Kitabı oku: «Arte en las alambradas»
ARTE EN LAS ALAMBRADAS
FRANCISCO AGRAMUNT LACRUZ
ARTE EN LAS ALAMBRADAS
ARTISTAS ESPAÑOLES EN CAMPOS DE CONCENTRACIÓN, EXTERMINIO Y GULAGS
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Francisco Agramunt Lacruz, 2016
© De la presente edición: Universitat de València, 2016
Publicacions de la Universitat de València
www.uv.es/publicacions
Coordinación editorial y diseño de la maqueta: Vicent Olmos
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Imagen de la cubierta: Francisco Agramunt Moreno,
Los vencidos I (1960), óleo sobre tela, 100 x 73 cm.
ISBN: 978-84-9134-047-8
ÍNDICE
PRÓLOGO de Marc Baldó Lacomba
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1. EL MAYOR ÉXODO ARTÍSTICO DE LA HISTORIA
CAPÍTULO 2. LA RUTA DEL LLANTO
CAPÍTULO 3. ARTISTAS EN CAMPOS DE CONCENTRACIÓN DE FRANCIA
CAPÍTULO 4. ARTE EN LOS CAMPOS DE LA MUERTE
CAPÍTULO 5. LA GEOGRAFÍA CONCENTRACIONARIA FRANCESA
Campo de Argelès-sur-Mer
Campo de Saint-Cyprien
Campo de Judes
Campo de Los Haras
Campo de Le Vernet de Ariège
Campo de Agde
Campo de Barcarès
Campo de Bram
Campo de Gurs
Castillo de Collioure
Campo de Prats de Molló
Campo de Le Boulou
Campo Joffre de Rivesaltes
Campo de Vannes
CAPÍTULO 6. CAMPOS DE TRABAJO DEL NORTE DE ÁFRICA
Campo de concentración de Orán
Campo de Bou Arfa
Campo de Djelfa
Campo de Bou Saâda
Campo de Kenadsa
CAPÍTULO 7. CAMPOS DE EXTERMINIO NAZIS
Campo de Mauthausen
Campo de Auschwitz
Campo de Ravenbrück
Cárcel de Cherche-Midi
Cárcel de Fresnes
Campamentos de la isla de Jersey
CAPÍTULO 8. GULAGS SOVIÉTICOS
BIBLIOGRAFÍA
Créditos fotográficos: Francisco Agramunt Lacruz, Francisco Agramunt Moreno, Javier Agramunt Valero, Almudena Agramunt Valero, Agustín Centelles Osso, Primitivo del Pico, Manuel Bruque, Robert Descharnes, L. Pomés, Maribel García Morata, Vicente Esteban, Michel Sima, Josep Renau, Manuela Ballester, José Jornet, Eric Robert / Corbis Sygma, Alberto Estévez, Gérard Blot, I. Huedo J. Vacas, A. Holgado, Martín Santos Yubero, Aurelio Pérez Rioja, Manuel Edo Mosquera, Enrique Tapia Jiménez, Robert Capa, Gerda Taro, David Seymour “Chim”, Juan Guzmán, Mikel Ponce, Walter Reuter, Endre Erno Friedmann, Francisco Boix Campo, Josep Kessel, Jean Moral, Benítez Cassans, Luis Torrens, Marcos, Luis Escobar, Vidal, Constantino Suárez, Manuel Moros, Kati Horna, Dezvo Rebai, Georg Reiner, Hans Namut, Walter Reuter, Tina Modotti, Albert Deschams, Ricardo Vinós, Kurt Schnietzler, Enrique Segarra, Dora Maar, Vaclav Chochola, Joaquín Cortés, Jesús González, Alejandro Pradera, J. Blázquez, Bruno Jarret, José H. Gamazo Zamora, Benítez Casaus, José Díaz Casariego, Ignacio García Cano Jr, Ana Torralva Forero, Hermanos Fragella, Hermanos Mayo, T. G. Reeves y Edith Tudor. La mayor parte de las fotografías han sido cedidas desinteresadamente por los propios artistas o por sus familiares; un buen número pertenecen a colecciones privadas y el resto forman parte de los fondos de la Agencia EFE, Archivo Histórico del PCE, Archivo de la Fundación Pablo Iglesias, Fundación Luis Seoane, Fundación Josep Renau de Valencia, Archivo CTK, Fundación Max Aub de Segorbe, Universitat de València, Ateneo Español de México, Instituto de Cultura Juan Gil- Albert de Alicante, Museu d’Historia de Catalunya de Barcelona, Residencia de Estudiantes de Madrid, Asociación Guerra Civil y Exilio, Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, Fundación Eugenio Granel, Fundación Largo Caballero, Fundación Ramón Rubial - Españoles en el Mundo, Fundación Universidad Española, Instituto Valenciano de Arte Moderno de Valencia, Museo de Arte Moderno de Collioure, Museo de Arte Moderno de Perpiñán, Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, Amical de Mauthausen de Barcelona, Museo Reina Sofía de Madrid, Museo Memorial del Exilio (MUME) de la Jonquera, Centro de Documentación de Mauthausen, Centro de Documentación de Rivesaltes, Centro de Documentación de Auschwitz, Galerie Raymont Creuze de París, Sala Parés de Barcelona, Fotografía Moderna de Ciudad Trujillo, Weintraub Gallery de Nueva York y Studio Chauvin de Perpiñán, etcétera.
PRÓLOGO
El libro de Francisco Agramunt Lacruz, Arte en las alambradas, es un trabajo relevante y oportuno. Recupera un fragmento de la historia reciente de España y de Europa que los ciudadanos no podemos permitir que quede desgajado de la memoria histórica. Al contrario: la materia de la que trata enraíza de algún modo con lo que está sucediendo ahora mismo en la Unión Europea, en sus lindes con Oriente Medio y África. Recuperar para nuestra memoria, para nuestra conciencia cívica, la historia que nos cuenta Francisco Agramunt no es sólo una aportación historiográfica importante, sino además una llamada a la reflexión de nuestras conciencias sobre nuestro presente.
Los protagonistas de este libro son personas golpeadas y derrotadas por una guerra y expulsadas de sus casas, vidas y trabajos. Sus páginas se ocupan directamente de los republicanos españoles derrotados en 1939. Pero también nos hacen pensar en los derrotados de hoy, los refugiados (de hecho exiliados) que están siendo violentados, doblegados y privados de derechos por países que pertenecen a una de las regiones más ricas del mundo. El libro, pues, reclama ser leído no sólo con ojos de historiador sino, además, de ciudadano libre y horrorizado por lo que sucede. Cualquiera que aspire a la igualdad y la solidaridad y requiera que se apliquen los derechos humanos está invitado a su lectura. Y a todos ellos tiene algo que decirles.
Pero como es natural, a quien tiene mucho que decir es a los ciudadanos españoles. España es un país en el que se precisa luchar contra el olvido, recuperar la memoria de un pasado reciente y aterrador, y hacerlo de manera documentada, objetivada y contrastada. Esta tarea es necesaria para la buena salud política de una sociedad democrática.
La derecha española considera, al contrario, que mirar hacia atrás, remover tumbas y experiencias traumáticas “nos divide”, pero no justifica su argumento. Al contrario, lo que divide es no querer mirar con limpieza y objetividad ese pasado que fue explicado tendenciosamente durante los cuarenta años de dictadura, que operaba con violencia sobre el pasado. La democracia actual no ha jugado todo lo limpio que cabía esperar con la historia del tiempo presente; le ha faltado valor y lo que ha hecho ha sido disimularlo.
Así pues, esa historia reciente y traumática ha permanecido, excepto en el medio académico y en limitados ámbitos intelectuales, velada y casi silenciada. Se ha producido, ciertamente, en los últimos treinta años una ingente investigación de la que este libro es otro aporte, pero aún no existe en 2016 una transposición didáctica de todo ese trabajo riguroso a manuales de bachillerato o de secundaria obligatoria; tampoco toda esa investigación histórica está socialmente integrada en la memoria histórica de los ciudadanos. En España sigue faltando una política educativa y cívica adecuada sobre la Historia del Presente. En su defecto, los tópicos siguen en pie. Uno: presentar con exageración (por no decir manipulación) la violencia política de la época republicana para justificar como necesario un golpe de Estado reconvertido en supuesto alzamiento popular y no mostrarlo como una atrocidad contra la democracia que promovieron militares que carecían de sentido del honor y que contaron con el apoyo de la derecha española más rancia y fascista. Dos: minimizar, omitir o edulcorar el exilio. Tres: silenciar el encarcelamiento masivo de ciudadanos o las sanciones económicas y laborales impuestas, destrozando vidas y haciendas. Y, sobre todo, cuatro: mostrar con igual magnitud la represión en ambas zonas y así procurar pintar una balanza compensada de fusilados a ambos lados, una especie de empate sangriento que recubre con falsedades y que se empeña en hacer creer que “todos fuimos culpables” por igual de la guerra y su secuela de desgracias.
Nada fue así. Lo expresan datos confrontados y abiertos la crítica contrastada y a la serena reflexión. La información desmiente los tópicos: 300.000 muertos en campos de batalla, 180.000 fusilados (algo más de 130.000 a manos de franquistas y algo menos de 50.000 a manos republicanas); de los 130.000 fusilados franquistas, unos 50.000 entre 1939 y 1946, es decir después de decir los vencedores la guerra había terminado; 1.000.000 de presos al acabar la guerra (200.000 fallecieron en esos hacinamientos); el empleo punitivo de presos en trabajos forzados; 500.000 exiliados; 114.000 desaparecidos (en las documentadas investigaciones del juez Garzón), 2.300 fosas por abrir… Tampoco hay nada similar en el bando franquista, desde las más altas magistraturas (ni siquiera en las menores), a discursos como el de la “paz, piedad, perdón” de Azaña, ni se ven trazas de compasión a pesar de tener en su lado el apoyo y bendición de la Iglesia católica. Hubo embustes tales como hacer creer que quien no tuviese las manos manchadas de sangre nada tenía que temer, y no pocos franquistas enronquecieron sus gargantas diciendo que no querían vencidos sino convencidos, aunque la dictadura convenció hasta el último día de su existencia con la represión y la vulneración de los derechos humanos.
La convivencia ciudadana democrática no puede fundamentarse en silencios, omisiones y tergiversaciones, en exhumaciones aún pendientes de cadáveres que fueron fusilados por los franquistas. La reconciliación cívica no enraíza ni en el “olvido” ni en el silencio u ocultamiento, sino que se construye sobre la memoria histórica. Hay que aportar cifras, datos y explicaciones contra los mitos y tergiversaciones intencionadas para ocultar la realidad.
Así pues, considero que es falso lo que la derecha española piensa y dice: que se debe evitar mirar hacia atrás porque el pasado “nos divide”. Al contrario, lo que divide es el ocultamiento del pasado, el incumplimiento contumaz de la ley de la Memoria histórica, la burla soez de dirigentes del PP hacen de quienes quieren dignificar a sus muertos enterrados en fosas, o los obstáculos burocráticos y de toda laya que dirigentes de ese mismo partido les imponen a familiares deseosos de dignificar a sus muertos.
Hay que superar esa memoria colectiva sectaria y malintencionada construida por el franquismo (con cruces y panteones para unos y fosas comunes en barrancos, junto a tapias y cementerios para los demás). Hay que construir una memoria histórica contrastada, objetivada y sin anteojos que sea base de la vida en democracia y apueste por una observación crítica de la historia reciente, incompatible con disimulos, silencios, omisiones y versiones acomodaticias a coyunturas políticas. Hay que rescatar la verdad y recuperar para la memoria a todos aquellos que vivieron aquella tragedia y sufrieron aquellas penalidades. Por supuesto, hay que explicar, sin duda, las razones que tuvieron todos, unos y otros, para actuar como lo hicieron pero también hay que otorgar el lugar que corresponde a quienes defendieron la libertad y el avance social, a quienes defendieron la Segunda República que, con los defectos que pueda tener, sigue siendo un valor histórico, ético y político y una forma de ejercer la democracia y gobernar tiempos difíciles, de crisis, combinando el poder institucional y la movilización social. Por otro lado, junto a la consideración del valor político de la democracia republicana, también debe hacerse reparación moral de las víctimas republicanas, aspecto este último tan importante políticamente como rescatar la transparencia de los hechos que se reclama.
* * *
Pues bien. Una parte de esa tarea es la que hace este libro, centrándose en un aspecto clave de toda esta experiencia: el exilio y dentro de él un fragmento del llamado exilio cultural y/o profesional: los artistas plásticos.
La primera reflexión a que convoca el texto de Francisco Agramunt (autor de aportaciones anteriores destacadas sobre el tema como el libro Arte y represión en la guerra española: artistas en cárceles, checas y campos de concentración es la variedad social y profesional del exilio de 1939. España ha tenido una contumaz historia de expatriaciones por causas políticas, pero ninguna comparable al exilio republicano de 1939, que constituye uno de los fenómenos más importantes de nuestra historia reciente. A diferencia de los siglos XIX y XX (no del XV o XVI), el exilio no se redujo a un grupo más o menos numeroso de figuras –señeras o medianas– de la intelectualidad y la política, sino que fue masivo y afectó a un amplio abanico de profesiones y oficios. “Por la diversidad de las profesiones –ha escrito Sánchez Vázquez– es un espejo del amplio espectro de las fuerzas sociales que libraron la guerra contra el franquismo”. Medio millón de exiliados es la cifra que se maneja; una parte minoritaria de este grupo, no bien calculada, eran intelectuales con cierta notoriedad en el campo de la política, la ciencia, la técnica, la literatura, la filosofía, las artes y las profesiones liberales y docentes.
Este libro muestra diáfanamente este aspecto. Un abigarrado universo de centenares de artistas de todas las edades, procedencias, campos de trabajo, estilos, consagrados y desconocidos, comprometidos con la República o simplemente republicanos cruzaron la frontera en 1939. Había “pintores, dibujantes, grabadores, escenógrafos, ilustradores, diseñadores, escultores, arquitectos, figurinistas, fotógrafos, cineastas, galeristas, profesores, marchantes, periodistas, historiadores y críticos de arte españoles”, recuenta el autor. Y el libro rastrea su periplo y hace prosopografía o estudio de las biografías de los artistas en su contexto artístico, y se siguen sus pasos por estos recintos de represión, se registran sus muertes y sobre todo las vidas posteriores de aquellos que lograron salir con vida del infierno. De los que perecieron en él, siempre es más difícil: la historia se hace con el lastre que dejan las vidas. Las personas que vivieron muy jóvenes la crisis bélica, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial y murieron en el frente, en un campo de refugiados o de concentración apenas dejaron marcas: legaron un trazo en el aire. Y esas escasas pistas no sólo dificultan la tarea del historiador (eso sería lo de menos), sino que nos dicen lo que fue realmente trágico: se quebró la vida de esas personas cuando eran jóvenes y aún no habían podido apenas desarrollar sus capacidades. Las guerras siempre son rompe vidas.
A la tragedia humana y personal de los desterrados que se exiliaron, muriesen en la resistencia o en un campo de refugiados o concentración, o sobreviviesen a las alambradas, se añade el vacío que dejaron en España. En el caso de los intelectuales y creadores de ideas y formas, el vacío cultural. Nunca se podrá ponderar el retraso de ideas, renuncia a avances y modernidad que supuso la expatriación de la plana mayor de la intelectualidad; nunca sabremos cuál hubiese sido el horizonte de España si no se hubiese producido el forzado destierro. Unos pocos miles de científicos, artistas, intelectuales, técnicos cualificados en la España de 1939, que no era un país sobrado de talento, es un gran drenaje. La riqueza cultural, creativa y de trabajo de lo que se perdió el país con el exilio de 1939 sólo se puede imaginar, soñar. Arte en las alambradas ayuda a imaginarla.
Francisco Agramunt organiza el trabajo en ocho capítulos que van siguiendo los pasos de los exiliados. No se trata sólo de rastrear el camino que recorrieron los artistas. Junto a ellos se detecta la travesía que siguieron los miles de vencidos, una historia colectiva que aún espera más estudios. En el primer capítulo “el mayor éxodo artístico de la historia”, se plantea la dimensión del fenómeno. Los capítulos segundo y tercero se dedican a la “llegada masiva de los artistas a Francia” y al análisis de los testimonios que aportaron cuando hacían “las rutas del llanto”, es decir el camino que siguieron para llegar a la frontera. Los capítulos cuarto, quinto y sexto, dan cuenta de los campos de refugiados franceses (Rivesaltes, Argelès-sur-Mer, Septfonds, Barcarès…) y del norte de África (Orán, Djerfa, Bu Saâda, Kenadsa), a donde llegaron muchos exiliados en mercantes y embarcaciones de puertos valencianos, como fue el caso del Stanbroock, que zarpó del puerto de Alicante el 28 de marzo de 1939. El capítulo séptimo aborda “los campos de exterminio nazis” (Mauthausen, Auschwitz, Dachau, Ravenbrück…). El capítulo octavo, el último, lo dedica al estudio de los encerrados en los gulags soviéticos (Karagandá), aspecto novedoso e incipiente aún en las investigaciones historiográficas.
La mayor parte de los 500.000 exiliados que pasaron la frontera, y con ellos los artistas, fueron recluidos en campos de refugiados como los antes mencionados. Algunos de los recluidos, entre ellos muchos artistas que el libro desgrana, tuvieron la posibilidad de salir de estos campos e integrarse en la vida civil o exiliarse a América. En cualquier caso, del medio millón de exiliados, 250.000 (mujeres, niños y algunos hombres) retornaron a España antes de comenzar la Guerra Mundial (septiembre de 1939). Pero los soldados y militares y las personas que no tenían “avales” no quisieron volver porque conocían la represión. Les esperaba un proceso militar (en el mejor de los casos, un par de años de cárcel), repetir la mili o ser enviados unos años a campos de trabajo forzados. Quedaron, pues, en Francia la gran parte de los militares y personas con algún compromiso con la República, por ligero que fuese.
El verano de 1939, cuando el gobierno francés veía ya venirse encima la guerra, facilitó que algunos republicanos se alistaran en la Légion Étranger o en otras unidades militares, mientras la mayoría se apuntaron a las Compagnies de Travailleurs Espagnols, donde como auxiliares militares hicieron trincheras y reforzaron parapetos, muchos de ellos en la línea defensiva Maginot, paralela a la frontera alemana. Se calcula que 100.000 españoles (algunos de ellos eran artistas que el libro desmenuza) quedaron encuadrados en el ejército francés. Y en esta situación es donde muchos republicanos españoles fueron detenidos por los alemanes y encerrados en campos de prisioneros o stalag, donde hacían las tareas que se les mandaba. De los stalag fueron deportados a campos de concentración o exterminio nazis como Mauthausen. Importante para esta operación fueron las negociaciones que en el verano de 1940 hicieron Ramón Serrano Súñer, “el cuñadísimo”, y Hienrich Himmler, jefe de las SS, para que los nazis se deshiciesen de los soldados republicanos. Y en ese momento comenzaron las deportaciones de “rojos españoles” (Rotspanier) a los campos de exterminio. En fin, también fueron deportados a campos nazis republicanos detenidos por la Gestapo en la Francia ocupada y dividida, entre otras razones porque muchos de los exiliados que se quedaron en Francia (y también algunos artistas) acabaron conformando la Resistencia o fueron detenidos por apátridas.
La trayectoria de los artistas españoles que pasaron por los Gulags es parecida y diferente a la indicada hasta ahora. Es parecida porque acabaron recluidos allí exiliados republicanos: algunos eran “niños de la guerra” con sus correspondientes maestros, otros fueron soldados especialistas (pilotos que se preparaban en la escuela de Kirovabad), marinos de las rutas marítimas entre la URSS y la España republicana, otros eran exiliados del 1939, mayoritariamente militantes comunistas. La razón por la que republicanos españoles o “niños de la guerra” ya adulos acabaron en gulags es, generalmente, por discrepar de las políticas estalinistas o por querer volver a España (lo que se interpretaba como una traición a la patria del socialismo). Pero también hubo entre en los Gulags españoles procedentes de las antípodas ideológicas: prisioneros de la División Azul y soldados del ejército alemán, como el pintor Pablo Ley Pardell, hijo de padre alemán y madre de Barcelona, que cuando empezó la guerra civil española aún tenía 15 años y estaba en Berlín, donde se quedó hasta ser movilizado por el ejército alemán. En los gulags coincidió todo el espectro ideológico.
Sin embargo el libro de Agramunt, además de seguir estos complejos vericuetos tiene el mérito que en el prólogo no se puede más que dejar indicado que es estudiar a los artistas que pasaron por todas estas peripecias, campos de refugiados en el sur de Francia o en Argelia, unidades militares francesas, Compagnies de Travailleurs, Stalag, grupos de la Resistencia francesa, campos de exterminio o Gulags.
* * *
Desde el primer capítulo el libro se plantea el análisis de la historia de los artistas plásticos que salieron del país, sobrevivieron a la violencia política del 39 al 45 y rehicieron sus vidas, sus experiencias, sus conocimientos y sus tareas en el exilio, volviesen más tarde a España o no. Pero también se plantea la otra cuestión clave del trabajo, la principal aportación, la que le da nombre y título, la creación artística en las alambradas (no sólo “después” de ellas). Se trata de “recuperar esa parte oscura del exilio artístico”, dirá Agramunt. Esta última cuestión (¿qué hicieron “dentro de las alambradas” como artistas?) lleva al autor a preguntarse algunas cuestiones esenciales que ya no dejan de acompañar al lector el resto del trabajo: ¿Qué les motivaba a ejercer su oficio artístico? ¿Con qué materiales pudieron operar? ¿Cómo los consiguieron? ¿Por qué dibujaron, pintaron, esculpieron? ¿Qué necesidades o impulsos tenían para hacerlo? ¿Cómo repercutió esta experiencia después, el resto de su vida en su producción artística?
Uno de los objetivos que les motivaba a producir, aún en precarias condiciones, era dar testimonio de lo que estaban viviendo ellos y las demás personas encerradas tras las alambradas. Siempre sorprende este impulso humano entrañado en la condición de ser social de contar, decir, dibujar, expresar… para que se recuerde, para que se sepa, para que no se olvide, para que se construya, en fin, una memoria viva en los ciudadanos que genere conciencia de cuánto les aconteció, para saberlo y reflexionar hasta qué límites puede llegar homo sapiens/homo demens, que así tal vez debería llamarse nuestra especie por cuanto ha hecho en el siglo XX y lo que va del XXI. “Sobrevivir para contarlo”, escribió Primo Levi. Es imposible no citar aquí a Francisco Boix, que declaró en Nuremberg… Es imposible omitir que no todos los creadores de detrás de las alambradas eran profesionales de las artes plásticas: hubo outsiders que dibujaron, pintaron o esculpieron impulsados por esa necesidad de testimoniar. Pero el testimonio no es la única motivación, ni siquiera podría desconectarse muchas veces de otras como hacer algo, aprender, expresarse y expresar, tener el cerebro activo, escapar de aquellas realidades, pintar o dibujar como terapia, como catarsis, como manera de seguir practicando la civilidad, como rebeldía, como forma de conseguir algo más de comida, para cultivar impulsos que en muchos artistas arrancan de las profundidades de sus almas… En resumen, puede citarse lo que dice el autor sobre los artistas que quedaron recluidos en campos del Norte de África, para dibujar, en pocas palabras, las motivaciones de la obra plástica de todos: “Nos ofrecieron –dice Agramunt– en sus dibujos, bocetos y pinturas una versión testimonial, lacerante, de su entorno, de sus compañeros, de su experiencia, de sus sentimientos y emociones y de sus amores y frustraciones, que convirtieron su experiencia personal, su drama íntimo, en un ejercicio de autoafirmación y de supervivencia. En un entorno de miedo desarrollaron una gran actividad plástica marcada por un fuerte compromiso testimonial, un sentido de resistencia y supervivencia y un sentimiento de dignidad”. Nada, sin embargo, tan ilustrativo, como mirar la obra específica de estos artistas, como por ejemplo, la de Josep Bartolí.
Por encima de las similitudes y parecidos, existen diferencias considerables entre unos y otros campos de concentración. Los centros de confinamiento, aunque todos tenían rasgos comunes, presentan gran variedad: no eran iguales los campos de refugiados franceses o norteafricanos que los campos de exterminio nazis o los Gulags soviéticos. Ni siquiera eran iguales entre sí los recintos de alambradas de cada una de las clases en que se han clasificado. En los campos de refugiados de Francia, pese a la dureza de condiciones de vida y trato, pese a las humillaciones, insalubridad, hambre, guardias senegaleses, que quedaron expresadas en sus obras y fotografías, se pudieron organizar en casi todos “barracones de cultura”, planteándose por vez primera en Argelès-sur-Mer en la primavera de 1939. En estos espacios, que expresaban su concepción de que la cultura era base de la libertad, se montaron talleres de pintura, se revelaron fotografías (Agustín Centelles reveló en este campo una parte de las que logró pasar de la guerra civil), se editaron boletines, se hicieron exposiciones, se impartieron clases de alfabetización, idiomas. Eran, pese a la pobreza de materiales con que los artistas trabajaban y los limitados recursos para las clases, una manera de salir de la inactividad, cultivar la dignidad y mantener la moral menos decaída, y contaron con apoyos de comités de solidaridad y partidos de izquierda. También fue exclusiva de los campos de refugiados franceses la posibilidad que tuvieron algunos exiliados de salir del campo e integrarse como trabajadores contratados en trabajos en empresas o explotaciones agrarias. Los artistas plásticos pudieron aprovechar su cualificación y sus capacidades, bien valoradas en el mercado laborar, para buscar contratos y encargos municipales y salir de los campos y, en algunos casos, por sus conexiones, poder exiliarse a América.
En los campos de trabajo y de concentración del norte de África ya no existían estas condiciones y posibilidades. A la severidad climatológica, se añadía el rigor con que se trataba a los reclusos (en Djerba, donde la temperatura podía bajar a –10 por la noche, se les prohibía encender hogueras), la aún más deficiente alimentación y peor higiene. A África, al margen de los que llegaron en buques como el Stanbroock, se deportaba de Francia a los que se consideraba más peligrosos, como le sucedió a Max Aub, que ha legado un testimonio elocuente. La única suerte fue que fueron liberados en 1942.
Evidentemente estas opciones no existían en los campos de concentración nazis, donde todo era peor. En los campos nazis las condiciones eran pésimas. Estaban pensados y diseñados para paralizar el pensamiento y destruir la personalidad; en ellos el trabajo no sólo era una forma de represión y denigración sino un medio de explotar a los prisioneros hasta la extenuación. El intensivo aprovechamiento del trabajo (esclavo de hecho), la escasa y deficiente alimentación, el hacinamiento, las enfermedades infecto-contagiosas y las disenterías, así como la destrucción de la personalidad por la suma de todo lo anterior más el trato criminal y las vejaciones que infligían los SS y sus auxiliares, eran un coctel que conducía a la muerte o, a los que llegaron más tarde o fueron más afortunados, al silencio y la deshumanización. Todas estas experiencias han sido expresadas por artistas como el judío eslovaco-español Adolf Frankl que pintó las Visiones del infierno, Eduardo Muñoz Orts, Manuel Alfonso Ortells o José Cabrero Arnal. Y sin embargo, pese a toda esta dureza, también hubo muestras de resistencia que a mi modo de ver no conviene exagerar ni idealizar, entre otras razones porque la mayor parte de los presos trabajaron hasta la consunción, aunque hubiese algunos presos en mejores puestos. En el Barracón 13 de Mauthausen se articuló por presos españoles una incipiente posibilidad de lecturas (organizada por Joan Tarragó), contactos, juegos y otras actividades, y bajo el manto de estas actividades surgió la reflexión y una mínima articulación política que conectó con un núcleo de “resistencia” tardío, de cuyas redes salió la célebre pancarta de recibimiento a las tropas liberadoras, que hizo Francisco Teix, o la esencial estrategia de Francisco Boix para salvar fotografías.
También fue dura la vida en los Gulags, donde también se hacían con rigor trabajos forzados, aunque también aquí, como recoge el libro, la de algunos artistas, por la cualificación de sus trabajos fue meno horrorosa. El pintor Pablo Ley Pardell, a quien ya se ha citado, fue autor de impresionantes cuadros que dan testimonio de aquella trágica experiencia.
El testimonio de lo que sucedió y el valor que los artistas dieron a la cultura como fundamento básico de la libertad serían, tal vez, las dos lecciones más potentes que este libro, Arte en las alambradas, nos aporta.
València, abril 2016
MARC BALDÓ LACOMBA
Universitat de València
INTRODUCCIÓN
Un aspecto poco conocido y estudiado dentro de la historiografía artística del exilio republicano español de 1939 fue la experiencia concentracionaria que pasaron nada más cruzar la frontera francesa decenas de artistas españoles capturados por la gendarmería y los soldados senegaleses y marroquíes recluidos inicialmente en los campos de concentración y trabajos forzados del sur de Francia y del norte de África, y más tarde, en los Dulags de transito y en los Stalags para prisioneros de guerra, y los de exterminio nazis y, finalmente, en los Gulags soviéticos que para la mayoría se convertiría en una herida abierta que nunca cicatrizó. Aparentemente para estos creadores plásticos confinados en estos siniestros lugares donde morían por hambre, enfermedades, palizas y trabajos forzados miles de seres humanos, no parecía el escenario propicio para elaborar obras de arte, y si lo hicieron se debió a un sentimiento de repulsa y rechazo encaminado a testimoniar las tendencias más destructivas y atávicas de la miseria humana.
Se podría decir que prosperó entre los artistas una necesidad de recrear como última opción que les quedaba las imágenes del terror como si se tratase de un acto final de rebeldía que les permitía devolverles la posibilidad de recuperar su dignidad, llevar a cabo una existencia plena, conseguir un germen de esperanza y liberarse de esa sensación de impúdico aburrimiento. Superando la estética, alambraron el arte haciendo suyo esa muletilla basada en el clásico proverbio chino de que “una imagen vale más que mil palabras”, aunque la verdad es que fueron necesarias muchas más para dar testimonio puntual de aquel terrible drama, sobre todo, cuando nos referimos a representaciones icónicas y simbólicas, que parecían tener vida propia y que no hacía falta decir nada más, ya que bastaba con verlas para entenderlo todo. Desde una perspectiva estética, la tradicional belleza dejó de ser una categoría al disociarse esquizofrénicamente de una realidad trágica, fea y escabrosa, hecha con zarpazos, sangre y muerte, que nos recordaba nuestra ruindad moral y el primitivismo atávico que nos retrotraía a los más bajos instintos.
Un arte enrejado
Los artistas consiguieron recrear de esta manera, a escala menor, pinturas, dibujos, grabados, esculturas, maquetas, fotografías y objetos artísticos cotidianos, verdaderas metáforas visuales elaboradas con materiales muy humildes y elementales, como papeles, cartones corrugados, troncos, listones, piedras de granito, cantos rodados, planchas y alambres de hierro, trozos de lona y tela, de gran valor documental y prodigiosamente ejecutadas, sin apenas herramientas, que permitieron conocer los aspectos de la vida concentracionaria desde diversos ángulos. Afloraron obras personales ajenas a las modas y a las exigencias normativas o academicistas, de gran contenido literario, y caracterizadas por un afán de esquematización, de síntesis y rigor, sin florituras, surgidas del abismo más desgarrado de la interioridad, basadas en personajes alucinantes, contorsionados, desgarrados que producían una infinita sensación de caos, reflejo exacto del mundo concentracionario que los rodeaba.
Y, mientras tanto, los artistas no perdieron nunca su condición de creadores y en sus modestas pinturas, dibujos y esculturas recrearon sus experiencias, captaron los fogonazos de la guerra, la lucha en los frentes, los bombardeos y la vida cotidiana tal como lo había hecho muchos años atrás su compatriota Francisco de Goya. La actividad artística en estas difíciles condiciones no sólo se convirtió en un pasatiempo, sino en una forma de recrear la tragedia en que se encontraban y en una forma de expresar sus ideas, sus pensamientos y, en muchos casos, en una impostura para reflejar su rebeldía ante la visión dantesca. Se eligieron como reconstructores de una situación en la que eran víctimas y protagonistas, y lo hicieron con las herramientas y los instrumentos artísticos que tenían a su alcance.
Para conseguir su máximo contenido expresivo y suscitar emociones se pusieron en tela de juicio muchas cuestiones de tipo estético relacionadas con los valores artísticos tradicionales e ideológicos que en aquellos años entraban en colisión y enfrentaban a los creadores y teóricos de arte en profundas contradicciones y debates centrados principalmente en el compromiso político que había que adoptar. A causa de este tono tan expresivamente dramático, y su marcadamente carácter ideológico, no resultaba grato ni agradable para la sensibilidad refinada de ciertos sectores conservadores o castas educadas en la tradición que lo rechazaban por sus complacientes gustos estéticos, y también porque no era comercialmente interesante.
¡Quiénes iban a adquirir estas obras tan pobres en cuanto a materiales y repulsivas a la vista! Sólo podría interesar a determinados heterodoxos, coleccionistas a miembros de organizaciones y partidos de izquierdas. Y ello, a pesar de que este tipo de arte socialmente estaba muy generalizado a lo largo de la historia del arte y muchos maestros consagrados lo habían cultivado y hecho grande y, gustase o no, estaba incluido en los tratados artísticos e incluso se comercializaba en las ferias de arte o se exhibía en los grandes museos y colecciones privadas. A pesar de ser considerado una modalidad “menor” se había generalizado en todos los ámbitos artísticos por su contendido testimonial y desvelar un lado oscuro de la creatividad artística en el que colisionaban diversas técnicas, estéticas y lenguajes pensados para levantar acta de monstruosos hechos históricos que conmovieron la historia de la Humanidad.

Francisco Agramunt Moreno. “Los vencidos I” (Óleo).
Toda una producción artística “brut” que, paradójicamente en los tiempos actuales está de moda y viene ganando terreno entre el gran público los críticos de arte, galeristas y museógrafos, que en plena posmodernidad ha dejado de considerarla con esos corsés condescendientes y un tanto quisquillosos de “menor, light o anecdótica” y que, como está siendo evidenciado por su aceptación generalizada, en algunos casos, supera la calidad de otras obras consideradas “normales”. Y ello ha sido posible por su contenido testimonial y sociológico, que la convierten en un género social muy dúctil que no responde a los criterios valorativos tradicionales y que es capaz de recrear emociones, experiencias y miedos que todos los seres humanos tenemos en momentos críticos, amenazadores y turbios de nuestras vidas.
La historia se repite
A la hora de buscar antecedentes de la gravísima crisis de los refugiados que se está registrando en la actualidad en diversos países europeos provocados por hambrunas, guerras y otros conflictos, debemos fijar una mirada retrospectiva en la gran oleada de republicanos españoles que abandonaron el país en 1939 como resultado de la victoria franquista. Queda muy claro que, a tenor de estas similitudes, se puede asegurar que la historia se repetía, sobre todo, al advertirse ciertas coincidencias que se registran y que nos recuerdan acontecimientos ocurridos en tiempos pasados. No obstante, lejos estamos de creer que debamos dejar de acudir a la memoria de lo que es ya historia para conseguir que ciertas situaciones negativas no se vuelvan a producir, ni tampoco sus consecuencias.
En el ámbito de la iconografía e imaginería aquel dramático acontecimiento histórico ocurrido hace más de setenta años que se desarrolló en suelo francés se parece bastante, guardando las distancias geográficas y el entorno social y político, desde luego, a esas fotografías o ilustraciones publicadas en los periódicos y revistas o a los reportajes emitidos por todas las cadenas televisivas del mundo acerca de la llegada masiva a las costas europeas de refugiados de distintas nacionalidades en un intento desesperado de escapar y ponerse a salvo de conflictos bélicos, guerras y hambrunas. Como es fácil de comprender es la misma sensación de pánico, soledad, desarraigo y frustración que sufrieron miles de refugiados republicanos.
Tal y como aconteció en aquellas lejanas fechas varios países europeos, incluida España, han sido el escenario de una de las mayores diásporas debido a la complicada situación de Oriente Próximo y muy especialmente al conflicto civil sirio. El propio presidente de la Comisión Europa, Jean-Claude Juncker, instaba en un discurso que pronunció en el Parlamento Europeo el pasado año, 2015, a los estados miembros, que aceptasen las cuotas de refugiados propuestos por la CE. Y en concreto apeló a la solidaridad que hubo hacia “los republicanos españoles que huyeron a campos de refugiados en el sur de Francia tras la derrota en la guerra civil”. Los hechos históricos volvían a repetirse como una dramática simetría o un siniestro cliché y, tal como pasó en el pasado, los medios de comunicación de todo el mundo, las poderosas redes sociales y las webs testimoniaron a través de esas imágenes escalofriantes reales la tragedia que sufrían miles de seres humanos que abandonaban sus hogares para tratar de encontrar en la rica Europa un futuro esperanzador, huyendo de la guerra, la enervante pobreza y falta de perspectivas laborales.

El autor señala una leyenda del campo de Auschwitz: “Los artistas prisioneros en el campo nunca olvidan su vocación”.
Y en lo concerniente al contenido representacional de las imágenes se registraban las mismas escenas dramáticas y crueles de miles de refugiados republicanos huyendo captadas por los artistas que protagonizaron aquella odisea al exilio y que constituía el núcleo de la memoria histórica y que generó en aquellos momentos una gran solidaridad con el pueblo español atrayendo a cooperantes, combatientes e intelectuales de todos las partes. Una imagen metafórica perfectamente plasmada por los pinceles del pintor malagueño Pablo Picasso en su emblemático “Guernica”, verdadero grito de denuncia de los horrores de un conflicto incivil. Y como quedó patente entonces, ahora, casi setenta años después de aquel drama, volvía a repetirse aquel hecho trágico a través de la fotografía en color de Aylán Jurdi, el niño de tres años muerto en la orilla de una playa turística turca próxima a Bodrum. Una instantánea patética difundida por todos los medios de comunicación y redes sociales que provocó entre la ciudadanía y los dirigentes políticos un toque emocional al denunciar que el horror estaba ahí, en el cuerpo inerte de un niño soterrado en la arena y cubierto por las aguas. La conmoción que suscitó en todo el mundo las imágenes de los refugiados era la misma que la que se produjo al final de la contienda civil cuando medio millón de españoles cruzaron la frontera francesa en un intento desesperado de ponerse a salvo de la represión de los vencedores.

El autor en el campo de Mauthausen.
En aquella ocasión fueron los propios artistas refugiados los que recrearon en sus pinturas, dibujos, grabados, maquetas, esculturas y objetos artesanales las imágenes testimoniales de esas largas columnas de refugiados cruzando los pasos fronterizos con escasos equipajes, los cacheos de los gendarmes, su reclusión en los campos de internamiento, su vida cotidiana, su embarque en los mercantes y su viaje oceánico hasta las repúblicas hispanoamericanas que les brindaban acogida. Se llegó a comparar esta visión concentracionaria con la que sufrieron los ciudadanos hebreos por los nazis, aunque en rigor histórico nunca alcanzó la envergadura, el alcance geográfico, ni los grados de crueldad que padecieron éstos, muy a pesar de su sufrimiento y del horror con que aquello quedó grabado en su memoria. La mayor parte de ellos consiguieron sobrevivir, abandonaron sus encierros, recuperaron su libertad, rehicieron sus vidas rotas y reanudaron sus trabajos artísticos. En ambos sucesos, cuyo marco histórico coincidió en el tiempo con el ascenso al poder de Adolf Hitler y la II Guerra Mundial, se dieron circunstancias dramáticas parecidas y se convirtió en un episodio básico de catarsis cultural y de redefinición de los valores de una civilización en crisis.
A semejanza de lo que está sucediendo ahora con los refugiados árabes en diversos países europeos, obligados a vivir en campamentos improvisados y sometidos a largas esperas, los republicanos españoles fueron muy mal recibidos y confinados en verdaderos campos de concentración. Su situación, empero, fue mucho peor, ya que fueron enviados a la fuerza a grandes superficies de terreno, pastizales y eriales donde iban a comer las vacas o playas desiertas cercadas por torres de vigilancia, muros y alambradas, donde vivían a la intemperie, sin agua, sin barracones para defenderse de las gélidas condiciones climáticas, sin servicios sanitarios, y con escasos alimentos, lo que inexorablemente provocaba enfermedades contagiosas y en muchos casos la muerte.
Mientras tanto, el ejecutivo francés de sesgo conservador reconocía al gobierno franquista y su postura fue de apoyarlo, por lo que ordenó el cierre de los pasos fronterizos a los republicanos a los que tildaba de “extranjeros indeseables” y también de peligrosos malhechores que provocó que parte de la sociedad gala los recibiese con temor, desprecio y miedo, sobre todo los niños, que al verlos gritaban despectivamente “¡Les rouges, les rouges!”. A los ojos de las autoridades y gran parte de la población conservadora, con la excepción, claro está, de la izquierda, eran tildados de comunistas, poumistas y anarquistas, un tropel de rojos, brutales chequistas y ateos, que habían cometido numerosos crímenes y que habían asesinado a religiosos y saqueados y quemados iglesias y conventos. Y ello porque los círculos conservadores de la derecha y ultraderecha habían urdido durante la guerra civil una gran campaña de propaganda contra la República y concretamente contra los comunistas hasta el punto que algunos franceses temían que un triunfo del gobierno popular pudiera cambiar el modelo de vida tradicional francés.
Una mala opinión hacia los republicanos que se mantuvo hasta fechas recientes a pesar de que muchos de estos rojos sirvieron con heroicidad en el ejército francés contra los invasores alemanes, combatieron en la resistencia, fueron ciudadanos laboriosos y ejemplares, e incluso, tuvieron responsabilidades en los municipios y departamentos. Lamentablemente muchos mandatarios y ciudadanos franceses de ideas conservadoras trataron siempre de silenciar esta cuestión, si bien es cierto que otros no tuvieron tenido pelos en la lengua para denunciar la actitud de parte de la ciudadanía y del legislativo que en aquel momento no supo o no quiso solucionar aquella crisis. Se trataba de una parte oscura de la historia contemporánea francesa de la que sólo en las últimas décadas le han dedicado atención algunos historiadores, críticos de arte, investigadores y políticos a través de homenajes institucionales, jornadas, congresos, exposiciones, documentales, vídeos, coloquios, libros y artículos.
¿Un arte republicano concentracionario?
Y llegados a este punto convendrá preguntarnos: ¿Verdaderamente existió o se produjo un arte republicano concentracionario? Es forzoso reconocer que existe muy poca información académica documentada acerca del paso de decenas de artistas españoles por los campos de concentración franceses y exterminio nazis, y menos aún, por los Gulags siberianos, tal vez porque para los historiadores, investigadores y críticos de arte, todo lo relativo a sus contingencias personales y vivenciales no despertaban ningún tipo de interés, pasaban de largo la recuperación de la memoria histórica, focalizando su atención en las cuestiones exclusivamente artísticas o estéticas, como si referirse a ello fuera un objetivo innoble. Se puede decir que en nuestro país esta cuestión, tal vez por desconocimiento, no levantó entusiasmos a diferencia de lo que sucedió en Francia donde ya desde el final de la II Guerra Mundial disparó el interés de numerosos críticos de arte, investigadores e historiadores de arte. Y desde entonces no quedó al margen de la plástica, el documental televisivo y cinematográfico, la fotografía, el periodismo y la literatura.
Este empeño galo en recuperar su memoria histórica durante la ocupación alemana alcanzó su punto culminante en la gigantesca exposición itinerante “El arte en guerra, Francia 1938-1947. De Picasso a Dubuffet” que en 2013 acogió el Museo de Arte Moderno de París, que consiguió atraer miles de espectadores y foco de atracción en casi todos los medios de comunicación. Reunió por primera vez cerca de medio millar de artistas franceses, incluyendo a varios españoles entre los que destacaban Pablo Picasso y Salvador Dalí. Mostraba cómo, frente al amenazador contexto de opresión vivido en Francia durante la II Guerra Mundial y la Ocupación nazi, los artistas de la época se rebelaron frente a las consignas oficiales mediante novedosas respuestas estéticas que modificaron el contenido del arte. Quedó perfectamente reflejado la manera de cómo estos creadores resistieron y reaccionaron, “haciendo la guerra a la guerra” con formas y materiales casuales impuestos por la penuria, incluso en los lugares más hostiles a toda expresión de libertad. Entre las obras de ese centenar de artistas se podían contemplar trabajos de Georges Braque, Jean Dubuffet, Marcel Duchamp, Alberto Giacometti, Vasili Kandinsky, Pablo Picasso o Joseph Steib y también de autores desconocidos para el gran público. Estaba dividida en doce secciones con la finalidad de desvelar todo lo quedó en la intimidad de las viviendas y de los talleres, de los refugios, de los campos de internamiento y de concentración, de las cárceles y los psiquiátricos, a la sombra de la historia. Lo que pudo ser una muestra más y aislada, tuvo un enorme eco mediático, y continuidad en el Museo Guggenheim de Bilbao, que permitió dar a conocer al público español por primera vez una selección de obras firmadas por una larga nómina de artistas conocidos y desconocidos.

El autor en el campo de concentración de Mauthausen. Junto a un panel de dibujos realizados por cautivos de diversos países.
Pero a diferencia de nuestros vecinos franceses en España se produjo durante muchos años de la dictadura una desatención informativa absoluta y sólo muy pocos tras la transición política mostraron un deseo de recuperar la citada memoria y fueron capaces de promover exposiciones y estudiar en artículos, libros y monografías con exhaustividad el exilio artístico español, centrándolos en un panorama general o en los nombres de sus protagonistas, omitiendo algunos aspectos más cotidianos, como su experiencia tanto en los campos de trabajos forzados y de concentración franceses, los Dulags de tránsito, los Stalags para prisioneros de guerra, los de exterminio nazis o, incluso, en los ya citados “Gulags” soviéticos donde, por cierto, coincidieron tanto prisioneros procedentes de la marina mercante, pilotos de la aviación republicana y “niños de la guerra”, con soldados españoles alistados en la Wehrmacht o voluntarios de la División Azul, algo bastante desconocido en la historiografía militar de nuestro país. Abundaban los referidos a la presencia de los artistas republicanos en los campos de concentración franceses o exterminio nazis, pero nada se conocía sobre su estancia en los campos de trabajo o Gulags soviéticos donde confluyeron compatriotas de ideología enfrentadas obligados a compartir por un azar del destino penalidades comunes, lo que acabó finalmente estableciendo fuertes vínculos personales, estrechando lazos de camaradería y trenzando un deseo de supervivencia. Constituían un colectivo muy amplio, heterogéneo y disperso de pintores, dibujantes, escultores, fotógrafos, arquitectos, diseñadores, dibujantes, escenógrafos, maquetistas delineantes, músicos e historiadores de arte del que apenas existe información que compartieron el mismo destino trágico. Pero lo más extraordinario y lo que atrae la atención fue como en aquel enrarecido entorno concentracionario soviético surgió una estrecha relación entre los prisioneros republicanos comunistas y sus compañeros falangistas enfermos, vestidos con harapos y rostros de angustia y de hambre, vertebró amistades personales y acciones solidarias en un momento muy difícil de supervivencia. Aquellos lugares se convirtieron en la gran encrucijada que permitió contemplar en toda su dimensión y crudeza la pervivencia de los principios que había alentado y fomentado el sistema republicano pese a las grandes dificultades materiales y técnicas con las que se enfrentaron los artistas confinados en ellos. Para muchos de ellos el exilio representó una gran trampa y un destino no esperado, pues confiaban en rehacer sus vidas, reanudar sus trabajos y encontrar una vida mejor. Pero no esperaban, sin embargo, enfrentarse con un panorama tan caótico, desgarrado y desesperanzador, que tiraba por suelo todos sus sueños de reunir una vida mejor, más justa y prometedora, en un entorno de libertad, de paz y de armonía. Descubrieron tras cruzar la frontera que el país al que habían huido los rechazaba, sus vigilantes les insultaban, les golpeaban, las amenazaban por ser refugiados intrusos. Y lo peor de ello era el comportamiento mayoritario de su población, que los rechazaban, con la excepción de algunos, al considerarlos los peligrosos rojos, asaltadores de iglesias y conventos, asesinos, comunistas y delincuentes, cuando la realidad es que eran gente normal, de carne y hueso, atrapados por el pánico, mansos y que lo único que deseaban era sobrevivir en paz.
Se produjo, pues, durante mucho tiempo una total carencia de interés por abordar la intrahistoria del arte del exilio y la resistencia republicano en el periodo comprendido entre 1939 y 1945 marcado por la II Guerra Mundial, y cuyos protagonistas fueron artistas desconocidos, y algunos, consagrados, considerados maestros indiscutibles de la creación española. Con ello se incurrió en una falaz instrumentalización, un retorcido engaño y en una vileza histórica que para nada favoreció la refundación y deconstrucción del arte contemporáneo español viciada por motivos ideológicos y supeditada a intereses de un sistema dictatorial entonces ya en fase de cambio y transición hacia la democracia. El más directo afectado fue el público en general que se vio instrumentalizado por la propaganda y la información dimanada por los poderes fácticos, los medios de comunicación y los supervisores del arte oficial que prefirieron silenciar y ofrecer sobre esta temática “tabú” una visión sesgada, formalista y opaca acorde con su ideología y conservadurismo artístico.
En relación a sus valores plásticos y su aportación al arte español contemporáneo se puede decir que el protagonismo que tuvieron los artistas republicanos durante esa fase crítica de la historia fue muy relevante, aunque en su mayor parte desconocida por el resto de sus compatriotas. A pesar de sus tragedias personales algunos alcanzaron prestigio y se convirtieron en maestros consagrados e iconos de la plástica. Así, por ejemplo, es interesante recordar aquí, el gran protagonismo que tuvieron algunos de estos artistas establecidos en la capital francesa en la creación de la Escuela de París, o los que se trasladaron a otros países europeos como Gran Bretaña, Bélgica, Suiza, la URSS, Suiza, a los Estados Unidos que tuvieron un importante papel en el desarrollo de la abstracción neoyorquina o igualmente en el desarrollo de la plástica en México, Argentina, Chile, Venezuela, República Dominicana, Brasil, Ecuador, Paraguay, Cuba, Colombia y Puerto Rico.

Enrique Climent. “El barbero”. Dibujo.
Todos ellos fueron protagonistas de un éxodo de consecuencias funestas para el desarrollo artístico del país que no apagó del todo ese impulso renovador en lo estrictamente estético y de compromiso en lo social que llevó a las artes plásticas españolas de los años treinta a alcanzar las máximas cotas de prestigio y de reconocimiento internacional tanto por el número de creadores como por su calidad. Demostró a todos el carácter abierto, progresista y dinamizador con que la masivamente acogida II República había impulsado las actividades artísticas, proponiendo la reactualización de los estilos tradicionales y fomentando las nuevas corrientes que entonces triunfaban en Europa. Y evidenció su compromiso frente a la política cultural y a la forma de interpretar la creación plástica, entendida ésta desde el rechazo del arte oficial viejo y caduco representativo de la España muerta y apoyaba la necesidad de consolidar nuevas relaciones del arte con la realidad social del momento, entrando así de lleno la política en la vida de los artistas. La diáspora artística se convirtió en un extraordinario banco de pruebas para comprobar la supervivencia y actualidad de las ideas de renovación y de compromiso entronizadas por la II República.
La recuperación de la memoria artística republicana
¿Cuál ha sido la actitud adoptada por los propios artistas en abordar esta tragedia y en la recuperación de la memoria artística republicana? A pesar de la desatención que el exilio provocó en el ámbito gubernamental e institucional, sobre todo durante el prolongado régimen franquista, se produjo en los ámbitos privados tímidas iniciativas que apenas se difundieron en los medios de comunicación con la excepción de algunas publicaciones, boletines ciclostilados, prensa clandestina o revistas minoritarias de escasa difusión. Una situación que cambió tras la muerte del dictador y el tímido despegue de la transición política hacia la normalidad democrática que supuso la entrada de una corriente de aire fresco en el enrarecido panorama político español.
Como resultado de este aperturismo muchos españoles pudieron acceder a esta memoria histórica y recuperar el pasado a través de los testimonios de pinturas, dibujos, fotografías, ilustraciones, esculturas, historietas gráficas y documentales de cine que dejaron numerosos artistas de técnicas diferentes que recurrieron a sus dotes de observación e imaginación para recrear en sus obras el terrible drama del que fueron testigos. ¡Qué estupendos cronistas resultaron ser aquellos artistas capaces de rescatar la memoria histórica olvidada en magníficos óleos, aguadas, esculturas, grabados, ilustraciones y fotografías en blanco y negro de aquel reguero de muerte, destrucción, represión y exilio provocado por el desenlace de la guerra civil!
Para testimoniar este drama confluyeron artistas de diferentes generaciones que incluía tanto los protagonistas de aquellos hechos descritos como aquellos otros más jóvenes surgidos en la postguerra e incluso en la transición política española. Se alineaban y formaban parte por azar o por voluntad propia en una tradición artística que se remontaba a un pasado goyesco que recreaban los horrores de la guerra, el drama de la represión franquista, de diáspora y el desarraigo, a través de escenas macabras, personajes desorientados y perdedores aislados, cadáveres mutilados, tipos tullidos y estigmatizados, reflejo de una dictadura en caída libre, pobre, destrozado, políticamente fracasado y económicamente empobrecido, aislado internacionalmente y bajo una terrible dictadura militar. Sus nombres figuraban en la memoria de todos por ser figuras y maestros indiscutibles y gozar de un gran prestigio y popularidad. Para la mayoría de ellos las cuestiones estéticas quedaban relegadas a un segundo plano, y lo que les interesaba era el poder impactante de las imágenes y también los planteamientos éticos.

Ramón Milá, tallando piedra. Dibujo fechado en 1946.
Por colectivos, los pioneros en esta labor de recuperar la memoria histórica del exilio fueron los fotógrafos y reporteros gráficos independientes, de espíritu aventurero, pertenecientes a las plantillas de los periódicos, semanarios, revistas y agencias de prensa nacionales e internacionales, o simples aficionados anónimos, que sin una idea clara de ser trascendentes, captaron con sus cámaras las imágenes descarnadas, sangrantes y escatológicas. A través de sus instantáneas se conoció con todo detalle lo que era la guerra, el desarraigo de los refugiados cansados, enfermos y hambrientos integrados en largas columnas, la visión de los campos de concentración y cómo era la vida cotidiana, cómo eran sus costumbres, su alimentación, sus hábitos, sus relaciones con los guardianes y sus actividades de ocio. Así, las crónicas ilustradas publicadas en la prensa y revistas francesas y belgas a finales de la guerra civil por reporteros como Josep Kessel y su compañero Jean Moral se convirtieron en valiosos documentos acerca de los últimos estertores de la República española derrotada finalmente durante el verano en la batalla del Ebro. Con sus cámaras Leica y Rolleiflex estos audaces reporteros llegados tardíamente a nuestro país fotografiaron los últimos momentos del Ejército Popular cuando derrotada iniciaba su disolución y su retirada hacia la frontera francesa.
Con sus máquinas captaron el cansancio, dolor y sufrimiento no sólo de los oficiales y soldados, sino de la población civil privada de las primeras necesidades, sin nada que llevarse a la boca, sometida a los continuos bombardeos de la aviación, obligada a guardar grandes colas en espera de la llegada de alimentos y sin apenas asistencia sanitaria. Y luego estaban la documentación gráfica tomada por los propios fotógrafos republicanos durante la contienda y en los últimos momentos de la derrota republicana como Agustín Centelles, Benítez Casans, Luis Torrens, Juan Guzmán, Alfonso Sánchez Portela, Manuel Albero, Francisco Segovia, Santos Yubero, Luis Escobar, José Brangulí, Hermanos Pato, Marcos, Vidal, Constantino Suárez, Enrique Tapia Jiménez y Francisco Boix. Y en la relación de extranjeros se encontraban Robert Capa, Kati Horna, Dezvo Rebai, David Seymour “Chim”, Georg Reiner, Hans Namut, Walter Reuter, Tina Modotti, Albert-Louis Deschams y otros.
De la misma manera habría que reseñar por su indudable valor documental las instantáneas que tomaron los fotógrafos anónimos del Studio Chauvin de Perpiñán de los refugiados republicanos nada más cruzar la frontera y recluidos en los distintos campos de concentración montados por el gobierno de Edouard Daladier en 1939 para contener la gran oleada de exiliados españoles. Su trabajo quedó plasmado en el álbum Souvenir: L’Exode Espagnol que se publicó ese mismo año y que reunía cerca de un centenar de fotografías tamaño 8,5 por 13,5 centímetros. Y también hay que resaltar las magníficas instantáneas tomadas por el pintor franco-colombiano Manuel Moros, residente en la localidad francesa de Collioure, quien el 5 de febrero de 1939, no dudó en coger su máquina Leica y dirigirse a la carretera que bordea la costa entre España y Francia para dejar testimonio gráfico de los miles de refugiados republicanos que cruzaban la frontera por el paso de Portbou de la Marenda huyendo de las tropas nacionales. Durante los días sucesivos tomó fotografías del campo de concentración de Argelès-sur-Mer, entonces en construcción, donde fueron enviados cientos de refugiados en muy malas condiciones. Abandonó Collioure en noviembre de 1942 poco antes de la llegada del ejército alemán de ocupación y tuvo tiempo de enterrar en su jardín una caja de hierro que contenía 40 fotografías comprometidas seleccionadas y el resto se las llevó con él y otras 20 se las envió a su hermana. Curiosamente, los alemanes ocuparon la casa, pero quien encontró las fotos, en 1944, fue un niño de 10 años, Jordi Figueres, mientras trabajaba la tierra de aquel jardín para convertirlo en un huerto. El hallazgo de estas fotos se convirtió en un auténtico tesoro para el chico, que las guardó siempre con inmensa devoción. Las citadas imágenes, ocultas durante muchos años, fueron recuperadas finalmente en 2008 y constituían un testimonio excepcional e inédito del final de la guerra civil. Se trataba de instantáneas de largas filas de militares derrotados, niños, mujeres, ancianos agotados, caminando por las carreteras, hacinados en el paso fronterizo y también de escenas de los campos de concentración roselloneses donde entre 1939 y 1945 malvivieron más de 250.000 personas. Con ocasión del 70 aniversario de la retirada republicana, los propietarios de las fotografías cedieron las imágenes para ser expuestas junto a otras que habían sido localizadas por sobrino de Manuel Moros, Jean Penneff. La exposición “Febrero de 1939. El exilio a través de la mirada de Manuel Moros” se celebró en el Museo del Exilio de La Jonquera (Alt Empordà) durante los meses de febrero y marzo de 2009. La mayor parte de las 80 imágenes que se mostraron eran inéditas excepto cuatro que ya fueron vistas en 2003 en Madrid con motivo de una exposición sobre las Brigadas Internacionales.
En relación con los campos de exterminio nazis hay que destacar el papel fundamental que desempeñó el fotógrafo catalán Francisco Boix como cronista gráfico durante su estancia en Mauthausen. Destinado por las autoridades al departamento fotográfico de identificación, fue más afortunado que los condenados a trepar por una escalera mortal con bloques de granito a paso ligero, igual de azuzados por los SS que por los perros. Aprovechando su trabajo en el laboratorio fotográfico, burló la orden de Berlín, emitida tras la derrota de Stalingrado, de eliminar todo el material gráfico que recogía la vida –y sobre todo la muerte– en la red de campos de concentración austriacos. Llamado a declarar en el juicio sobre crímenes de guerra nazi de Núremberg, manifestó al tribunal que había ocultado 20.000 negativos fotográficos, con el apoyo de otros presos españoles, aunque solo un millar salieron a la luz. La operación clandestina se culminó con éxito en el otoño de 1944, cuando los deportados del Kommando Poschacher aprovecharon sus salidas al exterior –trabajaban para una empresa austriaca, que hoy es la propietaria de algunas siniestras instalaciones del campo de Gusen– sacaron las fotos del campo y se las facilitaron a Anna Pointner, vecina de Mauthausen, que las escondió en un muro. Después de ser liberado y establecer su residencia en Francia reanudó su trabajo de reportero gráfico y viajó de un sitio a otro como fotógrafo de L’Humanité, Regards o Ce Soir. Falleció en París en 1951.

Dibujo de Gerardo Lizarraga, realizado en el campo de concentración de Argelès, Francia, 1939.
Destacó la labor de los dibujantes historietistas que ya durante la postguerra europea se atrevieron a publicar en el extranjero de manera tímida y gradual una serie de novelas gráficas, tebeos, cómics e historietas gráficas que abordaban de forma tangencial o directa la cuestión del exilio republicano español que compartían el mismo interés por recuperar la memoria histórica de aquel suceso del que se carecía de información y se volcaron en su intento de reconstruirlo de la manera más coherente y fidedigna posible.
En ese contexto se desplegaba la obra de José Cabrero Arnal, prisionero y superviviente del campo de exterminio de Mauthausen, creador de la más que prometedora serie “Guerra en el país de los insectos”. Mantuvo, tras más de cuatro años en un campo de concentración, la admirable capacidad de conectar con el universo infantil para dar a luz, con guiones de Pierre Oliver y luego propios, a “Placid et Muzo”, unos animales antropomórficos, con un variado plantel de personajes secundarios, en la revista Vaillant (1946).
Igualmente sobresalió la producción de un hijo del exilio, como fue el dibujante Sergio Aragonés, nacido en 1937 en el seno de una familia republicana castellonense refugiada primero en Francia y después en México, desde donde se desplazaría a Estados Unidos contratado por la revista MAD.
También se encontraba el activista, guerrillero y periodista anarquista catalán Antonio Téllez Solá, quien después de pasar una experiencia concentracionaria en Francia publicó diversos libros sobre la historia guerrillera anarquista antifranquista y también en 1948 un libro de historietas gráficas titulado Álbum de dibujos a colores.
Figura relevante de la emigración fue el catalán Víctor Mora Pujadas, guionista de cómics y novelista creador de la serie de historietas de aventuras “El Capitán Trueno”, entre otras muchas obras. Inició su carrera en diversas revistas jóvenes y editoriales en 1948 y como miembro del PSUC fue detenido por la policía franquista junto a su compañera sentimental debido a sus actividades políticas. En 1962 se trasladó a Francia, donde colaboró con revistas como Vaillant, Pif y Pilote y escribió Els plàtans de Barcelona, que se editó inicialmente en París, en 1966.
Uno de los primeros dibujantes del cómic que se aventuró a salir al extranjero, aunque sin grandes riesgos pues viajó contratado por la división argentina de la editorial Molino, fue Carlos Freixas Jr. El inquieto dibujante Manfred Sommer se cansó de vivir en Francia y se trasladó a Brasil antes de regresar a España para trabajar al servicio de agencias y crear, ya en 1981, su personaje emblemático, el fotógrafo Frank Cappa. En cuanto al dibujante Florenci Clavé al implantarse la democracia fue uno de los pioneros en crear un cómic comprometido políticamente de marcado carácter progresista.
El también dibujante Julio Ribera contó que mientras trabajaba para el periódico France-Soir solía cruzarse en la redacción con el dibujante estrella de la casa, un tal Bernad al que siempre supuso nacionalidad francesa por hablar la lengua sin acento. Mucho después se enteró de que se trataba de un compatriota, zaragozano por más señas, que se había adelantado a exiliados y emigrantes laborales al buscar refugio en París antes de la guerra civil.
Más reciente era el dibujante madrileño Carlos Giménez, adscrito habitualmente al Grupo de La Floresta, y autor de diversos cómics ambientados en la postguerra española, entre ellas, Paracuellos y otras historietas que posteriormente serían reunidas bajo el título de España Una, Grande y Libre, y Barrio, por lo que recibió amenazas de muerte por parte de grupos de ultraderecha. Pero su producción más comprometida políticamente la realizó entre 2007 y 2008 con el título 36-39. Malos tiempos, que giraba en torno a la guerra civil.
Y de su misma generación era el dibujante valenciano Paco Roca, autor del cuadernillo El Ángel de la retirada en el que setenta años después de los hechos recordaba el exilio republicano en Francia a través de un relato gráfico con guión del francés Serguei Dounovetz, que se publicó inicialmente en Francia en 2010 y que llegó después a España.
A principios de 2015 la historietista Laura Martel y la dibujante Antonia Santolaya reflejaron la tragedia del exilio republicano en el álbum La historia del barco Winnipeg que fue publicada por Hotel Papel, una pequeña editorial especializada en cuentos infantiles de género que inició su andadura en el cómic de adultos recordando aquel viaje real que protagonizaron dos millares de refugiados españoles. Se describía la aventura del mercante francés Winnipeg que zarpó del puerto de Trompeloup, cerca de Burdeos, el 4 de agosto de 1939, con cerca de 2.500 exiliados republicanos hasta arribar el 3 de septiembre al puerto chileno de Valparaíso.
Igualmente en el verano de 2015 apareció la novela ilustrada El arte de volar, cuyos autores eran el guionista Antonio Altarribia y el dibujante Joaquim Aubert Puigarnau “Kim”, en la que se narraba la historia personal de un exiliado republicano desde su nacimiento, sus años determinantes durante la II República, su experiencia como soldado en la guerra civil su exilio en Francia y su persecución durante la ocupación alemana, hasta su definitivo regreso a España.
Y tras la instauración de la democracia surgieron una serie de pintores de caballete de izquierdas de distintas generaciones y procedencias que animados por un fuerte compromiso político de izquierdas y deseosos de recuperar la memoria histórica del exilio fueron capaces a su manera, utilizando técnicas y estilos diferentes, de captar en sus obras por primera vez el horror de la guerra y de los campos de concentración a través de imágenes vigorosamente expresionistas, sin concesiones que se asomaban al mundo como nuevos monstruos; realistas, en un intento de ser válidas y reconocibles para los espectadores o, imaginativamente, surrealistas con escenarios imaginados o soñados liberados de toda posible explicación racional o con la crudeza de rostros desnudos oscuros y extraños y paisajes que parecían surgir de escenarios dantescos.
Muchas de sus composiciones estaban inspiradas en el exilio y se colgaron en numerosos salones y colectivas monográficas por toda la geografía española en un intento de sensibilizar a la opinión pública sobre la necesidad de recuperar la memoria histórica y desentrañar una estética pictórica testimonial que parecía olvidada.
Un silencio roto por la transición
Por iniciativas personales de los propios protagonistas, de sus familiares o de colectivos e instituciones se han venido registrando homenajes que han incluido exposiciones personales, monográficas, congresos, reuniones y simposios acompañados de documentales, publicaciones y catálogos referidos a los artistas del exilio republicano. Como colaborador aún disfruto al recordar la muestra itinerante titulada “Exposición homenaje a las víctimas del franquismo y a los luchadores por la libertad”, que se celebró en 1988 en el Salón Columnario de la Lonja de Valencia después de haberse presentado en diversas ciudades españolas promovida por el PCE (m-l), los sindicatos CNT, CCOO, UGT y diversas entidades cívicas y culturales. En ella participaron casi un centenar de pintores españoles de edades, estilos y técnicas diferentes sin ningún tipo de censura ni consigna política, ni imposición ideológica. La única exigencia fue la participación voluntaria y desinteresada. Se trataba de un proyecto expositivo que pretendía, ante todo, dar a conocer a la opinión pública y a las generaciones más jóvenes una parte ignorada de la historia reciente de nuestro país. A pesar del carácter abierto de la muestra participaron un gran número de pintores, dándose la circunstancia que la mayoría de ellos no habían participado en la guerra civil ni protagonizado el exilio, aunque sí muchos de ellos habían pasado por las cárceles franquistas por su militancia en sindicatos y partidos de izquierda no autorizados por la dictadura. Y también se encontraban los independientes que no aceptaban el autoritarismo y que rechazaban entregarse a la placidez cómplice y suicida del olvido. Figuraban nombres como Manuel Alcorló, Bonifacio Alfonso, Francisco Agramunt Moreno, Carmen Álvarez, Francisco Álvarez, Ángel Aragonés, Rafael Armengol, Javier Arocena, Íñigo Arregui, Luis Eduardo Aute, Lluís Boch Marín, José Luis Cano, Joan Castejón, Jorge Castillo, Andrés Cillero, Manolo Dimas, Equipo Crónica, Equipo Realidad, Balbino Giner Gabarda, Artur Heras, Hernández Pijuán, Antón Llamazares, Ferrán Máñez, Mariano Maestro, Sixto Marco, Antoni Miró, Lucio Muñoz, José Ortega, Cinabrio Quijano, Joan Ramos, Antonio Saura, Rosa Torres, Ricardo Ugarte, Manuel Valdés, José Vento, Sixto Francés, José Freixanes, Patricia Gadea, Miguel Galanda, Juan Luis Goikolea, Rosa Gómez, Carmen Grau, Carlos Inda, Antonio Lorenzo, Mariano Lozano, José Lucas, Juan Manuel Llopis y Ángel Orcajo.

Manuela Ballester. “Presos”. Dibujo.
Todavía está en mi memoria la excelente impresión que me causó contemplar la gran exposición “Exilio” que se celebró en el Palacio de Cristal del madrileño parque del Buen Retiro del 17 de septiembre al 1 de diciembre de 2002, y en la que a manera de friso historicista se hacía un recorrido por los sucesivos escenarios del exilio republicano español desde 1939, final de la guerra civil, la retirada, la diáspora, la segunda derrota, transterrados, la Numancia errante, y hasta 1978, los retornos, año de proclamación de la Constitución actual. Eran años en que las instituciones públicas, universidades y fundaciones dedicaban sus programaciones a la recuperación de la memoria artística y, concretamente, del exilio republicano. La citada muestra correspondía a esa política divulgadora y fue organizada por la Fundación Pablo Iglesias en colaboración con el Museo Nacional de Arte Reina Sofía y diversas instituciones, galerías y coleccionistas particulares. Fue inaugurada por el Rey Juan Carlos I en un acto en el que estuvieron presentes además el presidente de la Fundación Pablo Iglesias, Alfonso Guerra; el comisario Virgilio Zapatero; la Ministra de Educación, Pilar del Castillo; el alcalde de Madrid y Alberto Ruiz Gallardón. En su intervención el comisario Virgilio Zapatero puso de relieve la dificultad que entrañaba una empresa como ésta, que se propuso contar, a través de cuatrocientas piezas, la vida y la tragedia de miles de españoles: “Esta exposición es un homenaje con el que se presenta una panorámica general de la odisea de aquellos doscientos mil compatriotas, cuyas ideas han terminado diseminadas por todos los continentes, para valorar en su justa medida la significación del exilio en la historia reciente de España”, dijo su comisario. “Exilio” tiene como punto de partida la Constitución de la República; el final de su trayecto se corresponde con la Constitución de 1978. Aseguró que “lo que hay entre ambas fechas –desde la perspectiva de la democracia– fue un largo y tremendo paréntesis”. Se trataba de recuperar y revisar la mayor tragedia humana sufrida en nuestro país a lo largo del siglo XX que convocaba en su entorno un mayúsculo sentimiento de vergüenza y fracaso, de dolor y sinrazón. El exilio y las terribles circunstancias que produjo en las vidas de cientos de miles de españoles rompen la lógica de la vida interior de España y, a la vez, la estructura emocional y cultural de los exiliados. Serviría revivir la hégira de unos hombres y mujeres que se vieron despojados de sus más queridas referencias: su trágica despedida era el inicio de una no deseada aventura a la que partían sabiéndose ya perdedores de las señas claves de su españolidad: la tierra y su cultura. Era un homenaje y recuerdo a los seres que protagonizaron el exilio a través de las huellas que mejor pueden expresar las circunstancias atravesadas por ellos: documentos originales, fotografías, publicaciones, carteles, pinturas, esculturas y objetos personales. Se organizaron los contenidos en seis grandes secciones en los que se abordaban la retirada, en la que la población civil caminaba hacia la frontera francesa; la diáspora, donde se documentaba la búsqueda de asilo de miles de españoles no sólo en Europa sino también en América, África, e incluso en Asia y Oceanía en sucesivas expediciones; la segunda derrota, en la que se describía la repercusión que el estallido de la II Guerra Mundial tuvo para miles de españoles exiliados en Europa; los transterrados, que narraba cómo las instituciones republicanas trataban a través de sus diversos gobiernos de mantener la legalidad en el exilio y su intensa actividad para obtener el reconocimiento internacional como legítimo gobierno español; los retornos, donde se describía la actividad clandestina tanto fuera como dentro de España y los primeros retornos, en la transición en que se ponía fin a la actividad del Gobierno en el exilio; y, por último, la Numancia errante, en la que se abordaba la gran labor cultural realizada por los españoles en el exilio.

Dibujo de un preso republicano durmiendo, realizado por Gerardo Lizarraga en el campo de concentración de Argelès, Francia, 1939.
Y recuerdo también con fascinación absoluta la exposición “Después de la alambrada. El arte español en el exilio 1939-1960”, comisariada por Luis Jaime Brihuega Sierra, que con una impronta divulgadora y didáctica, desde finales de 2009 recorrió diversas ciudades españolas. A pesar de que no abordaba en directo el aspecto concentracionario del tema, centrándose concretamente en los distintos exilios geográficos, sociológicos, ideológicos y estéticos que desgarraron e impregnaron el arte español del siglo XX, así como en los elementos que asociaron o disociaron el arte producido antes y después de la contienda fratricida, verdaderamente supuso una gran aportación de datos e información, convirtiéndose en una muestra referencial acerca del exilio artístico republicano, lo que en sí mismo fue en ese momento un acontecimiento, y que coadyuvó al conocimiento entre el gran público de este suceso histórico tan silenciado por la crítica oficialista del régimen.
En el marco de las actividades expositivas promovidas por la Universitat de València en febrero de 2010 el edificio de la Nau acogió en una de sus salas la citada muestra permitiendo por primera vez al público valenciano contemplar, a través de 200 piezas de cincuenta creadores, las claves temáticas y formales del imaginario artístico del exilio así como en los elementos que asociaron o disociaron el arte producido antes y después del conflicto que asoló el país durante tres años. Fueron cedidas para la ocasión por más de setenta colecciones públicas y privadas de dentro y fuera de las fronteras españolas, aunque no sólo se expusieron aquellas que realizaron durante su exilio sino también algunas otras que crearon durante el periodo republicano. Tanto es así que la exposición permitió ver por vez primera en nuestro país algunas de las obras de Remedios Varo (“El Tiforal”), Moreno Villa (“Nocturno”), Manuela Ballester (“Retrato de Totli”) y Elvira Gascón (“Cristo”). Fue considerada como una de las exposiciones que más y mejor analizaban en profundidad los distintos exilios geográficos, sociológicos, ideológicos y estéticos que impregnaron el arte español del siglo XX. Y lo hacía plateando una reflexión estética e ideológica sobre el arte del exilio español en su conjunto.
De excepcional por su contenido y la riqueza de sus obras artísticas reunidas, la exposición “Exilio español en la ciudad de México” que se celebró por primera vez en el Museo de la Ciudad de Madrid en octubre de 2010 y que ofrecía una panorámica muy completa acerca de la presencia en este país de numerosos artistas plásticos republicanos de diversos ámbitos. Se concibió como una muestra artística que reunió a varios cientos de pinturas, esculturas, dibujos, fotografías, libros, infografías, notas periodísticas y objetos personales de refugiados españoles muchos de los cuales pasaron por los campos de concentración franceses, norteafricanos, alemanes y austriacos al finalizar la guerra española. Coordinada por Rafael de Tovar y de Teresa permitió conocer las obras de numerosos artistas republicanos que se exiliaron a tierras mexicanas donde reiniciaron sus vidas, formaron sus familias y reanudaron su actividad creadora. Se publicó un catálogo profusamente ilustrado y con textos seleccionados por sus coordinadores Dolores Plá y Álvaro Vázquez Mantecón. Su contenido trata del exilio español a la ciudad de México a causa de la guerra civil y del trauma que supuso para todos aquellos que tras pasar por los campos de concentración franceses y nazis debieron partir y cruzar el Atlántico hacia un mundo desconocido.

Ángel Hernández García (Hernán). “Prisioneros”. Escultura.
La ciudad de México acogió dicha muestra en julio de 2014 gracias a un trabajo de colaboración entre el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y el Gobierno de la Ciudad de México, a través de la Secretaría de Cultura capitalina. Se contó con la participación de museos, universidades, fundaciones, organismos civiles, el Ateneo Español, el Centro Cultural de España, el Museo de Arte Moderno, la UNAM, el IPN, el Colegio de México y otras instancias que facilitaron el préstamo de materiales. En el acto inaugural, Rafael Tovar y de Teresa, presidente del Conaculta, resaltó la importancia del exilio republicano por su aportación no sólo en el campo cultural, sino también en el ámbito de la ciencia, la ingeniería, la economía y en la política. Aseguró que “se conjugaron circunstancias, voluntades y biografías que dieron lugar a la más grande aportación cultural que México recibió durante el siglo XX”. El jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, valoró la valía del exilio acogido por el presidente Lázaro Cárdenas entre 1936 y 1939. En tanto que el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, coordinador de Asuntos Internacionales de la Ciudad de México, afirmó que fue el exilio más valioso que ha recibido México a lo largo de su historia. Y finalmente, Eduardo Vázquez Martín, secretario de Cultura del Distrito Federal, recordó que México, al ponerse al lado de la República Española, defendió el derecho internacional y la legalidad democrática, con lo que se refrendaron las convicciones de un gobierno comprometido con su pueblo.
Vemos como a largo de estos últimos años se fueron sucediendo en diversos lugares de la geografía española las exposiciones monográficas y retrospectivas relacionadas con el exilio artístico republicano promovidas por universidades, diputaciones, entidades culturales, fundaciones, museos y galerías privadas. A la vez, comenzaron a parecer libros, ensayos y monografías en los que se documentaban la vida de los artistas republicanos, su odisea del exilio y su paso por los campos de concentración. Aunque todavía quedaban muchos puntos oscuros y algunos huecos historiográficos que rellenar, el camino recorrido por parte de instituciones, fundaciones, entidades, museos y universidades ha servido para recuperar esta historia.
La postura oficial
Aunque el tema del exilio artístico es un tema transversal del destierro republicano su recuperación y actualización se ha venido desarrollando en las últimas décadas a la par que éste y refleja muy bien las condiciones de vida que sufrieron miles de refugiados republicanos. En este sentido, desde que la monarquía borbónica llegó al poder de la mano del dictador, y concretamente, tras su muerte y el inicio de la transición política se produjo tímidos intentos de reconciliación con la España errante con el aplauso de los distintos gobiernos democráticos.
Por razones ideológicas evidentes el régimen franquista durante muchos años había establecido un silencio sepulcral acerca del drama que supuso el exilio, los campos de concentración y los de exterminio. Sólo tras la implantación de la democracia y el régimen de libertades comenzó a registrarse tímidamente un proceso de recuperación de esta memoria perdida y olvidada al mismo tiempo que un cambio de sensibilidad por parte de gobiernos y que tuvo un eco favorable como no podía ser de otra manera por parte de la monarquía. Recuperado su protagonismo político como garante de la democracia la Corona como estrategia adaptativa, conciliadora y un tanto oportunista se vio en la tesitura de romper con la injusticia y anomalía que suponía la dictadura y fomentar una política de concordia entre los españoles a pesar de que sus intereses y valores eran necesariamente opuestos al republicanismo. Se produjo una extraña y curiosa paradoja acerca de la actuación de la Corona ya que exaltar los logros de la II República contravenía necesariamente a los de la propia monarquía borbónica cuyos malos recuerdos, desgobierno y despotismo estaban en la mente de todos. Si ya resultaba comprensible la postura que adoptó el régimen franquista contra los exiliados republicanos, a los que mantuvo en la marginación, más inconcebible y era de nota la actitud adoptada por el régimen borbónico contra un sistema que la estigmatizó y la hechó del poder ante el júbilo popular generalizado y que ahora ocupaba el poder gracias a los designios directos de un dictador vencedor que paradójicamente incumplió por decreto la legalidad de la línea sucesoria a la Corona.
De esta manera la cuestión hasta entonces aparcada como era el exilio republicano comenzó a ser conocido en sus detalles no sólo a nivel popular gracias a la información de los medios, sino en el ámbito del gobierno, la Corona y la clase política, por lo que comenzaron a reflotar parcelas desconocidas, hechos dramáticos y desopilantes que suscitaban rubor y personajes que hasta entonces habían permanecido marginados. Se pudo tener conocimiento de la presencia de los artistas republicanos en los campos de concentración franceses, en los de exterminio nazis y en los Gulags soviéticos.
Un importante gesto de reconocimiento de este drama y de acercamiento de la monarquía hacia el mundo del exilio republicano se produjo el 21 de noviembre 1978, cuatro años después de la muerte del dictador, cuando el Rey Juan Carlos I, en su primera visita oficial a México, recibió en la embajada a Dolores Rivas Cherif, viuda de Manuel Azaña, el segundo y último presidente de la República, muerto en el destierro francés en 1940. Se consideró este encuentro como un símbolo de reconciliación y aceptación de la nueva legitimidad. El Rey le comentó a la anciana viuda que si su marido hubiese vivido hasta 1978, le habría gustado ser testigo de la histórica reconciliación de un país, que tras una siniestra dictadura encabezada por el general Franco poco antes de esa fecha parecía irreconciliable. El otro gesto de acercamiento a los refugiados se produjo pocos días después cuando el Rey visitó Argentina y se entrevistó en la embajada de Buenos Aires con Claudio Sánchez de Albornoz, a quien le impuso la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio. Se trataba de un reconocimiento de la Corona a un alto dirigente republicano y gran maestro de historiadores, que a los ochenta y dos años había heredado la investidura virtual de presidente de la República en el exilio.

Enrique Climent. “Exiliados”. Dibujo.
Como era previsible las primeras iniciativas por reconocer y condenar el drama del exilio vino de la mano de Felipe González Márquez, secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) desde 1974 hasta 1997 y tercer presidente del Gobierno de España desde la reinstauración de la democracia, entre 1982 y 1996. Tras obtener el PSOE la mayoría absoluta en las elecciones de 1982, fue investido presidente del Gobierno. Su mandato de trece años y medio fue el periodo más largo de un jefe de Gobierno de la democracia en España y bajo su gobierno se promovieron diversas iniciativas editoriales, exposiciones y congresos donde se abordó por primera vez de manera oficial la cuestión del exilio republicano en un deseo de recuperar la memoria histórica perdida durante muchas décadas de dictadura.
Una política de recuperación y condena que prosiguió las décadas siguientes el presidente del gobierno español, el también socialista, Rodríguez Zapatero, quien verdaderamente impulsó durante su mandato la Ley de la Memoria Histórica, convirtiéndose en el vocero más notorio en reconocer, difundir y divulgar esta historia de la ignominia. Lo dejó muy claro durante su visita, el domingo 8 de mayo de 2005, al campo de concentración austriaco de Mauthausen, en conmemoración del 60 aniversario del final de la II Guerra Mundial, rindió homenaje a los 7.000 republicanos españoles que perdieron la vida entre sus muros. El antiguo campo de concentración celebró un acto central por ese aniversario, que fue precedido de una serie de conmemoraciones simultáneas por parte de cada país con compatriotas que sufrieron directamente en él la barbarie nazi. Fueron concentrados la mayoría de los republicanos españoles durante la II Guerra Mundial y, de los 8.000 que allí fueron trasladados, sólo unos 2.000 sobrevivieron. Acompañado de su esposa, Sonsoles Espinosa, Zapatero saludó a muchos de los que padecieron este campo de concentración y alguno de ellos no pudo reprimir las lágrimas al fundirse en un abrazo con el jefe del Gobierno español. Zapatero subrayó que cualquier ser humano se conmueve en Mauthausen y él, “como presidente del Gobierno de la España democrática”, quería “rendir homenaje, recuerdo, memoria y admiración” a todos los españoles que sufrieron en este campo de concentración “en su lucha por la libertad y la dignidad”. Para Zapatero, “el legado de valentía y de sufrimiento” de los republicanos españoles en Mauthausen “no fue en balde”, ya que dejaron una memoria para que España sea un país libre y Europa un continente en paz, libre y democrático. Ante todos ellos me inclino con mi respeto en nombre de todo el pueblo español, porque os merecíais un reconocimiento, añadió Zapatero quien lamentó que los españoles que fueron recluidos en Mauthausen “sufrieran dos veces”, en este campo de concentración y en la guerra civil, y en ambas circunstancias elogió que defendieran la libertad y la dignidad. Os dejaron sin patria injustamente; una patria es sólo un país con justicia y con libertad y esa justicia y libertad es la que está en las banderas, en los lemas y en los eslóganes que habéis defendido, y esa justicia es la que hace hoy una España democrática, libre y de futuro, subrayó. Tras participar en este acto, Zapatero asistió al que se celebró con carácter general en conmemoración de la liberación de Mauthausen y, posteriormente, recorrió con un grupo de republicanos que allí estuvieron recluidos algunas zonas del campo de concentración.
Por su parte, el Rey Juan Carlos I conforme se adaptaba a los nuevos tiempos democráticos, fue reconociendo el drama que sufrieron los republicanos en un exilio provocado por el desenlace de la contienda, presidiendo iniciativas, inaugurando exposiciones monográficas. Su actitud de condena se puso nuevamente de manifiesto cuando el 10 junio de 2014 en el transcurso de una cena de gala en agasajo al jefe de Estado de México, Enrique Peña Nieto, reconoció el papel de México con los exiliados republicanos.
La labor de acercamiento llevada a cabo por el Rey Juan Carlos I la prosiguió, si cabe con más entusiasmo, su sucesor Felipe VI desde que fue convertido en cabeza de la monarquía el 19 de junio de 2014 a través de su presencia en diferentes actos y países que formaron los lugares emblemáticos de la diáspora republicana. Un verdadero guiño de complicidad que se patentizó el 15 de marzo de 2016 en San Juan de Puerto Rico con ocasión de la apertura del VII Congreso Internacional de Lengua Española. En su alocución el monarca agradeció a Puerto Rico por “la acogida hospitalaria” que brindo a los refugiados republicanos “en tiempos dramáticos y muy dolorosos” para España.

Francisco Agramunt Moreno: “Los rostros del exilio”. Dibujo.
Semejante mensaje de unidad lo dio en el transcurso del acto oficial de entrega de los Premios de Asturias de 2014 en la que incidió en la superación de ese abismo de rencor y recelo que separaba a los españoles de distintas ideologías”. Los españoles ya no somos rivales los unos de los otros. Somos protagonistas de un mismo camino”.
Su posicionamiento hacia el genocidio nazi quedó perfectamente patente cuando tres meses después en un acto de homenaje en el Senado a las víctimas del holocausto nazi el monarca evocó y equiparó a “los miles de sefardíes asesinados” en los campos de concentración y concretamente se refirió a los exiliados republicanos españoles, que en mayo de 2015 celebraron su liberación del campo de Mauthausen por las tropas norteamericanas. Ambos, sefardíes y exiliados españoles en aquella hora histórica, son hermanos de patria y de desdicha que sufrieron los artistas de un tiempo abominable, aseguró.
El monarca dio un importante paso a principio de junio de 2015 viajó a París cuando participó en un homenaje a los republicanos españoles que habían participado como combatientes en la liberación de esta ciudad formando parte de las unidades francesas del general Leclerc. Estuvo presente el 3 de junio en la inauguración del parque adyacente al Ayuntamiento de París que fue bautizado como “Jardín de los Combatientes de los Nueve”, en recuerdo de la novena compañía de la 2ª División blindada de la Francia libre integrada en su mayoría por unos 150 republicanos bajo mando francés. Los soldados españoles desfilaron frente a la catedral de Notre Dame con vehículos blindados bautizados con nombres españoles y posteriormente escoltaron al general Charles de Gaulle por los campos Elíseos llevando en sus estandartes los colores de la bandera de la II República española. El Rey recordó a aquellos expatriados a los que acababa de rendir homenaje junto a la alcaldesa de la capital, Anne Hidalgo, nieta de exiliados e hija de inmigrantes españoles. “Ocho décadas después, que un rey homenajee a unos republicanos es la mejor muestra de esta nueva España”.
Otro momento reivindicativo del papel que desarrollaron los refugiados republicanos se produjo el 29 de junio de 2015 en México donde el Rey Felipe VI aprovechó un discurso en el palacio nacional durante la cena de gala ofrecida por el presidente Enrique Peña para homenajear por su labor en el país y las relaciones que establecieron en beneficio de México y España.
Y en lo concerniente al papel que nuestro país vecino Francia tuvo en el drama del exilio republicano, su responsabilidad fue lenta y se produjo con la subida al poder de ministros, alcaldes y otras autoridades descendientes de exiliados republicanos. El vejatorio y humillante trato que recibieron éstos finalmente fue asumido, reconocido y reprobado por primera vez de manera pública por el Gobierno francés en un acto que se celebró el 16 de octubre de 2015 cuando su primer ministro, Manuel Valls, hijo de un pintor republicano exiliado, inauguró un memorial en el campo de concentración de Rivesaltes, donde fueron recluidos más de veinte mil españoles en unas condiciones indignas y con un desprecio total de humanidad. Fiel a sus orígenes el joven político trató de recordar un suceso dramático de la historia francesa que con el tiempo fue olvidándose. Y, de paso, conectarlo con las inquietudes y tribulaciones de un acontecimiento dramático de gran actualidad europea como era la llegada masiva de los refugiados huidos del hambre y la guerra. Y, junto a él, se encontraba el alcalde socialista de Argelès, Pierre Aylagas, precisamente hijo de un agricultor republicano español encerrado en varios campos, quien durante su intervención se refirió a la desmemoria del pueblo francés y a la necesidad de pedir perdón por el mal trato que recibieron los refugiados republicanos. “He trabajado por este memorial porque recuerda los valores que yo defiendo”, dijo. El citado memorial, obra del reconocido arquitecto Rudy Ricciotti, era un enorme edificio de cemento sin ventanas, enterrado bajo el suelo, para no restar protagonismo a los barracones circundantes. Era un símbolo del encierro forzado. En su interior, en 4.000 metros cuadrados, una gran sala con fotos, vídeos, mapas, un auditorio y un gran espacio pedagógico para alumnos y profesores. Con su inauguración era la primera vez que el ejecutivo galo de manera solemne admitía el “mea culpa”. El homenaje a los republicanos significaba reconocer los males de nuestra época, el desgarro del exilio de miles de personas maltratados en sus respectivos países por diversas desgracias. Una violenta metáfora para recordar un tema tabú por excelencia por una parte de la sociedad gala que hasta entonces nunca quiso abordar. Un acto institucional que, aunque tardío, se consideró una noticia muy saludable para la historia, muy a pesar de la ausencia de autoridades españolas. Porque las zonas oscuras, deliberadamente ocultas de la historia, desfiguran el pasado y perturban el horizonte, y sin ese horizonte bien despejado resulta difícil, si no imposible, proyectar un futuro decente, es decir, sin los errores, las torpezas, los abusos que ya se han cometido una o varias veces. A estas alturas resultaba muy importante la presencia del Gobierno en Rivesaltes, en ese espacio que sirvió de campo de concentración, donde estuvieron prisioneros miles de republicanos españoles que cruzaron la frontera, y después, cuando fueron recluidos por la gendarmería y la milicia vichysta y la Gestapo miles de judíos, apátridas, inmigrantes sin papeles e indeseables en general.

Joseph Ponti Muste. “Llegada de los españoles al campo de Septfonds”, 1939.
CAPÍTULO 1
EL MAYOR ÉXODO ARTÍSTICO DE LA HISTORIA
No ha existido un acontecimiento en la historiografía artística contemporánea de la guerra civil que haya suscitado tanta controversia, polémica y rechazo como el drama que vivieron cientos de artistas republicanos en los campos de internamiento franceses levantados provisionalmente por las autoridades galas para encerrar a cerca de medio millón de refugiados españoles que trataban de escapar de la represión de las fuerzas nacionales. Cumplido el 75 Aniversario de esta gran oleada de exiliados ha llegado el momento de recordar, revisar y poner patas arriba, a manera de símbolo o metáfora de la memoria viva, la terrible experiencia concentracionaria que sufrieron estos creadores de distintos ámbitos y describir los escenarios donde se desarrolló su lucha por la supervivencia, bellos lugares, paisajes y geografías situadas principalmente en el sur de Francia que muchos desconocen.
La derrota republicana por el bando rebelde provocó el mayor exilio artístico que la historia contemporánea española conoce, y su escenario principal fueron los caminos, los pasos y los puestos y controles fronterizos de los Pirineos donde se concentraron miles de refugiados procedentes de todos los lugares de la geografía española. Como hito histórico fue un acontecimiento que por su gran magnitud humana se convirtió de inmediato en un hecho mítico recreado por la prensa de todo el mundo y que más tarde pasaría a ser el tema central de muchos trabajos de investigación y divulgación elaborados por periodistas, investigadores e historiadores no solo españoles, sino extranjeros, que lo abordaron de manera distinta. La historiografía republicana lo consideró como un suceso sin precedentes, un verdadero desastre de magnitud similar al holocausto judío, y también el principio y el asentamiento de una dictadura militar que se prolongaría durante más de cuarenta años. La nacional, por el contrario, trató siempre de minimizar de manera interesada y partidista su importancia, la ocultó y la silenció, y quedó al margen de los tratados históricos.
Sus protagonistas fueron artistas españoles de edades, generaciones, géneros, técnicas y estilos artísticos diferentes comprometidos activamente con la causa popular. Habían crecido, formado y alcanzado renombre durante los años de la II República, que en el ámbito de las artes plásticas, la arquitectura, la crítica de arte y la investigación alcanzó un enorme auge y esplendor de tal calidad acorde con el gran desarrollo que tuvieron las vanguardias en el resto de países europeos. Figuraban unos consagrados, y otros desconocidos, pero cuyo indiscutible talento los iba a situar a muchos de ellos a la cabeza de las artes plásticas españolas. Casi todos se encontraban en un momento clave de sus vidas, cuando trataban de crearse un nombre, formar una familia y se esforzaban por triunfar en el ámbito artístico. Habían combatido en las filas del Ejército Popular, ostentado cargos políticos y sindicales, formando parte de organismos gubernamentales o entidades culturales antifascistas. Al abandonar su país fueron recluidos en campos de concentración, cárceles y colonias de trabajo, y algunos obligados a incorporarse en unidades militarizadas de trabajo o en la Legión Extranjera.
Pocas veces en la historia del arte español se produjo un hecho de estas características que afectó a tantos creadores obligados a vivir una de las escenas más terribles, crueles y sangrientas. Una extensa nómina de pintores, dibujantes, grabadores, escenógrafos, ilustradores, diseñadores, escultores, arquitectos, aparejadores, maquetistas, escenógrafos, figurinistas, fotógrafos, cineastas, galeristas, profesores, marchantes, periodistas, historiadores y críticos de arte españoles. Una fascinante y variada diáspora artística que, por cierto, no había sido un hecho nuevo en la historiografía española, porque sus orígenes se remontaban al pasado, y era una constante que se repetía durante largos o breves periodos, siendo durante los reinados de los monarcas absolutistas durante los que más se manifestaba, pero lo que si fue una novedad por su dolorosa huella, que afectó por su dramatismo y crueldad, produciendo una mezcla de asombro y espanto, fue su paso por los campos de concentración, un panorama terrorífico y sin precedentes similar al holocausto judío y que superaba todas las fantasías kafkianas.
Un exilio sin precedentes que tuvo en el panorama artístico contemporáneo español un impacto importante debido a su número y a su relevancia. Existía ya una tradición por parte de nuestros artistas de testimoniar en décadas precedentes gráficamente algunos acontecimientos singulares relacionados con los desastres de la guerra y la represión. Se plasmaron en pinturas, dibujos, grabados y esculturas estos hechos bélicos, los sufrimientos de la población, las hambrunas y las atrocidades cometidas por los contrincantes. Algo bastante recurrente por los artistas que vieron en estos hechos trágicos argumentos y temas formidables para sus obras. Un recorrido que tuvo en el pintor aragonés Francisco de Goya su principal impulsor a través de sus cuadros, grabados y apuntes sobre los desastres de la Guerra de la Independencia que enfrentó a patriotas e invasores y que constituyó una parte fundamental de su producción artística. Siguiendo esta tradición no es de extrañar que numerosos artistas se sintieran atraídos por recrear en sus obras sus propias experiencias bélicas muy a pesar de que en muchos casos los hechos desvelaban zonas de la memoria que avergonzaban y que deseaban olvidar por pertenecer al ámbito de los demonios familiares. Un hecho sin precedentes de la historia del exilio de nuestro país que no sólo sirvió como tema central en numerosas novelas, relatos, narraciones y memorias de los propios artistas protagonistas, sino de otros pertenecientes a generaciones posteriores.

Gerardo Lizarraga en el campo de concentración de Argelès, Francia, 1939.
La diáspora de los artistas españoles en Francia
¿Qué artistas españoles constituyeron esta oleada masiva de artistas republicanos españoles que cruzaron la frontera y se repartieron por la geografía francesa? Se hace necesario subrayar que no todos los artistas que abandonaron su país tuvieron el mismo destino dramático, sino que los hubo que tuvieron la suerte de no encontrar dificultades en su camino y fueron aceptados en la sociedad francesa sin ser molestados ni por la por la gendarmería francesa ni los soldados alemanes durante la ocupación. Unos pocos retornaron a su país de origen, y la mayor parte fueron detenidos por los gendarmes y enviados a campos de concentración franceses situados en el continente o en el norte de África; bastantes fueron reclutados por el Ejército o la Legión Extranjera, y el resto se incorporaron en los Batallones de Trabajo militarizados siendo capturados por el ejército alemán o la Gestapo tras la derrota militar francesa y enviados a los campos de exterminio alemanes, austriacos y polacos.

Salvador Soria.
En el extenso contingente de pintores que pasaron o se establecieron en Francia al finalizar la guerra española para quedarse o como plataforma para viajar a otros países europeos, norteafricanos o americanos, se encontraban los pintores Josep Aguilera i Martí, Ramón Peinador Checa, Francisco Benítez Mellado, Eduardo López Pisano, Uxío Souto Campos, Gerardo Lizarraga Isturiz, Virgilio Batlle Vallmajó, Tomás Diví Beyras, Ángel Botello Barros, Antonio García Lamolla, Mentor Blasco Martel, Jaume Pla i Pallejám, Josep Torrent Buch, Francisco Carmona Martín, Albert Santmartí “Artel”, Josep Franch-Clapers, José Luis Posada Medio, Josep Bartolí Guiu, Francisco Riba Rovira, Augusto Fernández Sastre, Antonio Gassó Fuentes, Ramón Milá Ferrerons, Josep Ponti i Musté, Josep Martí Aleu, Rafael María Martínez Padilla, Josep Puig i Pujades, Pablo Vecino, Juan Ángel Gómez Alarcón, César Albin, Miguel Hernández, Francisco García Estévez, Luis Sánchez Saornil, Ricardo Bernardo Pérez, José Antonio Ramón Parra, Juan Bonafé Bourguignon, Joan Castanyer “Jean Castanier”, Nicómedes Gómez Sánchez “Nico”, Francesc Gallostra Verdala, Manuel Camps y Vicens, Mariano Andreu, Ramón Gaya Pomés, Fernando Bosch, José Castro, Alfonso Gimeno, Guillermo Fernández, Amparo Peris, Ricardo Miralles Guijarro, Pedro Jover, Just Cabo, Andreu Vigo, Joan Tomás, Josep. M. Millás Rausell, Mario Vilatoba i Ros, Emilio Grau Sala, Francisco Bajén, José Miguel Serrano i Serra, José Lamuño García, Jorge Soteras, Alberto Fabra Foignet, Fernando Soria Pérez, Elías Garralda Alzugaray, Pere García-Fons, Jaime Cañameras Casals, Hilarión Brugarolas, Julián Oliva, Antoni Paredes, Marc Cardús, Hortelano, Joaquina Zamora Sarrate, Pablo Salen, José Alejos, Vasallo Blasco, Librero, Santolaya, N. Ferrán, A. Ferrán, Farret, José Vargas, Álvaro de Orriols, José Fabregás, Manuel Pascual, Antonio Prats Ventós, Francesc Miró, Nemesio Raposo, Marcel·lí Porta, Argüello, Zurita, Espanyol, Medina, Cristóbal Ruiz, Manuel Ángeles Ortiz, Óscar Domínguez Palazón, Eugenio Fernández Granell “Eugenio Granell”, Menchu Gal Orandaín, Aureliano Bibiano de Arteta y Erraste, José Alloza Villagrasa, Francisco Capdevila Moreno, Javier Ciria Escardivol, Carmona de la Puente, José Moreno Villa, Horacio Ferrer, Eduardo Vicente, Ramón Pontones Hidalgo, Orlando Pelayo, Eduardo Muñoz Orts “Lalo”, Balbino Giner García, Domingo Gimeno Fuster, Robert Preux, Pedro Preux, Sonia Lernau, Antonio Rodríguez Luna, Salvador Bartolozzi Rubio, Carlos Fontseré Carrió, Francisco Sales Roviralta, José Liceras López, José Bardasano Baos, Juan de Aranoa y Carredaño, Pío Fernández Cueto “Pío Fernández Muriedas”, Esteban Abril, Calafell, Julián de Tellaeche y Aldasoro, Ángel Osorio y Gallardo, Jordi Camps Ribera, Carmen Cortés D, Aguade, Soledad Martínez, Rafael Ventura Mollá, Segundo Vicente, Lucio López Rey, Rodolf Jauría-Gort, Francisco Forcadell-Prat, Joan Jordá, Martí Blas Basi, Juan Larramendi Arburúa, José García Alvárez “José García Tella”, José Gutiérrez Solana, Ángel López-Obrero Castiñeira, Eduardo Lozano, Inocencio Burgos Montes, Pedro Creixam Picó, Juan Estellés, Antonio Galvañ Zanón, José Frau, Margarita Frau, José María Giménez Botey, Pedro Pruna O. Cerans, Joaquín Peinado, Pedro Flores, Antoni Clavé, Francesc Sala, Aurelio García Lesmes, Gabriel García Maroto, Jacinto Latorre, Ángel Ferrán Coromines, María Luisa Fernández “Marixa”, María Sanmartí, Juan Sans Amat, Fernando Teixidor Guillén, Manuel Colmeiro, Josep Suau, Alfons Vila Franquesa “Shum”, Pablo Planas, Manuel Viola, Francisco Rivero Gil, Agustín Alamán, José Vilató Ruiz “J. Fin”, Javier Vilató Ruiz, Bruno Beran, Lucía Sánchez Saornil, Jaime del Valle Inclán, Timoteo Pérez Rubio, Manuela Ballester, Rosa Ballester, Josefina Ballester, José Miquel Serrano, José García Ortega “Pepe Ortega”, Elvira Gascón, José Subirats Samora, María Bosqued, Mingorance, Julio Montes, Javier Oteyza, Plá Miracle, Luis Semana, Ramón J. Sénder, Lorenzo Aguirre, Juan Masiá Doménech, Salvador Tarazona, Francisco Caro Ferrando, Juan Junyer, Darío Carmona, José Segura Ezquerro, Juan Chabás Bordehore, Buenaventura Trepat Samarra, Jaime de las Heras, Gabriel Alabert Bosque, Heleno Cases, Rafael Gil Cucó, José Enrique Rebolledo, Antonio Ruiz Arroyo “Antonio Quirós”, Vicente Bautista Belda, Vicente Rojo, Francisco Tortosa, Remedios Varó, Vela Zanetti, Domingo Angulo Andrés “Andrés”, José Muncunill, Nestor Basterrechea, Luis Marín Bosqued, Joaquín Sunyer Miró, Bernardino Bienabé Artia, Ignacio Mallol, Maruja Mallo, Manuel Viladrich, Melchor Font, Joan, Juan Alcalde Alonso, Benito Barrueta Asteinza, Ricardo Arrue Valle, Miguel Cardona Martí, Martín Durbán, Alberto Junyer, Esteban Francés, Loty de la Granja, Antonio Farreny, Juan Chamizo, Francisco Marco Chillet, Enrique Climent Palahí, Sonia García, Carlos Vázquez Úbeda “Chantecler”, Hermenegildo Anglada-Camarasa, José García Narejo, Julia Jiménez Cacho, Monserrat Aleix de Pecanins, Regina Raull, Narciso Llorach Oliart, Bernardo Ylla Bach, Benito Messeguer, Rafael García Escrivá, Miguel García Vivancos “Vivancos”, Antonio Peyri, Joan Jordá Godó, Francisco Espriu Puigdollers, Francisco Bajén, Miguel Marina, Marcelino Porta, Mariano Otero San José, Ángel Alonso, Fernando Arrabal Terán, Antonio Soria Alcaraz, José Alcaraz Malue, Luis Fuentes Junquo, Arsenio Ibáñez Pierrad, Martín Carrillo Carasner, Vicente Delgado Fernández, Lázaro Nantes, Enrique Díaz Reina, Bernardo Diamantino Riera y Luis Fernández Mengibar.
Muy importante también fue la nómina de grabadores, dibujantes, figurinistas, decoradores, ilustradores, escenógrafos, caricaturistas, dibujantes de animación, cartelistas y ceramistas, en la que figuraban Ubaldo Izquierdo Carvajal, Antonio Téllez Solá, Manuel Edo Mosquera, Joan Call Bonet, Andreu Dameson i Aspa, Ernesto Guasp, Miguel Prieto Anguita, Enric Ferran de los Reyes “Dibán”, Luis García Gallo “Coq”, Luis Márquez Escribá, Antonio Camarón Chesa, Zoilo Hernández, Germán Horacio Robles, José Grau Hernández, Eduardo Robles Piquer, Manuel Pérez i Valiente, Ramón Saladrigas Balbé, Pere Calder i Rossinyol, Manuel Alfonso Ortells, Francisco Teix Perona, Pau Roig Cisa, Feliú Elías Bracons, Josep Cabrero Arnal, Josep Escoda, Helios Gómez, Jaume Cañameras, Frederic Sevillano i Doblanc, Joan Tarragó i Balcells, Joaquím Martí-Bas, Rafael Tona Nadal, Joan Hurtado, Jaume Passarell Ribó “Salvador Bori”, Juan Busquets i Miró, Lluís Bracons i Sunyer, Enrique Martín Hernández, Francés Perramón Ducasi, Ramón Sarsanedas i Oriol, Julio Figueras Moret, Joan Riera, Fernando Callicó Botela, Josep Pico i Martin, Jacinto Bofarull i Forasté, Ignacio Vidal Molné, Eduardo Fiol i Marqués, Luis Vidal Molné “Molné”, Alexis Hinsberger, José Luis Rey Vila “Sim”, Jesús Guillén Bertolín “Guillembert”, Fernando Rahola Auguet, Manuel Gallur, Pablo Salen Vaquero, Ramiro Mondragón del Río, Arturo Tejero Terradell, Enrique Rodríguez Arroyo “Quique”, Nuria Viusà Galí, Manuel Otero, Avelino Artís Gener “Tisner”, Miguel Almirall, Mario Armengol, Luciano Quintana Madariaga “Nik”, José de Zamora “Pepito Zamora”, Enrique Garrán, José Espert Arcos, Niguel Cardona “Quelus”, Josep Renau, Juan Renau, Rafael Alberti, Gregorio Muñoz Montoro “Gori”, María Teresa Toral, Arturo Bladé, Juan Bautista Acher, Enric Crous Vidal, Federico Santiago, Eduardo Robles “Ras”, Antonio Bernad Gonzálvez “Toni”, Salvador Fariñas, Eduardo Fiol, Manuel Fontanals Mateu, José Agut Armer, Alfonso Rodríguez Castelao, José Machado, José Bergamín, Antonio Rodríguez Romera, Jaume Inglès Isern, Juan Nuri, Juan Bautista Toledo Pinazo, Santiago Ontañón Fernández, Jacinto Bofarull Forasté “Xut”, Amparo Martínez, Magdalena Lozano, Luis Bagaria, José María Beltrán, Francisca Rubio “Juana Francisca”, Vicente Petit, Manuel Crespillo Rendo, Mary Martín, Luis Quintanilla Isasi, Mario Zaragoza Company, Mariano Otero, Joan Tarrago i Balcells, Juan Hurtado, Arturo Bladé, Juan Bautista Acher, Federico Santiago, Antonio, Miguel Orts Sánchez, Agustín Nogués Aragonés, Víctor García “Ximpa”, Jaume Inglès Isern, Juan Nuri, Amparo Martínez, Magdalena Lozano, Antonio de Guezala y Ayrivié, José María Beltrán, Rogelio Martín, Mary Martín, Josep Escoda, Jaume Passarell, Joan Tarragó, Melchor Niubó i Santdiumenge, Jose González Rodriguez, Marco Iturriaga Pérez, Francisco Doménech Macia, Luis Martín González, Zacarias Moral Oliva, Salvador Sempere Rosas, Manuel Colina Quirós, José María Egurola Renteria, Julio Granados Ruiz, Fernando Fernández González, Vicente Martínez Sansano, Enrique Ureña Aparicio, Gonzalo Beltrán Poyer, Genoveva Dun, Alberto Muñoz Sánchez, Manuel García Barrada, Enrique Iza Gil, César Urbieta González y Tolosa y Jenaro de la Colina Blanco.

El pintor Antonio García Lamolla.

El escultor Siegfried Meir.
En la lista de escultores estaban Leandro Cristófol i Peralba, Elisa Piqueras, Manuel Pascual Escribano, Joaquím Vicens Gironella, Antonio Alós Moreno, Ceferino Colina Quirós, Francisco Mateu Sanchis, Gabriel Alabert Bosque, Josep Viladomat Massanas, Eleuterio Blasco Ferrer, Ángel Tarrach Barrabia, Marius Vives Doménech, Joan Rebull Torroja, Josep Viladomat Massanas, Miguel Paredes Fonollá, Jacinto Latorre, Salvador Soria Zapater, Francisco Mateu Sanchis, Baltasar Lobo Casquero, Ángel Hernández García “Hernán”, Enrique Ariño Quintanilla, Gertrudis Galí Ma-llofré, Apel·les Fenosa Florensa, Honorio García Condoy, Rafael Tona Nadalmai, Mir Clavell, Desgracias Civil Vallverdú, Rosa Chacel, León Barrenechea Pérez, Alfredo Just, Enrique Moret Astruells, Francisco Albert, M. Cañas, Sigfried Meir, Victoriano Macho Rogado, Mateo Fernández de Soto, Víctor Fernández Puente, Víctor Trapote, Francisco Vázquez Díaz “Compostela”, Juan Junyer, Jorge de Oteyza, Martín Barral, Pablo Yusti Conejo, Francisco Badía Plasencia, Juan Serralta, José Horna, Claudio Tarragó Borrás, Joaquím Vicens Gironella, Vicente Pallardó y Giménez Botey.
La nómina de arquitectos la formaban Gabriel Pradal Gómez, Secundino Zuazo, Juan García Gisbert, Tomás Auñón, Francisco Azorín Izquierdo, Rafael Bergamín Gutiérrez, Emili Blanch y Roig, Francisco Fabregas Vehil, Antonio Bonet Castellana, Félix Candela Outeriño, Juan Capdevila Elías, Mellar Cuello Alas, José María Díez Amado, Martín Domínguez Esteban, Domingo Escorsa, Santiago Esteban de la Mora, Fernando Etcheverría Barrio, Fernando Gay Buchón, Francisco Íñiguez de Luis, Cayetano de la Jara y Ramón, Luis Lacasa Navarro, José Lino Vaamonde Valencia, Juan de Madariaga Astigarraga, Urbano de Manchobas Careaga, Esteban Marco Cortina, Jesús Martí Martín, Joaquín Ortiz García, Jaime Ramonell Gimeno, Ricardo Ribas Seva, Juan Rivaud Valdés, Germán Rodríguez Arias, Alfredo Rodríguez Orgaz, Mariano Rodríguez Orgaz, Amós Salvador Carreras, Fernando Salvador Carreras, Enrique Segarra Tomás, Josep Lluís Sert López, Germán Tejero de la Torre, Jordi Tell Novellas, Javier Yárnoz Larrosa, Pablo Zabalo Ballarín, Roberto Fernández Valbuena, Manuel Sánchez Arcas, Domingo Fabregás, Martín Domínguez, José Luis Mariano Benlliure, Tomás Bilbao, José Caridad, Francisco Detrell, Fernando Gay, Bernardo Giner de los Ríos, Esteban Marco, Jaime Ramonell, Juan Rivaud, Eduardo Robles, Santiago Esteban de la Mora, Fernando Echevarría, Pablo Zabala, Antoni Bonet, Deu Amat, Rafael Bergamín, Javier Yarnoz, Nemesio M. Sobreviva, Bartolomé Agustí, Tomás Auñón, Joaquín Ortiz García, Emili Blanch, Ovidio Botella, Óscar Coll Alas, Juan Bautista Larrosa, Joaquín Pallás Torres y Juan del Pozo Santiago.

El pintor Antoni Clavé.
La relación de fotógrafos la formaban aficionados y profesionales, entre ellos, David Fernández Dopico, Agustín Centelles Osso, Cándido Souza Fernández, Faustino del Castillo Cubillo, Francisco Souza Fernández, Enrique Tapia Jiménez, Lluís Ballano Bueno, Enrique Meneses Miniaty, Francisco Boix, Hans Guttman “Juan Guzmán”, Mariano Aguayo, Gassó, Antonio Gálvez, Juan Gyenes, Enrique Meneses, Salvador Pujol, Pere Catalá-Roca, Margarita Michaelis, Lluís Ballano Bueno, Pere Calders Rossinyol, Katy Horna, José Cereceda Hijes, Antonio García, Vicente Reus Calatayud, Antonio Bueno Román, José Caparrós Torres, Antonio Gavilán Grena y Álvaro Ponce de León. Se encontraba además los ceramistas y artesanos Juan García Gisbert y Vicente Gasulla Sole.

Los fotógrafos “Hermanos Mayo”.
Destacaban en la lista de profesores, investigadores, filósofos, historiadores, cineastas, editores, libreros y críticos de arte, los nombre de Adolfo Sánchez Vázquez, Eulalio Ferrer Rodríguez, César María Muñoz Arconada, José Bort Vela, Remedios Oliva Berenguer, Francisco Pina Brotons, Francisco Camacho Ruiz, Manuel Culebras Muñoz “Manuel Andújar”, José Sampériz Janín, Joaquim Amat-Piniella, Agustí Bartra i Lleonart, Antonio Blanca Pérez, Josep Castanyer i Fons, Angeli Castanyer i Fonds, August Liebmann Mayer, César González Ruano, Luis Nicolau d’Olwer, Juan Dalmau, Manuel Sirvent Romero, Agustí Bartra, Sebastián Gasch, Francisco Zueras, José Manaut Nogués, Mercedes Camaposada Guillén “Mercedes Guillén”, Teófilo Navarro Fadrique “El Negro”, Josep Palau i Fabre, José Martínez Guerricabeitia, Enrique Manaut Viglietti, Amàlia Casals, Pere Calders, Mercè Redoreda, Armand Obiols, Anna Murià, Xavier Benguerel, Doménech Guansé, Lluís Montanyà, Rafael Altamira Crevea, Alexandre Cirici Pellicer, José Moreno Villa, Francisco Prat Puig, Ceferino Palencia, Juan Gil-Albert, Margarita Nelken, Ricardo Gutiérrez Abascal “Juan de la Encina”, Max Aub, Antonio Deltoro, Ángel Gaos, Lorenzo Varela Vázquez “Lorenzo Varela”, Fernando Llorca Die, Arturo Serrano Plaja, Pere Vives, Michel Lefevbre Peña, Mario de la Viña, Arturo Cuadrado, Juan González del Valle, Luis Buñuel, Carlos Velo, Armand Guerra, Antonio Soriano Mor, Segundo Achurra Azpiazu e Isidro Ibáñez Uribe.
Una recuperación tardía
Mi deseo es recuperar para la historiografía artística española los nombres de los protagonistas del mayor exilio artístico que recuerda la historia olvidados durante décadas en los tratados artísticos académicos oficiales, marginados por el franquismo, y que apenas mereció el interés de historiadores y críticos de arte. Un olvido que se rompió en la transición política con la llegada de nuevos criterios de libertad y democracia, aunque su reconocimiento generalizado entre la población tardó en llegar. Un acontecimiento poco conocido, poco estudiado e interesadamente oscurecido por razones de alta política debido al interés por pasar por alto aspectos poco heroicos que concurrieron en este triste episodio muy cercano en sus características y perspectivas cronológicas a la tragedia judía del holocausto.

Enrique Moret.
Su recuperación surgió a partir de la publicación de libros, celebración de congresos y exposiciones, programas de televisión, cursos académicos y seminarios en fundaciones, instituciones, universidades y homenajes. Incluso los gobernantes, monarcas y políticos han encontrado en ello un verdadero filón y los debates intelectuales asociados a ellos han llegado a ocupar un lugar privilegiado en la agenda pública al amparo en muchos casos de la Ley de la Memoria Histórica y muy a pesar de sus críticas y opiniones desfavorables.
Los aquí referenciados forman parte de un colectivo de creadores muy amplio formado por pintores, escultores, dibujantes, diseñadores, escenógrafos, figurinistas, arquitectos, fotógrafos, museógrafos, historiadores y críticos de arte que ya teniendo un lugar propio en la historia del arte español y ya pertenecen por derecho propio a la estirpe de españoles que, tras el final de la contienda, se expandieron geográficamente por muchos países europeos y americanos. Eran como ha quedado dicho artistas de edades, formación diversa, que cultivaban todas las técnicas, como la pintura, la escultura, el diseño, el grabado, la arquitectura, la escenografía, la decoración, la fotografía, la crítica de arte y la investigación. Esa proliferación y normalización de nombres en la historia española del exilio republicano rompía y desafiaba todo lo establecido y toda norma. Se convirtieron en unos artistas transterrados, sin verdadera patria, que se establecieron en diferentes países europeos, norteafricanos y repúblicas latinoamericanas, que rápidamente fueron olvidados y que comenzaron a ser reconocidos una vez muerto Franco y desaparecida su dictadura.
Con bastante lentitud, y con el rezado de las fuerzas políticas conservadoras, se inició un lento proceso de recuperación de muchos de ellos y comenzaron a regresar a su país, dedicándoseles homenajes, exposiciones antológicas, doctorados “Honoris Causa” y recepciones académicas en las que se reconocían sus importantes aportaciones al arte del siglo XX. Su carácter de exilio épico y la imagen metafórica que se tenía de él como culminación de un régimen republicano que tantas esperanzas había despertado en el pueblo español atrajo a lo largo de los últimos años a innumerables escritores, investigadores, historiadores y cineastas movidos por un deseo de recuperar su recuerdo histórico en un momento de grave pérdida de la memoria colectiva.
Sin estar en absoluto lejos de aquella labor crucial de rescate, pero con otra metodología, es donde hay que adscribir este trabajo que, centrado en el amplio ámbito artístico, trata de describir aquel entorno del exilio y protagonizado por centenares de pintores, escultores, dibujantes, arquitectos, escenógrafos, delineantes, fotógrafos, diseñadores, historiadores y críticos de arte, que sale a la luz en un momento crítico de la historia parlamentaria española con la finalidad de cubrir profundas hendiduras y corregir algunos errores, pero siempre desde la discreción, la modestia y humildad con que se debe abordar cualquier investigación.
CAPÍTULO 2
LA RUTA DEL LLANTO
Un gran número de artistas que habían militado en sindicatos, asociaciones, partidos políticos u ocupado cargos de relevancia como comisarios, actuando en las checas, pertenecido a los Servicios de Inteligencia Militar o ejercido puestos de jefatura en unidades del Ejército o en el gobierno republicano, con el derrumbe del frente de Cataluña y el avance imparable de las fuerzas rebeldes decidieron abandonar el país por los pasos y puestos fronterizos todavía en manos de las fuerzas populares. Se inició una verdadera oleada masiva de refugiados que, bien utilizando autobuses, carromatos tirados por caballerías, camiones militares o a pie, por caminos secundarios comarcales o a través de sendas y trochas, vadeando ríos y subiendo montañosas, consiguieron pasar los Pirineos y alcanzar la seguridad deseada en tierras francesas. Todos ellos trataban de ponerse a salvo o huían empujados por el miedo físico o psicológico de los últimos momentos de un conflicto que ya estaba decantado. Lo hacían en muy difíciles condiciones, estaban cansados físicamente, tenían hambre, se encontraban enfermos, psicológicamente decaídos y con el corazón destrozado por la derrota y sólo llevaban en sus maletas, sus bultos y sus petates, lo más imprescindible.
En su desesperado intento por alcanzar los puestos fronterizos de los Pirineos, los que lo hicieron a pie tuvieron que superar las terribles inclemencias del tiempo, el hambre y las dificultades del terreno, vadeando ríos caudalosos, subiendo empinadas montañas nevadas o descendiendo peligrosos barrancos. Y los que emplearon medios de transporte por carretera se encontraron amenazados por el fuego de la artillería, descargas de fusilería y los ametrallamientos y bombardeos de la aviación enemiga. Despreciados y perseguidos por aquellos que habían jurado fidelidad a la República, se encontraron zarandeados y víctimas inocentes de una injusticia histórica. Su huida se convirtió en una verdadera odisea para salvar sus vidas y todos miraban atrás y se resistían a abandonar sus hogares y, sobre todo, se lamentaban de la separación de sus familias y del futuro incierto que les deparaba un destino desconocido. ¿Y ahora que nos pasará?, se preguntaban. Y mientras tanto, se interrogaban acerca de cuál iba a ser su recibimiento en aquel país por una población tan dividida políticamente e inmersa en una fuerte crisis económica y social desde 1930 y con un gobierno débil en cuya cabeza se encontraba el diputado radical Édouard Daladier, a la sazón de Primer Ministro, que había auspiciado una política de enfrentamiento con los comunistas utilizando, a su vez, un cierto consenso con los elementos xenófobos presentes en la sociedad y la opinión pública.
Las largas columnas de refugiados
La masiva huida que protagonizaron los artistas republicanos al finalizar la guerra en 1939 ya contaba con antecedentes en años anteriores, aunque no tan numeroso, y cuyos protagonistas habían sido aquellos cuyas ciudades y poblaciones habían caído en la ofensiva del norte de septiembre de 1937 en manos de las tropas nacionales. Y en este sentido, destacaba el nombre del pintor y dibujante asturiano José Luis Posada, cuando su familia al completo, formada por él mismo, su madre, su tía y cuatro hermanos, se vio obligada a abandonar la población y trasladarse al puerto de El Musel, en Gijón, donde consiguió embarcar en el buque de carga Santiago López que la trasladó al puerto francés de Pauillac, cerca de Burdeos. Poco tiempo después regresó por tren a Puigcerdá, y posteriormente a Barcelona, siendo enviados a un refugio de Castelltersol, en espera de que se produjera el encuentro con el cabeza de familia. Días después de caer Barcelona en poder de los nacionales, el 26 de diciembre de 1938, él y el resto de la familia, abandonó el refugio en un automóvil que los trasladaron a Banyoles, donde aprovechó la noche para cruzar la frontera a pie por el puerto de Le Pertus, siendo capturados por la gendarmería que lo envió a un campo de refugiados en las afueras de Le Boulou, en el que se apiñaban más de 20.000 personas. Debido a la masificación lo enviaron junto al resto de los parientes nuevamente a un refugio en Nieul, en el Haute Vienne, en el centro del país. Mientras él y su familia sufrían un verdadero calvario su padre consiguió cruzar la frontera francesa, siendo capturado con el resto de su unidad y enviado al campo de concentración de Argelès-sur-Mer, en el mediterráneo francés. Tras ser reclamado por su hermano que residía en Cuba, pudo obtener documentación y billetes que le permitieron embarcar en un puerto francés con destino a la isla, donde consiguió contactar con los suyos e iniciar las gestiones pertinentes con las autoridades diplomáticas cubanas para su repatriación a la isla, alegando que tenían ascendientes cubanos, con lo que de esta forma se libraría de la orden de deportación a España que pesaba sobre su familia.

Dibujo de Manuela Ballester.
Al llegar los artistas a los pasos fronterizos se producía una gran retención a causa de los controles de seguridad establecidos por la gendarmería donde los refugiados eran cacheados, clasificados e identificados, para posteriormente ser separados los hombres de las mujeres, y enviados a residencias, albergues o campos de concentración situados en poblaciones cercanas a la frontera. Muchos mantuvieron viva en su memoria su paso por “el pintoresco” Portbou, junto a la costa, al que se accedieron por una tortuosa carretera llena de curvas y que en tiempos de paz era un lugar muy visitado por sus bellezas naturales y su paisaje idílico tanto por pintores catalanes como roselloneses. Recordaban la larga caminata que les llevó al paso de Belitres, el punto fronterizo más oriental entre la parte francesa y la española, que ponía en relación a los municipios de Cerbère, en Roussillon y Portbou, en la comarca de Alt Empordà. Un lugar de memoria un tanto siniestra por el que cruzaron los refugiados republicanos al término de la contienda y de judíos, artistas e intelectuales europeos durante la II Guerra Mundial, entre ellos, el filósofo, crítico de arte y teórico judío-alemán Walter Benjamin, quien se suicidaría a los 48 años más tarde. Y también pasaron por allí novelistas como Heinrich Mann o Franz Werfel, quien cruzó con su esposa Alma Mahler, intelectuales como Hannah Arendt, científicos como Otto Meyerhof, Premio Nobel de Medicina en 1922 y cantantes como Lotte Leonard.

Francisco Agramunt Moreno. “Los vencidos II” (Óleo).
Entre la multitud de personas que pasaron por esta población se encontraba el fotógrafo valenciano Agustí Centelles Osso, quien se convertiría en un extraordinario documentalista de la vida en los campos de concentración en el exilio francés. Se encontraba en Barcelona cuando a finales de enero de 1939 recibió órdenes de trasladarse a Girona con los archivos del gabinete fotográfico del Servicio de Información Militar (SIM). Al mismo tiempo, empaquetó su archivo particular y en una gran maleta colocó una cámara Leica, un rudimentario equipo de relevado y 4.000 negativos de 35 mm sobre imágenes tomadas durante el conflicto, principalmente en Barcelona y en el frente de Aragón. De Girona pasó a Figueres y los últimos kilómetros hacia la frontera los hizo a pie, siempre bajo la amenaza de los aviones nacionales que bombardeaban y ametrallaban sin cesar las columnas de refugiados camino a la frontera francesa.
Formando parte de las largas columnas de vehículos que llenaban las carreteras y caminos comarcales hacia los pasos fronterizos se encontraba la familia de Josep Renau, que hasta el último momento estuvo dibujando carteles en su taller de Bonanova, en Barcelona. Fue su propio hermano Alejandro, sargento de transportes de aviación, quien lo sacó del estudio y lo condujo al camión que había requisado antes de que ocuparan la ciudad las avanzadillas nacionales. Subieron en el vehículo Josep Renau, su mujer, Manuela Ballester, sus hijos Ruy y Julia, su suegra, Rosa Vilaseca, sus dos jóvenes cuñadas Rosa y Josefina Ballester; su hermano Alejandro, la mujer de éste Teresa, su hermano menor, Juan, y su esposa, Elisa. Además consiguieron llevarse gran parte de los libros, el archivo fotográfico y documental. El camión y sus ocupantes, tras superar una lluvia intensa y un camino plagado de refugiados y militares armados, logró dejar atrás las poblaciones de La Bisbal y Figueres y cruzar el linde francés por Le Perthus.
Otro de los vehículos de transporte que se dirigía desde Barcelona a la frontera de la Junquera lo ocupaba el dibujante y caricaturista alcireño Ernesto Guasp, al que acompañaba su madre y su hermana Ana, que se habían trasladado a la Ciudad Condal tras el fallecimiento del cabeza de familia. En otro auto viajaba el dibujante y escenógrafo valenciano Gori Muñoz junto a Zúñiga y Velo, con quienes había estado en Barcelona. Cruzaron el paso fronterizo con sus familias, tras un aviso de Negrín de que cogieran lo que pudieran y se fueran a Francia. En un viejo automóvil viajaba el poeta Antonio Machado, al que acompañaba su madre Ana Ruiz y su hermano José, junto con el helenista Carles Riba, los doctores hermanos Trías, los profesores Navarro Tomás y Roura, el neurólogo Sacristán, Ricardo Vinós, el escritor Corpus Barga, el geólogo Royo y el valenciano doctor Puche, rector de la Universidad de Valencia. Antes de atravesar la frontera el grupo paró en el pueblo gerundense de Garriguella, donde se encontraba replegado el Comisariado General de Sanidad Militar, cuyo jefe, Francisco Gómez de Lara, pudo conseguirles gasolina para que los vehículos pudieran proseguir su marcha hacia Francia.
Se encontraba asimismo el pintor oscense Agustín Alamán, cuya experiencia en diversos campos de concentración franceses fue tan traumática para él que nunca quiso hablar de ella, a pensar de la insistencia de sus amigos, su propia familia y de los críticos de arte que se interesaron a lo largo de su vida. Nacido en Tabernas de Isuela, Aragón, en 1921. Tras la victoria franquista emigró a Francia en 1939 donde fue capturado por la gendarmería y recluido en los campos de concentración. Conseguida su libertad se estableció en Alés, y comenzó a pintar en forma autodidacta. En 1948 se vinculó a la sociedad artística Art Cévenol y participó en varias exposiciones colectivas en la mencionada institución, y en otra de pintores refugiados españoles en Toulouse, con participación de Picasso, hasta 1954. Un año más tarde se encontró en Montevideo, se dedicó a trabajar en la industria de la construcción para sobrevivir e hizo su primera exposición individual en la Librería Alfa del editor Benito Milla.

Horacio Ferrer: “Aviones negros”. Óleo, 1937.
Y también estaba el pintor, dibujante y e ilustrador arqueológico Francisco Benítez Mellado, acompañado de su mujer Úrsula Girón Romera y de su hijo Andrés, que había abandonado Barcelona en febrero de 1939 poco antes de entrar las tropas franquistas para incorporarse a las largas columnas de desplazados que huían a Francia. Nacido en Bujalance (Córdoba), en 1904 y formado artísticamente en la Escuela de Sevilla y en el estudio de Joaquín Sorolla de Madrid, donde triunfó como pintor en diversas exposiciones, obteniendo la Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1911. Gozaba de un gran prestigio como pintor de caballete y como ilustrador arqueológico especializado en investigaciones paleontológicas y prehistóricas, siendo autor de las reproducciones de las pinturas rupestres en las más importantes cuevas españolas. Una vez cruzó la frontera con su familia se estableció en la localidad de Beaucourt (Bedlfort) donde se ganó la vida trabajando como dibujante en la industria Etablissement Japy, aunque más tarde, huyendo de los ocupantes alemanes, se estableció en Tolosa. Su amigo Pere Bosch Gimpera le ofreció la posibilidad de viajar a México pero él la rechazo ante la negativa de su mujer y de su hijo de abandonar Europa, ya que su primogénito mayor estaba preso de los nacionales en una cárcel de Zaragoza. Regresó poco después a Barcelona y de mayo de 1941 a 1950 colaboró en el Museo Arqueológico de Barcelona al tiempo que realizaba copias de los dibujos rupestres de las cuevas de la zona. A causa de las dificultades por encontrar un trabajo estable, el 5 de marzo de 1950, embarcó con destino a Chile donde le esperaban sus hijos Juan de la Cruz y Francisco. Encontró un puesto de dibujante en el departamento de Geología de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile y reanudó su trabajo de pintor de caballete que compaginó con la ilustración, dejando un importante legado de láminas basadas en los aborígenes chilenos. Falleció en 1962, en Santiago de Chile.
En otro grupo estaban los pintores Manuel Ángel Ortiz, Pedro Flores y Enrique Climent Palahí. A punto de ser tomada Barcelona por las tropas nacionales la Dirección de Prensa y Propaganda de la Generalitat dio la orden de evacuar la ciudad para lo cual puso a su disposición varios camiones que a las dos de la madrugada los recogieron y emprendieron la marcha hacia la frontera francesa mientras la artillería enemiga bombardeaba los arrabales. Junto a Manuel Ángel Ortiz se encontraba su madre y su hija que llegaron a la localidad de Figueres, siendo alojados en un piso y poco después se dirigieron a pie con dirección al puesto fronterizo de Le Perthus. Mientras caminaban por la carretera se cruzaron unos camiones que transportaban las obras del Museo del Prado que durante los primeros años de la guerra habían permanecido ocultas en las Torres de Serrano y en la Iglesia del Patriarca de Valencia y, tras pasar por las localidades de Peralada y Darnius, llegaron a las minas de talco de La Vajol, en el Alto Ampurdán (Girona), donde quedaron enterradas a 250 metros de profundidad. Entretanto, el grupo de artistas se refugió en unos almacenes de víveres donde se hacinaban cientos de republicanos en el suelo, apoyados unos con los otros. Algunos de ellos enfermaron de disentería y fueron atendidos en un puesto de la Cruz Roja que se encontraba llena de gente. Luego se trasladaron a una cuadra rodeados de suciedad y llenas de piojos. En la frontera de Perthus les esperaba Nancy Cunnard, aristócrata británica, que les ofreció ayuda. Fueron capturados por la gendarmería y enviados a varios campos de concentración del Rosellón, concretamente en los de Argelès-sur-Mer y Saint Cyprien donde tomaron apuntes. La ayuda de Picasso fue fundamental para que pudieran abandonar los campos.
Estaba además el fotógrafo madrileño Jiménez Tapia su mujer y su hijo quien abandonó Barcelona en una camioneta cuando las fuerzas nacionales se encontraban a punto de ocupar la ciudad y se dirigió en un trayecto lleno de vicisitudes al paso fronterizo de La Junquera, donde a causa de la riada de refugiados republicanos tardó cuatro días en cruzarla. Al llegar a Le Boulou estacionó el vehículo para recabar información en un puesto de la gendarmería y a su regreso se encontró sorpresivamente que su mujer y su hijo no se encontraban, perdiendo todo contacto familiar. Fue capturado por la gendarmería que lo recluyó en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, donde permaneció tres meses, y posteriormente enviado al campo de Gurs, hasta que consiguió ser puesto en libertad. Al cabo de medio año de permanecer en el país bajo muy difíciles condiciones dio comienzo la II Guerra Mundial y poco después la invasión alemana que acabó con una humillante derrota militar francesa y la división del país por los ocupantes nazis. Se produjo entonces el reencuentro familiar y para subsistir trabajó en la fábrica de aviones Dewoitine en Toulouse.

Manuela Ballester. “Refugiados”.
La misma ruta tomó el pintor, dibujante y escenógrafo valenciano Francisco Marco Chillet, quien durante la guerra civil se trasladó al País Vasco, donde apoyó la causa republicana. Combatió con el rango de capitán en una unidad de migueletes y colaboró además con la Diputación de Guipúzcoa impartiendo clases de artes plásticas. Al llegar a la frontera fue capturado por la gendarmería y enviado inicialmente al campo de concentración de Argelès-sur-Mer y posteriormente al “hacinado, cerrado y claustrofóbico” de Agde, donde dibujó retratos de prisioneros y apuntes acerca de la vida cotidiana de los refugiados republicanos. Al ser puesto en libertad consiguió un visado y pasaje para embarcar en el vapor Cuba que lo trasladó a la República Dominicana, junto a otros quinientos refugiados que procedían de los campos de concentración, pero las autoridades dominicanas le impidieron desembarcar, por lo que el mercante siguió rumbo a la Martinica, donde consiguió embarcar en el navío Saint Domingue, puesto a disposición por el gobierno mexicano, que lo trasladó finalmente al puerto de Coastzacoalcos, y de allí, el 29 de julio de 1940, viajó a México Distrito Federal, reanudando su actividad artística como pintor de murales, ilustrador en diversos diarios y profesor de artes plásticas y, finalmente, como escenógrafo, siendo el responsable de la proyección y construcción de los escenarios de más de un centenar de películas. Por su actividad cinematográfica la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas Mexicana le concedió un premio Ariel. Alternó esta actividad con la de pintor de caballete, exponiendo en diversas galerías de arte, como profesor de Pintura y Dibujo y con su dedicación a los estudios esotéricos.
Igualmente figuraba la actriz, dibujante y pintora valenciana Amparo Segarra Vicente, que más tarde se convertiría en la esposa del también pintor gallego Eugenio Granell, cuya vida en el destierro estuvo marcada por su compromiso político poumista y su adscripción a la vanguardia dentro de la corriente surrealista. Nacida en Valencia, en el barrio de Sagunto, en 1915. Estudió varios años en un internado en Argenteuil, cerca de París, donde aprendió francés, lo cual le permitió tener acceso a una cultura amplísima y conocimientos artísticos, literarios y filosóficos, donde nada de lo intelectual le fue ajeno. Regresó a España y se casó con Miguel Anglada, un militar con el que vivía en Barbastro, en la provincia de Huesca. Cuando estalló la guerra, su esposo, fiel a la República, acudió al frente. Ella, embarazada, viajó a Barcelona para dar a luz. Poco después se trasladó a Aragón y sufrió el bombardeo efectuado por los fascistas sobre Monzón, en el que se destruyó la casa donde se alojaba. Ante la llegada inminente de las tropas franquistas, decidió regresar a Barcelona donde su vida se convirtió en un calvario al ser esposa de un militar republicano y haber apoyado a la causa popular. El ocho de julio de 1939 decidió abandonar la ciudad a pesar de las amenazas de las tropas nacionales y de los continuos bombardeos de la aviación legionaria contra los refugiados. En muy difíciles condiciones consiguió atravesar la frontera por los Pirineos con su hijo de dos años en brazos, sin apenas ropa de abrigo, calzada con unas alpargatas rotas, sin comida y acompañada por un rudo pastor que arriesgaba su vida, no por solidaridad, sino por dinero. Pero lo más duro de soportar fue la humillación que sintió cuando fue detenida por la gendarmería y cacheada. Se le vino el mundo abajo al observar ya en suelo francés la terrible catástrofe humanitaria en las que vivían muchos refugiados en los campos de concentración mientras eran vigilados y tratados con toda dureza por tropas senegalesas y marroquíes. El SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles) le proporcionó ayuda y la envió poco después a Vernet-les-Bains, en donde había tres hoteles para españoles. Tras reunirse con su esposo decidió embarcar con destino a un país hispanoamericano con la intención de reanudar su vida. En un viaje en tren conoció a Eugenio Fernández Granell, quien había dejado España en el 1939 y había llegado a París tras pasar por diversos campos de concentración. Cuando el barco llegó a su destino, Chile se negó a recibir más republicanos españoles, por lo que se vieron obligados a dirigirse finalmente a la República Dominicana. En Ciudad Trujillo, se divorció de su marido y contrajo matrimonio con Eugenio Fernández Granell y fruto de esta unión en 1941 nació su hija Natalia. Su vida estuvo conducida en su mayor parte por la actividad artística de su marido, y gracias a las amistades de este llegó a conocer, en el año 1941, a André Breton y a su familia, quienes huían del nazismo hacia Nueva York. Cinco años después, en 1946, se mudaron a Guatemala y, tras el estallido de la revolución guatemalteca, se trasladó a Puerto Rico. Pero su vida artística no se limitó a sus collages, sino que también ejerció como actriz en diversas obras de teatro entre 1944 y 1969 e, incluso, confeccionó el vestuario para alguna de ellas. En 1985, regresó a España, estableciéndose en su capital hasta su fallecimiento en 2007.

Refugiados dirigiéndose a los campos de concentración.
También se encontraba la militante anarquista catalana Sara Berenguer, la pareja del pintor e ilustrador castellonense, Jesús Guillén Bertolín que encabezaba a un grupo de compañeras de la asociación “Mujeres libres”. La presencia de un niño entorpeció la marcha hacia la frontera, a pesar de que cada una de ellas se turnaba llevándolo a brazos. Hicieron el recorrido por la noche para evitar ser localizadas por los nacionales, caminando junto al borde de la carretera en silencio y en fila india y de vez en cuando hacían un breve descanso, llamándose una a otra, para cerciorarse de que no faltaba ninguna. Se acercaron al paso fronterizo mientras que en su entorno algunos de los refugiados morían de hambre, enfermedad y cansancio, o eran víctimas de los ametrallamientos y bombardeos de la aviación, mientras a lo lejos se oían las explosiones de los obuses de la artillería nacional. Finalmente, consiguió llegar a Francia, donde se reencontró con su compañero Jesús, y se abrió una nueva etapa de su vida caracterizada por el temor a ser recluida en campos de concentración, ser traslada como trabajadora obligada a Alemania, escapar de los ocupantes alemanes o de los colaboracionistas franceses y conseguir sobrevivir en un país humillado por una derrota no esperada.
Algunos artistas optaron por abandonar la ruta de las carreteras y dirigirse a Francia campo a través bien formando parte de grupos dirigidos por un guía de la zona o en solitario, con lo cual estaban predispuestos a perderse y no llegar a su destino. En este sentido la huida a pie más comentada y arriesgada hacia la frontera que, a punto estuvo de acabar con su vida, la protagonizó el escultor valenciano Enrique Moret Astruells, quien tuvo la suerte de conseguir evadirse de un pelotón de fusilamiento nacional. Cuando el piquete estaba a punto de disparar contra él aprovechó la oscuridad de la noche y la escabrosidad del terreno para saltar por un terraplén y fugarse. Al estallar la guerra se había alistado voluntario en el Ejército republicano, siendo destinado primero al frente de Teruel y posteriormente al Quinto Regimiento con cuyos efectivos participó en la defensa de Madrid, en la ofensiva de Brunete, la retirada de Montalván y en la batalla de Vértice de Esplán donde fue herido en una pierna. En las operaciones del Segre se le otorgó la Medalla al Deber. Incorporado nuevamente al Estado Mayor de la 34 División fue ascendido al rango de Teniente jefe de la Sección de Cartografía. En los últimos meses de la guerra participó en numerosos combates en el frente de Cataluña y su nombre fue citado en varias ocasiones en el orden del día por su valor y heroísmo. Con el derrumbe del frente de Cataluña fue capturado en Olot por una avanzadilla de las fuerzas nacionales que lo recluyó en un cuartel de bomberos de esta localidad del que logró evadirse aprovechando un descuido de sus guardianes. En su desesperado camino en solitario hacia la frontera francesa fue capturado nuevamente por los sediciosos que lo interrogaron y dada su condición de comisario político comunista lo condenaron a morir sin ningún tipo de Consejo de Guerra. Los militares rebeldes, dirigidos por el General José Solchaga Zala que se encontraba al mando del Cuerpo de ejército de Navarra, cometieron numerosos fusilamientos sumarios contra los comisarios políticos comunistas y mucho de ellos capturados cuando trataban de llegar a la frontera fueron pasados por las armas. Estaban obsesionados verdaderamente por estos comisarios a los que consideraban culpables de haber cometido terribles atrocidades durante la guerra. Por todo ello se ordenó a las tropas la ejecución inmediata de todos los prisioneros militares que ostentasen este rango que fue rápidamente secundada por la oficialidad y la tropa no solo durante la contienda sino durante el periodo más duro de la represión de postguerra. Durante la noche, cuando el pelotón de ejecución estaba formado y a punto de disparar, logró desatarse de las cuerdas y en un rápido salto, se fugó, aprovechando el desconcierto, la oscuridad y la escabrosidad del terreno. Se lanzó por un barranco con tan buena suerte de no ser alcanzado por los disparos de sus perseguidores y, tras una larga marcha monte a través, logró ponerse a salvo cruzando la frontera. En las cercanías de Camprodont fue arrestado por la gendarmería y confinado en el campo de concentración de Barcarés-sur-Mer, que abandonó seis meses después al ser reclamado por el Comité Francés de ayuda a los intelectuales españoles y bajo su tutela residió en un albergue de Narbona, hasta finales de 1939. Durante la ocupación nazi se trasladó clandestinamente a París donde obtuvo pasaje y visado para trasladarse a la República Dominicana. Llegó a Santo Domingo a principios de 1940 y permaneció dos años en la isla hasta que consiguió trasladarse en 1942 a la vecina Cuba, estableciéndose en La Habana, donde se incorporó a su trabajo escultórico con prisa, en un intento de recuperar el tiempo perdido a causa de los acontecimientos bélicos y peripecias personales.

Eduardo Muñoz Orts: “Tristeza”. Óleo, 1938.
Refugiados anónimos salvaron el tesoro artístico español
Al mismo tiempo que se registraba esta gran desbandada de refugiados por las carreteras que conducían a la frontera francesa pasaba un convoy de varias docenas de camiones militares de gran tonelaje, custodiados por militares y un grupo de artistas, museólogos y restauradores, que ocultaba bajo sus lonas un total de 361 obras maestras pertenecientes al Museo del Prado y otras pinacotecas madrileñas. Los vehículos circulaban despacio y sin hacer ruido aprovechando la oscuridad de la noche para evitar ser localizados por la aviación enemiga. Su paso atrajo al interés de los refugiados que de inmediato comprobaron que su valioso cargamento consistía en grandes cuadros ya que muchos de ellas por su tamaño sobresalían de sus embalajes.
A pesar del cansancio y de las penalidades de los curiosos refugiados en su intento de alcanzar la frontera francesa no se produjeron incidentes y todos tenían muy clara la importancia artística de este cargamento que el gobierno republicano trataba de salvar a toda costa destruyendo el falso mito que retrataban a los “rojos” como saqueadores y destructores del patrimonio. Por lo general los refugiados formaban parte de esa gran masa neutra que tradicionalmente estaba al margen del mundo de la cultura y su relación con el arte era tangencial, pues no ocupaba en su escala de necesidades un lugar primordial ya que otros asuntos más terrenales relacionados con el trabajo, la supervivencia y la familia atraían sus preocupaciones primordiales. Por todo ello nadie podía sospechar que un buen número de refugiados, desesperados, hambrientos y agotados por las largas caminatas, de pronto, en clave de parábola iluminadora y poseídos por un instinto natural de proteger la belleza, se sintieran identificados con aquel valioso cargamento de obras de arte y se dispusieran a prestar su ayuda a pesar de que no entendían mucho el alcance de aquel hecho ni su relevancia en la historia del arte español.
Aquello resultaba tremendamente chocante, y con bastante carga de ironía, pues la imagen más difundida que se tenía de los republicanos, al menos fuera de nuestro país, era la de un grupo de vándalos sacrílegos y decididamente ignorantes. Pero si hacemos un análisis más profundo advertimos que era todo lo contrario. Y la prueba de ello estaba a la vista con el traslado de las obras maestras del Museo del Prado y otras pinacotecas madrileñas por una Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico que había creado el 23 de julio de 1936 el gobierno “rojo” ante el temor de que fuesen destruidas por los bombardeos indiscriminados sobre la población civil de la artillería de campaña y la aviación nacional.
Aunque en la creación de la Junta Central del Tesoro Artístico desempeñó un papel fundamental el activista comunista, cartelista y fotomontador valenciano Josep Renau, nombrado director general de Bellas Artes en septiembre de 1936, su presidencia recayó, sin embargo, en el pintor Timoteo Pérez Rubio quien se rodeó de un equipo de colaboradores formado por los pintores Ramón Stolz Viciano y Julio Prieto Nespereira y el arquitecto José Lino Vaamonde, que se encargó de la selección de las obras a evacuar, la realización de exámenes y elaboración de fichas e informes, la preparación de las obras y embalajes de transporte, la búsqueda de camiones en el frente de batalla, la entrega y colocación de las obras en depósitos provisionales y su instalación definitiva. Se tomó la decisión acertada de trasladar la mayor parte de la obra pictórica de la principal pinacoteca española a depósitos más seguros y acondicionados para su conservación en Valencia que disponía de una gran infraestructura artística y personal especializada. Se hizo cargo de ello la sección valenciana de artes plásticas de la Alianza de Intelectuales en Defensa de la Cultura formada principalmente por artistas locales. Debido al avance de las tropas nacionales en marzo de 1938 y el inminente corte de comunicaciones entre Valencia y Cataluña, se ordenó el traslado de las obras depositadas en diversos edificios monumentales de Valencia a castillos, fortalezas y depósitos de las poblaciones catalanas de Peralada y Darnius y, finalmente, a la minas de talco de La Vajol en el Alto Ampurdán (Girona), donde quedaron enterradas a 250 metros de profundidad. Fue entonces, al anochecer del 3 de febrero de 1939, cuando se firmó en el castillo de Sant Ferrán de Figueres el denominado “Acuerdo de Figueres” por Julio Álvarez del Vayo, responsable del traslado y Jaujard actuando como testigos MacLaren, Marín y Pérez Rubio.
Durante estos días la aviación enemiga bombardeó reiteradamente la ciudad de Lleida y algunas explosiones se produjeron cerca de la mina. La evacuación de las obras de arte se inició aquella misma noche y finalizó el 9, con la interrupción de los días 6 y 7, debido al bombardeo que arreció sobre la zona. Los camiones empezaron a salir por la noche para evitar ser localizados por la aviación enemiga y por tortuosos caminos forestales embarrados, para sortear la saturación de refugiados a pie y vehículos en las carreteras, se dirigieron muy lentamente a los pasos hacinados de refugiados de Le Perthus, Cerbére y Les Illes, lo que provocó que algunos se averiasen y otros quedasen atravesados o hundidos en el lodazal del camino por lo que se requirió la ayuda de algunos refugiados anónimos que no dudaron en empujar a los vehículos enterrados.

Convoy de la Junta se dirige hacia la frontera francesa.
Por supuesto se trató de un hecho puntual y en definitiva casi anecdótico que nunca llegó a figurar en la intrahistoria de esta expedición cuyos momentos fundamentales se desarrolló en los despachos y no en las agrestes carreteras pirenaicas, así que nunca fue descrita en los tratados de historia del arte ni suscitó ningún tipo de comentario al no proporcionar información relevante. Lo paradójico de este episodio desconocido fue que todos aquellos refugiados desconocidos que prestaron su ayuda y su fuerza física para desatascar los camiones tenían muy claro la importancia de aquel valiosísimo cargamento que transportaban y, a pesar de su cansancio y menguadas fuerzas, colaboraron con los soldados y técnicos que acompañaban a la expedición. Se puede decir que aquello fue la última proeza de envergadura protagonizado por gentes humildes e ignorantes del pueblo llano en el terreno de la defensa del patrimonio artístico español proclamando que no era tan bárbaro como los nacionales trataban de imponer a la opinión pública internacional.
Finalmente, el 12 de febrero los camiones con su valioso cargamento de obras de arte consiguieron llegar a la estación de Perpiñán donde esperaba un tren especial protegido por un destacamento de gendarmes franceses que partió hacia Ginebra llegando a su destino al anochecer del día siguiente. La aduana suiza pudo registrar, antes de su depósito en el Palacio de las Naciones, el total del cargamento de 1.868 cajas y un peso de 139.890 kilógramos. Se hizo cargo un Comité Internacional presidido conjuntamente por el Patronato de Museos Nacionales franceses, la National Gallery y la Tate Gallery de Londres, del Museo Metropolitano de Arte, así como otros museos belgas, holandeses y suizos. A causa de una reclamación del muralista catalán Josep María Sert a los altos mandatarios de la Sociedad de Naciones las obras se reintegraron el 30 de abril finalmente al Gobierno de Burgos que autorizó en agradecimiento al Museo de Arte e Historia de la ciudad exponer a partir del 1 de junio las 174 obras maestras que ocuparon un total de quince salas y en las que figuraba obras de Velázquez, El Greco, Goya, Rubens, Van Dyck provenientes del Museo del Prado, Academia de San Fernando, Palacio Real, El Escorial, el Hospital de la Caridad de Illescas y otras colecciones particulares.

Cartel anunciador de la Exposición de Obras Maestras del Museo del Prado en Ginebra.
Tras la inauguración de esta muestra se inició la repatriación del resto de obras que no iban a exponerse en Ginebra lo que permitió, a su llegada a Madrid, montar una segunda exposición en el Museo del Prado promovida por el entonces actual director Álvarez de Sotomayor, quien pronunció un discurso denunciando el rescate del tesoro robado por los “rojos” y omitiendo la intervención que estos tuvieron en el salvamento de las grandes obras maestras del tesoro artístico español. Curiosamente en sus palabras silenció el papel desempeñado por los delegados franquistas José María Sert y Eugenio d’Ors en las negociaciones con los representantes republicanos encaminadas a conseguir la repatriación de las obras.
Finalmente, el largo viaje de las obras maestras exhibidas en Ginebra culminó el 9 de septiembre de 1939 al regresar en un tren con vagones especiales las obras a Madrid justo una semana después de que Alemania invadiera Polonia y diese comienzo la II Guerra Mundial.

Helios Gómez. “Evacuación”, 1937. Óleo.
Las víctimas del holocausto artístico republicano
Como no podía ser de otra manera aquella oleada de artistas refugiados en su precipitada huida a Francia iban a tener sus propias víctimas debido sobre todo a las inclemencias del tiempo, las dificultades del viaje, las enfermedades, el frío y el hambre y también a los ametrallamientos y bombardeos regulares de la aviación enemiga. De pronto surgían de entre las nubes los siniestros Stukas Hs 123, Savoias, Heinkel o los Messerrschmitt 109 que no reparaban en las largas filas de militares derrotados, paisanos y toda clase de vehículos de transporte.
Uno de los fallecidos cuando dirigía la construcción de trincheras defensivas en el frente de Lleida, fue el arquitecto y diseñador catalán Josep Torres i Clavé, quien antes del conflicto había sido uno de los más relevantes integrantes de las vanguardias artísticas y sociales españolas, introductor del Movimiento Moderno y autor de obras emblemáticas de la modernidad. Nacido en Barcelona, 1906. Estudió en la Escuela de Arquitectura de su ciudad y muy pronto se integró en los grupos de arquitectos renovadores catalanes empeñados en promover el estilo racionalista en la arquitectura española, difundir los principios del movimiento moderno y fue uno los creadores del Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (GATEPAC). Miembro de la Secretaría Técnica de la Agrupación Colectiva de Construcción de Barcelona, la empresa colectivizada más importante de Cataluña en número de trabajadores y del Comité de la Comisión Mixta de la Administración y del Control de la Propiedad Urbana, organismo encargado de la gestión de la municipalización de las propiedades urbanas. En 1936 fundó junto a otros arquitectos el Sindicat d’Arquitectes de Catalunya y militó en las filas del PSUC. Al estallar la guerra se adhirió a la causa republicana siendo militarizado y destinado como oficial responsable a la construcción de blocaos, búnkeres y refugiados en diversos frentes. Falleció durante un bombardeo en 1939, mientras construía trincheras en el frente de Els Omellons Lleida.
De la misma manera murió el pintor setabense Rafael Perales Tortosa cuando, formando parte de una de estas columnas, trató de cruzar por un paso fronterizo a Francia huyendo de la represión franquista. Nacido en Xàtiva (Valencia), en 1908. Desde muy temprana edad sintió la vocación artística por lo que sus padres lo enviaron al taller del maestro local José Cachano, fundador del Museo Municipal de su ciudad. Se trasladó luego a Valencia donde cursó estudios en su Escuela de Bellas Artes de San Carlos obteniendo las máximas calificaciones y más tarde viajó a Madrid para ampliar conocimientos en su Escuela de San Fernando. Ganó la Oposición de Profesor de Dibujo y fue destinado al Instituto de Villanueva de Geltrú donde celebró su primera muestra en solitario y le sorprendió el inicio de la sublevación militar del 18 de julio de 1936. Apoyó la causa republicana y al término de la guerra, ante el temor de ser represaliado por su ideología republicana, decidió pasar a Francia donde murió a causa de un ataque aéreo de la aviación enemiga, una circunstancia trágica que durante muchos años se mantuvo oculta. Entre sus obras más importantes figuraba su famoso “Gladiator”, lienzo de grandes dimensiones que consiguió una beca de la Diputación de Valencia, resuelto con una técnica rigurosa y clasicista. También cultivó el retrato, el paisaje costumbrista y los interiores, destacando su obra “Academia de Cachano”, donde plasmó algunos de sus condiscípulos de juventud.
A causa de los bombardeos de la aviación nacional también falleció cerca de la localidad catalana de Figueras, Fe Sanz, la esposa del pintor y cartelista murciano Ramón Gaya Pomés, cuando formando parte de una columna de refugiados trataba de alcanzar la frontera. Se enteró de su muerte al poco de abandonar el campo de concentración francés y sumido en la desesperación decidió abandonar el país y embarcar con destino a México donde residió catorce años y realizó gran parte de su obra, en especial sus célebres “Homenajes”, una continua referencia a los clásicos españoles.
Pero lo peor estaba por llegar, cuando algunos de ellos fallecieron por agotamiento o enfermedades, primero en los campos de refugiados franceses y más tarde, al ser capturados por los alemanes, en los de exterminio nazis y obligados a realizar extenuantes trabajos forzados. A causa de una tuberculosis pulmonar contraída cuando combatía en la guerra española, agravada por las difíciles condiciones de vida como cautivo republicano en el campo de Septfonds, falleció en 1941, a los 34 años, en el hospital de Montauban, el pintor, muralista y dibujante catalán Buenaventura Trepat Samarra, quien alcanzó una gran popularidad por haber sido el autor de varios cuadros de temática religiosa y murales decorativos para diversas iglesias y capillas de la población. Durante el conflicto participó en tareas de propaganda bélica hasta que fue movilizado, combatiendo en diversos frentes y con el derrumbe del frente de Cataluña pasó la frontera, siendo capturado por las tropas móviles senegalesas y enviado en febrero de ese año al campo de Judes, en las cercanías de Septfonds, en la región de Tarnet-Garonne. Mantuvo durante su reclusión una gran amistad con los pintores Josep Ponti i Musté y Salvado, colaboró con ellos con el resto de sus compañeros en labores de la decoración del barracón, participando en talleres de manualidades, impartiendo clases de dibujo y realizando numerosos retratos, caricaturas y bocetos sobre la vida cotidiana de los refugiados en el campo. Por su condición de pintor muralista el abate Desseaux, cura de San Blas, le encargó la decoración de su iglesia de estilo románico situada en el centro de la población. Con su compañero Martí-Aleu pintó en la nave de la iglesia, un mural de más de veinte metros de largo por uno de ancho, titulado “Le Chemin de Croix”, lo que le permitió abandonar momentáneamente el campo de concentración y, sobre todo, la oportunidad de gozar de una gran libertad de movimiento, con lo que se incorporó como un vecino más a la vida ciudadana, aunque su estado físico se iba deteriorando cada vez más por la tuberculosis que arrastraba provocada por las privaciones pasadas desde que cruzó la frontera francesa huyendo de los nacionales. Poco después le encargaron ejecutar otros frescos del mismo estilo en diversas parroquias de la región, una actividad que tuvo que interrumpir al empeorar la dolencia pulmonar que arrastraba. Pese a los cuidados médicos que recibió pudo superar su enfermedad, falleciendo en el cercano hospital de Montauban, siendo enterrado en el cementerio de esta población.

El pintor Bonaventura Trepat Samarra.
Algo similar le sucedió al abogado, periodista, tratadista de arte y académico de Bellas Artes valenciano Fernando Llorca Die, muerto a los sesenta y cinco años al poco de llegar al campo de Auterive-sur-l’Ariege, debido al cansancio físico, las malas condiciones higiénicas y el hambre. Nació en Valencia, en 1872. Al mismo tiempo que cursaba los estudios superiores de abogacía en la Universidad de Valencia se le despertó su vocación literaria y periodística que le llevó a colaborar en el diario El Pueblo, de donde pasó a trabajar con Francisco Peris Mencheta, primero en Madrid en su agencia periodística y poco después en Sevilla dirigiendo El Noticiario Sevillano. Fue redactor de El Liberal de Madrid hasta que el escritor Vicente Blasco Ibáñez le encargó la gerencia de La Editorial Española y Americana. Contrajo matrimonio con la hija de éste, Libertad Blasco Ibáñez, afincándose en Valencia en 1910 donde se hizo cargo de la dirección de la editorial Prometeo. Impartió clases en la Universidad de Valencia y fue director de número del Centro de Cultura Valenciana y colaborador de “Archivo del Arte Valenciano”. Académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, académico de número y bibliotecario de la Real Academia de Bellas Artes y delegado de Bellas Artes de la provincia de Valencia. En la guerra abrazó la causa republicana y obtuvo diversos altos cargos en el gobierno republicano. Al término de la contienda civil se trasladó con su familia a Barcelona y posteriormente cruzó la frontera y se estableció en Toulouse. Arrestado por la policía lo confinó en el campo de concentración de Auterive-sur-l’Ariege, donde falleció.
Igualmente murió en un hospital de la capital francesa debido a una tuberculosis pulmonar contraída en la guerra civil el pintor, ilustrador y dibujante Juan José Luis González Bernal, el creador aragonés más decididamente surrealista. Nacido en Zaragoza, el 30 de marzo de 1908. Se formó en la Escuela de Artes y Oficios y trabajó un tiempo como joyero. A finales de los años veinte entró en contacto con Tomás Seral y realizó varias portadas de libros. Posteriormente se trasladó a Barcelona, donde estudió pintura y colaboró en la decoración del Pabellón de Metalurgia de la Exposición Universal de 1929, y ese mismo año se trasladó a París donde mantuvo contactos con la vanguardia surrealista y entabló una gran amistad con el cineasta Luis Buñuel y expuso en el “Salón des Surindependents”. A su vuelta a España, en 1932 se estableció definitivamente en París, y en 1934 expuso en la galería Jacques Bonjean, y participó en 1936 en el certamen de Arte español contemporáneo de París y en la Bienal de Venecia. Al estallar la guerra civil regresó a España para apoyar al gobierno republicano y combatir contra los rebeldes en las filas anarquistas, pero debido a una tuberculosis que arrastraba se vio obligado a mantenerse en la retaguardia. Una fallida intervención quirúrgica en Barcelona le agravó el neumotórax que padecía por lo que por seguridad fue trasladado a su domicilio de París donde permaneció activo un breve tiempo trabajando en la Oficina de Propaganda y Turismo de la República española. A pesar de los tratamientos médicos la enfermedad empeoró falleciendo en un hospital de esta ciudad el 18 de noviembre de 1939, con tan sólo 31 años de edad.
A consecuencia de las enfermedades, el maltrato y los padecimientos físicos murió en un campo de concentración francés el poeta, profesor y crítico de arte gallego Juan González del Valle, que había sido director de la revista coruñesa vanguardista Alfar considerada cuna de vanguardismo e introductora del nuevo surrealismo en España. Surgió en 1923 en la Coruña como Boletín de la Casa América-Galicia y pronto adquirió prestigio como revista de difusión intelectual y de la renovación artística. Destacó como poeta y fue Catedrático de Literatura Española de Instituto. Al estallar la guerra civil se adhirió al bando republicano y a su término cruzó la frontera siendo detenido por la gendarmería y recluido en un campo de concentración donde falleció poco después.
El pintor masón santanderino Ricardo Bernardo López, que se había exiliado a Francia en 1937 al producirse la victoria nacional en el frente del norte, falleció en 1940, a los cuarenta y tres años, en un hospital de Marsella. Nacido el 17 de julio de 1897 en Solares (Cantabria), pronto se le despertó su vocación pictórica. En 1910, tras conseguir una beca de la Diputación de Cantabria, ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando donde fue alumno del valenciano Muñoz Degraín y se dio a conocer en una muestra en solitario que celebró en 1918 en el Ateneo y posteriormente lo hizo en una colectiva junto a Solana, Flavio San Román y otros. Concurrió a la Exposición del Ateneo de Madrid que ese año se celebró en Santander y el 23 octubre de 1919 expuso por segunda vez en solitario en el Ateneo. El 23 de mayo de 1920 viajó a París con una beca de la Diputación de Santander con el ánimo de entrar en contacto con las nuevas tendencias pictóricas que en aquel tiempo pasaban necesariamente por la capital francesa y tras una breve estancia que aprovechó para visitar sus museos y los estudios de otros artistas regresó en 1921 a España y se aisló en su estudio de Ibio. Marchó más tarde a Cuba donde instaló su estudio y expuso en La Habana regresando en 1924 a España. Concurrió en diversos salones de Madrid, como en la Exposición de Artistas Ibéricos; en Santander en el Ateneo, en la Nacional de Bellas Artes. El 14 de agosto de 1930 se afilió al Partido Republicano Radical Socialista con el carnet número 1, en 1931 participó activamente en la campaña de las municipales que provocaría la caída de la monarquía y promulgación de la II República Española y en noviembre ingresó, con el sobrenombre “Rousseau”, en una fraternidad masónica. Al producirse el pronunciamiento militar del 18 de julio apoyó al gobierno republicano, en el diciembre se trasladó a Celorio y en junio de 1937 regresó a Santander y, ante el avance de los sublevados, el 9 de agosto embarcó con su familia con destino a Francia, desembarcando en Bayona e instalándose en Bon Encontre para posteriormente mudarse a Agen. Los siguientes años, hasta su prematura muerte, los pasó trasladándose de un sitio a otro, intentando vivir de su pintura y carteándose con otros exiliados. A finales de octubre de 1940 viajó a Marsella donde enfermó de hemiplejía siendo ingresado en el hospital donde falleció el 12 de noviembre de ese año.
Entre los prisioneros republicanos gaseados en los campos de exterminio nazi se encontraba el maestro, escritor, periodista y crítico de arte oscense José Sampériz Janín, quien durante la guerra apoyó al gobierno republicano actuando como comisario político y miliciano de Cultura en la 43 División que combatía en el Pirineo aragonés. Tras la derrota republicana en 1939 pasó a Francia siendo capturado por la gendarmería y enviado al campo de Barcarès y posteriormente al de Saint Cyprien, donde permaneció hasta su alistamiento el 22 de diciembre, en la 118º Compañía de Trabajadores Extranjeros destinada a realizar tareas de fortificación en la Línea Maginot. Tras la invasión alemana fue hecho prisionero por la Wehrmacht en Dunkerque los primeros días de 1940 y enviado inicialmente como prisionero de guerra al Stalag VIII, situado en Sagan (Polonia) y, más tarde, al Stalag XII D de Treves, de donde fue deportado por ferrocarril al campo de concentración austriaco de Mauthausen, pasando poco después al subcampo de Gusen, donde su estado físico sufrió un grave deterioro. Reenviado nuevamente en agosto al de Mauthausen fue declarado inútil para trabajar, lo que inequívocamente significaba su fin. Desapareció poco después en uno de los denominados “transportes fantasmas” hacia el castillo de Hartheim, donde falleció gaseado el 26 de septiembre de 1941.

Republicanos cruzando los puestos fronterizos.
Antes de morir gaseado en el campo de concentración de Auschwitz el historiador, crítico de arte alemán August Liebmann Mayer se había trasladado a nuestro país para solicitar la nacionalidad española después de que los nacionalsocialistas lo hubiesen desprestigiado, y posteriormente detenido, encarcelado y embargado todos sus bienes por su condición de hebreo. Aprovechando que contaba con muy buenos amigos y que el gobierno español lo había distinguido con importantes condecoraciones por su trabajo como hispanista y publicado numerosos estudios sobre pintores españoles clásicos, viajó a Madrid con la intención de conseguir la nacionalidad española para librarse y ponerse a salvo de la persecución de la que era objeto en su país natal por su ascendencia judía. La negativa de las autoridades franquistas a concederle la nacionalidad le obligó a trasladarse clandestinamente a varias ciudades francesas, donde finalmente fue descubierto y detenido por la Gestapo que lo envío al campo de exterminio polaco de Auschwitz. Nacido en Grisheim (Alemania), en 1885. En 1904 se trasladó a Múnich para cursar estudios humanísticos en su universidad y un año después se mudó a Berlín para especializarse en historia del arte, y más tarde lo hizo a Italia y España donde se entregó al estudio de obra de José Ribera a quien dedicó su tesis doctoral “Jusepe de Ribera” que se presentó en 1907. Viajó a España nuevamente en 1908 para continuar sus estudios sobre pintura valenciana que se iniciaron al elaborar su trabajo sobre Ribera y se adentró en la investigación de la pintura sevillana anterior a Murillo, concretamente en la producción de Juan de Roelas y finalizó su estancia visitando Granada donde halló documentos fundamentales para la biografía de Alonso Cano. En verano de 1909 retornó a Alemania, donde trabajó como ayudante en la Alte Pinakothek de Múnich y poco después sacó su libro Toledo, guía de viaje que dedicó a Carl Justi en la que incluyó un primer estudio dedicado a El Greco y en 1911 publicó un estudio sobre la escuela sevillana, organizando en Múnich la primera muestra de pintura antigua española celebrada en Alemania. El gobierno español le invitó en 1911, 1912 y 1913 para pronunciar varios ciclos de conferencias sobre arte español en Madrid y por su entrega y dedicación al estudio de la pintura española le concedieron la Orden de Alfonso XII en 1911 y dos años después le otorgaron la Orden de Carlos III por sus gestiones para obtener de Nemes la cesión al Museo del Prado del Socorro de Génova. Sus problemas con los nacionalsocialistas comenzaron a raíz de la inauguración en Múnich, en junio de 1930, de la exposición de la colección Schloß Rohoncz, cuando un grupo de colegas de ideología nacionalista iniciaron una campaña de desprestigio acusándole de lucrarse con los encargos de autentificar obras de arte de autenticidad dudosa y de participar en la exportación ilegal de unos Grecos. Con el ascenso al poder, en marzo de 1933, de los nacionalsocialistas encabezados por Adolf Hitler, fue detenido por la policía y arrestado bajo la acusación de evasión de capitales e impago de impuestos, siendo enviado a prisión donde permaneció cuatro meses donde fue sometido a interrogatorios y palizas. Tras un intento de suicidio en julio fue puesto en libertad, pero se le impuso una sanción de 115.000 marcos y para abonarla tuvo que vender parte de su colección de obras de arte. En 1934 volvieron a multarle y contrajo deudas con Hacienda por lo que se vio abocado a desprenderse de todos sus bienes. En enero de 1935 decidió viajar a Buenos Aires donde la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes le había invitado a pronunciar un ciclo de conferencias. A finales de 1935 se reunió con su familia en París y en abril se trasladó con su esposa y su hija a Madrid donde tenía amistades y donde inició los trámites para conseguir la nacionalidad española. En la guerra, convertido en apátrida, fue detenido en Arcachon, camino de Barcelona, y retenido en un campo de concentración de septiembre a diciembre de 1939. Una vez liberado pudo retornar a la capital francesa con su familia. Tras la ocupación alemana fue detenido y recluido en Toulouse y tras ser puesto en libertad consiguió refugiarse en Niza y Mónaco donde trabajó con identificación falsa como asesor artístico de algunas galerías de arte hasta que, finalmente, fue capturado por la Gestapo el 13 de febrero de 1944. Fue trasladado a Drancy y el 7 de marzo salió deportado con destino al campo de exterminio de Auschwitz donde el 12 de marzo de 1944 murió en la cámara de gas.

De derecha a izquierda. Los pintores Bonaventura Trepat Samarra y Joseph Marti Aleu.
Una experiencia concentracionaria con ribetes de broma macabra la protagonizó el pintor madrileño Juan Alcalde Alonso quien durante su estancia en el campo de refugiados de Barcarès enfermó gravemente de disentería por lo que los sanitarios, creyendo que había muerto, lo depositaron en un ataúd y gracias a la afortunada intervención de un médico que observó que aún respiraba logró sobrevivir. Al abandonar el hospital viajó a París y durante la ocupación alemana se trasladó a Montauban donde coincidió con la muerte el 11 de noviembre de 1940 del presidente de la República Manuel Azaña, de quien hizo un dibujo en su lecho de muerte.

Dibujo de Balbino Giner, 1937.
Otros estuvieron a punto de morir en los campos a causa de las heridas recibidas cuando combatían en los frentes de batalla de España durante la guerra como fue el caso del pintor, escenógrafo y dibujante castellonense José Agut Armer quien se había distinguido por su valor ante el enemigo y había sido condecorado por el gobierno republicano con la Medalla al Valor. Con el derrumbe del frente de Cataluña en 1939 sus compañeros le ayudaron a pasar herido la frontera francesa siendo arrestado por la gendarmería y recluido en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, donde permaneció en su enfermería algunos meses hasta que, gracias a las atenciones recibidas por los sanitarios, consiguió recuperarse. Logró fugarse del campo y entró en contacto con un grupo de cuáqueros así como con su hermana Enriqueta y su cuñado Rómulo García Salcedo, quienes habían salido de España y se encontraban en Francia.
Muy a pesar de las dificultades que pasó por diversos campos de concentración franceses el pintor, poeta, escultor y dibujante Manuel Pérez Valente herido gravemente en un accidente de tráfico cuando combatía en la guerra española tuvo la fortuna de sobrevivir gracias a su carácter, su vitalidad física y sus ganas de vivir que nunca le abandonaron. Lo suyo fue un peregrinaje que lo llevó a diversos centros hospitalarios españoles y también franceses así como a las enfermerías de diferentes campos de concentración franceses donde permaneció ingresado bastantes años. En la contienda abrazó la causa popular, siendo destinado como instructor y comisario político a la 28ª brigada, primer batallón y primer cuerpo del ejército que operaba en el frente de Somosierra. Con el grado de suboficial combatió contra las tropas franquistas en diversos frentes, resultando herido de gravedad en julio de 1937 en la columna vertebral al volcar el vehículo en que viajaba, iniciándose de esta manera un largo recorrido por diversos hospitales. Inicialmente lo evacuaron a la clínica madrileña del Rosario, siendo intervenido por el doctor Francisco Pérez y posteriormente enviado a un hospital alicantino para, poco después, ser trasladado precipitadamente al Hospital Clínico de Barcelona, donde permaneció muy poco tiempo ingresado. Con el derrumbe del ejército republicano fue nuevamente trasladado a los hospitales militares de Sant Esteve de Palautordera, Lloret de Mar, Figueras y tras diversas vicisitudes y salvando milagrosamente la vida a causa de los bombardeos de la aviación franquista, al de Damius. El 10 de febrero de 1939 finalmente cruzó en una ambulancia la frontera por el paso de Coll de Lli, siendo trasladado al Hospital de Sant Joan de Perpiñán, y de ahí al Hospital Militar de Sant Lluyis. En el hospital de Lesinhan de las Corbièras permaneció convaleciente hasta junio en que volvió a reanudar su actividad literaria en el ámbito poético marcada por un fuerte pesimismo, un profundo sentimiento de muerte y una gran frustración existencial. Dado de alta en mayo de 1939, fue confinado en el campo de concentración de Barcarès donde al agravarse la dolencia fue enviado al barracón de los inválidos y a finales de julio trasladado al Hospital Militar “Mariscal Foch” de Perpiñán. El 19 de noviembre de 1940 fue conducido a la estación de Brams para ser trasladado por tren al campo de concentración de Argelès-sur-Mer y en enero de 1941, después de dos años de cautividad, adquirió nuevas fuerzas y se lanzó movido por un instinto de supervivencia a superar su situación y salvar su vida, por cual se asió a la creación literaria y artística como única tabla de salvación y huir de la terrible realidad que era la vida concentracionaria.
Y en cuanto a las anécdotas sorprendentes ocurridas en los herméticos campos de concentración por los refugiados todavía se recuerda la rocambolesca fuga que protagonizó en Argelès-sur-Mer el caricaturista y humorista Andreu Dameson Aspa, que lo convirtió entre sus compañeros en una celebridad y dejó a todos con la boca abierta por la naturalidad, sangre fría y audacia. Era un caso único de genio rematado con una inteligencia despierta, un desparpajo increíble y una gran espontaneidad. Tenía el aura de los grandes personajes emblemáticos de la mejor literatura picaresca española y supo sacar partido y acomodo a su estrella en el campo poniendo en marcha un sencillo plan para abandonarlo sin levantar sospechas. Poseía el don del transformismo y una simpatía arrolladora así como una gran capacidad de disuasión y de influir en los demás. En gran parte aquella capacidad que tenía para salir siempre con la suya engañando a todo el mundo era innata y la había ejercido con éxito en ocasiones difíciles y complicadas de su vida. Le gustaba agrandar su ego y era muy aficionado a establecer retos y apuestas con sus compañeros de reclusión que por supuesto siempre ganaba sin remisión, dejando a todos ellos con la boca abierta. La guerra civil le truncó y frustró su carrera como dibujante humorista y caricaturista. Comprometido políticamente con el catalanismo de ERC y la izquierda abrazó la causa popular que consideraba justa, participando en tareas de propaganda bélica y colaboró con la Generalitat de Cataluña en una exposición celebrada en la galería Syra de Barcelona, promovida por su Comisariado de Propaganda, en la que reunía una veintena de caricaturas de jefes de estado de todo el mundo y otros dirigentes políticos para recaudar dinero con destino a los niños huérfanos catalanes. Tras la derrota republicana pasó la frontera francesa siendo capturado y enviado al campo de concentración de Argelès-sur-Mer, que abandonó utilizando una inteligente estratagema que pasó inadvertida por los vigilantes senegaleses. Los confundió recurriendo a su perfecto dominio del francés y al hecho de vestir un pomposo abrigo y cubrirse las manos con guantes blancos simulando ser un inspector de Campos del ejército francés. Les sorprendió irrumpiendo en la garita donde se encontraban dando a voces tajantes órdenes de mando en perfecto francés que, como era de esperar, causaron un gran revuelo y les indujo finalmente al equívoco. Sometidos a su poderosa personalidad se levantaron, se pusieron firmes y le abrieron el portón principal. Mostrándose autoritario curioseó antes de abandonar el local un poco el estado de sus uniformes y apostándose en frente del portón esperó que un guardia lo abriese. Aprovechando que el cancerbero se cuadraba abandonó tranquilamente el lugar dirigiéndose despacio a un automóvil estacionado a unos metros del campo en el que se encontraba un chófer reglamentariamente uniformado que le recibió con un marcial saludo. El vehículo arrancó sin levantar en el cuerpo de guardia ningún tipo de sospecha y se perdió en la carretera ante la asombrada mirada de sus compañeros prisioneros que no se creían lo que sus ojos veían.
CAPÍTULO 3
ARTISTAS EN CAMPOS DE CONCENTRACIÓN DE FRANCIA
Cronológicamente los acontecimientos históricos en los que se encontraron envueltos los artistas republicanos descritos se produjeron justamente al término de la guerra, una vez derrotado el Ejército Popular en la batalla del Ebro, en plena ofensiva de Cataluña cuando las tropas franquistas avanzaban imparables hacia la frontera francesa a pesar de la fuerte resistencia armada de diezmadas tropas que sin apenas armas, ni municiones, ni alimentos libraban su último combate en una situación bélica desesperada. Y mientras tanto, formando parte de estas columnas de refugiados, un número cuantioso de creadores plásticos de todos los ámbitos, huían por las carreteras, caminos y sendas, a pesar del mal tiempo, las condiciones climatológicas espeluznantes y las dificultades orográficas, hacia los pasos fronterizos en un intento desesperado de no caer prisioneros de los franquistas envalentonados y deseosos de ajustar cuentas. La esperanza que tenían al cruzar la frontera era que serían muy bien recibidos por las autoridades francesas, recibirían atención médica, serían alimentados y alojados en residencias, pues de todos era conocido la hospitalidad del pueblo francés con sus vecinos españoles manifestada a través de muchos siglos. Sus esperanzadores deseos se vieron frustrados cuando en los puestos fronterizos les esperaban decenas de gendarmes y tropas senegalesas y marroquíes a caballo fuertemente armadas que los cacheaban, desarmaban y les dirigían terribles expresiones verbales como si se trataran de peligrosos delincuentes comunes, mientras separaban a los hombres de las mujeres.
Casi todo el país fue el escenario donde se desarrolló la odisea concentracionaria de los artistas españoles y muy pocos olvidarían más tarde el nombre de los departamentos y poblaciones por las que pasaron y les acogieron. Ahora las turísticas playas de Argelès-sur-Mer, Saint Cyprien, Barcarès o Port Vendres, por citar algunas, llenas de chalets, adosados, hoteles, residencias, restaurantes y bungalow, ya no son esos inhóspitos arenales rodeado de alambradas de púas y custodiada por soldados en donde todas las mañanas se recogían decenas de cadáveres de refugiados españoles fallecidos por enfermedades, agotamiento físico, malos tratos o hambre, en medio de la suciedad, basuras, ratas, desperdicios, charcos de aguas fecales y un mar contaminado de excrementos donde los más osados se bañaban, se despiojaban o lavaban las ropas. Se sorprendieron por el tratamiento vejatorio que recibieron por parte de los militares también por el estado deficitario de los campos de refugiados levantados de manera improvisada por toda la geografía, principalmente en los departamentos sureños que apenas contaban con infraestructuras, carecían de barracones, servicios sanitarios e, incluso, agua potable. Se sintieron decepcionados por tanta palabrería. Y lo peor, es que aquello estaba sucediendo durante el gobierno izquierdista del Frente Popular lo que no dejaba de llamar la atención de los republicanos. Pero el hecho que provocó la decisión de regresar se produjo durante el inicio de la hostilidad con Alemania y la ocupación nazi, que provocó que muchos artistas, aquellos que no tenían las manos manchadas de sangre, decidieran regresar, confiados en muchos casos en que no les iba a suceder nada si caían en manos de los nacionales.
En esta extensa relación figuraban nombres muy conocidos y otros que empezaban a serlo, como José Vilató Ruiz “José Fin”, Javier Vilató Ruiz, Benito Barrueta Asteinza, Sebastiá Gasch, Lucía Sánchez Saornil, Carlos Vázquez Úbeda, José Muncunill, Helios Gómez, Domingo Angulo Andrés “Andrés”, Joaquim Bartolí Guiu, José Picó Martí, Pedro Bas Codina, Joaquín Sunyer Miró, José Subirats Samora, Pedro Pruna, Ángel López-Obrero Castiñeira, Rafael Durán Camps “Rafael Durancamps”, José Grau Hernández, Domingo Gimeno Fuster, Francisco Espriu Puigdoller, Luis García Gallo, Jacinto Bofarull Forasté “Xut”, Apel·les Fenosa Florensa, Gabriel Albert Bosque, Antonio García Lamolla “Lamolla”, Carles Fontseré Carrió, Francisco García Esteve, Menchu Gal Orandain, Kathinka B. de Lombart, Violet J. Dreschfeld, María Droc, Juan Martínez Osete, Leandro Cristófol Peralba, María Luisa Fernández, Hermenegildo Anglada-Camarasa, Juan Bonafé Bourguignon, Juan de Aranoa y Carredaño, Rogelio Martín, Manuel Duce Domínguez, Bruno Beran, Juan Larramendi Arburúa, Antonio de Guezala y Ayrivie, Jacinto Latorre, Sebastián Miranda Pérez-Herce, José Miquel Serrano, Roger Deulofeu Bonnin “R.D. Bonnin”, Manuel Crespillo Rendo, Pablo Roig Cisa, José Rojas Sáenz, Rafael Martínez Padilla “Padilla”, Narciso Llorach Oliart, Jean Hubert Leemans Dobbelaere, Emilio Vila Gorgoll, Pedro Campón Polo, Andrés García de la Riva “Andrés Colombo” y Lorenzo Victoriano Aguirre Sánchez.

Orlando Pelayo con Albert Camus y Jean Grenier, 1956.
Los que habían ocupado cargos administrativos o de responsabilidad durante la guerra, al volver fueron detenidos por la policía, juzgados por los tribunales de responsabilidades políticas, condenados a largas penas de prisión, depurados de sus puestos de trabajo, ejecutados y obligados a vivir en el exilio interior; los más osados prefirieron quedarse debido al miedo y al temor de ser represaliados por las fuerzas vencedoras y decidieron establecerse en sus ciudades y capital; otros más sumisos regresaron donde fueron condenados a largas penas de prisión, depurados y obligados a vivir en el exilio interior; un pequeño número se repartieron por diversos países europeos y norteafricanos; mientras que otros optaron por embarcar y cruzar el océano y fijar su residencia en las repúblicas hispanoamericanas por obvias razones de compartir una lengua y cultura común.
Los artistas de los campos de la muerte
Los artistas refugiados al cruzar la frontera fueron enviados, los más afortunados, muy pocos, a albergues, hoteles o residencias, y, el resto, casi la mayoría, trasladados a los campos de concentración donde tuvieron que sufrir penalidades, enfermedades, hambre, vejaciones y palizas de los soldados y gendarmes. Por una extraña paradoja, esos lugares siniestros donde se registraban una auténtica galería de horrores, se encontraban situados en las proximidades de ciudades y pueblos como Perpiñán, Rivesaltes, Collioure, Port Vendres, Cabestany, Banyuls-sur-Mer, Céret, Prades, Toulouse, Formigueres, Amélie-les-Bains, Barcarès, Saint-Cyprien, Saint-Nazaire, Bages, Prats de Molló, Montferrer, Mantet, Coustouges, La Preste, Saint Paul de Vence, Niza, Cap Ferrat, y otros, muy frecuentados por las grandes luminarias de la plástica, como Aristide Maillol, Pablo Picasso, Maurice de Vlamink, Pierre-Auguste Renoir, Paul Signac, Henry Matisse o Marc Chagall, en los que residían durante todo el año o pasaban largas temporadas de la época estival. Poblaciones pintorescas que para los artistas refugiados por razones de extrema supervivencia se convirtieron en lugares siniestros, que todos deseaban abandonar muy a pesar de su ganado prestigio. Se produjo una gran decepción y pasaron casi desapercibidos esos rincones imprecisos y paisajes jugosísimos que estaba en la memoria evocadora de todos y habían despertado el interés creativo, la imaginación y las sensaciones atrapadas por artistas de diversas generaciones.
La relación de artistas que pasaron por los campos era bastante homogénea, lo que sirve para ilustrar y proporcionar un retrato sobre la variedad tipológica, estética e ideológica que supuso el exilio artístico. En la extensa lista figuraban los pintores Josep Aguilera i Martí, Francisco Benítez Mellado, Eduardo López Pisano, Uxío Souto Campos, Gerardo Lizarraga Isturiz, Virgilio Batlle Vallmajó, Ramón Peinador Checa, Tomás Diví Beyras, Ángel Botello Barros, Antonio García Lamolla, Mentor Blasco Martel, Jaume Pla i Pallejám, Josep Torrent Buch, Francisco Carmona Martín, Albert Santmartí “Artel”, Josep Franch-Clapers, José Luis Posada Medio, Joaquim Bartolí Guiu, Francisco Riba Rovira, Augusto Fernández Sastre, Antonio Gassó Fuentes, Ramón Milá Ferrerons, Josep Ponti i Musté, Josep Martí Aleu, Rafael María Martínez Padilla, Josep Puig i Pujades, Pablo Vecino, Juan Ángel Gómez Alarcón, César Albin, Miguel Hernández, Francisco García Estévez, Luis Sánchez Saornil, Ricardo Bernardo Pérez, José Antonio Ramón Parra, Juan Bonafé Bourguignon, Joan Castanyer “Jean Castanier”, Nicómedes Gómez Sánchez “Nico”, Francesc Gallostra Verdala, Manuel Camps y Vicens, Mariano Andreu, Ramón Gaya Pomés, Fernando Bosch, José Castro, Alfonso Gimeno, Guillermo Fernández, Amparo Peris, Ricardo Miralles Guijarro, Pedro Jover, Just Cabo, Andreu Vigo, Joan Tomás, Josep, M. Millás Rausell, Mario Vilatoba i Ros, Emilio Grau Sala, Francisco Bajén, José Miguel Serrano i Serra, José Lamuño García, Jorge Soteras, Alberto Fabra Foignet, Fernando Soria Pérez, Elías Garralda Alzugaray, Pere García-Fons, Jaime Cañameras Casals, Hilarión Brugarolas, Julián Oliva, Antoni Paredes, Marc Cardús, Hortelano, Joaquina Zamora Sarrate, Pablo Salen, José Alejos, Vasallo Blasco, Librero, Santolaya, N. Ferrán, A. Ferrán, Farret, José Vargas, Álvaro de Orriols, José Fabregás, Manuel Pascual, Antonio Prats Ventós, Francesc Miró, Nemesio Raposo, Marcel·lí Porta, Antonio Argüello Álvarez, Zurita, Espanyol, Medina, Cristóbal Ruiz, Manuel Ángeles Ortiz, Eugenio Fernández Granell “Eugenio Granell”, José Alloza Villagrasa, Francisco Capdevila Moreno, Javier Ciria Escardivol, Carmona de la Puente, José Moreno Villa, Horacio Ferrer, Eduardo Vicente, Ramón Pontones Hidalgo, Orlando Pelayo, Eduardo Muñoz Orts “Lalo”, Robert Preux, Pedro Preux, Antonio Rodríguez Luna, Salvador Bartolozzi Rubio, Carlos Fontseré Carrió, Francisco Sales Roviralta, José Bardasano Baos, Juan de Aranoa y Carredaño, Pío Fernández Cueto “Pío Fernández Muriedas”, Esteban Abril, Calafell, Julián de Tellaeche y Aldasoro, Ángel Osorio y Gallardo, Jordi Camps Ribera, Segundo Vicente, Lucio López Rey, Rodolf Jauría-Gort, Francisco Forcadell-Prat, Joan Jordá, Martí Blas Basi, Juan Larramendi Arburúa, José García Álvarez “José García Tella”, Ángel López-Obrero Castiñeira, Eduardo Lozano, Inocencio Burgos Montes, Pedro Creixam Picó, Juan Estellés, José Frau, José María Giménez Botey, Pedro Pruna, Joaquín Peinado, Pedro Flores, Antoni Clavé, Francesc Sala, Aurelio García Lesmes, Gabriel García Maroto, Jacinto Latorre, Ángel Ferrán Coromines, Juan Sans Amat, Fernando Teixidor Guillén, Manuel Colmeiro, Josep Suau, Alfons Vila Franquesa “Shum”, Pablo Planas, Manuel Viola, Agustín Alamán, José Vilató Ruiz “J. Fin”, Javier Vilató Ruiz, Bruno Beran, Lucía Sánchez Saornil, Jaime del Valle Inclán, José Miquel Serrano, José García Ortega “Pepe Ortega”, José Subirats Samora, María Bosqued, Mingorance, Julio Montes, Javier Oteyza, Plá Miracle, Luis Semana, Lorenzo Aguirre, Juan Masiá Doménech, Salvador Tarazona, Juan Junyer, Darío Carmona, José Segura Ezquerro, Juan Chabás Bordehore, Buenaventura Trepat Samarra, Jaime de las Heras, Gabriel Alabert Bosque, Heleno Cases, Rafael Gil Cucó, José Enrique Rebolledo, Antonio Ruiz Arroyo “Antonio Quirós”, Vicente Rojo, Francisco Tortosa, Vela Zanetti, Domingo Angulo Andrés “Andrés”, José Muncunill, Néstor Basterrechea, Joaquín Sunyer Miró, Bernardino Bienabé Artia, Ignacio Mallol, Manuel Viladrich, Melchor Font, Joan, Juan Alcalde Alonso, Benito Barrueta Asteinza, Ricardo Arrue Valle, Miguel Cardona Martí, Martín Durbán, Alberto Junyer, Esteban Francés, Antonio Farreny, Juan Chamizo, Francisco Marco Chillet, Enrique Climent Palahí, Carlos Vázquez Úbeda “Chantecler”, Hermenegildo Anglada-Camarasa, José García Narejo, Narciso Llorach Oliart, Bernardo Ylla Bach, Benito Messeguer, Rafael García Escrivá, Miguel García Vivancos “Vivancos”, Antonio Peyri, Joan Jordá Godó, Francisco Espriu Puigdollers, Francisco Bajén, Miguel Marina, Marcelino Porta, Mariano Otero San José, Ángel Alonso, Fernando Arrabal Terán, Antonio Soria Alcaraz, José Alcaraz Malue, Luis Fuentes Junquo, Arsenio Ibáñez Pierrad, Martín Carrillo Carasner, Vicente Delgado Fernández, Lázaro Nantes, Enrique Díaz Reina, Bernardo Diamantino Riera y Luis Fernández Mengibar.

Gerardo Lizarraga en el campo de concentración de Argelès.

El cartelista y fotomontador Josep Renau.
Igualmente figuraban numerosos grabadores, dibujantes, figurinistas, decoradores, ilustradores, escenógrafos, caricaturistas, dibujantes de animación, cartelistas y ceramistas, en la que figuraban Ubaldo Izquierdo Carvajal, Antonio Téllez Solá, Manuel Edo Mosquera, Joan Call Bonet, Andreu Dameson i Aspa, Ernesto Guasp, Miguel Prieto Anguita, Enric Ferran de los Reyes “Dibán”, Luis García Gallo “Coq”, Luis Márquez Escribá, Zoilo Hernández, Germán Horacio Robles, Eduardo Robles Piquer, Manuel Pérez i Valiente, Ramón Saladrigas Balbé, Pere Calder i Rossinyol, Manuel Alfonso Ortells, Francisco Teix Perona, Pau Roig Cisa, Feliú Elías Bracóns, Josep Cabrero Arnal, Josep Escoda, Helios Gómez, Jaume Cañameras, Frederic Sevillano i Doblanc, Joan Tarragó i Balcells, Joaquím Martí-Bas, Rafael Tona Nadal, Joan Hurtado, Jaume Passarell Ribó “Salvador Bori”, Juan Busquets i Miró, Lluís Bracons i Sunyer, Enrique Martín Hernández, Francés Perramón Ducasi, Ramón Sarsanedas i Oriol, Julio Figueras Moret, Joan Riera, Fernando Callicó Botela, Josep Pico i Martin, Jacinto Bofarull i Forasté, Ignacio Vidal Molné, Eduardo Fiol i Marqués, Luis Vidal Molné “Molné”, Alexis Hinsberger, José Luis Rey Vila “Sim”, Jesús Guillén Bertolín “Guillembert”, Fernando Rahola Auguet, Manuel Gallur, Pablo Salen Vaquero, Ramiro Mondragón del Río, Arturo Tejero Terradell, Enrique Rodríguez Arroyo “Quique”, Manuel Otero, Avelino Artís Gener “Tisner”, Miguel Almirall, Mario Armengol, Luciano Quintana Madariaga “Nik”, Enrique Garrán, José Espert Arcos, Miguel Cardona “Quelus”, Josep Renau, Juan Renau, Gregorio Muñoz Montoro “Gori”, Arturo Bladé, Juan Bautista Acher, Enric Crous Vidal, Eduardo Robles “Ras”, Antonio Bernad Gonzálvez “Toni”, Salvador Fariñas, Eduardo Fiol, Manuel Fontanals Mateu, José Agut Armer, José Machado, José Bergamín, Antonio Rodríguez Romera, Jaume Inglès Isern, Juan Nuri, Jacinto Bofarull Forasté “Xut”, José María Beltrán, Vicente Petit, Manuel Crespillo Rendo, Mary Martín, Mario Zaragoza Company, Joan Tarrago i Balcells, Juan Hurtado, Arturo Bladé, Juan Bautista Acher, Federico Santiago, Antonio, Miguel Orts Sánchez, Agustín Nogués Aragonés, Víctor García “Ximpa”, Jaume Inglès Isern, Antonio de Guezala y Ayrivié, José María Beltrán, Jaume Passarell, Joan Tarragó, Melchor Niubó i Santdiumenge, José González Rodríguez, Marco Iturriaga Pérez, Francisco Doménech Macia, Luis Martín González, Zacarias Moral Oliva, Salvador Sempere Rosas, Manuel Colina Quirós, José María Egurola Renteria, Julio Granados Ruiz, Gonzalo Beltrán Poyer, Genoveva Dun, Alberto Muñoz Sánchez, Manuel García Barrada, Enrique Iza Gil, César Urbieta González y Tolosa y Jenaro de la Colina Blanco.
La relación de escultores también era muy extensa y estaba integrada por Manuel Pascual Escribano, Joaquím Vicens Gironella, Antonio Alós Moreno, Ceferino Colina Quirós, Francisco Mateu Sanchis, Gabriel Alabert Bosque, Josep Viladomat Massanas, Eleuterio Blasco Ferrer, Ángel Tarrach Barrabia, Marius Vives Doménech, Joan Rebull Torroja, Josep Viladomat Massanas, Miguel Paredes Fonollá, Jacinto Latorre, Salvador Soria Zapater, Francisco Mateu Sanchis, Ángel Hernández García “Hernán”, Enrique Ariño Quintanilla, Rafael Tona Nadalmai, Mir Clavell, Desgracias Civil Vallverdú, Rosa Chacel, León Barrenechea Pérez, Enrique Moret Astruells, Francisco Albert, M. Cañas, Sigfried Meir, Víctor Fernández Puente, Víctor Trapote, Juan Junyer, Jorge de Oteyza, Martín Barral, Pablo Yusti Conejo, Juan Serralta, Claudio Tarragó Borrás, Joaquím Vicens Gironella, Vicente Pallardó y Giménez Botey.
Entre los arquitectos se encontraban Gabriel Pradal Gómez, Secundino Zuazo, Juan García Gisbert, Tomás Auñón, Francisco Azorín Izquierdo, Rafael Bergamín Gutiérrez, Emili Blanch y Roig, Francisco Fábregas Vehil, Antonio Bonet Castellana, Félix Candela Outeriño, Juan Capdevila Elías, Mellar Cuello Alas, José María Díez Amado, Martín Domínguez Esteban, Domingo Escorsa, Santiago Esteban de la Mora, Fernando Etcheverría Barrio, Fernando Gay Buchón, Francisco Íñiguez de Luis, Cayetano de la Jara y Ramón, Luis Lacasa Navarro, José Lino Vaamonde Valencia, Juan de Madariaga Astigarraga, Urbano de Manchobas Careaga, Esteban Marco Cortina, Jesús Martí Martín, Joaquín Ortiz García, Jaime Ramonell Gimeno, Ricardo Ribas Seva, Juan Rivaud Valdés, Germán Rodríguez Arias, Alfredo Rodríguez Orgaz, Mariano Rodríguez Orgaz, Amós Salvador Carreras, Fernando Salvador Carreras, Enrique Segarra Tomás, Josep Lluís Sert López, Germán Tejero de la Torre, Jordi Tell Novellas, Javier Yárnoz Larrosa, Pablo Zabalo Ballarín, Roberto Fernández Valbuena, Manuel Sánchez Arcas, Domingo Fabregás, Martín Domínguez, Tomás Bilbao, José Caridad, Francisco Detrell, Fernando Gay, Bernardo Giner de los Ríos, Esteban Marco, Jaime Ramonell, Juan Rivaud, Eduardo Robles, Santiago Esteban de la Mora, Fernando Echevarría, Pablo Zabala, Antoni Bonet, Deu Amat, Rafael Bergamín, Javier Yarnoz, Nemesio M. Sobreviva, Bartolomé Agustí, Tomás Auñón, Joaquín Ortiz García, Emili Blanch, Ovidio Botella, Óscar Coll Alas, Juan Bautista Larrosa, Joaquin Pallás Torres y Juan del Pozo Santiago.
La nómina de fotógrafos incluía aficionados y profesionales, entre ellos, David Fernández Dopico, Agustín Centelles Osso, Cándido Souza Fernández, Faustino del Castillo Cubillo, Francisco Souza Fernández, Enrique Tapia Jiménez, Lluís Ballano Bueno, Enrique Meneses Miniaty, Francisco Boix, Hans Guttman “Juan Guzmán”, Mariano Aguayo, Gassó, Antonio Gálvez, Juan Gyenes, Enrique Meneses, Salvador Pujol, Pere Catalá-Roca, Margarita Michaelis, Lluís Ballano Bueno, Pere Calders Rossinyol, Katy Horna, José Cereceda Hijes, Antonio García, Vicente Reus Calatayud, Antonio Bueno Román, José Caparrós Torres, Antonio Gavilán Grena y Álvaro Ponce de León. Se encontraba además los ceramistas y artesanos Juan García Gisbert y Vicente Gasulla Sole.

Izquierda a derecha, Víctor Serge, Benjamín Péret, Remedios Varo y André Breton en Marsella en 1940.
Igualmente era muy amplia la relación de profesores, investigadores, filósofos, historiadores, cineastas, editores, libreros y críticos de arte, Adolfo Sánchez Vázquez, Eulalio Ferrer Rodríguez, César María Muñoz Arconada, José Bort Vela, Juan Gil-Albert, Francisco Pina Brotons, Francisco Camacho Ruiz, Manuel Culebras Muñoz “Manuel Andújar”, José Sampériz Janín, Joaquim Amat-Piniella, Agustí Bartra i Lleonart, Antonio Blanca Pérez, Josep Castanyer i Fons, Angeli Castanyer y Fonds, August Liebmann Mayer, César González Ruano, Luis Nicolau d’Olwer, Juan Dalmau, Manuel Sirvent Romero, Agustí Bartra, Sebastián Gasch, Francisco Zueras, José Manaut Nogués, Teófilo Navarro Fadrique “El Negro”, Josep Palau i Fabre, Pere Calders, Armand Obiols, Anna Murià, Xavier Benguerel, Doménech Guansé, Lluís Montanyà, Alexandre Cirici Pellicer, José Moreno Villa, Francisco Prat Puig, Ceferino Palencia, Margarita Nelken, Max Aub, Jesús Manuel Lorenzo Varela Vázquez “Lorenzo Varela”, Fernando Llorca Die, Carlos Velo, Antonio Soriano Mor, Segundo Achurra Azpiazu e Isidro Ibáñez Uribe.
La estancia de los artistas en los campos de concentración fue relativamente breve, de semanas y meses, y en los peores casos se prolongó durante más de un año. La mayoría los abandonaron al poco tiempo de llegar gracias a las gestiones que realizaron organizaciones de ayudas a los refugiados, la Cruz Roja Internacional, confesiones religiosas, organismos republicanos, asociaciones de artistas e intelectuales e, incluso, relevantes personalidades de la cultura como fue el caso de Pablo Picasso.
Artistas entre alambradas de espinos
Hemos dicho que la mayor parte de los artistas republicanos al cruzar la frontera fueron detenidos, cacheados y trasladados a pie a los llamados Centros de Acogimiento, que no eran más que inhóspitos terrenos de arena, rodeados de alambradas con espinos bajo la vigilancia atenta de la gendarmería o de las tropas regulares senegalesas y marroquíes. Fueron considerados al llegar, casi sin excepción, como extranjeros peligrosos, y enviados en su totalidad a los campos de concentración, eufemísticamente llamados por las autoridades galas, centros especiales de internación de refugiados.
Al férreo control disciplinario que se ejercía había que agregar la mala alimentación, que consistía en un chusco de pan, sopa de coliflor, latas de sardinas y, excepcionalmente, algún trozo de carne. Se encontraron con la ausencia de agua potable para beber o lavarse, sobre todo, en los primeros días, por lo que no era extraño que muchos ingiriesen agua salada del mar, lo que provocaba serios problemas gastrointestinales, diarreas y fiebre. Los cuidados sanitarios apenas existían, limitándose a la creación de algún barracón o tienda de lona a modo de hospital atendido por médicos y enfermeros republicanos. En estos centros improvisados no había ninguna clase de utensilio quirúrgico y las medicinas escaseaban. Ni qué decir tiene que estas deficiencias fueron la causa de numerosas afecciones, como infecciones, sarna, que en algunos casos llevaban irremediablemente a la muerte. Los piojos, chinches y otros parásitos pululaban entre los refugiados. La malaria, el tifus y la disentería y otras enfermedades diezmaba a los más débiles o enfermos; no había donde resguardarse del frío, del viento y de la fina arena de la playa que se introducía por todas partes.
Un panorama desolador que fue denunciado por numerosos periodistas, corresponsales de prensa y fotógrafos tanto franceses como extranjeros. La corresponsal británica Nancy Cunard, del diario antifascista londinense New Times and Ethiopia News, en febrero de 1939 publicó un reportaje en el que describía la vida de los republicanos en el campo de Argelès-sur-Mer, donde se hacinaban más de 70.000 refugiados en condiciones infrahumanas, pues carecían de instalaciones, agua potable, comida, medicinas y ropa de abrigo, y también en el de Saint-Cyprien que albergaba gran cantidad de artistas, escritores y músicos, entre los que figuraban Josep Renau, Ramón Gaya Pomés, Joaquín Prieto, Antonio Rodríguez Luna, Enrique Hortelano, García Lesmes y Ángeles Ortiz. Y la misma información ofrecían los artículos firmados por la periodista Susan Palmer en el periódico Daily Herald de Londres los días 4 y 5 de marzo después de haber visitado los campos de Arlès-sur-Tech y Saint-Cyprien. La descripción de lo que vio la refrendó su amiga la norteamericana Margaret Palmer, delegada en España de los Certámenes del Carnegie Institute de Pittsburg, quien coincidió con ella durante su visita a estos recintos donde denunció la presencia de cerca de mil intelectuales españoles de distintos ámbitos que sufrían la intemperie, el hambre y las condiciones insalubres, citando concretamente el caso de algunos artistas como Josep Renau y Galí y el marchante de arte Joan Merli.

El pintor Gerardo Lizarraga con dos compañeros de cautiverio en el interior de un barracón del campo de concentración de Argelès, 1939.
Y en lo referente a los testimonios gráficos, el paso de los republicanos por los campos franceses fueron exhaustivamente documentados por los fotógrafos de prensa de distintas agencias, revistas y periódicos, incluso de pequeñas tiendas fotográficas familiares como el estudio denominado Chauvin, situado en Perpiñán, cuyos dueños tuvieron la ocurrencia de desplazar a la frontera a sus empleados para tomar fotografías desde las carreteras, las aduanas y los campos de concentración instalados por el gobierno. Las imágenes fueron adquiridas por algunos medios de comunicación franceses e internacionales y finalmente recogidas en el Álbum Souvenir: L’Exode Espagnol, publicado por esta empresa en 1939. Se reunía un centenar de instantáneas tamaño 8,5 por 13,5 centímetros, y no solo hacían referencia a la llegada masiva de los refugiados, a la presencia de los gendarmes desarmando y cacheando a los soldados en retirada, la población civil con sus hatillos y mantas y animales domésticos, sino a la proximidad de las tropas nacionales, falangistas y requetés y sus mandos en la frontera levantando el brazo a la manera del saludo fascista y blandiendo banderas. Y entre los fotógrafos no profesionales hay que destacar las instantáneas tomadas por el pintor francocolombiano Manuel Moros, que residía en Collioure, quien provisto de una cámara Leica se dirigió a la carretera costera para documentar el éxodo de miles de refugiados republicanos. Unos testimonios que fueron ampliados por las cámaras de los propios fotógrafos refugiados y de otros extranjeros desplazados allí como Agustí Centelles, Jean Moral, David Seymour y Robert Capa, entre otros.

Salvador Soria poco después de salir del campo de concentración francés.
Las imágenes del dolor
Aunque como ya hemos dicho la estancia de los artistas españoles, en la mayoría de los casos, fue breve, supuso para muchos un verdadero descenso a los infiernos que les permitió adquirir una terrible experiencia personal y descubrir una gran variedad de tipos, caracteres y comportamientos, que incluía aspectos tan opuestos como la crueldad, la heroicidad, la ambición, el fanatismo, la insolidaridad y el compañerismo, y donde la muerte siempre estaba presente. Algunos se reencontraron con viejos compañeros de estudios, coincidieron con desconocidos colegas de otros rincones, con los que estrecharon lazos de amistad y solidaridad.
Compartieron las mismas inquietudes y preocupaciones artísticas y profesionales, y aprovecharon su estancia para reafirmar lazos de compañerismo, intercambiar impresiones y ultimar proyectos comunes futuros. Así, los dibujantes recrearon en pequeños cuadernos, hojas de almanaque, modestos cartones de embalaje, papeles de estraza o, incluso, en simples papeles higiénicos, aspectos cotidianos sobre la vida diaria de los refugiados, retratos intimistas y tiernos, caricaturas que rebosaban humor e ironía; los escultores recurrieron a trozos de lata, maderas carcomidas, barro, yeso o bloques de jabón para tallar y modelar sus esculturas; los fotógrafos captaron en sus pequeñas cámaras Leica y Rolleiflex que llevaban ocultas entre la ropa retratos y escenas cotidianas de la vida de los refugiados e, incluso, algunos arqueólogos realizaron catas y excavaciones en yacimientos arqueológicos, consiguiendo descubrir objetos de valor como ánforas, bustos y toda clase de huellas de lo que fue un sitio importante de la antigüedad. Plasmaron en sus obras hechas con distintas técnicas y materiales la desolación, el horror, la humillación, la enfermedad y la lucha por la supervivencia de miles de refugiados. Ya se conocía este drama a través de las crónicas, artículos y reportajes gráficos publicados en la prensa, filmados en los documentales cinematográficos y difundidas en las emisiones radiofónicas, lo que significaba que la tragedia que se desarrollaba en los campos no era un secreto para nadie, pero hasta que los artistas comenzaron a plasmar en sus obras sus propias experiencias concentracionarias no existían testimonios directos. Gracias a los artistas se pudieron a testimoniar en sus humildes obras la vida cotidiana de los refugiados, sus vicisitudes, sus tragedias e incluso sus momentos de alegría y humor. Allí donde se encontraran había siempre un dibujante o un fotógrafo con su diminuta cámara Leica dispuestos a congelar el momento con una precisión apabullante, pero también con una ternura y una afectividad casi amorosa. Una visión dirigida a los vivos, pensada para demostrar que, a pesar de ese entorno concentracionario asfixiante y cerrado, todavía había orgullo y ganas de luchar.
CAPÍTULO 4
ARTE EN LOS CAMPOS DE LA MUERTE
Pero, ¿cómo es posible que en semejante situación y estado en que vivían en los campos de concentración franceses los artistas tuviesen las fuerzas, la valentía y la voluntad necesaria para realizar estas obras de arte? Su respuesta era muy simple y formaba parte de su verdadera condición de creadores. Se creyeron a sí mismos, como artistas que eran, los testigos y protagonistas de un hecho histórico que había que testimoniar con las herramientas que cada uno tenía a su alcance. Se trataba de reflejar lo más fielmente posible que ellos estaban allí y que el sufrimiento padecido lo padecieron en sus propias carnes, para que todos se enterasen de la gravedad de aquella situación. Con su trabajo artístico pretendían añadir una nota de esperanza a un entorno concentracionario hostil, de humillación, de claustrofobia y muerte.
La aguda retina de los artistas captó de manera directa y desgajada la crudeza de los campos de concentración, con su carga de crítica, desdén y reproche a la falsa hospitalidad. En sus obras tomaron buena cuenta no solo de la vida cotidiana de los refugiados, sino de los gendarmes, guardias móviles y soldados senegaleses o marroquíes que los vigilaban. Todo un mosaico de tipos, situaciones y momentos irrepetibles de los que ellos eran, a la vez, protagonistas y espectadores privilegiados, con unas dotes de observación raras, llenos de paciencia, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para observar el excepcional espectáculo que se les ofrecía. Los campos se convirtieron para ellos en una suerte de extraordinarios estudios y talleres de creación plástica que conferían a las obras que se producían el valor testimonial de lo visto, de lo vivido y de lo sufrido, con un trasfondo de tristeza, melancolía y frustración.
El testimonio gráfico del horror
¿Cómo expresar sin apenas instrumentos y medios aquel terrorífico entorno concentracionario? El uso de modestos materiales de desecho mostraba el carácter improvisado y ajeno a cualquier finalidad trascendente de estas obras llamadas con el tiempo a configurar un extraordinario fresco testimonial y documental en torno a la vida y a las vicisitudes de miles de refugiados. Utilizando cartones corrugados, maderas carcomidas, latas, migas de pan, barro y alambres, realizaron pequeñas esculturas, y empleando papel de estraza, cuadernos y cartones dibujaron o pintaron pequeños cuadritos al óleo, aguadas y guaches, cuya temática se centraba en escenas domésticas, como el descanso y la siesta, o remendando harapos, arreglando zapatos, despiojándose, bañándose, defecando en cuclillas en las letrinas, comiendo el rancho y también otros más líricos como paisajes y bodegones. No eran ciertamente obras bonitas, ni paisajes idílicos, porque la mayor parte habían sido realizadas con rabia, desesperación, improvisadas muchas, dejando en ellas trozos de sí mismos. Y paradójicamente resultaban extraordinarias por eso, porque eran autobiográficas, hablaban del interior de uno mismo, de sus frustraciones, de sus vivencias y destapaban sus pulsiones y emociones y recuperaban una historia que al mismo tiempo compartían muchos miles de personas abocadas a la misma tragedia. Eran la misma mirada compartida por otros muchos. Imágenes de la tragedia que no se iban por las ramas, que incidían directamente en el corazón, que sobrecogían porque eran reales y no ideadas o inventadas. Estaban ejecutadas en el mismo lugar de la tragedia, y tenían nombres y apellidos propios, porque sus autores no se andaban con remilgos, ni chiquitas, sino que iban directamente al centro de la dura realidad.
Por encima de su valoración técnica, de los materiales simples que se emplearon y de la improvisación en que fueron realizadas, a los creadores les movía una preocupación testimonial. Se podía acertar técnicamente, estaban mejor o peor ejecutadas, pero la objetividad de sus imágenes era ante todo cuestión de principios éticos y de dignidad humana. Era el principal valor y el principal mensaje de estas conmovedoras obras que se convertirían pasado el tiempo en verdaderos documentos gráficos de una derrota y del mayor exilio que por motivos políticos conocería la historia de España.
A pesar de la falta de instalaciones y a la existencia de un severo control y vigilancia, los campos de concentración se convirtieron en un foco de actividad artística, auspiciado y fomentado por los propios pintores, escultores, dibujantes, arquitectos, fotógrafos, profesores, arqueólogos, historiadores y críticos de arte refugiados que encontraron una forma de combatir el hastío y la rutina diaria, levantar el ánimo, ampliar el bagaje cultural o dignificar su situación. Una sorprendente iniciativa de divulgación artística que servía para combatir el desarraigo y la frustración que arrastraban muchos y se podía considerar en su filosofía como una prolongación de las experiencias artísticas que había fomentado una década atrás la II República.

Ángel Hérnandez García (Hernán). “Prisioneros”. Escultura.
Los barracones de cultura
El impulso de las actividades artísticas, que contemplaba la creación de talleres de arte, estudios fotográficos de revelado, publicación de revistas, la organización de cursos y la celebración de exposiciones formaban parte de un plan mucho más amplio para difundir la cultura entre la población de los campos. El primero de ellos en ponerlos en práctica fue el de Argelès-sur-Mer, que el 10 de mayo de 1939 emitió una serie de instrucciones para la realización de actividades culturales y artísticas que incluían la creación de una comisión específica encargada de dar cuenta de los trabajos realizados y de informar de ellos a las autoridades.
Para desarrollar estas tareas surgieron en casi todos los campos los llamados “barracones de cultura”, que no eran más que construcciones provisionales de madera dotadas de algunos medios, como mesas, sillas y pizarras, para poder impartir instrucción diaria a los refugiados o en el caso de los artistas servir de improvisados estudios, talleres o laboratorios fotográficos para realizar sus obras. Así, aprovechando cierta permisividad de los guardianes el fotógrafo valenciano Agustín Centelles consiguió montar en uno de los barracones un rudimentario estudio donde revelaba los negativos fotográficos que tomaba con su pequeña máquina Leica. Había llegado a este campo con una enorme maleta que contenía un pequeño equipo de ampliación, su cámara y aproximadamente 4.000 negativos de 35 mm expuestos en los últimos cinco años. Eran imágenes tomadas durante la guerra civil que hacían referencia a los primeros días de la sublevación militar, los combates encarnizados, los devastadores bombardeos sobre las ciudades, el traslado de los heridos, los edificios derruidos, el llanto de las esposas por los maridos y el de las madres que lloraban la muerte de sus hijos. Formidables documentos gráficos que no podía abandonar, ni menos dejar caer en poder de los vencedores, por lo que decidió llevarlas consigo al exilio como si se tratara de un valioso tesoro.

Manuel Crespillo Rendo, Saint-Cyprien, 1939. Dibujo.
A pesar de las dificultades materiales, las comisiones de cultura y los barracones de cultura, donde colaboraban gran cantidad de artistas republicanos, se fueron extendiendo desde marzo de 1939 por el resto de los campos de refugiados repartidos por toda la geografía. El de Barcarés fue uno de los primeros en contar con un barracón que se inauguró en mayo con la celebración de una exposición que reunió varias decenas de obras realizadas por artistas prisioneros. El número de actividades, incluyendo las artísticas, se multiplicaron en todos ellos. En el campo de Argelès-sur-Mer se editaron en los primeros meses varios boletines informativos y se llevaron a cabo varias exposiciones que agrupaban pinturas, esculturas y dibujos realizados por los artistas, entre ellos, el pintor gallego Arturo Souto y el dibujante y caricaturista valenciano “Gori” Muñoz. Su objetivo era, según un recorte de la prensa local, recaudar fondos para comprar libros y material de trabajo que les ayudase a salir de la inactividad reinante.
En el Gurs, en la semana del 10 al 17 de agosto de 1939 se crearon nueve barracones de cultura en los que se impartieron 110 clases, a las que acudieron 1.610 alumnos. En Saint Cyprien funcionaron del 3 al 10 de junio de 1939, 113 barracones de cultura, en los cuales se dieron 124 clases de alfabetización y cultura general. Dichas iniciativas fueron auspiciadas, fomentadas y apoyadas por los partidos políticos de izquierdas y los diversos comités de solidaridad y apoyo con los republicanos que les suministraban libros, papel, lápices y pinturas.
En Argelès-sur-Mer surgió en mayo de 1939 el Boletín de los Estudiantes de la FUE, que elaboró un grupo de jóvenes graduados de la Escuela Normal de Valencia y las revistas La Barraca y Desde el Rosellón. En el campo de Saint-Cyprien aparecieron ese mismo año los boletines Profesionales de la Enseñanza, Trabajadores de la Cultura y L’Illot de l’Art, en los que colaboraban el dibujante y pintor Germán Horacio “Pachín”, el caricaturista Antonio Bernad Gonzálvez “Toni”, el escultor Manuel Pascual, el pintor Martel Mentor Blasco y el poeta Ramón Castellano, entre otros. Los boletines estaban realizados con medios muy simples, primorosamente compuestos a tres tintas y magníficamente ilustrados por expertos dibujantes que tuvieron la sensibilidad y la astucia de dejar traslucir, a través de sus dibujos humorísticos y las caricaturas, su visión sobre el entorno concentracionario y sus críticas antifascistas.

Caricatura de un gendarme realizada por Gerardo Lizarraga en el campo de concentración de Argelès, Francia, 1939.
En Agde se levantaron algunos barracones de cultura donde se desarrollaban actividades artísticas y se improvisaban exposiciones donde se colgaron pequeños cuadros al óleo, acuarelas y dibujos y también esculturas y otros objetos artesanales. Por su valor documental destacaron los dibujos realizados por el pintor, profesor y escenógrafo valenciano Francisco Marco Chillet, en los que se mostraban escenas de la vida cotidiana protagonizadas por los prisioneros republicanos hacinados en este inhóspito lugar. Pero su aportación artística más importante fue cuando el alcalde de la población, conocedor de la existencia de numerosos artistas en el campo, les encargó la decoración del salón principal del ayuntamiento, donde se celebraban las bodas. Realizaron un gran fresco inspirado en la historia pasada de esta población cuando era un importante puerto del imperio romano. La figura central la ocupaba Mercurio, el dios latino protector de los viajeros, que amparaba a los navegantes y a todos aquellos que recorrían los caminos huyendo de la barbarie. En otro destacaba la presencia de Neptuno saliendo de las ondas y el resto de los murales se encontraban decorados con hermosas campesinas y valientes navegantes.
Con las obras realizadas por los artistas en los campos se organizaron exposiciones de dibujos en sus barracones de la cultura y se editaron libros como colecciones de caricaturas y de poemas, incluyendo una edición manuscrita, de un ejemplar, del Romancero Gitano de Federico García Lorca. En muchos casos las pinturas, dibujos, grabados y fotografías realizadas por estos artistas, procedentes del campo de la pintura de caballete, de la publicidad comercial, del cartelismo y hasta de la decoración y la escenografía, describían con bastante crudeza y realismo la huida a pie o en carros y camiones a Francia, el paso de la frontera, el cacheo de los gendarmes, la vida cotidiana y agobiante en los campos de concentración, el rancho, la limpieza, la retirada de los cadáveres, la higiene y los momentos de ocio. Imágenes crudas, al mismo tiempo que tiernas y líricas, que permitían a los artistas testimoniar sobre el drama concentracionario que les afligía, donde crecía la frustración, la desesperanza y el odio. Así lo atestiguan entre otros los extraordinarios dibujos de distintos tamaños y naturaleza del pintor catalán Josep Bartolí recogidos en su conocido libro Campos de concentración 1939-194… y que eran un verdadero documento vivo, doloroso y brutal; la serie de dibujos de guerra y de los campos de concentración que ejecutó el pintor cordobés Antonio Rodríguez Luna que destacaba por su concepto surrealista y expresionista y en la que se mostró especialmente interesado por los horrores de la guerra civil, expuestos en la Casa de la Cultura de París; los intrigantes retratos de refugiados que realizó el dibujante y pintor valenciano Enrique Climent Palahí; los dibujos surrealistas del dibujante ilicitano Antonio Bernad Gonzálvez; los apuntes claros y detallistas, en los que apenas había concesiones estilísticas, que realizó el dibujante y maestro alicantino Manuel Crespillo Rendo en los campos de Barcarès y Saint Cyprien; los retratos satíricos del pintor y dibujante murciano Ramón Gaya Pomés; los dibujos esquemáticos que ilustraban el Boletín de la FUE realizados por el maestro alicantino Miguel Orts Sánchez; las imágenes de los bombardeos de los aviones alemanes constituían los temas de los dibujos del dibujante valenciano Francisco Marco Chillet; los dibujos y bocetos desgarradores del pintor y dibujante Joseph Franch Clapers, en los que aparecían riadas de gente con maletas, hatillos de ropa o niños a cuestas; los planos en picado de individuos y grupos de personas del fotógrafo valenciano Agustín Centelles; las largas filas de refugiados se recogían en los cuadros expresionistas repletos de dolor y amargura del pintor valenciano Eduardo Muñoz Orts “Lalo”; los retratos expresionistas del pintor Salvador Soria Zapater; y las excelentes estatuillas y bustos tallados en jabón que hizo el escultor Manuel Pascual.
Los artistas dejaron un ácido alegato artístico íntimamente ligado al drama del exilio que se nos ofrece como un documento histórico de gran relevancia, como cuando levantamos una losa enorme en medio de un campo desértico y surgen de pronto gran cantidad de gusanos e insectos de toda clase que se ocultaban debajo. Porque una de sus grandes preocupaciones era su deseo de recrear, por medio de la observación directa, de la imaginación y lo onírico, el drama de unos refugiados sometidos a toda clase de vejámenes físicos y psicológicos, y que a pesar de este ambiente cerrado y claustrofóbico, podían ser ennoblecidos a través de la creación artística. Tuvieron la sensibilidad y la astucia de dejar traslucir, a través de sus dibujos, sus opiniones contrarias a los regímenes fascistas. La temática de la guerra, de las columnas de refugiados y de los campos de concentración se prestó además para dirigir la crítica contra el gobierno francés que no quiso darse cuenta del peligro nazi que le amenazaba.
Empieza el reconocimiento público
El reconocimiento del talento y de las habilidades artísticas de los creadores plásticos republicanos se produjo casi de manera inmediata, cuando abandonaron los campos de concentración, los marchantes se interesaron, los galeristas comerciales y los museos les abrieron de par en par las puertas de sus salas para exhibir sus obras, algunas de ellas realizadas durante su cautiverio. La acogida por parte de la crítica de arte y del público no se hizo esperar y muchas de las obras exhibidas fueron adquiridas por los coleccionistas y marchantes. Se conocía la destreza de los artistas españoles y su máximo representante Pablo Picasso, residente en París desde su juventud, era el máximo paladín de la renovación y se le consideraba como un maestro y figura emblemática de la Escuela de París.
Desde el inicio del drama exílico la calidad artística de muchos de los creadores españoles no pasó desapercibida por parte de avezados periodistas, críticos de arte, coleccionistas, marchantes, galeristas e, incluso, autoridades municipales y departamentales francesas, que descubieron en ellos un valioso filón. Así, la pequeña galería de arte Maison Vivant, situada en pleno casco histórico de Perpiñán, no solo celebró exposiciones de artistas republicanos recién salidos de los campos de concentración, sino que en su piso principal albergó a diversos artistas, entre ellos Antoni Clavé, Carles Fontserè, Miguel Paredes y Ferrán Callicó, entre otros. Su directora Marie Martín, una mujer de estatura elevada al filo de los cuarenta, gestionó la liberación de los campos de numerosos artistas, a quienes abrió de par en par las puertas de su galería, les albergó, les organizaba fiestas, les proporcionó dinero, alimentos y diversos materiales, lápices, cuadernos, lienzos, pinceles y pinturas para poder pintar. Convirtió su sala además en una tertulia de artistas en la que se desarrollaban apasionadas discusiones sobre arte en las que participaban con su rica verborrea el apasionado y consumado dialéctico Martí Vives, el elegante Ferrán Callicó, el nervioso Antoni Clavé y el irascible Carles Fontserè, mientras que el bonachón Miguel Paredes trataba por todos los medios de apaciguar la disputa. Pero tal vez lo más importante que hizo para ayudarlos fue cederles su pequeña galería para poder exponer sus obras.
Así, el 28 de febrero de 1939 los artistas catalanes Antoni Clavé y Carles Fontseré inauguraban una exposición en la Maison Vivant, situada en el barrio histórico de Perpiñán, en la que reunieron varias decenas de dibujos a la pluma y acuarelas realizadas cuando se encontraban internados en el campo de concentración de Prats de Molló y los Haras, que abandonaron gracias a las gestiones del también pintor rosellonés Martí Vives. Su temática giraba en torno a la vida cotidiana de los refugiados republicanos en el campo y fueron destacadas en una elogiosa crítica titulada “En la galería Vivant. Escenas vividas del éxodo español, por grandes artistas: Antoni Clave y Carles Fontserè” publicada en L’Independant, el periódico de mayor tirada del Rosellón. Su autor, el poeta y periodista François Francis, les calificó en su escrito de “excelentes dibujante”. Al referirse a Carles Fontserè el crítico aseguraba: “Los mismos personajes, las mismas miserias han inspirado a Fontserè, pero la atmósfera es completamente diferente, el trazo más vigoroso, la impresión de angustia todavía mayor. La silueta de los refugiados es viril, el trazo fuerte, le gustan los contrastes, los juegos de luces y sombras. Dos heridos que marchan el uno junto al otro, dos soldados que se duermen en el campo ateridamente reclinados, tristes compañeros de fatiga, todos estos croquis son de un relieve y de una sinceridad que nos emocionan”. El periodista francés terminaba su escrito afirmando que “Son páginas escritas por dos maestros que las han vivido intensamente, dos verdaderos artistas que añaden el dinamismo de su juventud ardiente la fe de su arte. Y por su talento, que se sobrepone a las tristezas del momento, merecen que se les rinda homenaje; nuestros compatriotas sin duda no faltarán”.

Salvador Soria. “Confesión”, 1940. Óleo sobre tela.
En el 6 de abril de 1939 la Maison Vivant, dirigida por Marie Martín, inauguró una exposición conjunta del pintor y dibujante murciano Pedro Flores y del rosellonés Martí Vives, que igualmente fue resaltada por la prensa local. La pequeña sala de arte exhibía del primero una serie de tétricas y oscuras telas en las que mostraba el ruinoso aspecto de la calle Mouffetard de París y Vives recreaba los paisajes idílicos de almendros en flor de la huerta que rodeaba Perpiñán.
Gradualmente comenzaron a llegarles a los artistas los primeros encargos formales, bien por parte de particulares o por instituciones oficiales. Los ya citados pintores Antoni Clavé y Carles Fontseré aceptaron el encargo de un amigo de pintar un telón para el cuadro final, apoteósico, de una revista que el grupo Les Tretaux representaba cada noche en el Nouveau Théâtre de Perpiñán. El material para pintar se los proporcionó el pintor decorador Marcel Subirana, quien también les ofreció como improvisado estudio la planta superior de un garaje, edificado hacia poco por la firma automovilística Citroën, en la calle Mariscal Foch. Poco después, y tras la marcha de Clavé a París, Fonseré recibió el encargo de Subirana de pintar un nuevo mural de seis metros cuadrados en la entrada del cabaret “L’Aquarium”, cuya inauguración estaba prevista para el verano siguiente en el casino de Canet-Plage, la playa más popular de la capital del Rosellón. Más tarde le propusieron hacer diversos paneles interiores para el citado casino que ejecutó con una técnica escenográfica italiana que le permitía preparar grandes superficies con papel de embalar que, una vez pintado, adquiría la consistencia suficiente para ser cortado y perfilado como si fuera cartulina. También proyectó la decoración de una tienda de legumbres cocidas cuyo propietario era un potentado comerciante de la ciudad.

Jordá. “La retirada”. Bronce y mármol, 1939.
Al pintor valenciano Salvador Soria, que había celebrado con éxito una exposición de aguadas en uno de los barracones del campo de concentración de Septfonds, el alcalde de esta localidad, M. Solomic, le encargó poco después la realización de varios murales decorativos de temática histórica y patriótica en el salón de actos del Ayuntamiento. Aquel mural pasaría a ser su primera gran obra personal, auténticamente creativa, emancipada de influencias ocasionales y, desde luego, integrada en la dimensión hondamente socio-cultural a que tan propicia resultaba la pintura mural.
A lo largo del verano de 1939 se produjeron algunas exposiciones colectivas aisladas para recaudar fondos para los niños refugiados españoles como la que se celebró en julio en la galería Jeanne Bucher Maybor, que reunió obras de Picasso, Miró, Matisse, Kandinsky, Chagall, Braque, Arp, Dufy, Leger, Masson, Ernst, Man Ray, Vieira, Lipchitz, Torres, García, Domínguez, Bores, Viñes y otros hasta alcanzar los 74 artistas.
Pero lo más sorprendente que aconteció en los campos de concentración fue la actividad desplegada por historiadores de arte, topógrafos y arqueólogos refugiados, que aprovecharon su paso para realizar en diversos yacimientos catas y excavaciones arqueológicas, donde pusieron al descubierto importantes restos como ánforas, estatuillas, armas, huesos humanos, instrumentos cotidianos y otros objetos de gran valor histórico, que permitieron bucear en la antigüedad romana. El caso más importante lo protagonizaron los arqueólogos republicanos que se encontraban en el ya citado campo de Agde, que colaboraron con sus colegas franceses, e hicieron importantes descubrimientos en diversas zonas de esta localidad, y que en la actualidad se encuentran expuestas al público en su museo. Para ejecutar su trabajo contaron con la colaboración de las autoridades locales y con el apoyo de otros profesionales, como dibujantes, arquitectos, topógrafos, delineantes, fotógrafos y la mano de obra de otros prisioneros.
La mayor parte de los artistas republicanos que abandonaron los campos de refugiados, las residencias, los hogares de acogida, y se repartieron por la geografía francesa, de pronto se vieron involucrados los meses siguientes en un conflicto bélico no esperado, como fue el inicio de la guerra contra Alemania y la posterior derrota y ocupación nazi que suponía una verdadera amenaza para su seguridad e integridad física debido a su condición de rojos españoles.
Para ellos comenzaba a ser evidente que un nuevo precipicio de horror y de destrucción se cernía, y comprendieron que la guerra iba a ser larga, y de dimensiones hasta entonces desconocidas, y que debían afrontarlo con valentía, por lo que lo que los más débiles comenzaron a desmoronarse, mientras que los más decididos y osados trataron de hacer frente a la nueva situación integrándose en los grupos clandestinos de oposición y resistencia antinazi.
La solidaridad internacional
La oleada masiva de refugiados republicanos, entre los que se encontraban gran cantidad de artistas de todos los ámbitos, provocó en la sociedad, en el gobierno, los partidos políticos, los sindicatos y entre la intelectualidad francesa una gran conmoción, en la que no faltaron los enfrentamientos y la consiguiente adopción de posturas a favor o en contra. La deplorable conducta y el rechazo más sangrante, como no podía ser de otra manera, vino de los ámbitos conservadores que mostraron una clara oposición desde las tribunas políticas y los medios de comunicación lanzando encarnizados soflamas para denunciar esta llegada masiva de “peligrosos rojos”, anticlericales y antisociales, responsables de la quema de conventos, iglesias y asesinato de religiosos. Se hicieron graves acusaciones sin fundamentos para adaptarla a sus propios fines políticos. En contrapartida la izquierda se sintió solidaria con los vencidos y pusieron en marcha medidas encaminadas a darles cobijo, hospitalidad y ayuda, y muchas personas de manera anónima demostraron su solidaridad. Con anterioridad había expresado su solidaridad con la causa popular enviando brigadistas, apoyo económico, asistencia sanitaria, alimentos y armas.

Luis Cernuda, Antonio Deltoro, Ana Martínez, Juan Gil-Albert y Ramón Gaya, 1939.
Superado el terrible drama que supuso para los artistas refugiados su reclusión en los campos de concentración franceses su preocupación fue salir de ellos lo más rápido posible por lo que para ello precisaron del apoyo y la ayuda del exterior, bien a través de organismos internacionales, instituciones religiosas, partidos políticos, sindicatos, asociaciones intelectuales o la complicidad de personalidades influyentes y relevantes de diversos ámbitos. Únicamente se podía salir con garantías si algún organismo, residente o ciudadano francés lo reclamaba o avalaba, o si este acreditaba contar con un trabajo que le permitiera sobrevivir. En lo referente a organismos se encontraban el Comité Nacional Británico de Ayuda a España, el Comité National Catholique d’Aide aux Refugiés de l’Espagne, la Association des Amis de la République Française, la Fundación Ramón Llul. Curiosamente la Cruz Roja Internacional no proporcionó ninguna ayuda a los refugiados españoles, como aseguraba el dibujante y cartelista catalán Carles Fontseré.
De forma individual surgieron una serie de damas inglesas, francesas, norteamericanas y suizas que desde el comienzo de la guerra civil apoyaron sin reserva la causa republicana y que tras la gran oleada exílica de 1939, mostraron su solidaridad ayudando económicamente a miles de refugiados republicanos recluidos en los campos de concentración, hogares de acogida y residencias del sur de Francia. Destacó la presencia de Katherine Marjory Murray-Stewart, duquesa de Atholl, una diputada conservadora, como no podía ser de otra forma en alguien de su rango. Por nacimiento venía de una familia con señorío feudal desde 1232, y se había casado con uno de los más rancios aristócratas del Reino Unido, el duque de Atholl, que acumulaba diecisiete títulos de nobleza y era ayudante de campo del Rey.
Igualmente se encontraba la enfermera suiza Elisabeth Eidenbenz que durante la II Guerra Mundial y la ocupación alemana salvó a 597 hijos de refugiados republicanos y a judíos que huían del nazismo en su Maternidad de Elna, en el sur de Francia. Su labor fue rescatada del olvido hace una década por la alcaldía de Elna, al sur de Francia. Israel, Francia, España y Cataluña la han distinguido por su labor humanitaria. En Suiza, sin embargo, es prácticamente desconocida. De 1939 a 1944, estableció, en un castillo abandonado, un centro de acogida para bebés y mujeres embarazadas procedentes de los campos de concentración de las playas de Argelès y otros lugares próximos en el sur de Francia. Esta joven enfermera de apenas 24 años, originaria de Wilda (cantón Zúrich), y su equipo lograron salvar de la muerte casi segura a cerca de 600 niños. En la Maternidad de Elna nacieron unos 400 bebés y se acogieron a cerca de mil internos. Eran en su mayoría republicanos españoles, apátridas, judíos, comunistas y víctimas de la guerra. Su labor humanitaria la convirtió en heroína para muchas familias exiliadas y fue reconocida con prestigiosas distinciones en Israel, Francia, España y Cataluña, que la condecoró con la Creu de Sant Jordi en 2006.
Y también figuró la británica Nancy Cunard, biznieta del fundador de la famosa línea naviera trasatlántica. Nacida en Inglaterra, en 1896, se crió en el entorno selecto y refinado de la alta sociedad británica. Llegó a España por primera vez en 1936 con el propósito de ser testigo del enfrentamiento bélico y escribir reportajes periodísticos para la agencia estadounidense Associated Negro Press y la británica General News Service. Al término de la contienda fue testigo del gran éxodo de refugiados que cruzaron la frontera francesa y fueron recluidos en los campos de concentración franceses en condiciones infrahumanas. Promovió una campaña de donativos en su país para abastecer de alimentos y medicinas a los refugiados y para denunciar la ignominia de los campos de refugiados, publicó numerosos artículos y reportajes en diversos periódicos. Incluso transformó su casa de Réanville en un lugar de paso para los refugiados republicanos a quienes ayudaba económicamente y consiguió liberar a cinco presos del campo de concentración de Argelès-sur-Mer, no sin provocar un enfrentamiento con las autoridades galas. Entre ellos se encontraba el escritor César Arconada quien continuó su labor creativa y traductora en Moscú.

Picasso en el taller de la calle Grands-Agustins.
Su ejemplo fue seguido por otros tantos aristócratas que abrieron las puertas de sus mansiones, residencias o castillos a los intelectuales y artistas refugiados como el château de Roissy-en-Brie, propiedad de la familia Pathé Nathan, que acogió a cuarenta escritores y artistas republicanos y cuyo comité estaba formado por Josep. María Trías y Clara Candiani, que regentaban el refugio y el otro fue el refugio de intelectuales del Chateau de Roissy-en-Brien. La legación mexicana, por su parte, puso a su disposición los castillos de Reynard y Montgrand, en las inmediaciones de Marsella, que acogieron a 1.350 republicanos.
Y en la que también participaron numerosos artistas, embajadores, representantes consulares, intelectuales y políticos, entre los que se encontraba el político republicano socialista Maurice Violette, senador francés entre 1930 y 1939 y luego alcalde de Dreux; Albert Bausil, fundador de la revista Coq Catalan; el escritor occidetano Pierre-Louis-Berthaud; el padre Sanz, sacerdote catalán exiliado secretario del obispo de Perpiñán; el poeta rosellonés Juli Delpont; el poeta y periodista rosellonés François Francis; el judío sefardita italiano Ettore Carozzo, editor de semanarios infantiles Jumbo y Aventures y otros personajes como Minda Valls, Marie Martin, Eduard Regadol, Just Cabot, Isidre Durand, Laurent Martin, Antonio Cabrera, Albert Sarraut y Nancy Cunard, corresponsal de prensa.
Y en este sentido no se puede olvidar ni pasar por alto la generosa ayuda que prestó la diplomacia mexicana y su embajador a la cabeza a numerosos artistas refugiados que se encontraban en los campos de concentración y en las residencias abocados a un destino terriblemente incierto, siguiendo la política humanística cardenista de ayudar a la República Española.
En efecto, por su mediación consiguieron los artistas refugiados encontrar un refugio seguro en diversas residencias, colonias y castillos convertidos en albergues improvisados y obtener documentación y visados para poder abandonar el país en un momento en el que se vertía sobre ellos la amenaza de su deportación, su traslado a Alemania como mano de obra obligada, su reclusión en cárceles o su envío a los campos de exterminio. Una política que el gobierno mexicano compartió junto con otras entidades creadas por el ejecutivo republicano como el SERE y el JARE, diversos organismos de solidaridad contra las Víctimas del Franquismo, otras confesiones religiosas cristianas como los cuáqueros, anglicanos y mormones, los comités nacionales como el británico de Ayuda a España, el francés de Ayuda a los Niños españoles o el de Socorro a los Refugiados españoles, partidos políticos de izquierdas como el PCE y la comisión administradora mexicana CAFARE.
México fue uno de los países que más ayuda humanitaria prestó a los artistas republicanos, convirtiéndose desde el comienzo de la guerra civil en la primera nación hispanoamericana en mostrar su solidaridad y ayudar con armas al gobierno republicano y desde 1938 puso en marcha un amplísimo plan de ayuda y acogida a los refugiados, que alcanzó su punto crucial con la oleada exílica resultado de la derrota militar republicana. Su política solidaria y humanitaria de puertas abiertas permitió la llegada al país por vía marítima de cerca de veinte mil refugiados, entre los que se encontraban varios cientos de pintores, escultores, dibujantes, grabadores, arquitectos, diseñadores, artífices, escenógrafos, fotógrafos, historiadores y críticos de arte, que consiguieron establecerse, rehacer sus vidas, reanudar sus trabajos creativos, y finalmente, en señal de agradecimiento, adquirir la nacionalidad mexicana. Fue para todos ellos un lugar de esperanza y su contribución al mundo artístico mexicano de una gran relevancia al aportar nuevos estilos, conocimientos y experiencias, adquiridas muchos de ellos en París, la capital del orbe artístico mundial.
Al producirse la humillante derrota del ejército francés en sólo seis semanas por las tropas nazis y generalizarse la ocupación de todo el país en 1939, toda la actividad diplomática mexicana en los países europeos involucrados en el conflicto se centralizó en la capital francesa, y su tarea no solo se basó en ofrecer documentación, visados y dinero para los artistas refugiados para trasladarse a México, sino también a Venezuela y a la República Dominicana.
Destacamos aquí el formidable papel y la singular peripecia del personal diplomático mexicano en su apoyo a estos artistas, pues demostraron unos arrestos, un valor y una heroicidad admirable ante las amenazas físicas de los ocupantes alemanes, lo que su actuación fue considerada en los ámbitos diplomáticos como un hito de temeraria resistencia y de jugarse físicamente la vida capaz de fundir exaltación emocional y ejemplaridad.
Poco después de ser ocupado el país por las tropas nazis el Consulado Mexicano se trasladó a Bayona, mientras que la Legación establecía su residencia provisional en Tours y más tarde en San Juan de Luz, para instalarse en Vichy, sede del gobierno colaboracionista. La presión de las fuerzas nazis de ocupación obligó al Consulado General a establecerse en un viejo y destartalado edificio del boulevard de la Madelaine de Marsella, muy cerca, por cierto, de las residencias, albergues y campos franceses de concentración que albergaban a miles de republicanos deseosos de abandonar el país. Los principales albergues de acogida se establecieron en los castillos de Reynard y Montgrand, en las inmediaciones de esta ciudad, que acogieron a 1.350 republicanos que habían sido atrapados en 1939 en el sur de Francia coincidiendo la gran oleada exílica. Allí recibieron asistencia sanitaria, alimentos, camas y un techo para protegerse después de haber vivido en la intemperie, pasar frío y hambre en los terribles campos. Además organizaron clases, espectáculos teatrales, exposiciones de artes plásticas y artesanía y promovieron actividades deportivas, y además, el trabajo que realizaban les era remunerado con la única condición de que el salario de un día a la semana se dedicase al sostenimiento y mantenimiento del albergue.
Pero, ¿quién fue el verdadero promotor de esta campaña humanitaria en favor de los refugiados republicanos? Fue una iniciativa personal del diplomático mexicano Gilberto Bosques Saldivar, que en pleno régimen vichysta puso la bandera de su país en aquellos castillos abarrotados de refugiados y los convirtió en territorio mexicano. Este profesor, periodista, político diplomático mexicano, sería reconocido mucho más tarde como “el Schindler mexicano”, en alusión al empresario alemán Oskar Schindler que salvó a cientos de judíos del Holocausto nazi. Había nacido en Chiautla de Tapia, Puebla y estudió en el Instituto Normalista del Estado de Puebla, etapa durante la cual se unió a los revolucionarios. Al subir al poder Carranza le encargó la organización de la Nueva Escuela de la Revolución y del Primer Congreso Pedagógico Nacional, que se celebró en Santa Ana Chiautempán, Tlaxcala. En 1921 fue designado Secretario General del Gobierno del Estado de Puebla, cargo en el que duraría dos años. Elegido diputado federal de la XXX Legislatura del Congreso de la Unión para el periodo 1924 a 1928 mostró su oposición al régimen de Álvaro Obregón. Al final de su mandato, se unió a la rebelión de Adolfo de la Huerta. Se reincorporó a la Cámara de Diputados en la XXXVI Legislatura y como presidente del Congreso de la Unión en 1934 respondió al primer informe de Gobierno del presidente Lázaro Cárdenas. Con la derrota republicana y la guerra se cernía sobre el resto de Europa, el presidente Cárdenas lo nombró cónsul general en París con la misión de convertirse en su enviado y representante diplomático personal en Europa.
Durante la ocupación alemana abandonó la capital francesa y sus primeros pasos los encaminó a defender los intereses de los mexicanos residentes en la Francia no ocupada, pero pronto protegió también a otros grupos, como a los republicanos españoles que trataban de huir de los nazis. De hecho, se le atribuyó que fue quien convenció a Cárdenas para abrir las puertas de México a los republicanos españoles en 1937. Establecido en Marsella tuvo que hacer frente al hostigamiento de las autoridades pro alemanas francesas, al espionaje de la Gestapo, del gobierno de Franco y de la representación diplomática japonesa, que tenía sus oficinas en el mismo edificio de la delegación mexicana. Al romper su país las relaciones diplomáticas con el Gobierno de Vichy, la sede del consulado fue tomado por la Gestapo que confiscó ilegalmente el dinero que la oficina mantenía para su operación. Junto a su esposa María Luisa Manjárrez y sus hijos Laura María, María Teresa y Gilberto Froylán y el resto del personal, 43 personas en total, fue trasladado hasta la comunidad de Amélie-les-Bains y más tarde, se le llevó al pueblo Bad Godesberg, cerca de Múnich, donde el grupo encabezado por él se le recluyó en un hotel como prisionero de guerra hasta que en 1945 fue canjeado por prisioneros alemanes en un acuerdo con el presidente Manuel Ávila Camacho.
Muchos años después, el 9 de abril de 2014, una exposición celebrada en el Instituto de Estudios Mexicanos de Madrid rememoraba el recuerdo y la memoria de Gilberto Bosques, el heroico cónsul que firmó 40.000 visas a perseguidos por el fascismo y refugió a numerosos republicanos españoles, entre los que se encontraban varios artistas. Aquellos republicanos tomaron fotografías testimoniales de todas sus peripecias y elaboraron unos cuadernos, con extensos pies de fotos, incluidos, que más tarde entregaron en señal de agradecimiento a su protector, y que se mostraron en esta exposición que conmemoraba el 75 aniversario de la llegada en 1939 de los exiliados españoles a México. Al mismo tiempo, se proyectó el documental “Visa al paraíso”, de Lillian Liberman, en el que se relataba la historia y la de muchos otros casos en los que Bosques permitió a otros perseguidos durante la II Guerra Mundial salir de Francia con destino a México.
Y tampoco se puede dejar a un lado el importante papel que desempeñó la República Dominicana que, a pesar de tener un gobierno dictatorial, también se mostró receptiva a acoger en su legación parisina a los artistas republicanos ya que consideraba que sus conocimientos podrían ser de gran utilidad para el desarrollo infraestructural, cultural y artístico del país. Entregó numerosas visas y pasaportes, facilitó pasajes para poder embarcar hacia el puerto de Santo Domingo. No obstante, la hospitalidad que ofreció la legación dominicana en París estuvo ensombrecida por la actuación de algunos de sus responsables como su agregado Porfidio Rubirosa, un dominicano de proyección internacional, yerno del dictador Leónidas Trujillo y esposo de su hija Flor de Oro, un famoso gigoló seductor, reconocido jugador de póquer, campeón mundial de vehículos de carreras y play boy. Nacido en una familia de clase media de la República Dominicana en 1909, Rubirosa comenzó su ascensión al convertirse en un joven y atractivo oficial de la guardia pretoriana de Trujillo. De él se enamoró perdidamente Flor de Oro, la hija del dictador, y con él la casó su papá. Flor, de 17 años, fue la primera de las cinco esposas que tendría. Trujillo nombró diplomático a su yerno y le dio un puesto en Berlín, donde la “principesca” pareja dominicana compartió el palco de Hitler en los Juegos Olímpicos de 1936. Luego lo mandó a París, y allí, durante la II Guerra Mundial, Rubirosa se haría con dinero vendiendo visados dominicanos a los republicanos españoles, refugiados antifascistas judíos que querían escapar del Holocausto. Rubirosa y Flor se divorciaron, pero Trujillo no hizo lo que solía hacer con quien le contrariaba, matarlo, y siguió protegiendo a su exyerno. Comenzó así la carrera de Rubirosa como el playboy internacional por antonomasia de los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo XX.
Se decía que había hecho una gran fortuna con la venta de visas a los exiliados. Durante el periodo que estuvo al frente de la legación dominicana, Porfirio Rubirosa conoció en una partida de póquer al artista refugiado sefardita-español Fernando Gerassi Story, que se había establecido en la capital francesa a finales de 1938 después de haber combatido en la guerra civil dirigiendo algunas unidades militares republicanas, como la 150 Brigada Internacional y mantenía una fuerte relación con un grupo de intelectuales parisinos, entre ellos Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Ilya Ehrenburg, André Malraux, Alexandre Calder, Pablo Picasso, Joan Miró. Le atrajo su simpatía, su conocimiento de idiomas y su capacidad de buen negociador, por lo que le ofreció el cargo de secretario de la embajada de la República Dominicana. Al producirse la guerra contra Alemania una denuncia hecha por el pintor de origen ruso Nicolás de Staël, le llevó a incorporarse como coronel de un regimiento del ejército francés en el frente de Les Vosges y tras la derrota y su desmovilización regresó a París donde volvió a su antiguo trabajo en la legación dominicana.

Pablo Picasso, protector de los artistas republicanos.
Durante la ocupación alemana Gerassi proporcionó numerosos visados y permisos no sólo a los refugiados republicanos, sino a extranjeros antifascistas y judíos que trataban de huir de los nazis. Aprovechando su falso pasaporte diplomático dominicano en verano de 1941 cruzó con su mujer de nacionalidad ucraniana Stepha Awdykovich y su hijo Juan, los Pirineos, atravesó España y llegó a Lisboa, donde fue objeto de un atentado. Embarcó con destino a Nueva York en septiembre de ese año y a pesar de viajar con documentación falsa fue captado por agentes al servicio del general William Joseph Donovan para trabajar en labores de espionaje y descodificación de material cifrado de la Oficina de Servicios Estratégicos (Office Strategic Services, OSS), futura CIA, por su dominio de varios idiomas y sus conocimientos militares fruto de su experiencia como combatiente en la contienda española.
La embajada Dominicana intercedió en la puesta en libertad de los campos de concentración y cárceles y en la salida del país de varios artistas tanto republicanos españoles, como judíos y antifascistas que huían de los ocupantes nazis. El caso más emblemático fue la ayuda prestada a los artistas e intelectuales surrealistas que se encontraban alojados en la Villa Air-Bel de Marsella. Aunque la iniciativa fue de Emergency Rescue Commite, que contaba con el apoyo financiero de la millonaria estadounidense Mary Jayne Gold y el apoyo del patronato dirigido por Eleonor Roosevelt, la colaboración de la legación dominicana fue fundamental, ya que les facilitó visados y pasaportes. De esta manera pudieron entrar en la isla un grupo considerable de artistas e intelectuales surrealistas con sus mujeres y sus hijos, incluidos sus parejas sentimentales, y entre los que figuraban Varian Fry, Theo y Daniel Bénédite, Mary Jayne Gold; Víctor Serge, su compañera Laurette y su hijo Vlady; André Breton, su mujer Jacqueline Lamba y su hijo Aube y también Arthur Adamov, Hans Bellmer, Victor Braunner, Rene Clar, Fréderic Delanglade, Marcel Duchamp y Max Ernst. Igualmente estaba el fotógrafo André Gomés; la millonaria Peggy Guggenheim; el comediante Sylvain Itkine; los pintores Wilfredo Lam, André Masson, Wols, Yila, Óscar Domínguez y Remedios Varó y los poetas Benjamín Peret y Tristán Tzara.
Pero sobre todo hay que destacar aquí la gran ayuda que prestó a los artistas el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles o Servicio de Emigración de los Republicanos Españoles (SERE) que, creado en febrero de 1939 en la capital francesa, fue el primer organismo verdadero de auxilio a los refugiados republicanos a causa de la guerra civil y adscrito a la dirección de Juan Negrín. Su presidente fue Pablo de Azcárate, quien durante la guerra había sido embajador de España en Londres, aunque el verdadero control estuvo en manos del ministro de Hacienda en el exilio, Francisco Méndez Aspe. Presionada por el gobierno francés, desapareció a comienzos de 1940, siendo disuelta oficialmente el 16 de mayo de ese año.
Y poco tiempo después entró en servicio la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE) que se había fundado en Francia el 31 de julio de 1939 por la Diputación Permanente de las Cortes republicanas, ya en el exilio, aprobando sus estatutos. Su finalidad era la de “administrar cuantos recursos y bienes pueda y deban destinarse al auxilio de quienes emigran de España por defender las Instituciones democráticas de nuestro país”. Estuvieron representados todos los partidos exiliados excepto el PCE y el PNV por decisión propia. Su creación, sin embargo, fue un acto de clara oposición al ya citado Servicio de Emigración de los Republicanos Españoles (SERE), que lideraba Juan Negrín. Su organización interna estaba compuesta por un presidente, un vicepresidente y ocho vocales nombrados por la Diputación Permanente. Su primer presidente fue Luis Nicolau D’Olwer y el vicepresidente, y auténtico líder de la nueva organización, Indalecio Prieto. A pesar de las discrepancias ideológicas que existían entre ambas organizaciones llevaron a cabo una gran labor a favor de los refugiados republicanos, a los que proporcionaron documentación, visados, dinero y pasajes gratis para embarcar, no sólo para viajar a México, sino a otras repúblicas Iberoamericanas.
Al disolverse el JARE, cuyo secretario general y vocal era Carlos Esplá, surgió en 1943 la CAFARE, la Comisión Administradora de los Fondos para el Auxilio de los Republicanos Españoles, cuya actuación se prolongó hasta agosto de 1945, tras la formación del primer Gobierno republicano en el exilio. Fue al igual que la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, una institución que administraba fondos y recursos para españoles en el exilio. Recibió los recursos del JARE tras su desaparición a fines de 1942 por decreto presidencial y su actuación se centró fundamentalmente en la ayuda a las personas menores de edad sin familia, estudiantes y físicamente imposibilitadas, sin dejar de lado a militares y políticos. Sus apoyos abarcaban desde escuelas hasta servicios médicos y en el caso particular de las escuelas se les llegaba a ofrecer hasta de manera gratuita a los hijos de padres indigentes. Buena parte de los documentos del organismo administrativo mexicano fueron a parar, tras su disolución, a manos de Carlos Esplá, entre otros, el libro original y manuscrito que contiene las actas de la citada institución. Se trataban de documentos únicos y fundamentales para conocer la historia de la Junta de Auxilio a los Republicanos españoles (JARE) y los motivos que llevaron al Gobierno Mexicano de Ávila Camacho a sustituirla por un organismo totalmente controlado por las subsecretarías de Exteriores y Gobernación. Su desaparición fue el resultado de una ristra de acusaciones de corrupción que un sector de los refugiados lanzaron indiscriminadamente sobre Indalecio Prieto, también de las maniobras y presiones de determinados grupos económicos Mexicanos y de la ambición de ciertos cargos relevantes del Gobierno Mexicano.
CAPÍTULO 5
LA GEOGRAFÍA CONCENTRACIONARIA FRANCESA
Descriptivamente la ruta de la desesperación y el llanto en la que se vieron obligados a recorrer para ponerse a salvo decenas de artistas republicanos en su huida a Francia iba a finalizar fatídicamente con la nefasta presencia de una barrera aduanera fronteriza de un paso situado en lo alto de los Pirineos, verdadera muralla natural, protegido por decenas de gendarmes, guardias móviles y soldados senegaleses y marroquíes fuertemente armados que constituía el final y el principio de un penoso peregrinaje exílico marcado por la tragedia. Se convertiría en uno de los episodios más deplorables de la historia contemporánea gala y una metáfora implacable de lo que poco tiempo después iba a sucederle a miles de ciudadanos franceses cuando su país fue derrotado militarmente, humillado y ocupado por los nazis. Aquella panorámica de cientos de refugiados hacinados en los puestos fronterizos mientras eran cacheados, interrogados y clasificados quedaría grabada en la retina de numerosos artistas y se convertiría en una especie de aviso para navegantes del drama que les iba a deparar su reclusión y su paso por los terribles campos de concentración y que la percepción de su mente apenas lo presentía.
La larga marcha sin destino de los artistas concluyó al traspasar las alambradas de espino de los campos de concentración militares que ya existían, la mayor parte de ellos levantados en la primera guerra mundial, o en los que se estaban improvisando a toda marcha aprovechando antiguos cuarteles del Ejército, instalaciones deportivas, prisiones, solares abandonados, campos de deporte, fábricas en desuso o grandes superficies de terreno pantanoso, deshabitados y no cultivados, fuera de los núcleos urbanos. A causa de la masiva presencia de refugiados tuvieron que improvisarse campos rodeados de empalizadas, alambradas y torres de vigilancia para albergar de forma temporal o reclusión administrativa a cerca de 550.000 refugiados que huían hacia los puestos fronterizos atemorizados de la represión de las tropas vencedoras. Casi todos ellos surgieron improvisadamente para detener y albergar a la gran oleada de refugiados que cruzaron la frontera francesa principalmente a mediados de febrero de 1939.
Concretamente el 5 de febrero, Édouard Daladier, jefe del gobierno, firmó un decreto autorizando el paso de los refugiados por la frontera que hasta entonces permanecía oficialmente cerrada, separándose a los hombres identificados como combatientes que fueron recluidos en los campos, de las mujeres, que recibieron mejor trato al ser enviadas a centros de acogida, maternidades, residencia, hospitales y albergues. Su decisión fue muy bien recibida por una parte considerable del pueblo, sobre todo, los de ideología burguesa y conservadora que vieron una forma de contener a la chusma de “indeseables rojos” que les invadía y que representaban una amenaza al estar considerados delincuentes, enemigos declarados de la religión católica y bolcheviques que trataban de imponer la revolución soviética. Sólo una parte de la población de ideología izquierdista, mayoritariamente formada por obreros e intelectuales, expresaron su solidaridad con ellos, los apoyaron, les ofrecieron comida, ropas y dinero y abrieron sus casas para ofrecerles cobijo.
Durante el masivo paso de artistas la gran mayoría fueron apresados o capturados y enviados a los campos de acogida, y sólo un número muy escaso, los que poseían influencias o detentaban altos cargos políticos dentro del gobierno republicano o el Ejército Popular, se libró de ellos y consiguieron documentos para fijar su nueva residencia, circular libremente o abandonar suelo francés con destino a otros países. Curiosamente el número de detenciones y envíos de mujeres artistas a los campos fue muy reducida, y apenas se produjeron, y solo se dieron en circunstancias muy concretas, como eran su activa militancia en un partido comunista, ser compañera de un alto funcionario o haber ostentado cargos políticos de responsabilidad.
Reunir todas las manzanas podridas
Para contener esta oleada de refugiados se improvisaron algunos campos de concentración abiertos durante la primera guerra mundial para recluir a los prisioneros alemanes, también se habilitaron cuarteles del Ejército francés, campos de entrenamiento, antiguas fábricas, viejas fortalezas y castillos, o se incautaron grandes superficies de terreno junto a desérticas playas en las que los propios prisioneros levantaron improvisadas tiendas de lona, construyeron barracones de madera donde instalaron cocinas, almacenes y postas sanitarias, cavaron zanjas para colocar letrinas e, incluso, instalaron cementerios. Sus infraestructuras se mejoraron y fueron remplazadas cuando los responsables de los campos comenzaron a disponer de mayores subvenciones estatales y contar con más medios, como suministros, herramientas y maquinaria y materiales de construcción como maderas, cemento y ladrillos. Y, sobre todo, cuando empezaron a constituirse las cuadrillas de obreros dirigidos por arquitectos, aparejadores, dibujantes y proyectistas profesionales internos que desempeñaron un papel fundamental en el trazado, planificación y construcción de los campos.

Un gendarme controla el paso de los exiliados republicanos.
Su puesta en marcha no era un hecho exclusivo de Francia, sino muy utilizado a lo largo de la historia moderna, sobre todo por países donde gobernaban régimenes totalitarios, dictatoriales o represivos que no tenían en cuenta las garantías judiciales. Curiosamente los españoles fueron los primeros en construirlos en la isla de Cuba durante la Guerra Colonial de los Diez Años entre 1869 y 1878 para recluir a la población nativa y posteriormente lo hicieron entre 1899 y 1902 los Estados Unidos de América durante la guerra filipino-estadounidense. Se popularizó el concepto de “concentration camp” a raíz de su empleo por las autoridades militares inglesas durante la segunda guerra de los Bóer en Sudáfrica de 1899 a 1902. Su creación comenzó a generalizarse en Europa durante la revolución rusa cuando los comunistas se hicieron con el poder en 1917 estableciendo un régimen del terror a través de los trabajos forzados o en los “Gulags” y se expandió cuando los nacional socialistas alemanes llegaron al poder en los años treinta creando una gran variedad de centros de detención o de trabajos forzados para confinar a sus adversarios políticos, criminales violentos, demócratas, miembros de la resistencia nacional y finalmente culminó durante el holocausto judío con la creación de la gran red de campos destinados al esfuerzo de guerra nazi y a eliminar sistemáticamente a la población hebrea.
Siguiendo la norma las autoridades francesas tuvieron que improvisar, ante la llegada masiva de miles de refugiados republicanos, la construcción por todo su territorio de decenas de campos de concentración, algunos de ellos reutilizando los abiertos durante la I Guerra Mundial para albergar a soldados alemanes, y otros instalados en cuarteles del ejército, antiguas fábricas, terrenos pantanosos y playas desérticas. La mayor parte de ellos se encontraban situados en las inmediaciones de la frontera y en las playas, preferentemente en lugares apartados y lejos de las poblaciones, aunque con el tiempo se utilizaron otros en zonas más cercanas a las grandes ciudades. La mayor parte de estos campos se levantaron a toda prisa cerca de la frontera, en forma de barracones o de zonas vigiladas bajo la intemperie, y no disponían de agua potable, electricidad, letrinas, duchas, talleres, cocinas, enfermería, ni de las mínimas condiciones higiénicas.
Los que gozaban de peor reputación y consecuentemente los más importantes eran conocidos por los nombres geográficos donde se encontraban emplazadas y destacaban por su extensión y el número de prisioneros que albergaban como el de Gurs, Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, Barcarès, Septfonds, Rivesaltes y Vernet d’Ariège. Para contener la llegada masiva de refugiados las autoridades francesas adoptaron medidas, destinaron dinero, movilizaron al ejército, a los servicios sanitarios, a la gendarmería y dictaron órdenes y decretos para permitir su reubicación y distribución por todo el país. El primer “centro especial” para acoger a estos refugiados fue instalado por decreto el 21 de enero de 1939 en Rieucros (Lozère), cerca de Mende y a partir de ahí comenzaron a levantarse otros que con el tiempo adquirieron peor reputación y entre los que se encontraba el de Gurs, construido junto a la ciudad del mismo nombre, en la región de Aquitania del departamento de los Pirineos Atlánticos, 84 kilómetros al este de la costa atlántica y 34 kilómetros al norte de la frontera española; el de Argelès-sur-Mer era uno de los que más superficie tenía y albergó a unos 100.000 refugiados. Situado en una apartada playa de la pequeña localidad de Argelès-sur-Mer, en el departamento de Pirineos Orientales, a 35 km de la frontera de Portbou; ante la avalancha de refugiados en este campo se construyeron los cercanos de Saint-Cyprien y Barcarès, también en el departamento de Pirineos Orientales; en la localidad de Septfonds, en el departamento de Tarn y Garona (Mediodía-Pirineos) se instaló el terrible campo de internamiento de Judes, que adquirió notoriedad por reunir a un considerable número de artistas republicanos, pero también por los elevados índices de mortalidad debido a las bajas temperaturas, deficiencias sanitarias, mala alimentación y régimen de trabajo que recibían los prisioneros; el de Rivesaltes fue instalado en terrenos de las poblaciones de Rivesaltes y Salses-le-Château como centro de instrucción militar, y albergó a unos 15.000 españoles; entre las comunas de Le Vernet y Saverdun se ubicó el de Vernet d’Ariège, donde también existió un importante grupo de artistas republicanos y durante la ocupación nazi fue empleado por los alemanes como antecampo para los judíos destinados a campos de exterminio.
CAMPO DE ARGELÈS-SUR-MER
Jamás un campo de concentración francés adquiría un valor simbólico y pasaría a alzarse metafóricamente hablando como la terrible experiencia de más de un centenar de artistas republicanos recluidos en una extensa playa de terreno arenoso limitado por la mar como el de Argelès-sur-Mer, situado al norte de esta localidad turística y veraniega perteneciente al departamento de Pirineos Orientales, en la región del Languedoc-Rosellón, en la comarca del Rosellón. El siniestro lugar se elevó por encima de los acontecimientos históricos y adquirió, por su simbología, una imagen de espanto plástica, pero también literaria, más allá de cualquier contenido anecdótico que pudiera infringirle el paso del tiempo, el olvido, la manipulación y la desmemoria histórica. Acogió, en los primeros meses de 1939, a más de ochenta mil refugiados republicanos que habían cruzado la frontera francesa, entre ellos, un número considerable de pintores, escultores, grabadores, dibujantes, cartelistas, fotógrafos, arquitectos, historiadores y críticos de arte que, lejos de sucumbir a la derrota, a las humillaciones y a los malos tratos de los guardianes, demostraron, en cambio, una heroica valentía y un espíritu de resistencia, que plasmaron, como era de esperar, en numerosas pinturas, bocetos, esculturas y fotografías que, ahora, pasados los años, constituyen un formidable documento gráfico del tránsito de los republicanos por el que se consideró el más grande de los campos de concentración franceses.

Enrique Climent. “Barracón”. Dibujo.
La playa de Argelès-sur-Mer, en los Pirineos Orientales, al sur de la localidad de Perpinán, bañada por el Mediterráneo, era un lugar frecuentado por los lugareños, los veraneantes y los artistas por su exultante paisaje, sus limpias arenas, sus aguas claras y su suave brisa salitrosa. Un lugar apacible, tranquilo y solitario que, inopinadamente, en los primeros meses de 1939, cambió de aspecto, convirtiéndose en un escenario de horror y tragedia al albergar a varios miles de republicanos en precarias condiciones. Un escenario lóbrego y nada idílico que fue recreado con todo su realismo y dureza, sin ningún retoque halagador y efectista, por un considerable número de artistas de todos los estilos, géneros y técnicas que se inspiraron en él como un canto profundo al triunfo de la supervivencia, de la propia vida y de la creación artística en sí, por encima de la barbarie que amenazaba por destruirles.
Irónicamente aquellas recreaciones de los artistas iban a descubrir un escenario siniestro, casi metafórico, preludio de lo que unos meses después, tras la ocupación alemana, iban a ser los terribles campos de exterminio nazis donde fueron internados miles de ciudadanos franceses. Pero también las imágenes se convirtieron en un toque de atención y un pre-aviso del drama que iban a vivir los refugiados españoles en los campos de exterminio nazis capturados por la policía colaboracionista de Vichy, las SS y la Gestapo en suelo francés.
¿Qué supuso para los artistas plásticos aquella terrible experiencia concentracionaria? ¿Verdaderamente cambio su vida y su arte? El campo de refugiados de Argelès-sur-Mer fue uno de los más grandes y agrupó a gran parte de los derrotados republicanos españoles, entre ellos, a un gran número de artistas plásticos en unas condiciones de supervivencia muy precarias. Para nuestros artistas aquello no era ni mucho menos un centro de acogida, sino un verdadero campo de concentración. Por una serie de desfavorables circunstancias históricas, la tranquila playa, convertida en un improvisado campo de concentración, albergó a varias decenas de creadores que habían cruzado la frontera francesa en un intento de huir de las tropas nacionales. Protagonistas del drama concentracionario se erigieron como testigos testimoniales de la tragedia viva que les rodeaba. Fueron capaces de abrir sus ojos y recrear ese entorno trágico, lacerante y humillante. Así, sus creaciones plásticas participaron por igual del expresionismo más angustioso, pasando por el surrealismo más onírico y fantasioso hasta el realismo más verista, crudo y descarnado.
Tras una azarosa huida hacia la frontera francesa, perseguidos por las avanzadillas del Ejército franquista, y bajo la amenaza constante de las bombas de la aviación legionaria italiana, un importante número de artistas cruzaron por diversos pasos habilitados al país vecino, siendo detenidos por la policía, los guardias móviles y las tropas senegalesas y marroquíes y enviados a este campo, uno de los más grandes y que agrupó en los primeros meses de 1939 a gran parte de los refugiados republicanos, en condiciones extraordinariamente precarias. Muchos de ellos se habían destacado durante la guerra por su compromiso con la legalidad republicana, y que habían desarrollado una intensa actividad como cartelistas bélicos, que habían ilustrado revistas, liderado asociaciones, sindicatos y organismos antifascistas o actuado como comisarios políticos o de propaganda en diversas unidades del Ejército Popular.
Al traspasar su portón principal advirtieron la terrible deficiencia de sus instalaciones básicas y el hacinamiento. Los barracones para albergarse eran insuficientes, apenas existían servicios sanitarios, no había agua potable y la falta de letrinas obligaba a hacer las necesidades en la misma playa. Se vieron obligados a excavar agujeros en la arena de la playa para guarecerse con maderos, cartones, ramas y mantas del frío, del viento y de la lluvia. Durante los primeros seis días apenas se distribuyó agua y alimentos, y los que se entregaron eran escasos. Los más desesperados ingirieron agua salobre del mar, lo que provocó una epidemia de disentería. La falta de higiene favoreció la aparición de enfermedades contagiosas como la sarna y el tifus y gran cantidad de parásitos, como los piojos y chinches. Y todo ello bajo la estricta vigilancia de gendarmes y tiradores senegaleses que imponían una férrea disciplina militar a esa multitud de depauperados, famélicos y enfermos combatientes republicanos que habían luchado con bravura y heroísmo a los militares rebeldes y a sus aliados fascistas en diversos frentes de batalla.
Pese a esas circunstancias desfavorables de supervivencia, los artistas plásticos demostraron su fortaleza, su deseo de resistencia y su capacidad creadora participando en distintos proyectos culturales, expositivos, formativos y periodísticos. Para desarrollarlos se crearon los “barracones de cultura”, que no eran más que improvisadas construcciones de madera dotadas de algunos medios, como mesas, sillas y pizarras, para poder impartir instrucción diaria a los refugiados o en el caso de los artistas servir de improvisados estudios o talleres para realizar sus obras. Allí se editaron los primeros meses varios boletines informativos y se llevaron a cabo varias exposiciones que reunían pinturas, esculturas y dibujos realizados por los artistas refugiados, entre ellos, el pintor gallego Arturo Souto y el dibujante y caricaturista valenciano “Gori” Muñoz. En mayo de 1939 apareció el Boletín de los Estudiantes de la FUE, que elaboró un grupo de jóvenes graduados de la Escuela Normal de Valencia y las revistas La Barraca y Desde el Rosellón. Pero, sobre todo, los artistas llevaron a cabo una importante labor creativa personal, en muchos casos a escondidas, y con riesgo para su integridad física, ya que estaba prohibido dibujar, tomar imágenes y sacar fotografías de las instalaciones del campo. Sus obras se convirtieron en un verdadero documento gráfico que nos permite ahora conocer cómo se desarrolló la vida de miles de refugiados españoles en el campo de concentración a través de imágenes no sólo lacerantes y terribles, sino también líricas e incluso humorísticas.
Para la mayor parte de los artistas su estancia en el campo finalizó cuando se produjo el comienzo de las hostilidades contra Alemania y la ocupación nazi en verano de 1940. A su salida muchos optaron por establecerse y formar familias en Francia; otros se alistaron en el ejército francés para luchar contra los nazis; bastantes se incorporaron a la resistencia y otros fueron capturados por la Gestapo o la Whermacht para ser enviado a campos de trabajo o de exterminio, sobre todo de Mauthausen-Gusen y una minoría decidió volver a su país ante la promesa de los vencedores de perdonar a quienes no hubiesen cometido delitos de sangre. Tras el desalojo del campo fue utilizado durante la guerra como campo de concentración de prisioneros de guerra por el gobierno pronazi de la Francia de Vichy y finalmente desmantelado tras el fin de la guerra. En la actualidad apenas existen vestigios de sus instalaciones y el terreno está ocupado por zonas residenciales, hoteles, instalaciones deportivas y recreativas en las que se dan cita miles de ciudadanos de las poblaciones vecinas. En las proximidades de la Playa Norte del campo se halla colocado un monolito de piedra con una placa en homenaje a los 100.000 españoles que pasaron por el campo, con la siguiente inscripción: “A la memoria de los 100.000 republicanos españoles, internados en el campo de Argelès, tras la retirada en febrero de 1939”.

El pintor Enrique Climent.
Enrique Climent Palahí (1897-1980)
Afirmar aquí que el pintor, dibujante e ilustrador valenciano Enrique Climent Palahí fue uno de los más conspicuos representantes de la vanguardia en el exilio republicano puede parecer a muchos como una apreciación osada y una valoración bastante arriesgada, pero el hecho histórico es que fue una realidad porque ya que tempranamente en la década de los años veinte y treinta del siglo pasado se distinguió como adalid de la renovación española al formar parte del grupo de los artistas Ibéricos. A pesar de su relevante talla como artista durante décadas en su país fue un caso paradigmático del olvido y la marginación provocado por el destierro de los republicanos españoles al término de la guerra civil. No es raro encontrar artistas importantes cuyas famas fueron reconocidas públicamente en países donde se les consideraba extranjeros, mucho más que en el país donde había nacido. Este fue de aquellos que, por la dramática circunstancia de la diáspora, levantaron un pedestal a su nombre en una lejana tierra hospitalaria que le acogió, cuando en el suyo estaba aún sujeto al trágico bamboleo de un ideal, logrado en espíritu y en constancia, pero anhelado todavía en su deseo. Pocos artistas exiliados fueron tan capaces, tan sensibles, tan dotados técnicamente y de perfil tan acusado y propio. Fue, sin duda, una de las figuras capitales de la renovación plástica española de primer tercio de siglo XX y, luego, a través de múltiples evoluciones de su quehacer pictórico, fue conservando siempre una actitud de renovador. Renovación, por cierto, no siempre orientada hacia el futuro, sino ahincada en retrospecciones, en estilos pretéritos muy variados, donde fue a buscar nuevas formas de inspiración.
Enrique Climent Palahí vino al mundo en Valencia, el 24 de mayo de 1897, en el marco de una familia burguesa. Sus primeros años transcurrieron en un pueblo aragonés, donde sus abuelos poseían una casa solariega. Cursó estudios de bachillerato y muy tempranamente se despertó en él la vocación artística. En 1917 ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos a pesar de la oposición de su padre, quien le negó toda clase de ayuda económica. De espíritu inconformista, se integró en las filas de la Asociación de Artes y Letras, presidida por el pintor Antonio Fillol, y constituida por jóvenes disidentes del Círculo de Bellas Artes como Ricardo Verde, Enrique Navas, Pascual Isla o Enrique Cuñat. Vivió en la controvertida lucha que entonces se libraba en Valencia entre los seguidores de Ignacio Pinazo y los defensores a ultranza de Joaquín Sorolla.
Al terminar sus estudios se instaló en una vieja buhardilla de la calle Roteros, donde pintaba retratos y ejecutaba dibujos publicitarios para subsistir. Sus inquietudes renovadoras, ya superada su juvenil militancia en el sorollismo, le hizo frecuentar la librería Internacional de la calle Joaquín Sorolla, donde adquiría revistas extranjeras que le informaban puntualmente de los movimientos artísticos entonces de moda. Sin embargo, el aislamiento en que trabajaba, encerrado en una pequeña ciudad de provincia, separado de las corrientes principales de la vida artística, suponía una inevitable limitación creadora para un artista joven con inquietudes y deseos de conocer nuevos horizontes.
En la primavera de 1919 se presentó al concurso de méritos de una convocatoria de becas de paisaje que iban a desarrollarse en Madrid y obtuvo una pensión. Con las obras que pintó durante el pensionado celebró en Madrid una exposición que obtuvo notable éxito de crítica y de venta, lo que le animó a establecerse en esta capital. Para sobrevivir trabajó como ilustrador en la revista Blanco y Negro y en Prensa Española. El tiempo libre lo empleaba en la realización de retratos y paisajes que vendía en los comercios. Entró en contacto con el grupo de artistas renovadores y empezó a colaborar en las principales revistas madrileñas. Su actividad artística se ramificó hacia otras áreas más rentables, como la publicidad comercial, pero manteniendo firme su personalidad. Asistía a la famosa tertulia del Café del Prado, frente al Ateneo, donde se reunían Benjamín Palencia, Alberto Sánchez, Bores y Cossío.
Presentó su primera exposición individual fuera de la capital, en las barcelonesas galerías Layetanas, en 1920, y luego lo hizo en la sala Dalmau. La necesidad de contactar con las fuentes de la vanguardia internacional le llevó a trasladarse a la capital francesa en 1924, que contaba con un importante núcleo de plásticos españoles. Allí permaneció dos años dedicado a la escenografía y al diseño en el Teatro de la Ópera. Regresó a Madrid, donde prosiguió pintando y celebrando exposiciones en distintas salas. Se incorporó a la tertulia del Café Pombo, presidida por el escritor Ramón Gómez de la Serna, a quien ilustró su Greguerías.
Su adscripción definitiva a la renovación plástica española se produjo en 1925, al integrarse al grupo de los Pintores Ibéricos, que intentaban modernizar el arte español basándose en sus orígenes. Participó en casi todas las exposiciones organizadas por este movimiento renovador, que tuvo en el crítico de arte Manuel Abril, su principal promotor. En 1929 mostró obras en una exposición de vanguardia en el Jardín Botánico de Madrid, organizada por la Sociedad de Cursos y Conferencias. En 1930 concurrió a una exposición colectiva celebrada en Copenhague, con el grupo de los Artistas Ibéricos. En 1931 fue nombrado profesor de Arte en el Instituto Salmerón de Barcelona y firmó el “Manifiesto dirigido a la opinión y los poderes públicos”, donde un grupo de artistas renovadores exigían “cambios en las viejas costumbres” y expresaban la conveniencia de implantar “un sentido amplio y renovador a la vida artística nacional”. En 1933 presentó obras a la “Primera Exposición de Arte Revolucionario” que se celebró en el Ateneo de Madrid, organizado por la Sección de Artes Plásticas de la Alianza de Intelectuales. Expuso en la Regional de Bellas Artes, en 1934, y en diversas muestras colectivas que organizó Acció d’Art en la Sala Blava de Valencia.
Al estallar la guerra fijó su posicionamiento político claramente frentepopulista y participó de lleno en las actividades de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y en los órganos de propaganda. Su convicción era que, a pesar de aquella situación bélica, se imponía la necesidad de continuar creando y promoviendo los valores humanos. Cooperó con sus obras, primero en Madrid y después en Valencia, trabajando a las órdenes del subcomisario García Maroto. Su labor pictórica la presentó en las Exposiciones Nacionales que se celebraron en Barcelona, obteniendo importantes premios. Además trabajó para el Ministerio de Propaganda ejecutando diversos carteles y dibujos. Pero su labor más importante fue la de los dibujos que realizó para el álbum titulado “Madrid” (1937), en el que colaboraron además, Francisco Mateos, Eduardo Vicente, Arturo Souto y José Bardasano. Para el Pabellón Español en la Exposición Internacional de París, presentó las obras tituladas “El bombardeo y Cuatro aviones bombardeando”. La primera era un óleo sobre tela que había obtenido el segundo premio en la exposición “Concurso de Pintura, Escultura, Grabado y Dibujo” de Barcelona (1937). La segunda, un dibujo al carbón, lápiz conté, pincel y pluma, con tinta sobre carbón. La crueldad de la guerra quedó plasmada en aquellas obras expuestas en París, donde el desgarro expresionista de un dibujo torturante y los tonos oscuros y ensombrecidos por la angustia dominaban la sensibilidad del artista valenciano.

Enrique Climent. “Retrato de Juan Gil-Albert”. Óleo, 1940.
Al término de la guerra cruzó la frontera francesa y fue recluido en el campo de refugiados de Argelès-sur-Mer, que abandonó gracias a la mediación de un grupo de intelectuales extranjeros. En el verano de 1939, llegó a México, donde inició un largo y prolífico exilio dedicado a la creación artística, a sus exposiciones y a impartir clases. Pintó paisajes y naturalezas muertas que avizoraban en su nuevo entorno. En 1940 obtuvo una beca del Colegio de México para pintar. Con la obra realizada celebró su primera exposición en la Universidad de México.
Su pintura se movía dentro de una tendencia academicista, apenas influenciado por las tendencias vanguardistas. Afincado en México conoció a la escritora y periodista norteamericana Helent, mujer que le apoyó en los primeros años de su exilio y con la que contrajo matrimonio. Amplió sus círculos sociales y frecuentó los ámbitos de los republicanos españoles. Fue contertulio habitual del Café Papagayo, y colaboró en las revistas de los exiliados republicanos. Pero lo más importante fue su actividad como pintor, grabador y dibujante, sin olvidar su magisterio en el campo de la docencia artística. Estableció su residencia en la Colonia de las Águilas, en las cercanías de México, donde instaló su estudio.
De vez en cuando salía a exponer fuera del país, principalmente a los Estados Unidos, pero en general, se resistía a que sus cuadros viajasen. Su regreso a España, después de veinticuatro años de exilio, coincidió con una exposición de sus obras en la sala Cisne de Madrid. La muestra causó una gran expectación y la crítica de arte le dedicó comentarios en los que destacaba que quedaba recuperado para la plástica española.
En la localidad alicantina de Altea pasaba las vacaciones veraniegas. Se abrió entonces un breve, pero intenso paréntesis, un retorno a sus orígenes, al mar, al cielo de su juventud y al encuentro con el paisaje de su tierra. Posteriormente se retiró a su estudio de la Colonia de las Águilas, recibiendo escasas visitas de amigos y emprendiendo fugaces viajes a la capital federal. En 1977 la editorial Joaquín Mortiz publicó la monografía artística Enrique Climent, con una presentación escrita por el propio artista, en el que resumía su ideario estético. Murió en su residencia mexicana de la Colonia de las Águilas, en 1980.
Josep Aguilera i Martí (1882-1955)
La carrera artística del catalán Josep Aguilera i Martí tendía a ser monótona y tranquila hasta que se vio bruscamente alterada en julio de 1936 al estallar la guerra civil cuyo desenlace lo llevó a él y a su familia al desarraigo de un penoso exilio al que se añadió el drama de su paso por los terribles campos de concentración y la posterior repatriación forzada a su país, siempre, claro está, bajo la amenaza de ser represaliado por los vencedores. Su destino como artista se truncó, y tuvo una existencia llena de obstáculos, padeció mucha desazón por causas económicas, y pasó por largos periodos de depresión, y todo ello a pesar de su prestigio como profesor, su magistral dominio del retrato al carboncillo y su condición de máximo representante del paisaje monumental de Girona, la ciudad en la que desarrolló la mayor parte de su actividad artística y que lo consideró maestro indiscutible.
Josep Aguilera i Martí nació en Salt (Girona), el 4 de agosto de 1882, en el marco de una familia modesta. Su padre, Francesc Aguilera, era propietario de la tartana de transporte de viajeros que hacía el trayecto regular Salt-Girona. A causa del fallecimiento de su madre en 1891, cuando era un niño, su progenitor abandonó el establecimiento que había instalado en los bajos de su casa –El café de Xicu– y se trasladó con él a casa de un hermano suyo en Barcelona, donde alternó sus estudios en las Escuelas Pías de San Antón con el trabajo en el bar que regentaba su tío.
Pronto se le despertó su vocación artística adquirida por su condición de lector de tebeos y su afición por copiar los dibujos que publicaban las revistas y semanarios ilustrados de la época. Aprovechaba su trabajo de camarero para hacer retratos al natural de los clientes habituales del café y cuando salía de casa lo aprovechaba para tomar apuntes de tipos curiosos que se iba encontrando. Llevado por su vocación, en 1905 se matriculó en la Escuela de Bellas Artes, en cuyas clases coincidió con Antonio Estruch, discípulo de Vila Cinca.
Al terminar la carrera se entregó a la pintura de caballete compartiendo estudio con un antiguo compañero de la academia, Casals. De carácter extrovertido, frecuentó los talleres de los grandes maestros y conoció a Nonell y Rusiñol. Para ganarse la vida alternó la pintura y los encargos con la docencia en una escuela privada, que más tarde abandonó para establecerse en su domicilio, donde impartió clases durante una década. En 1909 contrajo matrimonio con Rosa Gallar Xamani en Barcelona y en mayo de ese año concurrió a la Exposición de Arte de Barcelona con un paisaje urbano que representaba una calle de Barcelona. El aumento de la familia con el nacimiento de dos hijos le ocasionó serios problemas económicos que le obligaron a trasladar su domicilio al de su suegra en la localidad de Arbucias, un municipio de la comarca de la Selva, en la provincia de Girona.
En 1925 consiguió la Medalla de Oro del Concurso Josep Masrieta con un paisaje al carbón de Arbucias y al año siguiente se dio a conocer en una exposición en solitario que se celebró en el Ateneo de Girona obteniendo una gran acogida de público y crítica, estableciendo amistad con Carles Rahola.
Se integró en los círculos artísticos locales trabando amistad con Adolfo Fargnoli, Miguel Santalò, Miquel de Palol, Joaquim Pla, Eduard Fiol, Marcial de Laiglesia, Josep Tharrats y Rafael Masó. En octubre de ese año concurrió a la III Exposición de Arte Plástico gerundés promovido por el GEiEG, consiguiendo el primer premio de la modalidad de Pintura. A principios de 1927 volvió a exponer individualmente en la sala Parés de Barcelona en la que reunió dibujos de personajes marginales de la ciudad, algunos paisajes de Girona y Arbucias, editando un catálogo que incluía textos de presentación de Carles Rahola, Joaquím Pla, Artur Vinardell, Miquel Santalo, Marcial de Laiglesia y Miquel de Palol.
Desengañado por el fracaso comercial de la muestra, al vender únicamente un cuadro, decidió trasladarse a Girona, instalándose con su familia en la calle de la Força, donde abrió una escuela privada de Dibujo y Pintura. Su alumnado aumentó considerablemente cuando en 1928 incorporó en sus clases nocturnas el modelo natural, pues hasta entonces quienes solían posar eran mendigos y vagabundos. Su escuela le proporcionó un enorme prestigio como pedagogo y ese mismo año fue contratado como Profesor de Dibujo y Pintura en la remodelada Escuela Municipal de Bellas y en 1930 participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid.
Alternó la docencia con el cultivó de la pintura y el dibujo, participando además en diversas exposiciones colectivas y concurriendo a salones. Alcanzó un gran prestigio como paisajista y se le consideró como el pintor de Girona. También se entregó al retrato, donde destacó por la agudeza en captar rostros, miradas y fisonomías. En 1932 el ayuntamiento le encargó el dibujo de la portada del programa de Ferias y en 1933 participó en la I Exposición de Primavera de Girona promovida por su Ateneo, en la que coincidió con Rafael Benet, Joan Colon, Francesc Domingo, Pere Creixams, Grau Sala, Feliu Elías, Joaquim Mir, Rafael Llimona, Joan Miró, Xavier Nogues, José Mompou, Josep Obiols y Josep de Togores.
A finales de septiembre de ese año Josep Aguilera abandonó su piso de la calle de la Força y se trasladó a otro mucho más espacioso en la calle del Carmen, donde residió hasta el final de la guerra. Su prestigio como retratista se puso de manifiesto cuando en 1936 la Generalitat de Catalunya le adquirió diversas obras, entre ellas, los retratos de Francesc Maciá, Manuel Azaña y Lluís Company.
En la guerra Josep Aguilera se adhirió a la causa republicana, colaboró en diversas tareas propagandísticas, participó en exposiciones colectivas y realizó diversos dibujos sobre el conflicto. Del 12 al 22 de julio participó con Pep Colomer, Eduard Fiol, Francesc Gallostra, Ignasi Genover, Moises Giralt, Pere Perpinyá, Ramón Reig y Antoni Vares en una exposición colectiva celebrada en la Escuela Municipal de Artes e Industrias de Palafrugell.
A finales de ese año, Josep Aguilera fue elegido por el claustro director de la Sección de Bellas Artes de la Escuela de Bellas Artes, entonces repartida entre el local de la calle del Norte y el edificio de las Escolapias. En 1937 impartió clases en la sala de estudio del desnudo y de dibujo superior y de pintura. Por haber ocupado cargos docentes oficiales y haber participado en labores de propaganda a favor de la causa republicana, optó por abandonar con su familia la ciudad y cruzar la frontera francesa, situada a escasos kilómetros.
El 3 de febrero de 1939, antes de que las tropas nacionales ocupasen la ciudad, tomó el último autobús que salió de la Girona republicana, llegando a su destino Perpiñán, siendo detenido con su familia por la gendarmería que lo trasladó por ferrocarril al campo de concentración de Argelès-sur-Mer, de donde unos meses más tarde fue trasladado al campo de Nerck Plage, en Boulogne-sur-Mer, en Pas-de-Calais.
Con la amenaza, a finales de año, de la entrada de los ocupantes alemanes, desalojaron el campo y fue trasladado nuevamente con su familia al campo de Bram, en el Aude. En este lugar su hija menor Rosa María enfermó de tifus, y poco después enviaron a su mujer y a su hija menor a realizar trabajos de sirvientes en varios lugares, mientras su hijo Francisco trabajó de pastor de ganado en las montañas.
El 21 de diciembre de 1940 el comisario de policía del campo le expidió un permiso para que él, su esposa y sus hijas abandonasen Francia y regresaran a España. Establecido en Barcelona abrió su estudio y se dedicó a realizar retratos que le encargaban las galerías por mediación de Lluís Vilasau, quien hacía las veces de su marchante. Un trabajo de retratista mal remunerado que se prolongó hasta 1947 en que le propusieron sin éxito viajar a Sudamérica.
Su primer reconocimiento público como pintor se produjo cuando en julio de 1949 el Ayuntamiento de Salt le dedicó una exposición de homenaje en la misma casa consistorial. Murió el 29 de octubre de 1955, a los 73 años. A partir del fallecimiento de Franco y la instauración de la democracia su nombre comenzó a ser rescatado, valorado y considerado como el pintor cívico de Girona.
Jaume Passarell i Ribó (1889-1975)
El artista barcelonés Jaume Passarell i Ribó pasó a la historia del arte español del siglo XX por ser un buen periodista, agudo escritor de libros de memorias y divulgación, autor de exquisitos textos infantiles pero, sobre todo, un formidable dibujante caricaturista que, sin ser especialmente un innovador, ni tener una técnica notable, demostró que poseía una vena sarcástica, un gran poder de observación y un toque muy personal, por su excepcional talento, su gracia, su capacidad histriónica en indagar en la psicología de sus personajes, ya fueran políticos conocidos, intelectuales, científicos, empresarios, militares, aristócratas, artistas, tipos populares y deportistas, que lo convirtieron en un humorista muy leído en las revistas, semanarios y la prensa catalana.
Jaume Passarell vino al mundo en Badalona, el 2 de noviembre de 1889, en el seno de una familia modesta que residía en el número 148 de la calle de San Pedro, siendo sus padres Salvador Passarell i Recassent, carpintero y tramollista y María Ribó i Viltró, ama de casa. Cursó estudios primarios en el Ateneo Obrero de Badalona y amplió su formación en una academia privada. De ideología ácrata, en el sentido más idealista, pasó su juventud y adolescencia entre Badalona y el pueblecito de Tiana, donde un tío suyo tenía arrendado el Café de Dalt. Por mediación de su progenitor, concejal del ayuntamiento de su ciudad, ingresó como ayudante de maestro en la escuela pública que dirigía Jaume Giralt.
Jaume Passarell abandonó durante un breve tiempo el hogar y el trabajo docente y se trasladó a París en un deseo de encontrarse consigo mismo y, sobre todo, de asentar de una vez por todas su vocación, hasta entonces muy poco definida. Al tiempo que trabajaba para ganarse la vida como ayudante de maestro se le despertó gradualmente una fuerte inclinación dibujística, que fue afianzando de forma autodidacta y también por la influencia de los grandes dibujantes que publicaban en las revistas ilustradas de la época, de las que era un entusiasta consumidor.
Colaborador de revistas ilustradas catalanas como La campana de Gràcia y L’Esquella de la Torratxa, así como en la mayoría de las publicaciones editadas por Inocencio López Bernagossi. Se dio a conocer como dibujante en una exposición colectiva que se celebró en septiembre de ese mismo año en el Teatro Zorilla, coincidiendo con la Fiesta Mayor de la localidad y en la que también participaron los alumnos del pintor Eduard Fió i Guitart. Se entregó igualmente al cultivo del dibujo, la ilustración gráfica y la acuarela convencional, publicando algunos de sus trabajos entre 1910 y 1911 en diversas revistas y semanarios barceloneses.
Pero fue en el ámbito de la caricatura donde gradualmente comenzó a darse a conocer en su ciudad natal y a obtener sus mayores logros. Su primera exposición individual de caricaturas la celebró en junio de 1911 en el local de la Unió Federal Nacionalista Republicana que, si bien fue muy bien acogida por el público, provocó ciertas reservas en la crítica de arte que le consideró un principiante inexperto.
A mediados de agosto de 1912, durante la Fiesta Mayor, junto a Llorens Brunet, expuso en el Centro Badaloní una serie de caricaturas de tipos populares y personajes célebres, editando en aquella ocasión un catálogo que recogía una presentación de su amigo el poeta Marc Giró i Ros, en la que destacaba su solidez y su madurez como artista. En mayo de 1913 decidió abandonar definitivamente su actividad docente como ayudante de maestro para dedicarse por entero a su verdadera vocación a la que se había entregado los últimos años con tanta ilusión y esfuerzos como artista aficionado.
La necesidad de ampliar sus perspectivas laborales le hicieron mudarse a Barcelona, una ciudad cosmopolita en desarrollo y crecimiento, donde las editoriales, revistas de información general, semanarios satíricos, periódicos, agencias de publicidad y otras publicaciones ofrecían mayor oportunidades. Por mediación de su amigo Ramón Reventós “Moni” empezó a colaborar en L’Esquella de la Torratxa, que publicó su primera caricatura en la contraportada en mayo de 1913 y comenzó a enviar trabajos a otras como “Papitu”. En 1915 se incorporó como redactor en La Campana de Gràcia, lo que le permitió tener un sueldo seguro y la posibilidad de seguir colaborando en otras publicaciones como El poble català, El liberal y La Publicidad y con textos infantiles en El Sol de Madrid y La Mainada.
Jaume Passarell trabajó de periodista y publicó sus caricaturas y sus ilustraciones en los diversos medios catalanes y participó en distintos certámenes y salones. En enero de 1916 concurrió al I Saló dels Humoristes celebrado en la sala Mozart de Barcelona y el 3 de junio de 1917 inauguró una individual en el saloncito de “La Publicitat” en la que reunió varias decenas de caricaturas. Al conseguir con su trabajo cierta estabilidad financiera y emocional decidió regresar a su ciudad natal, Badalona, donde el 25 de octubre de 1922 contrajo matrimonio en la Iglesia de Santa María con su prometida Eulàlia Fartró i Estrada. En 1930 se incorporó como redactor de La Publicitat y prosiguió como era habitual en él publicando sus dibujos de contenido crítico en La Esquella y La campana de Gràcia sin abandonar sus reportajes en Mirador y otras revistas infantiles. Antes de que finalizase aquel año publicó el libro Cents ninot y una mica de literatura, una recopilación de cien caricaturas personales, acompañadas de un comentario generalmente breve relacionado con cada uno de los personajes. Igualmente ilustró los libros La bassa roja (1924) de Prudenci Bertrana, Cartilla de gramàtica catalana (1931) de Ramón Torroja.
Jaume Passarell apoyó la proclamación de la II República, el 14 de abril de 1931, una decisión que tomó ante el fracaso de la dictadura primorriverista con la que el rey Alfonso XIII se había comprometido. El mismo 1931 publicó conjuntamente con Ángel S. Escó, el libro Vida, obra i anecdotes d’en Santiago Rusiñol, en 1934 el opúsculo Homenatge a Pompeu Fabra, que editó la Associació de la Prensa de Badalona y en 1935 sacó a la luz en solitario L’Inventor Narcis Monturiol, una biografía de divulgación. Comenzó a colaborar en el Be Negro, la revista humorística creada por el equipo de La Publicitat en junio de 1931 y paralelamente siguió publicando en las páginas de Mirador y en La Jornada deportiva.
En la guerra civil abrazó la causa republicana, y trabajó en Barcelona en labores de publicidad y propaganda bélica, al tiempo que colaboraba en diversas revistas satíricas con caricaturas y viñetas de carácter antifascista, pero también criticando las actuaciones violentas propiciadas por grupos incontrolados y militantes anarquistas, lo que provocó problemas y amenazas. Por edad no llegó a ser militarizado, por lo que acrecentó su colaboración en la revista Criticom y articulista en Meridiá, similar a la antigua “Mirador”, mientras que la Biblioteca Política de Catalunya le encargó y publicó en su colección “Homes de Catalunya”, su biografía popular de Pompeu Fabra.
Al finalizar la contienda, en enero de 1939, Passarell decidió exiliarse solo a Francia, mientras que su mujer y su hijo se quedaban en Barcelona. Capturado por los guardias móviles fue enviado al campo de concentración de Argelès-sur-Mer que abandonó al cabo de unos meses para instalarse en la localidad de Tolosa de Llenguadoc, donde vivió en muy malas condiciones en un antiguo parque de bomberos cedido por el doctor Soula para acoger a republicanos españoles. Aprovechó su estancia para conocer la ciudad y sus alrededores, y reanudó la actividad periodística y dibujística centrada en la caricatura.
Con sus compañeros artistas Alfons Maseres, Josep M. Francés y Josep Miracle celebró una exposición colectiva en la que reunió varias decenas de caricaturas tomadas de los refugiados residentes. También colaboró con artículos en El Poble Catalá, revista editada en París a finales de 1940 por un grupo de catalanes del exilio.
Al producirse la invasión alemana Passarell descartó exiliarse a México, al haber conseguido un visado y un pasaje y haciendo caso a la recomendación de unos gendarmes, se reencontró con su esposa en Perpiñán, y en 1942 se trasladó a Castellnou de Bages, un municipio muy tranquilo y apartado, situado en la comarca del Bages, en la provincia de Barcelona. En 1945 recibió el encargo de su amigo Ángel Milla de escribir la historia de los bibliófilos y libreros de Barcelona que se tradujo en su estudio Libre de llibreters de vell i de bibliòfils barcelonins d’abans i d’ara, una obra muy bien editada donde alternó el texto con las ilustraciones y en junio expuso las caricaturas que aparecían en el libro en las galerías Syra.
Entre 1947 y 1948 realizó la ilustración de diversos libros para la editorial Millà, con trabajos convencionales y poco destacable. En 1947 tomó la decisión de regresar a su ciudad natal, Badalona, e instalarse junto a los suyos en su anhelado domicilio familiar de la calle San Pedro de Badalona. Se entregó a la pintura de caballete celebrando su primera exposición en solitario ese mismo año en las galerías Syra, cuya propietaria era Montserrat Isern, una vieja conocida y compañera del exilio francés. Al año siguiente volvió a exponer en la misma sala una selección de dibujos coloreados bajo el título de “Rincones de la Barcelona vieja”. También prosiguió realizando caricaturas al margen de la prensa que regalaba a sus familiares y amigos.
En 1950 Passarell participó con dos acuarelas de la playa en la Exposición Local de Bellas Artes de Badalona y consiguió una Mención Honorífica y en 1962 concurrió otra vez con tres acuarelas, una de las cuales obtuvo un premio especial. Igualmente, en 1954 y en 1955 expuso diversas obras, dos de las cuales fueron adquiridas por el Ayuntamiento para ser destinadas a su futuro museo de la ciudad. En 1954 volvió a exponer en las galerías Syra y en 1967 en el Taller d’Art de Pobla de Claramunt.
A partir de entonces Jaume Passarell se entregó casi por entero a la literatura que ya había ejercido durante la guerra civil, y se dedicó a describir sus experiencias en tres libros consideradas de memorias. Uno que publicó en 1971 y giraba en torno a sus vivencias como redactor de La Publicitat, el diario para el cual trabajaba de reportero y los otros dos escritos en 1968 y 1974 sobre la Barcelona que conoció de joven. También redactó unas biografías de Lerroux-Azaña; una obra de ilustraciones sobre personajes famosos de los años sesenta y un libro sobre la localidad de Tiana. Al enviudar se trasladó a casa de su hijo Salvador en Barcelona y poco tiempo después, el 5 de febrero de 1975, falleció, siendo enterrado en el cementerio general de Badalona.
Ubaldo Izquierdo Carvajal (1896-1960)
El que sí describió y recreó con sus apuntes, bocetos y acuarelas su visión trágica de este campo fue el pintor y militar madrileño Ubaldo Izquierdo Carvajal, quien con ello trató de denunciar la hipócrita política humanitaria y el falso moralismo del gobierno francés y la humillación y los malos tratos recibidos por sus compatriotas. Sus trabajos fueron impresionantes testimonios gráficos de las penalidades que sufrieron los refugiados, a la vez que les supo impregnar de una ternura sensible y delicada, por lo que algunos los consideraron como lo mejor de su producción artística.
Ubaldo Izquierdo Carvajal nació en Madrid, en 1896. Cursó la carrera militar siendo destinado al Batallón de Cazadores de Talavera número 18. En junio de 1918 contrajo matrimonio con Rosa Carreras Chacón. Alternó su actividad castrense en varios destinos geográficos con la práctica de la pintura dentro de un estilo figurativo, participando en diversas exposiciones colectivas y en el XIV Salón de Otoño de Madrid organizado por la Asociación de Pintores y Escultores. Establecido en Barcelona frecuentó sus círculos artísticos y concurrió a varias exposiciones.
En la guerra civil apoyó la causa republicana y como militar profesional participó en diversas acciones bélicas y en actividades propagandísticas. A su término cruzó la frontera francesa siendo capturado por la gendarmería e internado en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, donde realizó dos dibujos sobre la vida de los prisioneros que fueron entregados y conservaba la familia del pintor Gerardo Lizarraga en México.
Allí contactó con el pintor, dibujante y poeta sevillano Manolo Valiente, y junto a él participó en la creación el 17 de junio de 1941 de un Centro de Educación y Trabajo (CET) previa autorización oficial del inspector del campo. Estaba estructurado en diversos talleres que proponían los mismos prisioneros realizando trabajos manuales, una escuela técnica, clases de educación física y una escuela práctica. Se hizo cargo del taller de Bellas Artes impartiendo diversas disciplinas, como paisaje, composición decorativa y talla.
En 1941 al cerrarse el campo Ubaldo Izquierdo fue enviado al de Barcarès y al recuperar la libertad gracias a las gestiones realizadas por diversas confesiones religiosas y organismos humanitarios se trasladó Toulouse, donde rehízo su vida familiar y reanudó su actividad pictórica.
Ubaldo Izquierdo cultivó un estilo figurativo centrado principalmente en paisajes costumbristas, composiciones de figuras y bodegones. Entre sus obras destacaban “Panorama de Barcelona desde las canteras o Casa Bato” (1935), “Un aspecto gris de Barcelona” (1935) y “Trabaux Des Champs” (1945). Frecuentó los círculos de artistas republicanos y falleció en 1960. Su obra se encuentra representada en el Museo Nacional Reina Sofía de Madrid y en diversas colecciones privadas.
Francisco Rivero Gil (1899-1972)
La vida se detuvo de pronto cuando en su exilio francés el pintor y dibujante santanderino Francisco Rivero Gil fue recluido en este campo cuya estancia aprovechó para dar prueba de su sentido del humor a través de numerosas caricaturas y viñetas relacionadas con personajes ficticios o reales que deambulaban por este entorno y en los que no era difícil seguir la sombra de otros creados en épocas anteriores. A pesar de ser él mismo víctima de este sistema concentracionario desarrolló con sus dibujos humorísticos un universo gráfico inventado en el que aunaba unos una sintaxis críptica donde las palabras se convertían en hirientes puntillas y las imágenes en un enigmático testimonio y referencia de lo que veía en su entorno. Su fama le precedía antes de ser recluido en el campo, ya que durante los años veinte y treinta fue uno de los más relevantes dibujantes caricaturistas españoles, colaborando en diversos diarios y revistas satíricas, donde su firma alcanzó una gran popularidad. Destacó además como pintor de caballete, siendo autor de excelentes paisajes, retratos y composiciones de figuras, que la crítica especializada y el público siempre valoró.
Francisco Rivero Gil nació en Santander, el 12 de febrero de 1899, en el marco de una familia numerosa de la clase media con grandes inquietudes intelectuales. Su padre, Jesús Rivero Herreria, delineante del puerto de Santander y profesor de Dibujo en la Escuela de Artes y Oficios, le despertó muy pronto su vocación artística y le proporcionó los primeros consejos. Siguiendo sus pasos cursó los primeros estudios artísticos en la Escuela de Artes y Oficios de Santander, y a los 18 años ganó una plaza de delineante del Catastro y fue destinado a Segovia, y más tarde a Sevilla, donde completó su formación en la Escuela de Bellas Artes.
Comenzó a colaborar como caricaturista en las páginas del periódico maurista El pueblo cántabro, donde a partir de 1917 sucedió como viñetista humorístico e ilustrador gráfico al pintor Gerardo Fernández de la Reguera “Areuger” que se había trasladado a Madrid. Concurrió a la Exposición de Artistas Montañeses celebrada en el Ateneo de Santander, en 1918, donde, tras mostrar sus caricaturas en 1922, volvió a exponer en 1925, participando en el Salón de Humoristas de Madrid en el que recibió el segundo premio del Concurso de Carteles del Noticiero Sevillano, en 1935.
Como pintor se sintió atraído por el paisaje y los tipos santanderinos relacionados con Puerto Chico y su ambiente de pescadores y pescadoras, además del mundo del espectáculo y de los bajos fondos, y también por el fútbol. Sentía lo popular y lo autóctono de una manera muy especial. Escenas y tipos montañeses comenzaron a partir de la segunda mitad de los años veinte a aparecer en las páginas de los rotativos en los que colaboraba, además de estar presente en los diseños para la cartelería. Ejecutó anuncios publicitarios como por ejemplo para la marca de papel de fumar Abadie y diseñó carteles para diferentes acontecimientos regionales, como los concebidos para “El Día de Santander” (1924) organizado por la Asociación de la Prensa de Cantabria o en la campaña Santander en verano para ese mismo año. Realizó además portadas para la editorial Espasa Calpe (1925-1935) y otras para libros particulares de sus amigos, como los de Manuel Llano, El sol de los muertos (1929) y Brañaflor (1931).
Fuertemente comprometido con el ideal republicano abrazó el 14 de abril de 1931 la proclamación de la II República y participó en algunas de sus iniciativas para llevar el arte y la cultura a todos los rincones del país. Pronunció el 29 de febrero de 1932, en el Teatro Español de Madrid, una conferencia ilustrada con sus dibujos sobre los últimos acontecimientos de la historia de España que repitió más tarde en el Ateneo Popular de Santander justo el año en que la edición de Flor de leyenda, de Alejandro Casona, ilustrada por él, recibió el Premio Nacional de Literatura. Colaboró con sus ilustraciones y dibujos, en diversos diarios y revistas madrileñas, como Sol y Libertad.
Al estallar la guerra como un activo militante socialista que era salió en defensa de la República y tras permanecer en Madrid un breve tiempo se trasladó a Valencia donde realizó el cartel de propaganda “¡Atención! Las enfermedades venéreas amenazan la salud. ¡Prevente contra ellas!”, por encargo de la Jefatura de Sanidad del Ejército e impreso en Litografía J. Avino –UGT-CNT. Se mostraba a un combatiente republicano, en un simbólico color rojo, que contrastaba con la blanca mujer que lo abrazaba. A manera de metáfora visual se pretendía que los soldados al contemplar esta aparentemente escena amorosa comprendieran la terrible amenaza de muerte que podía transmitir el contagio por sífilis por parte de prostitutas no controladas sanitariamente.
Se mudó a Barcelona acompañando al gobierno republicano y con la caída del frente de Cataluña se trasladó a Francia siendo capturado por la gendarmería que lo recluyó en el campo de Argelès-sur-Mer donde permaneció 18 meses hasta que fue puesto en libertad.
Junto con cinco de sus hermanos, entre los que estaban Jesús Rivero Gil, emigró a la República Dominicana donde la familia se dividió al trasladarse unos a México, otros a Colombia y otros a Venezuela. Un hermano suyo Luciano Rivero (“Chano”), el menor, se quedó en España herendando el cargo de delineante del Puerto santanderino.
En Santo Domingo, Francisco Rivero Gil entró en contacto con otros artistas y caricaturistas republicanos, entre ellos, Antonio Bernad “Toni”. Se trasladó más tarde a Colombia y finalmente a México. El poeta León Felipe le consideraba su ahijado. Allí frecuentó la tertulia del Café Sorrento, a la que además asistían León Felipe, José Domingo Samperio, Jesús Revaque, Alfonso de la Mora. Colaboró como ilustrador en la revista La Montaña, órgano de la colonia montañesa en México y con dominical Claridades (1950-1955).
En 1946 ilustró el libro de Antonio de la Villa, Manolete, otra época del toreo, junto a Ricardo Marín. Para muchas de las películas realizó carteles publicitarios y mantuvo una cordial relación con la bailaora Carmen Amaya, gitana y santanderina de adopción. Murió en esta capital, el 24 de enero de 1972.
Frederic Sevillano i Doblanc (1902-1996)
Al término de la guerra civil española cuando el ilustrador, dibujante y autor de cine de animación catalán Frederic Sevillano i Doblanc gozaba de un enorme prestigio y era muy respetado, cruzó la frontera, siendo capturado y recluido en este campo de concentración, donde verdaderamente adquirió plena conciencia de su condición de desterrado republicano que siempre le persiguió y de la que nunca renunció. Pero, sobre todo, fue su experiencia concentracionaria en aquel lugar hostil lo que verdaderamente quedó grabado en su mente y congeló de forma estremecedora sus recuerdos convertidos muchos años después en verdaderas pesadillas. A diferencia de la mayoría de sus colegas refugiados, no quiso quedarse, ni viajar a otras naciones, ni establecerse en el país que le había ofrecido asilo, tal vez el temor y la propia seguridad que él mismo presentía por el inicio de la II conflagración mundial. Y con su asumida decisión de repatriarse evitó la ocupación alemana y la posibilidad de ser detenido por la Gestapo y enviado a un campo de exterminio como muchos de sus compatriotas dada su condición de combatiente republicano.
Frederic Sevillano i Doblanc nació en Barcelona, el 18 de julio de 1902. Se formó como dibujante en diversas academias de su ciudad natal y colaboró en numerosas revistas y publicaciones satíricas barcelonesas. En la guerra civil abrazó la causa republicana, alistándose como voluntario en el Ejército Popular y combatiendo en diversos frentes. Al término de la contienda, en 1939, cruzó la frontera francesa siendo arrestado por la gendarmería y recluido en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer donde realizó numerosos apuntes y bocetos acerca de la vida cotidiana de los prisioneros republicanos.
A su retorno a España fue detenido por la policía franquista, juzgado por “Auxilio a la rebelión” y condenado a muerte, una pena que le fue conmutada gracias a la mediación de un sobrino militar por una larga condena a prisión. Una experiencia carcelaria que se prolongó nueve meses en la cárcel modelo de Barcelona que le afectó mucho y cuyo testimonio recogió en un álbum de fotografías y dibujos.
Cultivó preferentemente el dibujo satírico, la ilustración y también trabajó de animador en los estudios madrileños “Chamartín”, que se habían construido en 1935, en el número 5 de la Avenida de Burgos, en Chamartín de la Rosa (Madrid), por el arquitecto Rafael Bergamín, arquitecto modernista, que se paralizaron al estallar la contienda, para inaugurarse oficialmente el 17 de abril de 1941 y en el que llegaron a trabajar 255 empleados.
Destacaban las películas de dibujos animados Don Cleque va de pesca (1940); Don Cleque de los monos (1941); Los reyes magos de Pituco (1943); Garabatos Ramper (1943) i Garabatos Valeriano León (1944); Don Cleque, en el Oeste (1944); Don Cleque y los indios (1945); Érase una vez… (1950) y Fisiología de la respiración (1956). Falleció en Barcelona, el 17 de agosto de 1996.
Andreu Dameson i Aspa (1897-1967)
Cargando las tintas algunos especialistas en arte, llevados por su admiración y a través de sus propios filtros valorativos, llegaron a pronosticar que el polifacético artista Andreu Dameson i Aspa era uno de los mejores caricaturistas catalanes del siglo XX, tal vez por haber impregnado a sus obras unos rasgos geométricos cubistizante resultado de su formación y experiencias durante sus reiteradas estancias en la capital francesa. Se convirtió más en un personaje atípico del mundo intelectual y en un carismático creador plástico que dominaba por igual la pintura, el dibujo, la ilustración, y sobre todo, como perspicaz autor de famosas caricaturas de personajes célebres de su tiempo, un género en el que siempre brilló y le abrió las puertas de la popularidad. Algunos de sus exégetas consiguieron eliminar la hojarasca y las anécdotas que rodeaban su personalidad repleta de aristas para centrarse en su talante de dibujante caricaturista, lo que le permitió colaborar en las mejores revistas y publicaciones satíricas de su tiempo, permitiendo sobrevivir y sacar adelante a su familia.
Andreu Dameson i Aspa nació el 17 de septiembre de 1897, en La Garriga, una ciudad de la provincia de Barcelona situada en la comarca del Vallés Oriental, muy conocida en toda Cataluña por su industria más importante, los muebles, por sus aguas termales, por sus edificios modernistas y por las alfombras que se realizan durante la fiesta del Corpus Christi. Procedía de una familia de clase media de origen occitano y era hijo de un electricista. Estudió en la Escuela Pública donde muy tempranamente dio muestras de una gran destreza para el dibujo, lo que fue advertido por sus maestros.
Siendo muy joven, en 1915, Andreu Dameson empezó a colaborar publicando caricaturas con el seudónimo “Galeno“, en la revista local Xàfec, de tendencia satírica y anticlerical. En 1918 se trasladó a Barcelona para proseguir los estudios artísticos en varias academias libres y poco después con el apoyo de la colonia de veraneantes de su ciudad consiguió reunir el dinero necesario para trasladarse a París donde vivió una experiencia bohemia enriquecedora y entró en contacto con los movimientos de vanguardia. A su regreso reanudó sus colaboraciones en diversas revistas satíricas catalanas, como L’Esquella de la Torratxa y La Campana de Gràcia, además de otras publicaciones locales de su comarca, como La Gralla de Granollers.
En 1923, en un intento desesperado para evitar un matrimonio pactado y no deseado con una señorita burguesa de su pueblo, se trasladó a Argentina, estableciéndose en Buenos Aires, donde entró en contacto con la colonia catalana muy influyente en la capital, y conoció a la joven francesa Susane Junon. Al cabo de un año y a causa del agravamiento de la salud de su progenitor regresó a La Garriga y colaboró en diversas revistas satíricas como L’Esquella Torratxa, La Campana de Gràcia y La Gralla, de Granollers. Aprovechó su estancia para realizar de nuevo un breve viaje a París, estableciendo lazos de amistad con Pablo Picasso, Georges Braque, Manolo Hugué, Juan Gris y Pablo Gargallo, que le influyeron en el cubismo.
Sus dibujos se hicieron más geométricos a través de un diseño de líneas, constructivo y simplificado, como si asemejaran alambres, anticipando lo que luego serían las obras de Alexander Calder. En 1925 realizó la famosa caricatura del líder ruso León Trotski, resuelta con contundente empleo de tinta, que creaba sensaciones de luces y sombras, precursora de su característica tridimensionalidad que más tarde perfiló su estilo.
La dura competencia profesional y de sus deseos de triunfar al otro lado del océano, le llevó en marzo de 1927 a regresar de nuevo a Buenos Aires, donde le esperaba su prometida francesa Susana Junon, con quien poco después contrajo matrimonio y tendría un hijo. Para ganarse el sustento colaboró en los diarios bonaerenses La Acción y Diario de Plata y en las publicaciones francesas Le Sourieure y Le Miror, siendo nombrado además director artístico de la revista Atlántida. Su dibujo caricaturesco comenzó a adquirir una gran personalidad a través de una gran síntesis y un juego intelectual y psicológico con el que creaba personajes satíricos y agresivos. Su reconocimiento internacional se produjo cuando en 1932 consiguió el primer premio con una caricatura del político catalán Francesc Macià en un Concurso Internacional de Caricatura celebrado en Nueva York, en competencia con otros humoristas internacionales.
Fue el interés y la esperanza que le despertó la proclamación de la II República un año antes lo que le hizo plantearse la necesidad de regresar ese mismo año con su familia a Barcelona reanudando su actividad como caricaturista en diversas revistas satíricas y en 1933 fue nombrado Hijo Predilecto de su ciudad natal, La Garriga.
El estallido de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 truncó su brillante carrera como dibujante. Comprometido políticamente con el catalanismo de ERC y la izquierda abrazó la causa popular que consideraba justa, participando en tareas de propaganda bélica. Colaboró en 1937 con la Generalitat de Cataluña en una exposición celebrada en las galerías Syra de Barcelona, promovida por su Comisariado de Propaganda, en la que reunía una veintena de caricaturas de jefes de estado de todo el mundo y otros dirigentes políticos para recaudar dinero con destino a los niños huérfanos catalanes, destacando, entre ellos, los que realizó de Manuel Azaña, Lluís Company, Dolores Ibarruri, Francesc Macià, Juan Negrín, Josep Tarradellas y Buenaventura Durruti, resueltos todos ellos con trazos geométricos y líneas duras y frías.
Con la caída en 1939 del frente de Cataluña Andreu Dameson cruzó la frontera francesa siendo apresado por los tiradores senegaleses y recluido en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, próximo a Perpiñán, que abandonó utilizando una inteligente estratagema que pasó inadvertida por sus guardianes senegaleses. Los confundió recurriendo a su perfecto dominio del francés y al hecho de vestir un pomposo abrigo y cubrirse las manos con guantes blancos simulando ser un inspector de campos del ejército francés. Les sorprendió irrumpiendo en la garita y pronunciando a voces órdenes de mando en perfecto francés lo que les indujo al equívoco que le permitió abandonar el campo por su puerta grande tal y como había anunciado unas horas antes a sus compañeros de reclusión.
Tras producirse el reencuentro con su mujer y su hijo Andreu Dameson consiguió documentación y pasaje para embarcar el 5 de noviembre de 1939 en el trasatlántico “Massilia” que le trasladó con su familia a la Argentina. En su capital reanudó su trabajo de caricaturista colaborando en revistas como Crítica, Ressorgiment y Catalunya y en Los Anales, dirigida por el escritor Jorge Luis Borges, y también realizando para un diccionario universal ilustraciones surrealistas. El dibujo que ejecutó para la portada del número de noviembre de 1940 de la revista Catalunya de Buenos Aires, una alegoría a la ejecución del político catalán autonomista Lluís Companys por el régimen franquista, dio la vuelta al mundo y le proporcionó una gran aureola de prestigio como dibujante. Falleció el 11 de abril de 1967, en Buenos Aires (Argentina).
Leandro Cristòfol i Peralba (1908-1998)
En el campo de concentración se encontraba el escultor y dibujante autodidacta leridano Leandro Cristòfol Peralba que, en la década de los años treinta, ejemplificó como ningún artista español, la influencia del surrealismo que asimiló de manera intuitiva, heterodoxa y muy personal, lo que le llevó a estar considerado como uno de los pioneros de la escultura surrealista en Cataluña. Y precisamente esa intuición suya es lo que explicaba la simplicidad, la pureza y la ingenuidad de su lenguaje escultórico al margen de cualquier tipo de referencia literaria, programas, teorías e istmos. De formación autodidacta se entregó a la elaboración de obras experimentales no figurativas, así como retratos y otras de temática religiosa, de clara connotación dadaísta y surrealista.
Leandro Cristòfol i Peralba vino al mundo en Os de Balaguer (Lleida), el 8 de junio de 1908 en el seno de una familia payesa. Cursó los estudios primarios en su ciudad y en 1922 se trasladó a Lleida donde trabajó de aprendiz en un taller de ebanistería y se familiarizó con el tratamiento y manipulación de la madera. Al mismo tiempo, frecuentó la academia del pintor valenciano Justo Almela y poco después ingresó en la Escuela de Artes y Oficios para posteriormente trasladarse a Barcelona donde prosiguió su formación en la Escuela de Bellas Artes de Sant Jordi. Al finalizar los estudios se entregó a la talla de madera y comenzó a interesarse por la técnica del forzado en hierro.
Su obra se mostró por primera vez en una colectiva de artistas del grupo “Un Altres” constituido por Ramón Roca y Josep Sanàbria, que tuvo lugar en el Museo de Arte Jaume Morera de Lleida en octubre de 1930. Volvió a exponer en marzo de 1932 formando parte del grupo “Studi d’Art” en el Casino Independiente, y posteriormente lo hizo en las galerías Laietanas de Barcelona.
Se dio a conocer en una muestra en solitario que celebró en el Casino Independiente, del 24 de septiembre al 8 de octubre de 1933, en la que junto a obras figurativas se encontraba la titulada “Cosa lírica” que sorprendentemente no lo era, y que sería un precedente de su vocación experimentadora posterior. Presentó su pieza “Construcción lírica” en el Concurso de Primavera promovido por el Ayuntamiento de Lleida en mayo de 1934 y en la que concurrieron 34 artistas leridanos. En 1936 participó con sus obras “Peix damunt la platja” (Pez cerca de la playa), “Nit de Lluna” (Noche de Luna), “L’aurèola astral i impassibles está a punt de sortir” (La aurora astral e impasible está a punto de salir) y “Finestra” (Ventana) a la exposición “Lógicofobista”, que promovió ADLAN en Barcelona.
Al estallar la guerra civil, el 18 de julio de 1936, apoyó la causa republicana y participó en tareas de recuperación y salvamento del patrimonio artístico junto a sus compañeros Crous y Lamolla. En 1938 se incorporó como soldado en el ejército republicano siendo destinado a un puesto en la retaguardia. Entretanto, una representación de su obra formó parte de unas exposiciones internacionales del surrealismo que itineraron por Tokio y París gracias a las gestiones llevadas a cabo por sus amigos Manuel Viola y Benjamín Peret. Al término de la contienda cruzó la frontera, siendo arrestado por la gendarmería y recluido primero en un campo de concentración cercano a Perpiñán y más tarde, al de Argelès-sur-Mer.
A su regreso a España se vio obligado a cumplir el servicio militar en un campo de trabajo de Marruecos y una vez licenciado reanudó su actividad escultórica primero en Lleida y más tarde en Barcelona donde se instaló a finales de 1943. Tres años después, juntamente con Marià Gomà, Josep Benseny, Abad Gil y Charles Pardell, inició la gestión para poner en marcha una academia de artes plásticas en el Círculo de Bellas Artes donde ejerció la docencia como profesor de Dibujo Artístico. En 1949 celebró una muestra en solitario en el Instituto de Estudios Ilerdenses presentando una producción figurativa de temática popular; en 1951 fue seleccionado para participar en la I Bienal Hispanoamericana de Arte con una serie de obras figurativas y posteriormente lo hizo en el IV Salón de Octubre de Barcelona.
En 1952 participó en la exposición colectiva del Círculo Maillol de Barcelona lo que le permitió obtener una beca para trasladarse a París y ampliar conocimientos y en 1953 volvió nuevamente a esta ciudad al obtener una nueva beca concedida por el Instituto Francés de Barcelona. Aprovechó su estancia de varios meses para frecuentar los círculos de artistas españoles, visitar sus museos y entrar en contacto con la vanguardia escultórica internacional.
A su retorno a su ciudad se incorporó como profesor de Dibujo en la Escuela del Círculo de Bellas Artes. En marzo de 1955 celebró otra exposición individual en la Caja de Ahorros donde reunió piezas de carácter figurativo y centradas exclusivamente en la iconografía de los crucificados y en 1956 volvió a exponer en el Círculo de Bellas Artes en la que hizo un repaso de su trayectoria figurativa.
En 1959 tomó la decisión de dar un giro a su producción y retomar su variante experimentadora y no figurativa que reunió en su muestra “Abstractos” en los que se advertía los aires de la renovación artística. En 1960 se editó la primera publicación dedicada a él que recogía textos de diversos autores, una entrevista y una selección de fotografías representativas de su trayectoria artística. Entre 1961 a 1973 ocupó la plaza de enseñanza artística en el Instituto Mario Torres de Segunda Enseñanza y en 1963 presentó la muestra “Situaciones y aproximaciones” en el Instituto de Estudios Ilerdenses
En 1983 recibió la Cruz de Sant Jordi de la Generalitat de Cataluña; en 1990 el Premio Nacional de Artes Plásticas y en 1991 el Premio “José González de Peña” de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1989 otorgó al Ayuntamiento de Barcelona un conjunto de 64 esculturas y objetos y 22 dibujos que, al cabo de los años, formarían parte de las colecciones del Museo de Arte de Cataluña y en 1990 donó al Ayuntamiento de Lleida 80 esculturas, objetos y dibujos a cambio de una renta vitalicia. En 1991 su obra se incluyó en las exposiciones “Picasso, Miró y Dalí” que promovió la Schirn Kunsthalle de Frankfurt y la muestra “Constantes del arte catalán actual” celebrada en el Museo “Rufino Tamayo” de México, Museo de Arte Moderno de Monterrey y finalmente en el Centro de Arte de Santa Mónica. Una parte importante de sus obras se expusieron permanentemente en la sala “Leandro Cristòfol” de Lleida inaugurada en 1995 y que funcionó hasta 2007 que pasó a formar parte del espacio expositivo del Museo de Morera.
Leandro Cristòfol falleció en Lleida, el 19 de agosto de 1998. Sus herederos donaron su colección privada, archivo y su biblioteca al Ayuntamiento de su ciudad un año después de su desaparición.
Enric Crous-Vidal (1908-1987)
La actividad creadora desarrollada en este campo de concentración por el pintor, dibujante, ilustrador y grafista catalán Enric Crous-Vidal le sirvió como vía de escape de la humillación, rabia acumulada y desahogo, pero también de resistencia, que sentía por su condición de combatiente republicano derrotado, obligado a convertirse en un apátrida y a vivir un incierto exilio exterior. Para dar salida a su frustración de cautivo se entregó a realizar pequeños dibujos a lápiz o a tinta, acuarelas y pinturas, sobre la existencia cotidiana de los prisioneros, o retratos y caricaturas, que luego intercambiaba con sus compañeros o guardianes por cigarrillos, comida o medicinas. Alcanzó también un gran prestigio como tipógrafo, donde destacó como defensor de la grafía latina al imponer el uso de estructuras sintéticas, arabescos decorativos y nuevos grafismos en contraposición a la rigidez de los caracteres cúbicos, trazados en regla y compás del estilo germánico predominante en el primer tercio de siglo XX. A pesar de su formación autodidacta y, al tiempo que mostró un gran interés en el desarrollo de la tipográfica a través de la fundación de escuelas, creación de empresas, publicación de artículos divulgativos en revistas, edición de libros y conferencias, destacó igualmente por poseer otras inquietudes y habilidades, desde una perspectiva experimentadora, transgresora y de compromiso con el arte, como divulgador de los movimientos de vanguardia, creador de agencias de publicidad, fundador de revistas, impulsor de cines-clubs, fotógrafo aficionado, defensor del patrimonio artístico en la guerra civil, colaborador de publicaciones antifascistas, falsificador, diseñador gráfico, protector de los tesoros artísticos franceses, restaurador de relojes de sol, escritor memorialista y notable pintor de caballete en el arrabal de su senectud.
Enric Crous-Vidal vino al mundo en Lleida, el 6 de agosto de 1908, en el seno de una familia de palleses muy conocida y apreciada que procedía de Arbúcies (La Selva), y cuyo padre trabajaba de capataz en la compañía de teléfonos de la Mancomunidad de Cataluña en Ponts. Pronto se le despertó su vocación artística, destacando entre sus compañeros de la escuela por su dominio del dibujo, mientras que era un gran lector de tebeos y revistas ilustradas.
Frecuentó los círculos artísticos y entró en contacto con otros jóvenes artistas entre los que se encontraban Josep Benseny, Carlos de Haes, Xavier Gosé, Antoni Samarra, Baldomer Gili Roig, Jaume Morera, Prudenci Murillo y Manuel Villegas. Se dio a conocer como artista en una exposición que celebró en 1929 en el Casino Mercantil de su ciudad y al año siguiente publicó su primer programa artístico de la Fiesta Mayor que continuaría haciéndolo las ediciones siguientes. En 1931 se consolidó como artista al proclamarse ganador del Certamen de Arte y Técnica del Casino de Clases de Madrid con la obra “La Pantomima bohemia” y ese mismo año abrió la agencia de publicidad Studi Llamp, dedicado a la propaganda y al diseño publicitario.
Creador de la revista Art, que se definía como una publicación internacional que acogía las ideas de una época marcada por una visión del arte más comprometido con la sociedad. Para ello se convirtió en un foco aglutinador de relevantes artistas locales, como Josep Viola, Leandre Cristòfol y Antoni G. Lamolla. Desde sus inicios adquirió un carácter radical en sus planteamientos alrededor del arte oficial, al considerar que “la tradición es la negación de la evolución” y defender un arte combativo, cosmopolita y vanguardista, para lo cual publicó sus poemas, ensayos y escritos, con un diseño muy moderno y próximo a la tipografía visual. Dio cabida a las nuevas tecnologías impresoras y también a los distintos ámbitos de la actividad cultural, como la literatura, el arte, el cine, la fotografía, la música y la danza, siempre desde una perspectiva experimentadora y transgresora, al punto de que sus colaboradores se definían a sí mismos de “actius terroristes culturals” más conservadores de la ciudad.
Al tiempo que dirigía la revista tuvo un importantísimo activismo como promotor cultural en diversos ámbitos, siendo uno de los creadores del primer cineclub de su ciudad, pero sobre todo en el ámbito de la grafía fue uno de los principales difusores de la nueva tipografía publicando un tratado sintético de caligrafía en la que establecía las pautas de su estilo personal. Dio a conocer su obra en una exposición en solitario en 1934 en las galerías Laietanas de Barcelona y poco después el Círculo de Bellas Artes de Madrid, además de su ciudad natal.
En la guerra civil abrazó la causa republicana participando inicialmente como artista en los talleres de propaganda bélica y colaborando en diversas publicaciones antifascistas. Juntamente con su amigo AG. Lamolla trabajó en la salvaguardia del patrimonio artístico de Lérida y Aragón y como representante de la Generalitat de Cataluña evitó que muchos edificios religiosos y obras de arte de iglesias, conventos y seminarios fuera destruidas por las masas incontroladas. Al ser militarizado fue destinado con el rango de Teniente a una unidad militar que combatía en el frente de Huesca y posteriormente al del Ebro.
Cuando la ofensiva nacional a Cataluña cruzó la frontera francesa, siendo detenido por los gendarmes y recluido en el campo de refugiados de Argelès-sur-Mer, donde se encontraba su amigo Leandre Cristòfol. Durante su estancia allí realizó algunos dibujos de tema concentracionario y mantuvo correspondencia con Christian Zervos. Aprovechando una evacuación consiguió abandonar su encierro hasta llegar a Montauban, donde se quedó, acogido por los cuáqueros americanos.
Durante la ocupación, en 1942, ingresó la clandestina resistencia francesa en labores de falsificación de salvoconductos y documentación gracias al dominio que tenía de las técnicas gráficas. Debido a su experiencia en la guerra española en las labores de salvamento del patrimonio artístico le propusieron trabajar en la protección de los tesoros artísticos franceses. En concreto se encargó de trasladar algunas piezas del Louvre al Museo de Ingres de Montauban. Mantuvo una estrecha relación con el conservador jefe del Louvre y director de los museos de Francia, René Huyghe, quien al advertir los grandes conocimientos técnicos que poseía, le encomendó la restauración de los relojes de sol de los monumentos históricos. El primero que restauró fue el de la iglesia de Saint Jacques en la plaza Nationale de Montauban, una réplica de la plaza des Vosgues de París, que tenía claustro y tímpano románico, y estaba situada en el camino de Santiago. También restauró el del Lycée de Moissac, para acabar con el de la iglesia de Saint-Michel y el de la Tour de l’Horloge de Verdun-sur-Garone. En el tiempo libre que disponía solía frecuentar en los porches de la plaza Nationale una tertulia artística formada por el conservador del Museo de Ingres, M. Bouyssat; M. Rolland, un auténtico humanista y el pintor Padilla, refugiado que de joven formaba parte del círculo de amistades de Picasso en Barcelona, y algún otro.
Al término de la II Guerra Mundial, en 1945, decidió establecerse en la capital francesa, donde amplió sus conocimientos gráficos, incorporándose más tarde a la imprenta Draeger Frères, para la que realizó diversos proyectos en un estilo elegante y objetivo que había caracterizado a la casa antes de la guerra. Allí conoció a Maximilien Vox, un experto en la clasificación de caracteres, quien le proporcionó buenos consejos y le despertó la curiosidad por la letrística en el terreno de la tipografía, los caracteres fundidos en plomo. Era, además, el editor de la revista Caractère, en la que publicó algunos artículos en defensa de una grafía entroncada en la tradición mediterránea, y dio a conocer sus letras, fundidas por la Fonderie Typographique Française a partir de 1951 y bautizadas con nombres como “Flash, Paris, o Ile de France”.
En 1947 contrajo matrimonio con Denise-Madelaine Kohler, con la cual se estableció en la localidad de Boulogne-Billancourt, y poco después tuvieron un hijo. En 1950 abrió su propio taller de tipografía y comenzó a elaborar sus primeros caracteres que lo consolidó como uno de los grandes renovadores de este campo y un defensor a ultranza de los criterios de grafismo latino frente al germánico. Se le consideró el verdadero creador de la Escuela de Grafía Latina, en la que defendió la necesidad de establecer un nuevo sistema de estructuras tipográficas y de nuevos grafismos, en caracteres tipográficos y arabescos decorativos, más acorde con el espíritu latino, en contraposición con la rigidez de los tipos germánicos, de formas cúbicas, trazadas con regla y compás. A su juicio había que anteponer “la mano y el corazón frente al compás y la matemática”, defendiendo la Grafía Latina en contraposición con el carácter germánico.
Adquirió renombre además por las charlas, conferencias y cursos que dictó en 1950, 1953 y 1954, y por su exposición en la parisina galería d’Orsay en 1952. En 1954 fue designado director artístico de la Fonderie Typographique Française, una empresa tipográfica, para lo cual contó con el apoyo de Maximilien Vox, editor de la revista Caractère y fundador de l’Escola de Lure. Entre otras, fue el creador de algunos tipos de alfabetos adaptados usados hoy en el comercio y la industria gráfica, destacando Flash, creados en 1953, con caracteres en mayúsculas, puntuación y números muy apropiado para su uso en carteles y titulares; “París”, de 1953, en las variedades, fino, seminegro y negro, con mayúsculas, puntuación y números; “Ilerda”, de 1945, también denominado Champs Elysées en Francia, carácter que expresaba fuerza, energía pero también elegancia e, incluso, cierto toque de coquetería; “Fuga de arabescos”, de 1954, un sistema expresivo de adornos destinados a complementar los impresos con las especies; en 1952 sacó lo tipos “Catalanes”, influido por las altas decoraciones versallescas, con caja baja, puntuación y números, tipo fantasía, con remates particularmente pronunciados, que transmitían distinción y elegancia y en 1966 creó su última letra que denominó “Structura”, que suponía una especie de homenaje a la “Futura” de Paul Renner y también el último intento de contrarrestar las críticas que le acusaban de falta de rigor en sus diseños.
Enric Crous-Vidal trató de regresar a España en dos ocasiones, siéndole negada su entrada a causa de su condición de exiliado republicano, y sólo después del fallecimiento del dictador a mediados de los años setenta pudo hacerlo, estableciéndose durante breves temporadas en Lleida. A finales de esa década comenzó a retirarse del mundo de la tipografía, centrando su trabajo creativo en la pintura de caballete. Abandonó su militancia como pionero de la renovación tipográfica debido al cansancio, desánimo y decepción provocada por el auge de las propuestas tipográficas más flexibles de la escuela helvética, dominantes desde mediados de los años cincuenta.
Enric Clous-Vidal falleció en 1987, en Noyon (Francia), y tras su desaparición llegaron los homenajes póstumos y las exposiciones retrospectivas. En 2000 el Museu d’Art Jaume Morera de Lleida le dedicó la monográfica “Enric Crous-Vidal: de la publicitat a la tipografía”, comisariada por Patricia Molins; en verano de ese mismo año, el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) de Valencia acogió la misma muestra itinerante y el Museu d’Art Jaume Morera ofreció en 2009 la muestra “Crous Vidal i la Grafia Llatina”, coordinada por Raquel Pelta. En cuanto a las publicaciones dedicadas, en 2007, la Editorial Mediterránea publicó la monografía “Enric Crous. Memòries” y en 2008, Edicions de la Clamor de Lleida, sacó el libro Enric Crous-Vidal. Enfant terrible 1908-1987, de Esther Solé i Martí.

El caricaturista Ernest Guasp.
Ernesto Guasp (1901-1984)
Adscrito a la generación de caricaturistas y dibujantes satíricos de la II República, por su desdén antifascista, sus críticas anticlericales, su antimilitarismo y su rechazo a las ideologías ultraconservadoras, el valenciano Ernesto Guasp, un bohemio de talante anarquista, se vio abocado con la victoria franquista a tomar el camino del exilio. En su paso por el campo de refugiados de Argelèssur-Mer descubrió en sus carnes la terrible experiencia de la vida concentracionaria, los malos tratos, el hambre, las humillaciones y la angustia de vivir sin libertad. Presenció con los ojos de un dibujante de humor, la degradación y la humillación de sus compatriotas, desde la incertidumbre de un futuro incierto, en un panorama prebélico que culminaría con el estallido de la II Guerra Mundial y la ocupación de Francia. Reconoció que aquella situación le sirvió para añadir más experiencias propias que les serían de argumentos fundamentales para elaborar sus chistes, viñetas e historietas de humor que vieron su luz más tarde en importantes revistas y periódicos mexicanos, y que consolidaron su prestigio como gran dibujante satírico y político. Al final, consiguió abandonar el campo por pura providencia gracias a las gestiones que realizó un pariente y embarcar en Marsella con destino al puerto de Veracruz.
Ernesto Guasp vino al mundo en Alzira (Valencia), el 22 de agosto de 1901. Su talante bohemio y nómada de hombre que no tenía muy clara su vocación y sus metas en la vida le llevó a realizar diversos trabajos, recorrer varias ciudades y frecuentar los más importantes conciliábulos artísticos, literarios y políticos de entonces. Trasladó sus inquietudes al dibujo, a los artículos periodísticos y a la literatura que cultivó durante toda su vida. Sin embargo, el prestigio que alcanzó se debió principalmente a sus chistes, viñetas y caricaturas en diarios y revistas.
Se inició como caricaturista político en el diario republicano El Mercantil Valenciano, y después colaboró en diversos periódicos madrileños como El Liberal y El Sol, coincidiendo con los años de la dictadura primorriverista. Al principio de la década de los treinta se trasladó a Barcelona para trabajar como dibujante en diversas revistas satíricas catalanas. Fue cofundador del seminario El Be Negre, publicación satírica considerada la más importante de España en el periodo de 1932 a 1934. En esta revista, dejó pruebas de ser un hombre de una gran capacidad de trabajo y creador, con una inteligencia despierta. Sus comentarios humorísticos y sus chistes políticos suscitaron la admiración de todos por su calidad y el doble sentido de su lectura.
Entre los más recordados está el publicado en el momento más acalorado de las discusiones en el Parlamento de Madrid sobre el Estatuto de Cataluña en 1932. El texto decía: “Os estimamos mucho, pero no queremos dar la lengua”. El periódico barcelonés publicaba veinte mil ejemplares y su influencia era decisiva en los sectores nacionalistas de Cataluña. En El Be Negre se ocultó en numerosas ocasiones bajo el pseudónimo para evitar problemas con la justicia y con ciertos sectores ultraconservadores de la política, la milicia y el clero, en un momento en el que la libertad de expresión se encontraba restringida y amenazada por una fuerte censura estatal.
A pesar de ello en estos años republicanos Ernesto Guasp llevó a cabo una gran actividad como dibujante, caricaturista y humorista y lideró diversas aventuras editoriales. Así, colaboró en diferentes diarios como Las Noticias y El Diluvio, y tras abandonar El Be Negre se incorporó como director de la L’Esquella de la Torratxa, un prestigioso semanario satírico de gran público que se publicaba desde 1872. En la revista trabajaban los más importantes dibujantes humoristas españoles y su contenido se mantenía en la más rigurosa sátira política y social. En sus páginas, articulistas y dibujantes atacaban a la política centralista, a los sectores más reaccionarios de la sociedad y lanzaban duras críticas contra la opulenta burguesía catalana, a su código moral, sexual y social.
Su popularidad alcanzó cotas insospechadas y coincidía en unas fechas en que ningún escritor llegaba a igualar las calidades y el sentido de los dibujantes. Tuvo gran sensibilidad para captar en sus chistes lo que había de ironía burlesca y sátira risueña en esa época convulsiva y contradictoria que se inició con la dictadura no sangrienta de Primo de Rivera y que culminó con el pronunciamiento militar de Francisco Franco. Su humor tocaba humanamente cuestiones actuales de la política, la moral hipócrita y la sociedad de su tiempo. No era un dibujante de humor negro. No buscaba el humor macabro, no pretendió nunca cargar las tintas ni fue un dibujante obsesionado por la política.
Tras la derrota republicana Ernesto Guasp cruzó la frontera francesa por la Junquera junto con su madre y su hermana, siendo arrestado por los guardias móviles y enviado al campo de concentración de Argelès-sur-Mer donde, después de estar unos meses, fue liberado gracias a las gestiones que hizo su “cosí” José Guasp Martínez. Consiguió embarcar en Marsella en un barco que lo trasladó hasta Casablanca, y de allí en el Serpa Pinto al puerto mexicano de Veracruz.
En México Ernesto Guasp reanudó su trabajo como dibujante y humorista. Durante muchos años realizó un chiste diario para el periódico Novedades y trabajó también para el Noticiero Cinematográfico Mexicano y el Popular, entre otras publicaciones. Frecuentó las tertulias donde se agrupaban los refugiados españoles, destacando en ellas por su locuacidad, humor sarcástico e inteligencia. Contrajo matrimonio con una mexicana, con la cual tuvo una familia numerosa. Las necesidades económicas para sacar adelante su familia le obligaron a realizar trabajos de articulista, comentarios taurinos y crónicas cinematográficas.
Por su prestigio le encargaron la dirección de la revista El Torito, una de las publicaciones satíricas más importantes de México. Alcanzó un notable prestigio como humorista y en 1947 se le concedió el primer premio de Caricaturistas de la Asociación Mejicana de Periodismo. Su fama como dibujante fue tan grande que la embajada estadounidense en México le abonaba cincuenta dólares por cada caricatura antisoviética que publicaba. Eran los años de la “Guerra Fría”, cuando las relaciones entre los Estados Unidos y la Unión Soviética atravesaban un periodo de tensión política y militar. Durante los años que duró la crisis, estuvo dibujando y publicando un chiste cada día. No existió una actitud de renuncia ni una toma de posicionamiento ideológico frente a las grandes cuestiones que entonces se debatían en política internacional, sino una necesidad vital de supervivencia en un medio hostil para un exiliado como era la sociedad mexicana de entonces. El humor era para él una suerte de escepticismo que, no obstante, le impedía ser fiel a sus convicciones ideológicas y políticas. Entendía que el humor era una forma de encontrar la espontaneidad primera del mundo y carecía de matices y de colores ideológicos.
Ernesto Guasp fue uno de los más destacados dibujantes humoristas y dibujantes valencianos de vena popular y estilo muy conciso, cuyo mensaje directo llegaba inmediatamente a todos. Sus caricaturas estaban ejecutadas según los cánones del “Art déco”, pero de una manera más sintética. Murió el 6 de enero de 1984 en la clínica Sanatorio Español de México a causa de un enfisema pulmonar.
José Bardasano Baos (1910-1979)
Cuando el pintor, grabador y dibujante madrileño José Bardasano Baos cruzó la alambrada de espinos que cercaba el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, que ocupaba una amplísima superficie playera bañada por el mar Mediterráneo, le impregnó una extraña sensación de impotencia y frustración reconociendo con cierto rubor que aquel escenario dantesco donde se hacinaban miles de refugiados republicanos enfermos, hambrientos y desesperanzados, se iba a convertir en una metáfora trágica de los acontecimientos y adversidades de todo tipo que se iban a producir poco después al estallar la II Guerra Mundial y que involucraría a millones de seres. Una experiencia concentracionaria que iba a ser el prolegómeno anticipado del terrible drama que iban a protagonizar los exiliados republicanos, y que él mismo iba a sufrir en sus carnes. Fue un pintor tradicionalista eminentemente figurativo que destacó por su maestría como dibujante. Sus composiciones partieron desde un realismo de raíz clasicista y academicista a otro de técnica más libre y próxima por su colorido a los postulados impresionistas.
José Bardasano Baos vino al mundo en Madrid, el 25 de marzo de 1910, en el marco de una familia humilde. Cursó estudios en el colegio Nuestra Señora de las Maravillas de su ciudad, donde se le despertó su vocación artística. Su precoz talento lo descubrió en 1921 el pintor Marcelino Santa María cuando, con tan solo quince años, se encontraba pintando en la glorieta de Cuatro Caminos, el barrio en el que nació. Le proporcionó los primeros consejos y le ayudó a ingresar un año después como alumno en la sección IX de la Escuela de Artes y Oficios, donde consiguió todas las recompensas y premios extraordinarios de la carrera. A pesar de ello, en 1926 lo suspendieron en las pruebas de acceso a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en un momento en que ya había empezado a descollar en algunas exposiciones colectivas y conseguir algunos galardones.
Se formó autodidácticamente asistiendo a los estudios de otros artistas y visitando los museos, dando sus primeros pasos como dibujante colaborando en diversos periódicos y revistas, entre ellos, El Socialista. Al tiempo fue adquiriendo un fuerte compromiso social entregándose por entero a la ideología socialista y manteniéndose firme en su postura de que el arte debía ser siempre comprendido por masas so pena de ser contrarrevolucionario o insincero, que era precisamente lo que le estaba sucediendo a Picasso y Dalí. Su reivindicación del tradicionalismo frente a la renovación se tradujo en el desarrollo de un lenguaje artístico propio que estaba más cercano a Velázquez, Tiziano y Van Dyk, por ejemplo, que al camino que estaban siguiendo algunos de sus compañeros. Una actitud estética muy sincera pero que lo colocó a contracorriente de la incipiente vanguardia de entonces. Superado su aprendizaje en diversos medios en 1929 fue nombrado director artístico de la agencia Rex de publicidad y también realizaba trabajos en la prestigiosa casa de vidriería Maumejean.
Se dio a conocer como ilustrador y pintor de caballete participando en diversos concursos y exposiciones, entre ellas, la Nacional de Bellas Artes, donde en ese año presentó un “Autorretrato”. Obtuvo una bolsa de viaje que le permitió hacer una gira por diversas ciudades andaluzas pintando numerosos paisajes y escenas populares. En 1934 celebró su primera exposición individual en la Sociedad “Los Amigos del Arte” y antes de acabar el año se casó con la también pintora Juana Francisca Rubio “Paquita”, consiguiendo una Segunda Medalla en la Exposición Nacional con un retrato de su esposa.
En 1935 viajó por diversos países europeos gracias a una beca concedida por el Legado del Conde de Cartagena y en 1936 expuso toda su obra realizada el año anterior en el Círculo de Bellas Artes de Madrid siendo muy bien acogida por el público y la crítica que destacó sus óleos de corte impresionista y sus abigarrados aguafuertes en los que se advertía ciertas influencias de Durero y Holbein. Concurrió a la Exposición Nacional de ese año con su cuadro “La Retirada”, que representaba una escena de la I Guerra Mundial, y justo cuando su obra se presentaba como una de las candidatas al galardón se produjo el pronunciamiento militar de Marruecos.
José Bardasano se adhirió a la causa popular y cuando se dispuso a presentarse voluntario en las filas del Ejército republicano la Sección de Artes Plásticas de las Juventudes Socialistas Unificadas le propuso la creación y dirección del taller de propaganda bélica “La Gallofa”, una denominación que designaba a la gente vaga y ociosa. Se ubicó inicialmente en un local de la Gran Vía y su imprenta en la cuesta de San Vicente y se dedicó a producir toda clase de propaganda bélica para las JSU y algunas otras organizaciones como las Brigadas Internacionales. Pronto el taller alcanzó un enorme prestigio y atrajo a un buen número de pintores, escultores, dibujantes, cinceladores, grabadores y bordadoras que llevaron a cabo una gran actividad propagandística centrada en la ejecución de carteles de guerra. Él mismo pasó a convertirse sin desearlo en uno de los cartelistas más populares de entonces cuyo lenguaje gráfico estaba emparentado con el realismo socialista de tintes patrióticos y heroicos. Junto a su mujer Paquita, trabajaba todo el día, e incluso vivía y dormía en el taller, a pesar de la amenaza que representaban los bombardeos de la artillería y la aviación franquista. Posteriormente el taller se trasladó al palacio March, un edificio pegado a la actual fundación que lleva ese nombre, en pleno barrio de Salamanca y al ser evacuado el gobierno republicano a Valencia se estableció en esta capital.
A pesar de su activa militancia política siempre se mostró defensor de la vida, lo que quedó manifestado explícitamente en muchas de sus actuaciones, como cuando logró poner a salvo de una cheka madrileña donde se encontraba prisionero y era torturado su amigo el dibujante Antonio Orbegozo, de simpatías claramente fascistas, a quien protegió durante todo el tiempo que duró su presencia en la capital. Acompañó al gobierno republicano a Valencia, instalando su taller en un local espaciosa de la localidad de Paterna. Al mismo tiempo colaboró con la Subsecretaría de Propaganda del Ministerio del Estado y en el Comisariado General de Guerra. Al año siguiente celebró una exposición en esta ciudad y poco después publicó en Barcelona “Mi patria sangra: estampas de la independencia de España”, considerada como su mayor logro, según su propio testimonio y obtuvo por votación popular en la exposición auspiciada por la Cámara Oficial del Libro el primer premio de Carteles. El prestigio conseguido lo sitúo en uno de los lugares preeminentes de la gráfica de guerra española, un encasillamiento que él siempre trató de evitar al considerarse a sí mismo como pintor.
José Bardasano se mudó con su familia a Barcelona, acompañando al gobierno, y en 1938 concurrió a la II Exposición Trimestral D’Arts Plàstiques. Con la caída en 1939 del frente de Cataluña cruzó a pie junto a su esposa, Juana Francisca y su hija de corta edad Maruja, la frontera siendo detenido él por la gendarmería y confinado en el campo de concentración de Arràs y posteriormente en el de Argelès-sur-Mer, mientras que su compañera y su hija, fueron internadas en el campo de Arràs. Poco tiempo después fue liberado gracias a las gestiones realizadas por un grupo de amigos y también de su esposa con personalidades de diversos organismos humanitarios internacionales y con las autoridades francesas. Establecido con su familia en París consiguió visados y documentación a través del recientemente creado SERE que le permitió embarcar en el mítico mercante Sinaía que lo trasladó en junio de 1939 al puerto jorocho de Veracruz. Durante el largo viaje se entregó a realizar ilustraciones para un modesto periódico ciclostilado que publicó un grupo de refugiados.
Se estableció en México DF, donde reanudó su actividad pictórica que compaginó con la docencia artística. Mantuvo muy buenas relaciones con los políticos republicanos del exilio y también con las autoridades mexicanas y en el ámbito artístico desarrolló una frenética actividad a través de exposiciones, colaboraciones en revistas e impartiendo clases de pintura. Allí fundó, en 1945 y junto con otros pintores españoles y mejicanos, el Círculo de Bellas Artes de México, que llegaría a presidir. Acentuó si cabe mucho más su rechazo contra la hegemonía de abstracción en lo que creía ver síntomas de decadencia por su olvido de la forma.
Tres años después de asistir a Moscú a un congreso de pintores y escritores, en 1960, tomó la decisión de regresar definitivamente a España, y establecerse en su capital, muy a pesar de que continuaba gobernando una dictadura encabezada por el general golpista Francisco Franco, tantas veces criticado y denunciado en sus obras hechas durante la guerra. Respaldado por su antiguo amigo Antonio Orbegozo, estrechamente vinculado al diario católico Ya, a la revista Dígame y a Radio Nacional de España a, quien había salvado durante la contienda de una muerte segura, no tuvo problemas con las autoridades para establecerse y reanudar su trabajo. Muy al contrario, en 1961 se sorprendió al recibir la Primera Medalla del Salón de Otoño de Madrid precisamente por una pintura de corte costumbrista algo trasnochada.
En 1963 trasladó su estudio a la localidad madrileña de Cercedillla, donde siguió pintando sus temas preferidos centrados en motivos costumbristas y paisajes rurales y urbanos. Siguió con su querencia de mantenerse fiel a este tipo de estética tradicional y un tanto burguesa muy alejada en aquel momento de auge vanguardista caracterizada por la búsqueda de ambientes costumbristas, viejos rincones, callejuelas y plazas, que resolvía con un cromatismo exuberante. Murió el 30 de junio de 1979, en Madrid, a causa de un infarto de miocardio. En 1984 se le rindió un especial homenaje mediante una gran exposición antológica en la capital promovida por el Banco de Bilbao, y más tarde, en 1986, con otra en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid. En 2011, en Salamanca y bajo el título “Bardasano en Guerra”, se organizó por el Ministerio de Cultura otra gran exposición sobre su obra vinculada a la Guerra Civil Española, con sus carteles propagandísticos como temática central.
Ramón Peinador Checa (1897-1964)
El pintor, dibujante, diseñador y decorador madrileño Ramón Peinador Checa, que había rendido un servicio impagable al arte español del exilio, se vio en la obligación de adoptar, como último recurso que le quedaba, la nacionalidad mexicana ante la negativa o, mejor dicho, acuse de cuentas, de las autoridades franquistas que en plena postguerra le impidieron su regreso definitivo a España a causa de su condición de combatiente antifascista en la guerra civil y autor de una producción gráfica caústica, satánica e irrespetuosa relacionada con la figura del general faccioso Franco, el más revulsivo conspirador contra la legalidad republicana. Añorante por volver a su patria desarrolló en su destierro una obra amplia y polifacética que lo catapultó en el ámbito artístico y le proporcionó dinero, fama y prestigio. Fue una de las víctimas propiciatorias del desenlace de la contienda que frenó de cuajo su imparable carrera artística y lo envolvió en la dinámica perversa de creador transterrado, desarraigado y víctima de una situación no deseada. Un artista consumado al que no le arredraba ninguna técnica y también un “bont vivant”, con aires bohemios, libre e independiente, muy curioso e ingenioso, y con bastante genio, lo que le convirtió en un peligroso contrincante. Dotado de un lenguaje viperino y sin pelos en la lengua fue arrinconado por sus enemigos y recordado únicamente por unos pocos camaradas o algún aislado crítico de arte o historiador en su búsqueda de los últimos representantes de la heterodoxia. Dentro del panorama exílico republicano su trabajo artístico ha comenzado a ser conocido y también su vinculación con los movimientos vanguardistas europeos de los años veinte y treinta, sin olvidar, su producción propagandística durante la guerra civil que lo convirtieron en el centro de las miradas de los facciosos.
Ramón Peinador Checa nació el 25 de diciembre de 1897, en Madrid. Estudió en la escuela pública y muy precozmente se le despertó su vocación artística que le llevó a matricularse en la Escuela de San Fernando y también a frecuentar los círculos y las tertulias artísticas. Sus comienzos fueron en el ámbito de la escenografia, trabajando en la compañía teatral de su hermano Fernando, para posteriormente realizar carteles, ilustraciones y cuadros al óleo. Dotado de un carácter bohemio, gran curiosidad y amante de los viajes, en 1924 se trasladó a París, estableciendo su estudio junto a La Ruche de Montparnasse, donde vivió la bohemia artística y contactó con otros artistas españoles y extranjeros. En este entorno cosmopolita y de libertad total reanudó su actividad profesional en distintos ámbitos, alternando la pintura de caballete, con la aguada, el gouache, el cartelismo, el diseño y la ilustración, al tiempo que descubrió la técnica del “batik” de seda.
Aprovechó su estancia en la capital francesa para hacer un recorrido por Italia y Alemania, conociendo sus museos, contactando con otros artistas y empapándose de sus movimientos artísticos. Concretamente durante su estancia en este último país entró en contacto con la escuela de la Bauhaus, donde se encontraba el núcleo más avanzado de artistas renovadores. Una influencia que marcó su actividad creativa, pero también sus conceptos sobre el diseño, la decoración y la ilustración.
Adquirida una gran experiencia profesional como publicista, diseñador y pintor de caballete, en 1930 regresó a Madrid donde reanudó su labor en el campo de la ilustración, la decoración y la publicidad, mostrándose muy interesado además por el grabado y por la arquitectura mostrándose defensor del estilo racionalista que pretendían introducir los arquitetos más jóvenes.
Se dio a conocer como excelente grafista en 1932 al obtener por unanimidad el primer premio del Concurso de carteles del Baile de Máscaras promovido por el Círculo de Bellas Artes y comenzó a colaborar en el diario ABC y en la revista Blanco y Negro. En 1935 recibió un gran homenaje por parte de sus compañeros de la Unión de Dibujantes Españoles en reconocimiento a los premios que había recibido recientemente por la decoración y el cartel del Salón de Baile “El Espagnolade”. Poco después participó con honores en el concurso de carteles para la Lotería de la Ciudad Universitaria de Madrid y concurrió al XVI Salón de Humoristas de 1933.
Al producirse el 18 de julio de 1936 el levantamiento militar de Marruecos salió en defensa de la legalidad republicana, colaborando en los ministerios de Propaganda e Instrucción Pública, y también con diversos organismos de carácter antifascista. Sus trabajos se publicaron principalmente en el semanario madrileño Hierro, editado por la UGT, donde alcanzó prestigio como autor de un conjunto de historietas y caricaturas que ocuparon 44 páginas. Pero lo más relevante que ejecutó, y que le acarreó, muchos años después problemas, fue una serie de aucas que agrupó bajo el nombre “La vida, puerca y traidora, del fascio, en sencilla historia”, donde atacaba duramente a los seguidores del general Franco. También provocó una gran expectación la serie de viñetas titulada “Heliodoro”, cuyo protagonista era un motorista soldado que era cliente asiduo del Bar Rojo, donde todo el mundo se emborrachaba.
Acompañó al gobierno republicano a Valencia donde permaneció un tiempo y, poco antes de la ofensiva nacional a la provincia de Castellón, se trasladó a Barcelona, donde prosiguió trabajando en tareas de propaganda. Con la caída del frente de Cataluña cruzó la frontera francesa, siendo apresado por la gendarmería y recluido en el campo de concentración de Argelèssur-Mer, donde pasó grandes privaciones. Abandonó su encierro poco después gracias a las gestiones realizadas por algunos organismos republicanos de ayuda a los refugiados que además le facilitaron dinero, visado y billetes para embarcar en el mercante Sinaía que lo trasladó al puerto mexicano de Veracruz.
Establecido en México DF, rehízo su vida familiar y compaginó su actividad de pintura de caballete, con la decoración, la publicidad, el diseño de muebles y la ilustración, colaborando además como cartelista, publicista y diseñador de vestuario en la incipiente industria cinematográfica mexicana, concretamente en la superproducción Cristóbal Colón. Adquirió popularidad por la serie de veinte volúmenes de las Aleluyas de Rompetacones, con textos de Antoniorrobles, publicado por Estrella, una editorial destinada a un público juvenil.
A causa de las trabas administrativas que le imponían las autoridades españolas para regresar a España, adoptó la nacionalidad mexicana, negándose a partir de entonces a viajar a su país. Nunca abandonó la pintura de caballete, su gran pasión, celebrando más de catorce exposiciones individuales y participando en numerosas colectivas, siendo uno de los paisajistas predilectos de la burguesía mexicana. Cultivó un estilo neoimpresionista centrado principalmente en el paisaje rural y urbano y también en la naturaleza mexicana, que recreaba con toda la fidelidad.
Ramón Peinador Checa murió el 26 de mayo de 1964, en la capital mexicana, y su desaparición pasó desapercibida en su país natal. Algunas de sus obras se pueden contemplar en el Museo Nacional de la Estampa y en el Museo Franz Mayer de México DF y en el Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid.
Miguel Prieto Anguita (1907-1956)
Los dibujos, bocetos y aguadas que realizó durante el tiempo que permaneció confinado en este campo donde llegó poco después de cruzar la frontera francesa el artista manchego Miguel Prieto Anguita no añadían nada a su ya ganado magisterio y reputación artística conseguido por su trabajo durante el periodo republicano como pintor e ilustrador en diversas publicaciones. Sus obras proporcionaban un extraordinario testimonio documental de la vida cotidiana de los cautivos republicanos recreado con firmeza, trazo firme y expresividad en un intento de resaltar su contenido dramático. No era un artista principiante, ni un novato, ya que durante los años de la II República había colaborado en La Barraca, trabajando con Federico García Lorca en la confección de decorados y figurines y con el grupo de títeres “La Tarumba”, participando además activamente en tareas de divulgación de la cultura y el arte a través de las Misiones Pedagógicas, siendo compañero de algunos de los más relevantes artistas e intelectuales de esa época. Los vínculos que tuvo con las artes plásticas fueron muy estrechos a lo largo de su trayectoria en ámbitos tan distintos como la escenografía, la ilustración de libros, la tipografía, el diseño y la pintura de caballete, que abordó con bastante regularidad y aportó en cada momento los estilos y los movimientos artísticos que estaban de moda o le influyeron sin olvidar nunca su compromiso ideológico izquierdista, tanto en la teoría del arte como en la praxis política siempre presente en él y de la que nunca estuvo desconectado, incluyendo su larga etapa de exiliado republicano en México. Su nombre hay que inscribirlo dentro de la nómina de creadores multidisciplinares surgidos durante la dictadura primorriverista que desarrollaron un activismo ideológico e intelectual durante la II República y guerra civil, y que finalmente alcanzaron su plena madurez en el destierro mexicano. Fue un destacado representante de lo que se ha venido en llamar “Edad de Plata” de la cultura española al reunir en su persona una serie de características comunes con otros miembros de su generación como su desbordada inquietud intelectual, su progresismo ideológico, su gran activismo en misiones y proyectos pedagógicos, su presencia en grupos y movimientos vanguardistas, su adscripción a asociaciones republicanas o antifascistas y su destacada presencia en las más importantes revistas y diarios de su tiempo.
Miguel Prieto Anguita vino al mundo en Almodóvar del Campo, Ciudad Real, el 17 de noviembre de 1907, en el marco de una familia modesta. Su padre, Isidro Prieto Santos, era maquinista de la Electro y su madre, Sofía Anguita Romero, ama de casa. Cursó los estudios primarios en su pueblo natal y a los quince años comenzó a trabajar en Puertollano de la mano del primo de su progenitor, Manuel Santo, quien le contagió su vocación escultórica. A los dieciséis años se trasladó a la capital donde, para sobrevivir, trabajó como pintor de brocha gorda al tiempo que asistía a las clases nocturnas de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, de donde pasó más tarde a los talleres de los maestros Julio Prat, Julio Moisés y Victorio Macho, que le proporcionaron buenos consejos. Una vocación artística que de pronto dio un gran vuelco, ya que empezó a interesarse por la pintura cuyo dominio fue perfeccionando. Una pensión de dos años, otorgada por la Diputación de Ciudad Real, le permitió entregarse de lleno a perfeccionar la técnica pictórica y a introducirse en la escenografía que aprendió en el Teatro Escuela de Arte que dirigía Rivas. Se dedicó también a la ilustración realizando trabajos para revistas y editoriales, carteles de publicidad y escenografía teatrales, con lo que consiguió una estabilidad económica y familiar, ya que le permitió contraer matrimonio con su paisana Angelita Ruiz.
Activo militante republicano saludó efusivamente la proclamación de la II República, el 14 de abril de 1931, adscribiéndose poco después en las filas del partido comunista, donde entró en relación con un poderoso grupo de artistas e intelectuales, entre los que se encontraban, Ramón J. Sender, Rafael Alberti, Emilio Prados, Josep Renau, Luis Cernuda, María Teresa León, Manuel Altolaguirre, Alberto Sánchez, Salas Viu y otros. En enero de 1932 expuso en solitario una serie de pinturas y grabados en el Ateneo de Madrid, que fueron muy bien acogidos por el crítico de arte Salvador Abril, quien en una crónica calificó su lenguaje pictórico de “realismo cilíndrico” y poco después fue seleccionado para participar en la muestra organizada por la Sociedad de Artistas Ibéricos en el Ateneo Mercantil de Valencia. En 1933 ingresó en la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios y con la revuelta y la represión de los mineros asturianos se le acentuó mucho más si cabe su compromiso revolucionario que se manifestó en su obra en la aparición de un lenguaje mucho más realista.
Su nombre adquirió cierto prestigio en el mundo artístico madrileño por sus trabajos como ilustrador de libros, como el Romancero Gitano, de su amigo Federico García Lorca; sus escenografías teatrales, como la que hizo para Rafael Alberti y el citado Federico; su colaboración con La Barraca, y su participación en el guiñol de las Misiones Pedagógicas. Y sobre todo tuvo un gran protagonismo en la creación de la famosa tertulia “La Ballena Alegre”, que aglutinó a sus amigos Federico García Lorca, Rafael Alberti, María Teresa León, Jorge Guillen y Luis Cernuda, y que posteriormente pasó a denominarse “La Tarumba”, que en 1935 alcanzó mucho prestigio teatral al representar “El amor de don Perlimpin con Belisa en su jardín”, de Federico García Lorca. En 1933 comenzó a colaborar en las páginas de la revista Octubre que habían fundado Rafael Alberti y María Teresa León y en diciembre de ese año concurrió en el Ateneo de Madrid a la primera exposición de “Arte Revolucionario” promovida por la Asociación Española de Artistas Revolucionarios, que obtuvo el rechazo de los sectores más conservadores y ultraderechistas de la sociedad madrileña.
En la guerra civil se adhirió a la causa republicana y formó parte junto a Ángel Ferrant y su paisano Gabriel García Maroto de la Comisión encargada de reorganizar la enseñanza de las escuelas de Bellas Artes de Madrid y comenzó a frecuentar los talleres de artes plásticas de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. En noviembre de ese año se trasladó a Valencia donde se incorporó al taller de artes plásticas de la delegación de la Alianza de Intelectuales y colaboró en diversas revistas como El Mono Azul, Línea, Vanguardia, Nueva Cultura, El buque Rojo y Ejército del Ebro. Recorrió diversos frentes de batalla realizando representaciones y pronunciando charlas y por sus conocimientos escénicos fue nombrado miembro del Consejo Central de Teatros. En junio participó en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura que inauguró Juan Negrín en el salón de plenos del Ayuntamiento de Valencia, y en el que se dio lectura a la “Ponencia Colectiva”, que había sido suscrito él y un heterogéneo grupo de intelectuales y artistas entre los que se encontraban Antonio Sánchez Barbudo, Ángel Gaos, Antonio Aparicio, Arturo Serrano Plaja, Arturo Souto, Emilio Prados, Eduardo Vicente, Juan Gil-Albert, José Herrera Petere, Lorenzo Varela, Miguel Hernández y Ramón Gaya. Colaboró en el álbum colectivo, dirigido por García Maroto, Los en la guerra de España y luego en el álbum Homenaje al General Miaja, y también ilustró el Llanto en sangre, de Emilio Prados y El romancero gitano, de Federico García Lorca.
Formó parte, junto a Miguel Hernández y Cipriano Rivas Cherif, de una delegación republicana que viajó a la URSS y a su regreso envío una obra al Pabellón Español de la Exposición Internacional de París, que había sido proyectado por sus amigos Josep María Sert y Luis Lacasa, y que albergó el “Guernica” de Pablo Picasso junto a otras obras de Joan Miró, Alexander Calder, Julio González, Alberto Sánchez, Josep Renau y otros muchos.
Se estableció en Barcelona acompañando al gobierno republicano y con la ofensiva nacional de 1939 cruzó la frontera francesa, siendo arrestado por la policía y recluido en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer junto a sus compañeros Josep Renau, José Bergamín, Emilio Prados, Josep Carner, José Herrera Petere, Antonio Rodríguez Luna, Roberto Fernández Balbuena, Eduardo Ugarte y Rodolfo Halffter y otros. Gracias a la mediación de diversas instituciones internacionales consiguió abandonar el campo el 28 de febrero y reunirse con su mujer Angelita Ruiz Ramírez y su hijo Miguel Prieto Ruiz, en Perpiñán, pasando luego unos breves días en Toulouse y en París, donde se integró en la primera Junta de Cultura Española, junto con otros compañeros.
A través de las gestiones realizadas por el pintor mexicano Fernando Gamboa y la ayuda de su compatriota Juan de la Cabada consiguió la documentación y los pasajes necesarios para embarcar en el puerto francés de Saint Nazaire en el transatlántico holandés Veendam, que lo trasladó a Nueva York, donde arribó el 17 de mayo, para dirigirse más tarde en autobús a la ciudad mexicana de Nuevo Laredo, llegando a México DF dos días después.
En la capital reanudó su trabajo alternando la pintura de caballete y el muralismo, con la ilustración, el portadismo y el cartelismo publicitario, pero también se entregó de lleno al activismo político. Nombrado Presidente de la Unión de Jóvenes Patriotas Españoles, ingresó en las filas del Partido Comunista de España, formó parte del Consejo Español de la Paz y fue fundador de la Unión de Intelectuales en México y poco después designado catedrático de Diseño en la Escuela de la Mancha de México y profesor de Periodismo en la UNAM. Trabajó inicialmente con el artista mexicano David Alfaro Siqueiros en la realización del gran mural del Sindicato de Electricistas que, por discrepancias personales, abandonó y tuvieron que acabar finalmente los valencianos Josep Renau y Manuela Ballester.
Una trayectoria plástica variada que estuvo marcada por las influencias, su propia experiencia vital, los vaivenes artísticos de su época y de sus propias necesidades de supervivencia, que lo llevó a entregarse a la pintura de caballete, el cartelismo, el diseño, la escenografía, el portadismo y la ilustración, en los que siempre se advertía su afán experimentador, su inquietud y en muchos casos su ya reconocido compromiso ideológico republicano al que nunca renunció.
Como pintor de caballete sufrió una profunda evolución que le llevó desde un inicial cubismo, pasando por un surrealismo fantástico a desarrollar ya en el exilio una suerte de realismo dramático, evocador y nostálgico, resuelto a través de una técnica compositiva de ritmos curvos. Con el tiempo se atemperó su mirada y empezó a incorporar paisajes, bodegones y naturalezas muertas, que resolvía con exuberantes formas y un fuerte cromatismo muy apreciado por la crítica de arte y el público. Llevó a cabo una gran actividad expositiva que inició en septiembre de 1941 en la galería Arte y Decoración, en la que volvió a hacerlo en mayo de 1944. En noviembre de 1948 presentó una selección de 50 obras en el Museo Nacional de Artes Plásticas, y tras su muerte expuso en el mismo museo en noviembre de 1956, y otra en su domicilio de la calle Elba, en mayo de 1961. Participó además en diversas colectivas, destacando la de artistas exiliados españoles, inaugurada por la Junta de Cultura Española en marzo de 1940; la “Hispano-Mexicana” de la Librería Cristal, en agosto de 1940; la de la Galería Arte y Decoración, en diciembre de 1941 y la “Primera Exposición Conjunta” o “Contrabienal antifranquista” del Bosque de Chapultepec; en febrero de 1952; en 1942 y 1943 en los Salones de Grabado y de Pintura organizados por la Galería Arte y Decoración; en junio de 1954, en la “Artistas huéspedes” del Salón de la Plástica Mexicana; en octubre de 1949, en la Sociedad para el Impulso de las Artes Plásticas; en Galería de Arte Moderno y en 1944 y 1948 benéficas celebradas en Arte y Decoración, en el Palacio de Bellas Artes y la Galería Mont-Orendáin.
Miguel Prieto no se olvidó de su temprana actividad escenográfica, que retomó en 1952, cuando el director artístico del Teatro Universitario, Carlos Solórzano, le invitó a participar en la primera temporada de la institución en el teatro del Seguro Social. Su debut se produjo con la obra No es cordero que es cordera, una adaptación de su amigo el poeta León Felipe de la obra de Shakespeare, y que continuó con La prueba de las promesas, de Ruiz de Alarcón; El proceso, de Kafka; Seis 58, Miguel Cabañas Bravo, Personajes en busca de autor, de Pirandello; De este agua no beberé, de Musset; Edipo rey, de Sófocles; Enterrad a los muertos, de Irwin Shaw; El Hechicero y Los Justos, de Camus. Su trabajo como escenógrafo fue valorado por el crítico teatral Miguel Guardia quien dijo que “lo hizo todo: la escenografía realista, corpórea; la sintética; la imaginativa pero casi realista y la imaginativa fantasiosa. Y todo lo consiguió: el ambiente de la obra, la funcionalidad del escenario, la poesía, el misterio, en suma, la perfecta composición”.
Tampoco abandonó la realización de decorados y el cartelismo, realizando numerosos carteles de gran formato para la Ópera de Bellas Artes, la Comedia Francesa, el Ballet Ruso del Marqués de Cuevas, y otros. También se distinguió por su labor de tipógrafo, diseñador gráfico y promotor de publicaciones. Así, en febrero de 1940, con otros exiliados fundó y entró a formar parte del comité editorial de la revista quincenal Romance (1940-1941), dirigida por Juan Rejano y donde comenzó a desplegar algunos rasgos de su estilo gráfico, caracterizado por el gran equilibrio en la disposición de los espacios, integrados con la tipografía. Luego, también con Rejano, fundó la revista Ultramar (1947), de la que fue director artístico y colaboró con regularidad en España peregrina (1940), Nuestro tiempo (1949) y España y la paz (1951), Litoral (1944) y Las Españas (1946). En 1947 se hizo cargo de la dirección de la Oficina de Ediciones del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), para lo cual incorporó en 1950 a su equipo al pintor e ilustrador de origen español, Vicente Rojo. Bajo su responsabilidad se publicaron destacadas obras, como el catálogo dedicado al muralista mexicano Diego Rivera, cincuenta años de labor artística (1949), el Canto general, de Pablo Neruda (1950), la Arquitectura popular de México, de García Maroto (1954) y la revista México en el Arte, órgano de difusión del INBA. Participó igualmente en el diseño de revista médica Sinópsis (1950), Universidad de México y, sobre todo, el suplemento cultural dominical del diario Novedades, México en la Cultura, aparecido en 1949 bajo la dirección editorial de Fernando Benítez.
Su muerte se produjo en México DF, el 12 de agosto de 1956, a causa de un cáncer, y al conocerse en los medios de comunicación mexicanos le dedicaron emocionantes obituarios y semblanzas, en las que se destacaba su condición de artista republicano español y se valoraba su labor como pintor de caballete, su gran papel en la modernización de las artes gráficas y la tipografía y su actividad como escenógrafo y diseñador. Su recuperación en su tierra natal fue bastante tardía y se produjo tras la muerte del dictador Franco al inaugurarse en marzo de 2007 en el Antiguo Convento de la Merced de Ciudad Real, una gran exposición retrospectiva itinerante promovida por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC) y el Gobierno de Castilla la Mancha. La muestra “Miguel Prieto 1907-1956. La armonía y la furia”, que reunió más de cuatrocientas obras, que se vieron por primera vez en Ciudad Real, recorrieron posteriormente Toledo y Madrid.
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