Kitabı oku: «Procesos urbanos en América Latina en el paso del siglo XIX al XX»



Sánchez Ruiz, Gerardo G.
Procesos urbanos en América Latina en el paso del siglo XIX al XX : del higienismo al urbanismo / Gerardo G. Sánchez Ruiz, autor. México : Juan Pablos Editor, 2021
1a. edición
292 p. : ilustraciones ; 17 x 23 cm
ISBN: 978-607-711-609-7 e-book
ISBN: 978-607-711-596-0 impreso
T. 1. Urbanismo
HT166 S26
PROCESOS URBANOS EN AMÉRICA LATINA EN EL PASO DEL SIGLO XIX AL XX.
DEL HIGIENISMO AL URBANISMO
Gerardo G. Sánchez Ruiz
Primera edición: 2021
D.R. © 2021, Gerardo G. Sánchez Ruiz
D.R. © 2021, Juan Pablos Editor, S.A.
2a. Cerrada de Belisario Domínguez 19, Col. del Carmen
Alcaldía de Coyoacán, 04100, Ciudad de México
<juanpabloseditor@gmail.com>
Diseño de portada: Daniel Domínguez Michael
ISBN: 978-607-711-609-7 e-book
ISBN: 978-607-711-596-0 impreso
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de Ciencias y Artes para el Diseño de la UAM Azcapotzalco, que garantizan su calidad
y pertinencia académica y científica.
Impreso en México/Printed in Mexico
Juan Pablos Editor es miembro de la Alianza de Editoriales Mexicanas
Independientes (AEMI). Distribución: TintaRoja <www.tintaroja.com.mx>
A mi alma mater La Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura del Instituto Politécnico Nacional
A mi hijo Gerardo
ÍNDICE
PRÓLOGO. ENCUADRE HISTORIOGRÁFICO LATINOAMERICANO Arturo Almandoz Marte
INTRODUCCIÓN
RECOMPOSICIÓN SOCIAL, ECONÓMICA Y TERRITORIAL EN AMÉRICA LATINA
El cruento andar del reacomodo social y territorial de la región
Consolidación de poderes, naciones, economías y territorios
Requerimientos del exterior y el lento transitar hacia el progreso
CIUDADES Y LOS VISOS DE MODERNIDAD
Renovación de las perspectivas sociales y el nuevo carácter de los territorios
Carencias, insalubridad, epidemias y condiciones de las ciudades
La búsqueda de las figuras de progreso en el exterior
INFLUENCIA DEL EXTERIOR CON IDEAS DEL URBANISMO
Industrialización, barrios obreros y el informe de Mr. Edwin Chadwick
Aparición del higienismo y su conversión a urbanismo
Tratados de saneamiento y congresos sobre ciudades
PENURIAS, APROPIACIÓN DE IDEAS E INTERVENCIONES
Figuras del progreso entre élites latinoamericanas y las urbes
Propuestas de solución ideadas entre profesionales
Congresos médicos, de sanidad y socialización de experiencias
APARICIÓN DE PROFESIONALES VERSADOS EN LA DISCIPLINA
Problemas en las ciudades y la urgencia de profesionales
Higienistas ampliando su perspectiva hacia el urbanismo
Las oportunidades derivadas de las nuevas tecnologías
LA CONSTRUCCIÓN DE SUSTENTOS LEGALES PARA TRANSFORMAR
La necesidad de normas jurídicas para actuar frente a problemas
Reglamentando de los ámbitos generales a los particulares
Problemáticas ampliadas y creación de mayores regulaciones
DE OBRAS AISLADAS A INTERVENCIONES DE CONJUNTO SUSTENTADAS EN PLANES
Rebasando murallas y redireccionando expansiones
El control de las urbanizaciones expandidas en los Andes
Refuncionalizando y embelleciendo grandes concentraciones
CONCLUSIONES
POSDATA. ANTE LA IRRUPCIÓN DEL COVID-19 EN LA REGIÓN
BIBLIOGRAFÍA
PRÓLOGO
ENCUADRE HISTORIOGRÁFICO LATINOAMERICANO*
1. Para posicionar esta sustancial obra del profesor Gerardo Sánchez Ruiz, Procesos urbanos en América Latina en el paso del siglo XIX al XX. Del higienismo al urbanismo, conviene hacer varias consideraciones historiográficas sobre el contexto y el periodo aludidos. En tal sentido valga recordar, en primer lugar, que la distinción entre urban y planning history, consolidada en Europa y Estados Unidos desde la década de 1970,1 ha estado algo desdibujada y postergada en América Latina, donde los medios académicos tardaron más en perfilar tales vertientes historiográficas. La obra de Sánchez Ruiz es muestra de que esa segunda vertiente de “historia urbanística” ha adquirido forma en el medio latinoamericano. En segundo lugar, conviene recordar que, para resaltar la peculiaridad del abordaje del presente libro, debemos mirar otras obras panorámicas y/o comparativas; sin que ello implique desmerecerlos; los innumerables casos de estudio para el periodo entre mediados del siglo XIX y comienzos del XX, escapan lamentablemente de un prólogo como éste.
En una perspectiva comparativa, la historiografía urbana sobre el periodo previo a la cristalización del urbanismo como quehacer profesional y técnico en América Latina ha mapeado, entreveradamente muchas veces, el crecimiento demográfico y espacial, desarrollo y mejoras de infraestructura urbana. Tal aproximación puede decirse heredera de la agenda de estudios latinoamericanos bosquejada desde la década de 1960 por Jorge E. Hardoy, Richard Schaedel y Richard M. Morse, entre otros pioneros del campo, en la cual coexistían las vertientes de urbanización, ciudad y urbanismo, desde la era precolombina hasta la republicana.2 Con un énfasis morfológico y cartográfico, propio de las obras promovidas en vísperas del quinto centenario del descubrimiento de América, esa tradición se mantuvo hasta, por ejemplo, La ciudad hispanoamericana. El sueño de un orden (1997).3
A esa agenda se sumaron, en otra vertiente, elementos de historia cultural extraídos del clásico de José Luis Romero sobre Latinoamérica, las ciudades y las ideas (1976), quien dio cuenta de tal período a través de los epónimos episodios de la “ciudad burguesa” y la “ciudad masificada”.4 Ambos momentos han sido concatenados en La aventura urbana de América Latina (2013)5 y Modernización urbana en América Latina. De las grandes aldeas a las metrópolis masificadas (2013),6 entre otros trabajos de la historiografía regional tributarios de la incorporación del imaginario urbano preconizada por Romero.7
2. La conformación de una “cuestión social” resultante de demandas planteadas en las ciudades más populosas de América Latina, desde finales del siglo XIX hasta la Gran Depresión, ha alimentado un sinnúmero de casos de estudio, aunque pocas obras, como las de Ron Pineo y James Baer, se plantearon una perspectiva comparativa.8 En esta se evidencia la preponderancia adquirida por salud y vivienda, junto a transporte, dentro de esa agenda de entre siglos, resultante de las demandas por parte de nuevos actores urbanos, especialmente obreros, por un lado, y respuestas oficiales y privadas, por el otro, provistas en mucho por médicos e ingenieros.
Todos esos “científicos” y profesionales, junto a arquitectos y empresarios que lideraron los debates y las obras de transformación y expansión urbana, especialmente durante los centenarios republicanos, pueden ser vistos como protagonistas del “preurbanismo” latinoamericano, si nos acogemos a la fase identificada por Françoise Choay en L’urbanisme, utopies et réalités (1965).
El valor pionero que para el urbanismo tuvieron los pensadores y profesionales diversos que miraron a la ciudad entre siglos ha sido confirmado en casos de estudios locales o nacionales, más pocas obras panorámicas se han propuesto llevar a cabo un balance de su aporte epistemológico y urbano, como lo intenta hacer este libro de Gerardo Sánchez Ruiz.
3. Por otro lado, es necesario tener en consideración las aproximaciones de corte más disciplinar y espacializado al periodo que se extiende entre las primeras reformas urbanas a la ciudad poscolonial, sobre la década de 1860, y la emergencia del urbanismo a finales de los años veinte del siglo pasado. Tales aproximaciones se pasean por denominaciones y concepciones previas a la cristalización de la disciplina, tales como arte urbano y estética edilicia, entre otras. Después de los abordajes historiográficos a las capitales latinoamericanas durante la centuria de lo que puede llamarse el urbanismo academicista de proveniencia europea,9 creo que ese periodo de entre siglos puede ser visto como uno de gran riqueza, aunque ha sido explorado de manera fragmentaria, lo cual añade valor a este esfuerzo del profesor Sánchez Ruiz.10
Antes de los respectivos capítulos dedicados en las obras panorámicas de Ramón Gutiérrez y Roberto Segre,11 las bases territoriales, demográficas y económicas del urbanismo decimonónico fueron caracterizadas tempranamente por Richard Morse y James Scobie.12 Posteriormente Guillermo Geisse desarrolló cierta visión urbanística, a partir de los periodos distinguidos por la teoría de la Dependencia, mientras Hardoy combinó el análisis del crecimiento urbano con las influencias foráneas modeladoras del urbanismo de las grandes ciudades latinoamericanas durante el siglo XX.13 Este último aspecto sería desarrollado por el mismo Hardoy en otro artículo sobre la transferencia de ideas urbanísticas desde Europa entre 1850 y 1930, y la manera peculiar como fueron aplicadas en las grandes capitales latinoamericanas.14 Posteriormente traducido al inglés, ese texto puede decirse seminal, no sólo porque introdujera en la región uno de los grandes temas de la planning history contemporánea, sino también porque prefiguró una serie de monografías que parecieron desarrollar sus directrices a propósito de diferentes figuras y casos de estudio.15
En esta última dirección, las propuestas urbanísticas, arquitectónicas y paisajísticas para diferentes ciudades latinoamericanas, elaboradas por luminarias como Joseph Bouvard, Jean-Claude Nicholas Forestier, Le Corbusier, Karl Brunner y Maurice Rotival, entre otros pioneros extranjeros, han sido revisadas en estudios comparativos compilados en libros y revistas desde la década de 1990. De igual manera ha ocurrido con precursores de los urbanismos locales y nacionales, cuyas trayectorias y obras coinciden con la fase propuesta en este libro. Tan sólo a manera de ejemplos, resaltan Miguel Ángel de Quevedo y Carlos Contreras, en México, junto a Carlos Sampaio y José de Oliveira Reis en Río de Janeiro.
Distintas de las biografías profesionales predominantes en las anteriores tendencias, también deben ser mencionadas las aproximaciones a la emergencia, en los contextos nacionales, del urbanismo profesional a partir de los cambios de finales del siglo XIX, cimentados por los pioneros locales, tal como ha sido adelantado para Argentina, Brasil, Cuba, México y Venezuela, entre los casos que conozco.
4. Combinadas ahora en un trabajo panorámico, en esas revisiones de contextos nacionales y pioneros locales estriba una de las mayores contribuciones logradas por el doctor Sánchez Ruiz en esta obra. En esa dirección apuntaban ya sus publicaciones previas para el caso mexicano, tales como Precursores del urbanismo en México (2013). Ello junto a sus ediciones y contribuciones para los trabajos de los pioneros de Miguel Ángel de Quevedo y Carlos Contreras, o las famosas Pláticas sobre arquitectura de 1933, las cuales ya había yo consultado para mis propias investigaciones y cursos.
Apoyándose en esas revisiones nacionales y locales, Sánchez Ruiz articula una hoja de ruta del tránsito del higienismo al urbanismo en América Latina —como lo proclama desde el título mismo— a lo largo del cual el Estado se hizo cada vez más presente, tanto desde el nivel nacional como en el local. Pero como, obviamente, el urbanismo surge del entrecruce de las preocupaciones sanitarias con las habitacionales, en medio de cambios en el diseño urbano y el paisajismo, el autor termina incorporando aspectos de estos otros componentes disciplinares.
Circulantes a través de los eventos internacionales, adquieren, en tal sentido, significación especial las “influencias” foráneas y las “apropiaciones” de las que han sido objeto en nuestros contextos. Más allá de lo discutible de estos términos, junto al de “transferencia”, han pasado a éstas en la historiografía urbana desde la década de 1990; la revisión de Sánchez Ruiz releva las vertientes anglosajona y germana de esas influencias. De Edwin Chadwick a Joseph Stübben, pasando por Reinhard Baumeister y T.C. Horsfall, pioneros que han sido poco considerados en la historiografía urbanística latinoamericana, por lo que puede verse allí otra contribución del mapa epistemológico bosquejado por Sánchez Ruiz en este libro. Y ya había resaltado el valor de esos pioneros, valga señalar, en Planeación moderna de ciudades (2008), texto que también coloca al urbanismo del continente en el contexto internacional.
No obstante, las comprensibles omisiones debidas a la vastedad de fuentes primarias y secundarias, el autor combina una significativa muestra que le permite dar cuenta de ese “proceso” epistemológico e institucional, territorial y urbano. La representatividad de esa combinación no sólo refleja, a mi juicio, la experiencia investigativa del maestro Sánchez Ruiz, sino también docente. Ésta viene de larga data, como profesor e investigador de tiempo completo en la División de Ciencias y Artes para el Diseño (CyAD) de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco (UAM-A), donde se iniciara en 1984. También ha sido profesor de teorías e historia de la planeación urbana y regional en la licenciatura de urbanismo de la Facultad de Arquitectura de la UNAM desde 2010, experiencia docente complementada con invitaciones internacionales.
5. Rasgos de ese perfil profesional y académico de Sánchez Ruiz asoman en posturas de la obra, que en mucho parece concebida, a mi juicio, como libro de texto, al igual que Planeación moderna de ciudades. Tal como me hiciera notar en la correspondencia sostenida para elaborar este prólogo, su formación como ingeniero arquitecto del Instituto Politécnico Nacional, guarda relación con la búsqueda por pioneros profesionales explicitada desde la introducción misma del libro. Como muchos otros estudiosos de los temas urbanos en América Latina, entre quienes me incluyo, Sánchez Ruiz no es historiador, sino que su preocupación histórica ha venido a posteriori, en buena medida requerida por la docencia. Es por ello, quizás, que su posicionamiento historiográfico no es preocupación central de este libro, tal como también discutimos al aceptar yo escribir el prólogo, para el cual ha demostrado gran receptividad ante posibles sugerencias y críticas.
Pero no ser historiador no le ha eximido de un abordaje histórico —que no historicista— donde se evidencia una peculiar selección de fuentes, sobre todo para la contextualización económica, social y política de países latinoamericanos. Tributario de José Luis Romero, como varios de los trabajos panorámicos mencionados arriba, éste de Sánchez Ruiz abre con reflexiones de la historia política de la Carta de Jamaica de Bolívar, paseándose después por fuentes heterodoxas como Manuel José Cortés y Eduardo Galeano. Dado que este último, hasta donde conozco, no ha tenido impacto en la historiografía urbana, a diferencia de Romero, la importancia concedida al escritor uruguayo —sobre todo en lo concerniente a la presencia histórica de intereses foráneos en América Latina— dice de cierto posicionamiento ideológico del abordaje de Sánchez Ruiz, sustentado por pasajes de Marx, Engels, Mao y Trotsky.
En medio de una dispersión casuística de la historiografía urbana y urbanística latinoamericana desde finales del siglo XX, el ambicioso esfuerzo evidenciado por esta obra de Sánchez Ruiz, construida desde la agregación de casos nacionales y locales, es un empeño saludable y encomiable. Es indicativo de la necesidad epistemológica de este tipo de recapitulaciones, en medio de un campo disciplinar que está todavía consolidándose. Pero no obstante esa juventud de la historia urbanística en América Latina, ya existe una genealogía y diversidad de enfoques panorámicos y comparativos, bosquejados en este prólogo que se ha tornado encuadre historiográfico.
Caracas, abril de 2020 Arturo Almandoz Marte*
* Este prólogo se apoya en pasajes de la introducción a Arturo Almandoz y Macarena Ibarra (ed.), Vísperas del urbanismo en Latinoamérica, 1870-1930. Imaginarios, pioneros y disciplinas, Santiago, Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales-Universidad Católica de Chile/RIL Editores, 2018, pp. 9-37.
1 Tal como he tratado de registrar en Arturo Almandoz, Entre libros de historia urbana. Para una historiografía de la ciudad y el urbanismo en América Latina, Caracas, Equinoccio/Ediciones de la Universidad Simón Bolívar, 2008, pp. 76-125.
2 Tal como he tratado de registrar en Arturo Almandoz, Entre libros de historia urbana..., pp. 76-125.
3 AA. VV., La ciudad hispanoamericana. El sueño de un orden, Madrid, Centro de Estudios Históricos de Obras Públicas y Urbanismo (Cehopu)/Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas (Cedex), Ministerio de Fomento, 1997.
4 José Luis Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores Argentina, 1976.
5 Germán Mejía Pavony, La aventura urbana de América Latina, Bogotá, Fundación Mapfre/Taurus, 2013.
6 Arturo Almandoz, Modernización urbana en América Latina. De las grandes aldeas a las metrópolis masificadas, Santiago de Chile, Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales-Universidad Católica de Chile/RIL Editores, 2013.
7 Una catalogación del legado historiográfico puede verse en José Emilio Burucúa, Fernando J. Devoto, Adrián Gorelik (eds.), José Luis Romero. Vida histórica, ciudad y cultura, Buenos Aires, Universidad Nacional de San Martín, 2013.
8 Ron Pineo y James A. Baer (eds.), Cities of Hope. People, Protests and Progress in Urbanizing Latin America, 1870-1930, Boulder, West View Press, 1998.
9 Arturo Almandoz (ed.), Planning Latin America’s Capital Cities, 1850-1950, Londres y Nueva York, Routledge, 2002.
10 Fragmentación confirmada en la revisión hecha por Eloísa P. Pinheiro y Marco A. Gomes (orgs.), A cidade como história. Os arquitetos e a historiografia da cidade e do urbanismo, Salvador de Bahia, Faculdade de Arquitetura e Urbanismo-Universidade Federal da Bahia, 2005.
11 Ramón Gutiérrez, Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica, Madrid, Cátedra, 1984, pp. 493-572; Roberto Segre, Historia de la arquitectura y del urbanismo. América Latina y Cuba, La Habana, Pueblo y Educación, 1986.
12 Richard M. Morse, “El desarrollo de los sistemas urbanos en las Américas durante el siglo XIX”, en Jorge E. Hardoy y Richard P. Schaedel (eds.), Las ciudades de América Latina y sus áreas de influencia a través de la historia, Buenos Aires, Sociedad Interamericana de Planificación, 1975, pp. 263-290; James R. Scobie, “The Growth of Latin American Cities, 1870-1930”, en Leslie Betchell (ed.), The Cambridge History of Latin America, vol. IV: c 1870 to 1930, Cambridge, Cambridge University Press, 1986, pp. 233-265.
13 Guillermo Geisse, “Tres momentos históricos en la ciudad hispanoamericana del siglo XIX”, en Gabriel Alomar (coord.), De Teotihuacán a Brasilia. Estudios de historia urbana iberoamericana y filipina, Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local, 1987, pp. 397-433; Jorge E. Hardoy, “Las ciudades de América Latina a partir de 1900”, en La ciudad hispanoamericana. El sueño de un orden, Madrid, Centro de Estudios Históricos de Obras Públicas y Urbanismo/Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas/Ministerio de Fomento, 1997, pp. 267-274.
14 Jorge E. Hardoy, “Teorías y prácticas urbanísticas en Europa entre 1850 y 1930. Su traslado a América Latina”, en Jorge E. Hardoy y Richard M. Morse (eds.), Repensando la ciudad de América Latina, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988, pp. 97-126.
15 Jorge E. Hardoy, “Theory and Practice of Urban Planning in Europe, 1850-1930: Its Transfer to Latin America”, en Jorge E. Hardoy y Richard M. Morse (eds.), Rethinking the Latin American City, Washington/Baltimore, The Woodrow Wilson Center Press/The Johns Hopkins University Press, 1990, pp. 20-49.
* Profesor titular de la Universidad Simón Bolívar, Caracas; titular adjunto de la Universidad Católica de Chile. Miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat de Venezuela.
INTRODUCCIÓN
Con sus incesantes y maravillosos progresos, la ciencia ha establecido con toda precisión las leyes de la solidaridad sanitaria; ha hecho saber que las enfermedades infecciosas tienen por agente de transmisión y propagación un elemento específico; ha enseñado que toda insalubridad o local inmundo es como un nido donde prosperan o se multiplican y donde se difunden los contagios específicos de estas enfermedades, y que los vecinos de este foco se hayan amenazados a ser atacados de tal infección, la cual de este modo, de casa en casa, de barrio en barrio, puede invadir una ciudad, luego una provincia, un territorio, por extenso que sea, y alcanzar a las poblaciones vecinas.
Wenceslao Bernal Mariaca (1904)
Desde la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del XX, las principales ciudades de América Latina fueron objeto de una serie de intervenciones por demás significativas, bajo el marco del urbanismo, una nueva disciplina, que como concepto en construcción y con la participación de médicos, ingenieros y arquitectos en sus inicios se le denominó “higienismo”. Esas intervenciones en su medida, carácter y posibilidades, buscaron modificar el estado de cosas que guardaban aquéllas en lo social, higiénico, funcional y estético, para equipararlas con los deseos de progreso de sus sociedades; sin embargo, los deseos hubieron de enfrentar una serie de obstáculos como efecto de las guerras de independencia, los reacomodos de los grupos de poder, la partición de territorios, el atraso en formas productivas, la falta de recursos económicos, la lentitud en la consolidación de instituciones, e incluso, la falta de profesionales para conducir obras y proyectos.
En la tercera década del siglo XIX, gran parte de los territorios dominados por España y Portugal habían logrado su independencia y, después de cruentas disputas entre los poderes regionales resultado del desmembramiento colonial, lograron delimitar sus territorios convirtiéndolos en países. De manera que esos poderes se dieron a la tarea de organizar sus espacios de dominio política, social y territorialmente, para alcanzar los beneficios por los que habían luchado, de ahí la relevancia adquirida por las ciudades como asientos de poder, o en su caso como espacios clave para el desarrollo de actividades económicas vitales, como lo eran las agropecuarias, las cuales fueron la fuente principal para el acopio de recursos.
Así, las intervenciones en las urbes surgieron en un primer momento con el fin de sentar bases territoriales de poder y modificar resquicios coloniales que ataban con el pasado, y junto a ello, atender situaciones de insalubridad, hacinamiento, disfuncionalidad, mala imagen, etcétera, que tuvieron lugar al incrementarse actividades, población, y exacerbarse una oleada de cruentas epidemias. Y en segundo lugar, como materialización de los deseos de progreso entre grupos dominante ante una nueva modernidad que se extendía y expresaba en ideas y acciones de mejora de ciudades, más allá del océano Atlántico y al norte del río Bravo; la cual, al concretarse en las urbes, se acompañó de otras cotidianidades y manifestaciones culturales.
Entonces, para remontar una condición de coloniaje y de redefiniciones sociales era necesario: lograr acuerdos entre los poderes regionales —la mayoría a través de las armas— y establecer condiciones de paz; reconstruir las economías y afianzar mercados para, de esa manera, contar con recursos; acordar límites para constituir nuevas naciones y, por ende, asientos territoriales a los poderes —no siempre estables— y, plantearse proyectos políticos y económicos de conjunto en la vía de unificar intereses, lo cual adquirió forma con la creación de Estados nacionales. En ese contexto, la variable territorial y en específico la condición de las ciudades cobró amplia relevancia, pues los Estados y las élites que los dominaban, tenían que evidenciar ante sus sociedades y frente al exterior, un determinado nivel de progreso, y una manera de hacerlo era mostrar envolventes urbano-arquitectónicas que social, funcional y estéticamente dieran fe del nuevo estatus, por lo que esas élites adoptaron como referente las intervenciones que se sucedían en las metrópolis europeas y estadounidenses.
No obstante, lograr ese nuevo estado de cosas en las ciudades y en especial en las capitales, significaba renovarlas desde sus cimientos, no se podían erigir nuevos edificios sin los elementos modernos que lo permitieran, por lo que en el ideal de impulsores, esa cuestión tuvo necesariamente que relacionarse con la apropiación de teorías, métodos, tecnologías, formas de organización, etcétera. Y en efecto, pensar en construir viviendas, hospitales o escuelas modernas, demandaba contar con un mínimo de infraestructura para satisfacer los requerimientos de las edificaciones pretendidas, de ahí la generalización de obras que concretaron la introducción de sistemas de drenaje, abastecimiento de agua potable, o de pavimentación, y es que sin esos elementos de infraestructura, la modernidad sólo podía existir en el mundo de los discursos.
Así, en esa necesidad de intervenir a las atribuladas urbes, fue importante la perspectiva de aquellos profesionales, quienes pese a sus límites o los intereses que pudieron haber tenido en un ambiente liberal, cumplieron con su tiempo al conducirse en procesos de interpretación y transformación, al apropiarse de teorías o construirlas y, sobre todo, ejercer las prácticas. Estos profesionales observaron, reflexionaron, idearon, impulsaron y concretaron sistemas de abastecimiento de agua potable y drenaje, de pavimentación, lugares para la recreación y el ocio; propusieron espacios de habitación, zonas industriales y comerciales, distritos de gobierno, entre otros espacios. Obras que, en su conjunto, se convirtieron en los sustentos de una modernidad que años más años menos y dependiendo del país, se extendió hasta mediados del siglo XX, pese a que ésta se haya desplegado con disfrutes desiguales.
En este punto había que reflexionar respecto a las periodizaciones en la historia, en tanto comúnmente éstas se muestran muy tajantes cuando se realizan por décadas o por siglos; desde esa perspectiva, las nuevas condiciones de desarrollo de la región posterior a la independencia, objetivamente impactaron en la formación y carácter de las repúblicas y de sus asientos territoriales; entonces, la ruta seguida por América Latina en las primeras décadas del siglo XX, con todos sus logros y fracasos, en lo social y territorial, fue trazada desde el XIX. Y en efecto, gran parte de la modernidad desplegada a lo largo del siglo XX, como ambientes urbano-arquitectónicos aun con sus expresiones y disfrutes desiguales, fue impulsada desde el siglo anterior por los deseos de élites y gobiernos; pero además, por las mentes creativas y brillantes de médicos, ingenieros, arquitectos y juristas quienes edificaron los sustentos materiales.
Teniendo como marco esas aspiraciones, es claro que las intervenciones realizadas en las ciudades fueron determinadas por, primero, el relativo auge brindado por los cambios en las economías donde pesaron los niveles alcanzados por las exportaciones al aprovecharse los procesos de industrialización en países desarrollados; segundo, los esfuerzos por activar las economías y articular a la región en la nueva vía de acumulación que dominaba a la mayor parte del mundo; tercero, los deseos de incorporarse a lo que se constituían como naciones y en especial a sus capitales, a las notas de modernidad observadas en metrópolis como París, Berlín, Londres o Nueva York, para mostrar avances y justificar los procesos de independencias; cuarto, los intentos por superar las situaciones de hacinamiento e insalubridad, con el fin de evitar, o al menos disminuir, las enfermedades y epidemias que afectaban a todos los grupos sociales; quinto, los esfuerzos de guiar las formas de expansión para adecuarlas al crecimiento y diversificación de actividades económicas y al incremento poblacional que acompañó a los procesos; sexto, la apropiación por parte de médicos, ingenieros, arquitectos y abogados en un inicio, de las experiencias del higienismo, el cual en su evolución y como conjunto de teorías y prácticas avanzadas, se transformó en urbanismo y, séptimo, el acompañamiento o conducción del proceso que hizo el Estado, el cual a su vez, junto al desarrollo de la disciplina varió su carácter liberal a interventor, al asumir obras que por su magnitud y complejidad ya no pudieron realizar entes privados en razón de que ya no les eran redituables.
De ahí la pretensión de este trabajo de analizar el contexto económico, social y cultural de la época, hacer claras aspiraciones de las nuevas sociedades, rescatar ideas de personajes atentos a los problemas de las urbes y resaltar acciones de los gobiernos en éstas; todo en la necesidad de revalorar los primeros pasos en la historia del urbanismo en América Latina. Para cumplir lo anterior se plantearon las siguientes preguntas: ¿qué problemas motivaron a profesionales y autoridades para intervenir en sus ciudades?, ¿cuáles fueron las ideas respecto a la mejora de ciudades a las que accedieron y se apropiaron los profesionales de la época?, ¿cómo se concretaron esas ideas en acciones, primero del higienismo y posteriormente del urbanismo en la región?
En la vía de dar respuesta a las interrogantes, se siguieron los aspectos que definen el proceso planteado por el higienismo en su misión de atender las carencias en las ciudades, mismo que al sistematizarse y mejorar perspectivas asumió el carácter de urbanismo. Por lo que hubo que considerar que la atención a ciudades pasó por un proceso que consideró: el análisis de problemas, la construcción de teorías para interpretar y proponer la elaboración de métodos y técnicas para actuar, la estructuración de formas de organización para gestar y realizar proyectos, la producción de sustentos legales para abrir los cauces para las obras y la emisión y ejecución de planes y proyectos.
Ese proceso fue el camino para definir la información requerida, misma que llevó al análisis de condiciones económicas y sociales, carencias en las ciudades, preocupaciones de autoridades y población respecto a los problemas, las reflexiones en torno a lo acontecido y la manera en que se pensó podía actuarse en contra de aquéllos, los apoyos técnicos a los que hubo de recurrir, los sustentos legales que tuvieron que emitirse para conminar o coaccionar a las sociedades a sumarse a las tareas que a todos atañían, y los planes y proyectos que se idearon como soluciones. En ese sentido, lo que se presenta es una postura teórica y metodológica respecto a la historia de las ciudades, la cual ha sido construida con el conocimiento de los procesos que, para atender o hacer ciudades, son aplicados en la ingeniería, la arquitectura y el urbanismo; conocimiento que ha sido obtenido en la práctica y en la academia, a la vez que de la consulta de un sinnúmero de textos de ésas y otras áreas.
Respecto a esto último, es necesario destacar trabajos que, sin demérito de muchos otros, por sus diversas ópticas son referencia en el análisis de los procesos de urbanización acontecidos en América Latina desde el siglo XIX; algunos de ellos son: Cities of Latin America (1944) y Urban Planning for Latin America (1987) de Francis Violich, quien se interesó en las condiciones de los países del área y de los grandes trabajos de planeación de principios del siglo XX, pero señalando orígenes en el siglo XIX; América Latina en su arquitectura (1975) coordinado por Roberto Segre donde se realizan balances de la arquitectura y de su manifestación como ciudad; Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1976), de José Luis Romero, en el que se matizan los procesos sociales que han determinado caracteres a aquéllas situando como punto de partida a la conquista; Las estructuras ambientales de América Latina (1977), también de Roberto Segre, donde remarca cambios ambientales en las ciudades latinoamericanas, destaca procesos de macrourbanizaciones, a la vez que hace una reflexión de la arquitectura que acompaña a éstos; Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica (1984) de Ramón Gutiérrez, un amplio estudio que pretendió explicar problemas afrontados por las ciudades y las formas en que se extendieron, como efecto de procesos económicos y sociales, y de las huellas dejadas por la arquitectura; Arquitectura neocolonial. América Latina, Caribe, Estados Unidos (1994), coordinado por Aracy Amaral, donde desde una tendencia arquitectónica que se desarrolla en el fin del siglo XIX, se recorren formas de expansiones de ciudades a partir de nuevas urbanizaciones.
Otros más recientes son Planning Latina America’s Capital Cities. 1850-1950 (2002), coordinado por Arturo Almandoz, donde diversos estudios hurgan en determinantes que exigieron acciones para modernizar a las urbes y donde se matizan los efectos por la búsqueda de modelos en el exterior; Ciudad y arquitectura. Seis generaciones que construyeron la América Latina moderna (2012) de Silvia Arango Cardinal, que enfatiza el trabajo de ingenieros y arquitectos en la modernización de ciudades iniciados el siglo XIX, teniendo como contexto la influencia de trabajos de urbanismo, en particular de países europeos; Modernización urbana en América Latina. De las grandes aldeas a las metrópolis masificadas (2013), de Arturo Almandoz, que hace un balance de la modernización de las ciudades a partir del logro de las independencias, matizando las aspiraciones de la naciente burguesía, el andar del liberalismo junto a las manifestaciones culturales asumidas por las sociedades; La aventura urbana de América Latina (2013), de Germán Mejía Pavony, que enfatiza los conflictos entre poderes regionales posteriores al logro de las independencias, y el afianzamiento de éstos en las capitales, desde donde, con Estados nacionales y el marco del liberalismo, dirigieron y administraron territorios, pero por los vaivenes en las economías, aquéllas se convirtieron en las conflictivas megalópolis del siglo pasado.
En ese mismo tenor, debe considerarse la cantidad de ensalzables estudios locales, de los que algunos da cuenta la bibliografía aquí utilizada, donde destacan interpretaciones particulares sobre el desarrollo de las ciudades abordadas, en ámbitos como estudios políticos y económicos, trabajos sobre higienismo, historia de la salud y la medicina, intervenciones del Estado en cuestiones urbanas, ingeniería, arquitectura, urbanismo, cultura, etcétera. De éstos, por la magnitud y por la manera de trabajarse y los resultados obtenidos, es necesario destacar el esfuerzo de Carlos Chanfón como coordinador general de la Historia de la arquitectura y el urbanismo mexicanos, donde se incluyeron los volúmenes: Afirmación del nacionalismo y la modernidad (1998) y Arquitectura de la revolución y revolución de la arquitectura (2009), coordinados por Ramón Vargas Salguero, de los cuales en este último, quien esto escribe tuvo el honor de haber sido invitado a participar.
En ese contexto, para dar cuenta de los procesos urbanos presentados, se hurgó, sobre todo, en las ideas de progreso entre gobernantes y profesionales de los países analizados, las problemáticas que aquejaban a las ciudades, los planteamientos del higienismo y en su evolución al urbanismo que se fueron considerando, las legislaciones que posibilitaron las intervenciones y las obras y planes impulsados por los gobiernos. Para el caso se consideraron las ciudades de La Habana, Cuba; Panamá, Panamá; Montevideo, Uruguay; Quito, Ecuador; Lima, Perú; Caracas, Venezuela; Bogotá, Colombia; La Paz, Bolivia; Santiago de Chile, Chile; Buenos Aires, Argentina; Río de Janeiro, Brasil, y la Ciudad de México, México; lugares, donde se aprecian ciertos niveles en el crecimiento de actividades, determinadas formas de expansión, distintos incrementos poblacionales y de aplicación de los principios de la disciplina.
Para lograrlo se visitaron las ciudades abordadas, utilizándose en gran parte fuentes originales, tales como informes de gobierno, memorias técnicas de las propuestas; legislaciones; proyectos y acciones que tuvieron lugar, y en especial, reflexiones escritas de protagonistas involucrados con las ideas de mejora de sus ciudades, ya fueran profesionales o miembros de los distintos niveles de gobierno, para así lograr entender lo más posible las ideas y acciones que prevalecían en esa época. De ahí las continuas citas de los documentos consultados, lo cual podría parecer exagerado, pero éstas tienen la pretensión de mostrar lo más fehacientemente posible lo expresado por sus protagonistas. Por supuesto, se incluyen también las ya señaladas perspectivas recientes de estudiosos preocupados por la historia y las cuestiones urbanas de los lugares estudiados.
El autor agradece a la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco (UAM-A), la oportunidad de trabajar al ganar una plaza en 1984, disfrutar la docencia y recibir recursos para hacer investigación. Al Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología por el apoyo económico que ha servido para complementar trabajos. Al Consejo Editorial de la División de Ciencias y Artes para el Diseño de la UAM-A por el dictamen para la publicación del texto. A la doctora Maribel Espinosa Castillo del Instituto Politécnico Nacional, a la maestra Mónica Sosa Juarico de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Lerma y al arquitecto Víctor Arias Montes de la Universidad Nacional Autónoma de México por sus valiosos comentarios. Al doctor Arturo Almandoz Marte, quien amablemente aceptó regalarme el prólogo a la vez de hacerme algunas sugerencias para mejorar la introducción. A mi familia Sánchez Ruiz, lidereada por mi señora madre doña Alfonsina Ruiz Díaz y, por supuesto, a mis hijas Edzná y Xelhá Sánchez Chavarría, quienes siempre me han impulsado. No puedo dejar de agradecer a ese entrañable grupo de arquitectos involucrados en la academia y en el trabajo político por incluirme en sus inquietudes: a Ramón Vargas Salguero, Víctor Arias Montes, Alfonso Ramírez Ponce, Alejandro Gaytán Cervantes, Carlos Ríos Garza, Enrique Ayala Alonso y Jesús Zandalio Díaz Villar, de los cuales los tres últimos, lamentablemente, se nos han adelantado. Es injusto no mencionar a todas las personas que de una o de otra manera me han ayudado en este camino de hacer investigación, pero a todas: gracias.
RECOMPOSICIÓN SOCIAL, ECONÓMICA Y TERRITORIAL EN AMÉRICA LATINA
Al desprenderse la América de la Monarquía Española, se ha encontrado semejante al Imperio Romano, cuando aquella enorme masa cayó dispersa en medio del antiguo mundo. Cada desmembración formó entonces una nación independiente conforme a su situación o a sus intereses; pero con la diferencia de que aquellos miembros volvían a restablecer sus primeras asociaciones. Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así nuestro caso es el más extraordinario y complicado.
Simón Bolívar (1819)
La independencia de los países latinoamericanos del dominio principalmente de España y Portugal, fue alcanzada a fuerza de empuje y como resultado del actuar de grupos criollos; quienes, ante la debilidad de las metrópolis dominantes, vieron la posibilidad de desarrollarse social y económicamente sin su tutela; había que evitar la expoliación de recursos de América Latina por parte de las metrópolis, e intentar desarrollos independientes disfrutando lo producido. De manera que, entre aspiraciones de libertad y progreso entre grupos sociales emergentes y, con la masiva participación de grupos populares, se fueron logrando las independencias dando paso a la constitución de nuevos poderes y Estados, los que a su vez se dieron a la tarea de organizar nuevas sociedades, sus economías y, por lo tanto, a sus bases territoriales sin importar que fueran rurales o urbanas.
EL CRUENTO ANDAR DEL REACOMODO SOCIAL Y TERRITORIAL DE LA REGIÓN
Conviene recordar que la composición administrativa de la América española consistía, en esencia, en cuatro virreinatos y cuatro capitanías generales, los primeros: el virreinato de Nueva España, que ocupaba América Central, las Antillas, el centro y sur de lo que hoy es Estados Unidos y Filipinas, con la Ciudad de México como su capital; el virreinato de Nueva Granada, que cubrió Ecuador, Colombia, Panamá, Venezuela, y Bogotá como su capital; el virreinato del Perú que abarcó Perú, parte de Ecuador, Bolivia, Colombia, partes de Argentina y Chile, con su capital en Lima, y el virreinato del Río de la Plata que abarcó regiones de Argentina, Bolivia, Uruguay, Paraguay, algo de Brasil y del norte de Chile, y como su capital la ciudad de Buenos Aires. Las capitanías eran la capitanía general de Guatemala, dependiente de Nueva España; la capitanía general de Venezuela, dependiente de Nueva Granada; la capitanía general de Chile, que dependía del virreinato del Perú, y la capitanía general de La Habana. La América portuguesa era, en esencia, lo que en el presente es Brasil (Lozano, 2011), por supuesto lindando sobre todo con las colonias inglesas (véase la imagen 1).
En ese contexto, la independencia de América Latina se dio en una condi-ción donde la mayor poseedora de territorio era España, la cual no aprovechó para su desarrollo lo despojado a sus colonias con lo que se fue debilitando; dando lugar al surgimiento de Inglaterra como nueva potencia y la aparición de Estados Unidos como amenaza para la región. Por supuesto esas causales obligaron a que las colonias, al lograr su independencia, iniciaran un azaroso camino entre la debilidad estructural heredada de los españoles y la ambición de los nuevos poderes económicos en el mundo. Parte de esas contradicciones vividas por las colonias ante el dominio ejercido por las metrópolis, y heredadas por las repúblicas, Manuel José Cortés (1861) las observa así:
Los mismos Conquistadores no podían plantear industrias de primera necesidad, i debían pedir de España, aunque ella no los produjese, los efectos i géneros más indispensables. Las aduanas, los estancos, las alcabalas, los tributos, el monopolio de los metales preciosos, los derechos de braceaje y los comisos, formaban las rentas reales. Jamás pudo comprender el gabinete de Madrid que la libertad de la industria y el cultivo de las tierras cuadruplicarían sus rentas i la riqueza pública; i está la razón porque abandonó nuestro feracísimo Oriente al Brasil i desatendió la navegación del Paraguay practicada a mediados del siglo XVI, i que sirvió de vía de comunicación por algún tiempo entre Charcas, el Paraguay i Buenos-Aires (1861:275).

Entonces, una primera situación que se vivió al concluir las guerras de independencia, fue el desmembramiento de los territorios ocupados por los virreinatos y las capitanías generales, lo cual ocurrió en situaciones por demás cruentas, debido al actuar de intereses y poderes regionales que resultaron de aquél, por sus deseos de imponer sus proyectos en cada uno de los territorios en que actuaban e iban delimitando; de ahí la aparición de una serie de caudillos enarbolando sus ideas en la vía de instituir nuevas formas de gobierno a todo lo largo de la región.
Las delimitaciones, particiones y anexiones, fue una consecuencia lógica del proceso, en la búsqueda del poder iba implícita su territorialización y es que con visiones tradicionales o avanzadas, el enseñoramiento de un grupo siempre fue acompañado de la delimitación de un espacio, de ahí las continuas luchas por ciudades y provincias, y las pretensiones de instaurar y consolidar gobiernos. Por supuesto, el afianzamiento de regiones se sujetó al mundo de ideas de los grupos dominantes, donde privaban desde las que clamaban el regreso a formas de gobierno coloniales, pero sin la tutela de las metrópolis, hasta las que aspiraban a integrar amplios y poderosos territorios. Mejía Pavony (2013), así observa ese proceso.
La unidad de los territorios se convirtió en una suerte de sueño épico para los ideólogos que enfrentaron la construcción de los Estados nacionales en la América que había sido española. La transformación de dichas ideas en proyectos políticos realizables fue ardua, pues su punto de partida no fue la lucha contra España, enfrentamiento que se dirimió finalmente en los campos de batalla, sino el laborioso proceso de hacer que los espacios del dominio local, esto es, las ciudades y sus provincias, se avinieran a formar parte de unidades mayores. Infortunadamente aunque ya se había vuelto costumbre debatir en los nuevos espacios públicos, los de la opinión, las diferencias se zanjaron —como ocurrió contra el imperio español— en los campos de batalla (Mejía, 2013:s/p).
A ese proceso de delimitación de territorios y su conversión en países, se agregó la mutilación de países ya constituidos al suscitarse las guerras entre éstos; tales como el conflicto entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el imperio del Brasil (1816-1827), con lo que se constituye Uruguay en territorios del segundo; las dos guerras del Pacífico o la Guerra del Guano y Salitre libradas por Chile contra Bolivia y Perú (1879-1883) (véase la imagen 2), donde los dos últimos pierden territorios y Bolivia su salida al mar; la Guerra de la Triple Alianza o Guerra del Paraguay (1865-1870), donde Brasil, Uruguay y Argentina se enfrentan a Paraguay; etcétera. Asimismo, en ese momento estaban presentes y eran decisivas las actitudes imperialistas de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, y aquí debe resaltarse la invasión estadounidense a México (1846-1848), en la que éste pierde más de la mitad de su territorio.
De manera que la región, posterior a obtener la independencia, pasó por una redefinición de las porciones territoriales por parte de quienes concretaron la liberación, y es que ya fuera a través de comicios o al encabezar asonadas, hubo encaramamientos al poder, y ese ambiente se extendió hasta el siglo XX si se considera como un aspecto importante la separación panameña de Colombia, en 1903; acción que cabe señalar, fue inducida para convertir a Panamá en un enclave estadounidense de carácter estratégico al construirse el canal que unió a los océanos Atlántico con el Pacifico, y crearse una zona para administrar ese paso con el apoyo de una base militar (véase la imagen 3). Bulmer-Thomas describe aquel proceso del siguiente modo:
Los disturbios políticos no terminaron con la independencia. Antes bien, las fronteras nacionales heredadas de España y Portugal fueron a menudo causa de disputa. América Central se había separado de México en 1823, perdiendo en el proceso la provincia de Chiapas a manos de su vecino del norte, y disfunción o como federación —con enormes dificultades— hasta 1838, cuando se separó en sus cinco partes constituyentes, Texas se separó de México en 1836, y Yucatán hizo lo mismo en 1839 (aunque la península fue reincorporada en 1843). La gran Colombia —la unión de Venezuela, Colombia y Ecuador, creada por Simón Bolívar— terminó por desintegrarse en 1830, después de la muerte del Libertador, y la efímera unión de Perú y Bolivia durante esa misma década se desplomó después de una invasión chilena (Bulmer-Thomas, 2010:37-38).

José Luis Romero en Latinoamérica, las ciudades y las ideas (1976), refiriéndose a los enfrentamientos ocurridos en la región con esas particularidades apunta: “Cada grupo, cada sector, cada región había puesto al desnudo no sólo sus tendencias sino también su capacidad para imponerlas a los demás”, de tal manera que los enfrentamientos y la anarquía reinantes dieron lugar a reacomodos “hacia algún tipo de organización fundada a veces en la fuerza hegemónica de alguno de los grupos y otras en la actitud transaccional que surgiría tras largos enfrentamientos” (Romero, 1976:175). Por eso la urgencia y la tendencia a generar convenios y a colocarlos como pactos, acuerdos o leyes, y para este último caso, incluso convirtiéndolas en constituciones.

En esa tendencia de generar acuerdos, por supuesto se deslizaban aspiraciones de lograr condiciones de paz para avanzar en la consolidación de naciones, en ese sentido como señala Romero, “la misma inestabilidad social prestaba un valor mágico a las constituciones sancionadas de manera solemne”, pues en ellas se definían proyectos de nación procurando involucrar al grueso de las sociedades, no obstante y como lo muestra la historia de la región, desde las primeras luchas de independencia en los albores del siglo XIX, los conflictos entre grupos y la intervención de países como Inglaterra, Francia y Estados Unidos, se sucedieron hasta inicios del XX, así “lo que parecía el fin de un conflicto fue veces el comienzo de otro […], entonces para algunos casos la prenda de la victoria fue a veces imponer alguna constitución [en] una de ellas” (Romero, 1976:175).
Ineludiblemente, el encaramamiento y usufructo del poder de los grupos, y el surgimiento de caudillos que los representaban, no fue sencillo para ninguno de aquéllos y, por supuesto, y como ha sucedido con todos los procesos revolucionarios —y las independencias fueron muestra de ellos—, los beneficios afloraron de acuerdo con las acciones políticas, económicas y militares emprendidas; de ese modo, aquéllos se trasladaron de los conquistadores a los nuevos terratenientes, comerciantes y futuros industriales; en contraparte, los prejuicios se concentraron en los grupos populares. Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina (2012) señala lo siguiente:
A carga de lanza o golpes de machete, habían sido los desposeídos quienes realmente pelearon, cuando despuntaba el siglo XIX, contra el poder español en los campos de América, la independencia no los recompensó: traicionó las esperanzas de los que habían derramado su sangre. Cuando la paz llegó, con ellas se reabrió el tiempo de la desdicha. Los dueños de la tierra y los grandes mercaderes aumentaron sus fortunas, mientras extendía la pobreza de las masas populares (Galeano, 2012:152).
De esa manera, aspiraciones como las de Simón Bolívar, quien como amplio conocedor del ambiente que privaba en el discurrir de las independencias, anhelaba una América Latina vigorosa que pudiera enfrentar con energía embates de los antiguos conquistadores, y de los que se aprestaban a irrumpir en la región como ocurrió con Inglaterra y Estados Unidos en sus afanes imperialistas, no obstantes visualizaba amplios problemas para que esa integración se llevara a cabo.
Ese sentir de Bolívar puede encontrarse en su Carta de Jamaica (1815), donde plasmó reflexiones que pintan a América Latina dentro de la crudeza en que se desenvolvían las luchas independentistas, y donde se observaba el cúmulo de grupos beligerantes. Y en efecto, Bolívar señalaba que en el estado que guardaba América en ese momento se figuraba ya el desplome del imperio romano, donde “cada desmembración formó un sistema político, conforme a sus intereses y situación, o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones”; pero con la notable diferencia que “aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigían las cosas o los sucesos”, y donde pesaba la condición de no ser indios ni europeos, “sino una especie mezcla entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles” (Bolívar, 1815:1-11).
Y enfatizaba que, siendo americanos por nacimiento, con derechos venidos de Europa, la región estaba “en el caso más extraordinario y complicado”. En ese contexto, señalaba que era “una especie de adivinación indicar” cuál sería “el resultado de la línea de política que América” seguiría posterior al logro de su independencia en la ya prefigurada América Latina, apuntando:
Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a desearlo; y menos deseo aún una monarquía universal de América, porque este proyecto sin ser útil, es también imposible […]. Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; más no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América. ¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo (Bolívar, 1815:12-13).
La clara visión de Simón Bolívar respecto a lo que significaba conjuntar a un gran territorio como el que se independizaba de España y Portugal, lo llevaron a la objetividad de pensar a la desintegración como la futura condición de la América meridional, como definía a este territorio, de ahí que señalara respecto a las posibilidades de empalmar intereses: “los sucesos no están asegurados, cuando el Estado es débil, y cuando las empresas son remotas, todos los hombres vacilan; las opiniones se dividen, las pasiones las agitan y los enemigos las animan para triunfar por este fácil medio” (Bolívar, 1815:15).
Incluso así, Simón Bolívar soñaba con una gran patria apuntando que en el momento que se adquiriera fortaleza “bajo los auspicios de una nación liberal” que la protegiera, podrían cultivarse “virtudes y los talentos que conducen a la gloria”, concluyendo: “entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado a Europa, volarán a Colombia libre que las convidará con un asilo” (Bolívar, 1815:12-13). Cortés a quién le tocó vivir algunos de esos momentos decía:
La raíz de la Revolución americana ha de buscarse en las ideas a la sazón difundidas en América […]. Los pueblos, como los individuos, no ejecutan sino lo que piensan. Las distintas fases que presenta el género humano, tienen su origen en el hombre mismo […]. En el seno de la servidumbre se formaban las ideas de libertad. Los hombres ilustrados conocían el Contrato Social de Rousseau el Acta de la Independencia de los Estados Unidos i la Declaración de los Derechos del Hombre hecha por la Convención Francesa […]. No sólo los americanos, sino también muchos españoles, sentían la necesidad de una reforma social (Cortés, 1861:13-14).
CONSOLIDACIÓN DE PODERES, NACIONES, ECONOMÍAS Y TERRITORIOS
Dos determinantes mutuamente condicionadas y que hubieron de resolver los grupos que fueron encaramándose en el poder, fueron, primero, consolidar el poder político y en ese sentido dar cuerpo a los nuevos Estados resultado de la subdivisión territorial de las colonias, situación por demás problemática dada la actuación de los señalados poderes regionales, incluida una Iglesia siempre vigorosa e influyente; y en una suerte de aprendizaje, de ensayo y error, al buscar las mejores formas de gobernar y administrar a las comarcas. Mejía Pavony apunta:
En Hispanoamérica, los Estados nacionales surgieron de enfrentamientos interprovinciales, lo cual tuvo como condición, pero no como causa, la independencia. Sin duda, era necesario que el imperio español desapareciera del horizonte de posibilidades de las élites que ostentaban el poder para que se abriera paso una nueva lógica, la de las redes y circuitos del capitalismo. Esta nueva consideración espacial requirió suavizar el extremo federalismo inicial, que llenó de aduanas internas, normas particulares y jefe singulares los territorios interiores de las nacientes repúblicas. Además, demandó en los nuevos Estados la puesta en marcha de algo que resulta central en las recién creadas configuraciones políticas, una Administración Pública (Mejía, 2013:s/p).
Los abundantes y frecuentes enfrentamientos sucedidos en la región y que hicieron lenta la conformación de las naciones guardaron cierta lógica, los poderes militares en un cierto momento se consolidaron por encima de grupos dado el control que con las armas ejercieron; sin embargo, finalmente hubieron de negociar o sustentarse en poderes económicos e incluso religiosos, fueran heredados del estatus de colonias o constituidos como producto de las luchas de independencia, las guerras internas y las libradas entre países. Bértola y Ocampo respecto al proceso señalan:
La consolidación del poder central de los Estados nacionales estuvo generalmente cimentada en gobiernos oligárquicos. Se trató del fortalecimiento de una coalición de poder que articulaba los intereses de los sectores terratenientes, mineros (de ser el caso), comerciantes y prestamistas locales (algunos de estos últimos transformados en banqueros) y capitalistas extranjeros, por una parte, con los agentes, partidos o caudillos políticos que permanecerían en el poder con alta discrecionalidad pero defendiendo finalmente los intereses de aquellos grandes actores. La capacidad de los sectores económicamente poderosos de cooptar a estos detentores del poder era grande, cuando no eran ellos mismos quienes lo detentaban, al tiempo que se sacrificaban mecanismos formales de control de los gobiernos e incluso del poder de otras fracciones de las élites, en aras de asegurar el poder frente a sectores populares subordinados (Bértola, 2013:128).
Y segundo, reconstruir las maltrechas economías de ciudades o regiones agropecuarias, para así remontar los efectos de los años de enfrentamientos debidos a la búsqueda de las independencias, o a las guerras internas ya delimitados los territorios, pero también con el fin de reorientar actividades productivas; obviamente de acuerdo con la filiación de quienes alcanzaban el poder, y a las posibilidades económicas, sociales, políticas, culturales y territoriales existentes en ese momento,16 de ahí las notables diferencias que se sucedieron entre países.
Ante esta última exigencia, dadas las condiciones de la región y su pertenencia dominantemente agropecuaria y minera, los nacientes Estados en su gran parte intentaron aprovechar el auge industrial que estaba ocurriendo en Europa y Estados Unidos, impulsando exportaciones de los productos derivados de aquellas actividades; pero además, buscando atraer capitales para que invirtieran de manera directa en los países y así satisfacer los requerimientos de las aspiraciones de las nuevas sociedades, mismas que fluctuaban entre las de primera necesidad y las suntuosas, aquellas que podían mostrar a esas sociedades en situaciones de progreso.
Por supuesto, atraer capitales a América Latina para su desarrollo no fue un acto sencillo, significó un segundo saqueo de la región por parte de los europeos y, en este caso, de quienes habían apoyado los inicios de la independencia y prioritariamente quienes se habían enseñoreado en el mundo: los ingleses. Eduardo Galeano señalando esa determinante que siguió el proceso de independencia, cita al vizconde Chateaubriand, ministro de Asuntos Extranjeros de Francia bajo el reinado de Luis XVIII, quien señalaba: “en el momento de la emancipación, las colonias españolas se volvieron una especie colonias inglesas” (citado en Galeano, 2012:255).
Este autor también da cuenta de la actividad de los británicos en América Latina al señalar que “entre 1822 y 1826, Inglaterra había proporcionado diez empréstitos a las colonias españolas liberadas, por un valor nominal de cerca de veintiún millones de libras esterlinas”, pero que de éstos sólo habían llegado siete millones a tierras de América como resultado de los intereses y comisiones cobradas por los intermediarios. También señalaba que en Londres se habían creado “más de cuarenta sociedades anónimas para explotar los recursos naturales —minas, agricultura— de América Latina y para instalar empresas de servicios públicos” (Galeano, 2012:255-256).
De ahí que aparecieran “los ferrocarriles ingleses en Panamá, hacia la mitad del siglo, y que la primera línea de tranvías inaugurada en 1868 en la ciudad brasileña de Recife”, fuera de una empresa británica; que “la banca de Inglaterra financiaba directamente a las tesorerías de los gobiernos”; que “Los bonos públicos latinoamericanos circulaban activamente, con sus crisis y sus auges, en el mercado financiero inglés” y que gran parte de servicios públicos estaban en manos de los británicos (Galeano, 2012:256).
El mismo Eduardo Galeano, dando cuenta de ese proceso, va mostrando las relaciones o las cadenas que se fueron tejiendo en ese cambio de territorios coloniales a países independientes, señala:
La máquina de vapor, el telar mecánico y el perfeccionamiento de la máquina de tejer habían hecho madurar vertiginosamente la revolución industrial en Inglaterra. Se multiplicaban las fábricas y los bancos; los motores de combustión interna habían modernizado la navegación en muchos grandes buques [que] navegaban hacia los cuatro puntos cardinales universalizando la expansión industrial inglesa. La economía británica pagaba con tejidos de algodón los cueros del Río de la Plata, el […] y el nitrato de Perú, el cobre de Chile, el azúcar de Cuba, el café de Brasil. Las exportaciones industriales, los fletes, los seguros, los intereses de los préstamos y las utilidades de las inversiones alimentarían, a lo largo de todo el siglo XIX, la pujante prosperidad de Inglaterra (Galeano, 2012:225-226).
Indefectiblemente como parte de ese proceso, las nacientes repúblicas fueron dando cuerpo a sus formas de gobierno, a la reconstitución o conformación de áreas productivas, a la construcción de representaciones e identidades que caracterizarían a sus sociedades, pero también, a la construcción de los espacios requeridos para el desarrollo de esos aspectos, dando lugar a nuevas configuraciones espaciales en ciudades y regiones. Entonces, como un proceso por demás esforzado debido a los obstáculos que los gobiernos hubieron de afrontar —adueñarse del poder y ejercerlo no fue terso—, hubo la necesidad de atender algunas cuestiones fundamentales como serían:
1. Impulsar el comercio con el exterior o al interior en la búsqueda de recursos para afianzar el desarrollo, por lo que, por ejemplo, se puso atención en establecer determinados impuestos y reducir, y desaparecer las alcabalas; en el primer caso con el fin de ampliar ingresos a las arcas de las noveles naciones, y en el segundo, por ser inhibidoras de la dinámica económica al obstaculizar la integración interna.
2. Dar cuerpo a una banca propia o promovida desde el exterior, en la pretensión de posibilitar financiamientos seguros y fluidos, y de ese modo, fomentar el cúmulo de actividades económicas y de obras visualizadas para sustentar los desarrollos.17
3. Intervenir los bienes inmuebles y, sobre todo, los acaparados por la Iglesia, con el fin de integrarlos a los nuevos regímenes económicos y fiscales, para de ese modo activar economías.
4. La creación o mejora de infraestructura con el fin de favorecer la salida y entrada de mercancías, de ahí la atención a puertos y ferrocarriles.
5. Cuidar las migraciones inducidas o no,18 buscando atraer habitantes a regiones potencialmente productivas, pero a la vez, atraer mano de obra con un cierto grado de calificación.19
6. Estimular la educación en todos los niveles con el fin de elevar las posibilidades de mejora de la mano de obra aunado a la formación profesional, pero además, crear bases para lograr una mayor integración del conjunto de habitantes en las nuevas sociedades.
Resulta indudable que en todos estos aspectos se perfilaba como necesaria la intervención a los territorios para dar cauce a lo pretendido, más aún, de la imagen de éstos, pues la intervención tuvo lugar en planta y en altura, en particular había que mejorar las ciudades para que cumplieran sus funciones, en esta época predominantemente administrativas y comerciales; elevar el nivel de la infraestructura y el equipamiento, y cuidar la estética sobre todo de este último, lo que se hizo notable, con la apropiación de estilos de arquitectura procedentes en particular de Europa.
REQUERIMIENTOS DEL EXTERIOR Y EL LENTO TRANSITAR HACIA EL PROGRESO
La situación de avanzar en aquellos aspectos fue harto difícil para América Latina, si se considera el cúmulo de intereses en torno a la creación de las nuevas naciones, donde aparte de lo que intentaban imponer los grupos nativos, fue determinante la limitada perspectiva y acción política de las sociedades; por lo que consecuentemente se dejaron sentir con fuerza los intereses imperialistas, como fueron los casos de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, los que se enfrascaron en la delimitación de áreas para sus mercados o como ocurrió en el caso de México, para apropiárselas.
Fue la época en que los aventureros ilustrados o no, o los representantes de países interesados en los posibles mercados de materias primas y consumidores, visitaron la región para tener el panorama necesario para insertar sus negocios. En México in 1827 (1828) Ward señala:
Es difícil concebir que un país menos preparado de lo que México estaba en 1824 para la transición del despotismo a la democracia. Los principios sobre los cuales se forma el gobierno actual, al principio no hayan sido debidamente apreciados, ni comprendidos en general; sin embargo, debido a la mera fuerza de las circunstancias, han echado raíces, y ya han penetrado demasiado profundamente en el suelo para ser fácilmente sacudidos. El dominio sobre el país no se basa en una difusión general del conocimiento, ni en lo que podría denominarse patriotismo teórico; descansa sobre una base aún más fuerte, las pasiones e intereses de las clases más influyentes de los habitantes. Para la masa popular, todas las formas de gobierno son indiferentes, y muchos aún no saben bajo qué viven; pero entre aquellos que sólo poseen un carácter político, los terratenientes residentes, los comerciantes, los militares, los abogados y el clero parroquial, las consideraciones de ventaja local y personal han creado un sentimiento decidido a favor del sistema federal (Ward, 1828:18-719).
Pese a esas condicionantes, ante exigencias de grupos y las accidentadas acciones provenientes de oficinas de gobierno o de particulares, la producción de mercancías fue reconstituyéndose y adquiriendo caracteres propios en cada nuevo país, como obra de la manera en que se condujeron las políticas o por las dinámicas desplegadas por sus sociedades. Lo anterior dio lugar a las especializaciones entre países, si bien derivadas del sector agropecuario, de acuerdo con “La belle époque y el capitalismo global”. En los Cuadernos de Historia (Béjar, 1999), se apunta que los países al consolidar su independencia y entrar a periodos de progreso, en particular en la segunda década del siglo XIX, y en correspondencia con el desarrollo que se producía en Europa y al que se experimentaba entre países de América Latina, en la región hubo una cierta especialización en productos.
Por ejemplo, en las pampas de clima templado como fue el caso de las repúblicas de Argentina y de Uruguay, hubo un significativo crecimiento en la “producción de lana, cereales y carne”; en países de clima tropical, como lo eran Brasil, Colombia, Venezuela y algunos de América Central sobresalió la producción de café; también en la región tropical y en especial en Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Venezuela floreció el cultivo de plátano; en Cuba, Puerto Rico y Perú hubo un impulso a la producción azucarera. Casos importantes fueron los países mineros por el nivel que retomó el rubro y por la participación de empresas extranjeras; por ejemplo en México, Bolivia y Perú mantuvieron elevados niveles en extracción de plata; Perú y Chile en cobre; en Bolivia estaño, y a principios de siglo empezaron a destacar México y Venezuela como países petroleros y, donde por cierto, aquellas empresas extranjeras empezaron a hacer y deshacer en el rubro y hasta en lo que tocaba a regímenes políticos (Béjar, 1999).
Ahora bien, como apoyo a esa producción dentro de un proceso renovador, los gobiernos se apresuraron a mantener o extender relaciones políticas y comerciales con otros países ya fuera de este lado de los océanos o más allá de éstos, para así atender carencias en productos para la vida cotidiana, apoyar las distintas actividades económicas y hasta para actuar en la parte ideológica de los grupos pudientes, como los casos de permitir la entrada de materiales que sirvieron para erigir o adornar las ostentosas edificaciones públicas o privadas que fueron luciendo las grandes capitales y aun otras. Bulmer-Thomas, respecto a la situación apunta:
Algunos países latinoamericanos (por ejemplo, Ecuador y México) eran grandes exportadores de productos alimenticios, comercio que beneficiaba a los Estados Unidos más que a Europa. Unas cuantas naciones canalizaron gran parte de su comercio a través de otros países latinoamericanos, y no por el “centro”. Paraguay, cuya principal exportación era la yerba mate, que sólo se consumía en Sudamérica, dependió principalmente del mercado argentino y, en realidad, acabó por amarrar su moneda al peso argentino. Bolivia compraba muchas de sus importaciones a naciones vecinas, aunque en gran parte de este comercio “intrarregional” los países de origen casi siempre estaban fuera de América Latina (Bulmer-Thomas, 2010:95).
Esa situación modificó la estructura territorial, pues hubo de sustentar las rutas de los intercambios y las de consumo, de ahí que las ciudades y puertos adquirieran en estos años caracteres comerciales, sin abandonar las pertenencias administrativas, y en algunos casos, despuntando como incipientes enclaves industriales. En ese punto, el ferrocarril tuvo un importante papel como liga entre las regiones de producción y las de consumo. Eduardo Galeano en referencia a algunos puertos señala:
Los grandes puertos de América Latina, escalas de tránsito de las riquezas extraídas del suelo y del subsuelo con destino a los centros de poder, se consolidaban como instrumentos de conquista y dominación contra los países a los que pertenecían, y eran los vertederos por donde se dilapidaba la renta nacional. Los puertos y los capitales querían parecerse a París o a Londres, y a la retaguardia tenían el desierto (Galeano, 2012:232-233).
En ese desenvolvimiento de la región y en esa idea de activar sus economías, indefectiblemente los espacios de producción tradicionales, por ser los dominantes, se convirtieron en un factor de atraso, en tanto al no ser receptoras de las nuevas tecnologías que alumbraban al siglo, de los cambios en las maneras de pensar y de las restringidas formas de comunicación con otros territorios, pesaron en las formas de desarrollo de grandes partes de la región, convirtiéndose en obstáculos a las formas de producción capitalistas que buscaron impulsar en particular los grupos liberales.20
Así, de acuerdo con las posibilidades y los consensos logrados entre grupos y en condiciones desiguales, fueron ampliándose, diversificándose o apareciendo especializaciones en las actividades económicas, en consecuencia y al ir avanzando los procesos, se generaron nuevos roles sociales otorgándose determinados caracteres a los sustentos territoriales. Irremediablemente, las diferencias de desarrollo entre países fueron expresándose como consecuencia de las formas en que se lograban la pacificación en los territorios, crecían sus economías, se consolidaban los Estados y se observaba un cierto progreso en sus sociedades. De manera que, aun enfrentando obstáculos como resultado de la variada geografía de la región, el bajo nivel de la infraestructura en cada país, la falta de recursos económicos y humanos, el bajo nivel tecnológico utilizado en las áreas productivas, hubo avances en actividades muy particulares y en regiones específicas.
Fue un hecho que, por las condiciones vividas en esos años, América Latina se desarrolló entre avances y retrocesos, y entre intentos por transformar cualitativa y cuantitativamente formas productivas y las relaciones sociales que le ataban con el pasado y que impedían otros desenvolvimientos en el entramado jurídico, político, ideológico y cultural y, en una relación dialéctica, esos caracteres de atraso impidieron revoluciones en aquellas condiciones. Indudablemente se fue imponiendo en el manejo de las economías las formas en que se condujo cada país, las riquezas naturales, humanas o monetarias poseídas pero, además, las pertenencias culturas expresadas en los territorios, de ahí lo disparejo de los desarrollos alcanzados entre países como Argentina y Bolivia, México y Guatemala o Cuba y Haití.21
Lo anterior, pese a la existencia de porciones significativas de grupos ilustrados existentes en los países, como fueron los casos de Chile, Argentina, Perú o México. En este último caso, por ejemplo, a mediados de los años cincuenta del siglo en cuestión, un grupo de liberales en el que la cabeza visible fue Benito Juárez García y sus correligionarios más destacados: Sebastián Lerdo de Tejada, Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Francisco Zarco, Ignacio Ramírez, José María Iglesias, Matías Romero, entre otros, plantearon nuevas vías para el desarrollo del país al separar a la Iglesia del Estado, desaparecer tribunales eclesiásticos, activar la economía a partir de colocar a la venta bienes inmuebles de aquélla. Lamentablemente las condiciones dominantes obstaculizaron los intentos, no obstante, esos avances fueron aprovechados por el régimen de Porfirio Díaz para tres décadas después, iniciar un sólido periodo de modernización del país (Semo, 2012:367-390).
Siguiendo esos procesos de rupturas y continuidades, otras situaciones se fueron presentando en las cotidianidades en que se desenvolvían las sociedades —parte de la superestructura política, jurídico e ideológica de las bases materiales—, por ejemplo, Benjamín Vicuña Mackenna, un destacado político, gobernante y escritor de Chile, en Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días (1841-1808) (1869), da cuenta de las condiciones en que se desenvolvía la sociedad chilena en ese dilema de desarrollo que planteaba el conservadurismo o lo liberal, y dentro de éstas, las posibilidades de progreso a partir de cursar alguna carrera profesional, ante la disyuntiva de quedar en la antigua tradición o sumarse a una nueva, lo reflexionó de la siguiente manera:
De la escuela, los criollos llegados a la doble pubertad del cuerpo y del espíritu, pasaban a las aulas de las aulas (que así se llamaban, por cursarse generalmente sus estudios en los claustros de los conventos), iban a la Universidad o a la hacienda. No había alternativa. Abogado o campesino, huaso o doctor. Las profesiones liberales eran consideradas afrentosas. El comercio pertenecía a la clase media, excepto cuando se ejercía por mayor, aunque éste era privilegio de las canas. La carrera militar, según hemos visto, no había alcanzado jamás favor a orillas del Mapocho y se hallaba desde la conquista relegada al Bio Bio […]. Sólo la alfalfa y el latín, dos cosas parecidas por lo que entorpecen y engordan, triunfaban, por consiguiente, sin rivales y no había más posición, otro porvenir, como se dice hoy día, que el de instalarse el rústico poncho o la toga de los pedantes. Por esto todavía la primera pregunta de porvenir que se hace a los niños es la siguiente: ¿Qué quieres ser, abogado, clérigo o casado? (Vicuña, 1869:387).
Incluso con esos límites en lo social, lo tecnológico e ideológico, pero por la misma dinámica de la búsqueda del progreso y aprovechamiento de las riquezas naturales heredadas por grupos privilegiados provenientes de la colonia o los de la nueva avanzada, se logró activar a la economía en la región dando paso al surgimiento de nuevas élites, en muchos casos ligadas a inversionistas extranjeros, lo cual se tradujo en la aparición de nuevas castas de terratenientes22 o de nacientes industriales. Con esas nuevas condiciones fluyeron las inversiones en áreas estratégicas como la minera, el petróleo o la energía eléctrica.
El desarrollo desigual y combinado fluyó, en tanto la condición liberal en que se desarrollaba el mundo y que impulsó inversiones en aquéllas, se mezcló con la monopolización de recursos naturales por grupos pudientes o los caciques beneficiados por la independencia y los bajos niveles tecnológicos poseídos en las actividades económicas dominantes, obligando al uso de grandes volúmenes de mano de obra a los que se les obligaba a cumplir extensas jornadas con trabajo intensivo, y a quienes se les pagaban ínfimos salarios. Casos por demás dramáticos fueron las regiones mineras o las llamadas haciendas, donde por ejemplo en el caso de México a los peones se les obligaba a vivir en situación de acasillados y en ocasiones con toda su familia.
De la situación se desprenden razones para que al interior y entre países del área, se expresaran regiones de amplia riqueza en medio de una agobiante pobreza, por lo que no fue casual el surgimiento de inconformidades entre la gente afectada, las cuales no sólo se sucedieron entre sectores pobres sino también nacientes industriales que se vieron limitados por aquellas condiciones, Bértola y Ocampo al respecto señalan:
Desde el punto de vista social, este periodo se caracterizó por un marcado proceso de diferenciación, tanto desde una dimensión territorial como propiamente social. En tanto la brecha entre países más ricos y más pobres de la región creció mucho, también aumentó significativamente la desigualdad dentro de cada país. El proceso exportador generó en algunas regiones cierta diversificación de las estructuras productivas, que se expresó en el desarrollo de la industria manufacturera, de las infraestructuras de comunicaciones y transportes y de los servicios financieros, así como el gran avance de la urbanización (Bértola y Ocampo, 2013:104).
Luego entonces, entre efectos de las condiciones en que había quedado América Latina posterior a la salida del imperio español y el portugués, e incluso teniendo como un gran determinante la solidificación de los Estados como ocurrió con los casos argentino, mexicano o el chileno; el surgimiento de élites ilustradas, la formación de núcleos de comerciantes, la aparición de un naciente sector industrial y el crecimiento de muchas de las ciudades, no tuvieron los resultados esperados en los desenvolvimientos económicos y, por ende, en los afanes de alcanzar el progreso observado en Europa y Estados Unidos. Eduardo Galeano refiriéndose a esas especificidades en que se desarrolló el capitalismo en la región señala:
La legión de parásitos que había recibido los partes de la guerra de independencia bailando minué en los salones de las ciudades, brindaba por la libertad de comercio en copas de cristalería británica. Se pusieron de moda las más altisonantes consignas republicanas de la burguesía europea: nuestros países se ponen al servicio de los industriales ingleses y de los pensadores franceses. ¿Pero qué “burguesía nacional” era la nuestra, formada por los terratenientes, los grandes traficantes, comerciantes y especuladores, los políticos de levita y los doctores sin arraigo? América Latina tuvo pronto sus constituciones burguesas, muy barnizadas del liberalismo, pero no tuvo, en cambio, una burguesía creadora, al estilo europeo o norteamericano, que se propusiera como misión histórica el desarrollo de un capitalismo nacional pujante (Galeano, 2012:152).
Hubo crecimiento en rubros específicos pero en otros no, y lo que se logró fue un desarrollo diferenciado que privilegió a sectores terratenientes, mineros, comerciantes y prestamistas locales, inversionistas extranjeros y a caudillos políticos, en detrimento de las clases pobres asentadas en el campo y en las ciudades, pero además, a un menguado desenvolvimiento industrial pugnado por sectores liberales; inevitablemente a esa manera de crecer fue correspondiéndole el cúmulo de problemas sociales que fueron sucediéndose en las repúblicas particularmente al iniciarse el siglo XX. Ese crecimiento diferenciado que imposibilitó un mayor desarrollo de la región, y que afectó a grandes grupos de población, Bulmer-Thomas lo describe de la siguiente manera:
La primera fase del desarrollo latinoamericano posterior a la independencia se basó en la exportación de productos primarios. Se esperaba que un rápido crecimiento transformara toda la economía, aumentando la productividad en el sector exportador, y haciendo subir el ingreso per cápita. Medido con esta vara, el crecimiento basado en las exportaciones fue, en general, un fracaso. A finales de los 20, tras un siglo de experimentar con diferentes productos de exportación, la mayoría de los países latinoamericanos registraban insignificantes tasas de crecimiento. De hecho, en algunos casos hasta parece que hubo un descenso de los niveles de vida (Bulmer-Thomas, 2010:447).
Resulta lamentable esa manera de crecer de América Latina, misma que se expresó en ámbitos sociales, económicos, culturales y territoriales, fue y sigue siendo una realidad si se consideran los contextos de desarrollo mundial de cada sociedad y país, aunque también había que entender esos desequilibrios en el conjunto de la dinámica social que ha caracterizado al desarrollo de los pueblos, como bien lo refiere George Novack en Para comprender la historia (1977) al señalar:
Los múltiples factores de cualquier proceso histórico no tienen, y en realidad no pueden tenerlo, un crecimiento igual y simultáneo. No sólo algunos maduran antes que otros, sino que algunos de ellos pueden no lograr una realidad concreta y adecuada en el momento decisivo, o en cualquier etapa. La conjunción de todos los diversos factores esenciales para que se dé un resultado particular en un gran proceso histórico es un acontecimiento excepcional o accidental que es necesario sólo a la larga (Novack, 1977:74-75).
Y es que las condiciones en que se había desarrollado la región, bajo la expoliación española y portuguesa, habían actuado, pero también y como parte de esa condición, fue imposible ligar el desarrollo a lo que sucedía en el exterior, pues mientras países como Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos se desarrollaban en lo industrial y con innovaciones tecnológicas que impactaban en todos los ámbitos de la vida, de este lado como ya se había anotado, el uso las tecnologías rudimentarias impactó la producción en sentido negativo, y de igual manera, el hecho tuvo su expresión en otros aspectos de las cotidianidades de los latinoamericanos.
Por supuesto, los problemas surgidos de esa forma de desarrollo se acentuaron con los problemas existentes en el ámbito mundial, mismo que en estos años empezaron a gestarse como consecuencia de las pugnas capitalistas y por la posición de mercados y, en especial, por la aparición de la crisis de 1905 que se hizo presente ante los grados de sobreproducción, contracción del consumo aunado a las medidas proteccionistas que gobiernos nacionales y empresarios impusieron ante la llegada de productos externos a los territorios de su jurisdicción o enclaves.23
En esa misma dinámica, el desarrollo desigual sucedido en el nivel mundial y entre países con amplio desarrollo, se manifestó en las condiciones económicas, en las relaciones sociales y en las formas de vivir de cada país latinoamericano, obligando al área a un desarrollo diferenciado con el predominio de pobrezas y penurias, matices que impulsaron revoluciones como la que se expresó en su condición violenta en 1910 en México. En relación con esas condiciones de atraso, Bértola y Ocampo apuntan:
Mientras la independencia trajo consigo la disrupción del orden político, el caos, el desorden y la dificultad del Estado para asegurar los derechos de propiedad y la seguridad, lo que ahora llamamos la primera globalización trajo consigo la consolidación del poder político del Estado y de la fuerte concentración de la riqueza, acompañada ahora de mayor defensa de los derechos de propiedad de las élites. Al mismo tiempo, las relaciones laborales se transformaban, pero manteniéndose fuertemente subordinadas a los intereses de las élites e incluso reproduciendo viejas y nuevas formas de compulsión extraeconómica, críticas de formas precapitalistas de organización del trabajo. De esta manera, el problema no fue sólo la consolidación de una alta concentración de la propiedad de la tierra, de por sí excesiva para los estándares internacionales […], sino también el mantenimiento de diversas formas de subordinación del trabajo que limitaban de hecho la libre movilidad de mano de obra. Los países dependientes de la inmigración europea por una gran excepción a esta última tendencia (Bértola y Ocampo, 2013:63-64).
Entonces, las condiciones y características de los sistemas productivos por demás bajos en tecnología tanto en el agro como en la endeble industria; la presencia, acción y dominancia de formas tradicionales de producción; la falta de recursos económicos y materiales; una mano de obra poco calificada lo cual incluía a pocos profesionales de la medicina, ingeniería, arquitectura y de otras pocas especialidades; la atadura ideológica con el pasado, más los vaivenes políticos, si bien lograron significativos beneficios generando nuevos ricos, no lograron mejorar la productividad en los distintos sectores económicos y, por lo tanto, desarrollos más sólidos. No es ocioso recordar una caracterización del desarrollo desigual por el que se ha conducido el denominado progreso de la humanidad, cuando George Novack apunta:
La fuente principal del progreso humano es el dominio del hombre sobre las fuerzas de producción. A medida que avanza la historia se produce un crecimiento más rápido o más lento de las fuerzas productivas en este o aquel segmento de la sociedad, debido a las diferencias en las condiciones naturales y las conexiones históricas. Éstas disparidades dan un carácter de expansión o compresión a toda una época histórica y dan origen a distintos ritmos y medidas de crecimiento en los diversos pueblos, en las diferentes ramas de la economía, en las diferentes clases, instituciones sociales y campos de la cultura (Novack, 1977:85).
De modo que ese crecimiento desequilibrado de la economía y, por tanto, de las distintas regiones aparte de los efectos en los territorios, provocaron migraciones del campo hacia las ciudades con los consecuentes problemas observados, sobre todo a partir del siglo XX. El endeble y limitado crecimiento aunado a la concentración de beneficios en las minorías oligárquicas y los regímenes de explotación sobre todo en el campo y minas, fueron causa de la serie de inconformidades que recorrieron a América Latina al iniciarse el siglo, y que dieron como resultado la aparición de huelgas de mineros en México, Chile y Bolivia, o levantamientos campesinos en Venezuela, México y Brasil, la superestructura jurídica y política había madurado y se disponía a revolucionar aunque endeblemente las estructuras productivas latinoamericanas.24
Las condiciones en que se estaba desenvolviendo la producción, no correspondían a las relaciones de producción dominantes, por lo que había que revolucionar a estas últimas y así revolucionar a las primeras, aunque para el caso y pese a que en los movimientos revolucionarios participaban grupos empobrecidos, éstos al concluir enfrentamientos o movilizaciones lograron pocas mejoras. Al respecto cada país tiene su historia en cuestión de levantamientos de grupos inconformes y de periodos revolucionarios, de la firmeza de líderes populares y de claudicaciones, de victorias de grupos progresistas y de sus derrotas. Para ejemplificar cuestiones de lo señalado, respecto a Chile puede apuntarse:
La primera huelga fue la de los obreros de las Compañías de Vapores de Valparaíso en 1903. Causa: una petición de aumento de salarios. Fueron violentamente reprimidos: 30 muertos y 200 heridos. La segunda huelga fue la de la carne (22-23 octubre de 1905). Motivo: el alto precio. Se solicitaba derogar el impuesto al ganado argentino. Hubo graves saqueos y desórdenes. 70 muertos y 300 heridos. El 6 de febrero de 1906 estalló la huelga de Antofagasta: participaron trabajadores del ferrocarril a Bolivia, obreros de puerto, pampinos de las salitreras. Motivo: solicitaban mayor tiempo para almorzar y un reajuste de sueldos de un 20%. Hubo graves desórdenes, incendios de edificios. Reprimidos finalmente por las tropas del ejército. Dirigió este movimiento el obrero tipógrafo, Luis Emilio Recabarren. El movimiento más grave se produjo en el gobierno de Pedro Montt, fue la huelga de Sta. María de Iquique (21 de diciembre de 1907). Participaron unos 10 000 trabajadores (Biografía de Chile, 2013).
16 Había que destacar la importancia de los misioneros en la configuración de los territorios heredados en las colonias, lo cual sucedió en toda América Latina, y con casos destacados como los de las misiones en la Sierra Gorda de Querétaro, México. De esa actividad Cardús señala: “Desde que los misioneros pudieron nuevamente penetrar en las fronteras, en casi todas ellas se ha efectuado un cambio muy notable. Desde entonces se han descubierto nuevas regiones, y utilizado nuevos elementos; se han abierto diferentes caminos en lugares donde antes nadie podía transitar; se ha explorado el curso de varios ríos importantes, y se surcan las aguas de otros varios, por los que, aunque algo conocidos, nadie se había atrevido a navegar: los quinales y gomales se han convertido en objetos de valiosa industria; y en lugares de increíble actividad; varias industrias han tomado nuevo incremento y los terrenos para ellas mayor extensión (Cardús, 1886:19).
17 Bértola y Ocampo apuntan: “Las primeras experiencias de emisión de un uso a nombre de los gobiernos latinoamericanos por bancos londinenses terminaron en un fracaso: sirvieron para refinanciar (a un costo alto) las deudas heredadas de la guerra de independencia y el resto dio pocos recursos a los gobiernos, que los utilizó de modo muy poco eficiente, entrando rápidamente en moratoria, mientras que los intermediarios obtuvieron grandes ganancias y los ahorristas europeos perdieron mucho dinero, lo que bloqueó por mucho tiempo las posibilidades de los gobiernos latinoamericanos de captar fondos por esta vía” (2013:100).
18 Indudablemente las migraciones podían ser positivas o negativas, pero en ocasiones eran deseadas; Guzmán Blanco, quien fuera presidente de Venezuela (1870-1877, 1879-1884 y 1886-1888) decía: “Desearía que los principales artículos de exportación de Venezuela, como el café, el cacao, el añil y el algodón, tuviesen a la Francia como mercado central, mientras que los vinos y los otros productos agrícolas franceses, disfrutarían en nuestro país de una libre en franquicia de derechos. Desearía también importar a mi país la ciencia, la literatura, las artes y la industria francesas, por medio de una gran corriente de inmigración. En una palabra, aspiro a hacer de Venezuela la Francia del América del sur” (citado en Almandoz, 2006:70).
19 Los mismos Bértola y Ocampo apuntan: “Un factor que contribuyó a las dispares tasas de crecimiento de la población fue la capacidad de atraer inmigración [...]. América Latina absorbió cerca de la quinta parte de los 62 millones de personas que emigraron de Europa y Asia entre 1820 y 1930, en su mayor parte en el medio siglo que precedió a la primera guerra mundial […] y desde entonces tuvieron un fuerte impacto en algunas economías latinoamericanas” (2013:105-106).
20 Esa situación la visualizó Max Weber en otras latitudes al escribir en 1923: “Toda casta india tiene su tarea fijada por la tradición; quien abandona las entidades tradicionales de su casta no sólo es expulsado de ella, convirtiéndose por lo tanto en paria sino que pierde, incluso, sus perspectivas en el otro mundo: la esperanza de renacer en una casta más elevada. De esta suerte, la ordenación de castas llegó a ser en la India el sistema social y económico más conservador que se haya conocido. Sólo por obra de la influencia inglesa se fueron abriendo brechas en él, y paulatinamente el capitalismo se infiltró en el sistema” (Weber, 2011:153).
21 Esa situación obliga a recurrir a Marx para fundamentar la importancia del desarrollo económico y social, para entender formas de pensar, especificidades de las instituciones sociales, las leyes, etcétera, cuando en el “Prólogo de la contribución a la crítica de la economía política” señaló: “En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social” (Marx, 1973c:517-518).
22 Vicuña Mackenna, da cuenta de esa nueva casta al señalar: “El aprendiz de hacendado (ardua ciencia de antaño) desaparecía por completo de las escenas sociales, porque la vida del campo se tornaba entonces a la bruta, y sólo venía de firme a la casa paterna cuando se le anunciaba que se le había elegido mujer. Tenía lugar este pequeño rodeo del dios Himeneo en su propia familia, tocándole en suerte alguna de las más donosas y sabiditas de sus primas, después del desecho del hermano-doctor, que, como era de precepto; había de tener sobre el hermano-huaso el derecho de primera elección. Recibidas, pues, las bendiciones, la novia montaba a caballo con su compañero, y no volvía a ver las torres de Santiago sino nueve meses después, cuya visita se renovaba por periodos más o menos análogos durante quince o veinte años” (Vicuña, 1869:387).
23 León Trotsky en Resultados y perspectivas (1906) apunta que en 1905 señalaba: “El capitalismo, al imponer a todos los países su modo de economía y de comercio, ha convertido al mundo entero en un único organismo económico y político. Así como el crédito moderno ha conectado a miles de empresarios a través de un lazo invisible, y permite al capital una movilidad sorprendente evitando muchas pequeñas bancarrotas privadas, pero acrecentando con ello al mismo tiempo, las crisis económicas generales en unas dimensiones inauditas, así también todo el trabajo económico y político del capitalismo, su comercio internacional, su sistema de monstruosas deudas públicas y las agrupaciones políticas de naciones que incluyen a todas las fuerzas de la reacción en una especie de sociedad anónima internacional, no sólo ha contrarrestado por un lado todas las crisis políticas individuales sino que también, por otro lado, ha preparado el terreno para una crisis social de dimensiones fabulosas” (Trotsky, 1979:85-86).
24 Hay que retrotraer a Marx, cuando refiriéndose a esas condiciones que definieron sociedad, Estado y territorios, apuntaba: “Cuando se estudian esas transformaciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo […]. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua” (Marx, 1973c:518).
CIUDADES Y LOS VISOS DE MODERNIDAD
Junto con el ensayo de crear un cuerpo especial de camineros para la ciudad, a ejemplo de los que tienen todas las poblaciones medianamente adelantadas de Europa, y cuya medida no ha dado hasta aquí sino pobres resultados por la indomable indisciplina y más indomable disipación de nuestros obreros, se hizo en enero último una tentativa para someter a la ciudad, o siquiera su cuartel central y más valioso, el sistema de contratos fijos para su aseo, barrido, extracción de basuras, riegos, etc., y con este fin se pidieron propuestas. Más, sea desidia, sea desconfianza de los empresarios urbanos (cuya clase desgraciadamente no existe entre nosotros) […] el llamamiento de la intendencia fue completamente desairado y no se presentó una sola propuesta.
Benjamín Vicuña Mackenna (1873)
En el contexto de reconstrucción económica y social, por su carácter aglutinador y su tendencia a la concentración de actividades y población, las ciudades y sobre todo las capitales de lo que se perfilaban como naciones, hubieron de ser habilitadas para cumplir como sustentos del habitar y de la realización de actividades, en particular de las que generaban o agilizaban los sectores productivos, y de elementos con una cierta primacía política o administrativa; situación que provocó que éstas fueran las mayormente receptoras de obras de introducción de infraestructura, equipamiento y vivienda, convirtiéndose en los territorios donde se sucedieron las mayores transformaciones y concentración de beneficios de la nueva dinámica impulsada por la independencia, no sin dejar de observarse fuertes contradicciones entre sus pobladores.
RENOVACIÓN DE LAS PERSPECTIVAS SOCIALES Y EL NUEVO CARÁCTER DE LOS TERRITORIOS
Al igual que en los grandes procesos de industrialización sucedidos en Europa, al desarrollarse en América Latina una economía que hizo un uso intensivo de mano de obra con los efectos que le fueron propios, ante la monopolización de grandes extensiones de tierra a partir de despojos a comunidades y, frente a la disyuntiva de emplearse en plantaciones o haciendas, grandes volúmenes de población vieron a las ciudades como espacios donde, de una u otra manera, se podía sobrevivir, o como lugares para alcanzar otros niveles dentro de la escala social, por lo que las migraciones provenientes del campo se sucedieron, de ahí la diversidad de espacios que se fueron generando en partes centrales, y al rebasarse éstas, en las periferias.
Con esas especificidades y por su carácter político e ideológico, fue sobre todo en las capitales de los nuevos territorios, donde de principio se concentraron aspiraciones, esfuerzos e inversiones pretendiendo hacerlas más higiénicas, funcionales, y con una identidad acorde con lo deseado. Dado ese carácter de espacio simbólico y político, al perfilarse como los centros políticos y administrativos desde donde se pretendía controlar y manejar el país, ahí se dirimieron muchas de las diferencias entre los grupos activos o influyentes en sus búsquedas por acceder al poder para, de ese modo, hacer valer sus intereses.
Y, efectivamente, como todo lo simbólico que proyecta poder, las capitales de los nuevos países se convirtieron en objetivos de los grupos que ansiaban imponer proyectos, primero para sus regiones y posteriormente para lo que se convertirían en países, por eso los frecuentes enfrentamientos suscitados en los espacios legislativos que comenzaron a funcionar al consolidarse gobiernos y donde se vertieron argumentos escritos o discursos; los cuales, se combinaron con los ocurridos en las calles, donde los argumentos fueron emitidos por las armas. De ahí que una de las particularidades que se sucedieron como resultado de los enfrentamientos entre grupos fue la disputa por éstas con los consecuentes saldos; esto es, las ciudades se mostraron como los espacios políticos, los espacios en disputa, los espacios a dominar para a su vez proyectar poder. José Luis Romero al respecto apunta:
La disputa fue constante y las ciudades fueron muchas veces ágoras agitadas donde la discusión de las ideas seguía el motín cuartelero o la movilización popular. Legislaturas y congresos reunían a los actores del drama, aunque quizá los protagonistas se congregaran en los cuarteles. Los periódicos agitaban las ideas y en las tertulias se entremezclaba la glosa doctrinaria y el rumor intencionado sobre el juego de los personajes. Y no pocas veces hubo combates en las calles, con muertos que vengar, cuya memoria exacerbaba las pasiones y los odios facciosos (Romero, 1976:174).
Como ya se apuntaba, esas particularidades brindadas por sus condiciones simbólicas y materiales, paradójicamente convirtieron a las ciudades en los lugares donde aspiraciones y carencias se hicieron presentes en todos los ámbitos de la vida, y es que al convertirse en espacios con un determinado nivel de actividades económicas y administrativas, y a la vez asiento de grupos de poder, pasaron a ser puntos de atracción de distintos sectores de la población y crisol de aspiraciones; en todos los casos, visualizando posibilidades de progreso, unos con el fin de ampliar riquezas y, por lo tanto, poder, otros para desarrollarse profesional o intelectualmente, y los más, con el fin de atenuar las carencias sufridas en las periferias, o en las campiñas donde la pobreza era ya uno de los distintivos.
De ese modo, las aspiraciones se tornaron en condiciones a ser alcanzadas en las ciudades, pero al no obtenerse, adquirieron un carácter de carencias. Entonces estas últimas se sucedieron desde lo material, que fluctuó entre la simple falta de pavimentos, agua potable, drenaje o la inexistencia de un puente necesario; para extenderse a las de carácter ideológico, como mostrar un determinado estatus social y, en consecuencia, su incorporación a los signos de progreso a través de circular por calles, avenidas y edificaciones ampliadas o mejoradas. De ese modo, aspiraciones y carencias materializadas en los trabajos impulsados por particulares o por gobiernos dieron curso a las transformaciones de las principales ciudades.
En efecto, de acuerdo con los niveles de organización, exigencias e ímpetu de los pobladores, las demandas de atención a las carencias fluyeron para convertirse en propuestas de acción individual y en ocasiones sin la participación de los gobiernos, pero conforme se consolidaron éstos, aquéllas pudieron ser colocadas a la consideración de funcionarios o instituciones avocadas a la atención o control de esos territorios, generándose de ese modo las consecuentes acciones y políticas urbanas, que fueron fluctuando de pequeñas a grandes obras.
De lo anterior se entiende que dada la dinámica social, la importancia administrativa y los niveles de concentración económica y poblacional que cada una de las ciudades alcanzó, fueron determinantes para que esas carencias fueran atendidas de acuerdo con la consolidación de los órganos gubernamentales y de los conocimientos de los profesionales dedicados a la atención de éstas; por supuesto, aprovechando las ideas respecto a la mejora de ciudades en boga en ese momento, los avances de la ciencia y la tecnología, y en particular de las técnicas constructivas.
Siguiendo lo mismo, debe considerarse que los cambios políticos motivaron acciones legales y administrativas que coadyuvaron al proceso de ensanchamiento de las urbes y, en efecto, en el hecho pesaron situaciones como las de disminuir los resquicios políticos coloniales, actuar contra el poder significado por la Iglesia, el despojo de tierras a comunidades indígenas, las migraciones hacia las urbes más grandes, y cada una de éstas con sus propias particularidades: hasta plantearse superar los elementos que en su momento les dieron el carácter de ciudades coloniales, como fue el caso del derribamiento de las murallas en Campeche, La Habana, Panamá, Cartagena, Montevideo o Lima.
En efecto, la expansión de las urbes se realizó en un primer momento a partir de la apropiación de espacios con propietarios o actividades que, para ese momento, habían perdido el dinamismo logrado durante la colonia, ejemplos fueron los casos de Guatemala, Bogotá, Lima o la Ciudad de México, donde grupos liberales ante la necesidad de minar el poder de la Iglesia e incentivar a su vez la economía no sólo de las ciudades sino también del país, le retiraron a la corporación propiedades reunidas durante los años de la dominación española o portuguesa, de manera que en su modalidad de conventos o meras tierras, esas propiedades fueron fraccionadas y agregadas como espacios a las urbes para dar paso a acciones de grupos emergentes como los inmobiliarios.
Manuel José Cortés, siendo testigo de los beneficios disfrutados por el clero, mismos que llevaron a la acumulación de tierras, edificaciones y, por supuesto, de poder en toda la región, en 1861 señalaba:
La dotación del clero era superior a las rentas de las demás clases de la sociedad. Diezmos, primicias, sínodos Reales, manuales, derechos de estola i de pie de altar, capellanías i obras pías, eran los fondos del clero. A pesar de las leyes que vedaron a manos muertas la adquisición de bienes raíces, i de las cédulas de 20 de febrero de 1796 i veinte de septiembre de 1799, que prohibía las fundaciones, el furor de hacerlas fue más poderoso que las leyes. Puede asegurarse que la mayor parte de la propiedad territorial estaba secuestrada por manos muertas. Esto explica el agolpamiento de los Americanos a la iglesia, única carrera de honor y de riqueza. La corte de Madrid fue menos suspicaz con el clero que con algunas excepciones fue, el más poderoso auxiliar del gobierno (Cortés, 1861:274-275).
De manera que los gobiernos civiles en su proceso de consolidación tuvieron que restarle poder a la Iglesia, imponiéndose la tarea de integrar las propiedades de aquélla al desarrollo de los países y en particular de las ciudades, situación que fue muy clara en el caso de México. Y cierto, la pretensión de activar la economía de un territorio inmerso en conflictos internos y recién cercenado a causa de la invasión estadounidense de 1846-1848, pero a la vez buscando consolidar al naciente Estado, condujo al retiro de propiedades a la Iglesia. Para cumplir con esos objetivos, se emitió la Ley de Desamortización de Bienes de la Iglesia y de Corporaciones, en 1856 —una de las primeras normas que conformaron las Leyes de Reforma impulsadas por los liberales encabezados por Benito Juárez—, con lo que se le quitó no sólo la propiedad de bienes inmuebles a la Iglesia, sino parte del poder político y económico que ésta poseía.
Por supuesto, la perspectiva de la actuación de la Iglesia en la región no escapó de la vista de la gente pensante, Gustavo Baz y Eduardo L. Gallo en 1874, al comentar respecto de los conventos existentes en la Ciudad de México y al referirse respecto a los efectos de las Leyes de Reforma, decían:
Estas leyes quitaron al clero sus bienes, los repartieron entre particulares que solicitaban su adjudicación y pusieron en movimiento cuantiosos capitales que habían permanecido durante siglos sin operación. Al triunfo del Partido Liberal en 1861 se pusieron en vigor las leyes decretadas […], y entonces cambió el aspecto de México. Nuevas calles se abrieron derribando templos y conventos; miles de habitaciones se alzaron sobre los antiguos claustros; las casas que pertenecían al clero y que habían conservado durante siglos un aspecto miserable y singular, al pasar a poder de particulares, recibieron grandes mejoras, y la ciudad se hermoseó con suntuosos edificios y con hermosísimos jardines (Baz y Gallo,1874:243).
La incautación de los bienes a la Iglesia fue uno de los instrumentos más importantes de los utilizados por el Estado para disminuirle poder y afianzar las instituciones de las repúblicas y de sus territorios, además de irla sustituyendo en tareas que se había abrogado al acompañar a los conquistadores en el establecimiento de las colonias, como eran los casos de la organización territorial a partir del establecimiento de parroquias y la delimitación de barrios, el manejo de los panteones, la santificación de matrimonios, la celebración de cultos, la instrucción en escuelas, etcétera. Basadre (1931) para el caso peruano señala:
La autorización del uso del cementerio para los no católicos lograda por resolución de noviembre de 1868, el establecimiento de los registros civiles municipales en 1873 al lado de los parroquiales, la implantación del matrimonio civil para los no católicos hecha por ley de 2 de Diciembre de 1897 y libre de su reglamento limitativo en 1903, la supresión de la prohibición para enajenar que las comunidades religiosas tenían hasta el 30 de Setiembre de 1901, la tolerancia de cultos implantada desde el 11 de Noviembre de 1915, señalan otros jalones en el mismo camino, de liquidación de los privilegios clericales, realizada sin apoyarse en movimientos continuos de opinión agitados por partidos estables (Basadre, 1931:113).
Como ya se apuntó, otra modalidad para incorporar suelo y sustentar las nuevas dinámicas en las ciudades, fue fraccionar propiedades privadas o comunales, como fue el caso de haciendas o propiedades de pueblos originarios, con lo que efectivamente se pudieron ampliar o absorber actividades del nuevo estatus, pero despojando a comunidades y permitiendo el enriquecimiento de individuos o empresas nacionales o extranjeras; tal como ocurrió en el caso de México con las compañías deslindadoras surgidas a partir del decreto emitido por Manuel González el 15 de Diciembre 1883, en el cual a la letra se podía leer:
Artículo 1.º Con el fin de obtener los terrenos necesarios para el establecimiento de colonos, el Ejecutivo mandará deslindar, medir, fraccionar y valuar los terrenos baldíos o de propiedad nacional que hubiere en la República, nombrando al efecto las comisiones de ingenieros que considere necesarias, y determinando el sistema de operaciones que hubiere de seguirse […]. Artículo 3.º Los terrenos deslindados, medidos, fraccionados y valuados, serán cedidos a los inmigrantes extranjeros y a los habitantes de la República que desearen establecerse en ellos como colonos (Biblioteca, 2014).
Otra modalidad en los procesos de expansión urbana se presentó con el derribamiento de edificios o murallas del poder colonial, como fue el caso de los ensanches posibilitados en los ya señalados casos de Lima en Perú, Panamá en Panamá, La Habana en Cuba, Cartagena en Colombia, Montevideo en Uruguay o Campeche en México,25 lo que permitió aprovechar las tierras ganadas, para el paso de avenidas y calles, erigir edificios administrativos, o abrir nuevos núcleos poblacionales. Ésas y otras modalidades cumplieron la tarea de dar paso a procesos de acumulación para impulsar las nuevas dinámicas económicas de las repúblicas que fueron surgiendo, ya que se colocaron en el mercado amplias extensiones de suelo, dando rienda suelta a la vorágine especuladora que caracterizó a las ciudades en estos años, donde grupos inmobiliarios nacionales y extranjeros, hicieron de éstas y sus alrededores amplios espacios para sus negocios con los consecuentes efectos en sus dinámicas.
En el proceso se presentaron situaciones objetivas que urgían la transformación de las ciudades, pero estaban presentes también las subjetivas, y en efecto, en relación con las primeras, en los años posteriores a las independencias las convulsiones que se sucedieron no habían permitido la atención a éstas y problemas como el hacinamiento y la insalubridad se incrementaban. Lo anterior, si se consideran los volúmenes de población y actividades que fueron concentrando, y que exigían espacios adecuados para la agilización de los procesos económicos, y en relación con las segundas: las de aspiraciones entre los nuevos grupos sociales, aquéllas de disfrute, de perspectivas de progreso, de consolidación de pobladores dentro de los gradientes sociales, en tanto requirieron espacios más allá de lo funcional pues en determinados casos esas aspiraciones se extendieron hacia lo suntuoso, como lo muestran muchos espacios de la época.
Entonces, no sólo pesó la atención a las necesidades básicas, sino también la intencionalidad con las que emanaron un buen número de obras, había que lograr un cierto nivel de funcionalidad en los espacios para dar fluidez a las posibilidades de acumular aprovechando la diversidad de actividades generadas y en particular a las que ofrecían las mejores ganancias; pero además se tenían que crear las condiciones para el mediano o amplio disfrute de buenos niveles de vida, sobre todo de los encaramados en el poder. De modo que, aunque haya sido de manera más pausada respecto a lo que estaba ocurriendo en Europa y en Estados Unidos, se dio paso a una revolución en las actividades desarrolladas en las urbes, lo cual se complementó con lo sucedido en el campo, espacio donde se concentraba el grueso de las actividades económicas; de las que debe señalarse, eran dominadas por métodos tradicionales de producción y que impidió mayores desarrollos en el conjunto de las economías, motivándose, en consecuencia, las migraciones.
De manera que al concentrarse en las ciudades la mano de obra con una cierta calificación o con determinadas perspectivas de progreso, y en consecuencia, al requerirse espacios con particulares características para sustentar actividades productivas, administrativas, de educación, ocio o religiosas,26 éstos hubieron de ser creados por los mismos interesados o por los gobiernos en turno, a partir de inducir procesos de ampliación de las manchas urbanas, ya fuera con sólo extender o ensanchar calles y ganar suelo a otras actividades, como las agrícolas; la desecación de lagos, tal como ocurrió en el caso de la Ciudad de México o, de ríos como se sucedió en otras tantas ciudades de la región; o en su caso a diversificar la calidad y capacidad de los medios de transporte.
Esto último es importante por la manera en que se modificaron las ciudades a causa de la dinámica provocada por el transporte, y esto era visualizado por la inteligencia latinoamericana; Castro-Gómez (2009) regala ideas de Manuel Ancízar en su periódico El Neogranadino (1848), donde reflexiona respecto al “acercamiento de unas regiones con otras a través de los caminos”, y como una condición “clave para industrializar a Colombia”, lo cual expresó así:
Los enlaces, afectos y relaciones entre las familias de puntos distantes del país; los fuertes y multiplicados lazos creados por ese poder universal, el comercio, cuya influencia mágica prevalece sobre el orbe, todos éstos se multiplican y robustecen a medida que las vías de comunicación se extienden, se abrevian y facilitan. Una sociedad se consolida con la amalgama que produce el roce y trato frecuente e íntimo entre sus miembros, merced a los buenos caminos que convidan a ello, y traen y llevan cómoda, pronta y baratamente los ciudadanos de las secciones más apartadas. No puede haber aislamiento; el espíritu seccionario o de provincialismo cede, se retira y deja el campo al desarrollo de los sentimientos generosos, a las simpatías, al espíritu de nacionalidad, de benevolencia y de utilidad común y general a todo el Estado (citado en Castro-Gómez, 2009:67).
Y si las mejoras en la comunicación abonó a la expansión de las ciudades, en el proceso fue básico la promoción de inversiones, que buscando las mayores tasas de ganancia por el uso extensivo e intensivo de mano de obra, o a través de ciclos de rotación más rápidos de las inversiones, vieron en los espacios urbanos nuevas opciones para incrementar capitales y, para el caso, invirtiendo en rubros modernos como lo eran los servicios bancarios, el comercio exterior, los ferrocarriles, las obras públicas, la energía eléctrica, etcétera.
Y en efecto, las búsquedas por incrementar negocios, capitales e indudablemente el progreso entre las élites latinoamericanas, llevó a aceptar inversiones del exterior, o bien, a arriesgar por parte de autóctonos, siempre visualizando la posibilidad de obtener beneficios. Lo anterior ocurre en la ciudad de Montevideo, en una empresa iniciada por el doctor don Emilio Reus, a quien en El Barrio Reus (1889) se le definiera como “el verdadero y único restaurador del crédito público de este país, y la palanca más poderosa del progreso” (Giménez, 1889:14), al promover inversiones, en una situación donde la ciudad había caído en un letargo al grado de provocar la migración de algunos de sus pobladores.
Una colectividad de hombres en absoluta inacción o en permanente anarquía nada producen; por el contrario, consumen sin reponer el vacío que forman las necesidades indispensables de su existencia; mientras que el trabajo puesto en actividad produce siempre un algo cambiable por otro algo, ya sea oro ó plata, que constituyen el tráfico mercantil y la existencia de una industria ó comercio. Así es, que animado por estas doctrinas, su aspiración dominante era poblar incesantemente, colonizar y abrir arterias al trabajo, habilitando las vías de comunicación rápida de los pueblos del interior con la Capital (Giménez, 1889:15).
Por supuesto, cuando los capitales autóctonos eran débiles y sin amplias capacidades de maniobra, empresarios o gobernantes, establecieron relaciones con inversionistas del exterior, particularmente con ingleses, franceses y alemanes, los cuales en ese momento se extendían en el mundo dados los nuevos impulsos imperialistas gestados en el siglo XIX pero, además, dando cuerpo a la nueva división internacional del trabajo necesaria para la reproducción del capitalismo.27
Ya se han señalado las particularidades de América Latina en su desarrollo económico y de cómo éstas obligaron a construir o renovar sustentos territoriales, y para el caso, por el carácter del campo y las ciudades como las bases de ese desarrollo, el cual adquirió sus especificidades; mismas donde pesó el hecho de colocarse como éste, como apéndice de lo acontecido en Europa y Estados Unidos, donde la industria crecía en grandes dimensiones, de manera que las contradicciones afloraron en la región manifestándose en los territorios.28
Si la revolución se hizo permanente en Europa obligando a los resquicios feudales a transformarse, América Latina no estaba lejos de acceder a esas transformaciones aunque no con las características con las que se conducía Europa, y es que pese a las independencias logradas, los grupos de poder tornaron cruentos los procesos de desarrollo, si se consideran los tétricos ambientes en que vivían y trabajaban los campesinos e incipientes obreros, debido al arcaísmo en las maneras de producir en todos los rubros y en especial en el agro, situación que en un vaivén dialéctico, generó determinadas condiciones sociales y territoriales donde el matiz fueron siempre las relaciones establecidas entre empresarios y latifundistas, y los nacientes obreros y los campesinos.
Y es sencillo entenderlo, esa opacidad económica de lo que se conformaban como repúblicas latinoamericanas, empujó o se manifestó, por ejemplo, en frecuentes convulsiones sociales por la búsqueda de poder posterior a la obtención de las independencias. En consecuencia, las crisis resentidas en determinados rubros del campo y de la minería expulsaron pobladores que vieron posibilidades de hacerse de un trabajo en las urbes, ya fuera como empleados en servicios, o en las obras de gran o mediana envergadura, como la introducción de sistemas hidráulicos, pavimentación de calles y avenidas, tendido de vías de comunicación dentro o entre urbes, la construcción de edificios públicos o palacetes, etcétera.
Así, como extensión de una combinación de circunstancias políticas, y como derivación del desarrollo de actividades distintas a las agropecuarias, las ciudades hubieron de dar cabida a permanentes incrementos poblacionales por migraciones y nacimientos, con los consecuentes ensanches diferenciados por la manera en que esos volúmenes se distribuyeron. De observarse el cuadro 1, y con la advertencia de que las cifras mostradas, en mucho pueden no mostrar realidades dadas las variaciones suscitadas al alterarse fronteras entre países, la incorporación de departamentos o municipios a las ciudades, o como consecuencia de la imperfección de los censos, existen distintas dinámicas en el desarrollo de las ciudades, si se observan los crecimientos de Río de Janeiro, La Habana, Buenos Aires, Montevideo, Bogotá o Sao Paulo con tasas de crecimiento arriba del 2.5 por ciento anual; o ciudades como Lima, La Paz o Quito con tasas abajo del uno por ciento que, en cierta manera, normaron ulteriores crecimientos; las primeras junto con otras ciudades como México, como casos explosivos que requirieron afinar sus planes o programas urbanos.
En ese sentido, la dinámica demográfica en los países y, por supuesto, en sus principales urbes se puede explicar desde varias vertientes; no obstante, para lo aquí tratado, puede destacarse primero: la atención dada a la aparición de enfermedades y epidemias en la época ya fuera con un tratamiento médico directo o bien a partir de crear mejores condiciones de vida en los territorios, lo cual incluyó la mejora en infraestructura y equipamiento, en especial hospitalario —pese a lo limitado que hayan sido los esfuerzos—; y segundo: la manera en que se condujeron tanto el crecimiento natural como el migratorio y, en este último caso, como resultado de las facilidades otorgadas por países como Argentina, Chile, México y Brasil para que en sus territorios se estableciera gente proveniente del extranjero.

Entonces, las migraciones fueron importantes en el proceso de desarrollo del área, considerando que en el caso de la mano de obra calificada aun con mínimos elevaron las condiciones de los lugares donde se establecieron; por lo que para bien o para mal, los migrantes impactaron en la región constituyéndose en parte de su comportamiento. Al respecto, conviene citar nuevamente a José Luis Romero quien buscando explicar los efectos del caso de Sao Paulo en Brasil, apunta:
Más firme fue el crecimiento de San Pablo, cuyo salto de ciudad provinciana a la moderna metrópolis comenzó hacia 1872. Fue desde entonces la “Metrópoli del Café”, donde se radicaron los ricos fazendeiros dispuestos a transformarla en una urbe digna de su riqueza. Una vigorosa inmigración extranjera contribuyó al cambio. De 70 000 habitantes que tenía en 1890 logró aproximarse al millón en 1930. Eran italianos, españoles, portugueses, alemanes, pero eran también brasileños de otros estados que acudían para participar del esplendor económico de que gozaba la ciudad. Crecieron nuevos barrios, se modificó la traza y aparecieron todos los servicios propios de una ciudad moderna. Un crecimiento sólido y sostenido, que dio a la burguesía paulistana una gran fuerza nacional. Y en pocas generaciones, una nueva aristocracia dio a la ciudad esa complejidad que haría de ella poco más tarde tanto un importante centro cultural como un vigoroso polo de desarrollo industrial (Romero, 1976:255).
Ese crecimiento de población en las ciudades, tuvo sus efectos en las dimensiones y problemas de éstas, en tanto no eran simples números sumados, eran cualidades y exigencias en todos los rubros, significaban formas de apropiamiento y uso del territorio y, por lo tanto, determinadas formas de expansión;29 lo anterior si se considera que cada nuevo habitante requería satisfactores en todos los rubros: vivienda, educación, salud, empleos, recreación, etcétera; y al no proporcionarse en particular los del habitar, se fueron produciendo condiciones de hacinamiento e insalubridad, favoreciendo la proliferación de enfermedades y epidemias, aunado al consecuente surgimiento de inconformidades de los grupos más afectados por las dinámicas desarrolladas en aquéllas.
CARENCIAS, INSALUBRIDAD, EPIDEMIAS Y CONDICIONES DE LAS CIUDADES
Un importante factor del desenvolvimiento de las ciudades latinoamericanas fue la concentración de actividades distintas a las agropecuarias aunado a las necesidades de la población que atrajeron; en tanto implicó demandas en satisfactores de diversa índole y una expansión inusitada de los territorios. Por supuesto, en la situación también fueron elementos importantes el discurrir de los efectos causados por las enfermedades y epidemias, y la manera en que se trataron éstos, ya que fue importante la intervención de los territorios con el fin de atenuar efectos adversos a partir de blandir las herramientas construidas por los higienistas en su primera fase de interventores en las ciudades y ya después como urbanistas consolidados.
Un camino lógico en la solución de los problemas agolpados en las ciudades se condujo en un proceso donde se analizaba, se ideaban soluciones, se proponían acciones u obras, y de acuerdo con los recursos disponibles, se ejecutaba. Entonces al crecer las ciudades, con el incremento de actividades, habitantes y problemas, a los análisis siguieron las acciones, de inicio como ya se apuntaba, de carácter aislado e impulsados por entes privados sin dejar de participar el Estado; para después y ante la magnitud de las urgencias, desarrollarse con perspectivas más de conjunto atrayendo experiencias del exterior, y ya, con una significativa participación del propio Estado.
Como en todo proceso, transformar no fue sencillo, en toda la región el problema de llevar a cabo obras para la mejora de las ciudades encontró la resistencia de todos los sectores sociales, por supuesto eran los más adinerados los que podían en determinado momento oponerse con mayor fuerza a las medidas, buscando impedir su aplicación, por supuesto, esas resistencias se trasladaron a los espacios de poder delimitados por lo administrativo, como lo eran los municipios, con sus alcaldes, cabildos y espacios administrativos. Manuel José Cortés en 1861 refiriéndose a Bolivia, y al señalar una evolución positiva de esas entidades políticas, decía:
Las municipalidades, que por las atribuciones que antes tenían, eran un obstáculo a la acción del gobierno, y que por este motivo habían desaparecido varias veces, recibieron en 1858 facultades más propias de su naturaleza: sus principales atribuciones en la actualidad son: “promover, conservar y dirigir las obras materiales de utilidad, comodidad y ornato; promover el establecimiento de escuelas de instrucción primaria; hacer el repartimiento de los impuestos; inspeccionar en la parte moral, económica y material los establecimientos públicos de cualquier clase que sean (Cortés, 1861:286).
Señaladas esas determinantes, es necesario dar cuenta de algunas particularidades resentidas por las ciudades a lo largo del siglo XIX, mismas que se proyectaron al iniciarse el siglo pasado.
MONTEVIDEO, URUGUAY. En relación con Montevideo, ciudad que creció de 57 913 habitantes en 1860 a 309 231 en 1908, de acuerdo con Isidoro De-María en sus excelentes crónicas de Montevideo antiguo (1888), el primer avistamiento de su fundación tuvo lugar en 1720, cuando Bruno de Zabala, gobernador y capitán general del Río de la Plata, fue facultado “para poblar los puntos de Montevideo y Maldonado”, acordándose ayudas para quien quisiera asentarse en esos lugares; y que fue Jorge Burgués “el primero que resolvió en 1723” instalarse “en Montevideo un campo desierto”, siendo seguido posteriormente por otras personas provenientes de Buenos Aires. Dadas las amenazas de ocupación por otros conquistadores y por las embestidas de malhechores, se dispuso “levantar un reducto en la punta que hace al Oeste la ensenada”, delineándose una fortificación, y para edificarla, se hicieron venir “de las Reducciones mil indios tapes para emplearlos en esos trabajos”; dándosele “el nombre de San José al fuerte levantado”, disponiéndose en 1726, la fundación de “la ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo” (De-María, 1888:7-8).
El fuerte tuvo una vida efímera, pues a los ocho años se demolió; no obstante, dejó marcada las posibilidades de ensanche de la ciudad; al respecto De-María decía:
En los primeros cuatro años de fundada la población de Montevideo, poco había adelantado la línea de fortificación de la plaza. Empezose entonces (1730) á activarse, ocupando en los trabajos 350 indios Guaraníes […]. No obstante, el número de brazos empleados en el trabajo, se invirtieron sobre diez años en la construcción de las murallas que circunvalaban la ciudad por la parte del río, viniendo á hacerse en 1741 el trazo de la línea de fortificación al Este, por la parte de tierra de la península, donde debía levantarse la Ciudadela (De-María, 1888:10).
Siguiendo al mismo autor, señala que después de medio siglo de fundado Montevideo, su núcleo principal “comprendía siete calles laterales y trece transversales, sirviéndole de límite por el Este la línea de fortificación, y por el Norte, Oeste y Sud las riberas del Río de la Plata con la muralla que las circundaba” (De-María, 1888:17). En el proceso de expansión de la ciudad, se establece al año de 1742 cuando se inició la construcción de la ciudadela, cuyos trabajos duraron cerca de cuarenta años al terminarse “fosos, la contraescarpa y demás obras relativas a la defensa”, complementándose la línea de fortificación “del Este de la plaza, de mar a mar, toda foseada”, con “dos portones, el de San Pedro […], y el de San Juan” (De-María, 1888:25). Así la describía:
Su gran portada con puente levadizo, miraba al Oeste, en dirección a la calle de San Carlos. El frente tenía como 40 varas, abrazando el espacio que ocupa hoy la anchura de la Plaza Independencia próximamente, desde donde hace esquina a la calle de Buenos Aires, hasta los altos de Sívori, hacia el Norte de la referida plaza. El fondo no bajaba de 40 varas, viniendo a quedar en la dirección, poco más o menos del lugar que ocupa ahora el segundo arco del extremo Este del edificio conocido por Arcos de Gil o de la Pasiva. Era de dos cuerpos, con escalera en los ángulos del Sudeste y Nordeste. En la parte baja, al centro del costado del Este, estaba la Capilla llamada de la Ciudadela, enfrentando a la portada. Sus baluartes eran soberbios. El muro tenía siete varas de espesor, once de alto y cuarenta de largo en cada costado. Los fosos sobre 20 de anchura y 15 de profundidad (De-María, 1888:25-26).
Sin embargo, en la vía de posibilitar una mayor expansión de la urbe, la ciudadela fue completamente demolida en 1833, con lo cual se posibilitó la articulación con calles que ya se habían formado, instalándose en su lugar un mercado público (De-María, 1888:26), para dar paso finalmente a la creación de la Plaza Independencia, delineada en 1837. De-María dando cuenta de particularidades de la ciudadela, y de transformaciones en la ciudad, a partir de iniciativas particulares sustentadas en acciones del gobierno, decía:
La plazoleta de la ciudadela era el paraje donde las carretas del abasto expendían la carne. No era eso poco embromado para el vecindario, que tras de pisar barro en la plaza en el invierno, tenía que aguantar la lluvia y el frío “al aire libre” para mercar la carne en las carretas. Por fin, tratose de poner remedio “á esa jeringa”, como decía la gente. Don Miguel Zamora, que había hecho el remate del abasto por tres años, propuso la construcción de la Recoba á últimos del año 8, debiendo el Cabildo contribuir con dos y media partes de su costo y Zamora con las tres y media restantes, quedando la Recoba á beneficio del Cabildo al término del contrato del abasto (De-María, t. 2, 1888:173).
Continuando con las características de la ciudad, de acuerdo con el International Bureau of the American Republics, en Uruguay (1892), la población en la ciudad pasó de 3 500 habitantes en 1818, a 9 000 en 1829 y a 230 808 en 1892, gran parte producto de migraciones. El Bureau señalaba que la localización de la ciudad al haber sido “construida sobre una cadena de colinas en pendiente, y suavemente a la orilla, era favorable para el drenaje eficiente, y consecuentemente para la limpieza y salubridad”; añadiendo: “Tiene vistas a la bahía y al río, desde donde se puede disfrutar de una vista encantadora, y al gran panorama cultural, cuya belleza no consiste tanto en una marcada diversidad como en la mezcla armoniosa de todas sus partes” (Internacional, 1892c:24).
Como símil de lo sucedido en la región, la cuestión de los servicios de Montevideo mostraba notas de deficiencia, en Epidemia de 1857 (1857) un interesante documento donde se dan pormenores de las acciones adoptadas por la Junta E. Administrativa de Montevideo ante los efectos de la fiebre amarilla en la ciudad, además, lamentando la imposibilidad para actuar por el estatus jurídico de la junta en tanto se limitaban sus funciones —una situación recurrente en ese camino de la construcción de instituciones públicas—, dio cuenta de algunas anomalías en los barrios de la ciudad al señalar:
Existe en la calle de la Florida, al Norte un caño descubierto que comunica con el que construyó Requena, y atraviesa esa calle perjudicando la salubridad de los vecinos. Existe otro en los mismos términos en la calle de la Ciudadela al Sur; y finalmente otro que no tiene como los anteriores desagües al mar, en la calle de la Convención al Norte. De manera que son otros tantos focos de infección que aumentan el número de los que sería largo mencionar (Junta, 1857:11).
Regresando al trabajo escrito por De-María, donde describiendo las anomalías en calles sostenía que “los residuos de agua desde azoteas o entrepisos”, se conducían hacia las calles, descargando “con fuerza el líquido elemento sobre los transeúntes” (De-María, t. 1, 1888:13), lo cual infiere la inexistencia de tuberías conectadas a las ya existentes redes municipales que en esos momentos se introducían. En ese mismo sentido, describiendo algunas condiciones de la ciudad decía:
Figurémonos una población en tinieblas, con más huecos, zanjas, albañales, estorbos y desperfectos que otra cosa; en que para salir de noche, era preciso hacerlo con linterna, para evitar tropezones y caídas, por cuanto uno que otro farolito, en la puerta de alguna esquina, que desaparecía al toque de ánimas, en que todo se cerraba, no suplía la necesidad de alumbrado en las calles. Se hacía indispensable alumbrado público, siquiera en la calle principal de San Pedro y en una que otra de lo más poblado (De-María, 1888:57).
Inevitablemente estas condiciones generaban efectos, el doctor Ángel Brián quien fuera jefe político y de policía del Departamento y director de Salubridad Pública de Montevideo, en Apuntes sobre epidemia de cólera de 1886-87 (1895), señaló que en el país hasta marzo de 1887 habían ocurrido 1 317 defunciones, de las cuales 859 habían sido en Montevideo. En ese sentido, destacó como zonas críticas a La Unión, Maroñas y el Barrio de la Humedad como lugares donde el mal había azotado con más fuerza, dadas sus condiciones tal como lo apuntó:
La falta de medios propios para el arrojo de sus inmundicias; en sus sistemas primitivos de letrinas, poderosos infiltradores del suelo; en sus lagunas y pantanos; en sus aguas estancadas; en sus zonas de terrenos porosos; y por otra parte, en sus fuentes de provisión de aguas potables, que fueron inficionadas, y sirvieron de fácil y rápido vehículo de propagación al mal (Brián, 1895:14).
De igual manera señalaba que, como resultado de la combinación de varios factores como los hacinamientos, la epidemia había causado estragos en “el Asilo de Mendigos, el Manicomio Nacional y el Cuartel del 3.º de Cazadores”, y es que como argumentaba: “en un medio insalubre, una sola simiente bastaría para producir una estruendosa explosión” (Brián, 1895:13), y para ese momento la ciudad tenía muchas calles sin pavimento, consecuentemente, posibilidades de estancamientos de aguas, putrefacción de éstas y aparición de mosquitos.
De ahí que justificara acciones de desinfección y de higienización, aunado al establecimiento de lazaretos en el puerto, pero señalando que debían ser razonados y efectivos. Aparte de señalar que en ese momento, como parte de las acciones de limpieza y desinfección, se había procedido a proteger el caño de toma de agua en el río de Santa Lucía, “por una red de alambre colocada á su alrededor, estableciendo á la vez pandillas de peones para recoger toda la cantidad de algas”, igualmente, además de ordenarse “la limpieza del depósito de las Piedras”, por contener “en su fondo gran cantidad” de aquéllas, además de recomendarse “a la Empresa de Aguas Corrientes duplicara la acción depurativa de sus filtros”. En esa visión de conjunto que tenían estos higienistas —e indudablemente ya como urbanistas—, como director de Salubridad Pública de Montevideo, el doctor Brián recomendó la limpieza de los caños maestros de la ciudad, la revisión y desinfección de letrinas, la revisión de mataderos y la quema diaria de basura (Brián, 1895:31-75).
Aquí hay que reflexionar respecto al papel de organizador de la ciudad que asumieron los órganos sanitarios, lo anterior dado lo primordial y urgente que significó intervenir a las ciudades ante los problemas generados por la insalubridad, el hacinamiento y los arreglos urbano-arquitectónicos que facilitaban esos aspectos —viviendas sin ventilación y soleamientos adecuados, calles estrechas, etcétera—, esa necesidad llevó incluso a colocar a instituciones médicas o sanitarias por encima del poder de los municipios, como fueron los casos del Consejo Nacional de Higiene en Argentina, Consejo Superior de Higiene Pública en Chile, el Consejo Nacional de Higiene Sección de Salubridad, Saneamiento y Obras Públicas de Uruguay, la Junta Suprema de Sanidad de Perú y el Consejo Superior de Salubridad de México.
Continuando con los avatares de Montevideo, años más tarde y a raíz de estudios respecto a la posibilidad de construirle otra fuente de abastecimiento de agua, en el Informe presentado al Consejo Nacional de Higiene Sección de Salubridad, Saneamiento y Obras Públicas sobre el proyecto de Canal Zavala (1908), el doctor Jaime H. Oliver —quien evaluó y rechazó el proyecto—, muestra las diferencias en atención de servicios en la ciudad señalando que el Departamento de Montevideo estaba en buenas condiciones pero que en el resto de la ciudad eso no ocurría, ello fue referido de la siguiente manera:
Dentro del perímetro de la ciudad, una parte de ella, está desprovista de los servicios de aguas corrientes y de cloacas […]. Las siete primeras secciones de Montevideo, comprenden la península de la ciudad limitada al norte, oeste y sur por el mar, y al este por la calle Gaboto, y todavía al norte por la calle Miguelete hasta la bahía. Toda esta parte de la ciudad está bien edificada, tiene empedrado, cloacas y aguas corrientes (Oliver, 1908:53).
LIMA, PERÚ. Es una ciudad que creció de 94 195 habitantes en 1858 a 131 499 en 1905, debe resaltarse que al fundarse, en 1535, previa aprobación del conquistador Francisco Pizarro, y en la misma dinámica de la fundación de ciudades promovida por la Corona, se buscó una buena ubicación, la cual quedó definida en los valles atravesados por los ríos Rímac, Chillón y Lurín, un punto estratégico cercano al océano Pacífico y con la posibilidad de recursos que podían trabajarse para satisfacer las necesidades de su futura población. En el acta de la fundación se pueden encontrar parte de los objetivos pretendidos por la Corona, mismos que así decían:
Les parecía y ha parecido que el dicho asiento del dicho cacique es el mejor, y junto al río, contiene en sí las calidades susodichas que requieren tener los pueblos y ciudades para que se pueblen y ennoblezcan, y se perpetúe y esté bien situado; y porque conviene al servicio de Su Majestad, y bien y sustentación de su población de estos dichos sus reinos, y conservación y conversión de los caciques e indios de ellos, y para qué mejor y más presto sean industriados y reducidos al conocimiento de las cosas de nuestra Santa Fe católica […]. Y porque el principio de cualquier pueblo y ciudad ha de ser en Dios y por Dios, y el nombre como dicho es, conviene principiarlo en su iglesia; comenzó la fundación y traza de la dicha ciudad en la iglesia que puso por nombre nuestra Señora de la Asunción, cuya advocación será en la que él como gobernador y capitán general de Su Majestad de estos dichos reinos, después de señalada la plaza, hizo y edificó la dicha iglesia y puso por sus manos la primera piedra y los primeros maderos de ella, y en señal y tenencia de la posesión de sus majestades tienen tomadas en estos dichos reinos, Así de la mar como de la tierra descubierta y por descubrir; y luego repartió los solares a los vecinos de dicho pueblo; según parecerá por la traza que dé la dicha ciudad se hizo (citado en Cobo, 1882:19-20).
Por supuesto, la habilitación del lugar llevó a los conquistadores a soportar desde embates de los originarios del lugar, hasta los ataques de piratas y corsarios quienes buscaban hacerse de riquezas a partir de arrebatarlas; por lo cual, un elemento importante para la protección de Lima, y como sucedió en otros lugares, fue establecer un sistema de defensa a partir de la construcción de una muralla, la cual con el tiempo y por las condiciones en que ésta se desenvolvió, fue uno de los elementos que definieron el ulterior ensanche de la ciudad, en especial a partir de lograda la independencia en el siglo decimonónico.
Un autor fundamental para conocer la ciudad de Lima del siglo XIX es don Manuel Atanacio Fuentes, quien en Estadística general de Lima (1858) y Sketches of the Capital of Perú (1866), vertió una serie de datos del lugar, a la vez de realizar un conjunto de observaciones respecto a la situación guardada por aquélla. Según los datos de 1857, localizados en esa Estadística, la ciudad daba alojamiento a 94 195 habitantes en un área de 6 523 597 varas cuadradas (Fuentes, 1858:40), de igual modo y de acuerdo con Sketches… la extensión original de Lima había sido de “veintidós cuadras de este a oeste y catorce de norte a sur” y que en ese momento su área era “de 3 343.688 varas castellanas cuadradas”, de las cuales 2 438 000 estaban “ocupadas por jardines y muladares (zonas de basura) en la parte superior; y 2 412 320 por jardines en la parte inferior; 126,150 por plazas; 674 552 por iglesias y conventos; quedando 7.692.658 de viviendas. Toda la parte inferior […] surcada por una muralla edificada en 1683, bajo el virreinato de Melchor de Navarra y Rocafull llamado el Duque de la Palata” (Fuentes, 1866:3).
Algunas de las condiciones de la ciudad a mediados del siglo XIX son descritas en ese mismo texto, resaltando los efectos de sismos, donde por supuesto los más visibles eran los acumulados en las edificaciones; las condiciones en las calles con drenaje a cielo abierto; y el evolucionar de los sobresalientes balcones moriscos, los cuales a decir del autor, en esos años estaban siendo “sustituidos por ventanas con vidrios”, seguramente en una idea de modernidad arquitectónica que se mostró inclemente con el pasado. Lo anterior si se considera que desde la perspectiva del mismo Fuentes, esos balcones con la “altura desigual de sus pesadas masas”, proyectadas “al menos a tres pies de la pared”, no contribuían “a la belleza de las calles” (Fuentes, 1866:5).
En el señalado censo de 1858, Manuel A. Fuentes también aseveraba que a “pocas cuadras de la plaza principal [...] pero con especialidad en la cercanía de las portadas”, se veían “enormes montones de basura que con el transcurso de los años y con el empeño de los vecinos” habían “alcanzado una altura colosal” , decía que algunos de esos basureros eran, a la vez, cementerios adonde se arrojaban los muertos, receptáculos de “ingentes sustancias corruptibles”, con lo que se aumentaban los “elementos de muerte” para habitantes; y que el gobierno, no se había preocupado por la situación, que no había “pensado jamás en gastar una pequeña parte de dinero tan mal empleado para quitar esos depósitos de podredumbre” (Fuentes, 1858:65).
Como una situación de recurrencia en las ciudades de la región, misma que motivó intervenciones de mejora, fue el estado en que se desenvolvían las acequias un sistema que había funcionado para el desagüe, pero ante la expansión de aquéllas, se estaban tornando problemáticas por la serie de desechos que circulaban o que quedaban estancadas. Y en efecto, refiriéndose a éstas, Fuentes las señaló como desagradables para la vista, el olfato y perniciosas para la salud; debido al “líquido semiespeso, tan variado en sus matices” e inmundicias, que recorría “todos los puntos de la capital”, y que pese a estar cubiertas en algunos lugares para permitir el paso de vehículos o habitantes, eran un elemento de generación y reproducción de enfermedades (Fuentes, 1858:65) (véase la imagen 4), por lo que señalaba:

El cauce poco profundo, situado generalmente sobre un plano más que aquél en que están fabricadas las habitaciones, y formado de pequeñas piedras unidas entre sí por un poco de tierra, hace que el agua filtre […] en todos sentidos y que, obedeciendo las leyes inalterables del equilibrio, humedezca el pavimento, y hasta cierta altura, las paredes de las casas construidas a los lados; que cuando se aumenta la cantidad de las aguas o se detiene su curso por algún obstáculo, rebosen y se derramen en todos sentidos, inundando las calles al extremo de impedir el paso a las personas y de amenazar la existencia de las paredes poco sólidas. Este acontecimiento, que se repite con frecuencia, suele dar a la ciudad de los reyes y en muchos puntos al mismo tiempo, el aspecto de un pantano, y es la causa principal de los terribles intermitentes, de los tabardillos, de las graves disenterías y de otras enfermedades que diezman a la población, especialmente en el otoño […]. Esta circunstancia es causa de que por este tiempo se cubran todas las calles de extensos lagos de un color verdi-negro, los cuales continúan ejerciendo su maléfica influencia, hasta que las fuerzas de la naturaleza los consumen y destruyen […]. Los habitantes, que cuentan con las acequias como un recurso necesario para la limpieza, mientras el agua deja de correr, no cesan de arrojar en ellas, ni un solo momento, inmundicias de todo género, de modo que muchas veces acontece, que aún no ha terminado el aseo de una acequia, cuando ya han sido reemplazadas las materias extraídas por otras nuevas, tan nocivas como las primeras (Fuentes, 1858: 65-66).
Otra situación anómala se percibía en los mercados, otro de los equipamientos que con urgencia hubo de atenderse por sus cuotas a la insalubridad y a propagación de enfermedades en las urbes, dada la magnitud de actividad que en éstos se realizaba, y de manejo de productos perecederos manejados, los cuales sin los elementos tecnológicos del presente tendían a echarse a perder fácilmente, de ellos este inquieto autor refería:
Si merecen el nombre de mercados los lugares donde se expenden cierta clase de comestibles, diremos que existen tres en esta capital; el principal ocupa el antiguo convento de Santo Tomás y cuatro calles próximas, el otro está situado en la plazuela de las Nazarenas y el tercero en la plazuela Del Baratillo. Nuestros mercados son desaseados, inmundos y pestilentes, en especial el mayor, por la grande afluencia de vendedores y compradores, por el poco orden en la colocación de los primeros y por el ningún esmero que se tiene en el aseo de los víveres y de local. Y, dentro de éste hay corralones destinados a guardar bestias, que naturalmente ocasionan abundante inmundicia, y puercas cocinerías (Fuentes, 1858:715).
Esa condición de la ciudad de Lima también fue descrita por Henry Eucher un viajero quien, al describir pormenores de ésta, en 1860 decía:
De la totalidad de calles que componen la capital, que son por todo 333, sólo hay 130 con acequias de por medio; es decir, que quedan todavía un inmenso número de 203 llanas […] la cuarta parte de su superficie total, como una de las tantas áreas de exhalaciones pestilenciales, por la cantidad de aguas sucias y materias fecales que se arrojan diariamente en ellas, y que desaparecen por su propia evaporación, pues sólo lo que recogen los carretones de baja policía son los desmontes y materias sólidas […] Más de doscientas mil varas de superficie de evaporación, lo que representa como un pantano de nueve cuadras de superficie constante en exhalación, en medio de la capital. No están comprendidas en esta cuenta, los muladares de inmundicias a inmediaciones de la ciudad, el gran número de techos y azoteas convertidos en basurales, los patios de cuarteles y conventos vueltos en letrinas públicas verdaderos focos de infección (citado en Bustíos, 2013:49-50).
Bustíos (2013) ofreciendo una perspectiva general del conglomerado señala que en “1862, Lima estaba constituida por dos distintos núcleos de edificación y población: el núcleo primitivo de la ciudad, todavía cercado por las murallas terminadas de construir en 1687; y el núcleo no amurallado, o sea el barrio de San Lázaro” y divididos por el río Rímac, y que había habido “otro núcleo independiente el barrio de Santiago de Cercado que ya a mediados del siglo XVII se había unido en parte de su perímetro al núcleo urbano inicial”, lo cual da idea de la forma de expansión, y de las tareas dadas al municipio, al señalar que “la alta policía se ocupaba de la vigilancia por medio de los serenos, en tanto que la baja policía se encargaba de la limpieza, del agua y del alumbrado” (Bustíos, 2013:43).
Esa descripción de acequias, efectos en calles y edificaciones y de las tareas a ser asumidas por el gobierno en esos mediados del siglo XIX, resulta por demás ilustrativa en tanto se combinaban carencias de la ciudad, la actitud y posibilidades de los gobiernos para atenderlas, la cuestión cultural o imposibilidades de la gente común —el desaseo como le denomina Fuentes—; pero además y para el caso, la perspectiva y preocupación de un estudioso como lo era este médico de profesión metido a cuestiones legales y de análisis de la ciudad, lo cual lo colocaría dentro de la oleada de higienistas que surgieron en estos años.
En lo que sigue se observa parte de la perspectiva de estudiosos como Fuentes,30 situación que va a convertirse en una de las recurrencias de la época, el hecho de no contentarse con observar problemas, sino también de visualizar alternativas de solución, mismas que de una o de otra manera ya se iban o se estaban trabajando, con lo que se fue pasando del sentido común a las acciones del incipiente urbanismo que ya se construía entre estos higienistas. Y ciertamente, Fuentes señalando efectos del clima dominante en la atmósfera que envolvía a Lima, sumó otros elementos como el polvo y las emanaciones de aguas fétidas como aspectos nocivos para los habitantes, de ese modo, así visualizó causas y efectos:
La maléfica degeneración de la atmósfera, reconoce y por otra de sus causas, la que nace del malísimo empedrado de las calles; la forma de la piedra empleada para el efecto, favorece el aposentamiento de las pocas aguas que caen en el invierno, así como las que se desbordan de las acequias; aguas que formando con la tierra una masa pestilente, suministran, por la acción del calor grandes cantidades de dañosas exhalaciones (Fuentes, 1858:67).
Es indiscutible que esas condiciones en que se encontraban las calles y acequias, como el mismo Fuentes lo señala, creaban y reciclaban males y, por lo tanto, la permanencia de problemas de salud entre limeños; lo anterior si se considera su siguiente reflexión:
Después de las fiebres, la tisis es la enfermedad que más hace sentir en Lima sus funestos resultados; enemiga de la adolescencia, ocasiona muchas muertes prematuras, que arrebatan, en casi todos los años algunos jóvenes de grandes esperanzas, por su contracción y sus talentos. Enfermedad para la cual es impotente la ciencia, porque tiene su asiento en uno de los órganos de más importancia para la vida, sólo pueden contenerse por algún tiempo sus mortales consecuencias, abandonando la capital, para buscar aires más puros y ligeros que pongan el pulmón en menos afanoso trabajo (Fuentes, 1858:56).
Entre esas condiciones de insalubridad y de efectos, Fuentes abonó una serie de ideas para el tratamiento de esas anomalías, completando así ese ciclo del conocimiento científico, pero además en una perspectiva de progreso propia del siglo, esta parte propositiva en el caso de desaparecer charcos y lodazales, la señaló así:
Por grande que sea el gasto que se haga en reparaciones; por esmerada que sea la vigilancia de los encargados de la baja policía, el mal no es remediable, si no se piensa seriamente en renovar el empedrado, empleando para el efecto piedras de forma cúbica, capaces de formar un pavimento unido, igual y susceptible de ser bien nivelado. Aparte de que las calles ganarían en hermosura, de que los carruajes marcharían mejor, sin estar expuestos a destruirse con la prontitud que hoy sucede, el barrido y el recojo de lodo producido por las lluvias, serían más prontos, menos costosos y lo que es mucho más importante, desaparecerían los charcos y lodazales que son, como se ha dicho, otros tantos focos de nocivas evaporaciones (Fuentes, 1858:67).
La historia debe tratar de entenderse desde la época que se analiza, y desde los contextos sociales e ideas de sus protagonistas, era la época en la que privaba el liberalismo y, por tanto, condicionaba la realización de negocios, y no podía ser de otra manera, en ese sentido es que se entiendan actitudes como la de Manuel A. Fuentes, quien ligó la posibilidad de transformar la imagen de la ciudad con la realización de negocios inmobiliarios, y para el caso, a partir de su propuesta de encausar al río Rímac.
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