Kitabı oku: «El tiempo sin años»
EL TIEMPO SIN AÑOS
La peste se había desatado, natural o inventada, en un laboratorio. No importaba en realidad.
Diferentes épocas habían padecido y a su vez rememorado otras igualmente tremendas. De este modo, se confundían entre ellas en una curva trazada sobre un tiempo inespecífico, sin cronologías ni escansiones.
Quizás este era el dato inicial más notable de la primera calamidad devenida en pandemia furiosa en el siglo XXI.
Posiblemente habría otras plagas, o nuevos brotes de la misma, porque, como decían algunos, la peste había venido para quedarse y, con ello, interpelar asuntos cruciales. La tecnología era por ahora insuficiente para calmar su mar desbordado.
Los relatos de Gerardo Guzman en El tiempo sin años se ubican en distintos escenarios pandémicos, particularmente amenazados por la escurridiza covid-19. En su derrotero de contagios, se asocian la insolidaridad y la contienda cruel de una sociedad alienada, de políticas y de medios, agentes alentadores de su invasión frenética.
Mujeres y hombres navegan a través de estas historias en el asombro, la lucha doméstica y el miedo. Habitan países y tiempos reales, fantásticos o fabulosos, no siempre lineales, más bien, replegados sobre sí mismos y confundidos en hebras de pasados reminiscentes y futuros casi descabellados. La realidad de cada instante insiste igualmente en quebrar credos y resistencias, cuestionar hábitos y doblegar voluntades. Algunos personajes se abren también al amor, a la fe y la esperanza, como depositarios de los deseos e ilusiones particulares y colectivos.
A veces una memoria opaca busca explicación, ayuda o consuelo destilando un reguero vacilante de luces y sombras. Los humanos circulan sobre él, siempre frágiles y anhelantes. La actualidad pestilente sometida a juicio y de cara a un posible cambio de rumbo general, quizás utópico, tal vez imposible, irremediablemente necesario.
Gerardo Guzman nació en La Plata. Estudió piano en el Conservatorio de Música Gilardo Gilardi. Es doctor en Artes y profesor y licenciado en Composición por la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de La Plata. Se desempeña en esa casa de estudios como profesor titular de Historia de la Música e investigador del Programa de Incentivos. Fue miembro de la Comisión Directiva de la Asociación Argentina de Musicología (AAM) y es miembro de la Sociedad Argentina para las Ciencias Cognitivas de la Música (SACCOM).
Desde 1985 se ha presentado como pianista, compositor e investigador en diversos centros musicales y encuentros científicos nacionales e internacionales. Artículos de su autoría se encuentran en revistas especializadas y foros de congresos. Entre 1996 y 2016 fue director de la Escuela de Arte de Berisso y desde 2012 se desempeña como director del Conservatorio de Música Gilardo Gilardi de La Plata.
Publicó En qué lugar de la noche estás (Biblos, 2019), ficciones sobre acontecimientos y personajes reales y fantásticos devenidos en el mencionado conservatorio, ocurridos luego de la inundación platense de 2013.
GERARDO GUZMAN
EL TIEMPO SIN AÑOS
UN COMIENZO, 19 CUENTOS Y 2 CORONAS

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Agradecimientos
Un comienzo Normalidad
19 cuentos La eternidad Los sonidos y los perfumes flotan en el aire de la tarde En cierto fin del mundo Los trabajos y las pestes Alien coronavirus La princesa de hielo Los días con alfileres El mar La cuarentena Testigos El sonido del fuego Santa Maria della Salute La noche Jonatan La voz Vaivenes Errante La sesión (el espíritu de la pandemia) Portales
2 coronas Camuflajes Anuncios (pátinas/estructuras)
Créditos
Agradecimientos
A Marisa González por alumbrar
con sus imágenes las palabras de este libro.
A la Editorial Biblos y a los queridos Javier Riera
y Silvina Varela por su colaboración y atención permanentes.
La peste se había desatado; natural o inventada en un laboratorio.
No importaba en realidad.
Diferentes épocas habían padecido y a su vez rememorado otras igualmente tremendas. De este modo se confundían entre ellas en una curva trazada sobre un tiempo inespecífico, sin cronologías ni escansiones.
Quizás este era el dato inicial más notable de la primera calamidad devenida en pandemia furiosa en el siglo XXI.
Posiblemente habría otras plagas, o nuevos brotes de la misma, porque, como decían algunos, la peste había venido para quedarse y, con ello, interpelar asuntos cruciales de los humanos. La tecnología era por ahora insuficiente para calmar su mar desbordado.
Igualmente, no solo era la voracidad de la enfermedad clínica.
El planeta saturado de redes invisibles y de contaminaciones conminaba además a otra. Era la pandemia de la globalización despiadada, de la insolidaridad, la soledad y la alienación, de lo fantástico y terrible, de la ignorancia y la irresponsabilidad, y la de ciertos medios y políticas a veces tan mortíferos como el mismo virus declarado.
Se la recordaría como el Tiempo COVID-19.
UN COMIENZO

Normalidad
Diario de una familia de jóvenes profesionales, de clase media, “normales”
Diciembre de 2019.
El reloj despertador sonó a las seis de la mañana. Federico abrió los ojos, detuvo la alarma, encendió el celular y casi sin remolonear se levantó y se metió en la ducha.
Marina y Joel dormían.
Ese día Marina tenía clases en la Facultad de Artes a las diez, y podría descansar hasta las ocho. Joel por suerte iba al colegio de tarde.
Se vistió con el conjunto elegido por su mujer la noche anterior. En el espejo del baño se dio cuenta de que en su camisa faltaba un botón. Entró a la habitación y abrió suavemente el placar. Le costó elegir otra prenda que combinara con su pantalón. Notó que las perchas y los estantes estaban saturados de ropa.
Finalmente cambió de parecer y seleccionó una chomba lisa de color claro.
Llegó hasta la cocina y se preparó el desayuno: café solo y unas tostadas con mermelada dietética. Sintió nuevamente el dolor de una contractura en el hombro que lo acicateaba desde algunas semanas. Hizo algunas flexiones, rotaciones y estiramientos del cuello. La molestia se suavizó.
Mientras sorbía el café se asomó por la puerta ventana y vio los listones en el patio que pronto integrarían el deck. Comprobó que estuvieran ordenados, así como las bolsas de pegamento y los clavos.
Lavó rápidamente la taza y la cuchara, guardó la mermelada en la heladera, las tostadas en la alacena y repasó la mesa. Se puso una campera liviana y tomó el portafolios. Antes de irse pasó por los dormitorios y disfrutó mirando cómo Marina y Joel dormían a pata suelta. Besó a ambos y salió.
Cruzó la calle y observó que el tránsito ya a esa hora era inquietante. Bocinas, apuros, y paradas bruscas de colectivos en las esquinas.
El día estaba reluciente. Como había leído en su celular, haría calor. Pensó que salir con campera había sido una mala decisión. Pero Marina siempre lo alertaba de la fresca nocturna. En ese momento se dio cuenta de que hasta las veinte horas no volvería a su casa.
Descartando ese pensamiento trémulo llegó hasta la cochera. Cumplió con el ritual de todos los días para sacar el auto y emprendió el camino hacia el primer trabajo de los dos que conformaban la rutina diaria de su vida actual.
Manejar hasta la escuela era un trámite cada vez más enojoso y lento. En la diagonal 79 estuvo detenido casi diez minutos en un semáforo. Luego la avenida 60, con sus cortes y desvíos a un carril único ocasionados por obras y controles.
Llegó a las siete y cincuenta. La playa de estacionamiento pronto debería ampliarse o trasladarse. Era cada vez mayor el número de vehículos que se amontonaban a una hora temprana. Le costó encontrar un lugar cercano a la puerta.
Ya en la escuela, un auxiliar lo detuvo en el hall central informándole que en los baños no había agua.
Sin pronunciar palabra, Federico esperó hasta las ocho para llamar por teléfono al Consejo Escolar y requerir una inspección urgente junto con el consecuente arreglo. Sabiendo la respuesta anticipada, encendió la computadora para enviar un correo con la nota de solicitud respectiva. Y ahí el segundo contratiempo del día: no había internet.
Para esta tarea y para su trabajo en general, la conexión virtual era imprescindible.
Le pidió al auxiliar con atentas precauciones que subiera hasta la terraza y mirara los cables; a veces con solo tocarlos o engancharlos con un ladrillo contra el piso la conexión se restablecía.
Efectivamente la señal volvió. Hacía semanas que esperaban la asistencia de personal especializado del ministerio para sanear la instalación.
Federico redactó la nota para el Consejo y la envió.
Estaban en la semana de mesas de examen y los profesores se ponían particularmente sensibles y ansiosos. Como solía ocurrir, faltaban algunas actas volantes que no se habían impreso en los días anteriores. Con paciencia, Federico imprimió los folios y los ordenó en la carpeta dispuesta para tal fin.
Promediando la mañana, un docente se acercó un tanto alterado porque no le habían comunicado la suspensión de una mesa por falta de alumnos. Federico trató de calmar su reclamo, más aún cuando se enteró de que el único estudiante inscripto había avisado recién media hora antes que no asistiría al examen. Los mensajes se habían cruzado con la venida del profesor.
Otro colega llegó hasta su oficina advirtiéndole que el libro de actas estaba por concluir, restándole solo tres folios útiles. Federico, preocupado, llamó a una preceptora del turno tarde para que por favor pudiera comprar un nuevo tomo en una librería muy cercana a su domicilio, ya que muy posiblemente el ejemplar se agotaría durante el turno mañana. Luego de asegurarle el pago por parte de la cooperadora contraentrega del ejemplar, la empleada aceptó cumplir con el pedido, aunque siempre con algún reparo y malestar.
Federico no le dijo nada y volvió a agradecerle su deferencia. Pensó igualmente que esa preceptora era la primera en controlar el libro de actas, luego del cierre de las mesas. ¡Cómo no había avisado a nadie de su próxima finalización!
Pese a todos los embrollos, pudo dedicarse a su trabajo específico. Firmó constancias, revisó las licencias, cargó datos de profesores en el sistema y con Rocío, una de las preceptoras, continuó chequeando legajos para la confección de los próximos títulos.
Llegado el mediodía Federico completó su horario. Dudó en almorzar algo en el bar de la escuela o seguir de largo hasta su segundo trabajo y comer en el teatro.
Prefirió esta última opción.
Levantó sus cosas, saludó a las preceptoras y salió.
En la puerta se encontró con Sara, la regente, que lo relevaba de su turno. La mujer estaba muy irritada. Le comentó que cuando estaba buscando un lugar para estacionar, un auto había chocado al suyo al salir como torpedo. Ya se había comunicado con el seguro e intercambiado datos con el energúmeno que apenas sabía hablar, pero en el último instante había perdido la carga en su celular. Increíblemente el gestor del accidente no le había querido facilitar su teléfono para concluir el trámite.
Federico inmediatamente le ofreció el suyo y salió con su compañera hasta el lugar del siniestro: el vehículo embestido mostraba un abollón considerable en la puerta del acompañante. Sara y Federico buscaron al conductor y su móvil. Habían desaparecido.
La regente entró en estado de ira. Empezó a maldecir. Las venas de su cuello se hincharon. Federico no solo pretendió calmarla, sino que la hizo reflexionar sobre los datos más importantes y necesarios para continuar con la denuncia ante el seguro, que ya había obtenido. Intentó volver con ella al interior de la escuela, pero la mujer le pidió que la dejara sola. Le aseguró que se tranquilizaría. En un estado prudente de “mejor me voy”, Federico se despidió de su compañera, llegó hasta su auto y salió del lugar.
Atravesó prácticamente toda la ciudad en la peor de las horas: el mediodía.
No sabía en realidad cómo hacían los humanos para no estrellarse en cada cuadra, o evitar una batalla campal en cada semáforo. Una suerte de teoría del caos regulaba las marchas. La radio lo acompañaba pese al arrebato externo.
Antes de entrar a la cochera del teatro lo llamó Marina. Le comentó que el transporte escolar había tenido un problema y que no contaban con un reemplazo para esa hora. Ella estaba en reunión con la jefa de interdepartamentales y por lo tanto Joel no tendría forma de llegar al colegio. Federico miró la hora.
Tenía cuarenta minutos para volar hasta la casa de su suegra y buscar a su hijo. Marina de camino a la facultad lo había dejado a su cuidado.
Federico se preguntó, como tantas otras veces y en otras eventualidades, por qué razón Adela no tomaba un taxi o un remise, en los que, por otro lado, recorría la ciudad durante todos los días de su vida, y se acercaba con Joel hasta la escuela. ¿Temor, comodidad?
Se le pasó por la mente “sacrificar” al niño y privarlo de un día de escolaridad. Luego recordó que esa tarde tenía prueba de matemática. Joel había heredado el talante organizado de su madre y a esa altura de su vida ya era muy responsable.
Tomó su cabeza y se restregó la cara. Meditó un instante.
Le dijo a Marina que se quedara tranquila. Avisó a la suegra que iba para su casa.
Volvió al río crispado de coches.
Adela lo estaba esperando en la puerta. Federico apenas la saludó, a pesar de que la mujer, con bastante desubicación por cierto, lo invitó a pasar y tomar un té; alzó a Joel con su mochila y se sumergió por la diagonal 73, esquivando nuevamente autos y semáforos.
Llegó al colegio a tiempo. Joel salió disparado del auto y casi no lo miró. A las cinco de la tarde, para su salida, el transporte escolar ya estaba garantizado.
Ese día había un casting en el teatro. Federico estaba a cargo de la diagramación y los horarios. Miró la hora y por suerte estaba en tiempo. Pero no previó una manifestación de comedores barriales y de ciertas organizaciones docentes de apoyo que taponaban la plaza San Martín. La zona estaba colapsada. Era increíble que tantas personas se hubieran aglomerado en las calles, luego de pasar con Joel en el auto hacía quince minutos.
Intentó varios caminos, pero las inmediaciones estaban cortadas. Tuvo que alejarse del lugar varias cuadras hasta poder retornar.
Ingresó por fin a la cochera del teatro.
En la oficina lo esperaban sus compañeros del casting. Estaban intranquilos.
Federico comió un sándwich mientras efectuaba su trabajo.
Tomó conciencia de los “entes” sándwich, barra de cereal, ensalada magra, alfajor, gaseosa diet, mate, que acompañaban y conformaban prácticamente su dieta principal.
Todo el procedimiento de la elección de actores transcurrió en orden, salvo algún corte pasajero de luz, o las proverbiales quejas y caprichos de los concursantes, muchos de extrema susceptibilidad. También sortearon un ataque de histeria (léase importancia) del jefe de programación que los dispersó un rato.
Ya eran más de las veintiuna cuando retornó a su casa. Guardó el auto en la cochera.
Había comprado helado a la pasada.
Marina terminaba de recibir por el delivery unas milanesas, con puré y ensalada. Federico se lavó las manos mientras Joel le mostraba sus dibujos escolares. Marina descorchó un vino blanco y refrigerado.
Se sentaron a cenar.
Federico lamentó haber perdido otro día de gimnasio. Su tarde en el teatro se había extendido considerablemente. Mirándose el vientre notó que estaba cada vez más abultado y flojo. Se prometió retomar su rutina y no dejarse atrapar por asuntos fuera de horario. Además, prestar atención a su contractura que ahora volvía a presionarlo.
Marina se alarmó de la cantidad de tarea que le daban diariamente a Joel en el colegio. Le había ido bien en el examen de matemática.
Federico le comentó algo del casting.
Marina le recordó pagar los impuestos al día siguiente.
Federico le recordó el cumpleaños de su hermano el domingo.
Marina hizo lo suyo con la reunión del sábado en lo de Mercedes. ¡Ah! Entonces, debía pasar por el centro a la mañana de ese día y comprar el regalo para Leandro.
Federico se anotó en su agenda para el día siguiente: “llamar al albañil para concertar la colocación del deck”.
Marina le insistió de paso en no postergar más la confirmación del hotel de Río.
Federico se refirió a su deseo de reemplazar la silla de la computadora por otra de tipo anatómica.
También Marina recordó su visita del viernes a la dermatóloga, la sesión de terapia y la consulta al dentista por Joel ese mismo día a la tarde. Y también la compra de algunos platos nuevos, para reemplazar los que estaban medio cachados.
Luego de la cena y saboreando el helado en el living, Federico se rio de unas secuencias que pasaban por la televisión. Referían a los atuendos de protección estrafalarios que usaban unos chinos en supermercados o aeropuertos a partir de la expansión de una epidemia viral desconocida. Se hablaba de un factible trance de propagación por ahora controlado.
Las vestimentas eran casi disfraces. Joel incluso le preguntó si los chinos eran Papá Noel.
Federico lavó los platos. Marina se duchó. Al día siguiente ambos se levantarían a las seis.
Joel no iría a lo de la abuela ni a la escuela. La empleada que vendría temprano para la limpieza, de paso, se quedaría con él toda la mañana. Era sumamente confiable y el niño se divertía mucho con ella.
Federico, con el cepillo de dientes en la mano, fue hasta el cuarto de Joel y jugó un rato con su hijo.
Cuando entró a su habitación, Marina dormía. Ya le había separado la ropa para el otro día. Se acostó suavemente a su lado, le besó el brazo, puso el reloj despertador en modo alarma y miró por última vez el celular. Había un mensaje de la directora de su escuela. Federico dudó en leerlo. Finalmente lo revisó. Le comentaba que al día siguiente cambiaría el turno por una reunión imprevista y urgente con la inspectora, motivada por la denuncia de un profesor. Federico respiró hondo; apenas imaginó su mañana. Se friccionó el hombro para menguar el tirón que persistía. Apagó el celular y apagó la luz.
Imaginó apagar todo por un momento. En verdad, por un largo momento.
19 CUENTOS

La eternidad
Había empezado a nevar, ¿o eran cenizas? Como fuere, una sustancia en copos caía del cielo esa mañana y se pegaba en la piel y en la ropa.
El aislamiento decretado a raíz de la pandemia seguía resguardando a la población dentro de sus casas. Rodaba como esas minúsculas gotas de algo que caía, fastidioso, tardío en su latencia, y pegajoso.
Se atravesaba una cuarta etapa de cuarentena. El encierro continuo había modificado costumbres. La apreciación más evidente consistía en aceptar la falta de urgencia en la vida cotidiana, incluso para efectuar trámites habituales y externos.
Este aplazamiento de casi todo habilitaba como consecuencia introspecciones, recuperaciones de pasatiempos y deudas olvidadas, revisiones de cajas llenas de recuerdos, soledades, silencios y también preguntas.
Los relojes de pulsera reposaban sobre una mesa de luz, inútiles y polvorientos. Igualmente, las agendas, las mochilas y los portafolios. Los celulares y las netbooks, en cambio, se erigían en los emisarios preferidos y también avasallados de voces y rostros.
Era el invierno y el sol de fulgor declinante, similar a un globo rojo y viscoso, caía a una hora muy temprana.
La percepción de pérdida en esos momentos era inenarrable. En los hogares acometía un vacío paulatino. Las cosas y los cuerpos eran despojados abruptamente de una pincelada de brillo, y en instantes se quedaban quietos tragados en una penumbra. Cientos de lámparas se encendían de inmediato para contrarrestar no solo la oscuridad sino la angustia que esperaba atrincherada para tomar posesión de los habitantes.
… Pero todavía había mucha luz en aquella mañana fría y untuosa.
Bernardo sonrió y se desprendió de su escalofrío nocturno. Estaba asomado a la ventana que daba al jardín, observando cómo aquella arena se depositaba en su campera.
–¿Qué es esto que nieva o llueve? –se preguntó a sí mismo, o a Laura.
–¿Cómo que llueve? Si hay mucho sol –replicó Laura desde la habitación.
La joven se acercó a la ventana y se asombró al ver las partículas que se mecían en el aire como las flores del diente de león.
–Extrañísimo –dijo, sacando su mano y dejando que se empolvara de aquel talco.
–¿No viste nada en la tele? –preguntó a Bernardo.
–Nada. Recién miré. Pensé que podía ser humo de alguna fábrica o incluso ceniza llegada de algún volcán.
–Lo sabríamos desde hace días –confirmó Laura. Miró al joven barbado, cubierto con una especie de uniforme.
–¿Qué vas a hacer, vas a salir igual? –le preguntó.
–Y, sí. Tenemos que hacer la compra de la semana.
El joven alargó su brazo moteado de grumos y acarició la panza de seis meses de su compañera. Ella le devolvió el gesto y pasó su mano por el pelo negro y enrulado.
Bernardo preparó las bolsas de compras. Ya estaba enfundado con un pantalón grueso de gimnasia, zapatillas envueltas en polietileno y una campera polar. Se colocó una bufanda, un gorro y Laura lo ayudó con el barbijo.
–¿Tenés todo? ¿Llevas la lista y las tarjetas? ¿Dinero, llaves?
–Sí, tranquila. Tengo todo. El celular lo dejo, como recomiendan –Bernardo, detrás del tapabocas, abrió sus ojos como para amilanarla y puso sus brazos en jarra. Ambos rieron.
Aferró las bolsas, se colocó los lentes de sol, abrazó a su esposa como si la despidiese antes de ingresar a un campo de guerra y salió por el corredor hacia la calle.
Laura lo vio irse. Cerró la puerta y empezó a prepararse un té. La esperaba una sesión de consulta virtual de historia con sus alumnos del secundario. Las clases seguían construyéndose como se podía, con la idea de una casi segura postergación presencial por el resto del año.
Encendió la computadora y en el fondo de pantalla vio la postal que desde enero le daba la bienvenida. Era el cañón del río Atuel, en Mendoza.
Habían pasado unos días inolvidables con Bernardo en ese extasiante lugar. Laura, a orillas del río, le había dicho que estaba embarazada.
Se quedó mirando como por primera vez aquel paisaje.
El ángulo tomaba una panorámica. Desde un punto elevado se veía la curva del cauce ancho y los barrancos escarpados que se perdían en un laberinto de rocas rojas y pardas. El agua azul turquesa, por momentos verde, lamía las riberas cubiertas con algunos sauces, creando playas de arena blanca y fina. Laura buscó en sus archivos algunos videos del paraje. Encontró uno que prácticamente espejaba la foto detenida.
Ahora podía apreciarse el movimiento de la corriente, el de las copas de los sauces, escucharse un reposado sonido a viento e, incluso, algunas aves pasar rápidamente por un cielo de esmalte. No había humanos, solo ese entorno desnudo e inocente.
“La eternidad”, balbuceó Laura. Luego se recogió en silencio unos segundos y empezó a llorar.
Se abrazó a la idiotez de la naturaleza, a su crueldad, su amoralidad. Se enfocó en las conductas reiteradas de las plantas y los animales: sus ritos y sus movimientos instintivos. La supervivencia de las especies, la vida brotando desde cualquier lugar, insistente, fuerte y despótica. Los ciclos del cielo y la tierra, la repetición al infinito de círculos dentro de círculos.
Esas montañas. Esos sauces que desde siempre recibían el mismo ataque del aire; esas piedras de la costa del río golpeadas durante siglos por las olas; fijas, sin poder intentar una tracción. Abnegadas, inertes, doblegadas a su destino.
¿Cómo podía entenderse ese intercambio entre estatismo y movilidad? Movimiento de los átomos y moléculas, siempre inacabado en su transformación; dilación espacial de algunas formas externas como las piedras y las sierras, o la mayoría de las especies vegetales, estancadas en sus raíces.
En realidad, la ciencia definía que en la Tierra, y luego en el espacio exterior, todo era movimiento, por mínimo que fuese: desde la erosión de partículas en las costas hasta las arenas del desierto, las metamorfosis de las selvas, el rompimiento de los hielos, el fluir de las nubes y los vientos, las estaciones y los tránsitos planetarios.
Sin embargo, en ciertos casos, la medida humana era insuficiente para detectar algunas de esas mutaciones a simple vista y, por ende, todo el reino natural parecía estar encerrado dentro de una burbuja de vidrio.
El planeta y el conflicto entre acción y detención, entre amaneceres y ocasos, entre vida y muerte; tranquilo e impávido, respetando al universo y a sus tiempos sublimes, despegados de todo patrón corriente.
Lo eterno, lo que seguía su discurrir sin importar nada: esplendores y catástrofes, alumbramientos y caídas tumultuosas. Soledad y automatismo, ausencia de culpa, de reconvenciones y castigos. De epifanías y duelos.
Sentía piedad, sin dudas animista, por las permanencias de lo natural. Pese a los fenómenos, el cumplimiento de las especies y los territorios, y luego sus consecuentes mandatos.
Laura voló hacia otras representaciones que había visto hacía poco en YouTube sobre el tamaño de los astros. En ellas, las comparaciones de la Tierra, y del mismo Sol con otras estrellas y galaxias, directamente escapaba a toda escala racional. Casi se ingresaba en una cuestión de fe, o bien en el ámbito de una analogía mágica, entre macro y microcosmos. El mundo externo y el universo de las células, la proporción más grande y la minúscula en un orden equivalente. Las distancias extraordinarias del cielo y las dimensiones temporales de un átomo respecto de un cuerpo. Interior y exterior y sus mediaciones posibles, sus límites, sus creadores y viajeros.
Tal vez los humanos estábamos igualmente anclados de alguna manera: para seres de otra energía o lugar, clavados en la Tierra, para los propios habitantes de este planeta, en nuestras obsesiones, trabajos o elecciones.
¿Había realmente cambios? ¿O girábamos toda la vida presos de la propia humanidad?
Quizás, como otras especies naturales, los frutos y las nuevas germinaciones, los hijos o las obras que podían realizarse, constituían un posible y definitivo movimiento; ser en otros, y ser en otras cosas con parte de nuestra propia sustancia.
Laura se detuvo en filósofos, historiadores, científicos y escritores. Humanos.
¿Dónde entraban los humanos aquí?, se preguntó confusa. ¿Y de qué modo?
¿No conformaba una violación sagrada imaginar a un humano en estos escenarios naturales? ¿Qué hacían ella y Bernardo en ese paisaje de Mendoza, desdibujando con su anatomía y accionar un equilibrio del mundo en su absoluta austeridad y completitud?
Hombres y mujeres, los humanos; seres extraños dotados con un aparato cognitivo-afectivo con el cual construían edificios mentales y materiales, que hacían alianzas, artes y guerras, que depredaban, se emocionaban de amor y simbolizaban sus vidas.
La arrasadora vanidad y tontería humana, distinta a los principios insomnes y perpetuos del cosmos. Los humanos buscadores incansables de dominio sobre este, ávidos estrategas del control, de teorizaciones y aprendizajes, seres tontos y ciegos, aunque igualmente temibles, porque sus acciones estaban ancladas en la palabra, el deseo, la voluntad, la religión, la tecnología o el resentimiento.
Los días de clausura habían sido progresivamente duros. Sin dudas, los sentimientos de Laura se arraigaban en nexos complejos que su psiquismo había madurado en todo ese tiempo de reposo obligado. Lejos de sus padres, de sus amigos, de abrazos y risas en los que se fundían roces y alientos.
Solo su panza enviaba las señales rotundas de un movimiento vital, enérgico y proyectado como casi nada hacia un futuro.
Los humanos encerrados, ensayando pruebas de convivencia, deberes y distracciones. Una especie más, coaccionada y temerosa. Sin casi nada para dominar, salvo como prioridad una enfermedad generalizada y por ahora incontrolable. Quizás la muerte afuera, la muerte de la peste.
Un apocalipsis resonante en los clarines de aquel impreso medieval de los cuatro jinetes, esparciendo su ponzoña por doquier.
Sabía que muchísimas plagas habían demolido humanidades anteriores. Pero como nunca la pandemia cotidiana enaltecía su potencia en un mundo inédito, sobre el cual las circunstancias y la operatividad de sus modos de comunicación y acción exhibían una conexión y complejidad apabullantes.
Más que nunca la tecnología de la información era un hechizo de ensueños y persuasiones.
En ese 2020, las redes y plataformas atravesaban espacios y tiempos; lo instantáneo y virtual se establecían como una marca definitiva o ahora, más bien, como una silenciosa parca.
Esta virtualidad, empero, creaba una contradicción flagrante entre el ser y el estar, porque los miles de seres que caían devastados por la enfermedad no eran muñecos de un juego, sino humanos de carne y hueso, porque la pandemia hacía recordar nuestra reiterada y abarcadora fragilidad, porque los poderes de los más ingentes, Estados o particulares, no alcanzaban ni habían previsto con la suficiente atención sus sistemas de salud y se concluía, por tanto, que el impecable mundo civilizado y moderno recaía en una extendida y aberrante especulación.
Grandes verdades y grandes mentiras.
Las metrópolis y las regulaciones espantosas sobre el confort, el turismo, los bienes mundanos, elevados o precarios, y la frivolidad y mentira mediáticas, el consumo y la depredación formulaban instancias en las que las vidas se articulaban como el fin a un funcionalismo de capitales demoledores.
En este contexto los más pobres y viejos o los desclasados por diversos motivos eran definitivamente los que quedaban fuera de un proyecto protector.
La virtualidad servía ahora para conocer cuántos muertos se contaban día a día. O para sumirse en provisorios y anonadados encuentros en los que las palabras flaqueaban al cabo, porque no podían sostener casi nada.
La ciencia hacía lo suyo, en pos de vacunas o protocolos de salud, nuevamente entronizada en el mayor lugar del saber y la liberación. Un saber que trataba de imponerse sobre el caos de una movilidad inesperada, sobre el arabesco de la onda infecta, equivalente en su decurso imprevisible a la de un cigarrillo o un flujo de agua.
Laura también remontó una idea que habían tenido con Bernardo al inicio de la epidemia. En el corpus mediático la información y preocupación por el tema habían adquirido proporciones descomunales. ¿Sería equivalente el peligro al interés periodístico por este? ¿No había otras epidemias similares y sin embargo no promocionadas ni prevenidas?
¿Hasta qué punto un hastío generalizado e inconsciente no provocaba una noción funesta canalizada en esta peste y capturada y amplificada por los medios y redes?
¿El virus era finalmente una creación de la naturaleza o una invención de laboratorio? Y, en este último caso, ¿cómo se había dispersado? ¿Por error, o por una voluntad maquiavélica?
Verdad y construcciones de verdad. Aprovechamientos y virus mediáticos, tan terribles o más que los biológicos.
De esta forma habían estallado los mensajes, los dispositivos y especialmente las imágenes; los humanos estábamos detrás de ellas. Habíamos perdido corporeidad y contacto.
Sin embargo, pretendíamos reemplazar el volumen, el tacto y el olor y nos veíamos y nos dábamos entidad a través de una pantalla.
¿El mundo poshistórico reclamaba imágenes? Pues bien, allí estaban, recortadas y perfectas en un celular o en una computadora. Por tanto, ¿existíamos realmente? ¿No nos habíamos reducido a un hálito que reemplazaba nuestro propio objeto? ¿Y nuestra subjetividad e identidad? ¿Seguían siendo transparentes y unívocas, respetadas y autónomas? ¿O se perdían también ingrávidas, en la planimetría de un visor?
Dentro de estas máquinas y en sitios oferentes de una supuesta y primaria inteligencia artificial, la realidad, o en todo caso una realidad provista, bajaba desde un cielo invocado. El enter de los artilugios digitales descorría desde un arriba milagroso, como en un telón mágico, infinitas propuestas de placer, saber y diversión. Las músicas y las películas, las recetas de cocina, los desfiles de modas, la clase de historia, o la construcción de una nave espacial.
De este modo, y por el módico precio de un clic, la ilusión se reeditaba en un festín continuo e insaciable que rodaba y volvía a rodar ante los sentidos.
Usuarios de drogas y usuarios de imágenes. La Verdad suprema del mundo contenida en un rollo virtual de conocimientos soñados.
Además, había una urgente necesidad de confirmación física, que éramos y estábamos, aquí y ahora, a cualquier precio. La atomización desarticulaba cuerpos y noticias en un mosaico desmedido, móvil e imparable, y de proporciones planetarias.
Y desde allí también una gran maquinación. El dilema por saber qué lugar ocupábamos hoy, cuál era nuestro pequeño universo de actuación y de amor, de confianza y de ayuda, de acciones y logros.
Y enseguida el próximo miedo por el otro, al ladrón definitivo de realidad, al posible atracador de la vida misma, al infectado. El altruismo en crisis por la amenaza de un descuido, de un error táctico de conducta, de una norma civil y de higiene no cumplida que podía sacarnos del mundo. La muerte encontrada en una salida a comprar provisiones, la muerte en el espacio compartido.
Los otros, nuestros congéneres, los posibles portadores, los enemigos potenciales, los emisarios de la peste y el fin.
Laura pestañeó varias veces, pegada a las vistas del río Atuel que seguían titilando en la notebook. En realidad, esa visión había actuado como un poderoso catalizador para su sensibilidad. Admitió cuán lejos se había disparado su pensamiento a partir de ese paisaje, de ese recuerdo. Amaba viajar y se preguntó cuándo podrían retomar sus aventuras con Bernardo.
Sintió frío y progresivamente se acordó de su té. Llegó hasta la cocina un poco insegura, su mano en la panza, aún con cierto sobresalto. Se preparó la bebida y al ver la hora comprobó que estaba diez minutos atrasada con su clase.
Sonó el celular. Laura intentó cortar, pero vio que era su mamá. Atendió y se detuvo escuchando un mensaje entrecortado y lloroso. Su madre le pedía que encendiera el televisor enseguida. Laura se resistió objetando la clase pendiente, pero su mamá insistió.
La mujer encendió el equipo y vio la ciudad envuelta en una neblina entre plúmbea y rojiza. Bajo un paraguas y en medio de la calle un cronista con mascarilla prevenía a la población de la exposición a una nube tóxica que se irradiaba en la forma de una escarcha volátil. Luego alertaba sobre la obligatoriedad de quedarse en un lugar cerrado, o bien protegido de algún modo. El fenómeno resultaba ser de origen desconocido, y conllevaba riesgos de quemaduras o contagios instantáneos de la epidemia. Estaba ocurriendo en casi todo el mundo.
Laura se despidió de su mamá con la promesa de atender a las indicaciones escuchadas.
Se desesperó cuando tomó conciencia de que Bernardo había dejado su celular en la casa. Arriesgó varias soluciones, pero finalmente prefirió esperar, dando por sentado que él se habría enterado de la situación en algún negocio y tomaría los consecuentes recaudos.
Se conectó al grupo de clases y comenzó su tarea.
Comprobó una vez más que sus alumnos adolescentes vivían la virtualidad de una manera más natural, sin turbaciones o recelos.
Pasados unos quince minutos escuchó la puerta de calle. Se disculpó con el grupo, acordó un nuevo horario y dejó el sitio.
Cuando vio a Bernardo en el recibidor, debajo del dintel de la puerta de ingreso, respiró aliviada.
El joven venía rociado con un sustrato polvoriento. Efectivamente se había enterado en un comercio del asunto de la llovizna venenosa. Contó que la calle de pronto se había transformado en un caos. De hecho, el último local que permanecía abierto, un supermercado chino, había expulsado violentamente a los clientes para bajar la cortina.
Las personas corrían de un lado a otro y los pocos autos que circulaban huían por la avenida tocando bocinas penetrantes.
Una mujer había vociferado al dueño del mercado, enrostrándole un pacto delictivo de su negocio con el gobierno, para provocar un consecuente daño al pueblo. A los pocos metros, un hombre mayor asistido por su bastón lo había empujado para sacarle algunos paquetes que él no había alcanzado a comprar.
Bernardo mascullaba tiritando, mientras abandonaba su uniforme de guerra y lo ponía en una bolsa. Le pidió a Laura que lo esperara adentro mientras se cambiaba.
Cuando entró casi desnudo, siguió con el reporte, mientras llevaba hacia el lavadero la bolsa con su arsenal recién utilizado.
No tenía signos de quemaduras ni, por el momento, síntomas de una posible infección.
Se metió en la ducha. Desde el baño insistió sobre sus temores por las personas en estos casos, capaces de cualquier cosa, redoblada la cuarentena y, recién, con la alarma desatada por la nieve. Lo perturbaba el confirmar la pérdida inmediata del sentido común, de la solidaridad y de la empatía. Previo a eso, evaluaba que en muchos individuos todos los aditamentos protectores operaban como un mero disfraz: seguían tocándose, se acercaban demasiado o tosían y estornudaban sin las precauciones adecuadas.
Ya con cierta sonrisa y mientras se vestía, le contó a Laura otro episodio.
En la carnicería había esperado su turno casi treinta minutos, cuando únicamente tres personas ocupaban el espacio. El propietario había armado prácticamente un parapeto, con una línea de soga divisoria y balizas en forma de cono frente al mostrador, la caja envuelta con un velo de plástico y él, provisto de guantes y cubierta su cara con una escafandra de acetato. La cuestión central era que, pese a esta puesta en escena, había un empleado adentro del local que no atendía.
La demora, elemento clave del cuidado y la protección, no estaba considerada en lo más mínimo. Bernardo había reclamado por la celeridad del trámite y el carnicero, ofuscado, lo había tildado de impaciente y de poco respetuoso para con el protocolo exigido por las autoridades.
Laura contemplaba a su compañero y no dejaba de pensar en el sinsentido de todo. No tanto en el de la preservación, particularmente, sino en aquel que informaba sobre la conducta improcedente de los humanos, revulsiva en semejante estado de labilidad.
Sobre todos se encabalgaba, tal cual un encastre perfecto, el sentido despótico de primacía personal; asunto no solo esperable dadas las circunstancias, sino especialmente delicado en los alcances que podía adquirir: la mentira, la culpa, la delación o el castigo.
La joven pensaba menos en la adjudicación de “enemigo” a un otro por ser portador de un virus que en la pérdida provisoria y compulsiva del apoyo mutuo y del destino común que los embargaba. Además, con el ingrediente que sumaba a los hechos per se el dato no menor de la idiosincrasia argentina.
Igualmente, no se abrumaba; dejaba pasar y tragaba saliva. No era momento para agregar otras preocupaciones. Solo anclaba en una idea que volvía tozudamente: la convicción final, para todo el planeta, de transitar este proceso de crisis y quiebre como un aprendizaje reparador. No sabía en realidad qué significaría volver a la “nueva normalidad”, una vez controlado este desastre expandido.
Bernardo dejó de hablar. Mientras entraba las bolsas, higienizaba los productos y los guardaba, notó a su esposa un poco ausente. Se acercó a ella y Laura, como incitada por la proximidad del cuerpo, volvió a llorar. Medianamente le habló de sus pensamientos ante las representaciones de Mendoza. Agregó sus dudas sobre un posible cambio cualitativo después de la pandemia, o si, contrariamente, los poderes del planeta se fortalecerían aún más, apocando al resto y sumiéndolo en la pobreza, promoviendo una rueda precaria de ingenuidad new age y cercando a muchos pueblos en deudas infinitas.
Pensó en su próximo hijo. Más que nunca, era de rigor preguntarse a qué mundo llegaría. Imaginó que en el futuro serían llamados los niños nacidos en el tiempo de COVID. ¡Vaya apodo! ¿Serían portadores y destinatarios de alguna marca particular? ¿Se imprimiría en ellos un factor especial de alarma, de riesgo, o de conciencia?
Un llamado de su mamá interrumpió sus palabras. Laura atendió. Nuevamente la madre le pedía que encendiese la televisión. Ahora le adelantó la noticia: estaba descartada la peligrosidad del humus coloreado. Si bien no se conocía su procedencia, se había establecido que se trataba de una ceniza inocua. Como si nada, los medios se retractaban de una información que ciertamente había generado pánico. Una vez más, quizás, se habían adelantado irresponsablemente a brindar una noticia no chequeada.
La nieve pese a todo continuó cayendo. Era un elemento que se agregaba a la fatiga cotidiana. Se ignoraba de dónde venía o qué la causaba.
Era tal vez una respuesta más de la naturaleza que se proponía frenar a los individuos en sus desmanes y desvelos. Alguien arriesgaba que podía tratarse de un castigo divino, otros, que la sustancia advenía como el antídoto milagroso para el virus.
De cualquier manera, la peste se combinaba ahora con un ambiente cenagoso y sucio. El rocío se depositaba en los objetos como una notificación opresiva.
… Para Bernardo el mejor momento del día llegaba con la mañana, vibrante, soleado y acompañado por un desayuno deleitable. Asomado a la ventana y viendo caer la sustancia blanda, le decía a Laura, un tanto silente, que se imaginara en Londres, San Petersburgo o Bariloche.
La joven sonreía; se acordaba de Mendoza y del susurro veraniego del Atuel.
Inmediatamente sentía angustia.
Bernardo se acercaba y la arropaba con su cuerpo. Le tomaba sus manos y las besaba.
A veces Laura conducía las palmas de ambos a su panza. Podían sentir unos golpecitos firmes y regulares.
En ellos se prometía una fuerza definitiva, un espacio que al menos y por un momento hacía pensar a Laura en el paisaje del río de su memoria, respetado y caminado, tal vez, por el amor de tres simples humanos.
Para Laura Monacci
Los sonidos y los perfumes flotan en el aire de la tarde
“Los sonidos y los perfumes flotan en el aire de la tarde”. El título del preludio número 4 del Libro I de Debussy remedaba una cita de Baudelaire.
Cortot declaraba que la obra era pura atmósfera, que como en pocas piezas del autor el mote de impresionista cabía con precisión.
Perfiles evanescentes en la melodía y la armonía, una métrica ingrávida, suntuosidad y resonancias en la escritura para piano, la forma orgánica y transmutada en segmentos casi arbitrarios en su aparición, desplazamiento y devenir.
Lo móvil del fragmento aludía también a muchas ilustraciones pictóricas, igualmente licuadas entre colores y luces. Para algunos, verdores; para otros, un espacio erótico y oriental, en muchos, una sinestesia de eventos y sensaciones indefinidos, aunque repletos de sugerencias.
Esa mañana, y luego de la ducha, Manuel se puso perfume luego de mucho tiempo en el que solo el jabón blanco formaba parte de la sesión del baño. Hacía un mes que se había iniciado la cuarentena.
Pese al clima ya otoñal, eligió una fragancia fresca, remitente a un bosque o al viento.
Una vez colocado y seco, el perfume pareció exhalar sus notas como nunca. Se desparramaba impetuoso, casi táctil, en su presencia.
Cuando Manuel pasó por delante de Ovidio este no pudo evitar girar su cabeza y captar el aroma. Se acercó al cuello de Manuel, cerró sus ojos y aspiró casi fascinado.
–Qué buen perfume –exclamó–. ¿Es nuevo?
–No, es el Polo Ultra Blue.
–Es como si nunca hubiera olido un perfume. Rarísimo.
Ovidio aventó el aire y se quedó un instante suspendido.
–No es el perfume, es la novedad de usarlo después de tanto tiempo –Manuel sonrió.
–Sí, evidentemente es eso. Estamos solo acostumbrados a la lavandina, al detergente, al champú, al jabón blanco y al alcohol.
–Tremendo, sí –admitió Manuel.
Los treinta días de aislamiento reconfiguraban los hábitos y los rodeos de trámites personales y convivencias.
El perfume navegó durante todo el día en la casa.
Llevado por su halo, Manuel no pudo resistirse a ensayar el preludio número 4 en el piano y a escucharlo en la grabación antológica de Gieseking.
Con estas acciones y en este proceder aislado parecía comprender el nombre concluyente de la obra, incorporar su sentido más íntimo y, al mismo tiempo, rastrear su derrotero en la trama de la música.
Los sonidos y los perfumes flotaban, o en todo caso giraban, como posiblemente debía ser traducido el vocablo original.
Manuel se refugió en su interior, y en sus jornadas compartidas con Ovidio.
Imaginó datos de esos momentos, pero no pudo encontrar un hilo conductor, una secuencia lógica o una deducción sólida.
Así sus días y los de muchos pares se evadían en las horas inciertas y demoradas. Las horas pasaban rápido; contenían acciones primarias u otras que no significaban nada; salvo el propio transcurrir hacia algo, que finalmente era otra nada.
No se diría igualmente que la nada era un vacío; más bien se asociaba a una dimensión ficticia y por momentos banal, aunque ávidamente tentadora.
Los instantes se superponían, se fundían y se imbricaban. A veces se yuxtaponían como trazos y secuencias independientes y arbitrarias.
El perfume personal y los perfumes de esos días fluctuaban y giraban de un lugar a otro, esclavos de cualquier oscilación del ánimo, la necesidad o el deseo.
La voluntad estaba un tanto cancelada, anclaba únicamente fértil para emitir tareas que propiciaban la continuidad de la vida en un aquí y ahora, pero no mucho más.
Se estaba en un tiempo y en un lugar diferido. Un mientras tanto que equivalía a un entre tanto. El movimiento que se sopesaba en una duración no direccionada específicamente: despertarse, comer, lavar, ir al baño, mirar, leer, escuchar, hacer el amor, conectarse con el trabajo, dormir, todo de un modo fluvial y deslizante.
Las precisiones se deshojaban. Pronunciarlas convertía su sentencia en formas particulares del agravio.
Las sombras de esos movimientos y tiempos inmediatamente se fugaban a un sector sin recuerdos o huellas.
Los surcos eran débiles, además, para casi todo lo que se emprendía y abandonaba.
Los futuros se esfumaban en cierto desmayo. La ilusión era una bebida burbujeante, un sabor de comida apetitosa, un espectáculo vital y filmado, una caricia o un sonido mágico.
Y, tal vez, un perfume evocador. El perfume y su apertura a mundos potenciales.
Una forma olorosa y dispersa como el paisaje debussyano, no informe pero sí ondeante, penetrante, invasiva y, por qué no, tortuosa. Un meandro abarcador y retrasado, hondo, que se arrastraba plácidamente también hacia el olvido.
Porque, en ese lugar, todo o nada era posible.
En cierto fin del mundo
Un ruido insuperado lo remitía a la soledad. Era arrastrado, largo y por momentos agudo e hiriente. El sonido informaba de la fuente: un mueble de madera que se movía sobre un piso lustroso, tal vez de mármol.
Claro, la frecuencia sonora venía anexada a un estímulo visual. Acompañaba a la idea fuerza absorbida por la mirada, quizás, la verdadera protagonista del momento y de la consecuente asociación.
Empero, la potencia de ese impulso auditivo, ahuecado en el ámbito de un cuarto blanco y casi vacío, no dejaba de afirmar su contundencia.
La sala posmoderna del final de 2001: odisea del espacio declaraba extrañamente, en su asepsia, la definición del destierro, aunque asimismo la insistencia de un paréntesis sin fin.
El astronauta Dave Bowman, transfigurado luego de su viaje en el tiempo, discurría sus días dentro de esa habitación: un artificial y sereno simulacro de un salón dieciochesco. Algunos sillones y mesas Luis XVI con patas delgadas como garzas se depositaban ingrávidos sobre un piso lechoso de un material desconocido, recortado por líneas negras que organizaban un damero de baldosas fluorescentes.
La escena en cuestión sobrevenía, cuando en medio de la cena del comandante Bowman una copa de cristal caía al suelo accidentalmente y se rompía. El acto imprevisto parecía, además, truncar una continuidad, sesgar un guion pautado en el que la consecución de los hechos garantizaba la perfección, la belleza y el tiempo por venir.
En ese momento, el astronauta vestido con una bata oscura corría el asiento para inclinar su cuerpo y levantar los trozos del vaso. Era entonces cuando el sillón de patas delicadas rozaba el piso y emitía aquel chirrido entre liso y apenas iterado, grueso, pero al mismo tiempo envainado en una vibración casi tónica. El ruido huía con un glissando; su eco, perdido entre esas cuatro paredes únicas e irreales, daba cuenta del estado de retraimiento atemporal en el que estaba sumido aquel humano.
Hoy, en la reclusión obligatoria, el sonido retornaba en su experiencia cada vez que su sillón color púrpura se resbalaba por el piso de madera. Ahora, no producto de una rotura de algún objeto caído; simplemente cuando se levantaba y sus brazos empujaban el mueble hacia atrás.
Vivía solo en una central radiofónica privada de lago Escondido, cerca de Ushuaia. Otro fin del mundo, en este caso en medio de un bosque de coihues y lengas. Por la ventana del estudio divisaba los árboles, la superficie del lago y las montañas que festoneaban el contorno. La estación estaba montada en una cabaña confortable y pequeña.
Nazareno tenía su jeep siempre preparado para llegarse hasta la capital y cargar provisiones, o visitar a sus padres.
La decisión de quedarse en aislamiento en la sede de la radio no había sido fácil. Pero algunos pocos incendios, así como su contacto con el hospital zonal y la escuela rural que estaba a la vuelta del lago, sumado a un contexto complejo de contagios, lo habían determinado no solo a pernoctar, sino a instalarse en aquella vivienda como su domicilio principal, y así brindar servicio en ese sector.
A esta altura del año las mañanas ya eran bastante frescas. Se levantaba temprano y, provisto de un equipo de montaña, aunque sin especiales precauciones, salía a recolectar algunas frutas y verduras de su pequeña quinta o de las inmediaciones. El bosque y sus claros bullían de frutos rojos.
Luego de desayunar iniciaba la transmisión: músicas variadas, reportajes e informaciones reproducidas y conexiones con la radio oficial, hasta alguna entrevista en vivo a partir de la visita al estudio de algún personaje local y de colegas con los que compartía la conducción de un programa.
En ciertos días se acercaba al lago y volvía a la cabaña con truchas que al mediodía o a la noche deleitaba con alguna salsa de hongos y arándanos, en realidad invenciones de su propia cosecha culinaria.
A veces lo visitaba Daniela, un amor oculto y casi ocasional.
Tranquilidad y apaciguamiento.
En las tardes salía a caminar por el bosque. Llegaba hasta la orilla del lago. Pocos espejos patagónicos eran tan hermosos como el del Escondido. Las aguas azul petróleo, la costa ondulada y el relieve de las montañas acolchadas de árboles como de terciopelo.
Se sentaba sobre algunas rocas y contemplaba el inmenso silencio.
Era abril, y todo el muro vegetal relucía rojizo, pardo y amarillo.
Los atardeceres se iluminaban con una suavidad lustrosa, y la vegetación exudaba los perfumes más intensos, de menta y aceite de lenga. El cielo concentraba sus colores y pasaba del ultramar al casi violeta, antes de que se cubriera de bruma y se tornara en un manto de acero.
Algunos animales se animaban a merodear: zorros y ciervos.
Pese a la familiaridad, algunas veces llevaba su máquina de fotos. Solía avistar un instante o un detalle, que, al menos su ojo atento descubría y le interesaba capturar.
Retornaba a la cabaña. Era la hora de encender la estufa a leña y no mucho más tarde de cocinar algo. Nazareno activaba el monitor de la computadora y simultáneamente iniciaba la penúltima emisión del día.
Frente al gran ventanal que daba al bosque veía desaparecer los últimos destellos; notaba cómo el paisaje se aplanaba y del lago moteaban solo los resplandores anaranjados de las olas. El espacio se derrumbaba y quedaba literalmente yermo.
Sostenía la mirada en el afuera, como si su cabeza estuviera metida en un hoyo o en un universo ausente de estrellas. En realidad, dejaba de ver y escuchar. Todos sus sentidos se aletargaban. De alguna manera esperaba que de la noche brotara una presencia, una confirmación, alguna respuesta a su destierro.
La oscuridad tramaba su tejido cerrado. Opaco, y erizado de ramas duras y espinos.
Unos minutos apenas y retornaba a la luz interior de la casa. Recién ahí se movía. Salía y encendía los focos exteriores.
Volvía a la frecuencia radial. Se sentaba frente al micrófono. Emitía los datos del tiempo y anunciaba los de la mañana. Repasaba las noticias del día y promocionaba la última salida al aire a la medianoche.
Después conectaba la música y se disponía a cocinar.
Cada vez que desplazaba su sillón de color púrpura para levantarse de la mesa de control, las patas retumbaban sobre el piso de ñire. Lo atropellaba la escena del comandante Bowman y también oía su respiración en medio de la voz de HAL 9000 que entonaba de modo cada vez más pastoso su moribunda “Daisy Daisy”, a medida que el oficial desconectaba sus memorias, haciéndolo entrar en un sueño del que ya no volvería.
Su sueño a veces buscaba un reposo equivalente. Lento, hipnótico y para siempre.
Mientras cenaba veía en la televisión las noticias de la pandemia venidas de las grandes ciudades. Palabras como cuarentena, angustia, aislamiento, encierro, muerte, nerviosismo, respirador, paciencia, riesgo sonaban permanentemente en tanto datos casi desconocidos por los trastornados habitantes de esas urbes. De Argentina y del mundo.
Se asombraba frente a las reseñas que mostraban las colas en los bancos y los supermercados, los reclamos y las continuas solicitudes sobre quedarse en el hogar y evitar los contactos.
Nazareno por momentos se reía solo. Apurando una cerveza en un vaso con el escudo grabado de Boca Juniors se tocaba su pelo rubio y miraba de soslayo algunas fotos colgadas en las paredes del estudio, réplicas de las que había visto tantas veces en su escuela o en la municipalidad.
El presidio de Tierra del Fuego, sus presos encanutados en una tristeza amarga y los carceleros: tan helados en sus expresiones como el entorno que los rodeaba, las piedras y las celdas como cuevas de osos, el trencito y las cargas de madera o rocas, los habitantes originarios, adustos, pintados a rayas y lunares frente a sus tiendas.
Y también su vida entera torneada en ese espacio durante unos largos treinta y dos años: el hielo agobiante cubriendo toda una temporada los alrededores de su casa y, en poco tiempo más, la nieve cercana al bosque y al lago, junto al espectáculo bizarro del mar blanco.
Estaciones y temporadas renuentes de novedades. Luces y sombras desmedidas.
Idas y venidas por el paso Garibaldi y la ruta 3 hasta Ushuaia, el parque nacional y sus glaciares, el océano aceitoso del Beagle. Montañas nevadas y cielos infinitos. Vientos ancestrales. Una geografía áspera y poco confortable.
¿Cuál era la novedad del ostracismo para sus días y su lugar?
En verdad, casi siempre, ante sí y frente a muchos de sus conciudadanos, habitaba una especie de cofre de vacíos repitentes y certificados. Con frecuencia, apartado. Invadido turísticamente desde hacía pocos años por cruceros gigantescos que vomitaban lenguas extranjeras y visitantes a menudo enajenados. Las calles y los bosques aplanados por cámaras fotográficas, pisadas, celulares y buses. También la conjetura sobre la masiva importación de la enfermedad venida en los cuerpos de aquellos visitantes.
El estudio de radio, un refugio que, a pesar de redundar con su mutismo personal, al menos lo reunía con la naturaleza. No era un déficit; en realidad, significaba una cautivante abundancia.
Concluía entonces que había algo de placer en la correspondencia asimilada entre Dave Bowman y su persona, ambos sumidos en ese espacio alejado y casi virtual de espera.
Así como la rotura de la copa en la escena de 2001 desviaba peligrosamente la dirección de un posible relato, aquí, el supuesto quiebre de una tradición de vida por el motivo de la pandemia pretendía escurrir a toda una comunidad, y a él en particular, hacia un cuenco de resonancias inéditas.
El ruido suspirante del sillón confirmaba, entonces, un movimiento que intentaba despegar hacia algo, a modo de un vehículo aéreo, de un proyectil que buscaba un vector, si se quiere, una huida.
El glissando contenía una elevación; además simbolizaba un grito, o un filo cortante.
Y estaba también el eco de la habitación blanca.
¡Cuántas veces había escuchado una reflexión similar entre los muros de hielo de los glaciares! ¡Y en sus caminatas nocturnas bajo un cielo de estrellas como diamantes!
A menudo su voz emitía exclamaciones y palabras que rebotaban entre las laderas; quizás eran preguntas devueltas literalmente sobre una mismidad.
Aquel ruido en la habitación del astronauta Bowman se compadecía con su estado de exilio y, por qué no, sumisión.
Una letanía a su destino de servir en este momento o tal vez, en este mundo. Una dificultad en ascender, en expandir, en intentar un futuro distinto, pero con una respuesta ahora diferente: la fascinación por ese mismo lugar cuestionado por una historia y una sombra tranquilizadora proyectada ya hacía treinta y dos años.
De alguna forma, un “durante” asumido que parecía explayarse definitivo.
Su cabaña y sus palabras tan al sur, tan lejanas; casi un indicio humano que servía y acompañaba a otros desde un espacio impensado. Detrás de un micrófono y perdido en una vastedad boscosa, absorbido en el paisaje de una manera íntegra.
El contagio era casi lo de menos; la prohibición de encuentros, amores y salidas en algún punto, una costumbre de siempre.
Por eso transmitía denodadamente.
Cada tanto imaginaba un espesor material en la onda sonora. Un color o una textura blanda. Sanadora.
Así como en el aire se irradiaba silenciosamente el virus, la radio emitía palabras y estímulos para desviar y tragarse aquella pleamar de enfermedad. No importaba quedarse allí, si la tarea servía para ahuyentar el mal de todos.
Su clausura ahora concebida como resguardo ante un grave episodio, estaba en realidad puesta al servicio de la confirmación de una rutina de vida.
El bosque fragante y el lago, las sombras y el sol; su sillón púrpura rozando la madera, su voz perdida en los estrépitos de la nieve y frente al micrófono.
Los días y los atardeceres melancólicos, el fuego de la estufa y los olores de lo suculento.
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