Kitabı oku: «La historia de cómo Andrónico llegó a ser presidente»

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La historia de cómo Andrónico llegó a ser presidente

Autor: Germán Silva Cuadra. Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, 56-2-24153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: febrero de 2021. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Registro de Propiedad Intelectual: N° 2020-A-253.

ISBN: Nº 978-956-338-511-3

eISBN: Nº 978-956-338-512-0

Gracias por tu paciencia, apoyo y amor en esta aventura

Una historia que no es historia

Este libro es una novela de ficción-realidad, es decir, mezcla hechos reales con diálogos y situaciones que no necesariamente ocurrieron. Aunque no son descartables del todo. La mayoría de los personajes los conoces, pese a que ellos a veces conviven con otros que invité a ser protagonistas de una parte muy crucial de la historia de nuestro país.

Debo confesar que este libro tuve que rehacerlo por completo. Lo tenía listo a mediados de octubre de 2019, y bueno, ya saben todo lo que vino después. Así, sin darme cuenta, terminó siendo un relato que va describiendo prácticamente todo el segundo gobierno de Sebastián Piñera, por tanto, el ambiente previo al 18/O, luego el estallido social, la pandemia y el plebiscito que permitirá cambiar la Constitución firmada en su momento por Augusto Pinochet. Sin duda, el oficio de columnista para varios medios, especialmente en El Mostrador, en que llevo cinco años escribiendo ininterrumpidamente y me siento de la casa –también en Chile Today News y Política Comunicada–, y de panelista en algunos programas de radio, como Twitter Café, Hoy en la Radio y Hoy en la Casa, me permitieron seguir la agitada agenda de los años 2019 y 2020, que de seguro marcarán la historia política de Chile.

Por supuesto, esta no es una novela predictiva. La parte más difícil fue ficcionar el 2021, es decir, hablar del futuro que ocurrirá en los próximos trece meses. Pero me basé en los cambios que hemos visto en estos dos años, en el poder que tomó la gente, en la crisis política del gobierno, la irrelevancia de la oposición y en los ¡catorce! precandidatos que suenan hasta hoy, pese a que el presidente(a) que asuma en 2022, deberá enfrentar uno de los gobiernos más difíciles que alguien podría tener, producto de las demandas sociales insatisfechas, los efectos económicos de la pandemia y, por supuesto, la discusión constitucional.

No tengo idea de quién será el próximo(a) presidente(a) de Chile, ni siquiera quiénes serán los candidatos(as) que estarán en la papeleta y menos si los partidos –oficialistas y de oposición– lograrán ponerse de acuerdo para ir en listas comunes, pese a que sospecho que no lo harán. Tampoco sé cuánto nos puede afectar una segunda ola de coronavirus y si el calendario electoral se desarrollará de acuerdo con lo programado. Pero me animé a imaginarlo y opté por alterar la historia con un personaje que nunca ha dicho si le interesaría ser candidato, pero que siempre he pensado que está haciendo, desde hace un tiempo, movimientos que parecerían apuntar hacia allá. Espero no se ofenda porque lo haya proclamado presidente de Chile.

Tampoco esta es la historia de Andrónico, ni siquiera es el protagonista. Este es un relato que va tocando tangencialmente la crisis de la política chilena, agudizada por el caso de las platas ilegales de campaña y que concluyó una etapa el 25 de octubre de 2020. En momentos en que una candidata sube en las encuestas por presentar un proyecto populista y casi vuela por la sala de la Cámara, otro se instala en la pole position gracias a que en su canal de Facebook afirma que él “pronosticó” el 18/O u otros creen que participando en los matinales van a conseguir el apoyo ciudadano que necesitan, aunque jamás hayan presentado ni una sola idea para mejorar el país.

Debo reconocer que incorporé, como actor secundario, a un personaje histórico del mundo del espectáculo, y no porque yo crea deberíamos tener un presidente humorista, sino porque cuando las crisis políticas son profundas en un país, puede ocurrir cualquier cosa. Y ejemplos en el mundo hay muchos.

Germán Silva Cuadra @gsilvacuadra

Santiago, diciembre, 2020.

PRIMERA PARTE La gestación

Capítulo 1 Felicitaciones, señor presidente

19 de diciembre, 2021

Avanzó rápido por el pasillo del piso 14 del hotel Hyatt, ubicado en uno de los sectores más exclusivos de la ciudad. Venía con la respiración agitada y su cara de ansiedad era evidente. Traspasó la última barrera antes de llegar a la suite presidencial, y aunque no fue necesario mostrar la credencial que colgaba de su cuello, les sonrió con cierta complicidad a los tres guardias privados y al carabinero vestido de civil que habían acompañado al candidato durante los últimos meses. Golpeó fuerte la puerta, introdujo la tarjeta y entró antes de esperar una respuesta desde el interior.

–Parece que estamos listos, me acaban de mandar los resultados a boca de urna –dijo con una voz algo temblorosa y sin mediar pregunta del candidato que lo observaba con un cierto aire de sorpresa, pese a que en el fondo tenía la convicción de que el resultado estaría de su lado.

Andrés, su jefe de campaña y asesor de confianza, era un hombre racional, inteligente, rápido para hacer deducciones con poca información y de escasas palabras. Lo que le faltaba de lenguaje verbal lo suplía con análisis sorprendentes consultando fuentes abiertas, medios y redes sociales. Solo eso le bastaba para diseñar escenarios con todo tipo de caminos a seguir. Su agudeza era muy valorada por el candidato, quien confiaba a ciegas en él.

–La proyección es muy clara –continuó de inmediato, con un aire más sereno y una leve sonrisa–, señor presidente.

Las otras tres personas que estaban en la habitación, incluidos sus hijos Davor, mano derecha en los negocios en Croacia, y Max, se acercaron al futuro mandatario para abrazarlo; sin embargo, él hizo un gesto que se interpretó como de prudencia, miró fijamente a su hombre de confianza y agregó:

–¿Tan seguro estás...? No sé, yo prefiero tener los resultados del primer recuento y para eso queda más de una hora –dijo con mucha calma mientras prendía la TV y ponía la transmisión del canal del que era dueño.

–Con un 60 % de las mesas, créeme que es irremontable –concluyó con un tono muy seguro–. Me voy a poner a rematar tu discurso, ya lo tengo armado. –Solo alcanzó a levantarle su dedo pulgar derecho como señal de triunfo, antes de abandonar la suite, sin embargo, con una actitud más bien cariñosa le dijo–: Tienes una hora para estar listo, deberíamos dar un punto de prensa en cuanto salga el primer cómputo y proclamarte como nuevo presidente de Chile.

Andrónico se quedó mirando fijamente por el gran ventanal del living de la habitación de 180 metros cuadrados, apenas unos pocos autos corrían a esa hora por avenida Kennedy, el sol seguía siendo intenso esa tarde de domingo. Los primeros que se le vinieron a la mente fueron su padre y su hermano. Eran sus referentes, y los extrañó más que nunca, habría dado lo que fuera por compartir ese momento con ellos. Los sentimientos se volvieron contradictorios, recordó las muchas veces que había conversado con su papá en los atardeceres rojos de la terraza majestuosa del hotel Laguna Azul –en Croacia– acerca del futuro de Chile, de las formas que había para potenciarlo. También recordó aquel día que debieron partir fuera del país luego de que algunas personas, ligadas a la elite aristocrática de los setenta, vincularan a su padre con la Unidad Popular.

La verdad es que cuando empezó esta aventura jamás se le pasó por la cabeza que podía llegar a ese momento, pese a que con el pasar de las semanas comenzó a sentir una cada vez más certera corazonada que le indicaba que estaba rompiendo con muchos paradigmas políticos y que las cosas tomaban un giro insospechado. Pero ahora esto sería en serio. Un breve, pero fuerte temblor interno lo sacudió de pies a cabeza. Tenía plena conciencia también del problema en que se estaba metiendo al hacerse cargo de un país sumido en demandas sociales a partir del estallido del 18/O de 2019, efectos económicos de la pandemia y la crisis política que vivía La Moneda.

A las 20.55 horas, solo cinco minutos antes que el subsecretario del Interior, Francisco Galli, iniciara la lectura del segundo cómputo, el presidente electo recibió una llamada que le confirmó que el resultado ya era definitivo. Era de su principal contrincante, quien reconocía la derrota y le deseaba suerte para el importante desafió que tendría por delante. Por supuesto, la cortesía de Lavín, le hizo decir a este que se ponía a su disposición para lo que el país demandara; sin embargo, y fuera de protocolo, lanzó al final una irónica frase que desconcertó al futuro mandatario:

–Ya sabes, dejarás de ser el millonario que la gente ama y pasarás a ser el presidente, y la diferencia es grande, te deseo suerte, la vas a necesitar, ya sabes el país que te hereda Piñera. –La inoportuna y provocativa sentencia del exalcalde era además innecesaria, el nuevo presidente estaba seguro de que así sería, no necesitaba que se lo recordaran.

Andrés leía lenta y pausadamente el texto de dos carillas que le había preparado. Repasaba cada frase, hacía cambios de tono, impostaba la voz, era como si él fuera a estar delante de las cámaras. En cambio, y aunque estaban frente a frente, la atención del futuro gobernante parecía estar en las dos corbatas que tenía colgando de su mano izquierda y que le mostraba infructuosamente a su asesor con la esperanza de que le ayudara a tomar una decisión. El asesor continuó inalteradamente su lectura hasta llegar a la última palabra.

–Recuerda al final –dijo muy serio– hacer una breve pausa y rematar con “Soy un humano como todos ustedes, pero poderoso…” –lo que desató la risa del presidente electo.

La salida de Andrés logró romper la tensión y retrató el sentido de humor negro con que en los momentos difíciles lograba sacarlo de sus estados de enojo. La polémica frase, expresada algunos años antes por el empresario en el lanzamiento de su canal de YouTube, había servido de base para elaborar el eslogan de campaña con que se convirtió en un inesperado fenómeno político. En una lluvia de ideas de un pequeño grupo de trabajo un sábado de verano, Andrés había dado con el tono que tendría la campaña: “¿Y por qué no reírse de esa imagen del poderoso, del rico que muchos tienen de ti?, baja del pedestal burlándote de ti mismo, qué tal: Soy un chileno como todos ustedes”. Aunque uno de sus hijos reaccionó de inmediato rechazando la propuesta, el empresario andinista se levantó de su asiento y dijo sonriendo: “¡Genial!, te la compro”. Fue suficiente, de ahí en adelante comenzaron a bosquejar la campaña que luego tomaría la agencia publicitaria boutique que convirtió a WOM en una marca novedosa, rupturista, irreverente, atractiva para los jóvenes, y que logró destronar a las dos empresas de telefonía móvil que dominaban el mercado, sin ni siquiera contar con la tecnología necesaria para ser líder.

Por supuesto que Andrónico era un hombre poderoso. Los Luksic eran dueños de una de las principales fortunas familiares en el mundo, estimada en 13.700 millones de USD en 2017, posicionados en Antofagasta como los croatas que transformaron la ciudad. Actores principales de todas las áreas relevantes de Chile, no solo de la economía, sino de los íconos de la sociedad: minas de cobre (“el sueldo de Chile”), Canal 13 –la tradicional exestación de la Universidad Católica–, el Banco Chile (“El Banco de Chile”, asociado a la simbólica Teletón), y viñas, entre muchas inversiones. Era raro que existiera una industria o negocio en el país en que no estuvieran presentes.

Y así como en Chile lograron construir un imperio, en Croacia eran reconocidos y admirados por el aporte hecho al país. El grupo invirtió pese a la guerra y las divisiones territoriales, son dueños de varias cadenas de hoteles lujosos e islas. De hecho, la presidenta de ese país estudió en la prestigiosa Universidad de Harvard gracias a la beca que la familia entrega en Chile y Croacia.

Era obvio entonces que Andrónico y su familia eran poderosos, pero no solo por su fortuna, sino por su influencia y rol en la sociedad chilena. Fueron de a poco rompiendo con el estereotipo del rico chileno. Más liberales, más modernos, incluso más generosos. Alejados de esa aristocracia de comienzos del siglo pasado, que basaba su poder en sus apellidos, en las tradiciones del campo, en el trato de patrón y capataz. Esas familias alejadas de la realidad del país, resistentes a los cambios de la sociedad, católicos de misa diaria y parte de la derecha tradicional. Esa era la imagen de los ricos hasta la irrupción de esta familia de migrantes, con un padre que exploraba el desierto buscando vetas de mineral y que comenzó su fortuna con un golpe de suerte. Andrónico padre negociaba la venta de una mina poco rentable y casi abandonada en medio del desierto de Atacama con un grupo chino, buscaba al menos recuperar algo de la inversión hecha. A la hora de ponerle precio, el patriarca les dijo 500 mil pesos, los orientales entendieron 500.000… dólares. Un empujoncito bien recibido, como los pollitos del Fra Fra.

Pero Andrónico no sería el primer presidente rico en Chile. Su antecesor, Sebastián Piñera, había logrado dar un golpe en el inconsciente colectivo de los chilenos: representar el anhelo, las aspiraciones que veían en su figura el ejemplo perfecto del éxito, del sueño de mejorar su posición social, conseguir un mejor empleo, pero, finalmente, convertirse en una persona rica. El relato de su campaña era simple, pero contundente. La historia de un hombre de clase media que logra llegar a tener una fortuna gracias a su esfuerzo individual. Piñera se convirtió en una aspiración, especialmente para los sectores medios, los que fueron privilegiados en la comunicación de la campaña presidencial.

Sin embargo, ya al comienzo de su mandato las cosas cambiaron. La gente que se había ilusionado con él se desencantó rápido. En menos de un año, el eslogan Tiempos mejores, se convirtió en una carga, llegando incluso a compararse con La alegría ya viene, esa arenga con que el equipo creativo del NO había enfrentado a Pinochet en el plebiscito de 1988. Y, por supuesto, lo que vino después, primero el estallido del 18/O y luego la pandemia, terminó por derrumbar no solo el sueño de pasar a la historia como “el mejor presidente de Chile”, sino, por el contrario, la crisis social se convirtió en un tragedia personal y familiar que ni en la peor de sus pesadillas imaginó Piñera. Para su desgracia, el mandatario se transformó en una suerte de ícono de todos los males de la sociedad, pero particularmente de la desigualdad, los abusos y privilegios de unos pocos en desmedro de la mayoría.

Andrónico se había dado cuenta de algo que nunca entendió el mandatario saliente. Que los chilenos valoraban a los ricos cuando eran generosos, aunque fuera en las formas. Y a pesar de que al empresario le causaba algo de pudor, comenzó a observar con mucha atención los pasos que daba Farkas. Aunque a él jamás se le pasaría por la cabeza lanzar billetes al aire, sí encontraba interesante sus apariciones personales para entregar una donación.

Sebastián Piñera se había vuelto a presentar de candidato con una aspiración simple: ganarse el cariño de la gente. Si había algo que lo irritaba era que Michelle Bachelet fuera querida pese al juicio crítico que él tenía de la gestión de la primera mandataria mujer de la historia de Chile. Pero no lo logró. Sus electores lo siguieron percibiendo de la misma forma que en su primer mandato, o sea, como un hombre frío y calculador, pero especialmente poco generoso. Eso creaba una barrera difícil de sortear. Pese a que sus asesores le habían insistido en que debía dar golpes mediáticos que proyectaran la imagen de un rico desprendido, el mandatario nunca tomó en cuenta esos consejos. De hecho, en una reunión en que alguien se arriesgó a sugerirle la audaz propuesta de donar su sueldo completo a una institución de beneficencia y dejar su salario en $1, tal como lo hizo Trump en su momento, el presidente se había molestado de tal forma que nadie más intentó seguir con esos argumentos. Por el contrario, el jefe de Estado había incorporado al gobierno a varios familiares, incluido el fallido intento de nombrar embajador a uno de sus hermanos. Los focus groups que realizaba el equipo del segundo piso mostraban la molestia de la gente que había votado por él con la esperanza de terminar con ciertas malas prácticas de los gobiernos de la ex Concertación y de la Nueva Mayoría. Eso en el preámbulo de la gran crisis. Lo que vino después fue tan inesperado y radical, que proyectó no solo a un político desconcertado y sin talento para gestionar una crisis, sino además a un mal administrador, incapaz de hacer una buena lectura del país y del movimiento que se inició con un grupo de estudiantes que evadían el pago del Metro en protesta por un alza de treinta pesos. Fue el inicio del fin, de una crisis que luego remataría con una pandemia única en la historia.

Andrónico, en cambio, un par de años antes había elaborado una estrategia, teniendo muy claro que su objetivo estaba puesto en la elección de 2021, con la que logró posicionarse como un millonario generoso, pero que, sobre todo, le permitió sortear –no sin dificultades– la crisis política de 2019. Misión cumplida, el contraste con Piñera era evidente. Y aunque igual terminó reproduciendo algunas conductas de Farkas, como las invitaciones a los asados colectivos, completadas y donaciones a personas con problemas de salud, como el caso del bombero Edgardo Pardo, un voluntario de 38 años de la Quinta Compañía de Rescate de Osorno, que luego de un accidente vascular había adquirido un extraño acento, su hijo se animó a subir un video en Twitter para explicar su enfermedad, etiquetando al empresario. La respuesta de Andrónico fue casi instantánea: “Matías, cuente con mi apoyo en el tratamiento, estoy seguro de que saldrán adelante. Un abrazo y mucha fuerza a su papá”.

Pero también el presidente electo había sorprendido organizando “piscoleos” y “tecitos” con sus seguidores, defendiendo al animador Francisco Saavedra de los ataques de José Antonio Kast, o apoyando al equipo de fútbol de un ídolo como Aturo Vidal. En poco tiempo había logrado que la gente rompiera esa barrera psicológica que distancia al hombre o mujer común del hombre poderoso y rico, con una fortuna estimada en 19.000 millones de dólares y número 688 del exclusivo ranking Forbes.

Andrónico Luksic tenía conciencia de que asumiría el más difícil de los desafíos de su vida, ni siquiera comparable con llegar a la cima del Everest. Sabía que el país que recibía estaba convulsionado, que la gente había adquirido un poder inédito en la historia, arrastrando a la clase política a reformar la Constitución y a permitir retirar parte de sus ahorros previsionales. Sabía que el parlamento ahora actuaba como si el régimen político fuera semipresidencial, que Chile Vamos se había quebrado igual que antes la ex Nueva Mayoría. Sabía también que la oposición era débil, que el Estado no tendría recursos para seguir apoyando a la gente golpeada por la pandemia de manera crónica, y que la economía se demoraría un par de años para recuperarse.

Pero pese a todo estaba entusiasmado. Y aunque no estaba seguro del momento exacto en que el contexto político le había abierto la ventana justa y precisa para irrumpir en la carrera presidencial, sí tenía conciencia de que la estrategia había sido correcta.

Capítulo 2 El asesor

A las 9.00 en punto de una soleada mañana de sábado llegaron a la casa ubicada en el sector de Los Dominicos. Un mayordomo vestido formalmente, y que proyectaba estar algo intranquilo, los recibió de manera amable, los hizo pasar rápidamente a un amplio living. Aunque la curiosidad de saber cómo vivía uno de los hombres más ricos de Chile hubiera supuesto una exhaustiva observación de la decoración interna, la mirada de ambos se fijó, inevitablemente, en la piscina que se podía ver desde todos los ángulos de los ventanales.

–El ramo de rosas que flota en el agua me lo lanzó mi exseñora por la pared. Vive en la casa de al lado –dijo con un fuerte vozarrón Andrónico Luksic mientras entraba a la sala–. No hay caso con las mujeres –agregó, mientras esbozaba una tenue sonrisa, aunque no lucía muy bien de aspecto.

Prosiguió hablando de pie mientras tomaba una taza de café que estaba en la mesa de centro y recién saludó a sus dos invitados que lo observaban algo incómodos por la forma en que había entrado en escena.

–Les ruego me perdonen, pero mi papá no está nada de bien, tuvo ayer un accidente vascular, debo partir a Croacia en un par de horas… por cierto les pido, por favor, no comentar esto, no queremos que sea público.

–No te preocupes, espero que se recupere pronto –respondió el asesor del presidente peruano.

–Les agradezco mucho que hayan venido hasta acá. Como te comenté por teléfono, estamos muy complicados con el caso de la planta. Estamos pensando dar por cerrado el capítulo y asumir las pérdidas –señaló en un tono más serio el hijo mayor del empresario–. A estas alturas el costo económico es secundario, nuestra reputación es lo único que nos importa cuidar –concluyó mientras se paseaba nervioso por el living.

–Para el presidente Toledo esto es complicado, Andrónico. Ya sabes que él fue uno de los que encabezó la caída de Fujimori, pero especialmente el vínculo que ustedes tuvieron con Montesinos lo deja en una posición incómoda –dijo el consejero del mandatario peruano.

–Lo entiendo, nosotros la cagamos. Solo queremos salir lo mejor posible… –dijo el empresario con una voz más baja.

–Bueno, déjame ver cómo podemos ayudarlos, pero no te puedo prometer nada.

Y aunque la reunión fue corta, ambos salieron con la convicción de que el empresario ya había dado por cerrado el caso y no le importaban las pérdidas económicas que significaría dar por terminado el proyecto ubicado en Pantanos de Villa en el distrito de Barranco, Lima. Luksic era un hombre que entendía que en los negocios a veces se ganaba –la mayoría de las veces para él–, pero que también había que saber perder y retirarse a tiempo. En 2018 perdió más de 100 millones de dólares al comprar el 3 % del Banco Popular de España y claramente no significó una tragedia para una de las familias más ricas de Chile

–Bueno, te paso su tarjeta con su número personal, cualquier cosa te va a llamar a ti, yo parto mañana temprano.

La historia no terminó bien para el empresario. La fábrica ubicada en Pantanos de Villa en las cercanías de Chorrillos, en Lima, significó un duro revés, tanto en imagen como económico. El proyecto no solo no se pudo materializar, sino que además tuvo que cargar con el peso del episodio en que el gerente de la época le entregó 213.000 dólares en efectivo a Vladimiro Montesinos, para la campaña que buscaba la tercera reelección de Alberto Fujimori. El siniestro conductor de la inteligencia de Fujimori, que resultó ser un extorsionador y promotor de la corrupción del mandatario aún prisionero, grababa todos sus encuentros, incluido este, los que fueron conocidos como los “vladivideos”. La estrategia de la empresa chilena consideró la no presentación de sus ejecutivos a ninguna instancia judicial, por lo que fueron declarados en rebeldía. Sin embargo, Andrónico Luksic buscó agotar todas las instancias internacionales como el CIADI y la Comisión Internacional de Derechos Humanos para ser indemnizados por las pérdidas, aunque no tuvo éxito.

La idea acordada entre los asesores del presidente Toledo, la embajada chilena y la oficina del empresario fue intentar una negociación que permitiera una salida más o menos honorable para la empresa chilena, pese al costo que ya había tenido la exposición del video comprometedor. Para ello, Luksic viajaría en uno de sus jets, el avión se posaría en un hangar alejado del terminal principal del aeropuerto Jorge Chávez. Un auto de la embajada chilena estaría esperando en las cercanías y saldría, sin que sus pasajeros fueran registrados, directo a un punto en que se encontrarían con el presidente peruano. Como el enviado del presidente había regresado a Lima, le pidió al asesor de comunicaciones chileno presente en la reunión de la casa de Los Dominicos, que concurriera al banco donde el empresario pasaba gran parte del tiempo, para entregarle detalles de la operación.

La oficina era amplia, elegante y de estilo muy tradicional. Abundaban los sillones de felpa y cuero, las mesitas en caoba de patas delgadas y los cuadros ambientados en el siglo pasado. Era fácil transportarse en el tiempo. El contraste con la modernidad que intentan proyectar los bancos en la actualidad era evidente. Se sentía el peso de la historia y la tradición en ese lugar.

De pronto, entró raudo el empresario. Vestía un pantalón café claro, zapatos puntudos y una camisa con el logo del banco. La verdad es que llamaba la atención el detalle, no calzaba con la imagen del presidente de una de las instituciones más tradicionales de Chile.

–Siéntate por favor, y gracias por venir acá, han sido días de loco, llegué recién ayer a Chile –dijo mientras entraba a paso raudo a la gran oficina.

–¿Cómo está tu papá?, acá no ha salido ninguna noticia de su estado –le respondió el consultor.

–Mejor gracias, fue un infarto importante, pero por suerte está controlado, gracias también por la discreción –dijo sin disimular la incomodidad del tema.

Luego se sentaron en el living y el asesor le explicó los detalles elaborados por el primer secretario de la embajada. El empresario anotó sin hacer preguntas, y aunque era de esas personas que jamás proyectan estar nerviosos, se le notaba en el rostro la inquietud de estar preparando un plan que podía significar no solo el riesgo de ser detenido en el país vecino, sino que podría convertirse en un escándalo internacional entre dos países que, aunque habían logrado un importante acercamiento gracias a la relación entre Ricardo Lagos y Alejandro Toledo, arrastraban un conflicto histórico, a lo que se sumaba el rechazo de la opinión pública peruana por el caso del video grabado por Montesinos a los ejecutivos chilenos.

Al finalizar el encuentro, que no duró más de media hora, ambos se despidieron con un cierto aire de complicidad.

–Cuídate –le dijo el asesor.

–Gracias, cualquier cosa te llamaré, Andrés –respondió Luksic.

Y aunque el asesor de comunicaciones había participado del episodio solo por casualidad, nunca supo la forma en que se realizó la operación, ni menos su resultado. Después del encuentro en el banco, no volvió a ver más al empresario. No recibió ni un llamado, ni una nota, pese a que guardó el tarjetón que le entregó la secretaria con todos sus números personales.

Varios años después, en un seminario en que se analizaban los cambios experimentados por el país en la última década, y en que ambos participaban como panelistas, el consultor se acercó a Andrónico y le susurró en voz baja: “¿Y cómo estuvo el viaje a Lima?”. El empresario se desconcertó y lo miró con cara de sorpresa y cierta molestia. Sin duda no lo había reconocido, pero luego de unos segundos cambió su disposición y le sonrió.

–¡Claro!, tú, no lo he olvidado –dijo manteniendo una posición corporal algo tiesa.

–Intenté una vez llamarte, pero no tuve éxito –respondió el asesor con cierta ironía.

–Toma mi tarjeta, esta vez te voy a responder, me gustó tu exposición, creo que tenemos varias cosas que hablar –le cerró el ojo y se despidió rápido mientras recibía el saludo de gente que le estrechaba la mano e intentaba sacarse una selfie con él–. Disculpa, tengo una memoria fatal para los nombres.

–Soy Andrés –respondió.

Una semana después volvían a reunirse en el mismo lugar del último encuentro. Aunque la oficina lucía igual como la recordaba, esta vez Andrónico vestía más formal, de traje azul con una corbata amarilla vistosa y con unos cuantos kilos más de los que recordaba de aquella tarde doce años atrás.

La conversación fue larga y distendida. Hablaron de las variables que permitían entender al Chile actual, de la fragmentación producida por el contraste entre Piñera y Bachelet, de la caída de la confianza en las instituciones, especialmente de la crisis de la Iglesia, Carabineros, el Ejército, el Parlamento y los partidos políticos. De la irrupción e impacto de las redes sociales y del futuro que se proyectaba para Chile. El empresario se veía no solo entusiasmado, sino que manejaba un buen nivel de información, y daba respuestas rápidas y agudas. Se atropellaba incluso con algunas ideas de cómo cambiar el país.

De pronto, se detuvo. Se paró y caminó en círculos por la gran sala. Se acercó a una antigua estantería y sacó una botella de whisky añejado. Tomó dos vasos cortos, les puso hielo y sirvió muy poco en ambos. Caminó hasta dónde estaba el asesor, le pasó el vaso y levantó el suyo como para hacer salud.

–Andrés, tengo en mente un proyecto en el que sé me puedes ayudar, salud por lo que viene –dijo Andrónico, sellando un pacto que sería secreto por mucho tiempo.

Capítulo 3 Cúcuta

Febrero de 2019

El presidente se encontraba caminando por un estrecho sendero, rodeado de grandes ramas que se cruzaban entre sí, y que conducía al lago, cuando se le cruzó un pensamiento que lo hizo detenerse mientras esbozaba una tenue sonrisa. Aunque su intención había sido salir a caminar solo, y se había tenido que resignar a la presencia cercana de uno de sus tres escoltas a corta distancia, en ese momento se sintió como si estuviera en medio del desierto sin nadie que pudiera acercársele y menos comprenderlo. Esa sensación, que había experimentado muchas veces cuando una idea se le aparecía como una especie de alumbramiento y que luego no lo abandonaba hasta concretarla.

Aún con la respiración agitada por el esfuerzo físico, sacó del bolsillo de su cortaviento deportivo –que parecía ser al menos una talla más grande de su tamaño– su teléfono, y marcó. Al no recibir respuesta inmediata insistió tres veces hasta que del otro lado le respondió su ministro del Interior.

–Perdón, presidente, que no le respondí... estaba durmiendo, ¿qué pasó? –dijo con voz de alarma.

–Deberías aprovechar el día, Andrés, las vacaciones también sirven para recargarse de energía –respondió con calma, lo que tranquilizó al ministro.

–Voy a aceptar la invitación de Duque y lo acompañaré el 23 en la entrega de ayuda para Venezuela, me lo recomendó Ampuero, ¿qué opinas tú? –preguntó recobrando el entusiasmo. Su primo guardó unos segundos de silencio, dejando entrever que la idea no le gustaba.

–Presidente, usted vuelve el día anterior de sus vacaciones, no creo que esta sea la actividad para reiniciar sus tareas, además, puede ser muy mal leído que no vaya a Aysén antes –respondió, pese a tener la certeza de que el mandatario ya tenía tomada la decisión.

Aunque el ministro se había autoimpuesto tratarlo siempre de manera protocolar, incluso en los espacios más íntimos y familiares, sin duda era su hombre de confianza. De hecho, los ministros cuando tenían un punto divergente con el mandatario, recurrían a él como última opción. Si Andrés no podía convencerlo de algo, nadie, ni siquiera Cecilia, su señora, lo haría cambiar de opinión, pese a que durante su primer período la primera dama –le cargaba que le dijeran así– había logrado parar sus ímpetus y hacerle ver los riesgos que corría cuando tenía estas visiones súbitas.

–Velo como una tremenda oportunidad, podemos encabezar un momento histórico –concluyó.

Pese a que el olfato político del ministro le indicaba que las probabilidades de éxito eran muy reducidas, le dijo con un aire parecido al de un padre cariñoso que se encargaría de hablar de inmediato con el canciller y distribuir tareas entre sus colaboradores.

–Gracias, pero ahora desconéctate, te queda una semana de vacaciones, Andrés –el comentario le robó una sonrisa al exsenador,

El avión se había posado dos minutos antes en la losa del aeropuerto de Iquique, en pleno desierto de Atacama. Además de la conmoción desatada en la terminal que combina un edificio de pasajeros y una de las bases de las Fuerza Aérea más importantes del país por su posición estratégica, el presidente se levantó molesto de su asiento y avanzó raudo hasta la cabina del Boeing 737–500 y comenzó a increpar con cierta vehemencia a los pilotos que lo observaban incómodos.

–No es posible, comandante, que este avión haya fallado nuevamente, dígame cuánto tiempo necesita para reparar el desperfecto –dijo el mandatario sin disimular su molestia. Intuía que el retraso sería más largo de lo que su paciencia podría tolerar.

–Presidente –respondió el comandante con voz entrecortada–, necesitamos un repuesto que puede demorar al menos dos horas solo en llegar desde Santiago. Por eso sugiero que continúe el viaje en el G-IV, tenemos todo coordinado con mi general y el señor ministro, que ya está en conocimiento.

Quince minutos después, el presidente subía raudamente las escalinatas del Gulfstream G-IV, una aeronave utilizada generalmente para trayectos dentro del país, pero que representaba la única alternativa para cumplir con parte de la agenda que tenía programada en la frontera entre Colombia y Venezuela.

Mientras observaba por la ventana cómo el avión se adentraba en el mar, y el aeropuerto se veía cada vez más chico, dos minutos después de elevarse, el mandatario pensó que lo ocurrido era una mala señal. El canciller, que había llamado a su par colombiano cuando tuvo claridad del itinerario final, trató de darle tranquilidad manifestando que el atraso ocasionado por la falla del avión presidencial no les alteraría mucho la agenda pactada en los días previos.

–El presidente Duque ya está en conocimiento, el doctor Aliaga me indicó que postergarán en una hora la recepción en el aeropuerto –le indicó en voz alta Ampuero desde el asiento de enfrente. Pero el jefe de Estado chileno no respondió, ni siquiera le devolvió la mirada. El canciller giró hacia la ventana y prefirió pensar que no lo había escuchado.

El aterrizaje del G-IV fue más brusco de lo esperado, producto de una turbulencia que se presentó casi al final, pero el presidente parecía estar contento. Se peinó por enésima vez y repasó unos apuntes que había realizado durante el vuelo. Unos minutos después bajaba los ocho escalones de la puerta que se transformaba en escalera, y avanzaba rápido a estrechar la mano del presidente colombiano que lo esperaba vestido con una guayabera blanca, pese a que el mandatario chileno estaba con una chaqueta azul, a pesar del intenso calor reinante.

A las 19.15 horas y luego de revisar las cajas marcadas con una bandera chilena –avaluadas en cien millones de pesos– y realizar un punto de prensa, el presidente se retiró a su hotel a descansar con parte de la pequeña comitiva que lo acompañaba, el resto se había tenido que quedar en Iquique. Su ánimo era muy bueno, atrás habían quedado los nervios que le ocasionó el episodio del desperfecto.

–¿Te parece, Roberto, que comamos en el hotel repasando el programa de mañana? –le indicó al canciller mientras su auto avanzaba a alta velocidad antecedido por cuatro motos policiales y tres jeeps que los escoltaban atrás. Lo cierto es que las autoridades colombianas habían tomado extremadas precauciones considerando la cercanía con la frontera, la presencia de varios mandatarios y los riesgos que existían al momento en que los camiones con ayuda humanitaria intentaran pasar el puente sobre el río Táchira.

En mitad de la cena, el jefe de Estado tomó su teléfono que sonaba insistentemente. Le hizo un gesto que el canciller no entendió, se levantó de la mesa y comenzó a pasearse por la habitación con una pequeña sonrisa dibujada en el rostro.

–Ok, Andrés, gracias por la llamada, pero hazme un favor y deja esto en manos de la Magda, tú sigues de vacaciones y prefiero que te desconectes, te he dicho que te necesito repuesto en un par de semanas más –dijo el presidente y miró con un aire de complicidad a su ministro de Relaciones Exteriores–. Miguel Bosé se tiró con todo contra ella, jamás me lo hubiera imaginado, para que veas, Roberto, que hasta este tipo que la apoyó en su campaña... –pero no alcanzó a terminar la frase cuando lo interrumpió el canciller, quien dijo dudoso:

–Presidente, creo que eso es bueno para nosotros, aunque ella podría victimizarse y desviar la atención de la entrega de mañana.

El exsenador y mandatario desvió su mirada hacia el gran ventanal que tenía vista a gran parte de la ciudad, aunque le entusiasmaba la misión en que estaba, tenía dudas de la capacidad de conducción de su ministro. Ampuero entendió que lo había incomodado, aunque jamás pensó que su comentario habría de ser tan certero y premonitorio.

Capítulo 4 El mismo de siempre

Mayo 2019

La semana siguiente del controvertido viaje a Colombia las encuestas habían mostrado una fuerte baja en la popularidad y una evaluación bastante negativa del rol que el mandatario había tenido en la frontera. El objetivo de proyectar una imagen de liderazgo regional no funcionó como estaba diseñado. Los presidentes de Argentina y Brasil tomaron la precaución de enviar ayuda, pero se cuidaron de no estar presentes ese día en Cúcuta por el riesgo de que la operación fuera un fracaso. El presidente, en cambio, se había precipitado y el costo fue evidente. Fue un viaje para el olvido.

De ahí en adelante, el gobierno hizo un giro y tomó algo de distancia con el tema de Venezuela. Los focus groups semanales encargados por la Dirección de Comunicaciones de la Secretaría General de Gobierno eran categóricos: la gente de clase media y baja consideraba que la crisis del país que tenía dos presidentes –uno oficial y uno encargado– era lejana y distante, y consideraba que el Ejecutivo debía preocuparse más de las dificultades económicas y el desempleo que comenzaba a golpear con más fuerza a las personas. Además, aunque las personas valoraban que el presidente chileno tuviera un rol protagónico en el continente, no lo consideraban como algo muy importante en comparación con la preocupación que debía tener por los problemas internos.

Y aunque la apuesta del equipo asesor que trabajaba en el llamado segundo piso era que con este giro el presidente podría mover la aguja y concentrarse en lo interno, la calma duró poco. En un giro inesperado, volvió a comportarse de manera muy similar a su primer período en que las críticas hacia la manera personalista con que se conducía, la escasa participación que le otorgaba a los partidos de su coalición –llamada Alianza por Chile– y sus permanentes salidas fuera de libreto, se habían convertido en tema obligado de oficialistas y opositores. Y aunque el mandatario llegó a considerar que las “Piñericosas”, ese invento del diario The Clinic, eran buenas para su imagen, lo cierto es que su propio equipo político pensaba que el costo en su imagen era muy importante. El semanario no solo dedicaba una sección permanente a sus errores, chambonadas, confusión de personajes y frases históricas fuera de lugar, sino que había editado un libro, el cual se había convertido en un éxito de venta.

El jefe de Estado había vuelto a ser el de siempre. Sus propios asesores argumentaban que simplemente era su naturaleza y que frente a eso no se podía hacer nada. Piñera solía escuchar a muy poca gente, sin embargo, eso no era garantía de que tomara sus consejos. De hecho, sus más cercanos muchas veces intentaban hablar con la primera dama esperando que pudiera influir en sus decisiones. Pero lo cierto es que el presidente volvió a hablar a diario de todo tipo de temas. Sin usar filtros, podía referirse a las grandes políticas de Estado, así como a un pequeño hecho ocurrido en un liceo emblemático, lo que dejaba completamente descolocados incluso a los ministros de esas áreas. Además, de a poco, le fue quitando protagonismo a sus colaboradores, lo que incluyó a su propio círculo de hierro. Empezó también a tomar decisiones sin consultar a los partidos de su coalición y le fue dando más visibilidad a su familia, partiendo por su señora.

Incluso, logró descolocar a los ministros de La Moneda cuando anunció en un programa de TV, en directo, que en los días siguientes invitaría a los presidentes de los partidos de oposición a discutir la Reforma Tributaria con el objetivo de buscar acuerdos antes de someter el proyecto a la aprobación de la idea de legislar. Los encuentros, por lo demás, no habían logrado su objetivo, pero sí lo habían dejado muy expuesto, además de quedar asociado al fracaso de las conversaciones. Para eso estaban los secretarios de Estado, precisamente para actuar de fusibles en esas situaciones.

De ahí en adelante, algunos dirigentes de la coalición gobernante empezaron a tomar cierta distancia de la marcha del gobierno. Además, esto coincidió con que la vocera del gobierno se enfermó, dejando un espacio para que el presidente se apropiara en plenitud de ese rol. Pero con el paso de las semanas las cosas se complicarían aún más. Los ministros se llamaban entre ellos, pedían, sin éxito, ser recibidos por el director de comunicaciones del gobierno o intentaban consultar a los asesores del segundo piso, pero la verdad es que nadie estaba para dar consejos.

Solo unos días antes de que el mandatario iniciara una gira a Asia, que incluía a China y Corea del Sur, el presidente del partido más grande de Chile Vamos convocó a su casa a dos ministros que militaban en la tienda de derecha. El encuentro fue organizado con mucho sigilo para evitar que se enterara la prensa. El diputado que dirigía la colectividad, en que antes militaba el presidente, sabía que esa reunión no sería bien vista por sus socios de coalición y que, por supuesto, podría generar molestia en La Moneda.

–Les agradezco mucho que vinieran, preferí que fuera en mi casa –dijo–. ¿Les parece una copa de vino?, me acaban de llegar los vinos del mes, tengo un blend muy bueno –concluyó mientras los invitaba a tomar asiento.

–Era mejor acá, Mario, yo prefiero un café, la verdad, hoy tengo que estar temprano en mi casa, tenemos un compromiso con la Pauli y si me atraso me mata –respondió algo incómodo uno de ellos, dejando claro que esperaba que la conversación fuera corta y precisa. Si bien el presidente del partido no les había adelantado el motivo de la invitación, ambos se habían comunicado por teléfono esa mañana y coincidieron en que debía estar relacionada con las conductas del presidente.

–Yo estoy bien así –dijo casi al mismo tiempo el otro ministro–, también tengo poco tiempo, hoy va a comer a mi casa mi hija mayor, viene llegando de Nueva York.

El diputado entendió claramente el mensaje. Los dos ministros de su partido habían tomado una posición defensiva e intuido el motivo de su convocatoria.

–Voy a ir directo al grano para no hacerles perder mucho tiempo –dijo con ironía el dueño de casa–. Estoy, estamos la verdad, preocupados por la forma en que el presidente se ha estado conduciendo. Tengo la impresión de que hemos vuelto al Piñera del primer mandato y eso puede ser bastante complicado para Chile Vamos, pero especialmente para nuestro partido. Quiero ser súper transparente, necesitamos que alguien pueda hablar con él y le haga ver estos riesgos, mal que mal, somos la base de este gobierno –concluyó secamente y se paró mirando de reojo a los dos secretarios de Estado.

–Mario, tú sabes que él escucha a muy poca gente, para eso está el equipo político, dudo de que si cualquiera de nosotros intenta plantearle el tema vaya a tomarlo bien. En todo caso, Cecilia es quien debería cumplir ese rol –dijo el ministro de Vivienda con un tono cortante.

–Pero, Cristián, el problema es que Cecilia hace rato que entró en una dinámica que parece estar reforzándole ese estilo –respondió el presidente del partido.

La reunión terminó con palabras de buena crianza –“déjanos ver qué hacemos”–, pero Desbordes entendió que la tarea sería difícil. Además, la reacción de los ministros le confirmó lo que él sospechaba desde hacía un tiempo: que el piñerismo tenía capturados a todos sus secretarios de Estado. Pero lo que más le preocupaba era que la ministra Pérez se hubiera desdibujado tanto en los últimos meses. Lo cierto es que se había convertido en una sombra comparada con el rol brillante con que había destacado en el primer mandato. Más irritable, con un lenguaje agresivo y una marcada agenda de defensa de la figura presidencial más que del gobierno, Cecilia Pérez había dejado de ser el puente entre La Moneda y Renovación Nacional. Por eso el diputado había intentado jugar la carta con los dos Monckeberg.

A los pocos minutos que los ministros habían abandonado su departamento, tomó su teléfono y marcó rápidamente un número mientras prendía el televisor de su escritorio y ponía CNN.

–¿Cómo te fue? –sonó al otro lado de la línea.

–No me fue. Estuvieron a la defensiva y sacaron la pelota al corner –respondió distraídamente el dueño de casa mientras hacía zapping por otros canales de noticias.

–Bueno, había que intentarlo igual, juntémonos mañana temprano, tengo un par de ideas para no aparecer desleales con el gobierno, pero cubriéndonos un poco más –señaló su interlocutor.

–Ok, Andrés, pero dame una pista al menos –dijo con curiosidad el diputado.

–Tenemos que apropiarnos del relato, la otra idea te la cuento personalmente –respondió el senador Andrés Allamand. Lo que no le contó es que desde ese momento iniciaba su plan para perfilarse, una vez más, como presidenciable por Renovación Nacional, pese a que el presidente apenas cumplía un año de su segundo mandato.

Por supuesto que nadie se atrevió a hablar con el mandatario. Sus intervenciones seguían siendo diarias lo que complementaba con el Twitter que manejaba él mismo, por tanto, no había posibilidad alguna de que ni sus asesores, ni menos los ministros, se alcanzaran a preparar en caso de que mencionaran sus áreas de competencia. Sin embargo, en la Cancillería sabían que la cuidadosa gira a Asia –que llevaban preparando sigilosamente durante varios meses– se podría convertir en una oportunidad para hacer un giro y que tanto el presidente como La Moneda pudieran capitalizarla a su favor.

Pero poco más de una semana antes de iniciar el largo viaje, había ocurrido un incidente que el propio ministro consideró un mal augurio. El secretario de Estado de EE.UU., un gigantón exdirector de la CIA, que tenía muy poco de diplomático pese al cargo que ocupaba, había sorprendido a todos al lanzar una advertencia que más bien pareció una amenaza. Sin ningún tipo de filtro y a la salida de una reunión con el presidente, señaló que si la delegación chilena visitaba la planta de Huawei, el gobierno norteamericano consideraría que Chile estaba usando sistemas no confiables y que en ese caso tomarían decisiones de dónde poner su información. La críptica frase se interpretó en La Moneda como la obligación de revisar el itinerario de la gira.

Y aunque el gobierno chileno intentó reforzar su independencia frente a EE.UU., la sensación que dejó en el ambiente político fue que la potencia norteamericana estaba volviendo a imponerse en la región. Ampuero entendió ese día que era necesario clarificar la postura de Chile, para evitar que los chinos malinterpretaran la señal dada por el representante de Washington, la que instalaba una duda respecto de cómo se movería la diplomacia chilena a pocos días de iniciar la gira y ya confirmado el itinerario varias semanas antes. Entonces decidió llamar directamente al presidente y recomendarle que el ministro del Interior hiciera un punto de prensa. Al presidente le hizo sentido el consejo y de inmediato llamó a su primo hermano.

La intervención del ministro de Interior, aunque fue bastante ambivalente, bajó un poco la tensión tanto en el frente interno como entre los dos protagonistas de la llamada guerra comercial y puso una nota de cierta ambivalencia que le servía para no quedar del todo mal con los dos protagonistas. Chadwick expresó que nuestro país no necesitaba “advertencias de nadie”, sin embargo, relativizó la visita a la empresa de tecnología reconociendo que se excluiría de la agenda, pero que en su reemplazo el presidente se reuniría con ejecutivos de la firma. Un corte salomónico que no logró atenuar la molestia del embajador chino en Santiago, quien incluso llegó a decir que Pompeo había “perdido la cabeza” y llegado muy lejos. La cancillería del país asiático fue aún más dura calificando a la autoridad norteamericana como cruel, instigadora, irresponsable e irracional.

Un par de horas después que Chadwick diera a conocer la declaración del gobierno chileno, Ampuero volvió a llamar al jefe de Estado. Se le notaba incómodo.

–Presidente, fue muy oportuna la intervención del ministro del Interior, hace unos minutos me llamó el embajador y me señaló que valoraban el gesto, pero me insistió en la invitación a Huawei, ya que estaba considerada en la agenda aprobada por las dos cancillerías.

–Vuelve a llamarlo personalmente e insístele que es mejor para todos que nos reunamos con sus ejecutivos, pero en el marco del encuentro en Shenzhen –respondió el presidente, que estaba sentado en su escritorio frente a dos grandes rumas de carpetas y papeles y observaba casi en forma simultánea las tres pantallas de PC que tenía repartidas a ambos costados.

–Muy bien lo haré ahora mismo… Tengo otro tema que me gustaría consultarle, presidente –dijo con un tono bajo.

–Dale, Roberto –volvió a responder un distraído mandatario al otro lado de la línea.

–Estaba revisando la lista de la delegación oficial y veo que sus hijos Cristóbal y Sebastián están incluidos, no tenía esa información... –nuevamente hizo una pausa–. ¿Es eso correcto?

–Sí, Roberto –respondió con un aire de molestia que el ministro interpretó como una crítica a su llamado–, la verdad es que yo no estaba seguro, pero Cecilia insistió y donde manda capitán no manda marinero. Le pregunté a Larroulet y me dijo que no le veía inconveniente, ¿estás de acuerdo? –señaló con ironía.

Ampuero entendió. Había nombrado al principal asesor del segundo piso, esa era una forma de decirle que ese criterio era suficiente y, por cierto, una manera directa de enrostrarle que eso no era de su competencia.

–Presidente, si me permite, le recomendaría evaluarlo, no porque no me parezca válido que vayan, por el contrario, lo encuentro muy legítimo, pero… –no alcanzó a terminar la frase cuando el presidente lo interrumpió.

–El tema está cerrado, gracias, ministro –concluyó con un tono seco.

El periodista de TVN se acercó a la jefa de prensa de la presidencia y le hizo una pregunta que la pilló por sorpresa.

–Ehh… no… vienen desde Santiago –respondió incómoda ante la consulta que su excompañero de curso de la universidad, mientras compartían un café en la parte posterior del avión.

–Curioso, Francisca, todos pensábamos que se habían subido acá en Madrid. Nadie los vio hasta este momento, ¿los tenían escondidos? –Y lanzó una sonrisa algo forzada.

La joven periodista quedó preocupada. Tuvo la sensación de que la pregunta no era trivial y pensó que tal vez debería haberle devuelto una respuesta más ambigua. Conocía bien a Rodrigo y sabía que era un profesional agudo y detallista. Aunque sintió un vacío en la parte alta del estómago, consideró que tenía que alertar a la jefa de gabinete de la presidencia.

Maida, como la conocían todos, llevaba varios años trabajando con el mandatario. La trabajadora social conocía al presidente desde pequeña y creció diciéndole “tío” desde que jugaba con sus hijos Sebastián y Cristóbal en las orillas del lago Caburga. Sus padres eran grandes amigos, lo que había significado, incluso, que el presidente lo nombrara embajador en su primer mandato. Magdalena tenía el mérito de, en poco tiempo, haberlo llegado a conocer, de tal forma que era de las pocas personas que se atrevía a cuestionarle sus bromas machistas o sugerirle posturas para evitar que se notaran sus múltiples tics. Además, su cercanía con el entorno familiar la ponía en una situación envidiable, incluso para sus ministros cercanos. Después de volver de voluntaria en Haití, se había integrado al gobierno como jefa de gabinete de la primera dama. Era una mujer ordenada, rápida y muy intuitiva.

–Magda, me acaban de preguntar si Cristóbal y Sebastián se subieron en Madrid, me sorprendieron y dije que había sido en Santiago. Andan detrás del tema. Tal vez también debas advertirle a Chadwick, tú sabes que en los reportes que le manda al presidente los lunes siempre pone esos semáforos y este puede ser amarillo.

La primera imagen que despacharon la mayoría de los medios de la llegada de la comitiva a Pekín, fue del presidente, la primera dama y sus dos hijos caminando distendidamente por la losa del aeropuerto con la postal del avión presidencial de fondo. El mayor de los Piñera Morel caminaba apoyado en un bastón americano, vestido de manera muy informal considerando que estaban arribando a una visita de estado. Los cuatro se veían relajados y sonrientes.

La polémica por la presencia de los dos hijos en las actividades oficiales fue escalando de a poco hasta convertirse no solo en tema de conversación obligado y portadas de noticias, sino también en trending topic en las redes sociales. Y aunque en la delegación chilena iban algunos parlamentarios opositores, no fue hasta que los hijos aparecieron sentados en una ronda de negocios con empresas de tecnología chinas que surgieron las primeras críticas desde el mundo político. En tono de broma, el primero en referirse fue el presidente del Senado. De vuelta, el presidente respondió con ironía que Sebastián y Cristóbal no podrían participar en otras actividades oficiales porque estaban “castigados gracias al senador Quintana”. La frase no solo causó algo de risa entre los integrantes del grupo, sino que logró encender el tema y extenderlo a todos los medios nacionales. Hasta ese momento, los periodistas que formaban parte de la comitiva habían despachado fotos y preguntado a sus editores si la presencia de los hijos del mandatario era normal en este tipo de situaciones, pero el tema no pasaba de ser una anécdota. Sin embargo, a partir de ese momento se tomó la agenda de la gira, desplazando a las reuniones de carácter político y comercial. Los medios empezaron a dedicar amplios espacios a las actividades en que ambos hijos participaban, además de investigar la empresa creada por uno de ellos un par de meses antes en el área de robótica. La preocupación se adueñó del equipo de prensa de La Moneda, pero el presidente más que escuchar los consejos de algunos de sus asesores, parecía ir aumentando su molestia frente a las críticas recibidas.

–Presidente, creo que sería conveniente que Cristóbal y Sebastián no participaran de las próximas actividades oficiales, eso solo daría pie para que sigan atacándolos –dijo con convicción el ministro del Interior que por esos días ocupaba el cargo de vicepresidente.

Pero el presidente no escuchó a su primo y consideró que se estaba sobredimensionando el episodio, y como desde China su percepción fue que estaba acotado a un par de medios considerados opositores, decidió no alterar los planes y esa misma noche incluyó a sus dos hijos en la recepción oficial que dio el líder Tan Xo Pen. Sin duda, este fue un punto de inflexión en la evaluación del mandatario. De manera sostenida comenzó a bajar en las encuestas a partir de la polémica del viaje. Lo que se puso en cuestionamiento fue la falta de cuidado y exceso de confianza del presidente en una característica que pareció no causarle daño durante su primer mandato: los conflictos de interés. Por alguna razón difícil de explicar, las personas hacían vista gorda a la hora de juzgar las formas en que Piñera había logrado amasar una de las principales fortunas del país, pese a, como él mismo afirmaba, provenir de la “clase media”, esa categoría amplia que lograba identificar, curiosamente, a ricos y pobres sin distinción. Pero, así como en un momento Michelle Bachelet había perdido toda su credibilidad gracias a su hijo y nuera o se pensaba que Enríquez Ominami era incombustible a sus conductas que rayaban en el límite de lo tolerable como líder político, esta vez parecía que los chilenos no estaban dispuestos a perdonarle los intentos por privilegiar a los integrantes de su familia. De hecho, el paso en falso que significó el nombramiento frustrado de su hermano en la embajada de Argentina había sido una alarma que el presidente no dimensionó en su momento.

A los quince meses de gobierno, Sebastián Piñera mostraba menos de 30 puntos de respaldo ciudadano, muy lejos del 54% obtenido en las elecciones de fines de 2017. El ánimo en La Moneda comenzó a decaer, no tanto por los malos resultados que mostraba el presidente, sino por un cierto nivel de deslealtad que se empezaba a evidenciar en los partidos del conglomerado que sustentaba al gobierno. Aunque el presidente afirmaba en público que las cosas andaban bien, en los pasillos y las reuniones políticas los dirigentes de Chile Vamos expresaban su molestia por los errores no forzados que Piñera proyectaba de manera cada vez más frecuente.

Al episodio de los hijos –que se prolongó más de la cuenta debido a que tanto el mandatario como algunos ministros salieron a justificar el error en varias ocasiones– se sumaron las dificultades económicas debido a un escenario mundial inestable producto de la guerra comercial entre China y Estados Unidos. De a poco, se fueron bajando las expectativas de crecimiento y el gobierno terminó prisionero de su propia promesa –tiempos mejores– y de las críticas que habían hecho durante la campaña al gobierno anterior en el sentido de que los problemas externos no justificaban las bajas cifras internas. Con el mismo efecto de un búmeran, Hacienda terminó desplegando un relato casi idéntico al de las autoridades económicas antecesoras.

Capítulo 5 La familia y los hijos

–Perdone, presidente, que le insista –dijo con incomodidad el periodista mientras observaba la respuesta corporal de su entrevistado–, ¿pero usted sigue pensando que no fue un error llevar a sus hijos en la misión a China?, ¿no le parece que provocó una mala reacción de la ciudadanía?, porque su caída en las encuestas fue inmediata.

–Sabe, yo estoy preocupado de sacar adelante la gran tarea que nos hemos impuesto, las encuestas son una fotografía del momento y, por supuesto, espero que los ciudadanos sepan valorar la foto final –respondió con un tono seco y evidentemente molesto–. Pero respecto a su pregunta, a veces hay situaciones amargas que marcan a un gobernante, que a veces incluso supone la maldad de algunos opositores para atacar a la familia del presidente, pero lo importante siempre es mirar hacia adelante –y le hizo un gesto a su jefa de prensa, que ella de inmediato decodificó y se acercó al productor que acompañaba al periodista para decirle: “Está incomodando al presidente y esto no es parte de los temas que habíamos acordado”.

Esa noche, y mientras observaba el amplio jardín con su señora Cecilia, el presidente de pronto se paró del sillón blanco de la terraza y comenzó a dar vueltas. Ella sabía qué estaba pensando y que en unos segundos le lanzaría una pregunta, era muy predecible en esos momentos.

–Hoy en la entrevista de CNN me preguntaron si fue un error llevar a los niños a China…

–Sebastián, tú sabes lo que pienso, te lo he dicho muchas veces, pero te lo pregunta un periodista y te baja la duda. Yo creo que fue un error ir con los niños, o más bien fue un error que asistieran a esa reunión –respondió algo molesta. Este tema lo habían conversado muchas veces, pero el presidente parecía olvidarlo.

Lo cierto es que el viaje a China de Cristóbal y Sebastián impactó de una manera insospechada la imagen del gobierno de su padre. Durante casi un mes, el tema se tomó la agenda política y noticiosa. La sorpresiva presencia de ambos hijos en la bajada del avión en el aeropuerto Internacional de Pekín, partió generando algunos comentarios que más bien estaban en las secciones de anécdotas, como Top Secret de La Segunda, pero en los días siguiente se encendieron las alarmas cuando formaron parte de la delegación oficial en un encuentro con empresarios del área de tecnología y robótica del país asiático. En un comienzo el gobierno intentó bajarles el perfil a las críticas. La vocera de La Moneda llegó a decir que como el mandatario trabajaba veinticuatro horas los siete días de la semana, veía poco a sus hijos, por lo que debía aprovechar estas oportunidades para el encuentro familiar. Además de que su justificación se prestó para todo tipo de memes en las redes sociales, el hecho de que fueran mayores de edad y tuvieran familias constituidas debilitaba aún más los argumentos oficiales. “Reconozco que fue malo el argumento, pero ¿qué más podía decir?”, confesó la ministra en privado.

Los propios involucrados salieron a defenderse desde China alegando que ellos se habían costeado el viaje completo, cosa que generó más ruido porque la Fuerza Aérea refutó el argumento –unas horas después–, ya que el avión era costeado íntegramente por esa rama de las FF.AA., es decir, todos, incluido Andrónico Luksic, habían viajado gratis. Además, el presidente desplegó el argumento de que detrás de las críticas había “maldad” contra su familia. La impresión del episodio que quedó instalada fue que el padre gastó más tiempo del prudente para proteger a dos adultos como si fueran menores de edad. También se involucraron algunos ministros; sin embargo, dos semanas después, fueron Sebastián y Cristóbal los que salieron a cerrar la polémica reconociendo que no fueron capaces de dimensionar su conducta.

La caída en las encuestas en esas semanas fue significativa y, aunque el gobierno intentó hacer control de daños, la verdad es que fue inevitable que la gente asociara el caso Caval con la visita a China. Los hijos afectando la imagen de sus padres. Las similitudes entre ambos casos fueron sorprendentes. Al igual que Piñera, Bachelet también demoró casi diez días en entender la gravedad del caso Caval –sin moverse del lago Caburga– hasta aceptar la renuncia de Sebastián Dávalos. Reacciones a destiempo que se entienden porque hasta los presidentes son padres antes que mandatarios, aunque lo esperable es que siempre exista un asesor o consejero que advierta a los presidentes cuando están cometiendo un error, con buenos argumentos y con capacidad de convicción frente a un jefe poderoso.

Los medios y redes sociales fueron, de a poco, estableciendo comparaciones –algo odiosas–, motivados por la fuerte ofensiva que realizó Sebastián Dávalos, el hijo de la presidenta Bachelet, intentado establecer la teoría del empate. Y aunque los casos eran distintos, la prensa los igualó principalmente analizando el daño provocado por dos malas decisiones –de Bachelet y Piñera– y la falta de claridad para dimensionar el impacto.

Poco antes de apagar la luz de su velador, Sebastián Piñera dejó el libro y sus lentes de lectura y se acomodó en el lado izquierdo de su cama. “Pese a todo, debo decirte que siempre he pensado en lo mal que lo pasó la Bachelet con el tema de su hijo y nuera”. Cecilia ya dormía hacía varios minutos. Antes de apagar la luz, a las 00.36 le envió a Cristóbal un WhatsApp pidiéndole que fuera a la casa temprano porque necesitaba hablar con él urgente, “te espero a las 7.00 a tomar desayuno”. No esperó la respuesta, aunque se percató de que su hijo había leído el mensaje.

–Puedes entrar a su despacho, está algo enojado –dijo la secretaria que lo acompañaba a diario en su casa desde las 6.45 am, mientras intentaba ordenar unos papeles llenos de apuntes con una letra difícil de descifrar.

Cristóbal entró a la gran oficina con una evidente sensación de dolor de estómago. Cuando su padre estaba de mal humor o molesto con alguien, siempre era mejor evitarlo. Eso lo había aprendido de su madre, una mujer ponderada y tranquila que sabía decodificar –y manejar– muy bien los estados de ánimo de su marido.

Su padre se paseaba dando pasos largos, en círculo, sin disimular sus tics, los que había aprendido a controlar sujetando con fuerza su mano derecha con la izquierda cuando estaba en público. Se acercó al escritorio y tomó la página de un diario que tenía marcada con plumones de distintos colores y la puso sobre una gran mesa de centro rodeada por dos sillones que se enfrentaban; muchas veces el mandatario había bromeado con sus invitados que era similar a la del salón Oval; por supuesto, cada vez que lo mencionaba las personas no podían dejar de pensar en el bochornoso momento en que durante el encuentro con Barack Obama le había pedido sentarse en su escritorio para sacarse una foto, convirtiéndose, de seguro, en el primer mandatario que hacía tan insólita y poco diplomática petición.

Capítulo 6 La nostalgia de China

Mayo 2019

Andrónico despertó inquieto. Había conciliado el sueño unas pocas horas antes. Miró el reloj de su IPhone y comprobó que eran las 2.14 a.m. Definitivamente, el horario cambiado lo estaba afectando más que de costumbre, pese a estar acostumbrado a viajar a países como China, incluyendo la larga aventura cuando estuvo un par de meses en Nepal para subir el Everest, uno de los sueños que había alimentado desde niño.

Pero no solo las doce horas de diferencia con Santiago le habían provocado el desvelo. Las declaraciones hechas a La Tercera, la tarde anterior, lo habían dejado preocupado. Pensó incluso que podría llamar a la periodista para decirle que le gustaría repasar una parte de sus palabras, pero entendió también que no solo ya era tarde –la entrevista estaba siendo comentario obligado en la antesala de los almuerzos familiares de domingo–, sino que eso podía ser más noticioso que las respuestas que ahora lo incomodaban.

Mentalmente volvió a repasar sus palabras, sabía que se había paseado por muchos temas incluida la Reforma Tributaria, el gobierno, la oposición, Codelco, impuestos. De pronto, sintió que un aire frío le recorría el cuerpo. “Mierda”, dijo y tomó el teléfono. En Santiago eran las 14.16 minutos.

El empresario tenía una debilidad que, pese a tener conciencia de ella, lo traicionaba más seguido de lo razonable. Estaba tan acostumbrado a improvisar intervenciones en directorios, reuniones, asambleas frente a sus miles de trabajadores y otros espacios que, cuando comenzaba a entusiasmarse, muchas veces pronunciaba arengas que producían reacciones de blanco y negro. No era la primera vez que cometía un error frente a una periodista. También había comprendido que su impulsividad le pasaba la cuenta en Twitter, como cuando había salido a defenderse de las acusaciones que un importante medio digital había hecho contra uno de los tantos puertos que administraba. La nota solo recogía críticas al manejo ambiental que venían siendo públicas por años. El empresario había tomado su teléfono y escrito en 200 caracteres que si les molestaba tanto simplemente cerraría sus instalaciones en el puerto, además de afirmar que su padre y hermano habían enfermado por vivir en esa zona. Fue un mensaje que levantó el tema a nivel nacional y provocó cierta confusión entre sus 450.000 seguidores acostumbrados a leer en ese espacio solo acerca de donaciones, asados y completadas masivas, actividades a las que invitaba a grupos que no se conocían entre sí y que, por supuesto, él tampoco había visto en su vida.

De hecho, el administrador de sus redes sociales le dijo después del episodio que era importante que actuara con disciplina y que confiara en que la estrategia que dirigía tenía que ser siempre consistente. Fue una forma elegante de señalarle que evitara intervenir directamente desde su móvil.

–Si quiere publicar algo avíseme y yo lo gestiono –concluyó con mucha tranquilidad el millenial de pelo largo, que no se dejaba amedrentar por el poder de su contraparte y que se encargaba de que sus apariciones tuvieran un alto impacto en las generaciones más jóvenes.

Pero lo cierto es que la entrevista, publicada en Chile el último día de la gira presidencial a la que había sido invitado por el mandatario, fue el corolario de una serie de declaraciones que rebotaron siempre en el país, generando controversias, lo que daba cuenta del interés periodístico que despertaban. Primero fue una desafortunada crítica al presidente de la empresa estatal de cobre por haberse quejado de no ser convocado a la visita de estado al país asiático. Mal que mal, él era uno de los dueños del mayor holding minero de capitales chilenos y sí formaba parte del viaje.

Andrés, su principal asesor de comunicaciones, le hizo ver lo necesario de no polemizar en situaciones en que estuvieran en juego sus intereses. Andrónico le restó importancia al episodio y le respondió que estaban haciendo una tormenta en un vaso de agua.

–Claro, allá en China porque andas con la delegación, pero acá se levantó polvareda –respondió su hombre de confianza.

Después vendrían sus comentarios acerca de que antes había formado parte de delegaciones oficiales a Estados Unidos, México y Panamá, invitado por Patricio Aylwin y luego por Michelle Bachelet, la presidenta con que había desarrollado una cercanía que algunos catalogaron de amistad en su momento. Quizás esa era, precisamente, la razón de haber sido excluido en el primer gobierno del mandatario de derecha del listado “vip” de los que suelen incluirse en estas giras. Sin duda, no pasaba inadvertido el hecho de que aunque era uno de los principales empresarios del país, no hubiera recibido una invitación durante los cuatro años del también empresario-presidente.

Apenas habían pasado dos minutos desde que levantó su IPhone para leer por internet la nota publicada por el diario, cuando ya estaba marcando el número de su community manager.

–Necesito decir algo para parar una frase que sé va a dejar la cagada –dijo con una voz ronca por haber recién despertado y también por la ansiedad que proyectaba.

–Hola, don Andrónico –respondió sin alterarse el joven periodista que llevaba un año trabajando para él y que ya comenzaba a acostumbrarse a sus consultas en cualquier horario y, por supuesto, también al sentido de urgencia que le daba a todo–. ¿Cuál es la frase y dónde la dijo?

–Dije algo así como que la clase media ahora viaja, tiene un segundo auto y hasta casa en la playa –respondió con algo de pudor.

–Bueno, la embarró –señaló el periodista con toda soltura y agregó–: Estoy leyendo su Twitter ahora y una señora acaba de escribirle “Por aquí estamos trabajando para tener la casa en la playa, algo al menos ya que aún no tengo ni la primera vivienda, que viva la clase media baja”.

–La cagué… ¿Qué me recomiendas? –dijo, su tono ahora era más duro.

–No le suba tanto el perfil al tema, solo escribamos en su tuit que lo lamenta, pero respóndale a la señora, aunque de manera más general de manera que se interprete como una disculpa más genérica, ¿se entiende? Le mando altiro un texto para que me lo valide y lo subo.

–¿Y si empieza a salir en otros medios? –agregó, nuevamente la voz denotaba preocupación.

–Yo creo que va a salir de todas maneras, pero deje que se remitan a su tuit, el lenguaje que le permite Twitter es más simple y cotidiano. Se lo mando en cinco minutos.

Solo un par de minutos después Andrónico había recibido el texto y dado el okey, con lo que el periodista subió inmediatamente el texto:

Lamento haber utilizado una mala frase para describir a la clase media. Nunca fue mi intención ofenderla a usted ni a nadie. Menos a quienes trabajan duro todos los días para ganar su sustento.

Pese a que había actuado rápido, seguía inquieto y comenzó a dar vueltas por la lujosa habitación del hotel ubicada en el piso 26 en pleno centro de Beijing. Las luces de la ciudad le dieron la sensación de estar en Nueva York. Miró hacia abajo, una leve llovizna cubría la calle, no se veía ningún auto ni movimiento. Los edificios de oficinas, aunque estaban vacíos, mantenían todas sus luces prendidas. Se había quedado con la mirada fija en el piso que estaba frente al hotel, cuando sonó su teléfono.

–Hola, sé que estás despierto por eso te llamo a esta hora –dijo Andrés, con una voz algo risueña que despertó su curiosidad.

–¿Pasó algo divertido? –respondió con cierta ironía.

–No... Bueno, sí. Tienes una suerte tremenda. Creo que la frase que te mandaste va a pasar inadvertida –dijo con tono liviano–. Acá de lo único que se habla hoy es de los hijos del presidente, además salieron declaraciones de los parlamentarios que integran la comitiva que le dieron muy duro. Creo que La Moneda va a tener que salir a explicar el tema –concluyó su asesor comunicacional.

La gira había sido mejor de lo esperado. Andrónico estaba impresionado del despliegue de los chinos, de su formalidad y protocolo casi marcial. La verdad es que estaba sorprendido de cómo los asiáticos manejaban hasta el más mínimo detalle, aunque, claro, el hecho de no haber participado nunca en una visita oficial facilitaba esa percepción.

–¿Y has estado con los hijos? –preguntó el asesor con más curiosidad que interés profesional.

–Sí claro, pero ¿sabes?, recién al llegar a Pekín nos dimos cuenta de que venían, incluso varios especulaban que se habían subido en la escala de Madrid, yo al menos no los vi hasta que se bajaron del avión –respondió–. Son chiquillos simpáticos, he cruzado un par de palabras con el mayor, pero creo que el presidente se equivocó medio a medio al traerlos.

–Bueno nada de malo para ti que hayan metido la pata, la noticia va a ser esa y, por fa, trata de que no te vean muy cerca de ellos, acuérdate lo que te pasó con la nuera antes –concluyó y lanzó una carcajada.

–Ten seguro que no –respondió el empresario.

–Yo acá me voy a almorzar, tengo unos invitados y, ya sabes, la señora me está mirando con mala cara. Tú anda a dormir, necesitas tener energía mañana –dijo el asesor con un aire medio paternal.

Cuando cortó el teléfono, Andrónico se dirigió al frigobar y sacó una Coca-Cola Diet, aunque prefería la Zero, sabía que podía encontrarla en pocos países, además de Chile. No tenía la intención de volver a dormir así que prendió su computador y se puso a revisar la prensa chilena. Eran las 3.10 de la madrugada y le restaban solo tres horas para levantarse.

Sabía que el viaje podía ser una buena oportunidad para dar un paso más audaz y entregar algunas opiniones políticas asociadas a la economía. Sería una forma de tantear el terreno. Por eso el episodio de su desafortunado ejemplo de la “clase media” lo había irritado. De hecho, tenía conciencia de que su presencia en la delegación había provocado más expectación de lo que se hubiera imaginado, por tanto, la decisión de dar una entrevista deslizando tópicos políticos le pareció que era oportuna.

Y, claro, la periodista del diario más leído por la élite política y profesional del país no dudó en llevarlo a la contingencia. Le preguntó su opinión acerca de la Reforma Tributaria que el mandatario impulsaba, que hasta ese momento había contado con la resistencia de toda la oposición. Faltaban pocos días para que se discutiera la idea de legislar en la Comisión de Hacienda y el gobierno no contaba con los votos necesarios para pasar la primera valla legislativa.

El empresario, además de hablar de lo necesaria de la reforma, había dado un paso más audaz al hacer un llamado a la izquierda, la derecha y al centro para apoyarla, rematando con una cuña que había chequeado con su amigo Carlos: “Esta reforma tiene el combustible necesario para darle nueva fuerza a nuestra economía”. Pero la verdad es que su tímida opinión política había pasado inadvertida al lado de las frases de alabanza que había tenido hacia el presidente, algo de lo que se había cuidado mucho en los últimos veinte años. Después de releer varias veces la publicación de la entrevista, llegó a la conclusión de que pudo haber sido algo más cauto. Por un lado, tuvo la sensación de que se podía percibir como un exceso de entusiasmo solo por el hecho de haber sido invitado, pero especialmente pensó que no era buen momento de verse tan cerca del mandatario. Por esos días la imagen presidencial comenzaba a caer de manera sostenida, iniciando una tendencia que se mantendría durante los tres largos años que le quedaban de su segundo período al mando de La Moneda.

Me siento cómodo con este gobierno. Creo que tenemos un presidente que trabaja como ningún otro presidente, que trabaja 18, 20 horas, un hombre inteligente. Tiene sus caídas, a lo mejor sus chistes son malos y se equivoca en hacerlos cuando no hay que hacerlos, todos lo hacemos, nadie es perfecto. Pero tenemos un gran presidente.

Lo cierto es que, para él, China tenía mucho significado. Recordaba siempre el primer viaje que realizó junto a su padre a principios de la década de los 80, y que lo deslumbró. Aunque había recorrido el mundo y visitado cientos de lugares, las imágenes y sensaciones de esa experiencia jamás las había olvidado. Fueron unos días de largas conversaciones y reflexiones acerca de esa cultura milenaria, su gente amable, el difícil idioma y los negocios que se podían hacer en esa nación, pero especialmente fue un momento muy íntimo con el patriarca. Andrónico se sentía orgulloso de su padre.

Sin duda China era un lugar especial para la familia del empresario, mal que mal se habían convertido en el primer grupo latinoamericano en instalarse en ese país, cuando aún la desconfianza hacia su régimen autoritario era fuerte en el mundo occidental.

Andrónico se levantó del escritorio y volvió a quedarse con la mirada fija en el vidrio mojado por una lluvia que ahora se ponía cada vez más copiosa, los recuerdos se le venían en tropel. Aunque siempre se sintió local en un país en que su banco tenía un lugar destacado y donde incluso había sido declarado miembro del Consejo Asesor de Líderes Internacionales de la Alcaldía de Shanghái, ahora se sentía algo incómodo.

No sería la única entrevista que daría en el país asiático quien dos años y medio después se convertiría, sorpresivamente, en presidente de Chile. La agencia de noticias china se había encargado de buscarle un perfil más humano, terreno que, aunque a veces le incomodaba, le permitía hablar de su padre, lo que constituía una especie de terapia personal. El patriarca lo había marcado profundamente y se sentía muy orgulloso de él.

Capítulo 7 Un Frente no tan amplio

Giorgio dejó el latte en la mesa, se paró y salió del local Starbucks en que casi todas las mañanas cumplía con el rito casi sagrado del café y la lectura de los diarios. Esta vez, estaba acompañado de dos jóvenes que, a simple vista, podían pasar por universitarios. Sin embargo, eran diputados igual que él.

Estuvo poco más de cuatro minutos hablando por teléfono mientras se paseaba gesticulando bajo la atenta mirada de sus acompañantes y también de algunas personas que caminaban a paso rápido a sus trabajos, pero que lo miraban de reojo y reconocían de inmediato.

–Creo que tenemos que revisar el acuerdo de la Cámara –dijo mientras volvía a sentarse en un cómodo sillón verde y daba un sorbo a un café que se había enfriado.

–Pero si eso quedó zanjado en marzo, ¿por qué tendríamos que revisarlo? –respondió con poco entusiasmo Gabriel, quien aún seguía con la mente puesta en la página que tenía marcada en el diario y que informaba de una entrevista que había dado un año antes a un medio digital desconocido, y en la cual el periodista le entregó una extraña polera que tenía una macabra imagen del rostro del asesinado Jaime Guzmán. La fotografía de apoyo mostraba a un sonriente, pero desconcertado diputado, con la camiseta en la mano. Gabriel también había sido protagonista, unos meses antes, de un episodio que le había traído muchas repercusiones y críticas de diversos sectores. Junto a su novia, también diputada, se había tomado un café en la mítica ciudad de París con uno de los condenados por la muerte de Guzmán, en un acto que hablaba de la falta de olfato político del parlamentario o, peor aún, de una cierta soberbia con que encaraba el cargo.

–La DC insiste con Silber, pero además el grupo de la Pamela y Florcita están levantando el tema, yo creo que es mejor mantener la unidad entre nosotros –respondió el exdirigente estudiantil.

Aunque ya estaba por terminar el período legislativo, y las largas vacaciones del Congreso se iniciaban dos semanas después, los parlamentarios sabían que era mejor despejar el impase lo antes posible. Tenían conciencia de que la imagen del Frente Amplio –ese movimiento que había irrumpido un año antes con la promesa de cambiar las viejas prácticas de la política, romper con la Nueva Mayoría e integrar a los movimientos sociales en la discusión de los proyectos claves que se discutían en el Congreso– estaba en riesgo, luego de un año para el olvido. Disputas personales y de liderazgo, escasa influencia en el debate parlamentario, pero especialmente, escándalos que habían terminado por farandulizar al heterogéneo conglomerado. Los disfraces y canciones de Florcita Motuda en el hemiciclo y las actuaciones y frases polémicas de Pamela Jiles, terminaron por desperfilar al Frente Amplio, pero particularmente decepcionaron a muchos que votaron por ellos con la esperanza del cambio.

De seguro las vacaciones de 2019 habían servido para que los parlamentarios del Frente Amplio tomaran conciencia de que el dejar de cumplir un acuerdo podía tener un costo político y de imagen mayor de lo pensado. Durante todo febrero el grupo desapareció de la escena pública. No dejaron voceros ni opinaron de la coyuntura, pese al viaje del presidente a la frontera, los incendios y las inesperadas lluvias en el desierto más árido del mundo.

En el período de ausencia total del Frente Amplio de la escena política, los partidos ligados a la ex Nueva Mayoría habían aprovechado para intentar posicionar algunos liderazgos, aunque sin mucho éxito. La creación de Prosur, un organismo con que el presidente Piñera intentó pavimentar su futuro rol como líder de América del Sur una vez que terminara su segundo período en La Moneda y el fallido viaje de Piñera a Cúcuta, habían sido el estímulo perfecto para activar una especie de grupo de “excancilleres” –que consideró también al exdemocratacristiano y hoy socialista Juan Gabriel Valdés–. Había quedado en evidencia que el oficio de los dirigentes de los partidos tradicionales era muy superior a las declaraciones de intenciones de los emergentes que habían hecho de la crítica a las “viejas prácticas” su principal bandera.

Unos días antes de que se reiniciara el trabajo en el Congreso, Giorgio recibió la llamada cerca de las seis de la mañana. Era Jorge que le informaba que Maite y Gabriel habían sufrido un accidente en el Caribe colombiano.

–Iban en una lancha entre Capurganá y un lugar llamado Sapzurro… pero parece que están bien, una amiga quedó más complicada –dijo con una voz nerviosa.

–¿Y tú por qué no estabas ahí?, no entiendo nada, pero qué bueno que estén bien –respondió algo molesto–. Una pregunta –añadió el diputado por Santiago–. ¿Van a volver antes del 11?

El retorno de las actividades parlamentarias puso de nuevo el foco en la elección de la mesa que presidiría la Cámara de Diputados por el período 2019–2020 y, por supuesto, de quienes quedarían a cargo de las comisiones. La tensión se volvía a concentrar en si el Frente Amplio sería capaz de cumplir con la palabra empeñada un año antes. Hasta antes del receso, el DC Gabriel Silber corría con ventaja para asumir la testera; sin embargo, un extraño episodio terminó por cambiar el rumbo de la historia.

Una extraña denuncia de maltrato hacia su exseñora llegó de una manera sorpresiva –que nadie pudo explicar y sin un claro responsable–, a los correos de los 155 diputados en ejercicio. Luego siguieron unas semanas de incertidumbre y de dudas de algunos dirigentes. Meses después se sabría que el equipo de un parlamentario había sido el autor de la maniobra; sin embargo, el Frente Amplio ya había cometido el error de bloquear y juzgar a Silber de manera injusta, lo que obligó a la DC a postular a Iván Flores para presidir la corporación. Sería el primero de muchos errores políticos que cometería el conglomerado de izquierda y que terminarían por desdibujar la promesa con que se constituyeron en la vedette de las elecciones de 2017, y que terminaría por quebrase en 2020 con la fuga masiva de gran parte de sus parlamentarios.

Capítulo 8 El español

Julio de 2019

Joaquín Lavín estaba sentado en su escritorio, concentrado en escribir el nuevo anuncio que haría el fin de semana. Aunque no estaba totalmente convencido con la idea, su equipo de comunicaciones ya tenía todo listo para el lanzamiento el sábado siguiente. Sabía que la prensa le daría amplia cobertura en los noticieros del fin de semana. Desde hacía un año seguía los consejos de su asesor español de golpear con un anuncio novedoso, al menos una vez por mes. Y el listado era largo. Eliminar las bolsas de basura de la comuna, prohibición de fumar en sus plazas, cubículos estilo japonés para descansar unas horas, drones parlantes, entre muchas otras ideas.

En todo caso el proyecto que terminó por volver a situarlo en la competencia presidencial, de manera muy anticipada, fue el lanzamiento de las viviendas sociales en el corazón de Las Condes. No solo fue audaz al visitar al alcalde comunista de Recoleta para conocer su iniciativa y, literalmente, copiarla, sino que había logrado un hecho político que trajo repercusiones en otro partido de la coalición gobernante. Manuel José Ossandón, el senador de Renovación Nacional que le compitió duramente en las primarias al presidente Piñera, había bautizado su proyecto político como la “derecha social”. Y aunque nadie conocía muy bien en qué consistía, en términos de percepción pública, la había logrado posicionar como una derecha menos dogmática en lo económico y más progresista desde el punto de vista de la integración social. Mas Lavín le arrebató la categoría en poco más de una semana gracias a una idea alejada de su sector político. Aunque en su partido la idea había sido recibida con muchos resquemores, con el paso del tiempo consiguió un respaldo cargado de pragmatismo más que de convicción. El exministro no era del agrado de la línea más dura de la UDI, pero su rápido ascenso en las encuestas de opinión pública había generado un abrupto giro en la presidenta de la colectividad, una de sus más críticas opositoras dentro del gremialismo.

Recién el gobierno de Piñera completaba quince meses cuando su figura se fue a las nubes. No fue un hecho específico lo que lo catapultó, sino más bien un efecto acumulativo. Lentamente fue creciendo, mes a mes, hasta llegar a ponerse en el primer lugar de evaluación en casi todos los sondeos de opinión. Y aunque ese día –en la pauta que le entregaba su equipo de prensa estaba destacado– se conocerían los resultados de una encuesta que más que su solidez metodológica, era un referente para casi todos los sectores, pese a pertenecer a un centro de estudios ligado a la derecha y el empresariado, el alcalde de una de las comunas más ricas del país no la tenía en el radar.

–Joaquín, ¿viste como saliste en la CEP? –dijo una voz ansiosa a través del teléfono móvil.

–Chuta, me había olvidado, cuéntame –respondió con un aire distraído.

Los resultados corroboraban lo que unas semanas antes otro sondeo había dejado en evidencia. Lavín se convertía en el personaje mejor evaluado de todos los políticos del país, superando por bastante distancia a la expresidenta Bachelet. En la vereda de al lado, en cambio, las caras largas se habían extendido al constatar que el ultraderechista José Antonio Kast –quien acababa de lanzar su propio partido político– quedaba relegado a lugares secundarios.

Esa misma tarde, el exministro del primer gobierno de Piñera se reunía con su equipo más cercano para definir los pasos que darían, considerando que de ahí en adelante tendrían que manejarse con el cuidado de quien tiene que mantener el liderato. Tenían conciencia de que la presión aumentaría. Pero lo importante era que habían logrado el objetivo trazado.

–Les quiero agradecer el apoyo y el trabajo de este tiempo, sé que de ahora en adelante la responsabilidad será mayor, mas confío en cada uno de ustedes –dijo el alcalde al pequeño grupo que lo escuchaba atentamente.

Aunque no personalizó en nadie el mensaje, Antonino sonrió tenuemente. Sabía que era el responsable del giro tomado por Lavín. Un año atrás, poco antes de finalizar la primera reunión que sostuvo con Lavín, el catalán había expresado una frase que al alcalde le quedó dando vueltas: “Los electores votan cada día”. A las 7.02 de la mañana del día siguiente llamó al español y en solo un par de minutos selló la alianza que pronto daría frutos. Me convenciste, ¿te parece que nos juntemos a las 20.30 en mi casa?, no está muy lejos de tu hotel. El asesor, que se jactaba de haber dado un giro a la imagen de Cristina Fernández, tomó una hoja y un lápiz que estaba en el escritorio de la habitación y solo le respondió con una pregunta: Perfecto, ¿me das la dirección?

Los meses siguientes fueron más intensos de lo que Joaquín Lavín pudo haber imaginado esa tarde en que Gutiérrez-Rubi volvió a su hotel con una sensación de triunfo personal. El español estaba en permanente contacto, tanto con Lavín como con el resto de su equipo. Además, viajaba rigurosamente cada cinco semanas y justo había coincidido con los resultados de la encuesta trimestral del CEP. Aunque la estrategia no varió de manera sustantiva, lo cierto es que no previeron que el frente más complejo sería el cómo contener los ataques que provenían de su propio sector, el llamado “fuego amigo”.

Pese a que en La Moneda no miraban con buenos ojos una candidatura tan prematura, ya que le hacía sombra al presidente Piñera, el alcalde se las ingenió para mantener su estrategia, sin caer en la tentación de entrar a temas contingentes que lo sacaran del perfil que había construido los últimos años. Sus asesores le recomendaron seguir con un anuncio semanal asociado a su rol de alcalde y evitar cualquier mención a los proyectos de ley que estaban en discusión en el Congreso, en los cuales Piñera se jugaba el legado. Sin duda no sería fácil. Juan Antonio Kast ya había iniciado una fuerte ofensiva que buscaba “sacar al ring” al edil. De hecho, pocos días después que el excandidato presidencial fue relegado al segundo lugar en las encuestas, lanzó su primera provocación. “Emplazo a Joaquín Lavín a que nos diga cómo podría implementar todas sus ideas en una comuna pobre como San Joaquín”. Pero además de la ironía –que manejaba muy bien–, fue más allá y puso el dedo en la llaga: “Me llama la atención que su partido, la UDI, esté de acuerdo con que el alcalde tenga tanta cercanía con el comunista Daniel Jadue, ¿pensará nombrarlo su ministro si es presidente?”.

La frase no solo molestó a Lavín, sino que implicó que Jorge Saint-Jean le sugiriera que se reunieran ese mismo día para evaluar cómo enfrentarían al rival. Este productor y manager era además el marido de una de las artistas más exitosas de la música popular chilena, había trabajado muy estrechamente con el exministro desde aquella infartante elección en que Ricardo Lagos apenas lo había superado en la primera vuelta de los comicios que elegían al primer presidente del siglo XXI. De ahí en adelante, Saint-Jean había tomado un rol protagónico en sus estrategias de posicionamiento público. Sin embargo, en los últimos años se habían distanciado. El productor se convirtió en el creativo de Felipe Kast y lo acompañó durante su campaña en las primarias de Chile Vamos en 2017. Mal que mal, no solo militaba en Evópoli, sino que también había sido uno de sus fundadores –junto al propio Kast– y ocupado su presidencia cuando nadie podía presagiar que el partido pasaría a tener un rol importante como el ala más progresista de la derecha. Solo unos meses antes, Lavín lo llamó para sondear la posibilidad de que se integrara a su equipo de trabajo.

–Joaquín, tú sabes que jamás te podría decir que no –le respondió con un tono que al propio alcalde le causó risa.

–Bueno, nada más que decir, Jorge, bienvenido nuevamente –concluyó el alcalde.

De ahí en adelante comenzaron a conversar en forma regular, sin embargo, Saint-Jean tenía aprensiones con Gutiérrez-Rubi, aunque nunca las mencionó de manera explícita. Lavín se dio cuenta rápido y una tarde en que ambos regresaban de una actividad en el sector de Colón Oriente, de manera sorpresiva, le lanzó una frase que el marido de Myriam Hernández entendió como un gesto y lo tranquilizó.

–Jorge, tú sabes que eres una persona de mi total confianza, pero por sobre todo eres mi amigo y confío ciegamente en ti. Yo sé también que esto no es solo trabajo para ti.

A buen entendedor pocas palabras, pensó Saint-Jean. A su manera, Joaquín le había despejado el rol del español.

La reunión, citada por el Outlook de uno de los tres teléfonos de Lavín, comenzó puntualmente a las 19.30 en el despacho del alcalde. Luego de intercambios de un par de palabras acerca de las dificultades que el proyecto de Reforma Tributaria seguía teniendo en el Congreso, que habían significado que el presidente Piñera acusara a la oposición, una vez más, de obstruccionismo, el propio Saint-Jean tomó la palabra, ante la mirada algo molesta del catalán, que justo en esos días cumplía con sus programadas visitas al país.

–Creo que tenemos que prepararnos para un ataque sostenido de Kast, no te va a soltar, Joaquín, y ahora no solo nos bastará con que no enganches o evites referirte a la contingencia. Su estrategia será salir cada vez que tengamos una actividad, buscará que la gente perciba que ambos están compitiendo de igual a igual y además te provocará… –no alcanzó a terminar la frase cuando Antoni se puso de pie y lo interrumpió con su voz ronca y el ceño fruncido:

–Me disculpas, Jorge, estoy muy de acuerdo contigo, pero creo que el principal riesgo es que Kast buscará provocar a la UDI, bueno especialmente al grupo que se siente más cercano a sus posturas políticas y que desconfía de tu pragmatismo.

La reacción de incomodidad del productor fue tan evidente que incluso Lavín le lanzó una mirada de cierta complicidad, aunque luego asintió al comentario del español. Porque la verdad es que el punto era clave. Más allá de los ataques personales, que vendrían de todas maneras, el principal riesgo estaba en la capacidad de su propio partido de resistir los ataques. Aunque la senadora y presidenta de la colectividad le había garantizado que serían leales a toda prueba y que el objetivo del gremialismo era competir con uno de los suyos, Lavín sabía que eso no pasaba de una declaración de buenas intenciones. Hacía rato que se sentía una suerte de outsider en la tienda política, de la cual era uno de sus fundadores.

Pero Saint-Jean, que había resentido el golpe, tomó la palabra y con mucha calma sentenció:

–No puedo estar más de acuerdo contigo, sin embargo, tú no conoces bien la dinámica de los partidos de la centroderecha chilena, y te aseguro que no son comparables con el Partido Popular. Yo, Joaquín –afirmó con cada vez más convicción–, creo que, por el contrario, tenemos que ayudar a forzar que esa gente que ve en Kast una alternativa, salga luego de la UDI. Claro que tú no debes hacer nada, déjanos esa pega a nosotros.

Por supuesto que fue una ironía hablar en plural. El productor tenía claro que el alcalde no solo valoraba el trabajo profesional, en particular la creatividad y audacia, sino, por sobre todo, la lealtad. Jorge Saint-Jean no tenía nada que demostrar esta vez, el solo hecho de que su asesoría fuera gratis, le daba una ventaja enorme frente al español.

Dos días después de la reunión a puertas cerradas, la encuesta Cadem –lejos la menos confiable y criticada por todos los sectores, pero que cuando convenían los resultados estos hacían vista gorda–, incluyó el primer sondeo de candidatos presidenciales exactamente cuando el gobierno de Piñera cumplía un año y cuatro meses. Y aunque el contrato que tenían con La Moneda era muy suculento, sabían que tenían que ponerse a tono con las otras dos encuestas que estaban ganando el sitial de ser las más confiables del mercado político. Los resultados fueron concluyentes. Al igual que el sondeo de Criteria, Lavín obtenía el primer lugar en mención espontánea, superando a Beatriz Sánchez, la periodista que unos años antes compitió representando al Frente Amplio y que sorprendió con un importante veinte por ciento. Pese a que llevaba más de un año prácticamente en silencio, su nombre seguía estando entre las tres primeras cartas a La Moneda en 2022, de acuerdo con los ciudadanos y ciudadanas. Era extraño, tal vez una especie de efecto “vegetativo” porque la verdad es que sus apariciones habían sido muy menores y sin connotación, ni menos impacto político. Solamente la participación esporádica en un programa político de TV, y un rumor que se esparció por la región de Valparaíso en relación con que su cambio de padrón electoral obedecía a una postulación a gobernadora provincial para los comicios de 2020. Esto último ella ni nadie del Frente Amplio se encargó de corroborarlo o desmentirlo hasta que el tema desapareció de los medios. Era muy poco para mantenerse en primer lugar. Bueno, hasta que Lavín la superó de manera repentina.

En julio de 2019, la excandidata presidencial tomó la decisión de volver a la arena política. Luego de reflexionar con su grupo más cercano y concluir que si no empezaba a entregar luego señales políticas seguiría perdiendo posiciones. Aunque no tomaba aún una decisión respecto de si volvería a postular a la presidencia, sabía que tenía que mantenerse en primera plana. En una reunión que se desarrolló en su casa, hizo un anuncio que generó miradas algo incrédulas:

–Voy a valorar el informe de Bachelet sobre Venezuela –dijo con convicción–. ¿Alguien tiene algún comentario?

Un silencio sepulcral se expandió entre los cinco integrantes de su equipo. Hasta que Carlos, el más locuaz de ellos y quien administraba las comunicaciones de la excandidata, empezó a hablar con voz fuerte, pero pausada:

–No sé, Beatriz, si es una buena idea… En el Frente Amplio no hay una posición común respecto de Venezuela, no le veo la ganancia a que te metas en ese tema –concluyó tajante.

–Pero, Carlos, creo que hay que tomar distancia del PC que tiene una posición muy contradictoria, pero muy impopular… –alcanzó a decir una socióloga, quien además de ser una de las mejores amigas de Beatriz, se imponía por la vehemencia y seguridad con que defendía sus puntos de vista.

–Parece que no me han entendido –señaló con molestia Sánchez–, dije que voy a valorar el informe. Si tienen comentarios respecto de cómo comunicar mejor esta decisión, bienvenidos... –concluyó mientras dirigía su mirada de manera intermitente a cada uno de ellos.

–Yo tengo una sugerencia –dijo la periodista que administraba la relación con los medios y redes sociales, sentada en un sillón individual cubierto por una manta mexicana de múltiples colores y que daba de manera lateral al ventanal del living del departamento de la excandidata–. Puede parecer obvio, pero ¿y si emplazas al Frente Amplio a que se pronuncie oficialmente?, les dejas una gran presión y los obligas con eso a asumir una postura, aunque a Jackson y Boric les reviente.

–Me parece –sentenció Beatriz Sánchez.

Las cosas seguían de mal en peor para La Moneda. A la baja sostenida en todas las encuestas –incluido el sondeo de Cadem, la empresa que había facturado más de 900 millones de pesos durante el primer año de gobierno– se sumó el episodio que algunos medios bautizaron como la “Crisis del agua”. Fue, literalmente, otra de las gotas que empezaba a rebasar el vaso.

A las 23.10 del 9 de julio de 2019, el único operario de la planta Collipulli de Essal abrió las válvulas del estanque de petróleo –conectadas por una sola cañería al generador– y se fue a calentar su comida en el microondas de la sala contigua a la de control. Era una rutina a la que estaba acostumbrado, considerando los 28 años que llevaba repitiendo una y otra vez la maniobra. Sabía que contaba con 40 minutos hasta volver y hacer lo contrario, es decir, cerrar la válvula. Comió lentamente la comida que su señora le había preparado unas horas antes, luego se levantó, lavó los platos y cubiertos –como siempre– y guardó los envases en su lonchera. Todo de acuerdo con los pasos que hacía de manera mecánica y en que tardaba exactamente 32 minutos. Lo había medido varias veces estableciendo una especie de competencia consigo mismo. Con el correr de los años llegó a vanagloriarse ante su familia de que tenía un margen de error inferior a un minuto. La verdad es que esto nunca le importó a ninguno de sus tres hijos y menos a su señora, pero cuando estaba en casa, solía rememorar su “récord” como si de ello dependiera su vida.

Sin embargo, esa fría noche de invierno sufrió el peor de los males que podía experimentar alguien de su trayectoria: romper su rutina. Eso lo desconcertó de tal modo que olvidó por completo el procedimiento habitual. En un hecho que ni siquiera fue capaz de explicar de manera convincente a los detectives de la PDI que lo interrogaron, se fue a ver televisión en la sala contigua, hasta que recién a las 00.10 horas del 12 de julio, su corazón se agitó cuando se acordó de que había dejado abierta la válvula por casi una hora, tiempo suficiente para desatar la emergencia que se extendería por largos diez días.

Al comienzo, la empresa intentó bajarle el perfil al problema y salió rápidamente a informar que la situación estaba casi controlada y que en solo un par de días habrían vuelto a la normalidad. Pero nada de lo que prometieron se cumplió. Con una vocería poco clara, escasa empatía, e incluso algo de soberbia, pasadas 48 horas sin suministro, el gobierno decidió tomar un mayor protagonismo. Envió al ministro de Obras Públicas a la zona, quien intentó dar la sensación de que La Moneda estaba controlando el evento. Aunque el ministro Moreno comenzó a levantar el tono a la empresa, la percepción inicial fue que La Moneda había sido muy benevolente con Essal.

Pero el problema no había sido el corte de agua, sino la mala decisión de Piñera. “Es un riesgo, no lo hagas”, le advirtió Cecilia. El presidente Piñera citó a todos integrantes del Comité Político el domingo 14 de julio en la mañana y les comunicó que quería ir personalmente el martes 16 a comprobar que todo funcionara, de acuerdo con lo que le había comunicado al ministro el gerente general de la sanitaria, y que, además, quería ser él quien ratificara la fecha en que todo estaría resuelto. El propio Moreno lo miró con incredulidad y pidió la palabra.

–Presidente, yo no confiaría ciegamente en la fecha que me han entregado ellos, me dio la impresión de que eran más las ganas que una realidad –manifestó el ministro, con un tono que dejó un aire de ambigüedad.

–Ministro, voy a anunciar hoy por la tarde que el martes se reestablecerá el agua, usted preocúpese por favor de que Essal cumpla su palabra. Además, quiero estar personalmente en la maniobra de apertura del suministro –le respondió secamente.

–Presidente, ¿quiere usted dar el agua? –replicó Moreno con preocupación. Había entendido perfectamente que Piñera intentaría capitalizar el evento, sin embargo, sabía que estaría corriendo un riesgo enorme.

–Así es, Cecilia, coordina que la prensa esté presente en el lugar y usted, Alfredo, encárguese de que todo funcione –respondió el mandatario, y agregó–: ¿A qué hora debería ser eso?

–A las 7.00 de la mañana está programado, presidente.

Como era de esperar, recién cinco días después, se logró reestablecer el suministro en los 49 mil hogares que estaban afectados. Y aunque el agua presentaba un alto nivel de turbiedad, la autoridad intentó dar por culminado el episodio ese mismo domingo. Sin embargo, la cadena de errores de La Moneda no terminaría ahí. En un hecho con ribetes algo tragicómicos, esa misma tarde, el ministro de Salud dio una conferencia de prensa en Osorno para confirmar que el agua no presentaba ningún tipo de riesgos para la salud humana y que, por tanto, hacía un llamado a la población a consumir el agua con confianza. Sin embargo, dos minutos después, anunció que había dispuesto mantener por un mes la alerta sanitaria en la zona. Dos mensajes contradictorios que terminaron por agotar la paciencia de los habitantes de una de las zonas más conservadoras del país.

El gobierno había intentado proyectarse como parte de la solución, mas terminó siendo parte del problema. El costo personal para el presidente fue evidente. Su afán de “estar en todas” y la ansiedad le habían pasado una vez más la cuenta, lo que se convertiría en la tónica de su segundo período.

Los meses siguientes fueron difíciles, especialmente para los ministros más cercanos al presidente y, por supuesto, para los integrantes del llamado segundo piso. El mandatario comenzó a participar de todas las actividades del gobierno, incluso en aquellas en que se le aconsejaba no involucrarse. Su nivel de exposición seguía aumentando de manera proporcional a su sostenida caída en las encuestas. Eso lo tenía preocupado, pese a que mantenía un 30 % de apoyo, muy lejos del 6 % que llegó a marcar en diciembre de 2019.

–Sebastián –le dijo su ministro de Interior por teléfono–, esto te lo voy a decir como primo. Debes ser más selectivo con tu agenda, por tratar de mostrarte al mando de las soluciones estás quedando metido en el problema.

–Gracias por el consejo, ministro –le respondió secamente.

Capítulo 9 No voy a postular

Julio 2019

Jorge Saint-Jean llamó a Joaquín Lavín temprano el sábado siguiente a la reunión en que habían discutido la estrategia política y comunicacional. El alcalde ya estaba levantado, iba a visitar un hogar de ancianos que lo había invitado hacía ya varios meses.

–Joaquín, tengo una idea a la que he estado dando vuelta estos días, me gustaría planteártela –dijo con voz pausada.

–¿Nos tomamos un café en el Tavelli?, ¿cómo a las 11.00? –respondió sin denotar la más mínima curiosidad.

Saint-Jean quedó con una sensación de triunfo. Le sacaría ventaja al español –este se había devuelto el día anterior– y estaba seguro de que el alcalde estaría de acuerdo con su idea de anunciar que iría a la reelección por Las Condes y con eso descomprimiría la presión que José Antonio Kast le estaba poniendo a diario a través de su cuenta de Twitter y que buscaba que Lavín se refiriera a la coyuntura. Era una jugada inteligente porque además tenía un objetivo claro: que la UDI y una parte de RN comenzaran a pedirle que recapacitara su decisión, considerando que era, por lejos, la mejor carta de la centroderecha para las elecciones de 2021.

–No estoy seguro, Jorge –dijo Lavín mientras revolvía su café cortado–, encuentro riesgoso jugar al límite para echar pie atrás a última hora, no sé cómo lo recibirá la gente, me puede jugar súper en contra –concluyó mientras devolvía saludos de las mesas vecinas.

–La idea no es que esperemos hasta el final, pero al menos así descomprimimos hasta marzo o abril de 2020, y te aseguro que la presión porque seas candidato presidencial va a venir de muchos lados, hasta de gente de la ex Nueva Mayoría, a este paso dudo que alcancen a levantar una carta competitiva –respondió disimulando su incomodidad por una señora que minutos antes se había acercado a la mesa para enviar saludos a Miriam y que lo seguía observando.

–No estoy en condiciones de decirte sí o no ahora, pero te voy a pedir una cosa, ¿puedes hacer un cuadro de ventajas y desventajas de las dos opciones?, me gustaría darle una vuelta, ahora te dejo, Jorge, la Estela tiene invitadas a unas excompañeras del colegio Compañía de María a almorzar y no me puedo atrasar –y se paró bajo la atenta mirada de la mitad de los clientes del local. Cuando iba partiendo se dio vuelta, le lanzó una sonrisa y dijo–: No es mala idea, no es mala idea.

Dos días después, Joaquín Lavín Infante, en un programa matinal, confirmaba a la audiencia, compuesta mayoritariamente por mujeres de clase media, que volvería a postular a la alcaldía de Las Condes. Aunque la noticia tuvo mucho menos revuelo que lo que esperaba Saint-Jean, en la UDI el anunció explotó como una verdadera bomba. Mientras tanto, en la oficina de José Antonio Kast que se había convertido en un verdadero comando, el exdiputado citaba a su círculo íntimo a una reunión para evaluar el nuevo escenario. Algo le decía que esta no era más que una estrategia del edil.

A pocas cuadras de la Municipalidad de Las Condes, en un café de moda en el barrio El Golf, un grupo de cinco personas conversaba efusivamente en una mesa ubicada en un costado del local y la verdad es que de no ser por el tono que usaban habrían pasado inadvertidos.

Uno de ellos tenía una pequeña libreta en que apuntaba parte de la conversación. Era evidente que lideraba la mesa. Calvo, cercano a los setenta años, vestido de manera informal, con una chaqueta de tweed que le daba un aire de profesor universitario. Llevaban al menos dos horas entre cafés, croissant y tostadas con palta. Solo una mujer formaba parte del grupo, algo habitual en el partido fundado en 1957 y que, al igual que todos los conglomerados tradicionales, era conducido por hombres.

–Voy a hacer una síntesis entonces de lo que hemos acordado hasta aquí –dijo quien de todos parecía tener más edad.

–Espera un poco, Genaro –respondió la mujer–, no hemos acordado nada que yo sepa, hay propuestas que hemos lanzado todos, incluyéndome, pero eso no significa que tengamos acuerdos, ¿o estoy equivocada? –sentenció molesta.

–A ver, Ximena, cuando digo “lo que hemos acordado”, también me refiero a los puntos que hemos dejado para evaluar más adelante, mas creo que hay que ir cerrando algunos puntos. Tengo claro que este es un órgano consultor de la directiva, lo que nos obliga al menos a sugerir líneas de acción, y eso requiere de un mínimo de acuerdos –dijo el exministro de Patricio Aylwin, y continúo–: Creo, Ximena, que hay dos consensos: el primero que Fuad abrirá conversaciones amplias para poder reconstruir un bloque de centro en que la DC sea protagonista y, segundo, que vamos a jugarnos por ir con un candidato o candidata propia hasta el final. Bueno, tal vez puedo agregar un tercer punto. Hasta aquí, Ximena, tú eres nuestra única carta –concluyó mirando fijamente a la senadora, quien hizo un gesto de incomodidad.

–Está bien, Genaro –respondió–, no estaba esperando que me proclamaras, pero sí, que seamos un poco más claros respecto de nuestra política de alianzas, me vas a perdonar, pero no veo qué diferencia hay entre lo que dices y lo que ha hecho esta directiva – indicó tomando con calma su taza de café y desviando la mirada hacia el presidente del partido.

–Ximena, yo solo he actuado con el mandato que me da haber ganado las elecciones del partido, y no me voy a cerrar a ningún tipo de alianza –respondió el exdiputado y presidente del partido.

–Fuad, no sé si seré la única persona en la Democracia Cristiana a quien le molesta que hables en primera persona como si no hubiera nadie más en la directiva, pero yo al menos tengo claro que si yo me meto en esto no es a cualquier precio, te he escuchado a ti y a Genaro deslizar que podríamos acercarnos a un grupo de RN y de Evópoli, si es así yo no estoy disponible.

–No te equivoques, yo pienso que esa es una alternativa que no hay que descartar, pero si tú me preguntas cuál es el escenario que a mí me gusta, es que vayamos solos, a la DC le hace falta volver a posicionarse como el gran partido de centro que fuimos siempre –dijo con convicción el presidente de la falange.

–Por favor, Chaín –lo increpó Rincón–, no sé quién esté disponible para volver a pasar por el bochorno que vivimos con la Carolina en 2017.

–Yo tengo un nombre –le replicó el exdiputado–, Alberto Undurraga.

Capítulo 10 Cecilia

Agosto 2019

La ministra se sentó en su escritorio aún con la boca seca. Cerró la puerta y pidió que la dejaran sola unos minutos. Necesitaba calmarse. Hacía mucho tiempo que no tenía la sensación de vacío en el estómago. Aunque siempre se mostraba serena, y sonreía con orgullo cuando el presidente le repetía que era una mujer “operada de los nervios”, esta vez tenía la sensación de haber cometido un error algo infantil para su experiencia y, lo peor, para su temperamento.

Volvió a repasar mentalmente la frase, en una de esas había sonado menos fuerte de lo pensado y todo llegaría hasta ahí. Era una especie de pensamiento mágico que se le activaba siempre después de cada intervención.

De pronto se abrió la gran puerta que conectaba con los escritorios de sus dos secretarias y entró, sin siquiera anunciarse, su asesora de prensa.

–Lo siento, Cecilia, creo que vamos a tener que actuar rápido, Elizalde te disparó con todo, esto puede escalar –dijo con un tono que denotaba nerviosismo–. Si te parece llamo a La Tercera y haces una pequeña aclaración en el contexto de otro tema. No sé, podría ser algo de la reforma tributaria que parece se va a aprobar igual esta semana, con eso el resto de los medios lo replican y cerramos el caso –concluyó con más seguridad que con la que había entrado.

La ministra guardó silencio y se quedó con la mirada perdida en la voluminosa lámpara de lágrimas que destacaba en el techo de la oficina ubicada en el ala sur de La Moneda y que daba a calle Morandé. Pareció que meditaba el consejo recibido, sin embargo, se paró y se acercó al balcón sin decir palabra. De pronto sonó uno de sus tres teléfonos celulares y contestó con calma. Era su hija que le recordaba que se iría directo desde el colegio a sus clases de danza y que esperaba cumpliera con su promesa de recogerla a las 20.00 en punto. La verdad es que intentaba cumplir con el ritual de pasar a dejarla en las mañanas, pero cada vez se estaba haciendo más difícil. El colegio Notredame estaba ubicado en Peñalolén y tomaba más de 45 minutos en llegar hasta su despacho. Aunque aprovechaba el trayecto para leer diarios y devolver llamadas telefónicas del día anterior, le complicaba no poder estar antes de las 8.35 producto del tráfico y la distancia. Pese a que el mandatario sabía perfectamente su situación, en varias ocasiones la había llamado muy temprano para pedirle que se dirigiera a su oficina.

La situación más extraña cuando concurría al colegio –incluso a algunas reuniones de apoderados– era sentir las miradas curiosas de otros apoderados sorprendidos al verla. El Notredame era un establecimiento del Arzobispado de Santiago que se caracterizaba por ser progresista y, generalmente, se le ligaba al mundo de la centroizquierda, por lo que la ministra no calzaba para nada con el perfil de los padres que tenían a sus hijos matriculados ahí.

Cuando cortó el teléfono se quedó un minuto más observando a los transeúntes que a esa hora caminaban por el centro de Santiago. Estaba inquieta, pensaba que una vez más debería llamar a su exmarido, algo que la incomodaba, sobre todo, para pedirle que pasara a buscar a la niña a su clase. Esta debía ser la cuarta o quinta vez que tendría que hacerlo, sabiendo que con eso acumulaba puntos en contra a la hora de negociar, mas se resignó. Sabía que el día sería largo y que el punto de prensa realizado unos minutos antes le cambiaría el curso a una semana que parecía bastante tranquila. Con su nueva pareja habían disfrutado de una copa de vino en el living de su casa y una vez que las niñas se habían dormido planificaron el fin de semana siguiente, cuando estarían solos.

–No, Claudia –señaló con decisión–, voy a pedalearla. Llama por favor a la Berni, necesito hablar con el presidente ahora.

La periodista, que la conocía desde hacía muchos años y lograba interpretarla mejor que nadie, se desconcertó. Era una jugada arriesgada, pese a que le dio la impresión de que había recibido su mensaje y quería advertir al mandatario por si le pedían su opinión, su sorpresa fue total cuando la escuchó hablar con el presidente.

–Presidente, acabo de hacer unas declaraciones vinculando al Partido Socialista con el tema del narcotráfico, sé que fui audaz, pero lo planificamos así porque debemos llevar la agenda para allá, los socialistas están muy debilitados y este es un buen golpe –planteó la ministra sin mirar a su asesora que lanzó una sonrisa incómoda.

–Bueno, Cecilia, tú sabes que confío en tus decisiones –respondió el mandatario–. Mantenme informado.

–En todo caso, por favor siéntase en la libertad de discrepar conmigo en público si le parece necesario –respondió la ministra sabiendo que su jefe la apoyaría igual. La lealtad en los más de diez años que trabajaban juntos le hacía prever la conducta del presidente.

–No te preocupes, te apoyaré y daré instrucción al resto de los ministros que hagan lo mismo –y cortésmente se excusó de seguir la conversación, señalando que debía revisar unos documentos, aunque la verdad es que quería seguir revisando la prensa on line, preocupado de que en cualquier momento explotara la noticia de su tío obispo investigado por el Vaticano por una denuncia de abuso sexual ocurrido cincuenta años antes.

La Negra de Harvard –como ella misma se autocalificaba–, la mujer que creció en la población Juan Antonio Ríos, que no formaba parte de la élite de la derecha y que saltó a la primera línea luego de ser concejal por La Florida, tenía el mérito de haberse convertido en una pieza fundamental no del gobierno, sino del piñerismo o, mejor dicho, de Piñera. Llevaba siete largos años en el grupo de confianza personal del mandatario, por tanto, no solo lo conocía profundamente, sino que sintonizaba con sus planes y sus expectativas. Esta era la segunda vez que Cecilia Pérez ocupaba el mismo cargo, sin embargo, poco quedaba del perfil que había cultivado cuatro años antes. Ya no tenía el tono pausado y amistoso con que había debutado en las ligas mayores.

La estrategia era simple, pero clara, y se sustentaba en tres pilares. Primero, desplegar una agenda de seguridad que puntualizara el problema, pero se desentendía de la responsabilidad. Vuelos en helicóptero del jefe de Estado para evitar portonazos, lanzamiento de un plan para controlar el narcotráfico en solo once comunas de las 346 del país, y un planificado ataque al Poder Judicial, formaban parte de ese eje. Segundo, desplegar un relato que, a partir de generar una sensación de inseguridad, buscaba que se percibiera una actitud activa del gobierno para controlar la triada de delincuencia, narcotráfico y terrorismo. El último eje ya había rendido frutos el año anterior y consistía en reforzar el sentimiento antimigración, instalando que los extranjeros habían logrado quitarles los empleos a los chilenos, su objetivo era explicar las altas cifras de desempleo.

Y el broche que oro de la estrategia fue el regreso de las chaquetas rojas. El símbolo con que el primer gobierno de Piñera quiso representar la eficiencia, la “nueva forma de gobernar” o la promesa de campaña: “Así queremos Chile”. A los creativos les habían encargado la misión de buscar opciones, sin embargo, y luego de varios días, habían llegado a la conclusión de que era mejor repetir la fórmula exitosa usada en el rescate de los 33, argumentando que un rojo más intenso era atractivo, porque transmitía fuerza y energía, algo coincidente con el slogan “Chile en marcha”, con que el gobierno abandonó la promesa de campaña “Tiempos Mejores”. Las nuevas chaquetas rojas habían sido resistidas por algunos ministros en sus visitas a terreno, mas el presidente se encargó de recordarles a todos que la moda no era voluntaria.

La nueva estrategia era simple y obvia, pero inteligente. De mucho ruido y pocas nueces, de colores y frases más agresivas y poco de fondo. Mal que mal la pega de Cecilia Pérez era ayudar a cumplir el sueño de Sebastián Piñera, quien apostó a la reelección con la expectativa de terminar siendo percibido como “el mejor presidente de la historia”, pese a que las cifras lo abandonaron muy tempranamente.

La ministra, apenas terminó de hablar con el mandatario, tomó su celular y se puso a hacer varias llamadas. Necesitaba cubrirse rápido así que contactó a los presidentes de la coalición de gobierno, además de algunos parlamentarios de su partido, y les pidió que la respaldaran públicamente. A esa misma hora, la directiva del Partido Socialista anunciaba que congelaba sus relaciones y que no permitiría el ingreso de los subsecretarios a las comisiones del Congreso.

El conflicto tomó varias semanas en resolverse y, aunque en el gobierno sabían que la intervención de la vocera había sido un error, el apoyo incondicional del presidente hizo que el oficialismo cerrara filas en torno a ella, pese a que los sondeos de opinión pública indicaban una nueva baja, luego de tres semanas en que se habían mantenido las cifras de apoyo. De fondo, la gente estaba cansada de las peleas, denuncias y sospechas de la clase política, por lo que una polémica de este tipo terminaba afectando tanto al denunciante como al denunciado.

Pese a todos los intentos que hicieron algunos ministros y parlamentarios de Chile Vamos, la ministra se mantuvo firme en su posición. No estaba dispuesta a retractarse públicamente, pese a que el conflicto, más que amainar, seguía escalando. Entre los efectos no esperados del exabrupto de Cecilia Pérez estaba la unidad –basada en el pragmatismo– con que los dirigentes del conglomerado opositor habían cerrado fila con el PS.

Cuando el bloqueo a los subsecretarios de las sesiones del congreso cumplía tres semanas, el jefe del segundo piso llamó a la ministra para pedirle reunirse y evaluar el tema. Pese a que ella en principio le hizo ver que su agenda estaba demasiado copada ese día y el siguiente, el exministro de la Presidencia insistió, hasta que no le quedó otra que aceptar la oferta. La reunión fue corta, pero distendida. Larroulet partió por decirle que estaba completamente de acuerdo en lo que había planteado, pero que la tozudez del Partido Socialista obligaba a hacer un giro para bajarle el tono al conflicto, de lo contrario el único beneficiado por el episodio sería el partido de izquierda.

La secretaria general de Gobierno se quedó un rato pensando y luego respondió con cierto aire de resignación:

–Estoy dispuesta a hacer un gesto, pero no me pidas que les pida perdón –concluyó.

–Gracias, Cecilia, sé que no debe ser fácil para ti, pero esto es por un bien superior. Sé que el presidente te apoya sin vacilaciones, por lo mismo creo que podrías decirle que, aunque estás convencida de lo que dijiste, lo haces para evitar que el problema le rebote a él. Es decir, un sacrificio que él sabrá valorar –dijo. En su fuero interno sabía que su jugada había sido efectiva.

Una hora después el equipo de prensa de la ministra acordaba los términos para una entrevista que sería dada esa misma tarde y que le aseguraba una página completa del cuerpo C de El Mercurio al día siguiente.

–Solo una condición, diles que no solo voy a hablar de este tema, quiero que sea un punto más para no seguir levantando más la polémica y poder desplegar el relato del gobierno en otros ámbitos.

La nota fue bien valorada por los asesores de comunicaciones de la ministra, mas solo logró aquietar en parte las aguas. Desde el PS se consideró insuficiente. “¿Le cuesta tanto pedir disculpas?”, preguntó un diputado. Sin embargo, el gesto logró bajar el tono al conflicto. Las encuestas de las semanas posteriores mostraron una baja considerable en la evaluación de la secretaria de Estado, lo que incluso arrastró la imagen presidencial.

Mucho tiempo después, y cuando ya se acercaba el fin del segundo período de Piñera, Cecilia Pérez le habría de confesar a un periodista de CNN, al finalizar una entrevista, que si había algo que ella haría distinto era haber dicho esa frase. “Sigo pensando que el PS nunca aclaró sus vínculos con el narcotráfico en San Ramón, pero de todas maneras no fue el momento ni el espacio adecuado para decir lo que dije”. Cuando el profesional le contrapreguntó si sentía que el episodio había influido en la caída del gobierno, que luego sería irremontable, la ministra lo miró con un cierto aire de sorpresa y respondió que no.

Esa noche, cuando compartía una copa de Malbec con su nueva pareja y le contó de la entrevista, él la miró con ternura y le dijo:

–Tú no eres la responsable de la caída de Piñera, creo que él es el responsable número uno. ¿Te acuerdas cuando te dije que él era su peor enemigo?

Cecilia no respondió.

Capítulo 11 Panamá Jack

Septiembre 2019

José Antonio se levantó temprano ese sábado. Tenía que pasar a dejar a uno de sus hijos al colegio para un partido de fútbol, y luego se dirigiría a una actividad con un grupo de exuniformados de las FF.AA. que llevaba más de dos meses invitándolo para poder presentarle un petitorio de reivindicaciones que, según ellos, el presidente no había querido escuchar, pese a que en la campaña de 2009 les había prometido incorporar en su programa de gobierno.

Estaba solo tomando desayuno en la amplia mesa de la cocina de su casa cuando su semblante cambió abruptamente. Levantó el diario de la mesa y se puso sus lentes de lectura. Un pequeño vacío se instaló en el centro de su estómago y solo atinó a expresar un garabato en voz alta. En ese momento entraba su señora en bata de levantarse y se quedó mirándolo con sorpresa.

–¡No seas grosero, José Antonio, te pueden escuchar los niños! –atinó a decir, aunque su marido ni siquiera se percató del reto.

Cinco minutos después sonaba su celular. Era un periodista de El Mercurio que quería su opinión acerca de la noticia que estaba remeciendo las redes sociales pese a ser sábado por la mañana. El exdiputado respondió con la adrenalina a mil.

–Mira no tengo idea de por qué escribieron esta nota, solo te puedo decir que es completamente falsa, yo no tengo negocios en Panamá, pero me llama la atención que sea La Tercera el medio, es obvia la cercanía que tienen con la UDI y con Lavín –dijo en tono enérgico.

Su señora, que aún levantaba los platos del desayuno, lo miró y le dijo “No sé, José Antonio, pero creo que no fue bueno que mencionaras a Joaquín”. El fundador del Partido Republicano se le acercó cariñosamente y le pidió que fuera ella a dejar al niño al colegio. Sabía que el tema podía ser más complejo de lo que pensó originalmente, y también que quizás había sido un error acusar a la UDI y al diario. Entendía perfectamente la lógica de los medios y comprendía que la vuelta de mano podía ser muy dura.

En cuanto se subió al auto comenzó a convocar a su grupo más cercano a la oficina en que funcionaba su campaña y también el partido recién creado. Tenía poco tiempo para definir la estrategia de enfrentar el inesperado percance, pero estaba convencido de que debía seguir contraatacando. Después de todo, su impulso inicial ya había definido la ruta. El último de los llamados fue a su hermano Christian.

–Hola, supongo que leíste La Tercera, dime qué sería bueno decir –dijo como esperando una respuesta que lo dejara tranquilo.

–Hola, la verdad no, ¿qué pasó? –respondió algo desorientado.

–Un reportaje de La Tercera publicó el organigrama de todas las sociedades, ¿puedes leerlo altiro y me llamas de vuelta? Me voy a juntar con mi equipo, no te imaginas la cantidad de llamadas que tengo… Está claro que la UDI está detrás de esto –no alcanzó a terminar la frase cuando el hermano que administraba los negocios familiares lo interrumpió:

–Espera no digas nada por ahora, déjame verlo primero –le advirtió.

–¿Hay algo que yo no sepa? –respondió el candidato mientras se estacionaba en la sede del comando.

–No, pero esto puede ser complicado para todos, dame unos minutos, chao –dijo con la voz apurada Christian.

Pese a que su equipo solo terminó por validar la estrategia que José Antonio había lanzado sin darle mucha vuelta, el representante del ala más dura de la derecha chilena no estaba convencido de que era la más conveniente. Sin embargo, le importaba mucho proyectarse muy seguro, así que intentó convencerse de que era la línea correcta. Pero estaba inquieto, Christian se había tomado mucho más que los cinco minutos que anunció antes de cortar la llamada. Camino a la actividad con los exmilitares –la mayoría involucrados en violaciones a los DD.HH. durante la dictadura de Pinochet– no pudo contenerse y llamó a su hermano.

–¿Y?, ya pues, dame tu opinión, ¿tanto te has demorado en el leer el artículo? –señaló con molestia.

–Es que no es tan simple, tienen buenos datos, ¿por qué no quisiste que incluyeran tu versión? Creo que la cagaste con eso, además pudiste haberme advertido que estaban tras nuestros negocios –respondió el administrador del holding que encabezaba la fábrica de cecinas y restaurantes Bavaria.

–No te entiendo, ¿es tan delicado? –dijo con un tono más comprensivo el exparlamentario de la UDI.

–Que es cierto, debes tener más cuidado, han investigado a fondo el tema, trata de no dar declaraciones por ahora, juntémonos el lunes en la mañana. Yo viajo esta tarde a Miami y estaré en Santiago como a las siete, nos vemos a las diez en mi casa –respondió sin dejar muchos espacios de negociación–. Debo pedirle al abogado que revise la nota y eso demorará un poco.

–¿Pero no entiendes que esto ya está desatado acá? –indicó José Antonio–. Que revise todo hoy mismo, esto me puede traer muchos problemas, me acaban de avisar que Jacqueline comparó esto con lo que le pasó a Golborne, te recuerdo que tuvo que renunciar como candidato –insistió.

–Hoy es sábado y Carlos Andrés no es cualquier abogado para que lo ponga de cabeza a estudiar esto, además, te recuerdo aquí no eres el único que puede verse afectado, estos son los negocios de nuestra familia –concluyó molesto su hermano y colgó la llamada.

Pese a la advertencia, José Antonio no alteró para nada el plan. De hecho, el mismo lunes antes de ir a juntarse con Christian, asistió a un programa matinal donde increpó directamente a Joaquín Lavín para que respondiera por su patrimonio y, con ironía, le señaló a uno de los conductores que, aunque él no tenía un espacio permanente en ese canal, como el alcalde, estaba acostumbrado a defenderse de los ataques de todos aquellos que temían su importante avance en las encuestas. “Yo sé que a Lavín, a la UDI y a la izquierda los aterroriza el 20% que tengo actualmente”. Por supuesto que ese porcentaje estaba muy lejos de la realidad, solo rozaba el 10%, pese a que en la elección de 2017 había obtenido un sorprendente 7.9%. Sin embargo, también tenía claro que el percance podía convertirse en oportunidad y aprovechar de instalar no solo su relato, sino también “crear realidad”, como le señalaba su asesor comunicacional. Al final del espacio televisivo, el mismo conductor –quien claramente había quedado incómodo con los arrebatos del presidenciable–, volvió a la carga con la pregunta obvia que, gracias a la habilidad innata del candidato para manejarse en medios, había pasado a segundo plano.

–José Antonio, entonces usted niega tajantemente su relación con las sociedades descritas por La Tercera, pero en particular las sociedades en Panamá que, como todos sabemos, son consideradas paraísos fiscales? –remató con una leve sonrisa uno de los rostros de ese canal.

–Lo descarto completamente –concluyó, pese a que al mismo tiempo se rascaba la punta de la nariz y su rostro se ponía más rígido.

Cuarenta y ocho horas después el candidato, junto a su hermano, realizó una rueda de prensa para aclarar el episodio, la confusión de los argumentos terminó por aumentar las dudas. Por su parte, el medio cuestionado –en su versión escrita y digital– se había encargado de publicar nuevos antecedentes que dejaban más clara la participación de José Antonio en todas las sociedades, ya fuera de manera directa o indirecta. Kast intentó explicar que se había equivocado al señalar que tenía un 0.1 % de una de las sociedades –en vez de un 10 %–, además indicó que omitió la información de patrimonio porque trece años antes había abandonado esa sociedad en el país de Centroamérica. También insistió en que nunca se emitió una acción a su nombre y que el responsable de todos los negocios era Christian, por tanto, algunas operaciones no eran conocidas por él.

Aunque sus partidarios emprendieron una fuerte campaña en redes para acusar un “montaje” del mundo político, el episodio terminó por golpear la campaña del abogado. De acuerdo con la mayoría de las encuestas, hasta ese momento marchaba segundo en la mención espontánea de preferencias electorales con porcentajes que variaban entre el 10 y 12 %. De ahí en adelante, Kast se estabilizó en su voto duro logrando mantener un 8 % hasta comienzos de 2020. La crónica periodística de La Tercera demostró un nivel de investigación profunda; en el entorno del exdiputado por el antiguo distrito 20 quedaron siempre con la duda acerca de los autores intelectuales de la “pista” con que el periodista inició la búsqueda de información.

Mucho tiempo después, en una animada comida en que la UDI celebraba el fin de año, un diputado del ala más derechista del partido, ya algo pasado de copas, se acercó a uno de los dirigentes de la directiva y le dijo en tono de broma:

–Yo tengo claro que la operación contra JAK nació de nosotros mismos –aunque era una simple bravata de alguien mareado, la respuesta que recibió le hizo correr un aire helado por todo el cuerpo.

–Era necesario… era una amenaza para Joaquín. ¡Salud por el próximo presidente de Chile, nuestro primer presidente de la UDI! –respondió el dirigente con un tono que también respondía a alguien con un par de copas demás.

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