Kitabı oku: «Megaloceros»

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CIERVO ROJO (CERVUS ELAPHUS)

I

El lugar donde se asentaba Pueblo se encuentra cerca de Lago Amarillo, está a menos de doscientos kilómetros. A los amarillenses no les gusta hablar de aquella zona, les remite a una verdad incómoda, a una posibilidad inquietante. Si un viajero ronda por sus viejos pastizales, o llega al lago y pregunta por Pueblo, recibirá una mirada ceñuda, obtendrá una dirección con el dedo, unas cuantas indicaciones y una amenaza velada: si vas a Pueblo mejor lárgate, forastero.

A mí me han hecho muchas preguntas, me dicen que debo saberlo todo, pues yo nací ahí, soy un lobo de esos páramos. Yo soy, así lo pienso, un estepario. Tanto he caminado que, ya cansado, me he detenido en Amarillo. Mis pezuñas se resienten por el calor de la arena, por el piso resquebrajado gracias a los rigores del desierto, y agradecen el afluente fresco de la región amarillense. La zona es una visión tripartita, una legión de ciudades fortificadas. Son tres: la ciudad, Lago Amarillo; el Puerto, pequeño aunque independiente; y Las Cascadas, al sur, una zona enclavada en la Sierra Mendocina que sobrevive gracias al ecoturismo y a los incautos.

¿Durante cuánto tiempo ha sobrevivido la zona? Tierra Grande no sería nada sin Amarillo, sin los tres Amarillos. Lo sabemos todos los que nacimos aquí, y más allá también lo saben, en el sur, hacia Veracruz, o incluso en Tamaulipas. Amarillo es el carbón que mantendrá encendida la hoguera cuando venga la noche helada.

Eso no es del todo cierto. Cuando llegue la noche helada, cuando no haya ningún Niño Amarillo ni otros dioses menores ni mayores que puedan resguardar la región, por mucho que se proteja por tres frentes, la tierra sufrirá bajo el rigor del hielo y del viento, como una mano herida por las espinas de cactus y nopales.

Cuando llegue la noche helada no habrá quien se mantenga en pie. Y la noche, dicen, ni siquiera será oscura, ni siquiera azulada, tampoco negra. Será del color de esta tierra y levantará las llamas bajo la arena, y se escucharán las estampidas venir, los viejos animales, las criaturas largo tiempo dormidas. Quizá yo tampoco siga aquí, si tengo suficiente suerte.

Por eso no me asusta nada de Pueblo, ni de su historia, la más reciente. Habrá otras y tal vez debamos aguantarlas. Sin embargo, no me considero alguien estúpido. Hay que saber alejarse de los peligros cuando los puños no son suficientes, y yo tengo los nudillos hechos mierda. Tantas enseñanzas de mi padre servidas como alimento para los cerdos. Desperdicios que no he sabido aprovechar. En mi defensa diré que mi querido padre me enseñó tan bien como pudo y que yo aprendí tan bien como supe. Y que la culpa no es ni de él ni mía. No estoy siendo condescendiente, simplemente sé reconocer cuando los vientos son capaces de rasgar las velas. Cuando no quedan más que escombros uno debe arriarlas, reparar los palos, regresar al puerto y esperar otra ocasión.

Sólo que yo no quiero esperar otra ocasión. Ni tú querrías, querido padre.

La casa que compré en Amarillo queda al norte de la ciudad. No está tan lejos del lago, pero sí hay que recorrer varias manzanas para mojarse los pies. Me hubiera gustado tener una vida junto al mar. Pueblo quedaba más cerca de Tamaulipas que de Puerto Amarillo, ser marinero fue un sueño que nunca pude cumplir. Necesitaba mayor convicción, tozudez, o una suerte de mierda. Yo no he tenido ninguna de ellas, pero sé apreciar el agua cuando la veo. Sé que la del lago de Amarillo es salada en algunas secciones, aunque su nivel salino no es tan alto como el de algunos brazos de mar. Y que se caguen los geólogos, biólogos marinos y otros estudiosillos de universidad, porque los brazos existen. Los he visto muchas veces, oh, claro que sí. Y también he nadado en sus profundidades y me he escaldado los dedos de los pies con su salinidad. No soy de mar, aunque conozco el parecido de ciertos brazos con el verdadero. Lo dicho: sé reconocer la calidad del agua cuando la veo.

Estoy asomado desde mi ventana. Miro hacia el lago y pienso en las cosas que he perdido. No sé si quisiera tenerlas de regreso, me da la impresión de que preferiría que se quedaran en el fango. Quiero seguir purificando mi sangre con el agua del interior, incluso con la del mar. Sé que no sólo proviene la limpieza de las aguas. Me explico: sé que en ella también viven los rastros de oscuridad. En todas partes existen. Este mundo era un océano de tinieblas mucho antes de que el divino morrillo pensara en incendiar la noche. El planeta me mira, nos mira a cada uno de nosotros, y nos dice lo poco que le importamos. Lo he visto. Lo he escuchado. Es el mensaje del planeta.

La Tierra, desde entonces, ha seguido moviéndose, su inclinación lo dice todo, y se sacudirá hasta que no quede ninguno de nosotros sobre su superficie. Mientras eso sucede, seguiré apreciando uno de sus más grandes elementos. El mar me mira desde la ventana, lo hace con la forma de un lago. Tal vez debiera bajar de mi atalaya y acercarme a su orilla y ver el mundo, la ciudad de Lago Amarillo, circundarlo, inundarme, pretender que soy parte de él.

Si llego a la orilla podré ver la calma de sus aguas. Algunas lanchas y otras embarcaciones de recreo, pequeñas por fortuna, provocarán algunas olas. Hay peces debajo, agitando sus escuálidos cuerpos, haciendo que sus escamas brillen con los rayos filtrados del sol. Últimamente, y eso me preocupa —más de lo que quisiera admitir—, he escuchado a algún amarillense mencionar la tonalidad de los peces, los reflejos demasiado radiantes en sus escamas, «como si —aquí viene lo preocupante— el sol estuviera cambiando de tonalidad, de amarillo a rojo».

Eso ya lo he visto, y no desde mi ventana, ni tampoco a orillas del lago. Lo conozco bien porque ya he estado algunos años causando molestias. Quisiera que fueran más los que me separaran de Pueblo. Aún no son bastantes. Yo sólo aspiro a que mi hogar sea éste y a que no recuerde, más que de manera vaga, a Pueblo y su sol, el color de las cenizas y el color de los campos y de la tierra; los rayos rojizos del sol marcando las nubes, quemando los árboles, la carne de mis hermanos.

Hablo de Pueblo. Aquí nadie lo hace. No los culpo, tampoco les guardo rencor. Toda la zona amarillense, marcada por las tres poblaciones como una especie de venado (la trompa es Las Cascadas, el cuerno del oeste es Lago Amarillo y el cuerno oriental es el puerto), es un caso de éxito. Aquí no se ha sufrido la violencia como en Tamaulipas o en otras ciudades del norte, o hasta del sur, como en Veracruz, ya que estamos. Aquí tampoco se han robado las alquerías, y hasta los pequeños ranchos sobreviven gracias a los italianos. No se han ido aún. Siguen pastando las bestias, siguen los quesos de los menonitas, los plantíos, hasta los árboles de maguacatas. Pero sólo los amarillenses saben de otro tipo de oscuridad que se cierne sobre ellos. Es un tipo de criatura más cabrona, se pega a la piel como una sanguijuela, uno no la siente hasta que está bien hinchada. Y cuando ya no puede absorber más sangre explota sobre la piel, hiriéndola. Ya no es sangre lo que queda, es una especie de veneno, y no hay antídoto. Aquí, hasta a los alacranes les tiembla la cola cuando perciben ese tipo de ponzoña.

No los culpo si en Amarillo no se quiere saber nada de venenos y cualquier desviación en el curso natural de las cosas es ignorada. Pero habría que extender las palmas y recoger los rastros que ha dejado el depredador en el gallinero. Puede que aquí en Amarillo lo lleguemos a tener más jodido, y eso me asusta mucho más que «el accidente» de Pueblo. Si aquí pasa algo semejante no sólo traerá sangre y fuego, también atraerá a la otra oscuridad.

Desde aquí puedo ver La Antigua. Es tan anciana como lo dicta su nombre. Dentro de sus muros hubo quien podía leer frases invisibles, aspirar las palabras como si sólo fueran murmullos. Los balbuceos tras de la piedra aún permanecen intactos, firmes. Ya no queda nadie que pueda entrar e invocar las visiones y epifanías del templo, al menos nadie se ha metido desde hace décadas. Las historias sobre La Antigua las conoce cualquiera que haya nacido en Tierra Grande. Hasta en los estados vecinos se saben algunas. En ningún libro de historia, en tríptico alguno, se ha detallado lo que es conocido por el boca en boca, por las historias de las abuelas y los viejos cuando la noche es fresca y se antoja ver el fuego crepitando en la hoguera.

Veo La Antigua y quisiera meterme en su interior, escuchar los viejos consejos. Lo que he visto en los peces del lago lo amerita. Temo que «el incidente de Pueblo» pueda volver a ocurrir aquí. Nadie me escuchará en Amarillo. Los ancianos me rehuirán y los jóvenes me tomarán por loco, ni siquiera los de mi edad escucharán lo que tenga que decir. No tengo contemporáneos en la ciudad. Nadie es contemporáneo de nadie en Amarillo. Aquí hay una espera, el momento antes de que venga el contagio.

He visto a los peces y en sus escamas luce el resplandor del sol y los tonos rojizos que embadurnan los cristales del agua. Cuando se pesca un ejemplar y se abre y se limpia, la carne se descubre marcada por un sol más cruel que el de siempre. No es el clima. En Pueblo cometimos el error de creer en los fenómenos meteorológicos, en las sustancias derramadas por industrias contaminantes. Arrastramos la mirada hacia el horizonte y hacia el cénit, y la volvimos a bajar, convencidos por las explicaciones de los estudiosos, desestimando su significado. Sin embargo, la gente de a pie habló, en especial uno de mis viejos conocidos, un piscicultor aficionado. Él ya había visto esas mismas señales.

Hubo cierto nerviosismo. Escuchabas a los vecinos caminar por la calle principal mientras compraban víveres para ocultarse por días dentro de sus casas. Ya nadie iba a comprar como si nada estuviera pasando. Las carnicerías trabajaban por turnos. Vendían más carne los martes y los jueves. Guardaban a las reses y a los cerdos del cuchillo, sabían que no sería necesario tener carne fresca todos los días. La gente acudiría una o dos veces a la semana y se largaría golpeteando las suelas contra el polvo del desierto.

Yo mismo puse a trabajar mis refrigeradores, un par de ellos que aún funcionaban tras quince años de trabajo. Eran buenas máquinas. Seguí guardando carne y verduras hasta que me di cuenta de que tenía tantas papas como para aguantar un ataque biológico, una guerrilla del narco, un conflicto nuclear.

Dejaba algunas botellas de aceite en las alacenas y guardaba el resto en el sótano. Reservas. Yo no era estúpido, nadie en Pueblo lo era. Podíamos percibir el tono del sol bajo los párpados, también en los peces que sacábamos de las lagunillas. No necesitábamos de Amarillo ni de su lago. Nos sentíamos a gusto con nuestros propios recursos, protegiendo las lagunillas, los tomaderos de ciervos, los matorrales cercanos, las cactáceas de la sierra y sus pequeños árboles marcados por buena madera, nada resinosa. Además, en Pueblo éramos conocidos por criar buen ganado. Yo mismo era un buen ganadero. No todos en Tierra Grande veneran la región amarillense. A veces la envidiamos. Pero más veces la hemos temido.

Viendo el lago desde mi ventana, pensando en La Antigua y en quienes un día la cuidaron y protegieron los secretos del templo, en quienes estudiaron libros negros bajo el cobijo de sus muros, me pregunto cuál es la verdadera razón de la supuesta tranquilidad de la región. Milagro norteño (o norestense, si uno es más local), le han llamado. En parte sí, claro. Mas, quienes habitamos en la zona, quienes hemos sentido en la piel el humor de la región, quienes hemos olisqueado su aire, sentido bajo las botas su suelo, quienes hemos visto el Lago Amarillo a cualquier hora del día o de la noche, percibimos una tenue oscuridad, una tonalidad como de ocaso, como de enfermedad y muerte. Ésa es la razón, y se contagia. Tememos a la zona. Tememos a Amarillo.

Si yo he venido buscando refugio en la ciudad y en el lago, ¿qué dice eso de mí? ¿Soy muy valiente o muy estúpido?

II

Hace poco estaba organizando unas carnes asadas con mis vecinos. Aparentemente les da gusto que yo viva aquí. Soy un hombre que vive solo, sin esposa, sin hijos, pero no tengo gustos raros. Me visto aún como un ranchero, llevo mis camisas a cuadros bien fajadas bajo el cinto y uso sombrero. Tengo, y ésa es una de mis debilidades, una colección envidiable de botas. Mis vecinos me miran como si descubrieran a un vejete nostálgico, ya sin tierras que sembrar y sin trabajo duro por la mañana. Mis manos, lo saben, comienzan a suavizarse. Aún los años no han pintado mi cabello de blanco, no por entero, y ya me miran como a la carne reblandecida, como a los perros viejos. Tal vez deba darles la razón. Nada de eso me importa ya, ni los ranchos, ni las reses, nada. Nadie quería tocar el asunto de Pueblo. Nadie quiere hacerlo. No necesitan recordar lo que ellos mismos vieron y supieron de primera mano. Muchos conocidos de Pueblo aún viven en Amarillo. No todos se quedaron sin nada. Tuvimos el fideicomiso, la ayuda del Estado, hasta la Federal. Nos han mantenido, es el precio para callarnos la boca. De alguna manera eso nos mantiene tranquilos, casi contentos.

Quiero abrir una tienda, una boutique de carnes, aunque el nombre me cague las botas y me haga sentir como una puta con clase. No sé muy bien cómo hacerlo, así que me he puesto a investigar. He rondado algunas tiendas de por aquí. Y al agotarlas todas, he tomado el camino más duro: visitar a mi futura competencia. Me ha hecho bien, he puesto algunos insultos bien acomodados en el cuerpo del carnicero fantoche que pone en su carnicería el letrero de «boutique de carnes». Es infame. Yo también quiero hacerlo. Tiene razón quien lo piense: estoy reblandecido. Es infame.

He colgado los dedos pulgares en los bolsillos de mi pantalón y me he presentado muy erguido a hablar con el dueño. Le he dicho lo inútil que es, lo insultante que me resulta su presencia, sus ambiciones, y después me he reído en su cara diciéndole que yo soy igual, que soy uno de ellos… que yo también tengo miedo. El dueño rio conmigo. Pensé haberle dado un buen gancho y él me soltó un jab directo a la mandíbula. No estaba preparado: «Tienes razón, tú eres uno como yo. Hemos visto el resplandor de Pueblo… y ahora lo volveremos a ver aquí».

¿Qué pasó en Pueblo? Me pregunto si los amarillenses realmente lo saben y han decidido callarse o si nadie lo entiende y han preferido no hacer preguntas. Cualquiera de las dos respuestas me parece razonable. Ha de haber alguno que sí sepa. En Tierra Grande, así como en cualquier otra región del país, o allá incluso, en el norte invadido por los grandes bosques y las extensas llanuras, pululan las historias como hormigas enojadas contra un grupo de termitas. Nosotros somos las termitas, parecemos fuertes y grandes, pero ante las hormigas no hay nada que hacer. Ganan por número, por organización, por su inmanente presencia.

Pregúntenle a cualquiera y ese cualquiera contestará: «Sí, he visto una o dos cosas». Aquí en Tierra Grande somos como camioneros, tenemos nuestros secretos y estamos gustosos de contárselos a cualquier curioso que nos invite una cerveza. Pensar en Pueblo invoca al alcohol. Uno quisiera emborracharse y no saber ya nada de las cosas que han pasado. No sirve, eso también es cierto. ¿Quién lo sabe? ¿Por qué el gobierno desalojó la zona? ¿Por qué no pudieron extinguir el incendio de Pueblo y por qué parte de la Sierra ardió también? Dicen que el resplandor se veía desde algunos puntos de la Sierra Madre. En cambio, nuestra Sierra Mendocina sufrió el siniestro en su propia tierra, en sus árboles y plantas, y también en sus bestias. Pueblo entero ardió. El gobierno actuó pronto, cosa extraña. Nos salvamos muchos. Las lagunillas ardieron también, no sé cómo. Alguien en algún periodiquillo de mierda dijo que esto se parecía al nacimiento de un volcán, como el Paricutín en Michoacán. Es una pendejada y cualquier puebleño lo sabe. Aquí no hubo volcanes, aquí algo nos incendió y las llamas vinieron desde arriba, de los cielos.

Nos han llamado estúpidos. Los mismos amarillenses han dicho en ocasiones que Pueblo no debió asentarse en esta zona; que si Amarillo tiene ya sus secretos, en el lugar donde estaba Pueblo lo que había eran alimañas. Y esas alimañas, ellos temen —nosotros igual—, todavía andan sueltas. Las trajimos a la luz con nuestros rezos, con nuestras tradiciones. Rezamos a las vírgenes equivocadas y profanamos una zona protegida, especial, quizá sagrada, para cosas-más-viejas-que-nosotros. Dicen que aquí había muchos ciervos. Pero no eran ciervos comunes. Eran ciervos que venían de mucho atrás, cuando el hombre no era ni una reminiscencia en la estúpida imaginación del primer homínido. Los cérvidos llegaron antes, nosotros invadimos la zona, y eso que éramos viejos en esta zona, que la tierra fue habitada por nuestros ancestros mucho antes de lo que se piensa.

No sé cuándo se fundó Pueblo; sí sé, en cambio, por qué. Cuando los italianos hicieron su pacto con los americanos, una buena parte de los grandeterreños salieron con la cola cubriéndoles los huevos. En Pueblo no hay menonitas, no hay amish, no hay puritanos ni gente de la Iglesia del Hombre Verde. Tampoco hay italianos ni alemanes. El desierto, el nuestro, no albergó a quienes no fueran mexicanos. Llegaron, sí, coahuilenses, veracruzanos, chihuahuenses, hasta sinaloenses. Claro, también los tamaulipecos. No sé si la idea de los italianos era convertir a la región, la de Amarillo, con sus tres poblaciones protegiéndose entre sí, en una Nueva Italia, o peor, una Nueva Umbría. Sé, todos saben, que desde que llegaron a la región, a finales de 1600 o principios de 1700, practicaron una religión herética. Su religión no gustaba en ninguna parte. Los expulsaron de sus tierras sombrías y nosotros los recibimos. Sus historias se esparcieron por todas partes.

No soy experto en religiones, ni tampoco creo en Padres o Madres Celestiales, pero su fe no se alejaba demasiado del cristianismo. Me atrevo a decir que el puritanismo y todas las sectas que pulularon en Estados Unidos son más extrañas que la de nuestros fundadores italianos. Con el tiempo se mezclaron varias creencias, y ahora pervive el culto amarillense: tradiciones cristianas y católicas salpicadas aquí y allá de folklore y cuentos de abuelitas aburridas.

Nadie quisiera admitirlo, pero debajo de esa herejía vivía algo más oscuro. No sé si algo de esa herejía-dentro-de-la-herejía viva aún. El último reducto lo tuvieron en La Antigua. Lo dicho: han corrido ciertos eventos curiosos. Fueron esos creyentes, los que se tomaban las cosas en serio, los que percibían el culto negro y verdadero tras las procesiones y la veneración de los dioses enramados (y, según me han dicho, aquello que se oculta tras el culto al Niño Amarillo y al Dios Arbolado), quienes expulsaron a muchos mexicanos de la zona. Esas familias vinieron a parar a Pueblo y a sus alrededores. Desde el occidente de Tierra Grande escuchamos de su culto, de la parte menos cristiana de él y de cómo había sobrevivido dentro de los muros de La Antigua, la iglesia más vieja del noreste. El lago circunda a la iglesia como si fuera una protección para las invocaciones y los rezos que quedaron impregnados en ella. Pero no todos se escandalizaron, ni en Pueblo ni en Amarillo. La gente se hizo más pragmática, floreció la ciudad con sus negocios, la minería, la buena pesca en el golfo; y en Pueblo aprendimos a cuidar de nuestro ganado, a prosperar con él. Casi todos se callaron sus secretos, sus suspicacias, o al menos guardaron todo para los momentos importantes del año, para nosotros mismos.

Aquí en Pueblo habíamos escuchado varias cosas. La avenida Juárez, la principal de la vieja ciudad, trataba de dibujar una línea recta de sur a norte donde desfilaran los edificios, tiendas y casas, las primeras, pero no lo hacía. Serpenteaba porque evitaba algunos montículos donde no había nada, donde nada crecía, ni cactáceas ni yerbajos, pero cuya tierra parecía desafiar a los picos más afilados. Al no poder extirparlos del trazado, los puebleños decidimos erigir estatuas, señales conmemorativas, efigies sobre los montículos para que la carretera no pareciera un arroyo vencido por las necias rocas.

Contaban las abuelas que en esos montículos se escondían los huesos de criaturas tan antiguas como los parpadeos de las estrellas. Esas mismas abuelas son quienes contaban sobre la edad de nuestra Tierra, un terruño errante en el vacío, captado por una estrella naciente, un humilde sol girando en una de las orillas de la galaxia. El planeta había surgido antes que el sol, nos contaban. Según ellas, el sol era una invención de los dioses para dotar de luz a nuestros páramos, para que aquí pudiera crecer la vida.

Aquí han desenterrado huesos y flechas y piedras de edades muy anteriores a lo aceptado por las comunidades científicas, y digo comunidades porque eso son: grupúsculos reunidos ante el fuego secreto de la ciencia. No son tan diferentes a nosotros ni a nuestros ancestros; ellos creen en sus hipótesis, crean teorías, formulan religiones y las sirven, a veces aceptando ideas nuevas que confirmen su modelo. Son creadores. Y no los culpo. Todos somos esos hombres alrededor del fuego, creando nuestra memoria, dándonos sentido.

Cuando crecíamos nos dábamos cuenta de que ésas no eran más que habladurías, que el sol había venido primero al estado de las cosas y después nosotros, nuestro planeta, y muchísimo después todavía, la vida. Pero las ancianas seguían riéndose en sus cubiles, se levantaban de donde estuvieran descansando sus huesos y soltaban risotadas. Nos llamaban ingenuos. Se divertían de nosotros. Ellas sabían más de lo que nuestros padres estaban dispuestos a aceptar. Cada puebleño, incluso cada habitante de Amarillo, o de cualquier zona de Tierra Grande, descubre otras verdades conforme va creciendo. Las habladurías de las viejas no nos parecen ya locuras. Y entonces comenzamos a reírnos de nuestros niños; de los incrédulos; de quienes dudan de la antigüedad de nuestra especie, de los montículos, de nuestro planeta.

El sol nos mantuvo, pero también nos contuvo. Y cuando era necesario, dejaba que algunas de sus bestias nos visitaran. Bajaban de él para apalearnos. Lo habían estado haciendo durante siglos, durante milenios. Yo nunca creí presenciar algo parecido. Creía que los intervalos temporales eran demasiado extensos, y ahora tengo miedo de que vuelva a ocurrir. El tiempo no significa nada, lo que significa es la voluntad de los antiguos. Nosotros somos sus presas.

El sol nos volvió a recordar de dónde venimos, quiénes somos, y qué cosas invadieron y se quedaron en nuestra tierra. Todos en Pueblo asegurábamos que, si pasaba algo, primero afectaría a Amarillo. Nosotros no teníamos por qué sufrir primero, no habíamos adoptado el culto, sólo nos habíamos establecido en esta tierra. Ellos, decíamos, tienen razones para atemorizarse: las historias de los arcimboldi, la de los Padres de Bestias, los gritos de las plañideras en las noches de octubre. Pero, ¿nosotros?, ¿seríamos castigados por habernos asentado aquí, en este coto de caza, en esta región bendecida por divinidades estelares, por viejos pobladores, por cultos «antiterrestres»?

Vivíamos aquí y, aunque no participáramos de la religión amarillense ni en nuestra sangre corriera el icor de Umbría, vimos la cornamenta del sol, vimos a nuestra estrella coronarse, y entonces ellos bajaron.

Yo vivía en ese entonces en el centro, en una de las calles cercanas al Templo de la Virgen de Pueblo. Era la misma casa que habían habitado mis padres y también mis abuelos. Su estructura era como la de un viejo claustro: un cuadro con una fuente en medio, protegido por un enorme portón de madera reforzado con herrería de buena calidad. Las ventanas eran rectangulares y estaban resguardadas por protecciones de hierro, la fuente era de cantera rosa y arcos engalanaban los pasillos que daban al patio de la casa. La sala daba hacia el norte y se podía recorrer gran parte de la casa desde ella, sin tener que salir al patio central; no así para llegar a las habitaciones en la parte de atrás, o a las caballerizas, vacías desde hacía décadas.

Todavía montaba a caballo, pero siempre lo hacía en mi rancho, al suroeste de Pueblo, no en la ciudad. No era tan excéntrico como algunos creen. Ya tenía suficiente con la casa. En Pueblo habían llegado ya los aires de renovación. La gente no quería vivir en un rescoldo del pasado. Quería, por ejemplo, ya su propia calle comercial. Yo me había negado a vender. Querían convertir mi casa en una plaza, en un edificio de apartamentos o qué sé yo. Hubiera sido muy mala inversión para ellos. Me mantuve aferrado a las paredes, a la piedra del patio, a las vigas del techo, a los olores que había dejado mi abuela al cocinar, a los ecos de mis padres en medio de sus fiestas. El olor a cuero y a madera no me parecían aromas decrépitos. Eran parte de mí.

Aún extraño esa casa. Muchos de los sobrevivientes del incendio se sienten mejor aquí en Amarillo, pero yo no. No soy un viejo cascarrabias y tampoco me considero reticente al cambio, sólo soy un ranchero marcado a la antigua.

Las lagunillas no estaban lejos de Pueblo, apenas a pocos kilómetros hacia el oeste. En ese entonces, mi amigo piscicultor vivía cerca de mi casa. Siempre que podía llevaba peces curiosos a su casa para disecarlos y luego exhibirlos a quien tuviera algún interés en ellos. Él me había comentado ya sobre la extraña coloración en las escamas de algunos peces. Pensaba que se debía a algún tipo de contaminante, alguna sustancia de desecho, y estaba preocupado por las pérdidas que podrían sufrir los piscicultores de la zona. Las escamas estaban ligeramente coloreadas de rojo, en un tono cercano al rosa o al magenta. La coloración, en algunos especímenes, se adentraba en la piel hasta tocar los huesos.

Después todo fue peor. Llegó una tarde con una hielera, adentro habrían unos diez peces. Yo estaba parado en la puerta de mi casa. Recuerdo que pensaba en su decoración, en el orden de mi hogar y en cómo podría afectarme si un día no podía más y vendía todo para largarme al rancho. ¿Podría vivir sin extrañar cada día la casa de mis padres y de mis abuelos? Fumaba mientras veía pasar a los vecinos. Algunos se detenían para platicar conmigo. Las conversaciones eran banales, pero un tema se filtraba constantemente: ¿ya sabes lo de los peces? Parecía que algo andaba mal, la gente hablaba y no sabía muy bien por qué, hasta que nos dimos cuenta.

«La casa del sol, ¿has visto cómo está incompleta? Lleva varios días así. A determinada hora la casa se forma alrededor del sol, pero no se completa, no como un círculo sino como unas…».

Yo sabía la palabra. No la decían. No era una palabra complicada: astas, la cornamenta de un ciervo.

Mi amigo me encontró afuera de mi casa, venía vestido con ropa de trabajo. Traía la hielera como si me trajera un regalo, pero no sonreía. En el cinto llevaba un cuchillo para descamar. Nada más saludarme abrió la hielera, me mostró los ejemplares y levantó sus escamas para enseñarme su piel y su carne. Los peces mostraban quemaduras. Si no era una sustancia contaminante, entonces algo extraño sucedía en las lagunillas. ¿Podría ser una fuente de calor, aguas termales, actividad volcánica, quizá?

«No es el agua. Es el sol. Los peces tienen las marcas, el semicírculo. Está marcado en su piel y en su carne, en sus órganos. Es el signo rojo. Han vuelto. Son los túmulos, su zona de apareamiento, su coto de descanso. Los hemos invadido con nuestra ciudad. Hemos construido Pueblo aquí sobre sus túmulos, sus hogares. Vienen por nosotros».

En ese momento no entendí todo lo que me dijo, pero lo pasé a la cocina para que pudiéramos abrir más peces. Tenía razón, todos estaban marcados por una señal ígnea, imposible (eso creí). Un fuerte cosquilleo, un escalofrío violento, me recorrió la espalda. Tenía que saber más. No era algo de lo que no hubiéramos escuchado de jóvenes, de niños. No podía seguir fingiendo.

Él soltó un gruñido, estaba furioso. Estaba dirigiendo su enojo hacia mí. Quería encontrar una fuente y yo era la más cercana: un puebleño como él, un habitante de los túmulos. Tan sólo teníamos que salir de la casa y los veríamos. Ahí debajo estaban los huesos de sus ancestros. Ellos y nosotros. Ellos contra nosotros. La zona estaba maldita, el fuego había alimentado la tierra, no al revés. Nosotros no éramos más que unos niñatos, unos visitantes que no sabían nada de esta Tierra Grande. Amarillo, cualquiera de las tres poblaciones, Pueblo, la Sierra Mendocina, no significaban nada. Ésta era la tierra de los Padres, era la tierra de sus dioses. Estábamos aquí, donde las viejas presas eran los depredadores. Éste era su coto de caza.

Esa noche no pude dormir. Mi amigo no lo era más. Pronto empezó a alterarse, a gritar y a insultarme. Recibí dos puñetazos, uno en el rostro y otro en el abdomen. Yo me resistí y, como pude, lo llevé hasta la puerta y le grité que no quería volver a verlo. Desde ese momento éramos desconocidos. No tenía por qué aceptar su ira estúpida hacia cualquier cosa, cualquier persona. Si las leyendas eran ciertas, si se cernía sobre nosotros una amenaza cósmica otra vez, un fuego antiguo y vengativo, no era mi culpa.

Estuve dándole vueltas al asunto cuando se fue. En la cama me giraba tratando de encontrar el lugar más suave para mi rostro. Me dolía especialmente la parte izquierda. Aún conservo la marca. Cada día, al mirarme al espejo, la veo. Es un buen recordatorio. No sólo quedaron marcas en las llanuras de Pueblo.

Pensaba en lo que debía hacer. Tal vez hubiera sido mejor correr. Lo pensé. Qué importaba la casa. Me había resistido a venderla, había asumido mi posición como puebleño y quería seguir siendo un buen ganadero, cabalgar más, fumar en el porche de mi casa mientras observaba la tarde, el cielo nocturno. Quería coquetear con las viudas y con las mujeres casadas que aún se detenían para cruzar algunas palabras conmigo. Quería volver a usar sombreros, negros y blancos, y sentirme el semental que nunca he sido. Quería seguir viviendo en Pueblo, desdeñando a los amarillenses, sin saber nunca más de las leyendas, ni de los peces, ni de mi estúpido amigo el piscicultor, ni tampoco del sol, del puto sol enmarcado por su corona, su casa incompleta.

Los ciervos rojos sí querían saber de mí.

IiI

Me desperté con la hecatombe. Ni bien abrí los ojos escuché el clamor de mujeres, niños y hombres. Gritaban. El sonido penetraba mi piel como un cuchillo bien afilado. Sentí sus punzadas en la espalda baja, en la boca del estómago y en las sienes. Mi boca necesitó agua con urgencia. No podía hablar. Quise gritar, preguntar qué era lo que pasaba. Quise tomar el teléfono y marcar cualquier número y recibir algo distinto a un alarido. No hice nada de eso, pero sí me levanté, me vestí tan rápido como pude y me asomé por las ventanas. Lo hice con el temor aún agarrándome de las bolas.

Pensé que ya había amanecido. Miré hacia el buró y descubrí la hora: 03:34. No tenía sentido; el cielo, la luz que emanaba de él como en ramales o vetas profundas en la oscuridad. Las nubes recorrían el cielo, rasgadas por todas partes. Parecían tratar de esconder el sol sin conseguirlo. Sólo tendría sentido si era el sol el que se ocultaba tras ellas, y no podía serlo, o mi despertador estaba averiado.

Descorrí aún más las cortinas y me encontré con un disco gigantesco cerca del cénit, una rueda roja como los ojos de un cervatillo asustado, sólo que este disco no parecía demostrar sensación alguna de temor. Irradiaba lanzas y flechas que rasgaban todo cuerpo nuboso; quemaba las nubes, hacía de ellas el alimento justo para un grupo de cazadores triunfantes. Yo no sentía miedo, estaba aterrorizado. Podía sentir cómo la noche se derretía con cada rayo que alcanzaba el suelo.

Pero eso no era todo. En medio de los rayos había algo: trozos de un material parecido al cristal, luz solidificada, criaturas. Caían como pedazos de granizo, descendían a una velocidad inaudita, caían veloces y luego se detenían, flotando a la par de las nubes para después zigzaguear hasta el suelo como lo haría un trueno. Su tonalidad se quedaba impregnada en la retina. Tiempo después escuché a varios puebleños decirlo: era como un supra-rojo, un hiper-rojo, más encendido que las llamas alimentadas por leños de arce, pino y roble. Era una llama crepitando y descendiendo como el ramal de una cuerna, como un asta cayendo desde los cielos, encendida más allá de cualquier color posible pero siempre destellando tonos rojos, gritos rojos, destellos rojos. El disco, por supuesto, era el sol.

Vi pedazos de fuego vivo caer sobre la tierra. Vi las llamas extendiéndose por las llanuras, llamas provenientes de los cráteres marcados por el descenso de esos trozos. La gente moría, trataba de huir más rápido que el fuego avivado por el viento, mas era inútil. Las llamaradas se esparcían por Pueblo y encendían la tierra debajo. Calcinaban la madera, el metal, la roca. El agua hervía y los animales caían con los ojos reventados.

Salí de mi casa, quemándome las palmas al tocar las paredes, las columnas y finalmente la puerta. Mi hombro sufrió quemaduras al empujarlo contra el portón de madera. Estaba tan debilitado que se rompió; las astillas me parecieron más gotas que virutas de madera. La aldaba, las cerraduras, todo goteaba. Era una terrible pesadilla transmutando el cosmos. Sentía el calor golpeando mi rostro y empujando mis pulmones hasta expulsar el aire. Mis pestañas, mis párpados, mis ojos, todo ardía. Mis cejas se desmoronaban como pájaros abatidos y mis palmas estaban tan rojas como si se hubieran escaldado con agua hirviendo.

Corrí por la calle principal y vi a la gente arder. Mis vecinos imploraban clemencia, gritaban por el dolor, por la piel achicharrada, por el fuego pegado a sus ropas tocando la piel y llegando al hueso a través de la grasa hervida.

El insoportable calor no tocaba a toda la ciudad por completo, había zonas donde el calor era soportable, como si el fuego no surgiera directamente de ese sol nocturno sino de sus rayos, o de esas cosas que caían de él. Yo gritaba, pero también corría, y lo hacía con otros vecinos, con gente que buscaba las llaves de sus autos, con jinetes desesperados haciendo chispear las pezuñas de sus monturas, con conductores asfixiados por los humores de las máquinas. Corrí y grité junto con ellos, vimos el fulgor creciente en la ciudad, en las calles y en los edificios, y tratamos de llegar al sur de la población, atravesando la avenida, escondiéndonos por calles adyacentes hasta tocar el desierto y abandonar todas nuestras fuerzas. El mundo entero no estaba siendo quemado, sólo Pueblo, sólo nuestro maldito y jodido Pueblo, la ciudad de los túmulos.

Cuando estaba llegando al final de la avenida sentí alivio en algunas partes de mi cuerpo. El calor ya no parecía detenerme como una infranqueable pared. Los oídos me sangraban y no podía distinguir lo que me decían los otros junto a mí. Señalaban hacia adelante y hacia arriba. Creí que a lo lejos parecía destellar la luz azul y roja de la policía, de las ambulancias. Alguien venía por nosotros. Pero era aún más importante lo que había en el cielo.

El sol brillaba como un corazón iracundo, lleno de odio vivo. Y el sol tenía casa. Estaba coronado: haces, no de luz, sino de fuego, casi circundaban por completo el disco. Eran llamas que se bifurcaban como el ramaje de un árbol. Y entonces comprendí: era el sol coronado o, mejor dicho, el sol circundado por las astas del Ciervo Rojo. Venía a quitarnos de su coto de caza, de apareamiento, o de lo que se le ocurriera a esa puta criatura estelar.

El Ciervo Rojo, además, no estaba solo; dejaba caer a sus hijos como meteoros de granizo: llamas vivientes cayendo, galopando con furia por el firmamento hasta tocar nuestras dunas. Entendía, ¡al fin entendía lo que eran! Me giré hacia la ciudad sin convertirme en cenizas, sólo cubriéndome con ellas. Y los vi. Descendían y caminaban y galopaban por la ciudad. Buscaban a sus presas apuntándolas primero con sus fauces y luego con sus cornamentas encendidas. Vi las astas de los hijos del Ciervo Rojo clavadas en la carne de mis vecinos, de extraños que pudieron ser mis amigos. Vi su carne chamuscarse y sus almas encendiéndose para nunca volver a brillar más.

Dejé de sentir pavor. Sólo sentía desesperanza. Me hinqué; a la salida sureste de la ciudad, me hinqué. No pedí nada. No sentí nada. No había quien pudiera ayudarme, guiarme, sólo estaban ellos y nosotros. Nada más.

En algún punto debí desmayarme. Alguien me auxilió y me arrastró lejos de las llamas, los paramédicos tal vez. Sé que nos sacaron de ahí. Las sirenas de las patrullas y ambulancias no eran una alucinación. Vinieron por nosotros. El gobernador se hizo cargo. Guardó aquello que pudo ser guardado, que no fue mucho, y salvó a quienes tuvimos tiempo —o suerte— de largarnos de Pueblo. Nos hospitalizaron y después nos mantuvieron en zonas de acogida, aislados, pero bien atendidos. Nos reunieron en grupos y organizaron sesiones terapéuticas. Algunos no lo soportaron; las explicaciones psicológicas o psiquiátricas eran muy débiles. El histerismo colectivo no pudo convencernos. Algunos tomaron la navaja, una pistola. Yo no tuve coraje. Dejé que me guiaran. Algún significado podría encontrar a todo esto, con el tiempo lo hallaría.

No todos llegamos a Amarillo. Muchos se fueron a otras partes, al sur o al norte, daba igual. Hicieron sus vidas o se deshicieron de ellas. Adoptaron mañas, se inventaron otras. El fuego nos había tocado. Teníamos que lidiar con la desesperanza, y ella, si no se toca lo suficiente, si no se pica con un azadón, se queda quieta, acompañando a su anfitrión durante toda su vida.

Dejé el ganado. Dejé Pueblo y obtuve algo de dinero del gobierno. Una buena pensión, el seguro. Comencé otra vez. Pero, ¿es posible comenzar otra vez? Veo mis brazos, aún se pueden ver las marcas. Y, además, están los peces de aquí… otra vez esa coloración. Volverá a ocurrir.

Alzo la vista por la ventana, hacia el lago. Ahí están los peces, nos anuncian la caída de las llamas. Puedo sentirlo: mis ojos arden, mi visión se debilita, los vasos sanguíneos los cubren como vetas de hierro o como las astas de un ciervo rojo.

BLACKWOOD (ALCES ALCES)

Vivía con miedo de que aparecieran otra vez. Casi podía olerlos a mitad de la noche, escuchar sus pisadas en la hierba húmeda y hasta en las hojas de los árboles. Ordené a los sirvientes que atrancaran las puertas y tapiaran las ventanas. No tenía idea de que ya nada de eso tenía sentido: ya era demasiado tarde.

Sé lo que pensaban de mí. A todos les parecía un ricachón excéntrico que no paraba de exigir caprichos. Ellos no podían saber lo que yo, pues cuando oscurecía ya se habían ido, ya fuera por orden mía o por convicción propia. Sus preguntas y dudas me perseguían por los corredores de la casa, ya me tenían harto. También me sentía temeroso, no quería que pudieran llegar a ciertas inferencias, que supieran lo que ocurría. Pronto todo daría un vuelco. Ya estaba cambiando.

Mi familia vivía al otro lado del mar; aún quedaban unos cuantos para hacerse compañía: tías, primos y otros parientes cercanos. En ese entonces tenía la ilusa idea de traer conmigo a mi esposa e hijo. Solía mandarle muchas cartas a mi esposa. Me contaba lo que sucedía en Escocia y yo a cambio le narraba las novedades de este pueblo. Ella ignoraba casi todo. Me resultaba divertido comprobar las ideas que se iba haciendo del país, de las propiedades de mi familia. Un día me preguntó si estábamos sembrando henequén o agaves. Cómo me divertía su ignorancia. La mayoría de los europeos piensa en el país y de inmediato se imagina desiertos o junglas, exotismo. No les cabe la idea de un lago congelado, de montañas nevadas, de bosques densos, y mucho menos se imaginan la existencia de aserraderos bien equipados, como los de allá. Piensan que sólo los bosques crecen en el norte. Y, ¿qué tan al sur se encuentra esta tierra? El clima les agradaría a todos esos isleños reticentes, esta bruma que brota del suelo cuando hace calor, la neblina emergiendo por la mañana y el chipi-chipi (como le dice la gente de aquí) por la tarde, que empapa los árboles, las tejas y los gabanes de los hombres que fuman en sus pórticos.

Los hombres de aquí… Cuando no disfrutan del tabaco de Veracruz o de las Antillas, se reúnen a comer tortillas y frijoles, queso ahumado, pan con nata, chiles y huevo, y a veces carne curada. Trabajan en estas tierras más horas de las que deben, talan árboles como nadie y hacen que las buenas yerbas broten de la tierra como no ocurre en ningún otro lugar. Mi padre se encargaba de procurar a la gente para que nunca le faltara nada, para que el disgusto nunca emergiera como el vapor después de caer la lluvia sobre la tierra caliente. Al parecer funcionaba.

Las palomillas y las mariposas, juntas como en un remolino de ruido y furia, ascendían en los meses de verano hasta las lumbreras y se metían en las casas cuando podían. Yo las veía al anochecer, inundando mi estudio en los meses de calor; entonces pensaba en mi hijo. A él le hubiera gustado todo esto; lo imaginaba jugando conmigo, corriendo por los pasillos, asustando a sus tías, preguntando cosas inoportunas a sus tíos, molestando a sus primos. Mi esposa también habría sido feliz. Podría haber cuidado de nuestro hijo, pasar las tardes con sus cuñadas o con alguna amiga del pueblo… y hubiera estado segura de mí, de que no mantenía una aventura, de que no caldeaba mis sábanas con otro cuerpo distinto al suyo.

La propiedad familiar había tenido épocas buenas y malas; cuando llegué a trabajar con mi padre la hacienda se había convertido en una industria productiva y autosuficiente, era ya la más importante de la región.

Por supuesto, no siempre había sido así. No tengo una idea clara de cuándo se construyó la hacienda. Debió hacerse a principios del setecientos. Mis antepasados vinieron al país como refugiados que se transformaron en hombres de negocios, casi conquistadores: hombres duros y sin dinero en los bolsillos; tomaban lo que podían. Cuando tuvieron la oportunidad de hacerse con tierras y recursos, no dudaron en empolvarse las perneras.

Mis antepasados encontraron una tierra solitaria, casi cruel, pero dispuesta a sentir las manos y los azadones, los picos y las sierras en su costra. Ellos eligieron una zona fronteriza y conflictiva, y decidieron administrarla porque todo mundo rehuía esta región, como si aquí se adorara al diablo o a alguna criatura pagana. En aquella época las fronteras no estaban muy definidas y la sierra pertenecía a Tlaxcala, a Puebla o Veracruz, según a quién se le preguntara.

En la actualidad, el terreno se erige dentro del estado de Puebla. Los primeros en llegar y comprar estas tierras no tuvieron demasiados problemas al adquirirlas, su buena fortuna atrajo a otros miembros y pronto la mitad de mi familia emigró a este país. Sé que no todos mis antepasados mantenían una excelente reputación, pero nadie se atrevió a ligar nuestro pasado con piratas o filibusteros, a pesar de que algunos de los míos se hacían a la mar y regresaban arrastrando cofres con oro, plata y joyas de dudosa procedencia. A nadie espantaba un poco de sagacidad o malevolencia.

Cuando llegué a estas tierras sabía muy poco. No estaba seguro de si mi familia había erigido un pueblo, una ciudad, o si sólo había construido un aserradero y una casona ajada. Todo lo aprendí in situ. No me esperaba una hacienda en forma, un pueblo lleno de allegados y gente que nos quería, y tampoco había previsto tal cantidad de tierras fértiles. Me sorprendí mucho cuando llegué a la población y, en la entrada, un arco de cantera rosa me recibió con unas blancas letras talladas en bajorrelieve. El nombre del pueblo era mi apellido: Blackwood. Mansión Blackwood también era el nombre del edificio familiar. En la hacienda, construida como una vieja casa señorial, propia de los terratenientes más exigentes de la Vieja Escocia, vivía mi padre, dos tías paternas, cuatro primos de mi padre, dos tíos maternos y los hijos de todos ellos. Con eso era más que suficiente para que nuestra hacienda siempre estuviera animada.

Mi familia nuclear se había desbaratado: sólo mi padre se mudó a México. Mis dos hermanas se quedaron en Escocia para hacerle compañía a mi madre. Y hacían bien. No todo era esplendor en Blackwood. Había una cierta cantidad de pobladores que tenía reticencias hacia mi familia. Sospechaban de nuestro apellido. Mi padre aseguraba que era porque conocían el significado en español: bosque oscuro. Pura superstición, vamos. Pero yo comencé a intuir que había algo de fondo, una serie de virutas bien escondidas dentro de una larga y vieja viga.

Tenían que existir ciertos velos, verdades contadas a medias; al fin y al cabo yo llegué mucho después. ¿Qué iba a saber de los secretos de los Blackwood acantonados en América? Yo había nacido en Escocia, no en México. Incluso tenía ya esposa y un hijo cuando mi padre mandó a llamarme. ¿Qué era lo que tanto murmuraban los peones e incluso algunos de los habitantes del pueblo? Lo más fácil era creer que se trataba de algún sórdido secreto de índole sexual. Tal vez algunos tíos tenían amantes regadas en el pueblo o en los alrededores. O quizá tenían familias espurias. No se me ocurría otra cosa: ¿dinero, robos, conspiraciones, asesinatos? Recién llegado al pueblo ya había descubierto un enorme valle silencioso cubierto por densa bruma.

Mi «pueblo», no sé si llamarlo así (aunque en ese entonces sí nos lo parecía), estaba constituido por varias granjas y casonas que habían crecido en una L invertida que se alineaba con el Río de los Búhos, al norte, y con el bosque al este. El acta constitutiva estará guardada en algún banco. Mucho antes, los documentos importantes se guardaban en la misma hacienda.

Nunca quise inmiscuirme demasiado en los legajos de propiedades y herencias. A pesar de ya tener familia propia, consideraba que yo era muy joven, un neófito en los principales asuntos fiscales y administrativos. Me conformaba con aprender y mantener mi lugar, vigilar a los capataces, tener en orden las cuentas de los aserraderos, ya fueran los del bosque cercano o los más alejados de la propiedad. No necesitaba nada más. Cada tres meses juntaba lo suficiente para depositarle a mi mujer una cantidad nada desdeñable. La cuenta la llevaba mi abogado; lo demás lo guardaba aquí. Tenía planeado comprar una casona en la capital del estado, mandar a llamar a los míos y mudarme después con ellos.

No creí que los bosques no me dejarían salir.

Quería llamar a mi casa Moose Hall, el palacio de los alces, sencillamente porque el escudo de armas de nuestra familia se engalana con dos alces enfrentados. Además, desde que tengo memoria amo a esos animales, a pesar de que en Escocia no se ha visto un alce en varias décadas. Hay quien dice que se han extinguido definitivamente de nuestras tierras. Yo nunca he sido un experto en zoología, ni en ciencia alguna, ya que estamos, pero había escuchado de hombres mucho más viejos que mi padre que, a veces, en las Highlands, se avistaba algún alce blanco. Algunos hasta presumían de haber cazado uno de ellos. Lamentablemente no existía ninguna prueba. Las cornamentas que esos hombres exhibían en sus hogares bien pudieron ser compradas en otra parte o halladas en la tierra, fósiles de otras eras.

Mi padre no era uno de esos hombres adeptos a las ferias mundiales o a los fantásticos descubrimientos de la ciencia, así que prestaba poca atención a las noticias maravillosas, ya fueran del pasado o del futuro. Desde mi infancia lo había escuchado renegando de todas esas tonterías sobre «la gente pequeña», «apariciones chisporroteantes» o «luces en el cielo». Para mi padre un alce sólo tenía importancia cuando se hablaba de la heráldica familiar. Un animal mítico que se rasca en árboles huecos no era más que una idiotez propia de los campesinos. Mi idea sobre una residencia en Puebla llamada Moose Hall le inspiraba cierta desconfianza.

Los pobladores de Blackwood me habían dicho que la caza, en ciertas zonas de la región, no era mal vista ni estaba penada. Ya había seguido la pista de varios ciervos comunes que gustaban de pasearse a una distancia prudencial de la hacienda. Para mí era obvio: Blackwood no podía tener ese nombre si no recibía a los visitantes propios de aquellas oscuras florestas. Alces no, por supuesto, no a esa latitud, pero sí venados, ciervos rojos incluso. Los animales me hicieron pensar en la heráldica de mi apellido. Debía tener algo ominoso para los locales, y yo quería averiguar las razones.

Como había dicho, mi padre no era un hombre que se tomara tiempo para caminar o dar un paseo por el bosque, eso me lo dejaba a mí. No es que yo fuera un soñador. No quería más que el bienestar de mi familia y ayudar a mantener nuestras propiedades. Sin embargo, a mi parecer nada de eso estaba peleado con el gusto de caminar por las calles de un poblado tranquilo y misterioso o por los senderos que las bestias dejan marcados en el bosque. Además, mi curiosidad no hacía más que crecer; no era mi culpa, no podía evitar que mi imaginación rondara sobre aquella región ni que mi talante de escocés se mezclara con las profundas raíces de las tierras méxicanas. Había mucho más aquí de lo que imaginaba. Y ya lo presentía en aquellos días. Quizá la tarea de mi padre era mantenerme alejado de su influjo. Pero, si era así, ¿por qué me había llamado? ¿Por qué no me había dejado en la Vieja Escocia, manteniéndome bajo la densa niebla de las marismas? ¿Por qué había tenido que traerme a este país?

No podía detenerme. Quería verlo todo: a los hombres construyendo casas, de barro, ladrillo o adobe, superponiendo teja tras teja para que las lluvias no fueran un peso extra que sus paredes debieran aguantar. Quería ver a las mujeres, indígenas o mestizas, blancas o morenas, cargando a sus hijos en rebozos de buena hechura o paseándolos de la mano a través de las calles, llevándolos al doctor del pueblo, festejando algún día en especial, un cumpleaños, una fiesta patronal, haciendo tamales o preparando atole para una noche de verbena y relajo. Quería descubrir cada escondrijo que se mantuviera oculto en el pueblo o en los campos.

Mi padre incentivaba la crianza de ganado, principalmente hacia el noreste, y de animales de corral en las cercanías del pueblo: cabras, pollos, guajolotes, gallinas, cerdos y hasta faisanes. Queríamos, y eso incluye a mi padre, porque lo conocía hasta cierto punto, que la gente sonriera a nuestro paso, que nos agradecieran, que nos vieran como sus benefactores, como los buenos y honrados capataces del pueblo. A cambio, los dejábamos ser, les dábamos jornadas holgadas y cargas de trabajo aguantables. No les trajimos ningún nuevo dios, pero si ellos necesitaban una iglesia, se las dábamos.

Mi padre puso las últimas piedras, por decirlo de algún modo, de aquel templo situado en la plaza principal, donde también se había erigido el Palacio de Gobierno y una plazoleta para las fiestas en general. Crecimos y no le tuvimos miedo a los catrines que se paseaban por la capital. Nosotros éramos distintos, y ellos lo sabían.

Muy de vez en cuando el general llamaba a algún miembro de mi familia a su cubil. Los recaudadores de impuestos venían, claro, pero no sufrían desencuentros, malas caras, ni reportes informando sobre alguna situación fuera de lugar. Ni en Blackwood ni en zonas aledañas habíamos escuchado rumores de gente inconforme, de levantamientos ni de ningún movimiento revolucionario. Allí nos sentíamos felices con lo que teníamos. Y si el general Porfirio quería que dijéramos: «Lo adoramos, Ilustrísimo», se lo decíamos.

Cuando pienso en mis primeros días en Blackwood siento lástima por mí, y también por mi familia. Nada tendría que haberse salido de su cauce. Yo habría envejecido aquí, habría traído a mi familia y me habrían enterrado en el panteón familiar, muerto de viejo. Tal vez algunas ancianas melancólicas habrían estado junto a mi esposa, llorándome mientras tomaban café con canela y pan dulce. Mi vida habría sido larga y nunca hubiera conocido a los alces corriendo en estampida alrededor de la vieja hacienda.

Todo se habría mantenido como si nada… si tan sólo mi padre no hubiera muerto.

Seguí ordenando a los sirvientes que tapiaran las ventanas. Han percibido mi miedo, lo han olido con el rumor de la lluvia. Es cada vez más profundo y amarillo, más como una ráfaga caliente en el rostro y no como una simple vaharada de ponzoña. El miedo era nuevo para mí, una reluciente herida que se resistía a ser únicamente cicatriz. Y había ido creciendo después de las tormentas, después de la última partida de caza. Lo sabía ya, esperaba la llegada de las grandes manadas. Los sirvientes se fueron y me dejaron entre rumores y vaticinios. ¿Sería cierto? ¿Me había vuelto loco?

Mi padre debía tener algunas distracciones. Mi madre aguardaba (y aguardaría para siempre) en Escocia, manteniendo su posición de mujer respetable con un abolengo tan cierto como las grandes rocas erigidas en los viejos cementerios de Caledonia. Las apariencias siempre eran importantes, pero ya había escuchado de ciertas personas sobre los variopintos gustos de mi padre. Uno que otro desliz insignificante, por supuesto. Trataba de mantenerme alejado de sus asuntos, consideraba que no eran cosa mía. Pero ahora lamento no haberme fijado más, no haber sido tan perspicaz como para notar los signos de peligro.

Sus encuentros con algunas de estas mujeres lo llevaron a tener ciertas ideas «peligrosas». Nunca supe quién fue la que vertió esa idea en mi padre, pero entendí lo mucho que le había importado cuando lo escuché hablar de la caza, de la importancia de conocer (y reconocer) sus propios terrenos. Porque «la mejor manera de conocer una tierra como la palma es rasgando la telita de la piel, cazando en ella, y después beber de su heridas…», empezó a decir muy orgulloso.

Antes de que él muriera, unos meses antes, los capataces de los aserraderos del sureste notaron un incremento en los avistamientos de ciervos. Cada vez había más. Las poblaciones de cérvidos, rojos o de cola blanca, crecían en los alrededores. En ocasiones un poblador cazaba alguna pieza para complementar una comida y hacerse así un festín; no le veíamos nada de malo, era natural. Hasta nos invitaban a uno que otro banquete. Pero nosotros, los Blackwood, no lo habíamos hecho aún. En Escocia no éramos tan adeptos a la caza mayor, a pesar de que mis tíos cazaban zorros.

Mi padre tuvo una idea: quería organizar una gran partida de caza. Nada más mencionarlo, mis tíos se volvieron locos por la emoción, se alebrestaron y movieron los pies como si estuvieran poseídos por un dios arcaico y festivo. A mí también me emocionó la idea, pero no quise participar en la primera batida. Me cuesta reconocerlo, pero yo también tenía ciertas debilidades, y quería aprovechar la ausencia de mis familiares para regodearme en ellas.

La partida de caza se llevó a cabo el día acordado. Se llevaría toda la jornada, así que pidieron la ayuda de tiemperos y viejos campesinos, expertos en el avistamiento del cielo. Había humedad ese día pero, aunque habría nubes, la lluvia no tocaría el bosque, según dijeron. La expectación era abrumadora. Los locales, ya fueran capataces, peones, mestizos o indígenas, brincaban y gritaban el nombre de mi padre. Los escuchaba en alaridos provenientes del centro del pueblo. La plaza se llenó de jolgorio y todos pedían una sola cosa: «Los cuernos, los cuernos, ¡queremos los cuernos!».

En el ambiente una sustancia navegaba como un barco en plena tormenta, rompiendo las olas con furia en su deseo por llegar a puerto conocido. Los hombres sacaban sus gabanes y encendían sus cigarros como pequeñas muestras de adoración al Dios de los Fuegos. La electricidad escalaba desde la tierra haciendo que las nubes se conjuntaran como formaciones de ejércitos salvajes y gloriosos.

A nadie parecía importarle la posibilidad de que los tiemperos se hubieran equivocado, de que la lluvia cayera y se convirtiera en tormenta; no se detendrían aunque el rayo golpeara los árboles y la tierra, aunque recibieran el golpe del fuego celestial. Escuchábamos el clamor de los caballos y los gritos de los hombres cuando, en el patio de la hacienda, casi todos reunidos y subidos en sus monturas, oímos un rugido serpenteante y casi maléfico, el bramido loco y enfermo de cientos de criaturas incitando a la muerte, llamándola. Eran ellos: los ciervos habían venido. Se sentía en el suelo su paso, en el cielo rugían las voces que preceden al trueno. Y entonces, al grito de mi padre, salieron todos en su caza, mosquetón al hombro, rifles en los costados del caballo, pistolas enfundadas, lanzas en ristre.

El jolgorio en la plaza ascendió hasta convertirse en un vocerío como de demonios peleando la más aguerrida de las batallas en medio de los cielos. Después, la hacienda quedó en silencio, aguardando mis pasos, las velas, los susurros, el roce de las telas, las risas.

Llevé a una mujer a mis aposentos. Era casada. Su esposo iba con la comitiva, no había peligro de que nos descubriera. Ella cocinaba, era la dueña de una de las mejores fondas del pueblo. Así la había conocido, en una ocasión en que había preferido pasar todo el día en el pueblo, paseando y haraganeando por sus calles, que aburrirme con los asuntos de la hacienda.

Yo no era aficionado a la bebida ni al juego, aunque no veía con malos ojos a quien le gustaba. Prefería caminar, pasearme hasta que mis pies ardieran y mi estómago se convirtiera en una bestia enjaulada. Cuando eso ocurría buscaba cualquier lugar, cualquier hoguera que pudiera proveerme de algún bocado. Fumar también me provocaba hambre, y nunca salía de casa sin pitillera.

Entré en una cocina de la que salía, como un manto vaporoso, el aroma de la comida recién hecha: carne a las brasas aderezada con pimienta negra y cebollín, caldos burbujeantes hinchados con gallinas, faisanes, conejos, chiles y especias en hervor; sopas cargadas con verduras recién tomadas de los huertos y de las macetas. Y yo ahí, frente al carnaval de aromas, haciendo rezumbar mi panza como una pantera enjaulada.

Nada más verla me quedé como un animalillo que ha visto a su cazador, pero que en lugar de correr abre los ojos como si pudiera detener el tiempo, alargar su vida. Casi no necesité probar su comida para saber que era la mejor cocinera del pueblo, ni siquiera las guisanderas de la hacienda la superaban. Había algo en sus manos que me recordaba el temprano sabor de mi casa. Mi madre siempre había sido celosa y esmerada con cualquier cosa que emprendía; solía acompañar a la servidumbre en sus quehaceres, limpiando, sazonando y enseñando cómo debía hacerse. Casi todos los días se metía en las cocinas a probar y mejorar los guisos, asegurándose de que la calidad del sabor no menguara. Y en esa mujer, en mi cocinera, pude sentir lo mismo.

Tuvieron que pasar, a lo mucho, tres visitas para que la dueña me tuviera confianza, me pegara el ojo y me sonriera con ese gesto suyo que me recordaba a un girasol enorme. Yo, mientras tanto, le devolvía la mirada, le contaba algún chiste y dejaba que pegara su cuerpo al mío. Venía a mí y su olor me cubría como un manto o como una nube de aves cantarinas, y yo, feliz, me dejaba hacer.

Rara vez veía a su esposo, quien trabajaba como capataz en los aserraderos del norte, así que poco a poco me metía en sus dominios, hasta que me atreví a mucho más, y me adentré en ella, con todo el bochorno de un caballero escocés al que han encontrado con los pantalones abajo y las faldas de su doncella subidas sobre el regazo. Soñaba con ella, incluso a pleno día. Pensaba en su sudor y en sus jugos, en su aroma cálido y picante, en sus formas pegadas a la ropa de colores veraniegos, en su voz que era ya una risa perenne; pero más que nada pensaba en sus gemidos, en el revoloteo de sus ropas cuando la llevé por primera vez a la hacienda y ella se supo libre de gritar todo lo que quisiera, porque estaba con el señorito Blackwood, y a ver quién decía algo.

Cuando se acababa todo el baile, reía por lo bajo y me preguntaba cosas, casi nunca decentes: «¿Qué se siente cogerse a una mujer morena?», «Allá en Inglaterra, ¿no meten el dedo por el…?», «¿Le gusta agasajarse con las casadas o es nomás por mis chichis?», «¿Qué voy a hacer si me embarazo y me sale un escuincle güerito como usted?», «¿Le gusta cómo se siente cuando me la empuja hasta el fondo?».

Siempre me abochornaba y yo contestaba como podía. Casi siempre con una sonrisa cómplice. «Clemencia, ¿cómo puedes preguntarme esas cosas?». Ella podría haber seguido con sus preguntas indefinidamente; total, su esposo tenía a otras mujeres para calentarle el catre y yo no tenía planes de dejarla pronto.

Aquella tarde, durante la jornada de caza, la hacienda se había quedado sin hombres y con muy poquitas mujeres. Mis aposentos se encontraban en el ala oeste, muy lejos de mis tías y primas, y por la servidumbre no debía preocuparme. No había peligro de que nos descubrieran mientras yacíamos. Sin embargo, ella tuvo que hacerme una pregunta que me dolió, quizás porque no la había pensado antes y mucho menos la esperaba. Lo que me dijo no me permitió volver a tenerle la misma confianza: «Señorito, no sé si ha visto en los retratos de su gente, en los de la sangre de su papá; me da curiosidad, en todos ellos hay, si no se me ofende, cierto parecido con los venados esos grandotes, esos venados que nadie ha visto aquí desde que la abuela de mi abuela era muy niña y veía todo bien clarito».

Permitía que Clemencia me hablara sin tapujos, confiada. No tenía nada en contra de ella, al fin y al cabo era mi amante, y yo no me sentía como uno de esos británicos estirados, con la alcurnia rebosándoles por cada poro, esos que desprecian hasta a las mujeres que comparten sus lechos. Pero el comentario me hirió. La sentí lejana, como si todo lo que habíamos ido construyendo juntos, o revolcado si se quiere, se hubiera destruido con unas cuantas palabras. Pronto descubrí que ella me tenía miedo, aunque lo escondía muy bien.

«En el escudo de su familia hay una pareja de venados, pero no son como los de acá. Son diferentes, sus cuernos son más grandes, como de paleta, parecen de madera. Mi abuela me contaba muchas cosas, y ella hablaba de los cuernos como manos de unas criaturas que se aparecían, cada ciertos años, por aquí, en este bosque negro».

El estómago se me revolvió, brotaron amagos de un vómito que yo desconocía: el reconocimiento de ser un absoluto ignorante. Por primera vez me había dado cuenta de que no conocía nada sobre este lugar, sobre qué hacía verdaderamente mi familia aquí. Ni siquiera conocía su nombre original. Había aceptado lo que me habían dicho toda la vida, que mi familia había llegado a principios de 1700 y se había aposentado en estas tierras. Que aquí compraron acres a los lugareños, se hicieron con escrituras (presumo que no todas de manera legal) y pusieron un letrero con una palabra grande y elegante en la entrada: Blackwood (cosa de la que me vine a enterar hasta mi propia llegada). La corona española, al parecer, no tuvo demasiados problemas para venderle estos terrenos a una familia extranjera. En mi familia se decía que el virrey mismo fue quien firmó los documentos de arrendamiento, aunque en realidad eran de propiedad. ¿Nadie se había quejado? ¿Ningún campesino había llegado hasta la vieja hacienda de Blackwood a reclamar algún acre, una parcela? ¿Nadie había vivido en esa zona junto al río, no había vestigios de otros habitantes?

La mujer que hasta entonces había compartido mi lecho me miró de una manera muy extraña, mitad divertida y mitad acongojada. Había tocado una fibra que yo desconocía. Tenía poder sobre mí y disfrutaba jalando esa hebra, descolocándome de mi posición. «Sé que no sabes demasiado de tu propia familia. Los tuyos están divididos, como la cornamenta de uno de éstos. Unos están en Europa. Otros han decidido arriesgarse a cruzar las aguas y viven aquí. Tú, en cambio, eres distinto. No logro ver de qué lado te hallas, es como si estuvieras en la mera testa».

Nos habíamos acostado sobre la alfombra de mi habitación. Me gustaba poseerla en todas partes, ya fuera sobre la cama, en la tina mientras nos bañábamos o en alguna de las habitaciones aledañas a mis aposentos. No es que quisiera escandalizar a mis tías y primas. Con los hombres era diferente, sabía que ellos me comprenderían, pero tampoco quería que Clemencia se les antojara.

En mi habitación había un par de retratos familiares de gran tamaño colgando de las paredes. Sobre mi cama mi propia figura, pintada en un retrato pretencioso, nos veía con una sonrisa aprobatoria. No era ahí donde Clemencia había notado el parecido de mi familia con los cérvidos. Había estado mirando en la casa, por las paredes del gran salón, en el recibidor, en los pasillos y en las escaleras. Yo creía que sólo tenía ojos para mí, pero de seguro la opulencia y, ahora lo sabía, la extrañeza de mi familia la guiaban, la llamaban como el fuego a una polilla. «Yo sé que corro peligro al estar aquí. No lo digo por nosotros, lo digo por lo que hay aquí adentro, aquí mismito, bajo la tierra, ¿no lo has notado, cariño?».

Clemencia me llamaba de tú o de usted según su propia conveniencia y el momento. A veces jugaba conmigo o me ponía colorado ante algún visitante o familiar. A mi padre le daba igual, lo sabía. Él hacía lo mismo que yo, ninguno tenía nada que recriminarle al otro. Pero ella sabía dónde pincharme, dónde causar escozor, dónde atizar las ganas y después retirarse. «Raro es que no te hayas fijado en otra chamaca, que no andes culeando con otra señora… o señorita. Si no soy la única».

No estaba enamorado de ella, pero sí la quería. Por eso me dolieron tanto sus palabras. Y por lo mismo es que les puse tanta atención. Era ella quien me señalaba, acaso advirtiéndome: «La gente ha visto cosas, eso es verdad, joven Blackwood. Y un día entenderá por qué ustedes son los Bosque Oscuro. Lástima, porque me gustas un resto».

Estaba fastidiado y le pedí a Clemencia que se vistiera. Daríamos un paseo. Ella me miraba de soslayo y eso era lo que más me dolía. Traté de tranquilizarla. Le dije que no era el momento para decirme esas cosas, que me las pudo haber dicho cualquier otro día; si teníamos la jornada entera para disfrutarla sin interrupciones, ¿por qué lo había chingado todo? Así que la atraje hacia mí y dimos un recorrido por la hacienda. Caminé con ella como si fuera mi esposa. «¿Qué diría la señora si nos viera?», casi podía escuchar que me decía. Pero no me importó. No había nadie a quien escandalizar. La tomé del brazo, la rodeé de la cintura y la abracé como si fuera una criaturita.

Paseamos por todas las estancias y nos detuvimos en cada uno de los retratos. Nos fijamos en los viejos, en los fundadores del pueblo y en otros familiares de los que casi no había escuchado. Ni siquiera conocía algunos de sus nombres. Todos descendían de un viejo linaje escocés que estaba emparentado con una línea de nobles muy rancia. Eran orgullosos; yo no había heredado su arrogancia, por eso me querían los hombres. Y también las mujeres, como Clemencia, o al menos eso me gustaba pensar.

Había en mi familia cierto fenotipo, características que saltaban a la vista. Podía notarse en algunos miembros en las orejas grandes, a veces en la frente o en la mandíbula, si no es que en la nariz o hasta en la mirada. La expresión de muchos de mis familiares parecía salvaje, terrible. Algo natural, muy viejo, permanecía en el tronco de mi estirpe, y en sus ramas también, ya fueran hombres o mujeres.

Clemencia me seguía. Parecía un poco asustada, pues se pegaba a mí mientras murmuraba: «¿Ya ve, joven Blackwood? ¿Ya ve cómo tengo razón? Lo dice todo el mundo, lo sabe todo el mundo, ¿ya ve?». Dejé de sentirme tan ansioso. Quería mostrarle a mi amante que se equivocaba, que algunos de nosotros no teníamos esa figura extraña, casi bestial. No había mala sangre en nuestras venas. Además, si en nuestra figura se percibía una deformidad (había muchos casos en Europa, incluso entre los nobles), en nuestro trato no había nada extraño. Claro que unos cuantos Blackwood fueron terribles, pero qué familia no tiene a sus vástagos negros. Quería mostrarle que en mi linaje los menos eran los desviados. Tan sólo tenía que verme a mí: lo trabajador que era, lo bien parecido, lo hacendoso, lo responsable. No podía haber una rama corrupta, mucho menos podía estarlo el tronco entero.

Clemencia me miró con dulzura. Así me había estado mirando desde días atrás. Qué era. Se lo pregunté y ella se disculpó. No brotaban lágrimas, porque ella no era así, pero sentía su ternura, las ganas de hacerme sentir mejor. «No quise lastimarlo, yo también hubiera preferido callar después de haber pasado todo el día sobre la alfombra, la hamaca, la cama, ¡con lo que me encanta!, ¿a poco usted cree que no? No crea que es por mi esposo, por la culpa o que me disgustó algo de su persona. Le sigo teniendo respeto… y cariño. Pero es que ahora es diferente. Hoy pasará algo. Hoy se han ido los hombres a cazar. Y cuánto tiempo tenía de que en este bosque nadie cazaba, nadie se atrevía a seguir a los venados. Maldigo el día en que a su padre se le ocurrió. No puedo culparlo tampoco, sé que la idea provino de estos árboles, de esta tierra. No me gusta. Algunas de nosotras tenemos secretos. Cuando salimos a recoger hongos, plantas medicinales, animalillos, ponemos atención a lo que nos rodea, y sabemos que algunos troncos están ahuecados, que algunos guardan seres que no deberían existir. Quien pasa mucho tiempo entre los árboles se enseña a escucharlos, y no todo lo que dicen es coherente, bienintencionado, pues».

Clemencia me descubría con su mirada penetrante y fuerte. Me pregunté si ella sabía más cosas de las que decía, por qué sabía lo que sabía, por qué venía conmigo y me hablaba de todos esos detalles que habían pasado desapercibidos para mí. Clemencia era tan inteligente que entendí todo. Se hacía la tonta conmigo para aparentar, para no disgustarme. No tenía idea de quién era realmente, así que le pregunté cómo sabía todo lo que me decía, por qué, ¿qué interés podía tener ella en todo esto?

«Algunos sabemos, especialmente las mujeres, pero no crea que cualquiera. A mí me enseñaron mis padres; y quienes escuchamos sabemos más que otros. Ustedes son señores, y son blancos. Rara vez les contamos algo que ustedes no vayan a creer. Es como si tuvieran un límite. Les decimos todo sobre los bosques, sobre las áreas de tala, sobre la calidad de la tierra, el tiempo, los cultivos, el ganado, sobre los frutos de nuestro trabajo o sobre alguna empresa riesgosa. Ponemos en sus manos todo lo que podemos, nos juntamos a ustedes y nos beneficiamos de una relación que nos parece buena, duradera. Pero hay tanto que pasa desapercibido por sus ojos y sus oídos. No tocan como nosotros tocamos. No saben ni rezan ni huelen cuando los viejos dioses caminan sobre la tierra y tenemos que inclinarnos. Ni siquiera nos preguntan. Tenemos una sola iglesia en el pueblo, y sólo vamos para aparentar, pero ustedes ni se dan cuenta. A veces nos aprovechamos de ustedes, pero también es cierto que nos importan. Hemos aprendido a quererlos. Yo a usted lo… quiero. Por eso es necesario hablarles, al menos a los que creemos que pueden escuchar».

Clemencia guardó silencio. Me miró acongojada, descubriendo si sus palabras habían hecho mella en mi rostro. Satisfecha, prosiguió: «Hoy han ofendido a los venados de este bosque. Hoy morirá su padre, señorit… cariño. Cuánto lo siento».

Lo velamos en el gran salón. Cirios y rezanderas. No éramos muy creyentes, pero aun así una cruz guardó su cuerpo, una cruz negra, hecha con la madera de nuestra propia tierra. Los bosques parecían gemir con nosotros. Estaba mi familia, en un primer círculo de lloriqueantes guardias. Después, los sirvientes de la hacienda, moviéndose para atender a cualquiera de nosotros, para ir por café, dar órdenes a las cocineras o traer más sillas. El tercer círculo lo conformaban los habitantes del pueblo más cercanos de la familia, ya fueran cocineras, peones o capataces, leñadores, jardineros, campesinos o vigilantes. Daba igual, nos querían, conocíamos sus nombres y se acercaban a presentar sus respetos, incluso su dolor. Mi padre se había convertido en el último gran patriarca del pueblo. No tenía ni siquiera un cargo oficial, pero cuidaba al pueblo, asistido por alcaldes, ediles y mayordomos. Confiaban en él.

También vi a Clemencia. Estuvo un rato y la vi de lejos, junto a la puerta del gran salón. No tuve tiempo de hablar con ella pero la saludé con un gesto. Ella había sido la primera en informarme. No había creído en sus palabras, se me hicieron puras fantasías. Pensé que era una broma, una nueva forma de jugar conmigo, así que le ordené que se fuera. Cuando me quedé solo, caminé por la hacienda. Ya oscurecía, pronto sería de noche y yo sentí mi pecho abrirse y retorcerse como un árbol viejo en medio de una tormenta. Me quedé en el pórtico, con un rifle en la mano derecha, viendo cómo las primeras gotas comenzaban a caer sobre el mundo, mi mundo.

Esperé ahí de pie, hasta que llegaron los capataces, a voces en grito. Lo supe nada más escucharlos. Bajé la mirada. Llegó la marabunta, el torbellino de palabras que no alcanzaba a llegar hasta mí. Abrí las puertas de la hacienda. Sabía a quién traían y de qué forma. Nadie llamaba a un doctor. Veía a hombres llorando, pidiéndome perdón. Aún no había llegado ninguno de mis tíos o primos. Las mujeres comenzaron a salir de sus habitaciones. Los alaridos fueron en aumento. Llegaron los abrazos, las manos colgando de mi cuello, arañándome hasta escocerme, hasta sacarme sangre, los rictus significativos, las lágrimas pegadas a la piel. Después sólo recuerdo caminar hacia la lluvia y levantar el rostro, lavándome la pesadumbre. Estuve un tiempo así, sin moverme, escuchando el barullo, los gritos y lamentos de los demás. Después volví al salón y di las órdenes necesarias para preparar el cuerpo de mi padre.

Casi no me fijé en su rostro, no pude. Lo que sí noté fue la herida en su costado: una enorme cornada, el asta de un ciervo. No podría haber muerto de otra manera. Los discursos intempestivos y los lloriqueos exagerados no se hicieron esperar. No había de qué sentirse culpable, ninguno de mis tíos o primos había obligado a mi padre a preparar la batida. A él mismo se le había ocurrido la idea, o al menos se había dejado convencer. Pero también estaba lo que había dicho Clemencia: la culpa había sido de estos troncos, de este bosque. No lo iba a olvidar nunca.

Todo lo que siguió pasó tan rápido que no me supe explicar muchas cosas, rastros que quizá pude haber visto si el dolor no me hubiera pesado como una losa. Tan sólo quería que todo acabara, que su cuerpo fuera velado, que lloraran y gimieran, y después al sepulcro. Quería tener una piedra con el nombre de mi padre y así hablar con él de todo aquello que no pude cuando vivía, por miedo, por pena, por desidia.

Un par de primos se encargaron de las cuentas. Lo hicieron de maravilla, todo les cuadró porque los regalos para el funeral no se hicieron esperar. La parcela ya la teníamos. Parte de mis ancestros estaba enterrada en el cementerio de Blackwood. Hasta entonces no había puesto atención a los muertos, no había tenido tiempo ni ganas de dedicarles aunque fuera un solo pensamiento. Las briznas de esa tierra me parecieron grises y secas, no tenía idea de que eran exactamente iguales a las del mundo de los vivos. Cómo podía saberlo además, cuando la sangre me corría aún caliente, como un recién nacido estúpido y curioso. No había flores para los muertos; desde entonces, las hubo.

Mi testimonio no es el más certero para hablar de los funerales, de la música y las coronas, de las filas de gente despidiéndose de mi padre, de los novenarios atestados, de las visitas inesperadas. Las sentí, olí y viví. Estuve en cada momento, pero me daba igual. Había sido el anuncio de Clemencia y luego su confirmación. Ella había abierto en mí más que una herida. Una sospecha nacía en mi interior, y también un miedo preternatural, antiguo e insidioso.

Empecé a ver venados y ciervos, alces y renos, en el rostro de mis tíos y primos. Observaba detenidamente la fisonomía de las mujeres de mi familia, esperando encontrarme con la figura de un alce. Y lo peor de todo es que lo hacía, hallaba algún rasgo, aunque fuera uno muy pequeño. Empecé a evitarlos, a alejarme de mis tíos, a mirar los retratos de soslayo, a buscar documentos que me dieran la razón. Mis sospechas se hacían cada vez más grandes y formulaba teorías que no lograba concretar. ¿Dónde estaba el secreto de Blackwood? ¿Quiénes habían conformado mi familia? ¿Quiénes éramos?

Podría haber seguido perdido en una maraña de historias incoherentes e inventadas, si no hubiera sido por la «ayuda» de Clemencia, quien de nuevo se acercó a mí para darme el último golpe, el más certero y doloroso.

Antes de que ella volviera a aparecer, porque ya no la había frecuentado, ni siquiera la busqué en su fonda o en las calles, como por casualidad; no se me ocurría que pudiera verla de nuevo, no después de esa tarde. Estaba seguro de algo: me sentía acechado, y esa sensación no hacía otra cosa más que agrandarse.

La sensación de amenaza rondó primero el gran salón, donde habíamos velado a mi padre. Después se extendió sobre el cielo de la hacienda y hasta los bosques. En el gemido del viento al pasar por los árboles, en las briznas de hierba que se movían en dirección contraria al aire, en la tierra misma, como un sonido reverberante e inabarcable, se movía esa amenaza indefinible y pesada.

Además, eso no era todo. Tomé por costumbre dar algunos paseos, ya fuera a pie, en carruaje o a caballo. Salía por los dominios de la propiedad, buscaba caminos utilizados apenas por las cabras o me perdía entre las marañas de árboles que aún no habían sido talados. Casi no recorría el pueblo. Sé que no quería encontrarme con Clemencia. Creo que no la culpaba de nada, pero aún se me erizaban los vellos de la nuca y espalda cuando recordaba sus palabras. Tampoco me placía encontrarme con mi familia, así que dejé algunas responsabilidades en manos de mis primos y me di una vuelta por los pueblos de la sierra o me dirigí hacia el sur, hacia Puebla capital. Recorrí sus calles buscando el mejor emplazamiento para una casa de grandes dimensiones donde mi hijo y mi esposa pudieran sentirse a gusto. Quería distraerme, traer a mi familia y olvidar todo lo que había llegado a significar Blackwood.

Eso pensaba, eso trataba de explicarme. La realidad, dura y dolorosa, es que trataba de alejarme de la presencia sombría y amenazante de los bosques… No sabía lo que era, pero podía reconocer que había empezado a cubrir los alrededores de la finca y hasta del pueblo. Aunque me alejaba, realmente quería encontrarme con Clemencia; ella sabría, gracias a su extraordinaria intuición, gracias a los conocimientos que había adquirido con el paso de los años, lo que estaba ocurriendo. Ella era la única que podría contestarme: «¿Qué somos los Blackwood?».

Mis tíos y primos se mantuvieron ocupados, los hombres de la familia me buscaban para firmar documentos o para dar mi consentimiento; sin quererlo me había convertido en el Nuevo Señor. Sin embargo, y ellos lo sabían, mi voz estaba opacada. Creían que la razón principal era mi duelo, pero yo lo hacía por las dudas. Veía a mi gente, a mis tías, a los familiares con quienes me cruzaba en la hacienda o en las afueras, y las preguntas me carcomían. ¿Algo había de cierto en las palabras de Clemencia? ¿Por qué estábamos signados con la forma del ciervo, del alce?

Clemencia vino semanas después. Entró gracias a las cocineras, quienes la dejaron pasar sin hacerle muchas preguntas. Una de las sirvientas mandó a llamarme. Me encontraba en mi despacho planificando un viaje a Veracruz. Meditaba sobre el medio de transporte que elegiría. Me decantaba por el tren pero, aunque me fascinaba, era demasiado rápido y no quería que mi estancia en otro estado fuera tan corta.

La sirvienta me miró con los mismos ojos que Clemencia me había dedicado la última vez. Le pregunté lo que deseaba. Ella se disculpó y de sus labios brotó aquel nombre. De inmediato me levanté de mi asiento, tiré algunos frascos de tinta, el mapa que había estado estudiando y algunos otros legajos. A punto estuve de tirar mi silla. «¿Clemencia? ¿Quién la dejó entrar, dónde está?». La sirvienta señaló hacia la puerta y yo salí por ella como un diablo apenado, un guiñapo convertido en témpano de los mares del norte al volver a saber de mi amante.

¿Aún lo eres?, quise preguntarle, y que me dijera que sí, que se acercara y me permitiera olerla de nuevo. El aroma de su sudor, de sus axilas apenas humedecidas, de su sexo discreto y a la vez punzante. Quise que me dijera muchas cosas, que me alimentara de palabras y deseos malcomidos. Quise que fuéramos parte de una novela romántica y que me prometiera amor tras las eras del mundo, un amor infinito. Pero nada de eso sucedió. Sí se acercó a mí y me plantó un beso frío, un reconocimiento de lo que habíamos sido, y de respeto, nada más. Tenía que hablar conmigo, no encontrarse con mi cuerpo.

«Siento tanto lo que ha pasado. Lo vi antes de que sucediera, pero tenía que ser así. Aunque no lo creas, nosotros estamos bajo la mirada de un ser más poderoso que nosotros. Gime. Nos mira con recelo y nos dice todo lo que debemos hacer. Lo seguimos a él con miedo. Siempre lo hemos hecho, es nuestro destino. Cuando vino tu familia los nuestros ya estaban bajo su yunta…, bajo su signo. Estos árboles hablan de un pasado tan antiguo y primitivo que tú apenas puedes darle forma en tu imaginación. Su voluntad se mueve como las briznas de hierba de por aquí. Un rato apuntan en una dirección, al otro se han arrepentido. Pero tienes que comprender la grandeza de sus movimientos, la lentitud. Es tan enorme que su voluntad cambia tan rápido como puede, y nosotros lo vemos como los años, lo sentimos como décadas, cuando para él es un suspiro. A veces pasan vidas, generaciones enteras, y Él ni siquiera se ha enterado».

Clemencia estaba nerviosa. La había invitado a que tomara asiento en mi despacho, pero no se sentía segura. «Las orejas son largas, señorito». Así que me la llevé a mi cuarto. Me crucé con una tía, quien iba a decirme algo, tal vez el encargo de un tío, de un primo, pero calló al vernos. La gravedad de nuestros semblantes tampoco la hicieron murmurar. Se quedó como si hubiera visto a una pareja de fantasmas. Eso éramos, en eso nos convertiríamos, y yo todavía no lo sabía.

Caminé con Clemencia tratando de no mirar los retratos de mi familia. Sentía la voz del aire, podía escucharla, y era como el bramido largo y violento de una gran bestia. Mi antigua amante no decía nada. Caminaba con mis pasos y se aguantaba la presencia de tantos ojos. Llegamos a mi cuarto, cerramos la puerta, y nada más hacerlo se abalanzó hacia mi cuerpo, me cubrió con lágrimas, me pidió que la recordara siempre, con sus carnes alabando mi cuerpo, dejándose hacer. Me pidió que la tuviera no sólo en mi memoria, sino que un día escribiera sobre ella y, después de volver a pedirme perdón, se soltó a hablar sin que ya nada pudiera callarla.

«Mi niño, le he querido, ya lo sabe, pero no puedo más. En el pueblo me ven como la criatura que se ha ayuntado con el más grande de los Bosque Oscuro. Y no lo soporto. Mi marido desde hace tiempo sabía lo que me traía con usted. No era tonto, pero no le importaba. Tenemos un objetivo más importante, veneramos la voluntad de Aquél. Eso no era lo que me afligía, sino que habíamos escuchado las voces de los árboles, y un día las viejas se acercaron a mi casa. Traspasaron la puerta de mi fonda con sus voces y tuve que llenar de sillas los cuartos, llenarles de café con canela las manos y de pan dulce las barrigas, como si fuera un entierro. Me espanté mucho, creí que me sacrificarían, que me llevarían bajo tierra por mi atrevimiento, por haberme acostado con usted. Sabían, lo comprendían, y querían que yo lo supiera, que dejara de hacerme la tonta. Usted era el más grande, aún lo es, lo descubrieron las ancianas. Allá en el pueblo tenemos un concejo, son los que más saben, los que más han escuchado. Han parado oreja, y a través de los árboles huecos, árboles con puertas en sus troncos, les llegó la murmuración de Aquél. No me pregunte de quién, de qué. Yo no se lo puedo decir, ni siquiera lo entiendo. Pero me dijeron las viejas que usted los dirigirá, que comenzará a escucharlos y ellos harán retumbar con sus patas las estancias de esta hacienda hasta que ya no pueda dormir. Tendrá que llevar a su familia a otro lado, exigirles que dejen esta propiedad porque el Bosque Negro será tragado por la vieja raza. El bosque volverá a crecer, las raíces escarbarán la tierra de nuevo y sobre los rastros de estas ruinas guardaremos el secreto. Quizás hasta construyamos más iglesias. Los padrecitos vendrán y confundidos vestirán sus mortajas, los velaremos y sonreiremos cuando la tierra se los coma y ellos comprendan el significado de esta tierra, maldita para ellos, tres veces benéfica para nosotros.

»Nunca me ha preguntado el nombre de este pueblo, el real. Ustedes son de los que llegan y plantan una bandera y se creen los muy dueños. A veces nos gusta, no le mentiré. Así toman también a las mujeres. Nos resistimos, jugamos y finalmente nos dejamos vencer. Las arremetidas de los suyos nos dejan exhaustas. Somos de ustedes, aunque guardemos nuestra esencia muy adentro. Ninguno es capaz de hacerse amigo de uno de nosotros, ninguno puede, y por eso son castigados. Llega el rompimiento. Llega la ofensa. Podrían haber pasado muchos años así, sin que nos moviéramos, diciéndoles que sí con la tatema, fingiendo que los queremos, o queriéndolos de verdad, como yo que aprendí a… a amarlo. Pero la voluntad de Aquél, del Nuestro, derriba cualquier otra hacienda que hayamos construido.

»Niño, esto se llama Bosque Lluvia, Cuahtlahlocan, Cuauhtlan, Bosque Tláloc. Veneramos al cielo que se ayunta con la tierra y al Venado cuyas pezuñas se hunden en las raíces de las montañas; su cornamenta es tan alta que roza las estrellas. Somos la raza que ha venido con ellos, que ha nacido de ellos. Aquí la criatura que ustedes llaman alce, pero es más grande que todos los alces de la Tierra, vive, respira. Y usted, y tú, mi niño, sentirás cómo te carcome, y cómo la piel se resquebraja para dejarle paso a su pelaje. De tu testa brotarán las cuernas, correrás con los otros, brincando por los alrededores de la hacienda, y bramarás mirando las estrellas negras».

Clemencia le dio un último beso a mi boca abierta. Salió de mis habitaciones y no la volví a ver. Después de lo que consideré un delirio provocado por el dolor, una extraña invención para alejarse de mí, comencé a tener miedo. Miedo de verdad. Los murmullos en el viento se convirtieron en palabras. Dentro del bosque habita una criatura, un ser, muchos de ellos. Ya no soy capaz de mantenerme unos minutos retrancado en un árbol, observando hacia el bosque como si buscara una canica muy brillante o el rostro de una mujer como Clemencia. Ahora temo y escucho. Y sé lo que viene cuando la luz declina y los búhos comienzan a ulular.

Como señor de todo Blackwood, hice lo que me pareció más conveniente: le ordené a mis sirvientes que tapiaran las ventanas y atrancaran las puertas por la noche. He venido haciéndolo todos los días. Se los he dicho hasta cansarme, hasta que sus miradas son de desconfianza, hasta que sus cuchicheos alcanzan hasta al último ratón en las cocinas. Ni una sola noche debe faltar la tranca contra la puerta.

Mi familia entera acudió a mí cuando supo que estaba tomando ciertas medidas «extravagantes». Esta vez no me quedé callado y ataqué con todas las preguntas que pululaban en mi interior. Mis primos no sabían de qué les hablaba. Pero yo les insistía con el escudo de los Blackwood, debían fijarse en los alces enfrentados, en el significado real de la heráldica familiar. Tal vez ellos no supieran, pero los tíos sí. Los Blackwood siempre han sido orgullosos, la rama original se había criado en Escocia, cuando los pictos aún se pintaban el cuerpo con tintes azulados, cuando la Vieja Caledonia humeaba como una hoguera recién encendida. Por supuesto que existían historias.

¿La fisonomía? ¿Los ciervos? ¿Los alces? Entonces ocurrió algo que no esperaba. Mis tíos hablaron.

Era una leyenda, supuestamente. Un secreto muy viejo y muy oculto que pervive desde los tiempos en que los Blackwood fundaron este pueblo en medio de la nada, entre las fronteras de Veracruz y Puebla, en medio del México salvaje del que se habla en las novelas. Se decía que algunos de ellos habían tenido «relaciones» con los ciervos de por aquí, y gracias a esos encuentros, algunos de índole penosamente sexual, se descubrieron las mejores áreas de tala. Los ciervos con los que tuvieron contacto los llevaron a conocer los secretos de las selvas, los árboles huecos y sus murmullos y, principalmente, la existencia de las viejas criaturas, las más antiguas del bosque: alces blancos y enormes, viejos como las edades del mundo, sabios como las estrellas. La leyenda tenía visos de ser cierta. Existía una innegable memoria colectiva que brotaba de algunos miembros, cierta tendencia a encontrar las mejores áreas de tala, cierto conocimiento profundo del bosque y, sí, cierta fisonomía cérvida.

Hablaron y citaron viejas declaraciones de nuestros ancestros comunes: las profecías, la acechanza, el rompimiento con la vieja raza, la llegada de un señor que habría de levantar al jefe de esos alces. En ese punto yo ya no quise escuchar más y los corrí. Los amenacé con palos y con balas, con los dientes si era necesario. Ninguno debía quedarse. Ellos mismos corrían peligro ahora que mi padre había muerto. Yo tenía que ocupar su lugar, yo iría a los bosques y recibiría a los fantasmas, a los alces, a… mis antepasados.

Mi familia huyó. Algunos se fueron a la ciudad de Puebla, otros a la capital. Hubo quien partió de vuelta a Escocia. Yo les di lo necesario. Los proveí de dinero y recursos. Llevaron misivas mías, títulos y hasta cartas para mi esposa. Me quedé solo, junto a los locales, la gente de Bosque Tláloc.

Las briznas de hierba son ahora como lo eran entonces. La vieja hacienda aún perdura, los edificios están restaurados en parte, otros han sido abandonados. Los veo cada día que paso por las lindes de la antigua propiedad familiar. No sé si algo de ahí, una piedra, un muro caído, aún me pertenezca. Hace tiempo que la gente la rehúye. Llegarán otros y buscarán entre sus ruinas. Al fin y al cabo han quedado las reminiscencias de su fundación: el pueblo, la gente, las historias que aún se comparten cuando ya ha anochecido y entre la lumbre esperan los tamales o el café. No sólo sirven para asustar a los niños, también advierten de lo que se oculta ahí dentro, de lo que vive a su alrededor.

Yo fui el último Blackwood en vivir dentro de la hacienda. Se quedaron los sirvientes más leales. Atrancaron las puertas y se ocultaron tras las ventanas tapiadas hasta que el miedo pudo más que la lealtad, que el cariño hacia mí. Incluso creo que me compadecían.

Las criaturas fantasmales aparecieron primero a lo lejos, en los límites del bosque. Fueron los leñadores quienes hablaron por primera vez de ellas: «Son rápidas y escurridizas, de un color blancuzco muy sucio… y son más grandes que cualquier venado que hayamos visto». Después, los avistamientos ocurrieron cerca de la finca y del edificio principal. Empezamos a descubrirlos por las ventanas, sus siluetas apareciendo y desvaneciéndose tras las cortinas. Se dejaban ver siempre en grupos grandes. Corrían desde las profundidades del bosque hasta acercarse a la hacienda, se detenían un momento cuando estaban casi tan cerca como para rozar con sus cuernos las paredes o puertas, e iniciaban su acecho.

Corrían en círculos, siempre en el sentido contrario al de las manecillas del reloj, haciendo vibrar el suelo con un salvajismo que no es propio de ningún animal del bosque. Sus ojos bien abiertos parecían espiar el interior. Cuando me atreví por fin a rasgar las cortinas y encararme a las criaturas, descubrí que eran tantos que la manada se había convertido en un solo ser de muchos ojos, infinidad de patas y un mar de cuernos. Ahí me quedé, en el porche, observando con incredulidad la corona plateada y negra, la multitud de espectrales bestias. No parecían tener miedo al fuego, a la casa, a mí. Yo, en cambio, estaba aterrado

Cada noche sucedía lo mismo. Ellos venían y yo gritaba, encerrado en mi cuarto, arrastrándome bajo las ventanas, a su merced. Los sirvientes gemían mientras cumplían mis órdenes. Esperábamos a que, en cualquier momento, se rompieran las puertas y esas criaturas fantasmales entraran para machacarnos con sus patas y hacernos jirones con sus cuernos.

Cuando se iban dejaban un olor particular: un aroma acre y pútrido, como de tierra húmeda guardada durante años en arcones. Los bramidos poco a poco se iban alejando y el silencio volvía a reinar. Dentro de poco ya nadie podría escapar. Sus gritos y berridos, su aullar infernal, penetrarían nuestros oídos hasta rasgar los músculos, los huesos, el alma.

No tuve que despedir a los sirvientes. Una mañana desperté solo, sin que nadie atendiera mis llamados. Reí y luego lloré. Los comprendía, quién quería quedarse en esta hacienda eternamente acechada. Quise ahorcarme y librar al pueblo de mi maldición. No más Blackwood, sólo Bosque Tláloc.

Al final, me decidí por otra cosa.

Llegaron esa última noche a la hacienda. No tenía tapiadas las ventanas. Ninguna puerta estaba atrancada. Estaba solo, recargado en el marco de la puerta, esperando la estampida, a la manada blanca. La tierra comenzó a moverse e invoqué al monolito que sostiene al mundo. Escuché sus bramidos e invoqué al cielo para que rugiera junto conmigo y mis oídos no pudieran escucharlos. Invoqué al fuego humeante para que ocultara el icor omnipresente de los alces. Hice todo lo que brotaba de mi cabeza como una alegoría, un rezo, un simple acto supersticioso, pero aun así los vi llegar, mover sus patas, girar y apuntar sus cuernos hacia la propiedad, y después alzar sus cuellos hacia el cielo. Era noche cerrada, pero el resplandor de sus cuerpos me permitió examinarlos a detalle. No eran alces. No se parecían a ningún tipo de ciervo que conociera o del que hubiera escuchado. Eran otra cosa, algo más.

En sus fisonomías pude ver rasgos que me dejaron helado, más aún que sus propias presencias preternaturales. Me vi a mí mismo en ellos. Mi rostro. El claro fenotipo de los Blackwood. Entre los alces corrían mis tíos, abuelos, tías lejanas; mis ancestros gritaban, me amenazaban y hasta lloraban. Entre ellos debía encontrar uno más, uno que temía y ansiaba encontrar al mismo tiempo. No me decepcionaron, entre la multitud observé a una criatura con el rostro descompuesto de mi padre, desfigurado entre los rasgos de una criatura imposible. Quise gritarle, llamarlo, pedirle perdón, pero no tuve tiempo. El cielo comenzó a rugir. Cayeron rayos desgarrando como ramas luminosas el lienzo nocturno; en él pude distinguir los cuernos de un ciervo gigantesco. Las criaturas cantaban, corrían, se golpeaban entre ellas y soltaban coces.

Traspasé el portón de la hacienda mientras veía cómo se formaba un antiguo signo en el cielo de Bosque Tláloc. El signo del que me había hablado Clemencia, o al menos eso creía. Era el signo del ciervo.

La manada detuvo su marcha circular; bajaron sus cabezas y apuntaron sus cuernos hacia mí. No había otro camino, lo sabía, muy en el fondo lo sabía. El signo del cielo ahora brillaba en mi cabeza, señalándome. No me mataron. En lugar de cornearme me cargaron y llevaron sobre sus lomos, dirigiéndose al centro del bosque, donde vivía la fuente más antigua de la noche, de esa tierra, el origen que manchaba a los árboles. Ahí vivía el mayor de todos ellos.

Abrí los ojos y me descubrí en un paisaje sin vestigios de mi anterior mundo, de mi viejo hogar. No había hacienda a la vista ni fuego ni ventanas ni puertas ni hombres. Sólo podía ver el bosque y las estrellas formando constelaciones extrañas en lo alto.

Los ciervos me llevaron a un claro. Las criaturas no parecían amenazantes, más bien creí que querían mostrarme algo. Entre sus rostros descubrí la figura de mi familia, y también el rostro de mi padre. Lo que sentí es difícil de explicar; quizá el orgullo era el ingrediente más potente al notar que los seres aprobaban mi presencia.

Los truenos volvieron a rajar el cielo y entonces el signo relumbró poderoso allá arriba, donde las estrellas nacían y morían. Un par de luces como truenos bajaron hasta el claro, chocando como una tromba contra un peñasco. Dos cuernos se manifestaron en el aire como enormes ramas brillantes y aceitosas. Bajo ellos, una testa, imposible en su forma, abrumadora por su tamaño. Se formó el cuello, poderoso como una colina, un lomo como una sierra achatada y seis gigantescas patas que parecían descender del cielo para enterrarse profundas en el bosque. Recordé las palabras de Clemencia: «Veneramos al Venado cuyas pezuñas se hunden en las raíces de las montañas; su cornamenta es tan alta que roza las estrellas». Era él, el Gran Ciervo, y yo, transformado, me había convertido en uno de sus adoradores blancos. Incliné mi cornamenta hacia él y esperé a que llegaran nuestros compañeros, los habitantes de Bosque Tláloc. Entre ellos, estaba seguro, encontraría también el rostro de Clemencia.

WAPITÍ (CERVUS CANADIENSIS)

15 de agosto

Siento mi cuerpo débil y marchito. No he tomado ni una gota de alcohol este día. Aun así, las pinturas parecen moverse. Siento, algo me lo dice, que no soy yo quien lo logra, que no es mi pincel el que realiza esos prodigios en mis lienzos. Me da la sensación de que es una mujer, una niña, quien los ha pintado, una criatura montada en un gigantesco animal. ¿Es una metáfora? ¿De qué?

15 de agosto (por la tarde)

Mi mujer me obliga a decir la verdad, a sabotear mi obra o, mejor dicho, mis escritos. No quisiera, tengo pocas ganas de quedar como un estúpido. La cuestión es esta: no he visto a mis pinturas moverse. Sólo he tenido una sensación de mareo. He estado trabajando día y noche y no he podido evitar el agotamiento. ¿Lo que he dicho, entonces, es mentira? Tal vez sólo es un deseo. Me gustaría que mis pinturas se movieran por sí solas. Me encierro durante horas en ese universo que he creado y la realidad sólo importa cuando pasa por el crisol de mi pincel. Mi mirada capta los colores, los siente mi piel y puedo escuchar cada uno de los pequeños rasgueos de las cerdas al raspar la paleta, los pigmentos, el lienzo. Prefiero vivir en ese universo que en esta real, tan real vida de enfermedad y decepciones. Si mi esposa no estuviera a mi lado, si de vez en cuando no nos visitara mi nieta, hace mucho que hubiera dejado todo. Son las únicas personas maravillosas de este lado de la realidad. Me apena, porque más que mis hijos, más que todos ellos, está Sofita, Sofiíta, Chofis chiquitita, como le digo a veces, aunque ella se moleste. Porque ésa es la verdad, y esta vez no estoy mintiendo ni un poco. Es en serio, Sarah. Es en serio, doctor.

Siento, porque eso debo hacer: sentir, sentir, sentir, y luego mover mis manos a través de los contornos del aire, dibujar siluetas, plasmar trazos y no sólo hacer planos de ciudades; hacer las ciudades, que vivan y se muevan con la luz y el suave rumor de unos tonos a veces desvaídos, a veces poderosos.

De todos modos voy perderlo todo, ¿qué caso tiene estar aquí escribiendo cada cosa que me suceda, todo lo que haya pasado escasas horas antes, unos días? Mi vida no es tan interesante, soy sólo un pintor anciano viviendo en Amarillo.

16 de agosto

Si he de escribir todo, entonces puedo explayarme con lo que quiera, ¿no es cierto? Pero, doctor, Sarah, por qué me obligan a escribir sobre cosas tan comunes. Soy un artista, ¡carajo! Nací hace mucho tiempo en este lugar, pero no sólo he vivido aquí. Me han consumido las horas viajando en avión, percibiendo los sutiles cambios en la luz de ciudades penumbrosas y verticales. He vivido en ellas exhibiendo, pintando. Incluso antes de Sarah, yo vivía en los barrios ocultos de Talashkovia, el país bohemio, buscando las notas perfectas para hacerme famoso. Tenemos que ser sinceros, claro, y por eso me abro aquí sin tapujos, como un animal desollado para que me vean, criaturas de la medicina. Aquí estoy yo: pintaba para ser famoso, para ser alguien.

Los rumbos cambian, se viran, tuercen el camino de formas insospechadas. Eso es cierto. No lo digo yo; habla la experiencia a través de mis huesos, de mi mente trunca, de mis nervios deshechos, de la vida que es, pero que se me escapa. ¿Cómo entonces debo escribir sobre lo más común, sobre el corriente paso de la vida, cuando lo que quiero hacer es hablar de arte? No sé cuánto tiempo seguiré haciéndolo. ¿No sería mejor escribir sobre lo que soy, lo que pinto, lo que admiro, lo que me ha tocado para siempre? Si eso soy, eso debo recordarme. Y, creo yo, vale más que cualquier paso rutinario de los días.

Me tomaré la libertad, con esta entrada y con algunas otras más.

He pintado muchas cosas en mi vida. Paisajes, por ejemplo, pero eso es algo que pertenece a un pasado reciente. Nunca me he considerado un gran pintor, ni un muralista de batallas, esas que pueden encontrarse en las puertas de las ciudades asediadas. Creo que no tengo el talento suficiente. Sin embargo, eso no me aflige. Que yo no me convierta en inmortal es algo accesorio. Al fin y al cabo no lo sabré, y si no lo sé poco importa. Tal vez en vida me olvide incluso de mis actos, de mi pintura, de mis «éxitos». Pero el único éxito que realmente puede importarme es el de gustar a alguien, no físicamente, sino por mi trabajo.

Quisiera, eso sí, que millones observen mi obra y que les diga algo, incluso lo más horrible, que sus opiniones se conviertan en mierda escupida hacia mi rostro. Esa mierda sabrá a algo y yo sabré aceptarlo, lo he hecho durante bastante tiempo. Pero hay más, mucho más.

Estos días he estado reflexionando sobre mi pintura, sobre mis inicios, si algo heredé de mi familia, si me convertí en pintor por vanidad, si el talento surgió de mi pecho y de mis muñecas para dibujar y colorear imágenes que veía afuera, entre los montes y los bosques, o aquí adentro, en mis sueños y en mis intromisiones diurnas, cuando cierro los ojos y las imágenes atraviesan ese manto rojo y cálido que son mis párpados. He reflexionado mucho, repito, y no he encontrado una respuesta, sino dudas.

Entre mis lecturas de vejez, como me gusta llamarlas, me he obsesionado un poco con algunos filósofos que aparentemente no me harían bien. Los antinatalistas, los nihilistas, los posthumanistas. Pero es que me parecen interesantes las intervenciones que realizan en el pensamiento. Podrían no ser todas muy originales, pero son aplicadas en el mundo tal cual es ahora, o como la humanidad ha imaginado que es. Incluso se atreven a pensar en Dios.

¿Qué es Dios en este mundo tecnológico sino un destello, un parpadeo de una flash-drive? Triste o glorioso, según a quien se le pregunte. Para mí, tal vez podría ser accesorio. Pero, total, es parte del entretenimiento «culto», que no es mejor que el entretenimiento simple y llano, pero al menos a mí me provoca una sensación de placidez, esa que es difícil de encontrar en la televisión o en otras artes o manifestaciones artísticas. He leído, entonces, a Cioran, y me he obsesionado con él. Pienso que los rumanos son muy parecidos a nosotros. Tienen ahí cerca, al occidente de la frontera, a los grandes y maravillosos países Europeos. Ahí cerquitita también está Talashkovia, la cuna de las artes, de la magia y la cábala. Qué placer debería acarrearles, ¿no es cierto? Y sin embargo sufren. Porque su país no es contagiado por ninguno de estos «deliciosos» atributos de sus países vecinos. Europa ni siquiera voltea a verlos. Ya se sabe, Ceausescu y nada más. Políticos soviéticos y caminos enlodados. Eso es Rumania para Europa. Y para el mundo y el resto de este universo humano, Rumania no es nada. Se parece, claro está, a México.

Y en Rumania nació este hombre. Emil Cioran, el filósofo del pesimismo, del realismo perverso, de la cita trunca, del silogismo afilado, de la lengua marcada por las líneas del hierro ardiente. Así es él, así vivía entre las sábanas correosas del falso mundo. Y él lo aceptaba y, lo que era peor (o mejor, según se mire), se reía de ello. Del inconveniente de haber nacido. Qué risa. No debería confiarse en ninguna palabra de ese mamífero cuya mayor atribución es su capacidad de caminar en dos patas. Bárbaro. El insomnio se parece a un águila perturbada que se ensaña con nuestros párpados, rasgándolos y obligándolos a mantenerse abiertos. Qué saña. Pero yo me río, doctor, Sarah, Sofiíta, quien me escuche lea. ¿Por qué me río? Porque es irónico. Hace poco he visto una película, algo violenta, de superhéroes. Una tontería, pensé. Pero había más: uno de los personajes, el Comediante, moría murmurando que todo era una broma. Dios es un niño pequeño con una enorme lupa. Nosotros estamos aquí por error. Todo es una maldita broma y lo único que nos queda es carcajearnos de nuestra programación estúpida, de nuestra «brillantez», y entonces sumirnos en la oscuridad.

Me hace mucha gracia. Lo sé, lo sé. No debería ser así. Me estoy convirtiendo en un hombre agrio. Perdón, en un viejo agrio. Amargado. Pero no puedo evitarlo. Es parte del disfrute de ser anciano, el placer de morirse poco a poco y ser consciente de ello. ¿Ve? Yo solito me hago bromas. Entraré en la oscuridad, entraré en ella y lo único que podré hacer será explorar cuántas clases de oscuridad existen. Estarán las comunes, esas que se logran apagando la luz. (Por cierto, aquí viene Sarah y me mira como si quisiera que ya apagara todo. Debo hacerle caso, ustedes saben: apagar la luz y explorar las siguientes sombras). ¿Cómo serán las otras oscuridades?

17 de agosto

He despertado con unas ganas terribles de escribir. Eso no me pasa mucho. En realidad, con demasiadas ideas pululando en mi cabeza. Flotan como cefalópodos buscando su comida, como un calamar colosal extendiendo sus brazos hacia lo desconocido, hacia la bruma negra de los mares, buscando el resquicio de un alimento moviéndose lentamente, quizás herido. Pienso también en las medusas, que alimentan la oscuridad con sus pigmentos y colores, o en los cromatóforos de los cefalópodos y de otras especies marinas. Porque el mar es oscuridad, ¿no es cierto?

He amanecido con hambre, pero rápidamente me he puesto a dibujar algunas cosas. No me culpen si este diario contiene esbozos de cuadros. Lo necesito. A veces aparecen las figuras dentro de mis sueños y tan pronto despierto necesito alcanzar las imágenes con mis dedos. Después de los dibujos, aquí adelante, están los trazos de mis pensamientos, al menos de los pensamientos que requieren lenguaje. Así que, otra vez, Cioran y el lenguaje, Cioran y la pérdida de la memoria, Cioran y la vida como repunte de la ironía, Cioran y el inconveniente de haber nacido.

Ahora sí, después de haber visto en todo su esplendor a mi mujer, pienso que no existen tantos inconvenientes en el nacimiento. Si de todos modos hemos de morir, hemos de perdernos en el océano extenso de la Nada para que cefalópodos nos devoren, nos lleven a sus fauces gracias a gigantescos tentáculos, muy oscuros, muy radiantes, y absorban nuestros órganos y músculos. El cerebro y la mente. El corazón y el alma. El sufrimiento no es nada si al final nos espera el placer fresco o cálido, depende de la ideología imperante de cada uno, de la muerte. La muerte nos espera ansiosa. Y no hay placer más grande que el de ser devorado por una miríada de tentáculos de negrura. Aquí sigo, aquí estoy, nos dice la oscuridad. No importa cuánto dolor pueda existir. Aquí estaré al final como la máxima solución a todo sufrimiento.

Espero que no lo esté leyendo mi nieta, ni mi mujer, ni siquiera mis hijos. Sólo usted, doctor, me entenderá. Aunque quiera derivarme con un psicoanalista o un psiquiatra. Pero, ¿será necesario? Perder la luz no necesitaría, bajo ningún motivo, un medicamento que cure esta condición. Perder la luz es parte de la vida. ¿Quién cura la vida? ¿Cómo curar la misma cura? De todos modos, doctor, o quien sea, si me recomiendan el tratamiento de un médico de la mente para que me «alegre» la existencia, diré firmemente que no. No estoy diciendo que lo haga. Tampoco me adelantaré a su diagnóstico. Sólo que imagino que leer a Cioran teniendo lo que tengo podría llevar a un médico a pensar que lo mejor es olvidarse de la filosofía, de los pensamientos profundos, y explorar las vías felices de la existencia. Espero, es verdad, que usted no sea así.

Al fin y al cabo, Cioran me mantiene vivo, feliz, con ganas de explorar, todos los días, las posibilidades a las que me enfrento, ya sean de mi propia oscuridad, de mi vida como esposo, como anciano, como enfermo, como padre y como abuelo, y también como pintor. Las posibilidades de mi pintura pueden alcanzar cotas que desconozco. No soy un hombre excesivamente talentoso y tampoco tiendo a extinguir la crítica hacia mi obra. Me gustaría ser Durero, Goya, Redon, el Bosco, el Greco, Beksiński. Me gustaría pintar la oscuridad y la vida a través de tonalidades originales, verdosas o amarillas, trazos certeros y a la vez borrosos por superficies que se niegan a explicarse. En eso es donde Cioran vence incluso a los más reticentes, a quienes ven oscuridad y maldad en la prosa, ¿la filosofía?, del rumano.

Cioran cree en el arte. No sé si crea en el amor, supongo que nunca lo hizo. No tuvo la fortuna de encontrarse con una mujer como lo es mi esposa. Nunca tuvo hijos ni nietos. Estoy seguro de que eso le habría dado una perspectiva diferente, una tremenda vitalidad que podría alcanzar rasgos desconocidos para su llamado, para su filosofía y pensamiento. La perspectiva de un hombre que observa envejecer a su esposa, que descubre los cambios en sus hijos como si fueran piezas moviéndose y alterándose en una película de stop motion. Y, lo principal, Cioran habría descubierto el miedo.

Últimamente, a pesar de mi vitalidad, pienso en el miedo. Una especie diferente de oscuridad escurre hasta mí, como si fuera una gotera insidiosa que se negara a desaparecer. Puedo ver esa oscuridad ocultándose entre los árboles, como un ciervo que en lugar de correr asustado atrae a su cazador, a quien lo mira detenidamente, a quien lo admira, hacia una zona demasiado profunda del bosque, donde no habitan sino árboles ancianos, los más ancianos de la Tierra. Ellos tienen ojos, y su mirada es penetrante. Lo que vive en ese bosque, sea real, sea un bosque de la mente, acecha atrayendo, pone trampas, deja huellas entre los troncos, pelaje atorado en la corteza y un aroma almizclado que no perece. Y el cazador, quien observa esa oscuridad, termina atraído hasta ese determinado tipo de oscuridad. Y no tiene nada que ver con otras oscuridades, con las de aquellos que pierden la mente, que olvidan todo, que dejan los recuerdos en suspensión, diluidos por las fallas sinápticas, por la muerte masiva de neuronas. Esas figuras humanas, esos pensamientos y recuerdos y memorias no se extinguen, quedan en alguna parte, flotando y siendo absorbidas por otras mentes luminosas. Eso me consuela. La misma capacidad del arte absorbe esa memoria flotante y perdida. Pero el otro tipo de oscuridad, esa que es el miedo, y que al mismo tiempo provoca terror, termina convirtiendo todo en negrura. Quien se adentra ahí no sale. Es imposible escapar de las trampas de ese bosque.

Quizás me ponga demasiado filosófico, o fatalista. Tal vez sólo sea un anciano pensando en la futilidad de la luz, y en la naturaleza perenne e indestructible del miedo. Veo las astas de los ciervos clavándose en mi cuerpo y después brotando como ramas hacia el cielo, oteando las estrellas con los huesos, royendo las capas de negrura y los gases ardientes de los cuerpos estelares con sus puntas. El ciervo alza la testa y sólo queda adivinar de qué tipo es, y dónde la clavará.

19 de agosto

Esto es un diario. Debo escribir, de preferencia, cada día. A veces cambio por completo lo que pienso. A veces simplemente preferiría no hacerlo. ¿Durante cuánto tiempo debo escribir sobre mi vida, sobre el diario acontecer de la rutina? ¿Cómo evitar estar jodiendo mi obra y mis pensamientos, y a la vez cumplirle al doctor? Ya tengo suficiente con mi esposa, quien me recuerda todo el tiempo lo que debo hacer. Noyes, no escribas sobre filosofía. Noyes, ¿qué te ocurre?, ¿quieres morirte, eso quieres, eh? Noyes, cómo se te ocurre escribir sobre oscuridad, ¿qué no tienes que pintar, que olvidarte de la negrura que te acecha, qué no entiendes? Noyes, ¿qué no entiendes?

Mi esposa piensa que soy un niño enojado, uno que tiene miedo de los pinceles, que termina desesperado por el destino que debe afrontar, y entonces estira los brazos y los deja caer en sus costados, enojado. Soy ese niño que se asusta con la oscuridad y aun así mira películas de terror por la noche, temblando y rogando porque sus sueños sean luminosos.

¿Por qué actúo así? No lo sé. No es una impostura, eso está claro. Aunque los otros puedan verlo así, aunque mi mujer me vea de esta forma. No soy tan simple. Tampoco es que la culpe; las lecturas que elijo a veces pueden derivar en este tipo de confusiones. Lo siento, en serio lo hago, porque cuando me piden que escriba en el diario lo hacen para que responda a preguntas sobre mi rutina. Sarah viene y exige: ¿Ya escribiste en el diario?, ¿ya has escrito sobre tu día?, ¿ya cagaste? Víctor, ¿ya cagaste?

Me jode que me pregunten si ya cagué. Lo siento, mi amor, pero por qué preguntarme a cada rato, cuando pinto o pienso en el arte o en mi propia pintura, mientras pienso en la vida interna de mi propia mente, si ya he defecado. ¿Qué ganas de joderle a uno las horas de inspiración? Una chingada cagada, chincagada, cachingada. Disculpa, mi amor, pero ésa no es la manera.

19 de agosto (por la tarde)

Escribí por la mañana unas cuantas líneas. Creí que era suficiente. Me he tenido que tragar mis palabras (y escupir más de vuelta). Sentí la necesidad de volver a sentarme en mi estudio, mover el caballete y abrir mi diario mientras disfrutaba de la resolana filtrándose por el techo y las ventanas. Mi estudio no es demasiado grande pero la luz es maravillosa, puedo explorar tonos y sombras como en ningún lugar. Las vistas, además, me dan la oportunidad de practicar algunos paisajes sin moverme de casa. Sarah ha insistido durante años: «Pinta un paisaje de la ciudad», «sé el Gran Pintor de Amarillo», «pinta el alma de Lago Amarillo», «traza el lago y las calles y deja nuestra casa en un rincón, pero que sea el rincón más bello». Le he repetido muchas veces que no estoy en desacuerdo. Claro que quisiera pintar la ciudad, darle su alma o abstraerla de las calles y la gente caminando, conduciendo o simplemente vegetando. Pero, hasta ahora, los ensayos que he realizado no me convencen. Algo falta. Mis pinturas se emborronan y no funcionan como yo quisiera. El cielo se vuelve gris o de un azul demasiado oscuro. Trato de evitarlo. Esta vez podría. El más grande ensayo, el lienzo.

Es verano en Amarillo y estoy escribiendo en lugar de pintar. No sólo debo ocuparme de mi trabajo, también debo recordar, ejercitar a Ratatösk, la vieja ardilla, para que traiga los mensajes de mi cabeza a mis extremidades y de vuelta. Me estoy haciendo demasiado viejo. Pienso en todo lo que hice antes, mi vida desfila ante mí sin que siquiera me lo proponga. ¿Debería pensar en los hijos, en los años de juventud, en los amores perdidos? Sospecho que esto último no le gustará a Sarah. Tampoco es mucho lo que puedo decir sobre viejos amores. Mi amor por Sarah ya es viejo y es el único que he respetado. ¿Qué, entonces, es lo que he estado haciendo? Quisiera rememorar algunas cosas, siempre. El nacimiento de mis hijos, a pesar de lo que piensen ellos, es algo que quiero recordar, ver de nuevo, llenarme de esa dicha. Hubo momentos complicados, difíciles para Sarah y también para mí. En algún momento sentí que la perdía, en especial con el nacimiento de José, nuestro hijo más pequeño. Sarah ya no era tan joven, el embarazo nos tomó por sorpresa. Tuvo que guardar reposo absoluto desde el segundo mes; acudíamos al doctor a cada rato, asustados por lo que pudiera suceder. Por suerte llegó José, vivo, y Sarah también soportó el parto.

No creo que esto lo vean mis hijos, así que podré escribir un comentario. Es curioso, a los tres los amo por igual, no tengo preferencia por ninguno de ellos. Pero, de mis nietos, a quien prefiero es a Sofía, la más pequeñita. La hija pequeña del hijo pequeño. Es curioso. A veces ni siquiera entiendo cómo surgió algo tan bello de José. ¡Ja! Digo, es mi hijo y heredó toda mi fealdad. Si Sarah no hubiera sido su madre, contribuyendo con algunas pizcas de su hermosura, José habría sido un adefesio. Por suerte sólo es feo como yo, carajo.

Goran, el primero, siempre ha tenido un rostro fuerte, pero de cierto atractivo. Y la verdad es que Sarah (y que no me mienta) siempre ha agradecido que nuestra hija, Katia, se pareciera a ella. Nuestra hija es una hermosura. Siempre que la veo recuerdo la juventud de mi esposa y no puedo evitar que me broten las lágrimas. No porque extrañe la juventud de Sarah, sino por los recuerdos, por los años en que todavía no estaba seguro de que llegaríamos tan lejos. Sarah siempre ha sido hermosa. Sus ojos miel y enormes como estrellas brotando en un cielo claro, su cabello castaño tendiendo hacia el aire y el sol, sus hebras suaves y de tonos hermosos. Siempre le he dicho que las canas no hacen sino acentuar la belleza tonal de su cabello. Ella se ríe y luce tan hermosa que yo me derrito.

Aparte de Sofía, de su rostro y su voz, de su cuerpecito tierno y sus bromas, quisiera recordar el de Sarah. Llevar los recuerdos, las imágenes cinceladas de sus rostros y sus voces, de los atisbos de sus almas, a la oscuridad que me espera. No pido demasiado, me parece. Sería justo.

A veces, reflexionando, me parece que una bruma emborrona mis ideas y recuerdos. En esas ocasiones, mi mente se reseca y los brotes mueren antes de que puedan emerger de mi cabeza. Para mí, el solo pensamiento de perder los rostros de mi esposa y de mi nieta me hace estremecer. Y, por supuesto, eso me preocupa más que olvidar si ya he depositado gustosa y gloriosamente mis heces fecales, después de un sutil esfuerzo, en el trono de la sabiduría, trono de la sapiencia, que es el inodoro. ¿Los tonos relucientes de la palanca al ser jalada? Sí, claro, veo firmemente los destellos como si en este momento estuviera junto al inodoro. Qué recuerdos, qué recuerdos. La rememoración de los sonidos de mis desechos corporales partiendo hasta el mismísimo Inframundo... Es decir: sí, he defecado (mi mujer prefiere que escriba «correctamente»… no sé lo que es eso, puesto que no soy escritor, sólo soy un pintor muy anciano viviendo en el más recóndito punto del noreste mexicano y además, por supuesto, olvido todo, terminaré olvidando todo, así que qué chingados importa si soy grosero o no, o si escribo como un pelele, un mequetrefe que sostiene con miedo el lápiz, si lo único que debo escribir es si he defecado, si he comido algo que me ha hecho cagar aguado. Porque, ¿qué le importa a usted, doctor, si tengo miedo de olvidar los rostros de mi mujer y de mi nieta, si parece interesarle sólo mi estúpida rutina diaria? ¿Quiere conocerla? Entonces observe a cualquier jodido viejo que quiera, y sí, ahí verá la mismísima rutina que tengo yo también).

Ahora me pondré a pintar. Ya he olvidado lo demás.

19 de agosto (más tarde aún)

Me apropio de mi pintura como me apropio de lo único que puedo hacer mío: la vida, las imágenes que brotan de mi cabeza, mis sueños y, en ocasiones, mi mujer. Tengo que hacer muchas cosas, pero ahora, sabiendo lo que sé, trato de pintar más, de dar todas mis energías y mis esfuerzos en todos los sentidos; he de entregarme por completo a la labor. Si ha de desaparecer lo que tengo dentro, entonces prefiero trabajar en lo que podría ser mi canto de cisne, eso es lo único que me queda.

Ahora que mi mujer duerme puedo ser sincero: tengo miedo. Sé que el doctor (usted, que leerá las estupideces que aquí anoto) no cree en estas cosas, en las supersticiones de un viejo artista. Y no es que me esté volviendo loco. Es algo distinto. Ahora lamento los pensamientos de hace unos días. Lamento haber querido que mis pinturas se movieran, haber pretendido que un «yo pintor» ajeno a mí, un «otro-pintor» se apropiara de mis creaciones, y sí, carajo, también lamento todos esos pensamientos sobre la oscuridad más profunda, sobre el acechante ciervo del oscuro bosque oscuro, porque aquí estoy, llenándome poco a poco de miedo. En parte he tenido razón. Existen muchos tipos de oscuridad, y unos son más aterradores que otros.

Creo que he invocado algo que no debía. Empiezo a sentirme nervioso, como si la presencia que pretendí no fuera sólo eso, un juego de mi imaginación, sino una presencia casi tangible.

Soy un idiota y un miedoso. No quiero acercarme a mis pinturas en estos momentos. En el cuarto mi esposa duerme, está todo tranquilo. Me he olvidado de las descripciones, de hablar de mi ciudad, del lago muy azulado y verde en esta época del año, de mis amigos, de mi vida, de lo que hago. Ahora mismo nada me importa. Y no es ni siquiera por mi obra. Es porque he empezado a desarrollar una sensación muy extraña. Mi esposa duerme y yo siento las cosas alrededor. Es como la calma antes de que algo monstruoso se desate. Exagero, lo sé. Pero me explico: me siento observado. Ésta es una de las pocas veces en que me siento bien de poder tener este espacio para describir mis sensaciones y miedos. Aquí «adentro» me siento protegido.

No me siento solo a esta hora en que las sombras se apropian de los espacios ocultos tras los muebles, en las esquinas más alejadas, tras las paredes y detrás de las ventanas. Por eso me quedo despierto, a veces reintegrando las imágenes que han brotado durante el día para rehacerlas en el lienzo en blanco que siempre tengo en mi cabeza. A veces este método rinde frutos. En esta noche las imágenes son demasiado vagas, y también son atemorizantes. Intento despejarme e ir a la cama. Me preparo, me lavo los dientes, dejo mi dentadura en un vaso, llevo mi pijama, relajo mis músculos y siento a la noche absorber las últimas energías que tengo. Aun así, nada pasa, mis ojos no se cierran. Lo he intentado. Quisiera deambular por la casa, bajar las escaleras, sentarme en mi sillón y perder los minutos contemplando la arquitectura de la casa.

No me atrevo a acercarme a las escaleras. No quiero hacer nada, ni mucho menos ir al estudio. Nuestra recámara es muy amplia, consiste en dos piezas despojadas de un muro divisorio. Puedo ver el marco y las columnas pintadas de blanco. En la noche son más azules que blancas. La luz, el milagro y la maldición de la luz. Me he movido de la cama. He abierto la libreta y en un reposet que me regaló Sarah varios cumpleaños atrás descargo mi peso, tanto el físico como el moral. Me descargo aquí, palabras sueltas, apenas frases cuajadas como un óvulo fertilizado. Si hubiera descubierto la escritura antes que la pintura quizás me habría convertido en un escritor de novelas eróticas, o tal vez no. De todos modos ya es demasiado tarde, la pintura me absorbe por completo. Como ahora, doc, vea: hasta la misma pintura me asusta y me mete miedo por las noches para no dejar descansar mis músculos y tendones. Mis dedos tiemblan un poco, no de cansancio.

No me funciona poner la mente en blanco. Tengo una idea que no se va, es insistente, se me ha metido debajo de las uñas. Veo a una niña sucia, apenas vestida con harapos ennegrecidos por el uso, la tierra y otros desechos caminando por un sendero desértico o emergiendo de un lago profundo, antiguo y salvaje. No viene sola. La acompaña un animal, es enorme. Bufa mientras sigue a la mujer. No logro distinguir sus rasgos. Es pequeña y delgaducha. Podría ser una mujer o una niña. Ella camina mostrando sus extremidades lánguidas y detrás, a pocos pasos, la bestia mueve sus patas de una manera tan sinuosa y extraña que parecen ser más de cuatro. Seis patas en un animal de gran testa, de hocico alargado y ancho, de grandes orificios nasales. Un animal que surge como el vaho en una noche helada. No sé qué animal es, pero su presencia es tan enorme que llena el lienzo de mi cabeza. Imagino que es un ciervo, como esos que le gustan a mi nieta, con su cornamenta del tamaño de un gran árbol anciano. La niña se acerca a mí, me mira. Me mira, y entonces le dice algo al animal. Entonces la bestia mueve su cuello poderoso y grueso como el tocón de un ahuehuete recién cortado. Sus ojos se detienen en mí, me traspasan. Y yo lo veo mientras estoy sentado, la cosa está tan cerca, tan próxima a aparecerse de verdad ante mis ojos, a surgir como la neblina de un pantano. Doctor, no dejo de imaginarlo, de ver a esa niña y su… mascota.

Es por eso que no quiero ir a dormir. Sé que la visión sería más nítida, más fuerte… y peligrosa. Sé, también, de dónde viene, por qué surgió. La he visto antes. No lo he dicho. Me ha dado pena con usted, doctor, y también con Sarah. He creído verla, soy supersticioso, lo reconozco. La he visto en mi pintura, en uno de los lienzos que he dejado en el estudio.

20 de agosto

El sol no ha salido aún. Me he despertado antes de la hora que acostumbro. No duermo mucho, aunque regularmente sí descanso. Esta noche parece que no pude hacerlo. Soñé con una oscuridad densa y profunda. Tremendas ganas de abrazar a mi esposa, de abrazarla y llorar como un niño pequeño. Mi humanidad me pareció la cosa más inútil y frágil del mundo. Me convertí en una marioneta desprovista de voluntad y de fuerza para repeler cualquier peligro, en contra de mí o de mi esposa.

Por fortuna no recuerdo nada de la niña que creí haber visto, o que imaginé, o que simplemente creé después de unas horas de insomnio. La había visto antes. Me pareció una figura familiar, una vieja pesadilla escalando los peldaños de mi mente consciente. Desde ultratumba, desde los infiernos más recónditos, aquí estaba.

El cuadro al que me refiero no expresa demasiadas cosas. Es un paisaje simple, aparecen unas casas cerca del lago de la ciudad. Es Amarillo. Le he dicho que lo intentaría. Se lo he prometido a Sarah. No sé calcular la cantidad exacta de días en los que me he empleado siguiendo el consejo de mi esposa. Pero ya van tres ensayos. Paisajes de Amarillo. No son gran cosa, son estudios para comprender la ciudad, lo que yo veo de ella, lo que puedo sacar de su esencia utilizando distintos tipos de luz.

En el último cuadro es donde me ha parecido ver esa figura, una niña, una mujer delgaducha y pequeña con algo enorme acompañándola. Manchas oscuras, distintos tipos de sombras avanzando desde la esquina inferior derecha, apareciendo en el cuadro sin haber sido invitadas. A veces pasa, un pintor no es capaz de controlar cada aspecto de su lienzo. A veces los cuadros cobran vida. Y ésta, lo sé, tiene que serlo, ha sido una de esas ocasiones. No debería preocuparme tanto.

¿Debería pensar en la «aparición», en la imagen que no deja de abrumar mi mente? No lo sé. Seguro mi esposa diría que no, que debo concentrarme. Si ahora me pongo a pintar, lo único que saldrá será esa imagen. La he visto antes, la he visto en sueños y ahora la veré en cada lienzo que pinte… si empiezo ahora mismo. Debo, entonces, hacer una pausa. No me alarma, es una pausa pequeña, unas horas. Seguro mañana ya estaré bien. Pero ahora es difícil.

Otra vez, ¿debería pensar en esa aparición? No, no debería, pero lo voy a hacer. Quisiera concentrarme automáticamente en otras cosas, pero aun estando con mi mujer, esperando la llegada de José, su esposa y mi nietecita, no puedo. La emoción se opaca y estará oscurecida hasta que no piense detenidamente en la aparición. Lo sé porque antes, en otras ocasiones, cuando una imagen o un pensamiento me obsesionaba hasta ese grado, salía todo en mis pinturas. No tengo espacio para obsesionarme. Ahora tengo algo distinto, una herramienta que antes no tenía. Debo aprovecharla.

Lo primero que llega a mi cabeza, antes de ver a esa mujer delgaducha, es un bosque. Aquí en Lago Amarillo no hay bosques así. Para encontrar una frondosidad semejante hay que partir a Las Cascadas, al sur, ya en las profundidades de la Sierra Mendocina. Entre esos montes pueden descubrirse secretos que no se esperan. Porque ahí ocurre algo que no puedo explicar. Lo sabe todo amarillense.

Yo nací aquí, en Lago Amarillo. Toda mi vida he sido partícipe de las tradiciones de la ciudad y de la región. Mis padres eran devotos del Niño Amarillo y de morrito conocí a compañeros que pertenecían a la religión del Hombre Verde. No es un culto que escondamos los amarillenses como si nos avergonzáramos de ello. Al contrario, forma parte de nuestras costumbres y tradiciones. La cultura amarillense tiene ciertos vestigios de secretismo que disfrutamos y mostramos. ¿De dónde vienen estas religiones? No lo sé. Todos aceptamos que surgieron en Italia, cuando los colonos todavía vivían entre las ciudades de Umbría. Por lo que se dice, tal vez se remonten a los tiempos romanos.

No podría haber caído una religión así en un lugar cualquiera. Por eso la región amarillense fue elegida, y diré que fue una decisión sabia. Existe en estas tierras cierta oscuridad, cierta profundidad que permite el nacimiento de ideas, cultos, imágenes, criaturas de significados insondables. Cuando pienso en la niña de mis pinturas, la niña de mis pesadillas, lo primero que veo es un bosque de árboles altos y de troncos alargados. No es un bosque que pueda hallarse fácilmente en la región. Debe encontrarse en la Sierra Mendocina y, aun así, no estoy seguro de si existan tantos árboles en ella.

La Sierra Mendocina y algunas zonas cercanas poseen un microclima templado y ligeramente húmedo que contrasta evidentemente con el desierto del noroeste o la aridez del sur, una vez se cruza San Carlos. Así que veo ese bosque, oscurecido por las copas altas de árboles centenarios. En él, una bruma cálida desciende hasta el mismo suelo y yo me encuentro caminando por ahí, buscando el rastro de un animal perdido. Veo en el suelo las pisadas de una mujer pequeña. Los pies que se hundieron en el lodo han de estar manchados todavía. No me he dado cuenta, pero la humedad del bosque empapa las hojas, los troncos y el suelo. Camino entre charcos y lodazales. Tropiezo con las raíces de árboles descubiertos y entonces huelo la presencia de algo que hiede como a moho, como algas sacadas de la profundidad de una marisma. La densidad del bosque parece acrecentarse, los espacios entre los troncos son cada vez más pequeños. Me siento mareado entre los sotos y entonces mi mirada capta un movimiento rápido, un destello de negrura que entrecruza los espacios sin árboles a una velocidad inusitada. El aroma es ahora omnipresente. Llega hasta mí el alma de esa criatura, y el bosque me mira y me señala. Ahí, tan cerca de mi nariz, de mi mirada, el ciervo.

¿De dónde ha salido todo esto? Bosques, apariciones fantasmales o bestiales, niñas malditas. Criaturas cubiertas por pelo negro y enmarañado. El pelaje de su espalda debe encresparse al encontrarse con un retador. Yo no creo que su pelaje se encrespe en ninguna parte de su cuerpo si me encuentra a mí. ¿Cómo podría? Cualquier otra cosa en Amarillo sería más amenazante que yo. Las piedras negras y megalíticas con las que hemos (¿hemos?) construido nuestras iglesias, nuestras plazas, los lechos donde habitan los moribundos, incluso los edificios. La piedra debe ser señal de muerte, de una eternidad con la que difícilmente puede competirse. Esa criatura se acerca a mí y sólo retrocede cuando ve algo que la sobrepasa. Yo me voy más y más atrás, hasta que mi espalda se topa con una iglesia. Me giro y no es otra que La Antigua. ¿Dónde estoy? Mi ensoñación no me da una localización exacta, mi visión se emborrona. ¿Dónde estoy, qué hago aquí? El ciervo, la criatura, la simbiosis de los dos se acerca hasta olisquearme perfectamente. Están a unos pasos, pero la piedra, la piedra tiene algo. Vacilación en los cuerpos de los monstruos. En mi piel hay otra cosa. Temblor. ¿Cuál es el resultado? ¿Existirá este encuentro?

Nuevamente, ¿de dónde salió todo esto?

Me pregunto si realmente en Amarillo existirán árboles como los que he visto en mis ensoñaciones. Si no existen, entonces tendré que crearlos en mis lienzos. Ahí vivirán la niña y su mascota, y yo me uniré a sus juegos inocentes.

22 de agosto

Han pasado dos días y lo primero que pienso es que estoy enloqueciendo. Dice mucho de mí. Seguro que el doctor preparará suculentos banquetes de análisis psicológico sobre lo que escribo. O tal vez no. Nunca me ha interesado gran cosa la medicina. Para mí, un psiquiatra se diferencia de un psicoanalista sólo por una cosa: uno da pastillitas sonrientes, el otro no. Bueno, creo que uno gana más y se deprime menos. Chistes aparte, no puedo comprender qué es lo que me ha sucedido en estos días. No he escrito nada porque después de aquella manifestación de horror me he sentido muy tranquilo y he trabajado con buen ritmo.

Sarah no me ha visitado en el estudio. Espero no esté revisando continuamente este diario. Le he mentido, ¿quién no le miente a su esposa? No hablo de engañarla con otra mujer, sino de mi trabajo, de mi esfuerzo por trabajar con la memoria, traerla a flote. Ven, memoria, ven, no te vayas, no te desperdicies, ven, aproxímate, no te rías de mí, hija de puta.

Le he dicho a Sarah que trabajaba mucho en mi diario, sacando recuerdos casi perdidos de mi niñez. En realidad, después de mi encuentro con el horror necesitaba pintar, sólo eso, pasarme el día pintado. Y ha valido la pena, claro que sí. ¡Tamaños trazos! Sin duda algo está pasando conmigo. Los contornos de los cuadros se hacen cada vez más profundos, más intensos. Me inspiro en las estampas japonesas, en los cuadros de Strindberg, en los paisajes de los grandes maestros, ¡los holandeses…! Y además van surgiendo personas ahí; personajes, si fuera un narrador. Y hasta ahora ninguna mancha, ningún animal sobrenatural alistando las fauces.

Hace tiempo vi algo parecido. No es exactamente la imagen que he estado viendo, tanto en mis cuadros como en mi mente. Creo que ninguna imagen real podría parecerse. Lo que estoy soñando o atisbando (o quizá sí que me estoy volviendo loco) es parte de una fantasía macabra. Pienso en esa niña como un negativo de mi nieta. ¿Qué más podría ser? No es una certeza. Me envuelven ciertas dudas. Por ejemplo, no he podido esclarecer si esa aparición es una mujer o una niña. Es delgada y pequeña. Pero la he visto a la distancia, entre los árboles, o escondiéndose en un rincón de mis pinturas. No puedo percibir sus rasgos, sólo su cabello hecho un revoltijo. Toda ella es negra: su piel, sus ojos, sus dientes, su cabello, sus uñas y palmas. Parece una criatura quemada. Sólo resplandece el fulgor escarlata de sus ojos. Por su estatura, es difícil definir su edad. Lo mismo pasa con su complexión. Además, su vestimenta, un rastrojo de harapos que asemejan un vestido, le da un toque inocente. No sé, es difícil para mí explicarlo. Pero ella podría ser la contraparte de Sofía. Qué significado tiene o por qué la estoy imaginando, no lo sé, no he llegado hasta ese punto para avanzar una hipótesis. Lo que sí creo es que esa criatura tiene que ver con el arte, con mi labor como pintor de paisajes, como pintor amarillense, como pintor preocupado por la luz y la sombra, por los tonos vivos y los tonos muertos. Ella es parte de mí, es mi fantasía, pero si pertenece a un área perceptible de mi psique o en realidad habita un abismo ignoto, no puedo decirlo.

Me intriga una cosa más: el animal, la especie de mascota que la acompaña… ¿qué es? Aún parece demasiado difusa. Su pelaje esconde la morfología de su cuerpo. No sé si es musculosa o delgada, pero me da la impresión de que es muy fuerte. Tiene la altura de un caballo, o de un ciervo, y es igual de «graciosa» que uno. Es decir, es tan rápida que se escabulle como un suspiro. Estoy indeciso sobre esta aparición psíquica. Podría ser un gusano de la mente, una garrapata que se ha prendado a uno de los rincones de mi cráneo, o tal vez algo más insistente, una serpiente que camina con patas y piernas, como las que, según la Biblia, antes moraban por la Tierra. Pienso en lo mucho que esa imagen puede recordar a un dinosaurio. ¿Es lo que he creado, entrevisto en mi imaginación, en mi mente? ¿Un dinosaurio?

Pronto he de acercarme a los bosques. Lo haré en persona, lo haré con mi pintura. No tengo miedo. Los fantasmas que broten de mi cabeza no podrán hacerme daño. Sean lo que sean, son parte de mí.

Dejaré esto por un momento. Quiero pintar. Prometo regresar más tarde.

24 de agosto

No cumplí mi promesa. No regresé para seguir con el tedioso trabajo de escribir cualquier cosa que me suceda durante el día. ¿Cómo hacerlo si la inspiración es tan grande que no puedo evitar romper todos los moldes de mi propia pintura y soltar el movimiento de mis pinceles? ¡Y los colores! Quisiera que este diario fuera artístico, de pintura, que me dejara hacer anotaciones sobre mi trabajo (como ya lo he hecho). Desde antes ya escribía notas por aquí y por allá, o dejaba una marca de pintura o un dibujo para que olvidara la imagen que me carcomía, para que le diera volumen y al fin pudiera desprenderse de mí. Una marca y una ondulación. Nunca he trabajado con líneas rectas. Siempre he preferido las curvas, cómo juegan en el cuadro, cómo brotan fantasmas o apariciones de una dimensión irreconocible. No soy futurista ni pinto nada que se asemeje a las horrendas líneas de Kandinsky. Me considero un pintor tradicional. Lo mío son los paisajes, las grandes imágenes que describen los pormenores de una vida oculta mediante un solo vistazo, generalización de lo particular. Eso es exactamente lo que busco, mediante un cuadro capturar el espíritu de un instante. Mi ciudad.

25 de agosto

He necesitado salir de la ciudad. Se lo he pedido como un favor a Sarah. Hoy me levanté temprano, muy temprano. Ni siquiera llegó a sonar mi despertador. Desconecté también la alarma de las 6:00 a. m. Si yo ya estaba despierto, qué caso tenía que Sarah me acompañara. La quité y dejé la suya. Después me escabullí por el cuarto y me fui directamente al estudio. Ahí estuve pintando un poco menos de hora y media. He apreciado las ventiscas de la mañana. Me he olvidado del dolor de mis articulaciones respirando el aire frío de una mañana que presagiaba ser fresca, como terminó siéndolo.

Me puse una bata delgada que no me acalorara pero que tampoco me dejara desprotegido, me calcé unas pantuflas rojas que parecen la bandera de Canadá, de Suiza o el emblema de las navajas de ese país. Aun así, son cómodas. Como decía, me largué al estudio y me puse a trabajar con ahínco. Esbozos de la ciudad. Una serie de ideas empiezan a cuajar en mi cabeza de manera determinante. No sé a qué se deba. No sé si pueda acrecentar más mi imaginación, mi capacidad para observar los detalles de la ciudad, del paisaje, de la luz. Quiero hacerlo y sé que, aunque todavía estoy un poco lejos, voy en el camino correcto.

Después de intentar algunas ideas que me servirán como base para cuadros futuros, bajé muy contento a la cocina, pasando antes por nuestra habitación. Sarah todavía dormía aunque ya empezaba a moverse, como si saliera de un trance complicado y placentero. Se aferraba con todas sus fuerzas y yo no podía sentir sino ternura. Así que me apresuré a dejarla dormir para que despertara naturalmente, sin ninguna intromisión.

Me dirigí a la cocina, puse la cafetera y me puse a cocinar unos huevos con machaca. Me asomé en el horno y descubrí una serie de panquecitos que me llenaron la vista. Eran de zanahoria, de blueberry y de chocolate. Algunos de los últimos tenían chispas de chocolate blanco. Supuse que Sarah los había horneado para donarlos a alguna asociación caritativa. Cuando llegaban niñas a pedir donaciones para que fueran repartidas por los scouts, por alguna de las iglesias de la ciudad o por cualquiera otra organización, Sarah siempre tenía listo algo. Unos cuantos panquecillos de menos no les harían daño.

Sarah bajó unos minutos después vistiendo una pijama ligera que me hizo pensar en nuestra juventud. La abracé y besé como solía hacerlo cuando no tenía tantas preocupaciones en la cabeza (tantos manchurrones de tinta china). Me dijo que se sentía como una señorita cortejada, y yo no tuve más que darle la razón.

Desayunamos el café, los panquecitos robados y el huevo con machaca, que no es por presumir pero me sale muy bien. A pesar de que cuido mi consumo de carbohidratos, me permití acompañar el huevo con unas chapatas que habíamos comprado unos días antes. La combinación fue perfecta, mejor aún que con las tortillas que Sarah compra, porque están hechas con mantequilla, y a la vez son tan ligeras que… a mí me saben como cualquier tortilla, pero no la contradigo. Además, tenía reservadas las tortillas para otra cosa.

Se lo solté cuando los platos estaban echados a un lado y sólo el café humeaba frente a nuestras narices. El de Sarah era café negro. Siempre lo ha tomado así. De vez en cuando pide un capuchino, un café turco o alguna variedad gourmet, especialmente cuando vamos a comer a alguna parte o cuando salimos de vacaciones. En casa prefiere el café negro. Yo soy más quisquilloso, o menos, según se vea. Prefiero el café no tan tostado, de variedades suaves pero aromáticas, y no puedo evitar ponerle crema o leche. El café sin lácteos es como un esbozo a lápiz sin tinturas, como un discurso sin final. Tienen que ir juntos. Y el dulce es algo que admito. Gracias a mis achaques de anciano ya no puedo permitirme endulzar el café con azúcar mascabada, mi preferida, sino con sustitutos. El Apocalipsis llegará cuando los hombres bebamos el café con sucralosa, sacarina y estevia. Es eso o no ponerle nada de azúcar. He tenido que acostumbrar a mi paladar y aceptar la hecatombe.

La felicidad al lado de la cafeína, el estómago lleno y… sólo nos faltaban un par de cigarros blancos y alargados, y entonces podríamos morir en paz, con una sonrisa en el rostro. José suele decir que con los años me he convertido en una señora fufurufa que gusta de tomar el té e ir con sus amigas a jugar backgammon. Me irritan sus comentarios fuera de lugar, pero cuando pienso en mis anhelos de pintor pequeñoburgués tengo que darle la razón.

Mi sonrisa, entonces, era el último elemento necesario para desarmar a Sarah. Algo tramas, chiquito, me dijo con un rostro ya no tan amable y apacible como hasta unos minutos antes. Y había acertado. Quería pedirle algo, una salida, una cita en el campo. Necesitaba estirar los pies, hacer que mis articulaciones volvieran a sentir el calor del sol sin ningún filtro artificial, ya fuera que el brillo se entrecortara con la presencia de las copas de los árboles o con las nubes inmensas y refrescantes. Necesitaba el sol para estirar mis manos y descansar mi vista. Ya había apostado mi mirada en las almas de la nobleza cotidiana. Necesitaba aventura, oxígeno.

Sarah volteó a verme como si estuviera jugando con ella. En parte creo que lo hacía. Pero ese capricho no estaba comandado por la necesidad momentánea, por el aburrimiento. Nunca he sido tan diletante. Lo necesitaba para extender mi mirada y empezar a jugar con las tonalidades, con los colores de la frondosidad, de la selva, del bosque.

Mi amor, le dije, tenemos que ir a la Sierra Mendocina. Quiero adentrarme en las montañas. Quiero caminar dentro de su seno, donde los bosques crecen y se esconden de nuestra mirada. Necesito ver los bosques de Amarillo, le dije.

La mirada de Sarah, casi puedo jurarlo, se ensombreció de inmediato.

No sé si algo de su intuición se alertó en ese momento o si percibió los finos aromas del peligro. Lo que habita en la Sierra Mendocina es relatado en extrañas leyendas que pululan por el lugar. Tengo un amigo que vivió durante muchos años en Mazatlán sobreviviendo con cuanto oficio aprendía. Uno de sus mayores dotes es el del oído. No tenía más que escuchar una conversación una sola vez para entender los detalles y reproducirlos certeramente. Lo mismo ocurría con la música, con la afinación y con los trabajos orales como contador de historias, guía, etc. Él es pintor también, se llama Josué Tepalli. A veces se llamaba a sí mismo Tepalyauhqui, aunque no sé si tenga algún significado en náhuatl. A él no le importa, la fascinación puede más que la veracidad. Así que se adentra en historias que difícilmente pueden ser probadas, pero él se encarga de llevarlas hasta donde el cuerpo le alcance. Y si eso no es suficiente, utiliza la pintura.

Josué ha tenido muchas exposiciones en su vida. Se le ha homenajeado también. En Mazatlán, aquí, en el centro del país y en otras partes. Alguna vez me invitó a una exposición suya en Los Ángeles, pero no pude asistir porque yo me encontraba en una estancia y tenía toneladas de trabajo. Eran buenos tiempos, y me da gusto saber que todavía es un buen pintor, que sus manos no tiemblan y que sigue incordiando al mundo con su existencia.

Hace no mucho que nos hemos visto. Un par de años, quizá más. Pero nos hablamos por teléfono en Navidad y Año Nuevo, y en ocasiones recordamos nuestros cumpleaños. Nos vemos casi siempre en algún evento de cultura, un homenaje, una presentación, un festival para comprar obra reciclada, porque de eso también se trata. Pocas veces exhibimos obra nueva. Eso tiene una connotación distinta, privada, más profunda. Pero, total. Josué es un pintor interesante, y sus pinturas siempre han tomado prestados los temas de las leyendas, los mitos regionales y las historias de fantasmas. Hay quien acusa a sus pinturas de ser demasiado folkloristas, o incluso regionales. Tiene una serie de cuadros dedicados a la celebración de la danza del venado. A mí me parece una de sus mejores series, pero hay quien afirma (sí, estúpidamente) que la búsqueda de sus pinturas es demasiado colorista para resultar universal. Total, es en sí ese colorismo y folklorismo en su obra lo que me llevó a pensar en él tan pronto tuve la idea de hacer una pequeña excursión por la Sierra Mendocina.

Mi amigo Josué tiene un ciclo de pinturas que a él le gusta llamar, en broma, que no se asuste nadie, sus pinturas negras. Los temas que abarca son las leyendas especialmente oscuras del norte. Hay cuadros sobre dioses venado, de serpientes gigantescas que se ocultan en el desierto, de cactus enormes que están huecos por dentro y a los cuales puede accederse por medio de «puertas» talladas en sus cortezas, de monstruosidades hechas de ramas, de fantasmas vengativos que vigilan cuerpos de agua nauseabundos, cavernas ocultas donde criaturas primitivas aguardan soñando, y otros sueños macabros que, no se puede negar, hacen las delicias de Josué Tepalli.

Dentro de esas pinturas negras está un grupo que retrata ciertas áreas de Amarillo. Tengo una postal de La catedral, una espléndida pintura que enmarca, de una manera muy imaginativa, a La Antigua, la iglesia del Lago Amarillo, anunciándola como la reencarnación arquitectónica de un santuario primitivo dedicado a los demonios más oscuros. También admiro mucho un díptico sobre los arcimboldi, unos monstruos diseñados para ahuyentar el insomnio de niños pequeños, pues son criaturas que se parecen a los árboles y, como ellos, pueden camuflarse en cualquier jardín. Pero de entre todo ese amplio ciclo, mis preferidas son, quizás, las de la Sierra Mendocina, pues tienen de todo: son pinturas con paisajes aéreos de la sierra vista de norte a sur o viceversa, pinturas más detalladas de ciertas zonas de la sierra que, gracias a la técnica de Josué, resultan aterradoras.

Mi amigo me dijo alguna vez que todos en Amarillo saben que algo muy apestoso yace debajo de la tierra. Será el lago, me dijo, o los desiertos, o tal vez el clima, no lo sé, pero lo que ocurre en este sitio es nauseabundo, terrible. No quisiera permanecer mucho tiempo en este lugar. Si por mí fuera, me dijo, no volvería a pisarlo.

No sé si me lo dijo con sorna, burlándose de mí, de mi tierra amarillense, pero en su rostro había algo muy profundo e inquietante: un atisbo de miedo.

Si hay algo que pueda asustar a Josué Tepalli, entonces debe ser algo verdaderamente espantoso. Nunca hemos hablado a profundidad del tema. Nuestras charlas, como se supondrá, versan sobre la pintura, las técnicas, los temas, pero no vamos más allá. En parte, me parece, se restringe conmigo. Cree que si habla de más me ofenderá. Como soy amarillense, un verdadero hijo nacido en Tierra Grande, cree que el sentimiento localista puede tenerme agarrado de ciertas hebras sensitivas y delicadas; de los huevos, pues.

Para mí, y eso lo sabe bien Sarah, Tierra Grande no es más que un lugar, un estado más. Si hubiera nacido en otra zona, en Nayarit, en Veracruz, en Quintana Roo, en Tlaxcala, me seguiría dando igual. No creo que pueda librarme de las condiciones culturales, o hasta geográficas. No es lo mismo ser un mexicano del centro que del noreste. Pero eso no significa que le tenga enorme aprecio a mi estado, a mi región o a mi ciudad. Yo le tengo aprecio a mi familia, a mis amigos, al arte. El terruño no es motivo para sufrir. Uno vive donde puede, donde le acomoda. Y si yo nací en el estado de Tierra Grande en lugar de Tamaulipas no es mi culpa; si mi ciudad es Lago Amarillo y no San Carlos, tampoco me preocupa. No me fui de Lago Amarillo porque me acomodó vivir aquí. Y porque mi voluntad no fue tan fuerte como para alejarme de esta tierra, de este abismo, de este hoyo de arena. Me sumergí en él y, ahogándome con la tierra caliente, me entumecí y cerré los ojos. Desde entonces he estado dormido.

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9786078646869
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