Kitabı oku: «Una novela de barrio»
© Francisco González Ledesma, 2007.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO003
ISBN: 978-84-9867-724-9
Composición digital: Àtona-Víctor Igual, S.L.
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Índice
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1
Bien.
El hombre que ha de morir ya está dentro.
No sospecha nada. Más bien le embelesa el viejo lugar, quizá cargado de recuerdos.
—Mira los estucados del techo —susurra su acompañante—; son adornos hechos a mano que ya nadie hace. Mira los cristales tratados con ácido que se han conservado cien años. Mira la marcas en la pared, es donde estaban los espejos.
El hombre que ha de morir mira y mira como si la voz le acompañase. El hombre que ha de morir no ha visitado museos, pero la voz parece la de una guía. «Hay que ver el cuarto de baño. Ya no tiene grifería, pero milagrosamente aún conserva intacta una cerámica de Manises.»
El hombre que ha de morir sigue sin sospechar nada.
Nada hasta que ve aparecer aquel guante entre los dedos, uno tan suave que es imposible saber si es de hombre o de mujer, y tan rápido como los guantes que forman parte de los juegos de magia. «¿Para qué hace falta un guante aquí? —parece pensar—, con el calor que hace...»
Y de pronto la pistola.
Una 38.
El hombre que ha de morir lo sabe bien, conoce las armas. Mira el objeto metálico como si no entendiera nada, aunque tal vez sí empiece a entender algo. Pero en el primer instante, le parece que se trata de una broma. Hasta intenta reír.
—Bueno... ¿qué significa esto?
—De rodillas, hijo de puta.
Al hombre que ha de morir ya nada le parece una broma, y aunque sigue sin entender nada, su instinto le dice que conviene obedecer. Obedecer y ganar tiempo es una alternativa, intentar saltar sobre una pistola a cinco pasos, otra, que no recomendaría ni para darte el viático. Se pone de rodillas mientras musita con los ojos muy abiertos:
—Pero ¿qué es esto? ¿El ensayo de una fiesta?
En efecto, hay largas mesas con manteles. Hay botellas que brillan. Hay incluso un rayito de luz sobre las porcelanas de Manises que colocó un pariente del presidente Azaña.
—A cuatro patas. Quiero ver cómo avanzas a cuatro patas.
La voz es metálica, oscura. Parece mentira que pueda surgir de allí. El hombre que ha de morir sabe, de repente, como en un estallido, que ha llegado su último segundo. Pero es lo único que sabe. Trata de ponerse en pie.
Y entonces la bala. Una sola, un disparo profesional. El impacto sacude su cabeza, como si fuese a arrancarla. La sangre salta en una sola dirección, la dirección de la luz. Y el cuerpo se desploma.
Lo que ha acabado entendiendo el hombre que había de morir ya no le sirve de nada.
2
Los vecinos, que se habían reunido media hora antes —algunos de barrios lejanos adonde les había llevado la desgracia—, cruzaron la calle y se dispusieron a entrar en la casa por última vez. No estaban todos, muchos no querían enfrentarse a sus recuerdos —en el peor de los casos no eran suyos, sino de la pobre mamá—. La verdad es que la asociación del barrio había hecho lo posible para que la despedida fuera grata. En el piso principal, que antaño fue el mejor de la casa, se había instalado una mesa con bocadillos de chorizo, queso, salchichón, jamón barato del país y un escabeche de sardinas de toda confianza, pescadas un domingo por la tarde en la bocana del puerto. No faltarían el vino de Cariñena, el agua con gas o sin gas, el orujo gallego para los más audaces y toda una colección de yogures desnatados para las mamás que estaban a régimen porque ahora vivían en pisos aún más pequeños.
Iba a ser algo así como la última cena.
Y la última cena había sido convocada por la asociación del barrio con toda pompa. Vamos, vecinos, avancemos juntos hacia la casa que fue nuestra, avancemos como buena gente en olor de santidad.
Todos sabemos cómo era antes la calle, donde ningún ayuntamiento plantó jamás un árbol, quizá porque los sueldos de los vecinos no daban para mantener un pájaro. Recordáis que los pisos daban por un lado a la calle, y que en sus balcones cabía un tiesto, una mecedora estrecha —para suegras que siempre intentaban adelgazar— y un perrito pequinés que, de vez en cuando, se enfadaba con la luna.
No, los balconcitos no daban para más.
La parte de atrás de la casa daba a un patio de tierra que recordaba los orígenes del barrio —huertecitos entre pisos que acababan de nacer—, donde durante muchos años sobrevivió una higuera.
Hala, vecinos, crucemos todos juntos la calle, porque el tiempo del último día se nos está echando encima. Todos sabemos lo que ha llegado a soportar la vieja casa barcelonesa, desde la Semana Trágica de 1909 —cuando alguien llegó a dejar en el portal una momia sacada de un convento— hasta la sangre del 19 de julio de 1936, día en que dicen que un sublevado mató al vecino señor Matías, que en el terrado defendía la libertad con un fusil, y en que la señora Matías, que era muy suya, mató al sublevado. La casa es tan vieja que tiene historias que ya nadie recuerda.
Y luego la guerra, de 1936 a 1939, y las bombas, el hambre y las jaulas donde cada vecina criaba conejos, como si fueran de la familia, hasta tenían nombre. Y a continuación más hambre, y más escaleras que se hunden y el dueño no repara, y más soledad en los balcones, porque allí no tenía asegurada la subsistencia ni el perrito pequinés. La casa lo ha soportado todo, amigos míos, desde las bombas hasta la pobreza y la ruina, pero no ha podido soportar la especulación porque ahora, amigos míos, el terreno vale más que los pisos (y más, por supuesto, que los vecinos y sus almas). Todo el edificio va a ser derribado para levantar otro más alto, en nombre de la grandeza de la ciudad. Porque ahora, sépanlo ustedes, estamos en la Barcelona rica, estamos en el siglo XXI.
Vecinos, vamos a reunirnos todos en el piso principal, dice el presidente.
Si vamos al piso principal no es sólo por resultar el más accesible a los artrósicos, sino porque es el más amplio, mejor conservado y el único que ofrece garantías de no hundirse. No es casualidad, amigos míos, como nada es casualidad en esta vida: la inquilina, la señora Ruth, conservó el piso bien porque en él tenía un salón donde cuatro nenas, cuatro, recibían en déshabillé a señores clandestinos que habían ahorrado moneda a moneda para vivir su pecado. Algo de eso queda aún, digo yo, el presidente de la asociación de vecinos, que os voy abriendo las puertas por última vez, antes del derribo. Ved lo que era el recibidor, con su puerta corredera y sus cristales color rosa, ved los huecos de las habitaciones del pecado, donde los hombres ensimismados en sus propios pensamientos miraban a las nenas, y las nenas, al techo como al vacío.
Ved el salón, amigos míos, el más amplio del edificio, ved los adornos de estuco, ved la lámpara de araña, tan vieja que hasta tiene cierta dignidad republicana, y ved, sobre todo, los balcones abiertos por donde ahora entra la luz, antes cerrados a cal y canto.
Los vecinos pasaron y lo vieron.
Los balcones.
Los adornos de estuco en lo alto de las paredes.
Las puertas donde alguien había pintado un garabato.
La mesa colocada sobre unos caballetes, digna y bien surtida.
Las botellas solemnemente puestas en fila india.
Y el muerto.
3
—Bueno, veamos quién era el muerto.
Eso lo dijo el comisario Monterde, el señor comisario principal, mientras encendía un Montecristo Edmundo, el último del mes, pues ahora los habanos casi hay que comprarlos con un aval de la OTAN. Acercó el cenicero, aspiró el humo, entró en éxtasis y se puso a leer la declaración que le había dejado a mano su ayudante. Era ésta:
¿Que quién es el muerto, señor Manuel Martín Monterde, o sea, señor M.; señor comisario principal? ¿Quién es el muerto? A este respecto le puedo decir algo. Yo, el declarante, Dalmiro Azcárate Rey, de cincuenta y dos años, casado, con DNI número 36.197.140 y demás circunstancias que sin duda figurarán en el texto, digo:
Que soy el presidente de la asociación de vecinos de la Francia Chica, que es lugar antiguo, porque figura, como todo el Poble Sec, en los viejos planos militares del castillo de Montjuïc, y es izquierdista porque aquí se formó una columna republicana para ir a luchar al frente de Aragón, sin que volviera a saberse de ella. También es lugar histórico, porque en el hotelito para parejas de la barriada echó el primer polvo media Barcelona, incluida la mujer del declarante. Como digo, soy presidente de la asociación de vecinos, y mi mujer es la vicepresidenta.
Pues bien, señor M., con el debido respeto, en marzo de 2007, manifiesto: que la finca urbana donde fue hallado el cadáver es una de las más antiguas del barrio y que en ella habitaron siempre familias de clase obrera, gente sencilla a la que todas las revoluciones, incluida la nacional-sindicalista, prometieron salvar, sin que hasta el momento se haya producido novedad alguna.
Más bien al contrario: como el suelo de esta ciudad sube de precio cada día, el dueño de la finca de referencia la dejó degradar hasta obtener la declaración de ruina y con ello el permiso de derribar, de modo que los vecinos tuvieron que abandonarla tras pedir inútilmente ayuda a todo el mundo, incluidos los Jueces para la Democracia y los Médicos sin Fronteras.
Lástima, porque quien más quien menos había visto morir allí a sus padres y nacer a sus hijos, que como usted sabe son la alegría del pueblo.
Y por eso el infrascrito organizó un acto de despedida, durante el cual fue hallado el muerto.
¿Que quién era el muerto?
Aunque de eso hace muchos años, hacia 1975, lo teníamos visto por el barrio. No recuerdo gran cosa de él, excepto que se llamaba Omedes, no tenía oficio y era un mal parido. Pegaba hasta a su madre, se pasó la niñez en el correccional, la pubertad en la cárcel y la juventud en la casa de madame Ruth, que era acogedora, barata y con señoritas que creían en la Virgen. Hasta que maltrató a una de ellas, y madame Ruth, que era muy suya, contrató a un matón para que le rompiera las costillas, y como el matón era del barrio, creo que incluso no quiso cobrar nada. Luego el Omedes picó más alto, quiso pasta larga y atracó con un compinche un banco, acto en el cual murieron el guarda jurado y un rehén, que era un niño de sólo tres años. El compinche fue capturado, pero el Omedes logró escapar con parte del botín, y hasta hoy, que se sepa, señor comisario principal, aunque en los barrios se acaba sabiendo todo.
Esta asociación, que es la suya, lamenta no tener más datos del difunto, señor M., ni pruebas de primera mano sobre el estado en que se le halló, pues los vecinos, movidos por la curiosidad, tocaron el cadáver y yo creo que hasta lo desbraguetaron, por supuesto sin mala intención. Observaron, eso sí, que le habían metido una bala del 38 en la nuca, o sea, que fue como una ejecución a sangre fría. Lo del calibre 38 lo dijo una vecina cuyo marido es guardia urbano, pero la pistola la guarda ella.
Para finalizar esta declaración, señor M., yo añadiría tres cosas, tres, dichas sean con el debido respeto: primera, que antes de los hechos fue vista por la finca una mujer joven a la que nadie conocía; segunda, que debería usted encontrar a madame Ruth, si aún vive, pues seguro que ella sabe cosas del difunto, advirtiéndole que, según tengo entendido, madame Ruth, la antigua mujer de cama, ha prosperado y ahora es marquesa, con lo cual queda desmentido eso de que los malos caminos no llevan a ninguna parte. Y tercera, que encargue usted el caso, si puede, a alguien que tenga tiempo, porque en las casas que no existen, las chicas no existen y las horas tampoco existen. Muy respetuosamente suyo. Por la asociación de vecinos, firma el presidente de la asociación de vecinos.
4
—Me han dicho que tiene usted tiempo, Méndez.
—Todo el tiempo del mundo, señor comisario principal, señor M., pues estoy al borde de la jubilación y ya no me encargan nada, o sea, al borde de entrar en una situación post mórtem.
El importante señor comisario principal, o superior, o como quiera que el pueblo lo llamase, hizo un gesto de placidez y empezó a trajinar con sus manos sobre el vientre, como si fuera a ponerse un chaleco salvavidas. Luego comentó:
—Ya sé que ha mejorado su estatus, Méndez, y ha dejado de vivir en el fondo de un bar, en una habitación a la que alguna noche no podía ni entrar porque allí se trajinaban a la dueña. No sé cómo pudo aguantar tanto tiempo, pero, mire, en cuestión de mujeres cada uno aguanta lo suyo, sobre todo si son las mujeres de otros. Me han dicho que ahora vive en un pisito frente a Atarazanas, tan lleno de libros que hasta es posible que debajo esté sepultada la última mujer de la limpieza.
—Cierto que he mejorado, pero mi vida sigue siendo una absoluta desolación, señor M.
—Lo entiendo, Méndez: su mundo se está muriendo. Los viejos cafés de Barcelona donde se proclamó la república, y en los que usted veía cambiar la luz de la tarde, han ido cerrando, muchos de ellos por orden de la sanidad pública. El viejo Raval ya no es lo que era: han abierto una avenida, se han inaugurado tiendas de productos desnatados, se han ido las madames y han venido los dentistas. Ya ni siquiera lo llaman Barrio Chino. Y es que el país ha perdido la seriedad, amigo Méndez. Las viejas rameras que le contaban a usted su vida han muerto, han vuelto a sus pueblos, se han casado en el ayuntamiento con una compañera de profesión o son diputadas del Congreso. El mundo cambia, Méndez, y usted debería dejar de creer en cosas en las que ya no cree nadie.
—Sí, estoy milagrosamente vivo, pero todo mi mundo ha muerto, no sé por qué me ha hecho llamar, señor M.
—Porque conoce las calles. Usted sigue yendo aquí y allá, hablando con la gente, hace cola en las peluquerías pakistaníes y va al entierro de los antiguos sindicalistas, socios de las entidades corales y otras glorias de los barrios. En todos esos sitios se habla de muchas cosas, sobre todo de los cuernos que llevaba el muerto.
—Es cierto. Debería haber ataúdes con ventanas, señor M.
—No exponga esa idea, porque alguien la patentará. Y ahora vamos al grano, amigo mío. Usted habrá leído que en una casa que iban a derribar apareció un tío convenientemente baleado, o sea, un muerto, del cual sabemos, aunque esto no se ha publicado, que tiene una ficha policial de la hostia, con más órdenes de busca y captura que un fumador, y que hace años intervino en un atraco en el que murieron dos personas: un guardia jurado y un niño de tres años. Se llamaba Omedes, logró huir con parte del botín y supongo que de él ha estado viviendo hasta ahora. Su compañero en el atraco fue detenido, pero ya cumplió condena. Por supuesto, hemos investigado en todas partes, pero no hemos descubierto ni su último domicilio, porque Omedes no llevaba documentación. Seguro que su asesino se la robó. Tampoco figura como afiliado de la Seguridad Social, o sea, que no hay datos. Las pistas no nos llevan a ninguna parte, aunque hay una, por cierto muy lejana, que usted podría seguir, ya que conoce las malas costumbres de todos los barrios. Un interrogatorio oficial no serviría de nada: lo que necesito es alguien que siga los pequeños rastros. El difunto, el Omedes, había ido bastante, de joven, al sitio donde murió, una casa de señoritas del barrio que llevaba la señora Ruth, una madame que aún vive, aunque me han dicho que acabó casándose con un marqués y por lo tanto ahora es marquesa. Tal vez ella sepa algo, tal vez pueda dar algún indicio, aunque eso no puede captarlo la nariz de un policía, sino el olfato de un perro.
Méndez se emocionó ante el inmerecido elogio.
—Conocí a madame Ruth —dijo—. Su casa de citas medio clandestina estuvo allí hasta después de la muerte de Franco.
—Pues le daré su dirección actual. Métase en su ambiente e intente hablar con ella, pero con delicadeza, porque no se la puede ofender. Piense que las marquesas que han sido putas y las putas que ahora son marquesas salen en la tele, y los votantes las aplauden. Me han dicho que la tal Ruth no sale de su casa, pero tiene más salud que un obispo.
Y el señor comisario principal terminó diciendo:
—Hala, Méndez.
Méndez no tenía edad, pero ahora estaban en marzo de 2007.
5
—Pues nada de «Hala, Méndez» y mucho menos eso de que la antigua madame Ruth, hoy marquesa viuda de Solange, tiene una salud de obispo, señor comisario principal —telefoneó Méndez desde un bar, por cortesía del dueño—. Nada de eso.
Y Méndez, en el riguroso cumplimiento de su deber, siguió hablando:
—La casa donde ahora vive esa señora es uno de esos lugares de la vieja Barcelona que ya no quedan en la vieja Barcelona, señor M. Y es que se trata de una torre con jardín de las que en el siglo diecinueve servían de casa de veraneo a las clases bienestantes que no querían alejarse de la ciudad, porque el señor tenía trabajo y querida, y la señora tenía planchadora y peinadora fijas. La casa está en el barrio de Horta, que hoy es lugar populoso y lleno de bares llamados La Cepa, El Tronío y La Gamba, pero antaño fue lugar de bosquecitos y fuentes, donde por lo visto el clima era más fresco y además no llegaban los revolucionarios. La casa de que le hablo tiene tres pisos, dos árboles centenarios y un perro dogo que en cuanto te mira ya puedes ir llamando al teléfono rojo.
Tras un gesto de gratitud al dueño del bar, Méndez continuó:
—Las investigaciones que he hecho, señor M., no han sido difíciles, pues en esta pequeña zona del barrio, que aún mantiene su ambiente rural, la gente lo sabe todo. La señora Ruth vive recluida aquí, en la casa que fue de su marido, el marqués, al cuidado de una chica relativamente joven a la que se ve que conoce hace muchos años. No me ha parecido oportuno interrogarla porque sé que está muy mal, porque se ve que tiene un cáncer como una casa. Justo hace un momento ha entrado el médico, al que se ve que también conoce desde hace años, y con el que intentaré hablar luego, si el perro no lo despedaza.
—La veo a usted mejor, Ruth —dijo el médico, casi un anciano, mientras miraba fijamente a la mujer sentada en la butaca—. Hace demasiado calor en esta habitación, pero la veo bien. Le cambiaré un poco la medicación, y se la haré más suave —y añadió con un gesto—: Pero lo primero que ha de hacer es quitar ese cuadro de ahí. No sé cómo se le ha ocurrido ponerlo.
El cuadro era una perfecta reproducción de un trabajo de Munch, El grito: un rostro de mujer cuya boca sin forma debe de estar lanzando el último alarido, un dolor que viene del aire pero vive en las entrañas, y al fondo unas nubes que ya no nos pertenecen, que ya no son de nuestro mundo. El grito precisamente en la habitación de una mujer que va a morir, de una mujer que grita.
—Quítelo de ahí enseguida.
—Es una reproducción muy buena. Y además me la regalaron.
—Pues vaya idea.
—Vaya idea la suya, doctor, diciendo que los medicamentos van a ser más suaves cuando lo que me aplica son calmantes más fuertes cada vez. Como si yo fuera tonta. Me doy cuenta de que empeoro, de que no tengo salida, y lo único que le pido es no sufrir más. Pero no con calmantes ni potingues hechos con hígado de gato. Le he pedido que me dé una buena muerte, doctor, y se lo he pedido después de tratarnos toda una vida, pero usted me engaña y prolonga mi agonía. Hoy todos creemos en la eutanasia, y usted tiene medios... Acabemos de una vez.
El médico hizo un gesto de impotencia.
—Mire, yo no puedo... No puedo hacer según qué cosas, entiéndalo, y más habiendo esperanzas. Lo único que le pido es que crea en mí.
La enferma sonrió, lanzó al aire una sonrisa helada, sin fuerzas, sin dientes, sin vida, parecida a la sonrisa de una calavera autómata. Y con la boca abierta en forma de O, la forma de El grito.
—Pues claro que creo en usted, doctor, naturalmente que creo. Creo que debe irse a la mierda.
—Haré investigaciones en este barrio que no es el mío, señor comisario principal —siguió diciendo Méndez en voz más baja—. Cumpliré con mi deber aunque acabe sufriendo de urticaria, pero no necesitaré emplear mucho tiempo, porque sé...
Méndez, pese a que hablaba desde un lugar discreto del bar, bajó aún más la voz:
—Sé quién mató al Omedes. Lo hizo un tipo llamado Miralles. Pero no me felicite, señor comisario principal, porque todo ha sido tan sencillo como oír unos comentarios, buscar en un par de registros y visitar una tumba.
6
—Bueno, pues visitar una tumba.
La frase era del señor Carrasco, el importante dueño de un importante bar. Al señor Carrasco, al cerrar la casa donde trabajaba, le habían dado la jubilación anticipada, y con la jubilación anticipada y el paro él había abierto un bar que, naturalmente, no podía tener más que un nombre. El bar se llamaba La Anticipada. En él servían cafés, refrescos, comidas caseras, cervezas levantinas y orujos de probada autenticidad, pues todos habían sido traídos de Galicia por un paisano y, además, llevaban una firma que muy bien pudiera ser la de Santiago Apóstol.
El dueño dijo:
—Qué cosas... Visitar una tumba.
El bar no era el mismo, el del barrio de Horta, desde el que Méndez telefoneara al señor M., comisario principal. Éste, La Anticipada, estaba muy cerca del lugar del crimen, o sea, en la Francia Chica, lugar donde madame Ruth tuvo su benemérita casa. O sea, que el bar entraba en los territorios de Méndez, en la tierra sagrada de sus barrios. Méndez dijo:
—He dado un último vistazo a la casa que van a derribar, cuyas paredes, ya lo sabe usted, me han parecido llenas de nostalgia. Ya sabe usted que yo soy uno de esos policías sin nombre que visitan los sitios varias veces, porque los sitios hablan. Luego me he acercado al barrio donde hoy vive madame Ruth, aunque vivir, lo que se dice vivir, ni en broma, porque tiene un cáncer terminal, y encima la cuida una de sus antiguas pupilas, que se ve la odia. No se puede concebir un infierno peor. Fui allí porque me lo mandó mi jefe, alegando que soy el único que tiene tiempo. Pero cuando llegué al bar ya sabía quién había matado al Omedes, el fiambre al que dieron la despedida los vecinos.
—Coño, señor Méndez, es que usted es la hostia. Y todo visitando una tumba.
—Y hablando con la gente del barrio, claro. Éste es un barrio tradicional y con alguna gente muy vieja que aún se acuerda de todo. Y lo que decía: esa gente me llevó a los registros de defunciones, y de allí a una solitaria tumba en la que siempre hay flores frescas. Así de fácil.
—Pues las autoridades territoriales lo ascenderán enseguida a usted, señor Méndez.
—A mí no me asciende nadie. Pero, además, el caso no está cerrado, porque sin pruebas no puedo detener al sospechoso, es decir, al interfecto, a menos que trate de dar un palo de ciego. De modo que los jefes me han encargado que lo siga y averigüe todo sobre él. No me importa que lo sepa, o mejor, casi me conviene que lo sepa.
—Seguro que lo sabrá. De todos modos, gracias por la confianza.
—No tiene por qué darlas. Yo siempre hablo en los bares, y los bares me hablan a mí, de modo que descubro cosas. Pero las buenas costumbres se están perdiendo, y la gente no habla en las barras si no es de fútbol. O ni eso. Ahora los jovencitos se tocan el paquete, los jóvenes echan las cuentas de la hipoteca y los viejos miran la televisión. De todos modos, uno de los viejos del barrio, de los que recordaban al Omedes, se acordó también de la tumba. La tumba del niño de tres años donde siempre había flores frescas. Y la fui a visitar. Tendría usted que haber visto lo que decía la lápida, señor anticipado, y esto se lo cuento porque se trata de una información pública. Hasta ahora, ninguna multinacional ha privatizado las lápidas de los cementerios.
—Pues entonces suelte lo que tenía que soltar, señor Méndez.
—Decía lo siguiente: arriba del todo, el nombre, Juan Miralles Cuesta. Y debajo: «Muerto a los tres años de edad». Y más abajo aún, pero en letras grandes: «SABIO». Imagíneselo usted, señor anticipado: sabio a los tres años. No hay quien lo entienda.
Méndez terminó su orujo paisano —sin duda traído a pie desde Galicia, haciendo la ruta de las iglesias románicas— y remachó:
—De modo que si el Omedes estuvo en el atraco en que murió un niño de tres años, ya tenemos el móvil: una venganza. Y el vengador es el padre, un tal Miralles. Porque los años pasan, señor anticipado, pero el odio queda. Queda y quema. Y al tal Miralles, que ya es medio mío, lo he de vigilar, ya ve usted. Pero no sólo a él. Yo siempre llego hasta el final, aunque esta vez no me lo hayan mandado.
—¿Qué quiere decir?
—Que aquel sangriento atraco lo hicieron dos. Queda otro.
7
En la habitación interior —que daba a un patio estrecho, del que sólo se distinguían una pared blanca y unas tuberías— había una silla, una mesa con papeles, una radio, un estante con libros, una estufa siempre apagada y cuatro marcos con cuatro fotografías. De las cuatro fotografías, tres pertenecían a un niño: un niño que empieza a andar a los doce meses, un niño que monta por primera vez una bici de juguete, un niño que hace garabatos en una pizarra mientras ríe.
La última fotografía pertenecía a un hombre: ya no era joven, pero un jefe de empresa diría que estaba en la edad de la eficacia. Vestía uniforme de segurata, corbata impecable, gorra bien puesta y llevaba correaje, unas esposas y una pistola.
Los ojos, al abrirse la puerta de aquella habitación interior, miraron hacia las fotografías. Las manos enguantadas parecieron sopesar una pistola en la que era imposible descubrir la menor huella.
No era el arma reglamentaria de un cuerpo de seguridad. La perfecta foto del hombre uniformado permitía ver que llevaba al cinto un revólver Star del 38, mientras que la pistola, aunque del mismo calibre, era una Tokarev. Las manos enguantadas retiraron de ella el cargador y los ojos vieron que en él quedaban tres balas.
El cargador volvió a ser encajado con un suave chasquido. Las manos abrieron entonces la única ventana —que daba a la pared blanca y a las tuberías— y alzaron la madera bien pintada en que se apoyaban los postigos. Esa base de madera estaba dividida en dos partes iguales, de modo que bastó con alzar la de la derecha. Debajo había un hueco abierto en la pared, en el fondo del cual descansaba un plástico. Las manos envolvieron la pistola y la encajaron perfectamente en el hueco hecho a medida. Luego bajaron la base de madera y la ajustaron completamente a la otra mitad. Una vez cerrada la ventana, todo quedó en absoluto orden.
Tres balas. Antes hubo cuatro, una había sido utilizada para volarle la nuca a un hombre llamado Omedes. Con las otras tres, sobraría para realizar el siguiente trabajo.
Porque quedaba un segundo hombre. Otro.
8
Fue el otro quien llamó, pero entonces el abogado Escolano no lo sabía. El teléfono sonó bruscamente en el despacho de «Ramírez y Escolano, Abogados, Asuntos de Familia, Separaciones y Divorcios».
Escolano avanzó por el despacho, sorteando la mesa de reuniones donde hacía tiempo que no se celebraba ninguna reunión, y calculó cuántas posibilidades había de que aquella llamada significara un nuevo trabajo. Prácticamente ninguna, pensó. Desde hacía dos meses sólo le telefoneaban para estupideces de los juzgados o para estupideces de viejos clientes que no acababan de entender sus problemas. Eso no era lo peor, sin embargo: a veces le llamaban para recordarle que aún debía el préstamo del año anterior, o el alquiler del despacho, un alquiler antiguo que sin embargo ahora subía constantemente. O para un trabajo mal pagado cuando estaba en el turno de oficio. Pero de nuevos clientes, nada. Hay que ver, con la de asuntos de familia que hay y la cantidad de gente que se divorcia. Pero se ve que esos asuntos los llevan otros.
Si la mesa de reuniones era vieja y se usaba poco, el despacho de consultas era viejo y se usaba poco. Comprado por su padre en una época de solemnidades y de abogados con corbata negra, ésa era toda la herencia de Escolano, el abogado hijo. Eso, algunas deudas —porque un abogado de corbata negra tiene que aparentar, y aparentar es caro—, además de la experiencia en separaciones y divorcios, porque su padre se había separado.
Y a la experiencia del padre se unía, válganos Dios, la experiencia del hijo. Divorciado de la mujer porque él nunca llegó a colmar las aspiraciones de ella, Escolano era un experto en discusiones, peleas por los hijos, el dinero, el piso. Y porque no me satisfaces en la cama, porque insultaste a la pobre mamá, porque hay que ver lo que yo creía en ti y al final me saliste un nadie, o mejor, me saliste un hijo de la gran puta. Escolano y su despacho eran expertos en insultos y en llantos, pero aun así no llegaban los nuevos clientes habituados a insultar y a llorar. Habría que darse a la bebida, pensaba a veces el Escolano júnior, pero las bebidas también tendría que pagarlas a crédito.
El timbre había sonado cinco veces cuando al fin lo descolgó.
—Bufete Ramírez y Escolano, diga.
Una voz algo ronca preguntó:
—¿Es usted el señor Escolano o el señor Ramírez?
—El señor Escolano. El señor Ramírez murió hace unos meses, pero, por cortesía, el bufete aún conserva su nombre.
—¿Y es usted el padre o el hijo? Bueno, supongo que el hijo, porque el padre tendría que ser muy viejo.
«No es ningún asunto —pensó el abogado—. Como máximo, una porquería de reclamación antigua.»
—Soy el hijo —musitó—. Mi padre murió hace años, y yo he seguido llevando el bufete. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
—Con Erasmus.
—Lo siento, ese nombre no me dice nada.
—Lo comprendo —aceptó la voz ronca, una voz de entonación vulgar, de hombre que jamás tuvo charlas cultivadas—. Además, el nombrecito se las trae, ¿no? Pero me lo puso su padre. Decía que yo era muy listo, tan listo como... Vamos a ver, su padre era un admirador de Erasmo de... de...
—De Rotterdam.
—Entendido. Cada uno tiene sus manías.
La voz se iba haciendo más vulgar, y la entonación de las últimas palabras había sido claramente burlona. Escolano comprendió que el tal Erasmus se estaba burlando de las lecturas de su padre. Estuvo a punto de colgar, pero preguntó con paciencia:
—Bueno, usted dirá... ¿Por qué me llama?
—No sé si debo hablar con usted, porque usted no es su padre. Con su padre sí que hablábamos, claro, y le repito que hasta me puso el nombre. Pero veo que eso, para usted, no significa nada.
—De momento, nada. Pero llevo el despacho que fundó mi padre, de modo que si se trata de algún viejo asunto, tal vez le pueda ayudar... profesionalmente. Ganaremos tiempo si usted hace el favor de decirme qué quiere y por qué me llama.
—Supongo —dijo el tal Erasmus— que ése debe de seguir siendo un despacho importante.
—Sin duda. ¿Por qué no?
—Porque usted mismo ha descolgado el teléfono, en lugar de su secretaria.
La voz resultaba cada vez más burlona e irritante, y eso hizo que Escolano se mordiera el labio inferior con rabia. Pero era verdad: su padre había tenido dos secretarias y un pasante, y él no tenía a nadie. Mejor dicho, al final de su vida, el padre tampoco tuvo a nadie. La separación se había llevado las ilusiones, el trabajo ordenado, la atención al personal, las cuentas corrientes, todo. Un hombre necesita trabajar para algo, y en los últimos años su padre no supo por qué trabajaba. Hoy día, el hijo tampoco. Pero ese hijo atravesado por el hilo de los años, musitó:
—Es que, casualmente, yo estaba al lado del teléfono cuando ha sonado. El mío es un despacho importante. O en todo caso, no es usted quien debe juzgarlo.
—Bueno, no he querido decir eso. Es que su padre era un hombre importante, entiéndame, era un abogado importante. Me sacó de un buen lío y no le pude pagar, pero ahora las cosas han cambiado y podré pagarle generosamente a usted... si me ayuda.
—Los abogados estamos para ayudar —dijo ambiguamente Escolano—, pero sería mejor que me adelantara, si se puede decir por teléfono, de qué lío le sacó mi padre.
—Claro que se puede decir por teléfono... Hace una burrada de años, cuando aún había pena de muerte, hacia 1976, imagínese, y además es cosa juzgada. Se dice así, ¿no? Cosa juzgada. Nadie me puede ya acusar de nada... Bueno, pues su padre me libró del garrote, aunque lo tuvo fácil porque en aquel momento estaban preparando la Constitución, y la Constitución esa, ya sabe, eliminaba la pena de muerte. Pero él se portó como un tío, oiga, como un tío. A poco que se le parezca usted, hace falta que nos veamos, oiga. Saldrá ganando.
«Saldrá ganando...» Esa era la expresión que Escolano necesitaba escuchar y que últimamente no escuchaba nunca. Pero aun así tuvo que fingir una voz amable al preguntar:
—¿Qué delito cometió usted? Supongo que podrá decírmelo, si es cosa juzgada.
—Pues claro que sí... No sé qué edad tiene usted, pero parece mentira que su padre no le hablara de mi caso, es decir, del caso de Erasmus, porque seguro que no tuvo un asunto como ése en toda su vida. En todo caso, los periódicos hablaron mucho en aquella época, oiga, en todas las páginas menos en la cartelera. Menudo follón se armó y menudas discusiones hubo en los tribunales, oiga. Pero si quiere saberlo todo, le diré por qué: maté a un niño en un atraco. A un niño de tres años, y a un vigilante.
9
Bueno, pues ya está, Méndez, ya lo tienes todo. Sólo te queda detener al culpable, y eso puedes hacerlo esta misma tarde, pero pasará lo de siempre, Méndez: cuando tienes que hacer una cosa, tú no la haces.
Como siempre, has comido mal. En este barrio —que empieza a gustarte— hay bares de comidas rápidas, todos ellos pequeñitos, pero en compensación hay un hotel enorme y majestuoso, el França, que está hecho para polvos rápidos. Para ti que la gente folla más que antes, Méndez, pues este hotel, te parece, han tenido que ampliarlo al menos dos veces, quién sabe si olvidando algún cliente dentro. Cierta vez hubiste de hacer una detención aquí, en los años que ya se fueron, y tuviste un buen lío, porque en una de las habitaciones estaba la mujer del jefe.
Pero, hala, ya has terminado la suculenta comida: entremeses de la casa, albóndigas de la casa, flan de la casa, vino de la casa. No te fías de las albóndigas, pero en los últimos tiempos no parece haber muerto ningún cliente del bar, o sea, que la materia prima de las albóndigas han tenido que buscarla fuera. Y como la investigación está siendo un éxito, te concedes un premio:
—Póngame un café de la casa y un coñá de la casa.
—Usted sí que entiende, señor. Calidad segura.
Los pisos del barrio son pequeños; pero deben de parecer palacios al lado de esas cajas de veinte metros que hoy promociona el Ministerio de la Vivienda. Además, tienen balconcitos con barandas de hierro forjado, un lujo que hoy ningún constructor permitiría. La plaza del Surtidor es alegre, y en ella se alzó siempre un colegio religioso que sin embargo tiene hoy cierta dignidad de ateneo republicano. Más arriba, hay unas escaleritas de piedra que llevan a la montaña, donde en tiempos hacían pipí las nenas. Y muy cerca existe un bar llamado Bar Gol, o sea, que tiene el nombre más directo del mundo.
—¿Verdad que aquí vive el señor David Miralles?
La vecina limpia la escalera como seguramente lo hicieron su madre y su abuela en este mismo lugar, cuando los periódicos ya hablaban de la liberación de la mujer. La vecina miró con curiosidad a Méndez.
—¿El guardaespaldas?
Méndez no sabía que David Miralles, el asesino, fuera guardaespaldas, pero como las vecinas se enteran de todo, murmuró:
—Sí.
—No lo encontrará ahora. Acaba de salir con su ahijado, el de la viuda Ross.
Méndez tampoco sabía que Miralles tuviese un ahijado, pero hizo un gesto de asentimiento. Preguntó:
—¿Y sabe dónde han ido?
—Hay una sastrería en el Paralelo. Si baja por la calle, la encontrará al volver la esquina.
—Gracias.
Méndez sólo sabía de Miralles, aparte del nombre y domicilio, que le mataron a un hijo de tres años en un atraco, y que al cabo de una eternidad, o sea, ahora, en cuanto tuvo ocasión, se vengó de uno de los que lo hicieron. Para saberlo bastaba con que los vecinos recordasen un entierro con un ataúd blanco. Y ver el nombre en la lápida de una tumba.
Investigar un crimen, tampoco tiene por qué ser la cosa más complicada del mundo.
Ni la más fácil, por supuesto, ya que podían aparecer otros sospechosos y cambiarlo todo. Méndez se encogió de hombros y descendió calle abajo, hasta llegar al Paralelo, que él había conocido lleno de mujeres con tacones altos y ahora estaba lleno de autobuses con jubilados y nenas con el ombligo al aire. Méndez no entendía qué misterioso punto de erección podía originar un ombligo. Pero dejó de pensar.
Giró a la derecha.
Bueno, aquí estaba la sastrería.
Un sitio modesto con un solo escaparate, un solo maniquí y un solo cliente, que a la fuerza tenía que ser Miralles. No se trataba de un joven —y tampoco podía serlo—, pero conservaba la flexibilidad y la aparente fuerza de un tipo que se ha entrenado toda la vida. A su lado, un pequeño que a juicio de Méndez rondaría los tres años. Miralles le estaba comprando un equipo completo de ropa infantil, y de vez en cuando le acariciaba el pelo.
Méndez tuvo uno de sus pensamientos de altura.
—Coño —dijo.
Cualquiera detiene a un tipo que le está comprando ropa a un niño.
De modo que el policía se dio el piro, evitando complicar las cosas. Pero en aquel momento sonó el móvil. Y Méndez pensó:
«Leches».
Le estaban modernizando demasiado, con tanto arsenal técnico. Llegaría un momento en que la policía científica se pondría imposible, pero él no estaba dispuesto a llegar a más. Con el móvil, ya estaba en el tope. Pero contestó al ver el número del que llamaban. El señor comisario principal quería saber si ya había hablado con madame Ruth.
—Todavía no, señor M. Sólo he hecho unas cuantas, pero intensas, investigaciones preliminares.
—Pues vaya a verla pronto o no llegará a tiempo. Está a punto de morir.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Su propio médico. Y me ha dicho algo más: que ella le propuso un crimen.
10
Recuerdo perfectamente que la casa donde empecé a ganarme la vida con las muchachas, o sea, la de la Francia Chica como se dice hoy, también estaba orientada a poniente, como ésta en que vivo ahora. Eso quiere decir que el sol de la tarde se dormía en las ventanas y no acababa de irse nunca; es decir, que el sol desteñía el tapizado de los muebles, se comía el color de las cortinas y borraba los dibujos de los cuadros que tenía en la pared y representaban escenas del campo, como les gustaba a las chicas. Ellas amaban el verde porque casi todas venían de pueblos muertos de sed. Incluso una me trajo con especial cariño un diploma de Coros y Danzas de la Sección Femenina, porque le habían dado un premio cuando, en las fiestas patronales, bailó sola ante el señor obispo.
Hay que ver qué recuerdos tengo yo, madame Ruth, especialista en encontrar clientes para las chicas.
De aquella primera casa y de sus mujeres, ya no queda nada; nada, no, queda el sol... El sol ha ido ahogando las habitaciones pobres desde que Barcelona fue inventada, ha hecho que los hombres buscaran en las ventanas un soplo de aire y que las mujeres se abrieran de piernas en las sillas, en el único ángulo de sombra de la casa, mientras notaban que, con el calor, sus ingles empezaban a oler. Y también, digo yo, olían a veces las cocinas y las camas, aunque todo eso —lo recuerdo muy bien— sucedía más en el barrio que en mi casa, porque yo había puesto ventiladores por todas partes, y las ropas de la cama se cambiaban después de cada servicio. Además, las chicas no comían allí, o sea, que la cocina, aunque fuese de barrio obrero, estaba siempre limpia como una patena.
Aquel principal, el de los espejos en las habitaciones, se perdió en el tiempo, y más perdido estará aún dentro de poco, porque van a derribar la casa. Pero ésta en que vivo ahora, la de lujo, la torre antigua que perteneció al marqués, está invadida igualmente por el sol. Claro, los ricos de antes, cuando iban a veranear, buscaban el sol. Y yo diría que incluso es peor que en la Francia Chica, porque mi casa actual está en una calle más ancha, y por lo tanto no hay construcciones que tapen los rayos de sol. Desde mi ventana veo árboles y oigo los gritos de los niños que juegan en un jardín frontero. También entonces, en la casa antigua, me gustaba oírlos, y como antes podía andar bien, me asomaba a la ventana y me distraía mirándolos, aunque a las madres que me conocían no les gustaba verme ni de lejos. Ahora no puedo, ahora me cuesta un esfuerzo terrible levantarme de la butaca, y eso me hace pensar que, si nadie me ve, nadie me odia.
Pero me equivoco.
Mabel me odia, y Mabel es precisamente la persona encargada de cuidar de mí.
No tiene compasión ni siquiera ahora que sabe que voy a morir, que el cáncer me lo va devorando todo, hasta dejarme sin sangre, sin carne, sin labios y sin pechos. Demasiado lo sé, y lo único que deseo es una muerte piadosa y rápida. A ver si uno —que no decide su nacimiento— no va a poder tampoco decidir su muerte. Y se lo he dicho cien veces al médico, pero el médico dale que dale con la ciencia: que si ahora se hacen milagros, que si se regeneran los tejidos, que si se hacen injertos, que si hay radiaciones tan potentes y eficaces que te entran por el cerebro y te salen por el culo.
Por eso, porque como sé que con el médico todo es inútil, pensé en alguien más. A ver si una mujer que tiene dinero —y que encima es marquesa y ha salido dos veces en el Hola— no va a poder encontrar una manera digna de morir.
Pero mis pensamientos —que no son pensamientos, sino recuerdos— se rompen de pronto y me siento otra vez horriblemente prisionera.
Acaba de entrar Mabel.
Mabel me mira como siempre, con placer y odio.
Pero es que ella tiene su historia.
Si lo sabré yo.
Cuando yo tenía la casa de la Francia Chica, con una clientela menestral y casi de la familia, donde encamados y encamadas se enseñaban mutuamente las fotos de sus hijos, se dejó caer por allí el marqués de Solange, que estaba harto de las altas profesionales y buscaba carne obrera. Se ve que, al pasar casualmente por la calle, le echó el ojo a una de mis chicas, a la Nati, y la siguió y vio entrar. Pero se olvidó de la Nati en cuanto me vio a mí, que entonces era joven, alta, fuerte y con cara de virgen que ha sido torturada por un cónsul romano. Reconozco que yo entonces había tenido ya varios amigos —uno de los cuales me instaló la casa—, pero no lo parecía. Vamos, que daba la sensación de haberme escapado de un convento de Ávila. El marqués tenía una madre muy católica y malhablada, quien le decía siempre que no tenía que ir con mujeres depravadas con cara de putón, pero él no le hacía caso, y se iba con mujeres depravadas que tenían cara de nena. Nos acostamos en la mejor habitación, pese a decirle cien veces que yo no iba con clientes —lo que era verdad— y decirme él cien veces que me iba a pagar las ganancias de un mes, lo que resultó ser mucho más cierto. Le propuse un par de cosas que él, pese a venir de una extensa familia de monjes inseminadores y caballeros empalmados, aún no conocía.
Quedó entusiasmado.
El sol de poniente ha sido mi compañero durante tantísimos años que a veces tengo la sensación de que el tiempo es irreal, de que no ha transcurrido. Me cuesta recordar —y a veces me cuesta comprender— cómo, después de su entusiasmo, el marqués se enamoró de mí, habiendo por ahí tantas mujeres vírgenes, tantos coños apacibles y tantas devotas madres dispuestas a no serlo. Yo sé bien que esos entusiasmos de cama, esos descubrimientos de la mujer de tu vida, duran unas semanas, pero en el caso del marqués de Solange duraron toda una vida.
Claro que su vida fue breve.
Dios mío, el sol entra ahora con tanta fuerza que llega al fondo de mi cabeza y me produce un vértigo del que no puedo librarme; porque Mabel nunca corre las cortinas de la ventana ni la abre un poco para evitar el calor. Mabel debe de saber lo que esto duele.
Mabel ha sudado debajo de muchos hombres.
Pero todo empezó con el marqués de Solange: sin el marqués de Solange, todo esto no habría sucedido nunca. Yo sólo sabía de él que tenía mucho dinero, que su madre iba a morir pronto (no sin antes intentar, inútilmente, dejar la herencia a un canónigo) y que él mismo no quería morir en olor de santidad sin haber llegado a poseer un harén. Por eso, aunque siempre me prefirió a mí, probó a todas mis chicas, a todas las que yo tenía, e incluso a una que yo no tenía. A Mabel.
Mabel era de la calle, rubia, frágil, pobre, tenía grandes formas de mujer impura, ojos puros y sólo quince años. Mabel.
Yo había hecho muchas veces de celestina —ése era mi negocio, después de todo—, pero no era una celestina que buscaba, sino una celestina que recibía. Las propias chicas, generalmente impulsadas por el hambre, llamaban a mi puerta. Yo les enseñaba la casa, les hablaba de los precios, les inculcaba mi elegancia (porque de eso tengo, o al menos tuve) y las iniciaba no con cualquiera, sino con un cliente de confianza.
Yo no había aceptado nunca a una menor de edad. Nunca. Mejor dicho, en mis tiempos la legislación era más dura que la de hoy, porque hoy una chiquilla puede ser puta a los dieciocho años, y entonces era a los veintitrés, aunque la mayoría de edad estuviera en los veintiuno. Sólo a los veintitrés, si lo sabía yo. Claro que también sabía que, moviendo el dinero, siempre habría nenas de quince debajo de señores de sesenta, y siempre las habrá. Pero no dependía de mí.
Bueno, una vez dependió de mí.
El marqués tenía a Mabel muy vista de la calle, supo que era rabiosamente pobre y me pidió que hiciera por última vez de celestina, por última vez, por última vez. La última, decía él, pero yo sabía en el fondo, que era la primera. «Tampoco ha de ser tan difícil convencer a una chica de barrio. Venga, Ruth, hazlo, por favor, por favor, por favor...»
Y lo hice.
Y el tiempo parece haberse detenido, pero ha pasado.
Y aquí está Mabel.
Bueno, Ruth, pues ya tenemos aquí a la Mabel, la mujer que te cuida y la única que te une a este mundo. Mabel es alta, tiene caderas de ánfora, de las que ahora no se estilan, porque de las caderas hablan hoy muy mal los grandes gurús del mundo, que son los dietistas. Y es lo que hay. Y pensar que llevamos tres mil años de pintura y escultura, es decir, de civilización —decía a veces una pupila ilustrada— para llegar a esto, para descubrir en las mujeres la línea recta.
Mabel tiene muy finas la piel de la cara y el escote —piensa Ruth—, sin que en ella hayan dejado jamás huellas las lenguas y ni las dentaduras de los clientes. Las piernas se le han hecho algo gruesas, y hasta se diría que tiene un poco de celulitis en los muslos, pero es la edad, sigue pensando la ex dueña. Mabel ya ha cumplido los cincuenta, pero muy bien llevados, ésa es la verdad, y todo el mundo sabe que a esa edad todavía muchas chicas trabajan y ganan buena pasta.
De modo que —sobre todo a la luz cálida de la tarde— su figura no tiene nada de inquietante, sino más bien al contrario. Pero están sus ojos, piensa Ruth, esos ojos tan grises y helados que parecen resumir el odio de todas las mujeres sometidas. Eso no es nuevo, sigue pensando Ruth, especialmente en Mabel. Algunos clientes, incapaces de soportar aquella mirada metálica, le pedían que cerrase los ojos mientras la poseían.
Mabel tiene también una voz tan metálica como sus ojos.
—¿Qué ha dicho el doctor?
—Que debo seguir el tratamiento. Y yo estoy harta de decirle que no, que acabemos de una vez. A ver si un médico con su experiencia no va a saber cómo hacerlo.
Mabel se vuelve un momento hacia la ventana. El sol que entra por ella parece helarse al llegar a sus ojos.
—Y tú estás de su parte —dice acusando Ruth—. Tú también quieres que esto dure, dure...
—Tampoco te quejes —susurra Mabel con la voz de una figura metálica—. Tienes todo lo que necesitas. Muchísimas mujeres de tu edad se están muriendo ahora mismo en una habitación de la Seguridad Social, con dos o tres camas ocupadas al lado. Y cuando llegan a la recta final, ponen un biombo para que no se asuste la vecina. Tú sigues viviendo como una señora, y encima con la esperanza de curarte: medicina nueva que sale, medicina que prueban contigo.
—Con las ratas de laboratorio también las prueban.
—Eso lo hacen antes de darte las medicinas a ti.
—Cuando las ratas ya han muerto.
—Di lo que quieras, Ruth, pero no me pidas que te ayude. No voy a hacer nada, ni tu médico tampoco. Él es de esos católicos y romanos que jamás practicarán una eutanasia. Deberías saberlo, después de tantos años.
—Lo que sé es que estoy sufriendo sin necesidad. ¿Tú sabes el calor horrible que hace en esta habitación? ¿Por qué no bajas la persiana para que no entre el sol?
—No puedo. Está rota la cinta, Ruth.
—Pues ya han tenido tiempo de arreglarla.
—El carpintero está avisado. Lo que pasa es que ahora llamas a un carpintero y no viene nunca.
—Podrías, al menos, correr las cortinillas.
—Ya lo haces tú, Ruth.
—¡Y tú vuelves a descorrerlas, Mabel! Es un suplicio, es el cuento de nunca acabar. Yo las corro y tú las descorres. Con la diferencia de que me es casi imposible levantarme de la butaca.
—Tonterías. Lo hago por tu bien. El médico ha dicho que te conviene moverte y andar. ¿Ya no te acuerdas? Hace dos domingos, cuando te sentiste mejor, dijo incluso que debías salir a la calle e ir a misa.
—A misa...
La voz de la antigua madame es apenas un susurro despectivo. A misa... Sólo le faltaría eso, pedir piedad a Dios, una mujer que está deseando que la maten. Sólo le faltaría eso después de recibir en sus camas a muchas beatas a las que se les había muerto el marido. Sólo faltaría... Bueno, ahora, de pronto, recuerda que Mabel, a los quince años, ayudaba en la parroquia, y que lo hacía por tres o cuatro bendiciones y un pedazo de pan. El marqués de Solange, cuando la tuvo debajo, sí que le dio panes, aunque se olvidara de las bendiciones. Ruth recuerda perfectamente aquella primera tarde, en que también hacía sol. También hacía sol.
Mabel era tan niña que aún llevaba calcetines blancos.
Y luego el marqués enamorándose de ella... Mabel, Mabel, Mabel. Siempre la quiso con trenzas, siempre la quiso con vestidos infantiles, siempre la quiso con calcetines blancos.
Pero el tiempo se nos ha ido, pequeña Mabel. Ahora ya no eres niña, ya no llevas trenzas, y la gente se reiría si volvieras a ponerte calcetines blancos. También se reirían los clientes, salvo el marqués, que te querían más mujer, con mirada de plomo y medias negras. Porque yo te di trabajo, Mabel, te di mucho trabajo puesto que ya estabas aquí: los hombres casi se empujaban para entrar uno antes que otro. ¿No te acuerdas? Y el marqués, tonto de él, creyendo que te tenía en exclusiva. Hasta que se fue enamorando de ti, hasta que llegó a amarte de verdad, y entonces de verdad te tuvo.
La mirada de acero recorre la habitación ahogada por el sol. Así es la mirada de Mabel. Ruth lo nota más que nunca, siente su odio más que nunca. Esa mirada gris, dura, impía, propia de una embalsamadora de niños.
—Necesito que llames a otro médico, Mabel. Tú habrás conocido a muchos, incluso entre tus clientes. Necesito que me hagas este último favor.
Otra vez la mirada glacial, de la que parecen desprenderse gotitas de mercurio. Otra vez las cortinas bien abiertas, por si no lo estuvieran bastante. Otra vez el sol de poniente que convierte en abrasador el aire.
—Ningún médico querrá hablar contigo en estas condiciones, Ruth. Tú no lo sabes, pero el que te atiende ahora ha complicado las cosas para siempre: ya no te receta tantos calmantes. Por miedo a que te suicides abusando de alguno de ellos, quiere eliminar todo vestigio de responsabilidad. Ha dicho a la policía que tú le propusiste la eutanasia, es decir, le propusiste lo que todavía es un crimen. Nadie va a venir a acusarte a ti, claro, entre otras cosas porque no vale la pena; pero ningún médico te ayudará a morir. Puedes estar segura de que nadie lo hará. Y si eres tan imbécil como para confiar en mí...
Mabel lanza una carcajada dura, hiriente, una carcajada que el aire transforma en miles de alfileres que se clavan en la piel de Ruth. Arrastrando las sílabas, burlándose de ella letra a letra, dice:
—Y eso que conozco a un hombre que podría hacerlo. Conozco a alguien que mató a un hombre una vez.
11
—Pues claro que mató a un hombre una vez —dijo Carrasco, el dueño del bar La Anticipada—, claro que lo conozco. Y qué manera de matar, amigo... Dos balas en la cabeza. ¡BANG! ¡BANG! Los sesos del tío por poco no salen por la puerta del banco. ¡BANG! ¡BANG! Los cristales quedaron tan manchados por dentro que dos mujeres estuvieron limpiándolos casi un mes.
Mientras le escuchaba, acodado en la barra del bar de Carrasco, Méndez se metía un brebaje que podía servir para dos cosas: una heroica y otra no heroica. Si se tratara de la heroica, después de beberlo, cualquier legionario atacaría con su bayoneta aunque fuese Domingo de Ramos. Si se tratara de la no heroica, la bebida haría las veces de detergente de alta calidad. Cualquier día lo anunciaban por la tele.
Carrasco, viendo su mueca, le tranquilizó:
—Es un licor de hierbas, señor Méndez, o sea, altamente ecológico. Lo único que pasa es que no se recomienda a menores, jubilados, señoras en periodo de lactancia ni matrimonios que hayan de pedir un préstamo.
—Joder, pues a mí me están arreglando los papeles para la jubilación.
—Bueno, pero no lo parece. Lo grave, créame, sería que usted fuese un menor, pues en ese caso se volvería impotente, pero usted ya no corre ese peligro, señor Méndez. Y ahora pregúnteme todo lo que quiera saber.
Méndez susurró:
—Usted y yo ya hablamos de esto, pero jugamos un poco a los equívocos. Los policías lo hacemos y los taberneros lo hacen también, para no comprometerse. Le mencioné al muerto en la vieja casa de citas, el Omedes.
—Pues claro que sí. Y llegamos a la conclusión de que había sido un malparido.
—También le hablé de que yo creía saber quién era el autor de aquella muerte: el padre de un niño al que mataron en el atraco. Ni yo solté demasiados datos ni usted tampoco. ¿Me dijo que ese hombre era del barrio?
—No lo recuerdo.
—Yo tampoco, lo mismo da. A veces la memoria me empieza a fallar, ¿sabe? En resumen, yo pienso que el autor de aquella muerte fue, por pura venganza, un hombre llamado Miralles. No me importa que lo sepa, porque así tal vez se ponga nervioso y cometa un error.
—O huya.
—Peor para él —dijo Méndez.
—De todos modos, me extraña que no lo hayan detenido para los interrogatorios y todo eso —opinó Carrasco—. O hayan revisado su pistola. Miralles tiene licencia de armas, porque es guardaespaldas. Yo sólo tengo un bar, pero he visto películas: por la bala se puede saber todo sobre el arma.
Méndez se atrevió a terminar su brebaje.
—Fui a detenerle, pero en aquel momento le estaba comprando ropa nueva a un niño de unos tres años, y no quise escandalizar a la santa infancia. Por otra parte, el comisario me dijo que sería mejor vigilarle un tiempo, ya que al arma reglamentaria la tenemos a nuestra disposición en cualquier momento. No me importa que Miralles sepa que sospechamos de él.
El del bar La Anticipada sonrió.
—No soy tan tonto, señor Méndez. Si lo detienen y no habla, que es lo normal, todo se va al carajo. En cambio, si lo vigilan, alguien puede ponerse en contacto con él: me refiero a algún otro sospechoso. Han pasado muchos años, pero la gente vieja del barrio recuerda que dos hombres cometieron aquel atraco en el que mataron a un niño. Y el que entonces fue compañero de Omedes puede ser el autor de la muerte del cabrito de Omedes. Comprendo que un investigador como usted, y encima catador de licores regionales, no pueda precipitarse.
Méndez ni afirmó ni negó. Pero hizo el gesto de querer abarcar toda la barra vacía a aquella hora de la mañana.
—Me gustaría saber más cosas de Miralles —suspiró.
—Lo he dicho ya todo, y puede usted confirmarlo entre las personas que llevan años en el barrio. Después del asesinato de su hijo, Miralles se volvió loco, porque además estaba separado de su mujer, o sea, que su soledad era absoluta. Vamos a ver si sé explicarme, Méndez. La gente que llegó a conocerlos cree que la separación fue culpa de la mujer, porque Miralles era una buena persona. Pero se ve que un día ella le dijo: «Aquí tienes a tu hijo. Ya estoy harta. Cada uno por su camino, y que te aproveche».
—Si Miralles era tan buena persona, ¿por qué lo dejó su mujer?
—Y yo qué sé... Han pasado tantos años que sólo los viejos lo recuerdan, pero en los bares se comenta todo. Imagino que Miralles ganaba poco, y a ella el barrio le quedaba estrecho. Era guapa, le gustaba el dinero y hasta alguna vecina comenta que llegó a tener otro hombre. Debe de ser verdad, porque se desembarazó del hijo como si fuera un paquete, para irse con un tío. Creo que más tarde se supo que vivía en una casa de relumbrón, de esas a las que sólo les falta un mayordomo, y además la vieron en un coche de lujo. Pero yo creo que Miralles lo supo aceptar.
—¿Y por qué lo supo aceptar?
—Parece mentira que pregunte eso un viejo policía como usted, Méndez, que ha visto tantos matrimonios rotos por culpa del dinero. Yo no soy más que un cabrito que tiene un bar (y encima un cabrito anticipado) pero he tenido que ver muchos pisos vacíos, muchas ventanas abiertas y muchas paredes con las marcas de los cuadros que un día existieron. La vida es como es, Méndez, y no le dé más vueltas: las mujeres vienen y se van. Si a ella le gustaba el lujo, y el pobre Miralles no podía darle más lujo que una pichabrava (en el caso de que la tuviera), ya me dirá usted qué podía hacer. La mujer se largaría un día u otro. Y él, al menos, tenía el hijo, que era lo que más quería en este mundo.
Méndez dijo con voz ronca:
—Si la gente supiera la cantidad de funerales que hay en las noches de bodas...
Y dejó que le sirvieran otra copita de licor ecológico.
A él ya no le importaba su propio funeral.
—Y encima le matan al hijo —susurró.
—Por eso digo que se volvió loco. Encontrará gente en el barrio que le hablará de sus tardes de soledad, sentado en un banco, con la mirada perdida. Trabajaba en una casa de seguros, y se ve que empezó a equivocarse en las cuentas. Yo también lo entiendo, coño. Cuando estás así, vienen los clientes a hacerse un seguro de vida y tú les haces un seguro de entierro.
—¿Lo echaron a la calle? —preguntó Méndez, quien no dejaba nunca de comprobar los pedacitos de sus historias.
—Por lo que me han contado, la casa tuvo paciencia, pero un día Miralles da la sorpresa: va y se presenta a una oposición para cubrir plazas de vigilantes armados de bancos. No olvide que hubo una época en este país, hacia finales de los setenta, en que los bancos parecían el tiro de pichón, y en muchos de ellos ponían seguratas con revólveres cargados. Se ve que Miralles tenía una puntería de mil pares de cojones, pero de lo que no hay duda es de que el examen psicológico se lo hicieron por encima y con la punta del nabo. No tenían que haber admitido para vigilar bancos a un hombre cuyo hijo había muerto en un atraco a un banco. Y es que un hombre así se convierte en un gatillo fácil que dispara a la primera.
—Pero lo admitieron.
—Eso es lo que pasó hace años, Méndez: lo admitieron. Y en bares más viejos que éste le explicarán qué pasó: un día se presentan tres tíos armados a atracar, con las recortadas por delante. Y una recortada te deja sin huevos sólo con mirarla. El Miralles estaba solo, pero el tío ni pestañeó. TUMBA, TUMBA, TUMBA. A dos de los tíos les destrozó las rodillas antes de que dispararan, pero al tercero, el que estaba más cerca de la puerta, le voló los sesos. ¿Le he dicho cómo quedó el cristal? Bueno, pues a las limpiadoras tuvieron que darles paga extra.
Orgulloso de ser mejor que un cronista de guerra, el señor anticipado continuó:
—Y falta lo mejor.
—¿Lo mejor?
—Hubo alguien que se dio cuenta de que los tíos como Miralles no abundan tanto: diez en serenidad, diez en tiro y cero en ganas de vivir. Nadie lo diría, pero en España hay una demanda de tíos de esos que es la hostia: cada alto cargo, cada banquero y cada querida de diputado, tiene un guardaespaldas o dos. Y hay empresas que se dedican a contratarlos.
—O sea, que a Miralles le hicieron una oferta...
—Sí. Por eso le digo que es guardaespaldas. Y añadiría que gana pasta, pero la gasta en cosas que nadie diría. Pregunte por ahí y se lo explicarán: donativos a los orfelinatos, educación pagada para algún niño del barrio, ropa nueva para los chavalitos que la necesitan. Usted mismo dice que lo vio, Méndez.
—Pues claro. Cualquiera detiene a un hombre que está haciendo eso. Y además no quiero que deje de llevar flores a la tumba de su hijo.
—Tiene razón. Las flores cuestan un huevo. Ni que las regaran con semen de tigre.
Méndez terminó de beber su mejunje. Su cara adquirió poco a poco un intenso color verde, o sea, ecológico. Pero sobreponiéndose a todas las adversidades, musitó:
—No me importa que se rumoree por ahí, en los bares, los hoteles para parejas y los hogares del jubilado que la policía sospecha de Miralles. Por eso usted y yo hemos hablado tanto.
—Me lo ha dicho, señor Méndez: espera que se ponga nervioso.
—Más que él, espero que se ponga nervioso el otro, amigo mío. Porque hay otro.
12
El teléfono sonó otra vez.
—¿Ramírez y Escolano?
—Sí.
—¿Es usted el señor Ramírez o el señor Escolano?
El joven abogado Escolano sintió algo así como un pinchazo de vergüenza al oír aquella voz. Estuvo a punto de colgar. Ése fue su primer impulso.
Pero el banco le había dicho que estaba devuelta la cuota del Colegio. Es decir, impagada. Y un abogado que no puede pagar ni la cuota del Colegio necesita, al menos, cobrar una minuta.
De modo que se aguantó.
—No hace falta que bromee, señor Erasmus. Sabe perfectamente que sólo hay un Escolano, y Escolano soy yo.
—Pues no tengo ganas de bromear, señor letrado, porque ya sabe que le telefoneé por algo importante. Necesito verle enseguida. Bueno, supongo que puede.
—Un momento.
Escolano fingió consultar la agenda.
—Puedo. Deme la dirección.
—Anote. Ya le dije que le llamaría para vernos, porque hay cosas que no se pueden hacer por teléfono. Venga. Escriba.
El tono de voz era casi insultante, pero Escolano escribió.
El hotel era un cinco estrellas y estaba a la salida de la ciudad, parte noble, más allá de las facultades universitarias, entre palmeras, jardines y un palacio de congresos donde seguramente se hablaba de la conveniencia de hacer más hoteles como éste, a ver si nos visitaba el rey de Siam. En lontananza se divisaba el cementerio de Las Corts, cuyos inquilinos debían de temblar en sus nichos cada quince días, cuando en el contiguo campo del Barcelona se gritaba «¡GOOOOL!». Más abajo había las columnas de un monumento a los caídos en una guerra de la que nadie se acordaba. Oficinistas con tripita pasaban por allí haciendo footing, y al llegar a la altura del hotel exhalaban su último suspiro.
Los huéspedes del hotel llegaban a él en coches carísimos, limusinas o, en su defecto, taxis.
Escolano llegó en el autobús 7, el que utilizaban los universitarios para alcanzar la facultad. En la inmensa recepción preguntó por la habitación del señor Leónidas Pérez, nombre que su cliente le había dado, porque en el hotel no lo hubieran admitido con el apodo de Erasmus.
Consultaron por teléfono. El señor Erasmus dijo que el visitante podía subir.
Era una suite. Magníficas vistas de la ciudad noble que se extendía más abajo, magnífica luz de la ciudad limpia que quería subir hasta el Tibidabo, magníficos muebles que tenían tacto de seda, magnífica cama que de sólo al tumbarte en ella, subía el porcentaje del IVA.
Magnífica señora la que, con IVA o sin él, estaba tendida en aquella cama.
La chica, que no debía de tener más de veinte años, se cubrió al ver que Escolano entraba en la suite. Escolano recordó los anuncios breves leídos en los periódicos. «Scort Service. We speak English.» Seguro que aquella nena —de mirada un poco recelosa— trabajaba también en convenciones y congresos. Erasmus estaba despeinado, con las mejillas encendidas, y usaba un pijama sin duda puesto a toda prisa. Escolano no tuvo la menor duda de que minutos antes echaba—o intentaba echar— un polvo.
—He llegado en mal momento —dijo.
—No, no, Escolano... Fui yo el que le cité a esta hora, pero es que creía que ya habría terminado con la chica. Las cosas se han alargado porque ella es un poco difícil. Por cierto, no haga caso de la cara de susto que tiene —la miró, encogida en la cama—. Seguro, nena, que por un momento has pensado que íbamos a hacer un trío.
Escolano, hijo de un abogado que se habría negado a atender a un cliente sin chaqueta, se sintió avergonzado, intruso y fuera de lugar. Ni a un botones del hotel lo hubiesen recibido de aquella manera. Pero no supo qué hacer, y su propia confusión —o vergüenza— lo dejó paralizado. Notó que Erasmus hacía una seña a la chica para que se metiera en el cuarto de baño, y le tomaba a él del brazo para conducirlo a la sala y cerraba la puerta de la habitación.
—Bueno, la verdad es que hubiera sido mejor hacerle esperar abajo —dijo el cliente—, pero, bien mirado, tampoco valía la pena. Es mejor que me vaya conociendo. La vida es para disfrutarla, amigo, y para sacarle todo el jugo, porque cuando llegas al final se acaba el plazo de garantía, y ya no te dan otra. Bueno, digo yo, no sé si usted piensa lo mismo.
Escolano no contestó, y se limitó a mirar al hombre que quería contratarle. Erasmus ya no era joven, lo que resultaba absolutamente lógico si había sido un cliente de su padre. Le calculó unos sesenta y pico años, pero con buena salud y buenos cuidados. La salud se le notaba en los músculos y en los ojos, y en el brillo de una piel que parecía haber salido de una sala de masaje. Se notaba también en la cintura abundada y amplia, fruto de las mejores langostas del Cantábrico y de esos corderitos tan jóvenes que no han tenido tiempo ni de comer hierba. Sólo la leche de sus mamás. A veces Escolano pensaba que, con tanto comensal dispuesto a pagar lo que fuera, era imposible que dentro de poco quedara algo en los mares y prados. Pero, bueno, siempre habrá gente que coma transgénicos o coma poco.
En cuanto al resto de los cuidados con que dignificaba su vida el cliente, estaban bien a la vista.
Erasmus, pensó con distancia el joven abogado, estaba en esa edad en que el sexo ya empieza a ser terminal, pero en la que un tío exigente y rico le puede sacar a una mujer todo el juego y el jugo.
Movilizó su protesta:
—No acostumbro a ir a los despachos ni a los hoteles de los clientes —dijo.
—Bueno, tampoco tiene tanta importancia. Y me parece que fue usted quien se ofreció.
«Claro —volvió a pensar Escolano de aquella forma distante—. Es que de no haber sido así, te hubieras dado cuenta de que es verdad que en mi despacho sólo hay una secretaria a horas.»
—Sí, en efecto —terminó diciendo—, y así agilizamos trámites, puesto que usted me dijo que el asunto le corría muchísima prisa.
—Es verdad, y por eso más vale que hablemos claro desde el primer momento. Como ya le avancé por teléfono, su padre me sacó de un apuro tremendo, un apuro de los de antes, o sea, de los de verdad. Y es que ahora te la juegas veinte años de cárcel, que a la hora de la verdad son diez, pero antes te la jugabas con el verdugo. Bueno, Escolano, oiga usted, yo tampoco quiero dramatizar, porque la verdad es que la pena de muerte ya estaba entonces virtualmente suprimida, pero el lío era gordo, gordo de verdad. Y su padre me sacó.
Escolano se preguntó por qué su padre no le había hablado nunca de aquel caso (que en apariencia había sido un éxito para él) y mucho menos de aquel cliente. ¿Sentía vergüenza de haberlo defendido? ¿Puede un abogado llegar a tener la sensación de que, al salvar a su cliente, ha condenado a toda la sociedad? ¿Se puede sentir sucio y hasta culpable?
Le habría gustado tener a su padre delante para hacerle aquella terrible pregunta.
Pero no lo tenía.
Además, le era imposible seguir pensando. Erasmus —quien no parecía sentirse culpable de nada— continuaba con su explicación.
—Siento decirle, Escolano, que nunca entendí a su padre. No comprendo para qué coño se dedica uno a un oficio si luego no le saca provecho. Yo entonces tenía algún dinero, al menos para pagarle sus servicios, pero se negó a cobrarme, y no me dijo por qué. Repito: no lo entiendo.
—Yo sí.
—¿Qué dice?
—Que yo sí que lo entiendo.
—Mire, perdone si le digo que hay abogados tontos, sin querer ofender a su padre, pero los abogados tontos hacen mal. Porque lo que sobra son abogados listos.
—En ese caso no sé por qué me ha llamado a mí.
Erasmus hizo un leve gesto de paciencia, como lo hace un profesor ante un alumno que sabe que no entenderá absolutamente nada.
—Amigo Escolano, eso se lo explicaré con todo detalle. Pero entérese, de una vez, de que sé muy bien lo que me hago. Quería ver a su padre, quien era el único que podía conservar los papeles y los contactos, y por tanto decirme lo que necesito saber. Pero a falta de su padre, está usted. Usted todavía puede encontrar esos papeles, o al menos recordar esos contactos.
Erasmus hizo una pequeña pausa. Al otro lado del tabique, estallaba el ruido de la ducha a presión que se estaba dando la mujer, la azafata, la escort, la nena. Escolano imaginó su piel de secretaria bilingüe a la que un día ofrecieron una minifalda, un fajo de billetes, una esperanza y un pecado. «Guapa, no hace falta que trabajes tanto ni seas bilingüe. Para ganarse la vida, con una lengua basta.» Imaginó el agua estallando sobre la piel, tratando de borrar de ella los besos, los zarpazos, la saliva, la sorpresa, el asco.
Erasmus había dicho:
«Es una chica difícil».
Y Erasmus continuó:
—Yo sé que los abogados son libres de aceptar un caso o no, pero le aseguro que lo mío no va a perjudicar a nadie, y encima le dará dinero. Yo espero que no pertenezca usted a la raza de los abogados tontos. Verá: yo he tratado a mucha gente, y noto por su cara que muchas cosas le sorprenden; pero, coño, usted ya es una persona mayor, hijo de un abogado muerto, y todo lo que le digo pasó hace muchos años, una porrada de años, cuando la transición política después del franquismo, imagínese, cuando se preparaba la Constitución esa tan bonita, tan llena de poesías y de mentiras, como todas las constituciones. De modo que vamos a ver: es historia. Y la historia no asusta a nadie. Por lo tanto escúcheme, que eso no hace daño.
Escolano se mordió los labios.
—Le escucho —susurró.
—Bueno, pues un compañero y yo hicimos un atraco.
—Un... atraco.
—Sí, un atraco a un banco, hombre, eso no es tan difícil de entender. Perdone, pero los abogados ponen a veces una cara que se la bajan a cualquiera... A ver... Un atraco, digo, con buenas armas de verdad, con pistolas militares de las que entonces abundaban. De entrada, el vigilante de seguridad se puso tonto, se quiso hacer el hombre y le tuvimos que volar la cabeza. Hubo ruido de verdad, un ruido de cojones, y entonces, en un minuto, no sé cómo, llegó la policía. Siempre llegan tarde, y esta vez ya ve: plantados delante de la puerta.
Escolano dijo con un hilo de voz:
—Robo con homicidio. En la legislación anterior, pena de reclusión mayor a muerte. Yo diría muerte.
—Mire, no me recite el viejo Código Penal porque me lo sé mejor que usted. He tenido años para aprenderlo. Y encima aquel código también es historia, de modo que no me lleve usted al museo y sigamos hablando. En lo que tiene usted razón es en una cosa: cuando se presentaba la policía, ojo con dispararle. Si matabas a un agente, ibas listo: conocías al verdugo a los seis meses.
El abogado cerró un momento los ojos. Le obsesionaba aquel tema porque lo había discutido cien veces con su padre, siendo él un joven estudiante de derecho. ¿Por qué, si matabas a una persona indefensa, podías librarte del garrote, y en cambio no si matabas a un policía, lo que parecía menos grave porque el policía no estaba indefenso? Su padre se lo había explicado sin convencerle, aunque sea por la sencilla razón de que los padres siempre son fascistas. Mira, hijo, si se presenta la policía se acaba la cuestión y se acaba el atraco. Porque si matas a un policía, es pena de muerte automáticamente, y por lo tanto no te conviene. En primer lugar porque los otros policías te matarán a ti y si no lo hacen, vas de cabeza a la última pena. Conviene entregarse, por muy desesperado que uno esté. Entregándote, casi nunca vas al cadalso y todo el mundo gana: ganas tú, que no mueres; gana el policía, que no muere; y ganan las otras víctimas del atraco, que pueden irse a casa. Ésta es la razón de la ley: si muere un policía, hace falta una pena terrible para que no ocurran otros hechos terribles.
A Escolano, por supuesto, no le habían convencido las razones de su padre, ni su conservadurismo detrás del cual siempre había un verdugo; pero luego, los años, le habían hecho dudar. Si el miedo es tan fuerte que te paraliza, probablemente no morirá nadie. Pero ¿qué pasaría, en cambio, si no hubiera miedo?
Erasmus parecía haber adivinado sus pensamientos.
Porque susurró:
—Me di cuenta en aquel momento de que, sabiendo que no me aplicarían la pena de muerte, ya suprimida, tenía una posibilidad de escapar, aunque fuese matando a alguien más. A ver si me entiende, abogado, y cumple la obligación de ponerse en mi lugar: lo que más me jugaba eran veinte años teóricos, o sea, que una segunda muerte me salía gratis. La única cliente del banco era una mujer que se había desmayado de miedo, una mujer que iba acompañada de un niño de tres años. Bueno, lo de los tres años lo supe luego. También supe luego que la mujer desmayada era una vecina del niño, que lo cuidaba. Mi compañero y yo lo tomamos como rehén y exigimos salir. Nos lo concedieron, claro que sí. No me mire usted con esa cara, abogado, la misma cara de su padre, porque la ley será la ley, pero las cosas son las cosas. Pedimos dos motos en la puerta y mi compañero, el Omedes, pudo salir pitando con una de ellas. Lo entiendo, porque los de la bofia sólo se fijaban en mí: yo tenía al niño. Bueno, pues un agente jovencito se creyó que era el salvador del mundo, se creyó que era el Kirk Douglas o el Stallone de los huevos, y me disparó a una pierna. Yo no me di cuenta de lo que hacía, eso se lo puedo jurar: sentí el dolor, sentí que vacilaba y que no iba a poder correr con el peso del niño. No ponga esa cara, abogado. Un niño también llegará a ser un viejo de mierda. No hay que tomarse las cosas por el lado de la pena.
Y Erasmus chascó los dedos.
El silencio repentino de la suite. La nena que se ha dejado de duchar porque es inútil, porque la suciedad está dentro, porque aún tiene la lengua del tío bajo la piel. La ciudad se mueve allá abajo, se agita, hace números, calcula cuánto pueden gastar otras lenguas y pueden costar otras nenas. Venga, abogado, capullo, métete en la realidad y no pienses lo que piensas.
Erasmus musitó:
—Me detuvieron, claro. Pero no me dispararon más. Unos meses antes me hubieran acribillado, claro que sí, pero en aquella época, si a un policía se le iba el dedo, lo jodían tanto como a ti. Me llevaron herido ante un juez que acababa de ser padre, y al saber lo que había hecho se le puso una cara de hijo de puta que en la vida he visto cosa más cabrona. Y no digamos el fiscal. Hasta a su padre de usted, el viejo abogado Escolano, que llegó por turno de oficio, se le pusieron dientes de ir a morderme las partes. Y no digo más porque, aunque usted no lo crea, yo respeto a los abogados. Total, que fue un juicio rápido, porque los hechos estaban claros, me llamaron de todo y pidieron la pena de muerte.
Abrió las manos como diciendo: «Ya ve, qué cosas». Escolano, que evitaba mirarlo, abrió los ojos con incredulidad, al no recordar los hechos. Claro que le estaban hablando del año ochenta del siglo anterior (qué extraño queda hablar del «siglo anterior» cuando uno lo ha vivido), pero él era entonces un jovencísimo estudiante de derecho y un caso como aquel tenía que haberle apasionado, aunque su padre no le comentase nada. De pronto lo entendió: un accidente de moto le había tenido dos meses en el hospital. Dos meses delante de una pared blanca, un médico viejo, una enfermera gorda y nada más: sin radio, sin tele, sin periódicos, sin nada. Sólo los rostros angustiados de sus padres, que parecían estar en otro mundo.
—Debería de estar usted muy agradecido a mi padre —masculló—. Cuando él lo defendió, estaba pasando por una crisis personal tremenda.
—Pues fuera como fuera, lo hizo muy bien —recordó Erasmus—. Supo desde el primer momento que la petición fiscal no servía de nada, porque acababan de suprimir la pena de muerte. Por otra parte, su padre era contrario a ella. Ya sé, abogado, que ésa es una discusión eterna: que si la regeneración del culpable ante todo, que si merece un castigo ejemplar, que si el verdugo frena otros delitos o no sirve de nada, porque añade un muerto a otro muerto. Que si nadie tiene derecho a matar a nadie, y el pueblo preguntándose: «¿Y el asesino qué derecho tenía?». Y los apóstoles del Congreso diciéndoles a los familiares de la víctima: «Ustedes no piden justicia, piden venganza». Coño, abogado, yo no sé si usted tendrá ganas de discutir de eso, pero yo me niego a discutirlo porque durante el proceso lo estuve oyendo día y noche, tragándome leyes, hasta que los huevos tomaron forma de libro. Lo que hay es lo que hay, coño, y las cosas son las cosas. Un año antes me habrían matado; un año después, no. Su padre buscó dos atenuantes de entonces: la primera, obcecación, porque no supe lo que hacía, estaba herido. La segunda, haber cometido el delito bajo los efectos del alcohol: estaba semiborracho en el momento de delinquir. La verdad es que yo me había dado ánimos con un par de lingotazos y tenía alcohol en sangre, pero a ver quién era capaz de probar si lo había hecho a propósito o no. Total, veinte años, con la duda de si al guardia de seguridad lo había matado yo o mi compañero fugitivo... Veinte años tampoco son una broma, abogado, sobre todo porque entonces, los presos, cuando sabían que habías matado a un niño, te sujetaban entre cuatro y te rompían el culo. Pero yo repartí dinero, y me dieron una celda con un manso al que rompí el culo yo. Bueno, tampoco demasiado, no piense. Pero era terrible, porque sólo podía salir al patio una hora, y encima completamente solo. Ir a las duchas solo, cagar solo. Veintitrés horas con el enculado y nadie más, no sabe usted lo que es eso. Un año después me trasladaron. En la nueva cárcel, y con dinero, pude lograr que olvidaran anotar en el expediente los detalles del delito, de modo que nadie supo nada. Un «homicidio» no es más que un homicidio. Y la verdad es que desde entonces tampoco lo pasé tan mal.
Abrió los brazos, mientras su boca también se abría en una amplia sonrisa, y añadió:
—Los que dirigían entonces la política penitenciaria eran gente idealista, casi angélica. Incluso no nos llamaban «presos comunes», sino «presos sociales», o sea que era la sociedad la que tenía la culpa. En las prisiones tus compañeros te violaban o te ahorcaban, pero los directores generales no sabían ni jota. Y para que los presidiarios no armásemos jaleo, se inventó el «vis a vis», en el que podías acabar llamando a cualquiera. Mire, abogado, si yo le dijera que lo pasé mal, mentiría. Entre indultos, redenciones, permisos y vises-vises, el tiempo se me pasó mucho más rápido de lo que creía. Uno se acostumbra a todo.
Escolano musitó, con una voz que no parecía la suya:
—Tendría dinero...
—Sí.
—¿De dónde lo sacaba?
—Primero de mi compañero huido, el Omedes, que se había llevado el botín del atraco, una cantidad tan grande que te solucionaba la vida. Y durante un tiempo, un corto tiempo, me fue enviando giros por medio de personas interpuestas, para demostrarme que seguía a salvo y no me iba a delatar, aunque de poco servía entonces que me delatase o no. Pero de pronto, el cabrito dejó de enviar los giros.
—Se cansaría —dijo el abogado.
—Maricón de mierda, claro que se cansó. Se cansó de no tenerlo todo para él solo, pero de eso ya hablaremos. En fin, aquel dinero me sacó de los primeros apuros y me permitió formar la primera red de beneficios, que es la droga dentro de la cárcel. No ponga esa cara, abogado, que le estoy haciendo un favor. Todo hombre inteligente sabe que al abogado no hay que engañarle, porque después el tío no sabe por dónde va, y las cosas se lían. Y no será usted tan tonto como para creer que no corre droga en las cárceles. Al contrario, corre más droga que en la calle. Y le confesaré algo que quizá no sabe: entre el motín y la tranquilidad que da la droga, las autoridades prefieren, a la chita callando, la tranquilidad que da la droga, de modo que cierran los ojos. Bueno, pues durante los doce años que estuve en chirona, gané algún dinero. Y durante los años que he estado en el extranjero, he ganado dinero. Como se decía en un antiguo anuncio de la tele: «¿Ve qué fácil?».
Y abrió otra vez los brazos, como queriendo demostrar que él poseía todas las verdades —por elementales que fuesen— y en cambio aquel abogado joven no parecía captar ninguna verdad, por elemental que fuese. «En el fondo —pensó Escolano—, ya se empieza a arrepentir de haberme llamado.» Pero su propio estupor lo mantenía con la boca cerrada. No se avergonzó de aquel estupor, porque quizá lo habría sentido también su propio padre.
Ahora se oía taconear a la chica al otro lado de la puerta cerrada.
Y el aire parecía ser atravesado por su pensamiento: «Cabrón, págame».
Erasmus continuó calmosamente:
—Mire, abogado, voy a resumir dos cosas. Primero, tengo dinero, y usted ganará lo suyo. Segundo: no estoy demasiado seguro de que usted sea el mejor abogado del mundo, pero es el único al que ahora puedo acudir. ¿Por qué? Porque fuera de los viejos archivos o los contactos que tuvo su padre, no tengo medio de saber dónde vive el padre del niño muerto, el que sin duda acaba de matar a Omedes para vengarse. Porque el chico tenía un padre, ¿comprende? ¿O no comprende ni eso?
Produjo un chasquido con la lengua, como si acabase de tastar un buen vino —o tal vez la calidad de sus propios pensamientos—, y añadió:
—Claro que eso se lo podría preguntar también a la policía, pero lo primero que hará la policía será cagarse en mi madre y ponerme en la lista por si al sujeto ése le pasa algo. Por supuesto, he soltado dinero para que me desenterraran en los tribunales el viejo asunto, pero el tío ese habrá cambiado de domicilio doce veces, al cabo de tantos años. Y si pescó a Omedes puede pescarme a mí, de modo que me interesa encontrarlo. ¿Va entendiendo al menos un poco?
La voz era tan burlona —había en ella un oscuro presentimiento— que Escolano se sintió obligado a contestar con desprecio:
—Para eso contrate a un detective. Le saldrá más barato que yo.
—¿Un detective? ¿Un detective? ¿Y a quién conozco yo que sea de entera confianza? ¿Quién me dice que no acabará siendo un confidente de la policía, como casi todos? En cambio, usted está obligado al secreto profesional, como lo estuvo su padre, y encima no le propongo ningún delito. Sólo ayudarme a encontrar, sin dar la cara yo mismo, a un sujeto al que me interesa tener controlado por el daño que pudiera hacerme. Encima, tengo ahora negocios en Barcelona y no me conviene huir. ¿Qué? ¿Hablamos de dinero? Al fin y al cabo también he de hablar de dinero con la chica, ¿no? Aunque la ventaja que tiene ella sobre usted es que, al entrar en la habitación, ya sabe cómo resolver el asunto.
13
—Ahora, señor Mendes, trabajo en un magasine de la radio de esos de susesos, ¿sabe? —dijo el Amores con voz temblorosa—, sin empleo fijo, con un contrato eventual de no veas, o sea, como si un servidor fuese un redactor venido en patera mismamente. Ya ve usté, señor Mendes, con mi experiensia y mi dominio de las calles, las notisias y las mujeres de esta siudá. Pero mi periódico serró, disen que por falta de publisidá, y ya no se hasen nuevos periódicos como ése, señor Mendes, ni siquiera en las parroquias para hablar mal de la píldora y hablar bien del Papa. He preguntado en el Sírculo de Economía, a ver qué pasa, si hay suerte, y me han contestado que es la consentrasión capitalista, o sea, la fusión finansiera y serebral, de lo que se deduse que cada ves habrá menos periódicos y más periodistas. Y aquí me tiene trabajando en la radio a horas, señor Mendes, y grasias que me quieren, hasta que hagan otra fusión.
Méndez susurró:
—Joder, Amores, continúas hablando como un soplapollas.
—Ojalá lo fuera, para soplarle lo que fuese a una cantaora anhelante de ser soplada, pero mucho me temo, señor Mendes, que ya se me han pasado el tipaso y la edá, aunque queda el coco. Bueno, yo he venido a verle porque nesesito llenar con algo el próximo boletín, y como no puedo hablar de la liberasión de la mujer ni de la emansipasión obrera, que el gobierno dise que son cosas ya hechas, nesesito saber si hay algo nuevo en lo de aquel caso del muerto de la casa que iban a derribar. Qué putada, señor Mendes, echan a los vivos y meten a un muerto.
—Yo no investigo nada, Amores. Sólo acompaño a los que investigan de verdad.
—Usté lo que no sabe es promosionarse, señor Mendes, y así no se puede haser nada en la vida. Hoy todo es promosión, promosión y promosión, y para andar por el camino del éxito usté debería haser dos cosas: primera, leer uno de esos libros de autoayuda y segunda, contar conmigo, que soy la vos del pueblo. En mis boletines puedo incluso desir que le han hecho jefe de los Mossos d’Esquadra, o ideólogo de la Guardia Urbana, o incluso que le han encargado la reforma de la reforma del Estatut, señor Mendes. El caso es sonar, señor Mendes, créame.
—Sólo puedo decirte dos cosas, Amores: que el muerto era un malparido que hizo un atraco sangriento años atrás, y que el móvil fue una venganza.
—De eso ya se ha hablado, señor Mendes, e incluso de que la polisía sigue una pista.
—En efecto, hay una pista, Amores, pero no puedo pasar de ahí. Lo único que podrías adelantar es que tal vez la solución esté cerca... Y que el local donde aquel tío murió le resultaba conocido, porque en su juventud lo había frecuentado mucho. Era una vieja casa de citas. Nada más.
—Eso es sólo la espuma de la verdá, señor Mendes. Usté sabe más. En nombre de nuestra vieja amistá y de los muertos que yo he descubierto, le ruego me diga algo, aunque no sea para radiarlo. Sólo para tener más datos para cuando la cosa se pueda dar a la lus. Entonses haré un programa extra que van a nesesitar haser un piso más en la emisora.
—En nombre de nuestra vieja amistad te diré algo más, Amores, pero con la condición de que te lo guardes y no digas una palabra sin consultarme antes. El sospechoso (que no te digo quién es) tiene licencia de armas, y por lo tanto revólver o pistola registrados. Se buscó un pretexto para hacer por sorpresa una revisión general, y su arma no era la que había servido para el crimen. De lo contrario, ya lo tendríamos en el saco, pero con las pruebas actuales no lo puedo detener. Y otra cosa, más confidencial aún: sigue con mucha atención todas las muertes, aunque sean en accidente de coche, porque me temo que ese hombre volverá a matar. O lo matarán a él. Seguro que lo buscan.
14
El teléfono, que no había sonado en toda la mañana, volvió a sonar.
—¿Es el señor Ramírez o el señor Escolano?
—Soy Escolano, señor Erasmus. Ya le dije que el señor Ramírez ya no existe.
La voz, habitualmente imperiosa, sonó al otro lado del cable con un deje de ironía:
—Sí, claro, ahora lo recuerdo, ya me dijo usted lo del lamentable óbito. Bueno, yo le llamaba porque hace dos días que nos vimos, y quiero saber si ya ha obtenido información, revisando los papeles. Además, usted puede hacer cosas que yo no puedo hacer, como por ejemplo ir a la policía.
—Tengo información, señor Erasmus. He podido saber que el padre del niño muerto se llama Miralles y actualmente es guardaespaldas privado. Puedo darle su domicilio.
Sonó un chasquido de satisfacción al otro lado de la línea. Se ve que Erasmus tenía una lengua, ¿cómo decirlo?, expresiva.
—Magnífico. Pero me llama la atención eso de guardaespaldas privado. Ni que estuviéramos en Colombia.
—No le sorprenda tanto, señor Erasmus. Hasta aquí se han trasladado los grandes negocios europeos, con todo lo que eso significa. Y cada millonario necesita que le cubran, y que cubran a su mujer, en el buen sentido, cuando va de compras, y que cubran a su nena cuando va al colegio, y que cubran a su querida cuando va a la cama. Y los políticos han de cubrirse contra el terrorismo con guardaespaldas privados, porque la policía no basta, y los del dinero negro y la droga blanca también han de hacerlo. De modo que imagine usted si hay demanda. ¿Le interesa un empleo?
Escolano, que habitualmente era de pocas palabras, había soltado el discurso casi sin respirar, como si tuviera prisa por decir que ya no creía en el país como creía antes. Pero, curiosamente, sus palabras tuvieron el poder de intimidar un poco a Erasmus.
—Pasaré por su despacho para llevarme la documentación —dijo.
Escolano tuvo un leve estremecimiento.
Los muebles viejos.
La sala de espera donde no aguardaba nadie.
La secretaria a horas que no venía esa mañana.
Cuando uno no puede presumir de lo que tiene, es mejor dejar que presuman los otros.
—No me importa ir a su hotel —murmuró—. He de salir.
—Está bien, pero me alojo en otro sitio. Yo cambio de residencia al menos dos veces por semana. A ver: anote.
Otra vez el tono exigente. Otra vez si aquello era Ramírez o era Escolano. Menos mal que Ramírez no iba a resucitar.
—Anoto. Diga.
El hotel tenía un lujo diferente del primero: éste era más noble y antiguo. La suite —porque Erasmus seguía viviendo en una suite— daba a la Gran Vía, sus bloques de oficinas, sus embotellamientos, sus prisas y la estatua de un patricio que Erasmus no sabía cómo se llamaba, aunque tampoco le importaba gran cosa. El patricio era el único que, encima de su pedestal, parecía vivir en paz. La habitación tenía muebles color miel, un despachito, un cuarto de baño donde cabían al menos tres parejas y un dormitorio. Sólo faltaba la chica.
Erasmus pareció adivinar sus pensamientos.
—Llegará más tarde —dijo—. He pedido a la agencia que aplazasen la hora, al saber que usted venía. La chica necesita discreción porque es azafata de protocolo, y quién sabe, quién sabe si hasta le tiende una copa al conseller cuando éste habla de aumentar los impuestos.
—Celebro que estemos solos —dijo Escolano sin disimular su irritación, en la que tal vez palpitaba un fondo de envidia.
Erasmus, por la razón que fuese, parecía más irritado que él. Estaba nervioso y expectante: sus ojos despedían un color rojizo que Escolano no le había visto antes. Pero al menos lo recibía vestido.
—Siéntese.
Daba órdenes tajantes.
—Ya me he sentado. Dígame, Erasmus.
—Quiero examinar los datos. No sólo necesito saber dónde vive el tal Miralles, sino si está solo o acompañado, es decir, protegido. Si es guardaespaldas, por supuesto, tendrá un arma, y encima ha demostrado que sabe usarla. A ver, deme su dirección y todo lo que tenga.
Los datos no eran muchos, pero eran fiables. Escolano no sólo había acudido a algún policía conocido, sino a los archivos judiciales, las oficinas del censo y las de la Seguridad Social. Erasmus, como ex presidiario, no habría tenido tantas facilidades para lograrlo. Y encima sólo había dado la cara él.
Los ojos del huésped se afilaron como dos puntitos.
—Está bien —dijo—, habrá que levantar un plano de la casa donde vive y seguir a ese hombre algún tiempo. Y ahora vamos a concretar un par de cosas, Escolano. Primera, sólo intento protegerme.
—Lo supongo.
—Ahora quede bien como abogado. Ahora dígame que, de no ser así, usted no habría realizado las gestiones.
—De no ser así, yo no habría realizado las gestiones —musitó Escolano.
—Pues no se preocupe, porque repito lo dicho: sólo intento protegerme. ¿Lo entiende? Un hombre como yo no puede ir a la policía exponiendo sus temores, entre otras cosas porque ni siquiera me han amenazado. Las cosas son las cosas, y yo las he de resolver a mi modo.
—Claro.
—Ahora imagine por un momento que a ese individuo que nos interesa, el Miralles, le pasa algo. Casualmente, digo: le pasa algo. Usted no hablará con nadie de su cliente, es un secreto profesional.
Escolano se mordió ligeramente el labio inferior.
—El secreto profesional existe —murmuró.
—Estoy convencido de que en esto es usted tan digno como su padre.
—Que no quiso aceptar su dinero...
Erasmus fingió no haber oído el comentario. O tal vez realmente no lo oyó, porque era hombre de discurso único.
—Pero le voy a hacer de pasada dos comentarios —dijo el cliente—, dos comentarios—. El primero, si usted habla no le servirá de nada, porque cualquier cosa que se haga no la haré yo. Métaselo bien en la cabeza: no la haré yo. La segunda, es que faltar a su deber ético puede perjudicarle. Mire, yo soy ahora un hombre con muchos negocios, y si he vuelto a España es justo por esos negocios, que son más importantes de lo que usted supone y merecen mi atención. Yo voy a hacer una temporada de gallina clueca. De modo que cualquier interferencia, cualquier extorsión, no quedará sin respuesta. Pero eso se lo digo con el mayor respeto, abogado. Yo a los abogados los quiero mucho.
Y en rápida transición preguntó:
—¿A cuánto asciende su minuta?
Escolano enrojeció. Sabía que eso llegaría, pero enrojeció. Estuvo a punto de levantarse de la butaca.
Su carrera. El honor. Su nombre. El respeto que uno se debe a sí mismo.
La toga.
Erasmus lo notó y añadió rápidamente:
—Digo yo que la carrera está para vivir de ella, no para ponerla en un marco. Y eso se lo dice un hombre que no necesita carreras para vivir. Si alguna cosa le humilla, piense que más humillante ha de ser deber la cuota del Colegio.
Escolano cerró los ojos.
De modo que el otro lo sabía. Erasmus era de esos tipos que llegan a todas partes, que lo saben todo. Por algo su padre, que al menos murió sabio, le había puesto el nombre.
El cliente apremió:
—Diga la cifra. No me presente minuta porque todo va a ser dinero negro. Como lo de la chica.
En ese momento llamaron al teléfono. Era de recepción.
Éste susurró:
—¿Una señorita que trae una carta para mí? De acuerdo, la recibiré porque es importante. Pero dígale que espere un minuto en el bar y tome algo a mi cuenta. Es un momento.
Colgó y miró a Escolano.
Éste seguía con los ojos cerrados.
Dio la cifra.
—Es mucho —dijo Erasmus inmediatamente.
Escolano se levantó con parsimonia de la butaca y miró a los ojos de Erasmus mientras apretaba los puños.
—Mire, yo...
—¿Usted qué? ¿Va a pedir al Colegio que defienda su minuta? Mire, ahorremos trabajo y hagamos las cosas en plan rápido. Le doy lo que tengo concertado con la chica de abajo y un diez por ciento más. No se queje. Usted me da los informes y yo le doy los billetes. Aquí están. Todo legal. Eso sí, me firmará un recibo, porque el detalle le obliga a guardar secreto.
Escolano sólo pudo balbucir:
—¿Usted cree en la ley?
Erasmus le miró con una sonrisa lejana, echando la cabeza para atrás.
Susurró:
—¿Y usted?
15
Por supuesto que Méndez, el hombre al borde de la jubilación, siempre vestido de oscuro y siempre con libros en los bolsillos, no podía saber nada de esto, pese a estar concentrado en el caso. Todo lo concentrado que podía estar Méndez. Pero en cambio sabía otras cosas, y trató de numerarlas mientras caminaba por las calles del viejo barrio.
La primera —y eso lo confirmaba la autopsia— era que el Omedes había sido liquidado muy poco antes de que se iniciara la fiesta de despedida de los vecinos, porque ya estaban instalados los manteles y colocados los platitos con patatas fritas, avellanas turcas, almendras, vinos de Falset y charcutería indígena. Lo cual indicaba que entre el Omedes y la persona que lo mató tenía que existir cierto grado de confianza. Al menos, quien lo mató, sabía dónde se metía. Para el Omedes también era terreno conocido, puesto que en los viejos tiempos fue cliente de la casa.
Naturalmente, el asesino que estaba más allá de toda duda, Miralles, podía conocer el lugar y el terreno que pisaba.
La segunda cosa que sabía Méndez era que Miralles no había usado su pistola reglamentaria. También eso era natural, porque un hombre que ha trabajado de guardaespaldas no puede ser ingenuo. Y la policía, tampoco como para detenerle sin pruebas. Era mejor dejar que cometiera algún desliz, teniendo en cuenta que aún debía pensar en matar a otro hombre. O el otro hombre pensar en matarle a él.
¿Quién era ese hombre?
Méndez lo sabía bien, tras haber revisado las actas del proceso. El atracador que había matado al niño se llamaba Leónidas Pérez, había cumplido condena y seguramente estaba en España, con documentación falsa. Al ser un hombre «limpio», no se le podía molestar oficialmente. Pero Méndez llevaba encima una de sus viejas fotos y pensaba enseñarla a media ciudad.
Otra cosa que sabía Méndez: el hombre había sido asesinado en un local que había pertenecido a una tal madame Ruth, en otros tiempos administradora sexual del barrio. Convenía vigilar la casa por si entre madame Ruth y el muerto hubiera existido alguna clase de relación.
Méndez se había preocupado por averiguar unas cuantas cosas sobre el asesino a quien las leyes obligaban a llamar «presunto asesino». Miralles estaba separado desde hacía muchos años, y de su primera mujer se había perdido por completo la pista. Por lo visto, era una tía que quería vivir a lo grande, y Miralles sólo ganaba para vivir a lo pequeño; le había entregado al niño para quitárselo de encima y, al parecer, la habían visto con clientes ricos, poniendo precio a cada centímetro de su piel. Pero ésa era una vieja historia de hombres que sabían follar —o lo pretendían— y de una mujer que supo contar y no necesitaba pretenderlo. Los años se los habían tragado, Barcelona se los había tragado. Esa vieja historia nunca significaría nada.
Esto era lo que Méndez sabía esencialmente, y el punto crucial de su investigación radicaba en esperar que Miralles hiciese algo contra alguien, o alguien hiciese algo contra él. Pero lo que no sabía era que eso estaba a punto de suceder, es más, estaba sucediendo.
Al hombre le habían dado una foto, una dirección y un plano detallado de un piso.
Al hombre le habían pagado un billete de avión para huir inmediatamente después del trabajo.
Al hombre le habían pagado un buen anticipo.
Al hombre le habían pagado una buena mujer.
Ésa había sido su primera exigencia, porque —dijo— los trabajos hay que hacerlos satisfecho, relajadamente.
Al hombre no le fue del todo bien con la mujer.
Era novata, recién traída, una esclava rusa —hay que ver, con lo poderosa que Rusia había sido y la libertad de que goza ahora— que se puso tonta porque creía que la habían traído a España para ejercer su profesión de violinista. Y quizá fuera una violinista buena, mira por dónde. La cantidad de cosas inútiles que aprende la gente es abrumadora, pensaba a veces el hombre, lleno de dudas ante el porvenir. Total, que le había acabado dando a la violinista un par de bofetadas, la había llamado comunista camuflada y había salido de la habitación sin soltar nada de lo que llevaba dentro, es decir, cargado de mala leche.
Y ahora el trabajo. Exactamente a las seis de la tarde, porque el avión a Lisboa salía a las nueve.
Tampoco iba a ser tan difícil. Plano del piso, llave falsa preparada por un especialista, pistola con silenciador, seguridad de que el pájaro dormía un par de horas antes de incorporarse a su trabajo por la noche.
Fue en un autobús de los que hacen la ruta del Paralelo, para que ningún taxista lo recordara más tarde. Uno cree que los taxistas no se acuerdan de nada y luego resulta que se acuerdan de todo, los muy cabrones. De modo que, sin llamar la atención, el hombre enfiló calle del Rosal arriba, hasta las cercanías de la plaza del Surtidor (un barrio de casas antiguas y bares republicanos que aún guardaban el sitio a los clientes muertos) y echó un vistazo a la casa.
Tranquilidad.
Ningún vecino se fijaba en él.
La puerta de la calle estaba cerrada, porque ahora los porteros no existen, pero al hombre le habían proporcionado un duplicado de la llave del portal, así como otro de la puerta del piso. Quien le contrató —nunca sabría su nombre— dominaba bien la técnica del trabajo y de la muerte.
Entró sin ningún problema.
Silencio. La escalera era oscura, casi angosta, y desde su construcción habría visto pasar sin duda los ataúdes de todos los primeros vecinos. La barandilla era de hierro y debía de estar fría, pero él no lo notó porque se había puesto guantes antes de tocarla. A la altura del primer piso, oyó a una vecina cantar una nana a su niño, la misma nana que sin duda a ella le cantó su madre.
Un tramo más.
Puerta izquierda.
Adelante.
Sabía con qué se encontraría: como en todas las casas humildes del barrio, un comedor en la entrada. Luego, a la derecha, una cocinita, y a la izquierda un baño. Cabía la posibilidad de que su objetivo estuviese allí, lo que era peligroso, pero se tranquilizó al ver la puerta entreabierta y la oscuridad interior. El objetivo, como le habían indicado los ojeadores, tenía que estar descansando en uno de los dos dormitorios del fondo. El hombre avanzó con la pistola preparada.
«No olvides que es un profesional —le habían dicho—, de modo que no le des ninguna oportunidad. En cuanto le eches el ojo, disparas a bocajarro. El ojo y la bala. Tienen que ser simultáneos el ojo y la bala.»
Echó un vistazo a la primera habitación a través de la puerta entreabierta. Nada. Sólo la cama vacía, la mesita con una radio y la luz lechosa que entraba por la ventana interior. Eso y retratos en las paredes: retratos enmarcados de un niño que juega con un balón, se sube a una bicicleta de juguete, y le da bofetadas al viento. Sobre una mesa, un balón que resulta que es el mismo que hay en la foto. Vaya, hombre. Un oso de peluche, una cajita con bolas de colores, la misma bicicleta de la foto puesta en un rincón. Como un museo para un solo visitante. Tiene huevos, piensa el hombre, hay que ver lo que la gente guarda en las casas viejas.
Bueno.
Ahora ya sabe dónde está el pájaro. Sólo queda una puerta, que ha de dar al otro dormitorio. Incluso se percibe una leve respiración acompasada, lo cual indica que el pájaro, como le habían dicho, está durmiendo.
De modo que adelante.
¡BLAM!
La puerta.
La luz no tan lechosa entra por una ventana que da a la calle. Un tocador, una lámpara de pie. Una mesita. Y la cama vista al final de la pistola. Ahí tiene que estar Miralles, Miralles, Miralles... ¡Dale!
Pero el hombre se estremece.
Ve unas piernas largas, torneadas y desnudas.
Ve unas tetas muy blancas.
Es el colmo.
Ve un pubis muy negro.
Y no al pájaro, sino a la pájara. La tía, la tía, la tía.
La tía.
El hombre dispara.
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