Kitabı oku: «Zona de promesas»

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ZONA DE PROMESAS

FLORENCIA ANGILLETTA

ZONA DE PROMESAS

Capital intelectual

Índice

Portada

Portadilla

Legales

Introducción: Cuando tiembla la casa del poder

Capítulo I: Pequeñas anécdotas sobre las instituciones

Capítulo II: Lo que cabe en un museo

Capítulo III: Una vida violenta

Capítulo IV: La razón laboral

Capítulo V: Fin de siglo

Agradecimientos


Angilletta, FlorenciaZona de promesas : cinco discusiones fundamentales entre los feminismos y la política / Florencia Angilletta. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Capital Intelectual, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-614-639-51. Feminismo. 2. Estudios de Género. I. Título.CDD 305.4201

© de la presente edición, Capital Intelectual S.A., 2021.

Director: José Natanson

Coordinadora de la Colección de libros de Capital Intelectual: Creusa Muñoz

Diseño de tapa: Emmanuel Prado

Diagramación: Adriana Manfredi

Corrección: Brenda G. Decurnex

Comercialización y producción: Esteban Zabaljauregui

© Capital Intelectual, 2021.

Primera edición en formato digital: septiembre de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Paraguay 1535 (C1061ABC), Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Teléfono: (54-11) 4872-1300.

www.editorialcapin.com.ar

Hecho el depósito que indica la Ley 11.723. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin el permiso escrito de la editorial.

A Graciela Alicia Rodríguez, mi madre, a nuestras fuerzas.

Finalmente, el viaje hacia los orígenes es más importante que los orígenes mismos. Julia Kristeva

Introducción: Cuando tiembla la casa del poder

Todo libro comienza como deseo de otro libro, como impulso de copia, de robo, de contradicción, como envidia y desmesurada confianza. Beatriz Sarlo

Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento. Lucia Berlin

Cuando apenas salgo de la infancia quiero ser poeta. “Querer ser poeta” para una chica argentina tiene detrás “solo un nombre / Alejandra Alejandra / debajo estoy yo / Alejandra”. Pero me enojan las lecturas sobre Pizarnik: las que la vuelven faro de cierto gesto afectado, corrido, mínimo, frágil. Esa sombra terrible de Alejandra me persigue muchos años. Y esa paranoia solo conduce a otro manantial: Juan Gelman, esos libros casi chorreantes de política, de tallar en piedra lo que importa, de picar el lenguaje hasta que el diamante te explote en la cara. La adolescencia es un tiempo de lecturas salvajes: Pizarnik “y” Gelman. Como diciendo: por favor, muchachas, ocupémonos del mundo.

Hace poco vi en la televisión una entrevista a Beatriz Sarlo en la que le preguntan por la narrativa contemporánea y ella distingue algunas autoras interesantes de “esas chicas que escriben solas en sus cuartos sobre los posters de los Rolling Stones”. Hay un hilo que recorre estas escenas, estos textos, y la “historia” de la literatura misma: cuando un varón escribe, aunque lo hace sobre sí, aunque sea sobre su educación sentimental, las comunidades de lectores/as están más disponibles a ver ahí el “aullido” de una generación. Para las escritoras la construcción de una voz pública tiene otros ribetes y hay distintas formas de lidiar con eso. La victimización y los intereses sectoriales –como señala Mary Beard– o la impostura, por enfrentar burdamente las opciones, parecen los dos lados de la misma moneda.(1)

Durante muchos años me envuelve esta tensión: ¿por qué las mujeres y disidencias sexuales escriben –o hacen– lo que efectivamente escriben o hacen? ¿Por qué nunca la banda de rock más escuchada de una década está integrada por chicas? ¿Por qué yo también tengo la cabeza organizada por varones –por sus discos, sus libros, sus luchas, sus heroicidades, sus símbolos–? Estas preguntas –que no son interesantes, son más bien esa pasión detectivesca que es la puerta de entrada al problema– muestran el otro hilo subyacente: “mujeres y política, asunto separado”. No porque las mujeres y disidencias sexuales no hayan sido motor de la política –exactamente al revés: los cuerpos feminizados y vulnerabilizados son el fantasma que recorre la Historia con mayúsculas–, sino porque pareciera que para tocar “los grandes temas” hay que hacerlo a costa de excusarse u olvidarse de “los pequeños”. Y a ese rincón de lo pequeño, lo secundario, lo menor se manda todo lo vinculado a lo femenino o feminizado, en esta organización de sexos y géneros encarnada en los varones, aunque también en las mujeres y disidencias sexuales.

Me obsesionan las fotos de personas fumando, o que tienen algo dentro de la boca –un chupetín, una birome, lo que sea que traten como un cigarrillo–. Superpongamos dos: una foto de Alejandra con su biblioteca detrás, los ojos revoleados, sus labios apenas sostienen el pucho casi como por accidente. Y otra de Juan, con el cigarrillo entre las manos, el bigote, la mirada firme, el pulso aguerrido. Exagerar sirve para escenificar la distancia. El contraste amplifica estas fotos, las hace tomar vuelo, pedir pista: un imaginario de la política como las marchas, los sindicatos, las camperas de cuero, las noches pegando los carteles por la ciudad, la “rosca” –y las disputas más crujientes que la mera realpolitik–, esas capas hechas y deshechas, cosidas de mil modos. Y después, otro imaginario de lo que quedaría afuera de ahí: los afectos, las amistades, los cuerpos, los deseos, los hijos, las vulnerabilidades, las comunidades, el sexo, las angustias, las fantasías, los patios de atrás –y hasta el desborde que todo esto produce, como en esa escritura poética–.

“Compromiso” y “subjetividad” apenas sirven para etiquetar, más que géneros, posicionamientos ante estos (supuestos) bloques; desde luego el par es torpe, pero ayuda a activar la escisión que organiza estos imaginarios. Sobre todo, para enfatizar el difícil acceso de las mujeres y disidencias sexuales a una palabra ensayística, política, generacional, nacional. Dos asteriscos sobre esta afirmación: por un lado, las históricas –relativas, situadas, disputadas– formas en que, hacia las mujeres y disidencias sexuales, se puede leer cualquier cosa menos política. Por otro, que contra los esencialismos no podría suponerse que, inversa y binariamente, todo lo que hace una mujer es feminista o político a priori. Lo que se juega es el “reparto de lo sensible”, las condiciones de politización. Pero a un esencialismo no se lo transforma con otro.

Los feminismos ensayan, entonces, al menos, dos viajes: sacudir los archivos para mostrar las negociaciones, tensiones e intervenciones que las mujeres hacen con lo que la política hace de ellas –las anarquistas, socialistas y vanguardistas de las primeras décadas del siglo XX, Eva Perón, Victoria Ocampo y la generación de los años cuarenta, las militantes de los setenta, las madres y abuelas de Plaza de Mayo, entre otras– y también volver sobre las alejandras, sobre las historias mínimas, fugaces, silvestres –la saga de lo que llamo “las hermanas menores”–. La ciudadanía desde los feminismos tiene ese filón múltiple –las luchas públicas, las luchas privadas– para después hacer volar por los aires la división en sí entre estas “esferas” o “ámbitos”: la larga marcha por la participación de las mujeres en la construcción de lo público (voto, trabajo remunerado, derechos, poder) y la reinvención de lo público como zonas de lo común (instituir, escribir, cuidar, trabajar, maternar, abortar y amar también es político).

Feminismos y política, política y feminismos. Este libro es un intento de unir esos mundos, los muchos mundos. (Los libros como territorios, los territorios como textos, los museos como instituciones, el rock como feminista, el peronismo como modernizador, la modernización como liberalismo, los daños como vulnerabilidad, el trabajo como racionalidad, la pareja como épica, y así). No importa tanto cada núcleo o palabra; importa la “y”, la “unión”, esos mundos de la política “real” –solo escribo “real” como consenso apurado o sencillo– y los mundos de la politización feminista. Una zona de promesas.

Del poeta Pier Paolo Pasolini no pude elegir ninguna cita como epígrafe, quizás porque en estas páginas están todas sus citas juntas, que es otra forma de decir esto: Pasolini encarna el siglo XX porque, como nadie, tiene un pie adentro y un pie afuera de la época (es decir, metido en el barro hasta el cuello). Período y época no son sinónimos, ni equivalentes, a veces entre sí se empastan, se pisan, pero raramente comienzan y culminan juntos. La periodización, aunque no está dada y pueda construirse, es una cronología, una cuenta, un lapso que empieza y termina, mientras que lo epocal es un estado de la imaginación pública, está hojaldrado de sensibilidades, flujos ciegos, espectros, promesas, en un amasado no siempre coincidente, que lleva encima emergencias, continuidades, rupturas, desvíos.

¿De qué está hecha nuestra época? También de los feminismos. En la Argentina desde su primera convocatoria en 2015, Ni Una Menos ha sido la gramática que adopta el movimiento de mujeres y disidencias sexuales al yuxtaponer las memorias históricas con las luchas contra la violencia de género, primero; la rediscusión por el trabajo, después; y la implementación de la educación sexual integral y la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo como modos de transformación de la producción, reproducción y cuidado de la vida. Un salto en la historia para volver sobre la historia misma: los feminismos en la Argentina no empiezan ahí, pero desde entonces impactan un nuevo orden sensible –para matizarlo, discutirlo o incluso confrontarlo–. (Este orden también se hace –no exclusiva ni únicamente– atravesado por el cruce de juventudes y política que reinaugura el kirchnerismo, o que reinaugura la crisis del 2001).

Los feminismos desbordan sus audiencias históricas y empiezan a ser un significante disponible –y en disputa– de modo cada vez más masivo y masificado. Esta dinámica plantea nuevas contradicciones: sin el mercado no se puede; solo con el mercado no alcanza. Escombro y brillo. Junto a los espectros de lucha: la fibra política de quienes lo han hecho posible –cuando los feminismos no llegaban a los medios, cuando su palabra irritaba, o incluso en las distancias entre no “declararse” feminista y vivir como tal–. Agachar la cabeza frente a algo más grande. Y además: cuáles son las construcciones de referencialidad y cómo son habitadas: no hacer política “desde arriba hacia abajo”. (La única forma de ser feministas no es imitar a Simone de Beauvoir.) Juvenilismo y, a la vez, genealogía.

En el 2019 la marcha de cierre del Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales y No Binaries coincide con el debate presidencial entre seis candidatos varones.(2) ¿Dónde está viva la democracia? La democracia también vive en las multitudinarias plazas feministas y en las elecciones gubernamentales. Democratización de la democracia. Como si lo más complejo no fuera la política feminista, sino esa política haciendo temblar la casa del poder y, a la vez, haciéndose temblar a sí misma cada vez que conquista (más) poder. Este libro quizá solo puede ser escrito porque existe un Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, porque la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito está grabada en la roca. Simple y definitivo: dar la discusión ya está (casi) ganado. No se trata de pedir dar las discusiones, sino de darlas, en todo lo que hay para darlas. ¿Qué hace la política con lo que los feminismos hacen de ella? ¿Qué hacen los feminismos con lo que sus politizaciones hacen de ellos?

Tres verdades a medias: si todo es política, nada es política. Aun así: politización de materiales inesperados, no todo lo que dice “política” en letras de neón es la política. Tampoco lo es todo lo que se puede hacer sobre lo común. Algo, entonces, que se podría formular como lo que pasa en el medio, en el cruce, más que en el congelamiento de lo uno o de lo otro. Tríos, terceridades. Donde las cosas se juntan, se contaminan, se mezclan. Y una intuición: lo más potente es lo que los feminismos le hacen a la política “tradicional” porque, transversales en distintas inscripciones partidarias, movimientos sociales y sociedades civiles, no agotan su fuerza social en una persona o signo, sino que exceden las “representaciones” y “mediaciones” que han tallado la modernidad. Un gobierno nunca es solo un gobierno y no toda imaginación política es imaginación estatal. (Feminismos es la otra forma de nombrar las relaciones entre un Estado y sus sociedades civiles).

Los feminismos son horizontes de libertad –en una democracia de autonomía siempre relativa– que impulsan que las personas puedan elegir, incluso lo que no siempre se preferiría para sí. ¿Por qué juzgar a quienes no hacen lo que suponemos que haríamos si estuviéramos en su lugar? Aquí se traman dos problemas: “representatividad” y “mediación”. Este libro tampoco tiene por qué representar a cada quien, claro. Es político que así sea. La pasión por la política no es moral –apoyar lo bueno y condenar lo malo–: es la pasión por el conflicto. Y por lo que pasa, en especial, entre los órdenes de los conflictos.

“Mujeres”, “disidencias sexuales”, escritas hasta aquí, y “comunidad LGBTI” también conforman un conflicto, la mostración de las luchas por lo que los nombres abren y cierran, cierran y abren. Como señala María Pía López: “Sabemos que cuando decimos mujeres estamos nombrando una construcción política, que incluye lesbianas, travestis, trans. Mujeres es el nombre más rápido de nuestra aparición pública, pero al tiempo que lo usamos lo ponemos al borde del estallido, para que muestre todo lo que conlleva y encubre”.(3) Las mujeres y las disidencias sexogenéricas, lesbianas, gais, bisexuales, travestis, transexuales, intersexuales e incluso la adición de “+” o “*” marcan la constante puesta en cuestión de las “identidades” y que en la misma forma de la lengua pueda mostrarse esta incomodidad sobre quiénes son convocados/as, y en cuáles posiciones de poder. Desde luego, este señalamiento entronca con las discusiones históricas de quiénes son ¿los? sujetos de los feminismos.

Conflicto también es lo que hace chirriar las imbricaciones entre la lengua de los feminismos –los lenguajes inclusivos– y la lengua de nuestros saberes para que los modos de inclusión, más que patrimoniar una escena, produzcan acontecimientos políticos. Estos usos son situados e interrogados para seguir interviniendo el trabajo crítico, que consiste, justamente, en leer y escribir. Un vocabulario también es una estrategia (formas del lenguaje “y” formas de la política). Señalar las paradojas no es estar afuera de ellas.

Una introducción es un diario del duelo. Lo que sigue no es un manual ni una historia de los feminismos que pretenda decirlo todo. Se trata, más bien, de algunas de esas zonas de promesas, las de los feminismos en sus discusiones vivas: en las relaciones radioactivas con el pasado, en las imaginaciones de nuevas formas de estar juntos y en cómo lidiamos en el mientras tanto con un presente tan adrenalínico como llagado. Un libro es también sus límites. Es a pesar de esos límites que puede escribirse. No confío en que se escriba y después puedan salvarse las diferencias de razas, de clases, de géneros con una nota o un comentario. Funciona al revés: primero están esas diferencias y después está la escritura. (Pienso; luego sumo la perspectiva de clase: no). Y que también más que una “perspectiva de clase” es una perspectiva de la clase dentro de la clase. Ni folclorizar al “otro” ni horizontalizar las diferencias.

Cada uno de los cinco capítulos traza mapas, los perfora un poco y, a la vez, colecciona ciertas obsesiones –casi como un álbum de figuritas: historias, personajes, canciones, escenas– desde las instituciones (piezas entre el Estado, la comunidad, la letra), los museos (el arte, la cultura, el rock), las formas de violencias (la lengua de la vulnerabilidad y la lengua del delito) y los trabajos (las discusiones por la producción y reproducción de la vida) hasta los modos de amar (donde se cuece el cruce de los lenguajes públicos/privados). Organizar, sí; clausurar, nunca. No busco agotar cada núcleo, sino que entre sí aprieten un mismo nudo: la política. Junto con las cosas que no puedo sacarme de encima: juventud, clase media, filiación, sexo, siglo XX, cómo cada generación está encendida y rota a su manera.

Lo que sigue está hecho de caprichos y de razones, como todos los libros de ideas. De formas de leer. (El riesgo de una lectura es la falla tectónica en la que se funda toda lectura.) Este es un libro sobre feminismos y políticas, pero es también sobre la Argentina –entre las rendijas de la persiana americana– y sobre la época. Lo impulsa la manía por las preguntas, por cruzar las caras de la luna, por las flechas que apuntan a los dos lados, por lo que pasa entre lo instituyente y lo instituido. Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo. Ahí vamos.

1. Beard, Mary, Mujeres y poder, Buenos Aires, Crítica, 2018.

2. Rolfi, Betina, “Corbatas y glitter”, Perfil, 14/10/2019.

3. López, María Pía, Apuntes para las militancias, La Plata, Estructura Mental a las Estrellas, 2019, p. 82.

Capítulo I: Pequeñas anécdotas sobre las instituciones

El comienzo del siglo XXI parece llegar cruzado por más incógnitas que certezas respecto de la etiología de la gran marea revolucionaria que quedó trunca […] Quizá por eso es necesario esperar, siempre, más libros. Las palabras que le den sentido final a tanta creación, tanta ilusión, tanta sangre, de aquellos años. Y aporten un poco de luz y de pasión al enigma del futuro. María Seoane, Todo o nada

¿Cuántas veces al día se escucha o lee “feminismo”? ¿Acaso es posible vivir completamente al margen de sus influencias o de sus angustias? ¿Qué pasa cuando lo instituyente es instituido? ¿Cuál es nuestro sujeto político? ¿Podemos hacer caer el “patriarcado” o solo gestionamos su fracaso? El “feminismo” ha pasado de ser un sustantivo lateral para masificarse hasta ingresar en el currículo educativo, figurar en algunas constituciones de Occidente, convertirse en estrategia de marketing o modular la coreografía sentimental de una primera cita. De insulto a sinónimo de cierta retórica. La lógica del cupo pensada para la representación política desborda hacia otras instituciones: educativas, artísticas, empresariales. Ya no podemos mirar una foto sin pensar: ¿cuántas mujeres hay y para qué? El mercado también tiene su cara feminista. En la estampa de la colección de una marca global, se lee en inglés: “El feminismo es la noción radical de que las mujeres son personas”. ¿Es esa su única definición? ¿Todas las mujeres y el colectivo LGBTI vivimos una vida mejor que la de nuestras madres?

Dos obsesiones. Hay quienes cuestionan el “feminismo” en sí por lo que puede representar y porque se han conquistado muchas de las reivindicaciones que marcaron su origen: propiedad, voto, trabajo, carrera, libertades afectivas. Hay quienes lo reivindican porque creen que la lucha solo puede darse en él: dentro del feminismo, todo; fuera, nada. También se puede discutir de qué hablamos cuando hablamos de feminismo, sin destruirlo ni sacralizarlo.

Pero el feminismo no existe. Porque pensar en singular es más una construcción de cierto feminismo que de los feminismos. El plural no es un simple cliché lingüístico sino la posibilidad de mostrar zonas de conflictos y promesas, en definitiva, de saberes e incertidumbres. Su historia es la de cada feminismo inscripto en una época en la que se piensa el problema de las mujeres y disidencias sexuales y de sus disputas en esas coordenadas. Al igual que cualquier movimiento político, organiza y coagula luchas a la vez que, en sí mismo, está constituido por luchas. La insistencia por devolverle la pluralidad a los feminismos mantiene viva su politización.(4)

Cuando el feminismo, la mujer o la disidencia se pueden singularizar, en parte, su potencia se desactiva, se acartona o corre el riesgo de transformarse en un facilismo. El plural visibiliza un mosaico de múltiples consensos, pero también de tensiones, ambigüedades o deseos a veces contradictorios y, por supuesto, contiendas de poder. Si no incluyera litigios, no podría existir como espacio político. Es problemática esa representación del “feminismo” como un lugar de total acuerdo y armonía teñido de rosa o verde. ¿Qué pasa entonces con cierta imagen que se vuelve mainstream?

Flores silvestres en los jardines de la sociedad civil

Feminismo institucional e institucionalización del feminismo no son equivalentes. Una arista es cristalizar cierta construcción que puede impedir leer otras formas para que las mujeres hagan política, como si las discusiones y las prácticas se congelaran y los conflictos se difuminasen. Los desafíos ‒y hasta los riesgos‒ del feminismo institucional acompañan su organización genealógica. Hacia el final del siglo XX, Judith Butler, entre otras, advierte la centralidad en torno a una subjetividad feminista: blanca, heterosexual, universitaria. Como si la cifra se jugara solo luciendo un tailleur, en un puesto jerárquico o desde un pupitre en una facultad. “Queer/cuir”, “disidencias sexuales” es también el modo de nombrar la interrogación constante de los feminismos respecto de los “cuerpos que importan”.(5)

Saberes instituidos y saberes instituyentes, como señala Miguel Vitagliano.(6) La institucionalización del feminismo, que acontece cuando aquello instituyente pasa a ser instituido, conforma la paradoja de todas las instituciones. Cuando la agrupación Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (HIJOS) surge en 1995, reivindica la memoria militante de sus padres desaparecidos por la última dictadura militar y, ante la impunidad, hace los primeros escraches contra los genocidas: echar pintura roja, sangre diluida, en los domicilios de los militares. Señalizar que las casas no son el lugar para ellos, sino la cárcel. HIJOS enciende los corazones de una generación. ¿Qué adolescente de esos años no fantasea, al menos una vez, con ser hijo de desaparecidos? Y si las fechas de nacimiento lo tornan inverosímil, ¿quién no sueña al menos con enamorarse de alguien de la agrupación? Acercarse en primera persona a ese punto neurálgico, familiarizarse –como sea– con ese goteo de la revolución.

En 2020 HIJOS cumple 25 años. El ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, hijo de desaparecidos, vinculado a HIJOS desde su fundación, publica en Twitter una foto de él, joven, delante de la bandera, con su cuello rodeado por el típico pañuelo blanco y negro –el llamado “pañuelo palestino”, un signo de época–. ¿Qué pasa para que esa juventud llegue a ocupar cargos jerárquicos en la función pública? ¿Cómo se transforman las demandas de los escraches –“juicio y castigo”– en una política de Estado? El hijo apropiado por la dictadura pone su firma en los DNI de los argentinos. HIJOS, esa institución, los feminismos, diríamos las instituciones, contienen la luna y el lado oscuro de la luna. Anoto la frase de un amigo: “ganar es lo peor”. Pero todos/as, más o menos, somos también esos adolescentes que sueñan con ganar. Algo.

¿Para qué se relaciona un gobierno con su sociedad civil? Resultan nítidos los efectos de “ganar”, pero ¿cuáles son los desafíos para que aquello que estaba pulsando no termine siendo un museo de sí mismo? ¿La federalización? El Estado no pareciera ser la máquina de estatalizar la agenda pública. Pero si por momentos llega a serlo, no sería su caníbal sino su promotor, incluso con lo que a veces todavía no pueda responder. Entonces, ¿qué de los feminismos no entra en el “ministerio” del feminismo? ¿Qué hace o puede hacer la política con eso? ¿El Estado puede ser feminista? ¿De qué maneras se conjugan las luchas con las acciones gubernamentales? Y algo más: un Estado también es la memoria de las torturadas, violadas, asesinadas; la genealogía de las que toman el cielo por asalto, las que salen de su casa a la plaza, las que ni tienen nombre propio.

Los cruces entre sexualidad y ciudadanía hacen crujir esta paradoja: se lucha como si el Estado pudiese contener todas las demandas feministas, a la vez que se reconfiguran las fronteras de su acción. Más aún: los feminismos interpelan al Estado al tiempo que defienden las libertades individuales. Los modos de subjetivación actuales implican una creciente estatalización (porque la “deconstrucción” la organiza el Estado), mientras mantienen, al mismo tiempo, una necesaria zona ciega, un “patio de atrás”.

La Ley de Educación Sexual Integral (ESI) tiene su propio entramado: comienza en 2003 como Ley de Salud Sexual y Procreación Responsable, cristaliza en la Ley de Educación Sexual Integral en 2006 y, a partir de 2008, se condensa en los Lineamientos Curriculares para la Educación Sexual Integral, junto con la producción de distintos materiales, entre otros hitos. En la última resolución ministerial se establecen los cinco núcleos conceptuales de la ESI para todos los niveles educativos y en todo el país: el cuidado del cuerpo y la salud, la valoración de la afectividad, la equidad de género, el respeto de la diversidad y el ejercicio de derechos.

Escribir sobre la ESI es también producirla, ya que en tanto ley no está contenida de una vez y para siempre en su letra sino en cada lectura y en cada uso que se haga de ella.(7) La demanda por la ESI en la Argentina está enlazada a la masividad y potencia de los feminismos a partir de Ni Una Menos, desde 2015, y sobre todo al debate legislativo por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) durante 2018. La propia consigna de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito señala: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”. En esta temporalidad se solapan –no sin contradicciones– las conquistas políticas, sociales y jurídicas de las mujeres y la comunidad LGBTI desde las imaginaciones democráticas pos-1983.(8)

Los lineamientos curriculares de la ESI están propuestos desde la educación inicial hasta la formación docente. Aquí se entrecruzan sentidos: por un lado, los efectos de la ESI en la cada vez mayor institucionalización de acciones en torno a problemáticas de violencia de género; por el otro, las discusiones sobre su “incorporación” a las bibliotecas y lecturas. En la primera dimensión, la ESI se vincula con los horizontes de ley y derechos, cuyos hitos son la visibilización de problemáticas de violencia en todos los niveles y, en el espacio universitario, la articulación de la Red Universitaria de Género.(9) En la segunda, los debates sobre la producción de “saberes” se relacionan con la transversalidad o especificidad de esta ley. ¿Los impactos institucionales y los impactos críticos acaso podrían no intervenir en diálogo? ¿Cuáles son las operaciones para deslindar los protocolos habilitados por la ESI de sus bibliografías y discusiones?

Desde 2019, la ley 27.499 establece la capacitación obligatoria en género para todas las personas que integran los tres poderes del Estado. A esta ley se la conoce como Ley Micaela porque es impulsada a partir del femicidio de Micaela García, una joven de 21 años asesinada en Gualeguay, Entre Ríos. El nombre propio de la Ley Micaela conmemora, a partir de la historia de esta joven militante del Movimiento Evita, las vidas de quienes han muerto por violencia de género y sostiene en la ESI una política preventiva. La discusión es, entonces, no solo acerca de la formación docente, sino que empieza a reconfigurarse como una educación ciudadana: esta ley, que canaliza una intervención social, la instaura para toda persona vinculada a la gestión del Estado.

Pero además: ¿cómo hilarla con las “proyecciones” de estudiantes (y de docentes)? ¿Cómo tornar más plásticos los/as sujetos/as de esta ley y las lecturas sobre ellos/as? Pareciera que es más sencillo imaginar una ESI para jóvenes que para docentes –y mucho más cuando los/as docentes no son jóvenes–. Sumar sus retos en espacios a veces hostiles o con poblaciones vulnerabilizadas amplía los horizontes de su institucionalización. ¿Cómo organizarla en escuelas parroquiales, privadas, de frontera? ¿De qué modo lograr que no sea solo para “la revolución de las hijas”, sino para todas las “identidades” sexogenéricas?

Una historia viva de la ley como una política en movimiento, que se ha transformado desde 2003 –es la primera de las históricas de ampliación de derechos sexuales del kirchnerismo–; un tiempo-espacio de encuentro de realidades áulicas y extraáulicas; una construcción del docente como “militante” (¿la ESI es una militancia?); un atlas de debates en torno a la aparente disyunción entre una crítica “intelectual” o “militante”; cierta interrogación de espacios de politización de universidades y escuelas; algunas reescrituras “norte”-“sur”; otras tensiones letradas de centros, periferias, márgenes. Diríamos: reconfiguración de las vinculaciones entre Estado, universidad, escuela, militancia, feminismos, saber, territorio. Las instituciones parecen, a veces, más dispuestas a agregar “perspectiva de género” que a habilitar que estas hagan crujir los presupuestos de lo institucional, es decir, el poder.

Como todas las grandes revueltas políticas, los feminismos oscilan entre esos dos polos: igualdad y libertad. ¿Dónde vibra la democracia? La división sexual también afecta la militancia ‒según quiénes hablan en las asambleas y quiénes apilan las sillas‒, la política ‒quiénes representan y quiénes son representadas‒, así como los ministerios ‒quiénes dirigen el de Desarrollo Social y quiénes el de Economía‒.

Contar una historia, escribir una estrategia

Los feminismos también son una caja de resonancia de otros pensamientos que refractan en ellos, como el marxismo, el psicoanálisis, el poscolonialismo y –en clave local– el peronismo o el liberalismo. Una vida feminista en esta época no se compara con aquella de principios del siglo XX. Desde luego, las formas han variado. Incluso, en un mismo corte, conviven distintos feminismos que discuten sobre los modos de intervención. Por ejemplo, aquellos que piden la abolición de la prostitución o los que reclaman la legalización del trabajo sexual, así como los que exigen un mayor poder punitivo del Estado contra los crímenes sexuales y los que plantean que ningún feminismo puede ser punitivista.

Cuando Roland Barthes escribe una historia del teatro de Racine, sugiere que solo sería posible en tanto historia de las lágrimas de las y los espectadores de sus obras.(10) Si lo que se busca es organizar el pensamiento feminista, ¿qué preguntas formular? ¿Es una historia?, ¿una cronología?, ¿un panorama? Lejos de la secuencialidad, la totalidad o el sentido cerrado, es más bien un mapeo de una articulación de efectos. Una cartografía posible comienza con la previa del feminismo, continúa con sus inicios durante el Iluminismo –la época de la razón y la Revolución francesa– y se consolida mucho tiempo después. El siglo XXI es el siglo de los feminismos, pero el XX es su antesala, su cocina: ninguna guerra mundial, ninguna alteración en las formas de producción o incorporación de nuevas tecnologías puede ser dimensionada sin incluir las consecuencias del cambio de las relaciones sexogenéricas. Nunca, como en los últimos cien años, las formas de trabajar, amar y tener –o no– hijos han atravesado transformaciones tan vertiginosas.

Clara Serra, al formular la estrategia política feminista, presenta una ficción: “… como si acaso pudiéramos elegir entre acabar con el patriarcado o gestionarlo”.(11) Ninguna vida es feminista en su totalidad, porque lo que las mujeres y disidencias sexuales logran, negocian y ceden nunca puede salirse de este paradigma de gestión social. Cualquier vida feminista se inscribe en la paradoja de producir interrupciones y entradas de política feminista que tensionan los flujos de esta organización de sexos y géneros. ¿Hay feminismo antes de los feminismos? Dar por sentadas las diferencias entre mujeres y feministas implica que los feminismos no comienzan con la “mujer” como tal. Esa distancia es una construcción humanista y móvil: este a priori solo puede edificarse desde la interrogación por la igualdad. Por eso, el problema de la representatividad y la representación: no todas las mujeres son feministas, así como los feminismos no son solo de, por y para mujeres.

En diversas sociedades antiguas se puede especular con vidas que discuten las posibilidades de su tiempo. Algunas son hitos como las de Cleopatra, Lady Godiva y Sor Juana. Muchas de ellas quizá son feministas antes de que la palabra se formule. Y aquí se abre otra línea: ¿es posible vivir entonces una vida feminista, aunque una no se asuma de ese modo o incluso rechace sus reclamos? En 1405, Cristina de Pizán –quizá la primera escritora profesional de Occidente– redacta La ciudad de las damas. En 1791, Olympe de Gouges escribe la “Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana”; amiga de los revolucionarios, muere en la guillotina. En esos mismos años, Mary Wollstonecraft redacta Vindicación de los derechos de la mujer y muere después de dar a luz a Mary Shelley, la famosa escritora de Frankenstein o el moderno Prometeo. Las tres producen textos fundacionales y viven atravesadas por las contradicciones entre las innovaciones que proponen y los límites históricos de lo decible. Estas vidas –excepcionales– interrogan las condiciones del mundo y abren la posibilidad de que la modernidad empiece a escribir otras anécdotas sobre sus instituciones.

La arquitectura de los feminismos

Mientras en un plano la modernidad organiza su apogeo y luego sus crisis, en otro delinea que la modernidad ya empieza en crisis, y que esta luego se expande o acentúa. Los feminismos pueden pensarse como una conquista de la modernidad, que la perfecciona y corona, pero también como un agujero “constitutivo” que hace mella en el croquis de lo moderno: ¿dónde está lo privado y dónde, lo público? Modernidad también es un prisma de modernidades, así, en disputa.

Los feminismos empiezan junto con la noción de ciudadanía; son, según Amelia Valcárcel, “hijo no querido de la Ilustración”.(12) El pensamiento ilustrado implica una mirada racional del mundo y del sujeto, una lectura sobre la naturaleza y el contrato social, el orden o progreso posibles. De acuerdo con lecturas como la de Eric Hobsbawm, en esas coordenadas se desencadenan las revoluciones burguesas.(13) El reclamo francés invoca “libertad, igualdad, fraternidad”. Lo que no explicita es entre quiénes. La operación política es cuestionar los destinarios de esa tríada. Ya no se trata de mujeres excepcionales, sino de la fundación de una comunidad.(14)

En el proceso de las revoluciones burguesas, dentro del llamado “tercer Estado” –por fuera de la nobleza y el clero–, comienzan las preguntas en torno a por qué las declaraciones del “hombre” no incluyen a las mujeres. En ningún sitio “está escrito” que ellas no sean también ciudadanas. Entonces ¿cómo son excluidas del contrato social? Tal como propone, de modo visionario, Poullain de la Barre en su reflexión sobre las consecuencias de ser una dama, la exclusión funciona por inferioridad o superioridad.

La primera implica considerar que las mujeres no son iguales a los varones, y modular esa diferencia en tanto inferioridad, cuya consecuencia es un tratamiento cívico incompleto: prevalencia del apellido paterno, patria potestad. La segunda, también frecuente y muchas veces difícil de detectar, es la diferencia entendida como un culto a la “condición femenina”, que habilitaría la reacción cortesana y los códigos de caballerosidad. La modernidad también crea conductas. Junto con su fe cívica inventa, no sin contradicciones, una fábula de comportamientos que involucran protección, galantería, invitaciones, privilegios. Cuando Valcárcel pide el “derecho al mal” para las mujeres, en parte dialoga con estas discusiones: es tan peligroso ningunearlas como santificarlas.

La exclusión por superioridad no es menos inocua: ambas operaciones esconden un trato desigual. Quizá sea la parte más difícil: reconocer que esas imágenes fuera de toda ley –suprema bondad y maternidad sacrificial– son la otra cara de la desigualdad. Caminar por una calle oscura por la noche y no temer ante la presencia de una mujer con un bebé en brazos también es una construcción, y también es aceptar un manual de género.

Entonces, desde estos cimientos modernos, los feminismos son burgueses por definición y por eso sus características no pueden analizarse sin las revoluciones del siglo XVIII –industrial, estadounidense, francesa–. Para su formación son claves tanto la irrupción del nuevo sujeto político de la burguesía como sus consecuencias: el imperio del yo, el deseo de educación y la revisión de la sexualidad feudal. “Constrúyete a ti mismo”, dice el Siglo de las Luces. Estos comienzos están atravesados por el Estado moderno, la democracia y el capitalismo. Decirle a una feminista “burguesa” es, sencillamente, nombrar su origen.

Georg Lukács, entre otros, señala, en su análisis “¿Narrar o describir?”, el punto nodal del quiebre del tercer Estado.(15) La burguesía actúa como revolucionaria hasta la experiencia de la Comuna de París, cuando estalla la unidad de ese tercer Estado y se diferencian las identidades políticas: plebe, campesinado, burguesía. La modernidad, en buena parte, sigue atravesada por esas disputas entre revolución y reformismo, y por esos espacios de inserción: cafés, imprentas, ciudades; nuestras religiones laicas.

Feminismos y democracia

Aquí el vector está alineado por la igualdad: que las mujeres y disidencias sexuales tengan los mismos derechos. La noción de espacio público, que según Jürgen Habermas comienza en esa época, alude a un ámbito intermedio entre lo privado, centrado en el hogar, y el Estado, centrado en las instituciones.(16) Esa tierra pública se configura como el lugar del primer reclamo feminista. Desde esta óptica, se exige al joven Estado una serie de derechos civiles y políticos, lo que se conoce como la primera generación de derechos.

Uno es el derecho a votar. La primera gran campaña política del feminismo la realizan las sufragistas desde fines del siglo XIX. El primer país en el que pueden votar es Nueva Zelanda (1893), aunque las neozelandesas solo pueden acceder a un cargo público a partir de 1919. Luego siguen Australia (1902), Finlandia (1906), Noruega (1913), Dinamarca (1915) y, a tres años de comenzada la Revolución rusa, Estados Unidos (1920). Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, el número de países en el cual las mujeres pueden ejercer derechos políticos asciende en forma veloz.(17) En América Latina, el pionero es Uruguay en 1927. En la Argentina (1951), votan a partir del impulso que brinda a la iniciativa María Eva Duarte de Perón, aunque la tradición sufragista se remonta a las anarquistas y socialistas.

En el contexto de la “Revolución de 1943” sucede algo inesperado: de modo sorpresivo, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, a cargo del general Juan Domingo Perón, se plantea que el voto femenino sea sancionado por decreto. ¿Cuáles son las reacciones? Las feministas históricas se ubican entre las detractoras del “sufragio desde arriba”, es decir, la ampliación democrática en ese contexto. Finalmente, el decreto no prospera, pero el problema queda formulado: ¿cómo actuarán, a partir de entonces, las mujeres de tradición feminista ante la promoción de esta ley impulsada por un varón con el que muchas de ellas disienten?(18)

Apenas Perón gana las elecciones, se presenta un proyecto de ley para el sufragio femenino, que es sancionado al año siguiente. La ley 13.010 establece en su artículo primero: “Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos”. María Eva Duarte de Perón no participa en la redacción de esta ley; ella la sostiene con su cuerpo: su historia está asociada al efectivo logro de la ciudadanía política. El hecho maldito de los derechos argentinos. Si para cierto liberalismo y socialismo la mujer feminista es la auténtica destinataria de tal derecho, para el peronismo lo son todas –imposible diferenciar, entonces, entre “ilustradas” y “cooptadas”–. Así, las argentinas participan en la vida pública de una manera inédita: con la creación del Partido Peronista Femenino, la Fundación Eva Perón –dispositivo del paso de la caridad y las “damas de beneficencia” a la organización estatal de la justicia social– y el peso simbólico de cada vez más “princesas plebeyas” que ofician de primeras damas y, como Eva, dan un paso adelante inaugural en la política argentina.

Los feminismos forman parte de los procesos de modernización de la Argentina durante el siglo XX. Los peronismos también. Más que fuerzas antitéticas, binarias o solo pensables desde la inversión, emergen sus zonas de cruces e imaginaciones comunes. Tan distantes entre sí, La razón de mi vida, de Eva Perón, y la Autobiografía, de Victoria Ocampo ‒escritora y artífice de Sur‒, comparten un mismo motor de escritura. Entonces, tanto como Claudia Soria, Paola Cortés Rocca y Edgardo Dieleke han reformulado el famoso “alpargatas sí, libros también”, podría decirse: “peronismo sí, feminismo también”.(19) Del género como una demanda “liberal” a formar parte de una agenda “popular”. Si Evita viviera, ¿sería feminista? ¿Cómo se reconfiguran las luchas revolucionarias ante la recuperación democrática y la demanda por derechos?

Cuando Kate Millett dice “lo personal es político” y produce la mayor revolución de los últimos cincuenta años, lo hace en una tesis sobre literatura. Desde ahí, se abre la gran transformación de los feminismos: la interpelación se extiende del espacio público al privado; lo que pasa puertas adentro, incluso en la cama, también es político. Los desplazamientos en el espacio movilizan la lucha por la ciudadanía hacia la reconfiguración “radical” del territorio mismo. Su intervención está modificando la propia arquitectura de cómo se configura el Estado nación: la domesticidad se politiza, la privacidad se torna pública, las fronteras estatales se difuminan.

Lo que se conoce como feminismo radical es el nombre que adquiere esta avalancha de cambios, productos, geografías y canciones que imprimen los años sesenta y setenta. Estas dos décadas se aglutinan en los libros Política sexual, de Kate Millett, y La dialéctica del sexo, de Shulamith Firestone.(20) Los feminismos reclaman ya no solo al Estado sino a cada uno de los varones. Es el principio de “durmiendo con el enemigo”: las mujeres y disidencias sexuales viven atravesadas por una situación vital de amor, y también de poder, dado que la familia y la pareja refractan las relaciones desiguales del ámbito público en la esfera doméstica. El feminismo radical, línea del feminismo cultural, tira nuevas preguntas: ¿de qué nos liberamos cuando nos liberamos?

Los feminismos son operaciones de lectura que intervienen y modifican las formas de vida, pero también son parte de discusiones articuladas en una genealogía más amplia. Es decir, conforman –y a la vez implotan– las bibliotecas de la modernidad y las nociones de sujeto, arte, política, entre otras. Son nuestras vanguardias: un movimiento más dentro de la modernidad y también las crisis de la modernidad. Entonces, tan instituyentes como institucionales: pulsan los límites de lo posible y, en los mismos movimientos, los cristalizan una y otra vez con cada una de sus conquistas.

Una arquitectura distinta de los espacios es diseñada por los feminismos, al obliterar la clásica noción de “salida” para pensar la inscripción de las mujeres y disidencias sexuales en el ámbito público, ya que más bien se trata de diferenciales crecientes dentro de las tensiones espaciales reconfiguradas. ¿Cómo nombrar, entonces, un ámbito que se quiere problematizar tanto desde la visibilización del poder de la esfera doméstica como desde las zonas de contagio, tráfico y permeabilidad de lo público, imposibles de circunscribir a una mera “salida”? Para esto, otra vez, hacen falta palabras. Algunas son nuevas, otras gastadas, y otras empiezan y decaen rápidamente, pero la obsesión es seguir apuntando a esos territorios de lo común, de la comunidad, del desafío, de la pregunta.

Palabras más, palabras menos

“Sistema sexo-género”, “patriarcado” y “falogocentrismo” son tres maneras de nombrar y pensar el dispositivo de gestión social centrado histórica y conceptualmente en los varones. Aunque a veces se presten a confusión, “feminismo” y “género” no son equivalentes. “Feminismo” es un concepto del siglo XVIII; “género”, del siglo XX. A mediados de los setenta, Gayle Rubin postula el “sistema de sexo-género” en tanto el “conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana”.(21) Género no es sinónimo de “mujer”; es la forma de organizar las relaciones entre las distintas identidades sexogenéricas que conforman una sociedad. El “sistema de sexo-género” es la manera en la que el feminismo lee la discusión naturaleza-cultura. La diferencia entre biología y sociedad.

En el pensamiento francés, El segundo sexo, de Simone de Beauvoir.(22) En el estadounidense, La mística de la feminidad, de Betty Friedan.(23) Una conexión euroangloamericana. El libro de Simone de Beauvoir es leído en Estados Unidos bajo el prisma del de Betty Friedan, que despatologiza la “neurosis del ama de casa inadaptada”. El lema beauvoireano “no se nace mujer, se llega a serlo” es la manera europea de nombrar o pensar el concepto de género, es decir, su antesala.

Tal como lee Paul B. Preciado, el “pseudopsiquiatra” estadounidense John Money –tras los hallazgos de Robert Stoller– inventa el término “género” como diferente de lo hasta entonces entendido por “sexo”.(24) Si para Money es posible “modificar el género de cualquier bebé hasta los dieciocho meses”, esto “prueba” que masculino y femenino son construcciones culturales. Los feminismos se reapropian de esta noción de género que, desde la medicina, se limita a la intervención quirúrgica para corregir una genitalidad considerada anómala. En cambio, para el feminismo cultural se trata de una noción relacional, posicional e histórica. La perspectiva “de género” surca este concepto inicialmente “médico” atendiendo a tales dimensiones. Esto densifica que ya no se trataría solo de las “mujeres”, sino más bien de las posiciones que ciertos sujetos ocupan en las relaciones que establecen entre sí. Género porque son relaciones: no identidades, no esencialismos, ni siquiera roles.

Cuando se piensa en feminismos, suena “patriarcado”, una palabra comodín que se ha ido cargando de sentidos múltiples y a veces un tanto opuestos. Entre las distintas escritoras que han discutido este concepto, Carole Pateman aborda el vínculo entre patriarcado y democracia, entre el contrato del Estado y el contrato del sexo.(25) Según Pateman, “patriarcado” remite al pacto de varones, la fratría; así la democracia no es solo la distribución de poderes y la aceptación de una mayoría, sino también una forma de distribución de las mujeres: una por varón. El matrimonio no es tanto un pacto entre mujeres y varones, sino un acuerdo entre varones sobre cómo repartírselas.(26)

“Falogocentrismo” es una noción vinculada con lo que se conoce como feminismo de la diferencia. ¿La igualdad es acaso el mejor horizonte para edificar la subjetividad femenina? Luce Irigaray y Luisa Muraro intentan responder a esta pregunta.(27) Ellas releen la insistencia feminista por pensar exclusivamente desde la igualdad. Las mujeres, si es que son iguales, lo son en un universo masculino. Es decir, no se trata de un sistema neutro, sino focalizado en los varones. Todas las mujeres, incluso las feministas, están inscriptas en la cultura de un modo masculino. ¿Cómo imaginar una enunciación no “oprimida” si el lenguaje ya está “oprimido”?

“Falogocentrismo”, entonces, remite a la significación cultural del genital masculino –falo– y al sistema cartesiano –logos–: según Descartes, nacemos de la razón, no de la vagina. Irigaray les discute a las feministas no poner de manifiesto qué se entiende por “mujer”, de qué subjetividad se está hablando. Un ejemplo: la cíclica temporalidad femenina queda obstruida en el tiempo lineal de los varones. Mientras que en el capitalismo ellos podrían producir siempre igual, la productividad adquiere otra modulación atravesada por los ciclos de la menstruación, el embarazo, la lactancia y la menopausia.

Muraro, en particular, propone que ningún feminismo es posible si no se revisa el vínculo con la propia madre. ¿Cómo se llevaría Simone de Beauvoir con su mamá? No se puede abrazar a los feminismos sin antes abrazar a la madre, a la suegra, a las amigas. ¿Me gusta ser mujer? El feminismo de la diferencia revisa el malentendido según el cual ser feminista es dejar de lado todos los asuntos de la feminidad. Irigaray y Muraro rearman el pensamiento feminista en la segunda mitad del siglo XX. La discusión, en especial la de la tradición ibérica, pasa por la disputa entre lo que se conoce como feminismo de la igualdad y de la diferencia.

¿Quiénes?

Los sujetos de los feminismos son plurales y su propia posibilidad de nominación es uno de los conflictos políticos centrales. En la Argentina, en especial a partir de las convocatorias Ni Una Menos desde 2015, los sujetos políticos de los feminismos son las mujeres, lesbianas, trans, travestis, bisexuales y no binaries, pero la discusión sigue crujiendo, por ejemplo, en los recientes cambios de la nominación del encuentro antes llamado “Encuentro Nacional de Mujeres”, y ahora “Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales y No Binaries”. Así como las estrategias hacen que los feminismos solo puedan articularse en plural, tampoco existe la cuestión de “la” mujer. La conceptualización de las “mujeres” está relacionada con el pensamiento sobre los feminismos, que se ha ido transformando históricamente.

Hay un rumor de que se vive en el posfeminismo, aunque ninguna de las escritoras actuales se reconozca “pos”. En especial, hay dos que oxigenan las disputas entre el feminismo de la igualdad y el de la diferencia: Rosi Braidotti y Judith Butler.(28) Butler retuerce ese esquema de naturaleza-cultura y sexo-género. Cuestiona que la “biología es destino” y propone que el modo de acercarse al sexo también es cultural. No hay un “en sí” de la sexualidad sobre el que la cultura monta y distribuye sus artefactos. Parte del análisis de la primera Butler es en torno a la figura de la drag queen que muestra la feminidad como una actuación, una performance. Con sagacidad, señala la heteronormatividad de cierto feminismo. Así, arriesga que también el sexo es construido y muestra la performatividad de todos los cuerpos. Pero también “género” es el nombre de una nueva época.

Monique Wittig y Adrienne Rich: lesbofeminismo y feminismo lesbiano.(29) Mientras que Rich apoya el “contínuum lesbiano”, que amplía las experiencias compartidas sin abandonar el concepto de mujer, Wittig discute este posicionamiento y aboga por la lesbiana como una fugitiva del contrato heterosexual, pues “no es una mujer ni económicamente, ni políticamente, ni ideológicamente”. La apuesta de Rich flexibiliza “lesbiana” más allá de las prácticas sexuales, y la de Wittig visibiliza la potencia de la lesbiana por fuera del colectivo de mujeres.

Posfeminismo parece ser el nombre de la crisis en torno a que la “mujer” sea su único y legítimo sujeto. Feminismo ya no es de mujeres para mujeres en tanto mujeres. Esta nueva época se caracteriza por dislocamientos. Según Preciado, las personas “cis” son las que se identifican con el sexo que les ha sido asignado en su nacimiento, mientras que las “trans” desean una modificación con la ayuda de procedimientos técnicos, performativos o legales.(30) A la vez, surge la teoría queer –en una reapropiación afirmativa del sentido peyorativo de esta palabra–, el feminismo poscolonial o la discusión con el feminismo islámico.

¿Cuál es la funcionalidad de sostener un “mito de la opresión común” para todas las mujeres y disidencias sexuales? Si bien el género es fundante para la subjetividad, también lo son el sector social, el nivel educativo y la raza. Pierre Bourdieu advierte que la posición en la estructura social no solo está dada por el capital económico –bienes y dinero–, sino también por el capital social, cultural y racial, a los que Catherine Hakim suma el “erótico”.(31) En esta serie se podría incluir el capital “feminista”, la posibilidad misma de acceder a su biblioteca y a su lenguaje “inclusivo”.

Quiénes son los sujetos de los feminismos, en definitiva, es una pregunta que nunca puede terminar de responderse. Como dice Joan Scott, “el género solo es útil como pregunta”.(32) La posibilidad de nombrar como “mujeres, lesbianas, trans, travestis, bisexuales y no binaries” se inscribe en este reciente recorrido de desplazamientos de lo público. A la vez, la política del nombre es siempre inconclusa y nunca puede agotar la multiplicidad que nombra. La nominación es un problema: con ella se clausura, pero sin ella no se puede intervenir. Cómo escribir la conflictividad misma de nombrar, cómo se puede institucionalizar esa búsqueda. Habitar la paradoja, las tensiones. Eso somos.

Vivir después de la muerte de Foucault: “nadie lo hace como yo”

Michel Foucault discute con una concepción sustancial, negativa y jurídica del poder, es decir, en tanto poder soberano ligado al contractualismo político, en diálogo con Thomas Hobbes, lector de la soberanía que presupone al sujeto y a la ley. Y al poner el foco en las relaciones mismas de poder, en sus modos de funcionamiento y no en su origen, formula un dispositivo biopolítico, que se desarrolla desde el siglo XVII en dos formas principales, las cuales no son antitéticas, sino que más bien constituyen dos polos enlazados por un haz de relaciones: la anatomopolítica del cuerpo humano y la biopolítica de la población. El primer polo se conecta con un poder que opera en lo micro, en el cuerpo-individual entendido como máquina; el segundo, con un poder que opera en lo macro, en el cuerpo-especie entendido como población.(33)

Una vez que Foucault piensa “el poder sin el rey”, imagina “el sexo sin la ley”. Así demuestra que las sociedades modernas no solo están atravesadas por la hipótesis represiva, es decir, la potencia del no, de la censura, de la prohibición, sino por los poderes micro y macro articulados en el dispositivo de sexualidad, los cuales producen hábitos, prácticas y discursos. Estas lecturas proponen transformaciones en las nociones de poder, de sujeto y de espacios. Ya no se trata de un poder que opera desde arriba hacia abajo, sino de uno productivo, capilar y múltiple, en cada arquitectura, en cada institución. La aparente interioridad y exterioridad del sujeto se reconfigura en la misma producción de subjetividad, donde se cuecen los poderes. Los espacios ya no pueden verse desde una mirada monolítica, sino que cualquier institución habilita a la vez tramas de desestabilización y de cristalización.

Volvemos a Foucault porque no hay afuera (de las instituciones), ni siquiera para los modos de producción de subjetividad feminista. Foucault distingue la “prohibición” de la “norma”. Ese deslizamiento de una prohibición ‒no hacer X‒ a una norma ‒instar a hacer Z–; no tanto el énfasis en lo que “no”, sino en lo que “sí”. La primera se articula con la ley y las formas premodernas. En parte, diríamos contra él, la modernidad es una de las luchas por instaurar nuevas leyes. Allí aún hay cierta nitidez. Por eso el reclamo por la interrupción voluntaria del embarazo es tan magnético, porque se inscribe en los procesos de institucionalización de lo revolucionario. Pero para Foucault el lugar de la prohibición en la sociedad moderna es residual; lo que más la organiza es la norma, la producción de una normalidad, cuya topología es más difusa. Llevando las lecturas del poder contra las cuerdas, hacer caer el patriarcado es, en verdad, un “como si”, porque su lugar último es el afincamiento en los cuerpos. Queremos tirar el patriarcado, pero el patriarcado también está “dentro”. Luchar contra la prohibición es más convocante, pero contra la norma es más difícil.

Y, entonces, ¿la sexualidad es instituyente o instituida? Foucault discute la revolución sexual de los sesenta: donde se supone lo más espontáneo, cuando creemos que podríamos no ser hablados por un discurso ‒en el arrebato bajo las sábanas‒ es que estamos siendo hablados y habladas por todos los discursos juntos. Lo más nuestro es lo más dicho, como el clásico –y siempre esperado– “te quiero”. A la sabiduría popular de la canción “nadie lo hace como yo”, Foucault responde: todos lo hacen como vos. (Pero algo más: la intimidad también puede operar como un laboratorio de edición de nuestras personas públicas. ¿O cuál es el refugio que queda? Nadie puede estar todo el día como si habitara “lo” público, con ese pudor. Tampoco nadie puede estar todo el día como si habitara “lo” privado, con esa sinceridad. Si todo es político, nada es político.)

Siguiendo la huella de ese extraordinario poema de Sergio Raimondi (“que acá el infante sea conducido a una escuela (…) tal vez no sea un hecho tan merecedor de desprecio”), ¿cuáles son las fuerzas de una “biopolítica” en América Latina? ¿Más insular, más definitiva? Cuando lo biológico se imanta en lo político; se trata no tanto de la represión del sexo sino de la producción de la sexualidad: “No hay que creer que diciendo sí al sexo se dice no al poder; se sigue, por el contrario, el hilo del dispositivo general de sexualidad”, según Foucault.

Público y privado, adentro y afuera, arriba y abajo: después de Foucault lo que cae es pensarnos como “individuos”, porque la individualidad –ese voluntarismo– responde a cierta producción de sí mismo que se desmigaja. Aquí se abre una torsión: del debate por los sujetos políticos de los feminismos hacia una densificación de la pregunta misma por la subjetividad. Diríamos: desde Foucault el individuo no existe –somos sujetos– y los sujetos ya no podemos leernos en la mera clave opresión/empoderamiento, porque ¿qué potencia queda si todos/as son oprimidos/as menos yo? Órdenes: ¿cómo lidiar con esa producción de subjetividad? Después de Sigmund Freud ningún sujeto sabe todo de sí y de su deseo; después de Karl Marx ningún sujeto está libre de sus condiciones materiales; después de Friedrich Nietzsche ningún sujeto comunica sin fisuras. ¿De qué modos entonces los feminismos intervienen sobre estos órdenes fundantes de la modernidad sin aplanarlos, pero torsionándolos?

Cómo conseguir chicas

El colectivo Lobo Suelto señala que la política argentina posterior al retorno de la institucionalidad democrática está atravesada por la presencia de las mujeres y disidencias sexuales. Una lista, incompleta y discutible, podría ser la lucha por los derechos humanos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo; el asesinato en 1997 ‒aún impune‒ de la trabajadora Teresa Rodríguez en las primeras manifestaciones sociales en Cutral Co (Neuquén), emblema del movimiento piquetero y de las puebladas al norte y sur del país; la primera presidenta electa y reelecta Cristina Fernández de Kirchner; la implosión en las calles de los sujetos políticos feministas, sobre todo a partir de 2015 con Ni Una Menos; las trabajadoras de la economía popular. No parece coincidencia que Charly García, en ese álbum de la caída de la primavera democrática con su portada hecha de flores, cante Cómo conseguir chicas. Profecías: las mujeres son el rostro de la democracia.

Y la democracia también es la sucesión de leyes de última generación que atraviesan las vidas de su ciudadanía. Casi todas las presidencias desde 1983 tienen su ley hito, aunque el peronismo es quien más ha empujado la imaginación política. Repasemos: Raúl Alfonsín, patria potestad y divorcio; Carlos Menem, cupo, reforma constitucional y fin del servicio militar obligatorio; Néstor Kirchner, educación sexual integral (ESI); Cristina Fernández de Kirchner, matrimonio igualitario e identidad de género; Mauricio Macri, paridad política; Alberto Fernández y la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo.

Una de las primeras medidas de Alberto Fernández ha sido la creación de un ministerio dedicado a las problemáticas de género. Las distintas opciones que se barajaron para nombrarlo son todo un síntoma de las discusiones de las lenguas feministas. Finalmente, constituido como Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, por primera vez tienen rango ministerial las vidas de mujeres y de la comunidad LGBTI –que habían estado circunscriptas al Consejo Nacional de la Mujer–. Pero tan fundamental como el reconocimiento del Estado de las relaciones desiguales de género es que el género no se encapsule. Un ministerio de las mujeres en cada ministerio.(34) ¿Cuáles son los techos de cristal del poder? Como señala la investigadora Mariana Gené, dos de los cargos nunca ocupados por una mujer son el del Ministerio del Interior y el de la Jefatura de Gabinete, espacios claves de la “rosca” y la política “real”.(35)

Los primeros años de la democracia están marcados por otra modernización cultural, por el mestizaje entre lecturas anglonorteamericanas y europeas con los saberes del sur, por la revitalización de la vida universitaria, cultural y editorial. Precariedad y estridencia. Cultura de mezcla. Una cultura política son sus plazas. Y las plazas feministas son, fundamentalmente, una interpelación frente al Congreso. De las patas en la fuente a los pañuelos verdes en el Palacio. Una genealogía del feminismo argentino en avenida Rivadavia. Ahí puede verse, en acto, lo que la investigadora Catalina Trebisacce analiza sobre las transformaciones de los horizontes revolucionarios en agenda de derechos.(36) El tiempo también puede estar hecho de sangre.

4. Sobre las discusiones feministas, ver Abbate, Florencia, Biblioteca feminista, Buenos Aires, Planeta, 2020; Barrancos, Dora, Mujeres en la sociedad argentina,Buenos Aires, Sudamericana, 2007; Elizalde, Silvia, Tiempo de chicas, Buenos Aires, Grupo Editor Universitario-CLACSO, 2015; Gago, Verónica, La potencia feminista, Buenos Aires, Tinta Limón, 2019; López, María Pía, Apuntes para las militancias, La Plata, Estructura Mental a las Estrellas, 2019; Nijensohn, Malena, La razón feminista, Buenos Aires, Cuarenta Ríos, 2019; Vázquez Laba, Vanesa, Feminismos, género y transgénero, Buenos Aires, Universidad Nacional de San Martín, 2019, entre otras/os.

5. Butler, Judith, Cuerpos que importan, Buenos Aires, Paidós, [1993] 2002.

6. Las problematizaciones en torno a lo instituyente e instituido conforman, en sí, un modo de leer, tal como propone Miguel Vitagliano: “El ingreso definitivo de la teoría literaria a la universidad fue una instancia en la que se combinaron signos ambiguos: un discurso definido y fortalecido en una posición instituyente pasaba ahora a ocupar una posición instituida”. En “Variaciones sobre un punto. Notas de trabajo sobre teoría y crítica literaria”, en M. Ciordia et al., Perspectivas actuales de la investigación literaria, Buenos Aires, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 2011, p. 127.

7. Sobre la ESI y sus discusiones, ver Morgade, Graciela (coord.), Toda educación es sexual, Buenos Aires, La Crujía, 2011; Báez, Jésica y Sardi, Valeria (comps.), Territorios de la ESI en la Lengua y la Literatura, Buenos Aires, Grupo Editor Universitario, 2019, entre otras/os.

8. Sobre Ni Una Menos, ver Alcaraz, María Florencia y Paz Frontera, Agustina, “La generación ‘Ni Una Menos’”, en AA. VV., El Atlas de la revolución de las mujeres, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2018.

9. La Red Universitaria de Género (RUGE), en el ámbito del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), es una de las iniciativas más recientes para rearmar las gramáticas de las universidades argentinas a partir del género.

10. Barthes, Roland, Sobre Racine, Buenos Aires, Siglo XXI, [1963] 1992.

11. Serra, Clara, Leonas y zorras: Estrategias políticas feministas, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2018.

12. Valcárcel, Amelia, Sexo y filosofía: sobre “mujer” y “poder”, Barcelona, Anthropos, 1991.

13. Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX, Buenos Aires, Crítica, 1994.

14. Los sucesivos feminismos, en particular poscoloniales, interpelan también esta genealogía vinculada al Estado: moderno, constitucional, ilustrado, burgués.

15. Lukács, Georg, “¿Narrar o describir?”, en Problemas del realismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1966.

16. Habermas, Jürgen, Historia y crítica de la opinión pública, México, Gustavo Gili, 1981.

17. Sobre la discusión sufragismo y feminismos, ver Abbate, Florencia, Biblioteca feminista, Buenos Aires, Planeta, 2020.

18. Las vinculaciones entre mujeres y peronismo han sido estudiadas por Carolina Barry, Isabella Cosse, Laura Ehrlich, Flavia Fiorucci, Karin Grammático, Silvana Palermo, Sara Perrig, Adriana Valobra, entre otras/os.

19. Soria, Claudia; Cortés Rocca, Paola y Dieleke, Edgardo (eds.), Políticas del sentimiento. El peronismo y la construcción de la Argentina moderna, Buenos Aires, Prometeo, 2010.

20. Millett, Kate, Política sexual, Madrid, Cátedra, [1970] 2010 y Firestone, Shulamith, La dialéctica del sexo, Barcelona, Kairós, [1970] 1976.

21. Rubin, Gayle, “El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”, en M. Navarro y C. Stimpson (comps.), Un nuevo saber: Los estudios de mujeres. Tomo I: ¿Qué son los estudios de mujeres?, México, Fondo de Cultura Económica, [1975] 1998.

22. Beauvoir, Simone de, El segundo sexo, Buenos Aires, Debolsillo, [1949] 2012.

23. Friedan, Betty, La mística de la feminidad, Madrid, Cátedra, [1963] 2009.

24. Preciado, Paul B., Testo yonqui: Sexo, drogas y biopolítica, Buenos Aires, Paidós, [2008] 2014.

25. Pateman, Carole, El contrato sexual, Barcelona, Anthropos, [1988] 1995.

26. Patriarcado o “patriarcados” que hagan pensar estrategias políticas situadas, incluso para las formas de distribución de poder y géneros: tanto en la discusión de las vidas en las modernidades occidentales y en las que no lo son; en las modalidades “duras” o “crudas” y en los estados de excepción o en las “balas” de las modalidades en apariencia “blandas” pero que fisuran cada modernidad occidental y cada Estado de derecho.

27. Irigaray, Luce, Espéculo de la otra mujer, Madrid, Akal, [1974] 2007 y Muraro, Luisa, El orden simbólico de la madre, Madrid, Horas y Horas, [1991] 1994.

28. Braidotti, Rosi, Sujetos nómades, Buenos Aires, Paidós, 2000 y Butler, Judith, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, Buenos Aires, Paidós, [1990] 2007.

29. Wittig, Monique, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Madrid, Egales, [1980] 2005 y Rich, Adrienne, “La heterosexualidad obligatoria y la existencia lesbiana”, en M. Navarro y C. Stimpson (comps.), Un nuevo saber: Los estudios de mujeres. Tomo II: Sexualidad, géneros y roles sexuales, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, [1980] 1999.

30. Sobre los estudios trans, ver las producciones de Mauro Cabral y Blas Radi.

31. Hakim, Catherine, Capital erótico, Barcelona, Debate, [2010] 2012.

32. Scott, Joan, “Preguntas no respondidas”, Debate feminista, N.º 40, 2009, pp. 100-110.

33. Foucault, Michel, Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber, Buenos Aires, Siglo XXI, [1976] 2002, pp. 127-152.

34. Así, también son claves las participaciones en subsecretarías y direcciones, como la de Graciela Morgade en Educación o la de Mercedes D’Alessandro en Economía.

35. Gené, Mariana, La rosca política, Buenos Aires, Siglo XXI, 2019.

36. Trebisacce, Catalina, “Habitar el desacuerdo. Notas para una apología de la precariedad política”, en N. Cuello y L. Morgan Disalvo (comps.), Críticas sexuales a la razón punitiva, Neuquén, Ediciones Precarias, 2018.

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Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
180 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9789876146395
Editör:
Telif hakkı:
Bookwire
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