Kitabı oku: «Color hollín»
Color hollín
Gabriela Lezaeta
Prólogo de Macarena Urzúa
Ediciones Universidad Alberto Hurtado
Alameda 1869 – Santiago de Chile
imgarciam@uahurtado.cl– 56-228897726
www.uahurtado.cl
© Sucesión Gabriela Lezaeta
© Macarena Urzúa
ISBN Digital: 9789563573275
Directora editorial
Alejandra Stevenson Valdés
Editora ejecutiva
Beatriz García-Huidobro
Coordinadora Biblioteca recobrada
Lorena Amaro Castro
Diagramación interior
Alejandra Norambuena
Diseño colección y portada
Francisca Toral R.
Imagen de portada
iStock
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com


“Y si te saqué gratis a tu hijo que vino al mundo
a cumplir su destino de finaíto,
otro te lo cobro, y bien caro”.
Con la colección Biblioteca recobrada. Narradoras chilenas, la Universidad Alberto Hurtado busca dar nueva vida a la literatura escrita por mujeres en Chile desde el siglo XIX, con obras hoy asequibles solo en antiguas ediciones e incluso casi inexistentes en las bibliotecas de nuestro país.
Hemos seleccionado con este fin textos que consideramos atractivos para las y los lectores de hoy: desde novelas o cuentos a otras formas de relato de difícil encasillamiento genérico, debido al mismo lugar excéntrico que estas escrituras ocuparon en los campos culturales y en las inscripciones canónicas de su tiempo.
Esta selección de textos es apenas una contribución a la enorme reformulación crítica del canon y de la historiografía literaria, iniciada sobre todo por pensadoras e investigadoras que, a mediados de los años de la década de 1980, comenzaron a trabajar estratégicamente por una mayor visibilización de la escritura de mujeres en el campo cultural. Esta labor se lleva a cabo hoy a través de diversos esfuerzos académicos y editoriales, a los que nuestra casa de estudios busca contribuir.
La colección busca facilitar el acceso a personas dedicadas a la investigación —y también a lectoras y lectores de diversas edades e intereses— no solo la materialidad de estos libros, sino también recobrar las voces, las subjetividades y mundos imbricados en ellos, que se habían tornado opacos o inexistentes en un campo cultural misógino, indiferente e incluso hostil a la creación de las mujeres.
En cada volumen de esta colección colabora una escritora o crítica, con un prólogo que busca acercar al presente estas escrituras. A todas ellas agradecemos su contribución. Para la realización de este trabajo se ha contado con un comité integrado por las
editoras Alejandra Stevenson y Beatriz García-Huidobro (Ediciones UAH), junto a dos investigadores de la literatura chilena: María Teresa Johansson y Juan José Adriasola, (Departamento de Literatura UAH) y Lorena Amaro, coordinadora de la colección, crítica literaria y académica (Pontificia Universidad Católica de Chile).
Un cuerpo se dibuja en la escritura:
Color hollín de Gabriela Lezaeta
Macarena Urzúa Opazo
“El verde en agonía está ahora sucio…
con el color de la pobreza,
el color de los días nublados,
el color de la pena.
Ni intenso, ni puro.
Color hollín.
Solo las amapolas resisten la sequía;
engañadoras, parecen frágiles y no lo son”.
(Color hollín 150)
No sabemos exactamente a qué tono corresponde el “color de la miseria” como se llama en las primeras páginas de esta novela al color hollín. Solemos asociar el hollín a la suciedad, a la pobreza, a algo gastado, a una tonalidad que se aleja de aquello digno de contemplación, como el paisaje natural de un campo, una playa, o un jardín con flores. Este colorido, el del hollín, será uno que guíe la descripción del entorno de esta narración, en donde abundan los matices que van de los grises al café oscuro. Al acercarme a esta narración, en primer lugar, me pregunto cómo puede escribir una niña muda, María, nacida en un barrial, que describe tanto los ambientes habitados que la rodean, como su paisaje interior. María, la protagonista y narradora, es hija de una lavandera y de un joven pintor, de ideas revolucionarias, Pablo, a quien ella no conoce durante su infancia, pero que aparecerá por la población, una vez que la niña ya ha crecido. María nace muda, pero aprenderá a escribir, y su relación con el lenguaje, así como su modo de descifrar el entorno se irá dilucidando, a medida que esta historia, la de Color hollín de Gabriela Lezaeta (1970), se desarrolla. Esta niña, de ojos verdes, y la misma mirada de su padre, María, se encuentra con la escritura, como una manera de sanarse, pero también de conocer su propia subjetividad. A lo largo de la novela, ella construye una narración en la que irá trazando las líneas de este mundo, a través de sus recuerdos, contados anacrónicamente, dispuestos como un montaje cinematográfico, mediante el cual se va urdiendo la trama que describe su vida.
La lectura de esta novela sorprende por varias razones: las vívidas descripciones de este grupo de gente que vive en una población que hoy llamaríamos “periférica”, situada en los alrededores de Santiago y el realismo y detalles con que se describen los espacios, así como las costumbres de sus habitantes, que se desarrollan a través de la focalización variable de un relato polifónico, lo que nos permite leer los distintos puntos de vista, así como la diversidad de conciencias que aparecen en esta historia. Estos modos de narrar, junto con la manera en que se grafica la ciudad y su incipiente modernidad, en contraste con el espacio situado del otro lado del puente, hacen de este texto una experiencia de lectura que entrega varias capas y dimensiones. En ella aparecen retratadas la temática social, la relevancia de lo sensorial, la visualidad y sobre todo, la construcción de un sujeto femenino que explora su vida y subjetividad desde la escritura, entregando una particular mirada que resalta los sentidos y reflexiona sobre la existencia. La novela nos lleva como lectores a transportarnos a la temporalidad y espacialidad del entorno de Color hollín, permitiéndonos deambular por lugares inexplorados, que se revelan al lector tal como se devela la escritura de Lezaeta.
Si examinamos la historia como algo no totalmente lineal, valdría la pena repensar la cronología de la literatura chilena. Creo que, por un lado, tenemos la oportunidad de poder leer este texto de Gabriela Lezaeta, injustamente olvidado y hacer una lectura crítica, atendiendo a las preocupaciones en torno a género y escritura desde una perspectiva actual. Esta novela, que no tuvo la difusión literaria necesaria en su momento, obtuvo el Premio Gabriela Mistral en 1969, siendo luego autoeditada, además de escasamente vendida y comentada por la crítica de esos años. De esta manera, su lectura hoy nos confiere una oportunidad para revalorar la voz de una autora que, en su momento, no recibió la debida atención. Esta relectura nos enfrenta inevitablemente a proponer modos alternativos de leer o de no leer una tradición. Así, tenemos la posibilidad ahora, gracias a esta colección de Ediciones Universidad Alberto Hurtado, de apreciarla desde otro contexto y así, más que ampliar el canon, si es que aún tiene sentido hablar en estos términos, propiciar lecturas que nos permitan viajar en el tiempo. Esta propuesta se enfoca en cómo restaurar el lugar de la autora y la novela, así, la tarea hoy es la de cederle un puesto tardíamente. Color hollín emerge como un texto “recobrado” que podemos leer en el contexto actual, a la luz de la transformación feminista que vive el país, por lo que encontrarnos con estas voces, como la de Gabriela Lezaeta y sus personajes femeninos, nos permite incorporarlas entre aquellas novelas con enfoque social, pero en donde además aparecerán otros discursos, como el médico y el siquiátrico, junto con una preocupación por la innovación de la técnica literaria. Lezaeta entrega una perspectiva de lo marginal, pero desde lo femenino, a través de su personaje María, proporcionando de este modo, una mirada crítica única al lugar de las mujeres en ese contexto social.
Más allá de si se menciona a Color hollín en alguna lista de narrativa publicada en los años setenta, o de preguntarse por qué no figura en ninguna lista de lectura escolar o en alguna historia de la literatura, es necesario explorar el campo cultural de la época, así como las condiciones de producción, contadas por la misma autora Gabriela Lezaeta, contexto al que atenderé más adelante. Tal como lo ya señalado por Andrea Kottow y Ana Traverso en la introducción a Escribir & tachar. Narrativas escritas por mujeres en Chile (1920-1970):
Las publicaciones de las mujeres se invisibilizaron al ser leídas y comentadas como “literatura femenina” y con ello terminaron desvinculadas de las tendencias literarias dominantes: criollismo, imaginismo, realismo social, existencialismo en narrativa, y modernismo y vanguardismo en poesía. A la luz del presente, es fácil advertir que estas escrituras, por el contrario, no estuvieron ajenas a los movimientos epocales… (21).
Este hecho coincide con que en la escritura de Lezaeta se cruzan la novela social y la experimentación al incluir tendencias narrativas modernas, cercanas a las vanguardias y luego al boom latinoamericano: la corriente de la conciencia, los saltos temporales, el lenguaje de los sueños, entre otros elementos innovadores. Junto con estas características, concuerdo con Kottow y Traverso sobre la desviación de estos textos respecto de la norma heteropatriarcal. Las autoras a las que se refieren ofrecerán nuevos y alternativos modelos de mujer (23), tal como ocurre con María, quien deviene como individuo consciente de su subjetividad, a partir de su ausencia del habla, para transitar hacia la presencia de la escritura y de sí misma. Su transición quedará plasmada en esos signos antes ininteligibles, en reflexiones, ideas y análisis para la lectura de su médico, quien ostenta el poder para sanarla y encarna, entonces, la presencia de la norma.
Sin duda, la condición de María podría estar cercana a la histeria y a toda esa “imaginería que vincula femineidad y enfermedad” (109), tal como señalan de Gilbert y Gubar en La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX, ligada la metáfora de escritura y enfermedad, así como de “imágenes obsesivas de encierro” (78), que revelan el modo en que escritoras y artistas se sintieron atrapadas y enfermas (79).
En Color hollín, tanto enfermedad como encierro convergen en la mudez (encierro en sí misma) y así, a través de la hipnosis, María experimentará la activación del recuerdo, obteniendo como resultado de ese estado de mejoría en la escritura, salir de sí misma hacia un exterior, que es la hoja en blanco: “…la enfermedad se vuelve cifra de una doble anomalía: ser escritora y ser mujer” (Gilbert y Gubar 109). Esta escritura como expresión de esa enfermedad es leída como parte de esta anomalía, sin embargo, se intenta curar la mudez buscando el síntoma no solo en el cuerpo sino que también en la siquis, de modo de encontrar la causa del impedimento, del habla. Este desconocimiento del lenguaje se puede leer también como un preludio, si queremos, a la posterior conversión de María en escritora, tal como lo ilustran Gilbert y Gubar con relación a enfermedades recurrentes en la literatura de mujeres como la afasia u otras condiciones relacionadas con el lenguaje: “…muchas escritoras consiguen dar a entender que la razón de tal ignorancia del lenguaje —así como la razón de su profundo sentido de enajenación y su ineludible sentimiento de anomia— es que han olvidado algo” (73).
En “Escritura de mujeres: una pregunta desde Chile”, Adriana Valdés parte del principio (citando entre otras a Hélène Cixous), de que las mujeres se hallarían fuera del lenguaje, al situarse, doblemente al margen, tanto del discurso hegemónico o normativizado como de la escritura:
Las opciones de las mujeres, ante esta contraposición entre su “estar fuera” y el lenguaje (o entre el lenguaje y lo femenino en cuanto represión y marginación, lo latinoamericano
en cuanto represión y marginación) pueden ser apartarse de cualquier discurso vigente, hasta caer en la ininteligibilidad… (188).
Esta afirmación podría coincidir perfectamente con la primera parte de la vida de María, quien no puede hablar, es decir, no puede emitir palabra-sonido inteligible, solo ruidos guturales, lo que no significa que esté fuera del lenguaje. De todos modos, para el resto es doblemente marginada de ser comprendida e interpretada, de ser considerada una igual, en ese mundo ya marginal:
Difícil recordar algo con este sueño que tengo, con este cansancio, y más aún si me preguntan por mi madre. Nunca fui esa muchachita detestable y flaca de la que me hablan, siempre he sido lo que soy: una persona mayor, que estudia, se adapta, y obedece… No puedo. De verdad que estoy tratando de recordarla. Voy cayendo… Hay humo… o neblina, y la mesa no me deja verla. Espera… está más claro… hay un gato. Salta de mis brazos y se escabulle… Es todo un universo este hueco tibio, techado con un mantel en el que cada rotura imita una estrella (Lezaeta 16-17).
En Color hollín, oímos múltiples voces, sobre todo escuchamos a mujeres: la madre de María, la curandera de la población, las vecinas, y principalmente a María, esta combinación nos entrega una perspectiva social única del Chile de ese momento, contada a través de la mirada subjetiva y poética de la narradora.
Hasta aquí se podría pensar que estamos ante una narración tradicional con ciertos rasgos modernos, realistas y de corte social. Una novela en la que el uso de la técnica de la corriente de la conciencia o el cambio de perspectivas manifiestan cierta experimentación, a partir de la cual se reconstruye anacrónicamente la narración de María, lo que nos lleva a desentrañar cómo la protagonista estructura mentalmente su relato, cómo lo escribe y lo transmite al doctor y a Lucy, su otra interlocutora-lectora, haciéndonos parte de su experiencia, que se va dibujando más allá del colorido oscuro, del color del hollín.
Por orden de un siquiatra, María intenta recordar su pasado y el origen del trauma. El doctor la somete a sesiones de hipnosis, práctica ampliamente aceptada por la siquiatría desde fines del siglo XIX; hacia 1887 Sigmund Freud comienza a utilizarla con sus pacientes luego de haber visitado y observado a Charcot en el hospital de la Salpêtrière en París. Así queda estipulado en el “Informe de Berkhan. Experimentos para mejorar la sordomudez y éxito de dichos experimentos, 1877”, donde escribe que Charcot habría logrado devolver la escucha y la voz a personas sordas y mudas de nacimiento, a través de la hipnosis (183). Este texto nos permite releer Color hollín acompañado del discurso médico-siquiátrico, además del literario, atendiendo con particular atención al tipo de terapia al que María será sometida. La escritura será consecuencia directa de este tratamiento para sanar un trauma. Este hecho nos inserta en el largo camino por el que transita María para llegar hasta acá, el comienzo de la novela y el desenlace de su historia, encontrándose con la escritura:
No doctor. No creo que necesite otra inyección. ¿Es que soy esa chicuela harapienta y estoy soñando? ¿O es que son míos? ¿En el jardín de mis sueños o de mi realidad bailan estos personajes increíbles?
Ya vuelvo atrás, aunque hay algo en mí que se resiste. Yo misma que me atravieso en el camino y no me dejo pasar. Obediente con usted cierro los ojos un minuto como me ordena y desaparece el obstáculo: estoy viendo a mi madre. Usted tuvo la culpa: me obligó a colocar el último cuadro del rompecabezas… El humo me muerde con su recuerdo, el fogón, la lejía, el puchero (Lezaeta 19).
Aunque María padece de mudez congénita, en este pasaje aparece aquella otra mudez, derivada del trauma, en donde se alude a la posible causa de aquella imposibilidad física de hablar de la niña, quien deviene entonces en testigo mudo. Pero, sin embargo, además se constituye como una presencia que observa, transformándose en una que registra, escribe y reflexiona sobre su condición, su entorno y su futuro.
¿Será, entonces, una decisión consciente la de no emitir sonido ni palabra, o una total imposibilidad?, nos preguntamos como lectores. Es desde este silencio que se escribe, se ilumina e incluso se “denuncia la barbarie” (recordando la idea de testigo señalada por Giorgio Agamben en Lo que queda de Auschwitz: el archivo y el testigo). De la mudez a la escritura encontramos no solo gestos y palabras aprendidas, sino también huellas del gesto que deja el cuerpo, en este caso, en la página del cuaderno de María, quien irá desentrañando y aprendiendo a leer junto con escribir, desde su perspectiva y su memoria, a petición del doctor. La escritura acontece como un encuentro con el lenguaje, marcado por la entrada a la escritura, que coincide con el paso de la infancia a la adultez, como parte del proceso de sanación de un trauma: el del ultraje de su cuerpo, al haber sido atacada por un hombre mayor, “el Laucha”, quien se aprovecha de su condición de muda. Este hecho violento desencadenará la huida de María de la población y su entrada a la ciudad, la que será asimismo la puerta de acceso a la escritura y a su sanación.
En este punto, podríamos proponer que María, al dejar lo conocido —que es también el espacio de su silencio (para los otros)—, deja de ser un ente enfermo, fuera de lugar. Abandona así una vida de ser tratada como anormal por el resto e ingresa al mundo, al acceder a la lengua, mediante el lenguaje del relato, de la conciencia y de la búsqueda de su identidad sicológica, que va descubriendo en la medida en que transcurre la escritura y el tiempo de la narración. Un cuadro que, como lectores, vamos completando como el dibujo a carboncillo, con trazos que poco a poco van componiéndose en un paisaje pictórico que se revelará casi como una fotografía documental:
“El impacto de la fealdad o de una conmovedora pobreza, un muro derruido, símbolo decadente de vejez, de pretérito, o la carcoma verdosa de un fierro oxidado, eran para él fuente de inspiración y no ese rubicundo y estúpido sol burgués” (Lezaeta 8-9), dice en unos de los pasajes el comienzo de la novela, en referencia a Pablo, el pintor que escoge este lugar como fondo para sus pinturas, tal como se observa en la siguiente descripción de un cuadro ya terminado:
El cuadro que terminó se afirma contra el muro derruido y se ve también insólito en este lugar. Sorprende que no haya pintado la cordillera, ni el sol, ni el río. ¿Qué es esto? ¿Las casuchas? No están y están. Rayas negras, palos quemados, clavos. Hasta puedo imaginar la lienza con la ropa mecida por el viento. Somos y no somos. Las tablas carcomidas, los alambres sin oficio. Me pone triste. Falta la gente y los colores en esta muerte. Solo este esqueleto mísero (47).
Recomposición del puzle.
De la hipnosis a la escritura
“Quisiera entender esos pequeños signos negros
que hablan para algunas personas.
¿Irán a ser siempre mudos para mí?”.
(Color hollín 91)
Al preguntarse por la implicancia de la práctica de la escritura en el contexto de la sanación de María —narradora muda, quien luego de ser sometida a la hipnosis como parte de su tratamiento médico, accede a este modo de expresión del lenguaje— surge inevitablemente la pregunta por el rol que la escritura tuvo en aquellos tratamientos populares en los inicios de la siquiatría, incluso para Freud. La hipnosis, ya desde el siglo XIX, comenzó a tener relevancia por sus efectos en los pacientes de la naciente siquiatría. Esta práctica llega tempranamente a Chile, expandiéndose primero en el reducido mundo de la Universidad de Chile, hacia el año 1870. Para esta época,
los médicos chilenos ya habrían conocido la hipnosis y la habrían aplicado para tratar enfermedades mentales y nerviosas, circunscribiéndose en un principio a los estudiantes de Medicina; así lo consignan María José Correa y Mauro Vallejo en su estudio Cuando la hipnosis cruzó los Andes. Lo que enseñaban los libros de hipnosis y de la energía magnética fue también acerca de sus propiedades curativas. La hipnosis o la “sugestión”, como se denomina a la palabra del hipnotizador, a quien el paciente obedecería pasivamente. En Color hollín, sin embargo, vemos que en María este mandato no se reducirá solamente al obedecer, sino que operará también como un catalizador en la búsqueda de su subjetividad, a través de su voluntad de escribir y de enunciar una voz, junto al paso de dejar la infancia y encaminarse hacia la adultez.
Medicina, escritura, cuidado, un cuarto propio, entrar a la verdad, pero vigilada, por este otro, por la autoridad, adquirir la conciencia del propio cuerpo, de ser joven y de ya no ser más una niña, todos estos rasgos van unidos al mandato de recordar, por medio de la ley científica, y se constituye como el punto de partida de esta escritura que, como dice Freud, es el lenguaje del ausente. Aquí lo es doblemente, al ser el de alguien que no tiene voz. Es un estar en el lenguaje, pero no del todo, la escritura de la muda es un habitar entre el cuerpo y el espíritu, el silencio, la pasividad, el ser testigo, hacerse presencia vía escribir y recordar; así, en cierto modo, la narradora logra traspasar estos binarismos e ir más allá de lo históricamente concebido como el silencio, lugar que le correspondería a la mujer.
Enfermedad y ausencia del lenguaje también pueden ser leídos como resistencias a la norma, o bien, pueden llevar a pensar el lugar de la femineidad, la que será desafiada gracias a la escritura. Esta resistencia se constituye también en torno a aquello que, podría ser el acto de victimización de una subjetividad inferior. Por el contrario, será ella quien contará con su propia voz, su narración y entregará su perspectiva. La figura de María permite acercarnos y comprender su diversidad funcional, referirnos a la interseccionalidad, ya que ella se muestra desafiando estos estereotipos de subalternidad, exhibiendo sus percepciones, miedos y opiniones sobre su entorno y su vida, mucho más allá de su condición de muda o de su inferioridad social, erigiendo en un punto una voz que se valida ante los sujetos de poder que van apareciendo: el sacerdote, la monja, el doctor, quienes le enseñan, sí, pero también intentan sanarla o “normalizarla”, al mismo tiempo que se comprometen a ayudarla. De este modo, ella se va configurando como un sujeto válido que subvierte aquella condición de inferioridad, a partir de su escritura. Este rastro corporal que irá dejando el escribir va ligado a la práctica de su memoria, al poner en movimiento la emoción, así como también, situará a todo su ser en un antes y un después, revelando la condición de afectar y de ser afectado, movilizando su recuerdo y su memoria.
María traspasa los estereotipos de ser una niña pobre, ignorante y muda, su mundo interior aparece en sus evocaciones y de este modo vamos construyendo su historia, observando con su mirada, por ejemplo, el modo en que percibe el oficio del pintor (su padre, aunque ella no lo sabe con certeza):
Va hoy a la ciudad. Atraviesa el camino con un cuadro bajo el brazo. Volverá sonriente como otras veces, con un nuevo rollo de tela y panes de dulce. Mi madre mira inquieta los cuadros. ¿Podrá encontrar nuevos temas en esa desolación? Faltan en ellos la luna, faltan las estrellas, el agua que corre como yo, silenciosa… y la secreta esperanza. Indeciso, escondido por allá en el fondo de mí, lo que más deseo, un retrato mío. Ver mi cara grande con hermosos colores. Rayas de ventolera en mi boca, como si fuera a “decir” algo (61).
Ella da cuenta de la conciencia de su silencio, de su cuerpo y de su anomalía, de la escritura que le da voz a su modo de habitar, pero también de resistir. Por ejemplo, en este pasaje, donde vemos la relación del silencio con la secreta esperanza de verse retratada por el otro, trazada por la mano del padre (que legalmente no la ha reconocido), evocada en esas líneas que podrían decir algo al dibujar su boca muda en el retrato. Sin embargo, ella también pinta y dibuja con las palabras sus imágenes y sensaciones, creando un poema donde extrae pequeños retazos de alguna belleza natural, que contrasta con el entorno que la rodea: “La naturaleza en cambio púsose de fiesta; a la luz solar sin tibieza, brillaban los espejos de las charcas y las piedras recién lavadas. El ancho río era ahora un joyero cristalino y mostraba en su fondo claro los tesoros de sus rocas. Coral, alabastro, ónix…” (100).
La mudez es, sin duda, la condición del testigo, quien observa y registra, participando de otro modo. Desde el lenguaje, pero no desde lo hablado, ni desde la inmediatez. La escritura logra articular su pensamiento en María y le entrega estructura a este relato; es en cierto modo su entrada al lenguaje, dejar la infancia, como experiencia originaria, siguiendo a Giorgio Agamben en Infancia e historia: “(…) aquello que en el hombre está antes del sujeto, es decir, antes del lenguaje: una experiencia “muda”, una in-fancia del hombre, cuyo límite justamente el lenguaje debería señalar (64)”. Sin embargo, esa infancia coexiste originariamente con el lenguaje, no es que exista una cosa sin la otra. Un momento que es imposible de determinar, de situar el cómo y el cuándo, eso sí, si cambiamos acá al hombre por la mujer y agregamos el medio a través del cual podría ocurrir, será entonces, a través del acto de escribir como modo de hablar el que llevará, en un tránsito que deja la infancia y conlleva a construir una subjetividad.
De este modo, en los gestos de María en la novela, en su condición de testigo, de muda-niña y escritora-adulta —si es que cabe agrupar binariamente alguna categoría— quizás lo único realmente definitorio sea el lenguaje, primero la ausencia y luego la capacidad de este de constituirla como un sujeto válido a partir de este encuentro con el lenguaje escrito. Esta escritura en una primera parte es evocada desde su recuerdo, imágenes y diálogos, que rememoran su pasado a través de una escena narrada en tercera persona. Esta describe su conciencia y sus pensamientos más profundos. Así leemos, por ejemplo, su reflexión sobre el origen de la vida, siendo aún una niña, al observar el parto de una vecina:
De pie, junto al perro indiferente, la muda trata de pasar desapercibida, no respirando, escondiéndose en la sombra, como un poste para sujetar la negrura sobre sus hombros. Colmada por el milagro de la maternidad, se le aclara y comprende, sabiendo que el niño se le desarrolló dentro del vientre, esponjándose como un grano de trigo en el cálido fondo de una olla de greda, compadecida del dolor de la madre, pero sin comprender su mirada dura que roza sin amor la cabeza pequeña (40).
Esa narrativa habla de su entendimiento e introspección, reflexiones en las que se adivina vida y dolor. Expresiones que la escritura dejará salir, para así inaugurar su llegada a una condición más existencial, que más adelante María describe:
La primera cuerda que me tendieron hasta el fondo de mi pozo. La gente habla de la soledad, pero qué sabe la gente de la verdadera soledad: como en un vehículo, se arrancan de ella en las palabras. La mía es sin escapatoria. Me siento sola, Lucy: con una curiosa sensación de caerme hacia adentro de mí misma, cada vez más hondo, en una especie de trance hecho de peldaños o como si dieran vuelta al revés (219).
Gracias a esta narración de María, a veces en primera persona y otras en tercera, nos es posible ahondar en su introspección, en la voz de su conciencia, con el ritmo que entrega su mirada descriptora del entorno, con una visualidad pictórica, tal como se ve en ciertos pasajes, y su esfuerzo por hacer visible su memoria. Así también conoceremos cómo es su entrada a ese lenguaje, el modo en que es ayudada por los cuidados del convento y del médico, volcándose en este diario que va intercalándose con la narración de María y los habitantes de su entorno:
A veces él revisa los papeles de su escritorio o los libros cuidadosamente ordenados de los estantes, haciéndose el distraído, pero luego siento sus ojos sobre los míos y es como si me viera desnuda, con una desnudez peor que la otra, es decir, como sin cuerpo: yo entera hecha de letras, de signos que forman un todo de verdades. Mi niñez y mi juventud escritas en este fantasma, y él al frente, para descifrarme como un “puzzle”. La inyección que me colocan al entrar, empieza a producirme sueño; agradable como ese sopor que se siente después de una comida abundante (217).
Ese entrar a la letra, leer los signos y dejar a ese fantasma, se relaciona íntimamente con esta niña-mujer muda que escribe, consciente de su cuerpo y desnudez, que vuelve desde sus recuerdos, a narrar su pasado, a su vida como era antes y después de entrar al convento, accediendo sin duda a una importante transformación, que incorpora tanto el tratamiento del cuerpo como de la letra.
Recomponer la escena
“La euforia de escribir hacia la derecha
y hacia la izquierda en el papel,
de arriba abajo y de abajo hacia arriba.
En silencio y con bulla, tendido,
sentado y también de pie.
A máquina, con lápiz y mentalmente
y también en el borde de los diarios y en ‘confort’”.
(Gabriela Lezaeta ¿Quién soy? 19)
¿Por qué no conocí o leí antes esta novela? Me pregunto mientras la voy leyendo, y recordando que antes de este texto solo leí un cuento de esta autora (un cuento infantil) y únicamente porque sabíamos que era nuestra pariente, se llamaba “Anita mágica” y estaba en el volumen Cuentos cortos de la tierra larga (1989). Quizás fue justo después de haber leído Papaíto piernas largas, cuando decidí que quería ser escritora, cuando mi mamá me habló de esta prima de su madre, Gabriela Lezaeta, ¿O fue la tía Meche la que me contó de su existencia? Este cuento y otra novela, La segunda vida, siempre estuvieron en mi casa. Para mí, el que hubiera “una tía lejana escritora”, me sonaba a una persona muy famosa y por ende distante, a quien era muy difícil de conocer en persona, por lo que asumí que debía conformarme con su lectura.
¿Por dónde transita la escritura de las mujeres impresa, publicada, premiada, elogiada y reseñada, pero luego olvidada o más bien vagamente recordada? Sin ir más lejos y como mencionaba anteriormente, Color hollín ganó el Premio Gabriela Mistral en 1969 y fue publicada en 1970, aunque en rigor fue autoeditada. Tomando el contexto social e histórico de fines de los sesenta, la novela claramente recoge varias temáticas que estaban en el ambiente, la preocupación por lo social y la marginalidad, la perspectiva de un joven pintor, Pablo, quien circula entre la política, la bohemia y su arte.
Al buscar referencias sobre la obra de Lezaeta encuentro algunas reseñas, sin embargo, no aparece ningún texto crítico que aborde la complejidad de la novela o que aluda a su novedad, a cómo la trama incorpora el discurso médico-siquiátrico, y cómo el artístico muestra y reflexiona acerca de la marginalidad. Esto permite a los lectores imaginar un Santiago delimitado entre una zona de modernidad y otra que parece detenida en el tiempo, hace no demasiados años atrás, un lugar abandonado como muchos otros que aún transcurren en otra temporalidad, más allá de haberse movido los límites entre lo urbano y la periferia. En una parte del texto se sugiere que la población donde se sitúa esta novela se ubicaría por la zona de Lo Valledor, en esa época fuera de los límites urbanos, suponemos que en una toma ilegal. Este es un territorio que contrasta enormemente con un Santiago descrito con autos, faroles, iglesias, edificios, calles y veredas; tan solo al otro lado del río: una acequia infectada, una toma de terreno, polvo, cerro, hacinamiento, poca higiene, carretas en lugar de automóviles. En síntesis, se muestra y denuncia un lugar con nula presencia de ningún tipo de orden, ni edificaciones ni servicios, por tanto, totalmente alejado de la presencia del Estado, que se hace presente solo cuando hay algún crimen y se asoma la policía. O bien, tras una catástrofe como una inundación, tras la cual aparece la ayuda social encabezada por mujeres de clase alta, como se ve en un pasaje del texto, ellas peinadas y arregladas con regalos para los niños, la caridad de la Iglesia, o bien jóvenes con algún tipo de inquietud social que se apersonan después de alguna catástrofe. Así es descrito el entorno donde transcurre la acción del texto y en el que habitan María, su madre lavandera y sus vecinas, madres solteras, ancianas aborteras y curanderas (con sabiduría y conocimiento de hierbas medicinales). Una de estas mujeres es retratada del siguiente modo:
—Ella sabe d’esas cosas. No es como toas nosotras… entendía. Dicen que cuando llegó aquí hace años, ya era bruja… Apenas oscurecía se colgaba un rosario al cuello y partía p’al cerro. Dicen que se encontraba con el mismísimo diablo que le entregaba recetas y amuletos mágicos (25).
Además de esta mujer, respetada y poderosa en la población, se encuentran los niños desnutridos y hambrientos, las violaciones de hombres mayores a niñas, robos, violencia, hacinamiento, alcoholismo, abortos, entre otros problemas.
Gabriela Lezaeta, además de ser escritora, fue estudiante de escultura; en 1958 entró a estudiar a la Escuela de Bellas Artes. En el año 1969 envía esta, su primera novela, tarea que le tomó aproximadamente diez años, al concurso Gabriela Mistral. Años más tarde, ganará también otros galardones, una mención en el concurso de cuentos de la revista Paula y en El Mercurio, diario en que es entrevistada y donde señala que eran estos los verdaderos estímulos a su escritura, ya que sus libros nunca estaban en las librerías. Además de su gusto por el arte y la escultura, gracias a su maestra Marta Colvin, (a raíz de cuya experiencia escribirá la novela Incendiaron la escuela)1, su hijo Robert Holmes me comenta que ella asistió a varios talleres literarios, entre ellos al de Manuel Rojas, Guillermo Blanco y Braulio Arenas. También creo de suma relevancia, como ella misma señala en la auto semblanza ¿Quién soy?, el hecho de haber conocido muchos de los lugares descritos en sus novelas y de la pobreza vista, tanto desde su trabajo en la Cruz Roja, como también a través de los relatos de su empleada, que ella recogió para construir el mundo referido en Color hollín.
“Solo soy una dueña de casa que escribe”, es el titular de una nota hecha a Gabriela Lezaeta publicada en el diario El Mercurio de Valparaíso en el año, 1985; en otras publicaciones, una firmada por Filebo y otra por Hernán Poblete Varas, se hace referencia a una acusación de plagio hecha por Lezaeta hacia 1987, debido a que alguien copió un cuento de su autoría, con el que esa persona ganó una mención en el premio Jorge Luis Borges en Argentina. Más allá de estas dos notas en el diario, resulta por lo menos insólito que ambos varones comentaran que al final era casi un homenaje, ya que nadie iba a plagiar un cuento malo, y citan el caso de Óscar Castro y un título de José Santos González Vera, La copia y otros originales (1961). No hace falta señalar que todos estos reportajes fueron hechos por hombres, sobre una autora de “literatura femenina”, y tal vez de ahí la liviandad con que en general se la trató, como por ejemplo se observa en el título de esta entrevista de Las Últimas Noticias en 1985: “La escritora Gabriela Lezaeta mira la vida con ojos celestes”.
¿Serán estas estrategias o tretas que en su momento permitieron no posicionarla en un lugar más destacado en las letras de la época reduciéndola un poco a la dueña de casa de ojos claros que además escribe? Pero esta artista y escritora fue también aprendiz de escultura, enfermera, mamá de cuatro hijos y alumna de talleres literarios, además de practicante de yoga y conocedora de su filosofía, cuyo interés en el funcionamiento de la mente humana se traspasa al interior de la novela.
Al echar una mirada rápida a la historia literaria de esos años, busco cuáles eran los nombres que resonaron hacia fines de los años sesenta. El sitio Memoria chilena, en una de sus entradas —“Narradores chilenos de la década del 60”— nombra a los siguientes autores: “Carlos Droguett ganó el Premio Alfaguara de 1970 con su libro Todas esas muertes y José Donoso publicó El obsceno pájaro de la noche, obra con la que se insertó en el boom latinoamericano”.
Por su parte, Gabriela Lezaeta, en esta suerte de crónica autobiográfica y literaria, ¿Quién soy?, atribuye en parte a la política tan revuelta de esos años la causa por la que la galardonada obra Color hollín, prácticamente no apareciera en la prensa y que terminara con ella misma autoeditándola, teniendo una presencia casi nula en librerías, así como tampoco tuvo noticias de la venta de sus ejemplares. En el mismo texto, la autora señala que escogió a María como su protagonista por cierta identificación: “Creo que de ahí el primer personaje que busqué fue una muda, la de mi novela Color hollín. Las palabras me son traicioneras: tengo miedo de las palabras. Puedo hablar mucho pero mal” (¿Quién soy? 11).
Estas palabras de Lezaeta resuenan en estas otras y se hacen eco con las de su María de la novela: “Si pudiera hablar… ¿hablaría? Tal vez al amigo de mi infancia… Tú que te ocultas con tu muchacha de la luz de la luna bajo los aromos, mientras que yo… al sol, sin la compañía de una sombra que mintiera bella la tierra…” (152).
Conocemos de sobra las numerosas omisiones y silencios de la historia crítica literaria chilena, una historia en la que abundaron lecturas muchas veces pobres, ciegas, superficiales, que redujeron a sus autoras a anécdotas como lo han hecho con otras escritoras. Así, voces como la de Lezaeta pasaron de manera oblicua, relegando a un silencio y un vacío a una escritura que es mandatorio revisitar. Un mutismo que remite a este personaje mudo y escritor, que develando desde el acto de escribir vidas, traumas, y desentrañando con sus letras el sentido de su vida, su camino recorrido hasta el momento casi epifánico, como en el que comienza María comienza a escribir, entregándonos sus percepciones y pensamiento poéticos. La conexión con la naturaleza y la vida y el más allá confluyen en el pensamiento mágico de María, por ejemplo, al recordar al niño muerto por una máquina de construcción, a orillas de la acequia, en la población:
Tal vez Chico está en las hojas fragantes de la menta y yo paso todos los días a su lado acariciándolo… y el viejo que continúa en su agonía, volverá también, en un sauce o en un arrayán, joven y fuerte. Humildemente suplico mi propia transformación en una mata de retamos, y luego la convicción de ello me alegra (139).
La escritura de la narradora muda, cuya voz activa en clave diálogo y novela, entrega las diversas facetas de esta historia, donde hablan las vecinas y miembros de esa comunidad, para volver a ella, a la dificultad de encontrar su subjetividad en medio de su vida y de buscar definiciones, cuestionándose lo que no se dice ni alcanzan a transmitir, las palabras traicioneras e inalcanzables para el decir, como observamos hacia el final del texto:
¿Qué soy yo, Lucy? ¿Podrás decirme al final si son así todas las mujeres normales que ríen y cantan, que a veces pueden gritar con indignación que pasean al sol con sus niños en cochecitos mientras conversan con ellos? He escrito “gritar” y sus letras me conmueven y estremecen y quiero escribir también “alarido”. Siento que debe ser como vaciar el dolor, como vomitarlo o como zigzagueante rayo en que descargar una ira de alto voltaje (218-219).
En síntesis, podríamos decir que, si bien hay un intento de normalizar al cuerpo de María vía hipnosis y a través del tratamiento médico, sin embargo, en un punto su persona se resiste y como respuesta se entrega a esta escritura. No obstante, será este saber científico que intentará desentrañar y descifrar la corporalidad enferma y extraña sin voz lo que construirá un cuerpo en la escritura, liberándose como una carcasa que resuena con las palabras que María va escribiendo. El efecto de sanación y comprensión de su historia y de ella misma, ocurrirá a través del rastro que deja la corporalidad de María: su escritura, plasmada en Color hollín. “¿Quién dijo que yo era muda? Solo que a mí no me entendían” (221).
Obras citadas
Agamben, Giorgio. Infancia e historia. Destrucción de la experiencia y origen de la historia. Traducción Silvio Mattoni. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2007.
Correa, María José y Mauro Vallejo. Cuando la hipnosis cruzó los Andes. Magnetizadores y taumaturgos entre Buenos Aires y Santiago (1880-1920). Santiago: Pólvora Editorial, 2019.
Freud, Sigmund. La hipnosis. Textos 1886-1893. Trad. Isabel de Miquel Serra. Barcelona: Editorial Ariel, 2017.
Gilbert, Sandra M. y Susan Gubar. La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX. Madrid: Ediciones Cátedra, 1998.
Kottow, Andrea y Ana Traverso. Escribir & tachar. Narrativas escritas por mujeres en Chile (1920-1970). Santiago: Overol, 2020.
Lezaeta, Gabriela. Color hollín. Santiago: Arancibia Hermanos, 1970.
—. “¿Quién soy?”. ¿Quién es quién en las letras chilenas? Edición de Oreste Plath. Santiago: Agrupación Amigos del Libro, 1977.
Valdés, Adriana. “Escritura de mujeres: una pregunta desde Chile”. Composición de lugar. Santiago: Editorial Universitaria, 1996.
1 Publicada por Editorial Nascimento en 1978.

A pesar del pensionista, solución en parte al problema económico, la rutina del rancho era la misma. El viejo encerrado en su silencio y en su hábito de dormir la siesta y echar maíz a las gallinas, que vivían en libertad por la pieza y el sitio. Un sitio nominal, sin dueño, sin cerco, limitado por la desigualdad del terreno, y por el que la vieja solía corretear persiguiendo a los chanchos del vecino que irrumpían a comerse sus choclos.
La María en cambio, dulcemente revuelta en sus quince años que escondían una mujer físicamente madura, desgranaba el tiempo entre sus dedos nerviosos, convirtiéndolo en ansiedad y maíz.
—¡María! —ordenaba la vieja en una arrastrar de chancletas—, llévale su plato a don Paulo.
—¿Por qué no lo lleva usté? —alegaba defendiéndose de las oleadas calientes que la recorrían, coloreándole las mejillas, perturbándole el compás de la respiración.
Inútil escabullirse ante las injurias de la madrastra. Lo tomaba temblando, y era como si el humo que se desprendía del plato coronado de cebollas viniera directamente de su cuerpo.
El hombre no hacía más que pintar: unos adefesios muy distintos a los temas escogidos. Por ahí decían que era loco y tal vez era cierto.
Cuidado, Mariita —le contaban de chica—, cuidado con las culebras embrujás. Si las miras en los ojos te esclavizan, y te dejan para siempre girando como un trompo alrededor de ti misma.
Y lo recordaba ahora, al verlo pasar con su tela, su indiferencia, sus hombros puntudos como dos estacas. A pesar de la advertencia del cuento, sentía a sus ojos clavarse en él sin su permiso. Y eran ellos los culpables, los que al adherirse como sanguijuelas, la hacían desear la caricia de esas largas manos huesudas, seducida como por una de aquellas culebras malditas.
A veces le parecía sorprender una respuesta, aún cuando no la mirase de frente: un punzazo en la espalda, en la nuca o donde posare él los suyos. Una sensación casi dolorosa.
No había defensa posible al tratarse de un hechizo. Y María desgranaba su maíz y su tiempo en la espera.
Titubeó un poco al instalar su atril en medio del camino. Tendría que resignarse a compartir el momento íntimo de la creación con los transeúntes, esa tropa de fantasmas harapientos, terrosos, borrachos que circulaban por ahí esparciendo sus olores, las carrasperas y gargajos de sus bronquitis crónicas. Desde el punto de vista de su pintura era el sitio perfecto: en primer plano los alambres telefónicos y eléctricos entrecruzados, más atrás la asimetría endiablada de los ranchos, empujándose, equilibrándose en el terreno desigual; tan pronto desolado al acercarse a las márgenes del río como reapareciendo unos metros más allá sobre un suave lomaje con su adorno de bosquecitos bajos, arbustos y eucaliptus nuevos.
Colocó su cajón de espaldas al cerro haciendo caso omiso a la puesta de sol. El impacto de la fealdad o de una conmovedora pobreza, un muro derruido, símbolo decadente de vejez, de pretérito, o la carcoma verdosa de un fierro oxidado, eran para él fuente de inspiración y no ese rubicundo y estúpido sol burgués.
Abrió la caja de madera haciendo el habitual despliegue de pinceles y tubos de colores. Se sentía1 rico al empezar como ahora con una remesa nueva de óleos y un frasco lleno de trementina. Equilibrando la tela empezó a silbar una cancioncilla. Pronto lo descubrirían los chiquillos y con ellos las chanzas y la pérdida de este inspirado momento de soledad.
A su lado pasó una mujer arrastrando unas ramas secas sujetas por un alambre. Dejando en la tierra una huella honda y rayada siguió hasta muy lejos con su cabeza vuelta, espiando la primera capa de gris con que había embadurnado el cuadro.
Pablo la miró. Era flaca y con su falda de ruedo desigual parecía un espantapájaros, pero el recuerdo de sus ojos bonitos iba tras ella igual que la leña, a rastras. Volvió él a su gris; a pensar en las hembras de su preferencia que allí abundaban: sin maquillaje, de piel seca y dura, de cabelleras primitivas lavadas con el mismo jabón en polvo de la artesa. En las noches salía a caminar espiando los recovecos de sombra de los bosquecillos por el gusto de descubrirlas en sus amores prohibidos. Y para Pablo, el sexo en el contacto con la tierra se purificaba y adquiría aquí algo limpio en su forma ruda de amar, algo limpio en la mugre, en el aire con olor a río. Lo que siempre faltó en las piezas alfombradas de su niñez, en el perfume a tabaco habano, a polvos importados que a veces volaban desde el cisne plumífero del tocador de ella. De la gran puta que era su madre.
Pablo dejó de silbar y marcó tres sombras oscuras sobre el gris para indicar las casuchas… ¡La mugre! Aquí no la encontraba; quedó allá, en su niñez. En la pieza en que se ahogaba junto con su virilidad naciente, saturándose los pulmones de polvos faciales y extractos de esencias como de un “smog” malsano.
Vagar es fácil; se comienza por las calles y los parques. ¡Oh, la delicia de la brisa fresca! En vez del calor húmedo y viciado de una pieza de hotel en que la ropa se seca por cansancio, sin aire y sin sol.
Tres niños que venían por el camino, a saltos, a empujones, a brincos, se detuvieron rodeándolo; un cuarto apareció quién sabe de dónde. Ya me descubrieron los condenados, se dijo, resignándose.
—¿Qué es eso d’iahí? —mostró uno en la esquina del cuadro.
—El techo de una casa.
—No parece.
—Parece un gato —dijo otro; y con el dedo borroneó la mancha oscura formando una cola.
Pablo le golpeó la mano con el pincel. Apenas le pareció una caricia al pelusa andrajoso, acostumbrado a soportar castigos mayores y empezó a burlarse, riéndose.
Traviesos, atrevidos, eran aquí todos los niños. Insoportables. Se recordó a sí mismo cuando tenía esa edad. Quieto, silencioso, capaz de sumergirse en un libro o pasar horas en el cine, viendo en el rotativo dos veces la película de fondo.
Ahora lo cercaban, por un lado los eucaliptus y por el otro las piedras; la arena anunciando la proximidad del río. Respiró con ansias el aire perfumado, el olor a madera que venía envuelto en humo.
Los niños, aburridos, se fueron y el suyo también se retiró al pasado. Su infancia estaba enterrada y nada podía ya dolerle. Y en la pintura estaba encontrándose con un desconocido.
Los alambres entrecruzados del teléfono y la electricidad en su juego geométrico sobre las oscuras manchas de las casuchas se iban lejos con su carga comunicativa y alegre sin detenerse allí.
Sobre la tarde ya casi oscura se aproximaba la figura de María, con un cubo de agua como pretexto. Pablo la divisó con un vuelco. Iba a pasar cerca. Ya no osaba defenderse; uno de estos días tendría que ceder al embrujo de María. Ni siquiera la pintura lo salvaba; distraído, incapaz de soportar más tiempo a esta virgen imprudente que lo cercaba con sus caderas macizas y sus miradas sedientas.
Pasó muy cerca pero él no levantó los ojos, tratando de evitar su contacto, ese golpe de corriente del que saltaría la chispa incendiaria. Se sentía tan a gusto aquí que hubiera deseado no tener ningún embrollo que lo hiciera perder este techo.
—¡Buenas tardes, on Paulo!
—¡Buenas! —siguió pintando, ya sin ver las últimas correcciones. Se había vuelto noche cerrada. Refunfuñando esperó que pasara para guardar sus útiles; no fuera que se le ocurriera acompañarlo.
En la esquina techada de totora, primaveral ángulo de las dos piezas destinado al cesto de ropa, dormía el pintor, el hombre que llegó a denunciar la pobreza. Convirtió en vacaciones largas una añoranza del campo que guardó desde su infancia. Despertaba tarde, cuando ya la muchacha había preparado el desayuno y repartido el alimento de las gallinas. Un rayo de sol que jugaba a ponerle un anteojo amarillo y luminoso, le servía de despertador, y al abrir los párpados todavía pesados de sueños matinales, María frente a él era su primera realidad, peinando a esa hora su mata de pelo negro, con la blusa abierta descuidadamente, a pies desnudos en la tierra todavía fría.
—Te levantas con las gallinas…
Le contestó con su sonrisa de siempre cargada con el enigma de la tierra.
—¿Qué piensas?
—Cosas.
¿Qué pensaba una muchacha así? ¿La mole imponente de la cordillera en el horizonte era algo para ella a más de ser una sombra y piedras? ¿O tal vez albergó de cuando en cuando una rebelión por su pobreza? ¿O ambiciones? Imposible descifrar el hermetismo de su sangre aindiada, y Pablo fumando el primer cigarrillo de la mañana, sentía crecer hacia ella, al mirarla, una ira sorda.
—Pásame los fósforos —le mintió ese día, escondiendo entre la ropa la caja que acababa de abrir. Se acercó avergonzada adivinando su pensamiento. Su talle no era fino y bajo su blusa se desbordaban los senos de piel oscura. Olía a jabón barato, a humo, a ceniza, a sudor animal. Y aquel estúpido corazón sonoro salió al encuentro de lo pedido, como si se creyera capaz de caminar solo adelante. ¡No era indiferencia! Era suyo desde el principio, desde el comienzo del paraíso, a pesar de su mirada lejana y de su expresión ausente. ¡La tierra! Ella era la tierra y lo bajaría de las nubes en sus brazos amorosos…
Desde su lecho casi a ras de suelo, Pablo de un rápido manotón pellizcó su muslo duro a través de la falda. Un chillido de triunfo entre doloroso y riente le contestó:
—¡No sea travieso, on Paulo!
Ese era su estúpido lenguaje. No sabía más que corretear a los perros, dar maíz a los pollos, de la mala vecina y de los enojos del tata. Pablo se despreciaba, pero sería abrazar la tierra, penetrar en la miseria, verterse en el río, igual que los desagües vacían en él sus letrinas. Desde niño, siendo puro, sentíase corrupto cual si su madre lo hubiese concebido con desecho de varios hombres.
La atrajo hacia sí, entre un revolotear airado de las aves presidiendo desde el techo, y mil rayos de sol filtrándose a través de la totora y moteando los semblantes crispados de luz y sombra…
Apenas un mes de amores furtivos, de temblorosos encuentros en la colina, de desnudarse bajo los cielos y de amarse entre las gallinas y los perros; bajo el sol y aprovechando también los recovecos de sombra. Pero a causa de la mujer perdió su refugio. Una tarde se fue, con tres cuadros nuevos y la caja de pinturas vacía. Ella lo siguió hasta el camino:
—¿Adónde vai?
—Ya me he quedado bastante no te parece… De todos modos, te quiero María…
Corría viento y se remecían los árboles y las fonolas en anuncio del otoño. El camino se marcaba como una ancha cinta en el polvo, interrumpido por la bandera flameante de la falda de percala roja y azul. Envuelta la cabeza con la bufanda a modo de pañuelo se quedó la María, con el vivo deseo de sujetar a Pablo abrazándolo. Un sentimiento de derrota le amarró los brazos, dejándola en medio de la polvareda plantada con firmeza en la tierra, inmóvil, mientras gemían los álamos y se desgajaban los sauces.
María tuvo una hija muda.
Su padre le pegó a la mujer con quien vivía cuando supo que ella estaba embarazada.
—Tú tienes la culpa por no cuidar mejor a la chiquilla —fustigó, con un par de latigazos de su cinturón de cuero, marcándole dos huellas sanguinolentas a un lado de la cara. ¡María! La joven hija orgullo de su ancianidad… ¿Quién osó disputársela? Y unos celos de amante lo enfurecían.
Descargada su ira con la vieja bruja que le cocinaba y mantenía con tal de compartir su cama, cayó en su apatía normal y su rutina de silencio.
Y por eso María se sentía culpable; porque era injusto. No por lo otro. Ella lo quiso así; nadie más que ella tuvo la culpa. Afrontar lo que venía era el pago de una deuda y hubiera deseado que su madrastra no hubiese sido injustamente castigada. Ningún remordimiento más podía sentir al haber seguido un mandato profundo que la impelió a unirse a Pablo y menos cuando era un hechizo (similar al de las culebras). Fue ella solo otra víctima.
Los días pasaron entre un rosario de vientos, lluvias y soles, y después de aquel día en que su padre descargó su indignación cuando supo lo del embarazo, no volvió él a mencionarlo y su mujer amancebada le tenía demasiado miedo para atreverse a reprenderla.
Cuando nació la hija se la aceptó en la casa sin ceremonia ni preparativos y en el mismo cajón usado de asiento por el ausente, ocupó un lugar mínimo.
María fue casi feliz con la secreta esperanza de verlo regresar. La niña tenía sus mismas facciones angulosas, pálidas, su mismo pelo que sin ser rubio era incoloro, sus manos de dedos largos, lo cual no la hacía un bebé atractivo y tierno como otros, suaves y rollizos, masa erótica para los embelesos maternales. Imposible reconocer nada de sí misma. Ni su boca redonda y abultada, ni sus pómulos salientes que se traslucían a través de la piel morena y en partes cetrina.
Hasta que pasado el tiempo, reconoció la desgracia y fue confirmada por el doctor del dispensario: la niña era sordomuda. Esto la hizo perder el escaso interés que había depositado en ella. Cuando a la muerte de su padre se fue la madrastra llevándose las gallinas, volvió ella a trabajar duro para mantenerse, dueña absoluta de la pieza con techo de fonola.
Al principio la asediaban los hombres, pero al verla tan bravía fueron resignándose a dejarla sola, en una población en donde había mujeres de sobra.
Ropa sucia, limpia; sucia, limpia… una blanca cadena de trapo amarró sus días, su corta juventud de risa, su bien pagado devaneo. Cada camisa lista, un grillete entre los eslabones interminables que iban marcando las manchas oscuras de sus venas. María se dedicó a cumplir sumisa su misión de vivir, su necesidad de subsistencia, urgente cuando el trabajo disminuía.
Sobre su cerviz hecha para el yugo fue formándose una cutuma adiposa y las bellas caderas redondas
perdiéndose entre la marea de grasa que empedernida se derramaba por su cuerpo, borrando toda línea armónica. Y junto con ellas, fue también borrándose la esperanza y el ansia por el hombre que tuvo, quedándole solo un rencor por su abandono y sobre todo por haberle dejado esa carga injusta de la hija defectuosa. Le dio su leche y luego el alimento duramente ganado: con eso le parecía que su misión de madre estaba cumplida y recumplida. Jamás una caricia, jamás un juego. Solo la libertad, los cerros, para que satisficiera un afán de vagancia que parecía acosarla. Le hubiera dejado siquiera una persona normal con la cual ella pudiera solazarse, descargar en injurias su mal humor, o pelar a las vecinas… Cuando en la noche terminada la tarea, sorbía el mate, deseaba su compañía, más que la de un hombre. La miraba largamente, esperando las palabras que no salían, el comentario pueril que rompiera la monotonía del trabajo, el milagro. Solo los ojos del pintor incrustados en la cara de su hija le respondían. Pero la mujer, recubierta de grasa por dentro y por fuera, por su cerebro, por su sensibilidad, no captaba sus expresiones y la niña semidormida los cerraba con todos sus misterios. Roto el minuto de acercamiento, cada una volvía a su soledad.
Difícil recordar algo con este sueño que tengo, con este cansancio, y más aún si me preguntan por mi madre. Nunca fui esa muchachita detestable y flaca de la que me hablan, siempre he sido lo que soy: una persona mayor, que estudia, se adapta y obedece.
No… no la recuerdo, pero sé que voy viajando hacia ella a través de un dolor de cabeza, y quisiera quedarme en cualquier estación, en una estación agradable, en un columpio, en un camino cualquiera…
No puedo. De veras que estoy tratando de recordarla. Voy cayendo… Hay humo… o neblina, y la mesa no me deja verla.
Espere… está más claro… Hay un gato. Salta de mis brazos y se escabulle. Entre las patas de madera me quedo sola, en cuclillas. Es todo un universo este hueco tibio, techado con un mantel en el que cada rotura imita una estrella. Me rodea una oscuridad húmeda con olor a jabón y a orines y en donde chorros espumosos de lavaza me persiguen y salpican. Mil burbujas que estallan y terminan en pocitas de agua negruzca o en frescas manchas tibias, y que al cabo desaparecen, dejándome solo este frío y grandes áreas oscuras en mi ropa. Ella está ahí. Forma parte de esta pieza igual que la silla coja y que yo misma. Camina a mi alrededor; una falda que tan pronto está gacha atizando el fuego, como clavada frente a la tabla de planchar, o bien como ahora que chorrea agua al lado de la batea, unida a mí por este cordón líquido.
Mi madre es una columna. Sólida, firme y puedo aferrarme a ella cuando tengo miedo y remecerla cuando tengo hambre. Dos piernas de venas estriadas y manchones azul oscuro es lo que alcanzo a ver de mi madre columna. Encajo a ella en mi recuerdo unos pies anchos, ese par de animalillos vivos y rechonchos en su complicada presión de tiras de cuero, correas que cuando el frío arrecia se aprietan sobre calcetines de lana en vías de desintegrarse. Levantando mi cabeza veo sus caderas amplias, sujetas en un delantal desteñido, para que no se desarticulen en el pesado vaivén de su andar. Tan pronto se agachan como se desplazan hacia un lado, con toda su masa de carne blanca e informe. La tela ceñida empieza a partirse y pienso que si se rajara de golpe mi madre se desarmaría en pedazos, y vuelta yo a tener que armarla en mi memoria como un rompecabezas.
¿Más arriba? Más arriba mi madre no existe, se me borra suavizada en una niebla bondadosa, diluida… Gris barroso, negro hollín. Es un color que usted, doctor, lo habrá visto y no lo recuerda.
No es el gris límpido de un cielo lluvioso, ni es el negro asombrosamente negro del fierro. Ni cálido ni puro; incierto, dudoso, y es el color de la miseria, el color favorito del artista al copiar rejas y palos quemados, aquel hombre que yo vi pintar enloquecido, rasguñando la tela, sobándola a veces con el pincel en una caricia temerosa o a brochazos audaces tratando de dañarla como si la odiara. Traté de aprender: se mezcla un poquito de negro con un pichintún de blanco y un tantito de ocre…
¿Más arriba?… No me acuerdo, doctor. Solo existe ella para mí desde el lazo de su delantal hasta la suela de sus zapatos. Es lo que yo alcanzo a ver; este cerro amplio envuelto en su tela a cuadros y que ahora abandona su altar de agua y se ubica frente a la tabla de planchar. El pesado artefacto se desliza liviano como una pluma o un tren de lata, dejando tras de sí el género tieso, más nuevo y más blanco… Adelante, atrás, adelante, atrás… aquí bajo la mesa llega su emanación de vapor tibio desentumeciéndome de la humedad, y del frío que entró conmigo. El tufillo a carbón, a tela almidonada, a hogar, marea y duerme…
¡Ah! Perdón. ¡Se me cerraron los ojos…! ¿Pueden traerme el café? No es hora, nunca es hora. Y tengo los pies como hielo. No hay por qué —me digo— calcetines nos sobran. Demasiado grandes algunos hasta para mi madre. Pero son regalo y sirven aunque estén muy rotos. Cuelgan por toda la pieza. Ya no se ven trama ni hebra, solo género tupido, frisa y hoyos: mango para la plancha, tapón para la artesa, trapo para secar los platos. Todo nos sirve. A veces pienso que tenemos muchas cosas de más, que habría que botarlas y pareceríamos menos pobres. Tener una o dos cosas nuevas, esas que de tan nuevas llegan a brillar y que no son gris humo ni negro hollín: rojas, amarillas, azules… (aunque con nosotras luego parecerían viejas y el humo del fuego, la humedad de la tierra, el polvo del camino conspirarían también contra ellas).
Quiero descansar un rato y volver al presente… ¡Qué hermosos pueden ser los zapatos! Entre las patas de la mesa estoy contemplando los míos de cuero claro. Me recuerdan a un alazán en libertad —suaves y brillantes, como ancas de potro— por las que una no puede resistirse a pasar una mano a favor del pelaje duro y suave. Una delgada punta como el hociquito de un ratón, de esos que se esconden entre las piedras del cerro, y luego el arco perfecto del taco que lo eleva en una curva graciosa, libre de peso, lleno de espacio…
No, doctor. No creo que necesite otra inyección. ¿Es que soy esa chicuela harapienta y estoy soñando? ¿O es que son míos? ¿En el jardín de mis sueños o de mi realidad bailan estos personajes increíbles?
Ya vuelvo atrás, aunque hay algo en mí que se resiste. Yo misma que me atravieso en el camino y no me dejo pasar. Obediente con usted cierro los ojos un minuto, como me ordena, y desaparece el obstáculo: estoy viendo a mi madre. Usted tuvo la culpa: me obligó a colocar el último cuadro del rompecabezas. La veo entera: los zapatos con sus tiras de cuero, la columna violácea dividida en dos, el ancho increíble de sus caderas… La veo entera; fea, sucia, chascona y me mira con amor y con rabia. Las leonas deben mirar así a sus cachorros, con el instinto maternal de las bestias… Y hay color y hay olores… El humo me muerde con su recuerdo, el fogón, la lejía, el puchero. Ella los absorbe todos, incluso el olor caliente a ropa planchada y el picante del jabón… Yo tengo un hilachento vestido incoloro. ¿Fue rosa, amarillo, celeste? No se sabe. Color gris humo. Y la cara de mi madre, ahora enorme, abarca toda mi fotografía del tiempo; no tiene delantal ni pies.
¿Por qué recuerdo este minuto y no otro? ¿Quedamos detenidas en una edad eterna, una boca abierta en una pregunta que no alcanzó a formularse, una mano pendiente del vacío?… Es la primera vez que me enfrento con el muro, un muro de preguntas sin contestación, de sorpresa, de aislamiento, de soledad.
Enorme óvalo blanco en que resaltan sus facciones toscas con todo lo que hay detrás; ira, impaciencia, desesperación. Yo lloro por algo; creo que es porque tengo una herida en mi frente y me asusta ver correr la sangre; en su mezcla con los mocos y el llanto tiene un gusto a sal que me distrae. En la tabla hay un cerro de ropa blanca y dejo en ella una huella roja manchada con barro y en el suelo otra de barro manchado de rojo. La cara grande me mira estremecida de sorpresa. De las horquillas se disparan mechones sueltos y a pesar del frío hay gotas de sudor en su frente. Me remece una y otra vez y sus dedos duros se me clavan en los brazos. ¿Qué quiere de mí? Yo también me desespero por tranquilizarla, pero no puedo conseguirlo. No sé. ¿Nada dicen los ojos? Se niegan a hablar por mí. Siempre sola con mi hambre, mi pena, mi cansancio… Si pudiera tan solo expresar un no quiero sin tener que botarme al suelo o tapar mi boca rechazando algo… Nada. Nada. Un muro infranqueable. La cara de mi madre a escasos centímetros está a mil leguas; nos separa el silencio. Me lanza sobre la ropa y se derrumba como un cerro de nieve; caen los rodados por el suelo, ensuciándose las camisas, abriéndose las mangas como espantapájaros ridículos; una siembra de sombras blancas en el suelo de tierra. Sobre la tabla de planchar, la cabeza tiene ahora un marco de manos juntas sobre los negros cabellos ásperos y un par de lágrimas cuelgan de los ángulos de sus ojos como dos pendientes de cristal. Se debe a la pérdida de su trabajo, supongo, y me quedo en el suelo mirándola, mientras el tajo de mi frente ahora arde y pica. Intuyo algún misterio más en su dolor; quisiera calmarlo pero no puedo. Lo que yo pienso no lo adivina; está la muralla al medio. Me extraña que no gesticule como en otras ocasiones, que no me amenace ni me pegue… No veo más… no veo más…
Estoy ya despierta y siento que va alejándose, casi bella con sus lágrimas, como en ese momento en que se portó de veras como mi madre. El recuerdo va sepultándose dentro de mí, como una vieja fotografía en el fondo de un baúl…
La Isolina se asomó a la ventana para calcular la hora. A falta de despertador había señales evidentes de su atraso: la Rufina ya de vuelta con su cubo de agua, la meica correteando a las gallinas de su pieza, hacia la luz y hacia la mañana.
—Caramba con el frío —dijo el Lucas poniéndose los pantalones— justo ahora que tengo pega.
La mujer tuvo que dedicarse a preparar la vianda y dejar que se le arrebataran los panecillos del horno, después de quemarse los dedos al tratar de salvar algunos. Por las junturas del techo pudo apercibirse de aquel humo oscuro de la chamusquina que huía a juntarse con el de las otras casuchas, y que eran como la suya, otros pequeños centros de calor vivo en el frío.
Se dedicó con ahínco a picar la cebolla lagrimeando a más y mejor, mientras desde la oscuridad húmeda del lecho la observaban los cuatro pares de ojos amarillos de sus criaturas.
—Yastá hombre. Yastá casi listo —dijo vaciando el caldo a la olla menos saltada. Como no hubo respuesta ni bofetón se atrevió a decirle: —Y tráeme la plata m’hijo. Te prendí un alfiler de gancho en el bolsillo pa’que no se te pierda como la otra vez.
Los ojos del Lucas que no se cansa de reproducir en sus hijos buscaron los suyos con fiereza.
—He trabajado toa la semana ¿no? Y si me lo tomo es cuento mío. Tú abriste el negocio de las tortillas y con eso tenía que arreglártelas. Yo te advertí que no quería más cabros, pero de miedosa te quedaste engordando hasta empollar otro. Agora no te alcanza ni pa la leche en polvo…
El Lucas se fue sin cerrar la puerta y junto con el aire frío respiró el inmenso orgullo de su libertad de macho. Entre la mugrienta frazada estornudó uno de los chicos y la mujer continuó sacando otra docena de tortillas, planas y duras, algunas muy negras y otras casi blancas.
—Algún día —le dijo una vez— te haré un buen horno de barro.
No pasó de ser promesa, siempre llegaba cansado o bebido. Tal vez se entusiasmara cuando les entregaran el sitio. Vivía en esa esperanza desde que se inscribió como madre de una familia numerosa; todo cambiaría, hasta el Lucas, al tener una casa como Dios manda.
La Isolina puso una servilleta en el fondo del canasto y sobre ella fue alineando las ilusiones, los proyectos, los panecillos. Los más blanquizcos abajo; siendo los últimos nadie iba a regodearse.
El Lucas tenía razón cuando alegaba por el chiquillo. El dinero alcanzaba menos y a veces se sentía como ahora, sin fuerzas y con el miedo que la amenazaba con la mañana en que fuera incapaz de levantarse a encender el fuego para preparar el ulpo del más chico. Sobre el chal lo envolvió con una mirada tierna, mientras colocaba la última hilera de tortillas. Siempre amanecía resfriado por culpa de esa corriente de aire circulando entre las tablas que no calzaban.
El Pecas salió unos minutos después que su padre, tratando de estirar las mangas de lana que le llegaban apenas un poco más abajo del codo.
—¡Apúrate, chiquillo de mierda!
Se fue chuteando una piedrecita, rompiendo la escarcha de las pozas, tallando en el sendero, cicatriz hecha en la tierra por el ir y venir de las gentes, la huella de sus pies.
No mojó la cama hoy. Pero antenoche sí, y no estaba seguro si volvería a pasarle mañana. Trataba de mantenerse despierto para evitarlo. Inútil; caía vencido al fin y despertaba apegado a sus hermanos en una humedad tibia. Luego, las recriminaciones de la madre y los castigos del padre, los golpes, la vergüenza… Hoy no. Tal vez no le sucedería nunca más y algo parecido a una ilusión lo hizo empezar optimista su mañana.
Al llegar al primer grupo de casuchas, de mal humor, a pesar de su optimismo, un mal humor que allá era habitual, chuteó con fuerzas su improvisada pelota, que fue a caer muy lejos, cerca del agua, y con una carraspera juntó las hilachas de su voz infantil enronquecida, una voz dispersa y con frío:
—¡A las hallullas de manteca! El canasto pesaba. Al empezar a vender se haría más liviano y podría irse a jugar con la muda. La prefería a ella porque era la única que sabía qué piedra levantar para encontrar una araña peluda, o dónde había nidos o semillas comestibles.
Las tortillas, aunque duras, se vendieron porque no había panadería cerca. Ya libre de la esclavitud del canasto, dio un rodeo para llegar a la casucha de su amiga, evitando así encontrarse con el borracho, ese montón de harapos, siempre tendido entre los matorrales, con su halo de moscas en verano y su capa de gangochos en invierno.
Mientras la esperaba contó sus monedas escrupulosamente. Hizo tintinear la bolsa, satisfecho, aunque perdida ya la esperanza de que hubiera sobrado algo de las ventas. No hay desayuno —le había dicho su madre—, pero si queda alguna tortilla, cómetela.
La mañana corría, afanándose en sus nubes, con su garúa, con su sol enfurruñado que no quería mostrarse.
Ni supo en qué momento llegó la chica a su lado. Después de mirarlo con sus ojos expresivos que se entendían con los pájaros, puso una mano en la suya para indicarle que estaba dispuesta a partir.
Las dos mujeres que pasaban por el sendero, dejaron sus baldes en el suelo, cortando la huella húmeda y negra que dejaban sus pisadas.
—¡Güen dar con el niño malo ese Rucio! De un piedrazo dejó sangrando a la chiquilla de la María. Iba la pobre tan tranquila de la mano del Pecoso.
—¿A la muda?
—Sí; pero es preferible no ayudarla. La María es tan delicá con toas sus cosas. Ni plata, ni préstamos, ni hija. De puro orgullosa le salió así la chiquilla.
—Es que miró la luna en menguante al través de una ruea de carreta.
—Es que cuando menos la niña no traía que contar.
—¿Quién te dijo lo de la luna? Debe haber sido la doña Herminda, con seguridá.
—Es claro. Cuando me atendió el año pasao… cuando me vi en apuros por culpa del Pepe…
—Cuenta —brillaban de curiosidad los ojos de la muchacha.
—Ella sabe d’esas cosas. No es como toas nosotras… entendía. Dicen que cuando llegó aquí hace años, ya era bruja… Apenas oscurecía se colgaba un rosario al cuello y partía p’al cerro. Dicen que se encontraba con el mismísimo diablo que le entregaba recetas y amuletos mágicos.
—Cuando estaba más joven fue entonces el diablo el que le hizo al Mario. Mi mamá dice que nunca hablaba con ninguno y no más, así de repente, quedó fregá.
—Y el chiquillo es bien normal y bien plantao. Dice doña Herminda que el Amador, por ejemplo, tiene esa horrible mancha negra en la cara porque cuando la flaca l’ostaba esperando se puso a mirar la luna cuando había “elipse”.
—¿Y qué es eso de “elipse”?
—Algo que pasa en la luna. La cosa es que nu’ hay que jugarse con ella, ni mirarla mucho, qu’es delicá… Buena tá la conversa, pero la abuela me pega si no llego luego con el agua. Tiene un montonazo de ropa que lavar. —Levantó su balde abollado, cuyo contenido se veía ahora casi cristalino al aconcharse en el reposo, y observó la hilera de manchas rojizas en el sendero. —¡Mira cómo dejó el reguero de sangre la muda!
—Pobre cabra; parece que va a salir un poco tontita tamién. Puee pasarse horas mirando las nubes o el cerro.
—Va a ser chiflá como el padre.
—¿Cómo el pintor loquito que l’enamoró? Y pensar que empezó con tanta furia y después no se le ha sabío ningún otro…
—No sé cómo no se aburre la María; tan re seriaza con los hombres…
—Es que queó escarmentá…
—Yo no escarmiento nunca, así me repite la abuela. Por eso me vale estar en la buena con la meica.
—¿Y qué fue del Pepe?
—Cayó preso. Cinco años y un día le dieron porque se robó unas gallinas en la casa del alcalde. ¡Qué cazuela nos comimos pa San Peiro! Las dos más arruinaditas las cambió por una damajuana de tinto… Ahí lo pillaron.
—¿Lo echas de menos?
—Estoy más tranquila. ¡Era tan re celoso el bruto!
—¿Y si cuando sale te encuentra con una guagua?
—Si sigo saliendo al cerro con el Raúl, va a ser un cabro de cuatro años…
Las risas se fueron rebotando en las piedras y los pies desnudos de ellas caminaron detrás tratando de alcanzarlas, pero sin recoger la alegría sembrada.
Sí… ¡ya escribe!
Fueron a buscarla… A la mujer que sabe de remedios, que prepara cataplasmas y brebajes…
Hace días que estoy mal, que me era difícil barrer y colgar la ropa con los brazos tan flojos, la boca seca y amarga, y bajo la vigilancia de mi madre que siempre mira, pero que no ve nada.
Salí a vomitar afuera y me recosté en la tierra pensando morir allí (un sitio tan bueno para expirar como cualquier otro).
Me trasladaron, pero no estoy mejor, aunque tengo sábana y no está rota. El calor escondido dentro de mí no alcanza a calentarla, y me recorre en oleadas que convirtiéndose en agujas llegan hasta la base misma de mi cerebro.
Apenas me enderezo un poco el entablado circundante forma paredes y se va de ronda, se acerca, se aleja y me lleva en un columpio. Estoy mal. Yo sé que ella mandó a la Pachacha a buscarla y tengo miedo. Tal vez me va a meter en agua hirviendo o tal vez introduzca un alambre en mi garganta… La he visto… Solo deseo que me dejen quieta, que no se muevan las paredes y… dormir… dormir.
La fueron a buscar… Las heridas las tapa con barro en el que se mezcla orina y telas de arañas. Conozco muchos de sus secretos porque la espío todos los días. Apegada a la tapia ni respiro, no vaya a ser que me descubra. Temo a sus ojos, pero me interesa verla en sus trajines, moviéndose como un esqueleto dentro de la funda de su vestido negro. El pelo muy estirado lo aprieta sobre la nuca en un moño que la hace parecer más alta. Ella no parece tan pobre, más bien una señora rica, y me siento avergonzada cuando entra a mi casa y fija la vista en las roturas de mi ropa, en el desorden de calcetines por doquier, en la bacinica sucia; ella que tiene de todo; lavatorios enlozados, ollas nuevas. Qué feliz el Fuerzas, qué feliz debe ser siendo su hijo. Es no carecer de nada.
Desde mi escondite le veo revolver con una cuchara de madera sus menjunjes; dentro de un calderito hirviente uno más pequeño. Con sus dedos nerviosos va pulverizando y agregando hierbas secas, rasguñando cortezas amargas, semillas trituradas y luego baba de caracol, patas de ranas, insectos, que hierven y hierven, hasta reducirse a la mitad de lo que había al principio. Agrega luego un poco de azúcar, con lo que deja listo el jarabe para las toses rebeldes.
Que no me descubra; no vaya yo a romperle sus hechizos. Me interesan, y yo quiero aprender para ser rica algún día…
Mis pies están en agua helada mientras que el sol entero se me metió adentro de la cabeza. Frío y calor. Tirito, me dejo invadir por este cansancio, por este líquido caliente que siento correr por mis venas… ¿Quién puede bajarme el sol a los pies?
Se retorcía el niño llorando cuando taconeaba su herida con algodón embebido en zumo de hierbas… Y vi estirar articulaciones de una pierna quebrada, falsa como la de un espantapájaros…
Las tablas se columpian; mi madre se acerca y se aleja. Todo baila una ronda. Va a venir… Cuando alguien enferma hay que recurrir a ella. Es más fácil que llegar a la ciudad y se paga con una gallina, con té o con azúcar.
Llegada la hora de morir todo es inútil y no se puede detener el tiempo, así que le regalé a la mujer esa, un cerro de granulada…
La abuela de la Pachacha duró cuatro días desde que la encontraron inconsciente en el camino con los labios azules y los dedos torcidos y tiesos. Recuerdo… el calor… el mosquerío… Entre varios hombres logran llevarla hasta su cama… Los chiquillos se apretujan alrededor del auto negro que llega dando tumbos y levantando polvareda, un auto negro y valiente que se atreve a meterse donde ninguno otro lo ha hecho. Baja un señor con corbata a ver a la abuela, pero llega tarde. Le cierra los ojos enormemente abiertos, todavía con expresión de espanto…
Yo no sé si será mi turno ahora y pienso que tendré cuidado de apretarlos a última hora para que no lean mi horror en ellos, ni nada de lo que pienso. Se roban a veces cosas en los velorios, pero nadie me robará lo que es mío.
Llega. Aparece en el dintel de la puerta, quitándole su espacio al cerro, interceptando la luz con su sombra magra. Un turbante de trapo en la cabeza, la aureola de misterio. Me mira y sus ojos tienen filo y yo tiemblo en un escalofrío reptante que resbala por mi espina dorsal. Posa su mano helada un minuto en mi frente y me descubre nuevos puntos dolorosos en el cerebro.
¿Iré a morir? ¿En un sueño largo sin despertar como la abuela, o en un solo estertor como el perro del Rucio, estertor en que la vida se defiende por quedarse?
Me rodean las sombras inquietas, me rodea el miedo de su presencia misteriosa. Echa a hervir algo en la tetera mientras conversa con mi madre; en el techo se dibuja un caracol movedizo, la pieza transpira con olor nauseabundo y el vapor moja la luz de la vela. Me ofrecen la tisana a beber y como yo me niego, una me aprieta las narices mientras la otra me vierte entre los dientes apretados el líquido amargo, dulce, asqueroso. Parte pasa quemándome la garganta irritada y parte se derrama por mi cuello. Lloro de humillación al ver mi resistencia vencida y odio a mi madre y odio a la vecina. Extenuada por la fiebre y la batalla me alejo a un país de sueño, con su corte de sobresaltos y pesadillas, y mi cabeza todavía de plomo parece un instrumento metálico en el que ¿resuenan? estallidos lejanos. ¡Ah, el ruido! Ya sé lo que es… algo tenso que vibra, o un dolor que se arrastra. Y yo estoy ahora llena de sonidos, hecha una guitarra con cuerdas.
Duermo, duermo… y presencio la transformación de la curandera en un gran sapo verde que se va desinflando hasta quedar reducido a una pequeña bolsa plástica. Duermo, y sin embargo una parte de mí sigue despierta y sobresaltada; abro los ojos de golpe en una lucha por librarme de los sueños. Estoy sola, ellos se fueron. Mi piel está roja, cubierta de ronchas, y brota la peste por todos los poros arrancando del brebaje repugnante.
Doña Herminda se aseguró bien de que nadie la espiaba. Atrancó la puerta con un palo de escoba y se asomó a la ventana, recorriendo con su vista el pequeño sitio rectangular de su propiedad: sus plantíos dispersos y ruines de choclos y tomates, la pirca, los terrenos baldíos que la seguían, los cerros estériles y resecos. Después de habitar allí por tantos años era todo suyo. Tomó la pala oxidada de la esquina de su pieza, bajo el colgajo de ollas y lavatorios, y luego de asegurarse nuevamente de su soledad mirando por la ventana. Más de una vez había sorprendido a la muchachita muda deslizarse detrás de la tapia para observarla. La gente hacía caso omiso de ella creyéndola idiota, pero cuando estuvo atendiéndola durante el sarampión, captó en el delirio su mirada de terror y sabiduría. Ni un alma ahora; solo el gato siesteando y las gallinas en eterno trajín.
Empezó a cavar en la tierra endurecida de su habitación. No; no sería tan tonta en exponer sus ahorros dejando la cajita al alcance de cualquiera, porque ese cualquiera se convertía aquí en ladrón apenas había algo que robar. Enterraría la primera cajita y luego sucesivamente así en hilera las otras, apenas fuera juntando más miles. Gracias a estos ahorros se cumplirían sus sueños de juntar un pequeño capital y meter al Mario en algún negocio, alejándolo del peligro de vegetar en esta podredumbre, y de la acostumbrada educación del rancherío; chiquillos rotosos, sucios.
La pala encontró resistencia en una piedra grandota, y la mujer la sacó escarbando porfiadamente con sus uñas largas y puntiagudas, que eran casi garras, instrumento y cuchillo. En la primera cajita había un billete grande y otros más pequeños. En esos papelitos hediondos y arrugados estaba escondido el esfuerzo de sus primeros años de trabajo. Su oficio era además un arte; una afición, una chispa clarividente. Su humilde lenguaje no acertaba con el nombre, pero lo sentía así. Curiosa, le decían las vecinas, entendida. Desde niña empezó su colección perfumada de hierbas y el estudio de sus virtudes y la creencia en sus poderes nunca la defraudó. Con fe se sumergía en el mar verde, olisco, de los pequeños dioses vegetales que aún secos escondían un tesoro curativo y que habían llegado hasta ella a través de las generaciones; remedios otros de su invención y que casi siempre resultaban.
Escarbando, rasguñando la tierra dura, se trasladó a sus recuerdos, al tiempo sombrío en que luchaba sola y valiente, dejando a su pequeño hijo oculto en la pieza para librarlo del mal de ojo. —“Herminda, usté que es tan curiosa por qué no viene a dar una miradita a mi niña pa’ver si tiene fiebre”—, …“Herminda, prepáreme una cataplasma p’al abuelo que s’ahoga de tos…”, “Herminda…”. Y luego el regreso ansioso a su rancho cargada de obsequios: duraznos, huevos, peinetas… El dinero vendría después. Ahora; ganado ya un respetuoso denominativo de “doña” y un título de “médica”.
Investigar, experimentar. Pensar en estas cosas era excitante, una droga mareadora que la arrastraba en un torbellino de ideas: si el moho apresura la cicatrización de las heridas, ¿por qué no hervir clavos cubiertos de herrumbre para una infusión? ¿Y si las telas de araña dan el mismo resultado por qué no agregar la araña misma? Cuestión de tener pana —se decía en su atrevida ignorancia. Las fiebres cuando no matan al paciente al fin se van solas, así, como llegaron. Pero ahora no se iban las endemoniadas sin dejarle unos billetitos en la alcancía, a más de las grandes sumas por los partos, el entablillado y compostura de huesos rotos, maniobras que para ella no eran misteriosas. Si se quiebra la pata de una silla se pone firme en su lugar y luego se amarra. Lo mismo hacía con los huesos: cuestión de lógica. En cuanto a los partos… más alharaca que nada: ayudar a sacar un niño que está empujando y tratando de salir por sí solo…
Se sentía segura de sus condiciones, de sus conocimientos.
Se arrodilló para tantear la fosa, el nido tibio y oscuro que había cavado con amor para guardar su pequeña fortuna.
—Yastá güena —se dijo y antes de sepultar la cajita, contó cuidadosamente su contenido sin olvidarse de la deuda del Lucas. Pronto le tocaría también el parto de la Rufina, la mocosa afuerina que apenas podía ya con su panza. —A esta no le cobraré nada —pensó en un rapto de desprendimiento, permitiéndose el lujo de hacer la caridad al igual que una gran señora.
Fue cubriendo el hoyo con rápidas paletadas, tratando de solucionar el problema de su próximo paciente: Daniel, el viejo sinvergüenza. Tenía la pierna hinchada y tumefacta, en una condensación tóxica y venenosa de
malos humores: ira, celos, prostitutas… —Al cabo tiene que reventar por alguna parte —se dijo—, y eso es lo que tiene el viejo, lo que tiene que botar antes de irse en paz para el otro mundo. Se hizo el propósito de llevar el cuchillo chico para hacerle un tajo en cruz luego de unas cataplasmas de jabón con guano de gallinas, con el objeto de madurar el absceso y librarlo de una buena cantidad de pus. Pus, su gran enemigo. Que triunfo era verla saltar en hediondo chorro amarillo blanquizco, dejando manos y ropa impregnadas con su olor característico. Y terminaría con un buen rocío de desinfectante. Esto para dejar contento al cliente, pues eso de los microbios eran pamplinas, invenciones. ¿Cómo no se van a ver? Cuestión de tener buena o mala mano, igual que para plantar. Lo del antiséptico era para darse importancia: “faramalla” de los hospitales. ¿Qué microbio podría esconderse así? —pensó al mirar sus lavatorios relucientes, sus superficies limpias y pulidas.
Se enderezó de golpe. Le pareció divisar por la ventana los ojos verdes que siempre la espiaban.
¿Qué busca esa chiquilla de mierda? Haciéndose la que no la había visto dejó caer con gran ceremonia un papelillo de bicarbonato en el vaso de limonada que tenía preparado, divirtiéndose con la sorpresa que le produciría este líquido burbujeante derramándose en hirviente cascada.
Los ojos curiosos se sintieron descubiertos y arrancaron. Se vio saltar las trenzas escuálidas sobre el borde de la tapia en su fuga.
Una de las primeras criaturas que ayudó a entrar en el mundo. Trabajo y aflicción la hizo pasar; venía de pie y por momentos temió destrozarlo. Cobró caro. Necesitaba en aquel entonces comprar todo un equipo escolar para el Mario que estaba por matricularse para el próximo año de la escuela. El viejo abuelo pagó hasta el último peso.
La Herminda volvió a tomar la pala y echó la última porción de tierra, que ahora sobraba formando un cúmulo más oscuro que el resto. Podría comprarse unos tablones para hacerse un suelo decente y ocultar mejor el entierro… Más adelante; eso de distraer plata la alejaba de sus fines y de su meta, ahora cercana. Con gran sacrificio, recorriendo kilómetros bajo la lluvia o el sol, su Mario terminaría la primaria. El nuevo negocio estaba dando espléndidos ingresos. Aunque cobraba poco, eran tantas y tantas. Antes practicó el aborto gratis, por practicar no más y por lástima, en recuerdo de su propio calvario y desamparo en iguales condiciones. Iguales no, porque ella era más fuerte y más sabia.
La estúpida mujer del Lucas se negó esta vez. Era así, llena de remilgos. En uno de sus partos hubo inconvenientes parecidos a los de la muda y salió el chiquillo descaderado y ya llevaba tres años enyesándose periódicamente en el hospital. Embarazada de nuevo, formó un escándalo de gritos cuando le llegó hora y apareció ella con su gran lavatorio y sus mejores intenciones. ¡El hospital!, gritaba revolcándose y dando cabezazos en el borde del lecho. —¡Quiero ir al hospital!— ¡No quiero otro hijo cojo! Hubo que sujetarla mientras todos sus chiquillos lloraban al unísono. El Lucas primero la abofeteó, pero al fin tuvo que ceder, y con la ayuda de un compadre partir con ella en brazos hasta el camino.
A veces se volvía ingrata la profesión… Culparla a ella era injusto.
Apisonó la tierra cuidadosamente con las tapillas carcomidas de sus tacos, tratando de olvidar ingratitudes, luego se cuidó de alisarla bien con la palma de su mano abierta y la roció con agua del balde como si fuera a dar una bendición de agua bendita. Encima del entierro puso nuevamente el viejo baúl de mimbre, el que se trajo del sur, y en donde guardaba ropa y paquetitos de hierbas secas, guano de gallina en polvo, piedras con imán que tenían poder contra los dolores reumáticos, el rosario largo que siempre la acompañó en sus excursiones al cerro y que a menudo lo usaba colgando de su cuello o del barrote del catre. Estaba bendito y la defendía del mal del ojo y mientras estuviera en su poder se sentía segura. Deseó usarlo ahora, y al abrir la tapa de mimbre se esparció por la pieza un olor vegetal y rancio, a pesebre.
Golpearon a la puerta.
—Pase —contestó, sacando el rosario y dejando caer la tapa de golpe. Apareció una mujercita de cara paliducha que se retorcía nerviosamente los dedos aferrados al cierre metálico de una cartera envejecida:
—Doña Herminda, yo venía a hablar una palabrita con usté…
—¿De dónde viene?
—De Puente Alto; allá me dieron la nombrá. Hay también en mi barrio una señora curiosa que entiende de too esto. Pero las habladurías…
—Aquí no hay cuidado m’hijita; nadie sabrá. Yo soy una tumba —y repitió las últimas palabras sin pensar en la cruel analogía que había en ellas. —Yo soy una tumba.
La meica la hizo sentarse y atrancó la puerta, después de corretear una gallina que se había colado. Eso era lo que quería: fama y clientela de otra parte, no la de este basural hediondo incapaz de pagar.
Observó un terroncillo de tierra suelta que se asomaba bajo una esquina del baúl. Trabajosa era la maniobra de cavar cada vez, por cada billete grande, pero valía la pena porque hasta en un incendio estaba allí segura.
Miró a la recién llegada: a sus treinta años y a su argollita de ilusión del dedo anular. Había que dejarla sincerarse.
—Cuénteme ahora m’hijita, qué le pasa —lo dijo imaginando de antemano la respuesta.
La distancia entre una casucha y la otra parecía más larga que la verdadera, entre tanto esquivar piedras y saltar pozas. En los amaneceres podía pensarse en un caserío abandonado; tranca en las puertas y ninguna señal de vida afuera. Los techos ridículos, hechizos, torcidos, manchando la esplendidez del panorama, de ese cielo enorme encerrado entre los cerros, tendido sobre el río saltarín y plomizo. Al aclarar empezaban a salir los madrugadores de los ranchos, como hormigas, con todo su arsenal de miseria, de tiestos viejos, de ropa sucia, de niños flacuchos y llorosos. Y luego los gritos, las recriminaciones, cortando el murmullo del agua y el de los árboles en la distancia, mecidos por la brisa. Las casuchas alejábanse de ellos amontonándose a la cruda luz del sol, asimétricas y buscando la proximidad del agua servida, su elemento vital.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.