Kitabı oku: «El león y el unicornio y otros ensayos»
el león y el unicornio
y otros ensayos
george orwell
traducción y prólogo de
miguel martínez-lage
COLECCIÓN AZ
Título:
El león y el unicornio y otros ensayos
© Herederos de Sonia Orwell, 2006
Esta obra ha sido publicada con la ayuda de la Dirección General
del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Educación,
Cultura y Deportes, en el año europeo de las lenguas.
Por qué escribo y En el vientre de la ballena
publicados por un acuerdo con Ediciones Octaedro.
De esta edición:
© Turner Publicaciones SL, 2021
Diego de León, 30
28006 Madrid
www.turnerlibros.com
Primera edición Colección AZ:
Julio de 2021
De la traducción:
© Miguel Martínez-Lage
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ISBN:
978-84-18428-11-1
E-ISBN:
978-84-18428-98-2
Depósito Legal:
M-18561-2021
Impreso en España
La editorial agradece todos los comentarios
y observaciones: turner@turnerlibros.com
Índice
Nota editorial
Prólogo. La ley oculta
Recuerdos de un librero (1936)
En defensa de la novela (1936)
Semanarios juveniles (1940)
En el vientre de la ballena (1940)
Nota autobiográfica (1940)
El escritor proletario (1940)
El león y el unicornio: el socialismo y el genio de Inglaterra (1940)
El arte de Donald McGill (1941)
Rudyard Kipling (1942)
Raffles y Miss Blandish (1944)
Una buena taza de té (1946)
La luna bajo el agua (1946)
Por qué escribo (1946)
Reseña de El alma del hombre bajo el socialismo, de Oscar Wilde (1948)
Ay, qué alegrías aquellas (1952)
nota editorial
La presente edición recoge una selección de textos de George Orwell escritos entre 1936 y 1949. Los contenidos se han ordenado según la fecha de publicación, excepto cuando se indica lo contrario. Para las traducciones se ha seguido la edición en cuatro volúmenes de sus ensayos, escritos periodísticos y cartas realizada por Sonia Orwell e Ian Angus en 1968 (The Collected Essays, Journalism and Letters of George Orwell, cuatro volúmenes, Nueva York, Hartcourt, Brace & Co.).
prÓlogo
la ley oculta
En 1998 se publicó en el Reino Unido la obra completa de George Orwell en veinte volúmenes. Para un escritor que murió a los cuarenta y siete años no es que sea una producción escasa; queda claro, además, que no sólo es el autor de Homenaje a Cataluña, Rebelión en la granja o 1984. Dicha edición no tuvo una gran tirada; a día de hoy es muy difícil –y carísimo– hacerse con una colección de la que no falte un solo tomo. La publicación corrió a cargo de Secker & Warburg, un sello de prestigio que entonces era (y hoy sigue siendo) parte de la mastodóntica Random House. El trabajo editorial primoroso y soberbio que se trenza en esos millares de páginas es fruto de los años de desvelo y examen escrupuloso que ha dedicado Peter Davison a compilar y esclarecer la obra del escritor británico más influyente de mediados del siglo xx. A los cincuenta años de su muerte ya era un clásico con todas las de la ley. Y diez años más tarde lo es más que nunca.
Orwell es sin ningún género de dudas un forjador de fábulas y mitos de validez universal. Se ha dicho también que fue el último puritano, un santo laico, “la conciencia invernal de una generación” (V. S. Pritchett). Igual que T. E. Lawrence, quiso ser un hombre de acción y revelar a la vez lo fraudulento de tal empresa. Tuvo que sufrir, aunque fuera un sufrimiento autoinducido: sufrió por la causa del ciudadano de a pie, al margen de fronteras y naciones, fuera cual fuera la ideología que lo tiranizaba. Y desconfió de toda muestra de acatamiento, de toda manifestación de corrección política, eufemismo infeccioso que detectó mucho antes de que fuese una realidad patente.
En “Por qué escribo”, texto de 1946 que aquí se incluye, Orwell desgrana cuáles son las motivaciones de quien se pone a escribir y las clasifica en cuatro bloques: egoísmo puro y duro, entusiasmo estético, impulso histórico y propósito político. Son razones encontradas, claro está, que no se dan en la misma medida. En su caso, es evidente que prima la cuarta. Como él mismo señala:
La guerra de España y otros sucesos de 1936-1937 cambiaron mi escala de valores y me permitieron ver las cosas con mayor claridad. Cada renglón que he escrito en serio desde 1936 fue creado, directa o indirectamente, en contra del totalitarismo y a favor del socialismo democrático. [...] Me parece una rematada tontería, en una época como la nuestra, pensar siquiera que se puede evitar el escribir sobre tales asuntos. [...] Sólo es cuestión de elegir bando y posición. Cuanto más consciente es uno de su sesgo político, mayores posibilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar su estética ni su integridad intelectual.
No obstante, el grado de compromiso que adquiere lo lleva a formular esta postura de un modo que causa todavía honda impresión por la cordura demoledora de su actitud autocrítica, y es que añade: “No se puede escribir nada legible a menos que uno aspire a una anulación constante de la propia personalidad. La buena prosa es como el cristal de una ventana. [...] Al repasar mi obra, veo que de manera invariable, cuando he carecido de un objetivo político, he escrito libros exánimes, y me han traicionado en general los pasajes grandilocuentes, las frases sin sentido, los epítetos y los disparates.” Llevó a tal extremo esta coherencia que repudió dos de sus cuatro primeras novelas precisamente por estas razones.
Orwell es un modelo que cualquier escritor debiera tener en mente por su ética y por su teoría estética, resumida en estas líneas y demostrada con pelos y señales en cada uno de sus textos. Los que se recogen en este volumen vienen a constituir, para entendernos, una selección de las caras B de una discografía esencial. Y cualquier buen melómano sabe que al dorso de los grandes éxitos es donde se encuentran auténticas joyas. En esa línea de tensión entre la ficción y la no ficción es donde se halla una clave esencial para entender a Orwell. A veces me pregunto qué habría sido de Orwell sin tuberculosis galopante, o si la estreptomicina hubiese llegado antes y hubiese funcionado mejor y su vida hubiera tenido una duración normal. Es una especulación sin sentido; el propio Orwell bromeó, poco antes de morir, cuando dijo que ningún escritor muere mientras no haya dicho todo lo que tiene que decir. A pesar de todo, me permito dudar de que en el campo cada vez más esquilmado y angosto de la novela hubiera dado sus mejores frutos. En cambio, tengo la certeza, y no soy el único, de que su trabajo de no ficción, ensayos y artículos y reportajes y documentales y polémicas y diagnósticos y crítica (literaria, social, política), habría llegado a ser un monumento literario de mayor envergadura de la que ya tiene, y de la que en este volumen queda cumplida muestra.
Fuera de Inglaterra, a Orwell se le conoce por sus dos grandes novelas y, como es lógico, por Homenaje a Cataluña. Su amigo Cyril Connolly a menudo apremió a Orwell para que abandonara el periodismo y el ensayismo de sesgo político, para que volviera a escribir novelas. Él mismo manifestó alguna vez esa aspiración: al menos, su viuda afirmó que su deseo era retirarse del mundanal ruido y escribir una novela decente al año. Yo no creo que le hubiera sido posible: Orwell, precisamente por defender al individuo contra el Estado y la represión, no podría haberse abstenido de lo colectivo, de su vocación irrenunciable de ciudadano activo en la polis. Connolly, que fue además editor de no pocos ensayos de Orwell (los publicados en Horizon, la revista que dirigía), y que es también el causante de que Orwell comenzara “Ay, qué alegrías aquellas”, un texto autobiográfico señero y controvertido –ambos estudiaron juntos de adolescentes, y Connolly le propuso que pusiera por escrito sus recuerdos cuando él hizo lo propio en la tercera parte de Enemigos de la promesa (1938)–, pertenece al tipo de intelectual inglés que representa el divorcio de la sensibilidad política y literaria, que precisamente la vida y la obra de Orwell contradicen de plano, a conciencia. Es un divorcio contra el que Orwell clama a menudo, y está en la raíz del ataque contundente y efectivísimo que lanza contra W. H. Auden en “En el vientre de la ballena”.
En este sentido, es notable, por ejemplo, la atención que Orwell presta a la cultura popular: sabe que es la más difundida, y por tanto la que más influye, y por tanto muy digna de atención. Su lectura –es de hecho lo que más destaca en este Orwell: su afición a la lectura y su perspicacia lectora– de los semanarios juveniles, de las novelas de quiosco o pulp fiction, si se quiere, da lugar a una serie de estudios pioneros de sociología de la literatura, de análisis claros y directos de asuntos ante los que suele escurrir el bulto la crítica oficial.
“En el vientre de la ballena” es un ensayo en el que elogia el arte de Henry Miller, cuyo cinismo y postura apolítica le asqueaban de un modo que, en su eficacia y coherencia, debiera sentar una pauta a la hora de escribir sobre un autor tan prometedor, enemigo o no de lo que fuera. Igual procede al distinguir la excelencia artística de Eliot y Kipling, sin dejar de denunciar la deshumanización y el pesimismo desolador de sus planteamientos políticos. Hace falta estar hecho de una pasta muy especial para dar un premio a Pound y condenar sin paliativos la persona del gran poeta, a quien tacha –a él, no a sus poemas–, con razón demostrada, de antisemita, criminal de guerra y racista repugnante.
Es sabido que Auden encabezó un grupo de escritores comprometidos y que escribió, además de sus impresionantes “Sonetos de China”, un poema titulado “España, 1937”, que se publicó en forma de panfleto. Las ganancias por las ventas del mismo se destinaron a la Ayuda Médica a la República española. Es dudoso que el poema cambiase la visión que se pudiera tener sobre el conflicto español, o que desempeñase ningún papel en la decisión de que alguien se alistara en la lucha contra Franco, pero sí es indicativo de que la poesía puede hacer que sucedan algunas cosas. Sin embargo, a juicio de Orwell, cuando Auden decide meterse en harina, como tantos otros, se le va la mano en el entusiasmo, y lo hace con una pretensión exagerada. Para Orwell, la cordura y la sensibilidad quedan para el arte: la ira y la autenticidad, para la política. A raíz de la crítica que Orwell le hizo en este ensayo –que es un prodigio de recorrido intelectual: analiza el impacto causado por la publicación de Trópico de Cáncer y otras obras de Henry Miller, y parece que va a ser un aplauso de la renovación debida a este escritor norteamericano, cuando la intención real de Orwell es desmenuzar el panorama de la literatura de los años treinta y poner los puntos sobre todas las íes en el confuso terreno en que se entrecruzan literatura y política–, Auden no sólo se avino a modificar una de las estrofas del poema, sino que terminó por desautorizar la inclusión del mismo en sus obras completas. La conciencia gélida de su generación instiló en el poeta la certeza de que hay asuntos de tal calado que la más mínima frivolidad es un delito casi más grave que la comisión del asesinato al que se refiere. Si un texto como “En el vientre de la ballena” surtió entre otros ese efecto, Orwell vuelve a demostrar que lo escrito tiene incidencia en la realidad. En eso es igual que el poema de Auden, aunque la incidencia y refracción de ambos rayos de luz sean distintos en el cristal de lo palpable. Por consiguiente, si Orwell es todavía un modelo, es más necesario que nunca. La emulación no es fácil. De hecho, no siempre ha sido un modelo afortunado: hace falta ser un Orwell para salir con bien del envite. Hace falta haber leído lo que Orwell leyó y de la manera en que lo hizo: en algún sitio dice que tiene novecientos libros, pero parece haber leído ocho o nueve veces esa cifra. Hace falta haber vivido una serie de experiencias de primera mano y con los ojos bien abiertos, y hace falta no tener pelos en la lengua para decir las cosas alto y claro. En los textos de este volumen encontrará el lector al otro Orwell: al ensayista, al polemista militante, y aún detrás, al lector. No en vano un escritor aprende a escribir sobre todo leyendo... incluso a escritores que están en sus antípodas, caso de Kipling y Eliot, de Wilde, o de la cultura popular en muy variadas manifestaciones, como son las revistas juveniles y tebeos de la época.
Sobre “Ay, qué alegrías aquellas”, un texto en el que Orwell rehace el camino recorrido –no es el único texto autobiográfico de Orwell: tenía una rara habilidad para referirse a su historia personal como ilustración de no pocas cuestiones en apariencia no relacionadas con su vida– y retorna a su infancia y adolescencia, creo que no está de más una última observación. No es una prefiguración de 1984. Éste es un error grave en el que ha caído buena parte de la crítica, empezando por quienes no quisieron que se publicase ni siquiera póstumamente, pues es sangrante con el sistema educativo británico. Pero es un texto terminado días antes de que comenzara la redacción de su última novela, y si se tiene en cuenta el parentesco ambiental y perceptivo (y la similitud de ciertos hábitos muy afines al síndrome de Estocolmo que cultivan a su pesar el niño en un internado y el hombre inmerso en una sociedad aberrantemente totalitaria), todo indica que entre esa sección transversal de sus recuerdos de infancia y la novela futurista existe una ligazón innegable. Tan opresivos eran aquellos internados asfixiantes como lo sería el tósigo constante del campo de concentración global en que se convierte la sociedad humana con el sistema totalitario contra el que Orwell, por medio de Winston Smith y de Julia, la chica del departamento de ficciones, y por medio de sus muy numerosos y magníficos ensayos, ha hecho tal vez más que nadie para precavernos, curándonos en salud.
Y es sin embargo Auden, honesto a la hora de desechar por deshonesto un poema suyo –“España, 1937”, además de otro poema de ocasión, “1 de septiembre de 1939”, por opinar que “estaban ambos infectados de una deshonestidad incurable”– cuando preparaba la edición de sus poesías completas, quien mejor nos da la pista para entender qué es lo que estaba haciendo Orwell cuando escribía. Auden tiene un poema que se titula “La ley oculta”, y que no he encontrado traducido al castellano, de modo que lo voy a parafrasear, porque la traducción de poesía es un delito que debiera estar tipificado en el Código Penal (no lo digo yo: se lo he oído decir a Ángel Martín Municio, de la Real Academia de la Lengua Española). Viene que decir que “la ley oculta no niega / nuestras leyes de la probabilidad, / aunque toma el átomo y la estrella / y el ser humano tal cual son, / y no responde si mentimos. // Ésa es la única razón por la cual / ningún gobierno la puede codificar / y las definiciones legales trastocan / la ley oculta. // Con paciencia infinita no / nos impedirá nada si queremos morir: / si de ella huimos en un coche / si la olvidamos en un bar, / así somos castigados / por la ley oculta”.
Nada hay tan engañoso como esos escritores soi-disant fieles que sólo se dedican a decir a los cuatro vientos lo que han visto. Orwell ha sabido contarnos lo que está en todo momento por debajo de lo que cualquiera debería ver, la ley oculta que rige lo que está aconteciendo, aunque el cuerpo y el espíritu y la sociedad misma hagan todo lo posible para que no lo percibamos.
Miguel Martínez-Lage, septiembre de 2006
Recuerdos de un librero
Cuando trabajaba en una librería de lance –tan fácil de imaginar, cuando no trabaja uno en una de ellas, como una suerte de paraíso donde unos caballeros encantadores hojean eternamente volúmenes en folio encuadernados en piel–, lo que más me llamaba la atención era la escasez de clientes realmente librescos. La librería contaba con unos fondos de un interés excepcional, si bien dudo mucho que siquiera el diez por ciento de nuestros clientes supiera distinguir un buen libro de uno malo. Los esnobs aficionados a las primeras ediciones eran mucho más corrientes que los amantes de la literatura, aunque más corrientes aún eran los estudiantes de origen oriental que regateaban por libros de texto baratos de por sí, y algunas mujeres de mentalidad más bien difusa, que andaban en busca de un regalo de cumpleaños para sus sobrinos. Éstas eran, de largo, las más corrientes de todas.
Muchas de las personas que venían a vernos eran de esas que serían una molestia en cualquier parte, si bien gozan de una oportunidad especial para serlo en una librería. Por ejemplo, la anciana adorable que “busca un libro para un inválido” (petición de lo más corriente), y la otra anciana adorable que leyó un libro maravilloso en 1897 y se pregunta de repente si podrá uno localizarle un ejemplar. Por desgracia, eso sí, no recuerda ni el título, ni el nombre del autor, ni de qué trataba el libro, aunque sabe a ciencia cierta que llevaba una cubierta de color rojo. Al margen de estas dos, hay otros dos tipos muy conocidos de incordio que asedian toda librería de segunda mano. Una es la persona más bien decrépita, que huele a miga de pan revenida y que acude a diario, e incluso varias veces al día, y que trata de colocarle al librero ejemplares que no valen un comino. La otra es la persona que encarga enormes cantidades de libros que no tiene ni la más remota intención de pagar. En aquella librería no se vendía nada a crédito, aunque sí reservábamos libros, e incluso los encargábamos si era preciso, para personas que habían dicho que pasarían más adelante a recogerlos. Apenas la mitad de las personas que nos encargaban libros volvían alguna vez a la librería. Era algo que al principio me desconcertaba. ¿Por qué motivos lo hacían? Se presentaban allí y encargaban algún libro difícil de encontrar, caro; nos obligaban a prometer una y mil veces que se lo reservaríamos, y acto seguido se desvanecían para nunca más volver. Muchos de ellos, por descontado, eran paranoicos inconfundibles. Hablaban de un modo grandilocuente casi siempre sobre sí mismos, y contaban ingeniosas anécdotas para explicar cómo era posible que hubieran salido a la calle sin dinero en el bolsillo; estoy persuadido de que en muchos casos ellos mismos se creían a pie juntillas su versión. En una ciudad como Londres siempre hay abundantes lunáticos no del todo merecedores de que se les interne en un manicomio, que tienden a gravitar hacia las librerías, porque una librería es uno de los pocos lugares en los que se puede pasar un buen rato sin gastar un penique. Al final, uno termina por reconocer a estos individuos casi a primera vista. Y es que, a pesar de su grandilocuencia, tienen algo apolillado e insensato en su persona. Es muy frecuente que, cuando tratamos con un paranoico evidente, dejemos a un lado los libros que haya pedido y los coloquemos de nuevo en los anaqueles en el mismo instante en que se marcha. Ni uno solo de todos ellos, me di cuenta, intentó jamás llevarse libros sin pagarlos. Les bastaba con encargarlos; les daba, imagino, la ilusión de que estaban gastando dinero de verdad.
Al igual que casi todas las librerías de lance, nos dedicábamos a algunas actividades suplementarias. Por ejemplo, vendíamos máquinas de escribir de segunda mano, y también sellos, sellos usados, quiero decir. Los filatélicos son gente extraña, callada, como los peces; son de todas las edades, pero sólo de género masculino; las mujeres, a lo que se ve, no han logrado captar el peculiar encanto que tiene el engomar unos pedacitos de papel coloreado para pegarlos en un álbum. También vendíamos unos horóscopos a seis peniques compilados, por lo visto, por alguien que, al parecer, había predicho el terremoto de Japón. Venían en sobres sellados. Yo nunca abrí uno, pero los que los compraban a menudo volvían a la librería a decirnos qué “certeros” eran los horóscopos en cuestión. (A buen seguro, cualquier horóscopo parece “certero” si a uno le dice que es sumamente atractivo para el sexo opuesto, y si hace hincapié en que su peor defecto es la generosidad.) Hacíamos un buen negocio con los libros para niños, sobre todo “saldos”. Los libros modernos para niños son algo bastante horrible, en especial cuando uno los ve en masa. Yo personalmente preferiría dar a un niño un ejemplar de Petronio antes que Peter Pan, pero es que hasta el propio Barrie parece viril e íntegro comparado con alguno de sus imitadores posteriores. Por Navidad pasábamos diez días enfebrecidos, de lucha incesante con las tarjetas de felicitación y los calendarios, que son fatigosos de vender, aunque siempre salen a cuenta mientras dura la temporada. En aquel entonces, presenciar el cinismo brutal con que se explota el sentimiento cristiano me resultaba interesante. Los representantes de las imprentas que hacían tarjetas navideñas venían con sus catálogos nada menos que en junio. Hay una frase de sus facturas que se me ha quedado clavada en la memoria. Decía así: “Niño Jesús con conejitos, dos docenas”.
Ahora bien, nuestra principal actividad suplementaria era una biblioteca de préstamo, la habitual biblioteca de “dos peniques, sin depósito previo”, compuesta por quinientos, seiscientos volúmenes a lo sumo. ¡Cómo tenían que gustar aquellas bibliotecas a los ladrones de libros! Tomar prestado un libro en una librería por sólo dos peniques, quitarle la etiqueta y venderlo en otra por un chelín debe de ser el delito más fácil de cometer que existe. No obstante, los libreros por lo común descubren que sale a cuenta dejar que les roben un determinado número de libros (nosotros perdíamos una docena al mes) en vez de espantar a los clientes pidiéndoles una cantidad en depósito.
Nuestra librería se encontraba exactamente en la frontera entre Hampstead y Camden Town. La frecuentaba toda clase de personas, desde aristócratas hasta revisores de autobús. Es probable que los suscriptores de nuestra biblioteca fueran una significativa sección transversal del público lector londinense. Por eso mismo vale la pena reseñar que, de todos los autores de nuestra biblioteca, el más solicitado era ¿quién? ¿Priestley? ¿Hemingway? ¿Walpole? ¿Wodehouse? No: Ethel M. Dell, con Warwick Deeping de segundo y yo diría que Jeffrey Farnol en tercer lugar. Las novelas de Dell, es obvio decirlo, las leen solamente las mujeres, mujeres de toda edad y condición, y no sólo, como cabría suponer, las solteronas melancólicas y las gordas mujeres de los estanqueros. No es verdad que los hombres no lean novelas, pero sí es cierto que hay regiones enteras de la ficción que tienden a evitar. En términos generales, lo que cabría considerar la novela al uso –la novela corriente, la buena novela mala, una novela al estilo de Galsworthy, sólo que aguado, es decir, la norma de la novela inglesa– parece existir sólo para mujeres. Los hombres leen o bien esas novelas que a duras penas se pueden respetar o bien las novelas detectivescas. Pero su consumo de novelas detectivescas es asombroso. Que yo sepa, en un año, uno de nuestros suscriptores leía cuatro o cinco novelas detectivescas por semana además de otras que tomaba en préstamo de otra biblioteca. Lo que más me sorprendía es que nunca leía dos veces el mismo libro. Al parecer, almacenaba para siempre en la memoria el pavoroso cargamento, el torrente de basura (las páginas que leía al año, llegué a calcular, cubrirían una superficie de tres cuartas partes de media hectárea). No reparaba en los títulos ni en los nombres de los autores, aunque sabía decir, meramente al primer vistazo, si “ya había leído” el libro en cuestión.
En una biblioteca de préstamo se ven los verdaderos gustos de las personas, no los fingidos, y una de las cosas que asombra es lo completamente en desuso que están los novelistas ingleses “clásicos”, es decir, cómo han caído en desgracia. No tiene sencillamente el menor sentido poner a Dickens, Thackeray, Jane Austen, Trollope, etc., en la biblioteca habitual de préstamo; nadie se los lleva a casa. Sólo de ver una novela decimonónica, la gente suspira, dice: “¡qué antigualla!”, y pasa de largo. En cambio, es relativamente fácil seguir vendiendo bien a Dickens, como lo es vender a Shakespeare. Dickens es uno de esos autores a los que la gente siempre “se propone” leer y, al igual que la Biblia, se le lee mucho en ejemplares de segunda mano. Todo el mundo sabe de oídas que Bill Sikes era un ladronzuelo, que Micawber era calvo, tal como saben de oídas que a Moisés lo encontraron en el río en una cesta de mimbre, y que le vio “el trasero” al Señor. Otra cosa muy notable es la creciente impopularidad de los libros norteamericanos. Y otra más –con esto, los editores se suben por las paredes cada dos o tres años– es la impopularidad del relato breve. La clase de persona que pide al librero que le escoja un libro casi siempre empieza diciendo: “cualquier cosa, menos relatos breves”. O incluso dicen “no quiero historias cortas”, como decía un alemán que era cliente nuestro. Si se les pregunta por qué, a veces aducen que es demasiado cansino acostumbrarse a los personajes con cada nuevo relato; prefieren “entrar” en una novela que ya no les exija pensar una vez pasado el primer capítulo. Sin embargo, creo que son los escritores quienes tienen más culpa en esto que los lectores. La mayoría de los relatos breves modernos, tanto ingleses como norteamericanos, son absolutamente inertes, carentes de vida, en mayor medida que las novelas. Los relatos breves que cuentan algo tienen aún popularidad de sobra, como es el caso de D. H. Lawrence, cuyos relatos son tan populares como sus novelas.
¿Me gustaría ser librero de oficio? En conjunto, a pesar de la amabilidad de mi jefe, a pesar de algunos días felices que pasé en la librería, debo decir que no.
Con una buena posición en el mercado y un capital idóneo, cualquier persona culta podrá ganarse la vida con modestia y seguridad montando una librería. A menos que uno se dedique a los libros “raros”, no es un oficio difícil de aprender, y se empieza con una gran ventaja si se conoce algo sobre las interioridades de los libros. (No es el caso de la mayoría de los libreros. Uno se hace a la idea de por dónde andan si echa un vistazo a las revistas del gremio, donde anuncian sus objetos de deseo. Si no vemos un anuncio en busca de un ejemplar de Decadencia y caída, de Boswell, es casi seguro que habremos de encontrar uno que anuncie el deseo de conseguir un ejemplar de El molino junto al Floss, de T. S. Eliot [sic].) Además, se trata de un oficio muy humano, que no se presta a una vulgarización más allá de un punto determinado. Los grandes grupos no podrán asfixiar al pequeño librero independiente hasta arrebatarle la existencia, tal como han hecho ya con el tendero de ultramarinos y el lechero. Ahora bien, la jornada laboral es larga, muy larga –yo sólo fui empleado a tiempo parcial, pero mi jefe dedicaba setenta horas a la semana a trabajar en la librería, sin contar las constantes expediciones, fuera del horario comercial, para comprar lotes de libros–, y se lleva una vida nada sana. Por norma, una librería es horriblemente fría en invierno, porque si hace un cierto calor las ventanas se empañan, y un librero depende de sus ventanas y escaparates. Y los libros desprenden más polvo, y más desagradable, que cualquier otra clase de objeto inventado hasta la fecha, y la parte superior de un libro es el lugar en el que prefiere morir todo moscardón que se precie.
Sin embargo, la verdadera razón de que no me guste el oficio de librero, al menos de por vida, es que mientras me dediqué a él perdí todo mi amor por los libros. Un librero tiene que mentir como un bellaco cuando habla de libros, lo cual le produce un evidente desagrado. Aun peor es el hecho de estar constantemente quitándoles el polvo y moviéndolos de acá para allá. Hubo una época en la que realmente amé los libros; amaba verlos, olerlos, tocarlos, en especial si se trataba de libros con cincuenta años de antigüedad, o incluso más. Nada me agradaba tanto como comprar un lote entero por un chelín en una subasta rural. Tienen un sabor peculiar los libros baqueteados e inesperados que uno se encuentra en esa clase de colecciones: poetas menores del siglo xviii, gacetilleros pasados de moda, volúmenes sueltos de novelas olvidadas, números encuadernados de revistas femeninas, por ejemplo, de la década de 1860 Para leer como si tal cosa –por ejemplo, en el baño, o entrada la noche, cuando uno está demasiado fatigado para irse a la cama, o en ese cuarto de hora antes de almorzar–, no hay nada como hojear un número atrasado del Girl’s Own Paper. Sin embargo, tan pronto comencé a trabajar en la librería dejé de comprar libros. Vistos en masa, cinco mil, diez mil de golpe, los libros se me antojaban aburridos e incluso nauseabundos. Hoy en día hago alguna que otra adquisición ocasional, aunque sólo si se trata de un libro que deseo leer y que no puedo pedir prestado. Nunca compro morralla. El olor dulzón del papel deteriorado ha dejado de resultarme atractivo. Lo relaciono muy estrechamente con los clientes paranoicos y los moscardones muertos.
Fortnightly, noviembre de 1936
En defensa de la novela
A estas alturas, apenas será necesario señalar que el prestigio de la novela está completamente por los suelos, a tal extremo que la observación de que “nunca leo novelas”, palabras que hace una docena de años se pronunciaban por lo común con un deje de disculpa, ahora se proclama siempre con un tono de suficiencia manifiesta. Es cierto que todavía quedan en activo unos cuantos novelistas contemporáneos, o aproximadamente contemporáneos, a los que la intelectualidad considera permisible leer, pero lo que cuenta es que de la buena novela mala al uso suele hacerse caso omiso, mientras que los buenos libros malos al uso, sean de poesía o de crítica, aún se suelen tomar en serio. Esto significa que, si uno escribe novelas, automáticamente dispone de un público menos inteligente del que dispondría si hubiera elegido otro género. Son dos las razones, bastante obvias por otra parte, por las que esto en la actualidad imposibilita que se escriban novelas buenas. A día de hoy, la novela se deteriora a ojos vista, y se deterioraría mucho más deprisa si la mayoría de los novelistas tuvieran una cierta idea de quiénes leen sus libros. Es fácil sostener, cómo no (véase, por ejemplo, el extrañísimo y rencoroso ensayo de Belloc), que la novela es un género artístico despreciable y que su destino no tiene la menor importancia. Dudo que valga la pena poner siquiera en tela de juicio esa opinión. Sea como fuere, doy por sentado que vale la pena con creces salvar la novela, y que con la finalidad de salvarla es preciso persuadir a las personas inteligentes de que se la tomen con la debida seriedad. Es por consiguiente útil analizar una de las múltiples causas –a mi juicio, la causa principal– de este desprestigio que vive hoy la novela.
El problema está en que a la novela se la condena a gritos a no existir. Pregúntese a cualquier persona con dos dedos de frente por qué “nunca lee novelas”, y por lo común se descubrirá que, en el fondo, se debe a las nauseabundas paparruchas promocionales que se escriben en las cubiertas y contracubiertas. No hace falta poner demasiados ejemplos; baste tomar una muestra del Sunday Times de la semana pasada: “Si usted es capaz de leer este libro sin dar alaridos de placer, es que su alma está muerta”. Eso mismo, o algo muy parecido, es lo que ahora se escribe acerca de todas y cada una de las novelas que se publican, como bien se puede comprobar mediante un estudio de las citas que llevan en cubierta o en contracubierta. Para todo el que se tome en serio lo que dice el Sunday Times, la vida debe de ser una larguísima y muy dura lucha para estar al día. Las novelas nos caen encima al ritmo de unas quince cada día, y cada una de ellas es una inolvidable obra maestra: perdérnosla es poner en peligro nuestra alma. Así que decidirse por un libro en la biblioteca se vuelve muy difícil, y uno se sentirá muy culpable si no le hace dar alaridos de placer. En realidad, a nadie que importe se le engaña con esta clase de bobadas, y el desprestigio en que ha caído la reseña de novelas se extiende a las novelas mismas. Cuando todas las novelas que se publican son presentadas como obras geniales, es más que natural dar por sentado que todas ellas son paparruchas. Dentro de la intelectualidad literaria, esta suposición se da por sentada. Reconocer que a uno le gustan las novelas es hoy en día casi lo mismo que reconocer que a uno le encanta el helado de coco o que prefiere leer a Rupert Brooke antes que a Gerald Manley Hopkins.
Todo esto es obvio. No me parece tan obvio, en cambio, el modo en que ha surgido la situación en que nos encontramos. El robo a mano armada que suponen los libros es sencillamente una estafa de lo más cínica. Z escribe un libro que publica Y, y que reseña X en el Semanario W. Si la reseña es negativa, Y retirará el anuncio que ha incluido, por lo cual X tiene que calificar la novela de “obra maestra inolvidable” si no quiere que lo despidan. En esencia, ésta es la situación, y la reseña de novelas, o la crítica de novelas, si se quiere, se ha hundido a la profundidad a la que hoy se encuentra sobre todo porque los críticos sin excepción tienen a un editor o a varios apretándoles las tuercas por persona interpuesta. Ahora bien, la cosa no es tan tosca como parece. Las diversas partes implicadas en la estafa no actúan conscientemente al unísono, y se han visto obligadas a participar de la situación actual en parte en contra de su voluntad.
Para empezar, no se debe asumir, como se hace a menudo (véanse por ejemplo, las columnas de Beachcomber,1 passim), que el novelista disfrute e incluso sea en cierto modo responsable de las críticas que reciben sus novelas. A nadie le gusta que le digan que ha escrito un relato de pasión palpitante que está llamado a perdurar tanto como perdure la lengua inglesa, aun cuando, ciertamente, sea una decepción que no se lo digan, ya que a todos los novelistas se les dice lo mismo, y verse privado de tales alabanzas posiblemente signifique que sus libros no se vendan nada bien. El reseñista que trabaja a destajo es de hecho una suerte de necesidad comercial, como lo es la cita incluida en la sobrecubierta del libro, de la cual termina por ser una mera prolongación. Pero ni siquiera el desdichado destajista de las reseñas ha de cargar con la culpa por las tonterías que escribe. En sus circunstancias particulares, es imposible que escriba ninguna otra cosa. Y es que aun cuando no mediara la cuestión del soborno, directo o indirecto, sería imposible que hubiera buena crítica de novelas, al menos mientras se dé por sentado que toda novela bien merece una reseña.
Un periódico recibe la consabida pila semanal de libros, de los que remite una docena a X, el reseñista a destajo, que tiene esposa e hijos y tiene que ganarse esa guinea, por no hablar de la media corona por volumen que conseguirá vendiendo a un librero de segunda mano sus ejemplares de cortesía. Hay dos razones por las cuales a X le resulta totalmente imposible decir la verdad acerca del libro que recibe. Para empezar, lo más probable es que once de cada doce libros no consigan prender en él ni la más mínima chispa de interés. No serán más que consabidamente malos, meramente neutros, inertes, sin demasiado sentido. Si no se le pagase por hacerlo, jamás leería ni un solo párrafo de esos libros, y prácticamente en todos los casos la única reseña verdadera y fiel a la realidad que podría escribir sería más bien ésta: “Este libro no me inspira pensamientos de ninguna clase”. ¿Le pagaría alguien por escribir una cosa así? Obviamente, no. De entrada, por lo tanto, X se encuentra en la falsa posición de tener que producir, digamos, trescientas palabras acerca de un libro que para él no ha significado nada. Por lo común, lo hace mediante un breve resumen de la trama (lo cual, a la sazón, ante el autor le delata: pone de manifiesto que no ha leído el libro) y unos cuantos halagos de cortesía, que a pesar de su empalago o exageración tienen el mismo valor que la sonrisa de una prostituta.
Pero hay un mal mucho peor que éste. De X se espera no sólo que diga de qué trata un libro, sino también que pronuncie su opinión y dictamine si es bueno o malo. Dado que X puede sostener una pluma con la mano, probablemente no es tonto, o no tanto como para imaginar que La ninfa constante2 sea la tragedia más sensacional que jamás se haya escrito. Muy probablemente, su novelista preferido, si es que las novelas le importan, sea Stendhal, o Dickens, o Jane Austen, o D. H. Lawrence, o Dostoievski, o, en cualquier caso, alguien inconmensurablemente mejor que cualquiera de los novelistas contemporáneos del montón. Tiene que empezar, de entrada, por rebajar de un modo abismal sus propios criterios. Como ya he señalado en otra parte, aplicar un criterio decente a las novelas ordinarias, del montón, es como ponerse a pesar una mosca en una báscula de muelles preparada para pesar elefantes. En semejante báscula, sencillamente no se registra el peso de las moscas; hay que empezar por construir otra báscula que sirva para poner de relieve que existen moscas grandes y moscas chicas. Y esto es aproximadamente lo que hace X. De nada sirve decir monótonamente, un libro tras otro, “este libro es una paparrucha”, porque, una vez más, nadie pagará nada por escribir una cosa así. X tiene que descubrir algo que no sea una paparrucha, y tiene que descubrirlo con una frecuencia relativamente alta, o arriesgarse al despido. Esto significa rebajar sus criterios a una profundidad a la que, digamos, El vuelo de un águila, de Ethel M. Dell, pase por ser un libro bastante bueno. Pero en una escala de valores en la que El vuelo de un águila pasa por ser un libro bastante bueno, La ninfa constante será un libro soberbio, y El propietario…3 ¿qué será? Un relato de pasión palpitante, una obra maestra sensacional, capaz de estremecer el alma misma del lector, una épica inolvidable, llamada a perdurar tanto como perdure la lengua inglesa, etcétera. (En cuanto a cualquier libro verdaderamente bueno, haría reventar el termómetro.) Tras comenzar por la suposición de que todas las novelas son buenas, el reseñista se ve impelido a seguir subiendo por una escalera de adjetivos a la que se le acaban pronto los peldaños. Y sic itur ad Gould.4 Se ve a un reseñista tras otro, todos por el mismo camino. En menos de dos años desde que empezó, con intenciones en cualquier caso moderadas, proclama entre histéricos chillidos que Crimson Night [Noche carmesí], de Barbara Bedworthy,5 es la obra maestra más sensacional, incisiva, conmovedora, inolvidable de cuantas han sido en la tierra terrenal, etc., etc., etc. No hay salida de semejante laberinto cuando uno ha cometido el pecado inicial de fingir que un libro malo es bueno. Pero tampoco es posible ganarse la vida reseñando novelas sin cometer ese pecado. Entretanto, cualquier lector inteligente se da la vuelta y se larga, asqueado, y despreciar las novelas pasa a ser una suerte de deber irrenunciable entre los entendidos. De ahí ese extraño hecho de que sea posible que una novela de verdadero mérito pase sin pena ni gloria, meramente porque se haya alabado en los mismos términos que cualquier paparrucha.
Son diversas las personas que han sugerido que sería mejor para todos si no se hicieran reseñas de novelas. De ninguna clase. Es posible, pero la sugerencia es inservible, puesto que eso es algo que no va a suceder. Ningún periódico que dependa en mayor o menor grado de los anuncios de los editores puede permitirse el lujo de prescindir de las reseñas, y aunque los editores más inteligentes probablemente se hayan percatado de que no estarían mucho peor si la redacción de textos promocionales para cubiertas y contracubiertas estuviera abolida por ley, no pueden ponerle fin por la misma razón por la que no es posible un desarme completo de las naciones: porque nadie quiere ser el primero en empezar tal proceso. Así pues, durante mucho tiempo seguirán haciéndose y publicándose textos promocionales y reseñas muy similares, y seguirán yendo a peor: el único remedio consiste en ingeniar algún modo de que no se les preste atención y no se les tenga el menor respeto. Pero esto sólo puede suceder si en alguna parte se hiciera una crítica decente de novelas que sirviera como punto de comparación para todas las reseñas de medio pelo. Dicho de otro modo, existe la necesidad de un periódico (uno solo sería suficiente para empezar) que se especialice en la crítica de novelas, pero que se niegue a publicar paparruchas de ninguna clase, es decir, un periódico en el que los críticos, o reseñistas, lo sean de verdad, en vez de ser meros muñecos de ventrílocuo que baten la mandíbula cuando el editor tira de los hilos correspondientes.
Se podría aducir que esos periódicos ya existen. Hay unas cuantas revistas cultas, por ejemplo, en las que la crítica de novelas, o lo que de ella se publique, es inteligente y no se pliega a sobornos. Así es, pero lo que cuenta es que las publicaciones de esa clase no se especializan en la crítica de novelas, y desde luego no intentan siquiera mantenerse al corriente de la actual producción de obras de ficción. Pertenecen al mundo de la alta cultura, el mundo en el que ya se da por sentado que las novelas, en cuanto tales, son despreciables. Pero la novela es una forma artística popular, y de nada sirve abordarla con los presupuestos del Criterion, o del Scrutiny, según los cuales la literatura es un juego de puro amiguismo y compadreo (con guante de terciopelo o con garras afiladas, según sea el caso) entre camarillas cultas diversas. El novelista es ante todo un narrador, y un hombre puede ser un muy buen narrador (véanse, por ejemplo, Trollope, Charles Reade, Somerset Maugham) sin ser estrictamente un “intelectual”. Se publican cada año cinco mil nuevas novelas, y Ralph Strauss6 nos implora que las leamos todas, o lo haría desde luego si tuviera que reseñarlas todas. El Criterion quizá se digna tener en cuenta una docena. Pero entre una docena y cinco mil puede haber un centenar, o doscientas, o tal vez quinientas, que a distintos niveles posean un mérito genuino, y es en ellas en las que cualquier crítico al que le importe la novela debería concentrarse.
Ahora bien, la primera necesidad es un método de gradación. Hay un sinfín de novelas que jamás tendrían siquiera que mencionarse; imagínense, por ejemplo, los efectos perniciosísimos que sobre la crítica tendría el reseñar solemnemente cada novela por entregas que se publica en Peg’s Paper. Pero es que incluso las que vale la pena mencionar pertenecen a categorías muy distintas. Raffles es un buen libro, y también lo son La isla del doctor Moreau, y La cartuja de Parma, y Macbeth, pero son “buenos” a niveles muy distintos. Del mismo modo, Si llega el invierno y El bienamado y Un socialista asocial y Sir Lancelot Greaves son libros malos, pero a niveles distintos de “maldad”.7 Ésta es la realidad que el destajista de la reseña se ha especializado en difuminar del todo. Tendría que ser viable idear un sistema, tal vez un sistema muy rígido, que clasificase las novelas por clases A, B, C, etcétera, de modo que si un reseñista alaba o desdeña una novela, uno al menos sepa en qué medida pretende que se le tome en serio. En cuanto a los reseñistas, tendrían que ser personas a las que de veras les importase el arte de la novela (y eso probablemente significa no que sean de la alta cultura, ni de la baja cultura, ni de la cultura media, sino de cultura elástica), personas interesadas en la técnica narrativa y aún más interesadas en descubrir de qué trata un libro. Son muy numerosas las personas de tales características; algunos de los peores reseñistas, aunque ahora no tengan remedio, empezaron siendo así, como bien se ve echando un vistazo a sus primeros trabajos. Por cierto, sería buena cosa si los aficionados hicieran más reseñas de novelas. Un hombre que no es un escritor hecho y derecho, sino que simplemente ha leído un libro que le ha impresionado hondamente, tiene más posibilidades de contarnos de qué trata que un profesional competente, pero sumamente aburrido. Por eso las reseñas norteamericanas, a pesar de sus estupideces, son mejores que las inglesas: son más de aficionados, es decir, más serias.
Creo que, del modo en que he indicado, el prestigio de la novela podría recuperarse. La mayor de las necesidades sigue siendo la de un periódico o una revista que se mantenga al tanto de la ficción actual y que sin embargo se niegue a rebajar sus criterios. Tendría que ser un periódico poco conocido, pues los editores no se anunciarían en él; por otra parte, cuando hubieran descubierto que en un medio como ése hay elogios que son elogios de verdad, estarían más que dispuestos a citarlo en sus textos promocionales. Aun cuando fuera un periódico muy poco conocido, probablemente provocaría una mejora del nivel general de las reseñas, pues las paparruchas de los dominicales sólo se siguen publicando porque no hay con qué contrastarlas. Pero aun si los reseñistas siguieran exactamente igual que hasta ahora, no importaría tanto, al menos mientras también existiera una manera decente de reseñar y de recordar a unas cuantas personas que los cerebros más serios todavía pueden ocuparse de la novela. Así como el Señor prometió que no destruiría Sodoma si se pudiera encontrar en la ciudad a diez hombres de probada rectitud, la novela no será completamente despreciada mientras se sepa que en algún lugar hay siquiera un puñado de reseñistas que se han quitado el pelo de la dehesa.
En la actualidad, si a uno le importan las novelas, y todavía más si se dedica a escribirlas, el panorama es sumamente deprimente. La palabra “novela” suscita las palabras “genialidad”, “contracubierta” y “Ralph Strauss” de un modo tan automático como “pollo” suscita “asado”. Las personas inteligentes rehuyen las novelas de un modo casi instintivo; a resultas de ello, los novelistas establecidos se vienen abajo, y los principiantes que “tienen algo que decir” se pasan de manera preferente a cualquier otro género. La degradación subsiguiente es obvia. Mírense, por ejemplo, las noveluchas de cuatro peniques que se ven apiladas en el mostrador de cualquier papelería de barrio. Ésa es la descendencia decadente de la novela, que guarda con Manon Lescaut y con David Copperfield la misma relación que el perrillo faldero guarda con el lobo. Es harto probable que antes de que pase mucho tiempo la novela media no se distinga demasiado de esas noveluchas, aunque sin duda siga publicándose con una encuadernación de a siete y a seis peniques, con grandes fanfarrias por parte de los editores. Varias personas han profetizado que la novela está condenada a desaparecer en el futuro próximo. Yo no creo que llegue a desaparecer, por razones que sería largo detallar pero que son bastante evidentes. Es mucho más probable que, si los mejores cerebros de la literatura no se dejan inducir a regresar a ella, sobreviva de una manera superficial, despreciada, sin esperanza, en una forma degenerada, como lápidas modernas o espectáculos de polichinela.
New English Weekly, 12 y 19 de noviembre de 1936
Semanarios juveniles
Nunca se puede adentrar uno lo suficiente por un barrio empobrecido de cualquier gran ciudad sin toparse con una pequeña papelería o quiosco. La apariencia en general de estas tiendecitas es casi siempre la misma: fuera, unos cuantos carteles anuncian el Daily Mail y el News of the World; hay un escaparate cochambroso, con refrescos y paquetes de Players, y el interior es oscuro, huele a regaliz y a golosinas, y está festoneado del suelo al techo con semanarios de una pésima calidad de impresión que se venden a dos peniques, la mayor parte con chillonas ilustraciones de cubierta a tres tintas.
Con la excepción de los diarios matinales y vespertinos, las existencias de género en estas tiendas casi nunca se solapan con las de los grandes quioscos. Su principal línea de venta es la de los semanarios a dos peniques, que presentan una cantidad y una variedad punto menos que increíble. Todas las aficiones y pasatiempos –pájaros enjaulados, calado y marquetería, carpintería, apicultura, palomas mensajeras, filatelia, ajedrez– cuentan al menos con un semanario dedicado a sus asuntos, pero es corriente que haya varios. La jardinería, la ganadería, la horticultura y los animales domésticos cuentan al menos con una veintena de revistas. Luego están los periódicos deportivos, los periódicos con la programación de la radio, los tebeos infantiles, los periódicos de cotilleos como Tit-Bits, la amplia gama de revistas y periódicos dedicados al cine, que explotan en mayor o menor medida las piernas de las mujeres, las diversas revistas gremiales, las revistas con novelas para mujeres (Oracle, Secrets, Peg’s Paper, etc., etcétera), las revistas de ganchillo y punto de cruz –son tan numerosas que ocuparían por sí solas todo el escaparate–, y la muy larga serie de “revistas americanas” (Fight Stories, Action Stories, Western Short Stories, etcétera), que se importan en pésimas condiciones de los Estados Unidos y se venden a dos o tres peniques a lo sumo. Y los periódicos propiamente dichos imprimen también novelitas a cuatro peniques: las novelas de Aldine Boxing, la Biblioteca de Amigos del Muchacho, la Biblioteca de las Niñas y muchas más.
Es probable que toco lo que contienen estas tiendas de barrio sea el mejor indicio de que disponemos acerca de lo que siente y piensa la gran masa de la población inglesa. Desde luego, no existe nada ni la mitad de revelador en forma de documento. Las novelas que más se venden, por ejemplo, dicen mucho, pero es que la novela está destinada de manera casi exclusiva a un público que se encuentra por encima del nivel salarial de las cuatro libras por semana. Las películas son probablemente una guía mucho menos fidedigna sobre el gusto popular, porque la industria cinematográfica es prácticamente un monopolio, lo cual implica que no se vea en la obligación de estudiar atentamente a su público. Lo mismo cabe decir en cierta medida de los periódicos diarios y de la mayor parte de la radio. No es éste el caso de los semanarios de circulación bastante reducida y temática especializada. Periódicos como Exchange and Mart [Cambio y mercado], por ejemplo, o Cage-birds [Aves enjauladas], o el Oracle, el Prediction o el Matrimonial Times, existen única y exclusivamente porque hay una demanda de ellos, y por eso reflejan la mentalidad de sus lectores de una manera que un gran diario de circulación nacional, con millones de lectores, no podría reflejar.
Aquí tan sólo me ocuparé de una serie de periódicos, los semanarios juveniles de dos peniques, a menudo descritos, bien que con gran inexactitud, como “tostones de a penique”. Estrictamente dentro de esta clase figuran al menos diez publicaciones: Gem, Magnet, Modern Boy, Triumph y Champion, de las que es propietaria la firma Amalgamated Press, y Wizard, Rover, Skipper, Hotspur y Adventure, que pertenecen a D. C. Thomson & Co. Desconozco qué circulación alcanzan estas publicaciones. Los directores y propietarios se niegan a dar ninguna cifra. En cualquier caso, la circulación de una publicación que imprime relatos serializados a la fuerza ha de tener grandes fluctuaciones. De todos modos, no cabe duda de que el público en total de estas diez publicaciones es muy nutrido. Se hallan a la venta en todas las localidades de Inglaterra, y prácticamente cualquier muchacho con afición a la lectura pasa por una fase en la cual lee uno o varios semanarios de esta índole. Gem y Magnet, de largo los más antiguos, son de un tipo que se diferencia bastante de los demás, y es evidente que han perdido parte de su popularidad en los últimos años. Buen número de muchachos los consideran anticuados y “lentos”. No obstante, de ellos quiero ocuparme en primer lugar, porque psicológicamente son más interesantes que los demás, y también porque la mera pervivencia de estas publicaciones hasta la década de 1930 es un fenómeno cuando menos asombroso.
Gem y Magnet son publicaciones hermanas (los personajes de una a menudo aparecen en la otra), y las dos echaron a andar hace más de treinta años. En aquel entonces, junto con Chums y la vieja B[oy’s] O[wn] P[aper], eran las principales publicaciones para chicos, y siguieron conservando esa posición dominante hasta hace muy poco. Cada una de ellas contiene un relato de tema colegial de unas quince o veinte mil palabras a la semana, completo en sí mismo, aunque por lo común suele estar conectado en mayor o menor grado con el relato de la semana anterior. Gem, además del relato, trae una entrega de un folletín de aventuras. Por lo demás, las dos son tan similares que se les puede dar el mismo tratamiento, aun cuando Magnet haya sido la más conocida de las dos, seguramente porque posee un personaje realmente de primera clase, el rechoncho Billy Bunter.
Los relatos tratan sobre lo que pasa por ser la vida en los colegios privados, colegios (Greyfriars, en Magnet; St Jim, en Gem) que se representan como antiquísimas fundaciones muy de moda, del estilo de Eton o Winchester. Los personajes principales son muchachos de catorce o quince años, de modo que los mayores y los menores aparecen sólo en segmentos muy breves. Al igual que Sexton Blake y Nelson Lee, estos muchachos siguen igual semana tras semana, un año tras otro, sin envejecer jamás. Muy de vez en cuando llega un chico nuevo o desaparece un personaje secundario, pero lo cierto es que el elenco de personajes apenas ha sufrido alteraciones en los últimos veinticinco años. Los principales personajes de ambos semanarios –Bob Cherry, Tom Merry, Harry Wharton, Johnny Bull, Billy Bunter y todos los demás– ya cursaban estudios en Greyfriars o en St Jim mucho antes de que estallase la Gran Guerra, exactamente con la misma edad que tienen hoy, y con aventuras muy similares a las de hoy, además de hablar casi exactamente el mismo idiolecto. No sólo los personajes, sino también el ambiente de Gem y de Magnet se ha preservado sin un solo cambio, en parte mediante una estilización sumamente elaborada. Los relatos de Magnet los firma “Frank Richards”, y los de Gem “Martin Clifford”, aunque una serie con treinta años de duración difícilmente puede ser obra de una misma persona en todas sus entregas semanales.8 Por consiguiente, han de estar escritos en un estilo que sea sumamente fácil de imitar, un estilo extraordinariamente artificioso, muy repetitivo, completamente distinto de todo lo que ahora se hace en la literatura en lengua inglesa. Nos servirán de ilustración un par de extractos. He aquí uno del Magnet:
–Gruñido.
–¡Cállate la bocota, Bunter!
–¡Gruñido!
Callarse la boca no era en realidad algo propio de Billy Bunter. Rara vez se callaba la boca, aunque a menudo se le exigiera callar. En esta ocasión espantosa, el grueso Búho de Greyfriars se sintió menos inclinado que nunca a callarse la boca. ¡Y no se calló! Gruñó y gruñó y gruñó, y no dejó de seguir gruñendo.
Ni siquiera los gruñidos expresaron los sentimientos de Bunter. Sus sentimientos, en realidad, eran inexpresables.
¡Estaban los seis en el ajo! Sólo uno de los seis manifestó su irritación y sus lamentos de manera audible. Pero esa única excepción, William George Bunter, manifestó lo suficiente para cubrir la ausencia de todo el grupo, e incluso de alguno más.
Harry Wharton y compañía formaban un grupo iracundo y preocupado. Estaban empantanados y atascados, atorados, hundidos, acabados. Etc., etc., etc.9
Y uno tomado de Gem:
–¡Ay, mielda!
–Ay, caray.
–¡Aaaaj!
–¡Urrgg!
Arthur Augustus se incorporó aturdido. Sacó el pañuelo y se lo llevó a la nariz, muy perjudicada. Tom Merry se incorporó sin poder siquiera respirar. Se miraron uno al otro.
–¡Por Júpiter! ¡Vaya pirula que nos han hecho, chaval! –barbotó Arthur Augustus–. ¡Me han puesto como un pingajo! ¡Aaaaj! ¡Qué tunantes! ¡Qué rufianes! ¡Qué malditos forasteros!
Etc., etc., etcétera.10
Ambos extractos son totalmente característicos: otros de la misma guisa aparecen absolutamente en todos los capítulos de todos los números de ambas publicaciones, ya sea hoy, ya sea hace veinticinco años. Lo primero que verá cualquiera es la extraordinaria cantidad de tautologías que se amontonan (el primero de los dos pasajes procede de un fragmento de doscientas veinticinco palabras que se podrían comprimir en unas treinta); en apariencia, el texto diseñado de modo que devane la madeja del relato, aunque en realidad desempeña su función en la creación del ambiente. Por idénticas razones, varias expresiones burlescas se repiten hasta la saciedad; “iracundo”, por ejemplo, es una de las más habituales, al igual que “empantanados y atascados, atorados, hundidos, acabados”. “¡Oooogh!”, “¡Grooo!” y “¡Yaroo!” (estilizadas exclamaciones de dolor) son recurrentes, igual que “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!”, que siempre ocupa una línea, de modo que a veces la cuarta parte de una columna consta de “Ja, ja, ja” y nada más. El lenguaje coloquial (“¡Go and cat coke!”, “¡What the thump!”, “¡You frabjous ass!”, etcétera)11 no se ha alterado nunca, de modo que los chicos utilizan a día de hoy un argot que lleva treinta años desfasado. Asimismo, se aplican diversos apodos y motes a la menor ocasión. Cada pocas líneas se nos recuerda que Harry Wharton y compañía son “los cinco de la Fama”, Bunter es siempre “el Búho rechoncho” o “el Búho en la distancia”, Vernon-Smith es siempre “el ancla de Greyfriars”, Gussy (el Honorable Arthur Augustus D’Arcy) es siempre “el orgullo de St Jim”, y así sucesivamente. Hay un esfuerzo constante, incansable, por mantener intacto el ambiente, por cerciorarse de que cada nuevo lector aprenda de inmediato quién es quién. El resultado no ha sido otro que hacer de Greyfriars y St Jim un extraordinario mundillo fuera de este mundo, un mundo que nadie puede tomarse en serio si tiene más de quince años, pero que en cualquier caso no es fácil de olvidar. Mediante un intencional rebajamiento de la técnica de Dickens, se ha forjado una serie de “personajes” estereotipados, en algunos casos con éxito notable. Billy Bunter, por ejemplo, debe de ser una de las figuras más conocidas de la ficción en lengua inglesa; por la mera cantidad de personas que lo conocen se halla a la par de Sexton Blake, Tarzán, Sherlock Holmes y un puñado de personajes dickensianos.
Ni que decir tiene que estos relatos son fantásticamente ajenos a cuanto acontece en un verdadero colegio privado. Forman ciclos de un tipo muy distinto al del curso escolar, aunque en general son relatos divertidos, con una comicidad de sal gruesa, de modo que el interés se centra en las gamberradas, las bromas de gusto dudoso, los aprietos de todo tipo, las peleas, las palizas y azotainas, el fútbol, el críquet, la comida. Uno de los relatos más recurrentes es aquel en que a un chico se le acusa de una travesura que ha cometido otro, habida cuenta de que el primero es demasiado bueno para decir la verdad. Los “buenos” son “buenos” en la tradición limpia del inglés honrado: se entrenan a fondo, se lavan detrás de las orejas, nunca dan un golpe bajo, etc., etc.; por el contrario, hay una serie de chicos “malos”, como Racke, Crooke, Loder y otros, cuya maldad se cifra en que apuestan, fuman cigarrillos y frecuentan las tabernas. Todos ellos se encuentran de continuo al borde de la expulsión, pero como eso supondría un cambio del elenco, nadie es nunca descubierto en la comisión de un delito grave. El robo, por ejemplo, apenas es uno de los motivos temáticos habituales. El sexo es completamente tabú, sobre todo en la modalidad en la que de hecho se manifiesta en los colegios privados. A veces aparecen algunas chicas en los relatos, y muy rara vez hay nada que se acerque ni de lejos a un tibio flirteo, que, si se da, es sólo con el espíritu de la sana diversión. Un chico y una chica, por ejemplo, disfrutan de un paseo en bicicleta: a eso se llega como mucho. Los besos, por ejemplo, estarían considerados una simple muestra de “ternurismo”. Incluso los chicos malos pasan por ser totalmente asexuados. Cuando se lanzaron Gem y Magnet, es probable que existiera una intención sopesada de alejarse por completo del ambiente de culpa, y lastrado de sexo, que impregnaba buena parte de las publicaciones anteriores para chicos. En la década de 1890, el Boys’ Own Paper, por ejemplo, acostumbraba a llenar las columnas de cartas al director con aterradoras advertencias en contra de la masturbación, y libros como St Winifred’s y Tom Brown’s School days apestaban a sentimientos homosexuales, aunque es evidente que sus autores no fueran conscientes de ello. En Gem y Magnet, el sexo lisa y llanamente no existe como problema. La religión es otro tabú; en los treinta años de vida de ambas publicaciones, la palabra “Dios” seguramente sólo aparece en el contexto de “Dios salve al Rey”. Por otra parte, siempre ha existido una línea clara en favor de la templanza. La bebida y, por añadidura, el consumo de tabaco se consideran hechos deshonrosos incluso en un adulto (“turbio” es el adjetivo habitual), aunque al mismo tiempo pasa por ser algo irresistible y fascinante, una suerte de sucedáneo del sexo. En su ambiente moral, Gem y Magnet tienen mucho en común con el ideario del movimiento de los Boy Scouts, que tiene sus orígenes en la misma época.
Toda literatura de esta clase es en parte plagiaria. Sexton Blake, por ejemplo, empezó por ser con toda franqueza una imitación de Sherlock Holmes, y todavía se le parece demasiado: tiene rasgos aguileños, vive en Baker Street, fuma sin cesar y se pone un batín cuando necesita sentarse a pensar. Gem y Magnet probablemente deben algo a los autores de la vieja escuela que estaban en pleno florecimiento cuando las dos revistas iniciaron su andadura, Gunby Hadath, Desmond Coke y los demás, pero es mucho mayor su deuda con los modelos decimonónicos. En la medida en que Greyfriars y St Jim sean auténticos colegios, se parecen mucho más al Rugby de Tom Brown que a cualquier moderno colegio privado. Ninguno de los dos, por ejemplo, tiene un director de estudios; los deportes no son de práctica obligatoria, a los chicos se les permite vestir como quieran. Pero no cabe duda de que el origen fundamental de ambas publicaciones se halla en Stalky & Co. Es un libro que ha sembrado una influencia enorme en la literatura juvenil, uno de esos libros que tienen una suerte de reputación tradicional entre personas que ni siquiera han visto nunca un ejemplar. En más de una ocasión, en los semanarios juveniles, me he encontrado con referencias a Stalky & Co., aunque allí se dijera “Storky”. El nombre del profesor más cómico de Greyfriars, el señor Prout, está tomado de Stalky & Co., al igual que buena parte del argot coloquial que se emplea: “jape”, “merry”, “giddy”, “bizney” (“business”), “frabjous”, “don’t” por “doesn’t”, etc., todos ellos vocablos desfasados cuando comenzaron a publicarse Gem y Magnet.12 Hay también huellas de orígenes anteriores. El propio nombre “Greyfriars” probablemente se haya tomado de Thackeray, y Gosling, el portero del colegio en Magnet, habla en una imitación del dialecto de Dickens.
Con todo esto, el presunto glamour de los colegios privados se pone en juego al máximo de sus posibilidades. Aparece toda la parafernalia al uso: los encierros, el pase de revista, los enfrentamientos entre equipos del colegio, los abusos, los secretarios de clase, las agradables meriendas en torno a la chimenea, etc., etc., y hay constantes referencias a la “vieja escuela”, a las “viejas piedras grises” (ambos colegios se fundaron a comienzos del siglo xvi), al “espíritu de equipo” de los “hombres de Greyfriars”. En cuanto al atractivo de lo esnob, es completamente desvergonzado. En cada uno de los colegios hay un muchacho que tiene título nobiliario, o tal vez dos, cuyos títulos al lector se le arrojan constantemente a la cara; otros muchachos ostentan los apellidos de familias aristocráticas conocidas de sobra, como los Talbot, los Manners, los Lowther. En todo momento se nos recuerda que Gussy es el Honorable Arthur A. D’Arcy, hijo de Lord Eastwood; que Jack Blake habrá de heredar “anchurosos terrenos”; que Hurree Jamset Ram Singh (apodado Inky) es el nabab de Bhanipur o que el padre de Vernon-Smith es un millonario. Hasta hace relativamente poco, las ilustraciones de ambos semanarios siempre representaban a los chicos con una vestimenta que imitaba a la de Eton; en los últimos años, los de Greyfriars han pasado a llevar chaqueta azul cruzada y pantalones de franela, si bien St Jim sigue con la chaqueta de Eton, y Gussy no ha perdido su sombrero de copa. En la revista del colegio, que sale todas las semanas como sección añadida de Magnet, Harry Wharton publica un artículo en el que comenta el dinero de bolsillo que reciben los “compañeros en la distancia”, y revela que algunos reciben nada menos que cinco libras por semana. Se trata de una incitación intencionada y directa a las fantasías de riqueza. Y en este punto vale la pena reseñar, aunque sea un hecho harto curioso, que el relato de temática colegial es algo peculiar y privativo de Inglaterra. En la medida en que alcanzo a saber, hay poquísimos relatos de tema colegial en lenguas extranjeras. La razón, obviamente, estriba en el hecho de que en Inglaterra la educación es ante todo una cuestión de estatus. La línea divisoria más definitiva entre la pequeña burguesía y la clase obrera es que la primera paga por su educación, y dentro de la burguesía existe otro abismo insalvable entre el colegio “privado” y el colegio “público”.13 Salta a la vista que son decenas, por no decir veintenas de miles, las personas para las que cada detalle de la pijería del colegio privado, de la vida que en él se lleva, resulta apasionante a la vez que está cargado de romanticismo. Son personas que se hallan fuera del mundo místico de los cuadrángulos claustrales y de los escudos y colores de cada casa, pero que anhelan todo eso, sueñan con ello, lo viven mentalmente a veces durante muchas horas seguidas. La pregunta, así pues, es ésta: ¿quiénes son esas personas? ¿Quién lee Gem y Magnet?
Obviamente, nunca se puede estar seguro en este tipo de cosas. Lo que sí puedo decir, a partir de mis propias observaciones, es que los chicos que tienen la probabilidad de ir a un colegio privado leen por lo general Gem y Magnet, pero casi siempre dejan de leerlos a los doce años más o menos. Tal vez sigan haciéndolo por la fuerza de la costumbre un año más, pero ya sin tomárselo en serio. Por otra parte, los chicos internos en los colegios privados más baratos, los colegios pensados para las personas que no pueden permitirse un colegio privado, pero que consideran los colegios municipales “una vulgaridad”, siguen leyendo Gem y Magnet durante unos cuantos años más. Hace pocos años fui profesor en dos colegios de este tipo. Descubrí que no sólo prácticamente todos los alumnos leían Gem y Magnet, sino que se los seguían tomando muy en serio entre los quince y los dieciséis años de edad. Aquellos chicos eran hijos de tenderos, oficinistas, pequeños empresarios, profesionales, y es evidentemente esta clase la que tienen por lector ideal tanto Gem como Magnet. Sin embargo, también leen ambos semanarios chicos de la clase obrera. Están por lo común en venta en los barrios más pobres de las grandes ciudades, y sé con certeza que los leen chicos a los que cualquiera consideraría inmunes al glamour del colegio privado. He visto por ejemplo a un joven minero, un chaval que ya había trabajado un año o dos bajo tierra, leyendo con ganas las páginas de Gem. Hace poco ofrecí un montón de periódicos británicos a los legionarios ingleses de la Legión Extranjera francesa en el Norte de África; lo que primero escogieron fue Gem y Magnet. Ambos semanarios tienen también numerosas lectoras,14 y la sección de cartas de los lectores de Gem demuestra que se lee en todos los rincones del Imperio Británico: hay cartas de australianos, canadienses, palestinos, judíos, malayos, árabes, chinos, etc. Los responsables cuentan evidentemente con que sus lectores ronden los catorce años de edad, y la publicidad (chocolate con leche, sellos, pistolas de agua, curas para el sonrojo, trucos de magia casera, polvos para el picor, etcétera) indica más o menos esa misma edad; también están los anuncios del Almirantazgo, que convocan a reclutas de diecisiete a veintidós años. Y no cabe duda de que también los leen los adultos. Es frecuente que quien escribe una carta al director diga que ha leído todos los números de Gem o de Magnet durante los últimos treinta años. He aquí una carta de una señora de Salisbury:
Puedo decir de los espléndidos relatos sobre Harry Wharton y compañía, de Greyfriars, que nunca dejan de alcanzar un altísimo nivel. Son sin duda las mejores historias de este tipo que hay en el mercado, y esto es mucho decir. Parece que nos pusieran cara a cara con la Naturaleza. He leído Magnet desde sus comienzos, y he seguido las aventuras de Harry Wharton y compañía con embeleso e interés. No tengo hijos, pero si dos hijas, y siempre hay enfados por ver quién será la primera en leer el grandioso semanario. Mi marido también era un lector empedernido de Magnet hasta que nos fue repentinamente arrebatado.
Vale la pena hacerse con unos cuantos ejemplares de Gem y de Magnet, sobre todo del primero, y echar un vistazo a la sección de cartas. Lo asombroso de veras es la intensidad y el interés con que se toman los lectores los más mínimos detalles de la vida en Greyfriars y en St Jim. He aquí una muestra de las preguntas que remiten los lectores:
“¿Qué edad tiene Dick Roylance?” “Qué antigüedad tiene St Jim?” “¿Me podría dar una lista de los Shell y de sus estudios?” “¿Cuánto costó el monóculo de D’Arcy?” “¿Cómo es que individuos como Crooke son de la Shell, e individuos decentes como tú estén sólo en cuarto?” “¿Cuáles son los deberes del capitán de cada curso?” “¿Quién es el profesor de química en St Jim?” (de una lectora). “¿Dónde está situado St Jim?” “¿Podría indicarme cómo llegar? Me encantaría ver el edificio. ¿Es impresión mía o son todos los chicos unos falsos?”
Está claro que muchos de los chicos y las chicas que escriben estas cartas viven inmersos en una fantasía absoluta. A veces, un chico escribe, por ejemplo, y da su estatura, su peso, sus medidas de perímetro torácico y de bíceps, y pregunta qué miembro de la Shell o de cuarto curso es el que más se le parece. La petición de una lista de los cursos de estudio de la Shell, con relación exacta de quién integra cada uno, es muy corriente. Los responsables del semanario, como es natural, hacen todo lo posible por mantener la ilusión. En Gem, Jack Blake presuntamente escribe a sus corresponsales; en Magnet se dedican siempre dos páginas a la revista del colegio (el Greyfriars Herald, que edita Harry Wharton), y hay otra página en la que escribe uno u otro de los personajes. Los relatos son cíclicos, con dos o tres de los personajes en primer plano durante varias semanas seguidas. Primero se suceden algunas aventuras disparatadas, con los cinco de la Fama y Billy Bunter; luego, una serie de relatos sobre el tema de la identidad equívoca, con Wibley (el mago) en el papel estelar; viene después una serie de corte más serio, en la que Vernon-Smith parece al borde de la expulsión. Y aquí encontramos el verdadero secreto de Gem y de Magnet, y la probable razón por la cual continúan leyéndose a pesar de estar tan obviamente desfasados.
Se trata de que los personajes están cuidadosamente graduados, de modo que dan a todo tipo de lectores la posibilidad de identificarse con uno u otro. Esto es algo que hacen casi todos los semanarios juveniles, y de ahí el muchacho ayudante (el Tinker de Sexton Blake, el Nipper de Nelson Lee, etc.) que por lo común acompaña al explorador, al detective, o lo que sea, en sus aventuras. Pero en estos casos sólo hay un chico, por lo común del mismo tipo. En Gem y en Magnet hay un modelo prácticamente para todo el mundo. Está el muchacho normal, atlético y animoso (Tom Merry, Jack Blake, Frank Nugent), una versión algo más encanallada de este tipo (Bob Cherry), una versión más aristócrata (Talbot, Manners), otra más apacible y más seria (Harry Wharton) y una versión estulta, tipo bulldog (Johnny Bull). Luego está el muchacho intrépido, sin miedo a nada (Vernon-Smith), el inteligente y estudioso (Mark Linley, Dick Penfold), el excéntrico al que no se le dan bien los deportes, aunque tiene un talento especial (Skinner, Wibley). Y está el becado (Tom Redwing), figura importante en este tipo de relatos, porque hace que sea posible para los chicos de familia más pobre proyectarse en el ambiente del colegio privado. Además hay que contar a los chicos de Australia, Irlanda, Gales, la isla de Man, Yorkshire y Lancashire, con los que se aprovecha el patriotismo local. Pero la sutileza de la caracterización va mucho más allá. Se estudian las secciones de cartas, se ve a las claras que seguramente no hay un solo personaje en Gem o en Magnet con el cual no se identifique tal o cual lector, con la excepción de los más cómicos y chabacanos, como Coker, Billy Bunter, Fisher T. Fish (el norteamericano que roba dinero), y los profesores, claro está. Bunter, aunque su origen probablemente esté en deuda con el muchacho gordo de Pickwick, es una creación auténtica. Los pantalones ceñidos, contra los cuales golpean cada dos por tres las botas de los otros, o las fustas, su astucia en la búsqueda de alimentos, su paquete postal que nunca llega le han hecho famoso allí donde ondea una bandera británica. Pero no es propenso a causar ensoñaciones en los lectores. Por otra parte, otra figura graciosa como es Gussy (el Honorable Arthur A. D’Arcy, “el orgullo de St Jim”) goza de evidente admiración. Al igual que todo lo demás en Gem y en Magnet, Gussy está al menos treinta años desfasado. Es el dandi de comienzos del siglo xx, e incluso de finales del xix (aunque hable con un marcado acento rural), el idiota del monóculo que sirvió con hombría en las batallas de Mons y Le Cateau. Y su manifiesta popularidad viene a demostrar qué hondo es el atractivo esnob de este tipo. Los ingleses tienen un cariño inagotable por el asno que tiene título nobiliario (por ejemplo, lord Peter Wimsey, que siempre juega una baza ganadora en los momentos de apuro). He aquí una carta de una admiradora de Gussy:
Creo que sois demasiado duros con Gussy. Por el modo en que lo tratáis, me sorprende que siga existiendo. Es mi héroe. ¿Sabíais que escribo poemas, letras de canciones? ¿Qué os parece ésta? Va con la melodía de “Goody Goody.
Voy a pillar mi máscara de gas,
me sumo a las baterías antiaéreas,
porque sé cómo parar las bombas que me tiráis.
Me voy a cavar una trinchera
dentro del jardín.
Voy a sellar las ventanas
para que no pueda entrar el gas.
Voy a plantar mi cañón en la acera
con una nota para Adolf Hitler: “¡No molestar!”.
Y si jamás caigo en manos de los nazis
a mí ya me es suficiente.
Voy a pillar mi máscara de gas,
me sumo a las baterías antiaéreas,
PS. – ¿Te llevas bien con las chicas?
Lo cito por extenso porque (con fecha de abril de 1939) es interesante, por ser probablemente la primera aparición de Hitler en Gem. En este semanario también hay un chico gordo con trazas de héroe, Fatty Wynn, contrapartida de Bunter. Vernon-Smith, un personaje de hechura byroniana, siempre al borde de la expulsión, es otro de los grandes preferidos. E incluso algunos de los bellacos tendrán a sus seguidores. Loder, por ejemplo, “la podredumbre de sexto”, es un bellaco, pero también es intelectual, y propenso a hablar con sarcasmo del fútbol y el espíritu de equipo. Los cinco de la Fama lo consideran tanto más bellaco por eso, pero habrá seguramente un determinado tipo de muchacho que se identifique con él. Los propios Racke, Crooke y compañía gozan de probable admiración por los más pequeños, los que piensan que fumar es algo de una perversidad diabólica. (Frecuente pregunta en la sección de cartas: “¿Qué marca de tabaco fuma Racke?”.)
Como es natural, el sesgo político de Gem y de Magnet es conservador, aunque totalmente al estilo anterior a 1914, sin tintes fascistas. En realidad, las suposiciones políticas de fondo son dos: nunca cambia nada; los extranjeros son graciosos. En los números de Gem de 1939, los franceses siguen siendo “sapos” y los italianos “dagos”. Mossoo, el profesor de francés en Greyfriars, es el gabacho típico de tira cómica, con barba puntiaguda, pantalones don dobladillo, etc. Inky, el chico de la India, aun cuando sea un rajá, y por tanto posea atractivo esnob, es asimismo el babú cómico de la tradición de Punch. (“Las ganas de pendencia no son el remate adecuado, mi estimado Bob –dijo Inky–. Que se deleiten los perros con sus ladridos y sus mordiscos. La respuesta blanda es la jarra rajada que más lejos llega al ave en el matorral, como quiere el proverbio inglés.”) Fisher T. Fish es el viejo yanqui arquetípico (con marcado acento y modismos estadounidenses) que data de un periodo de intensos celos mutuos entre Inglaterra y los Estados Unidos. Wun Lung, el chino (últimamente apenas aparece, sin duda porque algunos de los lectores de Magnet son de las colonias de China), es el chino clásico de pantomima decimonónica, con sombrero de plato, coleta y un inglés inefable. En todo momento, la suposición es no sólo que los extranjeros son cómicos y que aparecen donde aparecen para que nos riamos de ellos, sino que además se les puede clasificar igual que a los insectos. Por ese motivo, en todos los semanarios juveniles, y no sólo en Gem y Magnet, un chino es retratado invariablemente con coleta. Es el rasgo por el cual se le reconoce, como la barba del francés o el organillo del italiano. En publicaciones de este tipo ocasionalmente sucede que, cuando un relato se ambienta en el extranjero, se hace algún intento por describir a los nativos como seres humanos, pero por norma general se da por supuesto que los extranjeros, sean de la raza que sean, son todos iguales y se conforman con más o menos exactitud a los siguientes patrones:
Francés: irascible. Gasta barba, gesticula mucho.
Español, mexicano, etc.: siniestro, traicionero.
Árabe, afgano, etc.: siniestro, traicionero.
Chino: siniestro, traicionero. Lleva coleta.
Italiano: irascible. Toca el organillo o lleva una daga.
Sueco, danés, etc.: amable, estúpido.
Negro: cómico, muy fiel.
La clase obrera sólo tiene entrada en estas publicaciones en calidad de cómicos o semivillanos (corredores de apuestas, etcétera). En cuanto a las fricciones de clase, el sindicalismo, las huelgas, las crisis económicas, el fascismo y la guerra civil, ni siquiera una mención. En algún momento, a lo largo de los treinta años de ambos semanarios, tal vez sea posible hallar la palabra “socialismo”, pero sólo después de mucho buscarla. Si se hace alguna referencia a la Revolución Rusa, será de manera indirecta, mediante la palabra “bolshy” para designar a una persona de costumbres violentas y desagradables). Hitler y los nazis empiezan a asomar en la clase de referencias que cité antes. La crisis del estallido bélico en septiembre de 1938 causó la impresión suficiente para que se publicase un relato en el que el señor Vernon-Smith, el millonario que es padre del personaje, se beneficia del pánico generalizado comprando casas de campo para venderlas como “refugios de crisis”. Pero eso es probablemente la máxima constancia que dejarán Gem y Magnet sobre la situación europea, al menos mientras no empiece la guerra.15 Eso no significa que ambas publicaciones sean antipatrióticas. Antes bien, muy al contrario. A lo largo de la Gran Guerra, Gem y Magnet fueron quizá las publicaciones más insistente y animadamente patriotas de Inglaterra. Prácticamente todas las semanas, los chicos cazaban al espía o alistaban en el ejército a un objetor de conciencia, y durante el periodo del razonamiento aparecía el rótulo “comed menos pan” impreso en todas las páginas con un cuerpo de letra generoso. Sin embargo, su patriotismo no tiene nada que ver con la política del poder ni con la guerra ideológica. Es algo emparentado más bien con la lealtad familiar, y de hecho proporciona una clave muy valiosa en torno a la actitud de la gente corriente, sobre todo el bloque inmenso y apenas tocado que forma la clase media y las capas superiores de la clase obrera. Se trata de patriotas hasta la médula, aunque no entiendan que lo que sucede en otros países sea de su incumbencia. Cuando Inglaterra está en peligro, acuden a defenderla como si tal cosa; mientras tanto, no les interesa. A fin de cuentas, Inglaterra siempre lleva la razón e Inglaterra siempre triunfa, de modo que ¿para qué preocuparse? Ésta es una actitud que se ha resquebrajado un tanto durante los últimos veinte años, aunque no hasta el extremo que a veces se da por supuesto. No entenderlo tal como es constituye una de las razones por las cuales los partidos de izquierda rara vez son capaces de forjar una política exterior aceptable.
El mundo mental que prima en Gem y en Magnet viene a ser por tanto como sigue:
El año es 1910, o 1940, pero eso es lo de menos. Nos encontramos en Greyfriars. Uno es un mozalbete de catorce años, de mejillas coloradas, con ropa de buen corte hecha por un sastre de los mejores. Está sentado en su estudio, en un ala del colegio, tras un apasionante partido de fútbol que se ganó por un solo gol logrado en el último minuto. Arde un fuego acogedor en la chimenea, fuera sopla el viento. La hiedra recubre con gran espesor las antiguas piedras grises. El rey sigue en su trono y una libra vale una libra. Por toda Europa, los cómicos extranjeros gesticulan y balbucean, aunque los adustos barcos de guerra de la flota británica guardan el canal de la Mancha, y en las avanzadillas del Imperio los ingleses con monóculo mantienen a raya a los negracos. Lord Mauleverer acaba de recibir otras cinco libras, y todos nos disponemos a merendar opíparamente, a base de salchichas, sardinas, panecillos, carne enlatada, mermelada y rosquillas. Después de la merienda seguiremos sentados en el estudio, riéndonos a gusto con Billy Bunter y comentando el equipo que formaremos en el partido de la semana que viene contra Rookwood. Todo está en orden, un orden sólido e incuestionable. Todo seguirá igual por siempre. Ése viene a ser, más o menos, el ambiente.
Dejemos ahora Gem y Magnet y pasemos a otros semanarios que han aparecido después de la Gran Guerra. Lo verdaderamente significativo es que tienen más similitudes que diferencias con Gem y Magnet. Pero mejor será considerar primero las diferencias.
Hay ocho publicaciones de este tipo, a saber: Modern Boy, Triumph, Champion, Wizard, Rover, Skipper, Hotspur y Adventure. Todas ellas han nacido después de la Gran Guerra, pero con la sola excepción de Modern Boy ninguna tiene más de cinco años de antigüedad. Dos semanarios que habría que reseñar aquí, aunque no pertenezcan estrictamente a la misma clase que los demás, son Detective Weekly y Thriller, ambos propiedad los dos de Amalgamated Press. Detective Weekly se ha hecho con el personaje de Sexton Blake. Ambas publicaciones dan cuenta de un cierto interés en cuestiones sexuales, y aunque no cabe duda de que las leen los muchachos, no están destinadas a ellos exclusivamente. Todas las demás son semanarios juveniles, tal cual, y son tan semejantes que se pueden considerar en bloque. No parece que haya diferencias notables entre las publicaciones de Thomson y las de Amalgamated Press.
Basta con echar un vistazo para captar la superioridad técnica que tienen estas publicaciones con respecto a Gem y Magnet. De entrada, cuentan con la ventaja de que no están escritas solamente por una persona. En vez de un relato largo y completo, un número de Wizard o de Hotspur consta de media docena de entregas parciales, ninguna de las cuales se dilatará eternamente. Por consiguiente, hay mucha más variedad y mucho menos relleno, a la vez que desaparece la cansina estilización y la comicidad ramplona de Gem y de Magnet. Veamos dos extractos a manera de ejemplo:
Billy Bunter soltó un gruñido.
Había pasado un cuarto de hora de las dos horas a que estaba castigado Bunter para estudiar francés.
¡En un cuarto de hora sólo había quince minutos! Pero todos y cada uno de esos minutos se le hacían larguísimos a Bunter. Parecían avanzar al ritmo de un caracol cansado.
Viendo el reloj del aula número 10, el Búho grueso a duras penas podía creer que sólo hubieran pasado quince minutos. Más bien se le antojaba que hubieran pasado quince horas, y quince días incluso.
Otros alumnos estaban castigados a estudiar francés en esas horas, igual que Bunter. A ellos les daba igual. A Bunter sí que le importaba.16
Tras un ascenso terrible, picando la lisa pared de hielo para crear asideros en todo momento, el sargento Corazón de León, Logan, de la policía montada, se hallaba como una mosca humana, pegado a la cara de un acantilado de hielo, liso y traicionero como una inmensa lámina de cristal.
Una ventisca procedente del Ártico soplaba con toda su furia y zarandeaba su cuerpo a la vez que le arrojaba cegadores copos de nieve a la cara, como si quisiera arrancarle los dedos de los asideros y precipitarlo a una muerte segura, contra los afilados cantos que yacían al pie del acantilado, treinta metros más abajo.
Agazapados entre los cantos se encontraban los once tramperos, los once villanos que habían hecho todo lo posible por abatir a tiros a Corazón de León y a su compañero, el comisario Jim Rogers, hasta que la tempestad ocultó a los dos policías montados de la vista escrutadora de los malhechores.17
El segundo extracto impone una cierta distancia entre el lector y el relato, mientras el primero necesita un centenar de palabras para decirnos que Bunter está castigado. Por si fuera poco, al no concentrarse solamente en historias de colegio (rasgo predominante en todas estas publicaciones, con la excepción de Thriller y Detective Weekly), Wizard, Hotspur, etc., tienen de largo mayores probabilidades de incurrir en el sensacionalismo. Basta con ver las ilustraciones de portada que tengo ahora encima de la mesa. En una, un vaquero se sujeta al ala de un avión con la punta de los pies, a la vez que dispara contra otro avión. En otra, un chino nada como un poseso para salvar la vida en una cloaca en la que nadan también docenas de ratas hambrientas que lo persiguen. En otra, un ingeniero prende la mecha de un cartucho de dinamita mientras un robot de acero lo sujeta con las garras. En otra, un tipo con atuendo de piloto lucha desarmado contra una rata más grande que un burro. En otra, un hombre semidesnudo, de terrorífico desarrollo muscular, acaba de sujetar a un león por la cola y lo va a lanzar a treinta metros, por encima de la muralla del circo, diciendo: “¡Quedaos con vuestro maldito león!”. Es evidente que ningún relato de ambiente colegial puede competir con este género. De vez en cuando, los edificios del colegio pueden incendiarse o el profesor de francés ser el cabecilla de una banda internacional de anarquistas, pero por lo común todo el interés ha de centrarse en torno al críquet, las rivalidades con otros colegios, las bromas de mejor o peor gusto, etc. No hay sitio para las bombas, los rayos mortales, las ametralladoras submarinas, los aviones, los purasangres, los osos pardos o los gángsteres.
El examen de un gran número de estas publicaciones demuestra que, dejando a un lado los relatos de colegio, los temas preferidos son los siguientes: el Salvaje Oeste, las regiones polares, la Legión Extranjera, los delitos (siempre desde el punto de vista del detective), la Gran Guerra (fuerzas aéreas o servicio secreto, no la infantería), el motivo de Tarzán en distintas formas, el fútbol profesional, las exploraciones tropicales, las aventuras históricas (Robin Hood, los Caballeros de la Tabla Redonda, la guerra civil del siglo xvii, etc.) y las invenciones y descubrimientos científicos. El Salvaje Oeste sigue siendo el predominante, al menos en tanto ambientación, si bien los pieles rojas parecen ir a la baja. El único tema realmente nuevo es el científico. Los rayos mortíferos, los marcianos, los hombres invisibles, los robots, los helicópteros y los cohetes interplanetarios son abundantes: aquí y allá aparecen incluso rumores acerca de la psicoterapia y las glándulas sin conducto. Así como Gem y Magnet proceden de Dickens y Kipling, Wizard, Champion, Modern Boy, etc., están en deuda con H. G. Wells, quien, en mayor medida que Jules Verne, es el verdadero padre de la “ciencia ficción”. Naturalmente, el aspecto más explotado de la ciencia es el mágico, el de los marcianos, aunque hay uno o dos semanarios que también publican artículos serios sobre temas científicos, además de gran cantidad de retales de información. (Ejemplos: “Un árbol del Kauri, en Queensland, Australia, tiene más de doce mil años de antigüedad”; “A diario tienen lugar casi cincuenta mil tormentas con aparato eléctrico”; “El helio tiene un coste de una libra por 90 metros cúbicos”; “Hay más de quinientas variedades de arañas en Gran Bretaña”; “Los bomberos de Londres emplean seiscientos treinta millones de litros de agua al año”, etcétera.) Hay un notable progreso en el campo de la curiosidad puramente intelectual y, en líneas generales, en las exigencias que se plantean a la atención del lector. En la práctica, Gem y Magnet y los semanarios de posguerra son leídos en gran medida por el mismo público, aunque la edad mental a la que están destinados en principio estos últimos parece haberse incrementado un año o dos, mejora que probablemente se corresponda con la mejoría de la educación elemental a partir de 1909.
La otra cuestión surgida en los semanarios juveniles de posguerra, aunque no en la medida en que cabría suponer, es la adoración de los abusones y el culto a la violencia.
Si se comparan Gem y Magnet con un semanario genuinamente moderno, lo que de inmediato nos llama la atención es la ausencia del principio de liderazgo. No existe un personaje central y dominante; al contrario, habrá quince o veinte personajes, todos ellos más o menos en pie de igualdad, con los que pueden identificarse toda clase de lectores. En los semanarios más modernos no suele ser así. En vez de identificarse con un colegial de su misma edad, el lector de Skipper, Hotspur, etc., es llevado a la identificación con un espía, con un soldado de la Legión Extranjera, con alguna variante de Tarzán, con un as de la aviación, con un explorador, con un pugilista en cualquier caso, con algún personaje singular y poderoso, que domina a quienes están a su alcance y que pone por método para resolver problemas un buen directo a la mandíbula. Este personaje está trazado como un superhombre, y como la fuerza física es la forma del poder que los muchachos mejor entienden, por lo común es una especie de gorila humano; en los relatos del estilo de Tarzán, a veces llega incluso a ser un gigante, de tres metros de altura. Al mismo tiempo, las escenas de violencia en casi todas estas historias son notablemente inofensivas y poco o nada convincentes. Hay una gran diferencia de tono entre los semanarios ingleses más sangrientos y las revistas baratas norteamericanas, Fight Stories, Action Stories, etc. (que no son estrictamente semanarios juveniles, aunque en gran medida las lean los jóvenes). En las revistas norteamericanas hay auténtica sed de sangre, descripciones horripilantes y detalladas peleas con abundantes patadas en los testículos, escritas en una jerga que han perfeccionado quienes nunca dejan de meditar sobre la violencia. Una revista como Fight Stories, por ejemplo, tendría muy poco atractivo salvo para los sádicos y los masoquistas. Salta a la vista la relativa bondad de la civilización inglesa por el tono de aficionado con que se describen siempre las peleas de boxeo en los semanarios juveniles. No existe un vocabulario especializado. Veamos estos cuatro extractos, dos ingleses y dos norteamericanos.
Cuando sonó el gong, los dos jadeaban pesadamente, y ambos tenían grandes marcas enrojecidas en el pecho. A Bill le sangraba el mentón, Ben tenía un corte en la ceja derecha.
Cada cual se fue rendido a su rincón, pero cuando volvió a sonar el gong estaban los dos en pie, aprestándose como un tigre contra el otro.18
Echó a caminar como una bestia y me descargó un garrotazo en toda la cara. Manó la sangre a borbotones y caí para atrás, a pesar de lo cual me rehice y le lancé un derechazo al corazón. Otro derechazo alcanzó de lleno a Ben en toda la boca, que ya tenía aplastada; escupiendo los fragmentos de una muela, me lanzó un izquierdazo al costado.19
Era asombroso ver a la Pantera Negra en acción. Los músculos se le ondulaban y se le tensaban bajo la negrura de la piel. En su ágil, terrible ataque, se notaba todo el poderío y toda la elegancia de un felino negro y gigante.
Lanzaba los golpes con una velocidad desconcertante para ser tan grandullón. En cuestión de momentos, Ben sólo pudo limitarse a bloquear sus intentonas de la mejor manera que supo. Ben era de hecho un maestro de la defensa. Muchas victorias le avalaban. Pero los derechazos y los izquierdazos del negro pasaban por aberturas que ningún otro boxeador habría sabido encontrar.20
Los segadores apiñados en el peso de la descarga de los monarcas del bosque aplastados bajo el hacha se lanzaron en los cuerpos de los dos pesos pesados que intercambiaban golpes.21
Nótese cuánto más expertos suenan los dos extractos norteamericanos. Están escritos para los devotos del cuadrilátero, y no es así en los otros dos. Asimismo, conviene hacer hincapié en que, a su nivel, el código moral de los semanarios juveniles ingleses es aceptable. La delincuencia y la falta de honestidad nunca suscitan la menor admiración. No existe el cinismo y la corrupción que se da en las historias de gángsteres norteamericanos. Las enormes ventas que tienen las revistas norteamericanas en Inglaterra demuestran que hay una demanda considerable de ese género, aunque muy pocos escritores ingleses parezcan capaces de producirlo. Cuando el odio a Hitler pasó a ser una emoción generalizada en los Estados Unidos, fue interesante comprobar qué rápidamente se adaptó el “antifascismo” a los propósitos pornográficos que animan a los directores de las revistas norteamericanas. Una revista que tengo delante de mí dedicó un número entero a un relato largo, completo, titulado “Cuando llegó el infierno a Norteamérica”, en la cual los agentes de un “dictador europeo enloquecido y ávido de sangre” tratan de conquistar los Estados Unidos ayudados por rayos mortíferos y aviones invisibles. Se da un muy sincero llamamiento al sadismo, hay escenas en las que los nazis atan las bombas a la espalda de las mujeres y las lanzan desde las alturas para verlas estallar en mil pedazos; hay otras en las que atan a dos muchachas desnudas por el pelo y las pinchan con cuchillos para obligarlas a bailar, etc., etc. El director comenta con solemnidad todo esto, y lo emplea como argumento para reforzar las restricciones a la inmigración. En otra página del mismo número: “las vidas de las coristas de hotcha. Revela todos los secretos íntimos y los fascinantes pasatiempos de las famosas coristas de Hotcha, Broadway. no se omite nada. Precio: 10 centavos.” “cómo aprender a amar. 10 centavos.” “foto de un ring en francia. 25 centavos.” “desnudos traviesos. Por fuera del cristal se ve a una bella muchacha vestida con toda inocencia. Se le da la vuelta y ¡vaya diferencia! Conjunto de 3 cristales, 25 centavos.” Etc., etcétera. No hay nada así en la prensa británica, nada que sea susceptible de que lo lean los jóvenes. Sin embargo, el proceso de norteamericanización sigue adelante. El ideal norteamericano, el “hombre varonil”, el “tipo duro”, el gorila que deshace entuertos a mamporro limpio, es figura habitual en la mayoría de los semanarios para jóvenes. En una serie que ahora publica por entregas Skipper, aparece siempre retratado de manera ominosa, armado con una cachiporra.
El desarrollo de Wizard, Hotspur, etc., al contrario que los semanarios juveniles más antiguos, se reduce a esto: mejor técnica, más interés científico, más derramamiento de sangre, más adoración a los cabecillas. Pero a fin de cuentas resulta que la falta de desarrollo es lo más pasmoso.
Para empezar, no hay desarrollo político de ninguna clase. El mundo de Skipper y de Champion sigue siendo el mundo anterior a 1914, el mismo de Magnet y de Gem. El relato del Salvaje Oeste, por ejemplo, con los vaqueros, los linchamientos y demás parafernalia, es propio de los años ochenta [del siglo xix]. Es una curiosidad arcaica. Vale la pena señalar que en los semanarios de este tipo siempre se da por sentado que las aventuras solamente tienen lugar en los confines de la tierra, en las selvas tropicales, en las llanuras del Ártico, en los desiertos africanos, en las praderas del Oeste norteamericano, en los fumaderos de opio de China en cualquier lugar, de hecho, salvo allí donde las cosas de veras suceden. Ésta es una creencia que data de hace treinta o cuarenta años, cuando los nuevos continentes aún estaban abriéndose poco a poco a la colonización. Hoy, evidentemente, si uno quiere aventuras, el lugar idóneo es Europa. Pero al margen de la faceta pintoresca de la Gran Guerra, la historia contemporánea queda cuidadosamente excluida de estas publicaciones. Y con la particularidad de que hoy a los norteamericanos se les admira, en vez de ser motivo de burla, los extranjeros siguen siendo las mismas figuras cómicas de siempre. Si aparece un chino, siempre será con la siniestra coleta, con el aire de contrabandista de opio propio de la obra de Sax Rohmer. No hay indicio de que haya pasado nada en China desde 1912. No se dice nada, por ejemplo, de que allí se libre ahora una guerra. Si aparece un español, sigue siendo el tipo malencarado que lía cigarrillos y acuchilla a otro por la espalda. Ni el menor indicio de lo que ha ocurrido en España. Hitler y los nazis aún no han hecho acto de presencia, o apenas empiezan a hacerlo. Seguro que será una presencia abundante dentro de muy poco, aunque sea desde un punto de vista estrictamente patriótico (Gran Bretaña contra Alemania), dejando al margen en la medida de lo posible el verdadero significado de la pugna. En cuanto a la Revolución Rusa, es sumamente difícil encontrar ninguna referencia en estas publicaciones. Cuando aparece Rusia, es por lo general en un pasaje informativo (ejemplo: “En la urss hay veintinueve mil personas con más de cien años de edad”), y toda referencia a la revolución es indirecta y errónea en cuanto a las fechas. En un relato de Rover, por ejemplo, alguien tiene un oso domesticado, y como es un oso ruso se le llama Trotski, obviamente un eco del periodo de 1917-1923 sin ninguna relación con las controversias recientes. El reloj se ha detenido en 1910. Britannia rige las olas, y nadie tiene conocimiento de las crisis económicas, de los booms, del desempleo, de las dictaduras, las purgas o los campos de concentración.
En cuanto a la panorámica social, apenas se nota el menor avance. El esnobismo es algo menos manifiesto que en Gem y en Magnet, eso es lo máximo que se puede decir. De entrada, el relato de tema colegial, siempre dependiente en gran parte del atractivo de lo esnob, no ha desaparecido de ninguna manera. Todos los números de los semanarios juveniles incluyen al menos un relato colegial, que son más numerosos, aunque por poco, que los del Salvaje Oeste. La muy elaborada vida de fantasía que se predica en Gem y en Magnet no llega a imitarse conscientemente, y se hace más hincapié en lo aventurero, aunque el ambiente social (las antiguas piedras grises) sigue siendo muy similar. Cuando se presenta un colegio nuevo al comienzo de un relato, a menudo se nos dice, con estas mismas palabras, que “era un colegio muy pijo”. De vez en cuando aparece una historia ostensiblemente intencionada contra el esnobismo. El muchacho becado (Tom Redwing en Magnet) tiene apariciones frecuentes, y lo que es en esencia el mismo tema se presenta a veces de esta forma: hay una intensa rivalidad entre dos colegios, uno de los cuales se considera más “pijo” que el otro, y hay peleas, bromas, partidos de fútbol, etcétera, que siempre terminan con la desgracia de los esnobs. Tras una mirada muy superficial al examinar algunos de estos episodios, es fácil imaginar que se ha colado cierto espíritu democrático en los semanarios juveniles, pero con una mirada más atenta se ve que sólo reflejan los celos enquistados que se dan dentro de la clase de los cuellos blancos. Su verdadera función consiste en permitir al chico que va a un colegio privado de los más baratos (no a un colegio municipal o estatal) la sensación de que su colegio es igual de “pijo” que Winchester o Eton. El sentimiento de lealtad colegial (“Somos mejores que aquellos otros”), algo casi del todo desconocido en la verdadera clase obrera, se sigue manteniendo tal cual. Como estos relatos son obra de autores muy diversos, varían, qué duda cabe, en cuanto al tono. Algunos se hallan razonablemente libres de esnobismo, mientras otros explotan el dinero y la alcurnia con más desvergüenza incluso que en Gem y en Magnet. En uno de los que he encontrado, la mayoría de los alumnos eran de procedencia nobiliaria.
Si aparecen personajes de la clase obrera, suele ser como figuras cómicas (bromas con mendigos, presidiarios, etc.), o como luchadores profesionales, acróbatas, vaqueros, futbolistas profesionales o soldados de la Legión Extranjera, es decir, como aventureros. No se hace frente a las realidades de la vida de la clase obrera, ni tampoco se habla del trabajo bajo ningún concepto. Muy de vez en cuando es posible topar con una descripción realista, digamos, del trabajo en una mina de carbón, aunque con toda probabilidad sólo sea como trasfondo de alguna aventura rocambolesca. En cualquier caso, el personaje central rara vez será un minero. Casi en todo momento, el muchacho que lee estos semanarios –en nueve de cada diez casos, un muchacho que va a terminar por pasar la vida trabajando en una tienda, en una fábrica, en un empleo de subordinado en una oficina– se ve llevado a identificarse con las personas que ocupan los puestos de mando, sobre todo las personas que nunca han tenido el menor problema por escasez de dinero. La figura al estilo de lord Peter Wimsey, el idiota sólo en apariencia, que tartamudea y lleva monóculo pero que siempre sabe reaccionar como corresponde en los momentos de peligro, aparece una y otra vez. (Este personaje es uno de los preferidos en los relatos de espías.) Y, como es costumbre, los personajes heroicos hablan el inglés de la bbc; otros tal vez hablen con acento escocés o irlandés o norteamericano, pero ninguno de los estelares deja de pronunciar debidamente las haches. Vale la pena comparar el ambiente social de los semanarios juveniles con el de la prensa femenina, Oracle, Family Star, Peg’s Paper, etcétera.
La prensa femenina está destinada a un público de mayor edad, aunque la leen sobre todo las chicas que ya trabajan para ganarse la vida. Por consiguiente, son en la superficie mucho más realistas. Por ejemplo, se da por sentado que todo el mundo tiene que vivir en una gran ciudad y tiene que trabajar en un empleo más o menos tedioso. El sexo, lejos de ser tabú, es el tema principal de estas publicaciones. Los relatos breves, siempre completos, que son material específico de estas revistas, son en general del tipo “y entonces amaneció”: la heroína evita por poco perder a su “chico” ante una rival taimada o bien el “chico” se queda sin trabajo y ha de aplazar la boda, aunque a su debido tiempo consigue un trabajo mejor. La fantasía del niño sustituido por otro al nacer (una muchacha que se ha criado en un hogar bien pobre es “en realidad” la hija de una pareja adinerada) es otro de los motivos habituales. Allí donde surge el sensacionalismo, por lo común en los seriales, surge del tipo de delito más doméstico, como es la bigamia, la falsificación o, a veces, el asesinato; no hay marcianos, rayos mortíferos, bandas de anarquistas internacionales. Este tipo de revistas apunta en todo caso a la verosimilitud, y mantiene un vínculo con la vida real en la sección de cartas, donde se comentan problemas muy reales. La columna de consejos que publica Ruby M. Ayres en Oracle, por ejemplo, es sumamente sensata y está muy bien escrita. Con todo y con eso, el mundo de Oracle y de Peg’s Paper es un mundo de pura fantasía. Se trata de la misma fantasía en todo momento: fingir que uno es más rico de lo que es en realidad. La principal impresión que se tiene es la que proviene de casi todos los relatos recogidos en estos semanarios: de un “refinamiento” terrorífico, abrumador. De manera ostensible, los personajes son de clase obrera, aunque sus costumbres, el interior de sus casas, su ropa, su apariencia física y, sobre todo, su manera de hablar son totalmente propios de la clase media. Todos viven con varias libras a la semana por encima de su nivel de ingresos. Y ni que decir tiene que ésa es justamente la impresión que se pretende transmitir. La idea consiste en dar a la aburrida obrera de una fábrica o a la desgastada madre de cinco hijos una vida de ensueño con la que se pueda identificar imaginariamente, no ya como una duquesa (esa convención ha desaparecido), sino al menos como la esposa de un director de banco. No sólo se ponen unos ingresos de cinco o seis libras a la semana como ideal de vida, sino que tácitamente se da por supuesto que así es como la clase obrera puede vivir y de veras vive. Los hechos esenciales no se contemplan. Se admite, por ejemplo, que a veces uno se queda sin trabajo, pero los negros nubarrones siempre terminan por pasar de largo, y la situación mejora. Nada se dice acerca de que el desempleo pueda ser algo permanente e inevitable, nada se dice del paro, nada se dice del sindicalismo. No hay un solo indicio de que pueda haber algo erróneo en el sistema en cuanto tal; sólo tienen lugar infortunios individuales, que en general se deben a la perversidad de alguien, y que en todo caso se pueden arreglar cuando llegue el último capítulo. Siempre se disipan las nubes, siempre aparece un amable empresario que contrata a quien no tenía trabajo o bien decide subirle el salario a Alfred, y hay trabajo para todos, salvo para los alcohólicos. Seguimos en el mundo de Wizard y de Gem, sólo que hay narcisos en lugar de ametralladoras.
La mentalidad que se inculca en estos semanarios es la de un integrante excepcionalmente estúpido de la Navy League en 1910. Sí, todo eso se puede decir, pero ¿qué más da? En cualquier caso, ¿qué te esperabas?
Claro está que nadie en su sano juicio aspirará a que los tostones de a penique se conviertan en una novela realista ni en un tratado socialista. Un relato de aventuras por su propia naturaleza ha de estar más o menos alejado, y mucho, de la vida real. Pero tal como he intentado dejar claro, la irrealidad de Wizard y de Gem no es tan inocente como parece. Estas publicaciones existen porque hay una demanda especializada de ellas, porque los chicos de ciertas edades creen que tienen la necesidad de leer algo acerca de los marcianos, los rayos mortíferos, los osos pardos y los gángsteres. Encuentran en ellas lo que estaban buscando, aunque se lo encuentren envuelto en las ilusiones que sus futuros jefes consideran más adecuadas para ellos. La medida en la que las personas toman sus ideas de la ficción es cuando menos discutible. Yo personalmente creo que la mayoría de las personas recibe una influencia mayor de la que reconoce en las novelas, los seriales, las películas, etcétera, y que desde este punto de vista los peores libros son a menudo los más importantes, porque son por lo común aquellos que se leen a una edad más temprana. Es probable que muchas personas que se consideran sumamente sofisticadas y “avanzadas” en realidad porten a lo largo de la vida un trasfondo imaginario que han adquirido a lo largo de la niñez, a partir, por ejemplo, de Sapper y de lan Hay. De ser así, los semanarios baratos para chicos tienen una importancia tremenda. Contienen las cosas que se leen entre los doce y los dieciocho años por parte de una proporción elevada de la población, seguramente la mayoría de los muchachos de Inglaterra, incluidos muchos que jamás leerán otra cosa que los periódicos; y con todo ello absorben un conjunto cerrado de creencias que se tendrían por algo totalmente desfasado incluso en la Sede Central del Partido Conservador. Tanto mejor, ya que se lleva a cabo de una forma indirecta, y se les insufla a esos muchachos la convicción de que los principales problemas de nuestro tiempo no existen, de que no pasa nada con el capitalismo laissez-faire, de que los extranjeros son cómicos sin la menor importancia, de que el Imperio Británico es una suerte de obra de caridad que seguirá existiendo siempre. Considérese quiénes son los dueños de estos periódicos, y entonces resulta muy difícil que todo esto no responda a una intención bien definida. De los doce semanarios que he comentado (doce, en efecto, si incluyo Thriller y Detective Weekly), siete son propiedad de Amalgamated Press, que es uno de los mayores consorcios de prensa del mundo entero y controla más de un centenar de publicaciones distintas. Gem y Magnet, por lo tanto, se hallan estrechamente ligados al Daily Telegraph y al Financial Times. Esto bastaría para despertar fundadas suspicacias, aun cuando no fuera evidente que los relatos de los semanarios están vetados políticamente. Parece darse el caso de que si uno siente la necesidad de tener una vida de fantasía en la cual viaje a Marte y luche con leones a brazo partido (¿y qué muchacho no la tiene?), sólo podrá satisfacerla entregándose por entero, mentalmente, a personas como lord Camrose. Y es que no hay competencia. En todas estas publicaciones las diferencias son despreciables, y en ese nivel no existe ninguna otra. Lo cual nos plantea una pregunta: ¿por qué no existe algo así como los semanarios juveniles de izquierdas?
A primera vista, semejante idea a uno le produce algo así como náuseas. Es espantosamente fácil imaginar cómo sería un semanario juvenil de izquierdas en caso de que existiera. Recuerdo que en 1920 o 1921 algún optimista distribuía pasquines comunistas entre un grupo de alumnos de un colegio privado. El pasquín era del tipo pregunta/respuesta:
P: ¿Puede un muchacho comunista ser un Boy Scout, camarada?
R: No, camarada.
P: ¿Y por qué, camarada?
R: Porque verás, camarada: un Boy Scout debe rendir saludo a la bandera británica, que es el símbolo de la tiranía y la opresión. Etc., etcétera.
Supongamos que en este momento alguien pusiera en marcha un semanario de izquierdas destinado esencialmente a muchachos de doce a catorce años. No quiero dar a entender que todo el contenido fuera como lo que acabo de citar, aunque ¿alguien pone en duda que sería más o menos de ese estilo? Inevitablemente, tal semanario sería algo tan tedioso como una tabla de gimnasia o bien, en caso de estar bajo influencia del comunismo, sería un cántico en loor de la Rusia soviética. En un caso y en otro, ningún muchacho normal se tomaría jamás la molestia de echarle un vistazo. Al margen de la literatura culta, toda la prensa izquierdista que existe, en la medida en que es vigorosamente izquierdista, no pasa de ser más que un panfleto. El único periódico socialista que podría sobrevivir una semana por sus propios méritos, en calidad de periódico, es el Daily Herald. ¿Y qué dosis de socialismo se cuela en las páginas del Daily Herald? En estos momentos, un periódico de sesgo izquierdista pero capaz de tener al mismo tiempo un cierto atractivo para los adolescentes corrientes es algo prácticamente imposible de concebir.
Pero de ahí no se deduce que sea inviable. No hay una sola razón más o menos clara por la cual todo relato de aventuras haya de tener tintes esnobs y una vena de patriotería impresentable. A fin de cuentas, los relatos de Hotspur y de Modern Boy no son tachados de conservadurismo; son tan sólo relatos de aventuras con un marcado sesgo conservador. Es sumamente fácil imaginar cómo podría subvertirse el proceso. Es posible, por ejemplo, imaginar un semanario como algo apasionante, vivo, como es Hotspur, aunque con una temática y una “ideología” algo más puesta al día. Es incluso posible (aunque esto plantee otras dificultades) imaginar una revista femenina con el mismo nivel literario que tiene Oracle, que tratase más o menos de los mismos relatos, aunque tomando mucho más en cuenta las realidades de la vida de la clase obrera. Este tipo de empresas se han llevado a cabo antes, aunque no en Inglaterra. En los últimos años de la monarquía española hubo una gran producción de novelitas de izquierdas, algunas de origen obviamente anarquista. Por desgracia, en el momento de su aparición no acerté a ver el significado social que revestían, y perdí la colección que tenía, aunque no cabe duda de que aún tiene que haber ejemplares que se puedan encontrar. En cuanto al planteamiento y al estilo narrativo, eran muy similares a las novelitas inglesas de cuatro peniques, con la sola peculiaridad de que su inspiración era izquierdista. Si, por ejemplo, hay un relato en el que se describe a la policía que persigue a los anarquistas por las montañas, está referido desde el punto de vista de los anarquistas, no de la policía. Un ejemplo más cercano es una película soviética titulada Chapaiev, que en Londres se ha proyectado bastantes veces. Técnicamente, según el criterio del momento en que se rodó, Chapaiev es una película de primerísima fila, aunque mentalmente, a pesar de lo desconocido del trasfondo ruso que la inspira, no se halle tan lejos de Hollywood. Lo que la saca de lo corriente es el extraordinario trabajo del actor que encarna a un oficial de los Blancos, una interpretación que parece una inspiradísima muestra de gags sucesivos. Por lo demás, el ambiente es conocido. Nos encontramos con toda la parafernalia al uso, la lucha del héroe contra todo pronóstico, las fugas en el último momento, los planos de caballos al galope, los intereses del amor, el alivio de lo cómico. La película es de hecho muy normal, con la peculiaridad de que la tendencia dominante es “izquierdista”. En una película de Hollywood sobre la guerra civil rusa, los Blancos seguramente serían los ángeles y los Rojos los demonios. Es también una mentira, pero a la larga es menos perniciosa que la otra.
Aquí se nos presentan varios problemas de difícil solución. La naturaleza general de todos ellos es evidente, y no entraré a comentarlos. Meramente me limito a señalar el hecho de que, en Inglaterra, la literatura popular es un campo en el que la izquierda jamás ha querido entrar. Toda la ficción contenida en las novelas de las enmohecidas bibliotecas está censurada según los intereses de la clase dirigente. Y sobre todo ése es el caso de la ficción juvenil, los relatos de sangre y de truenos que prácticamente todo muchacho devora en un momento u otro, que está empapada de las peores ilusiones de 1910. Éste es un hecho que sólo carece de importancia si uno cree que lo que se lee en la infancia no deja una impresión duradera. Lord Camrose y sus colegas obviamente opinan todo lo contrario. Y, a fin de cuentas, si alguien sabe de todo esto es lord Camrose.
Escrito en 1939, publicado en Horizon (abreviado) en marzo de 1940
En el vientre de la ballena
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Cuando se publicó en 1935 Trópico de Cáncer, la novela de Henry Miller, fue recibida con elogios más bien cautos, condicionados en no pocos casos por el temor a dar la impresión de que uno disfrutaba con la pornografía. Entre quienes lo elogiaron se encontraban T. S. Eliot, Herbert Read, Aldous Huxley, John Dos Passos, Ezra Pound: en conjunto, no son precisamente los escritores que hoy estén de moda. Y lo cierto es que la temática del libro, y en cierta medida su ambiente intelectual, son más propios de los años veinte que de los treinta.
Trópico de Cáncer es una novela escrita en primera persona, o bien una autobiografía novelada, como se prefiera considerar. El propio Miller insiste en que es directamente autobiografía, aunque el ritmo y el método narrativo son los de una novela. Es la historia del París de los expatriados norteamericanos, aunque no a la manera habitual, ya que resulta que los norteamericanos que en ella comparecen no tienen dinero. Durante los años del boom, cuando abundaban los dólares y el valor de cambio del franco era muy bajo, invadió París un enjambre de artistas, escritores, estudiantes, diletantes, turistas, libertinos y simples vagos, probablemente como nunca se ha visto en el mundo. En algunos barrios de la ciudad, los presuntos artistas debían de ser más numerosos que la población activa. De hecho, se ha calculado que a finales de los años veinte llegaron a ser hasta treinta mil los pintores que pululaban por París, en su inmensa mayoría impostores. El populacho se había hecho tanto a la presencia de los artistas que las lesbianas de voz áspera, con sus pantalones de corderoy, y los jóvenes vestidos con disfraces griegos o medievales podían pasear a su antojo por la calle sin llamar la atención, y por las márgenes del Sena, cerca de Notre Dame, era prácticamente imposible pasar debido a la cantidad de caballetes desplegados. Era la época en que ganaban los tapados en las carreras de caballos, la época de los genios desconocidos. La frase que corría en boca de todos era: Quand je serai lancé? Como pronto se vio que nadie iba a ser lanzado al estrellato, el fracaso cayó sobre todos ellos como una nueva glaciación. La cosmopolita chusma de los artistas desapareció como por ensalmo, y los espaciosos cafés de Montparnasse, que sólo diez años antes estaban llenos hasta la bandera incluso de madrugada, repletos de hordas de alborotadores que se las daban de interesantes y entendidos, se han convertido en tumbas lúgubres que ni siquiera visitan los espectros. Es este mundo, descrito entre otras novelas en Tarr, de Wyndham Lewis, el que sirve de material a Henry Miller, aunque en realidad se ocupa solamente de los bajos fondos, de los márgenes del proletariado lumpen que ha logrado sobrevivir a la depresión precisamente por estar compuesto, al menos en parte, por artistas genuinos y, en parte, por sanguijuelas no menos auténticas. Los genios desconocidos, los paranoicos que siempre están “a punto de” escribir una novela que dejará a Proust a la altura del barro, siguen estando ahí, aunque sólo son genios en los contados momentos en que no andan desesperados por llevarse algo a la boca si es que pueden. En su mayor parte, se trata de una historia que transcurre en habitaciones sórdidas, llenas de chinches, en hoteles de medio pelo, o bien de pelea en pelea, de una melopea a la siguiente, en burdeles baratos, entre refugiados rusos, limosneos y camelos, timos, trabajillos de ocasión. Y todo el ambiente de los barrios más pobres de París tal como los ve un extranjero –los callejones adoquinados, el agrio hedor de los desperdicios, los bistrós con sus grasientos mostradores de zinc y desgastados suelos de ladrillo, las verdes aguas del Sena, los capotes azules de la guardia republicana, los orinales de peltre desportillado, el peculiar y dulzón olor de las estaciones del metro, los cigarrillos repartidos entre dos o más, las palomas de los jardines de Luxemburgo– está ahí presente. Al menos, está presente la sensación de estar ahí.
Visto lo visto, es difícil encontrar un material menos prometedor. Cuando se publicó Trópico de Cáncer, los italianos invadían Abisinia y los campos de concentración de Hitler ya empezaban a llenarse. Los focos intelectuales del mundo eran Roma, Moscú, Berlín. No parecía un momento propicio para que nadie escribiera una novela de gran valor acerca de unos cuantos desgalichados norteamericanos que bebían de gorra en el Barrio Latino. Obvio es que ningún novelista está obligado a escribir directamente acerca de la historia contemporánea, si bien un novelista que sencillamente prescinde de los grandes acontecimientos públicos del momento en que le ha tocado vivir es por lo general un majadero o un sencillo imbécil. A partir de un simple examen de la materia narrativa de Trópico de Cáncer, la mayoría probablemente sacaría en claro que es poco más que un resto, un sobrante pícaro de los años veinte. En realidad, prácticamente todo el que la haya leído se ha dado cuenta de que no tiene nada que ver con eso. Es un libro muy notable. ¿Cómo y por qué notable? Esta pregunta nunca es fácil de responder. Es mejor comenzar por describir la impresión que Trópico de Cáncer ha dejado en mi ánimo.
Cuando abrí Trópico de Cáncer por primera vez y vi que estaba repleto de palabras malsonantes y de obscenidades, mi reacción inmediata fue una negativa en redondo a dejarme impresionar. La de la mayoría debió de ser muy similar, digo yo. No obstante, al cabo de un tiempo, el ambiente del libro, además de sus innumerables detalles, parece persistir en mi recuerdo de una manera especial. Un año después se publicó el segundo libro de Miller, Primavera negra. Para entonces, Trópico de Cáncer volvía a estar mucho más presente en mi memoria, de manera más vívida, de lo que estuvo cuando lo leí por primera vez. Mi primera impresión fue que Primavera negra demostraba menos talento, y es evidente que carece de la unidad que tiene el otro libro. Sin embargo, al cabo de otro año hubo muchos pasajes de Primavera negra que también habían arraigado en mi memoria. Es evidente que estos libros son de los que dejan un sabor; son libros que “crean un mundo propio”, como se suele decir. Los libros en los que esto sucede no por fuerza son buenos; pueden ser libros bastante malos, como Raffles o los relatos de Sherlock Holmes, o bien perversos, mórbidos, como Cumbres borrascosas o La casa de las persianas verdes.22 Pero de vez en cuando aparece una novela que abre un mundo nuevo no sólo por revelar lo extraño, sino también por revelar lo familiar que hay en él. Lo realmente llamativo de Ulises, por ejemplo, es lo tópico de todos sus materiales. Obviamente, hay en el Ulises mucho más que esto, pues Joyce es al mismo tiempo un poeta y un pedante colosal, aun cuando su verdadero logro haya sido poner sobre el papel lo más conocido. Osó –es cuestión de atreverse, tanto como lo es de técnica– denunciar las imbecilidades de la mente en sus momentos más íntimos, y de ese modo descubrió una América que en realidad estaba delante de las narices de cualquiera. Hay en este libro todo un mundo de asuntos que cualquiera ha vivido desde que era niño, asuntos que cualquiera ha supuesto que eran de naturaleza incomunicable, y resulta que llega alguien que es capaz de comunicarla. El efecto que tiene es que se quiebra, al menos momentáneamente, la soledad en que vive el ser humano. Cuando se leen determinados pasajes de Ulises, se llega a creer que la mentalidad de Joyce y la nuestra propia son una y la misma, que lo sabe todo acerca de nosotros, por más que nunca haya oído nuestro nombre, y que existe un mundo fuera del espacio y del tiempo en el que uno está a solas con él. Y aunque en múltiples aspectos no se asemeje a Joyce, en Henry Miller se da en cierto modo esta misma cualidad. No siempre, porque su obra es muy desigual, y sobre todo en Primavera negra tiende a resbalar hacia la mera verborrea o hacia el universo exprimible del surrealismo. Pero si se leen cinco páginas, diez páginas, se siente ese peculiar alivio que proviene no tanto de entender cuanto más bien de ser entendido. Uno piensa: “lo sabe todo acerca de mí”; “esto lo ha escrito expresamente para mí”. Es como si fuera posible oír una voz que nos habla directamente, una amistosa voz con acento norteamericano, que no se anda por las ramas, sin intención moralista, que sencillamente asume que todos somos iguales. Por un instante, uno se ha alejado de todas las mentiras y las simplificaciones, de la cualidad de teatro de guiñol que tiene toda la ficción al uso, incluso algunas buenas ficciones, y se encuentra ante experiencias muy reconocibles, de seres humanos de carne y hueso.
¿Qué clase de experiencia? ¿Qué clase de seres humanos? Miller escribe sobre el hombre de la calle. A la sazón, es una lástima que esa calle esté llena de burdeles. Ése es el precio que se paga por abandonar la tierra natal. Supone trasladar las propias raíces a un terreno menos profundo. El exilio es probablemente más dañino para un novelista que para un pintor e incluso un poeta, porque el efecto que tiene es arrancarle del contacto con la vida del trabajo, y de menguar su espectro de opciones y reducirlo a la calle, el café, la iglesia, el burdel y el estudio en que habita. En general, en los libros de Miller uno lee acerca de seres humanos que llevan la vida de los expatriados, personas que beben, hablan, meditan y fornican, y no acerca de personas que trabajen, que se casen, que críen a sus hijos. Una lástima, porque en tal caso habría descrito tan bien un conjunto de actividades como el otro. En Primavera negra hay un maravilloso flash-back sobre Nueva York, el Nueva York bullicioso e infestado de irlandeses del periodo de O. Henry, pero las escenas parisinas son mejores y, habida cuenta de su absoluta falta de valor como tipos sociales, los borrachos y la gente de mal vivir de los cafés reciben un tratamiento en el que se nota una apreciación de los personajes y una maestría técnica que no tienen parangón en ninguna novela reciente. Todos ellos no sólo son verosímiles, sino absolutamente familiares. Tenemos la sensación de haber vivido esas aventuras. No es que éstas sean especialmente asombrosas. Henry encuentra un trabajo en el que tiene a un indio melancólico por alumno, encuentra otra ocupación en una temible escuela francesa, en plena ola de frío, cuando hasta el agua de los retretes se congela, sigue de farra por El Havre con su amigo Collins, el capitán de un mercante, se va a los burdeles en los que encuentra unas negras estupendas, charla con su amigo Van Norden, novelista, que tiene en la cabeza la gran novela de todos los tiempos pero que nunca es capaz de sentarse a escribirla. Su amigo Karl, a punto de morir de inanición, liga con una viuda rica que se quiere casar con él. Hay interminables conversaciones hamletianas en las que Karl trata de precisar qué es peor, si pasar hambre o acostarse con la vieja. Describe con gran detalle sus visitas a la viuda, cómo acude al hotel todo endomingado, cómo antes de entrar se olvida de orinar, de modo que toda la noche es un constante crescendo de tormento, etc., etc. Y al fin y al cabo nada es verdad, la viuda ni siquiera existe, Karl se la ha inventado para darse un poco de importancia. Todo el libro discurre más o menos en esta vena. ¿A qué se debe que estas monstruosas trivialidades sean tan apasionantes? Sencillamente, a que todo el ambiente resulta profundamente familiar, a que tenemos la sensación todo el tiempo de que lo que cuenta nos está ocurriendo a nosotros. Y esto ocurre porque alguien ha decidido prescindir del lenguaje ginebrino de la novela normal y corriente y ha sacado la real-politik íntima de la mentalidad humana a campo abierto. En el caso de Miller, no es tanto cuestión de explorar los mecanismos de la mente como de reconocer los hechos cotidianos, las emociones normales. La verdad es que muchas personas de a pie, tal vez la mayoría, hablan y se comportan de hecho tal como aquí queda escrito. La insensible aspereza con que hablan los personajes de Trópico de Cáncer es muy poco habitual en la ficción, pero sumamente común en la vida real; yo una y otra vez he oído esa clase de conversaciones entre personas que ni siquiera eran conscientes de que estaban hablando de forma ordinaria. Vale la pena señalar que Trópico de Cáncer no es el libro de un autor joven. Miller tenía cuarenta y tantos cuando lo publicó, y aunque desde entonces ha dado a la luz otros tres o cuatro, es evidente que este primer libro ha convivido con él durante años. Es uno de esos libros que maduran lentamente en la pobreza y en el anonimato, escrito por una de esas personas que saben qué tienen que hacer, y que por tanto saben esperar. La prosa es impresionante. En algunos pasajes de Primavera negra es incluso mejor. Por desgracia, no puedo aducir citas. Hay muestras de lenguaje malsonante casi a cada paso. Pero aconsejo vivamente al lector que se haga con un ejemplar de Trópico de Cáncer, o con Primavera negra, y que lea muy en especial las primeras cien páginas. Dan buena idea de lo que aún se puede hacer, incluso en fecha tan avanzada como ésta, modelando la prosa inglesa. En ambos, el inglés recibe el tratamiento de la lengua oral, pero hablada sin ningún temor, esto es, sin miedo a la retórica, sin miedo a la palabra inesperada o poética. El adjetivo ha vuelto tras diez años de exilio. Es una prosa que fluye, una prosa hinchada, una prosa llena de ritmos, muy distinta de las afirmaciones planas y cautas y de los dialectos de snack-bar que ahora están de moda.
Cuando se publica un libro como Trópico de Cáncer, es natural que lo primero que llame la atención sea su obscenidad. Si se tienen en cuenta las nociones que actualmente prevalecen sobre la decencia en literatura, no es nada fácil abordar con el debido desapego un libro que frisa lo impublicable. O bien se siente horror y asco o bien uno se siente morbosamente incitado, o incluso uno se decide, ante todo, a no dejarse impresionar. Es posible que ésta sea la reacción más habitual, a resultas de lo cual los libros impublicables a menudo reciben menos atención de la que merecen. Está muy de moda decir que no hay nada más fácil que escribir un libro obsceno, que la gente lo hace para que se hable de ellos, para ganar dinero, etc. Lo que prueba que esto no es cierto es bien sencillo: los libros obscenos en el sentido policial y judicial del término son claramente insólitos. Si se pudiera ganar dinero fácil con un libro escrito a golpe de palabras malsonantes, lo haría mucha más gente. Pero precisamente porque los libros “obscenos” no aparecen muy a menudo, hay una tendencia, generalmente injustificable, de meterlos en un mismo saco. Trópico de Cáncer se ha relacionado de manera más bien vaga con otros dos libros: Ulises y Viaje al fin de la noche. En ninguno de los casos es muy grande el parecido. Miller tiene en común con Joyce, a lo sumo, la voluntad de hablar de los hechos sórdidos e inanes de la vida cotidiana. Dejando a un lado las diferencias técnicas, la escena del funeral que figura en Ulises, por ejemplo, encajaría en Trópico de Cáncer. Todo el capítulo es una suerte de confesión, una denuncia de la insensibilidad interior, terrible, del ser humano. Ahí terminan las semejanzas. Como novela, Trópico de Cáncer está muy por debajo de Ulises. Joyce es un artista en un sentido en el que Miller no lo es, ni probablemente desee serlo. En cualquier caso, aspira a mucho más. Explora distintos estados de conciencia, de ensoñación, de sueño (el capítulo en el que “se da bronce por oro”), de embriaguez, etc., y los ensambla en un patrón narrativo de una complejidad inmensa, dándoles casi una “trama” en el sentido victoriano. Miller es sencillamente una persona dura como el pedernal que habla de la vida, un norteamericano que se dedica a sus asuntos, que tiene valentía intelectual y tiene el don de la palabra. Tal vez sea significativo que su aspecto externo se corresponda con la idea que cualquiera tiene de un norteamericano que se dedica a sus asuntos. En cuanto a la comparación con Viaje al fin de la noche, éste es un libro con una clara intención, que consiste en protestar contra el horror y el sinsentido de la vida moderna o, más bien, de la vida misma. Es un grito que brota de una repugnancia intolerable, una voz que proviene de las cloacas. Trópico de Cáncer es casi exactamente todo lo contrario. Ha ocurrido algo tan insólito que parece casi anómalo, pero se trata del libro de un hombre que es feliz. Igual sucede con Primavera negra, sólo que en menor medida, porque en ocasiones está teñida de nostalgia. Con muchos años de vida de lumpen a sus espaldas, de hambre, de vagabundeo, de suciedad, de noches al raso, de batallas con los oficiales de inmigración, de pugnas interminables y picarescas por obtener un poco de dinero, Miller descubre que se lo está pasando muy bien. Exactamente los mismos aspectos de la vida que a Céline lo han colmado de espanto a él le atraen. Lejos de protestar, acepta. Y la palabra “aceptación” recuerda su verdadera afinidad precisamente con otro norteamericano, con Walt Whitman.
Pero hay algo realmente extraño en el hecho de ser un Whitman en los años treinta. No está del todo claro que si Whitman siguiera vivo ahora diera en escribir nada ni remotamente parecido a Hojas de hierba. Lo que dice a cada paso es, en el fondo, “acepto”, y hay una diferencia radical entre aceptar el hoy y aceptar aquel entonces. Whitman escribía en una época de prosperidad sin igual. Aún más: escribía en un país en el que la libertad era algo más que una palabra. La democracia, la igualdad, la camaradería de la que habla de continuo no son ideales remotos, sino realidades que existían ante sus propios ojos. En la Norteamérica de mediados del siglo xix, los hombres se sentían libres e iguales, y eran libres e iguales, en la medida en que tal cosa es posible fuera de una sociedad puramente comunista. Había pobreza aquí y allá, había incluso diferencias de clase, pero con la excepción de los negros, no existía una clase permanentemente sumergida. Todo el mundo tenía en su interior, cual núcleo intocable, la certeza de que podía ganarse la vida con decencia y sin lamerle el culo a nadie. Cuando leemos cosas sobre los barqueros y pilotos del Misisipi como las pinta Mark Twain o sobre los mineros del oro que describe Bret Harte, nos parecen hoy más lejanos que los caníbales de la Edad de Piedra. La razón es simple: se trata de seres humanos libres. Pero igual sucede incluso con la Norteamérica apacible y domesticada de la costa Este, la Norteamérica de Mujercitas, Los niños de Helen o “De vuelta de Bangor”. La vida posee una calidad despreocupada, boyante, que se percibe al leer como una sensación física en la boca del estómago. Eso es lo que Whitman celebra, aunque en realidad lo haga de muy mala manera, porque es uno de esos escritores que nos dicen qué deberíamos sentir en vez de hacérnoslo sentir. Por suerte para sus creencias, es de suponer, murió demasiado pronto y no llegó a presenciar el deterioro de la vida en Norteamérica que se produjo con el ascenso de la industria a gran escala y la explotación de la mano de obra barata que suponían los inmigrantes.
El planteamiento de Miller es sumamente afín al de Whitman. Prácticamente todo el que lo ha leído lo ha señalado. Trópico de Cáncer termina con un pasaje de resonancias muy whitmanianas, en el cual, tras tanta lascivia, timos, peleas, borracheras e imbecilidades, se sienta a ver correr las aguas del Sena en una suerte de mística aceptación de las cosas tal cual son. Ya, pero ¿qué es lo que acepta? En primer lugar, no Norteamérica, sino ese antiquísimo montón de huesos que es Europa, en donde cada palmo de terreno ha sido pisado por innumerables cuerpos humanos. En segundo lugar, no una época de expansión y libertad, sino una época de miedo, tiranía y regimentación. Decir “acepto” en una época como la nuestra es decir que uno acepta los campos de concentración, las porras de caucho, Hitler, Stalin, las bombas, los aviones, la comida en lata, las ametralladoras, los putsches, las purgas, los eslóganes, las cadenas de montaje, las máscaras antigás, los submarinos, los espías, los agentes provocateurs, la censura de la prensa, las cárceles secretas, las aspirinas, las películas de Hollywood y los asesinatos políticos. No sólo estas cosas, claro está, sino éstas entre otras. Y ésta es en conjunto la actitud de Henry Miller. No siempre: en algunos momentos da muestras de una nostalgia literaria bastante habitual. Hay un largo pasaje, en el arranque de Primavera negra, en alabanza de la Edad Media; por su calidad de prosa literaria, debe de ser uno de los fragmentos escritos más notables de los últimos años, aun cuando despliegue una actitud no muy distinta de la de Chesterton. En Max y los fagocitos blancos aparece una diatriba contra la moderna civilización norteamericana (cereales para el desayuno, papel de celofán, etc.) desde el ángulo habitual en el literato que detesta el industrialismo. Pero la actitud en general sigue siendo la de “traguémonoslo todo”. Y de ahí la aparente preocupación por la indecencia y por el aspecto de pañuelo sucio que tiene la vida. Sólo es aparente, pues lo cierto es que la vida, la vida ordinaria y cotidiana, consta de muchos más horrores que lo que los escritores de ficción suelen estar dispuestos a reconocer. El propio Whitman “aceptó” muchas cosas que a sus contemporáneos les resultaban innombrables. Y es que no sólo escribe sobre las praderas, sino que también se pierde en la ciudad y toma nota del cráneo resquebrajado del suicida, de “las caras grises y enfermas de los onanistas”, etc. Es incuestionable de todos modos que nuestra época, al menos en Europa occidental, sea mucho menos sana y mucho menos esperanzadora que la época en la que escribía Whitman. Al contrario que Whitman, vivimos en un mundo que encoge. Los “paisajes democráticos” han terminado en el alambre de espino. Es menor la sensación de creación y crecimiento, sea mucho menor el hincapié que se hace en la cuna, que se mece sin fin, y mucho mayor el que se hace en la tetera, que bulle sin fin. Aceptar la civilización tal cual es prácticamente implica aceptar la decadencia. Ha dejado de ser una actitud denodada y ha pasado a ser pasiva, e incluso “decadente”, si es que la palabra aún significa algo.
Pero precisamente porque en cierto sentido es pasivo ante la experiencia, Miller es capaz de acercarse al hombre corriente mucho más de lo que pueden hacerlo los escritores más decididos. El hombre corriente también es pasivo. Dentro de un círculo reducido (vida doméstica y, tal vez, la política sindical o local) se siente dueño de su destino, pero frente a los grandes acontecimientos se halla tan desvalido como ante la furia de los elementos. Lejos de esforzarse por influir en el futuro, se abstiene y deja que le sucedan las cosas. Durante los últimos diez años, la literatura se ha implicado cada vez más a fondo en la política, con el resultado de que ahora hay en ella menos sitio para el hombre corriente que a lo largo de los dos siglos anteriores. El cambio se ve en la actitud literaria prevaleciente, y basta con comparar los libros escritos sobre la Guerra Civil española con los escritos a propósito de la guerra de 1914-1918. Lo que de inmediato llama la atención sobre los primeros, al menos los escritos en inglés, es que son aburridos y están mal redactados. Pero es mucho más significativo que en casi todos ellos, sean de izquierdas o de derechas, prime el punto de vista político, la chulería de los partisanos que vienen a decirnos qué debemos pensar, mientras que los libros sobre la Gran Guerra son obra de soldados rasos o de oficiales de baja graduación que ni siquiera se las dieron de haber entendido de qué iba todo aquello. Libros como Sin novedad en el frente, Le Feu, Adiós a las armas, Muerte de un héroe, Adiós a todo eso, Memorias de un oficial de infantería y Un oficial en el Somme son obra no de propagandistas sino de las víctimas de la guerra. En efecto, vienen a decir: “¿De qué va todo esto? Sabe Dios. A lo sumo, podremos resistir”. Y aunque no escriban sobre la guerra ni, en conjunto, sobre la infelicidad del hombre, están más próximos a la actitud de Miller que a la omnisciencia que ahora está en boga. El Booster, una publicación de corta vida en la que fue codirector, se anunciaba como “apolítica, no educativa, no progresista, no cooperativa, no ética, no literaria, inconsistente y no contemporánea”. La propia obra de Miller podría describirse en esos mismos términos. La suya es una voz entre las masas, la voz de los sometidos, del vagón de tercera, del hombre corriente, no político, amoral y pasivo.
He utilizado la expresión “hombre corriente” con cierta imprecisión, y he dado por hecho que el “hombre corriente” existe, cosa de la que ahora reniegan algunos. No quiero decir que las personas sobre las que escribe Miller constituyan una mayoría, y menos aún que escriba acerca del proletariado. Ningún novelista inglés ni norteamericano ha intentado aún tal cosa en serio. Asimismo, los personajes de Trópico de Cáncer distan mucho de ser corrientes en la medida en que son ociosos, infames y más o menos “artísticos”. Como he dicho antes, es una lástima, pero es resultado forzoso de la expatriación. El “hombre corriente” de Miller no es el obrero ni el inquilino de los suburbios, sino el náufrago, el desclasado, el aventurero, el intelectual norteamericano desarraigado y sin dinero. Con todo, las experiencias incluso de este tipo se solapan ampliamente con las de otras personas más normales. Miller ha sabido sacar el mejor partido de materiales más bien limitados porque ha tenido el coraje de identificarse con ellos. El hombre corriente, el “hombre normal y sensual”, ha recibido el don de la palabra, cual si fuera el asno de Balaam.
Bien se ha de ver que esto es algo extemporáneo, o que al menos no está en boga. El hombre normal y sensual tampoco está de moda. La actitud pasiva, apolítica, no está de moda. La preocupación por el sexo y la veracidad acerca de la vida interior no están de moda. El París de los norteamericanos no está de moda. Un libro como Trópico de Cáncer, publicado en tal momento, ha de ser o bien de un preciosismo tedioso o bien sencillamente insólito, y entiendo que la mayoría de sus lectores coincidirán conmigo en que no es lo primero. Vale la pena tratar de descubrir qué significa este desvío de la moda literaria actual. Para ello, hay que verlo en su debido trasfondo, es decir, dentro del marco general en que se desarrolla la literatura inglesa en los veinte años que siguen a la Primera Guerra Mundial.
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