Kitabı oku: «Bajo una luz fría»

Título original inglés: Under the Cold Bright Lights.
Publicado originalmente en inglés por The Text Publishing Company Australia
© Garry Disher, 2017.
© de la traducción: Sergio Lledó Rando, 2021.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2021.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: noviembre de 2021.
REF.: ODBO978
ISBN: 978-84-9187-918-3
EL TALLER DEL LLIBRE • REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL
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PARA TONY Y HELEN
1
Era una mañana apacible de octubre en las inmediaciones de Pearcedale, al sureste de Melbourne. Una serpiente reptaba por el borde de un porche en un atajo hacia alguna parte. Nathan Wright, que contemplaba medio dormido su césped resecado desde la puerta de casa después del desayuno, apreció el movimiento con el rabillo del ojo: una cabeza de cobre del copón que serpenteaba sobre su porche. ¿Hacia dónde? ¿Iría a por su esposa y su hija? Jaime estaba tendiendo monos de trabajo en el césped del lateral de la casa y Serena Rae, a sus pies, reposaba sobre una manta rosa.
Tras unos segundos sin poder articular palabra, que parecieron durar semanas, Nathan señaló con el dedo y aulló:
—¡Serpiente!
Jaime se enderezó sobre el cesto de la ropa y siguió el dedo de Nathan con la mirada. Dejó caer una camisetilla minúscula de color rosa, escupió una pinza de la ropa, recogió a Serena Rae del suelo y retrocedió torpemente con un pequeño gemido de terror. La serpiente siguió reptando entre la hierba y la tierra hacia una losa de hormigón armado del tamaño de un par de tableros de madera. Nadie sabía para qué habría servido originalmente aquella losa. ¿Fue la base de una caseta de aperos que habían acabado demoliendo? ¿Un gallinero? Estaba resquebrajada y agujereada por varias partes, pero parecía sólida, y Jaime había colocado sobre una de sus esquinas un banco donde solía sentarse a leer al sol, pelar guisantes o dar el pecho a Serena Rae.
La impasible serpiente hurgó en un agujero, que a Nathan le pareció demasiado pequeño para ella, y empezó a colarse entre el hormigón con una serie de largos espasmos musculares. No tardó en introducir una cuarta parte de su cuerpo. Jaime y Nathan la observaban paralizados. Serena Rae se sacó de la boca su pulgar mojado y la señaló.
—Sí, cariño, serpiente —dijo Jaime con voz trémula.
Nathan se obligó a salir de aquella parálisis. ¿Una serpiente anidando junto a la casa? Ni de coña. Corrió hacia el cobertizo que había detrás del garaje, donde guardaba la leña y las herramientas de jardinería.
—¡Nathan! —Jaime aferró a Serena contra su pecho—. ¿Dónde has...?
—¡Hacha!
Jaime se quedó sobrecogida y después lo entendió: pensaba partir a la serpiente por la mitad. Observó cómo su marido desaparecía y volvía con el hacha para arremeter de mala manera contra la mitad visible de la serpiente.
—¡No! —gritó con pánico.
Nathan se detuvo, confundido.
—¿Qué?
—Podría estar embarazada.
Lo había leído en alguna parte, decenas de crías de serpiente que escapaban de un cuerpo desmembrado y desaparecían en todas direcciones para anidar, procrear y morder a los bebés de los humanos.
—Además —añadió, intentando calmarse. Nathan parecía más acongojado que ella—, las serpientes son especies protegidas.
—¿Qué? ¡Que les den!
—¿Y si cuando le cortes la cabeza, se revuelve y te muerde?
A Nathan aquello no le parecía muy probable, pero tampoco le hacía ninguna gracia la idea de acercarse a la serpiente desde un principio. Y ahora ya era demasiado tarde. Había desaparecido en el interior de su madriguera.
Aunque eso no arreglaba las cosas: seguían teniendo una serpiente en casa.
Nathan volvió al cobertizo y cogió un par de viejos ladrillos rojos. Se acercó a la losa de hormigón como si fuera un lecho de brasas ardiendo, pasó corriendo sobre ella, dejó caer los ladrillos sobre el agujero por el que se había metido la serpiente y retrocedió. Se frotó las manos para quitarse el polvo de los ladrillos y se reunió con su mujer, que se había refugiado en el porche.
No parecía muy convencida de que tuviera controlada la situación.
—¿Y si hay otro agujero que no vemos? ¿Y si tira los ladrillos? ¿Y si excava otra salida para salir?
—Por Dios, Jaime.
Nathan era como cualquiera de los jóvenes maridos del distrito: medio cachas, con el pelo cortado a bocados, pantalones cortos holgados, camiseta surfera, un par de tatuajes inofensivos y las gafas de sol sobre la gorra de béisbol. Cuando no pillaba las cosas se ponía a la defensiva. Y esto sucedía tan a menudo que agotaba la paciencia de Jaime.
—Hay que llamar a ese cazador de serpientes —dijo esta con brusquedad, ocultando el canguelo que seguía sintiendo.
—Pero qué co...
Nathan se acordó de Serena Rae justo a tiempo para comerse sus palabras; esta lo miraba como si pensara de él lo mismo que su madre.
—El número está junto al teléfono de la cocina —continuó diciendo su mujer.
Nathan lo sabía perfectamente. Él mismo había pegado allí el teléfono con el nombre del cazador de serpientes tras leer un artículo del periódico local. Baz el cazaserpientes anunciaba a los residentes que sería una «buena» temporada para los ofidios, especialmente para las cabeza de cobre, las tigre y las serpientes negras de vientre rojo.
—Nathan... —dijo Jaime, finalizando la frase con el mero tono de su voz.
—Vale, vale.
Cruzó el porche con paso airado hasta la puerta de entrada. Dios, se la había dejado abierta. ¿Quién sabe cuántas serpientes se habrían colado? Echó una fugaz ojeada a su espalda: Jaime seguía con la mirada puesta en la losa de cemento, meciendo a Serena Rae sobre su cadera. La pequeña sí que lo miraba. La saludó forzadamente con la mano, entró en la cocina y marcó el número de teléfono. Esperó. Paseó la mirada desde su jardín hacia la valla de separación, y después hasta el pinar de su vecino y las hectáreas de praderas ondeantes que lo rodeaban. Todo ello atestado de serpientes.
Al cabo de un rato llegó Baz, vestido con un polo azul en el que se leía: «Snake Catcher Victoria», vaqueros y botas de trabajo. Una gorra le ensombrecía el rostro y blandía un largo bastón entre sus rudas manazas. Paseó la mirada de Nathan a Jaime y dijo:
—Mostradme el camino —como si el tiempo fuera oro.
Nathan le enseñó la losa forjada y Baz negó con la cabeza.
—Joder, no me lo vais a poner fácil, ¿verdad?
—Ahí es donde se ha metido.
Jaime, a su espalda, dijo:
—¿Podrás atraparla?
—Si me das un taladro y una excavadora, puede —dijo Baz.
Nathan se quedó junto a él mirando la plancha de cemento y deseó no haberle hecho caso a esa estúpida mujer y haber partido la serpiente por la mitad.
—Tendría que haberme cargado a ese puto bicho.
Baz se volvió hacia él lentamente, con calma, y le dijo:
—Haré como que no he oído eso, amigo. Y entérate, que sea la última vez que te oigo decirlo. Matar serpientes es ilegal. Te cae una multa de seis mil pavos.
—Solo digo que...
—Bueno, pues no lo digas. —Baz señaló el hacha que había dejado allí tirada—. Aunque la hubieras partido por la mitad, la sección de la cabeza puede morderte hasta un buen rato después.
—Eso es lo que yo le he dicho —dijo Jaime.
Nathan entrelazaba sus voluminosas manos nerviosamente.
—¿Entonces qué? ¿La dejamos donde está y punto?
—Colega, si no puede salir, se muere —dijo Baz—. De hecho, al bloquearle la salida, la matas. Seis mil pavos.
—¿Me denunciarías? Por el amor hermoso, ¿qué demonios quieres que hagamos? Tenemos una niña pequeña. ¿Estás diciendo que debo quitar los ladrillos para dejar que una serpiente venenosa campe a sus anchas y mi mujer y yo tengamos que encerrarnos en casa con nuestra hija hasta el fin de los días?
Baz, que no se dejaba impresionar por Nathan, era, no obstante, un hombre justo. Tenía hijos. Incluso había sufrido una mordedura de serpiente diez años atrás que provocó un ataque de pánico en su familia. Se mordió el labio inferior.
—De acuerdo. Esto es lo que vamos a hacer. ¿Necesitáis esa losa de cemento para algo? ¿Tenéis pensado construir una caseta sobre ella, por ejemplo?
—Por mí puedes deshacerte de ella.
—Yo no pienso deshacerme de ella, eso lo harás tú. O al menos tendrás que llevarte los trozos cuando la rompamos. Tengo un amigo, un cementero especializado en forjados caseros, porches y cimientos. Él lo excavará, no hay problema. Empezaremos por el agujero, lo iremos agrandando poco a poco, lo suficiente para irme haciendo una idea de qué tenemos bajo vuestro forjado, si es una cavidad grande o hay un entramado de madrigueras. En cuanto vea una serpiente o serpientes, me pondré manos a la obra con mi gancho.
Serpientes, en plural. Genial.
—¿Qué harás con ella? ¿Con ellas?
—Ponerla en libertad en su entorno natural.
—Claro —dijo Nathan—. ¿Y si esa cabeza de cobre típica tuya tuviera, digamos, un instinto hogareño?
—Amigo, aquí tenemos serpientes a nuestro alrededor durante todo el verano. La mayoría de las veces no te las encuentras. Yo ahora me libro de esta serpiente y ¿quién te dice que no va a aparecer otra en tu jardín mañana?
Nathan miró a Jaime. Suspiró.
—De acuerdo, vamos a ello.
—Igual no puede ser hoy —dijo Baz, con una inquietud en su rostro que mostraba la poca gracia que le hacía pensar en una serpiente angustiada.
Pero el operario de Baz aceptó pasarse al mediodía, así que este se hizo fuerte en el porche de Nathan: café, galletas Anzac y a darle a la sin hueso mientras esperaba. El muy capullo tenía a Jaime comiendo de su mano con sus historias de serpientes.
Finalmente, entró rezongando una camioneta gris como el cemento y como el propio Mick el albañil, que era puro escombro humano en pantalones cortos, vestido con una camiseta azul y botas de faena, los años de deslomarse en el trabajo patentes en su espalda encorvada y sus piernas zambas. Estrechó la mano de Nathan con una sonrisa torcida de sabelotodo que destilaba malicia. Nathan se sonrojó, convencido de que Baz le habría contado algo al obrero para que pensara que era un gilipollas.
—Me han dicho que tienes un problema —dijo Mick, soltándole la mano.
—Podríamos llamarlo así.
—Así es como lo he llamado. —Mick echó un ojo a la losa y se frotó las manos—. Llevo haciendo forjados de cemento toda la vida. No suelo tener la oportunidad de reventarlos.
—Prepárate para retirarte si sale una cabeza —dijo Baz.
—Sí, bueno, prepárate tú para estar listo con el gancho ese —dijo el obrero.
—Tened cuidado —gritó Jaime desde detrás de la mosquitera.
Mick miró a los otros dos con los ojos entornados y fue a la camioneta a coger el martillo neumático.
—No voy a empezar por el medio —dijo—, no sea que haya un agujero debajo y caiga en un nido de cabezas de cobre. Comenzaré por uno de los bordes y excavaré, pongamos que medio metro cuadrado cada vez, miramos debajo y pasamos al siguiente tramo. ¿Qué te parece?
—Métele caña —dijo Baz.
¿Piensa sacar los fragmentos a pelo con las manos?, se preguntó Nathan. Yo ni loco.
No era a pelo: Mick utilizaba una palanca para sacarlos. Y una vez se hubo deshecho de cuatro tramos de medio metro cuadrado, se hizo patente que habían vertido gran parte del cemento directamente sobre la propia tierra. Salvo que a medida que se iban descubriendo los bordes más próximos al nido de serpiente se apreciaba cierto nivel de hundimiento de tierras bajo el centro del forjado.
—Ahí la tienes —dijo Nathan.
Baz asintió.
—Está intentando escabullirse hacia el fondo.
—Perforaré otra sección —dijo Mick.
—Sí, métele. Pero prepárate para poner la marcha atrás —dijo Baz—. Nuestra amiguita no estará para fiestas.
Esta vez Mick seccionó un pequeño fragmento de cemento y se adentró en el agujero original. Este se despedazó en terrones cuando intentó sacarlo con la palanca.
—El capullo que cementó esto no tenía ni puta idea de forjados —dijo, irritado—. Demasiada arena, y encima mal mezclada. —Reculó—. ¡Hostia puta!
El terroso cemento se había derrumbado sobre la serpiente, que intentó atacarlo, pero estaba atrapada entre el mortero. Baz entró rápidamente en escena e inmovilizó la cabeza con su bastón. Después, se acuclilló y usó la otra mano para apartar trozos de cemento hasta que liberó a la serpiente. La sostuvo en alto mientras mantenía controlada con su gancho la ondulante sección frontal y la metió dentro de un saco de arpillera.
—Coser y cantar —dijo, sonriendo a los otros.
Que, por lo que parecía, estaban más interesados en el agujero que había bajo la sección central del forjado.
—¿Qué pasa, tenemos a una familia entera de cabroncetes?
Miró hacia abajo. Lo que tenían era una camisa de algodón podrida sobre una caja torácica y un Rolex Oyster de pega enrollado en los huesos de un esqueleto.
2
Al sargento en funciones Alan Auhl se le estaba haciendo tarde para ir al trabajo mientras se despedía de su mujer. Pocas veces podía pasar tiempo a solas con ella. Y tampoco es que los clientes del departamento de Casos sin Resolver clamaran por su atención.
—Si hubiera sabido que te iba a hacer un cunnilingus me habría esmerado más en afeitarme.
Liz bufó, le cubrió las orejas con las manos y tiró de sus pelos rojizos entrecanos.
—Tú a lo tuyo.
Alan prestó más atención y después se acoplaron uno a otro y dormitaron hasta que Liz dijo:
—Tengo que acabar de hacer la maleta.
Dejarse llevar por los besos hasta terminar en la cama solo parecía sucederles una o dos veces al año. Tras un intercambio de miradas, algo —la costumbre, el aprecio o los remordimientos mutuos, la química, el recuerdo del amor— había tirado de ellos. Esta vez Auhl simplemente se había dejado llevar hasta la habitación de su esposa para ver si necesitaba ayuda con las maletas. Y, después del sexo, arrebujarse, hablar, el irresistible encanto del sueño.
Más tarde, cuando volvió de su cuarto de baño, que estaba en el mismo pasillo que su habitación y estudio, Auhl la encontró tumbada sobre el edredón, mirando fijamente al techo. Había vuelto a perderla.
«No es tanto que ya no esté enamorada de ti —le había dicho ella con lágrimas en los ojos tiempo atrás, cuando ya resultaba obvio que ese aire de distracción y desconexión que lo envolvía no cambiaría jamás—, sino que ahora te quiero de manera diferente».
Se inclinó sobre ella teniendo aquello presente, la besó y soltó una gracieta sobre la preciosa mujer que había acostada en su cama.
Liz parpadeó y sus ojos recobraron su implacable inteligencia.
—Que yo sepa, esta es mi cama. Y no te emociones.
No. Eso nunca. Así no lo conseguiría ni de coña.
Auhl dejó que su mujer acabara de hacer las maletas y bajó al piso de abajo. El Chateau Auhl, un edificio de tres plantas inmensas en una calle apacible de Carlton, amplificaba el ruido que hacían sus pasos en las escaleras y los pasillos. Como cualquier otro martes a media mañana, no había nadie más en casa. Su hija, sus inquilinos y las almas descarriadas a quienes daba cobijo no llegaban hasta entrada la tarde.
Su habitación estaba junto a la entrada de la casa y compartía el baño del pasillo de la planta baja con algunos de los otros. Se duchó, se vistió, hizo dos bocadillos y envolvió uno de ellos para dárselo a Liz.
No tardó en verla bajar estruendosamente las escaleras. Salió al vestíbulo justo en el momento en que ella llegaba y le ofreció el bocadillo con una mano, mientras con la otra alcanzaba la maleta más pesada. Ella asintió como si mereciera eso y más, una mujer ágil que fluía como la seda, con un atractivo peligroso: falda, camiseta, cazadora tejana y bambas. Un tren que se le había escapado. Distante, intocable, centrada, con la mente puesta ya en su otra vida. A pesar de ello, se tomó bien que le llevara la maleta al coche, casi con cariño.
No, no estaba segura de cuándo volvería a pasar la noche allí.
Ten cuidado en la carretera.
Auhl se comió su bocadillo en la mesa de madera descascarillada y llena de surcos de la cocina, sin prestar apenas atención a lo que sonaba en Radio Nacional.
«Su coche atraviesa ahora la ciudad, pasando por el puente de Westgate hasta llegar a Geelong».
Hizo todo el recorrido con ella mentalmente.
A mediodía enjuagó los platos del almuerzo y caminó hasta la estación de tranvía de Swanston Street. Portaba consigo una ansiedad general que lo acompañó por el centro de la ciudad hasta cruzar el río y llegar a la comisaría de policía. Liz. El trabajo. Las hermanas Elphick, que lo habían llamado esa mañana como cada 14 de octubre, en el aniversario de la muerte de su padre, ellas seguían esperando unas respuestas que él no podía proporcionarles.
John Elphick, nacido en 1942, encontrado muerto por contusiones craneales en su granja de las colinas al norte de Trafalgar, Gippsland, al este de Melbourne, en 2011. Viudo, vivía solo. Su hija Erica residía en Coldstream (enfermera, casada con un médico, tres hijos); la otra hija, Rosie, profesora de primaria, vivía con su novio, profesor de instituto, en Bendigo. Todos tenían coartada. Ninguno acusaba problemas financieros. Ni apuestas, ni deudas por drogas, ni amistades sospechosas o secretos que los investigadores de la policía hubieran podido descubrir. Además, Elphick había donado su granja a la Cruz Roja con el beneplácito de sus hijas.
Sus amigos y vecinos también disponían de coartadas. Ninguno de ellos tenía motivos para querer verlo muerto. Y aunque no era el alma del barrio, John Elphick estaba bien considerado y era razonablemente activo: jugaba a la petanca, iba a la iglesia, una cerveza en el pub de vez en cuando, alguna reunión en el club de jubilados Probus. No tenía ninguna amante. Ningún asalariado que viviera en la residencia ni que la rondara. La visión que se tenía de él es que era «un vejete encantador».
Hasta ahí llegaban los recuerdos de Auhl. No le habían asignado el caso en un primer momento; se había unido al equipo cuando la investigación ya estaba avanzada, durante los días en que agonizaba su matrimonio y su periplo en el departamento de Homicidios. Y poco después de aquello se retiró. Con cincuenta años, quemado y amargado.
Pero parecía que había algo en él que a Erica y Rosie les resultaba atractivo, porque cada 14 de octubre se reunían para llamarlo. Por no perder la costumbre. ¿Alguna noticia nueva? Y hasta aquel momento, cada 14 de octubre había podido contestarles que ya no trabajaba para la policía. Lo cual no había desanimado a las hermanas. Sí, pero tienes amigos en el cuerpo, le decían, sigues en contacto con ellos. La verdad es que no, contestaba él.
Esa mañana, cuando llegó la llamada, tuvo que improvisar un nuevo diálogo. Había regresado al cuerpo de policía. De hecho, lo habían invitado a volver, después de pasar cinco años matando el tiempo: algún que otro viaje esporádico, lecturas, clases de educación para adultos, líos amorosos imposibles o desastrosos, voluntariado para diversas organizaciones benéficas.
Y no se sabe cómo, las hermanas se habían enterado de que estaba de vuelta.
—Justamente le estaba comentando a Erica —dijo Rosie mientras Auhl mascaba su muesli— que ahora estás muy bien colocado.
—Extremadamente bien colocado —dijo Erica.
En el departamento de Desaparecidos y Casos sin Resolver, para ser más precisos. Su misión era, básicamente, liberar de trabajo a detectives más jóvenes para que pudieran dedicarse a otra cosa. También valorado por sus diez años como patrullero, diez en diversas unidades especializadas y otros diez en Homicidios.
Auhl, el recauchutado, de quien se esperaba que pusiera su ojo de halcón avezado en asesinatos sin resolver, muertes accidentales, casos de desaparecidos que levantaran sospecha. Que identificara aquellos que podrían resolverse actualmente con la ayuda de las nuevas tecnologías, esos en los que no se puso suficiente interés o se actuó con negligencia, los que disponían de información nueva que había salido a la luz últimamente. Colaborar donde fuera necesario con otros departamentos, entre ellos el de Homicidios y el de Delitos Graves. Presionar para que se realizaran nuevas pruebas de ADN. Volver a intentarlo con testigos que hubieran dado fe de una coartada y ya no fueran amigos de los sospechosos. Realizar un seguimiento de los cambios a lo largo del tiempo. Por ejemplo: una escena del crimen en la que se había construido un aparcamiento. Alguna figura clave del proceso que hubiera fallecido, desaparecido en el extranjero, sufrido demencia o estuviera casada ahora con el principal sospechoso.
Una perita en dulce.
Liz había insistido en que aceptara el trabajo.
«Ese puesto está hecho para ti, corazón mío». Todavía lo llamaba así de vez en cuando. Probablemente fuera por la fuerza de la costumbre. Le recordó su actitud ante los casos que se enquistaban cuando trabajaba en Homicidios: «Obsesivo, pero para bien».
Lo que quería decir era que se mortificaba cuando pensaba que se le había pasado algo. Que algún mentiroso se la había colado. Que el asesino se ocultaba entre las decenas de nombres que había recopilado durante la investigación.
—Confiamos plenamente en ti —le había dicho Rosie Elphick esa mañana mientras Auhl se acababa el café del desayuno.
—No puedo prometerles nada.
—Lo sabemos.
—El forense dictaminó que había sido un accidente, según creo recordar.
Pero en realidad no era cierto. Lo único que recordaba era que no se había dictaminado que el caso Elphick fuera un asesinato.
Se produjo un largo silencio al otro lado de la línea, una manera sutil de comunicar su decepción.
—Error —lo reprendió Erica educadamente—. El forense se mostró bastante ambiguo al respecto.
Y Rosie añadió con vehemencia:
—Alan, te lo ruego, revisa la investigación de nuevo.
Auhl se dirigió directamente al archivo en cuanto llegó a la comisaría. Odiaba aquella sala. Le parecía que algún día encontrarían allí su cuerpo, emparedado entre las enormes estanterías móviles. O yaciendo sobre los azulejos con una mano estirada y la puerta llena de marcas de arañazos de la desesperación. Cuando trabajaba en Homicidios rara vez necesitaba consultar expedientes de casos sin resolver. Los suyos eran candentes, o cuanto menos estaban tibios. Los resolvías dejándote los pies planos, con llamadas telefónicas, búsquedas en el sistema informático e interrogatorios. Ahora parecía que pasaba la mitad del tiempo sacando archivos, y encima se trataba de informes en papel que databan de la prehistoria. Había doscientos ochenta asesinatos sin resolver desde la década de 1950 en los registros del departamento de policía de Victoria. Y mil casos de personas desaparecidas, de entre los cuales probablemente un tercio de ellos fueran asesinatos.
Aquella mañana, en busca del archivo del caso Elphick, J., 2011, apartó cuatro feos bloques de estanterías de color beis a la izquierda y creó un estrecho pasillo. Se adentró en él, cogió la caja del expediente y salió de allí sin más demora, casi esperando que las estanterías siguieran la ley del horror vacui. ¿Oiría siquiera algún ruido que se lo advirtiera?
Se llevó consigo el caso Elphick, J. a la pequeña sala de la décima planta que albergaba el departamento de Desaparecidos y Casos sin Resolver. Su jefa estaba hablando por teléfono al final de aquella sala de planta abierta en su cubículo acristalado con la puerta cerrada. Uno de los investigadores del departamento había ido a los juzgados. La otra, Claire Pascal, de espaldas a él, estaba inclinada sobre una pantalla. Auhl se conformó con ese orden de cosas. La primera vez que trabajaron juntos —en una revisión de la declaración de un testigo—, nada más entrar en el coche, Claire lo había amenazado con dejarlo ciego con espray de pimienta si le ponía las manos encima.
Soltó la caja con el expediente Elphick sobre su escritorio y vació el contenido artículo por artículo, perfumando el aire con un rancio olor a cerrado. Un voluminoso informe atado con una gomilla, un sobre con fotografías del lugar de los hechos, un vídeo del mismo. Intentó quitar la goma. Se rompió.
Las panorámicas de la escena del posible crimen mostraban a John Elphick tumbado boca arriba sobre la espesa hierba de la primavera detrás de su camioneta Holden, aparcada junto a una valla metálica. El fallecido era un hombre corpulento con una buena mata de pelo cano, vaqueros gastados, una camisa de franela de algodón y botas con cobertura elástica. Presentaba incisiones en la cabeza y sangre en la frente, mejillas, cuello y por toda la camisa. Auhl reflexionó sobre esto: ¿estaba Elphick de pie cuando sufrió las lesiones?
Auhl leyó todos los informes y declaraciones y se detuvo en los resultados de la autopsia. La muerte de Elphick había sido provocada por una enorme contusión craneoencefálica. Habían encontrado sangre y tejido cutáneo en el parachoques delantero del vehículo, lo que parecía contradecir la teoría del asesinato. Pero el patólogo también había señalado el patrón que seguía la sangre al derramarse desde la cabeza hacia el torso y la presencia de restos sanguíneos en la cabina de la camioneta: no podía descartarse que sufriera una agresión.
Y las hijas de la víctima llevaban años intentando convencerlo educadamente de que no trabajó bien el caso en su momento. «Voy a tener que darles la razón», murmuró Auhl.
—Hablando solo —dijo Claire Pascal, todavía dándole la espalda—. Pobre vejestorio bastardo.
Auhl no le prestó atención. No pensaba dejarse ofender por los insultos de la juventud. Lo habían contratado para hacer un trabajo y lo haría.
Después, introdujo en su portátil el DVD del escenario del crimen. Las fotografías servían para captar los detalles, pero con el vídeo te metías en los hechos. Atravesabas la escena de la mano del cámara. Cuando tratabas con un caso sin resolver, el vídeo suponía la mejor alternativa a haber estado presente.
Auhl vio un cerro tapizado con un tupido manto de hierba a cuyo pie había un embalse a media capacidad y cuatro árboles del caucho. Al norte las colinas formaban una cadena montañosa a lo lejos y un ancho valle hacia el sur: una panorámica de cuadrados, franjas, puntos y rayas que formaban las carreteras, prados, setos y tejados. Y ahora veía la valla metálica, la camioneta y el cadáver. En cierto punto, el cámara se había subido a la caja de carga del vehículo, dándole a Auhl una impresión más clara del cuerpo en relación con la valla y la plataforma. «Espero que hablara con los técnicos para despejar la zona antes de subirse», pensó. Presionó el botón de pausa.
Otra ventaja de la elevación: podía ver el rastro de dos juegos de neumáticos en la hierba. El Holden de Elphick entró en la escena tras pasar por la verja que había junto al embalse situado al fondo del prado. Las otras huellas de ruedas corrían paralelas a las de Elphick, pero desde el otro lado de la valla metálica. El vehículo al que correspondían había dado un giro en cierto punto y había vuelto a bajar por el cerro.
Auhl realizó una anotación: «Comprobar a quién pertenece o pertenecía el terreno colindante».
Volvió a poner en marcha la grabación. Las imágenes se detenían ahora sobre el cuerpo, de la cabeza a los pies, las suelas de las botas, los pantalones, las manos, la cabeza y el torso ensangrentados. Después se dirigían a la cabina del Holden. Asiento del conductor de vinilo, abombado, un par de rajas tapadas con cinta aislante negra. Salpicadero polvoriento, resquebrajado también por varias partes. Alfombrillas gastadas. Cinturones de seguridad mugrientos y hechos jirones. Burbujas de aire en la pegatina de identificación, en el lateral inferior izquierdo del parabrisas rayado. El cenicero abierto y dentro un clavo de los de techumbre, un clip y varias monedas. El manual de usuario, un recibo del teléfono del año 2010, cerillas, un gorro de felpa y unos alicates en la guantera. En la consola que hay entre los asientos: más monedas, unas gafas de sol Cancer Council, una libreta de anillas minúscula, un lápiz de carpintero mordido.
Auhl releyó los informes. Los detectives de la investigación no mencionaban ninguna libreta. El encargado de la escena del posible crimen sí. Elphick la usaba para anotar datos sobre precipitaciones, listas de la compra o recordatorios: «comprar leña», «reparar el cortacésped», «recolocar la verja de entrada».
Auhl volvió a ver el vídeo: la libreta estaba cerrada, la cubierta arrugada, gastada, se salía ya de las anillas. Presionó el botón de pausa y aumentó la imagen. Elphick había escrito algo en la cubierta de la libreta. Unas letras ilegibles. ¿Un número de teléfono? Los trazos del lápiz no se distinguían bien sobre la brillante superficie.
Era vagamente consciente de que Claire Pascal hablaba por teléfono con alguien en su escritorio. Esta murmuró algo y acabó por darse la vuelta con la silla.
—¡Tú, recauchutado!
—¿Qué?
—La jefa quiere que hagamos una escapadita al campo.
—¿Por?
—Vamos —dijo con impaciencia—. Ya te lo contaré en el coche.
Auhl se levantó, se puso la chaqueta y se aseguró de que llevaba el teléfono y la cartera.
Pascal no había acabado todavía con él.
—¡No te olvides el andador, abuelo!
3
Auhl firmó para sacar del depósito un utilitario sin distintivos y se dirigió hacia el Monash siguiendo la alentadora voz que sonaba en la aplicación de mapas del teléfono de Claire Pascal. Aquella voz, a la que le pareció adecuada llamar Sarah, era su compañía más cálida. Pascal estaba sentada a centímetros de él, mirando al frente e irradiando hostilidad. Pues si no quería trabajar con él en un caso, que se jodiera. Josh Bugg, el otro chaval, estaba en el juzgado. Así que, a menos que la jefa quisiera participar, a Pascal no le quedaba otra. Le entraron ganas de cabrearla más y no pasar de sesenta en la autopista, como el viejo carcamal que era. Pero alguno de los dos tenía que comportarse como un adulto.
Salieron de la autopista y se encontraron en el EastLink, con lo que Pascal tuvo que contarle a regañadientes a dónde iban y por qué.
—Un colega estaba desarmando un forjado de cemento cerca de Pearcedale y ha encontrado un cadáver debajo. Un esqueleto.
—O sea, un caso viejo y frío —dijo Auhl.
Pascal lo fusiló con la mirada.
—O sea, que los tipos de Homicidios nos han echado el muerto encima.
Auhl aguzó sus sentidos al presentir que había un subtexto. ¿Personal? No sabía gran cosa acerca de la vida privada de Claire Pascal. Estaba casada, hasta ahí podía leer. ¿Con un policía? De todas formas, tampoco le apetecía demasiado tener una conversación íntima con alguien que le había advertido del dolor que causaba una rociada de espray de pimienta en toda la cara.
La miró. Joven. Buen cuerpo. Competente. Seguía con la vista al frente, el pelo estirado hacia atrás de una manera que acentuaba sus rasgos y modales afilados. Al mismo tiempo, despedía un agradable olor a ropa recién lavada y champú de esos especiados. No le caía mal. Es verdad que lo había llamado recauchutado, pero no le faltaba razón, pensó Auhl. Él mismo se sentía recauchutado esos días. Recompuesto con caucho reciclado. Prácticamente, un desgaste acelerado garantizado.
Tras dejar atrás unos cuantos kilómetros de autopistas, al final, después de presionarla, picarla y darle coba, consiguió que Pascal se abriera un poco. Hablaron sobre su jefa, del caso Elphick, del que le habían asignado a ella. El tiempo empezó a pasar más rápido.
Al cabo de una larga pausa, le dijo:
—¿Cómo es que abandonaste el cuerpo y después volviste?
Y Auhl notó cierto retintín.
Se hacía una clara idea de los resentimientos que se ocultaban tras los insultos y puteos que recibía de los detectives más jóvenes del departamento de Homicidios y del de Casos sin Resolver. Suponía un freno para sus carreras. Esperaba que se le diera un trato preferente (y lo recibía). No estaba al día de los últimos avances técnicos y de investigación. Era lento, estaba mayor, lo que supondría una rémora en situaciones en las que se jugaran la vida.
No había mucho de cierto en ello, pero en los seis meses que llevaba en el equipo, Auhl ya había pasado por encima de más de uno y hecho preguntas embarazosas. También había sacado a la luz ejemplos de indolencia, ineptitud e inexperiencia en algunas de las investigaciones originales.
Era probable que Claire Pascal sintiera que le hacía sombra.
—Me buscaron ellos —dijo con cautela—. Todos los cuerpos de policía están volviendo a contratar a agentes retirados para trabajar en casos sin resolver. Así se liberan recursos.
Pascal desdeñó su respuesta.
—Esa es la versión oficial. Lo que yo quiero saber es por qué acabaste retirándote.
—¿Sinceramente? Diez años en Homicidios, las escenas del crimen acabaron afectándome. Algunas de ellas eran horribles. La mayoría. Se supone que uno tiene que crearse una coraza. Yo no pude.
Ella no le dijo que parecía una princesita, ni que se comportara como un hombre, el tipo de reproches al que había tenido que enfrentarse durante su larga carrera. Habló dirigiéndose al parabrisas.
—Acabó afectándote.
—Sí.
—Supongo que revisar fotos antiguas del escenario del crimen no es lo mismo.
—No.
Volvió a sumirse en su silencio malhumorado. Después, cerca de Frankston, cuando Auhl tomó la salida hacia Peninsula Link, dijo de repente:
—Yo estuve fuera del cuerpo durante tres años.
—¿Sí?
—Estaba haciendo una redada. Un laboratorio de metanfetas casero cerca de Melton. Uno de mi propio equipo me hizo atravesar una cristalera de un empujón. Uno de esos tíos competitivos que odia llegar el último. —Levantó su mano derecha, se arremangó y puso el brazo entre el salpicadero y su cara. Él se aventuró a echarle una ojeada rápida: un antebrazo lleno de cicatrices con la piel arrugada por hilos y cordones de tejido desgarrado—. Afectó al tendón. Ahora he recuperado plena movilidad, o casi. Pero la operación y la rehabilitación fueron interminables y como que... se me fue. Perdí el nervio.
—Es una putada que te pase eso.
—El perito médico de la policía me insinuó que renunciara por problemas de salud, y lo hice, pero al año ya no podía soportarlo más. Volví, solicité regresar a mi antiguo equipo (me rechazaron) y acabé en una unidad forense de las afueras, en la otra punta de la ciudad, con un sargento cabrón que no quería tener a una mujer en su equipo. —Hizo una pausa—. De eso me enteré por las malas.
—¿Y eso?
Claire continuó como si él no hubiera pronunciado palabra.
—Turnos de noche. Un montón de turnos de noche. Vamos, que estaba yo sola en la comisaría en plena madrugada. Llamadas de teléfono guarras. Ruidos raros. Me rajaron las ruedas en una memorable ocasión. —Otra pausa—. Y si tenía turno de día se pasaba el tiempo sobándome, lanzándome pullas o denigrándome. Al menos tú no haces eso.
—Bueno, no quiero que me rocíen espray de pimienta en toda la cara —dijo Auhl.
Se quedó mirándolo fijamente hasta que soltó una risotada y se sonrojó.
—Ya, bueno, ya sabes, es agua pasada; no me lo tengas en cuenta.
—Hecho —dijo Auhl—. ¿Entonces, solicitaste el traslado a Casos sin Resolver?
—Y el resto es historia.
Aunque por ahora no había mucha, pensó Auhl. Había entrado en el departamento solo un mes antes que él. Se dejó soñar despierto mientras conducían en silencio, despejada ya casi toda la tensión. Su casa, su hija, su esposa. Los estudiantes y esos hombres y mujeres destrozados que solían quedarse allí por un tiempo. Y pensamientos insidiosos: el viejo señor Elphick tirado en el suelo entre su camioneta y la verja que separaba la linde. Las huellas de los neumáticos. La libreta entre los asientos.
La libreta y el batiburrillo de números y letras que Elphick había anotado en la cubierta...
—«Númeromatrícula».
—¿Cómo?
—Perdona. Era un recordatorio.
—Los viejos hablan solos —dijo Claire Pascal—. Ya me había dado cuenta.
Auhl rio y dejó que Sarah los llevara a aquella dirección al este de Pearcedale.
Se encontraron en un terreno no del todo plano con un horizonte prácticamente inalterado en cualquiera de las direcciones que se mirara. Los tipos de asentamiento humano pasaban de un extremo al otro: las casas originales de los granjeros estaban demarcadas por viejos árboles del caucho, extensas praderas y setos de cipreses. Entre los atrios de las mansiones mediterráneas germinaban polvorientas parcelas derruidas, casas baratas prefabricadas y edificios bajos de ladrillo visto con amplios porches. Algún que otro arbusto y plantón diseminados por ahí, tristes sustitutos de los árboles del caucho arramblados con las excavadoras para facilitar la instalación de jóvenes familias. Remolques con barcos, todoterrenos hinchados, antenas parabólicas. Carteles que anunciaban desbrozados, clases de yoga, arrendamiento de caballos. Alguna que otra cabra pastando, un caballo, una alpaca. Un tipo a todo trapo en su quad con un perro en el portamascotas.
Finalmente, Sarah le comunicó a Auhl que girase hacia la izquierda y los condujo atropelladamente por un camino de tierra hasta una valla metálica blanca con la verja abierta. Al final del camino de entrada había varios vehículos junto a una casa de aspecto nuevo con un diseño pasado de moda, una estructura de tres módulos de ladrillo visto con un tejado clásico. Auhl se fijó en los automóviles al llegar: una pequeña camioneta blanca de algún manitas, un coche familiar, un patrullero de la policía, otro blanco sin distintivos como el que conducían ellos, una furgoneta de la policía científica, dos todoterrenos bajo un techado. Entraron en contacto visual con varias personas reunidas en torno a una carpa azul de esas que suelen montar para conservar el cuerpo y ocultarlo a los medios de comunicación.
Auhl aminoró la marcha, se metió en el césped, aparcó detrás de la furgoneta de la científica y salieron del coche, deteniéndose brevemente a inspeccionar el inmueble.
En realidad, no es una casa aislada, advirtió Auhl. La gente compraba allí parcelas de cinco y diez hectáreas que les daban la sensación de no tener a nadie cerca, pero sus vecinos solían estar al otro lado de un pequeño prado. En aquel sitio se veían terrenos sin cultivar por todas partes y unos trescientos metros más abajo de la calle se atisbaba un tejado de aluminio rojo sobre las acacias. Las únicas estructuras en las inmediaciones eran una casa de aperos de aluminio con un cobertizo para guardar la leña y un brillante cobertizo de acero ondulado en el que había balas de paja, una caravana para caballos, un remolque y un cortacésped.
Balas de paja. Auhl inspeccionó de nuevo los alrededores y vio dos ponis enanos en un vallado que había detrás de la casa.
El departamento de Homicidios estaba representado por una pareja de detectives, Malesa y Duggan. Auhl los conocía de vista, Pascal de algo más.
—¿Cómo va eso, Claire? —dijo Malesa. Era un tipo flacucho con ínfulas que apestaba a aftershave. Duggan, un mascachicles desgarbado, estaba encorvado tras él con las manos metidas en los bolsillos. Malesa continuó—: ¿Te han puesto con este carca reciclado para que te enseñe?
—Más o menos —dijo Claire.
Parecía sentirse incómoda.
—¿Y el andador, se lo ha dejado en el coche? —dijo Duggan.
Auhl estaba cansado ya de las bromitas del andador. Tal vez Claire también lo estuviera, porque dijo:
—Sí, gracias chicos, sois la monda. Bueno, ¿qué tenemos hasta ahora, etcétera, etcétera?
Caminaron hacia la carpa del escenario del crimen mientras Malesa describía las circunstancias que llevaron al descubrimiento del esqueleto que había bajo el forjado. Sopló una suave brisa a campo abierto. Las paredes de la carpa se hinchaban y desinflaban al viento.
—¿Primeras impresiones? —dijo Auhl.
Malesa bufó.
—El típico de las primeras impresiones. Las primeras impresiones son que el cadáver lleva ahí un montón de años.
Se detuvieron a la entrada. Auhl observó a un fotógrafo en plena faena, un cámara, dos técnicos de la científica, uno de ellos metido en un hoyo que cubría a media altura. Todos llevaban trajes y patucos desechables de investigación forense. Habían sacado el esqueleto y lo habían colocado en una lona sobre la que estaba acuclillado el otro técnico cepillando la arena de los huesos. Auhl veía la hebilla de un cinturón y un trozo de cuero. Jirones de tela podrida en la parte superior del torso, alrededor de la cintura y en una de las piernas. Zapatillas deportivas de correr, sintéticas, prácticamente intactas.
Freya Berg, la patóloga del equipo forense se arrodilló al otro lado de los restos del cadáver, observando cómo el cepillado ponía al descubierto los huesos. Alzó la vista.
—¿Alan? ¿Has vuelto a la faena?
—Condena voluntaria.
Y ahí quedó la charla intrascendental. Berg volvió su vista hacia abajo y dijo:
—Varón, baja estatura, por sus dientes se diría que era joven. Con joven quiero decir en torno a los veinte años. Posiblemente le dispararon. La costilla izquierda inferior está astillada y falta el fragmento correspondiente —giró la cabeza— de la zona inferior de la columna vertebral. Así que puede que recibiera un disparo en el pecho y la bala la atravesara.
Auhl se volvió hacia el hoyo con la tierra excavada y los trozos de cemento amontonados junto a él.
—¿Encontraron algo con el detector de metales?
Los técnicos pasaron de él. Duggan dejó de mascar para decir:
—No.
—Le dispararon en otra parte —dijo Pascal.
Miró en dirección a la casa.
Malesa la observó con una sonrisa torcida.
—Siento decepcionarte, Claire, pero esa preciosa residencia lleva ahí menos de dos años. Y las casetas igual.
Pascal señaló la excavación.
—¿Qué hay del forjado? ¿Qué era antes? ¿El suelo de alguna caseta?
—Quién sabe —dijo Malesa, encogiéndose de hombros.
—El caso es que aquí el amigo —dijo Duggan mascando chicle y deteniéndose el tiempo suficiente para frotarse las manos con actitud de satisfacción— Hombre de Hormigón está muy muerto. Muerto como quien dice muy, pero que muy muerto. No es problema nuestro.
—Es problema vuestro —confirmó Malesa.
Hombre de Hormigón, pensó Auhl. Ahora todos lo llamarán así.
—¿Ha hablado vuestro jefe con la nuestra?
—Lo has cogido a la primera.
Duggan siguió mascando con alegría.
—Así que, si no os importa, tortolitos, nosotros tenemos en Lalor un fiambre reciente. Un libanés contra otro, tampoco es que se pierda mucho, pero tenemos que ir tirando.
—Qué amable —dijo Pascal.
—Estamos aquí para servirles.
Auhl señaló con la cabeza hacia la casa, en donde había una pareja con un niño pequeño que observaba la escena desde el conjunto de asientos del porche.
—¿Viven aquí?
—Sí —dijo Malesa.
—Y sí, joder, hemos hablado con ellos —dijo Duggan. Sacó su libreta, arrancó una hoja y se la entregó a Claire—. Son los propietarios. Se mudaron hace poco más de un año. La casa ya estaba aquí, nueva y sin ocupantes previos.
Auhl miró por encima del hombro de Pascal. «Nathan Wright, 28; Jaime Wright, 29; Serena Rae Wright, 19 meses». Había otros dos nombres en la lista: «Baz McInnes, cazador de serpientes; Mick Tohl, albañil». Miró hacia la camioneta, en cuya cabina vio dos cabezas, los pies sobre el salpicadero, ambas puertas abiertas. Estarían deseando acabar con esto.
—Vale, gracias —dijo Pascal.
—No fatigues mucho al viejales —dijo Malesa.
Y tras esto, se fueron.
—Patanes —murmuró.
Auhl no podría haberlo expresado mejor.
—¿Cómo quieres que hagamos esto?
—¿Hablamos primero con —dijo consultando el papel— McInnes y Tohl para que puedan largarse?
—Eso es justo lo que pensaba —dijo Auhl.
El cazador de serpientes y el albañil no tenían nada que añadir, pero Auhl sentía curiosidad por el oficio.
Baz señaló hacia la bandeja de carga de la camioneta cementera.
—Amigo, esa pobre cabrona lleva toda la mañana en un saco de arpillera. Tengo que sacarla.
Claire miró la bolsa con nerviosismo. Retrocedió un paso.
—Una pregunta rápida. Muy rápida. ¿Sabéis a quién pertenecía antes este terreno?
—Ni idea. Nunca había estado por aquí. —Baz se volvió hacia su compañero, que liaba un cigarrillo bien prieto y estaba disfrutando como un enano con el drama—. ¿Mick?
El operario terminó de liarlo, humedeció la punta y se palpó los bolsillos buscando el encendedor.
—No sabría decir. Preguntad a los vecinos.
La mitad del trabajo de la policía consistía en preguntar a los vecinos. Los dejaron marchar y mientras cruzaban el jardín para llegar a la casa, Auhl se quedó pensando en que, en esos distritos, un mundo de parcelas pequeñas y no de grandes latifundios que pasaran de generación en generación, las fincas cambiaban de manos con frecuencia. Llegaban familias jóvenes que unas veces prosperaban y otras no; se marchaban de allí en busca de un trabajo diferente y una casa más grande, o más pequeña. Los niños salían del instituto y huían a la ciudad para trabajar o estudiar, pero nunca volvían.
Los pensamientos de Claire estaban en la misma onda.
—Puede que haya habido varios cambios de dueño.
—Puede.
—Y es posible que no sepamos cuánto tiempo lleva el cuerpo allí hasta dentro de unos días...
—Ya que estamos aquí, veamos cómo se nos da llamar a las puertas antes de volver a la ciudad.
Se quedó mirándolo con curiosidad. Le había quitado las palabras de la boca.
Llegaron hasta el porche, donde esperaba la pequeña familia, que había aceptado con desesperanza su nueva situación: estar bajo sospecha, con el jardín manga por hombro, serpientes al acecho y la presencia de la muerte. Sonrisas de nerviosismo cuando Auhl se presentó ante ellos con Claire.
—Según tenemos entendido, ¿se mudaron aquí hace un año, más o menos?
—Trece meses —dijo Nathan Wright.
Era un hombre corpulento y medio fofo de unos treinta años con unos antebrazos pecosos y sin vello. Su mujer también era grandota, malcarada, con el pelo castaño, mechas rubias y unos pendientes que oscilaban en el aire. La niña que tenía sobre su regazo se había quedado mirándolos y Auhl se puso tenso al pensar en cómo su manita podía tirar con fuerza de una de esas bonitas baratijas.
—¿Qué había aquí cuando se trasladaron?
—Lo que ve —dijo Jaime como si fuera obvio—. La casa, esa caseta grande, las vallas.
—La caseta del jardín pequeña la pusimos nosotros —dijo el marido.
—¿No derribaron ningún edificio antiguo?
—¿Como qué?
—¿Había algún gallinero sobre la losa de cemento, por ejemplo? —dijo Auhl pacientemente. Ambos negaron con la cabeza—. ¿No se preguntaron qué hacía ahí?
—La verdad es que no —dijo la mujer.
Era como su marido, tendía al cortoplacismo, a las preocupaciones inmediatas. Tal vez en ese aspecto fuera como la mayoría de la gente, pensó Auhl. Ya nadie se interesaba por nada.
—¿A quién le compraron la casa? —preguntó Claire.
—¿Se refiere al de la agencia? —dijo Nathan—. Un tipo que se llamaba Tony.
—¿No conocieron al anterior propietario?
—Ah, vale, ya lo pillo. Esto pertenecía a una compañía agrícola —dijo señalando hacia el vecindario— y construyeron nuestra casa como residencia para el capataz. Después, se lo pensaron mejor e hicieron más parcelas. Supongo que el de la agencia podrá contarle más.
Una vez provistos de las señas del agente, Auhl y Pascal regresaron a la carpa de la escena del crimen, En su interior el aire estaba viciado, un olor a tierra removida y a ligera putrefacción.
—Estoy sudando como un cerdo con el traje —dijo Freya Berg, quitándose los guantes y desembarazándose del mono de protección desechable—. La autopsia le tocará hacerla a otro, probablemente mañana o pasado mañana. Mientras tanto, lo que decía, joven varón con lo que parecen lesiones por penetración contusiva.
—Un disparo, ¿entonces? —Berg hizo un gesto evasivo con la mano—. ¿Había algo en los bolsillos? ¿Algún carnet? ¿Cartera? ¿Llaves?
—Si te preguntas desde cuándo lleva ahí enterrado, como mínimo desde 2008 —respondió la forense—. Encontraron una moneda de cinco céntimos de ese año.
—¿Dónde estaba?
—Debajo del cuerpo, en el suelo. Es probable que se cayera del bolsillo trasero de sus vaqueros.
Pascal se quedó mirando los restos.
—¿Alguna posibilidad de extraer el ADN?
—Suficiente para trazar un perfil, sí.
—¿Cómo tiene los dientes? —preguntó Auhl.
—Intactos y bien cuidados. No tenía empastes, así que dudo de que puedas identificarlo mediante los registros dentales.
—Se cuidaba.
—Era joven, Alan —dijo Freya Berg.
4
Los primeros en responder a la llamada, una pareja de agentes de uniforme, seguían todavía en la finca. Estaban apoltronados en el coche patrulla, con cara de aburrimiento. Nuestro cuerpo policial en plena acción, se lamentó Auhl. Su superior al mando no había pensado en hacer un seguimiento y ellos mostraban cero iniciativa, simplemente se quedaban a la espera.
De modo que Auhl avisó a la comisaría local por teléfono y los puso a trabajar. Uno de ellos llevaría a Claire Pascal en el coche patrulla y el otro a Auhl en el vehículo sin distintivos.
—Así cubriremos más terreno —dijo—. Con suerte, tal vez encontremos a alguien que tenga buena memoria.
Pascal se encogió de hombros.
—En breve será hora punta, Alan.
—Solo hasta que consigamos algún nombre —dijo Auhl—. O varios. De hace diez o doce años.
—Podríamos simplemente mirar el registro de la propiedad. Esto no corre prisa.
—Lo capto —dijo Auhl, tenso—. Podemos pasarnos el día entero de mañana mirando bases de datos. Pero eso no nos proporcionará información de primera mano. Quién sabe si antes no había otra casa allí. Y en tal caso, ¿qué pasó con ella? Quizás hubiera alguien viviendo aquí en una caravana. Una choza. Tal vez haya alguna persona que viera entrar o salir a gente.
—Tú eres el jefe.
No era cierto. Pero sí tenía la autoridad que da la experiencia.
—Nos vemos aquí dentro de una hora.
El agente que conducía su coche se llamaba Leeton. Era joven, tímido, de carrillos mofletudos y eternamente boquiabierto. Habría tardado más tiempo del que tenía en hacerle sentir cómodo. Hicieron el recorrido de una casa a otra en un silencio prácticamente absoluto.
A la primera llamada respondió una mujer con un niño en brazos. Vivía en una casita prefabricada como las de cuento, con un tejado a dos aguas exagerado, instalada sobre un césped recién sembrado. La mujer recordaba cuándo habían construido la casa de los Wright.
—¿Unos dos o tres años después de que nos mudáramos aquí?
—¿Qué había allí antes de que la construyeran?
—¿A qué se refiere?
—Cualquier cosa, alguna casa vieja, casetas...
—Creo que solo había pastos.
—¿Sabe quién era el dueño del terreno?
—No, lo siento.
—¿Se cruzó alguna vez con alguien que entrara o saliera del lugar al principio de establecerse aquí? ¿Vio alguna actividad?
—Solo los obreros.
En la siguiente vivienda, una vieja casa ranchera recubierta con planchas de madera, le contaron una historia parecida. Después, un polvoriento tranvía de Melbourne recuperado como vivienda, nadie en casa. Y tras eso, una estructura de ladrillos de la década de 1970 en donde una adolescente, que acababa de llegar del instituto, le dijo: «Puede que mis padres sepan algo, pero no volverán hasta más tarde».
Auhl le dejó su número de teléfono y volvió al coche. Leeton encendió el motor y después se quedó quieto, con el rostro abochornado.
—¿Qué? —dijo Auhl.
—Mi turno acaba dentro de media hora, señor.
Auhl miró el reloj: las tres y media. Medio kilómetro más adelante había un vivero que sugería la presencia de una población y otros pequeños negocios a su alrededor. Lo señaló:
—Hablamos rápidamente con el de la tienda de jardinería y nos reunimos con tu compañero, ¿vale?
—Sí, señor.
Pasaron ante montañas apiladas de leña, grava, mantillo y tierra. Casetas de jardín, una plataforma de pesaje, una camioneta con remolque de laterales altos. Leeton aparcó delante de una cabaña de madera con un letrero que decía OFFICE y Auhl bajó del coche.
Un viejo salió a recibirlo. Llevaba un mono de trabajo y se movía con dificultad. Se encorvó y dejó ver un cráneo abollado bajo una fina capa de pelo gris. Sus humedecidos ojos hicieron caso omiso de Leeton, que permanecía al volante, y se centraron en Auhl.
—¿Han venido por el cadáver que encontraron bajo el cemento?
—Las noticias vuelan.
El hombre sonrió.
—¿En qué puedo ayudarle?
—Me interesaría cualquier cosa que pueda contarme sobre la finca. A quién pertenecía. Si tuvo algún inquilino. Vehículos que entraran o salieran. Cualquier cosa. De aquí a diez, quince años atrás.
El viejo silbó.
—¿De hace tanto? El resto es fácil. Bernadette Sullivan fue la propietaria durante un porrón de años. Después lo compró una empresa agrícola de fuera y construyeron la casa que hay ahora, luego se lo pensaron mejor y la parcelaron. Ahí fue cuando Nathan y su señora la compraron. —Hizo una pausa y ladeó la cabeza—. ¿La ha conocido, a la parienta?
Auhl sonrió.
—Sí, la he conocido. —Y después, añadió—: Cuénteme más sobre Bernadette Sullivan.
—Como decía, vivió aquí durante un porrón de años, con su marido y su hija. Después el marido falleció, la hija se casó y Bernie se fue a vivir con ella por una temporada hasta que la vendieran y la alquilaron durante un tiempo.
Auhl estaba confundido.
—¿Alquilaron el terreno para cultivar?
—No, alquilaron la casa.
—¿Había una casa antes? ¿Antes de la que hay ahora?
Y el viejo se quedó mirándolo con cara de malas pulgas
—Eso mismo le estaba contando. Una de esas casas viejas con amianto, un día estaba allí y al siguiente desapareció.
—¿La derribaron?
—Por lo que yo sé.
—¿No tendrá por casualidad la dirección de la señora Sullivan?
—No le servirá de mucho, está muerta.
—¿Y qué me dice de la hija? —preguntó Auhl pacientemente.
—Angela. Casada y divorciada —dijo el viejo. Hizo un movimiento con la cabeza—. Vive en el camino de South Frankston.
—¿Dirección? ¿Teléfono?
—Venga al despacho.
Suelo laminado abombado, calendarios de antaño y, detrás del mostrador principal, una salamandra y un escritorio abarrotado con un ordenador portátil, un teléfono, una impresora y un mar de albaranes. Un gato enorme que hacía equilibrios sobre el fino marco de la pantalla de la chimenea le guiñó un ojo.
—Aquí lo tenemos —dijo el viejo, revisando un manoseado libro de cuentas; después hizo un garabato al dorso de un sobre medio roto.
—¿Recuerda a alguno de los arrendatarios?
—La verdad es que no. Creo que el sitio se quedó libre durante un par de años hacia el final. Antes de eso vivía allí una pareja, pero el chaval le pegó un tiro a la mujer, aunque no lo culpo, porque era fea como el culo de un mono y encima era mala gente. De todas formas, ella se fue también al cabo de un tiempo. Y antes de eso vivía allí una familia. Hacía un frío de muerte en invierno, no paraba de llevarles madera.
Pero Auhl se había quedado pensando en el hombre que le había pegado un tiro a su novia.
—¿Recuerda algo de aquella pareja?
—¿Cómo qué?
—Nombres. Personalidades. Incidentes. Cualquier cosa que le resultara rara.
El viejo se encogió de hombros.
—Eran gente normal. Al parecer discutían de vez en cuando.
Eso era todo lo que Auhl podría rascar.
—Decía que la casa se había quedado vacía durante un tiempo antes de que la derribaran. ¿Cuántos años antes de eso vivieron ellos allí?
—¿Cinco? ¿Diez?
—¿No sabrá dónde vive ninguno de ellos ahora?
—Ni idea. Puede que Angela lo sepa.
—¿Fueron ellos los últimos inquilinos?
El viejo parecía ya exasperado.
—Tal vez lo fueran, yo qué sé. Lo único que sé es que no volví a llevar madera a ese sitio cuando se fue la mujer, ¿vale?
Ya era media tarde cuando Auhl y Pascal regresaron a Melbourne comparando sus notas. Conducía ella; la autopista estaba despejada en las afueras, pero cuando entraron en la ciudad el tráfico era más pesado. Tenía pocos datos que añadir a los de Auhl, salvo por el nombre de la mujer a la que su novio supuestamente había dejado en la estacada: Donna Crowther.
—Hacía de canguro por la zona, limpiaba casas, jardinería. La mujer con la que hablé intimó bastante con ella.
—¿Siguen en contacto?
—No.
—¿Sabe algo del novio?
Claire posó la vista sobre el retrovisor interior y los laterales. Cambió de carril. Alguien tocó el claxon. El coche dio una sacudida. Apretó el volante con más fuerza.
—Perdona.
Auhl se percató de que era una conductora nerviosa, pegada al freno, con miedo a pisarlo cuando era necesario. Recapacitó sobre lo que había dado por sentado antes, que evitaba conducir con un hombre de copiloto, y resolvió que no le preocupaban en absoluto las críticas machistas ni que le metieran mano. Simplemente, no le gustaba conducir.
—¿El novio? —le recordó.
—Se llamaba Sean y por lo que parece Donna y él siempre estaban peleando.
—En cuyo caso, podría haber algún parte —dijo Auhl—. De la policía, la ambulancia... Necesitamos saber el apellido.
—¿Crees que puede ser el que había bajo el hormigón?
—Tenemos que descartarlo —dijo Auhl—. O confirmarlo.
—Encontremos a Donna Crowther —dijo Claire.
5
Una vez que devolvieron el coche, subieron al departamento de Casos sin Resolver, donde la jefa les hizo señas para que pasaran por su despacho. Había un jarrón con rosas pálidas sobre su abarrotado escritorio. Una docena de tarjetas.
—¿Tenemos que felicitarla por su cumpleaños, jefa?
Helen Colfax esbozó una media sonrisa que lo animaba a que se dejara de mandangas. La sargento al mando tenía un rostro anguloso y escéptico. Aquel día vestía con pantalones negros y una de sus típicas camisas con estampados estrafalarios. Pelo castaño, aparentemente sin peinar; pintalabios rojo brillante. Un gesto de barbilla inquisidor.
El suyo era un rostro capaz de hacer bajar la vista a todo un pelotón de caballería. En ocasiones la había visto mostrar una calidez sincera, especialmente con las víctimas y testigos indefensos. Apreciaba el largo historial de Auhl, pero no tardó en recordarle que: uno, llevaba fuera de juego más de cinco años; y dos, la jefa era ella.
—Sentaos —dijo.
Claire Pascal se acomodó en una de las sillas para las visitas y Auhl permaneció de pie con el hombro apoyado contra el quicio de la puerta. Su vida estaba llena de estrategias triviales para combatir el sedentarismo. Por no hablar del dolor de espalda que lo aquejaba tras pasar casi tres horas en el coche.
Al ver que tenía intención de quedarse allí de pie, Colfax dijo:
—¿Quién va primero? ¿Claire?
Pascal le proporcionó un informe claro y conciso, al final del cual Colfax preguntó:
—¿Creéis que el Hombre de Hormigón es el novio de Donna Crowther?
Ahí lo tenían: «el Hombre de Hormigón» ya estaba en casa.
—Podría serlo —dijo Auhl—. O podría ser el tercer vértice de un triángulo. O alguien que no tenga nada que ver con ellos.
—¿Y le pegaron un tiro?
—Eso piensa la doctora Berg. Le dispararon en otro lugar y después lo enterraron allí.
—Pasad el detector de metales por todo el jardín, nunca se sabe.
—Estamos en ello —respondió Auhl.
—Y la casa original, ¿la derribaron? Una pena, podría ser nuestra escena del crimen. Ahí podría estar todo el tinglado: sangre, ADN, huellas, casquillos, la bala en sí. —Hizo una pausa—. Señalando lo obvio.
—Alguien tiene que hacerlo.
Colfax lo fusiló con la mirada: ¿estaba haciéndose el listillo?
Claire cortó por lo sano:
—Probablemente, la hija de la propietaria de la casa esté todavía localizable, jefa.
—Hablad con ella. Pronto. Puede que viera algo. Sangre, indicios de limpieza, pintura o enyesado...
—Lo haremos.
—Especulemos un poco —dijo Colfax—. ¿Por qué esconder a un chico bajo una losa de cemento en lugar de deshacerte del cuerpo en otra parte?
Pedirles que especularan sobre el caso era una de sus tácticas. Auhl dijo diligentemente:
—Para fingir una desaparición.
Y Claire añadió:
—Para ocultar un vínculo con el asesino.
—Para ocultar pruebas forenses, el motivo de la muerte, por ejemplo.
—Para dárnosla con queso.
—Es inspirador ver dos mentes potentes en acción —respondió Helen Colfax—. ¿Para dárnosla con qué queso?
—El asesino y la víctima estaban implicados en algo ilegal —dijo Claire—. Llamaron la atención más de lo debido y a uno de ellos le entró el canguelo.
—O le pudo la avaricia.
—Vale, a ver qué averiguáis entre la pasma local. Si es que hay quien recuerde algo de aquella época. ¿Por qué un forjado de hormigón? ¿Por qué no un simple agujero en el suelo?
—Una losa de cemento permanece ahí durante años —dijo Auhl—. ¿Quién querría ponerse a quitarla?
—Pero hacer un forjado toma su tiempo y esfuerzo. Y pericia y..., ya sabéis, cemento, etcétera.
—Es un camino bastante apartado, jefa —dijo Claire—. No hay tráfico, es una vieja casa lejos de la carretera. Tienes privacidad total y potencialmente todo el tiempo del mundo.
—Cualquiera que haya hecho algún arreglo casero en una pared de ladrillos o un porche sabe cómo mezclar cemento —añadió Auhl.
—Vale —dijo Colfax encogiéndose de hombros—. Preguntad por ahí por esa tal Crowther. ¿Era una mujer fuerte? ¿Aficionada a la bricomanía?
—Y si contaba con ayuda —dijo Auhl.
—Etcétera, etcétera —dijo Helen Colfax, concluyendo la reunión.
Auhl volvió a su escritorio y se conectó a internet. Si la configuración de números y letras que garabateó John Elphick en su libreta era efectivamente una matrícula, es probable que fuera de Tasmania. Abrió la pestaña de contacto de la página del departamento de Tráfico de Tasmania y les envió su consulta.
Cuando acabó eran las cinco y media de la tarde y había prometido recoger a Pia Fanning de las actividades extraescolares. Tomó el tranvía para volver a atravesar la ciudad en dirección a la universidad y caminó por las callejuelas hasta la puerta de su colegio, donde esperó junto a un grupo de madres, con algún que otro padre y abuelo. No habló con nadie y nadie le dirigió la palabra. Apenas lo conocían; prácticamente no había tenido oportunidad de llevar a Pia a la escuela ni recogerla. Y aparte de eso, no llevaba en ese colegio más de tres o cuatro meses.
De repente se la encontró allí, abrazándolo por la cintura. Una niña de diez años, alta, pálida, silenciosa la mayoría de las veces, que parecía estar compuesta en un noventa por ciento de codos y rodillas. «A. A.», así lo llamaba ahora, lo cual pensó que era buena señal. Al principio, cuando se trasladó a Chateau Auhl con su madre, era más tímida que un ratón.
—¿Has aprendido mucho hoy?
—Nada en absoluto.
—Excelente. —Pusieron rumbo hacia su casa en Drummond Street, ella dando saltitos, él caminando—. ¿Un helado?
Compraron unos helados.
Y después Auhl puso su voz de conspirador y murmuró:
—Que vienen, que vienen —refiriéndose a los viandantes, y los dos se quedaron completamente inmóviles ocupando tres cuartas partes de la acera, mientras individuos con la cabeza gacha avanzaban lentamente manipulando sus teléfonos con los pulgares—. Descontrol y caos —musitó—. Colisión frontal absoluta.
Pia entornó los ojos.
—No, no. Tienen algo como sensores. Nos sienten.
Uno de los paseantes chocó contra ellos. Los otros dos alzaron la vista y los esquivaron en el último instante. Todos se sintieron muy ofendidos.
—Uno de tres no está tan mal —dijo Auhl.
—Has tenido días peores.
Después, cuando se acercaban a la casa, se evaporó aquella atmósfera lúdica y ella pareció encogerse. Se pegó completamente a Auhl y cada vez andaba más despacio, con pasos más cortos. Para animarla, Auhl le dijo:
—Mañana día libre. No hay colegio.
—Esta noche voy a casa de papá —respondió ella casi imperceptiblemente.
A Auhl le habían hablado mucho de su padre, pero todavía no lo había conocido en persona.
—¿Viene a recogerte?
—Sí.
—¿A qué hora?
—Dijo que vendría a las seis.
—Vale.
—Tendré que hacer la maleta. No podré ver telebasura contigo.
Una niña ya de por sí angustiada, con más angustia si cabe.
—¿Lo que vemos nosotros es telebasura? —preguntó Auhl con desenfado.
—Así es como tú lo llamas.
Auhl recordó que cuando Pia llegó necesitaba la telebasura como agua de mayo. Nerviosa, seria, apenas sabía cómo divertirse.
Llegaron a la casa. Chateau Auhl era un edificio de apartamentos de tres plantas construido durante el boom que siguió a la fiebre del oro de la década de 1850 y estaba en un extremo de una hilera de cuatro casas. Las otras tres, en las que vivían un abogado, un célebre profesor y una pareja de cirujanos, respectivamente, permanecían bien conservadas. La suya estaba dejada, aunque no llegaba a ser destartalada, salvo por el murillo que daba a la calle. A media altura, con ladrillos derruidos, se combaba hacia el interior y rodeaba un estrecho jardín frontal lleno de malas hierbas, hojarasca variada y rosales moribundos. Había hecho un cuadrante con las tareas, pero nadie le había prestado atención, de modo que le tocaba a él despejar esa pequeña parcela de las colillas, billeteras vacías, bolsas de supermercado y el ocasional calcetín diminuto o zapato de niño que se acumularan en ella.
Abrió la verja mientras miraba con ojos críticos el jardín de la entrada. Esta tarde tocaba una bolsa del McDonald’s. La recogió con cuidado y se la ofreció a Pia.
—¡Qué rico!
—¡Puaj!
—Yo me crie en un hoyo del camino —dijo a la niña.
Tras muchas semanas compartiendo casa con él, ya estaba familiarizada con esa vieja rutina, pero esta vez no le siguió el juego. No estaba para bromas.
Auhl abrió la puerta de entrada, una pieza de madera maciza enorme pintada de negro y decorada con un aldabón dorado deslucido, tiró sus llaves dentro de un cuenco que había sobre la mesa del vestíbulo y le dijo a Pia que se preparase algo para picar. Después dejó la cartera en su dormitorio, una cámara de techos altos amplia y silenciosa con una cama tamaño extragrande que ocupaba el centro y un armario enorme apoyado contra una de las paredes. Había heredado la cama, el armario y la casa cuando murieron sus padres.
Descorrió las cortinas y abrió la ventana, dejó entrar un poco de aquel aire poco menos que tóxico, volvió al vestíbulo y se dirigió hacia la cocina. La siguiente habitación después de la suya estaba ocupada por una estudiante de medicina; rara vez la veía. A su lado había un dormitorio pequeño con una cama individual llena de trastos, seguida del baño común, la salita, la cocina y el lavadero.
Una vez pasabas todo aquello había un par de habitaciones interconectadas: dos dormitorios minúsculos y un pequeño baño. Esa ala, conocida en la casa como Doss Down, daba a un minúsculo patio trasero que estaba pavimentado y rodeado por una valla que desembocaba en el callejón, y la hilera de adosados que tenía detrás la dejaban permanentemente a la sombra. Auhl había vivido en ella durante su adolescencia, ya que era la habitación que quedaba más lejos de la de sus padres y te permitía entrar y salir sin ser visto por el callejón, pero ahora era el hogar en el que se alojaban las almas descarriadas.
La tradición comenzó al poco de que Auhl se casara, cuando la cuñada de Liz dejó a su marido y necesitaba un sitio donde quedarse. Después, cuando solucionó su historia, uno de los sobrinos de Auhl vino de Sídney para estudiar en el RMIT y estuvo quedándose allí durante un semestre hasta que se buscó un cuchitril de estudiante. Y a partir de ahí la historia no paró. Compañeros de colegio de instituto de su hija que huían de problemas en casa. Viejos amigos que se habían quedado sin trabajo. Una tía que vivía en el monte y se recobraba allí de una operación quirúrgica.
Y últimamente, mujeres y niños que escapaban de maltratadores, como Neve y Pia Fanning.
Auhl asomó la cabeza por la cocina comunitaria. Pia estaba allí, untando pan con Nutella y sirviéndose un zumo en un vaso. Volvió al vestíbulo y aguzó el oído. Arriba había dos plantas más y un complejo surtido de escaleras, descansillos y habitaciones. Su hija Bec, estudiante, vivía en el último piso y compartía el baño con una bioquímica de Sri Lanka en residencia y su marido, que alquilaban una habitación y un estudio en el mismo pasillo. Liz vivía en la planta del medio cuando se encontraba en la ciudad. Tenía una habitación, un estudio, una pequeña salita y un baño.
Todas esas habitaciones, todos esos residentes, y la casa en silencio. No se oían voces, ni aparatos, ni crujidos en el suelo de madera. Auhl gritó de todas formas, usando las manos como megáfono: «¡Cariño, ya estoy en casa!».
No tardó en oírse un traqueteo ahogado y Bec sacó la cabeza desde el descansillo del último piso. Sujetaba a la gata Cynthia contra su pecho y liberó una mano lo suficiente para saludar a su padre agitando los dedos.
—Has llegado temprano.
—No es verdad.
Bueno, ¿cómo iba a saberlo él? Su horario era un lío y el de ella lo mismo: clases, novios, trabajo a tiempo parcial en la tienda de regalos de Lygon Street.
—¿Te quedas a cenar?
Su hija gritó que sí y volvió a desaparecer.
—¡Ay, sentirse amado y necesitado! —gritó Auhl.
—Aprovecha que puedes.
Auhl se percató de que estaba enfadado. Se sirvió una cerveza, se puso un trozo de queso en una rebanada de pan y se sentó en la mesa de hierro forjado del patio trasero. Al otro lado de la valla que daba al callejón pasaban unos colegiales. El jazmín se estaba muriendo. Coches distantes y voces sobre la brisa benigna de la primavera, en el cielo estelas de aviones. Todavía con hambre, volvió a la cocina al tiempo que el aldabón de la puerta de entrada empezó a resonar por el vestíbulo como si fueran disparos.
¿Sería el padre de Pia?
Auhl respondió a la llamada. Encontró a un hombre corpulento esperando, una figura imponente con cara amable, repliegues de carne enrollados sobre el cuello de un caro traje gris.
—¿Puedo ayudarle?
Toda la apariencia de amabilidad desapareció en el momento en que el hombre abrió la boca.
—Dile a Pia que estoy aquí.
No se presentó. Apenas si reparó en Auhl, simplemente se volvió para inspeccionar la calle. Golpeó el suelo con la punta pulida de su zapato, se arremangó la chaqueta rápidamente para mirar la hora. Un hombre ocupado.
—¿Y tú eres? —preguntó Auhl para tocarle las narices.
—¿Yo? —Lloyd Fanning giró su enorme y agresiva cabeza—. Soy su padre, mentecato. Me toca quedarme con ella tres días, ¿o no te lo ha dicho esa fulana? —Cree que me estoy acostando con Neve, pensó Auhl. Abrió la boca para contestar, pero Fanning siguió a lo suyo—: No tengo todo el día. Habrá un tráfico como para morirse.
Fanning había permanecido en el hogar conyugal y tenía toda la razón. Hora punta para volver a Geelong, habría un tráfico de muerte. Auhl regresó al interior y dio unos golpecitos en la puerta de Doss Down.
—¿Pia? Ha llegado tu padre.
Y ella se marchó tal cual, sumisa y en silencio. Una niña infeliz con un bruto bien vestido.
6
A las siete de la tarde Auhl ya tenía cocinados los tallarines en una olla y la salsa boloñesa en otra. Preparó dos cuencos con esa mezcla, llamó a Bec y se llevó su cena a la salita, donde comió con el plato sobre su regazo mientras veía las noticias de la ABC con Cynthia enroscada a su lado. Bec bajó finalmente, le dio un beso en la coronilla y se quedó de pie detrás de su sillón, atraída por el movimiento de la pantalla.
—¿Dónde está Pia?
—Se ha ido con su padre.
—¿Y Neve?
—Sigue trabajando.
—¿Mamá bien cuando se fue?
—Sí —respondió Auhl.
Bec le dio una palmadita en el hombro, un acto que había repetido innumerables veces desde la ruptura de sus padres con el que expresaba toda la pena del mundo, incluida la suya. Pero esa palmadita también significaba: yo estoy bien, tú estás bien, no pasa nada. Auhl se reunió con ella en la cocina para charlar y ver cómo se recalentaba la pasta en el microondas, se servía un vaso con agua, ponía un poco de lechuga en un cuenco y la regaba con aceite de oliva y vinagre balsámico.
—¿Ves, papá? ¿Verduras? ¿Fibra?
—Impresionante.
Tenía el pelo rubio cobrizo y un rostro anguloso de rasgos afilados. Esbelta, pero no frágil, capaz de airear opiniones desaforadas o con un humor estridente, aunque por lo general se mostraba centrada y estable. Mallas negras y camiseta blanca holgada, los pies descalzos, plata por aquí y por allá: en los dedos, las orejas, en una aleta de la nariz.
No tardó en volver a subir a su cuarto con un andar cansino. Ese era el patrón por el que se regía la vida de Auhl. Amor indolente, estabilidad moderada y algún que otro secreto.
No cabía esperar mejor resultado de sus errores y su desidia.
Auhl, sin ganas de ver telebasura, se acurrucó en un sillón y leyó una novela exquisitamente escrita en la que no pasaba nada. Estaba a punto de arrojarla al otro lado de la habitación cuando oyó que abrían la puerta de la calle y la cerraban suavemente. Neve Fanning apareció por el pasillo.
—Ah, Alan —dijo, sonando como siempre: vacilante, azorada y sorprendida de verlo.
—Neve —contestó Auhl—. ¿Tienes hambre? Ha sobrado pasta.
Neve Fanning, una mujer de treinta y dos años, delgada, tensa y cascada, bajó la cabeza con timidez.
—No, gracias. —Y tras una pausa—: ¿Ha dicho algo Pia?
—No. ¿Tendría que haber dicho algo?
Neve, en un alarde de expiación y dependencia emocional, permaneció en suspenso hasta que desapareció en el interior de Doss Down. Auhl estaba seguro de que no volvería a salir. No quería ser una carga, eso dijo el día que se mudaron allí.
Su presencia apenas dejaba huella. Usaba una lavandería automática de Lygon Street, jamás se daba una ducha larga, nunca dejaba las luces encendidas. Trabajaba en la universidad, de limpiadora. Turnos irregulares, fue lo único que pudo conseguir cuando se trasladó a la ciudad. Ella insistió en pagar el alquiler, mientras que Auhl insistía en que no era necesario, con lo cual, el «Fondo de Emergencias de Neve y Pia Fanning» contaba ahora con mil quinientos dólares.
Había tardado semanas en confiar en él. Conocía parte de la historia de Neve a través de su mujer. Durante la época en la que su matrimonio se iba al garete, Liz, una administrativa del Ministerio de Vivienda, pidió el traslado a Geelong, donde ayudó a montar HomeSafe, una agencia de alojamiento de bienestar social para víctimas de violencia familiar en la región sureste del estado. El día que Neve y Pia pidieron alojamiento de urgencia, todos los inmuebles de HomeSafe estaban ocupados. ¿Por qué no te trasladas a Melbourne? Sugirió Liz. Lejos del cerdo de tu marido. Allí hay más oferta de trabajo.
Chateau Auhl, con su pequeño apartamento trasero.
Tras varias semanas de residencia, Neve Fanning empezó a confiar tímidamente en Auhl.
—Nadie sabe de verdad lo que sucede de puertas adentro —dijo ella una noche.
Quería que fuera él quien le tirase de la lengua. Auhl cumplió, empleando su destreza profesional en las técnicas de persuasión e interrogatorio.
Neve Fanning, Pia Fanning, Lloyd Fanning. Lloyd trabajaba de contable, Neve era «ama de casa». Pia estudiaba primaria y la pequeña familia parecía vivir una vida de ensueño en una espaciosa casa de Manifold Heights, uno de los mejores barrios residenciales de Geelong.
—Todo el mundo pensaba que tenía mucha suerte —dijo Neve—. Casada con un tipo genial, culto, el alma de la fiesta, con contactos en todas partes. —Se encogió de hombros—. Una bonita casa aquí, otra en Bali.
Pero no.
Lloyd Fanning tenía mal genio. Le gustaba darle puñetazos y patadas, empujarla contra las paredes, sobre las mesas y las sillas, ponerle un cuchillo en el cuello, en cierta ocasión en presencia de su hija Pia. Por no hablar del menosprecio y el control.
—Un año, vino a por mí cuando estábamos celebrando una comida de Navidad con las otras madres del colegio. Me sacó de allí a rastras, diciendo que no me podía fiar de esas zorras, que solo podíamos confiar el uno en el otro.
No le permitía tener un empleo, hacer nuevos amigos ni ver a su familia. No tenía dinero propio y revisaba sus correos, llamadas y mensajes de texto del móvil, siempre con la necesidad de saber con quién había estado en contacto. Si no estaba con él, la llamaba y le enviaba mensajes, hasta cincuenta veces al día.
Al final, Neve consiguió reunir el valor necesario para pedir una orden de alejamiento de un año. Dejó a Lloyd y se llevó a Pia con sus ancianos padres a Corio. Según aquella orden de alejamiento de la madre, el tiempo que pasara Lloyd Fanning con su hija sería supervisado estrictamente.
Pero cuando venció la orden, Neve no solicitó otra. Bajó la cabeza mientras se lo contaba a Auhl, como si esperase una reprimenda, y dijo:
—Lloyd estaba intentando hacer todo lo que podía, y es importante que Pia siga teniendo una relación con su padre.
—¿Volviste con él?
Negó con la cabeza.
—Me lo planteé y Dios sabe cuánta coba me dio él para que lo hiciera, pero al final no lo hice.
De modo que Lloyd se cobró su venganza, por medio de su hija. Rompía los pactos, cancelaba planes en el último momento, llegaba tarde, la devolvía a casa cuando ya tenía que estar en la cama. En cierta ocasión se la llevó a Bali durante las vacaciones, contrató a una niñera y la dejó con ella, sin hacerle el menor caso durante diez días.
—Y la forma en la que me hablaba a mí y a mis pobres padres cuando le tocaba recogerla. Con amenazas. Arrogancia. O se quedaba sentado en el coche y pitaba para que saliera. La pobre Pia volvía en tal estado —añadió Neve, negando con la cabeza— que empezó a hacerse pis en la cama.
Neve, sus padres, su hija, estaban todos aterrados, así que solicitó un alojamiento urgente a HomeSafe y pidió ayuda a Legal Aid para conseguir la custodia exclusiva a través del Juzgado de Familia. Gracias a la solicitud a HomeSafe llegó a casa de Auhl. La visita a Legal Aid fue más decepcionante.
—El abogado me dijo que se considera que las madres que piden la custodia exclusiva suelen actuar de mala fe y que necesitaría motivos mucho más sólidos que el que Lloyd fuera desconsiderado o destructivo.
—Neve, te pegaba.
Volvió a bajar la cabeza.
—De todas formas, he solicitado la restricción de las visitas.
Hasta que se la concedieran, Lloyd seguiría viendo a Pia cuando le viniera en gana. Además, había contratado a un abogado muy caro.
Eso sucedió tres meses atrás, y en aquellos primeros días las habitaciones que componían Doss Down fueron la madriguera de las Fanning. Pasaban horas escondidas allí. Auhl lo entendía: había un montón de extraños desconocidos en las otras habitaciones, entre ellos él mismo.
Pero había razones más profundas y Auhl acabó por entender que Neve no estaba preparada para llevar una vida autónoma. No sabía socializar, se sentía intimidada y turbada al entrar en competencia con los otros, le abrumaba la presencia de Auhl, Bec, Liz y los intelectuales que entraban y salían de casa. La propia situación personal de Auhl le parecía de lo más desconcertante. Una expresión de perplejidad, casi de dolor, asomaba en su rostro cuando se encontraba por casualidad a Liz y Auhl juntos en la misma habitación: ¿qué clase de hombre aguantaría a una mujer que lo abandona y que piensa que puede continuar viviendo bajo el mismo techo, entrando y saliendo cuando le venga en gana como si tal cosa?
Auhl llegó a percatarse de que lo que realmente ansiaba Neve era comprender qué hacían los demás para negociar y gestionar sus amistades y relaciones personales. La vida que ella había conocido con Lloyd Fanning estaba llena de escollos ocultos y resentimientos violentos.
No es de extrañar que madre e hija se mostraran mansas, silenciosas y apocadas cuando llegaron. No obstante, los residentes de Chateau Auhl habían sido pacientes con ellas. Y no resultaba fácil. Incluso ahora, cuando Auhl conseguía que Pia se relajara con un ataque de risa, Neve acudía enseguida y exclamaba con voz tensa: «¡Chist, Pia!», como si Auhl fuera capaz de perder los estribos de un momento a otro.
Pensar en esas cosas siempre lo hacía suspirar.
El lunes se celebraría la vista de Neve en el Juzgado de Familia y le había dicho que asistiría para brindarle apoyo moral. Volvió a suspirar, se fue a la cama y puso la alarma para que sonara a las seis de la mañana.
7
El paseo matutino habitual de Auhl lo llevaba hasta los Jardines del Palacio Real de Exposiciones y a menudo a deambular por los callejones de Carlton. No es que tuviera sobrepeso y, en cualquier caso, tampoco perdía nada, pero el ejercicio tonificaba su mente.
Cuando llegó al trabajo aquel viernes Claire Pascal alzó la vista sin prestarle atención, saludó con la cabeza y volvió a su llamada de teléfono. Joshua Bugg también estaba en la oficina. Hacía días que no lo veía y, por lo general, le alegraba no hacerlo. Había algo en Bugg que le recordaba a un insecto: redondo, suave y peludo. En aquel momento, el joven detective estaba reclinado en su silla mirando a Auhl, con su panza oronda a punto de estallarle los botones de la camisa y sus lorzas saliendo como una ristra de salchichas.
—Pero si es Matusalén en persona.
—Hola, Josh —dijo Auhl.
Bugg se separó de su escritorio para acercarse al de Auhl y retirarle la silla.
—Así, abuelo, deje que lo ayude a sentarse, parece usted fatigado.
Sonrió a Claire con mirada cómplice y esta hizo una tímida mueca de comprensión a Auhl y dijo con cansancio:
—Déjalo ya, ¿no, Josh?
Bugg pareció ofenderse.
—Porque tú lo digas.
Volvió a su escritorio.
Auhl estaba revisando sus correos —sin noticias de Tasmania— cuando Helen Colfax apareció y le dijo que no se pusiera muy cómodo porque tenían que asistir a una autopsia.
Colfax condujo a través de la ciudad hasta el Instituto de Ciencia Forense. Iba a gran velocidad y concentrada, pero, aun así, captó el viejo expediente que tenía Auhl sobre el regazo y quiso saber el cómo y el porqué.
Auhl se removió en su asiento con incomodidad.
—Es el informe forense de Elphick. He pensado que el doctor Karalis podría darme una segunda opinión. —Al ver su mueca de desdén, añadió—: Dos pájaros de un tiro.
Su jefa volvió la mirada a la carretera.
—Elphick no es urgente, Alan. Si no recuerdo mal, el veredicto quedó abierto.
—Solo serán cinco minutos. Una mirada fresca.
Colfax gruñó y siguió fluyendo a través del tráfico.
Bajo el frío y brillante resplandor de las luces del techo, en el gélido aire de la sala de autopsias, se colocaron unas batas y patucos nada favorecedores y esperaron. Se oía el goteo de un grifo. Finalmente, entró el patólogo junto a su ayudante. Su equipo era de la talla adecuada y les quedaba algo mejor: pantalón verde claro, bata, botas de goma, mascarillas colgando bajo la barbilla. El ayudante permaneció al fondo, mientras el patólogo se acercó a ellos con decisión y dijo:
—Hola, Helen. ¿Serás testigo por parte de la policía? —Karalis era un hombre alto, demacrado, a punto de jubilarse. Cuando le estrechó la mano a Auhl volvió a mirarlo con sorpresa—: Creía que te habías jubilado.
—Sin mí están perdidos —dijo Auhl.
Karalis pasó rápidamente a la camilla de autopsias, pronunció su nombre y la fecha ante el micrófono que había arriba, se puso la mascarilla y contempló el desastre que tenía ante sí. Una colección de huesos mugrientos con jirones de ropa y tierra. Las deportivas baratas habían aguantado mejor el tipo. Rodeó la camilla, deteniéndose para mirar y levantar un par de extremidades óseas, anotando sucintamente sus impresiones iniciales acerca del cuerpo.
Una vez hecho eso, dijo:
—Ahora toca mirar más de cerca. —Bajo su supervisión, el ayudante extrajo el calzado y los restos de ropa y los colocó en una mesa adyacente. El patólogo los observó, se irguió y dijo—: No me cuentan nada en particular. —Y ordenó que los enviaran al laboratorio de análisis forense—. Ahora los huesos. —Se quedó de pie ante el esqueleto con las manos apoyadas en las caderas—: Trauma presente en la caja torácica y el segmento L5 de la columna vertebral. Si uno es el orificio de entrada y el otro el de salida indicaría una línea de proyección descendente. —Se volvió hacia Helen y Auhl—. ¿Se encontró algún proyectil entre los restos?
—No —respondió Auhl—. Estaba enterrado en el campo bajo una losa de cemento. No había ninguna bala ni fragmentos de ella, y tampoco la punta de una flecha ni de un arpón, lo que nos lleva a pensar que le dispararon en otro sitio y luego trasladaron el cuerpo.
—Una pena.
—Entonces, ¿le dispararon, doctor Karalis? —dijo Helen Colfax.
—Esa sería mi opinión, sí. Sin duda con algún tipo de proyectil, y es más probable que sea una bala que una flecha, por ejemplo.
—¿Le dispararon por la espalda? —preguntó Helen—. ¿O de frente?
—De frente, el proyectil astilló después la columna al salir.
—Una trayectoria descendente —dijo Auhl—. ¿Una persona más alta?
—¿O la víctima estaba de rodillas? —añadió Colfax.
—Si tuviera que apostar algo, yo diría que estaba de cara a una persona más alta que él cuando le dispararon —respondió Karalis—. Ahora, la edad. Los dientes son un buen indicador para esto. Un análisis contrastado revelará la edad con un margen de error de un año, pero este joven tenía todos los dientes y apenas hay indicios de desgaste. Segundo, el cráneo no está completamente desarrollado, lo que indica que se trata de un adolescente de unos veinte años.
—¿Altura?
El ayudante lo midió: 172,5 centímetros.
—Unos cinco con ocho pies según el sistema antiguo —dijo Karalis—, pero tened en cuenta que el cartílago se ha contraído y que el tejido de la cabeza y los pies está descompuesto, así que sería algo más alto. ¿Uno ochenta? No demasiado alto.
—¿Raza?
—Caucásico —contestó sin dudar el patólogo—. La dentadura así lo confirma.
—¿ADN?
—Me estás acribillando a preguntas hoy, Helen —dijo Karalis con buen talante.
—Perdone, doc.
—Este caso es de los antiguos.
—Para nosotros todos son nuevos, doc —respondió ella.
—Respecto al ADN, podré realizar un perfil a partir de la médula de los huesos largos. Pero eso tardará un tiempo y después veremos si este pobre diablo estaba en la base de datos. —Continuó examinando el cuerpo mientras iba murmurando—. No hay otros signos de lesiones...
Auhl miraba a su alrededor con inquietud.
Era un laboratorio forense a ocho alturas, homicidios, suicidios, casos de sobredosis, víctimas de accidentes, otras muertes investigables. Los cadáveres estaban almacenados en camillas de acero inoxidable dentro de cámaras refrigeradas. El brillo del acero contribuía más si cabe al estremecedor frío en el aire.
Advirtió un movimiento de reojo. En la sala de observaciones superior cubierta con un panel de cristal había dos estudiantes de pie apoyadas en una barandilla. Una de ellas lo saludó con un descaro insolente. Auhl le hizo un gesto con la cabeza. La chica sonrió y le dio con el codo a su amiga.
—De acuerdo. —Karalis había terminado. Se desembarazó de los guantes—. Reuniré al resto del equipo para que analicen los huesos y los dientes y se extraiga el ADN. Obviamente, no podemos hacer un examen toxicológico. ¿Tenéis su billetera?
—No —dijo Helen.
—Tenemos una moneda acuñada en 2008 —dijo Auhl.
Karalis miró los huesos con aire pensativo.
—Me cuadra. Mientras tanto, esperemos que el ADN nos dé más información. Pero puede que no esté en el registro, es joven para tener antecedentes penales. —Echó un vistazo a la ropa—. Tal vez consigas algo con los zapatos, pero son deportivas baratas de andar por casa.
Helen Colfax se había quedado con la mirada perdida.
—La prueba de ADN hay que hacerla, pero eso tardará unas semanas, espero. Estaría bien que pudiéramos tener un rostro para enseñar a los medios. ¿Habrá alguien capaz de sacarse un retrato robot de la manga?
—Sacarse un retrato robot de la manga. Me gusta —dijo Karalis—. Tendré que mirar si hay alguien disponible. Y, lo que es más importante, que tenga tiempo. Y lo que es mejor, que tenga el número de referencia del caso y un presupuesto aprobado.
—Venga ya, doc —dijo Auhl—. ¿No tienes a ningún estudiante de doctorado sumiso?
El patólogo se quedó pensando en ello.
—En realidad, sí.
—Quizá les ponga unirse a la lucha por la justicia —dijo Colfax.
—Quizá les ponga también ganarse unos cuantos dólares —dijo Karalis, y Auhl percibió cómo reflexionaba sobre el papeleo, el presupuesto y a quién convencer con bonitas palabras—. Veré qué puedo hacer.
Antes de que se marcharan, Auhl extendió el contenido del expediente Elphick a lo largo de una camilla de autopsias vacía.
—Me preguntaba si podría echarle un vistazo a esto, doc.
—Podríamos hacerlo en un entorno más saludable —dijo Karalis, guiñando un ojo a Helen Colfax.
—Dele el gusto al chaval —respondió ella.
Karalis se inclinó sobre el informe, lo repasó con la mirada y dijo:
—Esta autopsia la realizó mi predecesor.
—Y leyendo entre líneas —dijo Auhl— no quiso arriesgarse a decir cuál fue la causa de la muerte.
Karalis carraspeó. Cogió el documento y lo leyó en voz alta:
—«Fractura craneal por hundimiento en el frontotemporal izquierdo. Hematoma subdural, frontotemporal izquierdo. Contusión en el lóbulo cerebral, frontotemporal izquierdo». —Miró a Auhl—. Recibió una buena tunda en el frontotemporal izquierdo.
—Si usted lo dice, doc.
—Fracturas en la mandíbula... abrasiones, contusiones y laceraciones... un diente roto... —Karalis leyó el resto en silencio ante aquella atmósfera helada antiséptica. Se oyó el ruido de una sierra. Auhl se imaginó los dientes de esta segando y se estremeció—. El tercer dedo de la mano izquierda fracturado —dijo Karalis—, contusiones y laceraciones en la mano izquierda, sangre con tierra y restos vegetales en las heridas.
Miró a Auhl, que dijo:
—Se apoyó con la mano para absorber el impacto de la caída.
—¿Qué caída?
—Recibió un golpe en la cabeza —respondió Auhl— y cayó al suelo.
Karalis gruñó. Continuó leyendo:
—«Abrasiones con costra en ambas rodillas». —Dirigió su mirada a las fotografías: el cuerpo, la valla, la camioneta, el interior de esta.
Auhl dijo:
—Como puede ver, doc, se encontraron gotas de sangre en varias localizaciones entre la valla y la camioneta, sobre el capó, en el otro lado de la camioneta y en el interior. Eso sugiere que hubo mucho movimiento mientras sangraba.
—Es totalmente factible —dijo el patólogo—. Puede que le diera un mareo. Aquí dice que en la barra del parachoques encontraron sangre, pelo y tejido cutáneo. Cayó, se golpeó la cabeza con la barra, se levantó desorientado y se tambaleó durante un rato. Cayendo, volviendo a levantarse...
—Pero si miras las fotografías se ve una herida justo encima de la cabeza.
—Si estaba doblado sobre sí y cayó sobre la barra del parachoques, se podría justificar esa lesión.
—Ya, ya. También tenemos sangre en el asiento y en el reposacabezas del conductor —dijo Auhl—. En algún momento llegó a entrar en el coche.
—¿Y volvió a caer?
—O lo sacaron. Primero lo golpearon en la cabeza y cayó, dándose contra la barra del parachoques, después volvió a levantarse y lo persiguieron alrededor de la camioneta mientras intentaba escapar. Consiguió ponerse tras el volante, pero lo sacaron a rastras de nuevo.
—Eso podría explicarlo —dijo Karalis, haciendo un gesto ante las fotos—. Pero hay otras explicaciones, igual de plausibles.
—Justificaría que haya sangre encima del capó, doc.
—Mmm... —Karalis se quedó en silencio—. Volvamos, el tipo cae, se da en la cabeza con la barra del parachoques, se tambalea en posición erguida, mareado, sacude la cabeza. Salpicando gotas de sangre. —Hizo una pausa—. Pero no soy experto en patrones de proyección de sangre.
Auhl, un tanto impaciente, dijo:
—Yo lo que quiero saber es si es posible que alguien golpeara al señor Elphick en la cabeza mientras estaba de pie entre la valla y la parte delantera de la camioneta. Cayó sobre la barra del parachoques, volvió a levantarse, intentó escapar, consigue ponerse tras el volante, lo sacan de nuevo, le dan otro mamporro en la cabeza y cae al suelo, donde muere.
Karalis se encogió de hombros:
—Es plausible, pero solo eso.
En el coche, camino de regreso a la comisaría, Helen Colfax dijo:
—Ya has oído lo que te ha dicho.
—Dame un par de días, jefa, no te pido más.
8
Cuando Auhl y Colfax volvieron, Joshua Bugg y Claire Pascal estaban inclinados sobre sus escritorios. Tecleando, haciendo llamadas.
Helen Colfax se dirigió de inmediato hacia la pizarra y anunció:
—Atención todos: «Hombre de Hormigón».
Una vez que pusieron sus sillas formando un semicírculo, les hizo una actualización rápida y concisa del caso: el forjado, el cuerpo, la investigación puerta a puerta de Auhl y Pascal, los resultados del patólogo.
—Así que en ese punto estamos —dijo en conclusión—. Era joven, poco más de veinte años, caucásico, no muy alto, y probablemente recibió un disparo. Le dispararon en otra parte y luego lo enterraron bajo el hormigón.
Bugg dijo:
—¿Alguna pista de dónde?
Colfax se encogió de hombros.
—Posiblemente una antigua casa que había en la finca y que derrumbaron hace años.
—Una pena —murmuró Bugg.
—Sí.
—¿Desaparecidos? —dijo Pascal.
—Es obvio que hay que empezar por ahí. Josh, quiero que te encargues de eso. Tenemos un posible nombre: Sean. Empieza, como mínimo, diez años atrás y cinco como máximo. Si eso no da resultados, amplía los parámetros.
—Sí, jefa.
Colfax se volvió hacia Auhl y Pascal.
—Algún periodista hacendoso se preguntará quién era el propietario u ocupante de la finca, así que necesito que vayáis un paso por delante. Localizad a la hija si sigue viva, eso por descontado, pero buscad también los registros de la propiedad. Y comprobad los suministros: teléfono, gas, electricidad. ¿Quién derribó el inmueble? ¿Alguien recuerda si había sangre en el suelo, señales de forcejeo? ¿Hubo en su momento una vieja construcción sobre la losa de cemento? Y suma y sigue.
—Agentes inmobiliarios —sugirió Auhl—. Esos siempre parecen estar al tanto de todo.
—Genial. En su momento la finca estaba en alquiler, ¿no? ¿Lo gestionó alguna de las inmobiliarias locales?
—Y tenemos que encontrar a Donna Crowther —dijo Claire Pascal—. Ver si puede explicar cómo desapareció de su vida aquel novio.
—Bien, bien, estamos en racha. ¿Eran Crowther y el novio personajes conocidos para la policía? —continuó Colfax—. Y no solo por violencia doméstica, sino también si pasaban droga en el inmueble anterior, por ejemplo.
—ADN de los huesos —dijo Bugg.
—Hay cola para hacer las pruebas —dijo Helen—. Y era un chico joven, es bastante probable que no esté en la base de datos, así que estamos intentando hacer público una especie de retrato robot.
—¿Qué pasa con los otros casos?
Helen le dedicó una sonrisa inmisericorde.
—Espero que siga usted faltando a sus obligaciones a ese respecto, agente oficial al mando Bugg. —Hizo una pausa—. ¿Sigues con Bertolli?
Antonio Bertolli era un florista de Mildura al que habían matado de un disparo en 1978. No era el único de su profesión al que habían asesinado por aquella época bajo el común denominador del Mercado de la Reina Victoria y la Mafia Calabresa. El caso volvía a abrirse de un año para otro. En esta ocasión había llevado a Bugg hasta Mildura durante un par de días, a pesar de que pocos de los personajes originales seguían con vida.
—Un caso perdido —dijo Auhl sin poder aguantarse.
—Palabras de sabiduría del viejo cascarrabias, siempre se tienen en gran estima —dijo Bugg.
—Niños —repuso Helen. Miró a Claire—. ¿Tú estás con el caso Waurn?
Los restos mortales disecados de Freda Waurn se encontraron sobre el suelo de su cocina cuando su banco contrató a un cerrajero para entrar en la casa tras el impago de su hipoteca. Lo que encontró fue un esqueleto: llevaba muerta dos años. Tenía el hioides roto y habían puesto manga por hombro todas las habitaciones de la casa.
—Sigo buscando —dijo Claire—. No tenía esposo, hijos ni hermanos. Por lo que parece, estaba completamente sola.
Helen se volvió hacia Auhl.
—¿Alan?
—Bueno... Elphick, jefa.
—Apárcalo, ¿de acuerdo? Quiero que te encargues del Hombre de Hormigón.
—Sí, jefa.
Joshua Bugg se había quedado mirándolo con una sonrisa maliciosa.
—Tienes espinaca entre los dientes, Josh —dijo Auhl.
Era media mañana ya. Auhl y Pascal paseaban por el río en dirección hacia la Oficina del Registro de la Propiedad en el CBD de Melbourne. Auhl, que esperaba encontrarse con la resistencia del sistema burocrático, se alegró de que les dieran acceso directo a las escrituras de la finca en la que habían enterrado al Hombre de Hormigón. Bernadette Sullivan y su marido Francis habían comprado el terreno en 1976. Terra Australis AgriCorp lo tuvo en propiedad entre el año 2012 y el 2015.
—Pues si el Hombre de Hormigón lleva allí diez años, en la fecha en que murió los propietarios seguían siendo los Sullivan —dijo Pascal.
—Los padres han fallecido, lo heredó la hija —repuso Auhl.
Examinaron el certificado de titularidad, un documento recio que olía vagamente a moho. En el encabezado constaban los números correspondientes al volumen y el folio y la evocadora dirección Blackberry Hill Farm... «formando parte de la Parcela Crown 60A». Los propietarios aparecían anotados en dos columnas, con Bernadette Sullivan citada como «Mujer casada» y copropietaria junto con «Agente de bomberos Francis Sullivan» en 1976. Después, en 1986, Bernadette constaba como «Única propietaria superviviente». La propiedad pasó a nombre de Angela, su hija, en 2011; después la vendió a Terra Australis, que a su vez vendió el terreno a Nathan y Jaime Wright.
—Próxima parada, Angela Sullivan —dijo Auhl.
Cuando regresaron al departamento de Casos sin Resolver, Helen Colfax los detuvo.
Miró a Auhl con cara rara.
—¿Te acuerdas de Barbazul?
Auhl intentó interpretar el gesto de su rostro.
—¿Ha matado a su tercera esposa? ¿Cómo se llama... Janine?
—No, exactamente. Dice que es ella quien quiere matarlo a él.
9
Cuando la segunda esposa del doctor Alec Neill murió de manera tan misteriosa como la primera, Auhl era el sargento al mando de la investigación del departamento de Homicidios. Su equipo no fue capaz de demostrar nada, pero él, convencido de la culpabilidad de Neill, había tenido unas palabras con la nueva novia, una fisioterapeuta que trabajaba en uno de sus hospitales: «No permitas que te convierta en la esposa asesinada número 3».
—Se cansará de ti, Janine. Conocerá a otra y hará que parezca un suicidio o un accidente.
Ella lo había mirado con asco antes de dejarlo allí plantado.
Auhl recordaba a una mujer esbelta, perfumada, con carnes prietas tonificadas en el gimnasio y labios finos sobre un rostro demasiado maquillado. La forma en la que se había alejado de él envuelta en una ola de vanidad y satisfacción aquel día de 2012. Auhl se mantenía al tanto de la vida de la pareja y sabía que ella había acabado casándose con Neill, y que vivían la mitad de la semana en East Melbourne y la otra mitad en una granja familiar cerca de St. Andrews, a menos de una hora al noreste de la ciudad.
Auhl pensaba que en el peor de los casos uno de esos días se encontraría a Janine Neill sobre una camilla del depósito. ¿Y en el mejor? Se divorciaría de su marido, o incluso declararía en su contra para el departamento de Homicidios. Lo último que habría esperado es que Neill temiera que ella le quitara la vida.
Colfax lo puso al día mientras subían las escaleras hasta la sala de víctimas, donde Neill les había contado su historia a los detectives de Homicidios.
—Según parece, ayer encontró drogas escondidas en el coche de ella y cree que las utilizó para matar a su segunda esposa, a la que sustituyó, y a su novia.
—Otra novia.
—Murió hace unas semanas. De repente, por causas desconocidas.
—¿Antes de casarse con ella? Eso sí que es nuevo.
—No seas cerrado, Alan. Puede que el hombre diga la verdad.
—No, este cabrón no —dijo Auhl recordando al impoluto cirujano al que había interrogado años atrás.
Esa fina nariz huesuda que gobernaba su rostro patricio, vagamente desdeñoso. Sus sosegados monosílabos por respuesta, cómo los retaba con la mirada desde el otro lado de la mesa, como si se tratara de un historial clínico en el que analizara los pensamientos y sentimientos de sus interrogadores.
Entraron en la sala de las víctimas, una suave e insípida extensión de ventanales con cortinas y un sofá, libros y revistas, una tetera y una cafetera eléctrica. Las paredes estaban decoradas con láminas de paisajes aburridos y simpáticos animales. Neill, sentado ante una larga mesa con un sargento de Homicidios de rostro circunspecto que respondía al nombre de Debenham, se puso tenso cuando Auhl y Colfax entraron en la habitación.
Se quedó señalando a Auhl con un dedo tembloroso.
—¿Qué hace este aquí? —Se volvió hacia Debenham—. ¿Qué es esto, una encerrona? Vengo a darle información sobre dos asesinatos y ¿se lo chiváis a él?
Debenham volvió su rostro hacia Auhl, que dijo:
—Me entrevisté con el doctor Neill en varias ocasiones con relación a las muertes de sus dos primeras esposas.
—¿Se entrevistó conmigo? No hizo más que acusarme. Estaba convencido de que le habría encantado darme una paliza cuando no mirase nadie.
No lo dudes, pensó Auhl.
Neill tenía un aspecto diferente. Todavía era apuesto e iba arreglado, pero ahora sus emociones estaban a flor de piel. Pero lo cierto es que, según recordaba, Neill tenía la habilidad de adaptarse a las situaciones. En el interrogatorio se mostró frío, pero cuando fue cuestionado durante la investigación forense tras la súbita y aparentemente sospechosa muerte de su segunda esposa, daba la impresión de estar angustiado y que se castigaba a sí mismo. De que estaba enfadado por no haber sabido diagnosticar las enfermedades que se habían llevado consigo a cada una de sus esposas.
Y ahora volvía a la carga, nuevamente enojado.
Neill se frotó sus enrojecidos ojos.
—No quiero que ese hombre esté aquí.
Debenham le dio una palmada en el brazo. Parecía estar aburrido de Neill, como si no entendiera por qué tenía que ofrecerle consuelo, pero sabía que era su trabajo.
—Alan no ha venido para acosarlo, doctor Neill, está interesado en sus acusaciones. ¿No es cierto, sargento en funciones Auhl?
—Totalmente —dijo Auhl, sin hacer caso de la advertencia que le hacía Helen Colfax al tirarle de la manga.
Neill cedió, aunque seguía echando chispas por los ojos.
Auhl y Colfax se sentaron en las sillas que había frente a Neill y Debenham.
—Al primer indicio de que me estés investigando a mí llamaré a mi abogado —dijo Neill.
Auhl le dedicó una sonrisa de póquer mientras Colfax se presentaba.
—¿Qué le parece si nos informa de lo sucedido, doctor Neill?
—Ya lo he contado cien veces.
—A nosotros no.
Neill vestía un traje elegante, camisa blanca y corbata verde. Se aflojó el nudo de la corbata como el típico hombre ajetreado que sufre una experiencia desgarradora y colocó los antebrazos sobre la mesa. Olía levemente a jabón antiséptico y sus humedecidos y penosos ojos buscaban los de Colfax.
—Tengo miedo. Creo que Janine quiere matarme. Estoy seguro de que asesinó a...
—Vayamos paso por paso, si le parece —dijo Colfax—. Primero, si piensa que su mujer puede poner su vida en peligro, podemos protegerle. Y hasta que solucionemos esto, tal vez debería pensar en evitar todo contacto con ella.
—¿Usted cree? —dijo con desprecio—. En cuanto salga de aquí me voy directo a nuestra casa de campo. Janine se queda en la ciudad. Tiene una conferencia este fin de semana. En la Universidad de Melbourne.
—De acuerdo. Volvamos al principio. En 2004, su primera esposa, Eleanor, murió a causa de una extraña enfermedad.
Auhl observó el rostro de Neill. Primero incredulidad, después, angustia.
—¿Saca a relucir eso? Creía que habíamos pasado a otra fase ya. Sí, Eli murió. Enfermó y después murió. —Sus puños eran dos auténticos garrotes junto a su corazón—. Estas cosas de verdad que pasan.
Colfax intentó tranquilizarlo.
—Así es, ya lo sé, doctor Neill.
Obviamente, cuando se abrió el caso por la muerte de Siobhan Neill, Auhl investigó la muerte de Eleanor Neill, sucedida ocho años antes. La primera señora Neill, una secretaria administrativa de hospital que entonces tenía veintisiete años y llevaba seis casada con Alec Neill, había empezado a quejarse de vómitos y diarrea. Una semana después estaba muerta. Asfixia, demasiado repentina para darle tiempo a llegar al hospital.
Colfax continuó:
—Y en 2012 su segunda esposa, Siobhan, murió repentinamente; también con buena salud aparente hasta ese momento.
—Correcto —dijo Neill, negando con la cabeza ante las cosas que tiene la vida—. En ausencia de algo más convincente, dictaminaron que se debió a un ataque al corazón. En aquel momento creí que se trataba de una terrible coincidencia. Desgraciadamente, la policía no pensaba lo mismo —añadió fulminando a Auhl con la mirada—. Sin embargo, dadas las sustancias que encontré ayer en el coche de Janine, ahora creo que la muerte de Siobhan fue un asesinato. Solo que no fui yo quien lo cometió y ya es hora de que se me exculpe de ello.
Auhl se quedó mirándolo fijamente. A Siobhan, de treinta y dos años, la encontraron muerta en su cama una mañana. La autopsia no señalaba que se encontrara ningún tipo de veneno en su organismo, ningún tipo de traumatismo físico ni síntomas de enfermedad. Pero había indicios de ataque al corazón y eso fue lo que dictaminó el patólogo.
Sus padres no quedaron satisfechos con ello. Se dirigieron al departamento de Homicidios y, sin hacer esfuerzos por mostrar su desprecio por Neill, les contaron la súbita muerte de su primera esposa. El equipo de Auhl lo sopesó: un marido, dos esposas en buena forma física, jóvenes y sanas; una muere tras sufrir vómitos y diarrea días previos a la muerte, la otra de un posible ataque al corazón. Neill se había casado con Siobhan, la logopeda con la que había estado manteniendo un romance, menos de seis meses después del funeral de su primera esposa. Todos opinaban que era un asunto feo, pero nadie habló de la posibilidad de un asesinato.
Empezaron a hacerlo cuando se descubrió que, en la época en la que murió Siobhan, Neill tenía un romance con una mujer que se convertiría en su tercera esposa. Janine también estaba casada al principio de aquella relación. Cuando se formalizó su divorcio, una semana después del funeral de Siobhan, Neill le envió cien rosas. Siete meses después, se casó con ella.
Auhl recordaba la investigación forense, en la que Neill afirmaba que, cuando murió Siobhan, Janine y él solo eran amigos, no amantes. En la grabación de una entrevista que se reprodujo durante el juicio, se lo oía sollozar: «No sabéis lo que es que te consideren un médico exitoso y ser incapaz de salvar a tus seres queridos». Continuaba diciendo que había pensado largo y tendido en los acontecimientos y sí, pasaba gran parte del tiempo culpándose por lo sucedido.
Ahora, en cambio, Auhl escuchó cómo Helen le decía:
—Siobhan fue asesinada, y usted cree que la asesina es su esposa actual.
—Sí. —Neill se removió con incomodidad en su asiento—. Ya sé lo que piensan, creen que voy saltando de una mujer a otra, pero la relación con Siobhan era inestable y cuando Janine empezó a prestarme atención me sentí halagado. Después, cuando Siobhan murió, ella estuvo ahí por mí y... fui débil, lo admito.
—Y la historia se repite, su relación con Janine es inestable y de repente tiene usted otra novia —dijo Auhl.
Neill se sonrojó. Se volvió hacia Debenham.
—¿Tengo que soportar esto?
—El sargento Auhl se disculpa por su salida de tono —lo tranquilizó Colfax, dando un puntapié a Auhl por debajo de la mesa—. Volvamos a Siobhan: ¿cree que su esposa actual la asesinó para poder quedarse con usted?
—Obviamente.
—¿Estaba Janine en su vida cuando murió su primera esposa?
Neill se sorprendió.
—No, por Dios. Por aquella época todavía era una colegiala.
Auhl intentó ocultar un resoplido.
—Ya estoy harto de usted —dijo Neill.
Auhl se cruzó de brazos.
—¿Se ha sentido usted mal últimamente, doctor Neill? ¿Vómitos? ¿Diarrea?
Neill miró a su alrededor.
—Le encantaría, ¿verdad? Pues no. La droga que utiliza Janine es de efecto inmediato y no puede detectarse. La usó para matar a Siobhan y la usó también para matar a Christine.
—No damos abasto para tanto cadáver —dijo Auhl—. ¿Quién es Christine?
Debenham, el detective de Homicidios, le ofreció una sonrisa funesta.
—Christine Lancer, una amiga del doctor Neill, murió repentinamente hace unas semanas.
Auhl abrió la boca para contestar, pero Helen Colfax volvió a darle una patada y dijo:
—Quizá podría contarnos la historia de la señorita Lancer, doctor Neill.
Neill dijo con afectación:
—Chris es, era, una fisio del Epworth. —Hizo un gesto girando la muñeca—: Como es natural, consulto continuamente con fisioterapeutas en mi trabajo.
—Como es natural —dijo Auhl, visualizando el tipo de chicas que le gustaba a Neill: rubias, bonitas y jóvenes, con pinta de quinceañeras.
Y lo que es más crucial, rubias que no fueran médicos. Neill no quería amancebarse con una de sus pares. O, claro está, alguien que pudiera reconocer que la estaban envenenando.
Solo por pensarlo recibió otra patada de su jefa, que por lo visto podía leerle el pensamiento.
—¿Cómo murió la señorita Lancer, doctor Neill?
—Creo que mi esposa...
—No, doctor Neill, déjela al margen de esto por ahora. ¿Cómo murió la señorita Lancer?
—Se dictaminó que fue un ataque al corazón.
—Exactamente igual que Siobhan.
—Exactamente igual —confirmó Neill—. ¿Usted cree en las coincidencias? Yo no.
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