Kitabı oku: «Marginales y marginados»

EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
www.ediciones.uc.cl
MARGINALES Y MARGINADOS
Ensayo autobiográfico
Gastón Soublette A.

© Inscripción Nº 2021-A-64
Derechos reservados
Agosto 2021
ISBN Nº 978-956-14-2860-7
ISBN digital Nº 78-956-14-2861-4
Diseño: Francisca Galilea R.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Soublette, Gastón, autor.
Marginales y marginados: ensayo autobiográfico / Gastón Soublette.
1. Soublette, Gastón.
2. Musicólogos – Chile – Biografías.
3. Autores chilenos – Biografías.
I. t.
2021 780.983+DDC23 RDA
Fotos de archivo familiar Soublette-De Saint Luc cedidas al documental El lugar al que llego (2022).
Fotos cedidas por el documental El lugar al que llego (2022).

ÍNDICE
Introducción
Lanza del Vasto
Música medieval
El cordero de Dios
El CEJA. Peregrino de la ruta 5 Norte
El lugar donde llego
El detenido desaparecido de Las Chilcas
Mi maestra Violeta Parra
París, Mayo del 68
La madre pobladora de Valparaíso
El brindis
Charlie, el héroe de mi infancia
Poder Popular e indigenismo en la UC
La Estrella de Chile
Nguillatún en Lagunillas
La toma del Instituto de Filosofía
Mi entrada al país mapuche
Pehuenches de Chile y Argentina
La huelga de hambre
El asalto
Rostro de hombre

INTRODUCCIÓN
Hay hombres cuya estructura mental no encaja en la racionalidad que rige el orden imperante. Son seres hechos para otro orden, para otra verdad, que viven en un desajuste con la realidad. Tales son los marginales.
Cabe hacer una distinción, eso sí, entre marginales y marginados. Los primeros lo son por estructura y vocación, y los segundos por la fuerza de las circunstancias. Casi un tercio de la población mundial vive hoy en diferentes niveles de marginación forzada, y entre esa gente no son pocos los que habitan en grandes basurales.
Entre los marginales verdaderos hay también los que ignoran la causa de su malestar, y los que la han hecho consciente. Pero sean de una u otra categoría, todos los marginales apuntan consciente o inconscientemente a un orden distinto de aquel en que les tocó nacer.
Durante mi larga existencia he buscado afanosamente un mundo, “otro”, donde pueda sentirme en armonía con mi entorno y en paz conmigo mismo, con la desventaja de tener que buscarlo siempre en medio de lo que es este mundo en el que nací, como un ser extraño a él.
En eso está dicho todo, todo el contenido de este libro, es decir, mi incompatibilidad con el modelo de sociedad en que se basa el sistema dominante; esta civilización industrial, este constructo puramente económico y tecnológico en que ha venido a parar el mundo, todo lo cual constituye para mí una herida abierta que nada ha podido cerrar. Gran parte de mi trabajo como escritor está referido, directa o indirectamente, a ese tema.
El texto que ofrezco a continuación es autobiográfico, pero no es como lo sería un relato completo de los hechos de mi vida ordenados cronológicamente. Es una secuencia de fragmentos de mi experiencia del vivir, escogidos especialmente porque son un reflejo del mundo de los marginales, ya sea que estos hayan vivido su experiencia como un desastre o como un logro exitoso. Las reflexiones que acompañan la narración le dan al texto el carácter de un ensayo, de ahí el subtítulo de esta obra.
Todo marginal tiene una versión personal de la verdad, esto es, del deber ser, de lo que debiera hacerse para que las cosas fueran mejor o distintas de lo que son. El caso extremo fue el de un humilde carpintero de la ciudad de Nazaret, quien se transformó en un predicador popular que —a poco andar— empezó a ser seguido por grandes multitudes, porque era un buen sanador de enfermedades y otras anomalías corporales como la ceguera, la sordera, la parálisis, y hasta, se dice, que resucitaba muertos. Este hombre, que desde su infancia dio muestras de no encajar en el mundo que lo vio nacer, confidenció a sus amigos más íntimos que él no solo conocía la verdad, sino que él era la verdad…
Sus temas predilectos eran el amor y la justicia, por eso a lo largo de su existencia se mantuvo a prudente distancia de los poderosos y eminentes; y, como en su trato con los demás no rechazaba a los ladrones ni a las prostitutas, ni a los mafiosos cobradores de impuestos, leprosos, paralíticos y ciegos, se ganó la fama de ser un malhechor, por lo que, al cabo de tres años de actividad pública, fue detenido y acusado de múltiples delitos de los que, ciertamente, era inocente.
El gobernador de la zona en que predicaba lo hizo comparecer para interrogarlo, porque había oído que este sujeto pretendía ser el rey de su pueblo. En el interrogatorio le preguntó si, efectivamente, él era el rey, a lo que respondió: “Tú lo has dicho, yo para eso he nacido, para dar testimonio de la verdad”. El gobernador le preguntó enseguida: “¿Qué es la verdad?”. Pero él no le respondió con palabras, sino con su sola presencia, con la que le dijo sin decirlo: “La verdad es que los hombres sean como yo soy”.
Lo que resulta increíble de esta historia es que la versión de la verdad, dada por este hombre sin palabras, se difundió por el mundo y tuvo el poder de cambiar el paradigma cultural de esa época. Pero antes de que eso ocurriera, sus enemigos —que eran muchos y muy bien posicionados en puestos de poder— lograron que el gobernador autorizara su ejecución, la que según la legislación penal de ese entonces debía efectuarse por crucifixión. Murió clavado en un madero como un maldito, junto a dos malhechores.
La historia pudo terminar ahí, pero para sorpresa de sus enemigos, sus seguidores comenzaron a difundir la noticia de que el occiso —después de ser sepultado— abandonó el sepulcro y comenzó a aparecerse a varios de ellos, instantes en los que algunos decían haber recibido enseñanzas y mandamientos. El caso más notable de estos fue el de un tal Pablo de Tarso, quien hasta entonces había sido uno de sus peores enemigos, después de lo cual devino en seguidor y apóstol.
Este apóstol fundó muchas comunidades en torno a las enseñanzas que dijo haber recibido directamente del resucitado. En ellas reinaba el amor y la justicia, y todo se compartía fraternalmente, de lo que resultaba un contraste absoluto con la racionalidad del régimen imperante en el mundo de entonces, en el que regía la ley del más fuerte y la vida humana no valía nada.
A los que miraban desde afuera el proceso espiritual de este cambio —tan radical en los usos y costumbres de estas agrupaciones— no se les hubiese ocurrido jamás que el proceso terminaría abarcando todos los territorios del imperio que entonces dominaba Europa y el Medio Oriente, y que ese cambio pondría término a toda una civilización para inaugurar un nuevo orden social.
Ahora bien, si todo marginal tiene una versión personal de la verdad, es decir, del deber ser, este humilde carpintero es el único que se ha atrevido a identificar la verdad con su persona, con lo cual la sacó del ámbito del conocimiento, definiéndola en términos de calidad humana según el modelo que él nos ofreció en sí mismo.
Por lo general, los marginales rechazan el orden establecido como modelo de organización social, porque —según ellos— este ejerce una presión que violenta a nuestra naturaleza y tuerce el destino de la criatura humana.
Cierto es, por otra parte, que no todo el que tiene una versión del orden diferente de aquella en que está inserto es realmente marginal. En ese sentido la historia está llena de reformadores de muy diverso pelaje, que parecen querer cambiarlo todo sin estar consciente que sus transformaciones se sustentan en la misma matriz de civilización que sirve de base al orden que desean abolir.
Es lo que ha ocurrido con los socialismos reales, sobre todo en los casos en que el régimen es asumido por un país que puede ser calificado de gran potencia. Pues cabe hacer notar que en el mundo hay y ha habido grandes potencias capitalistas y socialistas, cuyas diferencias se reducen a poco o nada ante el solo hecho de que sean grandes potencias. En ellas, con uno u otro color político, la explotación del hombre continúa igual, como también la explotación de los recursos naturales, pues son por sobre todo sociedades dominadoras que operan como tales, dentro y fuera de sus fronteras.
Es preciso dejar en claro esto para que se entienda que la verdadera marginalidad, consciente o inconscientemente, apunta siempre hacia un cambio de paradigma cultural. El caso extremo de eso es lo que el carpintero de Nazaret llamaba el Reino de Dios, el cual se fundamenta no solo en un conjunto de nuevas verdades trascendentes acerca del destino y el comportamiento humano, sino en un cambio cualitativo capaz de transformar al hombre en una nueva creatura.
En el mundo actual han proliferado los marginales en el buen sentido de la palabra. Lo digo así porque hace medio siglo hubo falsos marginales como los del movimiento hippie. Lo de falso que tenía su marginalidad era porque sus opciones de vida se presentaban como diferentes al sistema reinante —pero en apariencia— pues estaban referidas solo a la transgresión de los límites que esta civilización impone a los individuos en su conducta personal. De ahí los cambios de vestimenta, en la apariencia física, en los estímulos psíquicos logrados mediante drogas, en la libertad sexual, la música y la poesía practicadas como euforizantes, los textos subversivos de inspiración anárquica y el abandono del cuidado personal en lo que se refiere al aseo.
El itinerario anual de los hippies en sus peregrinaciones, cuya meta final era el nacimiento del río Ganges en India, tenía varios puntos de encuentro masivo y relevo, uno de los cuales era París. El lugar preciso de reunión de los llegados de diversos países, era la plaza pública que hay en el extremo de la Isla de la Cité, en el río Sena, llamada Vert-Galant. A ella, concurrí varias veces a presenciar el fenómeno del encuentro multitudinario del hippismo internacional, con la intención de conversar con estos peregrinos. En realidad, logré más de una vez dialogar con algunos y, a veces, con grupos de unos tres o cuatro. Algunos de ellos me dijeron que practicaban la meditación y que seguían las enseñanzas de Lao Tse, cuyo libro de Tao leían asiduamente. Esto podía ser real en los hechos, pero frente a estos seres mi intuición me decía que de taoístas no parecían tener traza alguna. Hediondos y poco aseados, descuidados en sus tenidas, desparramados en sus posturas y actitudes, algo cínicos en su manera de pensar.
Uno de ellos, de nacionalidad estadounidense, era hijo de un rico empresario, y su padre le financiaba el viaje. Le hice notar que una revolución que procura crear hombres libres de la dependencia del sistema, no debe descansar en la seguridad que le ofrece el dinero del mismo, a lo que él respondió que su padre estaba cumpliendo un deber con él. “¿Cuál deber?”, le pregunté. Y su respuesta fue: “Yo no le pedí a mi padre ni a mi madre venir a este mundo, ellos me trajeron. Por lo tanto, son los responsables de que esté aquí parado y tienen que hacerse cargo de esa responsabilidad”.
LANZA DEL VASTO
Una combinación de rechazo radical del orden establecido, pero que se da sin odio ni rabia y con sentido de responsabilidad frente a un nuevo mundo violento e injusto, se daba a la perfección en el maestro Lanza del Vasto, discípulo de Mahatma Gandhi.
Entre los marginales extremos brilla como una estrella. Era el modelo del hombre pleno que no necesita agregar nada para ser quien es en su real identidad. Había hecho voto de pobreza, no para mortificarse y ganar méritos privándose de la posesión de bienes que todos desean tener, sino que su pobreza era una liberación de la dependencia que sufre la psique humana con respecto a todas las cosas que agregamos a nuestro ser, como si fueran necesarias para ser quienes somos.
Antes de conocerlo había leído tres libros suyos que me produjeron una honda impresión: Principios y preceptos para el retorno a la evidencia, Comentario del Evangelio y Peregrinación a las Fuentes. Dos de ellos eran relatos de un peregrino. El primero era de carácter reflexivo, y la narración se subentendía por las reflexiones que contenía acerca de las situaciones a que se ve enfrentado un caminante que se complace en llamarse vagabundo. El tercero era relato puro de su viaje a la India y su encuentro con el Mahatma Gandhi y otros maestros espirituales, entre ellos el gran yogui Swami Sivananda, quien lo inició en el yoga y la meditación.
Visitó Chile en el año 1958 y dictó conferencias patrocinadas por el Instituto Chileno Italiano de Cultura.
La primera conferencia tenía por título Los milagros de Gandhi. Ese título era equívoco, pues no se trataba —como lo supusieron algunos— de que el Mahatma Gandhi hubiese hecho milagros en el sentido que lo son esos actos extraordinarios que revelan en quienes los realizan poderes paranormales, para curar dolencias o transformar la realidad de un modo inexplicable conforme a las leyes naturales. Lo que él llamaba milagros eran hechos concretos capaces de conmover al mundo entero por su trascendencia social, fruto del carisma personal de un hombre de gran espíritu y virtud. Entre esos milagros estaba la independencia de la India del dominio británico, lograda mediante una campaña no violenta de desobediencia civil y deserción, basada en la sola fuerza de la verdad, con respeto del adversario, sin agresividad ni odio, ni atentados contra la vida ni la propiedad de nadie.
Otro de los milagros era el hecho de haber evitado una guerra civil entre hindúes y musulmanes, lo cual hizo mediante un ayuno penitencial sujeto a la condición de ser mortal si el conflicto no llegaba a una solución pacífica.
En esa conferencia, Lanza del Vasto se presentó ante su público vestido con un traje formado por tres piezas, una especie de chaqueta o casulla corta sin botones, una camisa blanca de cuello ancho y un pantalón amplio, ambos tejidos a telar. De su cuello colgaba una cruz pequeña de madera y calzaba unas sandalias artesanales. Para andar por las calles ponía sobre sus hombros una capa o manto de lana blanca, con el cual cubría su cuerpo hasta más abajo de la cintura.
Era un hombre alto, de porte majestuoso e imponente, de una rara distinción que me atrevo a calificar de aristocrática. Más que un príncipe, un emperador.
En esa oportunidad, nos habló también de la comunidad que había fundado en un campo al sur de Francia y explicó que su atuendo era el hábito que todos sus miembros llevaban. Dijo que la comunidad se llamaba El Arca, y que su organización seguía el modelo laboral fundado por su maestro, el Mahatma Gandhi, que procuraba independizarse completamente del tipo de sociedad creado por la civilización imperante en el mundo. De modo que lo que se comía era lo que sus miembros cultivaban en su tierra, y lo que vestían era lo que ellos hilaban y tejían. Lo mismo dijo respecto de sus viviendas, diseñadas y construidas por los mismos compagnons.
Mi padre, que era muy aficionado a la historia, cuando lo vio me dijo de inmediato que este sujeto era un hombre de la alta nobleza europea y que sería interesante saber quiénes fueron sus antepasados. El anuncio periodístico de sus conferencias decía que descendía de una noble familia siciliana, y que entre sus parientes lejanos figuraba ese famoso doctor de la Iglesia llamado Tomás de Aquino.
Más tarde cuando logré conversar con él en la intimidad, le pregunté de quién descendía, de qué familia siciliana eran sus ancestros, a lo cual respondió que descendía del fundador de la mafia siciliana.
Al ver la expresión de estupor con que recibí su respuesta, sonrió y me dijo que yo ignoraba quién era esa persona, la cual estaba lejos de ser ese tal Corleone, miembro tardío de esa cofradía de malhechores. Entonces me aclaró que la mafia siciliana fue fundada por un emperador germánico de la dinastía de los Hohenstaufen en el siglo XIII, porque los soberanos de ese linaje imperial se pelearon con el Papa por los nombramientos de los obispos que los emperadores alemanes sostenían debían ser designados por ellos, no por el Papa. Y como esta querella tenía un evidente trasfondo político, se fue enconando hasta transformarse en un conflicto frontal entre el imperio y el papado, razón por la cual uno de esos emperadores —Federico II, quien además era rey de Sicilia—, formó un ejército para dominar Italia y sitiar Roma avanzando desde el sur y conquistando gradualmente ciudades y campos.
El Papa lo excomulgó, como había hecho con otros antecesores, y como tan grave sanción inhabilitaba a los soberanos para seguir reinando —y sus colaboradores y servidores le retiraban su adhesión—, este Federico II Hohenstaufen solo pudo conservar su reino de Sicilia. Al no poder contar con la lealtad de su gente, pactó con los islámicos y formó un temible ejército de moros dispuestos a todo. Como el papado de esos tiempos no era un modelo de moral cristiana, este conflicto dividió a la población de Italia en los así llamados güelfos y gibelinos, es decir, partidarios del Papa y del emperador Federico, respectivamente. Por eso, este pudo enrolar en sus huestes a muchos hombres de armas italianos quienes, dada la corrupción que el conflicto generó en la sociedad, fueron mercenarios tan temibles y eficientes como los famosos landkechts alemanes. Esos guerreros, por cuyas venas corría aún la sangre de las legiones romanas, fueron conocidos por el apelativo de condottieri. Expertos en las artes bélicas, capaces de ponerse al servicio de cualquier causa con tal que la paga fuera lo suficientemente beneficiosa según sus expectativas, esos son los antepasados de la mafia cuyo centro de operaciones más célebre siempre ha sido Sicilia.
Lanza del Vasto me dijo que ese emperador alemán era su abuelo, lo cual era notorio por su imponente porte. Su apellido, que es el de una noble familia de Sicilia, era el que llevaba una dama del siglo XIII que fue amante del emperador, y de quien tuvo un hijo que fue legitimado in articulo mortis con el título de príncipe. De modo que el verdadero apellido de este sabio peregrino era Hohenstaufen. Pero él se lo cambió, tomando el de la dama Lanza del Vasto, de Sicilia. Y lo hizo, según su propia confesión, porque ese tal Federico II era uno de los más grandes bandidos de la historia de Europa, a quien el propio Adolf Hitler consideraba el primer nazi de la historia.
Y curiosamente los nazis, al saber de la existencia de este hombre descendiente del emperador Federico II, lo invitaron a Alemania y fue recibido por altos miembros de la Wehrmacht (fuerzas armadas), todos vástagos de la aristocracia militar de ese país, con el objeto de convencerlo de sumarse a la causa de la Alemania nacional socialista. Entiendo que él concurrió a esa invitación más por curiosidad, porque ya había decidido sumarse a la causa de la liberación de la India, por el mensaje del Mahatma Gandhi.
Fue entonces que Lanza del Vasto decidió transformarse en un peregrino, y su primera hazaña como tal fue irse a la India a pie desde París, sin dinero, con un morral y un báculo, a la buena de Dios. Descendió hacia el sur, pasó por el norte de Italia a Croacia, de ahí a Turquía, y por el poniente entró en la India, por el territorio que corresponde al antiguo principado de Kutch. Me contó que en alguna parte había una guerra y él pasó por lugares en que se combatía hasta con artillería y tanques.
En los países islámicos fue bien recibido y albergado, entre otras razones, porque ahí se practica mucho la virtud de la hospitalidad. Además, cuando le preguntaban por qué se atrevía a peregrinar desprovisto de todo recurso material, él respondía, “Alá provee”, y esa respuesta los dejaba contentos y suscitaba admiración.
En la India fue recibido por el Mahatma Gandhi, de quien recibió grandes enseñanzas del ámbito de la espiritualidad, la sabiduría y la forma de vivir en comunidades autónomas que procuraban independizarse de ese modelo de civilización. Aunque no permaneció solamente en la comunidad gandhiana, porque el plan de viaje que se había propuesto realizar terminaba en el nacimiento del río Ganges.
Entre las enseñanzas que recibió de Gandhi hubo una que no olvidaría: le dijo al Mahatma que cuando volviera a Europa iba a fundar una comunidad semejante a la suya, a lo que este le respondió: “¿Acaso has sido llamado para hacerlo? Si esa decisión solo viene de ti, sin que te hayas preguntado antes si es o no la voluntad de Dios, tu obra no podrá llevarse a cabo”. Respuesta que lo confundió y avergonzó.
De vuelta en Europa, Lanza del Vasto se dio a conocer rápidamente por haberle pedido ayuda espiritual a Gandhi. Entonces oró y pidió a Dios que esta afluencia tan numerosa de gente hacia él fuese el signo favorable para realizar su proyecto de fundar una comunidad laboral con fundamento espiritual basado en el modelo del ashram de Gandhi. En esa época se dedicó también a dictar conferencias sobre sus temas favoritos, que empezaban con una fuerte crítica al modelo de civilización vigente y a la necesidad de comenzar a vivir según otros patrones de pensamiento y de conducta.
Otra de las enseñanzas que recibió de Gandhi se refiere al cultivo personal, lo que después él llamó un “voto de purificación”, el cual consistía en fundamentar la vida personal en tres principios: el conocimiento de sí mismo, el dominio de sí mismo y el don de sí mismo a los demás.
En lo que se refiere a la no violencia y la fuerza de la verdad, la enseñanza gandhiana recomendaba —partiendo de la base de que se vive en un mundo violento e injusto— contribuir a solucionar los conflictos que crean la violencia y la iniquidad, en el supuesto de que el explotador no es un enemigo, sino un hermano que se equivoca y que el deber de todo hombre que busca la verdad es enfrentarlo mediante diversas formas de resistencia pacífica para despertar su conciencia, de manera que dé un vuelco y rectifique sus actos. Esas formas de lucha eran la persuasión, la no cooperación, la desobediencia civil, a lo que se sumaba el coraje para asumir y soportar estoicamente los actos de la represión y los encarcelamientos.
Desde el primer día que llegó y dio su conferencia en el Instituto Chileno Italiano de Cultura, tomé contacto con él abordándolo directamente, mientras él respondía preguntas de la concurrencia. Me atreví a preguntarle si era inaccesible o sería posible conversar con él. De inmediato, me dijo que podía ser esa misma noche en su habitación del Hotel Crillón, donde se alojaba.
En ese primer encuentro le dije que necesitaba un maestro porque hacía varios años que practicaba la meditación, según los métodos enseñados por los swamis hindúes que se habían dado a conocer en Europa y América. Me respondió que, si había otros en la misma situación, podría juntarse con nosotros en esa habitación temprano en la mañana del día siguiente. Concurrimos a la reunión, aparte de mí, un primo llamado Renato Espoz, filósofo; un amigo boliviano, Jorge Canelas, periodista; y un músico de instrumentos indios —discípulo de Ravi Shankar—, Millapol Gajardo. En esa primera cita nos explicó en qué consistía la meditación y cuáles eran sus beneficios, según las enseñanzas de las escrituras hindúes clásicas.
En una conversación posterior me dijo que él era católico practicante, y que eso se lo debía a Gandhi aunque pareciera curioso, pues el maestro, al verlo tan entusiasmado con la filosofía espiritual de la India y la práctica del yoga y la meditación, se sintió en la necesidad de recordarle que él era cristiano de formación, y que su deber era seguir fielmente las enseñanzas del Evangelio de Jesucristo.
Lanza del Vasto visitó tres veces Chile y fundó en Santiago un grupo de amigos que se reunía semanalmente para estudiar las enseñanzas que impartía la comunidad de El Arca y practicar la meditación. Estos grupos —varios en América Latina— eran como escuelas de espiritualidad en las que los asistentes recibían la orientación necesaria para cambiar sus patrones de pensamiento y conducta, sumándose a un movimiento más vasto que a nivel mundial buscaba los fundamentos de un nuevo paradigma cultural, en el supuesto de que este modelo de civilización industrial se estaba aproximando gradualmente a su fin.
En varias entrevistas que me han hecho en televisión o en prensa escrita, siempre he dicho que Del Vasto fue mi maestro y padre espiritual, aunque no fue mucho lo que lo frecuenté, y nuestros encuentros —bastante distanciados— se dieron en un período de unos doce años. La verdad es que la influencia que él ejerció sobre mí, sin proponérselo, fue más por la fuerza de su ser que por su hacer.
Mi padre biológico, don Luis Soublette García Vidaurre, me enseñó a ser un ciudadano decente y cumplidor, y moralmente confiable. Lanza del Vasto fue mi padre en otro sentido, porque orientó mis anhelos espirituales y me dio un ejemplo de coherencia ética entre lo que se piensa y lo que se vive, y un criterio ecuánime para enfrentar el malestar de vivir en una sociedad cuyo modelo de civilización cuestionaba en sus mismos fundamentos. Esa imparcialidad él la aprendió de Gandhi, quien siempre hacía un llamado a sus seguidores a ser coherentes en sus actos con la verdad, hecho que se desprendía de su conducta. Porque si uno se rebela contra un sistema político en el que está inserto, y durante toda su vida se ha beneficiado de lo que ha podido obtener de ese sistema, no es ético actuar como si nada de lo anterior hubiese ocurrido.
Sobre este aspecto de las enseñanzas de Gandhi, Lanza del Vasto daba un buen ejemplo. Se refería a la actitud que Gandhi adoptó frente a los momentos más aflictivos que Inglaterra vivió durante varios años en la Segunda Guerra Mundial, antes de la entrada de Estados Unidos a la guerra. En ese tiempo, el contingente militar que aseguraba el dominio británico sobre la India disminuyó considerablemente por la necesidad de reforzar el ejército que luchaba en el frente europeo. Esta situación desmedrada de las fuerzas británicas generó, en la mente de muchos partidarios activos de la independencia, la ocurrencia de que tal vez había llegado el momento en que sería posible, por medios violentos, liberarse de un cuerpo armado insuficiente para controlar la rebelión. Pero Gandhi, aunque eso hubiese sido posible, se opuso terminantemente. Las razones que dio tienen que ver todas con la coherencia de la conducta con la verdad. Y la verdad en este caso era la forma de lucha no violenta que se había llevado hasta entonces, la cual no era una simple estrategia circunstancial, sino lo que correspondía hacer para ser fiel a la verdad en que se dice creer. También les recordó a sus seguidores que concibieron el mismo plan que, para bien o para mal, todos ellos se habían beneficiado como súbditos del imperio británico, y que había que actuar conforme a esa verdad. Además, Gandhi estaba consciente de las funestas consecuencias que habrían derivado contra el prestigio moral que esa lucha no violenta había adquirido a los ojos del mundo entero.
Lanza del Vasto fue el primero que me habló de la necesidad del autoconocimiento como práctica indispensable del buscador de la verdad. En ese sentido, él citaba a Gandhi al intentar una definición de eso que llamamos verdad. El Mahatma no la definía en relación a la teoría del conocimiento, esto es, como la conformidad entre las cosas y la idea que nos formamos de ellas. Él no negaba el valor de esa definición, pero ponía el acento en sus connotaciones éticas. La verdad —decía Lanza del Vasto citando a Gandhi— es que tú seas un hombre verdadero, esto es, que tu apariencia exterior en tus actos y palabras corresponda a lo que eres interiormente.
Esta definición la ilustraba con un pasaje del Evangelio de Juan, aquel en que Jesús ve venir hacia él a su nuevo discípulo Natanael, de quien dijo: “He aquí un israelita auténtico en quien no hay dobleces (o engaño)”.
Esa búsqueda de la autenticidad personal era la forma suprema de la búsqueda de la verdad, por eso él —citando a Gandhi— decía que el buscador de la verdad debe ser capaz, antes que todo, de decir siempre la verdad.
Mis encuentros más importantes con Lanza del Vasto ocurrieron durante los cuatro años que fui agregado cultural de la embajada de Chile en París. Pero en tales circunstancias no pude evitar el hecho de vivir eso que se llama doble vida, pues las obligaciones mundanas de un diplomático son inevitables, de manera que me aboqué a compatibilizar mi oficina y el salón magnífico del palacio de nuestra embajada, en la Avenue de la Motte-Picquet, con los campos sembrados y las rústicas viviendas de la comunidad de El Arca.
MÚSICA MEDIEVAL
Entre las muchas cosas que aprendí de Lanza del Vasto fue conocer, valorar y practicar la música medieval. Su esposa Chanterelle era cantante, y bajo la influencia de su marido dejó su repertorio clásico y se abocó a adaptar su voz a lo que, según se cree, debe haber sido el modo medieval del canto individual, esto es, una emisión más “blanca” que impostada, aunque no inexpresiva. Ella grabó varios discos, algunos a capella y otros con acompañamiento instrumental. La crítica la reconocía como la más auténtica voz femenina especializada en música del medioevo.
Bajo la influencia de este matrimonio, mi esposa Bernadette de Saint Luc y yo nos abocamos al estudio y práctica de esta música. Nuestro repertorio incluía, junto a los trovadores y troveros franceses, a los alemanes llamados en su idioma minnesingers, y a sus discípulos tardíos, cantores de los gremios de artesanos llamados meistersinger, aquellos que Richard Wagner inmortalizó en la mejor de sus óperas, Los maestros cantores de Núremberg.
En lo que se refiere a la pronunciación del francés, el provenzal y el alemán de los siglos XII al XV, un profesor del Instituto Franco-Alemán de Cultura, de apellido Drochner —experto en literatura y lingüística medieval—, nos enseñó lo que necesitábamos saber sobre la fonética antigua de esos idiomas.
A nosotros se sumaron varios músicos interesados en la melodía de esos siglos. Entre ellos había un inglés de nombre John Sidgwick, quien trabajaba en el departamento de agricultura de la embajada británica en París, excelente violista, quien luego aprendió a tocar viela gótica. Fue él quien trajo a nuestra casa a un joven cantante escocés de nombre Oliver Forbes y a otro inglés violinista cuyo nombre no recuerdo. El violonchelista chileno Arnaldo Fuentes también se sumó al grupo. Estaba becado para estudiar con el gran chelista francés Bernard Michelin, y aunque su instrumento no era el apropiado para la música medieval, pulsando de un modo especial el arco logró imitar bien el timbre de la viola de gamba. También vino a nuestras reuniones musicales un tenor francés de nombre Ives Tessier, especialista en canto medieval, quien ya había grabado muchos discos.
Con ellos hicimos mucha música en nuestro departamento de la avenida Víctor Hugo. También dimos algunos recitales en diversos escenarios. Los de más alto nivel se realizaron, a saber: el primero en la Salle Pleyel, que incluyó a Chaterelle y a una cantante argentina discípula suya —y miembro de la comunidad de El Arca— llamada Clara Cortázar; y el segundo en el gran auditorio de la Radiotelevisión Francesa (ORTF), que incorporó a un tenor francés de nombre Bernard Lamy —experto en música medieval— y a un ejecutante de viola de gamba. Para esa ocasión hice instalar un positive organ en el escenario, tras el cual se colocó —a pedido mío— un tapiz auténtico del siglo XV, que representaba un concierto de música en la corte de los duques de Borgoña. A este recital asistieron cerca de cuatrocientas personas.
La parte final del programa incluía la Danza del pavo y la tonada La Malaheña, de Chiloé. En el público, en primera fila estaba el embajador Enrique Bernstein y su esposa, y cuando canté esas canciones antiguas del folclore chileno noté que don Enrique se emocionó hasta las lágrimas en un acceso de patriotismo.
La invitación a la ORTF fue posible por la grabación que hicimos de dos discos que tuvieron muy buena acogida. En el primero, incluimos música de trovadores y troveros franceses y provenzales, también minnesingers y meistersinger alemanes. Este disco fue nominado para el gran premio del disco —Grand Prix du Disque— del año 1967, lo cual significa que fue clasificado entre los diez mejores elepés grabados en Francia. En el segundo disco, canciones de amor del siglo XV. Y pese a que este no fue nominado para tan alto galardón, fue el que más se transmitió por radio. Para ambos discos, la composición de carátula se hizo con una reproducción en color de miniaturas medievales, pintadas por maestros flamencos en preciosos libros incunables que posee la Biblioteca Municipal de París. Libros que nadie puede hojear libremente, sino leer o revisar hoja por hoja bajo la vigilancia de un funcionario. Solo recuerdo por su nombre la miniatura escogida para el segundo disco, la cual representaba una boda principesca de 1430 o 1440 que lleva el título de Le Mariage de Clarice, y que pertenece a una obra en dos tomos incunables que un monje flamenco hizo para el duque Juan de Borgoña, apodado el bueno.
Con esos dos discos lanzados al mercado discográfico francés nos hicimos famosos en el ambiente musical de París, al punto que la ORTF nos invitó para el recital masivo antes mencionado, con toda la solemnidad de un acontecimiento musical de excepción.
El sello discográfico que grabó los discos se llamaba Boite a Musique, y su dueño y director artístico era un señor judío de nombre Albert Levy-Alvares, cuyo padre —lo supe después— había conocido a un tío mío venezolano llamado Isaac Pardo, en cuya casa mi pariente conoció al compositor francés, judío también, Reynaldo Hahn.
Albert Levy fue un buen amigo nuestro y visitó varias veces mi casa para escuchar nuestros conciertos íntimos, pues él también era aficionado a este tipo de música.
Aunque todo lo narrado acerca de mi vida como diplomático, cultor de la música del medioevo y participante de la vida musical de París, por una parte y por otra, como discípulo de Lanza del Vasto, con cuyos seguidores solía reunirme periódicamente en casas particulares y en un piso subterráneo de la Iglesia de Saint Severin, aunque todo eso, digo, parecía ser aquello que se suele llamar una doble vida (y en cierta medida lo era) siempre estuvo presente en mí la convicción de que la parte mundana de mi existencia no valía nada frente a mis convicciones acerca del destino transcendente del hombre y la necesidad de que la sociedad evolucionara desde esta forma artificial y vana de vivir, hacia otras formas de comunidad en el sentido que Lanza del Vasto lo había entendido y realizado en su comunidad El Arca.
En ese tiempo, estaba convencido de que mi destino —justamente— era vivir en esa comunidad con mi familia, para lo cual creía tener una preparación suficiente para enfrentar esa ruda vida de campesino.
Por su parte, mi esposa Bernadette, aunque admiraba a Lanza del Vasto y a su esposa Chanterelle, no creía en absoluto que ese fuera su destino, ni el de nuestros hijos. Esa posición de ella frente a este problema era clara y firme, de manera que con el correr del tiempo tuve que acostumbrarme a la idea de que, lo que creía era una oportunidad que la vida nos ofrecía para realizar el ansiado proyecto de independizarme de este modelo de civilización, era finalmente un problema exclusivamente mío, en el que no tenía derecho a involucrar a mi familia.
Pronto tuve motivos para darme cuenta de que este sueño mío de la comunidad de marginales gandhianos no era más que eso. Prueba de ello fue mi rápida evolución desde ese ideal al de un académico. Ser docente e investigador —enseñando a innumerables jóvenes en la Pontificia Universidad Católica de Chile— se impuso como el destino más adecuado a mi personalidad y a mis posibilidades.
EL CORDERO DE DIOS
Después de tantos años transcurridos desde aquel París de los años sesenta, me veo sentado en la cátedra universitaria dictando un curso sobre Sabiduría chilena de tradición oral. Y al abordar el tema del destino, el cual se vincula también con el de la condición de ricos y pobres que se da en todo tipo de sociedad, relaté a mis alumnos una experiencia que viví con la extrema pobreza. Hablé de esos seres que carecen de todo y en su desvalimiento absoluto algunos llegan a parecer algo así como la escoria humana. Viven en situación de calle, como se suele decir, o botados en terrenos baldíos, o en medio de los desechos de un botadero, nombre con que el pueblo se refiere a los basurales.
Pero antes de relatar esa experiencia dirigí a mis alumnos la pregunta de por qué creían ellos que existe esa clase de seres en todos los países del mundo, y ninguno fue capaz de aventurar una respuesta. Yo tampoco di una y preferí dirigir la pregunta a personas con más autoridad sobre estas arduas cuestiones. Entonces dije a mis alumnos, “imaginen que tenemos aquí a dos maestros conocidos y venerados por todo el mundo desde la antigüedad: Buda y Jesús”.
Respecto del primero, dije que no es difícil saber con certeza lo que habría respondido. Y junto con afirmar eso, un alumno levantó la mano dando a entender que él sabía lo que ese maestro habría respondido: “Es por el karma que existen esos seres”. Lo que en la jerga de la filosofía budista significa que es el peso de las acciones ejecutadas en vidas pasadas lo que determina nuestra condición actual. En el caso de estos seres desprovistos de todo, se trataría de personas que en sus encarnaciones anteriores vivieron mal, muy mal, por eso están ahora pagando su mal vivir en esas condiciones desmedradas. De manera que, visto de esta forma el problema, no es mucho lo que se puede hacer por mejorar su condición, la cual se ha vuelto una fatalidad por sus malos antecedentes kármicos. Lo que sí se puede hacer por ellos es ayudarlos en sus necesidades y exhortarlos mediante la enseñanza, aunque en ciertos textos budistas hay expresiones bastante despiadadas sobre los que arrastran un karma de miseria.
Enseguida pregunté a mis alumnos qué creían ellos que habría respondido Jesús a esa misma pregunta. Y nadie levantó la mano, aunque los exhorté a que intentaran imaginar una respuesta, dado lo que ya todos sabemos sobre el carpintero de Nazaret. Pero nadie se aventuró. Entonces, me atreví a decirles que lo más probable es que Jesús habría dicho que esos seres son víctimas del poder…, y que no tienen culpa alguna. Lo dije basándome en la parábola del pobre Lázaro y el rico epulón, y a la tendencia que se advierte en las palabras de Jesús al dar por entendido que la acumulación de riqueza en manos de unos pocos siempre trae como consecuencia el desequilibrio que provoca la pobreza en otros muchos. Y para afianzar lo dicho cité el refrán popular chileno que dice que “no es raro que a uno le falte lo que a otro le sobra”.
Los alumnos escucharon estas palabras en silencio, sin agregar ningún comentario, por lo que deduje que en su mayor parte estaban de acuerdo que esa podría haber sido la respuesta de Jesús.
Lo conversado en esos términos fue una introducción necesaria para la plena comprensión de lo ocurrido en mi experiencia con la miseria extrema que relataré enseguida, episodio de mi vida que destaco entre los más significativos que he vivido.
Hasta el día en que ocurrió lo que voy a relatar, había recorrido frecuentemente los cerros de Valparaíso tomando fotografías, lo que con el correr del tiempo me permitió relacionarme con gente que vive regularmente en esos lugares, y que, por tratarse de Valparaíso, y la magia de sus colinas, es gente de carácter más apacible que la de la ciudad capital. Por eso, al cabo de diez y más años de tomar fotografías en esos cerros, desentendiéndome del mar —que erróneamente algunos destacan como el elemento determinante de ese puerto—, había trabado amistad con muchas personas, especialmente con habitantes del costado poniente, esto es los cerros Alegre, Cordillera, Toro, y Santo Domingo. Entre esas amistades había no pocos jóvenes expertos en el arte de robar, aunque yo no tenía inconveniente alguno en juntarme con ellos a comer y tomar en alegre compañía.
Entre esos “lanzas” escogí a cinco de mi confianza, a quienes pagué por anticipado, para que me acompañaran a visitar el gran botadero que hay detrás de las colinas de más al poniente de Valparaíso, en una zona llamada Montedónico.
Se trata de un lugar muy antiguo en el que se ha acumulado basura desde fines del siglo XIX, lo cual puede apreciarse en ciertos cortes verticales de la materia acumulada —a modo de farellones—, en los que se distinguen franjas de diferentes niveles según las épocas de la acumulación. Conforme a la explicación que me dieron mis acompañantes, en ese basural vivían más de cien personas, algunas en cuevas abiertas en la pared de los cortes verticales, o en casuchas construidas con materiales encontrados en el mismo botadero.
Lo que motiva a los habitantes de este basural a permanecer en él es el hallazgo de materiales utilizables —que llegan confundidos con la basura y también los desperdicios mismos—, en especial los cartones, objetos que ellos seleccionan y venden después a quienes podrían servirles. Y de hecho el negocio funciona permanentemente y a un ritmo parejo.
La necesidad de ser escoltado por hombres expertos en el robo y la pelea se debía a que ellos mismos me advirtieron que si iba solo a visitar el botadero no saldría vivo de ahí.
El espectáculo que se presentó ante mis ojos por todos esos desechos en descomposición era verdaderamente infernal, y el olor de putrefacción y fermentación se volvía cada vez más insoportable.
Alcancé a estar dos horas en el lugar, al cabo de los cuales comencé a sentir síntomas de desvanecimiento. Pero antes de que eso ocurriera, al pasar frente a uno de esos cortes verticales de la masa acumulada, había una cueva cuya entrada estaba cubierta por una tela de saco. Desde adentro escuchamos gritos destemplados de alguien que nos insultaba y nos conminaba a salir de ahí de inmediato. Era un seleccionador de objetos y restos utilizables hallados en la basura, seguramente uno de esos hábiles cartoneros que llegan a hacerse unas diez lucas diarias.
Al escuchar sus insultos, uno de mis compañeros le dijo: “Tranquilo, tranquilo compadre, que no le vamos a quitar nada de lo suyo. Solo andamos paseando”.
El troglodita entonces descorrió la tela que cubría la entrada de su caverna y se asomó para ver quiénes eran los intrusos.
Era un hombre de unos cuarenta años, de baja estatura, con una cicatriz en la mejilla derecha (un cara cortada), vestido de blue jeans, parca negra y polera, todo muy sucio. Al verlo salir de su habitación, sentí hacia él una extraña atracción, y llevado por un impulso irresistible me adelanté para saludarlo, lo cual hice dándole la mano y diciéndole: “Buenos días, señor”. El saludo pareció ser de su agrado, pues el hombre sonrió y sin mediar más palabras, me dijo: “Yo soy el cordero…”. Al escuchar tal frase de presentación quedé paralizado y después de una pausa le pregunté por qué se identificaba de ese modo ante mí, a lo que él respondió: “Si usted entra en mi casa lo sabrá…”.
Era una invitación a hacer algo que jamás imaginé que alguna vez en mi vida estaría en condiciones de hacer. Pero el hecho fue que la ocasión se presentó y no había que pensarlo más. Fue entonces que uno de mis acompañantes me dijo al oído que tuviera cuidado, porque lo que este sujeto quería era matarme. Pero convencido de que no era eso me dispuse a entrar, pero antes miré a mis cinco escoltas en cuyos rostros se percibía una expresión de reprobación, pues cómo podían ellos entender que el “señor profesor” aceptara entrar en una cueva infecta incitado por el más miserable de los hombres.
Convencido de que la experiencia de entrar a la cueva de basura era más valiosa que la de quedarme afuera mediante una excusa, seguí a mi anfitrión por el estrecho túnel hasta una cavidad mayor abierta al fondo, donde había una mesa destartalada con una vela encendida y en el suelo un saco de dormir. En las paredes colgaban unos objetos encontrados en la basura y algunos posters. Entonces él, tomando la vela que había en la mesa, la acercó a uno de los afiches, en el cual se veía a Jesús llevando sobre sus hombros una oveja, por lo que entendí que la escena representada era la parábola del pastor de cien ovejas que, habiendo perdido a una de ellas, dejó en la pradera a las noventa y nueve restantes, y se afanó por encontrar a la perdida, lo cual —una vez logrado— lo colmó de alegría. Y todo eso para representar la misericordia de Dios, que por un pecador arrepentido se alegra más que por las noventa y nueve justas que no tienen necesidad de perdón. El hombre alumbró con la vela ese poster y con su dedo índice me mostró la oveja que Jesús portaba sobre sus hombros, y dijo: “Ese corderito soy yo”. Ese gesto del hombre me estremeció y afectó tanto, que me emocioné hasta las lágrimas. No puede responderle nada y me quedé en silencio. Quizás alcanzó a percibir mi reacción ante su insólita confesión, porque el hecho es que yo lloraba y no podía disimularlo. Mis compañeros no entendían nada y me preguntaban con insistencia qué me había dicho o hecho ese hombre para que mi visita a la cueva hubiese terminado así.
Cuando me calmé les dije que este hombre me había dado una lección de humanidad entre las más grandes que yo había recibido en mi vida. Les conté todo con detalles y ellos escucharon atentos y en silencio. Entonces de todo lo acontecido saqué la conclusión de que él, sin decirlo directamente, me había dicho que, en realidad, sabiendo que era algo así como la escoria de la humanidad, pese a eso, sabía que era ante todo un ser humano, y Cristo lo acogía y lo salvaba.
Uno de mis acompañantes era evangélico, y dijo después que fue la voluntad de Dios la que permitió que yo viviera aquel día esa experiencia, y que ellos estuvieran ahí como testigos.
EL CEJA
PEREGRINO DE LA RUTA 5 NORTE
En la Ruta 5 Norte que une las ciudades de la V Región con la ciudad capital, en el lugar llamado cuesta de Las Chilcas, vivía precariamente un hombrecito a quien, por su baja estatura, llamaban el Enano de Las Chilcas. En cierta ocasión que pasé por el lugar con unos amigos, al verlo caminando por la berma derecha, detuvimos el auto y me bajé con la intención de conocerlo y preguntarle si necesitaba algo. El individuo me miró de arriba abajo y me preguntó si yo era polaco. Le respondí que era tan chileno como él. Su pregunta se debió quizás a que entonces usaba una camisa de cuello alto y redondo como ha sido la tradición en los países eslavos.
Cuando le pregunté si necesitaba algo, me respondió que no necesitaba nada, y me quedó mirando en silencio, por lo que entendí que mi curiosidad por su persona lo incomodaba.
Cuando ocurrió este encuentro-desencuentro yo había oído hablar de este sujeto a quien los automovilistas y sobre todo los camioneros consideraban algo así como una mascota humana del gremio, y más aún, como poseedor de una virtud que atraía la buena suerte a quienes se le aproximaban. Eso explica por qué muchos conductores de vehículos, después de su fallecimiento, concibieron el proyecto de erigir en ese lugar un pequeño monumento para honrar su memoria con una escultura pequeña que lo representara, pero la municipalidad de la comuna se opuso.
Por lo que se oía decir del Enano de Las Chilcas y por lo que percibí en nuestra brevísima conversación, parece que el hombre tenía sus facultades mentales alteradas. La causa de esta anomalía habría sido el hecho de que su esposa e hijos perecieron en un accidente de ruta, lo que probablemente ocurrió en el lugar que él escogió para establecer su morada, la que consistía en una simple casucha de tablas.
A poco andar, quizás un año después, descubrí que lo que había buscado en vano en el Enano de Las Chilcas, lo vine a hallar en la larga explanada que se extiende entre Las Chilcas y la cuesta descendente que enfila la ruta hacia Polpaico y Santiago, en cuyo centro están situadas las localidades de Rungue y Montenegro, frente al imponente cerro Huechún.
El personaje hallado en esos tramos de la ruta no era un enano, sino más bien un hombre alto, de un metro ochenta centímetros o más. A todas luces se veía que era un mendigo. Se desplazaba dificultosamente apoyado en dos bastones, pues era poliomielítico de las dos piernas. Iba cubierto con piezas de vestir negras, raídas y sucias. Sus pantalones estaban formados por trozos de trapo negros, cocidos, y más arriba, desde las rodillas hasta el cuello, su cuerpo estaba cubierto por un vestido de mujer blanco o que fue blanco. Sus zapatos no eran tales sino trapos enrollados en sus pies y amarrados con cáñamo. La pieza principal de este atuendo era un largo sobretodo negro, cuyos extremos le llegaban hasta más abajo de las rodillas, muy roído y manchado.
Hacía tiempo que había divisado a este personaje al pasar por el lugar rumbo a la V Región, pero hasta cierto día de un mes de octubre —más luminoso y bello que de costumbre— no se había dado antes la ocasión de abordarlo y conversar con él. Cuando la posibilidad se dio aquel día, íbamos un grupo en un auto Pontiac de 1967. (El encuentro se puede situar a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado, en plena dictadura militar).
En esa ocasión los excursionistas eran, aparte del suscrito, el Patricio —dueño del auto—, el Bassi —alumno de no sé qué facultad de la Universidad Católica de Chile— y un cuarto a quien no logro identificar.
El sujeto venía caminando por la berma de la izquierda, en dirección sur norte, y nosotros viajábamos en la misma dirección. Pasamos adelante y nos detuvimos a unos cien metros de distancia o más. Él, al ver a estos cuatro individuos que se detenían en la ruta y se bajaban del vehículo con la clara intención de abordarlo, se sintió inseguro, y de inmediato metió su mano en un bolsillo, seguramente para coger un cuchillo u otra arma de defensa. Yo entendí por qué él hacía eso, y dije a mis acompañantes que se quedaran en el lugar mientras me adelantaba para saludarlo. Avancé hacia él y, desde unos cinco metros de distancia le dije: “buenos días señor”. No le di la mano porque él tenía ocupadas las dos en los bastones que le servían de apoyo. Este gesto de cordialidad lo tranquilizó, y con una cierta sonrisa dijo “estoy saboreando la entrevista”, lo que calzaba justo con la intención con que nos aproximábamos a él, y que intuyó desde mi saludo.
No recuerdo cuáles fueron las primeras palabras con que se inició la conversación, aunque de inmediato fue informado de que yo era profesor de la Universidad Católica de Chile, y mis acompañantes eran tres alumnos míos.
Al enterarse de eso, inició sin preámbulo alguno una sorprendente exposición de sus ideas sobre la inteligencia humana y el conocimiento. Sus reflexiones, que ciertamente procedían de un largo meditar sobre las cosas y la vida, nos impresionaron sobre todo por lo inesperado y lo profundo, y más que eso aún, por ser las ocurrencias de un hombre reducido a la extrema miseria.
A continuación, transcribo una síntesis de lo dicho por él en ese encuentro.
Comenzó entonces diciendo: “No crea usted señor que hay de esto…”, lo cual dijo señalando con un dedo la parte superior del cráneo. “No hay nada de eso que llaman inteligencia. Su inteligencia, señor profesor, no es superior a la de un mosquito. ¿Sabe usted qué es lo único que hay? Lo único que hay es un padre y una madre, por eso, siendo yo un hombre llevo puesto este vestido de mujer…”. Y diciendo esto abrió su sobretodo y nos mostró el vestido aquel que fue blanco, el cual le cubría hasta las rodillas.
“Por eso, soy dueño de todo esto que usted ve. Este es mi tesoro. Pero fíjese usted en la tremenda injusticia de estos hombres que con su dinero se adueñan de todo. Ellos no me dejan entrar a estas tierras que son mías, porque si paso por la alambrada a un lado me disparan, y si paso al otro me echan a los perros…”.
“Pero no moriré, me disolveré en el aire de estos valles”.
“Entre mis principales preocupaciones están el andar sobre la cuerda floja y el lanzamiento de los cuchillos, oficios circenses”.
“Todos los males del mundo provienen de la letra ‘E’. Por ejemplo, los Ferrocarriles del Estado, FF.CC”.
“Yo he hecho los Ferrocarriles del Estado; he hecho la fábrica de monedas y las fuerzas armadas… Pero me quedaron un poco mal hechas”.
“Mi nombre es Carlos Ernesto Jorquera Aceituno, C-E-J-A para servirlos”.
Tal fue en síntesis lo dicho en esa ocasión por este personaje a quien, en adelante, llamaré el CEJA.
Se entiende que lo dicho por él no fue como esta transcripción de apretada síntesis. El hombre desarrolló su discurso con observaciones sobre el acontecer, las cuales, en la mayor parte de los casos, poco o nada tenían que ver con el meollo de las verdades trascendentes que proclamaba entonces, no sin cierta solemnidad.
Se notará que, desde el comienzo de su discurso, el CEJA afirmó perentoriamente que no hay verdadera inteligencia en los hombres, que la única vía verdadera del conocimiento es lo que él llamó el padre y la madre. Con esto, al parecer, nos estaba enseñando la clave del verdadero conocimiento, que no es otra sino la polaridad de un principio creativo paterno y un principio receptivo materno, y esa clave, por lo que se deduce de la intención que motivó sus palabras, solo él la poseía.
Resulta sorprendente, por otra parte, que el CEJA no se haya limitado a razonar sobre esta enseñanza capital de su sabiduría, sino que haya sentido la necesidad de expresarla en su mismo atuendo, al agregar a sus piezas de vestir masculinas un traje de mujer del cual hizo alarde.
Por lo que sigue de su discurso deduzco que se trata de una serie de metáforas de una filosofía personal para entender el mundo, elaboradas por un hombre solitario y capaz de reflexionar, la cual debía ser expresada también mediante cosas y hechos concretos. Por eso después de referirse a su vestido de mujer, extrajo de lo dicho la conclusión de que entender el mundo desde el par de opuestos complementarios, de lo paterno y lo materno, le confería un poder que lo constituye en dueño del mundo.
Se trata al parecer del antiguo mito del andrógino, aquel ser con forma humana que posee los dos géneros en sí mismo, lo que le entrega ese poder que no tiene ningún otro hombre, porque posee la clave del verdadero conocimiento. Es de suponer entonces por qué la primera parte de su discurso fue dirigida a mí, pues su intención era claramente la de oponer esa sabiduría dialéctica natural a la academia representada ahí por el “señor profesor”.
Lo dicho por el CEJA en su discurso, para un psiquiatra o psicólogo, corresponde a esa psicopatía que llaman esquizofrenia, en la que se pierde el sentido de realidad acerca del mundo y de uno mismo, se fracciona la actividad mental y se salta de un tema a otro sin solución de continuidad. Con todo, cuando él expuso esa primera parte, en la que dejó sentado los principios de su visión del mundo y de sí mismo, y aunque fuera el lenguaje de un loco, sentí una inclinación irresistible a reverenciarlo, pues por mi conocimiento del Libro de las Mutaciones de Confucio, esas palabras —que para un profano habrían sido solo los dichos disparatados de un psicópata— las pude leer en su verdadero sentido, y hasta sentí que él adquiría en ese momento una cierta superioridad sobre todos los que lo escuchábamos, la cual provenía de un hombre que parecía estar rescatando la clave primaria del conocimiento, siendo como él era realmente, un desgraciado reducido al último estado de la degradación humana, provocando en quien miraba —desde otro ámbito de la existencia— una especie de vergüenza, por ser un ejemplar acomodado en la sociedad burguesa y libre para filosofar al nivel de una cultura de elite. Por eso, mientras lo escuchaba proclamar sus verdades, me preguntaba: “¿Por qué me ha ocurrido hoy esto a mí?”. Y me alejé de ahí al fin en la seguridad de que el suceso pertenecía a la cadena de hechos significativos que en mi vida han adquirido el carácter de un referente obligado.
Esa primera parte del discurso del CEJA era la más enjundiosa y rica en simbolismo, aunque quedaba por resolver lo de la “cuerda floja y el lanzamiento de los cuchillos”, lo que después de mucho darle vuelta al asunto, resultó ser una metáfora poética de su andar rectilíneo por la ruta sin poder inclinarse a un lado ni al otro, porque en un caso le disparaban y en el otro le echaban los perros. Y en lo que se refiere al lanzamiento de los cuchillos entendimos, no sin esfuerzo, que también era una metáfora tras la cual él escondía la experiencia, no exenta de riesgo, de su proximidad a los vehículos que corren por la ruta a gran velocidad, pues él mismo nos dio la pista para interpretarlo así al decir, “yo los he visto a esos desgraciados con los dientes afuera, sangrando atrapados entre los fierros”.
La rúbrica final de su declaración de principios, esto es, “no moriré, me disolveré en el aire de estos valles”, constituye un acontecimiento de alto contenido poético, porque un profesional de la poesía puede escribir eso sobre un papel, pero dicho por el CEJA en esas circunstancias, por los espinos florecidos a los que se refirió como su “tesoro”, por el color dorado intenso de sus innumerables pequeñas flores, mientras su penetrante aroma impregnaba toda la atmósfera del valle, momentos como ese son instantes estelares en la historia de la conciencia humana y su secreta nostalgia del paraíso, aunque provengan de un ejemplar de esa especie malogrado en todos los aspectos de su ser.
Y hasta se me ocurre que dicho por un ser así, cuya estampa contrastaba tan fuertemente con la esplendorosa belleza del paisaje, eso mismo que involucra una contradicción acentúa la elevación del hecho, y cubre al CEJA de una cierta aura espiritual.
El paso de un tema a otro por bruscas interrupciones y cortes del discurso, algunos de los cuales he omitido en esta transcripción, llegó a su punto culminante cuando nos dijo: “todos los males del mundo proceden de la letra ‘E’”. Y como ejemplo de esa declaración mencionó los Ferrocarriles del Estado. Si en esa peregrina declaración se escondía algún simbolismo, el descubrirlo fue tarea para más tarde. En ese sentido, lo más probable que quisiera decirnos es que su aversión a esa letra se debe a que es la inicial de la palabra esquizofrenia. Y no es imposible que el CEJA, como hombre de un buen decir y cierta cultura básica, haya escuchado a algún médico u otra persona mencionar a esa enfermedad como el mal que él padece y que lo inhabilita para vivir como el común de los hombres, aunque a juzgar por el ejemplo de los Ferrocarriles del Estado, podría estar sugiriendo que para sus peregrinaciones rectilíneas por la Ruta 5, él siempre tenía que cruzar la línea férrea que separa el límite del poblado con la ruta pavimentada, y es probable que —en más de una ocasión— haya visto venírsele encima al tren de carga que suele pasar frente a Rungue, aldea donde ocupaba una pieza en una casa abandonada.
Cuando hizo esta declaración como el ejemplo de los FF.CC., le pregunté por qué asociaba la letra ‘E’ a los ferrocarriles, a lo que respondió preguntándome: "cuál es la sigla de los Ferrocarriles del Estado”. Le dije que esa sigla “FF.CC.” no contenía ninguna ‘E’. Él sonrió entonces invitándome a pronunciarla de nuevo. Lo hice, después de lo cual me hizo notar que al decir Efe-Efe-Ce-Ce, yo había pronunciado seis letras e…
Así, nuestra interpretación de su aversión por la quinta letra del alfabeto quedó entre esas dos posibilidades. Aunque en lo que respecta a la segunda interpretación, él pudo incurrir en una contradicción al afirmar que “yo creé los Ferrocarriles del Estado; también creé la fábrica de monedas y las fuerzas armadas… Pero me quedaron un poco mal hechas…”. Cabe observar que este último comentario, no exento de ironía, lo libera de toda responsabilidad y contradicción.
Porque parece claro que esa fina ironía de su parte lo dejó en evidencia también como un hombre que está consciente de ser quien es, y sabe engatusar a los curiosos que se le acercan. En ese sentido se entendía bien que, en esas palabras veladas, se burlaba del gobierno militar, con lo cual él esperaba tal vez congraciarse con sus interlocutores.
En una revisión a distancia de todo lo dicho por el CEJA en esa conversación, resulta coherente con lo anterior el hecho de que, acto seguido, se hubiese referido a la “fábrica de monedas”. A este respecto explicó que las monedas de cobre de cien pesos se fabrican cortándolas con una sierra de un chuzo de cobre. Digo que este tema es coherente con el anterior porque si quiso congraciarse con sus interlocutores, burlándose del régimen militar, ese acto fue la preparación para introducir astutamente en la conversación el tema del dinero, con la esperanza de que estos señores que se habían cruzado en su camino pagaran con un aporte en efectivo el privilegio de poder conversar con un iluminado.
La conversación terminó con dos graciosas salidas. La primera fue motivada por una demostración de habilidad musical que hizo uno de mis acompañantes, tocando una quena al estilo de la música andina. Cuando la música cesó, y al preguntarle qué le parecía el toque de mi amigo, él respondió “música típica de un país imaginario”.
La segunda salida —y última— fue darnos a conocer su nombre en respuesta a una pregunta mía. Pero no se limitó a darnos a conocer solo su nombre de pila, sino que nos recitó su doble nombre personal y su doble apellido familiar: “Me llamo Carlos Ernesto Jorquera Aceituno, C-E-J-A para servirlos”, a lo que luego agregó, “podría ser nombre de carabinero, ¿no les parece?”.
Antes de que se retirara me adelanté a preguntarle si necesitaba “sencillo”, al mismo tiempo que le pasaba un puñado de monedas de cobre de cien pesos de esas que, según él, se fabrican cortándolas con sierra una por una, de un chuzo largo de cobre. Él recibió el dinero como distraídamente y sin mirar cuántas monedas eran, y explicó que necesitaba comprar un poco de té y azúcar (aunque entiendo que de su alimentación diaria algunas personas de Rungue, como la señora Trivelli, lo ayudaban). Así resguardó hábilmente su dignidad de marginal extremo, evitando pedir limosna como hacen otros menos iluminados que él.
Entiendo que para la mayor parte de las personas no es posible tomar en serio los dichos de un hombre reducido a la extrema miseria, y menos aún imaginar que sus reflexiones sobre la vida y el conocimiento pudieran contener alguna verdad trascendente. La verdad es que contra ese prejuicio se alza toda la sabiduría tradicional del mundo, pues en las tradiciones orales de todos los pueblos está presente un refrán ultra conocido que dice, “los niños y los locos dicen las verdades”, aunque estas verdades del refrán citado por lo general no son muy transcendentes, dándole a este dicho, sin embargo, toda la magnitud posible de su significado. De esto puede resultar, al fin, que la sabiduría del loco se eleve hasta los orígenes remotos de nuestra memoria genética, como ha sido el caso de nuestro CEJA, sobre todo en lo que se refiere a su androginia autoatribuida y alardeada.
En la película Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman, hay un pasaje extraño en el cual entra en escena un ser andrógino llamado Ismael, que vive encerrado en un aposento especial de la casa de un comerciante judío. Su hermano Aron introduce al protagonista de la película, el niño Alexander Ekdahl, a la habitación de este Ismael para que viva con él una misteriosa experiencia de identidad. Ismael le pide a Alexander que escriba su nombre en un papel, y el niño lo hace en la seguridad absoluta de haber escrito Alexander Ekdahl, pero cuando Ismael le dice que relea lo escrito, Alexander, para su gran sorpresa, descubre que ha escrito Ismael Retzinsky.
Enseguida el andrógino Ismael le explica a Alexander que, pese a que ambos son seres diferentes, en una parte de sí mismos ambos son la misma persona. Después le pide que se ponga en una postura especial con el objeto de leer por intuición los pensamientos e imágenes de su mente, entre los cuales Ismael descubre la preocupación principal del muchacho, esto es, la figura imponente y aborrecida de su padrastro —el obispo luterano Edward Vergérus—, a quien Alexander, mediante el poder mental de la androginia de Ismael, logra dar muerte a distancia, provocando un incendio en su casa.
En esa larga secuencia de su película, Bergman expone en imágenes proyectadas la doctrina del andrógino según las teorías de la psicología analítica. El poder humano supremo surge de la unión equilibrada y completa del principio creativo paterno y del principio receptivo materno. Todos los grandes maestros espirituales del mundo deben su poder invisible a su androginia psíquica, la que ha sido simbolizada de diversas maneras, según las diferentes culturas, pero cuyo diseño remite siempre a la conciliación de los opuestos de una polaridad (unicornio, flor de lis, estrella de David).
En lo que se refiere a la androginia autoimpuesta del CEJA, eso resulta coherente con lo que dijo en seguida sobre su poder, al punto de proclamarse dueño de todo lo que podía verse en el entorno natural y creador de instituciones e industrias.
En el mismo orden, debemos interpretar su descalificación total de la inteligencia humana en el sentido de ser incapaz de alcanzar la verdad, la cual reside solamente en la dialéctica universal de lo creativo paterno y lo receptivo materno.
Debo decir que por mis experiencias con la extrema miseria vividas en mi fugaz relación con el troglodita del botadero de Valparaíso y con el CEJA, llegué a la conclusión de que en situaciones límites, del desastre de una vida humana, se actualiza la verdad contenida en el refrán popular chileno, que dice “los extremos se tocan”. Tal es el eco folclórico de un axioma de la sabiduría china, que dice “cuando una cosa adquiere cualidades o características extremas, se transforma en su contrario”.
En el caso del CEJA, la esquizofrenia aguda que padecía —unida a su cultura básica y a su capacidad de expresarse, manifestada en un buen decir— posibilitaba que su inconsciente arcaico liberara un contenido igualmente arcaico —pero no menos verdadero— de la sabiduría fundamental de todos los pueblos que antes vivieron insertos en el orden natural.
Cabe observar también que el CEJA algo debió saber de la cultura ilustrada para descalificarla tan radicalmente. La presencia del “señor profesor”, como antes se dijo, era la ocasión ideal para barrer con ella, y sugerir que nada aporta al mundo.
Dos de los que enfrentamos al CEJA llegamos después a la conclusión de que no es por un simple azar que él se cruzó en nuestro camino. Nuestras deducciones al respecto avanzaron demoliendo prejuicios, sobre todo los concernientes al concepto que teníamos de nosotros mismos. Y dedujimos que el encuentro ocurrió a la manera de un hecho sincronístico, de modo que la presencia del CEJA pasó a ser una proyección de nuestra interioridad en el acontecer objetivo, en el entendido de que los fenómenos sincronísticos son posibles porque el acontecer objetivo, en algún sentido, es un correlato analógico del acontecer interior del sujeto.
Pese a la apariencia de exageración que esta afirmación puede tener, el hecho es que para quien mira el suceso en el contexto de su propia existencia, que bien conoce, al menos en los hechos, nuestra incompatibilidad con el modelo de civilización vigente —en cuya estructura vivimos insertos todos—, es absoluta. Y, aunque mantengamos una apariencia de normalidad organizando nuestra vida y adaptándola a ese modelo, lo hacemos sobre la base de un desacuerdo fundamental que es nuestro mar de fondo, por el cual nuestra relación con el mundo —motivada por la obligación de cumplir con nuestro amargo compromiso— nos obliga a actuar siempre a contrapelo, hasta el extremo de que, por largos períodos del tiempo vivido, el mismo desvalimiento del CEJA nos domina irremediablemente, aunque seamos académicos, profesores “eméritos” y autores de una veintena de libros. Porque, aún en esas condiciones ventajosas de la vida burguesa, nuestro espejo interior nos refleja cobijándonos en una cueva abierta en el basural de Montedónico, o vestidos de harapos y poliomielíticos de ambas piernas, penando en la ruta pavimentada, expulsados del paraíso.
Otro aspecto sincronístico de mi encuentro con el CEJA se relaciona con mis estudios y trabajos académicos de esa época. Por esos tiempos dictaba un curso de filosofía, cuya materia era precisamente el famoso Libro de las Mutaciones de Confucio, tratado de dialéctica natural de lo creativo y lo receptivo. Y en más de una ocasión había yo explicado a mis alumnos que el hombre psíquicamente íntegro es aquel que tiene bien equilibrado el espectro completo de las virtudes paternas y las maternas, y por eso sus impulsos proyectivos sobre las cosas y las personas se compensa bien con la receptividad de que es capaz frente a los hechos que le toca vivir y las personas con que interactúa.
Desde hacía mucho tiempo que el conocimiento de este clásico confuciano, por una parte, y por otra, la teoría de Carl Gustav Jung sobre la sincronicidad y las coincidencias significativas, constituían el centro de mis investigaciones sobre las grandes tradiciones sapienciales de diferentes culturas, especialmente, del confucionismo, taoísmo y la sabiduría aborigen de Chile y Perú. Por eso, el hallar sorpresivamente a este ser surgido de la marginalidad absoluta, que lo primero que dijo en nuestra presencia haya sido una alusión a la dialéctica natural de lo paterno y lo materno; que enseguida haya extraído de esa dualidad la conclusión de que tal es la causa de que él poseía el poder de crear instituciones tales como la casa de monedas, el transporte ferroviario y los institutos armados, y el derecho de propiedad sobre la tierra y sus riquezas, hasta la misma inmortalidad (“yo no moriré…”), era un fenómeno de esos que Jung llama “coincidencias significativas”, tanto más si ese delirio mitológico —tan arcaico como la cultura paleolítica— procedía de un mendigo lisiado, coincidiendo en eso con las semblanzas que los textos sapienciales de todos los tiempos han hecho de la condición desmedrada de la sabiduría y el hombre sabio en un mundo insensato, hasta el extremo de que Cristo haya sido confundido con los malhechores, y al asumir como suyos todos los males y crímenes de la humanidad se haya transformado en un ser repugnante a los ojos de Dios, quien, según el profeta Isaías, apartó de él la mirada, lo que motivó el grito del crucificado que salió del fondo de su corazón: “Señor, ¿por qué me has abandonado?”.
Después de mi experiencia de conocer al CEJA fui a Rungue con la intención de averiguar algo más sobre el personaje. En lo que se refiere a su edad, algunos parroquianos me dijeron que andaría en los 70 o más años. Es de suponer que para llegar a ser él lo que vimos y entendimos acerca de su persona, debía precederle un largo pasado de sucesos desgraciados que lo redujeron al estado en que se hallaba en esos años de la década del ochenta del siglo pasado. Aunque no todos esos sucesos debían ser necesariamente desgraciados, pues sin tener en cuenta su estado miserable extremo en lo material y en su lamentable estado físico, el hombre en su conversación demostraba tener una cierta cultura de base, lo cual se percibía en lo que antes califiqué como un “buen decir”, y revelaba poseer un desarrollado sentido estético y poético con no poco ingenio y gracia.
Lo que pude averiguar por el testimonio de algunas personas del poblado es que el CEJA en su pasado fue un buen ebanista que fabricaba muebles de calidad en Santiago. Y, a juzgar por lo que decían los informantes sobre este aspecto de su vida, todas sus desgracias comenzaron desde que descubrió que el componente alcohólico del barniz que él aplicaba a la madera de sus muebles le resultó ser una bebida de su agrado. Se trata de ese ingrediente que los de su oficio llaman “pájaro verde”. Y no pasó mucho tiempo antes que sucumbiera al hábito de ingerir este brebaje diariamente, lo que fue la causa determinante de su locura.
No pude averiguar entonces si la poliomielitis de sus dos piernas era una discapacidad que padecía desde la infancia o que la contrajo siendo mayor, porque conozco el caso de un adulto que contrajo esa enfermedad a los cuarenta y tantos años, y no sería improbable suponer que si la poliomielitis lo afectó siendo un adulto, volviéndolo un discapacitado, esa haya sido la causa de haber caído en el vicio de beberse el “pájaro verde”, lo que habría desencadenado el proceso de su decadencia total hasta la miseria extrema y la locura. Lo cual, sin embargo, no anuló en él lo que había de más profundo, esto es, la clara intuición de cuáles son los fundamentos más remotos de la sabiduría humana, y el buen uso del lenguaje para expresar su pensamiento en el diálogo con otros.
Es probable que algunos informantes me hayan explicado por qué el talentoso ebanista don Carlos Ernesto Jorquera Aceituno terminó viviendo y muriendo “su corta muerte diaria” en el pequeño poblado de Rungue, pero la causa de este hecho, si es que la conocí, hoy no logro hallarla en la bodega de mi memoria.
La mayor parte de esa información sobre el pasado profesional del CEJA me la dio la hija de un anciano a quien llamaban don Ernesto, y quien entonces era el cuidador de un fundo que se extiende frente a Rungue hacia el oriente, el cual, en aquellos años, pertenecía a una señora de nombre María Trivelli, cuya casa patronal —situada en la calle principal de Rungue— ella habitaba. Ese fundo fue adquirido después por Codelco, pero la casa de doña María aún está en su lugar, abandonada.
Por ella supe que el CEJA había estado muy enfermo algunos años atrás y que ella lo hizo internar en una posta, donde permaneció un tiempo hasta su recuperación. Pero acerca de este insignificante episodio, la hija de don Ernesto agregó un relato que arroja una nueva luz sobre la inspirada personalidad de este personaje.
Según lo que me informó, el CEJA, mientras permaneció internado en la posta, fue atendido diariamente por una enfermera llamada la “Vero” (Verónica), quien parece que era una bella muchacha, y además muy caritativa. El CEJA, por primera vez en el proceso de decadencia de su vida, se sintió tratado con afecto y consideración, por lo que se alumbró en él un sentimiento de verdadero amor por esta joven. Pero a él no le bastó con vivir esa experiencia en el silencio de su corazón, quiso dejar un testimonio público de su sentimiento y en una hoja de cuaderno escolar, con un lápiz azul, cuando volvió a Rungue y dejó de ver a su amada, redactó una carta dirigida a ella, la cual no envió, obviamente, pero dejó en la repisa de un teléfono público que había entonces en Rungue para que la leyera el primero que llegara.
La carta parece haber circulado por varias manos, porque la hija de don Ernesto dijo haberla leído cuando se la mostró otro sujeto del lugar, aunque ella no sabía dónde se encontraría cuando me relató lo ocurrido.
Según su testimonio, en esa carta el CEJA reconocía ser un hombre destruido, una ruina humana, pero con un corazón noble, como noble era el sentimiento que la Vero le inspiraba. También le decía que él estaba consciente de la distancia insalvable que los separaba, y que por eso nunca se atrevió a decirle nada que delatara su amor. Finalmente, le decía que ella era un ángel que Dios le envió para que lo cuidara en esos momentos difíciles de su vida.
Anexo
El dueño del Pontiac 1967, el Patricio, recuerda otro encuentro que tuvo con el CEJA en un viaje de Santiago a Valparaíso. Yendo por la Ruta 5, pasando frente al poblado de Rungue, divisó al hombre caminando como siempre, afirmado en sus dos bastones, y se aproximó a él sin bajarse del auto. Intentó tomarle una fotografía, pero él se lo prohibió amenazándolo con una maldición si lo hacía, aunque lo reconoció como uno de los que conversaron con él en el encuentro anterior. El Patricio cuenta que, después de amenazarlo con su maldición, le dijo: “Usted no es usted, usted es el siguiente”, frase que para él se transformó en una obsesión desde ese día. El motivo de esa idea fija es el hecho de que el único testigo de estas palabras del CEJA atribuye a ellas una cierta virtud profética. Eso se debe a que en la época en que el encuentro ocurrió él pasaba por grandes conflictos consigo mismo, entonces que un “iluminado” en esas circunstancias te venga a decir que tú no eres tú, significa que la carencia de una estabilidad interior de que sufres no te capacita aún para tener una identidad personal, lo cual, sin embargo, vino a ocurrir muchos años después, cuando la desaprensión de la juventud comenzó a ser reemplazada por el compromiso de contraer matrimonio y fundar una familia, practicar un oficio para ganarse la vida y mantener un hogar. Aunque cabe hacer notar lo insólito que resulta que alguien pueda llegar a creer que este hombre poseía una virtud que daba a sus palabras un poder de carácter profético, pese a lo cual, sin embargo, no se puede negar que el interpelado oyó en ese momento lo que tenía que oír, y que eso que oyó debía interiorizarse en él hasta el punto de convertirse en la clave de su maduración psicológica.
Con todo, hay que preguntarse por qué el CEJA desde su miserable estado parecía tener esa clarividencia sobre las cosas y las personas. Quizás el mal que él padecía, si bien lo dejaba indefenso y carente de todo recurso frente a los rigores de la existencia, liberaba su mente de todo control convencional, la dejaba limpia de prejuicios, como un espejo que puede reflejar la realidad, sin pasar por una elaboración racional.
Con todo lo dicho hasta aquí sobre el CEJA, me atrevo a calificarlo de un iluminado; una versión muy especial del sabio popular anónimo chileno.
EL LUGAR DONDE LLEGO
El lugar donde llego es un pequeño bosque oculto entre suaves colinas, donde se abre una hondonada boscosa con quillayes, litres y peumos. Es un descanso por algunas horas, pero que oculta una duración que parece eterna. Hablo de esa eternidad que resulta del llegar a tierra propia, donde el paso del tiempo no deja huellas de haber pasado… Es lo pasado que deja de ser tal cuando es el propio ser de uno el que emerge como una presencia sin ayer ni mañana.
Son las pocas horas de un sol declinante en cuya aura terrestre brillan los follajes que en lo alto mecen las brisas del atardecer. Son unas pocas horas retenidas por la respiración de un aliento silencioso que no es el de las cosas que yacen inmóviles, sino el propio silencio que emerge de uno, disipando el olvido a que lo redujo el destemplado fracaso del mundo.
Es un llegar que se suma sin fisura al llegar que le precedió y se hace presente como si nunca el que respira aquel aroma se hubiese ausentado de ese sitio, donde cree haber hallado la atmósfera pura de los primeros vivientes.
El lugar así descrito parecería ser algo semejante al refugio de naturaleza de un romántico del siglo XIX, como se dio en la Europa de aquel tiempo, cuando el señorito de sensible corazón —vestido como un caballero de buen nombre— buscaba su retiro emboscado, mientras las primeras emanaciones de la industria comenzaban a contaminar nuestros cielos azules y a socavar el equilibrio interior de la civilización cristiana. Ellos no supieron que de eso se trataba, esto es, de la muerte de Dios, aunque el malvado Nietzsche sabía bien lo que decía cuando puso en boca de su Zaratustra su famoso “Dios ha muerto”. Él sabía que los hombres enloquecerían creyéndose libres para hacer temblar el mundo de una actividad febril y saquear la tierra para sacar provecho de todo.
En verdad ellos, los románticos, no supieron que de eso se trataba y sufrieron la evanescencia del aroma de la vida como una dolencia personal, causa de su melancolía. Lo que ahora no puede ser ni ocurrir del mismo modo fue en ese siglo de Hölderlin y Franz Liszt, pues todo lo que ha sido hecho con amor se ha ido perdiendo. La cultura quiero decir, ese fenómeno social milenario que Goethe definió simplemente con la palabra “amor.”
Ahora es el tiempo de la compacta soledad que sigue al desastre, la de quien aprendió a endurecer su corazón para seguir el ritmo de su propia modernidad, a medida que se va perdiendo el aroma del tiempo orgánico y viviente. Todo lo invadió esa exactitud horaria con su olor a lluvia ácida. En la prehistoria quedó confinado el sueño del poeta, que hizo de su tristeza un rango refinado de su estilo para asumir su agresiva angustia escatológica del que haya un mundo real en donde posar sus pies.
Si todo se desarticula, si todo se descompone y el hedor alcanza hasta las instituciones que por milenios gozaron del prestigio de ser santas, es el momento de hacer consciente el hecho de que pese a todos los esfuerzos de los hombres por alcanzar el bien que torpemente redujeron solo al bienestar, al fin queda en pie la única verdad, de que solo el misterio nos hace vivir. Y en esta brecha temible en que estamos, esa inmutable verdad parece querer hacerse verdadera otra vez, por piedad hacia nosotros.
Es esto el infierno al fin de cuentas, del que debemos ser rescatados, aquel que nos describieron como hecho de fuego y resultó ser al fin un infierno de ingeniería, más comercial que ígneo, más mecánico que trágico, un proyecto descarnado de empresarios que reclaman para sí la autoría de un mundo de aflicción legalizada.
En medio de este infierno, llegar a un lugar donde verdaderamente se llega es como hallar un tesoro escondido, del que disfrutas por el solo hecho de saber que aún existe.
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