Kitabı oku: «La horrible noche - El conflicto armado colombiano en perspectiva histórica»

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La horrible noche: El conflicto armado colombiano en perspectiva histórica

Colección Folios

© Vicerrectoría de Investigación

Editorial Universidad Nacional de Colombia

© Universidad Nacional de Colombia - Sede Medellín

Facultad de Ciencias Humanas y Económicas

Centro Editorial

ISBN: 978-958-783-006-4 (papel)

ISBN: 978-958-783-007-1 (IBD)

ISBN: 978-958-783-008-8 (digital)

Primera edición

Medellín, 2017

Preparación editorial

Centro Editorial Facultad Ciencias Humanas y Económicas

Diseño de la Colección Folios: Melissa Gaviria Henao

Corrección y Diagramación del texto: Publi_libros S. A. S.

Conversión a ePub

Mákina Editorial

https://makinaeditorial.com/

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio sin autorización escrita de la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas de la Universidad Nacional de Colombia - Sede Medellín.

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H95 Hylton, Forrest

La horrible noche : el conflicto armado colombiano en perspectiva histórica / Forrest Hylton. -- Medellín : Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, 2020.

1 recurso en línea (203 páginas). (Colección Folios)

ISBN : 978-958-783-008-8

1. CONFLICTO ARMADO – HISTORIA - COLOMBIA. 2. VIOLENCIA – HISTORIA - COLOMBIA. 3. SOLUCIÓN DE CONFLICTOS – HISTORIA - COLOMBIA. I. Título. (Serie)

Catalogación en la publicación Universidad Nacional de Colombia. Sede Medellín

A la memoria de

Michael F. Jiménez (1948-2001),

un maestro sin igual, y

a Alberio “el Nueve” Lopera (1966-2015),

un guerrero de la paz.

Contenido

AGRADECIMIENTOS

Gracias a Perry Anderson, Charles Bergquist, Robin Blackburn, Lina Britto, Rafael Britto, Valeria Coronel, Luis Duno-Gottberg, José Antonio Figueroa, Lesley Gill, Jorge González, Greg Grandin, Myriam Londoño, Nivedita Menon, Tim Mitchell, Carlos Ortega, Arzoo Osanloo, Christian Parenti, Raúl Prada, Marcus Rediker, Emir Sader, James Sanders y Sinclair Thomson. A Tariq Ali, por la idea de transformar lo que inicialmente era un ensayo en un libro. A Tom Penn, por ayudarme pacientemente a llevarlo a imprenta. A Peter Linebaugh, por los buenos consejos al comienzo del proceso, así como a Aijaz Ahmad casi al final. A Mike Davis, por impulsar el proyecto desde el principio, sin su estímulo probablemente no hubiese sido publicado. A Steele, mi hijo, quien quiso ayudarme a terminarlo y me dio muy buenas razones para hacerlo. A Gonzalo Sánchez, quien corrigió imprecisiones, ayudó con la bibliografía, me rescató de caer en errores panfletarios y me dejó saber cómo las condiciones en las cuales viven los intelectuales colombianos dan forma a su trabajo. Los errores empíricos y de interpretación son, por supuesto, míos.

En abril de 2006, tuve la fortuna de discutir con anticipación la introducción y los primeros capítulos del libro con diversos participantes en un seminario sobre cultura, poder y fronteras en la Universidad de Columbia; en el seminario del Centro Internacional para Estudios Avanzados de la Universidad de Nueva York, discutí la introducción y varios de los capítulos finales.

Estoy en deuda infinita con los abogados, periodistas, activistas de derechos humanos y sindicales, feministas, organizaciones vecinales, estudiantes y profesores colombianos que con sus agudas percepciones sobre la realidad política nacional me ayudaron a comprenderla durante numerosas entrevistas y conversaciones informales entre 1999 y 2006. Su irreprimible sentido del humor y su firme compromiso con valores y principios profundamente humanos continúan siendo una fuente de inspiración. A todos y cada uno, gracias.

PREFACIO A LA EDICIÓN EN ESPAÑOL

Se cuenta que a mediados de los años noventa, Gabriel García Márquez le dijo a Carlos Fuentes que había llegado la hora de tirar los libros al mar porque la realidad había sobrepasado cualquier ficción. Justo ahí está el nudo gordiano con el que se enfrentan los escritores que intentan representar la actualidad colombiana, siempre tan llena de sorpresas, proclive a superar la capacidad imaginativa de cualquiera.

Al escribir este libro jamás se me ocurrió que el escándalo de la parapolítica, con el cual salieron a la luz pública las relaciones entre el uribismo y los paramilitares desmovilizados en las regiones, se pudiera haber desatado a lo largo de 2007 y 2008, gracias a los esfuerzos conjuntos de la Corte Suprema de Justicia, el Polo Democrático y el movimiento de los familiares de las víctimas. Tampoco pude concebir eventos como el ensayo de “guerra preventiva” que inauguró el bombardeo sobre territorio ecuatoriano el 1º de marzo de 2008, mucho menos que tal acción fuera usada como cortina de humo para distraer al público sobre los alcances de la parapolítica. ¿Cómo pensar que la extradición de los jefes paramilitares a los EE. UU. en mayo de 2008 pudiera ocurrir sin desatar una guerra interna y sin que ellos hablaran de sus vínculos con empresarios, políticos, policías y fuerzas armadas colombianas, sobre todo en Antioquia, cuna del narco-paramilitarismo?

Por otra parte, ¿cómo imaginar que al ganar la presidencia, después de asesinar a sus máximos dirigentes, Juan Manuel Santos buscaría partir las aguas turbias de la historia colombiana en dos e iniciar diálogos de paz con las Farc en La Habana, todo ello sin cambiar el modelo económico minero-energético y con el senador Álvaro Uribe como principal opositor? ¿Cómo imaginar que de esas negociaciones podrían salir palabras plasmadas en papel, igual de esperanzadoras a las de la Constitución de 1991, e igualmente carentes de un sujeto político que les diera vida? Y, por último, ¿cómo imaginar que sin finalizar el conflicto, y desde el Estado, la memoria histórica sería institucionalizada a través del Centro de Memoria Histórica con una serie de informes dirigidos por el autor del prólogo de este libro?

En fin, desde la publicación de este libro en inglés a finales de 2006 han sido muchos los acontecimientos que jamás hubiera podido imaginar debido al carácter casi ficticio de sus desenlaces. En todo caso, el propósito era otro: ayudar a entender la actualidad colombiana con relación al pasado, partiendo de la premisa de que sin una perspectiva histórica sobre el conflicto armado es imposible pensar salidas democráticas posibles, que no sean ni superficiales ni inviables. En otras palabras, la idea era examinar el pasado como cimiento sólido y profundo de una interpretación sobre el presente.

Aunque en los últimos años este tipo de aproximaciones se ha vuelto un lugar común, en 2006 era una idea heterodoxa, si no herética. Los acontecimientos insospechados que he mencionado y más, pese a lo insólito de sus desarrollos, se encuentran anclados en la historia que este libro busca analizar a fin de revelar las tramoyas de los nuevos “libretos” de la ficción mediática, más allá de las ilusiones y fantasmagorías que buscan proyectar. Dicho esto, espero que no lancemos los libros al mar, mucho menos si son clásicos.

Aunque fue escrito en inglés y traducido al francés y al portugués, en español el libro adquiere mayor sentido. En manos de lectores colombianos jóvenes, curiosos y críticos, el texto cobrará un significado más amplio y más consistente con los propósitos pedagógicos del autor. El encuentro con ese público ha sido postergado por demasiados años y me alegra inmensamente concretarlo con la imprenta de la Universidad Nacional de Colombia - Sede Medellín. Espero que el texto sea un pequeño aporte a la discusión crítica, colectiva y pública sobre un futuro democrático, más allá de la guerra.

Chicago, febrero de 2015

PRÓLOGO

Gonzalo Sánchez Gómez

Profesor emérito de Historia, Universidad Nacional de Colombia

Director Centro Nacional de Memoria Histórica

Este libro es el producto de un encantamiento.

El encantamiento con Colombia de este joven investigador americano

que reparte sus preocupaciones investigativas

entre la Colombia de Álvaro Uribe y la Bolivia de Evo Morales.

La deuda intelectual que he podido rastrear en la breve correspondencia que he tenido con el autor determina en gran medida su perspectiva. Formado en la escuela de la historia social británica (E. Hobsbawm, E. P. Thompson, Christopher. Hill), remozada con los estudios subalternos de los orientalistas (Ranajit Guha, Partha Chatterjee) y con el ojo crítico del intelectual y militante propalestino Edward W. Said, el encantamiento de Forrest Hylton le llevó a buscar la lógica o, si se quiere, la crítica de la razón del conflicto en Colombia. A la postre, y seguramente muy a pesar de su espíritu combativo, la pesquisa le dejó la sensación de que la historia colombiana está dominada por un insuperable movimiento pendular que oscila entre la irrupción de la protesta y la demanda radical-popular, y la subsiguiente oleada represiva, cuya respuesta inevitable es a su vez la rebelión armada. Esta última se traduce, por la vía de la recurrencia, en lo que el autor llama hipertrofia militar de la resistencia popular. Esa es al menos una de las facetas que deja entrever este libro profundo y militante.

El libro, repito, es producto de un encantamiento, pero es también producto de un desencanto, el desencanto del autor con los desenfoques de la violencia que se han venido generalizando y según los cuales esta no tiene nada que ver con la situación socioeconómica, con el cierre o restricciones del sistema político, o con la pobreza que revelan a diario las estadísticas comparadas. Desprovistos de toda explicación hemos venido quedando mudos frente a una especie de entronización de lo que podríamos llamar la inmaterialidad de la violencia. El texto es un mentís, una vigorosa respuesta a estos vaciamientos de razones y sentidos y una búsqueda clara de la sustancia del conflicto colombiano.

En su desarrollo el texto está organizado alrededor de tres elementos o bloques temáticos destacables en la larga duración:

El primero se refiere a la forma específica de construcción del orden político, a lo largo del siglo XIX, caracterizada por la debilidad del Estado, la centralidad de los partidos y la fragmentación de las élites, en cuyas hegemonías no resueltas yace una de las principales razones de las crónicas guerras civiles. En realidad las élites son tan fragmentadas como la topografía del país. Pero a esa fragmentación tampoco escapan las fuerzas contestatarias, llámense sindicatos, organizaciones campesinas, guerrillas o frentes políticos. En este contexto, la “democracia oligárquica” y bipartidista se ha mantenido con violencia, pero sin los sobresaltos institucionales que en otros países produjeron los populismos, las revoluciones sociales agrarias o las dictaduras. Más aún, el republicanismo radical popular, que tuvo una irrupción vigorosa y promisoria entre 1849 y 1854, y que puso a Colombia, según el autor, a la vanguardia del reformismo liberal y de la movilización política republicana en el mundo atlántico, fue desarticulado primero con la Regeneración a fines del siglo XIX y de nuevo a mediados del siglo XX con La Violencia. Adicionalmente, y en contraste con una tradición que ha puesto particular atención a las filiaciones ideológicas, Forrest Hylton, sin descartar estas, se interesa más por las prácticas, los rituales y la política cotidiana de los de abajo (indígenas, artesanos, afrocolombianos, colonos y comunidades campesinas) lo que le imprime un sello especialmente dinámico a los cambiantes escenarios que describe y analiza en este enjundioso texto.

El segundo eje temático se refiere a la dinámica del orden social, que también desde el siglo XIX se mueve en torno a las luchas por la tierra, a los procesos de colonización y de migración intrarrural o rural urbana, y a los infructuosos esfuerzos de ruptura de los campesinos con las redes clientelistas. Después de repetidos altibajos de reforma y violencia, esta arquitectura social culmina al filo del milenio con la aplastante contrarreforma agraria –una moderna refeudalización del campo por parte de los paramilitares y narcotraficantes, que no es solo expropiación -concentración de la propiedad, sino reversión de los limitados procesos de democratización rural de décadas precedentes y reconfiguración de las hegemonías y las exclusiones en un amplio número de departamentos, las divisiones territoriales de Colombia–.

El tercer núcleo argumentativo se pregunta por los modos de estructuración del poder y la violencia, desde los años cincuenta del siglo XX hasta la época actual, en un escenario de competencia entre la soberanía limitada del Estado y las pretensiones de soberanía concurrente de insurgencia y contrainsurgencia, concurrencia cuyo resultado más abultado es la privatización de los poderes de coerción.

Desde luego, esta privatización enormemente descentralizada trae otras secuelas: ha oscurecido, mucho antes de que Michael Ignatief en su brillante The warrior’s honor lo hubiera constatado como una de las características de las guerras contemporáneas, las fronteras entre civiles y combatientes. En ese terreno han sentado funesta doctrina en Colombia presidentes como Laureano Gómez en los años cincuenta, y Turbay Ayala con su Estatuto de Seguridad a fines de la década de los setenta, cuyo sabor a Guerra Fría encuentra eco todavía hoy bajo la fórmula de la Seguridad Democrática del presidente Álvaro Uribe Vélez. Los momentos son, desde luego, distinguibles, pero hay algo en común a todos estos regímenes, incluido el actual: manifiestan una irreprimible repugnancia por ideas como las de resistencia civil, comunidades o territorios de paz, neutralidad indígena, y, en general, todo esfuerzo de deslinde de los cuerpos armados. La población es vista, o como prolongación del ejército, o como prolongación de la insurgencia.

Haciéndole eco a esta constatación de Hobsbawm: “Descubrí un país en el que la imposibilidad de hacer una revolución social ha hecho que la violencia sea la esencia constante, universal y omnipresente de la vida pública”, quizás pueda decirse que para el autor de La horrible noche, la historia del país ha sido una historia de contención obstinada de una profunda demanda de revolución social. Una revolución social derrotada, primero, por la Regeneración en la era del capital, a fines del siglo XIX; abortada con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial y, en especial, durante la violencia de los años cincuenta; y finalmente truncada con el colapso de la Unión Soviética, la crisis del socialismo real y las involuciones del ciclo revolucionario centroamericano, con breves destellos reformistas entre uno y otro ciclo.

Las consecuencias de tal trayectoria histórica son desde luego duraderas. No es la misma la mentalidad de un país que ha tenido una revolución, aunque después esta haya sido interrumpida (caso México o Nicaragua), que la de un país que se ha mostrado incapaz de realizarla. En los primeros, el ejercicio del poder popular, así fuera transitorio, dejó una enorme confianza en la capacidad transformadora de la acción colectiva, en tanto que en el segundo, el caso de Colombia, se ha acentuado un profundo pesimismo histórico frente a la posibilidad del cambio radical. Esto explicaría también por qué en Colombia pesa tanto la memoria como trauma sobre la memoria como celebración heroica.

Esta no es desde luego una pura y simple evidencia. Tal singularidad solo resulta comprensible en el marco de una cuidadosa reflexión histórica. El “dónde estamos” solo se nos aclara en la medida en que logremos establecer los determinantes estructurales, es decir, el “de dónde venimos”. Es cierto que a lo largo del siglo XIX Colombia era representativa de las innumerables guerras civiles que agitaron el subcontinente. Pero, en tanto para la mayoría de los países latinoamericanos en el siglo XX las guerras civiles se habían convertido en un anacronismo, y se abrían a experiencias de incorporación social y política, bajo la fórmula del populismo (Vargas en Brasil, Perón en Argentina), Colombia habría de padecer esa prolongada guerra civil no declarada, llamada La Violencia, definida por Eric Hobsbawm como una compleja “revolución frustrada”. Colombia dejó entonces de ser representativa y se convirtió cada vez más en excepcional en el contexto de la política latinoamericana.

Tomando nota de esta singularidad, el libro es pues un viaje al descubrimiento de la excepcionalidad colombiana, una excepcionalidad comprensible solo, según el autor, en el contexto de la historia global de América Latina y de las relaciones de Colombia con los Estados Unidos y con el capitalismo occidental.

Introducción:
recordar en Colombia

El olvido es un elemento clave del sistema,

como de la historia colombiana. Es un factor de poder.

Jacques Gilard, Veinte y cuarenta años de algo peor que la soledad (1988)

CONTEXTO

A finales de 2005, cerca de trescientos representantes de resguardos indígenas y comunidades afrocolombianas confluyeron en Quibdó, capital del Chocó, con el propósito de delinear estrategias para sobrevivir en una guerra donde ellos, o más bien, las comunidades que representan y su modo colectivo y no liberal de administrar los recursos y el territorio, son el blanco. De acuerdo a la Constitución colombiana de 1991, considerada como una de las más progresistas del mundo, los indígenas tienen derecho a tener autonomía a través de los cabildos, que funcionan como células de gobierno local, lo cual incluye manejo colectivo de la tierra y autodeterminación, tanto política como cultural. En 1993, bajo la Ley 70, los afrocolombianos obtuvieron derechos semejantes a aquellos consagrados en la Constitución para los pueblos indígenas: títulos de tierra colectivos manejados por consejos comunales. Tanto los afrocolombianos como los pueblos indígenas se construyeron como ciudadanos y comunidades democráticas sobre tradiciones no liberales.

En un país de una abrumadora mayoría mestiza, en la que el discurso del mestizaje ha jugado un papel fundamental en la construcción y reelaboración del nacionalismo colombiano a lo largo de los siglos XIX y XX, estos grupos han vivido bajo peligro de extinción.1 Como parte de un movimiento social más amplio que lucha por consolidar su presencia en la escena nacional, y basándose en los derechos existentes conquistados a través de procesos de organización que comenzaron en los años setenta y culminaron en la Asamblea Constituyente de 1991, delegados indígenas y afrocolombianos redactaron cuatro cartas que presentaban el dramatis personae y explicaban resumidamente los temas más importantes de la fase actual del conflicto colombiano, que se ha desarrollado a lo largo de los últimos sesenta años. Más de una década después de la conquista de la ciudadanía, el departamento del Chocó aún tenía las tasas más altas de pobreza y mortalidad infantil en un país en el que más de la mitad de la población vivía en la pobreza, sobre todo en el campo donde el nivel llegaba a 85 %.2 Las comunidades y resguardos estaban desposeídos por el accionar de tres grupos: las insurgencias armadas, las contrainsurgencias narco-paramilitares y las Fuerzas Armadas colombianas junto a la Policía Nacional –estos últimos con un apoyo por parte del gobierno de los EE. UU. que supera con creces la asistencia dada a las Fuerzas Armadas de ningún otro país, excepto Egipto, Israel, Irak y Afganistán–.3

Las comunidades representadas en la VII Conferencia de la Solidaridad Interétnica esbozaron una visión de los conceptos de identidad, territorio, cultura, autonomía e independencia diferente a la sostenida por los grupos que amenazan su existencia por medio de la “expropiación violenta”. A los del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la insurgencia más pequeña del país y que ha estado en gran medida ausente de la región por largo tiempo, les pidieron respeto por la autonomía política y la soberanía territorial: les reiteramos que ustedes no deben permanecer en los territorios de las comunidades negras ni en los resguardos indígenas. Fundado a mediados de la década de los sesenta y a partir de los años ochenta con fuerte arraigo en las regiones petroleras del norte del país y en los enclaves de exportaciones multinacionales (de carbón, oro y esmeraldas), el ELN contaba con entre 3500 y 4000 combatientes hasta 2002. A diferencia de la mayoría de las áreas donde el grupo ha operado, su presencia en Chocó es reciente. La represión estatal y especialmente paramilitar contra su limitada base de apoyo los ha debilitado o derrotado en áreas rurales donde por mucho tiempo han dominado. Todas sus milicias urbanas han sido diezmadas. De ahí que, en 2005, comenzaron conversaciones preliminares para un proceso de paz con el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, el cual quedó trancado a partir de 2007.

A las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) se les pidió que se mantuvieran al margen de las deliberaciones de los cabildos indígenas y los consejos comunales afrocolombianos. Las Farc se formaron a mediados de la década de los sesenta y tenían entre 18 000 y 22 000 combatientes en sus filas hasta 2002. Para mediados de los años noventa tenían presencia en más de la mitad de todos los municipios, con gran poder en la selva, en los Llanos y en las zonas de frontera poco pobladas del sur y el sureste. Para finales de esa misma década, las Farc y el ELN influyeron en la política de más del 90 % de los municipios fronterizos. En la carta dirigida a las Farc, estas fueron objeto de duras críticas por su “intromisión” en los consejos comunitarios y los cabildos indígenas. La carta afirma que las Farc

comprometen la autonomía, impiden el libre desarrollo de las actividades cotidianas, sirve de pretexto para la ausencia de inversión social que debe hacer el Estado, impide la aplicación de los reglamentos internos y afecta nuestra propia seguridad […] las Farc estigmatizan a nuestra gente con acusaciones infundadas que no se pueden contradecir y crean un manto de sospecha sobre quienes van y vienen de las zonas rurales a las cabeceras municipales, como supuestos informantes del Ejército.4

Aunque hechos representativos de la degradación del conflicto armado en Colombia, los ataques insurgentes y la intimidación a comunidades afrocolombianas y resguardos indígenas no se comparan con la cantidad de violaciones a los derechos humanos cometidas por la organización paramilitar AUC (Autodefensas Unidas de Colombia). Durante el Plan Colombia (2000-2005) financiado por los EE. UU., esta cifra pasó del 65 % a cerca del 80 % del total.

Aunque las guerrillas hacen uso de tácticas terroristas como la utilización de bombas, el secuestro, el asesinato selectivo y la extorsión, estas no se pueden comprender calificándolas de “terroristas”. Hacer de las guerrillas los responsables de la mayoría de los problemas del país, algo común en ciertos círculos académicos y en los medios de comunicación, es poner la historia al revés, pues se pasa por alto el hecho de que durante toda la vida republicana y nacional de Colombia el terror estatal ha suministrado el oxígeno sin el cual el terror insurgente “no podría arder por mucho tiempo”.5

A diferencia de la insurgencia, el dominio paramilitar ha estado íntimamente vinculado con la política oficial, lo que se evidencia en mayor grado en la zona de Antioquia, patria chica del presidente Álvaro Uribe Vélez, así como en los Santanderes, el Eje Cafetero y la costa Atlántica. La mejor definición de los paramilitares es la de ejércitos privados que

sin ser militares, colaboran con los militares o desempeñan tareas que debieran ser realizadas por los militares mismos, como es la de combatir a las guerrillas. O, más exacta y crudamente, se ocupan de los trabajos sucios e impresentables de esta lucha: la matanza de sospechosos de colaborar con la guerrilla (“paraguerrilleros”) y el desplazamiento de masa de población civil y desarmada que puede servirle a la guerrilla de “agua para el pez”, según la metáfora maoísta.6

Finalmente, al presidente Uribe se le recordó que después de que las comunidades denunciaron el incremento de los cultivos de coca y tráfico de drogas en la región desde 2003, bajo el amparo paramilitar, el Gobierno se cruzó de brazos. Aparte de señalar colectivamente territorios ocupados para la “expropiación violenta”, bajo el pretexto de combatir el tráfico de drogas, sus acciones fueron nulas. También se le hizo un llamado a cumplir con sus deberes como gobierno y, recordando su denuncia sobre la coordinación paramilitar y militar en 2004, protestaron contra la puesta en práctica del modelo neoliberal de exportación agrícola a expensas de sus comunidades:

pone en peligro nuestros títulos colectivos, afecta la fragilidad de nuestro ecosistema, lesiona nuestra cultura agrícola, afecta los cultivos tradicionales, crea una economía de enclave, agrava la crisis alimentaria e implica un largo proceso de acumulación de capital que solo beneficiará a los grandes inversionistas, en detrimento de nuestras propias comunidades… los cultivos de palma africana, lejos de ser una alternativa de prosperidad, representan un componente de la estrategia contrainsurgente que agrava el conflicto en el departamento del Chocó y nos convierte en peones de nuestra propia desgracia.

El documento se refiere a inversionistas, a acumulación de capital y a economías de enclave, aspectos decisivos en la integración colombiana a los circuitos de producción, consumo y distribución dominados por los EE. UU., los cuales han resultado del viraje económico de la década de los setenta con el que se dio inicio al desplazamiento del café y de la industria manufacturera protegida.7 Los delegados mencionaron una estrategia de contrainsurgencia que violando el Protocolo II de la Convención de Ginebra exige lealtad y colaboración de parte de los ciudadanos con la Policía y las Fuerzas Armadas, la cual, como efecto alterno, ha ayudado a expandir los monocultivos de exportación con efectos nocivos para el ecosistema y los pueblos que lo habitan.

La carta al presidente Uribe también señalaba el dominio paramilitar sancionado por el Estado en las regiones fronterizas periféricas donde el gobierno central nunca ha tenido poder y donde compañías petroleras, bananeras, auríferas y madereras han funcionado como fuente básica de recursos (condición necesaria para la expansión y la consolidación insurgente en las décadas de los ochentas y noventas). A manera de continuidad con los precedentes establecidos durante la época de La Violencia en la década de los cincuentas, el presidente Uribe comenzó a institucionalizar la impunidad paraestatal con el propósito de fortalecer la autoridad del gobierno central sobre las zonas de frontera. La expropiación violenta se comparaba a la de inicios de la década de los cincuenta, con tres millones de desplazados en el siglo XXI, principalmente en enclaves multinacionales de exportación o en áreas fronterizas recientemente pobladas. En la mayoría de los casos, dicha expropiación fue llevada a cabo con la excusa de luchar contra el “enemigo interno”.8

Aunque las élites de los partidos políticos ya no lideran el proceso, la derecha paramilitar y, en menor grado, las insurgencias continúan desplazando por la fuerza a los campesinos de sus tierras.9 Por lo tanto, los delegados de la Conferencia de la Solidaridad Interétnica exigieron el fin de la impunidad, de la expropiación y del desplazamiento forzado, así como la indemnización por los crímenes cometidos contra sus comunidades. Además de apoyar un plan para la reincorporación de excombatientes paramilitares a la vida civil, la carta al presidente Uribe advertía también que dicha desmovilización podría traer como consecuencia el surgimiento de “nuevas estructuras paramilitares”. Por ello, la misiva abogaba por el desarme, la desmovilización y la reincorporación a la vida civil […] en un ambiente de respeto a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición. En defensa de la “autonomía”, pidieron que no se haga en nuestros territorios ni, mucho menos, que la reinserción se convierta en un mecanismo de expropiación de nuestras tierras ancestrales.

El énfasis puesto sobre aspectos como memoria, verdad, justicia, reparación y expropiación fue una respuesta a las omisiones que en estos sentidos presenta la Ley 975 del presidente Uribe sobre desmovilización paramilitar, la cual fue modificada por orden de la Corte Constitucional a finales de 2006.10 Como Human Rights Watch destacó, la ley no hizo nada por desmantelar el poder paramilitar y “violaba flagrantemente” normas internacionales sobre asuntos de verdad, justicia e indemnización a las víctimas y a sus familias.11 Con su extensa costa Pacífica, su espesa selva, su densa red fluvial y su frontera montañosa con Panamá, Chocó se convirtió en un corredor estratégico para la contrainsurgencia que, al menos por el momento, ha derrotado a las Farc. Tanto la insurgencia como la contrainsurgencia han obligado a las comunidades afrocolombianas e indígenas a pagar impuestos y tributos, mientras se han disputado el uso de su territorio para la siembra de coca, el procesamiento y transporte de cocaína y el tráfico de armas. Se puede decir lo mismo de la enorme frontera agrícola en el oriente del país, poblada mayormente por mestizos.

Vale la pena repetir que los grupos contrainsurgentes trabajaron con el ejército colombiano, se infiltraron en las instituciones oficiales, se desmovilizaron bajo una ley que regulaba su impunidad y se convirtieron en un para-Estado que estaba a la vez por fuera y por dentro del Estado oficial. Sin embargo, hasta 2002 los insurgentes lucharon por derrocar el Estado colombiano, al menos en teoría, llegando a controlar más del 40 % del territorio nacional. Mientras más apoyos del gobierno norteamericano han recibido las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional en la lucha contrainsurgente, más fuerte se ha tornado el para-Estado. Sin duda, esta ha sido una de las consecuencias más severas de una política contrainsurgente diseñada para fortalecer un Estado débil.

La guerra colombiana ha traído como consecuencia el mayor desplazamiento interno de población en el mundo, según cifras de 2007. Dentro de este fenómeno, la población afrocolombiana y los pueblos indígenas representan un porcentaje desproporcionadamente alto.12 Siendo el tercer país en tamaño de la región, Colombia tiene la segunda población más grande de afrodescendientes en América Latina.13

A largo plazo, estos modelos de expropiación reflejan la continuidad histórica en la tenencia de tierra, la explotación de recursos naturales y el uso del terror político en una república democrática parlamentaria que se fundó sobre los problemas sin resolver heredados de la conquista, la colonización y la esclavitud.14 Bajo el colonialismo español, por ejemplo, los esclavos africanos eran traídos desde Cartagena, principal puerto de comercio de esclavos en la región Andina, para trabajar en minas de oro y en fincas ganaderas en Chocó, lo que provocó el desplazamiento o la expropiación de los grupos indígenas. Buscando escapar de una economía extractiva de enclave y de latifundios de gran extensión con propietarios ausentes, los indígenas, al igual que los esclavos liberados y fugitivos, huyeron hacia las regiones selváticas que son hoy el ojo del huracán.15

La Conferencia de la Solidaridad Interétnica exhortó a todas las partes a buscar una salida política y negociada al conflicto, en oposición a una solución militar, y ofreció una visión de paz, seguridad, democracia, justicia y sobre todo verdad distinta a la ofrecida por el Estado, la derecha paraestatal y las insurgencias. Algunas formas comunitarias de democracia no liberal y de ciudadanía, vinculadas a un nuevo movimiento electoral de izquierda, representan un avance, pero aun tomando en cuenta sus múltiples debilidades internas, el camino está obstaculizado por las violentas restricciones tanto del sistema político como del modelo económico neoliberal reinante.

Objetivo

Aunque la guerra civil en Colombia ha sido una de las más largas y violentas, muchas veces no se toma en cuenta su trasfondo histórico. Considerado el país latinoamericano menos entendido y estudiado en los EE. UU., ganó su puesto en el mapa de los planificadores de la contrainsurgencia del siglo XXI.16 Si se consideran la proximidad geográfica entre Colombia y los EE. UU., así como la amplitud y profundidad del compromiso militar entre ambos a lo largo de la Guerra Fría, el silencio relativo que muestran la academia y el debate público no pueden sino despertar inquietudes.

Con el propósito de vincular y esclarecer el pasado y el presente, este libro se ha basado casi en su totalidad en el trabajo de otros investigadores destacados, particularmente historiadores y científicos sociales, así como de periodistas y activistas de los derechos humanos.17 La bibliografía existente sobre el periodo contemporáneo por lo general contiene un capítulo sobre la historia de la violencia política en Colombia, sin embargo, una perspectiva histórica más profunda para comprender el momento actual es necesaria. No obstante, las síntesis históricas existentes descartan a los movimientos populares como tema central para enfatizar, en cambio, las acciones de las élites, los dos partidos políticos que estas han dominado y el surgimiento del Estado-nación.

Este libro intenta remediar este problema en la literatura sobre el tema. Es cierto que en proporción a la progresiva hipertrofia de las insurgencias, la movilización popular en Colombia ha sido comparativamente débil y fragmentada desde la década de los cincuenta, por lo menos. Pero no siempre fue así. Los movimientos populares han marcado la historia colombiana con efectos duraderos en coyunturas específicas. Una comprensión de su historia nos daría una visión más completa del Estado-nación, de los partidos y de la formación de la clase dominante. También ayudaría a explicar los niveles extraordinariamente altos de la violencia política en Colombia, lo que la condujo por un rumbo diferente y a ser más sangrienta que en los países vecinos durante la Guerra Fría, considerada la era más oscura del terror político en América Latina desde la Conquista. Mientras los movimientos y los partidos electorales socialdemócratas llegaban al poder en toda Sudamérica a comienzos del siglo XXI, en Colombia la violencia representa “una invasión progresiva de más y más espacios de la esfera pública y privada” convirtiéndose en “el factor ordenador-desordenador de la política, la sociedad y la economía”.18

La afirmación principal de este libro es que para comprender la guerra civil colombiana hoy, es necesario apreciar las múltiples capas de los conflictos previos y el peso acumulado de las contradicciones sin resolver.19 El pasado y el presente se “iluminan recíprocamente” e indican el peligro, en el caso colombiano, de repetir el trauma político y colectivo.20 El conflicto contemporáneo en Colombia refleja el pasado, con importantes transferencias de propiedad y tierra a los más ricos y poderosos, además de una amnesia oficial hacia los crímenes de guerra —decretados en nombre de la “paz” y la “reconciliación nacional”—. Por estas razones es que ubico en el escenario central los debates actuales sobre memoria, verdad, justicia y reparaciones a las víctimas. Como nos recuerda un estudioso del terror estatal en América Latina, “la recuperación empieza con la memoria”, y este libro se presenta como parte de la lucha por recuperar y preservar la memoria de una tragedia cuya magnitud es imposible de comprender.21 Un efecto a largo plazo del uso del terror político en Colombia, y en otras partes del mundo, ha sido borrar el recuerdo de las alternativas políticas a las que el terror respondió.

Temas

En las altas esferas políticas en Washington y Bogotá se argumenta a menudo que Colombia padece de una cultura de la violencia, como si los colombianos tuviesen una propensión innata a matarse los unos a los otros.22 Como comúnmente se plantea, esta es una explicación ahistórica y tautológica de por qué la política colombiana está caracterizada por altos niveles de terror, en contraste con sus países vecinos, los cuales más bien gozan de gobiernos de centroizquierda y variadas formas de movilización popular. Este planteamiento pasa por alto el hecho de que hasta el final del siglo XIX, Colombia, al contrario de Brasil, México, Chile y Argentina, se definía “no por su violencia masiva, sino por la falta de la misma”.23 Bien sea al considerar las comparaciones con otros países de la región o la diferencia entre los siglos XIX y XX, generalmente los investigadores advierten sobre el error de interpretar la violencia de finales siglo XX como el resultado lógico de los patrones del siglo XIX. Las pruebas históricas son insuficientes para respaldar la idea de que una “cultura de violencia” explica la política colombiana.

Para explicar el inusual rumbo de Colombia, dos versiones clásicas de la historia comparativa latinoamericana recalcan la durabilidad de la democracia oligárquica, institucionalizada a través de dos partidos políticos.24 Más recientemente, la idea de una “oligarquía” ha estado sujeta a críticas escépticas, aunque todavía es útil para comprender la violencia en Colombia en relación con un orden político excluyente.25 Podemos definir a la oligarquía como un grupo casi corporativo, donde la mayoría de sus miembros disfrutan de privilegios basados en su ascendencia y en algo parecido al estamento, complementados por la aparición de nuevos elementos, principalmente de la clase media y, ocasionalmente, de la clase obrera y campesina. Con elecciones presidenciales celebradas puntualmente cada cuatro años, la democracia oligárquica colombiana cuenta con el sistema bipartidista de más larga data en el mundo; de hecho, la diarquía conservadora-liberal ha sobrevivido casi 150 años, manteniéndose en apariencia intacta hasta el siglo XXI, a pesar de las elecciones legislativas controladas por la representación proporcional.

Después de 1848, cuando se estableció el dominio liberal y conservador, ninguna fracción de la oligarquía unía en un proyecto hegemónico a las clases dirigentes como a un todo junto a los grupos subordinados; ninguna podía representar sus intereses como los de la nación. Aunque esto era común en Europa y América Latina en el siglo XIX, en Colombia duró hasta el siglo XXI. Por consiguiente, las élites fueron forzadas a establecer pactos políticos con grupos subordinados que no llevaron a cabo rituales públicos de respeto y mucho menos asimilaron las normas y valores de sus gobernantes.26 Por el contrario, estos grupos exigieron y lucharon por la igualdad; pero en vez de la hegemonía capitalista burguesa, basada en el liderazgo moral e intelectual, el clientelismo católico autoritario, financiado por el aumento de los capitales con la exportación de café y el Partido Conservador, dominó por un periodo de cincuenta años después de 1880 y anuló la ola de movilización popular democrática y radical que había caracterizado a Colombia durante la era del capital (1848-1875).

El revanchismo y el grado de desarrollo tecnológico creciente se complementaron durante el boom de exportación de café durante la era del capital en Colombia, la cual, en vez de conducir a una expansión de la autoridad del gobierno central, fortaleció a los dos partidos políticos en un país geográficamente fragmentado, donde las oligarquías terratenientes mantuvieron la supremacía regional y local ante los desafíos venideros. En mi opinión, el poco alcance del gobierno central, la influencia de los dos partidos, el acentuado regionalismo basado en la tenencia de la tierra y la desunión de la clase dominante han sido las constantes en la historia republicana.

A medida que la frontera cafetera se establecía a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, sectores campesinos identificados con el progreso capitalista y el mestizaje aseguraron sus derechos de propiedad e incorporación política a uno de los dos partidos a través de redes de crédito y clientelismo.27 La mayoría, compuesta por campesinos mestizos, así como las minorías afrocolombianas e indígenas, tenían derechos de propiedad precarios, una limitada incorporación partidista y, además, vivían bajo amenaza de violencia o expropiación. Cuando las reformas iniciadas desde arriba coincidieron con la movilización de los de abajo en la década de 1860 y nuevamente en la de los treinta, los terratenientes reaccionaron movilizando a sus clientes para proteger sus privilegios, su monopolio político y el control sobre su propiedad a lo largo del campo. Estos movimientos de contrarreforma, así como los movimientos populares radicales a los que respondieron, eran organizados en el ámbito local y regional, lo cual reflejaba la naturaleza fracturada y principalmente rural de la riqueza de los terratenientes, el poder político y la autoridad en Colombia hasta entrada la década de los cincuenta.

El contraste entre Colombia y el resto de América Latina en las décadas de los treinta y cuarenta no podía ser más marcado: México con Cárdenas, Argentina con Perón, Brasil con Vargas, Bolivia con Toro y Busch o, como se muestra en estudios recientes, Cuba con Batista, República Dominicana con Trujillo y Nicaragua con Somoza.28 Es decir, el populismo fue un triunfo rotundo que como forma de política que incluía a los excluidos de las repúblicas oligárquicas se anticipaba a la amenaza, verdadera o imaginada, de una revolución social. Aunque la clase media y segmentos de las viejas oligarquías pudieron haberse beneficiado más que otros grupos, la clase obrera y la clase campesina obtuvieron más y mejores beneficios que los que habían conseguido hasta entonces.

Pero en Colombia el populismo fue vencido entre las décadas de los treinta a los cuarenta y cuando levantó cabeza otra vez en las décadas de los setenta y ochenta, fue decapitado por el terror estatal y paraestatal. Irónicamente, esto solo ha logrado debilitar aun más la ya frágil legitimidad del gobierno central y ha reforzado, al menos militar y territorialmente, a las insurgencias y a la contrainsurgencia. Los estudiosos del tema creen, por consenso, que esto hace que la situación de Colombia sea única.29 Por mi parte sostengo que cuando el gobierno central intentó hacer la reforma agraria bajo la presión de los movimientos populares democráticos y radicales, esta fue obstruida y la contrarreforma se fortaleció desde las regiones y los municipios. Como la guerra sectaria se extendió en las décadas de los cuarenta y cincuenta, cientos de miles de familias campesinas mestizas desplazadas colonizaron fronteras agrarias en regiones de tierras bajas escasamente pobladas por grupos indígenas, o se asentaron en las periferias urbanas de numerosas ciudades intermedias colombianas, en zonas alejadas del epicentro de autoridad del gobierno central.

El gobierno central delegó la represión, primero, a través de la guerra sectaria entre los dos partidos y, después, a través de la contrainsurgencia de la Guerra Fría, cuando se enfrentó a los desafíos insurgentes. Ambos mecanismos de represión de la protesta, la organización y la movilización social fueron moneda común durante los regímenes de terror estatal contrainsurgente que comenzaron en Guatemala en 1954 y continuaron con Brasil y Bolivia en 1964 hasta extenderse por todo el Cono Sur en la década de los setenta. Como en muchos lugares del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, los mecenas del gobierno de los EE. UU. mantenían: “cierta distancia sin dejar de involucrarse” en América Latina y “el terror contrarrevolucionario estaba inextricablemente relacionado con el imperio”.30

Aun así, dos rasgos caracterizaron de manera particular el terror de Estado en Colombia. En primer lugar, ciertos segmentos de la clase campesina vinculados con las élites a través de intermediarios de clase media y que soñaban con adquirir propiedad, ahuyentaron de la región a otros segmentos de su misma clase por medio del despliegue de terror, desalojo y expropiación —algo más o menos análogo a lo que Marx llamó la “acumulación primitiva” de capital en el campo inglés, pero con el elemento distintivo en el caso colombiano de violencia partidista, insurgente o contrainsurgente entre la propia clase campesina—.31 En segundo lugar, con el tiempo, las organizaciones contrainsurgentes obtuvieron una relativa autonomía del Estado, convirtiéndose en un para-Estado. Esto concentró la tierra en cada vez menos manos, inclusive redistribuyéndose una pequeña cantidad de la misma entre un selecto número de clientes subalternos.32 Las ciudades crecieron junto a los asentamientos de fronteras agrarias abiertas, donde se replicó la dinámica anterior del conflicto.33 En el transcurso de apenas cincuenta años los colombianos pasaron de ser una sociedad en la que dos tercios de la población vivía de y en el campo —patrón y campesino; criollo, mestizo, mulato, indio y negro—, a una donde dos tercios habitan las ciudades.

Aunque Colombia se ha convertido en una sociedad que gira en torno a una red de ciudades conectadas por aire y tierra, los terratenientes conservan el dominio político en muchas regiones y localidades. La política colombiana puede ser vista como un sistema parlamentario semiautoritario en el que los terratenientes, en vez de entrar en conflicto con grupos emergentes de industriales y comerciantes, se han fusionado con ellos.34 La actividad comercial, caracterizada por una división poco clara entre lo lícito e ilícito, le ha proporcionado continuamente a la oligarquía iniciativas frescas, cuando sectores de movilidad social ascendente trataron y lograron hacer parte de la oligarquía a través de iniciativas empresariales violentas y despiadadas.35

Las nuevas élites comerciales y manufactureras relacionadas con el negocio de exportación de café se unieron a la oligarquía terrateniente a finales del siglo XIX, por lo que en vez de debilitar el poder del latifundismo dentro la oligarquía, lo reforzó. La alianza reaccionaria caracterizó a la república cafetera bajo el dominio conservador después de la Guerra de los Mil Días finalizada en 1903, sobrevivió intacta el desafío gaitanista en la década de los cuarenta, proporcionó las bases para las políticas del Frente Nacional durante la década de los ochenta y, gracias a la “guerra contra las drogas” dirigida por el gobierno norteamericano, asumió nuevas dimensiones con el aumento constante del negocio de la cocaína en la década de los noventa. El narcotráfico invirtió en los sectores de construcción, comunicación y servicios; sus importaciones de contrabando se vendían a precios más bajos que los de la industria nacional. Como latifundistas, las élites poseían la mayor parte de las mejores tierras y los bienes raíces urbanos del país. Arraigado en estas formas excluyentes de tenencia de la tierra, el poder político continuó dispersándose desde un centro débil hacia las regiones, especialmente en las áreas fronterizas.

El “déficit crónico” del Estado colombiano es bien conocido entre investigadores y aquellos que viven en medio del conflicto. Especialistas y actores sociales con opiniones opuestas sobre la política colombiana concuerdan en que el Estado colombiano es débil y su autoridad frágil. En cualquier interpretación sobre la violencia en Colombia, la fragilidad de la presencia estatal debe clasificarse como uno de los principales factores que explican la fuerza de la insurgencia y la contrainsurgencia. La soberanía siempre ha estado circunscrita y fragmentada regionalmente. El gobierno central nunca ha monopolizado legítimamente la fuerza, ni ha administrado la mayoría del territorio bajo su jurisdicción. Esto ha traído como resultado un largo periodo de conflicto entre facciones de la élite que se volcó en guerra civil a finales del siglo XIX y a mitad del siglo XX.

Sin embargo, para finales de la década de los cincuenta, el dominio bipartidista sobre la representación política formal fue sostenido gracias a un compromiso compartido con la economía de mercado en la que el Estado jugaba un papel limitado. El anticomunismo de la Guerra Fría, por su parte, cimentó la unión de los dos partidos a lo largo del Frente Nacional. La riqueza, especialmente en lo referente a propiedad de la tierra, se mantuvo fuertemente concentrada y su distribución fue bastante desigual, aunque un periodo de crecimiento económico sostenido, basado en la exportación de café y la manufactura para el mercado interno, amplió la clase media urbana y provincial en ciudades y municipios a lo largo de los sesenta. El consenso de la élite absorbió a segmentos de grupos subordinados, a través de redes de crédito y clientelismo, incorporándose cada vez más a este orden una nueva clase media, así como subalternos de la clase campesina y obrera. Pero, con la criminalización de la protesta, la disidencia y la misma pobreza que las políticas económicas gubernamentales reprodujeron, el Frente Nacional excluyó a la mayoría del campo y periferias urbanas.

La contrainsurgencia del Frente Nacional estimuló el crecimiento de la insurgencia. Fue así como en las décadas de los setenta y ochenta, las áreas rurales y urbanas recién colonizadas y sin presencia estatal se convirtieron en terreno fértil para los movimientos electorales de izquierda con alcance nacional, multiétnicos y de distintas clases sociales, donde las guerrillas tenían influencia. Puesto que estos movimientos/partidos eran liderados por insurgentes que buscaban abrir el sistema político o derrocarlo, las milicias de los terratenientes —con el apoyo de una nueva facción de la clase dirigente de empresarios de la cocaína— lucharon para proteger el derecho a la propiedad privada de la amenaza “subversiva”, liquidando a la izquierda civil.

Creadas como auxiliares del Ejército y de las fuerzas policiales del Estado, las cuales eran incapaces de ponerle punto final a la propagación de la insurgencia, las organizaciones paramilitares estaban listas para convertirse en los nuevos gobernantes de las regiones a comienzos del siglo XXI. El suyo fue un “gangsterismo que se había convertido en sociedad”.36 Las organizaciones paramilitares evolucionaron en un para-Estado, penetrando los partidos políticos así como las agencias gubernamentales, desde la Corte Constitucional hasta los servicios de inteligencia, nominalmente bajo el control presidencial. En muchas regiones, las organizaciones paramilitares administraron el territorio y monopolizaron las instituciones públicas. Por su parte, las insurgencias funcionaron como pequeños Estados tributarios, cobrando impuestos a traficantes de cocaína, a empresas extractivas transnacionales y a hacendados, así como a los habitantes de sus “zonas”. Los regímenes de “soberanía parcelada” y de “paz fragmentada” condujeron a una crisis internacional humanitaria que sobrepasó las fronteras nacionales y amenazó la soberanía de los Estados vecinos.37 Estos son, entonces, en resumen los principales rasgos de la historia y la política de un país que se ha convertido en el más firme aliado del gobierno de los EE. UU. en el hemisferio occidental, además del principal receptor de su ayuda militar.

1. Polos tan opuestos en la interpretación de la historia colombiana como Eduardo Posada Carbó y Charles Bergquist concuerdan que el país republicano se construyó sobre el discurso y la práctica del mestizaje. Ver Eduardo Posada Carbó, La nación soñada (Bogotá: Norma, 2006), y la reseña escrita por Charles Bergquist, “La ciudad soñada”, Journal of Latin American Studies 39:3 (2007), 670-71.

2. Para estadísticas sobre el Chocó, ver Grace Livingstone, Inside Colombia: Drugs, Democracy, and War (New Brunswick, NJ: RUP, 2004), 75. Para la historia de la extracción de recursos naturales en el Chocó entre la década del setenta y ochenta, ver Peter Wade, Blackness and Race Mixture (Baltimore, MD, y Londres: jhup, 1995), 131-48. Para categorías raciales tales como mestizo y negro, ver Ibid., 8-28.Una nota sobre las estadísticas: asumo que son parte de luchas políticas para definir la verdad en vez de ser abstracciones numéricas neutrales, y las uso más con el propósito de ilustrar que para ser científicamente preciso.

3. Para cifras sobre la ayuda militar y policial de EE. UU. a Colombia ver Adam Isacson, Number Three No More, 19 de abril de 2005: cipcol.org.

4. “No en nuestros territorios”, 15 de noviembre de 2005: www.codhes.co

5. Jon Wiener, “Mike Davis talks about the ‘Heroes of Hell’”, Radical History Review 85 (2003), 227-37.

6. Antonio Caballero, “¿Infiltrados o reinsertados?”, Semana, 30 de Abril de 2006.

7. Para el concepto de economías de enclave, ver Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Dependency and Development in Latin America: “En las economías de enclave el capital extranjero invertido se origina en el exterior, es incorporado en los procesos productivos locales y parte de éste se transforma en sueldos e impuestos. Su valor se incrementa por la explotación de las fuerzas laborales locales, que transforman los recursos naturales y producen bienes que hacen efectivo en el mercado externo”. (Berkeley: UCP, 1979[1971]. Énfasis en el original), XIX. Para una discusión crítica, ver Catherine LeGrand, “Living in Macondo: Economy and Culture in a United Fruit Company Banana Enclave in Colombia”, en Gilbert M. Joseph, Catherine C. LeGrand y Ricardo D. Salvatore, eds., Close Encounters of Empire: Writing the History of US-Latin American Relations (Durham, NC: DUP, 1998), 334-37.

8. Iván Orozco Abad, “La democracia y el tratamiento del enemigo interior”, Análisis Político 6 (enero-abril 1989), 54-79.

9. Cifras tomadas de Human Rights Watch, “Colombia: Resumen de país”, enero de 2006: www.hrw.org. Sobre desplazamiento, ver Nora Segura Escobar, “Colombia: guerra y desplazamiento forzoso”, Análisis Político 43 (mayo-agosto 2001), 85-106. Sobre género y desplazamiento, ver Donny Meertens, “Victims and Survivors of War in Colombia: Three Views of Gender Relations”, en Charles Bergquist et al., eds., Violence in Colombia, 1990-2000: Waging War and Negotiating Peace (Wilmington, DE: Scholarly Resources, 2001), 151-70; para bibliografía, ver Flor Alba Romero, “Población desplazada por la violencia en Colombia y otros países”, Análisis Político 34 (mayo-agosto 1998), 126-43.

10. Para temas de justicia, indemnizaciones y reconciliaciones, ver Iván Orozco Abad, “La posguerra colombiana”, Análisis Político 46 (mayo-agosto 2002), 78-99.

11. Human Rights Watch, “Colombia: Resumen de país”, enero de 2006: www.hrw.org

12. Como en toda América Latina, las categorías raciales no son rígidas y la identificación racial cambia según los procesos políticos y los resultados. De acuerdo al Observatorio de Derechos Humanos del gobierno colombiano, aproximadamente uno de cuatro colombianos era afrodescendiente, mientras que, según el ex gobernador del Chocó, Luis Gilberto Murillo, la verdadera cifra era de entre 36 y 4 0%. Un 80-85 % de pueblos indígenas representaban un estimado de entre ochocientos mil a un millón de personas, tal vez 2 % de una población nacional de 44 millones de personas, de acuerdo a la Organización Nacional de Indígenas Colombianos y a la Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Ver Luís Gilberto Murillo, “El Chocó: el corazón africano de Colombia”, Colombia Update: Colombia Human Rights Network (invierno/primavera 2001), 12-13.

13. Cabe señalar que gracias al alcance de la ideología y práctica del mestizaje nacionalista, muchos de ellos se consideraran a sí mismos como “costeños”, “vallunos”, o “guajiros”—más que “negros” o “afrodescendientes”— frente a sus compatriotas de otras regiones.

14. Para el concepto de colonialismo interno en Colombia y América Latina, ver Peter Wade, Blackness and Race Mixture, 147-48; Peter Wade, Race and Ethnicity in Latin America (Londres: Pluto Press, 1997), 64-67. Esquemáticamente hablando, las formaciones sociales estructuradas por el colonialismo interno reproducen, con frecuencia en nuevas formas, relaciones de violencia, dominación y explotación derivados del colonialismo. En América Latina, la pequeña minoría que se encuentra en las altas esferas (donde la riqueza y el poder político se concentra más que en cualquier otra región del mundo) es mayoritariamente criolla, mientras que los sectores intermedios generalmente se adhieren al ideal criollo cualquiera que sea su identificación racial.

15. Ver Willian F. Sharp, Slavery on the Spanish Frontier: The Colombian Chocó, 1680-1810 (Norman, OK: UOP, 1976).

16. Ver Roland Marchal y Christine Messiant, “Las guerras civiles en la era de la globalización: nuevos conflictos y nuevos paradigmas”, Análisis Político 50 (enero-abril 2004), 20-34. Para una comparación de Colombia con Italia, Líbano y Angola, ver Nazih Richani, Systems of Violence: The Political Economy of War and Peace in Colombia (Albany, NY: Sunyp, 2002), 157-71.

17. Un número importante de trabajos de ciencias sociales e historia no se citan más abajo. No pretendo ser exhaustivo; debido a que mi trabajo es esencialmente interpretativo, cito solo trabajos que utilice. A aquellos no-especialistas que estén interesados en leer más les recomiendo consultar los ensayos bibliográficos incluidos en David Bushnell, The Making of Modern Colombia: A Nation in Spite of Itself (Berkeley: UCP, 1993); Frank Safford y Marco Palacios, Colombia: Divided Land, Fragmented Society (Londres: OUP, 2001); y Ricardo Peñaranda, “The War on Paper: A Balance Sheet on Works Published in the 1990s”, en Charles Bergquist et al., eds., Violence in Colombia 1990-2000 (Wilmington, DE: Scholarly Resources, 2001), 179-94.

18. Gonzalo Sánchez, “Guerra prolongada y negociaciones inciertas en Colombia”, en Gonzalo Sánchez y Eric Lair, eds., Violencias y estrategias colectivas en la región Andina (Bogotá: Norma, 2004), 19.

19. La caracterización del conflicto es el tema del debate en curso. Seguí a tres estudiosos de la vida rural colombiana: William Ramírez Tobón, “¿Guerra civil en Colombia?”, Análisis Político 46 (mayo-agosto 2002), 151-63; Darío Fajardo, “La internacionalización de la guerra”, en Jairo Estrada Álvarez, comp., El Plan Colombia y la intensificación de la guerra: aspectos globales y locales (Bogotá: UN, 2002), 71; Alfredo Molano, “¿Neutralidad?”, El Espectador, 8 de mayo de 2005. Ver también Alfredo Rángel, “Guerra civil de baja intensidad”, El Tiempo, 23 de mayo de 2005.

20. Fernand Braudel, “History and the Social Sciences” (1958), en On History, trad. Sarah Matthews (Chicago: UCP, 1980), 37; Fernand Braudel, “La historia operacional: la historia y la investigación del presente” (1971), Contrahistorias 2 (marzo-agosto 2004), 29-40; Marc Bloch, The Historian’s Craft (Neva York: A. Knopf Books, 1953), 43-47; y Edward Hallett Carr, What is History? (Cambridge: CUP, 1961), 28-29, 35, 69. En Colombia, el trabajo realizado por Darío Betancourt y Marta Luz García resalta esta conexión. Ver Daniel Pécaut, “Los aportes de Darío Betancourt Echeverry”, en Gonzalo Sánchez et al., Los intelectuales y la política (Bogotá: UN, 2004), 107-19.

21. Alison Brysk, “Recovering from State Terror: The Morning After in Latin America”, Latin American Research Review, 38: 1 (febrero 2003), 239; Elizabeth Jelin, State Repression and the Labors of Memory (Minneapolis, MN: UMP, 2003), 46-49.

22. Me refiero a interpretaciones comunes que plantean una predilección por la violencia, que no está ubicada en el tiempo ni sujeta a cambios. Mientras estas interpretaciones prevalecen en las esferas políticas, otras visiones como la de Álvaro Tirado Mejía resaltan el desarrollo de instituciones educativas, cultura política y regulación de la vida privada más autoritarias bajo la Regeneración y a través de la violencia (1880-1964). Estos argumentos, por supuesto, merecen una consideración seria. Ver Fabio López de la Roche, “Cultura política de las clases dirigentes en Colombia: permanencias y rupturas”, en López de la Roche, comp., Ensayos sobre cultura política colombiana (Bogotá: CINEP, 1990), 119-20.

23. James E. Sanders, Contentious Republicans: Popular Politics, Race, and Class in Nineteenth-Century Colombia (Durham, NC: DUP, 2004), 197. Mary Roldán, Blood and Fire: la violencia in Antioquia, 1946-1953 (Durham, NC: DUP, 2002), 14. Ver también Malcolm Deas, “Algunas interrogantes sobre la relación entre las guerras civiles y la violencia”, en Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda, eds., Pasado y presente de la violencia en Colombia (Bogotá: Cerec, 1986), 41-46; y David Bushnell, “Politics and Violence in Nineteenth-Century Colombia”, en Charles Bergquist et al., eds., The Violence in Colombia: The Contemporary Crisis in Historical Perspective (Wilmington, de: Scholarly Resources, 1992), 11-30.

24. Cardoso y Faletto, Dependency and Development, 96-99; Tulio Halperín Donghi, The Contemporary History of Latin America (Durham, NC: DUP, 1992[1967]), 282, 383.

25. Ver Daniel Pécaut, Orden y violencia: Colombia, 1930-1953, vol. I (Bogotá: Siglo XXI, 1987), 18; David Bushnell, The Making of Modern Colombia, 284; Marco Palacios, Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994 (Bogotá: Norma, 1995), 237.

26. Además de Antonio Gramsci, The Prison Notebooks (Nueva York: International Publishers, 1971[1929-1935]), mi comprensión de la hegemonía de la clase dominante y la fragmentación territorial se ha visto influenciada también por el libro de Antonio Gramsci, The Southern Question, presentado y traducido por Pasquale Verdicchio (West Lafayette, IN: Bordighera, Inc. 1995).

27. Siguiendo las palabras de Catherine LeGrand, Frontier Expansion and Peasant Protest in Colombia, 1850-1936 (Albuquerque, NM: UNMP, 1986), 207, uso el término “campesino” para referirme a “pequeños cultivadores rurales que dependen del trabajo familiar para producir lo que consumen. Los aparceros, arrendatarios, pequeños propietarios y pobladores de la frontera serían, de acuerdo a esta definición, llamados campesinos”. Los campesinos son forzados a pagar tributo en productos comestibles, ganado, servicios laborales y, más frecuentemente, en dinero a una gama de funcionarios e instituciones religiosas y de Estado.

28. Daniel James, Resistance and Integration: Peronism and the Argentine Working Class, 1946-1976 (Cambridge: UCP, 1988); Jeffrey Gould, To Lead as Equals: Rural Protest and Political Consciousness in Chinandega, Nicaragua, 1912-1979 (Chapel Hill, NC: UNCP, 1990); Alan Knight, “Populism and Neo-Populism in Latin America, especially Mexico”, Journal of Latin American Studies 30: Parte 2 (mayo 1998), 223-48; Alan Knight, “Revolutionary and Democratic Traditions in Latin America”, Bulletin of Latin American Research 20:2 (2001), 147-186; Robert Whitney, State and Revolution in Cuba: Mass Mobilization and Political Change, 1920-1940 (Chapel Hill, NC: UNCP, 2001); Richard L. Turits, Foundations of Despotism: Peasants, the Trujillo Regime, and Modernity in Dominican History (Durham, NC: DUP, 2004). Entre los ensayos clásicos tenemos a Ernesto Laclau, Politics and Ideology in Marxist Theory (Londres, NLB, 1982), 143-98; y Carlos Vilas, “Latin American Populism: A Structural Approach”, Science and Society 56:4 (invierno 1992-1993), 389-420.

29. Jeremy Adelman en “Andean Impasses”, New Left Review 18 (noviembre-diciembre 2002), 41-72, describe a Perú y Venezuela como carentes de tradiciones populistas. Como Fernando Coronil sostiene en “Magical Illusions or Revolutionary Magic? Chávez in Historical Context”, NACLA Report on the Americas 33:6 (mayo-junio 2000), el régimen de Chávez se puede entender de mejor manera si se compara con los antecedentes históricos del populismo petrolero de la década de los setenta. A comienzos de esa década tanto el régimen de Velasco en Perú como la administración de Pérez en Venezuela eran populistas —especialmente si los comparamos con el presidente colombiano Misael Pastrana (1970-1974)—. Ver Marco Palacios, “Presencia y ausencia populista: un contrapunto colombo-venezolano”, en Análisis Político 39 (enero-abril 2000), 33-51.

30. Greg Grandin, The Last Colonial Massacre: Latin America in the Cold War (Chicago: UCP, 2004), 188.

31. Para acumulación primitiva, ver Karl Marx, Capital, vol. 1 (Nueva York: Penguin, 1992[1867]), 871-940; David Harvey, The New Imperialism (Oxford: OUP, 2003); Silvia Federici, Caliban and the Witch (Nueva York: Autonomedia, 2004); Retort, Afflicted Powers (Nueva York: Verso, 2005); Mike Davis, Planet of Slums (Nueva York: Verso, 2006). Mientras el marxismo clásico veía la acumulación primitiva como una etapa en el desarrollo histórico precedente a la revolución industrial, es más útil considerarlo como una característica recurrente y permanente del desarrollo capitalista en el que la fuerza laboral se crea a través de la expropiación y privatización de tierras, bosques y ríos que forman las bases materiales de la vida colectiva y comunitaria.

32. Tomado de Antonio Gramsci, “subalterno” ha sido definido en el contexto del estudio del colonialismo y nacionalismo en Asia del sur como “un nombre para el atributo general de subordinación, bien sea que se exprese en términos de clase, casta, edad, género y estudios o de cualquier otra manera¨[…] Reconocemos que, por supuesto, esa subordinación no puede ser entendida excepto como uno de los términos constitutivos en una relación binaria en la que la otra parte es la dominante”. Ranajit Guha, “Preface”, Subaltern Studies I: Writing of South Asian History and Society (Delhi: OUP, 1982), vii. Lo uso para señalar la heterogeneidad de los grupos subordinados en Colombia.

33. En “La colonización de La Macarena en la historia de la frontera agrícola”, en Alfredo Molano et al., Yo le digo unas cosas… La colonización de la reserva Macarena (Bogotá: FEN, 1989), 203; Darío Fajardo denominó esto como el ciclo de “violenciamigración-colonización-violencia”.

34. Nada particular en el siglo XIX o principios del siglo XX, como está esbozado en Barrington Moore, The Social Origins of Dictatorship and Democracy (Boston: Beacon Press, 1969), 437-38.

35. Marco Palacios, Entre la legitimidad y la violencia, 280.

36. Barrington Moore, The Social Origins of Dictatorship and Democracy, 215.

37. Tomé prestada la primera frase de Perry Anderson, Passages from Antiquity to Feudalism (Londres: Verso, 1974), 148, y la última de Gonzalo Sánchez, “Guerra prolongada y negociaciones inciertas en Colombia”, en Gonzalo Sánchez y Eric Lair, eds., Violencias y estrategias colectivas, 58.

capítulo
1
Republicanismo radical y popular,
1848-1880

Debemos ser tratados como ciudadanos de una república y no como esclavos de un sultán

Los bogas afrocolombianos de Dagua, 1878

Este capítulo presenta los aspectos generales en materia económica, demográfica y política de la Colombia republicana en sus primeros tiempos y analiza la historia social de la política. A pesar de los rasgos de dominio oligárquico que Colombia compartió con repúblicas vecinas posteriormente a las guerras de independencia, durante la llamada era del capital (1848-1875), la movilización política radical popular la puso a la cabeza de las democracias republicanas atlánticas.1 Al observar con más detalle el Cauca, una de las regiones colombianas clave en el siglo XIX, queda demostrado que, al contrario de lo que muchos estudiosos han asumido, los grupos y clases étnicas y raciales oprimidos lucharon por el derecho a un lugar en la nueva república, forjando tradiciones políticas que desafiaban la esclavitud y los procesos coloniales. Una mirada más detallada a estas tradiciones nos aleja de las imágenes estáticas y desligadas de la historia que sostienen que una oligarquía terrateniente todopoderosa y unida logró dominar a una clase campesina dependiente y desafortunada, para revelarnos dinámicas locales y regionales más complejas. En contraste con el largo periodo de reacción que le siguió y en comparación con los vecinos de la época, Colombia se distinguió por su política radical popular.

DE ARRIBA HACIA ABAJO

Después de las guerras de independencia, Colombia surgió como una de las naciones latinoamericanas más devastada, desunida y deprimida económicamente, con míseras comunicaciones, poco comercio exterior, sin instituciones bancarias y con una baja capacidad fiscal. Las obras públicas eran inexistentes y el mercado interno era minúsculo. Un ejemplo de ello es que para el año de 1890 costaba más transportar café de Medellín a Bogotá que de Medellín a Londres.2 En las décadas de 1850 y 1860, breves booms en las exportaciones de quinina y tabaco, este último con un pico de demanda durante la guerra civil estadounidense, no condujeron a una transformación socioeconómica y la pobreza de la aristocracia de Bogotá —consumista en exceso e improductiva— era el tema de duras críticas.3 Debido a la escasez de créditos, los prestamistas antioqueños, que se habían enriquecido gracias a las ganancias del comercio alrededor de la minería del oro a finales de la era colonial e inicios de la republicana, operaron como financistas sin intentar aglutinar facciones dirigentes alrededor de ellos. En 1854, incluso armaron un escándalo al decir que se separarían de Colombia para volverse parte de los EE. UU.4

La diferenciación geográfica extrema ha sido siempre un factor ineludible en la política colombiana y ha permitido que las élites afiancen su poder en lo referente a tierras, cargos políticos y participación en el mercado en los ámbitos regional y local. El país está rasgado por tres grandes cordilleras que se abren en forma de abanico desde el sur, y que a su vez están divididas por los ríos Cauca y Magdalena. Hacia el sureste se extiende una vasta extensión de tierras bajas tropicales que tijeretean el ecuador, entrecruzadas por innumerables ríos que desembocan en las cuencas del Orinoco y del Amazonas. Hacia el norte y el oeste se extienden las costas del Caribe y el Pacífico y la selva impenetrable del istmo de Panamá, mientras que en los departamentos de Arauca y Norte de Santander, en la frontera con Venezuela, se encuentran las principales reservas de petróleo del país. La mayoría de la población ha estado siempre concentrada en las regiones montañosas subtropicales más frías. Bogotá, a 2.600 metros sobre el nivel del mar, tiene una temperatura promedio de 14°C. Pero las ciudades propiamente dichas estuvieron por siglos separadas por tortuosos caminos y montañas intransitables, tal como permanecieron para los campesinos en las zonas fronterizas.

La pésima conexión vial y el aislamiento geográfico han tenido un efecto crítico en la conformación de los grupos dirigentes. El control militar centralizado era intrínsecamente más difícil en Colombia que en sus vecinos; relativo a la población, el Ejército fue siempre cerca de un tercio del tamaño de los ejércitos de Perú o Ecuador.5 Aunque tampoco pudieron escapar a la lógica de la fragmentación territorial, los grupos civiles y la Iglesia adquirieron roles mucho más estelares como líneas de transmisión del poder que en cualquier otro lugar. Al delegar autoridad en los dirigentes partidistas locales, los terratenientes-comerciantes-abogados de Bogotá ayudaron a intensificar, en vez de mitigar, las divisiones y desigualdades regionales. La ciudadanía de la Colombia de finales del siglo XIX y principios del siglo XX no adoptó un sentido de pertenencia común con la nación representada por un gobierno central, sino con la membresía exclusiva a uno de los dos partidos políticos. La política, definida en términos de amigo-enemigo, fue un asunto de suma cero en las regiones y municipios, y las afiliaciones partidistas trascendieron las líneas raciales, de clase, étnicas y regionales.6

Aunque los dos partidos han derramado la sangre el uno del otro con frecuencia, el paradigma político clásico de división oligárquica entre conservadores y liberales, estructurado a lo largo de líneas ibéricas, ha persistido. Característico de los nuevos Estados independientes latinoamericanos del siglo XIX, este sistema en el que una élite dominante de terratenientes, abogados y comerciantes manipulaba un sufragio restringido en el que aquellos que tenían el voto eran clientes en vez de ciudadanos, se dividía típicamente en dos alas. Mientras los conservadores eran primero y ante todo devotos del orden y, como sus contrapartes en Europa, de la religión, por lo que sostenían una alianza cercana con la Iglesia católica, los liberales se declararon a sí mismos a favor del progreso y fundamentalmente anticlericales. En cuanto a lo económico, pese a que las diferencias ocupacionales no eran particularmente pronunciadas y mucho menos decisivas, la riqueza terrateniente tendía a estar concentrada más dentro del ala conservadora, a la vez que las fortunas comerciales estaban principalmente repartidas entre los liberales. Aparte del anti-clericalismo liberal, no había mayores líneas ideológicas divergentes. La división civil, casi puramente sectaria, estaba salpicada por pronunciamientos y tomas de poder por parte de los jefes militares rivales, en nombre pero no siempre con la aprobación de uno u otro de los partidos políticos opuestos.

Aunque el país estaba dividido entre dos grandes lealtades políticas, esto no mostró un patrón regional sistemático. Al comienzo de la República, pocas zonas exhibieron un predominio claramente definido como de uno u otro partido, con dos excepciones: el Litoral Caribe era liberal y Antioquia era conservadora.7 El poder era una maraña intrincada de rivalidades locales a todos los niveles, comunidades o municipios, codo a codo dentro de cada región. Liberales y conservadores fueron desde el comienzo, y continúan siendo, altamente facciosos como organizaciones nacionales.

Originalmente, la división entre liberales y conservadores tenía una fundación ideológica racional en la sociedad colombiana. Los liberales eran miembros de la élite de terratenientes, abogados y comerciantes con una mentalidad laica, seguidores de Santander y hostiles a lo que se entendía como los compromisos militaristas y clericales del último periodo de la carrera de Bolívar como Libertador. Los conservadores, que tenían vínculos más cercanos con la aristocracia colonial o los círculos oficiales, se identificaban con el orden centralizado y la disciplina social de la religión. Las ideas importaban en las disputas entre ambos, comenzando con la directriz del gobierno de Santander de que el tratado de Bentham sobre legislación penal y civil fuese de estudio obligatorio en la Universidad de Bogotá ya para el año 1825 (algo inconcebible hasta en Inglaterra inclusive cincuenta años después). La furiosa reacción clerical finalmente condujo a la reintroducción de los Jesuitas —quienes habían sido expulsados de las colonias por la monarquía española en 1767— para dirigir escuelas secundarias; y luego sobrevino su reexpulsión en 1850.8

DE ABAJO HACIA ARRIBA

Colombia estaba a la vanguardia de la revolución liberal en el mundo atlántico del siglo XIX y los líderes del Partido Liberal, confiados de su misión histórica, estaban comprometidos con las reformas radicales. La esclavitud y la pena de muerte fueron abolidas, el Estado y la Iglesia fueron separados, los fueros clericales fueron levantados, el divorcio fue legalizado, el Ejército fue reducido y comenzó el sufragio universal para los hombres. En este escenario, las comunidades indígenas, vistas como parte de un legado colonial pernicioso que debía ser superado, no hallaron cabida. La República debía estar fundada sobre las bases de pequeños propietarios minifundistas, una visión que echaba sus raíces en el pensamiento de Bolívar.

En el Cauca los afrocolombianos, indígenas y pobladores de la frontera provenientes de Antioquia presionaron por sus derechos y participaron activamente en política. Una cultura política radical y democrática de “regateo republicano” se desarrolló a partir de 1848. Los subalternos votaron en las elecciones y participaron en los concejos municipales, en las sociedades democráticas, en demostraciones, boicots, disturbios, motines y guerras civiles, haciendo de Colombia una de las democracias republicanas más participativas del mundo durante la era del capital (1848-1876). En ningún otro país del llamado mundo atlántico de 1850 y comienzos de 1860, los descendientes de esclavos africanos podían votar y unirse a sociedades democráticas. En ningún otro país, los miembros de las comunidades indígenas ejercieron su derecho al voto como ciudadanos.

En la década de 1850 ninguna facción de gobierno era lo suficientemente poderosa para implantar una hegemonía regional, mucho menos nacional. Cada sector que aspiraba al poder estatal tenía que, en diversos grados, forjar alianzas a nivel local y regional con grupos que habían sido anteriormente privados del derecho al voto y cuyas demandas incluían el fin de las desigualdades derivadas de los patrones de dominación y explotación coloniales. Las élites del Cauca tenían que lidiar con artesanos y trabajadores-ciudadanos-soldados rurales tanto indígenas, como afrocaucanos y colonizadores antioqueños. Los gobernantes y los gobernados en Colombia no tenían un entendimiento compartido de democracia republicana ni un compromiso conjunto por la igualdad. Mientras que para los conservadores y muchas élites regionales liberales la democracia no debía dar paso a una “república de iguales” en la cual la “anarquía” reinaría; para los afrocaucanos la igualdad significaba el final de la esclavitud y del dominio de los hacendados conservadores, así como el acceso a la propiedad de la tierra. Para los indígenas de Cauca, por su parte, la igualdad significaba el derecho a existir como colectividad a fin de ejercer la administración colectiva de la tierra y practicar el autogobierno de la comunidad. En el norte del Cauca, en los poblados de colonizadores antioqueños, la igualdad significaba protección contra los especuladores conservadores comerciantes de tierras.

El choque entre liberales y conservadores, entonces, no se basaba solamente en asuntos de educación, ni tampoco era un problema entre élites. La revolución liberal de 1849-1853 estuvo precedida y se profundizó con las sublevaciones (zurriagos) de insurgentes exesclavos afrocolombianos en su mayoría, contra los hacendados conservadores del Valle del Cauca, con saqueos, incendios, destrucción de cercas y ocupaciones de tierras en toda su extensión a partir de 1850. La hacienda del clan conservador líder, Japio, fue ocupada al final de la guerra en 1851, ya que los afrocaucanos ejercían la tenencia comunal de la tierra y el uso colectivo de los bosques y ríos. Estos sembraron para producir y comercializar tabaco y azúcar libres del dominio de los hacendados. En Bogotá, los artesanos radicales republicanos, estimulados por las barricadas parisienses de 1848 y los escritos de Proudhon y Louis Blanc, también se movilizaron. Como en Europa, los liberales colombianos abandonaron a sus artesanos partidarios a los rigores del libre comercio y comenzaron a disolver tierras indígenas. No prescindieron de sus aliados afrocaucanos, en vez de eso, fomentaron la propagación de las llamadas sociedades democráticas que supervisaban el desempeño de los funcionarios electos, presentaban peticiones al gobierno nacional y local sobre asuntos como educación primaria, derechos sufragistas, pensiones, distribución de tierras, acceso a la Cámara de los Comunes e impuestos sobre el aguardiente.

Las divisiones liberales, debido al miedo racial y al rechazo a los liberales insurgentes afrocaucanos, trajeron como consecuencia un resurgimiento de los conservadores en las elecciones de 1853, el cual estaba apoyado por una alianza efímera forjada con los indígenas que se oponían a la privatización de las tierras comunes que beneficiaba a los especuladores ávidos de corteza de quina (quinina). En 1854, José María Melo dirigió un levantamiento liberal que encontró apoyo entre los artesanos republicanos radicales de Bogotá, pero que causó que muchas élites liberales apoyaran dedicadamente a los conservadores. En el Cauca, los conservadores, redefiniendo la guerra civil como un estallido de vandalismo criminal, se vengaron de los recién acuñados ciudadanos-soldados-trabajadores afrocaucanos al hacer más estrictas las leyes de vagos y maleantes, reinstaurar la pena de muerte y tratar de vedar las sociedades democráticas. Aunque los derechos sufragistas no fueron abolidos, la meta era privar del derecho al voto a los exesclavos y para ello se usaron una variedad de medios, incluido el terror. Los liberales pagaron caro el haber subestimado el peso de las comunidades indígenas, pero los conservadores no fueron lo suficientemente astutos para diseñar una contraparte a las sociedades democráticas, a fin de cimentar una alianza con los resguardos indígenas.

A finales de la década de 1850, Tomás Cipriano de Mosquera, líder de los conservadores del Cauca antes de 1848 y descendiente de la “familia real de Nueva Granada”, guió con la insurgencia liberal. Junto al clan conservador de los Arboleda, con quienes tenían estrechos vínculos, los Mosquera eran los mayores terratenientes de la región. Mosquera luchó bajo el mando de Bolívar y ocupó importantes puestos bajo los gobiernos protoconservadores, pero en su puja para derrocar a Mariano Ospina desertó para irse al lado liberal y buscó aliados entre los afrocaucanos, indígenas y pobladores antioqueños. Los liberales pidieron revocar las leyes de vagancia, la pena de muerte, a la vez que demandaron detener la arremetida contra los resguardos indígenas. Reconocieron el autogobierno de las comunidades a través de la Ley 90 de 1859, protegieron a los pobladores antioqueños de los especuladores (con quienes el conservador Ospina tenía conexiones personales) en la zona montañosa de Quindío y congelaron, asimismo, los impuestos de consumo sobre el licor.

Como los conservadores no lograron forjar alianzas duraderas con las comunidades indígenas, los liberales le sacaron provecho a las masas de seguidores afrocaucanos para derrotar a sus rivales en una guerra civil (1860-1863) en la que, de acuerdo con un conservador, las tropas de Mosquera estaban “compuestas de negros, zambos y mulatos, asesinos y ladrones del Valle del Cauca”. Las fuerzas populares de piel oscura pelearon bajo el mando de Mosquera, aunque de los grupos indígenas, solo los Páez (Nasa) se pusieron abiertamente del lado de los liberales. Los conservadores alienaron a los antiguos aliados indígenas, al reclutar a hombres adultos y colgar a aquellos que se resistían. Contaban con una base de apoyo de parte de los minifundistas mestizos y de algunas veredas o pueblos antioqueños.

Una vez que Mosquera asumió la presidencia en 1863, el Cauca se convirtió en la región a la cabeza, ya que Mosquera le devolvió los derechos sufragistas a los estados (devolviendo así el derecho al voto de los afrocaucanos), embargó las tierras de la Iglesia, descentralizó la Constitución, abolió las leyes de vagos y la pena de muerte y reconoció tanto los resguardos indígenas como los derechos de los pobladores. Los magistrados y diputados en la legislatura estatal, así como los presidentes estatales y los concejos municipales, eran elegidos cada dos años. Los liberales controlaban los resultados de las elecciones estatales, pero los conservadores ganaron puestos en las legislaturas y compitieron en las elecciones locales.

La combinación de políticas liberales, supremacía electoral e irrupción de la democracia popular radical y participativa dentro del Partido Liberal obligó a que surgiera un conservadurismo más intransigente, clerical e internamente colonial. Con la división entre las élites liberales y sus aliados subalternos siguiendo líneas raciales y de clase, y con el aumento en los enfrentamientos sobre los significados de una democracia republicana a finales de la década de 1870, se había llegado a los límites de la alianza entre liberales y sectores subalternos.

TERMIDOR TROPICAL

Las élites liberales no estaban dispuestas a desmantelar las haciendas, lo que habría reconfigurado radicalmente el poder político basado en la tenencia de la tierra y en la explotación de la mano de obra esclava. La propiedad privada estaba siendo atacada, los bandidos y ladrones de ganado surgían de las montañas cercanas, los arrendatarios y aparceros se negaban a trabajar o a pagar la renta. Decididos a detener la ola creciente de lo que ellos denominaban como “anarquía” bajo el mando de los liberales radicales, los demás segmentos de las élites liberales conocidos como los Independientes rompieron filas. La sagrada trinidad era “familia, propiedad y religión”. Los Independientes tenían el apoyo de los antiguos pobladores antioqueños liberales en María, así como de los minifundistas blancos y mestizos del norte del Cauca. Las comunidades indígenas permanecieron neutrales.

Esta nueva constelación de alianzas permitió que los conservadores dirigieran un sangriento pero exitoso golpe en el Cauca entre 1878-1879, lo que puso fin al experimento republicano radical de esta región.9 Los conservadores, contrarios a lo que denominaban “democracia salvaje”, en la que los “elementos bárbaros predominaban”, apoyaron con fervor a los Independientes y estaban decididos a recular tantos cambios nuevos como fuese posible. A finales de la década de 1870, encontraron un vehículo político —las sociedades católicas— a través del cual consiguieron el apoyo de los colonos de la frontera, algunos de ellos exliberales, para llevar adelante tal proyecto. Al proveer educación religiosa, las sociedades católicas combatían agresivamente las reformas educativas anticlericales de los liberales. El conservadurismo modernizado, promovido por los Independientes caucanos y los minifundistas republicanos populares, llevó al contragolpe conocido como la Regeneración bajo el mando de Rafael Núñez.

Esta perspectiva de la historia del conflicto étnico, racial y de clases revela que en cualquier búsqueda por un futuro más equitativo, democrático y pacífico, los colombianos pueden mirar atrás, hacia una cultura política que se caracterizó por los amplios canales de participación abiertos por los subalternos desde la década de 1850 hasta la de 1870. Esto muestra que la propagación del clientelismo autoritario que caracterizó el final del periodo evolucionó como una reacción contra la amenaza que se cernía sobre la propiedad privada, los privilegios de clase y el monopolio político. La Regeneración (el tema del siguiente capítulo) afectó la vida política en el siglo XX tan profundamente que muchas veces se olvida lo vitales que fueron y han sido las tendencias democráticas que le precedieron.

1. “Democracias republicanas atlánticas” se refiere a los sistemas en los EE. UU., Europa y América Latina que no fueran ni dictaduras ni monarquías sino regímenes parlamentarios. Ver Eric Hobsbawm, The Age of Capital, 1848-1875 (Nueva York: Vintage Books, 1975).

2. Malcolm Deas, “The Fiscal Problems of Nineteenth-Century Colombia”, Journal of Latin American Studies, 14:2 (1982), 287-328.

3. Miguel Samper, La miseria de Bogotá (Bogotá: El Republicano, 1867), citado en Daniel Pécaut, Orden y Violencia, vol. I, 33.

4. Daniel Pécaut, Orden y violencia, 29-37.

5. James Payne, Patterns of Conflict in Colombia (NuevaHaven, CT: YUP, 1968), 121-22.

6. Daniel Pécaut, Guerra contra la sociedad (Bogotá: Espasa, 2001), 56-57; David Bushnell, The Making of Modern Colombia, 126. Con la posible excepción de México o Uruguay, esa identificación con los partidos políticos no se dio tan profundamente en ninguna otra parte de la región.

7. Para el proceso a través del cual Antioquia se volvió una región conservadora, ver Nancy Applebaum, Muddied Waters: Race, Region, and Local History in Colombia, 1846-1948 (Durham, NC: DUP, 2003), 45-47. Para el predominio liberal en la costa Atlántica ver Helen Delpar, Red Against Blue: The Liberal Party in Colombian Politics, 1863-1899 (Tuscalooza, AL UAP, 1981), 16-21; Eduardo Posada Carbó, The Colombian Caribbean: A Regional History, 1870-1950 (Oxford: OUP, 1996), 235-51.

8. Frank Safford y Marco Palacios, Colombia: Divided Land, Fragmented Society, 115, 126, 142, 151, 204.

9. Esto es comparable con la experiencia de los EE. UU. después de la Reconstrucción, cuando se llevó a cabo un ataque contra las comunidades indígenas y afroamericanas, así como contra sus libertades y derechos, en nombre del “progreso” agroindustrial. Ver Nell Irvin Painter, Standing at Armageddon: The United States from 1877-1916 (NuevaYork: W. W. Norton, 1988).

capítulo
2
De la reacción a la rebelión,
1880-1930

Tres razas distintas y de encontrados caracteres forman la población de la República. Cada estado tiene climas, costumbres y trabajos diversos. No hay sino dos vínculos que los unen: la lengua y la religión. No han podido quitarnos el idioma, y se esfuerzan de arrancarnos las creencias. ¡Bárbaros los que tal hacen! Quisieran reducirnos a la condición de hordas beduinas, siempre en guerra las unas con las otras. Echaron a Dios del gobierno y de las leyes, lo expulsaron de la educación superior, y ahora os diré el resultado: si aún no estamos arruinados sin remedio es porque Cristo aún reina en los hogares y en las conciencias.

Monseñor Rafael María Carrasquilla, 1885

La implementación de un proyecto centralista autoritario, supervisado por la Iglesia católica y el Partido Conservador, marcó el periodo posterior a 1880 y a lo largo de cincuenta años. Dicho proyecto proscribía la política popular radical y democrática al fortalecer un clientelismo arraigado en el boom de la exportación cafetera, el cual comenzó en la década de 1880, y permitió un rol nacional a las élites bancarias y comerciales conservadoras de Antioquia. Este grupo de empresarios pagaron y se beneficiaron de la fundación de municipios en la frontera cafetera, en donde se les brindaba a los aparceros y arrendatarios dispuestos a migrar la esperanza de acceder a tierras propias. La figura idealizada del colono paisa, encarnada por gente de piel clara y su pequeña parcela, se convirtió en la medida del progreso nacional, en contraste con los arrendatarios, aparceros o las comunidades de piel oscura —indígenas y afro— del Cauca.1

CAPITALISMO CAFETERO Y CLIENTELISMO

La Regeneración que comenzó en 1880 puso en marcha cinco décadas de reacción, que truncaron las esperanzas de ciertos sectores liberales que deseaban ver a Colombia al lado de las democracias atlánticas más destacadas. Las élites de Colombia, principalmente, “desistieron del intento de incorporar ciudadanos disciplinados, y más bien concentraron sus esfuerzos en gobernar a sujetos recalcitrantes”.2 La Constitución de 1886 fortaleció el poder central, dando al presidente la autoridad de designar gobernadores provinciales y extendiendo los periodos de permanencia en los cargos —que pasaron de dos a seis años para el poder ejecutivo y de dos a cuatro para el legislativo— con el fin de reducir la frecuencia de las elecciones. Las demostraciones públicas fueron prohibidas, las sociedades democráticas perseguidas y el “orden” se convirtió en la consigna del día. El país estaba “ideológicamente encarcelado” y sus guardianes eran los gramáticos católicos, amantes del castellano, como Miguel Antonio Caro, arquitecto de la Constitución de 1886.3

Los subalternos eran forzados a trabajar y obedecer a los criollos, mientras que la esfera de la política fue reducida a fin de excluirlos. Un ejército profesional reemplazó a las milicias populares y la pena de muerte fue reinstaurada para detener los ataques a la propiedad. El nuevo Concordato con el Vaticano aseguró un vínculo estrecho con las corrientes más autoritarias de la Iglesia. Para fortalecer la fe en Colombia y dirigir el sistema de escuelas públicas, la jerarquía católica enviaba olas sucesivas de fanáticos religiosos provenientes de otros escenarios de lucha europeos o latinoamericanos, curtidos por la guerra ideológica. A fines de siglo, la Regeneración aplastó la resistencia liberal asociada con la emergente burguesía cafetera durante la sangrienta Guerra de los Mil Días (1899-1903), la cual dejó 100 000 muertos. El presidente Marroquín abandonó Panamá a manos de los EE. UU., cuyo dominio de los asuntos hemisféricos fue indiscutible a partir de ese momento.4

La Regeneración cimentó el control oligárquico, que no había sido seriamente amenazado durante la Guerra de los Mil Días, y cerró los caminos para la participación democrática que una coalición heterogénea de trabajadores rurales, abogados municipales de clase media —también conocidos como tinterillos— y artesanos urbanos, había abierto después de la mitad del siglo.5 Los indígenas, afrocolombianos, artesanos y, sobre todo, campesinos mestizos vieron sus derechos ciudadanos restringidos bajo el mando de los conservadores, mientras que la “raza” católica antioqueña, mitificada en la imagen del colono paisa, se convirtió en el eje cultural de un nuevo orden político y económico.

El camino antidemocrático y autoritario de Núñez estaba pavimentado por los cuerpos de aquellos que lucharon por proyectos republicanos alternativos, más participativos e incluyentes, y fijó los parámetros para la política nacional hasta el siglo XXI. Las razones para tal persistencia evidentemente tienen que ver con la topografía: desde la llegada de la Regeneración, la configuración geográfica de Colombia concedió a las élites conservadoras y liberales una ventaja logística excepcional en la imposición de controles clientelistas parroquiales desde arriba, a la vez que obstaculizó o suprimió las movilizaciones nacionales desde abajo. Después de que las élites liberales tropezaran con sus propias contradicciones en la década de 1870, lo que los partidos perdieron en cohesión horizontal, lo ganaron en adhesión vertical por parte de sus seguidores. Las intensas fuerzas ideológicas y materiales de su mutua contención se aplicaban en los ámbitos íntimos de las bases. La fuerza excepcional del clientelismo establecido durante la Regeneración le debe mucho, sin duda, a la ubicación particular de estas presiones.

Otra característica de las zonas rurales colombianas que reformó al clientelismo y le dio un giro político inusual apareció a partir de 1870, cuando grandes extensiones de tierras de la frontera agrícola fueron descubiertas como terreno ideal para el cultivo de café, lo que les dio a los comerciantes colombianos un importante producto básico de exportación, que generó ganancias sustanciales y la perspectiva de una transformación capitalista. Como una extensión de las fincas cafeteras venezolanas, el cultivo del grano comenzó en Santander para luego desplazarse con los campesinos hacia el oeste, en Cundinamarca, donde fue cultivado por grandes terratenientes. Para finales de siglo, los cafetales se extendían en zonas de Tolima, Antioquia y Viejo Caldas (Caldas, Risaralda, Quindío). Después de la Primera Guerra Mundial, Colombia se había convertido en el segundo mayor productor del mundo después de Brasil, bajo unos patrones muy distintos a los del líder mundial. En Brasil y Guatemala predominaban las grandes plantaciones donde trabajaban campesinos endeudados o trabajadores jornaleros. En Colombia, en cambio, estas grandes propiedades eran más modestas, llegaban rápido a los límites de su accionar, como en el caso de Santander, y tenían menos peso en el patrón general de cultivo; mientras que las parcelas pequeñas o medianas eran cada vez más numerosas, aunque no en la misma medida que en Costa Rica. Comparada con las grandes fazendas de São Paulo, la base social de la agricultura de café en Antioquia, Viejo Caldas y partes de Tolima le ofreció a los arrendatarios y apareceros la oportunidad de ser dueños de su tierra y de tener control sobre la producción, en lo que llegó a conocerse como el Eje Cafetero. Medida en términos de distribución de tierra, la economía de exportación del café era comparativamente democrática. Con importantes excepciones regionales, tales como Cundinamarca y el este del Tolima, la producción no estaba controlada por los que sembraban para el patrón, sino por familias campesinas que trabajaban en terrenos de pequeña y mediana extensión a altitudes de nivel medio, entre los mil y dos mil metros sobre el nivel del mar.

Sin embargo, a partir de 1890 la comercialización de la cosecha siempre estuvo en manos de la élite financiera y bancaria de Antioquia, la cual daba créditos a los pequeños hacendados, arrendatarios y aparceros, compraba la producción y financiaba su exportación.6 Los pequeños productores fueron, de esta manera, empujados a un conflicto con los acreedores y con los especuladores de bienes raíces sobre títulos de tierras, términos de venta para sus cosechas y comercio de contrabando en licor. Aun en grandes propiedades en Cundinamarca, los comerciantes-terratenientes, como hicieran los hacendados en el Cauca antes que ellos, tenían que lidiar con arrendatarios rebeldes que cazaban furtivamente, robaban, contrabandeaban e invadían los predios, hacían tratos bajo cuerda y armaban motines en contra del aumento de los impuestos.7 Aunque los márgenes de ganancia dependían de la supervivencia de un monopolio oligárquico, tanto en el mercado como en la política partidista, los hacendados estaban lejos de ser todopoderosos.8 No obstante, en el Eje Cafetero de las cordilleras Occidental y Central, los vínculos entre los minifundistas de abajo y los poderosos distribuidores de arriba marcaron las relaciones de producción e intercambio comercial durante el periodo de gobierno conservador. Esta fue la clave para la construcción de la nación mestiza dirigida por criollos más o menos blancos. Los vínculos coloniales de dependencia se reproducían bajo nuevas formas, que reforzaban los lazos clientelistas verticales e idealizaban al colono paisa, cafetero deferente pero independiente y, más importante aún, ni negro ni indígena, más bien mestizo con la posibilidad material de “blanquear la raza”. Con pocas excepciones, en otras partes de América Latina este patrón ha dado paso a una amplia política urbana en la que partidos populistas radicales —forjando coaliciones entre clases, que incluyen a sindicatos, sectores medios en expansión y campesinos movilizados— han exigido cambios estructurales en la organización del Estado, la sociedad y la economía, lográndolos aún a pequeña escala. En Colombia, por el contrario, nunca fue el caso.

ASCENDENCIA ANTIOQUEÑA

La región más rica y poderosa de todas las zonas cafeteras en Colombia era Antioquia, cuya élite se distinguía por su lealtad a la Iglesia, el culto al “orden”, la fetichización del “progreso” capitalista, la devoción al mestizaje dirigido desde arriba por hombres blancos, el compromiso compartido con un gobierno tecnocrático y bipartidista. El aumento de las fuerzas conservadoras —durante un periodo de segregación racial basado en el racismo científico en el mundo negro atlántico (el sur de los EE. UU., Brasil, Cuba) y de liberalismo en detrimento de las etnias indígenas en Mesoamérica y los Andes— tuvo su base económica en el boom de exportación de café. El control del café, particularmente en lo que se refiere a transporte, crédito y distribución, ayudó a que los banqueros/comerciantes de Medellín se convirtieran en los fabricantes industriales punteros del país. Las élites paisas disfrutaron de preeminencia política nacional desde 1910 hasta 1930.

El movimiento de pobladores hacia las fronteras cafeteras en las tierras del centro y oeste, considerada la transformación histórica más importante del periodo conservador, llevó a una mayor igualdad en el acceso a la tierra, pero no a la riqueza general o al acceso a los recursos o al poder político. Sí consiguió que buena parte de los colonos cafeteros, en su grandísima mayoría mestizos, se alinearan con las élites de uno de los dos partidos.9 El boom de exportación de café también trajo consigo el desarrollo de la banca e instituciones crediticias modernas, el crecimiento de la industria manufacturera (de bebidas, textiles, procesamiento de comida, vidrio y manufacturas con hierro) que inicialmente se basó en el trabajo de las mujeres inmigrantes, así como en la construcción de una nueva infraestructura de transporte.10 En 1914, conexiones férreas unieron a Medellín con Puerto Berrío y el río Magdalena, y en 1915 a Cali con Buenaventura y el Pacífico, lo que hizo del Valle del Cauca y de su modernizada industria azucarera un polo rival del desarrollo capitalista al polo de punta, es decir, el asentado en Antioquia y el Eje Cafetero.

Para fomentar las exportaciones de café y la producción industrial para el mercado interno, el gobierno conservador, apoyado por el Partido Liberal de oposición, financió por primera vez obras públicas y educación. La ingeniería, institucionalizada en la Escuela de Minas de Medellín a partir de 1888, produjo futuros presidentes (Pedro Nel Ospina y Mariano Ospina Pérez) y guió la implementación de proyectos tecnocráticos. Inspirada en la University of California-Berkeley’s School of Mines, la Escuela de Minas fue el semillero de socialización para el cuadro de dirigentes del nuevo orden. La escuela ayudó a formar una élite de comerciantes educados en la técnica pero no en las ciencias naturales experimentales o sociales y mucho menos en las artes. Esta élite no solo sobrevivió sino también prosperó en la Regeneración. Las doctrinas del Papa León XIII reconciliaban el positivismo científico aplicado con la fe tradicional.11

Estos desarrollos eran contemporáneos con los discursos racistas “científicos” y las prácticas de colonialismo interno con respecto a indígenas, mestizos y afrocolombianos en la periferia regional y en el Eje Cafetero. En profundo contraste con las élites caucanas, cuyas opiniones estaban divididas en cuanto a la relación con los afrocaucanos, los dirigentes paisas integraron exitosamente elementos de la cultura popular mestiza en una ideología regional y racial hegemónica e internamente coherente de poder blanco y de medios empresariales: un yanquismo tropical.12 Los comerciantes antioqueños se beneficiaron de la extracción de recursos naturales como oro y petróleo, desarrollaron extensas haciendas ganaderas diseñadas para alimentar una población urbana en vías de expansión (que se quintuplicó entre 1912 y 1951) y fomentaron una cultura nacional de pequeña agricultura comercial de café. Debido a que las empresas estadounidenses controlaban las industrias bananeras, auríferas y petroleras, las fortunas de los industrialistas, banqueros y comerciantes paisas giraban en torno al control del café, de los créditos, de la industria manufacturera y de la especulación en bienes raíces. Aun con el café, en todo caso, el control lo ejercían en última instancia las firmas de importación norteamericanas, la política de gobierno y los consumidores de los EE. UU.13

De esta manera, los colombianos ingresaban permanentemente en la economía capitalista mundial bajo el liderazgo de los elementos de su élite más avanzados técnicamente pero más retrógrados social e ideológicamente. Así, mientras el trabajo organizado en su fase socialista y anarcosindicalista se estaba haciendo sentir en el resto de la región latinoamericana antes de la Primera Guerra Mundial, en Colombia el dominio conservador recibía un nuevo soplo de vida debido al crecimiento en las exportaciones de café. La producción había pasado de un millón de sacos en 1913 a dos millones en 1921 y a tres millones en 1930. Después de la Primera Guerra Mundial, el capital extranjero invirtió en el sector cafetero y Wall Street abrió generosas líneas de crédito en lo que luego se conoció como la danza de los millones —lo que refrescó a la élite exportadora, pero no le dio tregua ni a los arrendatarios y aparceros ni mucho menos a los artesanos, proletarios, indígenas o comunidades afrocolombianas—. Como resultado del informe presentado por Walter Kemmerer, profesor de economía de Princeton que dirigió una misión a nivel continental para evaluar las finanzas en los gobiernos suramericanos, los préstamos de los EE. UU. se agotaron para 1927 y la fuga de capital sumergió a la economía colombiana en una depresión. En 1929, un cambio decisivo ocurrió en la política elitista cuando los precios del café cayeron súbitamente de 60 a 34 centavos el kilo, lo que significó un desastre para la economía de exportación, el cual se consumó posteriormente con el colapso de Wall Street en octubre de ese año. Los conservadores se dividieron cuando los líderes de la Iglesia apoyaron a candidatos rivales en la sucesión para las elecciones de 1930.14

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
313 s. 6 illüstrasyon
ISBN:
9789587830088
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

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