Kitabı oku: «Profesores, tiranos y otros pinches chamacos»
FRANCISCO HINOJOSA PROFESORES, TIRANOS Y OTROS PINCHES CHAMACOS
NARRATIVA
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© 2019 Francisco Hinojosa
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Primera edición: octubre de 2019
ISBN: 978-607-8667-74-1
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FRANCISCO HINOJOSA
PROFESORES, TIRANOS Y OTROS PINCHES CHAMACOS

CUENTOS SOBRE GOBIERNOS, AUTORIDADES, PODER
FÁBULA DE NAVIDAD
A los pocos meses de haber asumido el poder, gracias a un certero golpe de Estado, la Hiena convocó a su gabinete y sus allegados para anunciar que ese año celebrarían la Navidad en su residencia.
–Y no quiero intercambio de regalos, salvo los que ustedes quieran darme a mí, que soy su líder.
En la mesa había manjares para todos los animales: una cebra viva que había caído presa para los carnívoros; hormigas y termitas para los mirmecófagos; cochinillas y mariposas para los insectívoros; un búfalo muerto en batalla la semana anterior para los carroñeros, incluido el presidente y la primera dama; sandías, castañas y perejil para los herbívoros, y ostras para el que quisiera. Se contrató a un grupo de gacelas para hacer una coreografía, al tiempo que la orquesta de primates estaría a cargo de interpretar dulces melodías. Los primeros en llegar fueron dos parejas: el Grillo, ministro de Economía, y el Pato, procurador de Justicia, ambos con sus señoras. Bajo el arbolito de Navidad, con más esferitas que medallas pendían del saco del presidente, dejaron los paquetes que llevaban consigo. Le siguieron, entre otros, los secretarios de Turismo, Ecología, Patrimonio y Tesoro, respectivamente: el Cerdo, el Buitre, el Oso Hormiguero y la Cucaracha, con sus parejas. El último en llegar fue el Gorila, solito, ya que no estaba casado, era gay y fungía como senador vitalicio.
El arbolito de Navidad estaba lleno y reinaba la algarabía. El diputado Burro contó tres chistes que amenizaron el convivio.
Luego del ágape, que incluyó una gran cantidad de bebidas embriagantes, se pasó a la ceremonia de apertura de regalos para el presidente. El primer turno le tocó al Pato, que le entregó un sobre en cuyo interior había una tarjeta: vale por una camioneta Bump, cinco puertas, blindada, con estéreo y rines de magnesio.
–¿Tiene quemacocos, asientos de piel, servibar, vidrios polarizados? ¿Huele a vainillina? –preguntó la primera dama.
–No.
–¡Qué chafa!
Un gran silencio reinó en el salón, interrumpido solo por un eructo que se echó el Tigre. El presidente miró fijamente a los ojos al Pato y rompió la tarjeta por la mitad.
–¿Tienes alguna excusa para la afrenta que nos has hecho?
–Cuac.
–Nos vemos el lunes en mi oficina. Puedes retirarte.
Pasó al frente el ministro de Turismo y con gran sonrisa le dio en la mano los presentes que le llevaba a su jefe: una moderna ensaladera de cristal cortado, con vivos en los bordes color fucsia, y un tenedor y una cuchara de plata de Taxco. Junto a ellos un peluche de tamaño natural de un guajolote con los ojos de diamante de Zaire.
La señora Hiena abrazó de inmediato al peluche y le plantó sendos besos en las mejillas. Luego le arrancó los ojos, se los echó bajo el brasier y lanzó el pavo a la chimenea.
–¿Una ensaladera, pinche marrano? –se enojó el mandamás.
–Oink.
–Con un poquito de imaginación habrías pensado que era mejor darme un poco de lengua, chicharrón, cueritos, buche, maciza, manitas o trompa.
–Oink.
–¡Ensaladas a mí!
La Hiena hizo sonar una campanita para que su capitán de meseros, el Cocodrilo, se llevara al cochino directamente al rastro.
El Gorila levantó su copa de mezcal para brindar por la sabia decisión del Ejecutivo y pasó a darle su regalo: aún calientes y con sangre que manaba de a poquito, le entregó las cabezas de dos leones. Al señor presidente se le salió una ligera baba del hocico: le encantaba comer león.
–Son las cabezas de los dos senadores que se oponían a que asumiera el cargo, Su Excelencia.
–¿Y por qué tienen esa expresión de terror?
–Es que les dimos toques en los huevos.
–Eso les echa a perder el sabor, ¿lo sabías? Como que se vuelven más pastosos.
–Grrrrr.
–Si quieres seguir al frente de los senadores, recupera todo lo que haya de arrachera de los leones, ¿entendido? Y te pido que la traigas ya marinada.
La primera dama pidió que, antes de seguir abriendo los regalos, se cantara un villancico y se levantaran las copas para brindar por la Navidad. El Toro de Lidia bufó, pero al fin terminó uniéndose al coro al ver que su patrón clavaba en él sus ojos inyectados de sangre.
La Cucaracha se animó a entregar su regalo: era un sobre tamaño carta del cual extrajo una hoja que leyó a continuación con su diminuta voz: “Por este conducto renuncio al cargo que usted, señor presidente, me ha confiado como secretario del Tesoro para que pueda al fin poner en mi puesto a su sobrina que, aunque todos estamos seguros de que es incapaz de saber manejar el cargo que yo usurpo, tendrá de Su Excelencia mayor apoyo”.
Apenas terminó de leer su mensaje la Cucaracha, los aplausos de la concurrencia se hicieron oír. El presidente le acarició dos veces sus suaves alas, antes de dejar caer sobre ella una de sus pezuñas.
–Aún está viva –dijo el Hipopótamo, antes de clavar su hipopohumanidad sobre el insecto rastrero. Crash.
El Sapo no dejó pasar la oportunidad y se tragó los restos mortales de la exministra del Tesoro.
En platitos y vasos desechables empezó a circular el fruit cake y la sidra, para todos los invitados, así como algunas entrañas y el champagne, para la pareja presidencial. El Loro prefirió servirse un plato con semillas de girasol y el Buitre dos tacos de carroña con miel de maple, para que pareciera postre.
Tocó su turno a la Arañita, que hacía las veces de vocera de la Presidencia y que era la querida de su patrón: le dio un calzoncillo tejido por ella misma con finísimos hilos de araña. El presidente se desvistió de inmediato y se calzó la transparente prenda ante el azoro de sus comensales.
–Qué buen falo tiene nuestro líder –dijo la esposa del Zorrillo a la esposa del Tapir.
–Un superpito, sin hablar de los huevos –recalcó la primera dama.
El Hombre que conducía la nación tomó delicadamente al arácnido y se lo puso en el cuello para dejar que lo recorriera a su contentillo. Luego le besó tiernamente una de sus patas intermedias.
–¿Y tú, pinche Oso Hormiguero, qué me trajiste? Lleno de sí, bastante ahíto y situado en su gorda epidermis, el Oso se acercó al arbolito, reconoció el regalo que había llevado y se lo puso en las manos al eminente tirano.
–¿Yestoqués?
–Ábralo, mi pre, solo así se enterará.
Y el pre desgarró el voluminoso envoltorio.
–¿Yestoqués? ¿Una alacancía?
–Es una urna embarazada.
–¿Y por qué piensas que va a haber elecciones?
–Puede servir para una consulta.
–Yo no consulto con nadie, ni con ustedes que se creen indispensables, bola de mantenidos.
El Lobo, representante de los empresarios y comerciantes, entregó sendos paquetes a la pareja presidencial. A él le dio una corbata y a ella una caperuza roja. Al hacerlo paseó su húmeda lengua a lo largo del hocico. El presidente y su señora no entendieron nunca el mensaje, ya que no conocían el cuento. Sin embargo se mostraron agradecidos con el Lobo, tanto por su corbata como porque se hubiera acordado de dar un regalo a ambos. Ella se puso la prenda. Él no. El Buitre voló hacia el lugar en el que estaba el regalo que le haría al presidente. Lo tomó con el pico y se lo dio en las manos, luego de besarle el anillo. Se trataba de un estuche que contenía un arma.
–Te manchaste, cabrón.
–Es de oro puro. La culata tiene incrustaciones de esmeraldas.
–¿Tiene balas?
–Seis.
–Voy a ver si sirve –y le pidió al Buitre que sostuviera con una de sus garras un vaso de sidra.
El primer disparo salió muy desviado. El segundo le dio de lleno en la cabeza a su exministro de Ecología. Plumas. El Zorrillo se limpió con discreción la sangre que le salpicó la cara.
–Ahora te toca a ti sostener el vaso –señaló el mandatario al Tigre, que era su secretario de Educación.
El felino, con la dentadura goteando sangre, ya que le acababa de dar una mordida a la cebra, se acercó sin dejar de mostrar su nerviosismo.
–¿No cree que debería tomar antes unas clases, Su Excelencia?
–¿Crees que no sé disparar, hijo de puta? Ponte el vaso sobre la cabeza.
Nuevamente el silencio se hizo en el amplio salón. El Grillo trató de esconderse para no ver con sus ojos la escena, acto que aprovechó el Oso Hormiguero para tragárselo sin que nadie se diera cuenta. El Ejecutivo, con la pistola en la mano, recorrió con la vista a todos sus invitados. A los que quedaban.
–¿Quiénes apuestan a que le doy al vaso?
Poco a poco todos levantaron la mano, menos su esposa.
–¿Cuánto apuestan?
–Dos mil –dijo la Lechuza.
–¿Dos mil? Con todo el dinero que te pago, ¿solo dos mil? Las apuestas son de veinte para arriba.
–Entonces veinte mil.
Los demás animales hicieron eco de la apuesta. Solo el Sapo, Líder del Sindicato de Depredadores, apostó veinticinco.
La Hiena apuntó hacia la cabeza del Tigre, le dirigió una leve sonrisa, tomó aire, cerró un ojo y le voló los sesos.
–¡Yupi! –gritó el presidente y se dirigió a su esposa–. Tú ganaste, mi amor. Denle el dinero de las apuestas.
–Yo no traje efectivo –dijo la Lechuza. Balazo. Más plumas.
–¿Alguien más que no tenga el dinero ahorita? Uno a uno pasaron con la primera dama a depositar en un cofre los billetes apostados.
–Sigamos con la fiesta. Faltan algunos regalos. Hay que abrir el que me trajo el Tigre, que en paz descanse.
El mandatario tomó el paquete y lo abrió. En su interior había una corona de oro llena de brillantes. Conmovido fue adonde estaba el cadáver del Tigre y le plantó un beso en la panza, ya que la cabeza estaba cubierta de sangre y sesos.
–Te rayaste, cabrón. Te voy a extrañar en mi gabinete –y pasó a ponerse la corona–. Me queda chica –se quejó.
Su esposa se la quitó delicadamente y se la puso sobre la caperuza roja. Acto seguido tomó la pistola que su marido había dejado junto al arbolito de los regalos.
–Feliz Navidad, mi amor –y le dio un plomazo en el centro de la frente.
–¿Qué tal? Ahora soy su nueva patrona.
Y todos pasaron a besarle la pezuña derecha, menos el Lobo, que simplemente se la comió.
Moralejas:
No acudas a cenas de Navidad con un tirano.
Lee cuentos de hadas. Y no seas animal.
LA CREACIÓN
Dios dijo, con su inigualable Voz: “Haya luz”. Pero algo salió mal en la Articulación del sustantivo y el resultado fue imprevisto: la luz eléctrica. Y con ella solamente la noche y pronto el primer apagón. La gente robó en las calles y asesinó. La gente violó hermosas muchachas, perpetró asaltos, consumó parricidios, espantó ancianas, secuestró industriales y urdió, en medio de los congestionamientos de tránsito, horrorosos planes de venganza. “La oscuridad –se dijo entonces Dios para sus Adentros– ha suscitado la maldad entre los hombres”. Había que corregir el error, grave si se considera que fue cometido por el Omnipresente. Para hacerlo, Dios apuntó primero en un papel su siguiente Deseo –oh, divina Grafía– y luego lo articuló con su mejor Pronunciación: “Hágase la bondad”. Y la bondad se hizo al instante bajo el hálito nocturno que aún envolvía al mundo. Aunque no sin cierta carencia de matices –a los que estaba poco acostumbrada la humanidad–: el altruismo. Los niños ayudaron a las ancianas a cruzar las calles, los prójimos ofrecieron a sus mujeres, los tiranos recolectaron dinero para la cruz roja, los mendigos abrieron cuentas de ahorro, el ejército se ofreció a cuidar bebés mientras los padres iban al cine, la gente empezó a darse la mano a la primera oportunidad e intercambió con sus semejantes voluminosos paquetes de regalos. En los hospitales se trasplantaron millones de ojos y riñones y se hicieron innumerables transfusiones de sangre: en la mayoría de los casos como un intercambio amistoso entre los propios donadores. El presidente de un país africano se inclinó por la democracia y el papa otorgó veintitrés dispensas.
Entonces, no contento con la supina melosidad de su última creación, más bien aburrido de ella, Dios musitó: “Quiero algo más normal…, algo así como la vida cotidiana”. El acatamiento de la orden no se hizo esperar. Con alegría todos se lanzaron a las calles, acudieron a sus trabajos, se tomaron el día libre, se embarcaron hacia otro puerto, se dejaron operar en los sanatorios, dijeron a sus hijos que no confundieran la libertad con el libertinaje, se dirigieron hacia el subterráneo, hablaron francés, hurgaron en sus narices, comieron asquerosos purés. Una deliciosa rutina lo cubría todo.
El tiempo pasó lentamente, marcado por el ruido de las fábricas de textiles y por el rechinar de los neumáticos en el pavimento. Hasta un buen día en que Dios se asomó a la Tierra: las cosas seguían igual: como si hubiera visto ya muchas veces la misma película. Era algo realmente aburrido. Un poco aturdido por el griterío en las tribunas de un estadio de futbol, ensordecido por las porras, decidió acabar de una vez por todas con la monotonía de la vida cotidiana. Se apresuró a decir: “Háganse la soledad y el silencio”.
El partido de futbol se terminó y cada uno de los exfanáticos se retiró a su casa, a una buhardilla o a un tranquilo paraje marítimo. Las familias, las órdenes religiosas, los clubes de rotarios, los burós de arquitectos, los equipos de polo, los amantes, las academias y todo tipo de sociedades se disolvieron y sus exmiembros corrieron a buscar un lugar apartado donde vivir. Los individuos reflexionaban, concebían ideas, meditaban, leían a David Hume, abrían su corazón al recuerdo, hurgaban en las profundidades de su alma, hacían yoga, se introvertían.
A Dios le conmovió tal orden y quietud. Gozaba con la soledad de sus criaturas porque de esa manera Él también tenía para Sí momentos de Apartamiento. Y porque podía distraerse si lo quería espiando lo que la gente escribía en soledad. Leyó cuanto manuscrito tuvo a su Alcance: diarios, cartas, sonetos, aforismos, libelos. Así percibió en toda su magnitud el regocijo que muchísimas personas tenían para consigo mismas. A la vez, advirtió su propio Regocijo cuando descubrió que Él también había escrito, casi sin notarlo, una Autobiografía.
Pero con el paso de los años el silencio fue hartante, depla namente aburrido. Dios necesitaba con urgencia oír algo, aunque fuera un diálogo entre sicoanalizados. Una conversación sobre la lluvia o sobre el precio del petróleo. Lo que fuera. Un programa de rock en la radio, un tip sobre un empleo, una diatriba, un secreto, una majadería. Con un recital de poesía se conformaba.
Tenía que romper de un solo tajo con su Hartazgo y su Aburrimiento, dar un Golpe duro y definitivo al ascetismo. Afinó sus Cuerdas Vocales y entonó con Voz cantarina: “Haya fiesta”. Y el relajo brotó. Los extremistas recuperaron súbitamente el rubor de sus mejillas, echaron al fuego sus diarios y memorias, y comenzaron a bailar y a cantar. En todos los rincones del mundo apareció la diversión bajo distintos rostros: la gente se desternilló de risa, ganó concursos de baile y premios en las tómbolas, gastó bromas, organizó reventones, destrozó piñatas, consumió licores, compuso canciones, tiró al blanco, comió requesón.
Dios estaba emocionado, ojiabierto, aurisatisfecho, absorto en la Contemplación del júbilo que invadía la tierra. Cuánto le hubiera gustado en esos momentos ser humano para poder compartir con sus criaturas la ilusión, ese evadirse de las responsabilidades, sin compromisos ni preocupaciones. Poder asistir a un bailable, tirar un certero dardo a los globos, ponerse un disfraz de supermán, jugar al cubilete, cantar una ranchera.
Pero en cuanto tomó Conciencia de sus Divagaciones y recordó su divina Condición, la Tristeza lo invadió: siendo Creador no podía ser criatura. Sin embargo, una Duda disipó pronto sus Anhelos, tremenda Duda si se considera que la padece el Omniseguro: “¿Es acaso este el Papel que Yo debo representar como Rey de la Creación? ¿El de un Promotor de la fiesta, el juego y la irresponsabilidad?”. Lo primero que se le ocurrió fue crear de una vez por todas la realidad: enseñar al mundo a decir las cosas tal como acaecen, a callar aquello de lo que no se puede hablar, a saber que una paloma no hace verano.
Entonces una nueva Duda se asió de Dios: “Si a realidades nos vamos –se dijo–, ¿soy yo una realidad para el hombre? ¿Mi Ser tiene para él algún sentido?”. La Duda lo condujo a la Depresión, y más tarde a la Angustia. No quiso pensar más por ese día. Prefirió meterse en la Cama y olvidar por una noche sus Problemas.
Soñó que se divertía a bordo de un tiovivo, que tenía Aspecto humano –parecido al de shirley temple, una de sus criaturas consentidas– y que lamía un rosado algodón de azúcar.
Una vez despierto, mareado ligeramente aún por su Paseo en carrusel, tardó algunos minutos en darse Cuenta de que todo había sido un Sueño. Al tiempo que se desperezaba y rescataba un par de Legañas, iba entrando de lleno en la realidad: sí, eso era, en una realidad de la que Él estaba excluido. Recordó su Tristeza de la noche anterior y su Imagen de Dios acongojado. Dijo entonces “No”, con la Certidumbre de que le pondría un alto a tan desdichada situación.
Fue así como rompió con su Decaimiento: “Que nazca en la tierra la fe”. Y la fe se extendió de trancazo por el mundo. El alma humana fue engendrada por la semilla piadosa. Muchos oraron, otros se dieron golpecillos en el pecho mientras se echaban la culpa, unos hicieron sangrar sus rodillas y otros meditaron y se entregaron por completo a la contrición, el arrepentimiento, la piedad y la adoración. Se edificaron altares, capillas, templos, iglesias, basílicas, catedrales; también asilos, orfanatos, conventos y seminarios. La gente circulaba por las calles elegantemente ataviada con lustrosos hábitos. A la menor oportunidad, los transeúntes intercambiaban simétricas señales de la cruz con sus prójimos. Todos los domingos, a mediodía, los hombres salían de sus casas y con pequeños espejitos saludaban a su Creador. Después le echaban porras y brindaban por Él.
Dios se sintió más feliz que nunca. Esperaba los domingos con verdadera Impaciencia para verse reproducido millones de veces en la reverberación del saludo humano. Entre semana se dedicaba a bendecir hostias, algunas veces en las iglesias y otras, adelantándose, en las propias panificadoras.
Por fin Él era el Centro del mundo, el Omnicentro, el Omnitodo. ¿Por qué no darse entonces algunos Gustos? ¿Por qué no complacerse a Sí mismo? ¿Por qué no crear, si crear era su Verbo, lo que más le hubiera gustado ser y tener si hubiera sido criatura y no Creador?
¿Por qué no un Devaneo gozoso?
Tomó un gran Sorbo de vino para consagrar y se entregó a la Imaginación. A pensar cosas. En algo que lo complaciera a Él y de paso a sus criaturas. Y entonces creó: en la pantalla a barbra streisand; en deportes al equipo de futbol botafogo –aunque en su primer partido perdiera dos-cero–; en filosofía a pascal; en música al trío los panchos; en pintura a un extraño autor del siglo XVII (del que no se conserva ahora ninguna obra); en ingeniería civil a un tal morris. Y luego los pistaches, las bufandas de tela escocesa, las pirañas, dos novelas de faulkner, cubitos de hielo, un músculo, el pelo, la nobleza y las encuadernaciones en piel.
Agotado, aunque satisfecho, por haber llevado a cabo algunos de sus divinos Gustos, Dios se sintió al Borde del llanto de tantísima Felicidad que sin saberlo se había ido acumulando en Él a través de los siglos. Sus criaturas seguían rezando al tiempo que gozaban y departían las nuevas creaciones. A su manera eran felices. Y Dios notó cómo los llenaba esa felicidad. Pero también notó que algo les faltaba, un no sé qué que los apartara un poco de los rezos.
Se sintió egoísta. Tenía que dar a los hombres un regalo que los emocionara más que los cubitos de hielo o la sonrisa de la streisand. Tenía que compensar la obediencia que le habían tenido. Pensó tres días con sus noches. Hasta que por fin le dio al clavo: el sexo. Y en cuanto se le ocurrió chispó los Dedos y, pese a que eran las tres de la madrugada en bruselas, dijo: “Haya sexo”. Y el sexo cundió por toda la Tierra con gran alegría por parte de sus actores. La gente salió a la calle para conseguirse una pareja. E hizo sexo. Veíanse por todos lados amantes, automonosexualistas, presbiófilos, ginecomastas, exhibicionistas, zooerastas, fetichistas, mixoescopófilos, dispareunistas, necrófilos y cortadores de trenzas.
Dios espiaba todos los días a los hombres. Primero acudió a casa de su consentida shirley, pero lo decepcionó. Luego recorrió con la Vista casas, hoteles, departamentos, playas, automóviles estacionados, piscinas, árboles, cualquier recinto que albegara a sus felices siervos. Un día encontró una pareja de la que Se le escapó decir: “Son divinos”.
En uno de sus Éxtasis voyeurísticos, Se dijo entre Dientes: “Haya divino Semen”. Y el divino Semen escurrió, con la única inconveniencia de que no tenía ningún destinatario, alguien a quien engendrar. Fue así como Dios decidió crearse para Sí una Diosa, una Compañera eterna.
El trabajo, como era de suponerse, fue más difícil que el de crear humanos. Primero definió las características de su futura Esposa: los modelos que le venían a la Mente no eran otros que los mortales. Una combinación de barbra y shirley. Luego extrajo una intangible, divina, omniperfecta costilla y se creó una Esposa. Y el resultado, a su Parecer, no estuvo mal. Muy bien, divino.
Antes de entregarse por completo a sus Obligaciones para con Ella dio su última Orden: “Hágase un mundo en una época determinada de su evolución”. Y a pesar de la vaguedad de la Orden se hizo un mundo así, con una historia, con los restos de esa historia, con el sufrimiento de esos restos, con ideales y con voluntad propia.
SEMBRADO
Para Jis y Trino
Estaba don Soylo Lima podando unos rosales cuando sintió que un relámpago delgadito le recorría la dorsal. Supo de inmediato que se trataba de ella: pensó en dejarle sus postreras palabras a su nieto –que en esos momentos estaba concentrado en matar al gato–, pero un repentino impulso eléctrico le inhibió las cuerdas vocales. Don Soylo se desvaneció sobre el rosal rojo, uno de sus consentidos. Varios caminitos de sangre en el pecho lampiño le dejaron las espinas de sus amadas flores. Su nieto interrumpió el sacrificio del felino al oír el costalazo.
Estaba la Tuza haciendo para el Tuzo unos gregüescos de lana y cuero cuando entró el Tucito a decirles que el abuelo, por hacerle al payaso, se dio contra las rosas. Que sangraba con profusión.
–Ve a ver, Mirreyecito –le dijo ella a él, que solo veía cómo su esposa le bordaba amorosamente la íntima prenda.
–Voy a ver, Mividita, no te preocupes.
Y sí: fue a ver y vio: el suegro estaba tendido, tal y como su Tucito lo había explayado. De las heridas manaba bermellón: el pulso era de sí inexistente: don Soylo había fallecido en definitiva.
Estaba Pía Montenegro echándole agua al radiador de su BMW cuando le avisaron de la muerte de don Soylo. “Tan limpio él, tan amable, tan lampiño”, se dijo, “tan humano”, y cerró el cofre; había sido su cliente: de hecho lo consideraba poco depravado.
Estaba Garcilaso de la Rúa compartiendo un litro de curado de apio cuando le avisaron que habría entierro. Le dijo a sus contertulios que se echaría la última antes de llevar al muertito a su definitiva.
–Penúltima –corrigió el Perro–, ¿o nos vas a dejar con el vaso en la mano?
–Antepenúltima –lo secundó el Plátano–, acuérdate del Juicio Final.
Tiempo luego, estaba el policía Méndez metiéndole papaloquelite a su taco de pancita cuando le llamó al celular su superior, el capitán Sayavedra:
–Véngase de inmediato.
–¿Qué pasó, qué pasó, qué pasó, mi capi?
–No se haga el pendejo: esto es importante: es un asunto de hombres.
Estaba el capitán Sayavedra quitándole el brasier a la secretaria del juzgado cuando tocó a la puerta el policía.
–Déjenos solos, señorita –le dijo a la semiencuerada–, luego le seguimos.
–Usted manda –respondió, mientras se volvía a poner el sostén de su familia.
–Usted manda –dijo también el policía al entrar a la oficinota de su jefe.
–Siéntese, Méndez, y no se haga el pendejo: le tengo un trabajito…
¿Recuerda que me dijo que quería irse de vacaciones en uno de esos barcototes con una señora de sus íntimas preferencias?
–Soñar no cuesta.
–La vida a veces nos da sorpresas, Mendipoli.
–Pero no de esas.
–Pues de esas también, como de película romántica.
–Explíquese, que ya me anda por hacerme a la mar oceánica.
Estaba Pía Montenegro cocinándose un pollo encacahuatado cuando se asomó a la ventana su vecino, el policía Méndez.
–Huéleme la casa mejor que sus divinas axilas, con todos mis respetos, doña Pía.
–Ándese a otros lares que aquí ni para oler es bien recibido, Poliméndez.
–Váyase con cuidado, que las palabras hieren.
–Téngase como apestado: nomás calienta y al rato está tiritando de frío.
–Escúcheme, quiero decirle algo.
–Míreme, que no ando para otra de sus triquiñuelas.
–Atiéndame, esto la va a poner más blandita.
–Explíquese de una vez, que ando con prisa.
–Distribúyase: yo pongo la lengua y usted la orejita.
–Escupa, Mendipoli, que ya ando que apunto el pabellón pa’ ver por dónde se quiere colar.
Estaba el capitán Sayavedra con un clavo preguntando a la pared dónde colgar su Última Cena cuando llamó Méndez para decirle que ya todo estaba alfinmente arreglado.
Estaba el capitán Darío Yáñez comiendo sushis con hueva en su celda del reclusorio cuando recibió una llamada por el celular.
–Habla el capitán Sayavedra, Micapitán.
–Esperaba su llamada, capitán, desde la semana pasada.
–No ha sido fácil, Micapitán, pero ya está todo bajo control.
–Mire, capitán, a mí no me diga nada: asegúrese por su propio bien de que todo salga en orden.
–Oh, Micapitán, Micapitán: que no se le escurra ni la menor duda. ¿Somos o no somos gente de honor?
–Con que usted lo sea, lo demás sale sobrando.
–Eso mismo digo de su persona, Micapitán.
Andaba Pía Montenegro echándole el tarot al procurador cuando salió la carta de la Muerte. Trató de no alarmarlo:
–No se asuste.
–¿Por qué habría de asustarme, pues?
–Mejor sí, preocúpese.
–¿De qué, pues?
–Parece que hay unos huesos.
–¿De quién, pues?
–Obvio: del presunto.
–¿Dónde, pues?
–Saque otra carta.
–¿En la Torre? ¿En qué torre, pues?
Estaba el presidente oyendo las imbecilidades que le decía su ministro de Hacienda o de Comercio cuando le llamaron por el teléfono azul. Era el procurador: para informarle:
–Tengo a un hombre, el capitán Sayavedra, trabajando en el asunto: no va a salir caro: cuatro pasajes en uno de esos cruceros que tanto le gustan a su señora, más unos cuantos dólares, pues.
Estaba Pía Montenegro mal de la panza, desaguando cervantinamente por entre ambas canales, cuando llegaron los Tuzos a su humilde hogar. Los atendió en cuanto pudo abandonar el trono.
–Todo esto es solo un negocio, mis queridos Tucitos: los muertos, muertos están y estarán.
–Pero es mi suegro. / Pero es mi papá.
–Los muertos serán gusanería, ceniza, polvo… El alma es lo que importa, ¿o no?
–¿Hay algún problema con la religión? / ¿Hay algún problema con la ley?
–Ninguno: lo consulté con el obispo: dijo que el espíritu es lo importante, no la materialidad ósea, cárnica o gusánica. Y lo hice luego con el señor procurador: dijo que las exhumaciones son cosa de todos los días.
–¿Entonces? / ¿Entonces?
–Solo hay que desenterrar al muertito: es algo muy sencillo, casi rutinario.
–¿Y después? / ¿Y luego?
–Primero lo autopsian de ley y endenantes lo regresan a su última morada, allende que lo reconozcan como el cadáver buscado, ¿o no?
–Penúltima morada –dijo el Tuzo–: acuérdese del Juicio Final.
–Razón tienes, Tucito, lo había olvidado –dijo la Pía, y regresó a seguir obrando.
Estaba el policía Méndez asaltando a un usuario de un cajero automático cuando le vibró el bíper. El capitán Sayavedra le mandaba decir que ya tenía los boletos del crucero en las manos, además de dos mil dólares en cheques de viajero.
“El señor presidente y el señor procurador me tienen en alta estima por lo que voy a hacer”, se dijo, no sin antes vaciar la tarjeta del cuentahabiente y asesinarlo: con tiro de gracia: para que pareciera cosa del narco o de la mafia.
Estaba Darío Yáñez haciendo aeróbics en el gimnasio del reclusorio cuando un celador le dijo que su abogada estaba ansiosa por verlo. A él le entró una súbita calentura hasta que se percató de la realidad: ella iba en plan profesional. La jurisconsulta no quiso arriesgarse a que hubiera cámaras y/o micrófonos ocultos en los locutorios: solo le mostró un papelito que decía (en código ultrasecreto): “Habemufus huesus. Confiabúlubus todus. El pre cree que se sen. Ezse dezse. A sabere. Saludus de tu espusu. Confiámunus en nusústrutus. Tu Pupú. P. D.: tuve un 14-23. ¿Tú qué opunus? ¿U qué?”
Y acto seguido: se tragó el papelito: era mejor no dejar por allí alguna evidencia.
Darío solo atinó a revisarla un par de veces.
Estaba Garcilaso de la Rúa haciéndose un lavado intestinal en plena avenida con una fórmula antiparasitaria inventada por él mismo, cuando se le puso enfrente el policía Méndez:
–Hay que deshacer lo hecho.
–Eso mismo digo –respondió el que se sentía víctima de lombrices.
–Desenterrar lo enterrado –continuó Mendipoli–. Reparar lo descompuesto, ¿me entiende?
–Anda usted como bien new age, mi poli –le espetó tras un eructo. Luego le mostró los pocos dientes que tenía y tomó los cuatro billetes que le extendía el del uniforme.
–Considere exhumado el objetivo.
Estaba el capitán Sayavedra coadyuvando a delinquir a un subalterno cuando le dijo otro de sus allegados que en vez de andar coligándose con empleadillos debería encender la televisión: el policía Méndez aparecía en el noticiero usufructuando huesos ajenos. Los llevaba en bandeja. Una suerte de cráneo.
Estaba el presidente de la república poniéndose el condón cuando su esposa le salió otra vez con que se le quitaron las ganas. A cambio, ella le dijo con amor que había algo en el noticiero que seguramente sería de su muy particular interés.
Para sus adentros, el mandatario recriminóse: “Ya eché a perder otro condón”. Y luego se puso a ver los múltiples monitores de la habitación presidencial: Poliméndez se paseaba con un fémur o cráneo o costilla que, según había afirmado ante el locutor del noticiero, era el mismo que pertenecía “al presunto asesino buscado vendepatrias prófugo homicida: o sea: el canalla cabrón delincuente contraventor facineroso malandrín: el muy hijo de la muy puta”.
“Puaff”, descansó el ejecutivo en lo más profundo de su ser: “parece que al fin se hará la mentada justicia en este mentado país”.
Estaba el procurador destituyendo al contralor interno de su dependencia cuando su secretario privado –el Porky– gritó:
–¡Yeah, my boss, tal y como nos lo adelantó: encontraron la calaca del muerto!
–¿Y cómo sabe, my Porky, que el muerto no está todavía coleando, pues?
–Lo vi en el noticiero, my boss: eran sus huesos.
–Usted se deja guiar por los locutores y las apariencias óseas. No sea tontillo, pues.
–Las imágenes hablan, my bossito.
–Para que se ande enterando, pues: aquí el único que habla soy yo. Y para que aprenda de paso la lección, agarre su libreta que voy a dictarle. Y le advierto: no se me arrejegue que lo ando teniendo en miras. Y cuando miro, pues, ni quién me ande cochupando, pues –y el boss se puso a dictarle una carta de amor al presidente.
Estaba Darío Yáñez haciéndose una piruleta oaxaqueña en el taller de cerámica del reclusorio cuando uno de los celadores le vino a dar la grata:
–Ya encontraron los huesitos del dizque verdadero presunto ojete asesino, lo acabo de ver en la televisión.
Darío se subió los calzones, miró al celador de soslayo y luego lo invitó a celebrar con una copa de Chablis y un bocadillo de foie gras: era todo lo que tenía en su humilde celda.
Estaba la Tuza sentada sobre el capitán Sayavedra diciéndole ya ya ya, cuando llamó el procurador por el teléfono lila, el chiquito:
–Véngase de inmediato, capitán.
–¿Qué pasó, qué pasó, qué pasó?
–No se haga el pendejo, pues: esto es algo serio: es un asunto de Estado: encontraron la muy mentada osamenta: ¿comprende, pues?
Estaba el forense Alcestes Sencillo analizando un páncreas cuando llegaron los huesos del presunto homicida jodido hiperpendejo de mierda. Se los llevaron en una charola de refresco.
Los siete portadores de los restos respondieron de inmediato a sus preguntas: déjese de cosas / certifique la paternidad de la calaca / no cometa puteses y/o torpezas en su desempeño / ándese con tiento en sus peritajes / téngase por bien remunerado y ascendido / olvídese de huellas digitales y pruebas de ADN / contribuya y no joda.
Estaba Pía Montenegro leyéndose a sí misma las líneas de la mano cuando recibió una canasta navideña de parte del capitán Sayavedra. “¡Qué detallazo!”, se dijo, “abril siempre ha sido un mes padrote”. Abrió una lata de anchoas y fuese a ver su BMW. Necesitaba nuevas calaveras.
Estaba el presidente discutiendo con su pedicurista acerca del PIB, la ONU y el CRACK cuando entró su procurador a explicarle que se había descubierto que la osamenta no era “la que convenía, pues, sino la de un tal Soylo Lima, lampiño, pariente de unos tales Tuzos, pues”.
“Puta”, se dijo el mandatario para sus adentros, y se puso a juguetear consigo mismo en el jacuzzi de la casa presidencial.
Estaba la Tuza haciendo para el Tuzo unas costillitas BBQ cuando se enteraron de que los habían cachado en la tranza de su papá/suegro.
–¿Y ahora, Mirreyecito, qué hacemos?
–La Pía Montenegro siempre tiene buenas ocurrencias. Ella sabrá conducirnos por el buen camino para no errarla.
–Vamos a llamarle.
–¿Por qué crees, Mividita, que siempre ando con el celular?
Estaba el capitán Sayavedra haciendo camino al andar y viendo cómo maduraba el limonero en su patio sevillano cuando se enteró de que el viaje transoceánico de Poliméndez se posponía hasta nuevo aviso. “Ni modo”, meditó, “así son las cosas de esta índole en este ámbito”.
Estaba el Papa dando un mensaje a la humanidad cuando le llamaron por el teléfono púrpura: un arzobispo de Ucrania o Costa Rica le informó que había sido un fraude el hallazgo del esqueleto del presunto asesino hijo de la chingada ojete matón de mierda indiciado.
Su Santidad interrumpió el mensaje y luego oró, no sin antes cancelar sus audiencias con un grupo de rock o rap de Sidney, una familia de Sierra Leona con problemas de plomo en la sangre y seis diputados yucatecos, con sus respectivas esposas, en pos de una absolución colectiva.
Estaba la primera dama viendo en la televisión una entrevista con José Saramago cuando llegó el capitán Sayavedra a decirle que la amaba. Ella quiso usar el interfón para llamar a su cuerpo de seguridad, pero se arrepintió al ver que él ya se había quitado la ropa. Su miembro.
Estaban el presidente y el procurador de justicia retozando en el lecho ejecutivo cuando llamó Pía Montenegro para comunicar algo de importancia. El procurador dijo:
–Llama mañana, pues: ando ocupado.
El presidente se opuso:
–Puede tratarse de un asunto de Estado. Será mejor que atiendas la llamada de la persona, cariño.
Ella solo advirtió:
–Váyanse con su ADN al carajo: o le dan su calentadita al forense para que recapitule o yo escupo.
–¿Qué significa recapitular, mi vida? –preguntó el presidente, que sí sabía, en cambio, el significado de calentadita y escupir.
Estaba el procurador poniéndose los pantalones cuando dizque se le vino a la cabeza que conocía a alguien que podría decir que, desde el punto de vista antropológico, los huesos hallados tendrían que ser del asesino jodido chulo matachín. El presidente, desde la regadera, admitió como buena la ocurrencia:
–Ponlo en escena.
–Se trata de mi hermana, que tiene más prestigio que el forense, los magistrados, el Papa… y que usted y yo juntos.
–¡Ah, qué mi pro de jus!
–¡Ah, qué mi pre de la rep!
Estaban los Tuzos, Pía Montenegro, el policía Méndez y el doctor Jiménez comiéndose un vuelve a la vida con galletitas saladas en un congal de escasa higiene cuando los sorprendió el capitán Sayavedra:
–Ya los caché: pinches cabrones: con que haciendo grupito a solas –les dijo, antes de chocar su vaso de mezcal con Garcilaso de la Rúa, que bebía un licuado de plátano sin huevos en la mesa de junto: acababa de donar sangre.
Aún no tenía conocimiento, el pobre, de que portaba el virus.
Estaba el cadáver de marras asoleándose en un hotel de tres estrellas al norte de Puerto Langosta cuando dos interpoles lo reconocieron.
Estaba el indiciado Darío Yáñez escribiendo una carta abierta a la opinión pública para demandar el respeto de sus derechos humanos cuando le vino un infarto. Un celador le dio los primeros auxilios. Un enfermero, a quien siempre le había gustado el preso, lo recibió con respiración de boca a boca. Fue trasladado más tarde, en helicóptero, a un hospital cinco estrellas para que no muriera. Y de hecho no falleció, gracias a la intervención del procurador, que lo necesitaba vivo para quién sabe qué.
Estaba Pía Montenegro haciéndose la que no se daba por enterada en la caja del súper cuando la reconoció el capitán Sayavedra:
–Pa’ viajecito en crucero que se hubiera endilgado con Poliméndez, mi doña Pía: de la que se perdió.
–Ni soy su doña, ni su Pía, ni mendiga de viajes y/o cruceros. Además: el Mendipoli repúgname.
–No sea taruga.
–No me venga usted con sus prepotencialidades.
–Solo quiero negociar.
–Expanda sus criterios: sayaexpóngase.
–Lo del muertito.
–Déjese querer por los que aún andamos con ánima y olvídese de los gusanos y la podridera…
–Sabía que usted era de las buenas…
–Todo es cuestión de que nos pongamos de acuerdo en lo que se refiere a las finanzas o los empréstitos.
–¿Y el viaje en crucero?
–Que conste que yo no dije nada.
Estaba Garcilaso de la Rúa escribiendo el último capítulo de la microhistoria de su pueblo natal justo cuando asesinaron al Tuzo y a la Tuza con una granada de mano. Un gran homicidio, al decir de los expertos. El Tuzo llevaba sus gregüescos de lana y cuero.
Dos días después, el policía Méndez se descalabró y, aunque no quedó del todo imbécil, su hermanastra lo internó en una granja para deficientes. Trató de escapar en varias ocasiones. La sexta, en las afueras del psiquiátrico, fue embestido por un camión de pasajeros, “resultando muerto”.
La esposa del presidente se fue a vivir a South Carolina y se puso a leer como loca. Tres años después escribió una novela llamada Just Stupid People, bienvenida por el NYTRB y El Clarín. Se le vio firmando li bros en algunos Barnes & Noble. Murió por sí sola, a los setenta y dos.
Pía Montenegro, luego de su fugaz paso por la cárcel de mujeres, se agenció una supermoderna hotdoguera. Como microempresaria no le fue mal ni bien: justo lo necesario para realizar su más caro anhelo: al cabo de los años (dieciocho) viajó en un crucero moderno. Todos los días de la travesía vomitó. La gente en general hablaba de sus arrugas: sin llegar a la crítica. Aunque un poco tarde, el doctor Jiménez la amó un jueves lluvioso.
Al capitán Sayavedra no le fue menos peor: un mal adjudicado a bacterias desconocidas por la ciencia lo obligó a vivir el resto de sus días con un extraño movimiento de boca: como si quisiera decir todo el tiempo “hongo-hongo-hongo”.
El supuesto cadáver terminó muriendo de la manera más estúpida. Y su presunto asesino, Darío Yáñez, abandonó poco después su injusta reclusión: regresó a la vida empresarial de la que había sido indebidamente apartado. Si bien su fortuna no le alcanzó para competir con sus rivales millonarios, se hizo de prestigio en los altos círculos sociales de Hollywood. Un prelado lo consideró canonizable.
Estaban un día los asuntos como para andar de oídos sordos, o inventarse pies en polvorosa porque sí, o de plano echar las cosas en saco agujereado, cuando mataron a otro personaje de la misma calaña.
Y el Diablo, para su contento, regresó y regresó.
EL TIEMPO APREMIA
Para Juan Villoro
Les costó casi un año conseguir la cita con el presidente.
–Los escucho –dijo el jefe del Ejecutivo sin preámbulos a sus jóvenes interlocutores: Dimitri Dosamantes y José Asunción Mercado.
–Sabemos que usted es la máxima autoridad del país…
–Continúen, por favor, que el tiempo apremia.
–Si el tiempo apremia, vayamos al grano –dijo Dimitri.
–Queremos comprar el país –concluyó José Asunción.
–¿Sorry?
–Mire, señor, venimos con usted, que es la máxima autoridad de la nación, para hacerle una oferta por el país. Así de sencillo.
–Una oferta justa, por supuesto.
–Hemos hecho nuestras averiguaciones acerca del precio por metro cuadrado, tanto de las zonas residenciales como de las dedicadas a la agricultura, el ganado, el comercio, la industria…
–El valor de los inmuebles, ya sean casas, escuelas, edificios de oficinas y de apartamentos, malls, estadios, hospitales, hoteles, restaurantes…, todo…
–Los monumentos, las estatuas, las fuentes, el obelisco, el jardín botánico…
–La infraestructura de carreteras, puentes, túneles, vías férreas…
–La casa de moneda, las reservas naturales…
–En fin, estamos bastante adelantados en cuanto a tener un avalúo total basado en datos confiables.
–No estoy seguro de comprender –dijo el presidente con una sonrisa amigable–, ¿ustedes vienen conmigo para que les venda el país?
–Nada más exacto.
–¿Y por qué piensan que el país está en venta?
–Sabemos de buena fuente que ningún país del planeta está a la venta.
–¿?
–Estamos convencidos de que en este mundo todo tiene un precio…
–Aunque no esté a la venta, ¿comprende?
–Señores –se puso serio el presidente–: por si no están enterados, tenemos una Constitución.
–También queremos comprar la Constitución.
–Y su bandera, a la que por cierto no le caería mal un diseño más moderno.
–Con colores más vistosos.
–Y también el himno y los héroes y el Congreso…
–Bien, señores, ha sido un placer platicar con ustedes… El tiempo apremia…
–Sabemos que el tiempo apremia. Le dejamos aquí nuestra propuesta económica, así como los estudios de mercado que hicimos, cotizaciones, levantamientos, planos y planes…
–Una lista de nuestros socios, los nombres de los bancos que nos apoyan, cartas de referencia, currículum, historial crediticio…
–Falta un solo detalle –dijo Dimitri cuando el presidente le daba la mano en la puerta–: por supuesto que si nos vende el país lo compramos con todo y su deuda externa, que como usted bien sabe no es un problema menor…
–Y lo compramos también con las muestras masivas de desacuerdo con la política económica que usted aplica al pueblo desde hace cinco años. Recuerde que según la FOA, la UNESCO, la ONU y la FIFA su país está en el primer lugar de pobreza del continente.
–Con la operación tendrá también nuestro silencio acerca de los planes secretos de venta de materia prima que tiene con varios bancos de sangre en el extranjero. ¿Me explico?
–Y un prearreglo que ya tenemos firmado con dos de los principales grupos subversivos.
–Y otro con el líder de los cafetaleros.
–Y con los dos partidos de oposición más importantes.
–El principal cártel del norte, usted sabe, ya se acercó a nosotros.
–Y la banda de los Sacaojos…
–Como ve, señor presidente, hay algo que usted y nosotros compartimos: sabemos que el tiempo apremia.
La reunión que tuvo el presidente con tres de los ministros consentidos de su gabinete –además del abogado de la nación, el embajador del Vaticano y el empresario Zurita– fue larga y polémica.
–He revisado los números –dijo el secretario de Hacienda– y la verdad no hay duda de que se trata de una propuesta seria…
–Yo también he visto las cifras –continuó el canciller– y, aunque no las he analizado a detalle, sé que detrás de esta locura hay fundamentos económicos de peso. Sin embargo, señor presidente, el problema va más allá de esta cantidad impresionante de ceros… No hay antecedentes de una venta de esta magnitud en el mundo.
–Sí la hay –intervino el ministro de Justicia–. Creo que México vendió una parte de su territorio a Estados Unidos.
–Usted lo acaba de decir –se levantó el presidente, nervioso–: una parte, ¡no todo el país! Y eso fue hace como cuatro siglos, ¿o me equivoco?
–Creo que la única solución sería hacer una consulta –se metió el secretario del Tesoro–. La única salida que pueda ser tomada después como democrática es que el pueblo decida si quiere pasar a otras manos.
–Habla usted como si el país fuera una mercancía.
–Hasta cierto punto –habló al fin Cocó Zurita, dueño de los ferrocarriles, el petróleo, dos embotelladoras y una imprenta, entre muchas otras empresas– todo es una mercancía. El dinero es capaz de convertir en artículos de consumo, ¿qué quiere?, la belleza, la bondad, la justicia, la democracia. Hasta el paraíso puede comprarse y, por supuesto, venderse. ¿O no es así, padre?
–Dicho como lo dices, hijo –respondió el representante del Papa–, suena todo muy mercantil, muy terrenal. La iglesia nunca ha tenido una opinión consensuada acerca de la venta de cosas o naciones. Supongo que mi jefe papal no tendrá ningún inconveniente en que se realice la operación.
–Bien, bien –dijo el presidente sin dejar de caminar de un lado al otro por la sala de juntas–. Pongamos que podemos vender el país… Pongamos que es lo mejor para nosotros, para el pueblo, para los honestos compradores, para la fe, para la bolsa de valores…
–Recuerde que las oportunidades se escapan, señor presidente.
–A eso voy: ¡esta es una oportunidad!, ¿o no lo ven así? Todos sabemos, por ejemplo, que dentro de los esquemas económicos actuales la deuda externa no la acabarían de pagar ni los bisnietos de nuestros bisnietos.
–Sin contar –añadió el secretario de Hacienda– que desde las últimas cuatro décadas la deuda tiene una tendencia a incrementarse. Y el Banco Mundial no anda muy amistoso desde hace tiempo con nosotros… Por no hablar de nuestras reservas, si se les puede llamar reservas a los lingotes de oro que tenemos y a unos cuantos dólares, yenes, marcos, francos, reais y lempiras que guardamos en el Banco del País.
–Es cierto que se trata de una oportunidad –volvió a meterse el secretario del Tesoro– pero, ¡por el amor de Dios!, consulte, haga un plebiscito, señor presidente, un referéndum, una auscultación, un algo que lo legitime.
–¿Quiere algo más que la opinión de mi gabinete, del sector empresarial, representado aquí por Cocó, de la iglesia, cuyo aval me acaba de dar monseñor, de los documentos que los compradores han presentado acerca de la guerrilla, el comercio, los líderes del país, el sector popular? ¿Quiere algo más contundente? ¿Un plebiscito, un referéndum? ¡Bah!, esas son cosas del pasado. O del futuro. El pueblo, como pueblo, no debe opinar sobre asuntos que no le conciernen. Hay que saber dirigir la voluntad de un pueblo. Hay que saber cómo darle lo que merece. Quizás ya sea hora de que nuevas manos y nuevas cabezas y nuevos liderazgos conduzcan a la nación por caminos más modernos… Por ejemplo: yo mismo he estado tentado muchas veces a proponer que se rediseñe nuestra bandera…, y la verdad: no me he atrevido siquiera a mandar una iniciativa al Honorable Congreso por temor a pasar por liberal o posmoderno. El porvenir del pueblo está en nuestras manos. Más ahora que nunca, cuando podemos transferir la soberanía sin que la soberanía se entere del movimiento, ¿comprenden?
–Me da gusto que en estos precisos momentos, cuando es necesario tomar las decisiones más acertadas, esté usted tan lúcido, señor presidente.
–Tan capaz…
–Tan seguro…
–Tan irrefutable…
–Tan presidente, señor presidente…
–Es que el tiempo apremia.
Dimitri Dosamantes y José Asunción Mercado estaban seguros de que tendrían que volver a pasar por todas las instancias de rigor antes de conseguir una nueva cita con el Ejecutivo. Revisaron –con todo su equipo de consultores, el buró de abogados, los banqueros y los socios capitalistas– la propuesta de compra, y concluyeron, luego de dos largas jornadas de intenso trabajo, que estaban en lo razonable, lo justo y lo correcto. No se les había escapado ningún detalle.
Ante su sorpresa, al tercer día recibieron una llamada al centro de negocios que habían instalado para sus propósitos: era el secretario particular del presidente: los esperaba en la Casa Floral –sede de la residencia del conductor de la nación– el miércoles a las 7:15 de la mañana: para hablar de negocios: para pactar: para compra-vender lo que fuere pertinente dado el caso de que la decisión pudiera tomarse y para cerrar la operación si Fortuna lo avalaba.
La propuesta de agenda del secretario incluía los siguientes puntos:
•Registro de participantes de ambos equipos.
•Imposición de gafete.
•Palabras de bienvenida a cargo del presidente-presunto-vendedor y de los copresidentes-presuntos-compradores.
•Corte del listón por parte de Su Graciosa Majestad Yolanda III, reina del carnaval.
•Mesas de discusión y negociación en temas sustantivos: gobierno, educación, trabajo, salud, hacienda y deportes.
•Receso amenizado por el cantautor José Raphael José.
•Conferencia magistral de Cocó Zurita.
•Buffet frío, mimosas y pastelitos.
•Siesta.
•Firma de acuerdos.
•Firma de cheques.
•Traspaso de banda.
•Himno.
•Vino de honor.
El martes, al menos para Dimitri, el tiempo dejó de apremiar. Llevó a sus hijos al parque, se subió con ellos a la montaña rusa, comió una hamburguesa con papas fritas, los invitó al cine, se empacó él solo una bolsa familiar de palomitas y les contó, más tarde, un cuento antes de que se durmieran. El cuento de un lobo que quería ser el rey de los unicornios.
Por la noche, con la grata compañía de Thelma Esther, su amante, en el hotel Green & Rose Inn, cenó caviar con galletitas, vodka helado y pastel de zanahoria. Le comentó de paso acerca de la transacción que se traía entre manos.
–¿De qué país me estás hablando?
–Ya lo verás, ya lo verás. Está divino.
José Asunción, por el contrario, renunció por un día al mundo material y se puso a soñar con los ojos abiertos: se veía a sí mismo pastoreando todas las ovejas del país, haciendo mítines en los que aclamaban sus sabias palabras, apadrinando a un niño huérfano, inau gurando hospitales, escuelas, bancos y teleféricos, cantando en la televisión, socorriendo a un damnificado, etcétera. Soñó despierto con tal intensidad que a las dos horas cayó profundamente dormido.
Su sueño más preciado –ser propietario de una nación– estaba por cumplirse.
Para ambos, Dimitri y José Asunción, la compra del país era una cuestión de vida o muerte. Tanto habían invertido en ese ideal, que si no se hacía ambos hubieran optado por la punta de una pistola antes que soportar sobre las espaldas el fracaso de sus dones negociadores.
La esposa de Dimitri, doña Azucena García de Dosamantes, también tenía sus planes con la futura empresa familiar. Los humanitarios, los de rescate histórico y cultural, los de sociedad y los turísticos. En cambio Thelma Esther, la amante, dijo que se conformaba con ser concesionaria de una estética unisex.
La señora de José Asunción, por el contrario, nunca se enteró de los negocios que se tenía entre manos su marido. De haber estado cuerda, seguramente lo habría prevenido acerca de los peligros que significa comprar países. Los del hospital psiquiátrico no le permitían tener contacto con el mundo exterior.
El miércoles, a las 7:15 de la mañana, Dimitri y José Asunción llegaron a la Casa Floral acompañados de casi treinta consultores, abogados, socios, secretarios y edecanes para cerrar la operación.
El presidente, con otros treinta allegados de sus más altas confianzas, les dio la bienvenida. Y ambos equipos se pusieron a trabajar según la agenda y a renegociar el precio, las condiciones de la transacción, los términos de la entrega, el futuro mediato e inmediato del país y sus respectivos honorarios, comisiones y prebendas.
La reunión de alto nivel duró casi diecisiete horas, en las que hubo discusiones, arreglos, modificaciones, brindis, canapés, diplomacia, bromas, manoseo de conceptos, conclusiones y despedidas. Las piezas que amenizaron el encuentro, interpretadas por el cantautor José Raphael José, no tuvieron el impacto en los asistentes que el equipo presidencial había calculado.
Y es que el tiempo apremiaba.
Después de la firma del documento –cinco mil seiscientos ochenta fojas– que transfería los bienes materiales, financieros, culturales, olímpicos, mineros, ferroviarios, astrológicos, pétreos, filatélicos, porcinos, panteónicos, espirituales y volcánicos de la nación a los señores Dimitri Dosamantes y José Asunción Mercado, los medios masivos de comunicación tuvieron acceso a los nuevos dueños del país, que dieron una conferencia conjunta de prensa.
–¿Está contemplado, en su administración, vender a extranjeros nuestras minas de zulamamita y de esteronomio? –preguntó el reportero de La nueva era.
–¡La riqueza de nuestras minas –dijo a gritos Dimitri para que lo escucharan todos– es la riqueza de nuestras minas! No puedo añadir nada más al respecto.
–¿Seguiremos siendo los eternos candidatos a organizar las olimpiadas? ¿Piensan proponer nuestra candidatura otra vez para el año 2046? –preguntó el jefe editorial del diario deportivo Aquel.
–No solo las olimpiadas: el Mundial de Ajedrez, el Festival de Cannes, el carnaval de Brasil, la entrega de los Óscares, Miss Mundo, la carrera de Indianápolis, el Nobel de Química… Todo, todo, todo, queremos todo.
–Incluso estamos considerando –añadió José Asunción– organizar la Primera Gran Feria del Chilaquil para el año que entra.
Luego, en la Plaza Mayor, se le permitió al populacho manifestar su beneplácito ante el soberano y magno acontecimiento. Vítores y plácemes llovieron a mares. Sensación compartida por el vulgo de que algo bueno estaba por llegar. Una luz en el firmamento. Fuegos de artificio.
Dimitri salió al balcón presidencial para recibir la primera manifestación de aprecio del pueblo –algo que había soñado toda su vida y que estaba seguro de que algún día le llegaría, ya que había tenido la experiencia previa de comprar un equipo de béisbol en Estados Unidos y ser su líder.
Dijo entonces sus primeras, sentidas palabras como nuevo codueño del país:
–¡Vivamos nosotros!
–¡Vivamos! –coreó la multitud.
–¿Y ahora? –le preguntó José Asunción a Dimitri el lunes por la mañana, justo cuando el general representante de las fuerzas armadas solicitó la comparecencia de los nuevos mandatarios para izar el lábaro y hacer los honores correspondientes a los símbolos que unen o deberían unir o alguna vez unieron a los connacionales.
–Pues…, icemos el lábaro, por algo somos los nuevos dueños del país, ¿no crees?
–Icemos.
Y Dimitri y José Asunción izaron la nueva bandera, diseñada por la firma Traciani de Milán, en tonos amarillo guayacán, verde ficus y magenta buganvilla, con un nuevo escudo: un ocelote echado al lado de un agave azul mientras devora una rata decapitada: justo la imagen que el azar le regaló a Dimitri la primera vez que visitó el país. Llegaron una tipa y un tipo de aspecto armenio a vender armas a la oficina de la presidencia. Hicieron su exposición con diapositivas, videos y un breve discurso acerca de la seguridad nacional, que incluía los conceptos de ofensiva, defensiva, teledirigido, destrucción masiva, nuclear, ojiva, enemigos y hermandad.
Los socios presidentes escucharon pacientemente a los vendedores.
–Por lo pronto, no estamos en condiciones de hacer un pedido –respondió Dimitri tratando de ser cortés–. Estamos muy gastados…
–Pero son necesarias –intentó explicar ella–. Un país sin armamento moderno no es país.
–Podrían ser atacados, ¿comprende?
–Estamos en buenas relaciones con las naciones del mundo –externó José Asunción.
–Somos gente de paz. No nos sentimos amenazados.
–¿Cree usted que nos decidimos a comprar un país para jugar a las guerritas?
–Comprendan, señores mandatarios, que los países necesitan estar preparados para cualquier eventualidad bélica.
–Su ejército merece estar a la vanguardia. Quisiera no ser yo la portadora de esta noticia pero…: el armamento que tienen es obsoleto. Por lo tanto son un país, como se dice en el medio, vulnerable.
–Invadible.
–Agendable.
–¿En cuánto anda saliendo uno como estos? –José Asunción señaló la imagen de un misil sobre el catálogo que tenía ante sus ojos.
–El juego de doce misiles Revolution anda por los cinco millones de dólares.
–Si los quieren con ojivas biológicas –cerró un ojo la vendedora–, añádanle unos doce mil más por misil. Hemos desarrollado unas bacterias que se van a ir de bruces cuando les enseñemos fotos de los ensayos que hemos hecho.
–¿Nos pueden dejar el catálogo?
–Con la compra del juego de misiles –explicó el vendedor– le estamos regalando un auto blindado y una metralleta SK-2004.
–Y dos viajes a Hawái con todo pagado.
–Para cuatro personas en habitación doble.
–Siete noches, ocho días.
–Barra libre.
En el norte del país estalló la Primera Gran Inconformidad –como fue llamada por los medios– hacia mediados de mayo, justo el día en el que cumplía treinta y cinco años Dimitri Dosamantes. En señal de protesta por los altos aranceles que imponía el poderoso país vecino a la exportación del ajo, el líder de los ajoproductores, don Pólipo Arozamena, convocó a sus agremiados a exprimir media tonelada de esos bulbos liliáceos en la puerta de la Casa Floral.
Pese a que Dimitri no aguantaba mucho el olor a ajo, hizo frente a la eventualidad con la entereza que debe mostrar un paladín. Sin permitir que los inconformes se dieran cuenta de la repugnancia olfativa que le provocaba su protesta, se comprometió a hacer una campaña para elevar el consumo del ajo entre la raza y ofreció promover los pulpos al ajillo como plato típico, étnico, nutritivo y ancestral.
–Desde hoy –dijo en la sede del gremio–, ajo, turismo y desarrollo irán de la mano.
Doña Azucena García de Dosamantes –esposa de Dimitri, humanista y puericultora de profesión–, en su calidad de media primera dama, se interesó vivamente por las campañas nacionales de vacunación contra la fiebre púrpura –que aún no había llegado al continente–, por la promoción de la música vernácula –cuyo acervo constaba de ocho piezas de dudosa procedencia–, por la niñez atípica y por el incremento en las importaciones de abulón y almeja azul.
Era incansable. Tan solo el primer mes apadrinó a quince niños, vacunó a cuarenta y dos, regaló dos mil ocho despensas, aprobó el menú de los DEE (Desayunos Económicos Escolares) e inauguró una clínica para ejecutivos con problemas de próstata. Hizo una cata pública de abulón chileno.
Incluso le alcanzó el tiempo para someterse a una liposucción en el Hospital Militar.
Un día, se hizo el pedicure en la estética de Thelma Esther y no sospechó en ningún momento que la amable dueña del negocio fuera también la amable amante de su marido.
El recién nombrado obispo Alberto del Río Canales accedió a tomar su primera confesión como tal a José Asunción Mercado.
–Me acuso a mí mismo, señor obispo, de haber caciqueado hace tiempo en mi pueblo natal. Me acuso también a mí mismo, señor obispo, de haber cabildeado con suma deshonestidad. Me acuso de intromisión y un poco de perfidia. De sobra y falta de honradez. Me acuso de haber cometido atentados contra la inmoralidad. Me acuso de indecoroso y sordo. De adepto a los bienes materiales y de mirar el mundo a través del cristal de la ambición. Me acuso, señor obispo, de ser José Asunción: su líder, su presidente.
El obispo Alberto del Río Canales estaba por absolverlo cuando el pecador continuó:
–Y me acuso a mí mismo de haber visto una revista y de ocupar mi mano, de consumir sustancias ilícitas, de no pagar los servicios que una noche me dio La Vikinga…
–Yo te absuelvo… –comenzó el prelado para no escuchar más pecados, pero fue interrumpido.
–Y me acuso de haber matado por propia mano al hermano de mi madre porque quiso hacer justicia con mi padre. Y acuso a mi padre de haber permitido que yo matara a mi tío. Y a mi madre porque empujó a ambos al pleito y a mis abuelos por haberlos engendrado y a mi tía por seducirme aquel martes de abril y a mi sobrino por ha berle echado el raticida a su hermana…
Tocó luego el turno a Dimitri Dosamantes:
–Ese mi obispo, hágase como el que me está confesando porque he de decirle que nos vigila el enemigo…
–Hijo, nosotros no tenemos enemigos –contestó el ministro religioso con una voz apenas audible pero empalagosa.
–Usted haga sus señales de la cruz, como si estuviera muy interesado escuchando y perdonando mis pecados… Verá, un informante que tenemos en Washington nos vino con la noticia de que estamos en la agenda, ¿comprende?
–¿En la agenda?
–Baje la voz, mi obispo, le digo que hay orejas… Continúo: nuestros socios económicos y políticos, ¿sabe a qué me refiero, verdad?, andan con la idea de quitarnos el país por la vía armada, ¿comprende?
–Hasta ahora no comprendo nada, hijo –se consternó el obispo con su timbre de voz más azucarado.
–Que nos quieren joder, quebrar, declarar mentalmente insanos, desaforar… ¿Va agarrando la onda, mi obis? Nos quieren invadir. Vaya, para que me entienda mejor: quieren usurpar lo nuestro, despojarnos, allanarnos como país soberano que somos…
–¿Está seguro, hijo, de lo que está diciendo?
–Por ésta –y Dimitri besó una dizque cruz que hizo con sus osteoartrósicos dedos.
–Supimos que el país está agendado –dijo Pablo Jiménez, El Canalla, principal capo del cártel de Los Esteros– y venimos a ver en qué podemos ayudar –le gustaba hablar de sí mismo en plural, quizás porque siempre lo acompañaban doce mudos guardaespaldas.
–No le voy a mentir don Pablo: sí estamos en la agenda –le estrechó la mano José Asunción–. ¿Se le antoja un vodka?
–No, venimos de pisa y corre y andamos jurados.
–¿Cacahuates?
–Sí, queremos unos poquitos.
–Al parecer –dijo Dimitri–, el fuego intimidante empezará con el llamado “bombardeo selectivo”. Quieren adueñarse de lo nuestro. De las minas de zulamamita y de esteronomio, de nuestros recursos perecederos, de la fábrica de ron, de nuestros novelistas.
–¿Con cuántos misiles cuenta el país?
–Compramos cinco docenas de los llamados Revolution.
–¿Con ojivas…?
–Dieciocho con agentes químicos –explicó José Asunción–, y catorce con bichos biológicos.
–¿Eso es todo? –se sorprendió El Canalla.
–Queríamos comprar una bomba atómica, don Pablo, pero no nos alcanzó el presupuesto –respondió Dimitri.
–Siempre sí sírvanos el vodka. Creemos que hay muchas cosas de qué platicar.
–No se saque de onda, padre, con lo que voy a decirle, pero… vendimos la iglesia de San Román Norte –dijo José Asunción a boca de jarro.
–¿Sorry?
–Para hacernos de recursos…
–¿Toda la iglesia? –preguntó el obispo.
–La iglesia y algunos objetos…
–¿El cáliz de oro?
–No se preocupe, padre: en unos años recuperamos todo, nomás nos repongamos del gasto de los misiles. Digamos que la dejamos a buen resguardo, ¿me entiende?
–¿Y el párroco de San Román? –preguntó el obispo.
–Lo nombramos asesor religioso de nuestra embajada en Estocolmo.
–Ah, bueno. ¿Y las monjas?
–Las infiltramos en el sindicato de las costureras… Con un sueldo decoroso…
–Ah, bueno. ¿Y yo?
–Le tenemos una sorpresita, padre. Nomás no se desespere. Lo andamos candidateando para cardenal, que es lo mínimo que su santidad se merece. Ya hablamos con el nuncio. Nos dijo que el Papa le debe algunos favores.
–Ah, bueno. ¿Y la nación?
–Al parecer seguimos siendo sus dueños, padre: cuestión de que nos lo permitan y de que la gente bien intencionada como usted nos apoye con algo más que bendiciones, ¿comprende?
–Ah, bueno. ¿Y este sobre?
–Tómelo como diezmo, si quiere. Nosotros le llamamos “compensación”. O “propina”. Como más le acomode.
–¡Santo Jesús! –exclamó el futuro cardenal al abrir el abultado sobre.
El negociador del país ante la ONU y ante las naciones que lo habían agendado logró acuerdos, transferencias y concesiones. Las minas cambiaron de manos. La moneda se depreció ochocientos catorce por ciento en tres meses. El Museo de Antropología y las pinturas rupestres dejaron de ser patrimonio de la nación. El frijol y el garbanzo, antes exportables, pasaron a ser productos de importación. Córneas, riñones, corazones e hígados, en cambio, se vendieron al exterior a precios de remate. El campeón de peso pluma en boxeo se dejó arrebatar el cinturón por un puertorriqueño en una pelea coludida. La cerámica típica cambió su denominación de origen. Y así con la industria textil, las playas, los fertilizantes, el famoso pulpo al ajillo y doscientas mil catorce hectáreas.
Incluso Thelma Esther, quien fuera la amante consentida de Dimitri, se casó con un general de un país enemigo con fines reproductivos a corto plazo. Compró su ropa de maternidad en una tienda exclusiva de Londres, se hizo un ultrasonido en Ámsterdam, rogó en Notre Dame de París por que su hijo saliera con dos manos, dos pies y diez dedos en cada extremidad y se compró una camiseta estampada: I
NY.
La agenda nacional cambió de rumbo tanto como se modificó la fisonomía política, cultural, geográfica, económica y culinaria del país.
Para hacer frente a la crisis social que amenazaba con desestabilizar al Estado, y con la benévola ayuda del Biapacri (Banco Internacional de Asistencia a Países en Crisis), Dimitri y José Asunción enderezaron el torcido camino que el destino le había reservado a su adquisición.
Recapitularon.
Al cabo de unas semanas de desasosiego: centraron cabezas, hicieron de vísceras y bilis sonrisa amigable, consultaron con psicoanalistas, contadores, terapeutas varios, astrólogos y astrónomos y se sin ceraron: este es un país de mierda, nosotros unos gobernantes ineptos, nuestros enemigos unos aprovechados, las minas un fraude y el equipo de futbol un fracaso.
–¿Y si nos quedamos solo con el equipo de futbol y le metemos dólares? –propuso José Asunción.
–Mejor con el obispado. Allí ni siquiera hay que meterle mucho dinero, no hay porras y deja buenas ganancias. En una de esas, hasta nos ganamos el paraíso.
El expresidente, ahorrativo, los recibió en su mansión de Blue Rock Island, al sur del continente, con una comida sencilla: sopa de pasta, arroz con huevo y bisteces encebollados. Agua: de limón. Postre: panqué de nuez. Digestivo: anís semiseco.
–Traté de decirles que no es tan fácil tener un país, pero creo que no me escucharon.
–No es eso –dijo Dimitri.
–El problema no fue administrarlo sino que nos agendaran.
–¿Cuántas veces creen que yo estuve en las mismas?
–¿Tres? –preguntó José Asunción.
–Veinticuatro.
–¡Puta!
–Veinticuatro veces hice antesalas, veinticuatro veces negocié la desagendización, veinticuatro veces deprecié la moneda, veinticuatro curas se hicieron obispos durante mi mandato, veinticuatro… ¿Queda claro?
–¿Y ahora?
–Ustedes dirán. ¿Quieren que les vuelva a comprar el país? Olvídense, la verdad ando muy gastado y muy cansado como para regresar…
–¿Sabe de alguien que esté interesado?
–Tengo un primo que anda queriendo invertir…
–¿En un país agendado?
–Todo depende del precio, ¿me entienden?
–El tiempo apremia.
SE HACE CONSTAR
Al realizar labores de excavación superficial en el predio ubicado en la calle 7 número 16 de la colonia Insurgentes de esta ciudad, personal de la empresa constructora Copacabana S. A. informó a las autoridades acerca del misterioso hallazgo de unos huesitos que más tarde, con ayuda del Servicio Médico Forense, se supo pertenecieron a un bebé de sexo femenino de aproximadamente seis semanas de nacido cuya probable muerte haya sido por asfixia o ahorcamiento, sin que hasta ese momento se pudiera relacionar con alguno de los casos de infantes desaparecidos reportados a las altas autoridades en años anteriores, mas los análisis de carbono 64 y las investigaciones llevadas a cabo posteriormente por el detective Ataulfo Brito Brito aportaron nuevos datos que condujeron a sospechar que los restos óseos de la finadita pudieran corresponder a la criatura que, bajo el nombre oculto de Selene Amistad, fue mencionada como posible víctima de su desalmada madre y su pervertido padre hace seis años, un 24 de diciembre, a quienes no pudo comprobárseles entonces homicidio alguno dado que no existió cuerpo del delito que ofrecer como prueba por parte del ministerio público acreditado, de lo que resultó una nueva orden de presentación de los presuntos sospechosos, los cuales habían terminado de purgar en sus respectivos reclusorios las penas a las que habían sido acreedores por otras infracciones a la ley distintas al presunto asesinato de su hija, a saber: robo a mano armada, asociación delictuosa y posesión de armas reservadas al uso del ejército, entre otras una bazuca de fabricación italiana, y a quienes se les asignó como defensor de oficio al licenciado Valerio Valdez Irapuato, abogado bien conocido en los tribunales por su pericia en el manejo de los llamados hoyos negros del derecho penal y procesal, padre de dos adolescentes drogadictos, casado en segundas nupcias con la señora Salamina Puertas, viuda de Antonio de la Llata y examante del procurador Encinas Maza, famoso él, el licenciado Valdez Irapuato, por haber ganado el caso de un narcotraficante que exigió el respeto de sus derechos humanos ante tribunales internacionales, célebre por haberse aliado con un senador, colega de profesión, en su litigio contra los bienes de la nación, y popular gracias a su desenvoltura en medios prostibularios, dicho abogado Valdez Irapuato aceptó con gusto y júbilo el caso de los presuntos responsables del asesinato de la bebé Selene Amistad en plena Nochebuena, presuntos a quienes tenía medidos por sus cuentas bancarias y que sabía pagarían los honorarios justos a sus servicios, de manera aparte si los defendía como jurista privado y no como servidor público asignado al poder judicial para representar a quienes no tienen acceso a abogados particulares, y en sus primeras diligencias logró acreditar que, en efecto, su clienta era la madre biológica y legal de Selene Amistad, pues estuvo encinta, acudió al sanatorio que le correspondía por su zona de residencia, fue atendida por los médicos en turno, parió un producto femenino de dos kilos trescientos diez gramos y cuarenta y ocho centímetros de altura, si a eso se le puede llamar altura, dio el pecho a la bebé a pesar de que la política del hospital se inclinaba por la fórmula láctea, se hizo acompañar de quien dijera ser su amasio y, por lo tanto, progenitor del fruto humano en cuestión y abandonó el nosocomio no sin antes haber convocado al registro civil asentado en dicha policlínica para llevar a cabo los trámites de ley que otorgan ciudadanía a los nuevos pobladores del país, con sus respectivos derechos y obligaciones, teniendo como testigos a una enfermera de apellido árabe el paterno y español el materno y a un transeúnte de oficio joyero que un mes más tarde falleciera en un accidente aéreo; con dicha documentación en la mano el abogado Valdez Irapuato levantó un acta en la que se daba cuenta de la desaparición de la pequeña Selene Amistad, acta que no había sido levantada antes de que los padres fueran sospechosos del infanticidio dada la inexistencia del cadáver, y que luego, en las audiencias, representaría un argumento a su favor en el juicio, y habiendo concluido con dicho procedimiento presentó demanda contra la constructora Copacabana S. A. por haber incurrido en irregularidades internas al denunciar como hallazgo de relevancia ante la autoridad los huesitos de un ser humano de pequeña complexión, cuando el procedimiento interno de la empresa, según consta en el manual de operaciones vigente, indica que quienes hicieron el hallazgo debieron informar primero al órgano de control interno antes que a las autoridades federales, hecho que inculpa a los señores Abundio López Iñárritu, alias El Buitre, y a la señora Martha Isabel Larra Mena, conocida como La Bestia, ambos pertenecientes al grupo de supervisores “b” de la constructora, como infractores de las normas aprobadas por la Secretaría del Trabajo y firmadas por los representantes sindicales en el contrato colectivo de trabajo, luego de lo cual el defensor Valerio Valdez Irapuato solicitó ante la instancia judicial la suspensión acusatoria de sus clientes, que ya para ese momento, desconfiados y temerosos, tomaron las previsiones necesarias y se dieron a la fuga con la mira puesta en una isla del Caribe, pero realizada de manera inoperante, ya que fueron reaprehendidos como fugitivos, y no como presuntos filicidas, en el aeropuerto de una ciudad colonial, famosa por sus iglesias del siglo XVII, y llevados en helicóptero de ocho plazas a las oficinas centrales de la Procuraduría para ser interrogados en calidad de contrademandados por El Buitre y La Bestia, que días antes se habían apalabrado con el abogado Valdez Irapuato para que los representara, al tiempo que desistiera de defender a sus exclientes a cambio de una mejor paga y de solventar la amenaza que en su contra tenía respecto del posible secuestro de sus hijos adolescentes, ambos drogadictos, por parte de un grupo delictivo urbano, motivo por el cual el legista cambió de bando, y luego de un careo de oficio inculpó a sus exrepresentados de haber ahorcado a la pequeña e indefensa Selene Amistad en la Nochebuena como ofrenda solicitada por el párroco de su iglesia para expiar sus culpas pederastas, homicidio confesado en corto por ellos y captado por él con su grabadora de lapicero ese mismo día, aunque desmentido por los presuntos reinculpados, quienes dijeron no conocer párroco alguno ni estar de acuerdo con someterse al polígrafo o al suero de la verdad o a lo que fuere, a sabiendas de que no tomarían en cuenta su petición, puesto en duda por el juez penal asignado al presentarse como prueba de cargo y considerado sospechoso por los medios masivos que cubrían la noticia, previa rueda de prensa, sin saber que los responsables de la prematura muerte de la inocente bebé, padre y madre, habían tenido la noche anterior un encuentro asexuado a través del líquido seminal que viajó un par de horas en estéril recipiente gracias a la intermediación de una persona de sus confianzas, de oficio periodista gráfico, y del que se derivaría un nuevo embarazo de dudoso pronóstico debido a la edad de la progenitora y al desorden mental que padecía, tanto como a la condición de salud física del eyaculador, mermada por el alcohol, el tabaquismo y el estrés, hecho que sin embargo no dio motivo a concluir de manera definitiva las investigaciones tendientes a desentrañar el caso, y que cuatro meses después, un día antes de otra afortunada Nochebuena, permitieron dictar sentencia absolutoria y liberar a los presuntos homicidas y futuros padres, así como dar por terminadas las audiencias: que conste.
LO QUE ANTES ERAN CALLES
–Nos lo crebamos –afirmó El Bóiler.
–¿Quieres decir que si nos lo quebramos?
–Sí, a putosos.
–¿A putazos?
–Con tal de que le suela al cabrón.
–O sea: que le duela al hijo de puta.
–Tú me entendes.
Y la noche cayó profunda.
Al otro día El Bóiler, mejor conocido como Gonzalo del Canal, tuvo una corazonada: su novia, La Negra Martínez, lo había engañado con El Señorito, alias El Otro Gonzalo, su hermano menor.
–¿A cuál de los dos matamos?
–Déjame que lo pense.
–Se dice “que lo piense”.
Pasaban de las cuatro de la tarde. El restaurante estaba a re ventar.
–¿Y de segundo plato? –preguntó el mesero.
–Una tártara con hovo.
–¿Y usted?
–Albóndigas y arroz sin huevo.
–Crébate a los dos. Lo que me ficieron no tiene madre.
Mientras terminaba de desprender una parte del cuerpo de La Negra Martínez (el brazo derecho), El Sapo tuvo un repentino sentimiento de culpa. Era humano. “La Negra no era mala”, se dijo, “aunque tampoco buena. Como regular. Y la pobre ya está partida en cachitos. Lo que es la calentura”.
Su cuñado, El Indio Valenzuela, lo invitó a jugar billar para consolarlo.
–Nomás termino de cortarla.
Descuartizar. Verbo transitivo que significa cuartear, hacer cuartos, despedazar, hacer pedazos, desmembrar, destrozar. Dividir en cuartos, a modo de castigo, el cuerpo de una persona. Cuartear y hacer cuartos también significa dividir en cuatro partes. Los demás sinónimos solo designan la acción de dividir en partes un cuerpo o un objeto. “Destrozar pone el acento en la idea de aniquilar o acabar con algo” (www.thefreedictionary.com).
L., para no dar más idea acerca de su identidad, publicó una nota escrita con pseudónimo en El Rotativo acerca del cártel de los Gonzalos. Su organización, decía la nota, apostaba sobre todo a la logística: cómo trasladar lo que sea de un lado al otro: cocaína, un riñón recién extirpado, un bebé, una bazuca, un cuadro de Picasso. El narco era solo una parte del negocio. L. llegó a decir que si los Gonzalos manejaran el Ejército el país sería el más seguro del planeta. Unos genios.
El tiempo pasaba. Hubieron dos grandes inundaciones, tres sismos de regular intensidad, una devaluación mediana, tres medallas de oro en atletismo, un caso de amibiasis severa en una actriz de reconocido prestigio y un nuevo partido político en el escenario de la nueva democracia. Si nueva. Si democracia. Y cundió el pánico también. Porque, se dijo, era un tiempo propicio al temor, a la inseguridad.
Se encontraron tres troncos. Nunca se dio con las extremidades ni las cabezas. Policías.
Y el Ejército. Y lo que antes eran calles. Y el presidente. Y los diputados. Y lo que antes eran calles y parques. Y el Estado de derecho.
L. según la nota de El Rotativo, afirmaba que el negocio de los Gonzalos es complejo y requiere de un equipo humano altamente especializado en administración, tecnología, seguridad, relaciones públicas, ingeniería, telecomunicaciones, artes visuales, etcétera. Médicos, cirujanos plásticos, choferes de toda índole de vehículos, agricultores, veterinarios, masajistas y, en fin, una amplia gama de profesiones y oficios hacen posible que el negocio de los Gonzalos prospere al grado de que su PIB es treinta y dos veces más alto que el del país.
La señora Eréndira Samaniego, de regreso del mercado (cuatro muslos de pollo, dos zanahorias, una calabaza, una papa, unas hebras de cilantro, dos cebollas, medio kilo de limón), se asomó a una cajuela que estaba abierta. Soltó la bolsa en la que llevaba lo que había comprado al tiempo que pegaba un grito. Una cabeza. Nunca se encontró el resto del cuerpo. Soldado.
Gonzalo del Canal tenía una nueva novia, a la que también le puso La Negra Martínez, como a las otras que había tenido, para no confundirse. Nunca se imaginó que era una agente infiltrada por el Ejército.
–¿Nos cocinas dos langustas?
–¿Cómo quieren las langostas?
–A la diobla.
Mariano –alias Marianito–, iba en bicicleta a la escuela, como todos los días. Llevaba en la mochila un plus: una barra de chocolate que compartiría con Lola, su mejor amiga.
La noche anterior se la había pasado al teléfono con ella. Así hizo la tarea de matemáticas, a distancia, con la dulce voz de Lola como agradable compañía al otro lado de la línea.
El martes cumplía doce años.
El general Díaz Arriola dio órdenes al coronel Buenrostro de coordinar el operativo. Dos tanquetas cerraron la calle al tránsito de vehículos.
La casa de seguridad, por su humilde fachada, no reflejaba su interior: sillones de cuero, alfombras persas, una cabeza de león, cajas de coñac y vino, una reproducción del David, los restos de un cabrito que habían sobrado de la cena.
Un grupo de élite (quince) bajó del transporte militar. Pasamontañas. Armas de asalto.
7:27 a.m.
–¿Por qué me despertas? –gritó enojado El Bóiler.
–Tenemos visitas.
–¿A estas potas horas?
–Sí, a estas putas horas. Y no vienen a traernos flores.
–¡No manchas! ¿Ya levantuste a los damás?
–La guardia está preparando el túnel. Órale, cabrón. A correr.
–¿En payama?
7:38 a.m.
@diegole Reporta ENE presencia súbita del ejército en la colonia Dante. Dos tanquetas cortan el paso #aylascalles.
@diegole Tiroteo en la colonia Dante siembra el pánico entre sus habitantes #aylascalles.
Solo murió un niño que iba en bicicleta a su escuela. Una bala disparada por un arma de uso exclusivo del Ejército, de venta, por cierto, en las calles, en lo que antes eran calles.
Y todo terminó con una gran limpieza.
ENCICLOPEDIA
Para Héctor Subirats
Uno
No comprendo las razones de la Dirección. Me pidieron que diera un llamado Curso General y ahora no saben cómo pararlo. Es claro el boicot que me han declarado las autoridades administrativas, la Junta de Gobierno y el Colegio de Profesores.
La idea, ciertamente innovadora, y por lo tanto no exenta de riesgos, de impartir una cátedra amplia a los preuniversitarios provino de ellos. Un estudiante con conocimientos amplios seguramente elegiría mejor una carrera y tendría mayores perspectivas de vida que uno ignorante del mapa del conocimiento: la era de las especialidades ha llegado a su fin. Qué duda.
Ciertamente yo reunía todas la aptitudes impuestas al perfil que diseñaron: hay pocos enciclopedistas en el mundo que se precien de conocer los principales compendios del saber humano. Más aún: saberlos, practicarlos, ejecutarlos.
Además, precisamente eso significa enciclopedia: “ciclo educativo completo”.
Ellos me buscaron: con una fuerte suma de dinero por delante, me obligaron a renunciar a mi puesto de profesor de asignatura en la Universidad de Browninburgo.
¿Y ahora? Ahora quieren echarme. Quieren echarme por cumplir cabalmente con las tareas que me asignaron. Si no, ¿qué significan todos esos nuevos reglamentos aprobados, sin duda, para entorpecer mis enseñanzas?
Por lo demás, es un hecho que mi clase es tan popular que antes los alumnos preferían reprobar el examen con tal de volver a cursar la materia conmigo. Hoy ya no es posible: el reglamento prohíbe repetir. Y la verdad, no sé aún qué les gusta más: las clases en sí, mi manera de exponer los temas, la sorpresa, el espíritu enciclopedista o yo mismo.
He dado cursos de muchas cosas: de Literatura Escandinava Medieval (especialmente el Gylfaginning y el Skáldskaparmál), de Artes Marciales, de Cocina Práctica para Horno de Microondas, de Administración de Hospitales y Casas de Cuna, de Orografía de los Andes y los Alpes, de Latín Vulgar, de Dominó, de Arpa Jarocha y de Lavado de Ropa. Etcétera.
Y no todo ha sido capricho mío. Los pupilos lanzan al aire sus dudas y sus apetitos de conocimiento. Me preguntan: ¿Cómo se cultivan las zanahorias? ¿Es Hitler lo que nos han enseñado en los cursos de Historia? ¿Cree usted que Andy Warhol era un artista de vanguardia? ¿La marihuana causa adicción? ¿La cocaína? Etcétera. ¿La reacción profesional?: Cursos sobre Cultivo de las Raíces, Historia de la Segunda Guerra Mundial, El Arte y los Artilugios en el Siglo XX, Bondades y Efectos de las Drogas e Introducción a Escohotado.
Mis respuestas, por las que fui requerido en el Colegio, tenían que ser “la materia didáctica” del Curso. De eso no me cabe la menor duda. ¿Enseñar todo? Imposible. De cualquier manera, si ese hubiera sido el reto, habría llegado a lo mismo: el Cultivo de las Raíces, las Bondades de la Marihuana, etcétera.
Todos los días me abordan estudiantes para decirme que tal o cual enseñanza mía les ha sido útil en la vida. Algunos ejemplos: luego del curso que impartí sobre Elaboración de Aguardientes, uno de mis alumnos más avanzados compró una destilería y hoy es un tipo rico y próspero que me regala cada tres meses diez litros de aguardiente de caña con hierbas finas. Aguedita Minolta es conductora de un taxi, según me dice, gracias a la clase que di sobre Trabajos Alternativos. Lucas Vidal, alias El Muerto, tiene un consultorio homeopático que rige según los conocimientos que adquirió conmigo. Etcétera. Los casos de Chema Godoy (narrador), Irene Tournier (elevadorista), Chuy Mendieta (diputado) y Jerónima Salvatierra (lanzadora de jabalina) me llenan de gozo porque sé que su actual vida se gestó en alguna de mis cátedras.
Los problemas con la Dirección empezaron con mi clase Técnicas de Besado. Susan Roth –estudiante de Chicago con aspiraciones a ser actriz de reparto– preguntó, en el curso que di sobre Conversar es Hu mano: ¿nos podría enseñar, maestro, cómo besar ante una cámara? Por supuesto que al día siguiente impartí la materia Cómo Besar Ante los Otros. Para eso fui contratado, según me dijeron, para enseñar.
Sin embargo, el profesor de Dibujo Geométrico se inconformó con mi materia, llevó el caso a la Junta de Gobierno y me enviaron una “reprimenda”.
Viendo a Hannibal ad portas llamé a la Universidad de Browninburgo para solicitar mi reingreso, me aceptaron de nuevo en su nómina, renuncié al Director, me pidió que no me fuera: que modificaría el reglamento. Al fin, decidí quedarme.
El caso es que ahora todo el mundo está en mi contra.
Los colegas me aceptan como profesor. Me saludan cada vez que nos topamos en la cafetería o en los pasillos. Incluso comí con el decano Rasgado la semana pasada y no se incomodó conmigo. La maestra de Tablas Gimnásticas me regaló una virgen que ella misma pintó. Y así: en apariencia soy un maestro más.
Pero en el fondo: he sentido el desprecio de muchos colegas: Huberto, Fiur, don Robert Tapia, la dulce Catita, Lope, Poncelis y la doctora Angelina. No me cabe la menor duda: Veritas odium parit para alguien que Vitam impendere vero .
Dos
Ya comparecí ante la Junta de Gobierno para exponer los fundamentos de mi Curso. Me cuestionaron mucho sobre mis técnicas pedagógicas, en especial las concernientes a los diversos subtemas de las áreas de Práctica Sexual, Consumo de Drogas y Cocina para Dos.
Como al día siguiente me tocaba responder a la pregunta de Rolan do Rijosa, “¿Cómo escoger entre una cosa y otra?”, expuse ante la Junta el abecé de mi clase Fundamentos de la Elección y el Libre Albedrío.
Supongo que mi exposición fue algo más que elocuente ya que los indecisos tomaron una postura (en especial el vacilante Poncelis y la inestable doctora Angelina): sería expulsado del Colegio por los siguientes motivos:
1) Incitación a la rebelión
2) Comportamiento políticamente incorrecto
3) Improvisación de conceptos
4) Conducta reprobable y
5) Faltas al reglamento interno (en especial me echaron en cara el artículo 49: “El maestro no podrá, bajo ninguna circunstancia, desnudarse en el aula ni besar a un(a) alumno(a)”).
Afuera del lugar donde se llevó a cabo la reunión con la Junta, el Aula Magna Charles Fourier, el estudiantado esperaba las conclusiones. Con un altavoz, el Director dijo a los presentes que su maestro había decidido “renunciar”. Mientras él hacía su falso anuncio yo negaba con el dedo índice todo lo que decía. Los estudiantes lo abuchearon.
Sin embargo, custodiado por dos elementos de seguridad, fui a mi cubículo a recoger mis pertenencias. Aunque les advertí que, como decía el filósofo Bías: omnia mea mecum porto, me obligaron a llevarme los retratos de François-Marie Arouet, Denis Diderot, Pierre Larousse y Walter Yust, mi corbata, mi taza para el café y las cartas que me habían escrito mis alumnos a lo largo de los diez años que impartí cátedra en el Colegio.
Tres
En la Universidad de Browninburgo una tal Mashenka había ocupado mi lugar entre el profesorado. Lo lamenté.
Lo lamenté porque lo que más me gusta en la vida es enseñar y, al parecer, la puerta se había cerrado.
Sin embargo, a un enciclopedista de mi rango, nunca se le cierran las puertas por completo: sabe todo.
Pane lucrando, durante algún tiempo conseguí diversos trabajos regularmente pagados: hice el diseño de una máquina para procesar camarón seco, compuse canciones para un trío, jugué en un equipo de futbol, hice el aseo en una mansión y extraje muelas, apéndices y una vesícula.
Hasta que, dos años y medio después, el Director, Huberto y Fiur me pidieron que regresara. Me negué: dignidad. Me suplicaron: los cachorros estaban abúlicos, indiferentes, raros. Acepté: libertad. Aceptaron: cualquier cosa a cambio de que el Colegio volviera a tener vida.
Cargué con mis retratos de Voltaire, Diderot, Larousse y Yust y me instalé en mi nuevo cubículo.
Mi primera clase la tuve que dar en el Auditorio Aldous Huxley porque en el Aula Magna Charles Fourier no cabían todos los alumnos del Colegio. Versó (la clase) sobre Papiroflexia.
Asistieron también, en calidad de oyentes, casi todos los maestros regulares (ausentes: la dulce Catita, que tenía catarro, y Poncelis, que vacacionaba en la playa con su amante). Don Robert Tapia me preguntó: ¿qué es la geometría? –materia que, por cierto, él conocía de sobra, ya que era el encargado de impartirla en el Colegio–. Por supuesto, como guiño cordial, mi siguiente curso fue Lo que es la Geometría.
Para entonces las cosas ya estaban muy claras: yo era el Colegio.
Cuatro
Y sucedió, para fortuna de todos, que al Director le llegara un síncope que lo dejara parapléjico. La Junta quiso imponer a Lope, luego a don Robert Tapia, hasta que en un nuevo y sorpresivo sufragio obtuve yo la mayoría de votos.
Mi primer acto de gobierno fue modificar los planes de estudio: ya no se impartirían materias especializadas. A aquellos maestros que decidieron enciclopedizarse a sí mismos para formar parte del nuevo cuerpo docente les di la bienvenida. Quienes optaron por el re clamo, la negativa y la resistencia fueron liquidados conforme lo marca la ley.
Mi tarea, además de gobernar, fue impartir la Clase de Clases, como se llamó el curso de preparación de maestros enciclopedistas.
Contraté a la tal Mashenka de Browninburgo para que me auxiliara en la preparación del profesorado, y otorgué a los alumnos un año sabático, que fue mal visto al principio por la Junta de Padres de Familia, pero que luego, en cuanto informé acerca de los beneficios de mi nuevo plan de estudios, fue apreciado con justicia: Chi va piano, va sano.
A lo largo de ese año de preparación, las cartas de los estudiantes llenaron mi oficina. Tuve que recontratar a la dulce Catita, que había sido finiquitada generosamente, para que leyera las cartas, las contestara e hiciera la clasificación de las dudas, propuestas y preguntas de la primera generación de estudiantes enciclopedizados.
A partir de esa clasificación elaboré los cursos que se ofrecerían durante el primer año. Había dos opciones:
1) Se impartirían las clases simultáneamente, de tal manera que el alumno pudiera asistir a la que más le atrajera.
2) O bien, el Colegio sería una gran aula a la que todos tuvieran acceso.
Decidí lo primero, a pesar de las protestas de algunos que querían entrar a todas las clases.
Con base en los deseos de conocimiento expresados por los pupilos en sus cartas armé las primeras materias de cátedra: Fabricación de Puros, Introducción a la Litografía, Orinología, Compostura de Excusados, Administración de Burdeles y Casas de Juego, ¿Es La guerra y la paz una novela rusa?, Psicoanálisis y Charlatanería, Mambo, Danzón y Chachachá, Montesquieu Hoy.
Cinco
A la inauguración de los cursos asistió el presidente de la república, tres secretarios de Estado, el director de la enciclopedia Mis Primeros Conocimientos y muchos de los empresarios cuyos hijos se habían inscrito en el Colegio.
Fue una ceremonia sencilla: corte de listón, develación de placa conmemorativa, ágape con vino y canapés. Para declarar formalmente la iniciación de cursos, Huberto impartió una primera clase en el patio central: ¿Cómo Enviar y Recibir un Fax?, a la que asistió el presidente –¿gesto?, ¿ignorancia?, ¿necesidad de ampliar sus conocimientos?– como un alumno más (hizo tres preguntas, anotó en su libreta y pasó al frente cuando Huberto preguntó si alguien sabía accionar el start o el stop).
Seis
Durante los primeros meses no fue difícil gobernar y administrar el Colegio. Los problemas comenzaron cuando las aulas se saturaron y se convocó al primer mitin.
El CENA (Consejo de Estudiantes No Admitidos) reclamó su derecho a enciclopedizarse. Las protestas fueron subiendo de tono, colapsaron la ciudad, llegaron al despacho del secretario de Educación, se coludieron con la prensa y se extendieron por todo el país.
El presidente me envió un fax a mi casa (que para ese entonces ya compartía con la tal Mashenka): me decía “Tiene que hencontrar una solusión para que hesto no perturve a mi goviernos”. Le regresé el fax: “Mañana impartiré yo mismo una materia de cátedra sobre Ortografía al Enviar un Fax”.
El presidente comprendió mi mensaje, fue al curso, tomó notas, hizo dos preguntas (acerca del uso de la erre y de la hache) y pasó al frente a encontrar los errores de la frase “pero Que zuerte a cido averte konosido”. Sacó un nada despreciable 6.5 de calificación: si bien respondió al azar, el conocimiento y las buenas decisiones de gobierno no son ajenas al sabio albur.
Al terminar la clase, los del CENA, que estaban esperando a que terminara la cátedra, lanzaron sus consignas contra él (“No seas transa, danos enseñanza”, “No seas regio, queremos el Colegio”, “Te apena, te apena, que no tengamos clases los del CENA”).
El pobre recibió un botellazo en el cráneo, que yo mismo le suturé, y se fue a platicar conmigo a mi oficina. Le expuse lo siguiente: “La sociedad reclama enseñanza”. Me dijo: “Llo hamo la edukasión”. “Demuéstrelo”. “Husted pida”. “Deme la Universidad”. “Ez Sulla”. “¿Con presupuesto?”. “Husted pida”.
Al día siguiente mandé a la dulce Catita con todas mis peticiones: éticas, humanas, materiales y financieras.
Siete
El mismo día que me dieron la Universidad, Mashenka se suicidó. Yo no estaba del todo seguro acerca de sus motivos. De cualquier manera le hice la autopsia. Dados mis conocimientos en Anatomía, Criminalística y Teoría del Suicidio, descubrí que la trayectoria de la bala que le segó la vida indicaba otra cosa: homicidio.
Al día siguiente yo mismo impartí la materia Descubriendo al Asesino, al cabo de la cual recluté a noventa investigadores para que me ayudaran a llegar hasta el culpable.
Ciento veinte horas más tarde, un grupo de cinco alumnos se presentó en mi oficina con un individuo de aspecto enfermizo, gorra de beisbolista y chicle bomba. Me explicaron, paso a paso, todas las pistas que siguieron hasta dar con el homicida. Pensé: Se non è vero, è ben trovato. Sin embargo, pronto deseché las dudas: asesino confeso, esposado y cabizbajo, dijo que amaba a Mashenka y que, al no ser correspondido, “me deshice de ella”. Había sido jefe de meseros en la universidad de Browninburgo. Lo remití al Ministerio Público para que se procediera conforme la ley.
La tristeza por la pérdida de Mashenka se vio compensada por la satisfacción que me dio la respuesta inmediata de los pupilos a mis enseñanzas.
Enterada la prensa del homicidio y su pronta solución a través de mi cátedra, le hicieron una difusión excesiva al acontecimiento, entrevistaron a los detectives, al criminal y al procurador de Justicia, que así se expresó: “Habremos de lograr más logros si la ciudadanía logra organizarse. Este es un claro ejemplo de lo logrado”. “¿Y sus propios logros?”, le preguntó con ironía un reportero del semanario La cantaleta. “Nuestros logros son los logros de todos. Lo que logremos juntos logrará acabar con el crimen”.
Me llamó el presidente para felicitarme. Le dije que lo menos que esperaba de él era un pésame. “¿Thenía una rrelasion hamorosa con la oxiza?”, me preguntó. “Era mi amante, ¿qué no ha leído los periódicos?”. Se disculpó de inmediato y me ofreció el Ministerio de Educación: “El paiz lo nesecitta”.
Lo dudé al principio: la enciclopedia y la política, a mi claro entender, equidistan. Fiur y Huberto se encargaron de convencerme: “El país te necesita”.
Ocho
Nombré a la dulce Catita rectora de la Universidad y me puse a trabajar en pos de una educación digna para el país.
Mi primera iniciativa de ley –aprobada por mayoría contundente en las cámaras baja y alta, conformadas ambas por alumnos y exalumnos míos– fue suprimir la enseñanza especializada e implementar –término que aprendí a esgrimir con soltura– la enciclopedización de la sociedad.
El presidente me apoyó al principio, aunque me advirtió que habría mítines, resistencia, marchas y mucha presión. El procurador me dijo que el país no estaba aún preparado para eso, que habría huelgas de hambre, boteo, manifestaciones e inestabilidad. Lo convencí con una frase de Luis XV: Après nous, le déluge.
No hubo tal: ni inconformes ni diluvio anticipado. Para sorpresa del ejecutivo y su gabinete, la gente tenía un enorme apetito de conocimientos.
En cuanto el NUPLAES (Nuevo Plan de Estudios para la Sociedad, por sus siglas) fue puesto en marcha, la población del país dejó sus haberes y deberes, y se puso a aprender nuevas cosas: Tarot, Malabarismo, Cultivo Orgánico de Verdolagas, Reproducción de los Erizos de Mar, Tortura a Indigentes, Robo de Comercios, Cómo Prologar un Libro de Fernando Savater. Etcétera, etcétera, etcétera: hubo quien quiso aprender Ingeniería de Cajas Negras o Cuidado de Bebés por las Noches.
Nueve
Fueron veinticuatro años. Primero como maestro, luego como director del Colegio, después como rector de la universidad y más tarde como ministro de Educación y presidente de la república: viví la transformación de un pueblo. Y puedo decir y decirme que estoy contento: mucha gente ya sabe lo que anhelaba saber, y otra está muy cerca de conseguirlo. El NUPLAES, que más tarde se transformó en el SINAEN (Sistema Nacional de Enciclopedización), fue un modelo de enseñanza que adoptaron varios países con éxito similar.
Falta aún mucho por recorrer para lograr una sociedad equilibrada, justa, dinámica: muy solicitado el curso Técnicas de Plagio frente a la poca demanda de la materia Cómo Administrar el Tiempo Durante el Secuestro. Mucha cátedra sobre la Crianza de Vacunos contra la escasez de pastizales en el país. Jóvenes con sed de ¿Es el Grafiti un Arte? y pocos muros disponibles. Dos libros de Savater en prensa ante los más de quinientos posibles prologuistas. Etcétera.
Diez
Un día tuve que abandonar el país.
Me llenó de alegría percibir el alto nivel de conocimientos que tenían los egresados de Cuándo dar un Golpe de Estado y Cómo Desterrar a un Dictador.
En la limusina que me llevó a la frontera tuve la oportunidad de dar mi última enseñanza: Quandoque bonus dormitat Homerus: aunque a Quinto lo indigne, creo que yo también merezco el dulce sueño que tuvo Homero en su momento.
Estar en la lista de los diez hombres más buscados por el Tribunal de Justicia de Luxemburgo no me impidió dormir con placer mi última siesta.
LA VIDA EN EL CAMPUS.
MANUSCRITO ENCONTRADO EN UN ARCHIVERO
para Guillermo Sheridan
En Rectoría se anda diciendo que los profesores están desmejorados y que va a haber despidos y nuevas contrataciones. El secretario particular del rector casi no sale de su oficina: se la pasa al teléfono con el abogado, el jefe de Recursos Humanos y el director de Matemáticas. Se ve que están coludidos y que forman grupito.
Como secretaria sindicalizada, con 28 años de antigüedad y con reconocimientos por mi asiduidad y buen desempeño laboral, la cosa no me tiene mayormente preocupada. Por el contrario, el asunto de los despidos me divierte porque curiosa soy, para decirlo de una vez.
Y es que casi siempre me ha dado por escuchar las conversaciones de mi patrón, que es el jefe de Recursos Materiales y Abasto: el contador Velarde: hombre de prestigio como proveedor y padre de dos distinguidos muchachos: estudiante de geografía, el mayorcito, y boxeador, el que nació con fórceps.
Por ejemplo: hace poco mi jefe se vio con la profesora Lupita, que es muy decana y querida en el campus, y le platicó la situación de Rectoría. Yo hice como que no me interesaba la cosa y terminé enterándome de todo, que a la vez se lo puse en bandeja a Charito, a Monchis y al tal Irrigoyti Eyzaguirre, quienes acabaron haciendo del chisme cosa pública, como se dice.
Me gusta revolver las aguas porque algo han de llevar de verdad, según tengo entendido. El rumoreo y la verdad poco equidistan, según dice el lingüista Canek.
En Rectoría no manda el rector, un hombre firme y de formación científica. Dicen que es íntegro y no mal intencionado. Siempre saluda a quienes somos sus subalternos y se viste todos los días con camisas de cuadritos. No tiene una presencia elegante pero tampoco repulsiva. No es del todo chaparro y su esposa es una güerita que toma clases de alemán y de artes plásticas.
En realidad, su secretario particular es quien da las órdenes y toma las decisiones allá, en Rectoría. El doctor Guzmán acuerda con todos los directores, los jefes, los coordinadores, la entrenadora del equipo de natación y el abogado sin que el rector se preocupe por lo que decidan o proyecten o anden implementando a sus espaldas.
Es él quien maneja a los miembros de la Junta de Gobierno, el que cena con los líderes estudiantiles, el diseñador de los programas de cómputo y el que decide los menús. Juega ajedrez como ninguno y, dicen, anda de amoríos con la estadista Raquel Minesota, que la verdad parece modelo o actriz o cantante, y que es muy emérita.
Por su parte, el rector es el encargado de hacer (o tratar de hacer) las paces entre las bandas de académicos, de pasear a los visitantes distinguidos que nos honran con su presencia, de saludar con amabilidad a los subalternos y de sacar a bailar a su esposa en el baile de fin de cursos. No tendría para él otro calificativo que el de “estupendo”. Todo un ser humano educado: suele dar consejos a los estudiantes, trabajadores, catedráticos, maestritos e investigadores, como la profesora Lupita, que es una adoración.
En cambio, no podría decir lo mismo del doctor Guzmán. No niego que sea chistoso e inteligente, qué va. Pero tiene algo de ladronzuelo o de amable falso que me molesta. Me inhibe por guapo o qué sé yo: por reputado oceanógrafo o por ególatra.
En general, así es mi universidad. Y de alguna manera me siento orgullosa de ella: la defiendo contra la crítica de políticos y periodistas vendidos y me da mucho que pensar. Aunque suene cursi, como dicho por Charito, para mí es una segunda casa.
Como no quiero estar de un solo lado en este relato, he de decir que en efecto los maestros ya caminaban a pasos lentos cuando empecé a correr la voz de los despidos y las nuevas contrataciones. Por ejemplo: el químico Figueroa se las ingeniaba con una teoría, de su invención, poco atenida a los planes de estudio: decía que el zinc o el mercurio, ya no me acuerdo, podía curar las cataratas o el glaucoma. Y como el teólogo Camino se lo creyó, el lío fue a parar al hospital y luego a los tribunales, antes de aterrizar en el Vaticano.
Otro ejemplo: la señorita Uranga se puso un día a llorar, enfrente de sus discípulos, porque había tenido un legrado doloroso o algo por el estilo. O el caso del licenciado Sahagún, que quiso sobrepasarse con Alejandrita Mireles: aunque no prosperó la demanda se armaron las discusiones en la Comisión de Derechos Humanos y Acoso Sexual: llegó incluso a oídos de la Comisión Universitaria de Amnistía. El zootecnista Tirado, por su parte, se estampó con su coche contra el muro sur del gimnasio oeste. Cuentan que había ingerido drogas: aunque la verdad se le ve muy decente y empecinado.
Y así: hay muchas más historias que podría platicarles de los catedráticos, los maestritos y los investigadores. El hecho es que desde hace un buen tiempo todos andan medio adormilados. Como si las materias les valieran un quinto.
Para el alumnado, las autoridades y nosotros los administrativos, los académicos de pronto empezaron a rebasar los límites a los que nos tenían habituados. Con decirles que hasta la decana Lupita enloqueció un día en la cafetería, junto al cajero automático. Al parecer su saldo no correspondía con sus cuentas: hizo un numerito vergonzoso y le dio un ataque de asma o epilepsia: no lo tengo muy claro. El chofer de la secretaria del rector tuvo que darle respiración de boca a boca.
Además, el problema de las pandillas de académicos ha llegado ya a límites nunca antes vistos. La que comanda el químico Figueroa, Los Tucanes, es la más temida, y no solo por ser la más perniciosa, sino porque funciona como sociedad secreta. Uno nunca sabe quién ha sido reclutado. Con decirles que he llegado a dudar de mi jefe y del tal Irrigoyti Eyzaguirre, pues hacen cosas extrañas: acuerdan por las noches en el baño sauna del gimnasio este. No lo he comprobado, pero la gente lo comenta.
Entre las fechorías de Los Tucanes, por mencionar las dos más famosas, se cuenta que el viejito de Etimologías Grecolatinas, el maestro Orestes García, empezó un día a vomitar sangre porque lo habían envenenado. Charito y Monchis juran que le administraron una sustancia, preparada en el laboratorio de Física, en la comida de fin de cursos. Aunque sobrevivió el viejito un par de años, ya nunca pudo volver a impartir su famosa cátedra porque no lo dejaron salir del nosocomio universitario.
La otra fechoría se refiere al jefe de Estacionamientos y Parquímetros, que ya ni me acuerdo cómo se llamaba: le inventaron que se acostaba con la esposa del doctor Guzmán y este le mandó a dos maestros del departamento de Lucha Grecorromana para que lo ablandaran en el salón de Danza Moderna. Dicen que se les pasó la mano con el gato hidráulico y que lo enterraron abajo del nuevo edificio de Psicología, que estaba en construcción en ese entonces. Nadie volvió a saber de él.
Otra de las bandas, Los Diles Que No Me Maten, comandada por el lingüista Canek, se dedica desde hace mucho tiempo a vender exámenes, calificaciones y prendas íntimas y a difundir la idea de que el Juicio Final está más próximo de lo que esperamos, cosa que, por cierto, yo no creo. Desde hace poco les ha dado también por hablar en latín o en ruso y por condenar el aborto, práctica muy extendida entre el estudiantado y plenamente apoyada por los practicantes de la Medicina, que son muy considerados en el costo de sus servicios. Tanto administrativos como estudiantes, los tenemos en alta estima.
La pandillita de Canek, además, cobra impuestos a los estudiantes por correr en la pista, por besarse en público y por insinuarle cosas a la maestra Pita Vasconcelos, miembra de la banda. Salvo los más tímidos, todos los alumnos le proponen diversos acontecimientos a la comunicóloga Pita, que es muy chula, según aprecian los conocedores.
Por todo ello y otras muchas cosas que no he tenido tiempo de contar o de saber, supongo que el doctor Guzmán ha tenido motivos de sobra para tramar lo que dicen que anda urdiendo: correr a todos los académicos y contratar a otros: también llenos de prestigio, medallas, diplomas y maneras propias de coludirse y apandillarse.
En los pasillos se escuchan cosas: que el doctor quiere acabar con las bandas para organizar la suya, que camina a pasos rapiditos, que anda queriendo meter al Ejército para acabar con el vandalismo, que está maquinando su futuro político a costa de la criminalidad. Se diga lo que se diga: el secretario del rector ha dado pie a los rumoreos.
A partir de que dejé correr la voz, las reacciones de Los Tucanes, Los Diles Que No Me Maten y Los Sabios no se han dejado esperar: una bomba molotov dejó ciego al odontólogo Santín, el pobre; los árboles frutales de la huerta sur amanecieron un día plagados: unos gusanitos color naranja se comían la pulpa de las guanábanas y los kiwis; el coche del doctor Guzmán fue pintarrajeado con grafiti obsceno, y la señora madre del rector falleció un miércoles a las diez de la noche, día y hora en la que él suele jugar dominó con la maestrita Pita Vasconcelos, el director de la Facultad de Arquitectura y el jefe de Baños y Abrevaderos.
La reacción en sentido inverso y con no menos fuerza correspondió a Rectoría: suspendió sin explicación de por medio los Bonos al Mérito Académico, cerró el restaurante-bar para maestros, llamado La Gondolita, intensificó la búsqueda del jefe de Estacionamientos para encontrar pruebas inculpatorias contra Los Tucanes y echó a andar el programa UFC (“Una Falta y a la Calle”), que significaba que quienes no impartieran puntualmente sus cátedras podrían ser despedidos, sin importar las razones que justificaran las ausencias, los retrasos o las suplantaciones.
La comunidad estudiantil, ajena a toda esta guerra desatada entre autoridades y académicos, ha resentido sus efectos: los catedráticos no tienen tiempo para dar sus clases con verdadera entrega profesional, se escuchan llantos tras los cubículos y explosiones eventuales en diversos lugares del campus. Por su parte, los aborteros están ocupados justo cuando una alumna embarazada necesita de su auxilio y, en general, al profesorado se le ve, digamos, atarantado.
Hasta el tipazo de Técnicas Hidrobiológicas, importado de la Universidad de Idaho, confesó no saber gran cosa de la materia y les propuso a sus pupilos un experimento poco ortodoxo: murió una chica en consecuencia.
Con el cierre de La Gondolita, la cafetería de los estudiantes se ha llenado de maestros que fuman puro y beben burbon de las botellitas que venden los miembros de Los Manueles. El jefe de Cafetería, Puestos de Tortas y Misceláneas se encarga de abastecer los mejores alimentos a los profesores (abulón, conejo estofado, lechón en pipián y helado de canela), en perjuicio del estudiantado y la intendencia, que solo podemos consumir sopa de poro y papa, picadillo a la Nacajuca, arroz con chicharitos y, de postre, papaya.
El líder de la Asociación de Pupilos Externos (APE), un buen orador aunque mal psicoterapeuta, intentó averiguar qué sucedía y, según cuentan, cuando al parecer ya tenía los cabos atados fue reclutado por Los Tucanes o Los Diles Que No Me Maten. Son cosas que dicen. Por eso las pongo aquí.
No muy distintas de las que cuentan del tal Irrigoyti Eyzaguirre: que es un joven que asegura no meterse en líos ni tener secuaces. Según yo, según mi manera de apreciar las cosas y los momentos: él es un líder limpio, medio innato, al que le gusta el chismorreo, la barbacoa de hoyo y la maestra Pita Vasconcelos. Si nadie duda de su entereza sindical, ¿por qué habría de hacerlo yo?
Es más: en lo que respecta a nosotros los administrativos, la guerra nos ha afectado más bien poco y nos divierte enormidades. Hace unas semanas el tal Irrigoyti Eyzaguirre, nuestro insustituible secretario, convocó a una asamblea para analizar la situación. Resultó una de las más divertidas de las que se tenga memoria. Al fin, decidimos por votación unánime conservarnos a la retaguardia y aprovechar la turbulencia para pedir un aumento de sueldo. Con las cosas como estaban, no era difícil que se quitaran la carga del emplazamiento a huelga con unos cuantos pesos. La fecha que pusimos para que respondieran a nuestras demandas fue el último día de noviembre, fecha eficaz por corresponder al aniversario de nuestra Casa de Estudios, el cumpleaños del doctor Guzmán y la instructora de aeróbics.
Aunque no nos dieron el aumento que pedimos (25 o 65 por ciento, ya no recuerdo) desistimos a la tercera negociación que tuvimos con los compinches del doctor Guzmán. Nuestra honra gremial no se vio por ello disminuida: logramos más vales de despensa, día de asueto los miércoles de ceniza, seguro contra despido injustificado y una hora, en vez de los treinta minutos vigentes, de lactancia.
En medio de tanta agua revuelta, comentamos después, no nos fue tan mal. Años atrás, solo habíamos conseguido dos latas de sardinas y un bote de mayonesa para la despensa, uniformes amarillos en vez de los violetas que las autoridades nos obligaban a usar y aumentos salariales de inflacionados, según me explican quienes saben de macroeconomía y gasto hogareño. Nada más. Logramos también que la maestra de bordado fuera considerada en el programa AS (Año Sabático).
Y la verdad todo iba bien: sustancioso para quienes gustamos de los chismes y los rumoreos, y ganancioso para el llamado personal administrativo. Hasta que estalló la guerra y se desataron los puñetazos en las oficinas, los pasillos de las facultades y el gimnasio. La gente se hizo de palabras, se increpó, se dio por aludida, se mentó todo lo que a lo largo de los años había acumulado de bilis.
Hubo agresiones de esas calificadas “con arma blanca”, además de gisazos, piquetes, torturas con alacrán, simulacros de mordida, quemadura (o quema dura, ya no recuerdo) con cigarrillo. Cuando no hacían alardes porriles, los académicos se quejaban de golpes bajos y mutilaciones. Sierras eléctricas por un lado, brazos desprendidos por el otro: la civilización de la barbarie, como le llamó el acupunturista Estrada, muy dado a filosofar sobre cualquier tema.
Y se destruyeron archivos y bibliotecas, programas básicos de la red, proyectores de diapositivas, pizarrones y hornos de microondas. Los Manueles robaron del almacén cantidad de cosas: sesenta kilos de arrachera marinada, dos litros de ácido sulfúrico, una iguana preñada, ocho toallas Pier Nerval y cinco ejemplares del libro escrito por la maestra Pita Vasconcelos: La pubertad en una comunidad huichol. Se dice que el banco de semen fue adulterado con bacterias o microbios o microorganismos, algo así.
Fallecieron muchos changos, topos, erizos de mar y escorpiones por la carencia de sus sagrados alimentos. Los prados se amarillaron y el agua de la alberca enverdeció. En el laboratorio de Fotografía los ácidos destruyeron un retrato del hijo del rector y la sala de conciertos se convirtió en guarida de ratas, que tenían antes por residencia los laboratorios de Biología.
Las canchas de tenis, baloncesto y golfito se transformaron en centros de reunión para Los Tucanes, Los Manueles y Los Diles Que No Me Maten, respectivamente.
El estudiantado interno se recluyó en los dormitorios, y el externo se dio cita en las discos, los bares y el parque que rodean el campus. Ocho cayeron en casa de la maestra Pita, siete en la del licenciado Sahagún, seis en el departamento de la actuaria Conchita, cinco en el anfiteatro, cuatro en dormitorios equivocados, tres en la clínica, dos en la huerta y uno en el crematorio.
Y por supuesto, se suspendieron las clases. Y se dejaron de vender gelatinas, cacahuates y condones en las aulas. La Comisión de Derechos Humanos y Acoso Sexual suspendió sus sesiones colegiadas y dejó de emitir su única recomendación, sesenta o setenta veces formulada: el despido del ortodoncista Lauro Juárez por la violación de sesenta o setenta aspirantes a dentistas.
Mi jefe tuvo que cancelar sus requisiciones de abono equino, queso de puerco, bolígrafos de tinta azul y latas de abulón, por mencionar solo algunos de los muchísimos productos que mi departamento suele surtir a la universidad.
Tuve razón al correr la voz: el río llevaba sus aguas. Y aguas negras eran. Por algo el campus olía a caño.
Para decirlo en pocas palabras: mi universidad se arroturó: los estudiantes dejaron de asistir porque la criminalidad andaba suelta y porque los catedráticos estaban ansiosos y con pocas ganas de impartir sus materias.
La universidad, entonces, se me vino muy abajo.
Finalmente, presionado por los acontecimientos, el rector se reunió con los allegados: su linda esposa, el procurador de Justicia, el director de la Facultad de Letritas, el nuevo maestro de griego y mi jefe, que por cierto no se siente bien si no me lleva a sus reuniones. Dicen que soy su conciencia.
Y me llevó consigo.
El señor rector expuso sus razones: “Antes de que la estulticia desborde los muros de nuestra Casa”, dijo, “y la sociedad entera resienta sus atroces consecuencias, es nuestro deber supremo, como autoridades que somos, acudir a las instancias correspondientes para que, con su auxilio, pongamos un alto a la situación, ¿no creen? Estoy de mí seguro que Hipócrates, Unamuno, Tocqueville u otro estarían de acuerdo con esta decisión que habremos de tomar como medida extrema a los sucesos que tiñen de negro nuestra universidad, ¿no creen?”.
Sus cuestionamientos y aseveraciones fueron acogidas por los allí presentes con algo de lástima. El nuevo maestro de griego le mandó un recadito, que tuve el cuidado de guardar: Eγώ μέν άποδέχομαι οΰτω. Creo que el rector lo entendió, aunque estuviera en ruso o chino.
A continuación tomó la palabra el procurador: “Así es de que, uta, che suegro (se había casado con la hija del rector), le voy a mandar unos elementos que, uta, va a ver cómo le hacen la limpieza. Ire, rector, le juro por ésta que le voy a trapiar bien. Uta si no. Por algo dijo el presidente que yaeraora de recomponestacionar las cosas, cabrn: por ésta que le recomponestiono su escuelita. Usted sabe de que yo no me apuñalo en estos menesteres, cabrn”.
Lo que siguió a la reunión de allegados ya todos lo saben: la policía entró al campus a la mañana siguiente y lo “trapió”.
Algunos integrantes de la banda de Los Tucanes intentaron oponerse a la toma de las instalaciones con escopetas y bazucas extraídas de la colección del MUA (Museo Universitario de Armas), pero fueron requeteabatidos por las fuerzas del orden. Los Diles Que No Me Maten pidieron eso mismo. Luego hicieron un plantón en las afueras de Rectoría y fueron retirados a macanazos. Cuando se organizaban para elegir quiénes levantarían la huelga de hambre, uno de los elementos del procurador recibió la orden: “Primero rodielos; y ya questén rerrodiados, me los agarra y los trai al sótano. Y uta si se le va alguno, sargiento”. “Puts, mi lic”, contestó a través del celular. “A ver, dígame cuándo se me ha pelado alguien que usted me haya dicho ‘uta si se le va alguno’, a ver, cuándo. Si bien que sabe que yo no soy joto”.
Con un gran alarde de higiene, los elementos al mando del sargento “rodiaron” a los coludidos, checaron que las latas de abulón no escondieran droga e hicieron sus prácticas de tiro contra “lo que se moviera”: pájaro, mariposa o catedrático. Luego fumaron habanos, cortejaron a los osos koala del laboratorio de Biología y nadaron en la alberca olímpica.
Al otro día, el presidente de la Asociación de Padres de Familia intentó poner un desplegado en los periódicos, pero no fue posible por órdenes de arriba. La esposa del presidente de la APF convocó al voluntariado de la APF, la APE y la API a hacer una marcha de protesta desde el campus hasta el edificio de la Secretaría de Educación Privada. Si la marcha no se llevó a cabo, fue por cuestiones ajenas a la voluntad de los manifestantes: un plantón de los porcicultores del sureste les impidió el paso hacia su destino.
El presidente de la república, psicólogo don José Galicia de la Fuente, en obvia referencia al conflicto universitario, recalcó furioso, en su discurso ante los banqueros del Bajío: “La ley es la ley, aun cuando estemos en un periodo transitorio de definir cuáles son nuestras leyes. Y nadie puede sustraerse a estas o a aquellas. En nuestro país no hay intocables. La impunidad será erradicada de nuestra vida constitucional. El que las debe, las paga. El que delinque termina en las mazmorras, aunque sepa latín”.
La multitud que llenaba el recinto, conformada por campesinos cacaoteros, ya que los dueños de los bancos invitados tuvieron compromisos de última hora, aclamó al presidente y exclamó a coro “José Galicia, José Galicia, queremos justicia”. Luego, los asistentes compartieron con el ejecutivo hot dogs, según se supo por los diarios.
El Químico Figueroa, junto con otros 65 catedráticos, maestritos e investigadores, fueron sentenciados a purgar diversas condenas en la cárcel: dos o tres años para unos cuantos, quince o dieciocho para los más, veinticinco para el licenciado Sahagún y el lingüista Canek, a quienes sorprendieron inhalando droga en el baño noroeste de las niñas. Sus cargos: sedición, homicidio con ocultación de cadáver en construcción, tráfico de sustancias y animales en peligro de supervivencia, drogadicción en baño ajeno, voyerismo, robo de armamento, daño al patrimonio cultural, práctica indebida del legrado, bullicio y asociación académica delictuosa.
A la maestrita Vasconcelos se le condonó la pena a cambio de que aceptara casarse con un hijo del presidente de la república que andaba viudo.
En fin: la universidad cerró sus puertas por tiempo indefinido. Lo que significó también una sentencia de muerte para las pocos erizos de mar y las zarigüeyas que seguían vivos en los laboratorios.
No sucedió lo mismo con nosotros, los administrativos: tuvo el tal Irrigoyti Eyzaguirre buena visión política, ya que pudo deslindar nuestras luchas salariales de las fechorías académicas. Como corrernos de la exuniversidad era muy “oneroso”, eso dijo, nos mantuvieron a todos el salario durante casi cinco meses, sin otro trabajo que hacer cola en la Secretaría de Educación Privada para cobrar. Hasta que la situación se “destensara”, nos explicó, o hasta que “los tiempos fueran propicios” para reabrir las instalaciones.
Además de hacer cola para cobrar, dediqué ese MASALF (Medio Año Sabático A La Fuerza) a estudiar inglés para escalafonarme como secretaria privada cuando “los tiempos fueran más propicios” y la cosa se “destensara”. Me nació el quinto nietecito, visité varias veces a la maestra Lupita en el hospital y dejé de comer carne por lo de las hemorroides. ¡Ah!, y sufrí la pérdida de mi comadre Charito.
Hasta donde estoy informada de primera mano, durante esos cinco meses se coludieron el doctor Guzmán, el procurador de Justicia, el Cadáver –como se le conoce al director de la Facultad de Defensa Personal– y la adorable esposa del rector. Entre los cuatro hicieron grupito, consiguieron subsidios y entablaron pláticas con las autoridades a fin de reabrir las instalaciones, destensar la situación y lograr el momento propicio para “olvidar el pasado”, como dijo el doctor Guzmán en una entrevista para la TV.
Y sucedió todo de la misma manera en la que el tal Irrigoyti Eyzaguirre nos lo había futurizado en una asamblea extraordinaria que se llevó a cabo en una marisquería céntrica: “Nuestras instalaciones se reaperturarán, nuestros sueldos se devengarán con sanidad y pediremos una hora y media de lactancia y dos latas de pulpos en su tinta en nuestras magras despensas”.
El día fijado para regresar a la chamba fue un cuatro o seis de julio, si mal no recuerdo. Todos tratamos de trabajar ese día y los siguientes, aunque sin jefes, académicos, maestritos e investigadores; tampoco estudiantes a quiénes servir con nuestra vocación de dependientes universitarios.
A las dos semanas, sucedió que hubo “reubicación”, tal y como nos lo explicaron la güerita esposa del antiguo rector y la morena amante del doctor Guzmán: “Serán reubicados a fin de sacar adelante, con su elogiable e imprescindible mística, el nuevo proyecto al que los hemos convocado”.
Al menos para mí, todo ha sido un aprendizaje: en lo que fue mi universidad, y hoy es el centro comercial más importante de Iberoamérica, he aprendido a vender shorts, pantalones, sudaderas, camisas, calzones y otras prendas de vestir.
El doctor Guzmán me saluda con beso en la mejilla, la esposa del hijo del mandatario –doña Pita Vasconcelos– atiende mis sugerencias y el tal Irrigoyti Eyzaguirre me manda tarjetas de felicitación en las navidades.
No hace mucho, el lingüista Canek, que se fugó de la cárcel, me levantó un pedido de mil trescientos pasamontañas, quince guantes de piel, tres brasieres y unas medias de seda.
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