Kitabı oku: «No te arrepientas de quererme», sayfa 3

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Capítulo 3

—¿Por qué no me has llamado antes? —Sonia, al otro lado del teléfono, estaba cabreada.

—Ayer no me acordé y hoy la verdad es que tampoco, hasta ahora. Vamos, no te quejes tanto. Además, no podrías haber hecho nada. ¿Qué ibas a hacer? ¿Cerrar?

—No lo sé, no he tenido oportunidad de planteármelo porque cierta «amiga» no me ha avisado de nada.

—Lo siento, perdona. —Alba se frotó la cara con una mano; estaba cansada—. Tienes razón, pero entiéndeme a mí también. Con el accidente de mi padre, con mi madre atacándome a la menor ocasión y sin mi hermano para apoyarme se me pasó.

—De acuerdo, te perdono, pero por lo de tu padre. Entonces ¿está bien?

—Bueno, está mejor. El doctor que le atiende dice que está respondiendo bien al tratamiento y que es optimista. Mañana le harán más pruebas para ver el coágulo y entonces ya podrá afirmar algo más en concreto.

—Eso son buenas noticias. Aunque supongo que se pasará mucho tiempo ingresado.

—Sí, y después tiene que hacer mucha rehabilitación para recuperar movilidad. Le tienen que volver a operar, pero irá todo poco a poco. Cuando despierte del coma ya veremos. Estoy deseando poder hablar con él, reírnos. —Notó cómo se le formaba otra vez el nudo de la garganta y dejó que las lágrimas cayeran. Con Sonia no tenía por qué disimular; era su mejor amiga, su paño de lágrimas—. Sonia, es horrible lo que le ha pasado. Y el verle así, tan quieto, no sé, es muy difícil.

—Lo imagino. Pero tranquila, ya verás como se recupera. Tu padre es mucho Antonio. Los Pascual sois así, podéis con todo. Y si no, mírate tú. Has conseguido todo lo que querías aun con las pullas de tu madre taladrándote a diario.

—Es verdad. Sé que se va a poner bien, lo sé.

—Eso es, no te vengas abajo. Eres muy fuerte.

—Gracias, Sonia. Te dejo, voy a bajar a comprar unas cosas al súper antes de que cierren. Mañana vuelvo al trabajo y después me pasaré por el hospital. Además, tengo que llamar al gimnasio por lo de las clases, a ver si alguien me puede cubrir por lo menos la primera.

—Llámame si necesitas algo, lo que sea, o para desahogarte. O simplemente para charlar.

—De acuerdo, hasta mañana.

Se despidió de Sonia y bajó al supermercado que estaba a la vuelta de su calle para comprar las cosas que necesitaba para afeitar a su padre y algunas más para llenar su despensa. Había hecho una pequeña lista, porque con la cabeza que tenía…

Al día siguiente tendría que volver a la rutina de su trabajo y necesitaba tenerlo todo preparado. Llamó al gimnasio donde daba clases y habló con Yoli. Le resumió lo que había pasado y le pidió el favor de cubrirle la primera clase. Le prometió pasarse al día siguiente, en cuanto saliera de visitar a su padre. Se quedó un poco más tranquila; había organizado las cosas y todo saldría bien. Cenó pronto, se duchó y se metió en la cama.

A la mañana siguiente se levantó cuando sonó el despertador. Se duchó y se vistió con un vestido negro sin mangas, con un fino cinturón rojo de charol y zapatos rojos de tacón. Se peinó y se recogió el pelo con unas horquillas, se maquilló los ojos y los labios, cogió una americana negra, su maletín, el bolso, salió por la puerta y bajó hasta el garaje de su bloque para sacar el coche.

Se mezcló en el tráfico de un jueves por la mañana y fue hasta la casa de sus padres para recoger a su madre y dejarla en el hospital. Como era pronto, subiría a ver a su padre y después se iría a trabajar.

Volvió a dejar a su madre en la puerta del hospital y buscó aparcamiento. Entró en el hospital poniéndose la americana mientras se dirigía a los ascensores, sin darse cuenta de que un par de ojos la miraban extasiados desde la cafetería.

David Montero, el médico que se ocupaba de Antonio, se quedó pasmado al verla pasar. Estaba impresionante. Le gustó desde el primer momento en que la vio el día del accidente y le gustó mucho más al verla tan natural el día anterior, con los vaqueros y sin pizca de maquillaje, pero esta mañana estaba preciosa, imaginaba que vestida para ir a su trabajo.

Casi se atraganta con el café que se estaba tomando, no podía quitarle los ojos de encima. Terminó su café de un trago y salió de la cafetería. Esperaba poder subir con ella en el ascensor para echarle otro vistazo, pero cuando al fin pudo llegar a los ascensores comprobó que en el que subía Alba estaba cerrando las puertas. Ella se volvió y sus miradas se cruzaron un momento. Alba se quedó paralizada de la impresión; no esperaba encontrarse con el doctor cañón y al verle se quedó mirándole y, notando cómo el color se subía a sus mejillas, aguantó la respiración hasta que las puertas se acabaron de cerrar. Entonces soltó el aire que había retenido y se apoyó en la pared del ascensor.

Una señora que subía con ella le sonrió y Alba le devolvió la sonrisa, avergonzada. Se notaba acalorada y necesitaba salir de la pequeña cabina del ascensor. Temiendo que el doctor hubiera subido por la escalera y llegara antes que ella, se pegó a la puerta del ascensor en cuanto se paró para bajar lo más rápido posible. Las puertas se abrieron y, mirando hacia los dos lados, salió del ascensor y se dirigió lo más rápido que le permitían sus zapatos de tacón hacia la habitación donde estaba su padre.

Mientras, abajo, en el vestíbulo donde estaban los ascensores, David tardó en reaccionar. Nunca le había pasado nada parecido con ninguna mujer, pero con esta… Era preciosa y se moría de ganas de hablar con ella para conocerla más a fondo.

Sacudió la cabeza y pulsó el botón del ascensor. Debía ponerse en marcha y empezar con su trabajo. Se imaginaba que no la vería esa mañana por el hospital y él por la tarde no estaría. Suspirando, se pasó las manos por el pelo y cuando se abrieron las puertas del ascensor entró y se obligó a pensar en otra cosa.

Alba entró en la habitación donde estaba su padre y cerró tras de sí. Se quitó la americana y se dejó caer en una de las sillas que había y por fin pudo respirar. Aunque, después de pensarlo un poco, se dio cuenta de que era ridículo su comportamiento. El doctor la habría reconocido y solo querría ser amable. Entonces ¿por qué la miraba así? Su comportamiento era estúpido, pero es que el doctor le gustaba demasiado y cada vez que le veía no podía evitar balbucear como una idiota y ponerse colorada como un tomate maduro.

Su madre la miró, pero no dijo nada. Movió la cabeza de un lado a otro y siguió sentada mirando a su marido.

Ya más tranquila, Alba se levantó, dejó su americana sobre la cama y se acercó a darle un beso a su padre. Cogió su teléfono y marcó de nuevo el número de su hermano. Cuando al otro lado su hermano lo cogió, le dijo que esperara y se lo tendió a su madre.

—Es Jesús. Toma, habla con él.

—¡Mi Jesús!

Le arrebató el teléfono de la mano sin mirarla siquiera y de espaldas a ella comenzó a hablar con su hijo. Alba la escuchaba a medias y mirando de nuevo a su padre se dio cuenta de que necesitaba algo. Salió al pasillo buscando una enfermera. Al llegar al puesto de enfermería vio a la que el día anterior había entrado a cambiar el suero de su padre.

—Buenos días. Soy Alba, la hija de Antonio Pascual, el paciente de la 416. ¿Podría pedirle un favor?

—Hola, guapa. Tú dirás —respondió la enfermera con una dulce sonrisa.

—Verá, es que esta tarde me gustaría poder afeitar a mi padre. Tengo todo lo necesario, pero quería saber si habría algún inconveniente.

—Por supuesto que no lo hay. Me parece un gesto muy bonito el tuyo. ¿Estás muy unida a tu padre? —La enfermera le sonrió, mirándola con unos ojos muy azules y muy vivos.

—Mucho. Más de lo que yo misma creía —se sinceró con esa mujer que le sonreía con tanto cariño.

—Pues no te preocupes, puedes hacerlo. Aunque si quieres lo podemos hacer nosotras.

—Gracias, pero me gustaría hacerlo yo, aunque necesitaría algún recipiente donde poder echar agua caliente y alguna toalla.

—No te preocupes, te dejaré todo preparado en el baño para cuando vengas. —Le cayó muy bien esa enfermera, la miraba como su madre miraba a su hermano. Se veía que le gustaba su trabajo y cuidar de los enfermos.

—Solo le quiero pedir que no le diga nada a mi madre, por favor. Ella no lo entendería —le solicitó bajando la voz.

—Tranquila, no se enterará. —Le guiñó un ojo.

—Gracias de nuevo, muchas gracias.

—A ti, Alba. Por cierto, yo soy Rosa. Esta semana estoy de mañana, pero la próxima me tocan las tardes. Nos veremos por aquí.

—Perfecto. Yo vendré por las tardes, cuando salga de mi trabajo. Espero que pronto despierte y podamos respirar todos.

—Lo hará, ya lo verás.

—Bueno, gracias por todo de nuevo. Voy a recoger mis cosas para ir a trabajar. Adiós.

—Que pases un buen día. Y no te preocupes, tu padre está bien.

Volvió a la habitación para recoger sus cosas y despedirse de su madre. La vio mirando por la ventana. Había llorado, pero se notaba que estaba más tranquila, imaginaba que por haber podido hablar con su hijo. Pero ni se volvió ni le dijo nada. Alba tampoco preguntó; simplemente, se puso la americana y recogió sus cosas. Se inclinó sobre la cama para darle un beso a su padre y le dijo adiós a su madre. Esta le contestó sin volverse y Alba salió de la habitación y cerró sin hacer ruido. Se paró delante de los ascensores y bajó a la entrada. No se encontró con su médico favorito.

Capítulo 4

Alba estuvo entretenida toda la mañana archivando papeles, atendiendo clientes y cumpliendo con su trabajo. Comprobó que el mundo no se había hundido por haber faltado casi dos días.

Llamó a la compañía de seguros donde su padre tenía el taxi asegurado y explicó la situación. Les prepararía toda la documentación que necesitaran y la enviaría esa misma semana para empezar los trámites. La tranquilizó saber que ellos se encargarían de todo.

Se tomó un café con Beatriz y le dio las gracias de nuevo por haberse encargado de sus cosas. Le contó cómo estaba la situación en el hospital, el estado de su padre y que esperaba escaparse antes de su hora para poder pasar más tiempo con él.

Beatriz lo entendía, sabía la relación que Alba mantenía con su padre. Los había visto casi a diario tomando café juntos y vio la complicidad que tenían. Beatriz también sabía que Alba y su madre no se llevaban muy bien, pero no había querido preguntar por qué. Solo sabía que la relación no era buena.

La escuchó desahogarse e intentó animarla. No eran grandes amigas, pero se llevaban bien. Habían salido de vez en cuando juntas, aunque no tenían los mismos gustos en cuanto a salidas (a Alba le gustaba bailar y ella era más de charla). Alba la había intentado animar a que se apuntara a sus clases de baile; así se soltaría un poco la siguiente vez que salieran por ahí. Beatriz no se veía bailando. Había visto a Alba bailar en alguna ocasión y ella no quería hacer el ridículo.

Cuando llegaron los jefes Alba les pidió un minuto para explicarles otra vez lo mismo que le había explicado a Beatriz. Los tres hermanos y socios del bufete la escucharon y Blanca, una de las hermanas, también socia, le propuso una solución mientras durara esa situación. Hacía tiempo les descargaron unas aplicaciones en los portátiles para poder trabajar desde cualquier sitio con acceso a internet y Blanca le sugirió utilizarla y poder trabajar desde el hospital si quería pasar más tiempo allí hasta que su padre despertara del coma. En el bufete siempre había mucho trabajo administrativo y para Beatriz hacerlo sola era muy complicado; pero si ella, desde donde estuviera, se conectaba y seguía trabajando, no habría ningún problema. Suárez y Vicente estuvieron de acuerdo y Alba se lo agradeció de corazón. Para ella era muy importante su padre, pero también lo era su trabajo. Le gustaba lo que hacía y disfrutaba de su trabajo.

La dejaron organizarse el horario que necesitara y como Alba no quería abusar, ya que bastante duro era para ella tener que pedirles ese favor como para encima ponerse ella el horario, les explicó que entraría antes de las nueve, haría el trabajo más urgente desde allí y se marcharía a la hora de comer. Se guardaría el trabajo menos urgente para llevárselo en el portátil y seguiría trabajando desde el hospital hasta las siete, que era cuando acababa el horario de visitas y tendría que irse a casa. Estuvieron de acuerdo, pero habría días en que no tendrían mucho trabajo y no sería necesario trabajar tantas horas. Le insistieron en que ella se marcara el ritmo. En todos los años que llevaba trabajando allí nunca había faltado ni por una gripe. En el bufete apreciaban su trabajo. Habría sido muy buena defendiendo sus casos, pero respetaban su decisión y a ellos les venía muy bien tener un administrativo que encima sabía tanto de leyes como ellos mismos.

Fue el sitio en el que hizo las prácticas nada más acabar la carrera y en ese sitio se quedó. No faltaba el trabajo y se entendían entre todos muy bien. Cuando Alba les expuso su decisión de no ejercer pensó que la despedirían, pero con el tiempo se dieron cuenta de que era más valiosa dentro que fuera. Les solucionaba un montón de papeleo y revisaba los casos más importantes para dar su punto de vista y poder negociar en los juzgados.

Volvió a su trabajo, ahora ya más relajada. Habían encontrado una solución y todos estaban de acuerdo.

Antes de comer llamó a su madre para preguntar por las pruebas que le habían hecho a su padre. Caridad le dijo que los médicos estaban contentos. El coágulo parecía que se estaba reabsorbiendo bien y pronto le podrían quitar la sedación para que despertara del coma. A Alba se le saltaron las lágrimas; era la mejor noticia que podría haber recibido. Prometió llamar a su hermano para darle la noticia y se despidió de su madre hasta la tarde.

Ya más tranquila, hizo una pequeña pausa para comer. En casi dos días apenas si se había alimentado en condiciones. Salió al bar de enfrente del bufete y comió un menú casero. Le preguntaron por su padre; allí había comido en muchas ocasiones con él y Beatriz les había contado lo ocurrido.

Llamó a su hermano desde allí para decirle lo que su madre le había contado y estuvieron un rato charlando. Jesús prometió llamar a su madre a diario, a ver si así dejaba un poco de incomodar a Alba con sus amargas palabras. Ellos quedaron en mandarse e-mails para contarse los avances. Jesús lo tenía un poco difícil para escaparse a España. La competencia les estaba quitando mucho trabajo y ellos tenían que luchar por seguir arriba. Alba lo entendió, no le presionó. Sabía que a su hermano le encantaba su trabajo y era muy bueno en él. Le apenó saber que no estaría de vuelta tan pronto como ella hubiera querido, pero ahora que ya había podido ver a su padre estaba un poco más tranquila.

El día se le pasó volando y cuando se quiso dar cuenta eran casi las cinco. Apagó su ordenador después de hacer sus copias de seguridad, ordenó sus papeles para el día siguiente y volvió al hospital.

Su madre la recibió igual que la despidió, mirando por la ventana y sin volverse. Alba la convenció de que se marchara a casa. Llevaba todo el día allí y ahora ella se quedaría hasta que acabara el horario de visitas. Pensó que diría que no, pero se sorprendió cuando, cogiendo la chaqueta del armario de la habitación, le dijo:

—Gracias. Tienes razón, me iré a casa. Estoy cansada. Ha sido un día muy largo.

«¡Qué curioso!», pensó Alba. Para ella había sido muy corto, había estado muy entretenida.

—Descansa, mamá. Mañana te recojo a la misma hora, ¿de acuerdo?

—Bien, hasta mañana. ¡Ah! Tu hermano me ha dicho que no cree que pueda venir todo lo pronto que él querría. Uno de los encargados se ha caído y está de baja y hasta que no encuentre a alguien que se pueda hacer cargo del trabajo se tiene que quedar.

—Lo siento. Sé las ganas que tienes de que venga.

—Sí, claro. Tener un hijo tan lejos no es fácil, pero qué le vamos a hacer. Bueno, hasta mañana.

Cuando su madre se marchó y Alba se convenció de que no volvería, se dirigió al baño y vio lo que la enfermera le había prometido, una pequeña palangana y un par de toallas. Llenó la palangana de agua caliente y, cogiendo los artículos de afeitado que llevaba en su maletín, se dispuso a afeitar a su padre. Mientras lo hacía, tarareaba una canción que a su padre y a ella les gustaba mucho, Aprendiz, de Malú:

—… De ti aprendió mi corazón. No me reproches que no sepa darte amor. Me has enseñado tú. Tú has sido mi maestro para hacer sufrir. Si alguna vez fui mala, lo aprendí de ti. No digas que no entiendes cómo puedo ser así. Si te estoy haciendo daño, lo aprendí de ti…

Cuando por fin acabó, besó a su padre en la mejilla. Estaba contenta y orgullosa del hombre que estaba inconsciente en esa cama. Recordó todas las veces que había llorado con él, sintiéndose rechazada por su madre, contándole a su padre todos sus miedos, sus sueños, sus secretos.

Todo volvería a ser como era. Cuando su padre despertara, tendrían mucho tiempo para hablar y por fin le contaría el motivo real de su ruptura con Israel. Aunque imaginaba que su padre sabría el porqué, decidió que merecía saberlo. Él lo entendería y respetaría su decisión.

Pocas personas sabían los motivos de su ruptura con Israel, solo su hermano, Sonia y Óscar, pero sabía que su padre había atado cabos y escuchado comentarios y tenía su propia realidad. Ya era hora de contársela de primera mano. Habían pasado casi dos años desde entonces y no habían vuelto a cruzarse ni una palabra. Aunque coincidieron en varias ocasiones, era como si fueran extraños.

Mirando atrás se dio cuenta de todo el tiempo que había perdido al lado de alguien de quien no estaba enamorada. Al principio sí se creyó enamorada; le parecía imposible que alguien como Israel se fijara en alguien como ella. Nunca sintió lo que decía la gente que se sentía, esas maripositas que te mueven el estómago. Israel era un hombre muy guapo, que se llevaba a cualquiera de calle, y ella cayó a sus pies, encantada de que se hubiera fijado en ella, alguien que no destacaba en nada, que era muy normal. Pero no sentía ninguna emoción especial cuando se besaban o hacían el amor. Al principio Alba sintió algo parecido, pero no esa pasión que te hace perder la cabeza. Le encantaba sentirse querida o por lo menos deseada. Como mujer que era, le gustaba que Israel la piropeara y le dijera lo preciosa que estaba o lo bien que le sentaba tal o cual prenda. Al principio era cariñoso, pero poco a poco mostró al verdadero Israel, al que de verdad era.

Israel era abogado, se conocieron una de las pocas veces que Alba fue a los juzgados. Acababa de empezar a trabajar en el bufete y acompañó a Suárez para que se fuera empapando del trabajo de campo, como a él le gustaba llamarlo. Israel estaba también allí; le había contratado el mejor bufete de todo Madrid y era su primer caso importante el que había ido a defender.

Chocaron en la puerta al entrar los dos a la vez y la sonrisa de Israel descolocó a Alba por un momento, pero enseguida se recompuso y con una sonrisa y una tímida disculpa entró delante de él. Después de acabar la vista del juzgado, Alba salió y se dio cuenta de que Israel estaba en la puerta. La abordó y, sin ninguna vergüenza y muy seguro de sí mismo, se presentó y la invitó a tomar algo para celebrar varias cosas, el trabajo del día y el haberse conocido. A Alba le hizo mucha gracia y se sintió halagada. Aceptó la invitación y, un vino por aquí y una caña por allí, empezaron a verse a menudo.

Le gustaba, la hacía reír y la trataba muy bien, siempre pendiente de ella. Poco a poco fueron viéndose casi a diario y podía incluso decirse que eran pareja. Todo marchaba bien hasta que Alba decidió que no quería seguir ejerciendo. Israel no lo entendía. Discutieron, pero en eso Alba se mantuvo fuerte. Era su decisión y tendría que respetarla. Estuvieron varios días sin llamarse ni verse y fue Israel el que la llamó por fin y se vieron para hablar. Él se las daba de gran abogado, estaba en el mejor bufete de la ciudad y eso se le subió un poco a la cabeza. Aunque siguieron viéndose, la relación que tenían se fue deteriorando por los comentarios despectivos y humillantes de que era objeto Alba cuando acompañaba a Israel en alguna cena de abogados. Ella también era abogada, pero como no ejercía Israel la ridiculizaba en cualquier ocasión. La humillaba delante de cualquiera sin importarle el daño que le pudiera causar y ella, por no montarle ningún numerito, se callaba. Después se lo reprochaba y discutían a menudo por ese motivo. Él se burlaba de ella, se sentía superior por haber tenido la suerte de trabajar donde estaba. Se le había subido a la cabeza. Ella no era tonta y cada vez se daba más cuenta de que su trabajo les acabaría separando, como así fue.

Poco a poco empezó a ponerle excusas, faltaba a las citas. Ya no le apetecía que Alba le acompañara y empezó a acudir solo a las cenas con otros abogados y a ponerle impedimentos para que ella no fuera a ninguna reunión o cualquier otro evento. Alba supo que se estaba viendo con una de las hijas de su jefe. Fue cuando se dio cuenta de que no estaba enamorada. Le dolía la indiferencia y la actitud que Israel tenía con ella, pero no estaba enamorada.

En uno de los viajes en los que vino Jesús a España, Alba le contó lo que pasaba, todas las humillaciones por las que había pasado, que sabía que estaba con otra mujer y que ella ya no le quería, pero que no quería ser el hazmerreír de sus compañeros. Después de sincerarse con su hermano y darse cuenta de cómo se sentía, decidieron acabar con ese asunto de una vez por todas.

Alba se enteró por la secretaria del bufete donde trabajaba Israel de que había quedado con unos clientes muy importantes en un restaurante muy pijo del centro. Se vistió lo más elegante que pudo y, junto con su hermano, se presentó en el restaurante para cenar. Había hecho la reserva y se aseguró de que su mesa estuviera justo al lado de la mesa donde cenaba Israel. Este no conocía personalmente al hermano de Alba y, como físicamente no se parecían, a ojos de los demás pasaban por una pareja más en una cena romántica.

Llegaron al restaurante antes que Israel y Alba se colocó de manera que diera la espalda a la entrada al salón donde cenaban. No tuvieron que esperar mucho tiempo. Antes de que pasaran quince minutos llegaron al salón y se dirigieron a la mesa que tenían reservada. Israel iba con la hija de su jefe, bien agarraditos y acaramelados. Era una rubia con tetas de silicona y morritos de bótox, justo lo que a Israel le gustaba. El padre de la rubia y jefe de Israel, al que Alba conocía, iba detrás, hablando con dos hombres de mediana edad. Les acomodaron en su mesa y a un gesto de su hermano Alba se levantó para ir al baño. Miró a la mesa donde Israel estaba y este se quedó blanco de la impresión de ver a su «novia» allí.

Alba saludó al jefe de Israel. Se conocían de verse en alguna de las reuniones a las que Alba había asistido y este, al reconocerla, miró a Israel y comprendió la situación. No solo estaba engañando a su novia, sino a su hija y a él mismo. Punto para Alba.

Alba no dijo nada, hizo como si no fuera con ella la situación. Se marchó al baño y cuando volvió siguió como si nada, pero se aseguró de que no disfrutara de la noche. Cuchicheaba con su hermano y se reía con los comentarios que Jesús le hacía de la situación. Supo que Israel estaba nervioso y con sus comentarios estúpidos (de alguien estúpido y pagado de sí mismo) arruinó el trato que querían conseguir. Los clientes estaban molestos y a todo decían que no. Israel acabó de arruinarlo todo él solito. Punto para Alba.

Al acabar la cena, Alba se levantó despacio y se acercó a la mesa, donde se despidió del jefe de Israel y salió del brazo de Jesús después de presentárselo como lo que realmente era, su hermano, que había venido desde Argentina unos días para ver a la familia y habían aprovechado para cenar juntos y contarse sus cosas. Y con una sonrisa de triunfo, mirando a Israel por última vez y a la rubia tetona, salió del salón primero y del restaurante después. Punto y partido para Alba.

Israel salió de su vida para siempre. La llamó al día siguiente para reprocharle lo que él solito había arruinado y con una tranquilidad que Alba no sabía que tenía le pidió que no volviera a molestarla y sin más le colgó el teléfono.

No se dio por vencido. En menos de media hora estaba en su casa. Subió hecho una furia y, sin argumentos que defender (¿no era abogado?), se quedó sin palabras mientras Alba le decía las cuatro cosas a la cara que siempre le había querido decir.

Se marchó blasfemando en arameo y para Alba fue el mejor momento de su vida ver cómo dejaba sin argumentos al mejor abogado de todo Madrid. Pero a su madre no le hizo ninguna gracia que le hubiera plantado. Cuando se enteró de que Alba le había dejado puso el grito en el cielo. Para ella, era lo mejor que iba a poder encontrar y si dejaba que se marchara se quedaría soltera. Alba pensó que si eso era lo mejor que le esperaba y lo mejor que, según su madre, ella se merecía, mejor quedarse soltera.

Se prometió no dejarse pisar ni humillar por nadie más, pero no contó realmente a nadie (salvo a Sonia y Óscar) la verdad de su ruptura con Israel. Sentía que a su padre se lo debía, pero no encontraba el momento y según fue pasando el tiempo lo fue dejando pasar, pero ya era hora de que su padre supiera de una vez cómo fue y los motivos que la llevaron a dejarle.

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