Kitabı oku: «Blumfeld, un solterón y otros cuentos»

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Blumfeld, un solterón y otros cuentos


Blumfeld, un solterón y otros cuentos (1915) Franz Kafka

Editorial Cõ

Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.

edicion@editorialco.com

Edición: Enero 2022

Imagen de portada: Rawpixel

Traducción: Benito Romero

Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.

Índice

1  Blumfeld, un solterón

2  El maestro del pueblo (El topo gigante)

3  Un viejo manuscrito

4  En la colonia penitenciaria

5  Ante la ley

6  Un fratricidio

7  Un sueño

8  Informe para una academia

9  Un artista del hambre

10  La muralla china

11  El cazador Gracchus

12  El jinete del cubo

13  El buitre

14  La construcción

15  Josefina la cantora

Blumfeld, un solterón

Blumfeld, un solterón, subía a su aposento, lo cual se le hacía fatigoso, pues vivía en el sexto piso. Al subir iba pensando, como en días anteriores, que su vida, absurdamente solitaria, era muy molesta. Para llegar arriba, a su vacío cuarto, debía subir, con íntimo convencimiento, aquellos seis pisos. AlIí, otra vez con el mismo convencimiento, se ponía la bata, encendía la pipa, y, mientras saboreaba un licor de cerezas preparado por él mismo, leía algo en la revista francesa a la cual estaba suscrito desde hacia años. Finalmente, al cabo de una media hora, se metía en la cama, no sin antes haber tenido que tender íntegramente el lecho, pues la criada, rebelde a toda indicación, siempre lo arreglaba según su propio humor. Cualquier acompañante, cualquier espectador de aquellas labores hubiese sido bienvenido a los ojos de Blumfeld. Ya había reflexionado sobre la utilidad de procurarse un perrito, animal este alegre y, sobre todo, agradecido y fiel. Un colega de Blumfeld es dueño de uno así, que no se apega a nadie, con la excepción de su amo, a quien recibe con fuertes ladridos, cuando no lo ha visto durante algún tiempo. Evidentemente, quiere expresar su alegría por haber encontrando, otra vez, a ese extraordinario benefactor que es su señor. Ahora bien, un perro tiene sus desventajas, pues, aunque se le mantenga muy limpio, ensucia la habitación. Eso resulta imposible de evitar ya que no se le puede bañar con agua caliente cada vez que se le hace entrar en el cuarto, lo que, por supuesto, le dañaría la salud. Ahora bien, Blumfeld no admite la suciedad en su vivienda, la limpieza es algo indispensable para él, y varias veces a la semana sostiene disputas sobre este asunto, con la, por desgracia, no muy cuidadosa sirvienta. Como ella es dura de oído, casi siempre la arrastra de un brazo hacia los lugares de la habitación en los que hay algo de polvo. Gracias a tal severidad ha conseguido que en la habitación el orden sea más o menos como él desea. Con la llegada de un perro, él mismo introduciría en su cuarto la suciedad que hasta ahora ha combatido con tanto celo. Aparecerían las pulgas, eternas compañeras del perro. Pero si allí las hubiera, tampoco estaría lejos el momento en que Blumfeld dejaría al perro su confortable cuarto para buscar otra habitación. La falta de limpieza era sólo uno entre los tantos inconvenientes de los perros. Estos padecen con enfermedades no entendidas por nadie. El animal se hace un ovillo en un rincón, o anda renqueando, gime, tose, se sofoca de dolor, se lo envuelve en una manta, se le silba alguna cosa, se le acerca algo de leche, es decir, se le cuida, creyendo que su mal es pasajero. Sin embargo, pudiera ser una enfermedad seria, repugnante y contagiosa. Incluso, si tuviera buena salud, alguna vez tendrá que envejecer y, si no se ha tomado la decisión de deshacerse oportunamente de él, llegará el momento en que la propia edad nos contemplará a través de los ojos lacrimosos del perro. Entonces nos atormentaremos por este animal semi ciego, de lastimosos pulmones y tan gordo que apenas puede moverse. De esa manera, las alegrías que nos dio las pagaremos caras. Aunque a Blumfeld mucho le gustaría tener ahora un perro, prefiere seguir subiendo, en solitario, la escalera por treinta años más, para, después, no ser molestado por un perro que, resoplando más fuertemente aun que él mismo, iría a su lado arrastrándose por los escaIones.

Blumfeld se quedará solo, sin imitar los caprichos de una vieja solterona que quiere tener a su lado a algún ser dependiente de ella, al cual servirá siempre, protegiéndole y dándole cariño, aunque para eso sólo son necesarios un gato, un canario y aun peces de colores. Y si tal cosa fuera imposible, hasta flores en la ventana serán suficientes para ella. Blumfeld, no. El sólo desea un acompañante, un animal del cual no deba ocuparse mucho, al que, de vez en cuando, pueda darle un puntapié sin dañarle, capaz de dormir en la calle, si fuera necesario, y que, al ser llamado por Blumfeld se ponga enseguida a su disposición, ladrando, saltando y lamiéndole las manos. Algo por el estilo quiere Blumfeld, pero al comprender que su deseo le causará algunos problemas, desiste. Sin embargo, algunas veces, como por ejemplo esa noche, su propio carácter le hacer volver a los mismos pensamientos.

Ya arriba, delante de la puerta de su cuarto, al sacar la llave del bolsillo, un rumor que viene de su habitación le llama la atención. Un rumor particular, semejante a un tableteo, intensísimo y cadencioso. A Blumfeld que ha estado pensando en perros, le recuerda el rumor de patas que golpean alternativamente en el suelo. Pero no, no son patas, ellas no producen tableteo. Aprisa abre la puerta y enciende la luz. No está preparado para lo que contemplan sus ojos. Es como brujería, dos pelotillas de celuloide, pequeñas, blancas, con rayas azules, saltan sobre el suelo una al lado de la otra, y cuando una cae la otra se levanta, e incansablemente continúan en su juego. Una vez, en la escuela, durante un conocido experimento de electricidad, él vio saltar, de la misma manera, unas bolitas pequeñas; sin embargo, éstas son, proporcionalmente, más grandes, saltan libremente, y ahora no se está efectuando ningún experimento. Para observarlas mejor, Blumfeld se inclina hacia ellas. Sin duda, son pelotas corrientes, que guardan otras pelotas menores en su interior que producen el ruido de tableteo. Hace un gesto de agarrar algo en el aire, para comprobar si no penden de algún hilo, pero no, se mueven de manera totalmente independiente. Por desgracia, Blumfeld no es un niño pequeño, pues dos pelotas así le hubiesen dado una alegre sorpresa, pero éstas le provocan una impresión más bien desagradable. Algo de valor se debe tener para mantener oculta su vida de soltero y pasar inadvertido, y, ahora, de repente, alguien, no importa quién, ha desgarrado esa vida secreta, con el envío de las dos extrañas pelotas. Quiere apoderarse de una, pero ellas retroceden y lo atraen tras de sí, hacia el interior de la habitación. Es muy tonto ir así, a la caza de ellas", se dice; se detiene, las sigue con la vista, viendo cómo las pelotillas, que, por lo visto, entienden que la persecución ha concluido, también se mantienen en el mismo sitio. Intentaré tomarlas, vuelve a pensar él, y corre hacia ellas. Enseguida, ambas huyen pero, Blumfeld, separando las piernas, las acorrala y en un rincón de la habitación, junto al baúl que allí se encuentra, consigue atrapar una. Es pequeña y fría, y, ansiosa por escapar, se mueve en su mano. La otra, al ver lo que sucede con su compañera salta mucho más alto que antes y prolonga los saltos hasta tocarle la mano. La golpea y salta más arriba. Por lo visto, intenta alcanzar la cara de Blumfeld que también podría apoderarse de ella y encerrar, a las dos, en alguna parte. Por el momento, le parece demasiado absurdo tomar tales medidas contra dos pelotillas. Mirándolo bien, no dejar de tener gracia el poseer dos pelotillas como éstas, que pronto se cansarán y, al rodar bajo un armario, lo dejarán en paz. A pesar de tales reflexiones, Blumfeld, con un cierto enfado, lanza la pelota contra el suelo y resulta milagroso que Ia débil y casi transparente envoltura de celuloide no se rompa. Al instante, las pelotas repiten los saltos a ras de tierra, mutuamente combinados.

Con calma, Blumfeld se desviste, coloca la ropa en el armario, y, como siempre, comprueba si la sirvienta lo ha dejado todo en orden. Una o dos veces mira, por encima del hombro, las pelotas que, sin cesar, se le acercan por detrás, brincan junto a sus talones y parecen perseguirle. Él se pone una bata y decide ir hacia la pared opuesta, para tomar una de las pipas que cuelgan de un soporte. Antes de volverse, mueve, involuntariamente, un pie hacia atrás, pero de alguna manera las pelotillas se las arreglan para esquivarlo y no ser alcanzadas. Luego al ir por la pipa, ellas lo siguen de inmediato. Él camina con pasos desiguales, arrastrando las zapatillas, pero con cada movimiento se produce, casi sin pausa, un salto de las pelotillas, que marcan el paso con él. De repente, Blumfeld se voltea para ver cómo actúan las pelotillas, pero, apenas gira, ellas describen un semicírculo para colocarse de nuevo tras él, y así cuantas veces se vuelve. Como si fueran acompañantes inferiores, ellas procuran no situarse ante Blunifeld. Hasta ese momento, al parecer, se habían atrevido a ello sólo para presentarse, pero ahora ya se encuentran en servicio.

Hasta aquí, en todas Ias circunstancias excepcionales, cuando no podía dominar la situación con sus propias fuerzas, BIumfeld siempre ha apelado al recurso de hacer como si nada advirtiese. Con frecuencia, eso le ha dado buenos resultados y, al menos, en la mayoría de las veces, mejoró la situación. Ahora, hace lo mismo y ante el soporte de las pipas, frunce los labios al escoger una que rellena con esmero, y, despreocupadamente, deja que detrás de él las pelotillas prosigan con sus saltos. Sólo vacila cuando se trata de ir a la mesa, pues el sonido, simultáneo, de los saltos y el de sus pasos le provoca una sensación casi dolorosa. Se queda parado, prolongando, sin necesidad, la acción de cargar la pipa y observa la distancia que lo separa de la mesa. Por fin, vence su debilidad y recorre el espacio, con pisadas tan fuertes que ni siquiera oye el sonido de las pelotillas. Sin embargo, cuando se sienta, éstas vuelven a saltar como antes.

Arriba de la mesa, y cerca de su mano, se encuentra una tabla adosada a la pared, y sobre ella la botella de licor de cerezas, rodeada de vasitos, y más allá algunos ejemplares de una revista francesa. Hoy, precisamente, ha llegado un número nuevo y Blumfeld, olvidando el licor, lo toma. Lo domina la sensación de que este día ha respetado sus ocupaciones corrientes, no por rutina, sino para consolarse, y no siente una verdadera necesidad de leer. Contra su costumbre de hojear minuciosamente las páginas una a una, abre la revista al azar y se topa con una gran lámina que, obligándose, mira con gran detenimiento. En ella se ve el encuentro entre el emperador de Rusia y el presidente de Francia, a bordo de un buque. Alrededor, y hasta lo más lejano, hay muchos otros barcos, y el humo de las chimeneas desaparece en el cielo claro. El emperador y el presidente, han ido, con paso rápido, uno hacia el otro y se estrechan las manos. Detrás de ambos, se encuentran dos señores. En comparación con los rostros satisfechos del emperador y del presidente, las caras de los acompañantes parecen muy serias y las miradas de cada uno de los grupos de acompañamiento convergen sobre su respectivo señor. Por lo que se ve más abajo, la acción ocurre en el puente superior del buque, en tanto que, cortadas por el marco de la lámina, se distinguen largas filas de marineros saludando. Muy interesado, Blumfeld observa la lámina, la aparta un poco y la mira pestañeando. Siempre las escenas solemnes, como ésa, le han gustado. El que personas importantes se den la mano de manera tan desenvuelta, cordial y despreocupada, le parece un fiel reflejo de la verdad. Asimismo, es justo que los acompañantes, personas, como es natural, de muy alto rango, cuyos nombres están señalados abajo, conserven con su actitud la solemnidad del momento histórico.

En vez de procurarse todo lo que le es necesario, Blumfeld se encuentra sentado, silencioso, y contempla su pipa, aún no encendida. Se mantiene al acecho y, de súbito, abandona su rigidez y gira de golpe sobre su asiento. También las pelotillas mantienen una vigilancia similar y obedecen ciegamente Ia ley que Ias domina; al mismo tiempo que Blumfeld, ellas cambian de lugar y se ocultan tras él. En este momento, Blumfeld ésta de espaldas a la mesa, y sostiene la fría pipa en la mano. Las pelotillas saltan ahora debajo de la mesa y allí el ruido que producen es amortiguado por la alfombra. Esa es una gran ventaja. El rumor es muy débil y sordo, y se debe poner mucha atención para escucharlo. No obstante, Blumfeld se mantiene atento y lo escucha muy bien. Eso será sólo por ahora pues, probablemente, dentro de un rato dejará de advertirlo.

A Blumfeld le parece que un paso tan poco resonante como el de las pelotillas sobre las alfombras revela una gran debilidad de ellas. Si debajo les pusiera una, mejor, dos alfombras, se verían reducidas casi a la impotencia. Desde luego, sólo por un lapso determinado. Además, su simple presencia representa ya una cierta manifestación de poder.

Ahora Blumfeld podría sacar buen partido de un animal joven y fiero, como un perro, que acabaría muy pronto con las pelotillas. Él se imagina sus maniobras para atraparlas con las patas, cómo las desplazaría de su lugar, cómo las perseguiría por toda la habitación hasta, finalmente, destruirlas con los dientes. Es probable que en poco tiempo, Blumfeld se compre un perro.

Por el momento, deberán temer a las pelotillas sólo Blumfeld, quien no tiene deseos de destruirlas, o, quizá, no tenga la suficiente decisión para hacerlo. De la noche, al volver del trabajo, fatigado y necesitado de descanso, se ha encontrado con esta sorpresa. En realidad, únicamente ahora siente lo cansado que está. Por supuesto, en breve habría que destruir las pelotillas, pero no hoy, probablemente mañana. Cuando se analiza el asunto sim prejuicios, se ve que las pelotillas actúan con bastante moderación. Por ejemplo, a veces, pudieran saltar hacia adelante, exhibirse y luego regresar a su lugar, o brincar más alto y golpear la parte interior de la mesa, desquitándose así del efecto amortiguador de la alfombra. Sin embargo, no lo hacen, no quieren fastidiar a Blumfeld por gusto, y es evidente que se limitan a lo estrictamente imprescindible.

Ahora bien, lo estrictamente imprescindible basta para amargar Ia permanencia de Blumfeld junto a la mesa. Lleva sólo dos minutos sentado ahí y ya piensa en irse a dormir. Una de las causas para ello es que no puede fumar, pues sus cerillos se han quedado sobre la mesita de noche. Habría que ir a buscarlos, pero una vez allí sería mejor acostarse. En esto hay una segunda intención, pues piensa que las pelotillas, en su ciego afán por seguir detrás de él, brincarán sobre la mesa de noche, donde él, al acostarse, las aplastará voluntaria o involuntariamente. La objeción de que los restos de las pelotillas podrían seguir brincando es rechazada. También aquello que está fuera de lo común debe tener fronteras. Aunque, por lo general, las pelotas enteras saltan, pero no sin parar, los trozos de pelotas rotas nunca brincan y aquí tampoco saltarán.

—¡Arriba! —exclama, casi envalentonado por su reflexión y, pisando con energía, va, otra vez, hacia la cama, con las pelotillas siguiéndolo. Su esperanza parece ser cierta. Al situarse deliberadamente muy cerca de la cama, una pelotilla brinca, de inmediato, sobre el lecho. Sin embargo, sucede algo imprevisto y la otra pelotilla se mete debajo. Blumfeld no ha pensado siquiera en la posibilidad de que las pelotillas también sean capaces de brincar debajo de la cama y, a pesar de que comprende lo injusto de su sentimiento, se indigna con una de ellas. Quizá, brincando debajo de la cama la pelotilla cumple, mejor que la otra, con su deber. Todo depende del sitio que escojan, pues Blumfeld no cree que puedan trabajar por separado durante mucho tiempo. Y efectivamente, enseguida la otra pelota salta sobre la cama. "Ya las tengo", se dice Blumfeld lleno de alegría, y se quita la bata para arrojarse sobre el lecho. Entonces, la misma pelotilla vuelve a brincar debajo de la cama. Muy desilusionado, Blumfeld se mueve. Es probable que la pelota no haya hecho más que curiosear allá arriba y lo que vio no le ha gustado. Y la otra también la sigue y, por supuesto, se mantiene abajo, pues allí se está mejor.

—Ahora tendré aquí estos tambores toda la noche —dice Blumfeld mientras se muerde los labios y agacha la cabeza.

Se siente triste, aunque, en realidad, no sabe cómo las pelotillas podrían causarle daño durante la noche. Su sueño es espléndido y enseguida alejará el leve rumor. Para su total seguridad, desplaza hacia las pelotillas, de acuerdo con la experiencia adquirida, dos alfombras. Tal parece que tuviese un perrito al que quisiera acomodar mullidamente. Mientras tanto, los brincos de las pelotillas se han vuelto más lentos y más bajos que antes, como si estuvieran cansadas o soñolienta. Blumfeld se hinca ante la cama, con la lámpara la alumbra por debajo, y le parece que las pelotillas se quedarán para siempre sobre las alfombras, pues caen débil y lentamente y corren sólo un poco más. Sin embargo, después, y cumpliendo con su deber, se vuelven a alzar. Ahora bien, es probable que al asomarse Blumfeld bajo la cama, temprano en la mañana, encuentre dos silenciosas e inofensivas pelotas de niños.

Por lo visto, ellas no pueden continuar con sus brincos, ni siquiera hasta la mañana, pues cuando Blumfeld se mete en cama deja de oírlas. Tratando de escuchar algo, se inclina fuera de la cama, pero no oye ningún sonido. El efecto amortiguador provocado por las alfombras no puede ser tan fuerte, y la única explicación es que las pelotas han dejado de brincar o bien no pueden separarse del todo de las mullidas alfombras y, por el momento, han suspendido los brincos. Quizá, y eso es lo más verosímil, no salten nunca más. Blumfeld podría levantarse y mirar lo que en realidad ocurre, pero satisfecho de que, por fin, reine la tranquilidad, prefiere quedarse acostado, sin rozar siquiera con la mirada las pelotillas, ahora quietas, y gustoso renuncia incluso a fumar. Entonces, se vuelve de lado y se duerme de inmediato.

Pero no se tranquiliza. Como de costumbre, aunque su descanso está libre de sueños, es muy inquieto. Varias veces se despierta bruscamente con la impresión de que alguien llama a la puerta. Desde luego, sabe que nadie llama, pues ¿quién va a llamar durante la noche a un solterón solitario? No tiene duda, pero se incorpora, una y otra vez, y por un instante, la boca abierta, los ojos dilatados, en tensión, mira hacia la puerta, y los mechones de su cabello se sacuden sobre su frente húmeda. Despierta, cuenta, olvida las enormes cifras que resultan y vuelve a sumirse en el sueño. Cree saber de dónde viene el golpetear; no es en la puerta, sino en otro lugar muy distinto. Sin embargo, en la confusión del sueño no logra definir estas suposiciones. Lo único que sabe es que múltiples golpes, pequeños y repulsivos, se entremezclan antes de producir, ellos mismos, un golpe grande y fuerte. Él aceptaría toda la repulsión de los golpecitos si pudiera evitar el otro golpeteo, pero, por alguna razón, es demasiado tarde, no puede hacer nada, no tiene fuerzas ni palabras, su boca se abre sólo para emitir un bostezo mudo y, furioso por eso, esconde el rostro en Ias almohadas. Así pasa la noche.

Por la mañana, la sirvienta lo despierta con un suave golpeteo, que él recibe con un suspiro de alivio. Siempre se ha quejado de ese sonido inaudible y está a punto de exclamar"!Adelante!",cuando escucha un golpeteo, débil, pero vivaz y formalmente belicoso, producido por las pelotillas bajo la cama. ¿Se habrán despertado, y, contrariamente a lo que le pasa a él, se habrán fortalecido durante la noche?

—¡Enseguida! —le grita Blumfeld a la sirvienta.

Sale de la cama con precaución para asegurarse de tener detrás de él a las pelotillas. Se echa al suelo, siempre volviéndoles la espalda, torciendo la cabeza, las mira, y está a punto de echar una maldición. Igual que niños que durante la noche apartan las incómodas mantas, las pelotillas, al parecer con pequeñas y continúas sacudidas nocturnas, han corrido las alfombras tan lejos bajo la cama que ahora el piso debajo de ellas se halla otra vez desnudo y pueden hacer ruido.

—De nuevo a las alfombras —exclama Blumfeld enojado, y cuando las pelotillas, gracias a las alfombras, vuelven al silencio, permite entrar a la sirvienta.

Ésta, una mujer gorda y tonta, siempre rígidamente erguida, sirve el desayuno y hace dos o tres movimientos necesarios. Blumfeld se encuentra de pie, inmóvil, en su bata de dormir, junto a la cama, para retener, allá abajo, a las pelotillas y mientras vigila a la sirvienta para saber si nota algo. Dada la dureza del oído de ella, eso es muy poco probable. A Blumfeld le parece que la mujer se detiene aquí y allá, se apoya en algún mueble y, arqueando las cejas, escucha, pero esa suposición la atribuye a su propia alteración, producida por la mala noche. El se daría por satisfecho si pudiese lograr que ella hiciera su labor algo más aprisa, pero la mujer se mueve con más lentitud que la habitual. Con calma, toma los trajes y zapatos de Blumfeld, los lleva al pasillo y desaparece por un buen rato. Los golpes con que hace la limpieza de la ropa resuenan monocordes y durante todo ese tiempo, Blumfeld debe permanecer en la cama. No puede moverse si no quiere arrastrar tras de sí a las pelotillas, y tiene que permitir que el café, que tanto le gusta caliente, se enfrié. Sólo puede mirar fijamente la cortina de la ventana, más allá de la cual asoma oscuramente el día. Por fin, la sirvienta acaba y se despide. Va a salir, pero aún permanece de pie en la puerta, casi sin mover los labios, y mira detenidamente a su patrón. Blumfeld quisiera retenerla para hablarle, pero ella se retira y él desea abrir la puerta de un tirón y gritarle que es una mujer tonta, vieja y estúpida. Sin embargo, al pensar mejor lo que puede reprocharle, sólo encuentra el hecho de que, sin duda, ella no advirtió nada y, sin embargo, quiso dar la impresión de haber notado algo. ¡Cuánta confusión en sus ideas, y sólo por una mala noche! El que haya dormido mal no explica que anoche se hubiese apartado de sus costumbres, no fumase ni bebiese licor. "Yo", se dice en sus reflexiones finales,"no fumo, ni bebo licor, pero duermo mal". En adelante, velará mejor por su bienestar, y para llevar a la práctica su propósito toma del botiquín casero, sobre la mesa de noche, un poco de algodón, hace con él dos bolitas y se las coloca en los oídos. Enseguida se levanta y prueba a dar un paso. Las pelotillas lo siguen, sí, pero él casi no las oye y con un poco más del algodón las vuelve completamente inaudibles. BIumfeld da unos pasos más, y todo marcha sin ninguna molestia especial. Cada cual en lo suyo. Blumfeld y las pelotillas se hallan ligados entre sí, pero no se molestan. Sólo una vez, al volverse Blumfeld con más rapidez, una pelotilla no puede efectuar, con la presteza necesaria, su movimiento correspondiente y él la golpea con la rodilla. No hay otro incidente. Blumfeld bebe con tranquilidad su café, y, como si no hubiese dormido en toda la noche y hubiese recorrido un largo camino, siente hambre. Después de lavarse con agua fría, sumamente refrescante, se viste. No es necesario que las pelotillas sean vistas por ojos extraños, y por el momento, él no ha descorrido las cortinas, y se ha mantenido en la penumbra. Pero ya a punto de marcharse, comprende que debe hacer algo con ellas, porque, aunque él no cree que se atreviesen, pudieran seguirlo también por la calle. Le llega una buena idea y, abriendo un gran armario se pone de espaldas a él. Sin embargo, las pelotillas, como si adivinasen lo que se planea, evitan entrar y, aprovechando cada resquicio libre entre Blumfeld y el ropero y ya sin otra salida, saltan dentro del mueble, pero enseguida escapan de la oscuridad y de ninguna manera van más allá del borde del armario, y se mantienen casi junto a Blumfeld, con lo cual infringen su deber. De nada les servirán sus pequeñas tretas porque el propio Blumfeld entra de espaldas en el armario y ellas se ven obligadas a obedecer. Con eso se decide su suerte, pues sobre el suelo del mueble hay objetos pequeños de varios tipos, desde botines y cajas hasta maletines, todos muy ordenados (algo que BIumfeld lamenta) que impiden su movimiento. Blumfeld cierra casi por completo la puerta del ropero, da un gran salto, como nunca en muchos años, sale y echa la llave, con lo cual las pelotillas quedan atrapadas.

—Esto ha salido bien —dice Blumfeld y seca el sudor de la cara. En el interior del mueble las pelotillas hacen mucho ruido, como si estuvieran desesperadas. Blumfeld, no. Él se siente muy satisfecho. Deja el cuarto y la soledad del corredor resulta benéfica para él. Se quita el algodón de los oídos le encantan los múltiples rumores de la casa que despierta. Aún es muy temprano y hay muy pocas personas.

Abajo, en el zaguán, hay una puerta que conduce al sótano y a la habitación de la sirvienta. Allí, frente a la puerta, está su hijo, un niño de diez años. Es el vivo retrato de su madre y ninguna de las fealdades de ella ha sido olvidada en su rostro infantil. Con las piernas combadas, y las manos en los bolsillos, jadea porque el bocio le dificulta la respiración. Por lo general, al cruzarse con el niño, Blumfeld aprieta el paso para evitar, en lo posible, aquel espectáculo. Sin embargo, hoy le gustaría detenerse un poco. El chico ha sido traído al mundo por aquella mujer y lleva todos los signos de su origen, pero, de cualquier modo y por ahora, es sólo un niño, en cuya deforme cabeza hay pensamientos infantiles. Probablemente, si se le habla y se le interroga de forma compresible, responderá con voz clara, inocente y respetuosa, y quizás, luego de algunos esfuerzos se pudiera acariciar sus tersas mejillas. Eso piensa Blumfeld, pero pasa de largo.

Al salir ve que el día es más agradable de lo que supuso en su habitación. Las brumas matutinas se disipan y en un cielo fuertemente batido por el viento aparecen claros azules. Gracias a las pelotillas, Blumfeld ha dejado su habitación mucho más temprano que de costumbre, incluso olvidó sobre la mesa el periódico sin leer, ganó mucho tiempo y puede irse con tranquilidad. Es notable pero, desde que apartó a las pelotillas, éstas le preocupan muy poco. Cuando le seguían se hubiesen podido admitir como algo de su pertenencia, algo que, en cierta forma, pudo ser tenido en cuenta al formarse un juicio sobre su persona. En cambio, ahora no pasan de ser un juguete olvidado en el armario. Entonces Blumfeld piensa que, quizá, la mejor forma de hacerlas inofensivas sea destinarlas al uso que les es propio. En el zaguán todavía se encuentra el niño y Blumfeld decide regalarle las pelotillas. No prestárselas, sino expresamente regalárselas, lo cual, con seguridad, significará destruirlas. Incluso si fuesen conservadas en buen estado, en manos del niño tendrán mucha menos importancia que en el armario. En la casa verán cómo el niño juega con ellas, otros niños se le unirán, y el criterio irreversible de todos será que son pelotas de juego y no acompañantes permanentes de Blumfeld. Éste vuelve a la casa. En ese preciso momento, el niño ha descendido por la escalera del sótano y va a abrir la puerta de abajo. Blumfeld debe llamar al niño y pronunciar su nombre, que es ridículo, como todo lo relacionado con él.

—¡Alfred, Alfred! —dice.

El niño titubea largamente.

—Ven aquí, te voy a dar algo.

Por la puerta de enfrente han salido las dos niñitas del mayordomo y, llenas de curiosidad, se paran a ambos lados de Blumfeld. Ellas entienden más rápidamente que el niño y no se explican por qué éste no va enseguida. Sin despegar los ojos de Blumfeld, le hacen señas a Alfred, pero no pueden comprender qué clase de regalo le espera. La curiosidad las domina y dando saltitos se apoyan sobre uno y otro pie. Blumfeld se ríe de ellas y del niño que, por fin, parece decidido y sube tiesa y pesadamente la escalera. Con su andar no puede negar a la madre que aparece en la puerta del sótano. Blumfeld grita para que la sirvienta también le oiga y, si fuera necesario, vigile la comisión del encargo.

—En mi cuarto —dice Blumfeld—, tengo dos hermosas pelotillas. ¿Las quieres?

El niño, sin saber qué hacer, sólo mueve la boca, se vuelve y mira hacia abajo, a su madre, interrogándola. En cambio, las niñas comienzan enseguida a saltar en derredor de Blumfeld y le piden las pelotas.

—También ustedes podrán jugar con ellas —les explica Blumfeld y espera la respuesta del niño.

También podría regalar las pelotas a las niñas, pero ellas le parecen demasiado listas y ahora tiene más confianza en el muchacho. Este busca el consejo de su madre, pero sin haber cambiado una palabra con ella, asiente con la cabeza a otra pregunta de Blumfeld, que con gusto prevé que no le darán las gracias por su regalo —La llave de mi cuarto la tiene tu madre y debes pedírsela a ella. Aquí esta la llave de mi armario y allí están las pelotillas. Cierra con mucho cuidado el armario y la habitación. Con las pelotillas haz lo que quieras y no tienes que devolvérmelas. ¿Has entendido? Por desgracia, el chico, de torpeza ilimitada y poco entendimiento, no comprende. Blumfeld ha querido ser muy claro con él, y por eso le ha repetido todo demasiadas veces. Demasiadas veces le ha hablado de la habitación, la llave y el armario, y ahora el niño lo observa no como a un benefactor, sino como a un tentador. Las niñas que sí lo han comprendido todo enseguida, se acercan a Blumfeld y extienden las manos pidiendo la llave. —Esperen —dice Blumfeld que ya se ha enojado con todos.

Pasa el tiempo y él no puede demorarse mucho más. Si, por lo menos, la sirvienta dijese que lo ha entendido y que atenderá, como es debido, al niño. Ella sigue abajo, junto a la puerta, y sonríe de manera afectada, como avergonzada de su sordera. Quizá cree que Blumfeld, está encantado con su niño y escucha de sus labios la tabla del uno. Sin embargo, Blumfeld no puede bajar por la escalera hasta el sótano y allí gritarle, al oído, su petición, cuya finalidad es que su niño, por el amor de Dios, lo libre de las pelotillas. Demasiado se ha violentado, excesivamente, al confiar la llave de su armario, por todo un día, a esta familia. Sin embargo, no es por eso que le entrega la llave al niño, en vez de llevarlo él mismo arriba y darle allí las pelotillas. La razón es que no puede regalarle las pelotillas y luego quitárselas de inmediato, cuando ellas lo sigan como séquito.

—¿Aún no me entiendes? —pregunta Blumfeld, tan abatido, que debe interrumpir una nueva explicación ante la mirada vacía del chico. Una mirada así desarma a cualquiera y podría incitar a decir más de lo necesario, pero sólo para llenar, con razonamientos, un vacío.

—Vamos a traerle las pelotillas —exclaman las niñas.

Son astutas y han comprendido que sólo las obtendrán a través del niño y que a ellas les corresponde arbitrar ese medio. En la habitación del mayordomo un reloj da la hora y le advierte a Blumfeld que debe apurarse.

—Tomen la llave —dice Blumfeld, y antes de que pueda entregarla, se la arrebatan de la mano. Si se la hubiese dado al niño su seguridad habría sido incomparablemente mayor.

—La llave del cuarto deben buscarla abajo, pues la tiene la señora —continúa Blumfeld—, y cuando regresen con las pelotillas, devuélvanle ambas llaves.

—Sí, sí —exclaman las niñas y corren hacia abajo por las escaleras. Lo comprenden todo, absolutamente todo, pero ahora Blumfeld, como si se hubiese contagiado de la torpeza mental del chico, no entiende cómo ambas han podido, con tanta rapidez, comprenderlo todo a través de sus explicaciones.

Las niñas bajan y tirotean de la falda a la sirvienta, pero a Blumfeld, aunque aquello le resulte atrayente, no puede seguir mirando cómo habrán de cumplir su encargo, no sólo porque ya es tarde, sino porque, además, no desea estar presente cuando las niñas abran, allá arriba, la puerta de su cuarto y las pelotillas se liberen. Quiere hallarse a varias manzanas de distancia pues ni siquiera sabe hasta qué punto puede equivocarse con respecto a las pelotillas. Entonces sale a la calle por segunda vez en la mañana. Todavía tuvo tiempo de ver cómo la sirvienta se defendía de las niñas y cómo el niño movía sus torcidas piernas al acudir en ayuda de su madre. Blumfeld no puede comprender que personas como la sirvienta crezcan y se reproduzcan sobre la Tierra. Mientras va a Ia fabrica de ropa donde labora, los pensamientos de Blumfeld relacionados con el trabajo van desplazando paulatinamente a cualquier otra idea. Apresura el paso y, a pesar del atraso por culpa del chico, es el primero en llegar a su oficina. Ésta es un local de cristales con un escritorio para Blumfeld y dos pupitres altos para los escribientes a sus órdenes. Los pupitres son pequeños y estrechos, como para colegiales; no obstante, el espacio disponible en la oficina es mínimo y los escribientes no pueden sentarse, pues, si lo hicieran, no habría lugar para el escritorio de Blumfeld. Se mantienen, entonces, de pie, el día entero, apretados contra sus pupitres, algo que, con seguridad, es muy incómodo para ellos, y le dificulta a Blumfeld vigilarles. A menudo se arriman al pupitre, pero no trabajan, sino que cuchichean entre sí e incluso dormitan. A Blumfeld le irrita mucho no hallar en ellos apoyo para la gigantesca tarea que le han asignado. Ésta consiste en el control de todo el movimiento de mercaderías y dinero destinado a las obreras eventuales de la fabrica, empleadas en la confección de ciertas mercaderías finas. La magnitud de esa tarea se puede constatar si se mira de cerca el estado de cosas existente. Pero eso ha ocurrido desde la muerte, hace algunos años, del superior inmediato de BIumfeld, por lo cual nadie tiene el derecho de opinar sobre su trabajo. Por ejemplo, el señor Ottomar, dueño de la fabrica, subestima, sin duda, el trabajo de Blumfeld. Por supuesto, reconoce sus méritos, a los que se ha hecho acreedor en el transcurso de los veinte años que lleva en la fabrica. Los reconoce no sólo porque sea su deber, sino también porque lo aprecia como persona fiel y digna de confianza, pero eso no impide que subestime su trabajo, pues opina que, en todo sentido, las tareas pudieran ser ejecutadas de manera más sencilla y con más provecho que como las realiza Blumfeld. Se comenta, y debe ser cierto, que Ottomar apenas visita la sección de Blumfeld para evitar el disgusto que le produce la manera de trabajar de éste. Sin duda, ser ignorado así es doloroso para Blumfeld, pero debe aceptarlo. No puede hacer que Ottomar permanezca todo un mes en su sección y estudie las variadas formas de las tareas que aquí deben conocerse, ni que aplique los métodos que Blumfeld considera mejores, y así se convenza de que él tiene la razón en lo que se refiere al derrumbe de la sección, que inevitablemente va a suceder. Por eso, Blumfeld realiza su tarea sin distraerse y se asusta un poco cuando, a veces y luego de una larga ausencia, se presenta Ottomar. En esos casos, intenta débilmente y con el sentimiento de responsabilidad característico del subordinado, explicarle a su jefe una u otra, pero el otro, bajando la mirada y, aprobando silenciosamente, sigue su camino. Sin embargo, el que lo ignoren hace sufrir menos a Blumfeld que la idea de que, cuando, alguna vez, se retire se producirá, de inmediato, un gran desorden, es imposible de solucionar pues nadie en la fabrica será capaz de reemplazarlo en su puesto sin que durante meses sobrevengan los tropiezos más grandes. Si el jefe tiene una opinión sobre alguien entonces los empleados hacen lo posible por extender, esa misma opinión. Por eso, todos subestiman el trabajo de Blumfeld, y nadie considera que sea necesario, para su aprendizaje, pasar un tiempo en su sección y al llegar nuevos empleados a nadie se le envía allí, con lo cual la sección no se renueva. Cuando Blumfeld, que hasta entonces lo había solucionado todo, con la sola ayuda de un ordenanza, pidió que le dieran un escribiente, provocó semanas de la más dura lucha. Casi diariamente Blumfeld llegaba a la oficina de Ottomar y, con calma y en detalles, le explicaba la necesidad que tenía de un escribiente. No porque intentara ahorrarse trabajo, ni lo deseara. Él realizaba su superabundante parte y no deseaba dejar de hacerlo, pero el señor Ottomar debía comprender que, con el tiempo, el negocio había crecido, todas las secciones habían sido proporcionalmente ampliadas, excepto la suya. ¡Y cómo había aumentado precisamente en ella el trabajo! Al llegar Blumfeld, en tiempos de los cuales el señor Ottomar no podría acordarse ya con seguridad, había allí unas diez costureras, y en el presente su cantidad fluctuaba entre cincuenta y sesenta. Semejante labor exigía fuerzas, Blumfeld podía garantizar que, en cuerpo y alma, se dedicaba a ella, pero no podría asegurar que, en adelante, pudiera abarcarlo todo.

Como Blumfeld era un antiguo empleado, el señor Ottomar nunca rechazaba de manera directa sus propuestas. Sin embargo, apenas escuchaba sus peticiones, hablaba con otras personas, hacía concesiones a medias y al cabo de algunos días lo olvidaba todo. En verdad, aquello era ofensivo, no precisamente para Blumfeld, que no es caprichoso y puede prescindir del honor y la gratitud por muy hermosos que sean. Pase lo que pase, aguantará en su puesto mientras sea posible. De todas maneras, tiene razón y, aunque a veces tarde en ocurrir, su solicitud, deberá ser reconocida. Así, finalmente, le dieron a dos escribientes, pero, ¡qué par escribientes! Tal parecía que Ottomar hubiera querido mostrar claramente su desprecio hacia la sección, dándole a los escribientes en vez de negarlos. Quizá había alentado las esperanzas de Blumfeld durante tanto tiempo porque tuvo que buscar a dos escribientes de esas características y, como era natural, debió aguardar mucho para encontrarlos. Ya Blumfeld no podía quejarse pues era obvio lo que responderían, había solicitado un escribiente y le daban dos. Ottomar había preparado todo con suma habilidad. No obstante, Blumfeld se quejó, no porque esperase alguna ayuda, sino porque le obligaban las dificultades que pasaba. No fue una queja abierta, sino de pasada, durante un momento favorable, y, no obstante, en breve, se difundió, entre los maledicientes colegas, el rumor de que alguien le había preguntado a Ottomar si era posible que, después de haber recibido tan extraordinaria ayuda, Blumfeld continuara quejándose. Ottomar habría dicho que sí. Era cierto, Blumfeld continuaba quejándose, pero con razón. Finalmente, él lo había comprendido, y su intención era darle a Blumfeld, poco a poco, un escribiente por cada costurera, es decir, unos sesenta en total, y si fueran pocos le daría más y más, sin parar, hasta llenar el manicomio que, desde hacía años, venía creándose en la sección de Blumfeld. Tales opiniones eran propias de Ottomar, cuya manera de hablar había sido, sin duda, bien imitada, pero Blumfeld no creía que Ottomar se hubiera expresado así de él. Todo era una invención de los holgazanes de las oficinas del primer piso. Blumfeld no se molestó, y ojalá hubiese podido no molestarse con la presencia de los escribientes. Estaban allí y era imposible deshacerse de aquellos muchachos pálidos, débiles. Por sus documentos debían haber rebasado ya la edad escolar, pero, en realidad, no lo parecían. Incluso no se podía pensar en confiárselos a un maestro, pues era muy visible su dependencia de los cuidados de una madre. No sabían moverse correctamente y, sobre todo al principio, se fatigaban por estar en pie mucho tiempo. En cuanto se dejaba de vigilarles, se doblaban de debilidad y se mantenían parados en un rincón, torcidos y agobiados. Era imposible pedirles nada. Blumfeld quiso hacerles comprender que si cedían así, constantemente, a la comodidad, toda la vida serían unos inválidos. Cuando, uno de ellos debió llevar algo cerca de allí, corrió agitadamente, chocó contra el pupitre y se hirió en la rodilla. En el cuarto estaban muchas costureras y sobre el pupitre se amontonaban las mercancías, el escribiente lloraba y Blumfeld, dejándolo todo, lo condujo a la oficina para vendarlo. A veces, aquel celo de ambos era sólo superficial. Como verdaderos niños, querían destacarse, pero, por lo general, querían engañar al superior. Cierta vez, en el periodo de mayor trabajo, el sudoroso Blumfeld los descubrió, al pasar junto a ellos, escondidos entre los fardos de mercadería, intercambiando sellos de correo. Su primera reacción fue querer golpearles en la cabeza con los puños, único castigo posible ante semejante conducta, pero eran niños y él no podía matarles a golpes. Y así seguía sufriendo por ellos. Al principio, en momentos en que la distribución de la mercadería, exigía mucho esfuerzo y vigilancia, creyó que los escribientes les prestarían ayuda inmediata. Pensó que, parado en medio de la habitación, detrás del escritorio, lo supervisaría todo con la mirada y atendería las entradas, pero su control, aunque riguroso, no bastaría ante tanto ajetreo, y se vería completado por la actividad de los escribientes, que cumpliendo sus órdenes, irían de aquí para allí, distribuyéndolo todo. Entonces ellos, al ir adquiriendo mayor experiencia, no estarían sujetos a sus órdenes en cada detalle y, al fin, aprenderían por sí mismos a diferenciar a las costureras por sus necesidades de material. Esas esperanzas no se realizaron, y en poco tiempo Blumfeld comprobó que no podía permitirles hablar con las costureras. Al principio, mostraban aversión o miedo a algunas costureras a las cuales ni siquiera se acercaban, mientras que, con frecuencia, iban hasta la puerta para salirles al encuentro a otras, a las cuales les tenían cariño. A esas les llevaban cuanto deseaban y aun cuando estuvieran autorizadas a recibirlo, se lo ponían en la mano con una especie de gesto confidencial. Para esas favoritas guardaban, en un estante vacío, múltiples recortes, sobras sin valor y chucherías todavía utilizables. Felices, las saludaban desde lejos, a espaldas de Blumfeld, y a cambio recibían bombones. No demoró mucho Blumfeld en acabar con tales irregularidades y, al llegar las costureras, empujaba hacia el cobertizo a los escribientes que tomaban aquello como una gran injusticia. Entonces le llevaban la contra, rabiosos rompían las plumas, y a veces, aunque sin atreverse a levantar la cabeza, golpeaban fuertemente contra los cristales para llamar la atención de las costureras sobre el mal trato que, a su juicio, les daba Blumfeld.

Sin comprender el daño que hacen, casi siempre llegan tarde a la oficina. Blumfeld, su jefe, desde su más temprana juventud consideró, como algo muy claro, que era un deber llegar al menos media hora antes por la mañana y eso no por exceso de celo, ni por exagerada conciencia del deber, sino por un cierto sentido de la decencia. Ahora, con frecuencia, Blumfeld debe esperar más de una hora la llegada de los escribientes. Por lo general, se encuentra en la sala, parado detrás del escritorio, y mastica los panecillos del desayuno y revisa las cuentas en los libritos de las costureras. De inmediato, sin pensar en nada más, se sumerge en el trabajo. Entonces, súbitamente, se sobresalta al extremo de que la pluma le tiembla en la mano. Uno de los escribientes acaba de entrar como una tromba, como si fuera a caer jadeante y con una mano se sujeta de lo primero que encuentra a su alcance, y con la otra, se oprime el pecho. Todo eso no es más que parte de la excusa que se dispone a dar por haber llegado tarde. Tan ridícula resulta que Blumfeld no puede tomarla en consideración, pues de hacerlo, tendría que castigarlo como merece. Se limita a mirarle durante un instante, extiende la mano, señalándole el cobertizo, y vuelve a sumergirse en su trabajo. Se pudiera creer, entonces, que el escribiente, al ver la bondad de su jefe, se apresuraría a ocupar su lugar. Nada de eso, no se apresura, bailotea, camina de puntillas, colocando un pie delante del otro. ¿Pretende burlarse de Blumfeld? Tampoco. Otra vez, todo es esa mezcla de miedo y de autosatisfacción, contra la cual no hay recurso que sirva. ¿Cómo es posible entonces que Blumfeld, que hoy ha llegado desacostumbradamente tarde a la oficina, tras larga espera, sin deseo de revisar los libritos, vea, entre nubes de polvo levantadas por la escoba del criado, llegar a los dos escribientes muy orondos? Estrechamente abrazados, al parecer se cuentan cosas en extremo importantes cuya única relación con el negocio será seguramente que se trata de algo prohibido. Cuando se aproximan a la puerta de cristales, sus pasos se hacen más lentos. Por fin uno de ellos toma el picaporte, pero no lo empuja hacia abajo. Aún, tienen algo que contarse; hablan y ríen.

—¡Abran a nuestros señores! —le grita Blumfeld al criado, alzando las manos. Sin embargo cuando entran, ya no quiere enojarse, y sin responder a su saludo va hacia el escritorio. Empieza a sacar cuentas, y a veces levanta la cabeza para ver lo que ellos hacen. Por lo visto, uno está muy cansado y se restriega los ojos. Al colgar su abrigo de la percha, ha aprovechado la oportunidad para mantenerse apoyado, un poco mas, contra la pared. En la calle estuvo animado, pero la proximidad del trabajo lo ha fatigado. El otro siente deseos de trabajar, aunque sólo en ciertas cosas. Así, siempre ha querido barrer, trabajo éste que no le corresponde, pues el barrer es sólo del criado. En realidad, no hay razón para que BIumfeld se oponga a que el escribiente barra, no lo hará peor que el criado, pero si quiere barrer debe venir más temprano, antes de que el criado comience la limpieza; no debe gastar su tiempo en eso cuando su única obligación son las tareas de oficina. Ahora bien, si el chico es incapaz de cualquier reflexión, el criado, un viejo cegato a quien el jefe sólo tolera en una sección como la de Blumfeld, y que sobrevive gracias a la misericordia de Dios y del jefe, pudiera, al menos, ser complaciente y por un instante permitirle la escoba al chico, quien torpe como es, perdería enseguida las ganas y lo perseguiría con la escoba para obligarle a barrer de nuevo. Sin embargo, al parecer, el criado tiene en mucho su responsabilidad de barrer. Se nota al aproximarse el chico, pues, con sus manos temblorosas, hace por agarrar mejor la escoba, prefiriendo quedarse inmóvil y dejar de barrer para poder concentrar toda la atención en la posesión del adminículo. El escribiente no dice nada, pues teme a Blumfeld, quien, al parecer, está sacando cuentas. Por otra parte, el criado sólo reacciona ante los gritos más violentos y las palabras de nada servirían. Empieza por tironear la manga del criado que, por supuesto, sabe, de lo que se trata, mira con sequedad al escribiente, mueve la cabeza y lleva la escoba hacia sí, al pecho. Entonces, el escribiente une las manos en actitud de ruego, pero no tiene ninguna esperanza de alcanzar algo por este medio. El pedir tan sólo le sirve de diversión, y por eso pide. El otro escribiente los mira sonriente y, aunque parezca increíble, cree evidentemente que Blumfeld no lo escucha. El criado no se deja impresionar por los ruegos y se vuelve, creyendo que podría retener la escoba con seguridad. El escribiente prosigue con sus saltos sobre la punta de los pies, suplicante, se frota las manos y ruega ahora de otro lado. Una y otra vez se repiten las vueltas del criado y los saltitos del escribiente, hasta que, por fin, el criado, acosado por todas partes, comprende que si desde un principio hubiese sido un poquito menos cándido, habría podido advertir que se iba a cansar antes que el otro. Por tanto, busca la ayuda de terceros, y amenazando al escribiente con el dedo, señala hacia Blumfeld, a quien se quejará si no lo deja en paz.

Entonces, el escribiente, al darse cuenta de que para obtener la escoba debe apurarse, intenta apoderarse de ella. El grito involuntario del otro escribiente revela la proximidad de una decisión. El criado, dando un paso atrás y arrastrándola consigo, pone a salvo la escoba. El escribiente, la boca abierta, los ojos brillantes, ya no cede y salta hacia delante. El criado quiere huir pero sus viejas piernas se tambalean y no corren. El escribiente jala la escoba, no puede tomarla, pero logra hacerla caer al suelo, con lo cual está perdida para el criado. Sin embargo, también para el escribiente, y cuando cae la escoba, los tres, escribientes y criado, se inmovilizan. Ahora todo habrá sido notado por Blumfeld que alza los ojos a través de la ventanilla, como si estuviera prestando atención, y con mirada severa y escrutadora pasa de uno a otro, escoba incluida.

Quizá porque el silencio se prolonga mucho, o porque el escribiente culpable no puede dominar sus ansias de barrer, el caso es que se agacha, por supuesto con gran prudencia, como si fuese a coger un animal y no una escoba, la toma, y la pasa por el suelo, pero cuando Blumfeld se levanta de un salto, la arroja enseguida lejos de sí, asustado, y sale del cobertizo.

—A trabajar y sin chistar —grita BIumfeld y, extendiendo la mano, les indica a los dos escribientes, el camino hacia sus pupitres. Ellos obedecen de inmediato, pero no están avergonzados, ni con la cabeza baja, y al pasar frente a Blumfeld se ponen rígidos y lo miran fijamente a los ojos, como si quisieran impedirle que les pegara. Ahora bien, por experiencia pudieran saber que Blumfeld nunca golpea. Pero, temerosos en exceso como son, siempre buscan, sin la menor delicadeza, proteger sus derechos, reales o aparentes.

El maestro del pueblo (El topo gigante)

Las gentes a las que yo pertenezco, aquéllas que incluso encuentran repulsivo un topo corriente, seguramente se habrían muerto de repugnancia si hubiesen visto el gigantesco topo que hace algunos años fue encontrado en las cercanías de un pequeño pueblo, que por ello pronto adquirió efímera fama. Pero, en verdad, hace ya tiempo que ha vuelto a caer en el olvido. Así se demostró la falla de todo el suceso, el cual quedó completamente inexplicado, pues no se hizo ningún esfuerzo serio para aclararlo. Por un incomprensible descuido de los círculos que debían haberse ocupado y que se preocupan de cosas de menos importancia, quedó olvidado, sin un examen más detallado. El que el pueblo se encuentre lejos del tren no puede servir, de ninguna manera, como disculpa. Por curiosidad, muchas personas venían de lejos, incluso desde el extranjero y sólo aquéllos que debían mostrar algo más que curiosidad dejaron de venir. Ahora bien, si las personas sencillas, a las cuales su trabajo diario apenas les daba un minuto de respiro, no se hubieran ocupado desinteresadamente de este asunto, el rumor de la aparición no habría transpuesto la región. Hay que reconocer que el rumor que, en otras situaciones es incontenible, fue poco insistente y si no lo hubieran echado a volar no se habría expandido. Pero eso tampoco fue motivo para desentenderse del asunto; por el contrario, también la aparición debió ser investigada. En su lugar, el único estudio escrito del caso se dejó en manos del viejo maestro de pueblo, hombre extraordinario en su profesión, pero que, ni por sus aptitudes ni por su instrucción, podía dar una profunda y objetiva descripción, ni mucho menos una explicación. El pequeño escrito fue impreso y muy bien vendido a quienes visitaban, entonces, el pueblo, e, incluso, tuvo una cierta resonancia. Ahora bien, el maestro era lo suficientemente listo como para darse cuenta de que sus esfuerzos, aislados y sin apoyo, carecían, en el fondo, de valor.

Sin embargo, no desistió y transformó el asunto, el cual, a pesar de su naturaleza, se fue haciendo cada vez más y más desesperado, en la misión de su vida. Por una parte, eso demuestra la gran influencia que podía causar la aparición, y por otro, el tesón y la persuasión que pueden haber en un viejo y olvidado maestro pueblerino.

El hecho de que sufrió mucho ante la indiferencia de las personalidades competentes, lo prueba un pequeño apéndice que hizo añadir a su escrito, algunos años después, es decir, en una época cuando ya casi nadie se acordaba del asunto. En ese apéndice se lamenta, de manera convincente, quizá por su sinceridad más que por su habilidad, de la falta de comprensión que encontró en la gente, sobre todo en aquella de esas personas se podía esperar algo distinto. De quien dice con justeza: "Ellos hablan como viejos maestros de pueblo, no yo".

Cita, entre otras, la opinión de un sabio al cual acudió con su asunto. No nos da su nombre, pero, a través de ciertos detalles, se puede adivinar de quién se trataba. Después de vencer grandes dificultades para ser recibido por el sabio, al cual le anunció su visita con semanas de anticipación, notó, ya en los saludos, que éste se había formado una opinión inconmovible sobre el asunto.

Su preocupación al escuchar el largo informe del maestro, a quien devolvió el escrito, se aprecia en el comentario que hizo tras una aparente reflexión:

—La tierra es muy pesada y negra en esa zona. A los topos se les da una alimentación especialmente sustanciosa y por eso se hacen extraordinariamente grandes.

—Pero no tan grandes —gritó el maestro y midió, exagerando un poco en su ira, dos metros en la pared.

—Sin embargo, sí —contestó el sabio, al que por lo visto todo el asunto le parecía muy divertido.

Con esta respuesta regresó el maestro a su casa. Cuenta cómo su mujer y sus seis hijos le esperaban en la carretera, por la noche, bajo la nevada, y cómo les comunicó el definitivo fracaso de sus esperanzas.

Cuando leí lo relativo al comportamiento del sabio hacia el maestro, aún desconocía el escrito principal de este último. Pero, inmediatamente, decidí averiguar y recopilar todo lo que pudiera saber sobre el caso y yo mismo escribir sobre él. Puesto que no podía vérmelas con el sabio, mi escrito debía defender, por lo menos, al maestro, mejor dicho, no tanto al maestro como a la buena intención de un honrado, pero poco influyente, hombre. Confieso que, más tarde, me arrepentí de esa decisión, pues pronto noté que su exposición me iba a colocar en una situación extraña. Por una parte mi influencia no bastaba, ni con mucho, para cambiar la opinión del sabio, ni, incluso, la del público, a favor del maestro. Por otra parte, el maestro debía notar que a mí me importaba menos su intención principal (probar la aparición del enorme topo) que la defensa de su honradez, la cual, a él, por supuesto, le parecía natural y no necesitada de ninguna defensa. Así, entonces, podía ocurrir que yo, que quería apoyarlo, no encontrase en él ninguna comprensión, de modo que en lugar de ayuda necesitase un nuevo protector, algo en verdad, difícil de hallar. Con eso, me echaba encima un gran trabajo.

Si mi intención era convencer, no debía remitirme al maestro, ya que él mismo no había logrado convencer. La lectura de su escrito sólo me hubiera confundido, por lo que evité leerlo antes de la conclusión de mi propio trabajo. A través de otros, él supo de mis indagaciones, pero no supo si yo trabajaba a su favor o en contra suya. Probablemente imaginó esto último (aunque más tarde lo negó) pues puedo probar que me puso distintos obstáculos en el camino. No le era nada difícil ya que yo debía examinar nuevamente las investigaciones hechas por él, en lo cual siempre se me anticipó. En justicia, aquélla era la única objeción a mi método, una objeción, por cierto inevitable, pero muy debilitada, dado el cuidado e incluso abnegación de mis conclusiones finales. Fuera de eso, mi escrito no mostraba ninguna influencia proveniente del maestro. Quizá, en ese aspecto, fui en extremo meticuloso. Me comporté como si antes nadie hubiera analizado el caso, y yo fuera el primero en interrogar a los testigos, en ordenar los datos, y sacar conclusiones. Más tarde, al leer el escrito del maestro —de muy ceremonioso título: Un topo tan grande como nadie lo ha visto jamás —, comprobé que, en las cuestiones esenciales, no coincidíamos, aunque ambos creíamos haber demostrado el problema fundamental, la existencia del topo. Entonces, nuestras diferencias de opinión imposibilitaron el nacimiento de una relación amistosa, que en realidad y a pesar de todo, yo había esperado. Incluso, empezó a manifestar hacia mí una cierta hostilidad, y, aunque conmigo siempre fue humilde y razonable, pude notar, con claridad, sus verdaderos sentimientos. Entendía que yo había dañado la causa del topo, y que mi creencia, de haberlo ayudado o de poderlo ayudar, era producto, en el mejor de los casos, de mi ingenuidad, pero, más probablemente, de mi falsedad y deseo de suplantarlo. Sobre todo, me hizo saber, repetidas veces, que, hasta ese momento, sus adversarios sólo habían mostrado sus reparos frente a él, verbalmente, mientras que yo hice imprimir, enseguida, todas mis objeciones. Además, los pocos adversarios que se ocuparon del asunto, aunque fuera de manera superficial, habían escuchado la opinión del maestro, que sentaba pautas, antes de expresar las suyas propias. Yo, en cambio, había sacado conclusiones de unos datos no recopilados sistemáticamente y, en parte, mal comprendidos. Tales conclusiones, a pesar de ser correctas en lo esencial, debían parecer inverosímiles, tanto entre el público como entre los entendidos, y la más leve sombra de inverosimilitud era lo peor que pudiera ocurrir.

Su escrito rayaba en lo absurdo y pude haber contestado sin dificultad a sus velados reproches, pero más difícil resultaba luchar contra sus otras sospechas. En general, aquélla fue la causa por la cual, me alejé de él que, en secreto, pensaba que yo intentaba robarle su fama de haber sido el primer defensor público del topo. En realidad, no había tal fama, sino una cierta reputación de ridiculez, limitada a un círculo cada vez más pequeño, al cual yo, por supuesto, no pretendía aspirar. Por otra parte, en la introducción a mi escrito, yo había explicado claramente, que el maestro debía ser considerado siempre como descubridor del topo (en verdad, ni siquiera lo era) y sólo la solidaridad hacia él me había llevado a la redacción de mi escrito. "El fin de este trabajo es —escribí, casi patéticamente, al final de mi escrito, en correspondencia con mi excitación de entonces— contribuir a la merecida difusión del escrito del maestro. Si se logra esto pido que mi nombre que, por accidente y superficialmente, se ha cruzado en este asunto sea borrado de él". Como si, de alguna manera, hubiese previsto el increíble reproche del maestro, rechacé cualquier participación mayor. Justo entonces, él encontró elementos en mi contra, y no niego que hubiese un cierto derecho en lo que afirmaba o, más bien, señalaba. Muchas veces me ha llamado la atención que, en algunos puntos, demostrara conmigo personalmente más agudeza que en su escrito. Así, por ejemplo, aseguraba que en mi introducción había un doble sentido. Si mi real intención era difundir su obra, ¿por qué no me ocupaba exclusivamente de él y de ella?, ¿por qué no mostraba sus méritos, su irrefutabilidad?, ¿por qué no abandonaba completamente el escrito y profundizaba más en el propio descubrimiento? ¿No había sido éste ya hecho? ¿Acaso quedaba algo por decir? Si yo creía en la necesidad de efectuar de nuevo el descubrimiento, ¿por qué me apartaba tan rápidamente de él en la introducción?

Quizá la mía pudiera ser una fingida modestia, pero no, era algo peor: yo desvalorizaba el descubrimiento y si le concedía atención era sólo para desvalorizarlo. Lo había investigado y lo dejaba a un lado. Quizá el asunto ya se hubiera silenciado un poco, pero yo volvía a revolverlo, con lo cual había colocado al maestro en una posición más difícil que nunca. ¡Lo que le importaba a él era la defensa de su honradez! Eso y sólo eso le importaba.

Yo lo había traicionado al no comprenderlo ni valorarlo correctamente, y porque no tenía ningún talento para un asunto que iba más allá de mi comprensión.

Él estaba sentado delante de mí y me miraba tranquilamente con su viejo rostro surcado de arrugas. Aquélla era su opinión. Además, no era exacto que sólo le importara el asunto en sí. Incluso, como hombre bastante ambicioso, quería ganar dinero, algo muy comprensible a la vista de su numerosa familia. A pesar de ello, mi interés en un asunto tan pequeño le parecía comparativamente tan reducido que se creía autorizado a presentarse como modelo de desinterés, sin incurrir en gran inexactitud. Ni una sola vez, me sirvió para calmarme, el pensar que, en el fondo, sus reproches se debían a que sujetaba su topo con las dos manos y llamaba traidor a todo aquel que tan sólo quisiese acercarse un palmo. No se conducía así por avaricia, por lo menos no se podía explicar sólo por ese motivo; más bien se trataba de una irritación provocada por su gran esfuerzo y su total falta de éxito.

La irritación tampoco lo explicaba todo. Quizá mi interés en el asunto fuera, en verdad demasiado pequeño. Para el profesor ya era algo común la falta de interés de los extraños, que soportaba en lo general, pero no en lo particular. Y cuando, al fin, aparecía una persona que se ocupaba del asunto de manera extraordinaria, ésta no lo comprendía. Ya empujado en esa dirección, no quise mentir. No soy zoólogo; quizá si el descubrimiento hubiese sido mío me habría apasionado hasta el fondo de mi corazón, pero no habla sido así. Por supuesto, un topo tan grande es algo notable, pero no puede exigir la atención permanente del mundo, especialmente cuando su existencia no está completa y satisfactoriamente demostrada y, sobre todo, cuando no puede ser exhibido. Reconozco que, aunque hubiera sido yo el descubridor, nunca me hubiera ocupado tanto de él como me ocupo, con gusto y voluntariamente, del profesor. Tal vez, la discrepancia entre el maestro y yo hubiera desaparecido pronto si mi escrito hubiera tenido éxito. Pero ese éxito no se produjo.

Quizá, el escrito no fue bueno, ni su redacción convincente. Cierto que supero al maestro en todos los conocimientos necesarios, pero soy comerciante y, con seguridad, una redacción así va más allá de mi competencia. Quizá también contribuyó al fracaso la inapropiada fecha de su aparición.

El descubrimiento del topo aún no había podido difundirse y no era no tan lejano como para haberse olvidado por completo, de modo que mi escrito no podía ser una sorpresa; pero por otra parte, había pasado ya el tiempo suficiente como para agotar casi totalmente el reducido interés que despertó en su día. Los pocos que en algo se interesaron por mi escrito se dijeron, quizá con la misma indiferencia de años atrás, que ahora recomenzaban los esfuerzos inútiles por probar un asunto tan baladí. Incluso algunos confundieron mi escrito con el del profesor.

En una importante revista agrícola apareció, por suerte en las hojas finales y con letra pequeña, la siguiente observación: "Se nos ha vuelto a enviar el escrito sobre el topo gigante. Recordamos habernos reído de él, de todo corazón, hace algunos años. Entretanto, el escrito no se ha vuelto más inteligente y nosotros más tontos. Lamentamos no podernos reír por segunda vez. Por eso nos parece oportuno preguntar a las asociaciones de maestros si un maestro pueblerino no puede encontrar un trabajo más útil que el de ir persiguiendo topos gigantes".

¡Qué imperdonable error! No habían leído ni el primer ni el segundo escrito y las cuatro miserables palabras —topo gigante, maestro pueblerino—, tomadas a la carrera, eran suficientes para que esos señores entraran en escena como defensores de prestigiosos intereses. Quizá pude haber hecho algo con éxito contra todo aquello, pero el mal entendimiento con el maestro me hizo desistir. Al revés, intenté mantenerle oculta la revista tanto tiempo como fue posible. Pronto la descubrió. Lo supe por una observación en una carta en la cual me comunicaba su visita para las fiestas de Navidad. Escribió: "El mundo es malo, cosa a la cual, a veces, se le ayuda". Así quería decir que yo pertenecía a ese mundo malo, pero que no bastaba con mi propia maldad, sino que, además, la posibilitaba, es decir, actuaba para sacar a relucir la maldad general y para ayudarla a triunfar. Bueno, yo ya había sacado las conclusiones necesarias. Pude esperarlo tranquilamente y pensar con calma, mientras él me saludaba con menos amabilidad que otras veces. Sin hablar, se sentó frente a mí, con cuidado sacó la revista del bolsillo interior de su gabán, curiosamente acolchado, y me la dio.

—La conozco —dije y se la devolví sin abrirla.

—La conoce —dijo suspirando, pues tenía la vieja costumbre de maestro de repetir contestaciones ajenas—. Por supuesto, no aceptaré esto sin defenderme —prosiguió y excitado golpeó la revista con el dedo mientras me observaba con una mirada tajante, como si yo tuviese otra opinión.

Parecía sospechar lo que yo iba a decir. Yo notaba, no tanto por sus palabras, como por otros indicios, que a menudo tenía una comprensión muy correcta de mis intenciones, aunque luego no cediera a su impulso y se dejara desviar del asunto. Lo que le dije en aquella ocasión, puedo repetirlo casi al pie de la letra, pues lo anoté poco después de la conversación.

—Haga lo que quiera —dije— a partir de hoy nuestros caminos se bifurcan. Creo que eso no es para usted ni sorpresivo ni inoportuno. Lo dicho en la revista no es la razón de mi decisión, sólo la consolida; el auténtico motivo es que, al principio, creí poder ayudarlo con mi informe, mientras que ahora puedo ver que, en cualquier caso, lo he perjudicado. ¿Por qué? No lo sé. Las causas del éxito y el fracaso son siempre complejas. No busque sólo aquellas interpretaciones que hablan contra mí. Piense en usted. Si lo vemos todo en conjunto, usted también tenía los mejores propósitos y, sin embargo, fracasó. No lo digo en broma, pues va en contra mía, pero su relación conmigo se cuenta dentro de sus fracasos. El que ahora me aparte del asunto no es por cobardía ni traición. Incluso, lo hago con pena. El aprecio que le tengo ya está en mi escrito. De cierta manera, usted se ha convertido en mi maestro, y hasta el topo se me hizo querido. Sin embargo, me aparto. Usted es el descubridor y, haga yo lo que haga, siempre seré un estorbo para que le alcance la fama pues atraigo el fracaso y lo conduzco hacia usted. Por lo menos ésta es mi opinión. La única penitencia posible para mí es pedirle perdón y, si así me lo exige, repetir públicamente la confesión que aquí he hecho, por ejemplo, en esta revista.

Aquellas fueron entonces mis palabras, no del todo sinceras, pero lo sincero en ellas era fácil de percibir. Mi explicación obró en él como aproximadamente había esperado. La mayoría de las personas mayores tienen algo de falso en su comportamiento con los jóvenes, algo que confunde. Uno vive tranquilamente al lado de ellas, cree asegurada la relación, recibe continuamente confirmación del carácter pacifico de esas relaciones, y, de repente, ocurre algo decisivo y cuando debiera imperar la tranquilidad, tanto tiempo preparada, estas personas mayores parecen extrañas, y sólo entonces uno conoce que tienen opiniones íntimas y antiguas, y enarbolan su bandera real sobre la cual leemos con espanto su nuevo lema. Tal espanto es, sobre todo, porque lo que dicen ahora es mucho más justificado, más lleno de sentido, como si lo lógico fuera mucho más lógico. Lo inevitablemente falso se encuentra en que lo que dicen ahora es lo mismo que han dicho siempre, y, sin embargo, nunca se pudo haber pensado. Debí haber calado bien hondo en este maestro de pueblo para que ahora no me sorprendiera por completo.

—Hijo —dijo, puso su mano en la mía y la frotó amistosamente—, ¿cómo es posible que se mezclara en este asunto? En cuanto me enteré se lo comenté a mi mujer —él se apartó de la mesa, abrió los brazos y miró el suelo, como si abajo estuviera, pequeñita, su mujer y hablara con ella—. Durante todos estos años, luchamos solos (le decía a mi mujer) y ahora parece interceder por nosotros un gran protector, un comerciante de la ciudad, de nombre tal y tal. ¿No debiéramos alegrarnos?

Un comerciante de la ciudad representa no poco; si un campesino andrajoso nos creyera y lo dijera, no nos podría ayudar, pues lo que él dice y hace carece de valor. Es lo mismo que diga: "el viejo maestro tiene razón" o que escupa de forma grosera, su efecto es el mismo. Y si, en vez de uno, se levantan diez mil campesinos, quizá el resultado sea peor.

En cambio, un comerciante de la ciudad es otra cosa, un hombre así tiene relaciones. Incluso aquello que dice de pasada se comenta en amplios círculos, nuevos partidarios se unen al asunto, y, por ejemplo, uno de ellos dice: "También se puede aprender algo de los maestros de pueblo", y al día siguiente ya lo comenta una muchedumbre de personas, de las cuales, a juzgar por su aspecto externo, nadie lo esperaría.

"Entonces se encuentran fondos para el asunto, alguien hace una colecta y los demás contribuyen. Se dice que el maestro de pueblo ha de ser sacado del pueblo, vienen y se ocupan de su aspecto, se lo llevan, y también a su mujer e hijos que viven con él. ¿Has observado alguna vez a la gente de la ciudad? Gorgojean ininterrumpidamente. Si hay unos cuantos de ellos juntos, el gorgojeo va de izquierda a derecha y vuelve de nuevo y baja y sube. Y así, gorgojeando, nos llevan al coche, y apenas si tenemos tiempo para saludar a todos. El señor sobre el pescante se ajusta sus gafas, blande el látigo y partimos. Todos se despiden del pueblo, como si todavía estuviéramos allí y no sentados entre ellos. De la ciudad nos salen al encuentro algunos coches con los más impacientes que, según nos vamos acercando, se levantan de sus asientos y se estiran para vernos. El que ha reunido el dinero lo ordena todo y pide calma. Al entrar en la ciudad ya hay una gran fila de coches. Habíamos pensado que la bienvenida ya había terminado, pero es delante de la posada donde, en verdad, comienza. En la ciudad muchas personas se congregan inmediatamente a cualquier llamado, por aquello de que lo que preocupa a uno también preocupa a todos. Unos a otros se quitan las opiniones y se las apropian. No todos pueden ir en coche y muchos esperan delante de la posada. Otros podrían viajar, pero no lo hacen por orgullo. También ellos esperan. Es asombroso como el que ha recolectado el dinero tiene una visión general.

Yo lo escuché en silencio y me fui calmando durante su charla. Sobre la mesa estaban amontonados todos los ejemplares que aún tenía de mi escrito. Faltaban sólo unos pocos, pues en los últimos tiempos había ido solicitando, por medio de una carta circular, que se me devolvieran y ya había recibido la mayoría. Por cierto, llegaron muchas cartas en las que se me informaba, con gran cortesía, que no se acordaban de haber recibido un escrito semejante y que, en caso de haberlo recibido, se había perdido lamentablemente.

No importaba. En el fondo, yo no quería otra cosa. Sólo alguien pidió quedarse con el escrito, como curiosidad, y se comprometía, de acuerdo con el espíritu de mi circular, a no enseñarlo a nadie durante los próximos veinte años. Esa circular todavía no la había visto el maestro. Me alegré de que sus palabras me facilitaran enseñársela. Podía hacerlo sin preocupación, porque había actuado muy cautelosamente en la redacción y nunca había descuidado el interés por el maestro y su asunto. Las frases principales de la circular eran éstas: No solicito la devolución del escrito porque me haya retractado de las opiniones en él vertidas o porque personalmente pudiera considerarlas erróneas o indemostrables.

Mi pedido sólo tiene motivos personales, si bien muy imperiosos. En lo que se refiere a mi posición sobre el asunto del topo, no me retracto en lo más mínimo. Pido que se preste especial consideración a esto, y si se quiere, que también se propague".

Aún mantenía la circular oculta en mis manos y dije:

—¿Quiere reprocharme porque no ha ocurrido así? ¿Por qué?

"No amarguemos nuestra despedida. Trate de entender, por fin, que usted ha hecho un descubrimiento, pero no es superior a otros y, por tanto, la injusticia que se le hace no es lo más importante. Desconozco los estatutos de la sociedad de ciencias, pero no creo que, ni aun en el mejor de los casos, se le hubiera preparado un recibimiento siquiera parecido a aquél que tal vez usted le haya descrito a su pobre mujer. Yo mismo esperaba que el escrito tendría alguna repercusión, pensé que tal vez algún profesor podría interesarse en nuestro asunto y encargar a algún estudiante ocuparse de él, que ese estudiante se dirigiría a usted con seriedad y volvería a examinar de nuevo las investigaciones suyas y las mías, y, finalmente, en el caso de que el resultado le pareciera digno de mención, —es necesario subrayar que todos los estudiantes jóvenes están llenos de dudas—, publicaría su propio escrito en el que justificaría científicamente el de usted. Ahora bien, suponiendo, incluso, que eso sucediera, todavía no se habría logrado mucho. Posiblemente, el escrito del estudiante, que hubiera analizado un caso tan extraño, habría sido ridiculizado. Ya ve usted, en el ejemplo de la revista agrícola, con qué facilidad esto ocurre, y en este sentido las revistas científicas son aún más desconsideradas. Es comprensible. Los profesores tienen mucha responsabilidad ante ellos mismos, la ciencia y la posteridad, y no pueden aceptar cualquier nuevo descubrimiento. En cambio, nosotros llevamos ventaja frente a ellos. Sin embargo, prescindiré de esto y consideraré que el escrito del estudiante fue aceptado. ¿Qué sucedería? Usted sería honrado y es probable que en su profesión se beneficiase. Dirían: "Nuestros maestros de pueblo están alertas", y esta revista debería, en el caso de que las revistas tuvieran memoria conciencia, pedirle perdón públicamente. Asimismo, aparecería algún profesor bien intencionado que le gestionaría una beca. Cabe, dentro de lo posible, que intentaran llevarlo a la ciudad, allí proporcionarle un puesto en una escuela primaria y darle así la oportunidad de aprovechar los medios científicos que brinda la ciudad para continuar la investigación. Pero, con toda sinceridad, le diré que tan sólo se habría intentado. Le hubieran llamado y usted habría venido como uno más, solicitando un empleo al igual que cientos, sin ningún recibimiento triunfal; hubiesen hablado con usted, habrían reconocido su esfuerzo, pero, al mismo tiempo, habrían comprobado que es un hombre mayor, que, a su edad, iniciar un estudio científico resulta inútil y sobre todo, que el descubrimiento fue obra más de la casualidad que del trabajo de investigación y, que usted, después de este caso aislado, no piensa seguir trabajando. Entonces, por esas razones, le habrían dejado en el pueblo. No obstante, ellos continuarían trabajando en el descubrimiento, pues no es tan pequeño como para que, una vez reconocido, sea olvidado. Pero usted ya no estaría al tanto, y si recibiese algunas noticias éstas le resultarían casi incomprensibles. Cualquier descubrimiento se introduce, de inmediato, en el conjunto de la ciencia, y, en cierto sentido, deja de ser descubrimiento; se disuelve en el todo y desaparece. Enseguida se entrelaza a principios de los cuales ni siquiera teníamos noción, y en posteriores discusiones científicas se lleva hasta las nubes. ¿Cómo poder comprenderlo nosotros? Entonces habría que poseer una visión científicamente muy preparada como para reconocerlo. Por ejemplo, si escucháramos una discusión especializada creeríamos, que se habla del descubrimiento, pero ya son otros temas completamente distintos. Sin embargo, la próxima vez pensaremos que se trata de otra cosa, no del descubrimiento, pero sí, se trata de él. ¿Lo comprende? Usted hubiese permanecido en el pueblo. Con el dinero recibido podría haber alimentado y vestido un poco mejor a su familia, pero le habrían arrebatado el descubrimiento sin que pudiera oponerse, alegando algún derecho, pues sólo fue en la ciudad donde obtuvo su verdadero valor. Quizá no fuesen ingratos con usted, a lo mejor hubiesen construido, en el lugar donde se hizo el descubrimiento, un pequeño museo, que se transformaría en la atracción más interesante del pueblo. Usted sería el portero y, para que no faltaran distinciones, le darían una medallita a colgar en el pecho, como acostumbran a llevar los empleados de los museos científicos. Todo eso es posible, pero ¿es eso lo que usted deseaba?

Sin responder a mi pregunta, el maestro dijo atinadamente: —¿Era eso lo que usted buscaba para mí?

—Tal vez —dije—, entonces no reflexioné mucho, como para poder contestarle ahora con seguridad. Intenté ayudarle, pero fracasé y quizá es lo peor que jamás haya hecho. Por eso quiero retirarme, en la medida de mis posibilidades como si nada hubiera pasado.

—Está bien —dijo él.

Sacó su pipa y empezó a rellenarla con el tabaco que llevaba suelto en todos los bolsillos

—Se ha ocupado voluntariamente del desgraciado asunto y ahora se retira también voluntariamente. ¡Todo está muy bien! —No soy obstinado —dije—. ¿Encuentra algo qué objetar a mi propuesta?

—No, absolutamente nada —respondió y su pipa ya humeaba. No soportaba el olor de su tabaco, y levantándome comencé a pasear por la habitación. Por anteriores conversaciones, me había acostumbrado a que el maestro se mantuviera en silencio y que ya instalado no quisiera moverse de mi habitación. En más de una ocasión, aquello me había molestado. Quiere algo más de mí, pensaba entonces, y le ofrecía dinero, que él siempre aceptaba. Pero sólo se iba cuando le apetecía. Por lo general, ya se había fumado la pipa, se movía alrededor del sillón que acercaba, respetuosa y ordenadamente, a la mesa, tomaba de un rincón su bastón de nudos, me estrechaba fervientemente la mano y se iba. Pero hoy no se levantaba y su permanencia se me hizo molesta. Cuando uno se despide de alguien definitivamente, como yo lo había hecho, y el otro lo encuentra bien, entonces se debe despachar con rapidez las cuestiones pendientes y no importunar con la muda presencia. Al ver al pequeño y tenaz viejo, sentado a mi mesa, se podría pensar que ya nunca más sería posible sacarlo de la habitación.

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