Kitabı oku: «La última Hija de la Luna»

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GABRIELA TERRERA

La última Hijade la Luna


Terrera, Gabriela

La última hija de la Luna / Gabriela Terrera. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-1369-4

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

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Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Para mi “ILQA-PELUHEN-XURPU”

Diego

La última Hija de la Luna
I Familia de conciliación

Los amarres que sujetaban sus manos por encima de su cabeza y los que inmovilizaban sus pies, habían lacerado sus extremidades sin perturbar uno solo de sus sentimientos. El frondoso Árbol Perpetuo, el más antiguo jamás conocido, sostenía su espalda, sus labios hinchados y sangrantes testificaban la tortura a la que había sido expuesta, sin embargo, ella sonreía indiferente. El mar convulsionado y la furia del viento arrancaban las areniscas de entre las rocas, arena que castigaba sin piedad su cobriza piel. Estoica, había incrustado sus intensos ojos grises en la cima del Monte Ermitaño y detrás de toda esa magnificencia, podía apreciar también la extraordinaria belleza del despertar del Lago de Fuego… En ese instante, la tierra palpitó bajo sus pies.

—¡Basta! ¡Cúbranle los ojos! –gritó Eerka.

—No es necesario –intervino Fedalio–, esto va a terminar ahora y ella tiene que verlo, eres la última hija de la luna y no existirá otra, ¿qué se siente saberlo?

—Muchas palabras –dijo Eerka ostentando su daga, el filo reflejaba todos los destellos de la noche.

—Ustedes dos –vociferó Taghena antes de escupir a sus pies– dos poderosos hechiceros –clamó antes de sonreír desafiante–, han enredado sus mugrosos cuerpos por… ¿mí? Sus retorcidas mentes pensaron que así podían manipular a alguien como yo. ¿Qué tan poderosos creyeron ser…? No soy ni voy a ser la última…

—La podredumbre fermentó en tu alma y contaminó esta tierra, no se cometerán más errores, terrinos ojos de selva no son amenaza. –Fedalio incrustó su dedo índice sobre uno de los ojos de su hija–. Pero ojos grises no verán jamás un nuevo amanecer…

—¿Podredumbre? ¿Así me llamas ahora…? –preguntó Taghena escupiendo las palabras.

—Damos inicio… y damos fin –exclamó Eerka.

—Las sombras de las estrellas y el agua de arena lo saben, saben que los “cinco-hermanos” vienen –balbuceó Taghena mirando la lanza espejada y la oscura daga, luego levantó su cabeza–: ¡Tu sangre! –gritó mirando a Eerka–. ¡Y la tuya! –le susurró a Fedalio que aún oprimía uno de sus ojos–. “En un mismo útero convivirán los vientos y la naturaleza misma, la lava y el mar, todos cobijados bajo la luna… revelando el inicio del fin… Y la maldita sangre que brotó de la lava y la maldita sangre que vino del mar… desaparecerán”. –El viento calmó su furia y el mar se tragó las olas, los ríos de fuego que corrían por las laderas se enfriaron al instante, caballos y aves cayeron en trance–. ¡Lo dicho, hecho está! –balbuceó sonriente. Eerka y Fedalio cruzaron sus desesperadas miradas, todos a su alrededor, silenciosos testigos de aquellas palabras, permanecieron inmóviles y horrorizados.

—¡El inicio del fin será! –gritaron Fedalio y Eerka.

—Acabas de condenar a los tuyos… –vociferó Fedalio mientras incrustaba en su propia mano, la daga de Eerka, la sangre recorría por sus dedos y antes de que la primera gota llegara a sus pies, arrojó su khármazo–: “el nacimiento de un retoño de luna secará los úteros de toda terrina que habite estos suelos”.

—Yo puedo lanzar mi khármazo para toda la eternidad –dijo Taghena sonriente –, pero bien sabes que ustedes no, no pueden hacerlo –murmuró, aunque ya no sonreía–, deben darle un principio y un fin o se volverá contra ustedes.

—“La condena llegará a su fin cuando de esta tierra broten hombre y mujer ojos de selva… –Eerka laceró su dedo con el filo de la lanza punta de espejo de Fedalio–. Genuina Estirpe de Mar, ella… y auténtica Sangre de Lava, él –sentenció golpeando su pecho– y ambos elijan encausar esa sangre de linajes ancestrales en la misma vertiente de este Árbol Perpetuo… solo así… de entre los terrinos, hijos vivos volverán a nacer”.

—Les aseguro… les aseguro… –repitió desahuciada Taghena, pero había quedado sin palabras, comprendía la perfección del khármazo, terrinos ojos de selva jamás podrían tener Sangre de Lava o de mar. Un eterno instante de desesperación atravesó su alma y… lo vio: un blanquecino caracol incrustado en sedimentos de roca fundida, «mar y lava» pensó. Logró soltar sus manos y, con sus tobillos aún atrapados, se arrojó hacia el pequeño tesoro y como destellos en la oscuridad, antiguas palabras invadieron su mente y su espíritu, llenó sus pulmones con el aire marino y un susurro estalló dentro del hueco de aquel caparazón–: “ILQA-PELUHEN-XURPU”. –Fedalio y Eerka habían apoyado sus pies sobre la espalda de Taghena, ella giró para mirar sus rostros–. ¡Lo dicho, hecho está! –vociferó desafiante y triunfadora antes de que daga y lanza atravesaran su corazón.

Conciliación

Poco importaba cuántas veces se lo habían prometido, el tiempo, fiel aliado del olvido y único dueño de aquellas palabras pronunciadas desde la inocencia, juzgó necesario convertirlas en escuetos suspiros esparcidos por el aire. Crecer fue inevitable y olvidar, su estrategia de supervivencia. El delicado caracol acababa de caer para romper en pedazos acaso sus últimos recuerdos, un instante bastó para que las jóvenes quedaran atrapadas en esos fragmentos nacarados que se desprendían presurosos y volátiles, el caparazón parecía dejar escapar tiempos efímeros de una vida que no fue.

—Gran, gran y torpe mezcolanza. Dame tu mano –dijo Eleutonia sin mirarla, en voz baja, sonriendo–. ¿Sabes que tengo que hacerlo?, porque lo sabes ¿no? Esas son las reglas. –Y con maligna sutileza, recogió un puntiagudo fragmento blanquecino.

Yllawie extendió su mano, sin miedo y con firmeza, sus memorias la llevaron (sin su permiso) hacia aquél extraño día en la playa donde imágenes intrusas se mezclaban difusas: dos niñas, juegos, maravilloso resplandor de nácar y roca oscura con preciosos destellos de estrellas. «Yo escuché las voces, Tonia, no», se dijo serenando su espíritu. ¿Ese tiempo había existido, había sido real? Su mente tejía redes de dudas, sus pensamientos no dejaban de recordarle el rostro sonriente de su otrora pequeña amiga-hermana que ahora sostenía su mano, una niña de rizos desprolijos, a quien ella misma solía trenzar con cariño. Un repentino dolor la regresó a la inmensa habitación donde se vio parada con su sucia mano extendida sobre la de Eleutonia, dolencia que le exprimía las entrañas. Tragó la saliva contenida para no soltar ninguna de sus lágrimas oprimidas, no iba a dárselas, no iba a regalarle ni una de sus preciadas lágrimas… con el orgullo intacto logró evitar que rodasen, pero sus ojos, sus verdes y maravillosos ojos, dejaron asomar una vítrea capa acuosa, eso no lo pudo impedir.

—Ahora ve a limpiarte, no quiero que ensucies mi tapiz. –Sonrió burlona Eleutonia, dos gotas de sangre se habían estampado en sus sábanas–. Me dejas este desastre y lo tengo que limpiar –dijo con desprecio mientras sacudía sus dedos como quien intenta espantarse una mosca de la cara. Yllawie quiso retirarse–. ¡Parece que hoy te olvidaste todas las reglas! –exclamó despreciable.

—Eleutonia, ¿me das tu permiso?

—Toma mi pañuelo –pronunció Enufemia, con la suavidad y dulzura que caracterizaban su comportamiento, Yllawie envolvió su mano y el delicado pañuelo absorbió el resto de la sangre–. Dámelo Lawy, yo lo voy a lavar, no te preocupes.

—Femy, la revancha va a ser como la miel –dijo Yllawie dirigiéndose a la menor de las hermanas y le sonrió antes de marcharse.

—Maldigo el día que regresó. A estos híbridos hay que demostrarles cuál es la verdad, son cortos de aquí –vociferó Eleutonia señalando con su dedo meñique a la altura de su sien.

—No hables así. –La reprendió Enufemia, su voz era suave y cortés–. Híbridos son los animales, no tienes por qué ofenderla y no hay que demostrar nada, no repitas las palabras del abuelo. Sin embargo, a mí me alegró que haya regresado, Tonia… ustedes eran como hermanas, ¿qué fue lo que te pasó?

—¡Mi siempre dulce Femita! ¿Le tienes aprecio a los estorbos de la casa? –Aunque Yllawie ya no estaba entre ellas, Eleutonia insistía con sus términos despectivos pues siempre disfrutaba de robarle un adorable enojo a Enufemia–. ¿Hermanas? ¡Jamás! Fue una absurda idea de mamá…

—No tienes por qué ofenderla, sabes que hoy es su celebración.

Enufemia caminó en dirección a la ventana y observó a Yllawie dirigirse hacia el bebedero de los animales, veía cómo sus labios se movían intermitentemente mientras realizaba rituales con sus brazos, pero toda su atención había quedado magnetizada por la imagen de Lonkkah que enterraba algunos desperdicios, unos pasos detrás de ella, lo vio arrojar el palustre para sumarse al improvisado rito de manos de Yllawie, ambos lanzaban al aire, movimientos sincronizados con sus brazos mientras mantenían sus párpados cerrados, concentrados en algún rezo. Enufemia solo tenía ojos para él, «estoy segura de que eres tú», se repitió al verlo. Lonkkah abrió sus ojos y su mirada se incrustó en ella. Asustada, la joven giró su cabeza para asegurarse de que su hermana no había visto nada… los primeros destellos del alba se reflejaron en sus intensos ojos añiles. Eleutonia amaba esos ojos, todo verdadero navegante los tenía, también ella, aunque jamás podía verse los propios… A veces, el tímido y casi prohibido reflejo de la platería recién pulida le devolvía retazos de su fisonomía: delicada piel negra, prominentes labios, destellos de mar en el iris de sus ojos, abundante cabellera enmarañada... Solo retazos, ningún reflejo pudo mostrarle jamás el marco completo.

—¿Qué sucede, Femy? Se te cortó la respiración –sentenció Eleutonia, indiferente a los exaltados sentimientos de Enufemia, intentó acercarse a la ventana, pero se encontró ante la firme resistencia de su hermana impidiéndole el paso.

—Está bien, Tonia, no necesitas explicarme. –Enufemia solo quería alejarla de la ventana.

—¿Te enojaste porque la traté así…? Hermanita, no te molestes, de seguro ma-Kan… de seguro su abuela le preparó su desayuno de festejo y tendremos que comernos esa porquería. –Su hermana la miraba sin ninguna expresión–. ¿Qué? ¡Es verdad!

—No estoy enojada.

—¡Femy! –exclamó sin mirarla a los ojos. Se acercó hacia su dulce acusadora, le recogió sus negros cabellos rizados y susurrándole al odio, le dijo–: No te enojes, no recordé lo de su celebración.

Sí lo recordaba, como también sabía cuánto significaba para Yllawie las promesas y aquel delicado caracol que siendo niña había encontrado alguna vez en las playas de rocas; Yllawie lo había “sentido” bajo sus pies y supo dónde buscarlo siguiendo los susurros, voces que Eleutonia nunca escuchó. Sin embargo, la niña navegante se lo había apropiado, considerándolo suyo por derecho, por su Estirpe de Mar y porque aquél mismo día, Yllawie había desaparecido “tragada” por las olas. Años más tarde, después de su misterioso regreso, ambas decidieron guardar en él, inocentes juramentos rubricados con sus cabellos entrelazados, ofreciendo promesas de fraternidad según los mandatos de un viejo y antiguo rito navegante. Con el tiempo, aquél caparazón nacarado demostró ser un inútil representante de una inexistente hermandad, frágil y endeble, un vínculo que intentó forjarse en una época de transformaciones y utopías, ese lazo (como el caracol) no era inquebrantable y lo que resguardaba, no fue eterno.

—¿Qué es este desastre? –preguntó Regildo irrumpiendo en la habitación de sus primas, de un solo salto, se había arrojado sobre de la cama.

—Reshi, ten cuidado, no traes calzado y en el suelo hay… –atinó a decir Enufemia, pero él ya lo había advertido.

—¿Por qué lo llamas así? –manifestó Eleutonia–. Es apodo de…

—¡Me encanta cuando mi dulce prima me llama así! –dijo sonriente guiñándole uno de sus ojos a Femy mientras extendía su mano hacia los pedazos esparcidos al lado de la cama. Levantó uno y continuó–: ¿Acaso es la “coraza de las promesas”? –Y sonrió burlón.

—Te gusta ese apodo porque la terrina te lo dio –vociferó Eleutonia molesta.

—Tú también lo usabas –respondió él, su encantadora sonrisa se había esfumado– y un día, de la nada, lo olvidaste… ahora crees que es despreciable, en cambio para mí Reshi es…

—Vamos a desayunar –lo interrumpió Eleutonia–, hoy debemos preparar el estómago, hay comida para puercos. –Volteó y observó las miradas inquisidoras de su hermana y de su primo–. ¿Qué...? Hoy están insufribles los dos.

El nacimiento de Yllawie había ocurrido en alguno de los días de “Sol Flamante”, época del año en la que los campos se llenan de flores y el clima cálido acaricia las colinas al amanecer, estación de la flor de sacua’oche, por eso, su celebración debía festejarse antes de que iniciara “Sol Ardiente”, el bimestre de los días más largos. En esta ocasión se trataba de un doble festejo, Yllawie retornaba a los trabajos de las huertas después de muchos años, Kanki había adornado el salón con la flor favorita de su nieta amparada, aquélla con la que su propia madre solía embellecer la pequeña casilla donde vivían y de lo cual, Yllawie no tenía recuerdos.

Apenas ingresados al salón, el perfume de vainillas y almendras los embriagó. Enufemia inspiró aquel fascinante aroma, sus labios mostraban una luminosa y sonriente felicidad.

—Yo también hago lo mismo, querida nieta, adoro esta esencia –expresó Beasilia mientras se dirigía hacia su asiento.

—Buenos días, Abusilia –le dijo Regildo rodeándole el cuello con sus brazos.

—Ya pueden sentarse –ordenó impaciente Serjancio–, llevamos tiempo esperándote, Beasilia.

Ambas familias habían adoptado la costumbre de aguardar respetuosos a que Beasilia diese el primer paso para comenzar. Serjancio observó los lugares vacíos, en especial el de su izquierda e intentó comentar algo, pero su esposa se anticipó a lo que sea que hubiera estado por decir.

—No es a mí a quien deben esperar hoy –aclaró la mujer al tiempo que, con un delicado ademan, les otorgaba permiso para sentarse.

—¡Buena mañana para todos! –exclamó entusiasmada Yllawie–. Perdón por el retraso, Abusilia, es que…

Serjancio la interrumpió arrastrado la silla para incorporarse y de esta manera, hacer notar su evidente malestar, pero no era la tardanza el motivo de su fastidio, a su entender, su esposa merecía respeto en el trato, el cariñoso mote de “Abusilia” solo estaba permitido a sus nietos, una de las tantas reglas que cada familia se había comprometido a respetar. Carraspeó vigorosamente tapándose los labios con la palma de su mano abierta, Eleutonia sonreía detrás de una fina servilleta. Lonkkah giró su cabeza para mirarla desafiante y altanero, intentando controlar toda su ira en sus puños cerrados cruzados detrás de su espalda.

—Compartimos la mesa por respeto a la ley pactada y, aunque moramos bajo un mismo techo, no tienen derecho a usar nuestros apelativos más íntimos, los cuales están reservados para la familia –dijo el hombre en un tono seco y agrio–. Para ti, es la señora Beasilia, creo haberlo dejado claro. –Su esposa, en un afán por tranquilizarlo, colocó su mano sobre la de él.

—Está bien, Serjancio –dijo ella, pero él se quitó la mano de Beasilia de una manera torpe y violenta.

—Yllawie tan solo pretende… –Intentó explicar Lonkkah, pero Serjancio no permitió que continuara.

—¡No te estoy pidiendo explicaciones! –exclamó sin mirarlo.

—¡Abuelo, por favor! –intervino Regildo–. Es un día diferente, es un tiempo diferente… nadie quiere cambiar las cosas, hoy…

—¡Imbécil, cierra esa estúpida boca, inútil inservible! ¿Por qué al menos no intentas ser la sombra de Rufanio? –Casi por instinto, había clavado en la mesa el cuchillo que tenía en sus manos.

—Ni siquiera sabemos si es su cumpleaños, los mezclados solo saben en qué luna brillante nacieron, sin embargo, nos condenan a este trágico desayuno para celebrar ¿qué? –agregó Eleutonia con esa malevolencia que no intentaba disimular mientras le dirigía una socarrona sonrisa a Lonkkah–. Y que regresó, nos vimos en cada intercambio…

—Eleutonia –dijo Kanki sin levantar la voz–, la estufa aún está encendida en la cocina, hay huevos, tocino ahumado, tomates verdes frescos. –Y continuó hablando mientras se acercaba hacia Serjancio quien permanecía de pie aferrado al cuchillo–. ¿Me permite? –pronunció y, apartándole los dedos, asió el cuchillo para colocarlo al lado del plato. Luego agregó–: Yo también le recuerdo al señor Serjancio que tanto usted, como sus nietos y su esposa, tienen completa libertad de prepararse el desayuno que les place, la mesa de la cocina está limpia y ordenada tal cual la has dejado anoche –dijo mirando a Eleutonia directo a los ojos–. ¡Ah! –exclamó como quien acaba de recordar algo–. También hay mantequilla y mermelada de higos… mis dulces niños, a mí no me molesta que me llamen ma-Kanki.

Y antes de regresar a su lugar, apoyó sus manos sobre los hombros de su nieto empujándolos hacia abajo, Lonkkah intentó resistir, pero ella apretó con más fuerza… él tuvo que sentarse.

Serjancio también se sentó calmado y en silencio. Beasilia no quiso emitir su acuerdo o desacuerdo, por fuerza, debía compartir la misma opinión que su marido. De manera cíclica, este frágil equilibrio impuesto tiempo atrás, amenazaba con romperse y el pacto, como sus cimientos, se desmoronaba de manera casi imperceptible sin que nadie pudiera anticipar o advertir aquel inevitable derrumbe final.

Los Pactos de Conciliación, lejos de alcanzar su principal objetivo de lograr una cordial convivencia, habían desencadenado muchas cuestiones dormidas, no solo se trataba de una nueva ley que ordenaba la coexistencia entre familias de navegantes y terrinos, sino que también exigía un mutuo compromiso en armonía y pacífica tolerancia bajo un mismo techo. Entre otras tantas, se había decretado como normativa inexpugnable, el envío a Refugio del Mar, de al menos dos integrantes de cada linaje, que actuarían como emisarios colaboradores al servicio de esta flamante sociedad (inexperta sociedad) que necesitaba de todos para resguardar la paz, para recuperar y proteger los beneficios de la tierra-madre, pero, por sobre todo, para conformar un sistema de defensa contra los continuos y despiadados ataques de un enemigo en común, los sanguinarios. Los Pactos habían dado inicio a una forma de vida absolutamente desconocida para todos por igual, para la familia de Serjancio, implicó despedirse de su hija Misadora y de su yerno Nemecino, mientras que para la familia de Xunnel, significó dejar ir a su nuera Taymah y a su hijo Kemmel.

Misadora fue una de las primeras en anticiparse a los cambios e introducirlos en su familia, mucho antes de los Pactos. Su madre Beasilia demostró resignación y aceptó las reglas cansada de tantos conflictos, de tantas pérdidas; su vida entera, como la de todos, había transcurrido entre hostilidades y consideró que era tiempo de ceder aún sin saber cómo sentirse con respecto a los cambios, eligió ceder porque la única forma de vida que conocía ya le había arrebatado a dos de sus tres hijos: el mayor, Mordano, padre de Rufanio y Regildo, muerto tras una larga agonía a causa de las heridas sufridas durante uno de los innumerables ataques a la huerta por parte de sus enemigos, embestida en la que también había fallecido su nuera y madre de los niños… Ceder porque su corazón todavía cargaba el dolor de la pérdida de su hija menor, desaparecida de niña, presumiblemente muerta en manos de los sanguinarios; para estos tiempos, solo tenía consigo a Misadora, madre de sus hermosas nietas, entonces prefirió verla partir lejos de ella a la idea de no verla nunca más. Beasilia debía convivir con sus temores internos cada vez que reflexionaba sobre la mala fortuna de familias amigas que habían perdido todo su linaje, aquel era un miedo que la paralizaba por completo pues, perder a toda su descendencia, era la única consecuencia que no estaba dispuesta a aceptar.

En la mesa abundaba el pastel de carne de cordero, Kanki había colocado al frente de cada plato, una sabrosa salsa de naranjas agrias, tomate y ajo triturados en aceite de almendras y su correspondiente pan de maíz encebollado; en el centro de la mesa, la olla gigante con el escabeche caliente emanaba el exquisito aroma de la vinagreta de manzana. El café, el cacao recién macerado, las tostadas de pan de maíz, el quesillo y la leche de cabra habían quedado de lado y muy bien acomodados en la mesa adicional, junto a la entrada de la cocina.

Aunque faltaban comensales, Beasilia probó el pan de cebollas, acto que les otorgaba el permiso de comenzar a desayunarse, se trataba de una de las tantas costumbres de los navegantes que siempre maravillaba a Yllawie. Cuando no estaban exigidos a compartir la mesa con su familia de conciliación, los terrinos no tenían ceremonias, no esperaban el permiso de nadie para comenzar a comer, ni siquiera se sentían obligados a usar los utensilios.

—¡Torpe y estúpido híbrido! ¡Me acabas de quemar la mano, inútil hijo de esta tierra maldita! ¡Abuelo… abuelo, mira mi mano! ¿Vas a hacer algo? –gritó ofuscada Eleutonia.

—Lo siento, no había notado tu brazo ahí –se lamentó Lonkkah–, creo que intentabas recoger algo de la mesa mientras yo apoyaba la olla. –Aunque se esforzaba, sus falsas y tibias palabras apenas se asemejaban a un intento de disculpas–. Ni siquiera había reparado que estabas a mi lado.

El matrimonio tenía una pétrea expresión casi conjugada, sus entrecejos fruncidos acentuaban aún más los surcos alrededor de sus ojos, en contraste, la lozana expresión de Kanki invitaba a mantener esa calma que se les estaba esfumando de las manos.

—¡Ma-Kanki, ma-Kanki! –gritó Neyhtena que acababa de ingresar al salón rompiendo la tensa y casi desesperante quietud–. Cortamos más flores de sacua’oche para Yllawie. –Agitada, la niña sonreía dejando ver sus enormes dientes desprolijos mientras exclamaba feliz–: ¡He llegado primera, siempre un paso adelante!

—¡Neyhtena, amor de la abuela! –silenció Kanki con su acostumbrada amabilidad–. No grites, ¿donde están tus hermanos? Les he encomendado esa tarea muy temprano, se supone que ya debían estar de regreso –dijo mientras le recibía las flores y la acompañaba a su silla.

—¡Yllawie… Yllawie, no le creas! ¡Yo las encontré… yo las corté! –gritó Chayhton irrumpiendo en el salón comedor a los empujones con Wayhkkan quien no había dicho nada, como siempre.

Chayhton emitía alaridos ensordecedores mientras Wayhkkan corría delante de él con su sonrisa burlona dando vueltas alrededor de la mesa esquivando los manotazos de su hermano. El berrinche era ensordecedor, Yllawie intentó aquietarlos cuando cruzaron por detrás de su silla, pero había resultado inútil. Wayhkkan, en su carrera ciega y desenfrenada, de repente tropezó con la pata de una de las butacas, Lonkkah, aún sentado, estiró su brazo y logró atraparlo, pero sin evitar que ambos cayeran de espaldas sobre el respaldo de su asiento, en su pecho estaba a salvo su pequeño hermano con el botín a salvo… y su sonrisa triunfante.

—¡Feliz celebración, Yllawie, las he cortado para vos! –dijo Chayhton anticipándose a los gestos de su hermano.

Los ojos de Wayhkkan, de musgo renegrido, expresaban inocencia, mal humor y tristeza; furioso, se incorporó del suelo negando con su cabeza las palabras de su hermano, jamás había dejado de apretar su dedo índice contra su pecho.

—¡Dice que él mismo las cortó para su vos, Lawy! –soltó Neyhtena con picardía, luego el niño hizo otros gestos con sus manos y sus labios–. Dice que nos alegra mucho que hayas vuelto con nosotros.

—Yo sé que han sido los dos –apaciguó Yllawie acariciando el moreno rostro de Wayhkkan–. Gracias, también estoy feliz de haber regresado.

—¡Sí… y un día vas a ser mi novia! ¿No verdad, Yllawie? –dijo Chayhton, serio y convencido de una respuesta afirmativa.

—¡Esos profundos ojos son míos, solo míos! –Sonrió Yllawie–. De nadie más…

Kanki los invitó a tomar sus lugares en la mesa, ellos se ubicaron entre Yllawie y Lonkkah, obligando a éste (y a Eleutonia) a desplazarse tres lugares, en dirección a Beasilia, quien también tuvo que deslizar su asiento hacia su marido, visiblemente molesto por casi toda la situación. Wayhkkan extendió sus manos sobre los alimentos, los demás soltaron sus cubiertos e hicieron una pausa, era su rito personal en el que solicitaba el permiso de los animales que habían brindado sus cuerpos como alimento, agradecía a la tierra-madre por su generosidad y se comprometía a honrarlos en su propio cuerpo, su mano derecha iba hacia la mesa y su mano izquierda regresaba a su pecho. Kanki, Yllawie, Lonkkah y los niños realizaban el movimiento con él, «soy parte de ustedes, ustedes son parte de mí» repetían en silencio durante sus rezos. Enufemia le sonreía a Yllawie, alguna vez le había confesado que, internamente, sus manos también acompañaban el ritual, el resto de su familia quedaba casi por fuerza, en un respetuoso mutismo.

—Permiso, voy a colocarme un paño frío en la mano –dijo Eleutonia una vez finalizado el rito. Serjancio bajó su cabeza en dirección a las manos de su esposa, mirándola sin mirar, ella se puso de pie para acompañar a su nieta.

—Voy contigo, Tonia, vayamos a cortar sábila para tu mano. Femy, ¿vienes? –preguntó su abuela casi susurrando.

Enufemia no había demostrado ningún interés en acompañarlas, estaba disfrutando de su desayuno, era el único y preciado momento del día en el que podía estar cerca de Lonkkah, aunque nunca cruzaban una palabra y él quizá jamás notara su presencia, ella le había declarado a Yllawie que siempre esperaba esos escasos instantes para guardarlos y encerrarlos en su corazón.

—¡Enufemia, acompaña a tu abuela! –ordenó Serjancio que también quería encontrar alguna excusa para retirarse de la mesa. La joven se vio obligada a levantarse, cabizbaja (furiosa) pidió permiso para abandonar la sala. Yllawie tapó sus labios con la servilleta y carraspeó casi sonriendo:

—Femy, lo había dicho, te había dicho que iba a ser dulce como la miel –murmuró Yllawie y sonrió.

Enufemia le devolvió una mueca casi imperceptible, no pretendía quedar en evidencia ante su abuelo, al retirar la mirada del rostro de Yllawie se encontró con los inexpresivos ojos de Lonkkah dirigidos hacia ella, por segunda vez en el día, esos magnéticos ojos verdes le cortaban la respiración. Regildo cubrió gentilmente el desayuno de su prima sin mirar a su abuelo, sabía que estaba desafiándolo y disfrutaba de hacerlo.

—Chayhton intentó trepar más allá de las cuevas –soltó Neyhtena como un balde de agua fría recién extraída. Todos enmudecieron–. Wayhkkan lo siguió… yo quedé protegiéndolos desde abajo –dijo mientras realizaba lo que ella llamaba su “señal de protección”, las yemas de sus pulgares tocaban las puntas de sus dedos mayores.

—Yo soy fuego y rocas en la montaña –les recordó Chayhton con templanza–, los collados no van a vencerme nunca y él es el sagrado –dijo señalando a su hermano–, la tierra-madre no lo va a dañar, la tierra-madre le pide permiso para amanecer y los animales despiertan después de tu primer bostezo, ¿no verdad? –Wayhkkan asintió con su cabeza. Luego chocaron los nudillos de sus meñiques sin mirarse, justo por delante de la nariz de su hermana que se había ubicado entre ellos–. Dicen que fue un pu’rumá que quiso devorarlo al nacer… ya sabemos que lo que haya sido, no logró su cometido, ¿no verdad, hermano? –Wayhkkan descubrió su cuello para dejar ver la delgada cicatriz que le atravesaba la piel a la altura de su garganta–. Ella te protegió –continuó Chayhton señalando a su hermana con una cuchara–, ella es la mística que te protegió y nos protege, como siempre lo va a hacer.

—Somos los de los ojos de… Los hijos de la montaña, los invencibles –dijo Neyhtena y giró a su derecha para darle un beso en la mejilla a Chayhton y luego giró a su izquierda para hacer lo mismo con Wayhkkan.

Kanki carraspeó con firmeza… los tres soltaron sus cubiertos y dejaron de masticar, la niña aún tenía sus cachetes inflados por la comida que acababa de meter a su boca justo después de su último comentario.

—Están en problemas y no me canso de decirles –masculló Yllawie entre dientes.

—Sus nombres no les otorga poderes y cometiendo esas torpezas no los honran ni honran esta tierra ni mucho menos respetan lo que ustedes significan para los nuestros –clamó Kanki.

—¡Ay, por favor! –increpó Serjancio en señal de hartazgo–. No tengo por qué escuchar esto, “hijos de la montaña”. Vamos, Regildo, preparemos un poco de tocino y huevos en la cocina, ya fue suficiente.

—Abuelo… yo… –balbuceó su nieto, pero el resto de las palabras no aparecieron.

—Está bien, Reshi, puedes retirarte, debes ir con tu abuelo. Tenemos que terminar este embrollo familiar de los triniños… otra vez –lo excusó Yllawie.

—Ma-Kanki, todo estuvo delicioso –dijo Regildo tomando la mano derecha de la mujer para besársela.

—¿Y a mí? –gritó sonriente Neyhtena levantando su pequeña mano.

—Todo un placer, aparte… no quiero que me embrujes –Regildo recogió con gentileza su manita y se la acercó a sus labios.

—¡Jamás te voy a hechizar, sos mi caballero! Ahora a Yllawie… besa la mano de Yllawie.

Lonkkah se puso de pie interponiéndose en su camino:

—Niños, ma-Kanki no ha terminado de hablar, la han interrumpido groseramente –dijo sin dejar de mirar a Regildo.

—Hijo, ¿puedes sentarte? –intervino Kanki acariciando los cabellos despeinados de Lonkkah–. Tienes razón, no he terminado. Regildo, ve con tu abuelo, sos muy amable, pero ahora tengo que arreglar unos asuntos con los niños. –Y se le acercó para devolverle un dulce beso en la frente.

—Permiso, ma-Kanki, niños… –dijo con amabilidad y se despidió realizando un ademán de cortesía con su cabeza.

—Regildo, devuélveselo –exclamó sonriente Neyhtena– o dámelo a mí, yo lo guardo.

Él detuvo su marcha sin voltear, pero continuó caminando dubitativo hacia la cocina, sorprendido.

—Lonkkah, ¡por favor! Debes dejar de actuar así, él no es el enemigo –pronunció Yllawie con rigor.

—¡Nadie lo es! –interrumpió Kanki–. Nadie es nuestro enemigo, lo que hacen ustedes tres… eso sí lo es, están desafiando a nuestro futuro. Mis hijos y toda la generación de últimos padres y madres se están esforzando para que esta conciliación funcione junto a los padres de ellos –dijo señalando en dirección a la cocina–, aun así, sabemos… sabemos que todos ellos están esperando nuestra decadencia, esperan pacientes que todos y cada uno de nosotros… –No lo pudo decir, esas palabras quemaban en su garganta.

—Ma-Kanki, no llores –dijo Chayhton–, no vamos a desaparecer, míranos… somos la predicción que todos intentan ocultar, tenemos los ojos de cenizas –susurró, aunque la tonalidad de sus ojos era lo más alejado al grisáceo de las cenizas o al opacado brillo de algún cristal.

—¡Basta, Chay! ¿De qué hablan todos, futuro? ¿Qué futuro…? –gritó exasperado Lonkkah–. Nacimos condenados, navegantes que llegaron a estas tierras para arrasarlo todo y sanguinarios todavía más devastadores que nos aniquilaron sin piedad. Nuestra estirpe es… ¿qué es? Unos y otros nos odian, la violencia fue entre ellos y eso es lo que somos para ellos, una consecuencia denigrada. Y para colmo de todos los males, dicen que una Hija de la Luna nos ha condenado, eso es lo que somos, una raza sin origen y sin…

—¡No! –gritó Kanki y llevó sus manos temblorosas a sus labios, cerró sus ojos e inspiró profundo–. No quiero que lo repitas. –Tenía sus ojos inundados de rabia, impotencia… desilusión.

—¡Ma, querida ma! –murmuró Lonkkah y abrazó a su abuela con todas sus fuerzas, la sobrepasaba por una cabeza y le bastaba uno solo de sus brazos para envolver a aquella frágil mujer–. No es lo que yo pienso, mejor que nadie sabes lo que siento… Sé que no estamos predestinados, pero también sé que no encajamos aquí, con ellos, no de esta manera –dijo en voz alta casi desahogándose con el destino, luego vociferó furioso–: ¡No de esta manera… no así!

Wayhkkan se levantó, cruzó su dedo índice sobre sus labios cerrados y colocó su otro índice en los labios de Lonkkah, después tomó las manos de su abuela e hizo que lo mirara, el niño realizaba gestos y señas, sus hermanos comenzaron a interpretarlo en voz alta.

—Fuimos a buscar a los otros dos, los collados nos están llamando –comenzó “a traducir” Neyhtena–, algo sucedió esta mañana, fue como una bocanada que nos empujó –dijo la niña– lo sentimos los tres al mismo tiempo y… la bocanada también los alcanzó a ellos…

—Somos los cinconiños ojos de cristal, ojos de cenizas –continuó Chayhton, aunque sus ojos eran como el musgo añejado de los árboles, estas palabras ya no perturbaban Yllawie, las había escuchado tantas veces que terminó acostumbrándose a ellas–. Por eso quisieron eliminarnos –expresó el niño.

Wayhkkan no había soltado la quijada de Kanki, luego se señaló en el centro de su pecho y rozó con su índice su cicatriz.

—«Comenzaron conmigo» –murmuró la niña interpretando a su hermano.

—Sus gritos y alaridos, antes de enmudecer para siempre, nos salvó a los demás –dijo por sí mismo Chayhton–. No teman por lo que nos pueda pasar, ese día, un niño atrevido como nosotros que había salido a cazar con su abuelo, nos encontró porque así debía ser. –Sonrió mirando a Lonkkah, Wayhkkan cruzó sus brazos sobre su pecho y señaló al muchacho.

—Y se convirtió en nuestro hermano porque su abuelo nos amparó y ahora es nuestro pa-Xunnel –concluyó la pequeña.

—Solo estaban ustedes tres, no cinco, Ney, ningún otro rastro… ni de su madre ni de... Ya les he contado esa historia –suspiró Lonkkah ofuscado–, fue el pu’rumá, pa-Xunnel siguió los rastros de la bestia, rastros que se perdieron entre las malezas y las rocas de aquella cueva. Nadie comenzó con vos, Kkan… Y soy yo el que los protege –dijo mirando con ternura a la niña–. Ven aquí –murmuró, la levantó con sus brazos para sentarla sobre su cuello, las piernas quedaron colgadas sobre su pecho–, deja de decir que ese navegante es tu caballero, ¿caballero? Estúpida palabra de navegante… soy tu hermano, tu caballero si quieres, tu protector, no vuelvas a partirme así el corazón.

—Ese día… las voces te llevaron a encontrarnos –dijo la niña que había arqueado su espalda para susurrárselo al oído, un sudor frío corrió por el cuerpo del muchacho–. Esas mismas voces vinieron por nosotros hoy, estábamos en las colinas… y las escuchamos.

—¡Lo único real aquí y ahora es…! –interrumpió enérgicamente Kanki luego de secarse las lágrimas–. Es que el “poderoso señor del fuego” va a limpiar lo que ha quedado de este desayuno, con “sagrada actitud” te ayudará Kkan –continuó irónica, y, dirigiéndose hacia la niña, le sugirió–: fíjate si encuentras “algún hechizo” que los haga terminar rápido porque antes de que la sombra del bebedero llegue a la cocina, tu abuela y tus hermanos debemos emprender la marcha. ¡Vamos, vamos…! Hay que alimentar a los animales, de prisa, se aproxima el intercambio, los bolsos no se arman solos.

—Ma-Kanki, es… es demasiado, yo los ayudo –dijo Yllawie compadeciéndose de sus pequeños hermanos, Wayhkkan la tomó del brazo y negó con su cabeza, juntó sus cinco dedos, besó las puntas y abrió su mano sonriendo.

—Es nuestra tarea –suspiró Chayhton– no te preocupes, es tu día de celebración, recogeremos todas las flores y las llevaremos a tu habitación.

—Gracias, Chay –respondió Yllawie antes de besar su tierna mejilla. Después se inclinó, tomó las manos de Wayhkkan y también besó sus mejillas–: Gracias, Kkan, son bellísimas, quiero que las coloques en mi almohada. –Sus manos apartaron una de las flores y, mirando a los niños, rogó–: Obséquienle ésta a Satynka cuando le lleves el desayuno.

Luego se incorporó para besar a la niña que continuaba sobre los hombros de Lonkkah.

—Vamos, un beso para Ney también –dijo él desafiándola con picardía.

Lonkkah se acercó a Yllawie y tuvo que flexionar una de sus rodillas para quedar frente a su rostro, la amaba y amaba hacer estos juegos para ella, aunque siempre recibía una actitud apática de su parte, continuaba haciéndolo a pesar de que esa indiferencia era una daga sin filo que laceraba su pecho desvalido.

Yllawie también adoraba estos juegos, casi podía sentir cómo se detenía su corazón cada vez que él la miraba, pero ella jamás había exteriorizado el estremecimiento que él provocaba en todo su ser, entendía que no debía sucumbir ante estos “impuros sentimientos”, palabras que su familia navegante había marcado con fuego en su espíritu. Kanki sonreía pues conocía lo que habitaba en esos dos corazones. Yllawie, impasible, tomó a Neyhtena quitándola de los hombros de Lonkkah y con sumo cuidado la mantuvo en sus brazos:

—No lo vuelvan a hacer, por favor, hermaney –le suplicó.

—No puedo prometer lo que no voy a cumplir, hermawie, ustedes son nuestro refugio, pero allá nos necesitan como nosotros a ellos.

Los niños irrumpieron en la cocina con los trastes sucios, Neyhtena acercó el banquillo hacia la pileta para pararse sobre él y poder alcanzar el fregadero, los navegantes habían hecho silencio al verlos ingresar. Chayhton, ignorándolos, se dirigió directo hacia la bomba de agua que se encontraba en el patio, regresó con el balde y comenzó a lavar los recipientes junto a su hermana. Wayhkkan y Neyhtena cruzaron miradas, ella le hizo un gesto y él abordó su tarea de resguardar los alimentos frescos antes de llevarlos al almacén de las provisiones.

—¿Cómo está tu mano, Tonia? –preguntó la niña casi sin interés, intentó tocar los dedos de Eleutonia, pero la joven navegante se los apartó.

—Ella está bien, Ney –respondió Enufemia ante la apática expresión de Eleutonia–. Apenas enrojeció, la sábila ya la refrescó, eres muy gentil en preguntar.

—Primas queridas, vamos a cambiarnos, hay que alimentar a los animales y llevar el ganado al pastoreo antes de partir –intervino Regildo intentando encontrar una excusa para retirarse.

—¿Tú también vas, Yllawie? –preguntó burlona Eleutonia–. Acabas de regresar el bimestre pasado, ¿crees que ya te extrañan?

—¡Basta, Tonia! –la reprendió su hermana–. Lawy, no le hagas caso, mamá y papá siempre aguardan por ti, lo sabes.

—Femy tiene razón, Lawy –agregó Regildo, le recogió el mechón ondulado que había quedado suelto en su rostro y deslizó sus manos acariciándole la mejilla, ella le sonrió, luego él miró a su abuela–. Abusilia, ¿vamos?

—Voy en un instante, amado nieto, quiero servirme un poco de agua, vayan ustedes, Kanki y yo asearemos el resto de la casa –respondió Beasilia e intentó brindarles la mejor de sus sonrisas, aunque sus manos temblorosas no se podían aquietar, ella se mantenía cabizbaja para tratar de ocultar la hinchazón en su ojo izquierdo.

—Toma, Abusilia –dijo Neyhtena acercándole agua fresca. Eleutonia recogió el vaso y arrojó el líquido por la ventana, luego sonrió y se retiró hacia las habitaciones.

—Esto deberías colocar en tu ojo también –dijo Chayhton interponiéndose entre ambas para calmar la situación, había colocado en las manos de Beasilia el resto de sábila del tazón, ella no pudo evitar llorar.

—Está bien, tranquila… un poco de agua interior ayuda a acarrear el sabor amargo que ahoga –la consoló Neyhtena–, pero un día debes dejarla salir… toda el agua de mar que llevas dentro, debes dejarla salir y vas a ver, Abusilia, será una ola fantasma que arrasará con todo lo que te oprime.

Los niños disfrutaban de la compañía de Beasilia, trataban de consentirla y mimarla hasta donde la mujer se los permitía a pesar de su apatía. La mujer escuchó en silencio las palabras de Neyhtena, su corazón siempre libraba una lucha interna ante la presencia de aquellos niños, en especial la pequeña; los triniños no habían cumplido aún los doce ciclos solares, pero esa especie de sabiduría que llevaban dentro ya no sorprendía a los integrantes de la casona, aunque nunca se hablaba al respecto, muchos ya consideraban la posibilidad de su naturaleza ancestral y casi que sí podían ser los niños de las predicciones.

Neyhtena preparó en una pequeña bandeja de madera, el modesto desayuno para Satynka, aunque sabía que apenas iba a comerse la mitad.

—No le gusta el cacao –dijo Yllawie.

—Ya lo sé, solo llevo las cortezas, aunque detesta el sabor, le agrada sentirlo, le voy a refregar las manos, el aroma la animará –respondió la niña con una sonrisa.

—Todos sabemos qué o quién es el único que puede hacerlo –suspiró Beasilia e instintivamente se tapó los labios.

—No te preocupes, Abusilia, puedes hablar tranquila con nosotros –agregó Chayhton mientras ordenaba los utensilios en la mesa para poder guardarlos en sus correspondientes lugares.

—Se asustó por mí –dijo Lonkkah parado en el umbral de la puerta que conectaba la cocina con el salón–. No soy el de temer, Abusilia. –Se acercó a ella, levantó su quijada para observar de cerca su hinchazón–. Si fueras mi abuela… ¿Y tu amado nieto que hace al respecto… y el otro, el cobarde?

Neyhtena acarició el rostro de su hermano mayor y su temple se apaciguó, luego Wayhkkan lo tomó por el brazo y comenzó a mover su dedo índice.

—Es cierto, deja las preguntas de lado, a un alma deshecha no se le hacen preguntas –dijo Kanki–, el alma partida no tiene respuestas, un fragmento quiere una cosa, otro fragmento quiere otra… y espera, siempre espera. –Wayhkkan armó una esfera de aire con sus manos.

—Cuando te vuelvas a armar y seas un todo… vas a encontrar la claridad, querida Abusilia –le susurró Neyhtena.

Beasilia se incorporó cabizbaja, acarició los largos y desprolijos rizos de Wayhkkan, le dio un beso a Chayhton e hizo un delicado mimo en la quijada de la niña, no se animó a mirar a Lonkkah que había exhalado un ruidoso suspiro de fastidio, la mujer navegante tomó la mano de Kanki y esforzándose por sonreír les dijo:

—Comenzaré con el aseo de las habitaciones. –Yllawie intentó decir algo, pero Beasilia se anticipó–: No te preocupes, niña, mis nietas van a ayudarme, tú y Kanki prosigan con el comedor, ya está casi todo listo, ojalá pueda acompañarnos Satynka, necesitamos todas las manos ahora que Rufanio no está.

Yllawie aprovechó el momento para recoger los elementos de limpieza y dirigirse a la sala, pasó delante de Lonkkah simulando ignorar su presencia, caminó hacia la mesa y comenzó a recoger el mantel blanco… se detuvo para acariciar sus bordados casi sin querer tocarlos, su mente comenzó a visitar tiempos pasados.

—No te entiendo –dijo Lonkkah deteniendo las imágenes que danzaban en aquella cabeza–, adoras todo lo que pertenece a su mundo, te hacen daño y… Al menos quisiera saber si así también extrañas el brazalete que te regalé, la verdad no… Yllawie, no lo entiendo.

—Y no lo vas a entender, he nacido y he crecido entre ellos, sus padres me recogieron como suya. No me hacen daño, es un juego fraternal. Ustedes son… quiero decir, ustedes llegaron después, pa-Xunnel, ma-Kanki, tus padres, tus hermanos, vos y esos maravillosos bebés… –Suspiró melancólica dándole la espalda–. Eran y siguen siendo una sola y encantadora familia. En cambio, yo… yo ya era parte de la de ellos. –Prosiguió mientras dirigía su mirada hacia la ventana–. Yo era parte de otra familia, no menos encantadora que la tuya…

—¿«Tus padres»? ¿Así te refieres a…? –reclamó ofuscado y desilusionado, era una discusión que nunca tendría fin.

—Lo siento, tienes razón, no quiero…

—Está bien, Lawy, lo entiendo, entiendo que llegamos a tu vida después, pero ¡por favor! ¡Nunca has sido parte de los mugrosos navegantes! Nosotros jamás te hubiéramos abandonado, ellos… ellos…

—Lonkkah, hemos tenido esta conversación miles de veces, es imposible que lleguemos a un acuerdo.

—Les inventas apodos, ¿Reshi… Reshi? ¡Estúpido apodo! ¿Trenzarte tus cabellos de noche y soltarlos por la mañana? ¿Crees que por tener más rizado tu cabello te vas a parecer a ellas? No son tus hermanas ni lo van a ser, ¿qué sigue? –Tomó las manos de la joven con firmeza, pero sin ejercer presión–. ¿Vas a teñir tus manos y tu rostro con carbón?

—Tienes que llevar las ovejas al pastoreo, se hace tarde, déjame terminar aquí –respondió tranquila, sus palabras la lastimaban.

—Lawy, quédate conmigo. La última vez, esa ciudad… la última vez…

—Insistes en involucrarlos, Lonkkah, deberías asumir tu responsabilidad como yo he asumido la mía.

—¿Qué culpa, Lawy? ¡Fueron ellos, lo sabes! –Lonkkah había golpeado la mesa, furioso, impotente–. Colocaron sus pócimas en nuestras bebidas y casi… ¡Quédate, por favor…!

—Lo siento, no soy como vos y no pienso lo mismo que vos, ellos no son lo que crees –insistió ella–, bebimos pencamiel y casi nos ahogamos, acéptalo.

—Está bien… –concedió frustrado, luego miró a su alrededor, pasó sus dedos sucios por el delicado mantel y sujetó las manos de Yllawie–. Adoras este salón y todo esto –dijo mirando en dirección a los libros. Suspiró abatido y después vociferó–: ¡Eso que está ahí no es tu historia!

—Vete –pronunció casi susurrando y deslizó sus dedos con delicadeza para desprenderse de su “captor”.

Lonkkah se retiró empujando una de las sillas contra el mobiliario de los libros, uno de los ejemplares se había estampado contra el suelo; Yllawie esperó a que él se retirara para acomodar aquél pequeño desorden sin dejar de mirar los libros. Beasilia le había enseñado el contenido de casi todos, su favorito era uno de los más nuevos, uno que no había cruzado los mares como la mayoría sino que había sido escrito en estas tierras, aquél cuyas páginas relataban que desde el comienzo de los tiempos conocidos, había existido una continua y casi interminable beligerancia entre navegantes y sanguinarios, razas que se auto consideraban supremas y que se respetaban como iguales; casi por la mitad, la historia narraba sobre un inesperado suceso que trazaría una nueva línea en sus destinos: una misteriosa “ola fantasma” había arrasado aquellas tierras de mar a mar y a partir de ese fatídico evento, los barcos habían dejado de arribar a sus playas, desabasteciéndolos de hombres y armas, fatal acontecimiento que condujo a los navegantes a una etapa de debilitamiento ante los despiadados ataques de sus enemigos. Ahí comenzaba el capítulo que capturaba su corazón, el que narraba cómo las nuevas generaciones de navegantes advirtieron la posibilidad de forjar coaliciones con los (sorprendentemente organizados) terrinos, precarias alianzas que luego dieron origen a “Los Pactos de Conciliación”, tratados que resultaron una vacilante, pero muy necesaria solución que no solo salvaguardó la supervivencia de los navegantes, sino que trazó un nuevo y fascinante cambio de rumbo en el destino de los terrinos.

Familia

El salón ya estaba aseado y los elementos de limpieza continuaban en las manos de Yllawie al igual que las palabras de Lonkkah persistían dañinas e intrusas en su corazón, había logrado acomodar los muebles sin poder ordenar la tempestad en su alma, quizá porque esas palabras contenían destellos de una verdad que se negaba a aceptar. Su sentido de pertenencia había sucumbido en alguna luna brillante, en una de las que traen grandes cambios; miró hacia las habitaciones y recordó sus angustiantes noches cuando de niña maldecía su “desencajado” color de piel. Volteó hacia la cocina al escuchar voces amigables y la nostalgia la condujo a pensar que desde su retorno después del abandono que había mencionado Lonkkah, todo lo que ella había considerado “su vida” parecía haberse esfumado en aquellas turbulentas aguas, como si esa niñez nunca hubiese existido. Lonkkah acababa de retirarse no sin antes haberle arrojado rocas a su pacífico mar en reposo. Beasilia irrumpió en el salón y, como una cachetada en las mejillas, Yllawie regresó a su presente donde el tiempo apremiaba y las tareas aún estaban a medio realizar; observó los gestos de esfuerzo en el rostro de la mujer y dedujo la pesada carga de aquél bolso, por lo que, con gentileza, se lo quitó de las manos obsequiándole una sonrisa.

Chayhton y Wayhkkan se disponían a revisar las cercas de la huerta, pues ya habían limpiado el gallinero; Lonkkah y Regildo cumplían con sus tareas en el corral, en silencio y sin mirarse, cada uno conocía su función, las diferencias quedaban fuera de las cercas cuando de responsabilidades se trataba, respetar el acuerdo para beneficio de todos por igual regía como regla inquebrantable. Serjancio ensillaba los caballos, la carga la habían preparado la noche anterior, la temporada de esquila había sido buena, muy buena. Los productos de la huerta y del pequeño corral ofrecían el sustento diario para los integrantes de la casona, no así el resto de la producción que estaba destinado para el intercambio de las regiones.

La cría de ovejas fue una eventual y muy provechosa consecuencia resultante de la unión de estas dos familias cuando, casi por casualidad, el destino de Xunnel y Kanki terminó desembarcando presuroso y accidentado en las tierras de Serjancio y Beasilia. Lo que debió de ser un refugio temporal para estos terrinos, concluyó en una prolongada y permanente estadía gracias a la intervención de las mujeres que tuvieron la iniciativa de proponer la conformación una “Familia de Conciliación” y así cumplir con la tan exigida ley que obligaba a todo habitante a integrar una. Por aquel entonces, las pertenencias de Xunnel incluían un pequeño rebaño de ovejas cuya raza supo adaptarse al nuevo ambiente. Serjancio sabía de cría, técnicas de esquila, de cuidados y alimentación que Xunnel desconocía, quien solo mantenía a esos animales para los propósitos del consumo leche y carne de cordero. Un par de años bastaron, casi sin proponérselo, para convertirse en excelentes criadores. Sus principales productos para las jornadas de intercambio, eran la carne de cordero, los quesos y diferentes tipos de ahumados, pero una vez al año, terminando el mes de N’ubro, producían la tan preciada lana, considerada excelsa y ávidamente esperada en Refugio del Mar para la elaboración de múltiples y variadas prendas de vestir.

En el patio cercano a la cocina, poco a poco, la caravana comenzaba a completarse con el resto de los integrantes. Chattel, el mayor de los hermanos, acompañado de su mujer y del hermano de ésta, se acercó sonriente al resto de su familia reunida cerca del bebedero de los animales; aceleró sus pasos para ayudar a Yllawie con el pesado bolso de Beasilia, ella se lo cedió aliviada.

—¡Feliz celebración, mi pequeña Lawy! –exclamó él y la sujetó a la altura de sus muslos para hacerla girar. Yllawie extendió sus brazos a más no poder mientras cerraba sus ojos con su rostro al cielo.

—Ya están grandes para esos juegos –escupió Danhola mostrando el malhumor que le provocaba el vínculo entre ellos–, ya no tienen cinco años.

—Te amo, Yllawie –dijo él y le dio un sonoro beso en la mejilla.

—Yo te adoro, hermano, te he extrañado en el desayuno –lo reprendió. Yllawie también había ignorado la presencia de Danhola, no le molestaba que haya ignorado el saludado por su celebración, nunca habían congeniado entre ellas.

—Dana no se sentía bien, pero festejaremos con mamá y papá, te lo prometo. –Trató de excusarse y luego pronunció alegre–: ¡Están bastante retrasados! –Su potente voz predominaba por sobre los demás ruidos mañaneros–. No me sorprende si estás a cargo –dijo empujando el hombro de Lonkkah, aunque intentaba bromear, sus burlas siempre sucumbían ante ese particular y estrepitoso tono de voz.

—¡Buena mañana, mi bella herma’a! –dijo Lonkkah, ignorando de manera divertida y maliciosa, a su hermano mayor; ya le había propinado su habitual golpe de puño en el brazo. Se dirigió hacia Danhola y vociferó–: Todavía no sé qué le has visto a este grandote inútil bueno para nada. –Y repitió el puñetazo en el mismo lugar.

—¿Hay mosquitos aquí? –bromeó Chattel mientras se sacudía a la altura de los golpes como limpiándose una mancha de barro, tomó por la muñeca a su hermano y torció su brazo por detrás de la espalada.

—Niños, niños… ¡esta fruta no madura más…! –exclamó Kanki sonriente.

—¡Voy con los caballos! –dijo Lonkkah trotando de espaldas sin dejar de mirarlos.

—¿No hay abrazo para esta vieja? –preguntó la mujer, Chattel extendió sus brazos, la apretó contra su pecho y la levantó, los pequeños pies de su abuela quedaron colgados al aire y en esa posición la hizo girar al tiempo que ella no cesaba de reír, pero el festejo del encuentro apenas habría de durar un breve instante, ambos enmudecieron al advertir la presencia de Satynka.

—Saty, ¿qué haces? –preguntó preocupada su abuela.

—Yo voy, necesitamos estar todos… y también quiero verlos –respondió casi sin aliento, su aspecto anémico dejaba ver las oscuras aureolas alrededor de sus ojos esmeraldas, apenas podía elevar sus pies para caminar, levantó uno de los bolsones, pero el esfuerzo la obligó a sentarse, aunque intentaba disimular, su respiración era agitada–. Buena mañana para vos, Dana.

—Hola, Satynka –respondió con soltura su herma’a–, te ves mejor… un poco demacrada, no esperaba verte de pie.

—Hola, ma-Kanki… ¡Feliz celebración, Lawy! –gesticuló un tímido Xukey, se acercó a ella para darle un beso en la mejilla, miró por encima de su hombro buscando otros ojos y los encontró, cruzó miradas con Satynka, pero obviaron intercambiar saludos entre ellos.

—Chattel –murmuró Satynka–, necesito que me ayudes a guardar mi bolso.

—Hermanynka, es un viaje largo aún si el cielo despejado nos acompaña… lo sabes, ¡por favor! –exclamó Yllawie que también estaba preocupada por su salud.

—Mis padres solo esperan por Chattel y por mí, también esperan a Danhola y, sin contar a los niños, al único al que van a extrañar es a Lonkkah –le contestó Satynka sin mirarla mientras se esforzaba por cerrar con el estambre, la bolsa que tenía entre sus piernas–. Ya se hartaron de vos, no es asunto tuyo, no tienes que ir. Yllawie, hablas y parece que ya no sabes lo que significa el reencuentro para nosotros.

«Ya no soy su hermawie» pensó con tristeza. Miró a su abuela, recordó que debía terminar de preparar sus elementos para el viaje y con elegancia, le solicitó:

—Ma-Kanki, voy a mi habitación, ¿me das tu permiso? –Su abuela asintió cerrando sus ojos, Yllawie se dirigió hacia las habitaciones con la punzante sensación de que su presencia sobraba en ese lugar.

—No necesitas pedir permiso, niña –gritó burlona Danhola, pero Yllawie ya estaba demasiado lejos como para escucharla–. Debería quitarse esas cosas de navegantes de la cabeza –vociferó y, arqueando sus labios hacia abajo, gesticuló despectiva–: Hermawie… hermanynka… ustedes me marean.

Ya en su habitación, Yllawie comenzó a guardar sus pertenencias y a ordenar su cama; recogió la bandeja de desayuno de su hermana y el aroma a cacao abofeteó sus recuerdos para transportarla a aquella noche en la que ambas idearon ese singular código de nombres. «Ya no soy su hermawie» se repitió angustiada. Un inocente y apacible invento con el que su hermana terrina, entre risas y picardías, había conquistado su corazón hasta hacerla olvidar lo que acababa de suceder; recuerdos que, a pesar de los ciclos y de los cambios de luna, siempre encontraban la manera de regresar a su alma para llevarla a esa noche cuando Serjancio, sin alguna razón que pudiera comprender, le prohibía regresar a su habitación que compartía con las niñas navegantes y, aunque no recordaba la humedad en el aire ni el suelo pedregoso de aquélla mañana de todo ese fatídico día, sí podía volver a sentir el dolor y la perturbación del ataque sufrido.

Lo que ella desconocía en esos tiempos, era que los adultos de su familia de navegantes, habían minimizado los hechos apoyándose en la conjetura de que todo había sido el resultado de un juego de chicos salido de control; también desconocía que, muy por el contrario, los otros adultos de la familia de Xunnel, sí comprendieron los hechos tal como habían sucedido y por lo cual, se vieron obligados a tomar la drástica decisión de enviar a la niña muy lejos de su atacante, a quien el resto de los convivientes se empeñaba en ver como a un chico aturdido. Lo único que ella entendió aquella vez, fue que el inesperado acontecimiento del ataque y posterior desalojo, le habían provocado en su inocente y aturdido corazón, una aguda impronta de desconsuelo y desilusión, mucho más profunda que la huella de dolor todavía latente por su abandono, otros recuerdos que se atropellaban por ingresar en su mente y que había sucedido bajo el cuidado de su familia de navegantes en ocasión de un viaje hacia las playas de piedras cuando ella tenía apenas ocho ciclos solares, había transcurrido casi un ciclo solar “a oscuras” y a nadie pareció importarle; aunque sabía que ella misma se había arrojado al mar de las furias, a su regreso, nunca le había reconfortado el relato de Beasilia sobre cómo ellos, sus cuidadores, se habían visto forzados a retornar a sus tierras sin ella. “Sus días dormidos” eran como una ventana golpeándose una y otra vez dentro de un infinito torbellino de dudas y desilusiones que siempre impedían a sus postigos cerrarse.

El aroma a cacao había abierto esa frágil ventana y casi por instinto, llevó su mano hacia su curiosa y vieja herida en el brazo, pero era la otra cicatriz en su mente, tan invisible como infinita, la que comprimía las vivencias que más ansiaba recordar. A pesar de todo, aún abrigaba una extraña y poderosa conexión con su familia de navegantes, su corazón se negaba a romper el fraternal vínculo que sentía hacia Enufemia y Eleutonia y era ese enorme deseo de retornar a lo que alguna vez fue, lo que le impedía ver o sentir el perdurable y sincero amor que le brindaban la extensa familia de Xunnel y Kanki, quienes nunca dudaron en ampararla como suya desde el primer momento que había llegado a sus vidas. Algunas lunas brillantes habrían de pasar antes de que ella pudiera comenzar a aceptar la complejidad de los cambios y fue precisamente el día del desalojo, la primera de las lecciones aprendidas. Satynka conocía las llagas más profundas de Yllawie y, cuando se lo proponía, siempre sabía cómo y dónde hurgar aquellas heridas.

—¿Es cierto? Satynka, ¿qué haces, qué crees que haces? –vociferó ofuscado Lonkkah secándose el sudor con el revés de su mano, tenía el rostro sucio por el barro. El profundo verde en los iris de sus ojos irradiaba rabia e impotencia contenidos, acababa de enterarse de que su hermana preparaba sus enseres para viajar.

—Hermano, quiero ir.

—Saty, no puedes sostenerte –la interrumpió sin mirarla, aún se negaba a aceptar las consecuencias de las decisiones de su hermana, pero no por eso había dejado de amarla–, vas a quedarte conmigo y los triniños, yo cargaré con tus tareas, debes recuperarte, nuestros padres, no es justo que te vean así, no los preocuparemos más de lo debido.

—Van a preocuparse si no me ven –respondió ella segura, destellos de impertinencia aparecían en el tono de su voz–, es tu turno de cuidar la casa y tampoco vas… ellos nos esperan –expresó esta vez casi sin aliento.

—¡Ma-Kanki, por favor…! –rogó Lonkkah.

—Hija, tu hermano tiene razón, yo voy a hablar con tus padres… sabes que no pueden ni van a dudar de mí.

—Ma-Kanki, voy a ir… Ya he hablado con Chattel –concluyó Satynka para demostrar que se mantendría firme en su decisión.

—¿Y el árbol te va a proteger? –cuestionó Lonkkah que, con frecuencia, usaba este apelativo para referirse a su hermano mayor.

—Déjenla ir –intervino Neyhtena–, todo va a estar bien, el baño de sol la va a fortalecer. Hermanynka, te vas a cuidar, ¿no verdad?

—Sí, hermaney… Ven aquí conmigo, a ver… ¿es así? –Satynka extendió sus brazos, tomó sus manitas y, manipulando los pulgares de su hermana para que se tocasen con los dedos mayores, dijo–: Vas a protegerme, ¿no verdad?

—Ya debes hablar con Yllawie –le susurró Neyhtena. Satynka soltó sus manos y volvió a abrazarla, no supo cómo reaccionar ante esas palabras.

Neyhtena se dirigió hacia donde los hombres aseguraban la carga con las intenciones de despedirse de Chattel. Fuera del establo, Serjancio sujetaba las riendas y la montura de su caballo, pero al pisar el estribo y en el instante en el que impulsaba su cuerpo hacia el asiento del animal, la montura cedió a sus fuerzas de forma inesperada provocando que Serjancio cayera desprevenido sobre sus glúteos y su espalda, con la silla en el pecho. El jamelgo había comenzado a lanzar relinches y patadas, Lonkkah sonrió indolentemente, Neyhtena tomó una de sus manos y el joven la miró confundido y desprendió sus dedos de los de ella… el animal pareció sucumbir en la calma. Yllawie regresaba de sus últimos quehaceres y vio todas las miradas dirigidas hacia un malhumorado Serjancio que se incorporaba del suelo, aunque le resultó extraño, se mostró indiferente pues tenía un recado que transmitir, se acercó a Satynka y le colocó un pequeño envoltorio en sus manos:

—Toma estas nueces, me las dio Abusilia, dice que te va a hacer bien.

—¿Quiere hacerse la abuela conmigo? –dijo sonriente y despectiva, recibió el pequeño bulto y lo arrojó dentro de sus cosas, nada que viniera de ellos le interesaba.

—¡Yo me quedo! –dijo Yllawie quitándose el desteñido pañuelo de su cabeza, su tolerancia había llegado al límite–. Todos tienen razón, nadie me espera y la casa necesita mantenerse, es mucho trabajo para los triniños y Lonkkah no va a poder con todo –vociferó estrujando el maltratado trapo mientras se lo pasaba de una mano a la otra, su mirada estaba concentrada en las hilachas del pañuelo. Lonkkah solo deseaba sostener aquellas manos nerviosas.

—Mi niña, mi injusta niña, voy a borrar esas palabras de mi cabeza… ¿alguien más las ha escuchado? –dijo su abuela y luego hizo silencio, pero no esperaba respuestas–. Eso creo, nadie aquí las ha escuchado –sentenció sacudiendo su cabeza–. ¿De dónde ha salido tanta autocompasión? Y no quieras que algún día te escuche mi dulce Taymah ni mi hijo Kemmel. –Se dirigió hacia Satynka, comenzó a trenzarle el cabello para recogérselo debajo del lienzo–. Y no quieras vos que tus padres se enteren eso que acabas de decirle a Yllawie. –Lonkkah miró a su hermana frunciendo su seño, dubitativo y desorientado–. Voy a permitir que me acompañes –aceptó. Satynka se incorporó sonriendo para abrazar a su abuela, pero antes de que pudiera expresar algo, Kanki concluyó–: Primero, debes reconciliarte con tu hermawie…

—Ma-Kanki, de todas maneras, he decidido quedarme –Yllawie se acercó a su abuela para darle un tímido beso en una de sus mejillas–. Este es para Taym… es para mamá. –Luego besó su otra mejilla–. Y este es para papá…

II La coraza de los secretos

El inesperado movimiento de tierra no les impidió continuar su camino a las cuevas… Muliana, exhausta y vencida, se había dejado caer del camastro, los golpes producidos por el trote descuidado de los caballos eran estampas punzantes en su vientre… el nacimiento se aproximaba, los dolores intensos oprimían su pecho impidiéndole respirar, no podía (no quería) continuar, debía ser ahí… antes de llegar a las rocas, al pie de las montañas enanas… justo ahí, bajo el baño de esta beneficiosa y muy oportuna lumbre lunar. Las mismas nubes que antes se habían entrelazado otorgándole a la noche un manto oscuro y sombrío, se apartaron presurosas para dejar ver la cara más ostentosa de esa luna brillante. El Monte Ermitaño, más allá del Valle de las Grietas, parecía despertar de su letargo. Muliana soltó un desgarrador alarido y dio a luz a una niña que fue recibida por los destellos de aquella gigantesca luna azulada.

—¡Dénmelo… quiero ver a mi hijo! –Los pezones le dolían, el vientre le oprimía hasta estrangularle la respiración, su voz se apagaba. Una pequeña se apiadó y colocó el crío en su regazo, era una niña, Muliana besó aquellos diminutos ojos hinchados.

La anciana hizo gestos sin emitir una sola palabra, las mujeres la colocaron nuevamente en el camastro, los caballos parecían ser los únicos conmovidos por su dolor, no trotaban, apenas se deslizaban, a pesar de los castigos de la anciana, se negaron a continuar la marcha, los perros atacaron la mano de la fusta y sus colmillos amedrentaron la ira de la impiadosa mujer, los animales rodearon a la parturienta que, entre el suave colchón de hierbas y los aullidos protectores de sus improvisados guardianes, daba a luz una nueva vida, el segundo nacimiento: un niño recibido por los retoños de la naturaleza… La misma niña sanguinaria, cortó el vínculo maternal y colocó al niño entre el cuello y la quijada de su madre, Muliana abrazó a sus hijos entre sollozos y desesperación.

La montaña tembló por segunda vez. Las mujeres al frente de los animales se frenaron dubitativas. Los quejidos de dolor ni siquiera les llamaba la atención, ellas permanecían absortas seducidas por lo que ocurría más allá del Valle de las Grietas: el lago de lava y fuego emitía sus primeros y perezosos bostezos, ante el segundo y muy agudo alarido, ellas le taparon la boca con sus manos sucias, sabían que aquel interminable lamento estaba interrumpiendo el prolongado descanso del Lago de Fuego.

Grito y explosión brotaron al unísono, mientras que el alarido traía una nueva vida, la explosión arrojaba un hipnótico río de lava hacia las laderas. Los brazos de fuego recibían al niño, únicos brazos que pudieron extenderse hacia él; su madre, desvanecida de dolor e incertidumbre, jamás pudo conectar con el niño.

Muliana al fin despertó entre sombras inquietas que se alargaban difusas y regresaban imprecisas mientras tejían redes sin forma sobre las piedras, ya no había ni luna ni hierbas ni brazos de fuego… Estaba en una cueva que ahogaba y oprimía todo cuanto pudiera sentir. Ya habían nacido tres, su padecimiento no era físico, ya habían nacido tres, pero ninguno descansaba en su regazo. Entre mezquinas lumbres y generosas tinieblas, apenas pudo ver que otros brazos cargaban a sus hijos hasta hacerlos desaparecer de su esforzada visión. Los dolores de parto retornaron presurosos.

—¡Hazlo! ¡Más ahí dentro… más ahí! –gritó la anciana, la rodeaban mujeres de rostros pétreos e inexpresivos como su palidez, sus cabellos lacios pegados al rostro, escasamente dejaban ver sus bestiales ojos siniestros.

—¡No soy yo, no somos la maldita predicción… dejen a mis hijos en paz! –balbuceó Muliana, pero en su interior gritaba otras palabras que no podían atravesar por su garganta–. ¡Déjennos en paz… por favor… por favor…! «Orruq, ¿dónde estás? Son tus hijos… Orruq…» lo llamó en silencio.

—¡Más ahí… despierta… sácalos! –gruñó por segunda vez la anciana, tomó su quijada y quedó observando en silencio cómo el índigo azulado de sus ojos se apagaba y se oscurecía, aquellas retinas ya no reflejaban las llamas; inertes, vítreas, habían sucumbido a medio cerrar–. Muerta ella, muertos todos –vociferó y escupió hacia un costado–, llévala a la fosa –ordenó sin mirar a nadie.

—¿Cuántos? –preguntó Urhoq perpetrado fuera de las cuevas, no se escuchaban las olas, el mar de las furias danzaba curiosamente calmo y acechante, las nubes cubrían la poderosa luna.

—Tres…

—Muertos ya. –Urhoq no hacía una pregunta.

—Mujeres dan muerte ahora. –La anciana lavaba sus manos en el mar, tenía su mirada difusa en la sangre que se diluía–. Adentro, más.

—¿Cinco?

—No sé.

—Ábrela –dijo él y colocó en esas manos recién lavadas una magnífica daga, minúsculos destellos purpúreos danzaban en el negro acero de su filo–. ¡Ábrela! –repitió y antes de que pudiera retirarse, le tomó con fuerza su muñeca y preguntó–: ¿Ojos?

—Cenizas –respondió ella mirando los restos de la fogata y luego escupió hastiada.

Secretos olvidados

Los intercambios de las regiones se realizaban cada ocho lunas brillantes en Refugio del Mar, al inicio de cada bimestre solar; allí convergían los habitantes de todas las regiones con sus productos. La ciudad coordinaba y comandaba las estrategias de supervivencia, de coexistencia y de armonía. Las familias eran libres de acudir para realizar los canjes, aun así, era difícil que alguna se abstuviera de hacerlo, el gran mercado proveía de todo aquello que no podían obtener en sus pequeñas huertas; diferentes y variados productos de uso y de consumo eran elaborados por quienes estaban al servicio de las regiones, los conciliados que residían en Refugio del Mar. Los intercambios demandaban al menos, dos jornadas de intenso y constante trajín en los que debían conseguir y abastecerse de provisiones. Aun así, el mayor motivo de esta concentración era el reencuentro familiar al que nadie estaba dispuesto a faltar.

Era el inicio del mes de H’evio que, junto a H’icio, conformaban el bimestre del “Sol Ardiente”, las mañanas amanecían calurosas y poco agradables, las tareas debían realizarse desde muy temprano para evitar trabajar durante el sol alto, momento del día cuando el calor resultaba implacable y todo se tornaba doblemente agotador.

El grupo de Serjancio y Kanki avanzaba presuroso junto a otras caravanas, con ellos se desplazaban sus vecinos más próximos, Tolomano e Imadora y sus pequeños nietos Nelayo y Nunciana, todos ellos eran familia de conciliación de Danhola y Xukey. Un vínculo afectivo e indestructible unía a las familias de Serjancio y Tolomano, un vínculo forjado desde la tragedia y el dolor: sus respectivas hijas, Jaquilda y la pequeña Iana, habían desaparecido juntas durante el trayecto entre la Laguna Escondida y las huertas; rastros, gritos y un testigo ocasional de la fuga, resultaron ser los indicios determinantes para saber que se había tratado de un rapto de cautivas, aberrantes prácticas que por aquel entonces ya se consideraban extintas. El hecho habría de provocar una feroz y encarnizada represalia contra los sanguinarios que aún habitaban en la Meseta Desterrada, pacífica extensión de hierbas frescas que reinaba sobre los límites entre la selva y las montañas. Para desdicha de unos y felicidad de otros, el caso de Iana y Jaquilda fue el último reporte sobre desapariciones y que, con el tiempo, fue olvidado como un recóndito recuerdo que a nadie le interesaba inmortalizar.

Danhola había entrelazado su vida en matrimonio con Chattel bajo las leyes y costumbres de los terrinos, una semana después de la muerte de su único abuelo, llevaban juntos casi un ciclo solar completo (un año, según lo denominaban los navegantes); con sus padres lejos al servicio de Refugio del Mar y su abuelo fallecido, Danhola encontró en su esposo, protección y seguridad que creyó necesitar para ella y para su hermano menor. Chattel supo funcionar como engranaje en las complicadas relaciones de conciliación con la familia de navegantes de su esposa, por lo que las jornadas se tornaron mucho más llevaderas y pacíficas. El flamante matrimonio había perdido dos embarazos, eventos que al parecer endurecían cada vez más el corazón de Danhola, pero que acrecentaban la bondadosa paciencia de Chattel. Las tierras de Tolomano no eran tan extensas como las de sus vecinos, rara vez dejaban a algún integrante de la familia conciliada para su cuidado. En esta ocasión y por pedido de su hermano mayor, Lonkkah habría de encargarse de aquél pequeño ganado.

Diferentes caravanas fueron concentrándose en forma metódica y ordenada a medida que se acercaban a la ciudad. Una pared invisible dividía la inmensa e interminable columna, de un lado se agrupaban los navegantes, la mayoría a rostro descubierto luciendo su brillante piel azabache y en magnífico contraste, sus luminosos ojos azulados parecían gotas de mar regresando al mar; del otro lado de esta casi hermética muralla, marchaban los terrinos, risueños y desordenados, envueltos de pies a cabeza en túnicas de colores claros. Aunque todos se dirigían hacia un mismo objetivo, avanzaban juntos… no mezclados. La mayor y más grande diferencia entre ambas culturas eran los niños navegantes, sus juegos y el inocente bullicio jamás pasaba inadvertido ante las miradas (y recónditos sentimientos) de los mestizos. La fracción de edades a la que pertenecían Chattel, Danhola, Xukey, Satynka, Lonkkah, Yllawie y otros jóvenes terrinos, penosamente considerada la “Ultima Camada”, provocaba profunda angustia, impotencia y malestar en esta esplendorosa cultura, los triniños eran los últimos nacidos de su etnia y no todos sabían de su existencia… y era ahí, en ese tenue y delicado espacio entre el mito y la realidad, donde se abría una infinidad de puertas que dejaban escapar rumores de todo tipo y tenor: para los navegantes, los murmullos se esparcían como peligrosa neblina sin dejar de considerarlos como viejas e inútiles palabrerías de hechizos y maldiciones mientras que, para los terrinos, los susurros sobre la posible existencia de aquéllos niños, se propagaban como brisa matutina portadora de esperanzas a su desdichado destino de extinción.

Durante el extenso recorrido, los viajeros concretaban mínimos y permitidos canjes y fue así como Kanki obtuvo un bolso de aceitunas que había intercambiado por tres potes de su miel, sabía cuánto adoraba Yllawie estos deliciosos frutos que innumerables veces había intentado producir en sus tierras, fracasando en todas ellas. De igual manera, Serjancio y Beasilia también habían intercambiado sus exquisitos quesillos de cabra por hojas de tabaco y algunas esencias de flores disecadas con las que Beasilia amaba aromatizar sus ropas.

Una vez que aparecieron las primeras estrellas de la tercera jornada de viaje en aquel cielo todavía sin oscurecer, pudieron distinguir las tenues lumbres de la ciudad, lo que los motivó a avanzar más rápido para arribar a destino antes del anochecer. El clima y los caminos se habían portado condescendientemente, Satynka se sintió relajada, estaba exhausta y no creía contar con la suficiente fuerza para continuar un día más sobre el carro, el improvisado colchón de lana aplacaba porrazos y rebotes, pero su cuerpo huesudo no había dejado de recibir golpes que casi lograron desestabilizar su entereza, aun así, se había contenido en emitir quejidos para evitar las abrumadoras reprimendas de su hermano y de su abuela.

—¿Estás bien, necesitas algo? –preguntó Danhola mientras se desenvolvía el pañuelo que la había protegido durante el período de intenso sol, sus ojos, levemente verdosos, no se asemejaban a la intensidad de las esmeraldas que brillaban en los iris de Satynka. Beasilia conservaba un brazalete formado de delicadas bolillas a las que llamaban de esa manera, el adorno era una de las tantas piezas extraordinarias que había atravesado el mar; en muy pocas y contadas ocasiones, Beasilia lo había exhibido y quienes apreciaban su belleza, habían comparado el color de aquellas magníficas y enigmáticas piedras con el color de los ojos de Satynka.

—Estoy bien, ya quiero llegar.

—Te ves terrible, tus padres se van a preocupar.

—Gracias, sos muy amable, voy a hacer lo posible para no verme tan terrible –respondió Satynka harta de sus comentarios.

—Dana, por favor –intervino Chattel–, solo necesita descansar –dijo guiñando uno de sus ojos a su hermana–. ¿Has hablado con Yllawie?

—¿Para qué? –contestó Danhola–. De todas maneras, ella ya había decidido no venir, ma-Kanki le dijo que…

—Está bien, ya entendimos –se anticipó su esposo, los hermanos cruzaron miradas, Satynka negó con su cabeza y él resopló decepcionado–. Me hubiera gustado que hablaras con ella. –Chattel acarició con ternura su mejilla y avanzó hacia donde se encontraba su abuela.

—Entiendo por qué la odias y, aunque reconozco que no sé qué es lo que le has visto ni qué esperabas de un mugroso navegante, yo tampoco la hubiera perdonado –dijo Danhola mientras hurgaba entre sus bolsos–, Yllawie debió aceptar tu decisión como todos nosotros, si alguien me quisiera separar de Chattel… yo…

Satynka ya no la escuchaba, sus palabras eran sonidos difusos rebotando como ecos que disuadían sus recuerdos, quería concentrase en los últimos momentos vividos junto a Rufanio la noche que habían decidido marcharse para unirse a la legendaria “sociedad de mezclados”.

—…Yllawie cree que no somos su raza, adora a sus navegantes, por eso…

Satynka escuchaba vociferar a Danhola, pero ansiaba silencio, quería gritarle que se tragara la lengua y que cerrase la boca de una vez, esas palabras eran intrusas en su mente e interferían con sus pensamientos. No podía odiar a Yllawie, no sabría cómo hacerlo y estaba segura de que ella tampoco la odiaba… Respiró profundo y sus recuerdos la llevaron a otro lugar… a un pequeño cuarto donde dos niñas conversaban inocentes:

«¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? –preguntaba la pequeña ojos de esmeralda–. ¿Quieres jugar conmigo?

«No –respondía la otra, recostada y dándole la espalda, toda sucia, cubierta de hierbas y cardos.

«Bueno… ¿qué tienes aquí? –continuaba indiferente mientras le quitaba las hierbas de su cabello. Su madre llegaba a la habitación con dos vasos de leche, cacao molido en un pote y unas rodajas de pan.

«¿Cómo están mis mujercitas? –decía la amable mujer que había comenzado a lavarle la rodilla ensangrentada a la niña recostada–. ¿Este cuarto es especial, no creen? Aquí duerme la luna, pero no le gusta estar sola, siempre añora a sus tres estrellas-hermanas –decía la madre mirando el cielo por la ventana– estás vos, Saty, también está la pequeña Ney… me parece que falta una estrellita. –Luego, la bondadosa mujer señalaba la bandeja y decía–: Saty, invítale a Lawy, tu hermano también está herido y debo atenderlo… ¿harías eso por mí? –La pequeña Saty asentía con su cabeza.

«Esas son las estrellas –decía la pequeña ojos de esmeralda señalando las tres magnificas luces ubicadas en línea cuyo brillo se destacaba del resto, Yllawie las miraba de reojo–, ellas me enseñaron un juego, un juego de hermanas. –Continuaba hablando mientras alejaba el pote de cacao de su vaso, nunca le había gustado–. ¿Te sirvo cacao en tu vaso?

«¿Cómo es el juego? –Quería saber la niña asustadiza.

«Bombes ebretos –contestaba susurrando con la boca llena de pan, las migas salían expulsadas hacia la cara de la curiosa niña. Ambas comenzaban a reír… a reír y a reír hasta sentir que sus cachetes estallaban de felicidad…

—Nombres secretos –dijo Satynka en voz alta y una lágrima se escapó presurosa.

—¿… qué… perdón, que has dicho? –quiso saber Danhola–. ¿Tienes un secreto? Puedes confiar en mí ya lo sabes.

—No… no he dicho nada –contestó ensimismada, solo tenía secretos para con hermawie, cada una conocía desde el más insignificante hasta el más trascendental de sus sentimientos. «¿Por qué? ¿Por qué me has hecho esto, hermawie?», pensó.

La noche amparaba a los viajeros y les otorgaba agradable cobijo después de una agotadora y calurosa jornada, los aires que llegaban desde el mar aliviaron sus cuerpos sudorosos y cansados, aunque podían sentir la humedad salina alojándose en sus garantas, su sabor era un bálsamo para sus espíritus. Beasilia aún conservaba su prolija manta bordada sobre su cabellera blanca, era apenas un modesto intento por ocultar el morado alojado debajo de su ojo, sabía que Misadora iba a ser la única que lo notaría y la cuestionaría, pensó que no se sentiría con las fuerzas suficientes para enfrentar a su hija, pero tampoco quería transcurrir el escaso tiempo que tenían, entre malestares y reprimendas. Ella se había cuestionado durante la mayor parte del camino por qué tuvo que corregir a su marido delante de todos, esa conducta no era la de una verdadera dama, mucho menos la de una auténtica hija del mar.

—¿Quieres volver a verlo, no verdad? ¿Crees que te espera ahí? –preguntó impertinente Danhola que continuaba indagando mientras masticaba una manzana, en su tono de voz se agitaban destellos de aborrecimiento y decepción, pues no estaba dispuesta a olvidar el dolor que ella le había provocado a su hermano.

Xukey daba la vida por Satynka, pero ella lo había despreciado hasta casi la humillación y Danhola saboreaba estos momentos encubriendo sus frases y sus gestos con falsas palabras de consuelo; la falta de respuestas a sus incisivas preguntas la regocijaban con profunda satisfacción. Satynka estaba cansada de sus comentarios, su herma’a no había dejado de hablar desde la huerta; durante la mayor parte del camino, su mejor estrategia había sido fingir que dormía bajo el sol ardiente en su frente y la calurosa lana en su espalda, prefería padecer aquel sacrificio a dar explicaciones o respuestas que… desconocía por completo.

—Yo creo que sí –continuó Danhola–, de seguro lo tienen escondido como la inmunda rata que es.

—Dana, por favor, no hables así de él –interrumpió Satynka, abrumada e irascible. «¿Rufanio, estás esperándome, estás en la ciudad… vas a venir por mí, vas a venir por…?», pensó llevándose instintivamente las manos a su abdomen, miró las lumbres próximas al mar y se preguntó si en alguna de ellas encontraría las respuestas.

Tres formidables puentes atravesaban el Río Atroz, valiosa fuente de agua dulce que rodeaba la ciudad casi por completo; sus nacientes se originaban en Altas Cumbres donde el río carecía de nombre, aquel primer tramo de su recorrido constituía un límite natural entre la selva y el resto de las regiones, a partir de ahí, se lo conocía como El Generoso, pues alimentaba y nutría todas las tierras que atravesaba, llenándolas de vitalidad y briosa energía; antes de desembocar en el mar, sus aguas se bifurcaban para transformarse en dos gigantescos brazos protectores que envolvían a Refugio del Mar y era precisamente en este tramo final de su recorrido, donde navegantes y sanguinarios habían perecido durante los permanentes conflictos originados a partir de La Llegada, de ahí lo sombrío de su nombre. El puente que comunicaba con los riscos, una formación natural de roca maciza, conducía a las instalaciones del Apartamiento, construcciones de piedra donde habían habitado antiguos clanes, devenido en cubiles de aislamiento para alojar (bajo supervisión de la Escolta del Mar) a los alborotadores del orden o a aquellos incumplidores de las nuevas leyes de La Conciliación; los dos puentes restantes eran magnificas construcciones de los primeros navegantes.

Según su región de origen y a medida que iban ingresando, las caravanas se conducían por algunos de estos accesos para dirigirse al marcado principal donde depositaban sus productos y mercancías, este proceso se realizaba durante toda la noche previa a las jornadas de intercambio; después de una exhaustiva evaluación de la mercadería, las familias recibían créditos plasmados en numerosas y diversas piezas de metal que solo tenían valor por esos días y en Refugio del Mar. Inútil resultaba conservarlas, pues para la próxima jornada de canjes, los metales cambiaban de forma y de color. Por lo general, todos los créditos alcanzaban para reabastecerse moderadamente y sin excesos.

Los integrantes de cada grupo familiar conciliado, incluso los que vivían en Refugio del Mar, dividían sus tareas para abarcar y conseguir la mayor cantidad de insumos: herramientas, ropa elaborada en la ciudad, calzados, alimentos primarios y eventualmente, alguna que otra reliquia sobreviviente de los tiempos de La Llegada. Muchos de los oficios fueron aprendidos y transmitidos en la ciudad: la fabricación y maleabilidad del vidrio, la herrería, los telares o el curtido de cueros de cabras y ovejas, pero ningún artesano había logrado igualar en calidad y belleza, aquéllos exquisitos productos que alguna vez habían arribado en los barcos desde el mar. Una mítica ola fantasma había arrasado estas tierras devorando todo cuanto quiso, llevándose muchas vidas y destruyendo casi toda edificación navegante. Extraordinarios y valiosos secretos se perdieron entre sus aguas, desde los trazados y conocimientos sobre construcción de grandes barcos y navíos hasta registros escritos de su historia y sus viajes. Los navegantes y terrinos sobrevivientes recomenzaron casi a ciegas y a tientas la restauración de las regiones, y así coexistieron como huérfanos recién nacidos que debieron aprender a establecer la cimentación de una nueva forma de vida.

—¡Hola vieja… alegras mi alma! –exclamó Kemmel, rodeó a su madre con sus brazos y la mantuvo apretada contra su pecho unos instantes–. ¡Te he extrañado, ma, y mucho…! ¿Cómo ha estado el camino?

—Cansador, hijo mío, muy cansador –respondió Kanki, exhausta.

—¡Hija mía! Ven aquí y dale un gran abrazo a tu madre –dijo sonriente Taymah desde el umbral extendiendo sus brazos en dirección a Satynka, pero su espontánea felicidad se vio opacada al notar la extrema delgadez en su hija. Kemmel también había borrado su sonrisa.

—Mamá, estoy cansada –respondió Satynka, pero no hubo necesidad de más explicaciones, su madre ya había tomado el pequeño bolso y, presurosa, la acompañó al sanitario.

La creciente ciudad había perfeccionado interesantes sistemas de distribución de agua dulce, preexistentes de las primeras construcciones, los cuales permitían a los habitantes contar con diferentes y estratégicos centros de provisión de agua al alcance de la gran mayoría de los hogares; también se habían desarrollado necesarias y muy útiles redes de canales internos que permitían desechar el agua utilizada en las casas, cada familia era responsable de mantener el cuidado y la higiene de las diferentes infraestructuras.

—Mamá… tengo que contarte. –Satynka no pudo emitir una palabra más, su llanto comenzó a provocarle intensos espasmos que preocuparon a su madre.

—Ya lo sé, hija. –Taymah intentó tranquilizarla mientras le colocaba un paño húmedo en la nuca.

—No, ma… sabes una parte, quiero contarte todo.

—¿Quieres contarme… que esperas un hijo? –dijo su madre y Satynka vio oscurecerse todo a su alrededor, las paredes de la habitación se derrumbaban entre nubes de sombras, un sudor frío trepó por su espalda, sus labios no dejaban de temblar–. Solo hay una inquietud en mi corazón, ¿cómo estás? –Taymah amaba a su hija, su salud y su bienestar eran prioridad.

—Mamá… antes de visualizar la ciudad, comencé a sangrar… mamá… ayúdame por favor.

—¡Hija…! ¡No… por favor…! Se supone que, si llevas un hijo navegante, estas cosas… –Taymah comenzó a perder el control que había tratado de mantener hasta ese momento.

—No lo sabemos, mamá, perdón, mamá, perdón por todo…

—Voy a llamar a ma-Kanki –exclamó aquella mujer que podía sentir su corazón fragmentado–, no te preocupes, hija, estamos aquí para ayudarte, ¿alguien más lo sabe?

—Rufanio –dijo escondiendo la mirada–, por eso… por eso queríamos… me dijo que me llevaría con los merdanes…

—Aparte de él –la interrumpió su madre disgustada.

—No… creo que Neyhtena sospecha algo, ella era la única que quería que viniese… ma, te necesito… no te enojes… vos no –dijo y las venas de su cuello delataban el inmenso esfuerzo que hacía para no agitarse.

Kanki entró en la habitación y cerró todas las aberturas, excepto la ubicada arriba del gran ventanal, por aquella hendidura ingresaba una reparadora brisa marina. Las mujeres se miraron en silencio, Kanki colocó la pequeña caja de madera sobre la mesa al lado del farol y comenzó a sacar diferentes recipientes, tomó la botellita envuelta en un trapo negro.

—Esto me ha dado Ney –dijo la abuela de espaldas a ambas–. Ney… ella me preguntó si… –Giró dubitativa, sus ojos verdes lucían terribles, apresados en una inmensa incertidumbre.

—¿Qué sucede? ¿Qué te preguntó Ney? –Quiso saber su nuera.

—¿Si los merdanes ya te han revisado?

—¿Qué…? Ma-Kanki, no –respondió Satynka sin poder mirarla a los ojos–. Todo se precipitó aquélla noche que Yllawie quiso… pero no, ¿por qué, qué sucede? –preguntó con el poco aliento que le quedaba.

—Atiende bien, desde tus… encuentros con Rufanio, él o sus primas… han intentado darte algo para comer o para beber –dijo Kanki mientras manipulaba los frascos de la caja de madera.

—No… no recuerdo… –Satynka miró su desprolijo bolso donde había arrojado las nueces.

—¿Qué ocurre, qué tienes ahí? –preguntó su madre.

—Beasilia… Yllawie –balbuceó la confundida joven–, Beasilia me envió unas nueces...

Taymah se dirigió al bolso y hurgó desesperada sin comprender lo que ocurría, encontró el pequeño envoltorio y se los dio a Kanki.

—¿Qué sucede, ma-Kanki, que sucede…?

—Aún no lo sé, solo sigo instrucciones de la niña, ya sabes cómo es. –Kanki vertió unas gotas del contenido del pequeño frasco sobre una de las nueces, ambas miraban absortas sin saber qué debían ver, sentían el aroma agridulce que expelía la botellita–. Yo no veo diferencias, me dijo que me iba a dar cuenta, yo… yo te juro que aunque lo intento, muchas veces no sé de qué habla Neyhtena… o lo que intenta decirnos.

—Mamá… –dijo Satynka, las sábanas comenzaron a teñirse debajo de su entrepierna–. No… no me siento bien…

Su abuela y su madre corrieron a asistirla, Kanki sabía cómo ayudarla, solo debía continuar confiando en las instrucciones de Neyhtena y utilizar las mezclas que había preparado Wayhkkan.

Danhola ya dormía exhausta en el cuarto de las visitas, su hermano Xukey, como era de esperar, se había instalado con sus padres, pero ella prefirió quedarse con la familia de su esposo. Chattel y Kemmel fumaban sus tabacos fuera de la casa, a veces sentados en el umbral, a veces de pie, pero en todo momento, inquietos y taciturnos; expulsaban el humo en dirección al mar y la brisa se lo devolvía disuelto en aromas marinos, en silencio, podían escuchar los diferentes festejos de las casas aledañas de donde se escapaban otros aromas que delataban intensos y agradables sabores a comida recién asada. Las propiedades de los terrinos compartían calles y los vertederos de agua, el asentamiento de los navegantes se situaba del otro lado del mercado principal, irónicamente, más alejado de las playas sobre terrenos algo más elevados, desde donde se podía apreciar el mar en todo su esplendor. Esta ciudad los albergaba a todos por igual, juntos… no mezclados. A semejanza de la dolorosa realidad que se destacaba en las caravanas, la presencia y los juegos de niños, diferenciaban el ritmo bullicioso entre ambas comunidades.

La mayor parte de quienes habían marchado a Refugio del Mar para dar origen y respaldar el Pacto de Conciliación, eran jóvenes de ambas estirpes, algunos ya unidos en matrimonio, en ellos se habían depositado las esperanzas del inicio de esta flamante ciudad y fue así que año tras año, vieron nacer y crecer niños navegantes al mismo tiempo que sintieron el dolor y la angustia por las pérdidas que sufría la comunidad de terrinos.

—Pa-Xunnel no ha regresado aún –expresó pensativo Chattel.

—No te preocupes por ese viejo necio. –Intentó tranquilizar su padre–. No sé… a veces deseo que encuentre al cobarde, pero de inmediato pienso que nunca debió seguirlo, no sé, dejarlos ser… ella lo eligió así, no la entiendo, involucrarse con uno de ellos, ¿qué espera de Rufanio?

Los nuevos pactos de La Conciliación no prohibían la relación interracial, solo existían sanciones para todo aquél que forzase o intentara violentar cualquier tipo de vínculo, en especial para con los niños y las niñas, considerados sagrados e intocables; la única sanción acordada y aceptada para quien quebrantara este mandato, se basaba en la pena de muerte. Para hechos de violencia o sometimiento entre miembros de una misma comunidad o distinta, existía el inflexible acuerdo de aplicar castigos severos que incluía acciones de resarcimiento o reclusión en el Apartamiento. Sin embargo, para cualquier otro vínculo o amorío interracial de mutuo consentimiento, no existían restricciones ni impedimentos sociales; aún así, el hecho provocaba sentimientos opuestos entre las etnias, por una parte, los navegantes lo consideraban idilios sin importancia, medios de diversión y en su mayoría, motivo de regodeo; por la otra, este tipo de relaciones eran detestadas por los terrinos a quienes les resultaba en extremo humillante y deshonrosas, al tiempo que provocaba una condena implícita de rechazo o exclusión; en su comunidad, los involucrados eran tratados como traidores y por esta razón, las familias implicadas ocultaban los hechos o trataban de hacerlo, para evitar el rechazo de los propios, considerado el peor de los juicios.

Pocas (escasas) veces, las relaciones se consolidaban aferradas a la creencia de la existencia de una mítica “sociedad de mezclados”, lugar a donde las parejas, constituidas siempre por hombres navegantes y mujeres terrinas, decidían marcharse para el inicio de una vida diferente; entre tantos susurros, los vientos decían que allí, ellas podían parir hijos vivos. La idea no era del todo descabellada, pues durante muchos años, la comunidad de desertores también había sido una especie de mito o absurda creencia esparcida por los vientos. Mal que les haya pesado a los navegantes, el mito se transformó en el nacimiento de una muy completa, organizada y respetable comunidad de terrinos a la que debieron acudir por ayuda, reconociéndolos como iguales luego de aceptar que sin esta floreciente cultura, no habrían podido sostener la propia.

Mientras las mujeres atendían a Satynka en su habitación, los hombres intentaban esclarecer los acontecimientos ocurridos desde su último reencuentro.

—Siempre creímos que Yllawie era quien amaba ese mundo, pero Satynka… no entiendo por qué… Con tu madre nos entusiasmamos al pensar que comenzaría su vida con Xukey, pero, ¿con ellos…? –cuestionó Kemmel en un intento por razonar en voz alta.

—Ya no existe ellos o nosotros, todos juntos dictaremos la nueva sociedad –respondió Chattel mirando hacia las olas.

—Eso no va a pasar… ellos esperan, solo esperan.

—Lo mismo dice ma-Kanki –recordó el muchacho.

—No tienen necesidad de conflictos ni de sufrir más pérdidas, hijo… ellos solo esperan y enseñan a su descendencia que esta tierra les pertenecerá tarde o temprano.

—Papá… yo tampoco la entiendo, pero no puedo enojarme con ella…

—Ya encontraremos el tiempo para hablar con tu hermana, ahora está débil, no me gustó verla así. –Miró hacia la habitación y reflexionó–: ¿No sé qué está pasando ahí, por qué se demoran las mujeres?

—Todo va a estar bien, pa, ella… ella no se habla con Yllawie, cree que todo es su culpa –dijo Chattel con pesar, amaba a sus hermanas por igual y le dolía el distanciamiento que se había producido entre ambas.

—Yllawie ha hecho bien, aunque quizá solo quería retener a su maldito navegante, no sé, pero ha hecho lo correcto, no dejo de pensar si… –Kemmel hizo silencio mientras expulsaba círculos de humo–. Hijo, quiero disfrutarte, por qué no me cuentas de los triniños, de Lonkkah.

—Nuevamente desobedecieron a ma-Kanki.

—¿Otra vez los collados? –acertó su padre.

—Sí… no los vas a reconocer.

—¿Han crecido mucho?

—No es eso, es que… cuando hablan, las cosas que dicen, pa-Xunnel es sabio, pero ellos… ellos… a veces no puedes creer lo que hacen o lo que dicen –dijo Chattel moviendo sus manos tratando de imitar los movimientos de los pequeños–. Kkan manipula las hierbas y estoy seguro de que lo que no puede hablar con nosotros, lo puede hacer con los animales; Ney, esa niña es… ya sabes… creo que todos lo sabemos, pero ninguno lo quiere mencionar –dijo susurrando–. Chay y esa obsesión con la montaña-madre, la que está cerca del Lago de Fuego que siempre menciona Yllawie.

—Ese viejo loco de tu abuelo una vez me dijo… me dijo lo extraordinario del ganado –balbuceó Kemmel sin poder arribar a una coherente conclusión–, dijo que nuestro ganado había crecido de una forma muy extraña, excelente lana y carne, los frutos del huerto siempre han sido los más apreciados en los intercambios… tu suegro no ha logrado ni la mitad de la producción y estamos hablando de los mismos pastos y del mismo arroyo, tu abuelo siempre pensó que había algo prodigioso detrás.

—Todos lo sabemos… –interrumpió Kanki. Los hombres nunca habían advertido su presencia, Chattel se incorporó asustado, su porte era aun más imponente cuando se ponía de pie–. No te asustes gran niño –susurró la mujer que decidió permanecer en el umbral–, toda nuestra familia lo sabe, que hayan aprendido a ocultar sus ojos no significa que hayan ocultado su verdadera esencia, no es un secreto que se pueda olvidar. Tu hermana está descansando ahora, quisiera que esos prodigios estuvieran aquí con nosotros para que me ayuden con Satynka. –Estiró su mano pidiéndole a su hijo le invite un poco de ese tabaco.

—¿Ocurre algo malo? Pocas veces te he visto así, vieja –expresó preocupado Kemmel.

—Hijo, Satynka debe quedarse, no es prudente que vuelva a exponerse a un viaje tan largo, no debí dejarme convencer por Neyhtena. –Se reprochó la fatigada mujer mientras expulsaba el humo contenido, con la última bocanada dejó salir una reflexión–: No siempre acierta… no siempre debemos seguir sus intuiciones…

—Ma-Kanki… –dijo Chattel, pero su abuela lo interrumpió.

—Tu mujer no debe saberlo –sentenció mirando a su nieto–, lo que les voy a decir queda y muere entre nosotros.

Los llevó al centro de la calle, el bullicio alrededor los aturdía, en algunas casas cantaban, en otras reían, en todas se festejaban los encuentros. Ella improvisó un pequeño círculo y les contó lo que acababa de suceder en la habitación, su hijo y su nieto transformaron sus semblantes, pero antes de que pudieran deslizar alguna reacción, ella les suplicó:

—Ahora abracen y besen a esta vieja… finjamos disfrutar de este hermoso encuentro…

—¡Ha huido como rata! Ni siquiera entiendo por qué papá tuvo que salir a buscar su escondite… –Fue lo único que pudo expresar Kemmel antes de que sus palabras se ahogaran en un desconsolado llanto.

La jornada siguiente comenzó antes de que asomaran las primeras luces matutinas, Serjancio, Nemecino y Kemmel pudieron concretar un beneficioso intercambio de valores por aquel excelso potrillo que habían visto la noche anterior, era el tercer año que lograban hacerse de un maravilloso pura sangre; Kanki y Taymah consiguieron sin grandes esfuerzos, costales de harina de maíz y buenas semillas para el próximo tiempo de siembra; Misadora y Beasilia renovaron las ropas de cama, sábanas, mantelería y diferentes bateas para los quehaceres; Regildo y sus primas se encargaron de reabastecer su arsenal con nuevas herramientas y armas: discos de arado, herraduras, hachas, dos ballestas y novedosas puntas de saetas metálicas; Chattel y Regildo aprovecharon un buen lote de postes, maderas, clavos y clavijas; Enufemia y Eleutonia fueron las encargadas de conseguir la mercadería para reabastecer sus almacenes: granos de café, azúcar de caña, tabaco y una larga lista de pequeños, pero imprescindibles comestibles del agrado de los integrantes de sus familias.

“Sol Flamante” era el bimestre o la estación más productiva en la huerta de la familia conciliada por Serjancio y Xunnel, por ende, el mercadeo que se efectuaba en los inicios del siguiente bimestre, “Sol Ardiente”, resultaba para ellos, el más provechoso de los intercambios y usaban los beneficios para aprovisionarse para el resto del año. En cada integrante cabía la responsabilidad de advertir lo necesario para renovar o reabastecerse de alimentos primarios, insumos y elementos para las tareas de mantenimiento de la huerta y del ganado.

Una vez finalizadas las obligaciones y obtenidos los elementos previamente pactados, la segunda jornada los invitaba a relajarse y las tareas estaban destinadas a la cotidianeidad y a actividades mucho más placenteras; cada cual contaba con plena libertad de adquirir productos o accesorios para uso y consumo personal. Beasilia amaba obtener platería o cristalería o cualquier tipo de objeto proveniente de ultramar, estos valiosísimos utensilios solo podían conseguirse en el viejo almacén que pertenecía a una antigua familia cuya propiedad acaparaba las mismas arenas donde, cientos de años atrás, habían arribado los primeros barcos; todo cuanto pudiera encontrarse en esas arenas, era de su propiedad y sus dueños, libres de intercambiar para beneficio propio. Beasilia sentía que estos objetos la mantenían conectada con sus orígenes.

Cerca del viejo almacén, existía un precario aserradero abandonado, otrora único taller de las primeras comunidades de navegantes, ahí había sucedido una de las mayores masacres contra los viajeros del mar: niños, mujeres y hombres desprevenidos habían perecido ante un devastador ataque de quienes, a partir de ese terrible acontecimiento, comenzarían a llamar “sanguinarios”. La embestida había ocurrido durante la noche de celebración de bienvenida ofrecida a los recién llegados, de manera terrible y fortuita, la gran mayoría de los que lograron sobrevivir a la matanza, fueron aquellos que aún no habían descendido de los navíos. La masacre determinó un antes y un después, los supervivientes emplazaron todas las instalaciones hacia las playas de arena, levantaron puestos de vigilancia en los riscos y en los cerros circundantes y aprovecharon aquel oportuno y extenso río para usarlo como defensa natural. De esta manera, la nueva y creciente población se situó donde, a posteridad, se erigiría una tímida ciudad a la que comenzaron a llamar Refugio del Mar, centrada estratégicamente entre majestuosos riscos por su derecha y agrestes cerros por su izquierda. Los integrantes de la familia del almacén se negaron a abandonar su propiedad y, aunque la cercanía se los facilitaba, ni ellos ni ningún otro habitante, se atrevieron a reconstruir el aserradero. Para todo hijo del mar, allí habitaban las almas de los infelices que no tuvieron la oportunidad de recibir el digno funeral navegante. Sus únicos vecinos habían aprendido a convivir con los susurros y las sombras danzantes que en ocasiones daban vida al antiguo taller.

Al finalizar la segunda jornada, todo el esplendor de mercado comenzaba a desvanecerse y aquéllas mismas tiendas que se desarmaban presurosas, resurgían llenas de vigor en las playas, abriéndose paso entre otras tantas que ya se habían instalado para ofrecer diferentes tipos de degustaciones de bebidas y comidas interregionales; las arenas se transformaban en una gran feria donde los entretenimientos abundaban y en consecuencia, toda la sociedad, cual cambio de marea, comenzaba a aglutinarse a orillas del mar. La noche de cierre de los intercambios era esperada con ansias y entusiasmo, la playa cobraba una luminosidad diferente y embriagadora.

Misadora ya no contaba con más fuerzas para continuar, su salud se había debilitado después de sus dos últimos embarazos, Enufemia había insistido en regresar con ella y acompañarla para colaborar con lo que pudiera necesitar, pero su madre se había negado a que retornara a la casa y con amable actitud, le había pedido que atendiese a Elumira, su pequeña hermana. Enufemia aceptó sin protestas, acompañó a su abuela y a sus hermanas que no tardaron en unirse a las otras damas de su comunidad que se encaminaban hacia las bulliciosas arenas, había perdido de vista a su abuelo y a sus primos, pero sabía que era costumbre entre los hombres navegantes, concretar reuniones apartadas de los festejos.

Kanki y Taymah regresaron presurosas a la vivienda, su preocupación estaba anclada en la salud de Satynka. Su madre se dirigió a la habitación donde ella dormía y notó que reposaba sin agitaciones, también pudo corroborar que ya no tenía fiebre, observó que había consumido el modesto desayuno y al fin se relajó; aliviada, regresó a la cocina y comenzó a preparar infusiones.

—¿Está mejor? –preguntó Kanki.

—Sí, ha comido, eso me tranquiliza, el sangrado está disminuyendo. –Taymah estalló en llanto–. Perdona, es que… es que he intentando permanecer…

—Está bien, hija –consoló Kanki. Tomó las manos temblorosas de su nuera y expulsó un suspiro, respiró profundo y al fin dijo lo que hacía tiempo había intentado proponer–: Creo que ya debes permitir que yo me quede aquí en tu lugar, no me malinterpretes, yo puedo con la huerta y los quehaceres, pero mis nietos, siento que ya no, que se me escapan de las manos… las chicas no se hablan…

—Yllawie, ¿qué pasó entre ellas? –indagó Taymah, quería terminar de armar las piezas que le faltaban a su historia–. Ya sé que fue Lawy quien los detuvo, pero…

—¿Duerme? –preguntó Kanki señalando la habitación de Satynka, su nuera asintió–. Sabemos que Rufanio siempre ha estado detrás de Yllawie, erróneamente creímos que actuaba como un hermano sobreprotector, pero poco a poco… quiero decir, los chicos crecían y todos advertimos que él tenía otro tipo de sentimientos hacia ella, ustedes todavía vivían con nosotros, sabes de qué hablo, ¿no verdad?

—Lo sé, yo estaba ahí cuando sucedió lo de Yllawie, por eso nos involucramos de otra manera para con esa niña y aunque sus abuelos lo nieguen, él la lastimó y todos sabemos que también fue Rufanio el que lesionó a mi pequeño Lonkkah.

—Sí, era pequeño y esa desventaja nunca lo detuvo, sobre todo si se trataba de Yllawie.

—Lo sé, sé que las cosas al fin encontraron el camino para acomodarse, pero… ¿qué tiene que ver con el vínculo entre mis niñas?

—Todo comenzó a relacionarse con todo, Nemecino y Misadora, Kemmel y vos, ya habían partido a la ciudad y debo reconocer que siempre les hemos contado retazos de lo que pasaba allá, en la huerta, para no preocuparlos. Hija, con el tiempo las cosas no se acomodaron, las riñas y los berrinches entre él y Lonkkah empezaron a ser más intensas… y continuas. Creemos que, no lo sabemos con certeza, pero notamos que, a medida que todos ellos crecían, los chicos navegantes fueron ignorando a Yllawie, apartándola de sus vidas, excepto Rufanio que ya manifestaba una obsesión hacia ella. Yllawie nunca habló con nosotros… ya sabes, solo habla con sus abejas y, ¡quién sabe lo que esa niña tiene en el corazón!

Envuelta en estas palabras, “niña” era el término de Kanki para expresar la dulzura de negarse a aceptar que el tiempo pasaba transformándolo todo de manera drástica e irreversible.

—Ma-Kanki… sabes todo lo que ha sufrido…

—Lo sé… lo sé –murmuró asintiendo con su cabeza, pero luego, como despertando de un sueño, alzó el tono de su voz y vociferó–: ¡Y de una manada de hermanos… pasó a otra que también tenía un alfa que protegía a los suyos…!

—Lonkkah, es lógico, es su hermano. –Taymah sorbió su aromático té distraída en sus comentarios hasta que vislumbró una luz muy diferente en los ojos de su suegra–. ¿Qué…? Ma-Kanki, ¿por qué me miras así?

—Él la ama. –Kanki soltó aquellas palabras que parecían quemarle en la garganta y esperó a que Taymah, de una vez, dedujera el resto.

—Sí… por supuesto que la ama, es… –Un velo atravesó por sus ojos y la taza se le escapó de las manos.

—Taymah, de pequeños, Xukey y Danhola también crecieron casi bajo nuestro amparo y nunca nos sorprendimos de nada, ¿no verdad?

—No es lo mismo, Kemmel y yo la amamos como a una hija… ¡Es nuestra hija!

—Eso, mi querida nuera, es otra cosa, lo que sientes nadie te lo va a quitar, jamás. –Kanki la invitaba a soltar las riendas en su mente. Se levantó de su silla, volvió a servirle té y después de esta breve reflexión, concluyó–: En el fondo de tu corazón también lo comprendías así.

—¿Y ella… Yllawie? –preguntó Taymah después de asentir con su cabeza.

—Ya te lo dije, quien sabe lo que esa niña tiene en el corazón, que haya querido venir a la ciudad con ustedes fue como un bálsamo para todos y… no sabemos cómo ni cuándo ni el por qué, pero Rufanio y Satynka habían comenzado una relación.

—Querida ma… has hecho y estás haciendo un grandioso trabajo. –La voz y las palabras de Taymah se sentían como tiernas caricias al alma–. Pero nos hubiera gustado saberlo desde el comienzo. Ahora comprendo por qué Yllawie quiso regresar a instalarse en la huerta, Xukey habló con ella durante el intercambio anterior, lo vimos desanimado... ahora comprendo todo.

—Tienes razón, Taymah… –dijo Kanki y de pronto se sintió abatida–. Te digo, hija, que ya no puedo, que todo se me va de las manos. Satynka no perdona a Yllawie no porque haya impedido que huyeran, Saty sabe que Rufanio nunca la amó como ella lo esperaba, como ella cree que siempre amó a Yllawie.

—Mis hijas… mis hermosas hijas enfrentadas por un mald… –No pudo pronunciar la palabra, Taymah no sabía de agravios.

—Antes de partir pasó algo –dijo su suegra mirando hacia la habitación–, se dijeron algunas cosas, pero eso debes hablarlo con ella, todos coincidimos en que está confundida y quizá… unos días aquí, cerca de sus padres y lejos de aquello que solo le ha producido dolor pueda clarificar su cabeza.

—¡Sí, ma-Kanki, agradezco tanto todo lo que has hecho por mis hijos…! Debes regresar, yo voy a quedarme aquí con ella, al menos durante el Sol Ardiente y luego decidiremos lo demás.

Y con un delicado beso en la frente, Kanki selló complacida el amoroso vínculo que mantenía con su nuera.

Coraza partida, portal abierto

Enufemia permanecía dispersa en el vaivén de las olas del mar, sus pensamientos viajaban hacia los ojos de Lonkkah y regresaban presurosos a la imagen de Yllawie, saberlos juntos en la huerta la intranquilizaba al extremo de perturbar la toma de sus decisiones. ¡Lo habían jurado a maldición! El caparazón roto había abierto una ventana y ella sabía con exactitud a quien debía acudir.

—¿Dónde estás? –preguntó su abuela.

—¡Abusilia! –exclamó Enufemia de forma tierna mientras se arrojaba a sus brazos.

—¿Qué te sucede, hija? –Beasilia sintió el fuerte abrazo de su nieta y su corazón se estremeció.

—Nadie habla conmigo en la huerta, a la única a la que le intereso es a Yllawie, pero se ha involucrado cada vez más con su gente, ya no nos considera familia… Tú siempre estás triste en tu habitación y aquí… aquí soy una sombra.

—Dulce Femy, me rompes el corazón, a veces… a veces las cosas me superan. Tienes a tu hermana, no busques en esta vieja a alguien con quien conversar, Tonia puede escucharte y…

—Ella se volvió distante, Abusilia, compartimos la habitación, pero ella siempre pasa las… pasaba sus noches con Rufanio y Regildo, ellos tres y el abuelo son unidos, hablan en códigos delante de mí, son…

—¿Te maltratan?

—No… –Su pregunta la angustió–. Ellos son amables conmigo, pero… distantes, para ellos sigo siendo una niña. –Hizo una pausa y continuó–: Abusilia, ¿qué pasó con Rufanio… y Satynka? No soy una niña… ninguno de ellos desayuna con nosotros, Rufanio se fue de la huerta y pensé que estaría aquí para reemplazar a mamá porque está muy enferma. –Tomó el coraje necesario y al fin preguntó–: ¿Qué le sucede a Saty?

—Ellos, Rufanio y Satynka… a veces nuestros hombres buscan distraerse con terrinas.

—Pero él ama a Yllawie, él lo prometió… todos juramos a maldición –expresó segura y casi sonriente.

Beasilia tragó saliva y su semblante se palideció, paralizada, se quedó observando a su alrededor, solo después de cerciorarse de que nadie había escuchado estas palabras, atinó a tomar a su nieta del brazo para llevársela hacia la orilla, buscando un lugar más apartado, se detuvieron donde las olas mojaban sus pies, el agua danzaba cálida y calmada entre sus tobillos.

—¿Qué acabas de decir?

—Juramos a maldición cumplir nuestros deseos, nuestras promesas.

—¿Qué sabes tú de… cuándo fue eso? ¿Quiénes estaban… qué hicieron? –indagó Beasilia mezclando palabras y preocupaciones, sabía con exactitud lo que era un juramento a maldición, antigua hechicería oscura que creía desaparecida de su cultura, pero por, sobre todo, de su sangre.

—Abusilia, ¿qué sucede?

—Femy, quieres que yo hable contigo, voy a responder todo, pero ahora necesito tus respuestas. –La energía del mar parecía haber regresado a los ojos de Beasilia, una vitalidad que hacía mucho tiempo le fuera arrebatada por alguna de sus mareas internas despojándola de todas sus fuerzas.

—Fue hace… no lo sé… yo tenía… no sé, era una niña –dijo Enufemia intentando disfrazar la verdad.

—Eras una niña –repitió susurrando su abuela y casi pudo sentirse aliviada–. ¿Quién más, quién inició el ritual?

—Tonia o Rufanio, o los dos creo.

—¿Qué usaron como portal? –preguntó, pero su nieta solo tenía una expresión de desconcierto–. ¿Usaron algún instrumento, recipiente…?

—Un caracol, el de Yllawie, ese que encontró una vez en…

—Sé cuál es, el que luego quiso hacérselo quedar tu hermana –interrumpió su abuela y el pánico nubló su razón. «Es imposible» pensó al recordar que su hija lo había escondido, pero luego de reconsiderar, cuestionó–: ¿Quiénes cruzaron el portal? –Sacudió su cabeza para corregir su pregunta–. ¿Recuerdas quienes participaron y qué objeto personal colocaron en él?

—Sí, todos colocamos rizos de nuestros cabellos, el mío atado con cinta azul y el de Tonia, con cinta roja para diferenciarlos, el de Yllawie era muy delicado y bonito, no era negro como los nuestros, Rufanio también colocó el suyo y lo sellaron con una sustancia viscosa.

—¡Eras una niña! –Beasilia se exasperó en un intento de convencerse a sí misma de que su inocente nieta no corría peligro alguno–. Confía en mí… nada va a pasar contigo porque yo sé cómo protegerte, lo que no sé es… no sé qué debo hacer con tu hermana o tu primo.

—¿Y no te preocupa Yllawie? –preguntó Enufemia, su abuela solo podía ver ingenuidad en sus ojos.

—Estoy preocupada, si ellos iniciaron el ritual es porque… sabían lo que hacían, pero… ¿por qué, por qué…? –Aunque intentaba encontrar alguna explicación convincente, no dejaba de tropezar con cabos sueltos en el relato–. ¿Satynka participó del rito?

—No –respondió Enufemia y su abuela vislumbró agotamiento en sus palabras y falta de interés para seguir contestando las preguntas, también sabía que su nieta era demasiado amable y tolerante para negarse a continuar.

—¿Dónde está el caparazón? Es posible… existe la posibilidad de frenar todo antes de abrirlo. ¿Sabes dónde… en qué lugar lo esconden? –preguntó Beasilia, pero Enufemia prefirió el silencio–. Femy… ¿dónde está?

—Estaba… en un hueco escondido debajo del mueble de las sábanas.

—¿Estaba?

—Tonia lo rompió… lo dejó caer.

—¿Lo rompió o lo dejó caer? –Beasilia sintió que la sangre se helaba, apoyó sus manos en las mejillas de su nieta–. ¿Puedes recordarlo bien?

—Después de sacarlo de su escondite, Tonia lo colocó sobre la mesa de la habitación y llamó a Yllawie, cuando Lawy apareció, se lo pidió, le pidió que se lo alcanzara. Lawy estaba sorprendida… no, sorprendida no, ella no entendía bien qué sucedida, lo tomó dubitativa y se lo entregó, pero Tonia quitó su mano y el caracol se rompió. Fue hace poco, antes del desayuno de celebración de Yllawie.

—¿Sabes los secretos de ellas? –cuestionó su abuela, Enufemia negó con su cabeza–. Me imagino que ninguno de ustedes, ninguno de ustedes que participaron en el ritual ha tocado esos cabellos.

Su nieta continuó negando con sus expresiones en silencio y Beasilia respiró aliviada; concentrada en esta nueva e inesperada preocupación, comenzó a armar conexiones para encontrar la manera de proteger a sus nietos, pero Enufemia habría de soltar perturbadoras palabras que desestabilizarían su semblante:

—No. Ninguno del ritual ha tocado esos cabellos.

—Qué… qué quieres decir… ¿Quién… alguien más los tocó?

—Regildo tomó el de Yllawie.

—¡Muchacho imbécil! ¿Por qué… para qué?

—Tonia se lo pidió, creo que… vinieron a ver… se lo trajeron a… –Enufemia respondía retazos de lo que sabía, sus titubeos confundían a Beasilia que intentaba armar o descartar conjeturas en su cabeza.

—Abusilia, era un juego al que le decíamos jurar a maldición, pero tú me hablas de una verdadera maldición –murmuró Enufemia, su abuela la miró con desesperación.

—Ustedes crearon un pequeño ritual, eso no fue grave, lo peligroso es lo que hicieron después. ¡Niños estúpidos! Ahora que han madurado, pueden cruzar el portal y, ¿eso es lo que busca Tonia, convertirse en…? ¡Puedo ver la mano de Serjancio detrás de todo esto! Se involucran… e involucran a la familia. ¿Dónde está Tonia? –gritó irritada–. Debo ir por tu hermana, no me preocupa Regildo, él no participó, solo lo están usando. Tonia, ¡niña estúpida! –repitió desesperada, Enufemia había quedado inmóvil sobre la arena, las olas continuaban golpeando sus pies. Beasilia tenía el doble de interrogantes… y la mitad de las respuestas, tomó una delicada navaja que siempre cargaba en su bolso y cortó un grisáceo rizo de su cabellera, estiró su mano para entregarle el mechón y se detuvo, vaciló por un instante, cerró su puño antes de que Enufemia pudiera tomar su cabello, un velo de dudas cubrió sus retinas. «¡Está bien! Es mi dulce Femy» pensó. Luego abrió su mano y murmuró–: Femy, toma una parte de mí, esto te protegerá, no se lo entregues a nadie, es solo para ti. –Su nieta recogió el corte de cabello, ambas sonrieron y Beasilia se alejó presurosa en busca de Eleutonia.

Enufemia se quedó acariciando el mechón rizado de su abuela, miró a su izquierda y observó las barcazas de pescadores, el agua en sus tobillos le brindaba entera satisfacción, colocó un pie delante del otro y así continuó avanzando ensimismada en sus confusiones, de pronto, un fuerte oleaje golpeó su rostro; casi sin advertirlo, había avanzado hacia la inmensidad del agua que ya cubría su pecho y fue cuando el susurro del mar pareció clamar su nombre. Entre los hombres que estaban más allá de las barcazas se encontraba su padre Nemecino, él había visto a su madre y a su hija conversar juntas, un panorama que lo había inundado de alegría y satisfacción, pero el hecho de que su madre se alejara de ahí, llamó su atención y decidió encaminarse hacia la playa. De un instante a otro, gigantescos nubarrones cubrieron las estrellas y la lumbre lunar y una inesperada oscuridad se derrumbó sobre todo el lugar, él apresuró sus pasos y pudo vislumbrar la silueta de su hija flotando en aquel mar espejado.

—¡Femy! –gritó su padre por segunda vez, Nemecino nadó hacia ella, la sujetó por la cintura.

Un par de amigos que estaban con él, concurrieron de prisa a las instalaciones de los merdanes para notificar el reciente acontecimiento y solicitar sus servicios al tiempo que Nemecino trasladaba a su hija hacia la casa.

—La joven está bien, sugiero que permanezca unos días con ustedes, puede regresar a los campos en la próxima estación –manifestó Celiceo con serenidad, era uno de los tantos merdanes citadinos y como tal, conocedor de dolencias y de numerosas medicinas tradicionales de los navegantes–. Estimada Beasilia, su hija también está delicada… le voy a dejar unos potajes que la van a fortalecer. Su nieta pide por usted.

—Gracias, Celiceo –pronunció cortésmente Nemecino mientras envolvía una botella de sus exquisitos licores sin abrir para obsequiársela.

Los merdanes estaban al servicio de la comunidad y todo navegante debía velar por su bienestar, era costumbre de cada familia, obsequiarle algún detalle en señal de agradecimiento y buena voluntad; considerados custodios de la sabiduría de antiguos hechiceros, sus palabras contenían verdades innegables, en ellos residía el poder de manipular las energías del cielo, del mar y de la tierra, grandes conocedores de antiguos maleficios y a tales efectos, portadores del conocimiento de la correspondiente protección. Los terrinos nunca solicitaban esos servicios, su desconfianza se basaba en esa particular y muy cuestionada sabiduría que decían poseer y al confuso e irracional palabrerío que utilizaban para transmitirla; para los terrinos, esos métodos, tan irrisorios como ridículos, eran lo más alejado a lo que consideraban pleno conocimiento y prodigiosa sabiduría, solo confiaban en sus propias medicinas, transferidas o heredadas de padres a hijos, las cuales provenían, principalmente, de la observación de la naturaleza.

Beasilia habría de aprovechar las circunstancias y apartó a Celiceo simulando interés por la salud de Enufemia; una vez que pudieron continuar a solas, supo expresarle su verdadera preocupación y solicitar su auxilio en busca de protección para sus nietos.

—Lo acompaño hasta la puerta –dijo Beasilia. Después de cruzar el umbral, cerró con delicadeza el enorme portón y comenzó a susurrar–: ¿Cree que es posible? Mi sangre, temo por mis nietos.

—Es posible, Beasilia, pero no se preocupe, hablé con sus nietas, su hija estaba presente, me lo contaron todo y llevo el material necesario para intentar recomponer los acontecimientos pasados y futuros.

—Eran niñas, nada malo va a suceder, ¿no lo cree?

—Pasaron muchos años, la sangre dormida siempre quiere despertar, el mar siempre quiere avanzar… como la lava…

—Estoy confundida…

—Nada importa las edades, todos los que participaron fueron instrumentos necesarios. Manipularon fuerzas que desconocen. Creo, mi señora, que lo que fuera que estuvo atrapado ahí, encontró el canal para resurgir. –La voz de Celiceo era pausada y delicada, cualquier oportuno oyente debía realizar un esfuerzo extra para poder escuchar sus trémulas palabras–. No debieron alimentar a esa niña.

—¿Por qué lo menciona? –Beasilia, sorprendida por estos inesperados dichos, intentó contener su agitación.

—El mar corre por la sangre de esa niña, el mar siempre busca la manera de invadir las entrañas de la tierra… y eso, en estos tiempos, es peligroso. Me hubiera gustado poseer el cabello de esa niña, ese que ella entregó por voluntad.

—Ya se lo dije, no lo tenemos –respondió Beasilia, esta vez, su voz sonó lacerante.

No fueron las palabras del merdán el motivo de su perturbación, sino el contexto en el que las había pronunciado. «Como la lava». Ella no terminaba de comprender por qué tuvo que mencionar o introducir esta alegoría de sanguinarios en su conversación.

—Regrese con su familia, Beasilia, la necesitan en este momento –concluyó él antes de desaparecer en las tinieblas del callejón.

Beasilia regresó hacia la habitación de sus nietas, golpeó la puerta antes de ingresar e intentó involucrarse en el dialogo entre Enufemia y Misadora.

—… créeme madre, eso es todo… –Enufemia hizo silencio al ver a su abuela.

—No te preocupes, hija mía, ahora necesitas descansar –dijo Misadora sujetando la mano de Enufemia, mientras miraba de reojo a Eleutonia, aquel silencio la inquietaba.

—Ya hablé con Regildo… no lo tiene –murmuró Beasilia–, Neyhtena se lo pidió… prácticamente se lo arrebató de las manos.

—¿Ney? ¿Cómo supo? –preguntó sobresaltada Enufemia y cruzó miradas con su hermana–. ¡Solo estábamos nosotros tres cuando él lo tomó!

—No importa –respondió su madre, aunque Misadora lucía abatida, tenía la entereza para poder manejar tal situación–. Hija, hemos hablado con tu padre y tus abuelos, queremos que te quedes unos días aquí.

—Madre, la huerta… cada vez somos menos y es mucho el trabajo –respondió preocupada–, no, no puedo.

—¡Puedes y lo harás! También te necesito, necesito que me ayudes aquí –insistió con firmeza Misadora– y que te ocupes de algunas de mis tareas en la ciudad.

—Ya hablé con Kanki, Satynka también se queda, tu primo dijo que va a suplirte en tus labores –intervino Beasilia para suavizar la tensión.

—Está decidido, puedes visitar a Saty las veces que quieras y ella puede venir aquí –concluyó su madre.

—¡Estoy bien! Yo… ¡Madre…! ¡Abusilia, por favor…!

—Sabemos que Saty no es Yllawie, hubiera sido diferente con Lawy, sé que eso te hubiera alegrado –manifestó comprensiva su abuela, en su corazón, también sabía que la presencia de Yllawie sería del agrado de su propia hija.

—Ahora descansen –rogó Misadora antes de darle un beso a Enufemia en su mejilla–, mañana vamos buscar qué tareas puedes realizar aquí. –Luego se dirigió hacia la cama de Eleutonia para despedirse, pero su hija había girado su cabeza hacia la pared–. Hija, no voy a retirarme así. –La joven se incorporó y colocó su frente debajo de los labios de su madre, Misadora acarició su rostro y besó los párpados de su hija–. Tonia, todo va a estar bien…

III Hija de la luna

El río de lava fluía hacia el lado oculto del Monte Ermitaño trazando el camino hacia el mar, la violencia del fuego contra la furia del agua se fundía en un explosivo encuentro del cual emergerían las inmortales e indestructibles rocas que perpetuarían aquel instante para toda la eternidad…

Un intenso hormigueo se había apoderado de sus extremidades, su vista borrosa no la ayudaba a avanzar… cada parpadeo eran agujas punzantes que rasgaban sus ojos; recordaba una niña, una niña que le había dado algo para beber, no era agua… conocía a esa niña. Los padecimientos del parto habían calmado, pero podía sentir sus fuerzas abandonando su cuerpo y volvió a derrumbarse. Con mucho esfuerzo logró mover un pie y apoyar su rodilla, se incorporó dolorida sin dejar de sostener su vientre, aturdida, comenzó a deambular, las piedras eran todas iguales, la oscuridad… interminable. Las rocas no ayudaban, las cuevas nunca colaboran, el laberinto se cernía silencioso en una magnífica trampa mortal, de repente, advirtió su torpeza… sus manos ensangrentadas plasmaban huellas delatoras de su paso, pero era inevitable buscar apoyo para sostenerse, las cuevas nunca colaboran, tierra áspera que no borra la sangre, dolor, rocas por doquier incrustándose en los pies, oscuridad y el niño (los niños) por nacer…

—Aguarden, hijos míos, por favor… El mar… no escucho el mar –repetía sin aliento, apenas podía distinguir sus pies en aquella infinita oscuridad.

—Ahí no… no ahí –pronunció una pequeña.

Muliana se encontró de frente con la niña ojos de fuego, detrás de ella, un muchacho sostenía una lanza y sucias cuerdas atravesaban su cuerpo… cerró sus ojos y dejó brotar sus lágrimas de alivio que, límpidas, rodaron por sus mejillas marcando surcos de dolor. Sintió desmayarse, el joven impidió que Muliana llegara al suelo, la niña al frente, les abría el paso presuroso… esta vez las cuevas, con ellos, se despejaban hacia el escape.

—Uume… gracias –murmuró Muliana, quería decirle tantas cosas, la pequeña hermana de su amigo, tan pequeña y tan valiente

Recordó que la niña le había dado algo de beber… Giró su cabeza y los vio, había alguien más con ellos… dos más… No supo deducir quiénes eran, ¿los había enviado Orruq a proteger a sus hijos? Todo era confuso, el dolor en su vientre estrangulaba su garganta y nublaba su razón…

—Silencio… saltamos…silencio –vociferó uno de ellos. El muchacho de las cuerdas tapó su boca y la sujetó con fuerzas por debajo de su abultada cintura.

Aguas cálidas, manso mar, oscuro y cómplice. Nunca sintió el impacto, ni el nacimiento, durante el salto había expulsado un grito sofocado y un angustiante alivio se apoderó de ella… entre el aire y el agua, había nacido otro de sus retoños, pero el intenso dolor no cesaba. Las estrellas escondidas los protegían, los ríos de fuego que se deslizaban por la ladera de la montaña-madre eran su guía… A diferencia de las cuevas, el mar sí cooperaba.

—Último –sonrió la pequeña–, último viene. –Uume pataleaba sosteniendo el flote por las dos, se sumergió para tocar su entrepierna.

El joven Ivhoq miró hacia los riscos, tres centinelas habían reducido a sus hombres y se habían arrojado al mar, colocó al recién nacido en el regazo de su madre y cortó el vínculo maternal, la pequeña emergió por detrás de la mujer

—Uume, centinelas ahí, voy por ellos, yo protejo… –balbuceó Ivhoq.

—¡Ivhoq, espera! –gritó Uume, podía sentir cómo Muliana perdía sus fuerzas, con sus pequeños brazos apretó por encima de su vientre y el quinto nacimiento se produjo debajo del agua–: ¡Niña… niña! –exclamó la pequeña de manera dulce e inocente.

Tomó la navaja y cortó el vínculo mientras expelía el agua salada de su boca; con prisa, pero sin perder la calma, colocó a la niña en el regazo de su madre y encontró la manera de poder nadar llevándose a los tres. El mar regresaba a su ritmo y las olas comenzaban a castigar sus cuerpos, la confusión era extrema y de pronto se encontró sola en la oscura e implacable marejada.

—¡Uume…! –exclamó el joven sanguinario que había logrado tomarla de su antebrazo, aunque la oscuridad era infinita pudo vislumbrar un destello de terror en los ojos de la niña que giraba su cabeza de un lado a otro–. ¿Uume?

—¡Muliana… Muliana! –gritó la niña con desesperación–. ¡Ivhoq, perdí a Muliana, perdí a niños!

Sueños de Luna

Los niños recogían huevos en el gallinero, Neyhtena ya les había hecho un par de señas para que se reunieran a desayunar; los triniños nunca viajaban a la ciudad, ambas familias consideraban menester resguardarlos de los curiosos y los entrometidos, una muy elucubrada medida de seguridad necesaria para mantener aquel pacífico y delicado equilibrio que intentaban conservar en la huerta, sus vecinos incorporaron las medidas a sus rutinas casi por generalización y con total fluidez. El rumor de su existencia corría por los arroyos y se desplazaba con el viento, el color de sus ojos o el largo de sus cabellos variaban según el relato; los niños habían aprendido a escabullirse ante la presencia de esporádicos extraños, en su gran mayoría, viajeros que ofrecían productos de otras regiones. Esta sabia decisión preservó la casa y la huerta de posibles e interminables peregrinajes que habrían resultado invasivos a la privacidad y a la siempre delicada convivencia existente entre las familias de Serjancio y Xunnel.

Lonkkah terminaba de limpiar el bebedero de los animales, ya había recogido el estiércol de los cerdos y su próxima tarea era retirar algunas malezas de la huerta; Yllawie fue la primera en sumarse al desayuno y aprovechó para adornar el viejo mesón de la cocina donde ya había colocado utensilios y servilletas para cada uno de sus hermanos, también había preparado pequeñas porciones de sus alimentos preferidos. Poco a poco fueron incorporándose hasta que los cinco estuvieron al fin reunidos, los perros dormían echados debajo de sus sillas buscando el amparo de sus inquietos pies, habían cumplido con su tarea nocturna deambulando toda la noche (como todas las noches), por lo que, percibir a sus amos relajados y sonrientes, los hacía bajar la guardia para al fin, permitirse descansar.

Antes de comenzar a desayunarse, Wayhkkan inició su poderoso ritual que los hermanaba y los unía, tenían la plena seguridad de que el resto de su familia también lo realizaba donde quiera que se encontrasen, así, abrigaban su mutuo amor en armonía y ese vital sentimiento era para su espíritu, lo que los alimentos eran para cuerpo.

—¿Para qué tantos utensilios, tantos vasos… servilletas? –exclamó Lonkkah denotando un mal humor poco usual en él, tomó la jarra y sorbió el agua directamente de ella.

—Deberías servirte en un vaso –lo reprendió Yllawie.

Él la miró sin ninguna expresión, cortó el pan con sus manos y lo sumergió en la mermelada de higos, aún tenía las uñas sucias por sus tempranas tareas en la huerta; sin apartarle la vista, engulló su manjar en un solo y gran bocado para terminar relamiendo uno a uno sus dedos melcochados.

—Sí, voy a nombrarte mi gran caballero –exclamó sarcástica Neyhtena, Wayhkkan sonreía pícaro a diferencia de Chayhton que observaba hastiado a Lonkkah, no por sus acciones, sino por el enojo que provocaba en Yllawie.

—No es asunto tuyo, Ney –dijo Lonkkah todavía con su boca llena de pan y sin apartar sus ojos de Yllawie– ¿Quieres que te bese la mano?

—¡Basta! –gritó Yllawie–. Ni los niños se comportan así.

—Sabes que entre nosotros todo es natural sin esas ridículas ceremonias –dijo Lonkkah, luego levantó un cuchillo de plata espejado–. ¿Quieres que unte el pan con esta porquería que vino del mar? –También había elevado la voz, los perros pararon sus orejas y emitieron gemidos de desconcierto–. Anoche, ¿tenías que volver a esa habitación?, ¿no podías quedarte con Ney?, ¿no es tu hermaney? Imagino que has dormido ahí y no en la otra habitación, en la cama del cobarde.

Chayhton levantó su vaso y le arrojó agua en el rostro.

—Chay, no… ¿Lonkkah, que tienes? –intervino Neyhtena–. Yo la acompañé después, dormimos juntas en el suelo –aclaró la niña, luego giró su cabeza hacia Yllawie–, recién ahí te pudiste dormir, estabas en la cama de Femy, pero te llevé al suelo, la luna no podía llegar a tus sueños, te escuché llorar, sentí que clamabas por alguien o esperabas… te escuché desde mi corazón.

—No le des explicaciones, Ney. Gracias, pero no tenías que hacerlo –respondió Yllawie, alzó sus hombros en señal de desinterés, tomó una porción de tomates sazonados y se retiró de la mesa, silbó a los perros, pero solo Orejón la siguió, ambos se fueron al corral.

—¡No la entiendo! –gritó impotente Lonkkah–. Soy el único que la defiende y la ha defendido siempre de esos estúpidos juegos que terminan dañándola. Ney, nos has enseñado ese ritual para serenar nuestro… –Se señaló a sí mismo con ambas manos–. Nuestro… ¡no sé qué vengativo que tenemos adentro! Ella logra serenarse, ¡pero yo no!

—Solo intenta mantener el vínculo con ellos, con nosotros no necesita más que respirar –dijo Chayhton todavía enojado–, pero no se da cuenta que es un cachorro pu’rumá que fue criado y amamantado por las cabras, le han puesto correas y más correas para que no pueda trepar la cerca…

—¿Tienes idea lo que tus palabras han provocado en mí? –preguntó Lonkkah mirando a Neyhtena con paranoia y desesperación–. Le has dicho que, en sueños, ella espera por alguien, que clama por alguien… Ney, ¿a quién espera?

Wayhkkan frenó a Neyhtena con su mirada, la niña tuvo que guardarse la respuesta, luego tomó un trapo y, sonriente, comenzó a limpiar el rostro de Lonkkah, el joven intentó correr su cara, pero el niño le sujetó la quijada, con sus dedos índices hizo sendos recorridos desde los ojos hacia la mandíbula simulando un camino de lágrimas, Chayhton comenzó a interpretarlo:

—Sus lágrimas brotan de noche mientras duerme –dijo y Wayhkkan hizo un movimiento de vaivén de un lado al otro con sus dos manos–, es como si el mar de penas que lleva dentro, permaneciera calmado de día, pero de noche… de noche agita toda su tempestad buscando escapar por sus ojos…

—He visto destellos de mar en sus ojos –murmuró Lonkkah con rabia.

—A veces recuerda las palabras de Misadora –continuó Chayhton por sí mismo– la noche que su padre vino por ellos, Yllawie dormía en la habitación de las niñas navegantes y Misadora lo vio cuando ya era demasiado tarde para detenerlo.

—No entiendo –pronunció Lonkkah dubitativo.

—Ella y su hermano Dyhami, a quien no recuerda, han nacido como vos, durante “la época de las deserciones” –respondió Chayhton–, su madre se llamaba Nisyka y era la última de las servidoras de esta casa.

—¿Cómo… cómo es que saben eso? –cuestionó el joven.

—Ella misma nos lo ha contado, a Satynka y a mí, somos hermanas-estrellas, lo sabes, ¿no verdad? –interrumpió Neyhtena, Lonkkah apenas gesticuló una sonrisa–. Misadora es la única que ha tenido la amabilidad de contarle sobre sus padres, Nisyka y Tiwoke, él… al igual que muchos de sus pares, había abandonado sus labores en la huerta y, temporalmente, a su familia, para integrarse a la creciente comunidad de terrinos que había comenzado a organizarse con el firme propósito de cambiar el destino de nuestra raza; su padre partió dejando a su mujer embarazada y al pequeño Dyhami.

—Misadora le dijo que no existían leyes ni ordenanzas que impidiesen las deserciones, que tampoco se los perseguía porque los terrinos eran considerados una estirpe menor –agregó Chayhton, Wayhkkan escuchaba en silencio, aunque de vez en cuando realizaba una seña para hacerles recordar algún detalle–. En parte tienes razón, Lonkkah, hubo una época en la que nos consideraban torpes descendientes de aquellos primeros nacidos durante una oscura y cruenta coexistencia entre navegantes y sanguinarios.

—Los navegantes tenían la plena seguridad –continuó la niña– de que tarde o temprano, las deserciones iban a fracasar porque para ellos, la única oportunidad de supervivencia que tenían los terrinos, era la de vivir bajo su auxilio y su protección y porque sabían que los sanguinarios… ¡odian a los terrinos! –dijo elevando la voz y destellos de nácar explotaron en sus pupilas.

—¡Ney! –enfatizó Chayhton y los ojos de la niña retornaron al musgo–. Yllawie creció aferrada a esos recuerdos no vividos y solo narrados por Misadora –confirmó él más reflexivo–, nunca te olvides que quedó huérfana del amor de sus padres y que, a pesar de la oposición de Serjancio, fue amparada por Misadora quien intentó educarla con sus hijas y sus sobrinos, inculcándoles amor fraterno para que crecieran como iguales.

—¿Y qué pasó con su madre o su padre, murieron? –preguntó Lonkkah–. ¿Cómo es que jamás regresaron por ella?

—Nadie sabe su destino –respondió Neyhtena y en ese momento, Wayhkkan juntó sus dedos y los abrió separándolos en el aire, dejando ver su mano bien abierta–. Esa noche, simplemente, desaparecieron…

—Misadora, a escondidas de Serjancio, cuidaba de Nisyka. Después del alumbramiento, había quedado muy débil de fuerzas y casi al borde de la locura, por las noches, se llevaba a Yllawie consigo para poder alimentarla, ella cree… –continuó el niño– Misadora siempre le dijo que cuando Tiwoke regresó por toda su familia, no pudo llevársela porque no sabía dónde buscarla, pero que algún día van a regresar por ella y que, al hacerlo, ya sabrán donde encontrarla.

Lonkkah miró apenado a Wayhkkan y éste asintió con su cabeza.

—Así es –dijo Neyhtena–, cada vez que Yllawie se siente sola, regresa a esa habitación y espera… Antes de partir, Satynka y Tonia le dijeron que nadie aguarda su llegada en la ciudad, pero solo las palabras de Saty la lastimaron –concluyó. Wayhkkan tapó los ojos de Lonkkah y puso su otra mano en su pecho, a la altura de su corazón–. Dice que ella no recuerda a sus padres ni a su hermano, intenta mantenerlos ahí dentro, pero cada día, siente que los olvida un poco.

—Nuestros padres son sus padres, todos aquí la amamos. Satynka… no tiene derecho, el cobarde está destruyendo nuestra familia. Yllawie solo intentó ayudar. ¡Yo habría hecho lo mismo! –dijo golpeando su pecho, pero todas sus reflexiones se enredaban en su cabeza. «Yo la amo» quería gritar.

Aprovechando el breve e incómodo silencio, Chayhton se dirigió hacia el gran comedor para luego aparecer con un vaso de cristal azulado, uno de tantos que celosamente guardaba y mezquinaba Beasilia en su mobiliario. Luego tomó un vaso de arcilla y lo colocó frente de Lonkkah.

—¿Puedes verter agua en este? –dijo.

—Ya sé, ya sé que he estado mal, me… –Lonkkah intentó hacer un gesto para pedir disculpas, pero Wayhkkan atinó a pegarle con su mano abierta en la nuca y volvió a señalar el vaso.

—No, no se trata de eso, queremos que entiendas esto –le dijo la niña.

—¡Por favor! –rogó Chayhton. Lonkkah vertió agua en el recipiente indicado, luego el niño le acercó el otro y le dijo–: Ahora, por favor, ¿podrías echar agua en este “mugroso” vaso que también vino del mar? –El muchacho hizo lo que le pidieron, el cristal dejaba ver un magnífico y violáceo líquido traslúcido–. “Agua de lirios” como los ojos de la niña perdida –bromeó Chayhton.

Beasilia siempre lo decía cada vez que servía agua en su vaso de cristal, aquellas palabras evocaban con nostalgia la tonalidad de los ojos de su pequeña hija. Las intensiones de Chayhton, lejos estaban de burlarse del dolor de la mujer, pero no podía perder la costumbre de imitar gestos o palabras de su familia de navegantes para hacer reír a sus hermanos.

—¡Basta, Chay! –lo reprendió Neyhtena, luego miró a Lonkkah que también intentaba contener su risa–. ¿Ha cambiado el agua?, ¿cuál está más fresca? –preguntó la niña, hizo una pausa, pero no esperaba respuestas.

—¿Has notado que el agua sea más turbia en un vaso que en el otro? –dijo Chayhton y luego elevó el tono de su voz–: Lonkkah, la arcilla somos nosotros y el cristal, son ellos… Lawy es el agua, ella siempre va a ser ella, somos nosotros quienes debemos contenerla.

Lonkkah se acercó a los niños y besó sus frentes, luego miró a Neyhtena y dijo:

—¿Quieres que te bese la mano o…? –Sus ojos tenían una chispa de picardía.

—¡No… no… vete… no! –gritó ella cómplice. Lonkkah la tomó por debajo de sus axilas y comenzó a hacerla girar–. ¡Basta Lonkkah… bast… ja, ja, ja…! –Pero las carcajadas no la dejaban pronunciar palabra.

—¿Vas a decirme eso? –murmuró Lonkkah mientras la regresaba a su banqueta con la precaución de sostenerla por la espalda para asegurarse de que no fuera a perder el equilibrio–. Kkan te lo impidió. ¿Vas a decírmelo?

—Luego –respondió ella, el joven sonrió, le dio un ruidoso beso en la mejilla, llamó a los perros y también se dirigió hacia el corral–. ¡No está ahí! –dijo, y él tuvo que detener su marcha–. Está con las abejas.

El muchacho volteó para devolverle otra sonrisa de agradecimiento y un guiño de ojos, pero este divertido diálogo de muecas fue interrumpido por un desgarrador grito en la lejanía y fue el inconfundible aullido de Orejón lo que introdujo un agudo terror en sus venas. Los perros, siguiendo el instinto natural, habían iniciado una carrera desenfrenada hacia los aullidos replicando encolerizados ladridos.

—¡Niños, se quedan aquí! –ordenó Lonkkah antes de correr detrás de los perros.

Aunque el arroyo no era profundo, el agua sujetaba sus piernas temblorosas y frenaban su paso desesperado, casi no podía respirar, las sienes a punto de reventar no le permitían razonar con claridad, lo invadía un único y terrible sentimiento, el grito, sin lugar a dudas, había sido de Yllawie, su cabeza no podía dejar de imaginar horribles desenlaces hasta que al fin alcanzó a verla y sus latidos comenzaron a desacelerar, pero aún estaba lejos y fuera de su alcance; su desesperación retornó al distinguir sangre a su alrededor. De pronto, el tiempo se detuvo hasta paralizar su corazón: una mujer sanguinaria huía de ahí, Lonkkah tomó su daga e intentó lanzarla y fue en ese instante que sus sentidos, y todo su cuerpo, colapsaron, algo había impactado en su cabeza tumbándolo contra las piedras húmedas… Abrió sus ojos y le pareció divisar la silueta de un niño alejarse aguas arriba. «¿Chay?», pensó confundido. Se incorporó sobre sus rodillas y sintió un punzante dolor sobre su ceja izquierda, llevó las manos a su frente y corroboró que la herida no sangraba, entonces vio a Yllawie y sus sentimientos se reordenaron nuevamente. A los tropezones y todavía dolorido, llegó a ella, yacía recostada sobre algo… o alguien. «Orejón, donde está ese perro inútil… donde están los perros», pensó exasperado. El dolor y la confusión le impedían advertir qué o quién estaba junto a Yllawie…

—¡Lawy, Lawy! –gritó mientras cruzaba su brazo por la espalda de la joven, ella movió sus labios.

—¡Ayúdalo, Lonkkah, es pa-Xunnel… ayúdalo! –murmuró temblorosa.

—¿Qué es todo esto? –Lonkkah miró a su derecha y pudo ver a su abuelo envuelto en mugrosas telas, apenas podía comprender lo que sucedía, vio la sangre y con las dos manos oprimió la herida del moribundo; se quitó la camisa y vendó la cabeza ensangrentada del hombre mientras mantenía presión por arriba de la oreja derecha–. ¡Lawy, esta sangre! –exclamó el muchacho, con su mano libre examinaba los brazos de la joven.

—¡Estoy bien…! Yo… lo encontré –balbuceó confundida– los vi, Lonkkah, sus cabelleras rojas, eran ellos, sus cabelleras rojas, creo que ellos me golpearon… ellos…

—También los he visto.

—Lonkkah… ¿pa-Xunnel está…?

—Aún respira, pero no está bien, Lawy, debemos llevarlo. –Sus manos tomaron con firmeza el rostro de la joven–. ¡Lawy, mírame! Necesitamos llevarlo a la casa…

Los niños llegaron agitados, sus rostros expresaban profunda confusión, Wayhkkan se lanzó sobre la herida de su abuelo para mantener la presión.

—Vamos a lograrlo entre todos –dijo Lonkkah sin dejar de observar hacia el horizonte–, yo lo voy a tomar por los brazos y… ¿Chayhton…? ¿Dónde está Chayhton?

—¿Chayhton? –repitió Neyhtena–. ¡No… no…! No puedo sentirlo… no puedo sentirlo. ¿Qué sucede…? No puedo respirar, no siento a mi hermano… venía detrás…

La niña cayó de rodillas oprimiendo su abdomen con sus brazos cruzados, sin poder controlar los temblores de su quijada, Wayhkkan abrazó a su hermana y comenzaron a inspirar el aire, juntos… él le indicaba las pausas y el ritmo, luego se señaló su corazón y miró, e hizo que ella también mirase, a Xunnel. Neyhtena comprendió que debían auxiliarlo de inmediato.

Entre los cuatro, cargaron el pesado cuerpo de su abuelo.

A una distancia todavía considerable para llegar a la huerta, Lonkkah apoyó a Xunnel en el suelo, estaba cansado y dolorido, en él había recaído casi todo el peso de la carga, aun así, fatigado, se dirigió presuroso hacia la casa para regresar con un improvisado catre de mimbre que solían usar para trasladar a los animales heridos; colocaron a su abuelo en el camastro y la marcha se hizo más ligera. Yllawie había empapado su pañuelo en el arroyo para colocárselo en la frente sudorosa del malherido y comenzó a notar cambios en su calor corporal, tomó la mano de Wayhkkan e hizo que él también lo notara. El pequeño se adelantó de prisa hacia su habitación y trajo consigo el pequeño boticario de Kanki, nadie en la casa sabía el manejo de las medicinas ni de hierbas curativas como él.

Lo recostaron en su propia cama, el pequeño le dio de beber una pócima a base de albahaca para intentar regular aquellos intensos sudores, retiró la improvisada venda y vertió un ardiente brebaje sobre la herida, el hombre esbozó un quejido, era una buena señal. Neyhtena apareció con rodajas de cebollas y se las colocó en la planta de los pies, su abuela siempre hacía esto con ellos durante los episodios febriles, luego preparó los elementos de sutura, Yllawie intentó quitárselos, pero la niña se negó, ya no temblaba, ella lo sabía (y lo quería) hacer.

Lonkkah comenzó a refregar una de sus articulaciones.

—¿Qué sucede? –preguntó Yllawie.

—Nada… perdí mi… no tiene importancia...

Apoyó suavemente su maño en la espalda de Yllawie para llevársela fuera de la habitación y apenas llegaron a la cocina, ella se dejó caer en sus brazos, él podía sentir cómo su frágil y diminuto cuerpo retemblaba pegado a su pecho.

—Lawy, verte ensangrentada fue… me sentí morir, ahora estás aquí en mis brazos –balbuceó estremecido, aunque la mantenía apretada contra su pecho, ansiaba acercarla aún más–. Sé, sé que no debería sentirme así, estoy feliz y aliviado de tenerte conmigo, Chayhton no está y en lo único en lo que puedo pensar es en que estás bien… en… –La culpa lo atormentaba–. Sabes que te amo más que a mi vida… te he amado siempre…

Yllawie elevó su mirada y se encontró con unos mortificados ojos envueltos en lágrimas contenidas, con ese cabello despeinado y con un rostro sucio y desencajado de angustia, entonces llevó sus delicadas manos hacia los magnéticos ojos que estaban enterrándose en el profundo abismo de su alma, aquellos finos pulgares acariciaron los párpados del joven y tras vencer esa frágil resistencia, logró cerrarlos. Lonkkah dejó correr sus lágrimas, ella también cerró los suyos y fundió sus labios en los de él…

Los niños, en la habitación de su abuelo, cruzaron miradas y sus sonrisas danzaron silenciosamente.

—¿Cómo es que siempre sabes dónde encontrarme…?

—Podría encontrarte aun si me arrancaran los ojos. Es la segunda vez que siento que voy morir sin vos –murmuró él, sus manos bruscas secaron con rabia las lágrimas de su rostro–. Odio que me hagas esto…

—¿Segunda vez…? Yo… no entiendo.

—Nada, no me hagas caso, es que ustedes son todo para mí –dijo y señaló al suelo con sus dos manos como si estuviera por recoger algo, luego enfatizó–: pa-Xunnel me ha enseñado que es mi deber protegerlos, y de verdad lo hago con todo mi amor y con mi cuerpo, yo me cortaría las manos, Lawy, o mis brazos por cualquiera de mis hermanos, pero por vos… yo no siento que debo, yo quiero hacerlo, nunca he necesitado que nadie me lo enseñara. –Refregó con excesivo nerviosismo su cuero cabelludo como intentado arrancarse algunas ideas de la cabeza–. ¿Has sentido eso por mí… alguna vez?

—Lonkkah…

—No lo digas, no digas que lo has sentido por alguno de ellos, por ese cobarde o por el inútil… por favor no lo digas.

En la otra habitación, las expresiones de los niños variaban con cada palabra escuchada, Wayhkkan hacía gestos de negación o de afirmación y Neyhtena, a veces llevaba sus dos manos al corazón, a veces a su cabeza, pero al sentir estas últimas palabras, detuvieron sus juegos de imitaciones, ella elevó su dedo índice y lo atravesó en sus labios cerrados para pedirle silencio, Wayhkkan la miró confundido y separó levemente sus brazos del cuerpo con las palmas arriba, ¿acaso ella le acababa de pedir silencio a él?

—No –respondió Yllawie.

—¿No… qué? ¿No sientes nada por mí… nada por ellos? Ni siquiera sé si quiero saberlo –exclamó Lonkkah, punzantes aguijones acababan de incrustarse en su pecho.

—No me permitía sentir eso que abrigaba dentro de mí. Anoche, Ney habló conmigo… me dijo que debo dejar ir muchos tormentos, muchos de ellos me confunden, el caracol se ha roto, el pacto se ha quebrado y ha dejado salir cosas que no sabía, que no quería ver… ¡Neyhtena es tan pequeña…! –Mientras Yllawie ordenaba en voz alta sus ideas, Lonkkah sacudía su cabeza intentando comprender qué tenían que ver esas palabras con él–. Ella me habló anoche, creo que me suponía dormida, o no… ¿Cómo puede saber o comprender mejor las cosas? –Vio el desconcierto de Lonkkah, hizo silencio ante aquella inocente confusión y le sonrió–: Sos todo lo contrario a un tormento para mí, sos lo único que no me confunde al mirarte, no tengo las cosas claras como los demás, pero debes saber que nunca…

—Asfixias mi respiración, no digas “nunca” –dijo Lonkkah con su voz entrecortada.

—Nunca te he visto como todos quieren o desean que lo haga –reconoció avergonzada–, mamá Taymah lo ha insistido tanto, ¡tanto…! Créeme que eso me ha pesado hasta el remordimiento y, por otra parte, mucho tiempo creí sentirme hermana de Tonia y Femy, ellas han nutrido en mi corazón, palabras intrusas que han oprimido mi pecho hasta el punto de cortarme la respiración por el solo hecho de mirarte.

—No entiendo… mamá, eso sí lo puedo entender, pero las entrometidas navegantes, ¿por qué… qué les importa? O, mejor dicho, ¿por qué las escuchas? –dijo meneando su cabeza con desdén–. Tonia es torpe y siente celos por vos y la otra… esa niña es perversa, cuando…

Yllawie puso su índice en sus labios para callarlo.

—Desde que nací, para mí, ellos siempre han sido mis hermanos, de pronto “me esfumé” de todo y de todos.

—Y te encontré…

—Sí… Al regresar aquí, aún niña y sin poder comprenderlo, me reencontré con una familia diferente a la que creí pertenecer y… al mismo tiempo, los conocí a ustedes. De pronto, ustedes eran mis nuevos padres y hermanos, pero ninguno lo es. –Besó su dedo índice, con el que acababa de tocar los labios de Lonkkah, luego recogió un trapo de la mesa y comenzó a deshilacharlo, tierna costumbre que solía hacer cada vez que alguna situación la perturbaba, y continuó–: Misadora nos hizo… soy hermana de pecho de Eleutonia y quiso su corazón que todos lo seamos, quizá por eso siento un lazo fraterno hacia ellos, jamás podría verlos de otra manera; ahora sé que Misadora es la única que aún mantiene ese sentimiento. Siempre has tenido razón, nunca he sido parte de ellos…

—Lo que te haya llevado al beso, todo eso… –dijo él señalando al aire hacia ninguna parte– tienes que seguir por ahí, lo demás no me importa. –Lonkkah le había tomado sus manos para salvar al maltratado retazo mientras las acariciaba con sus ásperos pulgares, luego sujetó su rostro y miró sus ojos, podía jurar que aquellos iris cambiaban de color y que muchas veces había visto en ellos perturbadores destellos de mar–. No encuentro las palabras, Lawy, en mi cabeza solo… silencio en mi cabeza y es tanto lo que quiero decirte. –Ella sonrió, pero él no le devolvió la sonrisa. Tomó la piedra que colgaba de un delgado cordón negro alrededor de su cuello, una pequeña piedra aplanada y puntiaguda, luego se señaló una delgada línea horizontal por debajo de sus costillas–. Esto es lo único que no me confunde... Ésta es tu cicatriz.

—¿Qué…? –preguntó confundida, ella conocía esa marca y ese collar, no era la primera vez que lo veía con el torso desnudo, apoyó las yemas de sus dedos y delineó suavemente la herida de punta a punta, él la tomó con firmeza por la muñeca.

—No hagas eso… ¡por favor!

—¿Mi cicatriz?

—El día que te encontré, salté del caballo y me caí sobre el filo de unas rocas que abrieron la carne, la pérdida de sangre me desvaneció, fue uno de los peores golpes y el más terrible dolor que pueda recordar, también sentí cuando me suturaron y aunque no quería gritar, no podía evitarlo… pasé tres días de intensa fiebre antes de que los padecimientos cesaran…

—Yo… no lo sabía…

—Y lo volvería a hacer, todos y cada uno de los instantes de dolor, los volvería a sufrir solo para tenerte hoy aquí, en mis brazos. –Sus ojos se nublaron de angustia–. Lawy, perdóname… esta mañana estaba enojado, yo… no he querido lastimarte, no podría hacerlo, aunque me lo propusiera.

—Está bien, Lonkkah…

—¿Estamos bien?

—Siempre –respondió ella.

Lonkkah amaba ese sonido que desprendían sus labios, era la única palabra que podía desestabilizar su semblante y sus fibras más íntimas. Yllawie le recogió las mechas del cabello para poder contemplar sus magnéticos ojos, él apoyó su frente en la de ella, como roca candente que busca apaciguar su fuego en el mar.

—Debo ir por él, no quiero dejarlas solas, ¡no quiero dejarte! –exclamó él entrecerrando sus dientes con fastidiosa impotencia–, pero no puedo esperar a que los demás regresen del intercambio. Chayhton… no puedo dejarlo ahí, ¿entiendes que debo ir, no verdad?

—Tienes que ir por él.

Neyhtena ingresó a la cocina sonriente y sin mirarlos, se dirigió hacia el contenedor de agua, se sirvió un poco y la bebió dándoles la espalda.

—Ney… Ney, ¿quieres mirarme? –pronunció Yllawie, se sentía incómoda, feliz, pero incómoda.

—Está mejor, creo que la fiebre se está esfumando –dijo la niña, el silencio los invadió y Neyhtena continuó irónica–: me refiero a pa-Xunnel, nuestro abuelo… en la habitación.

Ellos sonrieron cómplices.

—Ney, debo dejarlas, creo que lo sabes. Lawy, tienes que decirme todo, todo lo que recuerdas –suplicó Lonkkah.

—Su piel… –balbuceó confundida, luego elevó su mirada para regresar a ese momento y de pronto necesitó sentarse– su piel, Lonkkah, creo que era una mujer, la vi rodeando a pa-Xunnel, sus cabellos eran rojos como la lava que una vez vi de niña… lava que llegaba al mar–. Se frenó melancólica recordando ese día, el día que encontró su pequeño tesoro cuando las voces invadieron su mente y la condujeron hacia la mujer navegante… de pronto, rostros sanguinarios danzaron intrusas en sus memorias embistiendo sus recuerdos para hacerla enmudecer.

—¡Lawy! –susurró Neyhtena colocando su pequeña mano sobre el brazo de su hermana, el contacto físico la trajo de regreso.

—Su piel era más blanca que la espuma… como la porcelana del té de Abusilia –continuó la joven terrina, su mente divagaba sin rumbo intentando encontrar alguna barca para que sus palabras pudieran llegar a alguna playa–. Creí ver a Kkan, no sé, no estoy segura y… es todo cuanto puedo recordar.

—¿Kkan? No, hermaney, es imposible… él estaba con nosotros –pronunció Neyhtena.

—Yo también –agregó Lonkkah–, yo también creí ver a un niño…

—¿Por qué no puedo sentir nada…? ¿Qué ha pasado conmigo en el arroyo? –La niña comenzó a agitarse–. No quiero sentirme así.

—Ney, solo debes respirar profundo, ya me he sentido así… es miedo, así se siente el miedo, siempre has estado segura de todo y de todos. –Yllawie tomó sus manos e intentó tranquilizarla.

—¿Recuerdas algo más, Lawy? –insistió Lonkkah.

—No… no sé… yo estaba lejos, la mujer tenía el cabello largo, pero rapado aquí –dijo al tocar su nuca, los recuerdos se mezclaban con otros que no dejaban de pellizcar su alma–. Los navegantes, entre sus cuentos, hablan de demonios… creo que ella era uno de esos demonios, sé que nunca he visto un sanguinario, pero los recuerdo como en sueños, su piel… su piel no era real…

—¿Por qué aquí? Están muy lejos de sus de sus montañas. –Lonkkah intentaba encontrar una respuesta.

—Es de día… los demonios deambulan por las noches. –Yllawie repetía viejos cuentos que siempre había escuchado de los nietos de Serjancio.

—No son demonios, Lawy –dijo Neyhtena–, los navegantes inventan y quieren confundirte.

Wayhkkan había entrado sigiloso en la cocina tocando una de sus orejas mientras mantenía su dedo índice atravesado sobre sus labios.

—¿Qué sucede, Kkan, por qué nos pides silencio? –cuestionó Yllawie, Neyhtena se puso de pie con sus ojos sorprendentemente abiertos.

—¡Son los perros! –exclamó Lonkkah, todos sonrieron y salieron en un ordenado descontrol a su encuentro.

Al frente pudieron distinguir a Flaco, el alfa, detrás de él, Orejón y Cobriza llegaban cansados y agitados. Lonkkah se adelantó para recibirlos, pero los perros esquivaron su encuentro y se dirigieron directo al bebedero, él quedó observando el horizonte, faltaba Gallo… y Chayhton. Yllawie se acuclilló para acariciarlos:

—Flaco, ¿dónde está Chayhton? Debían traerlo de regreso –balbuceó impotente contra los perros, volteó para observar y buscar respuestas en Neyhtena.

—¡Nooo! –gritó furiosa–. ¡No vas a ir, no voy a dejarte ir, Kkan! –Giró en dirección a la puerta trasera de la cocina y todos observaron a Wayhkkan parado en el umbral, con dos bolsos en sus manos.

—Kkan, no, voy solo –sentenció Lonkkah–. Ahora, antes de que anochezca y me llevo a Flaco como guía, debes quedarte.

El pequeño caminó hacia ellos, arrojó uno de los bultos sobre los pies de su hermano y siguió con su marcha, ignorándolos.

—No, hermano. ¡No! –gritó Neyhtena sujetándolo del brazo–. No me dejes sola, por favor… no me dejes sola –repitió impotente. Él intentó tocar su rostro, pero ella le apartó violentamente la mano–. No… no me toques, no quiero que me calmes, quiero que te quedes aquí y ahora conmigo. –Wayhkkan la miró con ternura, luego señaló el horizonte, tomó su mano derecha, le tocó el pulgar y la señaló a ella, le tomó el dedo índice y se señaló a él mismo… el primero y el segundo, los otros dedos quedaron levantados–. ¿Quieres ir por los tres? –preguntó ella, él asintió–. No puedo sentir a Chayhton y eso me asusta. Tengo miedo, tengo miedo…

—Ney, déjalo ir, yo los voy a traer –interrumpió Lonkkah–, no sé de qué otra cosa están hablando, pero voy a volver con Chay. –Aunque sí creía saber de lo que estaban hablando, no podía comprender aquella obstinación–. Vamos a traer a Chay de regreso, es más que una promesa, lo sé… lo sé… Vamos a volver porque nos vas a proteger, ¿no verdad? –El silencio de la niña lo inquietó.

—Sí, ella los va a proteger desde aquí… y yo también, aunque nadie me lo pida. –Yllawie abrazó al pequeño y le dio un beso en cada mejilla, él sonrió y luego tomó su mano para entrelazarla con la de Lonkkah. Los jóvenes terrinos sonrieron cómplices y confiados.

—Voy a regresar, Lawy, voy a regresar con ellos, no quiero dejarlas solas –dijo él, pero ella frenó sus palabras con un beso corto y tímido en sus labios, no quería escuchar más, solo ansiaba que el tiempo pasara de prisa, deseaba verlo partir cuanto antes para verlo regresar por siempre–. ¿Qué crees que haces? Eso es apenas un triste intento, ahora vienes aquí…

Lonkkah levantó los delgados brazos de Yllawie y se los colocó cruzados en su nuca, luego le recogió los cabellos con una mano y con la otra la tomó por la cintura… y así, se adueñó de esos labios en un instante de eternidad…

—Imagino que has puesto provisiones. –Asumió la respuesta Neyhtena mientras simulaba revisar el improvisado bolso de su hermano, Wayhkkan levantó sus ojos en señal de obviedad–. Flaco también debe comer y no te olvides del agua. –La niña estaba agotando todos los temas de “conversación” con su hermano. Él se tocó la cabeza, miró hacia arriba, hacia los costados y simuló quitarse de la cara un mechón de cabello–. Sí, ya sé, ya era tiempo de que él dejara de fingir que la miraba cada vez que la miraba y que ella dejara de fingir que no se daba cuenta que lo amaba… Chayhton se lo está perdiendo. –Wayhkkan se dejó caer boca arriba sobre los pastos con sus brazos y piernas abiertas y arrojó una flecha de aire… en dirección a Lonkkah–. Chayhton no va a matar a Lonkkah, a lo sumo le lanzará rocas de fuego sobre la cabeza… «¡Chayhton!» suspiró la niña.

—Conserven la ballesta a mano, duerman en la misma habitación junto a pa-Xunnel hasta que lleguen los demás, el bebedero del corral está limpio y va a durar hasta que regresen, al atardecer no olviden…

—Vamos a estar bien, Lonkkah, sabemos manejar las tareas –lo tranquilizó la niña.

—Todos sabemos adonde fue Chayhton, lo vamos a traer antes de que pa-Xunnel se recupere –expresó Lonkkah con seguridad.

—No se preocupen por nosotras… ustedes, buenos para nada, regresen aquí… pronto –rogó Yllawie–. Vayan ya, vayan y tráiganme de regreso a Chay.

Luna Magnética

Horas atrás y desobedeciendo la última orden de Lonkkah, los triniños habían partido tras él atemorizados también por los angustiantes alaridos de Yllawie; después de avanzar cuesta arriba y antes de comenzar a descender hacia el arroyo divisor de las colinas, desde aquella cima, habían logrado divisar a Lonkkah y a la que parecía ser Yllawie del otro lado del torrente, pero sin que sus hermanos pudieran advertirlo, Chayhton ya había detenido su carrera paralizado por una inusitada energía que acababa de ingresar por sus pies apoderándose de cada una de las pulsaciones de su cuerpo, a partir de ese momento, toda su atención habría de enfocarse en los perros que corrían en dirección opuesta a sus hermanos, hacia otras cumbres y así fue que, casi por instinto, se dejó llevar por esa extraña fuerza magnética que conducía sus pasos por los senderos donde la tierra latía diferente… sin advertirlo, esos mismos pasos estaban alejándolo de sus hermanos. Un, cada vez más intenso, arrebato sin freno lo trasladaba enceguecido río arriba hasta que pudo reconocer lo inevitable: se encontraba solo y, por primera vez, desconectado de sus ellos. Ya no podía ver ni escuchar a los perros; desorientado, cruzó hacia la otra orilla para ascender por alguna de las laderas, jamás había explorado ese terreno, su noción del tiempo había sucumbido y la distancia recorrida era confusa, aunque nunca había perdido de vista al torrente, el arroyo ya no le resultaba familiar, era más empedrado, angosto y profundo, sus orillas se mostraban áridas y secas, el monte de arbustos espinosos despistaba aún más su sentido de orientación.

Los inquietantes gemidos de un animal moribundo atrajeron su atención, encontró huellas de sangre que lo llevaron hasta el cuerpo agonizante de Gallo, uno de sus perros, tenía una profunda herida en su cuello y otras laceraciones en el pecho; el niño puso sus manos en las lesiones «si Kkan estuviera aquí, él sabría qué hacer… yo sabría qué hacer con él a mi lado», se lamentó en silencio. Se sentó a su lado e, impotente, atinó a rascar entre sus orejas, el animal dejaba de respirar al ritmo de las caricias… Dos sombras invadieron su tristeza, le bastó ver los pies de sus acechadores para saber que se trataba de sanguinarios, antes de cualquier reacción, uno de ellos ya lo había tomado de sus cabellos forzándolo a levantar su rostro, la intensa luz del sol invadió sus retinas obligándolo a arrugar sus párpados.

—¡Abre! –gritó su atacante–. ¡Abr…!

Un inesperado zumbido interrumpió aquellas palabras, Chayhton podía sentir cómo el sanguinario cedía sus fuerzas y, de pronto, se encontró en el suelo áspero desde donde pudo observar el desencajado rostro de su captor que, de rodillas ante él, sujetaba con sus manos la punta de flecha que descollaba de su pecho, su espeluznante piel blanca contrastaba con el fuego ámbar de sus ojos.

—¡Corre! –Escuchó a sus espaldas–. ¡Corre, niño! Hacia aquí…

Alguien gritaba, pero no podía ver a nadie, enormes rocas encubrían a sus oportunos defensores. Chayhton, todavía aturdido, percibió el zumbido de otra flecha cruzando por su izquierda, el envolvente caos no impidió que pudiera correr hacia las enormes piedras, pero un estruendo en la cabeza oscureció todo su panorama y, por un instante, sintió la inmensa fragilidad de su cuerpo… antes de caer a tierra, pudo distinguir al segundo de sus agresores perderse entre los arbustos.

Cansado y abatido, cerró sus ojos, a pesar de toda la confusión, nunca había dejado de sentir aquel extraño magnetismo que mantuvo sosegado su espíritu.

Hijas y hermanas huérfanas

Neyhtena e Yllawie habían permanecido de pie observando a sus muchachos que acababan de partir para traer de regreso a Chayhton; Lonkkah había girado un par de veces, la segunda vez, levantado en alto el rosado lienzo deshilachado, gesto que Yllawie devolvió tocando la piedra que colgaba de su cuello, ellas continuaron viéndolos hasta que solo fueron difusas siluetas en el paisaje. Las ovejas pastaban livianas de su pelaje, no necesitaban disputarse con las pocas cabras, esa generosa sombra que se esparcía sobre uno de los brazos del arroyo. Lonkkah y Wayhkkan tuvieron la intención de arriar el ganado hacia el corral para ahorrarles una de las tantas tareas, pero ellas se lo habían impedido, recién comenzaba el pasteo y, aunque eran muchas las responsabilidades, ambas insistieron en que podían hacerse cargo de todo cuanto se debía hacer por lo que restaba de la jornada, aun así, los quehaceres era la menor de sus preocupaciones, solo ansiaban ver regresar a tres, por ese mismo horizonte por el que habían visto partir a dos…

—La cicatriz… es dos veces “tu cicatriz”, no ha querido contarte –dijo Neyhtena levantando sus hombros.

—Ahora –suspiró Yllawie–, no hay manera de que no me lo cuentes.

—Si recuerdas bien, cuando ya no te permitieron dormir con Tonia y Femy, fue la época que la Escolta del Mar vino a reclutar en nuestra región, sus padres y los nuestros debían preparar sus pertenencias para el traslado… Todos estaban tristes y con los ánimos vencidos.

—¡Es imposible que lo recuerdes…! Tenías… cuántos, ¿tres ciclos solares?

—Así es, y vos estabas un tus once, como yo ahora… ¿Por qué lo sé? Esas vivencias nos las contamos para no olvidar nuestra historia, ellos escriben… nosotros nos las narramos… –dijo la niña con serenidad–. En vos está lo mejor de ambos linajes, narrar, escribir y… hasta podrías dibujar para contar lo que llevas dentro. –Neyhtena le sonrió–. Cuando estés lista y dejes de añorar sus vidas, vas a comenzar a construir la tuya… vas a descubrir tu pertenencia.

—¿Puedes regresar a la cicatriz…? –exclamó Yllawie, uno de sus comentarios había hecho tambalear su semblante–. O solo quieres hablar de lo equivocada que he estado, yo…

—¡Vos! –dijo la niña elevando el tono para interrumpirla–. Vos, cuando decidieron que debías abandonar esa habitación, en el fondo sabías que ya no pertenecías ahí. Habías vivido con ellos durante tus primeros ocho ciclos y un día te pierdes, ¿y ellos qué hicieron al respecto? Nada, simplemente… te dejaron ir.

—Bueno, si lo detallas así… no lo sé… es que cuando regresé, Tonia, Rufanio, Femy… hicimos un pacto, yo sentí que… yo sentí que había regresado a sus vidas… de verdad que lo sentí, hermaney, pero cuando La Escolta vino por nuestros padres y por los de ellos, todo cambió.

—Con respecto a la habitación, Tonia se sintió aliviada porque siempre te ha visto como la niña que se robó a su madre; Femy aún no comprendía bien las cosas; a Regildo, despreocupado como es, toda la situación le resultó banal y sin importancia; sin embargo, Rufanio… él es diferente, para él, eras de su propiedad, nunca te sintió como una hermana o una prima.

—Es que ellos han crecido bajo el rigor de Serjancio que jamás ha aceptado La Conciliación, sus inflexibles mandatos siempre han infundido temor… también en mí –reflexionó Yllawie al tiempo que intentaba justificar la mayoría de los actos de los niños con quienes había crecido–. No quiero hablar de él, me dolió mucho todo lo que pasó aquella vez, hermaney, y luego sentirme expulsada de mi habitación, mi cama, mi lugar… como si todo hubiera sido mi culpa.

—Lo sé –confesó Neyhtena y tocó el delicado rostro de su hermana–, sé que nunca has hablado con nadie de todo aquello…

—No… es que… es todo muy confuso.

—No lo es, de todas maneras, nos tienes a nosotros que te amamos desde el primer día que te conocimos, el día que Lonkkah te encontró... aunque a veces creo que en realidad se encontraron –reflexionó distraída–. Ahora formas parte de nuestras vidas y eso es lo que nos importa, mamá y papá te recogieron como suya mucho antes de que te desalojaran de esa habitación, Saty encontró una hermana de su edad, Chattel… ya sabes, es el bueno y cariñoso Chattel que solo sabía que tenía una hermana más a quien amar… Nuestros abuelos siempre miraron más allá de los hechos y sabían que, tarde o temprano, ibas a integrar nuestra familia…

—¿Y Lonkkah, evitas describirlo?

—Lonkkah detestaba el hecho de que cada noche regresaras a dormir con ellas. Lawy, iluminas su razón de ser. –Neyhtena miró a su hermana–. Él te incorporó a nuestras vidas muy a pesar tuyo.

—A pesar de mí –reflexionó Yllawie– lo sé, lo recuerdo, solo me interesaba aprender las actividades que Abusilia les enseñaba a sus nietos, escribir… leer… estudiar su historia de los mares –confesó cabizbaja.

—Lawy, eso fue maravilloso, no te lamentes –sentenció la niña–, todo lo que te ha pasado ha sido bueno y debes encontrar la manera de tomar lo mejor… En cuanto a Lonkkah –dijo retomando la historia–, es cierto, el día que te encontró, él regresó con una herida, pero esa no fue grave, la piedra –suspiró antes de señalar el colgante–, esa piedra es como tenerte cerca de su corazón, aquél suceso apenas le provocó un ligero corte, para nada grave.

—¿Y entonces?

—Una mañana cualquiera, estabas con tus abejas y… me duele traer estos recuerdos, pero ambas sabemos lo que pasó con Rufanio, ¿no verdad? –Neyhtena miró de reojo a su hermana–. Intentó envolverte con palabras y gestos, no se lo permitiste y él quiso violentar tus sentimientos y… tu cuerpo.

—Ney, no quiero hablar porque no hay nada para contar, no pasó nada, salí corriendo y… no pasó nada.

—Sí pasó algo, te arrojó por los collados cuando vio venir a Lonkkah.

—De qué hablas… sí, no sé cómo es que lo sabes, luché con todas mis fuerzas, yo lo derribé un par de veces y de pronto, él se frenó y… es cierto, me arrojó al vacío.

—De alguna manera Lonkkah lo supo, supo que algo malo sucedía, lo sintió en ese momento, ni antes ni después. Él lo encontró ahí, te vio y quiso descender por el barranco, Rufanio no se atrevió a enfrentarlo, no hasta que lo vio retirarse, lo golpeó a traición sorprendiéndolo por la espalda, con saña, le incrustó un puñal debajo de las costillas, y una vez en el suelo, no dejó de apalearlo hasta que, gracias a vos...

—¿A mí?

—Las abejas “te escucharon”.

—Ney… –Yllawie palideció, un relámpago había atravesado sus ojos hasta nublar su razón, tragó saliva–. ¿Las abejas? –murmuró.

—Lawy, de alguna manera tu corazón sintió el dolor de Lonkkah y antes de eso él, ya había sentido el tuyo. Aunque lo intento, no puedo explicarlo. Nadie pensó en eso, todos se concentraron en la pelea, las abejas, la habitación…

—¿Có… cómo puedes saberlo? ¿Qué intentas decirme?

—¿No lo entiendes, Lawy? Esta familia de conciliación casi se fragmenta por aquella pelea, Serjancio te expulsó de la habitación de sus nietas para evitar otros daños y porque ma-Kanki y Abusilia así lo quisieron; Misadora, mamá, todos comprendieron que era una solución acertada.

—Ney, me asustan tus palabras, ni siquiera yo conservo esos recuerdos.

—Por eso es tu cicatriz… fue cuando lo suturaron –suspiró refregándose las manos como si pudiera sentir su dolor en ese momento–, cuando te dijo que volvería a tener su cicatriz no lo dijo por las piedras del camino. –Neyhtena la miró para ver si ella comprendía lo que intentaba decirle.

—Lo de las abejas, recuerdo que habían atacado a Rufanio, pero no lo entiendo, no entiendo tus palabras… –murmuró Yllawie.

La niña, que hasta ese momento había eludido casi todas sus preguntas, tocó la frente de Yllawie y cual latigazo, recuerdos dormidos se apoderaron de su quebradiza mente, recuerdos que había decidido olvidar: Rufanio acababa de confesarle su amor y entre aquellas palabras agraciadas y gestos delicados, él intentaba tomar su cuerpo por la fuerza… Un golpe de puño de ella hacia él, enfurecía aún más el semblante de su agresor y luego… una caída al vacío terminó cortando su respiración… y sus recuerdos. Se incorporó sobresaltada como si el mismo vacío la hubiera empujado de la silla, respiró profundo y se dirigió hacia la habitación de su abuelo, tocó aquel dormido rostro para controlar la fiebre y permaneció dubitativa a su lado mientras acariciaba su frente, revisó la herida y acercó agua a sus labios con extrema delicadeza, luego tomó una de las manos de su abuelo y apoyó su frente en ella. «¿Por eso me enseñaste… lo sabías, pa?, ¿por eso me enseñaste a defenderme?». Suspiró largamente, dejó encendida la llama del farol y se retiró en silencio; antes de regresar a la cocina, pasó por las demás habitaciones para asegurarse de cerrar sus puertas, se detuvo en la de Eleutonia y sonrió melancólica. Un delicado empujón por la espalda la sobresaltó, era Neyhtena que la abrazaba por detrás con fuerza enternecedora.

—Te amo, hermawie… no quiero que nos separemos.

—Ney… te amo con toda mi confundida alma. –Yllawie giró para abrazarla de frente y notó que su diminuto cuerpo retemblaba sin control–. ¿Por qué tiemblas? Me asustas… no voy a dejarte.

—No “siento” a mis hermanos… sé que están vivos, pero no los siento. No puedo comunicarme con ellos, todo lo que sabemos y hacemos es porque nos complementamos cuando estamos cerca uno del otro, ahora me siento… “sola”.

—Estás conmigo, Ney.

—Me siento sola… adentro –dijo en un suspiro la niña, Yllawie la abrazó con todas sus fibras. Neyhtena la tomó de las manos y juntas se encaminaron a la cocina, una vez ahí, le confesó–: Y sí… sabía que me escuchabas anoche.

Comenzaron a preparar una ensalada de manzanas, apio y algunas hortalizas, Yllawie inspiró profundo y al fin preguntó aquello que la oprimía por dentro:

—¿Cómo es… cómo es que sabes tanto de tantas cosas? Soy tu hermana mayor, pero me siento distinta cuando estoy con vos, te veo y no puedo ver a una niña.

—No lo sé… las palabras están ahí, en mi cabeza, en mi corazón… vienen de todas partes a mí –respondió pensativa mientras lavaba las zanahorias–, a veces no quiero decir todo cuanto sé. Anoche tenía que hablarte, en ocasiones me siento cansada, ma-Kanki no quiere que llamemos la atención, nos dice que seamos “más niños”, ¡es mucho esfuerzo! Regildo no debió tomar tu mechón de cabello, pero se lo tenía que decir y supongo que eso lo enmudeció, lo sorprendió –hizo silencio–. Ustedes sellaron el pequeño caparazón de las voces, ahí dentro había algo tuyo y Tonia lo rompió deliberadamente para destrozar el vínculo entre ustedes.

—¿Mi cabello, el de la promesa? ¿Qué sabes de eso? –preguntó confundida Yllawie.

—Estábamos en los collados buscando tus flores, lo sentimos, pero las voces me confundieron.

—Antes de… –Yllawie tragó saliva, cada palabra de Neyhtena abría un nuevo pasaje en este laberinto de desconcierto y confusión–. Antes de que me digas algo más, Ney, el vínculo ya estaba roto y… no fue Tonia la que lo dejó caer –murmuró casi de una forma inentendible. «Y tampoco estamos hablando de “ese” caracol» balbuceó para sí misma.

—¿Cómo dices…? –cuestionó Neyhtena, luego miró a su hermana–. Lawy, por favor, ya debes darle fin a los juegos de revancha que crees que te unen a ella, Tonia solo se divierte con vos… se burla. Misadora, ella les ha contado de su tierna rivalidad que conservan desde niñas porque quería darles un juego que las mantuviera unidas, pero Tonia no lo entiende así, siempre te ha celado…

—Todos opinan lo mismo y parece que soy la única que no lo ve, yo siento que existe un lazo poderoso que me une a su familia. –Luego repasó sobre unas palabras que aún retumbaban en su cabeza–: Ney, éramos niñas cuando encontré ese caracol, el de las voces… después llegaron “los días dormidos” de los que no recuerdo nada… aquellas fiebres se adueñaron de mi memoria. Misadora lo escondió, ¿sabías eso? Ella decía que me alteraba y me confundía.

—Ese caparazón te encontró a vos… y no es lo único que ha estado buscándote…

—¿No es lo único que qué? No entiendo lo que dices, Ney, ni una de tus palabras y eso me asusta. –Yllawie quedó mirando hacia la oscuridad de la ventana, en dirección al arroyo y suspiró–: ¡Y no es lo “único” que me asusta! –dijo repitiendo las palabras de la niña–. No sé cómo ni por qué ese pequeño tesoro llegó luego a las manos de Lonkkah –sonrió desconcertada y abatida.

—Su nácar se originó en los océanos y ha viajado a través del mar para encontrarte, está rodeado de piedra que alguna vez fue lava, también ha viajado desde el fuego que descansa en las entrañas de esta tierra para encontrarlo a él.

—Ja, ja, ja, esas palabras sí me gustan, me recuerdan a las de los libros…

—Se han buscado y… se han encontrado –dijo Neyhtena tocando los dedos de su hermana– fueron tus manos las que rescataron ese caparazón y una vez que cumplió su cometido, buscó a Lonkkah. ¿Sabes lo que pienso?

—¡Jamás podría saberlo!

—Que pretenden separarte de Lonkkah porque ustedes dos son poderosos… o lo van a ser. Tonia, sus primos, «Femy» pensó sin decirlo, toda su familia, no sé qué intentan, pero lo que sea, no es nada bueno –insistió Neyhtena.

—¿Nosotros poderosos? –Yllawie lanzó una expresión entre burlesca y desconcertante, luego movió su cabeza para sacudir las palabras que acababa de escuchar–. ¿Cuándo es que has crecido, hermaney…? ¿Alguna vez has sido niña? ¿Cómo sabes estas cosas…? Las palabras vienen a tu cabeza ¿de quién, de dónde?

—Creo que es la luna –susurró la niña y el silencio invadió la cocina. Neyhtena miró de reojo para ver la reacción de su hermana–. Siento renacer en cada luna brillante, ella me dice que estás atada a quienes por mucho tiempo has deseado que sean tus hermanos, no está ahí la respuesta que buscas. Hay algo que no puedo… no puedo… –Meneó su cabeza de un lado a otro–. Pienso que nos ocultan su verdadera cara… sus verdaderas intenciones.

—Si piensas todo eso de ellos, ¿por qué has jugado al caballero con Regildo? Lo del beso en la mano, pensé que te agradaban sus modales… –Yllawie dejó los vasos y la jarra sobre la mesa e imitó los gestos de saludos de navegantes.

—Quería tocarlo para estar segura y por eso se lo pedí, algo va a pasar… cuándo me lo entregó, lo sentí, estaba preparada para recibir extrañas energías hacia tu persona o hacia Lonkkah, pero fue más intenso… y oscuro, desde ese momento, las abejas viven en mi estómago… –expresó Neyhtena angustiada y casi distante.

Aunque se habían esmerado en preparar la cena, ninguna había probado bocado, la charla las mantenía concentradas en las palabras y distraídas de los alimentos.

—¿Qué… qué fue lo que te entregó? –cuestionó confundida Yllawie.

Neyhtena se dirigió hacia el pequeño cajón de la mantelería, extrajo una servilleta y la desenvolvió.

—Te lo acabo de decir, tenía esto en su poder.

—Es mi... es... –Yllawie tocó con incredulidad sus propios cabellos.

—Sí, es el mechón de tu cabello con el que sellaron el pacto de hermandad –dijo Neyhtena fastidiada.

—Es algo insignificante, una absurda promesa –Yllawie tragó saliva–, pero no entiendo, para qué querían mi cabello.

—Las palabras vienen a mí, pero me cuesta razonar –dijo la niña, un sentimiento de culpa invadió su temblorosa voz.

—¡Una niña, hermaney, apenas sos una niña! –gritó Yllawie antes de abrazar su hermana con ternura–. No es tu tarea entender o razonar las palabras de la luna.

El silencio regresó para envolverlas con su helada capa, podían escuchar el tranquilo y acogedor deambular de los perros. Yllawie sirvió un poco de agua en el vaso de su hermana y luego tomó una vieja servilleta para comenzar a descargar en ella sus habituales juegos nerviosos, la niña aceptó el vaso y apoyó sus manos en aquellos inquietos dedos.

—Ney, Kkan “te dijo…” –resopló inquieta–. Dijo que quiere ir por los tres, Chayhton y otros dos, ¿por qué insisten… por qué cinco…? Pa-Xunnel y Lonkkah, ellos los encontraron y solo eran ustedes tres, recién nacidos. Si yo quisiera creerte… si había más niños, deberían haber estado ahí cerca… no sé, yo… –titubeó un instante al observar a Neyhtena que parecía no escuchar, había quedado en silencio mirando por la discreta ventanilla hacia la huerta, en dirección al corral, aunque los perros deambulaban serenos, algo parecía inquietarla. Yllawie apoyó su mano sobre el hombro de su hermana y miró en la misma dirección intentando descubrir lo que la tenía preocupada–. ¿Ocurre algo?

—Tampoco la encontraron a ella, a mi madre. Siempre pienso en nuestra madre… siento su dolor, está viva… lo sé.

—Te entiendo, yo no recuerdo a mi madre, ni a mi padre y solo sé que tengo un hermano… de vientre. Dices que sientes que está viva, en cambio yo… no sé qué sentir. Quizá murieron y por eso nunca regresaron por mí, quisiera creer como vos, que aún están vivos…

—Ella no es como yo –dijo la niña acariciando la morena piel de su antebrazo.

—¿Qué…? –preguntó exaltada Yllawie mientras observaba cómo la niña rozaba sus dedos sobre su propia piel–. ¿Qué quieres decir con eso de que tu madre no es como vos?

—A veces no quiero decir todo cuanto sé, ¿prometes no asustarte?

—¿Qué no me asuste? ¡Cada vez que hablas escucho palabras que lastiman mi pecho! –exclamó Yllawie, pero Neyhtena se mantenía serena esperando su respuesta–. Sí, te lo prometo.

—Sin sobresaltos –dijo la niña y los matices cuasi verdosos de sus iris comenzaron a perder su tonalidad–, es nuestro verdadero color –pronunció serena.

En ese instante, sus ojos se tornaron cristales traslúcidos, Yllawie retrocedió dos pasos con una expresión aterradora, sus labios palidecieron y su respiración comenzó a quemar el aire de sus pulmones.

—Lonkkah nos enseñó a transformar nuestro color –continuó la niña–, odiaba la idea que tenía pa-Xunnel de mantenernos ocultos. Lawy, nuestros padres no son terrinos, somos hijos…

Yllawie se levantó frenética, los vasos rodaron del mesón al suelo, por un instante había perdido el sentido de la orientación mientras luchaba contra un enjambre invisible que se había introducido por su nariz y su boca ahogando su respiración… miró enceguecida a su alrededor, sabía que estaban solas y que Xunnel descansaba lejos (e inconsciente) en otra habitación, pero necesitaba asegurarse de que solo ella estaba recogiendo aquella terrible confesión. Dos palabras aún retumbaban en su cabeza “verde-cenizas”, siempre las había escuchado sin haberlas comprendido nunca… hasta ese momento. Las pulsaciones comenzaron a desacelerar mientras su atención se enfocaba en un solitario hilo de agua que se escabullía hacia sus pies.

—¡Qué… de qué hablas! No lo vuelvas a decir –gritó Yllawie–. ¡No quiero escucharte más! Este es nuestro color, ¿qué te pasa? –exclamó intolerante y colocó su brazo a la par del pequeño antebrazo de la niña–. Este color nos hermana –dijo con su garganta colmada de dolor. Miró a su alrededor y sintió que todo por encima de su cuello iba a aplastar su cuerpo, se sentó y apoyó sus codos sobre la mesa para poder sostener su cabeza.

—Lawy, debes calmarte… quiero que me mires… hermawie –suplicó la niña para llamar su atención–, tenemos más cosas en común de lo que te imaginas. –El verde de sus ojos había desaparecido, destellos grises iluminaban su rostro, a veces como el cristal… otras, como las cenizas–. Lawy, ¿estás escuchándome?

—Yo… –Lágrimas de impotencia y de temor se apoderaron de los ojos de aquella joven aturdida–. ¡Sé lo que eso significa! Los libros dicen que…

—Ya lo sé, los terrinos ojos de cristal, son mezclados directos que llevan la maldición en su sangre –suspiró agobiada–, por los oscuros secretos de las arenas que forjan el cristal o por la implacable lava que se funde en las profundidades y forma cristales en las entrañas de la tierra… Ese es nuestro origen, Lawy, las arenas del mar y el rastro de la lava, pero… ¿acaso eso importa?

—Es más que eso, los libros dicen… los libros, nada bueno –balbuceó Yllawie, las ideas rebotaban en su cabeza–. No sé qué decir…

—¡Olvídate de los libros! Soy yo, tu hermaney, es la razón por la que no quiero decir todo cuanto sé, ¿ahora me comprendes?

—¿Ma-Kanki lo sabe, y pa-Xunnel…?

—Claro que lo saben, papá y mamá, Saty, Chattel y Lonkkah…

—¿Es que soy la única que nunca…? –Y enmudeció, el miedo hacía sucumbir su raciocinio–. Serjancio y…

—No, no… ellos no –manifestó Neyhtena, aunque ya no estaba segura de la veracidad de su respuesta.

—¿Cómo lo hacen… cómo es que…?

—Lonkkah y… el caracol… –respondió la niña. Yllawie se desplomó en su silla–. Lawy, ¿crees que eso va a cambiar este lazo irrompible que nos une…? ¿Dejarías de amarme porque no soy descendiente de terrinos?

—Jamás dejaría de amarte, hay tanto que no sé, que desconozco… perdóname, es que soy…

—Sos… ¿sabes lo que sos? Una maravillosa dibujante –exclamó sonriente, pero Yllawie sintió palidecer.

Las supersticiones danzaban como sombras cotidianas entre los navegantes y casi que dirigían sus destinos, muchas de sus decisiones se cimentaban en aquellas nigromancias que habían arribado con ellos desde el mar, en cambio, entre los terrinos, resultaban absurdas e incomprensibles al extremo de considerarlas cábalas divertidas heredadas por transmisión, no las sentían suyas ni comandaban sus destinos, no creían en sus consecuencias pues esta comunidad era libre de creer, de soñar, de vivir… Sin embargo, dibujar rostros les estaba negado, la insoldable creencia de que el alma quedaba atrapada en la roca o en la madera que los contenía, causaba terror y podría desencadenar estragos cuyas secuelas podrían resultar catastróficas. La Conciliación, entre sus tantos mandatos, también exigía tolerancia por sus mutuas creencias, incumplir estos pactos acarreaba su correspondiente castigo.

Yllawie dibujaba rostros casi a la perfección, cualquier roca lisa o un algún tronco descartado y pulido por ella misma, era un llamado a liberar su oculto y magnífico talento… pero siempre les otorgaba un mismo destino, los maderos terminaban consumidos en improvisadas fogatas y las piedras, lavadas en el arroyo.

—Lo sabemos… tus dibujos en las piedras –expresó Neyhtena–, Kkan comenzó a elaborar los terrones de color para vos, él manipula las hierbas y también supo cómo aprovechar la cera de las abejas, Chayhton le enseñó de otros matices que vienen de la tierra… ellos descubrieron cómo hacer tus colores y comenzaron a dejártelos en tu camino. –Yllawie se permitió escuchar en silencio–. Tus dibujos, los rostros en las piedras...

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