Kitabı oku: «Sobre hombros de gigantes»

ediciones universidad católica de chile
Vicerrectoría de Comunicaciones
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390,
Santiago, Chile
www.ediciones.uc.cl
SOBRE HOMBROS DE GIGANTES
Francisco José Barriga Cifuentes
© Inscripción N° 2021-A-4931
Derechos reservados
Noviembre 2021
ISBN N° 978-956-14-2900-0
ISBN digital N° 978-956-14-2901-7
Diseño: Soledad Poirot Oliva
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Barriga, Francisco, autor.
Sobre hombros de gigantes / Francisco Barriga
1. Trasplante de médula ósea – Relatos personales.
2. Trasplante de células madre hematopoyéticas – Relatos personales.
I. t.
2021 617.4410592 + DDC23 RDA

«Estaba tan preocupado de no morirme
que no estaba viviendo».
Andrés
prólogo
el comienzo de todo
en busca de un donante
las caras de la moneda
con la perseverancia del amor
la sangre de los recién nacidos
cuando el paciente es su propio donante
¿hasta dónde llegar?
por mi hijo doy la vida
¿de dónde saco la plata?
terapia génica: la historia del linfocito asesino
la muerte
epílogo y agradecimientos
prólogo
Este libro es un recuento breve de lo que considero los hitos más importantes en la historia del trasplante de médula ósea o de células madre de la sangre, entrelazados con historias de pacientes, que bajo mi cuidado y el de los que me acompañaron en estos años, recibieron un trasplante como una nueva oportunidad de vida. Las historias reflejan los avances del área desde mi perspectiva como oncólogo de niños. Son historias de sufrimiento, de esperanza, de finales felices y desenlaces terribles. De familias aterradas, que superaron la pena o se quebraron en el camino. De familias que tuvieron la felicidad de recuperar lo más preciado y otras que lo perdieron. Y entre ellas mis propias experiencias, sufrimientos y alegrías. Que fueron tantas.
Algunos capítulos fueron escritos con dificultad, investigando cómo se desarrollaron las tecnologías que nos han dado esta arma tan poderosa que es el trasplante. Otros salieron a borbotones porque tuve el privilegio de conocer a los actores, a los gigantes sobre cuyos hombros desarrollé mi carrera profesional y traje esperanza a tantas familias. También algunas historias de mis pacientes me costaron por lo lejanas y otras salieron en un torrente de emociones y recuerdos. Muchos protagonistas de este libro encontrarán que mi descripción no coincide con sus recuerdos. No pretendo más que relatar lo que vi con mis ojos y viví en mi corazón.
Nunca he sabido exactamente qué me llevó a elegir la medicina. A veces siento que fue una decisión lógica, casi práctica, que tomé cuando era niño, alrededor de los siete años, porque me parecía que era fácil entender lo que hacía un médico, describirlo y explicarlo. No me apasionaba el estudio de la biología ni del desarrollo científico, tampoco me iba especialmente bien en esas asignaturas en el colegio, sin embargo, nada me haría cambiar de opinión.
En 1971 emigré con mi familia a España en busca de otros horizontes. Allá terminé el colegio, mi familia volvió a Chile y yo me quedé a estudiar medicina.
Al terminar la carrera en la Universidad de Navarra, mi plan estaba lejos de la pediatría. De hecho, mi peor nota en ramos clínicos fue en pediatría que me parecía, además, uno de los más aburridos. Quería especializarme en medicina interna, pero era una época complicada para esa generación de profesionales en España y, como yo hablaba inglés, supuse que lo más razonable era irme a Estados Unidos aunque sabía que, en ese proceso de selección, mis posibilidades de una formación de excelencia se ampliaban si postulaba a pediatría en vez de escoger medicina interna. Decidí entonces dividir mis opciones entre ambas especialidades y, al final, una tómbola determinó que mi próximo destino fuera convertirme en pediatra en la Universidad de Georgetown, en Washington. Tendría ahí dos experiencias que me revelaron a la oncología como mi vocación elemental, algo de lo que jamás he dudado.
La primera de ellas surgió cuando recién había llegado. Parte del trabajo del interno es escribir la historia del paciente, examinarlo y registrar las indicaciones generales. Premunido con lo que necesitaba para esa tarea, golpeé la puerta de la habitación que me habían señalado. Al abrir, me encontré con una escena que me impactó tan profundamente, que la recuerdo con nitidez hasta el día de hoy: en el centro de la pieza, sentado sobre la cama, estaba el paciente. Un niño pálido y absolutamente calvo que sostenía un juguete en su mano y permanecía impasible: no pude descifrar si ausente o muy familiarizado ya, ante lo que lo rodeaba. Estaban también sus padres, una pareja joven que conversaba sobre algo absolutamente doméstico. Me quedé parado junto a la puerta sin saber qué hacer, si participar de la aparente naturalidad de la situación o expresar la pena profunda que me inundó en ese instante. Tenía que registrar el ingreso de ese niño del que solo sabía que tenía una forma muy rara de cáncer y que estaba recibiendo su tratamiento con quimioterapia. No sabía si iba a vivir o morir y no me acuerdo ahora de qué fue, finalmente, lo que hice esa vez. Sí de que, al salir, entendí que me había sentido incapacitado para enfrentar la situación y pensé que tenía que haber una técnica para combinar la empatía, preocupación y naturalidad necesarias para participar de estos escenarios, aun si lo que hay que entregar solo son pésimas noticias.
Poco tiempo después, comenté a los oncólogos de niños del hospital que quería aprender de ellos y me invitaron a unirme al equipo por un mes. Me impresionó la particular relación que tenían los pacientes con los doctores y pensé que así era como yo quería practicar la medicina.
La segunda experiencia que me impulsó a tomar una decisión definitiva se produjo cuando mi tutor, Jay Greenberg, me dio un seminario a solas y me contó el misterio de los oncogenes. Entendí entonces que el cáncer se desarrolla porque en las células hay genes que tienen funciones normales para hacer que un organismo crezca, de pronto se alteran y dejan de ser una célula madre sana, para convertirse en una maligna. Esos oncogenes estaban siendo descubiertos, identificados y estudiados, lo que abría una perspectiva completamente nueva a la ciencia del cáncer. Me di cuenta de que no solo los aspectos clínicos y humanos de esta área de la medicina eran únicos, sino que el desarrollo científico y el desafío intelectual que aquí se estaba fraguando iban a cambiar todos los paradigmas. Fue como subirse a un tren que estaba a media marcha todavía y que iba a tomar un vuelo que ni sospechábamos.
Para satisfacer esta doble inquietud decidí entrar a estudiar oncología al National Cancer Institute (NCI) en una época dorada para este campo gracias a excepcionales médicos y científicos. Mi programa constaba de un año viendo muchos pacientes y dos años trabajando en un laboratorio con oncogenes. El NCI es parte de los Institutos Nacionales de la Salud, la institución del gobierno estadounidense que financia la mayor parte de la investigación biomédica del país y es una de las fuerzas más potentes de investigación en el mundo. De hecho, el lema que usaban para atraer enfermeras a trabajar en el hospital del Instituto era: “En el NCI vas a trabajar con cosas que aún no se han inventado”.
El año clínico fue agotador. El hospital trabajaba principalmente con drogas y esquemas experimentales de tratamiento y vi llegar a muchos padres angustiados que arrastraban hasta ahí a sus hijos que, a su vez, no querían seguir intentándolo porque sabían lo que les esperaba. Niños desahuciados por la oncología habitual y padres que esperaban todavía salvarlos, olvidando a veces el costo físico y emocional que eso tendría. Fue una de las primeras veces que me enfrenté a esa penumbra moral de la oncología, en la que los padres son responsables del tratamiento y de la vida de su hijo, pero no son quienes sufren el dolor.
Aprendí también con esas familias que, por mucho que yo intentara, nunca podría ponerme en su lugar. Mi visión, de hecho, era la más obvia. Que no siguieran, que no los hicieran sufrir más, que los dejaran partir. Tengo incluso que reconocer que, a pesar del interés del hospital por hacer estudios que quizá no le iban a servir a esos niños pero sí a otros, en muchos casos presioné a los padres a escuchar a sus hijos y que desistieran como ellos pedían, para evitar que les quitaran el tiempo bueno que les quedaba en busca de una cura que, yo sabía, no iba a venir. A lo mejor fui cobarde, pero preferí que esos estudios los hicieran otros y ya me aprovecharía yo de sus resultados.
Ese año vi morir a muchos niños y aprendí a construir esa mezcla de empatía y firmeza que buscaba y es necesaria para intentar guiar a las familias en este proceso tan doloroso. Había avanzado en lo que anhelaba desde esa primera vez como médico frente a un niño con cáncer, sin duda. Creí, incluso, que sabía lo necesario. Pero era joven y los años me demostrarían que, por esos días, entendía todavía muy poco.
En este libro he reunido algunos casos que, creo, reflejan en alguna dimensión el tránsito de estas familias por las espesuras del cáncer. Las relaciones que nacen mientras las habitan, los momentos luminosos que las fortalecen para poder atravesarlas, las dificultades que nos estremecen a todos quienes no lo hemos vivido para que, como sociedad, nos hagamos responsables e intentemos estar a la altura del viaje espeluznante que, inevitablemente, iniciarán otros. Por eso he venido a contarles estas historias.
Antes de proseguir quiero hacer una aclaración. Mi propósito es relatar las historias de los niños y familias que he ido conociendo en estos treinta años. Ellos son los protagonistas de este libro. Mi rol ha sido trabajar, sufrir y alegrarme con ellos y muchas de esas emociones están reflejadas en estas páginas. Sin embargo, no puedo dejar de referirme a todos los profesionales, colegas y amigos que me han acompañado en este viaje. En el tratamiento de un niño con cáncer intervienen cientos de personas, todas trabajando al unísono para conseguir la tan anhelada sobrevida y evitar a las familias el indecible sufrimiento de perder a un hijo. Todo lo que narro no habría sido posible sin ese equipo cercano y amplio de médicos, enfermeras, psicólogos, tecnólogos, administrativos y un etcétera demasiado largo para enumerar por completo. A todos ellos mi agradecimiento y reconocimiento por lo que entregan día a día en el cuidado de los niños.
el comienzo de todo
6 de agosto de 1945. Una bomba atómica cae sobre la ciudad de Hiroshima. El efecto sobre la población es devastador y proporcional a la distancia de cada habitante del centro de la explosión. Quienes estaban más cerca murieron inmediatamente calcinados por los más de 6000° C del estallido. Los que se encontraban solo un poco más allá, sucumbieron a la onda expansiva y el fuego. A un kilómetro del núcleo del desastre, el efecto no fue instantáneo, pero pocos días después, esas personas sufrieron lo que se llamó enfermedad de radiación aguda e involucraba vómitos intensos, diarrea, úlceras en la boca y quemaduras en la piel. La mayoría de esas víctimas murieron rápidamente por deshidratación o hemorragia. Pero aquellos que estaban solo un poco más lejos, a dos kilómetros de distancia, no presentaron síntomas iniciales. Al cabo de dos o tres semanas, sin embargo, comenzaron a perder el pelo, sufrieron anemia severa y hemorragias y murieron de infecciones. El estudio de la sangre de estos pacientes demostró la carencia de glóbulos: la falta de glóbulos rojos provocaba la anemia. Infecciones, la de glóbulos blancos y hemorragias la insuficiencia de plaquetas. Había sucedido, lamentablemente, lo que hasta entonces había sido imposible e impracticable: contar con datos empíricos de los efectos de la radiación en seres humanos, un estudio que se volvería exhaustivo en los años 60.
Esta trágica evidencia se sumaba a la que antes había aportado la Primera Guerra Mundial. El gas mostaza utilizado por el ejército alemán era un arma química capaz de producir, en el mediano plazo, el mismo efecto que la radiación, es decir, la incapacidad del cuerpo de producir sangre y la muerte por hemorragias o infecciones.
Estos dos hitos terribles serían la base del uso de radioterapia corporal total y quimioterapia, pilares del trasplante de médula ósea. Es de una contradicción brutal, pero, producto de uno de los períodos más descarnados en la historia del hombre, como la guerra, surgió información fundamental que permitiría, luego de mucha investigación y mucho coraje por parte de los pioneros, elaborar tratamientos contra el cáncer.
Actualmente la mayoría de los niños con leucemia se curan de su enfermedad gracias al tratamiento adecuado, pero cuando yo volví a Chile, en 1988, menos de la mitad de los pacientes sobrevivían y esa estadística había instalado de manera masiva la idea, no tan errada, de que era una enfermedad mortal.
Llevaba cerca de un mes como hematólogo oncólogo pediatra en la Universidad Católica cuando me llamaron del laboratorio.
−Doctor, recibimos un hemograma de un niño y pensamos que tiene leucemia. ¿Puede venir a mirarlo, por favor?
El laboratorio estaba en el primer piso de un antiguo edificio de la Escuela de Medicina. Era amplio, luminoso y tenía un mesón central donde nos sentábamos a mirar exámenes al microscopio. Lo primero que hice fue fijarme en el recuento de glóbulos blancos del paciente: 50.000 por mm3, cuando los parámetros normales indican hasta 10.000. Al asomarme al microscopio la vi inmediatamente. Estaba ahí la sábana de células grandes y malignas que temíamos. El diagnóstico era leucemia mieloide aguda. Revisé luego la orden del examen. El paciente tenía cuatro años.
En la orden estaba el nombre y el teléfono de la otorrinolaringóloga que había pedido el examen. Me explicó que el niño había consultado por una faringitis con fiebre y amígdalas muy hinchadas. Le había administrado antibióticos pero ni la fiebre había cedido ni las amígdalas se habían desinflamado. Por una vaga sospecha le había tomado un hemograma. Me dio el número de los padres y los llamé para decirles que necesitaba verlos urgente. Había aprendido ya algunas lecciones sobre cómo dar una mala noticia. Una de ellas era que nunca se dan por teléfono.
Los padres no se demoraron. Fue mi primer encuentro con una familia que serían pacientes, compañeros y amigos en los primeros años de mi trabajo en Chile.
También había aprendido que en ese momento son necesarias pocas palabras porque, al escuchar el diagnóstico, el shock inicial es monumental. Me gusta sentarme frente a ellos y decirlo sin ambages. Espero la reacción. Las preguntas. Y aprovecho casi siempre, a pesar del riesgo que implica, de dar una nota de optimismo: el cáncer en niños se puede tratar y se puede curar.
Hugo y Sandra me pidieron que me hiciera cargo de su hijo, Felipe, quien ese mismo día se quedó en el hospital para iniciar su tratamiento y, con mi equipo, nos convertimos inmediatamente en los guías de esta familia dentro de esa dimensión desconocida en la que debutaban.
Concretamente, el Servicio de Pediatría de la Universidad Católica ocupaba el séptimo piso del edificio nuevo inaugurado en 1987. Debido al terremoto de 1985 se restringieron los fondos de equipamiento y tanto el mobiliario como los instrumentos médicos eran precarios. Había una habitación con doble puerta que se usaba como aislamiento para pacientes inmunosuprimidos -o con las defensas bajas- y que sería la preferida en los primeros años del programa de oncología. Además, teníamos una Unidad de Cuidados Intensivos razonablemente equipada gracias a una donación que hizo el hospital de niños de Washington en una gestión en la que tuve la oportunidad de participar. El banco de sangre proveía los productos adecuados a esa época: glóbulos rojos, plaquetas, plasma. El laboratorio general estaba bien provisto, en parte automatizado y tenía acceso a los exámenes fundamentales. El servicio de radiología contaba con ecotomografía y tomografía computadas. La farmacia tenía un stock adecuado de medicamentos para el apoyo de los niños en quimioterapia, fundamentalmente antibióticos, pero, curiosamente, no tenía quimioterapia y los pacientes debían comprar fuera del hospital. Los pabellones de cirugía funcionaban sin problemas. Sin embargo, y aunque mi mayor frustración fue el desconocimiento y la incomprensión de la oncología moderna entre colegas y funcionarios al comienzo, lo más estimulante era la calidad del equipo de profesionales en cada una de las áreas involucradas en el cuidado de los niños con cáncer y la respuesta a la mayoría de los requerimientos que fueron configurando el programa.
Es de absoluta justicia que no me demore en referirme a las enfermeras, que cumplen un rol fundamental en el cuidado de los niños, tanto así que mis primeros esfuerzos fueron para capacitar a un grupo de ellas, más que a médicos. Las enfermeras que trabajan en esta especialidad siempre se eligen, son motivadas y todas deben pasar por la peor prueba: ver a algunos de sus queridos niños morir.
En conclusión, y a pesar de las precariedades y restricciones, vi que teníamos todo el potencial para ofrecer el tratamiento más avanzado a niños con cáncer, aunque tuve que empujar mucho para conseguir lo que necesitaba para salvar a pacientes como Felipe.
La leucemia aguda es el cáncer más frecuente en los niños, sin embargo, no deja de ser una enfermedad rara que afecta a 200 niños de los cinco millones que tenemos en Chile aproximadamente. Avanza de manera rápida y letal si no es tratada en un plazo muy corto. De ella se conocen dos variedades: leucemia linfoblástica aguda y la leucemia mieloide aguda, que era la que habíamos encontrado en Felipe. Gracias a los avances de la oncología el grupo con mejor pronóstico eran los niños con leucemia linfoblástica, que llegó a llamarse “buena”, pero para leucemia mieloide, ese buen pronóstico estaba todavía lejos.
Felipe recibió su primera dosis de quimioterapia y estuvo internado hasta que se recuperó de los efectos de los medicamentos. Durante este tiempo recibió múltiples transfusiones de sangre y antibióticos para prevenir y combatir infecciones oportunistas que pueden atacar a la persona que recibe quimioterapia. Mientras se recuperaba, perdió su pelo. Al cabo de tres semanas repetimos el examen de la médula ósea para evaluar el efecto del tratamiento. Donde antes se veían grumos monótonos de células cancerosas ahora se veía una médula ósea sana, produciendo todos los glóbulos de la sangre normalmente. La enfermedad había desaparecido: Felipe estaba en remisión. Todos estábamos felices. Tuvo unos días en su casa y continuó con el tratamiento, recibiendo cuatro ciclos de quimioterapia administrados cada 28 días. No tuvo complicaciones inhabituales. A mediados de marzo completó su tratamiento y recuperó su vida normal.
Sin embargo, y esto todos los padres de niños con cáncer lo saben, ahí no termina todo. Aunque la enfermedad haya desaparecido hay que esperar un tiempo largo, entre dos y cinco años, para asegurar que no vuelva y considerarlo curado. Con ese miedo continuo, y atentos a cualquier síntoma, viven ese período maldito con la sensación de no estar haciendo nada. En esa época, los padres formaron un grupo muy solidario con otras familias de pacientes. Porque nadie está preparado para una tragedia de esta envergadura y, cuando ocurre, nadie es capaz de entender lo que esa familia está sufriendo, salvo quienes comparten el mismo dolor. Es por eso que el grupo que se formó entonces y los que han ido surgiendo después, son refugio, alivio y motor.
Felipe se recuperó rápido. Le creció pelo nuevo como de recién nacido, volvió a ser el niño de antes y pocos meses después entró al colegio. Una vez al mes Hugo y Sandra lo llevaban a control médico y exámenes de sangre. Todo parecía avanzar a la perfección hasta que en octubre de 1989, un año después de su diagnóstico, las células leucémicas volvieron a aparecer en su sangre y en su médula ósea. Felipe estaba en recaída. Todos quedamos devastados, mirábamos a Felipe que se sentía perfectamente normal y no entendió lo que pasaba hasta que sus papás le dijeron que tenía que volver al hospital. A sus cortísimos cinco años, Felipe se quebró y su decepción fue para todos nosotros un duro golpe.
La leucemia recae o recidiva porque algunas células malignas se hacen resistentes a los químicos que usamos para atacarlas. Todas las que son sensibles mueren, pero estas células resistentes permanecen y vuelven a reproducir la enfermedad. Por eso las recaídas son un evento muy grave y las posibilidades que tiene un niño de curarse después de ella son mucho menores que la primera vez. Necesitan un tratamiento mucho más enérgico que, en el caso de la leucemia, implica volver a aplicar quimioterapia para obtener una nueva remisión y después realizar un trasplante de médula ósea. Para Hugo y Sandra fue comenzar de nuevo como si todo lo anterior no hubiera servido de nada. Peor todavía, se dieron cuenta de que esta situación era mucho más peligrosa que la anterior. Aun así siempre me hicieron sentir plena confianza en que yo haría lo correcto para curar a su hijo. Recuerdo largas conversaciones con Hugo en el pasillo del hospital, reflexionando sobre la enfermedad y el tratamiento.
Empezaba a confirmar otra lección fundamental. Todos los padres quieren saber y entender, quieren explicaciones y lo mejor para el equipo médico es enfrentar eso con la mayor honestidad. Decir lo que sabemos, que es poco, y también lo que no sabemos. Me gusta hacer partícipes a las familias de mi ignorancia e intento explicarles lo mejor que puedo por qué tomo las decisiones. Muy pocas veces he sentido que un padre o una madre, a quienes les explico con paciencia lo que le pasa a su hijo, no lo hayan entendido. Es más, muchas buenas ideas me han surgido de esas conversaciones con personas que carecen de conocimientos médicos y oncológicos específicos, pero están dotados de un excepcional sentido común.
Lo que vino para Felipe fue recibir su segunda dosis de quimioterapia y, a pesar de la menor expectativa, la leucemia volvió a responder. Conseguimos una segunda remisión. Era momento de pensar en el trasplante.
El doctor Donnall Thomas había nacido en un pequeño pueblo de Texas donde su padre trabajaba como médico general. Él lo acompañaba a visitar pacientes en un carro tirado por un caballo, en una época en que la medicina era muy poco resolutiva, muy humana y muy poco peligrosa. Sin haber sido un alumno brillante en el colegio, entró a estudiar medicina en la Universidad de Harvard donde mostró su primer interés en la hematología y leucemia. Incluso fue testigo de uno de los primeros milagros de la oncología moderna cuando el doctor Sidney Farber, del hospital de niños de Boston, consiguió que un paciente con leucemia linfoblástica aguda remitiera al aplicarle una droga llamada aminopterina, que inhibía la función del ácido fólico.
Entusiasmado por las posibilidades que, intuía, podrían abrirse si se atrevía a correr algunos riesgos, aprovechó su tenacidad y su genio para enfrentar un desafío que parecía, en esa época (1950), inalcanzable. A principio de los años 40, un grupo de investigadores había demostrado que si un ratón recibía una dosis letal de radiación a todo su cuerpo y después una transfusión de células de la médula ósea de algunos hermanos de camada, no fallecía por efecto de la radiación sino que regeneraba toda su sangre a partir de la del donante. Como el efecto de la radiación sobre la médula ósea estaba descrito, Thomas postuló que esta podría ser una manera de tratar la leucemia, un cáncer cuyas células son sensibles a la radiación. Así dicho parece casi sencillo, pero reproducir este experimento en humanos requería de conocimientos que hasta entonces no se tenían:
•Cuál era la dosis máxima tolerable de radiación o de quimioterapia para una persona;
•Cómo se inyectaría la sangre de la médula ósea para conseguir que las células madre proliferaran en el paciente;
•Cómo elegir cuál donante era adecuado para evitar el rechazo de la médula por el sistema inmune o a la inversa el del sistema inmune del donante contra el paciente;
•Cómo mantener vivo al paciente hasta que la función de la médula dañada fuera reemplazada por la médula nueva.
Cada una de estas interrogantes se iría resolviendo con mucho trabajo, pero también muchos fracasos que debieron enfrentar los pioneros del trasplante junto con las frustraciones de los pacientes y la constante crítica de sus pares que se opusieron por décadas a esta práctica.
No sería ese el mayor problema que enfrentarían los médicos al comenzar a hacer trasplantes, sino las dificultades que les presentaba la compatibilidad. Era una época en la que, básicamente, no se sabía de los genes que determinaban el destino de un trasplante ni cómo elegir un donante adecuado. El riesgo era sustantivo: si la médula no injertaba el paciente moriría de infección o hemorragia, pero si injertaba y no había compatibilidad entre el paciente y el donante, sería el sistema inmune del donante el que podría rechazar al paciente y causarle complicaciones severas. El único dato conocido era que el trasplante entre gemelos iba a resultar siempre porque ambos heredan los mismos genes, entre ellos los de compatibilidad.
Thomas realizó el primer trasplante de médula entre gemelos en 1950 y el paciente no sufrió ninguna complicación. El desafío era encontrar otros donantes. Decidió buscar las claves de la compatibilidad en perros, un animal más grande y fácil de trabajar que el ratón y en los individuos que podían heredar los mismos genes de compatibilidad, es decir, los hermanos de camada. Tras años de estudio, instaló las bases del sistema de histocompatibilidad canino, que fue capital para el descubrimiento del humano.
Como si hubieran salido de un libro, Felipe tenía una sola opción de donante. Su única hermana melliza, Nicole.
Los genes de compatibilidad para un trasplante de médula ósea, como todos nuestros genes, se heredan mitad del padre y mitad de la madre. Como las mitades se combinan de forma aleatoria, la probabilidad que dos hermanos hereden los mismos genes es una de cuatro, o sea un 25%. Según esto, lo más probable era que, teniendo solo una hermana, Felipe no tuviera donante. Sin entender de qué se trataba, Nicole dejó que la pincharan para ayudar a su hermanito. Los exámenes de compatibilidad arrojaron lo que todos queríamos: Felipe y Nicole eran 100% compatibles.
Me junté con Sandra y Hugo en la sala de reuniones del laboratorio y se los planteé: “Felipe está en remisión y su hermana es compatible. En Estados Unidos le harían un trasplante de médula ósea. Esto nunca se ha hecho en Chile en un niño. Tenemos lo que necesitamos para ello, pero Felipe tendrá que ser el primero”. Hugo no dudó un segundo: “Hagámoslo”, me respondió.
Empecé a buscar el apoyo que iba a necesitar y me contacté con el doctor Humberto del Favero, hematólogo del Hospital Militar, pionero del trasplante de médula en Chile. Él había realizado su especialización en la Universidad Católica y después había hecho un tiempo de práctica en la unidad de trasplante de un hospital de Estados Unidos. A su vuelta, en 1985, realizó los primeros trasplantes en pacientes adultos en Chile. Tito, como le llamamos, se alegró mucho por lo que íbamos a hacer y nos dio su completo apoyo. Todo estaba preparado para empezar.
El trasplante es un procedimiento médico que se realiza administrando a un paciente con leucemia una dosis muy alta de quimioterapia con o sin radiación a todo su cuerpo, con el fin de erradicar la enfermedad y permitir que el injerto funcione. Inmediatamente después se le inyecta por vía venosa una transfusión de células madre de la sangre de un donante compatible. Estas células son abundantes en la médula ósea (de ahí el término con el que se conoce el trasplante), en la sangre de los recién nacidos, extraída a través del cordón umbilical, y en la sangre de un individuo al que se le administra un medicamento que las moviliza desde la médula y son recolectadas mediante un procedimiento llamado aféresis. Por efecto de la radioterapia y quimioterapia la médula sana del paciente queda inutilizada y es necesario que las células nuevas se injerten para reconstituir todas las funciones de la sangre y el sistema inmune del paciente. Este proceso, entre que la médula antigua desparece y la nueva comienza a surgir, se llama aplasia y es uno de los momentos más críticos del procedimiento. Si las células del donante no injertan en el paciente y no recupera la función de su propia sangre, morirá en un tiempo corto de una infección o una hemorragia. En ese momento el niño debe permanecer hospitalizado, aislado, recibiendo más transfusiones y antibióticos hasta que aparezcan las células nuevas. Si injerta, que es lo que ocurre en la inmensa mayoría de las veces, la sangre del donante corre por las venas del paciente y lo hará de por vida.
Felipe ingresó a la habitación de aislamiento para iniciar el proceso de trasplante el 20 de diciembre de 1989. Recibió los medicamentos busulfan y ciclofosfamida durante seis días, descansó uno. Le prometí que esa sería la única Navidad que pasaría en el hospital y que una médula nueva era un excelente regalo, pero no lo encontró divertido. Siempre le recalco a mis colegas y alumnos que los niños no pertenecen a los hospitales, que debemos hacer todo lo posible para que no pasen ni un día o noche dentro sin necesidad, que los que trabajamos ahí terminamos la jornada y nos vamos a nuestra casa, pero los niños y las familias deben permanecer en un ambiente extraño y hostil. Por mucho que creamos que un niño se acostumbra a nuestras rutinas, la vida en el hospital es terrible para ellos.
El 28 de diciembre Tito Del Favero nos facilitó el pabellón del Hospital Militar para realizar la recolección de médula ósea de Nicole, donde contaban con todo el equipamiento y la experiencia. La hermana de Felipe recibió anestesia general y la acostamos boca abajo para poder perforar con unas agujas largas ambas crestas ilíacas posteriores, los huesos que separan la espalda de las nalgas. Luego, aspiramos con una jeringa la sangre interna, rica en células madre. Esta sangre era combinada con un anticoagulante, filtrada para remover la grasa y los fragmentos de hueso y almacenada en una bolsa de transfusión. Sin más procesamiento se infunde al paciente a través de una vía venosa. Las células madre de la sangre circulan por el cuerpo, son capaces de atravesar los vasos sanguíneos medulares, alojarse en los espacios adyacentes y proliferar para convertirse en glóbulos sanos de las distintas líneas celulares. Yo me lo imagino como que el tejido de sostén (estroma) de la médula tiene ganchitos que atrapan las células madre, las alimentan y las estimulan a proliferar. Las células madre constituyen solo el 1% de la médula y aun así son capaces de desarrollar todas las funciones de la sangre en un tiempo muy corto.
Completamos la cosecha a las 11 de la mañana y, acompañado de dos estudiantes de hematología que no quisieron perderse este evento histórico, bajamos al hospital de la Universidad Católica en un taxi aferrados a nuestra preciada carga. Mientras nos trasladábamos, yo pensaba en que diría el taxista si le explicáramos lo que llevábamos entre nosotros. Bajando por la Costanera con la ventana abierta, yo también disfrutaba ese momento histórico.
Sin dilación llevamos la bolsa con la médula ósea hasta la habitación de Felipe que estaba listo para recibirla. De pronto nos vimos todos vestidos con delantales, gorro, guantes y mascarilla en una habitación cerrada, asfixiados con el calor de los diciembres santiaguinos.
Sandra acompañaba a su hijo, Hugo se había quedado con Nicole. Mientras Felipe recibía la transfusión sin entender lo que estaba pasando, me puse a pensar cómo habíamos llegado hasta ahí y me di cuenta de que, como dicen, estaba parado en los hombros de gigantes.
El gigante Donnall Thomas sería reconocido, casi al mismo tiempo que esa conquista de nuestro equipo del hospital, con el premio Nobel de Medicina por su trabajo y descomunal aporte. Su compañera más fiel, sobre todo en los años más difíciles cuando el procedimiento no resultaba y la mayoría de los pacientes fallecía, fue su mujer, Dottie. Cuando sonó el teléfono en medio de esa noche de 1990, adormilado, Thomas recibió la noticia de la academia sueca y Dottie le preguntó quién era. “Nos acaban de dar el Nobel”, le dijo él. “Qué bueno”, le contestó ella, se dio vuelta y siguió durmiendo.
No sé si fue por la enorme preparación del procedimiento, la total compatibilidad entre Felipe y su hermana o la suerte del principiante, el hecho es que el trasplante de Felipe resultó impecable. Tuvo el período esperable de aplasia, con cero glóbulos blancos, recibió varias transfusiones de sangre y plaquetas, estuvo con los antibióticos de uso habitual. Incluso, previniendo la pérdida esperable de apetito y la posible mucositis, una inflamación que involucra aftas en la boca y diarrea con dolor abdominal, lo comenzamos a alimentar precozmente a través de su catéter venoso central, que al final se demostró innecesario porque nunca dejó de comer ni tuvo molestias.
Todos los días medíamos el número de glóbulos en su sangre y a los catorce días de trasplantado empezaron a asomarse. Primero tímidamente, pero después subieron de manera rápida y todos sus índices mejoraron hasta que no fue necesario volver a transfundirlo. Finalmente, a los 25 días de trasplantado, Felipe pudo dejar el hospital. Lo habíamos conseguido gracias al esfuerzo conjunto de tantos y a la confianza de la familia en nosotros, que no faltó nunca.
A Felipe, por una rivalidad natural a esa edad, nunca le gustó la idea de vivir toda su vida con sangre de mujer y se tuvo que convencer de que no tenía otra opción, sobre todo cuando la confirmación final del éxito la tuvimos gracias a que donante y paciente eran de sexo diferente. Las células masculinas y femeninas se diferencian al microscopio mediante una tinción que es capaz de distinguir el segundo cromosoma X de la mujer, mucho más grande que el cromosoma Y del hombre y cuando recibimos el resultado del examen confirmamos que la sangre de Felipe tenía dos cromosomas X, o sea, era la de su hermana.
A estas alturas Hugo y Sandra sabían más de leucemia y trasplante que la mayoría de los médicos que yo conocía y sus alcances y sugerencias siempre fueron un gran aporte. Qué pasaba dentro de ellos, no lo supe, y creo que nunca sabré cómo cada uno realiza esa procesión, incluso cuando hemos superado ya los mil niños tratados.
Felipe se fue a casa tomando muchos medicamentos. El más importante era la ciclosporina, un inmunosupresor, destinado a prevenir lo que conocemos como enfermedad de injerto contra huésped. Esta es la mayor complicación del trasplante y consiste en una reacción inflamatoria por la cual las células maduras del sistema inmune que siempre acompañan a la transfusión de médula ósea del donante “rechazan” al paciente. Este fenómeno lo explicaré en detalle más adelante.
Nuevamente, por la compatibilidad entre Felipe y Nicole y la suerte del principiante, no pasó absolutamente nada. Felipe se tomaba sus remedios de manera rigurosa y se recuperó físicamente. Le creció el pelo nuevamente, retomó de manera progresiva su vida normal y en septiembre lo dejamos volver al colegio cuando su aspecto externo no delataba ya ningún signo de que alguna vez estuvo enfermo. Era un niño feliz, que logró dejar atrás la odisea de haber recibido dos tratamientos de leucemia. Hugo y Sandra solo tenían palabras de agradecimiento y cada día que pasaba se afianzaba la esperanza de una curación. Al año del trasplante, cuando ya no había ninguna posibilidad de que Felipe tuviera la enfermedad de injerto versus huésped, suspendimos todos los medicamentos y volvió a ser un niño sano y normal.
Felipe fue muy importante para el desarrollo del programa de trasplante. Era la muestra viva de que el procedimiento era factible y que teníamos todo lo necesario para hacerlo. Él nos hizo creer en nosotros y trasplantar a otros pacientes con enfermedades muy diversas. Si bien tuvimos muchos tropiezos y varios niños no salieron adelante, ver a Felipe era el recuerdo constante de que podíamos. Nos ayudó a validar el trasplante en niños ante la comunidad médica aunque muchos escépticos, entre ellos colegas míos, no quisieron reconocer el potencial de este procedimiento para curar niños con leucemia que no tenían otra alternativa, sino hasta más de diez años después.
Lamentablemente la historia de Felipe no tendría un final feliz.
en busca de un donante
Ilan llegó a mi servicio anunciado por una reunión médico familiar a la que fui llamado. En la oficina de un colega y buen amigo de una clínica de Santiago nos encontramos él, sus abuelos y yo. Los padres, Jessica y Gianfranco, estaban de vacaciones fuera del país e intentaban conseguir el primer vuelo que los trajera de vuelta a Chile. El motivo de todo: después de varios días en que su abuela notaba que su nieto no estaba bien y el pediatra descubrió moretones sospechosos en su cuerpo, la guagua de nueve meses había sido diagnosticada de leucemia mieloide aguda y querían conocer mi opinión. El diagnóstico estaba claro, pero aún faltaban estudios para detectar o descartar alteraciones genéticas que podrían tener las células leucémicas que cambiarían el pronóstico y también el tratamiento. De todos modos había que iniciar quimioterapia, ver cómo respondía, confirmar que no hubiera marcadores genéticos de mal pronóstico y seguir con el tratamiento. Sin embargo, si cualquiera de los malos presagios se daba, tendríamos que pensar en trasplantarlo. Y ahí comenzaba la dificultad: Ilan era hijo único y, en 1992, no teníamos en Chile acceso a donantes que no fueran familiares. El sueño de los registros de donantes y bancos de sangre de cordón umbilical, todavía era lejano y si él necesitaba un trasplante, no tenía opción.
Decidieron trasladar a Ilan a nuestro servicio y que comenzara ahí su tratamiento. Cuando llegaron los papás conocí a dos personas jóvenes que iniciaban recién su vida con su único hijo. Ambas familias inmediatamente se cuadraron en torno a ese niño que parecía concentrar toda la atención y todo el amor del clan. Ilan recibió su primera quimioterapia y debió permanecer en el hospital por casi 30 días. Su madre no lo dejó ni un momento de los treinta días a pesar de que se fue cargando de frustración y cansancio.
Si para una familia completa el diagnóstico de leucemia en uno de sus niños es devastador, para una pareja es, quizá, aún más extremo. He visto arreglos de todo tipo: la mamá acompaña a su hijo en el día mientras el papá trabaja y, en la noche, él duerme con el hijo de ambos mientras ella vuelve a la casa a ver a los demás niños e, idealmente, descansar un poco. En otros casos la madre no quiere separarse de su cachorro amenazado y el padre resuelve parte de lo que queda pendiente y sus redes colaboran con lo demás. Las fórmulas son tantas como los pacientes, pero en todas sucede lo inexorable: la vida de la pareja sufre mientras el niño está hospitalizado. Lo tradicional, y más optimista, es pensar que estas tragedias tienden a acercar a las familias. Yo he visto lo contrario. El estrés por la cría en peligro demanda, desde la más profunda naturaleza, toda la atención materna y podría relatar pocos casos más claros de una mamá que abandona cada rincón de su vida por acompañar a su niño, que el de Jessica con Ilan.
Cuando los recibimos, yo ya era capaz de reconocer los signos de cansancio en una persona encerrada durante semanas en una habitación de hospital con un niño enfermo. Uno de los más claros es la irritabilidad que manifiestan contra enfermeras y médicos. Tuvimos discusiones acaloradas en algunas oportunidades y yo le pedí muchas veces que por una sola noche dejara a Ilan a cargo de su papá o su abuela, pero su negación siempre fue rotunda.
En algún momento el calvario cedió. El examen de médula ósea salió bueno, el niño estaba en remisión y los estudios genéticos confirmaban que su leucemia no tenía marcadores de mal pronóstico. Pudieron irse a su casa, conscientes de que podíamos seguir el tratamiento con quimioterapia y de que, si recaía, no había más alternativa que un trasplante para salvar a Ilan.
Jean Dausset vivió su infancia en la ciudad de Biarritz, en el país vasco francés. Su padre, médico igual que él, ejercía en el hospital de Bayona y convenció a su hijo cuando ya vivían en París, que entrara a estudiar medicina. Antes de graduarse estalló la Segunda Guerra y Dausset tuvo que abandonar sus estudios por un largo periplo por el norte de África. Destinado en Tunisia, tuvo su primer encuentro con la hematología a cargo de administrar transfusiones de sangre a numerosos soldados en una época en que esta práctica era muy rudimentaria, especialmente en el frente de batalla. Las reacciones que experimentaban algunos soldados a transfusiones en teoría compatibles le harían cuestionarse que otros mecanismos decidían la aceptación o rechazo de tejidos ajenos, lo que podría tener una enorme relevancia en el trasplante de órganos.
De vuelta en París, y antes de comenzar su carrera de científico, fue activista y empujó la reforma radical que sufrieron los hospitales de París de entonces y terminaron en la alianza entre estos y las universidades. Después de una breve estadía en Boston, en el hospital parisino de Broussais, Dausset se dedicó plenamente a buscar los anticuerpos contra glóbulos blancos que podían explicar el rechazo de tejidos.
En 1958, exponiendo el suero de tres pacientes a glóbulos blancos de otro individuo descubrió el primer anticuerpo aglutinante que nombró con las iniciales del apellido de los donantes, MAC. Era una época de gran actividad en el campo de la inmunohematología en que todos esperaban realizar importantes descubrimientos y Dausset con su grupo se adelantaron a todos al descubrir el primer antígeno humano que producía el rechazo de tejidos y que él nombró Hu-1. Esto sentó los cimientos del descubrimiento de lo que más tarde se denominó el sistema HLA (Antígenos Leucocitarios Humanos). Por este trabajo sería reconocido con el Premio Nobel de Medicina en 1980.
De esos modestos inicios hasta hoy, en que reconocemos más de 13.000 antígenos de histocompatibilidad, el avance ha sido fruto del trabajo colaborativo de miles de personas que fueron lentamente desenredando la madeja de un sistema que ha sido mucho más complejo de lo esperado. Sin embargo, este trabajo tenía un fin ineludible: hacer que la medicina del trasplante de órganos y tejidos fuera exitosa y permitiera salvar miles de vidas de pacientes necesitados.
Un día en el hospital los padres de Ilan pidieron hablar conmigo. Fue ella quien me lo planteó directamente: ¿concebir otro hijo serviría para trasplantar a Ilan si era necesario? Fue la primera de muchas veces en que padres me plantearon esta inquietud, especialmente cuando no teníamos la posibilidad de un donante no emparentado. En esa oportunidad les contesté desde la intuición. Si bien ellos eran una pareja joven y su proyecto de familia contemplaba más niños, todo indica que, desde que surge la intención de tener un hijo hasta que nace, pasa un año en promedio y ese plazo era muy largo si el hermano recae. Además, la probabilidad de compatibilidad en estos casos es uno de cada cuatro y, si las cosas no salían como las planeaban, además de un esfuerzo en vano, tendrían que sumar al cuidado de Ilan, el de un recién nacido.
Poder concentrar los cuidados en un solo hijo es, en estos casos, una garantía de atenuar las posibilidades de sufrimiento. Porque cuando hay más hermanos, esos niños sanos no solo sufren por el hermano o hermana enfermo, sino que durante meses también notan que su mamá ha desaparecido detrás de él, que el papá está trabajando o yendo al hospital y la familia rápidamente se desintegra. Si a eso se suma una guagua en el momento de mayor necesidad de apego y lactancia, la solución puede ser peor que el problema, salvo que ese niño venga con la buena noticia de la compatibilidad.
Me hacía cierta gracia cuando yo contaba esta historia y muchas personas encontraban desafortunado que un niño fuera concebido para este propósito específico. En lo personal, encontraba maravilloso que un hermano llegara al mundo con una misión tan inmediata y trascendental como salvarle la vida a otro. Muchos niños -decía John Lennon- nacen fruto de una botella de güisqui un sábado por la noche. Había otros motivos ahora.
Les comenté todo eso y en adelante la decisión les correspondía enteramente a Jessica y Gianfranco. Ella me aclaró que no quería opiniones, sino estadísticas, que la decisión estaba tomada. Dos meses más tarde me comunicaron que estaba embarazada.
El tratamiento de Ilan ya había pasado a una fase de mantención y ella acudía al centro de oncología a que su hijo se realizara exámenes y recibiera medicamentos. Paralelamente, el embarazo avanzaba sin incidentes y cuando comenzó a acercarse la fecha de parto, nos preparamos para poder recolectar la sangre del cordón umbilical, que ya entonces era reconocida como una fuente útil y suficiente de células madre para un niño pequeño.
El parto fue por cesárea y nació una niña sana y linda, que no tenía idea alguna de la misión con que había llegado. Recolecté personalmente la sangre y la envié al laboratorio para que fuera criopreservada y se mantuviera en un sueño profundo a -196 ° C.
Al día siguiente hicimos el examen de compatibilidad. Era 100% igual. Teníamos la donante, teníamos la sangre de cordón. Nos tocaba decidir si usarla ahora o esperar una posible recaída. Nos asustaban los efectos del trasplante en el niño y de las secuelas a largo plazo que debería enfrentar a consecuencias de la quimioterapia preparatoria y la posibilidad de la enfermedad de injerto versus huésped. Finalmente, y de común acuerdo, elegimos esperar.
Afortunadamente para Ilan la enfermedad no volvió. Tuve la suerte de ser invitado a una ceremonia que su comunidad hizo para su sexto cumpleaños en que a Ilan se le permitió tocar el libro sagrado de la Torá en la sinagoga y luego a una fiesta muy emotiva en la que Jessica contó cómo esa experiencia le había cambiado la vida, dándole armas que antes no tenía y que mucha gente que poco conocía la tenía ahora como un referente. Habían escapado del infierno, sentían.
Pero el cáncer construye caminos subterráneos, corroe incluso a quienes creen haberse librado. Jessica y Gianfranco tuvieron cuatro hijos a quienes siguieron cuidando unidos a pesar de que finalmente se separaron en términos poco amistosos. ¿Sucumbieron por la traumática experiencia que tuvieron con Ilan y cómo develó aspectos ocultos de cada uno que los hicieron incompatibles? Nunca lo sabré con certeza, aunque sospecho que nada de eso puede ser inocuo. A Ilan, en cambio, la última vez que lo vi fue cuando estudiaba medicina, estaba ya muy cerca de graduarse y lucía esa gallardía de quien tiene toda la vida por delante.
Lamentablemente, y como todos suponen, el camino del cáncer no está sembrado solo de finales felices.
Susana tenía seis años y una forma crónica de leucemia mieloide que podía estar larvada por mucho tiempo pero que inevitablemente se convertiría en una forma aguda y en poco tiempo terminaría con su vida. A menos que recibiera un trasplante.
Como Ilan, la niña también era hija única, y aunque en ese tiempo ya teníamos acceso a bancos con sangre de cordón, contaban todavía con muy pocos donantes. Por mucho que buscamos, el esfuerzo fue en vano. Entonces, y como su situación podría extenderse por largo tiempo, sus padres me plantearon nuevamente la inquietud: ¿y si tenemos otro hijo? La diferencia era que ellos no tenían en sus planes tener más niños, no todavía. De todos modos, les contesté lo mismo que a los papás de Ilan. Con el éxito de su caso como antecedente, y luego de pensarlo un tiempo, decidieron buscar un nuevo embarazo. Al mes lo habían conseguido.
En los años 60 y 70 los antígenos de compatibilidad fueron derivados de las reacciones del suero de personas que habían recibido numerosas transfusiones y de mujeres multíparas, a un panel extenso de células humanas en cultivo. La dificultad inicial mayor era que cada grupo de investigadores poseía sueros con diferentes especificidades que reaccionaban de manera diferente y fue necesario un trabajo de colaboración internacional permanente para ir completando las piezas del puzle. Pocas áreas de la medicina se han desarrollado gracias a la generosa colaboración de tantos investigadores.
Quizá por un golpe de fortuna, como podemos decir cuando la naturaleza se apiada y nos simplifica el trabajo, muchos investigadores comprobaron que todos estos antígenos de compatibilidad eran parte de un complejo genético único que llamaron HLA. En 1980 la tecnología permitió buscar la ubicación de los genes HLA alineados en el cromosoma 6. Esto confirmaba a un nivel molecular que este complejo se transmite en bloque y que cada persona contiene dos “haplotipos” o mitades que hereda del padre una y de la madre otra. Esto tiene varias consecuencias:
•Dos hermanos del mismo padre y madre tienen un 25% de probabilidades de ser completamente iguales, un 50% de ser medio iguales (“haploidénticos”) y un 25% de ser completamente distintos.
•Siendo la diversidad genética del sistema HLA tan vasta, es muy poco probable que dos personas que no son hermanos sean compatibles. Esta realidad es la justificación para la creación de registros de donantes donde la inscripción de millones de personas puede dar la posibilidad de encontrar donante a aquellos que no los tienen en la familia
•Los “alelos” (mitades) se distribuyen en la población según la etnia de las personas y se transmiten siguiendo migraciones, ocupaciones y conquistas. Es más fácil encontrar donantes en personas de la misma población, lugar geográfico y origen genético. Desde que comenzamos a buscar donantes no emparentados para pacientes chilenos en registros y bancos de sangre de cordón umbilical (capítulo 4), casi el 100% de nuestros donantes han sido de Estados Unidos o de Europa, en partes iguales. Una proporción importante de los donantes de Estados Unidos son de origen latino y algunos de americano nativo. Dentro de Europa los países que más donantes han aportado han sido Alemania y España y casi todos ellos han sido de origen europeo puro. Solo una vez un paciente tuvo una donante africana y nunca hemos encontrado a alguien compatible en registros asiáticos.
Cuando las complejidades del sistema HLA se fueron desvelando, el nivel de definición de la compatibilidad fue adquiriendo mayor relevancia clínica en trasplante. A diferencia de los trasplantes de órgano sólidos, como riñón, hígado, pulmón, corazón o páncreas, para los que en general basta con que donante y receptor tengan el mismo grupo sanguíneo, en el trasplante de médula es diferente: la compatibilidad HLA tiene que ser completa o casi completa. Si la sangre del donante no reconoce al paciente como igual lo va a atacar produciendo la más temida complicación del trasplante: la enfermedad de injerto contra huésped. Por esta razón esta área de trasplante fue la más tardía en desarrollarse y solo se pudo hacer cuando las bases de la histocompatibilidad estuvieron bien definidas: para hermanos a finales de los años 50, para donantes no emparentados, a principios de la década del 80 y para donantes “medio iguales” a partir de los 90.
Susana, afortunadamente, se mantuvo estable y el embarazo de su madre también. Al acercarse el parto, dispusimos todo para recolectar la sangre del cordón umbilical de su nuevo hermano que nació en una maternidad pequeña en una mañana de junio. Como todo estaba orientado a recolectar la mágica sangre de cordón, los médicos de la madre decidieron hacer una cesárea electiva a la que asistimos dispuestos a ello. El parto fue sin incidentes, el obstetra tomó el cordón umbilical con la placenta todavía dentro, pinchó una vena del cordón y la sangre fluyó roja y tibia a un recipiente que contenía líquido anticoagulante.
Mientras el doctor ayudaba en la colección y apartaba el útero con la placenta aún dentro para conseguir un flujo generoso y una exitosa colección, ocurrió algo imprevisto. La matrona que había recibido a la guagua lo puso en la mesa radiante lo comenzó a limpiar y notó algo anormal. Las orejas estaban implantadas muy bajas, el cuello era corto y tenía dos protrusiones laterales que daban la impresión de alas. La mandíbula estaba un poco retraída y finalmente los ojos aparecían rasgados. Llamó al obstetra, quien lo examinó, y su ojo experto concluyó rápidamente que tenía el síndrome de Down. Todo el ambiente de alegría por este niño que venía a salvar a su hermanita se trizó. La noticia para los padres fue devastadora.
La enfermedad de Down ocurre en uno de 800 partos y especialmente en mujeres mayores de 35 años. La madre de Susana y del recién nacido tenía apenas 29. Había ahora dos flancos abiertos y nadie se explicaba cómo se concentraba así la mala fortuna. Fortalecidos, quizá, por la enfermedad de Susana, sus padres recibieron el golpe con hidalguía, aunque inevitablemente apenados. Quedaba todavía determinar si el esfuerzo había valido la pena.
Al día siguiente hicimos el examen de compatibilidad. Las probabilidades ganaron esta vez. Los hermanos no eran compatibles.
Quedó suspendida entonces cualquier esperanza de sanarla. Nos dedicamos a cuidarla por el tiempo que le quedara vivir. Susana murió un año después en su casa, acompañada por todos quienes la querían. Su hermanito que, según me contó la doctora que la había diagnosticado y siguió en contacto con sus padres, llenó la vida y la casa, y se convirtió en el centro y la alegría de la vida familiar. Esa maravillosa noticia me permitió darle consuelo a la pena que siempre llevé tras la muerte de Susana y la amargura que me provocaba la crueldad del destino con gente tan buena.
Y es una crueldad que, a ratos, parece incansable.
José Tomas tenía una enfermedad congénita por la cual no producía glóbulos blancos neutrófilos, que funcionan como primera barrera de defensa contra infecciones por bacterias y hongos. Los niños afectados tienen infecciones oportunistas recurrentes, especialmente pulmonares, que pueden ser graves y, eventualmente, les pueden causar la muerte.
Era 1997 y la sobrevida promedio de los niños que la padecían era de pocos años, sobre todo si no respondían a un medicamento llamado Filgrastim que estimula la producción de los neutrófilos y en grandes dosis sirve a muchos niños con esta enfermedad a mantenerse al menos sin infecciones graves. Pero este no era el caso. José Tomas había pasado casi la mitad de los tres años de su vida hospitalizado a pesar del medicamento. La única solución era, en efecto, un trasplante.
Sus padres, Carmen Gloria y Tomas, me vinieron a ver. Tenían cinco hijos con los que prácticamente les garanticé que alguno debía ser compatible con José Tomas. Hicimos los exámenes y cuando recibimos los resultados fue un balde de agua fría. Ninguno era compatible. Quizá peor aún, tres eran idénticos entre ellos, pero ninguno con José Tomas. El panorama era desalentador porque, nuevamente, nuestra única opción era recurrir a bancos extranjeros de sangre de cordón.
Se los propuse como única solución y les conté también que nuestra experiencia era escasa, aunque esperanzadora. Habíamos realizado cuatro procedimientos a esas alturas. Dos de ellos habían sido exitosos. Lo pensaron por un breve momento, me dieron las gracias, pero pensaban que era muy riesgoso y, como eran gente de fe, esperarían que Dios les mostrara el camino que debían tomar. En el intertanto, seguirían combatiendo las infecciones que fueran afectando a José Tomás.
Fue poco tiempo después que me enteré de que esperaban su sexto hijo, algo que había ocurrido sin ellos estar, precisamente, buscando un donante. Me alegré entonces y después, cuando me pidieron que asistiera al parto para que recolectáramos sangre del cordón umbilical del nuevo integrante de la familia.
Cuando iniciamos el programa de trasplante en 1989, nuestro laboratorio determinaba los HLA con un kit comercial que tenía un panel de células humanas que reaccionaban con distintos antígenos HLA del suero de los pacientes y donantes. Actualmente ha sido reemplazada por técnicas de biología molecular y secuenciación de los genes HLA. Aun así, nuestra tecnología era suficiente para determinar la compatibilidad entre hermanos, pero no podía ser usada para donantes no emparentados. No teniendo otras alternativas de donantes en ese momento, la relación con el laboratorio de HLA era muy cercana. El análisis (“tipificación”) estaba a cargo de una bióloga con la manteníamos comunicación fluida. Ella sabía lo que estaba en juego si el o los hermanos del niño eran compatibles o no: la posibilidad de vida versus la muerte por la enfermedad. Ella era la primera que conocía esta realidad. Yo temía su llamada, a tal punto que en un momento diseñamos una clave que ella transmitía a mi beeper: 1 si, 0 no. Cuando recibía este mensaje quedaba clara la alternativa.
¿Por qué este sistema es tan importante para definir el éxito o fracaso de un trasplante? ¿Y si conocemos este mecanismo, podemos hacer algo para utilizarlo en provecho? La respuesta inmune es un proceso muy delicado que determina nuestra identidad biológica y distingue entre yo y los demás. Las células inmunes detectan proteínas ajenas (antígenos) y arman una respuesta bélica que nos permite mantenernos sanos entre el ejército inconmensurable de microorganismos que viven fuera y dentro de nosotros. Gracias a este sistema podemos sobrevivir en la jungla microbiana. Pues bien, uno de los ejes centrales de esta respuesta es la comunicación entre los distintos tipos de células (linfocitos, macrófagos) que identifican la proteína ajena y levantan el ejército para controlar la infección o rechazar el tejido ajeno. Los antígenos HLA están en el meollo de la comunicación intracelular actuando como moléculas de anclaje que permiten a la célula procesar la información y decidir por dónde atacar. Si las células son de distinto origen (donante y receptor) ese anclaje no se realiza y la respuesta inmune o no ocurre o se dispara sin control. Esto lleva a que un trasplantado puede tener su sistema inmune a la vez activado y deprimido. Es complejo navegar estas aguas en las que concurren tantos factores externos e internos. Y en el centro del huracán estas pequeñas proteínas producidas por el sistema HLA. Los que trabajamos en este campo nos tomamos la compatibilidad muy seriamente y la disponibilidad de cada vez más donantes más compatibles se traduce en mejores oportunidades para los pacientes.
La hermana de José Tomás nació en 1997 y la sangre fue recolectada con la placenta dentro del útero hasta que se expulsó. Nació una niña sana que podría ser la respuesta a las oraciones de esta familia. Habría para eso que hacer los exámenes de rigor. La suerte estaba de su lado. Esa guagua era 100% compatible con su hermano. La llamaron Milagros y nosotros nos preparamos para hacer un trasplante.
Al evaluar nuestros recursos confirmamos que el volumen de sangre recolectada era adecuado. El problema era que la cantidad de células obtenidas estaba en el límite de lo aconsejable. No quisimos apresurarnos y decidimos esperar que Milagros creciera un poco para extraer además médula ósea. Lo hicimos cuando ella tenía apenas cinco meses y se convirtió en el donante más pequeño con el que he realizado este procedimiento.
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