el acto la trascendental importancia que el instante presente tenía para su hermano. Resolvió, pues, mostrarse más amable y sus labios esbozaron una especie de sonrisa en honor de Nastasia Filipovna. Todos los miembros de la familia Ivolguin conservaban, aun en momentos de tal tirantez, un vivo afecto mutuo.
Después de efectuar la presentación de Varia a Nastasia Filipovna, Gania presentó ésta a su madre. En su turbación, el joven no se daba cuenta de lo que hacía. Nina Alejandrovna se mostró razonable, mas apenas había empezado a hablar del «mucho placer», etc., la visitante, sin escucharla, interpeló repentinamente a Gania mientras se instalaba —aun cuando no se la había invitado a tomar asiento— en un sofá de un rincón cercano a la ventana:
–¿Dónde tiene usted su despacho? Y… ¿y dónde están los huéspedes? Porque creo que ustedes alquilan habitaciones, ¿no?
Gania, enrojeciendo, tartamudeó una respuesta ininteligible.
–Pero ¿disponen de sitio para ellos? ¿Y no tiene usted despacho? —insistió Nastasia Filipovna—. ¿Qué? ¿Da buenas ganancias el negocio? —preguntó súbitamente a Nina Alejandrovna.
–Desde el momento en que uno acepta los naturales inconvenientes, es en espera de obtener algún beneficio —repuso la madre de Gania—. Pero nosotros acabamos de…
Nastasia Filipovna, como resuelta a no atenderla, dirigió los ojos a Gania, rompió a reír y dijo:
–¡Qué cara tiene usted! ¡Dios mío, qué aspecto presenta en este momento!
Su hilaridad duró algunos instantes. Y en rigor Gania no parecía el de costumbre. Su estupefacción, su cómico abatimiento habían desaparecido de repente, pero estaba espantosamente pálido y tenía los labios contraídos, mientras fijaba, silencioso, los ojos en la visitante, que seguía riendo.
El príncipe, incapaz aún de sacudir la especie de catalepsia en que le sumiera la llegada de Nastasia Filipovna, permanecía como petrificado en la puerta del salón. Sin embargo, la palidez y la alteración del semblante de Gania le impresionaron y, no pudiendo contenerse, avanzó hacia él:
–Beba un poco de agua —le dijo en voz baja— y no mire de ese modo.
Era notorio que no había por qué buscar sobrentendidos ni segundas intenciones en aquellas palabras, surgidas espontáneamente de la boca de Michkin sin que él les atribuyese significado particular alguno; pero, aun así, produjeron un efecto extraordinario. Fue como si toda la cólera de Gania se volviese de repente contra Michkin. Asióle por los hombros, siempre en silencio, tal que si fuese incapaz de proferir una palabra, y le fulminó con una mirada llena de odio y rencor. Se produjo un movimiento general. Nina Alejandrovna dejó escapar un grito. Ptitzin, inquieto, avanzó hacia los dos hombres. Kolia y Ferdychenko que iban a entrar, se detuvieron estupefactos. Sólo Varia conservó su impasibilidad. En pie, un poco apartada, cruzando los brazos, la joven continuaba mirando la escena con el rabillo del ojo.
En un segundo Gania recobró el dominio de sí mismo. Su ira dejó lugar a una risa nerviosa.
–¿Qué decía usted, príncipe? Que haría falta llamar a un médico, ¿no? —exclamó con tanta jovialidad como pudo—. ¡Casi me ha dado miedo! Voy a presentárselo, Nastasia Filipovna. Es un tipo extraordinario, como he podido apreciar ya, aunque sólo le conozco desde esta mañana.
Nastasia Filipovna fijó, su mirada en Michkin con verdadera sorpresa.
–¿Príncipe? ¿Es príncipe? ¡Imaginen que hace un momento, en la entrada, le he tomado por un lacayo y le he ordenado que me anunciase! ¡Ja, ja, ja!
–¡No importa, no importa! —dijo Ferdychenko, quien, viendo que ya se comenzaba a reír, se apresuró a mezclarse a la reunión—. No importa: «se non è vero…».
–Y, además, creo haberle tratado con violencia, príncipe. Le ruego que me perdone. ¿Qué hace usted aquí a esta hora, Ferdychenko? Por lo menos yo no contaba encontrarle. ¿Cómo dice que se llama este señor? ¿El príncipe Michkin? —añadió la joven dirigiéndose a Gania que, sin soltar los hombros de su huésped, ultimaba en aquel instante la presentación.
–Vive con nosotros —dijo Gania.
Era evidente que se hacía desempeñar a Michkin el papel de un animal extraordinario. Su presencia proporcionaba un medio de salir de lo falso de la situación. Se le arrojaba, si cabía decirlo, como pasto a la curiosidad de Nastasia Filipovna. Michkin oyó incluso murmurar a sus espaldas la palabra «idiota», probablemente articulada por Ferdychenko para edificación de la visitante.
–Dígame: ¿por qué no me sacó de mi error cuando me equivoqué con usted de ese modo? —preguntó Nastasia Filipovna mirando al príncipe de pies a cabeza con una desenvoltura excepcional.
Y esperó la contestación con impaciencia, presumiendo que el interpelado iba a escandalizar a todos con su falta de juicio.
–He quedado tan sorprendido al reconocerla de pronto… —balbució Michkin.
–Pero ¿cómo ha podido reconocerme? ¿Me había visto antes en algún sitio? El caso es que también a mí me parece haberle encontrado no sé dónde. Además, permítame preguntarle por qué sigue usted aún como clavado en el suelo y mirándome. ¿Hay algo de asombroso en mi persona?
–¡Oh, oh, oh! —exclamó Ferdychenko, jovial—. ¡La de cosas que yo contestaría si se me hiciese semejante pregunta! Vamos, hombre… Realmente, príncipe, si no contestas bien ahora, eres tonto.
Michkin rio suavemente.
–También yo, en el lugar de usted, diría muchas cosas —repuso. Y dirigiéndose a Nastasia Filipovna, continuó—: En primer lugar, su retrato me había impresionado mucho. Luego hablé de usted con las Epanchinas… Y ya por la mañana, en el tren que me traía a San Petersburgo, había conversado largamente acerca de usted con Parfen Semenovich Rogochin. En el momento que la abrí la puerta, pensaba precisamente en usted, y, viéndola aparecer tan de repente…
–Pero ¿cómo sabía usted quién era yo?
–Había visto su retrato, y además…
–Y además, ¿qué?
–Que usted responde del todo a la idea que yo me había hecho de cómo era. También a mí me parece haberla visto en alguna parte.
–¿Dónde? ¿Dónde?
–No sé; en algún sitio… Pero no; es imposible; lo he dicho sin darme cuenta. Nunca he habitado en San Petersburgo, y… Acaso la haya visto en sueños.
–¡Ajá, príncipe! —exclamó Ferdychenko—. Retiro mi «se non è vero…». —Y exclamó, compasivo—: Por otro lado, dice todo eso sin malicia, compréndalo.
Michkin había proferido sus palabras anteriores con acento inquieto y entrecortado, como el de una persona a quien le falta la respiración. Todo él denotaba una agitación extraordinaria. Nastasia Filipovna le examinaba con curiosidad, pero no reía.
De pronto, tras el círculo que se había formado en torno al príncipe y a la joven, oyóse una voz sonora. El grupo se separó para dejar paso al jefe de la familia. Porque era el general Ivolguin en persona. Vestía de frac, su pechera esplendía con brillo irreprochable y llevaba los bigotes teñidos.
La aparición de Ardalion Alejandrovich infirió un golpe terrible a Gania. El vanidoso joven, cuyo amor propio alcanzaba extremos hipersensibles y morbosos, había pasado los últimos dos meses esforzándose por todos los medios en alcanzar un modo de vida mejor y más distinguido. Pero se reconocía inexperto y casi admitía la verdad de que era erróneo el camino elegido. En su casa, donde mandaba como déspota, había asumido, en su desesperación, la actitud de un cínico completo; pero no osaba mantener esta posición ante Nastasia Filipovna, que le había sabido hacer permanecer en la incertidumbre hasta el último momento. «El pordiosero impaciente», como Nastasia Filipovna le llamara una vez, según le habían dicho, tenía jurado hacer pagar muy caras aquellas palabras a quien las pronunció, tan pronto como ella fuera su mujer. Al mismo tiempo soñaba puerilmente en la posibilidad de conciliar todas aquellas incongruencias. Y he aquí que ahora debía beber hasta las heces su amargo cáliz, sufriendo una nueva e imprevista tortura —la más terrible de todas para un vanidoso—: la de avergonzarse de su propia familia y en su propia casa.
Un pensamiento relampagueó en la mente de Gania: «¿Acaso la recompensa equivale a este tormento?».
En aquel instante se producía lo que había sido su pesadilla durante dos meses, lo que le había hecho estremecerse de horror y arder de vergüenza: el encuentro entre su padre y Nastasia Filipovna. Se había, en ocasiones, torturado con la idea de pensar en su padre asistiendo a la boda, pero tanto le repugnaba semejante anticipado espectáculo, que inmediatamente lo alejaba de su pensamiento. Acaso exagerase mucho su desgracia. Pero así les sucede siempre a los vanidosos. Durante los dos meses pasados, y en el curso de sus inquietas reflexiones, habíase propuesto hacer desaparecer momentáneamente a su padre en aquella ocasión, costase lo que costara, incluso alejándole de San Petersburgo con el consentimiento de su madre o sin él. Diez minutos antes, al entrar Nastasia Filipovna, la turbación de Gania le había impedido pensar en la posibilidad de que Ardalion Alejandrovich apareciese en escena, y en consecuencia no había tomado medidas para evitarlo. Y he aquí que el general se presentaba ante todos, y para colmo se había vestido de etiqueta, en el preciso momento en que Nastasia Filipovna sólo pensaba en el modo de cubrir de ridículo a su pretendiente o a su familia. Tal era al menos la persuasión de Gania. ¿Qué otro significado podía tener aquella visita? Cabía preguntarse si Nastasia Filipovna había venido para entablar amistad con su madre y hermana, o para afrentarlos en su propia casa; pero la actitud de ambas partes eliminaba toda duda. Nina Alejandrovna y su hija permanecían aparte, como gentes al margen de todo, y la visitante parecía haber olvidado incluso la presencia de ellas en la habitación. Y puesto que obraba así, evidentemente no lo hacía sin alguna finalidad.
Ferdychenko adueñóse del general y le presentó:
–Ardalion Alejandrovich Ivolguin —dijo el general muy solemne—, un soldado veterano caído en desgracia y padre de una familia que ve con satisfacción la perspectiva de poder llegar a contar entre sus miembros una tan encantadora…
No concluyó. Ferdychenko se apresuró a acercarle una silla sobre la que Ardalion Alejandrovich se dejó caer pesadamente, ya que después de comer solía sentir siempre flojedad en las piernas. Pero esta circunstancia no le desconcertó. Sentado frente a Nastasia Filipovna, lentamente, con una galantería exquisita llevóse a los labios los dedos de la visitante. Ardalion Alejandrovich no perdía el aplomo con facilidad. Aparte cierto descuido en la indumentaria, su apariencia era bastante correcta, y lo sabía muy bien. Por otra parte, había vivido siempre en un ambiente muy distinguido y sólo desde hacía dos años o tres se hallaba excluido de la buena sociedad. A partir de entonces habíase entregado a diversos excesos, pero conservaba su naturalidad y distinción de maneras. Nastasia Filipovna pareció muy complacida por la aparición de Ivolguin, de quien, desde luego, había oído hablar con anterioridad.
–He oído decir que mi hijo… —principió él.
–Sí, sí, su hijo… Pero ¿sabe que es usted también un papá muy arrogante? ¿Por qué no me visita nunca? ¿Es que se esconde usted o que le esconde su hijo? Usted podría visitarme sin comprometer a nadie…
–Los hijos y los padres del siglo diecinueve… —comenzó otra vez el general.
–Nastasia Filipovna, dispense por un momento a mi marido. Le buscan fuera —intervino Nina Alejendrovna en voz alta.
–¿Qué le dispense? ¡Oh, permítame! ¡Hace tanto que deseaba conocer al general! ¡He oído hablar de él tan a menudo! ¿Qué ocupaciones puede tener? ¿No está retirado? ¿Verdad que no me abandonará, general?
–Le prometo que volverá luego. Pero ahora necesita descanso.
–¡Necesita usted descanso, según dicen, Ardalion Alejandrovich! —exclamó Nastasia Filipovna con el rostro descontento y enfurruñado de una niña caprichosa a la que se quita un juguete.
Pero el general no se prestó de buen grado al subterfugio e hizo todo lo posible para convertir su situación en más absurda que antes.
–¡Querida, querida! —dijo con tono de reproche y mucha solemnidad, dirigiéndose a su mujer y llevándose la mano al corazón.
–¿No se irá usted de aquí, mamá? —preguntó Bárbara Ardalionovna en voz alta.
–No, hija: me quedaré hasta el fin.
Nastasia Filipovna no pudo dejar de oír la pregunta y la respuesta, pero no le produjeron otro efecto sino el de ponerla de mejor humor. En seguida comenzó a abrumar a preguntas al general. Cinco minutos más tarde, Ardalion Alejandrovich peroraba en inmejorable disposición de ánimo entre carcajadas de los reunidos.
Kolia tiró de la manga al príncipe.
–¡Debe usted llevárselo de aquí, sea como fuere! ¡Se lo ruego! ¡Parece mentira! —Y en los ojos del pobre muchacho brillaban lágrimas de indignación—. ¡Maldito Gania! —agregó para sí.
El general seguía contestando con gran verbosidad a las preguntas de Nastasia Filipovna.
–He tenido, en efecto, mucha amistad con Ivan Fedorovich Epanchin. Él, yo y el difunto príncipe León Nicolaievich Michkin, a cuyo hijo he abrazado hace poco, después de no verle durante más de veinte años, éramos inseparables, una cosa así como los tres mosqueteros: Athos, Porthos y Aramis. Pero ¡ay!, uno yace en la tumba, muerto por una calumnia y por una bala, otro se encuentra ante usted luchando también con las calumnias y las balas…
–¿Con las balas? —exclamó Nastasia Filipovna.
–Aquí están en mi pecho, y aun me duelen cuando el tiempo cambia. Las recibí en el asedio de Kars. En los demás sentidos, vivo como un filósofo: paseo, juego a las damas en el café, como un burgués retirado de los negocios, y leo la Indépendence. En cuanto a Epanchin, nuestro Porthos, no mantengo relaciones con él desde un incidente que me sucedió hace tres años en el tren, por culpa de un falderillo…
–¿De un falderillo? ¿Qué le pasó? —dijo, con viva curiosidad, la visitante—. ¿Un incidente a propósito de un faldero? ¿Y en el tren? —añadió, como si las palabras del general le recordasen algo conocido.
–Fue un incidente tonto, que casi no merece mención. Me sucedió con la señora Schmidt, institutriz en casa de la princesa Bielokonsky. Pero no vale la pena de referirlo.
–¡Sí! ¡Cuéntelo! —exclamó Nastasia Filipovna, jovial.
–Yo no había oído hablar de ello antes —observó Ferdychenko «C'est du noveau».
–¡Ardalion Alejandrovich! —exclamó Nina Alejandrovna, suplicante.
–¡Papá: ahí fuera preguntan por usted! —manifestó Kolia.
–La historia es estúpida y puede ser contada en dos palabras —empezó el general, con aire de suficiencia—. Hace dos años, poco más o menos, se acababa de inaugurar la línea férrea de… Teniendo que hacer un viaje de mucha importancia relacionado con mi retiro, me puse un traje civil y fui a la estación. Tomo allí un billete de primera clase, subo al tren, me siento y empiezo a fumar. O mejor dicho, continúo fumando, porque tenía el cigarro encendido antes de subir al coche. Yo iba solo en el departamento. No está permitido fumar, pero tampoco prohibido, así que es una cosa sentida a medias. Además, estaba abierta la ventanilla. De pronto, en el momento de ir a salir el convoy, dos señoras que llevan un falderillo suben al departamento y se instalan frente a mí. La una ostenta un lujoso vestido azul celeste. La otra, de apariencia más modesta, viste un traje de seda negra, con esclavina. Las viajeras tienen un aspecto importante, miran en torno con altivez y hablan en lengua inglesa. Yo, naturalmente, continúo fumando como si tal cosa. Para ser más exacto, debo decir que vacilé un momento, pero en seguida me dije: «Puesto que la ventanilla va abierta, el humo no puede molestarlas». El faldero va sobre las rodillas de la señora de azul. Es muy pequeño, no mayor que mi puño, negro, con las patas blancas y muy raro. Luce un collar de plata con una inscripción. Yo prosigo fumando sin preocuparme de mis compañeras de viaje, aunque noto que parecen desazonadas. Sin duda es mi cigarro el que las pone de mal humor. Una de ellas me mira a través de sus impertinentes de carey. Pero yo sigo impasible. ¡Cómo no dicen nada! Si me hubiesen indicado algo, hecho una alusión, cualquier cosa… ¡Para algo se tiene lengua! Pero no; callan. De improviso, sin la menor advertencia previa, como si se volviese loca repentinamente, la dama del vestido azul me arranca el cigarro de las manos y lo tira por la ventanilla. El tren vuela. Yo la miro asombrado. Es una mujer estrafalaria, realmente estrafalaria, gruesa, de saludable aspecto, corpulenta, rubia, de mejillas rosadas (y hasta demasiado rosadas ¿saben?). Sus ojos, fijos en mí, exhalan relámpagos. Sin pronunciar una palabra, con perfecta cortesía, una cortesía casi refinada, me adelanto hacia el faldero, lo cojo por el cuello y, ¡zas!, lo envío a hacer compañía al cigarro. No tuvo tiempo más que de lanzar un ligero ladrido. Y el tren continuó su carrera…
–¡Es usted un monstruo! —exclamó Nastasia Filipovna, riendo y palmoteando como una niña.
–¡Bravo, bravo! —gritó Ferdychenko.
Ptitzin no pudo reprimir una sonrisa, aunque le había disgustado también la aparición del general. El propio Kolia, que tan intranquilo parecía antes, acogió con aplausos y risas el relato de su padre.
–Y yo estaba en mi derecho y me sobraba la razón —prosiguió triunfalmente el general—, porque si está prohibido fumar en el tren, con mayor motivo está prohibido llevar perros.
–¡Bravo, papá! —exclamó Kolia con entusiasmo—. ¡Es magnífico! Yo habría hecho sin duda lo mismo que tú. ¡Desde luego!
–¿Y qué le pareció aquello a la señora? —preguntó Nastasia Filipovna, impaciente por conocer el desenlace de la aventura.
–Aquí es precisamente donde el incidente se convierte en desagradable —repuso el general arrugando el entrecejo—. Sin decir una palabra, sin advertencia alguna, la señora me asestó una bofetada. ¡Cuándo le digo que era una mujer estrafalaria!
–¿Y qué hizo usted entonces?
El general bajó la vista, arqueó las cejas, encogió los hombros, apretó los labios, abrió los brazos y, tras un instante de silencio, dijo bruscamente:
–No pude contenerme.
–Y, ¿le pegó duro?
–Le aseguro que no. Se produjo un escándalo, pero no le pegué con fuerza. Me limité a defenderme, a rechazar el ataque. Desgraciadamente, todo el asunto parecía organizado por el mismo demonio. La señora del vestido azul resultó ser una inglesa, institutriz en casa de la princesa Bielokonsky, y la dama de negro era la mayor de las hijas de la princesa, una soltera de treinta y cinco años. Sabida es la intimidad que existe entre el general Epanchin y esa familia. Hubo lágrimas, desmayos, se vistió luto por el perrillo favorito, las seis hijas de la princesa unieron sus lágrimas a las de la institutriz… En resumen: el fin del mundo. Desde luego yo presenté excusas, escribí una carta… Pero no se me quiso recibir ni a mí ni a mi carta. De allí resulté mi ruptura con los Epanchin y finalmente mi expulsión del ejército.
–Dispénseme —interrumpió Nastasia Filipovna—. ¿Cómo se explica usted que hace seis días se haya publicado exactamente la misma historia en la «Indépendence», periódico con recibo con regularidad? ¡Es exactamente la misma! Esta anécdota sucedió en un tren de una línea renana entre un francés y una inglesa, y en ella figuran también un cigarro arrancado de las manos y un faldero arrojado por la ventanilla, y hasta el desenlace es igual que el de su aventura. Incluso el vestido de la dama era azul celeste…
El general se puso muy encarnado. Kolia, no menos confuso que su padre, se llevó ambas manos a la cabeza. Ptitzin volvió la cara rápidamente. Tan sólo Ferdychenko continuó riendo. En cuanto a Gania, estaba sobre un verdadero potro de tortura desde el principio de la conversación.
–Le aseguro —balbució Ardalion Alejandrovich— que a mí me ha sucedido lo mismo…
–Papá —afirmó altivamente Kolia— tuvo, en efecto, no sé qué disgusto con la Schmidt, la institutriz de los Bielokonsky… ¡Me acuerdo muy bien!
–¡Qué coincidencia tan rara! ¡Los incidentes exactamente iguales en los dos extremos de Europa! —prosiguió Nastasia Filipovna, implacable—. Ya le enviaré la «Indépendence Beige».
–Pero repare —observó el general— que mi aventura sucedió dos años antes…
–Verdaderamente, eso implica una diferencia —repuso la visitante, que lloraba ya a fuerza de tanto reír.
–Quiero decirte dos palabras en privado, papá —intervino Gania con voz temblorosa.
Y maquinalmente asió el hombro de su padre. En la mirada del joven se leía un odio infinito.
En aquel momento resonó un violento campanillazo. Alguien había tirado del cordón hasta casi romperlo, lo que hacía prever una visita excepcional. Kolia se precipitó a abrir la puerta.
X
En la antesala se produjo un vivo barullo, como si hubiesen entrado varias personas en tropel y todavía continuara la invasión. Sonaban diversas voces al mismo tiempo y algunas de ellas en la escalera, de lo que podía deducirse que la puerta no estaba cerrada aún. Todos se miraron unos a otros, como preguntándose de qué género podía ser semejante visita. Gania se precipitó al comedor, donde ya se habían introducido varios sujetos.
–¡Aquí está el Judas! —gritó una voz conocida de Michkin—. ¡Buenos días, Gania, grandísimo granuja!
–¡Es él, él en persona! —exclamó otra voz.
Michkin no podía dudar ya. El primero que había hablado era Rogochin; el segundo Lebediev.
Gania, petrificado en el umbral del salón, asistió silenciosamente a la entrada en el comedor de los diez o doce hombres que componían el acompañamiento de Rogochin, sin que se le ocurriera impedirla. El grupo, muy heterogéneo, se distinguía en particular por su desorden e incoherencia, sí que también por su escasa educación. Varios habían penetrado sin quitarse sus abrigos o pellizas. Aunque no ebrios en absoluto, todos parecían bastante animados. Para tener el valor de entrar, cada uno de ellos necesitaba sentir el contacto de los otros, porque ninguno habría osado invadir la casa por sí solo.
En consecuencia irrumpían en columna cerrada. El mismo Rogochin avanzaba con circunspección a la cabeza de su partida. Pero era evidente que albergaba intenciones concretas; ello se leía en su rostro sombrío y preocupado. Los demás eran simples comparsas que había reclutado para auxiliarle en caso de necesidad. Entre los tales figuraba, además de Lebediev, el fatuo Zaliochev, que se había despojado del abrigo en el recibidor y se mostraba muy afectadamente distinguido y muy orgulloso de su cabello rizado. Le acompañaban dos o tres personajes del mismo estilo, sin duda alguna hijos de comerciantes. También integraban la banda un estudiante de medicina, un polaco que se había incorporado al grupo no se sabía dónde, un hombrecillo grueso que reía incesantemente, un individuo que vestía un sobretodo de hechura militar, y, en fin, un hombre gigantesco, como de seis pies de alto, muy robusto, taciturno y sombrío y que fiaba mucho, según se advertía a primera vista, en el valor de sus puños. Dos señoras desconocidas miraban desde el descansillo, sin aventurarse a entrar. Kolia les cerró la puerta en el mismo rostro.
–Buenos días, grandísimo granuja de Gania. No esperabas a Parfen Semenovich Rogochin, ¿eh? —repitió el joven comerciante mirando a la cara a Gania, que aún continuaba inmóvil en el umbral del salón.
En aquel momento distinguió en la estancia, frente a él, a Nastasia Filipovna. Evidentemente, Rogochin no contaba encontrarla allí, porque el verla le produjo un efecto extraordinario. Palideció de tal modo, que hasta sus labios perdieron el color.
–¡Conque era verdad! —dijo en voz baja, como para sí, mientras una expresión absorta se fijaba en su semblante—. ¡Esto es el fin! Ea, ¿me contestas o no? —gritó de pronto dirigiendo a Gania su mirada colérica—. ¡Vamos, habla!
Se ahogaba; las palabras salían de su garganta con dificultad. Dio maquinalmente un paso para entrar en el salón, pero al cruzar el dintel distinguió a las señoras Ivolguin y, a pesar de su nerviosidad se detuvo, algo turbado. Lebediev le seguía. El funcionario, muy cargado ya de bebida, acompañaba a Rogochin como si fuese su sombra. Después iban el estudiante, el atleta, Zaliochev, que saludaba en todas direcciones, y el hombrecillo obeso. Desde el primer momento todos se sintieron confusos por la presencia de Nina Alejandrovna y de Varia, pero no cabía contar demasiado con lo duradero de aquella impresión y era notorio que cuando llegase el momento de «empezar» olvidarían muy pronto el respeto debido a las señoras.
–¡Cómo! ¿También tú aquí, príncipe? —dijo Rogochin, un tanto sorprendido de aquel encuentro—. ¡Y siempre con polainas! —suspiró.
Olvidando en el acto la presencia del príncipe, dirigió la mirada a Nastasia Filipovna, hacia la que avanzaba como atraído por una fuerza magnética.
Nastasia Filipovna contemplaba a los recién llegados con mezcla de curiosidad e inquietud.
Gania recuperó su presencia de ánimo. Miró con severidad a los intrusos y preguntó, con voz fuerte, hablando en especial a Rogochin:
–¿Quieren decirme lo que significa esto? Creo, señores, que no entran ustedes en una cuadra. Mi madre y mi hermana están en el salón.
–Ya lo vemos —murmuró Rogochin, entre dientes.
–Eso está a la vista —agregó Lebediev, por decir algo.
El atleta, creyendo sin duda llegado el momento, emitió un gruñido sordo.
–Sin embargo —continuó Gania, cuya voz alcanzó bruscamente un diapasón aún más elevado—, en primer lugar pasen y luego háganme saber…
Rogochin no se movió de su sitio.
–¿Conque no sabes nada? —inquirió con aviesa sonrisa—. ¿No te acuerdas de Rogochin?
–Me parece haberle visto en algún sitio, pero…
–¡Le parece! ¿No oís? Pues no hace más de tres meses que me ganaste al juego doscientos rublos que pertenecían a mi padre. El viejo ha muerto antes de que se enterara de esa pérdida. Tú distrajiste mi atención y entre tanto Kniv hizo trampa… Ptitzin fue testigo. ¿Y no te acuerdas de mí? Si yo saco tres rublos y te los enseño, eres capaz de andar en cuatro pies por el bulevar Vassilievsky. ¡Ése es tu carácter! ¡Ésa tu alma! He venido para comprarte. No repares en mis botas sucias; tengo mucho dinero. Te voy a comprar entero, amigo mío, te voy a comprar vivo y coleando… Y si quieres os compraré a todos, lo compraré todo —vociferó Rogochin, cuya embriaguez se hacía más patente por momentos—. ¡Nastasia Filipovna! —gritó—. Escúcheme: no le pido más que una palabra: ¿se va a casar con Gania? ¿Sí o no?
Y al hacer aquella pregunta Rogochin estaba tembloroso como si se dirigiese a una divinidad, pero a la vez hablaba con la audacia del condenado que, ya al pie del patíbulo, no tiene por qué preocuparse de nada. Esperó la contestación, presa de mortal inquietud.
Nastasia Filipovna le examinó de pies a cabeza con mirada burlona y provocativa; mas, después de contemplar sucesivamente a Gania, Nina Alejandrovna y Varia, cambió de aspecto.
–¡Nada de eso! ¿Qué le pasa? ¿Cómo se le ha ocurrido la idea de preguntarme tal cosa? —repuso en tono bajo y grave donde parecía vibrar cierta sorpresa.
–¡Ha dicho que no! —gritó Rogochin, arrebatado de alegría—. ¿Conque no? Pues me habían dicho… ¿No pretendían, Nastasia Filipovna, que había prometido usted su mano a Gania? ¿A él? ¿Cómo iba a ser posible? ¡Ya lo decía yo a todos! Por cien rublos podría comprarle entero. Si le pago mil rublos por renunciar a usted (y en caso necesario llegaré hasta tres mil) la víspera de la boda se eclipsaría, abandonándome la posesión plena y completa de su novia. ¿No es cierto, Gania? ¡Contesta, granuja! ¿Verdad que tomarás los tres mil rublos? ¡Tómalos: aquí los tienes! He venido para hacerte firmar una renuncia en regla. ¡He dicho que iba a comprarte, y te compraré!
–¡Salga de aquí! ¡Está usted borracho! —gritó Gania, poniéndose encarnado y pálido alternativamente.
Una explosión de murmullos acogió aquella frase. Hacía rato que la banda de Rogochin no esperaba más que una provocación para intervenir. Lebediev inclinándose al oído de Parfen Semenovich, le habló con animación.
–¡Es verdad, funcionario! —gritó Rogochin—. ¡Es verdad! ¡Tienes razón, aunque estés como una cuba! ¡Hagámoslo así! Nastasia Filipovna —dijo con la expresión de un maníaco, pasando súbitamente de la timidez a la insolencia—, aquí tiene dieciocho mil rublos.
Y mientras hablaba lanzó ante ella, sobre la mesa, un montón de billetes contenidos en un papel blanco atado con un cordón.
–¡Ahí los tiene! Y luego habrá más…
No era aquello exactamente lo que se había propuesto decir, pero no se atrevió a expresar del todo su pensamiento.
Lebediev tornó a hablar en voz baja al oído de Rogochin.
–¡No, no! —se le oyó cuchichear con aire consternado.
Se comprendía que la magnitud de la suma asustaba al empleadillo y que proponía empezar ofreciendo una cifra mucho más baja.
–No, amigo mío, tú no entiendes de esto… Y además, tú y yo somos dos imbéciles —respondió Rogochin, estremeciéndose bajo la airada mirada de Nastasia Filipovna—. ¡He hecho mal en escucharte! ¡Me has obligado a cometer una tontería! —exclamó con tono que delataba un profundo arrepentimiento.
Viendo el aspecto abatido de Rogochin, Nastasia Filipovna prorrumpió en una carcajada.
–¿Dieciocho mil rublos a mí? ¡Cómo se le nota que es un aldeano! —exclamó con descarada insolencia alzándose del sofá cual dispuesta a irse.
Gania contemplaba aquella escena con el corazón abatido.
–¡Cuarenta mil! ¡Cuarenta mil y no dieciocho mil! —replicó Rogochin inmediatamente—. Ptitzin y Biskup me han ofrecido entregarme cuarenta mil esta tarde, a las siete. ¡Cuarenta mil! ¡Todos para usted!
Aquel chalaneo era francamente vergonzoso; pero Nastasia Filipovna parecía complacerse en prolongarlo, porque seguía riendo sin marcharse. Las dos Ivolguin se habían puesto en pie, esperando, silenciosas, el desenlace de la situación. De los ojos de Varia brotaban relámpagos. La escena parecía haber influido muy desagradablemente sobre Nimia Alejandrovna que temblaba y vacilaba, como a punto de desmayarse.
–¡Si hace falta le doy cien mil! Hoy mismo pondré cien mil rublos a su disposición. Ptitzin, procúrame esa cantidad. Tendrás una buena ganancia.
Ptitzin se acercó a Parfen Semenovich y le cogió por un brazo.
–Has perdido la cabeza —le dijo en voz baja—. Hazte cargo de la casa en que te encuentras. Estás borracho. Vas a hacer que llamen a la policía.
–Fantasea bajo los efectos de la bebida —insinuó, Nastasia Filipovna.
–No fantaseo. El dinero estará preparado esta tarde. Ptitzin, usurero, cuento contigo. Necesito cien mil rublos para esta tarde al interés que quieras. Yo probaré que no vacilo ante nada —exclamó Rogochin, más exaltado cada vez.
Ardalion Alejandrovich, profundamente irritado, al parecer, se acercó de pronto a Rogochin, y gritó amenazador:
–¿Quiere decirme qué significa esto?
El silencio observado hasta entonces por el general hacía harto grotesca aquella salida imprevista. Se oyeron risas.
–¡Vaya una ocurrencia! —dijo Rogochin, con una carcajada—. Ea, buen viejo, acompáñanos y te pagaremos unas copas.
–¡Qué cobardía! —exclamó Kolia, con lágrimas de vergüenza y de indignación.
–¿Es posible que no haya entre todos un hombre capaz de echar de casa a esa desvergonzada? —gritó bruscamente Varia, temblando de cólera.
–¡Me ha llamado desvergonzada! —comentó Nastasia Filipovna con jovialidad despectiva—. ¡Y yo que venía, como una tonta, a invitarlas a mi velada! ¡Mire cómo me trata su hermana, Gabriel Ardalionovich!
El arranque de Varia había dejado abrumado a Gania por un momento. Pero ahora, viendo que Nastasia Filipovna iba a marcharse en realidad, se lanzó a su hermana como un energúmeno y le cogió la mano.
–¿Qué has hecho? —aulló, mirándola de tal modo que parecía resuelto a darle de golpes.
Estaba realmente fuera de sí; era incapaz de todo raciocinio.
–¿Qué he hecho? ¿Por qué tiras de mí? ¿Quieres que vaya a pedirle perdón después de haberse presentado aquí para insultar a tu madre y deshonrar tu casa, miserable? —respondió Varia, mirando a su hermano con expresión soberbia y provocativa.
Por unos momentos ambos permanecieron frente a frente. Gania seguía oprimiendo la mano de su hermana entre la suya. Por dos veces, Varia intentó soltarse y al fin, ante la impotencia de sus esfuerzos, enfurecióse y escupió en la cara a su hermano.
–¡Valiente muchacha! —gritó Nastasia Filipovna—. ¡Bravo, Ptitzin! ¡Le felicito!
Una nube oscureció los ojos de Gania. Perdiendo el dominio de sí mismo, alzó la mano sobre el rostro de su hermana. Pero cuando iba a descargar el golpe, un brazo sujetó el suyo. Michkin acababa de interponerse.
–¡Basta, basta! —gritó con firmeza, aunque su extraordinaria agitación le hacía temblar de cabeza a pies.
–¿Es que he de encontrarte eternamente en mi camino? —clamó Gania, en el paroxismo de la ira.
Y soltando a su hermana asestó al príncipe un violento bofetón.
–¡Oh, Dios mío! —exclamó Kolia, golpeándose las manos.
Por todas partes se elevaron exclamaciones. Michkin palideció. Miró a Garúa fijamente con una viva expresión de reproche, sus labios temblorosos hicieron un esfuerzo para hablar y al fin se contrajeron en una extraña sonrisa.
–Es igual. Siendo a mí no me importa… Pero no habría tolerado que maltratase a su hermana —murmuró al fin.
Y luego, como si el ver a Gania le causase dolor, se apartó de él y, cubriéndose el rostro con las manos, se retiró a un rincón, volvió el semblante hacia la pared y murmuró, con voz entrecortada:
–Esta acción ha de avergonzarle mucho, Gabriel Ardalionovich.
Gania parecía aterrorizado. Kolia estrechó a Michkin entre sus brazos y le colmó de consuelos. Tras él fueron a agruparse en torno a Michkin, Rogochin, Vania, Ptitzin, Nina Alejandrovna y todos los demás, sin exceptuar al general Ivolguin.
–¡No es nada, no es nada! —decía el príncipe, siempre con la misma extraña sonrisa en los labios.
–¡Gania se arrepentirá! —gritó Rogochin—. ¡Debía darte vergüenza, Gania, haber pegado a este… corderito! —reprochó, sin encontrar frase más adecuada—. Querido príncipe, escúpele a la cara y vente conmigo. ¡Ya verás cómo sabe querer Rogochin!
Nastasia Filipovna había quedado también muy impresionada por la conducta de Gania y la reacción del príncipe. Su falsa alegría, que tan poco armonizaba con su rostro habitualmente pálido y soñador, pareció dejar el sitio a un sentimiento nuevo. Se advertía, sin embargo, que la joven quería luchar contra tal impulso y conservar su expresión irónica.
–Realmente, creo haber visto su cara en algún sitio —observó de pronto con acento grave, recordando que ya se le había ocurrido antes la misma idea.
–¿No le da vergüenza obrar de ese modo? ¿Es posible que sea usted lo que finge ser, Nastasia Filipovna? —exclamó el príncipe repentinamente.
Aquellas palabras de censura y la emoción sincera con que Michkin las pronunció, sorprendieron a Nastasia Filipovna. Sin duda para disimular, sonrió, aunque algo turbada, lanzó una mirada a Gania y se fue del salón. Pero antes de llegar a la antesala volvió de improviso, cogió la mano de Nina Alejandrovna y se la llevó, a los labios.
–El príncipe me ha comprendido: no soy en efecto así —murmuró con voz conmovida y precipitada, mientras un súbito rubor coloreaba su rostro.
Y girando sobre sus talones, salió tan de prisa que nadie pudo acertar el motivo de que hubiese vuelto a entrar. Solamente se le había visto dirigirse en voz alta a Nina Alejandrovna y se había creído observar que le besaba la mano. Pero ni un solo detalle de esta rápida escena había escapado a Varia, y cuando la visitante se fue, la joven la miró con sorpresa.
Gania, recuperando la conciencia de sí mismo, se precipitó en pos de Nastasia Filipovna y pudo alcanzarla en la escalera.
–No me acompañe —dijo ella—. Hasta la noche. No deje de acudir.
Él tornó al piso, turbado, inquieto, oprimido por un enigma que gravitaba sobre su ánimo más pesadamente que nunca. El recuerdo de la ofensa inferida a Michkin relampagueó en su cerebro. A su lado pasó como una tromba toda la banda de Rogochin, que salía hablando acaloradamente. En la precipitación de su marcha casi derribaron a Gania, quien estaba tan absorto que apenas lo notó. Rogochin iba acompañado por Ptitzin, a quien interpelaba con vehemencia, al parecer sobre algo muy importante.
–¡Has perdido, Gania! —gritó al salir.
Gabriel Ardalionovich siguióle con ojos preocupados hasta que le vio desaparecer.
XI
El príncipe abandonó el salón y se retiró a su cuarto, donde Kolia acudió a consolarle. El pobre muchacho, ahora, parecía incapaz de separarse de Michkin.
–Ha hecho usted bien en irse de la sala —dijo—. Ahora la cosa se va a poner más agria todavía. Esta es nuestra existencia diaria. ¡Y todo por culpa de esa Nastasia Filipovna!
–Veo que aquí tienen ustedes bastantes penas, Kolia —dijo Michkin.
–Sí, muchas. Pero no merece la pena hablar de nosotros. Si sufrimos es por nuestra culpa. En cambio, yo tengo un íntimo amigo… ¡y ése sí que es desgraciado! ¿Quiere usted que se lo presente?
–Con mucho gusto. ¿Es algún camarada suyo?
–Sí, casi un camarada. Ya se lo explicaré todo más adelante. Dígame: ¿qué le parece Nastasia Filipovna? ¿Verdad que es muy hermosa? Yo no la había visto nunca, y no por falta de ganas. Y me ha deslumbrado. Si Gania se casase con ella por amor, se lo perdonaría, pero ¡qué haya de recibir dinero! ¡Eso es deplorable!
–No simpatizo mucho con su hermano.
–¡No me extraña! Después que… Pero yo no miro esas cosas como suelen mirarse. Porque un loco, un imbécil, o un granuja, en un paroxismo de locura, dé una bofetada a alguien, éste ya queda deshonrado para toda la vida, a menos que lave la injuria con sangre o su agresor le pida perdón de rodillas. Esto, para mí, es absurdo y despótico. «La mascarada» de Lermontov se funda en esto, mas, a mi juicio, es una estupidez. O, mejor dicho, quiero indicar que no es natural. Claro que Lermontov era casi un niño cuando escribió ese drama…
–Su hermana me parece una mujer muy agradable.
–Es muy valiente. ¡Hay que ver cómo ha escupido a Gania en la cara! Usted no ha hecho lo mismo, aunque estoy seguro de que no por falta de valor. Pero mírela: ahí viene. En hablando del rey de Roma… Ya sabía yo que vendría: es una mujer muy noble, aunque tiene sus defectos…
Varia comenzó por increpar a su hermano.
–¡Ea, largo de aquí! Éste no es tu sitio. Vete con papá. ¿Le ha molestado Kolia, príncipe?
–No, al contrario.
–¡Ya estás con ganas de gruñir, Varia! Esto es lo que tienes de malo. Por cierto que yo pensaba que papá se había ido con Rogochin. Seguramente lamenta ya no haberle acompañado. Voy a ver qué hace —dijo Kolia, saliendo.
–Gracias a Dios, he convencido a mamá de que se acueste y no ha habido más disputas —manifestó Varia—. Gania está avergonzado y muy deprimido. Y tiene motivos para estarlo. ¡Qué lección! He venido, príncipe, para darle las gracias y para hacerle una pregunta. ¿No conocía usted antes a Nastasia Filipovna?
–No, no la conocía.
–Entonces, ¿cómo le ha dicho que no es lo que finge? Parece que ha adivinado usted. Es muy posible, en efecto, que esa mujer no sea así. ¡Pero no seré yo quien me ocupe en descifrar su carácter! Es evidente desde luego que acudía con intención de molestarnos. He oído antes de ahora contar ciertas cosas extrañas a propósito de ella. Y, si quería invitarnos, ¿por qué empezó mostrándose grosera con mamá? Ptitzin la conoce bien y afirma que no comprende la conducta de que alardeó al principio. Y luego, ese Rogochin… Una mujer que se respete no puede tener una conversación así en casa de su… Mamá está muy inquieta por usted…
–No hay motivo —dijo Michkin, con un expresivo ademán.
–¡Hay que ver lo dócil que esa mujer ha estado con usted, príncipe!
–¿Dócil?
–Usted le ha dicho que era una vergüenza para ella obrar así e inmediatamente ha cambiado por completo. ¡Tiene usted mucha influencia sobre ella! —comentó Varia, con una leve sonrisa.
Se abrió la puerta y con gran sorpresa de los interlocutores, Gabriel Ardalionovich entró en la habitación.
La presencia de su hermana no le desconcertó en lo más mínimo. Permaneció unos instantes en el umbral y después adelantó resueltamente hacia Michkin.
–Príncipe, he cometido una cobardía. Perdóneme, amigo mío —dijo con acento emocionado.
Su semblante expresaba vivo sufrimiento. El príncipe le miró con extrañeza y no contestó.
–¡Perdóneme, perdóneme! —suplicó Gania ¡Si quiere, le besaré la mano!
Michkin, muy enternecido, tendió los brazos a Gania, sin decir palabra. Los dos se abrazaron con un sentimiento sincero.
–Yo distaba mucho de juzgarle mal —manifestó el príncipe, respirando con dificultad—. Pero me parecía usted incapaz de…
–¿Incapaz de reconocer mis errores? Y, por mi parte, ¿de qué había sacado yo antes que era usted un idiota? Usted siempre repara en lo que no reparan los demás. Con usted se podría hablar de… Pero más vale callar.
–Hay otra persona ante la que debe usted reconocerse culpable —dijo Michkin, señalando a Varia.
–La enemistad de mi hermana conmigo es definitiva ya. Esté seguro, príncipe, de que hablo con fundamento. Aquí nunca se perdona nada sinceramente —replicó Gania con viveza, apartándose de Varia.
–Te engañas —dijo Varia—. Sí, te perdono.
–¿E irás esta noche a casa de Nastasia Filipovna?
–Iré si me lo exiges, pero yo soy la que te pregunto: ¿No crees absolutamente imposible que la visite en las circunstancias actuales?
–No. Nastasia Filipovna es muy amiga de plantear enigmas. Pero todo ha sido un juego.
Y Gania sonrió con amargura.
–Ya sé que esa mujer no es así y que todo ello constituye un juego por su parte. Pero ¡qué juego! ¿No ves, además, por quién te toma, Gania? Cierto que ha besado la mano de mamá; admito también que su insolencia fuera ficticia; mas, aparte eso, hermano, se ha burlado de ti. Te aseguro que setenta y cinco mil rublos no compensan semejante cosa. Te hablo así porque sé que eres aún capaz de sentimientos nobles. Tampoco tú debieras ir. Ten cuidado. Esto no puede terminar bien.
Y Varia, muy agitada, salió precipitadamente de la habitación.
–He aquí el modo de ser de los de esta casa —dijo Gania, sonriendo—. ¿Es posible que imaginen que yo ignoro todo lo que me predican? ¡Lo sé tan bien como ellos!
Y se sentó en el diván con evidente deseo de alargar la visita.
–Entonces yo me pregunto —repuso Michkin con timidez— cómo puede ser que esté usted decidido a afrontar un tormento así sabiendo que setenta y cinco mil rublos no lo compensan.
–Yo no hablaba de eso —murmuró Gania—. Pero ya que viene a propósito, dígame: ¿Cree usted que setenta y cinco mil rublos valen la pena de sufrir ese «tormento»?
–A mi juicio, no.
–Ya sabía que usted opinaría así. ¿Y cree vergonzoso casarse en esas condiciones?
–Muy vergonzoso.
–Pues sepa usted que me casaré, y que ahora estoy absolutamente decidido. Hace un rato aún titubeaba, pero ahora, no. No me haga observaciones. Todo lo que usted pueda decirme lo sé de antemano.
–No; lo que voy a decirle no se le ha ocurrido. A mí me extraña mucho su extraordinaria certeza.
–¿De qué?
–De que Nastasia Filipovna no pueda dejar de casarse con usted. Su seguridad de que el asunto es cosa arreglada. Y aun admitiendo que se case con ella, me sorprende verle tan seguro de recibir los setenta y cinco mil rublos. Desde luego hay en este caso muchos detalles que ignoro…
Gania, con un brusco movimiento, se acercó a Michkin.
–Claro: no lo sabe usted todo —dijo—. ¿Por qué había de resignarme yo a esa carga de no mediar dinero?
–Me parece que casos así se producen con mucha frecuencia: uno se casa por interés y el dinero queda en manos de la esposa.
–En este caso, no… Aquí median… median circunstancias especiales —repuso Gania, tomándose pensativo y preocupado—. Y en cuanto a la contestación de ella no hay duda alguna —se apresuró a añadir—: ¿De qué saca usted en limpio que puede negarme su mano?
–No sé sino lo que he visto. También Bárbara Ardalionovna le ha manifestado hace un momento…
–Las palabras de mi hermana no tienen importancia. No sabe lo que dice. Y respecto a Rogochin, estoy seguro de que Nastasia Filipovna se ha burlado de él. Me he dado muy buena cuenta… Era evidente. Antes he tenido cierto temor, pero ahora lo veo todo con claridad. Acaso me objete usted que su modo de comportarse con mis padres y con Varia…
–Y con usted.
–Lo admito. Pero en todo esto hay un antiguo rencor femenino, y nada más. Nastasia Filipovna es una mujer terriblemente irascible, vengativa y orgullosa. ¡Parece un empleado pospuesto en el ascenso! Ella quería alardear de su desprecio por mí y por mí, no lo niego… Y sin embargo, se casará conmigo. Usted no tiene idea de las comedias que el amor propio sugiere al ser humano. Nastasia Filipovna me considera despreciable, porque me caso únicamente por el dinero con una mujer que ha sido de otro hombre, y no sabe que cualquiera en mi caso se portaría mucho más vilmente, porque se aproximaría a ella dirigiéndole discursos liberales y avanzados, explotando hábilmente la cuestión de los derechos femeninos, haciendo creer sin dificultad a esa necia vanidosa que sólo deseaba casarse con ella por su «nobleza de alma» y por su «desgracia», cuando, en fin de cuentas, se casaría con ella por el dinero. Lo que la indigna es que yo no finja cuando convendría fingir. Ella, a su vez, ¿qué hace sino lo mismo que yo? Así, pues, la conclusión es ésta: ¿por qué me desprecia y finge de ese modo? Porque yo, en vez de humillarme, le he dado pruebas de orgullo. ¡Pero ya veremos!
–¿La amó usted antes de esto?
–Al principio, sí. Pero ya, no. Hay mujeres muy buenas como amantes y detestables como esposas. No quiero decir, entiéndame, que yo haya sido amante de Nastasia Filipovna. Si se propone vivir en paz conmigo, yo viviré en paz con ella. Pero si se rebela la abandonaré llevándome el dinero. No quiero hacer el ridículo; sobre todo, no quiero hacer el ridículo.
–Sigo creyendo que Nastasia Filipovna es inteligente —dijo Michkin, no sin temor de ofender a Gania—. ¿Por qué acepta este matrimonio pudiendo prever las tribulaciones que la esperan? Le cabría casarse con otro… Eso es lo que me extraña.
–Hay ciertas razones… Usted no lo sabe todo, príncipe… Es que… Además, está convencida de que la amo con locura, se lo aseguro. Incluso me inclino a creer que ella me quiere a su modo. Ya conoce usted el proverbio: «Quien bien te quiere, te hará llorar». Ella me considerará siempre como un bellaco (y puede que sea lo que le convenga en el fondo), pero a pesar de todo me amará a su manera. Y está preparándose para ello: tal es su carácter. Es una verdadera rusa, se lo juro, príncipe. Pero yo le preparo una sorpresa. Aunque impremeditadamente, la escena de antes con Varia ha resultado oportuna para servir mis intereses. Nastasia Filipovna ha tenido así la prueba de mi devoción por ella, devoción que me llevó, en apariencia, a mostrarme dispuesto a romper todos los vínculos con mi familia. Esté usted seguro de que no soy un necio… Pero sí dirá usted que soy un charlatán, ¿no? Quizá yo no acierte, querido príncipe, al hacerle estas confidencias, mas me he lanzado sobre usted, porque es el primer hombre honrado que he conocido. Al decirle que me he lanzado sobre usted no pretendo hacer un juego de palabras. No está usted disgustado ya conmigo por lo de antes, ¿verdad? Acaso sea ésta la primera vez desde hace dos años que hablo con el corazón en la mano. Créame que aquí padecemos una terrible escasez de personas honorables. Ninguno supera en honradez a Ptitzin… ¡Figúrese! Creo que se ríe usted… Pero ¿no sabe que los granujas estiman a la gente honrada? Y yo… Aunque, por otra parte, ¿por qué he de ser yo un granuja? Dígame con franqueza, ¿me cree usted un granuja? ¿Por qué me califican todos así, empezando por Nastasia Filipovna? Mas, ya que lo hacen, sigo el ejemplo de ellos y de ella y me califico de granuja también. ¡Adelante, pues, con la granujería!
–Desde ahora, yo no lo consideraré nunca de tal modo —dijo Michkin—. No hace mucho le juzgaba un malvado, y sus palabras presentes me producen una gran alegría. Esto es una lección, e indica que no se puede juzgar con ligereza. Ya veo, Gabriel Ardalionovich, que usted, lejos de ser un malvado, no puede ser considerado ni aun como un hombre muy corrompido. Mi opinión es que usted es una de las personas más corrientes que existen. Si por algo se distingue, es por una gran flaqueza de carácter y por una falta absoluta de originalidad.
Gania sonrió para sí, con sarcasmo, pero no habló. Michkin comprendió que su opinión había desagradado a su interlocutor y calló también, confuso.
–¿Le ha pedido dinero mi padre? —interrogó Gania de repente.
–No.
–Se lo pedirá, pero no se lo dé. Antes mi padre era un hombre correctísimo, lo recuerdo bien. Frecuentaba la mejor sociedad. Mas ¡qué pronto empieza la decadencia de estos señores tan correctos, cuando llegan a viejos! Al primer revés de fortuna, se opera en ellos una transformación completa. Antaño, se lo aseguro, mi padre no mentía jamás; apenas si era un poco más entusiasta de lo debido. ¡Y vea en lo que ha venido a parar! La culpa es del vino, sin duda. ¿No sabe usted que tiene una querida? De modo que no es ya un mero charlatán inofensivo. No comprendo la paciencia de mamá, ¿le ha contado ya mi padre el asedio de Kars? ¿No le ha dicho que tenía un caballo gris que hablaba? Se ve que no ha tenido tiempo todavía…
Y Gania rompió en una franca carcajada.
–¿Por qué me mira usted así? —preguntó bruscamente al príncipe.
–Porque me sorprende verle reír tan sinceramente. Tiene usted, en realidad, una alegría casi infantil. Cuando ha venido a reconciliarse conmigo y me ha dicho: «Si quiere, le besaré la mano», he pensado que un niño no habría podido portarse de otro modo… Es usted, pues, capaz de hablar y proceder todavía con la candidez de la infancia. Luego, de improviso, me habla usted de sus tenebrosos proyectos concernientes a los setenta y cinco mil rublos. Verdaderamente, todo ello me parece absurdo e increíble.
–¿Y qué quiere deducir de eso?
–Que se lanza usted atolondradamente a la empresa y que haría bien en pensarlo dos veces. Puede que Bárbara Ardalionovna tenga razón.
–¡Ah, ahora salimos con la moral! —replicó vivamente Gania—. Ya sé que soy un muchacho, y lo acredito por el simple hecho de haber entablado tal conversación con usted. Pero no me lanzo por cálculo a este tenebroso asunto, príncipe —continuó el joven, herido en su amor propio e incapaz ya de dominar sus palabras—. Si hiciese un cálculo, seguramente me engañaría, porque soy muy débil aún de mente y de carácter. Obedezco a una pasión y a un impulso que para mí son antes que todo lo demás. Usted cree que una vez en posesión de los setenta y cinco mil rublos yo me apresuraré a comprar un coche. No: entonces concluiré de usar este abrigo viejo que llevo hace tres años y renunciaré a todas mis amistades del círculo. Seguiré el ejemplo de los que han triunfado. A los diecisiete años, Ptitzin dormía al raso y vendía cortaplumas. Empezó con un kopec y ahora posee sesenta mil rublos. Pero ¡hay que ver lo que le ha costado llegar a ello! Esos principios penosos son los que quiero evitar. Empezando ya con un capital, de aquí a quince años podrá decir la gente: «Ese es Ivolguin, el rey de los judíos». Usted opina que esto carece de originalidad, que es mera flaqueza de carácter, que no poseo talentos particulares, que soy un hombre corriente… Usted me ha hecho el honor de no considerarme un granuja y no sabe que le hubiera golpeado de buena gana en recompensa de su buena opinión. Me ha ofendido usted más cruelmente que Epanchin, que me juzga capaz de venderle mi mujer (y observe que esa conjetura por parte suya es completamente gratuita, ya que nunca se ha tratado de semejante cosa entre nosotros, ni ha procurado siquiera inducirme a ello, de modo que sólo lo cree porque él mismo es un ingenuo en el fondo). Todo esto me trae muy disgustado hace tiempo, amigo. Yo necesito dinero. Una vez rico, entérese, seré un hombre muy original. Lo que el dinero tiene de más vil y despreciable es que incluso proporciona talentos. Y los proporcionará mientras el mundo sea mundo. Usted dirá que todo esto son chiquilladas y acaso novelería. Pues, entonces, resultará doblemente divertido para mí. Haré lo que me propongo. «Rira bien qui rira le dernier». ¿Por qué cree usted que Epanchin me ofende de ese modo? ¿Por maldad? Nada de eso. Sólo porque soy un Don Nadie en la sociedad. Pero luego… En fin, ya hemos hablado bastante: he visto asomar dos veces la nariz de Kolia, lo que quiere decir que la mesa está servida. Me voy a comer. Acudiré a hablarle con frecuencia. No se encontrará usted mal con nosotros. Desde ahora va a ser considerado como un miembro más de la familia. Pero, fíjese en esto, no se le ocurra traicionarme. Creo que usted y yo hemos de ser, o amigos, o enemigos. Dígame, príncipe: si antes le hubiese besado la mano como estaba sinceramente resuelto a hacer, ¿no cree usted que después de eso me habría convertido en su enemigo?
Michkin reflexionó un momento y luego rompió a reír.
–Sí, se habría convertido en ello, sin duda; pero no por mucho tiempo. Más adelante, le hubiera sido imposible conservar semejante sentimiento y me habría perdonado.
–¡Hola! ¡Con usted hay que ser prudente! ¿Quién sabe si no es usted ya enemigo mío? A propósito —y rio—, ya olvidaba preguntárselo… Me parece que Nastasia Filipovna le ha gustado mucho. ¿Es cierto?
–Sí, me gusta.
–¿Está usted enamorado de ella?
–No… no.
–Vaya, se pone usted encarnado y se siente inquieto… No importa, no importa… ¿Ve? Ya no me río. Hasta luego… Escuche: ¿sabe que Nastasia Filipovna es una mujer virtuosa? ¿No le parece increíble? ¿Se figura que mantiene relaciones íntimas con Totsky? ¡Nada de eso! Hace mucho tiempo que no. ¿Y ha notado también que a veces es muy poco dueña de sí, y que hoy ha perdido la serenidad en algunos momentos? Eso es indudable. Así son siempre las personas amigas de dominar a los demás. Ea, adiós…
Gania salió con mucha más animación que había entrado y ya en la plenitud de su buen humor. Michkin permaneció inmóvil y pensativo durante diez minutos.
Kolia entreabrió la puerta otra vez y asomó apenas la cabeza.
–No tengo ganas de comer, Kolia. He almorzado muy fuerte con los Epanchin.
Kolia penetró en la habitación y tendió al príncipe un pliego doblado y cerrado. Era una nota escrita por el general. En el rostro del muchacho se notaba lo ingrato que le era encargarse de semejante comisión. Una vez leído el mensaje, Michkin se levantó y cogió su sombrero.
–Es a dos pasos de aquí —dijo Kolia, confuso—. Papá está bebiendo. Cómo se ha podido arreglar para abrirse crédito en ese establecimiento, es cosa que no acierto a comprender. Querido príncipe, le ruego que no diga a mi familia que le he traído esa nota. He jurado mil veces que no aceptaría tales comisiones, poro no tengo luego el valor de negarme. Le ruego que no haga cumplidos con papá. Déle unas pocas monedas, lo que tenga suelto, y asunto terminado…
–Tengo interés en ver a su padre, Kolia. Quiero hablarle de un asunto… Vamos…
XII
Kolia condujo a Michkin a la Litinaya. Allí, en un café con billar anexo, situado en un piso bajo, Ardalion Alejandrovich se hallaba en un reservado del rincón derecho, con el aire de un parroquiano habitual. Tenía una botella ante sí y leía un ejemplar de la «Indépendence Beige», mientras esperaba al príncipe. Viéndole entrar, dejó el periódico y se entregó a una explicación prolija y verbosa de la que Michkin no comprendió casi nada, porque el general distaba mucho de hallarse sereno.
–No llevo diez rublos sueltos —atajó Michkin—. Tome este billete de veinticinco, cámbielo y déme los quince que sobran, porque si no me quedo sin un groch.
–Por supuesto. Ahora mismo…
–Aparte eso quiero pedirle un favor… ¿No ha estado usted nunca en casa de Nastasia Filipovna?
Ardalion Alejandrovich sonrió con irónica y triunfal fatuidad.
–¿Qué si no he estado en su casa? ¿Es posible que me lo pregunte? ¡Varias veces, querido, varias veces! Pero finalmente he dejado de visitarla porque no quiero formar una unión inadmisible. Usted mismo lo ha visto y ha sido testigo de ello esta mañana. He hecho cuanto debe hacer un padre… pero un padre indulgente y benigno. Ahora va usted a saber cómo obra un padre deferente, y entonces veremos si un militar veterano y benemérito de su patria triunfa de la intriga o si una desvergonzada mujerzuela entra a viva fuerza en una familia noble.
–Quería preguntarle si, como conocido, podía usted presentarme esta noche en casa de Nastasia Filipovna. Es absolutamente preciso que la vea hoy, porque necesito hablarle. Pero no sé cómo hacerme presentar en su casa. Cierto que ya me conoce; mas no he sido invitado a la reunión de hoy, y hoy precisamente la reunión es privada. Desde luego estoy dispuesto a prescindir de ciertas conveniencias… Si logro entrar en la casa, me tiene sin cuidado que luego se burlen de mí.
–Su idea, joven amigo, coincide en todos los puntos con la mía —exclamó el general, encantado—. No ha sido sólo con motivo de esta pequeñez por lo que le he llamado —añadió, sin dejar por eso de embolsarse el billete—. Precisamente le quería proponer una expedición a casa de Nastasia Filipovna, o, mejor dicho, contra Nastasia Filipovna. ¡El general Ivolguin y el príncipe Michkin! ¡Habrá que ver el efecto que le causa! Con el pretexto de una atención, la visitaré hoy, día de su cumpleaños, y entonces le haré saber mi voluntad… Indirectamente, claro, pero para el caso será lo mismo. Entonces Gania comprenderá cuál es su deber, y veremos si un padre anciano, encanecido al servicio de la patria y… y todo eso… impone la razón, o si… En fin: lo que haya de ser, será. Ha tenido usted una idea luminosa. Iremos a las nueve; nos sobra, pues, mucho tiempo.
–¿Dónde vive Nastasia Filipovna?
–Bastante lejos. En la casa Mitovtzov, cerca del Gran Teatro, en el primer piso. A pesar de ser el día de su cumpleaños, no habrá mucha gente y todos se retirarán pronto.
Había anochecido hacía rato y aún continuaba el príncipe allí, escuchando la charla del general, quien iniciaba infinitos relatos sin terminar ninguno. Al llegar Michkin, Ivolguin había encargado una botella más, que bebió en una hora. Luego pidió otra, que vació igualmente. Era presumible que en el curso de sus libaciones el general habría tenido tiempo de narrar toda su historia.
Al fin, el príncipe se levantó diciendo que no podía esperar más. Ardalion Alejandrovich bebió las últimas gotas restantes en la botella y salió, tambaleándose, de la habitación.
Michkin se sentía desesperado. No acertaba a comprender cómo había tenido la necia ocurrencia de confiar en el general. En el fondo nunca aguardó de éste sino que le introdujera en casa de Nastasia Filipovna, aunque fuese a costa de cierto escándalo, pero el escándalo amenazaba sobrepasar las calculadas previsiones de Michkin. Ardalion Alejandrovich, perfectamente ebrio, dirigía a su compañero toda clase de discursos facundiosos y sentimentales, desbordándose en recriminaciones contra su familia, ya que el mal arrancaba, a su juicio, de la mala conducta de todos ellos, y había llegado el momento de poner límites a la situación.
Al cabo, se hallaron en la Litinaya. Continuaba el deshielo. Un viento tibio e insalubre azotaba las calles. Los vehículos salpicaban pelladas de barro. Los cascos de los caballos herían el suelo con metálico rumor. Una multitud de gentes mojadas y cabizbajas circulaba por las aceras. De vez en cuando cruzaba algún beodo.
–¿Ve usted esos pisos principales tan brillantemente iluminados? —dijo Ivolguin—. Todos pertenecen a camaradas míos, y yo que he servido y sufrido más que cualquiera de ellos, voy a pie hasta el Gran Teatro para visitar a una mujer de reputación dudosa. ¡Un hombre que tiene trece balas en el pecho…! ¿No lo cree? Pues, sin embargo, fue exclusivamente por mí por quien el doctor Pirogov telegrafió a París, abandonando adrede Sebastopol en la época del sitio. Nélaton, el médico de la Corte de Francia, obtuvo un salvoconducto en nombre de la ciencia y entró para curarme en la ciudad asediada. Los primeros personajes del Imperio supieron lo que ocurría: «¡Ah —dijo—, Ivolguin tiene trece balas en el pecho!». ¡Así se hablaba de mí! ¿Ve esta casa, príncipe? En el primer piso habita un antiguo camarada mío, el general Sokolovich; en unión de su familia, muy noble y numerosa, por cierto. Esta familia, con otras tres de la Perspectiva Nevsky y dos de la Morskaya, son todas las relaciones que conservo ahora… Quiero decir relaciones personales. Nina Alejandrovna se ha sometido hace tiempo a las circunstancias. Yo continúo acordándome…, y, por así decirlo, desenvolviéndome en un círculo escogido, compuesto por antiguos compañeros y subordinados que me veneran, literalmente. A este general Sokolovich hace algún tiempo que no le visito, como tampoco a Ana Fedorovna. Usted sabe, querido príncipe, que cuando uno mismo no recibe en su casa se abstiene, aun sin darse cuenta, de acudir a las de los demás. Pero observo que parece usted dudar de lo que digo. Y, sin embargo… ¿Qué inconveniente puede haber en que yo presente en casa de esta amable familia al hijo del compañero de mi infancia? ¡El general Ivolguin y el príncipe Michkin! Conocerá usted a una joven impresionante… ¿Qué digo una? Verá dos, tres incluso, que son la flor de la sociedad y la crema de la capital. Apreciará en ellas hermosura, educación, inteligencia, comprensión de la cuestión feminista, poesía… Y todo reunido en una mezcla feliz. Sin contar con que cada una de ellas tiene lo menos ochenta mil rublos de dote, lo cual no estorba nunca, pese a las cuestiones feministas o sociales… En resumen, es absolutamente necesario que le presente en esta casa; ello constituye para mí un deber, una obligación… ¡El general Ivolguin y el príncipe Michkin! ¡Figúrese!
–Pero ¿ahora? ¿Ha olvidado usted…? —comenzó Michkin.
–¡Venga, venga, príncipe! No olvido nada. Es aquí, en esta soberbia escalera. Me extraña no ver al portero; pero es fiesta y debe de haber salido. ¿Cómo no habrán despedido aún a ese borracho? Sokolovich me debe a mí, a mí solo, todo su éxito en la vida y en el servicio… Ea, ya estamos.
El príncipe, sin objetar más, siguió dócilmente a su compañero, tanto por no incomodarle como con la firme esperanza de que el general Sokolovich y su familia se desvaneciesen totalmente cual un engañoso espejismo, lo que pondría a los visitantes en la precisión de tornar a descender la escalera. Pero, con gran horror suyo, esta esperanza comenzó a disiparse cuando notó que el general le guiaba peldaños arriba con la precisión de quien conoce bien la casa en que entra, dando, por ende, de vez en cuando algún detalle biográfico o topográfico matemáticamente preciso. Cuando llegaron al piso principal y el general empuñó la campanilla del lujoso piso de la derecha, Michkin resolvió huir a todo evento. Pero una extraña y favorable circunstancia le detuvo.
–Se ha equivocado usted, general —dijo—. En la puerta se lee «Kulakov», y a quien busca usted es a Sokolovich.
–¿Kulakov? Kulakov no significa nada. Este piso pertenece a Sokolovich, y es por Sokolovich por quien preguntaré. ¡Qué cuelguen a Kulakov! Ea, ya abren.
Se abrió la puerta, en efecto, y el criado anunció desde luego a los visitantes que los dueños de la casa estaban ausentes.
–¡Qué lástima, qué lástima! ¡Qué desagradable coincidencia! —dijo Ardalion Alejandrovich, con muestras de vivo disgusto—. Cuando sus señores vuelvan, querido, dígales que el general Ivolguin y el príncipe Michkin deseaban tener el gusto de saludarles, y que lamentan muchísimo…
En aquel instante apareció en la entrada otra persona de la casa. Era una señora de sobre cuarenta años con un traje de color oscuro, probablemente ama de llaves, o acaso institutriz. Oyendo los nombres del general Ivolguin y el príncipe Michkin, se acercó con desconfiada curiosidad.
–María Alejandrovna no está en casa —dijo, examinando especialmente al general—. Ha ido a visitar a la abuela con la señorita Alejandra Mijailovna.
–¿También ha salido Alejandra Mijailovna? ¡Dios mío, cuánto lo siento! ¡Imagine usted, señora, que siempre sucede lo mismo! Le ruego encarecidamente que se sirva saludar de mi parte a Alejandra Mijailovna y darle recuerdos míos… En resumen, dígale que le deseo de todo corazón que se realice lo que ella deseaba el jueves por la noche, mientras oíamos tocar una balada de Chopin… Se acordará muy pronto… ¡Y lo deseo sinceramente! Ya sabe: el general Ivolguin y el príncipe Michkin.
–No lo olvidaré —dijo la señora, inclinándose, con expresión más confiada.
Mientras descendían, el general manifestó lo mucho que lamentaba que Michkin hubiese perdido la oportunidad de conocer a aquella encantadora familia.
–Yo, ¿sabe querido?; soy en el fondo un poco poeta. ¿No lo había observado? Pero… pero —añadió de improviso— creo que nos hemos equivocado. Ahora recuerdo que los Sokolovich viven en otra casa, e incluso, si no me engaño, deben hallarse en Moscú en este momento. Sí, he cometido un pequeño error. Mas no tiene importancia.
–Quisiera saber —dijo el príncipe, desalentado—, si no debo ya contar con usted y si he de ir solo a casa de Nastasia Filipovna.
–¿No contar conmigo? ¿Ir solo? ¿Cómo puede usted preguntarme tal cosa cuando eso constituye para mí una empresa importantísima, de la que depende la suerte de todos los míos? Conoce usted mal a Ivolguin, joven amigo. Decir Ivolguin es decir «una roca». «Ivolguin es firme como una roca», decían en el escuadrón donde inicié mi servicio. Pero vamos a entrar primero por unos instantes en la casa donde, desde hace algunos años, mi alma reposa de sus inquietudes y se consuela en sus aflicciones.
–¿Quiere usted subir a su domicilio?
–¡No! Quiero… visitar a la señora Terentiev, viuda del capitán Terentiev, mi antiguo subordinado… y mi amigo. En casa de esta señora recupero el valor, hallo fuerzas para soportar las penas de la vida, los sinsabores domésticos… Precisamente hoy llevo sobre mi alma un gran peso moral, y…
–Temo haber cometido una ligereza entreteniéndole esta noche —murmuró Michkin—. Además usted, ahora… En fin: adiós…
–¡No puedo dejarle marchar así, joven amigo! ¡No, no puedo! —exclamó el general—. Esta señora es una viuda, una madre de familia, de cuyo corazón brotan afectuosos ecos que repercuten en todo mi ser. Visitarla es cosa de cinco minutos. Aquí no tengo que andar con cumplidos. Estoy en mi casa, como quien dice. De modo que me lavaré un poco y luego iremos al Gran Teatro en un coche de punto. No puedo abandonarle en toda la noche. Ya estamos. Pero, Kolia, ¿qué haces aquí? ¿Está en casa Marfa Borisovna? ¿O acabas de llegar?
–Llevo aquí mucho tiempo —repuso Kolia, quien se hallaba ante la amplia puerta cuando llegaron su padre y el príncipe—. He estado haciendo compañía a Hipólito, porque no se encuentra bien. Ha pasado en cama todo el día. ¡En qué estado llega usted, papá! —dijo, refiriéndose al aspecto del general y a su paso titubeante—. Vamos arriba.
El encuentro con Kolia decidió a Michkin a acompañar al general a casa de Marfa Borisovna (aunque resuelto a no permanecer allí más que un instante), porque necesitaba del muchacho. Respecto al general, Michkin se proponía dejarle plantado en la casa y se reprochaba con viveza el haber pensado antes en utilizarle. Subieron por la escalera de servicio hasta el piso cuarto, donde habitaba la señora Terentiev.
–¿Va usted a presentar al príncipe? —preguntó Kolia, mientras subían.
–Sí, hijo mío, quiero presentarle. ¡El general Ivolguin y el príncipe Michkin! ¡Figúrate! Pero ¿por qué?… ¿Cómo?… ¿Es que Marfa Borisovna…?
–Valdría más que no la visitase hoy, papá. ¡Le va a armar un escándalo! Desde anteayer no ha asomado usted por aquí y ella esperando dinero. ¿Por qué se lo prometió? ¡Siempre es usted el mismo! Ahora a ver cómo se arregla para salir de esto…
Se detuvieron en el cuarto piso ante una puerta muy baja. Ardalion Alejandrovich, evidentemente desanimado, hizo ponerse al príncipe ante él.
–Yo me quedaré aquí —balbució—. Quiero dar una sorpresa.
Kolia fue el primero en entrar. La dueña de la casa lanzó una mirada al descansillo y entonces se produjo la sorpresa esperada por el general. Marfa Borisovna era una señora de cuarenta años, exageradamente pintada, vestida con una camisa moldava y calzada con pantuflas. Llevaba peinado el cabello en varias trenzas pequeñas sobre la cabeza. Apenas advirtió la presencia de Ivolguin rompió a gritar:
–¡Aquí está ese hombre vil y malvado! ¡Me lo decía el corazón!
Ivolguin trató de poner a mal tiempo buena cara. —Esto no tiene importancia. Entremos —cuchicheó al oído de Michkin.
Pero la cosa tenía más importancia de la que él quería atribuirle. Cuando los visitantes, atravesando el recibimiento bajo y sombrío penetraron en una angosta sala amueblada con media docena de sillas de enea y dos mesitas de juego, la señora Terentiev prosiguió sus invectivas con la voz quejumbrosa peculiar en ella:
–¿No te da vergüenza, salvaje, tirano de mi familia, déspota, monstruo? ¡Me has despojado de todo, me has comido hasta la médula de los huesos! ¿Hasta cuándo he de ser tu víctima, hombre sin vergüenza y sin honor?
–¡Marfa Borisovna, Marfa Borisovna! Te… presento al príncipe Michkin. El general Ivolguin y el príncipe Michkin… —balbució Ardalion Alejandrovich; desconcertado y tembloroso.
–¿Quiere usted creer —interrumpió la señora Terentiev dirigiéndose al príncipe— que este hombre sin pudor no ha respetado siquiera la orfandad de mis hijos? Todo me lo ha robado, se lo ha llevado todo, lo ha vendido todo, hipotecado todo, sin dejar nada. ¿Y qué voy a hacer ahora con tus pagarés, hombre sin conciencia, pérfido? Responde, embustero; responde, monstruo insaciable. ¿Con qué voy a dar ahora de comer a mis hijos huérfanos? Ahora llega borracho como una cuba, y no puede ni sostenerse sobre las piernas… ¡Oh! ¿Por qué habré incurrido por culpa tuya en la ira divina? Contesta, malvado, hipócrita.
El general no acertó a ponerse a la altura de la situación.
–Marfa Borisovna, ahí van veinticinco rublos. Es todo lo que puedo. Y aun esos los debo a la generosidad de mi noble amigo, el príncipe. Me he equivocado dolorosamente… ¡Así es la vida! Y ahora… dispénsenme, pero… me siento débil —dijo Ardalion Alejandrovich mientras, en pie en medio de la sala, saludaba en todas direcciones—. Me siento débil, sí… Dispénsenme… Lenotchka, hijita, un almohadón.
Lenotchka, una niñita de unos ocho años, corrió a buscar una almohada y la puso sobre un duro sofá de desgarrado cuero. El general se proponía decir muchas cosas, pero, apenas instalado en el sofá, volvió la cara a la pared y se durmió con el sueño de los justos. Marfa Borisovna, con talante ceremonioso y afligido, ofreció una silla al príncipe junto a una mesita de juego, sentóse frente a él, apoyó la barbilla en la mano y, mirándole fijamente, comenzó a suspirar. Dos niñas (la mayor de las cuales era Lenotchka) y un niño pequeño se acodaron en ella y contemplaron a Michkin. Kolia salió del cuarto contiguo.
–Me alegro mucho de haberle encontrado, Kolia —dijo el príncipe—. ¿Podía prestarme un servicio? Necesito a toda costa ver a Nastasia Filipovna. Había pedido a su padre que me llevara, pero ya ve que se ha dormido. ¿Quiere servirme de guía? No conozco el camino; sólo sé que Nastasia Filipovna habita cerca del Gran Teatro, en la casa Mitovtzov.
–¡Pero si Nastasia Filipovna no ha vivido nunca ahí! Además, papá no ha estado jamás en su casa. Me extraña que se haya confiado usted a él. Nastasia Filipovna habita cerca de la calle Vladimirsky, en Cinco Esquinas, que es un sitio mucho más cercano. Ahora son las nueve y media. Si quiere, le acompañaré.
Y Kolia y el príncipe salieron. Michkin no tenía siquiera dinero para tomar un coche y hubieron de encaminarse a pie.
–Quisiera —dijo Kolia— haberle presentado a Hipólito, que es el hijo mayor de la señora que acaba usted de conocer. Está enfermo y ha pasado en cama todo el día. Pero como es muy sensible, me ha parecido que le disgustaría verse con usted. Ha llegado en tan mal momento… A mí eso me avergüenza menos que a él, porque se trata de mi padre, y en el caso de Hipólito, de su madre. La cosa es distinta; pues lo que deshonra a una mujer no afecta al honor de un hombre. Quizá la sociedad haga mal condenando en un sexo lo que disculpa en el otro. Hipólito es un muchacho muy inteligente, pero esclavo de ciertos prejuicios.
–¿Dice que está tuberculoso?
–Sí, y creo que le valdría más morir cuanto antes. Yo, en su lugar, desearía la muerte con toda mi alma. Sufre mucho pensando en la suerte de sus hermanos, que son los niños que ha visto usted. Si él y yo tuviésemos dinero, abandonaríamos los dos a nuestras familias y nos instalaríamos en una casa para los dos. Ése es nuestro sueño. A propósito, ¿sabe una cosa, príncipe? Hace poco, cuando le hablé de su caso con Gania, Hipólito se ha enojado, y dice que ha perdido usted el honor, pues cree que quien recibe una bofetada y no lleva a su agresor al terreno es un cobarde. Y como es muy irascible he dejado de discutir con él… ¿Así que está usted invitado por Nastasia Filipovna?
–A decir verdad, no.
–Entonces, ¿cómo va a visitarla? —exclamó Kolia, deteniéndose, sorprendido, en medio de la acera—. Y además ¿piensa presentarse en una reunión con ese traje?
–Realmente, no sé cómo me arreglaré para entrar. Si me reciben, bien. Y si no, habrá sido un asunto fracasado. En cuanto a mi traje, ¿qué le parece que puedo hacer?
–¿Tiene algo que resolver en casa de Nastasia Filipovna? ¿O no va más que pour passer le temps en buena compañía?
–Mi visita tiene por objeto… Es decir, voy por un asunto que… Es difícil explicarlo, pero…
–Sea lo que fuere, no tengo por qué entrar en ello. Lo importante para mí es saber que no va usted allí por el mero placer de pasar el rato en una fascinadora reunión de mujeres fáciles, generales y usureros. De ser así, permítame que le diga, príncipe, que me parecería usted ridículo y comenzaría a despreciarle. Aquí las personas honradas escasean terriblemente. Incluso no hay una que merezca absoluta estimación. Uno no puede prescindir de mirar a todos con desdén, aunque todos exigen el mayor respeto, empezando por Varia. ¿Ha notado usted, príncipe, que en nuestra época no se encuentran más que aventureros? Y sobre todo en Rusia, nuestra querida patria. Cómo se haya organizado todo esto, no lo sé. Los cimientos de las cosas parecen firmes, pero ¿qué sucede? Se descorren todos los velos, se pone el dedo sobre todas las llagas, asistimos a una orgía de relaciones escandalosas. Los padres son los primeros en rectificar sus principios, sintiéndose avergonzados de su moral a la antigua. En Moscú ha habido un padre que exhortaba a su hijo a no retroceder ante nada para ganar dinero. La Prensa lo ha hecho público. Fíjese en mi padre, y vea en lo que se ha convertido. Aunque, por otra parte, le tengo por un hombre honrado. Se lo digo de verdad. No se le puede reprochar más que su afición al vino y a las irregularidades. ¡Sí; es como le digo! Papá incluso me da lástima, aunque no me atrevo a decirlo, porque todos se burlan de mí; pero me da lástima. ¿Y qué son los demás, los que se juzgan inteligentes? ¡Todos usureros, del primero al último! Hipólito elogia la usura, afirmando que es necesaria, hablando de movimiento económico, de afluencia y reflujo de capitales y del diablo sabe qué más. Me duele mucho oírle decir esas cosas, pero como sé lo amargado que está… ¡Imagine que su madre obtiene dinero para papá y luego se lo presta a intereses semanales exorbitantes! ¿No es una vergüenza? ¿Y sabe usted que mamá proporciona a Hipólito toda clase de auxilios, dinero, ropa blanca, vestidos? También a través de Hipólito ayuda a los pequeños, en vista de que su madre los desatiende en absoluto. Varia hace lo mismo.
–Usted decía que no existen más que usureros. Vea, sin embargo, que hay también personas de carácter vigoroso: su madre y Varia. Socorrer al prójimo en tales condiciones, ¿no es acaso una prueba de fuerza moral?
–Varia obra así por amor propio, por ostentación, por no ser menos que mi madre. En cuanto a mamá… sí, realmente, mamá merece respeto por ello. La apruebo y estimo su conducta en lo que vale. El mismo Hipólito lo reconoce por muy endurecido que tenga el corazón. Al principio se burlaba diciendo que eso era una bajeza por parte de mamá, pero ahora hay veces en que se siente realmente enternecido. ¡Hum! ¿Llama usted a eso fuerza moral? Lo tendré en cuenta. Gania no cree lo que usted. Diría que eso es favorecer el vicio.
–¿Gania no cree lo que yo? Parece que hay varias cosas que Gania no cree —dejó escapar Michkin, que había quedado pensativo oyendo la última frase de Kolia.
–Usted, príncipe, me agrada mucho. No se me va de la cabeza el modo que ha tenido de proceder antes.
–También usted me es muy simpático, Kolia.
–Dígame: ¿qué propósitos tiene para en adelante? Yo pienso buscar pronto ocupación y ganar algo. Si quiere, podemos vivir los tres juntos, usted, Hipólito y yo. Alquilaremos un piso y nos llevaremos a mi padre con nosotros.
–Sería un gran placer para mí… En fin, ya veremos… Yo ahora me siento muy… muy confuso…, ¡ah! ¿Ya hemos llegado? ¡Qué magnífica escalinata! Y veo un portero… No sé qué va a resultar de aquí, Kolia.
Michkin parecía muy inquieto.
–Ya me lo contará usted mañana. No se asuste. Le deseo mucho éxito. Yo comparto las opiniones de usted. Adiós. Voy a referir a Hipólito la proposición que le he hecho hace poco, príncipe. En cuanto a que le reciban, no tema: le recibirán. Nastasia Filipovna es originalísima. Suba esa escalera; es en el primer piso. El portero le orientará mejor…
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