Kitabı oku: «Los hermanos Karamázov»

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Con una traducción impecable directa del ruso, presentamos una nueva edición de la novela emblemática del célebre autor ruso.

Los hijos legítimos de Fiódor Pávlovich Karamázov —un «bufón», un «filisteo», un «déspota», solo en última instancia un padre— se reúnen después de haber sido educados, lejos unos de otros, en distintas partes de Rusia: Dmitri es soldado y —como su padre— puro «ímpetu», bebedor, derrochador, lujurioso; Iván se ha convertido en un escéptico que duda de la ley, de la conciencia y de la fe (el primer existencialista, según Sartre); Aliosha ha abrazado la religión, todo el mundo lo llama «ángel» y vive en un monasterio. Ineluctablemente, la reunión familiar precipita la disolución y la tragedia.

Los hermanos Karamázov (1878-1880) fue la última novela de Dostoievski y sin duda una de esas obras decisivas cuya influencia ha perdurado hasta nuestros días. En ella se encuentra —diría un personaje de Kurt Vonnegut— «todo cuanto hay que saber en la vida»; también —añadiríamos— todo cuanto hay que saber del género narrativo. Con un narrador experto en tender lazos al lector y en crear con él una de las redes más fascinantes y comunicativas de la historia de la literatura, lo que Dostoievski construye no es solo una monumental visión del mundo moral humano (incertidumbre, crimen, perdón) sino un arriesgado y espléndido ensayo sobre la forma de reproducirlo.

Nota al texto

Como era usual en la época, Los hermanos Karamázov se publicó primero por entregas, en las páginas de El Mensajero Ruso1, entre enero de 1879 y noviembre de 1880. Inmediatamente después apareció en forma de libro, en dos volúmenes, en San Petersburgo, en diciembre de 1880 (si bien en ambos volúmenes figura 1881 como año de edición). Dada la forma de trabajar de Dostoievski, que iba entregando para su publicación, con mucha premura, las sucesivas partes a medida que las iba escribiendo,2 no es de extrañar que se produjeran en el proceso descuidos y errores, bastantes de los cuales (pero no todos) fueron diligentemente corregidos por el autor de cara a la edición del libro.3 Fue ésa la única revisión que pudo realizar de la obra: unos días más tarde, el 28 de enero de 18814, en San Petersburgo, fallecía Fiódor Mijáilovich Dostoievski, a la edad de cincuenta y nueve años, como consecuencia de una hemorragia asociada a un enfisema pulmonar; a su entierro, en el monasterio de Alejandro Nevski, asistieron decenas de miles de personas.

Aunque su autor comenzó la redacción de la novela, como tal, en abril de 1878, lo cierto es que ésta suponía la realización de proyectos narrativos muy anteriores, abandonados o relegados por distintos motivos. Ya en 1868 había esbozado el plan de un ciclo «épico-novelesco» —al que se referirá con frecuencia en su correspondencia de los años siguientes—, con el título global de Ateísmo (título que no tardaría en abandonar), en el que se detectan ya muchas de las preocupaciones esenciales de Los hermanos Karamázov. En ese marco, entre finales de 1869 y comienzos de 1870 elaboró una serie de notas, bajo el nuevo título de La vida de un gran pecador, donde se esbozan algunos de los conflictos y situaciones narrativas que darán forma, andando el tiempo, a Los hermanos Karamázov. Muy pronto, no obstante, las nuevas empresas literarias de Dostoievski (empezando por la redacción de Los demonios, de 1870 a 1872) lo llevan a dejar de lado este proyecto. En todo caso, un eco del viejo plan de crear un ciclo narrativo completo resuena aún en su promesa, formulada en las palabras preliminares «Del autor» y recordada esporádicamente en el curso de la narración, de escribir, cuando menos, una continuación de Los hermanos Karamázov, continuación que estaría centrada en la madurez de Aliosha, a quien se presenta expresamente como «héroe» de la novela. La inmediata muerte de Dostoievski truncó ese propósito, y solo contamos con varios testimonios, contradictorios en algunos sentidos, de parientes y amigos acerca de las intenciones del autor en relación con el porvenir de Aliosha Karamázov y otros personajes de su novela.

Si la elaboración de Los hermanos Karamázov supone, en consecuencia, la plasmación de un antiguo y ambicioso proyecto literario, así como la culminación, en mucho sentidos, de las aspiraciones y logros de una larga carrera novelística, no es menos cierto que las circunstancias vitales, ideológicas y estéticas de los años inmediatamente anteriores —e incluso rigurosamente contemporáneos— a la redacción de la novela dejan también en ésta una profunda huella. Acontecimientos próximos en el tiempo, como las estancias de Dostoievski en Stáraia Russa (trasunto de la pequeña ciudad provinciana en que transcurre la acción de la obra5); la muerte en mayo de 1878 de su hijo menor, Alekséi, sin haber alcanzado los tres años de vida; o la visita que realizó en junio de ese mismo año, en compañía del filósofo Vladímir Soloviov, al monasterio de Óptina, en Kozelsk, son solo algunos ejemplos de los numerosos hechos biográficos que se ven reflejados en esta novela sin par, que tantísimo debe a la cultura y al pensamiento, pero que contiene igualmente cantidades ingentes de pasión y de vida.

La presente traducción, que se suma a una dilatada tradición de versiones en español publicadas en nuestro país (completas e incompletas, directas e indirectas, algunas de ellas de méritos incuestionables; todas, en el mejor de los casos, con varias décadas a sus espaldas), se basa en el texto que aparece en los tomos noveno y décimo de las Obras completas en quince tomos, publicados por la editorial Nauka en Leningrado en 1991.

Dedicado a Anna Grigórievna Dostoiévskaia6

En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto.

Juan, 12, 247

Del autor

Al comenzar la biografía de mi héroe, Alekséi Fiódorovich Karamázov, me siento un tanto confuso. Y es que, por más que llame a Alekséi Fiódorovich mi héroe, sé muy bien que no se trata de un gran hombre, ni mucho menos, así que ya me estoy imaginando preguntas como éstas: ¿qué tiene de notable su Alekséi Fiódorovich para haberlo escogido como su héroe? ¿Ha hecho algo especial? ¿Quién lo conoce y por qué motivo? ¿Por qué debería yo, como lector, perder mi tiempo estudiando los hechos de su vida?

La última pregunta es la más decisiva, pues solo puedo responder a ella de este modo: «Tal vez lo vean ustedes mismos en la novela». Pero ¿y si leen la novela y no lo ven? ¿Y si no están de acuerdo en la singularidad de mi Alekséi Fiódorovich? Si hablo así es porque intuyo, con pesar, que puede ocurrir algo semejante. Para mí, es un individuo notable, pero no estoy muy seguro de si seré capaz de demostrárselo al lector. El caso es que, seguramente, se trata de un hombre de acción, pero un hombre de acción impreciso, que no ha acabado de manifestarse con claridad. Por otra parte, en los tiempos que corren resultaría extraño exigirle a nadie claridad. Con todo, hay algo que parece indudable: se trata de un tipo raro, extravagante incluso. Pero la rareza, la extravagancia, no dan precisamente derecho a reclamar la atención ajena, sino que más bien perjudican, sobre todo cuando todo el mundo procura conectar los casos aislados y encontrar algún sentido común en la confusión generalizada. Pero normalmente un individuo extravagante constituye una peculiaridad, un caso aislado. ¿No es así?

Ahora bien, si no están ustedes de acuerdo con esta última tesis y contestan: «No es así», o: «No siempre es así», es posible que yo recupere la confianza en lo tocante al significado de mi héroe Alekséi Fiódorovich. Pues ya no se trata únicamente de que el individuo extravagante «no siempre» constituya una peculiaridad, un caso aislado, sino que, por el contrario, en ocasiones puede ser el portador de la esencia del conjunto, en tanto que los demás hombres de su época, como un viento inconstante, se separan temporalmente, por la razón que sea, de ese conjunto…

Lo cierto es que tampoco tenía intención de enredarme en estas explicaciones tan poco interesantes y tan confusas, y podría haber empezado mi obra sin más preámbulos: si gusta, la gente la leerá de todos modos. Lo malo es que yo traigo aquí una sola biografía, pero dos novelas. La principal es la segunda8: y trata de las acciones de mi protagonista en nuestros días, en estos precisos momentos. En cambio, la primera novela se desarrolla hace ya trece años, y casi no es una novela, sino un episodio de la primera juventud de mi héroe. No me es posible prescindir de esta primera novela, porque sin ella muchos aspectos de la segunda resultarían incomprensibles. Pero de ese modo se vuelve aún más complicada mi difícil tarea inicial: si el propio biógrafo, o sea, yo mismo, reconoce que hasta una sola novela podría ser excesiva para un protagonista tan modesto e indefinido, ¿qué pasará entonces con dos? Y ¿cómo explicar tamaño atrevimiento por mi parte?

Perdido en la resolución de estas cuestiones, me decido a desentenderme de ellas sin acabar de resolverlas. Como es natural, el lector perspicaz ya habrá adivinado hace tiempo que era a eso a lo que me inclinaba desde el principio, y solo estará molesto conmigo por haber malgastado unas palabras estériles y un tiempo precioso. A eso sí puedo responder con precisión: he malgastado unas palabras estériles y un tiempo precioso, en primer lugar, por cortesía, y, en segundo lugar, por malicia: que no se diga, al menos, que no estaban advertidos. Por otra parte, incluso me alegra que mi novela se haya dividido por sí misma en dos relatos, «manteniendo la unidad esencial del conjunto»; el propio lector, una vez conocido el primer relato, decidirá si le compensa adentrarse en el segundo. Por supuesto, nadie está obligado a nada; siempre es posible dejar el libro a las dos páginas del primer relato para no volver a abrirlo. Pero también hay lectores atentos que, sin duda, querrán leer el libro hasta el final para no errar en su juicio imparcial; es el caso, por ejemplo, de todos los críticos rusos. Pues bien, ante ellos siento cierto alivio en mi corazón: a pesar de todo su rigor y sus escrúpulos, les proporciono un pretexto perfectamente legítimo para dejar el relato en el primer episodio de la novela. Y hasta aquí el prólogo. Estoy completamente de acuerdo en que resulta superfluo, pero, ya que está escrito, vamos a dejarlo.

Y ahora, al grano.

PRIMERA PARTE

LIBRO PRIMERO
HISTORIA DE UNA FAMILIA

I. Fiódor Pávlovich Karamázov

Alekséi Fiódorovich Karamázov era el tercer hijo de Fiódor Pávlovich Karamázov, un terrateniente de nuestro distrito que se hizo muy célebre en su momento (y aún hoy se le sigue recordando) por su trágico y oscuro fin, el cual tuvo lugar hace justo ahora treinta años y del que ya hablaré más adelante. Por el momento, me limitaré a decir de este «terrateniente» (así es como lo llamaban por aquí, a pesar de que casi nunca residió en sus tierras) que era uno de esos tipos raros que, sin embargo, se encuentran con bastante frecuencia; concretamente, era de esa clase de individuos que no solo son ruines e inmorales, sino además insensatos, pero de esos insensatos que, pese a todo, se manejan a la perfección en los negocios y solo, por lo visto, en los negocios. Fiódor Pávlovich, por ejemplo, había surgido prácticamente de la nada, como un modestísimo propietario, dispuesto siempre a comer en mesa ajena y a vivir de gorra, y, sin embargo, en el momento de su fallecimiento dejó hasta cien mil rublos en dinero contante y sonante. Y, al mismo tiempo, nunca dejó de ser en toda su vida uno de los mayores botarates de nuestro distrito. Insisto: no es cuestión de estupidez; la mayoría de esos botarates son bastante taimados y astutos; es la suya una insensatez muy peculiar, típicamente nacional.

Se había casado dos veces y tenía tres hijos: el mayor, Dmitri Fiódorovich, de la primera mujer, y los otros dos, Iván y Alekséi, de la segunda. La primera mujer de Fiódor Pávlovich pertenecía a un noble linaje de propietarios de nuestro distrito, los Miúsov, gente bastante rica y distinguida. No me voy a parar a explicar cómo pudo ocurrir que una muchacha con una buena dote, además de hermosa y, sobre todo, inteligente y despierta —una de esas jóvenes que son tan frecuentes entre nosotros en la generación actual, aunque ya las había en el pasado—, se casara con tan insignificante «alfeñique», que es como entonces lo llamaba todo el mundo. Lo cierto es que conocí a una joven, de la penúltima generación «romántica», que después de algunos años de profesar un enigmático amor a un señor con quien, dicho sea de paso, bien podría haberse casado con toda tranquilidad, acabó, sin embargo, imaginándose toda clase de impedimentos insalvables y una noche tempestuosa se arrojó desde una escarpada orilla, una especie de acantilado, a un río bastante profundo e impetuoso y pereció en él, sin duda alguna por culpa de sus propios antojos, solo para imitar a la Ofelia de Shakespeare, hasta el punto de que, si aquel acantilado, escogido y preferido por ella desde hacía mucho, no hubiera sido tan pintoresco y en su lugar se hubiera encontrado una prosaica orilla llana, es posible que el suicidio nunca se hubiera consumado. Se trata de un hecho verdadero, y hay que pensar que en nuestra vida rusa, en el curso de las dos o tres últimas generaciones, han tenido que ocurrir no pocos casos idénticos o de la misma naturaleza. De forma análoga, el proceder de Adelaída Ivánovna Miúsova fue también un eco de tendencias ajenas y una irritación de la mente cautiva.9 Tal vez se había propuesto manifestar su independencia como mujer, ir en contra de los convencionalismos sociales, del despotismo de su linaje y su familia, y su obsequiosa fantasía la convenció —supongámoslo así por un momento— de que Fiódor Pávlovich, a pesar de su título de gorrón, era uno de los hombres más valientes y divertidos de aquella época de transición hacia todo lo mejor, siendo como era, sencillamente, un bufón malintencionado. Lo más llamativo es que, para colmo, el asunto se resolvió con un rapto, algo que fascinó a Adelaída Ivánovna. En cuanto a Fiódor Pávlovich, se sentía muy inclinado entonces, por su misma condición social, a toda clase de audacias semejantes, pues deseaba fervientemente hacer carrera a cualquier precio; arrimarse a una buena familia y conseguir una dote resultaba algo de lo más seductor. Por lo que respecta a su mutuo amor, no parece que existiera, ni por parte de la novia ni por parte de él, a pesar de la belleza de Adelaída Ivánovna. Así que este episodio tal vez fuera único en su género en la vida de Fiódor Pávlovich, un hombre extremadamente lascivo, siempre dispuesto a pegarse a unas faldas a la primera insinuación. Y, sin embargo, ésta fue la única mujer que no le produjo, en lo referente a las pasiones, ninguna impresión especial.

Inmediatamente después del rapto, Adelaída Ivánovna cayó en la cuenta en un santiamén de que su marido la despreciaba, y nada más. De ese modo, las consecuencias del matrimonio se manifestaron con una rapidez inusitada. A pesar de que la familia tardó muy poco en resignarse a lo ocurrido y entregó la dote a la fugitiva, el matrimonio empezó a llevar una vida sumamente desordenada, con escenas continuas. Cuentan que la joven casada mostró en aquella situación una nobleza y dignidad incomparablemente mayores que las de Fiódor Pávlovich, quien, como se ha sabido más tarde, le birló de buenas a primeras todo el dinero, los veinticinco mil rublos que acababa de recibir, de modo que para ella fue como si en ese mismo instante todos aquellos millares de rublos se los hubiera tragado el agua. Y en cuanto a una pequeña aldea y una casa bastante buena en la ciudad que también formaban parte de la dote, Fiódor Pávlovich intentó durante largo tiempo ponerlas a su nombre mediante la redacción del oportuno documento, y seguramente lo habría conseguido, aunque solo fuera, digámoslo así, por el desdén y la repugnancia que despertaba continuamente en su mujer con sus desvergonzadas exigencias y súplicas, por puro cansancio espiritual, para librarse de él, sencillamente. Pero, por fortuna, intervino la familia de Adelaída Ivánovna y puso coto al sinvergüenza. Se sabe positivamente que en la pareja eran frecuentes las peleas, pero, según se cuenta, quien pegaba no era Fiódor Pávlovich, sino Adelaída Ivánovna, mujer impulsiva, decidida, morena, impaciente, dotada de una fuerza física asombrosa. Al final abandonó el hogar conyugal y se fugó con un maestro seminarista muerto de hambre, dejando al pequeño Mitia10, de tres años, al cuidado de Fiódor Pávlovich. Éste no tardó en montar en su casa un verdadero harén y en entregarse a las borracheras más desenfrenadas, y en los entreactos se dedicaba a recorrer casi toda la provincia, quejándose amargamente a todo el que veía de que Adelaída Ivánovna lo había abandonado; además, se refería a su vida conyugal con tal lujo de detalles que habría sonrojado a cualquier hombre casado. Hay que decir que parecía resultarle agradable y hasta halagador representar delante de todo el mundo su ridículo papel de marido ofendido y pintar vivamente los detalles de su propio agravio. «Viéndole así de contento, a pesar de su desgracia, Fiódor Pávlovich, cualquiera pensaría que ha obtenido usted un ascenso», le decían en guasa. Muchos suponían incluso que estaba encantado de presentarse con su renovado aire de bufón y que aparentaba no ser consciente de su cómica situación para que la gente se riera más. Pero quién sabe, a lo mejor actuaba con toda inocencia. Finalmente consiguió dar con el rastro de la fugitiva. La pobrecilla estaba en San Petersburgo, adonde se había trasladado con su seminarista y donde se había entregado en cuerpo y alma a la más completa «emancipación». Fiódor Pávlovich se puso de inmediato a hacer gestiones y decidió viajar a San Petersburgo. ¿Para qué? Desde luego, no lo sabía ni él. La verdad es que bien podría haber ido en aquella ocasión, pero el caso es que, una vez adoptada tal decisión, consideró acto seguido que, para darse ánimos antes de emprender el viaje, tenía todo el derecho del mundo a correrse de nuevo una juerga monumental. Y justo en ese momento a la familia de su mujer le llegó la noticia de que ésta había muerto en San Petersburgo. Por lo visto, había fallecido repentinamente, en alguna buhardilla; según decían unos, de tifus, o de hambre, según otros. Fiódor Pávlovich se enteró de la muerte de su mujer estando borracho; dicen que echó a correr por la calle y se puso a gritar, loco de alegría, levantando los brazos al cielo: «Ahora despides a tu siervo en paz»11; pero, según otros, lloraba a lágrima tendida, como un crío, hasta tal punto que, según dicen, daba incluso pena mirarlo, a pesar de toda la aversión que inspiraba. Es muy posible que ocurriera lo uno y lo otro, es decir, que se alegrara de su liberación y que llorase por su libertadora, todo a la vez. En la mayor parte de los casos, la gente, hasta la malvada, es mucho más ingenua y cándida de lo que solemos pensar. Y nosotros también.

II. Despide al primer hijo

Naturalmente, cualquiera puede hacerse una idea de qué clase de educador y padre sería un hombre como aquél. Como padre, ocurrió con él lo que tenía que ocurrir, ni más ni menos: se desentendió totalmente del hijo que había tenido con Adelaída Ivánovna, no por rencor ni movido por sentimiento alguno de marido ofendido, sino sencillamente porque se olvidó de él sin más. Mientras Fiódor Pávlovich abrumaba a todo el mundo con sus lágrimas y sus quejas y convertía su hogar en un antro de perdición, un fiel criado de la casa, Grigori, se hizo cargo del pequeño Mitia, de tres años, y, de no haber sido por sus desvelos, posiblemente no habría habido nadie en disposición de cambiarle la ropita al niño. Además, al principio la familia materna del pequeño también parecía haberse olvidado de él. Su abuelo, o sea, el propio señor Miúsov, padre de Adelaída Ivánovna, ya no se contaba entre los vivos; su viuda, la abuela de Mitia, que se había trasladado a Moscú, estaba muy enferma; en cuanto a las hermanas de la madre, se habían casado, de modo que durante casi un año Mitia quedó a cargo de Grigori, residiendo con él en la isba destinada a la servidumbre. Por lo demás, aun suponiendo que el padre se hubiera acordado del crío (de hecho, era imposible que ignorase su existencia), lo habría devuelto a esa isba, pues habría representado un estorbo para su vida disipada. Pero el caso es que acababa de regresar de París un primo hermano de la difunta Adelaída Ivánovna, Piotr Aleksándrovich Miúsov, quien después viviría muchos años ininterrumpidamente en el extranjero y, aunque por entonces era aún muy joven, se distinguió siempre entre los Miúsov por ser un hombre culto, capitalino, cosmopolita, europeo de toda la vida y, ya en su madurez, un liberal, tal y como se estilaría en los años cuarenta y cincuenta. En el transcurso de su carrera mantuvo contactos con muchos de los más señalados liberales de su época, en Rusia y en el extranjero; conoció personalmente a Proudhon y a Bakunin, y disfrutaba especialmente recordando y contando, en el declive ya de sus andanzas, lo ocurrido en París los tres días de la revolución de febrero de 1848, dando a entender, poco más o menos, que él mismo había participado en las barricadas. Era éste uno de los recuerdos más placenteros de su juventud. Disfrutaba de holgura económica: poseía unas mil almas, contabilizadas al modo antiguo. Su magnífica hacienda se encontraba justo a la salida de nuestra pequeña ciudad y lindaba con las tierras de un famoso monasterio, con el cual Piotr Aleksándrovich, siendo aún muy joven, nada más heredar, entabló un interminable proceso en relación con unos derechos de pesca en el río o de tala en el bosque, no lo sé con precisión, pero lo cierto es que consideraba su deber ciudadano, de hombre ilustrado, entablar un pleito contra la «clerigalla». Habiendo llegado a sus oídos la historia de Adelaída Ivánovna, de la que, naturalmente, se acordaba y en la que incluso se había fijado en su día, y sabiendo de la existencia de Mitia, pese a toda su indignación juvenil y su desprecio a Fiódor Pávlovich, decidió tomar cartas en el asunto. Fue entonces cuando ambos individuos se vieron por primera vez. Piotr Aleksándrovich le declaró abiertamente a Fiódor Pávlovich que deseaba hacerse cargo de la educación del crío. Más tarde, Piotr Aleksándrovich solía contar detenidamente, como rasgo ilustrativo del carácter de Fiódor Pávlovich, cómo, cuando le habló a éste de Mitia, al principio hizo como si no entendiera a qué niño se refería, e incluso se mostró sorprendido de que estuviera viviendo en su casa, a saber dónde, un hijo pequeño suyo. Aunque pudiera haber cierta exageración en el relato de Piotr Aleksándrovich, en algo tendría que parecerse a la verdad. Efectivamente, durante toda su vida a Fiódor Pávlovich le gustó fingir, ponerse de pronto a representar delante de la gente un papel muy llamativo, a veces sin la menor necesidad, cuando no en su propio perjuicio, como en este mismo caso. De todos modos, no es un rasgo exclusivo de Fiódor Pávlovich, sino que lo comparten muchísimas personas, algunas de notable inteligencia. Piotr Aleksándrovich puso todo su empeño en el asunto e incluso fue designado (conjuntamente con Fiódor Pávlovich) curador del niño, dado que, a pesar de todo, éste había heredado de su madre una casa con unas tierras. Mitia, de hecho, se fue a vivir con su tío segundo, pero éste, como no tenía familia, en cuanto puso en orden sus propiedades y se aseguró el cobro de las rentas, regresó de inmediato a París para una larga temporada, dejando al niño al cuidado de una de sus tías, una señora de Moscú. Ocurrió que el propio Piotr Aleksándrovich, una vez aclimatado a la vida en París, se olvidó del niño, sobre todo al desatarse aquella revolución de febrero que tanto impresionó su imaginación y de la que ya no pudo olvidarse en toda su vida. Sin embargo, la señora de Moscú falleció, y Mitia pasó a una de sus hijas casadas. Al parecer, más tarde aún se vería obligado a cambiar por cuarta vez de hogar. No voy a extenderme ahora en esto, sobre todo porque aún es mucho lo que tendré que contar del primogénito de Fiódor Pávlovich; me ceñiré por ahora a las informaciones más indispensables, sin las cuales no podría ni empezar la novela.

En primer lugar, Dmitri Fiódorovich fue el único de los tres hijos de Fiódor Pávlovich que creció con el convencimiento de que aún poseía cierta fortuna y de que, al alcanzar la mayoría de edad,12 sería independiente. Su infancia y juventud transcurrieron desordenadamente: no acabó sus estudios en el gimnasio; después ingresó en una escuela militar; más tarde fue a parar al Cáucaso, sirvió en el ejército, se batió en duelo, fue degradado, volvió al servicio, dio muchos tumbos y dilapidó una cantidad relativamente elevada de dinero. No empezó a recibir nada de su padre, Fiódor Pávlovich, hasta llegar a la mayoría de edad, y para entonces ya se había cargado de deudas. A su padre lo conoció y lo vio por primera vez desde que había alcanzado la mayoría de edad cuando se presentó en nuestras tierras, dispuesto a tener con él una explicación a propósito de sus bienes. Por lo visto, ya entonces su padre le resultó desagradable; pasó poco tiempo en su casa y se marchó en cuanto pudo, habiendo obtenido de él tan solo cierta suma de dinero tras llegar a un acuerdo sobre el futuro cobro de las rentas de la hacienda, sin conseguir que en aquella ocasión (se trata de un hecho llamativo) su padre le aclarara ni su rentabilidad ni su valor. Fiódor Pávlovich advirtió desde el primer momento (también esto conviene recordarlo) que Mitia tenía una idea exagerada y falsa de su fortuna. Eso le dejó muy satisfecho, de cara a sus propios cálculos. Dedujo que se trataba de un joven frívolo, impulsivo, apasionado, impaciente, juerguista, que se contentaba con poco y se calmaba enseguida, aunque fuera, claro está, por poco tiempo. Fue eso lo que empezó a explotar Fiódor Pávlovich, así que se dedicó a salir del paso a base de pequeñas entregas, de envíos esporádicos, y acabó sucediendo que, al cabo de unos cuatro años, cuando Mitia perdió la paciencia y se presentó de nuevo en nuestra localidad para arreglar de una vez por todas sus asuntos con su progenitor, descubrió, para su monumental sorpresa, que ya no tenía nada de nada, que hasta era difícil echar las cuentas, que ya había recibido en efectivo de su padre todo el valor correspondiente a sus propiedades y que igual hasta estaba en deuda con él; comprobó que por tales o cuales transacciones, en las que él mismo había deseado participar en su momento, no tenía derecho a exigir nada más, y así sucesivamente. El joven se quedó atónito, sospechó que aquello era mentira, que se trataba de un engaño, a punto estuvo de perder el dominio de sí y pareció volverse loco. Precisamente esta circunstancia fue la que desembocó en la catástrofe cuya exposición constituye el objeto de mi primera novela, de carácter preliminar,13 o, mejor dicho, su cara externa. Pero, antes de abordar esa novela, aún es preciso referirse a los otros dos hijos de Fiódor Pávlovich, los hermanos de Mitia, y explicar cómo fueron sus comienzos.

III. Segundo matrimonio y segundos hijos

Muy poco después de haberse quitado de encima a Mitia, que tenía por entonces cuatro años, Fiódor Pávlovich se casó en segundas nupcias. Este segundo matrimonio duró unos ocho años. A su segunda mujer, Sofia Ivánovna, también muy jovencita, la tomó en otra provincia a la que había viajado para ocuparse de un negocio de poca monta, en compañía de un judío. Por muy juerguista, bebedor y escandaloso que fuera, Fiódor Pávlovich nunca dejó de ocuparse de sus inversiones, y siempre le iba bien en sus pequeños tratos, eso sí, valiéndose por lo general de artimañas. Sofia Ivánovna era una «huerfanita», privada de sus padres desde la niñez; hija de un oscuro diácono, había crecido en la rica casa de su protectora, educadora y torturadora, una anciana distinguida, viuda del general Vorójov. No conozco los detalles, pero sí oí decir que, por lo visto, a la protegida, una niña modesta, ingenua y callada, en cierta ocasión le habían retirado del cuello una soga que ella misma había colgado de un clavo en la despensa; hasta tal punto se le hacía difícil aguantar los antojos y los continuos reproches de aquella vieja, que al parecer no era mala, pero sí, por culpa de la ociosidad, insoportablemente despótica. Fiódor Pávlovich pidió su mano; hicieron gestiones para saber de él y lo echaron, pero he aquí que él, una vez más, como con el primer matrimonio, le propuso a la huérfana el expediente del rapto. Es posible, pero que muy posible, que ella no se hubiera casado con él por nada del mundo de haber conocido a tiempo más detalles suyos. Pero era de otra provincia y, además, ¿qué podía entender una muchachita de dieciséis años, más allá de que era preferible arrojarse a un río que seguir en casa de su protectora? De ese modo cambió la pobrecilla a una protectora por un protector. Fiódor Pávlovich no sacó en esta ocasión ni cinco, porque la generala se enfadó, no dio nada y, para colmo, maldijo a los dos; pero él tampoco contaba con obtener nada esta vez, sencillamente se había visto atraído por la notable belleza de la inocente chica y, sobre todo, por su aspecto candoroso, que impresionó a un hombre lujurioso como él, a un vicioso que hasta entonces solo se había fijado en la tosca hermosura femenina. «Aquellos ojillos ingenuos me atravesaron el alma como una navaja», solía comentar más tarde, acompañándose de sus repugnantes risitas. En todo caso, en aquel hombre lascivo solo podía tratarse de una atracción carnal. Sin haber obtenido ninguna gratificación, Fiódor Pávlovich no se prodigó en cumplidos con su mujer y, aprovechándose de que ella era, por así decir, «culpable» ante él y de que él prácticamente la había «librado de la soga», aprovechándose, además, de su colosal mansedumbre y sumisión, pisoteó hasta las reglas más básicas del matrimonio. En presencia de su esposa, acudían a su casa mujeres indecentes y se organizaban orgías. Diré, como rasgo característico, que el criado Grigori, hombre triste, necio y testarudo, que en su momento había odiado a la primera señora, Adelaída Ivánovna, en este caso tomó partido por la nueva ama: la defendía y discutía por ella con Fiódor Pávlovich en un tono casi inadmisible en un criado, y en cierta ocasión llegó a acabar por la fuerza con una orgía, ahuyentando a todas las desvergonzadas que habían acudido. Posteriormente, la infeliz joven, que había vivido aterrada desde su más tierna infancia, sufrió una especie de dolencia nerviosa femenina, que se da más a menudo entre las humildes aldeanas, a las que llaman «enajenadas» cuando padecen esta enfermedad. Por culpa de este mal, con sus terribles ataques de histerismo, en ocasiones la enferma llegaba a perder el juicio. A pesar de todo, le dio a Fiódor Pávlovich dos hijos, Iván y Alekséi: aquel nació en el primer año de matrimonio; su hermano tres años después. Cuando murió su madre, el pequeño Alekséi no había cumplido aún los cuatro años y, por raro que parezca, sé que la recordó durante toda su vida, como entre sueños, desde luego. Tras su muerte, a los dos niños les ocurrió prácticamente lo mismo que al primero, Mitia: fueron totalmente olvidados y abandonados por su padre, y quedaron al cuidado de Grigori, quien los llevó consigo a la isba de la servidumbre, como había hecho con su hermano. Fue en esa isba donde los encontró la despótica generala, protectora y educadora de su madre. Aún seguía viva y en todo aquel tiempo, en aquellos ocho años, no había podido olvidar la ofensa recibida. A lo largo de esos ocho años había obtenido, bajo cuerda, cumplida información de la existencia cotidiana de su Sofia y, al enterarse de que estaba enferma y del ambiente escandaloso que la rodeaba, dos o tres veces les comentó en voz alta a las mujeres que vivían acogidas en su casa: «Le está bien empleado; Dios la ha castigado por su ingratitud».

A los tres meses justos de la muerte de Sofia Ivánovna, la generala en persona se presentó de pronto en nuestra ciudad y se encaminó sin demora a casa de Fiódor Pávlovich. Apenas estuvo en la ciudad una media hora, pero fue mucho lo que hizo. Era ya por la tarde. Fiódor Pávlovich, a quien no había visto en esos ocho años, salió a recibirla algo achispado. Cuentan que ella, nada más verlo, de buenas a primeras, sin dar explicaciones, le soltó un par de rotundas y sonoras bofetadas y le tiró tres veces del tupé, de arriba abajo, tras lo cual, sin añadir palabra, se dirigió a la isba donde estaban los dos chiquillos. Al advertir, de un simple vistazo, que estaban sin lavar y llevaban ropa sucia, le propinó inmediatamente otra bofetada al propio Grigori y le comunicó que se llevaba a los dos niños; acto seguido los cogió tal y como estaban, los arropó con una manta de viaje, los subió al coche y se los llevó a su ciudad. Grigori encajó aquella bofetada cual esclavo sumiso, no se le escapó una sola palabra ofensiva y, cuando acompañó a la anciana señora hasta el coche, hizo una profunda reverencia y dijo con aire imponente: «Dios sabrá premiarla por los huérfanos». «¡Si serás tarugo!», le gritó la generala al partir. Fiódor Pávlovich, tras considerar todo el asunto, concluyó que no era mala solución y más tarde, al formalizar su consentimiento para que sus hijos se educaran en casa de la generala, no se mostró disconforme en ningún punto. En cuanto a las bofetadas que había recibido, él mismo fue contándolo por toda la ciudad.

Sucedió que, poco después, la propia generala falleció, si bien lo hizo después de haber anotado en su testamento que dejaba mil rublos a cada uno de los dos pequeños, «para su instrucción, y para que todo este dinero sea necesariamente gastado en ellos, con la condición de que les llegue hasta su mayoría de edad, pues es una cantidad más que suficiente para tales niños; no obstante, si alguien lo desea, siempre puede rascarse el bolsillo», y así sucesivamente. Yo no he leído el testamento, pero sí he oído decir que especificaba algo de ese tenor, un tanto extraño, expresado en un estilo excesivamente peculiar. El heredero principal de la vieja resultó ser, no obstante, un hombre honrado: Yefim Petróvich Polénov, decano provincial de la nobleza. Después de haberse escrito con Fiódor Pávlovich y comprendiendo desde el primer momento que no iba a sacarle el dinero para la educación de sus hijos (si bien Fiódor Pávlovich nunca se negaba abiertamente a nada, sino que en tales casos se dedicaba a dar largas; a veces incluso se deshacía en manifestaciones de sentimiento), decidió intervenir personalmente en el destino de los huérfanos y se encariñó en particular con el más pequeño, Alekséi, el cual se crió, de hecho, durante largo tiempo en el seno de su familia. Ruego al lector que tenga esto presente desde el principio. Si estaban en deuda con alguien para toda la vida aquellos dos jóvenes, por su educación y formación, era precisamente con ese Yefim Petróvich, hombre de gran nobleza y humanidad, de los que pocas veces se encuentran. Conservó intactos los mil rublos que la generala había dejado a cada uno de ellos, de modo que, cuando alcanzaron la mayoría de edad, gracias a los intereses acumulados la cantidad ascendía ya a dos mil rublos; el propio Yefim Petróvich costeó su educación y, por supuesto, gastó en cada uno mucho más de mil rublos. No voy a entrar en este momento en un relato detallado de su infancia y su juventud, sino que me limitaré a mencionar las circunstancias más relevantes. Del mayor, Iván, diré únicamente que creció como un adolescente sombrío, encerrado en sí mismo; no es que fuera tímido, ni mucho menos, pero fue como si ya a los diez años hubiera llegado a la conclusión de que, de todos modos, se estaban criando en una familia extraña y gracias a la caridad ajena, y que su padre era un tal y era un cual, alguien de quien hasta daba vergüenza hablar, y todo eso. Este niño empezó muy pronto, prácticamente en su infancia (al menos, así me lo contaron), a mostrar unas aptitudes para el estudio nada comunes y muy brillantes. No sé exactamente cómo fue, pero lo cierto es que se separó de la familia de Yefim Petróvich antes de cumplir los trece años para pasar a uno de los gimnasios de Moscú y al internado de un experimentado pedagogo, muy conocido por entonces, amigo de la infancia de Yefim Petróvich. El propio Iván explicaría más tarde que eso había sido posible, por así decir, gracias al «fervor por las buenas obras» de Yefim Petróvich, a quien entusiasmaba la idea de que un niño con esas capacidades geniales se educara con un pedagogo igualmente genial. Por lo demás, ni Yefim Petróvich ni el genial pedagogo se contaban ya entre los vivos cuando el joven, tras acabar el gimnasio, ingresó en la universidad. Como Yefim Petróvich no había dispuesto bien las cosas y el cobro del dinero legado por la despótica generala —que había aumentado, merced a los intereses, desde los mil hasta los dos mil rublos— se retrasaba a causa de toda clase de formalidades y aplazamientos, inevitables en nuestro país, durante sus primeros dos años en la universidad el joven las pasó negras, pues se vio obligado a ganarse la vida al tiempo que estudiaba. Hay que señalar que en esa época no quiso intentar siquiera escribirse con el padre; tal vez lo hiciera por orgullo, tal vez por desprecio, o tal vez porque el frío y sano juicio le hiciera ver que de su padre no iba a recibir ningún apoyo mínimamente decente. En cualquier caso, el joven no se desanimó en ningún momento y encontró trabajo, primero dando clases a dos grivny14 la hora, y después recorriendo las redacciones de los periódicos y suministrando articulillos de diez líneas sobre sucesos callejeros, firmados por «Un testigo». Según dicen, esos artículos estaban siempre redactados de un modo tan curioso, eran tan llamativos, que no tardaron en abrirse paso, y ya solo con eso el joven mostró su superioridad práctica e intelectual sobre ese nutrido sector de nuestra juventud estudiantil de ambos sexos, permanentemente necesitada y desdichada, que acostumbra en nuestras capitales a asediar los periódicos y las revistas de la mañana a la noche, sin ocurrírsele nada mejor que insistir una y otra vez en sus cansinas peticiones de hacer traducciones del francés o copiar escritos. Tras darse a conocer en las redacciones, Iván Fiódorovich ya nunca rompió sus lazos con ellas y en sus últimos años de universidad comenzó a publicar reseñas de libros especializados en diversas materias, escritas con tanto talento que incluso llegó a ser conocido en los círculos literarios. No obstante, solo a última hora consiguió, casualmente, atraer la atención de un círculo más amplio de lectores, de modo que fueron muchos los que se fijaron de pronto en él y ya no lo olvidaron. Se trató de un caso bastante curioso. Recién salido de la universidad, y mientras se preparaba para viajar al extranjero con sus dos mil rublos, Iván Fiódorovich publicó en uno de los principales diarios un extraño artículo que despertó el interés hasta de quienes eran legos en la materia; lo más llamativo es que se trataba de una temática que, al parecer, le resultaba ajena, pues él acababa de terminar los estudios de naturalista. El artículo versaba sobre una cuestión, la de los tribunales eclesiásticos, que entonces estaba en boca de todo el mundo. Además de examinar algunas opiniones ya vertidas al respecto, Iván Fiódorovich dejó también constancia de su propio punto de vista. Lo más importante era el tono del artículo y lo notablemente inesperado de su conclusión. Lo cierto es que muchos eclesiásticos consideraron sin reservas al autor como uno de los suyos. Pero de pronto también empezaron a aplaudirle no ya los laicos, sino hasta los mismísimos ateos. Finalmente, algunos individuos perspicaces llegaron a la conclusión de que el artículo no era otra cosa que una farsa descarada y una burla. Si traigo a colación este caso es, sobre todo, porque dicho artículo, en su momento, fue conocido incluso en ese célebre monasterio que se encuentra en las afueras de nuestra ciudad, donde ya estaban muy interesados en el polémico asunto de los tribunales eclesiásticos. No solo fue conocido, sino que causó allí un gran desconcierto. Al conocer el nombre del autor, también despertó su interés el hecho de que fuera natural de nuestra ciudad e hijo, nada menos, que «del mismísimo Fiódor Pávlovich». Y justo en aquellos días el propio autor hizo su aparición en nuestra ciudad.

¿A qué había venido Iván Fiódorovich? Recuerdo que ya por entonces me hice yo esta pregunta casi con cierta inquietud. Aquella aparición tan fatídica, que tantísimas consecuencias tendría, fue luego para mí durante mucho tiempo, casi para siempre, un asunto poco claro. Juzgándolo a grandes rasgos, resultaba extraño que un joven tan instruido, tan orgulloso y precavido en apariencia, se presentara de pronto en aquella casa tan indecente, ante un padre que no había querido saber nada de él en toda su vida, que no lo conocía ni se acordaba de él, un padre que, aunque no habría dado dinero por nada del mundo si un hijo suyo se lo hubiera pedido, había vivido siempre con el temor de que también sus hijos Iván y Alekséi se presentaran en alguna ocasión con esa intención. Y resulta que ese joven se instala en casa de su padre, pasa con él un mes y otro mes, y los dos acaban entendiéndose a la perfección. Esto sorprendió a mucha gente, no solo a mí. Piotr Aleksándrovich Miúsov, de quien ya he hablado antes, pariente lejano de Fiódor Pávlovich por parte de su primera mujer, estaba por entonces de visita en nuestra ciudad, en su finca de las afueras, llegado de París, donde se había establecido definitivamente. Recuerdo que él, precisamente, se sorprendió como el que más al conocer a aquel joven, que había despertado en él un enorme interés y con quien rivalizaba a veces en conocimientos, no sin cierto resquemor. «Es orgulloso —nos decía de él entonces—, siempre sabrá ganarse la vida, ahora dispone de dinero para salir al extranjero… ¿Qué se le ha perdido aquí? Todo el mundo tiene claro que no se ha presentado en casa de su padre para pedirle dinero, porque en ningún caso se lo iba a dar. No es aficionado al alcohol ni a las juergas, pero resulta que el anciano no puede pasarse sin su hijo, ¡hasta tal punto se han hecho el uno al otro!» Era verdad; el joven ejercía incluso una influencia apreciable en el viejo; éste, aunque era extraordinariamente caprichoso, cuando no maligno, empezó casi a obedecerlo, y hasta a comportarse a veces con más decencia…

Solo más tarde llegó a aclararse que Iván Fiódorovich había venido a la ciudad, en parte, a petición de su hermano mayor, Dmitri Fiódorovich, a quien prácticamente vio por primera vez en su vida en aquellos momentos, con ocasión de aquel viaje, pero con quien ya había establecido correspondencia antes de venir de Moscú, con motivo de un asunto importante que afectaba sobre todo a Dmitri Fiódorovich. Qué asunto era aquél ya lo sabrá el lector con todo detalle llegado el momento. De todos modos, incluso cuando yo ya me había enterado de esa especial circunstancia, Iván Fiódorovich siguió pareciéndome enigmático y su llegada a nuestra ciudad, a pesar de todo, inexplicable.

Añadiré además que Iván Fiódorich daba entonces la impresión de actuar como mediador y conciliador entre el padre y el hermano mayor, Dmitri Fiódorovich, el cual estaba tramando un grave conflicto e incluso una demanda judicial contra el padre.

La familia, insisto, se reunió por primera vez al completo en aquella ocasión, y algunos de sus miembros ni siquiera se habían visto nunca. Tan solo el hermano menor, Alekséi Fiódorovich, hacía ya cosa de un año que vivía entre nosotros, de modo que había venido a parar a nuestra ciudad antes que sus hermanos. Es de Alekséi de quien me resulta más difícil hablar en este relato introductorio, antes de hacerlo salir a escena en la novela. Pero es imprescindible escribir también acerca de él unas palabras preliminares, al menos para aclarar de entrada una circunstancia muy extraña: me refiero, concretamente, al hecho de que me veo obligado a presentar a los lectores, desde la primera escena de la novela, a mi futuro protagonista vestido con hábito de novicio. Sí, hacía ya cosa de un año que vivía en nuestro monasterio y, aparentemente, se estaba preparando para encerrarse en él de por vida.

IV. Aliosha

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, el tercer hijo

Solo tenía entonces veinte años (su hermano Iván pasaba de los veintitrés, y el mayor, Dmitri, se acercaba a los veintiocho). Diré en primer lugar que este joven, Aliosha, no era de ningún modo un fanático ni, en mi opinión al menos, un místico. Expresaré desde el principio mi parecer sin reservas: era sencillamente un filántropo precoz y, si se había adentrado en la senda de la vida monástica, eso se debía tan solo a que era en aquel tiempo la única que le había impresionado, la única en la que veía, por así decir, un ideal, una salida para su alma, ansiosa de abandonar las tinieblas del mal del mundo y ascender hacia la luz del amor. Y esa senda le sedujo por la sencilla razón de que había encontrado en ella a un ser que, en su opinión, resultaba excepcional: el célebre stárets16 Zosima, a quien se ató con todo el fogoso primer amor de su insaciable corazón. No voy a discutir, por otra parte, que era, y lo había sido desde la cuna, una persona muy extraña. Ya he mencionado, por cierto, que, habiendo perdido a su madre con menos de cuatro años, la recordaría después toda su vida; recordaba su rostro, sus caricias, «igual que si estuviera delante de mí, viva». Es posible conservar esa clase de recuerdos (todo el mundo lo sabe) incluso de una edad más temprana, hasta de los dos años, pero después esos recuerdos se nos presentan a lo largo de la vida únicamente como puntos luminosos en medio de las tinieblas, como fragmentos arrancados de un cuadro inmenso que, salvo por ese pequeño fragmento, se ha apagado y extinguido. Ése era su caso: recordaba una tranquila tarde de verano, una ventana abierta, los rayos oblicuos del sol poniente (esos rayos oblicuos era lo que mejor recordaba), un icono en un rincón de la habitación, una lamparilla encendida delante de él y su madre arrodillada ante el icono, sollozando como en un ataque de histeria, entre gritos y lamentos, agarrándolo a él con ambos brazos, abrazándolo con fuerza hasta hacerle daño y rogando por él a la Virgen, liberándolo después de su abrazo y elevándolo con ambas manos hacia el icono, como si lo pusiera bajo el amparo de la Madre de Dios… De pronto, entra la niñera corriendo y, asustada, arrebata al niño de las manos de la madre. ¡Ése era el cuadro! Aliosha recordaba también el rostro de su madre en aquel instante: decía que, a juzgar por lo que podía recordar, era un rostro alterado, aunque muy hermoso. Pero muy raramente se animaba a compartir estos recuerdos. En su infancia y juventud fue poco comunicativo y hasta poco hablador, no por desconfianza, no por timidez, no por culpa de un lúgubre retraimiento; más bien al contrario, por otros motivos, por una especie de inquietud interior, estrictamente personal, que no concernía a nadie más que a él, pero tan importante para él que, por lo visto, le hacía olvidarse de los demás. Pero amaba a la gente: se diría que vivió toda su vida creyendo ciegamente en los hombres, sin que, por otra parte, nadie lo tuviese nunca ni por un simplón ni por un hombre ingenuo. Algo había en él que te decía y te hacía sentir (y así fue en lo sucesivo, durante toda su vida) que no pretendía ser el juez de los demás, que no quería cargar con el peso de condenar a nadie, que no lo haría por nada del mundo. Parecía incluso que lo admitía todo, sin censurar nada, aunque a menudo se entristeciera muy amargamente. Es más, fue tan lejos en este sentido que, ya desde su más temprana juventud, nadie era capaz de sorprenderlo ni asustarlo. Después de presentarse, casto y puro, con veinte años, en casa de su padre, un verdadero antro de la más sórdida depravación, Aliosha se limitaba a apartarse en silencio cada vez que veía algo insoportable, pero sin el menor aire de desprecio o de censura. En cuanto a su padre, que había vivido en otros tiempos a costa de los demás y era, en consecuencia, una persona recelosa y susceptible, al principio lo recibió con desconfianza y hostilidad («mucho calla —decía—, y mucho medita»); sin embargo, no tardó en empezar a abrazarlo y besarlo con notable frecuencia, sin dejar que pasaran más de dos o tres semanas. Es verdad que lo hacía con lágrimas de borracho, con el enternecimiento propio de la ebriedad, pero se notaba que lo quería sincera y profundamente, como nunca, por descontado, aquel hombre había sido capaz de querer a nadie…

Adondequiera que fuese, todo el mundo apreciaba a aquel joven, y eso era así desde su más tierna infancia. Cuando fue a parar a casa de su benefactor y educador, Yefim Petróvich, se ganó de tal modo el cariño de la familia que todos lo consideraban un hijo más. Pero él había entrado en esa casa cuando no era más que un crío, a una edad en la que es imposible esperar de un niño astucia calculada, malicia o habilidad para adular y engatusar, mañas para hacerse querer. Por tanto, aquel talento para ganarse un singular afecto lo llevaba en su interior, en su naturaleza misma, por así decir, de forma genuina y espontánea. Lo mismo le ocurría en la escuela, y ello a pesar de que cualquiera habría dicho que era, precisamente, uno de esos niños que despiertan el recelo de sus compañeros, suscitando en ocasiones sus burlas y acaso su odio. Solía, por ejemplo, quedarse pensativo, como si tratara de aislarse. Desde muy pequeño le gustaba retirarse en un rincón a leer libros; sin embargo, sus compañeros llegaron a tomarle tanto aprecio que podría muy bien decirse que fue el favorito de todos ellos mientras estuvo en la escuela. Pocas veces hacía travesuras, tampoco solía divertirse, pero todos, al mirarlo, veían enseguida que no era cuestión de tristeza; al contrario, era un muchacho equilibrado y sereno. Nunca quiso destacar entre los chicos de su edad. Tal vez por eso mismo nunca tuvo miedo de nadie, si bien los demás niños se daban cuenta de inmediato de que él no se jactaba de su valor, sino que parecía no ser consciente de su arrojo y su coraje. Nunca se acordaba de las ofensas recibidas. En ocasiones, apenas una hora después de que se hubieran metido con él ya respondía al ofensor o era él mismo quien le dirigía la palabra con tal confianza y franqueza que cualquiera habría dicho que no había habido nada entre ellos. Y en esos casos no daba la impresión de haber olvidado la ofensa por casualidad ni de haberla perdonado deliberadamente, sino que, sencillamente, no consideraba que se tratase de ninguna ofensa; eso era algo que, decididamente, cautivaba y rendía a los otros niños. Solo había un rasgo de su carácter que, en todos los cursos del gimnasio, desde los más elementales hasta los superiores, despertaba en sus camaradas un deseo constante de reírse de él, pero no como una burla maliciosa, sino porque les hacía gracia. Se trataba de un pudor y una castidad inconcebibles, asombrosos. Era incapaz de escuchar determinadas palabras y determinadas conversaciones en torno a las mujeres. Por desgracia, es imposible extirpar esa clase de palabras y de conversaciones de los colegios. Muchachos puros de alma y corazón, siendo aún casi unos niños, se complacen a menudo en hablar entre ellos en las clases, incluso en voz alta, de asuntos, cuadros e imágenes de los que a menudo no se atreven a hablar ni los propios soldados; es más, los soldados ignoran y no aciertan a comprender mucho de lo que en este terreno ya es conocido por los retoños, jovencísimos aún, de nuestra alta y cultivada sociedad. Probablemente no se trata aún de depravación moral; tampoco de auténtico cinismo, libertino, interior, sino de algo externo, considerado por los mismos chicos incluso como algo delicado, fino, propio de valientes y digno de imitación. Viendo que, cada vez que se ponían a hablar «de eso», Alioshka Karamázov se tapaba de inmediato los oídos con las manos, los compañeros se dedicaban a acorralarlo de vez en cuando y, apartándole a la fuerza las manos de las orejas, le gritaban obscenidades al oído, mientras él procuraba zafarse, se tiraba al suelo, se quedaba tendido, se cubría, y todo ello sin decirles una sola palabra, sin insultar a nadie, soportando la humillación en silencio. Al final, no obstante, acabaron por dejarlo en paz y se cansaron de meterse con él llamándolo «niña»; es más, a este respecto lo miraban con compasión. Por cierto, en los estudios siempre estuvo entre los mejores de la clase, pero nunca destacó como el primero.

Cuando murió Yefim Petróvich, Aliosha siguió dos años más en el gimnasio provincial. La inconsolable viuda de Yefim Petróvich, casi inmediatamente después de la muerte de éste, emprendió un largo viaje a Italia con toda la familia, compuesta en exclusiva por mujeres, y Aliosha fue a parar a la casa de dos damas a las que no había visto en su vida, dos parientes lejanas de Yefim Petróvich, si bien no sabía en qué condiciones iba a residir allí. Era otro de sus rasgos, y muy característico, el de no preocuparse jamás por saber a costa de quién vivía. En eso, era el polo opuesto de su hermano mayor, Iván Fiódorovich, que tantos apuros pasó en sus dos primeros años de universidad, alimentándose merced a su trabajo, y que desde su infancia ya había sentido amargamente que vivía del pan ajeno, en casa de su bienhechor. Pero, por lo visto, no convendría juzgar con excesiva severidad este extraño rasgo del carácter de Alekséi, pues cualquiera que lo hubiese tratado mínimamente, en cuanto se planteaba esta cuestión, llegaba a la conclusión de que Alekséi era, indudablemente, uno de esos jóvenes que tanto recuerdan a los yuródivye17, de modo que, si hubiera caído de pronto en sus manos un gran capital, no habría tenido el menor reparo en entregarlo para una buena obra a las primeras de cambio o, sencillamente, en dárselo a cualquier taimado pícaro que se lo hubiera solicitado. Hablando en términos generales, era como si no conociese en absoluto el valor del dinero, aunque no en el sentido literal de la expresión, como es natural. Cuando le daban algo de dinero para sus gastos, aunque él nunca lo pedía, o bien se pasaba semanas enteras sin saber en qué emplearlo, o bien se despreocupaba por completo y el dinero le desaparecía en un santiamén. En cierta ocasión, Piotr Aleksándrovich Miúsov, un hombre sumamente escrupuloso en lo tocante al dinero y la integridad burguesa, después de haberse fijado en Alekséi, pronunció a propósito de éste el siguiente aforismo: «Se trata, posiblemente, del único hombre en el mundo a quien uno podría dejar solo y sin dinero en mitad de una plaza de una ciudad desconocida de un millón de habitantes, sabiendo que en ningún caso va a perderse, ni va a perecer de hambre o de frío, porque al instante habrá alguien que le dé de comer, alguien que lo ayude a colocarse, y, si no, él mismo se colocará en un abrir y cerrar de ojos sin el menor esfuerzo, sin someterse a ninguna humillación, sin representar ninguna carga para quien lo ayude, siendo, por el contrario, incluso un motivo de satisfacción para éste».

No concluyó los estudios en el gimnasio; le faltaba aún un año completo cuando de pronto anunció a las damas que cuidaban de él que se marchaba a casa de su padre por una cuestión que le había venido a la cabeza. A ellas les dio mucha pena y les habría gustado poder retenerlo. El viaje no era nada caro, y aquellas mujeres no le permitieron que empeñara su reloj —un regalo que le había hecho la familia de su benefactor antes de partir para el extranjero— y lo abastecieron generosamente, proporcionándole incluso un traje y mudas nuevos. Sin embargo, Aliosha les devolvió la mitad del dinero, declarando que, en cualquier caso, pensaba viajar en tercera. Llegado a nuestra ciudad, no respondió de inmediato a las primeras preguntas de su progenitor —«¿Cómo te ha dado por venir antes de terminar los estudios?»—, pues estaba, según dicen, más pensativo de lo habitual. Pronto se supo que buscaba la tumba de su madre. Llegó a confesar en aquel momento que había venido solo por eso. Pero es dudoso que aquella fuera la única razón de su viaje. Lo más verosímil es que ni él mismo lo supiera entonces ni pudiera explicar de ningún modo qué era exactamente aquello que de pronto había brotado de su alma y lo había arrastrado con una fuerza irresistible hacia un nuevo camino, desconocido pero, a esas alturas, inevitable. Fiódor Pávlovich no fue capaz de indicarle dónde había enterrado a su segunda mujer, porque nunca había visitado su sepultura desde el día en que habían cubierto de tierra su ataúd; habían pasado tantos años ya que se había olvidado por completo del lugar donde la había enterrado…

A propósito de Fiódor Pávlovich: antes de todo esto, había estado viviendo mucho tiempo fuera de nuestra ciudad. Tres o cuatro años después de la muerte de su segunda mujer, se dirigió al sur de Rusia y finalmente acabó en Odesa, donde pasó varios años seguidos. Conoció al principio, según sus propias palabras, «a muchos judíos, judías, judezuelos y judiazos»18, y al final no solo los simples judíos, sino «hasta los hebreos lo recibían en casa». Hay que pensar que fue en este período de su vida cuando desarrolló esa peculiar habilidad suya para sacar dinero de debajo de las piedras. Regresó definitivamente a nuestra ciudad tan solo tres años antes de la aparición de Aliosha. Quienes lo conocían de antes lo encontraron terriblemente envejecido, a pesar de que aún estaba lejos de ser un anciano. Y no solo no actuaba con mayor nobleza, sino con más insolencia aún. Apareció, por ejemplo, en el bufón de antaño una descarada necesidad de dejar en ridículo a los demás. No solo le gustaba portarse indecentemente con las mujeres, como en otros tiempos, sino que se mostraba incluso más repulsivo. Pronto se convirtió en el fundador de numerosas tabernas nuevas en el distrito. Era evidente que tenía, quizá, del orden de cien mil rublos o poco menos. Muchos vecinos de la ciudad y del distrito empezaron bien pronto a pedirle dinero prestado, con las garantías más estrictas, desde luego. En los últimos tiempos había engordado de un modo alarmante, parecía haber perdido el equilibrio, la capacidad de responder de sus actos; actuaba incluso con cierta ligereza: empezaba una tarea y terminaba otra, sin concentrarse en ninguna, y cada vez eran más frecuentes sus borracheras. De no haber sido por el criado Grigori, bastante envejecido también por entonces, que estaba pendiente de él, a veces casi como si fuera su preceptor, difícilmente se habría librado Fiódor Pávlovich de serios contratiempos. La llegada de Aliosha pareció influir sobre él también en el plano moral, como si en aquel viejo prematuro despertase algo que llevaba mucho tiempo acallado en su alma. «¿Sabes —empezó a decirle con cierta frecuencia a Aliosha, mientras se le quedaba mirando— que te pareces a ella, a la enajenada?» Así llamaba él a su difunta esposa, la madre de Aliosha. Finalmente fue el criado Grigori quien le indicó a Aliosha dónde estaba la tumba de la «enajenada». Lo guió hasta el cementerio de nuestra ciudad y allí, en un apartado rincón, le mostró una losa de hierro, barata pero cuidada, en la que había incluso una inscripción con el nombre, el estado, la edad y el año de la muerte de su madre; en la parte inferior hasta habían grabado una especie de cuarteto con unos viejos versos funerarios, de esos que solían figurar en las tumbas de la clase media. Sorprendentemente, aquella losa resultó ser obra de Grigori. Él mismo, corriendo con los gastos, la había colocado sobre la tumba de la pobre «enajenada» después de que Fiódor Pávlovich, a quien tantísimas veces había importunado mencionándole la tumba, se hubiera marchado finalmente a Odesa, mandando a paseo no solo la tumba, sino, además, todos sus recuerdos. Aliosha no manifestó ninguna emoción especial ante la tumba de su madre; se limitó a escuchar el grave y juicioso relato de Grigori sobre la colocación de la losa, estuvo un rato con la cabeza gacha y se alejó sin pronunciar palabra. Desde entonces, puede que durante todo un año, no volvió a pisar el cementerio. Pero este pequeño episodio también influyó sobre Fiódor Pávlovich, y de un modo bastante original. De buenas a primeras tomó mil rublos y los entregó en nuestro monasterio para que rezaran por el alma de su mujer, pero no de la segunda, la madre de Aliosha, la «enajenada», sino de la primera, Adelaída Ivánovna, la que le zurraba. Aquella misma tarde bebió hasta emborracharse y echó pestes de los monjes en presencia de Aliosha. Estaba muy lejos de ser una persona religiosa; seguramente no había colocado en toda su vida una vela de cinco kopeks ante un icono. En esta clase de sujetos suelen darse extraños arrebatos de sentimientos repentinos y de ocurrencias repentinas.

Ya he dicho que había engordado mucho. Su fisonomía en aquella época era un vivo testimonio del carácter y la esencia de todo lo vivido. Además de las largas y sebosas bolsas que tenía bajo los ojillos, siempre descarados, suspicaces y burlones; además de las numerosas y profundas arrugas que surcaban su rostro menudo, pero grasiento, por debajo de la barbilla puntiaguda le colgaba una enorme nuez, carnosa y alargada, como un saquito, que le daba un aspecto repelente y rijoso. Añádase a todo eso una boca ancha y lasciva de labios rollizos, bajo los cuales asomaban los restos diminutos de unos dientes negros, casi completamente carcomidos. Cada vez que empezaba a hablar se ponía perdido de saliva. El caso es que le gustaba bromear a propósito de su propia cara, aunque parecía satisfecho con ella. En particular, se refería a su nariz, no muy grande, pero muy afilada, con una curvatura pronunciada: «Una auténtica nariz romana —decía—; junto con la nuez, tengo una genuina fisonomía de antiguo patricio romano de la época de la decadencia». Por lo visto, le hacía sentirse orgulloso.

Y ocurrió que, poco después de haber descubierto la tumba de su madre, Aliosha le anunció de pronto que quería ingresar en el monasterio y que los monjes estaban dispuestos a acogerlo como novicio. Manifestó, además, que se trataba de su mayor anhelo y que solicitaba de él, como padre, su aprobación solemne. El padre ya sabía que el stárets Zosima, que vivía retirado del mundo en el asceterio del monasterio, había causado una notable impresión en su «tranquilo muchacho».

–Sin duda, ese stárets es el monje más honrado de todos ellos —declaró, después de haber escuchado, silencioso y pensativo, a Aliosha, sin sorprenderse apenas de su petición—. Hum, ¡así que eso es lo que quiere mi tranquilo muchacho! —Estaba algo bebido, y de repente sonrió con su amplia sonrisa achispada, en la que no faltaban la astucia y la picardía de los beodos—. Hum, el caso es que yo ya presentía que acabarías así, ¿puedes creértelo? Que harías todo lo posible por entrar allí. Bueno, allá tú; tú ya dispones de ese par de miles, ésa es tu dote, y yo, ángel mío, nunca te voy a abandonar; puedo aportar en tu nombre lo que haga falta, si es que piden algo. Claro que, si no piden nada, para qué vamos a complicarnos la vida, ¿no crees? Porque, lo que es gastar, tú gastas menos que un canario, un par de granos por semana… Hum. No sé si sabes que hay un monasterio que posee un caserío en los arrabales de cierta ciudad, y todo el mundo está al corriente de que allí solo viven las «mujeres de los monjes», así es como las llaman, habrá unas treinta mujeres, creo… He estado allí y, ¿sabes?, es algo interesante; en su estilo, claro, solo para variar… Lo único malo es su excesivo rusismo, no hay ni una sola francesa, y bien podría haberlas, dinero no les falta. Si se enteran, vendrán. Aquí, en cambio, no hay nada, aquí no hay esa clase de mujeres, no hay más que monjes, unos doscientos serán. Llevan una vida honrada. De ayuno. Lo reconozco… Hum. ¿De modo que quieres hacerte monje? Lo siento por ti, Aliosha, de verdad te lo digo, puedes creerme, te he tomado afecto… De todos modos, se trata de una buena oportunidad: así podrás rezar por nosotros, pecadores; estando aquí, hemos pecado más de la cuenta. Nunca he dejado de pensar en eso: ¿habrá alguien que rece alguna vez por mí? ¿Existirá esa persona? Querido muchacho, en ese sentido, yo soy un terrible ignorante, ¿acaso no lo crees? Terrible. Verás: aunque sea un ignorante, no dejo de pensar en esas cosas; de vez en cuando, claro, no voy a estar pensando continuamente. Y pienso que es imposible que los demonios, cuando me muera, se olviden de arrastrarme con sus ganchos, llevándome consigo. Pero entonces me pregunto: ¿ganchos? Y ¿de dónde los sacan? ¿De qué están hechos? ¿De hierro? Y ¿dónde los forjan? ¿Acaso tienen allí alguna fábrica? Porque los monjes, en los monasterios, probablemente creen que en el infierno, por ejemplo, hay un techo. Pero yo solo estoy dispuesto a creer en un infierno sin techo; eso resulta algo más delicado, más ilustrado, al estilo de los luteranos, me refiero. Y ¿no da lo mismo, en el fondo, con techo o sin techo? ¡Ésa es la maldita cuestión! Bueno, pues si no hay techo, tampoco puede haber ganchos. Y, si no hay ganchos, entonces todo se va al traste, y eso tampoco hay quien se lo crea: ¿quién iba entonces a arrastrarme a mí con ganchos? Porque, si a mí no me arrastran, ¿qué pasaría entonces? ¿Qué justicia habría en el mundo? Il faudrait les inventer,19 esos ganchos, expresamente para mí, para mí solo, porque ¡si tú supieras, Aliosha, qué clase de sinvergüenza soy!

–Pero si allí no hay ganchos —dijo Aliosha con calma, mirando a su padre muy serio.

–Ya, ya, solo son sombras de ganchos. Ya lo sé. Así es como describió el infierno un francés: J’ai vu l’ombre d’un cocher, qui avec l’ombre d’une brosse frottait l’ombre d’une carrosse.20 ¿Y tú cómo sabes que no hay ganchos, querido mío? Cuando lleves un tiempo con los monjes, ya no cantarás igual. En todo caso, ve allí, descubre la verdad y ven después a contármela: siempre será más fácil marcharse al otro mundo si uno sabe a ciencia cierta lo que allí le espera. Y también para ti será más conveniente vivir con los monjes que vivir en mi casa, con un vejestorio borracho y entre jovencitas… Aunque a ti, como si fueras un ángel, nada te afecta. Es posible que allí tampoco te afecte nada; por eso mismo te doy mi consentimiento, porque confío en eso. A ti el diablo no te ha sorbido los sesos. Arderás, te apagarás, te curarás y volverás aquí. Yo te esperaré: me doy cuenta de que eres el único hombre en la tierra que no me ha condenado, querido hijo mío, vaya si me doy cuenta, ¡cómo no iba a darme cuenta!

Y hasta empezó a gimotear. Era un sentimental. Era malvado y sentimental.

V. Los startsy

Tal vez piense alguno de mis lectores que mi joven tenía una naturaleza enfermiza, extática, escasamente desarrollada, que se trataba de un soñador pálido, de un hombre demacrado y consumido. Por el contrario, Aliosha era en aquel tiempo, a sus diecinueve años, un apuesto mozo rebosante de salud, de rosadas mejillas y mirada luminosa. De hecho, era muy atractivo, esbelto, más bien alto, castaño, con un óvalo facial bien proporcionado, aunque ligeramente alargado, con unos ojos brillantes, de color gris oscuro, suficientemente separados, muy reflexivo y, en apariencia, siempre sereno. Dicen que, por lo visto, las mejillas rubicundas no excluyen ni el fanatismo ni el misticismo; pero a mí me parece, incluso, que Aliosha era tan realista como el que más. Sí, por supuesto, en el monasterio tenía que creer a pie juntillas en los milagros, pero, en mi opinión, los milagros nunca confunden a un realista. Al que es realista los milagros no lo inclinan a la fe. El verdadero realista, si no es creyente, siempre encuentra en su interior la fuerza y la capacidad para no creer tampoco en el milagro y, si se le presenta como un hecho innegable, antes estará dispuesto a no dar crédito a sus sentidos que a admitir el hecho. Pero, si llega a admitirlo, lo admitirá como un hecho natural, aunque desconocido por él hasta ese momento. En el realista la fe no nace del milagro, sino el milagro de la fe. Una vez que cree, precisamente en virtud de su realismo ha de admitir sin falta el milagro. El apostol Tomás declaró que no creería sin haber visto antes y, una vez que hubo visto, dijo: «¡Señor mío y Dios mío!»21. ¿Fue acaso el milagro lo que lo llevó a creer? Lo más probable es que no fuera así, sino que creyó tan solo porque deseaba creer, y tal vez creyera ya plenamente, en lo más recóndito de su ser, incluso en el momento en que pronunció: «No creeré mientras no vea».

Puede que alguien diga que Aliosha era torpe, poco espabilado, que no había terminado sus estudios y todo eso. Es cierto que no había terminado sus estudios, pero sería tremendamente injusto afirmar que era torpe o que era tonto. Me limitaré a repetir lo que ya he dicho antes: si se adentró por ese camino fue exclusivamente porque en aquel tiempo fue lo único que le impresionó, y porque se le presentó, súbitamente, como un ideal, como una salida para su alma, que ansiaba abandonar las tinieblas y ascender hacia la luz. Habría que añadir que, en parte, ya era un joven como los de los últimos tiempos, es decir, honrado por naturaleza, alguien que reclama la verdad, una verdad que busca y en la que cree, y que, por haber creído, exige participar de inmediato en ella con toda la fuerza de su alma; alguien que exige la realización urgente de una proeza y que desea imperiosamente sacrificar todo lo que sea necesario, hasta la vida, en aras de esa proeza. Pero, por desgracia, estos jóvenes no comprenden que, en la mayor parte de estos casos, el sacrificio de la vida es, posiblemente, el más sencillo de todos los sacrificios, mientras que consagrar, por ejemplo, cinco o seis años de su vida, rebosante de juventud, a un estudio difícil y pesado, a la ciencia, aunque solo sea para multiplicar las propias fuerzas y ponerlas al servicio de dicha verdad y de la proeza con la que se han encariñado y que se han propuesto llevar a cabo, es casi siempre, para muchos de ellos, un sacrificio superior a sus fuerzas. Aliosha se había limitado a seguir el camino opuesto a todos ellos, pero compartía su afán de llevar a cabo un sacrificio inmediato. Después de haberlo meditado seriamente, impresionado por la convicción de que existe la inmortalidad y existe Dios, se dijo sin tardanza, con toda naturalidad: «Quiero vivir para la inmortalidad, no estoy dispuesto a aceptar un compromiso a medias». Exactamente del mismo modo que, si hubiera llegado a la conclusión de que ni la inmortalidad ni Dios existen, se habría hecho enseguida ateo y socialista (ya que el socialismo no consiste únicamente en la cuestión obrera, o del llamado cuarto estado, sino que consiste, ante todo, en la cuestión del ateísmo, la cuestión de la encarnación contemporánea del ateísmo, la cuestión de la torre de Babel, que se construye expresamente sin Dios, no para alcanzar los cielos desde la tierra, sino para bajar los cielos a la tierra). A Aliosha incluso le parecía extraño e imposible vivir como antes. Se ha dicho: «Reparte todos tus bienes y sígueme si quieres ser perfecto». Aliosha se dijo: «No puedo dar dos rublos en lugar de darlo todo, ni limitarme a ir a misa en vez de seguirlo». Entre los recuerdos de su infancia, tal vez conservara alguno relativo al monasterio de las afueras de nuestra ciudad, adonde su madre bien podía haberlo llevado a misa. También es posible que hubieran influido los oblicuos rayos del sol poniente, delante del icono hacia el cual lo elevaba su madre, la enajenada. Puede que hubiera venido entonces, pensativo, con la única intención de comprobar si todo estaba allí o si solo se trataba de los dos rublos, y… encontró en el monasterio a aquel stárets…

Como ya he explicado anteriormente, aquél era el stárets Zosima; pero convendría decir aquí algunas palabras relativas a lo que son, en general, los startsy de nuestros monasterios, y es una pena que yo no me sienta suficientemente competente y seguro en este terreno. Intentaré, no obstante, explicarlo en pocas palabras, mediante una somera exposición. En primer lugar, los especialistas, las personas autorizadas, aseguran que los startsy y el stárchestvo22 surgieron entre nosotros, en nuestros monasterios rusos, muy recientemente, no hace ni cien años, mientras que en todo el Oriente ortodoxo, especialmente en el Sinaí y en el monte Athos, existen hace ya bastante más de mil años. Afirman que el stárchestvo también existió aquí, en la Rus23, en los tiempos más remotos, o que debería haber existido indudablemente, pero que, a consecuencia de las desgracias de Rusia, del dominio tártaro, de los disturbios24, de la interrupción de las antiguas relaciones con el Oriente tras la caída de Constantinopla, esta institución cayó en el olvido y desaparecieron los startsy en nuestro país. Resurgió a finales del siglo pasado, gracias a uno de nuestros grandes ascetas (así es como lo llaman), Paísi Velichkovski25, y a sus discípulos; aún hoy, sin embargo, casi cien años después, está presente en muy pocos monasterios e incluso, en ocasiones, ha sido objeto poco menos que de persecución, al ser visto como una novedad inaudita en Rusia. Entre nosotros, ha conocido un singular florecimiento en un célebre eremitorio, la Óptina de Kozelsk26. No sabría decir cuándo ni quién estableció el stárchestvo en el monasterio situado a las afueras de nuestra ciudad, pero se estimaba que en él se habían sucedido ya tres startsy, de los que el último era el stárets Zosima, si bien éste estaba ya en las últimas, a causa de la debilidad y las enfermedades, y no se sabía quién podría sustituirlo. Se trataba de un problema importante para nuestro monasterio, que hasta entonces no había destacado en ningún sentido: no había en él reliquias de santos venerables ni iconos aparecidos de forma milagrosa; por no haber, ni siquiera había leyendas gloriosas asociadas a nuestra historia, ni podía presumir el monasterio de hazañas históricas o de servicios a la patria. Si floreció y gozó de fama en toda Rusia fue, precisamente, gracias a los startsy: para verlos y oírlos acudían en masa los peregrinos desde miles de verstas de distancia. En definitiva, ¿qué es un stárets? Un stárets es alguien que toma vuestra alma y vuestra voluntad en su alma y en su voluntad. Al elegir un stárets, renunciáis a vuestra voluntad y se la entregáis en un acto de absoluta obediencia, renunciando por completo a vosotros mismos. El predestinado acepta de buena gana este noviciado, esta terrible escuela de vida, en la esperanza de vencerse a sí mismo tras la larga prueba, de dominarse hasta el punto de ser capaz de alcanzar finalmente, por medio de la obediencia de por vida, la libertad perfecta, esto es, la libertad frente a uno mismo, evitando la suerte de quienes han vivido toda la vida sin haberse encontrado a sí mismos. Esta invención, o sea, el stárchestvo, no es algo teórico, sino que surgió en Oriente a partir de una práctica que es ya milenaria en la actualidad. Las obligaciones hacia el stárets no se limitan a la habitual «obediencia», que siempre ha regido en nuestros monasterios rusos. Se acepta la confesión permanente al stárets de todos sus adeptos y el vínculo inquebrantable entre el que ata y el que es atado. Cuentan, por ejemplo, que una vez, en los primeros tiempos del cristianismo, uno de esos novicios, tras incumplir cierta obligación que le había impuesto el stárets, huyó de su lado y abandonó el monasterio, marchándose a otro país, de Siria a Egipto. Aquí, después de prolongados y enormes sacrificios, se hizo digno de afrontar grandes padecimientos y morir como mártir por la fe. Mas, cuando en la iglesia estaban enterrando su cuerpo, venerándolo ya como a un santo, al proclamar el diácono: «¡Que se adelanten los catecúmenos!», el ataúd donde yacían los restos del mártir cayó de su sitio y salió despedido del templo. Y así hasta tres veces. Por fin descubrieron que aquel santo que había sufrido martirio había roto la obediencia y había abandonado a su stárets, por lo que sin permiso de éste no podía ser absuelto, a pesar incluso de sus enormes proezas. Solo cuando el stárets, al que habían llamado, lo dispensó de su obediencia, fue posible proceder a su entierro. Desde luego, todo esto no es más que una antiquísima leyenda, pero he aquí un suceso reciente: un monje contemporáneo nuestro se había retirado al monte Athos, y de pronto su stárets le ordenó que abandonara aquel lugar, que amaba con toda su alma como santuario, como refugio seguro, y que marchara en primer lugar a Jerusalén, a honrar los Santos Lugares, y regresara después a Rusia, dirigiéndose al norte, a Siberia: «Allí está tu sitio, no aquí». Desconcertado y abatido por la tristeza, el monje se presentó en Constantinopla ante el patriarca ecuménico y le rogó que lo dispensara de la obediencia, pero el arzobispo le respondió que no solo él, patriarca ecuménico, no estaba en condiciones de concederle esa dispensa, sino que en toda la tierra no había ni podía haber autoridad capaz de liberarlo de tal obligación, toda vez que le había sido impuesta por su stárets, salvo la autoridad del propio stárets que se la había señalado. Así pues, el stárchestvo está investido, en determinados casos, de un poder ilimitado e inescrutable. De ahí que, al principio, en muchos monasterios rusos fuera objeto casi de persecución. Por el contrario, entre el pueblo los startsy gozaron desde muy pronto de un gran respeto. A ver a los startsy de nuestro monasterio acudían, por ejemplo, tanto las gentes sencillas como las personas más distinguidas, con intención de postrarse ante ellos, confesarles sus dudas, pecados y padecimientos y pedirles consejo y exhortación. Al ver aquello, los detractores de los startsy, entre otras acusaciones, clamaban que así se degradaba arbitraria y caprichosamente el sacramento de la confesión, y ello a pesar de que las ininterrumpidas confesiones, en las que desnudan su alma, de los novicios o de los laicos al stárets se producen al margen de cualquier carácter sacramental. En todo caso, el stárchestvo pudo preservarse y poco a poco se va asentando en los monasterios rusos. Aunque también es posible que este instrumento probado y ya milenario de regeneración moral del hombre, a quien hace pasar de la esclavitud a la libertad y al perfeccionamiento espiritual, llegue a convertirse en un arma de doble filo, llevando a algunos, no a la humildad y al dominio perdurable de sí, sino al más satánico de los orgullos; es decir, a las cadenas, no a la libertad.

El stárets Zosima tenía unos sesenta y cinco años, y procedía de una familia de terratenientes; en otro tiempo, en su juventud, había sido militar y había servido en el Cáucaso como oficial. Indudablemente, alguna de las cualidades peculiares de su alma había impresionado a Aliosha. Éste vivía en la celda del propio stárets, que le había tomado mucho afecto y lo admitía a su lado. Hay que señalar que Aliosha, aunque residía entonces en el monasterio, aún no estaba atado en ningún sentido, podía ir a donde quisiera, incluso durante días, y, si llevaba hábito, lo hacía de forma voluntaria, para no destacar en el monasterio. Aunque, evidentemente, era algo que le complacía. Es posible que en la imaginación juvenil de Aliosha hubieran ejercido una poderosa influencia la fuerza y la gloria que envolvían sin descanso al stárets. Muchos contaban de él que, habiendo admitido durante años a cuantos se acercaban hasta él para confesarse, sedientos de consejo y de consuelo, eran tantas las revelaciones, las muestras de congoja, las confidencias que había acogido en su alma que había acabado por adquirir una perspicacia extraordinariamente sutil, de modo que le bastaba con una simple mirada al rostro del desconocido que se presentaba ante él para adivinar qué era lo que lo había llevado hasta allí, qué era lo que necesitaba e incluso qué clase de tormento desgarraba su conciencia; así, asombraba, desconcertaba y casi asustaba al recién llegado haciéndole ver que conocía su secreto antes de que pronunciara una sola palabra. Pero, además de eso, Aliosha pudo advertir casi siempre que una gran parte, por no decir la totalidad, de quienes se acercaban al stárets por primera vez, con ánimo de hablar con él a solas, acudían temerosos e inquietos, pero se marchaban casi siempre radiantes y dichosos, y hasta el rostro más lúgubre se tornaba en un rostro feliz. A Aliosha también le llamaba poderosamente la atención el hecho de que el stárets no fuera nada severo; al contrario, casi siempre se mostraba afable en el trato. Los monjes decían de él que, precisamente, se sentía espiritualmente más unido a quienes más pecaban, y era al mayor de los pecadores a quien amaba por encima de todos los demás. Entre los monjes, no faltaban quienes odiaban al stárets y le tenían envidia, incluso cuando se hallaba ya próximo al final de su vida, pero su número había menguado y preferían guardar silencio, si bien había entre ellos algunos individuos de notable fama e importancia en el monasterio; era el caso de uno de los monjes más veteranos, el cual observaba con todo rigor el voto de silencio y era un estricto ayunador. De todos modos, la inmensa mayoría había tomado partido, sin duda alguna, por el stárets Zosima, y eran muchos quienes lo querían de todo corazón, fervorosa y sinceramente; algunos, incluso, lo veneraban casi con fanatismo. Éstos decían abiertamente, aunque en voz no muy alta, que era un santo, que no cabía al respecto la menor duda, y, previendo su muerte ya cercana, esperaban sus milagros en cualquier momento y contaban con que en un futuro muy próximo el monasterio alcanzaría una fama inmensa gracias al difunto. El propio Aliosha creía ciegamente en la fuerza milagrosa del stárets, del mismo modo que creía ciegamente en la historia del ataúd que había salido despedido de la iglesia. Veía cómo muchos de los que acompañaban a niños o a parientes enfermos, y que le suplicaban que les impusiera las manos y rogara por ellos, regresaban al poco tiempo, algunos incluso al día siguiente, y, cayendo de rodillas ante él con lágrimas en los ojos, le daban las gracias por la sanación de sus enfermos. Si se trataba de una auténtica sanación o solo de una mejoría natural en el curso de la enfermedad, eso era algo que Aliosha no se cuestionaba, pues él creía ya sin reparos en la fuerza espiritual de su maestro, y la gloria de éste era como un triunfo propio. Pero el corazón le temblaba con especial intensidad y todo él parecía radiante cuando el stárets salía al encuentro de la multitud de peregrinos que esperaba su aparición junto al portal del asceterio, gente humilde que acudía de toda Rusia con el único propósito de verlo y recibir su bendición. Se postraban ante él, lloraban, le besaban los pies, besaban la tierra que pisaba, gritaban; las mujeres le tendían a sus pequeños, le acercaban a las pobres enajenadas. El stárets hablaba con todos ellos, les rezaba una breve plegaria, les daba su bendición y los despedía. En los últimos tiempos, debido a los embates de la enfermedad, se encontraba a veces tan débil que apenas tenía fuerzas para salir de su celda, y los peregrinos llegaban a pasarse varios días en el monasterio esperando su aparición. Aliosha no se cuestionaba por qué lo amaban de tal modo, por qué se postraban ante él y lloraban enternecidos con solo verle el rostro. Sí, él comprendía perfectamente que para el alma humilde del pueblo llano de Rusia, agotado por el trabajo y la amargura y, sobre todo, por la injusticia incesante y el pecado incesante, tanto propio como del mundo, no hay mayor necesidad ni consuelo que hacerse con una reliquia o tener acceso a un santo, caer a sus pies y venerarlo: «Aunque el pecado, la mentira y la tentación habitan entre nosotros, no deja de haber en la tierra, en algún lugar, un hombre santo, un ser superior; al menos en ese hombre reside la verdad; al menos él conoce la verdad; así pues, la verdad no ha muerto en la tierra y, por lo tanto, alguna vez vendrá a nosotros y reinará en todo el mundo, tal y como se nos ha prometido». Aliosha sabía que eso era exactamente lo que sentía el pueblo, que así razonaba incluso; era capaz de comprenderlo. Tampoco albergaba ninguna duda de que el stárets era precisamente uno de esos santos, un custodio de la verdad divina a los ojos del pueblo; estaba tan seguro como aquellos campesinos llorosos y aquellas aldeanas enfermas que tendían a sus hijos hacia el stárets. La convicción de que éste, tras su fallecimiento, proporcionaría una gloria inaudita al monasterio reinaba en el alma de Aliosha con más fuerza, incluso, que en ningún otro miembro de la comunidad monástica. Y, en general, en los últimos tiempos se iba avivando, con fuerza creciente, un entusiasmo profundo y ardiente en su corazón. No le inquietaba en absoluto el hecho de que el stárets fuera, a pesar de todo, un caso único: «De todos modos, es un santo; en su corazón se oculta el misterio de la renovación para todos, el poder que instaurará, finalmente, la verdad en la tierra, tras lo cual todos seremos santos, todo el mundo amará al prójimo, no habrá ni ricos ni pobres, ni exaltados ni humillados; todos seremos como hijos de Dios y llegará el verdadero reino de Cristo». Con esto soñaba el corazón de Aliosha.

Al parecer, un suceso que impresionó vivamente a Aliosha fue la llegada de sus dos hermanos, a quienes no había conocido hasta entonces. Con su hermano Dmitri Fiódorovich, a pesar de ser el último en llegar, se entendió antes y mejor que con su otro hermano (de padre y madre), Iván Fiódorovich. Aliosha había mostrado un enorme interés en conocer a su hermano Iván, pero el caso es que éste llevaba ya dos meses viviendo allí y, a pesar de que se veían con bastante frecuencia, seguían sin intimar: Aliosha era poco hablador y parecía estar siempre esperando algo, avergonzado por algo, mientras que Iván, cuyas largas y curiosas miradas advirtió al principio su hermano, pronto dejó incluso de pensar en él. Aliosha se dio cuenta con cierta turbación. Atribuyó el desinterés de Iván a la diferencia de edad y, en particular, de formación. Pero también pensó otra cosa: tan escasa curiosidad e interés por él tal vez obedeciera, en el caso de Iván, a alguna circunstancia de la que no tenía noticia. Tenía siempre la vaga sensación de que Iván estaba ocupado en algún asunto importante, estrictamente personal, de que deseaba a toda costa alcanzar algún fin, presumiblemente alguno muy difícil, y que por eso mismo no tenía tiempo para estar pendiente de él, y ésa debía ser la única causa de que lo mirara con aire distraído. También se preguntaba Aliosha si no habría cierto desprecio por el cándido novicio por parte del ateo bien informado. Sabía perfectamente que su hermano era ateo. Aliosha no podía sentirse ofendido por tal desprecio, si es que existía, pero de todos modos esperaba, con un desasosiego que ni él mismo acertaba a explicarse, que su hermano intentase un mayor acercamiento. El otro hermano, Dmitri Fiódorovich, se refería a su hermano Iván con el más profundo de los respetos, hablaba siempre de él con especial veneración. Con su ayuda conoció Aliosha todos los detalles del importante asunto que había unido en los últimos tiempos a sus dos hermanos mayores, creándose entre ellos un vínculo tan estrecho como llamativo. Las entusiastas manifestaciones de Dmitri en relación con su hermano Iván resultaban especialmente significativas para Aliosha, teniendo en cuenta que, en comparación con Iván, Dmitri era un hombre escasamente instruido y que, puestos el uno al lado del otro, formaban una pareja tan opuesta, lo mismo en personalidad que en carácter, que seguramente habría sido imposible imaginar a dos individuos menos parecidos.

Precisamente en aquel tiempo se celebró la entrevista o, mejor dicho, la reunión de todos los miembros de esa familia mal avenida en la celda del stárets, reunión que ejerció una extraordinaria influencia sobre Aliosha. El pretexto fue, en realidad, una falacia. Las discrepancias entre Dmitri Fiódorovich y su padre, Fiódor Pávlovich, con respecto a la herencia y la valoración de los bienes habían llegado por entonces, al parecer, a un punto insostenible. Sus relaciones se habían deteriorado y se habían vuelto insoportables. Fue Fiódor Pávlovich quien, por lo visto, había dejado caer, medio en broma, la idea de que deberían reunirse todos en la celda del stárets Zosima y, aun sin recurrir a su mediación directa, llegar a pesar de todo a alguna fórmula de entendimiento más aceptable, ya que además la dignidad y la personalidad del stárets podrían ejercer cierta influencia conciliadora. Dmitri Fiódorovich, que nunca había estado con el stárets y ni siquiera lo había visto, pensó, naturalmente, que lo que querían, en cierto modo, era intimidarlo con su presencia; pero, como él mismo se reprochaba, en su fuero interno, sus frecuentes salidas de tono, especialmente destempladas, en las discusiones que venía teniendo con su padre en los últimos tiempos, aceptó la invitación. Conviene señalar, por cierto, que Dmitri no residía en casa de su padre, como Iván Fiódorovich, sino que vivía por su cuenta, en el otro extremo de la ciudad. Se dio la circunstancia de que Piotr Aleksándrovich Miúsov, que se encontraba por aquel entonces entre nosotros, secundó con particular entusiasmo la idea de Fiódor Pávlovich. Aquel liberal de los años cuarenta y cincuenta, librepensador y ateo, ya fuera por aburrimiento, ya por un frívolo afán de diversión, desempeñó un papel excepcional en este asunto. De pronto sintió deseos de ver el monasterio y conocer al «santo». En vista de que continuaban sus viejos litigios con el monasterio y aún se arrastraba el pleito relativo al deslinde de sus respectivas propiedades, así como a ciertos derechos de tala en el bosque y de pesca en el río y esa clase de cosas, se apresuró a declarar, valiéndose de ese pretexto, que él también desearía llegar a un acuerdo con el padre higúmeno27: ¿no sería posible poner fin de forma amistosa a sus diferencias? Como es natural, a un visitante con tan nobles intenciones podrían recibirlo en el monasterio más atentamente, con más deferencia, que a un simple curioso. Es posible que, en virtud de todas estas consideraciones, en el monasterio procuraran apremiar al stárets enfermo, que en los últimos tiempos apenas abandonaba su celda y hasta se negaba a recibir, a causa de su enfermedad, a los visitantes habituales. En definitiva, el stárets dio su consentimiento y se señaló una fecha. «¿Quién me puso por juez o partidor sobre vosotros?»28, se limitó a decirle a Aliosha, con una sonrisa.

Al enterarse de la entrevista, Aliosha se sintió muy confuso. Si había alguien entre los litigantes, entre quienes participaban en la disputa, que pudiera tomarse en serio aquella reunión, ése era, sin duda, su hermano Dmitri y solo él; los demás acudirían con propósitos frívolos y hasta puede que ofensivos para el stárets; así era como lo veía Aliosha. Su hermano Iván y Miúsov irían movidos por la curiosidad, acaso de lo más zafia, y su padre, probablemente, en busca de alguna escena chusca y teatral. Oh, sí, Aliosha, aunque no decía nada, ya conocía bastante a fondo a su padre. Insisto en que este muchacho no era ni mucho menos tan ingenuo como se creía. Esperó con angustia la llegada del día señalado. Indudablemente, deseaba de todo corazón que todas aquellas desavenencias familiares se zanjaran de un modo u otro. No obstante, estaba aún más inquieto por el stárets: temblaba pensando en él, en su fama, temía las posibles ofensas, especialmente las burlas sutiles y corteses de Miúsov y las orgullosas reticencias del docto Iván; así se imaginaba él el encuentro. Quiso incluso correr el riesgo de prevenir al stárets, de comentarle algo acerca de las personas que podían presentarse, pero, después de pensárselo, no dijo nada. Tan solo la víspera del día señalado hizo saber a Dmitri, a través de un conocido, que lo quería mucho y que esperaba de él que cumpliera lo prometido. Dmitri se quedó pensativo, pues era incapaz de recordar que le hubiera prometido nada; se limitó a responderle por carta, asegurando que intentaría con todas sus fuerzas dominarse y evitar «una bajeza», y que, aunque respetaba profundamente al stárets y a su hermano Iván, estaba convencido de que o bien se le había tendido una trampa o se trataba de una comedia indigna. «En cualquier caso, estoy dispuesto a tragarme la lengua antes que faltarle al respeto a ese santo varón que tú tanto veneras», añadía Dmitri como conclusión de su breve misiva. Aliosha no se sintió excesivamente aliviado.

LIBRO SEGUNDO
UNA REUNIÓN INOPORTUNA

I. Llegan al monasterio

Hacía un día estupendo, cálido y soleado. Estaban a finales de agosto. La entrevista con el stárets se había fijado para justo después de la última misa, a eso de las once y media. Sin embargo, nuestros visitantes no asistieron a la misa, sino que llegaron al final. Se presentaron en dos carruajes; en el primero, una elegante calesa tirada por una pareja de costosos caballos, venía Piotr Aleksándrovich Miúsov en compañía de un pariente lejano, Piotr Fomich Kalgánov, un hombre muy joven, de unos veinte años. Este joven se estaba preparando para ingresar en la universidad, pero Miúsov, en cuya casa vivía entonces por alguna razón, lo tentaba ofreciéndole que lo acompañara al extranjero, a Zúrich o a Jena, para ingresar en la universidad de allí y concluir sus estudios. El joven no acababa de decidirse. Era una persona pensativa y parecía distraído. Tenía una cara agradable, era de complexión fuerte y bastante alto. En su mirada se advertía a veces una extraña inmovilidad: como les pasa a todas las personas muy distraídas, de vez en cuando te miraba fija y largamente, sin verte en absoluto. Era callado y un tanto desmañado, pero a veces —eso sí, únicamente cuando estaba a solas con otra persona— se volvía de pronto extraordinariamente locuaz, impulsivo, risueño, y se reía, a saber de qué. Pero aquella repentina animación se le pasaba con la misma rapidez con que le venía. Iba siempre bien vestido, hasta con alguna distinción: disfrutaba ya de cierta independencia económica, y esperaba mejorar aún más su posición. Era amigo de Aliosha.

En un coche de punto destartalado y traqueteante, pero muy espacioso, llevado por dos viejos caballos rosillos, aparecieron igualmente, muy por detrás de la calesa de Miúsov, Fiódor Pávlovich y su hijo Iván Fiódorovich. Dmitri Fiódorovich había sido informado la misma víspera de la hora fijada, pero llegaba con retraso. Los visitantes dejaron los coches junto al muro exterior, en la hospedería, y franquearon a pie el portón del monasterio. Aparte de Fiódor Pávlovich, los otros tres, por lo visto, jamás habían estado en un convento, y Miúsov llevaba igual treinta años sin pisar una iglesia. Lo miraba todo con cierta curiosidad, no exenta de desenvoltura algo afectada. Pero, para su espíritu observador, el interior del monasterio no tenía nada que ofrecer, salvo los edificios religiosos y las dependencias administrativas, bastante vulgares, por lo demás. Se cruzaron con las últimas personas que salían de la iglesia quitándose el sombrero y persignándose. Entre la gente sencilla se encontraban también peregrinos de clase alta, dos o tres damas, un general muy anciano: todos ellos se alojaban en la hospedería. Los mendigos rodearon de inmediato a nuestros visitantes, pero nadie les dio nada. Solo Petrusha Kalgánov sacó un grívennik del monedero y, atolondrado y confuso, Dios sabrá por qué, se lo entregó a una mujer, diciendo precipitadamente: «Repartidlo en partes iguales». Ninguno de sus acompañantes le hizo el menor comentario, así que no tenía ningún motivo para turbarse, pero, al caer en la cuenta, se turbó más aún.

Con todo, allí pasaba algo raro; lo cierto es que alguien tendría que haber ido a esperarlos, y hasta con cierta ceremonia, posiblemente: uno de ellos había donado recientemente mil rublos, y otro era un riquísimo propietario y, digámoslo así, un hombre muy culto, del que todos en el monasterio podrían llegar a depender en lo referente a la pesca en el río, en función del curso que siguiera el proceso. Pero resulta que, a pesar de todo eso, ningún responsable había salido a recibirlos. Miúsov mirada distraído las losas sepulcrales cercanas a la iglesia y estuvo a punto de comentar que aquellas tumbas, seguramente, les habrían costado lo suyo a quienes habían adquirido el derecho a recibir sepultura en un lugar «sagrado» como aquél, pero prefirió callarse: la mera ironía liberal iba degenerando en él, hasta convertirse casi en irritación.

–¡Demonios! Y ¿a quién se podría preguntar aquí, entre tanto barullo? Habría que tomar una decisión, porque se nos está echando el tiempo encima —soltó de pronto, como si hablara solo.

Súbitamente, se les acercó un señor mayor, calvo, con un holgado abrigo de verano y una mirada dulce. Tras saludar levantándose el sombrero, se presentó ante el grupo, seseando melosamente, como el terrateniente Maksímov, de Tula. En un instante, se hizo cargo de la inquietud de nuestros visitantes.

–El stárets Zosima vive en el asceterio, vive retirado, a unos cuatrocientos pasos del monasterio; hay que atravesar el bosquecillo, el bosquecillo…

–Sí, sí, ya sé que hay que atravesar el bosquecillo —le respondió Fiódor Pávlovich—, pero no recordamos muy bien el camino, llevamos tiempo sin venir.

–Es por ahí, saliendo por ese portón, y luego todo derecho por el bosque… por el bosque. Vengan conmigo. Si les parece bien… yo mismo… yo puedo… Por aquí, por aquí…

Salieron por el portón y siguieron por el bosque. El terrateniente Maksímov, hombre de unos sesenta años, más que caminar iba casi corriendo a su lado, mirándolos a todos con una curiosidad frenética, prácticamente insoportable. Tenía los ojos un tanto saltones.

–Verá usted, hemos venido a ver al stárets por un asunto particular —aclaró Miúsov en tono severo—; se nos ha concedido, por así decir, una audiencia con «esta personalidad», y por eso mismo, aunque le estamos muy agradecidos por habernos indicado el camino, no vamos a invitarle a que entre con nosotros.

–Yo ya he estado, ya he estado; yo ya he estado… Un chevalier parfait! —Y el terrateniente chasqueó los dedos.

–¿Qué chevalier es ése? —preguntó Miúsov.

–El stárets, el sublime stárets, el stárets… Gloria y honor del monasterio. Zosima. Es un stárets como…

Pero su confusa cháchara se vio interrumpida por un pequeño monje con capucha, bajo, muy pálido y demacrado, que había dado alcance a los visitantes. Fiódor Pávlovich y Miúsov se detuvieron. El monje, con una profunda reverencia, muy ceremoniosa, anunció:

–El padre higúmeno invita humildemente a los señores, cuando concluyan su visita al asceterio, a comer con él. A la una, no más tarde… También a usted —añadió, dirigiéndose a Maksímov.

–¡Iré sin falta! —gritó Fiódor Pávlovich, encantado con la invitación—. ¡Sin falta! ¿Sabe? Todos hemos dado nuestra palabra de portarnos aquí decorosamente… ¿Y usted, Piotr Aleksándrovich, piensa ir?

–¿Cómo no? He venido aquí expresamente para eso, ¿cómo no iba a conocer todas las costumbres del lugar? El único problema, Fiódor Pávlovich, es que ahora usted y yo…

–Sí, Dmitri Fiódorovich aún no se ha presentado.

–Y sería estupendo que no apareciera. ¿Cree usted que me agrada todo este trajín que se traen entre manos, y estando usted por añadidura?… Muy bien, iremos a la hora de la comida, dele las gracias al padre higúmeno —añadió, dirigiéndose al monjecillo.

–Sí, pero ahora mi deber es conducirles hasta el stárets —respondió el monje.

–En ese caso, yo me voy a ver al padre higúmeno; sí, entretanto iré a ver al padre higúmeno —gorjeó el terrateniente Maksímov.

–El padre higúmeno en estos momentos está muy atareado, pero si a usted le viene bien… —dijo indeciso el monje.

–Qué viejo más pesado —comentó en voz alta Miúsov, una vez que el terrateniente Maksímov se hubo encaminado, a toda prisa, hacia el monasterio.

–Se parece a Von Sohn29 —soltó de pronto Fiódor Pávlovich.

–Usted siempre está con lo mismo… ¿En qué se parece a Von Sohn? ¿Acaso ha visto usted a Von Sohn?

–He visto su retrato. Aunque no en los rasgos, sí se parecen en algo difícil de explicar. Es un segundo ejemplar de Von Sohn, tal cual. Me basta fijarme en la fisonomía para darme cuenta de esas cosas.

–Puede ser; usted entiende de eso. Aunque, mire, Fiódor Pávlovich, usted mismo ha recordado hace un momento que hemos dado nuestra palabra de que nos portaríamos decorosamente, no lo olvide. Contrólese, le digo. Si empieza usted a hacer payasadas, yo no estoy dispuesto a que nos midan a los dos con el mismo rasero… Ya ve cómo es este hombre —dijo, dirigiéndose al monje—, da miedo ir con él a visitar a la gente decente.

En los labios pálidos, exangües, del monjecillo, se dibujó una sonrisita sutil y callada, no carente, a su modo, de astucia, pero no replicó, y quedó muy claro que guardaba silencio por su sentido de la propia dignidad. Miúsov frunció aún más el ceño.

«¡Oh, que el diablo se los lleve a todos; todo es pura apariencia, elaborada a través de los siglos, pero, en el fondo, no es más que charlatanería y estupidez!», le vino a la cabeza.

–Aquí está el asceterio, ¡ya hemos llegado! —exclamó Fiódor Pávlovich—. La valla y el portal están cerrados. —Y empezó a persignarse, con amplios gestos, ante los santos pintados encima y a los lados del portal—. Cada monasterio se rige según su propia regla —observó—. En este asceterio hay veinticinco santos que buscan todos la salvación, se observan los unos a los otros y comen coles. Y ni una sola mujer cruza este portal, eso es lo más asombroso. Y realmente eso es así… Aunque, claro, ¿no he oído yo decir que el stárets recibe a señoras? —le preguntó de sopetón al monjecillo.

–Mujeres del pueblo llano las hay ahora mismo; ahí las tienen, esperando junto a la galería, echadas en el suelo. Y para las damas más distinguidas se han construido dos habitaciones pequeñas en la misma galería, pero fuera del recinto; mire, son esas ventanas; el stárets se acerca a verlas, cuando su salud se lo permite, por un pasaje interior, pero ellas nunca pasan al interior del recinto. Ahora está esperando la señora Jojlakova, una propietaria de Járkov, en compañía de su hija, que está muy débil. Seguramente el stárets ha prometido salir a verlas, aunque últimamente tiene tan pocas fuerzas que apenas se muestra a la gente.

–O sea, que hay una pequeña salida del asceterio para ir a ver a las señoras. No vaya a pensar, santo padre, que estoy insinuando nada, lo digo por decir. Ya sabrá que en el monte Athos, esto lo habrá oído contar, no solo no se permiten las visitas femeninas, sino que está prohibida la presencia de mujeres en general, y hasta de toda clase de hembras, como gallinas, pavas, terneras…

–Fiódor Pávlovich, yo me doy media vuelta y le dejo aquí solo, y a usted sin mí le sacan de este sitio a empellones, se lo advierto.

–Pero ¿en qué le estoy molestando yo, Piotr Aleksándrovich? Fíjese —gritó de repente, tras dejar atrás la valla del asceterio—. ¡Mire cómo viven en un valle de rosas!

En efecto, aunque entonces no había rosas, se veía gran cantidad de raras y hermosas flores otoñales en todos los lugares donde era posible plantarlas. Era evidente que se ocupaba de ellas una mano experta. Los parterres estaban situados junto a las vallas de las capillas y entre las tumbas. La casita donde se encontraba la celda del stárets, una construcción de madera, de una sola planta, con una galería delante de la entrada, también estaba rodeada de flores.

–¿Estaba esto igual en tiempos del anterior stárets, de Varsonofi? Dicen que no era amigo de la elegancia, que se alteraba y molía a palos incluso a las damas —observó Fiódor Pávlovich, mientras subía al soportal.

–El stárets Varsonofi parecía a veces, en verdad, un yuródivy, pero se cuentan muchas tonterías de él. Nunca dio de palos a nadie —respondió el monje—. Ahora, señores, esperen un momento, voy a informar de su presencia.

–Fiódor Pávlovich, por última vez: aténgase a lo acordado, hágame caso. Compórtese; si no, me las pagará —aún tuvo tiempo de farfullar una vez más Miúsov.

–No acierto a comprender por qué está usted tan nervioso —dijo Fiódor Pávlovich en tono burlón—; ¿no estará asustado por sus pecados? Porque, según dicen, este hombre adivina, mirando a los ojos, las razones de cada visitante. Mucho valora un hombre tan avanzado como usted, todo un parisino, las opiniones del stárets. ¡Me deja usted anonadado, ya ve!

Pero Miúsov no tuvo tiempo de responder a este sarcasmo: les rogaron que pasaran. Entró un tanto irritado…

«Bueno, yo ya me conozco: estoy irritado, me pondré a discutir… empezaré a acalorarme… me rebajaré y rebajaré mis ideas», pensó por un momento.

II. El viejo bufón

Entraron en la estancia casi a la vez que el stárets, que abandonó su modesto dormitorio en cuanto aparecieron ellos. Ya estaban en la celda, aguardando la salida del stárets, dos hieromonjes30 del eremitorio: uno de ellos era el padre bibliotecario; el otro, el padre Paísi, un hombre enfermo, aunque no viejo, pero muy sabio, según se decía. Además, estaba esperando de pie en un rincón —y luego no se sentó en ningún momento— un mozalbete que aparentaba unos veintidós años, vestido con levita, seminarista y futuro teólogo, protegido, por alguna razón, del monasterio y de la comunidad. Era bastante alto, de rostro lozano, con anchos pómulos y unos estrechos ojos castaños, inteligentes y despiertos. Se apreciaba en su rostro una deferencia extrema, aunque digna, sin muestras visibles de adulación. No saludó a los recién llegados con una inclinación de cabeza, de igual a igual; lo hizo, por el contrario, como persona dependiente y subalterna.

El stárets Zosima apareció en compañía de Aliosha y de otro novicio. Los hieromonjes se levantaron y lo saludaron con una profundísima reverencia, rozando el suelo con los dedos; acto seguido, tras ser bendecidos, le besaron la mano. Después de impartir su bendición, el stárets respondió a cada uno de ellos con idéntica reverencia, rozando el suelo con los dedos, y a cada uno de ellos les pidió a su vez la bendición. Toda la ceremonia se desarrolló con suma seriedad; no daba la sensación, de ningún modo, de ser un mero rito cotidiano, sino algo casi emotivo. A Miúsov, sin embargo, le pareció que todo aquello se hacía con ánimo de sugestionar. Miúsov se había quedado parado, por delante de todos los que habían entrado con él. Lo correcto habría sido —y así lo había pensado él mismo la tarde anterior—, al margen de cualquier idea, por simple cortesía, dado que allí era la costumbre, acercarse al stárets a recibir su bendición; eso como mínimo: recibir su bendición, si es que uno no quería besarle la mano. Pero, al ver todas esas reverencias y todos esos ósculos de los hieromonjes, cambió de parecer en un instante: con aire serio y grave, hizo una reverencia bastante profunda, al modo profano, y se acercó a una silla. Exactamente igual actuó Fiódor Pávlovich, que en esta ocasión imitó cabalmente a Miúsov, como un mono. Iván Fiódorovich se inclinó con mucha pompa y cortesía, pero también con los brazos pegados al cuerpo; en cuanto a Kalgánov, estaba tan desconcertado que no saludó de ningún modo. El stárets bajó la mano que había empezado a levantar para impartir su bendición y, tras inclinarse por segunda vez ante los visitantes, les rogó a todos que se sentaran. A Aliosha le salieron los colores: estaba abochornado. Se confirmaban sus peores presentimientos.

El stárets se sentó en un pequeño diván de caoba, tapizado en cuero, muy antiguo, y a los huéspedes, a excepción de los dos hieromonjes, los invitó a sentarse junto a la pared de enfrente, el uno al lado del otro, en cuatro butacas de caoba tapizadas en cuero negro, enormemente gastado ya. Los hieromonjes se sentaron a los lados, uno junto a la puerta y otro junto a la ventana. El seminarista, Aliosha y el novicio se quedaron de pie. La celda no era nada grande y tenía un aspecto desolador. Los objetos y el mobiliario eran toscos, pobres y se limitaban a lo más indispensable. Había dos macetas con flores en la ventana y numerosos iconos en un rincón; uno de ellos representaba a la Virgen, era de grandes dimensiones y, probablemente, lo habían pintado mucho antes del cisma31. Delante de este icono ardía débilmente una lamparilla. A su lado había otros dos iconos con deslumbrantes vestiduras en metal; había también unos querubines poco naturales, huevos de porcelana, una cruz católica de marfil con una Mater dolorosa abrazada a ella y algunos grabados extranjeros con obras de los grandes pintores italianos de los siglos pasados. Al lado de esos caros y elegantes grabados, llamaban la atención algunas hojas con litografías rusas típicamente populares, con imágenes de santos, mártires, venerables prelados y demás, de esas que se venden por unos kopeks en cualquier feria. Había, ya en las otras paredes, varios retratos litografiados de obispos rusos, contemporáneos y de otros tiempos. Miúsov recorrió con la vista, en un momento, todos esos «objetos rutinarios» y clavó la mirada en el stárets. Tenía en mucha estima su propia perspicacia, era ésa una de sus debilidades, una debilidad perdonable en su caso, si pensamos que había cumplido ya los cincuenta años, una edad a la que un hombre inteligente, mundano y con una posición holgada se vuelve siempre, aunque no lo quiera a veces, demasiado considerado consigo mismo.

Desde el primer momento el stárets le desagradó. De hecho, había algo en su rostro que podía disgustar a mucha gente, no solo a Miúsov. Era un hombrecillo bajo, encorvado, con las piernas muy débiles, que no pasaba de los sesenta y cinco años, pero que, a raíz de la enfermedad, parecía bastante más viejo: aparentaba, por lo menos, diez años más. Toda la cara, muy enjuta, por cierto, estaba recorrida por diminutas arrugas, especialmente abundantes en torno a los ojos. Éstos eran más bien pequeños, claros, vivos y brillantes, como dos puntos luminosos. Apenas conservaba unos cabellos grises en las sienes; tenía la barba muy pequeña y rala, en cuña, y los labios, a menudo sonrientes, eran finos como dos hilos. La nariz no era larga, precisamente, sino afilada, igual que el pico de un pájaro.

«Todo indica que se trata de un alma malvada, de una arrogancia mezquina», pensó fugazmente Miúsov. En general, se sentía a disgusto.

Un reloj dio la hora, y eso los animó a iniciar la conversación. Era un reloj de pesas, pequeño y barato, y dio las doce en punto, con un toque vivo.

–Es exactamente la hora en punto —exclamó Fiódor Pávlovich—, y mi hijo Dmitri Fiódorovich sin venir. ¡Pido disculpas en su nombre, sagrado stárets! —Aliosha se estremeció al oír ese «sagrado stárets»—. Yo, en cambio, siempre soy puntual, como un clavo, tengo muy presente que la puntualidad es la cortesía de los reyes32…

–Pero es que usted no es rey, precisamente —murmuró de inmediato Miúsov, sin poder contenerse.

–Pues sí, es verdad, no soy rey. Y figúrese, Piotr Aleksándrovich, eso lo sabía hasta yo, ¡le doy mi palabra! ¡Si es que nunca atino! ¡Reverendo padre! —exclamó con énfasis repentino—. Está usted delante de un bufón, ¡un auténtico bufón! Así me presento. ¡Ay, es una vieja costumbre! Pero, aunque mienta a veces sin venir a cuento, lo hago con la intención de divertir y de ser agradable. Conviene ser agradable, ¿a que sí? Hará unos siete años, llegué a una población donde tenía unos asuntillos y había montado una pequeña compañía con unos mercachifles. Vamos a ver al isprávnik33, porque había que pedirle alguna cosa y tocaba invitarlo a comer. Total, que sale el isprávnik, un hombre alto, gordo, rubio y mal encarado; en esas situaciones, esos tipos son los más peligrosos: el hígado, es cosa del hígado. Me dirijo a él, ya sabe, con mi desenvoltura de hombre de mundo: «Señor isprávnik, sea usted nuestro Nápravník34, por así decir». «¿De qué Nápravník me habla?», pregunta. Me di cuenta, en medio segundo, de que la cosa no pintaba bien; aquel tipo estaba muy serio, pero yo seguía en mis trece: «Solo era una broma, quería alegrar a todo el mundo; es que el señor Nápravník es un famoso director de orquesta ruso, y justamente lo que necesitamos, para la armonía de nuestra empresa, es una especie de director de orquesta»… Vamos, que creo que me expliqué bien e hice una comparación adecuada, ¿verdad? Pues va el otro y me dice: «Perdone, pero yo aquí soy el isprávnik y no voy a consentir que nadie haga chistecitos con mi cargo». Dio media vuelta y se marchó. Y yo seguí gritando: «Sí, sí, es usted el isprávnik, ¡nada que ver con ese Nápravník!». «No —me contesta—. Si lo dice usted, seré Nápravník.» Figúrese, ¡todo el negocio se fue al garete! Y siempre estoy igual, siempre. ¡No hago más que perjudicarme a mí mismo con mi amabilidad! ¡No falla! Una vez, hace ya muchos años, le decía yo a un individuo que tenía cierta influencia: «Hay que tener mucho tacto con su mujer»; en el mejor sentido, claro está, en referencia a sus cualidades morales. Pues él va y me suelta: «¿No la habrá tocado usted?». No me pude contener; de repente, pensé: «Venga, vamos a ser amables», y le dije: «Sí, señor, la he tocado». Él a mí sí que me tocó… El caso es que hace ya mucho de eso, así que no me da vergüenza contarlo; pero ¡siempre me estoy perjudicando!

–Justo lo que está haciendo en este instante —murmuró Miúsov con repugnancia.

El stárets los estaba observando en silencio, al uno y al otro.

–¡Por lo visto! Figúrese que eso también lo sabía, Piotr Aleksándrovich, y he tenido incluso el presentimiento de que iba a hacerlo en cuanto me he puesto a hablar, y hasta, ¿sabe una cosa?, he presentido que sería usted el primero en advertírmelo. En estos momentos, cuando estoy viendo que la broma no me sale bien, reverendo padre, los dos carrillos empiezan a secárseme por la parte de las encías inferiores, casi como si tuviera un espasmo; ya me pasaba de joven, cuando vivía de gorra en las casas de los nobles y me ganaba el pan a su costa. Yo soy un bufón de pura cepa, de nacimiento, me pasa como a esos yuródivye, reverendo padre; no niego que pueda haber en mí un espíritu impuro, si bien, en todo caso, de poco calibre: uno más importante habría escogido otra morada, aunque nunca la suya, Piotr Aleksándrovich, pues tampoco es usted una morada importante. Yo, pese a todo, creo en Dios. Solo en los últimos tiempos me han venido las dudas, pero ahora estoy esperando palabras magnificentes. Yo, reverendo padre, soy como el filósofo Diderot. Acaso sepa, reverendo padre, cómo se presentó Diderot el filósofo ante el metropolitano Platón35, en tiempos de la emperatriz Catalina. Entra y le suelta sin más: «Dios no existe». Al oírlo, el gran prelado levanta el dedo y le responde: «¡Afirma el insensato que no hay Dios en su corazón!». Y aquél, de pronto, se arroja a sus pies, gritando: «Creo, y acepto el bautismo». Y lo bautizaron allí mismo. La princesa Dáshkova36 fue la madrina, y Potiomkin37 el padrino…

–¡Fiódor Pávlovich, esto es intolerable! Usted sabe muy bien que está mintiendo y que esa estúpida anécdota es falsa. ¿Por qué se pone tan pesado? —protestó Miúsov con voz temblorosa, fuera ya de sí.

–¡Toda la vida he presentido que era falsa! —exclamó con emoción Fiódor Pávlovich—. Pero yo, señores, voy a contarles toda la verdad; ¡perdóneme, gran stárets! Lo último, lo del bautismo de Diderot, me lo acabo de inventar, en este mismo instante, según lo iba contando; es la primera vez que se me ocurre. Lo he añadido para darle más color. Precisamente por eso me hago el interesante, Piotr Aleksándrovich, para resultar más simpático. Aunque la verdad es que a veces ni yo mismo sé por qué. En cuanto a Diderot, eso de «afirma el insensato» se lo habré oído contar veinte veces a los terratenientes de por aquí, viviendo con ellos cuando era joven; también a su tía, Piotr Aleksándrovich, a Mavra Fomínishna, se lo oí contar, por cierto. Toda esa gente sigue convencida, hoy, de que el impío Diderot vino a ver al metropolitano Platón para discutir acerca de Dios…

Miúsov se levantó: no solo había perdido la paciencia, sino que parecía fuera de sí. Estaba furioso, y era consciente de que así se ponía en evidencia. Realmente, en la celda estaba sucediendo algo inconcebible. En esa misma celda, desde hacía cuarenta o cincuenta años, ya en los tiempos de los anteriores startsy, se solía recibir a los visitantes, pero éstos acudían siempre con profundísima veneración, no de otro modo. Casi todos los admitidos, al entrar en la celda, comprendían que se les estaba haciendo un enorme favor. Muchos se postraban de rodillas y no se levantaban en toda la visita. Muchos de los más «altos» personajes, muchos también de los más sabios, y hasta algunos librepensadores, que llegaban movidos por la curiosidad o por cualquier otra razón, al entrar en la celda en compañía de otra gente o al recibir una audiencia a solas, se imponían como primera obligación, todos sin excepción, la de mostrar un profundísimo respeto y consideración a lo largo de toda la entrevista, tanto más cuanto que allí no se exigía ningún dinero, sino que todo era cuestión de amor y de bondad, por una parte, y, por otra, de arrepentimiento y de deseo de resolver algún complicado dilema del alma o algún trance difícil en la vida del propio corazón. De manera que las bufonadas de Fiódor Pávlovich, que no mostraba ninguna consideración al lugar en el que se encontraba, suscitaron en los presentes, al menos en algunos de ellos, perplejidad y estupor. Los hieromonjes, sin alterar su semblante lo más mínimo, estaban muy pendientes de lo que pudiera decir el stárets, pero parecían dispuestos a levantarse en cualquier momento, como Miúsov. Aliosha estaba de pie, con la cabeza gacha, a punto de echarse a llorar. Le parecía muy raro que su hermano Iván Fiódorovich, el único en quien confiaba, el único que ejercía suficiente influencia sobre su padre para poder hacerle callar, siguiera sentado en su silla, inmóvil, con los ojos bajos, esperando, al parecer, con cierta curiosidad el desenlace de todo aquello, como si fuera alguien perfectamente ajeno a lo que allí ocurría. A Rakitin, el seminarista, a quien conocía muy bien y a quien tenía casi por un amigo, Aliosha no se atrevía ni a mirarlo: sabía lo que pensaba (de hecho, Aliosha era la única persona en todo el monasterio que lo sabía).

–Perdóneme… —empezó a decir Miúsov, dirigiéndose al stárets—. Tal vez crea que yo también tomo parte en esta indigna bufonada. Mi error ha consistido en creer que incluso alguien como Fiódor Pávlovich, al visitar a una persona tan honorable, estaría dispuesto a cumplir con sus obligaciones… No podía imaginarme que habría que pedir disculpas por haber entrado aquí en su compañía…

Piotr Aleksándrovich no concluyó y, presa de una gran turbación, se disponía ya a salir de la habitación.

–No se preocupe, se lo ruego. —El stárets se levantó de pronto y, sosteniéndose sobre sus débiles piernas, cogió a Piotr Aleksándrovich de ambas manos y lo hizo sentarse de nuevo en su butaca—. Tranquilo, se lo ruego. Le suplico muy especialmente que sea mi huésped.

Y, con una reverencia, se dio la vuelta y se sentó nuevamente en su pequeño diván.

–Gran stárets, pronúnciese: ¿le ofendo o no con mi vivacidad? —gritó de pronto Fiódor Pávlovich, agarrando con ambas manos los brazos de la butaca, como si se preparara para saltar en función de la respuesta.

–También a usted le ruego encarecidamente que no se inquiete y que no se sienta cohibido —le dijo el stárets en tono solemne—. No se sienta cohibido, compórtese como si estuviera en su casa; no debe avergonzarse de ese modo, porque ése es el origen de todo lo que le pasa.

–¿Como si estuviera en mi casa? O sea, ¿que me muestre tal como soy? Oh, eso es mucho, es demasiado, pero… ¡me siento conmovido al oírlo! ¿Sabe una cosa, venerado padre? No me invite a mostrarme tal como soy, no se arriesgue… Yo mismo soy incapaz de llegar a mostrarme tal como soy. Se lo advierto para protegerle. Sí, y el resto yace aún en las tinieblas de lo desconocido, aunque algunos hayan deseado retratarme. Eso lo digo por usted, Piotr Aleksándrovich; y a usted, criatura santísima, a usted le digo lo siguiente: ¡la emoción me embarga! —Se levantó y, alzando los brazos, proclamó—: ¡Bienaventurado el vientre que te trajo y los senos que mamaste!;38 ¡sobre todo los senos! Hace un momento, con su comentario: «No debe avergonzarse de ese modo, porque ése es el origen de todo lo que le pasa», con ese comentario me ha atravesado de parte a parte y ha leído en mi interior. Precisamente, siempre que me acerco a la gente, me da la sensación de que yo soy más canalla que nadie y de que todo el mundo me toma por un bufón, de modo que me digo: «Venga, vamos a hacer el bufón; no tengo miedo de vuestra opinión, porque todos, todos sin excepción, ¡sois más canallas que yo!». Por eso hago el bufón, lo hago por vergüenza, gran stárets, por vergüenza. Si armo tanto alboroto es por timidez. Si estuviera convencido de que, al entrar en un sitio, iba a acogerme todo el mundo como si fuera un hombre encantador e inteligente, ¡Señor, qué buena persona sería yo! ¡Maestro! —de repente cayó de rodillas—, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?39

Hasta en aquel momento era difícil decidir si bromeaba o si en verdad estaba conmovido.

El stárets lo miró y dijo con una sonrisa:

–De sobra sabe usted lo que tiene que hacer, inteligencia no le falta: no se entregue a la bebida ni a la incontinencia verbal, no se entregue a la lujuria ni, especialmente, a la adoración al dinero; cierre sus tabernas, si no pueden ser todas, que sean al menos dos o tres. Pero sobre todo, y eso es lo más importante, no mienta.

–¿Se refiere a lo de Diderot, tal vez?

–No, no se trata de Diderot. Lo más importante es que no se engañe a sí mismo. Quien se engaña a sí mismo y escucha sus propios embustes acaba por no discernir la verdad, ni en su fuero interno ni a su alrededor, y deja en consecuencia de respetarse a sí mismo y de respetar a los demás. Y, al no respetar a nadie, ya no puede amar, y al carecer de amor, con tal de estar ocupado y entretenido, se entrega a las pasiones y a los burdos placeres y llega a la bestialidad en sus vicios, y todo ello por culpa de la mentira incesante, a los demás y a sí mismo. Quien se engaña a sí mismo puede también sentirse ofendido antes que nadie. Porque sentirse ofendido, en ocasiones, resulta muy agradable, ¿no es así? Y uno puede saber que nadie lo ha ofendido, sino que él mismo ha urdido la ofensa y ha dicho falsedades por mero afán de presunción, que ha exagerado para completar el cuadro, que se ha atado a una palabra, que ha hecho una montaña de un grano de arena… Uno puede saber todo eso y, sin embargo, es el primero en sentirse ofendido, hasta un extremo que le resulta placentero y le proporciona una profunda satisfacción, y, por esta vía, llega a experimentar auténtico rencor… Pero levántese, siéntese, se lo suplico, todo esto no dejan de ser gestos falsos…

–¡Hombre bienaventurado! Deje que le bese la mano. —Fiódor Pávlovich se levantó de un salto y rápidamente le estampó un beso al stárets en la mano descarnada—. Eso es, eso es: resulta muy agradable sentirse ofendido. Lo ha dicho usted muy bien, nunca había oído nada semejante. Eso es, eso es: toda mi vida me he sentido ofendido, y eso me ha resultado grato, me he sentido ofendido por estética, pues no solo es agradable, sino que a veces es hasta hermoso sentirse ofendido; se le ha olvidado añadir eso, gran stárets: ¡es hasta hermoso! ¡Esto lo voy a anotar en mi cuaderno! He mentido, claro que he mentido toda mi vida, todos los días y a todas horas. ¡En verdad, yo soy la mentira y el padre de la mentira!40 Mejor dicho, no creo que sea el padre de la mentira, si es que me lío siempre con los textos, pero sí, por lo menos, el hijo de la mentira, con eso es suficiente. Solo que… ángel mío… ¡de Diderot se puede hablar a veces! Diderot no hace daño, pero alguna que otra palabreja sí puede hacer daño. Gran stárets, por cierto, casi se me olvidaba, pero hace ya tres años que me había propuesto venir a informarme aquí, presentarme en este sitio y averiguar urgentemente la verdad; eso sí, no permita que Piotr Aleksándrovich me interrumpa. Esto es lo que quería preguntar: ¿es cierto, gran padre, eso que se cuenta en las Cheti-Minéi41 de cierto santo taumaturgo, al cual martirizaron por la fe y que al final, una vez decapitado, se levantó, recogió su cabeza y, «besándola amorosamente», caminó largo tiempo, cargando con ella, «besándola amorosamente». ¿Es esto verdad, nobles padres?

–No, no es verdad —dijo el stárets.

–En ninguna de las Cheti-Minéi aparece nada semejante. ¿De qué santo dice usted que se cuenta? —preguntó uno de los hieromonjes, el padre bibliotecario.

–No sé de cuál. No lo sé y lo desconozco. Me indujeron a engaño, era algo que se decía. Y ¿saben a quién se lo oí contar? Pues nada menos que a Piotr Aleksándrovich Miúsov, el mismo que se ha enfadado tanto hace un momento por lo de Diderot: él fue quien lo contó.

–Nunca le he contado esa historia; pero si yo con usted no hablo en la vida…

–Es cierto, usted a mí no me lo contó, pero lo contó en una reunión en la que yo también estaba presente, hará de eso cerca de cuatro años. Lo he recordado, precisamente, porque con aquel relato satírico sacudió usted mi fe, Piotr Aleksándrovich. Usted no lo sabía, no tenía ni idea, pero yo regresé a mi casa con la fe tambaleante, y desde entonces cada vez son mayores mis dudas. ¡Sí, Piotr Aleksándrovich, usted fue el causante de una terrible caída! ¡Y ya no estamos hablando de Diderot!

Fiódor Pávlovich se acaloraba de un modo patético, si bien para todos era evidente que otra vez estaba fingiendo. Pero Miúsov, en todo caso, se sentía profundamente herido.

–Qué disparate, todo esto es un disparate —balbuceó—. Yo, en efecto, es posible que alguna vez dijese… pero no a usted. A mí también me lo han contado. Lo oí en París, de boca de un francés; decía que por lo visto figura en las Cheti-Minéi, y que aquí en nuestro país se suele leer en misa… Era un hombre muy sabio, dedicado a los estudios estadísticos sobre Rusia… Había vivido mucho tiempo en Rusia… Yo, personalmente, no he leído las Cheti-Minéi… y no tengo intención de hacerlo… ¿Quién no se va de la lengua durante una comida?… Estábamos comiendo en aquella ocasión…

–Sí, ustedes estaban comiendo, pero ¡yo perdí la fe! —intentó provocarlo Fiódor Pávlovich.

«¡A mí qué me importa su fe!», quiso gritarle Miúsov, pero se contuvo en el último momento y pronunció en tono despectivo:

–Todo lo que toca, literalmente, lo ensucia.

El stárets, de pronto, se levantó:

–Disculpen, señores, si les dejo por unos minutos —dijo, dirigiéndose a todos los presentes—, pero hay gente que me está esperando ya desde antes de su llegada. Y usted, en cualquier caso, no mienta —añadió, dirigiéndose a Fiódor Pávlovich con el semblante alegre.

Salió de la celda, Aliosha y el novicio fueron corriendo tras él para ayudarlo a bajar la escalera. Aliosha se sofocaba, estaba contento de salir, pero también estaba contento de que el stárets no se sintiera ofendido y se mostrara alegre. Éste se dirigió hacia la galería para dar su bendición a quienes lo estaban esperando. Pero Fiódor Pávlovich lo detuvo junto a la puerta de la celda.

–¡Hombre bienaventurado! —exclamó con emoción—. ¡Permítame que vuelva a besarle la mano! ¡Sí, con usted aún se puede hablar, se puede vivir! ¿Cree usted que siempre miento de esa manera, que siempre hago el bufón? Sepa que he estado fingiendo todo el tiempo, que lo he hecho adrede para ponerle a prueba. Que he estado tanteándole continuamente para averiguar si es posible vivir con usted. Para ver si tiene cabida mi humildad al lado de su orgullo. Le concedo un diploma: ¡es posible vivir a su lado! Y ahora me callo, me callo de una vez por todas. Me siento y me callo. Ahora le toca a usted hablar, Piotr Aleksándrovich, ahora queda usted como el hombre más importante… durante diez minutos.

III. Mujeres de fe

Abajo, junto a la galería de madera adosada a la pared exterior del recinto, se habían congregado en esta ocasión únicamente mujeres del pueblo; serían unas veinte. Les habían anunciado que el stárets iba a salir finalmente, y se habían reunido para esperarlo. También se instalaron en la galería la terrateniente Jojlakova y su hija, que estaban igualmente esperando al stárets, aunque ellas lo hacían en el aposento reservado a las visitantes nobles. La Jojlakova madre, dama acaudalada que vestía siempre con gusto, era una mujer bastante joven aún y muy atractiva, algo pálida, de ojos muy vivos y casi totalmente negros. No pasaría de los treinta y tres años, y hacía ya cinco que había enviudado. Su hija, de catorce años, tenía parálisis en las piernas. La pobre chiquilla no podía caminar desde hacía ya medio año, y la transportaban en un alargado y confortable sillón de ruedas. Tenía una carita adorable, algo consumida por la enfermedad, pero alegre. Una expresión revoltosa brillaba en sus grandes ojos oscuros, de largas pestañas. Ya desde la primavera la madre había decidido llevarla al extranjero, pero se les pasó el verano por culpa de unos trabajos en sus propiedades. Llevaban cosa de una semana instaladas en nuestra ciudad, más por asuntos de negocios que en calidad de peregrinas, pero ya habían visitado en otra ocasión, tres días antes, al stárets. Habían vuelto a presentarse así, de buenas a primeras, aun sabiendo que ya casi no podía recibir a nadie, y habían rogado insistentemente que se les concediera, una vez más, «la dicha de contemplar al gran sanador».

La madre aguardaba la salida del stárets sentada en una silla, al lado del sillón de su hija, y un par de pasos más allá había un monje anciano, venido de un ignoto monasterio del lejano norte. También él deseaba recibir la bendición del stárets. Pero éste, al hacer su aparición, se dirigió de entrada a las mujeres del pueblo llano. El grupo se apretujó junto al pequeño porche, de tres peldaños, que unía la baja galería con el suelo. El stárets se quedó en el peldaño superior, se puso el epitrachelion42 y empezó a impartir su bendición a las mujeres que se apiñaban delante de él. Le acercaron a una enajenada, tirando de ella con ambas manos. En cuanto vio al stárets, a la mujer le dio por hipar, soltando una especie de chillidos sin sentido, y se puso a temblar de pies a cabeza, como si sufriera los calambres de las parturientas. Colocándole el epitrachelion sobre la cabeza, el stárets recitó una breve plegaria, y ella se calló y se serenó de inmediato. No sé cómo será ahora, pero en mi infancia tuve a menudo la ocasión de ver y oír en aldeas y monasterios a esa clase de enajenadas. Las llevaban a misa, ellas chillaban y ladraban como perros y se las oía por toda la iglesia, pero, en cuanto mostraban el pan y el vino consagrados y acercaban a las posesas hasta el sagrario, la «posesión» cesaba en ese mismo instante, y las enfermas siempre se calmaban por un tiempo. A mí, de pequeño, aquello me impresionaba mucho y me dejaba perplejo. Pero también oí decir a algunos terratenientes, y sobre todo a mis maestros, gente de ciudad, en respuesta a mis preguntas, que todo aquello era una pura comedia para no tener que trabajar, y que siempre podía extirparse con la debida severidad, y para confirmarlo aducían toda clase de anécdotas. Más tarde, sin embargo, descubrí con asombro, gracias a ciertos especialistas médicos, que no se trataba de ninguna comedia, sino de una terrible enfermedad femenina, especialmente común aquí en Rusia, lo cual da testimonio del cruel destino de nuestras campesinas: se trata de una enfermedad originada por los trabajos extenuantes a los que se dedican recién salidas de partos duros, complicados, en los que no cuentan con ayuda médica de ninguna clase, y exacerbada por la amargura inconsolable, por los golpes y demás calamidades, que no todas las naturalezas femeninas son capaces de soportar en la misma medida. Aquellas extrañas y repentinas curaciones de mujeres posesas, aquejadas de convulsiones, que solían producirse en cuanto las acercaban al pan y al vino, y que, según me habían explicado, no eran más que una comedia, o peor aún, un truco ideado por la misma «clerigalla» o poco menos, se producían, muy probablemente, de un modo perfectamente natural: tanto las buenas mujeres que acompañaban a la enajenada como, sobre todo, la propia afectada creían a pie juntillas, como verdad irrevocable, que el espíritu maligno que se había apoderado de la enferma jamás podría soportar que la llevasen y obligasen a inclinarse ante el pan y el vino consagrados. Por ese motivo, siempre se manifestaba (pues no tenía más remedio que manifestarse) en la mujer desequilibrada y, desde luego, psíquicamente enferma, la inevitable convulsión en todo su organismo en el momento de la reverencia, convulsión causada por la espera del obligado milagro de la curación y por la fe ciega en que el milagro iba a ocurrir. Y éste ocurría, aunque solo fuese temporalmente. Exactamente eso fue lo que sucedió cuando el stárets cubrió a la enferma con el epitrachelion.

Muchas de las mujeres que se arremolinaban alrededor del stárets se deshacían en lágrimas de ternura y emoción, causadas por el efecto del momento; otras se esforzaban por besarle, al menos, el extremo de sus vestiduras; había algunas que se lamentaban. Él las bendijo a todas, y conversó con varias de ellas. Ya conocía a la enajenada, la habían traído de una aldea cercana, que distaba apenas unas seis verstas del monasterio; además, ya la habían conducido a su presencia en alguna ocasión anterior.

–¡Ésta seguro que viene de lejos! —Señaló a una mujer aún joven, pero muy flaca y demacrada, con el rostro, más que tostado, renegrido. La mujer estaba de rodillas, mirando fijamente al stárets. Había algo delirante en su mirada.

–De lejos, bátiushka43, de lejos, de trescientas verstas de aquí. De lejos, padre, de lejos —dijo la mujer canturreando, mientras balanceaba rítmicamente la cabeza de lado a lado, con la mejilla apoyada en la palma de la mano.

Hablaba en tono quejumbroso. Hay en el pueblo una amargura silenciosa, infinitamente paciente; esta amargura se encierra en sí misma y calla. Pero hay también una amargura lacerante: de pronto rompe en llanto y desde ese instante se deshace en lamentos. La padecen sobre todo las mujeres. Sin embargo, esa amargura no es más llevadera que la amargura silenciosa. El único consuelo que dispensan los lamentos es el de enconar y desgarrar aún más el corazón. Esta clase de amargura no busca siquiera consuelo, se nutre del sentimiento de insaciabilidad. Los lamentos responden tan solo a la necesidad de hurgar sin descanso en la herida.

–Eres de familia de menestrales, ¿verdad? —prosiguió el stárets, mirando a la mujer con curiosidad.

–Vivimos en la ciudad, padre, en la ciudad; somos campesinos, pero vivimos en la ciudad. He venido aquí para verte, padre. Hemos oído hablar de ti, bátiushka, hemos oído hablar de ti. Enterré a mi pequeño, y me fui por ahí a rezar a Dios. Estuve en tres monasterios, y me dijeron: «No dejes de visitar también ese sitio, Nastásiushka». O sea, que viniera a verle44 a usted, padre, que viniera a verle a usted. Y aquí he venido, ayer tarde estuve en el oficio, y aquí estoy hoy.

–¿Por qué lloras?

–Estoy triste por mi hijo, bátiushka, tres meses le faltaban para cumplir los tres añitos. Sufro por ese hijito, padre, por ese hijito. Era el último que nos quedaba; cuatro hemos tenido, Nikítushka y yo, pero perdemos siempre a los pequeños, los perdemos, amado padre, los perdemos. Ya había enterrado a los tres primeros, y no sufrí tanto por ellos, pero a este último lo he enterrado y no hay manera de olvidarlo. Es como si lo tuviera aquí delante, no se quiere marchar. El alma me la ha dejado seca. Miro su ropita, su blusita, sus botitas, y me pongo a chillar. Le digo a Nikítushka, a mi marido: «Anda, déjame, marido, que vaya a peregrinar». Es cochero; nosotros no somos pobres, padre, no somos pobres; prestamos el servicio por cuenta propia, es todo nuestro: los caballos y el coche. Y todos estos bienes, ahora ¿para qué? Le habrá dado por beber en mi ausencia, a mi Nikítushka; es lo más seguro, ya antes de esto, en cuanto me daba la vuelta, él ya estaba cayendo en el vicio. Pero ahora mismo ni me acuerdo de él. Ya va para tres meses que falto de casa. Me he olvidado de todo, de todo, y no me apetece recordar; ¿qué voy a hacer ahora con él? He terminado con él, he terminado, con todo he terminado. Prefiero no tener que volver a poner los ojos en mi casa ni en mis bienes, ¡no quiero ver nada de nada!

–Escucha, madre —dijo el stárets—, en cierta ocasión, hace mucho tiempo, un gran santo vio en un templo a una madre que, como tú, lloraba igualmente por su pequeño, por su único hijo, al que también había llamado el Señor. Entonces el santo le dijo: «¿Acaso no sabes lo osados que son estos pequeños cuando están ante el trono de Dios? No hay nadie más osado en el reino de los cielos: Tú, Señor, nos has dado la vida, le dicen a Dios, y apenas empezábamos a entreverla cuando nos la volviste a arrebatar. Y piden y preguntan con tanto atrevimiento que el Señor les otorga de inmediato el rango de ángeles. Así pues, alégrate tú también, mujer, y no llores más, pues tu pequeño se encuentra ahora junto a Dios en compañía de sus ángeles». Eso es lo que le dijo el santo a aquella mujer que lloraba en los tiempos antiguos. Era un gran santo, y no iba a faltar a la verdad. Por eso, también tú, madre, debes saber que sin duda tu pequeño estará ahora igualmente ante el trono del Señor, donde se alegra y se regocija, y donde ruega por ti a Dios. Por eso, debes llorar, pero también alégrate.

La mujer le escuchaba, con la mejilla apoyada en una mano, mirando al suelo. Suspiró profundamente.

–De ese mismo modo me consolaba Nikítushka, con palabras parecidas a las tuyas, diciéndome: «No seas tonta, ¿por qué lloras? Seguro que nuestro hijito está ahora en presencia del Señor, cantando con los ángeles». Eso me dice, pero él también llora, y yo lo veo llorar, igual que lloro yo. «Ya lo sé, Nikítushka —le digo—. ¿Dónde iba a estar más que en presencia del Señor? Pero ¡aquí con nosotros, Nikítushka, aquí a nuestro lado, como solía estar antes, ya no está!» Si por lo menos pudiera verlo, aunque fuera una vez, solo una vez, si pudiera volver a mirarlo, sin acercarme a él, sin decir nada, aunque tuviera que quedarme escondida en un rincón, para verlo tan solo un minutito; si pudiera oírlo jugar en el patio, y llamarme con su vocecita, como solía llamarme cada vez que llegaba: «Mami, ¿dónde estás?». Me conformaría con oírlo pasar por el cuarto una vez, una sola vez, haciendo tuc-tuc con sus pasitos, seguidos, muy seguidos… Recuerdo cómo a veces venía corriendo hacia mí, gritando y riendo; si al menos pudiera oír sus pasos, si los pudiera oír, ¡le daría, padre, toda la razón! Pero no está, bátiushka, no está, ¡y no voy a oírlo nunca más! Aquí traigo su cinturoncito, pero él, en cambio, no está, ¡y ahora nunca voy a volver a verlo, no voy a oírlo nunca más!

Se sacó del enfaldo un pequeño cinturón de pasamanería, que había sido de su hijo, y fue mirarlo y deshacerse en sollozos, cubriéndose los ojos con los dedos, a través de los cuales, de pronto, empezaron a correr ríos de lágrimas.

–Esto —dijo el stárets— es como lo de la antigua «Raquel, que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen»45. Tales son los límites, madres, que se os han trazado en la tierra. No te consueles, no hace ninguna falta que te consueles; no te consueles y llora; pero, cada vez que llores, no dejes de recordar que tu hijo es uno de esos ángeles de Dios y que desde allá arriba te está mirando y te está viendo, y se regocija con tus lágrimas, y se las muestra al Señor, nuestro Dios. Aún llorarás mucho tiempo, con este inmenso llanto de madre, pero al final tu llanto se convertirá en serena alegría, y tus amargas lágrimas serán solo lágrimas de callada ternura y purificación sincera, que salva del pecado. Yo pediré por el descanso eterno de tu pequeñuelo, ¿cómo se llamaba?

–Alekséi, bátiushka.

–Es un nombre muy bonito. Entonces, ¿se lo encomendamos a san Alejo46, hombre de Dios?

–Sí, sí, bátiushka, a ese mismo santo. ¡A san Alejo, hombre de Dios!

–¡Un gran santo! Rezaré por él, madre, rezaré por él, y también tendré presente tu pesar en mis plegarias y rezaré asimismo por la salud de tu marido. Pero es un pecado abandonarlo. Ve con tu marido y cuida de él. Allí donde se encuentra, tu pequeño verá que has abandonado a su padre y llorará por vosotros; ¿por qué habrías de turbar su dicha? Recuerda que él vive, él vive, puesto que el alma vive eternamente; y, aunque ya no esté en casa, se halla invisible a vuestro lado. ¿Cómo va a presentarse en tu casa, si dices que a ti se te ha hecho odiosa? ¿Hacia quién va a ir, si no os encuentra juntos al padre y a la madre? Ahora sueñas con él y te torturas, pero entonces te mandará dulces sueños. Vuelve con tu marido, madre, vuelve hoy mismo.

–Iré, querido padre, iré según me dices. Me has alumbrado el corazón. ¡Nikítushka, Nikítushka! ¡Tú me esperas, querido, tú me esperas! —empezó a lamentarse la mujer; pero el stárets se había vuelto ya hacia una señora muy mayor, una ancianita que no vestía como una peregrina, sino como las mujeres de ciudad.

Se le notaba en la mirada que se traía algo entre manos y que había venido para comunicar alguna cosa. Se presentó como la viuda de un suboficial; dijo que no venía de lejos, que era de nuestra misma ciudad. Su hijo, Vásenka, prestaba servicio en una compañía de intendencia, y estaba destinado en Siberia, en Irkutsk. Dos veces había escrito desde allí, pero hacía ya un año que había dejado de escribir. Ella había intentado averiguar qué había sido de él, pero lo cierto es que no sabía a quién acudir.

–Hace poco, Stepanida Ilínishna Bedriáguina, una comerciante, y bien rica, va y me dice: «Mira, Projórovna, ¿por qué no anotas el nombre de ese hijo tuyo en un recordatorio, lo llevas a la iglesia y encargas oraciones por su descanso eterno? Su alma empezará a echarte de menos, y tu hijo te escribirá una carta». Eso me dijo. Según Stepanida Ilínishna, es cosa segura, muchas veces probada. Pero yo tengo mis dudas… Tú, que eres nuestra luz, dime si es eso cierto o no es cierto. Y ¿crees que estaría bien si lo hiciera?

–Ni se te ocurra. Debería darte vergüenza preguntarlo. ¡Cómo va a ser posible rezar por el descanso eterno de un alma viva! ¡Y menos su propia madre! Es un pecado enorme, parece cosa de brujería, solo tu ignorancia te sirve de excusa. Lo que tienes que hacer es rezarle a la Reina de los Cielos, intercesora y auxiliadora nuestra, por la salud de tu hijo, y pedirle de paso que te perdone por esas ideas equivocadas. Y añadiré otra cosa más, Projórovna: ese hijo tuyo pronto estará de vuelta en casa o, si no, te mandará sin falta una carta. Así que ya lo sabes. Ve, y desde ahora puedes estar tranquila.Tu hijo está vivo, te lo digo yo.

–Amado padre nuestro, que Dios te lo pague; tú eres nuestro bienhechor, rezas por todos nosotros y por nuestros pecados…

Pero el stárets ya había advertido entre la muchedumbre los dos ojos ardientes, concentrados en él, de una joven campesina extenuada, con aspecto de tísica. La muchacha miraba en silencio, sus ojos imploraban algo, pero se diría que tenía miedo de acercarse.

–A ti ¿qué te pasa, hija mía?

–Dale alivio a mi alma, venerable padre —murmuró ella en voz baja, sin ninguna prisa; después se puso de rodillas y se inclinó a los pies del stárets—. He pecado, venerable padre, tengo miedo de mi pecado.

El stárets se sentó en el peldaño inferior; la mujer se le acercó, siempre de rodillas.

–Soy viuda, va ya para tres años —empezó con un susurro; mientras, todo su cuerpo parecía estremecerse—. Mi vida de casada fue muy dura, él era viejo, me sacudía a base de bien. Cayó enfermo; yo pensaba al mirarlo: y si se pone bien y vuelve a levantarse, ¿qué va a pasar entonces? Y en esos momentos me vino esta idea…

–Espera —dijo el stárets, y acercó el oído hasta los labios de ella.

La mujer siguió hablando muy bajo, en un susurro, de modo que era casi imposible captar nada. Terminó enseguida.

–¿Es ya el tercer año? —preguntó el stárets.

–Sí, el tercer año. Al principio no lo pensaba, pero ahora estoy enferma, me ha entrado la angustia.

–¿Vives muy lejos?

–A quinientas verstas de aquí.

–¿Lo has confesado?

–Sí, dos veces.

–¿Te han administrado la comunión?

–Sí, me la han administrado. Tengo miedo; tengo miedo de morir.

–No tengas miedo, no tengas miedo nunca, ni te angusties. Persevera en tu arrepentimiento, y Dios te lo perdonará todo. No hay ni puede haber en toda la tierra un pecado tal que Dios no se lo perdone a quien se arrepienta de verdad. Y el hombre no es capaz de cometer un pecado tan grande que agote el infinito amor de Dios. ¿Puede haber acaso un pecado que supere al amor divino? Tú preocúpate tan solo de arrepentirte sin descanso, y aleja el miedo de ti. Has de creer que Dios te ama de un modo que no puedes ni imaginarte; también con tu pecado y aunque estés en pecado, Él te ama. Más alegría habrá en el cielo por un solo arrepentido que por diez justos, se dijo hace ya mucho. Vete, pues, y no temas. No te aflijas por la gente, no te enojes por las ofensas. Al difunto perdónale sus agravios de todo corazón, reconcíliate con él de verdad. Si te arrepientes, amas. Y, si amas, ya eres de Dios… Con amor todo se compra, todo se salva. Si yo, un pecador como tú, me he conmovido y he sentido compasión por ti, ¿no hará mucho más Dios? El amor es un tesoro tan valioso que con él puedes comprar el mundo entero, puedes redimir no solo tus propios pecados, sino también los ajenos. Vete y no temas.

La persignó tres veces, se quitó del cuello una medalla y se la puso a la mujer. Ella, sin decir nada, hizo una reverencia hasta el suelo. El stárets se irguió y miró alegremente a una mujer robusta con una criaturita en brazos.

–Vengo de Vyshegorie, amado padre.

–Eso está a seis verstas de aquí, te habrás cansado con la criatura. ¿Qué quieres?

–He venido a verte. Ya he venido otras veces, ¿lo has olvidado? No debes de tener mucha memoria si te has olvidado de mí. Se decía en la aldea que estabas enfermo, y pensé: pues nada, habrá que ir a verlo. Muy bien, pues ya te estoy viendo: ¡tú qué vas a estar enfermo! Vas a vivir otros veinte años, eso seguro. ¡Que Dios te guarde! Con tanta gente rezando por ti, ¿cómo ibas a enfermar?

–Te doy las gracias por todo, hija mía.

–De paso, quería pedirte una cosita de nada: toma estos sesenta kopeks, y dáselos, amado padre, a alguna que sea más pobre que yo. De camino, me venía diciendo: mejor los doy a través de él, él sabrá a quién conviene dárselos.

–Gracias, hija mía; gracias, buena mujer. Tienes todo mi aprecio. Haré sin falta lo que me pides. Esa criatura que llevas en brazos… es una niña, ¿verdad?

–Sí, venerable padre. Lizaveta.

–Que el Señor os bendiga a las dos, a ti y a la pequeña Lizaveta. Me has alegrado el corazón, madre. Adiós, hijas mías, adiós, adiós, queridas mías.

Bendijo a todas las presentes y les hizo una profunda reverencia.

IV. Una dama escéptica

La terrateniente que había venido a ver al stárets, tras haber asistido a la escena completa de la conversación con aquellas mujeres sencillas y a la bendición final, derramaba calladas lágrimas que enjugaba con un pañuelo. Era una dama de mundo, sensible, con inclinaciones virtuosas, en buena medida sinceras. Cuando el stárets, por fin, se le acercó, ella lo acogió con entusiasmo:

–Me ha impresionado hasta tal punto ver esta escena tan conmovedora… —No pudo acabar, de la emoción—. Oh, entiendo que el pueblo le quiera, yo también siento amor por el pueblo, deseo sentir ese amor; ¡cómo no amar al pueblo, a nuestro hermoso pueblo ruso, tan sencillo en su grandeza!

–¿Cómo sigue su hija de salud? ¿Deseaba usted volver a hablar conmigo?

–Oh, lo he pedido con tanta insistencia, he suplicado, estaba dispuesta a postrarme de rodillas y a pasarme así tres días, o el tiempo que hiciera falta, delante de sus ventanas, hasta que usted me dejara entrar. Hemos venido a verle, gran sanador, a expresarle nuestro agradecimiento más entusiasta. Porque usted ha curado a mi Liza, la ha curado por completo. Y ¿cómo? Rogando el jueves pasado por ella e imponiéndole las manos. ¡Hemos venido en cuanto hemos podido a besar estas manos, y a manifestar nuestro sentimiento y nuestra veneración!

–¿Cómo que la he curado? ¿No sigue aún en su sillón?

–Pero las fiebres nocturnas han desaparecido por completo, llevamos así ya dos días, desde el mismo jueves —aclaró enseguida la señora, agitada—. No solo eso: las piernas se le han fortalecido. Esta mañana se ha levantado más sana, ha dormido toda la noche; mire qué buen color tiene, cómo le brillan los ojitos. Antes no hacía más que llorar, y ahora se ríe alegre, contenta. Hoy ha exigido que la pusiéramos de pie, y ha aguantado ella sola un minuto entero, sin ayuda de nadie. Se ha apostado conmigo a que en un par de semanas estará bailando una cuadrilla. He llamado a un médico local, el doctor Herzenstube; él se ha encogido de hombros y ha dicho: «Estoy asombrado, no lo entiendo». No querría usted que no viniésemos a importunarle; ¿cómo íbamos a dejar de venir volando a darle las gracias? ¡Vamos, Lise47, dale las gracias, dale las gracias!

La carita de Lise, simpática y risueña, ya iba a ponerse seria; la niña se incorporó en el sillón lo más que pudo y, mirando al stárets, juntó las manitas delante de él, pero no pudo aguantarse y de repente se echó a reír…

–¡Es por él, es por él! —Y señalaba a Aliosha, con un enfado infantil por haber sido incapaz de dominarse y haberse echado a reír. Cualquiera que se hubiera fijado en Aliosha, que estaba de pie, un paso por detrás del stárets, habría advertido cómo, en un instante, se le habían subido los colores a la cara. Los ojos le centellearon y el joven bajó la mirada.

–Mi hija le trae un recado, Alekséi Fiódorovich… ¿Cómo está usted? —prosiguió la madre, dirigiéndose de pronto a Aliosha, al tiempo que le tendía la mano, enfundada en un delicioso guante.

El stárets se volvió y miró atentamente a Aliosha. Éste se acercó a Liza y, a su vez, sonriendo de forma un tanto extraña, como cohibido, le ofreció la mano. Lise puso cara de importancia.

–Katerina Ivánovna le manda esto. —Le entregó a Aliosha una nota—. Insiste sobre todo en que vaya usted a verla, que vaya lo más pronto posible, lo más pronto posible, y que se deje de engaños, que tiene que ir sin falta.

–¿Me pide que vaya a verla? Que vaya yo a su casa… ¿para qué? —balbuceó Aliosha, profundamente sorprendido. De pronto, en su cara se reflejaba una enorme preocupación.

–Oh, todo esto es por culpa de Dmitri Fiódorovich y… por los últimos acontecimientos —aclaró enseguida la madre—. Katerina Ivánovna se ha decidido por fin… pero para eso necesita verle a usted sin falta… ¿Para qué? Naturalmente, no lo sé, pero ha pedido que vaya cuanto antes. Y usted va a ir, seguro que va; en este caso, hasta sus sentimientos cristianos le obligan.

–Yo solo la he visto una vez —siguió diciendo Aliosha, sin reponerse de su sorpresa.

–¡Oh, es una criatura tan magnánima, tan fuera de lo común!… Ya solo por sus sufrimientos… Piense en todo lo que ha soportado, en todo lo que sigue soportando; piense en lo que la espera… ¡Es algo espantoso, espantoso!

–De acuerdo, iré —decidió Aliosha, después de leer por encima la breve y enigmática nota en la que, aparte del persuasivo ruego de que fuera a su casa, no había más explicaciones.

–¡Ay, eso sería algo precioso, algo maravilloso de su parte! —exclamó Lise, animándose de pronto—. Y yo que le decía a mamá: no irá por nada del mundo, él lo que intenta es salvarse. ¡Es usted admirable! Yo siempre había pensado que es usted admirable, ¡estoy encantada de poder decírselo ahora!

–¡Lise! —dijo la madre, muy seria; no obstante, no tardó en sonreír—. También se ha olvidado usted de nosotras, Alekséi Fiódorovich, no quiere usted venir a vernos nunca; y eso que Lise ya me ha dicho dos veces que solo está a gusto con usted.

Aliosha levantó los ojos, fijos en el suelo hasta ese instante, volvió a ruborizarse de repente y, también de repente, volvió a sonreír sin saber él mismo por qué. Lo cierto es que el stárets ya no estaba pendiente de él. Había entablado conversación con el monje que estaba allí de paso y que, como ya hemos dicho, había estado esperando su aparición junto al sillón de Lise. Al parecer, era un monje de lo más modesto, esto es, de muy humilde condición, de mentalidad estrecha e inmutable, pero creyente y, a su modo, porfiado. Aseguró que venía del lejano norte, de Obdorsk48, y que era miembro de San Silvestre, un pobre monasterio que apenas contaba con nueve monjes. El stárets le dio su bendición y lo invitó a que fuera a su celda a visitarlo cuando quisiera.

–¿Cómo se atreve usted a hacer cosas así? —preguntó de pronto el monje, señalando a Lise con aire muy serio y solemne. Se refería a la «curación» de la chiquilla.

–Todavía es pronto, naturalmente, para hablar de eso. Una mejoría no supone aún una curación completa, y podría obedecer también a otras causas. Pero, si de verdad ha habido algo, no se debe a otra fuerza que a la voluntad divina. Todo depende de Dios. Venga a verme, padre —concluyó, dirigiéndose al monje—, aunque no siempre puedo recibir visitas: estoy enfermo y sé que mis días están contados.

–Oh, no, no; Dios no va a privarnos de usted; aún tiene que vivir mucho, pero que mucho tiempo —exclamó la madre—. A ver, ¿de qué está usted enfermo? Parece usted tan sano, tan alegre, tan feliz.

–Hoy me siento mucho mejor de lo habitual, aunque de sobra sé que es algo pasajero. Ahora conozco a ciencia cierta cuál es mi enfermedad. Pero, si usted dice que me ve muy alegre, entonces sepa que nada, en ningún caso, podía haberme dejado más satisfecho que una observación así. Pues los hombres han sido creados para la felicidad, y aquel que es plenamente feliz tiene todo el derecho de decirse a sí mismo: «He cumplido la voluntad de Dios en esta tierra». Todos los justos, todos los santos, todos los mártires, han sido felices.

–Oh, hay que ver cómo habla usted, qué palabras más valientes e inspiradas —exclamó la madre—. Todo aquello que usted dice es como si penetrara en el alma. Y, sin embargo, la felicidad, ¿dónde está, dónde? ¿Quién puede decir de sí mismo que es feliz? Oh, ya que ha sido usted tan bueno y nos ha permitido verle hoy de nuevo, escuche todo lo que no acabé de contarle la última vez, lo que no me atreví a decir, todo lo que me hace sufrir, ¡desde hace mucho, mucho tiempo! Yo sufro, perdóneme, yo sufro… —Y, con un sentimiento ardiente e impulsivo, juntó las manos ante él.

–Concretamente, ¿qué la hace sufrir?

–Sufro… por mi falta de fe…

–¿No cree en Dios?

–No, no, no es eso; en eso no me atrevo ni a pensar. Pero la otra vida… ¡es un enigma tan grande! ¡Y nadie, realmente nadie responde a ese enigma! Escúcheme, usted es un sanador, usted conoce bien el alma humana; yo, naturalmente, no puedo pretender que usted me crea sin más, pero le aseguro, con toda rotundidad, que no estoy hablando por hablar, que la idea de la otra vida, de la vida de ultratumba, me inquieta hasta tal punto que me hace sufrir, que me asusta y me aterra… Y no sé a quién dirigirme, no me he atrevido en toda mi vida… Y solo ahora me atrevo a dirigirme a usted… ¡Dios mío, qué va a pensar usted de mí! —La mujer levantó los brazos, disgustada.

–No se preocupe por mi opinión —respondió el stárets—. Admito plenamente que su angustia es sincera.

–¡Oh, cómo se lo agradezco! Fíjese, cierro los ojos y pienso: si todo el mundo cree, ¿eso a qué obedece? Algunos aseguran que surgió en un principio como consecuencia del miedo a los inquietantes fenómenos de la naturaleza, y que no hay nada de todo eso. Pero, claro, yo me digo: he creído toda mi vida, y ahora me muero y resulta que no hay nada, que solo «crecerá el lampazo en la tumba», como leí en un escritor.49 ¡Eso es terrible! ¿Cómo, cómo puedo recobrar la fe? El caso es que yo solo tuve fe cuando era pequeña, mecánicamente, sin pensar en nada… ¿Cómo podría probarse todo eso, cómo? Eso es lo que quería pedirle, por eso he venido a inclinarme ante usted. Porque, si también dejo pasar esta ocasión, ya nadie va a responderme en toda mi vida. ¿Cómo probarlo, cómo podría una convencerse? ¡Ah, qué desgracia la mía! Miro a mi alrededor y veo que a todo el mundo, o a casi todo el mundo, le da todo igual, que nadie se preocupa ahora por estas cuestiones, pero yo, sola, soy incapaz de soportarlo. ¡Es algo horrible, horrible!

–Sin duda, es horrible. Pero es imposible probar nada en este terreno; no obstante, sí es posible convencerse.

–¿Cómo? ¿De qué manera?

–Mediante la experiencia del amor activo. Intente amar al prójimo activamente y sin descanso. A medida que progrese en el amor, se irá convenciendo de la existencia de Dios y de la inmortalidad de su alma. Y, si llega a la completa abnegación en el amor al prójimo, creerá usted sin reservas, y no habrá duda capaz de penetrar en su alma. Es cosa probada y segura.

–¿El amor activo? Ahí tenemos otro problema, y menudo problema, ¡menudo problema! Verá, yo amo a la humanidad hasta tal punto que, aunque no se lo crea, a veces sueño con dejarlo todo, todo lo que tengo, abandonar a Lise y hacerme hermana de la caridad. Cierro los ojos, pienso y sueño, y en esos momentos siento en mí una fuerza irresistible. Ninguna herida, ninguna llaga purulenta podría asustarme. Las vendaría y las lavaría con mis propias manos, sería la enfermera de esos seres afligidos, siempre dispuesta a besar sus llagas…

–Eso ya es mucho, y está muy bien que sueñe con eso, y no con otras cosas. Casi sin proponérselo, hará usted de verdad alguna buena acción.

–Sí, pero ¿podría soportar mucho tiempo una vida parecida? —prosiguió la dama con fervor, casi en tono exaltado—. ¡Ésa es la cuestión más importante! Ése es el problema que más me hace sufrir. Cierro los ojos y me pregunto: ¿aguantarías mucho tiempo por esa senda? Y, si el enfermo cuyas llagas estás lavando no solo no responde de inmediato con gratitud, sino que, por el contrario, empieza a importunarte con sus caprichos, sin valorar tu servicio altruista, sin reparar en él; si se pone a gritarte, a exigirte con malos modos, o incluso a quejarse de ti ante algún superior (como ocurre a menudo con la gente que sufre mucho), ¿qué va a pasar entonces? ¿Persistirá tu amor o no? Pues verá usted, resulta que, a costa de sufrir un estremecimiento, ya he encontrado la respuesta: si hay algo que podría enfriar en un abrir y cerrar de ojos mi amor «activo», es precisamente la ingratitud. En una palabra, yo trabajo a cambio de un salario, exijo sin demora mi salario, es decir, mis alabanzas, y quiero que el amor se me pague con amor. Si no es así, ¡soy incapaz de amar a nadie!

Le había dado, con toda sinceridad, por flagelarse, y, tras pronunciar esas palabras, se quedó mirando al stárets con desafiante firmeza.

–Es exactamente igual que lo que me contó un doctor, hace ya mucho tiempo, por cierto —dijo el stárets—. Era un hombre ya mayor y de una inteligencia incuestionable. Hablaba con tanta sinceridad como usted y, aunque bromeaba, había un fondo de amargura en sus palabras: «Yo —decía— amo a la humanidad, pero no dejo de sorprenderme a mí mismo: cuanto más amo al género humano en general, menos aprecio a los hombres en particular, o sea, tomados de uno en uno, como individuos. En mis sueños —decía—, he llegado con cierta frecuencia a formular apasionados proyectos relativos al servicio a la humanidad, y hasta podría haberme encaminado a la cruz por los demás en caso de haber sido, de un modo u otro, necesario. Y, sin embargo, soy incapaz de pasar con nadie dos días seguidos en la misma habitación: lo sé por experiencia. En cuanto tengo a alguien cerca, siento que su personalidad limita mi amor propio y coarta mi libertad. En veinticuatro horas puedo llegar a odiar al mejor hombre del mundo: que si éste pierde mucho tiempo comiendo, que si aquel otro está resfriado y no para de sonarse… En cuanto alguien —decía— empieza a tener trato conmigo, me convierto en su enemigo. En cambio, siempre me ha ocurrido que, cuanto más he odiado a las personas en particular, tanto mayor se ha vuelto mi amor a la humanidad en general».

–Pero ¿qué se puede hacer? ¿Qué hacer, pues, en este caso? ¿No hay más remedio que caer en la desesperación?

–No; ya tiene usted bastante con su pesar. Haga lo que pueda y se le pagará. ¡Y ya es mucho lo que ha hecho, habiendo sabido conocerse a sí misma de un modo tan profundo y sincero! Eso sí, si ahora, hablando aquí conmigo, solo es usted sincera para que yo la alabe por su franqueza, entonces, claro está, no llegará muy lejos en el camino del amor activo; de ese modo todo quedará en el terreno de sus sueños, y su vida pasará fugazmente, como una visión. En ese caso, naturalmente, también se olvidará de la otra vida y, cuando esté próximo el fin, ya encontrará usted la forma de tranquilizarse.

–¡Me deja usted desarmada! Solo ahora, en este preciso instante, mientras usted hablaba, he comprendido que, en efecto, lo único que esperaba yo eran sus elogios a mi sinceridad al contarle que no soporto la ingratitud. ¡Me ha dado a entender cómo soy, lo ha captado perfectamente y me lo ha explicado a mí!

–¿Habla usted en serio? Bueno, ahora, después de semejante confesión, creo que es usted sincera y que tiene buen corazón. Si no llega del todo hasta la felicidad, tenga siempre presente que está usted en el buen camino, y esfuércese por no abandonarlo. Evite, sobre todo, la mentira, cualquier mentira, y evite en especial mentirse a sí misma. Vigile su mentira y esté pendiente de ella sin descanso, hora a hora, minuto a minuto. Evite asimismo la sensación de repulsión, la repulsión de los demás y la repulsión de sí misma: aquello que descubra en su interior y le parezca malo, ya solo por haberlo descubierto se volverá más puro. También debe evitar el miedo, si bien el miedo no es más que una consecuencia de la mentira. No tema nunca su propia cobardía con vistas al logro del amor; ni siquiera debería temer en exceso los malos actos que, en ese sentido, pudiera cometer. Lamento no poder decirle nada más alentador, pues el amor activo, en comparación con el amor soñado, es algo cruel y aterrador. El amor soñado ansía la proeza inmediata, que se consuma rápidamente, a la vista de todos. Hay quien llega, de hecho, a dar su vida, a condición de que el sacrificio no se prolongue en exceso, sino que se consume a la mayor brevedad, como en un escenario, y de que todo el mundo pueda admirarlo y elogiarlo. En cambio, el amor activo es trabajo y firmeza; para algunas personas puede llegar a ser toda una ciencia. Pero ya le anuncio que, en el momento mismo en que vea usted con horror cómo, a pesar de todos sus esfuerzos, no solo no se ha acercado a la meta, sino que ésta parece estar aún más lejos, en ese preciso instante, se lo vaticino, de pronto la alcanzará y verá claramente, actuando en usted, la fuerza milagrosa del Señor, que siempre la ha amado y siempre la ha guiado de forma misteriosa. Disculpe que no pueda quedarme más tiempo con usted, me están esperando. Hasta la vista.

La dama lloraba.

–¡Lise, Lise, bendiga a Lise! ¡Bendígala! —estalló de pronto.

–Pero si a ella no vale la pena quererla. He visto cómo se ha pasado todo el tiempo jugueteando —dijo en tono de broma el stárets—. ¿Por qué ha estado burlándose de Alekséi?

Lise, en efecto, había estado todo el rato ocupada en esa travesura. Ya se había dado cuenta, en la visita anterior, de que Aliosha se turbaba en su presencia y procuraba no mirarla, y eso la divertía de lo lindo. Ella lo observaba fijamente, pendiente de captar su mirada. Incapaz de resistir aquellos ojos obstinadamente clavados en él, Aliosha, de tanto en tanto, sin querer, movido por una fuerza insuperable, la miraba de pronto, y la muchacha de inmediato le sonreía a la cara, con una sonrisa triunfal. Aliosha se sentía entonces aún más turbado y molesto. Finalmente, acabó por darle la espalda y se ocultó detrás del stárets. Pasados algunos minutos, arrastrado por la misma fuerza insuperable, se volvió de nuevo para comprobar si ella seguía pendiente de él, y vio que Lise, con más de medio cuerpo asomando por fuera del sillón, lo estaba mirando de reojo, esperando ansiosa que él la mirara a su vez: al sorprender su mirada, la muchacha se echó a reír con tantas ganas que ni el propio stárets fue ya capaz de contenerse:

–¿Por qué le hace avergonzarse de ese modo, descarada?

Inesperadamente, Lise se ruborizó, los ojillos le centellearon, puso una cara muy seria y, con calor e indignación, en tono quejumbroso, se lanzó a hablar deprisa, nerviosa:

–Y él ¿por qué lo ha olvidado todo? Cuando era pequeña, me cogía en brazos, jugábamos juntos. Venía a enseñarme a leer, ¿lo sabía usted? Hace dos años, al despedirse, me dijo que nunca me olvidaría, que éramos amigos para siempre, ¡para siempre, para siempre! Pero ahora resulta que me tiene miedo, ni que fuera a comérmelo. ¿Por qué no quiere acercarse, por qué no habla conmigo? ¿Por qué no quiere venir a vernos? No será porque usted se lo impida: sabemos que va a todas partes. No estaría bien que yo le avisara, tendría que habérsele ocurrido a él primero, si es que no se ha olvidado ya de mí. Pues no, ¡ahora intenta salvarse! Y ¿cómo es que le han vestido con un hábito tan largo? Como salga corriendo, se va a tropezar…

Y de pronto, sin poderse dominar, se cubrió la cara con una mano y se echó a reír de una forma terrible, incontenible, con aquella risa suya larga, nerviosa, convulsa y callada. El stárets, que la había estado escuchando con una sonrisa, la bendijo cariñosamente; ella, a su vez, empezó a besarle la mano; de pronto, se la acercó a los ojos y se puso a llorar:

–No se enfade conmigo, soy una boba, no valgo nada… Y puede que Aliosha tenga razón al no querer visitar a alguien tan ridículo.

–Le mandaré que vaya a verla sin falta —concluyó el stárets.

V. ¡Así sea! ¡Así sea!

La ausencia del stárets de la celda había durado unos veinticinco minutos. Pasaban ya de las doce y media, y Dmitri Fiódorovich, por cuya iniciativa se hallaban todos reunidos, seguía sin venir. Pero era casi como si se hubieran olvidado de él: cuando el stárets entró de nuevo en la celda, se encontró con una animadísima conversación entre sus huéspedes. En la conversación participaban sobre todo Iván Fiódorovich y los dos hieromonjes. También Miúsov intervenía en ella, y al parecer con gran entusiasmo, pero tampoco en esta ocasión le acompañaba el éxito; claramente, se había quedado en un segundo plano y los demás apenas le replicaban, así que esa nueva circunstancia solo contribuyó a agravar la irritación que iba creciendo en él. Lo cierto era que ya había tenido un roce previo con Iván Fiódorovich a propósito de sus respectivos conocimientos, y era incapaz de soportar con sangre fría el desdén de su interlocutor: «Al menos hasta ahora —se decía—, he estado a la altura de todo lo más avanzado en Europa, pero esta nueva generación nos ignora abiertamente». Fiódor Pávlovich, que había dado su palabra de quedarse callado, sin moverse de su asiento, aguantó un rato, de hecho, sin abrir la boca, mientras se dedicaba a observar con una sonrisa socarrona a su vecino Piotr Aleksándrovich y se alegraba sin disimulo viéndolo irritado. Hacía ya tiempo que tenía intención de desquitarse de algo y no quería dejar escapar aquella ocasión. Por fin, incapaz de seguir aguantando, se inclinó sobre el hombro de su vecino y volvió a provocarlo, diciendo a media voz:

–Entonces, ¿por qué no se fue usted hace un rato, después de que saliera a relucir aquello de «besándola amorosamente», y ha accedido a quedarse en compañía de gente tan poco recomendable? Pues porque se ha sentido humillado y ofendido, y se ha quedado para lucir su inteligencia, con ánimo de revancha. Y, lo que es ahora, ya no va a irse usted sin haberse lucido antes delante de esta gente.

–¿Ya empezamos otra vez? Al contrario, pienso irme enseguida.

–¡Más tarde que nadie se irá usted, más tarde que nadie! —le lanzó otra pulla Fiódor Pávlovich, coincidiendo casi con el regreso del stárets.

La discusión cesó por un momento, pero el stárets, después de sentarse en el mismo sitio de antes, miró a todos los presentes, como invitándolos amigablemente a continuar. Aliosha, que conocía casi todas las expresiones de aquel rostro, vio con claridad que estaba terriblemente fatigado y hacía un esfuerzo por sobreponerse. En la última etapa de su enfermedad, a veces se desvanecía, exánime. Casi la misma palidez que solía preceder a los desmayos era la que en ese momento se le estaba extendiendo por la cara; tenía los labios blancos. Pero, evidentemente, no quería dar por concluida la reunión; además, parecía tener alguna razón para actuar así; pero ¿cuál? Aliosha estaba muy pendiente de él.

–Estábamos comentando un artículo de lo más interesante de este señor —dijo el hieromonje Iósif, el bibliotecario, dirigiéndose al stárets y señalando a Iván Fiódorovich—. Presenta muchas novedades, la idea principal da la sensación de ser un arma de dos filos. Este artículo periodístico trata de la cuestión de los tribunales eclesiásticos y el alcance de sus competencias, y ha sido publicado en respuesta a un clérigo que ha escrito un libro entero sobre la materia…

–Por desgracia, no he leído su artículo, pero he oído hablar de él —respondió el stárets, mirando atenta y detenidamente a Iván Fiódorovich.

–Sostiene en él un punto de vista interesantísimo —prosiguió el padre bibliotecario—; por lo visto, en la cuestión de los tribunales eclesiásticos, rechaza rotundamente la separación entre la Iglesia y el Estado.

–Interesante, ¿en qué sentido? —preguntó el stárets a Iván Fiódorovich.

Éste le respondió finalmente, pero no en un tono entre ceremonioso y altivo, como se había temido Aliosha la misma víspera, sino modesta y discretamente, con evidente gentileza y, en apariencia, sin segundas intenciones.

–Yo parto de la idea de que esta confusión de elementos, es decir, de las esencias de la Iglesia y del Estado, será, sin duda, constante, a pesar de ser inviable y de que nunca será factible conducirla hasta un estado no ya normal, sino ni tan siquiera mínimamente aceptable, puesto que la mentira yace en la base misma de este conflicto. En mi opinión, el compromiso entre el Estado y la Iglesia en cuestiones tales como, por ejemplo, la de los tribunales, hablando en puridad, resulta imposible. El clérigo con el que he polemizado acerca de este asunto sostiene que la Iglesia ocupa un lugar preciso y definido en el Estado. Yo me he opuesto, diciendo que la Iglesia, por el contrario, debería incluir en su seno al Estado entero, en lugar de ocupar apenas un rincón en él, y que si esto no es posible actualmente, por la razón que sea, no cabe duda de que, en esencia, tendría que ser considerado el objetivo directo y principal de todo el futuro desarrollo de una sociedad cristiana.

–¡Muy justo! —aprobó, con rotundidad y emoción, el padre Paísi, hieromonje taciturno y erudito.

–¡Ultramontanismo puro! —chilló Miúsov, cruzando las piernas en un gesto de impaciencia.

–¡Eh, pero si aquí ni siquiera tenemos montañas! —exclamó el padre Iósif y, dirigiéndose al stárets, continuó—: Este señor responde, entre otras cosas, a los siguientes principios «básicos y esenciales» de su oponente, un clérigo, no lo olvide. Primero, que «ninguna asociación puede ni debe adueñarse del poder, disponer de los derechos civiles y políticos de sus miembros». Segundo: que «el poder en materia penal y civil no debe pertenecer a la Iglesia, por ser incompatible con su naturaleza, como institución divina y como asociación de personas con fines religiosos»; y, por último, en tercer lugar: que «el reino de la Iglesia no es de este mundo»…

–¡Un juego de palabras totalmente indigno de un eclesiástico! —volvió a interrumpir el padre Paísi, incapaz de contenerse—. Yo he leído el libro que usted refuta —se dirigió a Iván Fiódorovich—, y me han sorprendido esas palabras, dichas por un clérigo, de que «el reino de la Iglesia no es de este mundo». Si no es de este mundo, en buena lógica, no podría existir en la tierra. En el santo Evangelio, las palabras «no es de este mundo» no se emplean en ese sentido. No se puede jugar con estas cosas. Nuestro Señor Jesucristo vino precisamente a fundar la Iglesia en la tierra. El reino de los cielos, por supuesto, no es de este mundo, sino que está en el cielo, pero en él no se entra si no es por mediación de la Iglesia, fundada y establecida en la tierra. Por eso, los juegos de palabras mundanos a ese respecto son inaceptables e indignos. Pues la Iglesia es verdaderamente un reino, está destinada a reinar y a su término habrá de aparecer, indudablemente, como un reino en toda la tierra… Ésa es la promesa que se nos ha hecho…

De pronto se calló, como conteniéndose. Iván Fiódorovich, que le había escuchado con respeto y atención, se dirigió al stárets con muchísima calma, aunque con el mismo empeño e inocencia de antes:

–Mi artículo parte de la idea de que en la antigüedad, en los tres primeros siglos de la era cristiana, el cristianismo se presentaba únicamente como Iglesia y no era otra cosa que Iglesia. Pero, cuando el Estado pagano de Roma pretendió hacerse cristiano, ocurrió lo inevitable, y fue que, al hacerse cristiano, se limitó a incluir a la Iglesia en su seno, pero siguió siendo un Estado pagano, como lo era antes, en una extraordinaria cantidad de aspectos. En esencia, era lo que tenía que ocurrir, no cabe duda. Pero en Roma, entendida como Estado, quedaron demasiadas cosas de la civilización y la sabiduría paganas, como, por ejemplo, los propios fines y fundamentos del Estado. Por lo que respecta a la Iglesia de Cristo, al integrarse en el Estado, no podía renunciar, indudablemente, a ninguna de sus bases, no podía prescindir de la piedra en la que se sustentaba, y no podía perseguir más fines que los que le eran propios, pues habían sido firmemente establecidos y señalados por el Señor mismo; entre esos fines estaba el de transformar en Iglesia todo el mundo y, por lo tanto, todo el antiguo Estado pagano. De este modo (esto es, con vistas al futuro) no era la Iglesia la que tenía que encontrar su sitio en el Estado, como «cualquier asociación pública» o como una «asociación de personas con fines religiosos» (así se refiere a la Iglesia el autor al que pretendo refutar), sino que, por el contrario, todo Estado terrenal debería en lo sucesivo transformarse en Iglesia y no ser sino Iglesia, renunciando a cualquier fin incompatible con los fines de la Iglesia. Todo esto, no obstante, en nada lo rebaja, no menoscaba su honor ni su gloria como gran Estado, ni la gloria de sus gobernantes: se limita a apartarlo del camino falso, todavía pagano y erróneo, para llevarlo por el camino justo y verdadero, el único que conduce a los fines perdurables. Por eso, el autor del libro sobre los Fundamentos de los tribunales eclesiásticos habría acertado en sus juicios si, al investigar y plantear tales fundamentos, los hubiese considerado un compromiso temporal, ineludible aún en estos tiempos nuestros, pecaminosos e imperfectos, pero nada más que eso. Sin embargo, desde el momento en que el autor se atreve a proclamar que los fundamentos que ha propuesto, parte de los cuales acaba de enumerar el padre Iósif, son principios inmutables, naturales y eternos, se opone directamente a la Iglesia y a su misión sagrada, eterna e inmutable. He aquí todo mi artículo, o un compendio de él.

–En resumidas cuentas —intervino de nuevo el padre Paísi, subrayando cada una de sus palabras—, según ciertas teorías ampliamente dilucidadas en nuestro siglo XIX, la Iglesia, para regenerarse, debería transformarse en Estado, como pasando de una especie inferior a otra superior, para desaparecer más tarde en él, dejando paso a la ciencia, al espíritu de nuestro tiempo y a la civilización. Si no quiere eso y se resiste a aceptarlo, entonces se le asignará en el seno del Estado un pequeño rincón, donde será, además, sometida a vigilancia: eso es lo que ocurre hoy en todos los países europeos contemporáneos. En cambio, según la concepción y la expectativa rusa, no es la Iglesia la que ha de regenerarse transformándose en Estado, ascendiendo de un tipo inferior a otro superior, sino que, por el contrario, es el Estado el que debe alcanzar la dignidad de ser únicamente Iglesia, y solo Iglesia. ¡Y así ha de ser, así ha de ser!

–Bueno, reconozco que ahora me dejan más tranquilo —dijo Miúsov con una sonrisa, cruzando nuevamente las piernas—. Si lo he entendido, se trataría de la realización de un ideal infinitamente lejano, con ocasión de la segunda venida. Como ustedes quieran. Un precioso sueño utópico acerca de la desaparición de las guerras, de los diplomáticos, de los bancos y demás. Algo que se parece incluso al socialismo. Y yo que había pensado que hablaban en serio y que la Iglesia, ahora mismo, se ocuparía de juzgar a los criminales y los condenaría a azotes y trabajos forzados, e incluso, tal vez, a la pena de muerte.

–Aun en el supuesto de que ahora solo hubiera tribunales eclesiásticos, la Iglesia no condenaría a nadie a trabajos forzados o a la pena de muerte. En ese caso, el crimen y la forma de entenderlo tendrían que cambiar, sin duda alguna; naturalmente, poco a poco, no de repente, no de la noche a la mañana, pero, en cualquier caso, bastante pronto… —dijo tranquilamente, sin pestañear, Iván Fiódorovich.

–¿Lo dice en serio? —Miúsov lo miró fijamente.

–Si todo fuera Iglesia, ésta excomulgaría al criminal y al rebelde, pero no se cortarían cabezas —prosiguió Iván Fiódorovich—. Yo le pregunto: ¿adónde iría el excomulgado? Pues se vería obligado a apartarse no solo de los hombres, como ocurre ahora, sino también de Cristo. Porque con su crimen no solo se habría levantado contra la gente, sino igualmente contra la Iglesia de Cristo. En sentido estricto, eso ya ocurre ahora, desde luego, aunque no se proclama, y la conciencia del criminal de hoy con extraordinaria frecuencia llega a un trato consigo misma: «He robado —dice—, pero no voy contra la Iglesia, no soy enemigo de Cristo»; eso es lo que se dice a cada paso el criminal de nuestros días, mientras que en el futuro, cuando la Iglesia llegue a ocupar el lugar del Estado, le será difícil decirse las mismas cosas, a menos que niegue a la totalidad de la Iglesia en el mundo entero: «Todos —se diría— están equivocados, todos van por el mal camino, todos forman parte de una Iglesia falsa; tan solo yo, asesino y ladrón, encarno la justa Iglesia cristiana». Pero decirse eso es muy difícil, presupone condiciones excepcionales, circunstancias que no son habituales. Por otra parte, fíjese usted ahora en el punto de vista de la propia Iglesia acerca del crimen: ¿no debería acaso apartarse del punto de vista dominante en la actualidad, que es prácticamente pagano, y, abandonando la idea de la amputación mecánica del miembro contaminado, como se hace hoy en día para preservar la sociedad, transformarla, de un modo completo y veraz, en una idea centrada en el renacimiento del hombre, en su resurrección y salvación?

–A ver, ¿qué es todo esto? Otra vez me he perdido —le interrumpió Miúsov—; otra vez se trata de un sueño. Algo amorfo, que no hay quien entienda. Está hablando usted de excomunión. ¿A qué excomunión se refiere? Sospecho que usted, Iván Fiódorovich, sencillamente se está divirtiendo.

–Lo cierto es que, en el fondo, es lo mismo que ocurre ahora —intervino de pronto el stárets, y todos, simultáneamente, se volvieron hacia él—; pues, si no existiese la Iglesia de Cristo, no habría para el criminal ninguna clase de freno ante el delito ni de castigo una vez cometido; me refiero a un verdadero castigo, no a uno mecánico, como acaba de decir este señor, un castigo que solo sirve para exasperar el corazón en la mayoría de los casos, sino al verdadero castigo, el único efectivo, el único que aterroriza, el único que sosiega, y que consiste en el descubrimiento de la propia conciencia.

–Y ¿cómo es eso, si se puede saber? —preguntó Miúsov con acuciante curiosidad.

–Verá usted —empezó el stárets—. Todas esas condenas a trabajos forzados, precedidas de castigos corporales, no corrigen a nadie y, lo que es más importante, no asustan a ningún criminal, y el número de crímenes no solo no decrece, sino que, a medida que pasa el tiempo, va en aumento. Estará usted de acuerdo con eso. Y resulta que la sociedad, de este modo, se encuentra totalmente desprotegida, pues, aunque el miembro nocivo sea amputado mecánicamente, desterrado y apartado de nuestra vista, su puesto lo ocupará enseguida un nuevo criminal, si no son dos. Si hay algo que protege a la sociedad, incluso en nuestro tiempo, y que puede corregir al propio criminal, haciendo de él otro hombre, es únicamente la ley de Cristo, que se manifiesta en el conocimiento de la propia conciencia. Solo después de haber asumido su culpa como hijo de la sociedad de Cristo, es decir, de la Iglesia, el delincuente adquiere asimismo conciencia de su culpa ante la sociedad misma, es decir, ante la Iglesia. Así pues, solo ante la Iglesia es capaz el criminal contemporáneo de asumir su culpa, no así ante el Estado. Por eso, si los tribunales pertenecieran a la sociedad, entendida como Iglesia, ésta sabría entonces a quién levantar la excomunión y acoger de nuevo en su seno. En cambio, ahora, la Iglesia, como no dispone de ningún tribunal efectivo y no tiene otro recurso que la condena moral, renuncia al castigo positivo del delincuente. No lo excomulga, sino que se limita a insistir en sus exhortaciones paternales. Es más, se esfuerza incluso por mantener con el delincuente la plena comunión eclesiástica: lo admite a los oficios divinos y a los santos sacramentos, le da limosna y lo trata como a un cautivo, más que como a un delincuente. Y ¿qué sería del criminal, ¡oh, Señor!, si la sociedad cristiana, esto es, la Iglesia, lo rechazara del mismo modo que lo rechaza y lo segrega la ley civil? ¿Qué sucedería si la Iglesia lo castigara con la excomunión de forma inmediata, cada vez que la ley estatal le impusiera un castigo? No podría haber desesperación mayor, al menos para el criminal ruso, pues los criminales rusos aún conservan la fe. En tal caso, quién sabe, podría suceder algo terrible, tal vez se perdería la fe en el desesperado corazón del criminal, y entonces ¿qué? Pero la Iglesia, como madre dulce y amorosa, renuncia al castigo efectivo, puesto que incluso sin su pena tiene ya bastante castigo el condenado por la justicia estatal, y es necesario que alguien se apiade de él. Pero la razón principal de su renuncia estriba en que la justicia eclesiástica es la única que lleva en sí la verdad y, en consecuencia, no puede llegar a compromisos temporales, que afecten a su esencia y a su moral, con ninguna otra clase de justicia. En este terreno es imposible entrar en transacciones. El criminal extranjero, según dicen, rara vez se arrepiente, pues incluso las más modernas teorías avalan la idea de que su crimen no es tal crimen, sino únicamente un acto de rebeldía contra una fuerza que lo oprime injustamente. La sociedad lo amputa de sí valiéndose de una violencia que triunfa sobre él de un modo enteramente mecánico, y esta expulsión va acompañada de odio (así al menos lo cuentan en Europa, refiriéndose a ellos mismos), de odio y de una indiferencia y un olvido totales con respecto al destino ulterior de ese hermano suyo. De ese modo, todo sucede sin la menor compasión de la Iglesia, pues en muchos casos allí ya ni siquiera existe la Iglesia, y solo quedan eclesiásticos y templos suntuosos, pero las iglesias, como tales, hace ya tiempo que se esfuerzan por ascender desde la especie inferior, como Iglesia, a la especie superior, como Estado, para desaparecer completamente en éste. Así parece ocurrir, al menos, en tierras luteranas. En cuanto a Roma, hace ya mil años que se proclamó el Estado en lugar de la Iglesia.50 Por eso, el propio criminal ya no se reconoce como miembro de la Iglesia y, al ser excomulgado, cae en la desesperación. Y, si regresa a la sociedad, lo hace a menudo con tal odio que la propia sociedad parece apartarlo por sí misma de su seno. Juzguen ustedes cómo puede terminar eso. En muchos casos, se diría que ocurre lo mismo entre nosotros; pero resulta que, además de los tribunales competentes, en nuestro país está también la Iglesia, la cual nunca rompe la comunicación con el criminal, en quien sigue viendo a un hijo querido y, pese a todo, amado; pero, sobre todo, existe asimismo y pervive, aunque solo sea idealmente, el tribunal de la Iglesia, que, si bien está inactivo en la actualidad, vive para el futuro, al menos como un sueño, y es reconocido sin duda por el propio criminal, gracias al instinto de su alma. También es correcto lo que se acaba de decir aquí, en el sentido de que, si actuara efectivamente el tribunal de la Iglesia, y lo hiciera con toda su fuerza, es decir, si toda la sociedad se convirtiera en Iglesia y solo en Iglesia, entonces no solo el tribunal eclesiástico influiría en la corrección del criminal como nunca lo hace en la actualidad, sino que, muy probablemente, los propios crímenes disminuirían en una proporción asombrosa. Además, sin duda alguna, en muchos casos la Iglesia sería capaz de comprender al futuro criminal y de comprender el crimen futuro de un modo completamente distinto al actual, y sabría recuperar al excomulgado, advertir al malintencionado y regenerar al caído. Es verdad —el stárets sonrió— que en la actualidad la sociedad cristiana no está aún preparada y se sostiene exclusivamente sobre siete hombres justos; pero, dado que el número de éstos no mengua, se mantiene inquebrantable, en espera de su plena conversión de sociedad, entendida como asociación aún casi pagana, en Iglesia única, universal y soberana. ¡Que así sea, que así sea, al menos al final de los siglos, pues está destinado a cumplirse! Y no hay por qué afligirse pensando en tiempos y plazos, pues el secreto de los tiempos y los plazos se encuentra en la sabiduría de Dios, en su previsión y en su amor. Y aquello que según el cálculo del hombre puede hallarse todavía muy alejado, según la predestinación divina puede estar en vísperas de su aparición, en puertas. Así sea, así sea.

–¡Así sea, así sea! —asintió el padre Paísi, en tono reverente y severo.

–¡Es extraño, extraño en grado sumo! —comentó Miúsov, no tanto con calor como con cierta indignación disimulada.

–¿Qué es lo que le parece a usted tan extraño? —inquirió con tacto el padre Iósif.

–Y todo esto ¿a qué viene, realmente? —exclamó Miúsov, estallando de pronto—. ¡Se elimina el Estado en la tierra y la Iglesia se eleva al rango de Estado! ¡Eso ya no es que sea ultramontanismo, es archiultramontanismo! ¡Ni al papa Gregorio VII51 se le habría pasado por la cabeza una cosa semejante!

–¡Lo interpreta usted justo al revés! —dijo severamente el padre Paísi—. No se trata de que la Iglesia se convierta en Estado, entiéndalo bien. Eso es Roma y su sueño. ¡Es la tercera tentación del diablo! Al contrario, es el Estado el que se transforma en Iglesia, el que se eleva hasta ser Iglesia y se convierte en Iglesia en toda la tierra, algo que se opone por completo al ultramontanismo, a Roma y a la interpretación que usted ha hecho; es nada menos que la gran misión a la que está destinada la ortodoxia en la tierra. En Oriente empezará a brillar esa estrella.

Miúsov guardaba un silencio solemne. Toda su figura reflejaba un sentimiento de dignidad desacostumbrada. Una sonrisa de altiva condescendencia se dibujó en sus labios. Aliosha observaba cuanto ocurría con el corazón desbocado. Toda aquella conversación lo había conmovido profundamente. Miró por casualidad a Rakitin: seguía inmóvil al lado de la puerta, escuchando y mirando atentamente, si bien había bajado los ojos. Pero, por el vivo rubor de sus mejillas, Aliosha adivinó que Rakitin estaba, aparentemente, no menos emocionado que él; sabía por qué estaba emocionado.

–Permítanme que les cuente una pequeña anécdota, señores —dijo de pronto Miúsov, imponente, con evidente prestancia—. En París, hace ya algunos años, poco después del golpe de Estado de diciembre,52 durante una visita a un conocido, sujeto de gran importancia y miembro entonces del gobierno, tuve ocasión de encontrar en su casa a un personaje de lo más curioso. Aquel individuo era una especie de detective o, más bien, algo así como el jefe de todo un equipo de investigadores políticos; en su género, tenía un cargo bastante influyente. Aprovechando la ocasión y movido por una extraordinaria curiosidad, entablé conversación con él; como quiera que no había acudido allí en calidad de amigo, sino como funcionario subalterno encargado de presentar cierto informe, al ver, por su parte, el trato que me deparaba su superior, me honró con una relativa franqueza; como es natural, solo hasta cierto punto: esto es, más que franco se mostró cortés, como saben mostrarse corteses los franceses, tanto más viendo en mí a un extranjero. Pero yo le entendí perfectamente. Se habló de los socialistas revolucionarios, a quienes entonces, dicho sea de paso, se perseguía. Dejando a un lado la esencia de la conversación, recordaré únicamente una curiosísima observación que se le escapó de repente a aquel señor: «En realidad, nosotros —dijo— a todos estos socialistas, anarquistas, ateos y revolucionarios no les tenemos mucho miedo; los vigilamos y estamos al corriente de sus pasos. Pero hay entre ellos, aunque son pocos, algunos individuos peculiares: se trata de aquellos que creen en Dios, que son cristianos y, al mismo tiempo, son socialistas. A éstos los tememos más que al resto, ¡es una gente temible! Los socialistas cristianos son más temibles que los socialistas ateos». Aquellas palabras ya entonces me sorprendieron, pero ahora, aquí entre ustedes, señores, me han venido de pronto a la memoria…

–Entonces, ¿nos las aplica a nosotros y ve en nosotros a unos socialistas? —preguntó directamente, sin más preámbulos, el padre Paísi. Pero, antes de que Piotr Aleksándrovich hubiera tenido ocasión de responder, se abrió la puerta y entró Dmitri Fiódorovich, que llegaba con mucho retraso. Lo cierto es que ya ni lo esperaban, y su repentina aparición produjo, en un primer momento, hasta cierta sorpresa.

VI. ¿Para qué vivirá un hombre como éste?

Dmitri Fiódorovich era un joven de veintiocho años, de estatura mediana y rostro agradable, aunque aparentaba bastantes más años de los que tenía. Era musculoso, se adivinaba en él una notable fuerza física; no obstante, su expresión era un tanto enfermiza. Tenía el rostro demacrado, con las mejillas hundidas, de un tono amarillento tornasolado que le daba un aspecto malsano. Sus ojos oscuros, bastante grandes, miraban de una forma desorbitada, aunque aparentemente con firme obstinación, pero también con cierta vaguedad. Incluso cuando se ponía nervioso y hablaba con irritación, su mirada no acababa de someterse a su estado de ánimo y expresaba una cosa distinta, que a veces no se correspondía en absoluto con la situación real. «Es difícil saber en qué estará pensando», comentaban a veces quienes hablaban con él. Otros, viendo en sus ojos una expresión pensativa y sombría, en ocasiones se quedaban sorprendidos con su risa repentina, testimonio de los pensamientos alegres y joviales que le venían a la cabeza en el mismo momento en que miraba de manera tan lúgubre. En todo caso, se entendía que en aquellos momentos su rostro presentase aquel aire enfermizo: todos conocían de primera mano o habían tenido noticia de la vida desordenada y «jaranera» a la que se había dado en los últimos tiempos, del mismo modo que todos estaban al corriente de la extraordinaria exasperación a la que había llegado en sus disputas con su padre por cuestiones de dinero. Por la ciudad corrían ya algunas anécdotas al respecto. Ciertamente, era de naturaleza irascible, «de genio abrupto y desigual», como había dicho de él, con mucho tino, nuestro juez de paz, Semión Ivánovich Kachálnikov, en una reunión.

Dmitri Fiódorovich se presentó impecablemente vestido, como un dandi, con la levita abotonada, guantes negros y el sombrero de copa en la mano. Como oficial recientemente pasado a la reserva, lucía bigote y aún se afeitaba la barba. Los cabellos, de color castaño oscuro, los llevaba cortos y peinados hacia delante en las sienes. Caminaba con paso decidido, a grandes zancadas, al modo militar. Se detuvo un momento en el umbral y, tras recorrer con la mirada a todos los presentes, se dirigió al stárets, deduciendo que era él el anfitrión. Se inclinó profundamente ante él y le pidió su bendición. El stárets, incorporándose ligeramente, lo bendijo; Dmitri Fiódorovich le besó respetuosamente la mano y, con una agitación insólita, casi irritado, dijo:

–Tenga la generosidad de perdonarme por haberle hecho esperar tanto. Pero el criado Smerdiakov, que me ha mandado mi padre, a mis reiteradas preguntas acerca de la hora, me ha respondido en dos ocasiones, en un tono inequívoco, que se había fijado para la una. Y justo ahora me entero, de pronto…

–No se preocupe —le interrumpió el stárets—, no tiene importancia, no es nada grave…

–Le quedo enormemente agradecido, no podía esperar menos de su bondad. —Después de dar esta concisa respuesta, Dmitri Fiódorovich se inclinó de nuevo, se volvió a continuación hacia su bátiushka e hizo ante él otra reverencia igualmente respetuosa y profunda. Era evidente que se trataba de una reverencia premeditada, y premeditada con sinceridad, considerando que era su obligación manifestar de ese modo su respeto y sus buenas intenciones. Aunque lo había cogido de improviso, Fiódor Pávlovich no tardó en responder a su manera: para dar réplica a la reverencia de Dmitri Fiódorovich, se levantó impetuosamente de su butaca y le contestó con otra inclinación no menos profunda. Su rostro adoptó de pronto una expresión grave e imponente, la cual le daba, a pesar de todo, un aspecto decididamente perverso. Acto seguido, sin decir palabra, tras saludar con una inclinación general al resto de la concurrencia, Dmitri Fiódorovich se acercó a la ventana con sus enérgicas zancadas, se sentó en el único asiento que quedaba libre, junto al padre Paísi, y, echando el cuerpo hacia delante, se dispuso a escuchar la continuación de la conversación que había interrumpido con su aparición.

La entrada de Dmitri Fiódorovich no había ocupado más de un par de minutos, y la conversación tenía que reanudarse. Pero, en este caso, Piotr Aleksándrovich no consideró necesario dar respuesta a la apremiante y casi airada pregunta del padre Paísi.

–Permítame que me reserve mi opinión sobre este tema —dijo con cierta negligencia mundana—. Se trata, por lo demás, de un asunto complejo. Fíjese en cómo se ríe de nosotros Iván Fiódorovich: probablemente él también tenga algo interesante que contar al respecto. Pregúntele a él.

–No es nada de particular, salvo una pequeña observación —replicó de inmediato Iván Fiódorovich—. Se trata de que el liberalismo europeo, en general, y hasta nuestro diletantismo liberal ruso, desde hace tiempo confunden a menudo los objetivos finales del socialismo con los del cristianismo. Esa disparatada conclusión es, desde luego, un rasgo muy característico. Por lo demás, ocurre que no son únicamente los liberales y los diletantes quienes confunden el socialismo y el cristianismo, sino también, en muchos casos, los gendarmes; los gendarmes extranjeros, se entiende. Su anécdota parisina es bien significativa, Piotr Aleksándrovich.

–Insisto en que se me permita, en general, obviar ese tema —reiteró su ruego Piotr Aleksándrovich—; a cambio les contaré, señores, otra anécdota sobre el propio Iván Fiódorovich, tan interesante como significativa. Hace apenas cinco días, en una tertulia local frecuentada principalmente por señoras, declaró solemnemente, durante una discusión, que no existe en toda la tierra, en modo alguno, nada que obligue a la gente a amar a sus semejantes; que no hay ley natural que lleve al hombre a amar al género humano; y que, si hay amor en la tierra y lo ha habido en el pasado, eso no obedece a ninguna ley natural, sino únicamente a que la gente creía en la inmortalidad. Iván Fiódorovich añadió, entre paréntesis, que a eso se reduce toda la ley natural, de modo que, si privamos a la humanidad de la fe en su propia inmortalidad, no solo se secará en ella el amor de forma inmediata, sino también, de paso, toda fuerza viva capaz de prolongar la vida en la tierra. Es más, en tal caso ya nada sería inmoral, todo estaría permitido, hasta la antropofagia. Pero eso no es todo: acabó afirmando que, para cada individuo, como, por ejemplo, para cualquiera de nosotros ahora, que no creyese en Dios ni en su propia inmortalidad, la ley moral de la naturaleza habría de cambiarse de inmediato en un sentido diametralmente opuesto al de la ley anterior, al de la ley religiosa, y que el egoísmo, llegando incluso al crimen, no solo debería ser permitido, sino que habría que aceptarlo como la salida inevitable, la más razonable y poco menos que la más noble para cualquiera que estuviera en esa situación. A partir de esta paradoja pueden juzgar, señores, todo aquello que nuestro querido Iván Fiódorovich, individuo excéntrico y amante de las paradojas, ha tenido a bien proclamar y acaso se proponga seguir proclamando.

–Permítame —exclamó de pronto, inesperadamente, Dmitri Fiódorovich—, no sé si lo he entendido bien: «El crimen no solo debería ser permitido, sino que habría que aceptarlo como la salida inevitable y la más razonable para la situación de cualquier ateo». ¿No es así?

–Exactamente —dijo el padre Paísi.

–Lo tendré presente.

Dicho lo cual, Dmitri Fiódorovich se calló tan repentinamente como había terciado en la conversación. Todos lo miraron con curiosidad.

–¿De verdad está usted tan seguro de las consecuencias de que la gente pierda la fe en la inmortalidad del alma? —preguntó el stárets a Iván Fiódorovich.

–Sí, es lo que he afirmado. No hay virtud si no hay inmortalidad.

–Dichoso usted si así lo cree, ¡si no es muy desdichado ya!

–¿Por qué desdichado? —Iván Fiódorovich sonrió.

–Porque, con toda probabilidad, no cree usted ni en la inmortalidad de su alma ni, tampoco, en lo que ha escrito acerca de la Iglesia y de la cuestión eclesiástica.

–¡Quizá esté usted en lo cierto!… Pero, en todo caso, no lo he dicho en broma… —reconoció Iván Fiódorovich de una forma extraña, ruborizándose de pronto.

–No lo ha dicho en broma, eso es verdad. Esa idea aún no ha quedado resuelta en su fuero interno y le atormenta el corazón. Pero incluso al mártir le gusta a veces recrearse en su desesperación, como si disfrutara sintiéndose desesperado. Por el momento, también usted se recrea en su desesperación: con artículos de periódico, con discusiones mundanas, no creyendo en su propia dialéctica y riéndose de sí mismo, con dolor de su corazón… Usted no ha resuelto aún esa cuestión, de ahí su profunda amargura, pues requiere ineludiblemente una solución…

–Pero ¿tendría solución en mi caso? ¿Una solución positiva? —siguió preguntando extrañamente Iván Fiódorovich, sin dejar de mirar al stárets con una sonrisa inexplicable.

–Si no admite una solución positiva, tampoco tendrá, en ningún caso, una solución negativa: usted es consciente de esa propiedad de su corazón. De ahí su tormento. Pero agradezca al Creador que le haya dado un corazón elevado, capaz de atormentarse con semejante tribulación, de «poner la mira en las cosas de arriba y buscar las cosas de arriba, pues nuestra ciudadanía está en los cielos».53 Quiera Dios que su corazón encuentre la respuesta estando usted aún en la tierra, y ¡que el Señor bendiga sus caminos!

El stárets levantó la mano, y ya se disponía, desde su sitio, a persignar a Iván Fiódorovich. Pero éste se levantó de pronto, se acercó a él, recibió su bendición y, después de besarle la mano, volvió a su sitio en silencio. Su aspecto era firme y serio. Esta acción, así como toda la conversación anterior con el stárets, que nadie se habría esperado de Iván Fiódorovich, sorprendió a todos los presentes por lo que tenía de enigmática e incluso de solemne, de modo que todos se quedaron callados por un momento, y en la cara de Aliosha se reflejó su pavor. Pero Miúsov, de buenas a primeras, se encogió de hombros, y en ese mismo instante Fiódor Pávlovich se puso de pie de un salto.

–¡Santísimo y divino stárets! —exclamó, señalando a Iván Fiódorovich—. ¡Éste es mi hijo, carne de mi carne, amadísima carne mía! Es mi reverentísimo, por así decir, Karl Moor, mientras que el hijo que acaba de llegar, Dmitri Fiódorovich, contra el que busco en usted justicia, es el irreverentísimo Franz Moor, ambos de Los bandidos, de Schiller; en cuanto a mí, en este caso, yo debo ser ya el Regierender Graf von Moor.54 ¡Júzguenos y sálvenos! No solo necesitamos sus oraciones, sino también sus profecías.

–Déjese de hablar como un yuródivy y no empiece a ofender a los suyos —contestó el stárets con voz débil, exhausta. Se iba fatigando visiblemente a medida que pasaba el tiempo y saltaba a la vista que estaba quedándose sin fuerzas.

–¡Es la indigna comedia que ya presentía de camino hacia aquí! —exclamó indignado Dmitri Fiódorovich, levantándose también de su asiento—. Disculpe, reverendo padre —se dirigió al stárets—, soy un hombre sin instrucción y ni siquiera sé qué tratamiento debo darle, pero le han engañado, y ha sido usted demasiado bueno al permitir que nos reuniéramos aquí. Lo único que busca mi padre es un escándalo, él sabrá por qué. Él siempre sabe lo que se trae entre manos. Aunque me parece que ya sé lo que pretende…

–¡Todos me acusan, todos! —gritó a su vez Fiódor Pávlovich—. Hasta Piotr Aleksándrovich me acusa. ¡Me ha acusado, Piotr Aleksándrovich, me ha acusado! —dijo, volviéndose de pronto hacia Miúsov, aunque éste no tenía ninguna intención de interrumpirle—. Me acusan de haberme guardado en una bota el dinero de mis hijos y de habérmelo quedado todo, hasta el último rublo; pero, permítame, ¿para qué están los tribunales? ¡Ya le calcularán allí, Dmitri Fiódorovich, con sus propios recibos, cartas y contratos, cuánto tenía, cuánto ha gastado y cuánto le queda! ¿Por qué se abstiene Piotr Aleksándrovich de emitir un juicio? Dmitri Fiódorovich no es un extraño para él. Resulta que todos están contra mí, pero es Dmitri Fiódorovich, en resumidas cuentas, el que me debe dinero a mí, y no una cantidad cualquiera, sino varios miles de rublos, y tengo documentos que así lo prueban. ¡Toda la ciudad habla sin recato de sus juergas! Y donde estuvo antes sirviendo en el ejército pagaba hasta mil y dos mil rublos por seducir a honestas doncellas; eso, Dmitri Fiódorovich, lo sé con todo lujo de detalles, hasta los más secretos, y lo demostraré… Santísimo padre, créame: conquistó a la más noble de las doncellas, de una casa distinguida, con recursos, la hija de su antiguo jefe, un valiente coronel con una trayectoria intachable, que llevaba al cuello la Orden de Santa Ana coronada de espadas; comprometió a aquella muchacha pidiéndole la mano, y ahora esa joven, su novia, que se ha quedado huérfana, está en nuestra ciudad, y él, a la vista de ella, frecuenta a una seductora local. Y, aunque esta seductora ha vivido unida, por así decir, en matrimonio civil55 a un hombre respetable, tiene un carácter independiente, es una fortaleza inexpugnable para todos, igual que una esposa legítima, pues es una mujer virtuosa… ¡Sí, santos padres, es una mujer virtuosa! Pero Dmitri Fiódorovich pretende abrir esa fortaleza con una llave de oro, y por eso ahora se envalentona conmigo y quiere arrebatarme el dinero; ya lleva despilfarrados miles de rublos con esa seductora. Por eso, no hace más que pedir dinero a todas horas, y ¿a quién creen que se lo pide, por cierto? ¿Lo digo o no lo digo, Mitia?

–¡A callar! —gritó Dmitri Fiódorovich—. Espere a que yo me vaya; no se atreva, en mi presencia, a mancillar el nombre de una nobilísima doncella… El mero hecho de que se atreva usted a nombrarla ya es una vergüenza para ella. ¡No lo consiento!

Se sofocaba.

–¡Mitia! ¡Mitia! —exclamó, con los nervios a flor de piel, esforzándose por verter alguna lágrima, Fiódor Pávlovich—. Y la bendición paterna, ¿qué? Si te maldigo, ¿qué pasaría entonces?

–¡Desvergonzado y farsante! —rugió enfurecido Dmitri Fiódorovich.

–¡Se lo dice a su padre, a su padre! ¿Qué no hará con los demás? Imagínense, señores: vive en esta ciudad un hombre pobre, pero respetable, un capitán en la reserva que sufrió una desgracia y fue apartado del servicio, si bien de forma discreta, sin comparecer ante un tribunal, conservando su honor, y que además ha de cargar con una extensa familia. Pues bien, hace tres semanas, en una taberna, nuestro Dmitri Fiódorovich lo agarró de la barba, lo arrastró hasta la calle y allí mismo, delante de todo el mundo, le dio una soberana paliza, y todo porque ese hombre interviene como apoderado secreto mío en uno de mis asuntillos.

–¡Todo eso es mentira! ¡Por fuera parece verdad, pero por dentro es mentira! —Dmitri Fiódorovich temblaba enfurecido—. ¡Bátiushka! No estoy justificando mi conducta; es más, lo confieso públicamente: me porté como una bestia con aquel capitán y ahora lo lamento y me desprecio por mi cólera brutal. Pero ese capitán suyo, su apoderado, había ido a ver a esa señora a la que usted llama seductora y le había propuesto, en nombre de usted, que tomara unas letras de cambio, aceptadas por mí, que obran en su poder, y que con esas letras actuara contra mí, para hacerme encarcelar si yo seguía insistiendo en que usted me rindiera cuentas de mis propiedades. ¡Y ahora me reprocha usted que yo tenga debilidad por esa señora, cuando ha sido usted mismo quien le ha dado instrucciones para que me tienda una trampa! ¡Pero si ella lo cuenta a la cara, si a mí me lo ha contado ella misma, riéndose de usted! Si usted quiere meterme en la cárcel es porque tiene celos de mí, porque usted mismo ha empezado a cortejar a esa mujer, y eso también lo sé yo, y también ha sido ella la que se ha reído, escúcheme bien, la que se ha reído de usted mientras me lo contaba. ¡Aquí lo tienen, santos varones, aquí tienen al hombre, al padre que recrimina al hijo depravado! Perdonen mi cólera, señores testigos, pero yo ya presentía que este viejo taimado les había convocado para armar un escándalo. Yo había venido dispuesto a perdonar si me tendía la mano, ¡a perdonar y a pedir perdón! Pero, como en este mismo instante me ha ofendido no solo a mí, sino también a la más noble de las doncellas, cuyo nombre no me atrevo a pronunciar en vano por la veneración que siento por ella, me he decidido a desenmascarar, públicamente, todo su juego, ¡por mucho que se trate de mi padre!

No pudo continuar. Los ojos le brillaban, le costaba respirar. Pero todos en la celda estaban conmovidos. Todos, salvo el stárets, se levantaron nerviosos de sus asientos. Los padres hieromonjes miraban con aire severo, pero aguardaban que el stárets manifestara su voluntad. Él seguía sentado, muy pálido, aunque no por la emoción, sino por culpa de su debilidad enfermiza. Una sonrisa implorante le iluminaba los labios; muy de vez en cuando levantaba la mano, como con ánimo de aplacar a los furiosos, y, sin duda, un solo gesto suyo habría bastado para interrumpir la escena; pero parecía como si estuviera esperando algo, y miraba atentamente, como deseando comprender alguna cosa más, como si no acabara de explicarse del todo alguna cuestión. Por fin, Piotr Aleksándrovich Miúsov se sintió definitivamente humillado y abochornado.

–¡Del escándalo que acaba de ocurrir todos tenemos culpa! —dijo con vehemencia—. Pero el caso es que no me imaginaba yo una cosa así al venir hacia aquí, por más que supiera con quién me las iba a ver… ¡Hay que poner fin a esto ahora mismo! Reverendo padre, créame, yo no conocía todos los detalles que han salido aquí a relucir, no quería creer en ellos y ahora me entero por primera vez… El padre tiene celos del hijo por culpa de una mujer indecente y se confabula con esa tarasca para meter al hijo en la cárcel… Y me hacen venir aquí con semejante compañía… Me han engañado, quiero dejar bien claro que me han engañado como al que más…

–¡Dmitri Fiódorovich! —gritó, con una voz que no parecía la suya, Fiódor Pávlovich—. Si no fuera porque es usted hijo mío, en este mismo instante le retaba a duelo… a pistola, a una distancia de tres pasos… ¡Cogidos del pañuelo! ¡Cogidos del pañuelo!56 —concluyó, pataleando con ambos pies.

Hay momentos en los que los viejos embusteros, que se han pasado toda la vida haciendo comedia, fingen hasta tal punto que verdaderamente tiemblan y lloran de emoción, si bien incluso en esos instantes (o apenas un segundo después) podrían susurrarse a sí mismos: «Estás mintiendo, viejo desvergonzado; en este momento sigues actuando, a pesar de toda tu “sagrada” cólera y de tu “sagrado” minuto de ira».

Dmitri Fiódorovich frunció terriblemente el ceño y miró a su padre con inefable desdén.

–Y yo que creía… Yo que creía… —dijo en voz baja, procurando contenerse— que volvía a mi tierra natal con el ángel de mi alma para cuidar a este hombre en su vejez, ¡y me encuentro con un lujurioso libertino y un vil comediante!

–¡A duelo! —volvió a gritar el viejo, sofocándose y despidiendo saliva con cada palabra—. Y en cuanto a usted, Piotr Aleksándrovich Miúsov, sepa, señor, que es posible que no haya habido nunca en su familia mujer más digna y honrada… ¿lo oye?, ¡honrada!… que esa, según usted, tarasca, que es como se ha atrevido a llamarla hace un momento. Y usted, Dmitri Fiódorovich, ha cambiado a su novia, precisamente, por esa «tarasca», de modo que usted mismo ha estimado que su propia novia no le llega a la suela de los zapatos, ¡ya ven cómo es esa tarasca!

–¡Es una vergüenza! —soltó de pronto el padre Iósif.

–¡Una vergüenza y un bochorno! —gritó de pronto Kalgánov, con voz de adolescente, trémula por la emoción, poniéndose todo colorado; hasta entonces no había abierto la boca.

–¿Para qué vivirá un hombre como éste? —bramó sordamente Dmitri Fiódorovich, al borde de un ataque de furia, alzando los hombros de un modo extraordinario, casi como encorvándose—. No, díganme: ¿acaso se puede consentir que siga deshonrando la tierra con su presencia? —Recorrió con la mirada a todos los presentes, mientras señalaba al viejo con la mano. Hablaba despacio y acompasadamente.

–Ya están oyendo, ya están oyendo al parricida, monjes —dijo Fiódor Pávlovich, interpelando al padre Iósif—. ¿Una vergüenza, decía usted? ¡Ahí tiene la respuesta! ¿Qué es una vergüenza? ¡Esa «tarasca», esa «mujer indecente», probablemente sea más santa que ustedes mismos, señores hieromonjes que buscan su salvación! Es posible que sufriera una caída en su juventud, abrumada por el ambiente, pero ella «ha amado mucho», y a la que amaba mucho también Cristo la perdonó…

–Cristo no perdonó por un amor como ése… —se le escapó al manso padre Iósif, que había perdido la paciencia.

–Sí, por un amor como ése, por ese mismo amor, monjes, ¡por ése! ¡Ustedes aquí se salvan a base de coles y piensan que son unos hombres justos! ¡Comen gobios, un gobio pequeñito cada día, y piensan comprar a Dios con gobios!

–¡Es intolerable, intolerable! —se oía en la celda por todas partes.

Pero esta escena, que ya resultaba escandalosa, se vio interrumpida de un modo inesperado. El stárets, de pronto, se levantó de su asiento. Casi totalmente aturdido de miedo por él y por todos, Aliosha se apresuró, no obstante, a sostenerlo por un brazo. El stárets dio unos pasos hacia Dmitri Fiódorovich y, cuando llegó a su altura, se hincó de hinojos delante de él. Aliosha creyó por un momento que había caído de debilidad, pero no se trataba de eso. Una vez de rodillas, se postró a los pies de Dmitri Fiódorovich, en una reverencia completa, marcada, deliberada, rozando incluso el suelo con la cabeza. Aliosha estaba tan perplejo que no fue capaz siquiera de ayudarlo cuando empezó a levantarse. Una débil sonrisa iluminaba apenas los labios del stárets.

–¡Perdonen! ¡Perdonen todos! —iba diciendo, a medida que hacía reverencias a todos sus huéspedes.

Dmitri Fiódorovich se quedó unos instantes como atónito: aquella reverencia a sus pies, ¿a qué había venido? Por fin exclamó: «¡Oh, Dios», y, cubriéndose la cara con las manos, abandonó precipitadamente la habitación. Tras él salieron en tropel los demás visitantes, tan desconcertados que ni siquiera se despidieron ni se inclinaron ante su anfitrión. Únicamente los hieromonjes se acercaron de nuevo a él para pedirle su bendición.

–¿Por qué se ha postrado a sus pies? ¿Es acaso una especie de emblema? —Fiódor Pávlovich, que, por alguna razón, se había calmado repentinamente, intentaba entablar conversación, pero el caso es que no se animaba a dirigirse a nadie en particular. En ese instante todos abandonaban el recinto del asceterio.

–Yo no respondo ni del manicomio ni de los locos —contestó enseguida Miúsov, enfurecido—; en cambio, voy a librarme de su compañía, Fiódor Pávlovich, y créame que va a ser para siempre. ¿Dónde estará ese monje de antes?

Pero «ese monje», el mismo que los había invitado hacía un rato a comer con el higúmeno, no se hizo esperar. Se reunió con los huéspedes en el momento mismo en que éstos salían de la celda del stárets a través del pequeño porche, como si hubiera estado esperándolos todo el tiempo.

–Tenga la bondad, reverendo padre, de testimoniarle mi profundo respeto al padre higúmeno y de pedir disculpas en mi nombre, en nombre de Miúsov, a su reverencia, ya que, debido a una serie de circunstancias imprevistas, sobrevenidas repentinamente, no puedo, bajo ningún concepto, disfrutar del honor de tomar parte en su ágape, a pesar de mi deseo más sincero —le dijo al monje, en tono airado, Piotr Aleksándrovich.

–Pero si una de esas circunstancias imprevistas… ¡voy a ser yo! —terció de inmediato Fiódor Pávlovich—. Escuche, padre, resulta que Piotr Aleksándrovich no desea quedarse conmigo; si no fuera por eso, iría enseguida. Y va a ir; Piotr Aleksándrovich, tenga la bondad de ir a ver al padre higúmeno… ¡y que tenga buen apetito! Sepa que soy yo el que se abstiene, no usted. A casita, a casita, a comer a casita, que aquí me siento incapaz, Piotr Aleksándrovich, queridísimo pariente.

–¡Yo no soy su pariente ni lo he sido nunca, miserable!

–Lo he dicho a propósito para hacerle rabiar, en vista de que no quiere saber nada de nuestro parentesco; y eso que somos parientes, por más que intente disimular. Cuando quiera, se lo demuestro por el santoral. A ti, Iván Fiódorovich, ya te enviaré los caballos a su hora; puedes quedarte también tú, si quieres. En cuanto a usted, Piotr Aleksándrovich, aunque solo sea por educación, debería presentarse ante el padre higúmeno: hay que pedir disculpas por lo mal que nos hemos portado…

–Pero ¿se va usted de verdad? ¿No me miente?

–Piotr Aleksándrovich, ¡cómo me iba a atrever, después de lo ocurrido! ¡Me he dejado llevar, discúlpenme, señores, me he dejado llevar! Y, aparte de eso, ¡estoy impresionado! Y avergonzado. Señores, hay quien tiene el corazón de un Alejandro Magno, y hay quien lo tiene de perrillo faldero. Yo lo tengo de perrillo faldero. ¡Me han intimidado! Bueno, después de semejante escapada, y para colmo a la hora de la comida, ¿quién se traga las salsas del monasterio? Me da vergüenza, no puedo, ¡disculpen!

«El diablo sabrá; ¡éste aún es capaz de engañarme!», se dijo Miúsov. Se había detenido, perplejo, y seguía con la mirada al bufón a medida que se iba alejando. Éste se volvió y, al advertir que Piotr Aleksándrovich estaba pendiente de él, le mandó un beso con la mano.

–¿Va usted a ver al higúmeno? —preguntó Miúsov, entrecortadamente, a Iván Fiódorovich.

–¿Por qué no? Además, ayer mismo el higúmeno me invitó expresamente.

–Yo, por desgracia, me siento casi obligado, en verdad, a asistir a esa maldita comida —siguió diciendo Miúsov, en el mismo tono de amarga irritabilidad, sin reparar siquiera en que el pequeño monje estaba escuchando—. Aunque, al menos, habrá que disculparse por lo que hemos hecho, y aclarar que no hemos sido nosotros… ¿Usted qué cree?

–Sí, hay que aclarar que no hemos sido nosotros. Además, mi padre no estará —observó Iván Fiódorovich.

–¡Solo faltaría que estuviera su padre! ¡Maldita comida!

Finalmente, fueron todos. El monje callaba y escuchaba. Por el camino, atravesando el bosquecillo, se limitó a decir una vez que el padre higúmeno llevaba ya mucho rato esperando y que llegaban con más de media hora de retraso. Nadie le respondió. Miúsov miró con odio a Iván Fiódorovich.

«¡Pues éste va a la comida tan campante! —pensó—. Tiene una cara muy dura y una conciencia karamazoviana.»

VII. Un seminarista con aspiraciones

Aliosha condujo a su stárets al dormitorio y lo sentó en la cama. Se trataba de una habitación muy pequeña, con el mobiliario indispensable; la cama era estrecha, de hierro, con un paño de fieltro a modo de jergón. En un rinconcillo, junto a los iconos, había un facistol, con una cruz y un Evangelio encima. El stárets se desplomó en el lecho, sin fuerzas; los ojos le brillaban, y respiraba con dificultad. Una vez sentado, se quedó mirando fijamente a Aliosha, como si estuviera meditando alguna cosa.

–Vete, querido, vete; a mí con Porfiri me basta; tú date prisa. Allí haces falta, ve con el padre higúmeno y sirve la mesa.

–Permita que me quede aquí —dijo Aliosha con voz implorante.

–Allí eres más necesario. Allí no hay paz. Servirás la mesa y así serás útil. Si se levantan los demonios, recita una plegaria. Y debes saber, hijo mío —al stárets le gustaba llamarlo así—, que en el futuro tu sitio tampoco estará aquí. Recuerda mis palabras, joven. En cuanto Dios haya dispuesto que entregue mi alma, sal del monasterio. Vete para siempre.

Aliosha se estremeció.

–¿Qué te pasa? Por ahora, tu sitio no está aquí. Te bendigo por el gran servicio que rendirás en el mundo. Aún tienes mucho que peregrinar. Y tendrás que casarte, sí. Tendrás que soportarlo todo antes de regresar. Será una tarea ingente. Pero de ti no dudo, por eso te envío a ti. Cristo está contigo. Consérvalo, y Él te conservará a ti. Descubrirás un dolor inmenso, y en ese dolor serás feliz. Éste es el precepto que te anuncio: busca la dicha en el dolor. Trabaja, trabaja sin descanso. Recuerda mis palabras de este día, pues, aunque ésta no sea nuestra última conversación, no solo mis días, sino hasta mis horas están contadas.

Nuevamente, en el rostro de Aliosha se reflejó una fuerte emoción. Le temblaban las comisuras de los labios.

–Y ahora ¿qué te pasa? —El stárets sonrió dulcemente—. Que la gente mundana despida con lágrimas a sus difuntos: aquí nosotros nos alegramos por los padres que nos dejan. Nos alegramos y rezamos por ellos. Déjame, pues. Vete y date prisa. Has de estar cerca de tus hermanos. Pero no cerca de uno de ellos, sino cerca de los dos.

El stárets levantó la mano para bendecirlo. No había réplica posible, por más que Aliosha estuviera deseando quedarse. Le habría gustado que el stárets le dijera una cosa más, y a punto estuvo de irse de la lengua, pero no se atrevió a formular la pregunta: ¿qué había querido dar a entender con aquella profunda reverencia delante de su hermano Dmitri? Sabía que se lo habría explicado de buena gana, sin necesidad de preguntárselo, si hubiera sido posible. No era ésa, así pues, su voluntad. Pero aquella reverencia había dejado a Aliosha estupefacto: creía ciegamente que había un sentido oculto en aquel gesto. Oculto y, acaso, terrible. Cuando salió del recinto del asceterio, dispuesto a llegar al monasterio antes de que diera comienzo la comida con el higúmeno —naturalmente, él iba a limitarse a servir la mesa—, Aliosha se detuvo, con el corazón en un puño: le pareció volver a oír las palabras con las que el stárets le anunciaba su muerte inminente. Lo que le había predicho, con tanta precisión además, tenía que cumplirse de forma inexorable: Aliosha así lo creía religiosamente. Pero ¿cómo iba a quedarse sin su stárets, sin poder verlo, sin poder oírlo? Y él ¿adónde iría? Le había mandado que no llorase y que dejase el monasterio, ¡Señor! Hacía mucho tiempo que Aliosha no experimentaba una angustia semejante. Echó a andar a toda prisa por el bosquecillo que se extendía entre el asceterio y el monasterio y, sin fuerzas para soportar aquellos pensamientos que lo abrumaban de ese modo, se dedicó a contemplar los pinos centenarios que se alzaban a ambos lados del sendero. El trayecto no era largo, unos quinientos pasos a lo sumo; a esa hora no debería encontrarse con nadie por allí, pero de pronto, en el primer recodo del camino, descubrió a Rakitin. Estaba esperando a alguien.

–¿Me esperabas a mí? —preguntó Aliosha al llegar a su lado.

–Precisamente. —Rakitin sonrió—. Veo que vas con prisa a presentarte ante el padre higúmeno. Ya lo sé: tiene invitados. Desde aquella vez que recibió al obispo y al general Pajatov, ¿te acuerdas?, no había vuelto a dar una comida así. Yo no voy a estar, pero tú ve para allá, tienes que servir las salsas. Dime una cosa, Alekséi, ¿qué significa ese sueño?57 Eso es lo que te quería preguntar.

–¿Qué sueño?

–Pues esa reverencia hasta el suelo que le ha hecho a tu hermano Dmitri Fiódorovich. ¡Si hasta se ha dado un golpe en la frente!

–¿Te refieres al padre Zosima?

–Sí, al padre Zosima.

–¿En la frente?

–Ah, veo que no me he expresado con el debido respeto… Bueno, pues aunque sea sin respeto. A ver, ¿qué es lo que significa ese sueño?

–No sé qué significa, Misha58.

–Ya sabía yo que a ti no te iba a dar explicaciones. Seguro que no se trata de nada profundo, al final serán las mismas perogrulladas de siempre. Pero ha hecho el numerito con mucha intención. Ya verás cómo ahora les da por hablar de eso a todos los santurrones de la ciudad y enseguida se corre la voz por toda la provincia. «¿Qué significa ese sueño?», dirán. En mi opinión, el viejo ha estado muy sagaz: se ha olido el crimen. Vuestra casa apesta.

–¿Qué crimen?

Era evidente que Rakitin tenía ganas de contar algo.

–En vuestra familia, ahí es donde va a haber un crimen. Tendrá lugar entre tus hermanitos y tu opulento padre. Por eso se ha dado un golpe en la frente el padre Zosima: por lo que pueda pasar. Luego imagínate que ocurre algo: «Anda, pero si eso ya lo había anunciado el santo stárets, lo había profetizado». Aunque ¿qué forma de profetizar es ésa, dándose un golpe en la frente? Da igual, dirán que era un emblema, una alegoría, ¡solo el diablo sabe qué más cosas dirán! Lo irán pregonando por ahí, recordando a todo el mundo: adivinó el crimen, señaló al criminal. Los yuródivye siempre hacen lo mismo: se santiguan delante de la taberna y arrojan piedras contra el templo. Pues tu stárets igual: al justo lo echa a palos, pero ante el asesino se inclina a sus pies.

–¿De qué crimen hablas? ¿De qué asesino? ¿Qué me estás diciendo? —Aliosha no se movía del sitio, parecía clavado en el suelo. También Rakitin se había quedado quieto.

–¿De qué asesino? ¿Acaso no lo sabes? Apuesto a que tú también lo has pensado. Eso me tiene intrigado, por cierto. Escucha, Aliosha, tú siempre dices la verdad, aunque te gusta nadar entre dos aguas: ¿lo habías pensado o no lo habías pensado? Responde.

–Sí que lo he pensado —contestó en voz baja Aliosha.

Hasta el propio Rakitin se turbó.

–¿Cómo dices? ¿Así que tú también lo has pensado? —exclamó.

–Yo… no es que lo haya pensado —balbuceó Aliosha—, pero, cuando has empezado a hablar de eso de una forma tan rara, me ha parecido que yo también lo había pensado.

–¿Lo ves? ¿Lo ves? Y con qué claridad lo has expresado. Hoy, mirando a tu padre y a tu hermano Mítenka, ¿has pensado en un crimen? Entonces, ¿no me he equivocado?

–Espera, espera —le interrumpió Aliosha, alarmado—. ¿De dónde sacas tú todo eso?… Y, lo primero, ¿por qué te interesa a ti tanto?

–Dos preguntas diferentes, pero muy naturales las dos. Respondo a cada una por separado. ¿Que de dónde lo saco? No habría visto nada de eso si hoy mismo, de golpe, no hubiera comprendido a Dmitri Fiódorovich, tu hermano, cabalmente, por entero; así, de repente, por entero. Me ha bastado con un solo rasgo para captarlo en su integridad. Todas esas personas tan honradas, pero inclinadas a la lujuria, tienen un límite, y ni se te ocurra pasar de ese límite. Si no, a las primeras de cambio apuñalan a su propio padre. Y el padre es un borracho y un libertino desenfrenado, sin el menor sentido de la medida. Ninguno de los dos se va a controlar, y los dos, ¡zas!, de cabeza a la zanja…

–No, Misha, no; si solo es eso, me dejas tranquilo. A eso no llegan.

–Entonces, ¿por qué estás temblando de pies a cabeza? ¿Acaso no conoces el percal? Por muy honrado que sea, Mítenka (que es tonto, pero honrado) es un hombre lujurioso. Ésa es su definición, en eso reside toda su esencia. Ha sido el padre quien le ha transmitido toda su abyecta lujuria. El único que me tiene asombrado eres tú, Aliosha: ¿cómo puedes conservarte virgen? ¡Tú también eres un Karamázov! En vuestra familia la lujuria llega al paroxismo. Y ahora esos tres lujuriosos se están vigilando… con una navaja escondida en la bota. Los tres han chocado de frente, y a lo mejor tú eres el cuarto.

–En lo de esa mujer te equivocas. Dmitri… la desprecia —dijo Aliosha con un estremecimiento.

–¿A Grúshenka59? No, hermano, no la desprecia. Si ha dejado por ella a su prometida a la vista de todo el mundo, eso es que no la desprecia. En eso… en eso, hermano, hay algo que tú ahora no comprenderías. Si un hombre se enamora de una belleza determinada, ya sea encarnada en un cuerpo de mujer o incluso solo en una parte de un cuerpo de mujer (eso lo entienden muy bien los lujuriosos), es capaz de dar por ella a sus propios hijos, de vender a su padre y a su madre, a Rusia y a la patria; aunque sea honrado, se prestará a robar; aunque sea pacífico, degollará; aunque sea fiel, traicionará. Pushkin, cantor de los piececitos femeninos, los ensalzó en sus versos; otros no los ensalzan, pero no pueden mirarlos sin sufrir un espasmo. Y no se trata solo de los pies… Aquí, hermano, poco cuenta el desprecio, aun admitiendo que haya despreciado de verdad a Grúshenka. La despreciará, pero no puede despegarse de ella.

–Eso yo lo comprendo —se le escapó de pronto a Aliosha.

–¿De veras? Seguro que sí, que lo comprendes; si lo has soltado así, de buenas a primeras, eso es que lo comprendes —dijo Rakitin con malicia—. Lo has dicho sin querer, se te ha escapado. Como confesión es más valiosa: eso significa que el tema te es ya familiar, que ya has pensado en eso, en la cuestión de la lujuria. ¡Ah, joven virginal! ¡Caray con la mosquita muerta! Eres un santo, Aliosha, en eso estamos de acuerdo, pero pareces una mosquita muerta, y ¡el diablo sabrá en qué no habrás pensado ya! ¡El diablo sabrá qué más cosas conoces! Virgen, pero hay que ver a qué honduras has llegado… Hace ya tiempo que te vengo observando. Tú eres un Karamázov, un Karamázov de pies a cabeza… No podía ser de otro modo, en algo tenían que notarse la raza y la selección. Lujurioso por parte de padre, chiflado por parte de madre. ¿Por qué tiemblas? ¿No estoy diciendo la verdad? Que sepas que Grúshenka me pidió, refiriéndose a ti: «Anda, tráemelo, que ya le quito yo la sotana». Y cómo me lo pedía: «¡Tráemelo! ¡Tráemelo!». Y yo no hacía más que pensar: ¿a qué viene tanta curiosidad por ti? ¿Sabes? ¡Ella también es una mujer extraordinaria!

–Salúdala de mi parte, y dile que no voy a ir. —Aliosha forzó una sonrisa—. Acaba, Mijaíl, lo que habías empezado; después te diré lo que yo pienso.

–No hay nada que acabar, está todo claro. Todo esto, hermano, es música vieja. Si hasta tú llevas dentro un lujurioso, ¿qué se puede esperar de tu hermano Iván, nacido de la misma madre? Otro Karamázov. Todo el problema vuestro de los Karamázov radica en lo mismo: ¡sois unos lujuriosos, unos codiciosos y unos chiflados! Ahora tu hermano Iván, que es ateo, en virtud de algún absurdo cálculo que desconocemos, publica unos artículos teológicos, en broma de entrada, y él mismo reconoce que es una bajeza. Eso tu hermano Iván. Aparte de eso, está intentando quitarle la novia a tu hermano Mitia y, según parece, lo va a conseguir. Y de qué manera: con el consentimiento del propio Mítenka, porque éste le cede la novia para librarse de ella y liarse cuanto antes con Grúshenka. Y todo eso, a pesar de toda su nobleza y su desinterés, fíjate bien. ¡Ésa, ésa es la gente más nefasta! Después de esto, que el diablo os entienda: ¡él mismo reconoce su vileza y se hunde en ella! Te digo más: ahora a Mítenka se le cruza en el camino el carcamal del padre. Porque resulta que éste, de repente, va y pierde la cabeza por Grúshenka, se le cae la baba con solo mirarla. Únicamente por culpa de esa mujer acaba de montar tal escándalo en la celda, y todo porque Miúsov se ha atrevido a llamarla tarasca y a decir que era una indecente. Está más enamorado que un gato. Antes, sencillamente, la tenía a sueldo para que se ocupase de algunos de sus tejemanejes en las tabernas, pero ahora, de pronto, ha caído en la cuenta y ha reparado en ella, ha perdido la cabeza y no para de hacerle proposiciones que no son precisamente honestas, desde luego. Total, que en este camino han chocado los dos, el papá y el hijito. Pero Grúshenka no se pronuncia ni por el uno ni por el otro; de momento procura escabullirse y se dedica a provocar a ambos; está considerando cuál le conviene más, porque si bien al padre puede sacarle mucho dinero, él no se va a casar, y lo mismo al final le hace una judiada y acaba cerrando la bolsa. Por eso, Mítenka también cuenta: no tiene dinero, pero, en cambio, es capaz de casarse. ¡Sí, señor, es capaz de casarse! De dejar a su prometida, a Katerina Ivánovna, esa belleza sin par, rica, noble, hija de coronel, y casarse con Grúshenka, antigua mantenida del viejo mercader Samsónov, depravado hombrecillo y alcalde de la ciudad. De todo eso puede salir, de hecho, un enfrentamiento criminal. Y eso es lo que espera tu hermano Iván, que hace un negocio redondo: conquista a Katerina Ivánovna, por quien bebe los vientos, y de paso se embolsa los sesenta mil de su dote. Para un don nadie como él, un pobretón, es algo sumamente seductor, de entrada. Y date cuenta: no solo no ofende a Mitia, sino que éste queda en deuda con él hasta la tumba. Porque sé de buena tinta que el propio Mítenka, la semana pasada, estando borracho en una taberna, en compañía de unas gitanas, se puso a dar voces diciendo que no era un digno novio de su Kátenka60, y que su hermano Iván, en cambio, ése sí que era digno de ella. Y, en cuanto a Katerina Ivánovna, ésa, desde luego, no va a despreciar al final a un seductor como Iván Fiódorovich; ya está, de hecho, vacilando entre los dos. Y ¿de qué se ha valido ese Iván para encandilaros a todos vosotros de esa manera, que todos lo adoráis? Pues él se ríe de todos vosotros, como quien dice: yo estoy en la gloria y me relamo a costa vuestra.

–¿Cómo sabes tú todas esas cosas? ¿Por qué lo dices con tanto aplomo? —preguntó bruscamente Aliosha, frunciendo de pronto el ceño.

–Y tú ¿por qué me lo preguntas y tienes tanto miedo a mi respuesta? Eso es porque admites que he dicho la verdad.

–Tú a Iván no le tienes simpatía. Iván no se dejaría tentar por el dinero.

–¿Tú crees? ¿Y por la belleza de Katerina Ivánovna? No es solo cuestión de dinero, aunque sesenta mil rublos es algo bien seductor.

–Iván tiene miras más elevadas. Tampoco se dejaría seducir por miles de rublos. No es dinero lo que busca, ni tranquilidad. Puede que busque el sufrimiento.

–Y ahora ¿con qué sueño me vienes? ¡Ay, vosotros… los nobles!

–Ah, Misha, Iván tiene un alma tempestuosa. Su mente está cautiva. Hay en él una idea grandiosa, aún por desentrañar. Es de esas personas que no necesitan millones, sino aclarar su pensamiento.

–Eso es un robo literario, Alioshka. Has parafraseado a tu stárets. ¡Menudo acertijo os ha planteado Iván! —gritó Rakitin, con evidente animosidad. Hasta le cambió la expresión del rostro y se le contrajeron los labios—. Se trata, por lo demás, de un acertijo muy tonto, no hay nada que adivinar. Estrújate un poco el cerebro y lo entenderás. Su artículo es risible y disparatado. Pero he oído hace un rato su estúpida teoría: «Sin la inmortalidad del alma, tampoco puede haber virtud, de modo que todo está permitido». Y tu hermanito Mítenka, ¿recuerdas?, ha dicho a voz en grito: «Lo tendré presente». Seductora teoría para los canallas… Qué cosas digo, qué tontería… No para los canallas, sino para esos eruditos fanfarrones cuyos pensamientos son de una «profundidad insondable». Es un fanfarrón, y en el fondo todo se reduce a: «Por una parte, es imposible dejar de confesarlo; pero, por otra, es imposible no reconocerlo». ¡Toda su teoría es una bajeza! ¡La humanidad encontrará en sí misma la fuerza para vivir en la virtud, aun sin creer en la inmortalidad del alma! En el amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad encontrará… —Rakitin se había acalorado, casi no podía contenerse. Pero de pronto, como si hubiera recordado algo, se detuvo—. Bueno, basta —dijo con una sonrisa aún más forzada que antes—. ¿De qué te ríes? ¿Crees que soy un simplón?

–No, ni se me ocurre pensar que seas un simplón… Eres inteligente, pero… déjalo, me reía por una idiotez. Entiendo que puedes acalorarte, Misha. Por tu fogosidad me he dado cuenta de que tampoco a ti te deja indiferente Katerina Ivánovna. Hace ya tiempo que lo sospechaba, y por eso no aprecias a mi hermano Iván. ¿Tienes celos de él?

–¿Y también tengo celos de su dinero? ¿No añades eso?

–No, no añado nada del dinero, no quiero ofenderte.

–Si tú lo dices, te creo, pero ¡que el diablo se os lleve, a todos vosotros y a vuestro hermano Iván! No sois capaces de comprender que, dejando incluso de lado lo de Katerina Ivánovna, uno puede no tenerle la menor simpatía. ¿A santo de qué iba a apreciarlo yo? Él se cree con derecho a meterse conmigo. ¿Por qué no iba a pagarle yo con la misma moneda?

–Nunca le he oído decir nada de ti, ni bueno ni malo; no habla de ti en ningún sentido.

–Pues yo he oído decir que hace dos días, en casa de Katerina Ivánovna, me puso a caer de un burro: hasta ese punto se interesó por este humilde servidor. Después de eso, hermano, no sabría decir quién tiene celos de quién. Se tomó la libertad de expresar su opinión, según la cual, si en un futuro próximo no me muestro dispuesto a seguir la carrera de archimandrita61 y no me decido a tonsurarme, me marcharé sin falta a San Petersburgo y me incorporaré a alguna revista importante, seguramente en la sección de crítica; luego me pasaré una decena larga de años escribiendo y finalmente me haré con la publicación. Después volveré a lanzarla, con una indudable orientación liberal y atea, con tintes socialistas, y hasta con cierto lustre dentro del socialismo, pero siempre con el oído muy atento, esto es, apoyando en el fondo a los nuestros y a los vuestros y tratando de confundir a los incautos. El fin de mi carrera, de acuerdo con la interpretación de tu hermano, apunta a que tales tintes socialistas no me impedirán ingresar en una cuenta corriente el dinerillo de las suscripciones ni, llegado el caso, ponerlo en circulación siguiendo las instrucciones de algún judiazo, hasta que esté en condiciones de construirme una señora casa en San Petersburgo, para trasladar allí la redacción e instalar inquilinos en los demás pisos. Ha señalado incluso la situación de la casa: junto al nuevo puente de piedra que, según dicen, se proyecta construir sobre el Nevá, en San Petersburgo, entre la calle Litéinaia y Vyborg…

–¡Ay, Misha, pero si todo esto podría llegar a cumplirse, hasta el menor detalle! —exclamó de pronto Aliosha, sin poder contenerse y riendo alegremente.

–Veo que usted62 también me viene con sarcasmos, Alekséi Fiódorovich.

–No, no, disculpa, estaba bromeando. Tengo otra cosa en la cabeza. Pero dime: ¿quién ha podido darte todos esos detalles, a quién has podido oírselos? No me irás a decir que estabas personalmente en casa de Katerina Ivánovna cuando mi hermano Iván habló de ti.

–Yo no estaba, pero el que sí estaba era Dmitri Fiódorovich, y yo se lo he oído contar con estos oídos a Dmitri Fiódorovich; bueno, si lo prefieres, él no me lo ha contado a mí, pero yo se lo he escuchado, naturalmente sin querer, porque me encontraba en el dormitorio de Grúshenka y no podía salir de allí mientras Dmitri Fiódorovich estuviera en la habitación de al lado.

–Ah, sí, se me había olvidado que es pariente tuya…

–¿Pariente? ¿Que Grúshenka es pariente mía? —exclamó Rakitin, poniéndose colorado—. ¿Te has vuelto loco o qué? No estás en tus cabales.

–¿Cómo? ¿Es que no sois parientes? Eso había oído…

–¿Dónde has podido oírlo? No, vosotros, los señores Karamázov, os dais aires de grandeza y presumís de rancia alcurnia, cuando tu padre corría haciendo el bufón por las mesas ajenas y solo por caridad se contaba con él en cocina. Admito que yo no soy más que el hijo de un pope, una criatura insignificante al lado de unos nobles como vosotros, pero no tenéis por qué ofenderme tan alegre y descaradamente. Yo también tengo mi honor, Alekséi Fiódorovich. Yo no puedo ser familia de Grúshenka, de una mujer pública; ¡te ruego que lo comprendas!

Rakitin estaba fuera de sí.

–Perdóname, por el amor de Dios, ¿cómo iba yo a suponer…? Y, además, ¿cómo me dices que es una mujer pública? ¿De verdad es… una de ésas? —Aliosha se ruborizó de golpe—. Te repito que había oído decir que erais parientes. Vas a verla a menudo, y tú mismo me has dicho que no tienes con ella ninguna relación amorosa… ¡Nunca habría pensado que la desprecias de ese modo! ¿De verdad se lo merece?

–Si la visito, puedo tener mis razones para hacerlo, y eso para ti ya es suficiente. Y, por lo que respecta al parentesco, más bien diría que tu hermano o hasta tu propio padre van hacer que seas tú, antes que yo, familia de ella. Bueno, ya estamos. Anda, mejor vete para la cocina. ¡Huy! ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es eso? ¡No me digas que hemos llegado tarde! ¡No es posible que hayan terminado de comer tan pronto! ¿Ya han hecho otra de las suyas los Karamázov? Seguro que sí. Ahí está tu padre, e Iván Fiódorovich va detrás de él. Han salido precipitadamente de la residencia del higúmeno. El padre Isídor les está gritando algo desde el porche. Y tu padre también grita y hace aspavientos, debe de estar insultando a alguien. Vaya, también Miúsov se marcha en el coche; allá va, ¿lo ves? Mira, también Maksímov, el terrateniente, se marcha corriendo; sí, aquí se ha montado un escándalo, ¡así que no ha habido comida! ¿No le habrán dado una paliza al higúmeno? O, a lo mejor, se han llevado ellos la paliza… ¡Les estaría bien empleado!…

Las exclamaciones de Rakitin no eran en vano. Efectivamente, se había armado un escándalo, inaudito e inesperado. Todo había obedecido a «una inspiración».

VIII. El escándalo

Cuando Miúsov e Iván Fiódorovich entraban a ver al higúmeno, Piotr Aleksándrovich, hombre en verdad correcto y fino, no tardó en experimentar, a su modo, un delicado proceso: se avergonzó de haberse enfadado. Sentía en su fuero interno que, en el fondo, tendría que haberse limitado a despreciar al miserable de Fiódor Pávlovich, conservando la sangre fría en la celda del stárets, en vez de perder los estribos como los había perdido. «Los monjes, al menos, no tienen ninguna culpa de lo ocurrido —se dijo, de pronto, al llegar al porche del higúmeno— y, dado que estoy en compañía de gente respetable (por lo visto, el padre Nikolái, el higúmeno, pertenece también a la nobleza), ¿por qué no ser amable, atento y cortés?… No pienso discutir, al contrario, procuraré decir amén a todo, encandilarlos con mi amabilidad y… y… así podré demostrarles que yo no voy de la mano de ese Esopo63, de ese payaso, de ese Pierrot, y que he metido la pata, igual que todos ellos…»

En lo referente a las talas en el bosque y los derechos de pesca que eran objeto de litigio (ni él mismo sabía dónde era todo aquello), decidió cedérselos definitivamente, de una vez por todas, ese mismo día —sobre todo, porque era cosa de muy poco valor—, y poner fin a todos sus pleitos con el monasterio.

Se reafirmó en sus buenos propósitos cuando hizo su aparición en el comedor el padre higúmeno. Propiamente, no era un comedor, pues el higúmeno solo disponía de dos habitaciones en el edificio, si bien es cierto que eran notablemente más amplias y cómodas que las del stárets. Con todo, el mobiliario de los cuartos tampoco se distinguía por ser particularmente confortable: los muebles eran de caoba, tapizados en cuero, siguiendo la moda de los años veinte; las tablas del piso ni siquiera estaban pintadas. Sin embargo, todo relucía por su limpieza y en las ventanas había muchas flores valiosas; pero el principal lujo en ese momento, como es natural, consistía en la mesa —hablando, también en este aspecto, en términos relativos— primorosamente servida: el mantel estaba limpio; la vajilla, resplandeciente; había tres variedades de pan, magníficamente horneado, dos botellas de vino, otras dos botellas del excelente hidromiel del monasterio y una gran jarra de cristal con kvas64, igualmente del monasterio, famoso en toda la comarca. No había ni una gota de vodka. Más tarde, Rakitin contaría que se había preparado para la ocasión una comida compuesta por cinco platos: había sopa de esturión con empanadillas de pescado; después un pescado hervido, magníficamente preparado, según una receta propia; a continuación, filetes de salmón, helado y compota y, por último, una especie de jalea que recordaba al manjar blanco. Todo esto se lo había olido Rakitin, quien, sin poder contenerse, se había asomado expresamente a la cocina del higúmeno, donde también tenía sus contactos. Los tenía en todas partes, y sabía tirarles de la lengua. Era de corazón inquieto y envidioso. Era muy consciente de sus notables aptitudes, pero, en su presunción, las exageraba precipitadamente. Estaba convencido de que llegaría a ser una personalidad destacada en su género, pero a Aliosha, que se sentía muy ligado a él, le dolía que su amigo Rakitin fuera insincero y se negara a reconocerlo; al contrario, sabiendo que jamás robaría dinero, aunque estuviera bien a la vista, se consideraba, decididamente, el hombre más honrado del mundo. En ese terreno, ni Aliosha ni nadie tenían nada que hacer.

Rakitin no tenía categoría para que lo invitaran a la comida; en cambio, acudieron como invitados el padre Iósif y el padre Paísi, y con ellos otro hieromonje más. Ya estaban en el comedor esperando al higúmeno cuando entraron Piotr Aleksándrovich, Kalgánov e Iván Fiódorovich. También estaba esperando, un tanto apartado, el terrateniente Maksímov. Para recibir a sus invitados, el padre higúmeno se adelantó hasta el centro de la estancia. Era un anciano alto, enjuto, pero todavía fuerte, moreno, con abundantes canas, de rostro alargado, grave y apagado. Saludó con una inclinación, sin decir nada, a sus invitados, los cuales, en esta ocasión, sí se acercaron a pedirle su bendición. Miúsov estuvo a punto incluso de arriesgarse a besarle la mano, pero el higúmeno la retiró a tiempo, y no hubo tal beso. Por el contrario, Iván Fiódorovich y Kalgánov pudieron esta vez completar el ritual, mediante un sencillo y popular chasquido de labios en la mano.

–Debemos disculparnos, abiertamente, ante su reverencia —empezó Piotr Aleksándrovich, sonriendo con amabilidad, aunque en un tono grave y respetuoso—; debemos disculparnos por acudir sin uno de sus invitados, Fiódor Pávlovich, que había venido con nosotros; se ha visto obligado a ausentarse de su ágape, y no sin motivo. En la celda del reverendo padre Zosima, dejándose llevar por sus impulsos en el curso de una deplorable disputa familiar con su hijo, ha pronunciado algunas palabras completamente inoportunas… dicho de otro modo, completamente indecorosas… de lo cual, al parecer —miró a los hieromonjes—, su reverencia ya está al corriente. Razón por la cual, consciente de su culpa y sinceramente arrepentido, ha experimentado una vergüenza insuperable y nos ha pedido, a su hijo Iván Fiódorovich y a mí mismo, que le manifestemos su más sincero pesar, su desconsuelo y su arrepentimiento… En una palabra, espera y desea poder repararlo todo más adelante, y ahora, solicitando su bendición, le ruega que olvide lo ocurrido…

Miúsov calló. Una vez pronunciadas las últimas palabras de su tirada, se sintió muy satisfecho consigo mismo, tanto que no quedó en su alma ni rastro de su reciente irritación. Volvía a amar a la humanidad, sinceramente y sin reservas. El higúmeno, que le había escuchado con gravedad, inclinó levemente la cabeza y dijo en respuesta:

–Lamento vivamente su ausencia. Acaso, a raíz del ágape habría podido llegar a apreciarnos, al igual que nosotros a él. Les ruego, señores, que se sienten a la mesa.

Se situó ante el icono y empezó a rezar en alta voz. Todos agacharon respetuosamente la cabeza, e incluso el terrateniente Maksímov se hizo notar, juntando las palmas de las manos en señal de singular devoción.

Y justo en ese momento Fiódor Pávlovich hizo su última gansada. Hay que tener presente que en verdad había deseado marcharse y que en verdad era consciente, después de su vergonzosa conducta en la celda del stárets, de la imposibilidad de asistir, como si tal cosa, a la comida del higúmeno. No es que estuviese demasiado avergonzado ni que se considerase culpable de lo ocurrido, si es que no pasaba todo lo contrario; pero, en cualquier caso, sentía que su presencia en la comida no sería oportuna. Pero, en cuanto le acercaron al porche el traqueteante vehículo, y a punto ya de montarse en él, Fiódor Pávlovich se detuvo de repente. Le vinieron a la cabeza las palabras que había pronunciado en presencia del stárets: «Cada vez que entro en un sitio, me da la sensación de que yo soy más canalla que nadie y de que todo el mundo me toma por un bufón»; «venga, vamos a hacer el bufón; no tengo miedo de vuestra opinión, porque todos, todos sin excepción, sois más necios y más canallas que yo». Le entraron ganas de vengar en los demás sus propias vilezas. Recordó entonces, en ese sentido, cómo una vez, hacía tiempo, le habían preguntado: «¿Por qué odia usted tanto a esa persona?». A lo cual había respondido, en un arrebato de bufa desvergüenza: «Pues mire: la verdad es que a mí no me ha hecho nada; en cambio, yo le he hecho una canallada de lo más indecente, y, nada más hacérsela, he empezado a odiarlo». Al recordar aquellas palabras, sonrió silenciosa y maliciosamente, en una rápida reflexión. Los ojos le centellearon y hasta los labios le empezaron a temblar. «Ya que he empezado, habrá que terminar», decidió de pronto. Su más recóndita sensación en esos momentos podría ser descrita con las siguientes palabras: «Ya es demasiado tarde para pensar en una rehabilitación; así pues, voy a ir a escupirles sin recato: ¡si es que no me da ninguna vergüenza, no hay más!». Ordenó al cochero que esperara y regresó al monasterio a buen paso, derecho a la residencia del higúmeno. Aún no sabía muy bien lo que iba a hacer, pero sí sabía que ya no era dueño de sí y que solo necesitaba un ligero empujón para alcanzar, en un abrir y cerrar de ojos, el límite de la infamia; eso sí, no pensaba en ningún caso llegar al crimen ni incurrir en un despropósito por el que pudieran llevarlo a juicio. En última instancia, siempre sabía dominarse, razón por la cual a veces se sorprendía de sí mismo. Se presentó en el comedor del higúmeno en el instante preciso en que había concluido la plegaria y todos se dirigían a la mesa. Desde el umbral, contempló el grupo y se echó a reír con una risa prolongada, insolente, maligna, mirando osadamente a los ojos de todos.

–¡Se creían que me había marchado! ¡Pues aquí me tienen! —gritó, y sus palabras resonaron en toda la sala.

Por un momento todos lo miraron fijamente, sin decir nada, hasta que, de pronto, sintieron que algo iba a ocurrir en ese mismo instante: algo indeseable, disparatado, algo que iba a acarrear inevitablemente un escándalo. Piotr Aleksándrovich, que estaba de un humor excelente, se puso de inmediato hecho una furia. Todo lo que se había calmado y sosegado en su corazón resucitó y se alzó de golpe.

–¡No, no estoy dispuesto a tolerarlo! —gritó—. No puedo… ¡no puedo, de ninguna manera!

La sangre se le subía a la cabeza. Se atropellaba al hablar, pero no estaba ya en condiciones de reparar en las cosas que decía, y cogió su sombrero.

–¿Cómo que no puede? —gritó Fiódor Pávlovich—. ¿Qué es eso que no puede «de ninguna manera»? ¿Puedo pasar o no, su reverencia? ¿Acepta a este comensal?

–Se lo ruego de todo corazón —respondió el higúmeno—. ¡Señores! —añadió de pronto—. Me permito pedirles con toda el alma que, dejando a un lado sus ocasionales querellas, se reúnan en amor y concordia fraterna en este pacífico ágape, al tiempo que elevan sus oraciones al Señor…

–No, no, es imposible —gritó, fuera de sí, Piotr Aleksándrovich.

–Pues si para Piotr Aleksándrovich es imposible, también lo es para mí, y no voy a quedarme. He venido con esta idea: pienso ir a todas partes con Piotr Aleksándrovich; que usted se marcha, Piotr Aleksándrovich, yo también me marcho; que se queda, yo también me quedo. Con eso de la concordia fraterna le ha hecho usted una buena faena, padre higúmeno: ¡no me reconoce como pariente! ¿A que sí, Von Sohn? Aquí tenemos a Von Sohn. Muy buenas, Von Sohn.

–¿Es… a mí? —balbuceó perplejo el terrateniente Maksímov.

–Pues claro que es a ti —gritó Fiódor Pávlovich—. ¿A quién si no? ¡No iba a ser el padre higúmeno Von Sohn!

–Pues yo tampoco soy Von Sohn; yo soy Maksímov.

–No, tú eres Von Sohn. ¿Sabe su reverencia qué es eso de Von Sohn? Hubo un proceso criminal: lo asesinaron en una casa de fornicación (creo que es así como llaman ustedes a esos sitios)… lo asesinaron y lo desvalijaron y, a pesar de su edad respetable, lo metieron en una caja, la cerraron bien cerrada, y de San Petersburgo la facturaron a Moscú, en el vagón del equipaje, con su número correspondiente. Y, mientras claveteaban la tapa, aquellas depravadas bailarinas cantaban canciones y tocaban el gusli65, quiero decir, el fortepiano. Pues éste de aquí es el mismísimo Von Sohn. Ha resucitado de entre los muertos, ¿no es verdad, Von Sohn?

–Pero ¿qué es esto? ¿Qué es esto? —se oyeron unas voces en el grupo de hieromonjes.

–¡Vámonos! —gritó Piotr Aleksándrovich, dirigiéndose a Kalgánov.

–¡No, señores! ¡Permítanme! —intervino Fiódor Pávlovich, en tono estridente, avanzando un paso más hacia el interior de la estancia—. Permítanme también a mí acabar. Allí, en la celda, me han difamado, diciendo que he actuado sin respeto, especialmente por haber hablado, a voz en grito, de gobios. Piotr Aleksándrovich Miúsov, pariente mío, es partidario de que en las palabras haya plus de noblesse que de sincérité, mientras que yo, por el contrario, prefiero en mis palabras plus de sincérité que de noblesse, y ¡al diablo la noblesse! ¿A que sí, Von Sohn? Permita, padre higúmeno; yo, por más que sea un bufón y que me presente como un bufón, soy un caballero de honor y quiero explicarme. Sí, señor; yo soy un caballero de honor, mientras que en Piotr Aleksándrovich solo hay amor propio reprimido, y nada más. Si he venido aquí hace un rato, ha sido, posiblemente, con intención de ver y de explicarme. Tengo aquí a mi hijo Alekséi, que busca su salvación; yo soy su padre: debo preocuparme y me preocupo por su porvenir. He estado escuchando y haciendo mi papel, observando todo con discreción; ahora quiero ofrecerles el último acto de la representación. ¿Cómo actuamos nosotros? Entre nosotros, lo que cae ya no se vuelve a levantar. Lo que ha caído no va a volver a levantarse jamás. ¡Pues no! Yo quiero levantarme. Santos padres, estoy indignado con ustedes. La confesión es un gran sacramento; yo lo respeto y estoy dispuesto a humillarme ante él. Pero resulta que allí, en la celda, todos caen de rodillas y se confiesan en voz alta. ¿Desde cuándo es lícito confesarse de ese modo? La confesión auricular fue establecida por los Padres de la Iglesia: solo en ese caso es un sacramento la confesión; es así desde muy antiguo. Si no, ¿cómo voy a ponerme a explicar yo, por ejemplo, delante de todo el mundo, que si esto o que si lo otro?… Bueno, ya me entienden, que si esto, que si lo otro… ¡Menudo escándalo! No, padres; aquí, entre ustedes, a lo mejor se siente uno arrastrado hacia los flagelantes66… Yo, a las primeras de cambio, pienso escribir al Sínodo67, y a mi hijo Alekséi me lo voy a llevar a casa…

Aquí una nota bene: Fiódor Pávlovich había oído campanas y no sabía dónde. En otro tiempo se habían difundido maliciosos rumores (en relación no solo con nuestro monasterio, sino también con otros en los que existía igualmente la institución del stárchestvo), que habían llegado a oídos del obispo, según los cuales los startsy eran objeto de una consideración excesiva, en detrimento de la preeminencia del higúmeno; por ejemplo, se acusaba a los startsy de hacer un uso indebido del sacramento de la confesión y otras cosas por el estilo. Eran acusaciones sin ningún sentido, que se habían desvanecido por sí mismas a su debido tiempo, tanto entre nosotros como en otros lugares. Pero el estúpido diablo, que se había apoderado de Fiódor Pávlovich y, dueño de sus nervios, lo llevaba cada vez más lejos hacia un abismo oprobioso, le sopló al oído aquella vieja acusación de la que él mismo no entendía una sola palabra. Ni siquiera fue capaz de formularla correctamente, habida cuenta de que en la celda del stárets nadie se había arrodillado ni se había puesto a confesarse en voz alta, por lo que Fiódor Pávlovich no pudo haber visto nada semejante, y hablaba guiándose únicamente por viejos rumores y chismorreos que le habían venido, mal que bien, a la memoria. Pero, una vez soltada aquella estupidez, cayó en la cuenta de que había dicho algo sin pies ni cabeza, y de inmediato sintió la necesidad de demostrar a sus interlocutores y, lo que es peor, de demostrarse a sí mismo que lo dicho no era ninguna tontería. Y, aunque sabía de sobra que con cada palabra no haría sino añadir un nuevo disparate, y aún mayor, a los anteriores, se lanzó cuesta abajo, incapaz ya de contenerse.

–¡Cuánta infamia! —gritó Piotr Aleksándrovich.

–Disculpe —dijo de pronto el higúmeno—. Se dijo en otro tiempo: «Y han empezado a hablar de mí, y han dicho muchas cosas, algunas de ellas malas. Mas yo, habiendo oído todo eso, me he dicho: ésta es la medicina de Jesús, el cual me la ha enviado para sanar la vanidad de mi alma». ¡Por eso mismo, también nosotros le damos humildemente las gracias, estimado huésped!

E hizo una profunda reverencia ante Fiódor Pávlovich.

–¡Bah! ¡Mojigatería y frases viejas! ¡Frases viejas y gestos viejos! ¡La vieja mentira y el formalismo de las reverencias hasta el suelo! ¡Ya conocemos estas reverencias! «Un beso en los labios y un puñal en el corazón», como en Los bandidos de Schiller. No me gusta, padres, la falsedad; ¡quiero la verdad! Pero la verdad no está en los gobios, ¡eso ya lo he dicho bien alto! Padres monjes, ¿para qué ayunan? ¿Cómo esperan recibir a cambio una recompensa en el cielo? ¡Por una recompensa así también yo ayunaría! No, monje santo, lo que tienes que hacer es practicar la virtud en esta vida, ser útil a la sociedad en lugar de encerrarte en un monasterio con la comida asegurada y no esperar la recompensa allí arriba: ya verás cómo así cuesta un poco más. Como ve, padre higúmeno, yo también soy capaz de hablar bien. ¿Qué tienen preparado por aquí? —Se acercó a la mesa—. Oporto añejo de la Factory68, un médoc embotellado de los hermanos Yeliséiev69… ¡caray con los padres! Esto no se parece en nada a los gobios. ¡Hay que ver qué botellitas han preparado los padres! ¡Je, je, je! ¿Y quien ha traído hasta aquí todo esto? ¡Ha sido el campesino ruso, el trabajador, que trae aquí la moneda ganada con sus manos callosas, quitándosela a su prole y a las necesidades del Estado! ¡Porque ustedes, padres santos, están chupando del pueblo!

–¡Eso ya es completamente indigno por su parte! —protestó el padre Iósif.

El padre Paísi callaba con obstinación. Miúsov salió a toda prisa de la estancia, y Kalgánov fue tras él.

–Bueno, padres, ¡yo también voy detrás de Piotr Aleksándrovich! No pienso volver más aquí; así me lo pidan de rodillas, no pienso volver. Les mandé mil rubletes, y a ustedes han vuelto a encandilárseles los ojos, ¡je, je, je! No, no voy a añadir nada más. ¡Me estoy vengando por mi pasada juventud, por todas mis humillaciones! —Dio un puñetazo en la mesa, en un acceso de fingida emoción—. ¡Este monasterio ha significado mucho en mi vida! ¡Muchas lágrimas amargas he derramado por él! Ustedes pusieron en mi contra a mi mujer, a la enajenada. ¡Me han maldecido ustedes en siete concilios, me han criticado en toda la región! ¡Ya basta, padres! Éste es un siglo liberal, es el siglo de los barcos de vapor y de los ferrocarriles. Ni mil rublos, ni cien, ni cien kopeks: ¡no van a recibir de mí nada de nada!

Otra nota bene: nuestro monasterio no había tenido nunca un significado especial en la vida de Fiódor Pávlovich, quien jamás había vertido una sola lágrima amarga por su causa. No obstante, Fiódor Pávlovich estaba tan emocionado con esas fingidas lágrimas suyas que por un momento estuvo a punto de llegar a creérselas; poco le faltó incluso para echarse a llorar, enternecido, pero en ese preciso instante creyó que ya era tiempo de volver grupas. El higúmeno, ante aquella ponzoñosa mentira, inclinó la cabeza y volvió a decir, en tono imponente:

–También se ha dicho: «Sufre con resignación y alegría la infamia inmerecida que sobre ti pesa, y no te aflijas ni odies a tu infamador». Así obraremos.

–¡Bah, subterfugios! ¡Y galimatías! Sigan con sus subterfugios, padres, que yo me voy. Y a mi hijo Alekséi me lo llevo para siempre, en virtud de mi patria potestad. ¡Iván Fiódorovich, reverente hijo mío, haga el favor de seguirme! ¡Von Sohn, para qué quieres quedarte aquí! Ven conmigo a la ciudad. En mi casa hay alegría. Estará como a una versta, y, en vez de aceite de ayuno70 te daré lechón con gachas; comeremos; te sacaré un coñac, después un licorcito: tengo uno de frambuesa… ¡Ea, Von Sohn, no dejes que pase de largo la felicidad!

Salió gritando y gesticulando. Fue en ese momento cuando Rakitin lo vio y se lo señaló a Aliosha.

–¡Alekséi! —le gritó desde lejos el padre al verlo—. Hoy mismo te trasladas a mi casa definitivamente, y te llevas la almohada y el jergón, para que no quede ni rastro de ti en este sitio.

Aliosha se detuvo, como clavado en el suelo, sin decir nada, observando atentamente la escena. Fiódor Pávlovich, entretanto, se subió al coche, y tras él, sin volverse siquiera hacia Aliosha para despedirse, se dispuso a montar, taciturno y sombrío, Iván Fiódorovich. Pero justo entonces tuvo lugar otra escena estrafalaria y casi inverosímil, que vino a rematar todo el episodio. De pronto, al lado del estribo del coche, apareció el terrateniente Maksímov. Había llegado a la carrera, jadeante, para no retrasarse. Rakitin y Aliosha lo habían visto correr. Iba con tanta prisa que, en su precipitación, puso un pie en el estribo antes de que Iván Fiódorovich hubiera retirado su pie izquierdo y, agarrándose de la caja del coche, se preparó para subir de un salto.

–¡Yo también! ¡Yo también voy con ustedes! —exclamó, al tiempo que daba unos saltitos, con una risa alegre y entrecortada, con cara de dicha y dispuesto a cualquier cosa—. ¡Llévenme a mí también!

–¿No había dicho yo —gritó con entusiasmo Fiódor Pávlovich— que es Von Sohn? ¡Es el verdadero Von Sohn, resucitado de entre los muertos! ¿Cómo has podido salir de ahí? ¿Qué hacías ahí vonsohnizando? Y ¿cómo has podido, precisamente tú, abandonar la comida? ¡Hace falta ser duro de mollera! ¡Yo ya lo soy, pero tu caso, hermano, me tiene asombrado! ¡Salta, salta rápido! Deja que suba, Vania71, será divertido. De un modo u otro, se echará a nuestros pies. ¿Vas a echarte, Von Sohn? ¿Y si le hacemos un hueco en el pescante, con el cochero?… ¡Salta al pescante, Von Sohn!

Pero Iván Fiódorovich, que ya se había acomodado en su sitio, sin decir nada, le dio de sopetón, con todas sus fuerzas, un empujón en el pecho a Maksímov, y este aterrizó a un sazhen72 de distancia. Si no cayó al suelo, fue por casualidad.

–¡En marcha! —le gritó con rabia al cochero Iván Fiódorovich.

–Pero ¿qué haces? ¿Qué haces? ¿Por qué lo tratas así? —le reprendió Fiódor Pávlovich, pero el coche ya había arrancado.

Iván Fiódorovich no contestó.

–¡Qué cosas tienes! —empezó nuevamente Fiódor Pávlovich, mirando de reojo a su hijo, después de dos minutos de silencio—. Si fuiste tú el que pensó lo del monasterio, el que anduvo pinchando, el que dio su aprobación… ¿a qué viene ahora ese enfado?

–Ya está bien de decir sandeces, descanse un poco ahora, por lo menos —le cortó severo Iván Fiódorovich.

Fiódor Pávlovich volvió a quedarse un par de minutos callado.

–Un poco de coñac vendría bien ahora —comentó en tono sentencioso.

Pero Iván Fiódorovich no contestó.

–Cuando lleguemos, tú también beberás.

Iván Fiódorovich seguía sin decir nada.

Fiódor Pávlovich aguantó otro par de minutos.

–Pues a Aliosha, de todos modos, pienso sacarlo del monasterio, por muy desagradable que le resulte a usted, mi reverentísimo Karl von Moor.

Iván Fiódorovich se encogió de hombros desdeñosamente y, volviéndose, se puso a mirar el camino. A partir de ese momento, ya no dijeron nada hasta llegar a casa.

LIBRO TERCERO
LOS LUJURIOSOS

I. En el pabellón del servicio

La casa de Fiódor Pávlovich Karamázov se encontraba lejos del centro de la ciudad, aunque tampoco en las afueras. Era bastante vetusta, pero tenía una fachada agradable: de una sola planta, con entrepiso, pintada de un color tirando a gris y con tejado de hierro rojo. Por lo demás, aún podía tenerse en pie mucho tiempo, era espaciosa y acogedora. Albergaba muchos trasteros, escondites y escalerillas insospechadas. Las ratas pululaban en su interior, pero a Fiódor Pávlovich no le irritaban: «Al menos, con ellas, no se hacen tan aburridas las noches, cuando se queda uno solo». Pues, en efecto, tenía la costumbre de despachar a los criados por la noche a su pabellón y se encerraba a solas con llave. Ese pabellón, situado en el patio, era amplio y sólido. Fiódor Pávlovich había hecho instalar en él una cocina, pese a que ya había una en la casa principal; no le gustaba el olor a condumio, así que hacía que le llevaran la comida a través del patio tanto en invierno como en verano. La casa había sido construida para una familia numerosa y habría podido alojar al quíntuple de señores y criados. Pero en el momento de nuestro relato en la casa solo vivían Fiódor Pávlovich e Iván Fiódorovich, y el pabellón del servicio lo ocupaban en total tres criados: el viejo Grigori, su mujer, la vieja Marfa, y el joven Smerdiakov. Hay que hablar algo más en detalle de estos tres miembros del servicio. Del viejo Grigori Vasílievich Kutúzov, por otra parte, ya hemos dicho bastante. Hombre firme y severo, se encaminaba hacia lo que se proponía con una rectitud obstinada, siempre y cuando ese objetivo, por un motivo u otro (a menudo asombrosamente ilógico), se alzara ante él como una verdad absoluta. En pocas palabras, era honrado e incorruptible. Su mujer, Marfa Ignátievna, aun habiéndose sometido toda la vida sin rechistar a la voluntad de su marido, le había insistido de un modo espantoso, inmediatamente después de la liberación de los campesinos, por ejemplo, para que dejasen a Fiódor Pávlovich y se embarcaran en un pequeño negocio en Moscú (disponían de algunos ahorros), pero Grigori decidió entonces, y de una vez por todas, que su mujer mentía, «porque ninguna mujer es sincera», y que no debía abandonar a su antiguo amo, fuera éste como fuera, «porque ahora era ése su deber».

–¿Tú entiendes lo que es el deber? —le preguntó a Marfa Ignátievna.

–Sí, Grigori Vasílievich. Lo que no entiendo es que nuestro deber sea quedarnos aquí —le respondió con firmeza Marfa Ignátievna.

–Bah, lo comprendas o no, así será. De ahora en adelante, silencio.

Y así fue: no se marcharon, y Fiódor Pávlovich les asignó un salario, pequeño, pero que les pagaba con regularidad. Grigori sabía, además, que tenía sobre su amo una influencia indiscutible. Lo sentía y era verdad. Bufón astuto y terco, Fiódor Pávlovich, de carácter muy firme «para ciertas cosas de la vida», como él mismo decía, tenía, para gran asombro suyo, un carácter más bien debilucho para tantas otras «cosas de la vida». Sabía muy bien cuáles eran y le daban mucho miedo. Para ciertas cosas de la vida hay que tener los oídos bien abiertos y eso resultaba muy duro sin un hombre de confianza al lado, y Grigori era un hombre fidelísimo. En muchas ocasiones a lo largo de su carrera, Fiódor Pávlovich había podido recibir algún que otro golpe, y además doloroso, y siempre había acudido en su ayuda Grigori, aunque luego, cada vez, recibía un sermón de su amo. Pero no eran solo los golpes lo que asustaba a Fiódor Pávlovich: había casos más graves, incluso muy delicados y complicados, en los que ni siquiera él, quizá, habría sido capaz de definir esa extraordinaria necesidad que sentía de una persona fiel y cercana, la cual experimentaba a veces, de repente, en un instante y de manera incomprensible, dentro de sí. Eran casos casi enfermizos: depravadísimo y a menudo cruel en su lujuria, como un insecto maligno, Fiódor Pávlovich sentía repentinamente, en alguna ocasión, en esos minutos de embriaguez, un miedo espiritual y una sacudida moral que repercutían casi físicamente, por así decirlo, en su alma. «Es como si en esos momentos el alma me palpitase en la garganta», decía a veces. Era justo en esos instantes cuando le gustaba tener a su lado, próximo a él, quizá no en la misma habitación, pero sí en el pabellón, a un hombre leal, firme, completamente distinto a él, no corrompido, y que, aun siendo testigo de su vida en continuo libertinaje y estando al corriente de todos sus secretos, por su fidelidad, le permitiera cualquier cosa, no se opusiera y, lo más importante, no le reprochara nada ni lo amenazara con nada, ya fuera en este mundo o en el futuro, y que, en caso de necesidad, también lo defendiera… ¿de quién? De alguien desconocido, pero terrible y peligroso. Lo esencial era precisamente que debía tener sin falta a otro hombre, un viejo amigo a quien poder llamar en un mal momento, solo para mirarlo a la cara, quizá para intercambiar alguna palabrita, aunque fuera de escasa importancia, y si Grigori se quedaba igual, si no se enfadaba, sentía al instante un alivio en el corazón, pero, si se enojaba, en cambio, se ponía aún más triste. Algunas veces (aunque, por lo demás, muy pocas) Fiódor Pávlovich se presentaba, incluso en plena noche, en el pabellón y despertaba a Grigori, para que éste fuera un rato a hacerle compañía. Grigori iba, y Fiódor Pávlovich empezaba a hablarle de las tonterías más banales y enseguida le dejaba irse, a veces incluso con una pequeña burla o bromita; y luego, tras mandar todo a paseo, se acostaba y entonces dormía el sueño de los justos. Algo parecido le había pasado a Fiódor Pávlovich cuando llegó Aliosha. Aliosha le «atravesó el corazón» porque «vivía allí, lo veía todo y no reprobaba nada». Más aún, había traído consigo algo insólito: una falta total de desprecio por él, viejo como era; le mostraba, al contrario, una ternura constante y un cariño completamente sincero y natural, así como poco merecido. Todo eso había sido para el viejo depravado y célibe una grandísima sorpresa, totalmente inesperada para él, que hasta ese momento solo había amado «la inmundicia». Cuando se marchó Aliosha, se confesó a sí mismo que había entendido ciertas cosas que hasta entonces no había querido entender.

Ya he mencionado al principio de mi relato cómo detestaba Grigori a Adelaída Ivánovna, la primera esposa de Fiódor Pávlovich y madre de su primer hijo, Dmitri Fiódorovich, y cómo, por el contrario, defendía a su segunda mujer, la histérica Sofia Ivánovna, contra su propio señor y contra todo aquel a quien se le ocurriera decir una palabra mala o frívola sobre ella. La simpatía por esta desgraciada se había convertido para él en algo tan sagrado que ni siquiera veinte años más tarde hubiese soportado de nadie la más mínima alusión acerca de ella y el ofensor se habría encontrado en el acto con su réplica. Por su aspecto, Grigori era un hombre frío y serio, poco hablador, que pronunciaba palabras solemnes, mesuradas. A primera vista también era imposible dilucidar si quería o no a su dócil y obediente mujer; pero sí, en realidad la amaba, y ella, desde luego, lo comprendía. Esta Marfa Ignátievna era una mujer que no solo no era estúpida sino que quizá incluso fuese más inteligente que su marido, por lo menos más sensata en las cuestiones de la vida, y, sin embargo, se había subordinado con resignación y en silencio desde el principio mismo de su unión conyugal y sin duda lo respetaba por su superioridad espiritual. Es digno de señalar que, entre los dos, a lo largo de su vida en común, habían hablado poquísimo y solo de las cosas más corrientes e imprescindibles. El circunspecto y majestuoso Grigori reflexionaba sobre sus asuntos y preocupaciones siempre a solas, así que Marfa Ignátievna había entendido hacía mucho tiempo, y de una vez para siempre, que él no necesitaba en absoluto sus consejos. Sentía que su marido valoraba su silencio y que lo consideraba una prueba de inteligencia. Golpearla no la había golpeado nunca, a excepción de una sola vez, aunque muy levemente. En cierta ocasión, en el pueblo, durante el primer año de matrimonio de Adelaída Ivánovna y Fiódor Pávlovich, las jóvenes y mujeres del pueblo, entonces aún siervas, se reunieron en el patio de la casa señorial para cantar y bailar. Empezaron a entonar En los prados cuando, de pronto, Marfa Ignátievna, a la sazón una mujer aún joven, saltó delante del coro y bailó la «danza rusa» de una manera especial, no a la manera del campo, como las otras mujeres, sino como la bailaba cuando servía en casa de los ricos Miúsov, en su teatrito privado, donde un maestro de baile, venido expresamente de Moscú, enseñaba danza a los actores. Grigori estuvo viendo a su mujer bailar y, ya en su isba, una hora después, le dio una lección, tirándole un poco del pelo. Pero los golpes se terminaron ahí para siempre, y no volvieron a repetirse en toda su vida; además, Marfa Ignátievna, desde ese día, hizo el voto de no bailar.

Dios no les había dado hijos; tuvieron una criatura, sí, pero murió. Era obvio que a Grigori le gustaban los niños, ni siquiera lo ocultaba, es decir, no se avergonzaba de manifestarlo. A Dmitri Fiódorovich lo tomó a su cargo al huir Adelaída Ivánovna, cuando era un niño de tres años, y lo cuidó casi un año; él mismo lo peinaba y lo lavaba en la tina. Luego se ocupó también de Iván Fiódorovich y de Aliosha, lo que le valió una bofetada, pero todo esto ya lo he contado. Su propio hijo solo le dio la alegría de la esperanza, cuando Marfa Ignátievna aún estaba encinta. Cuando nació, sin embargo, le atravesó el corazón de pena y horror. El hecho es que el niño había venido al mundo con seis dedos. Al verlo, Grigori se quedó tan abatido que no solo estuvo callado hasta el día del bautizo sino que se iba a propósito al huerto para no hablar. Era primavera y, durante tres días seguidos, no hizo sino cavar bancales en el huerto. Al tercer día había que bautizar al niño; para entonces, Grigori ya había tenido tiempo de pensar algo. Al entrar en la isba donde se había reunido el clero con los invitados y, finalmente, con el propio Fiódor Pávlovich, que se había presentado en calidad de padrino, declaró de repente que al niño «no había que bautizarlo bajo ningún concepto»; lo dijo en voz baja, sin excederse en palabras, articulándolas con desgana, limitándose a posar su mirada fija e inexpresiva sobre el sacerdote.

–¿Por qué? —le preguntó el sacerdote con un asombro jovial.

–Porque… es un dragón… —musitó Grigori.

–¿Cómo que un dragón? ¿Qué dragón?

Grigori guardó silencio unos momentos.

–Se ha producido una confusión de la naturaleza… —farfulló y, si bien habló de manera muy poco clara, lo hizo con firmeza, sin ganas, a todas luces, de dar más explicaciones.

Se echaron a reír y, como es natural, bautizaron al pobre niño. Grigori rezó con fervor junto a la pila bautismal, pero no cambió de opinión sobre el recién nacido. Por lo demás, no se opuso a nada, pero en las dos semanas que vivió la enfermiza criatura apenas lo miró, incluso hacía como si no estuviera y pasaba la mayor parte del tiempo fuera de la isba. Pero, cuando al cabo de dos semanas el niño murió de difteria, el propio Grigori lo depositó en el ataúd, lo miró con una profunda tristeza y, en el momento en que cubrían de tierra su pequeña y poco honda tumba, se arrodilló y se inclinó hasta el suelo. Desde entonces, durante muchos años no mencionó a su hijo ni una vez, y tampoco Marfa Ignátievna, en su presencia, se acordaba de él y cuando alguna vez hablaba con alguien de su «hijito» lo hacía en un susurro, aun si no estaba presente Grigori Vasílievich. Marfa Ignátievna notó que, desde aquella pequeña tumba, su marido había empezado a ocuparse esencialmente de «cosas divinas», leía las Cheti-Minéi, a menudo en silencio y a solas, calándose cada vez sus grandes gafas redondas de montura plateada. Leía pocas veces en voz alta, si acaso en Cuaresma. Le gustaba el Libro de Job, había sacado de no se sabe dónde una colección de discursos y de sermones de «nuestro santo padre Isaac de Siria»73, y lo leyó obstinadamente muchos años, casi sin entender nada, pero quizá fuera por ese motivo por lo que quería y apreciaba ese libro más que ningún otro. En los últimos tiempos había empezado a escuchar y a estudiar a los flagelantes, tras haber conocido a algunos en la vecindad, y se quedó visiblemente impresionado, si bien no le pareció justo abandonar su fe por otra. Sus lecturas de «cosas divinas» habían conferido a su fisonomía, como es natural, un aspecto aún más solemne.

Quizá tuviera propensión al misticismo. Pero, como hecho a propósito, la llegada al mundo y la muerte de su hijo de seis dedos coincidieron con otro incidente muy extraño, inesperado y singular, que dejó en su alma, según la expresión que utilizaría más adelante, una «huella». Sucedió que el mismo día en que enterraron a la criatura de seis dedos, Marfa Ignátievna, tras despertarse en plena noche, oyó como los llantos de un recién nacido. Se asustó y despertó a su marido. Éste aguzó el oído y se dio cuenta de que más bien era alguien que gemía, «parecía una mujer». Se levantó y se vistió; era una noche de mayo, bastante cálida. Al salir a la entrada, oyó con claridad que los gemidos provenían del huerto. Pero el huerto, por la noche, estaba cerrado con llave desde el patio y no había modo alguno de entrar por otro lugar, pues estaba cercado por una valla alta y recia. De vuelta a casa, Grigori encendió un farol, tomó la llave del huerto y, sin prestar atención al miedo histérico de su mujer, quien continuaba asegurando que oía el llanto de un niño y que seguramente era su hijo, que lloraba y la llamaba, se fue en silencio al huerto. Allí comprendió claramente que los gemidos provenían de la pequeña bania74 que tenían en el huerto, no lejos de la cancela, y que quien gemía era en realidad una mujer. Al abrir la bania, descubrió un espectáculo ante el cual se quedó estupefacto: una pobre inocente de la ciudad, una yuródivaia, que vagabundeaba por las calles y que todo el mundo conocía con el sobrenombre de Lizaveta la Maloliente75, se había refugiado en la bania y acababa de alumbrar a un niño. La criatura yacía a su lado, y ella agonizaba. La mujer no decía una palabra, por la sencilla razón de que no sabía hablar. Pero todo esto habría que explicarlo aparte…

II. Lizaveta la maloliente

Había en esto una circunstancia especial que impresionó profundamente a Grigori y que vino a confirmar definitivamente una sospecha desagradable y repugnante que había tenido. Esta Lizaveta la Maloliente era una muchacha de muy baja estatura, que medía «dos arshiny76 y pico», como decían enternecidas muchas viejecitas devotas de nuestra ciudad al recordarla después de muerta. Su rostro de veinte años, sano, ancho y sonrosado, era totalmente el de una idiota; sus ojos al mirar se quedaban clavados de una manera desagradable, aunque tranquila. Siempre, tanto en invierno como en verano, iba con los pies desnudos, vestida únicamente con una camisa de cáñamo. Sus cabellos casi negros, muy tupidos, rizados igual que la lana de una oveja, cubrían su cabeza como un enorme gorro de piel. Además, siempre estaban manchados de tierra, de barro, cubiertos de hojitas, briznas y virutas, porque siempre dormía en el suelo y entre suciedad. Su padre, Iliá, era un menestral enfermizo y arruinado que bebía mucho; no tenía hogar y desde hacía muchos años se ganaba la vida trabajando en casa de unos amos acomodados, menestrales también de nuestra ciudad. La madre de Lizaveta había muerto hacía mucho tiempo. Siempre enfermo y rabioso, Iliá golpeaba a Lizaveta de una manera inhumana, cuando ésta iba a casa. Pero aparecía por allí en muy contadas ocasiones, porque se ganaba el pan en todas partes como una yuródivaia, una santa criatura de Dios. Los amos de Iliá, el propio Iliá e incluso muchos ciudadanos compasivos, sobre todo comerciantes y sus mujeres, habían intentado más de una vez vestir a Lizaveta de una manera más decente que con la sola camisa y, para el invierno, siempre le ponían una larga zamarra de piel de oveja y la calzaban con un par de botas altas; ella solía dejar que la vistieran, sin poner objeciones, pero luego se iba y, en cualquier sitio, en especial en el atrio de la catedral, se despojaba de todo lo que le habían ofrecido —un pañuelo, una falda, la zamarra, las botas—, lo dejaba todo allí y se iba descalza, sin más ropa que la camisa, como antes. Una vez el nuevo gobernador de nuestra provincia, en una visita de inspección a nuestra pequeña ciudad, se sintió muy agraviado en sus mejores sentimientos al ver a Lizaveta y, aun entendiendo que se trataba de una yuródivaia, tal y como le habían informado, señaló que una joven que vagaba por las calles sin más ropa que una camisa era un atentado contra la decencia y ordenó que en lo sucesivo no se volviera a repetir. Pero el gobernador se fue y a Lizaveta la dejaron tal como estaba. Su padre acabó muriendo y ella, como huérfana, fue aún más querida por todas las almas piadosas de la ciudad. En efecto, parecía incluso que todos la querían; los niños no se burlaban de ella ni la ofendían, y eso a pesar de que nuestros niños, sobre todo en la escuela, son unos gamberros. Entraba en casas de desconocidos y nadie la echaba; al contrario, todos le daban muestras de cariño y una monedita de medio kopek. Le daban la monedita, ella la tomaba y enseguida iba a echarla en un vaso de limosna, bien para la iglesia, bien para la cárcel. Si en el mercado le daban una rosca de pan o un bollo, se lo regalaba siempre al primer niño con el que se encontraba, o bien paraba a una de las señoras más ricas de nuestra ciudad, también para dárselo, y las señoras lo aceptaban incluso con alegría. En cuanto a ella, no se alimentaba más que con pan negro y agua. A veces entraba en una tienda opulenta, se sentaba; allí había mercancías de valor, también dinero, pero los dueños de la tienda nunca la vigilaban, sabían que, aunque se olvidaran miles de rublos delante de ella, no cogería ni un kopek. En la iglesia entraba en muy contadas ocasiones, dormía sobre todo en los atrios de los templos o bien, tras saltar una valla de zarzo (seguimos teniendo en la ciudad muchas vallas de zarzo en lugar de madera), en el huerto de alguien. Por su casa, es decir, por la casa de aquellos amos donde había vivido su difunto padre, aparecía aproximadamente una vez por semana y, en invierno, iba también todos los días, pero solo para pasar la noche, y pernoctaba bien en el zaguán, bien en el establo. Se sorprendían de que pudiera soportar semejante vida, pero ella ya estaba acostumbrada; aunque era de pequeña estatura, tenía una complexión extraordinariamente robusta. Algunos de nuestros señores afirmaban que, todo eso, lo hacía solo por orgullo, pero de alguna manera esa opinión no se sustentaba: no sabía pronunciar ni una sola palabra, solo de vez en cuando conseguía mover la lengua y proferir un mugido. ¡Cómo se podía hablar de orgullo! Una vez (hace ya bastante tiempo), en una clara y templada noche septembrina de plenilunio, a una hora muy tardía para nuestras costumbres locales, una embriagada cuadrilla de señores de nuestra ciudad, unos cinco o seis hombres gallardos que habían estado de juerga, volvían del club a sus casas, atajando por patios traseros. Los dos lados del callejón estaban bordeados de vallas de zarzo tras las cuales se extendían los huertos de las casas adyacentes; el callejón daba a una pasarela que atravesaba ese largo y maloliente charco que entre nosotros se califica a veces de riachuelo. Junto a la valla, entre ortigas y bardanas, nuestra pandilla descubrió a la durmiente Lizaveta. Los señores, que estaban de lo más alegres, se detuvieron delante de ella riendo a carcajadas y se pusieron a bromear diciendo todas las obscenidades posibles. A un joven petimetre se le ocurrió hacer una pregunta completamente excéntrica sobre un tema imposible: «¿Podría alguien, quienquiera que fuese, tomar a semejante bestia por una mujer, en este mismo momento, etcétera?». Todos, con orgullosa repugnancia, determinaron que era imposible. Pero en ese grupo se encontraba Fiódor Pávlovich, quien de pronto dio un brinco y declaró que sí, que se la podía considerar una mujer, y hasta sobradamente, y que eso incluso le añadía una especie de picante particular, etcétera, etcétera. Cierto, en esa época, entre nosotros, Fiódor Pávlovich trataba de representar de un modo demasiado ostentoso el papel de bufón, le gustaba exhibirse y hacer reír a los señores, en un aparente plano de igualdad, por supuesto, pero, en realidad, se portaba ante ellos como un patán. Eso ocurrió en el momento preciso en que acababa de llegarle de San Petersburgo la noticia de la muerte de su primera esposa, Adelaída Ivánovna, y, cuando, con un crespón en el sombrero, bebía y se comportaba de una manera tan indecorosa, las otras personas de la ciudad, incluso las más depravadas, se incomodaban al verlo. La pandilla, por supuesto, estalló en carcajadas ante aquella opinión inesperada; uno de ellos incluso empezó a provocar a Fiódor Pávlovich, pero los demás mostraron mayor repugnancia que antes, si bien todo ello todavía con una jovialidad desmedida, y, finalmente, cada uno retomó su camino. Más tarde, Fiódor Pávlovich juró y perjuró que aquella noche se había ido con los demás; quizá fuera así realmente, nadie lo puede saber a ciencia cierta ni lo sabrá nunca, pero cinco o seis meses después todos en la ciudad empezaron a hablar con sincera y extraordinaria indignación de que Lizaveta estaba encinta, preguntaban, hacían indagaciones: ¿de quién era el pecado? ¿Quién era el ofensor? Y fue entonces cuando repentinamente se extendió por toda la ciudad el estrambótico rumor de que el ofensor había sido el propio Fiódor Pávlovich. ¿De dónde había salido ese rumor? De aquella pandilla de señores juerguistas para entonces ya solo quedaba en la ciudad uno de sus miembros, un hombre que, además de tener cierta edad, era un respetable consejero de Estado, con familia e hijas adultas, que de ningún modo habría difundido la noticia, ni aun cuando hubiese sucedido algo; en cuanto a los otros participantes, unos cinco hombres, ya se habían ido de la ciudad. Pero el rumor había apuntado directamente a Fiódor Pávlovich y seguía señalándolo. Desde luego, él nunca lo admitió: ni siquiera se dignó replicar a esos insignificantes mercaderes o menestrales. Entonces era un hombre orgulloso y se negaba a hablar si no era en compañía de funcionarios y nobles, a quienes tanto divertía. Fue en ese momento cuando Grigori, enérgicamente, con todas sus fuerzas, se alzó a favor de su señor y no solo lo defendía contra todas esas calumnias sino que discutía y reñía por él, haciendo cambiar a muchos de opinión. «Es ella, esa criatura ruin, la culpable», afirmaba con rotundidad; el ofensor no era otro que «Karp, el del tornillo» (así llamaban a un temible convicto, muy famoso en aquella época, que se acababa de escapar de la cárcel provincial y vivía oculto en nuestra ciudad). Esta conjetura parecía verosímil, pues se acordaban de Karp, recordaban precisamente que aquellas mismas noches, próximo el otoño, Karp había callejeado por la ciudad y desvalijado a tres personas. Pero todo este incidente y todas estas habladurías no solo no disiparon en absoluto la simpatía general por la pobre yuródivaia, sino que todos se pusieron a protegerla y a ampararla aún más. La señora Kondrátieva, viuda acomodada de un comerciante, incluso lo dispuso todo para llevar a Lizaveta a su casa ya a finales de abril y no dejarla salir hasta que diera a luz. La vigilaban sin descanso, pero al final, a pesar de toda la vigilancia, Lizaveta, ya por la noche, salió de pronto a escondidas de la casa de Kondrátieva y fue a parar al huerto de Fiódor Pávlovich. Cómo logró, en su estado, pasar por encima de la elevada y sólida valla del huerto sigue siendo una especie de enigma. Unos afirmaban que «alguien la había transportado» y otros que «algo la había transportado». Lo más probable es que todo ocurriera de una manera natural, si bien bastante complicada, y que Lizaveta, que sabía pasar por encima de las vallas de zarzo para entrar en los huertos ajenos a pasar la noche, se hubiese, de algún modo, encaramado también a la valla de madera de Fiódor Pávlovich y, desde lo alto, aun haciéndose daño, hubiese saltado al huerto, a pesar de su embarazo. Grigori se abalanzó sobre Marfa Ignátievna y la envió a que ayudara a Lizaveta, mientras él se iba corriendo en busca de una vieja partera, la mujer de un menestral que, por cierto, no vivía lejos. Salvaron al niño, pero Lizaveta murió al amanecer. Grigori tomó al recién nacido, lo llevó a su casa, hizo sentar a su mujer y se lo puso en el regazo, junto a su pecho: «Esta criatura de Dios, este huérfano, es pariente de todos, y aún más de nosotros. Nos lo envía nuestro pequeño difunto, ha nacido de un hijo del demonio y de una santa. Aliméntalo y no llores más». Así Marfa Ignátievna se hizo cargo del niño. Lo bautizaron y le pusieron de nombre Pável; en cuanto al patronímico, todos, incluidos ellos dos, sin que nadie así se lo indicara, empezaron a llamarlo Fiódorovich. Fiódor Pávlovich no puso objeción alguna y hasta encontró todo eso divertido, aunque siguió negando su implicación con todas sus fuerzas. En la ciudad gustó que acogiera al huérfano. Más adelante incluso pensó para él un apellido: lo llamó Smerdiakov por el apodo de su madre. Smerdiakov se convirtió en el segundo criado de Fiódor Pávlovich y vivía, al principio de nuestra historia, en el pabellón, con el viejo Grigori y la vieja Marfa. Hacía de cocinero. Haría mucha falta también que añadiera algo de él en particular, pero me da ya vergüenza distraer durante tanto tiempo la atención de mi lector hacia unos criados tan corrientes: por eso, retomo mi relato, con la esperanza de que se presente por sí sola la ocasión de hablar de Smerdiakov a lo largo de la novela.

III. La confesión de un corazón ardiente. En verso

Aliosha, tras haber oído la orden que su padre le había gritado desde el coche mientras se iba del monasterio, permaneció un rato inmóvil, en medio de una gran perplejidad. No es que estuviera allí clavado como un poste, esas cosas no le pasaban. Al contrario, pese a toda su turbación, se las arregló para dirigirse enseguida a la cocina del padre higúmeno y averiguar qué había hecho su progenitor arriba. Luego se encaminó a la ciudad, con la esperanza de que durante el recorrido lograría resolver de algún modo el problema que lo atormentaba. Me apresuraré a decir que los gritos de su padre y la orden de que se trasladara a casa «con las almohadas y el jergón» no le asustaban lo más mínimo. Entendía demasiado bien que esa orden, pronunciada en voz alta y con un grito tan ostentoso, había sido dada «en un arrebato», incluso en aras de la belleza, por así decir, de modo parecido a lo de aquel menestral de nuestra pequeña ciudad, que había bebido más de la cuenta en su fiesta de cumpleaños, en presencia de los invitados, se había enojado porque no le servían más vodka y de buenas a primeras se había puesto a romper su propia vajilla, a desgarrar su ropa y la de su mujer, a destrozar los muebles y, por último, los cristales de la casa, y todo eso, asimismo, en aras de la belleza. Una cosa de este género, desde luego, le acababa de ocurrir a su padre. Ni que decir tiene que al día siguiente aquel menestral, después de la juerga y tras pasársele la borrachera, había lamentado las tazas y los platos rotos. Aliosha sabía que también el viejo, sin duda, le dejaría volver al monasterio al día siguiente, o quizá incluso esa misma tarde. Estaba totalmente convencido, además, de que él era la última persona a la que su padre querría ofender. Aliosha estaba seguro de que nadie en el mundo quería ofenderlo nunca, y no solo es que no quisieran ofenderlo, sino que tampoco podían. Eso, para él, era un axioma, definitivamente aceptado, sin discusiones, y con éstas siguió adelante, sin la menor vacilación.

Pero en ese momento se agitaba en él otro miedo, de un género completamente distinto, y mucho más doloroso, porque ni el propio Aliosha podía definirlo; era precisamente el miedo a la mujer y, en concreto, a Katerina Ivánovna, que tan insistentemente le había suplicado, en la nota que le había entregado la señora Jojlakova, que fuera a verla sin especificar el motivo. Esta petición y la apremiante necesidad de cumplirla despertaron al instante cierta sensación de tormento en su corazón y, durante toda la mañana, a medida que pasaba el tiempo, esa sensación había ido creciendo y haciéndose más dolorosa, a pesar de todas las escenas e incidentes que habían ocurrido después en el monasterio, así como hacía un momento junto al padre higúmeno, etcétera, etcétera. Lo que temía no era ignorar de qué quería hablarle ella y qué le respondería él. Y no era a la mujer, en general, lo que temía en ella: tenía escasos conocimientos de las mujeres, desde luego, pero, aun así, llevaba toda la vida, desde su más tierna infancia hasta su ingreso en el monasterio, viviendo únicamente con ellas. Temía en concreto a esa mujer, precisamente a Katerina Ivánovna. La había temido desde la primera vez que la vio. Y solo la había visto una o dos veces, puede que tres, y hasta había intercambiado algunas palabras con ella en una ocasión. Recordaba su imagen como la de una joven bella, arrogante e imperiosa. Pero no era su belleza lo que le atormentaba sino algo diferente. Era justamente esa inexplicable naturaleza de su miedo lo que acrecentaba su temor. Los fines de la joven eran nobilísimos, él lo sabía; se afanaba en salvar a su hermano Dmitri, que ya era culpable ante ella, y si se afanaba era solo por generosidad. Pero, a pesar de la conciencia y justicia que él no podía dejar de atribuir a todos esos sentimientos magníficos y generosos, un frío le recorría la espalda a medida que se acercaba a su casa.

Se dio cuenta de que no hallaría a su hermano Iván Fiódorovich, tan cercano a ella, en casa de Katerina Ivánovna: su hermano debía de estar ahora con su padre. Estaba aún más seguro de que no encontraría a Dmitri allí, e intuía el porqué. Así que tendrían una charla en privado. Le habría gustado mucho ver, antes de esa conversación fatídica, a su hermano Dmitri, pasar un rato a su lado. Habría intercambiado algunas palabras con él, sin enseñarle la carta. Pero su hermano Dmitri vivía lejos y lo más probable es que tampoco estuviera en casa. Tras detenerse un instante, tomó una decisión definitiva. Se santiguó con gesto habitual y apresurado, acto seguido sonrió por algo y se dirigió con firmeza a ver a su terrible dama.

Conocía la casa. Pero si hubiera tenido que ir hasta la calle Mayor, luego atravesar la plaza, etcétera, habría tenido que ir bastante lejos. Nuestra pequeña ciudad es muy dispersa y las distancias suelen ser más bien grandes. Además, su padre lo estaba esperando, quizá aún no hubiese tenido tiempo de olvidar su orden, podía enfadarse, y por eso debía darse prisa para llegar a un sitio y a otro. Como resultado de todas estas consideraciones, decidió acortar el camino pasando por los patios traseros, pues se conocía todos los atajos de la ciudad como la palma de su mano. Eso equivalía a prescindir casi totalmente de los caminos, avanzar a lo largo de cercados desiertos, saltar incluso a veces vallas ajenas y atravesar patios ajenos, donde, por lo demás, todos lo conocían y saludaban. De esta manera podía alcanzar la calle Mayor en la mitad de tiempo. En cierto momento tuvo incluso que pasar muy cerca de la casa paterna, justo por delante del huerto colindante con el de su padre, que pertenecía a una casita decrépita y ruinosa de cuatro ventanas. La propietaria de esta casita era, como sabía Aliosha, una menestrala de la ciudad, una vieja a la que le faltaba una pierna y que vivía con su hija, una antigua camarera que se había habituado a la vida civilizada de la capital, donde había residido siempre en casas de generales, que desde hacía un año había vuelto a su casa, a causa de la enfermedad de la anciana, y a la que le gustaba lucir sus vestidos elegantes. La vieja y su hija habían caído, sin embargo, en una miseria terrible, tanto que cada día iban a la cocina de Fiódor Pávlovich, como vecinas suyas, para obtener un poco de sopa y pan. Marfa Ignátievna les servía de buen grado. Pero la hija, aunque iba a buscar sopa, no había vendido ni uno solo de sus vestidos y hasta tenía uno con una cola larguísima. De esta circunstancia se había enterado Aliosha de una forma del todo casual, desde luego, por su amigo Rakitin, que decididamente estaba al corriente de todo lo que ocurría en nuestra pequeña ciudad, y, nada más enterarse, se había olvidado de ella por completo. Pero, al llegar a la altura del huerto de la vecina, de repente se acordó de esa cola, alzó rápidamente la cabeza gacha y pensativa y… tuvo un encuentro totalmente inesperado.

En el huerto de las vecinas, encaramado a algo al otro lado de la valla, asomaba, visible hasta el pecho, su hermano Dmitri Fiódorovich; estaba gesticulando con todas sus fuerzas, llamándolo para que se acercara; por lo visto, no solo le daba miedo gritar, sino hasta decir una palabra en voz alta, no fuera a oírlo alguien. Aliosha corrió al instante hacia la valla.

–Menos mal que se te ha ocurrido levantar la vista, estaba a punto de gritarte —le susurró apresuradamente Dmitri Fiódorovich, todo contento—. ¡Súbete aquí! ¡Rápido! Ah, qué bien que hayas venido. Estaba pensando en ti…

También Aliosha estaba contento y solo se preguntaba cómo iba a escalar y pasar por encima de la valla. Pero Mitia, con su brazo hercúleo, lo agarró del codo y lo ayudó a saltar. Recogiéndose la sotana, saltó con la ligereza de un pilluelo descalzo.

–¡Muévete, vamos! —le soltó Mitia en un susurro arrebatado.

–¿Adónde? —preguntó Aliosha, también en un susurro, mirando a todos los lados y descubriendo que se encontraba en un huerto completamente vacío donde, aparte de ellos dos, no había nadie. El huerto era pequeño, pero la casita de los propietarios se alzaba a no menos de unos cincuenta pasos de distancia—. Pero si aquí no hay nadie, ¿por qué hablas en voz baja?

–¿Por qué? ¡Ah, que el diablo me lleve! —gritó de repente Dmitri Fiódorovich a voz en cuello—. Sí, ¿por qué hablo en voz baja? ¿Ves qué confusión de la naturaleza puede obrarse de repente? Estoy aquí escondido, guardando un secreto. La explicación, más adelante; pero, sabiendo que es un secreto, me he puesto a hablar también secretamente, susurrando como un tonto cuando no hay necesidad alguna. ¡Vamos, por allí! Por ahora, silencio. ¡Quiero darte un beso!

¡Gloria al Altísimo en el mundo,

gloria al Altísimo en mí…!

»Antes de que llegaras, estaba aquí, recitándome eso…

En el huerto, que mediría una desiatina77 o poco más, solo había árboles plantados en el perímetro, a lo largo de las cuatro vallas: manzanos, arces, tilos y abedules. El centro del huerto estaba vacío y formaba una especie de prado en el que se segaban varios pudy78 de heno en verano. La propietaria daba en arriendo este huerto al llegar la primavera por algunos rublos. Había bancales de frambuesa, uva espina y grosella, igualmente a lo largo del cercado; también bancales de verduras muy cerca de la casa, cultivados desde hacía poco tiempo. Dmitri Fiódorovich condujo a su invitado hacia el rincón más apartado del huerto. Allí, entre los tilos frondosos y los viejos arbustos de grosellero y saúco, entre mundillos y lilas, aparecieron de pronto las ruinas de un antiquísimo cenador verde, ennegrecido y ladeado, con las paredes de rejilla, pero con un techo bajo el cual aún era posible guarecerse de la lluvia. Ese cenador había sido construido Dios sabe cuándo, por lo menos hacía unos cincuenta años, según la leyenda, por orden de quien era a la sazón propietario de la casa, un tal Aleksandr Kárlovich von Schmidt, teniente coronel retirado. Pero todo estaba ya deslucido, el suelo podrido, todas las tarimas se tambaleaban, la madera olía a humedad. En el cenador había una mesa verde de madera sujeta al suelo y rodeada de bancos, también verdes, donde todavía era posible sentarse. Aliosha enseguida se había dado cuenta del estado de exaltación de su hermano, pero, al entrar en el cenador, vio sobre la mesa media botella de coñac y una copita.

–¡Es coñac! —dijo Mitia soltando una carcajada—. Ya veo lo que estás pensando: «¡Ya se ha dado otra vez a la bebida!». No creas en fantasmas.

No creas a la vana y embustera muchedumbre.

Olvida tus dudas…!79

»No me emborracho, solo “paladeo”, como dice ese cerdo de Rakitin, amigo tuyo, que cuando llegue a ser consejero de Estado seguirá diciéndolo. Siéntate. Te cogería y te estrecharía entre mis brazos hasta aplastarte, Aliosha, porque en todo el mundo, créeme, de verdad, de-ver-dad (¿lo entiendes?), ¡solo te quiero a ti! —Pronunció estas últimas palabras casi en un estado de frenesí—. Solo a ti y a una “infame” de la que me he enamorado. Sí, estoy perdido. Pero enamorarse no significa amar. Uno puede enamorarse incluso odiando. ¡Recuérdalo! Te lo digo ahora, mientras aún hay placer en ello. Siéntate aquí, a la mesa, y yo me sentaré muy cerca, a tu lado, y te miraré mientras no dejo de hablar. Tú callarás, y yo te lo diré todo, porque ha llegado el momento de hablar. Pero ¿sabes?, he pensado que hay que hablar en voz baja, sí, porque aquí… aquí… quizá puedan oírnos los oídos más inesperados. Te lo explicaré todo, ya te lo he dicho: la continuación vendrá más tarde. ¿Por qué crees que rabiaba por saber de ti, por qué tenía tantas ganas de verte todos estos días y también ahora? (Ya hace cinco días que eché anclas aquí.) ¿Por qué todos estos días? Porque solo a ti voy a decírtelo todo, porque es necesario, porque tú eres necesario, porque mañana caeré de las nubes, porque mañana la vida terminará y comenzará. ¿Has sentido, has soñado alguna vez que caes de una montaña a un hoyo? Bien, así estoy yo cayendo ahora, y no es un sueño. Y no tengo miedo, tú tampoco lo tengas. Es decir, sí que tengo miedo, pero es un miedo dulce. Como una exaltación… Bueno, al diablo, lo que sea, qué más da. Espíritu fuerte, espíritu débil, espíritu de mujer, ¿qué más da? Alabemos la naturaleza: ¡mira cuánto sol, el cielo tan limpio, las hojas todas verdes, todavía es pleno verano, las cuatro de la tarde, el silencio! ¿Adónde ibas?

–A casa de nuestro padre, pero primero quería pasar a ver a Katerina Ivánovna.

–¡A casa de ella y a casa de nuestro padre! ¡Oh, qué coincidencia! Pero ¿por qué te llamaba yo, por qué quería verte, por qué lo ansiaba y deseaba con todos los meandros de mi alma e incluso con mis costillas? Para enviarte precisamente con padre, de mi parte, y luego con ella, Katerina Ivánovna, y así acabar con ella y con padre. Para enviar a un ángel. Podría haber mandado a cualquiera, pero necesitaba mandar a un ángel. Y resulta que tú mismo vas a verlos, a ella y a padre.

–¿De verdad querías mandarme a mí? —le soltó Aliosha con una expresión de dolor en el rostro.

–Espera, tú lo sabías. Y veo que lo has comprendido todo al instante. Pero calla, por ahora calla. ¡No me compadezcas y no llores!

Dmitri Fiódorovich se levantó, se quedó pensativo y se puso un dedo en la frente:

–Te ha llamado ella misma, te ha escrito una carta o algo así, por eso ibas a verla; de lo contrario, ¿acaso irías?

–Aquí está la nota —Aliosha la sacó del bolsillo. Mitia la leyó rápidamente.

–¡Y tú has venido por patios traseros! ¡Oh, dioses! Os agradezco que lo enviaseis por atajos y que fuera a parar hasta mí, como el pez de oro que pesca el viejo y estúpido pescador en el cuento.80 Escucha, Aliosha, escucha, hermano. Ahora voy a contártelo todo. Porque a alguien tengo que decírselo. Al ángel del cielo ya se lo he dicho, pero debo decírselo también a un ángel en la tierra. Tú eres un ángel en la tierra. Tú escucharás, juzgarás y perdonarás… Y eso es lo que yo necesito, que alguien superior me perdone. Escucha: si dos seres de repente rompen con todo lo terrenal y vuelan hacia lo extraordinario, o al menos alguno de ellos lo hace, y antes de eso, mientras emprende el vuelo o perece, se acerca a otro ser y le dice: hazme esto o aquello, algo que uno nunca pediría a nadie, salvo en el lecho de muerte… ¿Puede uno negarse a hacerlo… si es un amigo, un hermano?

–Yo lo haré, pero dime qué es y dímelo cuanto antes —dijo Aliosha.

–Cuanto antes… Hum… No tengas prisa, Aliosha: tienes prisa y te preocupas. No hay por qué apresurarse ahora. Ahora el mundo ha salido a una nueva calle. ¡Ay, Aliosha, es una pena que nunca hayas alcanzado el éxtasis! Pero ¿qué estoy diciendo? ¡Como si no lo hubieras alcanzado! ¡Qué charlatán soy!

¡Que el hombre sea noble!

»¿De quién es ese verso?81

Aliosha decidió esperar. Comprendió que, posiblemente, todo lo que tenía que hacer en ese momento estaba allí. Mitia se quedó pensativo un instante, con los codos sobre la mesa y la cabeza apoyada en la palma de una mano. Los dos estuvieron un rato callados.

–Liosha —dijo Mitia—, ¡tú eres el único que no se va a reír! Quisiera empezar… mi confesión… con el himno a la alegría de Schiller. An die Freude!82 Pero no sé alemán, solo sé que se llama An die Freude. No creas que hablo así porque estoy borracho. No lo estoy en absoluto. El coñac es coñac, pero yo necesito dos botellas para embriagarme.

Así, Sileno carirrojo,

sobre su asno tropezón,83

»pero yo no he bebido ni un cuarto de botella y tampoco soy Sileno. No soy Sileno, pero sí silente, porque como te he dicho he tomado una decisión para siempre. Perdóname el juego de palabras, tendrás que perdonarme muchas cosas hoy, no solo el juego de palabras. No te inquietes, no me extenderé mucho, te cuento una cosa y enseguida llegaré al meollo. No te haré perder el tiempo como un miserable judío. Espera, cómo es eso… —Alzó la cabeza, se quedó pensativo y de repente se lanzó a recitar con voz exaltada—:

Tímido, desnudo y salvaje

se ocultaba el troglodita

en la hendidura de la montaña,

vagaba el nómada por campos

y a su paso los asolaba.

El cazador, con lanzas y flechas,

batía amenazante los bosques…

¡Ay, del náufrago llevado por las olas

hasta aquellas playas inhóspitas!

Desde las alturas del Olimpo,

desciende la madre Ceres

en busca de Proserpina, raptada:

la tierra que pisa es salvaje.

Nada de cobijo, nada de ofrendas

que saluden a la divinidad,

y el culto ignora a los dioses,

ningún templo los adora.

Los frutos del campo, los dulces racimos,

no adornan ningún banquete,

solo humean los restos de las víctimas

sobre los altares ensangrentados.

Y dondequiera que abarque

Ceres con su triste mirada

encuentra a los hombres

en dolorosa humillación.84

De repente unos sollozos brotaron del pecho de Mitia. Cogió a Aliosha de la mano.

–Amigo, amigo, sí, en la humillación, en la profunda humillación todavía. ¡Es terrible lo mucho que ha de soportar el hombre en la tierra, es terrible la cantidad de sus desdichas! No creas que soy solo un fanfarrón, disfrazado de oficial, que se emborracha con coñac y se entrega al libertinaje. Yo, hermano, casi solo pienso en eso, en ese hombre humillado, si es que no miento. Dios me salve de mentir o de jactarme. Porque pienso en ese hombre, yo mismo soy ese hombre:

Para que el hombre salga de la abyección

por la fuerza de su alma

es preciso que forje un pacto eterno

con la antigua madre Tierra…85

»Solo que ahí está el problema: ¿cómo pactar esta alianza eterna con la tierra? Yo no beso la tierra, no le abro el seno; ¿tendría que hacerme campesino o pastor? Camino y no sé nada, no sé si he caído en el hedor y en la vergüenza o en la luz y en la alegría. Ésa es la desgracia. Y cuando me encontraba sumido en la más profunda, en la más honda vergüenza (y eso era lo único que me sucedía), siempre leía este poema sobre Ceres y el hombre. ¿Me servía para corregirme? ¡Nunca! Porque soy un Karamázov. Y cuando me precipito al abismo, me precipito derecho, con la cabeza abajo y los talones arriba, incluso me siento satisfecho de caer en una posición tan humillante y considero que para mí eso es la belleza. Y desde el fondo de esta vergüenza de pronto empiezo un himno. Sí, soy un maldito, soy miserable y vil, pero también puedo besar el borde de esa túnica con la que se envuelve mi Dios y, aunque al mismo tiempo siga al diablo, continúo siendo tu hijo, Señor, y te amo, y siento una felicidad sin la cual el mundo no puede mantenerse ni ser.

El alma de la creación divina

apaga su sed con eterna alegría,

la llama de la vida prende

con la secreta fuerza de la fermentación;

es ella la que hace crecer la hierba,

en soles torna el caos

y, libres de los astrónomos,

por los espacios los astros dispersa.

Del seno de la naturaleza

todo lo nacido alegría bebe.

Arrastra tras de sí seres y pueblos,

amigos nos brindó en el infortunio,

zumo de uvas, coronas de flores,

y la lujuria de los insectos…

Y el ángel ante Dios comparecerá.86

»Pero ¡basta de poesía! He vertido lágrimas, déjame llorar un poco más. Que sea una estupidez de la que todos se rían, pero tú no. A ti también te brillan los ojos. Basta de poesía. Quiero hablarte ahora de los “insectos”, de esos a los que Dios ha dotado de lujuria.

¡A los insectos, la lujuria!

»Yo, hermano, soy ese insecto, y esas palabras fueron pronunciadas especialmente para mí. Y todos nosotros, los Karamázov, somos así; ese insecto también vive dentro de ti, Aliosha, que eres un ángel, y engendra tormentas en tu sangre. ¡Tormentas, porque la lujuria es una tormenta, más que una tormenta! ¡La belleza es una cosa terrible y pavorosa! Terrible porque es indefinible, nadie la puede definir, porque Dios solo nos ha dado enigmas. Aquí las orillas convergen, aquí todas las contradicciones conviven. Soy muy poco instruido, hermano, pero he pensado mucho en estas cosas. ¡Son muchos los misterios aterradores! ¡Demasiados los enigmas que abruman al hombre en la tierra! Desentráñalos como puedas y sal intacto. ¡La belleza! No puedo soportar que un hombre de gran corazón y elevada inteligencia empiece con el ideal de la Madona y termine con el de Sodoma. Pero aún más espantoso es que, llevando en el alma el ideal de Sodoma, no reniegue del de la Madona, que siga ardiendo por él su corazón, y de verdad, como en los años inmaculados de su juventud. No, el ser humano es vasto, demasiado vasto, me gustaría reducirlo. ¡El diablo sabrá lo que significa! Lo que a la razón se le presenta como una vergüenza, para el corazón no es sino belleza. ¿En Sodoma hay belleza? Créeme, para la mayoría de la gente es precisamente en Sodoma donde reside la belleza: ¿no conocías ese secreto? Lo terrible es que la belleza no solo es espantosa, sino también un enigma. Es la lucha entre el diablo y Dios, con el corazón del hombre como campo de batalla. De todos modos, cada uno habla de lo que le duele. Escucha, ahora vamos al grano.

IV. La confesión de un corazón ardiente. En anécdotas

—Yo allí llevaba una vida disoluta. Nuestro padre decía hace poco que he gastado miles de rublos en seducir doncellas. Es una sucia invención, nunca ha sido así y, en cuanto a lo que en realidad hubo, para «eso», de hecho, no fue necesario dinero. Para mí, el dinero es el accesorio, la fiebre del alma, el decorado. Hoy soy el amante de una señora, mañana lo seré de una chica de la calle. Y a una y a otra las divierto, tiro el dinero a manos llenas: música, jolgorio, cíngaros. Si hace falta, se lo doy a ellas también, porque lo cogen, lo cogen con frenesí, hay que reconocerlo, y se quedan contentas y agradecidas. Las señoritas me amaban, no todas, pero pasaba, sí, pasaba; con todo, siempre me han gustado los callejones, los rincones perdidos y oscuros, más allá de la plaza: allí se encuentran aventuras, sorpresas inesperadas, pepitas de oro en el barro. Me expreso alegóricamente, hermano. En nuestra pequeña ciudad no existían estos callejones en el plano material, pero sí desde el punto de vista moral. Si tú fueras como yo, entenderías lo que eso significa. Me gustaba la depravación, me gustaba también por su misma abyección. Me gustaba la crueldad: ¿acaso no soy una chinche, un insecto maligno? En una palabra, ¡soy un Karamázov! Una vez se organizó en toda la ciudad una salida al campo, partieron siete troikas; en la oscuridad, en pleno invierno, en el trineo, me puse a estrechar la mano de una vecinita y la obligué a que me besara; era la hija de un funcionario, una chica pobre, gentil, tímida, sumisa. Me dejó hacer, me permitió muchas cosas en la oscuridad. Imaginaba, pobrecita, que al día siguiente me presentaría en su casa para pedir su mano (me apreciaban, sobre todo, como un buen partido); pero después de aquello no le dije una palabra en cinco meses, ni siquiera media palabra. Cuando había baile (y no se hacía más que bailar) veía sus ojos acechándome desde un rincón de la sala, veía cómo ardían con una llamita, con una llamita de mansa indignación. Este juego no hacía sino divertir la lujuria de insecto que alimentaba en mí. Al cabo de cinco meses, se casó con un funcionario y se fue… enfadada y quizá queriéndome aún. Ahora viven felices. Fíjate que a nadie le he dicho nada, no la he mancillado; a pesar de mis bajos deseos y de que amo la bajeza, no carezco de honor. Te ruborizas, tus ojos brillan. Basta de suciedad para ti. Y todo esto no es nada todavía, solo florecillas a lo Paul de Kock87, aunque el cruel insecto ya había crecido, ya se había hecho grande en mi alma. Hermano, tengo un álbum entero de recuerdos. Que Dios las ampare, a mis queriditas. Al romper me gustaba que fuera sin riñas. Nunca he traicionado ni difamado a ninguna. Pero basta. ¿Creías que te había hecho venir aquí solo para estas porquerías? No, te contaré algo más curioso; pero no te sorprendas de que no me avergüence delante de ti y que incluso parezca que me siento feliz.

–Dices esto porque me he sonrojado —observó repentinamente Aliosha—. No me he ruborizado por tus palabras, ni siquiera por tus actos, sino porque soy como tú.

–¿Tú? Bueno, eso es ir demasiado lejos.

–No, demasiado lejos no —replicó Aliosha con ardor. (Por lo visto, esa idea habitaba en él hacía mucho tiempo)—. Los peldaños son los mismos. Yo estoy en el más bajo, y tú, más arriba, pongamos en el decimotercero. Así es como lo veo, pero de todos modos es lo mismo, es exactamente igual. Quien ha puesto el pie en el peldaño más bajo seguramente acabe subiendo sin falta hasta arriba.

–Lo mejor, entonces, ¿sería no ponerlo?

–Desde luego, si es posible.

–Y tú, ¿puedes?

–Me parece que no.

–Calla, Aliosha, calla, querido, quisiera besarte la mano, así, de la emoción. Esa granuja de Grúshenka, que tiene ojo para los hombres, una vez me dijo que se te comería. ¡Me callo, me callo! Pasemos de las abominaciones, de los márgenes ensuciados por las moscas, a mi tragedia, también otro margen ensuciado por las moscas, es decir, lleno de vilezas. Si bien el viejo mintió en cuanto a lo de seducir inocentes, en esencia, en mi tragedia, así es como fue, aunque solo una vez y ni siquiera llegó a ocurrir. El viejo me reprochaba esas fábulas, pero no conoce este caso: nunca se lo he contado a nadie, tú serás el primero al que se lo cuente, aparte de Iván, por supuesto; él lo sabe todo, lo ha sabido mucho antes que tú. Pero Iván es una tumba.

–Iván, ¿una tumba?

–Sí. —Aliosha le escuchaba con una atención extrema—. Verás, aunque yo era teniente en un batallón de línea, aun así era objeto de vigilancia, como si fuera una especie de deportado. Pero en la pequeña ciudad me recibían magníficamente. Yo derrochaba mucho dinero, creían que era rico y yo mismo creía serlo. Por lo demás, algo de mí debía de gustarles también. Negaban con la cabeza, pero me querían de verdad. Mi teniente coronel, un viejo ya, me cogió ojeriza de buenas a primeras. Me buscaba las cosquillas, pero yo tenía mis contactos y, además, toda la ciudad me defendía, así que no me podía sacar muchas faltas. La culpa era mía, pues no le rendía los honores a los que tenía derecho, y lo hacía adrede. Yo era muy orgulloso. Ese viejo testarudo, que no era en absoluto mal hombre, de trato afable y hospitalario, había tenido dos esposas y las dos habían muerto. Una de ellas, la primera, provenía de una familia sencilla y le había dejado una hija, también sencilla. En mis tiempos era ya una soltera de veinticuatro años y vivía con su padre y su tía, la hermana de su difunta madre. La tía era la sencillez muda, y la sobrina, la hija mayor del teniente coronel, la sencillez avispada. Al recordarla, me gusta decir buenas palabras de ella: nunca, querido mío, he encontrado un carácter de mujer tan encantador como el de esa chica. Se llamaba Agafia, figúratelo, Agafia Ivánovna. Era bastante guapa para el gusto ruso: alta, fuerte, corpulenta, con unos ojos espléndidos y un rostro, digamos, algo tosco. No se casaba, aunque habían pedido dos veces su mano, decía que no y no perdía su alegría. Entablé una buena relación con ella, no de esa forma, no, todo era puro, se trataba de amistad. A menudo me avenía con mujeres sin el menor pecado, como amigos. Hablaba con ella de tantas cosas y de una manera tan abierta que, ¡ay!, no hacía sino echarse a reír. A muchas mujeres les gusta la franqueza, toma nota de ello, pero además era virgen, lo que me divertía mucho. Y otra cosa: no se la podía calificar en absoluto de señorita. Ella y la tía vivían en casa de su padre en una especie de humillación voluntaria, sin tratar de igualarse al resto de la sociedad. Todos la querían y la necesitaban porque, como costurera, era admirable: tenía talento, no pedía dinero por sus servicios, lo hacía por amabilidad, pero no rechazaba los regalos si se los ofrecían. En cuanto al teniente coronel, ¡no tenía nada que ver! Era una de las más grandes personalidades de nuestro lugar. Vivía en la opulencia, recibía en su casa a toda la ciudad, daba cenas y bailes. Cuando llegué y me incorporé al batallón, solo se hablaba, en la ciudad, de que pronto tendríamos una visita de la capital, la segunda hija del teniente coronel, sumamente bella entre las bellas, que acababa de salir de un instituto aristocrático de la capital. Esa segunda hija no era otra que Katerina Ivánovna, nacida de la segunda esposa del teniente coronel. Y esta segunda esposa, ya difunta, procedía de no sé qué familia noble de un gran general, aunque no aportó nada de dote a su marido, lo sé de buena fuente. Así que, aparte de ser de buena familia, no tenía más que algunas esperanzas, quizá, pero nada de dinero contante y sonante. Y, sin embargo, cuando llegó la joven recién salida del instituto (de visita, no para quedarse), nuestra pequeña ciudad fue como si se renovara, nuestras damas más ilustres, dos generalas, la coronela y, detrás de ellas, todas las demás, se la disputaban, la invitaban a todas partes, empezaron a distraerla, era la reina de los bailes, de las salidas al campo, se organizaban tableaux vivants en beneficio de no sé qué institutrices. En cuanto a mí, yo callaba, me dedicaba a parrandear, y fue entonces cuando hice una trastada tan sonada que toda la ciudad puso el grito en el cielo. Un día vi que ella me medía con la mirada; fue en casa del comandante de la batería, y yo no me acerqué, desdeñando, por así decirlo, conocerla. No fue hasta algunos días más tarde, también durante una velada, cuando me aproximé a ella, le dirigí la palabra; ella a duras penas me miró, frunció los labios con desdén, y yo pensé: ¡espera un poco, me vengaré! Entonces yo era un soldado zafio de los más temibles en la mayoría de los casos, y yo mismo lo sentía. Principalmente, lo que sentía era que Kátenka no era una ingenua colegiala sino una persona con carácter, orgullo y auténtica virtud y, sobre todo, inteligente e instruida, mientras que a mí me faltaba lo uno y lo otro. ¿Crees que quería pedir su mano? En absoluto, simplemente quería vengarme de que, siendo yo tan buen mozo, ella no lo advirtiera. Entretanto, juerga y desolación. Al final, el teniente coronel me puso bajo arresto tres días. Justo en ese momento padre me envió seis mil rublos, después de que le hubiera mandado una renuncia formal a todos mis derechos y pretensiones, esto es, diciendo que «las cuentas quedaban saldadas» y que no habría más reclamaciones. Entonces yo no entendía nada: hasta mi llegada aquí, hermano, hasta estos últimos días, y quizá hasta ahora mismo, no he entendido ni una pizca de todos estos altercados financieros con padre. Pero, al diablo con esto, lo dejaré para luego. Ya en posesión de estos seis mil rublos, de pronto me enteré por una carta de un amigo de algo que me interesaba muchísimo: que había cierto descontento con nuestro teniente coronel, que se le consideraba sospechoso de malversación, en pocas palabras, que sus enemigos le estaban preparando una pequeña sorpresa. Y, en efecto, recibió la visita del jefe de la división y le echó una reprimenda de tomo y lomo. Luego, un poco más tarde, le ordenaron que presentara la dimisión. No te contaré en detalle todo lo que pasó; tenía, en efecto, enemigos; de pronto, en la ciudad, la relación con él y con su familia se enfrió sobremanera, todo el mundo los evitaba. Entonces le jugué la primera mala pasada: me encontré con Agafia Ivánovna, cuya amistad siempre había conservado, y le dije: «Faltan cuatro mil quinientos rublos del Estado en la caja de su padre…». «¿A qué se refiere? ¿Por qué dice eso? Hace poco vino el general y estaba todo el dinero…» «Entonces estaba, pero ahora no.» Se espantó muchísimo: «No me asuste, por favor, ¿a quién se lo ha oído decir?». «No se inquiete —le dije—, no se lo diré a nadie, ya sabe que en este aspecto soy una tumba. Pero quería añadir algo al respecto, “por si acaso”: cuando le reclamen a su papá los cuatro mil quinientos rublos y no los tenga, antes de que le hagan un consejo de guerra y acabe como soldado raso en su vejez, envíeme enseguida a su hermana en secreto; acaban de mandarme dinero, creo que podré dejarle cuatro mil rublos, y guardaré el secreto como un santo.» «Oh, qué canalla es usted —así lo dijo—, qué mezquino canalla. Pero ¿cómo se atreve?» Se fue con una indignación terrible, y yo, a la espalda, le grité una vez más que guardaría el secreto de un modo inquebrantable, como un santo. Esas dos mujeres, me refiero a Agafia y a su tía, te lo diré de antemano, se revelaron como puros ángeles en toda esta historia: de hecho, idolatraban a la altanera de Katia, se rebajaban ante ella, eran como sus criadas… Pero Agafia fue y le contó mi bribonada, es decir, nuestra conversación. De esto me enteré más tarde con todo detalle. No le ocultó nada, y eso era, naturalmente, lo que yo necesitaba.

»De pronto, llegó un nuevo mayor para tomar el mando del batallón. Y lo hizo. Repentinamente el viejo teniente coronel cayó enfermo, no podía moverse, no salió de casa en dos días y no entregó el dinero del Estado. Nuestro doctor Krávchenko aseguraba que estaba realmente enfermo. Pero he aquí lo que yo sabía a ciencia cierta y en secreto desde hacía tiempo: la suma de dinero, después de cada inspección de las autoridades, y desde hacía ya cuatro años consecutivos, desaparecía durante un tiempo. El teniente coronel se la prestaba a un hombre de total confianza, un comerciante local, el viejo viudo Trífonov, un hombre barbudo con gafas doradas. El otro se iba a la feria, hacía los negocios que tenía que hacer y enseguida devolvía el dinero al teniente coronel, la suma íntegra, junto con algún que otro regalo de la feria y una comisión por los intereses. Pero esta vez (lo supe por casualidad, por un adolescente, el hijito baboso de Trífonov, su vástago y heredero, el chico más depravado que el mundo haya jamás dado), esta vez, como decía, Trífonov, al regresar de la feria, no le devolvió nada. El teniente coronel corrió a verlo. “Nunca recibí nada de usted ni pude haberlo recibido”, fue la respuesta. Así que nuestro teniente coronel estaba en casa, con la cabeza envuelta en una toalla, mientras las tres mujeres le aplicaban hielo en las sienes; de pronto, un ordenanza, con un libro y una orden: “Entregue los fondos del Estado, de inmediato, en un plazo de dos horas”. Él firmó, después yo vi esta firma en el libro; se levantó, dijo que iba a ponerse el uniforme, corrió a su dormitorio, cogió su escopeta de caza, de dos cañones, la cargó, puso dentro una bala de soldado, se quitó la bota del pie derecho, apoyó la escopeta contra su pecho, y, con el pie, se puso a buscar el gatillo. Y Agafia, que sospechaba algo, se acordó de lo que yo le había dicho: se acercó cautelosamente y, justo a tiempo, lo vio todo: irrumpió en la habitación, se lanzó sobre él por la espalda, lo abrazó y la escopeta se disparó contra el techo; nadie resultó herido; las demás entraron corriendo, lo sujetaron, le quitaron la escopeta, lo sostuvieron por los brazos… Todo esto lo supe más tarde hasta el último detalle. Yo estaba en mi casa en ese momento; oscurecía y estaba a punto de salir, después de haberme vestido, peinado, de haber perfumado mi pañuelo y cogido mi gorro, cuando de pronto se abrió la puerta y allí, en mi apartamento, vi ante mí a Katerina Ivánovna.

»A veces pasan cosas extrañas: nadie en la calle se dio cuenta en ese momento de que ella había venido a verme, así que para la ciudad simplemente desapareció. Yo alquilaba mis aposentos a las mujeres de dos funcionarios, muy viejas las dos, que también me servían, mujeres respetables, me obedecían en todo, y esa vez, por orden mía, luego se quedaron calladas como dos postes de hierro. Por supuesto, lo comprendí todo de golpe. Entró y me miró directamente, sus ojos oscuros miraban decididos, desafiantes incluso, pero en sus labios y en torno a su boca distinguí cierta indecisión.

»“Mi hermana me dijo que me daría usted cuatro mil quinientos rublos si venía a buscarlos… yo misma. He venido… ¡Deme el dinero!” No podía resistir, se ahogaba, tenía miedo, se le cortaba la voz, y las comisuras de los labios, las líneas cercanas, le empezaron a temblar. Aliosha, ¿me escuchas o duermes?

–Mitia, sé que dirás toda la verdad —dijo Aliosha con emoción.

–Puedes estar seguro. Si quieres toda la verdad, así es como pasó todo, no me apiadaré de mí. Mi primer pensamiento fue el de un Karamázov. Una vez, hermano, me picó una araña y tuve que estar dos semanas en la cama con fiebre; pues bien, en ese momento fue igual, de golpe sentí en el corazón la mordedura de una araña, un insecto maligno, ¿entiendes? La miré de pies a cabeza. ¿La has visto? ¡Una belleza! En ese momento también era bella, pero por otra razón. Lo era por su nobleza, mientras que yo era un canalla, ella era hermosa por la grandeza de su generosidad y por el sacrificio que hacía por su padre, mientras que yo era una chinche. Y de mí, una chinche y un canalla, ella dependía por completo, toda entera, en cuerpo y alma. Sin salida. Te lo diré sin rodeos: esa idea, la idea de la araña, se apoderó de mi corazón hasta tal punto que faltó poco para que me ahogara del tormento. Parecía que no podía haber lucha siquiera: tenía que actuar precisamente como una chinche, como una tarántula maligna, sin la menor compasión… Me quedé sin aliento. Escucha: al día siguiente, por supuesto, habría ido a pedir su mano, para que todo acabara, por así decirlo, de la manera más noble, y nadie, por tanto, habría sabido ni habría podido saber nada. Porque, aunque soy hombre de bajos deseos, soy honrado. Y de repente, en ese mismo segundo, alguien me susurró al oído: «Mañana, cuando vayas a pedirla en matrimonio, ella no saldrá a verte y hará que te expulse el cochero: “¡Deshónrame por toda la ciudad, no me das miedo!”». Miré a la joven, la voz no me había mentido: eso era lo que realmente pasaría. Me agarrarían por el pescuezo y me echarían, su semblante no dejaba lugar a dudas. La cólera empezó a hervir dentro de mí; deseaba hacerle la bribonada más infame, más sucia, digna de un comerciante de poca monta: mirarla burlonamente y, teniéndola delante, desconcertarla con ese tono de voz que solo sabe emplear un mercachifle:

»—¡Cuatro mil rublos! ¡Pero si era una broma! ¡Ha hecho sus cálculos demasiado a la ligera, señorita! Doscientos quizá, incluso con sumo gusto y placer, pero cuatro mil, señorita, es demasiado dinero para tirarlo por la ventana. Se ha molestado usted en vano.

»Ya ves, yo lo habría perdido todo, porque ella habría echado a correr, pero esa venganza infernal me hubiese compensado por todo lo demás. Luego me habría pasado toda la vida arrepintiéndome, pero hubiese dado lo que fuera por complacerme en ese momento con esa trastada. ¿Lo creerás? En un momento así, nunca he mirado cara a cara a una mujer, fuera quien fuese, con odio; pues bien, te lo juro por la cruz, durante unos segundos, tres o cinco, la contemplé con un odio terrible, con esa especie de odio que solo por un pelo está separado del amor, del amor más insensato. Me acerqué a la ventana, apoyé la frente en el cristal helado y recuerdo que el hielo me quemó la frente como fuego. No la retuve mucho tiempo, estate tranquilo; me volví, fui hacia la mesa, abrí el cajón y saqué un título al portador de cinco mil rublos al cinco por ciento (lo había guardado en mi diccionario de francés). Se lo mostré en silencio, lo doblé, se lo entregué y yo mismo le abrí la puerta del vestíbulo y, dando un paso atrás, la saludé con una reverencia correctísima y muy sentida, ¡créeme! Toda ella se estremeció, me miró de hito en hito un segundo, palideció terriblemente, como un mantel, y, de pronto, sin decir una palabra, no de una manera impulsiva sino con suavidad, en silencio, profundamente, se inclinó entera, se postró a mis pies, hasta tocar el suelo con la frente, ¡no como una colegiala sino a la manera rusa! Se levantó de un salto y echó a correr. Cuando desapareció, desenvainé mi espada y a punto estuve de clavármela; ¿por qué? No lo sé, habría sido una terrible estupidez, desde luego, pero debía de ser por una especie de éxtasis. ¿Entiendes que alguien se pueda matar en una especie de éxtasis? Pero no me clavé la espada, me limité a besarla y la enfundé de nuevo, un detalle que habría podido callarme. Incluso me parece ahora que, al hablarte de todas estas luchas, lo he bordado todo un poco para darme importancia. Pero que así sea, qué más da, ¡al diablo con todos los espías del corazón humano! Éste es todo mi pasado “incidente” con Katerina Ivánovna. Así que ahora tú eres el único, con nuestro hermano Iván, que está al corriente de esta historia.

Dmitri Fiódorovich se puso de pie y, emocionado, dio un paso, luego otro, sacó el pañuelo, se secó el sudor de la frente, después se sentó de nuevo, pero no en el mismo sitio que antes, sino en otro, en el banco de enfrente, junto a la otra pared, de modo que Aliosha tuvo que volverse por completo para verle la cara.

V. La confesión de un corazón ardiente. «Cabeza abajo»

—Ahora —dijo Aliosha— conozco la primera mitad de este asunto.

–La primera mitad la entiendes: es un drama y pasó allí. La segunda parte, en cambio, es una tragedia, y pasará aquí.

–De la segunda mitad, sin embargo, aún no entiendo nada —dijo Aliosha.

–¿Y yo? ¿Acaso lo entiendo yo?

–Espera, Dmitri, hay una palabra decisiva. Dime: tú eres su prometido, ¿no? ¿Lo sigues siendo?

–Nos prometimos, pero no enseguida, sino tres meses después de lo que te acabo de contar. Al día siguiente de lo sucedido, me dije que aquello estaba liquidado, zanjado, que no tendría continuación. Ir a pedir su mano me parecía una bajeza. Por su parte, en las seis semanas que pasó luego en nuestra ciudad, no me dejó oír ni una palabra suya. Con una excepción: al día siguiente de su visita se coló en mi habitación su doncella y, sin mediar palabra, me entregó un sobre. Iba dirigido a mí. Lo abrí: estaba el cambio de los cinco mil rublos. Necesitaban cuatro mil quinientos y, en la venta del título, debían de haber perdido un poco más de doscientos rublos. En total me mandó, me parece, doscientos sesenta, no lo recuerdo muy bien, y nada más que el dinero: ni una carta, ni una nota, ni una explicación. Busqué en el sobre alguna marca de lápiz: ¡nada! Así que me fui de parranda con los rublos que me quedaban, hasta que el nuevo mayor se vio forzado finalmente a llamarme al orden. El teniente coronel devolvió los fondos del Estado, felizmente y para sorpresa de todos, porque nadie creía ya que dispusiera de la suma íntegra. Entregó el dinero y se puso enfermo, tuvo que guardar cama tres semanas; luego repentinamente sufrió un reblandecimiento cerebral y al cabo de cinco días murió. Fue enterrado con honores militares, pues aún no había tenido tiempo de presentar su dimisión. Katerina Ivánovna, la hermana de ésta y la tía, unos diez días después de haber dado sepultura al padre, se trasladaron a Moscú. Y fue justo antes de su partida, el mismo día en que se iban (no las había visto ni les había dicho adiós), cuando recibí un sobrecito diminuto, de color azul, con papel de encaje en el que estaba escrita a lápiz una sola línea: «Le escribiré, espere». Nada más.

»Te explicaré el resto en dos palabras. En Moscú, su situación cambió a la velocidad del rayo y dio un vuelco inesperado digno de un cuento árabe. Su principal parienta, la viuda de un general, perdió de repente a sus dos sobrinas, que eran sus dos herederas más inmediatas: ambas murieron de viruela en el espacio de una semana. Trastornada, la vieja acogió a Katia como a su propia hija, como la estrella de la salvación, se volcó en ella, rehízo inmediatamente su testamento a su favor, pero eso era para el futuro, y, entretanto, le dio a tocateja ochenta mil rublos, como si le dijera: ésta es tu dote, haz con ella lo que quieras. Una mujer histérica, he tenido oportunidad de observarla más tarde, en Moscú. Así que de repente recibí cuatro mil quinientos rublos por correo; me quedé perplejo, desde luego; de la sorpresa enmudecí. Tres días después, llegó también la carta prometida. Aquí la tengo, siempre la llevo conmigo y la conservaré hasta que me muera. ¿Quieres que te la enseñe? Tienes que leerla: se ofrece a ser mi prometida, ella misma se ofrece. “Le amo con locura —dice—, me da igual que usted no me ame, sea solo mi marido. No tema, no le molestaré en absoluto, seré su mueble, la alfombra que pise… Quiero amarle eternamente, quiero salvarle de sí mismo…” ¡Aliosha, no soy digno siquiera de repetir esas líneas con mis palabras de canalla, con mi sempiterno tono de canalla, que nunca he sido capaz de corregir! Esta carta me ha atravesado hasta hoy y, ¿acaso me siento aliviado ahora, acaso me siento bien ahora? Enseguida le escribí una respuesta (no podía de ningún modo ir a Moscú). Le escribí con lágrimas; de una cosa me avergonzaré eternamente; le mencioné que ella ahora era rica y tenía dote, mientras que yo solo era un pobre soldado: ¡le hablé de dinero! Tendría que haberme contenido, pero la pluma me traicionó. En el mismo momento, enseguida, escribí a Iván en Moscú y se lo expliqué todo por carta en la medida de lo posible: era una carta de seis hojas, y le mandé que fuera a verla. ¿Por qué me miras, por qué me observas así? Sí, Iván se enamoró de ella y sigue enamorado, lo sé, cometí una estupidez, según vosotros, según el mundo, pero quizá esa estupidez sea la que nos salve ahora a todos. Ah, ¿no ves cómo lo respeta, en qué gran estima lo tiene? ¿Acaso puede compararnos a los dos y aún amar a un hombre como yo, sobre todo después de lo que ha pasado aquí?

–Estoy convencido de que ella ama a un hombre como tú y no a un hombre como él.

–Es su propia virtud lo que ella ama, no a mí —se le escapó de repente a Dmitri Fiódorovich, sin querer, aunque casi con rabia. Se echó a reír, pero un momento después sus ojos refulgieron, se ruborizó por completo y pegó un puñetazo con fuerza en la mesa—. Te lo juro, Aliosha —exclamó con una ira terrible y sincera contra sí mismo—, puedes creerme o no, pero, como que Cristo es Dios, te juro, aunque acabo de burlarme de sus sentimientos elevados, que sé que mi alma es un millón de veces más insignificante que la suya y que los excelsos sentimientos que la mueven son sinceros, ¡como los de un ángel celestial! Ésa es la tragedia, que lo sé con certeza. ¿Qué daño hace declamar un poco? ¿Acaso no lo hago yo? Y soy sincero, ¿lo entiendes?, sincero. En cuanto a Iván, entiendo muy bien con qué aire de maldición debe mirar ahora la naturaleza, y ¡con esa inteligencia suya! ¿A quién, a qué se ha dado preferencia? Le ha sido dada al monstruo que, incluso aquí, estando ya prometido y con todos los ojos puestos en él, no ha podido poner freno a sus escándalos: ¡y eso delante de su prometida, sí, delante de ella! Aun así, un hombre como yo es el preferido y a él se le rechaza. Pero ¿por qué? Pues ¡porque esta joven, por agradecimiento, quiere violar su vida y su destino! ¡Qué absurdo! Nunca le he dicho nada de esto a Iván; Iván, desde luego, tampoco me ha dicho ni media palabra, no ha hecho la menor alusión; pero el destino se cumplirá, el digno permanecerá en su sitio, mientras que el indigno se esconderá en su callejón para siempre, en su sucio callejón, en aquel callejón que le gusta y es tan propio de él, y allí, en el fango y el hedor, perecerá de buen grado y con placer. Estoy delirando, todas mis palabras están gastadas, como si las soltara al azar, pero tal como acabo de definirlo ocurrirá. Yo me hundiré en el callejón y ella se casará con Iván.

–Espera, hermano —volvió a interrumpirlo Aliosha, preso de una inquietud extrema—, hay algo que todavía no me has explicado: tú eres su prometido, ¿no? ¿Sigues estando prometido? ¿Cómo quieres romper si ella, la prometida, no quiere?

–Soy su prometido, formalmente y con bendiciones, ocurrió todo en Moscú, a mi llegada, con ceremonia, con iconos, de la mejor manera. La viuda del general me dio su bendición y, ¿lo creerás?, felicitó incluso a Katia: has elegido bien, le dijo, leo en su corazón. ¿Y te puedes creer que Iván no le gustó y que a él no lo felicitó? En Moscú hablé mucho con Katia, me pinté a mí mismo con nobles colores, en detalle y con sinceridad. Ella lo escuchó todo:

Era un aturdimiento encantador,

eran palabras tiernas…88

»Bueno, también hubo palabras orgullosas. Me arrancó entonces la gran promesa de corregirme. Se lo prometí. Y ahora…

–¿Y ahora?

–Bueno, te he llamado, te he hecho venir hasta aquí hoy, ¡acuérdate!, para mandarte, hoy mismo también, a ver a Katerina Ivánovna y decirle…

–¿Qué?

–Que no volveré nunca más a su lado y que la saludo con una reverencia.

–Pero ¿es eso posible?

–Por eso te mando a ti, en lugar de ir yo personalmente, porque es imposible. ¿Cómo iba a poder decírselo yo mismo?

–Pero ¿adónde irás?

–Al callejón.

–O sea, ¡con Grúshenka! —exclamó Aliosha con tristeza, juntando las manos—. ¿Será posible que Rakitin haya dicho realmente la verdad? Pensaba que habías ido a verla alguna vez y nada más.

–¿Cómo iba a ir yo, estando prometido? ¿Con una novia como ella, y a la vista de todo el mundo? Aún me queda sentido del honor, después de todo. Desde que empecé a verme con Grúshenka, dejé de estar comprometido y de ser hombre de bien, lo entiendo perfectamente. ¿Qué miras? La primera vez fui a verla solo con ánimo de golpearla. Me había enterado, y ahora lo sé de buena tinta, de que Grúshenka había recibido de ese capitán, apoderado de nuestro padre, un pagaré a mi nombre para que actuase contra mí, con la esperanza de que me calmara y diera el asunto por zanjado. Querían asustarme. Yo iba, pues, a darle una paliza a Grúshenka. Ya la había visto antes de pasada. Nada impresionante. Sabía del viejo comerciante que, ahora, además, está enfermo, postrado en la cama, pero aun así le dejará una buena suma de dinero. Sabía también que le gustaba hacer dinero, que se lo procuraba a base de bien, prestándolo a usura, la muy pícara, la granuja, sin piedad alguna. Iba decidido a zurrarla y allí me quedé. Se desencadenó una tormenta, se declaró la peste, me contagié y sigo contagiado, sé que todo ha terminado y que nunca habrá nada más. El ciclo del tiempo se ha consumado. Ésta es mi situación. Y de repente, como hecho a propósito, en mi bolsillo de mendigo aparecieron tres mil rublos. Nos fuimos los dos hasta Mókroie, a veinticinco verstas de aquí. Conseguí cíngaras, champán, emborraché a todos los campesinos con champán, a todas las mujeres del pueblo y a las muchachas; dilapidé los tres mil rublos. Al cabo de tres días estaba pelado, pero como un halcón. ¿Crees que consiguió algo este halcón? Ella no me enseñó nada, ni siquiera de lejos. Te lo digo: es sinuosa. Esa granuja de Grúshenka tiene una sinuosidad en el cuerpo, incluso se le refleja en el pie, hasta en el dedo meñique de su pie izquierdo. Se lo vi y lo besé, pero eso es todo, ¡lo juro! Me dijo: «Si quieres, me casaré contigo, aunque seas pobre. Dime que no me pegarás y que me dejarás hacer lo que quiera y entonces, quizá, me case contigo», se echó a reír. Y todavía se está riendo.

Dmitri Fiódorovich se alzó, presa de una especie de furor. De repente parecía que estuviera borracho. Los ojos, al instante, se le inyectaron en sangre.

–¿Realmente quieres casarte con ella?

–Si ella consiente, de inmediato; si se niega, me quedaré de todos modos. Seré barrendero en el patio de su casa. Tú… tú… Aliosha… —Se detuvo delante de él y, agarrándolo por los hombros, se puso a zarandearlo con fuerza—. Sabes, criatura inocente, que todo esto es un delirio, un delirio inconcebible, ¡porque hay una tragedia! Debes saber, Aliosha, que puedo ser un calavera, un hombre de bajas pasiones, sin salvación, pero Dmitri Karamázov nunca será un ladrón, un ratero, un ladronzuelo. Pues bien, ahora has de saber que soy un ladrón, un ratero y un ladronzuelo. Cuando me dirigía a zurrar a Grúshenka, esa misma mañana, Katerina Ivánovna me mandó llamar y, en el más terrible secreto, para que por el momento nadie lo supiera (no sé por qué, pero así, por lo visto, era como ella lo quería), me pidió que fuera a la capital de la provincia y que desde allí enviara tres mil rublos a Agafia Ivánovna en Moscú, para que nadie se enterara en la ciudad. Y esos tres mil rublos eran los que tenía en el bolsillo cuando fui a ver a Grúshenka y con ellos fuimos a Mókroie. Luego fingí que había ido corriendo a la capital, pero no le presenté el resguardo de correos; dije que había enviado el dinero y que le llevaría el recibo, pero aún no se lo he llevado, como por olvido. Bueno, ¿qué te parece si hoy vas a verla y le dices: «La saluda con una reverencia»? Ella te dirá: «¿Y el dinero?». Y tú podrás decirle: «Es un lujurioso infame, una criatura vil con pasiones irrefrenables. No envió su dinero aquella vez, se lo gastó porque no pudo dominarse, como un animal»; y, acto seguido, podrás añadir: «Pero no es ningún ladrón, aquí tiene sus tres mil rublos, se los devuelve, envíeselos usted misma a Agafia Ivánovna; y me ha encargado que la salude con una reverencia». Aunque, claro, si de repente te pregunta: «Pero ¿dónde está el dinero?».

–¡Mitia, eres un desgraciado, sí! Pero no tanto como te piensas. No te mates de desesperación, ¡no lo hagas!

–¿Qué crees? ¿Que me pegaré un tiro si no consigo devolver los tres mil rublos? Ésa es la cuestión: no me lo pegaré. No soy capaz de hacerlo ahora; más tarde, quizá, pero ahora iré a ver a Grúshenka… Total, ya estoy perdido.

–¿Y luego qué?

–Seré su marido, tendré el honor de ser su marido y, cuando un amante vaya a verla, yo me iré a otra habitación. Limpiaré los chanclos sucios de sus amigos, les calentaré el samovar, les haré los recados…

–Katerina Ivánovna lo entenderá todo —dijo de repente con solemnidad Aliosha—. Comprenderá toda la profundidad que hay en esta infelicidad y la aceptará. Tiene un espíritu elevado y no se puede ser más desgraciado que tú, ella lo verá por sí misma.

–No lo aceptará todo —sonrió burlonamente Mitia—. Hay algo en esto, hermano, que ninguna mujer puede aceptar. ¿Sabes qué sería lo mejor?

–¿Qué?

–Devolverle los tres mil rublos.

–Pero ¿de dónde podemos sacarlos? Escucha, yo tengo dos mil, Iván también aportará mil, eso ya son tres, tómalos y devuélveselos.

–Pero ¿cuándo llegarán esos tres mil rublos tuyos, Aliosha? Además, tú todavía eres menor de edad, y es necesario, totalmente necesario, que vayas a verla hoy y me despidas de ella, con dinero o sin dinero, porque no puedo esperar más, tal y como están las cosas. Mañana ya sería tarde, demasiado tarde. Ve a ver a nuestro padre.

–¿A nuestro padre?

–Sí, ve a verlo antes que a ella. Pídele a él los tres mil.

–Pero, Mitia, si él no los dará…

–Claro que no los dará, lo sé muy bien. Alekséi, ¿sabes lo que es la desesperación?

–Sí.

–Escucha, jurídicamente nuestro padre no me debe nada. Se lo he sacado todo ya, todo, lo sé. Pero moralmente está en deuda conmigo, ¿no? Con los veintiocho mil rublos de mi madre ganó cien mil. Que me dé solo tres mil de esos veintiocho mil, solo tres, y salvará mi alma del infierno y muchos pecados le serán perdonados. Con estos tres mil, te doy mi palabra sagrada, lo daré todo por zanjado, y no volverá a oír hablar de mí. Por última vez le doy la oportunidad de ser mi padre. Dile que es Dios mismo quien le manda esta oportunidad.

–Mitia, no los dará por nada del mundo.

–Sé que no los dará, ¡estoy seguro! Y sobre todo ahora. Porque hay más: ahora, en estos últimos días, quizá solo desde ayer, supo por primera vez en serio (subraya esto: en serio) que Grúshenka realmente no bromeaba y que quiere casarse conmigo. Él conoce bien su carácter, conoce a esa gata. ¿Cómo va a darme dinero, para favorecer la boda, cuando él mismo está loco por ella? Pero eso no es todo, puedo decirte todavía más: sé que hace unos cinco días ha apartado tres mil rublos en billetes de cien y los ha metido en un gran sobre, cerrado con cinco sellos de lacre, atado en cruz con una cinta roja. ¡Ya ves qué detalles conozco! Y escrito en el sobre está: «A mi ángel Grúshenka, por si tiene a bien venir». Él mismo lo garabateó en silencio y en secreto y nadie sabe que tiene este dinero, excepto su criado Smerdiakov, en cuya honradez cree como en sí mismo. Desde hace tres o cuatro días espera a Grúshenka, con la esperanza de que vaya a recoger el sobre; él se lo hizo saber y ella le respondió: «Quizá vaya». Pero, si va a casa del viejo, ¿cómo podría casarme yo con ella? ¿Comprendes ahora por qué estoy aquí escondido y al acecho de quién?

–¿De ella?

–Sí. Las mujerzuelas que son dueñas de esta casa le alquilan un cuchitril a Fomá. Fomá es un hombre de por aquí, un antiguo soldado de nuestra guarnición. Está al servicio de ellas, por la noche vigila la casa y de día caza urogallos, de eso vive. Me he instalado en su habitación; tanto él como las propietarias ignoran mi secreto, es decir, no saben que estoy aquí vigilando.

–¿Solo lo sabe Smerdiakov?

–Solo él. Y él me advertirá si ella se presenta a ver al viejo.

–¿Es él quien te ha explicado lo del sobre?

–Sí. Es un gran secreto. Ni siquiera Iván está al corriente del dinero ni de lo otro. El viejo quiere mandar a Iván de paseo a Chermashniá por dos o tres días; ha aparecido un posible comprador para el bosque, le dará ocho mil rublos por talarlo, y el viejo no deja de pedirle a Iván: «Ayúdame, ve tú en mi lugar»; serán dos o tres días. Quiere que Grúshenka vaya cuando él no esté.

–¿Es que la espera ya hoy?

–No, hoy no vendrá, a juzgar por ciertos indicios. ¡Seguro que no! —gritó de pronto Mitia—. Y Smerdiakov piensa lo mismo. Nuestro padre se está emborrachando, sentado a la mesa con Iván. Ve, Alekséi, pídele estos tres mil…

–Mitia, querido, ¿qué te pasa? —exclamó Aliosha, levantándose de un salto y mirando fijamente al exaltado Dmitri Fiódorovich. Por un momento pensó que se había vuelto loco.

–¿Qué te pasa a ti? No he perdido el juicio —dijo con la mirada fija y casi solemne—. No, cuando te digo que vayas a ver a padre, sé lo que me digo: creo en un milagro.

–¿En un milagro?

–En un milagro de la divina Providencia. Dios conoce mi corazón, ve toda mi desesperación. Ve todo el cuadro. ¿Es que dejará que suceda este horror? Aliosha, creo en un milagro. ¡Ve!

–Iré. Dime, ¿esperarás aquí?

–Sí. Entiendo que llevará su tiempo, que no puedes ir así, y de repente… ¡zas! Ahora está borracho. Esperaré tres horas, cuatro, cinco, seis, siete, pero has de saber que hoy, aunque sea a medianoche, tienes que ir a casa de Katerina Ivánovna, con dinero o sin dinero, y decirle: «Me ha pedido que la salude con una reverencia». Quiero que le digas precisamente ese verso: «Me ha pedido que la salude con una reverencia».

–¡Mitia! ¿Y si Grúshenka viene hoy…? ¿Y si no hoy, mañana o pasado mañana?

–¿Grúshenka? Estaré atento, irrumpiré en la casa, lo impediré…

–¿Y si…?

–Si hay un si, mataré. No lo soportaría.

–¿A quién matarás?

–Al viejo. A ella, no.

–¡Hermano, qué dices!

–No lo sé, no lo sé… Quizá no lo mate o quizá sí. Tengo miedo de que en ese momento su cara se vuelva odiosa para mí. Odio la nuez de su garganta, su nariz, sus ojos, su sonrisa obscena. Siento repugnancia física. Eso es lo que me da miedo. No podré contenerme…

–Allá voy, Mitia. Creo que Dios lo arreglará como mejor sepa, así que no habrá ningún horror.

–Me quedaré aquí y esperaré un milagro. Pero, si no se cumple, entonces…

Aliosha, pensativo, se encaminó a casa de su padre.

VI. Smerdiakov

De hecho, encontró a su padre todavía a la mesa. Y la mesa, como de costumbre, estaba puesta en la sala, aunque en la casa también había un auténtico comedor. Esta sala era la estancia más grande de la casa, amueblada con cierta pretensión pasada de moda. Los muebles, muy antiguos, eran blancos y estaban tapizados con una tela roja raída, mitad seda, mitad algodón. Espejos con marcos rebuscados de talla antigua, también blancos y dorados, colgaban en los espacios entre las ventanas. En las paredes, donde el empapelado blanco estaba roto en muchos lugares, resaltaban dos grandes retratos: uno de cierto príncipe, que treinta años antes había sido gobernador general de la provincia, y otro de un obispo, también fallecido hacía tiempo. En el rincón de cara a la puerta de entrada había varios iconos ante los cuales se encendía una lamparilla por la noche… menos por devoción que por dejar iluminada la estancia. Fiódor Pávlovich se acostaba muy tarde, sobre las tres o cuatro de la madrugada, y hasta entonces se paseaba por la sala o se sentaba en una butaca y meditaba. Se había convertido en su costumbre. A menudo pasaba la noche completamente solo en casa, después de despachar a los criados a su pabellón, pero la mayoría de las veces se quedaba con él el criado Smerdiakov, que dormía en la antesala sobre un gran baúl. La comida ya había acabado cuando entró Aliosha, pero aún tomaban el café y la confitura. A Fiódor Pávlovich le gustaban los dulces y el coñac después de la comida. Iván Fiódorovich estaba a la mesa y también tomaba café. Los criados Grigori y Smerdiakov estaban de pie junto a la mesa. Tanto amos como criados se sentían visiblemente animados y llenos de una felicidad extraordinaria. Fiódor Pávlovich reía con sonoras carcajadas. Aliosha, ya desde el vestíbulo, oyó su risa estridente que conocía tan bien y enseguida concluyó, por el tono de sus risotadas, que su padre, todavía lejos de estar borracho, solo daba rienda suelta a su buen humor.

–¡Aquí está, aquí lo tenemos! —gritó Fiódor Pávlovich, terriblemente contento de pronto de ver a Aliosha—. Ven a sentarte con nosotros, toma un café. Es sin azúcar, sin azúcar, pero está caliente y es muy bueno. No te ofrezco coñac porque haces ayuno, pero si quieres un poco… ¿Quieres? No, mejor será que te dé un licor, ¡es de excelente calidad! Smerdiakov, ve al armario, el segundo estante a la derecha, toma la llave, ¡rápido!

Aliosha se negó enseguida a aceptar el licor.

–Lo serviremos de todos modos, si no para ti, para nosotros —dijo Fiódor Pávlovich, radiante—. Pero espera, ¿has comido?

–Sí —respondió Aliosha que, a decir verdad, solo había tomado un trozo de pan y un vaso de kvas en la cocina del padre higúmeno—. Pero tomaré de buena gana un café caliente.

–¡Bravo, querido! Tomará un poco de café. ¿Habrá que calentarlo? ¡Ah, no, si está hirviendo! Es un café de primera, preparado por Smerdiakov. Con el café y las empanadas mi Smerdiakov es un artista, sí, y con la sopa de pescado, tres cuartos de lo mismo. Ven a probarla alguna vez, avisa con tiempo… Pero espera, espera, ¿no te dije esta mañana que te trasladaras aquí con el jergón y la almohada? ¿Has traído el jergón? ¡Je, je, je!

–No, no lo he traído —contestó Aliosha con una sonrisa.

–Ah, te has asustado antes, ¿verdad? Te has asustado. Oh, querido mío, ¿acaso podría yo ofenderte? Escucha, Iván, no puedo resistirme cuando me mira así a los ojos y se ríe. Hasta mis entrañas empiezan a reírse con él, ¡lo quiero! Aliosha, acércate, deja que te dé mi bendición paterna. —Aliosha se levantó, pero Fiódor Pávlovich ya había cambiado de idea—. No, no, por ahora solo te haré la señal de la cruz, así que siéntate. Bueno, ahora te vas a divertir, y precisamente con tu tema. Te vas a reír a base de bien. Nuestra burra de Balaam89 se ha puesto a hablar, ¡y cómo habla, cómo!

La burra de Balaam resultó ser el lacayo Smerdiakov. Todavía joven, de unos veinticuatro años, era terriblemente insociable y taciturno. No es que fuera un salvaje o que se avergonzara de algo: no, al contrario, era de natural arrogante y parecía despreciar a todos. Pero precisamente en este punto no es posible seguir adelante sin decir de él aunque sean dos palabras. Le criaron Marfa Ignátievna y Grigori Vasílievich, pero el niño creció «sin ninguna gratitud» o, según la expresión de Grigori, como un niño salvaje que miraba el mundo desde un rincón. De niño le encantaba ahorcar gatos y luego los enterraba con gran ceremonia. Para esto, se cubría con una sábana, a guisa de sotana, y cantaba y agitaba algo sobre el gato muerto, como un incensario. Todo esto lo hacía a escondidas, con el mayor misterio. Grigori le sorprendió un día en este ejercicio y le propinó una buena ración de azotes. El niño se fue a un rincón y allí se pasó una semana, mirando de reojo. «No nos quiere este monstruo —decía Grigori a Marfa Ignátievna—. Por lo demás, no quiere a nadie.» «¿De veras eres un ser humano? —le preguntó una vez directamente a Smerdiakov—. No, tú no eres un ser humano, naciste de la humedad de una bania, eso eres tú…» Smerdiakov, como se vio más tarde, nunca pudo perdonarle estas palabras. Grigori le enseñó a leer y escribir y, cuando cumplió doce años, empezó a enseñarle las Escrituras. Pero resultó un fracaso. Un día, en la segunda o tercera lección, el niño de pronto sonrió sardónicamente.

–¿Qué te pasa? —le preguntó Grigori, mirándolo amenazante por encima de sus gafas.

–Nada, señor. En el primer día creó Dios la luz, y el sol, la luna y las estrellas, en el cuarto. ¿De dónde salía la luz el primer día?

Grigori se quedó estupefacto. El chico miraba con aire burlón al maestro. Incluso había en su mirada algo de arrogancia. Grigori no pudo contenerse. «¡Ya te diré a ti de dónde!», gritó y abofeteó con rabia a su pupilo. El niño aguantó el golpe sin decir una palabra, pero volvió a refugiarse en un rincón varios días. Una semana después, se le declaró por primera vez el mal caduco90, enfermedad que ya no lo abandonaría el resto de su vida. Al saberlo, Fiódor Pávlovich pareció cambiar repentinamente de opinión sobre el muchacho. Antes, lo miraba con una especie de indiferencia, si bien nunca lo reñía, y cuando se lo encontraba siempre le daba un kopek. Cuando estaba de buen humor, le mandaba algunos dulces de sobremesa. Pero entonces, después de enterarse de la enfermedad, empezó a preocuparse decididamente por él, mandó llamar a un doctor, probaron un tratamiento, pero resultó que la cura no era posible. Tenía, como promedio, un ataque cada mes, a intervalos irregulares. Los ataques también variaban de intensidad, tan pronto eran suaves como virulentos. Fiódor Pávlovich prohibió estrictamente a Grigori cualquier castigo corporal contra el muchacho y empezó a dejarlo subir a sus aposentos. Prohibió también que, por el momento, le hicieran estudiar cualquier cosa. Un día, cuando el chico tenía ya quince años, Fiódor Pávlovich lo descubrió rondando cerca de la biblioteca y leyendo los títulos a través del cristal. En la casa había bastantes libros, como un centenar de tomos, pero nadie había visto nunca a Fiódor Pávlovich con uno entre las manos. Enseguida le dio la llave de la librería a Smerdiakov: «Bueno, lee, serás mi bibliotecario; en lugar de estar ganduleando por el patio, siéntate y lee. Toma, lee esto», y Fiódor Pávlovich le dio Las veladas de Dikanka.91

El muchacho lo leyó pero se quedó insatisfecho, no rio ni una vez, al contrario, acabó la lectura con el ceño fruncido.

–¿Qué? ¿No es divertido? —preguntó Fiódor Pávlovich.

Smerdiakov callaba.

–Responde, imbécil.

–Todo lo que está escrito aquí son mentiras —masculló Smerdiakov con una sonrisa irónica.

–Vete al diablo, alma de lacayo. Espera, toma la Historia universal de Smarágdov.92 Aquí todo es verdad, lee.

Pero Smerdiakov no leyó más de diez páginas de Smarágdov; le pareció aburrido. Así que la biblioteca volvió a cerrarse con llave. Muy pronto, Marfa y Grigori informaron a Fiódor Pávlovich de que Smerdiakov de pronto estaba empezando a dar muestras de una terrible aprensión: ante la sopa, tomaba la cuchara y exploraba en el caldo, inclinado sobre ella, la examinaba, sacaba la cuchara y la inspeccionaba a la luz.

–¿Qué es, una cucaracha? —le preguntaba Grigori.

–Quizá una mosca —observaba Marfa.

El impecable joven nunca respondía, pero procedía de la misma manera con el pan, la carne y toda la comida: levantaba un trozo con el tenedor y lo estudiaba a la luz como con un microscopio y, después de tomarse mucho rato para decidir, se decidía a llevárselo a la boca. «Vaya un señorito nos ha salido», murmuraba Grigori, mirándolo. Fiódor Pávlovich, puesto al corriente de esta nueva cualidad de Smerdiakov, determinó al instante que sería cocinero y lo envió a Moscú a aprender el oficio. Allí pasó varios años y volvió muy cambiado de aspecto. De pronto envejeció de una manera insólita, estaba arrugado de un modo totalmente desproporcionado para su edad, se puso todo amarillo y empezó a parecer un skópets93. Moralmente, era casi el mismo que antes de irse; seguía siendo huraño y rehuía el trato, no sentía la menor necesidad de compañía. En Moscú también, como después supieron, siempre estaba callado; la ciudad en sí misma le interesó muy poco, aprendió alguna que otra cosa y a lo demás no le prestó la menor atención. Una vez incluso fue al teatro, pero volvió silencioso y descontento a casa. En cambio, regresó de Moscú muy bien vestido, con una levita limpia y ropa blanca, cepillaba su vestimenta escrupulosamente dos veces al día sin falta y le encantaba lustrar sus botas elegantes, de piel de becerro, con un betún inglés especial, para que relucieran como un espejo. Como cocinero resultó excelente. Fiódor Pávlovich le asignó un salario, y Smerdiakov lo empleaba casi íntegramente en comprar ropa, pomadas, perfumes, etcétera. Parecía desdeñar al sexo femenino tanto como al masculino y se comportaba solemnemente, casi de modo inaccesible, con él. Fiódor Pávlovich empezó a mirarlo desde otro punto de vista. El caso es que sus ataques de mal caduco iban a más, y en esos días quien preparaba la comida era Marfa Ignátievna, lo que no le convenía de ningún modo.

–¿Cómo es que ahora tienes ataques más a menudo? —preguntaba a veces, mirando de soslayo al nuevo cocinero y estudiando su rostro—. Ojalá te casaras con alguien, ¿quieres que te busque mujer?

Pero Smerdiakov, ante esos discursos, solo palidecía del enfado y no respondía nada. Fiódor Pávlovich se iba, dejándolo por imposible. Lo esencial es que estaba convencido de su honradez; de una vez por todas se había convencido de que nunca le cogería ni le robaría nada. Una vez Fiódor Pávlovich, ligeramente borracho, perdió en el patio de su casa, en el barro, tres billetes de cien rublos que acababa de recibir y no se dio cuenta hasta el día siguiente: justo cuando se puso a rebuscar en los bolsillos de pronto vio los tres billetes encima de la mesa. ¿De dónde habían salido? Smerdiakov los había recogido y llevado allí la víspera. «Tipos como tú, hermano, no había visto nunca», dijo bruscamente Fiódor Pávlovich y le regaló diez rublos. Cabe añadir que no solo estaba convencido de la honradez de Smerdiakov, sino que por alguna razón incluso le profesaba amor, aunque el chico también a él lo miraba de reojo, como a los demás, y siempre guardaba silencio. Eran contadas las ocasiones en las que decía algo. Si entonces a alguien se le hubiera ocurrido preguntar, mirándolo, qué interesaba a ese joven y qué tenía en la cabeza, por su cara no se habría podido intuir de ninguna de las maneras. Sin embargo, a veces, en la casa, o bien en el patio o en la calle, se detenía meditabundo y se quedaba así unos buenos diez minutos. Un fisionomista, tras estudiarlo, habría dicho que su cara no expresaba ni pensamiento ni reflexión, sino solo cierta contemplación. El pintor Kramskói94 tiene un cuadro notable titulado El contemplador que representa un bosque en invierno y, en el bosque, vestido con un pequeño caftán y calzado con zuecos de corteza de tilo, completamente solo en el mundo, en la soledad más profunda, hay un pequeño campesino extraviado; está allí parado como si estuviera reflexionando, pero no reflexiona, sino que «contempla» algo. Si le dieras un empujón, se estremecería y se quedaría mirándote como si acabara de despertarse, pero sin entender nada. Es verdad que volvería en sí al instante pero, si se le preguntase en qué había estado pensando todo ese rato allí parado, lo más probable es que no recordara nada, aunque de seguro guardaría para sí la impresión en la que estaba sumido en su contemplación. Estas impresiones, queridas para él, a buen seguro, las acumula de modo imperceptible e incluso sin darse cuenta, sin saber tampoco con qué finalidad y por qué. Un día, quizá, después de haber acumulado estas impresiones a lo largo de muchos años, lo deje todo y parta a Jerusalén a peregrinar y buscar su salvación, o quizá prenda fuego de repente a su aldea natal, o tal vez suceda lo uno y lo otro. Hay muchos contempladores entre el pueblo. Smerdiakov era sin duda uno de esos contempladores y él también iba acumulando impresiones con avidez, casi sin saber por qué.

VII. Una controversia

Pero la burra de Balaam de pronto se puso a hablar. Y el tema resultó extraño: Grigori, por la mañana, al recoger unas mercancías en la tienda del comerciante Lukiánov, había oído la historia de un soldado ruso que, prisionero de los asiáticos en una lejana región fronteriza, fue constreñido, bajo amenaza de una muerte inmediata y terrible, a abjurar del cristianismo y convertirse al islam, pero se negó a traicionar su fe y aceptó el suplicio, se dejó desollar vivo y murió alabando y glorificando a Cristo, hazaña que se relataba justamente en el periódico recibido ese día. De esto habló Grigori en la mesa. A Fiódor Pávlovich siempre le había gustado, al término de cada comida, a la hora de los postres, reír y charlar, aunque fuera con Grigori. Aquel día se encontraba en un estado de ánimo agradable, se sentía ligero y especialmente expansivo. Sorbiendo coñac y después de haber escuchado hasta el final la noticia, observó que ese soldado merecía ser hecho enseguida santo y que esa piel arrancada había que donarla a algún monasterio: «La de gente y dinero que atraería». Grigori frunció el entrecejo al ver que Fiódor Pávlovich no se había conmovido lo más mínimo y que, según su costumbre habitual, empezaba a blasfemar. En ese momento, Smerdiakov, que estaba en la puerta, sonrió con ironía. Ya hacía tiempo que se le permitía estar a menudo de pie junto a la mesa, es decir, después de la comida. Y, desde que llegó Iván Fiódorovich a nuestra ciudad, se presentaba a la hora de la comida casi todos los días.

–¿Qué te pasa? —preguntó Fiódor Pávlovich, reparando enseguida en su sonrisa y comprendiendo que iba dirigida a Grigori.

–En el caso del que se está hablando —dijo de repente Smerdiakov, de manera sorprendente y con voz estentórea—, y aunque la hazaña de este encomiable soldado ha sido muy grande, señor, tampoco habría sido pecado, en mi opinión, si en una ocasión semejante hubiese repudiado el nombre de Cristo y su propio bautismo para salvar la vida y luego la hubiese dedicado a hacer buenas acciones con las que expiar, a lo largo de los años, esa cobardía.

–¿Cómo que no habría sido pecado? Mientes y por esto irás de cabeza al infierno, donde te asarán como un cordero —replicó Fiódor Pávlovich.

Fue entonces cuando entró Aliosha. Fiódor Pávlovich, como hemos visto, se alegró enormemente al verlo.

–¡Un tema tuyo, un tema tuyo! —exclamaba soltando risillas socarronas, invitando a Aliosha a que se sentara a escuchar.

–Eso que dice del cordero no es así, señor, no habrá nada semejante allí, señor, ni debe haberlo, si hay plena justicia —observó, solemne, Smerdiakov.

–¿Qué quieres decir con eso de que «si hay plena justicia»? —gritó Fiódor Pávlovich aún más alegre, dando un golpe con la rodilla a Aliosha.

–¡Es un canalla, eso es lo que es! —soltó Grigori. Iracundo, lo miró fijamente a los ojos.

–En cuanto a lo de canalla, tómeselo con un poco de calma, Grigori Vasílievich —replicó Smerdiakov, demostrando temple y contención—. Piense más bien que, si yo cayera en manos de esos que torturan a los cristianos y me viera impelido por ellos a maldecir el nombre de Dios y renegar de mi santo bautismo, mi propia razón me autorizaría plenamente a hacerlo, pues no habría pecado alguno en ello.

–¡Esto ya lo has dicho, no seas tan prolijo y demuéstralo! —gritó Fiódor Pávlovich.

–¡Marmitón! —susurró Grigori con desdén.

–Respecto a eso de marmitón, espere también un poco y, antes de insultar, juzgue usted mismo, Grigori Vasílievich. Porque, en cuanto les dijera a mis verdugos: «No, no soy cristiano, ¡maldigo al verdadero Dios!», en ese mismo momento, por el tribunal supremo de Dios, inmediata y específicamente, sería anatema a los ojos de la justicia divina, quedaría maldito y excluido de la Santa Iglesia, como un pagano, de modo que en el instante de proferir estas palabras, qué digo, solo ya con pensar en pronunciarlas, resulto excomulgado, ¿es cierto o no, Grigori Vasílievich? —se dirigía con evidente satisfacción a Grigori, contestando en esencia solo a las preguntas de Fiódor Pávlovich, y se daba perfecta cuenta de ello, pero fingía creer que era Grigori quien se las había formulado.

–¡Iván! —gritó de repente Fiódor Pávlovich—. Inclínate, arrima el oído. Ha arreglado todo esto para ti, quiere ganarse tus elogios. Adelante, dale esa alegría.

Iván Fiódorovich escuchó con total seriedad el anuncio exaltado de su padre.

–Espera, Smerdiakov, cállate un rato —gritó de nuevo Fiódor Pávlovich—. Iván, arrima otra vez el oído.

Iván Fiódorovich volvió a inclinarse, con el aspecto más serio del mundo.

–Te quiero tanto como a Aliosha. No creas que no te quiero. ¿Un poco de coñac?

–Sí —Iván Fiódorovich miró a su padre mientras pensaba: «Has empinado el codo a base de bien». A Smerdiakov lo observaba con mucha curiosidad.

–Tú ya estás maldito y anatematizado —estalló Grigori—, ¿cómo te atreves a hablar después de eso, canalla, si…?

–¡No insultes, Grigori, no insultes! —le interrumpió Fiódor Pávlovich.

–Paciencia, Grigori Vasílievich, un poco más de paciencia y siga escuchando, que todavía no he acabado. Porque en el mismo momento en que sea maldito por Dios, inmediatamente, en ese momento, es decir, en el momento supremo, me convierto en pagano, se me borra el bautismo y no se me imputa nada, ¿no es así?

–Ve acabando, hermano, date prisa y concluye —lo apremió Fiódor Pávlovich, sorbiendo con placer de su copita.

–Pues bien, si no soy ya cristiano, no miento a los verdugos cuando me preguntan: «¿Eres cristiano o no?», pues yo ya había sido privado de mi cristiandad por el propio Dios, sin otra causa que mi intención y antes incluso de que pudiese decir una palabra a mis verdugos. Bien, si he perdido mi condición de cristiano, ¿cómo y con qué derecho podrán pedirme cuentas en el otro mundo, en tanto que cristiano, por haber abjurado de Cristo, cuando por mi mera premeditación yo ya había sido desposeído del bautismo? Si no soy ya cristiano, no puedo abjurar de Cristo, porque eso ya sería cosa hecha. ¿Quién, entonces, allí en el cielo, pediría cuentas a un vil tártaro por no haber nacido cristiano, quién lo castigaría por ello, teniendo en cuenta que no se puede desollar a un buey dos veces? Si Dios omnipotente pide cuentas a un tártaro cuando éste muere, he de creer que lo hará para castigarlo levemente (visto que no es posible que no lo castigue en absoluto), considerando que al fin y al cabo no era culpa suya si nació sucio, de padre y madre sucios. El Señor Dios no puede tomar a un tártaro por la fuerza y afirmar que también él era cristiano, ¿no? Eso significaría que el Omnipotente está diciendo una gran mentira. ¿Y acaso puede el todopoderoso Señor del cielo y la tierra decir una mentira, aunque sea con una sola palabra, señor?

Grigori estaba atónito y miraba al orador con los ojos desorbitados. Aunque no comprendía muy bien lo que se estaba diciendo, de pronto asimiló algo de todo aquel galimatías y se quedó parado con el aspecto de un hombre que acaba de golpearse la frente contra una pared. Fiódor Pávlovich apuró la copita y soltó una ruidosa carcajada.

–¡Alioshka, Alioshka! ¿Has oído eso? ¡Ay, eres un casuista! Eso es que ha estado con los jesuitas en alguna parte, Iván. Ah, jesuita maloliente, ¿quién te ha enseñado eso? Pero mientes, casuista, mientes, mientes y mientes. No llores, Grigori, ahora mismo lo reduciremos a polvo y humo. Contesta a esto, burra: ante tus torturadores puedes tener razón, pero tú mismo has renegado de tu fe y dices que en ese justo momento estás anatematizado y eres maldito y, si estás anatematizado, no te van a obsequiar con caricias en el infierno. ¿Qué dices a esto, mi bello jesuita?

–No cabe duda, señor, que dentro de mí he abjurado, pero aun así no hay en esto un pecado especial y, si hubo un pequeño pecado, fue de lo más corriente, señor.

–¿Cómo, de lo más corriente?

–¡Mientes, maldiiito! —silbó Grigori.

–Juzgue por sí mismo, Grigori Vasílievich —siguió diciendo Smerdiakov con voz grave y sosegada, consciente de su victoria, pero dando como muestras de magnanimidad con el adversario derrotado—, juzgue por sí mismo: está dicho en las Escrituras que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a esta montaña: «Vete de aquí y arrójate al mar», y será hecho enseguida, a la primera orden. Pues bien, Grigori Vasílievich, si yo no soy creyente y usted lo es tanto que me injuria sin cesar, intente decir, señor, a esa montaña no que se arroje al mar (porque el mar queda lejos de aquí) sino que se desplace hasta nuestro riachuelo hediondo, el que discurre detrás de nuestro huerto, y en ese instante verá que nada se mueve, señor, que todo sigue en el mismo orden de antes, intacto, por mucho que usted grite, señor. Y esto significa que usted, Grigori Vasílievich, tampoco cree del modo conveniente, y que no hace sino insultar a los demás de todas las maneras posibles. Y, teniendo en cuenta, además, que nadie en nuestro tiempo, no solo usted, señor, sino decididamente nadie, empezando por las personalidades más elevadas y acabando por el último de los campesinos, puede hacer que se arroje una montaña al mar, salvo quizá una persona en toda la tierra, dos a lo sumo, y que tal vez se encuentren salvando su alma en secreto en algún desierto egipcio, de manera que nadie pueda encontrarlos, y, si eso es así, señor, si todos los demás se revelan como incrédulos, ¿es posible que el resto, es decir, la población de toda la tierra, excepto ese par de ermitaños del desierto, sean malditos por el Señor y, en su misericordia, tan conocida, no perdone a nadie? Por eso, también, tengo la esperanza de que, aun habiendo dudado una vez, seré perdonado cuando derrame lágrimas de arrepentimiento.

–¡Espera! —gritó Fiódor Pávlovich en una apoteosis de exaltación—. ¿Así que aún supones que existen dos hombres capaces de mover montañas? Iván, toma nota, escríbelo: ¡en estas palabras se manifiesta todo el hombre ruso!

–Su observación es del todo justa, éste es un rasgo de la fe popular —asintió Iván Fiódorovich con una sonrisa de aprobación.

–¡Así que estás de acuerdo! ¡Bueno, pues debe de ser así, si hasta tú estás de acuerdo! Alioshka, es verdad, ¿no? Así es la fe rusa, ¿no crees?

–No, la fe de Smerdiakov no es rusa en absoluto —dijo Aliosha con seriedad y firmeza.

–No me refiero a su fe sino a ese rasgo, a esos dos ermitaños del desierto, solo a ese detalle: ¿no es eso ruso, muy ruso?

–Sí, ese detalle es completamente ruso —sonrió Aliosha.

–Tu palabra, burra, vale una moneda de oro y te la mandaré hoy mismo, pero, aun así, en cuanto a todo lo demás, mientes, mientes y mientes; debes saber, tonto, que si aquí no creemos es únicamente por frivolidad, porque no tenemos tiempo: primero, nos abruman las ocupaciones y, segundo, Dios nos ha dado poco tiempo, solo veinticuatro horas al día, así que ni siquiera nos alcanza para dormir lo suficiente, no digo ya para arrepentirnos. ¡Mientras que tú abjuras ante tus torturadores cuando no puedes pensar en otra cosa más que en la fe y precisamente cuando hay que manifestarla! ¿No es eso un pecado, hermano?

–Serlo lo es, pero juzgue por sí mismo, Grigori Vasílievich, eso no hace sino volverlo más leve. Porque, si entonces yo hubiera creído en la verdad absoluta como es debido, habría pecado realmente al no aceptar el martirio por mi fe y al convertirme a la sucia fe de Mahoma. Pero no habría llegado al martirio en ese momento, señor, porque me habría bastado con decir en ese mismo instante a la montaña: «Muévete y aplasta a mi torturador», para que se moviera y lo aplastase como una cucaracha, y yo me habría marchado como si nada, cantando y glorificando a Dios. Pero, si justo en ese momento yo intentara todo eso y deliberadamente gritase a la montaña: «Aplasta a estos torturadores», y ésta no los aplastara, díganme, ¿cómo no habría de dudar entonces, en esa terrible hora de gran miedo mortal? De todos modos, yo ya sabría que no iba a alcanzar plenamente el reino de los cielos (pues, si la montaña no se ha movido ante mis palabras, eso es que no deben de dar mucho crédito a mi palabra allí y que no me aguarda una gran recompensa en el otro mundo). ¿Para qué, entonces, he de dejar, por encima de todo y sin provecho alguno, que me desuellen vivo? Pues, aunque me hubiesen despellejado ya la mitad de la espalda, esa montaña seguiría sin moverse ante mis palabras y mis gritos. En un momento así, no solo pueden asaltarlo a uno las dudas sino que incluso puede perder la cabeza del miedo. Por tanto, ¿de qué sería especialmente culpable si, al no ver provecho ni recompensa aquí ni allí, al menos pusiera a salvo mi piel? Y por eso, confiando mucho en la misericordia de Dios, alimento la esperanza de ser completamente perdonado, señor…

VIII. Ante una copita de coñac

La discusión terminó pero, extrañamente, Fiódor Pávlovich, que antes se había divertido tanto, acabó de pronto con el ceño fruncido. Y con el ceño fruncido se atizó otra copita de coñac, que estaba ya totalmente de más.

–¡Largo de aquí, jesuitas, fuera! —gritó a los criados—. Vete, Smerdiakov. Hoy te mandaré la moneda de oro prometida. No llores, Grigori, vete con Marfa, ella te consolará y te acostará. Esos canallas no le dejan a uno un minuto de tranquilidad después de la comida —dijo bruscamente y con despecho una vez que los criados se hubieron retirado, acatando su orden al instante—. Smerdiakov ahora siempre se planta aquí después de la comida, ¿es en ti en quien tiene tanto interés? ¿Con qué lo habrás engatusado? —añadió dirigiéndose a Iván Fiódorovich.

–Con nada en absoluto —contestó éste—. Se le ha ocurrido respetarme; es un lacayo y un patán. Por lo demás, será carne de cañón de vanguardia cuando llegue el momento.

–¿De vanguardia?

–Habrá otros y mejores, pero también de este tipo. Primero irán éstos y luego los mejores.

–Y ¿cuándo llegará el momento?

–El cohete arderá, pero quizá no hasta el final. Al pueblo, por ahora, no le gusta demasiado escuchar a estos pinches de cocina.

–Así es, hermano, una burra de Balaam como él piensa y piensa, y el diablo sabe hasta dónde pueden llevarlo sus pensamientos.

–Acumula ideas —dijo Iván con una sonrisa burlona.

–Verás, sé muy bien que a mí no me soporta, como tampoco soporta a todos los demás, a ti incluido, aunque creas que «se le ha ocurrido respetarte». Y todavía menos a Aliosha, a quien desprecia. Aunque no roba, ésa es la cuestión, ni es chismoso; calla, no airea los trapos sucios, prepara unas empanadas magníficas; por lo demás, que se vaya al diablo, a decir verdad, ¿de qué sirve hablar de él?

–De nada, desde luego.

–Y, en cuanto a lo que puede llegar a imaginar, al campesino ruso, hablando en general, hay que azotarlo. Siempre lo he afirmado. Nuestro campesino es un estafador, no hay que compadecerlo, y está muy bien que, incluso ahora, de vez en cuando se lleve una zurra. La tierra rusa es fuerte por sus abedules. Si se destruyen los bosques, será el fin para la tierra rusa. Yo estoy a favor de la gente inteligente. Nosotros, con gran inteligencia, hemos dejado de golpear a los campesinos, y ellos mismos siguen azotándose entre sí. Y hacen bien. Con la misma medida con que medís, os medirán a vosotros, ¿se dice así? En una palabra, os medirán. Y Rusia es una porquería. Amigo mío, si supieras cómo odio Rusia… Es decir, no Rusia, sino todos estos vicios… y quizá Rusia, también. Tout cela c’est de la cochonnerie.95 ¿Sabes lo que me gusta? Me gusta el ingenio.

–Se ha bebido otra copita. Debería parar.

–Espera, me beberé una más y luego otra, entonces pararé. No, espera, me has interrumpido. Al pasar por Mókroie pregunté a un viejo, y me dijo: «Lo que más nos gusta es sentenciar a las muchachas al castigo de azotes, y dejamos a todos los mozos que den los latigazos. Y después, a la que ha recibido el castigo el mozo la toma por esposa, así que ahora, para las propias chicas, se ha convertido en una costumbre». Una especie de marqueses de Sade, ¿no? Di lo que quieras, pero es ingenioso. ¿Por qué no nos acercamos y echamos un vistazo, eh? Alioshka, ¿te has puesto rojo? No te avergüences, hijo. Es una pena que, hace un rato, cuando estaba con el padre higúmeno, no esperase a estar en la mesa para hablarles a los monjes de las chicas de Mókroie. Aliosha, no te enfades por que haya ofendido a tu higúmeno hace un rato. La rabia se apodera de mí, hermano. Porque, si hay Dios, si existe, bueno, entonces, por supuesto, soy culpable y responderé por ello, pero, si no existe en absoluto, ¿qué se merecen entonces esos padres tuyos? No basta con cortarles la cabeza, porque frenan el progreso. ¿Me crees, Iván, que esto desgarra mis sentimientos? No, no me crees, lo veo en tus ojos. Crees lo que dice la gente, que soy solo un bufón. Aliosha, ¿crees que no soy solo un bufón?

–Creo que no es solo un bufón.

–Creo que lo crees y que hablas con sinceridad. Miras con sinceridad y hablas con sinceridad. No como Iván. Iván es altivo… Pero, con todo, yo acabaría con ese pequeño monasterio tuyo. Tomaría todo ese misticismo de una tacada de toda la tierra rusa y lo eliminaría, para hacer entrar en razón de una vez por todas a todos esos imbéciles. ¡Y cuánta plata y cuánto oro entrarían en la casa de la moneda!

–¿Y para qué eliminarlo? —preguntó Iván.

–Para que resplandezca más pronto la verdad, para eso.

–Pero, si esta verdad resplandece, usted sería el primero en ser saqueado y luego… eliminado.

–¡Bah! Quizá tengas razón tú. ¡Ah, qué burro soy! —gritó de repente Fiódor Pávlovich, dándose una leve palmada en la frente—. Bueno, pues en ese caso, que siga en pie tu pequeño monasterio, Alioshka. Y nosotros, gente inteligente, estaremos a resguardo, bien calientes, tomando coñac. ¿Sabes, Iván, que debió de ser Dios quien estableció las cosas de este modo a propósito? Dime, Iván: ¿existe Dios o no? Espera: ¡di la verdad, habla en serio! ¿Por qué te ríes otra vez?

–Me río porque usted mismo, hace un momento, ha hecho una ingeniosa observación sobre la fe de Smerdiakov en la existencia de esos dos eremitas que pueden hacer que se muevan las montañas.

–¿Acaso hay semejanza con lo de ahora?

–Mucha.

–Bueno, eso es que yo también soy un hombre ruso y tengo un rasgo ruso, y a ti, filósofo, puedo encontrarte también un rasgo del mismo género. ¿Quieres que lo haga? Apuesto a que mañana mismo lo encuentro. Pero dime: ¿existe Dios, sí o no? ¡En serio! En este momento necesito que lo digas en serio.

–No, Dios no existe.

–Alioshka, ¿existe Dios?

–Sí.

–Iván, y ¿existe la inmortalidad, sea la que sea, incluso la más pequeña, la más diminuta?

–No, la inmortalidad tampoco existe.

–¿Ninguna?

–Ninguna.

–¿Cero absoluto? ¿O hay algo? ¿Es posible que al menos exista algo? ¡No dirás que no hay nada!

–Cero absoluto.

–Aliosha, ¿existe la inmortalidad?

–Sí.

–¿Y Dios y la inmortalidad?

–Tanto Dios como la inmortalidad. La inmortalidad está en Dios.

–Hum. Probablemente Iván tenga razón. Señor, y ¡pensar todo lo que el hombre ha entregado a la fe, todas las fuerzas que ha gastado en balde en nombre de este sueño y desde hace tantos miles de años! Pero ¿quién se ríe del hombre de ese modo? ¿Iván? Por última vez, definitivamente: ¿existe Dios o no? ¡Te lo pregunto por última vez!

–Y por última vez digo que no.

–Pero, entonces, ¿quién se ríe de la gente, Iván?

–Debe de ser el demonio. —Iván Fiódorovich se sonrió burlonamente.

–¿Y el demonio existe?

–No, el demonio tampoco existe.

–Lástima. Que el diablo me lleve, ¡lo que le haría, después de esto, al primero que inventó a Dios! ¡Sería poco colgarlo de un triste álamo!

–No existiría civilización alguna de no haberse inventado Dios.

–¿No existiría? ¿Sin Dios?

–Así es. Y el coñac tampoco. Con todo, ya va siendo hora de retirárselo a usted.

–Espera, espera, espera, querido mío, una copita más. He ofendido a Aliosha. ¿No estás enfadado conmigo, Alekséi? ¡Mi querido Alekséichik, mi Alekséichik!

–No, no estoy enfadado. Sé cuáles son sus pensamientos. Tiene mejor corazón que cabeza.

–¿Que tengo mejor corazón que cabeza? Señor, ¿y eres tú quien dice eso? Iván, ¿quieres a Aliosha?

–Lo quiero.

–Quiérelo. —Fiódor Pávlovich estaba ya borracho como una cuba—. Escucha, Aliosha, hace un rato cometí una grosería con tu stárets. Pero estaba excitado. Dime, ese stárets tiene ingenio, ¿no te parece, Iván?

–Quizá sí.

–Lo tiene, lo tiene, il y a du Piron là-dedans.96 Es un jesuita, ruso, quiero decir. Como en toda criatura honrada, bulle una indignación oculta en él, porque debe representar un papel… por el aire de santidad que tiene que darse.

–Pero él cree en Dios.

–Ni por asomo. ¿No lo sabías? Pero si él mismo se lo dice a todos; bueno, no a todos, sino a todas las personas inteligentes que van a visitarlo. Al gobernador Schultz le soltó directamente: credo, pero no sé en qué.

–¿De verdad?

–Así es. Pero lo respeto. Hay algo mefistofélico en él o, mejor, de Un héroe de nuestro tiempo… ¿Cómo se llama? ¿Arbenin?97 En definitiva, es un lujurioso; lo es hasta tal punto que incluso ahora me daría miedo que mi hija o mi mujer fueran a confesarse con él. ¿Sabes? Cuando se pone a contar historias… Hace tres años nos invitó a tomar el té, con un licorcito también (las señoras le mandan licores), y cuando se puso a pintar su pasado nos partíamos de risa… Sobre todo cómo había curado a una paralítica. «Si no me dolieran las piernas, os enseñaría un bailecito.» Qué tipo, ¿eh? «En mis días hice bastantes santas locuras», dijo. Una vez le birló sesenta mil rublos al comerciante Demídov.

–¿Cómo? ¿Se los robó?

–Demídov se los llevó creyendo que era un hombre decente: «Guárdamelos, hermano, mañana vendrán a hacerme un registro». Y él se los guardó. «Los has donado a la Iglesia, ¿no?», le dijo. Y yo le digo: «Eres un canalla». «No —me responde—, no soy un canalla, sino un hombre desprendido…» Aunque no se trataba de él… Se trataba de otro. Lo he confundido con otro… y no me había dado cuenta. Bueno, una copita más y basta; llévate la botella, Iván. Estaba mintiendo, ¿por qué no me has frenado, Iván…? ¿Por qué no me has dicho que estaba mintiendo?

–Sabía que se frenaría usted mismo.

–Mientes, lo has hecho por maldad, solo por maldad. Me desprecias. Has venido a mí y en mi propia casa me desprecias.

–Me voy: el coñac se le sube a la cabeza.

–Te he suplicado en nombre de Cristo que fueras a Chermashniá… un día o dos, y tú no vas.

–Iré mañana, si insiste tanto.

–No irás. Quieres quedarte aquí para espiarme, eso es lo que quieres, alma pérfida; por eso no te vas, ¿eh?

El viejo no se calmaba. Había llegado a ese punto de embriaguez en que ciertos borrachos, hasta entonces tranquilos, de repente quieren enfurecerse y alardear.

–¿Qué haces mirándome así? ¿Qué ojos son ésos? Tus ojos me miran y me dicen: «Cerdo borracho». Ojos suspicaces, ojos desdeñosos… Has venido aquí con algo en la cabeza. Aliosha me mira y sus ojos brillan. Aliosha no me desprecia. Alekséi, no quieras a Iván…

–¡No la tome con mi hermano! Deje de ofenderlo —dijo de repente Aliosha con firmeza.

–Está bien, como quieras. Huy, me duele la cabeza. Llévate el coñac, Iván, es la tercera vez que te lo digo. —Se quedó pensativo y bruscamente asomó a sus labios una sonrisa larga y astuta—. No te enfades, Iván, con este viejo enclenque. Sé que no me quieres, pero no te enfades. No hay motivos para quererme. Irás a Chermashniá, luego yo iré a buscarte y te llevaré un regalo. Te enseñaré allí a una chica a la que le tengo echado el ojo hace tiempo. Ahora va descalza. No tengas miedo de las chicas descalzas, no las desprecies: ¡son perlas! —Y se dio un sonoro beso en la punta de los dedos—. Para mí —se reanimó de pronto todo él, como si por un momento, al tocar su tema preferido, se le hubiera pasado la borrachera—, para mí… ¡Ay, muchachos! Hijos míos, cerditos míos, para mí… ¡En toda mi vida no ha habido una mujer fea, ésa es mi norma! ¿Podéis entenderlo? ¿Cómo vais a entenderlo, vosotros? Todavía tenéis leche en las venas en lugar de sangre, ¡no habéis salido del cascarón! Conforme a mi norma, en cada mujer se puede encontrar, maldita sea, algo de extraordinario interés, algo que no encontrarás en ninguna otra: solo hay que saber encontrarlo, ¡ése es el truco! ¡Es un talento! Para mí, no hay mujeres feas: el mero hecho de que una mujer sea mujer ya es la mitad de todo… Pero ¡cómo vais a entenderlo vosotros! Incluso en las solteronas a veces se encuentra algo que te hace maravillarte de todos los imbéciles que las han dejado envejecer sin haberse percatado hasta entonces. Con una descalza y una fea lo primero que hay que hacer es sorprenderla, así es como hay que abordarla. ¿No lo sabías? Hay que asombrarla hasta que esté eufórica, impresionada, avergonzada de que semejante señor se haya enamorado de una criatura mugrienta como ella. Es verdaderamente magnífico que siempre haya habido y siempre vaya a haber granujas y señores en el mundo, y que siempre haya habido, por tanto, una fregona, y siempre con su señor, y ¡esto es lo único que uno necesita en la vida para ser feliz! Espera… Escucha, Alioshka, a tu difunta madre yo siempre la sorprendía, aunque el resultado era distinto. No solía acariciarla, pero de repente, cuando llegaba el momento, todo yo me desmoronaba ante ella, me arrastraba de rodillas, le besaba los pies, y cada vez, cada vez (me acuerdo aún como si fuera hoy) le causaba una risita convulsa, timbrada, no fuerte, nerviosa, especial. La única manera de reír que ella tenía. Sabía que así era como solía manifestarse su enfermedad, que al día siguiente se pondría a gritar como una histérica y que la risita de aquel momento no era ningún signo de entusiasmo, sino solo una apariencia de entusiasmo. ¡Eso es lo que significa saber encontrar en cada cosa el punto bueno! Un día, Beliavski (un hombre apuesto y adinerado que le hacía la corte y había empezado a hacerme visitas) de pronto vino y me dio un bofetón en la cara, delante de ella. Y pensé que ella, aunque era como una ovejita, me zurraría por ese bofetón, por cómo la emprendió conmigo: «Te ha pegado, te ha pegado —decía—. ¡Te ha dado un bofetón! Querías venderme a él… —decía—. ¿Cómo se ha atrevido a pegarte en mi presencia? ¡Y tú no te atrevas a acercarte a mí nunca más, nunca! ¡Ahora, corre y rétalo a duelo…!». La llevé entonces al monasterio, para calmarla, los santos padres la reprendieron. Pero lo juro ante Dios, Aliosha, ¡nunca maltraté a mi pequeña histérica! Excepto una vez, todavía era el primer año: ella rezaba mucho entonces, observaba especialmente las fiestas de la Madre de Dios, y entonces me echaba de la habitación y me mandaba al despacho. «¡Ya verás cómo te curo de este misticismo!» pensé. «Mira —le dije—, aquí tienes tu icono, aquí está, y ahora lo descuelgo. Ahora mira. ¡Tú crees que es milagroso, pero ahora le escupiré delante de ti y no me pasará nada…!» Cuando lo vio, Señor, pensé que iba a matarme; pero solo se puso de pie de un salto, juntó las manos, luego se cubrió repentinamente el rostro, comenzó a temblar y cayó al suelo… Se desplomó… ¡Aliosha, Aliosha! ¿Qué tienes, qué te pasa?

El viejo saltó de su asiento, presa del pánico. Desde el momento en que había empezado a hablar de su madre, la expresión de Aliosha había ido mudando poco a poco. Se ruborizó, empezaron a arderle los ojos, se le estremecieron los labios… El viejo borracho siguió farfullando y no se dio cuenta de nada hasta el momento en que algo muy extraño le ocurrió a su hijo, lo mismo que acababa de contar sobre la «histérica» se repitió en él punto por punto. Aliosha saltó de repente de detrás de la mesa, exactamente igual que había hecho su madre según el relato de Fiódor Pávlovich, juntó las manos, luego se cubrió con ellas el rostro, se desmoronó en la silla mientras todo él se ponía a temblar, sacudido por un ataque histérico de lágrimas repentinas, convulsas y silenciosas. Fue el extraordinario parecido con la madre lo que impresionó sobre todo al viejo.

–¡Iván, Iván! ¡Rápido, traedle agua! ¡Es como ella, exactamente igual que ella, su madre hizo lo mismo aquella vez! Rocíalo con agua de tu boca, así hacía yo con ella. Es por su madre, es por su madre… —le murmuraba a Iván.

–Pero su madre, creo, también era la mía, ¿no le parece? —estalló Iván con un irrefrenable y colérico desprecio. El destello de sus ojos sobresaltó al viejo. Pero entonces sucedió algo muy extraño, aunque solo por un segundo: pareció que el viejo hubiera olvidado de verdad que la madre de Aliosha también era la madre de Iván…

–¿Qué quieres decir con eso de tu madre? —balbuceó sin entender—. ¿De qué hablas…? ¿La madre de quién…? ¿Es que ella…? ¡Ah, diablo! ¡Claro que también es la tuya! ¡Ah, diablo! ¿Sabes, amigo? La cabeza nunca se me había ofuscado tanto. Perdona, Iván, pensaba… ¡Je, je, je!

Se detuvo. Una larga sonrisa de borracho, casi estúpida, le deformaba el rostro. Y de pronto, en ese mismo instante, resonó en la entrada una algarabía y un estruendo tremendo, se oyeron gritos furiosos, la puerta se abrió de par en par y en la sala irrumpió Dmitri Fiódorovich. El viejo, aterrorizado, se precipitó sobre Iván.

–¡Me matará! ¡Me matará! ¡No me dejes, no me dejes! —gritaba aferrado al faldón del abrigo de Iván Fiódorovich.

IX. Los lujuriosos

Justo detrás de Dmitri Fiódorovich irrumpieron también en la sala Grigori y Smerdiakov. Ya en la entrada habían forcejeado con él para no dejarlo pasar (siguiendo instrucciones dadas por el propio Fiódor Pávlovich algunos días antes). Aprovechando que Dmitri Fiódorovich, después de entrar impetuosamente en la sala, se había detenido un minuto buscando algo con la mirada, Grigori corrió al otro lado de la mesa, cerró los dos batientes de la puerta de enfrente, la que conducía a las habitaciones interiores, y se apostó delante de la puerta cerrada con los brazos cruzados sobre el pecho, dispuesto a defender la entrada, por decirlo así, hasta su última gota de sangre. Al verlo, Dmitri lanzó no ya un grito sino un aullido y se abalanzó sobre Grigori.

–¡Así que está ahí! ¡La han escondido ahí! ¡Fuera, canalla!

Quiso apartar a Grigori, pero éste lo empujó hacia atrás. Fuera de sí de rabia, Dmitri hizo un movimiento amplio con el brazo y lo golpeó con todas sus fuerzas. El viejo cayó de bruces contra el suelo, y Dmitri, saltando por encima de él, forzó la puerta. Smerdiakov no se había movido del otro extremo de la sala, pálido y trémulo, apretándose contra Fiódor Pávlovich.

–Ella está aquí —gritaba Dmitri Fiódorovich—, la acabo de ver doblando la esquina, pero no he podido alcanzarla. ¿Dónde está? ¿Dónde está?

Ese grito, el de: «¡Ella está aquí!», causó un efecto increíble en Fiódor Pávlovich. Toda su sensación de miedo se evaporó.

–¡Detenedlo, detenedlo! —vociferó y se lanzó corriendo detrás de Dmitri Fiódorovich.

Grigori, entretanto, se había levantado del suelo, pero todavía estaba aturdido. Iván Fiódorovich y Aliosha corrieron detrás de su padre. En la tercera habitación se oyó de pronto que algo caía al suelo y se hacía añicos: era un gran jarrón de cristal (de escaso valor) sobre un pedestal de mármol que Dmitri Fiódorovich había volcado al pasar corriendo.

–¡Cogedlo! —se desgañitaba el viejo—. ¡Ayuda!

Iván Fiódorovich y Aliosha alcanzaron finalmente al viejo y a la fuerza lo hicieron volver al salón.

–¿Por qué lo persigue? ¡Si cae usted en sus manos lo matará! —gritó, enfurecido, Iván Fiódorovich a su padre.

–Vánechka, Lióshechka, ella debe de estar aquí, Grúshenka está aquí. Él mismo ha dicho que la ha visto pasar…

Balbuceaba. No esperaba a Grúshenka esta vez y, de pronto, la noticia de que estaba allí le hizo perder por completo la cabeza. Temblaba todo él, como si hubiese enloquecido.

–Pero ¡si usted mismo ha visto que no ha venido! —gritaba Iván.

–¿Quizá por esa entrada?

–Pero si está cerrada y usted tiene la llave…

Dmitri de pronto apareció otra vez en el salón. Por supuesto, había encontrado esa puerta cerrada, y la llave, en efecto, estaba guardada en el bolsillo de Fiódor Pávlovich. Todas las ventanas de todas las habitaciones estaban también cerradas; no había modo, por tanto, de que Grúshenka hubiese podido entrar ni tampoco salir de allí.

–¡Cogedlo! —gritó Fiódor Pávlovich en cuanto divisó de nuevo a Dmitri—. ¡Me está robando el dinero que tenía en el dormitorio!

Y, zafándose de Iván, volvió a abalanzarse sobre Dmitri. Pero éste alzó las manos, agarró al viejo por los dos últimos mechones de pelo que le quedaban en las sienes, le dio un tirón y lo lanzó con estruendo contra el suelo. Todavía tuvo tiempo de golpear dos o tres veces al caído en la cara con el tacón. El viejo empezó a gemir ruidosamente. Iván Fiódorovich, aun no siendo tan fuerte como su hermano Dmitri, lo agarró con los dos brazos y, con todas sus fuerzas, logró separarlo del viejo. Aliosha también ayudó con sus exiguas fuerzas, sujetando a su hermano por delante.

–¡Loco, lo has matado! —gritó Iván.

–¡Es lo que se merece! —exclamó, jadeante, Dmitri—. Y si no lo he matado esta vez, volveré para matarlo. ¡No podréis salvarlo!

–¡Dmitri! ¡Sal de aquí ahora mismo, fuera! —gritó Aliosha con tono autoritario.

–¡Alekséi! Dímelo tú, solo a ti te creeré: ¿ha estado ella aquí sí o no? La he visto con mis ojos hace un momento, venía del callejón hacia aquí, pegada a la valla. La he llamado, y se ha ido corriendo…

–Te juro que no ha estado y que nadie la esperaba aquí.

–Pero si la he visto… Así que ella… Ahora mismo descubriré dónde está… ¡Adiós, Alekséi! A Esopo, ahora, ni una palabra sobre el dinero, ve enseguida a ver a Katerina Ivánovna, sin falta: «Me manda que la salude con una reverencia, me manda que la salude con una reverencia, ¡con una reverencia! ¡Precisamente con una reverencia, y se despide de usted!». Descríbele la escena.

Entretanto, Iván y Grigori habían levantado al viejo para sentarlo en una butaca. Tenía el rostro ensangrentado, pero estaba consciente y escuchaba con avidez los gritos de Dmitri. Seguía imaginando que Grúshenka estaba de veras en algún lugar de la casa. Dmitri Fiódorovich le lanzó una mirada de odio al marcharse.

–¡No tengo remordimientos por tu sangre! —exclamó—. Vete con cuidado, viejo, ¡acaricia tu sueño porque yo también tengo el mío! Soy yo quien te maldice y reniega de ti para siempre…

Y salió corriendo.

–¡Está aquí, seguro que está aquí! Smerdiakov, Smerdiakov —ronqueó con una voz apenas audible el viejo, mientras llamaba a Smerdiakov con un dedo.

–No está aquí, no, viejo loco —le gritó Iván con rabia—. ¡Y ahora le da un desmayo! ¡Agua, una toalla! ¡Muévete, Smerdiakov!

Smerdiakov se fue corriendo en busca de agua. Acabaron por desvestir al viejo, lo llevaron al dormitorio y lo metieron en la cama. Le envolvieron la cabeza con una toalla húmeda. Debilitado por el coñac, por las fuertes impresiones y por los golpes, en cuanto rozó la almohada cerró los ojos y se durmió en un instante. Iván Fiódorovich y Aliosha volvieron al salón. Smerdiakov recogía los fragmentos del jarrón roto, y Grigori estaba junto a la mesa, con la cabeza gacha y un aire sombrío.

–¿No sería mejor que te refrescaras la cabeza y también te acostaras? —le dijo Aliosha a Grigori—. Lo cuidaremos nosotros; mi hermano te ha pegado de un modo horrible y doloroso… en la cabeza.

–¡Ha osado conmigo! —pronunció de un modo lúgubre y con énfasis.

–¡También «ha osado» con padre, no solo contigo! —observó, torciendo la boca, Iván Fiódorovich.

–Y yo, que lo lavaba en la tina… ¡Ha osado conmigo! —repetía Grigori.

–Diablo, si no lo aparto quizá lo hubiese matado. ¿Es que se necesita mucho para acabar con ese Esopo? —musitó Iván Fiódorovich a Aliosha.

–¡Dios no lo quiera! —exclamó Aliosha.

–¿Por qué no va a quererlo? —siguió diciendo en un susurro Iván, con el rostro contraído por la rabia—. Un reptil devorará a otro reptil, ¡ni más ni menos lo que se merecen!

Aliosha se estremeció.

–No permitiré que se cometa un asesinato, desde luego, como no lo he permitido hace un momento. Quédate aquí, Aliosha, mientras salgo a pasear por el patio. Empieza a dolerme la cabeza.

Aliosha fue al dormitorio de su padre y pasó cerca de una hora sentado a la cabecera de la cama, detrás de un biombo. El viejo de pronto abrió los ojos y estuvo un buen rato mirando a Aliosha en silencio, tratando visiblemente de hacer memoria y reordenar las ideas. De repente se reflejó una insólita agitación en su rostro.

–Aliosha —susurró, temeroso—, ¿dónde está Iván?

–En el patio, le duele la cabeza. Vela por nosotros.

–¡Dame el espejito, está ahí, dámelo!

Aliosha le alcanzó un espejito redondo y plegable que estaba en la cómoda. El viejo se miró: se le había hinchado bastante la nariz y tenía en la frente, sobre la ceja izquierda, un gran moratón.

–¿Qué dice Iván? Aliosha, querido mío, mi único hijo, tengo miedo de Iván. Tengo más miedo de él que del otro. Al único que no tengo miedo es a ti…

–No tenga miedo de Iván tampoco. Iván se enfada, pero le protegerá.

–¿Y qué pasa con el otro, Aliosha? ¡Se ha ido corriendo con Grúshenka! Querido ángel, dime la verdad: ¿ha estado aquí antes Grúshenka, o no?

–Nadie la ha visto. Es un engaño, ¡no ha estado aquí!

–Pero ¡es que Mitka quiere casarse con ella, casarse!

–Ella no consentirá.

–¡No consentirá, no lo hará, no lo hará, por nada del mundo…! —El viejo se estremeció de alegría con todo su ser, como si en ese instante no pudieran decirle nada más agradable. Eufórico, cogió la mano de Aliosha y la estrechó con fuerza contra su corazón. Incluso las lágrimas brillaron en sus ojos.

–Ese pequeño icono, el de la Madre de Dios, ése del que te hablaba antes, tómalo y llévatelo. Y te permito que vuelvas al monasterio… Antes bromeaba, no te enfades. Me duele la cabeza, Aliosha… Liosha, calma mi corazón, sé un ángel, ¡dime la verdad!

–¿Se refiere a si ella ha estado o no aquí? —preguntó Aliosha con tristeza.

–No, no, no, te creo, pero escucha: pasa a ver a Grúshenka o arréglatelas para verla; pregúntaselo cuanto antes y trata de adivinarlo con tus propios ojos: ¿a quién prefiere, a mí o a él? ¿Eh? ¿Qué dices? ¿Puedes hacerlo o no?

–Si la veo, se lo preguntaré —murmuró Aliosha, turbado.

–No, ella no te lo dirá —lo interrumpió el viejo—. Es muy lista. Empezará a besarte y te dirá que quiere casarse contigo. Es una embustera, una desvergonzada. No, no debes ir a verla, no debes.

–Y no estaría nada bien, padre, nada bien.

–¿Adónde te mandaba él hace un rato, cuando te gritaba: «Ve», mientras se iba corriendo?

–A casa de Katerina Ivánovna.

–¿Por dinero? ¿Quiere dinero?

–No, no por dinero.

–Él no tiene dinero, ni una moneda. Escucha, Aliosha, me pasaré la noche acostado dándole vueltas a la cabeza. Puedes irte. Quizá te la encuentres… Pero ven a verme mañana por la mañana sin falta; sin falta. Mañana te diré una cosita, ¿te pasarás?

–Sí.

–Si vienes, haz como si hubiera sido idea tuya venir a visitarme. No le digas a nadie que te he llamado yo. No le digas ni una palabra a Iván.

–Está bien.

–Adiós, ángel mío, hace un momento has intercedido por mí, nunca lo olvidaré. Te diré una cosita mañana… Solo tengo que reflexionar un poco más…

–Pero, ahora, ¿cómo se siente?

–Mañana, mañana mismo me levantaré en perfecto estado. ¡Muy bien, muy bien, muy bien!

Al pasar por el patio, Aliosha se encontró con su hermano Iván en un banco junto a la puerta. Escribía algo en su cuaderno con un lápiz. Aliosha le dijo a Iván que el viejo se había despertado, que estaba consciente y que le dejaba pasar la noche en el monasterio.

–Aliosha, sería un placer verte mañana por la mañana —dijo con amabilidad Iván mientras se levantaba. Esa amabilidad pilló totalmente desprevenido a su hermano.

–Mañana iré a casa de las Jojlakova —respondió Aliosha—. Quizá también vaya a casa de Katerina Ivánovna, si no la encuentro ahora…

–¿Así que ahora vas a casa de Katerina Ivánovna? A «saludarla con una reverencia», ¿no es así? —Iván sonrió de repente.

Aliosha se turbó.

–Creo haberlo entendido todo por esas exclamaciones de hace un rato y por ciertas cosas que pasaron antes. Dmitri seguramente te haya pedido que vayas a verla y le digas que… Bueno… Bueno, en pocas palabras, ¡que le dice adiós con una reverencia!

–¡Hermano! ¿Cómo terminará todo este horror entre padre y Dmitri? —exclamó Aliosha.

–Es imposible hacer pronósticos certeros. Quizá todo quede en nada: la historia se irá esfumando. Esa mujer es una fiera. En cualquier caso, hay que impedir que el viejo salga de casa, y a Dmitri no hay que dejarlo entrar.

–Hermano, deja que te pregunte algo más: ¿es posible que un hombre tenga derecho a decidir, mirando al resto de la humanidad, quién es digno de vivir y quién no?

–¿Por qué mezclar en esto el criterio de si se es digno o no? Esta cuestión se suele decidir en el corazón de los hombres no en virtud de los méritos sino de otras razones mucho más naturales. En cuanto al derecho, dime, ¿quién no tiene derecho a desear?

–Pero ¡no la muerte de otro!

–¿Y si fuese incluso la muerte? ¿Para qué mentirnos a nosotros mismos cuando todo el mundo vive así y quizá ni siquiera se puede vivir de otro modo? ¿Me lo preguntas por lo que he dicho antes, lo de que «un reptil devorará a otro reptil»? En ese caso, déjame que te pregunte: ¿me consideras capaz, como Dmitri, de verter la sangre de Esopo, bueno, de matarlo? ¿Eh?

–¡Qué dices, Iván! ¡Nunca he pensado nada semejante! Y a Dmitri tampoco lo considero…

–Gracias, aunque solo sea por esto —Iván le sonrió—. Que sepas que yo siempre lo defenderé. En cuanto a mis deseos, sin embargo, me reservo en este caso plena libertad. Nos vemos mañana. No me condenes ni me mires como si fuera un villano —añadió con una sonrisa.

Se estrecharon la mano con fuerza, como nunca. Aliosha tuvo la sensación de que su hermano había dado un primer paso hacia él y de que lo había hecho por alguna razón, sin duda con algún propósito.

X. Las dos juntas

Pero Aliosha salió de la casa de su padre más abatido y decaído que cuando había entrado. Tenía la cabeza, también, como fragmentada y dispersa y, al mismo tiempo, sentía miedo de unir lo disperso y sacar una conclusión general de todas las dolorosas contradicciones experimentadas aquel día. Había algo que casi rayaba en la desesperación y que nunca había sentido el corazón de Aliosha. Y por encima de todo se alzaba, como una montaña, esa cuestión importante, fatídica e irresoluble: ¿cómo acabaría todo entre su padre y su hermano Dmitri con esa terrible mujer? Ahora él mismo había sido testigo. Había estado presente y los había visto al uno frente al otro. Por lo demás, solo su hermano Dmitri podía resultar desdichado, completa y terriblemente desdichado: le acechaba una desgracia innegable. Además, había otras personas involucradas en todo ese asunto y quizá mucho más de lo que le había parecido antes. Incluso resultaba algo enigmático. Su hermano Iván había dado un paso hacia él, algo que Aliosha llevaba mucho tiempo deseando, pero ahora, por algún motivo, sentía miedo de ese acercamiento. ¿Y aquellas mujeres? Era extraño: poco antes se encaminaba a casa de Katerina Ivánovna con gran turbación, pero ahora ya no sentía ninguna; al contrario, había apretado el paso, como si esperase recibir alguna indicación de ella. Pero transmitirle el mensaje era ahora, a todas luces, más difícil que antes: el problema de los tres mil rublos se había zanjado de manera definitiva, y su hermano Dmitri, sintiéndose ahora vil y desesperanzado, sin duda ya no se detendría ante ninguna caída. Además, le había ordenado que informara a Katerina Ivánovna de la escena que acababa de producirse en casa del padre.

Eran ya las siete de la tarde y oscurecía cuando Aliosha entró en casa de Katerina Ivánovna, una casa muy confortable y espaciosa en la calle Mayor. Aliosha sabía que vivía con dos tías. Una de ellas, en realidad, solo era tía de su hermana Agafia Ivánovna; era aquella persona silenciosa que, junto a su hermana, la había cuidado en casa de su padre a su regreso del instituto. La otra tía, en cambio, era una elegante y majestuosa señora de Moscú, aunque pobre. Corría la voz de que ambas se subordinaban en todo a Katerina Ivánovna y vivían con ella solo por guardar las apariencias. Katerina Ivánovna, por su parte, se sometía únicamente a su bienhechora, la viuda del general, que seguía viviendo en Moscú a causa de su enfermedad y a la que estaba obligada a enviarle dos cartas por semana con noticias detalladas.

Cuando Aliosha entró en el vestíbulo y pidió a la doncella que le acababa de abrir que anunciara su presencia, en el salón, por lo visto, ya estaban al corriente de su llegada (quizá lo hubiesen visto por la ventana), pues Aliosha enseguida oyó un ruido, algunos pasos de mujer apresurados, el frufrú de vestidos, como si dos o tres mujeres se alejaran a toda prisa. A Aliosha le pareció extraño que su llegada pudiera causar tanto revuelo. Sin embargo, enseguida lo hicieron pasar al salón. Era una pieza amplia, adornada con muebles elegantes y copiosos, para nada a la moda provinciana. Había muchos sofás, divanes, sillones, mesas pequeñas y grandes; había cuadros en las paredes, jarrones y lámparas en las mesas y muchas flores, incluso un acuario junto a una ventana. Debido al crepúsculo el salón estaba un poco oscuro. En un sofá donde evidentemente alguien había estado sentado Aliosha vio abandonada una mantilla de seda y en la mesa situada enfrente del sofá dos tazas de chocolate a medio tomar, bizcochos, un plato de cristal con pasas negras y otro con bombones. Habían recibido a un invitado. Aliosha intuyó que había llegado cuando tenían visita y frunció el ceño. Pero en ese instante se levantó un cortinón y, con pasos rápidos, apresurados, entró Katerina Ivánovna, con una sonrisa radiante y extasiada, alargando las dos manos a Aliosha. En el mismo instante entró una criada y puso sobre la mesa dos velas encendidas.

–¡Gracias a Dios que por fin ha venido! ¡He rezado todo el día a Dios para que viniese! Siéntese.

La belleza de Katerina Ivánovna ya había impresionado a Aliosha anteriormente, cuando su hermano Dmitri, tres semanas antes, lo había llevado a la casa de la joven por primera vez para hacer las presentaciones y que se conocieran, por expreso e insistente deseo de ella. En aquel encuentro, no obstante, no habían conversado. Suponiendo que Aliosha se sentiría muy confundido, Katerina Ivánovna, en cierto modo, se había apiadado de él y se había pasado todo el rato hablando con Dmitri Fiódorovich. Aliosha había guardado silencio, pero se había percatado de muchas cosas. Le sorprendió el carácter imperioso, la orgullosa desenvoltura y el aplomo de la arrogante muchacha. Y todo eso era incuestionable. Aliosha sintió que no estaba exagerando. Le pareció que sus grandes y ardientes ojos negros eran magníficos y que armonizaban especialmente con su cara alargada y pálida, incluso de una lividez un poco amarillenta. Pero en esos ojos, lo mismo que en el contorno de sus encantadores labios, había algo de lo que su hermano, por supuesto, podía enamorarse locamente, aunque quizá no amar por mucho tiempo. Casi le había expuesto directamente lo que pensaba a Dmitri, cuando éste, después de la visita, lo apremió para que no le escondiera cuáles eran sus impresiones después de ver a su novia.

–Serás feliz con ella, pero quizá… no con una felicidad serena.

–Así es, hermano, las mujeres como ella no cambian, no se resignan al destino. ¿Así que crees que no la amaré eternamente?

–No, es posible que la ames eternamente, pero quizá no seas siempre feliz con ella.

Aliosha dio entonces su opinión, ruborizándose y sintiéndose molesto consigo mismo por haberse rendido ante los ruegos de su hermano y haber expresado aquellos «estúpidos» pensamientos. Porque su opinión a él mismo se le antojó terriblemente estúpida en cuanto la hubo expresado. Y se avergonzó de haber manifestado un juicio tan categórico sobre una mujer. Tanto mayor fue su estupor cuando se dio cuenta, apenas posó la mirada sobre Katerina Ivánovna, que acudía solícita a su encuentro, de que quizá aquel día hubiese cometido un error garrafal. Esta vez su rostro resplandecía con una amabilidad genuina y sencilla, con sinceridad efusiva y directa. De todo el «orgullo y arrogancia» que tanto le habían impresionado entonces ¡ahora solo quedaba una energía audaz y noble y una fe clara y poderosa en sí misma! Aliosha comprendió, desde la primera mirada, desde las primeras palabras, que toda la tragedia de su situación respecto al hombre que tanto amaba ya no era en absoluto un misterio para ella y que quizá lo supiera ya todo, decididamente todo. Sin embargo, a pesar de eso, había tanta luz en su rostro, tanta fe en el futuro, que Aliosha de repente se sintió grave y conscientemente culpable delante de ella. Fue vencido y cautivado al mismo tiempo. Notó, en cambio, desde sus primeras palabras, que Katerina Ivánovna era presa de una fuerte excitación, quizá muy poco común en ella: una excitación que incluso casi parecía una especie de éxtasis.

–¡Le he esperado tanto, porque solo por usted puedo saber ahora toda la verdad, por usted y por nadie más!

–He venido… —musitó Aliosha, confundiéndose—, yo… Él me ha mandado…

–¡Ah, él le ha mandado! Bueno, tenía el presentimiento. ¡Ahora lo sé todo, todo! —exclamó Katerina Ivánovna y de pronto le brillaron los ojos—. Espere, Alekséi Fiódorovich, antes que nada le explicaré por qué le esperaba con tanta impaciencia. Verá, quizá yo sepa incluso muchas más cosas que usted; lo que necesito de usted no son noticias. Esto es lo que necesito: tengo que conocer su impresión personal, su última impresión de él, necesito que me diga sin el menor disimulo y con total claridad, incluso con crudeza (¡oh, con toda la crudeza que quiera!), cómo lo ve usted ahora y cómo ve su situación después de haberse encontrado hoy con él. Quizá sería mejor si yo misma, a quien él ya no desea volver a ver, pudiera hablar con él personalmente. ¿Entiende lo que quiero de usted? Ahora dígame con qué mensaje le envió a mí (¡sabía que le mandaría a usted!): dígamelo sin más, hasta la última palabra…

–Dice que… la saluda con una reverencia y que nunca volverá… y que la salude con una reverencia.

–¿Que me saluda con una reverencia? ¿Lo ha dicho así, lo ha expresado de esa manera?

–Sí.

–¿No lo habrá dicho como de pasada, por casualidad, no habrá utilizado una palabra equivocada en lugar de la que correspondía?

–No, me ha ordenado precisamente que le transmitiera esas palabras: «la saluda con una reverencia». Me lo ha pedido como tres veces, para que no se me olvidara.

Katerina Ivánovna se ruborizó.

–Ayúdeme ahora, Alekséi Fiódorovich, ahora necesito también su ayuda. Le diré lo que pienso y usted simplemente dígame si es cierto o no. Escuche, si él le hubiese pedido que me saludara con una reverencia, como de pasada, sin insistir en esas palabras, sin subrayarlas, sería que todo… ¡Que todo ha terminado! Pero, si ha insistido de un modo especial, si le ha encargado de un modo especial que no se olvidara de transmitirme esa reverencia, ¿no estaría él, quizá, muy excitado y fuera de sí? ¡Ha tomado una decisión y se ha asustado de ella! No se ha apartado de mí con paso firme, sino que se ha despeñado por una montaña. La insistencia en esa palabra quizá solo indique una fanfarronada…

–¡Así es, así es! —confirmó Aliosha con ímpetu—. También yo tengo ahora esta impresión.

–¡Si es así, aún no está perdido! Solo está desesperado, pero todavía puedo salvarlo. Espere: ¿le ha dicho algo de dinero, de tres mil rublos?

–No solo es que me lo dijera, sino que quizá eso es lo que más le torturaba. Decía que ahora carecía de honor y que todo le era indiferente —respondió Aliosha, acalorado, sintiendo con toda el alma que la esperanza afluía a su corazón y que, en realidad, había salida y salvación para su hermano—. Pero es que… ¿usted sabe lo del dinero? —añadió y de pronto se detuvo en seco.

–Hace tiempo que lo sé, y con certeza. Mandé un telegrama a Moscú para preguntarlo y hace tiempo que sé que no recibieron el dinero. Él no lo mandó, pero yo no dije nada. La semana pasada me enteré de cuánto necesitaba el dinero y de que aún necesita más… Me he puesto un solo objetivo en todo esto: que sepa a quién dirigirse, quién es su amigo más fiel. No, no quiere creer que yo soy su amigo más fiel; nunca ha querido conocerme, me mira solo como mujer. Durante toda la semana me ha atormentado una terrible preocupación: ¿qué hacer para que no se avergüence de mí por haber gastado esos tres mil rublos? Que se avergüence ante todos, y también ante sí mismo, pero no ante mí. A Dios se lo dice todo sin avergonzarse. ¿Por qué, entonces, no sabe aún cuánto puedo sufrir por él? ¿Por qué, por qué no me conoce? ¿Cómo se atreve a no conocerme después de todo lo que hubo? Quiero salvarlo para siempre. ¡Que olvide que soy su prometida! ¡Y ahora tiene miedo ante mí por su honor! No tuvo miedo de abrirse ante usted, ¿verdad, Alekséi Fiódorovich? ¿Por qué no he merecido yo todavía lo mismo?

Las últimas palabras las pronunció con lágrimas; acababan de anegarse en lágrimas sus ojos.

–Debo informarla —dijo Aliosha, con la voz también trémula— de lo que acaba de pasar con mi padre. —Y le contó toda la escena, le contó que lo habían mandado a pedir dinero, que su hermano había irrumpido en el salón y que había golpeado a su padre, para luego pedirle a él, una vez más y con particular y apremiante insistencia, que fuera a «saludarla con una reverencia»—. Se fue a ver a esa mujer… —añadió en voz baja Aliosha.

–¿Y usted cree que no soportaré a esa mujer? ¿Cree él que no la soportaré? Pero no se casará con ella. —Y rompió a reír con nerviosismo—. ¿Puede un Karamázov arder con semejante pasión eternamente? Es pasión, no amor. No se casará, porque ella no consentirá… —Katerina Ivánovna de pronto volvió a sonreír de una manera extraña.

–Quizá se case con ella —dijo Aliosha con tristeza, bajando la mirada.

–¡No se casará con ella, se lo digo! Esa chica es un ángel, ¿lo sabía? Pues ¡sépalo! —exclamó con repentino e insólito ardor Katerina Ivánovna—. ¡La más fantástica de todas las criaturas fantásticas! Sé lo seductora que es, pero también que es buena, firme y noble. ¿Por qué me mira de esa manera, Alekséi Fiódorovich? ¿Se sorprende de mis palabras? ¿No me cree, tal vez? ¡Agrafiona Aleksándrovna, ángel mío! —gritó de repente mirando a la otra habitación—. Venga con nosotros. Hay una persona muy gentil, Aliosha, que está al corriente de todos nuestros asuntos. ¡Déjese ver!

–Estaba aquí detrás de la cortina, solo esperaba a que me llamase —pronunció una voz tierna, un poco melosa incluso, de mujer.

El cortinón se levantó y… Grúshenka en persona, risueña y jovial, se acercó a la mesa. Aliosha pareció estremecerse. Clavó los ojos en ella, no podía apartar la mirada. Ahí estaba ella, esa terrible mujer, esa «fiera», como había dicho arrebatadamente su hermano Iván media hora antes. Y, no obstante, tenía delante lo que, a primera vista, parecía ser la criatura más sencilla y corriente: una mujer buena, agradable, digamos que bella, aunque muy parecida a todas las otras mujeres bellas, pero «corrientes». Lo cierto es que era bella, muy bella incluso, con esa belleza rusa que muchos hombres aman hasta el frenesí. Era una mujer bastante alta, aunque un poco menos que Katerina Ivánovna (que era excepcionalmente alta), de formas generosas y movimientos suaves, incluso silenciosos, y también como lánguidos, por una especie de refinamiento particularmente dulzón, y así era también su voz. No se acercó como Katerina Ivánovna, con andares enérgicos y resueltos, sino de modo inaudible. Sus pasos eran completamente silenciosos. Se dejó caer suavemente en la butaca, con un crujido de su fastuoso vestido de seda negra, envolviendo con delicadeza su cuello, blanco como la espuma, y sus hombros anchos con un costoso chal negro de lana. Tenía veintidós años y su cara representaba exactamente esa edad. Tenía la tez muy blanca, con un delicado matiz sonrosado en las mejillas. La forma del rostro era demasiado ancha y la mandíbula inferior incluso un poco protuberante. El labio superior era sutil, si bien el inferior, un poco más abombado, era el doble de carnoso y estaba como hinchado. Pero su prodigiosa y exuberante cabellera de color castaño oscuro, sus oscuras cejas cebellinas y sus admirables ojos de un azul tirando a gris, con largas pestañas, habrían obligado a detenerse ante esa cara y recordarla por mucho tiempo hasta al hombre más indiferente y distraído, aunque estuviera apretujado en medio de la muchedumbre, un día de mercado. Lo que más impresionó a Aliosha de ese rostro fue su expresión infantil, ingenua. Su mirada era como la de una niña, parecía alegrarse como una niña, y así se acercó precisamente a la mesa, «alegrándose», como si estuviera aguardando algo con la curiosidad infantil más confiada e impaciente. Su mirada alegraba el alma, y Aliosha lo percibió. Sin embargo, había en ella algo más que no habría podido o sabido definir, pero que quizá también advertía de manera inconsciente, y era precisamente esa suavidad, esa dulzura de los movimientos del cuerpo, el silencio felino con el que se movía. Y, sin embargo, su cuerpo era poderoso y exuberante. Debajo del chal se intuían sus hombros anchos, llenos, y el busto alto, del todo juvenil. Ese cuerpo prometía quizá las formas de una Venus de Milo, aunque se presentía que las proporciones, sin duda, eran un poco exageradas. Los conocedores de la belleza femenina rusa habrían podido predecir con certeza, al ver a Grúshenka, que esa belleza fresca y aún juvenil, al aproximarse a la treintena, perdería su armonía y se deformaría; que el rostro se le abotargaría, que le aparecerían arruguitas en el contorno de los ojos y en la frente con extraordinaria rapidez, que se le marchitaría la tez y quizá adquiriría una tonalidad purpúrea; en pocas palabras, era una belleza efímera, una belleza fugaz que a menudo se encuentra precisamente en la mujer rusa. Aliosha, por supuesto, no estaba pensando en eso, pero, aunque fascinado, se preguntaba, con cierta sensación de desagrado y como con pesar, por qué esa mujer arrastraba tanto las palabras en lugar de hablar con naturalidad. Era evidente que Grúshenka encontraba en esa cadencia alargada y en esas sílabas y sonidos exageradamente almibarados algo bello. Era, por supuesto, una mala costumbre, de pésimo gusto, que testimoniaba poca educación y un concepto vulgar de las buenas maneras adquirido en la infancia. Y, sin embargo, esa manera de pronunciar y de entonar las palabras a Aliosha le parecía una contradicción casi imposible con la expresión ingenuamente infantil y jubilosa del rostro, con el resplandor de los ojos, dulce y feliz, como los de un recién nacido. Al instante, Katerina Ivánovna la hizo sentarse en una butaca frente a Aliosha y, entusiasmada, la besó varias veces en sus sonrientes labios. Parecía que estuviese enamorada de ella.

–Es la primera vez que nos vemos, Alekséi Fiódorovich —dijo extasiada—. Quería conocerla hace tiempo, verla, ir a su casa, pero en cuanto ha sabido que éste era mi deseo ha venido ella por sí misma. Sabía que juntas lo resolveríamos todo, ¡todo! Así lo presentía mi corazón… Trataron de convencerme de que no diera este paso, pero yo presentía el resultado y no me equivocaba. Grúshenka me lo ha explicado todo, todas sus intenciones; como un ángel bueno, ha bajado volando hasta aquí y me ha traído paz y alegría…

–Usted no me ha despreciado, mi querida y digna señorita —dijo Grúshenka arrastrando las palabras con voz cantarina y la misma sonrisa agradable y encantadora.

–¡No se atreva a decirme semejantes palabras, cautivadora, hechicera! ¿Despreciarla a usted? Le besaré el labio inferior una vez más. Parece un poco hinchado, así se le hinchará más, y más, y más… Mire cómo se ríe, Alekséi Fiódorovich. El corazón se alegra al ver a este ángel…

Aliosha se ruborizó y fue presa de un temblor ligero, imperceptible.

–Me mima, querida señorita, y quizá no sea digna de sus caricias.

–¡No es digna! ¡Que no es digna de esto! —volvió a exclamar con idéntico fervor Katerina Ivánovna—. Debe saber, Alekséi Fiódorovich, que tenemos una cabecita fantástica, que tenemos un corazoncito caprichoso pero lleno de orgullo. Somos nobles, Alekséi Fiódorovich, somos generosas, ¿lo sabía? ¡Solo hemos sido desdichadas! Estábamos demasiado dispuestas a hacer todo tipo de sacrificios por un hombre indigno, quizá, o frívolo. Había uno, que también era oficial, de quien nos enamoramos, se lo ofrecimos todo, de esto hace mucho tiempo, unos cinco años, pero él se olvidó de nosotras, se casó. Ahora ha enviudado, ha escrito que viene hacia aquí… ¡Y sepa que lo amamos solo a él, a él y a nadie más, y que lo amaremos toda la vida! Él vendrá, y Grúshenka volverá a ser feliz, pues en todos estos cinco años ha sido desdichada. Pero ¿quién podrá hacerle algún reproche, quién podrá jactarse de haber obtenido su benevolencia? Solo ese viejo comerciante postrado en la cama, pero él ha sido más bien un padre, un amigo y un protector para nosotras. Él nos encontró presas de la desesperación, de tormentos, abandonadas por aquel a quien amábamos tanto… ¡Sí, entonces ella quería ahogarse, y fue ese viejo quien la salvó, la salvó!

–Me defiende usted demasiado, querida señorita; se da mucha prisa en todo —alargó de nuevo las palabras Grúshenka.

–¿Que la defiendo? ¿Quiénes somos para defenderla y cómo nos íbamos a atrever a defenderla? Grúshenka, ángel, deme su manita. Mire esta mano pequeña, regordeta y encantadora, Alekséi Fiódorovich. ¿La ve? Me ha traído la felicidad y me ha resucitado, y ahora voy a besarla, por delante y por detrás, ¡así, así y así!

Y, presa de una especie de éxtasis, besó tres veces la manita realmente encantadora, quizá demasiado regordeta, de Grúshenka. Ésta, en cambio, después de haberle tendido su mano con una risita nerviosa, vibrante y cautivadora, se puso a observar a la «querida señorita», visiblemente complacida de que le besaran la mano de ese modo. «Quizá sea excesivo ese entusiasmo», se le pasó por la mente a Aliosha. Se ruborizó. Todo ese rato había sentido como un desasosiego especial en el corazón.

–No me avergüence, querida señorita, besándome así la mano delante de Alekséi Fiódorovich.

–Pero ¿acaso he querido avergonzarla? —dijo un poco sorprendida Katerina Ivánovna—. ¡Ah, querida mía, qué mal me comprende!

–Quizá usted tampoco me comprenda del todo, querida señorita. Quizá yo sea mucho peor de lo que usted piensa. Tengo mal corazón, soy caprichosa. Si seduje entonces al pobre Dmitri Fiódorovich fue solo para burlarme de él.

–Pero ahora será usted quien lo salve. Me ha dado su palabra. Usted lo hará entrar en razón, le confesará que hace tiempo que ama a otro, que ahora pide su mano…

–¡Oh, no! No le he prometido nada semejante. Ha sido usted la que me ha dicho a mí todo eso, pero yo no le he dado mi palabra.

–Quizá entonces no la haya entendido —dijo en voz baja Katerina Ivánovna palideciendo un poco—. Usted prometió…

–Oh, no, señorita, ángel mío, no he prometido nada —la interrumpió Grúshenka con suavidad y calma, con la misma expresión de alegría e inocencia—. Ahora ve, digna señorita, qué mala y autoritaria soy con usted. Haré lo que me apetezca. Quizá hace un momento le haya prometido algo, pero ahora me lo estoy volviendo a pensar: ¿y si de repente me vuelve a gustar? Me refiero a Mitia. Me gustó mucho ya una vez, durante casi una hora entera. Así que quizá vaya ahora y le diga que se quede conmigo a partir de hoy… Ya ve si soy inconstante.

–Hace un momento decía… algo completamente diferente —susurró a duras penas Katerina Ivánovna.

–¡Oh, hace un momento! Pero tengo un corazón tierno, soy una tonta. ¡Cuando pienso lo que ha sufrido por mí! Si llego a casa y de pronto me compadezco de él, ¿qué va a pasar?

–No esperaba…

–¡Ay, señorita, qué buena y noble es usted conmigo! Quizá ahora deje de quererme, tonta de mí, al ver mi carácter. Deme su adorada manita, señorita, ángel mío —suplicó con ternura y, con una especie de veneración, tomó la mano de Katerina Ivánovna—. Ahora, querida señorita, tomo su mano y se la beso, como ha hecho usted conmigo. Usted me la ha besado tres veces, pero yo debería besar la suya por lo menos trescientas para saldar mi deuda con usted. Por ahora que así sea y luego Dios dirá: quizá sea su completa esclava y quiera complacerla en todo como tal. Que ocurra lo que Dios quiera, sin pactos ni promesas entre nosotras. Qué manita, qué adorable manita tiene, ¡qué manita! ¡Mi querida señorita, mi belleza imposible!

Se llevó en silencio esa manita a los labios, aunque con un extraño propósito: el de «saldar su deuda» con sus besos. Katerina Ivánovna no retiró la mano: con una tímida esperanza, escuchó la última promesa de Grúshenka, aunque expresada también de una manera muy extraña, la de complacerla como una «esclava»; la miraba intensamente a los ojos: veía en esos ojos la misma expresión sencilla y confiada, la misma serena alegría… «¡Quizá sea demasiado ingenua!», y un soplo de esperanza atravesó el corazón de Katerina Ivánovna. Entretanto, Grúshenka, como admirando esa «querida manita», se la llevó despacio a los labios. Pero, con ella ya en sus labios, de pronto vaciló dos o tres segundos, como si estuviera meditando.

–¿Sabe, ángel mío? —dijo de pronto, arrastrando las palabras con la más tierna y acaramelada de las voces—, ¿sabe? No voy a besar su manita. —Y estalló en una risita menuda y jubilosa.

–Como quiera… ¿Qué le pasa? —se sobresaltó Katerina Ivánovna.

–Y no se olvide de que usted besó mi mano, pero yo no la suya. —Algo refulgió de pronto en sus ojos. Miraba a Katerina Ivánovna con una persistencia terrible.

–¡Descarada! —dijo de pronto Katerina Ivánovna, como si de golpe hubiese entendido algo. Toda ella se encendió, saltó de su sitio. Grúshenka también se levantó, sin prisa.

–Ahora mismo le contaré a Mitia que usted me besó la mano pero yo a usted no la suya. ¡Cómo se va a reír!

–¡Mujerzuela, fuera de aquí!

–¡Oh, qué vergüenza, señorita, qué vergüenza! Incluso dichas por usted semejantes palabras resultan indecentes, querida señorita.

–¡Largo de aquí, vendida! —gritó Katerina Ivánovna. Todos los músculos temblaban en su cara, completamente desfigurada.

–¿Vendida yo? Usted misma, de jovencita, visitaba caballeros al anochecer, ofrecía su belleza a cambio de dinero, lo sé.

Katerina Ivánovna lanzó un grito y a punto estaba ya de abalanzarse sobre ella, pero Aliosha la retuvo con todas sus fuerzas:

–¡Ni un paso, ni una palabra! No hable, no diga nada, se irá, ¡se irá ahora mismo!

En ese instante las dos tías de Katerina Ivánovna, al oír su grito, también irrumpieron en la sala. Fueron corriendo hacia ella.

–Me voy —dijo Grúshenka, cogiendo la mantilla del diván—. ¡Aliosha, querido, acompáñame!

–¡Váyase, váyase cuanto antes! —le suplicó Aliosha, con las manos juntas.

–Alióshenka, querido, ¡acompáñame! Y te diré algo muy, pero que muy agradable por el camino. Ha sido por ti, Alióshenka, por quien he montado esta escena. Acompáñame, tesoro, no te arrepentirás.

Aliosha le dio la espalda, retorciéndose las manos. Grúshenka, riendo sonoramente, salió de la casa.

Katerina Ivánovna fue presa de una crisis de nervios. Sollozaba, los espasmos la ahogaban. Todos se afanaban a su alrededor.

–Ya la advertí —le decía la tía mayor—, ya la advertí de que no diera este paso… Es usted demasiado impetuosa… ¡Cómo pudo dar semejante paso! Usted no conoce a esas criaturas, y ésta, según dicen, es la peor de todas… ¡No, es usted demasiado caprichosa!

–¡Es un tigre! —gritó Katerina Ivánovna—. ¿Por qué me retuvo, Alekséi Fiódorovich? ¡Le habría pegado, sí, pegado!

No podía contenerse delante de Aliosha y quizá ni siquiera lo deseara.

–¡Debería ser azotada en un patíbulo, por un verdugo, en público!

Aliosha retrocedió hacia la puerta.

–Pero ¡Dios mío! —exclamó de repente Katerina Ivánovna, levantando las manos—. ¡Y él! ¡Cómo ha podido ser tan vil, tan inhumano! ¡Le ha contado a esa criatura lo que pasó ese día fatídico, maldito, eternamente maldito! «Iba a vender su belleza, querida señorita.» ¡Ella lo sabe! ¡Su hermano es un canalla, Alekséi Fiódorovich!

Aliosha quería decir algo, pero no encontraba ni una sola palabra. El dolor le oprimía el corazón.

–¡Váyase, Alekséi Fiódorovich! ¡Qué vergüenza, qué espanto! Mañana… Se lo suplico de rodillas, venga mañana. No me juzgue, perdone, ¡no sé qué será de mí!

Aliosha salió a la calle como tambaleándose. Como ella, él también tenía ganas de llorar. De pronto, lo alcanzó la criada.

–La señorita se ha olvidado de entregarle esta carta de parte de la señora Jojlakova. Está aquí desde la hora de comer.

Aliosha cogió maquinalmente el sobrecito rosa y, casi sin darse cuenta, se lo metió en el bolsillo.

XI. Otra reputación arruinada

Desde la ciudad hasta el monasterio había una versta, o poco más. Aliosha apresuró el paso por el camino, desierto a esa hora. Ya casi era de noche, resultaba difícil distinguir los objetos a treinta pasos. A mitad del camino había una encrucijada. En aquel punto, bajo un sauce solitario, se vislumbraba una silueta. Apenas llegó allí Aliosha, la silueta saltó sobre él y, con una voz histérica, gritó:

–¡La bolsa o la vida!

–¡Ah, eres tú, Mitia! —exclamó Aliosha que, después de haberse llevado un gran susto, se quedó sorprendido.

–¡Ja, ja, ja! No me esperabas, ¿eh? Me preguntaba dónde podía esperarte. ¿Cerca de la casa de ella? Desde allí salen tres caminos y podía perderte. Al final decidí esperarte aquí porque tenías que pasar por fuerza, es el único camino que lleva al monasterio. Bueno, dime la verdad, aplástame como a una cucaracha… Pero ¿qué tienes?

–Nada, hermano… Es que me has asustado. ¡Ah, Dmitri! La sangre de nuestro padre, hace poco… —Aliosha se deshizo en lágrimas, hacía tiempo que tenía ganas de llorar y ahora era como si de repente algo se le desgarrara en el alma—. Por poco no lo matas… Lo has maldecido… Y ahora… Aquí… Te da por hacer bromas… ¡La bolsa o la vida!

–Bueno, ¿y qué? ¿Es indecoroso? ¿No es adecuado a la situación?

–No… Solo que…

–Espera. Mira la noche, mira qué noche tan lúgubre, ¡qué nubes y qué viento se ha levantado! Me he escondido aquí, bajo el sauce, te esperaba, y de pronto he pensado (¡Dios es testigo!): ¿para qué atormentarse, para qué esperar? Aquí hay un sauce, tengo un pañuelo, una camisa, ahora mismo puedo hacer una cuerda, además también tengo unos tirantes y… dejar de fatigar a la tierra, de deshonrarla con mi innoble presencia. Y de pronto te oigo venir. Señor, como si bajase algo del cielo sobre mí: existe, después de todo, una persona a la que quiero, ahí está, ese hombrecito, mi hermanito querido, a quien quiero más que a nadie en el mundo, ¡la única persona a la que quiero! Y he sentido tanto amor por ti, en este minuto te he querido tanto que he pensado: «¡Ahora me arrojaré a su cuello!». Pero luego se me ocurrió una idea estúpida: «Voy a divertirlo un poco, le daré un susto». Y me he puesto a gritar como un cretino: «¡La bolsa!». Perdona por mi tontería: es solo una estupidez, pero lo que llevo en mi alma… también es decente… Bueno, al diablo, dime, ¿qué ha pasado? ¿Qué ha dicho ella? ¡Aplástame, derríbame, no te apiades de mí! ¿Se ha puesto fuera de sí?

–No, no es eso… No ha pasado nada de eso, Mitia. Allí… Me encontré a las dos juntas.

–¿A qué dos?

–A Grúshenka y a Katerina Ivánovna.

Dmitri Fiódorovich se quedó de una pieza.

–¡Imposible! —exclamó—. ¡Estás delirando! ¿Grúshenka en su casa?

Aliosha le contó todo lo que le había ocurrido desde el momento en que llegó a casa de Katerina Ivánovna. Estuvo hablando unos diez minutos, no se puede decir que su relato resultara muy fluido y ordenado, pero al parecer habló con claridad, captando las palabras principales, los gestos más importantes, y expresó con nitidez, a menudo con un solo trazo, sus propios sentimientos. Su hermano Dmitri lo escuchaba en silencio, lo miraba fijamente con una quietud espantosa, pero para Aliosha estaba claro que lo había entendido todo y captado el sentido de todo el episodio. Pero su rostro, a medida que avanzaba el relato, se volvía no ya sombrío sino más bien amenazante. Dmitri frunció las cejas, apretó los dientes, su mirada fija se hizo aún más fija, más terca, más horrible… Tanto más sorprendente fue cuando, con una rapidez inimaginable, toda su cara, hasta entonces enojada y feroz, cambió por completo de expresión, sus labios fruncidos se abrieron, y soltó una incontenible y auténtica carcajada. Se desternillaba de risa, literalmente, y durante mucho rato ni siquiera pudo hablar.

–¡Así que no le besó la mano! ¡No se la besó y se fue! —gritaba con una especie de morboso entusiasmo que hasta podría parecer insolente de no ser tan natural—. ¡Y la otra le gritaba que es un tigre! ¡Y lo es, de verdad! ¿Que habría que llevarla al patíbulo? Sí, sí, se lo merecería, se lo merece, yo también lo creo, se lo merece, hace tiempo que se lo merece. Verás, hermano, que vaya al patíbulo, pero primero es necesario que yo me cure. Entiendo a esa reina de la insolencia, todo lo que ella es está expresado en lo de la mano. ¡Una mujer infernal! ¡Es la reina de todas las criaturas infernales, de todas las que se pueden imaginar en el mundo! ¡En su género, es inigualable! ¿Así que se fue corriendo a casa? Entonces yo… Ah… ¡Corro a verla! Aliosha, no me culpes, es verdad, estoy de acuerdo, estrangularla sería poco…

–¡Y Katerina Ivánovna! —exclamó con tristeza Aliosha.

–¡A ella también la veo, veo a través de ella, la veo mejor que nunca! Es el descubrimiento de los cuatro continentes del mundo, de los cinco, quiero decir. ¡Un acto así! Es la misma Kátenka, la misma colegiala que, en el generoso intento de salvar a su padre, no tuvo miedo de correr a casa de un oficial grosero y estúpido, a riesgo de sufrir un terrible ultraje. Pero ¡qué orgullo, qué imprudencia, qué desafío al destino, llevado hasta el infinito! ¿Dices que la tía trataba de disuadirla? ¿Sabes? Esa tía es también una mujer despótica: es la hermana de la generala de Moscú y era incluso más arrogante que ella, pero su marido fue condenado por desfalco y lo perdió todo, la finca y todo lo demás; la orgullosa esposa de pronto bajó el tono y desde entonces no lo ha levantado. Así que trató de disuadir a Katia, pero ésta no la escuchó. «Puedo conquistarlo todo, todo está en mi poder; puedo cautivar a Grúshenka, también, si quiero», y estaba segura de sí misma, se ha pavoneado ante sí misma, de modo que ¿quién tiene la culpa? ¿Crees que ha besado primero la mano de Grúshenka con algún propósito, por un cálculo astuto? No, lo hizo sinceramente, enamorada de verdad de Grúshenka o, mejor dicho, no de Grúshenka, sino de su propio sueño, de su delirio, porque ése era mi sueño, mi delirio. Mi querido Aliosha, ¿cómo has podido escaparte, con dos mujeres como ellas? ¿Echaste a correr con la sotana recogida? ¡Ja, ja, ja!

–Hermano, pareces no darte cuenta de hasta qué punto has ofendido a Katerina Ivánovna al contarle a Grúshenka lo de aquel día. Ella inmediatamente le echó en cara que «visitaba en secreto a caballeros para vender su belleza». Hermano, ¿existe mayor ofensa que ésa? —A Aliosha lo que más le atormentaba era la idea de que su hermano parecía complacido ante la humillación de Katerina Ivánovna, aunque, por supuesto, no podía ser así.

–¡Bah! —dijo Dmitri Fiódorovich, frunciendo de repente el ceño de una manera espantosa y dándose una palmada en la frente. Solo entonces comprendió, aunque Aliosha se lo acababa de contar todo en orden, la ofensa y el grito de Katerina Ivánovna: «¡Su hermano es un canalla!»—. Sí, es verdad, es posible que le contara a Katerina Ivánovna lo de aquel «día fatídico», como dice Katia. ¡Sí, se lo conté, ahora me acuerdo! Fue ese día, en Mókroie, yo estaba borracho, las cíngaras cantaban… Pero yo sollozaba, yo mismo sollozaba ese día, estaba de rodillas y rezaba ante la imagen de Katia, y Grúshenka lo entendía. Entonces ella lo entendió todo, me acuerdo, también ella lloraba… ¡Ah, demonios! Pero ¡no podía ser de otro modo! Entonces lloraba, pero ahora… ¡Ahora «una puñalada en el corazón»! Así son las mujeres. —Agachó la cabeza y se quedó pensativo—. ¡Sí, soy un canalla! ¡Sin duda, un canalla! —exclamó de pronto con voz lúgubre—. ¡Da igual si lloraba o no, sigo siendo un canalla! Dile que acepto el título si eso sirve de consuelo. Bueno, ya basta, adiós, ¡es inútil seguir hablando de eso! No es divertido. Sigue tu camino, yo seguiré el mío. No quiero que nos volvamos a ver, al menos no hasta que llegue el ultimísimo minuto. ¡Adiós, Alekséi!

Estrechó con fuerza la mano de Aliosha y, con la cabeza todavía gacha, sin levantar la mirada, como si se arrancara a sí mismo de allí, se encaminó rápidamente hacia la ciudad. Aliosha lo seguía con la mirada, sin creer que se fuera así, de repente, del todo.

–Espera, Alekséi, una confesión más, ¡a ti solo! —Dmitri Fiódorovich retrocedió de repente—. Mírame, mírame bien: aquí mismo, ¿lo ves?, aquí mismo se prepara una infamia espantosa. —Al decir «aquí mismo», Dmitri Fiódorovich se golpeaba el pecho con el puño y con un aire muy extraño, como si la infamia se encontrara y la guardara justamente ahí, en su pecho, en algún lugar, quizá en un bolsillo o cosida y colgada de su cuello—. Ya me conoces: soy un canalla, ¡un reconocido canalla! Pero debes saber que, de cuanto haya hecho antes o pueda hacer de ahora en adelante, nada, nada puede compararse en bajeza con la infamia que justamente ahora, justamente en este minuto, llevo aquí, en mi pecho, aquí, mira, aquí, una infamia que actúa y que se cumple, y que yo soy totalmente libre de detener: puedo detenerla o cometerla, ¡toma nota! Pues bien, debes saber que la cometeré, que no le pondré freno. Hace poco te lo he contado todo, excepto esto, porque ¡incluso a mí me falta desfachatez! Todavía puedo detenerme; si me detengo, mañana podría recuperar una mitad entera del honor perdido, pero no me detendré, cometeré mi vil proyecto y ¡tú serás testigo de que te hablé de él anticipadamente y con plena conciencia! ¡Oscuridad y perdición! No tengo nada que explicar, te enterarás a su debido tiempo. ¡Callejón inmundo y mujer infernal! Adiós. No reces por mí, no me lo merezco y no es necesario, no es en absoluto necesario… ¡No lo necesito para nada! ¡Fuera…!

Y de pronto se alejó, esta vez definitivamente. Aliosha se dirigió al monasterio. «¿Qué querría decir? ¿Qué significa que no lo volveré a ver? ¿De qué estaría hablando? —se preguntaba con frenesí—. No, mañana sin falta lo veré y lo encontraré, lo buscaré expresamente. ¡Qué cosas dice!»

Bordeó el monasterio y, a través del pinar, se dirigió directamente al asceterio. Le abrieron la puerta, aunque a esa hora ya no dejaban pasar a nadie. Se le estremecía el corazón mientras entraba en la celda del stárets. «¿Por qué, por qué había salido? ¿Por qué lo había mandado “al mundo”? Aquí, paz. Aquí, santidad. Y allí, confusión, oscuridad en la que enseguida uno se pierde y se extravía…»

En la celda se encontraban el novicio Porfiri y el hieromonje Paísi, que se había presentado a cada hora del día para preguntar por la salud del padre Zosima, cuyo estado, según supo Aliosha con espanto, iba empeorando más y más. Esta vez ni siquiera pudo celebrarse el habitual coloquio vespertino con la comunidad. Por lo general, cada día después del oficio vespertino, antes de retirarse a dormir, los monjes del monasterio solían reunirse en la celda del stárets y cada uno le confesaba en voz alta los pecados de la jornada, sus sueños pecaminosos, sus pensamientos, sus tentaciones, incluso las disputas con otros monjes, si es que se habían producido. Algunos se confesaban de rodillas. El stárets absolvía, reconciliaba, exhortaba, imponía penitencias, bendecía y despedía. Contra estas «confesiones» fraternales se sublevaban los adversarios del stárchestvo, alegando que esta práctica profanaba la confesión como sacramento, que era casi una blasfemia, aunque se trataba de algo totalmente diferente. Incluso habían expuesto a las autoridades diocesanas que tales confesiones no solo no daban buenos frutos sino que, en realidad, inducían intencionadamente al pecado y a la tentación. A muchos monjes, por ejemplo, les pesaba acudir a confesarse a la celda del stárets e iban allí a la fuerza, porque todos lo hacían, para que no los consideraran orgullosos y rebeldes. Contaban que algunos de los hermanos, al dirigirse a la confesión vespertina, se ponían de acuerdo entre sí de antemano: «Yo diré que esta mañana me he enfadado contigo y tú confírmalo»; de ese modo tenían algo que decir, solo para acabar más rápido. Aliosha sabía que, de hecho, así sucedía algunas veces. Sabía también que había hermanos de lo más enfadados por la costumbre de que incluso las cartas de familiares, que recibían los ermitaños, primero eran llevadas al stárets para que las abriera y las leyese antes que sus destinatarios. Se suponía, por descontado, que todo eso debía efectuarse en libertad y con franqueza, sin reservas, en nombre de una humildad libre y de una edificación salvadora, pero, en realidad, resultaba que a veces se hacía de una manera muy poco sincera y, por el contrario, artificiosa y falsa. Pero los hermanos mayores, los que atesoraban más experiencia, decían que «para quien hubiese entrado entre aquellas paredes con el afán de salvarse, todas esas obediencias y hazañas resultaban sin duda salvadoras y de gran utilidad; aquellos que, por el contrario, encontraran penosas tales pruebas y murmurasen contra ellas, no eran verdaderos monjes y se habían equivocado al entrar en el monasterio, su lugar estaba en el mundo. Del pecado y del demonio, además, uno nunca está a salvo, ni en el mundo ni en el templo; por tanto, no había que ser demasiado indulgente con los pecados».

–Está débil, lo vence la somnolencia —comunicó en un susurro el padre Paísi a Aliosha, después de darle su bendición—. Incluso resulta difícil despertarlo. Pero no hay por qué hacerlo. Ha estado despierto unos cinco minutos, pidió que se mandara a los hermanos su bendición y les rogó que lo tuvieran presente en sus plegarias nocturnas. Por la mañana a primera hora tiene intención de comulgar otra vez. Te ha mencionado, Alekséi, ha preguntado si habías salido y le hemos dicho que estabas en la ciudad. «Le he dado mi bendición para que se fuera; su lugar está allí y no aquí todavía», eso es lo que dijo de ti. Te ha recordado con afecto, con preocupación; ¿te das cuenta del honor que supone para ti? Pero ¿por qué te ha ordenado vivir durante un tiempo en el mundo? ¡Debe de haber previsto algo en tu destino! Entiende, Alekséi, que si vuelves al mundo será para llevar a cabo la tarea que te ha asignado tu stárets y no para abandonarte a la frívola vanidad ni a los placeres mundanos…

El padre Paísi salió. De que el stárets estaba agonizando Aliosha ya no tenía duda, aunque aún podía vivir uno o dos días más. Aliosha decidió con ardor y firmeza que, a pesar de la promesa que había hecho de ir a ver a su padre, a las Jojlakova, a su hermano y a Katerina Ivánovna, no dejaría el monasterio en todo el día siguiente, sino que permanecería al lado de su stárets hasta su deceso. Su corazón se inflamó de amor y se reprochó amargamente haber sido capaz, por un momento, en la ciudad, de olvidar a aquel que había dejado en el monasterio en su lecho de muerte, a aquel a quien veneraba más que a nadie en el mundo. Entró en el dormitorio del stárets, se arrodilló y se inclinó hasta el suelo delante de su maestro dormido. Éste estaba sumido en un sueño apacible, inmóvil, con una respiración regular y casi imperceptible. Su rostro estaba sereno.

De vuelta en la otra habitación, la misma en la que el stárets había recibido a sus visitas por la mañana, Aliosha, casi sin desvestirse y quitándose únicamente las botas, se tendió en el pequeño diván de cuero, estrecho y duro, en el que siempre había dormido, desde hacía mucho tiempo, todas las noches, llevando consigo solo una almohada. El jergón al que había aludido su padre a gritos hacía mucho tiempo que se olvidaba de extenderlo. Solo se quitaba la sotana y se cubría con ella en lugar de con una manta. Pero, antes de dormir, se puso de rodillas y rezó un buen rato. En su ardiente plegaria no pedía a Dios que resolviera su confusión, solo tenía sed de una humildad gozosa, de esa humildad que antes siempre visitaba su alma después de haber alabado y glorificado a Dios, y en eso consistía por lo general su plegaria nocturna. Esa alegría que lo visitaba le procuraba un sueño ligero y tranquilo. Ahora, mientras estaba rezando, de pronto notó por casualidad en su bolsillo el sobrecito rosa que le había entregado la criada de Katerina Ivánovna tras darle alcance en la calle. Se quedó turbado, pero acabó la plegaria. Luego, después de cierta vacilación, abrió el sobre. Dentro había una cartita dirigida a él, firmada por Lise, esa jovencita, hija de la señora Jojlakova, que por la mañana se había reído tanto de él en presencia del stárets.

Alekséi Fiódorovich —decía—, le escribo en secreto de todo el mundo, e incluso de mamá, y sé que está mal. Pero no puedo seguir viviendo sin decirle lo que ha nacido en mi corazón y que nadie, salvo nosotros dos, debe saber por el momento. Pero ¿cómo le diré lo que tanto deseo decirle? El papel, dicen, no se ruboriza: le aseguro que no es verdad y que se ruboriza exactamente como yo en este momento, toda entera. Querido Aliosha, le amo, le amo desde niña, desde Moscú, cuando usted era tan diferente de ahora y le amo para toda la vida. Le he escogido en mi corazón para unirme a usted y en la vejez acabar juntos nuestra vida. A condición, por supuesto, de que deje el monasterio. Por lo que respecta a nuestra edad, esperaremos a lo estipulado por la ley. Para entonces, estaré restablecida del todo, caminaré y bailaré. Eso está fuera de toda duda.

Como ve, he pensado en todo. Hay una sola cosa que no puedo imaginar: ¿qué pensará de mí cuando lea esto? Río y bromeo siempre, como hoy cuando le hice enfadarse, pero le aseguro que ahora, antes de tomar la pluma, he rezado ante el icono de la Madre de Dios, y también ahora estoy rezando y al borde de las lágrimas.

Mi secreto está en sus manos; mañana, cuando venga, no sé cómo le miraré. Ah, Alekséi Fiódorovich, ¿qué pasará si de nuevo, como una estúpida, no puedo contenerme y, cuando le mire, me pongo a reír como he hecho esta mañana? Me tomará por una perversa burlona y no creerá mi carta. Por eso le suplico, querido mío, si se compadece un poco de mí, que no me mire demasiado a los ojos mañana, cuando venga por aquí, porque, cuando se crucen con los suyos, quizá no pueda evitar echarme a reír, y usted, además, llevará esa vestidura larga… Incluso ahora siento frío en todo mi ser cuando lo pienso; por eso, cuando entre, durante unos instantes, no me mire en absoluto, mire a mamá o mire por la ventana…

Así que le he escrito una carta de amor, ¡oh, Dios mío, qué he hecho! Aliosha, no me desprecie, si he obrado mal y le he ofendido, perdóneme. Ahora el secreto de mi reputación, quizá arruinada para siempre, está en sus manos.

Hoy no dejaré de llorar en todo el día. Hasta mañana, hasta ese terrible mañana.

LISE

P. S. ¡Aliosha, venga usted sin falta, sin falta, sin falta! Lise.

Aliosha leyó la carta con estupor, la leyó dos veces, se detuvo a pensar, luego se echó a reír en voz baja, dulcemente. Tuvo un sobresalto: esa risa le pareció pecaminosa. Pero un instante después volvió a reírse del mismo modo, en voz baja y feliz. Metió lentamente la carta en el sobrecito, hizo la señal de la cruz y se acostó. La agitación que sentía en el alma de repente se disipó. «Señor, ten piedad de todos ellos, protege a estas almas infelices y tempestuosas, guíalas. Tuyos son los caminos: llévalos por esos caminos y sálvalos. Tú eres amor. ¡Tú les mandarás alegría a todos!», murmuró Aliosha, persignándose y cayendo en un sueño plácido.

SEGUNDA PARTE

LIBRO CUARTO
LOS DESGARROS

I. El padre Ferapont

Muy temprano, antes del amanecer, avisaron a Aliosha. El stárets se había despertado y se sentía muy débil, si bien había preferido levantarse de la cama y sentarse en el sillón. Estaba plenamente consciente; aunque extremadamente fatigado, su rostro reflejaba placidez, casi alegría, y su mirada resultaba gozosa, afable, estimulante. «Es posible que no pase de este día que llega», le dijo a Aliosha; a continuación manifestó su deseo de confesarse y comulgar de inmediato. Su confesor siempre había sido el padre Paísi. Después de administrarle estos dos sacramentos, procedió a la extremaunción. Acudieron los hieromonjes, poco a poco la celda fue llenándose de eremitas. Entretanto, se hizo de día. Empezó también a llegar gente del monasterio. Al terminar el oficio, el stárets quiso despedirse de todos y besó a todos los presentes. Dada la estrechez de la celda, los que habían llegado primero tuvieron que salir y dejar su sitio a otros. Aliosha estaba al lado del stárets, que había vuelto a sentarse en su sillón. Hablaba y aleccionaba en la medida de sus fuerzas; su voz, aunque frágil, seguía siendo bastante firme.

–He dedicado tantos años a instruiros y, por tanto, a hablar en alta voz que he adquirido la costumbre de hablar y, al hablar, de instruir, hasta el punto de que callar casi me resultaría más difícil que hablar, padres y hermanos queridos, incluso ahora, a pesar de mi debilidad —bromeó, mirando con ternura a quienes se arremolinaban a su alrededor.

Aliosha recordaría más tarde algo de lo que dijo entonces el stárets. Pero, aunque habló de manera inteligible y con voz firme, su discurso resultó un tanto confuso. Habló de muchas cosas, parecía como si quisiera decirlo todo, volver a manifestar, a las puertas de la muerte, todo cuanto no había acabado de decir a lo largo de su vida, y no solo por su afán de instruir, sino por su deseo de compartir su alegría y su entusiasmo con todo el mundo, de abrir su corazón una vez más…

–Amaos los unos a los otros, padres —los exhortaba el stárets (así lo recordó más tarde Aliosha)—. Amad al pueblo de Dios. Pues no somos nosotros más santos que los legos por haber venido aquí y habernos enclaustrado entre estas paredes; al contrario, aquel que viene aquí, si ha venido, es precisamente por saberse peor que cualquier lego y que todo lo que existe en la tierra… Y, cuanto más tiempo habite después el monje entre estas paredes, más claramente lo reconocerá. Pues, en caso contrario, no tenía por qué haber venido aquí. Así pues, cuando comprenda que no solo es peor que cualquier lego, sino que es culpable por todos y por todo ante todo el mundo, por todos los pecados del hombre, individuales y colectivos, únicamente entonces habrá alcanzado el fin por el que se unió a nosotros. Pues habéis de saber, amados hermanos, que cada uno de nosotros es culpable, incuestionablemente, por todos y por todo cuanto hay en la tierra, no solo en virtud de la culpa colectiva del mundo, sino personalmente por todos y cada uno de los hombres de la tierra. Esta conciencia es la culminación de la senda monacal, pero también de cada ser humano en este mundo. Pues los monjes no son hombres distintos de los demás, sino que son, sencillamente, tal y como deberían ser todos los hombres en la tierra. Solo entonces se fundirán nuestros corazones en el amor infinito, universal, que nunca se sacia. Entonces cada uno de vosotros tendrá la fuerza suficiente para convertir al mundo entero por medio del amor y para lavar con sus lágrimas los pecados del mundo… No os alejéis ninguno de vuestro corazón, confesaos todos sin descanso. No tengáis miedo de vuestro pecado, ni aun teniendo conciencia de él, siempre y cuando estéis arrepentidos; pero no pongáis condiciones a Dios. Y os digo una vez más: no os sintáis orgullosos. No os sintáis orgullosos ante los pequeños, no os sintáis orgullosos tampoco ante los grandes. No odiéis ni a quienes renieguen de vosotros, a quienes os difamen, a quienes os insulten ni a quienes os calumnien. No odiéis a los ateos, a quienes predican el mal, a los materialistas, ni siquiera a los malvados, por no hablar ya de los buenos, pues hay entre ellos mucha gente buena, especialmente en nuestros tiempos. Tenedlos presentes en vuestras oraciones, diciendo: «Salva, Señor, a todos aquellos que no tienen quien rece por ellos, salva también a aquellos que no quieren rezarte». Y añadid acto seguido: «No es el orgullo lo que me mueve a elevar esta plegaria, Señor, pues yo también soy un miserable, el peor de los miserables»… Amad al pueblo de Dios, no permitáis que los forasteros os arrebaten el rebaño, pues si os dormís por culpa de la pereza y del altivo orgullo o, peor aún, por culpa del egoísmo, vendrán de todas las naciones y os arrebatarán vuestro rebaño. Predicad a la gente el Evangelio sin desmayar… No incurráis en simonía… No améis la plata ni el oro, no los poseáis… Creed y alzad vuestra bandera. Levantadla bien alta…

Hay que decir que el stárets hablaba de forma más entrecortada de lo que aquí se ha mostrado y de como lo anotó más tarde Aliosha. A veces se callaba, como tratando de cobrar fuerzas, se sofocaba, pero estaba en éxtasis. Lo escuchaban emocionados, aunque muchos estaban sorprendidos de sus palabras y veían algo oscuro en ellas… Más tarde todos las recordarían. Aliosha tuvo que salir un momento, y se quedó impresionado al descubrir la agitación general y la expectación de la comunidad que se agolpaba dentro de la celda y en sus inmediaciones. Había quienes aguardaban casi con inquietud, otros lo hacían solemnemente. Todos esperaban que ocurriera algo inminente y grandioso apenas falleciera el stárets. Semejante expectativa, desde cierto punto de vista, resultaba casi frívola, pero hasta los padres más severos participaban de ella. La expresión más grave era la del hieromonje Paísi. La razón de que Aliosha se ausentara de la celda fue que, por medio de uno de los monjes, lo había hecho llamar de forma enigmática Rakitin, recién vuelto de la ciudad con una extraña carta de la señora Jojlakova. Ésta le comunicaba a Aliosha una curiosa noticia que no podía llegar en un momento más oportuno. La víspera, entre las devotas del pueblo llano que habían acudido a presentarle sus respetos al stárets y a recibir su bendición, se encontraba una viejecilla, vecina de nuestra ciudad, llamada Projórovna, viuda de un suboficial. Esta mujer le había preguntado al stárets si entre los difuntos por cuyo descanso eterno se reza en la iglesia podría incluir a su hijo Vásenka, que se había trasladado por razones del servicio a la lejana Irkutsk, en Siberia, y del que no tenía noticias desde hacía un año. El stárets había replicado a la anciana con severidad, prohibiéndole hacer tal cosa y asegurando que esa clase de plegarias eran poco menos que brujería. Pero a continuación, disculpándola por su ignorancia, añadió, a modo de consuelo, «como quien mira en el libro del futuro —así se expresaba en su carta la señora Jojlakova—, que su hijo Vasia estaba vivo, sin sombra de duda, y que o bien estaría muy pronto de vuelta o bien le mandaría una carta, de modo que ella debía volver a casa a esperarlo. Y ¿qué es lo que ha pasado? —añadía alborozada la señora Jojlakova—. Pues que la profecía se ha cumplido al pie de la letra, y más aún». Nada más llegar a casa, a la anciana le entregaron una carta de Siberia dirigida a ella. Y no solo eso: en esa carta, escrita ya de camino, desde Ekaterimburgo, su hijo Vasia le comunicaba que estaba viajando de regreso a Rusia98, en compañía de un funcionario, y «esperaba abrazar a su madre» unas tres semanas después de que ésta hubiera recibido la carta. La señora Jojlakova rogaba insistente y fervientemente a Aliosha que informara al padre higúmeno y a toda la comunidad de este nuevo «milagro profético». «¡Tiene que saberlo todo el mundo, todo el mundo!», exclamaba en su carta, a modo de conclusión. La carta la había escrito deprisa y corriendo, y en cada línea se reflejaba la emoción de la autora. Pero Aliosha no tenía nada que comunicar a los monjes, porque éstos ya estaban al corriente de lo ocurrido: Rakitin, cuando mandó al monje que avisara a Aliosha, le encargó de paso que «transmitiera con todo respeto al reverendo padre Paísi que él, Rakitin, tenía una noticia que darle a conocer, tan importante que no se atrevía a esperar ni un minuto, y que le pedía humildemente perdón por su osadía». Dado que el monje había trasladado la petición de Rakitin antes al padre Paísi que a Aliosha, cuando éste volvió a la celda ya solo le quedaba leer la misiva y mostrársela acto seguido al padre Paísi en calidad de mero documento. Y lo cierto es que ni siquiera este hombre seco y desconfiado, al leer con el ceño fruncido la noticia del «milagro», pudo reprimir por completo sus sentimientos más íntimos. Los ojos le brillaban, una sonrisa grave y penetrante se dibujó de pronto en sus labios.

–¡Qué no veremos! —se le escapó inopinadamente.

–¡Qué no veremos aún, qué no veremos! —repitieron a coro los monjes, si bien el padre Paísi, frunciendo nuevamente el ceño, les pidió a todos ellos que, por el momento, no comentaran nada de lo sucedido, al menos hasta que acabara de confirmarse la noticia. «Hay mucha frivolidad entre los legos, y este caso ha podido ocurrir de forma natural», añadió cauteloso, como queriendo tranquilizar su conciencia, aunque casi ni él mismo se creía sus propias reservas, algo que advirtieron perfectamente quienes le estaban escuchando. A esa misma hora, desde luego, el «milagro» lo conocía ya todo el monasterio y muchos de los seglares que habían acudido allí para la liturgia. Con todo, nadie parecía más asombrado del milagro que el humilde monje de San Silvestre, ese pequeño monasterio de Obdorsk, en el lejano norte. La víspera se había postrado ante el stárets, en presencia de la señora Jojlakova, y, señalando a la hija «curada» de esta dama, le había preguntado con verdadero interés: «¿Cómo se atreve usted a hacer cosas así?».

El caso es que ahora este humilde monje estaba perplejo y casi no sabía qué creer. El día anterior, a la caída de la tarde, había estado visitando en el monasterio al padre Ferapont, en la celda retirada que éste ocupaba detrás del colmenar, y se había quedado asombrado con esa visita, que le había producido una impresión extraordinaria y terrible. El padre Ferapont era ese anciano monje, estricto ayunador y observante del voto de silencio, al que ya hemos aludido como rival del stárets Zosima y, sobre todo, del stárchestvo, que consideraba una novedad frívola y perniciosa. Se trataba de un rival extremadamente peligroso, a pesar de que, en virtud del voto de silencio, prácticamente no cambiaba una palabra con nadie. Pero era peligroso, sobre todo, porque una parte importante de los miembros de la comunidad compartían plenamente sus opiniones, y muchos de los seglares que acudían al monasterio lo veneraban como a un hombre justo y lo tenían por un asceta, a pesar de ver en él a un evidente yuródivy. Pero era eso mismo lo que los cautivaba. El padre Ferapont nunca visitaba al stárets Zosima. Aunque residía en el asceterio, apenas lo importunaban con las reglas que allí regían, pues se comportaba, en efecto, como un auténtico yuródivy. Tenía unos setenta y cinco años, si no más, y vivía detrás del colmenar del asceterio, en una de las esquinas del recinto, en una vieja celda de madera, muy desvencijada, que había sido construida hacía muchísimo tiempo, en el siglo pasado, para otro monje que, como él, había sido un gran ayunador y había observado el voto de silencio, el padre Iona, que había vivido hasta los ciento cinco años y de cuyos grandes hechos aún circulaban muchos relatos curiosísimos por el monasterio y sus alrededores. El padre Ferapont había conseguido, hacía unos siete años, que lo alojaran también a él en esa celda apartada, que era en definitiva una isba, aunque recordaba mucho a una capilla, pues tenía una cantidad enorme de iconos donados al monasterio, ante los cuales ardían permanentemente lamparillas votivas; era como si hubieran instalado allí al padre Ferapont para que se ocupara de ellas y las mantuviera encendidas. No consumía, según se contaba —y era verdad—, más que dos libras99de pan cada tres días, eso era todo; se lo llevaba cada tres días el colmenero que vivía allí mismo, en el colmenar, pero incluso a este colmenero que le prestaba tal servicio el padre Ferapont apenas le dirigía la palabra. Esas cuatro libras de pan, junto con el prósforon100 de los domingos, que tras la última misa le mandaba indefectiblemente el padre higúmeno al bienaventurado, constituían todo su alimento semanal. En cuanto al agua del jarro, se la cambiaban a diario. Raramente asistía a misa. Sus admiradores veían cómo a veces aguantaba todo el día rezando, arrodillado y sin levantar la cabeza. Si, a pesar de todo, alguna vez entablaba conversación con ellos, se mostraba lacónico y hablaba de forma entrecortada, extraña y un tanto grosera. No obstante, muy ocasionalmente conversaba con los visitantes, pero por lo general se limitaba a dejar caer alguna palabra misteriosa que constituía un profundo enigma para ellos, y después, por más que le insistían, no ofrecía ninguna explicación. No tenía rango de sacerdote, era un simple monje. Corría un rumor muy singular, si bien entre la gente más oscura, según el cual el padre Ferapont estaba en contacto con los espíritus celestes y solo hablaba con ellos, motivo por el cual callaba en presencia de la gente. El monjecillo de Obdorsk, que había entrado en el colmenar siguiendo las instrucciones del colmenero, otro monje igualmente callado y sombrío, se dirigió hacia el rincón donde se encontraba la pequeña celda del padre Ferapont. «A lo mejor se decide a hablar con un forastero como tú, pero también es posible que no le saques una sola palabra», le previno el colmenero. Se acercó el monje, según contó él mismo más tarde, muerto de miedo. Era bastante tarde ya. En esta ocasión, el padre Ferapont estaba sentado delante de la puerta de su celda, en un banco muy bajo. Un enorme olmo viejo susurraba suavemente por encima de él. Se había levantado un aire fresco vespertino. El monje de Obdorsk se postró ante el beato y le pidió su bendición.

–¿Acaso pretendes, monje, que caiga yo también de rodillas ante ti? —dijo el padre Ferapont—. ¡Levántate!

El monjecillo se puso de pie.

–Al bendecir, eres tú el bendito; siéntate a mi lado. ¿De dónde vienes?

Lo que más sorprendió al pobre monje fue que el padre Ferapont, a pesar de sus prolongados ayunos y de su avanzada edad, tenía todo el aspecto de ser un viejo fuerte, alto, que andaba siempre erguido, con el rostro fresco y saludable, aunque enjuto. Tampoco cabía duda de que conservaba una fuerza física considerable. Era de constitución atlética. A pesar de sus muchos años, ni siquiera había encanecido del todo y conservaba abundantes y espesas la cabellera y la barba, completamente negras en otros tiempos. Tenía los ojos grises, grandes y brillantes, pero extremadamente prominentes, tanto que llamaban la atención. Hablaba marcando con claridad la «o».101 Vestía un largo armiak102 rojizo, de ese paño ordinario que antes llamaban de presidiario, ceñido con una gruesa cuerda. El cuello y el pecho los llevaba al aire. Por debajo del armiak asomaba una camisa de tela muy basta, casi totalmente negra después de no habérsela cambiado en meses. Se decía que llevaba bajo el armiak unas cadenas de asceta que pesaban treinta libras. Calzaba unos viejos zapatos, casi deshechos, sobre los pies desnudos.

–Del modesto cenobio de San Silvestre, en Obdorsk —respondió humildemente el monje, mirando al ermitaño con sus ojillos vivos y curiosos, aunque un tanto asustados.

–He estado en ese San Silvestre tuyo. He vivido allí. ¿Cómo va todo? —El monjecillo se turbó—. ¡Mira que sois torpes! ¿Cómo observáis el ayuno?

–El hermano encargado del refectorio lo dispone todo según la vieja regla eremítica: durante la Cuaresma no se sirven comidas los lunes, miércoles y viernes. Los martes y los jueves la comunidad toma pan blanco, una decocción con miel, mora de los pantanos o col salada y papilla de avena. Los sábados, sopa de coles, fideos con guisantes, kasha103 con jugo, todo con aceite. Los domingos, a la sopa de coles se le añade pescado seco y kasha. En Semana Santa, desde el lunes hasta el sábado por la noche, seis días, solo hay pan, agua y verduras sin cocer, y aun esto con moderación; además, no lo tomamos a diario, sino según lo dicho para la primera semana. El Viernes Santo no se come nada, e igualmente ayunamos el Sábado Santo hasta las tres de la tarde, y entonces solo podemos tomar un poco de pan remojado en agua y beber una copa de vino. El Jueves Santo tomamos únicamente comida hervida, sin aceite, aunque bebemos vino con algunos frutos secos. Pues el concilio de Laodicea104 dice del Jueves Santo: «No se debe interrumpir el ayuno el jueves de la última semana, deshonrando de ese modo toda la Cuaresma». Así procedemos en nuestro monasterio. Pero ¡qué es esto en comparación con lo que usted hace, eximio padre —añadió el monje, animándose—, que se alimenta todo el año, incluida la santa Pascua, únicamente a base de pan y agua! El pan que nosotros consumimos en dos días le basta a usted para toda una semana. Es en verdad admirable su gran frugalidad.

–¿Y los hongos? —preguntó de repente el padre Ferapont, aspirando la ge, pronunciándola casi como una jota—. ¿Los níscalos?

–¿Los níscalos? —repitió la pregunta el monjecillo, asombrado.

–Eso es. Yo puedo renunciar al pan, no lo necesito para nada; si me fuera a vivir al bosque, podría alimentarme a base de níscalos y bayas, pero los de aquí son incapaces de prescindir del pan, y eso quiere decir que están atados al diablo. Hoy en día, hay gente despreciable que asegura que no sirve de nada tanto ayuno. Altivo y despreciable, así es este juicio.

–Oh, es cierto —exclamó el monje.

–¿Ha visto a los demonios en casa de ésos? —preguntó el padre Ferapont.

–¿En casa de quiénes? —replicó tímidamente el monje.

–El año pasado subí a ver al higúmeno por Pentecostés, y no he vuelto desde entonces. Vi que uno tenía un diablo en el pecho, escondido bajo la sotana, apenas le asomaban los cuernos; otro lo llevaba en el bolsillo, y me miraba asustado, con ojos inquietos; a otro se le había metido en la barriga, en su sucio vientre; y alguno lo llevaba colgado del cuello, bien agarrado, aunque no podía verlo.

–Usted… ¿los ve? —preguntó el monje.

–Ya te lo he dicho: los veo, los veo con toda claridad. Cuando ya me disponía a salir del aposento del higúmeno, me fijé en que había uno de ellos detrás de la puerta, escondiéndose de mí; era bien grande, mediría un arshín y medio de altura, si no más, con una cola gruesa y larga, de color pardo, que tenía la punta metida en la rendija de la puerta; pero yo no soy tonto, así que cerré de golpe, dando un portazo, y le pillé la cola. Empezó a chillar y a rebullirse, pero yo le hice la señal de la cruz, así hasta tres veces. Y en ese momento reventó como una araña pisoteada. Seguro que ahora ese rincón está podrido y apesta, pero ésos ni lo ven ni lo huelen. Llevo un año sin ir. Solo a ti, como eres forastero, puedo revelarte este secreto.

–¡Son terribles sus palabras! Y entonces, padre eximio y bienaventurado —el monjecillo iba cobrando cada vez más valor—, ¿es cierta esa inmensa fama, que se extiende hasta tierras lejanas, según la cual usted está en comunicación permanente con el Espíritu Santo?

–Viene volando. Así es.

–Y ¿cómo viene volando? ¿En qué forma?

–En forma de pájaro.

–¿El Espíritu Santo en forma de paloma?

–Una cosa es el Espíritu Santo y otra el Santo Espíritu. El Santo Espíritu es distinto, éste puede descender en forma de otros pájaros: en forma de golondrina, de jilguero o incluso de carbonero.

–¿Cómo lo distingue de un simple carbonero?

–Habla.

–¿Cómo que habla? ¿En qué lengua?

–En la humana.

–¿Y qué le dice?

–Pues hoy precisamente me ha anunciado que vendría a visitarme un imbécil a preguntarme cosas que no debe. Mucho pretendes saber, monje.

–Son terribles sus palabras, padre santísimo y bienaventurado. —El monje sacudía la cabeza. En sus asustadizos ojos se vislumbró, de todos modos, cierta incredulidad.

–¿Ves ese árbol? —preguntó el padre Ferapont, después de callar unos momentos.

–Lo veo, bienaventurado padre.

–Para ti es un olmo; pero para mí es otra cosa.

–Y ¿qué es? —El monjecillo se quedó en silencio, esperando una respuesta en vano.

–Suele ocurrir de noche. ¿Ves esas dos ramas? Pues de noche Cristo extiende sus brazos hacia mí y sus manos me buscan, yo lo veo con toda claridad y me echo a temblar. ¡Es terrible! ¡Terrible!

–¿Qué tiene de terrible, tratándose de Cristo?

–Puede agarrarme y llevarme.

–¿Vivo?

–¿Acaso no has oído hablar del espíritu y la gloria de Elías? Me abrazará y me llevará…

Aunque el monje de Obdorsk, después de esta conversación, regresó bastante perplejo a la celda que le habían asignado —la de uno de los miembros de la comunidad—, su corazón seguía estando más próximo, indudablemente, al padre Ferapont que al padre Zosima. El monje de Obdorsk era, ante todo, partidario del ayuno, y no era extraño que un ayunador tan colosal como el padre Ferapont pudiera «ver prodigios». Sus palabras, sin duda, resultaban un tanto disparatadas, pero solo el Señor sabía lo que en ellas se encerraba, y todos los iluminados por el amor de Cristo hacen y dicen cosas de ese tenor. En cuanto a lo de la cola del diablo pillada con la puerta, estaba dispuesto a admitirlo con toda el alma y de muy buen grado, no solo en sentido figurado, sino al pie de la letra. Aparte de eso, ya antes de su llegada al monasterio venía experimentando una profunda animadversión contra el stárchestvo, que hasta entonces solo conocía de oídas, y, siguiendo el ejemplo de muchos otros, lo tenía por una novedad decididamente perniciosa. En el tiempo que llevaba en el monasterio, ya había podido percibir el disimulado murmullo de algunos hermanos superficiales, descontentos con los startsy. Por lo demás, era un monje inconstante e inquieto por naturaleza, con una inmensa curiosidad por todo. Por eso mismo, la impresionante noticia del nuevo «milagro» del stárets Zosima lo dejó enormemente perplejo. Más tarde, Aliosha recordaría cómo, entre los monjes que se agolpaban junto al stárets o se reunían en las inmediaciones de la celda, había pasado repetidas veces por su lado, husmeando en todos los corrillos, la figura del curioso visitante de Obdorsk, que procuraba estar al corriente de todo e interrogaba a todo el mundo. Pero en esos momentos apenas le había prestado atención y solo más tarde se acordaría de todo aquello…

La verdad es que no estaba Aliosha como para ocuparse del monje: el stárets Zosima había vuelto a sentirse fatigado y se había acostado de nuevo, cuando de pronto, poniendo los ojos en blanco, se acordó de él y lo mandó llamar. Aliosha acudió de inmediato. En ese preciso instante, junto al stárets solo se encontraban el padre Paísi, el hieromonje Iósif y el novicio Porfiri. El stárets, abriendo los ojos cansados y mirando fijamente a Aliosha, le preguntó de pronto:

–¿Te esperan los tuyos, hijo? —Aliosha se turbó—. ¿No necesitan de ti? ¿No le prometiste ayer a ninguno de ellos que irías hoy a verlo?

–Se lo prometí… a mi padre… a mis hermanos… también a otras personas…

–¿Lo ves? Tienes que ir sin falta. No estés triste. Debes saber que no voy a morir antes de haber pronunciado en tu presencia mis últimas palabras en la tierra. A ti te diré esas palabras, hijo, a ti te las legaré. A ti, hijo mío querido, pues tú me amas. Pero, por ahora, ve con ellos, ya que se lo prometiste.

Aliosha accedió enseguida, aunque se le hacía muy duro irse. Pero la promesa de que oiría las últimas palabras terrenales del stárets y, sobre todo, de que iban a serle legadas a él, había llenado su alma de gozo. Se apresuró, con ánimo de terminar pronto todo lo que tenía que hacer en la ciudad y regresar cuanto antes. En ese momento, el padre Paísi le dijo unas palabras de despedida que le causaron, inesperadamente, una profunda impresión. Ambos habían salido ya de la celda del stárets.

–Ten siempre presente, joven —así, directamente, sin más preámbulos, había comenzado el padre Paísi—, que la ciencia profana, que, en conjunto, ha adquirido una fuerza enorme, se ha dedicado a examinar, especialmente en este último siglo, todo lo celestial que se nos había legado en los libros sagrados y, después de un implacable análisis, los sabios de este mundo no han preservado nada de lo que antes era un santuario. Pero lo que han analizado han sido las partes, perdiendo de vista el todo, demostrando así una ceguera que causa asombro. Mientras tanto, el todo se alza inmutable ante sus ojos, igual que antes, «y las puertas del Hades no prevalecerán contra él»105. ¿Acaso no ha vivido diecinueve siglos, acaso no sigue viviendo en los movimientos de las almas individuales y en los movimientos de las masas populares? ¡Hasta en los movimientos de las almas de esos mismos ateos, que todo lo destruyen, sigue viviendo como vivía antes, inmutable! Pues incluso quienes reniegan del cristianismo y se rebelan contra él son, en esencia, imagen del propio Cristo; así lo han sido y así lo siguen siendo, ya que hasta hoy ni su sabiduría ni el ardor de su corazón les han permitido crear una imagen más elevada del hombre y de su dignidad que la imagen que Cristo nos señaló en otro tiempo. Sus tentativas solo han dado origen a monstruosidades. Ten esto muy presente, joven, pues tu stárets, en el momento de su partida, te destina al mundo. Es posible que, cuando evoques este gran día, no olvides tampoco mis palabras, que te he brindado de todo corazón a modo de despedida, pues eres joven y las tentaciones del mundo son poderosas y tus fuerzas no bastarán para resistirlas. Y ahora ponte en camino, huérfano.

Dicho lo cual, el padre Paísi le dio su bendición. Al salir del monasterio, mientras reflexionaba sobre aquellas insólitas palabras, Aliosha comprendió de repente que en ese monje, hasta entonces tan estricto y severo con él, había encontrado un nuevo e inesperado amigo y un nuevo guía, que le brindaba su ferviente amor; era como si el stárets Zosima se lo hubiera encomendado en la hora de la muerte. «Cabe la posibilidad de que, en efecto, se hayan puesto de acuerdo», pensó Aliosha. En particular, las imprevistas y sabias reflexiones que acababa de escuchar daban testimonio del fervor del padre Paísi: se había apresurado a armar sin demora aquella mente juvenil para el combate contra las tentaciones, y a proteger el alma juvenil que se le había confiado con la muralla más fuerte que era capaz de concebir.

1.El Mensajero Ruso (Russki Véstnik), revista literaria, editada sucesivamente en Moscú (1856-1887) y San Petersburgo (1887-1906), con una periodicidad mensual. Era una de las publicaciones más prestigiosas de la época; en sus páginas aparecieron obras de autores como Tolstói, Turguénev, Leskov, Fet, Tiútchev o Saltykov-Shchedrín, por mencionar solo unos cuantos; baste decir que Guerra y paz o Anna Karénina vieron aquí la luz, y que el propio Dostoievski ya había publicado en El Mensajero Ruso la mayoría de sus grandes novelas, empezando por Crimen y castigo. [Esta nota, como las siguientes, a menos que se indique otra cosa, es de los traductores.]
2.Hay noticia, en ese sentido, de que Dostoievski había concluido y entregado el Epílogo de la novela (poniéndole así punto final) el 8 de noviembre de 1880, solo unos días antes de su publicación en las páginas de El Mensajero Ruso.
3.Por poner un solo ejemplo, un personaje, el médico Varvinski, aparece en la edición de El Mensajero Ruso también como Varvitski y como Pervinski. Además de enmendar esta clase de errores, Dostoievski llevó también a cabo una corrección estilística, apreciable, sobre todo, en el Epílogo. Sin embargo, algunos «despistes» se mantuvieron: por ejemplo, el famoso dinero desaparecido de la habitación de Karamázov padre tan pronto se nos dice que estaba «debajo del colchón» como «debajo de la almohada».
4.Según el calendario juliano, vigente en Rusia hasta 1918; de acuerdo con el calendario gregoriano, Dostoievski falleció el 9 de febrero de 1881.
5.El narrador, por cierto, escamotea cuidadosamente el nombre ficticio de la ciudad, hasta dejarlo caer, como por descuido, bien avanzada la obra; no es ésta la única travesura de un narrador, a menudo, desconcertante.
6.Segunda mujer del escritor; de soltera, Anna Grigórievna Snítkina (1846-1918). Conoció a Dostoievski en octubre de 1866, cuando éste la contrató como taquígrafa para dictarle su novela El jugador en febrero de 1867 contrajeron matrimonio.
7.Esta cita evangélica figura también en la lápida sepulcral de Fiódor Dostoievski, situada en el cementerio Tijvin, dentro del complejo monástico de Alejandro Nevski, en San Petersburgo.
8.Como es sabido, Dostoievski nunca llegó a escribir esa anunciada «segunda novela», centrada en la madurez de Aliosha Karamázov, pues falleció a las pocas semanas de la publicación de Los hermanos Karamázov.
9.«Una irritación de la mente cautiva»: cita del poema No te creas, no te creas a ti mismo, joven soñador (1839), del escritor romántico ruso Mijaíl Yúrievich Lérmontov (1814-1841).
10.Forma hipocorística del nombre Dmitri; más adelante aparecen otras variantes y diminutivos, como Mítenka, Mitka o Mitri.
11.Lucas, 2, 29.
12.En aquella época, la mayoría de edad estaba fijada en Rusia en los veintiún años.
13.Dostoievski vuelve a aludir a su proyecto de escribir una segunda novela, de la que Los hermanos Karamázov constituiría una suerte de «introducción».
14.Una grivna (en plural, grivny) era una moneda de diez kopeks; también aparece en el libro la variante grívennik (en plural, grívenniki).
15.Forma hipocorística del nombre Alekséi; también aparecen en la obra otras variantes y diminutivos, como Alióshenka, Alioshka, Alekséichik, Liosha o Lióshechka.
16.Un stárets (en plural, startsy) era un monje de reconocida virtud y vida ascética, consagrada a la meditación y la penitencia, que actuaba como maestro y consejero en los monasterios ortodoxos.
17.Los yuródivye (yuródivy en masculino singular, yuródivaia en femenino) constituyen una peculiar versión rusa de los «locos de Cristo», los cuales se registran también en otros lugares del mundo cristiano; esencialmente eran aquellos pobres inocentes o idiotas de nacimiento a quienes el pueblo consideraba santos, atribuyendo a sus palabras significados proféticos.
18.Como es bien sabido, entre la población multiétnica de Odesa existió (hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando la ciudad sufrió la ocupación alemana) una importante comunidad judía, y los pogromos fueron recurrentes a lo largo del siglo XIX. No menos conocido es el antisemitismo de Dostoievski.
19.Alusión irónica a la célebre frase de Voltaire: «Si Dieu n’existoit pas, il faudroit l’inventer», que aparece en su Épître à l’auteur du nouveau livre des Trois imposteurs[Epístola al autor del nuevo libro de Los tres impostores] (1768); más adelante (libro quinto, capítulo III), Iván Karamázov vuelve a mencionar esta frase.
20.«He visto la sombra de un cochero que con la sombra de un cepillo limpiaba la sombra de una carroza»: cita de unos versos de una parodia del Canto VI de laEneida, escrita hacia 1648 por los hermanos Claude, Charles y Nicholas Perrault.
21.Juan, 20, 28.
22.Modo de vida propio de los startsy.
23.Denominación tradicional del conjunto de las tierras habitadas por los pueblos eslavos orientales (rusos, ucranianos y bielorrusos), que se consideran herederos del legado político, cultural y religioso de la llamada Rus de Kiev, Estado que surgió a finales del siglo IX y sobrevivió, sometido a numerosas transformaciones, hasta la época de las invasiones mongolas (mediados del siglo XIII).
24.A finales del siglo XVI y comienzos del XVII, Rusia atravesó un período de graves turbulencias políticas y sociales, marcado por la intervención polaca y el vacío de poder; solo a partir de 1613, con la elección del zar Miguel I (Mijaíl Fiódorovich), iniciador de la dinastía de los Románov, empezó la situación a normalizarse.
25.Paísi Velichkovski (1722-1794), religioso eslavo oriental; nacido en Ucrania, ejerció el monacato en distintos lugares del mundo ortodoxo, fundamentalmente en el monte Athos y en el principado rumano de Moldavia; fue aquí donde falleció, en el monasterio de Neamţ. Tradujo numerosas obras religiosas griegas al eslavo eclesiástico ruso, como la Filocalia, corpus de textos de carácter ascético y místico.
26.Monasterio situado en las inmediaciones de la localidad de Kozelsk, en la región de Kaluga, al sudoeste de Moscú. El propio Dostoievski visitó este monasterio en 1878, en compañía del filósofo Vladímir Serguéievich Soloviov (1853-1900).
27.Superior de un monasterio en la Iglesia ortodoxa y en la Iglesia católica de rito oriental.
28.Lucas, 12, 24.
29.Von Sohn era un anciano burócrata que, en noviembre de 1869, fue víctima en San Petersburgo de un macabro crimen que tuvo una gran repercusión: envenenado en un burdel, su cadáver fue descuartizado y enviado a Moscú en un baúl. En el capítulo VIII de este libro segundo aparecen nuevas referencias al personaje.
30.En la Iglesia ortodoxa, monjes que tienen también la condición de sacerdote.
31.Escisión en la Iglesia ortodoxa rusa entre partidarios y detractores (los llamados «viejos creyentes») de la reforma eclesiástica emprendida por el patriarca Nikon a mediados del siglo XVII.
32.L’exactitude est la politesse des rois: frase atribuida al monarca francés Luis XVIII (1755-1824).
33.Jefe de policía de distrito (uiezd, en ruso) en la Rusia zarista.
34.Eduard Nápravník (1839-1916), compositor y director de orquesta checo, si bien desarrolló la mayor parte de su carrera en Rusia, fundamentalmente en San Petersburgo.
35.Platón (Piotr Gueórguievich Levshin, 1737-1812), arzobispo metropolitano de Moscú.
36.La princesa Yekaterina Románovna Vorontsova-Dáshkova (1743-1810) fue una destacadísima figura de la Ilustración rusa; entre otras cosas, dirigió la Academia Imperial de las Ciencias y las Artes y fue la primera presidenta de la Academia Rusa, fundada en 1783.
37.Grigori Aleksándrovich Potiomkin (1739-1791), estadista y militar ruso, amante de Catalina II.
38.Lucas, 11, 27.
39.Marcos, 10, 17.
40.Cita, ligeramente alterada, de unas palabras de Cristo dichas en referencia al diablo: «Porque es mentiroso y padre de la mentira» (Juan, 8, 44).
41.Cheti-Minéi (o Minéi-Cheti): recopilaciones de vidas de santos, ordenadas de acuerdo con el calendario litúrgico ruso.
42.Pieza de la vestimenta litúrgica utilizada por los sacerdotes de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia católica de rito oriental; es el equivalente de la estola de los sacerdotes católicos.
43.Literalmente, «padrecito»; tratamiento, entre familiar y respetuoso, dirigido a sacerdotes, pero también a parientes y vecinos.
44.En ruso resulta relativamente normal la alternativa entre el tratamiento de «tú» y de «usted» en función de los estados de ánimo de los interlocutores.
45.Mateo, 2, 18 (es cita de Jeremías, 31, 15).
46.San Alejo de Roma (muerto en 412), santo asceta, venerado tanto en la Iglesia católica —con ciertas reservas, dado el carácter semilegendario de su figura— como en la ortodoxa; en Rusia es un santo muy popular. Alekséi es la forma rusa del nombre correspondiente al español Alejo.
47.En la obra, tanto en los diálogos como en la narración, alternan libremente la forma francesa (Lise) y la forma rusa (Liza) del nombre del personaje.
48.Actual Salejard, centro administrativo del distrito autónomo de Yamalo-Nénetsia, perteneciente a la Federación Rusa. La ciudad está situada sobre el círculo polar ártico, y se registran en invierno temperaturas extremas (por debajo incluso de los -50 ºC). Fue lugar habitual de deportación e internamiento tanto en la época zarista como en la soviética.
49.Es una cita aproximada de la novela Padres e hijos (1862), de Iván Serguéievich Turguénev (1818-1883).
50.Los Estados Pontificios se crearon en el año 756, como consecuencia de la llamada «donación de Pipino», durante el papado de Esteban II (752-757).
51.El papa Gregorio VII (1073-1085) fue uno de los máximos valedores del principio de la supremacía de la autoridad papal sobre la de los príncipes imperiales, tal y como se recoge en los veintisiete axiomas de su Dictatus papae (1075).
52.Golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, encabezado por Luis Napoleón Bonaparte (1808-1873), hasta entonces (desde 1848) presidente constitucional de la II República de Francia y, sucesivamente, emperador de los franceses como Napoleón III (1852-1870).
53.Combinación de distintos pasajes de las epístolas de san Pablo, concretamente de Colosenses, 3, 1-2 y de Filipenses, 3, 20.
54.El drama Los bandidos (1781), del poeta alemán Friedrich von Schiller (1759-1805), centrado en el conflicto entre los hermanos Karl y Franz Moor, hijos del conde Maximilian von Moor, ejerció una gran influencia en la formación moral y literaria de Dostoievski, quien lo vio representado en Moscú con diez años de edad.
55.Se trata de una expresión eufemística, empleada comúnmente en la época para referirse a las relaciones matrimoniales «de hecho», pues el matrimonio civil no se estableció en Rusia hasta diciembre de 1918.
56.Se trataba de la modalidad más mortífera de los duelos a pistola. En ella, solo una de las dos pistolas era cargada, y los rivales escogían su arma al azar. Acto seguido, cogiendo cada contendiente con su mano libre uno de los extremos de un pañuelo (ésa era toda la distancia que los separaba), a una señal del director del combate disparaban a quemarropa sobre el oponente.
57.Se trata de una frase hecha, que aparece con cierta frecuencia en el periodismo y la literatura rusa de la época; constituye, en última instancia, una paráfrasis de unos versos del poema El novio (1825), de Aleksandr Serguéievich Pushkin (1799-1837).
58.Forma hipocorística del nombre Mijaíl.
59.Forma hipocorística del nombre Agrafiona (equivalente ruso de Agripina); también aparecen en el libro otras variantes, como Grushka y Grusha.
60.Diminutivo de Katia, forma hipocorística de Katerina; también aparece en el libro la variante Katka.
61.Dignidad eclesiástica en la Iglesia ortodoxa y en la Iglesia católica de rito oriental; en Rusia, los archimandritas estaban a la cabeza de los monasterios de mayor importancia, a diferencia de los higúmenos, que dirigían los monasterios de menor categoría.
62.Como ya se hizo constar en este libro segundo, en el capítulo III, en ruso resulta relativamente normal la alternancia entre el tratamiento de «tú» y de «usted».
63.En distintos momentos de la obra se identifica a Fiódor Pávlovich Karamázov con la figura de Esopo, y ocasionalmente con la de Pierrot; comparte con estos personajes su origen humilde, su exacerbada sensualidad y su carácter grosero, violento y bufonesco.
64.Bebida rusa de muy baja graduación, obtenida de la fermentación de pan de centeno y frutas.
65.Instrumento de cuerda tradicional ruso.
66.Los flagelantes (en ruso, jlysty) eran una secta cismática rusa, de la que hay noticias desde mediados del siglo XVII; se hicieron famosos por sus sesiones de trance colectivo, a base de cánticos y danzas frenéticas, que en ocasiones (al decir de sus enemigos) degeneraban en prácticas orgiásticas.
67.El Santísimo Sínodo, instituido por el zar Pedro I el Grande (1672-1725) en 1721, fue el órgano superior de la Iglesia ortodoxa rusa hasta la restauración del Patriarcado en 1918.
68.Creada en 1727, la Factory House de Oporto agrupaba a los exportadores ingleses de vino de oporto, y controló de manera absoluta el comercio de este producto hasta 1756, cuando el marqués de Pombal decidió acabar con el monopolio británico. Desde finales del siglo XVIII pasó a ser esencialmente un selecto club social, reservado en principio a los miembros de las compañías británicas elaboradoras de oporto, pero siguió influyendo poderosamente en el comercio internacional de este vino.
69.Los hermanos Yeliséiev, con espectaculares tiendas en Moscú y San Petersburgo, estaban entre los principales comerciantes de productos alimenticios en Rusia.
70.Aceite vegetal (en ocasiones, también de pescado) cuyo consumo estaba autorizado por la Iglesia ortodoxa en determinados días de ayuno, a diferencia de los aceites de origen animal, como la manteca o la mantequilla; en Rusia el «aceite de ayuno» solía ser de cáñamo o de linaza.
71.Forma hipocorística del nombre Iván; también aparecen en la obra otras variantes, como Vánechka o Vanka.
72.Antigua medida rusa de longitud, equivalente a 2,13 metros, aproximadamente.
73.Isaac de Siria o Isaac de Nínive, monje y autor espiritual nacido en la región de Beit Qatraye (actual Qatar), a orillas del golfo Pérsico, en el siglo VII. Fue consagrado obispo de Nínive, pero poco tiempo después renunció y regresó a la vida de ermitaño.
74.Baño de vapor tradicional ruso. Solía ser una construcción de madera, independiente de la vivienda.
75.En ruso, Lizaveta Smerdiáshchaia (del verbo smerdet, «heder, apestar»); de ahí procede el apellido Smerdiakov, el cual, como se explica en el capítulo siguiente, significa algo así como «el hijo de la Maloliente».
76.Un arshín (en plural, arshiny) es una antigua medida de longitud rusa equivalente a 0,71 metros.
77.Antigua medida rusa de superficie equivalente a 1,0935 hectáreas.
78.El pud (en plural, pudy) es una antigua medida de peso rusa que equivale a 16,38 kg.
79.Versos del poema Cuando las tinieblas del error (1865), del poeta Nikolái Alekséievich Nekrásov (1821-1877).
80.Alusión al cuento popular sobre un pez mágico del que Pushkin hizo una versión poética que tituló El cuento del pescador y el pez (1833).
81.La cita procede de un poema de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) tituladoLo divino (1783).
82.Oda a la alegría (1785), poema de Schiller, un monumento clásico del humanismo y el optimismo del siglo XVIII.
83.Versos finales del poema Bajorrelieve (1842), del poeta y traductor Apollón Nikoláievich Máikov (1821-1897).
84.Segunda, tercera y cuarta estrofas de La fiesta de Eleusis (1798) de Schiller.
85.De la séptima estrofa de La fiesta de Eleusis.
86.De la Oda a la alegría.
87.Paul de Kock (1793-1871), escritor francés, autor de novelas en las que describió la vida de la pequeña burguesía.
88.Se desconoce la autoría de estos versos; probablemente sean del propio Dostoievski.
89.En el relato bíblico la burra del falso profeta Balaam habla de repente a su amo (Números, 22, 21-33).
90.Denominación tradicional de la epilepsia, enfermedad que, como es bien sabido, padecía el propio Dostoievski.
91.Primera colección de relatos (1831-1832) de Nikolái Vasílievich Gógol (1809-1852).
92.Libro de texto muy difundido en Rusia en las primeras décadas del siglo XIX.
93.Los skoptsy (en singular, skópets) eran los miembros de una secta religiosa disidente rusa que se caracterizaba, entre otras cosas, por la práctica de la castración voluntaria como método para asegurar la castidad. Hay noticias de su actividad desde mediados del siglo XVIII y, a pesar de que fueron tenazmente perseguidos por las autoridades religiosas y civiles, a comienzos del siglo XX su número se contaba, posiblemente, por decenas de miles.
94.Iván Nikoláievich Kramskói (1837-1887), famoso pintor ruso al que Dostoievski conoció personalmente. El contemplador se expuso por primera vez en 1878.
95.Todo esto son porquerías.
96.«Hay algo de Piron en él.» Alexis Piron (1689-1773), poeta y escritor satírico francés.
97.Protagonista del drama Un baile de máscaras (1835), de Lémontov; el protagonista de la novela Un héroe de nuestro tiempo (1840), obra de ese mismo autor, es Pechorin.
98.Entendida, aquí, como la Rusia europea.
99.La libra rusa (funt), unidad oficial de masa en Rusia hasta 1920, equivalía a 0,409 kg, aproximadamente.
100.El prósforon (en ruso, prosforá o prosvirá) es la pieza de pan (equivalente a la hostia en la liturgia católica) que se consagra en la eucaristía ortodoxa.
101.Se trata de un rasgo (conocido como ókanie) característico de los dialectos septentrionales de la lengua rusa, los cuales diferencian las vocales «a» y «o» átonas. El ruso estándar, por el contrario, unifica la pronunciación de ambas vocales átonas (rasgo conocido como ákanie), aunque preserva la distinción de «a» y «o» tónicas.
102.Prenda de abrigo de sayal, usual entre los campesinos rusos.
103.Especie de gachas, preparadas a base de distintos tipos de cereales.
104.El concilio o sínodo de Laodicea (363-364) tuvo un alcance meramente regional, pues solo participaron en él clérigos de Anatolia.
105.Cita levemente alterada de unas palabras de Cristo dirigidas a san Pedro (Mateo, 16, 18).

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16 ekim 2024
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