Kitabı oku: «Del uso de las partes»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 389


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por JORGE CANO CUENCA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2010.

López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.

www.editorialgredos.com

Primera edición: octubre de 2010

REF. GEBO459

ISBN 9788424937560

INTRODUCCIÓN *
AUTOR, FECHA, LUGAR DE COMPOSICIÓN

Claudio Galeno escribió De usu partium cuando su amigo y protector Flavio Boeto se marchó de Roma a Palestina, al ser nombrado gobernador de la Siria palestina, con el fin de que pudiera recordar las enseñanzas anatómicas y fisiológicas, que con tanto interés había seguido en Roma, según relata nuestro médico al comienzo de sus Procedimientos anatómicos (I 1). Posiblemente redactó el libro I a instancias de su amigo entre los años 164 y 166, en los últimos tiempos de su primera estancia en Roma, y el resto de la obra durante la segunda entre los años 169 y 175, esto es, en su época de madurez, a la vuelta de Aquileya, cuando había adquirido ya gran experiencia y pericia en la práctica de disecciones. En esa época fue nombrado médico de Cómodo, el hijo de Marco Aurelio, por lo que dispuso de cierta tranquilidad para escribir sus tratados Procedimientos anatómicos y Del uso de las partes , obras magistrales de anatomía y fisiología anatómica, cuya redacción alternó, como puede deducirse de sus citas cruzadas. Dice en Procedimientos que le mandó los diecisiete libros de su obra de fisiología al gobernador de Siria, cuando aún vivía. De esa época también es su tratado De las doctrinas de Hipócrates y Platón , de carácter filosófico-teológico.

Galeno (Pérgamo 130-200), que creció a la sombra del Asklepieion de Pérgamo, recogió en sus escritos el saber médico, biológico y filosófico de la mejor tradición griega. Estudió filosofía en Atenas. Conoció por ello la filosofía clásica y también la helenística y el platonismo medio. Admiró a Platón, a Aristóteles y de manera muy especial a Hipócrates. Sintió respeto por Sátiro y por Quinto, sus maestros de medicina de Pérgamo, así como por Marino, Pélope y Numisiano. Viajó a Alejandría, la ciudad más avanzada de la época en ciencia y humanidades, para adiestrarse en la medicina que allí se estaba desarrollando, basada en el estudio de la anatomía humana mediante la práctica de disecciones. Figuras como Herófilo o Erasístrato eran buen ejemplo del nuevo rumbo que estaba tomando el estudio y la práctica de esta ciencia. En Alejandría aprendió también a estudiar los tratados hipocráticos con rigor filológico. En Pérgamo fue médico de los gladiadores y en Roma protagonizó algunas de sus demostraciones anatómicas más brillantes en el Templo de la Paz. En su calidad de médico acompañó a Marco Aurelio en algunas de sus expediciones militares, y se ocupó personalmente de la salud de este emperador y de su hijo Cómodo.

Galeno aprendió de sus maestros la importancia de la observación de los fenómenos, de la experimentación, de la exhibición de los hallazgos así como de la teoría lógica para la demostración. Escribió un tratado Sobre la demostración en quince libros, que no nos ha llegado, pero que nos permite imaginar la importancia que dio al razonamiento lógico para explicar los resultados de sus experimentos. Dejó escrito (VI 13, 467K) que algunos errores médicos proceden del desconocimiento de la anatomía y otros, de la ignorancia de la teoría lógica, y que la maestría intelectual requiere experimentación pero también razonamiento lógico y conocimiento de la teoría de la causalidad con todas sus distinciones. La observación, la experimentación y la demostración fueron para Galeno los ejes de su enseñanza médica. Invitaba insistente y reiteradamente a sus lectores a que comprobaran visualmente ellos mismos en las disecciones lo que él decía (II 3, 98-99K). Enseñó a sus discípulos a observar con atención lo que se ve y a aprender mediante la experimentación aquello que no es accesible a la vista 1 . También sabía, como los buenos oradores, que cualquier demostración debía persuadir. No obstante, afirma que prefiere demostraciones claras antes que palabras persuasivas (XIV 13, 198K).

El título de la obra que traducimos, de acuerdo con los mejores manuscritos, es Perì chreías moríon , que fue vertido al latín por De usu partium . En nuestra traducción hemos optado por traducir el título griego como Del uso de las partes para respetar la traducción consagrada por el latín y avalada por la tradición médica. No obstante, traducimos el término chreía por «función» como también en nuestra anterior traducción del tratado de Procedimientos anatómicos hemos traducido Perì chreías moríon por Sobre la función de las partes , pues estimamos que en el ámbito de la medicina cuando se hace referencia a la «utilidad» de una parte del cuerpo, se emplea generalmente el término «función». Así hablamos, por ejemplo, de la función del pulmón o decimos que la función principal de las piernas es la locomoción.

Galeno suele definir, en aras de la claridad, los conceptos sobre los que trabaja. Así hace también en esta obra. Del término chreía dice que expresa lo que la mayoría llama euchrestía , que podríamos traducir como «utilidad» (XVII 1) 2 . También define lo que entiende por «parte» como algo con contorno propio pero que en algún punto se continúa con el todo. El término enérgeia , que hemos traducido por «acción» o «actividad» lo define como kínesis drastiké «movimiento activo» (XVII 1) Y dice que lo que posibilita ese «movimiento activo» es la facultad o poder (dynamis ) de cada órgano.

Para conocer la función de cada parte lo mejor es observar primero la acción del órgano entero. Galeno lo ejemplifica con su experiencia del elefante. Cuenta que la primera vez que vio un paquidermo le sorprendió ese apéndice largo que pende del lugar de la cara donde otros animales tienen la nariz y le pareció algo inútil y superfluo, pero cuando vio cómo recogía con él monedas del suelo, comprendió por su acción cuál era la función de la trompa, y cuando observó que ese animal, al cruzar un río, elevaba la trompa y respiraba por ella, comprendió con esa otra acción la otra función de dicho apéndice (XVII 1).

El propósito de la obra es demostrar que cada parte del cuerpo humano tiene una estructura adecuada a su función en la economía del cuerpo entero (XV 1, IV 218K y XVII 1, IV 347K), que la excelencia de la estructura de cualquiera de las partes se manifiesta en su cooperación a la acción de todo el órgano (I 9, III 24-25K), ya que, como decía Hipócrates, en el cuerpo todo está en simpatía (I 8, III 18K). El Pergameno afirma que la función de las partes del cuerpo está en relación con el alma, puesto que el cuerpo es su instrumento, y, si las partes de los diferentes animales difieren, es porque también difieren sus almas, pues el cuerpo está adaptado al carácter y facultades del alma (I 2). Para Galeno, la forma y la función de las partes no son sino manifestaciones de la naturaleza y expresión del perfecto diseño del ser viviente.

COMPOSICIÓN Y ESTRUCTURA

El tratado De usu partium está concebido como un canto de alabanza a la naturaleza creadora. Para Galeno, esta obra es un discurso sagrado (hieròs lógos ) y un verdadero himno en honor a ella, pues no hay nada más sagrado, dice, que investigar y dar a conocer el sumo arte de la naturaleza en su diseño y creación del ser humano (III 10, 237-238K). Compara su escrito a una composición mélica, que termina en un epodo, himno de alabanza a la divinidad, que se solía cantar al pie del altar. Como en los himnos a los dioses hay en la obra de Galeno una parte más retórica en la que alaba y elogia la naturaleza creadora, hay otra exhortativa en la que invita a su conocimiento mediante el estudio y la experimentación, y otra descriptiva de la función de las partes que constituyen el ser del hombre. A la naturaleza, como a cualquier otra divinidad, a la que se canta, se la adorna con epítetos: es sabia, poderosa, justa y providente; es creadora (demiourgós); actúa con arte y es rica en recursos. El cuerpo humano es su obra maestra. Este tratado de Galeno, como la composiciones líricas, en parte apela a los sentimientos y al asombro de sus lectores, pero, sobre todo, por su metodología científica llama a la reflexión y al conocimiento de la naturaleza en algo tan cercano y propio como es el cuerpo humano. La obra está escrita con precisión y claridad en la prosa ática del siglo II , si bien pueden observarse en ella algunos rasgos de la koiné .

Galeno, por su interés en conocer lo específico del hombre frente a los demás animales, comienza y termina su obra con el estudio de las partes que, según su criterio, constituyen al hombre como lo que es, un ser racional y sociable, capaz de crear un mundo, relacionarse, reflexionar y dedicarse a las artes. Estas partes específicamente humanas son, en su opinión, las extremidades y el cerebro. Las primeras están soportadas por los huesos, movidas por los músculos, que, a su vez, son puestos en movimiento por los nervios; están nutridas gracias a las venas, atemperadas, en opinión de Galeno, por las arterias, y reciben sensibilidad y movimiento gracias a los nervios, que en última instancia proceden del cerebro. A las extremidades les dedica los primeros libros. Los siguientes los distribuye de acuerdo con las tres principales cavidades del cuerpo: abdominal, torácica y craneal, de acuerdo con su concepción tripartita del cuerpo humano. Los libros IV y V los dedica a los órganos de la cavidad abdominal que reciben el alimento y lo elaboran, como el estómago; a los que terminan de elaborarlo y lo transforman en sangre, como el hígado, y a los que, antes de la distribución lo purifican de residuos ligeros, como hace la vesícula biliar, o de los residuos más espesos, como hacen el bazo y los intestinos anteriores al recto, y de los residuos acuosos, lo que es función de los riñones. Los libros VI y VII versan sobre los órganos de la cavidad torácica, como el corazón y los pulmones, además de dedicar algunos capítulos al esófago, a la tráquea y a los órganos de fonación. Los libros VIII al XII están destinados a explicar todos los órganos de alguna manera relacionados con la zona de la cabeza. La segunda mitad del XII y el libro XIII explican la columna vertebral y los hombros. Los libros XIV y XV explican los órganos de reproducción y las caderas y en el XVI se habla del sistema conectivo, nervios, venas y arterias, que recorren todo el cuerpo para darle, en opinión de Galeno, sensibilidad y movimiento, alimentación y una temperatura adecuada. El libro XVII cierra poéticamente, a modo de epodo, toda la obra y resume algunos de sus puntos principales.

Mediante todos los recursos que le presta la lengua, Galeno expone de forma sistemática la estructura, función y relación de las diferentes partes del cuerpo humano, sin olvidar que el cuerpo es un todo orgánico, en que todas las partes están en simpatía y en perfecto equilibrio, sin que nada sobre ni falte, para constituir cooperativamente ese ser racional que es el hombre. Como han señalado Garofallo y Vegetti 3 , Galeno, al discurrir sobre las partes del cuerpo y sus funciones, elabora un discurso sobre el orden universal de la naturaleza, pues ve en cada parte del cuerpo no sólo una manifestación de la physis sino también de las leyes que la rigen. El Pergameno explica mediante la palabra lo que ve en las disecciones y los resultados de sus experimentos, acude a la geometría euclidiana cuando lo estima oportuno para la clarificación de las ideas, por ejemplo, para hacer comprensibles los rayos de la visión, invita a la experimentación y a la observación, hace propuestas metodológicas para el estudio de la anatomía y la función de las partes en el ser vivo, elabora teorías explicativas sobre la percepción, la sensibilidad y la capacidad de razonamiento del hombre, valga como ejemplo su teoría sobre el spiritus animi 4 , y acude a símiles y analogías para explicar lo que no conocemos por lo que conocemos.

En su afán didáctico establece con frecuencia diálogo con sus lectores y les interpela para que presten atención o para que se fijen en determinada característica o les manda leer otros escritos necesarios para la comprensión de lo que está explicando. Rebate teorías comúnmente aceptadas y polemiza con médicos o filósofos de un cierto prestigio. Sabe captar la atención del auditorio con cuestiones polémicas, por ejemplo, si es adecuado el nombre de «encéfalo» en los animales que no tienen cabeza (kephalé) . Otras veces polemiza con algún médico de prestigio o rebate teorías comúnmente admitidas, sin sentir reparos en llevar hasta el ridículo las doctrinas de algún adversario científico. Cuida el uso de la lengua y se preocupa en definir términos, que pueden no estar claros para todos sus lectores, pues sabe que la claridad y la precisión de la palabra es clave en la comprensión de los conceptos y sin éstos no hay ciencia. Crea una retórica de la ciencia, que le otorga las mejores credenciales en el campo del saber, pues sus verdades, apoyadas en los datos de la exploración y experimentación, ofrecen certezas, que son verificables y le dan al hombre la posibilidad de controlar la salud del cuerpo y la virtud del alma mediante la regulación de su forma de vida. Además, ese saber, que se fundamenta en la anatomía y en la fisiología, será útil, según nuestro autor, no sólo al médico sino al filósofo que se esfuerza por adquirir un conocimiento de la naturaleza entera (XVII 1). Para Galeno, como decíamos al principio, el ir desvelando los misterios de la anatomía y la fisiología del cuerpo humano es componer un himno a la naturaleza creadora y a su obra más perfecta, el cuerpo humano, y recomienda a todos aquellos que honran a los dioses iniciarse en los misterios de la fisiología, superiores, dice, a los de Eleusis y Samotracia, pues muestran con más claridad que aquéllos la sabiduría del creador (De usu partium XVII 1-2).

GALENO Y EL CUERPO HUMANO

Galeno concibe el cuerpo humano como la suprema manifestación de armonía, belleza y justa distribución de la naturaleza. Evidentemente, estos atributos se encuentran también en su concepción del cosmos, de la arquitectura y de un arte en que los griegos fueron maestros: la escultura. Belleza y justicia, nos dice, se basan en una armónica distribución. Con el sentido de la belleza de los griegos afirma que «la verdadera belleza, no es otra cosa que la excelencia de la estructura (I 9, III 24K)», y trae a colación el arte de Policleto que desveló el canon del cuerpo externo. Al médico le incumbe desvelar la armonía y la perfección del cuerpo interno. Y ese canon sólo es posible encontrarlo aislando y estudiando las diferentes partes y estudiando la relación entre su estructura y su acción, pues sólo eso es «canon, medida y criterio de una buena forma natural y una belleza verdadera (ibid.) ».

Reconoce, no obstante, Galeno, que nuestro cuerpo es de material perecedero, y por eso dice que somos como «estatuas de arcilla (III 10, III 240K)», pero también reconoce que Fidias trabajó con igual arte el barro que el oro o el marfil e insiste en que lo que importa no es el material sino el arte del escultor. Afirma que «el hombre vulgar se deja sorprender por la belleza del material, el artista, en cambio, por el arte (íd . 239K)». La medicina de Galeno, como ha señalado García Ballester 5 , «tiene que ver con la salud y belleza del cuerpo y éstas no se realizan plenamente sin el adecuado funcionamiento de las partes del cuerpo». El mensaje de Galeno es que hay que esforzarse por descubrir el arte incluso en las partes más insignificantes, pues todas están coordinadas para contribuir a una acción común, la del órgano del que forman parte, si bien cada una de ellas tiene una función o finalidad específica. Afirma el Pergameno que el demiurgo conectó todas las partes del cuerpo «y se las ingenió para que se escucharan unas a otras (IV 9, III 310K)», pues todas deben contribuir a que el hombre llegue a realizar la función para la que fue creado. Pero para conocer bien las partes se debe conocer primero la acción del órgano que constituyen y, una vez conocida, será más fácil descubrir cuál es la función de cada una de las partes integrantes. Galeno justifica su estudio del cuerpo y de sus partes por el hecho de que ni siquiera Aristóteles ni Hipócrates hablaron de todas las acciones de todos los órganos, pues les faltaba práctica en el método del descubrimiento y a veces hablaban de un modo oscuro (I 8, III 20-21 K). En otro lugar dice que va a explicar «lo que aparece en las disecciones, pues ninguno de mis predecesores lo ha explicado con rigor (II 3, III 98K)». Vemos, pues, la importancia que concede a seguir un método riguroso y de conjunto en la investigación. Estudia cómo las partes del cuerpo contribuyen sinérgicamente y en armonía para que el hombre viva y además viva bien y continúe su especie sobre la faz de la Tierra. Considera un deber casi religioso hacia la divinidad dar a conocer lo que va descubriendo, pues afirma que «la verdadera piedad no consiste en sacrificar infinitas hecatombes ni en quemar miles de talentos de casia sino en conocer la obra del creador y transmitírsela a los demás» (III 10, III 237-238K).

GALENO Y EL «DISEÑO INTELIGENTE»

El médico de Pérgamo formuló por primera vez de forma sistemática y desde un punto de vista no teísta la doctrina del diseño inteligente que puede observarse en el cosmos y que centró en ese microcosmos que es el hombre. Para nuestro autor, el estudio de las partes del cuerpo humano revela que no son obra del azar sino de una inteligencia creadora que las ha hecho de la mejor forma posible de acuerdo con el fin para el que han sido creadas. Esto se le revela en el estudio de los huesos del cuerpo y de sus músculos, en las articulaciones, en el examen de la mano o del pie del hombre, en el tracto digestivo, en la composición del cerebro, en los dientes, en las vértebras, en los ojos, las pestañas y los ojos, en la armonía de todas las partes, incluso en las que pudieran parecernos más insignificantes como el talón o el tobillo. Para Galeno, esa inteligencia creadora es la naturaleza, a la que con frecuencia llama «divinidad creadora».

Siglos después, un clérigo inglés, sir William Paley, acuñaría la fórmula «diseño inteligente» del mundo, en su obra Natural Theology , publicada en Londres en 1802, en la que mantiene que el mundo natural parece haber sido creado por un diseñador y que sólo un Dios omnipotente podría haber creado tanta perfección en cada parte del cosmos y del cuerpo animal y humano. W. Paley 6 compara el organismo humano a la maquinaria de un reloj, de la que dice que las diferentes partes que la componen están formadas y hechas con un propósito y que si esas partes fueran diferentes a como son, si tuvieran otro tamaño u otra posición, probablemente no cumplirían con el fin para el que han sido hechas, que es mostrarnos la hora del día, en cuyo servicio todas actúan sinérgicamente. También deduce de la observación de esa maquinaria que ha habido una mente inteligente que la ha diseñado. Cuando Paley escribió su obra probablemente conocía no sólo los escritos de Aristóteles y de Cicerón, sino que también debía de conocer directa o indirectamente el tratado Del uso de las partes de Galeno. De hecho, en su estudio de los músculos cita al obispo John Wilkins (1614-1672), quien, a su vez, cita la miología de Galeno. Esa idea de un agente organizador perduró desde Galeno hasta Darwin, quien en principio siguió a Paley, al que leyó con gusto y admiró 7 , pero a partir de las observaciones que hizo en la expedición de cuatro años en el Beagle por la Tierra del Fuego y las islas Galápagos, bajo las órdenes del comandante Fritz Roy, fue el primero en rebatir con argumentos fundamentados la idea de creacionismo y «diseño inteligente», en favor de la adaptación y la selección de las especies, y, en consecuencia, a favor de su teoría de la evolución.

Para Galeno, en cambio, que creía que la disposición corporal está en consonancia con las facultades del alma y que veía en el hombre «el único animal sobre la tierra con un alma divina (XIII 11, IV 126-127K)», no había obra más perfecta desde sus orígenes que el cuerpo humano. Consciente del material perecedero del cuerpo humano, le hace partícipe de la inteligencia de los cuerpos celestes y codifica su pensamiento de la siguiente manera: «Me parece a mí, cuando pienso en estas cosas, que incluso una no pequeña inteligencia se extiende por el aire que nos circunda, pues no es natural que el aire participe de la luz solar y no participe de su poder (XVII 1, IV 360K)». Galeno mantuvo una fuerte polémica con las corrientes materialistas de su tiempo, especialmente con los atomistas, que defendían que la existencia de los cuerpos se debía al choque de los átomos al azar.

CONCEPTOS FUNDAMENTALES

Galeno se propone en De usu partium escribir una monografía científica sobre el funcionamiento de las partes del cuerpo humano, que sea a la vez un discurso con mayores garantías que el filosófico, que «reconozca la posibilidad de la hegemonía cultural de la medicina» pero que como aquél reconozca las leyes de la naturaleza y el orden teleológico que la rige 8 . Lógos , experimentación práctica e investigación son los principios que legitiman su discurso 9 .

Nuestro autor, que cuenta con un buen bagaje científico y filosófico, quiere presentar el estudio del cuerpo de acuerdo con los principios de la lógica y la demostración filosófica e intenta descubrir cómo el lógos de la naturaleza se manifiesta en el cuerpo humano. Opera con una concepción tripartita del cuerpo que es reflejo de la que Platón expone en el Timeo . Con ello se aparta del cardiocentrismo aristotélico e instaura una nueva antropología, en la que los órganos principales están al servicio de la vida del hombre. Distingue las tres vísceras, hígado, corazón y cerebro como sedes de la vida vegetativa o natural, de la volitiva y de la racional respectivamente. Afirma que el hígado es el origen de las venas; el corazón, de las arterias, y el cerebro, de los nervios. En el hígado, dice, se actualizan las facultades naturales o vegetativas, por las que crecemos y nos desarrollamos; en el corazón, las facultades vitales, que cumplen con las funciones cardiorrespiratorias de mantener todo el organismo a la temperatura adecuada, y en el cerebro, las facultades psíquicas o racionales del hombre, que rigen la sensibilidad, el movimiento autónomo y la vida de relación. En estas tres vísceras se concluirá la elaboración del pneuma natural, del pneûma vital y del pneûma psíquico, respectivamente.

El criterio aplicado por Galeno para el estudio de las partes del cuerpo es el de las categorías aristotélicas. Describe la posición de cada parte, su cantidad, esto es, su número y volumen, su sustancia o composición elemental, su complexión o estructura, su forma y sus cualidades como color o textura, además de su acción y afecciones así como su relación con otras partes. En su tratado de Las doctrinas de Hipócrates y Platón (VII 2, 491L) explica que cada parte pertenece a la categoría de la relación y tiene una forma adecuada a su función (chreía ), que se muestra en su acción (enérgeia ), lo que también afirma en el capítulo XV (1, 218) de nuestra obra. Asegura que hay partes activas y partes pasivas y que otras tienen ambas cualidades, como, por ejemplo, el músculo, que mueve al hueso pero es movido, en cambio, por los nervios. El criterio para discernir la importancia de una parte es la importancia de su función (VI 7, III 435-436K).

De influencia platónica es la figura del demiurgo. La teoría galénica de las causas y su teleología, así como la teoría lógica y el arte de la demostración muestran el influjo de Aristóteles. Galeno en De usu (VI 12) desarrolla su teoría de las causas y menciona la causa primera como objetivo de la acción pero también se ocupa de la eficiente, de la material, de la instrumental, por supuesto, de la causa final y también de la formal con referencia a la forma inmanente aristotélica o al alma del cuerpo. Todas contribuyen a la perfección de la parte con vistas a la realización de su función. Para examinar cualquier parte del cuerpo, el filósofo de la naturaleza deberá encontrar respuesta a todo este tipo de causas y critica a Erasístrato y a Asclepíades por no haber obrado así. Los cuatro modos de movimiento que admite Galeno son también aristotélicos, pues además del movimiento local, como cambio de lugar, habla del movimiento sustancial o conversión (el quilo se convierte en sangre; la sangre, en leche o en esperma), del cuantitativo (crecimiento y disminución) y del cualitativo (esto es, el grado de una cualidad). La deuda del de Pérgamo con el Estagirita es también evidente en su concepción teleológica de la naturaleza, que aún encontramos, aunque matizada, en Vesalio, que en el prefacio de su Fabrica dice que la anatomía se caracteriza iucundissima hominis cognitione, inmensi rerum Conditoris sapientiam (si quid aliud) attestante .

Otro axioma de Galeno, consecuencia de su teleología, es el principio aristotélico de que la naturaleza no hace nada en vano. Pero Galeno va más allá de Aristóteles, pues el Estagirita admite excepciones, mientras que el Pergameno cree que las consideradas excepciones son producto de nuestra ignorancia. Para él son un reto para seguir investigando con el fin de entender el propósito de la naturaleza en cada parte. Anatomía y fisiología son dos vías que llevan a descubrir la sabiduría de la naturaleza en la organización del hombre. Galeno toma como base para su investigación de las partes del cuerpo humano el tratado del Estagirita sobre las partes de los animales. El influjo de Aristóteles es evidente no sólo en su concepción teleológica de la naturaleza y en su modo causal de razonar, sino también en sus estudios biológicos.

Que la estructura del cuerpo es la mejor de las posibles, es otro principio que está en la base del sistema galénico. Para demostrarlo, Galeno propone un método: cambiar con la imaginación la posición de cada parte o su textura o su número o su tamaño o su forma. Y, si no encontramos nada mejor, debemos declarar que la estructura actual es perfecta y absolutamente correcta (III 11, III 249-250K). Con este procedimiento, Galeno alterna la observación racional con la imaginación en un juego de creación de hipótesis contrarias a la realidad, que confirman la perfección y la belleza de lo real. Por ejemplo, la acción de la mano está al servicio de la aprehensión, por lo que la estructura de la mano y la topografía de sus partes debe ser la óptima para la función prensil. Galeno apela a nuestra imaginación y nos invita a pensar cómo sería si nuestras manos no fueran articuladas o si el pulgar no se opusiera a los otros dedos o si ocupara una posición diferente a la que ahora tiene o si no pudiera realizar los amplios movimientos de aducción y abducción que ahora realiza, o si no tuviéramos la posibilidad de sujetar con las dos manos objetos de gran volumen o si gracias al índice y el pulgar y al concurso de las uñas no pudiéramos agarrar con precisión las cosas más pequeñas. Siempre invita a oyentes y a lectores a imaginar otra solución mejor para cada una de las partes y como nadie le ofrece ninguna solución mejor concluye que la estructura actual de cada parte es la mejor de las posibles, lo que se debe a la inteligencia de la naturaleza creadora, a la que no cesa de admirar y alabar. Debe decirse que en De usu hay 293 entradas de la familia thaûma , término que expresa admiración o sorpresa ante un hecho maravilloso, muchas para un tratado científico, pero también hay que aclarar que en Galeno, como ha visto bien J. Jouanna 10 , el sentimiento de admiración no es producto de la ignorancia, sino resultado de una toma de conciencia, consecuencia de la observación y de la reflexión sobre las obras de la naturaleza.

El sistema fisiológico galénico es humoral y pneumático. De Hipócrates toma su patología humoral, su clínica, la idea de que en el cuerpo todo está en simpatía y de que todas las partes cooperan en la acción del órgano (I 9, III 23-24K). De Erasístrato y de Herófilo, su interés por el sistema vascular, el pneûma y el sistema nervioso. Afirma Galeno que la correcta mezcla de las cualidades, que el hombre puede controlar mediante la regulación de su forma de vida, aporta salud al cuerpo y virtud al alma. La elaboración en el pulmón, en el corazón, tal vez también en el hígado 11 , y en el cerebro, del aire (aér ) que respiramos le convierte finalmente en spiritus animi , esto es, aire inspirado, que se distribuye y da vida a todas las partes del cuerpo (cf. De usu partium , VII 8).

El calor innato, otro concepto importante dentro de la fisiología galénica, es responsable de la nutrición y de las transformaciones que sufre el aire inspirado (pneûma o spiritus animi) y está muy presente en el corazón y en las venas. Desde el pulmón, el pneûma es atraído al ventrículo izquierdo del corazón. Su función ahí es atemperar el calor natural que se origina en ese ventrículo, donde, a su vez, por la acción del calor natural se transforma en pneûma zotikón o «espíritu vital», que, unido a la sangre del ventrículo derecho, vaporizada por el calor natural del corazón, proporciona a las arterias una sangre muy sutil cargada de espíritu vital, que se reparte por todo el cuerpo. Parte de ella llega a través de las carótidas al cerebro, después de su elaboración en el plexo de arterias de debajo del cerebelo, y termina su elaboración en los ventrículos cerebrales. Ahí acaba por convertirse en pneûma psychikón o «espíritu anímico», que se difundirá por la sustancia cerebral, y a través del cerebelo y la médula espinal por todos los nervios y aportará al cuerpo la capacidad de recordar, proyectar, reflexionar y representar, esto es, aquellas «actividades autónomas» del alma racional, que están encomendadas al sistema nervioso central o autónomo. Capacitará también para la percepción de sensaciones y para el movimiento voluntario, que corresponden a las «actividades relacionales» del alma, encomendadas al sistema nervioso periférico, como pudo demostrar con sus experimentos 12 . Cuanto mayor sea el tiempo que una sustancia está expuesta al calor innato, mayor será su transformación. Además de las transformaciones, que, según Galeno, suceden en la rete mirabile , él admite otras transformaciones, como las que se producen, en su opinión, en los conductos varicosos de los testículos, en los que la sangre se convertiría en esperma, o la que tiene lugar en los vasos que en las mujeres van a los pechos, en los que la sangre se convertiría en leche. Añadamos que para el Pergameno el calor innato, que es instrumento primordial de la naturaleza (XIV 6), tiene su sede en el corazón, y que necesita también del pneûma y de la sangre para su nutrición y de la respiración para su refrigeración, ya que el calor innato debe ser temperado. También la transformación del alimento que ingerimos en quilo se produce en el estómago por el calor innato, y cuando ese quilo llega al hígado, por el calor innato se transforma en sangre. Ese calor innato es el que hace bombear el corazón y pulsar las arterias.

La naturaleza es para Galeno el principio generador de todo lo que brota y viene a la vida. La define como «esencia primordial, fundamento de todos los cuerpos que nacen y perecen» 13 y afirma que «los efectos de la naturaleza son la nutrición y el crecimiento» 14 . La naturaleza con su sabiduría, justicia y previsión es la que ha dispuesto que cada parte del cuerpo esté estructurada de la mejor manera posible, esté situada en el lugar adecuado, que sea de la sustancia más conveniente para su función y que su relación con las partes adyacentes sea la óptima. Tarea del fisiólogo es desvelar el lógos ínsito en ella. La naturaleza es también, como ha señalado F. Kovacic 15 , fundamento de la actitud religiosa de Galeno, pues los dioses tradicionales a los que se venera no son sino manifestaciones de lo divino, cuya expresión más elevada es la naturaleza (physis ) inteligente, esto es, la inteligencia (noûs ) que todo lo rige y ordena.

EXPERIMENTACIÓN

Galeno piensa que sin experimentación e investigación no se puede avanzar en el conocimiento de la medicina y que dicha experimentación debe ir acompañada, además de por el razonamiento lógico, por la precisión del lenguaje en aras de la claridad de su explicación. Exhorta incansablemente a sus discípulos a que hagan sus propias disecciones y que observen e investiguen con espíritu crítico. Afirma que la anatomía «no se puede leer y escuchar como si fuera un cuento de viejas, sino que hay que investigar y contrastar en las disecciones todo lo que se dice (III 16, III 255-256K)». En Alejandría, en época helenística ejercieron la medicina médicos como Herófilo, que investigó el cerebro y el sistema nervioso, y Erasístrato, que destacó por sus estudios del sistema vascular. A pesar de sus discrepancias, sobre todo con Erasístrato, Galeno es deudor de la escuela de medicina de Alejandría que forjaron estos médicos, y aconseja a sus estudiantes que vayan a Alejandría para aprender a diseccionar, pues allí se servían de cuerpos humanos para hacerlas. Mencionaremos aquí sólo algunos de los experimentos de nuestro médico que mayor popularidad le dieron. Galeno hizo, por ejemplo, experimentos con los ventrículos del cerebro. Pudo comprobar cómo ciertas lesiones del cerebro generaban disfunciones en las «actividades del alma». De ahí que considerara que la sede del alma se encontraba en el cerebro 16 . Observó que si presionaba o cortaba el ventrículo posterior, el animal quedaba más dañado que cuando presionaba o cortaba los ventrículos laterales 17 y estableció como criterio de la importancia de la parte afectada el grado de sopor en que caía el animal y su tiempo de recuperación 18 . Observó también la relación existente entre los ventrículos laterales y los ojos, pues cuando los apretaba, se bloqueaba el paso del pneûma del ventrículo anterior al nervio óptico, por lo que, en su opinión, la visión quedaba muy perturbada o desaparecía, mientras que cuando oprimía el ventrículo posterior, el animal continuaba parpadeando. Causó lesiones también a la meninge dura cerebral y vio cómo, a diferencia de lo que ocurría en los ventrículos, el animal no perdía ni el movimiento ni la sensibilidad. Causaron gran sensación sus experimentos con el nervio recurrente: vio que si cortaba los músculos que actúan sobre la laringe enervados por el recurrente, el animal perdía totalmente la voz, pero si la lesión era parcial, la voz se perdía en medida proporcional a la importancia de la función del músculo lesionado (Proced. anat . XIV 8). Cuando experimentó con los nervios de los músculos internos de la laringe, se dio cuenta de que si los presionaba o los anudaba, la voz del animal quedaba dañada y su sonoridad desaparecía, lo que le permitió demostrar que el control de la voz estaba en el cerebro y no en el corazón, como se creía (De placitis II 5). En relación con la voz demostró, asimismo, que si anudaba los nervios intercostales, la voz también desaparecía, pero reaparecía si los soltaba (Proced. anat . XIV 6). Demostró, así, la importancia de estos músculos y, por lo tanto, de los nervios que los enervan para el movimiento respiratorio y, en consecuencia, para la emisión de la voz (ibid . VIII). Con estos experimentos rebatió de forma incontestable la teoría que atribuía a las arterias carótidas un papel importante en la formación de la voz y que la afonía se debía a esta arteria. Confirmó el experimento haciendo un nudo a la carótida y observó que la voz no se perdía (ibid . XI 11 y XIV). Se dio cuenta de que la ligadura de un nervio paraliza e insensibiliza el músculo que enerva. Dedujo de ello que los nervios dotan de movimiento y de sensibilidad a los músculos.

Otro de los experimentos que el de Pérgamo solía hacer era seccionar la médula vértebra por vértebra y ver cómo reaccionaba el animal. Se dio cuenta de que si se hace una sección por encima o por debajo de la primera cervical, el animal muere súbitamente. Las secciones hechas hasta la cuarta vértebra detienen el movimiento respiratorio. Si la sección se hace en la quinta cervical, las extremidades superiores quedan privadas de sensibilidad y movimiento. Las realizadas por debajo de la sexta cervical paralizan los músculos del tórax, pero no el diafragma, pues los nervios de este músculo nacen de la cuarta y quinta vértebra. Demostró que si se secciona la médula por encima de la primera dorsal, se paralizan los músculos intercostales, pero el diafragma y los músculos superiores del tórax continúan con movimiento y que, si se secciona el nervio del diafragma y los de los músculos intercostales, el animal se sirve de los músculos superiores del tórax para respirar; si se secciona la médula a la altura de las primeras dorsales, se observa cómo el animal se sirve del diafragma y de los músculos superiores del tórax para la respiración. Y si la sección se hace a la altura de la séptima dorsal, que está a la altura del diafragma, se paralizan los nervios intercostales pero no el diafragma, pues los nervios que lo enervan proceden de las vértebras superiores. Galeno demostró con estos experimentos la relación entre anatomía y fisiología en el sistema nervioso y muscular, lo que, en el ámbito de la respiración y de la voz, es particularmente evidente.

También experimentó seccionando la médula desde abajo hacia arriba y se dio cuenta de que, a medida que iba subiendo, mayor era el número de partes afectadas, hasta que la sección entre la primera vértebra y el cráneo producía la muerte del animal (Proced. anat . IX), es decir, los miembros enervados por nervios que están por encima de donde se ha hecho la sección conservan sus funciones y se paralizan los que están por debajo. Esto fue lo que le hizo concluir que el origen de los nervios es el cerebro. Se dio cuenta de que las lesiones o la insensibilidad de alguna parte del cuerpo viene producida por la lesión del nervio que la enerva. Observó Galeno, asimismo, que si sólo se secciona la mitad de la médula, queda únicamente afectada la mitad del lado correspondiente del cuerpo, lo que demuestra que una mitad de la médula es independiente de la otra. Descubrió que los nervios espinales tienen dos tipos de raíces, unas se distribuyen por los músculos y les dotan de movimiento voluntario, y otras van a la piel y le aportan sensibilidad. Se dio cuenta de que la insensibilidad de algún dedo de la mano podía proceder de la lesión de la última vértebra del cuello.

Hizo vivisecciones con el fin de explorar el funcionamiento y los movimientos del corazón, de las arterias y del pulmón. Pudo observar cómo las válvulas del corazón impedían el reflujo de la sangre a los ventrículos y explicó la insuficiencia valvular. Observó también que las arterias tenían dos túnicas y que la vena, una sola. También las ligaduras que hizo de uréteres y uretra le ayudaron a comprender cuál es la función de los riñones e incluso el peristaltismo intestinal. Galeno es muy consciente de algunos de sus hallazgos, pero sabe también que sus conclusiones no son definitivas y que otros continuarán su trabajo. Con razón se le ha llamado «padre de la fisiología experimental».

CONTENIDO DESCRIPTIVO: LA FISIOLOGÍA DE GALENO

Como obra descriptiva, De usu partium quiere explorar qué es lo que hace al hombre en su plenitud vital un ser racional diferente del resto de los animales, y cuál es ese principio dinámico que le hace capaz de pensar, sentir, relacionarse y crear el mundo en que vive, esto es, qué le hace un ser sociable, con capacidad de percibir y de reflexionar sobre su propia existencia y, además, de crear un mundo en torno suyo en el que no faltan las obras de arte. Para Galeno, las partes más específicamente humanas, por las que puede desempeñar las funciones propias del ser racional, son extremidades y cerebro. Ámbos están al servicio del alma y funcionan, en opinión del médico de Pérgamo, en conexión. Tal vez por eso el De usu comienza en sus dos primeros libros por el estudio de un órgano del alma, la mano y el brazo, y termina con el estudio de los nervios, que se originan, según nuestro autor, en el cerebro y llevan a todas las partes del cuerpo el pneûma psíquico , que es, a juicio de Galeno, otro órgano del alma, el principal, por el que sentimos, nos movemos a elección y pensamos, recordamos e imaginamos. El diálogo de mano-cerebro en la fabricación cooperativa de instrumentos de forma contribuyó, hoy está admitido, a la comunicación y potenciación del lenguaje y a la génesis de lo que llamamos «mente» 19 . Todo ello lo quiere explorar Galeno desde la observación funcional del cuerpo humano.

Afirma, en efecto, en el libro I que la mano (cheír) es un órgano del alma y que por el manejo de sus manos el hombre se diferencia de los demás seres vivos. Debemos aclarar que el término griego cheír para Galeno no sólo designa lo que en nuestra lengua llamamos «mano», esto es, esa parte de la extremidad superior que se extiende desde la muñeca a la punta de los dedos, sino también lo que designamos como «brazo» (II 2, III 91-92K). Galeno adopta, pues, una perspectiva biomecánica en la que la mano es el extremo del brazo y parte integrante de él, pues de nada nos serviría la mano si se lesionaran los músculos y tendones del antebrazo o si se dañara algún nervio de esos músculos. Con las manos, nos dice, el hombre adquirió el instrumento necesario para ejercitarse en todas las artes. Gracias a ellas es un animal sociable y pacífico, y puede, además de escribir leyes, construir naves o erigir altares, «conversar con Platón, Aristóteles y los otros sabios de la Antigüedad» (I 2, 4-5K). Observa Galeno que el manejo de las manos le viene dado al hombre por la bipedestación, que le permite tenerlas libres para la realización de obras propias del ser inteligente, afirmación que elaboraría Darwin para formular el impacto potencial de la marcha en posición erguida. Añade nuestro médico que, puesto que el cuerpo del hombre «carece de defensas naturales», la naturaleza le dotó de la razón, que es «el arte de las artes», así como las manos son «el instrumento de los instrumentos». Con manos y razón, el hombre está dotado mucho mejor que cualquier otro animal (I 2-13). En este sentido Galeno se está adelantando a los estudios de Charles Bell 20 sobre la mano y a los más recientes del neurólogo F. R. Wilson 21 , quien afirma que «cualquier teoría de la inteligencia humana que ignore la interdependencia entre la mano y la función cerebral, sus orígenes históricos o la influencia de esta historia en la dinámica del desarrollo del ser humano moderno es, en términos generales, errónea y estéril». Galeno captó la importancia de la mano en el género humano para una vida en plenitud.

Anaximandro sostenía que el hombre es inteligente porque tiene manos, pues creía que la inteligencia se desarrollaba mediante el diálogo entre cerebro y mano 22 , Galeno, en cambio, como Aristóteles, afirma que los hombres tienen manos porque son inteligentes. Para el de Pérgamo, con una concepción del mundo teleológica, las manos son el órgano adecuado para el animal inteligente (III 1, III 168K). Puesto que la naturaleza le ha hecho inteligente, le ha dotado de manos. La mano, subraya, es un instrumento que necesita la razón, como la razón, a su vez, no puede actuar sin el concurso de sus instrumentos. La razón que es el arte por excelencia, nos dice Galeno, reside en el alma, así como las manos, que son el instrumento más excelente, están en el cuerpo. El alma, sin el concurso de las manos es inútil, pues no puede obrar. Las manos sin la razón son como una lira sin músico. Pero, evidentemente, para usar las manos el hombre necesita ser bípedo. De ahí la importancia que tiene la estructura de la pierna para que el hombre se realice como ser racional. Probablemente, en estos capítulos de Galeno se han basado autores posteriores como Gregorio de Nissa, Giannozzo Manetti (1386-1459) o Giordano Bruno, que han elogiado la excelencia de la mano humana y su relación con el intelecto, pues sin ella la inteligencia sería inoperante. Para nuestro autor, el cuerpo del hombre es el de un animal dotado de lógos , lo que se pone de manifiesto, en palabras de Laín, «haciendo posible el manejo del mundo en torno mediante la posesión de una mano exenta y […] la bipedestación». «La mano exenta y la bipedestación, continúa, […] son las notas esenciales de la hominización del cuerpo humano en el paradigma galénico 23 .»

Galeno, que recomienda que para el estudio de cualquier parte se observe su acción, se da cuenta de que la acción específica de la mano es la aprehensión y también la presión. Así lo decía también Aristóteles 24 , pero Galeno va más allá, pues una vez conocida la actividad específica, examinará si la estructura morfológica de la mano y la topografía de sus partes está al servicio de su función. Mediante el refinamiento de la aprehensión podemos llegar al arte y la ciencia, y a la creación de nuestra realidad, lo que junto a la filosofía caracteriza al ser humano y lo diferencia de los demás animales.

Observa que la mano está escindida en dedos y el pulgar se opone a los demás. Apela también a la imaginación e invita a pensar cómo sería si tuviéramos manos de una pieza o sin articular o si el pulgar no se opusiera a los otros dedos o si no estuviera donde está. Al coronar la explicación con el examen de hipótesis contrarias a la realidad, nos hace tomar conciencia de la perfección de ésta. Observa que los dedos terminan en una sustancia dura, la uña, lo que nos permite coger mejor los cuerpos pequeños y duros, además de ser una protección para el dedo. Hasta aquí coincide con Aristóteles 25 , pero Galeno 26 aporta el estudio más exacto de su anatomía y de cómo la mano desarrolla su función gracias a la posición especial del dedo pulgar y cómo éste, gracias a su posición lateral, puede realizar amplios movimientos de aducción y abducción, que lo capacitan para la acción prensil, por lo que la naturaleza le ha dotado de músculos y tendones dobles que facilitan los movimientos laterales. Introdujo la distinción entre «aprehensión precisa» y «aprehensión poderosa», que tan fecunda ha sido en el estudio de la anatomía de los dedos, y que ha sido reformulada con éxito por J. Napier 27 . Después de determinar la adecuación entre forma y función de la mano, hace un estudio detallado de sus partes. Los músculos, carne enervada, se unen a los huesos mediante tendones y les dan movimiento. Galeno denomina a los músculos «órganos del movimiento». Entre los músculos de la mano le cabe el mérito de haber sido el primero en describir los lumbricales, los interóseos y el palmar largo. Tradicionalmente se viene diciendo que no reconoció los músculos de la región tenar. Vesalio afirma, en efecto, que: «Galeno, en su obra De usu partium , considera equivocadamente que esa masa está formada por un solo músculo», y A. Burggraeve 28 insiste en que Galeno confundió en una sola masa los pequeños músculos del pulgar, pero en Proced. anat . (I 9, 266K) nuestro autor dice: «se ve un único cuerpo compuesto por todos, que precisa una disección más cuidada para separar unos músculos de otros», y en De usu partium (I 3, 93-94K), donde distingue bien, al menos, el abductor, el aductor del pulgar y también el flexor corto, parece que reconoció en la zona tenar algo más que una masa de carne. También se le ha criticado al de Pérgamo por no conocer el oponente del pulgar 29 . Así, Daremberg 30 , y también García Ballester 31 , quien afirma: «No menciona al oponente del pulgar como músculo independiente. No deja de tener un matiz de ironía histórica, hace notar Laín, que después de haberse ocupado de la mano como órgano de la racionalidad del hombre y haberla caracterizado por su función prensil e instrumental, olvide el músculo oponente del pulgar, gracias al cual puede realizar esa función». Laín, en efecto, hizo esta crítica a Galeno, pero la corrigió en nota a pie de página en una de sus últimas publicaciones 32 . Galeno, como hemos visto, ha señalado la importancia de la función opositora del dedo pulgar y en De usu (II 9, III 128K) relaciona esta función con el grado de separación de este dedo. El Pergameno conoce perfectamente el abductor y el flexor corto del pulgar. Ambos actúan como oponentes, lo mismo que el aductor. Si tenemos en cuenta que el oponente se origina en el mismo punto que el flexor corto del pulgar, esto es, en el primer hueso de la segunda fila del carpo (trapecio) y que estamos en un momento en que dos vientres musculares que parten de un mismo origen son considerados como un único músculo, debemos reconocer que Galeno conoció los músculos oponentes del pulgar, aunque no les diera nombre 33 .

Con el fin de estudiar todos los movimientos de la mano y los agentes que los producen, nuestro médico observa detenidamente el lugar de origen y de inserción de cada tendón de los dedos, de su recorrido y explica cuál es su función. También explica que los tendones más fuertes (los flexores) están en la parte interna de la mano, puesto que en los dedos es más importante la flexión que la extensión. Cierto es que también tuvo algunos errores, como considerar que cada dedo tiene su propio extensor o que el flexor profundo tiene cinco tendones, producto de su anatomía analógica, pues así es en los simios. Afirma que el número y tamaño de los huesos de la mano es el idóneo. Tener más no sería operativo. Describe bien los ocho huesos del carpo, situados en dos filas. Sin embargo, afirma que los metacarpianos son cuatro, pues considera que el pulgar tiene tres falanges. Es decir, considera el primer metacarpiano como la primera falange del dedo gordo. Este error lo asume también Vesalio. Galeno conocía bien las obras de Aristóteles, Eudemo y Rufo, quienes cuentan cinco metacarpianos y dos falanges en el pulgar, como actualmente se cuenta, y menciona su punto de vista, por eso se siente obligado a justificar su posición. Considera, por analogía con los otros dedos, que el pulgar está constituido por tres falanges. Explica que la primera falange del pulgar —para nosotros el primer metacarpiano— se articula directamente con el carpo, lo que le da al pulgar un mayor ángulo de separación (II 9, 128K). Por otra parte, según Galeno 34 , los metacarpianos sólo están unidos en diartrosis con las primeras falanges de los cuatro dedos y se unen a los del carpo mediante sinartrosis, mientras que el primer hueso del pulgar se une al carpo en diartrosis. Además, Galeno trabaja con la siguiente secuencia: el hueso del húmero se une con los dos huesos del antebrazo, los dos huesos del antebrazo se articulan con los tres huesos proximales del carpo; éstos, con los cuatro distales, y los cuatro metacarpianos, con los cinco huesos de las falanges. Estos juegos de números eran, desde luego, del agrado de los griegos. Aristóteles y Eudemo, en cambio, invocan la analogía con el pie en defensa de las dos articulaciones del dedo gordo. Galeno, sin embargo, se fija en la relación forma/función para defender las tres falanges del dedo gordo. El hecho de que este hueso esté unido al carpo en diartrosis, como lo están las primeras falanges a los metacarpales, le hace pensar que es la primera falange del pulgar. Estas explicaciones convencieron a Vesalio. Fue S. Th. Soemmerring, quien a finales del siglo XVIII determinó que el pulgar sólo tenía dos articulaciones.

Que haya tantos huesos en la mano mientras que en otras partes más grandes, como el antebrazo o en el muslo, sólo hay uno, lo justifica el Pergameno explicando que la mano, para poderse extender, flexionar y ahuecar, necesita huesos que se puedan desplazar por su interior. A mayor número de huesos, mayor movilidad y menor vulnerabilidad. A Galeno no se le escapa que la mano, además de ser un órgano prensil, es también un órgano de percepción, que reconoce la cualidad de lo que toca, y que la aprehensión y el tacto son dos acciones simultáneas, ni el hecho de que la palma de la mano glabra, sin pelos, colabora tanto a la acción prensil como a la percepción por el tacto. Galeno reflexiona también en torno a la posición del radio y sus movimientos de pronación y a la del cúbito y sus movimientos de supinación. Diserta, asimismo, sobre los movimientos de extensión y flexión, sobre las articulaciones, tendones, ligamentos, músculos y nervios. Se da cuenta de la importancia del brazo no sólo para la sujeción de grandes volúmenes, sino también para la balística, lo que a su vez implica que al hombre ya no le era necesaria la velocidad para su propia defensa.

En el libro III se estudian el pie y la pierna. Como ya notara Aristóteles (Part. an . 690a, 28 y ss), gracias a ellas el hombre adquiere la posición bipedestante, indispensable para el uso de las manos, a lo que también contribuye la columna vertebral (XII 10, IV 422K). Galeno señala (III 1, III 173K) que, gracias a la estructura de nuestras piernas, somos los únicos seres vivos capaces de sentarnos convenientemente sobre los ísquiones, de modo que la columna esté en ángulo recto con el fémur y el fémur en ángulo recto con la tibia, pues sólo así el tejedor puede tejer; el zurcidor, zurcir; y el escritor escribir sus libros. Sólo así podemos mantener el libro en nuestro regazo para leer con comodidad o sujetar los instrumentos del arte al que nos dediquemos. Para estar más mullidos, cuando estamos sentados, tenemos los músculos glúteos. La razón biomecánica que hace posible esa posición es, según nuestro autor, que flexionamos los ísquiones hacia atrás mientras que los demás mamíferos los flexionan hacia adelante. Esto también lo ha dicho Aristóteles 35 . Pero además, y esto es de Galeno, porque, cuando estamos de pie, tenemos la espina dorsal en línea recta con las piernas, mientras que en los cuadrúpedos e incluso en las aves, que son bípedas, está en ángulo recto (III 2, III 179K). Son precisamente en esas dos posiciones, erguidos o sentados, cómo realizamos cualquier tipo de arte con nuestras manos (III 3, III 182K).

Para el estudio del pie y la pierna propone Galeno seguir el mismo método: análisis de las partes, observación de su acción y determinación de su función, posibles cambios con la imaginación de sus características para comprobar si es posible idear una estructura mejor, y si no lo es, declaración de la evidencia de que la parte estudiada tiene las características óptimas para desarrollar su función. Observa Galeno que la actividad más importante de las piernas es la locomoción. Para que se produzca, un pie debe permanecer apoyado en el suelo, mientras que la otra pierna se mueve circularmente, de modo que el desplazamiento se debe a la pierna que está en movimiento mientras que el apoyo nos lo da el pie y la pierna del suelo. Ahora bien, si la función principal de las piernas es la locomoción, cabe preguntarse cuál sería el tipo de pie más adecuado para el hombre. Señalaba Aristóteles que «el hombre, en proporción a su tamaño, es el animal con los pies más grandes» y explica que esto es consecuencia de su condición bipedestante, pues necesita descargar todo el peso de su cuerpo sobre los dos pies 36 . Galeno fija su atención fundamentalmente en la relación entre forma y función. Observa los pies de los animales y, tras descartar diferentes posibilidades, afirma que la estructura más adecuada para las funciones que debe cumplir el ser humano es la de unos pies alargados, flexibles, ligeramente convexos por arriba y cóncavos por debajo (III 5, III 186-187K). Es mejor que sea alargado, porque ofrece mayor estabilidad que el pie redondo y pequeño y es más apto para transitar por terrenos difíciles. Este rasgo se adecua al hombre en tanto que bípedo. En tanto que animal racional, lo adecuado es que sean flexibles (III 4, III 186K) y con cavidad plantar, que les procura versatilidad y adaptabilidad y les capacita para andar por cualquier tipo de superficie. Es, asimismo, específico de los pies humanos el estar escindidos en dedos (III 5, III 189-191K): les da capacidad prensil y son un factor de protección. En caso de un golpe, siempre es mejor que se rompa sólo un dedo que todo el pie. La ductilidad y adaptabilidad del pie al ambiente, ha señalado O. Longo, es «una prerrogativa exquisitamente humana, de un hombre “animal sabio” capaz de moverse por cualquier terreno, superando cualquier obstáculo, natural o artificial, que haya» 37 . Galeno ni comenta la preeminencia que da Aristóteles a los miembros del lado derecho sobre los del izquierdo. Por lo tanto, para él la función específica del pie del hombre es la de soporte y, sólo secundariamente, la prensil.

Un procedimiento muy manejado por el de Pérgamo en sus explicaciones es señalar analogías y diferencias entre miembros semejantes. Hace notar cómo las variantes morfológicas de mano y pie corresponden a variantes funcionales. Así, el pie, a diferencia de la mano, no opone el dedo gordo a los otros cuatro, porque en él lo más importante es la estabilidad. Se asemeja a la mano en los dedos, en el metatarso, que correspondería al metacarpo, y en el tarso, que correspondería al carpo, esto es, en las partes con función prensil. No se corresponden, en cambio, con los huesos de la mano los tres de la parte posterior del pie (calcáneo, astrágalo y escafoides), cuya función específica es la estabilidad. Están situados estos huesos debajo de la tibia. Soportan, por lo tanto, todo el peso del cuerpo. Galeno describe con precisión los huesos de los pies y explica su función. La comprensión de la acción nos lleva a entender la estructura de la forma y su función. Así, el calcáneo, que es el hueso más posterior, el del talón, es el más grande, pues soporta el peso de toda la extremidad; es liso por debajo, porque así ofrece mayor estabilidad, y redondo por detrás para evitar lesiones; se alarga por la parte exterior hacia el dedo pequeño, mientras que se vacía por la interior para formar el arco.

El astrágalo y el escafoides se sitúan encima del calcáneo. Estos dos huesos se alzan, forman el arco del pie y están al servicio de la movilidad. El arco del pie le da ligereza pero también estabilidad y seguridad en la marcha, y sitúa la parte interna más alta que la externa, lo que es muy útil para la locomoción, pues, si no fuera así, la pierna que soporta se inclinaría hacia la pierna que se eleva del suelo, y las torceduras serían más fáciles. El cuboides se une al calcáneo en la parte externa del pie. La función de estos huesos, que se apoyan en el suelo, es la estabilidad. A continuación de estos huesos están los tres cuneiformes, que son para Galeno los que constituyen el tarso; contiguos a ellos, los metatarsianos, en contacto con el suelo, y finalmente, los dedos.

Explica que el tarso está constituido por cuatro huesos mientras que el carpo de la mano por ocho, porque los pequeños huesos del carpo dan movilidad, necesaria para un órgano prensil, mientras que los de locomoción requieren menos partes pero grandes. La parte anterior del pie, la prensil, tiene, en cambio, el mismo número de huesos que la mano. La parte posterior, la específicamente locomotora, no se corresponde con ella. También los pies son de mayor tamaño que las manos, pues su principal función es dar estabilidad, pero, en cambio, tienen unos dedos y unos tendones más pequeños, porque su función prensil no es tan importante como la de la mano. Se fija Galeno en la importancia del dedo gordo, mucho más grande que los demás, ya que sin él los huesos que están elevados por el arco plantar no habrían tenido seguridad. En el caso del dedo gordo del pie admite que está formado por dos falanges, dado que tiene una función estabilizadora y, por lo tanto, no necesita articularse en partes más pequeñas.

A continuación trata de los huesos de la pierna. Explica por qué era lo mejor que el cuello del fémur saliera oblicuo del acetábulo y luego girara de nuevo hacia la rodilla, ya que, dice, así dejan espacio para los músculos del lado interno del muslo y para los nervios, las venas, las arterias y las glándulas. Y era mejor que el acetábulo y la cabeza del fémur no estuvieran más hacia fuera, porque era preferible que todo el peso del cuerpo cayera en línea recta sobre ellos, allí donde ahora están, pues esto da mayor estabilidad al cuerpo entero. Por eso, lo óptimo es la posición que ahora tienen, pues su curvatura da mayor estabilidad a todo el cuerpo. Estudia también nuestro autor los músculos y tendones de pie y pierna y sus analogías y diferencias con los de las manos, sin olvidarse del llamado «sistema conectivo», que mantiene en conexión todas las partes del cuerpo. Lo forman los nervios y los vasos que recorren el cuerpo interrelacionando todas sus partes y aportándoles sensibilidad y movimiento, nutrición y un atemperado calor innato. Para Galeno, pies y piernas tienen la estructura óptima para andar y superar obstáculos en su marcha, para dar al hombre estabilidad en su posición erguida y para que pueda sentarse adecuadamente, y poder cumplir así con las funciones —filosóficas, religiosas y artísticas— que le caracterizan como ser racional. El pie con sus huesos, músculos, tendones y articulaciones es la construcción mecánica más compleja del cuerpo humano.

Dedica los capítulos IV y V a los órganos de nutrición del cuerpo, que junto con los de respiración y el cerebro fueron creados, al decir de Galeno, en razón de la vida. Aún hoy los llamamos «órganos vitales». Los órganos de nutrición, de acuerdo con nuestro autor, son de tres tipos: los que cuecen y transforman el alimento, como el estómago, el hígado y parte de los intestinos, que son los más importantes; los que lo purifican, como el bazo y los riñones; y los excretores, que sirven para la evacuación de los residuos, como la vejiga, la vesícula y el intestino grueso. Estos órganos poseen ciertas facultades por las que pueden atraer, retener, transformar o expulsar el material atraído. El estómago y el hígado gozan de todas estas facultades. Para Galeno, cada órgano tiene una función específica, aunque en ocasiones realicen otras que comparten con otros órganos: así, la función característica del estómago es la cocción de alimento, al que atrae, retiene, transforma y, una vez cocido, también lo expulsa y lo envía al hígado a través de las venas mesentéricas, que se reúnen en la porta; la función específica del hígado, y especialmente la de su carne, es la de convertir en sangre el material que le llega del estómago, y la función subsidiaria es llevar la sangre por la vena a las partes superiores e inferiores del animal. Para nuestro autor, el hígado, y no el corazón, es el responsable de la distribución del alimento. La función del bazo, como órgano purificador, es limpiar y trabajar los humores terrosos y la bilis negra que se forma en el hígado hasta convertirlos en alimento del bazo, pero la parte que no se convierte en alimento la descarga en el estómago; el esófago y los intestinos conducen el alimento: el esófago lo lleva de la boca al estómago y los intestinos lo distribuyen, trasladando a las venas el jugo que se ha producido en el estómago.

Galeno explica en estos libros todo el proceso de nutrición. Para ello recurre al concepto aristotélico de «cambio cualitativo», que se produce de forma continua y que es mayor en proporción directa al tiempo de duración de la mutación de la sustancia. Describe la morfología y topografia de los órganos de la alimentación: su sustancia, su forma, su posición, su textura y la relación entre ellos así como los vasos que los recorren; también las túnicas que los envuelven y el tipo de fibras que las componen. Para el de Pérgamo, el hígado es uno de los órganos más complejos del cuerpo y tiene una función primordial en la vida, por ser el que proporciona la sangre a todo el organismo. En el hígado sitúa Galeno el alma nutritiva, o si se prefiere, aquella facultad por la que nos nutrimos y crecemos, asociada necesariamente a las otras facultades, de las que no se puede separar. Nikolaus Mani 38 afirma que Galeno estableció las bases de la hepatología científica, pues estudió el plexo venoso del hígado, todo el sistema portal, así como la vena cava, la arteria hepática, la vesícula y los conductos hepáticos. También nos informa el Pergameno de que en el proceso de la elaboración de la sangre queda un residuo terroso, la bilis negra, que irá a parar al bazo, órgano purificador, allí será elaborada y del bazo pasará al estómago; los residuos más ligeros, la bilis amarilla, irán a la vesícula biliar y después a los intestinos, donde ejercen una función depuradora estimulando el proceso digestivo; la sangre más serosa va a la vena cava, desde donde será atraída y purificada por los riñones, otro órgano purificador, y luego enviada a través de los uréteres hasta la vejiga, donde se retiene hasta que la razón determine que ha de ser expulsada.

Realizó experimentos, como la ligadura de los uréteres y de la uretra para comprender la función de los riñones y la vejiga. También la bilis amarilla, que los riñones atraen junto con la sangre, se elimina por los uréteres. La sangre queda así purificada del suero que contiene y se convierte en alimento de los riñones. Ésta tiene un movimiento centrífugo y se expande, siempre según nuestro autor, desde el hígado a todas las partes del cuerpo, a las que nutre, al ser absorbida desde las ramificaciones de la cava. Para Galeno, la sangre es el alimento de las partes y no su vehículo. La cava, que lleva un buen caudal de sangre, avanza hacia la parte superior del cuerpo, parte va al ventrículo derecho del corazón y de ahí a los pulmones y parte pasa al ventrículo izquierdo, donde se mezcla con el pneûma y se aligera; otro caudal va hacia la zona inferior y riega y nutre las zonas periféricas. La inserción de las arterias en los riñones le sirve como argumento para demostrar que contienen sangre, pues, si tuvieran sólo aire, como sostenía Erasístrato, dado que los riñones eliminan la parte serosa de la sangre ¿qué sentido habría tenido su inserción en el riñón? También hace algunas disquisiciones sobre por qué un riñón está un poco más alto que el otro, aunque aquí Galeno está claramente trabajando sobre un simio, en el que el riñón derecho está más alto que el izquierdo, al contrario de lo que ocurre en el hombre. Describe la morfología de los riñones, de los uréteres, de la vejiga y explica su función. El páncreas y las glándulas son para él sólo soporte de los vasos. También aclara la función del omento, del peritoneo y del diafragma en el proceso digestivo.

Estudia, en fin, todos los músculos que actúan en el proceso de la digestión y señala que dicho proceso es natural, esto es, que se realiza al margen de la voluntad humana. Sólo dependen de la voluntad del hombre los músculos que están en el extremo de los órganos excretores, los esfínteres. Para Galeno, estos músculos son los únicos de los que intervienen en el proceso de la digestión que podemos considerar «órganos del alma» (IV 19, III 335K), por cuanto que permiten que los residuos se evacuen cuando la razón lo ordene. Ese control le permite al hombre dedicarse a aquello para lo que fue creado: la reflexión filosófica, la música y la creación de arte (IV 18, III 332).

Los libros VI y VII los dedica Galeno a los órganos que se encuentran en el tórax, que para él son los órganos de la respiración, pues para el Pergameno la respiración está en función del corazón, que quiere ser enfriado. Estudia, pues, el corazón, los vasos, la tráquea, el pulmón y la laringe, comenzando y terminando por el tórax que lo engloba todo. Se dio cuenta de la importancia de los músculos intercostales, además de la del diafragma, en la acción respiratoria. La respiración tiene para Galeno una doble función: la conservación del calor natural y la nutrición del pneûma psíquico o spiritus animi , y además contribuye a la fonación. Sabe que la respiración, lo mismo que la nutrición, es un proceso de vital importancia.

El libro VI comienza por la descripción externa del tórax y señala la posición dentro de él del corazón y los pulmones, que se sitúan entre la faringe y el corazón. Describe las membranas mediastinas, cuya función es dividir el tórax en dos partes, revestirlo y también revestir vasos y esófago, y servir de ligamento de los órganos internos del tórax. Explica el trayecto del esófago y también el de la vena cava, para Galeno siempre ascendente, pues nace en el hígado y a través del diafragma llega a la aurícula del corazón. Desde allí, una parte se inserta en el corazón y otra sube hasta la zona yugular, de donde se ramifica por escápulas y brazos. Describe la arteria aorta, que Galeno vio bien que nace del ventrículo izquierdo del corazón. Explica la posición y partes del corazón, atribuyendo una importancia muy superior a los orificios del ventrículo izquierdo: al atrioventricular, que conecta el corazón con las venas pulmonares y al aórtico que lo conecta con las arterias del cuerpo. Concede una menor importancia a los del ventrículo derecho, el atrioventricular, que lleva la sangre al corazón, y el de la arteria pulmonar, que la conduce del corazón al pulmón. Estudia el tipo de fibras que componen la carne del corazón y las funciones que realizan, tan importantes para las acciones de dilatación, protección y contracción del corazón. Reflexiona sobre cómo los ligamentos de los ventrículos y sus paredes contribuyen a la acción de la sístole, aunque para Galeno la acción principal del corazón y de las arterias es la diástole, momento en que atraen la sangre y el pneûma . El ventrículo derecho a través de la válvula tricúspide atrae la sangre de la aurícula derecha que Galeno considera un apéndice de la vena cava. Parte de esa sangre pasará, en su opinión, al ventrículo izquierdo a través de los supuestos orificios en el tabique interventricular, desde donde, mezclada con el pneûma que hay en ese ventrículo, se reparte desde la aorta por las arterias a todo el cuerpo. Nuestro médico hace observar la textura de las túnicas del corazón y de las arterias y les atribuye una importante función en la transmisión del movimiento. Cuando diserta sobre los vasos del pulmón hace especial hincapié en las características de sus túnicas, en sus válvulas y en cómo se nutre el pulmón a través de la sangre que le llega desde el ventrículo derecho del corazón a través de la arteria pulmonar. Se equivocó, en cambio, en suponer que la sangre que le llega al ventrículo derecho pasa, a través de unos supuestos orificios del tabique interventricular, al ventrículo izquierdo, donde se mezcla con el pneûma que a través de la vena pulmonar le llega desde el corazón.

Galeno observó muy certeramente que las válvulas impiden el reflujo de la sangre. Y aunque nuestro médico no conoció la circulación sanguínea, vio que la sangre es atraída por un tipo de vaso hacia la víscera, que sale del corazón por otro tipo de vaso y que hay un receptáculo común, que es el ventrículo derecho del corazón. Este ventrículo, según Galeno, existe en función del pulmón. Que sus paredes sean más ligeras que las del ventrículo izquierdo se debe a que el peso de este último, cargado de pneûma , es más ligero, y Galeno concibe el corazón como un todo equilibrado en sus partes. Estudia las aurículas y las válvulas que hay en ellas, las funciones que cumplen, cómo era preferible que las venas, que llevan sangre espesa al corazón, tuvieran unas válvulas con tres membranas más grandes y fuertes que las de las arterias y comenta también que la válvula bicúspide de la vena pulmonar era preferible que no cerrara herméticamente para dar salida a los residuos fuliginosos del corazón al pulmón. De este modo se lubricaría también el pulmón.

Para nuestro autor, la sangre tiene siempre un movimiento centrífugo, tanto la arterial, que sale del corazón, como la venosa, que, a su juicio, se elabora en el hígado. Justifica los dos sistemas sanguíneos, porque uno, el arterial, alimenta vísceras más laxas, mientras que el venoso alimenta las más compactas. Las anastomosis entre venas y arterias tiene como único fin la aireación de la sangre, pues la sangre arterial es más fluida por su mayor contenido de pneûma, y también el intercambio de material. Galeno no llegó a conocer la circulación sanguínea, pero sus observaciones dieron lugar a que Ibn al-Nafis (siglo XIII ), M. Servet, J. Valverde y R. Columbo (siglo XVI ) avanzaran en la investigación y aportaran importantes contribuciones. Miguel Servet formuló correctamente la circulación pulmonar y la codificó no en una obra de medicina sino en su Christianismi Restitutio , obra de carácter religioso, que publicó en 1553 39 .

Galeno refutó la teoría de Erasístrato de que por las arterias corre sólo pneûma y demostró que en ellas también fluye sangre de una consistencia más ligera que la de las venas. Explicó la anastomosis entre arterias y venas, y que la diferencia entre unas y otras se debe a que ciertas partes del cuerpo, como el corazón o el hígado, necesitan para su nutrición una sangre espesa, y otras, como el pulmón, una sangre más clara; que las arterias, al llevar pneûma , servían para atemperar el calor de las venas y también del corazón; y que éste, como el hígado, riñones y bazo, puesto que no tiene movimiento voluntario, sólo recibe nervios para poder participar de una cierta sensibilidad. Los últimos capítulos los dedica al estudio del corazón y del pulmón en los embriones.

El libro VII está dedicado al pulmón, la tráquea y la laringe, órganos respiratorios y también fonadores. Galeno describe su estructura y explica sus funciones, cómo cada parte contribuye a la acción de todo el órgano. Afirma que la función principal de la respiración es la refrigeración del corazón y la de la fonación es la comunicación. Explica cómo la carne del pulmón ha sido preparada para la cocción del aire, pues ahí comienza la elaboración del pneûma , sigue en el corazón, en las arterias y en el plexo retiforme y finalmente en los ventrículos del cerebro, donde se transforma en pneûma psíquico (spiritus animi ). Sin embargo, no incide en la actividad respiratoria del pulmón, al que considera más bien como un órgano regulador de la humedad y de la limpieza de los vasos 40 .

La anatomía de la laringe está bien estudiada: sus tres grandes cartílagos, los veinte músculos que la mueven y su enervación. Galeno hace un excelente estudio de los nervios de esta región, del que él mismo se sintió especialmente orgulloso, sobre todo en su exploración del trayecto de los nervios recurrentes. Se dio cuenta de que los nervios que enervan la laringe proceden del cerebro, por lo que pudo afirmar que la voz procede del cerebro y no del corazón como había defendido, entre otros, Crisipo de Cnido. Estudia también la parte interna de la laringe y explica el proceso del aire para la producción de la voz así como los mecanismos por los que el aire va por la tráquea y los alimentos sólidos y líquidos por el esófago sin confundir sus circuitos.

Para finalizar este libro explica la importancia de los músculos intercostales del tórax en el proceso de la respiración, lo que fue un paso importante en el descubrimiento del origen neuromuscular de la ventilación. Estudia también las funciones del diafragma, la adecuada posición de los pechos a uno y otro lado del esternón, que además de sus funciones específicas tienen la adicional de proteger el corazón, que para Galeno es el centro del calor natural del cuerpo.

Los libros siguientes (VIII-XII) se dedican al cuello y a la cabeza. En ella se halla, según nuestro autor, la parte hegemónica del alma. Afirma que el alma racional habita en el encéfalo y que nosotros razonamos con esa víscera (IX 4, III 700K). La fisiología del cerebro de Galeno es tributaria de su concepción del pneûma y por eso la relaciona con la actividad respiratoria. Ya comentamos que para nuestro autor todas las partes del cuerpo están en sympátheia . Mérito de los alejandrinos es haber reconocido que los nervios son ramas periféricas de un sistema que se origina en la médula y, en última instancia, en el cerebro. Galeno recogió toda esta tradición, la sistematizó en un todo coherente y la hizo avanzar, fundamentando sus afirmaciones con la experimentación. Si el cerebro se lesiona, perdemos la capacidad de conocer y reflexionar, la sensibilidad y el movimiento voluntario, de lo que deduce que esas acciones dependen del cerebro.

Los alejandrinos hicieron, en efecto, descripciones muy exactas de la anatomía del cerebro, pero a Galeno le importa, además, descubrir la dinámica cerebral, generadora de pensamientos, sensaciones y fantasías, y de la capacidad de movernos con libertad. En el libro VIII , el de Pérgamo observa que no todos los animales tienen cabeza y cuello, y que los animales que no tienen pulmón, no tienen cuello. Afirma que el hombre tiene cuello en función de la faringe y que la faringe se ha formado en virtud de la voz y de la respiración. Galeno se pregunta por la razón de la posición de la cabeza. Descarta que su posición sea en virtud del encéfalo, que considera principio de los nervios, de todo tipo de sensación y del movimiento voluntario, pues nos hace observar que algunos animales como los crustáceos tienen las partes que dirigen las sensaciones y el movimiento voluntario en el pecho. Tampoco está de acuerdo con Aristóteles en que la posición del encéfalo en la cabeza esté en función de la refrigeración del corazón. Observa, sin embargo, que el único órgano de los sentidos que los crustáceos no tienen en el pecho son los ojos, que ocupan una posición elevada para tener buena visibilidad. Por los ojos, concluye Galeno, el cerebro se ha situado en la cabeza, y como convenía que todos los órganos de percepción estuvieran juntos para hacerles llegar los nervios blandos, la naturaleza los situó a todos en la cabeza. A continuación describe la sustancia del encéfalo y los nervios que parten de él, de sus partes blandas, los nervios blandos o sensoriales, y de las partes más duras los nervios duros o motores. Habla de los órganos de los sentidos y explica que éstos le permiten al hombre vivir mejor. Galeno piensa que los nervios del sistema autónomo, al ser muy blandos, adquieren su información por una suerte de impresión (typosis) a partir de las percepciones sensoriales e informan al cerebro. Si estas impresiones son suficientemente claras, dan lugar a los pensamientos, la memoria y las fantasías (VIII, 6). Describe con precisión las dos meninges y los ventrículos del cerebro: los anteriores preparan y elaboran el pneûma psíquico, que pasa luego al tercer ventrículo y después, al del cerebelo y, de allí, a la médula espinal. Señala la importancia de los ventrículos cerebrales por su elaboración del spiritus animi , que se distribuye no sólo por el cuarto ventrículo a la médula y gracias a ella a través de los nervios por todo el cuerpo, sino también por la sustancia cerebral. Observó que cuando se lesionan los ventrículos, se deterioran o se pierden las facultades del alma. Los experimentos que hizo le llevaron a considerar la importancia especial del cuarto ventrículo (Proced. anat . IX 12).

Galeno refutó la teoría de Erasístrato, según la que la dura mater era el principio motor y sensitivo, pues demostró que si se le cortaba o se le levantaba esta membrana a un animal vivo, éste no perdía ni las sensaciones ni el movimiento. Sabemos por Galeno que Erasístrato lo reconoció, cuando vio los experimentos. Ni los médicos helenísticos ni el de Pérgamo detectaron nítidamente la aracnoides 41 . Afirma también el Pergameno que el encéfalo es el órgano que recibe todas las sensaciones, imagina todas las fantasías y elabora todos los pensamientos. Para ello necesitaba que su sustancia fuera blanda y moldeable, para que pudiera ser fácilmente modificada por todo tipo de acciones y afecciones.

La descripción que hace Galeno de toda la masa encefálica tiene por objeto demostrar la función y la relación de las diversas partes en orden a que el pneûma psíquico, una vez elaborado, pase por ellas y cumpla con su función específica de animar inteligentemente al cuerpo entero. Se ocupó del cerebelo, del plexo retiforme, del corpus callosum , de la fornix , de la glándula pineal, de la hipófisis, del infundíbulo, de la epífisis vermiforme y de los corpora quadrigemina y de su relación en la economía de la función cerebral. El estudio de las partes del cerebro y de su unidad funcional es, sin duda, una de las mayores contribuciones de Galeno a la historia de la anatomía. Es cierto que también tiene sus puntos débiles, como la atribución del plexo retiforme a los hombres, lo que, por lo demás, se mantuvo hasta que fue refutado por Berengario de Carpi 42 , por A. Vesalio 43 y por T. Willis 44 .

En el libro IX se ocupa del cráneo, de los conductos excretores de los residuos de la actividad cerebral, del plexo retiforme, del torcular Herophili y de los vasos cerebrales, especialmente de los nervios y de su recorrido. Distinguió los nervios craneales de los espinales. Los primeros, blandos, transmiten sensaciones; los segundos, más duros, son los agentes del movimiento voluntario y se distribuyen por todo el cuerpo. Al nervio olfativo, I par, según la moderna terminología, no lo consideró Galeno un nervio sino una prolongación de los ventrículos anteriores. Detectó el nervio óptico y el óculomotor (I par galénico/II y III terminología moderna). Junto con el óculomotor estudió el abducens (VI terminología moderna). Distinguió las tres ramas del nervio trigémino: la oftálmica, la aurículo-temporal y la maxilar, y también su raíz sensorial y la motora (III y IV par galénico/V terminología moderna). Estudió, asimismo, el facial y el auditivo (V par galénico/ VII y VIII terminología moderna). Distinguió los tres pares de nervios que para él constituyen el VI par: vago, glosofaríngeo y espinal accesorio (IX, X, XI terminología moderna). Vio que el espinal accesorio, que se origina en la parte posterior del cerebro, enerva el trapecio, el músculo atlantoescapular y los cleidomastoideos, que el glosofaríngeo enerva los músculos palatoglosos y palatofaríngeos y llega a la raíz de la lengua, y que el vago y sus ramificaciones enervan las vísceras torácicas y abdominales. De una ramificación del vago se constituirían también los laríngeos superiores. De este modo, partes fundamentales del cuerpo quedaban conectadas al cerebro y a él le llegaban las sensaciones transmitidas por estos nervios. Estudia también los hipoglosos (VII galénico/XII terminología moderna) y su recorrido, y se da cuenta de que son los más duros de todos los craneales. Los nervios sensitivos comunican los estímulos de las sensaciones periféricas al cerebro.

El libro X está dedicado específicamente a la anatomía fisiológica del ojo. No en vano considera este órgano como «el más divino» (X 12, III 812K), sino que además lo equipara al Sol y del Sol dice que es lo más bello de todo el universo (III 10, III 240-241K). Por el ojo percibimos, captamos imágenes y conocemos. Galeno conoció los escritos de Aristóteles sobre la realidad física de la luz, su transmisión y recepción desde el objeto visible al ojo del que observa, pero optó por la teoría de la visión de Euclides, expresada en términos geométricos, según la que la visión va del observador al objeto observado. Diferenció nuestro autor las distintas túnicas que envuelven el globo ocular y estudió la topografía y morfología de las partes que componen su estructura. Concedió especial importancia al cristalino, donde la luz se refracta y se proyecta sobre la retina. Explicó cómo el cristalino se nutre del humor vítreo mediante diádosis y cómo el humor vítreo se alimenta de la retina. Vio cómo la córnea está protegida por los huesos que la rodean, además de por las cejas, las pestañas y los párpados. Describió con precisión el quiasma óptico y la silla turca. Estudió los mecanismos de drenaje y de movimiento de ojos y párpados, su enervación y vasculación. Con ayuda de la geometría de Euclides hizo un estudio geométrico de la percepción del espacio, lo que le situó en condiciones de formular algunas leyes de teoría óptica como que todo se ve en compañía de alguna otra cosa, que lo visto no lo ve un ojo en el mismo lugar que el otro, o que cuando se mueve la pupila hacia arriba o hacia abajo por una presión lateral, una imagen de la posición del objeto se pierde y la otra permanece inmutable, aun cuando se cierre el otro ojo, o que es necesario que los ejes de los conos ópticos mantengan su posición en un mismo y único plano para que lo que es uno no aparezca como doble. Estos principios se basan en la idea euclídea de que los rayos de luz que parten de los ojos se mueven en línea recta y forman un cono visual cuyo vértice está en los ojos y la base, en la superficie del objeto.

En el libro XI se propone terminar la descripción de las partes de la cabeza. Observa los rasgos específicos de los músculos temporales, muy pequeños en el hombre y grandes en los carnívoros, dado que están al servicio de la acción de las mandíbulas, y también de los digástricos, sus oponentes, y de los maseteros, así como de los que mueven la frente, las pestañas o los labios. Estudia las ramas del trigémino que enervan los músculos de la cara y las raíces de algunos dientes. La dentadura del hombre le parece una obra de arte de la naturaleza. No pasa por alto los huesos de la cara ni los órganos sensoriales que hay en ella y nos hace conscientes de la perfección de su estructura, de su funcionalidad e incluso de su belleza. No olvida el cabello de la cabeza ni el vello en el rostro de los hombres, que además de cumplir su función contribuye a la belleza, ni tampoco se olvida de los pelos de las pestañas y las cejas, que tanto contribuyen a la protección de los ojos, ni del tipo de piel que hay en torno a ellos.

De cómo se une la cabeza al cuello y de los mecanismos de su movimiento mediante diartrosis, músculos y ligamentos se ocupa nuestro autor en el libro XII , lo que le lleva al análisis de la estructura de las dos primeras vértebras y de cómo se articulan entre sí y con la cabeza, así como del número, tamaño, posición y acción de los músculos que mueven la cabeza, y todo ello en aras de la combinación de seguridad y movimiento. Después describe la columna vertebral y la articulación de cada una de las vértebras que la conforman, y explica por qué son resistentes a las lesiones y tienen una buena movilidad, y cómo gracias a la columna los nervios procedentes de la médula se pueden distribuir por todo el cuerpo y cómo sirve de protección de los órganos vitales y es, además, órgano de movimiento. Señala, asimismo, que los músculos espinosos que mueven las vértebras tienen fibras oblicuas, con lo que las dotan de un movimiento específico, de manera que podemos no sólo flexionar y extender la columna, sino también rotarla hacia uno y otro lado. Estudia la función de las apófisis de cada vértebra y señala cómo la unión anterior de las vértebras da solidez a la columna y sus articulaciones posteriores las dota de movimiento. Esto permite mayor facilidad en la flexión de la columna que en su extensión, lo que resulta más útil para las acciones de la vida cotidiana.

El libro XIII versa sobre el tamaño, la posición y la función de las vértebras y de las partes que las conforman. Divide la columna en cuatro segmentos: cervical, dorsal, lumbar y el formado por sacro y coxis y describe detalladamente y con precisión las apófisis de cada tipo de vértebra, además de sus músculos y vasos. Estudia los orificios por donde salen los nervios y su recorrido, y observa que los que salen de la zona cervical enervan cabeza, hombros y brazos, parte superior de la espalda y también el diafragma; que los de la médula dorsal enervan los músculos espinosos, dorsales y abdominales, además de los intercostales y la piel de esa zona; y que los que emergen de la médula lumbar enervan los músculos de la pelvis, de la región inguinal, de las extremidades inferiores, de la vejiga y de los órganos genitales. Detecta la función de la fascia piramidal de la médula, lo que le permitió explicar las hemiplejias alternas. Ve cómo a los nervios los acompañan una arteria y una vena. Se fija en cómo una de las funciones de las vértebras es la protección de la médula espinal, además de ofrecer movimiento a la columna y dar estabilidad a todo el cuerpo. Estudia también en este capítulo la escápula, la articulación del hombro y la clavícula, así como los músculos del hombro y sus funciones. La estructura del hombro con las articulaciones de la escápulas, muy alejadas del tórax, le da al hombre una gran movilidad en el brazo, de la que carece el resto de los animales.

Los libros XIV y XV están dedicados al estudio de los órganos de la reproducción. Para Galeno, dichos órganos tienen como finalidad la continuidad de la especie. Dado que por la materia utilizada la naturaleza no pudo hacer inmortal su obra, ideó la sustitución de los seres que morían por otros nuevos, de manera que su obra pudiera permanecer. Para ello dio a los animales los órganos de reproducción, a los que dotó de la facultad de producir placer y concedió, además, al alma el deseo de servirse de ellos. Así, con el «cebo» del placer se aseguraba que los animales se preocuparan de su continuidad «como si fueran también perfectamente sabios». Galeno afirma que estos órganos por su posición, tamaño, forma y configuración apuntan a la utilidad. Comienza por describir la estructura del útero y su relación con los pechos. Describe los canales galactóforos. Compara los órganos genitales de la mujer con los del hombre para decirnos que son prácticamente iguales, pero que los de la mujer se proyectan hacia dentro y los del hombre hacia fuera. Esto, en su opinión, se debe a que, al ser la mujer más fría que el hombre, por su falta de calor sus partes genitales no llegan a salir, lo que, no obstante, también aporta alguna ventaja. Según Galeno, el principio activo por el que se forma el embrión es el esperma que se elabora en los testículos, aunque admite que el esperma femenino también contribuye un poco. Trata de dar una explicación racional a la creencia hipocrática de que en la cavidad izquierda del útero se forman las hembras y en la derecha, los machos, y a por qué cuando el excedente de las venas del útero está a punto de desbordar pasa a los pechos de la mujer en el momento que el feto está ya formado. Aclara que la causa primera del placer del uso de las partes generadoras son los dioses que así lo han querido, pero también explica su causa material, esto es, el mecanismo que provoca el placer. Explica cómo se forma el esperma, el masculino y el femenino, y cuál es su función en la generación del embrión, a la que ambos contribuyen. Trata también de la posición y del tamaño de los ovarios y testículos y también de los vasos espermáticos así como de su enervación. Dedica el último capítulo del libro XIV al análisis de la túnica que reviste el útero y a los ligamentos que lo unen a las partes adyacentes.

En el libro XV estudia la estructura del miembro viril y explica los mecanismos de tensión de los pudenda en las relaciones sexuales. Galeno pone las bases de la futura embriología en la descripción de las partes del feto, pues distingue perfectamente la membrana amnios, la alantoides y ese complejo de venas que es el corion. Describe el sistema vascular del útero con sus vasos umbilicales (dos arterias y dos venas), desde los que el embrión atrae la sangre y el pneûma . Y se detiene en la génesis del embrión, en la que señala cuatro etapas: 1) el momento de la semilla, 2) la proliferación de vasos en el cordón umbilical, 3) formación de las tres vísceras principales y 4) formación de las extremidades. Observa que el hígado es el órgano más grande y más importante en relación con las otras vísceras, y luego vendrían en importancia y tamaño el cerebro y el corazón. Galeno compara estas vísceras a los fundamentos que se ponen en las casas para su construcción. También señala que en los momentos de gestación, el sistema venoso tiene una especial importancia, ya que sin la sangre el embrión no hubiera podido crecer y desarrollarse. Observa que en los fetos el pulmón es de color rojo, pues durante la gestación, dice, la sangre le llega de la vena cava y habla del foramen oval que comunica esta vena con la pulmonar, al que la naturaleza puso una membrana a modo de tapadera, que cediera a la sangre que procedía de la cava, pero que evitara el reflujo hacia esa vena. Este orificio se cierra cuando el embrión ha alcanzado su desarrollo y está a punto de nacer. Creyó erróneamente que existía continuidad entre los vasos sanguíneos del feto y los de la madre. Observó que la arteria pulmonar se comunica con la aorta mediante el conducto arterial, que también con el correr del tiempo se atrofia por completo. También le asombra a Galeno que el orificio del útero permanezca cerrado durante la gestación y que, en cambio, se abra al máximo en el momento del parto. Le asombra aún más que el nuevo ser se acerque al cuello del útero en la disposición debida, primero la cabeza y luego el resto del cuerpo, pero lo que más le maravilla es que el nuevo ser sepa, desde el momento de su nacimiento, cómo usar los órganos de nutrición, y que llegue con la capacidad instintiva de dirigirse al alimento que le es más adecuado, en el caso del hombre, la leche materna, y que sienta el deseo de ese jugo con el que va a alimentarse, y que, en cuanto le salen los dientes, los use correctamente para la masticación. Termina este libro con un comentario sobre la estructura de la cadera: huesos, músculos, articulaciones y su adecuación a sus respectivas funciones.

El libro XVI lo dedica Galeno a aquellos órganos que mantienen la conectividad de todas las partes del cuerpo: nervios, arterias y venas, que, en su opinión se originan respectivamente en el cerebro, corazón e hígado. Galeno distingue perfectamente los nervios duros, que se insertan en los músculos, órganos de movimiento voluntario, de los nervios blandos, que van a las partes que necesitan percibir sensaciones, y también distingue los que parten del cerebro, que son los blandos, de los que se originan en la médula, que son los duros. Los blandos van a los órganos de los sentidos y a las principales vísceras, que también necesitan percibir, a los dientes, a músculos fuertes como el trapecio o el atlantoescapular, a los esternocleidomastoideos, y a los órganos fonadores, pues para Galeno la voz es la obra más importante del alma, ya que comunica los pensamientos de la razón. Explica la enervación de la laringe mediante las ramas del laríngeo superior, ramificación del vago. Parece que también detectó el tronco simpático. Estudia, asimismo, los nervios que se originan en la médula, como el occipital mayor y el auricular grande, que enerva el músculo temporal y el platysma , y los que enervan los rectos y oblicuos de la cabeza, o el esplenio y los músculos que la mueven para atrás y lateralmente. Describe el trayecto de los toracodorsales y del axilar, como también el de los nervios de los brazos, el de los de las piernas y los del pubis. A continuación describe el recorrido de las arterias y de las venas, siguiendo el recorrido de la arteria aorta el descendente, y el ascendente sube por las ramificaciones de las carótidas hasta formar la rete mirabile y el plexo corioides. Sigue el recorrido de la vena cava con todas sus ramificaciones: algunas van al estómago, al bazo, al mesenterio y a los riñones y otras al pulmón, al corazón y al encéfalo. Se da cuenta de que las arterias siempre van acompañadas por venas pero que hay alguna vena que va sola. Galeno manifiesta su asombro de cómo el alimento en forma de sangre llega a todas las partes del cuerpo, cómo el spiritus animi se distribuye a través de los nervios, permitiéndonos mover a voluntad, percibir, razonar y comunicarnos mediante la palabra, y de cómo el cuerpo mantiene su calor innato. Ha señalado C. Harris 45 que el esquema topográfico que hizo Galeno del sistema vascular es razonablemente correcto, pero no así su interpretación fisiológica de los hechos, pues al aceptar sin dudas la doctrina hipocrática y también platónica de que las venas nacían del hígado, lo que le cuadraba muy bien con su concepción tripartita del cuerpo y de las tres vísceras principales, le cerró un posible planteamiento de la circulación sanguínea. Galeno criticó a Erasístrato, que defendía que las venas se originaban en el ventrículo derecho del corazón 46 . En el último libro hace una crítica a los anatomistas que consideran que todo ocurre al azar para afirmar que el arte y la proporción que hay en el cuerpo humano es muy superior a la del canon de Policleto, pues el escultor sólo pudo imitar el cuerpo externo, y se reafirma en su idea de una inteligencia creadora que todo lo ha diseñado y creado con justicia, sabiduría y previsión. Afirma que su obra Del uso de las partes es, en puridad, un tratado de teología, que nos invita al conocimiento de la naturaleza por lo que, dice, cualquier hombre que honre a los dioses debe iniciarse en los misterios de la fisiología, ya que nos hablan con mayor claridad que las celebraciones de Eleusis o Samotracia. Por todo ello dice de este último libro que es un «epodo», última parte de las composiciones líricas, que los poetas mélicos cantaban de pie ante el altar como himno de alabanza a la divinidad.

METÁFORAS

El discurso de Galeno no es sólo descriptivo, sino que para clarificar a sus lectores lo que quiere decir recurre a imágenes y metáforas en las que compara el cuerpo humano al cosmos, a la ciudad, a la casa o a máquinas en una concepción unitaria de todo cuanto existe como manifestación de la naturaleza. Cada imagen lleva un cúmulo de connotaciones y común a ellas es la noción de parte y función, pues cada parte por el hecho de serlo se relaciona con otras y tiene el diseño óptimo para el fin para el que ha sido creada. Galeno compara el cuerpo al cosmos, como un conjunto de muchas y diversas partes, que cooperan al buen funcionamiento del conjunto. ¿Qué es lo más bello y más grande de lo que existe?, pregunta Galeno, y él mismo se contesta: «el universo», y continúa: «el ser viviente es como un pequeño universo; en ambos encontrarás la misma sabiduría del creador». Para el pergameno, el Sol es lo más bello de todo lo que hay en el universo y tiene en el cuerpo humano su correlato en el ojo, «que es el órgano más brillante y similar al Sol» (III 10). El Sol ocupa en el mundo una posición óptima en medio de los planetas, piensa Galeno, pues si estuviera más abajo, lo quemaría todo; y si más arriba, la Tierra sería inhabitable a causa del frío. Igualmente, cada parte del cuerpo ocupa una posición óptima. Y afirma que el mismo arte hay en la posición en el universo de algo tan noble como el Sol que en la de algo tan insignificante y bajo como puede ser el talón del pie en el cuerpo humano (ibid.) . Y añade en referencia al pie que su estructura no es peor que la del ojo ni la del cerebro, pues «sus partes están dispuestas de la mejor forma posible con vistas a la acción para la que fueron hechos».

Galeno vivió en las principales ciudades del mundo de entonces, Pérgamo, Atenas, Roma y Alejandría, y sabía lo importante que era la comunicación entre las ciudades y un buen trazado de vías, como el que se construyó en el Imperio Romano. Pues bien, las partes del cuerpo, como ocurría entre las principales ciudades del Imperio que estaban unidas por una importante red de vías, están todas conectadas entre sí por una red de arterias, venas y nervios, que mantienen la conexión entre todas ellas. Hay vías amplias, comunes a todas las partes a las que llevan alimento, como el esófago, y otros pasos más estrechos, como las venas, que llevan la alimentación a cada una de las partes. El nervio vago, por ejemplo, conecta con el cerebro las otras dos grandes vísceras: corazón e hígado, y los órganos de fonación, de los que nos servimos para expresar nuestros pensamientos. Y además están los ligamentos que unen las partes adyacentes. En el cuerpo, como en las ciudades bien organizadas, además de haber comunicación entre las diferentes partes y los lugares principales, se da una perfecta distribución del trabajo entre los diferentes órganos. Así, el estómago es como un gran almacén que trabaja y transforma el alimento que se ingiere por la boca y, cuando lo tiene preparado, las venas, «como los porteadores de las ciudades llevan el trigo limpio al horno público de la ciudad para cocerlo y convertirlo en alimento útil», lo llevan por la porta al hígado, que viene a ser como el «horno público» donde en una segunda limpieza se eliminan algunas impurezas del alimento ya elaborado en el estómago y se transforma en sangre (IV 2), que a través de la cava se distribuye por todo el cuerpo. Por eso dice nuestro autor que la lesión de esta vena repercute en todas las venas del animal como cuando sufre daño el tronco de un árbol. También compara la elaboración de la sangre en el hígado a la elaboración del vino, que después de haber sido limpiado y prensado, sufre aún en las tinajas por su calor natural otra cocción, en la que los residuos se hunden mientras que la parte ligera y ventilada, la «flor del vino», flota en la parte de arriba (IV 3). Equipara el hígado a un «taller» de producción de sangre y el corazón, a uno de cocción (IV 17, III 324K). La vena cava que sale del hígado la equipara a un acueducto que a través de conductos y canales distribuye la sangre a todas las partes del cuerpo y así como en las ciudades no se distribuye el agua en igual cantidad en todos los lugares, así también la parte de la vena cava que desciende lleva más volumen de sangre, puesto que son más las partes a las que debe nutrir (XVI 1-2 y 10). También las venas de la prensa de Herófilo las imagina Galeno como una especie de acueducto que envía mediante canales la sangre a las partes subyacentes (IX 6) y las que van al surco occipital las compara a los canales que se utilizan para el riego de los jardines. Es precisamente este lugar, el torcular Herofili , lo que Galeno dice que es como la acrópolis de la ciudad y no el corazón, como había dicho Aristóteles. En las ciudades en las que vivió Galeno había palestras y estadios donde practicar deporte. Por eso no es extraño que recurra a la carrera de doble curso, que se practicaba en los estadios, para explicar el trayecto del nervio recurrente laríngeo, que baja desde el cerebro hasta el cayado de la aorta, donde da la vuelta y vuelve a subir para insertarse en la cabeza de los músculos laríngeos (VII 14 y XVI 4). También en las ciudades se acudiría a espectáculos de títeres. Por eso Galeno no duda en comparar la función de los tendones a las cuerdas de las marionetas (I 17, III 48K y III 16, III 262-263K), pues en ellas la cuerda pasa por la primera articulación y se sujeta al principio de la segunda, para que el títere siga con facilidad la acción del empuje hacia arriba. El mismo sistema se observa en los tendones de los huesos del brazo, en los de los dedos de la mano y en las articulaciones de los huesos de la pierna. Los tendones que flexionan el pulgar los compara a las riendas de los caballos (I 17, III 56-57K), dado que se originan en el flexor profundo de los dedos a la altura del dedo medio, van junto al que flexiona este dedo, pero, al llegar a la cavidad de la mano, se separan de él y entonces divergen, como las riendas que van parejas por el yugo y divergen para pasar a través de las argollas. De la carne que está sobre los huesos dice que es una protección similar a los objetos de fieltro y la compara también a los baños, por cuanto que calientan pero también pueden refrigerar (I 13, III 38K). Las principales ciudades helenísticas y romanas están bañadas por el mar. Por eso también Galeno recurre a imágenes marítimas para expresar algunos procesos anatomo-fisiológicos. Para justificar la longitud del dedo medio, más largo, que los demás, explica cómo al sujetar un objeto esférico queda a la misma altura que los otros dedos, lo mismo que en las trirremes, los remos del centro eran más largos y así en su circuito todos golpeaban a la vez las olas del mar. También acude a una imagen marina para explicar por qué nos cuesta abrir los dedos cuando los tenemos flexionados. Primero enuncia este hecho con un principio físico: «Si un cuerpo es estirado por dos principios de movimiento situados angularmente, si uno es más fuerte, el otro es inevitablemente anulado, pero si la superioridad es poca o son de igual fuerza, el movimiento del cuerpo es una mezcla de ambos» (I 19, III 71K). Luego lo aclara con un ejemplo. En este caso debemos imaginar una nave que avanza a golpe de remo y el viento la golpea lateralmente. Si la fuerza de los remeros es más fuerte, la nave irá hacia delante; pero si la fuerza del viento es más fuerte que la que ejercen los remeros, la nave irá de lado. Así pasa con el movimiento de los tendones laterales, que al ser más débil, es anulado por el de los tendones que flexionan los dedos, mucho más fuertes. Con esto, Galeno demuestra que los tendones destinados a las acciones más intensas son más robustos y fuertes, lo que pone de manifiesto, siempre según nuestro autor, el arte de la naturaleza. Siguiendo con sus imágenes marinas, Galeno afirma que los dedos tienen huesos para darles una cierta consistencia, pues, si no los tuvieran, serían como los tentáculos de los pulpos y se combarían, como mareados, cuando intentáramos sujetar algo (I 12, III 32K). También llamó epiplón al omento, ese repliegue del peritoneo que flota por la cavidad abdominal y que envuelve vasos y algunas vísceras (IV 9, III 286K). Equipara la columna vertebral a la quilla de los barcos, pues le proporciona al cuerpo fundamento y estabilidad (XII 11, IV 49K). Y respecto al llamado «plexo retiforme», esa red de arterias que en algunos animales se sitúa en la base del encéfalo y que él probablemente vio en la disección de algún cerdo, dice que su aspecto es semejante al de esas redes de pescadores puestas unas sobre otras, de manera que si intentamos levantar una le siguen en fila todas las demás. Esa imagen es muy habitual en cualquier ciudad mediterránea y permite al lego en la materia entender e imaginar la forma de ese plexo mejor que con otro tipo de explicaciones (IX 4, III 697K). Pero además, las ciudades no están exentas de peligro y se protegen frente a las posibles invasiones externas. M. Vegetti 47 ha señalado que la imagen de los nervios que ofrece Galeno, está en relación con esas cuerdas elásticas (neûra ) hechas de tendones de animales que se usaban para construir los resortes (tónoi ) de propulsión de las grandes catapultas, con las que se defendían las ciudades de quienes les asediaban. La máquina de energía elástica es, pues, una de las imágenes con la que Galeno explica la fisiología del movimiento voluntario, pues el «nervio» (neûron ) es «el órgano de transmisión de los impulsos sensoriales al cerebro y de la distribución de las órdenes del movimiento voluntario al sistema vascular». Pero también, afirma Vegetti, la tecnología de las máquinas de vapor y aire comprimido se convierte en referente de la dinámica fisiológica, que ni la anatomía alejandrina ni la galénica pudieron hacer directamente visible. Piensa, en efecto, Galeno que con el calor del corazón se calientan la sangre y el pneûma , «cuya expansión y compresión determina los movimientos que se producen en los fenómenos psíquicos» 48 . Aún hoy usamos esta metáfora, cuando en un acceso de indignación decimos «me hierve la sangre», aludiendo al sobrecalentamiento de la sangre arterial por parte del calor del corazón. También la naturaleza creadora, como los buenos fundadores de ciudades que se ocupan de que éstas se conserven y permanezcan para siempre, puso los medios para que hombres y animales, siendo de material perecedero, pudieran perpetuarse y para ello les dotó de los órganos de reproducción y del deseo de servirse de ellos «como cebo para la conservación y la protección de la especie» (XIV 2). Algunos huesos del cuerpo, cuya función es la protección, tienen el nombre de objetos de la vida militar. Así, el hueso que protege el corazón y el pulmón se llama thórax , que significa «coraza», o el hueso que protege el cerebro tiene el nombre de kraníon , que quiere decir «yelmo». Dice también que esas partes con muchas articulaciones, como las manos, están dotadas de mayor movimiento y ceden más. Por ello son menos vulnerables a los golpes, y lo ejemplifica al afirmar que un proyectil atraviesa con mayor facilidad una superficie tersa que una flácida (I 8, III 126K).

Galeno también compara el cuerpo con una casa, pues está constituido por partes autónomas pero todas relacionadas entre sí. Le dice a Patrófilo (2, I 230K) que, así como el arquitecto debe conocer las estancias de las casas con las características de todas y cada una de sus partes, el que se ocupa del cuerpo debe conocer las partes que lo constituyen, su materia, su forma, su posición y su función y saber que forman un sistema unificado y dinámico, jerarquizado y sinérgico. El descubrir todas las estancias del cuerpo y dárnoslas a conocer va a ser el gran empeño de Galeno. La finalidad de ello es conocer el funcionamiento del cuerpo sano para poder curarlo cuando esté enfermo. Equipara Galeno al arquitecto que construye la casa a la naturaleza creadora y equipara también al arquitecto que la revisa y repara al médico que debe revisar y conocer el cuerpo humano para poderlo reparar. Y siguiendo con la metáfora basada en la arquitectura, Galeno se pregunta por la estructura de cada parte del cuerpo y por su adecuación a su función. Por ejemplo, equipara las vísceras fundamentales (hígado, corazón y cerebro) a las piedras sillares que cimientan el edificio que es el cuerpo. Por eso, afirma, en los embriones son proporcionalmente más grandes que otras partes del cuerpo (XV 6, 241K), especialmente el hígado, que es como la piedra angular de todo el edificio, ya que, en opinión de nuestro autor, es el órgano generador de la sangre y sin él ni el corazón ni el cerebro podrían desarrollarse. La función de los huesos es la misma que tienen los muros en las casas o los llamados «palos» en las tiendas de acampada (Proced. anat . I 2, II 218K). Soportan y dan forma. Los huesos del cráneo, dice, son como el techo de una casa caliente. No son continuos, sino que necesitan suturas para eliminar los vapores ascendentes con sus residuos fuliginosos (Del uso IX 1, III 688K). Para explicar cómo encajan las suturas las compara a dos sierras cuyos dientes encajaran perfectamente, también las compara a las pestañas que hacen los carpinteros para que las diferentes piezas se adapten como si de una sola se tratara, y en una tercera imagen las presenta como una túnica hecha a base de retazos suturados. También equipara la columna vertebral unas veces a los cimientos (XIII 3, IV 92K); otras veces, a una bóveda (XII 15, IV 63K); y otras, a la quilla de los barcos, tan necesaria por su seguridad y estabilidad (III 2, III 179K, XII 10, IV 42K y XIII 3, IV 91-92K). Considera la parte del encéfalo que está sobre el tercer ventrículo como un arco o una pequeña bóveda, pues dice que los arquitectos dan esos nombres a esa parte de los edificios (IX 11, III 667K). Los huesos, por su carácter básico y fundamental y porque dan forma al cuerpo, es lo primero que debe conocer un estudiante de anatomía, y dirigiéndose a su lector le dice «que tu esfuerzo y tu trabajo sea no sólo aprender de cada libro la forma exacta de los huesos, sino convertirte en un observador constante de los huesos humanos a través de tus ojos» (Proced. anat . I 2, II 220K). Los huesos que están al servicio de la seguridad y el movimiento (XI 18, III 925K) se unen unos a otros mediante diartrosis. En cuanto elementos que aportan seguridad, los compara a las empalizadas de las ciudades y a las paredes y muros de las casas (XIII 3, IV 86-87, 113 y 121K). Como elementos que se articulan para ofrecer movimiento, equipara las articulaciones a los goznes de las puertas del hogar (I 15, III 41 K). Para lubricar las articulaciones hay un humor viscoso que, dice, es como el aceite que se aplica a los ejes de los carros (XIII 8, 114K).

La acción del estómago se compara a la de los pucheros que hierven en la cocina y que transforman por el calor los alimentos que hay en ellos (IV 8, III 284K), y de las aurículas del corazón dice que son como la despensa, en la que se guarda el alimento (IV 15, III 482K). Se sirve, en efecto, de objetos de la vida doméstica como referentes para explicar la forma de determinadas partes del cuerpo. Por ejemplo, de la epiglotis dice que tiene la forma de las lengüetas de la flauta (VII 13). A la tiroides la llama así por su semejanza con las puertas 49 , y el músculo aritenoides recibe ese nombre por su semejanza a un tipo de vasija que se llama así, o el hioides recibe su nombre por su parecido a la letra «Y». Recurre a la caja de entablillados que usaba Hipócrates para reducir las fracturas para explicar el trayecto del nervio recurrente (VII 14). Asimismo, cita a Platón para afirmar que la masa muscular es semejante a las mantas de fieltro que nos protegen y nos calientan (I 13, III 37K y VII 22, III 604-605K). También dice del hueso etmoides («semejante a un colador») que debería denominarse «esponjoides», pues sus orificios no son ordenados como los de los coladores sino anárquicos como los de las esponjas (VIII 7, III 652K).

En esa casa que es el cuerpo humano, el corazón ocupa el lugar central y, por ello, lo equipara al fuego del hogar: «el corazón —dice— es como fuente y hogar del calor innato (VI 7, III 436K)». Lo compara a las llamas de las candelas, por ser principio del calor natural, también a la piedra heraclea, porque atrae al fuego, y a los sopletes de los herreros por su capacidad de absorción (VI 15, III 481 K). El corazón es al cuerpo lo que Hestia es al hogar. Así como Hestia asegura la buena marcha del hogar y se la honra con un fuego que no se apaga dentro de la casa, también el corazón asegura el buen funcionamiento del cuerpo.

Con lenguaje poético, el de Pérgamo compara el encéfalo, en una bella imagen tomada de la agricultura, con una tierra fértil, en la que el alma está sembrada, y de la que brota un gran tronco, que es la médula, que se convierte en un frondoso árbol y de cuyo tronco brotan cantidad de ramificaciones que son los nervios, que son «como una especie de ramas que se dividen en miles de brotes y así todo el cuerpo participa gracias a ellas, primero y sobre todo, del movimiento y, además de esto, de la sensación» (XII 4, IV 12-13K) 50 . Compara en cierta manera los nervios o el pneûma de los nervios con la savia de las plantas que las nutren y les dan vida 51 , y compara también la médula con un gran tronco que nace de la tierra o con un río que nace de la fuente del encéfalo (XII 11, IV 47K). El encéfalo es, pues, tierra fértil pero también fuente. Para un griego, agua y tierra son los principios fundamentales de los que todo brota. Es la base de la filosofía de la naturaleza.

Dice Galeno que el alma racional habita en el encéfalo, que con este órgano reflexionamos, y que en él hay contenido mucho espíritu anímico (pneûma psychikón ), que se va a distribuir por todo el cuerpo para animarlo y darle vida. Demuestra que, si se obstruye e impide su paso, las partes a las que no llega pierden sus funciones, lo mismo que si se obstruye el paso de la savia en las plantas. La imagen del tronco se emplea también para los otros vasos que, según Galeno, proceden de las otras vísceras: del hígado la vena cava y del corazón la arteria aorta. De esos vasos brotan ramas que se extienden por el cuerpo (XVI 1 y 10). Afirma que cuando la cava sufre una lesión allí donde nace, repercute en todas las venas del animal «como cuando sufre un daño un tronco de árbol» (IV 14, III 313K). Las venas que se insertan en los intestinos las compara también nuestro autor con las raíces de los árboles. «Como en los árboles la naturaleza une aquellas raíces a otras más gruesas, así en los seres vivos une los vasos más pequeños a otros mayores y hace siempre todo esto hasta hacer remontar todas las venas a una sola que está en la puerta (porta) del hígado» (IV 20, III 337K). También equipara los nervios que se insertan en las partes a la inserción las raíces en la tierra (VII 15, III 584K). El vello del cuerpo y los pelos de las pestañas y las cejas los compara a la hierba y a las plantas que brotan de la tierra y nos habla del «arte y cuidado del agricultor» (XI 14, III 907-908K).

Ya hemos mencionado el interés que pone Galeno en señalar que las tres vísceras principales del cuerpo están conectadas por el mismo nervio, que se inserta también en los órganos de la voz (XVI 3). Afirma que la facultad reflexiva se asienta en el cerebro, pero añade que tiene un ayudante que es el coraje (thymós) 52 y que «el hígado está necesariamente asociado a esas otras dos facultades de las que no se puede separar en absoluto como tampoco se pueden separar la una de la otra» (IV 13, III 309-310K), pues el creador las conectó y se las ingenió para que se escucharan entre sí.

Galeno emplea analogías basadas en criterios de semejanza formal. Mediante ellas establece correlaciones entre fenómenos de naturaleza diferente y ofrece modelos conocidos de fácil interpretación. No nos puede pasar por alto que, a pesar de que unas veces usa diversas imágenes para una misma explicación y otras usa una única imagen para ilustrar hechos diferentes, el cerebro lo ha comparado con la tierra fértil o el manantial del que brota un río; el corazón, con el hogar en el que reside el calor innato; y el hígado, con un taller de producción. P. Balin 53 ha señalado que este método analógico es rico en potencialidades heurísticas, pues es susceptible de extender el campo de investigación del médico a dominios que van más allá de toda observación. Hemos visto el cuerpo concebido como una ciudad, un edificio, una máquina y como un espacio natural, y en las imágenes se ha apuntado al fundador de la ciudad, al arquitecto, al ingeniero mecánico y al buen agricultor. Como ellos, la naturaleza ha hecho un «diseño inteligente» del cuerpo humano. El buen médico, que dista mucho de ser el arquitecto que construye el edificio, pero que se asemeja al que lo repara y lo restaura, conoce el cuerpo humano y tiene el arte para restituirlo, si cae enfermo, a su estado de salud natural, pues conoce las estancias del cuerpo y los mecanismos que las interrelacionan. Sabe, además, entablar diálogo con las obras de la naturaleza, pues conoce los ciclos que la rigen. Por eso se siente en condiciones, según escribe en la carta a Patrófilo, de asimilar su conocimiento al de la divinidad (I 2, 231K) 54 .

PERVIVENCIA DE LA OBRA ANATOMO-FISIOLÓGICA DE GALENO EN ESPAÑA

Galeno gozó de gran reputación ya en la Antigüedad y una de sus obras más leídas debió de ser Del uso de las partes , a juzgar por lo que dice en De los propios libros II de que esa obra tuvo inmediatamente una gran difusión y que era consultada por casi todos los médicos que practicaban la medicina antigua, y a juzgar también por los extensos fragmentos que Oribasio, el médico del emperador Juliano, incluyó en su obra, tan importantes hoy para establecer el texto en las nuevas ediciones de la obra del Pergameno. Los árabes la tradujeron muy pronto y a través de ellos llegó a la Península. En el siglo IX ya figura con el n° 49 en una compilación de obras traducidas al árabe y al siríaco, realizada por el médico nestoriano Hunain ibn Isaac. La traducción del griego al árabe fue iniciada por Hubaish ibn al-Hasan, sobrino de Hunain, y completada por éste. Parece que la traducción árabe nunca fue vertida de forma completa al latín. En cambio, el tratado De juvamentis membrorum , que es un resumen en nueve libros de doce de los diecisiete Del uso de las partes , fue pronto traducido del árabe al latín. Su traducción se ha atribuido a Burgundio de Pisa (siglo XII ), de lo que hoy se duda 55 . Este tratado fue muy leído en la Edad Media y sirvió de base a Mondino (siglo XIV ) para su obra de anatomía. Que en el mundo árabe Del uso de las partes era conocido, lo demuestran las afirmaciones del sirio Ibn an-Nafis (1210-1288) sobre el paso de la sangre del ventrículo derecho al izquierdo del corazón, en la que refuta que la sangre pase a través de los orificios del tabique interventricular, teoría, efectivamente equivocada, expuesta por Galeno en De usu (VI 9, III 457K). El sirio dice así:

Tras aligerarse en dicha cavidad, es necesario que la sangre pase a la izquierda, donde se genera el espíritu vital. Sin embargo, no existe comunicación entre ambas cavidades, como algunos piensan, ya que el tabique del corazón es impermeable y sin ningún orificio aparente. Tampoco hay, como afirma Galeno, comunicación invisible que permita el paso de la sangre, porque no existen poros y el tabique es grueso. Por lo tanto, la sangre, tras aligerarse, circula a través de la arteria pulmonar hasta el pulmón y el parénquima se mezcla con el aire. La sangre oreada se refina y pasa por la vena pulmonar hasta llegar a la cavidad izquierda del corazón, una vez que se ha mezclado con el aire y se ha adecuado para la generación del espíritu vital 56 .

El interés de los médicos árabes por Galeno contribuyó, en efecto, a su difusión en España. Ha escrito L. García Ballester que «el contenido doctrinal de la medicina medieval practicada por los sanadores de las tres culturas (la cristiana, la musulmana y la judía) tuvo como denominador común el llamado galenismo; es decir, un conjunto de teorías y supuestos doctrinales […] inspirado en los escritos médicos de Galeno» 57 . A ello contribuyó, sin duda, la preferencia de los médicos árabes por la medicina de Galeno, que tradujeron a su lengua, las enseñanzas del Pantegni de Haly Abbas (siglo X ), del Canon de Avicena (980-1037) y del Colliget de Averroes (1126-1198) y, a su vez, las traducciones al latín de las obras de medicina árabe que se llevaron a cabo en la Escuela de Traductores de Toledo, especialmente cuando estuvo al frente de ella Gerardo de Cremades (muerto en 1197). En ellas estudió un siglo después Arnau de Vilanova (1238-1311), quien también se ocupó del saber médico judeo-musulmán y desde su cátedra de Montpellier contribuyó a su difusión así como a la del galenismo latino medieval. Las dos primeras obras de las que tenemos noticia que circularon en árabe ya en el siglo XII en la península fueron Del uso de las partes y Las facultades naturales . Aún hoy se conservan sus manuscritos en el Monasterio de El Escorial, en la Biblioteca Nacional de Madrid y en la Biblioteca Nacional de París 58 .

La creación de la imprenta fue de capital importancia también para la divulgación de las obras de nuestro médico en las universidades. En Valencia se crea la cátedra de Anatomía en 1501 y se ordena que esta enseñanza se dispense con el De usu partium de Galeno y una disección de un cadáver humano como se hacía en París. En 1545 Pedro Jaime Esteve introduce también la lectura De anatomicis administrationibus cuando tomó posesión de su cátedra. En la Universidad de Alcalá de Henares era preceptivo, de acuerdo con las constituciones de la universidad, que el catedrático de Anatomía, a la sazón Pedro Jimeno, explicara en sus clases Hipócrates, Galeno y Avicena 59 . En Salamanca, la cátedra de Anatomía se crea en 1550 y cuando Lorenzo Alderete defiende en el claustro su creación acude a Galeno con estas palabras: «Galeno y otros escriben ser muy necesario ver la anatomía por vista de ojos para saber conocer las enfermedades e curarlas; e por cuanto la anatomía que está escrita en los libros es como figura e pintura de la anatomía real que se hace en los cuerpos muertos ansy es cierto que muy mejor se conoce viendo la propia cosa realmente que no viéndola scripta ni pintada» 60 . En estos años, Andrés Laguna escribe el Epitome omnium Galeni Pergameni operum , que se publica en Basilea en 1548 y en el que expone la doctrina filosófico-natural sobre el cuerpo humano sistematizada por el galenismo. También el interés renacentista por el tema del hombre hace que algunos autores como Bernardino de Laredo (1482-1540), médico, boticario y místico, estudie el tratado De usu partium y lo incorpore a su obra Modus faciendi cum ordine mendicandi (Sevilla, 1527) o que Pere d’Oleza, galenista arabizado, haga un compendio de filosofía y medicina en su Summa totius philosophiae et medicinae (Valencia, 1536). Luis Mercado recopila el saber anatómico y fisiológico de la época en su obra De humani corporis fabrica et partibus (Valencia, 1536), cuyo título evoca la obra galénica que aquí comentamos y constituye el primer volumen de sus Opera omnia . Por sus especulaciones sobre el sistema nervioso merece citarse la monografía de Miguel Sabuco, Nueva filosofía de la naturaleza del hombre (Madrid, 1587), que se atribuyó a su hija Olivia. Jerónimo Merola publicó con fines divulgativos su República original sacada del cuerpo humano (Barcelona, 1587), y Juan Sánchez Valdés de la Plata, Coronica y historia general del hombre (Madrid, 1598). A esta preocupación por la antropología se sumaron los humanistas, en cuyas obras asoma el saber biológico de Aristóteles y la medicina de Galeno. Entre ellos cabe citar a Pero Mexía y a fray Juan de Pineda, quienes respectivamente en su Silva (Sevilla, 1542) y en sus Diálogos (Salamanca, 1547) animan al conocimiento funcional de la morfología del cuerpo humano de acuerdo con los criterios de Galeno, y también de Fray Luis de Granada, cuya obra fue objeto de comentario en el discurso de recepción de Pedro Laín Entralgo en la Real Academia Nacional de Medicina en Madrid en 1946, y que posteriormente reelaboró y amplió en su monografía La antropología en la obra de Fray Luis de Granada (Madrid 1988), en la que señala la deuda del de Granada con el de Pérgamo. Siguen también la pauta marcada por Galeno en Del uso de las partes , Luis Lobera en su capítulo «Libro de anatomía» en Remedios de cuerpos humanos (Alcalá de Henares, 1542) y Fray Agustín Farfán en su obra, dirigida a médicos y cirujanos, Tratado breve de medicina y de todas las enfermedades (México, 1579). La publicación de La Fabrica de Vesalio en Basilea en 1543 y sus críticas a Galeno tuvieron un amplio eco en nuestro país, tanto por la presencia de Vesalio en España como médico de Felipe III, como por la difusión que hicieron de su obra Pedro Jimeno, que había sido discípulo suyo en Padua, y Luis Collado desde la cátedra de Anatomía de Valencia. Siguieron los pasos de Vesalio los dos grandes especialistas en anatomía del Renacimiento español como fueron Realdo Colombo y Juan Valverde. Éste en su obra Historia de la composición del cuerpo humano (Roma, 1556) describe correctamente la circulación pulmonar, que dice haber descubierto junto con su maestro R. Colombo, autor de la obra De re anatomica (Roma, 1559). Defendieron a Galeno frente a las críticas de Vesalio dos ilustres médicos de este siglo: Alfonso Rodríguez de Guevara y su célebre discípulo Bernardino Montaña de Monserrate, autor del Libro de la Anthotomía del hombre (Valladolid, 1551), ambos profesores de la Universidad de Valladolid 61 . Dedicaron su atención al sistema nervioso y al cerebro: Cristóbal de Vega, que trató de ello en su obra De arte medendi (Lyon, 1564), y Francisco Valles en Galeni ars medicinalis commentariis (Alcalá 1567). Cristóbal Méndez se ocupó de la medicina deportiva en Libro del ejercicio corporal y sus derechos (Sevilla, 1553), tema por el que también había manifestado su interés el Pergameno, y Andrés Velásquez escribió el Libro de la Melancolía (Sevilla, 1585). Jaime Segarra en sus Commentarii physiologici (Valencia, 1596) se ocupa de comentar el De natura hominis de Hipócrates y De temperamentis y De facultatibus naturalibus de Galeno. Por último, no podemos dejar de mencionar a Miguel Servet (1511-1553), que, aunque fue médico, compañero de estudios de Andrés Vesalio y Andrés Laguna, llegó por vía teológica a darse cuenta de que la sangre no pasa del ventrículo derecho al izquierdo por los supuestos orificios del tabique interventricular del corazón, como postulaba Galeno, sino que se mueve por el atajo pulmonar, lo que expuso en su obra Christianismi restitutio , publicada en Viena en 1553.

En el siglo XVII nace la fisiología en Europa. Sin embargo, España, a diferencia de lo que ocurrió en el siglo anterior, no está abierta a las corrientes europeas. L Sánchez Granjel 62 explica cómo los médicos seguidores de la tradición galénica se enfrentaron con aquellos que expresaron su preferencia por los nuevos hallazgos de la medicina europea. Las facultades de Medicina comienzan a perder prestigio en nuestro país, excepto la de Valencia, el Estudi General de Barcelona y la de Zaragoza. El fundamento de la formación en medicina siguen siendo los autores hipocráticos, Galeno y, en menor medida, Avicena 63 . La pragmática de 1617 de Felipe III ordenaba como prueba, para que el tribunal certificara a los médicos, la exposición de una lectura elegida al azar de los textos de Hipócrates y Galeno. Las enseñanzas de Galeno perviven en las obras de Andrés de León, Tratados de Medicina, Cirugía y Anatomía (Valladolid, 1605); de Cristóbal Pérez de Herrera, Compendium totius medicinae (Madrid 1614), fundador del Hospital General de Madrid; de Pedro García Carrero, Comentario a Galeno, Disputationes medicae (Alcalá de Henares, 1605 y 1612); de Juan de la Torre y Valcárcel, Espejo de la Philosophía y compendio de toda la Medicina (Madrid, 1668); de Diego Osorio y Peralta, Principia Medicinae Epitome et totius humani corporis fabrica (México, 1685) y de Matías García, Disputationes phisiologicae antiquorum et neotericorum (Valencia, 1680). Cuando William Harvey 64 descubrió la circulación de la sangre, lo que evidentemente cambiaba el paradigma galénico, algunos de nuestros médicos recusaron la nueva teoría, como Ponce de Santa Cruz, Luis Mercado, Torres y Valcárcel o Matías García; otros la aceptaron con reservas, como Gaspar Bravo de Sobremonte; y otros, plenamente como el catalán Juan de Alós, que la defendió en su monografía De corde hominis disquisitio physiologico-anatomica (Barcelona, 1694), si bien en otros campos de la medicina permaneció fiel a Galeno. La aceptó también Juan Bautista Juanini (1636-1691), quien la introdujo en las enseñanzas que se impartían en la Universidad de Zaragoza. Este autor en su Discurso político y phísico (Madrid, 1679) se ocupó de la contaminación del aire de Madrid quedándose al borde del descubrimiento del oxígeno y se interesó además en este discurso por la función de los órganos de la cavidad torácica y abdominal. En sus Cartas (Madrid, 1691) se ocupó de los de la cavidad cerebral e hizo un estudio de la anatomía, fisiología y patología del sistema nervioso ya bajo la influencia de Willis. Otro médico que aceptó plenamente la teoría de la circulación de Harvey fue Juan de Cabriada y la defendió en una Carta , que publicó en 1687.

En el siglo XVIII , y especialmente después de la firma del Tratado de Utrecht, la medicina española vuelve a abrirse a los avances que se están realizando en Europa. Sin entrar en la polémica que hubo en la primera década del siglo entre galenistas y médicos ilustrados, mencionaré tan sólo algunas obras ilustrativas al respecto como la de de M. Boix y Moliner, Hipócrates defendido (Madrid, 1711), que originó gran polémica, e Hipócrates aclarado y sistema de Galeno impugnado (Madrid, 1716) y la de A. Díaz del Castillo, Hyppócrates entendido: a beneficio de la doctrina de Galeno, su fiel intérprete (1717) 65 . Cuando Andrés Piquer opositó a la cátedra de Anatomía de la Universidad de Valencia el día 3 de agosto de 1742, hubo de disertar una hora sobre el capítulo 3 del libro X del De usu partium de Galeno 66 , esto es, sobre lo que Galeno llamó «los siete círculos del iris»: cristalino, humor vítreo, retina, túnica coroides, esclerótica, tendón de los músculos oculares y membrana conjuntiva. Sin embargo, Piquer nunca habló con simpatía de la medicina de Galeno y reivindicó a Hipócrates en Las obras de Hipócrates más selectas (Madrid, 1757-1770). Se abre, pues, una polémica entre partidarios de Hipócrates y de Galeno, en la que los más ilustrados toman partido por el de Cos. Pero cuando mentes ilustradas como la del padre Feijoo (1676-1764) o la del padre Rodríguez (1703-1777) propugnan una medicina no dogmática sino basada en la experimentación 67 , no están diciendo nada diferente a lo que escribe Galeno en De usu II 7 (III 117-118K) cuando dice que los libros están llenos de errores y que cada uno debe examinar con sus propios ojos la estructura de las partes y lo que se ve en las disecciones. Con espíritu conciliador, Manuel de Porras, discípulo de Florencio Kelli, médico de la corte de Felipe V, escribió una Anatomia galénico-moderna (Madrid, 1716) en la que incorporaba al saber tradicional nuevos descubrimientos de algunos procesos fisiológicos. Martín Martínez, también discípulo de Kelli, escribió una Anatomía completa del hombre (Madrid, 1728), en la que leemos algo tan galénico como «sin saber la figura, magnitud, conexión, sitio y oficio de cada parte, ni el médico puede conocer, ni el cirujano obrar» 68 , y un Tratado Physiológico (Madrid, 1722) en el que critica algunas doctrinas de Galeno como la de los elementos o los humores, su concepción del temperamento y de los «espíritus» del cuerpo y alguna otra. De la primera mitad de siglo es la obra de Francisco Virrey y Mange, Tirocinio práctico médico-chímico, galénico (Valencia, 1737), que intenta también conciliar las teorías galénicas con los nuevos avances en fisiología. Dentro de la investigación morfológica del cuerpo humano de este siglo deben mencionarse también a Juan de Dios López, Pedro Virgili y Antonio Gimbernat, así como las obras de Jaime Bonells e Ignacio Lacaba, El curso completo de anatomía del cuerpo humano (Madrid, 1796-1800) y de Lacaba e Isidoro de Isaura, Prontuario anatómico teórico práctico del cuerpo humano (Madrid, 1799). Lorenzo Hervás Panduro escribió El hombre físico (Madrid, 1800), en la que aún divide las funciones orgánicas, como Galeno, en naturales, vitales y anímicas. En el siglo XVIII se abre el debate sobre el proceso de quilificación en la digestión, el proceso respiratorio, la sanguificación y circulación sanguínea, la teoría fibrilar, la acción del fluido nérveo y la fisiología sensorial. Los avances fisiológicos proceden de los últimos años del siglo y los primeros del XIX , cuando se traducen al castellano las obras de Spallanzoni (1793), Lavoisier (1797) y ya en 1803 la obra de M. Dumas, Principios de fisiología , que tradujo Juan Carrasco. Merece también citarse la obra de Ignacio Ruiz de Luzuriaga, quien en su «Disertación chímica fisiológica sobre la respiración y la sangre», publicada en las Memoria de la Real Academia Médica de Madrid (1796), fue «el primero en aceptar», en palabras de Usandizaga, citadas por Sánchez Granjel 69 , «la absorción del oxígeno por la sangre en la inspiración y su circulación por el organismo».

En los siglos XIX y XX las obras de Galeno no son ya objeto del estudio de los médicos, sino de los filólogos e historiadores de la medicina. C. G. Kühn, profesor de Fisiología y Patología publicó en una edición en griego y en latín la obras completas de Galeno (Galeni opera omnia , Leipzig, 1821-1833). Ch. Daremberg presentó en París en 1841 su tesis doctoral con el título Exposition des connaissances de Galien sur l’anatomie, la physiologie et la pathologie du système nerveux y tradujo al francés una buena parte de la obra conservada de Galeno en Oeuvres anatomiques, physiologiques et médicales de Galien (París, 1854-1856). De los tres volúmenes proyectados sólo aparecieron dos. Daremberg vio en Galeno el fundador de la fisiología experimental. También Claude Bernard en Introduction à l’ étude de la médecine experiméntale (París, 1865) alabó sus experimentos. J. Soury en su obra Le sistème nerveux central (París, 1899) afirma que «por su experiencia sobre animales vivos y por sus observaciones de clínico penetrante y profundo, Galeno ha hecho avanzar la fisiología como ciencia de la función de los órganos […] y ha demostrado que los fundamentos de la medicina son la experimentación fisiológica y la observación clínica» (pág. 260) y alaba sus trabajos sobre el encéfalo, la médula espinal y los nervios. En los siglos XX y XXI , Galeno aún interesa. Se celebran congresos para el estudio de su obra; se están haciendo muy buenas ediciones críticas y se están realizando traducciones de su obra a todos los idiomas. A. Souques en su Étapes de la Neurologie dans l’Antiquité grecque (París 1936) señala algunos errores de Galeno desde el punto de vista de la neurología y, a pesar de ellos, emite este juicio del Pergameno: «Fue un clínico de valor, un anatomista de talento y un experimentador de genio. Su obra anatomo-fisiológica le asegura una gloria imperecedera y le merece la gratitud especial de los neurólogos» (pág. 240). Y A. Debru en su excelente monografía sobre la fisiología de la respiración en Galeno (1996) también escribe: «La experimentación, por ejemplo, es considerada por Galeno […] como una prueba de aquello que él avanza a condición de que esté bien conducida, sea claramente interpretable y apta para servir al razonamiento, como es el caso de las grandes experiencias sobre el tórax y la sección de la médula» 70 . El propio Galeno, al hablar de Hipócrates dice: «Yo no creo a Hipócrates por su autoridad sino porque sus demostraciones son sólidas» (K IV 805). Un neurólogo como J. Brocca 71 aún afirmaba en 2004 que la epistemología anatómica de Galeno es impresionante y que su estudio del cerebro no fue mejorado hasta Th. Willis. García Ballester 72 también ha escrito recientemente que «estudiar la vida y obra de Galeno […] leer sus escritos es una oportunidad de conectar con una de las raíces de la medicina occidental», y J. Barcia Goyanes escribe que Vesalio «no fue un explorador de terra incognita que nos va describiendo sus hallazgos sino un viajero que, guía turística en mano, va reconociendo los lugares en ella señalados aunque en alguna ocasión discrepe de los adjetivos que a ellos aplica su autor. Desde Galeno todo el que escribió de anatomía va siguiendo un camino que él nos enseñó un día, aunque varíe la perspectiva en que se coloca para contemplar el paisaje o su capacidad para descubrir en él nuevos accidentes» 73 . Galeno sabía y reconocía que distaba mucho de conocer el funcionamiento del cuerpo humano, pero sabía también que con su estudio y sus experimentos estaba abriendo vías de investigación que otros seguirían (De usu respirationis I 2).

GALENO Y VESALIO

Los médicos de los siglos XV y XVI que vivieron después de la invención de la imprenta estuvieron en condiciones de acceder directamente con cierta facilidad a la obra original de Galeno sin pasar por el galenismo que se fue constituyendo a lo largo de la Edad Media. Tal fue el caso de Vesalio. Es frecuente señalar en la historia de la anatomía un antes y un después de Vesalio. Creemos que sería acertado señalar también un antes y un después de la impresión en letras de molde de la obra del Pergameno. Pues ya antes de Vesalio hubo una serie de médicos que vivieron a finales del siglo XV y en el primer tercio del XVI que leyeron a Galeno, corrigieron sus errores y escribieron obras de anatomía. Se conoce hoy a este grupo de médicos con el nombre de «prevesalianos» 74 . Entre ellos se encuentran Jacobo Silvio, Jean Fernel y Juan Gunterio de Ardenach, todos profesores de Anatomía en París cuando Vesalio estudiaba. Otros nombres ilustres son los de Berengario da Carpi, Nicolo Massa, Mondino, y, por supuesto, Avicena. También pueden incluirse en este grupo, entre muchos otros, a Miguel Servet y Andrés Laguna, compañeros de Vesalio en París, así como a Juan Valverde y Realdo Columbo. En Padua, Vesalio coincidió con Benedetti, que le precedió en la cátedra de Anatomía, y con Falopio, quien le sucedió en esa cátedra. Con estos nombres quiero indicar que antes de Vesalio ya hubo un movimiento fuerte de anatomistas que siguiendo los consejos de Galeno se aplicaron a la observación de las disecciones y del cuerpo humano en general. La mayoría de los médicos citados rectificaron errores de Galeno y permitieron que la anatomía y la anatomia animata , esto es la fisiología, avanzaran.

Es frecuente leer o escuchar que la anatomía moderna arranca de Vesalio con su De corporis humani fabrica , publicada por primera vez en Basilea en 1543. Sin embargo, esta obra, no nos cabe duda, es deudora de Galeno. Fue escrita teniendo en cuenta el texto de Galeno y, probablemente, tras haber cotejado sus afirmaciones con lo que se observa a la luz de las disecciones. Hay en ella 698 citas de Galeno. Vesalio, que estaba bien formado en las lenguas clásicas, pudo leerla en su lengua original, y como era un experto disector, pudo comprobar los asertos de Galeno sobre la mesa de disecciones y también constatar algunos de sus errores. De hecho, Vesalio recomendaba la lectura del De usu partium y del De anatomicis administrationibus a quienes hacían disecciones. Se dio cuenta de que algunos errores galénicos procedían del hecho de haber diseccionado simios en lugar de cadáveres humanos y se propuso corregirlo. Barcia Goyanes 75 , que ha cotejado los textos de Galeno, reduce a siete los errores galénicos corregidos por Vesalio frente a los más de doscientos que señalara P. Diepgen 76 . Serían los siguientes: no existe en el hombre el lóbulo cava del pulmón, no se dio cuenta Galeno de que las dos últimas costillas se articulan con una sola vértebra, no existe un músculo de los labios inserto en la spina colli , la aponeurosis palmar no se extiende a toda la mano, el tendón del semitendinoso es redondo y no ancho, ha confundido las inserciones superiores del bíceps y del semimembranoso y no es cierto que el omento se inserte únicamente en la mitad derecha del colon. También Galeno se equivocó al suponer unos poros en el tabique interventricular del corazón. Algunos historiadores han atribuido la corrección de este error a Vesalio, pero en la página 596 de la Fabrica (1543) leemos: máxima portione per ventriculorum cordis septi poros in sinistrum ventriculum desudare sinit . En la edición de 1555 hace una corrección y afirma que es poca la sangre que pasa del ventrículo derecho al izquierdo pero no niega la existencia de esos poros. También Vesalio se suma al error galénico de que existen dos arterias y dos venas umbilicales, que el hígado es el principio de las venas, que el riñón derecho está más alto que el izquierdo y cree, cuando escribe las Tabulae Anatomicae , en la existencia del plexo reticular aunque luego en la Fabrica rectifica. Barcia Goyanes 77 ha señalado algunos errores de Vesalio en sus Tabulae , por ejemplo, la disposición de los vasos del cayado aórtico no es humana sino canina, lo mismo que la de los troncos braquiocefálicos venosos, la del tronco celíaco y la de la vena porta. Algunos de ellos se reproducen en la Fabrica . También la reproducción que hace en la lámina 6a de la Fabrica de los músculos escalenos descendiendo hasta la sexta costilla o los rectos del abdomen (lámina 5a ) que van hasta la clavícula son rasgos de la morfología del perro pero no de la del hombre. Entre los descubrimientos vesalianos que hicieron avanzar la anatomía fisiológica está el haber detectado los senos esfenoidales, la existencia de un conducto biliar que desemboca en el hígado, que no hay lóbulos en el bazo, destacó el lóbulo del hígado formado por la vena umbilical, hoy conocido como lóbulo de Spigel, la caro quadrata y el fibrocartílago de la muñeca, a los que añade Barcia Goyanes 78 el haber detectado la reflexión del digástrico en el hyoides, el haber demostrado que no existe lóbulo ázygos en el hombre y el reconocer como error de Galeno la descripción de un mesocolon derecho. Respecto a la descripción que Vesalio hace del ductus venosus y del arteriosus es muy similar a la que hace Galeno, pues en el caso del ductus venosus , uno y otro siguen la vena umbilical hasta el hígado pero no vieron su prolongación hasta la vena cava, lo que señaló por primera vez G. C. Aranzi en su obra De Humanu Foetu Opusculum (Roma, 1564). Respecto a otros hallazgos o descripciones que se le atribuyen como el ductus arteriosus , debe decirse que había sido señalado por Galeno en Del uso (VI 20) y en De la disección de venas y arterias 10 (II 828K). También se atribuye a Vesalio (Fabrica 524) el haber detectado que el nervio óptico desemboca en la retina, pero esto había sido detectado ya por Galeno en De uso VIII 6 y en Procedimientos anatómicos X. El ligamento redondo de la cabeza del fémur había sido descrito también por Galeno en De los huesos 20 (II 772K) y en Procedimientos anatómicos II 10. El fibrocartílago de la rodilla y de la mandíbula fue descrito por Galeno (Proced. anat . II 10) antes que por Vesalio, no así el de la muñeca. Galeno llama al fibrocartílago «ligamento cartilaginoso». Se atribuye también a Vesalio la distinción entre tendón, nervio y ligamento pero esta distinción la hizo claramente Galeno en Del movimiento de los músculos I 1 (IV 368-369K) y en Del uso de las partes (I, 17-19). La descripción del seno sagital inferior del cráneo, que se atribuye a Vesalio, se encuentra en Del uso de las partes IX 6-7 de Galeno. Se atribuye también a Vesalio la descripción del mediastino, que podemos leer en Del uso VI 3. El nombre es lo que se debe a Vesalio, pues Galeno lo llamó «membrana separadora» y la describió perfectamente. La función secretora de las glándulas es un hallazgo que se atribuye a Vesalio, pero Galeno en sus escritos diferencia ya dos tipos de glándulas, unas que dan soporte a los vasos y otras secretoras que lubrican las partes adyacentes 79 . Vesalio critica a Galeno por decir que la pituita se filtra por los orificios del etmoides y él afirma que se filtra por los poros de vasos y nervios, lo que es igualmente erróneo. También le critica (Fabrica , pág. 44) su afirmación de que la mandíbula inferior es doble. Sin embargo, hoy sabemos que en el período embrionario y cuando el niño nace es doble y así permanece durante los primeros años. La afirmación de Galeno de que el esternón consta de siete huesos también fue criticada por Vesalio (Fabrica 92), pero la embriología enseña que en principio los cartílagos que forman este hueso son siete, aunque luego se van uniendo entre sí hasta quedar en tres huesos 80 . Entre las críticas que se hicieron ya en su tiempo a Vesalio están las de su maestro J. Sylvius 81 y la de G. Falloppio 82 y en nuestro país la de A. Rodríguez de Guevara 83 y en tiempos más recientes las de J. J. Barcia Goyanes 84 . Le apoyaron en su tiempo L. Fuchs 85 y entre los nuestros sus discípulos P. Jimeno 86 y L. Collado 87 y más recientemente P. Laín Entralgo 88 . Es cierto que Vesalio fue un excelente disector, que hizo correcciones a la obra del Pergameno y que contribuyó a la anatomía con nuevas aportaciones. Su Fabrica , con una edición bellísima, ha sido el referente anatómico durante siglos. Debe decirse, no obstante, que Vesalio se mueve fundamentalmente con los paradigmas anatómicos que estableció Galeno, al que el bruselense estudió y conoció muy bien, como demuestran sus Tabulae Anatomicae sex , su Epístola sobre la sangría, en las que aún se muestra admirador de Galeno, e incluso en la Fabrica , donde ya demuestra sus discrepancias con el maestro y se propone corregir definitivamente la anatomía analógica de Galeno. Éste siempre animó a los estudiosos de la medicina a que no se apoyaran ni en los libros ni en la autoridad de sus maestros, sino que extrajeran sus conclusiones de sus observaciones personales en la disección y en la experimentación. Y esto fue precisamente lo que hizo Vesalio, por eso pensamos que sin Galeno quizá Vesalio no hubiera sido quien fue. Las metáforas arquitectónicas y vegetales de Galeno en su representación del cuerpo son las mismas que emplea Vesalio. Por poner sólo un par de ejemplos, Vesalio en la página 1 del libro I de la Fabrica compara los huesos a los muros de las casas, a los «palos» de las tiendas o a las quillas de los barcos, lo mismo que Galeno hace en Procedimientos anatómicos I 2 y en Del uso XVI 2; a las suturas del cráneo las compara Vesalio, como Galeno (Del uso IX 1 y 17), a las fisuras de los tejados de las casas por donde salen los residuos fuliginosos y en el libro III Vesalio compara, lo mismo que Galeno (Del uso IV 20), a las venas, arterias y nervios con las ramas que nacen de un tronco. Ha señalado Barcia Goyanes 89 que el de Bruselas «no imaginó siquiera que podía haber otra anatomía distinta; que el cuerpo del hombre o del mono podía encerrar otros secretos que Galeno no había revelado; que los accidentes anatómicos conocidos podían tener una interpretación diferente de la dada por aquél».

TRANSMISIÓN DEL TEXTO

Del uso de las partes fue una obra leída y estudiada en la Antigüedad, como demuestra las extensas citas que Oribasio hace en el siglo IV , especialmente en los libros XXII, XXIV y XXV de su extensa obra. Si en el mundo medieval de Occidente se oscureció la fama de la obras galénicas, no ocurrió así en el Oriente, donde las compendió el bizantino Teófilo Protospatario y los árabes las conocieron, se interesaron por ellas y las tradujeron a su lengua. A finales del siglo IX el corpus galénico era conocido por los médicos musulmanes, que comenzaron a traducirlo al árabe. Estas traducciones llegaron a Europa y algunas de ellas se vertieron al latín. Algunos tratados de Galeno sólo los conocemos en sus versiones árabes 90 .

Del uso de las partes fue el único libro de referencia en anatomía hasta el Renacimiento, en parte porque Procedimientos anatómicos no empezó a difundirse hasta las traducciones del siglo XVI de Chalcondylas y Günther von Andernach, en parte también porque se hizo una traducción abreviada de la obra al árabe, probablemente de Hunayn ibn Isaac, que en el siglo XII se tradujo al latín con el título De juvamentis membrorum . El mal estado y las corrupciones de este texto han dado lugar a ciertas malinterpretaciones de Galeno que perduraron hasta el Renacimiento. De juvamentis se debió de manejar en Occidente hasta que Pedro de Abano, en el siglo XIV , tradujera del griego al latín el tratado Del uso de las partes. De juvamentis también fue comentado por Mondino (siglo XIV ), que, a diferencia del de Abano, no tuvo acceso a Del uso , pero manejó el De juvamentis para su Anatomía (1316) que escribió antes de que el de Regio tradujera el Del uso al latín (1317).

Por otra parte, en las colecciones árabes de manuscritos conocidas como Sumarios de los alejandrinos se encuentran una serie de tratados galénicos, que pasan por haber sido traducidos al árabe por Hunayn ibn Isaac en el siglo IX 91 . De entre esos Sumarios merece especial atención el conocido como Canon , de dieciséis libros leídos por los alejandrinos 92 , y también un Sumario en el que aparecen resúmenes de las obras de Galeno que circulaban en el siglo IX . Este Canon se conserva en una copia de 1218, que se le atribuye a Yahyá al-Nahwi. Con este nombre se conoce también al autor de unos comentarios al Del uso de las partes y al de un sumario de ese tratado, que menciona Hunayn y del que conservamos aún algunos fragmentos 93 . Esta obra fue traducida al siríaco en el siglo VI por Sergio de Rèsh Aina y en el siglo IX , del griego al árabe casi en su totalidad por Hubais ibn al-Hasan Al-A’sam de Damasco, sobrino de Hunayn, y completada por el mismo Hunayn.

Estos textos reunidos por los árabes llegaron a España y en la Escuela de Traductores de Toledo fueron traducidos en su mayoría al latín. Allí, poco después de 1170, Gerardo de Cremona tradujo el Canon de Avicena, de gran influencia en la medicina de nuestro país. Sin embargo, Del uso de las partes no fue traducido nunca totalmente del árabe al latín. En Occidente, las dos primeras traducciones completas de nuestra obra del griego al latín son la ya mencionada de Pietro d’Abano, que se debió de hacer un poco antes del 1310, y otra de Niccolò da Regio, que se terminó en el año 1317, que fue la que sirvió de base a la edición de G. Kühn.

Con la aparición de la imprenta, Aldo Manucio, el más célebre editor de textos griegos de la época, decidió publicar los textos médicos de Hipócrates y de Galeno. Para ello contó con algunos códices de la obra griega de Galeno reunidos por Bessarion, algunos manuscritos que I. Laskaris había llevado a Florencia en 1492 y otros que habían pertenecido a Niccolò Leoniceno y a G. Valla. Apareció, pues, la editio Aldina de Galeno en 1525. En ella estudiaron Ch. Etienne y J. Günther von Andernach. Conocemos las múltiples correcciones que I. Coronarius hizo en notas marginales a la Aldina. También A. Vesalio y J. Caius trabajaron en estos textos con el propósito de hacer una traducción latina de los textos anatómicos de Galeno para la edición Juntina (Venecia, 1543), dirigida por A. Gadaldino. Estas dos ediciones, Aldina y Juntina, fueron de importancia capital para el resurgir del galenismo en el Renacimiento. Entre una y otra apareció en 1538 la editio Basileensis (vol. I 367-556), que ya corrigió algunos errores de la Aldina, al cotejarla con la versión latina de Niccolò da Regio. Vesalio y Caius la conocieron, como muestran las notas de éste último en la edición de Basilea del Eton College . Caius colacionó el Codex Adelphi , que, entre otras obras, contiene el De usu partium y propuso nuevas lecturas. Las notas de Caius fueron recogidas y copiadas por Th. Goulston, por Th. Gataker y por L. Browne, suegro de Harvey. Como ha señalado V. Nutton 94 , las notas marginales de Caius a veces hacen referencias a manuscritos hoy perdidos y recogen también las lecturas de editores como Clement, Linacre y el del Codex Adelphi con datos de interés para posibles nuevas ediciones.

En 1679 se publicó en París la edición de R. Chartier (IV 284-704) y dos siglos después entre 1821 y 1833, C. G. Kühn publicó en Leipzig su Claudii Galeni opera omnia en veinte volúmenes, de los que el III y el IV corresponden a la edición del De usu partium . En el volumen III están los primeros once libros y en el IV aparecen los doce últimos, esto es desde el libro XII al XVII . Para el texto griego Kühn siguió la edición de Chartier y para el latino la de N. da Reggio. A principios del pasado siglo G. Helmreich publicó su edición crítica, Galeni De usu partium Libri XVII en Leipzig en 1907 (vol. I) y 1909 (vol. II). De los veinticuatro manuscritos que H. Diels 95 menciona, Helmreich ha colacionado para su edición los ocho que considera más fiables. Son los siguientes: codex Parisinus 2253 (A) del siglo XI ; codex Parisinus 2154 (B) del siglo XIV ; codex Parisinus 985 (C) del siglo XV ; codex Parisinus 2148 (D) del siglo xv; codex Laurentianus plut . LXXIV 4 (L) de los siglos XIV-XV ; codex Palatinus 251 (P) del siglo xv ; codex Urbinas 69 (U) de los siglos X-XI ; y el codex Marcianus (V) del siglo xv. Ha tenido en cuenta también las cuatro ediciones del texto griego precedentes: editio Aldina, editio Basileensis, editio Charterii y editio Kuehnii , las enmiendas y comentarios marginales de Cornarius a la editio Aldina , además de la traducción latina de Nicolò da Regio, realizada a partir de algún manuscrito diferente al de las ediciones griegas, y de los excerpta utilizados por Oribasio, de acuerdo con la edición preparada por Bussemaker y Daremberg, Oeuvres d’Oribase en seis volúmenes (París, 1851-1876), así como los usados por el protospathario y archiatro Teófilo en su obra Perì tês toû anthrópou kataskeués , según la edición preparada por Greenhill (Theophili de corporis humani fabrica libri V, Oxford, 1842). Según Helmreich, el mejor de todos estos manuscritos es el Urbinas 69 (U), seguido por el Laurentianus (L) y los Parisini 2253 (A) y 2154 (B). Ch. Daremberg colacionó para su traducción los códices parisinos A, B y C, que no manejó Kühn, pero no conoció, en cambio, el códice Urbinas 69, que es el más antiguo, además muy bien conservado, y con un buen número de buenas lecturas, que resuelve ciertos problemas con los que aún se encontró Daremberg. De ahí que la edición de Helmreich supere a todas las anteriores.

Los médicos humanistas leyeron De usu partium en griego y en latín. Contamos con la traducción renacentista de J. Dalechamps, De l’usage des parties du corps humain, livres XVII escripts par Claude Galien et traduicts fidelement du grec en françois , que apareció en Lyon en 1528 y 1566. Sin embargo, no se han vuelto a hacer traducciones completas de la obra a las lenguas modernas hasta tiempos relativamente recientes. En el siglo XIX apareció la traducción, también al francés, de Ch. Daremberg, que publica en sus Oeuvres anatomiques, physiologiques et médicales de Galien (París, 1854 y 1856); en inglés contamos con la de M. Tallmadge May, Galen, On the Usefulness of the Parts of the Body (Ithaka, Nueva York, 1968); y en italiano, I. Garofalo y M. Vegetti en Opere Scelte di Galeno (Turín, 1978) traducen la mayor parte de los libros del De usu (págs. 319-832), aunque omiten la traducción de los libros III y XIII . Estos libros me han acompañado durante mi trabajo y me lo han facilitado.

Mi traducción está hecha sobre la edición de Helmreich, aunque también he tenido en cuenta la de Kühn con su versión griega y latina. Los títulos de los capítulos son nuestros para orientación del lector. No pertenecen a la obra. Siguiendo las normas de la editorial, los de las obras de autores griegos y latinos están traducidos al español, de acuerdo con los de las ediciones españolas. En el caso de Galeno, muchas de cuyas obras no han sido aún traducidas, nuestra primera intención fue citarlas todas con el título latino de la edición de Kühn, pero finalmente, para ajustarnos a las normas editoriales, hemos ensayado una traducción de los títulos aún no vertidos a nuestra lengua, que probablemente no siempre será la definitiva. El mérito de los índices le corresponde a Silvia Porres. Nuestra traducción del De usu partium es la primera de esta obra en español.

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* Este libro ha sido traducido en su mayor parte durante mi estancia en el Real Colegio Complutense en Harvard (2004). Forma parte del proyecto MCYT 2003-2006 (BFF 2003-2006).

1 Nos movemos, evidentemente, como no podía ser de otra manera en el siglo II, en el ámbito de lo macroscópico.

2 De aquí que con buenas razones se ha traducido a otras lenguas el título del tratado como De l’utilité des porties du corps (CH . DAREMBERG ), On the usefulness of the parts (M. MAY ) o L’utilità delle parti (I. GAROFALO y M. VEGETTI ).

3 Opere Scelte di Galeno , Turín, 1978, págs. 302 y ss.

4 Cf . M. LÓPEZ SALVÁ , «Galeno: del cuerpo, el alma y el espíritu», en A. BERNABÉ e I. RODRÍGUEZ ALFAGEME , Fílou skiá. Homenaje a Rosa Aguilar , Madrid, 2007, 205-221.

5 En su introducción a Galeno, Sobre la localización de las enfermedades , traducido por S. ANDRÉS APARICIO , Madrid, 1997, pág. 36.

6 Natural Theology , Londres, 1802, (reed. Oxford 2006), págs. 7-10.

7 Cf . F. DARWIN (ed.), Charles Darwin’s Autobiography , Nueva York, 1961, págs. 34-35.

8 Cf . I. GAROFALO Y M. VEGETTI , o. c ., pág. 21.

9 Cf . H. DILLER , «Empeirie und Logos: Galens Stellung zu Hipocrates und Platon», Studia Platonica , Festschrift Gundert, Ámsterdam, 1974, 227-238.

10 «Ne pas sétonner et s’étonner chez Hippocrate et Chez Galien», J. BOULOGNE y A. DRIZENKO , L’Enseignement de la médecine selon Galien , Lille, 2006, pág. 151.

11 Cf . GAL ., Met. cur . XII 5, X 839K.

12 Cf . GAL ., Loc. enf . II 10 y III 9, VIII 126-127 y 174-175K y Doctr. Hip. y Plat . VII 3, V 596K.

13 Libro Sobre los humores de Hip. y com. de Gal . III 17 (XVI 423K).

14 Fac. nat . I 1 (II 2K).

15 Der Begriff der Physis bei Galen , Stuttgart, 2001, pág. 260.

16 Cf . GAL ., Loc. enf . III 9, VIII 174-175K.

17 Doctr. Hip. y Plat . VI 3, 442, 30-32Lacy = V 605K.

18 Cf. Loc. enf . VIII 231K.

19 Cf . F. R. WILSON , La mano. De cómo su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana , Madrid, 2002, pág. 47.

20 The Hand. Its Mechanism and Vital Endowments as Evicing Design , Nueva York, 1840.

21 La mano. De cómo su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana , Madrid, 2002, pág. 21.

22 Cf . J. M. GALY Y A. THIVEL , Les origines de l’homme , Niza, 1998, pág. 4 y A. ZUCKER «Le main et l’esprit. Sur l’aphorisme d’Anaxagore (frg. A 102)» en J. M. GALY y M. R. GUELFUCCI (eds.), L’homme grec face à la nature et face à lui-même. Hommage à Antone Thivel , Niza, 2000, págs. 277-308.

23 El cuerpo humano. Teoría actual , Madrid, 1989, págs. 19-20.

24 Part. an . 687b.

25 Part. an . 687.

26 I 5, III 12K y I 17, III 54K.

27 «The evolution of hand», Scientific American 207 (1962), 56-62.

28 Histoire de l’anatomie , París, 18803 . citado por BARCIA GOYANES (cf. infra) , pág. 49.

29 Cf . J. J. BARCIA GOYANES , «Acerca de un supuesto error anatómico de Galeno», Med. Esp . 74 (1975), 47-53.

30 Histoire des Sciences Médicales I, París, 1780, citado por BARCIA GOYANES (cf. supra) , pág. 49.

31 Galeno en la sociedad y en la ciencia de su tiempo, Madrid, 1972, pág 102.

32 Cf . P. LAÍN ENTRALGO , El cuerpo humano. Oriente y Grecia antigua , Madrid, 1987.

33 Cf . J. J. BARCIA GOYANES (1975) en nota supra y GAL ., Dis. musc . XX 4, 10 y 13, en I. GAROFALO Y A. DEBRU , Galien. Les os pour les débutants. L’anatomie des muscles , París, 2005, págs. 168 y 170-171.

34 Sobre los huesos para principiantes 18-19, II 770-77 1K.

35 Mov. an . I 704a.

36 Part. an . IV 10, 690a.

37 «La mano dell’uomo da Aristotele a Galeno», Quaderni Urbinati di Cultura Classica 66 (2000), 22.

38 Die historischen Grundlagen der Leberforschung , Basilea, 1967, pág. 2.

39 Cf . J. L. BARONA , «El significado histórico del descubrimiento de la circulación menor», Asclepio 44 (1992), 44, 3-27, que estudia los hitos del descubrimiento de la circulación pulmonar y se pregunta por qué tal descubrimiento entre 1550 y 1628 dejó de ser aceptado por parte importante de los médicos. El autor sugiere que la aceptación de la circulación menor suponía la ruptura del paradigma galénico, en el que el sistema venoso y el arterial eran sistemas diferentes con distintas funciones, y que las teorías que rompen la racionalidad del sistema vigente son siempre difíciles de aceptar. Por lo tanto, se aceptó solamente como una rectificación más de ese sistema, pero sin considerar la posible ruptura del paradigma. Sin embargo, supuso el germen que en el siglo XVII llevaría a Harvey al descubrimiento de la circulación sanguínea y que supondría el abandono definitivo del sistema galénico.

40 Cf . A. DEBRU , Le corps respirant. La pensée physiologique chez Galien , Leiden, 1996, pág. 124.

41 El primero en describirla y darle nombre fue Gerardus Blasius en 1664.

42 Commentaria , Bolonia, 1521.

43 De Corporis Humani Fabrica , Basilea, 1543.

44 Cerebri anatome , Londres, 1694.

45 The Heart and the Vascular System in Ancient Greek , Oxford, 1973, pág. 323.

46 Cf. Doctr. Hip. y Plat . VI 3, V 531K.

47 «Metáforas del cuerpo de Aristóteles a Galeno» en A. PÉREZ JIMÉNEZ , Unidad y pluralidad del cuerpo humano. La anatomía en las culturas mediterráneas , Madrid-Málaga, 2001, págs. 81-94.

48 Ibid ., 92.

49 En griego thyros significa «puerta».

50 Cf . P. BALIN , «Apprenre à regarder», en J. BOULOGNE y A. DRIZENKO , L’enseignement de la médecine selon Galien , Lille, 2006, pág. 84.

51 Ibid ., 79-86.

52 Se asienta en el corazón, sede de las emociones.

53 Ibid ., pág. 85.

54 Cf . A. DEBRU , «L’animalité des parties du corps chez Galien», A. DEBRU y N. PALMIERI (eds.), Docente natura , Saint-Etienne, 2001, 99-110, en el que estudia los símiles de animales que emplea Galeno para explicar ciertos procesos fisiológicos, algunas facultades naturales del cuerpo o la relativa autonomía de las partes corporales.

55 Cf . R. FRENCH , «De Juvamentis Membrorum and the Reception of Galenic Physiological Anatomy», Ancients and Moderns in the Medical Science , Aldershot, 2000, págs. 96-109.

56 Tomado de J. M. LÓPEZ PIÑERO , Antología de clásicos médicos , Madrid, 1998, págs. 102-103.

57 La búsqueda de la salud. Sanadores y enfermos en la España medieval , Barcelona, 2001, pág. 129.

58 Cf . L. GARCÍA BALLESTER , Historia social de la medicina en la España de los siglos XIII al XVI , Madrid, 1776, págs. 37-38.

59 Cf . A. MARTÍN FERREIRA , El humanismo médico en la Universidad de Alcalá , Alcalá de Henares, 1995, pág. 46.

60 Cita tomada de L. SÁNCHEZ GRANJEL , La medicina española renacentista , Salamanca 1980, pág. 52.

61 Cf . J. I. BLANCO PÉREZ , Humanistas médicos en el renacimiento vallisoletano , Burgos 1999.

62 La medicina española del siglo XVII , Salamanca, 1978, pág. 36.

63 Ibid ., pág. 49.

64 Exercitatio Anatomica de motu cordis et sanguinis in animalibus , Fráncfort, 1628.

65 Cf . L. SÁNCHEZ GRANJEL , La medicina española del siglo XVIII , Salamanca, 1979, pág. 22.

66 Cf . M. MINDÁN MANERO , Andrés Piquer. Filosofía y medicina en la España del siglo XVIII , Zaragoza, 1991, pág. 20.

67 Cf . SÁNCHEZ GRANJEL (1979), págs. 40-42.

68 Cita tomada de SÁNCHEZ GRANJEL (1979), pág. 147.

69 Ibid ., 159.

70 Le corps respirant. La pensée physiologique chez Galien , Leiden, 1996, pág. 266.

71 Galen: On the Brain. Anatomical Knowledge and Physiological Speculation in the second century A. D ., Boston, 2004, pág. 204.

72 En su introducción a Galeno, Sobre la localización de las enfermedades , Madrid, 1997, pág. 17.

73 «La otra cara de Vesalio», Medicina e Historia 59 (1995), 11.

74 Cf . el capítulo «Prevesalianos» en J. J. BARCIA GOYANES , El mito de Vesalio , Valencia, 1994, págs. 19-51.

75 Ibid ., 107-111.

76 Historia de la Medicina , Barcelona, 1932.

77 El mito de Vesalio , Valencia, 1994, pág. 77.

78 Ibid ., pág. 124.

79 Sem . II 6, IV 646K y Us. part . VII 17 y XIV 11.

80 Cf . J. J. BARCIA GOYANES , «El concepto galénico del esternón», Medicina española 78 (1979) 1-19.

81 J. Vaesani cujusdam calumniarum in Hippocrates Galenique rem Anatomicam depulsio , París, 1551.

82 Observations Anatomicae ad Petrum Mannae , París, 1562 y De humano corporis anatome compendium , Venecia, 1571.

83 In pluribus ex iis quibus Galenus impugnatur ab Andreas Vesalio , Coimbra, 1559

84 El mito de Vesalio , Valencia, 1994.

85 De humani corporis fabrica, ex Galeni & Andreae Vesalii concinnatae , Tubinga, 1551

86 Dialogus de re medica compendiaria , Valencia 1549.

87 Cl. Galeni Pergameni, Liber de ossibus , Valencia 1555 e Isagoge ad faciendam medicinam ex Hippocratis et Galeni monumentis , Valencia, 1561.

88 Historia de la Medicina Moderna y Contemporánea , Barcelona, 1954.

89 El mito de Vesalio , Valencia, 1994, pág. 108.

90 Cf . G. STROHMAIER , «Galen in arabic. Prospects ans Projects», en V. NUTTON , Galen, Problems and Prospects , Londres, 1981, págs. 187-196.

91 Cf . E. SAVAGE -SMITH , «Galen’s lost ophtalmology and the Summaria Alexandrinirum», en V. NUTTON , The Unknown Galen , Londres, 2002, 121-138.

92 Cf . I. RODRÍGUEZ ALFAGEME , Literatura científica griega , Madrid, 2004, págs. 212-213.

93 En París, BnF, fondos árabes 2853 (fragmentos) y en Bethesda, MD, National Library of Medicine, MS 3631, fols.

94 «John Caius and the Eton Galen: Medical Philology in the Renaissance», en V. NUTTON , From Demodeces to Harvey , Londres, 1988, pág. 242.

95 «Die Handschriften der antiken Ärzte, I Teil», Abh. d. Königl. Preuss. Akad. d. Wiss. Philosophisch-historische Classe , Abh. III (1905), 68.

LIBRO I 1
[LA MANO ]

Así como se dice que cada animal es «uno» porque aparece con un [1 ] contorno propio sin estar unido en absoluto a lo demás, así también se dice de cada parte —como el ojo, la nariz, la lengua, el encéfalo— que es «una parte», pues está claro que tiene su contorno propio, pero si no estuviera unida en algún punto a las vecinas sino separada por completo, entonces no serían en absoluto «una parte» sino simple y llanamente «una». De manera que todos los cuerpos que no tienen un contorno [2] propio completo pero que tampoco están totalmente unidos a otros se llaman «partes» Si esto es así, muchas serán las partes de los animales, unas más grandes, otras más pequeñas y algunas no divisibles en absoluto en otras formas 2 .

La función de todas ellas está al servicio del alma 3 , pues el cuerpo [2 ] es instrumento del alma y por ello las partes de los animales se diferencian mucho unas de otras porque también se diferencian sus almas. Algunos animales son fieros y otros cobardes, unos salvajes y otros mansos, unos, por así decir, sociales y trabajadores y otros solitarios. En todos, en efecto, el cuerpo es el adecuado a las facultades y hábitos de su alma. El del caballo está engalanado con una crin y fuertes pezuñas, pues es un animal orgulloso, veloz y no falto de coraje; la fuerza del león, fiero y poderoso, está en sus dientes y garras; así también el toro y el jabalí tienen como defensas naturales, el uno los cuernos y el [3] otro los colmillos. El ciervo y la liebre, animales cobardes, tienen un cuerpo veloz pero totalmente desnudo y sin ninguna defensa. Pues la velocidad, pienso, convenía a los cobardes y las defensas, a los poderosos. La naturaleza, en efecto, no armó al cobarde ni tampoco dejó desnudo al poderoso. Al hombre, en cambio, animal inteligente y el único divino 4 sobre la tierra, en lugar de darle todo tipo de armas defensivas, le dotó de manos 5 , instrumento necesario para todas las artes, de paz más que de guerra. En consecuencia, no necesitaba cuernos como defensa natural, pues siempre que quisiera podía coger en sus manos una defensa mejor que un cuerno, pues espada y lanza son armas mejores y más adecuadas que el cuerno para herir; ni tampoco necesitaba pezuña, pues un leño y una piedra son más potentes para aplastar que cualquier pezuña. Además, un cuerno y una pezuña no pueden hacer nada hasta estar en el lugar, mientras que las armas de los hombres actúan de lejos no menos que de cerca, así la lanza y el dardo son más potentes que el cuerno, y la piedra y el leño, más que la pezuña. Sin embargo, el león es más veloz que el hombre. ¿Qué importa?

[4] El hombre, en efecto, gracias a sus manos y a su inteligencia doma al caballo, animal más veloz que el león, y sirviéndose del caballo también escapa del león y lo persigue, y en lo alto de aquél dispara al de abajo. Por lo tanto, el hombre no está ni descalzo ni desarmado ni es vulnerable a las heridas ni está indefenso, sino que, cuando quiere, dispone de una coraza de hierro, instrumento más difícil de dañar que cualquier tipo de piel, y tiene a su disposición todo tipo de calzado, de armas y de defensas. La coraza no es la única protección del hombre sino que lo es también la casa, la muralla y la torre. Si a él le naciera en las manos un cuerno o algún arma defensiva de ese tenor, no podría usarlas ni para la construcción de casas o murallas ni tampoco para hacer una lanza ni una coraza ni cualquier otra cosa similar. [5] Con esas manos el hombre se teje el manto, trenza la red para cazar, la cesta para pescar y la argolla y la red para atrapar aves, de modo que no sólo domina sobre los animales de la tierra, sino también sobre los del mar y los del aire. La mano es para el hombre un arma así de poderosa. No obstante, al ser el hombre un animal sociable 6 y pacífico, con sus manos no sólo escribe leyes, erige altares y estatuas a los dioses sino que también construye naves y hace flautas, liras, escalpelos, tenazas y todo tipo de instrumentos técnicos y artísticos, y en sus escritos deja comentarios teóricos sobre ello 7 . Y gracias a los escritos realizados con las manos te es posible a ti, aun ahora, conversar con Platón, Aristóteles, Hipócrates y los demás hombre de la Antigüedad.

Así como el hombre es el más inteligente de los animales, así también [3 ] sus manos son el instrumento adecuado para el animal inteligente. Y no por tener manos es el más inteligente, como decía Anaxágoras, sino que, por ser el más inteligente, tiene manos, como dice Aristóteles 8 con correcto juicio. Pues al hombre no le enseñan las artes las manos, sino la razón. Las manos son un instrumento como lo es la lira para el músico y las tenazas para el herrero. Como la lira no enseña al músico ni las tenazas al herrero, sino que son artesanos en virtud de su razón, pero no pueden, sin embargo, actuar en su oficio sin el concurso de los instrumentos, así también toda alma tiene por su esencia ciertas facultades pero sin los instrumentos no tiene recursos para [6] hacer lo que por naturaleza le es dado hacer. Si observamos los animales recién nacidos que intentan entrar en acción antes de que se les hayan perfeccionado las partes, queda claramente de manifiesto que no son las partes del cuerpo las que persuaden al alma a ser cobarde, valiente o inteligente. Yo, al menos, he visto con frecuencia una ternera intentando cornear antes de que le nacieran los cuernos, un potro cocear con sus pezuñas aún blandas, una cría de jabalí que intentaba defenderse con unas mandíbulas aún sin colmillos y un perro recién nacido que se esforzaba por morder con dientes aún tiernos. Todo animal tiene, en efecto, una percepción no aprendida de las facultades de su alma y de la excelencia de las partes. O ¿por qué, siéndole posible a la cría de jabalí morder con sus dientecillos, no los usa para la pelea y quiere usar lo que aún no tiene? ¿Cómo se puede decir que los animales aprenden el manejo de las partes, cuando está claro que lo conocen incluso antes de tenerlas? [7]

Si quieres, coge tres huevos, uno de águila, uno de pata y otro de serpiente, caliéntalos y en el momento adecuado los cascas, y verás que dos de los animales salidos del cascarón hacen pruebas con las alas incluso antes de poder volar y que el otro, aun siendo tierno y con poca fuerza, serpentea y se esfuerza por reptar. Si los dejas madurar bajo un único y mismo techo y después los llevas a un lugar al aire libre y los sueltas, el águila remontará el vuelo hacia el cielo, el pato volará bajo hacia algún lugar pantanoso y la serpiente se hundirá en la tierra. Después, pienso, sin haberlo aprendido, el águila alcanzará su presa, el pato nadará y la serpiente se esconderá. «Porque —dice Hipócrates 9 — los instintos naturales de los animales no son aprendidos.» Por eso me parece a mí que los demás animales también adquieren sus habilidades por instinto más que por razón: las abejas modelan, las hormigas hacen depósitos y laberintos, y las arañas hilan y tejen. Considero que es la mejor prueba de que no hay aprendizaje.

[4 ] El hombre, en cambio, así como su cuerpo está desnudo de defensas, [8] así también su alma está carente de habilidades. Por esto, a cambio de la desnudez de su cuerpo, recibió las manos y a cambio de la falta de habilidades de su alma recibió la razón, con la que protege y defiende por completo su cuerpo, y de ella se sirve para engalanar su alma con todo tipo de habilidades. De modo que, si hubiera tenido una defensa natural, habría tenido siempre solamente ésa y si hubiera tenido por naturaleza una habilidad, habría carecido de todas las demás. Pero, puesto que era preferible que manejara todo tipo de defensas y todo tipo de habilidades, no se le dotó de ninguna que le fuera connatural. Aristóteles 10 , por eso, decía bien que la mano es algo así como el instrumento de los instrumentos y nosotros, a imitación suya, podríamos decir que la razón es la habilidad de las habilidades, en el sentido de que la mano no es, en efecto, ningún instrumento particular sino que es el instrumento por excelencia, porque la naturaleza la ha formado para recibirlos todos, y del mismo modo la razón, aunque no es ninguna [9] habilidad en particular, sería la habilidad por excelencia, en tanto que tiene la capacidad natural para recibirlas todas. De aquí que el hombre, el único ser vivo que tiene en su alma la habilidad más excelente, posea en su cuerpo, conforme a esa lógica, el más excelente de los instrumentos.

Permítasenos, pues, examinar en primer lugar esa parte, observando [5 ] no si es simplemente útil o si es adecuada para un animal inteligente, sino si su estructura es de todo punto tal, que no podría ser mejor si fuera de otra manera. Una característica principal de un instrumento prensil de la mejor factura sería que sujetara eficazmente todas las cosas —de cualquier forma y tamaño— que un hombre mueve de forma natural. ¿Qué le sería mejor para eso, que la mano presente varias divisiones o que no esté en absoluto dividida? O ¿no necesita más discusión, ya que, si quedara sin ninguna división, sujetaría de los objetos en contacto sólo aquello que tuviera el mismo tamaño que ella tiene, mientras que, al estar dividida en muchas partes, no sólo iba a poder sujetar volúmenes mucho mayores que ella sino que también [10] iba a poder agarrar con mucha precisión las cosas más pequeñas? Pues los primeros los sujeta cuando extiende la mano con los dedos separados, pero la mano entera no intenta coger los objetos más pequeños, pues así se le escapan, sino que para eso le basta con usar las puntas de dos dedos. Por consiguiente, la mano tiene la mejor disposición posible para la sujeción segura de lo más grande y de lo más pequeño que ella. Además era mejor que estuviera escindida en formas varias, como ahora está, con el fin de poder sujetar cosas de diferentes formas.

Para todo esto la mano evidentemente también está preparada mucho mejor que cualquier otro instrumento prensil. De hecho puede curvarse en torno a un objeto esférico y sujetarlo circularmente por todas partes y también rodea firmemente a los que son rectos o cóncavos. Y si esto es así, sujeta objetos con cualquier forma, pues todo objeto se constituye a partir de tres tipos de líneas: recta, convexa y cóncava. Pero puesto que muchos cuerpos tienen un volumen mayor que el que tiene una mano sola, la naturaleza las hizo aliadas una de otra, de manera que, si rodean ambas un objeto por lados opuestos, no son en nada inferiores a una única mano mucho mayor. Una mira a la otra porque [11] se ha hecho la una para la otra y la naturaleza las ha hecho en todo iguales, pues esto era lo adecuado para órganos con una acción semejante. Si piensas en lo más grande que un hombre pueda manejar con sus dos manos, por ejemplo, un tronco o una piedra, piensa ahora también conmigo en lo más pequeño, por ejemplo, un grano de mijo o una espina muy fina o un pelo, y después piensa en esa cantidad de volúmenes que están entre lo más grande y lo más pequeño; considera de nuevo todo esto y encontrarás que el hombre lo maneja tan bien, como si las manos se hubieran hecho en gracia sólo a cada uno de ellos. Pues coge los objetos más pequeños con las puntas de dos dedos, el pulgar y el índice, y los que son un poco más grandes que éstos los coge también con ellos pero no con las puntas. Los de mayor volumen que éstos los sujeta con tres dedos, el pulgar, el índice y el medio, y si hay algunos [12] aún mayores que éstos, con cuatro, y a continuación, con los cinco y luego ya con toda la mano. Y después, para los que aún son mayores lleva la otra mano; nada de esto se podría hacer si no estuviera escindida de diferentes formas gracias a los dedos, pues el hecho solamente de estar escindida no sería suficiente en sí mismo. ¿Qué habría sucedido, en efecto, si ningún dedo se opusiera a los otros cuatro, como ahora, sino que todos los cinco se hubieran desarrollado en una única línea recta 11 ? ¿No queda, pues, claro que un mayor número de dedos habría sido inútil? Pues lo que se quiere sujetar con firmeza debe ser o abrazado circularmente por todas partes o, al menos, por dos lugares totalmente opuestos. Esto no podría ser si todos los dedos nacieran en una única línea recta uno a continuación del otro, y, en cambio, se garantiza, cuando un solo dedo se opone a los demás, como exactamente es ahora. Este único dedo goza de una posición y un movimiento tal, que con un pequeño giro interactúa con cada uno de los cuatro que se le oponen. Así pues, puesto que era mejor que las manos operaran como ahora operan, la naturaleza les dio una estructura adecuada a sus operaciones 12 .

[6 , 13] Ahora bien, era necesario no sólo simplemente que los dos dedos opuestos actuaran en la captura de volúmenes pequeños con sus puntas, sino también que éstas fueran tal como ahora son, blandas, redondeadas y con uñas. Pues si su extremo no fuera carnoso sino óseo, no sería posible sujetar las cosas pequeñas, como espinas o pelos, ni tampoco lo sería, en caso de que fuera carnoso, pero de carne muy húmeda y muy blanda. Es necesario, en efecto, que lo sujetado sea rodeado en la mayor medida posible por lo que sujeta para que la sujeción sea segura, pero ni lo óseo ni lo duro puede rodear, mientras que lo que no es del todo blando y que por ello no cede del todo, puede hacerlo, porque lo que es excesivamente blando y casi fluido cede más de lo debido a lo que es duro y se escapa con facilidad de ello. Por lo tanto, los mejores órganos para una sujeción segura serán aquellos que, como las puntas de los dedos, son por su naturaleza un término medio entre lo muy duro y lo muy blando 13 .

Pero las mismas cosas que son objeto de sujeción difieren en su [7 , 14] consistencia, pues sucede que unas son más blandas o más duras que otras, la naturaleza, por ello, dio a las puntas de los dedos la estructura adecuada para todo. Por eso, la punta de los dedos no se compone sólo de carne ni simplemente de uña, sino de ambas, y así alcanza una armoniosa composición. Pues su parte carnosa se sitúa en las partes en que se doblan la una hacia la otra, ya que con su parte superior se disponían a capturar cosas, y la uña está situada debajo por la parte externa como su base. Con su parte carnosa sólo sujeta cosas blandas. Las duras, en cambio, presionan y empujan la carne y por eso no se pueden coger sin las uñas, pues la carne cede y entonces necesita una base firme. Pero, a su vez, con las uñas solas no se puede coger nada de eso, pues las uñas, al ser duras, resbalan enseguida por su dureza. Así pues, la sustancia [15] carnosa que hay en las puntas de los dedos compensa lo resbaladizo de las uñas y, a su vez, las uñas ofrecen soporte a la parte de la carne que cede fácilmente, por lo que el dedo se convierte en un órgano capaz de sujetar cualquier cosa pequeña y dura. Entenderás más claramente lo que digo si te fijas en las uñas exageradas. Las que son excesivamente largas y chocan por ello unas con otras no son capaces de coger ni una espina pequeña ni un pelo ni ninguna otra cosa de ese tipo; en cambio, las que son tan cortas que no llegan a las puntas de los dedos, privan a la parte carnosa de su soporte y la incapacitan para sujetar. Sin embargo, sólo aquellas que llegan a las puntas de los dedos ofrecerán de manera excelente la utilidad para la que han sido hechas. También Hipócrates decía lo siguiente: «que las uñas ni sean más largas que [16] las puntas de los dedos ni más cortas» 14 . Pues sólo cuando tienen un tamaño debidamente proporcionado cumplen de la mejor forma posible con todo aquello para lo que han sido hechas. Son útiles, en efecto, para otras muchas acciones, por ejemplo, si se necesita raspar algo o rascar o pelar o diseccionar. Las necesitamos en casi cualquier circunstancia de la vida y para cualquier actividad técnica o artística, especialmente para las que requieren más precisión en la destreza manual. Pero la mano, como órgano prensil, necesita muy especialmente las uñas para la captura de cosas pequeñas y duras.

[8 ] ¿Por qué Platón, que emuló a Hipócrates, si es que alguien lo ha emulado, y que tomó la mayoría de las doctrinas de él, apenas dijo nada sobre la función de las uñas? ¿Por qué Aristóteles, que tan experto fue, entre otras cosas, en sus explicaciones del arte de la naturaleza, se ocupó tan marginalmente de la función de las uñas? Platón 15 dice que, cual inexpertos artesanos, los dioses que hicieron al hombre le hicieron crecer [17] uñas en las puntas de los dedos como si ensayaran la creación necesaria de las uñas en otros animales. Aristóteles 16 afirma que se hicieron para la protección, pero, para la protección de qué, no lo dijo, si del frío, del calor, de las heridas o de las magulladuras. Pues es imposible concebir que las uñas no se hicieron para la protección de estas cosas o, además de éstas, de alguna otra. Y he recordado a Aristóteles y a Platón no porque haya decidido refutar los errores que han dicho, sino para señalar por qué me sentí impulsado a la exposición de estas doctrinas.

Ha habido mucha discrepancia entre médicos y filósofos antiguos en torno a la función de las partes, pues los unos piensan que nuestros cuerpos no se han formado por ninguna causa ni de acuerdo con ningún arte en absoluto y los otros, en cambio, que por alguna causa y con arte, y de entre éstos hay quien habla de una función de cada parte y hay quien habla de otra. Por eso yo me ocupé en primer lugar de encontrar un criterio para juzgar tamaña discordancia y en segundo, de sistematizar un método universal único por el que podamos descubrir la función de cada parte y de sus accidentes 17 .

Hipócrates 18 dice: «Si se considera en su totalidad, todo está en simpatía; si parcialmente, las partes cooperan en la acción», y yo estimo [18] justo probar su palabra primero en aquellas partes, cuyas acciones conocemos bien, para que de ahí podamos pasar también a otras. Diré cómo lo comprobé, pero en primer lugar explicaré la sentencia de Hipócrates, nada clara para la mayoría, porque está expuesta en palabras al modo antiguo y, según su costumbre, es muy concisa. Lo que se desprende de ella es lo siguiente: todas las partes del cuerpo están en simpatía unas con otras, esto es, todo coopera al servicio de una única acción. Las grandes, que son partes también de la totalidad del animal, como manos, pies, ojos y lengua fueron formadas en gracia a las acciones de todo el animal y todas cooperan con ellas. Las pequeñas, que, a su vez, son también partes de las partes mencionadas, están en relación con la acción de todo el órgano; por ejemplo, el ojo, que es el órgano de la vista, se compone de muchas partes y todas cooperan en una única acción: la visión. Unas partes son por las que vemos, hay otras sin cuyo concurso no es posible ver, otras son para ver mejor y [19] otras, para la protección de todas éstas. Pero también esto es así respecto a cualquier otra parte; así es el estómago, la boca, la lengua, los pies y las manos, sobre las que ahora me propongo hablar. Nadie ignora la acción de las manos, pues es evidente que se han formado a causa de la prensión. Lo que ya no todo el mundo sabe es que todas sus partes tienen la forma y tamaño que tienen para cooperar en la única acción de todo el órgano. Hipócrates, sin embargo, se dio cuenta y es nuestro proyecto demostrar ahora esto mismo. A partir de ello se constituye un método para el descubrimiento de las funciones y para refutar los errores de los que mantienen alguna otra opinión al margen de la verdad.

Si la acción del tórax, pulmón, corazón y de todas las otras partes nos fuera tan evidente como a todos nos es la de los ojos, manos y pies, no diferiríamos tanto en nuestros discursos sobre la función de las partes. Ahora bien, puesto que no es evidente la acción de la mayoría de [20] los órganos, sin cuyo conocimiento exacto no es posible descubrir la función de nada de lo particular, está bien claro que quienes se equivocan en lo que respecta a las acciones de los órganos, se equivocan también en la función de las partes. Ni Aristóteles, ni ningún otro de los antiguos, hablaron sobre todas las acciones de los órganos, por lo que no nos es posible aprobar 19 sus escritos sobre la función de las partes. Hay quienes señalaron correctamente la actividad de la mayoría de las partes, pero les faltaba práctica en el método del descubrimiento de su función, y por eso se equivocaron en muchos casos particulares, como acabamos de enseñar en lo que respecta a las uñas. Pues es evidente que los mejores filósofos ni conocían su función ni comprendieron, como dijimos, los escritos de Hipócrates.

Si respecto a la mano, cuya acción conocemos, necesitamos, no obstante, un método para el descubrimiento de sus funciones, ¿cómo vamos a descubrir directamente la utilidad de cada una de las partes del cerebro o del corazón o de casi todas las otras vísceras? Hay quien dice 20 que el corazón es la parte hegemónica del alma; otros 21 , que las [21] meninges, y otros dicen que está en el encéfalo, de modo que cada uno atribuirá una utilidad diferente a las partes de estos órganos. En lo que sigue haremos una investigación sobre esto. Lo hemos mencionado ahora no por otra causa, sino para informar de por qué emprendí la tarea de escribir Del uso de las partes , siendo así que Aristóteles ha dicho mucho y bien, y un no pequeño número de otros filósofos y médicos, como, sin duda, ha escrito sobre ello Herófilo el Calcedonio 22 , aunque, tal vez, menos que Aristóteles. Pero ni siquiera lo de Hipócrates es suficiente, porque unas veces ha hablado con poca claridad y otras omite totalmente algunas cosas, aunque, a mi juicio, él no escribió nada incorrecto. Por todo esto nos sentimos movidos a escribir sobre la función de cada una de las partes, por lo que explicaremos aquello que Hipócrates dijo de un modo más oscuro y añadiremos nosotros otras cosas de acuerdo con el método que él nos legó.

[9 , 22] Retomemos de nuevo el discurso allí donde lo dejamos y examinemos en detalle toda la estructura de la mano, pues cuanto más nos ejercitemos en las reflexiones sobre ella, cuya acción es perfectamente clara, tanto más fácilmente aprenderemos el método para lo que digamos después. Otra vez, comencemos por la palabra de Hipócrates, como si fuera la voz de la divinidad. En el mismo escrito 23 en el que nos mostraba la función de las uñas y mediante el que nos enseñaba qué tamaño convenía que tuvieran, nos señala también la de la escisión de la mano en dedos y la de la oposición del pulgar a los otros cuatro, cuando escribe así: «La de los dedos adecuada, amplio espacio en medio y el pulgar opuesto al índice». La división en dedos se hizo, en efecto, para poder separarlos entre sí al máximo, lo que en muchas ocasiones es muy útil, pues dice oportunamente que, cuando les permite hacer aquello para lo que se formaron, la estructura es sumamente adecuada. Gracias a ella también se puede oponer el dedo pulgar a [23] los demás, porque si la mano solamente estuviera dividida en dedos y el pulgar no se separa al máximo de los otros dedos, no se les podría oponer. Ciertamente enseña también aquí muchas cosas con pocas palabras a aquellos, al menos, que son capaces de entenderle. Una vez que he señalado el modo de explicación de todos sus escritos, sería tal vez razonable que no examináramos en detalle las particularidades de sus afirmaciones y que imitáramos a este varón, además de en sus otras cualidades, también en enseñar mucho con pocas palabras.

No es, en efecto, nuestro propósito, a no ser de modo marginal, decir que Hipócrates tenía un conocimiento extraordinario de estos asuntos. Mi objetivo es, más bien, discurrir sobre el uso de todas las partes. Pero antes aún explicaré sólo eso que Hipócrates señaló en el escrito antes citado, que es muy necesario que todo médico conozca, y que, sin embargo, es imposible descubrir sin hacer una reflexión rigurosa sobre el uso de las partes. ¿Qué es eso? El reconocer cuál es la [24] mejor estructura de nuestro cuerpo. Evidentemente es aquella en la que todas las partes ofrecen por sí mismas la suficiente utilidad para las acciones de los órganos. Dice: «La de los dedos es adecuada, amplio espacio en medio y el pulgar opuesto al índice». Y si preguntaras ¿por qué?, la respuesta escrita la tienes a tu disposición: «Si se considera en su totalidad, todo está en simpatía; si parcialmente, las partes de cada parte cooperan en la acción» 24 . ¿Cuál es la acción de esa parte nuestra que es la mano? Evidentemente, la prensión. ¿Cómo contribuirán todos los dedos a esto? Cuando entre ellos hay un amplio espacio y si el pulgar puede oponerse al índice, pues así todas sus acciones estarán bien hechas. Si buscas la forma adecuada de ojos y de nariz, la encontrarás si pones en correlación su estructura con sus acciones. Que ésta sea, pues, para ti canon, medida y criterio de lo que es una forma adecuada y una belleza verdadera, pues la verdadera belleza no es otra cosa que la excelencia de la estructura. Si sigues a Hipócrates la juzgarás por sus acciones y no por su blancura o suavidad o por algunas [25] otras cosas de ese tipo que exhiben una belleza artificial y falsa, pero no la natural y verdadera. De aquí que un traficante de esclavos elogie otro tipo de cuerpos que Hipócrates.

Tú, tal vez, puedas pensar que Sócrates en Jenofonte 25 bromea cuando discute sobre belleza con los que pasan por ser los más bellos de su época. Si él simplemente hablara sin hacer referencia a la acción y de este modo sopesara todo lo relativo a la belleza, estaría solamente bromeando. Pero puesto que en todo el discurso relaciona la belleza de la estructura de las partes a la excelencia de la acción, ya no debemos pensar que sólo bromea sino que habla en serio. En efecto, la musa de Sócrates introduce siempre la seriedad en alguna parte de la broma 26 . Todo cuanto he dicho es suficientemente extenso y muestra la utilidad del asunto propuesto y enseña lo necesario que es dar oídos a la palabra y pensamiento de los antiguos.

[26] Pasemos a continuación a examinar toda la estructura de la mano, sin dejar nada sin comprobar. No obstante, para que el discurso avance con método, determinemos todo lo que hay en el cuerpo: primero y lo más importante son las mezclas 27 , pues ellas confieren a las partes su esencia peculiar, ya que el cuerpo de alguna manera participa de lo caliente, lo frío, lo seco y lo húmedo, y a través de ello adquiere tal o cual naturaleza. El hecho de que la carne sea carne y el nervio sea nervio y, así, que cada una de las otras partes sea lo que es, se debe al tipo de mezcla de las cuatro cualidades mencionadas. Las partes poseen estas cualidades en virtud de su esencia, y sus olores, sabores, colores, durezas y suavidades son consecuencias necesarias.

También se dan otros accidentes necesarios: posición, tamaño, textura y forma. Cuando alguien quiera probar con precisión la función de todo lo que hay en los órganos, que examine en primer lugar a qué deben su acción, y encontrará que muchas veces es debida a su propia esencia, pero otras se debe a algo secundario como el color en los ojos; que investigue después también la función de cada una de las [27] otras partes, si es útil por su acción o por algo que es consecuencia de las mezclas, como el hueso por su dureza. Después de esto, que examine cada atributo accidental en los órganos enteros y en sus partes: esto es, como acabo de decir, su posición, tamaño, textura y forma. Quien piense que ha hecho una buena observación sobre la función de las partes, antes de hacer estas pruebas para ver si está en lo correcto o anda errado, no las conoce bien.

Que nosotros no padezcamos voluntariamente este error sino que [10 ] comprobemos lo relativo a todo esto primero en la mano, ya que nos propusimos hablar sobre ella en primer lugar, y después en cada una de las otras partes, como también antes mostramos, tomando la acción como punto de partida de nuestra investigación y como criterio de nuestros descubrimientos. Pues bien, puesto que la prensión es la acción de la mano y jamás podría prender nada si no tuviera movimiento, pues en nada se diferenciaría así de una mano muerta o de una de piedra, [28] está claro que la parte principal para su acción será aquélla, por la que descubrimos que es movida. Ya demostré 28 que todos los movimientos voluntarios, como son los de la mano, son realizados por los músculos. Por lo tanto, esos músculos serán para ella el principal órgano de movimiento. Todas sus otras partes se crearon unas para mejorar su acción, otras porque la acción sería imposible si no existiesen y otras para la protección de todas ellas. Ya se ha puesto de manifiesto que las uñas se hicieron para la mejora de las manos, que son capaces de aprehender incluso sin uñas, pero no todos los volúmenes, ni tan bien como ahora. Pues ya señalé que los objetos pequeños y duros se le escaparían fácilmente si no hubiera debajo de las puntas de los dedos una sustancia dura que pudiera ser así soporte de la carne. Y hasta aquí se ha hablado de la función de la posición y de la dureza de las uñas.

No se ha dicho por qué se hicieron con ese grado de dureza ni por [11 , 29] qué son redondeadas por todas partes, pero ahora ya es el momento de decirlo. Si fueran más duras de lo que ahora son, como los huesos, serían también menos adecuadas para la prensión, porque no podrían doblarse ni un poco y además se romperían con mayor facilidad como todas las cosas quebradizas. Pero la naturaleza, en previsión de su seguridad, las hizo moderadamente duras, de suerte que no quedara en modo alguno perjudicada la función en virtud de la que fueron hechas y para que no sufrieran daño con facilidad. Que la estructura de todas las partes similares te muestre que la providente naturaleza las hizo más blandas que los huesos en la medida en que, al ceder moderadamente a los impactos violentos de fuera, suavizaran la fuerza del golpe, pues creó todas las partes de los animales que están desnudas o expuestas con una sustancia tal que ni se aplasta fácilmente por su blandura ni se rompe por su sequedad. Una parte así son las pezuñas y cualquier elemento adherido; así es el espolón del gallo y también el [30] cuerno. Podía haber sido conveniente para estas partes que, en su calidad de armas defensivas, hubieran sido más duras de lo que ahora son, de manera que pudieran aplastar y cortar mejor; sin embargo, en beneficio de su propia seguridad, hubiera sido peor que fueran tan duras que se rompieran con más facilidad.

De modo que afirmamos que la mejor daga no es la que está hecha de un hierro quebradizo, como algunas de la India, por más que corten con una rapidez extraordinaria, sino la que es lo suficientemente dura como para cortar adecuadamente sin quebrarse con facilidad. Por eso las partes del cuerpo fuertes que sobresalen y que son similares a armas defensivas son más duras que las meras coberturas, pero no tanto como para romperse. Sin embargo, esas partes del cuerpo que en su origen no son defensas, sino simplemente partes que necesitan estar [31] expuestas, como orejas, nariz, codos y rodillas, tienen una sustancia aún más blanda, por lo que ceden más y resisten mejor los impactos que reciben. Así sucede con la uña de los hombres y por eso se hizo mucho más blanda y ligera que las uñas de lobos, leones y leopardos, pues no es un arma defensiva de una fiera salvaje, sino una parte de un animal civilizado y social, preparada para una aprehensión cuidadosa. Pero ¿por qué son redondeadas por todas partes? o ¿no es acaso a causa de su seguridad? La forma circular es, efectivamente, la única de todas las formas que está bien preparada para una resistencia segura, por cuanto que no expone ningún ángulo que pueda rompérsele; pero puesto que los extremos de las uñas, ya sea porque rascamos con ellas ya por cualquier otra actividad que ejerzamos, tienden a gastarse, la naturaleza formó únicamente esa parte de los animales con capacidad para crecer, aun cuando el cuerpo en su conjunto haya cesado en su crecimiento. No crecen a lo largo, a lo ancho y en espesor como las otras partes, sino sólo a lo largo de modo muy similar al pelo. Las uñas nuevas crecen desde abajo y empujan a las viejas; la naturaleza no [32] hizo esto en vano sino para compensar el continuo desgaste de sus extremos. Lo referente a las uñas llega al punto máximo de la previsión de la naturaleza.

Que los huesos de los dedos también se han hecho con el mejor fin [12 ] también podrías aprenderlo a partir de lo siguiente. Ciertamente los dedos podrían moverse, como los pulpos, de muchas formas, incluso sin los huesos, pero nuestras acciones nunca tendrían firmeza si careciéramos de una parte dura y resistente. Eso es lo que son los huesos en los cuerpos de los animales y por eso se formaron en los dedos, en manos y brazos, en las piernas y en otras muchas partes del cuerpo. En qué contribuye el soporte de los huesos a cada uno de los otros órganos, quizás a medida que avance el discurso podrá demostrarse. Pero es ya el momento de observar la utilidad de los huesos en los dedos para muchas de sus acciones, si reflexionamos sobre el hecho de que sin los huesos no conseguiríamos escribir o cortar mejor que los que tienen unos dedos temblorosos, ni realizar cualquier otra actividad de ese tipo, pues lo que ahora les ocurre por alguna afección, sería siempre nuestro estado natural, esto es, se nos combarían 29 por su blandura. [33]

En previsión de esto el demiurgo nos dotó de la naturaleza ósea para fortalecer los dedos en todas sus posiciones. Ciertamente, el hecho de que puedan adquirir diferentes posiciones es utilísimo y esto sucede porque cada dedo se compone de muchos huesos, ya que no sería así si hubieran sido creados con un solo hueso, porque entonces sólo harían bien aquellas acciones que requieren que los dedos estén extendidos. Por lo tanto, debemos admirar aquí también el arte de la naturaleza, que dio una estructura a los dedos en conformidad a todas sus acciones. Porque si no tuvieran huesos sólo harían bien aquellas acciones en las que necesitáramos curvarlos circularmente en torno a lo sujetado; y si tuvieran un único hueso sólo cumplirían bien en aquello que los precisamos extendidos. Pero los dedos no carecen de huesos, sino que cada uno tiene no uno sino tres, que se unen mediante una articulación, por [34] lo que han sido conformados para todo tipo de acción.

Cuando flexionamos todas las articulaciones, actuamos con los dedos como si no tuvieran huesos y, en cambio, cuando las estiramos todas, actuamos como si se compusieran sólo de un único hueso. Pero con frecuencia no necesitamos ni que todas estén flexionadas ni que todas estén extendidas, pues, unas veces, extendemos o flexionamos sólo la primera articulación, o la segunda o la tercera, y, otras, la primera a la vez que la segunda, o la segunda y la tercera, o la primera y la tercera, y así los hacemos funcionar de seis maneras diferentes. Es difícil de decir, aunque fácil de comprender, hasta qué punto se da la mayor y la menor extensión en cada articulación. La flexión completa, lo mismo que la extensión, no se dividen en más y en menos, pero es imposible concebir qué gran número de posiciones intermedias el movimiento de las articulaciones puede generar cuando se flexionan y se extienden unas veces más y otras menos. En consecuencia, los dedos, tal como están formados, tienen seis posiciones diferentes, aunque decimos seis hablando en general, pues en particular sus posiciones son [35] infinitas. De las otras dos estructuras mencionadas, una, sin huesos, les daría a los dedos la capacidad de adquirir una forma redondeada, y la otra, con un solo hueso, sólo recta. No es que no tengan ahora esas posiciones, sino que a éstas les añaden seis más si hablamos en general, pero, si en particular, muchísimas. La posición totalmente recta sólo es posible cuando los huesos de los que están compuestos están en línea recta, pero la forma totalmente redondeada ya no lo es.

[13 ] Para compensar esta dificultad, la naturaleza contribuyó con la formación de la carne. No necesitaba desarrollarla en la parte externa de los huesos, porque entonces habría sido una carga superflua, pero la desarrolló debajo de toda la parte interna, de manera que cuando fuera necesario sujetar algo redondo, la carne, que es de constitución blanda, cediera suavemente ante aquello con lo que entraba en contacto y corrigiera la rigidez de los huesos. También la puso en cantidad mínima en las articulaciones propiamente dichas y, en cambio, en gran cantidad en los espacios entre las articulaciones. Las articulaciones, en [36] efecto, con capacidad natural para plegarse, no necesitaban el mismo tipo de ayuda que los huesos, y la carne, además de no haberles reportado ninguna utilidad, les hubiera sido un impedimento para el movimiento, por hacerlas pesadas en exceso y por cerrar el ancho espacio de su interior. Por eso la naturaleza no puso carne en absoluto en la parte externa de los dedos, pero puso mucha en el espacio que hay entre las articulaciones y muy poca en las articulaciones mismas. La hizo crecer, en cambio, a los lados de los dedos en la medida en que iba a rellenar sus espacios vacíos intermedios, para que así la mano pudiera actuar como un instrumento ramificado y como uno de una sola pieza. Así, si llevas unos dedos junto a otros, todo el espacio intermedio quedará cerrado por la carne, de tal manera que, si quieres retener un líquido en el cuenco de la mano, no lo dejarán escapar. Éstos y de este tipo son los grandes beneficios que la carne le ofrece a la mano y además de ello también suaviza y pule lo que requiere órganos [37] blandos que suavicen y pulan moderadamente; hay muchas cosas de ese tipo en todas las artes. Éstas son las funciones específicas de la carne en la mano, las comunes —las manos también gozan de ellas en no menor medida— las diré a través de la palabra de quien ha escrito sobre ello. Platón 30 dice en el Timeo : «la carne es una protección del calor, una defensa del frío del invierno y también de las caídas, pues cede fácil y suavemente a cualquier cosa, como los objetos de fieltro, y posee dentro de sí una cálida humedad, que en verano transpira y humidifica la superficie externa ofreciendo un frescor beneficioso a todo el cuerpo; y, a su vez, en invierno con su calor interno lo protege moderadamente del hielo que lo rodea y ataca de fuera». No necesita discusión que la carne es como una defensa semejante a los objetos de fieltro. De igual manera, también es evidente que el humor caliente que tiene dentro de sí procede de la sangre, aunque la mayoría de la gente no está de acuerdo en que toda humedad moderadamente caliente, como es la de la carne, protege por igual de ambos extremos, del [38] calor y del frío. Pero si les recordáramos primero el poder de los baños y les explicáramos la naturaleza del asunto, probablemente se convencerían enseguida. No encontrarás nada mejor que un baño para refrescar más que suficientemente a los que están sometidos a un excesivo calor, ni para calentar de la forma más adecuada a los que sufren un frío intenso, pues un baño, al ser por naturaleza húmedo y moderadamente caliente, con su humedad humedece la sequedad que produce el calor y con su calor cura la congelación que procede del frío. Baste con esto sobre la carne.

Pero regresemos de nuevo a lo relacionado con la naturaleza de los [14 ] huesos de los dedos en el punto de la explicación en el que lo dejamos antes. Ha quedado, en efecto, suficientemente demostrado que necesitamos los huesos por razón del soporte que dan a la acción y que necesitamos varios en virtud de las diferentes posiciones. No dijimos, sin embargo, nada de qué número debe haber, ni de cómo debe ser su [39] tamaño, ni de su forma, ni de su modo de articulación. Pues bien, digamos ya que los huesos de los dedos deben ser ni más ni menos que tres. Si fueran más, aparte de que no servirían de ayuda a ninguna acción, pues se ha demostrado suficientemente que todas se realizan perfectamente con los tres huesos, sucedería que probablemente perjudicarían de alguna manera la extensión perfecta, al ejecutarla con menor seguridad que ahora, pues los objetos compuestos de muchas partes se doblan con más facilidad que los compuestos de menos. Pero si tuviera menos, el dedo no podría tener una variedad tan grande de posiciones. En número de tres es suficiente para que se pueda mover de muchas formas y evitar el ser fácilmente dañado. En cuanto al tamaño es de todo punto evidente que el hueso primero debe ser más grande que el que está detrás de él, porque uno mueve y el otro es movido, y el que [40] mueve debe ser mayor que el movido. Se ha señalado también antes que las puntas de los dedos debían ser pequeñas y terminar en forma redondeada, y esto no puede ocurrir de otra forma que por una disminución gradual de los huesos. Por eso, el segundo siempre debe ser menor que el primero. Respecto a su forma, diremos que tendrá las mismas funciones que las que se han mencionado respecto al tamaño, porque nace de una ancha base arriba y termina en una más estrecha abajo. El que sea redondo es causa de que sea más resistente a las lesiones. Ésta es, entre todas, la forma más resistente a las lesiones, por no tener ningún saliente que pueda ser quebrado por los impactos externos. Pero ¿por qué cada hueso se arquea perfectamente en su parte externa, pero no tan bien por la interna ni por las laterales? ¿No es esto en vistas a lo mejor? Los dedos frotan, suavizan y cogen todo con sus partes internas, y les iría peor que los huesos se arquearan ahí. Con las partes externas no realizan ninguna de estas acciones ni ninguna otra y han sido perfectamente preparadas únicamente para resistir cualquier daño. Por lo demás, en los lados tampoco sufren daño alguno, porque se protegen entre sí y, de hecho, al juntarse, no dejan ningún espacio vacío entre ellos.

[41] No era, pues, necesario que se doblaran por ahí. Suficiente prueba de lo que he dicho está en la estructura del pulgar y en la del meñique, pues el primero tiene una superficie perfectamente arqueada arriba y el otro abajo, pues ahí no tienen ninguna protección ni están en contacto con ningún otro dedo. También esto es una maravilla de la naturaleza en la estructura de los dedos.

Su modo de articulación es también una maravilla no menor. Pues [15 ] no se formó cada dedo simplemente con tres huesos por casualidad sino que cada articulación, como los goznes de las puertas, tiene unas prominencias que se insertan en cavidades. Tal vez esto no sea muy sorprendente, pero estoy seguro de que, si examinas la conexión de todos los huesos de todo el cuerpo y encuentras siempre las prominencias iguales a las cavidades que las acogen, ya te parecerá una gran maravilla. Ahora bien, si la cavidad fuera más ancha de lo necesario, la articulación estaría suelta e inestable, pero si fuera muy estrecha, el [42] movimiento sería difícil pues no podría girar y existiría el peligro de que las prominencias óseas se quebraran por la angostura del espacio. No sucede, empero, ninguna de estas dos cosas sino que una especie de borde elevado 31 envuelve circularmente por arriba todas las cavidades de los huesos, aportando a las articulaciones una gran seguridad de no dislocarse a no ser por alguna fuerza extraordinaria. Pero puesto que aún existía el peligro de que una estructura tan segura presentara dificultades de movimiento y que las apófisis de los huesos se rompieran, la naturaleza, de nuevo, encontró también para esto un doble remedio: en primer lugar cubrió cada hueso con una membrana y luego vertió sobre ellas algo así como una especie de aceite, un humor graso y gelatinoso, mediante el que toda la articulación ósea se mueve mejor y además se protege del excesivo desgaste. El recurso de la naturaleza de recubrir las cavidades habría sido suficiente para impedir la dislocación de las articulaciones, pero no confió su protección solamente a esto, conocedora de que con frecuencia el animal hace movimientos [43] violentos y muy fuertes.

Para que toda articulación estuviera perfectamente protegida por todos los lados desarrolló unos ligamentos en uno y otro hueso, llegando los de un hueso al otro y viceversa. Algunos ligamentos son redondos y compactos como los nervios y otros son, como las membranas, largos y delgados, y son como son, de acuerdo siempre con la función de las articulaciones: los más grandes y más compactos protegen las articulaciones más grandes y más importantes, y los demás están en las más pequeñas y menos importantes. Esta obra de arte se hizo en general en toda articulación, y particularmente en las de los dedos, porque les era especialmente adecuada.

Las articulaciones de los dedos son, en efecto, pequeñas, pero están perfectamente encastradas, rodeadas por todos los lados por finos bordes circulares, recubiertas por fuertes cartílagos y unidas entre sí por ligamentos membranosos. Pero el ingenio más inteligente de la naturaleza en su estructuración de los dedos es el no hacer en absoluto los bordes de los huesos iguales, sino que son mucho más grandes [44] por la parte externa de los dedos y más pequeños por la interna, porque, si los de la parte externa fueran pequeños, permitirían a las articulaciones doblarse hacia atrás, más allá de su última extensión, y, en cambio, si fueran grandes los de la parte interna, se impediría en gran medida la flexión, de manera que en uno y otro caso habría un perjuicio, al perderse el soporte de la extensión y la variedad de la flexión. Pero puesto que sucede lo contrario, no son ningún impedimento sino, al contrario, proporcionan una ayuda muy útil a los movimientos de los dedos. ¿Por qué los huesos de los dedos son duros, compactos y sin médula 32 ? ¿No es porque están desnudos por todos los lados y por eso son más fácilmente vulnerables? El mayor correctivo a la vulnerabilidad por su falta de coberturas exteriores es la invulnerabilidad debida a su estructura.

[16 ] Así es lo relativo a los huesos de los dedos. A continuación discurriré sobre las características de las otras partes, aunque recordaré primero que, como se demostró, no es posible hallar la función de una parte si no se conoce previamente su acción. Es evidente y hay acuerdo [45] y no necesita demostración que la acción de las manos es la prensión. Sin embargo, no es evidente ni hay acuerdo en las acciones de venas, arterias, músculos ni tendones y por eso necesitan una mayor explicación, pero ahora no es momento de investigar sus acciones, pues no es mi propósito hablar de acciones sino de funciones.

Para que mi discurso progrese es necesario, no sólo ahora sino en todo el tratado, que asumamos a modo de principios las conclusiones de lo que se ha demostrado en otros escritos. En el tratado De las doctrinas de Hipócrates y Platón 33 ya quedó demostrado que el encéfalo y la médula son origen de todos los nervios, que el encéfalo es, a su vez, origen de la médula misma, que el corazón es principio de todas las arterias y que el hígado lo es de las venas, y también que los nervios reciben su capacidad psíquica del encéfalo, las arterias su capacidad pulsátil del corazón y las venas su capacidad vegetativa del hígado.

La función de los nervios estaría en transmitir la capacidad de sensación [46] y de movimiento desde su origen a las diversas partes, y la de las arterias será conservar el calor natural y alimentar el pneûma psíquico; las venas se formaron para la generación de la sangre y para llevarla a todas las partes. Ya he dicho en los escritos Del movimiento de los músculos 34 en qué difieren tendones, nervios y ligamentos, y está claro que en este escrito también ha quedado dicho lo concerniente a la naturaleza de los músculos: que son los órganos del movimiento voluntario y que su aponeurosis 35 se llama «tendón».

En este discurso y en lo sucesivo asumiremos estos principios [17 ] como base de las demostraciones y hablaremos de su utilidad en cada órgano, empezando otra vez por los dedos. A pesar de que la naturaleza les hizo la estructura de los huesos de la forma más adecuada posible en tanto que órganos prensiles, le fue, en cambio, imposible dotarles de movimiento voluntario, por ser duros como la tierra y la piedra. Descubrió, sin embargo, cómo dotarlos de movimiento mediante otras partes. Así, hizo crecer tendones de los músculos del antebrazo [47] y los extendió en línea recta hasta los dedos. Porque lo que los antiguos 36 llamaban «nervios», eso que se ve superficialmente, que mueve los dedos, son los tendones. Se originan, en efecto, en los nervios y ligamentos que se distribuyen por los músculos y de nuevo se juntan. Su función es acorde con la naturaleza de los compuestos. Tienen percepción sensible y movimiento voluntario, además unen los músculos a los huesos.

Es evidente que la primera de estas funciones, el percibir sensaciones y el moverse procede de los nervios, y, en cambio, la de unir músculos a huesos viene de los ligamentos. El ligamento es, efectivamente, similar al nervio —blanco, carente de sangre y sin cavidad interna— y por eso muchos ignorantes imaginan que es un nervio. Pero no se origina ni en la médula ni en el encéfalo, sino que se extiende de unos huesos a otros y por eso son también mucho más duros que un nervio y no tienen en absoluto capacidad de percepción ni pueden mover nada. La naturaleza extendió desde los músculos del antebrazo hasta los dedos todos los tendones que se ven en la muñeca y los fijó [48] en cada una de las articulaciones pero no en el mismo punto de unión de los huesos. Pues, ¿cuál sería su utilidad así? Ni tampoco los extendió hasta el extremo del hueso situado delante de la articulación —lo que no habría sido nada útil—, sino hasta la cabeza del segundo hueso, que es el que se va a mover. Pienso que de esta manera se mueven los títeres, pues en ellos pasan la cuerda por encima de la articulación y la sujetan al comienzo de la parte que está debajo para que el muñeco siga con facilidad la fuerza de la cuerda que tira de él hacia arriba. Si has visto alguna vez lo que digo, has comprendido ya con toda claridad cómo se mueve cada articulación de los dedos por la acción de los tendones, pues el hueso distal moviéndose en torno al proximal, que permanece inmóvil, se extiende cuando tira de él el tendón externo y se flexiona cuando tira el interno.

¿Por qué la naturaleza creó unos tendones tan largos y no desarrolló músculos en la muñeca? Porque era preferible que la mano fuera [49] ágil y ligera a que, cargada con una masa de carne, fuera gruesa y pesada, ya que hubiera hecho mucho peor y más lentamente lo que ahora hace bien y rápido. Pero era necesario llevar los tendones a una gran distancia y existía el riesgo, al estar desprotegidos en un lugar en el que no hay carne, de que se rompieran, se cortaran, se calentaran o enfriaran con facilidad, por lo que la naturaleza ideó como protección unas membranas duras con las que los revistió por todas partes, y evitó así que sufrieran daño en el contacto con los impactos externos e incluso con el de los mismos huesos. Además, desde los músculos hasta las articulaciones cada tendón es totalmente redondo para no lesionarse, pero, cuando se inserta en la falange que tiene que mover, entonces se aplana, pues, al tirar con más puntos de apoyo, la iba a mover con más facilidad.

Dado que cada dedo tiene la posibilidad de realizar cuatro movimientos, uno de flexión, otro de extensión y dos laterales, pienso que era lógico que los tendones se insertaran en cada articulación por sus cuatro lados, pues, si se hubieran insertado sólo en uno, esa parte estaría [50] ahí contraída. Es, pues, evidente que los tendones se insertan en los cuatro lados de los dedos: los que los flexionan 37 se originan en los músculos internos del antebrazo y los que los extienden 38 , en los externos; los que los giran hacia el dedo pequeño 39 se originan en los músculos que los mueven lateralmente, y los 40 que realizan el otro movimiento lateral, hacia el dedo gordo, se originan en los músculos pequeños de la mano, de modo que la naturaleza no se ha descuidado de ningún movimiento de ningún dedo ni del tendón que lo dirige. Bastaría esto como demostración de su sumo arte.

No se deben omitir, sin embargo, otras cosas mucho más importantes que éstas, pues la naturaleza, que es justa en todo, no sólo no privó a los dedos de ningún movimiento posible sino que hizo que el volumen de los tendones se adecuara exactamente a la función de sus movimientos. El dedo gordo, al que también llaman «el oponente», tiene un tendón 41 fino en su lado interno y dos 42 bastante robustos en su parte externa. Lateralmente, tiene por la parte próxima al índice un músculo pequeño y fino 43 y por la otra, en la parte tenar de la mano, [51] uno mucho mayor 44 . Los otros cuatro dedos tienen cada uno dos grandes tendones 45 en su parte interna y uno solo 46 en la externa, que es igual en tamaño al más pequeño de los dos de la parte interna. En cambio, el que se inserta lateralmente por la parte externa 47 es más delgado que éste, y el que queda 48 , que va hacia el lado interno, es el más delgado de todos. Cada tendón fue formado, como dijimos, por alguna buena razón. Dado que realizamos la mayoría de las acciones más intensas con los cuatro dedos flexionados, necesitábamos tener tendones grandes y además dobles en la parte interna de la mano. Pues todo lo que sujetamos con una sola mano e igualmente lo que sujetamos con las dos, así como si nos es necesario estirar, aplastar, comprimir o ablandar algo, todo ello lo realizamos flexionando los cuatro dedos. Con el dedo gordo, en cambio, es a la inversa, pues, excepto [52] cuando necesitamos ponerlo sobre los otros ya flexionados, no necesitamos flexionarlo para ninguna otra acción. Sin embargo, su primera articulación, la que se articula con el carpo, es totalmente inactiva en este tipo de movimiento, pues, si se flexionara, no iba a ser útil para ninguna acción. Las otras dos articulaciones, en cambio, tienen una acción útil sólo en tanto en cuanto ponemos el pulgar sobre los otros dedos, como si mantuviéramos sujetos los que están flexionados dentro o los comprimiéramos, de aquí que no se haya insertado ningún tendón en el lado interno de su primera articulación, pero, en cambio, se insertó uno pequeño 49 en la parte interna de la segunda y tercera articulación, y el que queda 50 , que va a los laterales, es el más delgado de todos. En los otros dedos, los tendones 51 que los extienden son con frecuencia de menor volumen que los que los flexionan pero superan bastante en tamaño a los laterales 52 . Si los tendones que se oponen a los de la parte interna, muy fuertes y compactos, fueran débiles y muy delgados, no podrían conseguir que todas las posiciones de los dedos, desde una flexión completa hasta una perfecta extensión, fueran firmes.

Ya demostré en mis escritos Del movimiento de los músculos 53 que en todas las acciones que realizamos usando posturas intermedias necesitamos la acción de dos músculos cuyas acciones se opongan 54 , aunque en el dedo gordo no hay ningún tendón que, en principio, se [53] oponga exactamente al que flexiona, pues si lo hubiera se insertaría por completo en medio de la parte externa. Sin embargo, aparecen dos tendones 55 que se insertan externamente, uno a cada lado del espacio central. Si los dos se tensan a la vez, extienden perfectamente el dedo, pero cuando actúan individualmente, cada uno mueve el dedo hacia su lado. El pequeño músculo 56 situado ahí es el que realiza la acción de acercar el pulgar al índice y la contraria la lleva a efecto el músculo grande 57 de la región tenar. Era lógico que el dedo gordo se separara mucho más del índice y que ese movimiento fuera especialmente intenso, como opuesto al de los otros cuatro dedos, pues así iban a separarse más del dedo gordo, y ya se ha dicho antes cuán útil es esto para las acciones de la mano. También de los tendones que se insertan en las partes laterales de los dedos, los que 58 los separan del pulgar son mucho más grandes que los 59 que los acercan.

Todo esto ha sido creado por la naturaleza con arte como también el que sólo el dedo gordo tenga cuatro principios de movimientos laterales mientras que los otros dedos tienen dos, pues sólo él tiene como [54] acciones principales el acercarse y separarse de los demás. Por eso, para que se moviera lo más posible en una y otra dirección, la naturaleza situó un doble principio de movimiento en cada uno de sus lados: para el movimiento hacia el dedo índice, situó el tendón 60 y el músculo 61 de ese lado y para el movimiento contrario, el otro tendón 62 del lado externo y el músculo 63 de la región tenar. Uno de los tendones se hizo para acercar el pulgar al índice y el otro, para separarlo; de los músculos que transmiten la acción de los tendones, uno aproxima y el otro aleja lo máximo posible. Así son en tamaño, número y posición los músculos y tendones que mueven los huesos.

Si he pasado por alto algo de menor importancia, como, por ejemplo, lo relativo a los tendones de la parte interna y especialmente el del dedo gordo 64 , a continuación lo explicaré. Ya he dicho que éste debe ser único y más delgado que los otros y que se inserta en la segunda articulación del dedo gordo. Pero no he dicho, en cambio, que, aunque [55] cada tendón ha sido formado para estirar hacia su propio origen la parte que debe moverse y que, aunque el origen de este tendón ha sido situado precisamente en medio de la articulación de la muñeca, si el dedo gordo fuera tensado hacia esa parte le podría ocurrir cualquier otra cosa antes que flexionarse. Éste es un maravilloso ingenio de la naturaleza, que admirarás como merece: si reflexionas primero sobre si la cabeza del tendón del flexor del dedo gordo, debería estar en medio de la cavidad de la mano. Si esto fuera así, sería necesario que el músculo situado delante de la cabeza del tendón, que va en línea recta por ella, se extendiera hasta el dedo pequeño adoptando una posición que le es extraña y ajena por muchas razones: en primer lugar, porque la cavidad de la mano, útil para muchas cosas, se destruiría; en segundo lugar, porque se perdería la ligereza de la mano; en tercer lugar, porque se impediría la flexión de los cuatro dedos; y en cuarto lugar —lo que es lo más absurdo de todo a la vez que imposible—, porque [56] el origen del músculo se extendería al dedo pequeño, y, si esto sucediera, sería difícil o más bien imposible que el nervio que baja se insertara en el origen del músculo, pues se encontraría primero con su extremo o, al menos, con la parte del medio. Por lo tanto, si era imposible que el tendón que dirige la flexión del dedo gordo se situara ahí y, si, al situarse en cualquier otro lugar, no podía flexionarlo, se corría el riesgo de que la flexión del dedo gordo resultara algo imposible y totalmente impracticable.

¿Cómo consiguió la naturaleza solucionar esta dificultad? Desarrolló, en efecto, el tendón desde la aponeurosis del carpo, pues ¿qué otra cosa le era posible hacer? Pero ni lo extendió en línea recta al dedo gordo ni lo originó en las partes que están cerca de él, sino que este tendón comienza en el mismo lugar que el que 65 va al dedo medio, se le superpone durante bastante trecho y se le une con fuertes membranas, pero en cuanto llega a la cavidad de la mano, el tendón del [57] pulgar atraviesa las membranas y se separa del otro, de manera semejante a las riendas en un par de caballos, que se extienden parejas por el yugo y divergen al pasar a través de ciertas argollas. Pues así como las riendas, de alguna manera, se doblan y hacen una especie de ángulo en las argollas, y, cuando se tensan, tiran de lo que está bajo el yugo en dirección a las argollas, así también cuando el tendón se tensa, debido a la acción del músculo que tira de él, arrastra al dedo no a la región del músculo sino allí donde el tendón se dobla al atravesar la membrana. Por esto, en efecto, este tendón tiene el mismo origen que los otros tendones, y el recorrido tal cual se ha dicho. Y ¿por qué se apoya en los otros tendones? ¿Acaso evidentemente porque es un instrumento al servicio de un movimiento menos importante? Pues la naturaleza siempre sitúa lo de menor importancia en la superficie y lo más importante en la zona más interna. De acuerdo con esta previsión, los tendones de la parte externa de la mano, pertenecientes a otros dedos, están en la superficie y debajo de ellos están los del dedo pulgar.

Así sucede también con los tendones de la parte interna de la mano que van a los cuatro dedos: los que 66 van por la parte más profunda de la mano son mucho más grandes que los que 67 van sobre ellos. Los [58] primeros se escinden para flexionar la primera y tercera articulación, y los otros, sólo la segunda. Su inserción en los huesos y la relación entre ellos es algo maravilloso y difícil de describir, pues no hay palabra capaz de expresar exactamente lo que sólo puede discernirse por los sentidos. No obstante, vamos a intentar decir cómo son, pues no es posible admirar el arte de la naturaleza antes de explicar la estructura. Aparecen unas aponeurosis dobles de músculos donde flexionamos la muñeca. Una está sobre otra: la profunda que se apoya en los huesos es más grande y la superficial, más pequeña. La más grande, que es la más profunda, se divide en cinco tendones 68 , y la más pequeña, situada encima, en cuatro, pues el pulgar no recibe ninguna de sus ramas. Todos los tendones van rectos a los dedos, los pequeños apoyándose sobre los grandes, y cada uno de los cuatro pares está protegido por fuertes membranas en todo su recorrido. Cuando llegan a la primera articulación de los dedos, los tendones que van por debajo se ensanchan y, gracias al ligamento membranoso 69 que los rodea, flexionan la [59] cabeza de la primera falange. La parte restante de cada par va hacia delante hasta la punta de los dedos de acuerdo con su recorrido original y se sitúa igualmente bajo los mismos tendones que desde el principio y está, asimismo, protegida por las membranas. Cuando llegan ya a la segunda articulación, entonces el tendón superficial se divide de nuevo en dos y con el ensanchamiento de cada una de las partes se enrolla en torno al que va por debajo y se inserta en la parte interna de la cabeza de la segunda falange. A partir de aquí, sin embargo, sólo el tendón más profundo llega hasta la tercera articulación e incluso se inserta en la cabeza del tercer y último hueso del dedo

Así pues, cada articulación se flexiona en virtud de las inserciones de los tendones que he descrito y se extiende gracias a los tendones 70 externos del carpo, que, aunque mucho más pequeños que los internos, los distinguimos claramente, incluso antes de la disección, porque son prominentes y están al desnudo, y únicamente están cubiertos por membranas y por una piel fina, mientras que los de la zona interna [60] están ocultos bajo bastante carne, formada en virtud del beneficio que antes dijimos. Pero los tendones internos 71 que flexionan los dedos, los que se mueven en la zona más profunda, mueven la primera y tercera articulación de cada uno de los cuatro dedos, porque son más importantes para las acciones de los dedos que la articulación del medio y porque el tamaño de los tendones es suficiente para servir a ambas articulaciones. Por la misma causa, los tendones pequeños 72 se insertan únicamente en la articulación del medio, porque por su volumen no pueden ramificarse a dos articulaciones y porque cuando se producen los movimientos de las articulaciones de uno y otro lado, se mueve también hasta cierto punto la articulación media en sus extremos, y por eso se dice que es menos importante que ellas. Podemos, en efecto, flexionar también sólo ésta 73 con independencia de las otras dos, mientras que, si flexionamos aquéllas 74 , es imposible no flexionar a la vez también ésta, de modo que si el tendón que la mueve sufriera alguna lesión pero el otro estuviera bien, conservaría algo de su movimiento 75 . En cambio, si se lesiona el otro tendón, se perderá el movimiento de la primera y tercera articulación 76 , aunque el que mueve la segunda esté bien. Con esto queda patente que este tipo de tendón, por [61] ser menos importante, se ha situado lógicamente en la zona más superficial. Así pues, el número, el tamaño, la posición, la forma y la inserción de cada tendón se han formado en virtud de lo mejor.

Ningún tipo de carne es sensitiva por sí misma y sería absurdo que [18 ] un órgano prensil estuviera revestido de una parte incapaz de recibir sensaciones. Por eso, la naturaleza insertó en las carnes mismas una no pequeña cantidad de nervios que bajan por todo el brazo. Cuando esto se produjo, las carnes al punto se convirtieron en músculos, si es que la formación de los músculos consiste en la distribución de nervios por la carne. La naturaleza, en efecto, ha utilizado estos músculos para algo necesario, pues hizo nacer de ellos unos tendones 77 , que insertó en las partes laterales de los dedos: en el lado izquierdo de la mano derecha y en el derecho de la mano izquierda. [62]

Formó los otros tendones 78 , insertos en la parte lateral de cada dedo, no sin lógica, a partir de los músculos del antebrazo, como el discurso demostrará a medida que avance si primero lo volvemos a retomar en el punto en donde nos desviamos del tema. En efecto, fiexionamos los cuatro dedos a la vez, no cuando rodeamos un objeto de gran volumen, sino, sobre todo, cuando necesitamos coger algo pequeño o fluido. Por lo tanto, les era de la mayor utilidad, mientras se flexionaban, mantenerse tan totalmente unidos que no quedara ningún espacio vacío entre ellos. Vemos que así es, pero no sería así si los dedos no tuvieran carne en los lados ni tampoco si los tendones que los mueven no nacieran de un único origen. Este origen, situado más o menos en la zona media del lugar donde se flexiona la muñeca, tira a la vez de todos y cada uno de los tendones y con ello obliga a la punta de los dedos a inclinarse hacia él. Por eso, cuando se han flexionado sólo la primera y la segunda articulación y la tercera está extendida, los extremos de los dedos permanecen unidos entre sí, aunque también deberían separarse por ser más ligeros que las otras partes. Sin embargo, [63] por el hecho de inclinarse hacia un único origen, a saber, la cabeza de los tendones, se unen totalmente. Todos los tendones, en efecto, se originan en esa cabeza y van en línea recta hacia los dedos y forman ángulos iguales respecto a la cabeza. Es, por lo tanto, necesario que el dedo, estirado por el tendón hacia su origen, se acerque a su propio tendón y se incline hacia su cabeza. También por eso, ni aunque uno decida forzarlos, podrá separar unos dedos flexionados. Lo que no nos iba a rendir ninguna utilidad, la naturaleza hizo que directamente desde el principio fuera imposible.

Sin embargo, no ha descuidado la naturaleza el hecho de que, cuando sujetamos un objeto de gran volumen con una sola mano o con las dos a la vez, nos es necesario extender los dedos y separarlos al máximo, y para ello, en efecto, les ha dotado de movimientos laterales y les ofrece la posibilidad de separarse tanto como queramos. Aunque [64] carecieran de ese movimiento, tenderían a separarse por completo al extenderse, porque los tendones que los extienden 79 son iguales que los que los flexionan, se originan en una misma cabeza y se escinden de ella en ángulos iguales. Todos los tendones que se originan así y van en línea recta se distancian siempre más y más unos de otros cuanto más se separan de su origen. En los dedos se ve que esto es así, pues si no haces los movimientos laterales sino que sólo extiendes o flexionas los dedos, se separarán cuando los extiendas y se juntarán cuando los flexiones. Por lo tanto, la naturaleza no creó los movimientos laterales simplemente para separar los dedos, sino para separarlos al máximo, y no sólo esto sino que a ello se añadió algo utilísimo, pues podemos juntar los dedos que tenemos extendidos, cuando contraemos el tendón izquierdo lateral de los dedos de la mano derecha y el tendón derecho de los dedos de la mano izquierda. Cuando separamos los dedos [65] al máximo, estamos contrayendo el tendón derecho de la mano derecha y el izquierdo de la izquierda. Pero si no actuamos con ningún tendón lateral sino sólo con los del dorso de la mano, los dedos tomarán una postura intermedia entre las dos mencionadas. En aquellas personas con manos delgadas se ve cómo todos los tendones se extienden en línea recta desde su propio origen hasta el final de los dedos. Y, al igual que los tendones de la parte externa de la mano, también los de la parte interna se extienden en línea recta en todos los movimientos en los que los tendones laterales no actúan. Dejan, en cambio, la trayectoria recta y se hacen ya en cierto modo oblicuos cuando éstos actúan. Observa también en esto la admirable sabiduría del creador. Es, en efecto, mejor que al flexionar los dedos no se hagan movimientos laterales, que en nada iban a ayudar, y que se hagan, en cambio, cuando se extienden, porque serán con frecuencia de utilidad. Por eso, la naturaleza hizo una estructura de los tendones 80 que dirigen esos movimientos adecuada al servicio de lo mejor, pero incapaz de dar soporte a lo peor.

Hizo, en efecto, que algunos tendones laterales se desarrollaran a [66] partir de los pequeños músculos internos 81 que están en la misma mano y otros a partir de los músculos grandes externos del antebrazo 82 . Los primeros son necesariamente más pequeños a la vez que más débiles y los otros más grandes a la par que más fuertes. Y en la idea de que era mejor insertar conjuntamente uno de cada tipo en cada dedo, así los insertó. En la mano derecha, los más débiles están en el lado izquierdo de los dedos y los más anchos en el lado derecho, mientras que en la mano izquierda los más débiles están en el lado derecho y los más fuertes en el izquierdo. Así pues, no llevó ni a unos ni a otros exactamente al centro de los lados sino que situó a los externos más dorsalmente, más cerca de los extensores, y los separó más de los flexores. Con esto, en primer lugar, el movimiento lateral hacia fuera 83 iba a ser más ambicioso y en segundo no se iba a producir cuando los dedos estuvieran flexionados. Se ha explicado por qué es útil que este movimiento no se produzca, ahora se explicará por qué es útil que sea más ambicioso.

Necesitamos el movimiento lateral de los dedos para poder separarlos [19 , 67] entre sí la mayor distancia posible pero, si de él no fuéramos a obtener nada más, no necesitaríamos para nada esos movimientos. Pero cuando situó 84 el dedo gordo en oposición a los otros, se dio cuenta de que los movimientos laterales de los dedos en dirección al pulgar iban a tener gran importancia. Pues si necesitamos separar los dedos lo más posible en esas acciones en que nos esforzamos en manejar un objeto de un enorme volumen, es útil que el dedo gordo gire hacia dentro y que los otros cuatro dedos roten hacia fuera. Le dio, efectivamente, al pulgar un tendón 85 no pequeño que dirige su movimiento hacia dentro pero limitó el tamaño de los otros tendones 86 , no sólo porque no sería propio de un buen artesano hacer algo superfluo, sino también porque debilitaría la fuerza del movimiento de oposición, si le oponía otro movimiento de igual fuerza. Además, su debilidad no es en absoluto inútil, al suprimir por completo ese movimiento 87 cuando flexionamos los dedos.

[68] Este discurso, para tener capacidad demostrativa sin extenderse demasiado, necesita las premisas expuestas en el Del movimiento de los músculos 88 . Estas premisas son: en cada articulación, como demostramos, sólo la postura intermedia no causa dolor pero todas las demás hacia uno y otro lado son muy dolorosas, menos, cuando están más cerca de la postura intermedia, y más, cuando están más lejos de ella, pues son posturas extremas, con las que ya no se puede flexionar ni extender. Se producen cuando los músculos que las activan han adoptado una contracción máxima. Las más dolorosas de todas son, lógicamente, aquellas en las que el músculo que dirige el movimiento tiene una máxima contracción y su antagonista, una completa extensión. En las posiciones de cada lado de la posición intermedia pueden actuar los dos músculos o sólo uno de ellos, y en la posición intermedia incluso puede no actuar ninguno.

También es así en los dedos. Cuando uno deja caer el brazo entero inactivo y relajado, como si estuviera muy cansado, no habrá músculo alguno que actúe en los dedos y se quedarán en la posición intermedia. [69] Pero si de aquí se intenta moverlos en cualquier dirección, primero es necesario contraer músculos y tendones, los de fuera para extender los dedos y los de dentro para flexionarlos. Si se quiere extenderlos a la vez que llevarlos hacia los lados, es evidente que se actuará a la vez con los músculos que pueden extenderlos y con los que pueden moverlos lateralmente. Asimismo, si uno intenta flexionarlos a la vez que moverlos hacia los lados, se actuará también con los que pueden flexionarlos y con los que pueden girarlos lateralmente. Siendo así que hay dos tipos de movimientos laterales, el lugar de la inserción del tendón 89 obliga a inactivar el movimiento hacia fuera 90 cuando se flexionan los dedos, pues el tendón está inserto no exactamente en los lados sino más arriba, cerca de los tendones extensores. También se demostró en Sobre el movimiento de los músculos 91 que es imposible activar dos movimientos opuestos a la vez. En realidad, no es el lugar de inserción, cuyo origen en el lado interno donde están los tendones flexores, el que obliga a desactivar el otro movimiento 92 , sino, como se dijo antes, su debilidad.

Ahora bien, entre los tendones situados en la parte externa de la [70] mano, aunque los extensores son de mayor tamaño que los que producen el movimiento lateral, no son, sin embargo, tan grandes como para destruir completamente la acción lateral. De los situados en la parte interna ni siquiera es fácil hablar de la superioridad de uno sobre otro, pues hay que ver, más que ser instruidos mediante la palabra, que los que se insertan en el lateral son escasamente visibles y difíciles de observar por su pequeñez, en tanto que los otros no sólo son los tendones más grandes de la mano sino que además son dobles.

Resulta, por lo tanto, necesario que cuando los grandes tendones flexionan los dedos, sigan con ellos también los pequeños por la fuerza del movimiento. Pues, en general, cuando un cuerpo está sometido a la tracción de dos principios de movimiento situados angularmente, si uno es más fuerte, el otro es inevitablemente anulado, pero si la superioridad es poca o son de igual fuerza, el movimiento del cuerpo es una mezcla de ambos. Todo esto se ve cada día en miles de ejemplos. Pongamos [71] el caso de una nave con remeros a la que le azota el viento en un lateral. Si la fuerza del viento y la de los remeros está equilibrada, necesariamente el movimiento es una mezcla de ambas, de manera que no avanza solamente hacia delante ni tampoco sólo de lado sino de manera intermedia entre ambas: si la de los remeros es más fuerte, la nave va hacia delante más que hacia el lado, pero si es más fuerte la del viento, se va hacia el lado más que hacia delante. Pero si una de las fuerzas es muy superior, de manera que vence totalmente a la otra, ocurre que, si es anulada la fuerza de los remeros, la nave irá de lado, pero, si se anula la del viento, se moverá hacia delante. ¿Qué, pues? Si la brisa fuera muy suave y la nave, larga, ligera y con muchos remeros ¿podría notarse el movimiento de la brisa? Tampoco sería posible percibir la fuerza del remo si remaran dos o tres y el viento fuera fuerte y la nave, grande y pesada.

[72] Así pues, el movimiento de los tendones pequeños nunca podrá aparecer mientras los grandes estén en acción, pues es tan débil que mueve ligeramente los dedos hacia los lados sólo hasta que los tendones grandes se ponen en movimiento. Les ha pasado también desapercibido a muchos el hecho de que el movimiento de los tendones pequeños es en sí mismo débil y por eso no han sido capaces, lógicamente, de llegar a la conclusión de que ese movimiento, al unirse a otro mucho más intenso, debía necesariamente desaparecer. La causa de su ignorancia es que, cuando el movimiento hacia fuera 93 que gira los dedos lateralmente es muy amplio y piensan que todo el recorrido entre una posición extrema y la otra es la medida del movimiento lateral hacia dentro 94 . Se debería medir la magnitud de cada uno de los movimientos, no desde las posiciones extremas sino desde la intermedia. Y la posición intermedia es aquella en la que los tendones que estiran los dedos aparecen completamente rectos. Incluso, si se cortan los tendones laterales, los dedos no se verán afectados ni en flexión ni en extensión y obedecerán a los tendones que en cada ocasión los mueven y que no han sufrido daño alguno. Pues bien, desde la posición [73] que mantienen los tendones rectos se reconoce exactamente cuál es la magnitud de movimiento de cada uno de los dos laterales. Si lo juzgas de acuerdo con esto, te resultará evidente qué corto es el movimiento lateral hacia dentro.

[20 ] Lo relativo a los movimientos laterales se ha demostrado suficientemente. Decíamos que el movimiento hacia el interior debe ser el más débil y que ambos movimientos laterales se producen cuando los dedos están extendidos pero no cuando están flexionados. Está claro que todo mi discurso se está refiriendo a los cuatro dedos, pues el pulgar, al oponerse a ellos, cuenta con una posición especial y de ahí que las inserciones de sus tendones y sus acciones sean diferentes a las de los demás. Su movimiento más débil es el interno 95 , que es precisamente el más fuerte en los otros dedos, mientras que los movimientos laterales, que son los más débiles en los otros dedos, son los más intensos en el pulgar. También su tendón más delgado 96 es el interno y los laterales 97 , en cambio, son los más gruesos, lo contrario que en los otros dedos. Pero así, como en los otros dedos, por ser la flexión la acción más poderosa, se necesitaban dos tendones, así también, por ser el movimiento lateral externo del pulgar el más poderoso, es realizado por el músculo 98 situado en ese lado y por el tendón 99 insertado en la primera [74] falange. Hablaremos de cuál es el músculo en el que se origina este tendón y de cómo avanza hasta el comienzo del pulgar cuando nuestro discurso trate sobre todos los otros tendones insertos en los dedos.

Éste es el momento en que no debemos pasar por alto lo que ya [21 ] dicen sobre estas cosas algunos que han abrazado las doctrinas del filósofo Epicuro 100 y del médico Asclepíades 101 y que discrepan de mí en estas materias, sino que vamos a examinar sus palabras cuidadosamente y a demostrar en dónde fallan. Estiman estos hombres que no porque los tendones sean gruesos sus acciones son poderosas, ni porque sean finos sus acciones son débiles, sino que piensan que estas acciones están obligadas a ser como son en virtud de sus funciones en la vida y que el tamaño de los tendones es consecuencia de su movimiento, siendo los que se ejercitan, como es lógico, fuertes y gruesos, mientras que los que permanecen inactivos están desnutridos y son [75] muy delgados. Por lo tanto, niegan que la naturaleza los formara así porque era mejor que los tendones de las acciones intensas fueran fuertes y poderosos y los de las acciones más débiles fueran delgados y débiles —los simios, en efecto, no tendrían los dedos que tienen—, y, como se ha dicho antes, concluyen que necesariamente las partes que se ejercitan son robustas porque están bien nutridas, mientras que las inactivas, al estar también peor alimentadas, son delgadas.

Admirables amigos, diremos, ya que defendisteis que el tamaño de los tendones nada tiene que ver con el arte ni la falta de arte de la naturaleza, que deberíais primero hablar del mismo modo de su número, posición e inserción y después observar si hay alguna diferencia por la edad y no tener la arrogancia de manifestar sobre los simios lo que no sabéis. Pues encontraréis, en efecto, que los tendones que dirigen las acciones más poderosas son grandes y, además, dobles; encontraréis [76] que por la edad no hay ninguna diferencia en su número, sino que en los niños de pecho, lo mismo que en los adultos o que incluso en los que están en gestación, a pesar de que no realizan aún ninguna acción con ellos, los tendones dobles son dobles y los grandes son grandes. No pensaréis que el número de partes es doble en los que las ejercitan y la mitad en los que están inactivos, pues, si esto fuera así, los muy trabajadores tendrían seguramente cuatro manos y cuatro pies y los que se toman la vida con calma tendrían una sola pierna y una sola mano.

¿Acaso no es esto larga y vana palabrería de hombres que no aspiran a encontrar la verdad y que, si se encuentra algo correcto, se apresuran a ocultarlo y esconderlo? ¿Qué diréis del hecho de que de las treinta articulaciones que hay en los dedos de ambas manos y cada una con cuatro puntos de inserciones y ramificaciones de tendones, como también dije antes, sólo la primera articulación del pulgar tiene lateralmente [77] inserciones de tendones y en la parte externa pero ninguna en la interna? Aunque si contamos el número total de las inserciones en los diez dedos, encontraremos ciento veinte, pues sale así porque hay treinta articulaciones y en cada una, cuatro inserciones. Pero, dado que hay una menos en cada pulgar, las que nos quedan son ciento dieciocho. Y ¡por los dioses! Si no hay nada que sea objeto de reproche en esa cantidad de inserciones, ni el tamaño de los tendones ni su lugar ni su modo de inserción, sino que en ellas vemos una maravillosa correspondencia, sólo con una menos igualmente en cada uno de los pulgares —y esto no sin razón, sino porque no la necesitamos— ¿continuáis diciendo que toda esta cantidad de cosas ha sucedido al azar y sin ningún tipo de arte? Pues si, en efecto, también flexionáramos esta articulación como las demás, sé que entonces reprocharías intensa y amargamente el vano trabajo de la naturaleza por haber realizado un tendón superfluo y un movimiento inútil. ¿No admiráis cómo ordenó totalmente los ciento dieciocho espacios, en los que la inserción de tendones era necesaria, y que sólo pasó por alto con razón un único espacio en cada pulgar y porque no le hacía falta?

Sería mucho mejor que estuvierais más dispuestos al elogio de lo [78] correcto que a la censura de los fallos, a no ser que podáis decirnos alguna función importante de una notable flexión en la primera articulación del dedo gordo. Pues solamente podríais censurar a la naturaleza como carente de arte si pudierais demostrar que ha omitido algún movimiento útil. Pero no podéis, pues, como también ya se ha demostrado antes, cuando los cuatro dedos están totalmente flexionados, necesitamos en todas esas acciones dos movimientos del pulgar, uno, cuando hace como de tapadera del espacio abierto del índice, y el otro, cuando pasa por encima de los dedos y los comprime y los presiona hacia dentro. El primer movimiento lo dirige uno de los tendones que genera el movimiento oblicuo del pulgar 102 , mientras que el segundo lo dirige el tendón que tiene la capacidad de flexionar su segunda articulación 103 , que es el que dije que se origina en la cabeza común de los [79] tendones que flexionan los dedos y se inserta en el lado interno del segundo hueso del pulgar. Pero sobre la operatividad de este tendón, así como sobre la de todos los demás, ya se han dicho algunas cosas y otras las explicará el discurso que viene a continuación.

Y ahora recordemos las acciones del pulgar mencionadas antes, [22 ] cuando señalaba que ofrecían una función equivalente a la del conjunto de los cuatro dedos que se le oponen. Con esto en mente, me parece a mí que la gente llama a este dedo «el igual a la mano», como si lo tuvieran en lugar de la mano entera, pues ven que las acciones de la mano se pierden por igual si se amputaran los cuatro dedos o sólo éste. Así, si se malogra, como sea, la mitad del pulgar, la mano se desfigurará y quedará inútil para sus acciones en la misma medida que si se dañan de igual manera todos los demás dedos. ¿Acaso, nobles sofistas y hábiles acusadores de la naturaleza, habéis visto alguna vez en un simio este dedo, al que muchas personas llaman el «oponente» e Hipócrates 104 llama «grande» o es que, sin haberlo visto, os atrevéis a decir que se [80] asemeja en todo al de los hombres? Si, efectivamente, lo habéis visto, os habrá parecido corto, delgado, deforme y absolutamente ridículo como el simio es en todo su ser. «Un simio siempre es bueno para los niños» dice uno de los antiguos 105 , recordándonos que este animal es como un juego que hace reír a los niños cuando están jugando. Intenta, en efecto, imitar todas las acciones humanas, pero falla en ellas de la forma más ridícula. O ¿no has visto nunca un simio intentando tocar la flauta, bailar, pintar y hacer todas las demás cosas que el hombre lleva a cabo correctamente? ¿Qué te pareció? ¿Maneja el simio todas estas cosas igual que nosotros o ridículamente? Tal vez te avergüences de tener que decir otra cosa. Y ciertamente, a ti, el más sabio de los acusadores, la naturaleza podría decirte que a un animal de alma ridícula había que dotarle con una estructura corporal también ridícula. A medida que mi discurso avance, demostrará que todo su cuerpo no es sino una imitación ridícula del hombre. Respecto a las manos, observa y fíjate [81] primero en que, si un pintor o un escultor hubiera querido caricaturizar las manos del hombre hasta el ridículo, no las habría caricaturizado de otra manera sino haciéndolas como las del simio. Pues nos reímos mucho de esas imitaciones que respetan la semejanza en la mayoría de las partes pero que se apartan totalmente en la reproducción de la semejanza de las más importantes. ¿Cuál es la utilidad de los cuatro dedos, aun estando bien, si el gordo estuviera tan mal dispuesto que ni siquiera pudiera recibir el nombre de «gordo»? Así le ocurre al del simio, que se encuentra muy poco separado del índice y está en una situación absolutamente ridícula. De forma que también en este caso la naturaleza es justa, como Hipócrates 106 solía con frecuencia llamarla, al cubrir con un cuerpo ridículo el alma ridícula de un animal. Aristóteles 107 dice, asimismo, con razón que todos los animales han sido provistos de la estructura más adecuada 108 e intenta mostrar el arte 109 que hay en cada una. No hablan con razón, en cambio, quienes no perciben ese orden estructural ni en los demás animales ni en el que ha sido dotado del orden más excelente de todos, sino que sostienen una gran lucha ante el temor de que se pueda mostrar que tienen un alma más sabia que la de los animales irracionales o que la estructura de su cuerpo es la que [82] conviene a un animal inteligente. Pero a éstos los dejamos ya.

Me detendré cuando haya dicho lo que me falta para completar mi [23 ] primer discurso, esto es, la función del número de los dedos y de su desigualdad. No es difícil averiguar, si juzgamos a partir de la disposición actual, que, si hubiera menos dedos 110 , realizarían la mayoría de sus funciones más imperfectamente, pero tampoco necesitamos más para ninguna de ellas. Si en el discurso los observas uno por uno, vas a aprender con facilidad que, si fueran menos, quedarían perjudicadas muchas de sus acciones. Si, en efecto, perdemos el pulgar, perdemos la capacidad de todos los dedos, pues sin él ninguno de los otros puede hacer nada bien. De los restantes, el índice y el medio, así como por su orden son los segundos después del pulgar, así también lo son en virtud de su función. Es evidente que se les necesita para la prensión de todos los volúmenes pequeños, para casi todas las obras de arte e incluso para realizar algo violento, si fuera necesario. El que viene después del medio [83] y del pequeño tiene menos utilidad que los otros pero su función se ve claramente en las acciones en las que necesitamos agarrar circularmente el objeto sujetado. Si se trata, en efecto, de algo pequeño o de un líquido, hay que flexionar los dedos en torno a ello y sujetarlo por todas partes y, aunque para esto el dedo gordo es el más útil convirtiéndose en algo así como en una tapa de los otros, el segundo es el segundo en poder. Sin embargo, si lo que se sujeta es algo grande y duro, debe sujetarse con los dedos extendidos lo más posible, y en ese caso el mayor número posible de dedos lo sujetará mejor, porque tendrán contacto con un mayor número de partes. Dije también antes, creo, que en este tipo de acciones los movimientos laterales de los dedos son muy poderosos, el del dedo gordo, que gira hacia dentro y el de todo los demás hacia fuera, pues así ocurre que el volumen es rodeado en círculo por todas partes y, si se rodea circularmente, es evidente que un mayor número de dedos sería superfluo. Para esto bastan los cinco.

La naturaleza, empero, no hace nada superfluo, pues se ocupa por [84] igual de no crear nada ni por exceso ni por defecto 111 . Porque la deficiencia de la estructura hace que la obra sea también defectuosa, y el exceso, al añadir una carga ajena, obstaculiza las acciones que funcionan por sí mismas y las perjudica. Aquel a quien le nace contra lo natural un sexto dedo confirma mi discurso 112 .

[24 ] ¿Por qué se hicieron todos los dedos desiguales y el del medio más largo 113 ? ¿Acaso porque era mejor que la punta de los dedos llegaran iguales al sujetar circularmente algunos volúmenes grandes o al intentar retener entre ellos algo pequeño o líquido? En el caso de objetos más voluminosos, la sujeción equilibrada por todas partes contribuye de manera importante tanto a retenerlos con firmeza como también a lanzarlos con fuerza. En ese tipo de acciones es evidente que los cinco dedos llegan a formar una circunferencia, especialmente cuando rodean cuerpos totalmente esféricos.

[85] En esas acciones se puede conocer también con la mayor claridad lo que sucede en otros cuerpos, aunque en ellos no se vea con la misma precisión que la punta de los dedos, cuando se oponen por todas partes con fuerza equilibrada, realizan una sujeción más firme y un lanzamiento más fuerte. Pienso que, asimismo, también en las trirremes los extremos de los remos llegan a una misma línea, a pesar de no ser todos los remos iguales. Pues también ahí los remos del medio se hacen más largos por la misma razón 114 .

Creo que por mis anteriores palabras, cuando manifesté que el pulgar, al montar sobre el índice, se convierte en una especie de tapadera del espacio vacío de la parte superior, ha quedado demostrado que la desigualdad de los dedos procura una función evidente, cuando, al intentar cerrar la mano, queremos retener cuidadosamente algún cuerpo pequeño o líquido, pero en la circunstancia presente espero completar toda la demostración con aun alguna pequeña adición. Si en este tipo [86] de acciones pudieras imaginar que el dedo pequeño de debajo hubiera sido más largo o el medio más corto o que el pulgar, que se les opone, tuviera otra posición o tamaño, te darías cuenta claramente de hasta qué punto la estructura que hay ahora es la mejor y que redundaría en un gran perjuicio para las acciones si se alterara alguna pequeña cosa de las que ahora hay. Porque no podríamos manejar correctamente ni los volúmenes grandes ni los pequeños ni tampoco intentar retener algo líquido si el tamaño de alguno de los dedos se cambiara ni siquiera un poco. De aquí que sea evidente a qué punto de precisión llega su actual estructura.

Me ha llegado la hora de poner fin aquí a mi primer discurso. [25 ] Explicaré en mi segundo escrito las restantes partes del brazo, esto es, la muñeca, el antebrazo y el brazo propiamente dicho. A continuación, en el tercero demostraré el arte de la naturaleza en las piernas. Después de esto, en el cuarto y quinto hablaré de los órganos de la nutrición, y en los dos siguientes, de los órganos de la respiración. En los dos que vienen a continuación hablaré de las partes de la cabeza. En el décimo explicaré sólo la estructura de los ojos. El escrito siguiente versará sobre las partes de la cara, y el duodécimo hablará de la columna vertebral. El decimotercero completará lo que falta de la columna y añadirá una explicación completa de las escápulas. En los dos siguientes [87] disertaré sobre las partes de la reproducción y de todo lo relativo a la pelvis. En el libro decimosexto organizaré el discurso en torno a las partes comunes a todo animal, esto es, arterias, venas y nervios; y el decimoséptimo será un escrito, a modo de epodo 115 de todos los demás, que explique la posición de todas las partes, además de lo adecuado de su tamaño y que demuestre la utilidad de todo el conjunto.

1 Los números que aparecen al lado izquierdo corresponden al número de la página de los volúmenes III (libros I-XI) y IV (libros XII-XVII) de la edición de KÜHN .

2 Cf . ARIST ., Part. an . II 1, 646a-647a.

3 Cf . ARIST ., Acerca del alma II 4, 415b y 407b.

4 Cf . ARIST ., Part. an . II 10, 656a.

5 Ibid ., IV 10, 687a.

6 Cf . ARIST ., Polit . I 2, 1253a.

7 Cf . F. R. WILSON , La mano. De cómo su uso configura el cerebro, el lenguaje y la cultura humana , Madrid, 2002.

8 Cf . ARIST ., Part. an . IV 10, 687a .

9 Sobre el alimento 39, IX 112-113L; cf . GALENO , Fac. nat . I 13, II 38K y Formación del feto 6, IV 692-693K.

10 Part. an . IV 10, 687a. Sobre las distintas interpretaciones de esta frase y su dificultad de traducción, véase M. T. MAY , Galen. On the Usefulness of the Parts of the Body , Nueva York, 1968, pág. 71, n. 12.

11 Cf . ARIST ., Part. an . IV 10, 687b.

12 Galeno introdujo la distinción entre «prensión precisa» y «prensión poderosa», que tan fecunda ha sido en el estudio de la anatomía de los dedos, y que ha sido reformulada con éxito por J. NAPIER en «The evolution of hand», Scientific American 207 (1962), 56-62, y en Hands , Nueva Jersey 1993, y de la que también ha tratado H. FORSSBERG en «Development of human precision grip», Experimental Brain Research 104 (1995), 323-330.

13 Sobre la noción de término medio, cf . ARIST ., Et. Nic . II 6, 1106a-b.

14 Sobre el dispensario médico 4, III 284-287L.

15 Timeo 76e.

16 Part. an . IV 10, 687b.

17 Cf . capítulo 9 de este libro.

18 Sobre el alimento 23, IX 106-107L.

19 De acuerdo con la lectura de los codices que sigue M. MAY en su traducción, o. c ., 77.

20 Ésta era la opinión de Empédocles, que también defendió Aristóteles.

21 Erasístrato sostuvo en su juventud esta teoría, aunque después defendió que el cerebro era la parte hegemónica.

22 Cf . la edición de H. VON STADEN , Herophilus. The art of medicine in early Alexandria , Cambridge, 1989.

23 Dispens. med . 4, III 286-287L.

24 Sobre el alimento 23, IX 106L.

25 Banquete 5, 445-449.

26 Cf . J. S. LASSO DE LA VEGA , De Sófocles a Brecht , Madrid, 1979, págs. 149 y ss.

27 El término utilizado por Galeno es kráseis . Para Galeno los temperamentos son el resultado de la mezcla de cualidades, elementos y humores que componen el cuerpo, cf . M. MAY , o. c ., págs. 44-45.

28 Del movimiento de los músculos I 1, IV 367-377K.

29 He seguido en mi traducción la lectura de los manuscritos C y D.

30 Timeo 74b.

31 Se refiere a los cartílagos articulares.

32 Cf. Comentario de Galeno sobre el libro de las fracturas de Hipócrates II siglo XVIII , 432K.

33 Doctr. Hip y Plat . 6, V 505-585K.

34 Mov. musc . 1, 1-2, IV 368-376K; cf. Met. cur . 6, 4, X 408-409K.

35 Para Galeno, la «aponeurosis», como ha notado MAY (o. c ., pág. 37, n. 37), es el lugar donde el músculo se convierte en tendón o el tendón mismo, cf. Mov. musc . 1, 1, IV 368-369K y Met. cur . 6, 4, X 411-412K.

36 Cf . HIPÓCRATES , Sobre los lugares en el hombre 4, VI 282-285L; PLATÓN , Timeo 74b-e. y ARIST ., Invest. an . III 5, 515a-b y Part. an . III 4 666b.

37 Flexores superficial y profundo de los dedos.

38 Extensor común de los dedos.

39 Extensores propios de los dedos. El hombre sólo tiene estos tendones en el segundo y quinto dedo, mientras que el simio también los tiene en el tercero y en el cuarto, lo que prueba que la explicación de Galeno procede de la disección de simios y no del hombre.

40 Lumbricales.

41 Del flexor profundo de los dedos. Cf. Proced. anat . I 5, II 248-251K y De la disección de los músculos , XVIII 985-986K. Galeno no llegó a identificar el flexor largo del pulgar, propio del hombre pero del que carece el simio.

42 Extensor largo del pulgar y abductor largo del pulgar.

43 Aductor del pulgar.

44 Abductor corto del pulgar.

45 De los flexores superficial y profundo de los dedos.

46 Del extensor común de los dedos.

47 Extensor propio.

48 Del lumbrical.

49 Del flexor profundo de los dedos.

50 Del aductor del pulgar.

51 Del extensor común de los dedos.

52 De extensores propios y lumbricales.

53 Mov. musc . I 4-6, IV 384-396K.

54 Antagonistas.

55 Del extensor largo del pulgar y del abductor largo del pulgar.

56 Aductor del pulgar.

57 Abductor corto del pulgar.

58 De los extensores propios.

59 De los lumbricales.

60 Del extensor largo del pulgar

61 Aductor del pulgar.

62 Del abductor largo del pulgar.

63 Abductor corto del pulgar.

64 Del flexor profundo de los dedos.

65 Del flexor profundo de los dedos.

66 Del flexor profundo de los dedos.

67 Del flexor superficial de los dedos.

68 En el simio.

69 Error anatómico de Galeno, que aparece también en Disec. musc . XVIII 953-954K, pero que el mismo Galeno corrige en Proced. anat . I 3, II 234-235K, una vez que ha identificado los interóseos.

70 Del extensor común de los dedos.

71 Los del flexor profundo de los dedos.

72 Del flexor superficial de los dedos.

73 La segunda articulación.

74 Esto es, la primera y la tercera articulaciones.

75 La segunda articulación.

76 Galeno no había detectado aún los interóseos como músculos independientes, por lo que no se había dado cuenta todavía de que estos músculos junto con los lumbricales podían dotar de algún movimiento a estas dos articulaciones.

77 De los lumbricales.

78 De los extensores propios.

79 Del extensor común de los dedos.

80 De los lumbricales y extensores propios.

81 Lumbricales.

82 Extensores propios.

83 Hacia el dedo pequeño.

84 La naturaleza.

85 Del extensor largo del pulgar.

86 De los lumbricales.

87 Hacia el pulgar.

88 Mov. musc . I 10-II 1, IV 418-426K.

89 De los extensores propios.

90 En dirección al dedo pequeño.

91 Mov. musc . I 4-5, IV 382-391K.

92 En dirección al pulgar.

93 Hacia el meñique.

94 Hacia el pulgar.

95 Flexión.

96 El del flexor profundo de los dedos.

97 Del extensor largo del pulgar y del abductor largo del pulgar.

98 Abductor corto del pulgar.

99 Del abductor largo del pulgar.

100 Filósofo que nació en Samos en el 341 a. C. y murió en el 271. Adoptó la filosofía democrítea de los átomos y el vacío, y defendió que el universo está formado por una combinación de átomos que cambian y se reagrupan al azar.

101 Célebre médico de Bitinia que vivió en el siglo I a. C. Fue también seguidor de la doctrina atomista.

102 Del extensor largo del pulgar.

103 Flexor profundo de los dedos.

104 Sobre el dispensario médico , 4, III 286-287L.

105 PÍNDARO , Pít . II 72-73.

106 Sobre las fracturas , I, III 412-415L.

107 Part. an .

108 La concepción griega de orden de las partes es sinónima de belleza de la estructura. Cf . en este mismo libro, capítulo 9.

109 De la naturaleza.

110 Los dedos de la mano.

111 Cf. Fac. nat . I 6, II 15K.

112 Cf. Dif. Enf . 8, VI 862K.

113 Cf . ARIST ., Part. an . IV 10, 687b.

114 Cf . M. MAY , o. c ., n. 71, págs. 110-111.

115 Véase el libro XVII, 3 de esta misma obra.

LIBRO II
LA MUÑECA Y EL BRAZO

En el libro anterior, cuando emprendí la escritura Del uso de las [1 , 88] partes en el cuerpo humano, mostré lo primero el método por el que podría descubrirse en vistas a qué futura utilidad la naturaleza las creó. Comencé la explicación por la mano puesto que es la parte más característica del hombre. A continuación, con el propósito de recorrer todas las partes de la mano sin que me quedara nada sin examinar, ni siquiera el último detalle, empecé el discurso por los dedos y demostré que todas sus partes hacían gala de un arte admirable, pues su número, [89] tamaño, forma y la posición de unas respecto a otras manifestaba que habían sido útilmente estructurados para la acción de la mano entera.

Sería lógico, pues, que este libro comenzara con una explicación de los músculos, puesto que el primero terminaba con los movimientos de los dedos: demostré en primer lugar su función y después traté de los tendones que los dirigen, que se originan en los músculos que rodean el cúbito y el radio o en los pequeños músculos de la mano. La naturaleza situó, en efecto, cada músculo en el lugar adecuado, aseguró sus orígenes, llevó sus terminaciones adonde se necesitaban, les asignó el tamaño, grado de seguridad y número que les convenía, y los ordenó, en fin, de tal manera que no se podía haber ideado una estructura mejor. Ahora, para empezar por la cantidad —pues es justo decir primero cuántos son, en qué parte se sitúa cada uno y qué movimiento se les encomienda, y discurrir a continuación sobre sus funciones—, el número total de [90] los músculos de la mano y del antebrazo llega a veintitrés 1 : siete pequeños en la mano y otros siete grandes, que ocupan toda la región interna del antebrazo y los nueve restantes que ocupan toda la parte externa.

[2 ] Los músculos pequeños de la mano 2 dirigen uno de los movimientos oblicuos. Los dos músculos grandes 3 de la zona interna del antebrazo flexionan los dedos; los que les siguen en tamaño, que también son dos 4 , flexionan toda la muñeca, y los dos músculos oblicuos 5 rotan primero el radio y con él también todo el brazo a una posición prona. El que queda, el séptimo 6 , que es el más pequeño de los extensores longitudinales, piensan los anatomistas que me precedieron que flexiona [91] también los cinco dedos, pero la verdad es que no se le ha encomendado ningún movimiento de ningún dedo, sino que ha sido formado a causa de otra extraordinaria función, de la que hablaré cuando el discurso esté más avanzado 7 .

De los nueve músculos de la parte externa del antebrazo, uno 8 extiende todos los dedos a excepción del pulgar; otros dos 9 separan los mismos cuatro dedos lateralmente; un cuarto músculo 10 mueve sólo el pulgar dotándole del más oblicuo de sus dos movimientos externos y aún otro 11 extiende moderadamente la parte que resta del pulgar y toda la muñeca; otros dos músculos 12 realizan la extensión vigorosa de la muñeca, y los dos músculos que nos quedan 13 giran el radio a la posición supina y llevan con él todo el brazo a esta misma posición. Esto se ve en la disección.

Debería decir a continuación por qué se formó cada músculo, pero primero, por mor de la claridad, definiré brevemente los términos que voy a emplear en mi discurso. El brazo entero se divide en tres partes principales: una se llama «brazo»; otra, «antebrazo», y otra, «mano». Para el propósito del discurso presente no necesitamos «el brazo» 14 . [92] Llamamos «antebrazo» a toda la parte de la extremidad que está entre la articulación del codo y la de la muñeca. El «codo» es, según Hipócrates 15 , donde nos apoyamos. Pero lo que Hipócrates llama «codo» y en ático «olécranon» es una parte del hueso más grande del antebrazo. Ese hueso se llama propiamente «cúbito». Si mantienes el brazo en una posición intermedia entre la prona y la supina, el cúbito quedará por debajo y el radio, por encima. A la vista de esta posición se habla de la parte interna del brazo y de la externa, de la parte superior y de la inferior. Las apófisis convexas del radio y del cúbito, que se articulan en la muñeca, se llaman así «apófisis» 16 , que es lo que son, aunque a veces se las llama también «cabezas» o «cóndilos». Con este acuerdo en los términos podrás entender ya lo que te propongo.

El número de los músculos de la mano se ve a simple vista. Cada [3 , 93] dedo tiene un pequeño músculo propio 17 , como también se ha dicho antes, y tiene además dos músculos 18 , los más grandes de esa zona, que forman los llamados «tenares», por los que se eleva la parte carnosa de la mano y la parte media se hace cóncava. Separan al máximo el dedo gordo y el pequeño de los demás. La naturaleza, en efecto, también los utilizó para algo necesario, pues los hizo para que la parte tenar de la mano fuera más carnosa y elevada que la media, y una vez que los tuvo formados, no quiso que esas carnes fueran meramente inactivas y sin movimiento sino que gracias a ellas dotó de ciertos movimientos a los dedos adyacentes. También el músculo 19 que está entre el pulgar y el índice se formó para hacer carnosa esa misma parte de la mano, pero además la naturaleza lo utilizó para el movimiento que acerca el pulgar [94] al índice. Pero, como sabía que el pulgar necesitaba que sus movimientos laterales fueran más vigorosos, no se los confió sólo a los músculos mencionados 20 , sino que le llevó e insertó en él unos tendones muy fuertes que se originan en los músculos 21 del antebrazo. Tampoco confió los movimientos oblicuos del dedo pequeño, que lo separa de los otros dedos, solamente al músculo 22 que ya antes cité, pero encomendó, en cambio, a un músculo que se extiende 23 junto a éste el movimiento de aducción.

Los movimientos correspondientes a éstos de los otros tres dedos no necesitaban ser tan vigorosos, como demostré en el discurso anterior, y por ello se los asignó solamente a los músculos de la mano 24 . En consecuencia, puesto que hay esos cuatro músculos, dos en el pulgar y uno más en el dedo pequeño, era razonable que los siete estuvieran en la mano y era razonable también que cada uno de ellos tuviera un único tendón. Pues, al ser muy pequeños, no podían dividirse en más tendones ni, si hubieran sido más grandes, habrían tenido una posición o función tal, que los orígenes de varios movimientos remontaran a una única cabeza.

El discurso anterior demostró que esto 25 es posible además de útil en el caso de los músculos que extienden 26 y flexionan 27 los dedos y [95] además en el de los que separan 28 los dedos del pulgar. También he demostrado que un único tendón en cada dedo es suficiente para la extensión mientras que para la flexión cada dedo necesita un tendón para mover la primera y tercera articulación y otro para la segunda. Por eso se creó un único músculo en el lado externo, que extiende todos los dedos, pero no hay, en cambio, un único músculo que los flexione todos. Al igual que se formaron dobles tendones, también los músculos que están delante de ellos son dos: son muy grandes porque también los tendones son grandes, aunque el del lado externo 29 es mucho más pequeño porque sus tendones son también más pequeños. En el discurso anterior quedó demostrada la función de los tendones.

Es razonable, pues, que el músculo del lado interno, cuyos tendones mueven la primera y tercera articulación 30 , sea mucho más grande y que aquel cuyos tendones mueven la segunda 31 sea menor, puesto que también aquí el tamaño de los músculos es proporcional al volumen de los tendones. El músculo, del que se originan los tendones más grandes que realizan el doble movimiento, queda debajo y el otro queda [96] encima, pues la naturaleza siempre preserva con mayor seguridad aquellas partes que están al servicio de mayor número de acciones o al de las más útiles. Estos dos músculos ocupan exactamente la región media, puesto que era mejor, como hemos demostrado antes, que las cabezas de los tendones que flexionan los dedos alcanzaran esa región. A cada uno de sus lados hay un músculo que flexiona el carpo 32 , de cuya función hablaré cuando explique los movimientos de la muñeca.

Nos queda el quinto músculo 33 , que es uno de los que se extienden longitudinalmente por la parte interna del antebrazo. Es superficial y el más fino de todos los músculos citados. Respecto a él se han equivocado todos los anatomistas que me han precedido, al considerar que flexionaba todos los dedos, aunque no ha sido éste el único error que han cometido sino que también ignoraron por completo, como también nosotros durante mucho tiempo, los pequeños músculos 34 que flexionan la primera articulación de cada dedo. Están descritos claramente en De la disección de los músculos 35 y en Procedimientos anatómicos 36 .

Querría llevar a término el presente escrito sin recordar a los que [97] se equivocaron. Así me lo propuse desde el principio, pero, al explicar estas cosas, me planteé que quienes en el futuro me lean puedan sospechar, cuando estoy en desacuerdo con los anatomistas anteriores, que soy yo el que me estoy equivocando y no ellos. Pues creo que es lógico pensar que uno solo es el que está en la ignorancia y no todos los otros. Esta sospecha se produce necesariamente en aquellos hombres que no están familiarizados con mis otras obras de anatomía, en las que no sólo mostré en qué erraron mis antecesores sino que también escribí sobre las causas de sus errores, que, si no son atendidas por quien ahora quiera hacer disecciones, le llevarán a cometer los mismos errores. Quienes observen lo que vemos cuando nosotros hacemos disecciones se van a sorprender de que algunos desconocieran los tendones o sus movimientos y de que se les hubieran pasado por alto, además, músculos enteros y llamarán «ciegos» a quienes cometieron tamaños errores. En fin, para no hablar de todo lo que desconocían [98] de la anatomía de la mano, ¿quién que tenga ojos no ve que los dedos no sólo se extienden y se flexionan sino que también se mueven lateralmente? Pues, no obstante, cuando ésos mencionan los tendones que mueven los dedos, hablan de los que los extienden y de los que los flexionan, sin darse cuenta de que tiene que haber un origen del movimiento que los lleva hacia los lados. ¿Cómo no vas a creer o te va a sorprender que ignoren algo que no es evidente en las disecciones quienes ni siquiera conocen lo que se ve antes de la disección? Este discurso general se va a decir una sola vez, ahora, para no verme en la necesidad de repetir lo mismo muchas veces, pero sirva para todo el tratado.

Vamos a dar ahora una explicación de lo que realmente se ve en las disecciones, pues ninguno de mis predecesores lo ha explicado con rigor. Quien quiera convertirse en observador de las obras de la naturaleza, no debe confiar en los libros de anatomía sino en sus propios ojos, o debe dirigirse a mí o consultar a alguno de mis colaboradores o [99] debe ejercitarse por sí mismo diligentemente en los procedimientos anatómicos. Pero si sólo lee, creerá más en los anatomistas que nos precedieron por cuanto que son muchos más.

[4 ] Pero para retomar el discurso desde donde nos desviamos, debemos hablar por su importancia, del músculo 37 superficial que aparece en la parte interna del antebrazo justo después de la piel de la mano y que ningún anatomista ha conocido. Se sitúa por debajo de toda la parte lisa y sin vello de la superficie interna de la mano y se desarrolla allí en virtud de funciones de no poca importancia, de las que hablaré un poco después, cuando haya concluido mi discurso sobre los músculos que mueven los dedos.

Por la parte interna del antebrazo, como se ha dicho, hay sólo dos músculos 38 y cuatro por la parte externa: el extensor 39 de los cuatro dedos está, lógicamente, en medio de todos como ya hemos demostrado; hay otros dos músculos a uno y otro lado de éste 40 , y por debajo de él está el que dirige el movimiento lateral 41 del cuarto y quinto dedo. En contacto con éste hay otros dos músculos que se desarrollan juntos durante un trecho, por lo que han sido considerados por los anatomistas como un único músculo 42 . De uno de éstos 43 crecen dos tendones que van cada uno a un dedo, uno al que es más largo y ocupa la posición [100] central, y el otro al índice; del otro 44 nace un tendón que se inserta en el pulgar, al que también llaman «oponente». Todos estos músculos mueven los dedos lateralmente y están situados, lógicamente, en el antebrazo. Así como el que dirige la extensión recta de los cuatro dedos está situado en la región central, por la misma razón los que controlan los movimientos oblicuos están en aquellas partes hacia las que van a mover los dedos, lo que, pienso, es una importante prueba de un arte muy riguroso, pues la naturaleza no situó en los lados, a modo de una artesana perezosa, el principio del movimiento lateral de los dedos sino en lugares que, aunque más distantes, son más adecuados para la acción.

El origen del pulgar está tan cerca del radio que casi se tocan. Sin embargo, el músculo 45 que lo mueve se origina en el cúbito, como también el que 46 gira lateralmente los dedos que están a continuación. [101] El que 47 extiende toda la muñeca, en cambio, se origina en el radio y se inserta mediante un doble 48 tendón en la región de delante del dedo medio y del índice. Ciertamente puedes ver que la posición completa de estos músculos es parecida a la letra X, pues desde el principio cada uno tuvo una posición adecuada al movimiento que estaba destinado a realizar. Confiarás aún más en la exactitud de lo que digo si observas todos los músculos que mueven la muñeca, sobre los que trataré después de que haya explicado el tendón 49 que me queda del pulgar para no dejarme ninguno. He dicho antes que era mejor que el pulgar no realizara la extensión central exacta mediante un único tendón, sino que era mejor hacerla con dos oblicuos. He dicho también recientemente cuál es el tendón y el músculo 50 que lo gira hacia el índice. [102] El que nos queda 51 , el que lo separa del índice, tiene el mismo origen que el tendón que rota toda la muñeca a la posición supina: es redondo y se extiende como una cuerda por todo el dedo hasta la última falange 52 . Y el que se origina en la misma cabeza que éste se aplana y se inserta en la parte de la muñeca que está delante del pulgar y gira la mano a la posición supina.

Hay cuatro movimientos en la muñeca: extensión, flexión, pronación y supinación. Dos músculos y sus tendones dirigen la flexión y otros dos, la extensión. Estos mismos músculos definen los movimientos laterales. Hay un quinto músculo 53 que colabora algo a la pronación; está situado en la parte externa del antebrazo y termina con un doble tendón exactamente en el centro del metacarpo. De los tendones que flexionan la muñeca 54 , situados visiblemente en la parte interna del antebrazo, uno se inserta en la zona próxima al dedo pequeño y el otro 55 , en la del pulgar. De los que la extienden, situados visiblemente en la zona externa del antebrazo, uno 56 se inserta, asimismo, próximo al dedo pequeño y el otro 57 , próximo al pulgar. Cuando ambos se contraen a la vez, los de la región interna flexionan la mano y los de la [103] externa la extienden, pero si sólo se contrae uno de ellos, ya sea el de la zona interna que va al dedo gordo 58 , ya el de la externa que va al dedo pequeño 59 , la mano se gira ligeramente hacia la pronación. Si se contrae, en cambio, el tendón 60 del lado interno que va al dedo pequeño o el del lado externo que va al pulgar 61 la giran hacia la supinación. Pero si se contraen a la vez el tendón del lado interno que va al dedo gordo 62 y el del lado externo que va al meñique 63 y actúan ambos a la vez, la mano se gira hacia la pronación ya no ligeramente sino en su máxima extensión. Dado que para las acciones de la vida cotidiana lo más útil con mucho es la posición prona unida a la extensión de la muñeca y por ello debe merecer más atención que la supina, la naturaleza le añadió el quinto tendón, que es doble, y que dirige la rotación de la muñeca a esta posición. Se origina en el músculo del radio 64 y se inserta [104] en la región del metacarpo a la altura del dedo índice y del medio. ¿Por qué, entonces, la naturaleza no asignó la extensión y la flexión de la mano cada una a un único músculo y tendón ? Pienso que aún nos falta esto en el presente discurso. Porque en primer lugar, si hubiera un único músculo y tendón, no habría hecho precisa y segura la flexión de toda la articulación, sino laxa e inestable. Sin embargo, tal como es ahora, la mano está totalmente firme y segura. Además, ya no habría sitio en la región media de la muñeca en la que tendría que estar situado el tendón, en caso de que hubiera uno solo, pues la parte interna de esa zona ya estaba ocupada por los tendones que flexionan los dedos y la externa por los que los extienden. En tercer lugar, habría que añadir a lo que se ha dicho que se necesitarían otros tendones para realizar los giros laterales. Pero, tal como es ahora, con dos tendones extensores y dos flexores podemos, al tiempo, realizar con ellos también los otros movimientos de la mano, pues no tenemos dificultades por la posición de los músculos que realizan estos movimientos y además actuamos [105] con mucha más firmeza y seguridad que si fuera de la otra manera. Por lo tanto, todo esto era necesario.

Aquí debemos prestar atención al discurso y distinguir los movimientos de la muñeca de los del antebrazo entero, porque el antebrazo tiene cuatro movimientos, que son similares a los de la muñeca, sobre los que después me extenderé más 65 . Ahora debemos reconocer que, incluso si se mantiene la mano sin ningún movimiento en absoluto, se podrán ver claramente los cuatro movimientos del antebrazo realizados por las articulaciones que lo unen a la parte superior del brazo. Verás, en efecto, que con la mano en reposo el brazo entero se extiende, se flexiona, se prona y se supina. La extensión y la flexión la realiza la articulación del cúbito con el húmero, mientras que la rotación lateral la realiza la articulación del radio con la parte externa de la cabeza de aquél 66 . En el momento oportuno, a medida que avance el discurso, explicaré cómo son los músculos que se extienden por cada articulación, [106] cuántos son y de qué tamaño. De momento es suficiente saber que los músculos que extienden y flexionan el antebrazo se sitúan en el húmero pero los que lo rotan están en el antebrazo. Éstos son oblicuos, porque el movimiento que hacen es oblicuo, y se asientan en el radio porque su movimiento es obra de la articulación del radio con el húmero. Se hablará de esto después. Pero lo he mencionado también aquí porque me propongo ahora enumerar todos los músculos del antebrazo. Se ven nueve convenientemente formados en la parte externa y siete en la interna, incluyendo en cada lado un par de músculos de los que ahora acabo de hablar. Por lo tanto, nos quedan en la parte externa del antebrazo siete músculos, que se formaron en razón de la mano, y cinco en la parte interna. Para que el discurso sobre su uso sea más fácil de recordar, será mejor que haga una breve recapitulación de ellos.

[5 ] El mayor músculo de todos 67 , que flexiona la primera y tercera articulación en cada uno de los cuatro dedos, se extiende en línea recta a lo largo de todo el antebrazo y ocupa toda la zona central de la parte [107] interna del cúbito. Sobre éste hay otro 68 que está unido a él y que envía a los cuatro dedos unos tendones que dijimos que se insertaban en la segunda articulación. Encima de ellos hay un tercer músculo 69 que, como ellos, se extiende también a lo largo del antebrazo: está bajo la piel misma y cubre toda la parte interna de la mano. Estos tres ocupan la parte central. Los dos 70 que quedan, uno a cada lado, son músculos pequeños, flexionan la muñeca y se insertan en ella, uno a la altura del meñique y el otro a la del pulgar.

Por el lado externo del antebrazo, el extensor 71 de los cuatro dedos es superficial y se extiende bajo la piel misma y ocupa toda la región central del miembro. Hay otros tres que se apartan del centro, pues van oblicuos: dos 72 de ellos mandan sus prolongaciones a los tres dedos mayores y el que queda 73 , a los restantes dedos pequeños. De los tres músculos restantes se dijo que uno, que se extiende por el cúbito 74 , extendía la muñeca con un único tendón, mientras que de los dos del [108] radio, uno 75 , que pasa oblicuamente por el cóndilo, se divide en dos y extiende la muñeca a la vez que separa el pulgar de los otros dedos, y el otro 76 , que se extiende por la parte externa, dije que se insertaba en la parte del metacarpo que está delante de los dedos índice y medio, y que extiende el carpo y rota la mano a la posición prona.

Me queda explicar el tendón 77 que se desarrolla bajo la piel de la [6 ] palma de la mano y que se origina en el músculo recto 78 del centro del antebrazo. Es más pequeño que los otros cuatro músculos, por lo que no mueve ninguna articulación. Situado superficialmente debajo de la piel, ocupa la región central del miembro. El tendón nace del músculo antes de llegar a la articulación de la muñeca, donde se empieza a aplanar. Aparece después como una segunda piel blanca y sin sangre, que se extiende por debajo de toda la piel de la mano y de los dedos. La otra piel, la que cubre todo el cuerpo, puede desollarse (déresthai ) [109] y por esta razón, pienso, dicen que se llama así 79 . Pero esta piel interna de la mano, de la que hablo, como tampoco la de la planta de los pies, ni la de la frente ni casi toda la de la cara ni la de algunas otras partes del animal no se pueden desollar por los músculos y tendones que se insertan en ella. Cómo se insertan y cuál es su función lo explicaré en los discursos específicos de cada una de las partes.

En general, tenemos que saber que ciertos tendones se insertan en la piel misma para dotarla de mayor sensibilidad o de movimiento voluntario o para hacerla más firme o más dura o más lisa. Pienso que por varios motivos convenía que las manos, en tanto que son órganos prensiles, tuvieran una piel firme y, sobre todo, para la prensión precisa y segura de los objetos pequeños. Esta piel debería tener mayor grado de sensibilidad que cualquier otra, pues no tendría razón de [110] ser un órgano para la prensión y otro para el tacto, ni que uno fuera para agarrar, levantar y trasladar objetos externos y manejarlos de todas las maneras, y otro para discernir después lo caliente y lo frío, lo duro y lo blando y todas las otras cualidades perceptibles al tacto. Es, por el contrario, mejor que cuando sujetamos un objeto determinemos a la vez cuál es su naturaleza. Además, no es ni fácil ni adecuado determinarlo con ningún otro órgano del cuerpo que no sea la mano, y no con cualquier parte de la mano sino con la parte interna, la que precisamente también es el órgano prensil. Si la mano debía ser un órgano táctil por ser también prensil, era lógico que con las mismas partes con las que desempeñaba su función prensil, desempeñara también la táctil. [111] Además, la carencia de vello en esa parte de la piel, consecuencia del tendón plano que se extiende por debajo de ella, contribuye no poco al diagnóstico exacto de todas las cualidades del tacto. Si esa piel fuera muy velluda, no podría entrar en completo contacto con los objetos cercanos, pues el vello incidiría en ellos primero. En cambio, tal como es ahora, completamente lisa, no permite que escape a su tacto ninguna parte de lo que entra en contacto con ella, sino que las aprehende todas y percibe el cuerpo entero en su contacto directo. Es evidente a cualquiera que también la ramificación de este tendón por debajo de la piel la endurece y nos va a ser útil para muchas de nuestras acciones. Ésta es la causa por la que hay tendones que se adhieren a la piel de la parte interna de la mano.

Sería el momento de pasar a lo que nos queda del cúbito y del radio, [7 ] pues aunque ya se ha dicho prácticamente todo, nos faltan por definir algunas cosas, muy pocas, relativas también a los músculos oblicuos del antebrazo que mueven el radio. ¿Por qué dos músculos 80 rotan el radio a la pronación y otros dos 81 lo giran a la supinación? Y ¿por qué no tienen tendones? Al igual que demostré en relación a los extensores y flexores de la muñeca que era mejor que fueran dos y que se insertaran en los extremos de los huesos que habían de mover, así [112] sucede también respecto a los músculos que mueven el radio. Era, en efecto, preferible no confiar todo su movimiento a un único músculo insertado en el centro, cuando era posible tener dos, uno en la parte superior próxima al húmero y el otro situado en la parte inferior próxima a la muñeca. Uno y otro van paralelos al hueso durante un trecho y no están insertos sólo en sus extremos por cuanto que su inserción se realiza mediante las partes carnosas antes de terminar en tendones. Pero puesto que las sujeciones de las partes carnosas 82 son débiles, necesitan más lugares para sujetarse para que la misma firmeza que tienen los tendones mediante un único punto de sujeción se le dé a la carne, más débil, mediante más puntos de inserción.

Si recuerdas lo que se ha dicho antes, sabes ya por qué no era lo mejor, ni siquiera posible, que se desarrollaran tendones en estos músculos, pero, por si no lo recuerdas, yo lo resumiré brevemente. Un hueso no recibe la inserción de un músculo o porque es duro o porque es pequeño o porque era mejor para él mantenerse ligero y sin carne. Nada de esto se puede decir respecto al radio, pues ni es duro ni es pequeño ni hay nada por lo que convenga que sea ligero más que carnoso. [113] Además, dado que el radio y el cúbito están tan cerca uno de otro, un músculo que se originara en el cúbito no podría desarrollar un tendón que se insertara en el radio, pues el origen de los tendones está en la paulatina unión en sí mismo de los ligamentos y nervios que se distribuyen por las carnes del músculo. El que sea paulatina hace necesario un camino más largo, especialmente cuando esta unión tiene lugar en un músculo grande. Que lo que digo es verdad lo demuestra el músculo 83 que se extiende por la parte superior del radio, que es el único de los cuatro sobre los que versa este discurso, en cuyo extremo se forma un tendón membranoso, que se inserta en la parte interna del radio cerca de la muñeca. Es, en efecto, el único músculo que iba a mover el radio con un mínimo de puntos de sujeción; es el más largo de los que mueven el radio y también de todos los del antebrazo. Éstas [114] son las razones de por qué se han formado estos cuatro músculos, de por qué tienen una posición oblicua y de por qué son completamente carnosos a excepción únicamente del cuarto del que acabo de hablar, pues éste, como decía, ha desarrollado un tendón muy corto y membranoso.

La naturaleza situó cada músculo en el lugar más adecuado: por seguridad puso primero en lo más profundo de la parte interna los que rotan 84 el miembro a la posición prona. Demostré en el discurso anterior que la mano realiza en esta posición la mayor parte de sus acciones, no sólo las más intensas sino también las más necesarias. En cambio, a los músculos que rotan 85 hacia la supinación era de todo punto necesario situarlos en la parte externa, pero era imposible dotarles a los dos en cada extremo del radio de una posición similar a la de los de la región interna, pues el extremo del radio próximo a la muñeca debía ser ligero y con poca carne, ya estaba destinado a las cabezas de todos los tendones que mueven la mano y no podía alojar dos músculos oblicuos.

[115] En consecuencia, la naturaleza hizo uno 86 de los dos muy carnoso y lo ocultó en la zona que está entre el cúbito y el radio; lo originó en el cúbito y lo insertó en el radio. Al otro 87 no lo pudo situar en esa zona, que ya no podía alojar bien ni un solo músculo, y, puesto que no quedaba ningún otro espacio vacante, lo situó en la parte superior del radio y lo hizo más largo que cualquiera de los otros músculos que están en torno a ese hueso. El extremo superior del músculo sube a la parte externa del húmero, suspendido hasta cierto punto de los músculos de esa zona, donde comienza a adelgazar a medida que baja con ellos. Este extremo suyo es algo así como una cabeza, pero su extremo inferior, por el que mueve el radio, termina en un tendón membranoso que se inserta en la parte interna del radio cerca de su articulación con la muñeca.

Los anatomistas que nos precedieron cometieron grandes errores en su explicación de este músculo, debido a muchas causas que hemos mencionado en los Procedimientos anatómicos 88 . Pero ahora este discurso [116] me parece que ha demostrado suficientemente la precisión del arte de la naturaleza, al ocultar estos músculos por seguridad en lo profundo y en la parte interna, como también a uno de los externos, pues era imposible situar a los dos ahí y además las acciones de la mano no se perjudicaban mucho si el músculo que iba por la zona superior del radio se lesionaba. Sin embargo, si el músculo 89 del lado interno sufre algo, sucederá que las acciones principales del brazo entero se perderán. Este músculo, empero, no puede sufrir nada por parte de agentes externos, a no ser que primero los huesos de esa zona se rompan o se resquebrajen. La naturaleza siempre es muy previsora con la seguridad de las partes más importantes. Así es también respecto a los tendones antes citados que mueven los dedos y la muñeca: los menos importantes son superficiales y los más importantes están en profundidad. Como decíamos, la naturaleza se vio obligada a situar el músculo menos importante en la parte superior del radio, por lo que era lógico que lo hiciera subir hasta la parte externa del húmero, pues sólo así resultaba oblicuo, lo que le era necesario si iba a dirigir un movimiento oblicuo.

Quienquiera que haya escuchado lo dicho con una mediana atención tendrá ya claro que la naturaleza hizo con razón ese gran número [117] de músculos así como su tamaño, su forma actual, el lugar que cada uno ocupa y el número de tendones en que se divide. Si se me ha quedado algo sin decir en el discurso, algo que sea semejante a lo ya dicho o algo similar a lo que voy a decir, no será difícil descubrirlo, pues tenemos muchos puntos de partida para su investigación si observamos en todo una única cosa que dijimos al comienzo de este tratado y que será como una luz brillante que nos guíe a donde debemos dirigirnos diligentemente para el descubrimiento de lo que buscamos. ¿Qué es esto? Pues la necesidad de conocer con exactitud la acción de cada parte y antes que ésta, evidentemente, la estructura completa, observando cuidadosamente cada uno con sus propios ojos lo que se ve en las disecciones. Pues, al menos ahora, los libros de los que se llaman a sí mismos anatomistas están llenos de miles de errores, a los que dedicamos [118] un discurso en otro tratado 90 , mostrando no solamente los errores de cada uno sino también explicando sus causas. Pues bien, si tomaras la naturaleza como maestra, podrías descubrir sin dificultad las funciones de las partes, con sólo que observaras cuidadosamente su estructura.

Por ejemplo, sólo tienes que observar en las disecciones de qué manera la naturaleza se ha preocupado de la seguridad de los tendones de la muñeca que están en los extremos del cúbito y del radio, desnudos, sin carne y expuestos al peligro por su convexidad. Nadie es tan torpe como para aún buscar, dudar y cuestionar si la naturaleza se preocupa de la seguridad de las partes, cuando ve un hueso en el que se ha formado una cavidad igual al tendón que va a pasar por ella. Pero si alguien fuera de inteligencia tarda y totalmente ciega y aún lo cuestionara, después de haberlo visto en uno, dos o tal vez tres huesos, cuando vea por doquier que si un tendón o un nervio debe atravesar la gran protuberancia de un hueso, sucede una de estas tres cosas, o que esa parte forma una cavidad o que se perfora o que el nervio la rodea totalmente por su base pero sin exponerse desnudo y sin protección en [119] ningún punto de la convexidad, entonces comprenderá absolutamente en qué medida la naturaleza muestra su arte en la seguridad de cada una de las partes. Si alguien viera que unas fuertes membranas rodean y cubren por arriba y por abajo no sólo nervios y tendones sino todos los vasos que se fijan en las cavidades de los huesos, pienso que aún comprenderá mejor que la naturaleza ha ideado todo este tipo de cosas por mor de la invulnerabilidad. Esto es así en todo el cuerpo pero, sobre todo, en las protuberancias de los huesos de la muñeca. En efecto, las epífisis del radio y del cúbito han formado una cavidad para recibir los tendones de los tres músculos 91 de la parte externa del brazo que mueven la muñeca. Todos los tendones de esta zona están revestidos por todas partes por anchos ligamentos fuertes y duros, que se originan en los huesos que reciben los tendones, de manera que ni reciben lesiones por impactos exteriores ni sufren daño por la dureza de los huesos. Por consiguiente, que la naturaleza se preocupó de la seguridad de las partes sólo hay que observarlo cuidadosamente en lo que aparece en las disecciones y del mismo modo que ha hecho cada tendón y músculo [120] de un tamaño proporcional a la importancia de sus acciones, de manera que encomendó las acciones débiles a músculos y tendones pequeños, y para las más vigorosas creó tendones más grandes y además dobles, como he demostrado en el primer libro. En efecto, he demostrado ya que organizó con sumo arte todo el número y posición de músculos y tendones, y sobre ellos no me queda nada que decir.

Es momento de pasar al discurso sobre los huesos y comenzar por [8 ] la mano, puesto que son numerosos los huesos que hay en ella. Demostré antes que era necesario que en cada dedo hubiera tres huesos con la forma, la posición y el tamaño que ahora tienen, pero de lo que [121] no se ha hablado es de su forma ni de su dureza ni de su posición ni de por qué la naturaleza hizo el carpo con ocho huesos y el metacarpo, con cuatro, muy diferentes en sus formas; ni por qué el carpo está compuesto de dos filas y el metacarpo, de una sola. Baste ahora una explicación sobre su número, pues nos podría parecer absurdo que el creador haya hecho el muslo y el brazo, las extremidades mayores, con un único hueso y, en cambio, el metacarpo, con cuatro, y el carpo, una parte tan pequeña, con ocho. En los dedos, la variedad de las posiciones en los movimientos es indicativa de la función del número de los huesos, aunque en el carpo o en el metacarpo no se ve tan claro. Pero, ciertamente, puesto que uno tiene que defenderse con un discurso antagónico 92 , como dice en alguna parte Hipócrates 93 , estos huesos están colocados con tanto arte que nada les falta para el más alto grado de perfección. Aunque ninguno de los ocho huesos del carpo se parece a ningún otro ni en forma ni en tamaño, no obstante, su unión llega a tal grado de armonía que es difícil decir su número. Pues si no separas con precisión los ligamentos y les quitas las membranas que los cubren, te parecerá que el conjunto es un único hueso.

¿Cómo no va a ser muestra de previsión a la par que de un arte admirable el hecho de que el carpo, compuesto de tantos huesos de [122] formas tan diferentes, sea cóncavo en su parte interna en la medida en que le conviene a la mano y convexo en su parte externa 94 en tanto que también esto le es conveniente? Y el hecho de que sea convexo en su parte superior próxima al cúbito, con esa forma y ese tamaño, que iba a ser el más adecuado para su articulación con los huesos de delante, ¿acaso no indica la exactitud del arte y su previsión de lo mejor? No admires sólo esa estructura. Mira también su extremo inferior y en esa parte verás cuatro pequeñas cavidades, una a continuación de la otra, que se articulan con los huesos del metacarpo. Todas esas articulaciones y todas las superficies articulares de los huesos del carpo están recubiertas por un cartílago y ceñidas externamente por unas fuertes membranas que sujetan y revisten los huesos que rodean, además de servir como ligamentos de sus articulaciones. Los cuatro huesos del metacarpo van paralelos hasta los dedos. Están separados entre sí y no [123] completamente unidos como los del carpo puesto que debían articularse con los dedos, órganos que se separan unos de otros lo más posible, mientras que la parte superior del carpo se tenía que articular con los extremos del radio y del cúbito, que están juntos. Su forma 95 es ligeramente convexa por la parte externa y más chata por la interna, porque éstos, situados a continuación de los del carpo, debían imitar la forma de aquéllos, y tanto se asemejan a ellos que su unión presenta dos superficies suaves, en la parte interna chata y en la externa convexa.

Cada vez que necesitamos extender la mano completamente, los tendones de la parte externa extienden todos los dedos como doblándolos para atrás e igualmente se extiende también toda la articulación de la muñeca. Por estas dos acciones, el carpo y el metacarpo se comprimen como si fueran levantados con fuerza por una palanca y se ven obligados a salir de su anterior posición, y, aunque no pueden moverse [124] hacia fuera por la tensión de los tendones de esa zona, les resta, sin embargo, el desplazamiento hacia dentro, y, presionados por todas partes, podrían avanzar en esa dirección lo más lejos posible, si tuvieran ligamentos delgados y flexibles. Pero ahora la fuerza de los ligamentos viene en su ayuda para que no se disloquen por completo. No obstante, puesto que cada articulación tiene un pequeño movimiento, la suma de todos da uno grande y notable. Los tendones de la parte externa son los que aportan una mayor fuerza a ese desplazamiento, pues inciden en las partes convexas de los huesos y los presionan a todos hacia dentro.

Como consecuencia de la extensión se percibe un doble fenómeno: por una parte, la cavidad de la región interna de la mano es eliminada por los huesos que se desplazan hacia ella, y por otra, la convexidad que había antes en la parte externa desaparece. Por lo tanto, sucede que a los órganos del carpo y del metacarpo no sólo les es posible extenderse gracias a rellenar la cavidad de la mano y también a aplanar su convexidad. Cuando, por el contrario, queremos poner la mano totalmente cóncava, relajamos la tensión de los tendones de la parte externa, contraemos los de la parte interna y flexionamos los dedos. Como consecuencia, cada hueso vuelve de nuevo fácilmente a su lugar en la parte externa. Pero nada de esto sucedería si los huesos no pudieran, en absoluto, ceder y no podrían ceder si fueran un todo indivisible, [125] de manera que el hecho de ser muchos les dota de su capacidad de desplazamiento y hace que la mano se ahueque lo más posible y que, de nuevo, se aplane, pues ambas posiciones cumplen alternativamente su función. Una de estas posiciones se habría perdido por completo si no hubieran muchos huesos. Por lo tanto, una estructura como la que tiene es útil tanto para la acción de la mano como para su seguridad.

Si sólo hubiera un único hueso entre los dedos y el antebrazo, cóncavo por dentro y convexo por fuera, y sin carnes, como conviene que éstos sean —el discurso anterior 96 lo demostró—, se rompería fácilmente por cualquier objeto duro que lo golpeara y, si se rompiera, sería antinatural que, por no haber más que un único hueso, todo quedara roto. Pero ahora hay doce huesos y, si uno sufre una lesión, se altera una duodécima parte de toda la estructura. Con vistas a que no sufra el conjunto es mejor que esté compuesto de muchos huesos, y más bien así de duros, pues, al ceder en las articulaciones a los objetos que los [126] golpean, amortiguan la violencia del golpe. Es como un dardo, una lanza o cualquier otro objeto arrojadizo, que atraviesa con mayor facilidad las pieles tersas que las arrugadas, pues unas ofrecen resistencia y las otras, al ceder un poco, amortiguan la fuerza de lo que impacta contra ellas. Por lo tanto, la composición de los huesos ofrece dos ventajas: una, común a todos, que es la inmunidad a las lesiones, y, otra, individual para cada hueso; la primera depende del número y la segunda, de la dureza. La variedad de sus formas también contribuye decisivamente a su común invulnerabilidad, pues ceden de diversas maneras a los golpes que les vienen de todas las direcciones, mientras que, si tuvieran una composición de huesos con la misma forma, no habrían sido tan invulnerables, porque no habrían podido en absoluto ceder. Por esta razón hay muchos huesos y están unidos de esta manera.

[9 ] A continuación voy a explicar por qué son ocho los huesos del carpo y cuatro los del metacarpo y por qué no hubiera sido mejor que [127] fueran más o menos, pero primero quiero recordar lo que dije al final del primer libro y demostrar ahora algo. El primer libro explica por qué era mejor que no hubiera ni más ni menos de cinco dedos. También he dicho antes por qué no están todos en una misma fila como los de los pies sino que el pulgar se opone a los demás. Ahora añadiré lo que me falta. El pie era un instrumento de locomoción, la mano, en cambio, de prensión. Por eso le convenía a aquél la firmeza para el soporte y a ésta, la diversidad de formas para la prensión. La firmeza del soporte precisaba todos los dedos situados en una misma fila y, sin embargo, la disponibilidad para la prensión de objetos de gran variedad requería que el pulgar se opusiera a los otros dedos. Pero si estuviera situado frente a todos los otros y ocupara la zona central de la parte interna de la muñeca, limitaría muchas actividades de la mano, especialmente las que realizamos con la eminencia tenar, ya usemos una mano sola o las dos. Por eso, el pulgar debía situarse lateralmente y separarse al máximo de los demás. Aunque hay dos posibles posiciones laterales, o junto al dedo pequeño o junto al índice, era lógico que [128] el pulgar se situara junto al índice, porque así las manos iban a volverse la una hacia la otra, mientras que de la otra forma iban a separarse. Además, en las flexiones extremas de los dedos, el meñique no deja ningún espacio vacío, mientras que el índice deja uno no pequeño que necesita claramente del pulgar a modo de tapadera. Pues bien, habida cuenta de que el pulgar debía situarse necesariamente en ese lugar, su primera falange se articuló con el hueso más próximo del carpo 97 , pues si se hubiera unido a alguno de los del metacarpo, sólo le separaría una pequeña distancia del índice, y si hubiera sido así, su acción respecto al índice habría sido peor y también peor respecto a todos los demás dedos y peor aún en el caso de que tuviera que rodear algo en círculo. En todos estos casos, la función del pulgar depende bastante de la anchura de su separación. Por esto lo separó 98 lo máximo posible de los otros dedos.

En la zona intermedia entre el antebrazo y los cuatro dedos, la naturaleza [10 ] situó el carpo y el metacarpo, compuestos de muchos huesos [129] por las razones que acabamos de decir. Ahora me propongo explicar por qué uno está compuesto de ocho huesos y el otro, de cuatro. El metacarpo aparece compuesto de cuatro huesos porque, al ser cinco los dedos y habida cuenta de que el pulgar se articula con el carpo, los otros cuatro se articulan con el metacarpo. Pero debemos señalar primero por qué el carpo se compone de ocho huesos y por qué es necesario que estén alineados en dos filas.

Los huesos del metacarpo, en efecto, están separados unos de otros porque están situados delante de los huesos de los dedos, que están ampliamente separados, y porque la naturaleza preparó el espacio para los músculos 99 , sobre cuyo lógico origen he hablado antes 100 . Los huesos del carpo, en cambio, están en contacto unos con otros, más juntos los que están cerca del antebrazo y menos los que están ante el metacarpo, pues los primeros debían comportarse como un único hueso, [130] porque iban a articularse como un solo hueso con el antebrazo y a realizar muchos movimientos violentos. Todas las acciones intensas de la mano son movimientos de la articulación del carpo. Sin embargo, los otros carpales no era necesario que estuvieran en contacto como un único hueso con los del metacarpo, que están separados entre sí, ni tampoco iban a realizar ningún movimiento violento, por lo que les resultaba más ventajoso para no sufrir lesiones tener una estructura más laxa, pues así amortiguaban la fuerza de los golpes que sufrían.

Pues bien, la naturaleza ordenó en dos filas los huesos del carpo porque era preferible que éste estuviera compuesto de muchos huesos y, además, era mejor que los extremos de los huesos más próximos al antebrazo tuvieran una composición diferente a los que se unen al metacarpo. Por lo tanto, al ser necesariamente cuatro los huesos del metacarpo y al estar el primer hueso del pulgar junto a ellos en su misma fila —ese hueso es asignado por algunos 101 al metacarpo— y dado que toda esta fila del metacarpo se articula con la zona inferior del carpo, este extremo del carpo debe componerse necesariamente de cuatro [131] huesos y el otro, el que se articula con el antebrazo, de tres. El carpo debía ser, en consecuencia, lo más estrecho posible donde se articula con el antebrazo y, en cambio, por la amplitud que hay en el origen de los dedos, la estrechez o anchura de toda la zona intermedia es proporcional con su distancia a cada uno de los extremos.

Hay, por consiguiente, tres filas de huesos entre el antebrazo y la división de los dedos: la primera, junto al antebrazo, es de tres huesos; la siguiente es de cuatro, y la que se articula con ella es de cinco huesos, uno de los cuales es el del pulgar y los otros cuatro pertenecen al metacarpo. Así pues, tal vez pueda parecer que el carpo se compone de un total de siete huesos, pero si esperas 102 a oír el discurso específico del hueso alargado y flotante 103 , que se sitúa en la parte interna del carpo donde se articula con la pequeña apófisis del cúbito 104 , y la causa y función para la que fue creado, quedarás absolutamente convencido de que era mejor que los huesos del carpo fueran ni más ni menos que ocho. Sobre ellos se ha hablado suficiente. El discurso siguiente versará sobre las epífisis y apófisis de todos los miembros en general y no sólo de las del carpo.

[11 , 132] Allí donde los huesos deben articularse, y especialmente si son grandes, es necesario que un hueso reciba y el otro entre; el que recibe necesita una cavidad y el que entra, una convexidad. Por ello la naturaleza ha hecho ya apófisis ya epífisis para unos y para otros: los huesos que entran tienen apófisis convexas y redondas por todas partes, y los que reciben tienen epífisis cóncavas por dentro y convexas por fuera. Habida cuenta de que el carpo debía articularse con los extremos del cúbito y del radio, necesariamente cada uno de estos huesos tenía una epífisis, convexa y redonda por fuera, pero cóncava por dentro. La del radio tiene un borde que la rodea por todas partes, gracias al que encaja ahí perfectamente el extremo del carpo, la del cúbito, sin embargo, no es exactamente lo mismo. Aunque su lado interno, que mira al radio, tiene algo así, el otro extremo, en cambio, que va longitudinalmente por todo el miembro, termina en una cabeza redonda 105 , en cuya cavidad glenoidea queda encastrado el hueso del carpo 106 , de forma que el carpo tiene una doble articulación, una, formada por los [133] extremos del hueso que entran en la cavidad situada entre las apófisis del cúbito y del radio, y la otra, más pequeña, está formada por el hueso que rodea la pequeña apófisis 107 del cúbito 108 . Ésta se hizo para las rotaciones de la mano a las posiciones prona y supina, y con la otra, que es más grande, se extiende y se flexiona la articulación del carpo. Para esto, pues, se hicieron las convexidades de los extremos del cúbito y del radio, pero la naturaleza las usa también para otra cosa útil, siguiendo su costumbre de usar a menudo para otros fines algo creado con un propósito distinto 109 , pues ha situado las cabezas de los tendones que mueven los dedos en la cavidad que queda entre estas protuberancias, haciendo de ella un refugio seguro para los tendones como una especie de muralla o de torre.

El extremo del cúbito por la parte externa es bastante elevado, pero [12 ] por la interna quedaba hundido, debido a su pequeña apófisis 110 , situada en la parte inferior externa, a la que, decíamos, rodeaba un hueso del [134] carpo 111 . La naturaleza situó ahí, a modo de una empalizada, un hueso 112 alargado y recto ligeramente inclinado hacia dentro, que protege el resto de esa zona y, sobre todo, el nervio 113 que viene de la espina dorsal y que se distribuye por la región interna de la mano. Éste es el octavo hueso del carpo y hemos aplazado hasta aquí el hablar sobre la verdadera razón de su formación. Dado que existía una armonía perfecta entre todos los huesos del carpo, pero a la naturaleza le faltaba un espacio en el que alojar con seguridad al hueso citado, ideó en su sabiduría muchas cosas admirables. En primer lugar, hizo su extremo inferior muy fino, pues sólo así podía esperar encontrarle un espacio adecuado en donde fijarlo, luego lo prolongó bastante hacia arriba e hizo esponjoso y cartilaginoso su extremo superior, preparando de ese modo un lugar adecuado para la inserción del tendón 114 que flexiona la muñeca en ese lado. Pues ese tendón era muy grande como para fijarse [135] con seguridad en uno de los huesos del carpo mediante un pequeño cartílago y por eso lo fijó en este hueso 115 , y su fino extremo inferior lo situó entre el hueso 116 que aloja la pequeña apófisis 117 del cúbito y la gran cabeza de éste, que llaman también «cóndilo», de cuya parte inferior externa nace el pequeño cuello que termina en una diminuta cabeza 118 , que se articula, como dije, con uno de los huesos del carpo 119 . Ese hueso cartilaginoso 120 , que está en una cavidad muy pequeña, era necesariamente vulnerable y fácil de desplazar en cualquier dirección, pero la naturaleza lo sujetó a los huesos adyacentes con fuertes membranas, que ejercen en él una tracción igual en todas las direcciones, y, aun así, apenas puede permanecer recto, situado, como está, en el borde del hueso 121 que abraza la pequeña apófisis del cúbito. Pero puesto que el tendón grande 122 que flexiona la muñeca se inserta [136] en la cabeza de este hueso 123 y podía desplazarlo y desequilibrarlo, la naturaleza le opuso una tracción de igual fuerza, al hacer nacer de la parte opuesta del hueso un ligamento 124 que termina en el metacarpo. Y, por eso, el hueso cartilaginoso, traccionado equilibradamente con igual fuerza por todos sus lados, no se desplaza en ninguna dirección. Tal es la forma en que está ordenada la parte de la muñeca de la zona del meñique.

En la zona del pulgar, en cambio, era necesario dar cierta protección al otro nervio 125 que baja de la zona superior y se distribuye por la parte externa de la mano, y también encontrar un lugar para insertar el otro tendón 126 que flexiona la mano. No había, sin embargo, ningún espacio donde fijar otro hueso como el que está en la zona del meñique, por lo que la naturaleza hizo en el primer hueso 127 del carpo, que se extiende hacia el lado interno de la mano, una apófisis cartilaginosa alargada y esponjosa, en la que insertó el tendón 128 que flexiona la mano. No confió, sin embargo, toda la inserción a esta única unión sino que prolongó el tendón hasta el metacarpo y por seguridad lo bifurcó y lo insertó en la base de los huesos 129 situados delante de los dedos índice y medio. Hizo aquí, y por la misma razón, lo que había [137] hecho en los tendones 130 del lado interno de la mano que mueven la primera y la tercera articulación 131 , pues, así como dispuso que éstos no terminaran en la primera articulación, sino que se prolongaran hasta la tercera, a aquellos sobre los que versa ahora el discurso los unió a los huesos 132 mediante ligamentos no en la apófisis misma sino en el ligamento que la rodeaba, para que el tendón se prolongara lo más posible, pues los tendones que se insertan en el hueso necesariamente terminan allí. Además, en un pequeño hueso cartilaginoso 133 la naturaleza creó otra apófisis, unida por fuertes ligamentos a ese hueso 134 del carpo que acabamos de mencionar y al de detrás 135 , que se articula con la primera falange del dedo gordo, para insertar ahí una parte del tendón, gracias al que, decíamos, se mueve el dedo gordo y la muñeca. Este hueso puede contarse como el noveno del carpo pero los anatomistas [138] no lo cuentan sino como otro de los llamados «sesamoides», que la naturaleza sitúa adicionalmente en muchas de las articulaciones de las manos y de los pies para su seguridad. Los otros dos tendones que mueven la muñeca 136 se van aplanando y uno se inserta en el metacarpo delante del dedo índice y del medio, y el otro, como también se ha dicho antes, delante del meñique. Pero ninguno de ellos tuvo necesidad ni de apófisis ni de epífisis ni de la creación de ningún otro hueso externo adicional, sino que les bastaba con unirse a los huesos sólo mediante el cartílago, pues se les habían encomendado movimientos débiles.

Sobre la mano he dicho ya casi todo lo más importante, pero si he omitido algún detalle, se podría descubrir fácilmente, como dije, sólo con observar la estructura de la parte misma. Por ejemplo, de los cuatro tendones que extienden y flexionan la muñeca, se ve claramente [139] que los de la parte externa son oblicuos y que uno 137 se inserta en la parte más externa de hueso que está delante del meñique y el otro 138 , en el lado interno del hueso de delante del pulgar. El que observe atentamente se dará cuenta de que los tendones internos 139 son aún más oblicuos y que esto se hizo así con fines útiles, para que no sólo flexionaran y extendieran la mano, sino también para que la roten hacia los lados. Sobre estas cosas también esto es suficiente.

13. A continuación tendría que hablar sobre la forma y la posición del radio; en el mismo discurso trataré también sobre el cúbito. La posición del radio es, lógicamente, oblicua mientras que la del cúbito es recta, pues la posición de cada uno de estos dos huesos debe ir de acuerdo con la naturaleza de su movimiento. El movimiento de extensión o de flexión de un miembro es longitudinal, mientras que la pronación y la supinación es lateral. Por eso el radio es oblicuo y el cúbito, recto, pues éste trabaja en las flexiones y extensiones y aquél, en las rotaciones laterales. Por lo tanto, también la articulación con el húmero es diferente en cada uno de estos huesos, pero sobre ello hablaré un poco después.

Que la posición del radio, en efecto, es oblicua ya lo he dicho, pero la posición oblicua en general puede tener uno u otro sentido: o se origina en la parte interna y termina en la externa o, por el contrario, se [140] origina en la externa y termina en la interna. Por ello ahora explicaré por qué la naturaleza eligió para el radio la segunda opción. He dicho también antes que de los movimientos rotatorios del brazo entero, los de supinación, sirven para menos acciones, mientras que los de pronación son útiles para más acciones y más necesarias. Por lo tanto, la naturaleza dotó al radio de la posición más adecuada para obedecer a los movimientos de pronación, al llevar su extremo superior al lado externo de la pequeña cabeza inferior 140 del húmero y extenderlo para abajo hasta el pulgar, porque, si fuera al contrario, el radio se movería con más facilidad hacia la supinación que hacia la pronación. La pronación está, en efecto, más próxima a su actual posición y la supinación, a la contraria. En cualquier movimiento, la traslación es más fácil y más cómoda hacia lo más cercano como también es más difícil hacia lo que está más lejos. Por eso el radio es oblicuo y es oblicuo en este sentido.

Pero ¿por qué se apoya en el cúbito? Porque el cúbito es más largo que el radio y ocupa la mayor parte de la articulación con el húmero y [141] era razonable que el hueso más corto se montara sobre el más largo. ¿Por qué son ambos delgados en su zona media y se hacen más gruesos en el codo y en la muñeca? Porque en el medio tenían que dejar espacio a los músculos y en los extremos tomaban volumen para las epífisis. Que éstas son útiles con vistas a las articulaciones se ha dicho antes. ¿Por qué el extremo del cúbito es más grueso en el codo y el del radio lo es más en la muñeca? ¿No es porque la articulación de la muñeca es común a ambos mientras que en la articulación con el húmero era necesario que el cúbito ocupara mayor espacio que el radio en tanto en cuanto esa articulación es la más útil para las acciones de todo el brazo?

He hablado suficientemente de la forma y posición del radio, y también [14 ] de la del cúbito, por lo que me quedaría todavía hablar de la articulación de ambos con el húmero. En ese lugar del cúbito hay dos [142] apófisis, convexas por fuera y cóncavas por dentro, una de ellas 141 , la más grande, viene de la parte postero-inferior del hueso y la otra 142 , mucho más pequeña, procede de la parte antero-superior. Las cavidades de las apófisis, al girarse la una hacia la otra, forman entre las dos una gran cavidad 143 semejante a la letra sigma (C). Llamamos a estas dos apófisis en la lengua común «coronas» y «corona», y les hemos dado este nombre porque son redondas, aunque los atenienses, como también hemos dicho antes, en su propio dialecto llaman «olécranon» a la que es más grande y está en el lado posterior, e Hipócrates 144 la llamaba «codo». Así es la forma del extremo superior del cúbito.

[15 ] El del húmero 145 es como sigue: en las partes laterales de su cabeza hay una epífisis en el lado externo y otra en el interno 146 . Entre ellas hay una cavidad lisa y redonda semejante a las de las llamadas «trócleas de las poleas» 147 , en torno a las que se mueven las coronas del [143] cúbito. A uno y otro lado de donde termina esta cavidad están las fosas 148 , así ha llamado Hipócrates 149 a las cavidades del húmero, en las que se introducen las coronas del cúbito cuando se extiende o se flexiona todo el brazo, y que sirven de límite a la flexión y extensión completa. Por eso la naturaleza las ha hecho tal como son en forma, tamaño y especialmente en su posición en esa parte del húmero. Cuando la corona anterior 150 dirige el movimiento, todo el antebrazo se gira en esa dirección y el brazo se flexiona, pues el movimiento del cúbito hacia dentro realiza la flexión del brazo. Pero si el cúbito rota en la otra dirección, lo que sucede cuando la corona posterior 151 dirige el movimiento del cúbito, entonces el brazo se extiende. Por consiguiente, en tanto que las coronas del antebrazo se mueven libremente en torno a las convexidades del húmero, la corona anterior 152 flexiona toda la articulación y la posterior 153 la extiende, pero cuando llegan a las fosas y se asientan en ellas, no pueden ir más allá y éste es el límite de su movimiento.

Ahora bien, si no existieran en absoluto las fosas o si fueran mayores [144] o menores de lo que ahora son, muchas de las acciones de los brazos quedarían perjudicadas. Pues si no existieran en absoluto, cualquier extensión y flexión sería totalmente eliminada, al chocar las convexidades del húmero con las coronas del cúbito, pero si tuvieran menor tamaño del que ahora tienen, la perfecta flexión y extensión del brazo se verían obstaculizadas en la medida en que las fosas se encontraran con las coronas antes de lo conveniente, y, si, en cambio, hubieran sido más grandes de lo que ahora son o si el húmero hubiera estado totalmente agujereado, salta a la vista que el cúbito se desplazaría para atrás más allá de la extensión completa. Si esto ocurriera, no podríamos realizar con fuerza aquellas acciones vigorosas e intensas para las que necesitamos los brazos completamente extendidos. Pues la corona posterior del cúbito, al no tener punto de apoyo y quedar completamente suelta, se saldría con facilidad de la cavidad del húmero y se dañaría la fuerza de su acción en la misma medida en que la corona se dislocaba. Pero las fosas con el tamaño que ahora tienen realizan a [145] la perfección la extensión y la flexión de todo el brazo sin sobrarles ni faltarles nada.

Todo el que quiera puede observar que la forma de las fosas se adecuaba perfectamente a las coronas que iban a entrar en ellas porque así era lo mejor. Pues, ciertamente, era mejor que las protuberancias estuvieran perfectamente ceñidas por todas partes por las cavidades, para que no quedara espacio vacío entremedio. No era en absoluto posible que esto fuera mejor de otra manera que como es ahora, pues cada fosa comienza con un labio muy ancho por arriba y termina con un extremo inferior muy estrecho. Además es propio de una no pequeña previsión el hecho de que las fosas se estrechen gradualmente en correspondencia con las coronas que van a entrar, de manera que ninguna parte de ellas quede ni oprimida ni tampoco suelta y sin apoyo. Asimismo es evidente para cualquiera que el hecho de que las cavidades estén situadas en el lugar del codo donde las coronas del cúbito iban a alcanzar las extensiones y flexiones completas es una demostración [146] del arte de su posición. Cuando no podría encontrarse ninguna otra cavidad en ninguna otra parte del húmero 154 y cuando es evidente que las dos que encontramos aquí no fueron situadas al azar ni en vano sino en la posición más oportuna, ¿cómo podría alguien decir que no se han hecho en función de lo mejor?

Mas no sólo en lo que respecta a su posición sino que también su tamaño y su forma y su naturaleza completa son tan útiles a la par que tan perfectamente adaptadas a las acciones del brazo que si se alteraran incluso un poco, el miembro quedaría por ello mermado. A partir de esto te vas a dar perfecta cuenta de que las coronas del cúbito tienen una estructura absolutamente maravillosa, si reflexionas hasta qué punto se perjudicarían necesariamente las acciones de todo el brazo si ellas fueran más cortas o más largas, más oblicuas o más rectas, más estrechas o más anchas o si su estructura fuera diferente en cualquier otro detalle. Por lo tanto, en la suposición de que fueran más largas de [147] lo que son, salta a la vista a cualquiera que al incidir demasiado pronto en el húmero, impedirían en cierta medida la extensión y la flexión completa. Si fueran, en cambio, más pequeñas de lo que son, el cúbito se iría para atrás y se flexionaría hacia atrás, y además se vería privado de seguridad en toda la articulación, de forma que el húmero se dislocaría fácilmente del cúbito, sobrepasando la apófisis posterior 155 en las flexiones y la anterior 156 en las extensiones. Pero si las coronas fueran más redondas o más rectas de lo que ahora son, la cavidad redonda 157 que está entre los cóndilos del húmero se mostraría necesariamente suelta en muchos puntos y ya no se ajustaría igual que ahora en toda su superficie a las coronas del cúbito. Si fueran más estrechas, al moverse por la zona media del húmero que es más ancha, quedarían otra vez sueltas y como nadando, y se inclinarían con frecuencia hacia los lados, de modo que el movimiento rectilíneo de todo el antebrazo quedaría distorsionado, y las acciones de todo el brazo, debilitadas por no tener sujeción ni apoyo, quedarían eliminadas. Si, por el contrario, fueran más anchas que el espacio intermedio del húmero, no sería posible que entraran en él sino que así quedarían suspendidas en los bordes [148] de las cabezas del húmero. Pero ahora, siendo su anchura exactamente igual al espacio como una polea en el húmero, ambas coronas quedan ceñidas con seguridad por los cóndilos en ambos lados, sin poderse inclinar lateralmente en ninguna dirección, y por eso la articulación fue segura, además de útil, para sus acciones.

La cabeza externa 158 del húmero, la más pequeña, se formó para su articulación con el radio, y la interna 159 , que es la más grande, no tiene ningún hueso alineado con ella y por eso se proyecta hacia el lado interno del brazo, y parece desnuda y sin carne cuando se mira y se toca. Pero la discusión sobre esta cabeza es más adecuada en la explicación de los vasos que hay por todo el cuerpo, no sólo en la de arterias y venas sino también en la de los nervios que hay sobre ellas. He decidido, en efecto, hablar sobre esto en particular cuando el discurso esté más avanzado 160 , y entonces hablaré también sobre la cabeza interna del húmero, pues se ha formado para la protección de los vasos. Además, [149] la naturaleza le ha dotado de un uso adicional al fijar en ella las cabezas de los músculos que están en la parte interna del antebrazo.

Sobre la cabeza externa 161 , en cambio, debo hablar en este discurso, porque el radio la rodea mediante la cavidad glenoidea y dirige las rotaciones de todo el brazo. También una especie de fuertes ligamentos membranosos emergen por las zonas de las epífisis y rodeando la articulación la ciñen circularmente y la fijan, de modo que la cabeza 162 del húmero no se sale fácilmente de la cavidad que está debajo, a pesar de ser superficial y no tener profundidad, ni impiden para nada las acciones articulares, pues los ligamentos son de una sustancia tal que se extienden mucho cuando se tira de ellos y no se oponen a ningún movimiento. Esta naturaleza y uso de los ligamentos se da también en todas las demás articulaciones, pues ninguna de ellas carece totalmente de ligamentos, sino que, unas más y más fuertes, otras menos y más débiles, todas tienen. La naturaleza no hace esto al azar, sino que la [150] fuerza y el número de los ligamentos es proporcional a lo que la articulación necesita para una protección firme y un movimiento en libertad. Pues ella no acostumbra a hacer nada inútil ni superfluo ni en vano. Ha rodeado, en efecto, muy especialmente la articulación del radio, sobre la que ahora versa el discurso, así como todas las demás articulaciones, de fuertes ligamentos, y les ha dado el grosor y el número en la medida de sus necesidades. También ha rodeado así de robustos ligamentos la articulación del cúbito con el húmero, a pesar de que es segura, en prevención de la intensidad de sus movimientos, y unió al radio mismo con el cúbito con sólidos ligamentos en sus dos extremos. Pero baste con esto en lo que se refiere a la articulación del codo. Debo hablar a continuación sobre las partes del brazo que me quedan.

[16 ] Y lo que me queda son cuatro músculos del húmero y un único hueso. De sus nervios, arterias y venas escribiré cuando haga el discurso sobre todos los vasos del cuerpo entero 163 . Pues bien, es razonable que el húmero sea más convexo en su parte exterior y, en cambio, más cóncavo en la interior, pues era preferible, como dije justo al principio, [151] que las manos se volvieran la una hacia la otra, y para eso era mejor que las partes cóncavas de los huesos se miraran entre sí y que las convexas se dirigieran hacia fuera. Esta estructura hace que los brazos sean más adecuados para abrazar objetos cóncavos y los preparar para los vasos que se mueven por el brazo entero. Supongo que está claro que era mejor cubrir el hueso de la parte superior del brazo con los músculos que mueven el antebrazo, pues necesita cobertura y protección no tanto del frío y del calor como del contacto con objetos duros, pues la piel sola sin carne no es protección suficiente ante nada de esto.

Casi todos los anatomistas afirman que la carne es parte de los [152] músculos, como también nosotros lo hemos afirmado en Del movimiento de los músculos 164 . Pero nadie ha desvelado de manera rigurosa el modo en que se entreveran los nervios y los ligamentos con ella ni han explicado su función. Eso lo examinaremos cuando tengamos el discurso más avanzado 165 , pues de cara a lo que hacemos ahora basta lo que es admitido y se ve en las disecciones, a saber, que la carne forma parte de la sustancia del músculo. Dado que el húmero necesita estar protegido con carne por todas sus partes y también tener necesariamente los músculos que mueven el antebrazo situados sobre él, no adquirió carnes y músculos por separado, sino que con los músculos también la carne.

Habida cuenta de que los movimientos del antebrazo son dos, extensión y flexión, el músculo que controla la flexión tendría que estar [153] situado en el lado interno 166 y el que controla la extensión, en el lado externo, pero si así fuera, todas las partes intermedias del húmero, evidentemente las superiores y las inferiores, habrían quedado completamente desnudas por no haber ningún músculo que las protegiera. Habría sido, por lo tanto, necesario o permitir que estas partes fueran totalmente vulnerables por su desnudez o desarrollar en las extremidades unas carnes inútiles que no iban a ser parte de ninguno de los músculos. Pero cualquiera de estas dos soluciones hubiera sido una negligencia que no iba con los hábitos de la naturaleza. En consecuencia, para no formar una carne inútil ni dejar una parte del brazo desnuda y sin protección, dobló el número de los músculos y los capacitó para realizar movimientos más intensos a la par que más seguros. Es totalmente evidente que cuatro músculos realizan movimientos más intensos que dos y no se necesita un gran discurso para demostrar que también ofrecen mayor seguridad, pues cuando hay dos músculos en lugar de uno, si uno de ellos alguna vez se lesionara, el otro sería suficiente para mover el miembro. Pero si la naturaleza se hubiera limitado simplemente a doblar los músculos y a situar unos encima de otros, habría añadido fuerza y seguridad a los movimientos, pero no habría dado cobertura a las partes intermedias del brazo. Pero dispuso los músculos oblicuamente en el brazo, de manera que se cortaban como la letra X, y así el brazo tuvo las funciones mencionadas y quedó además cubierto por todas partes.

Ciertamente, si estos músculos, al extender y flexionar la articulación del codo, iban a dotar al miembro de movimientos rectos, su posición [154] oblicua no sólo no habría reportado ninguna utilidad, sino que habrían producido el efecto totalmente contrario. Y ¿no es acaso la mayor maravilla de su estructura el hecho de que, como también los tendones que mueven la muñeca, realicen un movimiento rectilíneo mediante dos que son oblicuos? Uno de los dos músculos 167 que flexionan el antebrazo se origina en el lado interno de la región del hombro y de ahí avanza a la parte anterior del húmero, mientras que el otro 168 , el más pequeño, se origina en la parte externa del húmero y desde ahí rota gradualmente hacia la parte interna. Su posición, se ve claramente, es muy próxima a la letra X, y también está muy claro que su movimiento es oblicuo. Cuando el músculo más grande 169 actúa, la mano toca la zona interna de la articulación del hombro, y cuando actúa el más pequeño, la mano llega a la región externa opuesta. Puedes comprobarlo primero en los simios si desollas el húmero y tiras de las inserciones, [155] como dijimos en Procedimientos anatómicos 170 , y después, sin disección, en nosotros mismos. Si inmovilizas todas las demás articulaciones de todo el brazo y mueves sólo la que articula el brazo con el antebrazo, no puedes llevar la mano más allá de la zona que hemos mencionado. Encontrarás que los músculos posteriores del húmero 171 actúan también del mismo modo, de manera que cada uno de ellos se opone a otro de la parte interna. Ambos se insertan en el codo, pero uno en su mayor parte en el lado interno y la mayor parte del otro en el externo. Los orígenes superiores del primer músculo se insertan más bien en la parte interna del húmero y los del otro, en la zona posterior.

Pero, como demostré justo al principio de todo el tratado, no es posible descubrir correctamente la función de ninguna parte si antes no se conoce su acción. Dado que muchos médicos desconocen las acciones de la mayoría de las partes y algunos incluso su estructura, lógicamente no saben con exactitud nada de su función. Pues estiman que basta saber tanto como que hay dos músculos que flexionan el [156] antebrazo y dos que lo extienden, de aquí que afirmen que es superfluo averiguar dónde se originan y dónde terminan. En cierta ocasión, uno de estos médicos visitaba conmigo a un joven que, cuando flexionaba el antebrazo, podía llevar la mano al lado interno del hombro, pero era incapaz de llevarla a su lado externo, y no fue capaz de reconocer de qué músculo procedía la dolencia, pues no tenía la menor idea de que el músculo más grande 172 se inserta en el radio y el más pequeño 173 , en el cúbito, sino que pensaba que ambos músculos se insertaban en medio de los dos huesos. ¿Cómo podría descubrir la función de la posición de los músculos un médico así que ni siquiera conocía la posición misma? Y si desconocía su posición, evidentemente también desconocía su acción. Cuando estos dos músculos se contraen a la vez, flexionan el antebrazo exactamente en línea recta. Pero si uno actúa y el otro está en reposo, el antebrazo, como se ha dicho, se desvía un poco de la línea recta hacia uno u otro lado.

Aunque cada músculo tira de un único hueso, uno del radio y otro [157] del cúbito, no debemos sorprendernos si el otro hueso sufre no menos la tracción porque están unidos por todas partes con muchos ligamentos muy fuertes. Es, en efecto, posible rotar lateralmente sólo el radio con los músculos situados en el cúbito porque el movimiento es muy corto y porque ejercen tracción en muchos puntos de apoyo. Respecto al músculo 174 que baja en línea recta por el húmero, traccionado por un único tendón, y que realiza un movimiento tan importante de todo el miembro como para subir los dedos hasta el hombro, no es sorprendente ni imposible que, junto con el hueso que es movido, se mueva también el otro, especialmente porque una parte de su tendón se inserta en los ligamentos comunes a ambos huesos. Esto ha sido ingeniado por la naturaleza con mucho arte y resultaba muy razonable que uno de los dos huesos fuera más grande y el otro, más pequeño.

He dicho ya muchas veces antes que en los brazos los movimientos hacia dentro son los predominantes. Y dado que estos músculos [158] desviaban el antebrazo hacia uno y otro lado desde una flexión perfectamente rectilínea, era lógico que el músculo que lo rotaba hacia dentro 175 fuera más fuerte que el que lo movía hacia fuera 176 , y era lógico también que cada uno de sus antagonistas 177 estuviera en relación proporcional con cada uno de ellos porque, si la naturaleza hubiera dado el músculo pequeño de la parte externa como antagonista del músculo grande de dentro, se la acusaría necesariamente de falta de arte. Pero es evidente que no obra así ni aquí ni en ninguna otra parte.

Si un artesano cualquiera se preocupa mucho de la igualdad y de la proporción, también la naturaleza al modelar los cuerpos de los seres vivos. De ahí que Hipócrates 178 muy correctamente la llamara «justa». Y ¿cómo no va a ser justo el hecho de que los músculos de la parte superior del brazo sean más grandes que los del antebrazo? Los primeros, en efecto, mueven el antebrazo y los otros, la muñeca y los dedos, de forma que los músculos que mueven las partes difieren en tamaño en la medida en que difieren las partes movidas. El volumen de los huesos debe ser también proporcional al de los músculos bajo los que se encuentran. Por eso el húmero es más largo que el cúbito y por la misma razón el fémur es más largo que la tibia.

Pero si aparte de su tamaño los huesos no tuvieran en absoluto [159] cavidad alguna ni médula y fueran duros y compactos, serían muy pesados para los miembros. Por eso los huesos más grandes son más porosos, más cavernosos y más huecos que todos los huesos más pequeños. También aquí la naturaleza utiliza muy bien la oquedad, pues almacena en ella el alimento propio del hueso. Lo llamamos «médula». Sobre ella volveremos más adelante 179 .

[17 ] Podríamos hablar a continuación de por qué la parte superior del brazo tiene un único hueso y el antebrazo, en cambio, se compone de dos, pero debe preceder a esto un discurso general sobre todas las articulaciones. He dicho también 180 antes que la naturaleza ha dotado de las formas adecuadas para su acción a cada una de las partes de los órganos y, además, en no menor medida, las ha protegido de lesiones. Se demostrará ahora que en las articulaciones también sucede esto. Allí donde el movimiento de una articulación iba a estar al servicio de [160] muchas acciones vigorosas y existía el temor de que esa violencia causara algún tipo de dislocación, esa articulación se ha sujetado y ceñido por todos los lados, por fuera se la ha rodeado con numerosos y robustos ligamentos, no sólo membranosos sino también redondos y cartilaginosos, y las partes prominentes se hicieron iguales a las cavidades en las que entran para que nada quedara suelto por ningún lado y estuvieran perfectamente sujetas por una especie de bordes redondeados como protectores; pero allí donde la articulación iba a estar al servicio de pocas acciones y de poca intensidad, la naturaleza, puesto que no tenía ya ningún temor, hizo los ligamentos finos y membranosos, y toda la unión de los huesos completamente laxa. El discurso recordará, según vaya ocupándose de cada miembro, que todas las articulaciones son así en todo el cuerpo. Se puede observar ya que también son así en los brazos, que es de lo que estamos tratando.

El mayor número de acciones y las más vigorosas las realizamos cuando movemos la articulación de la muñeca y del codo. De aquí que se las haya asegurado mediante la disposición de los huesos y [161] mediante los ligamentos que, robustos y duros por todas partes, las sujetan por fuera. La articulación del hombro, en cambio, pocas veces se usa para acciones intensas y con frecuencia se mueve sin violencia o está totalmente inactiva; por eso la combinación de sus huesos es laxa y más laxa aún la de las membranas que los envuelven, pues la naturaleza no las ha hecho ni cartilaginosas ni robustas ni muy duras sino muy finas, blandas y con capacidad de extenderse fácilmente al máximo. Sin embargo, en las articulaciones del codo y de la muñeca algunos ligamentos se han hecho robustos y también duros, de manera que sujeten los huesos de la articulación por todos los lados e impidan que se distancien y se separen mucho unos de otros. Por eso, aunque estas articulaciones con frecuencia están obligadas a hacer movimientos violentos, sufren, no obstante, menos dislocaciones que la del hombro. No es posible que un hueso se disloque a no ser que se separe al máximo y ese máximo distanciamiento se produce o bien [162] por la debilidad y laxitud de los ligamentos o bien por la misma combinación de los huesos cuando los bordes de sus cavidades son poco elevados y sin protección en absoluto. Pero sucede con frecuencia que en los movimientos violentos incluso los rebordes de las cavidades que tienen protección se quiebran y llevan a la articulación a dislocarse en ese preciso instante y también a sufrir desde entonces continuas dislocaciones. Por ello es evidente que la exactitud de la articulación tiene parte no pequeña en el hecho de que no se disloque con facilidad.

¿Por qué la naturaleza no hizo, entonces, seguras todas las articulaciones? Porque la variedad de los movimientos está necesariamente en pugna con la seguridad de su constitución y no era posible que ambas cosas concurrieran en la misma articulación, pues la variedad es consecuencia de la laxitud de la articulación y la seguridad lo es de una fuerte sujeción por todas partes. Allí donde la variedad de movimiento no implica peligro, hubiera sido superfluo y vano idear algo [163] para la seguridad, pero donde hay riesgo e inseguridad, prefirió 181 la seguridad a la variedad. Pues bien, en las articulaciones del codo y de la muñeca se preocupó más de su seguridad que de la variedad de movimiento y se arriesgó a casi llevar a uno y otro miembro a una situación cercana a la discapacidad al dotarlos de un único movimiento, y añadió además a cada articulación otra que la ayudara en los movimientos laterales.

En efecto, en la articulación del hombro el húmero puede extenderse, flexionarse y también rotar circularmente en todas las direcciones, pues su cabeza es redonda, los ligamentos, laxos, y la cavidad del cuello de la escápula es superficial y regular por todas partes como la cabeza del húmero. En cambio, la articulación del codo y de la muñeca, sujeta por todos lados, no tenía variedad de movimiento ni podía rotar por completo. Dado que esto era imposible pero como la diversidad de movimiento no debía descuidarse totalmente, la naturaleza creó [164] en ambas una doble articulación para suplir con la articulación adicional lo que a la primera por sí misma le faltaba.

Las rotaciones laterales del miembro en su parte superior las realiza la articulación del radio con el húmero, y las de la parte inferior las realiza la articulación del carpo con la fina apófisis del cúbito 182 . La articulación de los huesos de los dedos, como la del hombro, goza también de movimientos laterales pero sus movimientos rotatorios están más limitados, a pesar de que los ligamentos que los rodean son finos y membranosos, pero la forma de sus huesos es diferente a la de los del hombro. Sus cabezas no son iguales en toda su superficie, porque no son perfectamente redondas, y los bordes de las cavidades que los alojan terminan en unas delgadas crestas que externamente los sujetan con seguridad por todas partes. Esas cavidades alojan las epífisis de los huesos llamados «sesamoides», de modo que las articulaciones de los dedos de alguna manera son de una estructura de tipo intermedio, por cuanto que, en la medida que les falta seguridad en relación con la articulación de la muñeca y del codo, aventajan en ella a la articulación del hombro. Por consiguiente, la naturaleza ha hecho esto de un modo razonable. Si, en efecto, cuando estas articulaciones actúan solas recogen objetos pequeños óptimamente, agarran con la misma facilidad los [165] grandes cuando actúan en concurrencia con las del codo y la muñeca. Sirven para muchas más acciones que las otras articulaciones y están desnudas por todas partes. No están, como las del hombro, envueltas por grandes músculos que no le impiden sus movimientos y le ofrecen no poca seguridad.

Por lo tanto, la seguridad en las articulaciones se produce por dos causas, por la solidez de los ligamentos y por la exactitud en la combinación ósea. Ambas se dan en el codo y en la muñeca, una sola en los dedos y ninguna exactamente en los hombros, y por ello la naturaleza ha actuado muy razonablemente al añadir el radio al lado del cúbito para hacer una doble articulación, puesto que no era posible la variedad de movimiento con estructuras tan seguras y tan sujetas por todas partes.

No necesitamos ya de largos discursos para comprender por qué [18 ] los movimientos oblicuos 183 en la muñeca son mínimos, mientras que son muy amplios en la parte superior cerca del húmero. Pues los huesos del carpo y el radio están unidos al cúbito con tal precisión en la parte inferior 184 , que muchos médicos estimaron que estos huesos no [166] tenían cada uno un movimiento propio sino que, articulados como en un único hueso, tenían un único movimiento común para todos. En cambio, en la parte superior, junto al húmero, el radio está bastante separado del cúbito, de modo que ahí el radio solo, sin el cúbito, tiene gran libertad de movimiento, pero en la parte inferior ya no. Desde luego, la articulación de la fina apófisis del cúbito, que llaman «estiloides», con el hueso del carpo 185 , que está a la altura del meñique, es muy pequeña, porque también necesariamente el hueso del carpo era pequeño y tenía un movimiento mínimo precisamente por su pequeñez y, además, por el hecho de unirse en esa región el cúbito con el radio y el hueso pequeño con todos los otros huesos del carpo. Sólo cuando los huesos citados están suficientemente separados unos de otros, hay un notable movimiento.

He hablado ya de casi todas las partes de los brazos. Arterias, venas [19 ] y nervios son órganos comunes a todo el cuerpo y por eso, como también dijimos antes, pasaremos 186 a ellos cuando se haya completado el discurso sobre todas las partes.

[167] También al final de la obra 187 mi discurso versará sobre el tamaño y la posición de todas las partes del brazo junto con todas las de los otros miembros, ya que debemos comparar unos con otros para demostrar la proporción en su tamaño y la correcta disposición en su combinación.

Aquí acabaré mi discurso sobre el brazo para pasar al de la pierna por la semejanza de su estructura. La explicación de los músculos que mueven la articulación del hombro la realizaré en el discurso que versa sobre hombro y escápulas en el libro decimotercero de estos comentarios.

1 Galeno no ha contado ni los interóseos ni algunos de los que forman la eminencia tenar e hipotenar de la mano.

2 Lumbricales.

3 Los flexores superficial y profundo de los dedos.

4 Los flexores radial y cubital de la muñeca.

5 Pronadores redondo y cuadrado.

6 Palmar largo.

7 En el capítulo 6 de este libro.

8 Extensor común de los dedos.

9 Extensores propios de los dedos.

10 Extensor largo del pulgar.

11 Abductor largo del pulgar. Este músculo «tira del pulgar hacia fuera y adelante y participa en la flexión de la muñeca y en su abducción o inclinación radial», B. CALAIS -GERMAIN , Anatomía para el movimiento , Barcelona 1999 (7a reimp.), pág. 186.

12 Extensor cubital del carpo y los extensores radiales, el largo y el corto. Galeno no distingue el extensor radial largo del corto. Para él es un único músculo con dos tendones y dos puntos de inserción diferentes, cf. Proced. anat . I 6, II 256K.

13 Braquiorradial y supinador. Estos dos músculos se originan en el húmero.

14 Para Galeno, «el brazo» es la parte de la extremidad superior que va del hombro al codo.

15 De fracturis 3, III 426-7L.

16 Traducido literalmente sería algo así como «excrecencias» en el sentido de «lo que crece a partir de». Pero en español usamos también el término griego «apófisis» y no podemos traducir el juego de palabras.

17 Lumbrical.

18 El abductor corto del pulgar y el abductor del dedo pequeño.

19 Aductor del pulgar.

20 Abductor corto y aductor del pulgar.

21 Extensor y abductor largos del pulgar.

22 Abductor del dedo pequeño. También el extensor propio del dedo pequeño contribuye a este movimiento.

23 Lumbrical IV.

24 Los restantes lumbricales.

25 La división en más de un tendón.

26 Extensor común de los dedos.

27 Flexor superficial y profundo de los dedos.

28 Extensores propios de los dedos.

29 Del antebrazo.

30 Flexor profundo de los dedos.

31 Flexor superficial de los dedos.

32 Flexores radial y cubital del carpo.

33 Palmar largo.

34 Interóseos.

35 Cf . KÜHN XVIII 953-954.

36 Ibid ., II 266. Aquí se está refiriendo probablemente al tratado que había escrito Galeno y que se perdió en el incendio del Ara pacis , pues los Procedimientos anatómicos que conservamos los redactó después de haber terminado Del uso de las partes .

37 Palmar largo.

38 Flexores de los dedos, superficial y profundo.

39 Extensor común de los dedos.

40 Extensor cubital del carpo y extensor radial.

41 Extensores propios del cuarto y del quinto dedo.

42 Extensor largo del pulgar y extensores propios del segundo y tercer dedo.

43 De los extensores propios.

44 Extensor largo del pulgar.

45 Ibid .

46 Extensores propios del dedo segundo y tercero.

47 Extensor radial del carpo.

48 Seguimos la lectura propuesta por MAY en este pasaje.

49 Del abductor largo del pulgar.

50 Extensor largo del pulgar.

51 Abductor largo del pulgar.

52 Como DAREMBERG y MAY (o. c ., pág. 121, n. 17) han señalado, probablemente esta última frase se ha desplazado de su sitio, pues Galeno sabe que el abductor se inserta en lo que para él era la primera falange del pulgar (metacarpo del pulgar), cf. Proced. anat . I 6, II 255-256K y Disec. musc . XVIII 979-982K. Estos autores afirman que esta frase debe de haberse extrapolado de la descripción o del extensor largo del pulgar o del tendón del flexor profundo de los dedos, que en los simios ocupa el lugar del flexor largo del pulgar humano. Pensamos que se trata del extensor largo del pulgar, que por originarse en el mismo lugar que el abductor largo pueden llegar a confundirse. El extensor también participa en la separación del pulgar de los otros dedos.

53 Extensor radial del carpo.

54 Del flexor cubital del carpo.

55 Del flexor radial del carpo.

56 Del extensor cubital del carpo.

57 Del abductor largo del pulgar.

58 Del flexor radial del carpo.

59 Del extensor cubital del carpo.

60 Del flexor cubital del carpo.

61 Del abductor largo del pulgar.

62 Del flexor radial del carpo.

63 Del extensor cubital del carpo.

64 Extensor radial del carpo.

65 En los capítulos 15 y 16 de este libro.

66 Del húmero.

67 Flexor profundo de los dedos.

68 Flexor superficial de los dedos.

69 Palmar largo.

70 Flexores del carpo, radial y cubital.

71 Extensor común de los dedos.

72 Extensor largo del pulgar y extensores propios de los dedos segundo y tercero.

73 Extensores propios del cuarto y quinto dedo.

74 Extensor cubital del carpo.

75 Abductor largo del pulgar.

76 Extensor radial del carpo.

77 La aponeurosis palmar.

78 Palmar largo.

79 Juego de palabras en griego entre el término dérma («piel») y el verbo déresthai («desollar»).

80 Pronadores, redondo y cuadrado.

81 Supinador y braquiorradial.

82 En el hueso.

83 Braquiorradial.

84 Pronadores, redondo y cuadrado.

85 Supinador y braquiorradial.

86 Supinador.

87 Braquiorradial.

88 II 1-3, II 280-291K.

89 Pronador cuadrado.

90 Probablemente se refiera a un tratado perdido Sobre los errores de los anatomistas y sus causas .

91 Abductor largo del pulgar, extensor radial del carpo y cubital.

92 Método muy usado por los sofistas.

93 Sobre la dieta en las enfermedades agudas , II 302-303L.

94 Cóndilo carpiano.

95 La de los metacarpales.

96 Libro I 17.

97 Galeno considera que el pulgar, como los restantes dedos, tiene tres falanges. Considera el primer metacarpiano como la primera falange del pulgar. Este error lo asumirá también Vesalio.

98 La naturaleza.

99 Interóseos.

100 En el capítulo 3 de este libro.

101 Galeno conocía las obras de Aristóteles, de Eudemo y de Rufo, quienes cuentan cinco metacarpianos y dos falanges en el pulgar, tal como hoy los contamos. Por eso se siente obligado a justificar su posición. También la justifica en Sobre los huesos para principiantes 18-19, II 770-771K. Sus exlicaciones convencieron a los anatomistas posteriores. Fue S. Th. Soemmerring, quien a finales del siglo XVIII determinó que el pulgar sólo tiene dos articulaciones.

102 Al capítulo 12.

103 Pisiforme. Tiene forma de guisante (pisum) . De ahí su nombre. Está situado delante del piramidal. De ahí que la primera fila del carpo parezca que está constituida sólo por tres huesos.

104 Estiloides.

105 Apófisis estiloides.

106 Os triquetrum . Este hueso es propio de los simios pero no del hombre.

107 Estiloides.

108 En el hombre no se encuentra esta articulación cúbito-carpiana. Es, sin embargo, propia del simio.

109 La misma idea se encuentra en ARIST . Part. an . II 16, 659-660; III 1, 662 y IV 10, 688-690.

110 Estiloides.

111 Triquetrum .

112 Pisiforme.

113 El ramo palmar del nervio cubital.

114 Del flexor cubital del carpo.

115 Al pisiforme.

116 Triquetrum .

117 Estiloides.

118 Apófisis estiloides

119 Triquetrum .

120 Pisiforme.

121 Triquetrum .

122 Del flexor cubital del carpo.

123 En la del pisiforme.

124 Pisometacarpal.

125 Ramo superficial del nervio radial.

126 Del flexor radial del carpo.

127 Escafoides.

128 Del flexor radial del carpo.

129 Metacarpales.

130 Del flexor profundo de los dedos.

131 De los dedos.

132 De la primera articulación.

133 El sesamoides del simio.

134 Escafoides.

135 Trapecio.

136 De los extensores radial y cubital del carpo.

137 Del extensor del cubital externo.

138 Componente carpal del abductor largo del pulgar.

139 Del radial y cubital interno.

140 Capitulum .

141 Olécranon.

142 Apófisis coronoides.

143 La cavidad sigmoidea. Está formada por la cavidad anterior del olécranon y la superior de la apófisis coronoides. Está recubierta de cartílago y separada en dos canales por una cresta longitudinal.

144 Sobre las fracturas 2, III 420L.

145 Extremo inferior.

146 Epicóndilo lateral y medial.

147 En griego: trochilía . En latín: trochlea .

148 En griego: bathmídes . Están encima de la tróclea humeral. Son dos: la fosa coronoidea, que está en la parte anterior, y la fosa olecraniana, que está en la parte posterior.

149 Sobre las fracturas 2, III 420L.

150 Apófisis coronoides.

151 Olecráneon.

152 Apófisis coronoides.

153 Olecráneo.

154 Según corrige DAREMBERG y acepta MAY , pues los manuscritos escriben «cúbito».

155 Olécranon .

156 Coronoides.

157 Tróclea.

158 Epicóndilo lateral.

159 Epicóndilo medial.

160 Libro XVI, 8.

161 Epicóndilo lateral con capitulum .

162 Capitulum .

163 En el libro XVI 8.

164 Mov. musc . I 1-2. IV 367-376K.

165 Libro XII 3.

166 Del húmero.

167 Biceps braquial, cf. Proced. anat . I 4, II 238K.

168 Braquial.

169 El bíceps.

170 I 11. II 272K.

171 Tríceps braquial.

172 Bíceps braquial.

173 Braquial.

174 Bíceps braquial.

175 Bíceps braquial.

176 Braquial.

177 Tríceps braquial.

178 Sobre las fracturas 1.

179 Libro XI 18.

180 Libro II 7.

181 La naturaleza.

182 Apófisis estiloides.

183 Del antebrazo.

184 Del antebrazo.

185 Os triquetrum .

186 Libro XVI.

187 Libro XVII.

LIBRO III

[EL PIE Y LA PIERNA ] [168]

El hombre es, pues, el único animal que tiene manos, órganos adecuados [1 ] para un ser vivo inteligente y es el único pedestre bípedo y de posición erguida, porque tiene manos. El cuerpo necesario para la vida está constituido por las partes que están en el tórax y en el abdomen, mientras que el destinado a la locomoción necesita las extremidades. Por ello, en ciervos, perros, caballos y similares las extremidades delanteras se han convertido en patas como las traseras y eso contribuye [169] a su velocidad. En el hombre, en cambio —pues no tenía necesidad de velocidad propia quien iba a domar con su inteligencia y con sus manos al caballo y era mucho mejor que, en lugar de órganos de la velocidad, tuviera los necesarios para todas las artes—, las extremidades delanteras se convirtieron en manos.

¿Por qué no tiene, entonces, el hombre cuatro patas, y, además de ellas, manos como los centauros? En primer lugar, porque la mezcla de cuerpos tan diferentes le era imposible a la naturaleza, pues no sólo hubiera tenido que combinar, como los escultores y los pintores, formas y colores, sino que también habría tenido que mezclar todas sus sustancias, que no son susceptibles de mezcla ni fusión. Si se produjera, en efecto, una unión amorosa entre hombre y caballo, las matrices no llevarían, en absoluto, el esperma a su perfección.

Si Píndaro, como poeta, acepta el mito de los centauros, habríamos de ser indulgentes con él, pero tendríamos que censurarle por su pretensión de sabiduría si, como hombre inteligente, pretende saber algo más que la mayoría y se atreve a escribir:

[170] …[Centauro]

que se unió a las yeguas de Magnesia en las faldas

del Pelión, a partir de lo que surgió una maravillosa raza,

semejante a la de ambos progenitores, a la de la madre

en la parte inferior y a la del padre en la superior 1

Una yegua, en efecto, podría recibir el esperma de un asno y una burra, el de un caballo, conservarlo y llevarlo a la perfección hasta la formación de un animal híbrido. Así también una loba podría recibir el de un perro y una perra, el de un lobo o el de un zorro como también una zorra, el de un perro 2 . Pero una yegua no podría recibir ni siquiera el semen de un hombre en la cavidad de su útero pues sería necesario un miembro viril más largo y, si en alguna ocasión pudiera recibirlo, se destruiría enseguida o a no mucho tardar.

No obstante, oh Píndaro, a ti te concedemos el cantar y el contar [171] mitos, pues sabemos que la musa poética necesita lo sorprendente no menos que sus otros ornamentos, pues pienso que tú quieres no tanto enseñar a tus oyentes cuanto sorprenderlos, encantarlos y embelesarlos. Nosotros, en cambio, que nos ocupamos de la verdad y no de la mitología, sabemos con certeza que el ser de un hombre no se puede mezclar en absoluto con el de una yegua. Incluso si admitiéramos que un animal así pudiera ser concebido y llevado a su perfección, sería tan extraño y fuera de lo común que no encontraríamos con qué tipo de alimentación podríamos nutrir a la criatura. ¿Alimentaríamos, acaso, su parte inferior de caballo con algo de hierba y cebada cruda, y la superior con cebada hervida y alimentos propios de los hombres? En ese caso hubiera sido mejor para él que se le hubieran hecho dos bocas, una de hombre y otra de caballo. Si le asignamos dos pechos, nos expondremos, en efecto, a que también tenga dos corazones.

Pero incluso si se pasara por encima de todos esos absurdos y se admitiera que ese hombre con patas de caballo pudiera nacer y vivir, esa estructura no le reportaría más que velocidad y no en todos los [172] lugares sino sólo en las llanuras y planicies, pues si alguna vez tuviera que correr hacia arriba o para abajo, en oblicuo o por algún sitio irregular, sería de largo mucho mejor para él su estructura actual de piernas de hombre. Pues el hombre en saltar por piedras puntiagudas, subir cuestas y atravesar en general todo tipo de lugares difíciles es mucho mejor que ese monstruoso Centauro. A éste me gustaría verlo edificando casas o construyendo navíos o gateando por el mástil al penol de la nave o, en una palabra, realizando cualquier tarea marinera. ¡Cuán terriblemente torpe sería en todo y a menudo totalmente incapaz! ¿Cómo en las construcciones de casas podría subir a los muros más altos por escaleras largas y ligeras? ¿Cómo a los penoles de las naves? 3 ¿Cómo podría remar quien ni siquiera puede sentarse correctamente? E incluso, si pudiera hacer esto, las patas delanteras le impedirían las acciones de sus manos. Pero tal vez, a pesar de ser inútil como marino, podría [173] ser útil como agricultor. Sin embargo, en eso sería incluso más inútil, sobre todo si necesitara hacer algo como subirse a los árboles y recoger cualquier tipo de frutas. Pues bien, fíjate que no sólo eso es absurdo sino que recórrete todas las artes e imagínatelo como herrero, zapatero, tejedor, zurcidor o escritor de libros. ¿Cómo se sentaría? ¿En qué regazo apoyaría el libro? ¿Cómo manejaría los otros instrumentos?

Además de en todas las otras cosas en las que el hombre es superior, es el único entre todos los animales a quien le es dado sentarse convenientemente sobre sus ísquiones. Esto le ha pasado desapercibido a mucha gente. Piensan que el hombre es el único que se mantiene erguido, pero no se dan cuenta de que también es el único que se sienta. El célebre Centauro de los poetas, al que en justicia no se le debería llamar «hombre» sino más bien algo así como «hombre-caballo», no puede sostenerse con seguridad sobre sus ísquiones ni, aun cuando pudiera, podría usar correctamente sus manos, pues las patas delanteras le obstaculizarían todas las acciones, como si a cada uno de nosotros se nos añadieran dos largos palos a cada lado del esternón. Si se nos equipara así para reclinarnos en una camastro, la composición resultaría a todas luces sorprendente, y, aún mucho más, si estuviéramos faltos de sueño. [174]

También resulta sorprendente de aquellos centauros, el que ni pueden usar el lecho en absoluto ni tampoco reposar sobre la tierra. Pues en ellos la constitución de una parte de su cuerpo necesita un tipo de reposo y la otra, otro: la humana necesita, en efecto, un lecho y la equina, la tierra. Tal vez hubiera sido más útil para nosotros tener cuatro piernas pero humanas y no de caballo. Pero si así fuera, además de no gozar de ninguna ventaja para ninguna acción, los hombres perderían su velocidad. Y si no tenemos ventajas ni con las piernas humanas ni con las patas de caballo, tampoco las tendremos con las de ningún otro animal, pues las de unos se asemejan más a las de los hombres y las de otros a las de los caballos. Cuando de cuatro piernas dos resultan superfluas, está claro que si tuviéramos seis o incluso más, más nos [175] sobrarían. Pues, hablando en general, si un animal va a usar bien sus brazos, no debe tener ningún impedimento, ni congénito ni adquirido, que se le proyecte desde el pecho.

[2 ] Ahora bien, puesto que ni el caballo ni el buey ni el perro ni el león ni los otros animales similares estaban destinados a ejercitarse en ningún arte, les sería tan ocioso ser bípedos como tener manos. Pues, ¿qué ventaja tendrían si estuvieran erguidos sobre dos pies pero no tuvieran manos? A mí me parece que si se les hubiera dado una estructura así, no gozarían de ninguna ventaja pero, en cambio, se privarían de las que ahora tienen: en primer lugar de su adecuación para la comida, en segundo de la protección de sus partes anteriores y en tercer lugar de su velocidad. Pues, al no tener manos, era necesario que unos se llevaran el alimento a la boca con las patas delanteras y que otros lo tomaran encorvándose hacia el suelo.

Los pies de todos los carnívoros están escindidos en dedos, los de los herbívoros, en cambio, tienen pezuñas, unos sólidas, otros hendidas. Los carnívoros son siempre muy fieros y por eso sus pies no sólo [176] están escindidos en dedos sino que la naturaleza los ha provisto también de fuertes uñas corvas, pues así iban a cazar más rápidamente y a sujetar su presa con mayor facilidad. Ningún herbívoro es tan fuerte como los carnívoros. El caballo y el toro son generalmente muy bravos, y por eso a uno se le han formado sólidas pezuñas y al otro, cuernos. Pero los herbívoros, que son miedosos, no tienen pezuñas sólidas ni cuernos para defenderse sino sólo pezuñas hendidas. Éstos se agachan para comer, los carnívoros, en cambio, usan las patas delanteras en lugar de la mano para apresar el animal que han cazado y llevarse a la boca el alimento 4 . Si sus patas, como se esperaría por el vigor y el tono de su cuerpo, estuvieran reforzadas por fuertes pezuñas sólidas, serían mucho más veloces de lo que ahora son, pero sus patas no tendrían las funciones citadas, que les son más necesarias.

Todos los animales sin sangre tienen, evidentemente, un temperamento más frío y por eso son siempre más débiles y más lentos en sus movimientos, y se sirven de muchas patas pequeñas: pequeñas porque [177] no pueden levantar y mover unas grandes, y muchas porque son pequeñas. La velocidad de la marcha depende del tamaño de las patas o de su cantidad y por eso a los que no podían desarrollar extremidades grandes les quedaba la ventaja de la cantidad. Por esa misma razón se hicieron más largos todos los cuerpos de ciertos animales, como el iulus y el ciempiés 5 , pues la naturaleza se preocupó de darles espacio para el desarrollo de sus numerosas patas. A quienes no pudo, no necesitó hacerles un gran número de patas como a grillos y saltamontes, pero les hizo crecer unas patas que, aunque no eran grandes, eran largas y ligeras. Aristóteles 6 ha hablado bien y extensamente sobre las diferencias de los animales sin sangre.

Los animales pedestres y sanguíneos, los que más se parecen al hombre, tienen cuatro patas por motivos de velocidad y seguridad, y los animales feroces con frecuencia se sirven de ellas como prolongación de sus manos. Pero ya he hablado suficientemente sobre la ventaja [178] de las patas de los animales para la velocidad y en los que son fieros para la caza y la alimentación. Si reflexionas sobre cuánto más vulnerables son las partes de su abdomen y del tórax que las de la espina dorsal, podrás darte cuenta de que para ellos es más seguro caminar sobre cuatro patas que erguirse en dos. Pues, caminando así como ahora caminan, sus partes más vulnerables quedan escondidas y protegidas por las de arriba, y son sus partes menos vulnerables las que se exponen y defienden. Si, en cambio, estuvieran erguidos, sus partes ventrales no quedarían ocultas ni cubiertas sino desnudas y sin protección por ninguna parte y serían totalmente vulnerables. Pues los animales, al no servirse ni de manos ni de razón, como las usa el hombre, tenían que añadir alguna protección más a su pecho y a su abdomen como compensación de la debilidad natural de esas partes. En consecuencia, era mejor para todos los animales sanguíneos, excepto para el hombre, ser cuadrúpedos, así como era mejor para los sin sangre tener muchas patas.

Por el contrario, era preferible que el hombre fuera bípedo, porque no necesita la ventaja de la que disfrutan otros animales por su número [179] de patas y, en cambio, si no fuera bípedo, iba a quedar perjudicado en muchos aspectos. Efectivamente, las aves también son bípedas. Sin embargo, el hombre es el único animal que se yergue y el único que tiene la espina dorsal en línea recta con las piernas, y si así es respecto a la espina es evidentemente también necesario que estén así todas las partes vitales del cuerpo. La espina dorsal es, en efecto, como una especie de quilla de todo el cuerpo. Respecto a ella, las patas de los pájaros, como las de los cuadrúpedos, están en ángulo recto. Sólo en los hombres se extienden en línea recta con ella. Los animales alados y cuadrúpedos, cuando caminan, tienen sus patas respecto a la espina dorsal en la misma posición que las tiene el hombre cuando está sentado y esa es la razón por la que acabo de decir que ninguno de ellos adopta jamás una postura erguida.

[3 ] ¿Cómo es que no pueden sentarse, apoyados sobre sus ísquiones, como el hombre? Pues creo que aún nos falta hablar sobre eso. El motivo es que los miembros unidos a los ísquiones deben flexionarse [180] hacia atrás en la articulación del fémur con la tibia. Al sentarnos, la espina dorsal misma hace un ángulo recto con el fémur pero si, a su vez, el fémur no hace otro ángulo recto con la tibia, ésta no podría mantenerse derecha en el suelo y con ello la estabilidad de la posición se destruiría. Si la acción de sentarnos se realiza al flexionar 7 por la rodilla los miembros unidos a los ísquiones, es evidente que los cuadrúpedos no pueden sentarse, pues todos ellos flexionan sus patas traseras hacia delante 8 . Las extremidades delanteras las tienen unidas a las escápulas, como el hombre, y las traseras, a los ísquiones. Sin embargo, las flexiones de ambas extremidades van en dirección opuesta a las del hombre, las de delante van hacia atrás y las de atrás van hacia delante, pues en los cuadrúpedos era mejor que las flexiones se giraran la una hacia la otra, mientras que en el hombre los miembros que se unen a la escápula son los brazos y era más útil que se flexionaran por el codo hacia delante. He demostrado, en efecto, en [181] el libro anterior 9 , que era mejor que las manos se miraran entre sí. Lógicamente, también las piernas se flexionan hacia atrás por la rodilla porque sólo así era posible sentarse bien, como acabo de demostrar hace un momento.

En consecuencia, el animal puede adoptar tres posiciones diferentes cuando su columna está en línea recta con sus piernas. Si se tumba con la columna vertebral en tierra, su posición es perfectamente supina, si se tumba sobre el estómago es prona, y es perfectamente erguida si se apoya en sus propios pies. En cambio, si las patas hacen ángulo con la columna es evidente que ya ninguna de estas posiciones es exactamente recta. En consecuencia, antes dijimos con razón que el hombre es el único que se mantiene erguido. Los demás animales, en efecto, unos más y otros menos, todos tienen una posición prona y caminan de manera muy semejante a los bebés que gatean sobre sus manos. Las lagartijas, los lagartos y todos los animales con patas cortas son totalmente pronos, pues su abdomen siempre toca la tierra, y [182] los que más, las serpientes. El caballo, el perro, el buey, el león y todos los cuadrúpedos son un intermedio entre los completamente pronos y los perfectamente erguidos. También son así todas las aves, a pesar de ser también bípedas, pues no tienen los órganos de locomoción en línea recta con la columna vertebral.

Por lo tanto, el hombre es el único de todos los animales que se eleva erguido, como también he demostrado que es el único de todos que se sienta. También es verdad que todas las acciones de las manos en lo que atañe a las artes requieren esas dos posiciones, pues unas las realizamos erguidos y otras sentados, pero nadie hace nada ni en posición prona ni supina. La naturaleza debidamente no dio a ningún otro animal una estructura que lo capacitara ni para estar erguido ni sentado porque no iba a utilizar sus manos. El pensar que el hombre tiene una posición erguida para estar preparado para mirar al cielo y poder decir: «Reflejo luz olímpica con mi rostro impertérrito» 10 es propio de hombres que jamás han visto el pez llamado «uranóscopo» 11 .

Éste, aun sin quererlo, mira siempre hacia el cielo, mientras que el hombre nunca podría mirar al cielo si no flexionara el cuello hacia atrás. Eso de flexionar el cuello no es sólo propio del hombre sino que [183] aparece en no menor grado en los asnos, y no debemos dejar de mencionar las aves de cuello largo, a las que no sólo es fácil mirar hacia arriba siempre que quieran, sino que también tienen una disposición que les permite girar los ojos hacia cualquier parte. Es un terrible descuido que algunos no hayan escuchado a Platón cuando dice: «Mirar hacia arriba no es tumbarse boca arriba con la boca abierta sino, pienso, observar mediante la razón la naturaleza de los seres» 12 . Pero, como dije al principio, pocos predecesores míos han conocido con exactitud la función de las partes. Por esto nosotros tenemos que ser mucho más precisos en nuestra observación y debemos esforzarnos, como también dije antes, en llevar a término todo el tratado sin omitir nada en absoluto de cada parte ni su posición ni su tamaño ni su textura [184] ni su figura ni cualquier otra característica formal, ni la suavidad ni la dureza ni cualquier otra cualidad consecuencia de las mezclas, ni las relaciones de unas partes con otras cuando se desarrollan juntas o cuando se unen o cuando se yuxtaponen, o su preparación en aras de la seguridad.

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