Kitabı oku: «El orden del caos (2ª Ed.)»
EL ORDEN DEL CAOS
LITERATURA, POLÍTICA Y POSTHUMANIDAD
EN LA NARRATIVA DE THOMAS PYNCHON
BIBLIOTECA JAVIER COY D’ESTUDIS NORD-AMERICANS
http://puv.uv.es/biblioteca-javier-coy-destudis-nord-americans.html http://bibliotecajaviercoy.com
DIRECTORAS
Carme Manuel
(Universitat de València)
Elena Ortells
(Universitat Jaume I, Castelló)
EL ORDEN DEL CAOS
LITERATURA, POLÍTICA Y POSTHUMANIDAD
EN LA NARRATIVA DE THOMAS PYNCHON
Francisco Collado Rodríguez
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
Universitat de València
©Francisco Collado Rodríguez
El orden del caos: literatura, política y posthumanidad
en la narrativa de Thomas Pynchon
1ª edición de 2004
2ª edición de 2020
Reservados todos los derechos
Prohibida su reproducción total o parcial
ISBN: 978-84-9134-619-7
Permiso de reproducción de la cubierta de Mason & Dixon de Thomas Pynchon
de The Random House Group Ltd.
Ilustración de la cubierta: Sophia de Vera Höltz
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Edición digital
A toda mi familia y a todos mis amigos: a los que son y a los que, habiendo sido, continúan siendo en mi mundo interior
Agradecimientos
Este libro es el resultado de varios años de trabajo específicamente dedicados a la obra de Thomas Pynchon, pero también recoge los frutos de mucho tiempo aplicado al estudio de la narrativa contemporánea en lengua inglesa en el contexto de un grupo de investigación del Área de Filología Inglesa de la Universidad de Zaragoza. En este contexto y gracias a la colaboración de colegas como Susana Onega, Celestino Deleyto, José Ángel García Landa, Ramón Plo, Chantal Cornut-Gentille, Constanza del Río, Marita Nadal, o Mª Dolores Herrero, entre otros, he podido desarrollar, con mayor o menor acierto, una perspectiva crítica que me ha permitido finalmente abordar la inmensa tarea de completar un libro de conclusiones necesariamente abiertas sobre la narrativa de uno de los autores más difíciles de toda la literatura occidental. Vaya a ellos mi agradecimiento más sincero, así como a la persona que primero me encauzó por la narrativa contemporánea, Carmen Pérez Romero, y a otra “pynchoniana” de pro que me hizo ahondar mucho más en la obra del autor norteamericano, Carmen Pérez-Llantada.
Este estudio tampoco hubiese sido posible sin contar con la financiación que en su día representaron las ayudas a la investigación de la Universidad de Zaragoza, de la Diputación General de Aragón y de un proyecto de investigación del Ministerio de Ciencia y Tecnología (BFF 2001–1775). Expreso mi agradecimiento a todas estas instituciones.
Índice
INTRODUCCIÓN Sobre historia literaria, caos y otras construcciones humanas
CAPÍTULO 1 A la busca de un autor original o de una repetición textual: el lento aprendizaje
CAPÍTULO 2 Sobre posthumanidad, bifurcaciones, nostalgia paródica e incertidumbre metaficcional: V.
CAPÍTULO 3 En busca de la energía perdida de V.: laberintos metaficcionales, entropía y revelación en The Crying of Lot of 49
CAPÍTULO 4 El ciclo que no retorna: el final de la historia humana y el imperio de la posthumanidad literaria en Gravity’s Rainbow
CAPÍTULO 5 Vuelta al corazón del sueño norteamericano: Vineland y las trazas de V. en la California de la Nueva Derecha
CAPÍTULO 6 El legado es Norteamérica: Mason & Dixon o la resolución de los opuestos. El futuro escrito en el pasado
CONCLUSIONES INCONCLUSAS Múltiples dimensiones para retratar una realidad compleja. El ciclo vital detenido
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Introducción
Sobre historia literaria, caos y otras construcciones humanas
La historia de la novela anglosajona está íntimamente ligada, según la crítica tradicional, al desarrollo de la clase media inglesa y británica y a un posterior y progresivo rechazo de la ideología mantenida por ésta. De esta clase media es preciso destacar el hecho de que comenzó su gran asalto al poder político ya en el siglo XVII, anticipándose con ello al predominio burgués en muchos otros países europeos. No en vano fueron los ingleses los primeros de la época moderna en derrocar y ejecutar a un rey por medio de una revolución burguesa. También es necesariamente destacable el hecho de que la burguesía inglesa manifestó pronto su rebeldía contra la convencional Iglesia papista. Cuando los colonos anglosajones se trasladaron a las tierras norteamericanas que habrían de conocerse como Nueva Inglaterra, se llevaron con ellos, además de su esperanza de iniciar una nueva vida, una fe religiosa que abjuraba asimismo de la rigidez e hipocresía de la Iglesia de Inglaterra. Los puritanos que se asentaron en Nueva Inglaterra transportaron así un bagaje cultural que combinaba el deseo de triunfo material con la necesidad de demostrarse a sí mismos que estaban entre los elegidos de Dios. Religión, clase media y economía, tras la experiencia luterana, eran ya factores íntimamente relacionados: la famosa leyenda “In God We Trust” formó desde el principio una combinación muy eficaz con el sueño norteamericano, combinación que llevaría a un sostenido progreso económico en el que, sin embargo, se dejarían entrever frecuentemente las tensiones existentes entre el puritanismo y la Ilustración, entre la fe y la razón sobre las que se había asentado el nuevo país norteamericano.
Elegidos y condenados, ricos y pobres, hombres libres y esclavos se constituyeron en el discurso como pares de opuestos cuyo análisis ocupó muchas páginas de la literatura de la nueva nación. Por lo que respecta a la historia de la novela, el siglo XIX vio el “enfrentamiento” entre dos tipos de narraciones aparentemente distintas: el romance y la novela realista, Hawthorne o Melville contra Howells; en tanto que los primeros encontraron agujeros desconocidos y fantásticos en la realidad que simbolizaban sobre el papel, el segundo y, con él, la escuela de naturalistas que siguió en cierta manera sus huellas, insistió en la descripción de una realidad concebible en términos burgueses y racionales. De la mano de Henry James, la introspección modernista condujo a una narrativa psicológica que para algunos como Faulkner o Steinbeck podía ser combinada con el naturalismo. Comenzado el siglo XX, el optimismo de los racionalistas ilustrados hacía ya varias décadas que había sido derrotado por una novela más proclive a descubrir el detritus social, la corrupción política, la miseria de los trabajadores o, en términos socio-científicos, la entropía de la cultura norteamericana. La novela del país americano había ido gestando así una interpretación paralela a la de la Historia sobre la cultura y las tensiones ocultas del país. El optimista reductivismo newtoniano, que interpretaba el funcionamiento del universo a partir de un limitado número de leyes naturales, fue progresivamente erosionado por las fuerzas termodinámicas del universo de fuerza del siglo XIX y por las dudas de conocimiento que continuamente asaltaban a la mente modernista. Tras la Segunda Guerra Mundial, los acontecimientos se precipitaron hasta convertir culturalmente el sueño norteamericano en una auténtica pesadilla: puritanismo, Ilustración, entropía, consumo, bomba atómica. Algo había venido fallando desde los días en que los padres de la República aceptaron, en su Declaración contra el rey inglés, elevar el deseo de felicidad a la categoría de bien público. La realidad se atisbaba ya mucho más compleja de lo que el mismo Franklin hubiese podido pensar. Presionada por la termodinámica a un lado y por la energía atómica a otro, la concepción newtoniana del Universo había fallado en su búsqueda de la verdad última sobre la vida ¿No se podría encontrar tampoco ya la verdad última sobre los Estados Unidos y su sueño de libertad y felicidad? La postguerra volvió a poner de evidencia la complejidad de ese fenómeno que llamamos realidad, y un joven marinero que estaba viajando de un sitio para otro en un buque de guerra comenzó a pensar en la historia de la novela, en la cultura, en la incertidumbre de la existencia y en su propio y complejo país. Su diagnóstico comenzaría a ver la luz en unos pocos años, pero de manera tan compleja como la realidad misma que analizaba en su obra: ya había descubierto que el caos era el objeto más serio de estudio al que se podía dedicar.
Muchos biólogos y neurólogos creen todavía hoy en día que el funcionamiento de sistemas como el cerebro humano puede ser explicado por medio de procesos de reducción. En el trasfondo de convicciones de este tipo está la creencia de que la habilidad del conocimiento científico reside en su capacidad de analizar relaciones de causa que llevan a la predicción de sus posibles efectos. En consecuencia, la ciencia, en esta concepción clásica y newtoniana, tendría como uno de sus cometidos más importantes la predicción de los acontecimientos, algo irónicamente definido como “the founding myth of classical science” de acuerdo con la opinión de Prigogine y Stengers, dos de los más conocidos popularizadores del discurso científico de las últimas décadas: “We find ourselves in a world,” dicen estos científicos, “in which reversibility and determinism apply only on limiting, simple cases, while irreversibility and randomness are the rules” (1984: 8). Estos autores, junto con muchos otros como los conocidos James Gleick o Benoit Mandelbrot, se han dedicado a indagar en el funcionamiento de aquellos sistemas y comportamientos cuyos efectos y desarrollo no parecen ser muy previsibles de acuerdo con los postulados clásicos.
Como nos recuerda Pierre Buser (2001), fue el eminente matemático francés Henri Poincaré la primera autoridad moderna de la que se conoce que puso en entredicho las nociones deterministas, incluso las de aquellos sistemas más predecibles estudiados por la ciencia clásica. En su obra Science et Méthode (1908), señaló la posibilidad de que pequeñas diferencias en las condiciones iniciales de un sistema llegasen a producir grandes diferencias en el resultado final. Si nos concentramos en las matemáticas, ello significaría que un pequeño error al comienzo de una ecuación se expandiría enormemente, llevándonos a unos resultados abultadamente erróneos. La previsión exacta sería imposible y, señalaba Poincaré, habríamos llegado al denominado “fenómeno fortuito.”
De esta manera, si extendemos la posibilidad del fenómeno fortuito a otras áreas de conocimiento, podemos encontrarnos con que la previsión que caracteriza la noción newtoniana de la ciencia se encuentra rodeada de espacios habitados por la incertidumbre, lo contingente, lo imprevisible; por valores, en definitiva, asociados a la tradicional noción del caos. Este último término nunca pareció ser del gusto del burgués ni del carácter experimental de la Ilustración: la vida tenía aún muchos aspectos misteriosos para el ilustrado del siglo XVIII pero éste insistía en creer que el uso de la razón llevaría finalmente a la comprensión total de ese Universo que Newton se imaginase como un perfecto mecanismo de relojería. Una vez conocidas las leyes de la gravitación universal, se podrían anticipar eclipses, por ejemplo, varios miles de años antes de que sucedieran. O tal pensaron científicos como el famoso Laplace, que en su Essai philosophique sur les probabilités (1814) llegó a afirmar que la casualidad no era más que el término que dábamos a nuestra ignorancia sobre las diferentes causas que motivaban el desarrollo de los eventos.
A partir de las ideas de Poincaré, distintos planteamientos sobre el caos existente en el mundo físico se fueron sucediendo a lo largo del siglo XX. Unas dos décadas antes del final de la centuria las teorías del caos, en sus diversas variantes, se habían puesto de moda incluso en el terreno de la crítica literaria. El caos llegó entonces a constituirse para algunos casi en una religión alternativa a aquellas más tradicionales que insistían en encontrar un Logos humanizado como garante de sus creencias (Hayles 1991). En el mundo de la literatura creativa, el caos o la “caótica” como modo de entender la vida se fue consolidando sobre todo entre ciertos escritores postmodernistas ligados entre sí por su interés en las teorías científicas. Fenómenos como el cyberpunk, variante postmodernista de la cienciaficción, fueron progresivamente cambiando la sensibilidad de una serie de lectores interesados en temas relacionados con la ciencia y la tecnología y, poco a poco, se fue olvidando la noción de realidad que habían retratado tanto los autores realistas como los modernistas. Característico del postmodernismo fue ya la incertidumbre, la casualidad, lo aleatorio y la creencia en la teoría de las catástrofes. Del realismo tradicional, pasando por el psicológico modernista, la novela norteamericana de finales del siglo XX continuó su camino para experimentar con un paradójico realismo postmodernista donde el centro de conocimiento, el sujeto representado a través de la voz narrativa o el papel de personaje, no era ya ni estable ni, a veces, cabía denominar siquiera como sujeto (Collado 1999b).
En términos generales, la caótica distingue dos tipos básicos de condiciones que estudiar: por un lado están aquellos fenómenos que parecen ser asistemáticos pero de los que se sospecha que contienen un orden escondido que es preciso descubrir (Gleick 1987), por otro están aquellos fenómenos caóticos que, en su desarrollo, generan nuevas estructuras ordenadas (Prigogine y Stengers 1984): la mayoría de los lectores de la obra de Thomas Pynchon probablemente convendrán conmigo en que lo caótico es un criterio fácilmente aplicable a su producción creativa y en que es posible que exista un orden escondido en medio de tanto caos narrativo; asimismo, sus novelas parecen generar continuamente nuevos mensajes o, en términos científicos, áreas “negentrópicas,” de estructuración expansiva, donde en principio sólo parecería haber confusión y desorden comunicativo (White 1991).
Si la teoría del caos se puso de moda en las últimas dos décadas del siglo XX, sin embargo, ¿hay que entender que la novelística de Pynchon precedió en unos años a la misma cultura desde la que interpretó la realidad o, por el contrario, que es la actual perspectiva de la crítica contemporánea la que ahora “encuentra,” desde los postulados de la caótica, elementos de estructuración de un orden oculto en la obra del autor norteamericano? El siempre complejo objeto de análisis que nos ocupa se hace aún más problemático si a la noción de un supuesto orden en el aparente caos narrativo unimos otro conjunto de factores también conectados con la ciencia y de marcada importancia en la obra pynchoniana. A saber: el ya mencionado concepto de entropía y el paso de lo animado a lo inanimado como símbolo de la conversión de lo humano en lo post-humano o, en otras palabras, la importancia de la cibernética y del lenguaje como ente categórico, elementos ambos que llevan a la deshumanización de la sociedad contemporánea y al triunfo de la máquina sobre el ser humano.
Volviendo a los planteamientos anteriores sobre el cerebro humano: ¿será posible llegar a conocer su funcionamiento por medio de un proceso reductivo o habrá que tener en cuenta factores de la caótica para una mejor comprensión del mismo? Ciertamente, el cerebro es un ente muy complejo y el que generó obras como V., Gravity’s Rainbow o Mason & Dixon parece tener un componente añadido de complejidad, de ahí probablemente el hecho de que estos libros hayan generado una buena cantidad de crítica al respecto, crítica que va desde estudios meramente formalistas hasta, por ejemplo, el análisis de la incidencia de los ángeles en la narrativa pynchoniana. El mío es un intento nuevo de clarificar la narrativa del autor invisible pero mi objetivo principal es llegar a situar la obra pynchoniana en el contexto de la novela contemporánea como medio para poder estudiar los aspectos tanto ideológicos como literarios más notables que se desprenden de la particular interpretación de la realidad que en ella se percibe.
Para elaborar mi estudio, partiendo siempre de la premisa de que la obra del peculiar “autor invisible” es un caos que esconde un orden subterráneo, me centraré específicamente en tres aspectos que entiendo muy relacionados entre sí: su deuda con la historia literaria, manifiesta en los usos intertextuales o paródicos, la textualización que hace del discurso científico en su narrativa y, finalmente, la construcción literaria resultante como interpretación de una realidad compleja y posthumana en la que parecen añorarse elementos del pasado pero en la que también se acentúa la necesidad de subvertir el presente y oponerse al statu quo. La importancia de estos tres aspectos se hace ya evidente, en mi interpretación, desde sus primeras historias, publicadas cuando aún era estudiante en la Universidad de Cornell. El suyo fue, como confiesa en la Introducción de su colección de cuentos, un “lento aprendizaje” donde se puso de manifiesto la tensión entre su conocimiento de la literatura y su deseo de encontrar una voz propia para hablar de la realidad de su país. El camino textual que recorrió desde su apego a T. S. Eliot y a The Waste Land hasta la reconstrucción de la historia oculta de los Estados Unidos en Mason & Dixon es intelectualmente uno de los más complicados y asombrosos de la literatura norteamericana. A descubrirlo en más detalle y a analizar su inmensa construcción literaria se dedican las páginas que siguen, que comienzan en un primer y fallido intento por rastrear la figura del autor...
Capítulo 1
A la busca de un autor original o de una repetición textual: el lento aprendizaje
Entre los aspectos que más ha querido destacar la crítica sobre el postmodernismo se encuentra, sin duda, el motivo de la inestabilidad del sujeto de conocimiento. Críticos como Linda Hutcheon (1988) o filósofos como John Mephan (1991) no hacen sino señalar cómo el sujeto (¿?) postmodernista de conocimiento es ahora un ente escindido, inestable, en continuo cambio, muy alejado ya de esa construcción discursiva del “hombre” como centro del universo que caracterizó la cultura humanista y su desarrollo en el proyecto de la Ilustración.
Si el siglo XIX representó la progresiva degradación del proyecto de la Ilustración por cuanto el mundo externo al ser se adivinaba ya como algo excesivamente complejo e imperfecto, el comienzo del siglo XX, con la experiencia modernista, supuso un ataque al otro elemento de la dualidad cartesiana: el ego racional no se podía ya entender siquiera a sí mismo. Mientras teorías como la de la relatividad o como las propuestas por la física cuántica daban un carpetazo al parecer definitivo a la tradicional esperanza metafísica de llegar a conocer toda la realidad externa al sujeto (Nadeau 1981), el desarrollo de nuevos planteamientos sobre la mente humana por parte de pensadores y científicos como Henri Bergson, William James o, especialmente, Sigmund Freud y Jacques Lacan sumergieron al propio ego en un proceso de relatividad cognitiva del que ya no podría salir en todo el siglo XX. El ego ya era, con las nuevas corrientes del psicoanálisis, tan sólo una parte del sujeto, existiendo una gran zona oscura, el inconsciente, que tanto Freud como Lacan entendieron que funcionaba como un lenguaje que el psicoanalista debía saber cómo interpretar. No sorprende en este contexto cultural que la importancia del lenguaje se traslade a la filosofía y que en curiosa coincidencia—si fue tal—los acontecimientos hiciesen de 1922 un “año mágico” para el modernismo, con la aparición del Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein, el texto en formato de libro de The Waste Land de T. S. Eliot y la publicación del Ulysses de James Joyce. Y no es extraño tampoco que este contexto cultural constituya uno de los temas básicos en el proyecto literario de Thomas Pynchon, en cuya narrativa temprana (sus cuentos y V.) abundan, como veremos, imágenes de desolación, lluvia, amor y muerte pero también un primer estudio del lenguaje como elemento a la vez categorizador y metafórico.
La tan comentada decadencia de finales del siglo XIX (Arata 1996) llegó a constituir una obsesión para modernistas de la talla de T. S. Eliot, Ezra Pound, William Faulkner o F. Scott Fitzgerald, surgieron para contrarrestarla intentos casi religiosos por buscar una palabra directa que condujese a la verdad última sobre el ser y la vida, y se construyó una gran narrativa mítica a partir de postulados defendidos por psicoanalistas como Carl Jung o antropólogos como James Frazer (Manganaro 1992) con la que reinstaurar la seguridad en el sujeto de conocimiento. Tras la Segunda Guerra Mundial, el héroe monomítico construido por el antropólogo Joseph Campbell en su conocida obra The Hero with a Thousand Faces (1949, 1968) buscó otra vez en la cultura la reafirmación y consolidación de una personalidad humana cada vez más tambaleante. En poco tiempo, sin embargo, la narrativa anglosajona de las últimas décadas del siglo XX volvió a abrir las puertas a la fantasía textual, esta vez para parodiar presupuestos míticos y modernistas (Hutcheon 1985, 1988). El ego en el postmodernismo ya no podía entenderse como representación de un ente estable. La “indecidibilidad” lingüística expuesta por Jacques Derrida o el continuo juego de los significantes postulado por Jacques Lacan nos habían hecho dudar, en un nivel crítico, tanto del significado de lo Otro—o realidad externa al sujeto—como de la representación del propio ego, una condición perfectamente ejemplificada por Oedipa Maas, la protagonista de la segunda novela de Pynchon, The Crying of Lot 49. Los medios de comunicación, la literatura o el cine confirmaron el sentido de fragmentación de la mente y de la realidad con una proliferación de mensajes contradictorios, novelas altamente metaficcionales y películas experimentales que presentaban una acumulación de escenas cada vez más cortas. Los significantes, como la letra “V,” podían rastrearse hasta la saciedad pero su origen nunca era alcanzable: por consiguiente, no es sorprendente, desde este punto de vista cultural, que el significante Thomas Pynchon decidiese desaparecer de la escena pública a poco de comenzar a degustar las mieles del éxito literario.
El autor de las obras objeto de este estudio fue muy pronto caracterizado como un “escritor invisible”; muy poco se sabe de su vida y, de lo poco que se sabe, se desconoce si todo es verdad o la leyenda está ya jugando un papel importante en la historia literaria. Anuarios escolares desaparecidos, pistas falsas, informaciones contradictorias en la docena de páginas web que sobre el novelista circulan por Internet, la biografía sobre su vida se ha ido convirtiendo, poco a poco, en una metáfora de esa inestable condición humana que satura las páginas de su obra. De las escasísimas fotografías que se conservan de Pynchon sobresalen especialmente sus grandes dientes y un cierto sesgo que cabe interpretar como irónico.
De entre lo poco que sabemos sobre la vida del escritor antes de que decidiese recluirse en el anonimato (Gale 1990, Siegel 1977), cabe destacar algunos “hechos” que ayudan a veces a entender su obra un poco mejor. Thomas Ruggles Pynchon, Jr. nació en Glen Cove, en la neoyorkina Long Island, el 8 de mayo de 1937, hijo de Thomas R. Pynchon, Sr., y de Frances Bennett Pynchon. Por parte de padre, al parecer provenía de una familia británica muy enraizada en tierras norteamericanas. Aquí es un tanto la leyenda la que señala ya la existencia de un Pinco de Normandie que acompañó a Guillermo en su conquista de la que habría de ser Gran Bretaña. Siglos más tarde, en 1533, John Pynchon, hijo del Sheriff de Londres, obtiene un escudo de armas con los siguientes símbolos:
Per bend argent and sable
Three roundels with a border engrailed
All counter changed—
The crest, a tiger’s head erased argent.
Su descendiente William Pynchon se embarcará para las nuevas colonias de Norteamérica dando origen a una familia de entre la que sobresaldrán nombres como el del Rev. Thomas Ruggles Pynchon, autor del libro The Chemical Forces:
Heat, Light, Electricity. An Introduction to Chemical Physics (1870), y profesor de química, zoología y teología en el Trinity College de Hartford, Connecticut. Destacó por aquellos entonces también la labor de un cierto Edwin Pynchon (1856-1914), autor de Surgical Correction of Deformities of the Nasal Septum, un volumen que, sin duda, será de utilidad para aquellos lectores de nuestro escritor interesados en averiguar dónde desarrolló los espectaculares conocimientos sobre operaciones de nariz que demuestra poseer en su primera novela ¿Sería casualidad también que Pynchon & Co., Brokers, fuesen precisamente los editores del libro The Aviation Industry (1928)?
Parece claro que fuentes familiares no le faltaron al joven Thomas para desarrollar su vocación de complejo caleidoscopio cultural de la Norteamérica del siglo XX. En 1953 se gradúa en la escuela secundaria de Oyster Bay, en cuyo libro de graduación se hace constar, además de notas caracterológicas como su disgusto por la hipocresía, el hecho de su pertenencia al Spanish Club del colegio, un rasgo que ayuda a explicar a los lectores el porqué de tanto personaje hispano en su obra junto con abundantes referencias a aspectos de la cultura e historia de España. Debido a sus altas calificaciones, el joven Pynchon no tuvo problemas para obtener una beca que le permitió estudiar en la prestigiosa Universidad de Cornell, donde comenzó una carrera de ingeniería física. Sin embargo, abandonó el mundo académico transitoriamente durante dos años, entre 1955 y 1957, para realizar su servicio militar en la Marina, lo que le habría de llevar a conocer distintos lugares del planeta, incluyendo la isla de Mallorca y probablemente la ciudad de Barcelona. Esta experiencia le supondría una importante fuente literaria ya desde sus primeros cuentos, que comenzó a escribir tras su vuelta a Cornell en 1957, donde prosiguió sus estudios en el College of Arts and Sciences hasta conseguir un BA en inglés, con “distinction in all subjects,” tras haber pasado tal vez por el aula de Vladimir Nabokov quien, según cuenta la leyenda, no pudo recordar más tarde la presencia del joven Thomas en sus clases. De esa época es también su trabajo editorial en la revista The Cornell Writer y la publicación de su primer cuento, en el número de marzo de 1959 de dicha revista, “The Small Rain.” Ese mismo año publicó en Epoch su segundo cuento, “Mortality and Mercy in Vienna,” la única historia que no querría incorporar a su compilación de cuentos Slow Learner en 1984. “Low-lands” apareció en New World Writing en 1960, seguido de “Entropy,” su cuento más conocido, publicado el mismo año en la Kenyon Review. Tras obtener su licenciatura, Pynchon desdeñó la posibilidad de quedarse en Cornell como profesor ayudante de literatura creativa, no aceptó tampoco un puesto de crítico de cine en Esquire y comenzó a preparar la que sería su primera novela, V. El cuento “Under the Rose,” publicado en The Noble Savage en 1961, es de hecho una primera versión de uno de los capítulos de esta primera obra extensa. Por entonces el escritor había comenzado ya a viajar de un sitio para otro. De Nueva York se iría a Seattle, donde estuvo trabajando para la Boing entre 1960 y 1962 en calidad de asistente de ingeniería, trabajo que le llevó a preparar informes técnicos en un momento en que la poderosa empresa aeronáutica estaba desarrollando el proyecto Bomarc, sobre un nuevo misil que formaría parte del sistema de defensa NORAD, con el que los Estados Unidos y Canadá pretendían mitigar la paranoia que la proliferación de armas nucleares había generado en la Guerra Fría. El motivo de la Vergeltungswaffe Zwei y su ficcional (¿?) secuela, el prototipo 00000, que saturan las páginas de Gravity’s Rainbow, tienen consiguientemente una base biográfica más que evidente.
Sería en 1963 cuando la primera novela viera la luz, una vez que Pynchon hubiese trasladado su residencia de nuevo, esta vez a California, lo que le permitió además conocer Méjico. V. le supuso su primera recompensa como autor literario. Con ella ganó el William Faulkner Foundation Award a la mejor narrativa de autores noveles. En 1964 publicó en The Saturday Evening Post la que sería la última narración de Slow Learner, “The Secret Integration,” un cuento donde abordaba sin tapujos el racismo de la sociedad norteamericana en unos momentos de gran tensión social, especialmente en los estados del sur del país. El año siguiente publicó en Esquire parte de la obra más larga que estaba preparando en esos momentos: “The World (This One), the Flesh (Mrs Oedipa Maas), and the Testament of Pierce Inverarity,” que cristalizaría en la que probablemente habría de ser la novela corta más reseñada y comentada de los Estados Unidos, The Crying of Lot 49, publicada en 1966. En ella el mundo y la carne se unirían ciertamente con un diablo, demon científico o devil apocalíptico y representarían para Pynchon la obtención de su segundo gran premio literario, el Rosenthal Foundation Award, concedido por el National Institute of Arts and Letters.
Ya desaparecido totalmente de la escena pública, en 1973 sorprendió a sus lectores con la publicación de su inmensa novela Gravity’s Rainbow, obra que le habría de valer las mayores alabanzas pero también los mayores desdenes de la crítica. En 1974 esta tercera novela le supuso el National Book Award y la nominación para el premio Pulitzer. El consejo editorial de este premio, sin embargo, decidió retirar la obra del proceso de selección por entender que se trataba de un libro “unreadable, turgid, overwritten and obscene.” Otros pensaron, por el contrario, que estaban ante la gran novela estadounidense del siglo XX y que Pynchon se consolidaba ya como el verdadero padre del postmodernismo narrativo norteamericano. Como veremos en más detalle en los capítulos siguientes, con esta tercera novela el escritor neoyorquino no estaba sino continuando el proyecto de reflexión sobre la historia occidental que había iniciado en V. Tal como se apresuraron a comentar algunos críticos, Gravity’s Rainbow era una especie de V2, donde el reiterado símbolo de la terrible bomba volante alemana servía además para hacer un guiño metaficcional a los seguidores de Thomas Pynchon.
Si la dificultad de su prosa evitó que nuestro escritor adquiriese mayor prestigio entre el público norteamericano, también es cierto que esa misma complejidad actuó de aliciente para gran número de críticos y de lectores iniciados que afrontaron el reto de resolver los grandes enigmas que The Crying of Lot 49 y, en mayor escala, Gravity’s Rainbow imponían para una comprensión totalizadora del universo literario de Thomas Pynchon. Una docena de páginas web, varios clubes de seguidores y una publicación periódica, Pynchon Notes, atestiguan la vigencia que la narrativa pynchoniana sigue teniendo a comienzos del siglo XXI.
Sobre la vida del autor invisible poco más se sabe. 1990 llegó con la publicación de Vineland, otro producto irónico que portaba una nueva y enigmática “V” y donde el escritor nos acercaba ya a la reflexión sobre la Norteamérica de unos años sesenta nostálgicamente contemplados desde la era de Reagan. En esta novela se recuperaba el espacio de California—donde Oedipa Maas tuvo que vivir su aventura de 1966—a la vez que se analizaba en más detalle el componente hispano y se ahondaba en perspectivas mágicas de aparente inspiración nativa y sudamericana. Con ella Pynchon completaba, en mi interpretación, su reflexión histórico-literaria sobre los últimos cien años de la civilización occidental y, en particular, norteamericana: en términos narratológicos, podemos decir que el tiempo de la historia que comenzó en V. alcanzaba al tiempo del irónico narrador contemporáneo cuya voz nos guió por la novelística pynchoniana hasta 1990.
1997 sorprendió a los seguidores de Pynchon con la publicación de otra extensa obra, Mason & Dixon, novela que recupera la magnitud caleidoscópica de Gravity’s Rainbow, sin llegar a su complejidad. En esta ocasión, el nuevo libro ofrece una extensa reflexión sobre la época que precedió al nacimiento de la nación estadounidense. Antes de la decadencia de fin de siglo, del modernismo, las guerras mundiales y el postmodernismo, existió la Ilustración, y un Pynchon paródico, satírico y foucaultiano decidió convertirse en arqueólogo cultural de una época donde ya adivina el conflicto latente que llevará al país a una guerra civil muchos años más tarde.
Cuando se publicó su quinta novela, las leyendas de Internet ya situaban a Thomas Pynchon en Nueva York, con una esposa que es agente literaria y un hijo adolescente en cuya compañía fue fotografiado—sin su permiso, por supuesto—poco antes de la entrada en el tercer milenio.
Como ocurre en sus novelas, la historia de su vida y la de los seres humanos en general nunca acaba, sino que vuelve sobre sí misma, como en el círculo mítico. En su comienzo están los cuentos, su recopilación en Slow Learner y las primeras tentativas en el terreno de lo intertextual y a su análisis se dedican las páginas que siguen, como introducción a lo que será el gran proyecto histórico-literario que se inicia en la primera novela.
Tal como nos resume la página web del ficticio San Narciso Community College, en la narrativa pynchoniana se puede rastrear el influjo de innumerables autores, desde Nabokov o Faulkner a las novelas de espías o de detectives, pero en su principio está, de manera casi obsesiva, la tierra desolada de T. S. Eliot, un autor al que nuestro novelista ciertamente menciona en la Introducción de Slow Learner y en algún otro sitio más (Weisenburger 1990) pero a cuya influencia buena parte de la crítica sigue sin prestar aún la importancia debida. Además, la Introducción a este volumen de cuentos que el escritor decidió editar en 1984 es un documento de gran interés porque en él Pynchon se refiere de manera clara y sostenida a su propio acto de escribir, a las reflexiones que le produce la relectura de sus antiguos cuentos y a algunos de sus más célebres motivos literarios. La ironía que caracteriza toda su obra es aquí un arma que se concentra sobre su propia persona en el pasado en que escribió los cuentos. Refiriéndose al primero de ellos, “The Small Rain,” el autor se centra ya en lo que cree que fue el mayor error literario del comienzo de su carrera:
Most of what I dislike about my writing is present here in embryo, as well as in more advanced forms. I failed to recognize, just for openers, that the main character’s problem was real and interesting enough to generate a story on its own. Apparently I felt I had to put on a whole extra overlay of rain images and references to “The Waste Land” […] I was operating on the motto “Make it literary.” (1984: 6)
Más adelante en esta Introducción confesará que solamente con su último cuento, “The Secret Integration,” se siente realmente satisfecho porque en él ha podido acallar el componente literario (intertextual) para comenzar finalmente a escuchar las voces norteamericanas existentes a su alrededor. Esta tensión entre una supuesta originalidad y el bagaje literario a la hora de abordar la creación narrativa no hace, sin embargo, más que reproducir esa conocida ansiedad eliotiana sobre el influjo que la historia literaria tiene sobre el poeta y la necesidad de que éste se inscriba al final de la línea de la tradición. Por si fuera poco, el Pynchon que escribe la introducción a su colección de cuentos en 1984 vuelve al final de ésta a ironizar sobre otra opinión literaria que tiene su raíz en el mismo lugar:
Displacing my personal experience off into other environments went back at least as far as “The Small Rain.” Part of this was an unkind impatience with fiction I felt then to be “too autobiographical.” Somewhere I had come up with the notion that one’s personal life had nothing to do with fiction, when the truth, as everyone knows, is nearly the direct opposite. (1984: 23)
Ese “somewhere” donde nuestro autor comenzó a pensar que el arte literario debe ser algo impersonal podría muy bien ser, de nuevo, un texto de Eliot; su célebre “Tradition and the Individual Talent” (1919) incorpora precisamente el estudio de la tensión que existe entre el poeta y la tradición literaria y entre su vida y lo que Eliot opina que debe ser el objeto de la poesía. Su paradójico “The emotion of art is impersonal” es un postulado al que el poeta y crítico llega tras una serie de razonamientos cuyas tensiones internas son más que evidentes:
[F]or my meaning is, that the poet has, not a “personality” to express, but a particular medium, which is only a medium and not a personality, in which impressions and experiences combine in peculiar and unexpected ways. Impressions and experiences which are important for the man may take no place in the poetry, and those which become important in the poetry may play quite a negligible part in the man, the personality. (28)
Tras haber afirmado que la emoción del arte es impersonal, Eliot concluye su ensayo señalando que para alcanzar dicho estadio el poeta debe vivir “not merely the present, but the present moment of the past” y debe ser consciente “not of what is dead, but of what is already living” (30). Tradición literaria e impersonalidad artística quedan así unidas en una peculiar relación que Pynchon parece rechazar en su poética de 1984, al menos para su obra posterior a 1963. Hasta entonces, e incluyendo su primera novela, lo “literario” o intertextual iría de la mano de ese aparente rechazo a incluir elementos autobiográficos en su narrativa. Sin embargo, como él mismo ironiza en su Introducción a Slow Learner, la verdad “is nearly the direct opposite”: después de Freud ya creemos, pace Eliot, que el artista no puede desarrollar nunca obras impersonales, ni siquiera aunque lo parezcan. Y, en efecto, el análisis más detallado de las primeras historias presentes en la colección de cuentos nos permite percatarnos de cómo una serie de motivos claramente ligados a la ideología del autor pasan de unas historias a otras en medio de un contexto todavía típicamente modernista, decadente y eliotiano. Estos motivos están relacionados no solamente con elementos intertextuales, “préstamos” que Pynchon recogió, con seguridad muy conscientemente, de sus escritores favoritos. Desde los cuentos compilados en Slow Learner ya se adivinan otros motivos que continuarán vigentes a lo largo de toda la trayectoria literaria del escritor, motivos siempre conectados a la idea de la dualidad y la bifurcación: los pares de opuestos, parece ya intuir el joven Pynchon, están tan enraizados en la manera en que los occidentales entendemos la vida y en nuestros propios usos lingüísticos que, aunque a veces no deseados, son inevitables a la hora de interpretar la realidad.
La primera de las narraciones del volumen de cuentos, “The Small Rain,” presenta desde su mismo título una impronta eliotiana que se verá complementada con algunos de los motivos más típicamente pynchonianos. Característico del escritor será, en su obra posterior, la sistemática utilización de una voz narrativa aparentemente heterodiegética—es decir, que no interviene como personaje en la historia que relata—pero que se irá cargando de ironía, haciéndonos dudar también de la validez de su postura omnisciente. El narrador de este primer relato no ha alcanzado aún ese grado mataficcional que socava la credibilidad de la historia pero sí percibe la vida como un espacio categórico donde, a pesar de su disgusto, es imposible escapar de las jerarquías. En su caso, y siendo la historia que relata sobre un grupo de militares que tienen que intervenir como equipo de socorro ante una catástrofe natural, la primera gran dualidad se establece entre los oficiales y el personal de tropa. El protagonista del relato, Levine, es un judío norteamericano que ya anticipa la figura del schlemihl a la que darán vida personajes como Benny Profane en V. o como Slothrop en Gravity’s Rainbow. A pesar de tener una educación universitaria y de que podría tener acceso a la condición de oficial, Levine prefiere que le dejen en paz; su política consiste en intentar pasar desapercibido y en “camuflarse con el terreno,” una peculiaridad que le incluye ya en el gran motivo pynchoniano, heredado de T. S. Eliot y de Henry Adams, del ser animado que pierde progresivamente su humanidad.
El sitio en que Levine se encuentra destacado es Fort Roach, cómico nombre con el que asimismo se inaugura la obsesión pynchoniana con los residuos, la basura y los marginados del mundo. En ese destacamento militar que, como la cucaracha, depreda sobre la “basura” humana que allí ha ido a parar, Levine “had quietly and unobtrusively gone native” (28), se había convertido en un straw man, en un ente existencialmente entrópico que necesitará de una catástrofe para reaccionar y salir, aun pasajeramente, de su letargo. O, como lo define uno de sus propios compañeros, “He doesn’t want to work and therefore he is afraid to let down roots. He is a seed that casts himself on stony places, with no deepness of earth” (39): los ecos de los primeros versos de The Waste Land en este retrato del protagonista son tan claros que no precisan de más comentario. El escritor no ofrece muchas posibilidades a su protagonista, sin embargo, para escapar de su decadente condición moderna. Su grupo de especialistas en comunicaciones tiene que ir a restablecer la línea telefónica a un pueblo que ha sufrido los efectos de unas devastadoras lluvias torrenciales. El fallo de comunicación que, como ser humano, Levine tiene con su entorno encuentra así un irónico comentario en la tarea que le han ordenado ejecutar. Pero lo que espera al grupo de soldados cuando llegan a su destino es la desolación casi total, un paisaje materialmente devastado por unas aguas que, lejos de traer la ansiada fertilidad a la tierra, la han destruido y, con ella, a sus habitantes. Es aquí, ante el espectro de la muerte y en medio de un abrumador sentido de decadencia, donde únicamente se puede romper la línea jerárquica que divide a oficiales y tropa:
The smell of decay hung in the air, like vermouth, it seemed to Levine, after you’d been drinking all night. The death detail worked precisely, efficiently, like an assembly line. Every once in a while one of the offloaders would turn aside to vomit, but the work flowed on smoothly […] Despite its machine-like efficiency the operation had a certain air of informality: hardly anyone wore hats, a colonel or a major would stop to chat with the corpsmen. “Like combat,” the Sergeant said. “All the rules are out. Hell, who needs ‘em, anyway.” (44)
Y misión de Levine será observar cómo se traspasan algunos de los otros límites existentes en el pueblo. En el lugar ha estado operando una tradicional división entre sus habitantes y los estudiantes de un cercano centro universitario. Las lluvias han ratificado tal separación al descargar su poder sólo sobre el pueblo, respetando sin embargo la universidad, en donde no ha habido víctimas ni daños importantes. Ello hace que la frontera social se difumine cuando un grupo de chicas universitarias decide convertirse en benefactor de víctimas y soldados repartiendo comida y café a unos y a otros. Esta labor cargada de tintes discriminatorios y sexistas hay que entenderla también en el contexto de otra de las influencias literarias que el mismo Pynchon señala en su Introducción a Slow Learner, el Hemingway de A Farewell to Arms (6), y permite además que Levine insista en otro motivo eliotiano compartido por el norteamericano. El soldado intima con una de las chicas con la que finalmente tiene una experiencia sexual que le permite elaborar un comentario enraizado en la historia literaria sobre el amor y la muerte:
Around them frogs intoned a savage chorus, gradually it seemed to them—…—working itself into a pedal bass for a virtuoso duet of small breathings, cries; he puffing occasionally at the cigar throughout the performance, the ball cap tilted carelessly, she evoking a casually protective feeling, a never totally violated Pasiphae; until at last, having subsided, assailed still by stupid frog cries they lay not touching. “In the midst of great death,” Levine said, “the little death.” (50)
Si amar es morir un poco y si amor y muerte han sido elementos tradicionalmente vinculados en las historias de la literatura y de la filosofía, Eliot y otros modernistas, imbuidos por ese sentido de decadencia y degradación que pervivía desde finales del siglo XIX, desarrollaron una abundante simbología mítica extraída de los terrenos de la antropología y del psicoanálisis—de Frazer, Weston, Freud o Jung, por citar los nombres más conocidos. El suyo fue un intento por sacar la cultura de un período supuestamente decadente y, en este sentido, cabe interpretar The Waste Land también como un espacio textual donde se aventuran las razones que motivaron la decadencia de la cultura occidental a la vez que se demanda, por medio de símbolos míticos, la deseada regeneración. Ratas, basura, ríos sucios o unos episodios sexuales que no fructificaban en nada son algunos de los elementos más abundantes que utiliza Eliot para presentar simbólicamente la estéril condición de la civilización contemporánea. Mujeres como la chica de los jacintos, la dama a la que su interlocutor no responde al comienzo de la segunda parte del poema, la mujer que es objeto de críticas en la conversación en el pub o la secretaria que tiene una rápida experiencia sexual, carente de todo sentimiento amoroso, en la tercera parte, son todos ejemplos de que, al menos para Eliot, solamente el sexo no conduce a la regeneración ni a un nuevo ciclo de la vida. Levine, momentáneamente transportado a una nueva tierra baldía, esta vez irónicamente desolada por los efectos de la lluvia, podría haber sido perfectamente el fugaz amante de la secretaria del poema de Eliot: las condiciones y los elementos cómicos utilizados son similares. No sorprende, por tanto, que tras su relación sexual en medio de tanta desolación, los amantes se despidan con pocas palabras. Levine se marcha al día siguiente para comenzar a disfrutar de un permiso y, una vez más, el exceso de simbolismo refleja tanto la inexperiencia como el apego del escritor a la visión eliotiana: “He watched the windshield wipers pushing the rain away, listened to the rain slashing on the roof. After a while he fell asleep” (51).
La decadencia, con su idea asociada de la muerte, la lluvia y el sexo seguirán reiterándose en la narrativa posterior de Pynchon, con el sueño como factor complementario de sus construcciones simbólicas, donde será fácil también seguir encontrando a los hollow men, judíos o gentiles, de carácter errático y casi vacíos de sentimientos. La segunda narración de Slow Learner es “Low-lands,” publicada ya al comienzo de la década de los sesenta y representativa de algunos de los motivos que habrían de ser más reiterados en las posteriores novelas pynchonianas. El protagonista es en esta ocasión Dennis Flange pero podría haber sido la misteriosa voz masculina que Eliot presenta en la primera de las dos escenas sobre relaciones de pareja que ocupan la segunda parte de su conocido poema sobre la decadencia cultural de comienzos del siglo XX. Dennis no se habitúa a la cómoda manera de vivir de los norteamericanos de la clase media del momento: vive con su esposa en una casa junto al mar, en Long Island, pero no es feliz, sus relaciones de pareja no son satisfactorias y se presagia una pronta ruptura conyugal. La historia, narrada de nuevo por una voz heterodiegética, tiene visos de querer desarrollar un análisis freudiano del protagonista, cuya casa simboliza sus problemas interiores y anticipa el escape hacia el mundo onírico de la segunda parte del relato:
[T]he house rose in a big mossy tumulus out of the earth, its color that of one of the shaggier prehistoric beasts. Inside were priest-holes and concealed passageways and oddly angled rooms; and in the cellar, leading from the rumpus room, innumerable tunnels, which writhed away radically like the tentacles of a spastic octopus into dead ends, storm drains, abandoned sewers and occasionally a secret wine cellar. (54)
Si Freud e incluso Poe se adivinan como las grandes fuentes detrás de este fragmento, el padre del psicoanálisis le gana la partida al segundo autor cuando leemos un poco más adelante en el relato que es en esta casa donde el matrimonio ha desarrollado su vida en común hasta el momento pero que Dennis ha acabado sintiendo una extraña unión con la casa “by an umbilical cord” (55). El protagonista incluso simboliza la casa como el útero en el que se refugia de sus relaciones conyugales y el narrador lo define como “mole within a burrow.” Todo ello permite a Pynchon introducir una de las figuras más ironizadas en su producción narrativa: la del psicoanalista loco que, como es aquí el caso de Geronimo Diaz, no hace sino sacar el dinero a sus pacientes sin que éstos experimenten mejora alguna. En palabras del narrador, Dennis no aprendía nada en sus sesiones con Diaz porque Freud había sido “mother’s milk” para su generación (55). Pero si con “Low-lands” Pynchon recoge el impacto de las teorías freudianas en el tratamiento que muchos autores norteamericanos de la postguerra hacen de sus personajes, su relato comienza a ir ya un poco más allá al presentarnos una realidad que, lejos de ser reducida solamente a símbolos freudianos, se atisba como un ente perceptible en términos científicos. Así se nos anuncia que, en medio de sus sesiones con el protagonista, Diaz pasa el tiempo “reading aloud to himself out of random-number tables” (56). Lo caótico pudiese muy bien tener un orden escondido; pero es unas páginas más adelante, cuando Dennis recapacita sobre su vida, el momento en que se encuentra el primer párrafo de lo que será el estilo típicamente pynchoniano de describir la realidad en términos geométricos:
[H]e would picture his life as a surface in the process of change, much as the floor of the dump was in transition: from concavity or enclosure to perhaps a flatness like the one he stood in now. What he worried about was any eventual convexity, a shrinking, it might be, of the planet itself to some palpable curvature of whatever he would be standing on, so that he would be left sticking out like a projected radius, unsheltered and reeling across the empty lunes of his tiny sphere. (64)
El suelo sobre el que está Dennis en ese momento es el de un basurero, lugar al que le han traído, en compañía de Pig Bodine, los efectos de la última riña con su mujer. Con ello, los que serán importantes motivos pynchonianos comienzan ya a acumularse en el relato: Dennis fue un oficial de comunicaciones cuando sirvió en la Marina aunque, irónicamente, ha roto toda comunicación con su mujer; sus ansias de vuelta al útero materno se simbolizan tanto en la casa en que vive, como ya hemos visto, como en el mar, a cuya superficie aparentemente plana él mismo denomina “Low-lands” y simboliza como un “gray or glaucous desert, a waste land which stretches away to the horizon” (63); esta simbolización que efectúa de la realidad le conduce finalmente al basurero, al detritus que ya considerábamos en el relato anterior, esto es, a un plano oculto o ignorado de la realidad del sueño norteamericano de la abundancia y en el que progresivamente Pynchon incorporará todo lo que la cultura occidental ha conducido a los márgenes del discurso ideológico. Y, por fin, el protagonista inmaduro que desea volver al seno materno encuentra una vía de escape que, sin embargo, llega tan sólo a través del sueño. Las últimas páginas del relato sirven para difuminar los límites entre la realidad vivida y la realidad soñada por el protagonista: una vez que se echa a dormir en compañía de Pig Bodine y del vigilante del basurero en la cabaña que éste tiene en el centro del mismo, el narrador nos informa que es incierto el tiempo que estuvo durmiendo (70). Cuando Dennis supuestamente despierta, escucha la voz de una joven que le invita a abandonar la cabaña y a seguirla por un laberinto oculto bajo la basura: en términos jungianos podríamos concluir que el episodio supone la invitación del anima a solucionar los problemas que el protagonista tiene con el otro género, si bien Pynchon complica más lo que podría haber sido una simbología heredada del modernismo con la inclusión de un elemento racial: la chica resulta ser una gitana que vive con un grupo de esta etnia en el basurero, donde se desarrolla una vida subterránea y oculta, entre los túneles que en los años treinta construyó un grupo terrorista, “the Sons of the Red Apocalypse,” anticipatorio de la importancia que en The Crying of Lot 49 tendrá el libro de San Juan a la vez que irónico comentario sobre la persecución política a que la izquierda norteamericana ha sido tradicionalmente sometida. De esta manera, en un contexto de expresionismo onírico, la incertidumbre narrativa comienza a vincularse con el componente de la marginación, de la cara oculta del sueño norteamericano.
La incertidumbre ontológica de “Low-lands” no termina sin que el autor insista en uno de sus motivos más misteriosos, también aquí relacionado con la decadencia y con el retrato que Eliot hizo de la cultura occidental. Al comienzo del texto existe una referencia al sexto concierto de violín de Vivaldi, una de las piezas musicales preferidas por un basurero amigo de Dennis, referencia que probablemente hará ya recapacitar a los lectores que conozcan otras obras de Pynchon sobre la posible elección simbólica de la repetida letra “v.” Tal posibilidad adquiere mayor fuerza cuando, a la repetición del nombre de Vivaldi, se suma el nombre de la “Madame Sosostris” que también existe en esta narración pynchoniana: la profetisa que leyó la fortuna a la gitanilla—pronosticando que conocería a un anglo, Dennis, con el que se casaría—se llama Violetta (74). En la primera novela de Pynchon, como es bien sabido, existen muchas uves; una de ellas es la de Victoria, no sólo una de las protagonistas femeninas—Victoria Wren—sino también el nombre de una rata que vivía en las alcantarillas de Nueva York. Anticipando la importancia de dicha rata y evocando probablemente la imagen de esos roedores que infectan las orillas del sucio Támesis en The Waste Land, Pynchon ofrece casi al final de “Low-lands” una escena que reinterpreta la simbología del texto de Eliot a la vez que anticipa su primera novela: Dennis descubre que en la cama de la joven gitana hay una rata, “Her name is Hyacinth,” le dice la joven y, cuando poco más tarde la coge para acariciarla, Dennis piensa: “She looks like a child […] And the rat like her own child” (74). La chica de los jacintos eliotiana ha experimentado ciertamente una gran metamorfosis. La parodia, en los términos propuestos por Hutcheon (1988), nos permite atisbar ya un espíritu postmodernista en esta temprana narración: cuando las flores de la fertilidad que no bastaron para propiciar el diálogo de la chica de Eliot se sustituyen por una rata (y ello ocurre en el contexto de un laberíntico basurero acaso soñado por el protagonista del relato), la interpretación textual se torna muy difícil. Los límites entre lo real y lo soñado, lo consciente y lo inconsciente empiezan ya a ser muy problemáticos pues los segundos elementos de cada una de estas dos dualidades afectan profundamente a los primeros de ellos. La profusa reutilización que Pynchon hace de la simbología heredada del modernismo ayuda a complicar más la lectura del texto: éste no es simplemente, como Pynchon parece indicar en la Introducción del volumen (12), una reflexión sobre el carácter infantil de muchos norteamericanos que no han sido capaces de madurar. Por el contrario, en “Low-lands” se perfila ya una realidad más compleja, de límites difusos, donde las dualidades antagónicas encuentran puntos de unión, como ese vértice donde se unen las dos líneas que forman la letra “v.”
Es en “Entropy,” el tercer relato de la colección, donde la realidad se presenta ya de manera clara como un proceso donde imperan perspectivas elaboradas a partir de pares de opuestos. Tras esta narrativa se esconde la influencia tanto del estilo como del proyecto cultural de una gran personalidad norteamericana de comienzos de siglo, el historiador Henry Adams. El célebre intelectual fue conocido en su tiempo por ser el primero en defender la necesidad de una interpretación dinámica de la historia, que desarrolla en los capítulos XXXIII y XXXIV de la autobiográfica The Education of Henry Adams (1907, 1931). Uno de los protagonistas de “Entropy,” Callisto, es una clara parodia1 de Adams tanto en su estilo—con su peculiar manera de referirse a sí mismo en la tercera persona—como en su obsesión por imponer un orden en un universo aparentemente caótico en el que las fuerzas se disipan hacia un estado de enfriamiento entrópico total.
El relato de Pynchon—escrito, según él mismo confiesa, a finales de los años cincuenta—es una anticipación condensada tanto de la estructura bipolar como de los motivos más recurrentes de su primera novela: la entropía, la relación entre la Virgen y la dinamo (otro tema sacado de la Education de Adams), la aristotélica Ley del medio excluido y la percepción de la progresión hacia un sujeto posthumano (siguiendo postulados tanto de Adams como de Norbert Wiener) son todos motivos que apuntalan la gran estructura simbólica de V. y que se repetirán en la novelística posterior de Pynchon, de ahí que me refiera con más detalle a ellos en el análisis que desarrollo en el capítulo siguiente de este estudio. Tanto “Entropy” como el relato siguiente de la colección, “Under the Rose,” son claros antecedentes de V. y, a su vez, del gran proyecto de Pynchon para analizar la historia de la civilización occidental desde el fin de siglo pero en el cuento que ahora nos ocupa los motivos a los que acabo de referirme están todavía gestándose, con excepción de la entropía que da nombre al relato mismo. Sobre el conocimiento de la tan mentada ley de la termodinámica es el mismo autor en la Introducción quien se resta mérito alegando que su relato es un ejemplo de “a procedural error beginning writers are always cautioned against. It is simply wrong to begin with a theme, symbol or other abstract unifying agent, and then try to force characters and events to conform to it” (14). El escritor confiesa a continuación cuáles son las fuentes de las que ha bebido para organizar su historia en torno al tema de la entropía: la ya señalada The Education of Henry Adams y el libro de Norbert Wiener The Human Use of Human Beings, volúmenes ambos que nos orientan sobre la naturaleza que va a seguir el proyecto literario de Pynchon. Ambos textos, aunque un poco distantes temporalmente, están íntimamente relacionados con la condición caótica de la realidad. Si la autobiografía de Adams es más una seria reflexión sobre el caos del mundo y la propagación de la energía a lo largo de la historia, el volumen de Wiener es un texto para lectores profanos sobre planteamientos que se refieren a las primeras revoluciones científicas del siglo XX (relatividad, cuántica), a los estudios sobre probabilidad de Gibbs y Boltzman (con inclusión de la teoría de la muerte entrópica del universo), a la incipiente teoría de la información y a los fundamentos de la cibernética, es decir, de la creación de inteligencia artificial.
La Introducción de Slow Learner ofrece, sin embargo, una importante pista sobre la metaforización pynchoniana del concepto de la entropía cuando el escritor, tras comentar que cada vez entiende peor el concepto termodinámico, señala que tiende a conectarlo con el tiempo, “that human one-way time we’re all stuck with locally here, and which terminates, it is said, in death” (17). La conexión de la entropía con la muerte es inevitable y a ello dedicará Thomas Pynchon muchas páginas de sus novelas. El término en sí ha servido, desde la narración pynchoniana, para popularizar la segunda ley de la termodinámica en el contexto de la cultura contemporánea. Aunque algunos científicos se habían acercado a esta noción con anterioridad, fue el alemán Rudolph Clausius quien le dio su nombre en 1865 para referirse—tal como Pynchon también resume en su relato—a la cantidad de energía que en un sistema cerrado se disipa, sin poder por ello ser empleada con fines útiles. Esta Segunda ley de la termodinámica vino a suponer una contradicción de la primera ley que, mucho más optimista, anunciaba que la energía no puede crearse ni destruirse sino solamente transformarse, abriendo así la puerta a una explicación científica para el concepto de eternidad. La ley de Clausius, sin embargo, puso fin a tal confianza y contribuyó al desolador panorama de decadencia cultural que caracterizó las últimas décadas del siglo XIX.
Los años cincuenta, en los que nuestro novelista comienza a gestar su carrera literaria son, como se sabe, también los de la Guerra Fría y la paranoia atómica; no sorprende, por consiguiente, que la visión de una destrucción apocalíptica del universo estuviese a la orden del día, y que científicos como Wiener o Gibbs la corroborasen. El apocalipsis, religioso o no, será también otro de los motivos favoritos del creativo Pynchon.
A pesar del pesimismo que la noción de entropía incorporaba a la interpretación de la realidad, refiriéndose a su propio relato el escritor señala que un científico como Clerk Maxwell utilizó el concepto en sentido inverso al que pretendía su creador Rudolph Clausius. En esta segunda interpretación la entropía significaría la cantidad de energía apta para ser utilizada (16), con lo que Pynchon anticipa además el uso que hará de las teorías de este histórico científico escocés en The Crying of Lot 49.
En el famoso capítulo XXV de su Education, titulado “The Dynamo and the Virgin,” Adams interpretaba el amor religioso por la Virgen como una fuerza capaz de levantar catedrales, y la situaba en su interpretación de la Historia como un estadio energético que precedió al poder de la electricidad y las dinamos en el siglo XIX. En “Entropy,” un profano vividor reinterpreta paródicamente la fuerza del amor en términos que, siendo más modernos, nos llevan a otro concepto de la entropía más útil para nuestro análisis estilístico:
Tell a girl: “I love you.” No trouble with two-thirds of that, it’s a closed circuit. Just you and she. But that nasty four-letter word in the middle, that’s the one you have to look out for. Ambiguity. Redundance. Irrelevance, even. Leakage. All this is noise. Noise screws up your signal, makes for disorganization in the circuit. (87)
El festivo Saul está reinterpretando en esta cita la entropía termodinámica desde la perspectiva de la teoría de la información, una posibilidad que Pynchon explorará más detalladamente en su segunda novela—al adentrarse en las teorías de Maxwell—pero que aquí ya anticipa el gusto del escritor por introducir tal cantidad de información en sus textos que los lectores o bien acaban por saturarse ante tanto “ruido” en la comunicación o bien se esfuerzan por encontrar nuevos mensajes comunicativos en medio del supuesto caos textual. El relato es, en sí mismo, de complicada comprensión, sobre todo por el uso que el autor hace de sus conocimientos científicos, pero a lo largo de sus páginas podemos reconocer algunos de los motivos ya más genuinamente pynchonianos que nos ayudarán a analizar el trasfondo ideológico de su literatura.
El primer rasgo estilísticamente destacable de “Entropy” lo constituye un sutil cambio en el tono de la voz narrativa con respecto a los dos relatos anteriores. En el comienzo la trama se sitúa en el piso de Meat Mulligan, un personaje que, con sus amigos, podría encajar en el fenómeno beatnik de finales de los cincuenta. Sexo, drogas y rock-an’-roll están a la orden del día entre los miembros de esta cuadrilla. La fiesta de la que disfrutan dura ya más de cuarenta horas. El narrador los describe de la siguiente manera: “They all wore hornrimmed sunglasses and rapt expressions, and smoked funny-looking cigarettes which contained not, as you might expect, tobacco, but an adulterated form of cannabis sativa” (77). El uso de “as you might expect” introduce, por supuesto, un componente de familiaridad con un narratario no definido, que podría ser cualquiera y que nos induce a pensar sobre la personalidad de ese narrador y sobre las circunstancias en que está narrando la historia: ¿Se la está contando a unos amigos?¿O trata, más bien, de ser un “tipo enrollado” con los lectores del relato? Esta segunda posibilidad tiene más visos de ser la acertada si la contrastamos con otras obras de Pynchon y con la misma voz narrativa que encontramos en la Introducción de Slow Learner. En todo caso, esta voz narrativa desinhibida de la que tanto habrá de gustar Pynchon se irá cargando de comicidad e ironía a lo largo de sus textos posteriores a la vez que irá sumiendo a los lectores en un continuado proceso de incertidumbre sobre cuál es su verdadero carácter: ¿es un ser omnisciente o por el contrario una mente de gran imaginación que se está literalmente “inventando” la historia en el proceso de relatarla? Los guiños metaficcionales de este peculiar narrador se irán acentuando con el paso del tiempo; en “Entropy” este ser narrativo parece estar en la onda de Mulligan y sus amigos, hipsters y beatniks que anuncian ya el poder reformador que la contracultura tendrá en la Norteamérica de los años sesenta.
Pero si hay un rasgo claramente destacable, a la vez que genuino, del autor en “Entropy” es, sin duda, la importancia que ya confiere estructuralmente a la dualidad. La historia alterna episodios que suceden en dos apartamentos de un mismo edificio: por un lado, la vivienda de Mulligan donde se está celebrando esa fiesta aparentemente interminable y donde todo es confusión, borrachera, música y caos; por otro, el piso de Callisto, un paródico doble de Henry Adams, como comentaba más arriba; en esta segunda vivienda todo trata de mantenerse en orden por medio de un continuo estado de aislamiento del mundo exterior, mundo que el protagonista adivina atrapado en un irremisible proceso entrópico. Con Callisto vive Aubade, cuyo musical nombre evoca ya la estructura de fuga que la narración oculta (Pérez-Llantada 1991) y con la que trata de mantener “a tiny enclave of regularity in the city’s chaos, alien to the vagaries of the weather, of national politics, of any civil disorder” (79-80). Durante varios días la temperatura exterior se ha mantenido en 37º Fahrenheit, casi rozando el cero Celsius—37º que en este segundo sistema constituye la temperatura aproximada del cuerpo humano (Pynchon 1984: 15)—y Callisto, como Adams, teme la muerte entrópica. Entretanto, en medio del caos del otro apartamento, Saul le comenta a Mulligan los problemas de comunicación que tiene con su mujer, una conversación que descubre el que será uno de los grandes temas de la novelística de Pynchon y, una vez más, el influjo del trabajo de Norbert Wiener sobre su interpretación de la realidad:
“Miriam has been reading science fiction again. That and Scientific American. It seems she is, as we say, bugged at this idea of computers acting like people. I made the mistake of saying you can just as well turn that around, and talk about human behavior like a program fed into an IBM machine.” “Why not,” Meatball said. (86)
Pero si Wiener fue uno de los grandes genios de la cibernética, no podemos olvidar, al analizar estos planteamientos utilizados por Pynchon en su relato, que para Adams la Virgen—y Venus antes que ella—representaba también un poder energético que se asociaría, con el transcurrir de los siglos, a la fuerza de la dinamo: los límites entre lo espiritual y lo físico desaparecen en su concepción de la vida como flujo de energías; la fuerza de la mujer se transmuta así en el poder de las máquinas, en un proceso que, tras la obra de Wiener y los avances en el campo de la inteligencia artificial, la crítica contemporánea denominará “posthumanidad” (Hayles 1999). Y es precisamente la energía femenina, en la persona de Aubade, la que pondrá fin a la obsesión de Callisto rompiendo el cristal de una ventana y abriendo así el “sistema cerrado” de su apartamento al mundo exterior. Antes de que ello ocurra, sin embargo, “Entropy” nos ha descubierto uno de los motivos pynchonianos ideológicamente más potentes: si la narración se desarrolla a partir de la dualidad representada por el caótico Mulligan y el ordenado Callisto, la muerte de un pajarillo en las manos de éste desencadena la acción de Aubade para romper su supuesto orden. Pero ya antes el caótico Mulligan ha tenido que adoptar una solución similar aunque en sentido inverso:
The way he figured, there were only about two ways he could cope: (a) lock himself in the closet and maybe eventually they would all go away, or (b) try to calm everybody down, one by one. (a) was certainly the most attractive alternative. But then he started thinking about that closet. It was dark and stuffy and he would be alone. He did not feature being alone. And then this crew off the good ship Lollipop or whatever it was might take it upon themselves to kick down the closet door, for a lark ... So he decided to try and keep his leasebreaking party from deteriorating into total chaos ... (92-93)
Mulligan ha sido irónicamente forzado por su autor a elegir orden sobre caos. Ello se ha realizado a partir de un proceso mental de selección presentado de acuerdo con los imperativos que emanan de la aristotélica Ley del medio excluido (Collado 1999a). Pero la elección por Mulligan de la segunda alternativa, es decir, su intento de poner orden—que finalmente consigue llevar a cabo—introduce además y paradójicamente la posibilidad de que los opuestos—en este caso los caracteres de Mulligan y Callisto—puedan llegar a integrarse derribando las fronteras que los separan. El motivo de la reconciliación de opuestos, como veremos más adelante, será una de las herramientas más poderosas de la crítica social del autor invisible.
Con “Under the Rose” Pynchon retoma uno de sus temas favoritos desde el principio de su actividad como autor creativo: la intertextualidad o el “préstamo literario.” Anticipándose a las posibles críticas de lectores enraizados en la tradición realista y burguesa, Pynchon ironiza en la Introducción a su colección de cuentos: “Fascinating topic. Literary theft. As in the penal code, there are degrees. These range from plagiarism down to only being derivative, but all are forms of wrong procedure. If, on the other hand, you believe that nothing is original and that all writers ‘borrow’ from ‘sources,’ there still remains the question of credit lines or acknowledgements” (19). Su comentario, como no podía ser de otro modo para mantener al lector indeciso, es ambiguo ¿Cuál es su postura al respecto? ¿Existe la originalidad en literatura? Su obra parece manifestar lo contrario pues, como veremos, se irá saturando progresivamente de “préstamos literarios” y de elementos paródicos, hasta llegar a difuminar las fronteras entre literatura y realidad, texto y vida. Si en los relatos anteriores nos hemos podido percatar de algunas de sus fuentes literarias más evidentes, como Eliot, Adams o los beatniks, en su Introducción a “Under the Rose” el escritor se apresura a señalar varias de sus fuentes literarias más importantes, empezando por la guía turística de Egipto de Karl Baedeker (edición de 1899), a la que incluso su narrador nombra en medio del relato, como guiño metaficcional dirigido a los lectores (109). Más adelante en la Introducción de la colección, Pynchon se refiere también al más que evidente influjo que las novelas de espías han tenido sobre el relato, especialmente los libros de John Buchan, el autor del célebre The Thirty-nine Steps. Con ello podemos constatar, una vez más, la importancia que los géneros más populares han ejercido siempre en la producción de nuestro escritor. Éste señala también la impronta de El Príncipe de Maquiavelo en el desarrollo de sus personajes y además confiesa el “préstamo” del nombre del protagonista Porpentine del primer acto de Hamlet. El hecho de que la persecución comience a ser ya un motivo llamativo en su narrativa le lleva a afirmar su gusto por los dibujos animados del Correcaminos, concluyendo el paseo por sus fuentes artísticas con una mención al surrealismo, cuyos efectos creo que podemos ya atisbar en la historia anterior, “Low-lands,” aunque Pynchon no lo reconozca hasta ahora en su Introducción. Existe, por supuesto, mucho que el escritor deja en su tintero en sus comentarios sobre este relato y creo que hay al menos un elemento que es necesario destacar: en la narrativa existen dos protagonistas, agentes del Foreign Office británico, cuya incierta misión consiste en observar y analizar las tensiones políticas que están operando en el norte de África hacia finales del siglo XIX, en medio de la histórica crisis de Fashoda. Dicha crisis, motivada por cuestiones coloniales, estuvo a punto de llevar a la guerra a Gran Bretaña contra Francia. Los eventos históricos que se mencionan en “Under the Rose” están efectivamente documentados en la guía de Baedeker pero la complementariedad de los espías protagonistas es un rasgo ya típicamente pynchoniano que comienza a horadar la categórica división de roles antitéticos que vimos en el relato anterior: los agentes británicos Porcupine y Goodfellow podrían ser reflejos de Laurel y Hardy, sus persecuciones y huidas anticipan ya los efectos de la norteamericana slap-stick comedy en la narrativa pynchoniana y señalan, además, la importancia que la complementariedad va a tener como gran motivo en la narrativa posterior, un motivo que conduce hasta los mismos personajes de Mason y Dixon.
“Under the Rose” se abre con una voz narrativa caracterizada por el amplio uso del estilo indirecto libre. El narrador presenta la historia principalmente a partir de la focalización de Porpentine y ello hace que se confundan abundantemente el tiempo de la narración con el momento en que el protagonista vive los acontecimientos. Este uso no es, por supuesto, nada innovador en la historia de la novela; es una estrategia que pretende crear en los lectores una impresión de acercamiento a la trama y a los protagonistas y que se corresponde con la conocida calificación jamesiana del center of consciousness; pero sí es destacable que sea en este relato cuando Pynchon comienza a hacer un uso más notorio de esta estrategia estilística. Los dos protagonistas son, al fin y al cabo, espías y a su continuo movimiento de un sitio para otro hay que unir ahora que su campo de trabajo es más intelectual que el de los drifters pynchonianos anteriores: especialmente Porpentine, el jefe del dúo, debe plantearse dudas continuamente sobre la situación política de la que él es, también en parte, instigador. El tiempo en que sucede la historia nos sitúa ya en el período de arranque del proyecto del escritor: el decadente final del siglo XIX, donde la lluvia eliotiana—por su exceso o por su defecto—vuelve a ser uno de los símbolos más reiterados desde el mismo principio de la narración (95). Es en esos momentos cuando, por fin, conoceremos a la primera manifestación de Lady V., en este caso como Victoria Wren, aparentemente una simple turista que visita Egipto con su familia, que posteriormente se dedica a flirtear con Goodfellow y con otro espía del régimen alemán y sobre la que finalmente Porcupine cree descubrir que forma parte de la conspiración germana para precipitar la guerra entre Gran Bretaña y Francia. El espía inglés representa, por supuesto, el espíritu adamsiano de los que tratan de poner orden en medio de una aparente conspiración que conducirá al caos total o apocalipsis y, de hecho, el relato “Under the Rose” se incorporará, con ciertos cambios, a la primera novela de Pynchon, donde las conexiones entre Lady V. y la entrópica atracción hacia un apocalipsis final de la Historia se harán más que evidentes. El mismo título del relato representaría otra referencia oculta tanto al tema del espionaje como a la simbología de la letra uve: para Eddins “under the rose” se refiere a la expresión latina sub rosa, un sintagma “thought by lexicographers to stem from the legend that a rose was used as a bribe to keep the indiscretions of Venus—another aspect of Adams’s Eternal Feminine—from being revealed” (1990: 61).
Si el espía es un descodificador de mensajes ocultos de la misma manera en que el historiador trata de desvelar los hilos que manejan la Historia, esta temática se ve complementada en el relato por otros símbolos que complementan el misterio de Victoria Wren. En el cuento aparece ya una “zona,” espacio de incertidumbre donde se mueven los espías (107) y que anticipa la más conocida zona de Gravity’s Rainbow. Y en esta difusa área de conflictos ideológicos y conversaciones de doble sentido dos elementos más brillan con intensidad: el primer cyborg pynchoniano y el carácter simbólico de la rosa que aparece en el mismo título del cuento. El que será obsesivo tema en V., el paso de la energía espiritual de la Virgen a la inhumana de la máquina, se anticipa ya en las palabras y el cuerpo del agente germano Bongo-Shaftsbury. El perverso personaje pregunta a la hermana pequeña de Victoria si ha visto alguna vez muñecas mecánicas: “But have you never seen dolls like that? Such lovely dolls, and clockwork inside. Dolls that do everything perfectly, because of the machinery. Not like real little boys and girls at all. Real children cry, and act sullen, and won’t behave. These dolls are much nicer” (114).
La energía del mundo vivo se está traspasando al reino de lo inanimado para darle la vida y, tal vez, el control final sobre ésta. Un poco después Bongo-Shaftsbury se descubre como un verdadero cyborg, precursor masculino de la Lady V. de la primera novela de Pynchon. A diferencia de Porpentine, Bongo-Shaftsbury es un espía de la nueva escuela que no respeta ningún tipo de norma; el suyo es ya un cuerpo eléctrico, artificialmente transformado para matar:
He began to roll back the cuff of his shirt. Then thrust the naked underside of his forearm at the girl. Porpentine recoiled, thinking: Lord love a duck. Bongo-Shaftsbury is insane. Shiny and black against the unsunned flesh was a miniature electric switch, singlepole, double-throw, sewn into the skin. Thin silver wires ran from its terminals up the arm, disappearing under the sleeve. (115)
El interruptor activa un mecanismo que dispara un cuchillo. El símbolo ofrece pocas dudas sobre su posible significado: es la energía de la dinamo al servicio de la destrucción, el caos al que Porcupine no podrá finalmente vencer, pagando con la vida sus intentos de imponer algo de orden en la situación política. Victoria, que todavía no se ha convertido en la malvada V. de la primera novela, acaba siendo testigo del asesinato, sin poder hacer nada. El suyo es aún el rol de heredera de Venus y de la Virgen pero su actitud no pasa ya de ser similar a la de la voz femenina de la condesa Marie, al comienzo de The Waste Land. Como ocurriese a la prima del Archiduque de Austria, Victoria no tiene ya energía sexual suficiente para garantizar la regeneración de una sociedad decadente y abocada al apocalipsis de la conflagración mundial. Como a Marie, a Victoria le rodean jardines (120) que evocan los símbolos clásicos de amor y sexualidad pero que no fructificarán en nueva vida. Ni siquiera la rosa del título—que, a su vez, evoca “the Rosetta arm of the Nile” (117)—sirve para detener el avance de una posthumanidad sin escrúpulos. La rosa, símbolo de amor y de fertilidad como el Delta del río africano, de belleza y de vida, que incluso volvió a resurgir con los modernistas miembros de la Rosacruz, es también claro símbolo de la complejidad laberíntica que se esconde entre sus pétalos. Espías a la vieja usanza, como Porpentine, habían intuido que para desarrollar su trabajo debían ser, en parte, mujeres y haber asimilado su ánima jungiana (106). Pero la energía de la Virgen está agotada, su rosa ya no actúa como protección suficiente para evitar a Porpentine la traición y su propio asesinato. Dieciséis años más tarde, su complementario doble y ahora ideológico continuador, el agente Goodfellow, estará en Sarajevo pero, ya envejecido, no llegará a tiempo de evitar el asesinato del Archiduque, el primo de Marie. La tierra está baldía y acaba de producirse “a possible spark to apocalypse” (131), un desastre entrópico que será mucho más ampliamente analizado en la primera novela del autor que está a punto de volverse invisible.
Publicado por primera vez en 1964, “The Secret Integration” es el último relato seleccionado por el autor para permitirnos adivinar su proceso de lenta maduración como escritor. En la Introducción de Slow Learner confiesa su satisfacción por esta historia escrita a caballo entre sus dos primeras novelas, satisfacción especialmente porque ya parece estar aprendiendo a escuchar una “American nonverbal reality” (24), un comentario que podría hacer dudar a algunos lectores sobre el carácter supuestamente postmodernista del escritor ¿Existe alguna realidad que pueda entenderse como nonverbal? ¿Se toma Pynchon en serio toda su parafernalia sobre lo oculto, lo mágico, lo apocalíptico? Sean cuales fueren las respuestas a estas preguntas—si es que las hay o nos interesan—parece claro que lo oculto o invisible es un factor que tiene gran importancia en esta narración. Por lo demás, el autor señala asimismo en la Introducción que no había estado nunca en los Berkshires, donde transcurre la acción, sino que su conocimiento de esta zona de Nueva Inglaterra lo obtuvo en esta ocasión de la guía que sobre la región preparó el Federal Writers Project en los años treinta, como parte de las acciones puestas en marcha de resultas del New Deal de Roosevelt. El relato es para su autor una “hometown story” originalmente situada en Long Island. Sin embargo, Pynchon decidió finalmente desplazarla a un espacio que no conocía por esa ya citada creencia sobre la impersonalidad que debería tener el arte para el todavía inmaduro escritor (23). Aunque contiene algunos supuestos defectos, tales como el referido “préstamo” de la guía de los Berkshires, la historia agrada a su autor más que las anteriores porque, señala, ya había tenido ocasión de echarse a la carretera para ir visitando los lugares que Kerouac menciona en su influyente On the Road. Pynchon, el hombre, se estaba convirtiendo en un drifter dispuesto a redescubrir en el viaje y los espacios abiertos el sentido de la libertad y la democracia estadounidenses. Resultado de ello habían sido ya los capítulos dedicados a Nueva York en su primera novela, publicada un año antes, y lo sería asimismo su siguiente obra, The Crying of Lot 49. Con todo, he de destacar dos rasgos en mi análisis de “The Secret Integration”: primero, que el sentido de decadencia filtrado a través de una simbología de ecos eliotianos sigue presente en este primer descubrimiento de esa “American nonverbal reality” y, segundo, que la realidad viva que el joven escritor afirma descubrir en su peregrinar beatnik no le agrada demasiado, resultado de lo cual es un relato donde préstamos literarios y voces autóctonas se unen para llevar a cabo una impactante denuncia del racismo en un momento, 1964, cuando la lucha por los derechos civiles adquiere gran intensidad especialmente en los estados del sur. Pynchon ha elegido, sin embargo, hablar de racismo en el norte, en la puritana Nueva Inglaterra. Creo que si, como dice su autor en la Introducción, en lugar de haber transferido la acción a Massachussets la hubiese dejado estar en el estado de Nueva York, algo se habría perdido de la radicalidad de su crítica social.
El relato comienza de manera simbólica, una vez más, con la lluvia; es tiempo de otoño, el ciclo anual decae desde su plenitud y la acción se sitúa en un interior: “Outside it was raining, the first rain of October” son las primeras palabras que marcarán un relato de contrastes, de descripciones de exteriores y de interiores, de lo luminoso y de lo oculto; todo ello a partir de la focalización de un grupo de niños que se ven forzados a reaccionar contra el mundo racista de los adultos. El niño protagonista, Tim Santora, está en la consulta de su médico, el Dr Slothrop, cuyo apellido llevará unos años más tarde el protagonista de Gravity’s Rainbow. Por medio de un sostenido estilo indirecto libre conoceremos pronto a su amigo Grover Snodd, un chico brillante, tal vez un genio, que intuye el cálculo de probabilidad, que cree—como su autor—que no es tan listo como la gente piensa, que lee con avidez los libros de un tal Victor Appelton sobre un protagonista juvenil, libros que de manera planeada sus padres ponen en sus manos “by apparent accident,” y que nos da la primera pista del carácter claramente comprometido del relato: “It’s awful,” dice hablando del protagonista de estos libros, “‘the guy’s a show-off, he talks funny, and he’s a snob, and’—hitting his head to remember the word— ‘a racist’” (137). El protagonista de esta serie tiene un criado al que trata con desprecio; tal vez, dice Tim, así es “how they want you to be with Carl.” Pronto averiguaremos que Carl es un miembro negro de su pandilla y, a partir de ahí, nos sumergiremos en una historia donde conocidos tópicos pynchonianos entrarán a formar parte de una realidad literaria fuertemente crítica con el statu quo. La basura irrumpe pronto en el texto cuando se nos informa de que el padre de otro de los chicos tiene un junkyard; encontramos, por fin, una primera mención a la omnipresencia de la televisión cuando el irónico narrador comenta que “Tim’s mother wasn’t in the living room, the television was off” (139); y la lluvia continúa, con mención expresa a lilas eliotianas. Los pasadizos y una gran casa deshabitada en medio de la espesura laberíntica del bosque nos llevan a descubrir que esta vez, como anticipo del Tristero de The Crying of Lot 49, la conspiración desde las sombras está siendo urdida por la pandilla de niños, dispuestos a traer el caos a una ciudad donde sus padres se dedican a insultar y a amenazar a los ciudadanos de raza negra. Pero con el irónico Pynchon incluso los jóvenes pandilleros muestran su vena intertextual: los niños bautizan la gran operación contra el orden ciudadano como Spartacus, en claro homenaje al film de Kubrick donde el gladiador esclavo manifiesta en su famoso discurso la igualdad de todos los seres humanos. Para los afro-americanos no hay concesiones de ningún tipo en medio del antiguo centro del puritanismo norteamericano; desde la perspectiva de los niños, ni siquiera sus casas o las calles de su segregado barrio son interesantes porque en ellas no había
… no small immunities, no possibilities for hidden life or otherworldly presence; no trees, secret routes, shortcuts, culverts, thickets that could be made hollow in the middle—everything in the place was out in the open, everything could be seen at a glance; and behind it, under it, around the corners of its houses and down the safe, gentle curves of its streets, you came back, you kept coming back, to nothing; nothing but the cheerless earth. (150)
La descripción de este barrio supone, en términos pynchonianos, la privación más absoluta. Desde el mismo título del relato, que incluye el término secret, hasta el camino que hay que superar para llegar a la guarida secreta de la pandilla protagonista lo secreto, laberíntico e invisible se adivina como aquello paradójicamente más humano que se opone a la injusticia de un sistema que, con el control ejercido por medio de máquinas como la televisión, va deshumanizando a la sociedad. Asimismo, la abundante y pertinaz lluvia acentúa progresivamente la decadencia del lugar, curioso antecedente de las largas lluvias que, tras pertinaz sequía, habrían de traer la destrucción al Macondo de Cien años de soledad. Y desde la lluvia que rodea el viejo palacio cochambroso donde los niños tienen su guarida secreta, el narrador hace retroceder el tiempo de la historia a un año antes, cuando los niños tuvieron la oportunidad de conocer a McCafee, un músico afroamericano empobrecido, alcoholizado y deprimido por su condición—tal como relatase Ralph Ellison en su impactante novela—de “hombre invisible” debido al color de su piel, una marca de invisibilidad que, sin percatarse de ello, le recuerda Tim al señalarle “you’re a better color than we are […] for getting away at night” (163). Cuando la policía se lleva detenido a McCafee delante de los niños, éstos comienzan a diseñar la operación Spartacus y el narrador, en otro salto temporal, describe a los lectores las circunstancias en que los jóvenes protagonistas conocieron a Carl, su amigo negro. Un nuevo salto temporal nos devuelve al presente de la historia, donde la pandilla se encuentra con el rechazo de la supuesta familia de Carl, cansados de las vejaciones a que los padres de los niños blancos les tienen sujetos. Se rompe el ansia de integración defendida por los jóvenes y aventureros protagonistas para que al final el lector comprenda lo que pequeñas pistas textuales habían sugerido ya con anterioridad, es decir, que su amigo negro es su propia invención discursiva: “Carl had been put together out of phrases, images, possibilities that grownups had somehow turned away from, repudiated, left out at the edges of towns, as if they were auto parts in Étienne’s father’s junkyard” (184). La creación textual ha ocurrido dentro del texto, los fragmentos intertextuales se han visto así reflejados en el uso que los niños hacen de los fragmentos lingüísticos cuyo uso rechazan sus mayores. La metaficción se une con ello al grupo de elementos aparentemente caóticos que sirven, sin embargo, para invitar a los lectores a la reflexión y a la búsqueda de nuevos mensajes ocultos en ese laberinto textual en que ya se ha trasformado la narrativa del autor invisible.
1 En el sentido ya muy conocido en que lo entiende Linda Hutcheon de “repetición con una diferencia,” desvinculando así el término de la necesidad de incluir un componente de burla o crítica. Esta noción de parodia viene asimismo a coincidir con mi empleo del plurivalente término “intertextualidad,” y se acerca igualmente a los usos que Genette denomina con el vocablo “hipertextualidad.” Sobre las correspondencias y significados de los tres términos en cuestión véase Allen (2000: 107-15 y 189-93).
Capítulo 2
Sobre posthumanidad, bifurcaciones, nostalgia paródica e incertidumbre metaficcional: V.
Como ya he señalado al comienzo de este estudio, la primera novela de Pynchon supuso para su autor el principio tanto de su reconocimiento artístico como de su desaparición efectiva de la vida pública. Su fama se iría incrementando progresivamente con el transcurrir del tiempo y ello a pesar de que ya en V. se pone de manifiesto que su prosa produce unos resultados de difícil comprensión a la vez que demanda una participación muy activa por parte de los lectores. El nombre de Thomas Pynchon es ya uno de esos significantes que ha merecido que se le dedique una entrada en la Encyclopedia Britannica, si bien en dicha reseña se plantea una interpretación de su narrativa que, aunque muy común entre los primeros críticos del autor invisible, debe ser revisada a la luz de nuestra interpretación actual tanto de la noción de realidad como de la experiencia postmodernista. Para el autor de la mencionada entrada, V. se define como “a whimsical, cynically absurd tale of a middle-aged Englishman’s search for ‘V,’ an elusive, supernatural adventuress appearing in various guises at critical periods in European history” (Encyclopedia Britannica 2001). El sentido del absurdo con que se califica la novela es, a mi juicio, un rasgo válido si lo asociamos exclusivamente al componente existencial del término, pero el resto de la definición de la novela es extremadamente reduccionista no ya porque la entrada de la enciclopedia sea espacialmente limitada, sino porque el crítico que ha desarrollado tal análisis lo ha hecho desde la perspectiva de un realismo decimonónico, convirtiéndose en víctima de la ironía pynchoniana cuando contemplamos la novela desde una perspectiva más actual.
En cualquier caso, el reconocimiento de la supernatural adventuress sí que nos introduce ya en un elemento que es característico de las largas narrativas pynchonianas con respecto a sus cuentos: lo que en términos del realismo clásico podría definirse como “elemento fantástico” va a poblar las páginas de todas las novelas desde V., pero este elemento aparecerá para consolidar una experiencia que cabe considerar como “real,” bien sea vivida, soñada o creada por otras fuerzas inconscientes del sujeto humano de conocimiento, como la paranoia: lo real en la segunda parte del siglo XX es cualquier tipo de experiencia tenida por ese ente fragmentado que ya no queda constreñido por las fronteras conscientes que le impuso el Humanismo, a ese ego sobre el que Descartes articuló incluso la existencia de la realidad externa en su célebre Discurso del método. Ya desde esta primera novela, la realidad dibujada por Pynchon pierde progresivamente todo límite tradicional e ironiza sobre nuestra insistencia por categorizar—esto es, por fijar fronteras—nuestra aprehensión de la vida. Es en este sentido que no puedo entender V. como meramente una historia sobre la detectivesca personalidad de Herbert Stencil y su búsqueda del significado de la Historia europea de las primeras décadas del siglo XX a través de los indicios que va supuestamente dejando Lady V. Por el contrario, tal como ocurrirá con las novelas posteriores, este primer libro de Pynchon presenta varios niveles de interpretación que no se excluyen los unos a los otros sino que se complementan hasta constituir un entramado de caótica apariencia que esconde ese orden oculto que metaforiza el designio que los investigadores del caos quieren encontrar en el universo.
Si, como veíamos en el capítulo anterior, el joven escritor aprecia progresivamente más y más rasgos de complejidad en la vida, con V. da el primero de sus grandes pasos literarios al construir una novela con varios niveles de significación simbólica a partir de los cuales condensa varios de los grandes temas de la cultura del siglo XX y de las interpretaciones que se han venido dando en las últimas décadas al ser y al mundo. En 1963 Pynchon ya estaba anticipando el impacto cultural que la teoría del caos habría de tener veinte años más tarde por medio de la representación de una realidad aparentemente caótica donde la complejidad esconde lo que algunos críticos han entendido en principio como un orden oculto. Estos mismos críticos, sin embargo, a menudo concluyen que V. muestra que en la vida todo es accidente y que el supuesto patrón histórico que es objeto de la búsqueda de Stencil no es más que su paranoica proyección (Slade 1974, Chambers 1992). A veces este tipo de crítica parece ignorar, sin embargo, que en su propia búsqueda del significado literario están encontrando frecuentemente unos patrones ocultos puestos en el texto por el autor, un orden escondido que no casa bien del todo con la creencia de que en el universo todo es desorden y accidente. Si metafóricamente el lector se convierte en un detective que emula la búsqueda de significado del protagonista Stencil y si éste y su propia búsqueda de Lady V. forman parte del impresionante entramado literario construido por un antiguo estudiante de física, que conoce las teorías sobre la complejidad tanto del mundo microscópico como del espacioso cosmos exterior, ¿no cabría esperar que la postura del autor fuese al menos de incertidumbre cognoscitiva al encarar el misterio de la vida? Tal es mi creencia y para sustentarla prestaré una atención especial tanto al uso de elementos paródicos, como a la búsqueda de la Historia y al proceso de narrar los eventos de la trama, un proceso que, una vez más, como ya ocurriese en los relatos, corresponde a una desconocida voz narrativa de carácter heterodiegético y aparentemente omnisciente que se presta frecuentemente a difuminar los límites entre su propia personalidad narradora y los puntos de vista de los personajes.
Detrás de esta incertidumbre en el acto de narrar se esconden estrategias metaficcionales que cabe ya reconocer en el período modernista y de manera significativo en uno de los autores más parodiados por Pynchon, T. S. Eliot. Irónicamente, estas estrategias contrastan con el deseo de objetividad presente en los escritos del otro autor que vuelve a ser parodiado en esta primera novela: Henry Adams. Si Callisto en “Entropy” era ya una voz que reflejaba las ansias de objetividad del prestigioso historiador, Stencil en V. será el paródico continuador de la búsqueda de conocimiento de Adams. “Under the Rose” será a su vez el otro texto reutilizado por Pynchon desde su propio universo literario: la parodia, en el ya mencionado sentido que Linda Hutcheon da al término crítico de repetición con distanciamiento crítico (1985, 1988), satura las páginas de esta primera novela para enfatizar precisamente el carácter discursivo que distancia a los humanos del resto del mundo animado de nuestro planeta. El ser humano, ese ente representacional que han descrito con profusión la filosofía y la ciencia del siglo XX, es con Pynchon eminentemente el animal simbólico que repite, actualiza y cambia los discursos precedentes. Y detrás de su parodia no se encuentra solamente la supuesta anxiety of influence de modernistas como Eliot. Anticipando nociones que Derrida importará a los Estados Unidos en 1967 o adoptando puntos de vista lacanianos que todavía no estaban en boga en 1963, Pynchon desarrolla una irónica visión del ser como un ente ya camino de la posthumanidad tanto física como ideológica, inmerso en un mar de significantes cuyos significados nunca se hacen visibles, en un lenguaje que induce a la categorización, plagado de senderos borgianos que se bifurcan sin cesar, como señala ya desde el título la forma de la letra que da nombre a su primera novela. Paródicos ecos literarios y juegos metaficcionales se amalgaman así para dar vida textual a una búsqueda de significado que se transforma en reflexión crítica de la cultura occidental de las primeras décadas del siglo XX: la decadencia, el modernismo, la entropía, la sociedad de consumo norteamericana y ciertos atisbos de su contracultura, elementos todos que se encontraban ya diseminados en la narrativa breve de Pynchon, se combinan en V. para comenzar a consolidar el gran proyecto literario del escritor norteamericano.
En la constitución del fenómeno cultural postmodernista en la Norteamérica de los años sesenta y, más específicamente, en el caso de los autores experimentales o metaficcionales que comenzaron su camino hacia la fama en este período es asimismo destacable el interés que buena parte de ellos mostraba por el paradigma científico del siglo XX. Es en este factor donde encuentro puntos de conexión que nos llevan a interpretar el desplazamiento que en el siglo XX se ha hecho de la metafísica tradicional hacia nuevas maneras de entender lo que transciende a nuestro entorno. La novela que caracteriza a autores como John Barth, Kurt Vonnegut o el mismo Thomas Pynchon constituye una investigación del rol del ser humano en un universo sobre cuya comprensión han influido nuevas teorías científicas que van a alterar sustancialmente nuestra noción contemporánea de metafísica, teorías que, aunque ya mencionadas someramente, conviene analizar en más detalle por cuanto nos ayudarán a una mejor comprensión de V.
La teoría de la relatividad, la física cuántica, las teorías del caos y la cibernética son, sin duda, los planteamientos científicos más influyentes en la cultura del siglo XX, y su asimilación a ésta—es decir, su popularización—ha alterado sustancialmente el desarrollo de la filosofía en dicho siglo. El impacto de la teoría de la relatividad tanto en la cultura modernista como en la postguerra es bien conocido (Nadeau 1981) y se puede resumir básicamente en dos nociones: 1. Todo acto de conocimiento está íntimamente ligado a las condiciones, instrumentos y capacidad del observador (es decir, el conocimiento es algo siempre relativo, nunca puede ser absoluto). 2. La capacidad del ser humano para observar el mundo es muy limitada; nuestra razón y nuestros cinco sentidos no nos permiten aprehender de manera directa y en su totalidad el continuo espacio-tiempo o percatarnos de la curvatura del espacio, por ejemplo.
Por lo que respecta a la física cuántica, ésta desarrolló en el mundo subatómico nociones que chocaban con la lógica tradicional, destacando las siguientes: 1. La configuración de lo físico como un estado donde apenas hay materia, sino tan sólo un gran espacio casi vacío donde acontecen billones de órbitas y de colisiones de partículas subatómicas que residen en átomos casi inmateriales; ello constituye una aberración contra las categorías aristotélicas de forma, materia y sustancia sobre las que se basa buena parte de la manera occidental de “narrativizar” la realidad (véase White 1981). 2. La imposibilidad de que un ente, la partícula subatómica, pueda ser observada a la vez en su manifestación temporal y en su manifestación espacial, hecho que llevaría a la formulación, por parte de Heisenberg, del famoso “Principio de incertidumbre.” 3. El carácter no absoluto del principio newtoniano de causas locales, planteamiento al que se llegó al dividir un electrón en dos y comprobar que las dos mitades resultantes se siguen moviendo de igual manera aunque en sentido opuesto—un experimento de gran importancia para el estudio de la reflexividad en el mundo físico.
A estos hechos científicos difícilmente interpretables por la mente humana hay que añadir el impacto cultural que tuvo la constatación de que nuestras vidas están regidas por partículas invisibles al ojo humano y que, por tanto, escapan a nuestra tradicional interpretación de lo “físico” para ir más allá: los dioses empiezan a no estar arriba en el cielo sino aquí abajo; son diminutos, incontrolables e inobservables a partir de ciertas premisas. El hecho de que en la Encyclopedia Britannica se calificase a Lady V. como una supernatural adventuress no parece que tenga ya que ser algo que nos sorprenda mucho: las fronteras que dividen lo real de lo fantástico o sobrenatural hace ya décadas que han vuelto a estar muy poco definidas, la realidad vuelve a ser interpretada como un ente que integra fuerzas invisibles de distinta índole.
Como he señalado ya con anterioridad, desde el siglo XIX habían comenzado a tener importancia nociones científicas que se centraban en el estudio de sistemas físicos tan complejos que podían dar la paradójica impresión de ser “asistemáticos.” Especialmente en el campo de la termodinámica, esa segunda ley o Ley de la entropía que aterrorizaba a Callisto alejaba continuamente a los investigadores de la noción más importante de la física clásica: el concepto del Universo como un perfecto mecanismo de relojería. Al mecanismo ahora se le estaban descubriendo fallos donde no se cumplían las leyes naturales, zonas sujetas a lo imprevisible y accesorio: nacía, en definitiva, un interés por descubrir lo sistemático en lo complejo, por restaurar la noción de la perfección del Universo. Surgieron en el terreno de la física y de la cosmología las teorías del caos y, con ellas, un intento por recrear la metafísica más antigua que se conoce: la religión. Si Dios ya ha muerto en el siglo XX, el ser humano pronto demanda su resurrección para combatir el vacío existencial, e incluso la ciencia se convierte en el nuevo paradigma metafísico que en los pasados años ochenta se consolidó, con los estudios sobre el caos, en una nueva metafísica panteísta (Davies y Gribbin 1991, Hayles 1991) en la que se quiere creer que el Universo encierra en sí mismo la estructuración de su manifiesta complejidad, es decir, que hay orden en el caos reinante, siendo los científicos del caos los nuevos investigadores que se empeñan en encontrar ese orden subyacente a la vida. Curiosamente, como consideraremos en breve, a comienzos del siglo XX existió un historiador que se fue formando una visión muy similar de la existencia, Henry Adams, el modelo real del ficticio protagonista de V. Herbert Stencil.
El final del siglo XX nos trajo un último proceso de asimilación cultural de conceptos científicos también perceptibles en la primera novela de Pynchon y a los que se ha dado amplia cobertura en los medios de difusión ¿Quién no ha oído hablar de los experimentos del genoma humano y de las posibilidades de clonación? Estos adelantos de la genética, que ya fueron profetizados por los primeros clásicos de la ciencia-ficción, están basados en una noción científica más amplia que también es responsable de ese gran invento, el ordenador. La noción es simple: lo esencial es la información que se posee y la manera en que esta información se almacena y se transmite. El código genético no es más que una serie de cadenas de información, igual que las que se desarrollan en las entrañas de un ordenador, y la cibernética se ha empeñado desde hace más de medio siglo en ser capaz de almacenar los códigos informativos de un ser humano en una estructura artificial. Las especulaciones filosóficas y culturales que de ello se desprenden son fáciles de suponer: si los códigos informativos se pueden almacenar en una máquina, ¿dónde están los límites entre ser humano y máquina, entre lo animado y lo inanimado? Como bien saben los lectores pynchonianos, Benny Profane, el otro protagonista de la novela, está obsesionado con la existencia de una conspiración en su contra por parte de lo inanimado, término éste que se menciona unas sesenta veces en el libro.
El panorama, tanto textual como humanista, se complica aún más porque el envoltorio físico de los seres humanos se ha ido “maquinizando” progresivamente por medio de prótesis médicas cada vez más sofisticadas. El impacto de este proceso, en el terreno cultural, es fácilmente observable en la proliferación de películas de cyborgs, de realidad virtual, de contenidos del cyberpunk en general, y en la importancia que Hollywood ha vuelto a dar a la ciencia-ficción en los últimos años. A partir de todos estos planteamientos las secuelas postmodernas de los años noventa nos han llevado a la importancia adquirida por el concepto de lo posthumano, una noción que viene precedida y sugerida ya por los argumentos de Ihab Hassan sobre lo posthumanista (es decir, el proceso de suplantación del sujeto de conocimiento típicamente renacentista/burgués por el ideológicamente inestable “ser/no ser” contemporáneo). Lo posthumano, según señala la conocida crítica cultural N. Katherine Hayles (1999: 2-3), se asienta sobre cuatro nociones que confirman la hipótesis de V. como una obra que precede las preocupaciones características de los últimos años del siglo XX. A saber:
1. Se privilegia el código informativo sobre la materia que lo transporta: el cuerpo, por consiguiente, no es más que un accesorio en la cadena evolutiva y es, por tanto, susceptible de ser modificado; un claro rasgo que caracteriza al siempre cambiante término V.
2. Lo posthumano percibe el cuerpo como la prótesis original donde aprendemos a manipular la información, pero esta prótesis puede extenderse o reemplazarse con otras prótesis para continuar así el proceso informativo que empezó antes de nuestro nacimiento; rasgo éste que caracteriza a la primera y más destacada cyborg de la novela postmoderna norteamericana, Lady V.
3. Como consecuencia de lo anterior, la conciencia humana no es más que unfenómeno circunstancial en la manifestación de los códigos informativos y hay que desmitificar su tradicional papel como centro de la identidad humana; las estrategias metaficcionales de Pynchon ponen a prueba, como más adelante observaremos, la habilidad de los lectores para encontrar un centro de conciencia válido para comprender la realidad.
4. La cuarta noción constituye una verdadera fuente de terror para los ideólogos tradicionales y humanistas: el ser humano y la máquina pueden acabar integrándose, sin fisuras, en un solo ente. Lo meramente humano desaparece para que nazca un nuevo ser mejor capacitado y acorde con la noción de que la fuerza ordenadora del Universo es la información. En las páginas de la novela, Lady V.—siempre rodeada de espías y espía ella misma—se convierte progresivamente en la avanzadilla de una inhumanidad que quedará plasmada en el ascenso al poder de los regímenes fascistas europeos; está allí donde se desencadena una crisis, recopilando y utilizando información, como corresponde a los espías. No parece necesario insistir mucho en que relacionar a Lady V. con el terror desencadenado ante la amenaza nuclear en tiempos de la Guerra Fría—cuando Pynchon escribe la novela—no invalida tampoco su interpretación como símbolo del terror que el traspaso de información puede llegar a generar, de ahí las abundantes referencias pynchonianas a las revelaciones y al apocalipsis, factores éstos que están también relacionados con la escatológica descripción que Norbert Wiener hace del ser humano en su libro The Human Use of Human Beings: “Our tissues change as we live: the food we eat and the air we breathe become flesh of our flesh and bone of our bone, and the momentary elements of our flesh and bone pass out of our body everyday with our excreta. We are but whirpools in a river of ever-flowing water. We are not stuff that abides, but patterns that perpetuate themselves” (1954: 96). La metáfora que el famoso padre de la cibernética establece sobre el ser humano y el agua no es poética sino crudamente física, aunque queramos escuchar ecos de antropología modernista sobre el carácter regenerador del líquido elemento.
Para complicar o quizá clarificar más la ardua simbología de la primera novela de Pynchon parece necesario recordar que en la Introducción a Slow Learner el autor invisible señala, al comentar la gestación de “Entropy,” que por aquellos años tuvo la oportunidad de leer el mencionado libro de Wiener “at about the same time as The Education of Henry Adams” (1984: 15). Aunque leídos a la vez, ambos volúmenes responden a dos concepciones de la realidad aparentemente distintas, concepciones que, sin embargo, Pynchon supo condensar en las páginas de su novela. La visión que Wiener ofrece del ser humano en su libro es sencillamente aterradora; ataca las creencias básicas del humanismo y de la física clásica. Con Wiener, el ser y su misma estabilidad física se disuelve; pasa a constituirse en un conglomerado de códigos de información, de patrones que pululan por un cuerpo en continuo cambio. Norbert Wiener, padre de la cibernética, está efectivamente anticipando con su descripción del ser lo que va a ser el intercambio informático de las últimas décadas del siglo XX: el cuerpo, nuestro aparente hardware, es algo provisional y en continuo deterioro debido a la acción de la entropía; la información codificada y transportada a través del software es lo que permanece, lo que se puede incluso reproducir—clonar—por medio de disquetes, discos compactos u otros soportes “no visibles,” como el correo electrónico y la realidad virtual. Sin embargo, la interpretación de Adams, como veremos a continuación, no era tampoco tan humanista como hubiéramos podido suponer, la máquina estaba también localizada en el desarrollo de su visión histórica de la vida.
Si la historia que nos relata el animado narrador heterodiegético de V. es ciertamente compleja, ello sucede no solamente porque en ella aparecen alrededor de ciento cincuenta personajes, sino por su carácter de enrevesada “quest for knowledge,” situación que la enmarca dentro de la tradición de diversos géneros y momentos literarios. Es precisamente en esta amalgama paródica de géneros, tópicos, teorías y modos literarios donde los lectores pueden llegar a perder el norte. El mismo título de la novela, una letra seguida de un punto que sugiere un enigmático nombre propio, inaugura ya nuestro tradicional deseo de saber, una expectativa con la que el irónico escritor jugará hasta el mismo final del libro. La disposición en dos de la trama, dividida entre los dos protagonistas cuyas aventuras se presentan, hasta cierto punto, alternadas durante buena parte de la novela, nos induce asimismo a pensar que Stencil y Profane representan los dos lados de la letra uve, condenados a separarse cada vez más debido a lo antagónico de sus caracteres. El metódico investigador inglés va intentando encontrar pistas fiables allá por donde pasa; para él existe un orden oculto que hay que descubrir—el camino que va “trazando” Lady V. a lo largo de las últimas décadas de la Historia de Occidente—siendo su búsqueda de naturaleza tanto detectivesca como histórico-psicológica: acaso V. es su misma madre; en todo caso, la letra sí parece representar para Stencil las fuerzas de una Historia cada vez más deshumanizada. Por el contrario, Benny [Benjamin] Profane aparece ante nuestros ojos de lectores simbólicamente en la Nochebuena de 1955, es descrito como un ser amoebalike, con rasgos de bebé grande, y tiene una ex-novia que se llama Rachel (como la bíblica madre de Benjamín). Este personaje se define a sí mismo como un schlemihl, de procedencia católico-judía, malgasta su tiempo en viajes sin dirección definida, yoyoing en el metro, aparece vestido con las mismas ropas al comienzo y al final de la novela y acaba su intervención en el libro afirmando “offhand I’d say I haven’t learned a goddam thing” (1963: 454). Al uno, Stencil, parece caracterizarle la repetida imagen de la hothouse, ese invernadero que nos recuerda el apartamento de su predecesor Callisto, sistema cerrado que, sin embargo, no puede evitar la pérdida entrópica de energía. Al otro, Profane, lo define el también repetidísimo símbolo de la calle, esa superficie abierta, piel de la civilización occidental donde ya no hay sentimientos, contenidos o valores. En incesantes bifurcaciones simbólicas, como representa la letra del título, la novela avanzará estableciendo la otra gran comparación: por un lado, está el presente de la Norteamérica de los años cincuenta, con sus calles abiertas donde se encuentran frecuentemente los marginados, pero donde aparece también la superficialidad cultural de la Whole Sick Crew, un patético grupo de charlatanes pseudo-artistas que sólo saben citar los nombres de gente importante, que viven en otra hothouse, un apartamento destinado a la verborrea y al sexo improductivo. Por otro lado, están los relatos dentro del relato, narraciones referidas al pasado de la historia de la colonización europea desde finales del siglo XIX, soñadas, inventadas, confeccionadas o escuchadas por Stencil a lo largo de su permanente búsqueda de Lady V. ¿Son realmente tan distintos Profane y Stencil? Con ellos Pynchon comienza a consolidar sus narrativas de dobles, de personajes aparentemente muy distintos donde quizá algunos lectores acaben percatándose no tanto de sus diferencias como de sus coincidencias: los límites se acabarán difuminando cuando ambos decidan por fin viajar juntos, en el último capítulo de su historia, a la vieja
Roca de Malta, con Paola, la única mujer donde se atisban nexos con Lady V. Pero hasta llegar a plantearnos posibles similitudes entre ambos protagonistas, sus respectivos caracteres han experimentado una lenta construcción, a partir de retazos literarios, de antecedentes ficticios e históricos, en una inmensa amalgama que nos lleva de la figura de Henry Adams a ese Cristo travestido de la Nochebuena de 1955 que anticipa revelaciones, el Apocalipsis y la segunda novela de Pynchon. Observemos en más detalle el uso que el novelista hace de la parodia; ello nos llevará a una mejor comprensión de los diferentes planos simbólicos de la novela y de su impresionante carácter de compleja construcción postmodernista.
Stencil, hijo de otro Stencil, espía del Servicio Secreto Británico que tuvo que analizar las implicaciones políticas de la decadencia de fin de siglo—esto es, del reinado de Victoria—es, como Callisto su predecesor, una copia ficcional de Henry Adams, personaje también literario y protagonista del libro autobiográfico The Education of Henry Adams (1907), compuesta por el homónimo escritor de carne y hueso a partir de sus vivencias de varias décadas. Hasta qué punto reviste seriedad e incluso una actitud de homenaje la copia pynchoniana de la copia adamsiana de la propia personalidad y vida del célebre historiador es un tema que podría sorprender a quien investigue en el texto original de Adams. La figura que el historiador dibuja de sí mismo en la Education es efectivamente la de un erudito que, como Stencil, dedica prácticamente toda su vida de adulto a encontrar un patrón de significado o un orden secreto en el desarrollo de la Historia. Anticipando unos años la sensación sobre la vida que Eliot—ese otro gran influjo de V. describirá en su conocida reseña “The Metaphysical Poets” (1921), Adams se percata de que en su tiempo el sentido de unidad que supuestamente caracterizase épocas pasadas ha sido devorado por una complejidad de apariencia caótica. Para Eliot el carácter complejo de la civilización fuerza al poeta a una misión integradora: “Our civilization comprehends great variety and complexity, and this variety and complexity, playing upon a refined sensibility, must produce various and complex results. The poet must become more and more comprehensive, more allusive, more indirect, in order to force, to dislocate if necessary language into his meaning” (1921: 118-19). Para Adams, que reconoce ya a principios de siglo la necesidad modernista de volver a un sentido de unidad perdido con el paso del tiempo, la misión del historiador moderno será rastrear el flujo de las fuerzas que crean la Historia desde esa supuesta unidad perdida, estadio del pasado en el que imperaba la fuerza reproductora de la mujer. Curiosamente será Pynchon a través de su primera novela quien señale la coincidencia de los proyectos del poeta y del historiador. En su libro Mont-Saint-Michael and Chartres (1904) y, por supuesto, en su Education, Adams elabora una peculiar teoría de la Historia donde la fuerza que la mueve se encuentra personificada al principio en la mujer, un ser que encuentra su representación simbólica primero en la diosa Venus y más tarde en su continuación cristiana, la Virgen. Es en el capítulo XXV de su Education, “The Dynamo and the Virgin” (1900), donde los lectores ávidos de interpretar intertextualmente la novela de Pynchon pueden encontrar la narrativa que en buena manera explica el carácter de la búsqueda de Stencil, narrativa que, sin embargo, se asocia también fácilmente a una simbología modernista de interpretación mítico-antropológica con la que Pynchon juega abundantemente en su primera novela. En este capítulo de su Education Adams relata su visita a la Exposición Universal de París en 1900—poco antes del ficcional nacimiento de Herbert Stencil, “the century’s child”—acompañado por el científico Samuel Langley. En dicha visita el literario Adams se percata del poder y misterio representado en las fuerzas eléctricas de las dinamos y comienza a percibir dichas máquinas “as a moral force, much as the early Christians felt the Cross” (857). No pudo, sin embargo, encontrar una continuidad entre el poder de las máquinas y la fuerza espiritual que caracterizaba la fertilidad representada en Venus o ese poder misterioso que, representado en la Virgen, levantó las grandes catedrales medievales. En la Exposición Adams se percató, sin embargo, de que el poder eléctrico que había reemplazado al meramente mecánico de la Revolución Industrial, se encontraba a su vez desplazado por la aparición de “new rays” que, como el recién descubierto radio, “were anarchical […] Radium denied its God—or, what was to Langley the same thing, denied the truths of his Science. The force was wholly new” (858). Adams era ya testigo entonces de que una nueva era científica estaba naciendo motivada por la primera gran revolución de la física en el siglo XX: de hecho, sólo cinco años más tarde Einstein presentaría dos ensayos, el uno sobre la teoría específica de la relatividad y el otro sobre el comportamiento de las partículas subatómicas cuyo estudio sustentaría el nacimiento de la física cuántica. Pero las palabras de Adams para quienes conocen la dramática historia del siglo XX tienen también un fatídico efecto premonitorio que Pynchon se encargará de desarrollar en V.: los nuevos “rayos” epitomados en el radio serán la gran fuerza invisible del siglo XX, un poder que, carente de la espiritualidad de la Virgen o de su predecesora la diosa Venus, traerá muerte en lugar de vida, esterilidad en lugar de fertilidad. La V. que sugiere los nombres de Venus y la Virgen se transformará así en la enigmática letra que irá dejando trazas a su paso de la conversión del ser en inanimado, de lo humano en inhumano o incluso en posthumano cyborg. Stencil, el nuevo Adams, recogerá el testigo del célebre historiador, de su búsqueda de la secuencia histórica de la fuerza energética; como aquél, “he would risk translating rays into faith” (859). Sin embargo, el problema de cómo traducir la fuerza espiritual de la mujer en las nuevas fuerzas del siglo XX se plantea difícil de resolver para un norteamericano, cree Adams, porque en los Estados Unidos no se reconoció nunca la fuerza reproductora de la antigua diosa pagana o de la Virgen católica: “An American Virgin would never dare command; an American Venus would never dare exist” (861). Su tarea como historiador la dejaba definida en un párrafo de su ensayo que podríamos perfectamente encajar tanto en los objetivos de Herbert Stencil como en los resultados finales de su búsqueda:
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