Kitabı oku: «Beatas»

Yazı tipi:

BEATAS

MUJERES ESPIRITUALES VALENCIANAS

EN LA EDAD MODERNA

HISTÒRIA / 185

DIRECTORES

Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)

Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)

Pedro Ruiz Torres (Universitat de València)

CONSEJO EDITORIAL

Pedro Barceló (Universität Postdam)

Peter Burke (University of Cambridge)

Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)

Roger Chartier (EHESS)

Rosa Congost (Universitat de Girona)

Mercedes García Arenal (CSIC)

Sabina Loriga (EHESS)

Antonella Romano (CNRS)

Adeline Rucquoi (EHESS)

Jean-Claude Schmitt (EHESS)

Françoise Thébaud (Université d’Avignon)

BEATAS

MUJERES ESPIRITUALES VALENCIANAS

EN LA EDAD MODERNA

Francisco Pons Fuster

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, de ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

© Del texto, Francisco Pons Fuster, 2019

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2019

© De la fotografía de la cubierta: Paco Alcántara, 2019

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Coordinación editorial: Juan Pérez Moreno

Ilustración de la cubierta: Retrato de la religiosa española Margarita Agulló,

Francisco Ribalta (ca. 1605)

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Iván García Esteve

Maquetación: María Aránzazu Pérez

ISBN: 978-84-9134-476-6

ÍNDICE

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

I. BEATA. UN MODELO DE MUJER

II. BEATAS, BEATERIOSYCONVENTOS

III. ORIGEN SOCIAL DE LAS BEATAS

IV. VIOLENCIA Y ACOSO SEXUAL

V. CONFESORES Y GUÍAS ESPIRITUALES

VI. VIRGINIDAD Y MATRIMONIO ESPIRITUAL

VII. EL SOBERBIO ADVERSARIO

VIII. EL TRABAJO ASISTENCIAL

IX. EL DOMINIO DEL CUERPO

X. EL ALIMENTO DEL ESPÍRITU

XI. LA CONTEMPLACIÓN ESPIRITUAL

XII. BEATAS ESCRITORAS

XIII. BEATAS Y BEATAS

XIV. BIÓGRAFOS Y CENSORES

XV. LA REALIDAD POLÍTICA Y SOCIAL EN LA VIDA DE LAS BEATAS

XVI. MILAGROS Y PROFECÍAS

BIBLIOGRAFÍA

AGRADECIMIENTOS

Después de muchos años dedicados a la investigación de las beatas, hemos contraído numerosas deudas con todos aquellos que nos han apoyado y que nos han permitido poder publicar nuestros trabajos. Es justo, pues, que se lo reconozcamos.

La idea de trabajar sobre la espiritualidad valenciana en la Edad Moderna partió de Antonio Mestre Sanchis como proyecto de tesis doctoral. En todo el tiempo que duró la investigación, no dudó en revisar todos y cada uno de los capítulos de la tesis doctoral que le iba remitiendo. Él fue el primero en animarnos a dedicar uno de ellos a las beatas valencianas. Posteriormente, hizo lo indecible para que la tesis se publicara. Hoy en día, la relación con él traspasa el ámbito académico.

Emilio Callado Estela ha querido contar conmigo siempre en todos los proyectos de investigación que ha dirigido y en las obras que ha coordinado. Muchos de mis trabajos no hubieran podido publicarse sin su ayuda desinteresada. Incluso ahora, cuando ya me dedico a la investigación histórica sin necesidad de aspirar a méritos académicos, sino simplemente por puro placer intelectual, sigue contando conmigo en sus proyectos y le agradezco su confianza.

Inmaculada Fernández Arrillaga quiso que colaborara en el grupo que lidera sobre las Mujeres en la Historia en la Universidad de Alicante y que ya ha dado como fruto algunas tesis doctorales y numerosos cursos de conferencias y publicaciones. También quisiera citar a Teófanes Egido, Javier Burrieza, Enrique García Hernán, Mónica Bolufer, Ricardo García Cárcel, Rosa María Alabrús, etc. Todos ellos buenos amigos.

A Pablo Pérez García y Juan Francisco Pardo Molero, de la Universitat de València, les agradezco su colaboración de hace muchos años y que ahora hayan querido leerse el manuscrito de mi libro, aportando sus juicios, siempre inteligentes.

La estrecha amistad con Víctor Latorres Zacarés, forjada en muchos años dedicados juntos a la docencia, me ha obligado a recurrir a él para limar problemas de lenguaje, expresiones y todo tipo de marcas ortográficas. Se lo ha tomado con pasión y ha emborronado el manuscrito de sugerencias de todo tipo. Gracias por ese trabajo siempre ingrato.

Queremos agradecer también las sugerencias que se nos han hecho llegar para mejorar determinados apartados y ampliar la bibliografía. Esperamos haber sabido hacerles caso y que ello haya redundado de manera positiva en el libro que ahora se presenta.

Muchas de las ideas que figuran en este libro han sido desarrolladas con anterioridad en los artículos que hemos escrito sobre las beatas en general o sobre alguna de ellas en particular y pueden leerse con mayor detalle en las obras donde fueron publicados. De todos esos trabajos damos cuenta en la bibliografía que figura al final del libro y en las notas a pie de página.

Escribir un libro es una tarea siempre compleja y que necesita disponer de tranquilidad y de la ayuda de las personas más cercanas. Esto ha sido posible por los ánimos y el cariño de mi mujer, Montserrat Hueso. Nadie mejor que ella es merecedora de que le dedique este libro.

INTRODUCCIÓN

Las mujeres encontraron a lo largo de la historia en la religiosidad y en su expresión más personal e íntima la espiritualidad, un refugio en el que podían desarrollar sus vivencias. Aprovecharon los espacios «intersticiales» y siempre «liminares» que se les dejaba como vías de «significación sexuada en femenino».1 No porque las mujeres tuvieron una predisposición especial para la piedad y la devoción, sino porque se las alejaba de cualquier otro espacio reservado en exclusividad a los hombres, y porque se les prohibía la voz y la palabra en los ámbitos públicos. Por tanto, no debe «sorprender que buscaran alternativas a una subjetividad que insistía en declararse ciega a la diferencia sexual». Y, en este sentido, la religiosidad y la espiritualidad, aunque fuera asumiendo las definiciones de la cultura dominante, fueron para ellas un refugio donde ejercer un control sobre su propio cuerpo e impregnar el lenguaje espiritual de carácter femenino.

La religión, en sus diferentes manifestaciones, ha sido un campo de investigación preferente para la historia de las mujeres. Si bien todavía resulta sorprendente para algunos la escasez de estudios que existen sobre este tema en España respecto a las publicaciones que se han llevado a cabo fuera.2 Pero esta afirmación, datada en los años noventa del siglo XX, necesita matizarse, pues desde entonces hasta ahora se han publicado un número abundante de trabajos centrados en el tema de la religión y de las mujeres.

En general, ha habido una predilección, dadas las numerosas biografías y autobiografías que se conservan, por el estudio de las mujeres que vivieron enclaustradas en los conventos, las monjas,3 y han proliferado menos aquellos centrados en las vidas de otras mujeres espirituales, las beatas. Incluso el conocimiento que tenemos de este mundo peculiar y enigmático ha estado basado fundamentalmente en la investigación de los fondos inquisitoriales, por lo que han predominado asociaciones que identificaban a las beatas como alumbradas,4 como embaucadoras,5 como heterodoxas o como endemoniadas.6 A pesar de ello, lo que de estos estudios ha quedado patente, por encima de los calificativos, de los juicios negativos de inquisidores e incluso de historiadores también convertidos en nuevos inquisidores, es el hecho de que las beatas fueron un fenómeno singular en la España moderna que merece, por tanto, estudiarse.7

En los siglos XII y XIII, en determinadas zonas de Flandes, del norte de Francia y del sur de Alemania surgió un movimiento asociativo de mujeres a las que conocemos con el nombre de beguinas. Llevaban «una vida cuasi-religiosa», pero se caracterizaron por su labor asistencial a los pobres y a los enfermos. Hacían «voto de castidad durante su vida dentro de la asociación, pero conservaban sus derechos a la propiedad privada y trabajaban para mantenerse».8

Beguinas y beatas son nombres distintos pero que identifican el mismo fenómeno espiritual, pues en ambos el hecho singular es que se trataba de mujeres que, solas o en comunidad, de modo libre y autónomo y sin estar voluntariamente sujetas a clausura, optaron por la vida espiritual y por la asistencia a los demás.9 Sin embargo, es curioso resaltar que la historiografía ha visto en general a las beguinas, a pesar de lo poco que se conoce sobre ellas, como un movimiento de identidad femenina, resaltando sus aspectos positivos, mientras que se ha cernido sobre las beatas, salvados los ejemplos singulares que están en la memoria de todos, como los de Catalina de Siena, Brígida de Suecia, Gertrudis de Helfta, etc., una imagen socialmente negativa, que se ha mantenido en el tiempo y que ha perdurado hasta la época actual.

La proliferación de beguinas y de beatas se produjo en dos épocas singulares de la historia que tuvieron en común la necesidad de reforma de la Iglesia. Un primer momento tuvo lugar en el siglo XIII con la aparición de las órdenes mendicantes. Pero estas se mostraron incapaces de albergar a tantas mujeres y muchas de ellas no hubieran podido entrar en los monasterios por falta de dote. Por tanto, se arbitraron fórmulas alternativas, como las terceras órdenes, como un intento evidente de controlar constitucionalmente el anhelo de los laicos, sobre todo de las mujeres, por vivir su vida religiosa y espiritual. No obstante, la época de entusiasmo dio paso en el siglo XIV a la de los recelos. Y aunque las mujeres estaban sujetas a las autoridades de su orden o a confesores, la Iglesia las consideró como un peligro que podía dar pie a todo tipo de herejías y no dudó en perseguirlas, asociándolas a los begardos o a otros movimientos considerados herejes. En muchos casos se las obligó a enclaustrarse.

Del mismo modo que en el siglo XIII, a finales del siglo XV y en la primera mitad del siglo XVI, los procesos de reforma en el seno de la Iglesia provocaron la división y dieron lugar a la reforma protestante. También se produjeron otros movimientos de reforma que, manteniéndose en la estricta ortodoxia de la Iglesia, aprovecharon el momento histórico, las menores restricciones, para propugnar un nuevo modelo de vida religiosa y espiritual que diera cabida a las ansias de perfección popular.10 En este sentido, la reforma de los descalzos en los franciscanos y en los carmelitas, la aparición de los jesuitas y las predicaciones de Juan de Ávila y de sus discípulos, de personajes singulares como Juan de Ribera, fray Luis de Granada y otros propiciaron una nueva oleada de piedad popular que encontró una gran acogida entre las mujeres. Las beatas, como sus anteriores homónimas las beguinas, vieron abiertas las puertas para manifestar sus ansias de perfección. Mujeres casadas, viudas o doncellas, en pueblos y en las ciudades de toda España, solas o en comunidad con otras mujeres, se mostraron fervorosamente dispuestas a seguir los consejos de sus confesores y guías espirituales.11 Pero, de nuevo, surgieron los recelos. La proliferación de beatas, junto con los problemas surgidos con los alumbrados de Toledo, con los grupos protestantes de Sevilla y Valladolid, etc., hizo que determinados sectores eclesiásticos y la Inquisición como adalid de ellos contemplara a las beatas como un peligro para el mundo eclesiástico, para el orden social establecido, lo que dio lugar a que se las persiguiera o que se las obligara al enclaustramiento. Sin embargo, aunque muchos beaterios y beatas acabaran transformándose en fundaciones conventuales, pervivió un número importante de beatas que, acogidas o no a las terceras órdenes religiosas, rechazaron el enclaustramiento y prefirieron mantener su libertad y autonomía, sustentándose de su trabajo, dedicándose a la asistencia social de pobres y de enfermos, aspirando a una mayor perfección, tratando de dominar su cuerpo con el rigor ascético y anhelando los espirituales deleites.

La presión de la Monarquía y de las autoridades eclesiásticas forzó a que muchas beatas y beaterios se transformaran en fundaciones conventuales. Ángela Atienza analizó con detalle este proceso que se realizó sobre todo en el último tercio del siglo XVI y en el siglo XVII y que fue un movimiento generalizado en toda España. Pero al mismo tiempo que demostraba esta transformación también constataba «que muchos beaterios y otras agrupaciones de mujeres que hacían vida religiosa en común sin guardar clausura nunca se plantearon esa posibilidad, sino que la rechazaron y se resistieron con fuerza a cada intento por introducirlas en un claustro e imponerles una vida de reclusión y encierro obligado».12 Y, aunque la presencia de mujeres que eligieron vivir de modo libre y autónomo pueda discutirse si fue generalizable o no, el hecho cierto es que pervivió este modelo de beata.

Resulta difícil cuantificar el número de beatas que no decidieron enclaustrarse, pero posiblemente eran muchas más de lo que pensamos. Las había en todos los pueblos, sobre todo en aquellos donde existían conventos de frailes, y en las ciudades donde se acumulaban las fundaciones conventuales masculinas de las principales órdenes religiosas. Había beatas franciscanas, dominicas, carmelitas, mercedarias, etc. Pero también hubo mujeres que no quisieron adherirse a las órdenes religiosas y que, vistiendo o sin vestir hábito o distinción exterior alguna, eran consideradas como beatas.

El objetivo de este libro es analizar el mundo de las beatas, pero de aquellas que nunca aceptaron enclaustrarse, que decidieron vivir solas o en comunidad con otras mujeres, manteniendo su libertad de movimientos y autonomía de vida, aunque sujetas a los superiores de las terceras órdenes religiosas en las que profesaron.13 Sus nombres figuran en las biografías que de ellas se escribieron o en las crónicas de las órdenes religiosas. Fueron mujeres religiosas que no tuvieron problemas graves con la Inquisición, por tanto, que no fueron encausadas por embaucadoras, por alumbradas, por endemoniadas o por heterodoxas. Algunas fueron criticadas por su forma de vivir, pero la mayoría consiguió el reconocimiento social en vida. Fueron utilizadas o se dejaron utilizar por confesores o clérigos para sus fines particulares o para prestigiar la orden religiosa a la que pertenecían, aunque, en ocasiones, ellas mostraron su voluntad de autonomía obligando a sus confesores a aceptar su modo de vida y sus experiencias espirituales. Fueron, sobre todo, mujeres que trabajaron para sustentarse o que administraron las rentas de que disponían, solidarias con los más necesitados, empeñadas en una vida de recogimiento, de ascetismo y también de contemplación espiritual. Con frecuencia, mujeres acosadas por padres, por maridos y por eclesiásticos. También fueron mujeres cautas e inteligentes, que sabían los peligros a los que podían exponerse, los límites que no podían traspasar y que hicieron creíbles sus experiencias espirituales a la sociedad, sobre todo a los varones eclesiásticos que no dudaron en considerarlas en muchos casos como sus madres y sus maestras espirituales y como ejemplos de santidad para otras mujeres.

Este libro es el resultado de numerosos años de estudio dedicados al mundo de las beatas. Es una respuesta, desde luego imperfecta, a un deseo por dar a conocer este mundo todavía poco conocido, si lo comparamos con los numerosos trabajos existentes sobre las monjas. En este sentido, María Helena Sánchez Ortega, que analizó con detalle la vida singular de la beata María Quintana, afirmaba hace ya un tiempo:

A pesar de los estudios recientes sobre los beaterios y las circunstancias de las beatas en España su vida cotidiana y su intimidad [se] nos sigue escapando en gran parte. Las razones para este desconocimiento son obvias. La beata que ha prestado sus votos en privado y que sigue el camino de la perfección de la mano exclusiva de su confesor pertenece a la multitud anónima y sus huellas son escasas.14

Las beatas no fueron mujeres reclusas en sus casas, sino que tuvieron proyección pública, pues en algunos casos sus experiencias espirituales en forma de arrobos y de otras mercedes espirituales los experimentaban en las calles o en las iglesias. Sin embargo, muchas de ellas circunscribieron al ámbito privado su modelo de espiritualidad y las experiencias ascéticas y los deleites místicos. Y, aunque su espiritualidad cabe considerarla ortodoxa, tuvo siempre un carácter transgresor, pues no eran más que mujeres que de modo libre e individual narraban a sus confesores o guías espirituales sus experiencias. Por eso tiene razón Cristina Segura cuando escribe:

Las mujeres que no se conforman con el cumplimiento externo de una vida religiosa donde su actuación queda reducida al sometimiento a unos ritos y pretenden una comunicación sentida e individualizada con el hecho sagrado son aquellas que ofrecen una espiritualidad creadora y con buenas dosis de transgresión. Esta transgresión puede no referirse a cuestiones doctrinales sino simplemente al deseo de estas mujeres de poder vivir libremente su religiosidad y expresar su pensamiento. El pensamiento, la palabra, no se corresponden con el modelo de actuación que es propio del género femenino. Estas mujeres están transgrediendo lo establecido por la sociedad patriarcal para ellas. Esta es una de las causas que hacen que la religiosidad femenina sea un tema importante que nos ofrece un ámbito en el cual puede rastrearse el pensamiento femenino libre y no sometido a la sociedad dominante. En las transgresiones a la doctrina oficial de la jerarquía eclesiástica es donde pueden encontrarse las informaciones mejores para lograr un acercamiento a la mentalidad femenina.15

Acercarnos a las beatas, intentar comprender este mundo de mujeres, escuchar su voz y sus palabras, aunque estuvieran siempre mediadas por los hombres, por sus confesores o biógrafos, han sido otras de nuestras pretensiones. Para ello hemos rehuido exponer las vidas particulares de cada una de las mujeres estudiadas. Además, en muchos casos, esta era ya una tarea que habíamos hecho con antelación, por tanto, lo que ahora se pretendía era insertar sus experiencias vitales en capítulos generales. Vaciar hasta donde fuera posible los relatos edulcorados de sus biografías, todo aquello atribuible a los adornos de los autores, para bucear en sus vidas, en su niñez, en sus anhelos tempranos de dedicarse a la vida espiritual, en las razones que las condujeron a prometer su virginidad, su ser esposas solo de Cristo, sus matrimonios, los acosos y malos tratos que sufrieron, las ayudas que recibieron, etc. También describir sus vidas de esfuerzos y de trabajos, el socorro que prestaron a los pobres y necesitados, sus combates con el enemigo infernal, su rigor ascético, sus meditaciones y visiones espirituales y, desde luego, su capacidad de transmitir por medio de la palabra las experiencias vividas. La oralidad como forma generalizada de transmisión de su pensamiento. En muchos casos, ignorancia para poder escribir; en la mayoría, cautela femenina. Dictar para que otros escriban, una forma sencilla de precisar su pensamiento y de rehuir los peligros con los que podían encontrarse. Y, finalmente, comprender que las beatas no eran seres aislados del tiempo que les tocó vivir. Acercarse, pues, a lo que como mujeres pensaban sobre lo que acontecía en su derredor y a cómo enjuiciaban determinados sucesos del tiempo histórico que les tocó vivir: guerras, problemas de la Monarquía, pugnas populares, etc.

Libres y autónomas, referidos a las beatas, son conceptos que deben limitarse exclusivamente a diferenciar a aquellas mujeres que decidieron voluntariamente no someterse al enclaustramiento conventual. Ello no quiere decir que no estuvieran tuteladas o subordinadas. No se trató de un mundo «sin mediaciones masculinas ni intromisiones eclesiásticas».16 Es evidente que confesores y guías espirituales fueron fundamentales en sus vidas y en muchas ocasiones ellas mantuvieron una absoluta lealtad hacia ellos. Con todo, las beatas defendieron su independencia, pues, aunque siguieran los consejos de aquellos, nadie les impedía que en la privacidad de sus casas llevaran a cabo su trabajo o mortificaran su cuerpo con el rigor que estimaran conveniente. Tampoco nadie les impedía que tuvieran visiones espirituales que, en muchos casos, los confesores aceptaban o escribían. Y, valiéndose de la libertad que disfrutaban, nadie les impedía tampoco ir a una iglesia u otra ni que visitaran o se relacionaran con quien quisieran ni que llevaran a cabo determinadas actuaciones en público o en privado. Incluso supieron aprovecharse de su libertad para cambiar de confesores cuando lo estimaban conveniente, para cambiar incluso su vida espiritual según sus intereses particulares, para conseguir una mayor proyección social. Jugaron a veces con los eclesiásticos para conseguir sus fines y, en algún caso, no dudaron incluso en reprenderles cuando no les gustaban los consejos que les daban.

A pesar de que las vidas de las beatas estuvieron mediadas por los hombres, por los eclesiásticos que giraban en su derredor, por sus estimados confesores; estos, curiosamente, las aceptaron como mujeres ejemplares. Las presentaron como modelos de mujeres espirituales, llegaron a denominarlas madres y maestras suyas y, lo que es más importante para nosotros, decidieron escribir sus biografías, lo que nos ha permitido conocerlas.

Podría argumentarse que la muestra de beatas escogidas para este libro es poco significativa y está hasta cierto punto contaminada por el poco espacio geográfico que abarca, pues la mayoría de ellas fueron beatas valencianas. Es posible que así sea. Pero tras la lectura de numerosas biografías, comenzando por las de Catalina de Siena, Brígida de Suecia, de las que figuran en historias generales, en libros y en artículos de investigación, creemos que los ejemplos aportados son perfectamente válidos y pueden servir como análisis general y como estudio comparativo. En general, el modelo de biografía fue siempre el mismo y, con mayor o menor énfasis en unos detalles o en otros, se repitió en toda la Edad Moderna.17 Incluso la época en que se escribieron no los modificó, pues da igual que se publicaran en el siglo XIV o en el XVI e incluso en el siglo XVIII.18

Cuando tantos ejemplos de mujeres, beatas o no, calificadas de alumbradas, endemoniadas, embaucadoras, heterodoxas, etc., se conocen por haberse publicado sus procesos inquisitoriales, quizás convenga preguntarse si en Valencia no se dieron casos similares a los que se han referido de Andalucía, Extremadura, Castilla y de otros lugares. La respuesta no es fácil, pero hace ya tiempo que intentamos clarificarla al analizar con detalle el tema de los alumbrados en Valencia.19 Por tanto, Valencia no permaneció ajena al ojo inquisidor. También aquí hubo grupos espirituales a los que la Inquisición calificó de alumbrados de modo genérico. Incluso, como podrá verse en las páginas que siguen, en alguno de ellos cobraron un gran protagonismo las mujeres. Más aún, se vieron afectadas incluso algunas beatas, como Margarita Agulló y Francisca Llopis, entre otras, aunque posteriormente ello no fuera óbice para que, pasado el tiempo de las persecuciones contra ellas, consiguieran reconocimiento social y fueran aceptadas como ejemplo de mujeres espirituales.

En cambio, entre los grupos de alumbrados valencianos del siglo XVII y de principios del siglo XVIII se citan los nombres de numerosas mujeres, como Gertrudis Tosca, Josefa Climent, Ángela Ferrer, Isabel N., Paula Arsilla, Margarita Tudela, Margarita Lizondo, Cecilia Navarro, Juana Asensi, etc., que fueron procesadas o se les tomó declaración en la Inquisición. Lo poco que de ellas se sabe muestra que fueron objetivos de clérigos disolutos, abarraganados y solicitadores que, amparados en una supuesta vida de perfección espiritual, lo que hicieron en realidad fue dar rienda suelta a sus pasiones naturales. En algunos casos, los eclesiásticos trastornaron las vidas de estas mujeres, amparados en la supuesta autoridad moral y eclesial que detentaban.20 Estas mujeres citadas no serán ahora protagonistas de nuestro trabajo, pero conviene tener en cuenta que sus casos existieron. Tampoco las beatas que ahora estudiaremos quedaron exentas en algunos casos de la vigilancia de las autoridades eclesiásticas y de la Inquisición.

1 María-Milagros Rivera: «Parentesco y espiritualidad femenina en Europa. Una aportación a la historia de la subjetividad», Santes, monges i fetilleres. Espiritualitat femenina medieval. Revista d’Història Medieval, 2, Valencia, 1991, pp. 30-31.

2 James S. Amelang: «Los usos de la autobiografía: monjas y beatas en la Cataluña Moderna», en Historia y género: las mujeres en la Europa Moderna y Contemporánea, Valencia, 1990, p. 191.

3 «No supone descubrir nada nuevo a los historiadores de la mujer el recordar que, entre las mujeres, las más y mejor estudiadas sean las monjas. Nada extraño tiene: son las mejor documentadas, y sus conventos los que de mejores fuentes disponen. Por otra parte, dada la realidad del sentimiento familiar de las órdenes religiosas, son las que han encontrado más hagiógrafos». Vid., Téofanes Egido López: «La madre Teresa de Jesús, mujer y espiritual en tiempo de Contrarreforma», en Javier Burrieza Sánchez (ed.): El alma de las mujeres. Ámbitos de espiritualidad femenina en la modernidad (siglos XVI-XVIII), Universidad de Valladolid, 2015, p. 27. Aunque las biografías sobre monjas proliferan en la actualidad, para una visión de conjunto véase Ángela Atienza: Tiempos de conventos: una historia social de las fundaciones en la España moderna, Marcial Pons, 2008; José Luis Sánchez Lora: Mujeres, conventos y formas de la religiosidad Barroca, FUE, 1988. En lo referido a las monjas de la América colonial, la bibliografía es extensa; para una visión amplia véase Beatriz Ferrús Antón: Heredar la palabra. Vida, escritura y cuerpo en América Latina, tesis doctoral, Universitat de València, 2005; Andrea Durán Cingleri: La mujer bajo el hábito. Estudio histórico antropológico en torno a la corporalidad en las monjas de la Hispanoamérica colonial, tesis doctoral, León (México), 2015.

4 Álvaro Huerga: Historia de los Alumbrados. I.- Los alumbrados de Extremadura (1570-1582), Madrid, 1978. Ibíd.: Historia de los Alumbrados. II.- Los alumbrados de la Alta Andalucía (1575-1590), Madrid, 1978. Ibíd.: Historia de los Alumbrados. IV.- Los alumbrados de Sevilla (1605-1630), Madrid, 1978.

5 Jesús Imirizaldu: Monjas y beatas embaucadoras, Editora Nacional, 1978.

6 Adelina Sarrión: Beatas y endemoniadas. Mujeres heterodoxas ante la Inquisición siglos XVI a XIX, Madrid, 2003.

7 La existencia de beatas o de mujeres espirituales en la Edad Moderna no es un fenómeno exclusivo de España, sino que se hace extensivo al resto de los países europeos y a la América colonial. Hay una abundante bibliografía sobre ello. Por citar solo dos obras, véase Antonio Rubial: Profetisas y solitarios. Espacios y mensajes de una religión dirigida por ermitaños y beatas laicos en las ciudades de Nueva España, México, 2006, y Susan M. Dinan y Debra Meyers (eds.): Mujeres y religión en el Viejo y el Nuevo Mundo, en la Edad Moderna, Madrid, 2002.

8 Margaret Wade Labarge: La mujer en la Edad Media, Madrid, 1988, pp. 150 y ss.

9 La «analogía beguinas-beatas es señalada por algunas fuentes hispanas, tanto medievales como modernas, sin que prosperase la primera denominación en Castilla, no así en la Corona de Aragón, debido a las connotaciones heréticas que se le habían ido adhiriendo». Véase Ángela Muñoz: Beatas y santas neocastellanas. Ambivalencia de la religión, correctoras del poder (ss. XIV-XVII), Comunidad de Madrid-Dirección General de la Mujer, 1994, pp. 7-8. Para el caso de los beguinos y beguinas de la Corona de Aragón sigue siendo de gran interés la obra de José Pou y Martí: Visionarios, Beguinos y Fraticelos catalanes (siglos XIII-XV), «Estudio Preliminar» de Albert Hauf i Valls, Instituto de Cultura «Juan Gil Albert», Alicante, 1996, pp. 18 y ss. y 130 y ss. También Pedro Santonja: «Mujeres religiosas. Beatas y beguinas en la Edad Media. Textos satíricos y misóginos», Anales de la Universidad de Alicante: Historia Medieval, 14, 2003-2006, pp. 209-228.

10 Véase André Vauchez: Les laïcs au Mogen Age. Practiques et expériences religieuses, Cerf Histoire, 1987, pp. 85 y ss. También Antonio Rubial: «El proceso de fortalecimiento del laico en la vida religiosa llevó, por un lado, a la reforma protestante y, por el otro, a una participación más supeditada a la Iglesia en el mundo católico». Antonio Rubial García: Profetisas y solitarios, ob. cit., p. 12. Pero la Reforma, entendida como un proceso histórico sin adjetivación diferenciada de protestante o católica, cabe entenderla como «el fruto maduro de un largo proceso de movilización de experiencias religiosas que, apoyándose en la primacía de la conciencia, la introspección y el diálogo directo con Dios venían situándose en los límites de la ortodoxia». Véase M.ª José de la Pascua: «Teresa de Jesús, cultura del yo e historia de mujeres», en E. Callado Estela (ed.): Viviendo sin vivir en mí. Estudios en torno a Teresa de Jesús en el V centenario de su nacimiento, Sílex, Madrid, 2016, p. 53.

11 Véase Isabelle Poutrin: Le voile et la plume, Casa de Velázquez, Madrid, 1995, pp. 27-50. También Allyson M. Poska y Elizabeth A. Lehfeldt: «Las mujeres y la Iglesia en la España de la Edad Moderna», en S. Dinan y D. Meyers (eds.): Mujeres y religión en el Viejo y el Nuevo Mundo en la Edad Moderna, ob. cit., pp. 54 y ss.

12 Ángela Atienza López: «De beaterios a conventos. Nuevas perspectivas sobre el mundo de las beatas en la España moderna», Historia Social, 57, 2007, p. 161.

13 También Antonio Rubial estudia a beatas que «vivían fuera de la comunidad, en su casa particular». Véase Antonio Rubial: Profetisas y solitarios, ob. cit., p. 31. En cambio, Ángela Muñoz, respecto a los beaterios, los define «como un lecho receptor de propuestas de vida religiosa alternativas al claustro y como una empresa de creación de espacios estrictamente femeninos. Un proyecto acometido por mujeres que disponían de sí mismas con autonomía y buscaban perpetuar ese autocontrol en marcos vivenciales cerrados a los hombres y con laxos vínculos de dependencia clerical». Véase Ángela Muñoz: Beatas y santas neocastellanas, ob. cit., p. 35.

14 M.ª Helena Sánchez Ortega: Confesión y trayectoria femenina. Vida de la venerable Quintana, Madrid, 1996, p. 129.

15 Cristina Segura Graiño: «La religiosidad de las mujeres en el medioevo castellano», Santes, monges i fetilleres. Espiritualitat femenina medieval. Revista Història Medieval, 2, Valencia, 1991, pp. 55 y 56.

16 Ángela Atienza López: «De beaterios a conventos. Nuevas perspectivas sobre el mundo de las beatas en la España moderna», art. cit., p. 145.

17 Ello no impide reconocer que «cada escritura tiene su tiempo, cada relato se impregna de un espacio, cada texto se gesta en relación con unas condiciones sociohistóricas». Véase Beatriz Ferrús Antón: Heredar la palabra, ob. cit., p. 44.

18 En el caso de las monjas ocurre algo similar: «Por eso todos los relatos de vida presentan una serie de topos comunes: nacimiento en el seno de una familia virtuosa, temprana vocación, ingreso en el convento contra la oposición familiar, frecuentes gracias místicas, envidias conventuales, tentaciones diabólicas…». Véase Beatriz Ferrús Antón: «Mayor Gloria de Dios es que lo sea una mujer… Sor María Jesús de Ágreda y Sor Francisca Josefa de la Concepción del Castillo (Sobre la escritura conventual en los siglos XVI y XVII)», Revista de Literatura, 2008, enero-junio, vol. LXX, núm. 139, p. 35.

19 Véase Francisco Pons Fuster: Místicos, beatas y alumbrados, Valencia, 1991.

20 Un análisis más detallado del tema de la solicitación puede verse en la obra recientemente publicada de Albert Toldrà Vilardell: Per la reixeta. Sol·licitació sexual en confessió davant la Inquisició de València (1651-1819), PUV-Universitat de València, 2017. También en Stephen Haliczer: Sexualidad en el confesionario. Un sacramento profanado, Madrid, 1998.

I. BEATA. UN MODELO DE MUJER

La imagen que socialmente se tiene hoy de beata es la de una mujer que frecuenta la Iglesia y que mantiene una estrecha relación con eclesiásticos, sean clérigos o frailes. Incluso, si se avanza un poco más en su caracterización, se vislumbra una mujer enlutada o que viste un determinado hábito, dada al chismorreo y casi siempre destacada en los oficios religiosos. En este estereotipo no cabe en un principio imaginar a una mujer joven y agraciada, pues cuadra más el de una mujer mayor, soltera o viuda, ajada por la vida y a la que esta poco o nada puede aportarle y que como alternativa se refugia en la Iglesia y en las múltiples celebraciones y ceremonias de cada día: novenas, rosarios, misas, etc. Pero este estereotipo o tipología de beata, transmitido, como veremos, en gran medida por el anticlericalismo del siglo XIX y su carga misógina, no se ajusta del todo a la realidad histórica, pues muchas beatas fueron mujeres jóvenes que desde temprana edad optaron por vivir una vida diferente y decidieron permanecer vírgenes, pues no contemplaban para ellas otro matrimonio que el espiritual, consagrando así su virginidad a Jesucristo.

El estereotipo pervive hoy, pues todavía existen beatas,1 y se ha mantenido casi inalterable a lo largo de los siglos. Tampoco se ha modificado en exceso su valoración social, pues en general persiste una percepción negativa de las beatas. No obstante, sí que han cambiado, aunque tampoco demasiado, las razones argüidas para justificar su descrédito. Por otra parte, el hecho de que también existieran beatos, aunque se aluda históricamente poco a ellos, ha permitido cargar las tintas del descrédito social con una evidente motivación de género, pues las beatas lo han sufrido por ser mujeres y por intentar como tales subsistir en una realidad social y religiosa básicamente constituida por los hombres, sean estos eclesiásticos, inquisidores, ilustrados, anticlericales, etc.

La historia de las mujeres ha estudiado de modo exhaustivo el papel de la mujer en la religión en cuestiones tan importantes como la escritura, el lenguaje de la corporalidad, las políticas de santidad, etc. No obstante, ahora, para comprender mejor la imagen social negativa que ha pervivido sobre las beatas, aunque sea tangencialmente, aludiremos a algunos trabajos que han centrado el debate en torno a dos conceptos: la feminización de la religión y la secularización, dependiendo del mayor o menor influjo que ejerza sobre los historiadores su formación o dependencia de la historia social o de la historia cultural.2 De forma sintética, los investigadores pensaban que con la modernidad, a partir del siglo XVIII, se habría iniciado un proceso de secularización generalizado que en España tuvo sus rasgos peculiares. Sin embargo, los estudios referidos al siglo XIX, centrados en la historia social y con metodología preferentemente cuantitativa, mostraban que «el cristianismo decimonónico adquirió un carácter más femenino que en siglos anteriores», cuya causa cabía atribuir a fenómenos como «el aumento de la práctica religiosa entre las mujeres», mayor número de mujeres «en el seno de la estructura eclesiástica» y presencia de ciertos rasgos de una piedad más femenina, así como «la vinculación discursiva de la mujer con la religión». Todo ello hizo que se aludiera a un proceso de feminización de la religión, si nos atenemos al mayor cumplimiento de las mujeres con los actos litúrgicos básicos, como el cumplimiento pascual o la asistencia a misa.

La tesis de la feminización de la religión fue cuestionada al ponerse en duda la afirmación de la mayor religiosidad de las mujeres, dejarse de lado a los hombres y considerar otros factores no estrictamente religiosos como la ambición de las mujeres por hacer una carrera profesional, huir de una vida matrimonial poco grata y, sobre todo, el hecho de que la mujeres tuvieran una mayor presencia en los actos religiosos, lo que no era estrictamente una novedad, pues podía remontarse incluso a la Edad Media y había tenido continuidad en los siglos posteriores. Por otra parte, otras investigaciones evidenciaban que desde el siglo XVII las mujeres habían sido mayoritarias en todas las confesiones religiosas estadounidenses y que lo que se produjo en el siglo XIX fue simplemente un incremento de esta presencia mayoritaria de las mujeres en detrimento de los hombres.3 Desde este punto de vista, si la tesis de la feminización religiosa surgió «como respuesta a la teoría clásica de la secularización» por el simple hecho de que «la religión había resistido a la modernidad» gracias a las mujeres, ahora se invirtió el planteamiento, pues la tesis de la feminización religiosa «confirmaba la teoría de la secularización» y «la religión había quedado reducida durante la modernidad en la esfera privada y femenina, considerada de menor importancia al compararla con la esfera pública, secular y masculina».

En el caso específico de España, a pesar «de los fuertes embates sufridos por la iglesia católica durante la revolución liberal», esta mantuvo su posición de privilegio durante gran parte del siglo XIX, pues continuó siendo la religión oficial y contó con escasa competencia de otras confesiones religiosas. Sí que es verdad, en cambio, que la religión y la Iglesia católica española tuvieron en este siglo en el liberalismo progresista y republicano a sus mayores enemigos por el peso del anticlericalismo en estas opciones políticas. Y, precisamente, las mujeres en general y más particularmente las beatas fueron objetivo singular de los ataques anticlericales a finales del siglo XIX y principios del siglo XX al considerarse la facilidad con que eran subyugadas por el clero debido a su «carácter débil y crédulo», a su falta de educación y a ser propensas a la superstición y el fanatismo.4 De este modo, el anticlericalismo de los republicanos y de otros sectores de la izquierda ofrecía, sin pretenderlo o conscientemente, una imagen «dicotómica» con connotaciones de género, pues en su defensa del laicismo vinculándolo «al progreso, al triunfo de la razón, de la secularización y la modernidad, ideas de raíz ilustrada que sistemáticamente se atribuían al hombre en el pensamiento liberal», lo oponían a la tradición, la Iglesia y el clericalismo, valores que se asociaban más a las mujeres.5

La mayoría de los artículos de la prensa anticlerical les pedían a las mujeres que se liberaran del yugo clerical y que educaran a sus hijos «en los ideales de la modernidad». Incluso en el hogar, lugar reservado específicamente a la mujer, «según el principio de la división de esferas típico de la sociedad burguesa», la única voz que influía no era la del marido sino la del confesor, pues este ejercía un control moral sobre aquel, «a través de la esposa en cuestiones relacionadas con la intimidad sexual de la pareja y la educación de los hijos».6

No todas las mujeres sufrían por igual la crítica anticlerical, pues solo aquellas que por sus estrechos contactos con el clero adquirían la condición de beatas eran sobre las que específicamente cargaba de modo sistemático y negativo «el discurso republicano».7 Estas, presentadas como «devotas caracterizadas por sus desmedidas inclinaciones religiosas», personificaban «los aspectos negativos y estériles de una religión excesiva, hipócrita y artificial, fijada en las apariencias, en los formalismos y en las devociones exageradas». Incluso se les atribuían perfiles de crueldad y de comportarse «despiadadamente con sus allegados», fundamentándose su beatería en la sublimación de «desdichas vitales» como matrimonios desgraciados. En otras caracterizaciones se las presentaba como mujeres sexualmente insatisfechas y reprimidas, pero capaces de superar su tara al tener la posibilidad de «conocer el amor-pasión por un hombre».

A finales del siglo XIX, la crítica anticlerical republicana adquirirá una nueva dimensión, al ser consideradas las beatas como amenaza para las identidades políticas y de género construidas por los republicanos. Según María Pilar Salomón, el hecho de que existiera un debate en la esfera pública sobre los derechos de las mujeres, que estas tuvieran mayores posibilidades educativas o profesionales, o que llegaran aquí los ecos sobre las actividades del feminismo internacional o los logros profesionales de algunas mujeres en el extranjero, influyó «en algunos argumentos que se manejaban por entonces para criticar a las beatas, en la medida que interpretaban sus actividades fuera de casa como una forma de cuestionar el modelo de domesticidad y como una amenaza para las identidades políticas y de género construidas por los republicanos».8

De misoginia y antifeminismo cabe hablar, según la autora antes citada, a la hora de aludir a las feroces críticas de que eran objeto las beatas, representadas como mujeres «simples», «bobas», «malas madres», que engañaban a sus maridos para huir con algún eclesiástico. Incluso se las caracterizaba de modo específico como mujeres altas y delgadas, chismosas y soplonzuelas, roñosas, de comunión diaria, madres desnaturalizadas que abandonaban a sus hijos… También eran objeto de imágenes referidas a su sexualidad dependiendo de si eran viejas o jóvenes; seres, en definitiva, objetivo «sexual pasivo del cura», o caracterizadas por ser fogosas y libidinosas. Por tanto, se cuestionaba su «autonomía espiritual e intelectual» como mujeres. Y, en cuanto al antifeminismo, si bien pueden existir recelos a la hora de plantear esta cuestión, ya que las beatas «no fueron un símbolo de la lucha feminista», puede aludirse no obstante a ello, al atribuirles las críticas contra las beatas comportamientos «que rompían con la imagen de mujer débil, sumisa, pasiva y piadosa en extremo, para representar la de una mujer más activa, incluso desde el punto de vista sexual, con dotes organizativas y típicamente masculinas y situada al lado del enemigo clerical».9

De un modo u otro, las críticas anticlericales de finales del siglo XIX y principios del siglo XX contra las beatas reforzaban el estereotipo social que de ellas existía y lo trasplantaban. No obstante, entre tantos calificativos negativos que contra las beatas se lanzaban conviene retener aquellos que aludían a la amenaza que estas mujeres planteaban para el orden social por las actividades que llevaban a cabo fuera de sus casas, por su estrecha relación y frecuente trato con los hombres, aunque fueran eclesiásticos, y porque, con su forma de vida, estaban cuestionando el modelo de domesticidad femenina propio de la época. No debe olvidarse tampoco la autonomía espiritual e intelectual de que hicieron gala, a pesar de la dependencia y aparente sometimiento que mantenían con los hombres eclesiásticos, ya fueran confesores, maestros o guías espirituales de ellas.10

A finales del siglo XVII y a lo largo del siglo XVIII las ideas de la Ilustración inician la modernidad; si bien, en el caso de España, la Ilustración tuvo características peculiares, pues no significó una alteración del modelo de organización social vigente,11 ni tampoco posibilitó cambio alguno en el modelo religioso.12 Es evidente que algunos ilustrados se plantearon la necesidad de una reforma de la Iglesia, de acabar con una forma de religiosidad exterior y formalista donde tenía cabida todo tipo de devociones, algunas de ellas respaldadas en muchos casos por las autoridades, y propias de una sociedad donde imperaba todo tipo de supersticiones. Pero los ilustrados españoles, muchos de ellos católicos practicantes, no fueron anticlericales, aunque aludieran al excesivo poder del clero y culparan a los religiosos del fomento de la superstición.13 Por tanto, no modificaron los planteamientos religiosos ni alteraron en este sentido la relación que las mujeres mantenían con la Iglesia. Incluso se percibe una continuidad en los planteamientos que venían desde tiempo atrás, sin importar demasiado si estas mujeres eran monjas o simplemente beatas.

En una sociedad totalmente sacralizada, donde el mundo eclesiástico estaba dominado por los hombres desde las más altas jerarquías hasta el más humilde beneficiado de alguna parroquia o un simple lego conventual, las mujeres ocupaban un espacio reducido. Así, utilizando las cifras aportadas por Domínguez Ortiz referidas al año 1747 y eliminando de ellas las referidas a colegios y hospitales, se constata que de un total de 165.663 personas que componían la estructura eclesiástica española solo un 20,14 % eran mujeres.14 Es decir, monjas reducidas mayoritariamente al silencio al ser forzoso su enclaustramiento. Pero si se acepta como veraz el fenómeno de la feminización religiosa específico del siglo XIX, que comporta una mayor presencia en la Iglesia de las mujeres que de los hombres en los actos religiosos, en el siglo XVIII, el porcentaje anterior referido a las mujeres debería incrementarse bastante y en él cabría incluir a las beatas, pertenecieran estas a Terceras Órdenes o simplemente fueran mujeres que mantenían un vínculo estrecho con la Iglesia. Por otra parte, la imposibilidad de cuantificar el número de beatas no impide tener en cuenta otro hecho: el número excesivo de mujeres que habitaban en los conventos se convertía en una barrera para que otras mujeres pudieran entrar en ellos. No obstante, también conviene dejar claro que muchas beatas en ningún caso se plantearon enclaustrarse y prefirieron vivir más libremente, a pesar de las dificultades con las que a veces se encontraron por haber optado por esta forma de vida.

En el siglo XVIII se produjo un claro movimiento en defensa de las mujeres y de la igualdad de los sexos en el que participaron desde religiosos como Benito Feijoo, escritores como Cadalso, Moratín, Jovellanos, López de Ayala y mujeres escritoras como Josefa Amar o Inés Joyes…15 No obstante, en el ámbito religioso se dieron pocos cambios y se siguió proyectando el mismo modelo de mujer de los siglos anteriores, incidiéndose, por una parte, en las vidas de santidad o de excepcionalidad de algunas mujeres, o arremetiendo contra ellas y culpándolas de los males que aquejaban a la humanidad desde el original pecado de Eva.

En cuanto a las vidas de santidad de las mujeres, los biógrafos que escribieron en el siglo XVIII mantuvieron el mismo estereotipo de mujer de los siglos anteriores, fueran estas mujeres monjas o beatas. Las razones que impulsaron a los hombres a escribir las vidas de estas mujeres fueron diversas: propiciar procesos de santidad, cumplimiento de promesas, encargos con el fin de prestigiar a una determinada fundadora o a la orden religiosa a la que perteneciera, favorecer una nueva institución religiosa con la excusa de que sus miembros fueron los que avalaron la santidad de vida de alguna mujer. Así, la vida de la beata Gerónima Dolz fue escrita por el jesuita Blas Cazorla en 1744 en cumplimiento de un voto; la de la beata Luisa de Carlet en 1749, por José Ortí y Mayor por encargo del Oratorio de san Felipe Neri; la de la monja Gertrudis Anglesola en 1743 por José Ortí y Mayor, por encargo del monasterio de la Zaidía de Valencia; la de Josefa de Santa Inés (beata de Benigánim) en 1715 por Tomás Tosca, para auspiciar su proceso de santidad, y la de Beatriz Ana Ruiz en 1744 por fray Tomás Pérez, para prestigio de la orden mercedaria en la que ella estaba integrada como beata. Todas fueron escritas en el siglo XVIII, cuando supuestamente las ideas de la Ilustración habían ya permeabilizado a determinados sectores de la sociedad española y cabría pensar que los modelos de mujeres espirituales heredados de las centurias anteriores podrían dar paso a otros modelos de mujer. Tampoco resulta descabellado pensar que con la publicación de estas biografías de mujeres espirituales se pretendiera suministrar a la sociedad de la época un modelo de mujer determinado. Una mujer devota, sumisa, siempre sujeta a confesores, alejada de celebraciones festivas, de bailes, del teatro, del carnaval, etc.

Los biógrafos de las mujeres fueron siempre hombres y para construir sus vidas se valieron de los escritos de otros hombres, fueran confesores o guías espirituales que fueron anotando o recopilando noticias sobre ellas. En aquellas es fácil descubrir a mujeres que fueron capaces de mantener su independencia personal, su autonomía en la forma de comportarse, su libertad de movimientos, su capacidad para hacer creíbles sus experiencias espirituales, su juego particular con los intereses de los hombres, su voluntad de ser protagonistas de sus propias vidas sin aceptar las injerencias de los otros, etc. Ideas similares a las que anteriormente hemos visto se destacaban de las beatas a finales del siglo XIX y principios del siglo XX y, donde también ahora, en el siglo XVIII, se las miraba con recelo por la supuesta amenaza que planteaban para el orden social y religioso establecido. A pesar de todo conviene no perder de vista que el supuesto protagonismo de estas mujeres, aunque era importante para la época y evidenciaba la visibilidad social que algunas consiguieron, quedó circunscrito en muchos casos al ámbito de lo privado y, por tanto, no consiguieron alterar el espacio público del poder religioso que prosiguió detentado por los hombres.

La eclosión de mujeres espirituales, de beatas, se produjo en España en los siglos XVI y XVII. Una de las razones que la impulsaron fueron los procesos de reforma que se llevaron a cabo en el siglo XVI en determinadas órdenes religiosas, sobre todo en el seno de los franciscanos. También influyó la aparición de nuevas órdenes religiosas como, por ejemplo, los jesuitas o los carmelitas descalzos. Y no menor importancia ejerció el magisterio de personajes singulares: Luis de Granada, Juan de Ribera, Pedro de Alcántara, Teresa de Jesús y Juan de Ávila y sus discípulos, etc. Finalmente, también la difusión de la reforma luterana mostró su capacidad de cautivar a las mujeres en determinados círculos andaluces y castellanos.

El protagonismo de las mujeres en el mundo religioso supuso un evidente peligro sobre el orden establecido, y determinados sectores del mundo eclesiástico buscaron con ahínco la forma de cercenarlo, utilizando para ello su descrédito basado casi en exclusividad en un argumento simple: eran mujeres, mujeres ignorantes y sin letras, mujercillas y, por tanto, seres incapaces por su propia condición femenina de arrogarse cualquier protagonismo en materia espiritual; es más, la Iglesia las condenaba al anonimato y al silencio al prohibirles el uso de la palabra en materia doctrinal. Todas las cautelas que se adoptaron fueron vanas, incluida la rigurosa intervención del Santo Oficio, para tratar de callarlas.

La nomenclatura masculina que las define es bien expresiva antropológicamente: «mujercillas», «manadas», «brujas santas», «hembras sacerdotisas», «boberías de mujeres», «señoras de falsas devociones», «gente de muy poco talento de virtud», «éstas tales», «una de éstas», etc. inician la lista de palabras y modos de referencia en la que los términos despectivos alternan con diminutivos irónicos y con el sarcasmo del contrapunto para desvalorizar a las mujeres. «Ciertas mujercillas» que «buscan cosas más altas» de su «estado y saber» no se dan cuenta de que arrobos y visiones no son para ellas; los éxtasis no van con «personas de flaca complexión como lo son las mujeres». «Para mis oídos» confiesa un fraile conocido «fue cosa muy escandalosa ver que una gente simple y de tan poco uso en las cosas de virtud tuviesen señales tan poderosas de santidad». Sorprende a los doctos «la señora beata y… la mujercilla que se olvida de la rueca, para presumir de leer en san Pablo»; «que las mujeres tomen su rueca y su rosario y no curen de más devociones», etc.16

Las prevenciones sobre las beatas, sobre las mujeres que pretendían con su forma de vida religiosa y espiritual adquirir protagonismo en la Iglesia y en la sociedad, existieron siempre. Incluso ni las mujeres reconocidas oficialmente por la Iglesia, como santa Catalina de Siena, se libraron de ellas. En España, las denuncias contra estas mujeres fueron frecuentes en los siglos XVI y XVII. A los ejemplos más conocidos de Isabel de la Cruz entre los alumbrados castellanos de 1525 o de María de Santo Domingo (beata de Piedrahita),17 por citar solo dos, casos de las mujeres que fueron protagonistas en los grupos protestantes de Sevilla y Valladolid,18 habría que añadir el numerosísimo grupo de mujeres, de beatas, que hubo en Extremadura cuando comenzaron la pesquisas del dominico fray Alonso de la Fuente en 1570 y que tuvieron continuidad en Andalucía (Úbeda y Baeza sobre todo) entre 1575-1590 y en Sevilla entre 1605-1630.19 También en el siglo XVII los trabajos de Adelina Sarrión sobre el tribunal de la Inquisición de Cuenca muestran la presencia de numerosas beatas.20 En Extremadura, algunos testimonios aluden a miles de mujeres beatas, cifra verosímil pues, según otras fuentes, solo en la ciudad de Baeza se afirma que había dos mil beatas, «una plaga de beatas».21

Las beatas, las mujeres espirituales, de hacer caso a las fuentes y a las interpretaciones de algún investigador, fueron una auténtica plaga a lo largo de la historia, una «de las constantes más endémicas de la espiritualidad cristiana». Un mal endémico no se sabe bien si por el hecho de ser beatas o simplemente por ser mujeres espirituales singulares en un mundo dominado por los eclesiásticos. Con todo, mal endémico, porque en unos casos «se trataba de neurosis agudas», ya que al producirse «en sujetos de aguda sensibilidad religiosa, los síntomas daban pie a juicios disparatados, y a remedios más disparatados aún», y en otros casos «se trataba de simple vanidad femenina, que explotaba un ambiente social propicio a lo maravilloso y estupendo». En el fondo, eran mujeres «ociosas», «santas superfluas», siempre en la órbita de algún clérigo, «vestidas de sayal», que «si no escalaban verticalmente el cielo, ganaban callejeando el pan de cada día».22

Cualquier mal endémico, y las beatas eran una plaga, había que arrancarlo de raíz o someterlo. Uno de los medios utilizados fue desacreditarlo, y en este sentido una posibilidad era la de equiparar el nombre de beata al de alumbrada. De este modo, si alumbrada era equivalente a persona incursa en la herejía del alumbradismo, las beatas fácilmente se convertían también en herejes.

Las beatas se convirtieron en un problema a finales del siglo XVI para la propia Inquisición por dos razones fundamentales: porque eran mujeres «y andan en hábito de beatas y viven como tales» y porque lo hacían «sin estar en comunidad y clausura, y que algunas de ellas dan obediencia a algunas personas». Por tanto, eran mujeres que escapaban al control de la jerarquía eclesiástica por la forma peculiar con que vivían su religiosidad. Alteraban con su forma de vida el orden religioso. De momento, la propia Inquisición, escamada por el fenómeno, pidió en 1575 consejo a todos los tribunales de distrito sobre el modo de acometer el tema de su proliferación.

Y porque se entiende que de permitirse lo susodicho se ha seguido y siguen algunos inconvenientes y adelante podrían resultar otros mayores, si no se remediasen con tiempo, consultado con el Reverendísimo Señor Inquisidor General, ha parecido que vosotros, señores, nos aviséis qué inconvenientes resultan de permitir que las dichas mujeres anden en el dicho hábito de beatas sin estar encerradas y de que vivan en casas de por sí y apartadas de la comunidad y dar la dicha obediencia como lo hacen, y si sería bien prohibir esta manera de vivir, y qué orden os parece se podría tener para ello, para que, visto vuestro parecer, se provea del remedio que más convenga.23

El 17 de diciembre de 1575, los inquisidores de Sevilla respondieron a la circular del Consejo de la Inquisición. Para ellos se podían diferenciar tres géneros de beatas. Las que pertenecían a alguna Tercera Orden llevaban hábito recibido de sus prelados y hacían profesión y promesa de obediencia. Otras vestían hábito sin haberlo recibido de nadie, por lo tanto por voluntad propia, sin estar sometidas a nadie por voto de obediencia. Finalmente, las que vistiendo hábito o un simple vestido honesto prometían obediencia a sus confesores o a otras personas eclesiásticas. Los tres tipos de beatas referidos vivían en sus casas sin pertenecer a ninguna comunidad y sin estar sujetas a clausura.24

Al menos formalmente, las beatas no planteaban más problemas que el de ser mujeres que dedicaban parte de su vida a la religiosidad y que vivían con una gran libertad y autonomía. Incluso, como refieren los inquisidores, muchas estaban sujetas a los prelados de la Tercera Orden a la que pertenecieran o a sus confesores. Por tanto, eran ellos los encargados de guiarlas espiritualmente y los que les facilitaban, dada su virtuosa forma de vivir, el acceso a la comunión frecuente. Pero, por encima de todo, los inquisidores detectaban un grave problema: las beatas eran mujeres que vivían solas en sus casas sin estar sometidas a clausura, y esto es lo que las hacía singulares, pues con su forma de vida escapaban al control de la jerarquía eclesiástica. Eran mujeres libres, que de modo libre optaban por vivir como beatas, y ello provocaba miedo en los hombres, en los eclesiásticos, pues alteraban con su comportamiento el orden social y religioso; por tanto, era necesario someterlas a clausura.

Los inquisidores sevillanos no se detuvieron solo en perfilar los tres géneros o tipos de beatas, sino que quisieron también dar su opinión sobre su modo de vida y lo que habría que hacer con ellas.

De las primeras reconocían que la mayoría «viven honesta y religiosamente», aunque destacaban el hecho de «vivir fuera de clausura y comunidad». Y añadían, apelando a su experiencia, que las beatas

de ordinario andan vagando por los pueblos donde moran, con más soltura que las otras mujeres de su cualidad, y por traer aquel hábito se atreven a entrar y salir donde les parece; y algunas veces con escándalo y no buen ejemplo, dejan el servicio de sus padres y cuidado de sus casas; y muchas de ellas se atreven a comulgar cada día, y algunas veces no con aquella reverencia que conviene. Y como todo esto [lo] hacen con título y nombre de santidad y religión, nadie se atreve a impedírselo.25

Como remedio a esta forma de vivir, los inquisidores recordaban el motu proprio de Pío V de 1566, que ordenaba que los obispos y prelados, «con mucho cuidado», procuraran que las beatas terceras y otras mujeres beatas se recogieran a vivir en comunidad y clausura haciendo voto y profesión solemne, es decir, que vivieran como monjas. Y que se evitara dar el hábito de beata a cualquier mujer que no quisiera adoptar esta forma de vida. Lo mismo cabría hacer con las beatas que por su propia iniciativa se vestían con hábito de beata. Pero era el tercer género de beatas el que más preocupación generaba:

El tercer género de estas beatas, que prometen la obediencia a personas particulares, parece que no se deben en manera alguna permitir, porque se entiende que es invención de los Alumbrados de este tiempo, que con esto substraen a las hijas del servicio y obediencia de sus padres, y a las mujeres de sus maridos, y se las traen perdidas tras de sí y no las permiten hacer cosa alguna sin su licencia, ni las dejan confesar con otros; y tienen y hacen de ordinario muchas cosas, al parecer supersticiosas. Y por ser este modo de vivir nuevo, no usado antes de ahora en la Iglesia, no carece de sospecha de que es invención del demonio y de hombres vanos que, con sombra de santidad y religión, quieren ser servidos y obedecidos de mujeres simples, y aun de que por aquí tendrán entrada para otras deshonestidades y torpezas, como en algunos se ha visto por experiencia. Y así parece que convendrá prohibir que de aquí adelante no se hiciesen ni recibiesen semejantes votos de obediencia y, de los hechos, las absolviesen.26

El protagonismo de las mujeres en el ámbito religioso, perceptible en su proximidad a los eclesiásticos, sus reiteradas confesiones, sus anhelos por trasgredir los impedimentos que se les imponían para la comunión frecuente, sus devociones particulares, sus ansias por conseguir una mayor perfección espiritual, es un rasgo característico de los siglos XVI y XVII. Y, como afirma Sánchez Lora, ese protagonismo fue contemplado siempre con recelo y cautela por las autoridades eclesiásticas porque escapaba a su control. Pero no solo era un problema religioso, sino que también lo era social, «porque, ¿qué mayor transgresión del orden fundado en la supremacía indiscutible de la masculinidad y docilidad femenina que una mujer sin dueño, que no acepta ninguna de sus funciones tradicionales (esposamadre, prostituta-religiosa) y se encumbra a la categoría de maestra de espíritu, de sacerdote incluso?».27

No vamos a incidir, porque no hay datos cuantitativos fiables para ello, en si en los siglos XVI y XVII nos encontramos ante un proceso de feminización de la religión. Es posible que así fuera dada las referencias al excesivo número de beatas que existían y a lo que entrevemos sucedía con el resto de las mujeres. En todo caso, el hecho incontrovertible es que las beatas plantearon en estos siglos un problema de orden social y religioso por su modo de vivir la religiosidad. Y, aunque estaban sujetas a clérigos y muchas de ellas por su voto simple y por su profesión a los religiosos de la Tercera Orden a la que pertenecieran, su modelo de vida libre y su autonomía de movimientos generaba muchos problemas a los que como única alternativa se propuso encerrarlas, enclaustrarlas y cercenarles las libertades de las que gozaban. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos que se hicieron, y a los que después aludiremos, las beatas consiguieron subsistir y su forma de vida perduró y todavía perdura hoy en día.

Habría que hacer hincapié también en otro hecho. Las descalificaciones que contra las beatas se hicieron desde el anticlericalismo de finales del siglo XIX y principios del siglo XX son similares a las que contra ellas se lanzaban en los siglos XVI y XVII, aunque, lógicamente, no cabe hablar de anticlericalismo referido a la Edad Moderna. No obstante, es importante reseñar que en una época y en otra el uso de los descalificativos contra las beatas mantuvo la misma tendencia misógina. Por tanto, apelativos como mujeres simples, mujercillas, «pobres beatas», mujeres que abandonan a sus padres, que negaban la obediencia a sus maridos, sujetas a confesores, «flacas de salud», con «síntomas de desequilibrio neurótico agudo», sensuales, mujeres ociosas, santas superfluas, etc., se repiten en una época o en otra, si bien las razones que las impulsan cambian, aunque lo que no cambió en modo alguno fue el hecho de que se trataba de mujeres, de beatas.

Finalmente habría que apelar todavía a otro dato. A pesar de los procesos contra protestantes, alumbrados y otras herejías a las que queramos aludir o a otros tipos de comportamientos en los que pudiera intervenir la Inquisición y que se produjeron en los siglos XVI y XVII, el número de mujeres encausadas y condenadas por el Santo Oficio fue insignificante, si lo comparamos con el número de hombres que fueron procesados por estos motivos. Pero

si atendemos exclusivamente a los delitos que tenían alguna relación con la forma de vivir la experiencia religiosa al margen de lo establecido, el porcentaje de mujeres asciende enormemente y supera con amplitud al de varones. Es decir, el escaso protagonismo que solía tener la mujer en la vida pública se reflejaba perfectamente en que también compareció mucho menos que el varón ante los inquisidores. Es evidente que su mayor presencia en los procesos seguidos por cuestiones de religiosidad debe mostrar, asimismo, una mayor participación en ese ámbito. El porcentaje de mujeres procesadas como visionarias, iluminadas, ilusas, endemoniadas… es abrumadoramente superior al de hombres.28

Por tanto, podría decirse que incluso en esto hubo una clara diferenciación de género.

1 Aunque no hay datos disponibles y las órdenes religiosas cada vez tienen un menor arraigo social, perviven todavía en ellas organizaciones como las terceras órdenes, de las que forman parte hombres y mujeres. Y lo mismo acontece en otros ámbitos eclesiásticos. Asimismo, el apelativo beata sigue vigente, e identifica a aquellas mujeres que frecuentan las ceremonias religiosas y mantienen vínculos estrechos con los eclesiásticos.

2 Seguimos en nuestra exposición el artículo de Raúl Mínguez Blasco: «¿Dios cambió de sexo? El debate internacional sobre la feminización de la religión y algunas reflexiones para la España decimonónica», Historia contemporánea, 51, 2015, pp. 397-426. Véase también Inmaculada Blasco: «Género y Religión: de la feminización de la religión a la movilización católica femenina. Una revisión crítica», Historia Social, 53, 2005, pp. 119-136.

3 Parece evidente que en el siglo XIX se produjo un mayor alejamiento de los hombres de la Iglesia debido a su anticlericalismo. «La “fe de los hombres” se instala en posiciones políticas. La de la mujer mantiene íntegro el carácter de “hecho de mentalidad” al que los “hechos de comportamiento” más que cualquier otro elemento imprimen el sello de una fe plena. El catolicismo del siglo XIX se escribe en femenino». M. Giorgio: «El modelo católico», en Georges Duby y M. Perrot: Historia de las mujeres. El siglo XIX, Madrid, Taurus, 2000, p. 209. Citado por Beatriz Ferrús Antón: Heredar la palabra, ob. cit., p. 247.

4 M.ª Pilar Salomón Chéliz: «Beatas sojuzgadas por el clero: la imagen de las mujeres en el discurso anticlerical en la España del primer tercio del siglo XX», Feminismo/s, 2, diciembre 2003, p. 44.

5 María Pilar Salomón Chéliz: «Las mujeres en la cultura política republicana: Religión y anticlericalismo», Historia Social, 53, 2005, pp. 104-105.

6 Ibíd., p. 106.

7 Seguimos ahora a M.ª Pilar Salomón Chéliz: «Devotas mojigatas, fanáticas y libidinosas. Anticlericalismo y Antifeminismo en el discurso republicano a fines del siglo XIX», en A. Aguado y T. Ortega (eds.): Feminismos y antifeminismos. Culturas políticas e identidades de género en la España del siglo XX, PUV, Universitat de València - Universidad de Granada, 2011, pp. 71-98.

8 Ibíd., pp. 87-88.

9 Ibíd., p. 97.

10 En este sentido, Beatriz Ferrús manifiesta, refiriéndose al siglo XIX: «El alma femenina comienza a ser entendida como distinta y complementaria a la masculina, necesaria para la plena realización de la humanidad, e independiente del cuerpo de la mujer. Un avance muy significativo en relación al pensamiento sobre la corporalidad de siglos anteriores. Ante todo esto, Michelet afirmará que “Dios cambió de sexo”. Pero, no sólo mediante la profesión se alcanza protagonismo religioso, también la mujer laica puede vivir entre la plegaria y la oración, prácticas perfectamente regladas, que tratarán de constituirse como una tecnología dispuesta a prever los “excesos místicos” de otras épocas». Beatriz Ferrús Antón: Heredar la palabra, ob. cit., p. 247.

11 Si bien el modelo de organización social prosiguió, en el tema de «la educación de las mujeres –concebida más en términos de formación moral que intelectual– se mantuvo el foco de atención de los poderes establecidos a través de la preocupación mostrada por una intelectualidad masculina procedente de diversos medios sociales, fundamentalmente eclesiásticos y moralistas en la temprana edad moderna». Y con «el tiempo esa inquietud fue ampliándose a otros sectores de la sociedad sobre todo entre escritores y políticos, especialmente en el siglo XVIII, cuando la educación se convierta en una de las controversias más sugerentes del pensamiento ilustrado…». Véase Gloria Franco Rubio: «El talento no tiene sexo. Debates sobre la educación femenina en la España Moderna», en J. Burrieza Sánchez (coord.): El alma de las mujeres, ob. cit., p. 369.

12 La afirmación anterior, quizás excesivamente tajante, cabe entenderla en sentido general, considerando a la sociedad española en su globalidad. No obstante, hemos de reconocer que hubo determinados personajes y grupos, siempre minoritarios, que apostaron por otra forma de religiosidad menos formalista, más cristocéntrica e interior, e incluso con ideas más cercanas al jansenismo. Véase María Giovanna Tomsich: El jansenismo en España. Estudio sobre ideas religiosas en la segunda mitad del siglo XVIII, Madrid, 1972; Antonio Mestre Sanchis: «Biblia e Ilustración en la crítica de la religiosidad barroca», Cuadernos de estudios del siglo XVIII, 27, 2017, pp. 139-166; ibíd.: «Los católicos españoles ilustrados ante los problemas religiosos de su tiempo», Anales Valentinos, vol. 31, núm. 62, 2005, pp. 383-430.

13 Antonio Mestre: «Religión y cultura en el siglo XVIII español», en Historia de la Iglesia en España IV, La Iglesia en la España de los siglos XVII y XVIII, Madrid, 1979, pp. 586-745.

14 Antonio Domínguez Ortiz: Las clases privilegiadas en la España del Antiguo Régimen, Madrid, 1973, pp. 206-207.

15 Véase Mónica Bolufer: Mujeres e Ilustración. La construcción de la feminidad en la España del siglo XVIII, Valencia, 1998. Véase también, más recientemente, el artículo de Gloria Franco Rubio: «El talento no tiene sexo. Debates sobre la educación femenina en la España Moderna», art. cit., pp. 365-393.

16 Carmelo Lisón Tolosana: Demonios y exorcismos en los siglos de Oro, Madrid, Akal, 1990, p. 53.

17 La bibliografía es abundante sobre estas dos mujeres. Para una visión general, véase Vicente Beltrán de Heredia: «La pseudoreforma intentada por la beata de Piedrahita y los procesos de esta religiosa», en Miscelánea Beltrán de Heredia, III, Salamanca, 1972, pp. 78-269; Marcel Bataillon: Erasmo y España, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1979; Antonio Márquez: Los alumbrados. Orígenes y filosofía (1525-1559), Madrid, Taurus, 1980; Enrique García Hernán: Ignacio de Loyola, Madrid, Taurus, 2013.

18 Tomás López Muñoz: La Reforma en la Sevilla del XVI, vol. 1, Sevilla, 2011.

19 Véase Álvaro Huerga: Historia de los Alumbrados. I.- Los alumbrados de Extremadura (1570-1582), Madrid, 1978. Ibíd.: Historia de los Alumbrados. II.- Los alumbrados de la Alta Andalucía (1575-1590), Madrid, 1978. Ibíd.: Historia de los Alumbrados. IV.- Los alumbrados de Sevilla (1605-1630), Madrid, 1978.

20 Adelina Sarrión: Beatas y endemoniadas. Mujeres heterodoxas ante la Inquisición siglos XVI a XIX, ob. cit.

21 Álvaro Huerga: Historia de los Alumbrados. II, ob. cit., p. 125.

22 Álvaro Huerga: Historia de los Alumbrados. IV, ob. cit., p. 98.

23 Ibíd., p. 99.

24 Ibíd., p. 99.

25 Ibíd., p. 100.

26 Ibíd., p. 100.

27 José Luis Sánchez Lora: Mujeres, conventos y formas de la religiosidad barroca, ob. cit., pp. 344-345.

28 Adelina Sarrión: «Beatas, iluminadas, ilusas y endemoniadas: Formas heterodoxas de la espiritualidad postridentina», en J. Martínez Millán (dir. congr.): Felipe II (1527-1598); Europa y la monarquía católica, Congreso Internacional Felipe II (1598-1998). Europa dividida, la monarquía católica de Felipe II, vol. 3, p. 368.

II. BEATAS, BEATERIOS Y CONVENTOS

A lo largo de la historia mujeres y hombres lucharon por romper la dicotomía que la sociedad les ofrecía de monasterio o matrimonio y trataron de encontrar vías intermedias que consideraban más adecuadas para sus intereses. No siempre su elección significó el rechazo del matrimonio, pues también hubo mujeres y hombres casados que, sin renunciar a su vida matrimonial, trataron de compaginarla con una dedicación mayor al mundo religioso y espiritual. En el caso concreto de aquellas mujeres que optaron por la vida beata, su elección obedeció «a la búsqueda consciente» de «vivencias y espacios alternativos a aquéllos a los que se veían confinadas por el sistema de género de la época». «Vivencias y espacios que se articulaban en torno al matrimonio y la maternidad o al convento, a menudo concebido bajo los parámetros de la clausura, como única forma posible de participar en las estructuras institucionales de la Iglesia».1

Bajo los apelativos conocidos de beatas, terciarias, beguinas, emparedadas, etc., puede encontrarse todo un abanico de posibilidades con que las mujeres, fueran casadas, viudas o doncellas, jóvenes o mayores, trataron de buscar su propio camino particular que les permitiera satisfacer sus anhelos personales y conseguir, por qué no, la proyección social de su proyecto de vida.

Marcos Antonio Orellana, en su curioso Tratado apologético de las mujeres emparedadas (Valencia, 1887), se lamentaba de la desaparición de esta forma de vida para las mujeres, incidiendo en su validez social como vía intermedia entre lo que denominaba los peligros del siglo, el convento y un infeliz o forzado matrimonio. Según él, el término emparedada ha de hacerse extensivo al de terciaria y al más común de beata:

era ésta una devota situación intermedia entre el riesgo peligroso del siglo, y la rígida clausura de la vida religiosa, para cuya suma austeridad de esta, con el vínculo de los votos no siempre halla la fragilidad humana suficiente vocación, ni aun cuando la cree verdadera, está una persona libre del golpe de una inconstancia, bastando para el arrepentimiento lo invariable del estado, ni para la elección a veces ayudan o la edad o la posibilidad con el dote o el total desapego de los parientes. Descollando por otra parte la natural repugnancia a una entera subordinación con abnegación absoluta de la propia voluntad: aspirando no obstante un devoto espíritu a desviarse del tumulto y peligro bullicioso del siglo, vemos desaparecía la observancia y uso de dichos emparedamientos, que eran un virtuoso medio entre ambos a dos tan arriesgados extremos: y en algunas el de otra más tremenda resolución de perniciosísimas resultas (no pocas veces verificada) abalanzarse por despecho a un infeliz o forzado matrimonio.2

Orellana reivindicaba el estado de beata a principios del siglo XIX, cuando realmente escribió su opúsculo, como una vía alternativa para aquellas mujeres que no querían ser monjas, no querían casarse y que pretendían alejarse de los peligros del mundo. Constataba que el número de beatas había disminuido en su época, pero al proponer esta vía intermedia entre el monasterio y el matrimonio no aludía a la necesidad de que fueran mujeres encerradas en sus casas y sujetas a una férrea disciplina eclesiástica, como hemos visto que se proponía a finales del siglo XVI por parte de los inquisidores. Por tanto, las dotaba de libertad y de autonomía, la misma libertad y autonomía que se les reprochaba en el siglo XVI. No es, pues, ningún cliché referirse a las beatas «como mujeres libres, autónomas (y con frecuencia heterodoxas)» y tampoco pensamos que no se haya demostrado la vigencia y predominio del supuesto cliché y que este no sea «generalizable para la época moderna», pues las pruebas aportadas anteriormente parecen demostrar que sí se consideraba a las beatas como mujeres libres y autónomas, hasta el punto de contemplarlas como un peligro para el orden social y religioso de la época.3

Es evidente que a la hora de hablar de beatas y de beaterios se dieron una «variedad de situaciones y de circunstancias», pero ello no impidió, por mucho que recalquemos los diferentes tipos de beatas y de beaterios existentes y la situación peculiar de cada tipo y su sujeción o no a determinadas reglas o autoridades eclesiásticas, que las mujeres que optaron por esta forma de vida la eligieron porque la consideraron una vida más libre, más autónoma y no sujeta a la subordinación y dependencia masculina y «más libre de las injerencias eclesiásticas».4 Incluso, aunque muchas beatas profesaran en las terceras órdenes de franciscanos, dominicos o carmelitas, por citar solo algunas de las más representativas, y que supuestamente se sujetaran a las normas constitucionales que amparaban su profesión, seguían manteniendo, viviendo solas o formando beaterios, una gran libertad y autonomía en su quehacer cotidiano y en las prácticas religiosas y espirituales que llevaban a cabo. Otra cuestión diferente es la evolución que se produjo y que pretendía transformar muchos beaterios en conventos o forzar que algunas beatas acabaran siendo monjas. En este sentido, ya se ha visto la decisión que se proponía de aplicar el motu proprio de Pío V de 1566 y que el propio Felipe II quería que se hiciera de modo inflexible, decisión que no era otra que la de encerrar a las mujeres, enclaustrarlas.5 Sin embargo, a pesar de que en los siglos XVI y XVII muchos beaterios se transformaron en conventos, como ha constatado Ángela Atienza, pervivió el modelo de beata libre y autónoma y su presencia se prolongó en los siglos siguientes y perdura hasta hoy en día.

También Antonio Rubial se hace eco de la diversidad de circunstancias que se daban en «el espacio beateril», las cuales «iban desde la absoluta libertad hasta el encerramiento en casas o recogimientos sujetos a reglas y a las autoridades eclesiásticas». Y, aunque no aluda directamente a los intentos evidentes que se produjeron por transformar los beaterios en conventos, afirma que «el ideal social era el encerramiento en un beaterio». No obstante, pervivió «la existencia de una categoría (“la beata”) aprobada por la ideología imperante», bajo la cual se cobijaron «muchas personas que vivían en los límites, es decir, sin pertenecer a los dos estados (casadas o profesas en un monasterio) que por su condición femenina debían tener». Es decir, vivían en sus casas.6

En la historia de la espiritualidad valenciana, marco básico en el que se ha centrado esta investigación, se detecta la presencia de beatas al menos desde la Edad Media, aunque fue en los siglos XVI y XVII cuando esta forma de vida se generalizó. En los siglos XIV y XV está documentada la existencia de beatas en Valencia. El beaterio más conocido de todos fue el que existió extramuros de la puerta de san Vicente de la ciudad de Valencia, que después se transformaría en el convento de monjas clarisas de Jerusalén. Allí, las mujeres «vivían en comunidad y a él pertenecieron dos hermanas de san Vicente Ferrer».7 Heredero de este y muy conocido fue también el beaterio de la calle Renglons a principios del siglo XVI. A él se trasladaron las beatas cuando su beaterio se transformó en convento de Jerusalén y fue en él donde vivieron entre otras mujeres algunas de las beatas valencianas más conocidas, como Margarita Agulló y Gerónima Dolz. Otros beaterios existieron en Liria, Bocairente, Onda, El Puig, etc. Asimismo, adosados a las iglesias de Valencia había habitáculos en los que moraban mujeres beatas (emparedadas), que se dedicaban a una vida de oración y de asistencia social a los demás.8 Otras muchas mujeres, en cambio, prefirieron, por circunstancias diversas, vivir su vida de beata en sus propias casas, solas o acompañadas de sus familiares.

En Onda existía un beaterio en el que estaban «encerradas seis honestísimas mugeres Beatas, con el hábito y regla de S. Francisco, y son habidas por un dechado de virtud y santidad de vida». Lo fundó Leonor Forés en 1538. Esta mujer, al enviudar, «abnegada al mundo, renunció proporciones [sic] de volver a casarse, diciendo que naturalmente era uno el matrimonio como uno el nacimiento, y una la muerte: afirmaba que su esposo no era muerto, sino que vivía a Dios en la esperanza a la resurrección, y que por eso estimaba que anduviesse en peregrinación, y que tenía gran vergüenza en no guardarle fe mientras la hacía». Leonor disponía de hacienda y tenía una hija, y decidió dedicarse al recogimiento, «siendo su empleo visitar Iglesias y frecuentar el Sacramento». Tomó el hábito de la Tercera Orden de san Francisco y con él vivió once años en Valencia, «con recogimiento y grandes muestras de santidad». Posteriormente, decidió encerrarse y, junto a su hija y otra mujer, Leonor Masquefa, se trasladó a Onda y fundó en esta ciudad un beaterio al que se agregaron otras tres mujeres. En 1573, la hija de la fundadora, Angélica Torres y el resto de las beatas transformaron el beaterio en convento de monjas clarisas.9

En la parroquia de san Lorenzo de Valencia, muy cerca de la sede de la Inquisición, residían en 1571 «cinco mugeres, inclusas; ancilas, sorores o beatas, que todos estos renombres solían promiscuamente darse a dichas Emparedadas, las cuales se llamaban Madalena Calabuig, Catalina Vesant, Gerónima Franca, Martina Franca y Esperanza Aparicio». Ese año, el arzobispo Juan de Ribera visitó el beaterio y preguntó a las beatas si querían sujetarse a su autoridad, a lo que Madalena Calabuig, que actuaba como directora o priora del beaterio, le respondió que el beaterio pertenecía a la Iglesia de San Lorenzo, y que ella había profesado en Bocairente y estaba sujeta a la Tercera Orden de san Francisco y, por tanto, que solo haría lo que los prelados de su orden le mandaran. Y lo mismo manifestó el resto de las beatas. Este beaterio todavía pervivía en 1595, pero entonces el número de beatas había disminuido a tres.10

También en Bocairente existía un beaterio desde 1554, cuando la beata Cecilia Ferré salió del emparedamiento donde residía desde 1537 en la parroquia de la Santa Cruz de Valencia para fundarlo. Estaba situado en «un monte alto cerca de la villa» y las beatas llevaban hábito de la Tercera Orden de san Francisco.11

Un modelo diferente de vida lo encontramos en el caso de Dominga Torres. Esta mujer vivió muchos años como ermitaña en una ermita de Masamagrell, pueblo cercano a Valencia. Posteriormente se trasladó a Valencia, donde ejerció de prelada de más de cincuenta beatas que profesaban la Tercera Orden de Santo Domingo. Pero estas beatas, todas ellas ejemplo de virtud, no vivían en comunidad, sino que cada una vivía en su casa. Tres de ellas, Nicolasa Calatayud, Leonor García y Juana Ponça cambiaron su estado de beatas por el de monjas y dieron inicio a la fundación del monasterio de monjas dominicas de Santa Catalina de Valencia en 1491.12

La casi totalidad de beatas de las que disponemos de datos biográficos fueron mujeres que vivieron solas en sus casas. Cuando, en algún caso, vivían acompañadas era debido a la necesidad que por su edad tenían de asistencia, bien de una criada o de otra beata. Algunas vivieron algún tiempo en beaterios, pero los abandonaron porque no se sentían cómodas viviendo en comunidad o porque se las sacó de allí para que vivieran solas en una casa que se les habilitaba. Los ejemplos de Gerónima Dolz y de Margarita Agulló ejemplifican ambas situaciones. Hubo mujeres a las que se les propuso entrar en la vida conventual, pero se negaron a aceptarlo. Casi todas las mujeres estudiadas profesaron como beatas de alguna tercera orden religiosa y vistieron, por tanto, el hábito correspondiente. Pero resulta difícil discernir en qué momento de su vida realizaron su profesión de beatas, aunque a veces se alude que lo hacían al cumplir los treinta y dos años en el caso de las beatas franciscanas y de cuarenta años en el de las dominicas. No obstante, todas, antes de profesar, fueran casadas, viudas o doncellas, habían mostrado, algunas desde su más tierna infancia, una predisposición por vivir la vida religiosa de modo singular.

El análisis de las Reglas de las órdenes franciscana y dominica, aunque muestra la existencia de unas normas a las que debían sujetarse todos los que profesaban, hombres y mujeres, deja ver que ello no implicaba que así aconteciera en la realidad.13 Y, en este sentido, los biógrafos de las beatas reparan poco en si las cumplían de modo estricto, fijando su atención en otras circunstancias vitales que posteriormente se analizarán.

Las condiciones para ser admitidas como beatas de la Tercera Orden eran similares en los franciscanos y los dominicos. Las mujeres pedían ser admitidas, y lo eran después de un «riguroso examen de su vida honesta, buena fama», y siempre que no hubieran sido herejes, sospechosas de herejía o infamadas. Este examen lo emitían el maestro o rector y la priora o ministra y era necesario el consentimiento de las beatas profesas de la congregación o comunidad del lugar donde residiera la futura beata. Si esta era casada, necesitaba licencia del marido. En este apartado, los franciscanos solo se referían a la mujer, mientras que los dominicos lo aplicaban por igual a hombres y mujeres y, además, no se conformaban con una autorización verbal, sino que era precisa una escritura pública hecha por un escribano o notario. En una y otra orden religiosa se requería que no se admitiera a ninguna mujer que no tuviera oficio o hacienda con la que sustentarse; si bien en la Regla de las beatas dominicas se añadió una cláusula más explícita a partir de 1592.

Ordenamos, según que ya otras vezes ha sido ordenado, y apretadamente prohibimos, a todos, y a qualesquier Prelados, so pena de absolución de sus oficios, la qual luego incurran, si contravinieren: no den de aquí adelante el ábito de la Tercera Orden a alguna muger, que no tenga quarenta años, buena fama, y honrados parientes, y suficientemente de que vivir, y sustentarse. Todo esto se entiende de las que viven en sus proprias casas. Assí fue confirmado en el Capítulo de Nápoles del año 1600 y en el de Roma de 1601. En el qual se añadió, de ahí adelante, no sean admitidas al ábito, que primero no se obliguen ha hazer voto solemne, siempre y quando en una casa, o monasterio aconteciere vivir juntas, y en comunidad, debaxo de clausura.14

Ambas órdenes religiosas obligaban a las beatas a hacer testamento. Los dominicos, antes de que las mujeres vistieran el hábito de beata; los franciscanos daban un margen mayor de tiempo, hasta tres meses después de haber tomado el hábito, pero añadían, en consonancia con la vida de pobreza que propugnaban, que se les exigiera a las testadoras que no dejaran bienes a los conventos. Y respecto al hábito, cada una de las órdenes lo especificaba de modo claro. Los dominicos, hábito blanco, «del qual las mangas lleguen a las muñecas» y ceñido con correa de cuero, y manto negro. Los franciscanos, quizás para diferenciarse, pedían que el hábito no fuera ni del todo blanco ni del todo negro y que las capas fueran con mangas ajustadas.

La profesión de las beatas, tras su año de prueba o noviciado, era un acto revestido de solemnidad en el que participaban el Guardián o Superior y el resto de las beatas. Y en ambas órdenes se establecía que una vez se hubiera profesado, las beatas no podían salirse de la orden ni les era «lícito bolverse al siglo», pero sí podían, en cambio, pasarse a cualquier otra orden religiosa siempre que en esta estuvieran contemplados los tres votos solemnes de pobreza, castidad y obediencia.

Con pequeños matices diferenciados, las beatas franciscanas y dominicas estaban obligadas al rezo de las horas canónicas, a la asistencia a misa diaria y a determinados días de ayuno. En cuanto a la confesión y comunión, en un principio se estipularon unos pocos días al año, cuatro o cinco, pero posteriormente esta rigidez se fue relajando y ambas órdenes dejaron ambas cuestiones al arbitrio de los confesores. Y respecto a la forma de vida habitual de las beatas, en ambas órdenes se les prohibía la asistencia a convites, a juegos y danzas y a comedías profanas, especificando de modo más estricto los dominicos que las beatas no debían andar «vagamundas» por las ciudades, ni salir «por curiosidad de sus casas» ni andar solas, «particularmente las moças».

También estaba reglada la organización interna de las congregaciones o grupos de beatas. Los dominicos contemplaban la presencia de un maestro o vicario y de una priora elegida por este; por tanto, siempre existía una supeditación de las beatas a un superior, normalmente un fraile de la orden. La priora, además, podía nombrar a una subpriora para que le ayudara. Por su parte, en los franciscanos, la regla primitiva no aludía a la existencia de cargos, aunque sí se especificaba la sujeción de las beatas a los frailes de la orden; posteriormente, en los estatutos aprobados en 1686 se especificaban numerosos cargos como los de visitador, ministro, secretario, discretos, síndico, celadores, vicario del culto divino, enfermero, etc., pero no sabemos si estos eran iguales para las agrupaciones de beatos y de beatas.

Finalmente, conviene resaltar el trabajo asistencial y de ayuda mutua que se estipulaba para las beatas, como era el socorrer a las hermanas enfermas o a las que estuvieran en una situación de extremada pobreza, así como la presencia corporativa en sus entierros y en las misas que por ellas se celebraban.

Hasta aquí las normas a las que estaban sujetas las beatas de las órdenes religiosas más conocidas. Por tanto, todas ellas, al profesar, se comprometían mediante voto de obediencia a cumplirlas. Ahora bien, el control que sobre su cumplimiento podía ejercerse era limitado, teniendo en cuenta que eran mujeres que mayoritariamente vivían solas en sus casas. Incluso la relación particular que cada beata podía llegar a establecer con su confesor o padre espiritual no siempre implicaba ceñirse a lo que estaba establecido, pues cada beata mantenía con ellos una relación singular y, además, cada una de ellas era capaz, por las razones que fueran, de crear su propio mundo exterior de religiosidad, y no digamos ya su mundo interior espiritual, y ello les permitía mantener libertad y autonomía en su quehacer cotidiano. Por otra parte, el número importante de beatas que existía diluía la capacidad de control que sobre ellas podía ejercerse. En este sentido, la alusión a 78.000 beatos y beatas solo en la ciudad de Madrid en 1705 es seguramente una exageración;15 pero aunque maticemos todo lo que se quiera esta cifra el resultado sería suficientemente explícito para comprender la realidad de lo que significó el mundo de las beatas.

Para nuestro estudio del mundo de las beatas disponemos de las biografías de 21 de ellas que figuran en la obra de Antonio Panes sobre los descalzos franciscanos. El marco cronológico abarca desde mediados del siglo XVI hasta el último tercio del siglo XVII.16 Además, hemos dispuesto de las biografías particulares que se escribieron de Margarita Agulló (1536-1600), Luisa Zaragozá (1647-1727), Gerónima Dolz (1677-1732) y Beatriz Ana Ruiz (1666-1735).

RELACIÓN DE MUJERES ESPIRITUALES ESTUDIADAS, ORDENADAS POR LA FECHA DE SU MUERTE


Finalmente, se hará mención a otras mujeres espirituales que figuran en algunos procesos inquisitoriales, así como referencias puntuales a las beatas dominicas. Muy pocas de las beatas estudiadas tuvieron problemas con la Inquisición, a pesar de que alguna fue interrogada por los inquisidores. Por tanto, todas hicieron de su estado de beatas «un refugio seguro», un recurso de inserción, pero también de proyección social, para lo que contaron siempre con la ayuda de sus confesores o maestros espirituales.17

1 Ángela Muñoz: Santas y beatas neocastellanas, ob. cit., p. 5.

2 M. A. Orellana: Tratado histórico apologético de las mujeres emparedadas, Valencia, 1887, p. 24.

3 Ángela Atienza López: «De beaterios a conventos. Nuevas perspectivas sobre el mundo de las beatas en la España moderna», art. cit., p. 146.

4 Ibíd., p. 146.

5 Ibíd., pp. 154-155.

6 Antonio Rubial: Profetisas y solitarios, ob. cit., p. 31.

7 Esperanza Alcover: Historia de la Congregación de Religiosas Terciarias Franciscanas de la Inmaculada. Orígenes, Valencia, 1974, p. 38.

8 Todavía en el siglo XVI existían en Valencia mujeres emparedadas; por lo tanto, pervivía una forma de vida de origen medieval. El caso más conocido fue el de Ángela Gençana de Palomino, que estuvo encerrada durante más de treinta años en el emparedamiento de la Iglesia de San Esteban y que se vio obligada a salir de él porque se caía la Iglesia. Posteriormente profesaría como beata franciscana. Véase Francisco Pons Fuster: «La popularidad de la santidad aliñada del Patriarca Juan de Ribera», en Lux totius Hispaniae. El Patriarca Ribera cuatrocientos años después, Valencia, 2011, pp. 322-323. Sobre emparedadas o muradas, véase la bibliografía aportada por María-Milagros Rivera: «Parentesco y espiritualidad femenina en Europa. Una aportación a la historia de la subjetividad», art. cit., pp. 48-49.

9 Marcos Antonio Orellana, pp. 12-13.

10 Marcos Antonio Orellana: Tratado histórico apologético de las mujeres emparedadas, ob. cit., p. 11.

11 Ibíd., p. 12.

12 Ibíd., p. 19, y también Fray Juan Gavastón: La Regla que profesan las beatas de la Tercera Orden de Predicadores, Valencia, 1621.

13 Fray Antonio Arbiol: Los Terceros hijos del humano Serafín. La venerable y esclarecida orden tercera de nuestro seráfico patriarca San Francisco, Zaragoza, 1706, y Fray Juan Gavastón: La Regla que profesan las beatas de la Tercera Orden de Predicadores, ob. cit.

14 Fray Juan Gavastón: La Regla que profesan las beatas de la Tercera Orden de Predicadores, ob. cit., p. 6.

15 Véase M. D. Delgado Pavón: La venerable Orden Tercera de San Francisco en el Madrid del siglo XVIII, tesis doctoral, Universidad de Alcalá, 2007. Disponible en línea: <http://hdl.handle.net/10017/1641>. Ibíd.: Reyes, nobles y burgueses en auxilio de la pobreza. La Venerable Orden Tercera Seglar de San Francisco de Madrid en el Siglo XVII, Alcalá de Henares, 2009. Otro análisis sobre el franciscanismo seglar en Alfredo Martín García: «Franciscanismo seglar y propaganda en la Península Ibérica y ultramar durante la Edad Moderna», SEMATA Ciencias Sociales e Humanidades, 26, 2014, pp. 271-293.

16 Fray Antonio Panes: Chrónica de la provincia de san Juan Bautista de religiosos menores de la regular observancia de nuestro padre seráphico san Francisco, vols. I y II, Valencia, 1665-1666.

17 María Helena Sánchez Ortega: Confesión y trayectoria femenina…, ob. cit., p. 36.

III. ORIGEN SOCIAL DE LAS BEATAS

Dilucidar si las beatas fueron un fenómeno urbano o rural resulta bastante complejo si lo referimos a la Edad Moderna, pues ambos conceptos resultan difíciles de definir de modo taxativo. Pero reconociendo que la mayor parte de la población era rural, si aceptamos que en las ciudades vivían más habitantes, era lógico que en ellas hubiera un mayor número de mujeres que quisieran dedicarse a esta forma de vida. Por tanto, en general, las beatas fueron un fenómeno urbano.1 Aunque, en nuestro caso, al tratar fundamentalmente de beatas franciscanas, esta diferenciación importa menos, pues, aunque la mayoría de ellas habitaron en las ciudades, lo que interesa resaltar es que lo hicieron en aquellos lugares donde los franciscanos descalzos establecieron sus conventos. Así pues, su condición de beatas vino determinada por el influjo que sobre ellas ejercieron los frailes descalzos. Su decisión de profesar como beatas estuvo mediada siempre por los hombres.

El medio social de donde surge la beata no es equivalente al de las monjas.2 Mientras que estas pertenecían, debido a la dote que se les pedía, a estratos sociales más ricos, las beatas, que en algunas ocasiones se vieron abocadas a esta forma de vida por la imposibilidad de disponer de dote para entrar en el convento, provenían en general de las capas sociales inferiores; si bien, como veremos, no fueron raros los ejemplos de mujeres que, disponiendo de un cierto nivel social, decidieron adoptar esta forma de vida. Este origen social diverso se confirma en el caso de Castilla y de Córdoba. Así entre las beatas neocastellanas, Ángela Muñoz afirma: «que participaron en este modelo de vida semirreligiosa mujeres procedentes de familias nobles y del estado de caballeros, lo mismo que otras de origen social más modesto, aunque no necesariamente inmersas en la indigencia».3 Y en Córdoba, María del Mar Graña matiza la evolución sobre el origen social de las beatas:

La extracción sociológica ofrece diferentes matices en función de su carácter individual o comunitario. Así el gran peso específico del sector artesanal entre las beatas individuales y su inferioridad numérica en los beaterios, aunque cualitativamente esta adscripción social fue muy importante en sus orígenes. Hubo una evolución cronológica tendente a su aristocratización […] En líneas generales, la elevación sociológica coincidió con la transformación de las formas de vida hasta la especialización: vida activa –o, cuanto menos, abierta– y libre entre los sectores populares y tendencia al recogimiento parcial o pleno entre los aristocráticos en sintonía con procesos de cerrazón y control vocacional en la vida beata.4

No obstante, siendo de origen social diverso, la adopción del estado de beata para las que eran de origen social más humilde les suponía un esfuerzo añadido, ya que tuvieron que compaginar el trabajo para la consecución de su sustento con una intensa vida espiritual, lo que conllevaba en numerosas ocasiones grandes dificultades. Quizás por ello algunas prefirieron vivir esta vida en comunidad con otras mujeres, otras trataron de compaginarla con el trabajo en sus casas o en labores asistenciales y no faltaron las que acabaron viviendo de las limosnas de sus vecinos, de los eclesiásticos o de algún bienhechor que decidía mantenerlas.

Beatriz Ana Ruiz, beata de Guardamar, era de origen humilde y, a pesar de casarse dos veces, al enviudar tuvo que dedicarse a lavar ropa ajena y a pedir limosna para sustentarse durante gran parte de su vida. Posteriormente, en el marco de una vida salpicada de escándalos, encontró la protección del secretario del Ayuntamiento de Guardamar, Miguel Pujalte, quien, a pesar de estar casado y de tener hijos, no dudó en ayudarla económicamente. Cuando Pujalte enviudó y accedió al sacerdocio se llevó a la beata y a sus hijos a vivir con él.5

Otras beatas, ante las dificultades económicas por las que pasaban, encontraron protectores que les facilitaron sus confesores o maestros espirituales.6 Así, la duquesa de Feria, mientras el duque ejerció como virrey de Valencia, protegió a la beata Inés Juana García. Don Francisco Calderón, padre de don Rodrigo Calderón, ministro de la monarquía, ayudó económicamente a Elena Martínez por intercesión del descalzo fray Antonio Sobrino. Isabel de la Paz, beata de Murcia, tuvo como bienhechor a Gregorio Villanueva, etc. Pero la mayoría de las beatas compaginó su vida espiritual con el trabajo. Así, las hermanas Isabel y Ana de Medina, a pesar de que su casa «era de las bien puestas, y acomodadas que había en Villena», ayudaban a sus padres tejiendo en los telares de su casa. Elena Martínez y Gerónima Dolz trabajaron muchos años de criadas. En cambio, Inés Juana García fue obligada a trabajar por su madre hasta que se le lisiaron las manos «de coger seda». Incluso cuando su madre la pillaba descuidando su trabajo y dedicándose a la oración, «la castigava muy ásperamente, dándole con un palo».7 Algunas beatas, o por su extrema pobreza o por la necesidad que sentían de mortificarse, no dudaban en recurrir a modos excepcionales de vida. Así, la beata María de Jesús comía «hojas de verças o las cortezas de melón que se hallava por los muladares».8

Gerónima Dolz, una de las beatas valencianas más conocidas y que fue protagonista de una extensa biografía sobre su vida,9 nació en un pequeño lugar, Mascarell, y no conoció a sus padres, siendo adoptada por una familia de labradores pobres de Olocau. Sirvió de criada desde los nueve a los treinta años. Después, vivió un tiempo con otras mujeres trabajando con sus manos, e ingresó en el beaterio franciscano de la calle Renglons de Valencia, donde pasó algunos años hasta que, debido al influjo de los jesuitas, se trasladó a vivir a una pequeña casa con una compañera. Pasó sus días visitando iglesias en Valencia y trabajando en las labores de coser y bordar, incluso tuvo en su casa a un grupo de niñas a las que les enseñaba estas labores. Se alimentaba de lo que ganaba y de la ayuda en forma de comida y de limosnas que le facilitaban los jesuitas del Colegio de la Compañía.10

Esperanza Ximeno nació en Valencia. Durante parte de su vida trabajó «con la labor de sus manos» y con ello se procuraba su sustento. Posteriormente, el arzobispo Juan de Ribera, conociendo su voluntad de asistir a los pobres y a los enfermos, le encargó que se ocupara de las seis camas que él mantenía en el Hospital General de Valencia. Ella aceptó el encargo y durante veinte años se dedicó a este trabajo con el beneplácito del arzobispo y fue ejemplo para muchos, pues hasta «los señores, las damas, y cavalleros, y otra mucha gente» acudían a verla, quedando «muy edificados de ver la humildad, benignidad, solicitud, y asseo» con que trataba a los enfermos. Murió en el propio hospital tras una penosa enfermedad en 1615.

Elena Martínez nació en Beamud. A los cuatro o cinco años un tío de ella la trajo a Valencia, donde trabajó de criada durante muchos años. Al morir los señores a los que servía se vio forzada a trabajar haciendo labores y cosiendo. Su situación económica se agravó al trasladarse su padre a vivir con ella. Entonces fue cuando durante algunos años vivió de la ayuda que le prestaba su bienhechor don Francisco Calderón. Pero al fallecer este pasó grandes necesidades, viéndose obligada a veces a acudir al convento de San Juan de la Ribera, de los franciscanos descalzos, a pedir limosna a los frailes, «porque lo que con su trabajo ganava, no era suficiente para sustentarse a sí, y a su padre». El resto de sus días los pasó viviendo de las limosnas de la gente y de la ayuda que le prestaba otra beata, la hermana Praxedis. Murió el 25 de abril de 1644.

Pero también hubo beatas que dispusieron de rentas y que no tuvieron que recurrir al trabajo para subsistir.

Isabel Juan, beata de Oliva, pertenecía a una de las familias más ricas del pueblo. Se casó ya mayor y enviudó tres años después. Tenía a su cargo una hija que murió a los diez o doce años de una pedrada fortuita. Isabel, rota por la desesperación, decidió entonces repartir su hacienda entre los pobres, pero se reservó parte de ella para poder vivir. Después se trasladó a Gandía, donde se compró una casa y vivió el resto de su vida de sus bienes. A su muerte, legó la casa a los frailes franciscanos descalzos del convento de San Roque de Gandía para que se la transmitieran a otra beata. Isabel murió en 1643, a los ochenta y seis años.

María de Rosales nació en Loja en 1604. Pertenecía a una familia de la nobleza, pues estaban emparentados con los Valverde y los Vélez. No necesitó trabajar para poder vivir y lo que hizo fue habilitarse una zona de la casa familiar para dedicarse a la espiritualidad. Murió cuando tenía cuarenta y un años.

Gerónima Aparicio nació en Almansa y se casó con Juan de Alarcón formando una familia que disponía de numerosos bienes. Al enviudar y hacerse beata quiso desprenderse de todos ellos, pero los frailes del convento de Almansa la convencieron para que se reservara una parte de la hacienda para «passar según la calidad, y decencia de su persona», y que el resto «lo distribuyesse a sus hijos, pues con ello podían quedar muy acomodados». Gerónima disponía incluso de una criada para su servicio y, a pesar de las frecuentes limosnas que distribuía entre los pobres, no tuvo nunca necesidad de trabajar y pudo vivir de sus bienes hasta su muerte en 1612.

Josefa Ripoll nació en Elche y se casó por decisión de sus padres con un letrado, con el que convivió durante el tiempo que duró su matrimonio como un hermano, en absoluta continencia sexual. En un principio, disponían de bienes suficientes para que ella no tuviera que trabajar, pero posteriormente se arruinaron y vivieron de la ayuda que les prestaban sus familiares. Muerto el marido, un hermano de Josefa se trasladó a Valencia y ella se vino con él. Ambos pasaron grandes estrecheces, teniendo incluso su hermano que pedir limosna para subsistir. A pesar de esto, Josefa Ripoll mantenía en Valencia a una criada. Murió el 7 de febrero de 1640.

Luisa Zaragozá, más conocida como Luisa de Carlet, vivió gran parte de su vida en este pueblo. Se casó con un agricultor y ambos disponían de bienes suficientes para vivir. Tras enviudar, ella misma se hizo cargo de las propiedades familiares, de las que pudo vivir sin problemas el resto de su vida. Incluso cuando se trasladó a Valencia vivió hasta su muerte en una casa de su propiedad donde, además, era asistida por otras mujeres.

En la normativa de las órdenes religiosas sobre las beatas se estipulaba como condición necesaria para ser admitidas el que las mujeres trabajaran, es decir, que pudieran vivir de forma independiente. Este fue un requisito que generalmente se cumplió, por lo que hay que desechar la idea de que las beatas eran mujeres ociosas. Otra cuestión diferente es el tiempo que trabajaron y si muchas de ellas pudieron mantenerse siempre de su trabajo. En este sentido, algunas beatas, dada la longevidad de sus vidas, a partir de una edad determinada ya no pudieron trabajar y tuvieron que recurrir a todo tipo de ayudas como las limosnas de bienhechores, pedir comida al convento de su orden, limosnear en la calle, recibir limosnas que le enviaba la gente que les era devota, etc. Asimismo, hubo mujeres beatas que, por sus achaques o por enfermedades, no pudieron trabajar y necesitaron la ayuda asistencial que les podían prestar otras mujeres o los frailes de los conventos. Pero también las hubo que, habiendo trabajado en su juventud, dada la fama de espirituales que consiguieron, se dedicaron el resto de su vida a vivir de las ayudas que recibían, sin preocuparse de su sustento.

Margarita Agulló nació en Xàtiva en el seno de una familia humilde y vivió allí algunos años. Ella y su madre se sustentaban de las labores que hacía la beata: «punto de randa, y otras labores muy curiosas». En Xàtiva, iba a veces al convento de San Francisco a pedirle al portero del convento que le diera de limosna algunos mendrugos. Después, llena de gozo se arrobaba. Vuelta en sí, se iba a su casa a comérselos. Muerta su madre, se trasladó a Valencia y vistió el hábito de beata residiendo en el beaterio que los franciscanos tenían en la calle Renglons, donde ya residía una hermana suya. Sus compañeras se sustentaban de la «limosna de que cobravan de la hazienda que ella labrava, sin entremeterse la pobre donzella en pedir precio alguno por su trabajo». Pero dada la fama de mujer espiritual que consiguió, el arzobispo de Valencia Juan de Ribera le habilitó una casa de su propiedad y se encargó de su sustento el resto de su vida. Incluso cuando padeció persecuciones por las manifestaciones singulares de su espiritualidad el arzobispo Ribera la trasladó un tiempo fuera de Valencia y vivió también a sus expensas.11

Francisca Llopis, quizás la beata valenciana más conocida, nació en Alcoy y muy joven se trasladó con su familia a Valencia. En ese tiempo ayudaba a su madre en las tareas de la casa, pero no hay constancia de que trabajara nunca para ganarse su sustento. Favorecida por la fama conseguida por su hijo espiritual, Francisco Jerónimo Simón, pudo vivir de las ayudas de los demás. Después profesó como beata franciscana y el prestigio que alcanzó de mujer espiritual no hizo necesario que trabajara. Murió cuando contaba ochenta años y en los últimos años de su vida otras beatas se encargaron de atenderla.

El origen social de las beatas, como hemos visto, era diverso. Había beatas que residían en pueblos pequeños y otras en las ciudades. Las había que eran pobres y otras que disponían de bienes y rentas suficientes para poder vivir sin agobios. Las que por su pobreza no tenían recursos propios tuvieron que ganarse su sustento trabajando con sus manos, en labores asistenciales, de criadas, etc. No fueron mujeres ociosas. Solamente aquellas beatas pobres que por su edad o por sus enfermedades no pudieron trabajar se vieron forzadas a recurrir a las ayudas de los frailes o a las limosnas de personajes que recurrían a ellas no de modo desinteresado, sino con la esperanza de que ellas, mujeres espirituales con fama de santidad, actuaran como medianeras ante la divinidad, para peticiones de todo tipo como sanaciones, averiguaciones de futuros inciertos, posibles matrimonios, peligros en los viajes a emprender, etc.

Fray Antonio Arbiol, en sus Desengaños místicos, se refería a todos estos casos y recogía, criticándolos, los rasgos básicos de un modelo de relaciones que se establecía entre las beatas y todo el universo de personajes que veía en ellas a mujeres excepcionales, mujeres santas, a las que se ayudaba o pagaba para que adivinaran hechos que podían suceder o aconsejaran sobre lo que debían hacer en determinados aspectos de sus vidas. De ello se hizo eco hace algunos años J. Caro Baroja y vale la pena recordarlo.12

En un principio, fray Antonio aludía a las personas espirituales que, haciendo de la virtud su oficio, se dedicaban a vivir sin trabajar, «porque no teniendo bienes temporales, ni rentas ni heredades propias, en echándose a parecer santas nada las falta, todo les sobra, menos la virtud, y así viven sin trabajar con poca edificación de las personas de sano y entero juicio…». Viven «a cuenta de la nimia piedad o simplicidad de otras, que piensan salvarse con obras y oraciones agenas», fiándose de los «sueños y revelaciones de las beatas, a quien de muy buena voluntad socorren y sustentan».13 Vemos, pues, que la neutralidad de la referencia al principio a personas espirituales, sin identificación de género, se transforma de inmediato en una diferenciación sexuada, porque, fray Antonio no se refiere ni a santeros ni a beatos, que también proliferaban en exceso en la época, sino que alude en exclusividad a las beatas. Pero en el ejemplo que nos ocupa el franciscano cargaba las culpas por igual en las beatas y también en los hombres espirituales, pero se detenía sobre todo en las mujeres, «porque son más frágiles, y expuestas a mayores peligros», y porque «son más repetidos los exemplares de sus engaños».14 Y traía a colación el ejemplo de una mujer «discreta», que, al ver cómo salía penitenciada por la Inquisición una beata acusada de embustera, dijo:

repárese que todas las mugeres que quieren engañar al mundo, fingiéndose santas, son de baxa esfera y de gente plebeya, y rarísima señora noble y de buena sangre ha caído en la vileza de semejantes hipocresías. Preguntaronle la razón, y ella dixo: toda criatura naturalmente desea conveniencia y estimación: los hombres tienen muchos caminos para conseguirlas, porque unos se hacen célebres por armas, otros por las ciencias, y otros por la santidad.

Las mugeres, de nuestra misma cosecha somos vanas y amigas de que nos alaben: las que nacen ricas y nobles como ya tienen en el mundo conveniencia y estimación, no las buscan con invenciones; pero las mugeres pobres, ordinarias y comunes, como ven que en teniéndolas por virtuosas y santas, todos las alaban, y las dan quanto han menester para la conveniencia de su vida, las engaña fácilmente por este camino el demonio, y por eso salen tantas ilusas y embusteras de las mugeres comunes, más que de las ricas y nobles.15

A fray Antonio le pareció bien el juicio de esta mujer, pero pensaba que era conveniente añadir alguna cosa más, pues, a su entender, la existencia de tantas mujeres «engañadas y engañadoras» venía motivado porque las señoras ricas ponían a las beatas en un aprieto cuando pretendían saber de ellas «por divina revelación lo que no las importa». Y añadía:

¿Con qué juicio ni con qué conciencia ponen a la pobre beata en ocasión de que las diga, si el marido se salvó o condenó; o si parirán hijo o hija; si están en gracia o en pecado, y otros desvaríos semejantes, y aun otras simplicidades más ridículas, sabiendo, que la desventurada beata no puede saber esas cosas, sino revelándoselas Dios, o engañándola el demonio, o fingiéndose ella lo que ha de responder, para complacer a la señora temerariamente curiosa?16

El final de su reflexión era evidente. Unas y otras eran culpables por igual. Las beatas porque, sin trabajar, pretendían vivir de su fama de santidad con el socorro y sustento de los demás. Las mujeres ricas porque, con el pretexto de sus limosnas, forzaban a las beatas a cometidos que ellas de ninguna manera podían saber con certeza. Pero fray Antonio iba un poco más allá, atribuyendo todas estas situaciones a una realidad social que aceptaba y fomentaba la superchería, la religiosidad extremada, las visiones de todo tipo y de la que no eran culpables solo las mujeres de una y otra condición, pues en ella estaban involucradas desde las más altas instancias de la monarquía, la jerarquía de la Iglesia y los eclesiásticos y hasta el pueblo llano.

Estamos en un siglo tan lamentable, que se cuentan las revelaciones en los estrados y por las calles, sin que basten para escarmiento tantos embustes como cada día se descubren. […] No habría tantas beatas engañadas, si no hubiese tantas señoras simples que las enredan. Harto mejor harían cierto las señoras, si a las beatas les diesen limosna, y alguna cosa que trabajar de sus manos en el retiro de sus propias casas, pagándolas su trabajo, para que en parte comiesen de la mesa del Señor, y en parte del sudor de su rostro, conforme a la piadosa penitencia que nos dio nuestro benignísimo Dios, por el grave desacato de nuestros primeros Padres, de quienes heredamos el pecado original.17

Los ejemplos analizados con anterioridad señalaban que las beatas no eran en general mujeres ociosas, sino que trabajaron para ganarse su sustento, y que en muchas ocasiones lo hicieron a costa de grandes sacrificios personales. Pero es evidente que algunas de ellas utilizaron su condición de beatas para proyectarse socialmente y para conseguir fama por su forma de vida religiosa y espiritual. Esta acusación, que se ha utilizado muchas veces para desprestigiarlas de modo general, no puede esgrimirse en su contra, pues era perfectamente legítima y ellas la utilizaron como un modo de hacer ver a la sociedad que, siendo mujeres, estaban tan capacitadas como los hombres para ser protagonistas de sus propias experiencias espirituales.18 También como una forma de reivindicar que, a pesar de todas las cortapisas que se encontraban, de todos los recelos con los que la sociedad las contemplaba, de los pocos espacios que se les reservaba para desarrollar su personalidad, al menos en la religiosidad y en la espiritualidad, espacio social pero a la vez íntimo, tenían la posibilidad de crear su propio mundo y de hacerlo comprensible a los demás.19 De un modo u otro, las beatas estaban feminizando la religión, pues si, como antes se ha dicho, no podían ser célebres como los hombres en las armas y en las ciencias, al menos sí podían competir con ellos en el camino de la santidad. Y a este tercer camino, aunque fuera a contracorriente, pero aprovechando los estrechos límites que se les fijaban, no quisieron en modo alguno renunciar.20

Se ha hecho referencia a la presencia de bienhechores, protectores o benefactores en las vidas de las beatas y se han citado cuatro casos; de uno de ellos, el referido a la beata Beatriz Ana Ruiz, se han dado ya algunos detalles, pero ahora interesa analizar con un poco más de detenimiento los otros tres.

Elena Martínez tuvo como bienhechor a don Francisco Calderón. Este acudió a Valencia a las cortes de 1604 acompañando al rey Felipe III y a su hijo don Rodrigo Calderón, valido del duque de Lerma. Visitó el convento de san Juan de la Ribera. En la iglesia del convento se encontró con la beata, de la que había oído reseñar «su gran virtud, y singular espíritu». Quiso hablarle, pero ella rehusó hacerlo, pues no contaba con la autorización de su prelado. Pero don Francisco averiguó que su confesor era Fray Antonio Sobrino, a quien seguramente conocía de la Corte, y le pidió que la autorizara a comunicarse con él. Así se hizo, y ella le habló «con tan gran modestia, dulçura de espíritu, y muestras de la divina luz, que era el interno móbil, que dirigía sus palabras, y acciones, que el Cavallero quedó muy prendado». Le ofreció un bolsillo lleno de reales de a ocho y escudos, pero la beata Elena quiso rechazarlo y su confesor la obligó a aceptarlo. Después, conociendo don Francisco Calderón sus necesidades, le envió una nueva cantidad de reales y quiso comprarle una casa, pero ella no se lo permitió, por lo que aquel le puso a censo 300 escudos para que con el rédito alquilara una. Además, mientras vivió le remitía todos los años desde la corte 100 ducados.21 Así pues, por los pocos datos que se conocen, se evidencia que la beata fue un sujeto pasivo, pues no pidió nada, se comportó como siempre lo hacía y no alteró su cotidianeidad. Fueron pues los desvelos de su futuro bienhechor, ayudado sin duda por el confesor de la beata, los que la «forzaron» a aceptar la ayuda económica. No queda claro en la biografía si, a cambio de la ayuda, la beata se comprometió a predecirle situaciones futuras.

El bienhechor de Isabel de la Paz fue Gregorio Villanueva, «moço escriviente». Estaba casado y tenía varios hijos y, viendo que Isabel estaba desamparada, le compró una casa. Le mintió a su mujer, pues le dijo que la beata le pagaba cien reales de alquiler. Después, «aviendo caído su muger enferma, y tratando con ella si gustaría de que aquella casa se la dexassen a la sierva de Dios de por vida sin interés alguno, vino bien en ello». Pero a la beata no le gustó esta decisión, aunque, curiosamente, muriendo la mujer «fue la sierva de Dios a darle al bienhechor el pésame, y juntamente la enhorabuena, diziendo: Alégresse, y gózesse en el Señor, como yo me alegro, y sepa que ya Dios le ha pagado a la buena Isabel Forner (que assí se llamaba la difunta) la caridad de averme dado casa, dándosela a ella en el cielo muy mejorada, de lo qual él quedó muy gozoso, teniéndolo por muy cierto, por dezirlo la Venerable Madre, que no afirmava lo que no supiera muy claramente».22

Tras enviudar, Gregorio Villanueva quiso retirarse del mundo e irse a un desierto o hacerse religioso, pero afirma el biógrafo que la providencia no quiso, «porque no quedasse la Venerable Madre desamparada, y assí se determinó de perseverar en el mismo estado, hasta la muerte de uno de los dos, haziendo voto de castidad, y exercitándose en santas y piadosas obras». Durante treinta y cuatro años sirvió a la beata «como su mayordomo, provehedor, y criado».23

La relación de Isabel de la Paz y Gregorio Villanueva provocó graves recelos en la ciudad de Murcia, sobre todo en algunos familiares del bienhechor, que no perdonaban a la beata que disfrutara de una casa que no era suya. Estos, «abrasados de embidia blasfemavan de ambos, diziéndole a él, que era un viejo loco, e hipócrita, y a la sierva de Dios otros mil oprobios; y amenaçándola, que sino dexava la casa, la avían de moler a palos, o cruzalla la cara, y otras vezes, que avían de pegar fuego a la casa, y quemalla viva». Además de esto trataron de poner mácula en la honestidad de la beata, «diziendo della, y su bienhechor, que estavan amancebados, y que aun los avían de passear por las calles de Murcia».24

Isabel de la Paz, de familia conocida pero venida a menos tras la muerte de su abuelo y de su padre, vio agravarse su situación económica al morir también su madre y una tía suya con las que vivía. Ella no trabajó nunca, pues amparada por unos y por otros, jesuitas y franciscanos descalzos, se dedicó toda su vida a vivir de modo singular su espiritualidad. Fue en este sentido una mujer ociosa, que tuvo la suerte o seguramente la buscó, de encontrar a un bienhechor que, por las razones que fueran, decidió hacerse cargo de ella. Por tanto, en su caso, Isabel de la Paz se aprovechó para sus fines de la devoción de su bienhechor y utilizó su influencia sobre él para vivir con relativa comodidad, sin necesidad de trabajar.

Finalmente, Inés Juana García representa otro modelo de beata. Muerto su padre cuando ella tenía pocos años, los ladrones desvalijaron su casa y las dejaron a ella y a su madre en la más absoluta miseria. Madre e hija tuvieron que trabajar devanando seda y la madre no le permitía descuidarse del trabajo, no dudando en castigarla cuando ella pretendía dedicarse a la oración. Inés vivió más de noventa años y en los últimos años de su vida estuvo al cuidado de una mujer que se ocupaba de ella. En su caso, su fama de mujer espiritual se extendió por la ciudad de Valencia y no faltaron nobles y caballeros que pretendían llevarla a sus casas «para gozar de su conversación».25 Entre esos nobles, tuvo especial empeño en tratarla la duquesa de Feria, mientras su marido ejerció el cargo de virrey de Valencia (1615-1618). La afición de la duquesa a la beata no era un caso excepcional, pues según narra el biógrafo, la duquesa era una de esas mujeres de la nobleza «muy aficionada a gente virtuosa, y espiritual» y que pensaba que, dada su posición social, las mujeres espirituales debían plegarse a su voluntad e ir a visitarla cuando ella se lo requiriera. Pero la beata Inés, de momento, no quiso plegarse a ello y no quiso ir a visitarla a su palacio.

La duquesa de Feria, disgustada de que la beata rechazara sus llamadas, ya que no estaba acostumbrada a que no se aceptaran sus caprichos, decidió dar un paso más en hacer cumplir su voluntad y, aprovechando que había tenido un hijo, decidió que la beata «lo sacasse de la pila». Así pues, quiso que el confesor de la beata le ordenara por obediencia que fuera a visitarla a su palacio, y así lo hizo, pero sin comunicarle el fin para el que se la requería. Inés obedeció a su confesor y fue recibida por los virreyes «con grande agasajo, y demostraciones de devoto afecto», y entonces fue cuando la duquesa le desveló su intención: «Sepa, Madre Inés, que bautizo oy el niño, que el Señor me ha dado; quiero, que con un deudo mío lo saque de pila, y sea su madrina, y verdadera madre, teniéndole siempre por hijo, y encomendándole como tal a nuestro Señor». La beata no sabía qué responder, pero obedeciendo a su confesor «huvo de baxar la cabeça, y sacar el niño de pila, padeciendo muy gran confusión». Tras el bautismo la duquesa pasó todo el día con ella, «de cuyo trato, y afabilidad quedó sumamente pagada, de manera que de allí adelante no quisiera apartarse della». Y muchas veces enviaba a sus criados con la carroza para que trajeran a la beata a su presencia. Esta, por mucho que se escondiera y rechazara ir a verla, había veces que no podía negarse, sobre todo cuando los criados hacían pesquisas por las iglesias para encontrarla.

El capricho o la devoción que la duquesa de Feria sintió por la beata Inés, cuando ella ya tenía más de sesenta años, la hizo afirmar lo siguiente: «Quando yo no huviera conseguido en esta venida Valencia otra cosa más que aver conocido, y tratado a la Madre Inés, me tuviera por dichosíssima, porque es una de las cosas que más estimo en este mundo». Incluso cuando los duques se fueron de Valencia quisieron llevársela con ellos, prometiéndole que dispondría de una casa y de retiro para dedicarse a su vida espiritual. Pero la beata lo rechazó, aunque no pudo evitar que mientras «estuvo la Duquesa en Valencia, además de darla todo lo necessario para ella, y una criada, le hazía otras particulares limosnas, y aviéndose ido, no se olvidava de socorrerla. Embióla desde Milán en una ocasión cien ducados, y otras vezes dentro de las cartas la remitía algunos doblones, rogándola no se olvidasse della, y de toda su casa».26 Por tanto, aparentemente, la beata Inés no mostró interés alguno por iniciar y mantener su relación con la duquesa de Feria, aunque no rechazó las limosnas que esta le hacía y, además, aunque fuera por mandato de obediencia de su confesor, se plegó a la voluntad de la duquesa. Las razones que indujeron a esta relación se nos escapan, y no acaba de entenderse qué pudo ver la beata o qué palabras escuchó la duquesa de esta para mantener hacia ella una devoción tan intensa. Aunque tampoco se comprende por qué haya que dilucidar esto por el mero hecho de que Inés fuera una sencilla mujer, aunque con fama de espiritual. Parece que solo por su condición de mujer, de una «pobre mujer», sea necesario justificar su comportamiento.

A veces las beatas recibían insultos o menosprecios de sus vecinos, de algunos eclesiásticos y también de otras mujeres. Así le aconteció a Isabel de la Paz, cuando los familiares de su bienhechor le lanzaron todo tipo de vituperios y amenazas, motivados por la donación de una casa que aquel le había hecho. La propia beata se vio envuelta en otra polémica cuando se atrevió a escribir cartas espirituales a algunos religiosos, «dándoles algunos documentos, y avisos importantes para sus conciencias, y aprovechamiento interior». De ello se enteró el provincial de los franciscanos descalzos fray Gerónimo Planes, que era muy «adverso a Beatas»; la llamó a su presencia y delante de los frailes la reprendió ásperamente, diciéndole «que era una altiva, y presumptuosa, que fingía oráculos, y revelaciones, para engañar el mundo, y que en la Provincia no había Beata semejante a ella, que quería hazerse Maestra de sus Maestros, y padres espirituales; y por fin de todo amenaçóla con la Inquisición…». La beata soportó con paciencia la reprimenda y respondió que trataría de enmendarse, pero el provincial, poco satisfecho de su respuesta, la obligó a escribir otras cartas, cuyo contenido no se dice, obligándola a firmarlas. Posteriormente, cuando el provincial pudo conocerla mejor, convirtió su rigor hacia ella en afecto y alabanzas.27

Vicenta Sabater (1635-antes de 1665), beata de Vinaroz, se casó en Valencia y enviudó cuando tenía veintiún años. En una excelente posición económica, rechazó casarse de nuevo y decidió retornar a Vinaroz y dedicarse a la vida espiritual. Fue una mujer singular, porque salía muy poco de su casa y no recibía en ella a ningún hombre, fuera pariente, clérigo o religioso, ni incluso a su confesor o padre espiritual. En cambio, iba todos los días a misa y a comulgar. Su forma de vida causó extrañeza en sus vecinos, y algunos comenzaron a murmurar de ella insultándola con «palabras indecentes, e indignas» y lanzando todo tipo de calumnias contra ella. La beata no se preocupó de ello y prosiguió con su vida. Finalmente, cuando murió, recibió el reconocimiento de todo el pueblo.28

Gerónima Dolz, beata a la que se aludirá en otras ocasiones, fue una mujer en cuya vida pueden destacarse diversos aspectos. Uno de los rasgos que la caracterizó fue su obsesión por denunciar los comportamientos que le displacían o que entendía que no se ajustaban a su forma peculiar de comprender la moral. En este sentido, la caracterización que sobre ella nos legó su biógrafo la hace aparecer en algunos momentos ciertamente antipática para el lector. Debido a su peculiar manera de ser, Gerónima recibió una severa reprimenda de otra mujer, y aunque en la biografía se afirme que la protagonista no era sino el demonio revestido de mujer, el contenido de la reprimenda sintetiza de forma adecuada la visión y el juicio que para otras personas merecía la forma de vida de las beatas. Así, se alude a su querencia por ser maestra de espíritu, estudiar «documentos místicos», gobernar conciencias, ir más allá de «las calidades» de su sexo y estado, imaginación ilusa, mujer ignorante, pobre mujer, etc. Y todo ello sin querer considerar el caso contrario, pues muchos hombres doctos, después de años de estudio, no se arrogan magisterio alguno. Por tanto, la dicotomía evidente de género, hombres doctos-mujeres ignorantes, capaz incluso de hacer que aquellos caigan en el descrédito por someterse al dictado de su magisterio. Sin embargo, a nuestro modo de ver, el hecho más reseñable no es tanto el contenido de lo que se dice contra la beata, que puede encontrarse en otros escritos similares, sino que se utilice la figura de otra mujer, y más aún adornada del binomio mujer-demonio, para protagonizarlo.

[…] aquí me trae la ley de la caridad, que devemos tenernos unos a otros, solo para darla un aviso que podrá servirle de mucho beneficio si le practicare […] Varias personas de acreditado entendimiento están maravillándose, que te hagas Maestra de espíritu, que estudies documentos místicos con que governar conciencias, y queriendo elevarte sobre las calidades de tu sexo, y estado, hables con tanto ardimiento a personas de sangre, y carácter, reprehendiéndoles en frasse de zelo sus acciones, que tal vez te las representó impías algún informe mentido, tinte de que está tan lleno el mundo; o las mira siniestras tu misma imaginación ilusa: qué piensa, que es cuerpo de delito, lo que es fantástica sombra? No me podrás negar, que se expone a mucho una muger ignorante, haciéndose directorio místico a las almas que la buscan; cosa que cuesta largo estudio, y desvelo a los Hombres más doctos, quienes después de rebolver muchos libros, no siempre llegan a perficionarse en este magisterio. Pues qué le sucederá a una pobre muger, con essas fantasías de espíritu, sino arriesgarse a practicar un engaño, y a que la castiguen por ilusa, con descrédito de los Doctos que la goviernan, y con desdoro también de la virtud, pues muchos se retraherán de seguirla, viendo que no la ay en essa alma, donde se ven tantas apariencias. Tampoco significa virtud esse trage humilde que vistes, essa modestia que usas, y essa abstinencia, y rigores que exercitas. Son estos no más, que accidentes de la virtud, que aunque les usan los Santos, también los remedan los Hipócritas. El mundo está ya tan escarmentado de ver parar sobre las llamas de un brasero estos santurrones fingidos, que qualquier entendimiento advertido, y discreto, deverá tratarlos con la precisión, y miedo con que se manejan las asquas. En cada siglo se ven muchos de estos espectáculos, que esconden llamas debaxo de las cenizas macilentas, y áspides ponzoñosos detrás de los cilicios. Para evitar, pues, estos escollos, vive como los demás viven, y recobrarás los colores de esse rostro, que en otro tiempo tenías sonroseado, y vivo; viste sin melindre, y déxate de extravagancias, y ayunos, y tendrás más robusta salud, y con ella más tiempo para pedir a Dios perdón de las enormes culpas que has cometido, y para serle más agradecida a los favores, que sé que te tiene hechos.29

Lo que le aconteció a Gerónima Dolz se reiteró en el caso de la beata Elena Martínez. También ahora, curiosamente, la forma de vida de las beatas será cuestionada por otras mujeres, con lo que nos encontramos con el hecho de que los biógrafos, que son quienes nos han transmitido estas noticias, quizás pretendan mostrar de modo fehaciente que fueron otras mujeres las que más se opusieron al modelo de vida de las beatas. También podría entenderse de otro modo, quizás más forzadamente, ya que haciendo que fueran también mujeres las antagonistas de las beatas se reducía todo a una cuestión femenina.

Saliendo una vez de una casa principal con su compañera sor Rafaela, una mujer, que estava en un coche con otras, empeçó a dezir en voz alta: Veis estas Beatas, pues estas son la destruición de la Ciudad, quemadas avían de estar todas, ellas con sus embelecos, y embustes rebuelven el mundo: fuego que las abrase: y a este tono otros grandes desprecios.30

1 José L. Sánchez Lora: Mujeres, conventos y formas de la religiosidad barroca, ob. cit., p. 346. En igual sentido se pronuncia, en el caso de Castilla, Ángela Muñoz respecto a los beaterios, los cuales se concentraban «en los núcleos urbanos de mayor rango demográfico dentro de la estructura jerárquica del poblamiento regional». Véase Ángela Muñoz: Beatas y santas neocastellanas, ob. cit., p. 29.

2 Ángela Atienza diferencia entre las mujeres «que rechazaron y evitaron el convento y mujeres que no pudieron entrar en él. Porque es importante no olvidar algo: las plazas en los conventos femeninos eran limitadas. Incluso para las que podían asumir el coste de la dote: la demanda superaba a la oferta». Véase, Ángela Atienza: «El mundo de las monjas y de los claustros femeninos en la Edad Moderna», en E. Serrano (coord.): De la tierra al cielo. Líneas recientes de investigación en Historia Moderna. I encuentro de jóvenes investigadores en Historia Moderna, Zaragoza, Institución «Fernando el Católico» (CSIC), 2013, p. 97.

3 Véase Ángela Muñoz: Beatas y santas neocastellanas, ob. cit., p. 26.

4 María del Mar Graña: «Beatas y comunidad cívica», art. cit., pp. 701-702.

5 Francisco Pons Fuster: Místicos, beatas y alumbrados, ob. cit., pp. 153-155.

6 La presencia de bienhechores o benefactores es una constante en las vidas de numerosas beatas que se reiteró en el tiempo y que se replicó también en la América hispana. En muchos casos, entre «los benefactores de las beatas había gente de todos los estratos e incluso algunos de sus seguidores fueron personas muy encumbradas». Véase Antonio Rubial García: Profetisas y solitarios, ob. cit., p. 46.

7 Francisco Pons Fuster: Místicos, beatas y alumbrados, ob. cit., p. 153.

8 Ibíd., p. 154.

9 Blas Antonio Cazorla: Vida, y Virtudes de la angelical, y extática virgen la venerable Gerónima Dolz, doncella de puríssimas costumbres, muy favorecida de Dios, de la Virgen Santíssima, y los Ciudadanos del cielo, Valencia, 1744.

10 Francisco Pons Fuster: «Un jesuita y una beata. La Milagrosa relación del jesuita Blas Antonio Cazorla y la beata Gerónima Dolz», en E. Callado Estela (ed.): La catedral ilustrada. Iglesia, sociedad y cultura en la Valencia del siglo XVIII, vol. 3, Valencia, 2015, p. 200.

11 Fray Jaime Sánchez: Relación Breve de la vida, virtudes, y milagros de la humilde Sierva del Señor Sor Margarita Agullona, beata professa de la orden del Seráfico padre S. Francisco, en Valencia, en casa de Juan Chrysóstomo Gárriz, 1607, p. 38.

12 Julio Caro Baroja: Las formas complejas de la vida religiosa (Siglos XVI y XVII), Madrid, 1985, pp. 474 y ss.

13 Fray Antonio Arbiol: Desengaños místicos, Madrid, 1784, pp. 90-91. En el caso de las beatas de Nueva España, Antonio Rubial refiere una idea similar, al afirmar «que la gente se aproximaba a las beatas con ciertas ideas preconcebidas de lo que debía ser un santo; sus procesos mentales implicaban un esfuerzo para crear una correspondencia entre sus expectativas y lo que hacía la persona que estaba frente a ellos». Incluso, en muchos casos, las beatas utilizaban «sus dones “sobrenaturales” como un medio de supervivencia». Véase Antonio Rubial García: Profetisas y solitarios, ob. cit., pp. 93 y 99.

14 Fray Antonio Arbiol: Desengaños místicos, ob. cit., p. 93.

15 Ibíd., p. 93.

16 Ibíd., p. 94.

17 Ibíd., p. 94.

18 «En contraste con los criterios intelectuales y profesionales que pesaban en el mundo, el ideal ético, incluso para las mujeres, era una carta que había que jugar. No sólo representaba la única prestación sin vinculación con el sexo, en la que podían igualar a los hombres, e incluso superarlos. Con la creciente profesionalización de las capacidades ajenas al ámbito doméstico, la ambición moral de las mujeres se alejaba cada vez más a la larga, de la ambición profesional de los hombres, mientras que la virtud y la religiosidad se asociaba cada vez más al mundo íntimo de los ministros de las iglesias, de los religiosos y de las mujeres». Véase Elisja Schultz van Kessel: «Vírgenes y madres entre cielo y tierra. Las cristianas en la primera Edad Moderna», en G. Duby y M. Perrot: Historia de las mujeres, vol. 3, Madrid, Taurus, 2000, p. 198.

19 Sobre la idea de asignación de roles o «categorías polarizadas» entre hombres y mujeres y cómo las mujeres encontraron en la religión y en las experiencias espirituales un modo de desarrollar su propia personalidad al menos en la escritura, véase M.ª José de la Pascua: «Teresa de Jesús, cultura del yo e historia de mujeres», art. cit., p. 65: «Si por principio había muchas dificultades para que las mujeres –desde la identidad asignada–asumieran roles activos en la defensa de la religión o establecieran una relación legítima con la palabra escrita, constituyéndose en voces autorizadas, la propia consideración del cuerpo femenino ofreció un contexto favorable a su utilización como herramienta o lenguaje [alternativo a la Razón, aunque desde luego, no completamente incontaminado por esta]. Porque las mujeres eran supuestamente más sensitivas, más afectivas, menos intelectuales y estaban más conectadas a su cuerpo que a la razón, de acuerdo con la imagen de la mujer usual de la época, las mujeres podían tener experiencias místicas sin ser sospechosas, al menos en principio».

20 Beatriz Ferrús, siguiendo a Ibsen (véase Kristine Ibsen: Women’s spiritual autobiography in colonial Spanish America, Ganesville, University Press of Florida, 1999, p. 32), afirma que «se puede hablar de una división de roles dentro del macrorrelato religioso. A los hombres correspondería el estudiar, razonar, conocer, interpretar los textos, el mundo, los hechos externos, mientras que estas tareas quedan vetadas a la mujer dada su naturaleza. Sin embargo, Dios las compensa dotándolas de actitudes extrañas: la posibilidad de oír voces, revelaciones de futuro… Hombres y mujeres se encuentran en el mundo colonial vinculados con la trascendencia de forma distinta». Véase Beatriz Ferrús Antón: Heredar la palabra, ob. cit., p. 65.

21 Antonio Panes: Chrónica, II, pp. 500-501.

22 Ibíd., p. 349.

23 Ibíd., p. 349.

24 Ibíd., p. 348.

25 Ibíd., p. 455.

26 Ibíd., pp. 455-456.

27 Ibíd., pp. 346-347.

28 Ibíd., pp. 1066-1077.

29 Blas Antonio Cazorla: Vida, y Virtudes de la angelical, y extática virgen la venerable Gerónima Dolz, ob. cit., pp. 141-143.

30 Antonio Panes: Chrónica II, ob. cit., p. 512.

IV. VIOLENCIA Y ACOSO SEXUAL

Confesores, maestros o guías espirituales, clérigos y frailes, varones todos eclesiásticos, integraban el entorno en el que las mujeres espirituales desarrollaban su vida de dedicación a la religiosidad y a la espiritualidad. Ellos fueron los que las guiaron, propalaron su fama, recogieron por escrito las experiencias de sus vidas, las defendieron de acusaciones, dieron pábulo a lo que les narraban, construyeron sus santidades, etc. Pero, si esta fue una norma general, hasta el punto de que se han asociado indivisamente las figuras de beatas y confesores, no hay que dejar de lado a otros varones, también eclesiásticos, que las engañaron, frustraron sus vidas, se aprovecharon de ellas, las solicitaron a deshonestidades, les pusieron todos los impedimentos para sus prácticas espirituales, etc. En el fondo, todos ellos formaron parte de sus vidas. Y mientras unos las contemplaban como beatas más que como mujeres, otros se olvidaban de que eran beatas y las veían simplemente como mujeres, pero como mujeres frágiles, ignorantes, mujeres jóvenes de las que podían aprovecharse para fines poco piadosos y espirituales. Y así fue en la realidad.1 Y, por tanto, del mismo modo que se ha visto que se lanzaban contra las beatas acusaciones de todo tipo, también entre los hombres eclesiásticos que giraban en su entorno se dieron comportamientos poco edificantes que, en muchos casos, se soslayan o se ocultan de modo interesado en determinada historiografía.

Pero las beatas, las beatas solitarias, individuales, que vivían con una mayor libertad de movimientos, además de con los eclesiásticos se relacionaron con otros hombres. Con sus padres, con sus parientes, con sus pretendientes y maridos, con sus señores o con los otros criados que servían a los mismos señores, con sus bienhechores, etc. Con ellos vivieron también todo tipo de circunstancias. Y aunque muchas veces estas relaciones se ignoran o tamizan en aras de centrar el objetivo en la espiritualidad, en enjuiciar si sus experiencias eran ortodoxas o heterodoxas, o si eran fruto de la tan manida, por aludida tantas veces, fertilidad imaginativa de las mujeres, en muchos casos, para bien o para mal, las relaciones de las mujeres con estos otros hombres no eclesiásticos fueron decisivas en la elección de la forma de vida que escogieron. Y en este sentido conviene tenerlas muy presentes.

Fray Antonio Ferrer, franciscano descalzo, predicador incansable de miles de sermones por todos los rincones a los que se le convocaba, buen conocedor de las vidas cotidianas de hombres y de mujeres, publicó en Orihuela en 1620 un denso libro titulado Arte de conocer y agradar a Jesús. La primera parte de la obra, la más extensa, es básicamente un tratado moral donde se recoge toda la doctrina cristiana. El autor, expurgando algunas ideas de su obra, trató el tema de las relaciones entre los sexos, si bien ahora solo nos detendremos en dos cuestiones, la cohabitación de los prometidos y la violencia que se ejercía sobre las mujeres casadas y doncellas.

Fray Antonio reñía a los padres que consentían que sus hijas cohabitaran con sus prometidos, pues las convertían más en mancebas que en mujeres. Apelaba a ellos para que tuvieran vergüenza, sobre todo las madres, «pues ellas tienen más culpa». Esta costumbre era un «abuso infernal» de los padres que había de reformarse, y aunque consideraba lícito el que los prometidos se hablaran y se visitaran, de ningún modo aceptaba el que cohabitaran. Entre las razones de su oposición se entremezclaban argumentos reales de los perjuicios que podían ocasionarse a las mujeres, como que sus prometidos las rechazaran por considerar que no eran doncellas «y otros innumerables daños, inconvenientes y pesadumbres que a vezes duran toda la vida»,2 con otros de tipo moral, como el cometer pecado mortal y los castigos divinos que de ello podían derivarse. Curiosos castigos divinos:

Los castigos que Dios nuestro Señor haze por este pecado no los saben? Pues creanme, que quiçá más de dos, y aun de quatro casadas no tuvieran los partos tan revesados, ni por ventura tuvieran tan poca paz con sus maridos, ni los hijos salieran tan traviessos, ni los años acudieran tan a su disgusto, (y otros açotes que embía Dios) sino fuera por aver vivido primero amancebados, que casados. Y es lo bueno, que desto nunca se confiessan, assegurada ella, con que él le dixo quando la solicitó: Anda, no reparéys en esso, que para con Dios, ya soys mi muger. No dize verdad quien esso dize, pues ni para con Dios, ni para con la Iglesia lo es, hasta que se desposan por palabras de presente.3

A pesar del uso y abuso de los calificativos despreciativos respecto a las mujeres que figuran en la obra, fray Antonio era partidario de que las mujeres, frente a la violencia que se ejercía contra ellas, se defendieran sin ningún temor utilizando todas las armas a su alcance. Y si bien la razón última que para ello argüía era el no ofender a Dios, también admitía que las mujeres llevaran la defensa contra la violencia sexual hasta el extremo de no tomar en consideración las derivaciones sociales que les pudiera acarrear a nivel personal (tema de la honra) y en el entorno familiar.

Abran los ojos las necias, que por no ser sentidas dexan de dar vozes, y consienten con miedo de lo que dirán, y de que no se pongan en trabajo, o el marido, o el padre, o los hermanos. Es tentación de Satanás, pensar que es mejor consentir en el pecado, que no que sea descubierto el desvergonçado, que las inquieta. Buélvanse como unas leonas contra los que las solicitan a mal; y si de ahí se sigue el ser sentidas, y el descubrirse quien sea el mal hombre que en esso anda, no se les dé nada; porque dello se les seguirá a ellas grandíssima honra, y a él es bien se le siga grande infamia, y castigo. Mejor, y más honra es dezirse, como dirán todos. Hulana es tan honrada, y casta, que, por no consentir en una fealdad, y culpa deshonesta, ha hecho una hazaña tan grande, que con averla puesto hulano en grandíssimo peligro, ha tenido valor para defenderse dél. Harto mejor será se diga esto sin ofensa de Dios, que no que le ofendan, y las infamen, (que ellos, los mismos vellacos con quien pecan, suelen ser los primeros, que las publican) y se diga por todo el barrio, y aun por todo el lugar; pues por bien que se encubra el pecado, siempre se huele algo, y se dize: con que quedan ellas, sus maridos, hijos, hermanos, y padres, y aun todo el linage, infamados.4

Históricamente, y como ha sido ya ampliamente estudiado5 la instrumentación del pecado de Eva ha servido para todo tipo de discriminaciones contra la mujer a la que se ha culpado de muchos de los males acaecidos a la humanidad y, lo que resulta más importante, ha dado pie al desarrollo de teorías acerca de la inferioridad femenina. También colaboró nefastamente en la divulgación de esta idea el relato bíblico de su nacimiento dependiente del costado de Adán. Sobre esta cuestión, aunque fray Antonio, recogiendo el sentir del Maestro de las Sentencias, pretenda argumentar que la mujer no ha de considerarse nunca cabeza del marido, ni tampoco sentirse sometida a sus pies como una esclava, sino como una persona igual a él, «como cosa salida de sus proprias entrañas», de inmediato modificará su discurso aparentemente igualitario para advertirle de las consecuencias sociales que se ciernen sobre ella en el caso de pretender bucear en otra alternativa en la que quiera arrogarse cierto protagonismo, aunque, curiosamente, el ejemplo que se utiliza sea precisamente discriminatorio, pues se apela a él como congénito a la propia condición femenina.

Ella no sea tan necia, que piense, que lo ha de llevar todo a vozes, y que ha de atropellar a su marido, que por esse camino ganará poco. Lo que suelen ganar las que dan en esso es, que las tratan sus maridos mal de palabra, y de obra; y al fin todo llueve sobre ellas, que en efecto siempre ha de quebrar por lo más delgado.6

Pero si alguna duda podía quedar sobre el pensamiento de fray Antonio sobre el modo como entendía la desigualdad de sexos y la supeditación de la mujer al hombre, su explicación de las consecuencias de todo tipo que del pecado de Eva se habían derivado es una de las interpretaciones más misóginas que pueden leerse, por más que esté amparada en una bibliografía de doctas autoridades a las que se remite.

61 A él ruego, que, advierta, que quando pecó el hombre primero comiendo de la fruta vedada, que no fue engañado, de la manera que lo fue Eva, y assí más lo hizo de puro enamorado, por no negar a Eva (cuya hermosura le avía robado el coraçón) la primera cosa, que le pedía, como dize San Augustín, que no porque no se supiesse lo que hazía: Aunque también fue engañado Adam, pero mucho más lo fue Eva, la qual devió de creer, que sin duda ninguna era verdad, lo que la serpiente le dixo, que en acabando de comer, serían ella y su marido como Dioses, en el saber. Y como el castigo ha de ser conforme el delicto, y la pena conforme a la culpa, la castigaron a ella con el saber, a Adam no tanto en esso, quanto en otras cosas. Y assí quedó ella (y lo heredan todas sus hijas) muy falta en la sabiduría; y por esso sugeta al marido, para que, como a menor de edad, y a ignorante, y poco cuerda, la rija él, y la govierne. Y assí se vee por experiencia, que pocas vezes la muger en cosas de saber se señala; sino que siempre es imperfecta, y casi ninguna es en esso consumada: como es en escribir, en gramática, o otra qualquier sciencia, si alguna dellas emprende a estudiarla. Esto note mucho el marido, para en ocasiones, que se compadezca de su muger, quando la viere, o oyere poco avisada, y prudente, y que sepa que no alcança más: y pues él es la cabeça della, y en él, por esso ha puesto Dios más capacidad, y juizio, que lleve con paciencias las imprudencias de su muger, y que haga cuenta, que no sabe más; que si esto no considera, será nunca acabar, y bivir una vida infelicíssima. Verdad es, que sucede algunas vezes, aver mugeres, que tienen más talento, que sus maridos.7

En la relación matrimonial, fray Antonio condenaba a la mujer al silencio como única alternativa al maltrato físico.8 No justificaba el maltrato, lo consideraba una bajeza, pero lo comprendía como una realidad social cuya culpa recaía en la capacidad que las mujeres tenían de sacar de sus casillas a sus maridos. El ejemplo que trajo a colación, aunque sus protagonistas fueran dos mujeres, ejemplifica bien su pensamiento: agua santa para el silencio y, de lo contrario, el infierno en vida para la mujer.

62 A ella quiero dar un buen consejo, que le dio una vezina anciana a otra rezién casada afligida, y maltratada de su marido; y es, que no quiera que la suya sea la postrera; sino que quando él está muy enojado, tenga, o no tenga razón, calle ella, y con esso no se le atreverá, ni descompondrá. La traça del consejo se note. Pidió pues consejo la rezién casada a la vezina discreta, cómo remediaría su mal, que cada día llevava palos de su marido. Gran baxeza por cierto de un marido poner las manos en su muger, por más bívora que sea: aunque a vezes sácanlos algunas a sus maridos de sus casillas, como dizen, de manera que el demonio, que se aprovecha de aquella ocasión, les haze hazer lo que nunca ellos hizieran, y si una vez pierden el respeto, con dificultad se remedia. Respondió pues la prudente vezina. Mirad amiga, yo sé muchos remedios, para muchos males, como muger anciana, que soy; tengo grande experiencia, y para vuestro mal, no he hallado otro mejor remedio, que una agua santa, que os daré. Diole una redomica de agua, y díxole: Guardad esta redomica de agua, y quando vuestro marido començare a reñiros, tomad un trago della, y tenedla en la boca mientras él os riñere, y no la soltéys, ni traguéys hasta que a él se le aya passado el enojo: y sobre mí el daño que de ello os viniere, a fe que no os toque, ni aun os trate mal de palabra. Hízolo assí la rezién casada, y bivió en mucha paz. Acabósele el agua, y luego bolvieron a llover palos sobre ella. Corrió de presto a la vezina por más agua santa, que avía hecho tantos milagros; la qual le dixo: Hija, tan bova soys, que echáys de ver, que en el agua no ay virtud ninguna para esse mal; porque es agua del pozo: todo el bien vuestro, y remedio consiste en callar. Mientras vuestro marido está con la cólera chitón, no abráys la boca, no le respondáys cosa ninguna, ni o buena, ni mala; y con esso veréys, quanta quietud tendréys, y quanta paz. Mas si vos queréys, que la vuestra sea la postrera; de qué os espantáys que viváys con tanta inquietud? Abran los ojos los que esto leyeren, o oyeren, y prueven el remedio del agua santa, y verán cómo será santa su casa, y aun una gloria abreviada en la tierra; y sino calla, será un infierno.9

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

₺664,01