Kitabı oku: «Viaje por el camino sanabrés»

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«Yo, que no soy piedra, sino camino

que cruzan al pasar los pies desnudos,

muero de amor por todos ellos;

les doy mi cuerpo para que lo pisen,

aunque les lleve a una ambición o a una nube,

sin que ninguno comprenda

que ambiciones o nubes

no valen un amor que se entrega»

Luis Cernuda

Preámbulo

Aclaraciones al inicio del viaje

Como ya os conté en el viaje anterior, mi padre y sus amigos habían decidido seguir su camino hacia Santiago por el ramal Sanabrés, en lugar de acabar la Ruta de la Plata y continuar después por el Camino Francés, como era su primera intención y es la ruta natural, la que la mayoría de los peregrinos seguía.

El Camino Sanabrés dicen que sigue el itinerario que realizó, en sentido inverso, el rey leonés Alfonso IX en 1225, como parte del Camino Mozárabe, el que hicieron los cristianos que vivían en Al-Ándalus cuando se fueron para el norte y el mismo que hiciera Almanzor a la vuelta a Córdoba cargado de las campanas de la catedral de Santiago.

El Camino Mozárabe llega hasta Mérida desde Córdoba, y desde Mérida sale el de la Plata. El Camino Sanabrés se aparta del de la Plata en tierras zamoranas, antes de llegar a Astorga, para ir a Santiago adentrándose por tierras sanabresas y la Galicia orensana.

Los compañeros de mi padre, siempre más andariegos que él, habían iniciado el Camino unos días antes, desde Zamora, desde donde lo dejaron la vez anterior. Desde la capital habían andado hasta Montamarta, a Granja de Moreruela y llegado hasta Tábara. Y será en Tábara donde se reencontrará con ellos.

Las anotaciones de este viaje en su cuaderno las comenzará con sus viajes hasta Tábara y las acabará con su vuelta a Madrid.

Intentaré hacerlo lo mejor que pueda, añadiendo, a lo escrito por su mano, las anotaciones de mi propia cosecha que considere ayuden a entenderlo mejor.

Para aquellos que no lo conocisteis, voy a comenzar diciéndoos de mi padre que tenía un elevado concepto de sí mismo, lo cual no es tampoco censurable, pues si uno no se quiere, no tiene confianza en sí mismo y no nunca creería en sus posibilidades, de manera que uno no iniciaría ninguna empresa o aventura, pues no confiaría en poder llevarla a cabo con éxito y no habría aventura emprendida nunca, viviría siempre lo mismo, una vida sin sorpresas, ni sobresaltos o emociones, sin nada distinto digno de contar. Pero siempre, como ocurre con las cualidades como con todas las cosas, que cuando lo son en exceso sobran y cuando son escasas se quedan insuficientes, y en opinión de mi madre, a mi padre le sobraba más que le faltaba de esta virtud.

Para mi madre, su arrojo no era más que por ser un inconsciente, falto de sesera, más que por otra cosa, y su ir a la aventura, sin pensar ni planificar de antemano lo bastante, por un atrevimiento venido de la falta de previsión; lo convencido de la prevalencia de sus ideas y creencias sobre algunas de las de los demás. Pues porque eran suyas, fruto de sus lecturas y de sus cavilaciones, y no tomadas de otros; por creerse él muy leído, muy versado en estudios y letras, y por eso, cargado de más razones que nadie. Un loco y trasnochado don Quijote perdido en estos tiempos.

—¡Es poco realista! Se cree que todo el mundo piensa y ve el mundo como él. Y no, la gente es más como yo, no como él. Como él, solo lo son los menos, no los más —diría siempre mi madre en tono de reproche a su cabeza llena de grillos—, no se da cuenta de que él es raro, que la gente normal no es así.

Os hablo de esto porque entendáis mejor el escrito, preñado de una visión de la vida cargada de idealismo, de irrealidad y cierto estoicismo, entendido este no como el renunciar y conformarse con todo, sino más bien el propugnar una vida sobria, moderada en la forma de hallar la felicidad, de mirada irónica de la superstición y las supercherías; de conformarse por saberse con un punto de vista del mundo distinto, diferente y por algo incomprendido, sin que ello supusiese tristeza ni melancolía.

Una concepción antropocentrista y panteísta del mundo, actual y renacentista a la par. Porque siempre le gustó mirar atrás para contemplar en el espejo del pasado el mundo, para entender la realidad del presente. Un mirar el mundo a través de un prisma que deformaba la realidad y la hacía realmente —tal como decía mi madre— diferente a la de los demás.

Un pensamiento suyo, si, pero no del todo, que lo tomó de sus lecturas. Se impregnó de las reflexiones de Séneca, en sus Cartas a Lucio —auténtica obra de recopilación del sentido común y la filosofía griega para él—. Del pensamiento de Ortega —a quien leyó precozmente en la adolescencia—. Del pensamiento de humanistas como Erasmo o Tomás Moro —a quienes a veces cita en su cuaderno y conoció desde bien joven—. De Nietzsche, al que llegó quizás prematuramente y a menudo leyó sin entender del todo —cuya visión del mundo dionisíaca y apolínea, tanto le deslumbró—. Unas vivencias que le iluminaron e hicieron ver, de forma tan peculiar, la realidad, una manera llena de curvas y de rectas, de luces y de sombras constantemente entrecruzadas, en sus ojos y en su mente, que le hacían ver el mundo, el paisaje, los pueblos y las gentes con las que se va encontrando de forma diferente a como las veríamos los demás, a como las veían sus compañeros de viaje.

No os entretengo más, ya intervendré más adelante, cuando juzgue conveniente aclararos alguna cosa.

Os dejo con el diario de este cuaderno de mi padre, el Viaje por el Camino Sanabrés.

El viaje de inicio

La salida

La mañana se levantó con una niebla —como signo de mal presagio— que nos acompañó e importunó todo el camino, desde Almadén hasta Ciudad Real, haciéndonos llegar más tarde de lo que teníamos previsto; de manera que cuando llegamos a la estación nos encontramos con que ya no había billetes para el tren.

—El próximo tren para Madrid va completo, si quieren, pueden coger para el siguiente —nos dijo el empleado de la ventanilla.

Mis compañeros de viaje, Mencía y Samuel, torcieron su gesto en señal de desagrado por el contratiempo.

—¿Cuándo sale el siguiente? —pregunté, sin dejar que su repentino cambio de humor perturbase el mío.

—Dentro de dos horas. Solo quedan cuatro asientos libres, así que no tardéis en decidiros si queréis cogerlo —nos aconsejó.

No demorarnos mucho en tomar la decisión, porque nosotros éramos tres, pero al lado había otros dos viajeros que también querían irse y que, como nosotros, tampoco tenían billete y también estaban pendientes de comprarlo para el siguiente. De manera que acordamos cogerlo, sin más dilación, aun a costa de fastidiar a los otros; que no hay mejor manera de acabar con la indecisión que el que haya alguien más queriendo lo mismo. Como si eso te tranquilizara, pues creyeras entonces que esa es una buena decisión, ya que si hay más gente que quiere lo mismo —piensas tú—, es que han pensado como tú, por tanto, el pensamiento es bueno, porque si coinciden muchos no deben estar todos equivocado y ello te reafirma.

Como si tus ideas o tus creencias no fueran suficientes si no las pensaran o creyeran otros también, como si la masa no se dejase engañar y confundir. Como si tú no fueras capaz de manera diferente al resto. Como si lo que pensara la mayoría siempre fuera lo correcto y lo mejor simplemente por eso.

—Sí, denos los billetes, haga el favor —le pedí.

Nos surgió entonces la duda de si no nos ocurriría más tarde lo mismo, cuando llegáramos a Madrid, que no tuviéramos billetes para el tren a Zamora.

Preguntamos de nuevo al señor de la ventanilla y nos confirmó nuestros peores temores.

—Estoy mirando… Y no, no hay billetes de Madrid a Zamora.

Mis compañeros de viaje comenzaron entonces a reprocharme mi falta de previsión por no reservar y comprar los billetes antes, que debía haberlo hecho yo, que pensaban que lo tenía todo atado, si no ya lo hubieran hecho ellos, que por qué yo no se lo dije, que lo hubieran hecho ellos…

—¿Por qué pensabais que debía ser yo quien los compraría? —les respondí.

—Porque dijiste que tenías organizado el viaje —me reprochaba Samuel.

—Sí, tenía previsto el horario de los trenes que teníamos que coger, nada más. Porque no quiero más planificación, vengo a la aventura y estos imprevistos son los que le dan vida al viaje, de otra forma sería un aburrimiento, todo tan medido y previsto —les decía, para desesperación del uno y la cara de asombro de la otra.

Mencía, buena conocedora del carácter de mi padre, tan despistado, despreocupado, a veces poco previsor, decidió tomárselo con humor, para comenzar a disfrutar del viaje en lugar de penar con él, para eso se había apuntado a hacerlo.

El grupo de amigos le habían relatado, durante sus rutas de senderismo por los caminos de Almadén que tan a menudo hacían, de sus andanzas en los anteriores viajes, y ella, que le había cogido el gusto a eso de andar y ver, de perderse por el campo yendo y viniendo, conociendo nuevos sitios y a nuevas gentes, se apuntó a ir con ellos, ¡si no les importaba, claro! ¡Que el hecho de ser mujer aún provocaba ciertas reticencias y escepticismo!

—Es que yo no sé si va a poder hacer tantos kilómetros —reflexionaba uno de ellos después de aceptarlo ella.

—Es que a lo mejor no quiere ir con tantos hombres ella sola —se ponía otro en su lugar.

—Es que yo no sé si mi mujer me va a dejar entonces ir —añadía pesaroso el otro.

Hubo una retahíla de «es ques», como cada vez que se va a hacer algo por primera vez, como siempre que una mujer se atreve a hacer algo que antes solo hicieran hombres.

Porque «es que» todavía no se habían dado cuenta de que seguían siendo un poco machistas, aunque no lo supieran reconocer, aunque ellos se creyeran que no lo eran.

Cuando fueron pasando los días, fueron comprobando cómo todos los «es ques» no tenían fundamento, se percataron de lo infundado de sus temores y reticencias, y se olvidaron de todos ellos.

Pensaba mi padre que viajar era disfrutar de ese juego que es la vida, que nos lleva a su antojo, de aquí para allá, de un lugar para otro. Nada, pues, mejor para iniciar nuestro viaje que imitar al mayor y mejor de todos los viajeros, a Ulises y, como él, comenzar yendo de manera imprevista, al albur de los dioses, allá donde los vientos lleven de forma caprichosa la nave y no allá adonde la previsión y la razón humana quiera.

Sin embargo, en previsión de que me ocurriera lo mismo a la vuelta que a la ida, como tenía obligaciones que no podía tomarme a la ligera, pedí el billete del tren de retorno desde A Gudiña. Tuve que repetir varias veces el nombre, pues me decía el buen señor de la ventanilla que esa estación no existía.

—¿Cómo has dicho? —me preguntaba.

—A Gudiña —le dije.

—La Budiña… No la encuentro.

—La Gudiña o A Gudiña —repetí.

—¡Ah! Sí, es que era A Gudiña, por eso no la encontraba —me decía sonriendo, satisfecho de su buen hacer.

Cuando llegamos a Madrid, recorrimos la moderna y remodelada estación de Atocha, buscando el camino por donde ir hasta la nueva estación de autobuses de Méndez Álvaro. Fuimos siguiendo los carteles, pero eran tantos los rótulos que había que a veces nos confundían y nos hacían dudar de la dirección a seguir.

—¡Vamos por esas escaleras! —decía uno.

—¡Yo creo que mejor por aquel pasillo! —decía otro.

—¡Aquel cartel indica la otra dirección! —decía el tercero.

Menos mal que Mencía, más ducha en estas «trochas» ferroviarias que Samuel y yo, nos guio hasta buen puerto, aquel de donde salían los autobuses para Zamora.

La estación de autobuses era nueva para mí. Yo conocía la antigua de Palos de Moguer, que después fue Palos de la Frontera —porque decían que ese era el nombre de verdad del pueblo, no el otro, que el primero se lo pusieron por equivocación—. Cuando mi época de estudiante en Madrid. Y me fui antes de que inaugurasen la estación de Méndez Álvaro, por eso no la había llegado a conocer.

Después, trabajamos, ganamos dinero… y cuando uno trabaja, se compra un coche, se olvida de que existen los trenes y los autobuses y ya no pisa más las estaciones.

Nosotros mismos, si no fuera porque decidiéramos hacer el Camino de esta manera, porque nuestros amigos ya partieron, porque perdimos el Ave, quizás no nos hubiéramos acordado de que existen otras formas de viajar, de ir y venir por el mundo acompañados de más viajeros.

La nueva estación nos recordaba a una terminal aeroportuaria. Ni siquiera se veían los autobuses, parecía que estuvieran escondidos, se accedía a ellos por unas puertas numeradas que llamaban dársenas; término que hasta entonces ninguno de nosotros conocía más que referido a los puertos, pero ese día supimos que también era el lugar de estacionamiento carga y descarga de los autobuses; que no solo era empleado para atracar barcos, sino también para aparcar los autocares.

Esta estación era mucho más grande que la vieja, tenía largos pasillos, tiendas y cafeterías. Y las personas que andaban por ella ya no eran solo los viajeros que iban o venían a la capital desde las «provincias», que ahora había tantos o más procedentes del resto del mundo; según deduje por su aspecto y su manera de hablar. Lo que tampoco significaba que nuestro aspecto dejara de ser menos singular, por el hecho de ser nacionales.

Muy claro me quedó cuando fui a los aseos.

Los aseos son ese lugar donde se relacionaban y socializaban los romanos, quienes aprovechaban esos momentos para hablar los unos con los otros y hacer negocios en él. Hoy todavía conservamos esa tradición, al menos, en parte, aunque nos parezca extraño porque no somos conscientes de ello. Y lo digo a raíz de lo que me ocurrió.

Mientras estaba yo en los aseos, vaciando mi vejiga, mirando a la pared, como manda la buena educación, se me acercó un chavalín de piel oscura, aspecto desaliñado y edad para tener que estar a esa hora en la escuela en lugar de en la estación. Deduje, por su forma de hablar, que debía ser si no gitano, primo hermano suyo; se me acercó y me dijo:

—¡Qué mochila tan grande llevas! —tuteándome, como si nos conociésemos de toda la vida.

Yo, si hubiera sido desconfiado, habría pensado que, siendo aquel gitano, me lo decía con envidia y deseo de apropiársela; que siempre asociamos el robo con la raza calé, tanto en nuestros chistes como en los prejuicios de toda nuestra cultura, a veces con razón y otras sin ella, y torcería entonces el gesto, temiendo ser robado e interpretado el tuteo como si me la estuviera pidiendo para él.

Pero como no era más que un chiquillo y me recordó a uno de mis alumnos, de su misma edad, no más, con su mismo aspecto, que robaba cuando podía —verdad también—, pero al que tenía cierto aprecio y con el que charlaba a menudo, aunque con cierta prevención en lo que le decía —no menos verdad también—, no fuera a pasarme de listo y saliera trasquilado, que por darle la mano y que se tomara el pie.

Acordándome de lo bueno, en lugar de lo malo —le respondí, como lo haría con mi alumno—.

—Sí, es muy grande porque voy hasta Santiago.

—¿Hasta dónde?

—Hasta Santiago de Compostela.

—¿Y eso está muy lejos?

—Sí que lo está —le dije—, y, además, es que voy a ir andando.

—¡Qué cansado, yo no iría entonces! —dijo, tras pensárselo.

—Bueno. Si es verdad que es cansado ir andando hasta tan lejos, pero también es bueno para nuestra salud el andar —le respondí, aprovechando para instruirle, como maestro que soy y recordando que no había ido a la escuela.

—Pero a mí no me gusta andar —replicó, no sé si en serio, con cierto tono guasón.

—Pero si andas mucho luego no te pones malo y luego no tienes que ir a la farmacia a comprar medicinas —le conté, intentando encontrar argumentos que fueran comprensibles para él.

—Eso sí es verdad —me reconoció.

No nos dio tiempo a hablar más, bien porque acabó lo que había ido a hacer o bien porque decidió hacer otra cosa; dio por terminada nuestra charla y se fue sin más. Me quedé lavándome las manos, mirándome al espejo y pensando en la de prejuicios, fundados e infundados, que tenemos hacia todos los que son diferentes; bien por su piel oscura, por su etnia, sus tradiciones o costumbres, que es verdad que de tanto en tanto nos importunan, pero, sin lugar a duda, nos ocasionan a menudo incomunicación, nos impide entablar una conversaciones normales y tratar a las personas como tales, independientemente de su aspecto y sus diferencias.

Cuando más tarde recordé esa conversación, caí en la cuenta de las diferencias de perspectiva con las que se pueden ver una misma cosa, e intenté ponerme en el lugar del chiquete aquel, que no conocía Santiago de Compostela, para quien ni la ciudad ni el santo significaban nada. Para él, yo debía de ser también una persona extraña. Alguien cargado con una mochila muy grande, para ir andando a un sitio lejano, que no sabe ni dónde está, ni para qué se va, ¡cansándose encima! Si yo estuviera en su lugar, también desconfiaría de mí.

El no ser capaz de ponerse en el lugar de los demás y entender al otro, el tener escalas de valores y de saberes tan dispares, nos hacen ver el mundo con perspectivas muy distintas a cada uno; por eso, su mundo y el mío difícilmente podrían coincidir si no hiciéramos los dos el esfuerzo por aproximarnos, si no tuviéramos la intención de querer conocernos en lugar de dejar que la desconfianza nos alejara.

Con estos pensamientos y otros que me fueron viniendo mientras viajaba en el autobús, fui cruzando la meseta castellana, con sus estepas, sus sembrados y sus viñedos, hasta que llegamos a las tierras zamoranas desde donde retomaríamos nuestro Camino.

Tábara

Un pueblo antiguo

Tábara está a cuarenta kilómetros de Zamora, cerca de la sierra de la Culebra, en su extremo más oriental. Es un pueblo antiguo, cabecera de la comarca que lleva su nombre.

Cuando uno llega a Tábara por la carretera desde Zamora o Benavente, lo primero que ve desde lejos, antes de llegar, es su torre, una torre grande y alta, más robusta de lo que sería normal y apropiado para el edificio que está a sus pies, la bonita iglesia de Santa María.

Aunque uno no sepa de arte ni de historia, intuye que la iglesia de Tábara es un templo antiguo y peculiar. Porque te lo sugiere su aspecto.

Cuando, más tarde, te aproximas y ves de cerca sus arcos, portales, puertas y piedras, vas comprendiendo por qué sospechabas antes que era un sitio peculiar; descubres entonces una iglesia románica, o así lo piensas, cuando ves su fábrica de piedras irregulares en sus muros y la talla ajedrezada de sus arcos abocinados de medio punto.

Luego, te descoloca ver arcos muy peraltados en lo alto de su torre que te sorprenden, porque rompen con la simetría, por su disparidad y sus formas, distintas en cada una de las caras del torreón. Ves las arquerías dispuestas en tres niveles de arcos, los más numerosos y esbeltos arriba, justo debajo del tejado, con otros tres más anchos y menos esbeltos en el nivel inferior, y descubres que los más próximos al suelo pasan a ser solo dos, más anchos, rechonchos y robustos. Rodeas la torre y te apercibes de que eso tampoco se repite en el resto de los lados, que ni las proporciones ni los números en cada una de las caras que forman la planta de la cuadrangular torre son las mismas. ¡Cada uno de los cuatro lados de la torre es distinto!

Esa falta de simetría la hace, indudablemente, peculiar y distinta a cualquier otra.

Cuando has terminado de contemplar la torre, los soportales de la iglesia, los antiguos y los modernos —recientemente restaurados—, has visto las portadas, con sus arcos antiguos, te has sorprendido con las grandes lascas de piedra que utilizaron para reconstruirla siglos más tarde y has intentado entender las inscripciones talladas en sus paredes, ves las ruinas de las casas caídas que hay detrás y, entonces, ya no te queda más que intentar entrar para ver la iglesia por dentro… Pero no puedes, porque está cerrada.

—¡Pero si es la hora de misa! —nos decimos extrañados, antes de leer otra nota puesta en la pared, el antiguo templo no está dedicado al culto religioso, sino al cultivo de la cultura; se ha convertido en un centro de interpretación para reencontrarse, quizás, con su primigenia función, la de scriptorium mozárabe.

Siguiendo el camino, viendo y andando, mi padre se encontraría con otra torre casi igual de peculiar, más fuerte y robusta de lo normal, e igual, más llamativa que el templo adosado a sus pies, la torre de Mombuey.

Tanto Mombuey como Tábara fueron encomiendas templarias, por lo que no resultaría nada raro que ambas torres fueran construidas por aquellos freyyres, cuya mística y cultura, la propia de la orden, tanto aprendió y tomó de Oriente, de donde surgió; allá donde los números, las series y las ciencias cabalísticas siempre estaban presentes en todas sus construcciones.

Tanto en la una como en la otra, se producirán ese mismo juego en el cambio del número de ventanas en los diferentes lados, en distintos pisos; por lo que se les supone una función defensiva, como atalaya militar, además del religioso. Doble papel, doble sentido, real y místico, dualidad semejante a la de los mismos templarios, monjes y guerreros a la vez, de cuya influencia ya conocimos en Zamora y Salamanca.

Al leer el panel que hay en la puerta de la iglesia conoces que de Santa María había sido en su origen un cenobio visigodo, sobre el que se creó un monasterio en el S. IX, conocido como San Salvador de Tábara, con un famoso scriptorium de donde salieron preciosos códices ilustrados. El cenobio fue arrasado por Almanzor a finales del S. X, lo que obligó a su restauración en el S. XI o en el S. XII, en pleno románico; y luego se hizo otra obra, medio milenio después, en el S. XVIII.

Además, está el tejado de la torre, con su pináculo encima, pequeño y puntiagudo, tan poco medieval, o la cabecera, es tan poco parecida al resto. Ninguno de esos elementos arquitectónicos estaban en el edificio original que aparece pintado en las miniaturas de los códices, fue al transformarse en iglesia el monasterio cuando de los dos torreones que hubiera en principio, altos como atalayas, solo quedó uno erguido, que el otro, desmochado, debió de ser el origen de la cabecera del nuevo templo.

Tejados de la torre a cuatro aguas, cubiertos de teja árabe roja y rematados con una pirámide, tan estilizada, que parece un ridículo capirote, por lo minúsculo, por lo alejado del espíritu artístico y religioso con el que fueran concebidos en sus orígenes los torreones.

Cuando lo conoces su historia entiendes el porqué a mi padre le causaba esa extrañeza de la que hablaba e intuía antes de conocerla.

Dejamos la torre y el templo, situados en un extremo del pueblo, no en el centro, porque antes que iglesia parroquial fue monasterio, por eso estaba a las afueras, y fuimos dando un paseo hacia la plaza que tampoco está en el punto más equidistante del núcleo urbano, sino cerca de la otra iglesia principal.

La plaza tiene entorno a ella una pequeña iglesia parroquial, con espadaña y dos filas de campanas, con sus nidos de cigüeñas ocupando los lados y un soportal de tres arcos delante, imitando a los de Santa María, quisimos adivinar.

En este mismo lado de la plaza, hay casas con fachadas antiguas, con portadas señoriales, renacentistas y barrocas —del conde de Benavente, nos dijeron—, con grandes lascas de arenisca, como las que vimos en las partes reconstruidas del templo.

Paseamos un rato por sus calles y vimos más casas de piedra, antiguas a secas las más, muchas de ellas vacías y abandonadas. Con sus jambas y sus bajos dinteles de granito en las puertas, por donde es necesario pasar agachado para no darte en la cabeza. Fachadas repletas hoy de atalajes modernos, feos cables de luz y canalones de plástico, taladradas por contadores de luz y ventanas de rejas nuevas; fachadas muy mal adornadas con todo ello.

Adivinamos cuál fue su antiguo ayuntamiento, un edificio viejo, de desgastado ladrillo visto y aspecto decimonónico. Tenía pinchados en su puerta bandos municipales acerca de las próximas partidas de caza, las ayudas para los ganaderos y las tasas a pagar al consistorio.

Llegamos hasta la nueva fuente de granito que adornaba con su pilar la entrada del pueblo por el sur. Probamos del agua que salía por su buen caño, abundante, en un chorro generoso.

Tábara tiene, en su otra plaza, otra fuente, con un monumento de piedras de granito sobre el agua y sobre ellas una estatua de metal, con la figura de un hombre enjuto y avejentado, barba y frente despejada, cubierto con un amplio ropaje y pliegues, como de una capa, de pie, junto a un monolito en el que se lee, en letras dispuestas en vertical, de arriba a abajo, «Tábara a León Felipe».

Como no pone nada más, uno ha de suponer que debió ser alguien importante, pero si uno no ha sido buen estudiante no sabrá a quién se refiere.

—¡Anda, León Felipe! —exclamaron sorprendidos unos.

—¿Lo conocéis? —fue la respuesta extrañada de otros.

León Felipe había nacido en Tábara en 1884, aunque no fuera más que de casualidad, cuando su padre ejercía de notario allí, y él mismo escribiría después, refiriéndose a ello, de esta manera:

«Debí nacer en la entraña

de la estepa castellana

y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada.

Pasé los días azules de mi infancia en Salamanca

y mi juventud

—una juventud sombría—

en la montaña».

León Felipe era un poeta al que mi padre leyó en su adolescencia y que, a su vuelta de ese viaje, volvió a leer. Recuerdo su libro de pastas azules El viento. Antología poética, rodando por la casa. Le gustaban sus poemas, sencillos, más modernistas que propios de la Generación del 27 en la que se le encasilló. Los creía nacidos de un caminante, de un peregrino, pues tal pensaba León Felipe que era la vida de un poeta; así la vivió durante un tiempo, cuando anduvo errante por las tierras de España con una pequeña compañía de comediantes; y de esa manera se expresó en un poema:

«Ser en la vida

romero,

romero sólo que cruza

siempre por caminos nuevos;

ser en la vida

romero,

sin más oficio, sin otro nombre

y sin pueblo…

ser en la vida

romero… romero… sólo romero.

Que no hagan callo las cosas

ni en el alma ni en el cuerpo…

Pasar por todo una vez,

una vez solo y ligero, ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie

a pisar el mismo suelo…».

Tábara también celebra los carnavales.

Hay alguna gente con algún atuendo estrafalario por la calle, no mucha, tres por aquí, cinco por allá, que van de un bar a otro, alegres, haciendo algo más de ruido que si fueran vestidos como otro día cualquiera. No es algo sofisticado ni organizado, se le nota un carnaval poco trabajado, improvisado nada más, para salir a reírse y pasar una noche divertida con los amigos, rompiendo la monotonía que impone ver siempre a los mismos.

Nada que ver con los carnavales de Almadén, donde se pasan meses ensayando sus bailes del desfile, preparando sus vestidos uniformados, sus maquillajes, sus caretas, sus carrozas… —¡Por supuesto! —me dirían ellos—, ¡como debe ser!

En Tábara, es menos trabajoso su preparación, menos numeroso, más corto y con menos jolgorio. ¡Pero lo hay, y no es poco que lo haya! Y como allí era donde estábamos, allí fue donde lo pasamos y lo festejamos, de su misma manera, yendo de un bar a otro, a los cuatro bares que había, y nos encontramos cuatro veces con los mismos disfrazados.

Después de tomar sus vinos y probar su cecina, volvimos al hostal a cenar algo.

Mis amigos saben que no soy dado a acostarme con el estómago vacío, so pena de que me cueste no dormir esa noche, por el ruido que hacen los intestinos vacíos y las pesadillas que me dan. Ellos se ríen de mi hambre, de si es un invento mío o una excusa; pero, al final, todos acaban acompañándome y cenando también. Saben que cenar es una buena costumbre que no se debe perder y así se lo digo siempre.

Mientras allí, se nos acercó una mujer de mediana edad, tirando a mayor, muy sonriente, que estaba sentada en la mesa de al lado.

—El dueño nos ha dicho que sois peregrinos, nosotras también lo somos —se nos presentó, señalando a su compañera, quien siguiera sentada en su mesa, callada, rubia igual que ella, pero sin sonrisa ni palabras en su boca.

—Sí, así es —le respondimos.

—¿Mañana hasta dónde tenéis pensado llegar? ¿Hasta Santa María de Croya?

—Queremos llegar a Santa María de Croya, sí —le contestó Patricio, quien había planificado la ruta.

Patricio es nuestro guía. Los demás apenas nos preocupamos de saber por dónde hemos de ir, solo le seguimos; como algún día se pierda él, nos perderemos todos.

—Nos han dicho que el albergue está cerrado. ¿Dónde pensáis dormir? —volvió a inquirirnos.

—No lo sabemos, cuando lleguemos a Santa María veremos qué hacer —le confesamos.

Después de ese rápido, pero poco revelador interrogatorio, siguió contándonos de sí misma y de su compañera de mesa.

Se llamaba Natalia, era rusa, pero vivía en Madrid, por esa razón hablaba tan bien el español —nos aclaró, al hacerle saber de nuestra sorpresa por su buen hablar el español—. Había hecho ya el Camino Francés y ahora estaba haciendo el Mozárabe, saliendo de Sevilla, y venía haciéndolo despacio, sin prisa por llegar a Santiago.

—No tengo nada mejor que hacer y me gusta andar —nos explicó—. A veces, mi marido viene con el coche desde Madrid para pasar unos días conmigo, si no, no me ve; otras veces, cuando estoy cansada, le llamo también para que venga a recogerme y llevarme con él o hasta otro pueblo —decía riéndose, al ver la cara de extrañeza que le poníamos.

Luego se refirió a su compañera, la que seguía sentada sola en la mesa, sin acercarse.

—Es finlandesa —nos dijo—, se llama Katia, la he conocido en el Camino, viene también desde Sevilla.

Ambas eran rubias, con el pelo corto, los ojos de colores claros, verde la una y azul la otra, de constitución robusta, tan fuertes que nos extrañó, pues no parecía acorde a mujeres que debieran de llevar cientos de kilómetros andando como nos decía. Si fuera verdad —pensábamos— deberían haberse dejado los kilos de más por los caminos y estar más delgadas.

—Pero es que sus cuerpos nórdicos no deben ser iguales —nos dijimos, bienintencionadamente—, son de constitución más fuerte.

Tenían las mejillas arreboladas por el sol y el frío, de ese color sonrosado que se les pone a los que tienen las pieles muy blancas.

Nos extrañó que entre ellas hablaran en inglés y cuando le preguntamos por ello, nos sorprendió su respuesta.

—Es que los finlandeses hablan muy raro, tienen un idioma extrañísimo, imposible de entender. ¡El finlandés y el ruso se parecen tan poco entre sí como el castellano y el vasco!

Mientras cenábamos, llegaron todos los carnavaleros que vimos antes por el pueblo. Se reunían a cenar todos para animarse entre ellos y no dispersarse, que eran pocos y con su llegada el bar parecía lleno, al menos, de voces y jolgorio. Las peregrinas norteñas se hicieron fotos con las máscaras y recordamos que estábamos en Carnaval.

A la mañana siguiente, el dueño del hostal, que lo era también del restaurante y del bar, se sentó con nosotros a acompañarnos y darnos charla mientras almorzábamos, que se había levantado temprano solo por darnos de desayunar. Empezamos hablando del Camino, de sus rutas, de los siguientes pueblos y derivó la conversación hasta su negocio, de los impedimentos que, a su parecer, ponía la Administración a quienes, como él, querían hacer algo.

—No favorecen a la gente. Acabo de hacer una ampliación y ahora quieren tirármela —nos contaba enojado— porque dicen que no tenía permiso. Bueno, pues ahora lo he pedido, a ver si ahora me lo dan.

Eso nos explicaba que un acceso al piso superior, donde dormimos, estuviera tabicado y cerrado con una puerta que, aunque parecía provisional, tenía visos de haber llegado para quedarse.

—Puse el ascensor y ahora no me dejan utilizarlo, porque no cumple la normativa, dicen. ¡Pues lo adapto y ya está! ¡Siempre poniendo pegas a todo! ¡Así no puede ser, lo que buscan es echarnos! Los de la capital no quieren que sigamos viviendo en los pueblos —peroraba él—. Tábara tiene todos los servicios públicos necesarios para vivir aquí tan ricamente, con su centro de salud, la notaría, la guardia civil, los bomberos, las ambulancias, la escuela y el juzgado; hay bares, comercios y tiendas; tenemos carnicerías, albergue y hotel —insistía—. Es como si fuera una capital. ¡No nos falta de nada! Pero la gente se sigue yendo a Zamora. Como apenas quedan críos, han cerrado la escuela, y los padres de los cuatro que quedaban se han ido también; así que, otras cuatro familias menos en el pueblo. Si es que no puede ser, la Administración no nos ayuda nada. Éramos más de tres mil y ahora no llegamos a los mil —se lamentaba.

—Nosotros también sabemos de eso —le dijo Rodolfo—, nuestro pueblo tenía antes quince mil y ahora somos poco más de cinco mil.

—Eso también está mal —decía, poniendo cara pensativa, como aquel que hasta entonces se había apercibido de que su pueblo no es el único, que hay más como él, o peor todavía.

—¿Es que no hay gente que se dedique al campo? —le preguntamos—. Hemos visto poco ganado por el camino mientras llegábamos.

—En Tábara solamente hay un ganadero y cuando lo deje ese no habrá más. ¡Qué joven podría hacerse ganadero si la Administración le exige comprar por lo menos mil ovejas para empezar! ¡O que, para ser agricultor, tener un tractor y no sé cuántas hectáreas de tierras! —se lamentaba el dueño.

Esas afirmaciones nos mosquearon, nos parecieron un poco desmesuradas y nos hizo pensar si no sería aquel un tipo antiestatalista, como los de las películas americanas. Si no fuera por su aspecto, moreno cetrino, enjuto y mal encarado, que le hacía parecer tan celtíbero, uno pudiera creer que se tratara de uno de aquellos locos de la América profunda que aparecen en las películas, con su rifle y sus barbas, tan convencidos de la existencia de conspiraciones de judíos, de negros y de la Administración contra ellos, auténticos y genuinos americanos.

Tábara no había podido evitar su despoblación. Sus gentes, como en tantos otros lugares del mundo rural, habían decidido irse a vivir a la capital, a Zamora, a Madrid o a Barcelona. Y algunos, como el dueño del bar, no sabía a quién culpar de ese despoblamiento y él encontró su culpable en la Administración. Que a lo mejor no iba del todo desencaminado, quién sabe.

La despoblación rural era una tendencia ya acusada, cuando mi padre escribía estas líneas, que no ha dejado de darse después, con más fuerza si cabe, vaciándolos cada vez más y más. Él mismo comprobará en su vagar por aquellas tierras los siguientes días cómo esta despoblación se repite por todos los pueblos por donde pasan.


De Tábara a Bercianos de Valverde

El camino por la sierra

Salimos de Tábara cuando todavía el sol estaba acostado, a esa hora en la que la luz tenebrosa de la noche no se ha dejado vencer por la del amanecer, cuando la oscuridad te deja ver sin distinguir y solo te permite adivinar que el astro luminoso no tardará en aparecer por el horizonte, pero no llegó.

Tomamos la calle que lleva a la iglesia para dejar atrás el pueblo, por el camino a Villanueva de las Peras y Santa María de Valverde, un camino ancho, de tierra, con un firme uniforme, todo llano, preparado para que circulen los coches por él.

Anduvimos entre los campos arados, sobre cuyos surcos dormitaba el agua de la lluvia caída, campos compartimentado en parcelas, como parches dispares de una colcha con formas diferentes y caprichosas; unos grandes, otros pequeños, unos cuadrangulares, otros rectangulares o triangulares, cada uno con una arancía diferente, cada uno con los surcos en una dirección distinta; como diferentes debieron ser sus dueños, de hoy y de ayer.

Tras dejar el fértil y cultivado llano, al comenzar a ascender hacia el monte, los campos desarbolados comenzaron a poblarse, primero de piedras y matorrales, después de chaparras y árboles, dejando a las yerbas los ralos y escasos suelos. Cuando llegamos a lo alto del puerto todo era ya monte, un monte que nos acompañaría y no nos abandonaría durante un buen trecho.

Atravesamos, de sur a norte, la cordillera de la sierra de la Culebra por su extremo más oriental.

Durante un buen trecho anduvimos por tierras baldías, dejadas de la mano de Dios, buena para la vida de los animales salvajes y para la alegría de sus cazadores. Terrenos llanos y laborables abandonados, algunos con buen encinar, a veces podado o, mejor dicho, mal podado, que no dejaron a las encinas más que tres moños en lo alto, como si precisasen dejarlas así, esbeltas y delgadas para pasar así mejor bajo ellas con el tractor.

—Si no iban a sembrar nada, está todo comido de monte —nos preguntamos—. ¿Para qué dejarlas tan peladas?

—Será que quienes las podaron eran principiantes —dijo el primero.

—O más bien que no saben —dijo un segundo.

—Pues que no los dejen entonces podar —añadió el tercero.

—Si fuera por nuestra tierra donde se hiciera esto, les habrían puesto una buena multa —apostó el cuarto.

—Estamos en otra Comunidad Autónoma, aquí las leyes no deben ser las mismas —dijo el segundo.

—¡Hay que joderse, ni que estuviésemos en otro país! —exclamó el tercero.

—¡Vaya si es así! —acordaron todos.

En medio de la nada, nos encontramos una parcela de viñas recién plantadas en espaldera, bien puestas las vides, alineadas, con sus alambres, apoyos y tuberías para regarlas; habían puesto las parras en la pendiente y en la zona más llana se había hecho el dueño su casa, para cuidarlas —supusimos—, con un horno al lado, fabricado de piedras —que de ese material no había escasez—, aunque muy mal puestas, con sus paredes panzudas, torcidas, con pinta de irse a caer. Contrastaban estas construcciones, la casa y el horno, con lo bien puestas y la rectitud de las filas de parras recién plantadas. Te hacía pensar que allí trabajaron dos, el buen agricultor que planeó e hizo la plantación y el mal arquitecto que diseñó e hizo las construcciones; deduciendo que el uno era bien hecho y cuidadoso con su trabajo y el otro, afanoso y trabajador, pero un chapucero.

Nos quedó la duda acerca de cuál de los dos sería el dueño y cuál el mandado, filosofando, como siempre que teníamos oportunidad hacíamos, acerca de que no siempre lo justo es lo verdadero ni lo mejor, porque no siempre la justicia vence al ingenio.

Seguimos andando por un sendero, por mitad del monte, hasta que se nos fue despejando el campo de arbolado y matorral y nos encontramos de nuevo en medio de campos arados, con siembras brotando, aún muy tardías, a pesar de estar ya acabando el invierno; que por el norte hace más frío y el campo va más atrasado que por el sur.

Estábamos en mitad de un valle con tres pueblos, al lado unos de los otros, nuestro camino nos llevaba al que estaba en medio, a Bercianos, el más pequeño quizás, dejando a la izquierda a Villanueva de las Peras y a la derecha Santa María de Valverde.


Bercianos de Valverde

El maestro que prefería vivir en Leganés

Antes de llegar a Bercianos hay que cruzar una larga, recta y plana carretera, que es no más que un camino asfaltado, con buenas y grandes parcelas a un lado y a otro.

No sé si lo dije antes, y si no lo digo ahora, no se ve terreno alguno alambrado. Y lo digo esto con asombro porque la tierra de donde venimos está toda entretejida de alambradas, el campo entero está lleno de alambres, todo él cortado y parcelado, de manera que no es posible salirse de un camino o ir libremente de un sitio a otro sin que te lo impidan.

Cierto es que a veces puedes saltarlas, pero muchas otras veces no, de lo altas que son.

Antes las ponían para guardar al ganado, para que no se saliera, ahorrándose de esa forma mucho en pastores, así se hicieron más rentables las explotaciones. Pero aquello se transformó en moda primero, en costumbre después y en un problema ahora, porque ya no se ponen solo para guardar al ganado, sirven lo mismo para delimitar las fincas —hasta las que están vacías— que para guardar la caza; ya se manejan los venados y los corzos igual que si fueran cabras y ovejas y se llevan de un cercado a otro.

Esas alambradas cinegéticas son vallas altas, imposibles de sortear, con puertas, las más de las veces cerradas, sean o no públicos los caminos, porque no quieren los propietarios que nadie pase por sus fincas; porque son suyas —dicen unas veces—, porque olvidan el derecho de paso de los senderos —les recordamos los que por ellas queremos pasar—, porque la caza es cara y ellos la cuidan, la alimentan y hay quien después va a furtivear —argumentan otras—; pero el campo es de todos, les decimos cuando pasamos andando por sus caminos.

Pero no nos escuchan, se echan la escopeta al hombro, se calan la gorra y mirando hacia otro lado dicen, en modo mitad amenaza, mitad advertencia:

—Bueno, pues vosotros sabréis, si después os pegan un tiro… ¡Nosotros tenemos seguro!

Ante tal argumento, dicho por un tipo que va armado con una escopeta al hombro, ya no se atreve uno a pasar, haya o no montería ese día.

Cuando llegábamos al pueblo, atravesando suelos de tierra arcillosa, de tonos más claros de los que dejamos en Tábara, vimos plantadas, en mitad de uno de los campos arados, dos hileras de árboles enanos, de troncos gruesos, como de adultos, pero que no alzaban más de dos palmos del suelo. Como nos intrigó aquello y no lográbamos adivinar qué clase de frutales serían ni por qué eran así… y no había alambrada que me impidiera el paso, me eché fuera del camino y me planté en mitad de los árboles, allí donde estaba un hombre afanándose en medio de ellos.

Era un señor de avanzada edad, pero constitución fibrosa, con el pelo blanco, rostro moreno, surcado con las arrugas dejadas por las inclemencias del frío, del sol y el paso del tiempo; pero de movimientos más ágiles que los propios de los de su edad, que bien estaría más cerca del siglo de vida que de la cincuentena.

—Buenos días —le dije para presentarme.

—Buenos días —me respondió, con un acento que ya me sonó medio gallego.

—Hola, mire, es que somos peregrinos que vamos a Santiago y al pasar no hemos podido dejar de sorprendernos al ver sus árboles. No sabemos identificar de qué tipo son.

—Son así porque yo así lo he querido y los he ido haciendo de esa manera; los he ido podando para que no crezcan más, porque si se ponen muy altos, luego, cuando hay que desinfectarlos, te lo echas todo encima; además, así después se pueden coger mejor los frutos.

—Es que nos tenían intrigados. ¿Qué árboles son?

—Estos de aquí son manzanos de unas manzanas de por aquí, aquellos son de golden, aquellos de… —y enumeró cada una de las especies de manzanos que cultivaba, que eran más de media docena, además de otros tantos perales y ciruelos.

Como el enjuto y peculiar anciano se iba animando a charlar conmigo, me atreví a seguir preguntándole para saciar mi curiosidad. Tenía a sus pies su herramienta de trabajo, era azada por un lado, con su pala, y como un tenedor para cardar la tierra por el otro; algo que no había visto antes. Le pregunté cómo la llamaba —porque en cada lugar se denomina de una manera a sus herramientas—, él, en lugar de azada, o de zacho —el localismo por el que conocemos en Chillón a su media hermana—, me dio otro nombre, tal y como esperaba.

—Se llama «zisa» —o algo parecido fue lo que dijo, no pude entenderle bien por lo acentuado del deje de su habla.

A pesar de su edad, tenía bien limpio el terreno, sin malas hierbas, cavada la tierra alrededor del tronco de los árboles y recogidos más de cuatro cubos de piedra. Cuando le reconocí el esfuerzo por su trabajo, me hizo ver el porqué de ello:

—El médico me ha dicho que la mejor medicina que me puede mandar es que siga trabajando mientras pueda y que en vez de tomar pastillas haga ejercicio, porque esa es la mejor píldora. Y eso es lo que hago, trabajar aquí hasta que me falten las fuerzas.

—Sí, a mí también me gusta dedicar mi tiempo libre a trabajar en el campo, porque, en verdad, es lo más sano. Pero por nuestra tierra no se dan bien los manzanos, hace más calor, por eso yo tengo olivos —le iba contando.

No pude continuar con mi charla, me tocó despedirme deprisa y corriendo, porque cuando levanté la vista advertí que mis compañeros no se habían detenido a esperarme e iban lejos, llegando ya al pueblo sin mí.

A la entrada de Bercianos está su iglesia, una pequeña ermita, con un campanario adosado a los pies. El campanario es una pared, se sube a él por una corta y estrecha escalinata exterior, una escalera de piedra hecha para subir a tocar las campanas, que tiene escalones altos, tan angostos que requieren de equilibrio y cuidado para no caerse. Dos gruesos arcos soportan las grandes campanas de bronce, con otro tercer y solitario arco en el nivel superior, bajo un puntiagudo pico en forma triangular rematándolo, que parece solo servir de soporte, inestable, para un gran nido de cigüeñas.

Como las gradas nos invitaban a escalarlas, aceptamos el señuelo y subimos al campanario, a abrazar las viejas y raídas campanas unos, a hacerlas sonar tirando de la cuerda que pendía de sus enormes badajos otros.

La iglesia es una pequeña ermita, bien cuidada, reformada con tanto empeño que, por ennoblecerla y mejorarla, no dudaron en comerse la mitad de la fachada antigua y dejar tapadas, por la nueva pared con la que se amplió a los pies de la nave, parte de las jambas de granito de la vieja puerta de entrada. Tiene restaurados también los soportales, con nuevos y relucientes pilares, y el tejado, con nuevas tejas, aún jóvenes, cubriendo todo el templo, cuyo color anaranjado le da un aspecto de renovada juventud.

Junto a la cabecera está su cementerio, de lápidas negras y letras plateadas de metal, todas limpias e impolutas.

El cuidado de los antepasados, su recuerdo, se hace con más ahínco cuando uno se hace mayor, se le destina más tiempo que cuando se es joven, preparando quizás la que va a ser su próxima morada, para que les acoja mejor, quién sabe.

Nos volvimos por el mismo camino por el que nos acercamos y fuimos hacia el pueblo.

Tuvimos la suerte de encontrarnos a un grupo de cuatro vecinos, ancianos todos, que debían de andar de visita, unos a la casa de los otros. Y digo suerte porque no volvimos a ver a nadie más por sus calles.

Cuando preguntamos por un bar nos respondieron que no había ninguno en Bercianos, el más cercano estaba en Santa María. Pero nos dieron una alternativa, la de ir a su centro social. Y llamaron a otro vecino para que nos lo abriera, que, aunque no era la hora de que estuviera abierto, lo abrirían para nosotros.

Mientras esperábamos a que llegase, paseamos por Bercianos.

Bercianos de Valverde debía su nombre al origen de sus fundadores en el alto medievo, a las gentes venidas de la región leonesa del Bierzo ¡cuando esto era el sur para aquellos!

Sus calles no son estrechas, sino anchas, sus casas son variopinta, las hay nuevas, con paredes de ladrillo y cemento, con puertas de las casas de aluminio y cristal, cuando no son garajes con su portalón de metal, y hay otras que son viejas, con los muros de piedra o adobe y las puertas de madera, tachonadas de clavos de hierro, oxidados los que no están pintados de negro o marrón, con grandes cerraduras que las hermosean; y están esas más viejas, medio desvencijadas, quizás abandonadas; y luego están aquellas otras, nuevas también, pero que quieren imitar a las antiguas, que utilizan la piedra y la madera, pero cambiando sus formas y sus estructuras, como las modernas, pero que ahora en invierno están tan vacías como las viejas.

Llegó el hombre al que avisaron y nos acompañó a un edificio, la antigua escuela, la que sirviera de casa de los maestros, recientemente reformada y que servía de centro social. Nos contó nuestro anfitrión que era gracias a una asociación.

Las gentes del pueblo habían decidido reunirse y constituirse en una asociación cultura, que contaba con más socios que vecinos, porque estaban en ella todos los descendientes de bercianos; que con solo los que vivían en el pueblo todo el año no eran más de setenta, pero asociados estaban más de trescientos. Este local era donde se reunían, lo mismo para estudiar o jugar los pequeños que para bailar y ver el fútbol los mayores, donde celebraban charlas, daban conciertos o hacían sus fiestas.

El edificio tenía dos plantas. Nos llevó a la de arriba, donde contaban con un pequeño bar, y nos ofreció de todo lo poco que tenían.

Nos sentamos y departimos con él. Era de Bercianos, pero vivía en la ciudad, en Leganés, cerca de Madrid.

Estaba en el pueblo para cuidar a su madre, nos aclaró, comenzando poco después a dar rienda suelta a su vena pedagógica pues, como buen maestro que era, nos ilustró del pueblo y de sus gentes, dándonos así por el lado del gusto.

No nos dijo cómo se llamaba, ni nosotros nos acordamos de preguntárselo. Pero somos de la opinión de que es más interesante conocer a las personas por lo que dicen y hacen más que por como se llaman. Como no supimos del nombre, desde entonces nos referimos a él por el de su pueblo, «el Berciano«, que así nacieron también muchos apellidos.

El Berciano era nacido y medio criado allí, aunque el devenir de la vida, sus gustos y sus preferencias le habían llevado a preferir vivir en otros lugares.

En el pueblo pasó su infancia y parte de su juventud, hasta que partió a estudiar a Zamora y Salamanca; para acabar haciéndose profesor y no volver a residir en Bercianos, nada más unos días, de visita, como ahora.

—Mi hermano y yo nos turnamos para cuidar a mi madre. Él vive aquí, pero yo vivo en Leganés. Ya estoy jubilado y vengo al pueblo casi todos los meses, cuando me toca cuidar a mi madre, una semana cada mes.

—¿Es que no te gusta vivir en Bercianos? —le preguntamos entonces.

—Prefiero venir de vez en cuando, a vivir siempre aquí. Es un pueblo muy pequeño, apenas queda nadie, no queda más que gente muy mayor y no hay nada que hacer en el invierno. Me gusta más vivir en Leganés, donde tengo de todo, lugares de ocio donde pasar mi tiempo libre, salir al cine, hacer deporte, conocer gente…

Como a tantos otros, la vida en un lugar pequeño le resultaba monótona y aburrida, no encontraba en el pueblo las actividades y los alicientes que le aportaba vivir en una ciudad, aunque aquella no fuera más que satélite de otra mayor.

—Aquí tienes campo para salir a andar, a correr, a montar en bicicleta… —le argumentamos.

—Dónde va a parar, mucho mejor salir por los parques de Madrid donde tenemos más caminos tan bonitos o más que los de aquí y mejor cuidados. Por este pueblo los caminos están todos embarrados, salgas por donde salgas —nos rebatía—. Yo prefiero la vida en Leganés. ¡En la ciudad se vive mucho mejor que el pueblo! A mí me gusta esto, pero no lo cambiaría. Se vive muy bien, tienes de todo. Estoy pasando aquí unos días porque mi hermano se ha ido a ver a sus nietos y he venido a sustituirle, para acompañar a mi madre, cuando vuelva me voy a Madrid. Pero, claro, eso no se lo puedo decir a mi hermano que vive aquí, él no lo entiende.

Ni nosotros —pensamos—, convencidos defensores de la vida en el pueblo, tan amantes de los paseos por el campo, aunque no se lo manifestáramos, viendo lo convencido de su buen parecer, su buen razonamiento y acierto en la elección de su estilo de vida.

—A mi madre le pasa igual, no quiere dejar su casa por nada del mundo, y mira que aquí no tiene comodidades ningunas. No hay quien la saque de su pueblo, a pesar de que he querido que se viniera una temporada conmigo, pero se niega.

Como era el berciano licenciado en Filología Románica y su forma de ver la vida en los pueblos no nos gustaba mucho, cambiamos de tercio y seguimos la conversación interesándonos por la etimología de algunos de los nombres de aquellas tierras.

—¿El nombre de la sierra de la Culebra es porque abundan mucho las serpientes? —le preguntamos.

—No, creo que más bien es por la sinuosidad de sus estribaciones a lo que debe que se la llamara de esa manera. También es verdad que hay muchas culebras por estas tierras. Mi madre misma, a pesar de que le dan miedo, siempre tiene, en cada una de las esquinas de la casa, un palo o cualquier otra herramienta de la que echar mano para cuando se encuentra con alguna. Ya ha matado más de cuatro o cinco en el corral. Y no se entretiene buscando darles en la cabeza, no, ella les da donde pilla, que si las parte se mueren igual.

Le confesamos entonces que las culebras no eran santos de devoción de algunos de nosotros, sino, más bien, de repudia y temor, como si de animales del demonio se tratasen.

—Bueno, pero eso es en verano, en invierno no tendréis que preocuparos —añadió para tranquilizarnos.

Charlamos acerca de si todos nosotros seríamos o no capaces de enfrentarnos a ellas si nos viésemos en la misma situación, de si son o no venenosas, acerca de aquel conocido nuestro que se dedicaba a ir por el mundo salvándolas y creó una asociación para obtener fondos para su causa, cual si de salvar vidas humanas se tratara, con lo desproporcionado de la comparación; que seguro ni él pretendía tal equiparación, pero que visto desde lejos así lo parecía.

Nos explicó cómo la modernidad había provocado el abandono de los cultivos y los campos por los más jóvenes bercianos, quedándose el pueblo casi abandonado. Durante el invierno solo quedaban los más mayores, siendo en el verano cuando retornaba los nietos a pasar con ellos las vacaciones. Los cultivos de maíz y los campos de regadío se habían convertido en zona de choperas, de miles de chopos plantados que eran la mejor alternativa encontrada para muchos de los terrenos hoy desatendidos.

—A mí no me gustan nada las choperas —nos reconoció.

Como todavía no las conocíamos no teníamos ninguna opinión, pero más tarde nos acordaríamos de lo que nos dijera y le daríamos la razón.

Comentamos el itinerario de nuestro viaje, el que habíamos hecho y el que nos quedaba por hacer, y él nos aconsejó acerca de cuál sería la ruta mejor a seguir hasta Santa Croya.

Tomamos algo de comer, un poco de lo que llevábamos, otro poco de lo que nos ofreció, descansamos un rato, sentados, charlando, y reiniciamos nuestra marcha, despidiéndonos de nuestro amable anfitrión.

«El Berciano» que prefería vivir en Leganés.


De Bercianos a Santa Croya de Tera


El Camino perdido por el monte

Cuando salimos de Bercianos vimos un canal y un río bien canalizado, con sus riberas, cuidadas antaño, hogaño descuidadas, con viejas tuberías colgando. Y los campos de cultivos aledaños, antaño sembrados de maíz, de remolacha, hoy plantado de chopos.

Esas eran las choperas de las que se quejaba nuestro amigo berciano; ese era el destino de las mejores tierras de regadío de aquellos pueblos que, sin mano de obra, sin gente que quisiera trabajarlas, bien por falta de ganas, bien por falta de juventud o bien por desidia, habían decidido que lo mejor era dedicarlas a plantar chopos.

Según nos dijo el berciano, les daban las parcelas de tierra a empresas que se encargaban de plantarlas, cuidarlas y recoger después la madera. La manera más sencilla de ganar un dinero, sin esfuerzo, que habían encontrado los octogenarios habitantes de aquellos pueblos, la que consideraron el mejor modo de emplear sus feraces tierras para sobrevivir; seguro que con su alma llena de pena.

Cuando dejamos el llano y empezamos a subir hacia la sierra, en las laderas de la montaña, nos encontramos con unas extrañas construcciones, túmulos artificiales de tierra, con tubos, como de chimenea o entradas a buhardillas, y sobre ellos, en un extremo —después las vimos— puertas. Puertas que nos recordaron los antiguos socavones de acceso a nuestra mina o, para quien no los conozca y se haga una idea, como la entrada a un túnel de la vía de un tren, pero más estrecho y angosto, con piedras en el techo y en los hastiales de esa bocamina.

En realidad, eran bodegas, las bodegas típicas de aquellas tierras, de las que también nos había hablado el amigo berciano. La mayor parte de los vecinos se hacían, desde tiempos antiguos, cuevas o silos subterráneos donde guardaban sus cosechas y sus vinos. Pero como no siempre podían o no querían excavar tanto, algunos habían decidido amontonar la tierra encima, formando esos cerros, de formas circulares unos y alargados otros.

Al verlos, se me vino a la cabeza la imagen de los viejos túmulos megalíticos, obras de un esfuerzo colosal que precisarían de la colaboración de toda la comunidad para su realización, de un esfuerzo voluntario o forzado de muchas personas, muchos días y muchas horas, para transportar sus gigantescas rocas primero, colocarlas después para finalmente cubrirlas de tierra formando aquellas montañas artificiales, como pequeñas pirámides de forma redondeadas.

Me apercibí de cómo se repiten los modelos a lo largo de la historia.

«¿No habrá pasado alguno de los historiadores que interpretaron las construcciones megalíticas por Bercianos? —pensé—. A lo mejor les podría sugerir alguna idea si vinieran a verlos».

—Quién sabe si en vez de cámara funeraria de reyes, en realidad, los túmulos de hace tres o cuatro milenios no fueran más que bodegas, ¡lo que cambiarían la historia! —le decía yo a Mencía, mientras me reía por lo peregrino de la ocurrencia—. ¡Pero vaya a usted a saber de dónde surgen muchas de las hipótesis para interpretar el pasado más remoto!

Porque es que a veces la interpretación de los hechos antiguos, de los que no conocemos más que por restos de construcciones, de piedras y objetos sueltos, dan para que se desborde la imaginación del más pintado, quedando al albedrío de las ocurrencias de los que los estudian, el decidir qué pudo ser aquello; ejemplos de ello los ha habido en la historia y no pocos.

Recordé aquella conferencia a la que fui en la que el sesudo, aunque joven, catedrático, muy orgulloso de su inteligencia y concienzudo trabajo «científico», nos contaba cómo un día, otro colega suyo le preguntaba por una cuestión que se le vino a la cabeza, mientras tomaban el café; él, atrevido, le dio una respuesta al cabo de unos días, al otro le pareció bien, y ambos decidieron ponerse manos a la obra para llevar adelante la idea. Se pasaron, junto a un equipo internacional de decenas de personas de varios países, más de cinco años trabajando, dando enjundia a sus suposiciones, investigando, para corroborar su inspiración, haciendo experimentos para justificar, dar validez y consistencia científica a su «ocurrencia» de dos días.

Todo el mundo lo aceptó, a todos les pareció bien cuando vieron el estudio, porque el procedimiento había sido científico, meticuloso y contrastado. No sabían cuál había sido el origen, que todo había surgido de una pregunta y una respuesta de un día para otro, bien justificada después, pero no a la inversa, como hubiera sido mejor o más digno.

¡Que primero fue la ocurrencia y después la justificación razonada de la misma!

—¡O la genial inspiración fruto de una mente maravillosa! —me diría después uno de mis científicos amigos, profesor universitario también, ducho en investigar utilizando esta misma metodología de trabajo.

¿Quién podría decirme entonces que, si el primer historiador que interpretó los túmulos megalíticos hubiese pasado andando por aquel camino entre Bercianos y Santa Croya de Tera, no hubiera podido pensar después, al estudiar lo túmulos megalíticos, que aquellos eran bodegas y no tumbas y después hacer todos los estudios necesarios para justificarlo?

¡Que lo de la manzana que se le cayó a Newton en la cabeza, mientras se echaba la siesta, ha creado mucha escuela!

En cambio, Mencía, más cinéfila, siguiendo la misma argumentación basada en la imaginación, opinaba que no, que quien debió de pasarse por Bercianos antes de escribir su obra fue el inglés J. R. Tolkien, pues lo que realmente parecían aquellas bodegas eran las casas de los hobbits; que esperaba uno encontrarse saliendo por la puerta de una de aquellas bodegas a Frodo Bolsón con su saco de viaje y su anillo; o a cualquier otro ser, mitad enano, mitad humano, de tamaño mediano de la Comarca, yendo deprisa con sus pies peludos y sus cortos pasos, riendo y saltando.

Pensamos entonces en qué pudo, realmente, inspirar al escritor inglés a describir así a esos personajes y sus casas.

Tolkien comenzó a escribir su libro mientras estaba convaleciente, durante la Primera Guerra Mundial, de la enfermedad de las trincheras —decían—, y las trincheras estaban excavadas en tierras y en las trincheras tenían búnkeres y cuarteles, cubiertos por tierra, no muy por encima del nivel del suelo. Supusimos entonces que quizás fueran aquellas construcciones del frente de guerra las que le inspiraran, realmente, pues no debían ser muy diferentes aquellos cerretes, construidos para resistir los cañonazos, de los que estábamos viendo nosotros en Bercianos. Aunque los unos fueran para guardar el vino y los otros para resguardarse de los proyectiles.

Siguiendo con nuestras suposiciones, continuamos preguntándonos cuál sería entonces el origen de los hobbits, aquellos personajes que sin ser los más fuertes, ni los más dotados para la batalla ni para las gestas, decidió el escritor que fueran los protagonistas de El señor de los anillos

—Pues porque le dio la gana al tío —sentenció Mencía.

—Sí, igual que a Unamuno en su nivola, pero a don Miguel, el personaje se le sublevó —le recordé.

—Porque así era más original, no por otra cosa —sugirió ella.

—¡Quizás! No es normal en una historia épica ni antigua que el menos dotado para las armas y el combate sea el héroe, eso son cosas modernas que nos hemos inventado hace poco.

Tiempo después, mi padre me contó que, aunque se tomaba a risa muchas de estas ocurrencias, él hacía igual que esos investigadores de los que se rio; investigaba a ver si tal o cual idea suya no fuera a ser sino una inspiración cargada de razón, y así, buscando e investigando sobre el escritor inglés, encontró un artículo en el que se decía que los hobbits y su Comarca encarnaron el prototipo del idílico pasado de la Inglaterra feliz, la Inglaterra campesina, anterior a la Revolución industrial, la Arcadia británica…

¡Un lugar idílico que nunca existió, claro está!

No supo si realmente fue así o no, ni si el mismo autor lo supo o lo hizo adrede. Parece ser que su intención inicial era que su obra tuviera un carácter moralista, de adoctrinamiento en la fe católica, pues era un convencido creyente, con la dificultad que eso conllevaba en medio de la muy anglicana Inglaterra; y a la vez quería que fuese una historia que sirviese de entretenimiento a sus hijos. Parece ser que, con el transcurrir del tiempo y de la historia, esa idea inicial fue dejándola de lado y perdiendo ese carácter pedagógico del inicio.

Digo que no sé si será cierto porque también hay quien dice, de forma tendenciosa y exagerada, que en sus novelas todos los buenos son blancos y todos los malos son negros, queriendo tildarle así de racista y que como su padre era de ascendencia germana, y él era simpatizante de Hitler. Y ninguna de esas cosas debían ser ciertas, pero como tildó de excesiva la propaganda antialemana de guerra militar británica, se le tachó de ello y con ese sambenito se quedó. Aunque hoy lo hayamos olvidado, quizás por eso mismo no se le valoró y no se puso en valor su obra hasta después de que murió.

Así, riéndonos mientras nos hacíamos estas cábalas, Mencía y yo acabamos de subir la cuesta que nos iba a llevar a adentrarnos de nuevo en el monte, alejándonos del pueblo, de sus casas y de los lugares poblados.

Al llegar a lo alto de la sierra, nos encontramos con nuestros compañeros que, siguiendo a Rodolfo, siempre con prisa por acabar las cuestas cuanto antes, hicieron una escalada más rápida de las empinadas cuestas que nosotros.

Cuando los alcanzamos estaban parados, quitándose los abrigos, en un cruce, tomando resuello, que la cuesta también les quitó el aliento y les hizo sudar; más a ellos que a nosotros que nos los quitamos ropaje antes de empezar y por eso nos quedamos atrás. Estaban viendo cuál era el itinerario más adecuado. El señalado se dirigía al oeste, pero el siguiente pueblo estaba al norte, de manera que nos decidimos ir por el norte, por donde no había sendero alguno indicado, fiándonos solo del buen sentido de la orientación e interpretación de los mapas de Samuel y Patricio, que para eso ellos saben leer en las líneas y los dibujos de los mapas igual o mejor que el resto de los mortales en las letras de los libros.

Fiándonos de sus buenas entendederas, dejamos el camino bueno y nos adentramos por el malo, el más embarrado, de peores pasos y destino incierto; alegres y despreocupados, confiados en nuestras fuerzas y nuestras piernas, que el día era largo y aún quedaban muchas horas para que se pusiera el sol.

Nuestro camino nos llevaba por un terreno de bosque mediterráneo, de encinares, más o menos densos, con un sotobosque de jarales, chaparras y charnecas, de hierbas aromáticas, de tomillo, cantueso y mejorana; por despejados senderos de tierra, lo bastante anchos como para que los coches todoterreno de los cazadores fueran por ellos.

De vez en cuando aparecían tablillas, tarjetas o señales con numeraciones, indicando que aquel lugar había sido señalado como un puesto donde colocar a un cazador en una montería, desde donde esperar a que pasara el jabalí o el ciervo corrido por las rehalas de perros, para entonces echarse la escopeta a la cara, apuntar mientras atravesaba el escaso trecho de raso y abatir su pieza; si tenía buena puntería y no se tardaba mucho en disparar. Si acertaba se vanagloriaría de su tino cuando celebraran las piezas cobradas, se pasaría las horas y los días recreando el lance cuando se juntara con otros monteros. Si merecía la pena y era un buen trofeo, se llevaría la cabeza o los colmillos a su casa, para recordar siempre el momento.

Eso era si el que estuviera en el puesto de al lado no dijera que él también le había disparado y que la bala que mató a la pieza fue la que salió de su escopeta; si no hubiera acuerdo acerca, de donde le dio uno y otro, de quién fue el tiro mejor y quién merecería ser reconocido como su matador, pues se iniciaría entonces una disputa que solo acabaría con las pesquisas y la mediación del perrero que lo perseguía. Irían a ver dónde estaba el bicho muerto, mirarían cuáles pudieron ser las trayectorias de las balas, cuál le pudo acertar mejor, de si lo vio venir antes uno u otro, de si la orientación de este era mejor que la de aquel, que si había sido el definitivo o no un tiro u otro. Se montaría toda una trama de investigación como en la de un asesinato, pero en la que el causante de la muerte, en lugar de buscar la exculpación, intentaría conseguir que se le culpabilizara de ella.

Porque no se trataría de una muerte homicida, sino depredatoria y ritual, como las ha venido haciendo el hombre desde que utilizó el cerebro para pensar y las manos como herramientas para dominar y conquistar el mundo, desde hace millones de años. Por eso es difícil que esas costumbres atávicas, tan marcadas en nuestros genes, desaparezcan fácilmente, aunque a las mentes más urbanas les cueste entenderlo, porque están en otra fase más «civilizada», dicen ellos.

No es que a nosotros nos gustara la caza ni nos desagradara, más bien nos molestaba, porque nos suponía en bastantes ocasiones un inconveniente, pues nos impedía ir libremente por donde quisiéramos. Porque si había montería en una finca no podíamos pasar por ella, no fuera a ser que nos pegaran un tiro; y si no la había, pero la podía haber en unas fechas no muy lejanas, tampoco debíamos andar por esas lindes, porque los guardas nos hacían ver que, con nuestros olores y nuestras voces, espantaríamos a los bichos y no los podrían cazar después.

—La gente paga sus buenos cuartos por venir a cazar, y si después se van sin matar no quedan contentos y no vuelven —argüían siempre los guardas cuando se nos ponían delante para impedirnos el paso.

—Pero hombre, si queda una semana por delante —le decíamos, haciéndole ver lo exagerado de su suposición.

—Ya, pero si los bichos se van, luego a lo mejor no vienen.

—¿Y entonces qué hacemos? —les preguntábamos mosqueados—. ¿Nos damos la vuelta? ¡Si este es un camino público, creo yo!

—Haced lo que queráis, pero por la finca no podéis pasar. El camino público va por allí más abajo, que este es otro nuevo. —Y señalaban otra vereda, ya perdida y abandonada, unos metros más abajo, convertida en arroyo, por donde no podían pasar los coches y a duras penas se podía ir andando.

Algunas veces encontrábamos un itinerario alternativo, pero otras no y nos teníamos que dar la vuelta fastidiados; por eso es por lo que no nos gustaban los cazadores, porque cuando tocaba compartir el campo siempre ganaban ellos, no por otra cosa, que entendíamos era un negocio en estos tiempos y un medio de vida para la poca gente que vivía en los pueblos y trabajaba en las fincas.

La vegetación, en unas ocasiones, era más densa y en otras menos, se la veía dejada de la mano de Dios, para uso y disfrute de los animales salvajes. De vez en cuando aparecía una parcela despejada de barbecho o sembrada y dedujimos que se trataba de un terreno para alimentar a la caza, para que no escaseara la comida y hubiera luego más piezas que cobrarse.

A veces nos volvíamos a encontrar con encinas mal podadas, con solo el tronco y unos penachos apenas en lo alto. Debieron los taladores, cortar y cortar, en busca de sacar más madera. ¡Como si no tuvieran otros miles de árboles más en donde encontrar cuanta leña precisaran!

Pero la más de las veces estaban los árboles sin tocar. Tenían las encinas y las chaparras los troncos y el suelo llenos de musgos y de líquenes, muestra de su vejez y de los años que pasaron sin que ni el hacha ni el arado las hubieran mancillado.

Tras estar caminando un rato tan largo como aquel, uno llega a perder la noción del tiempo y no recuerda cuándo comenzó la sierra, cuándo entró en el bosque abandonado, ni cuánto tiempo llevará caminando entre jaras y encinas, por caminos de tierra, subiendo y bajando, sin encontrar más señal de otros hombres que la de los viejos puestos de montería. Comienza entonces uno a sentirse perdido, a no saber bien cuándo comenzó esa especie de laberinto, de recorridos sinuosos y enrevesados; duda uno de si en el cruce anterior tomó el camino acertado y comienza a plantearse si en algún momento se acabará o no la bella monotonía de una naturaleza tan pura y salvaje, donde no parece conocer la existencia humana desde más de medio siglo atrás.

Como no hay camino que no acabe, ni duda que no se resuelva para el caminante perseverante que no deja de andar, poco a poco iniciamos la bajada al llano, dejamos atrás el monte y vislumbramos a lo lejos unas manchas blancas, como de un montón de migas de pan recién tiradas al suelo, que son las casas vistas desde la lejanía.

Comenzamos a tener a ambos lados del camino campos más limpios, sin apenas arbolado, con rastrojeras, sin matorral casi, terrenos arados y sembrados. Sabemos entonces que no equivocamos la ruta, que vamos bien.

—¡Debemos estar ya cercanos a Santa Croya de Tera! —nos apercibimos.


Santa Croya de Tera

El pueblo a este lado del río

Cuando nos adentramos en las calles de Santa Croya nos encontramos con unos solitarios tramos de acerado, sin muros de casa que lo delimitaran, pues o bien había solares, vacíos unos, o con un viejo carro rojo, bien conservado, en el otro, o vallas de piedra que cercaban los jardines que rodeaban a las modernas casas.

Era ahí en las afueras por donde se expandían las nuevas construcciones, donde los vecinos, deseosos de aprovechar la amplitud de espacios, mandaban construir sus caserones, edificios grandes y extensos, mansiones acaso algo fastuosas. Inquilinos celosos de su intimidad que tenían setos unos, celosías o plásticos otros, para impedir que les viéramos los paseantes; como si no fuese suficiente anonimato vivir en un pueblo adonde apenas quedan habitantes; que apenas quedaban viviendo trescientos en invierno. ¡Que están más solos que los espartanos en las Termópilas!

A pesar de ser un pueblo con tan escaso número de gentes, según íbamos pasando por las calles fuimos viendo buenas y nuevas casas, la mayoría con las puertas cerradas y las persianas bajadas, como vacías y cerradas, sin nadie viviendo en ellas. Debían ser segundas residencias, supusimos, las casas hecha por hijos del pueblo que emigraron y retornarán en las vacaciones o que esperarán hacerlo cuando se jubilen, poniéndonos en su lugar, porque es lo que haríamos si nos tocase salir del pueblo, igual que hicieron tantos otros conocidos nuestros.

—¡Los pueblos son lugar para viejos, está claro! —nos dijimos con pesadumbre y tristeza.

Después, en Lubián, nos enteramos que parecía ser costumbre, en los pueblos del norte de Zamora, como hacía mucho frío en invierno, irse los abuelos a pasar los meses más crudos a la capital y volver para abril, con la primavera, para poner su huerta y pasar los meses más benignos en el pueblo, y quedarse al cuidado de los nietos, que los dejaban los padres con ellos al acabar la escuela hasta acabar el verano; para volverse a ir los mayores meses después con la llegada de los rigores del invierno. Por eso las viviendas estaban cerradas, pero bien cuidadas. No es que fuera la segunda vivienda, era la primera, la primigenia, pero que ahora solo se habitaba la mitad del año.

Llegamos al poco rato junto a su iglesia y contemplamos el campanario, con su alta, puntiaguda y espigada espadaña a los pies. La puerta de entrada era nueva, estaba reformada, con unos soportales hechos en piedra de granito recién cortada, limpia, sin la pátina de suciedad que le da ese color a las de antaño, oscuro unas veces, crudo otras, se veían sus sillares aún jóvenes, mucho más jóvenes que a los del resto del edificio.

Lo que más nos llamó la atención fue que se utilizara aquel espacio, el del soportal de la entrada al templo, como lugar donde colgar los pregones y los carteles más dispares.

Se informaba de la próxima feria de ganado de burros zamoranos, una especie en peligro de extinción que querían recuperar potenciando su cría.

—En vez de un perro o un gato quieren que se tenga un burro como animal de compañía —nos extrañamos.

—¡Por falta de espacio no será! —observamos, recordando las amplias parcelas de las nuevas casas de las afueras.

—Será por eso por lo que las habrán hecho tan grandes —concluimos—, para que no les falte campo en el que pastar a los burros.

Seguimos callejeando entre calles desiertas, viendo más casas con sus puertas y persianas cerradas y echadas que portales, ventanas y balcones con ellas levantadas; hasta llegar a una gran explanada, donde alcanzamos a ver un edificio más monumental.

Era una construcción cuadrangular, de dos plantas, con un reloj de grandes proporciones en la pared, estando la de abajo rodeada de soportes con columnas de granito. Supusimos que sería el Ayuntamiento, nos acercamos y comprobamos que lo era. Pero no solo era la casa consistorial, además era: la biblioteca, el centro social y el centro de salud. Reunía en él todos los servicios para sus vecinos.

—¡Muy bien, como debe de ser! —nos felicitamos en voz alta, cansados de tantos dispendios en inversiones inútiles, de servicios que se repiten una y otra vez, pueblo tras pueblo.

—¡Os acordáis de aquel pueblo en el que no había más que una calle con cuatro casas y que el ayuntamiento que aquel tenía era más grande que este! —recordamos.

—Sí, era en Toril, en Monfragüe —dijimos, rememorando nuestro viaje de Guadalupe a Plasencia.

—¡Vaya! La única gente que vivía en el pueblo eran los que trabajaban para el ayuntamiento mismo. ¡Qué despropósito!

Pero tal economía de recursos nos haría, poco más tarde, arrepentirnos. Igual de económicos que eran con los servicios públicos que prestaban, lo eran con el resto de los servicios privados.

—Buenas. ¿Podría decirnos dónde hay un bar o un lugar donde comer? —preguntamos al único croyamos que encontramos.

—No hay —respondió lacónicamente.

—Un bar o un sitio donde sentarnos a tomar algo —insistimos.

—En verano sí, en inviernos no hay nada abierto, y menos en domingo —nos dijo.

Y fue entonces cuando nuestros aplausos de antes por la economía de recursos se convirtieron en congoja y desencanto; la escasez y economía que nos pareció bien para otros, ahora nos tocaba sufrirla a nosotros y ya no nos pareció bien tanto ahorro.

Recetar para cabeza ajena está bien, pero cambia cuando es uno el que ha de probar de su medicina; lo que tan alegremente nos pareció poco antes una buena idea, se nos tornaba ahora llena de defectos y problemas que antes no vimos.

—De haber algo, será en Santa Marta. —Pero no nos lo aseguró.

De manera que seguimos con nuestro caminar.

Junto a la plaza se extiende un paseo que va entre la carretera y el río. Un paseo al lado de la plaza y la casa consistorial, donde todo es diáfano, porque no hay casas ni apenas edificaciones, solo un parque, una escuela, un campo de fútbol y una zona recreativa. Todo es muy amplio y grande, como para acoger a muchas personas o para que las que acudan no se rocen las unas con las otras; un lugar desproporcionado para un pueblo tan escaso de gentes en invierno que resulta un grotesco, por el aspecto megalómano que transmite; de tanto sitio como hay.

—Pero no os olvidéis de que en el verano vienen muchos más —me recordaban, con toda razón, mis compañeros.

—Pero ni con esas, creo yo que lo llenen —le decía el otro.

—¡A lo mejor ahí está el encanto! —rebatía el otro—. Y quizás llevéis razón, que sea eso lo que pretendieran los que así lo concibieron.

Yo pienso que fue más simple la cosa. El sitio estaba ahí, libre, de cuando se hicieran las eras para trillas las mieses y recoger el grano de las siembras, pero cuando se dejó de segar y trillar a mano, se quedó vacío, sin ocupación. Y la corporación, sin saber qué hacer con él, como era comunal, decidió darle un uso recreativo, para pasearse junto al río, para jugar quien quisiera —cuando hubiera quien, claro—, que otro uso no encontraron más aparente.

Esta última deducción se me ocurrió cuando fui viendo que a lo largo del paseo fueron colocando, a manera de esculturas en un museo al aire libre, utensilios, herramientas y máquinas antiguas y de cuando llegó la industrialización al campo, cuando las primeras máquinas comenzaron a sustituir a la fuerza humana y animal; que debió ser allá por finales del siglo diecinueve o primera mitad del veinte. Vimos máquinas para arar que mejoraron a los arados romanos y a los de vertedera, máquinas para la siembra, para la siega, para limpiar y separar la paja del trigo y otras que no supimos para qué pudieron ser empleadas, de lo extrañas y complejas que eran.

Como ya no se veía tan agrícola al pueblo, pues no vimos tantos cultivos, ni apenas tractores, ni agricultores por el campo, supusimos que eran vestigios de su pasado, de labores olvidadas. Costumbres, trabajos y formas de ganarse la vida que ya no debían de ser las más corrientes; no porque no pudieran serlo, ni porque la tierra, el clima u otra razón natural hubiera cambiado del pasado siglo a este, sino porque sus gentes habían preferido dedicarse a otra cosa, y como en Santa Croya no era posible vivir sino del campo, decidieron emigrar, buscarse un modo de vida fuera, para retornar solo en su tiempo de ocio; quedando solo en el pueblo la gente mayor, aquella que sí vivió y labró el campo, quien apreciaba y quizás todavía conociera aquellas máquinas de antaño. Gente que ya no estaba para faenar más, sino para disfrutar del tiempo que aún quisiera el destino o su naturaleza permitirle vivir, paseando por esas aceras en mitad del campo, disfrutando de sus recuerdos de mocedad, de cuando eran vigorosos, con fuertes brazos, cuando los pasos y las distancias no eran ningún problema para afrontar y resolver cuanto se les pusiera por delante.

El paseo nos llevó junto al río Tera, el mismo que da apellido a todos los pueblos ribereños, un río de abundante caudal cuyas aguas fluyen con alegría y fuerza, cantando la alegre canción del torrente que va, libre y en buena compañía, cantando corriente abajo, buscando, aún joven, otro afluente y otro principal, aportando su abundancia de caudal, cantarín y jovial.

Iba el Tera a su paso por Santa Croya pletórico, celebrando alegre, cual torrentera aún fresca, la llegada del agua recién derretida de la nieve.

Nos deleitamos contemplando su caudaloso y profuso correr que, a nosotros, gente sureña, poco acostumbrada a ver la abundancia de tan apreciado líquido en nuestros ríos, nos sorprendió y encandiló.

Nos sorprendió que el Tera, cuyo nombre desconocíamos hasta poco antes, un simple afluente de otro afluente del Esla, llevase tal caudal de agua. Nos dejaba admirados.

Cruzamos el puente tendido sobre el río, absortos en el ruido del pletórico torrente que pasaba por debajo, y nos encontramos, de repente, que en la otra orilla estaba Santa Marta de Tera.

Cuando escuchamos «Tera», lo primero que se me vino a la cabeza, a mí como a mis hermanos, fue pensar en mis discos duros, porque es la palabra que utilizamos nosotros para expresar la capacidad de almacenamiento de nuestros aparatos informáticos, nunca se me habría ocurrido pensar ni imaginar el nombre de un río.

No obstante —como hija de mi padre que soy—, tuve curiosidad por conocer el origen del nombre e investigué sobre cuál podría ser su etimológica.

Descubrí que, efectivamente, «tera», tal y como yo la conocía, utilizada en el argot informático, era una palabra de origen griego, que significa cuatro e indica la cuarta potencia de 1000, o sea 1000000000000, o 1000 gigas. Pero ese no era el camino a seguir, el río Tera no lleva ese nombre por esa razón.

Seguí indagando y encontré otro Tera, un personaje de la mitología griega, lo que también deseché. Por mucho que nuestra cultura deba a los helenos, no hay que pasarse tampoco de cultistas.

Seguí indagando y encontré otro Tera en Soria, una localidad, bañada por otro río, llamado Tera también.

Alguna razón debía de haber para que se denominasen con la misma palabra dos ríos hispanos tan alejados; de manera que supuse que podría tratarse de una raíz o palabra con significado relacionado con el agua, como descubriera mi padre con el término ibor, un término de origen prerromano.

Tiempo después cayó en mis manos un artículo que sugería que Tera, igual que el famoso río catalán Ter, tienen una raíz común de origen celtíbero. Lo más interesante fue saber que el término «Ter» dio origen a un nombre tan puramente hispano como el de Teresa, muy común en nuestro medievo, que después se expandió al exterior, por mor de nuestras muy católicas princesas y nuestras santas. Todas ellas, españolas y extranjeras, aún sin saberlo, no hacen sino recordar y glorificar al agua y a los ríos, al Ter y al Tera.


Santa Marta de Tera

El pueblo al otro lado del río

Santa Marta de Tera, el pueblo al otro lado del río, fue, en realidad, el pueblo primigenio, Santa Croya no debió de ser sino un desgajamiento suyo, de un grupo de campesinos que, cansados —pienso yo—, de tener que atravesar todos los días el Tera para volver a su casa después de trabajar que, cuando aún no hubiera puente, decidieron quedarse al otro lado del río, para no tener el engorroso trabajo de tener que cruzarlo en un sentido y otro cada día.

Mientras atravesábamos el puente, Rodolfo y Patricio, que iban por delante, que son de los que se ponen a andar y no miran si los demás nos paramos a mirar un riachuelo o a escuchar la torrentera, se encontraron con dos chavales que comenzaban a cruzar el Tera en sentido inverso al nuestro, desde Santa Marta hacia Santa Croya. Lo que nos hizo recapacitar acerca de si fue, en verdad, acertada la idea de los primeros pobladores de Santa Marta, pues con familias y amigos a un lado y a otro, la gente se debía pasar el día cruzando el puente de allá para acá y en lugar de dos pueblos debió aquello convertirse en un pueblo cortado por río, como Berlín con su muro.

Al encontrarse a su altura, Rodolfo y Patricio les preguntaron, como habíamos hecho antes, por dónde comer.

—¡Hola! ¿Podéis decirnos dónde podríamos encontrar un sitio para comer? —preguntó Patricio, siempre responsable él de resolver nuestros problemas de intendencia de forma rápida y eficaz. No sabía bien él, de por dónde nos andábamos, ¡que a esas alturas del viaje estábamos ya muy lejos de casa!

Hablaron entre los dos lugareños acerca de cuál de los dos bares del pueblo podría estar abierto y cuál no, de cuál pudiera que abriera más tarde o cuál hubiera cerrado por ser un domingo por la mañana. Para, después de dilucidarlo, parlamentándolo entre ambos, sin ponerse de acuerdo, y tomándose su debido tiempo para ver qué respuesta les daban, darles esta:

—Pues, seguramente, por allí —e indicaron, con la mano extendida hacia atrás, sin señalar realmente nada— les darán de comer —dijeron con certeza— para añadir unos segundos después—: ¡O noo…!

Por el tono en el habla, el tiempo para parlamentar entre ellos para finalmente darle la respuesta aquella, tan vaga y llena de ambigüedad, que lo mismo podría ser una cosa que la contraria, que decía sin decir nada, no nos cupo duda ninguna de que realmente habíamos llegado muy lejos en nuestro caminar y que nos estábamos acercando a tierras gallegas.

Tan sorprendente y descorazonadora les pareció, que nos reímos un buen rato cuando nos lo contaron. Lo recordábamos después cada día del viaje y cuando queríamos reírnos un poco, les decíamos a Rodolfo y a Patricio:

—Entonces, cómo fue aquello, contádnoslo otra vez.

Y ellos representaban la escena del puente y se decían el uno al otro:

—Fulanito, ¿tú qué crees? ¿Estará abierto el bar?

—Pues no sé, puede que sí… ¡O nooo…!

Al acabar el puente, empieza una cuesta empinada que lleva hasta el albergue para peregrinos y a la iglesia.

Cuando coronas la cumbre del pequeño puerto estás, cual escalador de una etapa ciclista, a punto de tener una pájara, y hallas entonces una explanada formada por varios edificios, con setos y objetos de piedra esparcidos por el suelo, como tirados por él. Te detienes a mirar, te sientas en un bloque de granito que hace las veces de banco, echas un trago de agua y comienzas a mirar a tu alrededor con curiosidad y más atención. Encuentras entonces ante ti una fachada de piedra, con una portada de formas rectilíneas, con alfiz rectangular y pirámides flanqueándolo, con escudo nobiliario en el centro y medallones con esfinges a los lados, con ventanas y balcones adornando la fachada. Lo cual te hace pensar que aquello no es acorde con lo que se ve al otro lado, un edificio, de piedra también, pero de otro estilo arquitectónico, más antiguo, aunque los arcos se parezcan, porque los otros copiaron a estos. Deduces que lo primero es posterior, renacentista quizás, aunque nos dicen más tarde que se hizo en el siglo del barroco; pero ya se sabe, que una cosa es cuando comienzan las modas y otra cuando se dejan de hacer las cosas según la moda más vieja, para adoptar la nueva; que la más de las veces las unas llegan cuando ya han aparecido las otras, que si la transmisión de los estilos y de los gustos van lentos ahora, antes lo iban más. Cuando aún, en estos tiempos nuestros, muchos no hemos pasado del realismo al impresionismo y menos aún al surrealismo, cuando ya aparecieron y desaparecieron ni se sabe cuántas corrientes artísticas más, y a pesar de que aquellas llevan más de un siglo desaparecidas, seguimos más apegadas a ellas, aunque viejas, que a las nuevas.

Junto al edificio, que parece un palacio renacentista o barroco, aunque fue un convento, hay restos de columnas, de basamentos, de muros…, esparcidos por el suelo y unos grandes bloques de granito —más grandes aún que el del que hacía de banco para nuestro asiento— huecos, todos vanos, colocados como para su contemplación. Nos preguntamos cuál sería su razón de ser para estar allí expuestos. Acordamos que debieron ser hechos para emplearse para ser sarcófagos y que, como todo lo que suene o huela a antiguo y a romano cobra enseguida valor per se, los pusieron por allí pensando que debía de tratarse de valiosas reliquias; sin preguntarse si aquellos eran ateos, paganos o perseguidores de Jesucristo, como las más de las veces se les tilda en las Sagradas Escrituras, en lugar de paleocristianos, que no había ornamentación ni signo alguno que lo indicara.

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9788411148511
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