Kitabı oku: «#SaliDeCasa»
#SALÍDECASA
#SalíDeCasa es la continuación nacida, casi sin planearlo, de #QuedateEnCasa, el primer volumen de cuentos surgido de un juego-torneo literario entre amigos durante la pandemia de covid-19 que estalló en 2020. Poco imaginábamos entonces que doce meses más tarde seguiríamos abocados a los nuevos rituales impuestos por un virus no deseado pero bien instalado, que las discusiones en torno al lavado de manos se trasladarían a la ardua cuestión de las vacunas y que la sorpresa inicial iría transformándose en agotamiento y hastío. Pero una vez más, la literatura se hizo presente para ayudarnos y recordarnos que, si se escribe, no todo está perdido. Entre un volumen y otro hay un año transcurrido, costumbres ya arraigadas –como andar con un barbijo puesto y otro en el bolsillo– pero sobre todo transformaciones, visibles e invisibles, interiores y exteriores. A eso responden las tres divisiones de este libro: Puertas Adentro, Puertas Afuera, y en el medio la omnipresente Pandemia que dio vuelta nuestras vidas durante ya dos años. Parte del juego fue revivir los personajes del primer volumen, continuar algunas de las historias, proponerse poner en palabras la experiencia del encierro, jugar a lanzar consignas desconcertantes y, como siempre, hacer de la creación literaria una ventana doblemente abierta: hacia afuera, hacia el mundo, y hacia adentro, hacia nosotros mismos. Este es el testimonio de nuestro viaje.
FLORENCIA AGRASAR • RITA CORIGLIANO • GRACIELA CUTULI • PIERRE DUMAS • MABEL FUZZI • VICTORIA ROSSI • TERESA TÉRAMO
#SALÍDECASA
relatos postpandemia

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Segundas partes sí son buenas
Puertas adentro Vaciar la casa, por Florencia Agrasar Maneras de interpretar, por Graciela Cutuli Atracción fatal, por Rita Corigliano La separación de bienes, por Mabel Fuzzi La puerta se cierra, por Pierre Dumas Presepe vivente (25/11/2020), por Graciela Cutuli Nostalgia, por Florencia Agrasar Presencia, Teresa Téramo La mina, por Graciela Cutuli La plancha, por Mabel Fuzzi Parto, por Florencia Agrasar El mismo, por Mabel Fuzzi Mosquita muerta, por Victoria Rossi Humo, por Mabel Fuzzi Se equivocó la paloma, por Rita Corigliano La muy desgraciada, por Mabel Fuzzi Veo, veo..., por Rita Corigliano La tía Beba, por Mabel Fuzzi IB 773 Madrid-Buenos Aires, por Teresa Téramo Maniobra, por Mabel Fuzzi Corrientes, por Graciela Cutuli Romance de verano, por Mabel Fuzzi Viejito, por Victoria Rossi
Pandemia Diario de la Segunda Ola, por Florencia Agrasar La venganza de Gabriela, por Graciela Cutuli Las Normándicas, por Pierre Dumas Clarividencia, por Teresa Téramo Me gusta el arte, por Florencia Agrasar El regreso del Smilodon, por Pierre Dumas Desgracia con suerte, por Florencia Agrasar Los hijos de Pu, por Teresa Téramo El reflejo, por Victoria Rossi Sin sentido, por Florencia Agrasar Los colores de la pandemia, por Pierre Dumas Coraje, por Florencia Agrasar Dulce engaño, por Teresa Téramo Barbijos, por Victoria Rossi Batman en pandemia, por Teresa Téramo Autoayuda, por Florencia Agrasar 380 días y 48 horas, por Rita Corigliano Donde no me encuentro, por Victoria Rossi Romántica, por Teresa Téramo No hay mal que por bien no venga, por Rita Corigliano Inesperado blues, por Teresa Téramo
Puertas afuera Un instante de desconcierto, por Pierre Dumas Ocio y neg-ocios, por Teresa Téramo Detective, por Florencia Agrasar Sol de medianoche, por Rita Corigliano Miami, por Mabel Fuzzi En mis sueños, había sido maravilloso, por Graciela Cutuli Tren Once-Bragado, por Rita Corigliano This Pretty Face Don’t Work no More, por Pierre Dumas Lluvia de estrellas, por Teresa Téramo Noche de carnaval, por Rita Corigliano Todo está en un gesto, por Graciela Cutuli El científico que subió a una montaña, por Pierre Dumas Londres, 8/8/1969, 11.30, por Graciela Cutuli Zapatos, por Florencia Agrasar Blauwe-Ogen Koen, por Pierre Dumas La esfera mágica, por Graciela Cutuli Cuando Caruso calló a los pájaros, por Teresa Téramo Un rayo de sol, por Mabel Fuzzi Marcovaldo, el superhéroe, por Pierre Dumas Un ángel, por Teresa Téramo Canción para mi muerte, por Graciela Cutuli Cinco años, por Pierre Dumas Don Sergio, por Teresa Téramo El poder de un nombre, por Graciela Cutuli Más real que la realidad, por Pierre Dumas ¡Siempre listo!, por Teresa Téramo Wasichu, por Pierre Dumas Jeanne Calment recuerda a Van Gogh, por Graciela Cutuli Mrs. Holmes, por Teresa Téramo La carrera, por Pierre Dumas Boris Kauth, por Florencia Agrasar
Pandemia, no te tenemos miedo: te enfrentamos con palabras
Créditos
Cada relato puede leerse acompañado por un tema musical indicado junto al título. La playlist fue confeccionada por Pierre Dumas y se encuentra en Spotify con libre acceso a través del siguiente código QR:
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Segundas partes sí son buenas
#QuedateEnCasa era la consigna que en todos los idiomas se repetía incansablemente. Un hashtag que se hizo viral y se diseminó como el nuevo coronavirus por el mundo entero. Ese fue el nombre de nuestro primer libro de relatos en pandemia, que llegó a las librerías a fines de 2020 y, si bien empezó como un juego literario de nueve amigos encerrados en busca de alguna escapatoria –conscientes de que la escritura sana y salva–, tuvo una repercusión impensada o, digamos más modestamente, superó las fronteras de nuestros mundos cotidianos y posibles. ¡Se lee hasta en Miami y en Misiones! Hubo compras digitales desde Milán, alguna de Bolivia y se vendió en librerías de Buenos Aires, Mar del Plata, Neuquén y Bragado.
Con el impulso de la creatividad que ayuda a convertir el limón en limonada, mientras que otros nos convierten el vino en vinagre, decidimos continuar la aventura literaria aliviando con la escritura el tedio de la virtualidad, la absurda precariedad de las “burbujas” –no precisamente de champagne pétillant– y lo incómodo de un presente de bocas tapadas con barbijos y mucho alcohol… en gel. Nuestro fervor inicial de capturar vida –esa vida que veíamos tornarse vulnerable, frágil, breve– en historias continuaba intacto y seguimos escribiendo durante todo 2021. “Escribir es una maldición que salva”, ya lo decía con la autoridad que le corresponde Chaya Pinjasovna –Clarice Lispector para los amigos–. “Una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.
Así entre risas, chocolates, reuniones virtuales, de las otras y ¡sgroppinos! chez Dumas, surgieron los cuentos que contiene este libro. Hay mucho de humor catártico, aunque estas páginas también harán derramar alguna lágrima y hasta provocarán una mueca de disgusto a la par que una carcajada o un suspiro de alivio. Es que el humor es un principio poético, que permite trascender con ingenio las dificultades. Sin buscarlo, está presente detrás de Desgracia con suerte y el conflicto generacional de una veterana profesora; La venganza de Gabriela y la tarea de escritura contrarreloj de una periodista; Las Normándicas y los vaivenes americanos; Más real que la realidad, donde helicópteros lanzan perfume sobre París; Los hijos de Pu –el inefable Chang Pu– y la primera legisladora porteña china del barrio de Flores; La separación de bienes, donde una pareja se disputa por las pequeñas cosas compartidas como los libros y un juego de bolitas; Veo, veo, donde el humor deja lugar al realismo mágico y Mosquita muerta, que presenta los conflictos de oficina con un diálogo cuidado y sutil donde el lector deberá hacer un esfuerzo para escuchar lo no dicho.
El virus (uno más inofensivo pero devastador: el virus del trabajo y las obligaciones contraídas) causó dos bajas entre los nueve autores que dimos vida a #QuedateEnCasa en 2020, y aunque sentimos dejar atrás el número nueve –tan místico y dantesco–, el siete con toda su magia simbólica nos mantuvo unidos en busca de dar sentido con la escritura al entorno pandémico, como las siete cuerdas de la lira de Apolo, bien tensadas para dar la nota justa. El siete, en efecto, nos acompañó en la selección de cuentos que integran la presente antología, que cerramos en setenta y cinco: el número de relatos que contienen estas páginas. Cada uno muy distinto al otro en tono y ritmo pero, como piezas de un mosaico, todos en conjunto nos muestran un maravilloso cuadro de vivencias, sentimientos, pesares y pensares de un mundo que cambia, que nos transforma.
Escribir salva, sana, libera y nos hace más humanos y cercanos. Seguimos escribiendo y este libro es el resultado de quienes amamos la palabra, su poder performativo, seductor. En la palabra encontramos esa luz que despeja tinieblas, ese fuego que purifica, ese calor que acaricia los cuerpos cansados. A través de la escritura hallamos nuestro reposo y nuestro hilo de Ariadna que nos fue acercando a la salida de un tiempo con forma de laberinto y de una pandemia que cerró algunas puertas pero abrió otras. Por encima o por debajo de las diferencias resulta ser una pandemia que fortaleció los vínculos con la vida.
Termina el año y estamos vacunados. Vacunados contra la desesperanza. Poco a poco vamos recobrando la “normalidad”, transitando los espacios habituales, pero el azote ha hecho que nada sea como antes. Muchos de los cuentos relatan situaciones hogareñas donde la palabra “casa” enmarca los hechos narrativos. Otros capturan momentos de viajes, mares, caminos… Algunos, los menos, se centran en las consecuencias y la fuerza del virus arrollador.
Agrupamos los cuentos en tres partes y así como en el libro anterior la división tuvo por criterio la temporalidad, aquí el orden lo da la dimensión espacial: Puertas cerradas, Pandemia y Puertas abiertas. Con todo el peso de la P, consonante oclusiva y sorda que nos controla aún los movimientos y nos increpa con su panza alta, recordándonos los kilos que aumentamos en este tiempo de ansiedad y desazón por el encierro. Pero el virus no fue tan malo. ¿Para qué ha servido? Para una lección humana universal: para que aprendamos a descubrir ese lazo tan fuerte del Amor que, como dice Dante en el último verso de su Comedia, “move il sole e l’altre stelle” y que, identificado en el Empíreo con el fuego, derrite el miedo.
Con la edición de este libro –que también incluye una playlist para leer con música– decimos “chau chau, adiós” a este 2021 que termina y lanzamos un nuevo grito, “¡Salí de casa!”, que esperamos se vuelva tan viral como el hashtag anterior. Tal como cantaba otro Virus: “No hace falta ser un ser superior”, basta con “poner el cuerpo y el bocho en acción”. ¡Vamos, #SalíDeCasa! §
PUERTAS ADENTRO
Vaciar la casa
Florencia Agrasar
Die Grafsteensangers / Die Trein na Pretoria
Es una tarea hercúlea, pero arremetemos. Vamos con Delia, finalmente a vaciar el departamento de la tía Titi, que quedó así desde el día en que murió, hace un año y medio. Bah, no así, porque la vecina le regó las plantas y le pagamos a una chica paraguaya que limpia la entrada del edificio y los lugares comunes para que una vez cada quince días dé una repasada. Pero así quedó, suspendido en el tiempo, con la energía de Titi atrapada adentro como un aura extraña y luminosa… porque Titi fue un caso serio.
Somos ocho los sobrinos, pero cuando finalmente se vendió el departamento y tuvimos que poner fecha para vaciarlo, todos –menos Delia y yo– se hicieron los sotas: que estoy complicado con trabajo, que justo hoy no puedo, que tengo el auto en el taller. No cuento a los dos que viven afuera, Jaime en Salta y Matías en Costa Rica. Ellos apenas participan de nuestro chat de trámites post funeral, un caos de intercambios y opiniones.
Al trasponer el umbral el olor mustio a encierro mezclado con talco y algo ácido me invade la nariz. La casa está como era entonces, abarrotada de cosas: estatuillas, cuadros, jarrones, jarroncitos, fotos de sus sobrinos, de sus viajes, más fotos, viejas, de la época de máquina de rollo, algunas enmarcadas, otras apoyadas por ahí. Mi tía fue soltera, vivió unos cincuenta años en este departamento y murió a los ochenta y cuatro. En sus viajes por el mundo coleccionó de todo, adornos truchos y berretas y algunas preciosidades conservables. Me gustan mucho unos platos de Limoges colgados de las paredes, con unas perdices pintadas, y unos Talaveras de la reina que eran de mi abuela. Todo me trae recuerdos y tengo un escalofrío que me sacude los hombros. Delia me mira, suspira –creo que nos entendemos, que las dos tenemos un memento mori–, abre las ventanas con energía, levanta las persianas y todo se inunda de la luz de la tarde. “¿Hago unos mates mientras embalamos?”, me dice enérgica, con un guiño. Un mechón rebelde se le escapa del rodete apresurado que se hizo con un lápiz. Su naturaleza es positiva, sé que me va a levantar el ánimo. Y así empezamos. Yo por la habitación, Delia por el comedor. Trajimos cajas enormes de cartón compradas para este fin, toneladas de diarios viejos y dos fibrones rotuladores. Ella embala los platos de porcelana del juego bueno, yo vacío el placard de su ropa. Después decidiremos qué hacemos con las cosas, pero sabemos que, de sus prendas, no guardaremos nada. La moda no era su fuerte, le importaba tres cominos. Titi era una correcaminos, una trotamundos. Buenos Aires era una excusa, su lugar donde armar los bolsos para catapultarse… a cualquier lado. Le habían quedado pocos puntos del país y del planeta sin conocer. Tal vez fue por eso que nunca formó pareja, nunca se casó. Estaba siempre en tránsito. Tenemos fotos de ella en Singapur, Londres, Jerusalén, Hawaii, Lima, Tierra del Fuego, Sudáfrica. Este último, su país preferido, donde vivió casi un año y al cual volvió por lo menos tres veces después. Viajar fue para ella una opción de vida.
Entre mate y mate, mientras vacío los cajones de la cómoda de los camisones, la ropa interior –todo a la bolsa de consorcio para la parroquia de la esquina–, recuerdo cuando se empezó a poner vieja y ya no pudo viajar. Cómo le costó quedarse quieta, clavada. Ahí empezó a bordar y a tejer para los sobrinos nietos y no paró más, hasta que le fallaron los dedos, la cabeza y todo. El último cajón de la cómoda está trabado, tiene cerradura. Estoy a punto de ir a preguntarle al portero por un cerrajero cuando se me ocurre palpar el mueble por dentro, el fondo, la base de los cajones. Pegadita con cinta aisladora, una llavecita en una esquina de la base del cajón de abajo. La pruebo y abre. El contenido emana algo secreto, privado. Me incomoda un poco ser testigo del descubrimiento sola. “Delia, vení a ver esto”. Delia entra con el termo debajo del brazo, la cara y las manos llenas de polvo, acalorada. “¿Qué es?”, me pregunta con el ceño fruncido. Nos arrodillamos en el suelo y empezamos cuidadosamente a revisar. Hay cartas y más cartas, fotos. Una Titi joven, espléndida con sus ojos verdes rasgados. Sonríe a la cámara con una plenitud serena y exultante a la vez. Tiene un bebé en los brazos, negro. Hermoso. En otra foto, es un niño de unos siete u ocho años, el pelo mota, la sonrisa ancha y blanquísima, con una pelota de fútbol. El fondo parece la sabana, la tierra colorada, los pastizales secos y altos. En otras fotos, más grande, un joven universitario. Tiene toga y birrete y un diploma en la mano. Atrás: “Peter, with love, from Pretoria”. Nos miramos, atónitas. Delia suspira y con un hilo de voz me dice: “Habrá que leer todo esto para entender un poco, ¿no?”. Yo asiento, muda, un poco perpleja y otro poco iluminada, maravillada por los intersticios y recovecos de la vida, por sus regalos inesperados. §
Maneras de interpretar
Graciela Cutuli
Typhoon / Rorschach
La primera vez que el psicólogo me puso delante el test de Rorschach, me acordé de ese cuadro de Kandinsky que Basilio había querido colgar en el living cuando nos mudamos al departamento de la avenida Alvear. El cuadro me parecía francamente horrible, pero no hubo modo de disuadirlo: “Vos lo querés poner sí o sí porque se llamaba Vassily”, lo provocaba yo, pero él se quedaba inmutable. Basilio era de familia griega, y aunque el nombre lo traicionaba no parecía que le corriera ni una gota de sangre mediterránea en las venas. Se quedaba mudo, desde esa altura de casi dos metros que me había impresionado cuando lo conocí, y seguía acomodando el cuadro hasta que quedara perfecto, sin desviarse ni un milímetro del rectángulo virtual que había trazado en la pared sin ayuda de ningún nivel. Como era tipo de muy pocas palabras, no me extrañaba que no se pusiera a explicarme el motivo de esa fijación. No se me ocurrió pensar que tal vez no quisiera. En todo caso, me parecía increíble que alguien tan ordenado, obsesivo hasta el infinito con que nunca nada estuviera fuera de lugar, pudiera querer colgar un cuadro tan ¿caótico? No sabría decir exactamente qué es lo que me incomodaba de esa sucesión de formas donde me parecía distinguir una montaña nevada, una bandera a cuadros como las de la Fórmula 1, un planeta, un ojo que me miraba fijo y quién sabe cuántas cosas más. Yo era la desordenada en la casa, pero el cuadro le gustaba a él, y me molestaba a mí.
Y no hubo nada que hacer. Ahí quedó, exactamente detrás de nuestras cabezas cuando nos sentábamos en el sillón del living para ver alguna película. Con el tiempo, es cierto, esos momentos fueron cada vez menos: ese sillón seguía juntándonos, porque estaba frente al único televisor, pero para el resto –desde trabajar a leer o, en el caso de Basilio, trabajar con sus algoritmos– íbamos eligiendo lugares apartados en la casa. Casi dejé de ver el cuadro, salvo que me obligara a prestarle atención para seguir tratando de entender por qué tenía que estar en ese lugar. Sin embargo, cada vez que se ladeaba un poco, Basilio volvía a tomar distancia, a medir con la mirada los milímetros de desvío sobre la pared impoluta y a reparar ese mínimo extravío con su precisión habitual. Dejé de preguntarle por qué le interesaba tanto, sencillamente dejó de interesarme a mí.
Pero cuando el doctor Katz trajo la carpeta donde guardaba las láminas de Rorschach, no pude evitar acordarme. Se lo dije, pero no le dio mucha importancia. Hasta ese momento, a decir verdad, parecía no haberle dado importancia a nada de lo que le había contado. Y me pidió, mientras tomaba nota, que le dijera qué interpretaba en cada una de las imágenes. Para mis adentros, no pude resistir la tentación de pensar que era un disparate: ¿qué podría saberse de mí por mirar esas figuritas, que se parecían a las que hacía de chica desparramando témpera en una hoja para después doblarla por el medio? Así que decidí hacer un poco de trampa, y apenas se me ocurría algo en cada imagen, le decía al doctor Katz algo completamente alejado de lo que estaba viendo.
En el primero vi una máscara de zorro para el Carnaval de Venecia. Le dije una ronda infantil en mi cumpleaños de cuatro años.
En el segundo, dos elefantes de pie, enfrentados, que se saludaban con la trompa. Le dije un cofre de joyas deslumbrantes, pero tan pequeño que cabía en la palma de la mano.
En el tercero, dos personas una frente a otra, semirreclinadas, con una canastita en la mano. Le dije un reloj de arena.
En el cuarto, la cabeza de mi perro labrador negro, vista de atrás. Le dije la hoja de arce de la bandera canadiense teñida de hollín.
En el quinto, un murciélago. Le dije una nube de tormenta.
En el sexto, un hombre delgadísimo que brota de un pozo profundo y estrecho en la tierra. Le dije un cable USB desprendido de la laptop.
En el séptimo, un agujero blanco. Le dije el estallido de un flash de poca potencia.
En el octavo, un cráneo a través de una radiografía. Le dije un hueco existencial.
En el noveno, dos seres fantásticos, entre dragones e hipocampos. Le dije dos vaquitas de San Antonio refugiadas bajo una hoja.
En el décimo, un perrito blanco que avanzaba de frente, con la Torre Eiffel detrás. Le dije un libro abierto sobre un libro cerrado.
En cuanto al doctor Katz, no dijo nada. Cuando terminé mi retahíla de interpretaciones, cerró la carpeta, miró el reloj, me dijo que se había terminado el tiempo y que me esperaba la semana siguiente a la misma hora.
Apenas volví a casa fue lo primero que vi. Basilio no estaba. Pero el cuadro de Kandinsky sí, y no estaba derecho. La inclinación era lo suficientemente notable como para que yo me diera cuenta. Me pareció extraño: para que llegara a estar así sin duda habían pasado semanas con el cuadro torciéndose de a poco. Que no lo hubiera notado yo era lo más natural, que no lo hubiera notado Basilio era curioso.
Sin embargo, las curiosidades del día recién habían empezado.
Cuando volvió, Basilio miró el cuadro –era casi imposible no verlo, campante, enorme en el medio del living– y lo ignoró. Es decir, ignoró el desvío sobre la pared. No hizo su procedimiento habitual: no tomó distancia, no lo midió con la mirada y mucho menos lo acomodó para dejarlo impecablemente recto.
Y no lo hizo durante todo el resto de la semana.
El jueves siguiente, como estaba agendado, volví a ver al doctor Katz. No sabía si comentarle esa rareza de Basilio, pero al final no dije nada. Quería saber qué me iba a decir de las figuras del test. Y lo que me dijo fue así: “Usted sabe, o seguramente no, pero son muchos los pacientes que reaccionan de la misma manera. Es decir que interpretan la situación solo en un primer nivel, no sé si me explico. Creen que, a partir de la figura que usted ve, uno va a sacar una serie de conclusiones más o menos evidentes, que basta con un poco de imaginación y un discurso bien armado para devolverle, ¿cómo le puedo decir?, obviedades. ¿Usted realmente cree que yo no sé lo que vio? Se lo voy a decir, y no hace falta que me responda. Lo que usted vio, de la primera a la décima figura, es una máscara de zorro para el Carnaval de Venecia; dos elefantes de pie, enfrentados, que se saludaban con la trompa; dos personas una frente a otra, semirreclinadas, con una canastita en la mano; la cabeza de su perro labrador negro, vista de atrás; un murciélago; un hombre delgadísimo que brota de un pozo profundo y estrecho en la tierra; un agujero blanco; un cráneo a través de una radiografía; dos seres fantásticos, entre dragones e hipocampos; un perrito blanco que avanza de frente, con la Torre Eiffel detrás. Ahora, por favor, vuelva a su casa, siéntese en el sillón del living y piense si esta trampa de la interpretación no le ocurre también en otros ámbitos, con otras personas. La semana que viene la espero, a la misma hora”.
Y volví a casa, con la mente en blanco, salvo porque se me iban apareciendo, como rápidas pero fugaces impresiones en pantalla, fragmentos del cuadro de Kandinsky. La bandera a cuadros, la montaña nevada, el ojo, el planeta... y aunque me esforzara hasta hacer estallar la cabeza, no podía reconstruir la figura completa.
El viaje en subte se me hizo eterno. Necesitaba entrar en casa, mirar el cuadro y verlo entero, armado y derecho. Cuando llegué tuve que esperar que alguien cerrara la puerta del ascensor en el noveno piso, donde vivíamos con Basilio, y aunque había tardado lo que me pareció una eternidad no le presté atención a la mujer que salió y me dejó paso al llegar a la planta baja. Subí con impaciencia, ya con la llave en la mano, pero no necesité ponerla en la puerta: estaba entreabierta.
Y adentro, en el living, estaba Basilio, con el cuadro de Kandinsky descolgado, apoyado en el suelo y convertido en un rompecabezas de fragmentos sueltos. Había recortado cuidadosamente con una trincheta cada una de las figuras y había reconstruido el mensaje del cuadro, como si yo fuera una niña a la que solo se le puede hablar con pictogramas. La última figura era la bandera a cuadros: había llegado a la meta. “Traté de explicarte muchas veces –dijo–, todas las veces que acomodé el cuadro para que estuviera recto sobre la pared. No me importaba que estuviera derecho o no, pensé que ibas a entender el significado. No el cuadro, nosotros. No la pared, el hogar. Pero ya no puedo seguir enderezando lo que no podés interpretar. Te lo dejo, por si querés reconstruirlo, aunque ya no sea para mí”.
Y levantando despacio sus valijas del suelo, dio unos pasos y cerró la puerta con cuidado detrás de sí. §
Atracción fatal
Rita Corigliano
Mitsuyo / Fatal Attraction
Las ganas de matar al perro llegaron con él, desde que lo vio por primera vez el día que Martín traspasó la puerta de entrada del departamento trayéndolo en brazos como si fuera el bebé que no podían tener. Percibió el deseo asesino primero en sus manos, en los dedos tensos, en los puños entrecerrados y después en la sangre que le martilleaba las sienes, en esa sensación de placer similar a la previa al orgasmo y en la imagen mental de su marido llorando junto al cadáver del animal. Fueron unos pocos segundos de sentir todo eso junto pero el impacto general fue tan intenso que la dejó exhausta como cuando terminaba de tener sexo.
“Los hijos y las mascotas no se compran”, repetía ella siempre pero a él no le importó: desde chico deseaba un pomerania y después de muchas averiguaciones y consultas logró dar con un criadero que los vendía en Zona Sur. Había tardado unos meses en adquirirlo porque el precio rondaba los mil dólares. A Tatiana no solo le pareció un disparate pagar eso por un perro sino además una decisión desacertada la raza, cuyo único beneficio visible era el tamaño. Propuso reciclar la cocina que le estaba quedando chica y poco funcional ahora que su emprendimiento culinario empezaba a sumar clientes. Él se mantuvo inflexible y la única reforma que hizo fue una protección de balcón para evitar que mientras fuera cachorro el perro cayera al vacío.
Ni bien Martín dejó al animal en el parquet, ella observó detenidamente a Musky, nombre tan horrendo como el perro y que le recordaba a los masticables Misky, asquerosos caramelos infaltables en la típica bolsita de souvenir de los cumpleaños infantiles. El pequeño intruso olisqueó cada rincón del living, con los ojitos saltones entre el pelaje abundante, emitiendo ladridos histéricos y agudos. Ella le advirtió a su marido que jamás dejaría que bañara al perro en la casa, ni siquiera en la pileta del lavadero porque taparía la cañería con sus pelos y le aclaró que no se ocuparía de nada “pero de nada, ¿entendés?” relacionado con su mascota. Y enfatizó ese “su” para que quedara bien claro que entre ella y esa cosa no existía ni existiría otro sentimiento más que el persistente deseo de matarlo.
Cuanto más se acrecentaba la simbiosis entre Musky y su amo, mayor era el desprecio de Tatiana hacia el nuevo habitante. “Si hubiera puesto tanto empeño en buscar un hijo como en conseguir el perro, la historia habría sido otra”, pensaba. Detestaba a Martín cuando se refería a sí mismo como el padre del animal o lo llamaba “mi bebé”, se retorcía de rabia por dentro cada vez que él lo incluía en las salidas que antes eran solo de ellos dos, lo odió cuando le enseñó a saltar a la cama y a partir de allí esa horrible cosa peluda amaneció cada día a los pies del marido –en el mejor de los casos– o entre los brazos de él –en el peor. Por eso planeó su desaparición meticulosamente. Con precisión. Con placer. Con fruición. Con pasión contenida. Lo hizo a escondidas, en las horas en las que Martín no estaba o dormía o se estaba duchando. Lo pensó mientras hacían el amor y descubrió que las opciones más originales se le ocurrían en el instante mismo en que tenía el primer orgasmo, y el segundo llegaba como consecuencia de haber imaginado el crimen. Cuanto más persistía en montar escenas imaginarias de la muerte del perro, más crecía su excitación, hasta el punto que Martín llegó a preguntarle si estaba bien, porque la notaba un poco ansiosa y con una avidez sexual que le desconocía.
Investigó. Se preparó. Ensayó alternativas buscando las más inocuas… para ella. Y se decidió por lo que mejor sabía hacer que era cocinar. Se aseguró de elegir los ingredientes adecuados, las especias más perfumadas, la guarnición más apetecible. Esperó con morbosa paciencia para montar la escena de una comida especial con la que agasajar a su marido por el día del mecánico dental. Calculó el tiempo que necesitaba hasta la llegada de Martín. Escribió una lista de acciones con horarios incluidos para cronometrar cada movimiento.
El trámite duró lo establecido en el papel: poco. Lo peor fue atrapar a la aborrecible bola de pelos que parecía presentir su inmediato y nefasto final. Cuando logró hacerlo, tuvo que vencer el asco y la repugnancia para sostener fuertemente el cuello entre sus manos. Los ojos desorbitados de la cosa que abría la boca como para masticar el aire y agitaba las patas en un último intento de desesperación por sobrevivir le hacían hervir la sangre de placer. Los esfuerzos del perro por desprenderse de esas garras fueron breves e infructuosos y después de que tosió por última vez, Tatiana lo llevó a la mesada del lavadero y lo extendió allí. Se puso los guantes de goma y después de desollarlo tal como había aprendido a hacerlo con una liebre en el curso de cocina, siguió paso a paso su receta maestra. Cuando Martín llegó, el departamento estaba inundado de un delicioso aroma a curry y especias orientales y una bandeja con presas doradas humeaba sobre la mesa.§
La separación de bienes
Mabel Fuzzi
Solo Tres / Tener bolitas
Cuando Pepe y Moni se separaron largas fueron sus discusiones, que, al contrario de lo que se puede imaginar, no giraron en torno a las pertenencias más suculentas, como las propiedades y los vehículos, que en eso pudieron llegar a un acuerdo rápidamente, a pesar incluso de los escollos que significaron algunos bienes en los que era difícil distinguir el aporte de cada quien para conseguirlos: en todos esos casos sorprendentemente renunciaban con soltura, una vez uno, otra vez el otro, y pronto arreglaban.
Mayor dificultad, en cambio, les trajo la biblioteca. Habían estudiado carreras distintas, pero a lo largo de tantos años vividos juntos la pareja se había ido asemejando y compartían sus gustos tanto en las lecturas literarias como en las científicas y ensayísticas, de manera que dividir el tesoro que habían acumulado en esos estantes les costó tremendas disputas y arduas negociaciones: un Curtis por tres novelas latinoamericanas, una edición crítica del Quijote por dos libros de Skliar, tres libros de mediación por los cuentos completos de Poe en traducción de Cortázar, la Transecta botánica de la Patagonia por el Registro del habla de los argentinos, los trece tomos de la Suma teológica de la BAC por una edición antigua bilingüe ilustrada del Kamasutra, el Corominas de siete tomos por dos Mafaldas autografiadas, y así.
Terminado el reparto agotador de la biblioteca, les restaba lo peor: repartirse las chucherías con que habían llenado la casa como si fuera un bazar. Cientos de piezas, cada una atesoraba un recuerdo distinto o había presenciado una circunstancia especial. Dividirse ese cúmulo de testimonios de lo compartido fue lo más doloroso; era terminar de desprenderse de los momentos agradables que habían vivido juntos. Y ambos querían conservar esos pequeños fragmentos entrañables de su historia, lo único bueno que les quedaba.
Las damajuanas del abuelo de él, los sifones que ella coleccionaba, los envases especiales de cervezas de todo el mundo de la época en que se compraba lo importado al precio de lo nacional, las plumas de pavo real, las estatuillas de madera adquiridas en distintos viajes, la colección de estampillas que habían compartido en la adolescencia, y la de caracoles, de la misma época, que un biólogo les había ayudado a clasificar; las mantas y los cuchillos artesanales, la vajilla heredada, la plancha de la abuela de ella, la tabla de picar del abuelo de él, carpintero; las miniaturas Swarovski que él le había regalado, las cartas de amor que ella había elaborado con flores secas y otras artesanías; los CD, los cuadros… Una lista de menudencias interminable, infinita, y en cada ítem una pelea de la que nadie salía contento. Los argumentos con que cada uno defendía su derecho a la posesión de algo generaban en el otro una contraargumentación letal que hacía redoblar la apuesta… Y no se terminaba nunca.
La disputa más inesperada, la más incomprensible para todos los que los conocían, fue por las bolitas de Pepe, una colección que él atesoraba fervientemente desde chico y que Moni siempre le había admirado secretamente y desde lejos, porque en aquellos tiempos, nunca a una nena se le hubiera ocurrido ponerse a jugar con bolitas de vidrio, y si lo deseaba se guardaba muy bien de comentar ese gusto estrafalario, no fuera que pensaran que era “varonera”. Así y todo, aún de adulta, Mónica efectivamente se sentía atraída por esas bolitas. Pepe, que valoraba mucho su propio tesoro, advertía la admiración que despertaba en su amiga, y como era generoso cuando Moni iba a su casa, después de que jugaban casi en secreto como él le había enseñado, la dejaba que se quedara contemplando las piezas una por una durante largo rato. Ella las miraba al trasluz, les contaba las burbujas de aire, se fascinaba con la S de colores que tenían en el interior, nunca igual, siempre distinta, le encantaban las marmoladas y las tornasoladas, más difíciles de conseguir porque había que ir hasta el centro para comprarlas, y otras menos comunes aún, como las muy oscuras, que parecían de obsidiana, o las lechosas y blancas con alguna mancha de color sutil y deshilachada como los cirros. Pepito no entendía qué le pasaba porque perdía a su amiga en esos momentos y no lograba engancharla con ninguna actividad por un buen rato. Cuando en la adolescencia se pusieron de novios, aunque no jugaran, Mónica siempre bajaba las bolitas de la repisa y repetía el ritual ante la impaciencia de Pepe, más interesado en contemplar y explorar otras redondeces, no las del vidrio.
Hasta tal punto llegó la fascinación de Mónica que cuando se casaron fue ella y no Pepe quien se aseguró de que los frascos de bolitas quedaran en la casa que empezarían a compartir. El gesto a él lo sorprendió, le pareció de un fanatismo exagerado y hasta le provocó cierto enojo, siempre había sentido que quedaba afuera de un encantamiento inentendible para él y que ella no le compartía.
Moni destinó a las bolitas un lugar de privilegio en un estante de la propia habitación. Pero al tiempo eso no le fue suficiente, las quería más cerca, y logró que Pepe –aunque refunfuñando y preguntándole ¡para qué! si ya tenían chucherías en el rincón del escritorio junto a la ventana en el mismo cuarto– le pusiera un estante de su lado, cercano a la cabecera, casi sobre la mesita de luz.
Poco después algo especial le ocurrió a Moni: por primera vez en su vida comenzó a experimentar sueños eróticos. Fue la época en que Pepe empezó a viajar por trabajo, aunque ella no pensó que los sueños se relacionaran con la ausencia de su marido; de hecho casi no lo extrañaba, porque durante el día se mantenía ocupada con su trabajo y luego todas las noches dedicaba un rato a poner orden a la colección de bolitas, que se merecía una puesta en valor.
El primer sueño tuvo lugar una noche en que se había quedado hasta tarde clasificando las piezas; se había sentado en la cama de dos plazas, con la espada apoyada en la cabecera, y entre las piernas rectas abiertas en V había volcado algunos frascos y se había puesto a pensar los criterios para agrupar –esmalte y color exterior, formas interiores, tornasol, etc; en un momento se quedó dormida con la cabeza hacia atrás y la despertó horas después un cosquilleo estremecedor y placentero en el final de la espalda. Al instante recordó el sueño, y sonrió anchamente; bajó todo el material de vidrio a la alfombra y siguió durmiendo; asunto terminado, aunque por lo placentero no le pasó desapercibido, desde luego.
El siguiente sueño fue unas semanas después. Al acostarse había bajado del estante de la colección ya ordenada el frasco de bolitas de tornasol anaranjado, eran hermosas, realmente, y se durmió contemplándolas. En plena madrugada la despertó un estremecimiento delicioso en la nuca y el cuello. Al instante recordó: había soñado que la besaban con arrobamiento y dedicación en varios recovecos, aaah volvió a estremecerse al recordar. Y sonriente, sacudiendo la cabeza, como negándose a creer lo que había sentido, giró en la cama para seguir durmiendo.
La tercera vez se había dormido sosteniendo una de vidrio azul muy oscuro pero translúcido, que parecía un zafiro, y otra negra como de obsidiana… eran de una belleza indescriptible. No entendía cómo Pepe no seguía maravillado como en la infancia con ese tesoro. Cuando despertó en un espasmo de placer llegó a escuchar el final de su propio gemido, estaba transpirada y el estremecimiento le duró unos segundos mientras aparecían imágenes del sueño –una sonrisa agradable y blanquísima, una nariz rozando con su respiración un cuello, una mano firme en la nuca, unos dedos morenos jugueteando en su pezón rosado, una espalda varonil oscura y musculosa, y más lejos unas piernas blancas de mujer abrazadas a la cadera del hombre. ¡¿Qué le pasaba?! La sorpresa no le impidió admitir que había sido un sueño feliz… Mónica, todavía acalorada, se abanicó con las sábanas, apagó la luz que había encontrado encendida, y sonriendo, todavía sin creerlo, se abandonó al sueño invitada por la flojera que sentía en las piernas.
Al despertar aquella mañana ató cabos, descubrió las coincidencias de los tres sueños con la cercanía de las bolitas de Pepe. Y por unas noches, decidió comprobar sus sospechas. El experimento, al que se dedicó con ahínco, resultó un éxito. En todo sentido. Porque hasta el humor le cambió a Moni y se le hicieron más llevaderas las ausencias de Pepe, y disminuyeron la intensidad y la frecuencia de sus reclamos. Extrañado por el cambio, en alguna ocasión Pepe le preguntó a su mujer a qué se debía y Moni salió del paso con algo inventado: había decidido que se guardaría bien su secreto. Y lo había logrado.
¡Pero ahora habían llegado a este punto! ¿Con qué argumento defendería la posesión de las bolitas? ¡Si eran de él!...
Tuvo que ofrecer bastante para salirse con la suya: unas cuantas joyas de oro heredadas de las abuelas, una oferta que Pepe no entendió pero finalmente aceptó gustoso.
A veces se paga cara la voluntad de soñar.§
La puerta se cierra
Pierre Dumas
Gustavo Cerati / Déjà-vu
Miró una vez más a su alrededor para tratar de ubicarse y fijar algunas referencias. Era irritante esa propensión que tenían los espacios a cambiar de tamaño y de volúmenes. Se comportaban como niños traviesos que hacían bromas de mal gusto y salían corriendo para que no los retaran. Estaba en medio de una pieza o de una habitación que podría haber sido también una casa entera, porque tenía esos recovecos que se alejaban, se acercaban, se agrandaban o se achicaban a medida que él fijaba la mirada sobre algún objeto en especial o la relajaba para tratar de poner orden en su mente. Ese movimiento perpetuo hacía difícil concentrarse en algo en particular. Los ojos y el espíritu saltaban de una cosa a otra sin lógica y sobre todo sin descanso. Aturdía, porque todas las paredes estaban tapizadas de cuadros, de imágenes, de mapas y al mismo tiempo estaban llenas de estantes y de vidrieras. Había además mesas por todos lados y el único lugar donde uno podía quedarse parado era en el centro. Apenas si podía girar sobre sí mismo para seguir investigando con la mirada, tratando de encontrar una razón a esa acumulación impresionante. Se dio cuenta desde el principio de que era una tarea ardua, porque los espacios eran tan fluidos que los objetos, al parecer distantes a primera vista, se pegaban uno al otro un segundo más tarde. La cantidad de cosas acumuladas, además, era tal que resultaba imposible aferrarse a algo que pudiera tomar como punto de partida. Parecía imposible siquiera poder captar la idea general de ese amontonamiento. Si bien había algunas colecciones o algunos esbozos de armonía en ciertos rincones, no era el caso del espacio en su generalidad. Aunque era sumamente agotador tener que soportar una visión semejante en perpetuo movimiento, era intrigante a la vez, porque emanaba una impresión de déjà-vu permanente. Tanto los paisajes en las fotos como las caras en los retratos o los bibelots sobre los estantes tenían algo de familiaridad, de cercanía y hasta de intimidad. Aquel señor bigotudo en una foto en blanco y negro, sobre la pared que acababa de alejarse a toda velocidad para hundirse en lo más profundo de uno de los recovecos ¿no se parecía al tío Zacarías? Aquella llama tallada en un bloque de sal, sobre un estante que venía acercándose de costado, ¿no era idéntica a la que sus padres le trajeron alguna vez, cuando era niño, de un viaje a Jujuy? Imposible fijar la mirada porque todo iba y venía como en medio de un baile frenético, al igual que cuando uno quiere clavar la vista sobre una persona entre miles de parejas que bailan un vals vienés en una sala diminuta. Ni él ni nadie podría haber dicho cuánto tiempo se quedó en medio de esa pieza. Toda una vida. O un solo segundo. El movimiento perpetuo de esos espacios parecía haber aniquilado el tiempo, o por lo menos lo reemplazaba. Se sucedieron así rostros, escenas y paisajes u objetos. Seguramente estaba parado desde hacía mucho tiempo pero no sentía cansancio en las piernas, aunque no soportaba más la irritación en los ojos y se sentía algo mareado. Sin embargo, tanta paciencia fue recompensada porque poco a poco empezó a entender que el único orden de la muestra y la única lógica de las idas y venidas de las paredes eran sus propios recuerdos. Descubrirlo fue como una revelación fulgurante. De repente se sintió más afianzado, más robusto sobre sus piernas y ya no necesitó aferrarse a una especie de baranda que tenía al costado. Pero fue cuando también se dio cuenta de que no había casi ruidos en esa pieza. Solo escuchaba algunos murmullos que se iban atenuando poco a poco, como la oscuridad se refugia en los rincones más alejados cuando uno prende una luz. Pensando en la luz... se dio cuenta de que la pieza iba quedando ahora en las penumbras. Ya no distinguía los estantes más lejanos. Justo cuando lo había entendido todo y podría haber aprovechado el encadenamiento de los movimientos de esa… muestra, por decirlo así. Al final, solo pudo discernir lo que pasaba muy cerca de sus ojos. Fue entonces cuando decidió que era tiempo de abandonar la pieza y de empujar la puerta. La única puerta que había, en realidad. Era tiempo de salir afuera y respirar un poco luego de tanto encierro. El silencio ya era total y la negrura tan espesa como una cortina de teatro caída sobre el escenario al final de una representación. Lo único que se podía discernir en ese momento era el marco de la puerta, alrededor del cual se filtraba un rayo de luz blanca que dibujaba a la perfección el rectángulo de su forma. No era de noche, por lo visto. Era la pieza, o esa casa, las que se habían quedado en la oscuridad. Pero afuera era pleno día. Empujó la manija con mucha energía y mucha alegría, abriendo la puerta de golpe. La luz era tan blanca, tan intensa, que se cegó de inmediato. Tardó varios minutos en adaptar sus ojos a tal claridad y pudo darse cuenta de que se encontraba frente a un largo túnel de piso y paredes brillantes e inmaculadas. Desde alguna parte filtraba una música ligera y atrapante. Pensó en estos éxitos de verano de antes y le pareció adivinar playas, olas y velas que pasaban fugazmente por encima de la blancura de aquel singular lugar. Decidió emprender la marcha. No sabía cuán larga iba a ser, pero eso lo llenaba de felicidad. Entonces cerró con mucha delicadeza la puerta, le dio la espalda y se lanzó a la aventura. §
Presepe vivente (25/11/2020)
Graciela Cutuli
Edoardo Bennato & Gianna Nannini / Un’estate italiana
Michele dio la última pincelada con satisfacción y un suspiro largo. Con un poco de pena también, para qué negarlo: a pesar de los años de oficio, cada criatura salida de sus manos tenía algo de vida propia y le costaba desprenderse del todo de ellas. Había hecho la primera sesenta años atrás, con ocho recién cumplidos, cuando su padre lo sentó en el banco alto del taller para que pudiera llegar a la mesa y le dio un trozo de arcilla roja.
Con dedos torpes, siguiendo las indicaciones severas pero precisas de don Gennaro, Michele había dado forma a un pastor de nariz pronunciada y entrecejo arrugado, con la cabeza cubierta por una capucha para protegerse del frío. Ese primer pastor duró un suspiro: don Gennaro tardó un instante en volverlo nuevamente barro, para mostrarle después –una y otra vez– los secretos del modelado de cada una de las partes de la figura.
El aprendizaje había durado una semana intensa, pero al cabo de los siete días Michele ya sabía marcar la curvatura de las rodillas de San José, insinuar los pliegues del manto de María, hacer asomar los ojos mansos de los bueyes y sacar a relucir el oro, el incienso y la mirra que llevaban entre los dedos los tres Reyes Magos. Y aunque el séptimo día Dios descansó, Gennaro y Michele siguieron adelante; la Navidad se estaba acercando y ese año muchas familias de Nápoles estaban reponiendo los pesebres que había roto con su sacudón violento el terremoto del año anterior.
***
Hacía más de treinta años que había muerto don Gennaro: más de treinta años desde el domingo 10 de mayo de 1987, cuando el Napoli le ganó a la Fiorentina en el estadio San Paolo y el equipo más relegado de Italia consiguió el scudetto y se coronó campeón. El grito del gol se había escuchado como una onda expansiva que abrazó desde el pie del Vesubio hasta Sorrento, en el otro extremo del golfo, pero don Gennaro no tuvo tiempo de disfrutarlo mucho: la alegría, seguramente sumada al plato sobreabundante de fagioli e cozze del mediodía, le había hecho explotar el corazón, literalmente.
Michele pasó del festejo al duelo, pero se consoló pensando que a su padre al menos se le había cumplido un sueño. Y desde entonces, uno de los pastores que modelaba y horneaba para los pesebres de los turistas –los argentinos sobre todo eran cada vez más frecuentes en Nápoles– tenía el rostro adusto pero secretamente cariñoso de don Gennaro.
***
En todo eso pensaba Michele cuando dio la última pincelada. La figura era nueva, pero no del todo: con la camiseta azul donde relucía la marca de Buitoni, los pantalones cortos blancos, los brazos en jarra y un amontonamiento de rulos negros en la cabeza, hasta el más inexperto habría podido reconocer la silueta de Diego Maradona. El Diego del Napoli, el causante de la alegría letal de don Gennaro y una de las figuritas del pesebre napolitano de Michele más pedidas todos los años: no había alma futbolera, por muy atea que fuera, que se le pudiera resistir. Solo que esta vez brotaban de la espalda de Diego dos alas de ángel, para que el Pibe de Oro –que a estas horas estaría tocando las puertas de San Pedro– pudiera volar hasta instalarse en el panteón pagano de todo napolitano de buena memoria. Pecho y cambio de palo contra la Fiorentina, en 1985; el zapatazo desde lejos al Verona, en 1986; de tiro libre al Inter, en 1988: Michele se los conocía todos y se preguntó si, una vez que Diego se ubicara en el cortejo del Niño Jesús, entre los pastores y los bueyes, entre los camellos y los corderos, el pequeño recién nacido querría conversar con la Mano de Dios sobre sus posibilidades futuras en las divisiones inferiores del Nazaret.
Michele no estaba muy seguro sobre lo que podrían decirse: al fin y al cabo, dos mil años de diferencia son muchos, incluso para dos maestros muy sobresalientes en lo suyo, esos que basta nombrar para cruzar cualquier frontera. Pero sí estaba seguro –pensó mientras acomodaba la figura a la sombra de los Reyes Magos en la vidriera del taller– de que Jesús no dejaría de hacerle a Diego la pregunta que Michele más recordaba del grueso libro guardado en un cajón, a sus espaldas: ¿De qué le aprovechará al hombre si gana el mundo entero y sufre la pérdida de su alma? §
Nostalgia
Florencia Agrasar
Francine Chantereau / Meunier tu dors
Las sierras se ven diáfanas, hermosas con la luz de la tarde. Niní demora unos momentos más, sentada en el asiento del acompañante del Peugeot que le prestara su hermano para el viaje a Pigüé. Ha frenado al costado de la ruta un momento para capturar la escena. Quiere dejar listo el bosquejo, tal vez encontrar el color justo con su colección de lápices, los verdes, sepias y ocres, para continuar después, en un momento de tranquilidad. Siempre le gustó dibujar así, partiendo de la experiencia, de un catalizador que puede ser un paisaje o un rostro; bosquejar algo para anclar la imagen, el recuerdo, y luego seguir trabajando en un momento de sosiego. “Ahí es donde entra el arte”, le decía siempre su profesor de dibujo cuando era adolescente; “es como la definición de poesía de Wordsworth, ‘el desborde espontáneo de sentimientos poderosos: nace de la emoción recordada en tranquilidad’”. Niní no cree estar muy convencida de la primera parte de la definición porque rara vez experimenta sentimientos poderosos, pero sí está segura de necesitar el momento recoleto, callado, para plasmar lo vivido. Para que surjan la poesía, el arte.
El viaje había nacido de una necesidad. Se vendía finalmente la casa de grand-maman en el campo, Santa Martha. Hacía años que estaba en venta y no la había pisado desde la adolescencia; cuando Niní tenía quince años sus abuelos se habían mudado a Buenos Aires por temas de salud y la casa fue quedando como una especie de reliquia familiar. Uno de sus primos solterones vivió y vive allí como custodio, ocupando solamente una parte, cerrando cuartos y sectores para alivianar el mantenimiento. Ahora él con sus hermanos, los Vincent de Pigüé, quieren repartir algunas cosas y todos los herederos tienen que firmar los papeles pertinentes, motivo más que suficiente para hacer un paseo hacia el pasado.
Mientras maneja en silencio por la ruta, los vidrios bajos, dejando entrar la brisa y el olor a tierra y a pasto, Niní recuerda con nostalgia los veranos en el campo. No puede evitar sentir un poco de culpa de no haberse aferrado a las muchas tradiciones familiares que se celebraban en Santa Martha. Sus primas mayores, en cambio, habían aprendido a cocinar los platos franceses que hacía la abuela los domingos; las recuerda, codo a codo, en la enorme cocina de la casona, parloteando mientras derretían toneladas de manteca para la repostería, adobaban guisos de pollo con hierbas de la huerta y revolvían enormes cacerolas humeantes que inundaban la casa con sus aromas a salvia, laurel y tomillo. Véronique, la mayor, había estudiado el profesorado de francés en el Lenguas Vivas y había ejercido hasta su jubilación. Niní, en cambio, la más pequeña de los doce nietos, se recuerda más como una espectadora que como una protagonista de todo ese mundo tan rico que habían creado sus abuelos. Su conocimiento de la lengua madre se reduce hoy a algunos vocablos, algunas expresiones, eso es todo. Si bien tiene vívido en la memoria el sabor de ciertos platos de la infancia, no le gusta cocinar; su vida urbana y su soltería empedernida la han llevado a ser más amiga del delivery y de la comida sencilla que de las complejidades de la cuisine elaborada de sus ancestros.
Piensa en las vidas de los que ya no están: grand-maman, o más bien la mémé, como le decían los nietos, esa aveyronesa ambiciosa, inmigrante de un pueblito diminuto, que había conocido a grand-papa en Pigüé. Él había sido uno de los colonos traídos a la zona por M. Rocher, un importante terrateniente local que necesitaba trabajar sus tierras, y qué mejor que buscar manos hacendosas en la querida Francia para hacerlo. Ella había venido con su hermano mayor, a probar suerte, escapando de quién sabe qué penurias. Se casaron al poco tiempo de conocerse y rápidamente prosperaron gracias a la tenacidad y visión de la abuela, que en su Saint-Geniez natal había trabajado de niñera en el castillo del marqués y allí había descubierto un mundo; había aprendido mucho sobre la buena vida, la belleza y el buen gusto. Por eso la “casa de grand-maman” (así le dicen, como si pobre grand-papa no hubiera tenido injerencia alguna en su existencia) es algo grandiosa, con ciertas veleidades: un petit château en el medio del campo, con una pequeña torrecilla coronada por balaustradas desde la que se ven las sierras y la lontananza.
Niní recuerda poco a poco, kilómetro a kilómetro, los rituales de la casa: el foie gras que se preparaba todos los años para las fiestas, los gansos clavados al suelo y embuchados con cognac y maíz para que el hígado estuviera tierno y sabroso. La huerta y la quinta habían sido también memorables; la abuela había conseguido traer de su pueblo de origen plantas de ruibarbo, y hacía las famosas compotas y confitures, conocidas en la zona por lo raras. A Niní jamás le había fascinado el ruibarbo, le sentía olor a pasto recién cortado y un gusto vegetal poco atractivo, pero se cuidaba de decir esto entre sus primos Vincent porque era pecado. Un Vincent no podía dejar de disfrutar del foie gras, de la tarta de ruibarbo y de las pastillas de regaliz, golosina que la mémé se hacía traer de Francia cada vez que viajaba algún conocido; esas pequeñas cosas constituían la marca registrada de la familia. También le vienen a la memoria las canciones que cantaba su abuela y que ella, su hermano y todos los primos repetían, sin tener la más mínima idea del significado de las palabras, en un francés que era más un patois que otra cosa: “Meunier, tu dors, ton moulin va trop vite, meunier, tu dors, ton moulin va trop fort”. Tiene el recuerdo vívido de cantar la canción con la mémé, moviendo las manos, imitando el girar de las aspas de un molino.
Faltan pocos kilómetros. No recuerda el camino pero obedece las indicaciones de su primo Lito que sigue viviendo en Santa Martha, hasta que la entreguen. Reconoce la tranquera de entrada al campo, se baja a abrirla. Le sorprende cómo el cuerpo responde a los movimientos de la niñez, empujándola con la cadera, levantándola un poco al mismo tiempo para que no arrastre. El camino de tierra hacia la casona suelta polvo y Niní sube los vidrios. A lo lejos, ve la torre y las copas desprolijas de las palmeras, centenarias. Ya más cerca, le parece ver, como un recuerdo borroso, la silueta de grand-papa en la quinta, zapa en mano, limpiando de yuyos alrededor de los perales y ciruelos. Y en el frente de la casa, la mémé con su tijera de podar, sacando las ramas secas de las lilas y las rosas. Le viene una enorme nostalgia de esos tiempos laboriosos, llenos de futuro, donde la vida era pura promesa y sus abuelos, como tantos inmigrantes, soñaban una tierra próspera para las generaciones venideras.
Lito la espera en la puerta. Hace mucho que no se ven y se abrazan con afecto. Es un campesino callado, algo rústico, con la cara de los Vincent, los ojos chiquitos celestes y la nariz puntuda. Mientras caminan hacia la casa, que se ve vieja, descuidada y mucho más pequeña de lo que Niní recordaba, le cuenta las novedades. De pronto se le ilumina la cara a Lito.
—¿Sabés, Niní, lo que encontré ayer, revolviendo el baúl que guardaba la mémé en el altillo?
Niní no sabe, ni se imagina qué podría ser. Lito la deja en ascuas y la hace pasar a la sala, de techos altos y piso de baldosas calcáreas negras y blancas, tal como las tiene grabadas en la memoria. Sobre la pesada mesa de nogal hay una carpeta atada con una cinta de gross un poco raída. La abre y está repleta de dibujos. Niní se acerca, se pone los anteojos y escruta. Son diferentes escenas de Santa Martha: la huerta, la casa con el jardín, varios retratos de diferentes personas… Todos los dibujos demuestran un cierto talento, una mirada aguda, una afición por el detalle. Un retrato le llama la atención. Es una niña de unos seis años. La mirada intensa, el pelo corto sobre los hombros. Reconoce sus propios ojos, el ceño fruncido. Una intensa emoción la invade.
—No tenía idea de que la mémé dibujara… —Entonces se le llenan los ojos de lágrimas... la fuerza de los lazos, los lazos y la sangre, los lazos de la sangre. Piensa en las manos de su abuela buscando fijar la memoria, la experiencia, el amor, en esos cuadritos, y se mira sus propias manos, que han seguido el mismo camino. De pronto siente una congoja profunda. Qué pena no haber vuelto a Santa Martha antes.§
Presencia
Teresa Téramo
Lester Bauer / Vals del adiós
Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos
pura yema infantil innumerable, madre.
César Vallejo Trilce, Poema XXIII.
Las llaves hacían el mismo tintineo que en su cartera. Eran tres: para la verja, la puerta cancel y la grande, pesada y alta de madera. Ahora estaban las tres cerradas. Las sombras del jazmín, los agapanthus y el rosal dibujaban extrañas figuras en el damero solo transitado por una hilera larga de hormigas negras y gordas que se perdían debajo del malvón. La verja se quejó con un chirrido –corto y nuevo– de que la traspasara. Contemplé unos pimpollos y ajusté con fuerza la canilla porque vi que una gota, como una lágrima, se le deslizaba lenta e inexorable. Voy a tener que llamar al plomero. Ese pensamiento me trajo de vuelta a un presente extraño e incómodo. Enrosqué la manguera del jardín, que parecía una víbora maltrecha a los pies del muérdago. Cerré la tapa del medidor de luz y recordé que no había pagado la cuenta. Alcé la mirada y las celosías herméticas me parecieron pesados párpados bajos para siempre. El pasto estaba crecido pero aún los canteros mantenían su forma. El jardinero podía esperar.
Revolví en la cartera y luego de tropezar con el pañuelo, la agenda y el monedero, di con las otras dos llaves. Primero una, después otra y, ya en el porche, me invadió un olor a humedad nuevo. Recogí del buzón dos facturas, un sobre abultado con las postales navideñas de los Pintores sin Manos y una nueva carta espiritual de la Abadía de Saint Joseph de Clairval de Flavigny. Abrí la cancel, que vibró como siempre al empujarla. La madera se había hinchado y arañó el piso resistiéndome el paso. Volvieron a sonar las campanitas colgadas de un extremo de la puerta.
Allí, sobre la cómoda, estaba el florero de cristal azul que albergó tantos ramos bien puestos, vistiendo de perfume y color cumpleaños y celebraciones. A su izquierda, la cajita de música. Levanté la tapa y sonaron tres notas hasta que enmudeció por completo. El piano mudo también se entreveía desde el hall. Quise sacudirme el presente y corrí las cortinas, abrí las ventanas, desplegué –a izquierda y a derecha– las persianas para que con la luz y el aire fresco del jardín entrasen a la casa todos los que por aquí pasaron, brindaron, rieron, bailaron, subieron y bajaron la escalera caoba alfombrada, con suaves pasos, quienes hicieron de sus barandas toboganes, atravesaron los barrotes y saltaron por los sillones, quienes tendieron la ropa en el pequeño patio, encendieron la leña en la parrilla de la terraza, dieron de beber a las plantas y de comer a los canarios… A cambio escuché: “Doña tiene algo para darme”. Era el hombre de los trapos rejilla. “La… señora no está. Disculpe. Hoy, no”. Y cerré la ventana. La figura del pedidor resaltaba más el vacío de un mundo que continúa frente a otro que se detiene.
En la cocina, las ollas se apilaban bajo la mesada junto a los jarros, lecheras, sartenes. La panquequera de teflón traída de Mar del Plata y el relojito para que no se pase el huevo. La pava silbadora junto al mate y la yerbera. Todo en su sitio. “No vayas sola”, me había dicho Hernán, como yo le puedo decir a un alumno “No se copie”, preocupada pero indiferente. Cuando abrí la alacena, los Matarazzo abiertos me trajeron el recuerdo de la última cena.
Sonó el teléfono. “¿La señora Paula?”. Dudé. “Sí… soy yo”, total me llamo igual. Papá había insistido en que llevase su mismo nombre. “Hablamos del cementerio”. Lo que faltaba. “Está impago el nicho de Ángel Ruiz y usted siempre era tan puntual, sabe. No la quiero molestar pero podemos pasar a cobrarle por su casa...”. Colgué. “Pasaré en la semana, no se preocupe”, llegué a decirle. Me puse a barrer el patio para que las hojas no tapasen la rejilla. Otras hojas, las de los centenares de libros de la biblioteca, guardaban literatura predominantemente argentina y del Siglo de Oro español. Abrí al azar uno de lomo azul. Era una vieja edición de Martín Fierro; en el margen de algunas páginas, en lápiz, breves anotaciones en excelente caligrafía completaban y cuestionaban el texto, y entre la primera y segunda parte, una flor silvestre, que pareció revivir después de un largo letargo aprisionada entre sextinas, despidió aún algo del perfume del tiempo. “Porque el tiempo es una rueda,/ y rueda es eternidá;/ y si el hombre lo divide/ solo lo hace, en mi sentir,/ por saber lo que ha vivido/ o le resta de vivir”. Lo cerré y devolví a su lugar. Ya veríamos qué hacer con tantos libros.
Se fue. Y se fue todo un mundo. Miré a mi alrededor, ya había atardecido. Fui cerrando las persianas, acariciando los muebles, helados, duros, callados. La paradoja de la fuerte presencia de la ausencia. Busqué su sonrisa, su caricia, su mirada. Y la encontré. La encontré cuando antes de salir me pinté los labios frente al espejo. §
La mina
Graciela Cutuli
Ivan Maroello / Dolomiti Mountains
El pozo devorador se había tragado su cotidiana ración de hombres, unos setecientos obreros, que trabajaban en aquel gigantesco hormiguero, agujereando la tierra por todas partes, como si fuera un pedazo de madera roído por los gusanos. Y en medio de aquel silencio abrumador, del hundimiento de las capas más profundas de mineral, se habría podido oír, pegando el oído a la roca, el ruido de los insectos humanos que se agitaban en todos sentidos, desde el estruendo del cable que subía y bajaba los ascensores de extracción, hasta el morder lento y sordo de las herramientas en la hulla, en el fondo de las canteras.
Émile Zola, Germinal
Domingo se acomodó en la butaca del cine Atlas y, tratando de calzar entre el espacio estrecho de los apoyabrazos y el asiento rígido que había conocido tiempos mejores, entrecerró los ojos para acomodarlos a la oscuridad. Nunca le había gustado demasiado el cine: ese rato de inmovilidad lo incitaba a dormir profundamente, ajeno a las vicisitudes de la pantalla. Desde que no había más películas con Esther Williams había perdido el poco interés que le suscitaba el séptimo arte y, si no podía sortear la invitación, simplemente se acomodaba lo mejor posible y se esforzaba por adoptar una postura que no favoreciera los ronquidos. Cómo extrañaba el autocine de la Ciudad Deportiva de La Boca: no había nada más cómodo que dormir estirado en el espacioso asiento del conductor del Peugeot 504, sin duda más mullido que la butaca del Atlas. Esa noche ni siquiera había averiguado en detalle qué iban a ver: “Una película francesa”, le dijeron, y le había bastado para imaginar que podría dormirse rápidamente. Como llegaron al cine sobre la hora, después de mil vueltas para estacionar el auto cerca de la avenida, ni siquiera había reparado en los afiches pegados en las grandes puertas de blindex.
***
Tal vez por eso cuando se despertó, con la cinta corriendo hacía un tiempo indefinido, se sobresaltó. Lo envolvía una oscuridad casi total, agravada por el silencio: aunque la sala estaba llena, la gente parecía contener la respiración. Después se dio cuenta de que era él quien la contenía; la visión de los túneles de la mina de Germinal en pantalla grande lo había dejado sin aliento. A su alrededor la gente parecía indiferente. Dos filas más allá una chica se besaba con el novio; a varios asientos de distancia una mujer dormitaba; un poco más cerca un hombre clavaba la mirada en la cara sudorosa de Jean Carmet, que hablaba en pantalla sin que Domingo pudiera entender ni una palabra, ni leer la traducción subtitulada en el borde de la pantalla. Se le había nublado la vista y, cuando las lágrimas finalmente le cayeron rodando por las mejillas, él ya no estaba en el cine de la bulliciosa avenida Santa Fe, animada por los carteles de los restaurantes y los faros de los autos, embutido en un asiento chico para su cuerpo y rodeado de extraños frente a una pantalla que los iluminaba con cambiantes reflejos azulados.
Domingo era Domenico, y estaba en Laces un día de primavera de 1947. Acababa de bajarse del tren después de un viaje desde Bolonia, Verona, Trento y Bolzano que se le había antojado infinito. Y antes todavía, Vibo Valentia, Nápoles, Roma, Terni. A la primera pregunta, para pedir orientación, había comprendido que le serviría de poco el dialecto calabrés: en el Tirol se hablaba alemán o algo que sonaba a alemán en sus oídos meridionales. Cuando vio la cara de su interlocutor al escucharle el acento, agradeció al antepasado ignoto que al menos le había legado el pelo casi blanco y los ojos claros: mientras mantuviera la boca cerrada podría confundirse entre ellos y no ser un terrone más empujado al norte por el trabajo. Así que recurrió a las señas, sacó del bolsillo un papel arrugado con una dirección garabateada, y logró que le indicaran la casa de la familia que lo alojaría en sus primeros días en Laces. A la mañana siguiente tenía que presentarse en la mina para que le dieran el capote, las herramientas, las botas y el casco. Cuatro meses antes había cumplido catorce años.
***
Cincuenta años después, seguía sin querer recordarlo. Lo había mencionado pocas veces, en familia, sobre todo cuando cada tanto salía del fondo de un cajón alguna foto sepia que lo mostraba, junto a un grupo de compañeros, en la boca de la mina. Ese puñado de fotos era parte de las pocas cosas que había llevado consigo en la valija de cartón con la que cruzó el Atlántico, en el buque Sises, en agosto de 1949: lo mostraban al lado de hombres grandes, de caras curtidas, que lo hacían parecer aún más niño. Otra vez había respondido con brusquedad cuando alguien en casa se burló de su afición a la pasta: podría haber comido infinitos platos de spaghetti con aceite de oliva y no le interesaban las comidas finas de una cocina italiana que, increíblemente, se había puesto de moda y era la estrella gourmet de los restaurantes desde París a Nueva York. “Cómo podés saber –había dicho– lo que es tener realmente hambre, tener catorce años y estar muerto de hambre, y esperar que llegue la hora de salir de la mina para revolver la olla hasta el fondo y servirse un plato de pasta, un plato que nunca alcanzaba, porque tenía hambre siempre, el hambre de los catorce años”. Y le brillaban los ojos con lágrimas de cincuenta años de hambre, que no osaban soltarse.
***
A las pocas semanas había tomado el ritmo. A las cuatro de la mañana ya estaba listo para empezar el día: a lo lejos, la cumbre de los Dolomitas todavía estaban oscuras. Cuando volviera a verlas, por la tarde, estarían oscuras de nuevo. Llegaban en grupos a la boca de la mina, alumbrándose con una linterna de mala muerte, y se apiñaban en las jaulas de hierro que los llevaban al centro de la tierra. A veces los cables se tensaban tanto que parecía que iban a romperse y hundirlos para siempre, pero después volvían a aflojarse y seguían los sacudones en la oscuridad hasta que finalmente los desembarcaban de a borbotones en medio de los túneles. Después seguía todo el día a pico y pala, a marchas forzadas, entre galerías más oscuras que la boca del lobo, con agua en los pies y un frío aterrador.
Fue uno de esos días, entre golpe y golpe, que a Domenico se le ocurrió escribirle a su padre para que le mandara un tonel del vino que se hacía con las uvas del fondo del terreno familiar, aprisionado entre el mar y la montaña. Jamás había tomado una gota, pero veía que sus compañeros se gastaban el pago del jornal hasta aturdirse de alcohol, y podría ser la ocasión para hacerse de unas liras más. El padre no se hizo rogar: embarcó el tonel de vino y el día que llegó a la estación hubo fiesta en Laces. En fila, los mineros esperaban su turno; Domenico repartía y anotaba en un papel arrugado cuánto tendrían que pagarle al día siguiente. Era domingo y no se bajaba a la mina; varios durmieron envueltos en el sopor del vino pero, al despertar, le dijeron que se habían olvidado de la deuda. Se le rieron en la cara cuando les mostró el papel y trató de reclamarles lo que le debían. Y aunque fue a ver al capataz y el hombre lo escuchó, el jefe terminó por abrir los brazos en señal de impotencia: a golpes se hacen los hombres, le dijo.
Sin embargo, se quedó pensando y cuando Domenico ya se iba a lo lejos, cabizbajo, lo llamó con un silbido. Los otros hombres los vieron hablar un momento, pero no llegaron a escuchar lo que decían.
***
Un mes más tarde, Domenico y el capataz volvieron a marchar hasta la estación, puntuales a la hora de la llegada del tren: otro barril de vino estaba llegando desde el sur. Lo descargaron con cuidado en la carretilla y otra vez lo llevaron hasta la plaza del pueblo donde se reunían los mineros, apiñados en la entrada del único bar. A precio de oferta, Domenico volvió a invitar con el vino a sus compañeros. Y entusiasmados, los hombres se dejaron tentar por la perspectiva de una nueva borrachera y un profundo sueño. No se preocuparon por frustrar de nuevo al más joven de sus compañeros; trampa que se hace una vez bien se puede hacer dos. Ya aprendería, Domenico, bastante tiempo por delante le quedaba todavía entrando y saliendo del oscuro pozo abierto en el flanco de la montaña hasta empezar a entrever algo de claridad.
Pero lo que no habían previsto los hombres de la mina, curtidos por el carbón, el frío, la oscuridad y la codicia de la bebida, era que esta vez el muchacho no estaba solo. A su lado el capataz, parado firme al lado del tonel, ponía en práctica el plan secreto que habían ideado el mes anterior. Esta vez les cobraba el vino anterior y el nuevo, por adelantado. Porque a golpes se hacen los hombres –había dicho– pero sobre todo ride bene chi ride ultimo, el que ríe último ríe mejor.
***
Las luces del cine se prendieron. Desaparecieron Laces, la mina, el capataz y el vino. Volvieron la gente, la avenida, la pantalla en blanco en una sala que se iba vaciando lento. Lejos en el tiempo quedaron el pueblo y los dos años en las entrañas de la tierra: aquí y ahora, salió Domenico y se lo tragó la gran ciudad del otro extremo del mundo, que no sabía de hambre y donde él se llamaba con otro nombre. §
La plancha
Mabel Fuzzi
Carlos Velasco / Recuerdos de la abuela
Por entre los papeles que guardo para las frituras en el estante derecho de la alacena, asoma la plancha su manija de color gris oscuro, un gris bruñido de varilla del cinco, doblado en U.
(Por suerte no la encontré el martes, cuando me la pidió mi ex, así ahora junto coraje para decirle que no se la lleve –aunque la adora–, que quiero conservarla porque me trae recuerdos de mi abuela).
La bajo y la contemplo… ¿Qué podría escribir sobre este objeto que es el primero en el que pensé cuando dieron la consigna en el curso de escritura? Un círculo de hierro, de un palmo de diámetro, todo negro. Miro largo, largo, largo rato y entonces advierto cuántos matices pueden verse en algo solo negro después de dedicarle una mirada larga… como con las personas: solo cuando las miramos y nos demoramos ahí un tiempo podemos conocerlas.
Es pesada, tanto como para marcar un mosaico si se cayera, increíblemente pesada y resistente, como para durar la eternidad. No es grande pero resulta ideal para un almuerzo de cuatro. Al tacto se siente helada, y si paso el dedo la siento lisa en la superficie interna, donde se pueden ver pequeños poros, rugosa del lado de abajo, en el que, con el tiempo, las costras se han acumulado una sobre otra hasta hacer desaparecer, casi, el relieve de las letras que representan la marca.
Desde hace ochenta años este objeto ha estado acompañando a mi familia. Cuatro generaciones comieron y comen lo cocinado en ella. Imposible que no surjan narraciones al contemplarla… Me asaltan mil imágenes que vienen de la infancia: un día cualquiera de verano, el sol de las doce pegando en las baldosas calcáreas del pasillo por el que se accede al fondo de la casa, la puerta de la cocina abierta y, al lado, la nona, pasando un pedacito de grasa blanca en la superficie circular y negra de la plancha, yo sentada en el piso de mosaico rojo, leyendo, al ratito comienza a sentirse el olor que la plancha despide al calentarse y derretir la grasa, unos minutos más y seguirá el barullo crepitante de los churrascos de lomo que la nona sazona con romero y sal y dispone al calor de ese hierro que obra maravillas. Pronto se puebla la cocina con los comensales, atraídos por ese aroma cotidiano que inunda la casa hasta los fondos.
La plancha que veo ahora no tiene el mismo aspecto que aquella que la nona usaba. Y al observarlo, me acuerdo del culpable y sonrío: al quedar viudo, mi padre, ya anciano, entró en un fervoroso trance de limpieza, dio vuelta la casa, todo fue lavado con dedicación extrema y, entre otras cosas viejas, le tocó el turno a la plancha, a la que le pulió casi por completo las costras de pasado que ostentaba.
Lamento haber perdido esos rastros de historia, pero sonrío cuando pienso que le sumo otros cada vez que la miro, que le enciendo la hornalla y que en su calor intenso cocino para los míos. §
Parto
Florencia Agrasar
Emiliano Toso / The Miracle of Life
El día que supe que ibas a nacer –lo supe porque venía con veinticuatro horas de trabajo de parto encima– estábamos solos, Nicolás y yo.
Mis padres habían viajado al campo con mi hermano y no quedaba mucha gente en ese Buenos Aires calcinado de calor en pleno enero. Había concurrido a la guardia el día anterior, a la tardecita con las primeras señales del trabajo de parto, pero me habían mandado de vuelta a casa. El cuello del útero estaba “verde” había dicho la médica, había que esperar. Madre primeriza, me dediqué a aguardar, toda la noche. No pegué un ojo. Cada contracción me partía en cuatro, una ola feroz que subía y llegaba a una cresta de tensión insostenible, cuchilladas en las entrañas; apenas cesaba, un pequeño oasis de calma, y en seguida comenzaba la próxima, una yegua indomable. El dolor no me dejaba pensar en lo que se venía, la enormidad de un hijo. No me dejaba pensar en absolutamente nada. Nunca hubo más “aquí y ahora” que en esa vigilia de parto. Aquí: mi casa, mi cama, donde me revuelco como una leona furiosa, mordiendo las sábanas, rugiendo de dolor. Ahora: este momento furibundo, de agotamiento, de puntadas como rayos eléctricos en el mismísimo centro de mi ser. Nicolás me preparaba la bañera caliente para que me sumergiera cada tanto; yo, como una torpe ballena encallada, dejaba que el agua me cubriera el globo del vientre y apretaba los dientes con cada contracción.
Cuando llegamos al hospital a la mañana siguiente me quedaba un hilo de fuerza. Recuerdo a Nicolás disimulando sus nervios, su angustia. Mis padres habían sido alertados y venían en camino desde La Pampa, ansiosos por conocer al nieto por nacer. Mi tía, Estela, y Alberto, su compañero, vinieron apenas se enteraron. Me pareció importante que estuvieran ahí, cerca; me sentí más segura. Ahora, miro hacia atrás y pienso en esos partos domiciliarios del siglo pasado, toda la familia esperando afuera de la habitación, todos y cada uno nerviosos, atentos a cada progreso de la parturienta, rezando algunos, otros marchando de aquí para allá hasta dejar un surco en las alfombras. Los fumadores afuera, acodados sobre el balcón, canalizando la ansiedad en cada pitada, cada bocanada de humo. Toda esa energía de alguna forma llega, como un manto de calor, como un abrazo invisible.
En la sala de partos ya todo transcurre como en un sueño. Estoy muy cansada, la bigotera de oxígeno me da fuerzas para seguir. “Un poco más”, me dice el doctor James. Tiene cara seria, los ojos alertas. “Es un bebé grande”. No tengo fuerzas para preocuparme. El anestesista me avisa que voy a sentir un frío en la espalda y poco a poco el dolor se aplaca, como un recuerdo punzante con el paso del tiempo. Nicolás está ahí, pero no lo veo; creo que está detrás de mí; aun así no me importa, quiero que esto termine, que nazca de una vez y ya, que me devuelvan mi cuerpo. Pujo con lo que me queda, una y otra vez. La partera se apoya sobre mi útero con firmeza y no me importa. Que salga, que salga. Y de pronto se produce el milagro. Entra el sol por la ventana de la sala y puedo ver todo con más lucidez. Como una descarga violenta, como un desgarro, un sacudón en cuerpo y espíritu, algo se ha desatado. La vida, sí. Escucho las voces, partera, obstetra, anestesista, dan instrucciones, un poco agitadas, un poco urgentes. “Es un varón. Está todo bien, lo llevamos a hacerle unos procedimientos y ya vuelve”, me dice James. Me aprieta la mano. Sonríe, lo noto ojeroso, pero sosegado. Yo todavía no siento nada más que alivio de que todo haya pasado. Qué suerte ser joven e inexperta, no saber, no temer, no preguntarse por qué no me pusieron ese hijo rápidamente en mis brazos.
Pero aun así, todo sale bien.
Nicolás entra, todavía con su bata y con su cofia, con este bebé gordito como un oso envuelto en una manta, con un gorrito de gasa; ese bebé que es nuestro hijo, pavada de título. “Está bien, no te asustes por el chichón y el ojito hinchado. Fueron los fórceps pero se le va a ir todo”. Y ahí siento una conmoción, como un gozo extático. Un pequeño pedazo de mi entraña en mis brazos, un ser nuevo, completo y diferente de mí que estuve llevando todo este tiempo como si fuera parte de mi cuerpo. Incrédula, cuento los dedos, recorro el contorno de la cara. Hundo mi nariz en su cuello y lo huelo. Tiene un olor familiar, como a pan recién hecho. Me siento como las perras con sus crías, puro instinto. Podría lamerlo amorosamente para limpiarlo con toda naturalidad. Examino cuidadosamente el bulto redondo en la cabecita, el ojo cerrado, un poco colorado e hinchado. No me inquietan, no me asustan. Ante el milagro de la vida, qué son un par de chichones. Soy joven y él está bien, es real, de carne y hueso.
Me pareciste el bebé más bello del mundo.§
El mismo
Mabel Fuzzi
Ariel Ramírez / Los Reyes Magos
Resopla molesto Juan ante el papel que tiene desplegado sobre el escritorio. Resopla mientras borra por quinta vez esas líneas que no le salen como quiere.
—¿Cómo va, hijo? —pregunta Ana entrando al escritorio con un café en la mano.
—Mal.
—Mmm… qué pena… Es muy tarde. ¿Por qué no cortás y seguís mañana, hijo?…
—No. ¡Hasta que salga! Dejame.
—…
—Ma…, gracias por el café —se suaviza Juan sonriéndole con cara de cansancio y vuelve al trabajo.
Ana sonríe también, le da un beso en esa cabeza rizada que adora y se va a descansar. Cuando llega a la puerta se da vuelta a mirarlo: el perfil de su hijo se recorta contra la luz del escritorio, lleva horas ahí, sin parar, y ella sabe que se levantará del tablero únicamente cuando lo logre. El mismo perfil de chiquito, la misma terquedad de entonces.
Recuerda Ana y sigue sonriendo ante distintas escenas que le trae la memoria: la determinación para no comer nada sólido y persistir en la lactancia hasta vaya uno a saber qué edad, la negación absoluta a ser acompañado en la noche por los peluches (acababan todos, excepto uno, arrojados lejos de la cuna, donde los encontraba Ana a la mañana), el empecinamiento en encastrar alguna pieza en un agujero equivocado y querer hacerla entrar a los golpes, la lucha cotidiana con el triciclo que no quería pasar por la puerta, el caminar siempre por el cordón o por cualquier borde que significara un riesgo a pesar de las advertencias, más tarde los intentos incansables en los cubos Rubik o en el origami. Desde siempre Juan había puesto toda su energía y hecho todo lo posible por salirse con la suya. Y casi siempre lo lograba.
Cuando tenía cuatro años y se hizo el tiempo de dejar el chupete, Luis y Ana fueron preparando a Juan para el ritual: desde antes de la Navidad, le fueron contando que muchos chicos necesitaban chupete y que los Reyes Magos se encargaban de llevar los chupetes de una casa a otra. Juan no les creyó al principio:
—¿Regalan chupetes?... Nosotros les vamos a pedir otras cosas…
—Sí, también regalan otras cosas, pero cuando los chicos crecen les dan los chupetes a los Reyes para que se los dejen a otros nenes que los necesitan porque son chiquitos…
—Yo soy chiquito, Francisco es grande.
—¿Sos chiquito?... —abrió grandes los ojos Ana—. ¿Usás pañales?
—Naaaa… Jajajaja —se reía Juan con todas las ganas—, ¡esa es Lu!
—¿Tomás la teta o la mamadera?
—¡Ahja! ¡Ahja! —echaba Juan la cabeza hacia atrás y daba más carcajadas deliciosas—… ¡Mamáaaa! ¡Ahjajaja! ¡Esa es Lu!
—¿Y entonces? —siguió fingiendo sorpresa Ana.
Juan se puso serio. Pensaba.
—¿Sos grande o sos chiquito?
—Mmm… grande —concluyó, aunque no muy convencido.
—¡Claro! ¡Hacés todo como Francisco, que es grande!
—¡Soy grande como Francisco, mami, mirá! —dijo poniéndose en puntas de pie, y aplaudieron los dos y Juan la abrazó como hacía siempre (Ana siente todavía hoy esos bracitos alrededor de su cuello).
Convencido entonces de estar grande ya, Juan accedió a regalar su chupete para que otros nenes más chiquitos lo disfrutaran. Cuando llegó la fiesta de Reyes, ya en la casa de Mar del Plata, la familia cumplió con el rito de siempre: junto con el padre los dos hermanos cortaron pasto y antes de acostarse dispusieron en el jardín del frente de la casa todo lo necesario para los magos y sus camellos: el agua en la palangana, el pasto en una fuente de metal –“porque los camellos son muy brutos”, explicaba Juan, tal como le habían enseñado– y un par de zapatillas de cada hermano, incluidos los zapatitos sin estrenar de Luciana.
—Juan… ¡El chupete! ¡Casi nos olvidamos! —mintió Ana.
Juan no tuvo más remedio: se sacó el chupete de la boca y lo puso en la zapatilla.
Unos minutos más tarde, cuando Ana y Miguel tomaban un café en la cocina, escucharon unos pasos sigilosos en la escalera y luego pudieron ver a Juan que atravesaba el comedor y ya en el porche se iba hasta el obsequio para los Reyes y con su mano chiquita empujaba el chupete más hacia adentro de la zapatilla, se paró, verificó cuánto podía verse y siguió empujando un poquito más su preciado tesoro como para asegurarse de que los magos no lo encontraran nunca.
Parada en el vano de la puerta del escritorio, sonríe Ana, perdida feliz en los recuerdos. Juan se da vuelta a mirarla, y la saca del sortilegio:
—Sí, sí; ya me voy, hijo. Que te salga pronto.
Juan vuelve a encorvarse sobre el tablero a seguir intentando. Hasta salirse con la suya una vez más. §
Mosquita muerta
Victoria Rossi
Chico y Chica / Mosquita muerta
Romina la vio de lejos y reconoció ese andar que lo decía todo, Anita estaba furiosa. La vio avanzar por el pasillo con el vaso de café en la mano. Trastabilló y se chocó con Raúl, que estaba llevando una pila de papeles. El vaso voló por el aire y se estrelló contra el piso, Anita se quedó quieta y miró a su alrededor. De pronto se produjo un silencio sepulcral y se escuchó un grito de bronca. Todos vieron a Anita salir corriendo hacia el baño.
—Qué día vamos a tener hoy —le susurró Cecilia por lo bajo—. Me dijeron que Anita los mandó a cagar a todos y encima, ¡por mail! Parece que se enteró de que el puesto se lo iban a ofrecer a Zambelli. Yo también estaría recaliente, pero se le fue la mano.
—¡No puede ser! ¿Quién te contó? Dudo que Anita hiciera algo así.
—Me lo dijo Carlos, el de Sistemas. Siempre sabe todo.
—No le creo. Ese tipo no es de fiar.
—Como quieras, pero Anita viene haciéndose la diva hace tiempo. Desde que está de novia con Juan se hace la superada. No entiendo cómo Juan le dio bola.
—¿Por qué decís eso? Huelo un poco de envidia. Te hubiera encantado que Juan se fijara en vos.
—¿Yo? Para nada. ¿No la ves cómo está? Ahí volvió del baño. Es el colmo. Mirala… ¿La ves Romi?
—Sí, la estoy viendo. Pero no seas mala, qué sabés lo que pasó ahí adentro.
—Yo te digo lo que pasó: los mandó a cagar. Seguro que quería que la despidieran para cobrar la indemnización. Y no, no la deben haber rajado, así que se tiene que quedar acá, sin el cargo y con todo el directorio en su contra. Pero ni una palabra que ahí viene Pancha. No le digas que yo te conté lo que me dijo Carlos.
—Hola chiquis, buen día. ¿Cómo andan? ¿Qué murmuran por acá? —dijo Pancha como distraída—. Las escucho susurrar desde mi escritorio.
—Nada. Recomendaciones de series, Netflix, esas cosas... Viste que con esto de la pandemia... Yo por lo menos, ya vi todo. Romi me estaba hablando de una serie. Bueno, las dejo, me voy...
—No, esperá. Les tengo que contar algo... pero que no salga de acá. ¿Me lo juran, no?
—Sí, obvio —dijo Romi.
—Pancha, estamos grandes para que nos hagas jurar, con Romi somos una tumba —dijo Cecilia guiñándole un ojo.
—Ok. ¿Ustedes sabían que parece, ojo, parece, que la guita que faltó hace un par de meses se la afanó Anita? Tengo la intuición y creo que la van a despedir.
—¿Qué? ¿De qué hablás Pancha? ¿Cómo que fue Anita?
—¿No vieron que salió llorando? ¿Ustedes alguna vez la vieron llorar en todos estos años? Si es más fría que una heladera. Bea me dijo que está casi segura que ella fue la que metió la mano en la lata. Pero no cuenten nada, le juré a Bea… Pobre, vaya a saber para qué necesitaba la guita. Por ahí tenía pensado devolverla. En fin, qué le dirá su novio cuando se entere, si es que le cuenta.
—Bueno, a trabajar —dijo Romina—. Me estoy sintiendo incómoda. Si nos ve Juan Lartiguez nos mata. Después hablamos.
Romina se quedó sola pensando si alguna de las cosas que habían dicho Cecilia y Pancha serían verdad. A veces creía que la empresa era un nido de víboras. Respiró profundo. De pronto se dio cuenta de que Mario estaba parado frente a su escritorio.
—¿Qué hacés Romi? ¿La viste a Anita?
—Sí. Se le cayó el café... acaba de volver del baño. Pobre. Parece que no es un buen día para ella.
—¡Ni me lo digas! Fui a llevarle los informes a Juan, y escuché de refilón... Un quilombo. Pobre mina, parece que se confundió y le mandó a Juan Lartiguez unos mensajes tremendos, cosas íntimas...
—¿Cómo? —dijo Romina abriendo los ojos como platos.
—Sí… Escuché de lejos que Anita le decía a Juan que había sido un error, que eso era para su novio y que se quería morir de vergüenza. Un papelón. Me fui porque hasta a mí me dio no sé qué, me puse incómodo. Zarpada Anita, una auténtica mosquita muerta... Digo yo, lo debe haber hecho a propósito, para levantarse al jefe, por un ascenso una mina hace cualquiera. Bueno, algunas minas, vos no, claro. Vos sos distinta. Ahí viene Anita, tengo que darle estos papeles. Chau Romi.
A Romi le gustó lo que le había dicho Mario. Coincidía. Sí, ella era diferente, muy distinta de Pancha, de Cecilia, de Bea, de todas las de la oficina, tan arpías y chismosas siempre.
Romina suspiró. Pensó que de todas las versiones del llanto de Anita se quedaba con la de Mario. Sintió pena, pero no hizo nada para evitar que desde ese día todos en la empresa, en ese nido de víboras, se refirieran a Anita como “la Mosquita Muerta’’. §
Este cuento es la continuación del relato Tenés un e-mail, de Florencia Agrasar, publicado en #QuedateEnCasa - Relatos en pandemia.
Humo
Mabel Fuzzi
Shakin’ Stevens / This Ole House
El camión llegó tempranísimo, como si la empresa mudadora hubiera sabido de la ansiedad de Susi y Mauricio, que no los había dejado dormir en toda la noche. Los dos ya habían terminado de desayunar cuando les tocaron el timbre.
Afortunadamente no habría mucho para mover, solo los canastos con ropas y libros y muy pocos muebles, porque todo el equipamiento de la nueva casa lo habían mandado a diseñar a medida y ya estaba en su lugar. Los cuatro hombres del camión cargaron y descargaron todo prolija y rápidamente y en cuatro horas el traslado quedó completado.
¡Finalmente habitarían la casa soñada! ¡Susi había anhelado tanto este momento! Cuando se casaron habían comprado una vivienda chiquita, junto a una esquina, que, refaccionada en dos plantas, había quedado cómoda y agradable. Pero al poco tiempo Mauricio entró en el negocio inmobiliario y para un pozo de inversión decidió venderla; aunque a Susi no le hacía ninguna gracia ir a vivir al antiguo departamento de sus suegros, Mauricio logró convencerla con las promesas de un futuro económico exitoso a partir de su entrada en el grupo constructor. La casita se vendió entonces y desde hacía trece años –¡trece años!– vivían en casa prestada, aunque hay que aclarar que Mauricio cumplió, y efectivamente logró construir una fortuna no despreciable que les permitía vivir holgadamente, vestir solo primeras marcas, tener dos automóviles y viajar mucho, sin contar incluso el viaje anual a Miami, como Dios manda. Y tan bien le había ido a Mauricio que, además del buen vivir, sus ingresos le habían permitido invertir en un edificio levantado por la constructora en el corazón del barrio de Villa Devoto, cerca de la estación; una de las unidades la reservó para sí. El departamento se distribuía en dos plantas que ocupaban el tercero y cuarto piso. En la inferior, living-comedor, cocina y comedor diario, dos baños, dependencia de servicio y lavadero. En la otra, se encontraban los dormitorios, que eran cuatro. Todos los ambientes, amplísimos y luminosos.
La paciencia estoica de Susi había sido premiada y aquí estaba, con su marido, almorzando frugalmente en el balcón de su casa nueva, en ese edificio que habían visto levantarse durante diez años en medio de los vaivenes económicos del país, que nunca daban tregua.
Por la tarde acomodaron libros y distribuyeron la ropa en los distintos placares. A pesar de la tarea liviana quedaron exhaustos, pero felices. Antes de la cena se tomaron un descanso y sentados uno junto al otro en el bello sillón de cuero color marfil miraron una de las series que seguían. Menos mal que era algo liviano, pensó Susana, porque la cabeza la tenía en otro lado: contemplando el nuevo hogar que se habían ganado. Hermoso, hermoso, hermoso había quedado todo.
De pronto en lo mejor de un capítulo –había dicho Mauricio después– las luces titilaron y todo se apagó. ¡Pucha! Nunca habían pensado que tenían que tener velas…
El electricista al que llamaron no hizo más que traer malas noticias: el edificio solo tenía “luz de obra”, habría que esperar al lunes para iniciar los trámites de la otra habilitación, la que se necesita para poder habitar el lugar como vivienda. Les dejó un cable empalmado con la caja del departamento de abajo, con lo que resolverían temporariamente el asunto.
El humor se les opacó un poco pero se resignaron confiando en que el lunes podrían solucionar el problema.
Al rato pidieron sushi y cenaron tirados de nuevo en el sillón mientras terminaban de ver el capítulo que había quedado interrumpido. Y mientras la serie se proyectaba otra vez Susi se colgó mirando el brillo cálido y mate de la madera entarugada del piso… Cuando terminaron y decidieron ir a la cama, cedió a la tentación de pisar descalza el porcelanato que se sentía cálido por la losa radiante. Qué lujo pisar esos baldosones.
Encantada como estaba, entró al cuarto y escuchó que Mauricio estaba sumergido en el hidromasaje del baño en suite; desde la zona de los vestidores pudo ver en la pared blanca junto a la ventana una línea negra… No era posible que ya hubiera quedado marcada una pared… Al acercarse comprobó con escándalo que era una fila de suculentas hormigas negras y cuando siguió el rastro pegó un grito al encontrar el tremendo hormiguero en el cantero contiguo a la habitación.
Alarmado por el alarido, Mauricio quiso cerrar el agua del jacuzzi para ir en auxilio de su mujer, pero no lo logró, el grifo parecía zafado. Así, empapado, salió mojando el piso y se detuvo junto a Susi, los dos perplejos. A Mauricio no le importó la hora, llamó al instante a María Elena, la diseñadora paisajista que desde hacía tres meses les había hecho gastar una fortuna en las especies adecuadas para ese espacio, la tierra especial y los fertilizantes para alimentar unas plantas que las hormigas ya casi habían devorado hasta el exterminio. María Elena se molestó por la hora y la conversación se hizo larguísima y escaló en tensión. Finalmente Mauricio logró arrancarle que vendría a revisar todo al día siguiente, aunque fuera domingo.
La discusión había durado probablemente cuarenta minutos y cuando los esposos se dieron vuelta para dirigirse al baño y cerrar el día, fue desolador para ambos comprobar que la bañera se había convertido en un manantial que inundaba gran parte del piso de la habitación y caía en cascada por la escalera.
Mauricio no encontró la llave de paso y recién pudo cortar el agua a las tres de la mañana cuando el arquitecto, se dignó contestarle la llamada. Mientras tanto el matrimonio intentó escurrir los cientos de litros que corrieron hasta esa hora pero eso no bastó para evitar el desastre: en unas semanas los pisos de arriba se hincharon, formaron chichones y hubo que levantarlos y revestir con otras maderas. Por debajo, además, la filtración estropeó la instalación eléctrica de la planta inferior, que debió reemplazarse casi por completo.
Para qué seguir… la lista de infortunios fue interminable: una grieta en la medianera que daba al vacío trabajó a tal punto que quebró el revestimiento de mármol de la cocina; la instalación eléctrica definitiva tuvo que ser reinstalada tres veces; el anafe eléctrico dejó de funcionar a la semana y media; en los canteros de la planta alta anidaron palomas que no encontraron manera de expulsar y todos los canteros estaban mal impermeabilizados, de manera que humedecieron las paredes de los cuatro dormitorios… Y así siguieron.
Susi se pasó el resto de su vida anhelando la casa chiquita junto a la esquina, cómoda y agradable.
Lo peor del caso fue que Mauricio no pudo hacer juicio a la constructora, porque él mismo era el abogado de la empresa. §
Se equivocó la paloma
Rita Corigliano
Gipsy Kings / Ruptura
Terminé de escribirlo mentalmente la noche anterior, en los últimos minutos antes de conciliar el sueño. Entredormida, repetí la frase final de despedida para que se me quedara grabada y pudiera recordarla al despertar. Sé que esta historia ha sido importante en nuestras vidas y ambos la recordaremos cada 9 de diciembre. Te llevo entrañablemente en mí. Un final sobrio, romántico casi, como para atemperar la intensidad de todo lo que antecedía a ese cierre discreto.
Había empezado a garabatear ese mail una semana antes, entre traducción y traducción, con anotaciones de puntos fundamentales, en un cuaderno que me había regalado un cliente unos mil años atrás. En la lista figuraban en primer lugar los hermosos momentos compartidos, que incluían detalles explícitos de nuestra anatomía. Cómo olvidar mi boca buscando ese lunar impúdico en tu pelvis, aquella mañana en la que me despertaste recitando un poema de Cortázar, sentado al borde de la cama, desnudos ambos; las noches de amor en el balcón, despreocupados ante posibles testigos indiscretos; los ríos de humedades que quedaron grabados en aquel poema que te dediqué; mi mousse de chocolate derritiéndose en nuestra piel pegoteada… Me pareció un buen inicio como para alivianar lo que se venía después: la hipocresía, la cobardía, la traición. No quisiera sonar cursi ni dramática, tampoco despechada (aunque lo estaba, aborté “despechada” porque sonaba a chiste… justamente yo despechada, con el pecho con el que me había dotado la madre Naturaleza). Estaba decidida a lanzar toda la artillería de cuarentona desplazada del sitial de “mujer soñada” (esta expresión textual de Lorenzo iba a ponerla tal cual me la había dicho: “Sos la mujer que soñé toda la vida y creía que no existía”) por una veinteañera desprejuiciada y hueca, cuyo único capital era tener todo lo que había que tener turgente en su lugar.
La peor parte la grabé con el celular mientras manejaba hacia la oficina (usualmente las mejores ideas me surgen cuando manejo y esta es la forma que encontré para que no se me escapen). Confieso que no fue tarea fácil moderarme entre los recuerdos de esos dos años compartidos, que eran muchos y muy buenos (esto era lo más difícil de asumir y aquello por lo cual nunca me di cuenta de que hacía meses que él venía jugando a dos puntas), y la rabia, la impotencia por no haberlo visto venir y, para qué negarlo, por sentirme una figurita que se conserva, preciada, pero que se cambia cuando aparece la difícil. Aunque en este caso convendría decir la fácil. Lamento no haber sido para vos la mujer con la que habías jurado vivir la vida que te quedaba; lamento que no hayas podido decirme de frente que estabas acostándote con esa compañera de oficina a la que durante meses describiste como “tonta, hueca, infantil, buscona”; lamento mucho más que el día que te cité para que te hicieras cargo de la ruptura, me llamaste como a ella. ¡Dios! ¡Qué humillación cuando escuché de tu boca decirme “Guada”! Y yo, tratando de tragar el salmón ahumado de la entrada, que se resistía a pasar entre las paredes angostadas del esófago, solo pude murmurar “me llamo Romina”.
Leí y releí, corregí alguna que otra palabra como para acentuar o suavizar según correspondiera a la intención y, satisfecha y orgullosa de mí misma, apreté send. El alivio que esperaba sentir no fue tal; más bien me atacó la desesperación cuando fui a la Bandeja de salida para corroborar, como siempre hago, cómo se ven los mails enviados. El corazón me estalló en diez mil pedazos. Por esos caprichos del destino, mi dedo acusador no había enviado el mail a la casilla de correo de lspotorno@sosseguros.com.ar sino a lsosa@traductoresasociados.com.
Todavía recuerdo la mirada de mi jefe cuando al día siguiente llegué a la oficina. §
La muy desgraciada
Mabel Fuzzi
Loquillo y Trogloditas / Maldigo mi destino
Beatriz:
Empiezo así por las dudas que ni me leas si llegara a empezar el correo diciendo “Querida Bea”… ni el cariño ni la cercanía de esas dos palabras me los creerías. Y sin embargo, si las usara, sería sincera.
Tantos años hace que no hablamos. Ya perdí la cuenta. Te extrañará también por esto, que te escriba ahora, a santo de qué dirás, pero bueno, hay un tiempo para cada cosa y eso responde a un tiempo interno de cada uno. Hace mucho que siento la necesidad de escribirte y desahogar acá lo que guardo en mí desde que perdimos contacto, desde que te y los perdí, a vos, a ustedes. Llegó el momento. ¿Por qué? No lo sé… Será que finalmente junté el coraje o que la vejez nos exige que estemos a la altura y demos los pasos que corresponde.
Creo que ya no tiene sentido decir “perdón”, dejé, dejamos tanto roto alrededor que pedir perdón parece una cargada. Pero sí quisiera decirte cuánto lamenté lo que decidí traicionar cuando empecé con Fede, no lo lamenté en el momento pero sí cuando en pocos meses me quedé sin pasión y sin tu familia, que había sido para mí un refugio.
Sí, en cambio, justamente por ese refugio, quisiera decirte “gracias”. Porque para mí encontrar la familia que ustedes eran fue como reescribir escenas de mi propia historia familiar. Nunca fui feliz entre los míos. Mi viejo, un amargado, siempre tenso, serio, lejano, incapaz de hablar con nosotros; encima soberbio… y pensar que era un tremendo perdedor que toda la vida nos tuvo a los seis viviendo en ese departamento minúsculo y de cuarta en un monoblock berreta de la provincia; lo desprecié toda mi vida, desprecio, esa es la palabra, no odio. Ni nos miraba, quizá por eso siempre me encantó entablar relación con los hombres: entre los amigos, adoraba yo estar, más que con ustedes, las chicas, con tu Federico o con Ramiro o con Esteban o con cualquier otro varón del grupo, captar sus miradas y su atención en una conversación era como recuperar, por unos minutos, algo, un gesto al menos, de la presencia que mi padre debía haber tenido. Ya sé que en el caso de Fede la cosa fue distinta, pero no estoy hablando de eso ahora… y mirá, ahora que lo pienso, quizá la raíz del capricho de quedármelo venga de lo de mi viejo… no lo sé.
Mi mamá… la quise tanto, pero el amor que le tuve no remediaba el hecho de que me diera cuenta de lo estúpidamente sumisa que era; no le perdoné nunca que fuera brillante y se quedara ahí, tragada por lo doméstico, bajo el peso de cuatro hijos y un marido dictador… ¡Trabajar en la secretaría de la parroquia! ¡Con eso le bastaba! Como si para su capacidad de ejecución y dirección fueran un trabajo esas horitas que ayudaba a coordinar limosnas!... ¡¿Cómo es que nunca pensó en el ejemplo que nos estaba dando a las dos hijas?! Desde que era muy chica yo pensaba eso, me daba cuenta de lo que mi vieja era y a qué se veía reducida… Quizá por eso no tuve hijos o no pude mejor dicho… la vida es sabia y pone orden en las cosas.
En cuanto a mis hermanos, tampoco con ellos logré el sentimiento de familia. Los varones eran mi debilidad –te lo confieso… bue, como todos los hombres, lo que dije antes (mientras lo digo pienso que debés saber, siempre te diste cuenta de estas cuestiones de los afectos)–, pero hacían la suya, con el modelo de papá no se les podía pedir mucho… Eli, también, y encima era una boluda, nunca quiso estudiar, se conformó con el trabajo ese en el banco toda la vida y con el nabo de mi cuñado, otro tema que no viene al caso, y la verdad es que no compartíamos nada a pesar de ser las dos mujeres.
Cuestión que con ese panorama, mi vida familiar y mi infancia nunca fueron un rincón añorable en mi recuerdo. Parece que me voy de tema, pero no. Conocerlos a ustedes más íntimamente a lo largo de aquellos años que empecé a visitarlos cuando se mudaron lejos fue un bálsamo; participar de esa vida familiar alegre y llena de cariño, un cariño que sabían transmitirme tan bien, con esos hijos que eran unos chicos entrañables… realmente para mí eran momentos mágicos. Y debo ser sincera: siempre te agradecí enormemente la generosidad –inesperada y gratuita– con que te abriste a mí, siendo yo para vos casi una extraña. Sé que no se notó, tampoco aprendí a demostrar agradecimiento, y no te lo mostré a vos porque mis sentimientos eran encontrados: te envidiaba el carácter confiado y alegre, y a la vez firme, la capacidad de darte a los demás con humildad y franqueza, la seducción que ejercías en todos, la manera en que te veía desenvolverte como madre. Yo no me sentía a tu altura, pero nunca lo iba a admitir… de ahí los comentarios despreciables –al estilo de mi padre– que te hacía siempre en algún momentito, que eran como el bocadito amargo que te dejaba en medio de todos los regalos que llevaba y que, tomándote por sorpresa, por inesperados, te dejaban sin capacidad de reacción. Siento enorme vergüenza ahora cuando reviso en el recuerdo esas imágenes, y constato cómo disfrutaba esos desprecios que te hacía y que no voy a consignar acá, no sea que hayas logrado olvidarlos y te los traiga…
No tengo mucho más para decir Bea… Es quizás un desahogo lo que necesitaba… decirte cuánto lamenté –tardíamente, lo sé– lo sucedido, aunque no haya sido la única responsable: el haber roto lo que ustedes tenían por seguir un capricho, el haber traicionado la generosidad tuya que abrió para mí tu casa y tu familia. No haber visto crecer a esos hijos tuyos que adoraba, en especial a Marina… Los cuatro siguen en mi corazón, desde siempre, cada día. Y los imagino felices, cada uno construyendo su propia historia. Ojalá sea así, no he podido saberlo nunca porque cuando hablaba con alguno de nuestros viejos amigos jamás me animé a preguntar. Lo que pasó con Fede siempre fue una historia acallada entre todos nosotros… Cuánta hipocresía, ¿no? Me avergüenza.
Quería confesarte también esa admiración que sentía por vos, y la envidia. Quizá es este el gesto que te debo, más que pedir perdón. Contarte además que cuando pude pensar y advertir lo que había hecho, me pareció que tenía de joderme, bancarme haberlos perdido a ustedes, a vos y a los chicos digo –Fede no cuenta, no actuó como hombre, era un nene encaprichado, bah… como yo–, porque era lo que me merecía… no iba a andar limosneando lo que no me correspondía. Joderme de una vez y para siempre, eso debía. Me maldije mil veces por no juntar el coraje de dar la cara, pero cada vez yo misma me disuadía. Ahora mismo me va a costar apretar “enviar” cuando termine…
Bea querida –ahora me animo a esa palabra, después de “desnudarme” y pensando que podrás mirarme con algo de piedad– me despido. No creo que te consuele, pero quizá te sirva saber que hay un orden en todo, y que las cosas se ordenan con justicia: sigo sola, así estuve casi todos estos años, separada de mi “familia” y también de los que alguna vez fueron amigos. Y al parecer nadie me extraña.
Te acerco mi sincero deseo de que la tuya haya sido una vida feliz.
En deuda siempre,
Gabi §
Este texto es la continuación del relato Amigas, de la misma autora, publicado en #QuedateEnCasa - Relatos en pandemia.
Veo, veo...
Rita Corigliano
El Cuarteto de Nos / Invisible
Todos supimos en algún momento lo del nono. Nadie lo decía en voz alta por si estaba justo en ese instante aunque no lo viéramos. Había que cuidarse de lo que hacíamos, de lo que decíamos, incluso de los gestos o de las miradas porque tal vez él andaba por ahí, husmeando para controlar cada paso que dábamos, cada palabra, cada silencio. Y lo más probable era que siempre las chances de salir perdiendo fueran nuestras. La del abuelo era una figura omnipresente: él siempre estaba.
De niño fui testigo de sus comentarios hechos casi al pasar y también de conversaciones clandestinas con alguna de sus hijas, de discusiones a la hora de la comida, de los desplantes que le hacía a mi papá y del hostigamiento encarnizado a mi primo Tadeo, por quien demostraba abiertamente un desprecio infundado. Como sea, el nono tenía un comentario para todo, una postura inflexible para decisiones críticas y una sentencia de muerte para quien se le opusiera.
Lo de su invisibilidad era como lo de los Reyes Magos o Papá Noel: más temprano o más tarde algún primo o hermano mayor te lo contaba antes que tus padres, aunque en este caso creo que todos evitaban que lo descubriéramos solos porque hubiera sido demasiado impresionante para nuestros ojos niños. Así que nadie pasaba de los cinco o seis años sin saber que el nono podía volverse invisible en cualquier reunión familiar. Aunque más no fuera “per codere”, como decía mi papá.
La primera vez que presencié el prodigio fue en la Navidad del 84, en la casa de la tía Cristina. Entre garrapiñadas, pan dulce y mantecol, entre copas de sidra y ananá fizz casero (elixir esperado por el chiquitaje familiar), entre pedazos de papeles de regalo tapizando el piso de parquet del living, entre las voces de los niños españoles cantando sus villancicos tradicionales desde el típico mueble tocadiscos de moda en los 70, entre los bostezos del tío Eugenio y el baile solitario de la tía Encarnación, justo un rato después de que se fuera Papá Noel –sudoroso y más delgado que en las publicidades–, el abuelo se esfumó.
Yo me di cuenta porque justo en ese momento llegaron los vecinos de tía Cristina a cantar serenatas y todos corrimos a la puerta de entrada a presenciar desde el porche el espectáculo musical que era un clásico repetido año tras año. Y cuando Beto, el guitarrista, anunció que iba a dedicarle al abuelo el tango Padre mío, que a él le encantaba, nada por aquí, nada por allá. Yo noté que los grandes se miraban raro, como hablando con los ojos y hasta sentí que nos señalaban a Martina y a mí con un gesto de la cabeza, levantando casi al unísono el mentón. ¡Me parecía tan extraño todo! Hasta unos minutos antes había visto al nono sentado a la cabecera, desaprobando la elección del atuendo que mamá había elegido para mi hermana, apropiándose del maní con chocolate sin reparar en nuestras manos que intentaban alcanzarlo, dormitando acodado a la mesa. ¡¿Cómo era posible que hubiera desaparecido así?!
La abuela dijo que quizá su marido se había ido a recostar, que ya le parecía a ella que “ese viejo tonto” se había excedido con el lechón, con la ensalada rusa de la tía Susana (no agregó en voz alta que nos caía pesada a todos, pero seguro lo pensó, con esa cantidad excesiva de mayonesa casera, amarilla y densa y con un gusto a aceite que a mi hermana Juana le producía arcadas de solo recordarla) y con el tinto, obviamente. Pero nomás la tía Cristina terminó de decir “Dale, Beto, cantala nomás, que papá seguro vuelve cuando la escucha”, el abuelo apareció sentado en la misma silla en la que se había apoltronado un rato antes.
Los músicos ni se percataron de nada, concentrados como estaban en ofrecer un buen show para llevarse después como pago una botella de sidra y los adultos respiraron aliviados, suspirando al unísono. Solamente Marina y yo, que nos llevamos un año de diferencia, fuimos los únicas asombrados y confundidos. Hasta que después de la serenata llegó el momento de la iniciación que nos permitiría ingresar al secreto familiar. Y que conste que siempre fue secreto porque a ninguno de nosotros se nos cruzó jamás por la cabeza divulgarlo; bastante fama de raritos teníamos los Venteviglia como para agregar la jodita que cada tanto nos hacía el abuelo.
El caso es que a medida que fuimos creciendo, el nono se volvió más malhumorado y malicioso, así que cada vez con más frecuencia desaparecía en el medio de un almuerzo o un festejo. Durante los primeros tiempos, instantáneamente dejábamos de hablar y al rato taza, taza, cada uno a su casa y fin del encuentro familiar. Porque todos, indefectiblemente, habíamos pasado por la experiencia de recibir reproches, represalias, sermones, pedido de explicaciones o disculpas por no habernos dado cuenta a tiempo de que el abuelo estaba escuchando sin que lo viéramos. Pero cuando reconocimos que era una cuestión de vida o muerte, que era nuestro silencio y distanciamiento o el dominio tiránico de su invisibilidad, de un día para otro empezamos a ignorarlo.
Nos olvidamos tanto de él, que suponemos que debe haberse muerto hace dos años, cuando desapareció en el momento en que el hijo de mi hermana Juana apagaba las cuatro velitas de su torta de cumpleaños, porque después de eso nunca más volvimos a verlo.
Ah, de más está decir que lo velamos a cajón cerrado. §
La tía Beba
Mabel Fuzzi
Joseph Patrick Moore / Take me to Tibet
Habiendo tantos sobrinos, ¡justo a mí me tenía que tocar desarmar la casa de la tía Beba! Como si no me hubiera bastado con la de los viejos unos años antes…
Pero no había encontrado la manera de negarme cuando la tía Miriam me pidió que fuera al pueblo y me ocupara: era el más refinado, según ella, el más sensible, el que más criterio iba a tener al decidir qué hacer con todo y, por último, el que lo haría con compromiso y dedicación, “cosa que en la familia, ¡ninguno, nene!”. Y en eso le di la razón.
Aproveché vacaciones que me debían en el trabajo y me tomé dos semanas, que podría haber parecido mucho, pero quise ser previsor después de la experiencia que había tenido con lo de mis padres (nunca había imaginado la cantidad de rincones que una casa puede tener).
Así que ahí me encontraba yo en el camino arbolado de entrada al pueblo, un camino que me volvía a cautivar, lleno de recuerdos de infancia, que había permanecido intacto. Me acordé de mi viejo, que al llegar de visita las cuatro o cinco veces que íbamos al año, no importaba la hora que fuese, generalmente de noche, nos hacía bajar las ventanillas y “respirar el aire puro, el más puro del país”, decía, y le hacíamos caso aunque se riera y nos congeláramos; era un rito. Sonriendo detuve el auto para contemplar. El camino seguía siendo ancho y prolijo, con los troncos de los árboles pintados con cal hasta el metro y medio. Los álamos de un lado, gigantescos como en las imágenes que guardaba mi memoria, tenían la copa altísima matizada de verdes, amarillos y marrones, y sonaban un barullo tremendo en el viento del otoño, mientras del otro lado las casuarinas, siempre verdes, silbaban suave. Un rasgo curioso esto de usar dos especies a la vera de la entrada, y distintivo. A la par de la mano de salida ahora corrían una vereda peatonal y una bicisenda, agregadas seguramente en los últimos años. El terreno a los costados estaba parquizado hasta los alambrados que demarcaban la propiedad privada. ¡Cuánto hacía que no iba por ahí! Me inundé de imágenes… “El más sensible”. Al final tenía razón la tía Miriam. O me estaba poniendo viejo. O las dos cosas.
Me apuré a subir al auto para cortar la emoción y no llegar con ella a lo de mi prima Aurelia, la mayor de todas, que me ofreció dormir en su casa porque el caserón iba a estar helado, dijo. De la familia, en el pueblo, ya no quedaban muchos más que ella, por lo que no iba a andar de asado en asado, como ocurría –según recordaba– en las visitas de otros tiempos, y me iba a poder dedicar de lleno a curiosear, resolver destino y embalar todo lo que se encontrara en la casa, sin perder el tiempo en sociales.
Cuando nos vimos con Aurelia, inesperadamente, fueron enorme la alegría y largo el abrazo. No teníamos vínculo, podía decirse, pero la niñez compartida en las breves visitas de fines de semana y las estadías más largas durante los veranos pueblerinos, incluso a pesar de la diferencia de edad, se hizo sentir: los recuerdos de infancia suelen calar hondo y nos hacen sentir cercanos entre las personas que los compartimos, aunque ya no tengamos nada en común, un sentimiento que podríamos llamar cariño –aunque sepamos que no es eso– y que quizá sea el peso de la añoranza que sentimos.
Tomamos mate, charlamos largo, me acomodé en la habitación que me dispuso y como ya casi caía la noche solo hicimos “la vuelta del perro”, porque Aurelia quería mostrarme cómo había cambiado todo, pero no llegamos a visitar la casa de la tía, solo pasamos por la puerta.
Al día siguiente, bien temprano, me fui al caserón. De afuera me sorprendió lo cuidada que estaba la edificación, pero el asombro fue mayor cuando al entrar vi lo poco que quedaba por hacer… La noche anterior Aurelia me había dicho que la tía anhelaba que fuera yo el que pusiera en orden sus petates cuando se marchara; y ahora, atando cabos, entendía que Miriam me había insistido a pedido de Beba. Y es que entre ella y yo había habido una relación especial. Quizá porque era la contemplativa de la familia, la mística y, aunque en esta estirpe de matemáticos, botánicos y agrimensores, todos le perdonaban esa rareza de vivir más en el aire que en la tierra, yo era el único con el que podía compartir sus inquietudes; todos la querían porque efectivamente era adorable, pero nadie la entendía como yo y entre nosotros creció desde que era chico un afecto especial que se acrecentó enormemente a partir de la muerte de mamá, a pesar incluso de la distancia. Si por algo me había encantado ir a San Jacinto hasta ya de grande, era por lo que esta tía significaba. De su mano había aprendido a distinguir las constelaciones y a trepar las sierras del pueblo, con ella había conocido el mar y la vida de campamento, había aprendido a pintar y a mirar los cielos con nubes durante horas, tumbado boca arriba en el fondo de esta casa que ahora había que desmantelar. La tía Beba vivía fascinada por cada flor, cada rama, cada pájaro que veía. Si caminaba por una playa podía tardar horas en recorrer cien metros, porque también la fascinaban los caracoles, piedras, huevos y coralitos que encontraba en la arena. Y su casa siempre había dado testimonio de estas fascinaciones… Para mí era un museo lleno de encantamientos, en la infancia tanto como durante el resto de mi vida. Uno podía encontrar allí, literalmente, cualquier cosa. Y para recoger ese mar de objetos me había preparado, incluso emocionalmente porque imaginaba la cantidad de recuerdos que me traería.
Sin embargo, al abrir la puerta cancel y recorrer la casa me quedé sorprendido: ese mar de objetos que recordaban su vida y que yo había contemplado encantado durante muchos años de la mía ya no estaban expuestos, todo había sido dispuesto en cajas repartidas prolijamente en cada ambiente, bien embalado y hasta rotulado. En todas las habitaciones el despojamiento era el mismo, solo en su cuarto había quedado la ropa de cama dispuesta, los veladores y unas pocas prendas. Sobre el mármol de una de las mesas de luz, un sobre a mi nombre:
¡Germán querido!
Si estás leyendo esta nota es porque accediste al pedido de Miriam (la estoy volviendo loca pidiéndole que te convenza cada vez que hablamos por teléfono). ¡Qué bueno, nene! Gracias por darme el gusto.
Menuda tarea habrás pensado que te había dejado. Y habría sido así si no fuera porque me contaste lo extenuante que te había resultado cerrar la casa de tus viejos. Lamenté tu tristeza, Germán, esto de no tener hermanos con quienes compartir los recuerdos de los padres que van apareciendo a medida que uno ordena y clasifica. Entonces decidí que no ibas a hacer lo mismo dos veces. Hace tres años que embalo y etiqueto al ritmo de una anciana, obviamente. Pero estoy feliz de que la enfermedad me haya dado el tiempo suficiente. Hoy terminé y solo me he dejado la poca ropa que uso para no ir a ningún lado, con eso me arreglaré el tiempo que resta, que no es mucho, así me han dejado saber mis Guías.
Mirando los rótulos vas a saber qué hacer con cada caja, sin duda con esa mirada tuya que nada lo olvida vas a tener presente de qué objetos se trata. Disponé como quieras, sobrino, ¡libertad absoluta! Solo un pedido tengo que hacerte. Y solo puedo aceptar un sí, aunque ya no esté ahí para arrancártelo: llevame al Tíbet.
Querido sobrino, la fama de díscola me excusa de dar explicaciones. Solo te cuento que la enfermedad me dejó ese último viaje en el tintero… y qué mejor que me lleves vos… sos el único que me va a ver flotar en mil partículas en ese aire remoto y va a entender el sentido de lo que está pasando… Si hasta te adivino sonriendo mientras leés esa frase…
Gracias, hijo, por este viaje juntos y por la vida compartida viéndote crecer hasta de viejo.
¡Hasta el próximo encuentro!
Tu tía Beba
Era así: me había arrancado una sonrisa.
En el cajón de la mesa de luz había dejado dinero suficiente para mi pasaje y mi estadía en ese destino tan exótico. Y en la parte inferior estaba la urna que debía llevar conmigo.
Recorrí la casa otra vez deteniéndome en cada rincón, recordando; cerré todo y volví a lo de Aurelia. De la urna mi prima estaba al tanto, porque se había ocupado de cumplir el recado de la tía. Del viaje no, me di cuenta, pero no se lo dije tampoco.
Me fui después del almuerzo, necesitaba estar solo y pensar, la ruta es ideal para eso. Tanto se había removido… mil fragmentos del pasado habían regresado a visitarme y necesitaba dedicarme a ellos.
Una vez más, de la mano de la tía Beba, me esperaba un viaje y subiría a nuevos cerros en tierras lejanas. §
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