Kitabı oku: «Rebelión en la granja»


PREFACIO
LA LIBERTAD DE PRENSA
Concebí este libro, al menos en lo que respecta a la idea principal, en 1937, pero no lo escribí hasta finales de 1943. Para el momento en que lo había finalizado resultaba obvio que me encontraría con grandes dificultades para publicarlo (a pesar de la actual escasez de publicaciones que garantiza que todo lo que pueda ser descrito como libro “venderá”), y efectivamente fue rechazado por cuatro editoriales diferentes. Sólo una de ellas alegó motivos ideológicos. Dos habían publicado libros antirrusos durante años y la otra carecía de una identidad política definida. En realidad, una de las editoriales aceptó el libro desde un principio, pero después de tramitar los preparativos iniciales decidió consultar al Ministerio del Interior, que parece haberle advertido, o al menos haberle aconsejado enérgicamente, que no lo publicara. He aquí un fragmento de su carta:
Mencioné la reacción que recibí de un funcionario importante del Ministerio del Interior con respecto a Rebelión en la granja. Debo confesar que la opinión expresada me ha hecho recapacitar seriamente… Comprendo ahora que podría ser desaconsejable publicarlo en este momento. Si la fábula se dirigiera a los dictadores y las dictaduras en términos generales no supondría ningún problema, pero la fábula narra, ahora que lo he comprendido, tan fielmente el desarrollo de los soviéticos rusos y sus dos dictadores que sólo puede aplicarse a Rusia, excluyendo por completo al resto de las dictaduras. Otra cosa más: sería menos ofensivo si la casta predominante en la fábula no fueran los cerdos.* Creo que la elección de los cerdos como casta dirigente sin duda ofenderá a muchas personas, y en particular a cualquiera que sea un poco susceptible, como indiscutiblemente lo son los rusos.
Este tipo de cosas no son un buen síntoma. Obviamente, no es deseable que un departamento del gobierno tenga poder de censura alguno (salvo la censura de seguridad, a la que nadie se opone en tiempos de guerra) sobre libros que no estén subvencionados por el Estado. Pero el peligro principal para la libertad de pensamiento y expresión en este momento no es la intromisión directa del Ministerio del Interior ni de ningún organismo oficial. Si los editores se empeñan en no publicar libros que aborden determinadas temáticas no se debe a que tengan miedo de ser procesados, sino a su temor a la opinión pública. En este país la cobardía intelectual es el peor enemigo al que tiene que enfrentarse un escritor o un periodista, y dicha circunstancia no me parece que haya recibido la merecida atención.
Cualquier persona imparcial con experiencia periodística admitirá que durante esta guerra la censura oficial no ha sido particularmente irritante. No hemos sido sometidos al tipo de “coordinación” totalitaria que hubiera sido razonable esperar. La prensa tiene algunos motivos justificables para quejarse, pero en general el gobierno se ha comportado bien y ha sido sorprendentemente tolerante con las opiniones minoritarias. La siniestra realidad de la censura literaria en Inglaterra reside en que es voluntaria en gran parte.
Las ideas impopulares pueden silenciarse y los hechos indecorosos logran velarse sin necesidad de ninguna prohibición oficial. Cualquiera que haya vivido mucho tiempo en un país extranjero estará al tanto de noticias que, por su propia importancia, deberían ocupar grandes titulares y que fueron soslayadas por la prensa británica, no por intervención del gobierno, sino por un acuerdo general tácito de que “no sería correcto” mencionar esos hechos en particular. En lo que concierne a los periódicos, esto resulta fácil de entender. La prensa británica está extremadamente centralizada y la mayoría es propiedad de hombres pudientes que tienen todos los motivos para ser deshonestos en ciertos temas importantes. Pero la misma clase de censura velada opera también en libros y revistas, así como en obras de teatro, películas y radio. En un momento dado surge una ortodoxia, un cuerpo de doctrina que se supone que todas las personas biempensantes han de aceptar sin cuestionamiento de ninguna clase. No se trata de que esté prohibido de manera expresa manifestar esto, aquello o lo otro; simplemente “no se hace”, al igual que en plena época victoriana hablar de pantalones en presencia de una dama era algo que “no se hacía”. Cualquiera que desafíe la ortodoxia imperante se verá silenciado con sorprendente eficacia. Una opinión genuinamente pasada de moda casi nunca recibe atención, ni de la prensa popular ni de las revistas intelectualoides.
En este momento lo que exige la ortodoxia imperante es una admiración ciega de la Rusia soviética. Todo el mundo acepta esto, y casi todo el mundo actúa en consecuencia. Cualquier crítica seria al régimen soviético, cualquier revelación de hechos que el gobierno soviético preferiría mantener ocultos, son poco menos que impublicables. Y esta conspiración nacional que tiene el objeto de halagar a nuestro aliado acontece, curiosamente, en un contexto de genuina tolerancia intelectual. Porque, aunque no se permita criticar al gobierno soviético, al menos disponemos de la libertad suficiente para amonestar al nuestro. Casi nadie publicará una diatriba contra Stalin, pero no supone peligro alguno atacar a Churchill, al menos en libros y revistas. Y a lo largo de cinco años de guerra, durante dos o tres de los cuales hemos luchado por la supervivencia nacional, se han publicado de forma ininterrumpida incontables libros, panfletos y artículos que abogan por un compromiso de paz. Es más, su publicación no ha despertado ningún rechazo. Siempre y cuando no se haya visto involucrado el prestigio de la URSS, se ha respetado razonablemente el principio de libertad de expresión. Aunque hay otros temas prohibidos, y mencionaré algunos de ellos ahora, la actitud predominante hacia la URSS supone, por mucho, el síntoma más grave. Es, por así decirlo, espontáneo y no se debe a la acción de ningún grupo de presión.
El servilismo con el que la mayor parte de la intelectualidad inglesa se ha tragado y repetido la propaganda rusa desde 1941 en adelante resultaría bastante asombroso si no fuera porque se ha comportado de manera similar en varias ocasiones anteriores. El punto de vista ruso ha sido aceptado en un asunto controvertido tras otro, para ser publicado más tarde sin ser sometido a escrutinio y con total desprecio por la verdad histórica o la decencia intelectual. Por nombrar sólo un ejemplo, la BBC celebró el vigésimo quinto aniversario del Ejército Rojo sin mencionar a Trotsky. Esto resulta tan exacto como conmemorar la batalla de Trafalgar omitiendo a Nelson, pero no provocó ninguna protesta por parte de la intelectualidad inglesa. En las luchas intestinas de los diversos países ocupados, la prensa británica se ha alineado en casi todos los casos con la facción favorecida por los rusos y ha difamado a la facción opuesta, a veces excluyendo pruebas materiales para ello. Un caso en particular notorio fue el del coronel Mijáilovich, el líder chetnik yugoslavo. Los rusos, que tenían a su protegido yugoslavo en el mariscal Tito, acusaron a Mijáilovich de colaborar con los alemanes. Esta incriminación fue rápidamente aceptada por la prensa británica: los partidarios de Mijáilovich no tuvieron oportunidad de responder a ella, y los hechos que la contradecían no llegaron nunca a publicarse. En julio de 1943, los alemanes ofrecieron una recompensa de cien mil coronas de oro por la captura de Tito y una similar por la de Mijáilovich. La prensa británica dedicó las primeras planas a la recompensa por Tito, pero sólo un periódico mencionó (en letra pequeña) la ofrecida por Mijáilovich: y las acusaciones de colaborar con los alemanes continuaron. Hechos muy similares sucedieron durante la Guerra Civil española. También entonces, las facciones del lado republicano que los rusos estaban decididos a aplastar fueron difamadas con imprudencia por la prensa inglesa de izquierda, y cualquier declaración en su defensa, así fuese en forma epistolar, fue sistemáticamente rechazada. En la actualidad, no sólo se consideran reprobables las críticas serias a la URSS, sino que incluso el hecho de la existencia de tales críticas se mantiene en secreto en algunos casos. Por ejemplo, poco antes de su muerte, Trotsky había escrito una biografía de Stalin. Es razonable suponer que no se tratara de un libro del todo imparcial, pero claramente tenía posibilidades de venta. Un editor estadunidense había decidido publicarlo y el libro estaba a punto de entrar en imprenta (creo que se habían enviado las copias para revisión) cuando la URSS entró en la guerra. El libro fue retirado de inmediato. Nunca ha aparecido ninguna palabra sobre el tema en la prensa británica, a pesar de ser evidente que la existencia de un libro de este tipo y su eliminación fuera una noticia digna de dedicarle algunos párrafos.
Es importante distinguir entre la clase de censura que la intelectualidad literaria inglesa se impone voluntariamente y la censura que a veces pueden aplicar los grupos de presión. Resulta notorio que sea imposible discutir ciertos temas debido a los “intereses creados”. El caso más conocido es el de las patentes de medicamentos. Una vez más, la Iglesia católica tiene una influencia considerable en la prensa y el poder de silenciar las críticas que recibe, al menos hasta cierto punto. Un escándalo que involucre a un sacerdote católico casi nunca tiene repercusión, mientras que un sacerdote anglicano que se meta en problemas (por ejemplo, el rector de Stiffkey) se convierte en noticia de primera plana. Es muy raro que un pensamiento de tendencia anticatólica aparezca en una obra de teatro o en una película. Cualquier actor puede confirmar que una obra de teatro o una película que ataque a la Iglesia católica o se burle de ella puede ser boicoteada por la prensa y tal vez se convertirá en un fracaso. Pero este tipo de asuntos resultan inofensivos o, al menos, comprensibles. Cualquier organización de envergadura vela por sus propios intereses lo mejor que puede, y la propaganda manifiesta no es de por sí recriminable. Uno no esperaría que el Daily Worker publicara noticias negativas sobre la URSS, así como tampoco supondría que el Catholic Herald difamara al papa. Pero toda persona con sentido común reconoce ambas publicaciones por lo que son. Lo inquietante es que, en lo que respecta a la URSS y sus políticas, resulta inútil esperar críticas inteligentes y, en la mayoría de los casos, ni siquiera la pura honestidad de los escritores y periodistas liberales, que además no se encuentran bajo la presión directa de falsear sus opiniones. Stalin es sacrosanto y ciertos aspectos de su política no se deben poner en cuestión. Esta regla se ha respetado casi universalmente desde 1941, pero ha sido puesta en práctica, en mayor medida de lo que a veces se cree, desde hace diez años. A lo largo de ese tiempo, las críticas al régimen soviético desde la izquierda apenas recibieron acogida. Hubo una gran producción de literatura antirrusa, pero casi toda desde el ángulo conservador y manifiestamente deshonesta, desactualizada y motivada por razones sórdidas. Por otro lado, existía una corriente enorme y casi igual de deshonesta de propaganda prorrusa, lo que equivaldría a un boicot hacia cualquiera que intentara discutir cuestiones de suma importancia desde una postura adulta. De hecho, se podían publicar libros antirrusos, pero hacerlo significaba la certeza de ser ignorado o tergiversado por casi toda la prensa intelectual. Tanto en público como en privado uno era advertido de “no hacerlo”. Lo que se expresaba tal vez fuera cierto, pero resultaba “inoportuno” y caía en el juego de tal o cual interés reaccionario. Esta actitud se defendía habitualmente sobre la base de que la situación internacional y la urgente necesidad de una alianza anglo-rusa lo exigían; pero estaba claro que se trataba de una justificación. La intelectualidad inglesa, o gran parte de ella, había desarrollado una lealtad nacionalista hacia la URSS, y sentía en verdad que arrojar cualquier duda sobre la sabiduría de Stalin constituía una especie de blasfemia. Los eventos en Rusia y en otros lugares cualesquiera debían ser juzgados con diferentes raseros. Las interminables ejecuciones en las purgas de 1936 a 1938 fueron aplaudidas por los opositores de toda la vida a la pena capital, y se consideró asimismo apropiado publicitar las hambrunas cuando acaecieron en la India y ocultarlas cuando ocurrieron en Ucrania. Y si esto era innegable antes de la guerra, ciertamente la atmósfera intelectual no ha mejorado en la actualidad.
Pero regresemos ahora a este libro mío. La reacción de la mayoría de los intelectuales ingleses será bastante previsible: “No debería haber sido publicado”. Naturalmente, aquellos críticos versados en el arte de la denigración no lo atacarán por motivos políticos sino literarios. Argumentarán que se trata de un libro soporífero, tonto, y un ignominioso desperdicio de papel. Esto bien puede ser cierto, pero obviamente no es toda la verdad. No se dice que un libro “no debería haber sido publicado” tan sólo porque se trate de un libro malo. Después de todo, cada día se imprimen montañas de basura sin que a nadie le importe. La élite intelectual inglesa, o la mayoría de ella, se opondrá a este libro porque denigra a su líder y (según su punto de vista) perjudica el progreso. Si hiciera lo contrario, no tendrían nada en su contra, incluso si sus defectos literarios fueran diez veces más evidentes de lo que son. Por ejemplo, el éxito del Club del Libro de Izquierda durante un periodo de cuatro o cinco años muestra cuán dispuestos están a tolerar tanto la escritura descuidada como la difamatoria, siempre y cuando transmita lo que quieren escuchar.
El problema del que se trata aquí es bastante simple: ¿todas las opiniones, por impopulares o incluso por tontas que sean, tienen derecho a ser divulgadas? Expresémoslo de esa forma y casi cualquier intelectual inglés se sentirá con el deber de decir “sí”. Pero démosle una forma concreta y preguntemos: “¿Qué pasa con una crítica a Stalin? ¿Tiene derecho a ser impresa?”. Entonces, la mayoría de las veces la respuesta será “no”. En ese caso, la ortodoxia imperante resulta cuestionada y, por lo tanto, el principio de la libertad de expresión entra en declive. Ahora bien, cuando se exige libertad de expresión y de prensa, no se está exigiendo libertad absoluta. Debe haber siempre, o hasta cierto punto habrá siempre, algún grado de censura mientras duren las sociedades organizadas. Pero la libertad, como decía Rosa Luxemburgo, constituye “la libertad para los demás”. El mismo principio está contenido en las famosas palabras de Voltaire: “Detesto lo que dicen y defenderé hasta la muerte su derecho a hacerlo”. Si la libertad intelectual —que sin duda alguna ha sido una de las señas de identidad de la civilización occidental— tiene algún significado es que todo el mundo ha de gozar del derecho a decir y publicar aquello que crea que es la verdad, siempre y cuando no perjudique al resto de la comunidad de una manera inequívoca. Tanto la democracia capitalista como las facciones occidentales del socialismo han dado por sentado ese principio hasta hace poco. Nuestro gobierno, como ya he señalado, todavía da muestras de respetarlo. La gente común en la calle (en parte, quizá, porque no está lo suficientemente interesada en formar sus propias ideas como para mostrarse intolerante con ellas) aún sostiene vagamente el principio de “supongo que todo el mundo tiene derecho a defender su propia opinión”. Es sólo, o en todo caso principalmente, la intelectualidad literaria y científica (la cual debería ser la guardiana de la libertad) quien comienza a despreciarla, tanto en la teoría como en la práctica.
Uno de los fenómenos peculiares de nuestro tiempo es el del liberal renegado. Más allá de la conocida máxima marxista de que la “libertad burguesa” es una ilusión, existe en la actualidad una tendencia generalizada a argumentar que sólo es posible defender la democracia mediante métodos totalitarios. Si uno ama la democracia, sostiene dicha afirmación, debe aplastar a sus enemigos por cualquier medio. ¿Y quiénes son sus enemigos? Parece que son siempre no sólo aquellos que la atacan abierta y conscientemente, sino también los que la ponen en peligro “objetivamente” difundiendo doctrinas equivocadas. En otras palabras, defender la democracia implica destruir toda independencia de pensamiento. Este argumento se utilizó, por ejemplo, para justificar las purgas rusas. Ni el rusófilo más ferviente era capaz de creer que todas las víctimas fueran culpables de los cargos de los que se les acusaba: pero al expresar opiniones heréticas hubieran perjudicado “objetivamente” al régimen; por lo tanto, se consideró correcto no sólo masacrarlas sino desacreditarlas con acusaciones falsas. El mismo argumento fue utilizado para justificar las muy conscientes mentiras divulgadas por la prensa de izquierda sobre los trotskistas y otras minorías republicanas en la Guerra Civil española. Y fue usado una vez más como motivo para impugnar el derecho de habeas corpus cuando Mosley fue liberado en 1943.
Estas personas no comprenden que, si fomentan los métodos totalitarios, llegará el momento en que se utilizarán en su contra en lugar de a su favor. Adquiramos el hábito de encarcelar a los fascistas sin juicio previo, y tal vez el proceso no se detenga con los fascistas. Poco después de que el Daily Worker retomara su actividad luego de su suspensión, di una conferencia en una universidad obrera en el sur de Londres. La audiencia estaba integrada por intelectuales de clase media-baja y trabajadora, el mismo tipo de público que solía encontrarse en las filiales del Club del Libro de Izquierda. La conferencia trataba acerca de la libertad de prensa y, al final, para mi asombro, varios interpelantes se levantaron y me preguntaron si no pensaba que el levantamiento de la suspensión al Daily Worker había sido un grave error. Cuando les pregunté por qué, respondieron que era un periódico de dudosa lealtad y que no debería ser tolerado en tiempos de guerra. En ese momento, me encontré defendiendo al Daily Worker, el cual se ha empeñado en difamarme más de una vez. Pero ¿dónde se le había inculcado a esta gente esta perspectiva esencialmente totalitaria? ¡Casi con toda seguridad la habían aprendido de los mismos comunistas! La tolerancia y la decencia están profundamente arraigadas en Inglaterra, pero no son indestructibles y deben mantenerse vivas, en parte, mediante un esfuerzo consciente. El resultado de predicar doctrinas totalitarias es el debilitamiento del instinto mediante el cual los pueblos libres disciernen qué es o no peligroso. El caso de Mosley lo ilustra bien. En 1940 era perfectamente correcto aprisionar a Mosley, hubiera cometido técnicamente o no algún delito. Luchábamos por salvar nuestras vidas y no podíamos permitir que un posible colaboracionista saliera en libertad. Sin embargo, en 1943, haberle privado de un juicio justo, se convertía en un ultraje. La incapacidad general para comprender esto fue un mal síntoma, aunque es cierto que la agitación contra la liberación de Mosley fue en parte ficticia y en parte una justificación de otros descontentos. Pero ¿cuánto de la actual corriente hacia las formas de pensamiento fascistas se debe al “antifascismo” de los últimos diez años y a la falta de escrúpulos que esto ha supuesto?
Es importante darse cuenta de que la actual rusomanía es sólo un síntoma del debilitamiento general de la tradición liberal occidental. Si el Ministerio del Interior hubiera intervenido y vetado la publicación de este libro, la mayor parte de la élite intelectual inglesa no habría visto nada inquietante en ello. La lealtad acrítica a la URSS se ha convertido en la ortodoxia actual, y allí donde estén involucrados los supuestos intereses de la URSS dicha élite está dispuesta a tolerar no sólo la censura sino la falsificación deliberada de la historia. Por citar un ejemplo: a la muerte de John Reed, autor de Diez días que estremecieron el mundo, relato de primera mano de los primeros días de la Revolución rusa, los derechos de autor del libro pasaron a manos del Partido Comunista Británico, a quien creo que Reed los había legado. Algunos años más tarde, los comunistas británicos, tras haber destruido la edición original del libro lo más que pudieron, publicaron una versión mutilada en la que habían eliminado las menciones a Trotsky y también omitido la introducción escrita por Lenin. Si todavía hubiera existido una intelectualidad radical en Gran Bretaña, este acto de falsificación habría sido expuesto y denunciado en todos los periódicos literarios del país. Sin embargo, no hubo prácticamente ninguna protesta. A muchos intelectuales ingleses les pareció algo natural. Pero esta tolerancia o pura deshonestidad implica mucho más que esa admiración por Rusia que está en boga en el momento actual. Es muy posible que esa moda en particular no perdure. Según preveo, para el momento en que se publique este libro, mi visión del régimen soviético puede que sea la opinión generalizada. Pero ¿qué utilidad tendría esto? Cambiar una ortodoxia por otra no implica necesariamente un avance. El enemigo es el que se rige con mente de gramófono, esté uno de acuerdo o no con el disco que se reproduzca en ese momento.
Conozco bien todos los argumentos contra la libertad de pensamiento y expresión, los que afirman que no puede existir y los que sostienen que no debería existir. Respondo simplemente que no me convencen y que nuestra civilización se ha fundamentado en la ideología opuesta durante un periodo de cuatrocientos años. Ha pasado una década y sigo creyendo que el régimen ruso existente es fundamentalmente nocivo, y reclamo el derecho a decirlo, a pesar del hecho de que seamos aliados de la URSS en una guerra que quiero que venzamos. Si tuviera que elegir un texto que me justificara, debería elegir este verso de Milton:
Por las leyes conocidas de la antigua libertad.
La palabra antigua enfatiza el hecho de que la libertad intelectual es una tradición profundamente arraigada sin la cual nuestra cultura occidental característica dudosamente podría existir. Muchos de nuestros intelectuales se están alejando de manera notoria de esa tradición. Han aceptado el principio de que un libro debería ser publicado o censurado, alabado o condenado, no por sus propios méritos, sino de acuerdo con la conveniencia política. Y otros que en realidad no sostienen este punto de vista lo consienten por pura cobardía. Un ejemplo de esto es el fracasado intento de los numerosos y alborotadores pacifistas ingleses en hacer oír su voz contra la preponderante devoción hacia el militarismo ruso. Según esos pacifistas, toda violencia es perniciosa, y nos han instado en cada etapa de la guerra a ceder o al menos a llegar a un compromiso de paz. Pero ¿cuántos de ellos han sugerido alguna vez que la guerra también es perjudicial cuando la libra el Ejército Rojo? Al parecer, los rusos tienen derecho a defenderse, mientras que si lo hacemos nosotros se convierte en un pecado mortal. Sólo se puede explicar esta contradicción de una manera: por un cobarde deseo de mantenerse en el lado de la intelectualidad, cuyo patriotismo se inclina más hacia la URSS que hacia Gran Bretaña. Sé que la élite intelectual inglesa tiene multitud de razones para argumentar su timidez y deshonestidad; de hecho, me sé de memoria los argumentos con los que se justifica. Pero al menos dejémonos de tonterías acerca de defender la libertad contra el fascismo. Si existe un significado para la palabra libertad es el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír. La gente común todavía se suscribe vagamente a esa doctrina y actúa en consonancia. En nuestro país (no es igual en todos los sitios: no fue así en la Francia republicana, y no es así actualmente en Estados Unidos), los liberales son quienes temen a la libertad y los intelectuales los que quieren ensuciar el intelecto: es para llamar la atención sobre este hecho, la razón por la cual he escrito este prefacio.
Londres, 17 de agosto de 1945;
Nueva York, 26 de agosto de 1946
* No queda del todo claro si esta sugerencia fue idea del propio señor… o si tuvo su origen en el Ministerio del Interior; pero parece tener cierto tono oficial. (Nota del autor.)
REBELIÓN EN LA GRANJA
CAPÍTULO I
El señor Jones, de la Granja Señorial, había cerrado con llave los gallineros al caer la noche, pero estaba demasiado borracho para acordarse de cerrar las trampillas. Con el haz de luz de su farol bailando de un lado a otro, cruzó el patio dando bandazos, se quitó las botas en la puerta trasera, se echó un último vaso de cerveza del barril de la trascocina y se dirigió a la cama, donde ya roncaba la señora Jones.
Tan pronto como se apagó la luz del dormitorio, hubo una agitación y un aleteo en todos los edificios de la granja. Durante el día se había corrido la voz de que el Viejo Comandante, el premiado verraco de raza blanca mediana, había tenido un sueño extraño la noche anterior y deseaba comunicárselo a los demás animales. Se había acordado que todos debían reunirse en el establo principal en cuanto no hubiera peligro de que el señor Jones fuera a descubrirlos. El Viejo Comandante (así lo llamaban siempre, aunque había sido exhibido con el nombre de El Esplendor de Willingdon) era tan apreciado en la granja que todos estaban dispuestos a perder una hora de sueño con tal de escuchar lo que tenía que decir.
En un extremo del establo principal, en una especie de plataforma elevada, el Comandante ya se había instalado en su lecho de paja, bajo un farol que colgaba de una viga. Tenía doce años y últimamente había engordado bastante, pero seguía siendo un cerdo de aspecto majestuoso, de apariencia sabia y benevolente a pesar de que nunca le hubieran limado los colmillos. Al poco tiempo, comenzaron a llegar los demás animales y se acomodaron según sus propias costumbres. Primero aparecieron los tres perros: Campanilla, Enteco y Roñica, y luego los cerdos, que se colocaron en la paja dispuesta de inmediato frente a la plataforma. Las gallinas se posaron en los alféizares de las ventanas, las palomas subieron revoloteando hasta las vigas, las ovejas y las vacas se tumbaron detrás de los cerdos y empezaron a rumiar. Los dos caballos percherones, Púgil y Trébol, entraron juntos, caminando muy lentamente y apoyando sus enormes y peludas pezuñas con gran cuidado de no pisar a ningún animalito que hubiera oculto en la paja. Trébol era una robusta yegua maternal que se acercaba a la mediana edad y que nunca recuperó su figura después de su cuarto potro. Púgil era una bestia enorme, de casi dos metros de altura y tan fuerte como dos caballos comunes juntos. Le cruzaba el hocico una raya blanca que le otorgaba una apariencia algo estúpida y, de hecho, no tenía una inteligencia excelente, pero era respetado unánimemente por su firmeza de carácter y tremenda capacidad de trabajo. Después de los caballos llegaron Muriel, la cabra blanca, y Benjamín, el burro. Benjamín era el animal más viejo de la granja y el de peor carácter. Rara vez hablaba, y cuando lo hacía, por lo general era para hacer algún comentario cínico; por ejemplo, decía que Dios le había dado una cola para ahuyentar a las moscas, pero que hubiera preferido no tener cola ni moscas. No se juntaba con los animales de la granja y nunca se reía. Si le preguntaban por qué, respondía que no veía nada de que reírse. Sin embargo, y aunque no lo admitiera abiertamente, sentía devoción por Púgil; los dos solían pasar los domingos juntos en el pequeño potrero que había al otro lado del huerto, pastando uno al lado del otro y sin pronunciar palabra.
Los dos caballos acababan de tumbarse cuando una camada de patitos, que había perdido a su madre, entró en el establo, parpando débilmente y vagando de un lado a otro en busca de un lugar donde no los pisotearan. Trébol hizo una especie de muro alrededor de ellos con su gran pata delantera, y los patitos se acurrucaron en su interior y se durmieron rápidamente. En el último momento, Maribella, la tonta y bonita yegua blanca que tiraba del carro del señor Jones, entró remilgadamente, masticando un terrón de azúcar. Ocupó un lugar cerca de la parte delantera y comenzó a coquetear agitando su melena blanca, esperando llamar la atención sobre los lazos rojos con los que estaba trenzada. Por último, llegó la gata, que miró a su alrededor, como de costumbre, buscando el lugar más cálido, y finalmente se apretujó entre Púgil y Trébol; allí ronroneó satisfecha durante todo el discurso del Comandante sin escuchar ni una palabra de lo que dijo.
Ahora todos los animales se hallaban presentes excepto Agüero, el cuervo domesticado, que dormía encaramado detrás de la puerta trasera. Cuando el Comandante vio que todos se habían acomodado y lo esperaban con atención, se aclaró la garganta y comenzó a decir:
—Camaradas, ya saben acerca del extraño sueño que tuve anoche. Pero volveré a él más tarde. Primero, tengo que decir otra cosa. No creo, camaradas, que permanezca con ustedes muchos meses más y, antes de morir, siento que es mi deber transmitirles la sabiduría que he adquirido. He gozado de una vida larga, he tenido mucho tiempo para pensar mientras yacía solo en mi establo, y creo que puedo afirmar que entiendo la naturaleza de la vida en esta tierra tan bien como cualquier otro animal viviente. Es de esto de lo que quiero hablarles.
”Y bien, camaradas, ¿cuál es la naturaleza de nuestra existencia? Afrontémoslo: nuestras vidas son miserables, sufridas y breves. Nacemos, se nos provee la cantidad de comida justa para mantener el aliento en nuestros cuerpos, y aquellos de nosotros que somos capaces nos vemos obligados a trabajar hasta agotar el último reducto de nuestras fuerzas; y en el mismo instante en que nuestra utilidad llega a su fin, somos masacrados con una crueldad espantosa. Ningún animal en Inglaterra conoce el significado de la felicidad o del esparcimiento después de su primer año de vida. Ningún animal en Inglaterra es libre. La vida de un animal es pura miseria y esclavitud: ésta es la pura verdad.
”Pero ¿forma esto simplemente parte del orden de la naturaleza? ¿Se debe a que esta tierra nuestra es tan pobre que no puede permitir una vida digna a quienes habitan en ella? ¡No, camaradas, mil veces no! El suelo de Inglaterra es fértil, su clima benigno, capaz de proporcionar alimento en abundancia a un número de animales mucho mayor de los que ahora lo ocupan. Esta simple granja nuestra podría albergar a una docena de caballos, veinte vacas, cientos de ovejas… y todos ellos disfrutarían de una comodidad y una dignidad que ahora se encuentran casi más allá de nuestra imaginación. ¿Por qué continuamos entonces en esta condición miserable? Porque prácticamente la totalidad del producto de nuestro trabajo nos lo arrebatan los seres humanos. Ahí, camaradas, se halla la respuesta a todos nuestros problemas. Se resume en una única palabra: el Hombre. El Hombre es el único enemigo real que tenemos. Eliminemos al Hombre del mapa, y la causa fundamental del hambre y del exceso de trabajo quedará erradicada para siempre.
”El Hombre es la única criatura que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado débil para tirar del arado, es incapaz de correr lo suficientemente rápido para atrapar conejos. Sin embargo, es el señor de todos los animales. Los pone a trabajar, les retribuye con lo mínimo que les impedirá morir de hambre, y el resto se lo queda para él. Con nuestro esfuerzo se labra la tierra, con nuestro estiércol se fertiliza y, sin embargo, ninguno de nosotros posee más que su propio pellejo. Ustedes, vacas que están ante mí, ¿cuántos miles de litros de leche les han ordeñado durante este último año? ¿Y qué le ha pasado a esa leche que debería haber servido para criar terneros robustos? Hasta la última gota ha ido a parar a las gargantas de nuestros enemigos. Y ustedes, gallinas, ¿cuántos huevos han puesto en este último año y cuántos de ellos se han convertido en polluelos? La gran parte ha ido a parar al mercado a cambio de dinero para Jones y sus hombres. Y tú, Trébol, ¿dónde están esos cuatro potros que pariste y que deberían haber sido el sostén y regocijo de tu vejez? Cada uno de ellos se vendió al cumplir el primer año de edad… nunca volverás a verlos. A cambio de tus cuatro partos y toda tu labor en el campo, ¿qué has recibido en retribución, salvo raciones escasas y una cuadra?
”Y ni siquiera se nos permite que las vidas miserables que llevamos alcancen su duración natural. Yo no tengo de qué quejarme, porque soy uno de los afortunados. He llegado a los doce años de vida y he tenido más de cuatrocientos hijos. Tal es la vida natural de un cerdo. Pero, al final, ningún animal escapa al cuchillo cruel. Ustedes, jóvenes puercos que están sentados frente a mí, cada uno de ustedes gritará cuando acaben con su vida dentro de un año. A tal horror debemos llegar todos: vacas, cerdos, gallinas, ovejas, cada uno de nosotros. Ni siquiera a los caballos y a los perros les aguarda un destino mejor. Tú, Púgil, el mismo día en que esos grandes músculos tuyos pierdan su poder, Jones te venderá al matarife, y éste cortará tu garganta y hervirá tu carne para los raposos. En cuanto a los perros, cuando envejezcan y pierdan los dientes, Jones les atará un ladrillo al cuello y los ahogará en la charca más cercana.
”¿No está claro, entonces, camaradas, que todos los males de esta vida nuestra surgen de la tiranía de los seres humanos? Deshagámonos del Hombre, y el fruto de nuestro trabajo será nuestro. Casi de la noche a la mañana podríamos ser ricos y libres. ¿Qué debemos hacer entonces? ¡Trabajar día y noche, en cuerpo y alma, por el derrocamiento de la raza humana! Éste es mi mensaje para ustedes, camaradas: ¡Rebelión! No sé cuándo vendrá esta Rebelión, puede ser en una semana o dentro de cien años, pero sé, con la misma certeza que veo esta paja bajo mis pies, que tarde o temprano se hará justicia. ¡Que sea éste su objetivo, camaradas, durante el breve resto de sus días! Y, sobre todo, transmitan este mensaje mío a quienes vengan después de ustedes, para que las generaciones futuras continúen su lucha hasta la victoria.
”Y recuerden, camaradas, su resolución no debe flaquear. Ningún argumento debe desviarlos. Jamás escuchen a quienes les digan que el Hombre y los animales comparten un interés común, que la prosperidad de uno es la prosperidad de los demás. Es todo mentira. El Hombre no sirve a los intereses de ninguna criatura salvo a los de sí mismo. Y entre nosotros los animales que exista perfecta unidad, perfecta camaradería en la lucha. Todos los hombres son enemigos. Todos los animales son camaradas.
En ese momento se produjo un tremendo alboroto. Mientras el Comandante hablaba, cuatro ratas enormes habían salido a hurtadillas de sus agujeros y se habían sentado sobre sus cuartos traseros para escucharlo. Los perros las habían atisbado de repente, y fue sólo gracias a una rápida carrera de regreso hacia sus agujeros que salvaron la vida. El Comandante alzó su pezuña para requerir silencio.
—Camaradas —dijo él—, aquí hay un punto que debe ser resuelto. Las criaturas salvajes, como las ratas y los conejos, ¿son nuestras amigas o nuestras enemigas? Sometámoslo a votación. Propongo esta cuestión a los congregados: ¿son las ratas camaradas?
La votación se efectuó de inmediato y se acordó por una abrumadora mayoría que las ratas eran camaradas. Sólo hubo cuatro disidentes, los tres perros y la gata, quien luego se descubrió que había votado en ambos bandos. El Comandante continuó:
—Me queda poco más que decir. Simplemente repito, recuerden siempre su deber de hostilidad hacia el Hombre y todas sus costumbres. Todo lo que camina sobre dos patas es un enemigo. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tiene alas, es un amigo. Y recuerden también que, en la batalla contra el Hombre, no debemos llegar a asemejarnos a él. Incluso cuando lo hayan vencido, no adopten sus vicios. Ningún animal debe vivir en una casa ni dormir en una cama, ni vestir ropas, ni beber alcohol, ni fumar tabaco, ni tocar dinero, ni dedicarse al comercio. Todos los hábitos del Hombre son nocivos. Y, por encima de todo, ningún animal debe tiranizar jamás a los de su propia especie. Débiles o fuertes, inteligentes o necios, todos somos hermanos. Ningún animal debe matar jamás a otro animal. Todos los animales somos iguales.
”Y ahora, camaradas, les hablaré acerca de mi sueño de anoche. No puedo describírselo. Era un sueño que mostraba cómo será la tierra cuando el Hombre haya desaparecido. Pero me recordó algo que había olvidado hace mucho tiempo. Años atrás, cuando apenas era un cerdito, mi madre y las otras cerdas solían tararear una vieja canción de la que sólo conocían la melodía y las tres primeras palabras. Aprendí esa melodía en mi infancia, pero hacía mucho tiempo que se había desvanecido de mi memoria. Anoche, sin embargo, la recordé en mi sueño. Y, lo que es más, también rememoré la letra de la canción, estoy seguro de que era cantada por los animales del pasado, cuya memoria se había perdido durante generaciones. Les cantaré esa canción ahora, camaradas. Soy viejo y mi voz está ronca, pero cuando les haya enseñado la melodía, podrán cantarla mejor ustedes mismos. Se llama “Bestias de Inglaterra”.
El Viejo Comandante se aclaró la garganta y empezó a cantar. Como había dicho, su voz era ronca, pero entonaba bastante bien, y se trataba de una melodía conmovedora, una mezcla entre “Clementine”* y “La cucaracha”. La letra decía así:
Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda,
bestias de toda tierra y región,
escuchen mis buenas nuevas
de un dorado tiempo mejor.
Tarde o temprano llegará el día,
el Hombre tirano será derrocado
y los fértiles prados de Inglaterra
sólo por las bestias serán hollados.
Las anillas desaparecerán de nuestros hocicos
y los arneses de nuestros lomos,
embocadura y espuela se oxidarán para siempre,
los látigos crueles no nos abatirán como el plomo.
Inimaginables y abundantes riquezas:
trigo y cebada, avena y heno,
trébol, frijoles y remolachas…
en ese día todo será pleno.
Refulgirán brillantes los campos de Inglaterra,
más puras serán sus fuentes,
más suaves soplarán sus brisas,
el sufrimiento acabará finalmente.
Todos hemos de trabajar para que llegue ese día,
aunque muramos antes del amanecer;
vacas y caballos, gansos y pavos,
todos debemos esforzarnos por vencer.
Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda,
bestias de toda tierra y región,
escuchen bien y difundan mis buenas nuevas
de un dorado tiempo mejor.
La cadencia de esta canción transportó a los animales al más salvaje entusiasmo. Casi antes de que el Comandante hubiera finalizado, habían comenzado a cantarla ellos mismos. Incluso los más estúpidos habían captado la melodía y algunos fragmentos de la letra, y en cuanto a los inteligentes, como los cerdos y los perros, se aprendieron de memoria la canción completa en unos minutos. Y entonces, tras algunos intentos preliminares, la granja entera estalló en el canto de “Bestias de Inglaterra” a un formidable unísono. Las vacas la mugían, los perros la gañían, las ovejas la balaban, los caballos la relinchaban, los patos la graznaban. Estaban tan encantados con la tonada que la corearon cinco veces seguidas y podrían haber continuado cantándola toda la noche si no hubieran sido interrumpidos.
Desafortunadamente, el alboroto despertó al señor Jones, quien saltó de la cama, convencido de que había entrado un zorro en el establo. Empuñó la escopeta que permanecía siempre en un rincón de su dormitorio y disparó un cartucho número seis hacia la oscuridad. Los perdigones se incrustaron en la pared del establo y la reunión se disolvió apresuradamente. Todos huyeron a sus correspondientes lugares para dormir. Los pájaros revolotearon a las partes más elevadas, los animales se acomodaron en la paja y, al momento, toda la granja cayó en un profundo sueño.
* “Oh My Darling Clementine” es una canción popular estadunidense cuya autoría nunca se ha establecido claramente, pero que según Gerald Brenan proviene de la balada de origen español “¿Dónde vas, buen caballero?”, y que fue transmitida a los mineros anglohablantes por los buscadores de oro mexicanos durante la Fiebre del Oro de California en el siglo XIX. (N. del t.)
CAPÍTULO II
Tres noches después, el Viejo Comandante murió plácidamente mientras dormía. Su cuerpo fue enterrado al pie del huerto.
Esto ocurrió a principios de marzo. Durante los tres meses siguientes hubo mucha actividad secreta. El discurso del Comandante les había conferido a los animales más inteligentes de la granja una perspectiva de la vida completamente nueva. No sabían cuándo se llevaría a cabo la Rebelión anunciada por el Comandante, y tampoco había ninguna razón para pensar que ocurriría en el curso de sus propias vidas, pero comprendieron claramente que tenían el deber de prepararse para ella. La tarea de enseñar y organizar a los demás recayó naturalmente en los cerdos, a quienes por lo general se reconocía como los animales más inteligentes. Entre los cerdos destacaban dos jóvenes verracos llamados Bola de Nieve y Napoleón, a quienes el señor Jones estaba criando para ponerlos a la venta. Napoleón era un verraco enorme de raza Berkshire y de aspecto bastante feroz, el único Berkshire de la granja; no era un gran conversador, pero tenía la reputación de salirse siempre con la suya. Bola de Nieve era un cerdo más vivaz que Napoleón, más rápido en el habla y con más inventiva, pero no se consideraba que tuviera la misma profundidad de carácter. Todos los demás cerdos macho de la granja eran puercos comunes. El más conocido de ellos era uno pequeño y gordo llamado Chivato, de mejillas muy redondas, ojos brillantes, movimientos ágiles y voz chillona. Era tremendamente locuaz, y cuando discutía alguna cuestión compleja tenía una forma de saltar de un lado a otro y mover la cola que de alguna manera resultaba muy persuasiva. Los demás decían de Chivato que podía convencer a cualquiera de que lo negro era blanco.
Estos tres habían desarrollado las enseñanzas del Viejo Comandante en un sistema de pensamiento completo, al cual dieron el nombre de Animalismo. Varias noches a la semana, después de que el señor Jones se fuera a dormir, celebraban reuniones secretas en el establo y explicaban los principios del Animalismo a los demás. Al principio se encontraron con mucha estupidez y apatía. Algunos de los animales hablaban del deber de lealtad hacia el señor Jones, a quien se referían como “Amo”, o emitían comentarios elementales como “El señor Jones nos da de comer. Si él no estuviera, moriríamos de hambre”. Otros formulaban preguntas como “¿Por qué debería importarnos lo que suceda después de que hayamos muerto?” o “Si esta Rebelión va a ocurrir de todos modos, ¿qué importa si trabajamos para ella o no?”, por lo que los cerdos se encontraron con una gran dificultad para hacerles entender que esto era contrario al espíritu del Animalismo. Las preguntas más estúpidas de todas las hizo Maribella, la yegua blanca. La primera cuestión que le dirigió a Bola de Nieve fue:
—¿Seguirá habiendo azúcar después de la Rebelión?
—No —respondió Bola de Nieve con firmeza—. No tenemos medios para producir azúcar en esta granja. Además, no necesitas azúcar. Tendrás toda la avena y el heno que quieras.
—¿Y se me permitirá seguir portando lazos en mi melena? —preguntó Maribella.
—Camarada —dijo Bola de Nieve—, esos lazos que tanto te gustan son la insignia de la esclavitud. ¿No comprendes que la libertad vale más que los lazos?
Maribella estuvo de acuerdo, aunque no parecía muy convencida.
Los cerdos se encontraron con aún más dificultades para contrarrestar las mentiras de Agüero, el cuervo domesticado. Agüero, que era la mascota predilecta del señor Jones, era un espía y un chismoso, pero también un parlanchín inteligente. Afirmó conocer la existencia de un misterioso país llamado Pan de Azúcar, al que todos los animales iban en el momento de su muerte. Estaba situado en algún lugar del cielo, un poco más allá de las nubes, decía Agüero. En Pan de Azúcar era domingo los siete días de la semana, el trébol reverdecía todo el año y en los setos crecían terrones de azúcar y pasteles de linaza. Los animales odiaban a Agüero porque contaba cuentos chinos y no trabajaba, pero algunos de ellos creían en Pan de Azúcar, y los cerdos tuvieron que discutir con ahínco para persuadirlos de que no existía tal lugar.
Sus discípulos más fieles eran los dos caballos percherones: Púgil y Trébol. Ambos tenían gran dificultad para pensar por sí mismos, pero una vez que aceptaron a los cerdos como sus maestros, asimilaron todo lo que les enseñaron y lo transmitieron al resto de los animales con explicaciones simples. Eran infatigables en su asistencia a las reuniones secretas en el establo, y llevaban la voz cantante al entonar “Bestias de Inglaterra”, con la que siempre concluían las reuniones.
Finalmente, resultó que la Rebelión se produjo mucho antes y más fácilmente de lo que cualquiera hubiera esperado. En los últimos años, el señor Jones, a pesar de tratarse de un amo duro, había demostrado ser un granjero capaz, pero en fechas recientes había caído en la negligencia. Se había desalentado en gran manera después de perder dinero en un juicio, y había comenzado a beber más de la cuenta. A veces pasaba días enteros sentado en su silla Windsor de la cocina, leyendo el periódico, bebiendo y, ocasionalmente, dando de comer a Agüero costras de pan empapadas en cerveza. Sus hombres eran ociosos y deshonestos, los campos estaban invadidos por la maleza, los tejados necesitaban ser reparados, los setos estaban descuidados y los animales se encontraban desnutridos.
Llegó junio y el heno estaba casi listo para ser segado. En la víspera del solsticio de verano, que cayó en sábado, el señor Jones fue a Willingdon y se embriagó de tal manera en la taberna León Rojo que no regresó hasta el domingo al mediodía. Los hombres habían ordeñado las vacas por la mañana temprano y luego habían salido a cazar conejos, sin molestarse en alimentar a los animales. Cuando el señor Jones estuvo de regreso, se quedó dormido al instante en el sofá del salón con el periódico encima de la cara, de modo que cuando cayó la tarde los animales todavía seguían sin comer. Al fin, no pudieron soportarlo más. Una de las vacas abrió una hendidura en la puerta del cobertizo con uno de sus cuernos y todos los animales empezaron a comer de los contenedores. Fue entonces cuando el señor Jones despertó. Al momento, él y sus cuatro hombres entraron en el cobertizo con látigos en las manos, arremetiendo en todas direcciones. Esto era más de lo que los hambrientos animales podían soportar. De común acuerdo, aunque nada de esto hubiera sido planeado de antemano, se lanzaron sobre sus torturadores. Jones y sus hombres se vieron de repente golpeados y pateados por todas partes. La situación se hallaba fuera de control. Nunca antes habían visto a los animales comportarse así, y este repentino levantamiento de unas criaturas a las que estaban acostumbrados a golpear y maltratar como querían los hizo espantarse. Después de varios intentos, dejaron de tratar de defenderse y se dieron a la fuga. Un minuto después, los cinco corrían como alma que lleva el diablo por el camino rural que conducía a la carretera principal, y con los animales persiguiéndolos triunfantes.
La señora Jones miró por la ventana del dormitorio, presenció lo que estaba sucediendo, arrojó apresuradamente algunas posesiones en una bolsa de viaje y se escabulló de la granja por otra salida. Agüero saltó de su percha y aleteó tras ella, graznando con estrépito. Mientras tanto, los animales habían perseguido a Jones y a sus hombres hasta la carretera, y habían cerrado de golpe la puerta enrejada tras ellos. Y así, casi antes de comprender lo que estaba sucediendo, la Rebelión se había llevado a cabo con éxito: Jones había sido expulsado y la Granja Señorial era suya.
Durante los primeros minutos, los animales apenas podían creer en su buena suerte. Su primera reacción fue galopar en grupo alrededor de la linde de la granja, para asegurarse de que no quedara ningún ser humano escondido en ella; luego corrieron de regreso a los edificios para eliminar cualquier rastro del odiado reinado de Jones. Irrumpieron en el guadarnés: los frenos, los narigones, las cadenas de los perros, los crueles cuchillos que el señor Jones había utilizado para castrar a los cerdos y los corderos, todos fueron lanzados al pozo. Las riendas, los cabestros, las anteojeras, las degradantes cebaderas fueron arrojadas al fuego que habían prendido en el patio con todos los desechos. También los látigos. Todos los animales saltaron de alegría al ver los látigos arder en llamas. Asimismo, Bola de Nieve arrojó al fuego los lazos con los que solían decorarse las crines y las colas de los caballos en los días de mercado.
—Los lazos —dijo él— deben considerarse como ropa, la cual es una seña de identidad del ser humano. Todos los animales deben ir desnudos.
Cuando Púgil escuchó esto, fue a buscar el pequeño sombrero de paja que usaba en verano para proteger sus orejas de las moscas, y lo arrojó al fuego con el resto.
En muy poco tiempo, los animales habían destruido todo aquello que les recordara al señor Jones. Entonces, Napoleón los llevó de regreso al cobertizo y sirvió una ración doble de maíz para todos, con dos galletas para cada perro. Luego cantaron “Bestias de Inglaterra” de cabo a rabo siete veces seguidas, y después de eso se acomodaron para pasar la noche y durmieron como nunca antes lo habían hecho.
Sin embargo, se despertaron al amanecer como de costumbre, y recordando de repente el glorioso suceso del día anterior, corrieron todos juntos al pastizal. De camino al pastizal había una loma desde la que se divisaba la mayor parte de la granja. Los animales se apresuraron a ir hasta lo alto y miraron a su alrededor en la diáfana luz del amanecer. Sí, era de ellos, ¡todo lo que divisaban era de ellos! Extasiados por ese pensamiento, dieron vueltas sin parar y se lanzaron al aire brincando de excitación. Se revolcaron en el rocío, mordisquearon la dulce hierba de verano, levantaron terrones de tierra negra y aspiraron su rico aroma. Luego hicieron un recorrido de inspección por toda la granja y contemplaron con muda admiración la tierra labrantía, el henar, el huerto, la alberca y la arboleda. Era como si nunca antes hubieran visto estas cosas, e incluso apenas ahora podían creer que fueran todas de su propiedad.
Luego regresaron a los edificios y se detuvieron en silencio frente a la puerta de la casa principal. Eso también era de ellos, pero tenían miedo de entrar. Sin embargo, después de un momento, Bola de Nieve y Napoleón forzaron la puerta con sus lomos y los animales ingresaron en fila india, caminando con el mayor cuidado por temor a todo aquello que pudieran alterar. Pasaban de puntillas de habitación en habitación, temerosos de hablar por encima de un susurro y contemplando con sobrecogimiento aquel increíble lujo: las camas con sus colchones de plumas, los espejos, el sofá de crin de caballo, la floreada alfombra de Bruselas, la litografía de la reina Victoria sobre la repisa de la chimenea del salón. Se hallaban presos del ansia mientras bajaban las escaleras, cuando se percataron de que Maribella había desaparecido. Al regresar, los demás descubrieron que ella se había quedado en el mejor dormitorio. Había tomado un lazo azul del tocador de la señora Jones y lo sostenía contra su hombro, admirándose en el espejo de manera ridícula. El resto se lo reprochó con severidad y salió al exterior. Algunos jamones que había colgados en la cocina fueron llevados afuera para darles sepultura, mientras que, con una coz de Púgil, el barril de cerveza que estaba en la trascocina quedó destrozado; por lo demás, no se tocó nada de lo que había en la casa. Al momento, se aprobó por unanimidad que la casa debía ser conservada como museo. Todos acordaron que ningún animal habría de vivir allí.
Los animales desayunaron, y luego Bola de Nieve y Napoleón los reunieron nuevamente.
—Camaradas —anunció Bola de Nieve—, son las seis y media y tenemos un largo día por delante. Hoy comenzaremos a segar el heno. Pero antes hay otro asunto que debemos atender.
Los cerdos revelaron en ese momento que durante los últimos tres meses habían aprendido a leer y escribir gracias a un viejo libro de ortografía que había pertenecido a los hijos del señor Jones, y el cual habían recuperado de la basura. Napoleón pidió que trajeran botes de pintura blanca y negra, y guio el camino hasta la puerta enrejada que daba a la carretera principal. Entonces, Bola de Nieve (que era quien escribía mejor) tomó una brocha entre los dos nudillos de su pezuña, borró GRANJA SEÑORIAL de la parte superior de la puerta y en su lugar pintó GRANJA DE LOS ANIMALES. Éste sería el nombre de la granja de ahora en adelante. Después de esto, regresaron a los edificios, donde Bola de Nieve y Napoleón mandaron buscar una escalera que hicieron colocar contra la pared del fondo del establo principal. Explicaron que, mediante sus estudios de los últimos tres meses, los cerdos habían logrado reducir los principios del Animalismo a Siete Mandamientos. Estos Siete Mandamientos quedarían ahora inscritos en la pared y formarían una ley inalterable por la cual todos los animales de la Granja de los Animales debían regir sus vidas para siempre. Con cierta dificultad (ya que no resulta fácil para un cerdo mantener el equilibrio en una escalera), Bola de Nieve subió y se dedicó a la tarea, con Chivato unos peldaños debajo de él sosteniendo el bote de pintura. Los Mandamientos quedaron escritos en la pared alquitranada en grandes letras blancas que podían leerse a treinta metros de distancia. Decían así:
LOS SIETE MANDAMIENTOS
1 Todo lo que camina sobre dos patas es enemigo.
2 Todo lo que camina a cuatro patas o tiene alas es amigo.
3 Ningún animal vestirá ropas.
4 Ningún animal dormirá en una cama.
5 Ningún animal beberá alcohol.
6 Ningún animal matará a otro animal.
7 Todos los animales son iguales.
Estaba muy bien escrito, y salvo que en lugar de “amigo” decía “amijo”, y una de las eses había quedado al revés, la ortografía era toda correcta. Bola de Nieve los leyó en voz alta por el bien de los demás. Todos los animales asintieron en total acuerdo, y los más inteligentes comenzaron inmediatamente a aprenderse los Mandamientos de memoria.
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