Kitabı oku: «El primer engaño»
El primer engaño
Verdades bíblicas sobre la muerte
Gerald Wheeler

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
1 - Duerme, mi amada
2 - El misterio del sueño
3 - ¿Qué es el alma?
4 - Atraído por la luz
5 - Engaño sobrenatural
6 - Déjà Vu de nuevo (reencarnación y karma)
7 - Ustedes que duermen, ¡despiértense!
8 - Pesadillas
9 - La mañana eterna
El primer engaño
Verdades bíblicas sobre la muerte
Gerald Wheeler
Título del original: Beyond Death’s Door.
Dirección: Walter Steger
Traducción: Claudia Blath
Diseño e ilustración: Mauro Perasso
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e-book
MMXXI
Es propiedad. © 2009 Review and Herald Publishing Association.
© 2020, 2021 ACES.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-341-8
| Wheeler, GeraldEl primer engaño / Gerald Wheeler / Dirigido por Walter E. Steger. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: onlineTraducción de: Claudia Blath.ISBN 978-987-798-341-81. Muerte. I. Steger, Walter E., dir. II. Blath, Claudia, trad. III. Título.CDD 306.9 |
Publicado el 20 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: ventasweb@aces.com.ar
Website: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Dedicado a Aaron y Bronwen, que están comenzando juntos su peregrinaje, y a Lisa y Tompaul, ya bien adentrados en ese camino.
Capítulo 1
Duerme, mi amada
Un zumbido de neumáticos proveniente de la autopista cercana se filtró a través de los árboles hasta el cementerio. Agotado, Jim se dejó caer sobre un banco. Le costaba mucho moverse. No era consciente de sus pensamientos, solo del peso de las preguntas que le atravesaban la mente. Una de esas preguntas era tonta, tonta porque no había respuesta para ella. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a...? ¿Qué voy... a...? ¿Qué...?
Un pájaro cantó sin ser visto entre las flores de un aromo francés cercano, y luego cayó en un repentino silencio. Una ardilla, perturbada por la presencia de Jim, lo regañó mientras se precipitaba por el suelo crudo de una tumba nueva.
La muerte de Nan había sido inesperada. Un día, ella mencionó que se sentía cansada y pensó en acostarse por un rato. Acababan de recibir visitas, y se había dedicado a limpiar, cocinar y organizar paseos turísticos para todos. Habían sido dos días geniales, pero agotadores. No es de extrañar que estuviera cansada. Pero, al día siguiente, no pudo siquiera levantarse. Los eventos posteriores tronaron en su mente como un tren fuera de control. Los médicos descubrieron el cáncer en todo su cuerpo. Solo diez días después, Nan falleció.
Jim todavía no podía creerlo.
¿Qué sentido tenía todo esto? La muerte de Nan no tenía explicación. Jim era diez años mayor que su esposa. Él siempre había pensado que moriría primero. ¿De dónde había salido el cáncer, de todos modos? ¿Cómo podría este enemigo arrastrarse silenciosamente por todo su cuerpo hasta que fuera demasiado tarde? Su pensamiento lógico no podía entender lo que había sucedido. Que la muerte de Nan no tuviera sentido para él realmente profundizó su dolor.
Y después estaban los niños. Todo el infierno se había desatado desde la muerte de su madre. Jack había perdido su trabajo, un buen trabajo, con gran potencial, debido a la recesión económica. La situación de Patti era aún peor. Su matrimonio había terminado. Estaba destrozada. Y tres niños pequeños luchaban con las secuelas.
Jim tampoco entendía eso. ¿Qué les pasaba? Antes, la gente permanecía casada. ¿Y qué importaba si ya no sientes lo mismo? ¿No sabían los jóvenes que los sentimientos van y vienen? ¿Dónde quedaba el compromiso? Eso simplemente lo enfermaba. Patti y Gene. Gene y Patti. Vaya, ¡habían estado juntos desde que tenían 18 años! ¡Y las peleas! Las acusaciones que surgieron en la batalla por la custodia lo habían afectado profundamente.
Nunca lo diría, ni siquiera lo pensaría. Pero la verdad era que estaba contento de que Nan no supiera sobre esto. No sabía lo asustados que estaban los nietos. No podía ver sus caritas. ¿O quizá sí? ¿Estaba mirando todo esto desde el cielo o desde algún otro lugar? Enterró su rostro entre sus manos. Querido Dios, ¡cuánto la extraño!
Luego estaba Lucy, la bebé de la familia. Nan se había preocupado mucho por Lucy. Aunque su hija había tratado de ocultarlo, tenía un problema con el alcohol y, no es de extrañar, había empeorado desde la muerte de Nan.
Una discusión airada había estallado durante la cena después del funeral. Por supuesto, Lucy había traído su propia pequeña botella y Jack la había descubierto. (¡La verdad es que al menos podría haber dejado de tomar durante el funeral de su madre!) ¿En qué estaba pensando Nan? Pero ese recién era el comienzo. Ninguno de ellos, incluido él mismo, sabía cómo transitar el duelo sin cargar con su dolor a sus seres queridos.
Un viento suave sacudió la hierba alrededor de los pies de Jim. El sol estaba cálido y podría haber sido reconfortante, si lo hubiera percibido. Pero no lo hizo. Su cuerpo se estremeció con la brisa.
La hermana de Nan también había estado cargando su dolor sobre él. Estaba enojada con la muerte. Al menos eso es lo que su amigo Paul pensaba. No importaba. Lástima que la “Muerte” no pudiera escuchar sus diatribas de una hora. Lástima que Jim también fuera a menudo el objeto de ellas. La pobre Nan se sentiría muy mal por tener que lidiar con Donna también.
Cuando se descubrió el problema cardíaco de Jim, Nan se abalanzó sobre él, preocupándose constantemente por su salud. “Necesitas una niñera –se burlaba de él–. Alguien que se asegure de que hagas todos los deberes”. Siempre se había reído de eso, aunque trataba de seguir las órdenes del doctor lo mejor que podía. Tal vez se escabullía una rosquilla y una taza de café real de vez en cuando, pero eso era todo. Nan cocinaba como un chef, haciendo que, a pesar de tener una dieta restringida, Jim no extrañara su antigua alimentación. ¿Y ahora? No tenía la energía para preocuparse por lo que comía, o por cuándo lo hacía.
Las lágrimas llenaron los ojos de Jim. Cuánto lamentaría Nan ver a su amada familia desintegrarse así. ¡Lucy! Jack. Patti y Gene, y los niños. Su propia hermana. E incluso él. La pregunta seguía martillando en su mente: ¿Sabía ella todo lo que estaba pasando? ¿Estaba mirando desde el cielo? ¿Todo esto la estaba destrozando tanto como a él?
La ardilla, después de observarlo durante unos minutos, se acercó ligeramente a Jim, ladeando la cabeza hacia un lado, como si lo estuviera estudiando. Luego, volvió a parlotear y salió disparada.
Jim suspiró. Si no hubiese sido por Paul, hubiera sido aún peor. Paul no era un gran conversador. Simplemente tocaba el brazo de Jim o le daba palmaditas en el hombro. Lo mejor de todo era que se sentaba en silencio con él todo el tiempo que Jim quisiera. Algunas veces, su amigo le pasaba un texto bíblico en silencio. Aparentemente, percibió el terrible temor de Jim de que Nan estuviera observando de alguna manera desde el cielo, o desde donde sea que ella hubiera ido, mientras su familia se hacía añicos e incluso se volvía contra sí misma.
Jim sacó un trozo de papel del bolsillo, lo desdobló, lo extendió sobre su rodilla y comenzó a leer. Le había llevado un tiempo comprender las implicaciones de lo que su amigo había compartido con él. Pero pensó que por fin estaba comenzando a entender.
“Señor y Dios mío, mírame y respóndeme; ilumina mis ojos. Así no caeré en el sueño de la muerte” (Sal. 13:3, NVI).
“Un hombre llamado Lázaro estaba enfermo. Vivía en Betania con sus hermanas María y Marta. […] Así que las dos hermanas le enviaron un mensaje a Jesús que decía: ‘Señor, tu querido amigo está muy enfermo’. [...] Jesús dijo: ‘Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero ahora iré a despertarlo’. ‘Señor –dijeron los discípulos–, si se ha dormido, ¡pronto se pondrá mejor!’ Ellos pensaron que Jesús había querido decir que Lázaro solo estaba dormido, pero Jesús se refería a que Lázaro había muerto. Por eso les dijo claramente: ‘Lázaro está muerto’ ” (Juan 11:1-14).1
¿Qué significa que la muerte es como un sueño? “Los que están vivos al menos saben que un día van a morir, pero los muertos no saben nada. [...] Lo que hayan hecho en su vida –amar, odiar, envidiar– pasó ya hace mucho. Ya no son parte de nada en este mundo” (Ecl. 9:5, 6).
“Vuelve, oh Señor, y rescátame; por tu amor inagotable, sálvame. Pues los muertos no se acuerdan de ti; ¿quién puede alabarte desde la tumba?” (Sal. 6:4, 5).
“Tú siempre puedes más que ellos, y desaparecen de la escena. Los desfiguras cuando mueren y los despides. Ellos nunca saben si sus hijos crecen con honor o si se hunden en el olvido” (Job 14:20, 21).
“Los muertos no pueden cantar alabanzas al Señor porque han entrado en el silencio de la tumba” (Sal. 115:17).
¿Los muertos ya no son conscientes de lo que les sucede a los vivos? ¿Es eso lo que la Biblia está tratando de decirnos? ¿Que –de hecho– no saben nada?
Jim pensó durante mucho tiempo. Sí, finalmente decidió que Nan estaba dormida. No vería lo que le estaba sucediendo a su familia, no tendría que angustiarse por su dolor, y el dolor aún mayor para ella de no poder ayudar, consolar, hacer lo correcto como siempre lo había hecho. Entonces un pensamiento aterrador sobresaltó a Jim. Pero ¿es eso todo lo que hay: un sueño interminable? ¿Es la muerte el fin de todo lo que hemos sido el uno para el otro?
Volvió a mirar el papel, buscando consuelo en sus palabras, las palabras que había leído una y otra vez desde que Paul se lo había pasado.
“Y ahora, amados hermanos, queremos que sepan lo que sucederá con los creyentes que han muerto, para que no se entristezcan como los que no tienen esperanza. Pues, ya que creemos que Jesús murió y resucitó, también creemos que cuando Jesús vuelva, Dios traerá junto con él a los creyentes que hayan muerto.
“Les decimos lo siguiente de parte del Señor: nosotros, los que todavía estemos vivos cuando el Señor regrese, no nos encontraremos con él antes de los que ya hayan muerto. Pues el Señor mismo descenderá del cielo con un grito de mando, con voz de arcángel y con el llamado de trompeta de Dios. Primero, los creyentes que hayan muerto se levantarán de sus tumbas. Luego, junto con ellos, nosotros, los que aún sigamos vivos sobre la tierra, seremos arrebatados en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire. Entonces estaremos con el Señor para siempre” (1 Tes. 4:13-17).
Las sombras se movían lentamente debajo de los árboles. Finalmente, Jim se levantó y se pasó la mano por los ojos.
Duerme, mi amada, hasta que escuches el llamado a despertarte de parte de Dios. Tengo muchas preguntas sobre esta muerte en la que descansas, pero sé que volveré a verte.
Volvió a meterse la hoja de papel en el bolsillo y se dirigió a su automóvil. Todavía se preguntaba por muchas cosas. La muerte era un tema aterrador y misterioso. Pero seguramente a tiempo encontraría suficientes respuestas para darle sentido a todo.
El pájaro invisible comenzó a cantar de nuevo.
1 Las referencias bíblicas usadas en el libro corresponden a la Nueva Traducción Viviente (NTV), a menos que se indique otra versión.
Capítulo 2
El misterio del sueño
Cuando su auto tomó la curva cerrada, Greg Johnson no vio el parche de hielo. Vertiginosamente, su vehículo se deslizó lateralmente fuera del pavimento, luego se enderezó violentamente, saltó por un empinado terraplén y se dirigió hacia un enorme roble. La parte delantera del automóvil se estrelló contra el tronco del árbol, deteniendo bruscamente su caída. El último sonido que Greg escuchó fue el de metal arrugándose. Ese terrible impulso hizo que su pecho golpeara contra el volante. El auto viejo no tenía airbag. El golpe laceró la aorta de Greg, quien comenzó a desangrarse internamente.
Minutos después, la presión sanguínea de Greg comenzó a bajar. Intentando compensar el flujo sanguíneo reducido, su corazón comenzó a acelerarse. Pronto, la presión y la cantidad de sangre que llegaba al cerebro de Greg bajó demasiado y él cayó en la inconsciencia. El cerebro humano debe recibir constantemente grandes cantidades de oxígeno y azúcar a través de la sangre para seguir funcionando. No tiene reservas.
Como un rascacielos que corta la luz y la calefacción en cada piso para conservar energía durante una emergencia, el cerebro de Greg se fue apagando nivel tras nivel. Primero falló la corteza cerebral. El tronco encefálico y la médula aguantaron un poco más, manteniendo la respiración, pero esta era cada vez más irregular. Finalmente, el corazón casi vacío se detuvo, fibrilando durante unos minutos antes de dejar de funcionar.
Greg no sintió mucho. Durante un corto tiempo, inmediatamente después del impacto, su cerebro bombeó endorfinas: analgésicos naturales. Luego, cuando entró en coma, ya no importaba. A medida que el nivel de oxígeno se desplomaba en el cerebro, sus células se llenaban de toxinas y comenzaron a morir. Toda una vida de recuerdos y habilidades se desvaneció. Su pérdida fue irreversible. Su cerebro estuvo muerto en quince o treinta minutos, y otros órganos pronto comenzaron a fallar y desintegrarse. El sistema nervioso central colapsó más rápido, mientras que el tejido conectivo de las estructuras musculares y fibrosas tardó más. Las células hepáticas continuarían funcionando durante horas.
Poco a poco, la cara de Greg adquirió una palidez grisácea. Sus ojos, al principio vidriosos y ciegos, en cuatro o cinco minutos perdieron su brillo y se volvieron opacos cuando las pupilas se dilataron. Pronto los globos oculares se aplanarían.
Se había desvanecido en ese reino desconocido y aterrador conocido como la muerte.
La vida y la muerte nos confrontan con innumerables misterios. Plantean preguntas con las que la humanidad ha luchado durante miles de años. La religión, la filosofía y la ciencia han ofrecido algunas respuestas. En este libro, veremos lo que dice la Biblia sobre la muerte y lo que sucede después, así como lo que la ciencia revela sobre la naturaleza y el funcionamiento del cerebro y el cuerpo humano.
El misterio de la muerte
La controversia de los últimos años sobre el aborto ha planteado la cuestión de cuándo comienza la vida humana. ¿En la concepción? ¿Al nacer? ¿En algún momento intermedio?
Un tema quizás aún más difícil de definir es cuándo termina la vida y comienza la muerte. Los médicos solían declarar a alguien muerto cuando no podían detectar el pulso o los latidos del corazón. Ahora, la ciencia médica monitorea las ondas cerebrales. Los sistemas de soporte vital pueden mantener funcionando el corazón y la circulación, pero si la actividad eléctrica del cerebro se ha detenido, la ciencia médica considera que los pacientes han sufrido muerte cerebral. Pero incluso ese criterio puede no ser confiable. Las sobredosis de ciertas drogas adictivas pueden suprimir tanto la actividad cerebral, que esta parece haber cesado por completo. Sin embargo, estas personas pueden salir inesperadamente de los profundos comas inducidos por las drogas.
En los últimos años, los médicos han ofrecido nuevas definiciones de lo que constituye la muerte. Algunos consideran que una persona ha muerto cuando entra en un estado vegetativo persistente, una condición que primero fue noticia a través del controvertido caso de Karen Ann Quinlan. Un caso posterior, que involucró a Terri Schiavo, creó una extensa controversia política. Misteriosamente, el flujo de sangre desde su corazón hasta su cerebro se interrumpió durante al menos una hora. La falta de oxígeno resultante la llevó a un estado vegetativo persistente. Después de su muerte física, las radiografías y los escáneres cerebrales revelaron que su cerebro se había reducido a la mitad de su tamaño. Aparentemente, su capacidad de seguir con sus ojos a los que la rodeaban no era una acción consciente, sino un reflejo puro, a veces llamada “visión ciega”, que permite a las personas sin visión consciente responder a luces brillantes u objetos en movimiento. Aunque la corteza visual haya sido destruida, los nervios ópticos permanecen.2
Otros expertos han sugerido que deberíamos considerar que una persona ha muerto cuando tiene una pérdida irreversible de memoria o cuando ya no puede acceder a ella, perdiendo así su personalidad. El problema es complejo y puede que nunca se resuelva.
El misterio de la vida
Quizás en nuestro intento de comprender la naturaleza de la muerte, primero debemos considerar algo igualmente complejo y misterioso: ¿qué es la vida? En su nivel más básico, podríamos definir la vida como una complejidad creciente y sostenida. Un organismo vivo, ya sea un árbol de secuoya imponente, un elefante que brama por las sabanas de África o un ser humano, pasa la primera parte de su existencia en una etapa de crecimiento. Las células se dividen y se multiplican, formando tejidos, órganos y sistemas corporales cada vez más complejos, bajo la dirección del ADN ubicado en cada célula. Este ADN contiene información increíblemente detallada que le dice a un ser vivo cómo convertirse en lo que debe ser y luego mantenerse así.
Un ser vivo es siempre un sistema increíblemente organizado. Incluso las células individuales están intrincadamente estructuradas. Para la mayoría de los seres vivos, esa organización aumenta de manera constante, hasta que la planta o el animal alcanza su forma madura y luego se estabiliza. Pero entre los seres humanos, el impulso por una mayor complejidad puede continuar en el cerebro hasta la muerte. El cerebro humano siempre está organizando y almacenando recuerdos y otras formas de datos en la maraña de las sinapsis que conectan las innumerables células que componen su materia. Por lo tanto, ya sea vegetal o animal, la vida es un proceso de actividad y organización cuidadosamente mantenidas.
Pero a medida que los seres vivos envejecen y mueren, esa organización se interrumpe. El ADN ya no se replica perfectamente; arrastra errores. Los extremos de las cadenas de ADN que forman los cromosomas de cada célula comienzan a deshilacharse. Es como si el manual de instrucciones del cuerpo perdiera algunas páginas aquí y allá, y las células ya no pudieran hacer copias de seguridad completas. Curiosamente, cuando los científicos clonan una oveja o algún otro ser vivo, el nuevo organismo envejece mucho más rápidamente, porque su ADN comienza en la etapa de madurez de la criatura clonada.
Las células mismas pueden dividirse solo cincuenta veces, un número conocido como “el límite de Hayflick”. Entonces dejan de dividirse. A medida que pasa el tiempo, los tejidos y los órganos completos ya no funcionan tan eficientemente como antes. La estructura de la piel se rompe y forma arrugas o pliegues. Los vasos sanguíneos se obstruyen y el sistema inmunitario se debilita. Los pulmones captan cada vez menos oxígeno y disminuyen los niveles hormonales. El cerebro puede deteriorarse y caer en la demencia. El nivel de organización de los seres vivos entonces disminuye.
Cuando una planta o un animal muere, ese colapso en la organización se acelera. Incluso las estructuras microscópicas de las células explotan y extienden su contenido por toda la célula. La compleja organización que alguna vez fue un ser vivo se disuelve literalmente en un líquido nocivo.
Por mucho que la ciencia las haya estudiado, tanto la muerte como la vida siguen siendo un misterio. ¿Dónde está el límite exacto entre la vida y la muerte física? La línea es difícil de trazar. Pero, tarde o temprano, la muerte siempre gana.
¿Es la muerte el fin de cada personalidad humana? Algunos piensan que sí, pero otros no pueden aceptar una conclusión tan aterradora. Seguramente la vida debe tener más importancia que esta breve existencia. La mayoría no puede imaginar que realmente dejaremos de existir al morir. Algo debe continuar.
Algunos que miran la realidad únicamente desde una perspectiva científica concluyen que esta convicción es totalmente errónea. Jesse Bering argumenta que nuestra incapacidad para concebir que la mente o la personalidad dejarán de existir para siempre no es más que un mecanismo del cerebro humano que la evolución no borra, simplemente porque eliminarla no nos ayudaría para la supervivencia. Se afirma que nos es útil reconocer el cuerpo muerto de un animal salvaje o un enemigo, porque este ya no implica una amenaza, pero que la aceptación de que la mente ha dejado de existir no nos brinda ninguna ventaja evolutiva útil.3
Pero la mayoría de los lectores de este libro rechazarían instantáneamente este concepto. La convicción de que la personalidad humana es demasiado preciosa como para aceptar que se desvanece para siempre al morir es extremadamente poderosa y convincente para ignorarla sin más. ¿Existe alguna base para creer en este concepto?
Veamos primero lo que la Biblia tiene para decir.
La muerte en las Escrituras
Como cualquier lector de las Escrituras pronto se da cuenta, la Biblia rara vez presenta algo de manera sistemática. Narra historias, deja que los salmistas expresen sus sentimientos y provee sermones proféticos y cartas de asesoramiento pastoral. Leer estas cartas a veces es como escuchar solo un extremo de una conversación telefónica. A menudo, tienes que leer entre líneas para reconstruir los antecedentes del tema en discusión.
Ni el Antiguo Testamento ni el Nuevo Testamento describen sistemáticamente cómo es la condición humana en la muerte. Debes reconstruir la creencia bíblica sobre la muerte a partir de alusiones dispersas. Pero, aunque algunas de las declaraciones pueden ser desconcertantes, notamos ciertas posiciones o conceptos generales. Por ejemplo, la Biblia establece limitaciones definidas sobre hasta dónde podemos llevar las metáforas que utiliza para hablar sobre la muerte.
La muerte en el Antiguo Testamento
Las antiguas culturas semíticas retrataron sus ideas de la vida futura a través de metáforas como la oscuridad, el silencio y el polvo. La Biblia, especialmente el Antiguo Testamento, a veces usa imágenes similares cuando habla de la muerte y de los muertos. El Antiguo Testamento a menudo refiere que los muertos están en el sheol. El sheol puede indicar el reino de los muertos o el poder detrás de la muerte.4 Las Escrituras representan al sheol como un lugar:
1 Oscuro (Job 10:21; 17:13; 18:18; Sal. 88:12; 143:3; Lam. 3: 6).
2 Polvoriento y seco (Job 17:16; 21:26; Sal. 7:5).5
3 Silencioso (Sal. 31:17, 18; 94:17; 115:17; Isa. 47:5).
El Antiguo Testamento presenta al sheol como la morada tanto de los justos como de los impíos (Job 30:23). Solo una vez habla del sheol en el contexto limitado de los malvados muertos (Sal. 9:17). Aunque los muertos pueden estar en el sheol, no están más allá de la presencia de Dios (Sal. 139:8; Prov. 15:11; Job 26:6; Amós 9:2). El Señor puede rescatar del sheol a los muertos y restaurarlos a la vida física (Sal. 16:10; 30:3; 49:15; 86:13; Job 33:18, 28-30). Los escritores de la Biblia representaron al sheol en las profundidades de la tierra (Sal. 88:6; Eze. 26:20; 31:15; Amós 9:2). Podría ser personificado como una bestia hambrienta (Prov. 27:20; Isa. 5:14; Hab. 2:5) con la boca abierta y un apetito insaciable, recordando una de las descripciones del dios cananeo de la muerte, Mot.6
En cuanto a los propios muertos, lo más que podemos inferir del Antiguo Testamento es que son representados como poco más que sombras. Pero como veremos más adelante, las limitaciones fundamentales que el Antiguo Testamento les impone hacen que incluso esa opacidad sea imposible.
Ten en cuenta que incluso estas imágenes aparecen como breves alusiones en pasajes poéticos, advirtiéndonos no llevar su literalidad demasiado lejos. El mismo principio se aplica a los pasajes más extensos.
En Isaías 14:9 al 20 y Ezequiel 32, por ejemplo, los escritores representan a los muertos como si hicieran comentarios sobre el fallecido recién llegado. Los autores bíblicos probablemente están usando la tradición semítica del más allá para ridiculizar las actitudes de las culturas circundantes. Ninguno de los dos capítulos tiene como objetivo una descripción formal de la morada de los muertos. La intención parece ser la simbolización de la impotencia de los enemigos de Dios. Estas representaciones son recursos literarios que entenderían tanto israelitas como no israelitas, no exposiciones sistemáticas de doctrina. E incluso así, la vida después de la muerte que describen es bastante diferente de la comprensión popular de un infierno de fuego proyectado sobre ciertos pasajes del Nuevo Testamento o la dicha del cielo imaginada por muchos hoy.
Los escritores del Antiguo Testamento pueden haber empleado imágenes familiares y generalizadas de culturas circundantes que creían en una vida consciente posterior. Pero lo hicieron con su propio giro particular, una perspectiva que nos ayuda a comprender tanto lo que querían decir como lo que no tenían la intención de decir. Hace algunos años, Alexander Heidel comparó lo que el Antiguo Testamento dice sobre los muertos con los conceptos mesopotámicos de una vida futura.7 Encontró una serie de diferencias fundamentales que nos ayudan a interpretar las declaraciones bíblicas sobre la muerte (la religión egipcia compartía algunas características con la de la Mesopotamia). Los contrastes entre la religión bíblica y la pagana incluyen:
1 La religión mesopotámica afirmaba que los dioses crearon la muerte como una parte natural del orden de las cosas para los seres humanos. El Antiguo Testamento enseña que Dios creó a los seres humanos con la intención de hacerlos vivir para siempre. La muerte no formaba parte del plan de Dios para ellos (más adelante veremos la explicación bíblica del origen de la muerte).
2 La religión mesopotámica tenía dioses especiales que gobernaban el mundo de los muertos. El Dios de Israel gobierna tanto a los vivos como a los muertos.
3 Los mesopotámicos consideraban que tanto los vivos como los muertos dependían unos de otros. Los vivos tenían que alimentar a los muertos, y los muertos a su vez podían ayudar o dañar a los vivos, porque sabían lo que estaba sucediendo en el mundo de arriba. El Antiguo Testamento claramente enfatiza que los muertos no saben nada de lo que les sucede a los vivos (discutiremos esto un poco más tarde).8
4 La religión mesopotámica no mencionaba nada sobre el concepto de resurrección del cuerpo. Mientras que un dios (como Baal) podría escapar del inframundo, ningún ser humano lo hizo. Sin embargo, en los libros de Daniel e Isaías se presentan los primeros indicios importantes de la doctrina de la resurrección (el tema de la resurrección se examinará más adelante).
“Estas diferencias –concluye Heidel–, establecen que la escatología de los mesopotámicos y la de los hebreos están tan alejadas como lo está el Este del Oeste”.9
Además de estas diferencias, el Antiguo Testamento impone limitaciones estrictas a los muertos. Estos límites, a todos los efectos prácticos, nos hacen imposible interpretar las imágenes que usan los escritores del Antiguo Testamento como algo más que vehículos literarios para presentar un punto o enseñanza del autor. No describen la realidad, excepto en el sentido más general de la lección que intentan transmitir. Cualquiera que sea el destino de los muertos, de acuerdo con las Escrituras, no puede violar los siguientes criterios:
1 Los muertos no recuerdan nada de su vida humana (Sal. 6:5; 88:12).
2 Los muertos no tienen pensamientos (Ecl. 9:10; Sal. 146:4).
3 Los muertos no hablan (Sal. 31:17; 94:17) ni tampoco alaban a Dios (Sal. 6:5; 30:9).
4 Los muertos no saben nada de lo que sucede en el mundo de los vivos (Job 14:21; Ecl. 9:10).10
5 Los muertos ya no pueden trabajar (Ecl. 9:10).
6 Los muertos ya no pueden participar en la vida humana ni influir en lo que ocurre entre los vivos (Ecl. 9:6).
7 Los seres humanos y los animales perecen de la misma manera (Ecl. 3:19-21).11
Joel B. Green lo resume sucintamente: “Para las Escrituras de Israel, la muerte nunca se trata simplemente de un cese biológico. Aunque los libros del Antiguo Testamento proporcionan alguna variación en sus perspectivas sobre la muerte, podemos hablar de algunos denominadores comunes. Esto incluiría al menos tres afirmaciones: primero, la existencia humana está marcada por la finitud; segundo, la muerte es absoluta; y tercero, la muerte es considerada como la esfera dentro de la que se pierde la comunión con Jehová”.12
Si los muertos no piensan, no hablan, no recuerdan y no saben nada, entonces no pueden tener ninguna forma de conciencia que podamos comprender. Por lo tanto, ¿Cómo podemos decir que ya no tienen una forma significativa de existencia?
Ten en cuenta que muchos de los textos citados provienen del libro de Eclesiastés, que tiene un enfoque bastante pesimista. Algunos intentan minimizar las declaraciones del libro sobre la naturaleza de la muerte al manifestar que los pasajes son solo quejas de un individuo quizás deprimido. Eclesiastés es sombrío a veces, mientras su autor lucha con preguntas profundas y complejas. Pero si los muertos no están realmente inconscientes y desconocen la vida en la Tierra (Ecl. 9:5, 6), si los justos y los malvados no comparten el mismo destino al morir (Ecl. 6:6; 9:2), y si los seres humanos y los animales no tienen la misma condición al morir (Ecl. 3:19-21), las comparaciones del Predicador (como se llama a sí mismo; Ecle. 1:1) no tienen sentido y sus argumentos colapsan. Sin embargo, el autor está presentando una realidad y verdad fundamental. De lo contrario, ¿por qué está Eclesiastés en la Biblia?
Otros podrían argumentar que la literalidad de los textos poéticos y sapienciales no debe ser llevada demasiado lejos. Si bien eso es cierto, nuevamente, el mensaje del salmista no tendría sentido si no hubiera ninguna verdad en sus comparaciones y figuras retóricas. Debemos tomar en serio lo que la Biblia menciona acerca de las limitaciones que poseen los muertos.
A diferencia de las elaboradas representaciones del inframundo que se encuentran en las pinturas y los rollos de tumbas egipcias y en los documentos mesopotámicos, la Biblia casi no tiene nada que decir sobre el sheol.13 Este hecho debería advertirnos contra el uso de sus pocas alusiones a los muertos para construir una doctrina detallada de la vida futura. Los escritores de la Biblia parecen estar más interesados en lo que no son los muertos que en cuál podría ser su existencia. Aún más importante, se centran en lo que deben hacer los vivos para relacionarse con Dios antes de morir.
Muchos eruditos, a pesar de que pueden creer personalmente en una vida futura consciente, tienen cuidado de dejar en claro que el Antiguo Testamento no enseña la comprensión cristiana popular de a dónde van las personas después de su muerte. Recuerdo que el notable sacerdote y erudito católico Roland Murphy, antes de una presentación sobre la literatura sapiencial (Proverbios, Eclesiastés, Job y libros similares) de la Biblia, enfatizó que, si bien uno podría mantener los puntos de vista cristianos tradicionales sobre el más allá, también debe reconocer que el Antiguo Testamento simplemente no los enseñó.
Otros se sienten incómodos con las restricciones que el Antiguo Testamento impone sobre los muertos. Como ejemplo, Robert A. Morey se quejó de la “dependencia indebida de los textos del Antiguo Testamento” por parte de aquellos que rechazan un estado consciente de los muertos.14 Argumentó que la revelación progresiva significa que debemos interpretar los pasajes del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo Testamento, que tendría una mayor comprensión sobre este tema. Pero el Antiguo Testamento eran las Escrituras de Cristo y de la iglesia cristiana primitiva y, como veremos, el Nuevo Testamento está más en armonía con el Antiguo Testamento en su perspectiva de la muerte de lo que la mayoría está dispuesta a reconocer.
El origen de la muerte
El Antiguo Testamento describe la naturaleza o condición de la muerte solo brevemente, y menciona de manera sucinta su origen. En lugar de entrar en detalles, se limita a narrar una historia simple pero profunda, y luego permite al lector reflexionar sobre sus implicaciones.
Después de que Dios creó a los primeros seres humanos, les dio un lugar especial para vivir: el Jardín del Edén. Todo en él les pertenecía, excepto una sola cosa. “Puedes comer libremente del fruto de cualquier árbol del huerto, excepto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Si comes de su fruto, sin duda morirás” (Gén. 2:16, 17, NVI). Dios les había permitido el uso de cada parte de su buena creación, y solo estableció que no podían comer del fruto de un solo árbol; difícilmente algo que ellos no pudieran cumplir.
Las Escrituras no entran en extensas explicaciones teológicas o científicas de lo que sucedió en el árbol del bien y del mal. El Génesis dejó mucho para que la revelación posterior desarrollara, y seguiremos sin conocer muchos detalles hasta que nos encontremos con Dios cara a cara.
Génesis 3:1 dice que “la serpiente era el más astuto de todos los animales salvajes que el Señor Dios había hecho”. El autor bíblico no explica cómo un ser que formaba parte de una creación física a la que Dios gozosamente llamó “buena” (Gén. 1:31) podría volverse contra su Creador. Tampoco nos dice cómo y por qué llevó a la pareja humana, que se suponía que tenían dominio sobre ella, a la desobediencia. El Nuevo Testamento ofrece pistas sobre el accionar de una serpiente mayor, pero Génesis está más interesado en cómo la pareja se lanzó voluntariamente a la rebelión contra el Creador.
La mujer (que todavía no ha recibido nombre) se encuentra con la serpiente un día.
“¿De veras Dios les dijo que no deben comer del fruto de ninguno de los árboles del huerto?” (vers. 1), afirmó la serpiente.
Por supuesto, el Creador nunca había dicho tal cosa. La serpiente utiliza una gran mentira para engañar a la mujer. Hace una distorsión tan grande en una dirección, que la mujer –sin darse cuenta– se balancea hacia el otro extremo en su esfuerzo por corregirla.
“Claro que podemos comer del fruto de los árboles del huerto –contestó la mujer–. Es solo del fruto del árbol que está en medio del huerto del que no se nos permite comer. Dios dijo: ‘No deben comerlo, ni siquiera tocarlo; si lo hacen, morirán’ ” (vers. 2, 3).
La mujer agregó elementos al mandato de Dios, haciéndolo más estricto de lo que era. La tergiversación por parte de la serpiente del mandato de Dios sembró en la mente del ser humano la posibilidad de hacer algo diferente de lo que su Creador les había pedido que hicieran. Si la pareja hubiera obedecido el mandato divino, habrían sabido lo que era confiar en Dios. En cambio, al escuchar a la serpiente y luego hacer lo que sugería, llegaron a conocer solo la desconfianza.
A primera vista, lo que dice la serpiente a continuación parece cambiar el tema. Pero esa era realmente la meta hacia la que todo el tiempo se había estado dirigiendo. La criatura le dijo: “¡No morirán!15 Dios sabe que, en cuanto coman del fruto, se les abrirán los ojos y serán como Dios, con el conocimiento del bien y del mal” (vers. 4, 5).16
La pareja humana comió la fruta prohibida, especialmente porque el fruto del árbol “era deseable para adquirir sabiduría” (vers. 6, NVI). El hombre y la mujer ansiaban sabiduría, pero solo obtuvieron vergüenza y miedo (vers. 7, 8). Nuestros primeros padres anhelaban ser dioses, pero solo causaron que la imagen de Dios –que ya poseían (Gén. 1:27)– resultara trágicamente dañada. Habían usado su libertad, parte de esa imagen, y la habían transformado en desobediencia y esclavitud al miedo y a la muerte. Habían pecado. El pecado conduce al desorden y al caos en todos los aspectos de la vida. Y la muerte es el desorden supremo.
La muerte en el Nuevo Testamento
El resto del Antiguo Testamento, aunque reconoce en Génesis 2 y 3 que la muerte no formaba parte del plan original de Dios, sigue considerándola una conclusión normal de la vida, a pesar de que hemos visto algunas excepciones, tales como Eclesiastés 9:3.17 La gente disfrutaba de una buena vida, honraba a Dios y era enterrada con sus antepasados. Las Escrituras hebreas rara vez aluden a la posibilidad de la resurrección. Era importante que haya descendientes para mantener vivo el “nombre” de la familia, ya que nadie regresaba de la tumba (Núm. 27:4; Deut. 25:6).
Sin embargo, en el Nuevo Testamento se considera la muerte con mayor horror. Los discípulos gritan con miedo a la muerte durante la tormenta en el Mar de Galilea (Mat. 8:23-27; Mar. 4:35-41; Luc. 8:22-25). En Mateo 4:16 y Lucas 1:79 se emplea la frase “sombra de muerte” en un sentido negativo. Jesús resucita a los muertos pero llora por la muerte de Lázaro (Juan 11:35). Cristo se acerca a su propia muerte con angustia (Mat. 26:36-44; 27:46; Mar. 14:32-39; 15:34; Luc. 22:39-44). Los escritores del Nuevo Testamento elaboran más completamente la idea de que Dios no creó a la humanidad para morir. La muerte nos acecha por el pecado humano y la falta de obediencia: “La paga que deja el pecado es la muerte” (Rom. 6:23). Adán fue el causante de traer la muerte sobre la raza humana (Rom. 5:16, 18; 1 Cor. 15:21), y finalmente ella se cierne sobre todos (Heb. 9:27). El Nuevo Testamento también la vincula con el Juicio, especialmente el que deberán afrontar los impíos (Rom. 2:1-11; Apoc. 20:6; 21:8).
Pero si bien la muerte no estaba en los planes iniciales, Cristo vino a traer la solución. Él revirtió la maldición que Adán infligió a la humanidad (Rom. 5:10) y obtuvo para nosotros la vida en lugar de la muerte (vers. 18). Su crucifixión destruyó “el poder del diablo, quien tenía el poder sobre la muerte” (Heb. 2:14). El Nuevo Testamento asocia estrechamente a Satanás con la muerte. Y mientras que el Antiguo Testamento conectaba al pecado con la muerte (Eze. 18: 4, 20), el Nuevo Testamento explica más detalladamente esa relación (Rom. 3:23; 5:12-21).
Pero va todavía más allá: ve a Cristo como la solución a ambos problemas. Su muerte no solo nos trajo perdón por nuestros pecados, sino que también “destruyó el poder de la muerte e iluminó el camino a la vida y a la inmortalidad por medio de la Buena Noticia” (2 Tim. 1:10).
A diferencia de la de los seres humanos caídos, la muerte no pudo retener a Jesús en su tumba (Hech. 2:24). Por su muerte y resurrección victoriosa, Cristo adquirió el derecho a ser “Señor de los vivos y de los muertos” (Rom. 14:9). Porque experimentó la misma muerte, hoy tiene “las llaves de la muerte y de la tumba” (Apoc. 1:18).
Quizás lo más importante de todo es que el Nuevo Testamento reconsidera a la muerte dentro –ahora– del contexto de la victoriosa resurrección de Jesús. El adjetivo griego para “muerto” es nekrós. Setenta y cinco veces nekrós es el objeto de egeiro (“despertar”) o anastasis (“resucitar”). El Nuevo Testamento describe a Cristo como “el primogénito de entre los muertos” en el sentido de que fue el más importante en levantarse de la tumba (Col. 1:18; Apoc. 1:5). Incluso si llegamos a morir, la muerte no nos separa de Cristo (Rom. 8:38, 39). Así, Pablo puede comparar metafóricamente la muerte con estar “en el hogar celestial con el Señor” (2 Cor. 5:8), o afirmar que la muerte es “ganancia” (Fil. 1:21, RVR), y como “partir y estar con Cristo” (vers. 23).
En cada caso, Pablo está diciendo que no debemos preocuparnos por la muerte, ya que ni esta ni nada en la vida puede interponerse entre nosotros y Dios. Es su manera de describir su confianza en Cristo y su plan de salvación, no alguna hipotética etapa intermedia entre la muerte y la resurrección. “En pocas palabras, Pablo describe que la muerte del cristiano no es amenazante ni implica el final de la existencia”.18 Esta es una imagen que no debe ser forzada, especialmente no en una doctrina que contradiga el resto de la enseñanza bíblica sobre la naturaleza de la muerte y de los muertos. Sin Cristo, la muerte es amenazante y definitiva.
¿Qué pasa con un pasaje como 1 Pedro 3:19, que afirma que Cristo “fue a predicarles a los espíritus encarcelados”? La tradición ha sostenido durante mucho tiempo que Cristo fue al infierno durante su entierro y predicó a los muertos allí. Paul J. Achtemeier, sin embargo, presenta un creciente consenso académico de que la proclamación de Cristo en este pasaje no tuvo lugar entre su muerte y su resurrección, sino después de haber resucitado. Los “espíritus” no fueron las almas de los muertos, sino poderes del mal, y Cristo no les predicó el evangelio, sino que los juzgó a la luz de la Cruz.19
Además, Achtemeier considera a los muertos de 1 Pedro 4:6 como cristianos que habían aceptado el evangelio antes de su muerte, y la Cruz les asegura que ellos resucitarán en el futuro y vivirán con Dios.20
El Nuevo Testamento también utiliza la muerte como símbolo del pecado y sus efectos. Uno puede estar “muerto en pecado” (Efe. 2:1; Col. 2:13; Apoc. 3:1) o ser prisionero del poder del pecado (Rom. 7:24). La conversión a Cristo, la liberación de la esclavitud del pecado, se convierte en un nuevo nacimiento (Rom. 6:5-11; Gál. 2:20).
Pero aunque todos enfrentamos la perspectiva de la muerte hasta el regreso de Cristo, aquellos que están “en Cristo” tienen la promesa del don Dios de la inmortalidad. Es una esperanza maravillosa (Rom. 8:31-38; 1 Cor. 15:58; 1 Tes. 4:18), porque sabemos que recibiremos “vida nueva” (1 Cor. 15:22). Así, el foco deja de estar en la muerte para concentrarse en la resurrección, en el poder de Cristo para vencer la muerte; y también en la necesidad del creyente de ser fiel a Cristo.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.