Kitabı oku: «La dama de Cachemira»

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© Francisco González Ledesma, 1986.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO002

ISBN: 978-84-9867-723-2

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

I. La muerte de Paquito

II. La casa de los pájaros góticos

III. El chico

IV. La última resistencia

V. El otro

VI. Los apacibles recuerdos del señor Cid

VII. Los visitantes

VIII. Los encuentros de Méndez

IX. Todas las sombras de la noche

X. El mundo de las galerías de atrás

XI. Amores

XII. La mujer del silencio

XIII. Esther, todo lo que has tenido

XIV. Ahora llevo bozal, dijo Méndez

XV. Escrito en el agua

XVI. La mujer hecha de horas

A María Rosa,

que al cabo de tantos años

ha sabido conservar la primera ilusión

de la novia.

I

LA MUERTE DE PAQUITO

Bien, la verdad es que la muerte de Paquito fue del todo sorprendente, fue una de esas muertes al menos extraordinarias. Todo empezó con la silla de ruedas, aquella silla para un inválido todavía en buen uso, hombre al fin y al cabo de potentes brazos y cuello de toro al que sólo le fallan las piernas, alabado sea Dios, Señor, qué le vamos a hacer. La silla de ruedas estaba en la acera solitaria, bajo los árboles ya sin hojas, bajo la suave llovizna, la noche, bajo todas las indiferencias que ha ido pariendo la sociedad urbana. Los balcones cerrados, las calles vacías, los relojes muertos, todo ese mundo antiguo. Paquito vio la acera solitaria y la silla de ruedas quieta allí, con el hombre encima, extraño hombre que quizá soñaba en un mundo a su medida (los veinticuatro minutos de Le Mans, los quinientos metros de Indianápolis, la Olimpiada del Sofá), un mundo que sus fuerzas y sus ruedas aún podían soportar: con un poco de suerte ganarás la Copa de lo que Pudo Ser, muchacho, y para ponerla en el estante harás que el ayuntamiento te construya una rampa. Pero el hombre que debía de soñar todo aquello estaba quieto allí, esperando algo tan sencillo como que alguien le ayudase. O esperando quizá algo tan complicado como que sus sueños fuesen muriendo uno a uno bajo la noche.

Paquito captó la soledad, aquella primera frontera del vacío, aquella tristeza fósil.

—¿Qué hace usted aquí? ¿Le pasa algo?

—Perdón. Si usted pudiera ayudarme... Es que no me atrevo a cruzar la calle, por si a la mitad el semáforo se me pone en rojo. Ya me ha pasado una vez, y si los coches vienen embalados no se paran, ¿sabe?, no les queda tiempo.

—Tiene razón. De noche no se dan cuenta hasta que están encima —dijo Paquito con una sonrisa.

—Si usted me pudiese pasar al otro lado... A los dos juntos nos verán mejor, y usted, si hace falta, puede empujarme corriendo.

—Pues claro... ¿Va justo al otro lado de la calle? ¿Quiere que pasemos por el semáforo?

—Sí. Mire, ahora está verde.

El asfalto que ha sacado brillo a su propia soledad, el semáforo que parpadea y pasa a las urgencias del ámbar, un coche que se detiene y cuyas luces hacen guiños en los escaparates de una tienda de ropa para camareros, de un taller de pelucas y postizos, de una corsetería que el año que viene ya será unisex. Las ruedas de la silla que suben a la otra acera, trac, trac, y el coche que se aleja, y otra vez la soledad de una ráfaga de viento, el llanto de un niño en un entresuelo olvidado, las hojas del otoño flotando en una calle de la que en ninguna parte consta el nombre. En fin, Paquito, aquí estás haciendo de hermana de la Caridad, de discípulo predilecto de San Juan de Dios, empujando el peso de esta noche que es tuya y el peso de la silla de ruedas que afortunadamente es del otro. Ya estás en la acera, trac, trac: sigue.

—Pues resulta que hace mal tiempo, ¿eh?

—Sí, ya se sabe: el otoño.

—A estas horas, ¿cómo le han dejado solo aquí, siendo un inválido?

—Es que no necesito a nadie, ¿sabe? Algunas noches bajo al bar y luego vuelvo. No pasa nada. Pero es que hoy me da miedo la calle porque, con la lluvia, los coches no pueden frenar. Es jugársela.

—Sí, ya lo comprendo.

—¿A usted no le molestaría llevarme un poco más? Total, ya estoy en casa.

—No, hombre, de ninguna manera. ¿Dónde es?

—En ese callejón. Un poco más allá de la verja, casi a la entrada. Cuidado... Hay un desnivel. A mí siempre se me quedan clavadas las ruedas.

Vaya, avanza, discípulo predilecto de San Juan de Dios, empuja la silla y salva lo que no es un desnivel, sino un bache profundo donde yacen hojas muertas, pedazos de papel donde alguien escribió una partitura, un manifiesto autonomista o una lista de boda; donde encontrarás pelos de hembra adulta, delicadezas de gato y humedades urbanas. El callejón es un largo intestino industrial que lleva a una pila de cajas vacías, a unas ventanas enrejadas, a un taller en crisis donde ya sólo se fabrican esperanzas. Hay un coche estacionado allí, un coche con una pareja rien ne va plus, dispuesta a todo, cuyo conductor morirá seguramente después del orgasmo. Hay pedazos de noche en las paredes, pedazos de silencio en los balcones del primer piso, unas prendas femeninas colgadas en un terrado bajo. Salta entonces el brusco ruido del motor del coche, vamos a otro sitio, nena, un sitio donde podamos estar más tranquilos: quién sabe si ese tío de la silla de ruedas es un municipal de la nueva Brigada Móvil, dotada con todos los adelantos. Cuidado con él.

—En todos los lugares oscuros hay coches con parejas —musitó Paquito—. Acabarán haciendo modelos con bidé.

—Sí... Este callejón lo conocen algunos travestis. Traen aquí a la gente.

—¿Arman escándalo?

—No, nunca. Todo lo contrario; no les conviene.

Y el inválido señaló una de las puertas en el sitio más oscuro del callejón. Susurró:

—Es ahí.

—Bueno, pues ya ha llegado usted a su casa. Que tenga suerte.

—Gracias, amigo.

Y el inválido se puso en pie.

Nada de silla de ruedas, nada de piernas que ceden, nada de cuerpo que pide la última compasión porque se hunde o porque se dobla. Sólo los brazos poderosos, el cuello de toro, la mirada maligna más allá de su soledad y de su noche. Paquito dio instintivamente un paso atrás.

—Pero... ¿pero qué es esto?

—Dame enseguida todo lo que tengas, cabrón. Venga: la cartera, el reloj, los anillos, todo...

—Oiga, esto es un... un...

El filo de la navaja empujó suavemente a Paquito contra la pared. Hubo un relampagueo lento, mientras en la hoja de acero estallaba una gota de lluvia.

—... ¿Una guarrada? Muy bien, peor para ti. Le reclamas a tu padre. Ahora suelta todo lo que llevas. Suéltalo o te rajo.

Paquito se dio cuenta de que el otro iba armado y él no, de que allí no le ayudaría nadie, de que los únicos testigos de su defensa serían la noche, la soledad, las cajas vacías y algún gato sin memoria. Se hundió sintiendo que se le secaba la boca, que se le doblaban las rodillas, que el corazón le pinchaba como si le hubieran puesto un anzuelo dentro. No valía la pena luchar.

—De acuerdo... —logró decir con un hilo de voz—, no hace falta que me enseñe tanto la navaja... Le daré lo que llevo encima.

—Pues muévete aprisa... ¡Aprisa!

Paquito sacó la cartera (tres billetes de a cinco mil pesetas completamente nuevos, la documentación, el recordatorio de un difunto, un tallo ya seco que en otro tiempo había sido una flor de otoño). Se desprendió del reloj (un Longines de oro que había marcado muchas horas antiguas y por lo tanto horas probadas y de toda confianza). Desalojó con gesto suave el alfiler de corbata (a su extremo una perla solitaria, fría y lejana como el ojo de un pez de buena familia). Retiró el anillo de sello (iniciales enlazadas, una fecha, una promesa, el recuerdo de una boda, o sea un hermoso recuerdo cargado de olvidos) y se lo entregó todo al nuevo representante de la paz social, al apóstol de la navaja.

—Tome, aquí tiene. No hay más.

—¿Que no hay más?... Tu madre. Venga ese otro anillo. Llevas otro anillo, cabrón. Suéltalo o te rajo el dedo.

Había bajado la hoja de acero. Brillaba junto a ella, en la izquierda de Paquito, el rubí grande y rojo como una última lágrima de Cristo, el círculo de oro sin fechas, sin promesas y, por lo tanto, sin olvidos. Paquito se encogió.

—No, eso no —dijo.

—¡Venga el anillo, hijo de puta!

—Se lo ruego... Es la única cosa que le pido. ¿A usted qué más le da? No me lo puede quitar. Es algo sagrado, es un recuerdo de familia.

—¿Un recuerdo de queeeeeé?...

—De familia.

El atracador le golpeó rabiosamente con la mano izquierda, empujándolo contra la pared. Mientras tanto, con la derecha, le hundía materialmente la navaja en el cuello. Su voz sonó apenas como un susurro al ordenar:

—Sácatelo...

—Yo no puedo. Sáquelo usted mismo.

Demasiado sabía Paquito que el otro necesitaría las dos manos para eso, o sea que tendría que guardar la navaja. Pero si llegó a pensarlo como una treta para defenderse, se equivocó. El golpe volvió a estallar sobre su cara. La navaja se hundió un poco más, llegando a dibujar una línea de sangre.

—He dicho que te lo saques, mal parido. No te lo volveré a repetir.

Paquito cerró un momento los ojos.

De entre sus labios partió una especie de gorgoteo mientras gemía:

—Por favor...

—Dame la mano.

La navaja se alzó de nuevo. Parecía estar lista para seccionarle el dedo. Y otra vez se produjo en la noche, como si el tiempo se hubiera detenido de pronto, el milagro del relampagueo quieto en el aire, el milagro de la gota de lluvia que chocaba no contra la navaja, sino contra el brillo de la navaja. La lámina de acero descendió. La voz dijo:

—Vas a perder más, hijo de puta. O te lo sacas tú mismo o...

La voz de Paquito resonó como un aullido histérico:

—¡No!

Y se llevó las dos manos a la espalda para que el otro no pudiese ni tocar el anillo.

Fue entonces cuando sucedió, fue entonces cuando el hombre de la silla de ruedas pareció perder totalmente los nervios. El tajo brutal se llevó por delante la garganta de Paquito, el cuello inmaculado de su camisa —riguroso modelo Vehils Vidal—, el nudo de su corbata —última novedad Gonzalo Comella—, la suavidad de la nuez de Adán —regada con Eau de Rochas—. Fue entonces cuando la sangre saltó, manchó la pared como un salivazo, alcanzó la nariz de Paquito, llenó el vacío de su boca. El gorgoteo cruzó el callejón y todas sus noches, rompió el silencio de todos sus gatos. Paquito quedó un momento como clavado en la pared, con los ojos muy abiertos, los labios colgando en el vacío, las manos arañando frenéticamente el muro que tenía a su espalda. Luego se derrumbó poco a poco, mirando aquel vacío con una última expresión de estupor, mientras el aire se llenaba para él de brillos de acero rotos por la lluvia que venía de algún cielo de nadie. Un reflejo acharolado en la esquina, una luz que se extingue, un perro que ladra en la lejanía de otra ciudad. Luego nada.

El hombre que acababa de segarle la yugular empuñó la navaja con más fuerza, fue a cortarle el dedo que conservaba el anillo, y en aquel momento se dio cuenta de que un coche giraba para entrar en el callejón con un chirrido de ruedas. Más allá del relampagueo de los faros llegaba otro travesti dispuesto a venderlo todo, otro manso dispuesto a comprarlo todo; y más allá todavía, cuando el travesti y el manso viesen lo que ocurría, iba a nacer un grito, una alerta lanzada a la soledad, mira lo que está haciendo ése, cariño, demuestra que eres un macho, persíguelo, dale bien fuerte con el capó y hazlo chicha. Pero antes de que todas esas delicadezas ocurrieran, el atracador soltó la navaja y huyó con velocidad de rata, saliendo por el otro lado del callejón. No llegó a darse cuenta de que los del coche no le habían visto a él ni, por supuesto, habían visto el muerto. Cosas más urgentes había que hacer. Aunque, eso sí, el travesti le había dicho al tío: demuéstrame que eres un macho, cariño, demuéstramelo ahora, apóyame fuerte contra el capó y hazme chicha. Y el manso había contestado: pero, cariño, ¿con esta lluvia?...

Méndez —lo que es la vida— fue el invitado de honor en una fiesta benéfico-social, en uno de esos actos donde el pobre que buscaba un rico y el rico que buscaba un pobre celebran entre aplausos haberse encontrado mutuamente.

—Es una gran oportunidad —le había dicho el jefe en comisaría—. Se va usted a poner morado de pastas.

Era, en efecto, una formidable ocasión de reconciliarse con la vida, de volver a encontrar —y encima gratis— los viejos sabores del cariñena garrafa, de la tortilla de patatas hecha por la dueña de la pensión, de la sardinilla que no hace ni un mes aún coleaba en el puerto, de los embutidos que aún llevan el certificado de vacunación antirrábica y de las aceitunas pacientemente curadas en un mingitorio municipal. Todo eso y más —toda esa ostentación gastronómica, toda esa exageración capitalista, todo ese despilfarro urbano— descansaba sobre los grandes bufets expuestos a la admiración pública antes de empezar la fiesta y el reparto de obsequios a los pobres que habían encontrado rico. Las ventanas del piso, ventanas de medio arco que daban a la calle Nueva, derramaban sobre los platos una luz gris y aguada, una luz de Navidad con niño que llora y con padre que aún no ha llegado a casa. Un tocadiscos situado en un rincón lanzaba las notas de una canción de Manolo Escobar, de una pared colgaban tres banderas, una española, otra catalana y una tercera absolutamente indefinible y que por su sospechoso aspecto podía ser una bandera de Afganistán, pero que si uno se fijaba bien en ella descubría el secreto de unas letras: «Sociedad coral, benéfica y recreativa Los Amigos del Distrito». En la pared opuesta, un gran cartel pintado a mano reproducía una madre con un niño que miraban esperanzados hacia el futuro y de paso miraban también hacia una leyenda que decía en rigurosa exclusiva: «Odia el hambre y compadece al hambriento».

—Todo esto es fruto de una gran colecta popular —le explicó a Méndez uno de los organizadores—, pero el piscolabis, para que resulte más barato, lo han preparado desinteresadamente algunas señoras de la barriada.

—Lo noto por el aroma —dijo el viejo policía—. Seguro que la sardinilla viene de la calle de San Olegario.

—Pues sí, señor. Hay que ver qué dotes y qué sutileza.

—La tortilla de patatas la han hecho en el bar donde vivo. Seguro.

—¿Cómo lo ha adivinado, señor Méndez?

—Tiene un no sé qué.

—Pues pruébela, pruébela... Está recién hecha. Todavía calentita, despidiendo aceite.

Y el organizador mostró en un gesto amplio —con el que intentaba inútilmente abarcar la sala— toda aquella exposición de fósiles, de panecillos sobrantes de la Íntima Cena, de peces disecados, de mejillones yacentes que un día formaron parte, por méritos propios, de la madre Naturaleza. Luego musitó:

—Vea qué riqueza.

Por descontado que a Méndez se le había abierto el apetito, dada la legítima procedencia de todos aquellos alimentos. Como digno representante de la autoridad constituida —junto con el concejal del distrito, un delegado de Cáritas, un diputado autonómico, una madame retirada, un ex director de periódico y un sargento de la Guardia Civil—, acompañó durante el tentempié a las masas necesitadas del barrio. Su importante presencia oficial no llegó a ser muy detectada, pues el acto en sí, desde la voz de «Por favor, coman algo, señores» hasta su adecuado final por consunción, duró exactamente tres minutos y medio.

Luego el mismo organizador vino hacia él.

—¿Qué, señor Méndez?

—Hombre, cojonudo.

—Todo bueno, ¿eh?

—Yo he agarrado un mejillón.

—Los mejillones son estupendos, señor Méndez. Dicen que son afrodisíacos.

—Sí, ya lo noto. Es asombroso, oiga. No sé qué hubiera ocurrido si llego a comerme dos. Lo mismo tienen que sujetarme.

—¿Y pan? ¿Ya ha probado el pan?

—Sí, sí... Estaba buenísimo.

—Estupendo. No sabe la alegría que me da. Pero ahora, con su permiso y el de las otras autoridades, vamos a proceder al reparto de ayudas. ¡Señores, pónganse en fila, por favor! ¡Cada uno con su cupón y que nadie se cuele! ¡Orden, un poco de orden!

Las ayudas consistían en materiales de todas clases, desde vil dinero metido en sobrecitos hasta vales para la farmacia, pasando por cochecitos de niño, colchones, libros de texto para los hijos y bufandas para los padres, todo ello según una estricta relación de desamparos que había empezado a ser preparada meses antes y comprobada, por si acaso, el día anterior. Al final, cuando todo el reparto hubo sido hecho, cuando se hubo llegado al happy end reglamentario, sólo quedó olvidada en un rincón, como un objeto inútil, como el recuerdo de alguien que ya no existía, una silla de ruedas.

II

LA CASA DE LOS PÁJAROS GÓTICOS

Alfredo Cid se removió incómodo en el asiento posterior del impecable Jaguar color negro, tapicería de cuero gris, mientras indicaba al chófer que doblase la primera esquina.

Por supuesto, la incomodidad no era física, ya que el Jaguar reunía todos los requisitos para no castigar en ninguna circunstancia ni siquiera unas posaderas y unos riñones tan delicados como los de Alfredo Cid. Era una incomodidad de tipo moral (la cantidad de problemas exclusivamente morales que uno puede tener a bordo de un Jaguar es incalculable) porque a Cid no le convenía en absoluto presumir de coche esa mañana. Hubiese preferido venir en el Corsa, que es infinitamente más modesto, o incluso en el R-25, que pese a ser un coche caro no llama tanto la atención de las masas. Pero el Corsa se lo había llevado su mujer, y el R-25 su hijo, dejando a Cid convertido en un hombre sin la facultad más preciada, que es la libertad para elegir entre dos bienes. (Alfredo Cid pensaba muy sensatamente que cuando tienes que elegir entre dos males no existe verdadera libertad.) Además, como él no conducía bien el Jaguar por entre la maraña urbana, había tenido que llamar al chófer. Todo eso —se daba cuenta ahora— ofrecía una imagen negativa, constituía un error, un atentado contra la imagen de la democracia.

Pero ya era tarde para evitarlo, de modo que señaló la casa y le dijo al chófer:

—Es ahí.

—¿La de la esquina?

—Sí. La que tiene parte del jardín en el chaflán.

—¿Paro en el vado? Es el único sitio libre.

—No, nada de eso. Métete en el vado, pero como si fueras a entrar en la casa, no como si fueses a aparcar delante. Así... Muy bien. Ahora toma esta llave, que es la de la puerta, y abres. El coche puede entrar en el jardín directamente. Ya verás qué jardín, ya... Lo que la gente despilfarraba antes el espacio. Es escandaloso.

El jardín, en efecto, era grande y rodeaba la casa. Por dos lindes, incluido el chaflán, daba a la calle, a sus ruidos y a sus coches, que al parecer captaban continuamente señales de urgencia. Por los otros dos lindes, el de la parte posterior y el de la derecha entrando (como se dice en las meticulosas escrituras notariales), lo cercaba un mundo hostil de otras casas, de paredes medianeras, de patios de luces abiertos sobre el jardín, de ventanitas correspondientes a cocinas y a cuartos de baño desde las que las matronas vecinas recibían el sol del mediodía y oteaban la calle al levantarse por la mañana. Alfredo Cid sabía muy bien que todo aquello iba a terminar, que pronto el jardín desaparecería y que los patios de luces dejarían de ser abiertos y de tener por frontera el sol, para adquirir la frontera de una pared, de otras ventanitas y de otras matronas vecinas que a partir de entonces tampoco distinguirían la calle. Pero, a cambio, se evitaría el despilfarro del suelo, que es uno de los mayores favores que un hombre puede hacer a la ciudad que ama.

El chófer preguntó, al abrirle la portezuela:

—¿Dejo el coche aquí?

—Sí, claro. Y espérame.

Mientras avanzaba, Alfredo Cid pensó de nuevo que no le favorecía la imagen que estaba dando, la de un capitalista todopoderoso que llega en su Jaguar dispuesto a avasallar y a olvidarse de los derechos de los otros. Aunque uno sepa que esos derechos no existen —pensaba Cid— o que no deben ser respetados, tiene que dar la sensación de que los respetas; ésa es la gran meta, en los aspectos democrático y jurídico, que han alcanzado las sociedades modernas. Cualquier encomiable administración pública sabe que hay que conservar los verdugos, pero que hoy día los verdugos necesitan imprescindiblemente un técnico en imagen.

Molesto consigo mismo por no haber tenido en cuenta a rajatabla una norma tan elemental y por no haber sabido respetar los avances técnicos de la democracia, Alfredo Cid subió a buen paso las escaleras de la torre. Hasta tenía una estructura de obra vista, pero no con la linealidad de las construcciones de ahora, alzadas sin más regla que la de la plomada. La vieja torre tenía, por el contrario, columnas onduladas para rendir a Gaudí y a Puig y Cadafalch un homenaje barato, porches para tertulias que ya se habían terminado, hornacinas para santos que ya se habían ido. Tenía mosaicos traídos de Manises, rejas forjadas por algún artesano de Ripoll; tenía gárgolas nibelungas, tejado con piezas de colores y unos maravillosos cristales emplomados, tan perfectos que de ningún modo podían tener una procedencia legítima: seguramente habían sido robados por el jefe de policía de Chartres. Todo eso y además el silencio, todo eso y los árboles del jardín, tan viejos, pensaba Cid, que a la fuerza tenían que estar poblados por pájaros góticos.

Todo eso y los extraños reflejos en los cristales de las buhardillas, tras los que aún debían de acechar las caras de los niños del siglo XIX que ya estaban convenientemente muertos. Fotos color sepia en el álbum de familia, mancha dejada en la pared por un cuadro que ya no existe, juego de té que ya no se usa y allí, al fondo de la habitación, el estante que nadie toca, el estante de los floreros antiguos.

El silencio del jardín se hacía aún más espeso en el interior de la casa, silencio de recibidores donde no se recibe a nadie, de comedores sin niños y de alcobas sin pecados, silencio que parece el del último avemaría de la ciudad, bendita tú eres entre todas las mujeres, en una Barcelona donde ya no suenan las campanas. Y Alfredo Cid que avanza.

—¿Hay alguien aquí?

La gran chimenea del salón, su amplia repisa de mármol bajo un espejo de Murano empotrado en la pared, inseparable ya de ésta como un ombligo de la casa. Maldita sea, piensa Cid, este espejo ya no lo salvaremos, lo van a destrozar cuando empiece el derribo aunque en esta habitación ponga a trabajar a la gente fina, a los obreros selectos, es decir a los que aún no tienen carné sindical de matarife. Felices tiempos aquellos en que los peones de derribos te lo salvaban todo, en que les podías recomendar paciencia porque no importaba un jornal más, tiempo en que arrancaban uno a uno los ladrillos de las paredes y los limpiaban para que pudieran ser usados otra vez en otras casas que aún no habían nacido. Ahora lo van a romper todo, incluso los mármoles de esta chimenea tan preciosa y tan enorme que en ella hubieran podido ser asados —piensa Cid— el cordero pascual o el hijo ilegítimo de la criada y el mayordomo. Tampoco salvará nadie el techo, maldita sea, a pesar de que en él hay adornos de madera que parecen salidos del desguace de un galeón de Indias. Hoy día, de una vieja casa sólo se aprovecha el terreno que ha dejado vacuo, como de un hombre muerto sólo se aprovecha la mujer que ha dejado libre.

—¡Señora Ros! ¿No está usted aquí?

Las escaleras con baranda de auténtico roble: bueno, esto sí que lo puedo salvar cuando haga derribar la casa, después de echar a los gusanos que la pueblan todavía hoy. Para eso he venido, al fin y al cabo: un último apercibimiento, éste ya en plan personal. Un último plazo. Fuera: por si no lo sabía, señora Ros, aquí hay cincuenta viviendas garaje, trastero, aire acondicionado, cocina de cinco fuegos, puertas de seguridad, vistas a la parada de taxis, standing. La palabra standing saldrá en todos los anuncios, hace efecto. Y además la baranda de la escalera me la llevaré, haré que la coloquen en el dúplex del ático, sobre el que ya tiene opción uno del Opus que en lo más alto de todo se quiere construir una capilla.

—Bueno, señora Ros, más vale que hablemos. No se esconda usted, oiga.

El final de la escalera. Hala, ya está, ya he llegado. Casas de dos pisos con la cocina abajo y el comedor arriba. ¿A quién se le ocurre? Y los dormitorios: eso sí, los dormitorios son hermosos, amplios, tienen ventanas que dan al jardín, a sus árboles centenarios y a los pájaros góticos. Dormitorios con una nobleza que hoy ya nadie podría pagar, grandes piezas para yacer rodeado de mujeres, para morir rodeado de hijos, piezas que deberían ostentar en sus moquetas la flor de lis. Bueno, ya he llegado, pensó de nuevo Alfredo Cid, aquí tienen que estar la señora Ros y todos sus calendarios amarillos. Y de pronto se detuvo ante la puerta entornada, ante el más grande de los dormitorios (ventanas, efectivamente, sobre los árboles del neolítico y los pájaros que deberían estar disecados), para quedar clavado allí mientras la sensación de frío recorría sus piernas llegando desde abajo, mientras apoyaba las dos manos en la jamba y miraba a la mujer muerta.

III

EL CHICO

Méndez miró la silla de ruedas con curiosidad desde el otro lado de la sala, desde una de las ventanas por las que entraba aquella luz gris, aguada, de mañana de último domingo, luz que nacía en las entrañas de la calle Nueva.

—¿Qué es eso? —le preguntó al organizador, que por si acaso no se había despegado de él.

—Pues no sé; me extraña.

—¿No han venido a recogerla?

—No, se ve que no. Y es raro, porque le hemos pagado esa silla nueva a un inválido que tiene la suya ya muy cascada. La necesitaba de verdad.

—Pues entonces ya es curioso que no haya venido, ya...

El organizador se rascó una oreja.

—Yo llamaría a ese pobre hombre, claro, a ver qué ha pasado, pero es que no tiene teléfono. ¿Cómo va a pagar a la Telefónica, si no puede pagar la luz? Eso siempre lo comprobamos, oiga. No puede pagar. Pero ahora que lo pienso... Tengo un medio de comunicarme con él. Puedo llamar a la persona que me lo recomendó.

—¿Quién se lo recomendó?

—Un periodista.

—¿Un tal Carlos Bey?

—No. ¿Por qué había de ser él?

—Porque últimamente estaba metido en alguna actividad benéfica.

—Pues no es él, no... —dijo el organizador—. Deje que lo recuerde... Ah, sí. Se trata de un tal Amores.

Méndez casi pega un brinco.

—¿Qué?...

—Lo que le acabo de decir: un tal Amores.

—Oiga... ¿Tiene la dirección de ese pobre hombre de la silla de ruedas?

—Sí, la dirección sí que la tengo. Es aquí cerca, en el barrio, aunque ni hoy ni mañana voy a poder ir. ¿Por qué?

—Porque hay que ser muy rápido —farfulló Méndez.

—La verdad, no veo la razón. No imagino que esté usted organizando los cien metros obstáculos en silla.

—Pues yo sí que veo la razón. Ese hombre no lo sabe, pero al entrar en contacto con Amores le ha caído la negra. Seguro que ha muerto.

—Pero ¿qué dice?...

—Deme inmediatamente esa dirección.

Méndez la anotó. Luego corrió a toda velocidad hacia la puerta, a la que llegó jadeando.

El meritorio policía estaba seriamente preparado para los diez metros lisos. Doce ya le ponían en un apuro, y quince podían significar el fin.

Le ayudó la suerte, porque la sala tenía dieciséis metros según el arquitecto, lo cual significaba que tenía catorce setenta y cinco. Justo.

La Úrsula musitó:

—Tu madre, Méndez.

La Úrsula tenía a la entrada de un bar un puesto de lotería consistente en una silla y un letrero, es decir contaba con un presente. Tenía un entierro de primera ya medio pagado, es decir, contaba con un futuro. Tenía una pensión por su marido muerto en el incendio de un cine cuando había pedido permiso para ir al médico. Tenía, además, una colección de medallas piadosas, un hijo que la visitaba por Navidad, un amante ciego que la visitaba los días de lluvia, cuando en las calles no se podía pedir. La Úrsula tenía también una habitación muy bien aprovechada, puesto que cuando no la ocupaba ella la alquilaba por horas a parejas inexpertas y, por eso mismo, decididas a todo.

Por supuesto, la Úrsula había ejercido un oficio mucho más lucrativo y mucho más considerado socialmente durante los años de la prosperidad económica —aunque ese oficio también estuviera relacionado con una silla a la entrada de un bar—, y de ahí venía una cierta enemistad con Méndez, quien, según la Úrsula, había protegido a todas menos a ella, cuando ya se sabe que un policía honrado debe procurar que todas las mujeres sean iguales a la hora de escapar de la ley.

Repitió sordamente:

—Tu madre.

—Sólo te he preguntado si conocías a Antonio Pajares, nena. No hay para tanto.

—Hasta ahí podías llegar. Quién te ha visto y quién te ve, Méndez. Hasta hace unos días estabas tan poco ágil que sólo te enviaban a detener a los ciegos de la ONCE que vendían billetes falsos.

—Y uno de ellos se me escapó —reconoció Méndez—. Pero ya se sabe que, al cabo de los años, acabas fallando en algún servicio. Yo hice lo que pude.

—Maldito seas, bofias. Pero ahora aún es peor, ¿te has dado cuenta? Ahora has caído tan bajo que aceptas detener paralíticos. Muy bien... Ten cuidado, Méndez, mira lo que te digo: haz gimnasia, entrénate o ése se te escapará también. Vas dado.

—No he venido a detenerlo —dijo Méndez con suavidad evangélica—. Sólo quiero saber si vive aquí, porque estas casas son un lío. Es para no tener que ir preguntando piso por piso, ¿sabes? Me cansan las escaleras.

—Se te ha ablandado el cerebro, Méndez. Encima eso. ¿Ir de piso en piso, dices? ¿Dónde quieres que viva un desgraciado que para moverse necesita una silla de ruedas? ¿En el ático? ¿O es que piensas que en esa escalera de ahí al lado el dueño le va a instalar un ascensor?

—Un ascensor con bidé —dijo entretanto la mujer de la silla contigua—, con bidé y todo.

Méndez se batió en retirada estratégica.

—Es verdad —musitó—. Tiene que vivir en los bajos, claro. Qué cabeza la mía.

Y salió de allí.

Por supuesto que no todos los paralíticos tenían la suerte de vivir en unos bajos, y él lo sabía muy bien. Algunos estaban sentenciados a cautividad (veinte años y un día, sin permisos y sin vis à vis) en pisos de cuarenta metros cuadrados, en balcones con un geranio, un pájaro, una persiana que se rompe, una tubería que gotea y una vecina que canta. Algún día se escribirá, pensaba Méndez, la historia de esa última soledad, pero la historia no podría escribirla él. La podrían contar tal vez la vecina y el pájaro, exclusivamente uno para el otro.

Méndez caminó con sigilo.

A otro paralítico amigo suyo —lo recordaba muy bien— le pescó una noche su mujer cuando le hacían en el portal un trabajo de rigurosa alcoba, y la mujer cambió el alquiler de los bajos por el de un cuartito en el terrado de la misma casa, de donde el paralítico ya no podía salir y donde él y un moro vecino se insultaban sigilosamente. La mujer había querido salvaguardar así la fidelidad conyugal, pero Méndez sospechaba que el marido y el moro acabaron entendiéndose en algún rincón sentimental del terrado, loada sea la sabiduría del Profeta, que acaba poniendo remedio a todo.

Penetró en el portal, un lugar oscuro y lleno de fetideces, pero también lleno de la vida que pasa. Un perro le quiso morder, una vieja le preguntó adónde iba, una joven le propuso en exclusiva una novedad sexual, un guardia municipal que hurgaba en los buzones se dio a la fuga con toda diligencia. La escalera estaba sumida en su quehacer cotidiano, en su alegría a toda prueba. Méndez supo dónde vivía el paralítico al oír tras una puerta de los bajos los aullidos lastimeros de otro perro que parecía no haber salido a paseo desde los tiempos del Arca de Noé. O allí no estaba el dueño, o el dueño tampoco podía salir de casa ni por lo tanto sacar al can a que hiciera lo suyo. Méndez llamó.

La mujer ya madura que le abrió llevaba una sartén en la mano, y la levantó al saludarle cariñosamente.

—Mierda de policía —dijo.

Trató de cerrar, pero Méndez cruzó el zapato con esa habilidad de los veteranos que ya cobraban del «fondo de reptiles» de Canalejas.

—Sólo trato de ver a Antonio Pajares —dijo—. No intento detener a nadie.

—¿Ver a Antonio? ¿Desde cuándo un policía se ha molestado en ver al pobre Antonio? ¡Váyase a tomar por donde ya toma! Usted lo que quiere es cargarse a mi chico. ¡Largo de aquí! ¡Estoy en mi casa, cacho cabrón!

Méndez no sabía quién era el chico, y tampoco le importaba, pero anotó mentalmente el nombre y la dirección por si había alguna denuncia en el barrio. En un sitio así podía pasar cualquier cosa, pedía producirse cualquier hecho, desde el alquiler de una habitación para dos sodomitas armenios a la fabricación de bombas nucleares para el gobierno de Tanzania. Dio un empujón y entró. Después de todo, no resultó demasiado difícil arrollar a la mujer, con sartén y todo.

El paralítico estaba allí, sentado en una butaca medio rota, dándole a una radio con una mano y sujetando al perro aullador con la otra. Extrañamente, al contrario que la mujer, su reacción fue de alivio al ver a Méndez.

—Ah —dijo—, usted viene por lo de la denuncia.

—Sí, claro. La denuncia.

Y Méndez añadió con un suspiro:

—Celebro que esté usted vivo; no sabe cuánto lo celebro.

—¿Por qué no había de estarlo? Hasta ahora nadie me ha atacado. Sólo me han robado la silla.

—¿Se la han robado?

—Sí. Y por eso no he podido ir a recoger la nueva, la que me iban a dar, la de la beneficencia esa. ¿Cómo querían que fuese? ¿A caballo? ¿O en los hombros de la vieja?

—¿La vieja es su madre?

—No. Es mi tía. Mató a mi madre hace treinta años y cumplió diez de cárcel, ahí donde la ve.

Méndez arqueó una ceja. Llevaba toda su vida en el barrio, pero según qué cosas aún no las había visto ni oído nunca.

—¿Y por qué vive con ella? —preguntó.

El paralítico se encogió de hombros y alzó un poco las manos, pero sin soltar el perro.

—¿Y qué quiere que le haga? —farfulló—. Es la única familia que me queda. A ver si me encuentra usted otro apaño.

—Claro... La única familia. Oiga... ¿por qué hizo ella una cosa así?

—¿Viene a investigar ahora eso, policía? ¿Por ahí se descuelga? Hace treinta años, oiga. ¿No viene por lo de la silla? En cambio lo de la silla pasó ayer, tiene leche.

—No... No he de investigar nada de aquello, claro que no —dijo Méndez con untuosidad—. Aquel caso ya estará en los archivos pertinentes, o sea los que le correspondan según la decisión de la superioridad. Nadie se atrevería a sacarlo de allí, ni aunque doblasen el número de archiveros. Vaya trabajo, vaya polvo, vaya cochambre. Yo lo preguntaba sólo por curiosidad.

—Lo hizo por mi padre —contestó el paralítico, con voz apenas audible.

—¿Vivían juntos? ¿En el mismo piso?

—Sí.

Méndez arqueó una ceja.

—Entendido —susurró, cambiando de tono—. ¿Tú eres «el chico»?

—La vieja me llama siempre de esa manera, jodida manía la suya. No sé qué hacer. Ya tengo mis buenos treinta y cinco años, ¿no? Pues nada. El chico.

—¿A qué te has dedicado últimamente, chico?

—¿Usted también?... Bueno, pues uno tiene que vivir de algo, ¿no? Me retiraron de la venta de cupones, ya ve qué guarrada, a ver si eso se le hace a un hombre como yo, que no puede moverse. Ahora vivo de lo que sale buenamente.

—Las rifas de los bares, los chivatazos, el trile... —insinuó Méndez.

—Lo que le sale a un hombre de bien, ya se lo he dicho. Cosas normales, sin hacer daño a nadie. Y el trile mi trabajo me da, porque he de hacerlo en una mesa. No puedo arrodillarme en la calle, qué más quisiera.

—Algún sobrecito de heroína también, claro, sin hacer daño a nadie —susurró Méndez.

—No, de basura nada, oiga. Hasta ahí podíamos llegar. Si acaso, alguna miaja hierba.

—De acuerdo, chico, de acuerdo... Dile a la vieja que nadie te va a detener. Dile también que sólo he venido por lo de la silla. ¿Cuándo te la robaron?

—Ya se lo he dicho: ayer. Y enseguida fue la vieja a presentar denuncia. No es que valiera gran cosa, pero me hacía falta. Ya ve, no puedo ir ni a recoger la nueva. Vaya coña.

Méndez se sacudió pensativamente sus solapas.

—Tiene narices —musitó al cabo de un instante—. Mira que robar una silla de ruedas, y encima vieja. ¿Adónde iremos a parar? Van a acabar robando hasta un cargamento de gomas. ¿Dónde la habías dejado, chico?

—En el portal, pero sólo esa noche. Un amigo mío tenía que llevársela muy temprano para ajustar el asiento, porque ya se me iba.

—A lo mejor la necesitaba algún otro paralítico del barrio. Y es que se ve cada caso... ¿Hay más baldados por aquí?

—Claro que los hay. A manta. Pero yo conozco mi silla, vaya si la conozco. Por aquí no la tiene nadie, porque al que la tenga le meto las dos ruedas en el culo y las hago girar, vaya si se las meto.

Méndez fue hacia la puerta antes de que el otro entrase en detalles sobre aquella nueva sensación erótica y las posibilidades que tenía.

El asunto que tanto le había afectado (la intervención de Amores hacía suponer al menos una muerte inmediata) se estaba transformando en un robo miserable o en una broma abyecta, pero nada más que eso. Por una vez, la aparición de Amores no iba ligada a la aparición de un cadáver debidamente insepulto. En consecuencia, el asunto ya no interesaba a Méndez; casi podía decirse que le había defraudado. Pero de todos modos dijo desde la puerta:

—Haré que esos de la beneficencia te traigan la silla nueva aquí, porque ya veo que la necesitas con urgencia. Mientras tanto, veré si alguien ha dado con la vieja, y así tendrás las dos. La vieja la podrás arreglar, supongo.

—Claro. Y quizá se la acabe regalando a usted —sugirió amablemente el chico.

Méndez no se ofendió. Por el contrario, dijo muy finamente:

—Gracias.

La verdad es que el reuma empezaba a no dejarle vivir. Además, quién sabe lo que va a acabar necesitando uno.

Bueno, allí estaba el callejón. Sucio, gris, con sus cajas vacías apiladas al fondo, su ropa tendida en las ventanas, sus gatos vigilando desde la distancia y, en fin, con las puertas cerradas de un taller que ya no servía ni para fabricar esperanzas. Así, a la luz del día, el callejón parecía aún más angosto y hostil que por la noche, aunque había que reconocer que los automóviles de la policía y del juzgado le daban una cierta brillantez oficial. Incluso había una urbana —muy delgadita, pero según Méndez todavía de buen ver y buen palpar— que regulaba el tráfico.

Alguien dijo a su lado, ante las rejas que en parte cerraban el callejón:

—Hasta ahora no ha llegado el juez. Y eso que el crimen lo cometieron anoche.

Méndez se aproximó. No necesitó enseñar la placa, porque todos los policías de Barcelona le conocían y mantenían con él las debidas distancias. El inspector encargado del caso le miró desde lejos y con una expresión entre sorprendida e impenetrable, como la del que mira a uno que ha entrado en un banquete de bodas a pedir limosna. Luego le volvió la espalda.

Más allá del inspector sorprendido e impenetrable se distinguía la figura algo encorvada del juez, que llevaba un abrigo negro con cuello de terciopelo y sostenía en la derecha una carpeta de colegial, vieja y seguramente entrañable, que pudo haber servido para guardar los primeros versos de Antonio Machado o quién sabe si una carta de amor escrita por un adolescente a la más joven de sus tías. Una lejana nostalgia flotaba sobre aquel juez, nostalgia de algún casino de ciudad pequeña y de alguna cruz en un camino de Castilla. Más allá aún, estaba un secretario que no tomaba notas y que se limitaba a mirar las prendas femeninas del tendedero, calculando la magnitud de sus usuarias. El horizonte visual de Méndez se cerraba con un fotógrafo gordo, en cazadora y blue-jeans, que tomaba vistas aburridamente. O con un sargento de la Nacional que se ajustaba la boina una y otra vez. O con el cadáver cubierto por una manta. Y, por último, con una silla de ruedas.

Méndez se sacudió las solapas respetuosamente, como solía hacer en las ocasiones solemnes que requerían un cierto aire de dignidad.

—¿Cuándo fue? —preguntó.

—Anoche. Debió de ser sobre las dos de la madrugada —respondió desdeñosamente el inspector asombrado y hermético.

«O sea, después de que yo hablara con el chico —pensó Méndez—. Él aún no sabía nada de su silla y alguien ya maquinaba eso con ella. Hay que ver.»

—¿Quién le ha hablado de esto? —preguntó el inspector, sin dignarse mirarle.

—Me lo han dicho en mi comisaría. Que se había cometido un crimen aquí. Pero yo sólo estaba siguiendo la pista de la silla de ruedas, ¿sabe? Y he venido al enterarme de que la silla había aparecido junto al cadáver.

—Sí... Es una cosa inexplicable.

—¿Quizá el muerto era un paralítico? —preguntó Méndez.

—No... ¡qué va! Era un hombre perfectamente normal, que además ya está identificado. Se llamaba Francisco Balmes, pero parece que todos sus amigos le conocían por Paquito.

—¿A qué se dedicaba?

—Era representante de bisutería, aunque parece que no trabajaba mucho, ni por lo tanto ganaba mucho dinero. Casado y sin hijos, con domicilio en la calle del Rosal, muy cerca del Paralelo. Ya ve si me he movido y he averiguado cosas, Méndez, antes de que viniera el juez.

Y añadió:

—¿Algún comentario?

—No, nada, nada... Yo sólo quiero manifestarle que soy adicto a todos los que sienten dentro de sí la llamada del servicio.

—Y hablando de servicio... ¿usted qué hace aquí, Méndez?

—Puede decirse que nada. Yo no he venido por el muerto, sólo he venido por la silla, ya se lo he dicho.

Y avanzó unos pasos, pero no fue para mirar la silla, sino el muerto. Alzó la manta, le echó un vistazo y luego lo volvió a cubrir con solicitud maternal, como si quisiera evitar que pillase frío.

—Pues para ser un representante que ganaba poco dinero, tiene aspecto de hombre fino —dijo, volviendo junto al inspector—. Va bien vestido, lleva unos zapatos caros... y con las suelas rozadas y manchadas de barro, lo cual indica que él andaba y, por supuesto, no usaba la silla de ruedas.

—Eso ya lo he averiguado yo también, Méndez. No crea que es el único. El muerto, ya lo he dicho, no necesitaba ninguna silla de esa clase. Y en el barrio nadie conoce ese cacharro medio roto, nadie había visto la silla aquí jamás. O alguien la dejó abandonada en el callejón como un trasto, porque la verdad es que está casi inservible, o, aunque parezca mentira, en esa silla de ruedas iba el asesino. Puede que no tenga sentido y puede que las cosas no sucedan nunca de esa manera. Pero esta vez fue así.

Méndez hizo un gesto afirmativo, dejó que su garganta emitiera una especie de sonido de órgano en reparación y luego fue hacia la silla. Ésta tenía el asiento casi suelto, de modo que no le cupo ninguna duda de que era la que le habían robado al «chico». Luego sus ojos pasearon por las puertas del taller, por las cajas vacías, por los gatos a los que nadie daba una oportunidad de ser amados, que era lo que estaban esperando. El paseo de su mirada se detuvo en la navaja manchada de sangre que estaba examinando el juez, y que sin duda era el arma con la que se había cometido el crimen. Pero como Méndez no iba a tener la menor probabilidad de meter las narices en ella, decidió olvidarla. En cambio, se fijó en la mano del cadáver que sobresalía por debajo de la manta, una mano donde brillaba un anillo de oro con un rubí rojo como la última lágrima de Cristo.

Especialista como era en joyas robadas y luego vendidas en plan de mercancía de confianza a las honestas señoras de las esquinas de Fernando o Escudellers, Méndez calculó enseguida que aquella sortija valía, incluso en plan de saldo, sus buenas doscientas mil pesetas, aunque un ladrón la vendería por menos de la mitad. Y teniendo en cuenta que al muerto se lo habían quitado todo (incluso en el anular se apreciaba aún la marca de un anillo de sello), resultaba muy extraño que no le hubiesen querido o podido arrebatar aquella joya. Quizá era porque la había defendido con todas sus fuerzas, ya que incluso se apreciaba una línea de sangre en el dedo, como si hubieran intentado cortárselo. ¿Había sido la defensa de ese anillo la causa de la muerte? ¿El atracador había perdido los nervios al ver que no lo podía conseguir? ¿Quizá fue eso?

Méndez se ocupó aquella tarde de dos cosas: de llevar recado al «chico» diciéndole que la silla de ruedas vieja no se la iban a devolver aún, porque la policía la iba a retener un tiempo buscando huellas dactilares, y de ir al depósito de cadáveres del Clínico. La visita a tan estimulante lugar se debía a la esperanza de que le dejaran examinar con toda calma los dedos del muerto.

Tuvo suerte. El encargado del depósito seguía siendo un viejo amigo suyo. Con toda la calma del mundo, pues, Méndez pudo examinar las manos de Paquito, que ahora no exhibían ningún anillo. Sin duda el juez había hecho retirar el del rubí, que era el único que quedaba. Pero las marcas de los adornos se conservaban bien claras, y en especial la dejada por aquella última joya.

Méndez preguntó al encargado, quien ya entendía tanto como los forenses:

—¿Usted cree que trataron de cortárselo?

—Sí, a mí me parece que sí. Esa herida es bastante profunda, y además muy recta, muy uniforme. Si se la hubiesen causado luchando, tendría un trazo más inclinado, más irregular también, y sobre todo tendría otras heridas cerca. No podría jurarlo, pero para mí trataron de cortarle el dedo. Lo que pasa es que no debieron de tener tiempo.

—Ahí llevaba uno de los dos anillos —suspiró Méndez.

—Sí. Aún conserva la marca.

—Pues ése no se lo pudieron quitar. Lo vi en el cadáver, y eso me hace pensar que murió por defenderlo, porque todas las otras cosas se las dejó robar, supongo que sin resistencia. Bueno, gracias.

Estaba ya en la puerta cuando su amigo le preguntó:

—¿Alguien puede morir por un anillo?

—Depende del valor que tenga. Me refiero al valor sentimental.

Y añadió, mientras se alejaba un paso:

—Quizá aquella resistencia fue como un suicidio, pero justamente es eso lo que me da que pensar. La gente se suicida por sentimientos, usted lo sabe.

Y salió a la calle, cruzándose antes, en el pasillo, con un numeroso grupo de administradores de la Generalitat. A pesar de eso y de que la ocasión la pintan calva, Méndez no practicó detención alguna.

Las calles de Salvá y del Rosal, en el Pueblo Seco barcelonés, están separadas, cuando nacen en la línea del Paralelo, por un par de edificios y un solo centro cívico que además es uno de los vestigios del pasado más importantes de Europa: El Molino. Mezcla de cabaret, café concert, nido de poetas en rigurosa descomposición, lonja de contratación de granos al mayor, aceros de Avilés, tabaco de comiso, coches usados y señoritas en situación de prestar servicio.

Es también refugio de erotómanos que buscan entre las coristas a la mujer soñada; de matrimonios primerizos que buscan inspiración para la alegría del primer coito de la primera noche; de matrimonios en fase terminal que buscan excitación para la amargura del último coito (o al menos de su adecuado ensayo) de la que sospechan va a ser su noche postrera. Es casa abierta para estudiantes que llevan años preparando un examen delicadísimo; de campesinos de cercanías que están perdiendo las virtudes de la raza, porque ninguno de ellos imagina ya un dúplex con corista y yegua; de jubilados aún en pie de guerra; de oficinistas maduros que juran que sólo van allí por la música; de realquilados nostálgicos que hicieron el amor una tarde, una vez.

El Molino, con sus aspas eternamente inmóviles y su escenario que seguramente es el más pequeño del mundo, pertenecía también al universo de Méndez, que muchos años antes había prestado eficacísimos servicios de vigilancia en él, controlando a los que querían estimular manualmente al vecino y a los que no pagaban el «champán de la casa», o sea, la gaseosa. Ahora Méndez ya no pedía aquel importantísimo servicio porque el importantísimo servicio carecía de estímulos: el público había cambiado, se manipulaba en solitario (o sea, que no tenía el menor interés en ayudar al prójimo), bebía auténtico Codorniu cava y pagaba al menor requerimiento de los camareros, es decir, era un público carente de emociones, un público que no valía ya tanto la pena. Pero Méndez recordaba muy bien los cuplés de Bella Dorita, que llevaba en su boca la historia del Paralelo, su boca grande, de voz pastosa, que arrastraba en su profundidad toda la alegría y toda la muerte de la noche y la juventud que pasan («Ha venido el electricista / a mirarme el contador / y me ha dicho que lo tengo / muy requetesuperior. / Sólo le encuentra un defecto / que es muy fácil remediarlo / un agujerito enmedio / pero que él puede taparlo»). O la despedida de Johnson, hombre —se decía— de varios sexos, rey del Molino soy, llevando el pasado en su mirada perdida («Aunque me dicen sin razón / que soy un gran... bribón / las chicas guapas me gustan con pasioooooón»). Cuando algún sans-culotte del público le insultaba, Johnson solía contestar con desparpajo: «Tú, calla, que acabarás siendo mío».

Recordaba también los primeros tiempos de Escamillo, que un día fue joven y tuvo un chorro de voz y unos ojos que miraban al cielo, hasta que la profundidad del pequeño escenario lo devoró, lo hizo suyo y del tiempo que no vuelve. Y la canción canalla de las chicas del conjunto, canción que subía con la luz hasta el humo azul del último palco («La banana pa comerla / hay que quitarle la piel / si usté quiere se la pelo / y se la come después»). Y el can-can apenas tolerado aquellos años por la censura oficial, mujeres que enseñaban piernas e interioridades de salón privé; y Lidia, la compañera de Johnson, desvaneciéndose en el vacío, tragada por las noches sin historia; y los muslos de Maty Mont, y el silencio sideral de la calle cuando El Molino se había cerrado, cuando por el Paralelo ya no pasaba ni un tranvía y en la confluencia de Rosal y Salvá sólo quedaban tres cosas: la soledad de la noche, una vieja en busca de un portal para quemar su último pitillo y una muchacha en busca de un cliente para quemar su última esperanza.

En los buenos tiempos de Méndez, cuando el Paralelo —a pesar de la gran miseria colectiva del barrio— era una fiesta, se desarrollaba ante El Molino, en la pequeña plaza frontera, un activísimo comercio indígena: melones y sandías en verano, café o achicoria calientes, servidos en carritos ambulantes, durante el invierno. En otoño se asentaban las castañeras, y al llegar la primavera, Méndez se situaba allí para ver florecer a las niñas que estrenaban culo y a los poetas de mirada perdida que estaban a punto de estrenar inspiración urbana. Parte del activísimo comercio, aunque éste sólo para iniciados, se desarrolló hasta su desaparición en un chiringuito donde los tranviarios tomaban entre dos luces el primer brebaje de la mañana y donde los cobradores de recibos a domicilio se derrumbaban a veces, pensando si también habría que subir escaleras para llegar al paraíso prometido. La zona de El Molino estaba entonces llena de cafés con clientela a toda prueba (el Rosales, el Español) y de cabarets para hombres audaces (el Sevilla, el Bataclán), pero ahora esos grandes templos de la convivencia ya no existían. Habían sido sustituidos por casas de muebles a plazos y por exposiciones de cocinas todo comprendido, donde una buena esposa tendría el trabajo tan fácil que hasta le quedaría tiempo para ser infiel.

Pero a Méndez no le había llevado la nostalgia al viejo barrio, sino una misión concreta. Francisco Balmes, Paquito, el hombre asesinado, había vivido en la calle del Rosal, casi junto al Paralelo, muy cerca de El Molino. Y Méndez quería hablar con su viuda.

Por supuesto, no era asunto que le incumbiese a él. El caso correspondía a otro distrito y había ya otros hombres trabajando en las pistas. Incluso el jefe, en el sombrío despacho de la calle Nueva, le había prohibido que diera un solo paso en un asunto que no le competía. El educado diálogo se había desarrollado exactamente así:

—Me han dicho que ha estado usted husmeando en lo del cadáver de ese tal Balmes, Méndez. Ese al que los compañeros ya llaman «el muerto de la silla de ruedas».

—Qué va. Yo solamente sentía interés por la silla, señor comisario.

—¡Ah! ¿Pero qué pasa? ¿Se va usted a jubilar? Si es así, entre todos le regalamos una. Créame: yo pongo las primeras dos mil pesetas.

—Puede que no fuera mala idea, vaya usted a saber. Pero no para jubilarme, ¿sabe? Al contrario, con una silla de ésas podría trabajar mejor. A veces me canso cuando he de perseguir a alguien a pata.

—¿Usted? ¿Pero a quién cuerno persigue usted, Méndez?

—La semana pasada no alcancé por un metro al Serrano, el vendedor de hierba de la calle de Santa Madrona. Con un poco de ayuda lo hubiera conseguido. Maldita sea, me falló el último esprint.

—¿El Serrano? ¡Pero si el Serrano está cojo!

—Bueno, ésa es otra cuestión.

—Maldita sea, Méndez. Usted cumple, más mal que bien, el trabajo aquí. Pero en sus horas libres dedíquese a jugar al julepe, a ver si me entiende de una vez. No quiero que se meta donde no le llaman. ¿Me ha comprendido? ¡Pues coñoooooo!... ¡Métaselo en la cabeza!

—Sí, señor comisario, por supuesto que sí. Dios me libre de meterme en ese asunto. En todo caso esperaré a que el muerto me envíe una carta.

Y por supuesto que nadie había llamado a Méndez a la zona de El Molino y ningún muerto le había enviado una carta, pero el policía consideraba que dar el pésame, en nombre de las fuerzas represivas del Estado, a una virtuosa viuda, es una función social. Si además la viuda aún estaba de buen ver y lucía, como último homenaje profesional al marido, una bisutería barroca entre los senos, las consecuencias podían ser trascendentales (naturalmente en el terreno filosófico). Si la dama llevaba además un cinturón de castidad aunque también fuese de bisutería, Méndez tendría pleno éxito. Podría darle conversación, hurgar un poquito y luego marcharse como un señor, diciendo que si no podía hacer más no era culpa suya, sino del maldito cinturón. En cambio una viuda pidiéndole que, después del pésame, cumpliera con los deberes cívicos, le pondría en apuros irremediables.

Y había otra razón. Un asesino que busca a las víctimas en una silla de ruedas es, como mínimo, un artista. Por lo tanto merecía, también como mínimo, la curiosidad sentimental de Méndez.

La dama estaba, efectivamente, de buen ver y además llevaba bisutería barroca, pero se mantuvo fría, afligida y distante, como toda viuda decente debe hacer, pensaba Méndez, durante las primeras cuarenta y ocho horas. El piso, por otra parte, sólo daba para expansiones eróticas en tono menor: si empezabas a acariciar a la mujer en el comedor, y ella, para acreditar su virtud, se movía un poco en plan de resistencia pasiva, ya tenían que terminar en la calle la importante maniobra. Los metros cuadrados no daban para más. Era un piso pequeño, como casi todos los de Pueblo Seco, con un recibidor recargado (un recibidor con bisutería, si es que puede utilizarse esa expresión), una cocina, un comedor, dos dormitorios y una galería donde estaba el retrete. Más allá de la galería los patios vecinales, la ropa tendida, la voz de las radios comarcales y las televisiones autonómicas, una casada que te critica, un perro que te mira, un marido que te acecha.

La viuda susurró, al abrirle la puerta:

—Por favor, pase.

Debía de tomarle por un compañero de su marido, es decir por otro representante, aunque Méndez no tenía aspecto de vendedor de bisutería, o sea de mentiras para mujeres, sino de embellecedores para ataúdes y urnas, o sea de mentiras para muertos. Contestó con un «Gracias, a sus pies, señora», y tomó asiento en la salita-comedor donde estaba congregado el pueblo doliente: dos vecinas dispuestas a hablar de otras muertes rigurosamente exclusivas. Un cobrador de incobrables decidido a exclamar que la vida es un asco y que todo aquello parecía mentira, mentira. Un jovencísimo abogado resuelto a proclamar que ya no hay ley y que la justicia punitiva ya no existe. Un vecino ansioso, dispuesto a cepillarse a la viuda como prueba de buena voluntad. Un gato siamés obsesionado por ocupar en la cama el sitio vacío que había dejado el muerto. Era un mundo cerrado, perfecto y en orden, del que Méndez se sintió inmediatamente excluido.

La viuda se sentó junto a él y le miró más atentamente, dándose entonces cuenta de que no podía ser un compañero de su marido. Hizo un rápido cálculo de posibilidades y llegó a una sola e inapelable conclusión:

—Usted debe venir a cobrar algo de la funeraria.

—Oh, no señora, nada de eso. Yo conocí a su marido hace muchos años, muchos. Habíamos trabajado juntos.

Ella tuvo el buen gusto de no preguntarle dónde. Dios sabía, pensó Méndez, en qué sitios dignos de toda ocultación había trabajado Francisco Balmes. La viuda suspiró y dijo:

—Mucho gusto. Me llamo Esther.

—Yo, señora, con su permiso, me llamo Méndez.

—Ya ve qué pena. ¿Y cómo se ha enterado de lo del pobre Paco, haciendo tanto que no se veían?

—Los periódicos, señora. Enseguida me fijé en el nombre, y no sabe usted la sorpresa que tuve. Era una persona inconfundible...

—Ya ve qué desgracia, ya ve... ¿Y ahora qué hago yo, Dios mío?

—Alguna viudedad le habrá dejado el pobre Paco, algún apaño —insinuó Méndez, dándose cuenta por enésima vez de que es lógico que las mujeres vivan más, porque en el fondo de sus almas siempre tienen planificado un futuro solitario.

—¿Dejarme? ¿Y cómo podía imaginar el pobre Paco que se iba a morir? Él no pensaba en eso. Una miseria de los autónomos sí que me la habrá dejado, eso sí. Una miseria.

—Todo tiene remedio, señora, ya lo verá. Las cosas de la vida siempre se acaban arreglando, sólo hay que dejar pasar el tiempo, el tiempo.

Y la miró con más atención entre el silencio de la habitación que daba a los patios vecinales, entre los cric-cric producidos en los muebles por carcomas históricas, entre los humhum del vecino amable dispuesto a consolar a la viuda allí mismo, sobre la alfombra, los ay, ay de las amigas dispuestas a recordar la dignidad de otras muertes también allí mismo, en el piso contiguo, más cerca imposible. ¿Tenía la viuda Esther la posibilidad de que la vida le devolviera un futuro que no fuese solitario?, pensó Méndez. Al observarla bien, a la distancia que permitía aquella habitación exigua, envuelta en los ruidos furtivos que en la casa formaban el tejido del tiempo, se dio cuenta de que sí, de que tenía algunas posibilidades. Esther habría cumplido los cuarenta y cinco, tenía unas pantorrillas algo gruesas, prometedoras más arriba de amplitudes que las viejas civilizaciones —y con ellas Méndez— supieron amar. Sus caderas eran anchas, y su vientre, ya algo compacto, tenía el necesario grado de madurez, de sabiduría y de hospitalidad para recibir con resignación todas las mentiras. Los vientres jóvenes —pensaba Méndez— sólo admiten verdades, se agotan, y en cambio las mentiras acaban formando un delicado tejido cultural. Sus senos, enmarcados por un vestido violeta y una rebeca negra, eran indefinibles, no ofrecían apenas un relieve que los delatase: pero seguramente eran senos —seguía pensando Méndez— que no conocían el dedo ni la lengua, la lactancia de buena fe ni la succión profana. Pechos de invernadero, de tocador con cristal ovalado, de camisón antiguo, pezones apuntando a la luz muerta del techo cuando el marido no está en casa. Su cuello aún no tenía las arrugas que son como los anillos de los árboles, las marcas que los años envían desde el fondo de la tierra. Su piel era fina, tal vez demasiado blanca, pero Méndez amaba las pieles que forman parte de las habitaciones interiores, que destacan junto a un encaje hecho a mano, que envían junto a los muebles usados una provocación de seda, un estallido blanco. Bueno, pues es así, Señor, esta mujer aún tiene una llamada antigua, y su boca —tú lo sabes, Méndez— debe de ser también una boca resignada, y puestos a echarle sentimentalismo al asunto, una boca sabia.

Ella musitó:

—Mi vida ya no tendrá sentido, señor Méndez.

—Consuélese, señora, aunque yo sé que eso es fácil decirlo y difícil hacerlo. Al menos ha sido usted feliz.

—¿Qué?

—Feliz.

—No puedo negar que lo he sido, claro que no, aunque la vida, toda la vida, qué le voy a decir, es un problema desde que naces. ¿Pero cómo lo sabe usted, señor Méndez, si a mí no me conocía y hacía tantos años que no trataba a mi marido?

—Tenía que quererla —contestó él pensando en el rubí, la roja lágrima de Cristo, el símbolo seguro de la fidelidad que un día prometió a la mujer—. Estoy convencido de que tenía que quererla mucho, tal vez más de lo que usted misma imagina.

Y fue en aquel momento cuando el hombre entró, cuando saludó respetuosamente a todos con suaves inclinaciones de cabeza —«buenas tardes, buenas tardes, buenas tardes»—, cuando tendió afablemente la mano derecha a Méndez —«mucho gusto, señor»— y cuando los ojos del policía se fijaron en los dedos suaves, largos y cuidados, dedos de pianista, de echador de cartas o de manipulador sexual colegiado, cuando reparó en los labios muy bien torneados, casi dibujados a lápiz, cuando se detuvo en los ojos de pestañas perfectas, igualadas una a una. Y sobre todo cuando observó el rubí, el anillo gemelo, la otra lágrima de Cristo, la promesa de fidelidad eterna por la que Paquito había muerto, otro anillo igual puesto en un dedo de aquel hombre. Él repitió, manteniendo la mano en el aire:

—Mucho gusto, señor.

Y Méndez no supo ni contestar.

Solamente musitó:

—Coño.

IV

LA ÚLTIMA RESISTENCIA

Desde la entrada del dormitorio, Alfredo Cid miró a la mujer, mientras sentía que se le secaba la boca. Su primera reacción fue de miedo al compromiso, al lío; fue la reacción del hombre rico, sujeto sin embargo a las eternas contradicciones y enemistades de los negocios, que teme verse envuelto en una situación cuyos elementos básicos son nada menos que una habitación antigua, una cama deshecha y una mujer muerta. Debido a su larga experiencia con mujeres y con camas, Cid sabía que todo esto podía llevarle a una situación límite o quizá a un punto sin retorno. Sabía también que, en cambio, uno puede alcanzar la consideración pública y hasta las dignidades del santoral si acierta a salir de las habitaciones dejando a las mujeres vivas y, sobre todo, las camas que parezcan intactas.

Se acercó un poco más, mientras una serie de pensamientos fugitivos, sin apenas relación con lo que veía, le perforaban como alfileres el cerebro. Una sensación de vértigo le dominó, notó que se doblaban sus rodillas y tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

Luego se fue recuperando poco a poco, fue captando la situación en sus aspectos más reales. En primer lugar —se dijo—, no podrían acusarle de nada, pese a sus constantes choques con la señora Ros (choques que podían hacer suponer no un sórdido crimen pasional, sino un elegante y ciertamente disculpable crimen por dinero), porque él acababa de entrar en la casa y no había tenido tiempo de ajustar las cuentas a nadie. Claro que el único testigo de ello era un testigo inservible, al tratarse del chófer, o sea de un empleado suyo. En segundo lugar —y aquí Cid entraba en el terreno de los detalles absolutamente tranquilizadores— sería absurdo acusarle de una agresión sexual, ya que la señora Ros era muy mayor: no bajaría de los sesenta años. Y en último término no parecía que la hubieran asesinado. Daba la sensación de haber muerto por causas naturales, es decir, causas que la gente considera razonables y hasta, si vamos a mirar, de una evidente conveniencia pública.

Alfredo Cid se inclinó sobre el cadáver, se atrevió a tocarlo y comprobó que aún estaba caliente. Fue a gritar pidiendo ayuda, alguna clase de ayuda, y entonces oyó el ruido a su espalda.

Cid se volvió.

Era Elvira.

Elvira, con su falda escocesa de chica de los años cuarenta, su blusa de corte clásico pero más moderna (evidentemente comprada hacía poco en Zara o en HM), sus zapatos de alto tacón que hacían recordar a mujeres con liguero (es decir mujeres de pasadas dinastías), sus medias algo recosidas y su pelo caído a un solo lado, pelo de colegiala que un día se miró al espejo, quiso ser libre del todo, llegar a lo más audaz, y para probarlo deshizo su única trenza. Elvira tenía la piel fina, los modales distinguidos, la voz algo opaca para no caer nunca en una estridencia: Elvira tenía sólo veintidós años bajo la falda, pero era tan respetable, sólida, ordenada y antigua como la propia casa.

Quedó aterrada al ver a la mujer muerta, y sobre todo al ver allí a Alfredo Cid.

Balbució:

—¿Qué pasa?...

—No lo sé... Yo había venido a ver a su tía, la señora Ros. Una cosa normal, créame, absolutamente normal... Una conversación para saber cuándo se iba. Y ya ve cómo la he encontrado. Celebro que haya llegado usted, Elvira, no sabe cuánto lo celebro. Yo creo que hay que llamar a un médico enseguida... Un médico.

Elvira no dijo nada. Pasó lentamente ante los ojos atentos de Cid, se inclinó sobre el cuerpo caído —relampagueo de unas rodillas donde las medias estaban más rotas aún, susurro de alguna seda, de algún encaje, de algo en desuso que había estado esperando siempre debajo de la falda—, tocó la frente de su tía y balbució:

—No hace falta que llamemos a un médico. Dios mío... Está muerta.

—Yo la acabo de descubrir, escuche. No pretenderá que haya tenido nada que ver, ¿eh? ¿Entiende? Lo que se dice nada. Yo acababa de llegar.

Elvira tampoco contestó. Volvió en silencio a su antiguo lugar, junto a la puerta.

La mandíbula le temblaba, como si fuese a echarse a llorar. Su cuerpo tenía un balanceo de mujer que va a doblarse, que va a caer, aunque sin duda lo haría artísticamente. Pero al final mantuvo la serenidad mientras musitaba:

—No, no tiene usted nada que ver. Ella ya estaba muy mal. Nos temíamos que... que ocurriera esto de un momento a otro.

Ahora Elvira estaba llorando, aunque lo hacía sin un sollozo, sin ni siquiera una contracción de su cara impasible. Alfredo Cid, que había seguido en cuclillas junto a la muerta, se levantó ya completamente tranquilo, sabiendo que no le iban a acusar de nada. Y la tranquilidad recién recobrada le hizo pensar en una rápida serie de cosas mientras miraba a Elvira, cosas llenas de delicadeza y en las que siguió un orden riguroso: pobrecilla, qué pena debes de tener, qué sola te has quedado, qué anticuada y qué distinguida eres, qué papel más excitante jugarías en una casa discreta, de precios altos, de camas con dosel, de chicas que aún conservan el primer miedo al primer dolor y vuelven puntualmente al hogar paterno, de clientes habitués y de una maîtresse elegante y cabrona. Qué buen papel harías incluso aquí, en las habitaciones vacías donde yo podría perseguirte. Alfredo Cid sabía que las chicas solas tienen utilidades marginales, sobre todo si se han educado en una casa distinguida y antigua y han aprendido a decir que sí mientras te sirven el té. Pero enseguida esos pensamientos tan cultos se borraron para dar paso a otro pensamiento mucho más concreto, bastardo y, por descontado, mucho más útil.

—Pero ahora que lo recuerdo, ¿su tía no había estado en un hospital? —masculló.

—Sí. En San Pablo.

—Y si estaba tan grave, ¿por qué la han vuelto a traer aquí? ¿O es lo que yo imagino?

—¿Qué imagina usted, señor Cid?

—Muy sencillo: que esperaban que viviese aquí, en esta casa, una larga agonía. A una mujer que se está muriendo no se la puede desahuciar, no se la puede sacar en camilla delante de los chorizos y los fotógrafos de la prensa que están para eso, para chorizar. ¿Qué buscaban ustedes? ¿Eh? ¿Alargar esto?

—Mi tía quería morir en casa —dijo Elvira con expresión imperturbable—. Era su último deseo.

—¿Ah, sí? ¿Su último deseo para que no las pudieran echar ni a ella ni a ustedes, ahora que la casa es mía?

—No digo que no. Quizá había pensado eso, aunque no lo mencionase.

Alfredo Cid alzó los brazos al cielo, poseído de santa ira.

—¿Pero es que ustedes no tienen vergüenza? —gritó—. Su hermano y usted, Elvira. Sí. Su hermano y usted. No tienen ninguna vergüenza, no tienen ningún sentimiento, no les importa el sufrimiento de las personas. Su pobre tía aquí, sin recibir la atención médica que hubiese tenido en un hospital. Y encima yo esperando, teniendo que suspender una vez más todos los plazos judiciales y no pudiendo hacer entrar a mis obreros en la casa. En mi casa. Porque no sé si recuerda, Elvira, usted que es tan lista, que la casa fue subastada y yo la compré. He tenido más paciencia que Dios. Y ahora me salen con ésas.

Miró el cadáver como si fuese un trasto inútil que ya no le inspiraba ningún respeto, ningún temor, ningún sentimiento excepto el de la más legítima ira. Se dio cuenta de que Elvira lloraba cada vez con más fuerza, pero ése era un puro detalle litúrgico que no iba a cambiar las cosas. En el fondo, además, quizá lloraba porque la vieja había muerto demasiado pronto, porque en vez de una muy conveniente agonía de un año había tenido una agonía barata, una agonía de un mes. Ahora, con la muerte de la señora Ros, a los dos hermanos se les había terminado el chollo y quizá por eso Elvira lloraba, al fin y al cabo.

Lo único que convenía hacer —pensó Cid— era aligerar los trámites, sacar de allí aquel bulto que un día fue humano, pero que ahora era sencillamente un residuo municipal, y conseguir lo que su abogado llamaba la vacuidad, disponibilidad y pertinente transformabilidad de la casa.

—No necesito decirle, Elvira —añadió, ya con una calma perfectamente oficial—, que la historia de su familia no es precisamente la historia de una prosperidad. Los abuelos de la señora Ros, que construyeron esta casa, eran muy ricos, los padres de la señora Ros eran ricos sin el muy, y la señora Ros ni muy ni nada. Pero cuesta mucho mantener el rumbo de una casa como ésta cuando no se tiene un «muy» delante, amiga mía. Por eso su tía se hundió. Y por eso hubo hipotecas. Y las hipotecas ya sabe usted cómo terminan.

—Mi tía trabajó como una obrera. No se hundió porque quiso, sino que la hundieron. Fue modista hasta que su salud no le permitió seguir y tuvo que cerrar, indemnizar y llenarse aún más de deudas. Fue por eso —gimió Elvira, dándose cuenta de que alguien tenía que defender a la muerta, comprendiendo que a la señora Ros le iban a arrebatar el derecho más sagrado de los difuntos, el inalienable derecho a haber sido virtuosos desde que vinieron a este mundo.

Y además en el caso de su tía era verdad, estaba convencida. Siempre había sido, desde que Elvira la conoció en aquella casa, una mujer trabajadora y honesta, una obrera que trabajaba contra el tiempo y, en todo caso, una artista que sólo cometió el error de equivocarse de época.

—Está bien, no vamos a discutir eso ahora —dijo Alfredo Cid—, tengamos sentido práctico. Para que vea que yo no soy su enemigo, me ocuparé de todo lo del entierro. Ya no importa un gasto más. Todo sin molestias para ustedes y rápido, rápido...

Elvira cerró los ojos. De pronto sintió que las palabras «rápido, rápido» la martilleaban por dentro.

—Tiene que estar conforme mi hermano —dijo—. Él ni siquiera se ha enterado de la muerte.

—Pues póngase en contacto con él, y que él se ponga en contacto conmigo. Entre hombres nos entenderemos mejor. O dígame dónde le puedo encontrar, y me ocuparé de todo yo. No hay que perder tiempo.

—Es usted el que no quiere perderlo, ¿verdad?

—Mire, Elvira, seamos sensatos. Primero, que los cadáveres no se pueden quedar de adorno en las casas. Segundo, que ya han resistido ustedes todo lo humanamente posible. Con el traslado aquí de la pobre señora Ros han hecho la última resistencia, ¿no? Pues vamos a solucionar este asunto de una vez, con el ánimo de respetar su pena y no causarles molestias. Yo me ocupo de todo. ¿Estamos?

—Claro que estamos. Así podrá derribar pronto la casa —musitó Elvira.

—Será en beneficio de todo el mundo.

—Especialmente en beneficio de Lourdes, su querida. Le va a regalar aquí un apartamento, ¿no? Quizá un ático.

Y cerró la puerta de golpe para que, al menos, no estuvieran en presencia de la muerta.

Alfredo Cid enrojeció levemente. Y la miró con esa expresión ligeramente desdeñosa de los que comprueban, una vez más, que el mundo no está a la altura que ellos merecían. Murmuró:

—Perdone, pero me defrauda usted, Elvira. Usted, siempre tan puesta en su sitio, y ahora me sale hablándome de queridas. No creo que sea procedente, y además está usted mal informada, amiga. En primer lugar, el ático y el sobreático, si es que a este paso los puedo construir antes del siglo que viene, ya están comprometidos, ya están al menos apalabrados. En segundo lugar, no tengo nada que ver con Lourdes. No sé quién le ha podido hablar a usted de eso.

—Ella misma. Era cliente de mi tía. Se vestía aquí.

—Pues más a mi favor, porque tendría entonces que saber que últimamente estaba insoportable. Ni siquiera usaba ropas de mujer, a pesar de lo que usted dice de que se vestía aquí. Le dio por vestir ropas de hombre. Le dio además por hacer gimnasia en plan karateka, en plan músculo portuario. Y encima no tenía ya ningún atractivo después del accidente, a pesar de lo cual me seguí portando muy bien con ella, como todo el mundo sabe y todo el mundo le puede decir. Y todo el mundo le puede decir también que al cortar nuestra relación la dejé económicamente arreglada, lo que se dice muy bien arreglada, Elvira, ¿me entiende? Porque más vale que seamos claros, oiga. ¿Qué atractivo va a tener (como querida, vamos, no como chica para hacerle versos en plan gay) una mujer que se viste de macho, que tiene un accidente, que se pone insoportable y encima se ha de pasar meses y meses sentada en una silla de ruedas?...

V

EL OTRO

Méndez le esperó en el café Condal, en la esquina de Paralelo con Tapiolas, después de convencerse, tras un par de días de observación, de que el hombre iba allí cada tarde a la misma hora, como el que cumple un rito o aguanta un empleo. Se sentó a una mesa desde la que se podía ver el trajín de la calle y pidió educadamente:

—Tráigame algo fino, por favor. Un café en taza, un café en vaso y una copa de coñac de la casa.

—No tenemos coñac a granel, señor.

—Bueno, pues entonces habrá que hacer un extra. Tráigame una copilla Tres Cepas.

—Esa marca ya no la sirven. La gente pide cosas mejores, a ver si me entiende; por lo menos Fundador o Veterano o Torres. ¿Le es igual?

—De acuerdo, me es igual, pero sobre todo sírvame un café en taza y un café en vaso.

Méndez consumió el café en taza a pequeños sorbos, dando también de vez en cuando un meneo a la copa de coñac, y luego vertió los restos de éste en el café en vaso. Todo ello, esta abundancia menestral, esta euforia mediterránea, le produjo un momento de plenitud. Luego miró el Paralelo, los mismos plátanos de sombra que había conocido en su niñez, las mismas aceras gastadas, el mismo adoquinado que había servido para levantar barricadas en julio del 36. Aquella parte de la avenida no había cambiado tanto, después de todo, aunque el pequeño café donde ahora estaba Méndez ya no era el gran café de otro tiempo, lleno entonces de gente solvente y conocida, de empleados que cobraban una vez a la semana y de gloriosas matronas que fornicaban una vez al mes. Tampoco el cine Condal era el de antes, selecto cine de familias al que éstas acudían en comitiva los sábados por la noche, con la cena, la gaseosa, el bicarbonato para la suegra y los pañales para el niño, en plan todo comprendido. Del interior del cine eran barridos cada mañana tantos capazos de cáscaras de cacahuete y avellana que el vecino floricultor Barril podía preparar con ellos una tierra de abono tan magnífica que hubiese merecido ser exportada a todos los países del hoy Mercado Común. Ahora el Condal era teatro, había encogido, no tenía pulgas de plantilla, no suscitaba entusiasmos familiares ni había vuelto a contribuir, que se supiera, al auge de la agricultura nacional. Ni siquiera el señor Barril existía.

Dominado por la nostalgia de las grandes épocas que ya se fueron, Méndez apuró su carajillo.

El hombre entró entonces. Con una sobria elegancia, como siempre, aunque fuese una elegancia de camisa rebajada, de americana que había merecido la piedad de santa naftalina y de chaleco de cuero, único detalle-desafío lanzado a las limitaciones de la gente, arrojado a la consideración de un mundo que nunca me comprenderá. El hombre llevaba además zapatos extranjeros, es decir pensó Méndez, comprados fuera de la calle Nueva; una corbata que podía ser de Tucci y un pañuelo decididamente suntuoso, pañuelo que se expandía fuera del bolsillo superior de la americana, que sugería complicidades de coche aparcado, necesidades urgentes de entrepierna y de boca, aviso para iniciados, recuerdo tal vez de un viaje clandestino a París, de una evasión sentimental en compañía de un joven que resultó cariñoso, refinado y encima tímido, a pesar de ser un joven bon marché. El hombre fue a sentarse; decididamente su mirada perdida buscó los recuerdos en el aire del café, demostrando que para eso había venido.

Méndez se acercó untuosamente.

—¡Amigo Abel! —exclamó—. ¡Qué increíble es encontrarle aquí! ¡Qué ilusión! ¡Qué alegría! ¡Qué sorpresa!

Abel Gimeno, representante de lencería, de cincuenta años de edad, estado civil soltero, DNI número 36197148, con unos ingresos declarados a Hacienda de un millón de pesetas, con una sola mención en el fichero de estetas de la Jefatura Superior de Policía, abrió la boca sorprendido mientras buscaba unas palabras para saludar a Méndez. Y eso que ignoraba que Méndez, sin duda ingenuamente y sin querer, había averiguado todas aquellas cosas de él.

El policía, por su parte, puso cara de benefactor, es decir de viejo sorprendido con un alevín en el excusado de unos futbolines, y añadió:

—Hay que ver qué cosas. Le juro que ni me acordaba de usted.

—Yo de usted sí. Es el que estaba en el velatorio, diciendo ser un viejo compañero del pobre Paquito. Lo recuerdo perfectamente.

—Y habrá adivinado que mentí —dijo Méndez con toda la cara, mientras se sentaba a la mesa del otro, una de las pocas que quedaban después de la última reforma del café.

—Por supuesto. Lo adiviné entonces. Si usted hubiese sido un viejo compañero de Paquito, yo lo sabría. Y no sabía nada.

—Le agradezco su prudencia al no hacer comentarios allí —susurró Méndez.

Abel Gimeno sonrió de una forma confusa.

—No era el sitio —musitó.

—¿Pero lo comentó luego con la viuda?

—No.

—¿Por qué no? Lo lógico era que lo hiciese.

—No he tenido aún diez minutos de tranquilidad para hablar con ella. Esther debe ocuparse de otras cosas, muchas cosas. Pero ahora dígame por qué mintió.

Méndez anunció con voz opaca:

—Policía.

Si esperaba que el otro se impresionase, tuvo una decepción, porque el otro ni arqueó una ceja.

Al contrario, musitó:

—¿Policía de qué clase? ¿Vigilancia de cementerios?

—Hombre, qué va.

—La policía ya ha estado dos veces en casa de Esther —dijo suavemente Abel Gimeno—. Me refiero a la policía-policía, no sé si me entiende. Han hecho una serie de preguntas rutinarias, como por ejemplo sobre enemigos del pobre Paquito, rivalidades comerciales, deudas y todo esto. Pero no había nada de nada, entiéndame; Paquito estaba libre de basura, de odios, de rencores, de envidias y de trampas, porque Paquito era un santo. La única cosa de la que no estaba libre era la incomprensión, pero dígame qué persona con sentimientos está libre de ella. Dígamelo.

—Sí, claro —dijo Méndez—, la incomprensión. Nadie se libra de ella, nadie. Si yo le contara.

—Lo cierto es que estamos hablando de Paquito y todavía no me ha dicho por qué mintió entonces y por qué está usted aquí, señor Méndez.

—Cosa sencilla: el gusto de verle a usted.

—En ese caso dígame, si es tan amable, por qué mintió entonces y por qué está mintiendo ahora, señor Méndez.

Méndez, no su interlocutor, fue quien arqueó una ceja.

—Tiene usted presencia de ánimo, Abel —dijo en voz baja.

—Cada uno hace lo que puede.

—Bueno, pues yo mentí entonces por una razón de delicadeza, de buen gusto, de salud pública, si me permite decirlo, porque no está bien hacer que se le corte el período a una virtuosa viuda, precisamente en su noche de dolor, diciendo que uno va a verla en plan de policía follonero. No, señor, no está bien. Por eso mentí entonces, y acto seguido le diré, con las debidas precauciones, por qué he mentido ahora.

—La verdad es que ha venido a buscarme, ¿no?

—Exacto.

—¿Por qué?

—Por dos razones.

—¿Cuáles?

—Una, el anillo.

—No veo que tenga nada de particular.

Méndez no se inmutó.

—Dos, la vieja ficha por esteta, una ficha de hace una porrada de años, de la época de Cánovas del Castillo, del ferrocarril Madrid-Aranjuez, de la primera declaración oficial de que se reduciría el gasto público, ya ve. Pero la ficha aún existe, y esteta, en el lenguaje policial, según le habrán explicado delicadamente alguna vez, significa marica.

Abel Gimeno no se ofendió. Cerró un momento los ojos, cierto, pero no con expresión de hombre insultado, sino de hombre incomprendido.

—Eso es —dijo al cabo de unos instantes—. Tiene usted razón: otra época.

—Sí.

—Entonces aún no le trataba a él.

—¿A Paquito?

—A Paquito, sí —dijo Abel—. En aquella época nos habíamos perdido la pista.

—¿Los dos se hicieron preparar unos anillos gemelos? —preguntó Méndez, sin disimular ahora la mirada de serpiente vieja.

—Exacto: dos anillos gemelos. Dos aros iguales, dos rubíes iguales, dos engarces iguales, dos fidelidades idénticas. Así de sencillo.

—¿En prueba de qué?

—De amor, naturalmente. ¿De qué ha de ser?

Méndez pestañeó, un poco desconcertado por la naturalidad del otro.

—¿Amor entre dos hombres? —musitó.

—Usted dice eso porque no conocía a Paquito.

—Es verdad. No le he conocido vivo, sólo le he conocido muerto. ¿Pero sabe una cosa?

—¿Qué?

—Tengo la convicción moral de que murió por defender ese anillo. Se lo dejó quitar todo, hasta lo más valioso, menos esa joya. Supongo que... bueno... para él era lo más importante del mundo. Eso es lo que he llegado a pensar.

Abel Gimeno dijo con un hilo de voz:

—No sabía eso.

Y volvió a cerrar los ojos. Sus manos, durante unos instantes que parecieron eternos, apretaron con tal fuerza los bordes de la mesa que blanquearon sus dedos. Y nació el silencio, un silencio partido en pedazos, servido en raciones ciudadanas (autobús-silencio, frenazo de coche-silencio, grito de niño-silencio, chasquido de los labios de Abel y luego silencio, silencio, silencio, hay algo que se ha roto, Señor, hay algo que esta ciudad ya no me dará nunca, nunca, amén, Jesús), Abel Gimeno se persignó y luego borró con un gesto rápido dos lágrimas que ya fluían de sus ojos.

—¿Es usted religioso? —preguntó Méndez, con cara de hombre sorprendido en su buena fe.

—Paquito también lo era, aunque sólo en los momentos solemnes. Nos conocimos en un colegio de curas, ¿sabe? Allí empezamos a tener cosas en común, cosas muy sencillas: un libro prestado, un jardín donde íbamos juntos a estudiar, una película que nos gustaba a los dos, una última fila donde una tarde nos estrechamos la mano y de repente nos dimos cuenta de que no éramos capaces de mirarnos, de que sólo nos atrevíamos a mirar el techo del cine. Luego la vida nos separó y más tarde, pasados los años, volvimos a encontrarnos. Resultó que Paquito ya se había casado; yo no.

—Y entonces empezó todo —susurró Méndez, con su peculiar delicadeza y su reconocida penetración psicológica—. Entonces vino el estallido orgásmico, ¿no?

—Por favor, no diga vulgaridades. Me ofende usted —replicó Abel.

—La verdad... No lo pretendía.

—Entonces se reanudó todo en el punto exacto en que lo habíamos dejado, en el momento de nuestra primera sinceridad —dijo Abel sin mirarle, con la expresión vacía, con los ojos perdidos en alguna sombra de la calle que sólo él podía ver—. El mismo cine, la misma fila, yo creo que la misma música en unos altavoces que nos habían estado esperando, ¿cómo le diría?, desde más allá del tiempo. Usted no puede entenderlo, Méndez, jamás podrá entenderlo. Pero nos encontramos con que nuestras manos se habían unido de nuevo y mirábamos el techo otra vez. El techo de aquel cine, nuestro viejo techo.

Méndez, como se sabe, delicado amante de las cosas concretas, preguntó:

—¿Qué cine? ¿Qué fila? ¿Qué ambientillo había allí? ¿Se detectaba movimiento?

—No tiene derecho a hablar de una manera tan frívola. Me sigue ofendiendo usted.

—Le ruego que me perdone. Es mi forma de ser, pero sin mala idea. Pregunte por ahí.

—No tiene derecho a ofenderme, y tampoco tiene ningún derecho a retenerme en este café.

—De ninguna manera pretendo retenerle. Yo sólo quería invitarle a tomar algo, oiga. No sabe la ilusión que me ha hecho verle aquí.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
270 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788498677232
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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