Kitabı oku: «Antequera, 1808-1812. De la crisis del Antiguo Régimen a la Ocupación Napoleónica»

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ANTEQUERA, 1808-1812

DE LA CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN

A LA OCUPACIÓN NAPOLEÓNICA


FRANCISCO LUIS DÍAZ TORREJÓN

ANTEQUERA, 1808-1812

DE LA CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN

A LA OCUPACIÓN NAPOLEÓNICA

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2017

ANTEQUERA, 1808-1812. De la crisis del Antiguo Régimen a la Ocupación Napoleónica

© Francisco Luis Díaz Torrejón

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Iª edición

© ExLibric, 2017.

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ISBN: 978-84-16848-69-0

Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.

FRANCISCO LUIS DÍAZ TORREJÓN

ANTEQUERA, 1808-1812

DE LA CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN

A LA OCUPACIÓN NAPOLEÓNICA

Índice

Portada

Título

Copyright

Índice

Dedicatoria

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN España en erupción

CAPÍTULO I Antequera en los albores del siglo XIX

La ciudad y sus contornos a través de ojos extraños

Poder municipal, sociedad y oligarquía

La Iglesia local

Justicia y delincuencia

CAPÍTULO II El año clave: 1808

Cuando todo comienza: proclamación de Fernando VII

Guerra al francés

De los delirios patrióticos a las reacciones galofóbicas. El Semanario de Antequera

Bajo el gobierno de la Junta Suprema Central

CAPÍTULO III Al borde del precipicio: la crisis agudizada

Malos augurios

Dificultades económicas y subsistenciales

Creación de un cuerpo local de seguridad: la Milicia Honrada

El peso del patriotismo

La suerte está echada

CAPÍTULO IV Antequera Napoleónica

Al sur de Sierra Morena

Aviso de llegada

De puertas adentro

Juro fidelidad y obediencia

La ciudad guarnecida

CAPÍTULO V Una visita regia: José Napoleón I en la ciudad

Primer contacto político con el régimen bonapartista

Oficialmente invitado

Vítores en las calles

El gran día

CAPÍTULO VI Estructura militar de la plaza antequerana

Adscripción y dependencia

Alojamiento militar: cuarteles en la Posada Nueva y en el Monasterio de San Zoilo

Abastecimientos y asistencia sanitaria

Fruto de la obsesión: el cerramiento periférico de la ciudad

Refuerzo militar y fortificación del «Castillo del Reloj»

CAPÍTULO VII Organización político-administrativa: subprefectura y municipalidad

División territorial de la España bonapartista

La prefectura de Málaga

La subprefectura de Antequera: territorio y jurisdicción

Los ayuntamientos josefinos antequeranos

CAPÍTULO VIII El distrito militar de Antequera

Reordenación del gobierno militar de Málaga: el distrito antequerano

Periodo de transición

El distrito antequerano a través de sus gobernadores

CAPÍTULO IX La guerra en el distrito de Antequera: el movimiento insurgente

Principios estratégicos de la guerra de guerrilla

Guerrillas al acecho

Y el escribano se echa al monte: Francisco de Roa

Por los mismos campos antequeranos

A modo de conclusión

CAPÍTULO X La sublimación del patriotismo: el capitán Vicente Moreno

De oficial del ejército a jefe de guerrilla

Por los montes de la Axarquía

En la boca del lobo

Y fue en Granada

CAPÍTULO XI Días de escasez y hambre

Crisis de subsistencia

Nada que llevarse a la boca

La otra cara de la moneda

CAPÍTULO XII Au revoir: el final de la ocupación napoleónica

El principio del fin

La gran concentración

La ciudad evacuada: las tropas imperiales en marcha

EPÍLOGO Antequera reconquistada

FUENTES DOCUMENTALES

BIBLIOGRAFÍA

ÍNDICE GEOGRÁFICO[1]

ÍNDICE ONOMÁSTICO

A José Antonio Muñoz Rojas y Antonio Del Bello Martín,

con el imborrable recuerdo de aquellos ratos en la

Casería del Conde.

PRÓLOGO

El siglo XIX supone el nacimiento de la España Moderna. Se trata un periodo convulsivo, donde la nación soporta y sufre uno de los más terribles procesos bélicos de su historia. A ello hay que sumar la crisis de las provincias americanas que incide, sobre todo, en la hacienda pública, en un generalizado descontento social y en una serie de hambrunas y procesos epidémicos que asolan el país. Pese a todo, en este periodo se configura el Estado moderno: entonces surge el concepto de las dos Españas y nace el constitucionalismo y la etapa liberal, que arranca con la proclamación de la Pepa.

Francisco Luis Díaz Torrejón desgrana de forma magistral una parte crucial de este siglo XIX, el periodo comprendido entre los años 1808 y 1812, circunscribiéndose a un espacio territorial concreto: Antequera. Su aportación a la historiografía es indiscutible. A través de las páginas de esta obra, el autor describe de una manera muy sistemática la realidad antequerana desde la crisis del Antiguo Régimen a la ocupación napoleónica.

El estudio del siglo XIX en la ciudad de Antequera era una asignatura pendiente. Hasta ahora tan solo se habían realizado algunos trabajos fragmentarios, más centrados en procesos de industrialización y de elites, siempre alusivos a la segunda mitad de la centuria.

Sin embargo, la Guerra de la Independencia no ha sido abordada hasta ahora, teniéndose la suerte de que sea uno de los mayores expertos nacionales quien haya analizado este proceso en un espacio tan importante e interesante como Antequera, dadas sus especiales características políticas, sociales y geográficas. Cuando nos adentramos en la lectura de este minucioso trabajo de investigación, nos damos cuenta de la complejidad de la sociedad antequerana y de su espacio territorial en los primeros años del siglo XIX.

Díaz Torrejón hace un espectacular alarde del uso de fuentes documentales, usando fondos de más de una veintena de centros, y de una cuidada y meticulosa bibliografía que ya de por sí supone una aportación única al conocimiento específico sobre la invasión francesa.

No debemos olvidar que el autor lleva consagrado más de treinta y cinco años al estudio de la Guerra de la Independencia y de la ocupación napoleónica de Andalucía, con una especial atención al fenómeno del movimiento insurgente. Entre 2001 y 2015 ha publicado sobre el periodo nueve libros y un interminable número de artículos en destacadas revistas científicas, una bibliografía que lo convierte sin duda –como ya hemos dicho– en el máximo exponente de los estudios de esa época. Su especialización en la materia, generalmente circunscrita al territorio andaluz, le han permitido alcanzar un alto conocimiento al respecto y entre todas las obras de Díaz Torrejón, quiero destacar el libro publicado en 2008 con el título: José Napoleón I en el sur de España. Un viaje regio por Andalucía (enero-mayo 1810).

La labor investigadora de Francisco Luis Díaz Torrejón le ha hecho acreedor de un público reconocimiento en el ámbito científico: es académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo de Málaga; de la Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y Buenas Letras «Luis Vélez de Guevara» de Écija; y de la Real Academia de Nobles Artes de Antequera; así como miembro de numerosas comisiones científicas.

Las Tierras de Antequera ya tienen una obra de referencia sobre la Guerra de la Independencia, una obra perfectamente estructurada, de fácil lectura y con un doble cariz: la difusión del conocimiento a nivel ciudadano y la aportación historiográfica al mundo científico e intelectual.

No quiero concluir este prólogo sin aludir a su aportación sobre un personaje fundamental de la Antequera aquí narrada. Me refiero a Francisco de Roa y Rodríguez de Tordesillas, un escribano que toma las armas contra el francés y cuyo descubrimiento se debe exclusivamente a Díaz Torrejón. El escribano Roa es una pieza fundamental en el conflicto con Francia y representa a esa nobleza que se echa al monte para luchar contra el invasor napoleónico, aportando bienes y patrimonio en la campaña, un ejemplo de la implicación de todas las clases sociales en este conflicto perfectamente recreado, documentado y descrito por el mejor conocedor, hoy por hoy, de la Guerra de la Independencia, al menos en nuestro país.


José Escalante Jiménez

Archivero de Antequera

INTRODUCCIÓN
España en erupción

La situación política, social y económica de España se había degenerado progresivamente durante los últimos decenios del siglo XVIII, y a principios de la centuria siguiente la realidad nacional evidenciaba una crisis crónica tan severa que amenazaba con el desmoronamiento del Estado. Las veleidades de la familia real, el gobierno despótico y clientelar del valido Godoy, la influencia de una corte aduladora y pesebrista, la improductividad de muchas miles de manos muertas y el hermetismo impuesto por una Iglesia interesada, son los principales generadores del aire viciado, casi irrespirable, que cunde por el país y que determinan la decadencia española.

La crepuscular situación hispana no es desconocida en Europa y se mira con especial interés desde Francia, la mayor potencia continental, cuyos destinos están en las manos de un hombre con desmedidos anhelos expansionistas: Napoleón. El emperador francés está al tanto de la realidad española porque dispone de información privilegiada, una información de primera mano que le proporcionan testigos directos de ella. Aunque el embajador francés en Madrid –François de Beauharnais primero y Antoine René de La Forest después– filtra un goteo incesante de noticias hacia París, son los informes secretos de Claude Philippe de Tournon-Simiane, chamberlán imperial con visos de espía, los que juegan un papel determinante en el espíritu de Napoleón[1] . Informaciones tan valiosas estimulan algo más que la curiosidad del emperador:

«L´Espagne est dans un moment de crise, [...]. L´Espagne est, je le répète, dans un moment de crise; il faut en la dirigeant la faire tourner [...]; la nation française en recueillera tout le fruit, mais il ne faut pas en perdre l´instant, les moments sont prétieux»[2] .

La crisis española –proceso degenerativo de lenta fermentación– rompe definitivamente en la primavera del año 1808, cuando la sucesión de una serie de acontecimientos precipitan el intervencionismo de Francia en la política hispana. Hechos tan escandalosos como las disputas egocéntricas de los Borbones reinantes y la pugna declarada entre los partidarios del príncipe de Asturias –el futuro Fernando VII– y del valido Godoy, expuesta al mundo en el Motín de Aranjuez, invitan a Napoleón a quitarse la máscara y descubrir su voluntad intervencionista en los asuntos de España.

Con mezquinas argucias, el emperador aprovecha la ingenuidad de los Borbones –enfrascados en disputas intestinas por la corona– para atraerlos a su terreno y conseguir que viajen a Bayona, donde la hospitalidad se convierte en secuestro. Con una estrategia tan elemental, aunque de impecable ejecución, descabeza a la monarquía borbónica y se apodera del porvenir de España.

La torpeza y la corrupción han puesto el decadente trono español en las ambiciosas manos de Napoleón que, sin escrúpulos ni miramientos, impone a los incautos Borbones su abdicación en beneficio propio. Aunque todo es consecuencia de una sucia maniobra, el emperador pretende revestir la encerrona de una aparente legalidad e intenta persuadir a los españoles con una imagen de desinteresado salvador:

«Espagnols: après une longue agonie, votre nation péressait. J´ai vu vos maux; je vais y porter remède. [...]. Vos princes m´ont cédé tous leurs droits à la couronne des Espagnes [...]. Votre monarchie est vieille: ma mission est de la rajeunir; j´améliorerai toutes vos institutions et je vous ferai des bienfaits d´une réforme»[3] .

La figura de Napoleón irrumpe en la escena española como una especie de mesías, que reclama a los españoles el reconocimiento –según sus propias palabras– de régénérateur de la patrie[4] . Su deseo es colocar la corona de España «en las sienes de otro yo mismo»[5] , es decir, en uno de su propia sangre, en un Bonaparte, y entonces lo hace en la cabeza de su hermano José, que reinaba en Nápoles desde febrero de 1806.

Nuevos protagonistas intervienen en la realidad española, y la vertiginosa sucesión de acontecimientos precipitan la crisis política hacia un estado bélico. La presencia en suelo peninsular de miles de soldados napoleónicos, que no habían cesado de cruzar los Pirineos durante varios meses, confirma la evidencia de una invasión militar. Ya nadie se engaña. No hay marcha atrás y las ingobernables circunstancias determinan que 1808 sea el año de la gran erupción de España.

Las cartas están boca arriba y la sangre de los madrileños, caídos durante la represiva jornada del 2 de mayo de 1808, se convierte en la tinta que rubrica una declaración de guerra sin clemencia ni cuartel. Las tierras de media España se erigen en campos de batalla y la sonada victoria de Bailén insufla a los españoles una energía patriótica que aboca a los ejércitos napoleónicos a replegarse hacia el norte y traspasar la línea del Ebro, incluido el gabinete ministerial y la corte del rey José. Como en pocas ocasiones a lo largo de la Historia, la batalla de Bailén había puesto de acuerdo a todos los españoles.

Sin embargo, Napoleón no está dispuesto a dar un paso atrás y su obligado viaje a España –la única vez que pisa suelo peninsular– revierte la situación con el magnetismo, casi hipnótico, que ejerce sobre sus soldados. Toma el mando de los ejércitos y con un empuje meteórico que encadena triunfo tras triunfo, apenas le basta unas cuantas semanas para sentar de nuevo a su hermano José en el trono de Madrid. Media España vuelve a ser napoleónica.

La victoria del general Castaños en Bailén, que tanto había ilusionado a la sociedad española, empieza a eclipsarse en la memoria colectiva por efecto de los últimos reveses militares y la euforia patriótica de aquellos esperanzadores días se transforma en una especie de depresión nacional, que se acentúa con el progresivo avance napoleónico por la Península. Los ejércitos españoles, sumidos en una cascada de derrotas, son incapaces de contener las evoluciones de las fuerzas imperiales y a finales de 1809, como consecuencia de la determinante batalla de Ocaña, sus vanguardias están desplegadas a lo largo y ancho de La Mancha.

Pese al derrotismo general, aún hay esperanzas en salvar a parte del territorio español del dominio napoleónico porque se confía en la barrera montañosa de Sierra Morena como un escudo infranqueable. La prensa patriótica contribuye a templar los ánimos con el anuncio de medidas defensivas y obras de fortificación en aquellas alturas serranas para potenciar su impenetrabilidad: «Los puntos de la Sierra se están fortificando para hacerlos inaccesibles a los enemigos»[6] .

Pero la realidad asesta otro duro golpe a las esperanzas españolas, pues los adversos acontecimientos demuestran que no hay obstáculos capaces de detener el empuje de las tropas imperiales. Aunque todo el mundo esperaba una firme contención en aquellas alturas favorecidas por la naturaleza, la travesía de Sierra Morena es un paseo militar para los soldados de Napoleón, sin más coste que unas pocas horas de marcha y contadísimas bajas. Cae el mito de esas montañas: «... ces redoutables défilés, entourés d´un si affreux prestige, n´étaient plus qu´un fantôme évanoui»[7] .

Sin resistencia militar españolas, las tropas napoleónicas corren a sus anchas por Andalucía y en cuestión de pocas semanas alcanzan su extremo más meridional, donde se asoman a la bahía gaditana. Salvo la ciudad de Cádiz, uno de los pocos bastiones de la España libre, las poblaciones andaluzas han caído una tras otra en poder de las armas imperiales y arrostran un futuro bonapartista.

*****

Los transcendentales sucesos que determinan la realidad de España desde la primavera de 1808 afectan al devenir de todas las poblaciones del reino y en el caso particular de Antequera, objeto del presente estudio, la vida interior se resiente con mutaciones que repercuten muy sensiblemente en los órdenes político, social y económico.

Pocos segmentos de la milenaria historia de Antequera son tan rico como el periodo comprendido entre marzo de 1808 y septiembre de 1812 porque durante esos cuatro años y medio, escasísimo tiempo –un suspiro– en términos históricos, los hechos se suceden por días y aun por horas sin solución de continuidad. Son años de una extraordinaria relevancia porque se paraliza la secular dinámica local con un claro intento de ruptura, inmutable desde tiempos pretéritos. Se trata del primer ensayo serio de acoso y derribo al Antiguo Régimen.

Aunque la atención argumental de este libro se concentra en la Antequera de los mencionados años, la obra es mucho más que un estudio de historia local porque el análisis de hechos, acciones y procederes no se limita al ámbito interno de la población, sino que se contextualiza en un marco general. Se trata, por tanto, de un trabajo historiográfico que conecta la realidad antequerana con otras realidades paralelas y en el mismo encuadre de espacio y tiempo, de manera que queda ensamblada en un todo y sujeta a unas vicisitudes comunes porque los acontecimientos son los mismos. Semejante planteamiento constituye un antídoto contra la deriva hacia la historia meramente localista, historia que además de ser incompleta tiende a ponderar las excelencias locales como si fueran el centro del universo.

La presente obra está sustentada sobre un notable soporte documental procedente de archivos locales, nacionales y extranjeros. Especial atención merecen las fuentes locales gracias a la riqueza del Archivo Municipal de Antequera que, sin duda, es uno de los archivos más completos y exuberantes –según mi larga experiencia investigadora– de Andalucía y aun de España.

En Antequera se ha conservado casi todo, al menos del periodo objeto de este estudio, y ello ha sido posible gracias a la responsabilidad protectora de las sucesivas autoridades municipales y sobre todo al interés conservacionista de muchas personas con sensibilidad a lo largo de decenios, que se han tomado la cosa como algo propio. Ahí estaban en funciones de archiveros –ya lo fueran o no oficialmente– Nicolás Visconti de Porras, Alberto Rojas y en particular José María Fernández Rodríguez, que en los años treinta del pasado siglo emprendió «un profundo y sistemático análisis de los fondos documentales»[8] . La tradición de buenos archiveros antequeranos ha llegado hasta nuestros días con las figuras de Manuel Cascales Ayala y de Antonio Parejo Barranco –recientemente fallecidos– y de mi amigo José Escalante Jiménez, actual propietario del cargo. Gracias a estas personas, que siempre tuvieron la consciencia del archivo como santuario sacrosanto de la Historia, Antequera es hoy una ciudad con memoria, con muy buena memoria.

Una pingüe cosecha de noticias locales apuntala el andamiaje documental de este estudio, un conjunto de referencias informativas que han sido recolectadas en las diferentes secciones que está parcelado –conforme a criterios orgánicos funcionales y principios operativos– el Archivo Municipal antequerano. Especialmente sustanciosas han resultado las noticias exhumadas del «Fondo Municipal», sobre todo de las actas capitulares del ayuntamiento y de la documentación de Asuntos militares y Secretaría; del «Fondo Parroquial», en concreto de los libros sacramentales de bautismo y de defunción; y del «Fondo Real Colegiata», o sea de las actas del cabildo eclesiástico.

Los grandes archivos nacionales también tienen un relevante protagonismo en el aparato documental de este trabajo historiográfico sobre Antequera durante los convulsivos años de la Guerra de la Independencia. Destaca entre todos ellos el Archivo Histórico Nacional, cuyos fondos de las secciones «Estado», «Consejos» y «Diversos-Colecciones» han proporcionado una información muy interesante para perfilar el marco de aquella España en guerra.

El Archivo General Militar, establecido en el Alcázar de Segovia, también está presente por medio de su sección de «expedientes personales», que constituye un instrumento de primer orden para la identificación de los actores españoles con fuero castrense de esta historia.

Asimismo, hay que constatar la relevancia de los fondos del Archivo General de Simancas, del Palacio Real de Madrid y de la Real Chancillería de Granada por las noticias aportadas sobre distintos aspectos de la Antequera de principios del siglo XIX.

El aparato documental de la obra se potencia con fuentes de procedencia francesa, que permiten profundizar en el conocimiento de la Antequera napoleónica hasta donde no alcanzan los archivos nacionales ni locales. Siendo los principales actores de esta historia de naturaleza militar, ningún archivo francés ofrece mayores recursos ilustrativos que el Service Historique de la Défense, ubicado en el célebre Castillo de Vincennes. Sus fondos constituyen un filón de extraordinario alcance documental porque entre ellos se incluyen los expedientes personales, con el formato de hojas de servicios, que aportan una inestimable información individualizada sobre los protagonistas napoleónicos. Particularmente, la investigación se ha centrado en los fondos de las subseries «GR-2Yb», que corresponde a los Registres de contrôles des officiers; y «GR20-Yc» y «GR21-Yc», que pertenecen a los Registres matricules des sous-officiers et hommes de troupes.

También han sido objeto de investigación los Archives Nationales de France, localizados en París, y se ha puesto especial empeño en los asientos documentales de la «Légion d´Honneur», donde se atesoran los historiales de los individuos –así militares como civiles– condecorados con dicha orden que anduvieron por tierras antequeranas.

Además se han focalizado las investigaciones en los Archives Départementales de France, cuyos fondos incluyen los libros parroquiales de los municipios de las correspondientes jurisdicciones político-administrativas francesas, fuentes de un inestimable valor –sobre todo, las partidas de bautismo y muerte– para la definición biográfica de muchos personajes bonapartistas que aparecen a lo largo del texto. Particularmente se han consultado los archivos de los departamentos de Aube, Bouches-du-Rhône, Cantal, Eure et Loir, Haute-Garonne, Hautes-Pyrénées, Meuse, Sarthe, Var e Yvelines.

Las fuentes hemerográficas tampoco son ajenas al aparato crítico de este libro porque han aportado un nutrido cupo documental con noticias muy interesantes, aunque en muchas ocasiones estén distorsionadas por intereses propagandísticos. Históricamente la prensa nunca había tenido un papel tan preponderante como en los años de la Guerra de la Independencia y la multitud de periódicos –surgidos entonces en una eclosión editorial sin precedente– se alinean en uno u otro bando con opiniones patrióticas o bonapartistas, que convierten sus páginas en campos de batalla donde se libra una auténtica guerra de pluma. El texto de la presente obra está enriquecido con datos originarios de periódicos de línea patriótica como la Gazeta Ministerial de Sevilla, Diario de Granada, El Conciso, Diario Mercantil de Cádiz y Gazeta de la Regencia de España e Indias; de corte afrancesado como la Gazeta de Madrid, Correo de Málaga, Gazeta de Granada y Gazeta de Málaga; e incluso de orientación napoleónica pura como el Journal de l´Empire.

Completa el aparato crítico de este estudio un extenso repertorio bibliográfico que incluye obras de muy diversa temática, seleccionadas como instrumentos de apoyo, y entre todas ellas merecen destacarse las que se encuadran en la llamada literatura testimonial, entendiéndose por tal los relatos de carácter autobiográficos con el sello de memorias, diarios y recuerdos. Estas obras ofrecen testimonios de primera mano y contienen el calor de la inmediatez, si bien presentan en su lado negativo el peligro de la subjetividad porque enfocan los hechos según la experiencia de sus protagonistas y autores. Sin embargo, pese a las posibles desviaciones por análisis sesgados de la realidad, las narraciones autobiográficas potencian la bibliografía de este libro y enriquecen su contenido.

Baste decir, por último, que se ha evitado tratar de forma abstracta a los actores que desfilan por las páginas de esta historia –tanto de naturaleza española como francesa– y, consiguientemente, la mayoría de ellos han sido personalizados con semblanzas biográficas que los transforman de personajes indefinidos como fantasmas en hombres de carne y hueso. Por tanto, la lectura de este texto va a descubrir una auténtica galería de retratos.

*****

En resumidas cuentas, el libro que ahora tiene el lector ante los ojos con el título Antequera, 1808-1812 y el subtítulo De la crisis del Antiguo Régimen a la ocupación napoleónica, es el primer estudio monográfico que se publica sobre la realidad antequerana durante la Guerra de la Independencia en los más de doscientos años transcurridos desde entonces. Además de la presente introducción, la obra consta de doce capítulos y un epílogo, que se exponen con el ilustrativo propósito de transportar al lector a través del tiempo para situarlo en el centro de aquella Antequera como un espectador de excepción. Si se consigue, habrá que darse por satisfecho.

No debe ponerse el punto final a estas palabras introductorias sin la expresión de gratitud a una serie de personas, todas próximas por la sagrada unción de la amistad, vinculadas a la génesis del libro que ahora comienza. Aun a riesgo de omitir algunos nombres por olvido involuntario, vaya mi agradecimiento a José Escalante Jiménez, agradecimiento doble por su generosa contribución como archivero de Antequera y por el regalo del magnífico prólogo que encabeza la obra; a Jorge Planas Campos, por poner a mi alcance sus sabios conocimientos y la rica información coleccionada a lo largo de tantos años; a Alberto Martín-Lanuza Martínez, por su valiosa aportación de ciertas noticias militares; a Juan López Tabar, por responder presto a algunas de mis dudas; a José María Espinosa de los Monteros Jaraquemada, siempre dispuesto a toda colaboración por amor al arte; a Manuel Olmedo Checa, por su ejemplo de incansable investigador; a Francisco Cabrera Pablos, por hacer mío su dominio de la historiografía malagueña; a Rafael Tapia Laude, por facilitarme ciertos papeles que guarda como el más curioso coleccionista de los antequeranos vivos; a José Luis Sánchez Mesa, por la franca disposición de brindarme sus saberes; a Antonio Garrido Torres-Puchol, por su comprensión en un alarde de leal compañerismo; y a Antonio García Gutiérrez, editor de ExLibric, por ofrecerse generosamente a publicar este libro y dirigir las tareas de edición con su esfuerzo y empeño personal.

Las últimas palabras son para la amistad de Antonio Del Bello Martín y el recuerdo de José Antonio Muñoz Rojas.

En fin, sin más preámbulo, se da paso al primer capítulo y lo hago con las mismas palabras que en otras ocasiones:

¡Se levanta el telón! ¡La historia comienza!

[1] «Informes sobre España (diciembre 1807 a marzo 1808) del gentilhombre Claudio Felipe, conde de Tournon-Simiane al emperador Napoleón I». Traducción, comentarios y notas de Manuel Izquierdo Hernández. Boletín de la Real Academia de la Historia. Madrid, 1955. Tomo 137. Págs. 315-357.

[2] «España se encuentra en un momento de crisis, [...]. España se encuentra, lo repito, en un momento de crisis; hace falta, dirigiéndola, cambiarla [...]; la nación francesa recogerá todo el fruto, pero es menester no perder un instante, los momentos son preciosos». Geoffroy de Grandmaison, Charles Alexandre. L´Espagne et Napoléon. Paris: Librairie Plon, 1908-1931. Tomo I. Págs. 468 y 469.

[3] «Españoles: Después de una larga agonía, vuestra nación iba a perecer. He visto vuestros males y voy a remediarlos. [...]. Vuestros príncipes me han cedido todos sus derechos a la corona de las Españas [...]. Vuestra monarquía es vieja: mi intención se dirige a renovarla; mejoraré vuestras instituciones y os haré gozar de los beneficios de una reforma». Archivo Histórico Nacional Consejos. Legajo Nº 5511. Expediente 10. Decreto Imperial 25 mayo 1808.

[4] «...regenerador de la patria». Ibídem.

[5] Ibídem.

[6] Diario de Granada. Jueves 11 enero 1810. Nº 11.

[7] «... aquellos temibles desfiladeros, rodeados de un prestigio tan espantoso, no eran más que un fantasma desvanecido». Thiers, Adolphe. Histoire du Consulat et de l´Empire. Paris: Paulin, 1845-1862. Tomo XII. Pág. 262.

[8] Escalante Jiménez, José. Guía del Archivo Histórico Municipal de Antequera. Antequera: Excmo. Ayuntamiento de Antequera, 2007. Pág. 24.

CAPÍTULO I
Antequera en los albores
del siglo XIX
La ciudad y sus contornos a través de ojos extraños

En todo trabajo historiográfico hay dos conceptos fundamentales que deben definirse como puntos de arranque: la concreción cronológica, es decir, la determinación en el tiempo de los rangos que fijan el periodo del estudio; y la situación espacial, o sea, la delimitación geográfica del marco que circunscribe las acciones. En el presente caso, el concepto cronológico está fijado inconfundiblemente porque se limita a los años comprendidos entre 1808 y 1812, años que corresponden a la convulsiva Guerra de la Independencia. Sin embargo, la noción geográfica solo ha sido apuntada y aunque no se ignora que se trata de Antequera, conviene definir con mayor precisión la realidad local existente durante esa época.

El regreso a la Antequera de principios del siglo XIX, cuando han transcurrido más de doscientos años, solo es posible por la vía testimonial, por medio de los testimonios de sus contemporáneos. Las noticias disponibles se deben a las plumas de diversos personajes que entonces transitan por Antequera, aunque no son tantos los que se paran a describir la ciudad y sus contornos como cabría esperar.

Uno de los testimonios, ajustado por cronología a la Antequera que interesa, está datado en los últimos años del setecientos y corresponde a la observación de un viajero extranjero, predecesor de aquellos curiosos impertinentes que decenios más tarde recorrerán España de punta a punta. Se trata de Alexandre Louis Joseph de Laborde, un francés –nacido en París el 17 de septiembre de 1773– que antes de ser destinado a Madrid con la embajada de Lucien Bonaparte en 1800, ya había viajado por tierras españolas con la idea de «décrire ce pays peu connu alors et si intéressant sous plusieurs rapports»[1] .

El joven Laborde –entonces tiene unos veinticinco años de edad– viaja por el sur peninsular hacia 1798 y el itinerario emprendido le lleva a Antequera, ciudad que describe con no pocos detalles:

«Cette ville est située en partie sur une colline, en partie dans une plaine, ce qui la fait diviser en ville haute et basse. Quelques uns ont cru qu´elle fut bâtie par les maures sur les ruines de l´ancienne Singilis, qui n´en étoit point éloignée, mais le plus grand nombre la regarde, avec quelque vraisemblance, comme l´Anticaria des romains. La ville se compose de montées et de descentes; au sommet est un château bâti par les maures et qui contient l´hôtel-de-ville et deux églises paroissiales, dont une fut le siège d´un chapitre de collégiale qui a été transféré dans la ville basse. Celle-ci est unie, sans montées ni descentes, elle a un chapitre, deux églises paroissiales et plusieurs couvents, mais la ville haute est mieux habitée: la noblesse et la bonne bourgeoisie y font leur résidence. La basse-ville est principalement occupée par des laboureurs et des artisans. Antequera est le chef-lieu d´un corrégidorat: elle a un corrégidor d´épée, un alcade mayor et une population d´environ 14000 personnes»[2] .

Ante la rica información de Laborde asalta una duda: ¿son todas las noticias de cosecha propia –recabadas personalmente durante su permanencia en la ciudad– o por el contrario habían sido adquiridas en fuentes bibliográficas existentes ya entonces?

La cuestión carece de una respuesta taxativa, aunque no puede descartarse que Laborde se ilustrara en tratados de geografía y en libros de viaje, ya que al menos hay dos con informaciones muy similares a la suya: la obra en dos volúmenes titulada Población general de España, que había publicado en 1768 Juan Antonio de Estrada[3] ; y la magna colección de dieciocho tomos Viage de España, escrita por el académico Antonio Ponz y terminada de editar en 1794[4] .

De todos modos, la pluma de Laborde pinta una realidad antequerana que luego confirman otros relatos de visitantes, nada sospechosos de contaminación por la literatura geográfica y viajera. Entre ellos se incluye el texto del británico William Jacob, un personaje tan singular como enigmático que supera la etiqueta de simple viajero porque no se trata de un turista o aventurero: es un parlamentario del partido tory y traficante de armas[5] , que recorre Andalucía entre septiembre de 1809 y enero de 1810 con una misión no confesada y parecida al espionaje.

Jacob apenas permanece en Antequera un día de principios de enero de 1810 y pese a visita tan breve, sus noticias sobre la ciudad no colisionan con la información de Laborde. Según parece, Jacob solamente escribe lo que ve y lo que oye:

«The city, however, is very extensive, and being of antient date, abounds in roman and moorish edifices, which give it an appearance of great grandeur. The date of its foundation is unknown, but it is noticed in the Itinerary of Antoninus, [...]. The castle [...] is in better preservation than any moorish fortress I have yet seen, and the entrance, called the Giants Arch, is the finest specimen of their architecture. [...].There are few places in Europe in which the antiquary, the botanist, or the geologist, would find so much worthy of attention as in Antequera and its vicinity»[6] .

Aunque Jacob pergeña un dibujo de gruesos trazos y monocromo de Antequera, su testimonio vale para significar la importancia demográfica de la ciudad y la fama que ya entonces gozaba por sus riquezas arqueológicas y monumentales.

Completan la visión de la Antequera de principios del siglo XIX otros testimonios, si bien corresponden a fechas un tanto tardías del primer decenio y no se deben a viajeros propiamente dichos. Sin embargo, son noticias muy aprovechables porque contribuyen a enfocar la imagen local con impresiones de ojos que vieron la ciudad en esos momentos y cuyo aspecto urbano no era diferente al de ocho o diez años antes.

Tan escuetas como reveladoras son las palabras que escribe Auguste Alexandre de Vanssay, un joven aristócrata de veinticinco años de edad –había nacido el 30 de diciembre de 1784 en Conflans-sur-Anille[7] – y oficial napoleónico de caballería[8] , tras conocer la ciudad antequerana el 2 de febrero de 1810. Dice así:

«... nous arrivâmes à Antequera, ville grande, bien bâtie et bien habitée, [...]. La ville, bâtie sur le penchant d´une colline, me parut remarquable par la conduite des eaux, amenées de loin, à de nombreuses fontaines. Là se renouvelle le système des aqueducs souterrains; j´ai suivi, à de grandes distances d´Antequera, sans pouvoir remonter jusqu´aux prises d´eau»[9] .

Este noble de la región del Loira –hijo del marqués y mosquetero de la Guardia Real Charles de Vanssay– aporta unos datos muy interesantes porque ve a Antequera como una población con cierto nivel de modernidad, provista de agua corriente gracias a una red de cañerías, cuando la mayor parte de las localidades carecían de ello.

Aún hay otro testimonio que define la fisonomía de Antequera y su autor es un ilustre personaje, también de nacionalidad francesa: André François Miot, conde de Melito, un hombre de notable talla intelectual y larga trayectoria política, que había sido embajador en Italia y Holanda, miembro del Consejo de Estado en Francia y ministro del Interior en Nápoles durante el reinado de José Bonaparte[10] .

Miot, nacido el 9 de febrero de 1762 en Versailles[11] , cuenta cuarenta y ocho años de edad cuando recala en Antequera, incorporado en el séquito del rey José, y durante las treinta y seis horas que permanece en la ciudad –horas de la tarde del 13 de marzo de 1810 y todo el día siguiente– no desaprovecha la ocasión de recorrerla de punta a punta. Abre bien los ojos y, entre otras cosas, ve lo siguiente:

«Antequera, située à l´entrée d´une plaine qui s´ouvre au nord, est une ville de moyenne grandeur, agréablement bâtie. On y compte près de 5.000 vecinos ou chefs de famille qui, multipliés par 4, nombre représentant la famille dont le vecino est le chef, donnent environ 20.000 habitants. [...]. Le château, au midi de la ville, est originairement un ouvrage des maures, mais il reste peu de vestiges de leurs constructions. La mosquée a été changée en église sous le non de San Salvador, [...]. La porte du chàteau est d´une bonne architecture moderne, et l´on remarque même à la droite de cette porte une portion de bâtiment dans le goût italien, surmontée d´une jolie loggia, le tout d´un très-bon style. [...]. Indépendamment de ces restes d´antiquités, on voit hors de la ville, à gauche du chemin qui conduit à Grenade, une grotte connue sous le nom de Cueva de Menga. On fait remonter l´existence de cette grotte aux temps les plus reculés »[12] .

La visión antequerana del conde de Melito obedece a sus sensibilidades estéticas, y por eso se centra en los aspectos históricos y monumentales de la ciudad más que en los puramente administrativos.

Aunque las miradas de los cuatro visitantes mencionados –Laborde, Jacob, Vanssay y Miot– son casi epidérmicas porque apenas profundizan más allá de lo que ven los ojos, sus testimonios no muestran una realidad imaginada de Antequera. La convergencia de sus informaciones confirma que se trata de una ciudad grande con un casco urbano dividido entre la altura y la explanada, aceptablemente urbanizada con buenos edificios en sus calles, y con una ilustre historia atestiguada por tantos vestigios. Todos coinciden en señalar la importancia demográfica de Antequera, pero no se ponen de acuerdo en la valoración cuantitativa de su vecindario, ya que Jacob eleva exageradamente la población a cuarenta mil habitantes y Miot a veinte mil, cuando en realidad solo tenía alrededor de catorce mil quinientos[13] .

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Viajeros y visitantes también prestan atención al término geográfico de Antequera, que mide seis leguas de norte a sur, cuatro de este a oeste y tiene más de veinte leguas de circunferencia[14] . En tan amplio espacio se percibe un significativo contraste orográfico porque el terreno, heterogéneo en calidad y elevación, discurre de la fértil llanura a la áspera sierra.

La vega antequerana, campo abierto al norte de la ciudad, es todo un espectáculo para los ojos del transeúnte por la feracidad de sus tierras y entre los extranjeros que advierten con admiración semejante realidad se encuentra Gaspard de Clermont-Tonnerre, un coronel napoleónico –parisiense de nacimiento[15] – y edecán del rey José, que anda por allí a mediados de marzo de 1810. Este personaje, que conocía media Europa por sus campañas militares, le dedica una sencilla pero encomiástica alusión:

«La vega d´Antequera, ou la plaine qui forme son territoire, est extrêmement riche et de l´aspect le plus agréable. Elle est traversée par le Guadalhorce la rivière du pain, qui s´ouvre un passage dans les rochers à travers la Sierra d´Abdalajís pour aller porter le tribut de ses eaux à l´océan»[16] .

La vega constituye la despensa agrícola y el motor económico de Antequera por la generosidad de sus tierras en cosechas de todas las especies, pero, desde luego, no es el espacio de la comarca más atrayente para la vista de los visitantes. Ningún sitio es comparable a la Sierra del Torcal por sus formaciones cársticas, caprichosamente esculpidas por la naturaleza, que conforman un paisaje laberíntico, mágico y casi onírico, según la luz del día y la estación del año. La zona, de una legua de largo por tres cuartos de ancho y mil seiscientos metros de altitud sobre el nivel del mar[17] , siempre ha sido objeto de admiración desde antiguo, como queda patente en las palabras que a principios del siglo XVII escribía el canónigo Alonso García de Yegros:

«... es tan cerrado de peñas, árboles y otras malezas de cantos, que apenas se ha podido calar por su fragosidad y quiebras; que las peñas hacen a modo de calles seguidas y tajadas, con varias torres y pirámides, figuras de hombres, que los remates de las peñas hacen, con arcos levantados, que parece que naturaleza quiso allí representar su diversidad y poder, haciendo en aquellas peñas diversas figuras, levantando unas muy grandes sobre otras pequeñas, como que se quieren caer»[18] .

Enclavadas en este vasto territorio, así en la llanura como en la sierra, hay una serie de localidades, aldeas y lugares adscritos a la jurisdicción político-administrativa de la ciudad de Antequera, que también participan de la escenografía de esta historia: Valle de Abdalajís, Mollina, Fuente de Piedra, Humilladero, Bobadilla, Villanueva de Cauche, Villanueva de la Concepción, Cuevas Altas y Cuevas Bajas.

El marco urbano y rural de Antequera, perfilado por testimonios de la época, es el teatro de unos acontecimientos que determinan la vida de sus habitantes durante todos y cada uno de los días comprendidos entre marzo de 1808 y septiembre de 1812. Los hechos ocurridos entonces y sus incidencias sobre la población antequerana están en las páginas que siguen.

Poder municipal, sociedad y oligarquía

Establecidas las coordenadas espacio-temporales del presente estudio historiográfico, conviene centrar la mirada en la realidad de Antequera durante la explosión de la crisis política y gubernamental que cunde por la España borbónica. Hay que sumergirse en la estructura interna antequerana con el fin de comprender el alcance de su crisis particular, agudizada por la acción de los acontecimientos nacionales que llegan con la fuerza de un vendaval.

El primer eslabón del sistema local corresponde al poder político encarnado por una municipalidad, ajustada al cliché de los ayuntamientos del Antiguo Régimen, con un doble orden estamental representativo de los estados noble y llano. El órgano gubernativo municipal es un cabildo presidido por la figura del corregidor, como justicia mayor de representación real, y compuesto por un amplio elenco de regidores, jurados, diputados y síndicos.

El corregimiento de Antequera es una institución de las llamadas de capa y espada, tradicionalmente ejercida por un personaje de clase hidalga, vinculado a órdenes militares y carente de formación jurídica, de ahí que requiriera el asesoramiento de un legista con el destino de alcalde mayor[19] . El cuerpo de regidores es el brazo capitular más numeroso porque supera la veintena de individuos, muchos de los cuales ostentan el privilegio de «regidor perpetuo» por legado familiar y derecho de patrimonio; el conjunto de jurados y diputados representa al pueblo llano, aunque también se había convertido en un instrumento de poder acaparado por algunas familias preeminentes de la ciudad; y, por último, los síndicos son representantes populares en el cabildo con voz, pero sin voto.

En 1808, año del comienzo de esta historia, la titularidad del corregimiento antequerano es cosa de Joaquín Bernad y Vargas, un magistrado natural de Jerez de la Frontera y de cincuenta y seis años cumplidos –había nacido el 22 de agosto de 1751[20] – con una dilatada experiencia profesional, ya que anteriormente había empuñado las varas de Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria, León y Alcalá la Real[21] . Este hombre, militar retirado y caballero de la Orden de Santiago, había tomado posesión del bastón de Antequera el 17 de diciembre de 1805[22] en sustitución de Diego Sanz y Melgarejo, cesado por su relación conflictiva con otros poderes locales como más adelante se verá.

Sin cultura jurídica, el corregidor Bernad precisa de la asistencia en esta materia de un alcalde mayor que, al caso, se trata de Salvador Vidal, un catalán de Barcelona y doctor en Leyes por la Universidad de Alcalá[23] , que previamente había ejercido el mismo destino –junto con la tenencia tercera de asistente– en el ayuntamiento de Sevilla[24] . Vidal acababa de llegar a la municipalidad antequerana porque había tomado posesión de su alcaldía mayor en el cabildo del sábado 11 de julio de 1807[25] .

Asimismo participan en el cabildo municipal de 1808 representantes de las familias más influyentes del universo antequerano con la dignidad –tradicionalmente vinculada a sus casas y linajes– de regidores perpetuos, como es el caso, entre otros, del conde de Castillejo; los marqueses del Vado y de la Peña de los Enamorados; y los hidalgos Diego Vicente Casasola y José María Peñuela, a quien correspondía por edad la distinción de regidor decano.

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En el vértice de la estructura piramidal de la sociedad antequerana de principios del ochocientos se sitúa la oligarquía local, que está conformada por una serie de familias afines a las ideas tradicionalistas del Antiguo Régimen y económicamente poderosas. Los blasones berroqueños que adornan los frontispicios de casonas y palacios confirman la pertenencia de algunas de estas familias a la nobleza, una nobleza titulada por despachos reales otorgados en los siglos XVII y XVIII como, por caso, los marqueses de la Peña de los Enamorados, de Villadarias, de Cauche, y de la Vega de Santa María; y los condes del Castillo del Tajo, de la Camorra, de Castillejo, de Colchado y de Valdellanos.

Asimismo debe repararse en una burguesía adinerada y pudiente, imitadora de la nobleza en sistema de vida, que configura otro escalafón importante de la sociedad local como si fuese una especie de hidalguía de segunda clase, avalada por la solvencia económica. Entre las figuras más representativas de la burguesía del momento se incluyen las familias Montalvo, Delgado, Aranda, Acedo, Vílchez, Aguirre, etc.

En un estrato inferior del orden social antequerano se encuadran los medianos propietarios, arrendatarios agrícolas y comerciantes que sostienen ciertos niveles económicos derivados de actividades esenciales para el desarrollo de la vida local.

Por último, la gran masa de menestrales –mayoritariamente jornaleros y artesanos– configura la base sedimentaria de la estructura vecinal de Antequera, base conformada por un tejido poblacional ligado a la pobreza porque sus bajos niveles de renta y su inestabilidad económica lo mantienen siempre al borde de la miseria y del hambre.

La sociedad antequerana de 1808 es una realidad viva, en palpitante efervescencia, y mientras los estratos inferiores persiguen la subsistencia cada día, las clases superiores andan tras otros intereses muy distintos. Los sectores preeminentes –familias con ansias de grandeza y gremios de interesado corporativismo– mantienen un pulso para aumentar las cotas de poder, lo que colma de tensiones la vida política, social y económica de Antequera durante aquellos años.

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Solamente una minoría de los catorce mil quinientos habitantes de Antequera anda implicada en la competencia por el poder local, ya que el resto de la población –bases de la pirámide social– corresponde a las capas desposeídas de toda capacidad que no sea el trabajo para la mera subsistencia. Aparte de la élite aristocrática y de la hidalguía aburguesada, la gran masa vecinal atañe a gente sin margen de acción política y bajo la supremacía de las clases dominantes.

Siendo la economía local de base agraria, los estratos inferiores de la sociedad viven directa o indirectamente del campo, ya como asalariados en trabajos de jornaleros o ya como menestrales de una industria artesanal paralela. Los miles de hombres insertados en las profundidades de la escala social pueden aspirar a poco, puesto que tienen cortado el paso a la más mínima representatividad en las esferas de poder. Semejante circunstancia forma parte del guion discriminatorio del Antiguo Régimen.

El poder en el contexto de la sociedad antequerana de principios del siglo XIX es cosa de la clase dominante, constituida en oligarquía por privilegios de sangre y preeminencia económica, y diversas familias compiten por acaparar las mayores cuotas de dominio local. Ninguna está dispuesta a ceder un ápice de sus prerrogativas y las disputas suscitan fricciones que rematan, a veces, en sonadas querellas judiciales.

A modo de ejemplo vale señalar el caso planteado por José de Aguilar y Narváez, marqués de la Vega de Armijo y conde de Bobadilla, que en defensa de sus derechos históricos como alférez mayor y alcaide perpetuo del castillo de Antequera se niega a que la campana de la «Torre del Reloj» de dicha fortaleza –popularmente conocida con el nombre de Papabellotas– doble durante los funerales de los capitulares del ayuntamiento, aunque sean nobles e hidalgos. Se niega a compartir ese privilegio, que le corresponde por distinción, y lleva el asunto hasta el extremo de entablar causa en la Chancillería de Granada:

«... no poderse dudar haber sido la costumbre antigua en la mencionada ciudad de que la campana del Reloj de su fortaleza haga señal de clamores y doble únicamente en las exequias de los señores reyes, de los corregidores y de los alcaides que han sido de ella»[26] .

Aunque la nobleza pugna entre sí por el poder oligárquico, no duda en aunar fuerzas cuando se trata de repeler agresiones externas y frecuentemente hacen causa común contra el poder municipal. Así había ocurrido, por ejemplo, en mayo de 1805 cuando Vicente Pareja Obregón y Gálvez, conde de la Camorra, fue destituido fulminantemente de su oficio de procurador general en el ayuntamiento antequerano por el corregidor Diego Sanz y Melgarejo bajo graves acusaciones:

«Con motivo de ser deudor a este pósito de doscientas veinte y tres fanegas de trigo el conde de la Camorra, procedí con acuerdo de asesor a suspenderle de su oficio [...]. Posteriormente le fue formada causa al citado conde por haber extraído de los mismos fondos públicos del pósito tres mil reales»[27] .

Pese a las sospechas de corrupción que pesaban sobre el conde de la Camorra, los nobles locales se movilizaron en su defensa e hicieron valer las influencias del estado aristocrático contra el corregidor –también hombre polémico y controvertido– que, a la postre, fue cesado por la Chancillería de Granada, bajo la excusa de concedérsele el «retiro o jubilación»[28] .

Cabe decir, a modo de conclusión, que la historia del poder en Antequera durante la crisis del Antiguo Régimen es una crónica oscura, casi negra, escrita con la pluma de la ambición personal y estamental. Muchos se disputan la hegemonía local y tras el empeño de esa guerra sin cuartel queda un rastro de perversión que anima a un vecino crítico para apostillar, con incontenible rebeldía, que Antequera es «un pueblo donde nada puede obrarse sin ruido, estrépito, parcialidad e intrigas»[29] .

La Iglesia local

A la vista de los numerosos establecimientos religiosos existentes en Antequera, no puede negarse su significación en el mundo de la Iglesia andaluza y aun española. La ciudad antequerana es, en el orden eclesiástico, el segundo enclave más notable de la diócesis de Málaga –tras la sede episcopal– porque en sus calles y plazas se asientan las pruebas de una nutrida representación del clero secular y regular. Jalona el casco urbano un conjunto patrimonial sacro que asciende a una iglesia colegial, cuatro iglesias parroquiales, dos ayudas de parroquias, doce conventos de frailes y ocho de monjas, además de varias ermitas y capillas.

El vértice de la Iglesia antequerana corresponde a la Real Colegiata, una institución erigida en virtud de Bula Pontificia de 8 de febrero de 1503 y Real Provisión de 17 de septiembre de 1504[30] , que fue trasladada desde las alturas de Santa María –su primitiva sede– a la parroquia de San Sebastián el 5 de junio de 1692[31] . Rige la institución colegial un cabildo, órgano pluripersonal compuesto por una dignidad con el título de prepósito, doce canónigos, ocho racioneros y siete medio racioneros[32] , todos prebendados con las rentas de la iglesia.

Los miembros del estado eclesiástico residentes en la Antequera de principios del siglo XIX se cuentan por cientos, pero las figuras más sobresalientes del clero local –así por talla intelectual como por rango– son quienes ocupan los cuatro destinos más cimeros del cabildo colegial de San Sebastián: Gaspar Carrasco y Alcoba, dignidad de prepósito y presidente del cabildo, un anciano casi octogenario y achacoso –había nacido el 21 de octubre de 1729 en Antequera–, doctor en Teología y Cánones por la Universidad de Osuna[33] , que llevaba más de veinte años en el cargo[34] y que había renunciado al obispado de Popayán[35] , diócesis de Colombia, acaso por su falta de ambición personal; Gabriel de Medina y Acedo, canónigo lectoral, un personaje natural de Jimena de la Frontera –había nacido el 1 de julio de 1759– que es doctor en Teología por la Universidad de Granada[36] y está en posesión de la canonjía antequerana desde el 11 de enero de 1793[37] ; Pedro Muñoz Arroyo, canónigo magistral, un hombre muy interesante por su pensamiento, como luego se verá, que había nacido el 7 de enero de 1775 en Benamocarra y es titular de la plaza por oposición desde el 7 de agosto de 1807[38] ; y Francisco de Paula Díaz y Rodríguez, canónigo doctoral por nombramiento del 24 de diciembre de 1805[39] , que había nacido en la localidad granadina de Gabia Grande el 18 de enero de 1769[40] y fue hasta entonces catedrático de Historia del Derecho de la Universidad de Granada[41] .

Otra personalidad importante de la iglesia local es Matías José Pérez de Hita, un presbítero de cerca de cincuenta años, antiguo alumno del Colegio de San Bartolomé y Santiago de Granada y canónigo de la colegiata antequerana desde el 18 de agosto de 1807[42] , que ejercía la dignidad de vicario eclesiástico.

El clero secular incluye a un buen número de presbíteros y entre ellos destacan los titulares o curas propios de las cuatro parroquias antequeranas: Miguel Jiménez, de Santa María; Francisco Galán, de San Sebastián; Pedro Ponce, de San Juan; y Francisco Martín, de San Pedro. Súmense también los correspondientes de las dos ayudas de parroquias: Juan Muñoz Pescador, de San Miguel; y Fernando Domínguez, de Santiago.

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El clero regular es, con diferencia, la entidad eclesiástica más presente en Antequera porque la mayoría de las órdenes religiosas tradicionales –tanto masculinas como femeninas– tienen casa en la ciudad. Franciscanos en sus profesiones observantes, terceros, capuchinos y alcantarinos; dominicos; mínimos; carmelitas en sus versiones calzados y descalzos; agustinos; y hospitalarios; tienen allí establecimientos por fundaciones pretéritas. De todos los inmuebles religiosos existentes en Antequera, hay algunos con un destacado protagonismo en la historia que se cuenta en las páginas siguientes, como es el caso del convento franciscano de San Zoilo, el hospital de San Juan de Dios y el monasterio de agustinas recoletas bajo la advocación de Nuestra Señora de Loreto.

Justicia y delincuencia

La visión de la Antequera de principios del ochocientos quedaría incompleta sin atenderse a otro de los pilares fundamentales de la realidad local: la Justicia. Su administración corresponde en primera instancia al corregidor como justicia mayor de la

jurisdicción[43] , siempre con el asesoramiento del alcalde mayor y el concurso de una serie de instrumentos de carácter indagatorio y coercitivo. Las competencias del corregimiento llevan aparejadas la administración de justicia, que se extiende a toda la secuencia procesal desde la instrucción de la causa hasta la emisión de la sentencia, aunque con la obligatoriedad de ser elevada luego a la instancia superior –en este caso a la Real Chancillería de Granada– para la ratificación o no de la pena.

La actividad judicial en el juzgado antequerano es muy intensa durante aquellos primeros años del siglo porque se cuentan por decenas las causas incoadas, que están en curso de solución o pendientes de sustanciarse. Muchas de las sentencias del corregidor son confirmadas posteriormente por la Sala del Crimen de la Chancillería granadina, cuyos tribunales autorizan las ejecuciones de las condenas en la misma ciudad antequerana. Allí se consuman, al menos, dos penas de muerte durante esos años: Joaquín González, apodado el Tuerto y vecino de Antequera, ejecutado en garrote por muertes y robos conforme a sentencia definitiva del 21 de octubre de 1802; y Cristóbal de Montes, convicto de asesinato, ajusticiado en la horca por resolución firme del 9 de noviembre de 1803[44] .

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Es innegable el alto grado de delincuencia en las tierras antequeranas y a tenor de la cantidad de requisitorios –notificaciones circuladas por las autoridades judiciales de otras localidades– acumulados en aquel juzgado, bien puede hablarse de un auténtico universo criminal en la comarca. No cabe decir otra cosa cuando se comprueba que entre 1806 y 1809 pasan por el juzgado de Antequera las demandas de detención de ciento sesenta delincuentes en busca y captura, actuantes en solitarios o en cuadrillas y convictos o sospechosos del más completo repertorio de delitos: asesinatos, heridas, fugas, deserciones, asaltos, latrocinios, etc.[45] .

Gentes de mal vivir colman de peligro e inseguridad aquellos campos y entre los muchos malhechores que por allí andan deben incluirse a los cuatro sujetos, asociados en cuadrilla, que en abril de 1806 son reclamados por salteadores de camino[46] ; los dos facinerosos, llamados Antonio López y Andrés Escalera, requeridos en septiembre del mismo año por la justicia de Estepa como autores del robo y asesinato de un hortelano[47] ; y los siete delincuentes capitaneados por un tal Juan Pérez, alias Malos pelos, que habían perpetrado en abril de 1809 un sonado robo cerca de Archidona a viajeros tan insignes como el general Valentín Belvís de Moncada Pizarro, conde de Villariezo y capitán general del Reino de Granada, el brigadier Fernando Gómez de Butrón y el magistrado Vicente Cano Manuel[48] .

Cabe decir, por último, que la inseguridad que secularmente padecen las tierras de Antequera se agrava en 1808 con la ruptura definitiva del Antiguo Régimen y la Justicia, embotada por la crisis, no alcanza a controlar la delincuencia –lacra potenciada por la quiebra económica y social– pese al rigor de las sentencias.

[1]«... describir este país tan poco conocido entonces y tan interesante bajo muchos puntos de vista». Arnault, Antoine Vincent, Jay, Antoine, Jouy, Étienne de, et Norvins, Jacques. Biographie nouvelle des contemporains, ou Dictionnaire historique et raisonné de tous les hommes qui, depuis la Révolution française, ont acquis de la célébrité par leurs actions, leurs écrits, leurs erreurs ou leurs crimes, soit en France, soit dans les pays étrangers. Paris: Librairie Historique et des Arts et Métiers d´Émile Babeuf, 1820-1825. Tomo X. Pág. 206.

[2] «Esta ciudad está situada parte sobre una colina, parte en un llano, lo que la divide en ciudad alta y baja. Algunos han creído que fue edificada por los moros sobre las ruinas de la antigua Singilis, que no estaba lejana, aunque la mayoría de la gente la considera, con alguna probabilidad, como la Anticaria de los romanos. La ciudad se compone de cuestas y de bajadas; en la cima hay un castillo construido por los moros y que contiene el ayuntamiento y dos iglesias parroquiales, una de las cuales fue la sede de un cabildo colegial que ha sido trasladado a la ciudad baja. Ésta es llana, sin subidas ni bajadas, tiene un cabildo, dos iglesias parroquiales y varios conventos, aunque la ciudad alta está mejor habitada: la nobleza y la alta burguesía tiene allí su residencia. La ciudad baja está ocupada principalmente por labradores y artesanos. Antequera es la cabeza de un corregimiento: tiene un corregidor de capa y espada, un alcalde mayor y una población de alrededor de 14000 personas». Laborde, Alexandre de. Itinéraire descriptif de l´Espagne, et tableau élémentaire des différentes branches de l´administration et de l´industrie de ce Royaume. Paris: Nicolle, 1808. Tomo II. Pág. 96.

[3] Estrada, Juan Antonio de. Población general de España, sus reynos y provincias, ciudades, villas y pueblos, islas adjacentes, y presidios de África. Madrid: Imprenta de Andrés Ramírez, 1768. Tomo II. Págs. 21 y ss.

[4] Ponz, Antonio. Viage de España, en que se da noticia de las cosas más apreciables, y dignas de saberse, que hay en ella. Madrid: Imprenta de la viuda de Joaquín Ibarra, 1772-1794. Tomo XVIII. Págs. 147 y ss.

[5] Archivo Histórico Nacional. Estado. Legajo 62, G. «Contrata a favor de Guillermo Jacob para la importación de fusiles y municiones de guerra desde Inglaterra».

[6] «Sin embargo, la ciudad es muy grande y como parece ser de fundación antigua, abundan los edificios romanos y musulmanes, lo que le da una apariencia de gran esplendor. La fecha de su fundación es desconocida, pero se le menciona en los Itinerarios de Antoninus, [...]. El castillo [...] se encuentra en mejor estado de conservación que cualquier fortaleza musulmana de las que hemos visto hasta ahora y la entrada, llamada Arco de los Gigantes, es el modelo más hermoso que he visto de su arquitectura. [...]. Hay pocos lugares de Europa en los que los anticuarios, los botánicos y los geólogos encontrarían tantas cosas valiosas como en Antequera y sus alrededores». Jacob, William. Travels in the south of Spain, in letters written a. d. 1809 and 1810. London: Printed for J. Johnson and Co. St. Paul´s Church-Yard, and W. Miller, 1811. Págs. 311 y ss.

[7] Archives Départementales de la Sarthe. Conflans-sur-Anille. Cote 1 MI 1063 R3. Fol. 21 vto. Registres paroissiaux. Baptêmes, mariages et sépultures, 1781-1792. Acte 30 décembre 1784.

[8] Service Historique de la Défense. GR 2Yb-744. Fol. 76. «Cavalerie. 5e Régiment de dragons». 4e volume. An X-1814.

[9] «... llegamos a Antequera, ciudad grande, bien edificada y muy poblada, [...]. La ciudad, construida sobre la pendiente de una colina, me pareció extraordinaria por la conducción de las aguas, traídas desde lejos, de numerosos manantiales. Allí se desarrolla el sistema de acueductos subterráneos; lo he seguido a grandes distancias de Antequera, sin poder subir hasta las tomas de agua». Vanssay, Auguste Alexandre de. Fragments de mémoires inédits écrits en 1817 sous le titre de Souvenirs militaires d´un officier de dragons pendant les campagnes de la Grande Armée des années 1804 à 1811. Armée d´Espagne, 4e Corps. Mortagne: Typographie Daupeley frères, 1864. Pág. 46.

[10] Gallois, Léonard. Dictionnaire historique de tous les ministres, depuis la Révolution jusqu´à 1827. Paris: Béchet et Dupont, 1828. Págs. 330 y ss.

[11] Archives Départementales des Yvelines. Versailles. Cote 1112624. Fol. 10 vto. Paroisse de Saint-Louis. Baptêmes, 1762. Acte 9 février 1762.

[12] «Antequera, situada a la entrada de una llanura que se abre al norte, es una ciudad de mediano tamaño, agradablemente edificada. Se le calcula cerca de 5.000 vecinos o cabezas de familia que, multiplicados por 4, número que se le supone a la familia de la que el vecino es cabeza, dan alrededor de 20.000 habitantes. [...]. El castillo, al sur de la ciudad, es originariamente una obra de moros, aunque quedan pocos vestigios de su construcción. La mezquita ha sido convertida en iglesia con el título de San Salvador, [...]. La puerta del castillo es de fina arquitectura moderna e incluso se observa a la derecha de esta puerta un pedazo de obra al gusto italiano rematado por una hermosa logia, todo de muy buen estilo. [...]. Además de estos restos antiguos, se ve en las afueras de la ciudad, a la izquierda del camino que va a Granada, una gruta conocida con el nombre de Cueva de Menga. Se remonta la existencia de esta cueva a los tiempos más remotos». Miot, André François. Mémoires du comte Miot de Melito, ancien ministre, ambassadeur, conseiller d´État et membre de l´Institut. Paris: Michel Lévy, 1858. Tomo III. Págs. 120 y 121.

[13] Parejo Barranco, Antonio. Historia de Antequera. Antequera: Publicaciones de la Biblioteca Antequerana de la Caja de Ahorros, 1987. Pág. 71.

[14] Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Respuestas generales. Libro Nº 560. Fol. 202. «Ciudad de Antequera. Copia en extracto de sus respuestas generales».

[15] Había visto la luz en París el 9 de agosto de 1769. Archives Nationales de France. Légion d´Honneur. Dossier 553/55.

[16] «La vega de Antequera, o la planicie que forma su territorio, es sumamente rica y del aspecto más agradable. Está atravesada por el Guadalhorce o el río del pan, que se abre paso en las rocas a través de la Sierra de Abdalajís para llevar el tributo de sus aguas al océano». Clermont-Tonnerre, Gaspard de. L´expédition d´Espagne, 1808-1810. Paris: Librairie Académique Perrin, 1983. Pág. 361.

[17] Álvarez de Linera Benito, Antonio. «Reseña geognóstica y minera de la provincia de Málaga». Revista minera, periódico científico e industrial, redactado por una sociedad de ingenieros. Madrid: Imprenta de la viuda de Antonio Yenes, 1851. Tomo II. Pág. 206.

[18] García de Yegros, Alonso. Historia de la antigüedad y nobleza de la ciudad de Antequera, en la provincia de Andalucía. Antequera: Tipografía «El siglo XX», 1915. Pág. 11.

[19] Albi, Fernando. El corregidor en el municipio español bajo la monarquía absoluta. Madrid: Publicaciones del Instituto de estudios de la Administración Local, 1943. Págs. 231 y ss.

[20] Archivo Histórico Nacional. Órdenes Militares. Caballeros de Santiago. Expediente 1033. Fe de bautismo.

[21] Álvarez y Cañas, María Luisa. Corregidores y alcaldes mayores. La administración territorial andaluza en el siglo XVIII. Alicante: Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2012. Págs. 183 y 184.

[22] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1796. Cabildo 17 diciembre 1805.

[23] Archivo Histórico Nacional. Universidades. Legajo Nº 507. Expediente 62. «Certificación de estudios en la Universidad de Alcalá de Salvador Vidal». Año 1793.

[24] Vilar y Pascual, Luis. Diccionario histórico, genealógico y heráldico de las familias ilustres de la monarquía española. Madrid: Imprenta de F. Sánchez, 1859-1866. Tomo IV. Págs. 229 y 242.

[25] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1798. Cabildo 11 julio 1807.

[26] Archivo de la Real Chancillería de Granada. Caja 10906. Pieza Nº 13. «Antequera año de 1800. El Cavro Pror. Gral. de esta M. N. ciudd intento sobre que se doble la campana del Relox a la muerte de los cavros capitulares, según lo acordado». Instancia sin fecha.

[27] Archivo de la Real Chancillería de Granada. Caja 5171. Pieza Nº 41. Informe 22 mayo 1805.

[28] Archivo de la Real Chancillería de Granada. Caja 5171. Pieza Nº 41. Oficio 13 julio 1805.

[29] Archivo de la Real Chancillería de Granada. Caja 4327. Pieza Nº 33. Instancia 13 marzo 1808.

[30] Escalante Jiménez, José. Miscelánea Histórica de Antequera. Antequera: Excmo. Ayuntamiento de Antequera, 2004. Pág. 150.

[31] García de Yegros, A. Op. cit. Pág. 378.

[32] Guía del estado eclesiástico seglar y regular, de España en particular, y de toda la Iglesia Católica en general, para el año de 1804. Madrid: Imprenta Real, 1804. Pág. 108.

[33] Rubio, María Soledad. El Colegio-Universidad de Osuna (1548-1824). Sevilla: Caja de San Fernando, 1976. Pág. 294.

[34] Había sido nombrado prepósito de la Colegiata de Antequera en octubre de 1787. Mercurio de España. Madrid: Imprenta Real, 1787. Pág. 138.

[35] Gómez Marín, Rafael. Geografía de la Iglesia de Málaga. Málaga: Ayuntamiento de Málaga y Confederación de Empresarios de Málaga, 2010. Tomo II. Pág. 125.

[36] Archivo de la Universidad de Granada. Legajo Nº 1460. «Relación de los méritos, grados, y exercicios literarios del doctor Don Gabriel de Medina y Azedo». Granada 15 abril 1789.

[37] Gazeta de Madrid. Viernes 11 enero 1793. Nº 4. Pág. 30.

[38] Moreno y Rodríguez, Agustín. Reseña histórico-geográfica de Vélez-Málaga y su partido. Málaga: Imprenta de M. Martínez Vieto, 1865. Págs. 168 y ss.

[39] Gazeta de Madrid. Martes 24 diciembre 1805. Nº 103. Pág. 1113.

[40] Archivo de la Universidad de Granada. Colegio de Santa Cruz. Libro Nº 22. Expediente 10. Fol. 318. «Informaciones hechas al Dr Dn Franco Díaz y Rodríguez de comisión de este Mr y Rl Colegio de Sta Cruz de la Feé y Sta Catalina mártyr de Granda. Año de 1805». Partida de bautismo 19 enero 1769.

[41] Archivo de la Universidad de Granada. Legajo Nº 1445. Pieza 183. Orden 3 septiembre 1799.

[42] Gazeta de Madrid. Martes 18 agosto 1807. Nº 74. Pág. 856

[43] Albi, F. Op. cit. Pág. 208.

[44] Archivo de la Real Chancillería de Granada. Libro Nº 324. «Libro de providencias definitivas en causas criminales, 1799-1815».

[45] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Servicios. Justicia. Pleitos y querellas. Legajos Nos 354 y 355.

[46] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Servicios. Justicia. Pleitos y querellas. Legajo Nº 355. Requisitorio 23 abril 1806.

[47] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Servicios. Justicia. Pleitos y querellas. Legajo Nº 355. Requisitorio 13 septiembre 1806.

[48] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Servicios. Justicia. Pleitos y querellas. Legajo Nº 354. Requisitorio 17 agosto 1809.

CAPÍTULO II
El año clave: 1808
Cuando todo comienza: proclamación de Fernando VII

La secuencia de acontecimientos nacionales, precipitada imparablemente durante la primavera de 1808, llega a Antequera como la onda expansiva de una explosión anunciada durante mucho tiempo y sus efectos van a conmocionar la vida local de una manera inimaginable. Todo comienza la mañana del sábado 26 de marzo de 1808, cuando el corregidor Joaquín Bernad y Vargas convoca al cabildo municipal en las casas capitulares del Coso de San Francisco para dar cuenta de una provisión del Consejo de Castilla, despachada en Madrid una semana antes, con un Real Decreto de Carlos IV que incluye una trascendental novedad en la monarquía borbónica:

«Como los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis Reynos, y me sea preciso para reparar mi salud gozar en clima más templado de la tranquilidad de la vida privada, he determinado, después de la más seria deliberación, abdicar mi corona en mi heredero y mi muy caro hijo el príncipe de Asturias. Por tanto es mi Real voluntad que sea reconocido y obedecido como Rey y Señor natural de todos mis Reynos y Dominios»[1] .

Este Real Decreto que oficializa el advenimiento de Fernando VII al trono de España, decreto tan políticamente correcto en las formas, está colmado de mentiras porque el proceso abdicatorio no había sido tan deliberado como dice su letra, sino que fue forzado por las intrigantes disputas cortesanas declaradas en el Motín de Aranjuez.

La municipalidad antequerana recibe la noticia con cierta sorpresa, pese a no desconocer los problemas crónicos de la corte, y los capitulares asistentes al cabildo, más numerosos que de costumbre, no parece que muestren un especial júbilo por la coronación de Fernando VII, según se colige del laconismo con el que se despacha el asunto en el acta correspondiente: «La Ciudad queda entendida y acuerda que por su parte se cumpla y execute en los términos que se manda»[2] .

¿Acaso el ayuntamiento antequerano es de inclinación godoísta y no celebra, con la alegría que pudiera esperarse, el ascenso del nuevo monarca porque ello ha supuesto la caída del valido Godoy?

*****

El advenimiento real exige el formulismo inmutable del Antiguo Régimen en cuanto a las solemnidades como gestos de vasallaje y bienvenida, y el cabildo municipal acuerda en la sesión del 12 de abril de 1808 agilizar los preparativos para la ceremonia de proclamación que se impone desde Madrid[3] . De inmediato se activa el protocolo históricamente dispuesto para tales casos:

«... respecto a que el señor marqués de la Vega de Armijo, conde de Bobadilla, como alférez mayor de este Ayuntamiento toca y corresponde el ceremonial de la próxima proclama, llevar y enarbolar el pendón en ella, se le pase el aviso consiguiente por medio de carta misiva certificada que se le dirija a la ciudad de Málaga, donde tiene fija residencia por ahora»[4] .

Sin embargo, la noticia no entusiasma a José de Aguilar y Narváez, marqués de la Vega de Armijo y conde de Bobadilla, heredero del privilegio histórico de tremolar el pendón durante los actos de proclamación regia en Antequera. ¿Por qué será? Se ignoran los motivos, aunque parece que en su decisión de excusarse de la ceremonia subyace algo más que el pretexto de la enfermedad, como arguye. Delega de una forma tan ligera el alto compromiso en «la persona que quiera prestarse a dicha solemnidad»[5] , que su negativa sospechosamente parece rechazo a cualquier protagonismo en los actos.

La celebración de advenimiento real en Antequera se demora hasta el 1 de junio de 1808[6] , pero entonces se hace por todo lo alto porque las presuntas devociones godoístas de la municipalidad se habían esfumado como por arte de magia. Godoy nada pinta ya en el panorama político nacional y tras su traumática caída hay que aparentar, por una mera cuestión de supervivencia, la mayor adhesión al poder absoluto de Fernando VII.

La proclamación regia se reviste de toda solemnidad y los actos comienzan con una marcha procesional de las autoridades y la nobleza, bajo la escolta de tropas, hacia el Convento de los Remedios para recoger dos banderas del Regimiento Provincial, depositadas en su capilla mayor, que van a pasearse en manos del regidor decano José María Peñuela y del conde de la Camorra.

Posteriormente, la comitiva se encamina hacia la casa del regidor Diego Vicente Casasola, situada en lo alto de la calle San Agustín, para tomar un retrato de Fernando VII e incorporarlo a la procesión, flanqueado por las dos principales figuras de la municipalidad: el corregidor Bernad y el alcalde mayor Vidal. El cortejo, que sigue el recorrido urbano entre un numeroso gentío y los sones de una banda de música, gana en religiosidad a su paso por la calle Estepa con la imagen de la Virgen del Rosario en unas andas portadas a hombro. El desfile continúa por las calles antequeranas hasta las casas capitulares del Coso de San Francisco, en cuyo balcón central queda expuesto el retrato del monarca entre las dos banderas[7] .

La ceremonia de proclamación alcanza todo su carácter cuando el regidor decano José María Peñuela, que sustituye al marqués de la Vega de Armijo en las funciones de alférez mayor, tremola el pendón real en las alturas de la «Torre del Reloj» y en el balcón del ayuntamiento al grito de: «Antequera, Antequera, Antequera, por el Rey Nuestro Señor Dn Fernando VII, que Dios guarde»[8] .

Tres noches de luminarias en los principales edificios públicos de la ciudad completan las celebraciones por el advenimiento regio. Antequera luce como la población más fernandina de España.

Guerra al francés

Cuando se celebra en Antequera la proclamación de Fernando VII, el monarca y su real familia ya llevaban secuestrados varias semanas en Bayona, adonde incautamente habían acudido tras los embaucadores engaños de Napoleón. La ausencia del rey había dejado el gobierno de España en manos del mariscal Joachim Murat –gran duque de Berg y cuñado del emperador– con el título de lugarteniente general del Reino, quien merece la etiqueta de auténtico salvaje por su desmedida respuesta contra la población civil durante las revueltas callejeras del 2 de mayo de 1808 en Madrid. Incluso Napoleón llegará a decir de él: «c´est une bête»[9] .

Aunque nada consta en los archivos locales, las noticias no tardan en llegar a Antequera y al cabo de pocos días, nadie desconoce la grave situación de los Borbones en Bayona y la sangrienta matanza de cientos de madrileños –hombres, mujeres y niños– por las tropas de Murat. Entonces, la indignación crece entre los antequeranos en la misma proporción que el patriotismo.

La sociedad local abrigaba ya inconfundibles sentimientos antinapoleónicos cuando a las cinco de la madrugada del domingo 29 de mayo de 1808 se presenta en casa del corregidor Bernad, situada en la calle Maderuelo, un propio enviado por las autoridades de Archidona con dos oficios de la superioridad política de Sevilla, que había dejado a su paso un comisionado en carrera hacia Granada[10] . Uno de los oficios notifica la creación de una Junta gubernativa en la capital hispalense, con el carácter de Suprema de España; y el otro incluye una orden para que se anuncie por bando al vecindario la declaración de guerra a los franceses:

«... en nombre de Nuestro Rey Fernando el VII, y de toda la Nación Española, declaramos la guerra por tierra y mar al Emperador Napoleón Iº, y a la Francia, mientras esté baxo su dominación y yugo tirano, y mandamos a todos los españoles obren con aquellos hostilmente, y les hagan todo el daño posible, según las leyes de la guerra»[11] .

Una explosión de patriotismo recorre la ciudad de punta a punta y los antequeranos de todas las clases sociales, deseosos de significar su adhesión a la causa, adornan sus sombreros y monteras con escarapelas nacionales. Un mar de divisas rojas y gualdas inunda todos los rincones y la gente, sacudida por exacerbados sentimientos españolistas, se acorrilla en calles y plazas en respuesta unánime contra Napoleón. Los latidos del entusiasmo popular se sienten por todas partes y especialmente ante las casas capitulares, en el Coso de San Francisco:

«... la conmoción en que generalmente se halla el vecindario, reunido mucha parte de él en las puertas de estas casas y calles inmediatas, inflamado en el más ardiente celo patriótico»[12] .

Toda la ciudad de Antequera es una pira antinapoleónica. Nadie permanece ajeno al ardor patriótico y ni siquiera los niños son insensibles a las enfebrecidas circunstancias porque, empapados del ánimo de sus mayores, juegan a la guerra con más pasión que nunca. Divididos en bandos, patuleas de chiquillos se enzarzan en batallas campales a pedrada limpia entre buenos y malos, es decir, entre patriotas y napoleónicos:

«... en el sitio de la Puerta de Granada y sus inmediaciones concurren los más días [...] multitud de muchachos de corta edad, y aun jóvenes, y formando entre sí partidos de oposición, unos con el nombre de españoles y otros con el de franceses, se disparan piedras de parte a parte»[13] .

Semejantes juegos superan todo carácter lúdico porque hay que interpretarlos como una manifestación, a escala infantil, de los sentimientos antibonapartistas que subyacen en Antequera y aun en toda la España patriótica.

*****

Conforme a instrucciones superiores, el gobierno local antequerano transmuta su hermética estructura de cabildo para transformarse en un órgano más abierto y participativo, mediante la incorporación a las funciones ejecutivas de individuos representativos de los estamentos sociales, con el título de Junta gubernativa de Antequera.

Dicho órgano se constituye la tarde del 31 de mayo de 1808 en el domicilio del corregidor Bernad, donde habían sido convocadas las personas convenientes, y aparte de los miembros de la municipalidad participan como vocales: el prepósito de la Colegiata Gaspar Carrasco y Alcoba, los canónigos Gabriel de Medina y Acedo, Pedro Muñoz Arroyo, Francisco Mansilla y Cristóbal Morón, y el vicario eclesiástico Matías José Pérez de Hita, por el clero secular; el provincial de la orden tercera de San Francisco fray Mateo de Sepúlveda, por el clero regular; Jerónimo de Rojas y Arrese, marqués de la Peña de los Enamorados, Vicente Pareja Obregón y Gálvez, conde de la Camorra, y Fernando Mansilla y Tamayo, conde del Castillo del Tajo, por la nobleza titulada; Manuel Solana Casasola y Antonio de Gálvez, por la hidalguía; Juan Caballero, por el gremio de comerciantes; Juan María Sánchez y Alonso Alarcón, por el ramo de labradores; el capitán y comandante de armas José Soler; y el administrador de Rentas Reales Francisco Blanco[14] .

En la misma fecha del 31 de mayo de 1808, como se había anunciado la tarde anterior, se tiran bandos y edictos que llaman al alistamiento de mozos para la guerra en las cajas de recluta instaladas en sendos edificios municipales del Coso de San Francisco y de la Plaza de San Sebastián, tarea en la que colaboran varios eclesiásticos –entre ellos el vicario Pérez de Hita– con encendidas arengas como instrumentos de una oratoria de la seducción[15] . Esta llamada al alistamiento general y la apertura de una suscripción económica para sufragar los gastos de la guerra[16] , son las primeras actuaciones de la recién constituida Junta gubernativa de Antequera.

La clase pudiente responde con generosos donativos y parece como si existiera cierta competencia entre sus miembros por destacar en grado de patriotismo con la mayor cantidad donada. En este sentido, los antequeranos más patriotas son el marqués de la Peña de los Enamorados, que ofrece la cantidad de mil reales mensuales; y Diego Vicente Casasola y Manuel Solana, que individualmente costean seis plazas de soldados durante tres meses a razón de cinco reales diarios cada una de ellas[17] .

*****

Largas filas de eufóricos vecinos comparecen ante las autoridades con el propósito de sentar plaza en las unidades militares que van a formarse para reforzar los ejércitos españoles y el espectáculo generado por la muchedumbre, envuelto en una escenografía casi teatral, no debe diferir demasiado de la situación –no exenta de tintes cómicos– que García Blanco ve en Osuna:

«Los frailes, los clérigos y los varones todos (hasta José Guerrero, el tonto de entonces), todos se pusieron V de voluntario en las monteras, en los sombreros, en las capillas; todos se alistaron voluntariamente en defensa de la Religión y de Fernando VII»[18] .

Más de cuatrocientos antequeranos habían respondido a las llamadas de alistamiento y están a disposición de las autoridades cuando el corregidor Bernad recibe un oficio de la Junta Suprema de Granada, fechado el 30 de junio de 1808, con la orden de remitirlos a Alcaudete, localidad del Reino de Jaén, donde han de incorporarse al Ejército de Granada[19] . Después de enconados debates y discusiones sobre la autoridad local encargada de la conducción de los voluntarios, el contingente parte de Antequera el 10 de julio bajo la responsabilidad del regidor Francisco Delgado Palacios[20] .

Los voluntarios antequeranos llegan a Alcaudete en cuestión de pocos días y allí son entregados al teniente coronel Francisco Enríquez García, un experimentado militar –nacido en Alicante el año 1775– que poseía una dilatada carrera castrense porque había ingresado como cadete en el Regimiento Provincial de Ronda, cuando era un niño de doce años de edad, y tenía la experiencia bélica de haber participado en el bloqueo de Gibraltar, en la defensa de Ceuta y en la guerra de la Convención[21] .

Desde Alcaudete las tropas de Granada se dirigen a Porcuna, donde se unen a las de Sevilla para constituir el llamado Ejército de Andalucía que va a mandar el teniente general Francisco Javier Castaños. Allí los voluntarios antequeranos pasan la primera revista de comisario y conforman una unidad orgánica de infantería ligera con el título de Batallón de Cazadores de Antequera, que consta de cuatrocientos treinta y dos hombres en cuatro compañías encabezadas por los capitanes Rafael Almansa y Salvador Linares, y los tenientes Nicolás Rodríguez y Esteban Lloret. Al frente del cuerpo se sitúa una plana mayor integrada por el teniente coronel Francisco Enríquez, el sargento mayor Luis María Losada, y los ayudantes José Mancha y Francisco Mancha[22] .

El Batallón de Cazadores de Antequera es adscrito a la 1ª División del Ejército de Andalucía, mandada por el general Teodoro Reding de Biberegg, y encuadrado en sus filas interviene durante el mes de julio de 1808 en diversas acciones frente a las tropas napoleónicas desplegadas por tierras de Jaén[23] . El día 19, la unidad antequerana participa con trescientos cuarenta y tres hombres en la batalla más relevante de todas cuantas se libran en España durante el año 1808, la sonada batalla de Bailén[24] , y aunque no tiene un destacado protagonismo en los combates, presenta un balance final de dos muertos, tres heridos y cincuenta y nueve extraviados[25] . No obstante, el general Castaños elogia su papel en el parte correspondiente: «Los regimientos de infantería de la Reyna, Irlanda, Jaén de línea, Barbastro, Tercios de Texas y Cazadores de Antequera, han mantenido la reputación que siempre han merecido»[26] .

De los delirios patrióticos a las reacciones galofóbicas. El Semanario de Antequera

El II Corps d´observation de la Gironde, mandado por el general Pierre Dupont de l´Étang, había caído estrepitosamente en los campos de Bailén y los ecos de su derrota, que es victoria española, corre por Andalucía –y aun por España entera– como la pólvora inflamada. En Antequera se conoce el triunfal desenlace de aquella batalla la tarde del 21 de julio de 1808 –dos días después de haberse consumado– gracias a un oficio remitido por el corregidor de Lucena, Antonio de la Escalera:

«... el aviso dirigido con fecha de ayer por el corregidor de Lucena en que se expresa la favorable y plausible noticia de habérsele hecho al ejército de los franceses una general derrota, apresando al general Dupont, matando a su segundo y rindiendo prisioneros, los que habían quedado vivos, y entregando todos sus carros de municiones, armas y alhajas robadas»[27] .

La noticia produce una deflagración de júbilo general, máxime cuando se adivinaba una intervención celestial en la victoria española como respuesta a las rogativas públicas celebradas durante los días previos en las iglesias locales para el «exterminio de los execrables y pérfidos franceses, que nos han ocasionado las notables ruinas y vejaciones que hemos sufrido en estas Andalucías»[28] .

El triunfo de las armas españolas en Bailén es un hecho extraordinario, inesperado por todos ante el poderío militar napoleónico, que merece señaladas celebraciones. Aún no ha amanecido el viernes 22 de julio de 1808 cuando se canta un tedeum en la Colegiata de San Sebastián y se improvisa una procesión de la custodia en manos del preste por las calles aledañas con el acompañamiento de autoridades, prelados de las comunidades religiosas y algunos notables de la sociedad antequerana, portando hachas encendidas[29] . A esta manifestación, un tanto espontánea, sigue la celebración oficial en la tarde del día siguiente con una solemne misa en acción de gracias y grandilocuente sermón de Pedro Muñoz Arroyo, canónigo magistral y vocal de la Junta gubernativa antequerana[30] .

*****

El vecindario se explaya en regocijos y a ello contribuye el periódico fundado por tales fechas con el título de Semanario de Antequera, que encaja en la línea de la prensa patriótica y política eclosionada tras la declaración de guerra a Napoleón. Acaso el periódico antequerano siga el modelo editorial del Diario de Granada, órgano difusor de la Junta Superior del Reino homónimo, que se publica en la capital granadina desde principios de junio de 1808 bajo las siguientes formalidades:

«... el objeto de este Diario será: primero, manifestar de oficio las órdenes y providencias de la Junta Superior de Gobierno, [...]; segundo, dar noticia de algunos sucesos del Reyno, y aun de otros países, según lo permiten la falta de comunicación y otros impedimentos; y tercero, finalmente, insertar algunos discursos análogos a las circunstancias presentes»[31] .

Con toda certeza, el Semanario de Antequera se tira en la imprenta de la viuda e hijos de Juan Antonio de Gálvez, único establecimiento tipográfico existente en la ciudad, que ocupa una casa de la calle Lucena[32] . Nada se sabe acerca de la identidad de su redactor, aunque no resultaría extraño que tras el enigma se hallara el canónigo magistral Pedro Muñoz Arroyo, un intelectual de ágil pluma muy vinculado a Granada porque se había formado en el Colegio del Sacromonte, donde fue vicerrector y se hizo famoso «por su buen talento y brillante disposición para la oración sagrada»[33] .

Actualmente no se conservan ejemplares del Semanario de Antequera y lo único que se conoce sobre el contenido de sus páginas es un texto satírico alusivo a la batalla de Bailén, que «convertía a los franceses en toros lidiados por los garrocheros andaluces»[34] . Esta pista ha bastado para averiguar que se trata del texto publicado anónimamente poco después de acaecida dicha batalla y estampado en la imprenta de la calle madrileña de la Espada, gracias a un ejemplar que se ha localizado en la Biblioteca Nacional. Siendo este relato el único vestigio que mantiene viva la memoria del Semanario de Antequera, se cree interesante darlo a conocer:

«Noticia de la función de toros, executada en los campos de Bailén.

Aviso al público

Con el correspondiente y superior permiso de nuestro Augusto Soberano el Señor Don Fernando VII (que Dios guarde) se executará en los campos de Bailén una plausible y deseada función de toros franceses el día 19 de julio de 1808 (si Dios lo permite), siendo diputados de dicha función los Excelentísimos Señores Don Francisco Saavedra, de Sevilla, y Don Tomás Morla, de Xerez de la Frontera. Mandará y presidirá el campo Don Francisco Xavier Castaños. Los 18 toros serán 12 de la vacada del señor Dupont, general en gefe del exército de observación de la Gironda, con divisa negra; 5 de la del señor Vedel, grande aguilucho, con divisa amarilla (vacadas que en Austerlitz, Marengo y Jena han dexado bien acreditada su fama); y el que queda restante es de la casta famosa de Córcega, nuevo en esta plaza, que se halla en Madrid, el que será embolado, para que los aficionados se diviertan (si llegan a tiempo).

Los 17 toros de mañana y tarde serán lidiados por las cuadrillas de a pie al cuidado del famoso Coupigni, y Don Narciso de Pedro, que los estoquearán, ayudándoles el medio espada Don Juan de la Cruz Morgeon, que matará el último de la tarde. Picarán los 6 toros por la mañana Don Manuel de la Peña, con la famosa quadrilla de lanceros de Xerez, y por la tarde lo executarán Don Teodoro Reding con la esforzada caballería española.

Notas del Gobierno

Se manda de orden superior que persona alguna se esté en los tendidos, ni menos baxe a la plaza; se colocarán entre barreras para lo que ocurra, y sólo estarán en la plaza los operarios para la servidumbre de la función; igualmente se prohíbe el arrojar a la plaza qualquier cosa con que sean bombas, granadas, balas, &., con apercibimiento de que será tenido por traidor o cobarde el que así no lo hiciese.

Otro. Habrá prevención de fusiles, espadas y pólvora para si el público lo pide, a disposición del Magistrado. Unos días antes de la función estará el ganado en los parages siguientes: los de Dupont en Andújar, y los de Vedel en Despeñaperros, para si los manchegos gustan echar algún capeo; la noche antes de la función se hará el encierro, guiados por cabestros cojos y mancos; se dará principio a las tres de la mañana. Se hace saber al público que el famoso toro de la vacada de Córcega, que estaba en Madrid para correrse embolado, se ha escapado, pues a pesar de ser tuerto, bien veía lo que le había de suceder; pero ya van en su seguimiento, luego que esté encerrado se dará aviso por nuevos carteles para que el pueblo no pierda un rato tan divertido»[35] .

Este sarcástico relato, protagonizado por los principales actores de la batalla de Bailén, es un paradigmático exponente de la literatura de acción política empeñada en la guerra de pluma porque su objetivo no pretende suscitar la sonrisa de los lectores antequeranos, aunque lo haga, sino mantener los niveles de efervescencia patriótica y avivar los sentimientos de aversión a los franceses.

*****

El alborozo subsiguiente a la victoria de Bailén exacerba el patriotismo, y las manifestaciones antinapoleónicas degeneran en sentimientos galofóbicos hasta el odio más irrefrenable. En Antequera se vive una exaltación de alto voltaje, cuya desmedida intensidad electriza el ambiente y deriva en reacciones violentas contra las huellas francesas en la ciudad, huellas que entonces están encarnadas por el colectivo de emigrantes de dicha nacionalidad establecidos en el vecindario desde finales del siglo XVIII.

Sin embargo, las represalias no pasan de las meras amenazas porque la Junta gubernativa local había tomado precauciones para evitar males mayores. Seguramente habría corrido la sangre por las calles antequeranas sin la prudente medida, adoptada varias semanas antes, de proteger tras las rejas de la cárcel a los diecisiete vecinos de naturaleza francesa residentes en la ciudad[36] . En el caso contrario, algunos de ellos quizá no se hubieran librado de la venganza popular, aunque llevaran domiciliados en Antequera tanto tiempo como, por ejemplo, el hornero de origen saboyano Pedro Barta, con más de cuarenta años de residencia; el sastre Antonio Ayllon, con treinta y tantos; el también hornero Bernardo Morea, con treinta; y el criado gascón Juan Comas, con veintiocho[37] .

Pero la frustración de esta venganza fallida no disipa la euforia patriótica de los antequeranos, ya que perseveran en la satanización de los franceses y conservan intactas sus ansias de revanchismo. En la ciudad no se renuncia a los anhelos de represalias y la ocasión de materializarlos se presenta el 25 de agosto de 1808, más de un mes después de la batalla de Bailén, cuando se dispone a transitar por Antequera, camino de Málaga, una columna de prisioneros napoleónicos bajo escolta española[38] .

Advertido del tránsito de los franceses, el vecindario sale en masa a las puertas de la ciudad en estado de exaltación, sin que las autoridades locales –encabezadas por el corregidor Bernad y el alcalde mayor Vidal– pudieran disuadir a la gente de sus intenciones. Las actitudes beligerantes se acentúan por momentos y ante las primeras muestras de hostilidad, los prisioneros corren hacia un altozano inmediato al camino –acaso el cerro de la Veracruz– para escapar del avispero y salvarse de la carnicería. Algunos caen en el intento porque el ataque había roto con la velocidad del rayo. El coronel Joseph Vigier, jefe del Estado Mayor de la División Lefranc y uno de los prisioneros de la columna, refiere así el dramático episodio:

«Là, le peuple en fureur, se précipitant sur notre passage, nous ferme l´entrée de la ville, malgré les soins, au moins démonstratifs, de l´autorité, et nous sommes obligés de prendre position sur un mamelon situé au nort de la ville; plusieurs soldats éloignés de la colonne sont assassinés, les bagages pillés en grande partie»[39] .

Aunque el vecindario antequerano abrigaba sentimientos antinapoleónicos desde meses atrás, hay motivos para sospechar que este estallido hostil en las puertas de Antequera no correspondía a una manifestación espontánea, sino que necesariamente estuvo orquestada por alguien que conocía de antemano el tránsito de los prisioneros, cosa reservada a muy pocos. Sin pruebas resulta imposible acusaciones concretas, aunque el teniente Eugène Alexandre Husson, un oficial de veintidós años de edad –había nacido el 17 de marzo de 1786 en Reims– que escapó milagrosamente de aquel avispero, no se corta en señalar a los inductores espirituales de la revuelta vecinal:

«Le pillage fut général. Et qui l´ordonna? Des prêtres de cette religion catholique, mais intolérante, qui se portaient à de tels excès qu´eux, particulièrement, conduisaient les habitans, nous jettaient des pierres et nous injuriaient. Moi-même j´en reçus une qui me fut lancée par un franciscain»[40] .

El liderazgo del clero en la turbulencia popular contra los cautivos de Bailén no está probado y la denuncia del teniente Husson solo es una opinión, aunque no puede negarse la presencia de eclesiásticos exaltados –no carentes de poder de convocatoria– en Antequera que pudieran hacerlo. Tal es el caso de fray Manuel de la Virgen del Rosario, antiguo definidor general de los trinitarios descalzos, a juzgar por las palabras –palabras cargadas del más reaccionario fanatismo– que pronuncia el 6 de septiembre de 1808 en la Colegiata de San Sebastián para satanizar a los franceses:

«Nosotros hubiéramos visto incendiados nuestros pueblos, arruinadas nuestras casas, saqueadas nuestras riquezas, destrozados nuestros más preciosos muebles y un enemigo feroz, arrogante y orgulloso, insultar nuestras calamidades y reírse en nuestras desgracias. [...]. Todo esto hubieran hecho estos malvados herejes, estos pérfidos judíos, estos infames apóstatas, estos impíos ateos, estos insolentes libertinos, estas furias infernales con semejanza de hombres»[41] .

¿Qué reacción podía esperarse de un vecindario, predispuesto a la violencia, cuando oyera palabras tan envenenadas?

Bajo el gobierno de la Junta Suprema Central

De todos los acontecimientos acaecidos en Antequera durante el último trimestre de 1808 hay uno especialmente relevante, aunque no se trata de un hecho de carácter local, sino de un suceso político de trascendencia nacional.

Es el 8 de octubre de 1808 cuando, en el cabildo de la fecha, se da cuenta de una Real Cédula del Consejo de Castilla que anuncia una novedad de extraordinaria trascendencia en la tradición política española: la instalación de la Junta Central Suprema Gubernativa de los Reinos de España e Indias, una entidad surgida –según su decreto constituyente– «como depositaria de la autoridad soberana de nuestro amado rey Fernando VII hasta que le consigamos ver restablecido en todo el poder y esplendor de su augusta dignidad»[42] .

El 25 de septiembre de 1808 había quedado constituido en el Palacio Real de Aranjuez este órgano de gobierno centralizador –remedio contra el poder disperso de las numerosas Juntas provinciales– que acumula las competencias ejecutivas y legislativas del Estado bajo la presidencia de José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca, un magistrado octogenario de brillante trayectoria política y reconocido prestigio. La Junta Central, queriendo solemnizar su nacimiento, dispone celebraciones en todos los pueblos del reino y las autoridades de Antequera, aunque recelaran de este ensayo político, se ajustan a las órdenes dadas:

«... se hagan en todo el reino tres noches de iluminación con repique general de campanas por el feliz acontecimiento de la instalación de dicha Junta y nueve días consecutivos de rogativas públicas [...] para implorar de Dios la pronta restauración en su trono de nuestro amado rey Fernando séptimo, el acierto en las determinaciones de la misma Junta Suprema y la felicidad de nuestras armas»[43] .

El gobierno municipal antequerano no puede negarse a las celebraciones y para ello se comisionan a los regidores Diego Vicente Casasola y conde de Castillejo, junto con el jurado José Castañeda, para que concierten con el cabildo eclesiástico de San Sebastián la organización de los actos con la mayor pompa y esplendor[44] .

*****

Con este evento termina en el ámbito local antequerano el año 1808, un año intenso en todos los sentidos por la vertiginosa sucesión de acontecimientos –trascendentales en mayor o menor medida– que cambian la fisonomía de un Estado secularmente anclado en el tradicionalismo más estricto. Sucesos encadenados abren una brecha en la estructura estatal, por donde se desangra el Antiguo Régimen, y modelan una realidad de España desconocida hasta entonces. Por tanto, el año 1808 representa en el contexto histórico uno de los momentos más revolucionarios y rupturistas de la Era Contemporánea española.

[1] Archivo Histórico Nacional. Consejos. Legajo Nº 5511. Expediente 2. Real Decreto 19 marzo 1808.

[2] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 26 marzo 1808.

[3] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 12 abril 1808.

[4] Ibídem.

[5] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 21 abril 1808.

[6] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 20 agosto 1808.

[7] Solana Casasola y Obando, Manuel. Historia de Antequera. Antequera 1814. Manuscrito. Tomo II. Fols. 130 vto y 131.

[8] Ibídem. Fol. 131.

[9] «... es una bestia». Geoffroy de Grandmaison, Charles Alexandre. L´Espagne et Napoléon. Paris: Librairie Plon, 1908-1931. Tomo I. Pág. 130.

[10] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 29 mayo 1808.

[11] Gazeta Ministerial de Sevilla. Sábado 11 junio 1808. Nº 4. Pág. 30.

[12] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 30 mayo 1808.

[13] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Servicios. Justicia. Pleitos y querellas. Legajo Nº 354. Auto 9 julio 1808.

[14] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 31 mayo 1808.

[15] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 30 mayo 1808.

[16] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 31 mayo 1808.

[17] Solana Casasola y Obando, M. Op. cit. Tomo II. Fol. 129 vto.

[18] García Blanco, Antonio María. Historia compendiada de una larga vida. Resumen de un siglo. Personas, cosas y sucesos que han pasado y yo he visto en el siglo XIX (desde 1800, en que nací, hasta 1900, en que habré acabado ya). Osuna: Imprenta de M. Ledesma Vidal, 1887. Pág. 15.

[19] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Orden 30 junio 1808.

[20] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 10 julio 1808.

[21] Archivo General Militar de Segovia. Expediente del coronel Francisco Enríquez. Sección 1ª. E-374. Hoja de servicios, diciembre 1809.

[22] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Administración. Asuntos militares. Años 1793-1808. Legajo Nº 1229.

[23] Sañudo Bayón, Juan José, Stampa Piñeiro, Leopoldo y Arcón Domínguez, José Luis. Batallas campales de 1808. Valencia: Ediciones Simtac, 2008. Págs. 111 y 145.

[24] Archivo Histórico Nacional. Diversos-Colecciones. Legajo 76. Nº 1 (49). «Estado de la organización y fuerza de las Divisiones del Ejercito de los Reynos de Andalucía que combatieron gloriosamente en Baylén el 19 de julio de 1808».

[25] Fondo Documental «Arias de Saavedra». Caja Nº 35. Legajo 32. «Primera División. Relación de los muertos, heridos, contusos y extraviados que tuvieron los regimientos de dichas divisiones en las acciones de los días 16 y 19 del presente mes». Andújar 27 julio 1808.

[26] Fondo Documental «Arias de Saavedra». Caja Nº 35. Legajo 32. Parte. Cuartel general de Andújar 27 julio 1808.

[27] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 21 julio 1808.

[28] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 19 julio 1808.

[29] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Real Colegiata. Gobierno. Actas capitulares. Años 1808-1814. Libro Nº 32. Junta 21 julio 1808.

[30] Díaz Torrejón, Francisco Luis. «La exaltación de la victoria. Las celebraciones religiosas y profanas en los pueblos de Andalucía». Andalucía en la Historia. Julio-septiembre 2008. Nº 21. Pág. 29.

[31] Diario de Granada, publicado con aprobación del Gobierno. Prospecto. Granada 4 junio 1808.

[32] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Administración. Padrones y Censos. Legajo Nº 71. Carpeta 1. Padrón 1808.

[33] Moreno y Rodríguez, Agustín. Reseña histórico-geográfica de Vélez-Málaga y su partido. Málaga: Imprenta de M. Martínez Vieto, 1865. Pág. 169.

[34] García Galindo, Juan Antonio. «El periodismo antequerano (1808-1936): evolución y morfología». Revista de Estudios Antequeranos. Antequera, 1993. Nº 1. Pág. 89.

[35] Biblioteca Nacional de España. R/ 60248 (38). «Noticia de la función de toros, executada en los campos de Bailén». Madrid: Imprenta de la calle de la Espada, 1808.

[36] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Legajo Nº 3541. «Noticia de los franceses puestos en seguridad en la Real Cárcel por disposición de la Junta Superior de Gobierno de esta ciudad de Antequera» Antequera 11 junio 1808.

[37] Ibídem.

[38] Díaz Torrejón, Francisco Luis. Las águilas vencidas de Bailén. Éxodo de prisioneros napoleónicos por Andalucía (julio-diciembre 1808). Navarra: Foro para el Estudio de la Historia Militar de España, 2015. Pág. 307.

[39] «Allí, el pueblo furioso, precipitándose a nuestro paso, nos cierra la entrada a la ciudad, pese a las advertencias, al menos demostrativas, de la autoridad, y nos vimos obligados a posicionarnos en un cerro situado al norte de la ciudad; varios soldados apartados de la columna son asesinados, los bagajes saqueados en gran medida». Rapport adressé au duc de Feltre, ministre de la Guerre, par le colonel Vigier. Titeux, Eugène. Le général Dupont. Une erreur historique. Puteaux-sur-Seine: Prieur et Dubois, 1903. Tomo II. Pág. 631.

[40] «El saqueo fue general. ¿Y quién lo ordenó? Sacerdotes de esta religión católica, aunque intolerante, que se entregaban a tales excesos que, particularmente, guiaban a los vecinos, nos apedreaban y nos injuriaban. Yo mismo recibí una que me lanzó un franciscano». Husson, Eugène Alexandre. «Journal de la campagne que j´ai faite en Espagne et des malheurs que j´ai éprouvés pendant ma captivité dans les années 1808, 1809 et 1810, jusqu´à mon arrivée en Anglaterre, le 29 septembre 1810». Carnet de la Sabretache. París, febrero 1908. Nº 182. Pág. 105.

[41] Virgen del Rosario, fray Manuel de la. Oración fúnebre que en las solemnes honras de los militares difuntos en la jornada de Baylén y anteriores mandadas celebrar por la Ilustrísima Junta de la M. N. y M. L. Ciudad de Antequera el día 6 de setiembre de este año de 1808. Málaga: Luis de Carreras e hijos, 1808. Págs. 19 y ss.

[42] Archivo Histórico Nacional. Consejos. Legajo Nº 5522. Expediente 1. «Real Provisión del Consejo, por la qual, habiéndose verificado la instalación de la Junta Central Suprema Gubernativa de los Reynos de España y de las Indias, se mandan observar las resoluciones de ésta como depositaria de la autoridad soberana de nuestro amado Monarca el Señor Don Fernando VII». Madrid: Imprenta Real, 1808.

[43] Archivo Municipal de Antequera. Fondo Municipal. Gobierno. Ayuntamiento pleno. Actas capitulares. Libro Nº 1799. Cabildo 11 octubre 1808.

[44] Ibídem.

CAPÍTULO III
Al borde del precipicio: la crisis agudizada
Malos augurios

Los altos niveles de euforia patriótica, existente en el ánimo de los españoles desde la victoria de Bailén, disminuyen progresivamente porque acontecimientos inesperados resienten la esperanza colectiva. Los días de optimismo han pasado y la confianza en el definitivo triunfo sobre el poder napoleónico es un anhelo que se desvanece poco a poco. Los ejércitos imperiales campan a sus anchas por la España septentrional y la cascada de reveses españoles en Logroño, Zozorna, Gamonal, Espinosa de los Monteros, Tudela y Somosierra pinta de negro la realidad de las últimas semanas de 1808. El derrotismo se intensifica cuando Madrid, emblema de la resistencia antinapoleónica desde el 2 de mayo, sucumbe ante el empuje de Napoleón en persona: Madrid vuelve a ser la capital del Estado español bonapartista y desde el 4 de diciembre de 1808, día de su toma, una especie de depresión invade el alma de la España patriótica.

Antequera no es ajena al pesimismo nacional y los antequeranos presienten que se avecinan malos tiempos. La desesperanza mina los ánimos y hay quienes ven siniestros presagios en la primera noticia que llega a la ciudad en el recién estrenado año de 1809. Se trata de una noticia luctuosa que justifica la reunión del cabildo municipal, con carácter extraordinario, la tarde del 12 de enero de 1809 en el domicilio del corregidor Bernad de la calle Maderuelo: el fallecimiento del conde de Floridablanca, presidente de la Junta Suprema Central[1] . Este personaje había muerto el 30 de diciembre anterior en Sevilla, ciudad donde residía dicho órgano gubernativo desde su huida de Madrid justo antes de caer en poder napoleónico.

La muerte de la primera figura del gobierno nacional –gobierno sustitutivo de la acéfala monarquía borbónica– es un suceso de extraordinaria magnitud y sus exequias son una cuestión de Estado, como dispone la propia Junta Suprema Central:

«La muerte de este personaje célebre por tantos títulos y hasta por sus desgracias [...] ha llenado de aflicción a la Suprema Junta y será honrado con las lágrimas, la gratitud y la memoria de los españoles. S. M. penetrado de dolor con tan grande pérdida anuncia a las Juntas [...] para su noticia y gobierno que se acuerden las disposiciones convenientes para las honras que han de hacerse a S. A. S. como infante de Castilla»[2] .

En cumplimiento de las órdenes dadas, la municipalidad designa a tres diputados para que convengan con el cuerpo eclesiástico los pormenores de la función fúnebre[3] . El cabildo colegial de San Sebastián, convocado el 15 de enero de 1809, acuerda celebrar las exequias del conde de Floridablanca con «altar, coro, ministros y campanas», aunque advierte que no proporcionará la cera –conjunto de velas y cirios– sin la autorización de la Junta de diezmos del obispado de Málaga[4] .

Salvados los obstáculos, la función mortuoria se programa para el martes 24 de enero de 1809 con la mayor solemnidad y «túmulo que deberá ser como el de las honras del rey Dn Enrique, adornado con aquellas insignias que sean propias de los empleos que obtuvo dicho serenísimo señor difunto»[5] .

Mal empezaba el año 1809.

Dificultades económicas y subsistenciales

El pesimismo de los ciudadanos y los negativos efectos de la guerra agravan la crisis que padece España a principios de 1809 y potencian su desestabilización. Preocupantemente se advierten los primeros signos de una crisis de identidad política e ideológica porque el espíritu patriótico general, poco antes pétreo como el granito, presenta profundas fisuras. Muchos habitantes de la España ocupada por las tropas napoleónicas –tercio septentrional de la Península– están embargados por serias dudas y empiezan a sentir los efectos de una metamorfosis doctrinal a causa de una percepción mucho más benévola del régimen bonapartista. Cada día son más quienes desertan de sus convicciones patrióticas y asumen el afrancesamiento como una opción política, sin sentimiento alguno de apostasía.

En la otra punta de España aún es pronto para que la gente se plantee dilemas ideológicos y particularmente en Antequera las cuestiones que preocupan a principios de 1809 son de índole económica. La realidad local, ya desestabilizada por el cúmulo de tantas demandas, se agudiza en cuanto las circunstancias exigen un nuevo esfuerzo, como ocurre entonces con el proyecto de la Junta Suprema de Granada para la creación de un segundo Batallón de Cazadores de Antequera en la ciudad:

«... había acordado se levantase en ella el segundo batallón y que se erigiera en regimiento de línea, el 1º de Cazadores de Antequera, con tal que estos leales vecinos costeasen los ponchos, gorros, chaquetas, chalecos, botines y calzones»[6] .

La ejecución del proyecto de la Junta granadina es materialmente imposible porque la frágil economía local está sobrecargada y aunque el ayuntamiento tuviera la voluntad de colaborar, «sus recursos no están en igualdad con su patriotismo»[7] . Sin embargo, la municipalidad antequerana hace un esfuerzo y logra aportar veinte mil reales de los fondos de propios, lo que supone un notable sacrificio dado «la calamitosa situación en que se hallan sus caudales públicos»[8] . Esta cantidad, insuficiente a todas luces, de poco sirve para un fin tan costoso y la Junta de Granada no tiene más remedio que suplementar el dinero restante para hacer su proyecto realidad.

A primeros de abril de 1809, el nuevo Batallón de Cazadores de Antequera está organizado y sus ochocientos noventa y tres reclutas han entrado en campaña bajo las órdenes del teniente coronel Pedro Laínez[9] .

*****

La presión económica, derivada de tantas imposiciones, mantiene a la hacienda municipal de Antequera en un estado casi ruinoso, al borde de la quiebra. El raquitismo de las arcas concejiles ni siquiera permite el pago de las deudas atrasadas de años anteriores e insistentemente se suceden las reclamaciones de la Real Hacienda, entidad acreedora de elevadas cantidades.

Los débitos acumulados al erario estatal precipitan una larga sucesión de apremios, que solo logran aumentar la presión sobre la municipalidad porque sus cajas están en estado agónico, prácticamente vacías. El déficit es colosal porque el vecindario, necesitado y empobrecido, no puede corresponder a las contribuciones y poco o nada se ingresa en las arcas municipales. El ayuntamiento arrostra un grave problema de insolvencia, con deudas al Estado que asciende a más de cuatrocientos mil reales[10] .

Los apuros fiscales no son el único problema que condiciona la realidad de Antequera durante el año 1809, ya que hay otro asunto más preocupante aún: el desabastecimiento. El último año agrícola había sido pésimo y las exiguas cosechas, sobre todo las de cereales, no garantizaban la provisión del vecindario. Las autoridades ven con preocupación las escasas reservas del pósito local –establecido en un sólido edificio construido el año 1733 en la Cuesta de Barbacanas– porque hace meses que no entran granos en sus paneras.

La escasez propicia la especulación y hay quienes aprovechan la coyuntura para favorecerse del momento con lucrativos negocios. Algunos oportunistas –grandes y medianos agricultores locales– retienen las existencias de trigo en sus graneros con el fin de monopolizar el mercado, lo que dispara la inflación hasta el extremo de valorarse el trigo a precios desorbitados.

A mediados de marzo de 1809, las reservas locales de granos han acusado una curva descendente y la crisis subsistencial, que amenaza con días de hambruna, excita la codicia especuladora de los oportunistas. Las existencias de trigo en el pósito municipal y en la cilla eclesiástica están al límite y los almacenistas particulares, con un insaciable afán de lucro, tasan la fanega a conveniencia, como se denuncia ante el ayuntamiento:

«Los caballeros diputados del mes y del común manifiestan ser constante la falta de pan por razón de no entrar trigo a la alhóndiga y que en las casas particulares, donde se vende esta especie, lo dan a precio de cuarenta y cuarenta y un reales»[11] .

Los panaderos de los doce obradores existentes en la ciudad no pueden mantener el precio de venta del pan sin ajustarlo al exorbitante coste del trigo, y apelan al arbitraje del ayuntamiento para una proporcionada subida. Ante una reivindicación tan razonable, el cabildo autoriza el incremento de un cuarto –cuatro maravedíes– sobre el precio vigente de la pieza de una libra de peso, que es de siete cuartos[12] . Esta subida supone un aumento de más del catorce por ciento, algo que condena a muchos vecinos pobres a prescindir de este artículo de primerísima necesidad.

La gravedad de la situación no cede y durante las semanas siguientes la escasez agudiza la especulación. La municipalidad no consigue estabilizar el mercado y la evolución especuladora sigue al alza, de modo que a principios de mayo de 1809 la fanega de trigo alcanza la cotización de cincuenta reales[13] . En menos de dos meses, el precio de este cereal se había incrementado en una cuarta parte de su valor.

El encarecimiento conlleva una consecuencia instantánea sobre la economía del consumidor: la hogaza de una libra se paga a diez cuartos[14] , es decir, a un real y seis maravedíes. Semejante precio eleva el pan a la categoría de artículo inasequible para muchas familias, si se tiene en cuenta que un menestral –jornalero o artesano– no cobra más de cinco o seis reales de sueldo diario cuando trabaja, que no es siempre.

Ninguna medida de contención surte efecto porque la carestía impulsa la especulación durante los meses siguientes. El trigo escasea en los graneros cada vez más y las pocas existencias, pese a su ínfima calidad, se cotiza a precio de oro por culpa de acaparadores y oportunistas. La inestabilidad de los precios, siempre en tendencia ascendente, tiene el mayor alcance en agosto de 1809 cuando el importe del pan se dispara alarmantemente hasta los doce cuartos la pieza de una libra[15] . Desde que comenzara la crisis cerealista, su valor se había incrementado en más de un setenta por ciento.

A la vista de los hechos, cabe plantearse una cuestión: ¿Pudo el ayuntamiento gestionar esta crisis alimentaria de otro modo, que minimizara sus perniciosos efectos sobre el vecindario?

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