Kitabı oku: «365 días con Francisco de Asís»
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365 días con Francisco de Asís
Gianluigi Pasquale

Francisco ha dejado el puesto a Cristo
En dos mil años de cristianismo sólo hay un hombre que, entre todos y todo, ha marcado la historia de forma incomparable: Francisco de Asís. Frente a esta criatura pobre y profundamente enamorada de Jesucristo, creyentes cristianos, fieles de otras religiones e incluso los que dicen no creer encuentran una afinidad mágica, profesándole la misma simpatía: y de esta forma tan natural. Precisamente hace ochocientos años, en 1209, con sólo veintiocho años, aquel joven umbro que habría marcado para siempre la credibilidad del cristianismo quiso ir ante el «señor papa» para pedirle permiso para «vivir conforme al santo Evangelio»; es decir, para vivir exactamente como lo había hecho Jesucristo: pobre, obediente, virgen. En 1209, después de algunos años, el ideal franciscano brillaba con un resplandor comparable al de la aurora anaranjada de la mañana, disipando poco a poco algunas de las sombras que preocupaban a la Iglesia del siglo XIII. La fraternidad se extendió por toda Umbría. Aldeas y arrabales vieron llegar desde todas partes a algunos de aquellos alegres compañeros vestidos con un tosco sayo, que cantaban a pleno pulmón o bromeaban para atraer a la gente para anunciar la Buena Nueva. Francisco llamaba a estos misioneros burlones los «juglares de Dios», como si el Señor bromeara con las almas. Mendigaban el pan ofreciendo a cambio sus manos para hacer el heno, barrer, lavar y, si sabían hacerlo, construir utensilios de madera. No aceptaban nunca dinero y se alojaban como podían, a veces con el sacerdote, otras bajo una marquesina en un granero o en un henil, y no era extraño que durmieran bajo las estrellas.
Se habituaron a ellos, del mismo modo que hoy en día estamos también acostumbrados a encontrarnos quizá a un fraile franciscano por la calle en nuestro día a día. Bien o mal acogidos, predicaban con el fervor de los neófitos y su fe obraba en profundidad. Fueron profetas de un mundo nuevo en el que el rechazo a las riquezas y la pasión por el Evangelio cambiaban la vida y traían felicidad a todos. Los nuevos frailes iban de dos en dos por las calles, uno detrás de otro, y eran los mismos cuyos pasos oyó un día san Francisco en una visión profética. No me resultó difícil pensar en esta visión precisamente el verano pasado cuando, encontrándome en «San Francisco» (EE.UU.), recordé cómo en 1769 fray Junípero Serra partió en su viaje hacia la alta California, en la bahía de San Diego, donde fundó la primera de sus famosas misiones californianas, Loreto, la capital de la baja y la alta California, rodeada, en lo sucesivo, por ciudades con nombres «franciscanos»: San Diego, Los Ángeles, San Francisco, Sacramento, etcétera.
Aquellos comienzos del franciscanismo, hace ya ocho siglos, con su apariencia de dulce anarquía, deben dejar paso a una Orden. Cada año, Francisco veía cómo se duplicaba el número de frailes llegados desde todos los confines de la tierra, algunos de los cuales estaban destinados a desempeñar un papel importante en una de las mayores aventuras cristianas. Más sensibles que los hombres a la llamada mística, las mujeres buscaron en San Damián la paz interior, amenazada por el desorden de un mundo abocado a la violencia. La luz de san Francisco se extendió, así, hacia los primeros conventos de monjas clarisas, fuertemente atraídas por la vida contemplativa de Cristo. Un canto de dicha alzada al cielo también por todos aquellos otros seguidores, hombres y mujeres, que, incluso no vistiendo el sayo, seguían deseando a lo largo de los siglos vivir el espíritu de Francisco, los futuros «terciarios franciscanos», movimiento laical que aún hoy sigue siendo el más difundido y más capilar de la Iglesia católica. Aquellos comienzos fueron un momento destinado a no volver a repetirse nunca por completo. El mismo flechazo, en efecto, no se produce dos veces. Veamos por qué.
Aquel día de primavera de 1209, cuya fecha exacta evitan incluso los historiadores más prudentes, el papa Inocencio III estaba paseando a lo largo y a lo ancho del Laterano, por la llamada galería del Espejo. El Laterano era entonces un símbolo de la catolicidad de la Iglesia. Por una ironía que parece complacer a la historia, el día en que san Francisco quiso presentarse ante el Papa, no había desde lo más profundo de Sicilia hasta los confines del norte de Italia un hombre más ocupado ni más preocupado por este personaje al que proclamaba príncipe de toda la tierra. Ahora, una de las ideas que se agitaba con mayor insistencia bajo aquella tiara puntiaguda y dorada era la de acabar con los extravíos de la Iglesia, lanzando por Europa una cruzada de renuncia y de pobreza. Sin embargo, cuando Francisco y sus once compañeros comparecieron deseosos de obtener del Papa el permiso para vivir según el «propósito de vida» evangélico que Dios les inspiró, los mandó fuera, apartando así de su presencia al hombre providencial que podía hacer triunfar su ideal más que ningún otro. Como es sabido, el Papa, posteriormente, rojo y dorado como el sol en el ocaso, recordó un sueño que había tenido poco tiempo antes, llenándolo de inquietud. Se veía dormido en su cama, con la tiara en la cabeza; la basílica de San Juan de Letrán estaba peligrosamente inclinada hacia un lado cuando, de repente, un pequeño monje del color de la tierra, con el aspecto de un mendigo, apoyándose con la espalda, la sostuvo, impidiendo que se derrumbara. «Es verdad –se dijo el Papa–, ¡aquel monje era Francisco de Asís!». ¿Cómo pudo no escucharlo entonces? Una pregunta que también nosotros podemos hacernos hoy a través de sus escritos y de las crónicas que los biógrafos han contado del Poverello, vestido con el color de la tierra: es decir, la aurora que se había volcado en el ocaso de su nueva venida.
He reunido esta recopilación de pensamientos diarios guiándome por los Escritos de Francisco de Asís y por las demás Fuentes franciscanas, con el ánimo de quien es uno de sus seguidores después de ochocientos años, pero sobre todo sabiendo que san Francisco, además de ser el patrón de Italia, es el santo de los italianos, por el que yo también me he visto totalmente hechizado, tal y como sucede con muchas otras personas que, hoy en día, siguen vistiendo el sayo o llevando al cuello la «tau» franciscana, típico símbolo de los franciscanos laicos. En realidad, si hace ochocientos años el Poverello fue a ver al «señor papa» para pedirle permiso para vivir como Jesús, hace justo veinticinco años, en el verano de 1983, con dieciséis años, me encontré por primera vez con un humilde fraile capuchino, el padre Sisto Zarpellon, actual padre espiritual del colegio «San Lorenzo da Brindisi» de Roma. No podré olvidar aquel colorido verano en el que vi entrar en la pequeña iglesia de mi pueblo natal de Lerino, en Vicenza, a aquel fraile, descalzo, con una barba larga y rizada, vestido con un rudo sayo: ¡era precisamente un capuchino, es decir, un franciscano! Pensé: «Pero, ¿no habían desaparecido los capuchinos de fray Cristóforo, el de la novela Los novios, que tan ávidamente había estudiado precisamente en la escuela secundaria aquel año?». Sin embargo, aquel hijo de Francisco estaba allí, en carne y hueso, llevando automáticamente Asís hasta mi casa. Y me iluminó, trastocando mi existencia. Sí, porque, lleno de entusiasmo y con una voz suavísima, en la homilía en la iglesia nos habló de su vocación y de su deseo de ser otro Francisco, y todo esto sucedió durante los años de la II Guerra mundial. Pero me convenció, sobre todo cuando, al acabar la homilía, se arrodilló en un respetuoso silencio ante el tabernáculo para quizá «confiar» a Jesús algunos secretos. Entonces –sólo entonces– comprendí que aquel franciscano de sonrisa radiante y vivos ojos que irradiaban optimismo estaba, igual que el Poverello, enamorado de Jesús y, de repente, me sentí «llamado» a seguirlos a los dos desde entonces con una felicidad que no ha conocido igual. La felicidad de la existencia, aquella que todos desean, aunque no lo digan.
Tras exactamente ochocientos años, existe una fuerte analogía entre los contemporáneos de san Francisco y los hombres y las mujeres que nos encontramos con ellos en nuestras calles: les une un hambre de algo «distinto», una inquietud del corazón que no logra llenar el vacío de los placeres. Por esta razón, estoy seguro de que esta estudiada colección que trata sobre Francisco y sus pensamientos nos ofrecerá su reconfortante compañía cada día, extrayendo de nosotros la imagen de que el mañana sólo es un huésped inquietante. Francisco, definido hasta por los papas como «otro Cristo», porque «había ocupado su puesto»[1], entendió perfectamente que vivir el Evangelio con pobreza de espíritu es la aventura más bella y más simple que se puede elegir para la propia historia personal, para ser felices, convencidos de que, en el «mañana», es a Jesús a quien esperamos. También Benedicto XVI nos invitó en 2007 a dirigir nuestra atención a esa figura en la historia de la fe que ha transformado la bienaventuranza de los pobres de espíritu «en la forma más intensa de existencia humana: Francisco de Asís»[2]. E incluso hace medio siglo, en 1959, el mismo Joseph Ratzinger escribió que «en la Iglesia de los últimos tiempos se impondrá la forma de vivir de san Francisco que, en su calidad de “simple” e “idiota”, sabía de Dios muchas más cosas que todos los eruditos de su tiempo, ya que él lo amaba más»[3]. Los últimos tiempos para nosotros son el presente, es el día a día.Si hubiésemos vivido en compañía de san Francisco de Asís, cada uno de nosotros, franciscano o no, habría hecho de su vida un auténtico «cántico de las criaturas». Porque el secreto de la vida franciscana es precisamente ese: que también las lágrimas de dolor se transformen, por amor a Jesús, en lágrimas de alegría.
Gianluigi Pasquale OFM Cap.
Fuentes y selección de textos
La presente antología de textos trata sobre la enorme colección de Fuentes franciscanas, que recoge tanto los textos del propio san Francisco de Asís como los más antiguos testimonios hagiográficos.
Los géneros representados en las fuentes primarias (escritos de san Francisco) van desde los artículos de la Regla a las exhortaciones a los religiosos de la Orden, desde las oraciones hasta los himnos, de las reflexiones a los testamentos espirituales. En el caso de la literatura hagiográfica secundaria (escritos sobre san Francisco), encontramos narraciones episódicas, discursos, perfiles psicológico-espirituales, relatos de milagros.
En relación con la variedad tipológica de los textos, la elección ha sido realizada tratando de ofrecer la máxima variedad posible, sin descuidar ninguno de los momentos biográficos más relevantes y decisivos del Santo, en privilegio, sobre todo, de su espiritualidad, sus múltiples exhortaciones a la pobreza y a la humildad, los gestos simbólicos y proféticos con los que ha encarnado la forma de Cristo, las penetrantes palabras a través de las que se manifiestan, en cada caso, los estados del propio ánimo.
Cuidadosamente seleccionados de entre la amplia tipología de las más intensas páginas espirituales de las Fuentes franciscanas, los textos han sido debidamente asignados a los diferentes días del año buscando, dentro de lo posible, que estén en sintonía con las celebraciones del año litúrgico. Esto se ha realizado, sobre todo, mediante asignaciones precisas a las principales solemnidades y fiestas fijas (Navidad, Epifanía, Asunción, Inmaculada, Natividad de María...) y algunas fiestas y memorias de santos, mientras que en el caso de las fiestas móviles se ha tomado como referencia el calendario litúrgico de 2009, sobre todo para el período «fuerte» de Cuaresma-Pascua-Pentecostés, subrayándolo, por ejemplo, con exhortaciones de carácter más marcadamente penitencial y con reflexiones sobre la pasión y muerte de Jesús; los días de Cuaresma, con asignaciones destinadas a días como el Miércoles de Ceniza, el Domingo de Ramos o el Sagrado Triduo Pascual, pero teniendo en cuenta el arco de oscilación de la época cuaresmal y pascual en los distintos años, de modo que pueda ofrecer en cualquier año un conjunto de reflexiones que, en lugar de atenerse a un esquema rígido, abraza el Misterio Pascual en su plenitud ya que, tal y como debe saber todo cristiano, los momentos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús forman juntos una unidad indivisible. En la época de Pascua y la secuencia de domingos sucesivos, se han asignado cuidadosamente las solemnidades de Pentecostés, de la Trinidad y del Corpus Christi.
En general se ha tenido en cuenta la cronología de la vida de san Francisco, concentrando, sobre todo, entre finales de septiembre y comienzos de octubre los informes de los últimos momentos de la vida del Santo y sus palabras a los hermanos, reservando para los días 3 y 4 de octubre las conmovedoras páginas de la Carta encíclica de fray Elías, con la que se comunica el tránsito del querido Fundador.
Junto a san Francisco, encuentran una ubicación especial los textos significativos referentes a santa Clara y a san Antonio de Padua, en los respectivos días de su memoria litúrgica.
El resto de días y de épocas del año se han visto beneficiados, en ocasiones, por indicaciones cronológicas, a menudo aproximativas, según los contextos ambientales naturales descritos (por ejemplo, reservando a los meses estivales los episodios ligados al calor, a la sed, a los trabajos agrícolas, al contacto con los animales, etc.; a la primavera los momentos contemplativos de la naturaleza que expresan la bondad del Creador; y también al invierno los hechos relacionados con el frío agotador debido a la pobreza de las vestimentas, con el regalo de su propia capa a los pobres, con penitencias especiales como la inmersión en el agua helada o en la nieve, etc).
En muchos casos se han tenido en cuenta cuáles son las condiciones psicológicas «estacionales» que pueden hacer que se aprecien mejor y que se saque más provecho de las exhortaciones, los consejos, las reflexiones, los testimonios de las vivencias de san Francisco y de sus hermanos en general, con asignaciones que el lector atento podrá reconocer en relación con el propio estado espiritual y con la propia sensibilidad.
En muchos casos se ha llevado a cabo en una serie de dos, tres o cuatro días una reflexión más amplia sobre el Santo, subdividiéndola en porciones textuales para conformar una unidad en cierto modo independiente pero, sin embargo, con textos concadenados entre ellos.
Una decisión específica ha sido la de los textos referentes al inicio y al final del año, una «apertura» y «clausura» significativas, ambas marcadas por las oraciones de san Francisco: la primera, repartida en tres días, de alabanza y agradecimiento a Dios, parece abrir el cofre de la creación como espacio rico y denso de positividad en el que todo sucede dependiendo y bajo la atenta mirada de Dios; la última, una especie de intensísimo testamento espiritual, una clase también de alabanza espiritual, que concluye con la exhortación a «mantenerse en el bien hasta el final».
Cada texto está acompañado por la indicación del documento, con el número de referencia de la colección de las Fuentes franciscanas (FF): Fuentes franciscanas: escritos y biografías de san Francisco de Asís, crónicas y otros testimonios del primer siglo franciscano, escritos y biografía de santa Clara de Asís, textos normativos de la orden franciscana secular, edición de Ernesto Caroli, Edizioni Francescane, Padua 20042. Además, en cada pasaje se ha insertado la cita bíblica correspondiente al pasaje mencionado de las Sagradas Escrituras, allá donde aparezcan en los Escritos de y sobre Francisco, tanto si aparece como glosa junto al texto de las Fuentes franciscanas como si no.
Los documentos de los que se han extraído los pasajes reproducidos son:
a) Escritos de san Francisco
Regla no bulada.
Regla bulada.
Testamento.
Testamento de Siena.
Regla para los Eremitorios.
Admoniciones.
Carta a los fieles.
Carta a todos los clérigos.
Carta a las autoridades.
Carta a toda la Orden.
Carta a un Ministro.
Primera carta a los fieles.
Oración ante el Crucifijo de San Damián.
Saludo a las virtudes.
Saludo a la bienaventurada Virgen
María.
Alabanzas del Dios Altísimo.
Bendición a Fray León.
Cántico del Hermano Sol.
Audite, Poverelle (a las damas pobres del monasterio de San Damián).
Exhortación a la alabanza de Dios.
Exposición del Padrenuestro.
Oración «Absorbeat».
De la verdadera y perfecta alegría.
Oficio de la Pasión del Señor.
b) Biografía, memorias y testimonios
Carta encíclica de fray Elías sobre la muerte de san Francisco.
Tomás de Celano, Vida de san Francisco (Vida primera); Memorial del deseo del alma (Vida segunda); Tratado de los milagros de san Francisco.
San Buenaventura, Leyenda mayor.
Leyenda de los tres compañeros.
Compilación de Asís (Leyenda de Perusa).
Espejo de perfección.
Las florecillas de san Francisco.
Ubertino da Casale, El árbol de la vida.
Enero
1 de enero
Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey del cielo y de la tierra, por ti mismo te damos gracias, porque, por tu santa voluntad y por tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos pusiste en el paraíso. Y nosotros caímos por nuestra culpa. Y te damos gracias porque, así como por tu Hijo nos creaste, así, por tu santo amor con el que nos amaste (cf Jn 17,26), hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y su sangre y su muerte. Y te damos gracias porque ese mismo Hijo tuyo vendrá en la gloria de su majestad a enviar al fuego eterno a los malditos, que no hicieron penitencia y no te conocieron, y a decir a todos los que te conocieron y adoraron y te sirvieron en penitencia: «Venid, benditos de mi Padre, recibid el Reino que os está preparado desde el origen del mundo» (Mt 25,34).
Y porque todos nosotros, miserables y pecadores, no somos dignos de nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado, en quien bien te complaciste (cf Mt 17,5), junto con el Espíritu Santo Paráclito, te dé gracias por todos como a ti y a él os place, él que te basta siempre para todo y por quien tantas cosas nos hiciste. Aleluya.
(Regla no bulada, XXIII: FF 63-66)
2 de enero
Y a la gloriosa madre, la beatísima María siempre Virgen, a los bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael, y a todos los coros de los bienaventurados serafines, querubines, tronos, dominaciones, principados, potestades, virtudes, ángeles, arcángeles, a los bienaventurados Juan Bautista, Juan Evangelista, Pedro, Pablo, y a los bienaventurados patriarcas, profetas, inocentes, apóstoles, evangelistas, discípulos, mártires, confesores, vírgenes, a los bienaventurados Elías y Henoc, y a todos los santos que fueron y que serán y que son, humildemente les suplicamos por tu amor que te den gracias por estas cosas como te place, a ti, sumo y verdadero Dios, eterno y vivo, con tu Hijo carísimo, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo Paráclito, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya (Ap 19,3-4).
Y a todos los que quieren servir al Señor Dios dentro de la santa Iglesia católica y apostólica, y a todas las órdenes siguientes: sacerdotes, diáconos, subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores, ostiarios y todos los clérigos, todos los religiosos y religiosas, todos los donados y postulantes, pobres y necesitados, reyes y príncipes, trabajadores y agricultores, siervos y señores, todas las vírgenes y continentes y casadas, laicos, varones y mujeres, todos los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, todos los pequeños y grandes, y todos los pueblos, gentes, tribus y lenguas (cf Ap 7,9), y todas las naciones y todos los hombres en cualquier lugar de la tierra, que son y que serán, humildemente les rogamos y suplicamos todos nosotros, los hermanos menores, siervos inútiles (Lc 17,10), que todos perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque, si no, ninguno puede salvarse.
(Regla no bulada, XXIII: FF 67-68)
3 de enero
Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y fortaleza (Mc 12,30.33), con toda la inteligencia, con todas las fuerzas (Lc 10,27), con todo el esfuerzo, con todo el afecto, con los sentimientos más profundos, con todos los deseos y voluntades al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió y por su sola misericordia nos salvará, que a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos, nos hizo y nos hace todo bien.
Por consiguiente, ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos plazca y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el solo verdadero Dios, que es pleno bien, todo bien, total bien, verdadero y sumo bien, que sólo Él es bueno (cf Lc 18,19), piadoso, manso, suave y dulce, que es el solo santo, justo, verdadero y recto, que es el solo benigno, inocente, puro, de quien y por quien y en quien es todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los penitentes y de todos justos, de todos los bienaventurados que gozan juntos en los cielos. Por consiguiente, que nada impida, que nada separe, que nada se interponga. En todas partes, en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, diariamente y de continuo, todos nosotros creamos verdadera y humildemente, y tengamos en el corazón y amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y ensalcemos sobremanera, magnifiquemos y demos gracias al altísimo y sumo Dios eterno, Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas y salvador de todos los que creen y esperan en Él y lo aman a Él, que es sin principio y sin fin, inmutable, invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, inescrutable, bendito, laudable, glorioso, ensalzado sobremanera, sublime, excelso, suave, amable, deleitable y todo entero sobre todas las cosas deseable por los siglos. Amén.
(Regla no bulada, XXIII: FF 69-71)
4 de enero
En toda predicación que hacía, antes de proponer la palabra de Dios a los presentes, les deseaba la paz, diciéndoles: El Señor os dé la paz (2Tes 3,16). Anunciaba devotísimamente y siempre esta paz a hombres y mujeres, a los que encontraba y a quienes le buscaban. Debido a ello, muchos que rechazaban la paz y la salvación, con la ayuda de Dios, abrazaron la paz de todo corazón y se convirtieron en hijos de la paz y en émulos de la salvación eterna.
Entre estos, un hombre de Asís, de espíritu piadoso y humilde, fue quien primero siguió devotamente al varón de Dios. A continuación abrazó esta misión de paz y corrió gozosamente en pos del Santo, para ganarse el reino de los cielos, el hermano Bernardo. Este había hospedado con frecuencia al bienaventurado Padre; habiendo observado y comprobado su vida y costumbres, reconfortado con el aroma de su santidad, concibió el temor de Dios y alumbró el espíritu de salvación. Lo había visto que, sin apenas dormir, estaba en oración durante toda la noche, alabando al Señor y a la gloriosísima Virgen, su madre; y se admiraba y se decía: «En verdad, este hombre es de Dios».
Se dio prisa, por esto, en vender todos sus bienes, y distribuyó a manos llenas su precio entre los pobres, no entre sus parientes; y, abrazando la norma del camino más perfecto, puso en práctica el consejo del santo Evangelio: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos, y ven y sígueme (Mt 19,21). Llevado a feliz término todo esto, se unió a san Francisco en su hábito y tenor de vida, y permaneció con él continuamente, hasta que, habiéndose multiplicado los hermanos, pasó con la obediencia del piadoso Padre a otras regiones.
Su conversión a Dios sirvió de modelo, para quienes habían de convertirse en el futuro, en cuanto a la venta de los bienes y su distribución entre los pobres. San Francisco se gozó sobremanera con la llegada y conversión de hombre tan calificado, ya que esto le demostraba que el Señor tenía cuidado de él, pues le daba un compañero necesario y un amigo fiel.
(Tomás de Celano, Vida primera I, 10: FF 359-361)
5 de enero
Así pues, en cuanto llegó a oídos de muchos la noticia de la verdad, tanto de la sencilla doctrina como de la vida del varón de Dios, algunos hombres, impresionados con su ejemplo, comenzaron a animarse a hacer penitencia, y, tras abandonarlo todo, se unieron a él, acomodándose a su vestido y vida.
El primero de entre ellos fue el venerable Bernardo, quien, hecho partícipe de la vocación divina (cf Heb 3,1), mereció ser el primogénito del santo Padre tanto por la prioridad del tiempo como por la prerrogativa de su santidad. En efecto, habiendo descubierto Bernardo la santidad del siervo de Dios, decidió, a la luz de su ejemplo, renunciar por completo al mundo, y acudió a consultar al Santo la manera de llevar a la práctica su intención. Al oírlo, el siervo de Dios se llenó de una gran consolación del Espíritu Santo por el alumbramiento de su primer vástago, y le dijo: «Es a Dios a quien en esto debemos pedir consejo».
Así que, una vez amanecido, se dirigieron juntos a la iglesia de San Nicolás, donde, tras una ferviente oración, Francisco, que rendía un culto especial a la Santa Trinidad, abrió por tres veces el libro de los evangelios, pidiendo a Dios que, mediante un triple testimonio, confirmase el santo propósito de Bernardo.
En la primera apertura del libro apareció aquel texto: Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres (Mt 19,21).
En la segunda: No toméis nada para el camino (Lc 9,3).
Finalmente, en la tercera se les presentaron estas palabras: El que quiera venirse conmigo, que cargue con su cruz y me siga (Mt 16,24).
«Esta es –dijo el Santo– nuestra vida y regla, y la de todos aquellos que quieran unirse a nuestra compañía. Por lo tanto, si quieres ser perfecto (Mt 19,21), vete y cumple lo que has oído».
(Buenaventura, Leyenda mayor, III, 3: FF 1053-1054)
6 de enero
Entre los diversos dones y carismas que obtuvo Francisco del generoso Dador de todo bien, destaca, como una prerrogativa especial, el haber merecido crecer en las riquezas de la simplicidad mediante su amor a la altísima pobreza. Considerando el Santo que esta virtud había sido muy familiar al Hijo de Dios y al verla ahora rechazada casi en todo el mundo, de tal modo se determinó a desposarse con ella mediante los lazos de un amor eterno, que por su causa no sólo abandonó al padre y a la madre, sino que también se desprendió de todos los bienes que pudiera poseer (cf Gén 2,24; Jer 31,3; Mc 10,7).
No hubo nadie tan ávido de oro como él de la pobreza, ni nadie fue jamás tan solícito en guardar un tesoro como él en conservar esta perla evangélica. Nada había que le alterase tanto como el ver en sus hermanos algo que no estuviera del todo en armonía con la pobreza.
De hecho, respecto a su persona, se consideró rico con una túnica, la cuerda y los calzones desde el principio de la fundación de la Religión hasta su muerte y vivió contento sólo con eso.
Frecuentemente evocaba –no sin lágrimas– la pobreza de Cristo Jesús y de su madre; y como fruto de sus reflexiones afirmaba ser la pobreza la reina de las virtudes, pues con tal prestancia había resplandecido en el Rey de reyes y en la Reina, su madre.
Por eso, al preguntarle los hermanos en una reu-nión cuál era la virtud con la que mejor se granjea la amistad de Cristo, respondió como quien descubre un secreto de su corazón: «Sabed, hermanos, que la pobreza es el camino especial de salvación, como que fomenta la humildad y es raíz de la perfección, y sus frutos –aunque ocultos– son múltiples y variados. Esta virtud es el tesoro escondido del campo evangélico (Mt 13,44): para comprarlo merece la pena vender todas las cosas, y las que no pueden venderse han de estimarse por nada en comparación con tal tesoro».
(Buenaventura, Leyenda mayor, VII, 1: FF 1117)
7 de enero
Sobre tu alma, te digo, como puedo, que todo aquello que te impide amar al Señor Dios, y quienquiera que sea para ti un impedimento, trátese de frailes o de otros, aun cuando te azotaran, debes tenerlo todo por gracia. Y así lo quieras y no otra cosa. Y tenlo esto por verdadera obediencia al Señor Dios y a mí, porque sé firmemente que esta es verdadera obediencia. Y ama a aquellos que te hacen esto. Y no quieras de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé. Y ámalos en esto; y no quieras que sean mejores cristianos.
Y que esto sea para ti más que el eremitorio.
Y en esto quiero saber si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de esos hermanos.
(Carta a un ministro: FF 234-235)
8 de enero
Fue él (san Francisco) efectivamente quien fundó la Orden de los Hermanos Menores y quien le impuso ese nombre en las circunstancias que a continuación se refieren: se decía en la Regla: «Y sean menores»; al escuchar esas palabras, en aquel preciso momento exclamó: «Quiero que esta fraternidad se llame Orden de Hermanos Menores». Y, en verdad, eran menores porque, sometidos a todos, buscaban siempre el último puesto y trataban de emplearse en oficios que llevaran alguna apariencia de deshonra, a fin de merecer, fundamentados así en la verdadera humildad, que en ellos se levantara en orden perfecto el edificio espiritual de todas las virtudes.
De hecho, sobre el fundamento de la constancia se erigió la noble construcción de la caridad, en que las piedras vivas, reunidas de todas las partes del mundo, formaron el templo del Espíritu Santo. ¡En qué fuego tan grande ardían los nuevos discípulos de Cristo! ¡Qué inmenso amor el que ellos tenían al piadoso grupo! Cuando se hallaban juntos en algún lugar o cuando, como sucede, topaban unos con otros de camino, allí era visible el amor espiritual que brotaba entre ellos y cómo difundían un afecto verdadero, superior a todo otro amor. Amor que se manifestaba en los castos abrazos, en tiernos afectos, en el ósculo santo, en la conversación agradable, en la risa modesta, en el rostro festivo, en el ojo sencillo, en la actitud humilde, en la lengua benigna, en la respuesta serena; eran concordes en el ideal, diligentes en el servicio, infatigables en las obras.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 15: FF 386-387)
9 de enero
Por lo que un día dijo a sus hermanos: «La Orden y la vida de los hermanos menores es un pequeño rebaño (cf Lc 12,32) que el Hijo de Dios pidió en estos últimos tiempos a su Padre celestial, diciéndole: “Padre, yo quisiera que suscitaras y me dieras un pueblo nuevo y humilde que en esta hora se distinga por su humildad y su pobreza de todos los que le han precedido y que se contente con poseerme a mí solo”». El Padre dijo a su Hijo amado: «Hijo, lo que pides queda cumplido».
«Por eso –añadió el bienaventurado Francisco–, quiso el Señor que los hermanos se llamasen hermanos menores, pues ellos son este pueblo que el Hijo de Dios pidió a su Padre, y del que el mismo Hijo de Dios dice en el Evangelio: No temáis, pequeño rebaño, porque el Padre se ha complacido en daros el Reino (Lc 12,32); y también: Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis (Mt 25,40). Sin duda, se ha de entender que el Señor habló así refiriéndose a todos los pobres espirituales, pero principalmente predijo el nacimiento en su Iglesia de la Religión de los hermanos menores».
Tal como le fue revelado al bienaventurado Francisco que su movimiento debía llamarse el de los hermanos menores, hizo él insertar este nombre en la primera regla (1R 6,3) que presentó al señor papa Inocencio III, y que este aprobó y le concedió y luego anunció a todos en el consistorio. El Señor le reveló también el saludo que debían emplear los hermanos, como hizo consignar en su Testamento: «El Señor me reveló que para saludar debía decir: “El Señor te dé la paz” (cf Núm 6,26)».
En los comienzos de la Religión, yendo de viaje el bienaventurado Francisco con un hermano que fue uno de los doce primeros, este saludaba a los hombres y las mujeres que se le cruzaban en el camino y a los que trabajaban en el campo diciéndoles: «El Señor os dé la paz» (cf 2Tes 3,16). Las gentes quedaban asombradas, pues nunca habían escuchado un saludo parecido de labios de ningún religioso. E incluso algunos, un tanto molestos, preguntaban: «¿Qué significa esta manera de saludar?». El hermano comenzó a avergonzarse y dijo al bienaventurado Francisco: «Hermano, permíteme emplear otro saludo».
Pero el bienaventurado Francisco le respondió: «Déjales hablar así; ellos no captan el sentido de las cosas de Dios. No te avergüences, hermano, pues te aseguro que hasta los nobles y príncipes de este mundo ofrecerán sus respetos a ti y a los otros hermanos por este modo de saludar». Y añadió: «¿No es maravilloso que el Señor haya querido tener un pequeño pueblo, entre los muchos que le han precedido, que se contente con poseerle a Él solo, altísimo y glorioso?».
(Compilación de Asís, 101: FF 1617-1619)
10 de enero
Al despreciar todo lo terreno y al no amarse a sí mismos con amor egoísta, centraban todo el afecto en la comunidad y se esforzaban en darse a sí mismos para subvenir a las necesidades de los hermanos. Deseaban reunirse, y reunidos se sentían felices; en cambio, era penosa la ausencia; la separación, amarga, y dolorosa la partida. Pero nada osaban anteponer a los preceptos de la santa obediencia aquellos obedientísimos caballeros que, antes de que se hubiera concluido la palabra de la obediencia, estaban ya prontos para cumplir lo ordenado. No hacían distinción en los preceptos; más bien, evitando toda resistencia, se ponían, como con prisas, a cumplir lo mandado.
Eran seguidores de la altísima pobreza, pues nada poseían, ni amaban nada; por esta razón, nada temían perder. Estaban contentos con una túnica sola, remendada a veces por dentro y por fuera; no buscaban en ella elegancia, sino que, despreciando toda gala, ostentaban vileza, para dar así a entender que estaban completamente crucificados para el mundo. Ceñidos con una cuerda, llevaban calzones de burdo paño; y estaban resueltos a continuar en la fidelidad a todo esto y a no tener otra cosa. En todas partes se sentían seguros, sin temor a que los inquietase ni afán de que los distrajese; despreocupados aguardaban al día siguiente; y cuando, con ocasión de los viajes, se encontraban a menudo en situaciones incómodas, no se angustiaban pensando dónde habían de pasar la noche. Pues cuando, en medio de los fríos más crudos, carecían muchas veces del necesario albergue, se recogían en un horno o humildemente se guarecían de noche en grutas o cuevas.
Durante el día iban a las casas de los leprosos o a otros lugares decorosos y quienes sabían hacerlo trabajaban manualmente, sirviendo a todos humilde y devotamente. Rehusaban cualquier oficio del que pudiera originarse escándalo; más bien, ocupados siempre en obras santas y justas, honestos y útiles, eran ejemplo de paciencia y humildad para cuantos trataban con ellos.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 15: FF 387-389)
11 de enero
Amaban de tal modo la virtud de la paciencia, que preferían morar donde sufriesen persecución en su carne que allí donde, conocida y alabada su virtud, pudieran ser aliviados por las atenciones de la gente. Y así, muchas veces padecían afrentas y oprobios, fueron desnudados, azotados, maniatados y encarcelados, sin que buscasen la protección de nadie; y tan virilmente lo sobrellevaban, que de su boca no salían sino cánticos de alabanza y gratitud.
Rarísima vez, por no decir nunca, cesaban en las alabanzas a Dios y en la oración. Se examinaban constantemente, repasando cuanto habían hecho, y daban gracias a Dios por el bien obrado, y reparaban con gemidos y lágrimas las negligencias y ligerezas. Se creían abandonados de Dios si no gustaban de continuo la acostumbrada piedad en el espíritu de devoción. Cuando querían darse a la oración, recurrían a ciertos medios que se habían ingeniado: unos se apoyaban en cuerdas suspendidas, para que el sueño no turbara la oración; otros se ceñían con instrumentos de hierro; algunos, en fin, se ponían piezas mortificantes de madera. Si alguna vez, por excederse en el comer o el beber, quedaba conturbada, como suele, la sobriedad, o si, por el cansancio del viaje, se habían sobrepasado, aunque fuera poco, de lo estrictamente necesario, se castigaban duramente con muchos días de abstinencia. En fin, tal era el rigor en reprimir los incentivos de la carne, que no temían arrojarse desnudos sobre el hielo, ni revolcarse sobre zarzas hasta quedar tintos en sangre.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 15: FF 390-391)
12 de enero
Tanto despreciaban los bienes terrenales, que apenas consentían en aceptar lo necesario para la vida, y, habituados a negarse toda comodidad, no se asustaban ante las más ásperas privaciones.
En medio de esta vida ejercitaban la paz y la mansedumbre con todos; intachables y pacíficos en su comportamiento, evitaban con exquisita diligencia todo escándalo. Apenas si hablaban cuando era necesario, y de su boca nunca salía palabra grosera ni ociosa, para que en su vida y en sus relaciones no pudiera encontrarse nada que fuera indecente o deshonesto. Eran disciplinados en todo su proceder; su andar era modesto; los sentidos los traían tan mortificados, que no se permitían ni oír ni ver sino lo que se proponían de intento. Llevaban sus ojos fijos en la tierra y tenían la mente clavada en el cielo. No cabía en ellos envidia alguna, ni malicia, ni rencor, ni murmuración, ni sospecha, ni amargura; reinaba una gran concordia y paz continua; la acción de gracias y cantos de alabanza eran su ocupación.
Estas son las enseñanzas del piadoso Padre, con las que educaba a los nuevos hijos, no tanto de palabra y con la lengua cuanto de obra y de verdad.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 15: FF 392-393)
13 de enero
Hermanos, reflexionemos todos sobre lo que dice el Señor: Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian (cf Mt 5,44), porque nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir (cf 1Pe 2,21), llamó amigo a quien lo traicionaba y se ofreció espontáneamente a quienes lo crucificaron (cf Mt 26,50). Por lo tanto, son amigos nuestros todos aquellos que injustamente nos acarrean tribulaciones y angustias, afrentas e injurias, dolores y tormentos, martirio y muerte; a los cuales debemos amar mucho, porque, por lo que nos acarrean, tenemos la vida eterna.
Y tengamos odio a nuestro cuerpo con sus vicios y pecados; porque el diablo quiere arrebatarnos, mientras vivimos carnalmente, el amor de Jesucristo y la vida eterna, y perderse a sí mismo junto con todos en el infierno; porque nosotros, por nuestra culpa, somos hediondos, miserables y contrarios al bien, pero prontos y voluntariosos para el mal, porque como dice el Señor en el Evangelio: Del corazón proceden y salen los malos pensamientos, adulterios, fornicaciones, homicidios, hurtos, avaricia, maldad, dolo, impudicia, envidia, falsos testimonios, blasfemia, insensatez. Todos estos males proceden de dentro, del corazón del hombre (cf Mc 7,23), y estos son los que manchan al hombre (Mt 15,19-20; Mc 7,21-23).
Pero ahora, después de haber abandonado el mundo, no tenemos ninguna otra cosa que hacer sino seguir la voluntad del Señor y complacerle sólo a Él.
(Regla no bulada, XXII: FF 56-57)
14 de enero
Guardémonos mucho de ser tierra junto al camino, o tierra rocosa o llena de espinas, según lo que dice el Señor en el Evangelio: La semilla es la palabra de Dios. Y la que cayó junto al camino y fue pisoteada, son aquellos que oyen la Palabra y no la entienden; y al punto viene el diablo y arrebata lo que fue sembrado en sus corazones, y quita de sus corazones la Palabra, no sea que creyendo se salven. Y la que cayó sobre terreno rocoso, son aquellos que, al oír la Palabra, al instante la reciben con gozo. Pero, llegada la tribulación y persecución por causa de la Palabra, inmediatamente se escandalizan, y estos no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes, porque creen por un tiempo y en el tiempo de la tentación retroceden. Y la que cayó entre espinas, son aquellos que oyen la palabra de Dios, pero la preocupación y las fatigas de este siglo y la falacia de las riquezas y las demás concupiscencias, entrando en ellos, sofocan la Palabra y se quedan sin dar fruto. Y la que fue sembrada en buen terreno, son aquellos que, oyendo la palabra con corazón bueno y óptimo, la entienden y la retienen y producen fruto con perseverancia (Mt 13,19-23; Mc 4,15-20; Lc 8,11-15).
Y por eso nosotros los hermanos, como dice el Señor, dejemos que los muertos entierren a sus muertos (Mt 8,22).
Y guardémonos mucho de la malicia y la sutileza de Satanás, que quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón dirigidos a Dios. Y dando vueltas, desea llevarse el corazón del hombre so pretexto de alguna recompensa o ayuda, y sofocar en su memoria la palabra y preceptos del Señor, queriendo cegar el corazón del hombre por medio de los negocios y cuidados del siglo, y habitar allí, como dice el Señor: Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos y secos en busca de descanso; y, al no encontrarlo, dice: Volveré a mi casa, de donde salí. Y al venir la encuentra desocupada, barrida y adornada. Y va y toma a otros siete espíritus peores que él, y, habiendo entrado, habitan allí, y las postrimerías de aquel hombre son peores que los principios (Mt 12,43-45; Lc 11,24-26).
Por lo tanto, hermanos todos, guardémonos mucho de perder o apartar del Señor nuestra mente y corazón so pretexto de alguna merced u obra o ayuda.
Mas en la santa caridad que es Dios (cf 1Jn 4,8.16), ruego a todos los hermanos, tanto los ministros como los otros, que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud, del mejor modo que puedan, hagan servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura, que es lo que Él busca sobre todas las cosas.
(Regla no bulada, XXII: FF 58-60)
15 de enero
Y construyámosle siempre en nuestro interior habitación y morada a aquel que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que dice: Vigilad, pues, orando en todo tiempo, para que seáis considerados dignos de huir de todos los males que han de venir, y de estar en pie ante el Hijo del Hombre. Y cuando estéis de pie para orar, decid: Padre nuestro, que estás en el cielo (cf Mt 6,9; Mc 11,25; Lc 21,36). Y adorémosle con puro corazón, porque es preciso orar siempre y no desfallecer; pues el Padre busca tales adoradores. Dios es espíritu, y los que lo adoran es preciso que lo adoren en espíritu y verdad (Lc 18,1; Jn 4,23-24). Y recurramos a Él como al pastor y obispo de nuestras almas (1Pe 2,25), que dice: Yo soy el buen pastor, que apaciento a mis ovejas y doy mi alma por mis ovejas (Jn 10,11.15). Todos vosotros sois hermanos; y no llaméis padre a ninguno de vosotros en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en el cielo. Ni os llaméis maestros; porque uno es vuestro maestro, el que está en el cielo, [Cristo] (cf Mt 23,8-10). Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis todo lo que queráis y se os dará. Dondequiera que hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos. He aquí que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo. Las palabras que os he hablado son espíritu y vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 15,7; Mt 18,20; 28,20; Jn 6,63; 14,6).
Retengamos, por consiguiente, las palabras, la vida y la doctrina y el santo Evangelio de aquel que se dignó rogar por nosotros a su Padre y manifestarnos su nombre diciendo: Padre, glorifica tu nombre, y glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Padre, manifesté tu nombre a los hombres que me diste; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos; y ellos las han recibido, y han reconocido que salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Yo ruego por ellos, no por el mundo, sino por estos que me diste, porque tuyos son y todas mis cosas tuyas son. Padre santo, guarda en tu nombre a los que me diste, para que ellos sean uno como también nosotros. Hablo estas cosas en el mundo para que tengan gozo en sí mismos. Yo les he dado tu Palabra; y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. Glorifícalos en la verdad. Tu Palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, también yo los envié al mundo. Y por estos me santifico a mí mismo, para que sean ellos santificados en la verdad. No ruego solamente por estos, sino por aquellos que han de creer en mí por medio de su Palabra, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí. Y les haré conocer tu nombre, para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos.
Padre, los que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean tu gloria en tu Reino (cf Jn 17,6-26). Amén.
(Regla no bulada, XXII: FF 61-62)
16 de enero
Recogíase el bienaventurado Francisco con los suyos en un lugar, próximo a la ciudad de Asís, que se llamaba Rivotorto. Había allí una choza abandonada; en ella vivían los más valerosos despreciadores de las grandes y lujosas viviendas y a su resguardo se defendían de los aguaceros, pues, como decía el Santo, «se sube al cielo más rápido desde una choza que desde un palacio».
Todos los hijos y hermanos vivían en aquel lugar con su Padre, padeciendo mucho y careciendo de todo; privados muchísimas veces del alivio de un bocado de pan, contentos con los nabos que mendigaban trabajosamente de una parte a otra por la llanura de Asís. Aquel lugar era tan exageradamente reducido que difícilmente podían sentarse ni descansar. Con todo, «no se oía, por este motivo, murmuración o queja alguna; más bien, con ánimo sereno y espíritu gozoso, conservaban la paciencia».
Todos los días, san Francisco practicaba con el mayor esmero un continuo examen de sí mismo y de los suyos; no permitiendo en ellos nada que fuera peligroso, alejaba de sus corazones toda negligencia. Riguroso en la disciplina, para defenderse a sí mismo mantenía una vigilancia estricta. Si alguna vez la tentación de la carne le excitaba, cosa natural, arrojábase en invierno a un pozo lleno de agua helada y permanecía en él hasta que todo incentivo carnal hubiera desaparecido. Ni que decir tiene que ejemplo de tan extraordinaria penitencia era seguido con inusitado fervor por los demás.
Les enseñaba no sólo a mortificar los vicios y reprimir los estímulos de la carne, sino también los sentidos externos, por los cuales se introduce la muerte en el alma.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 16: FF 394-396)
17 de enero
El predicador del Evangelio, Francisco, que predicaba a los incultos con recursos materiales y sencillos, como quien sabía que la virtud es más necesaria que las palabras, usaba, en cambio, con los espirituales y más capaces un lenguaje más vivo y profundo. Sugería en pocas palabras lo que era inefable, y, acompañando las palabras con inflamados gestos y movimientos, arrebataba por entero a los oyentes a las cosas del cielo.
No echaba mano de esquemas previos, pues nunca planeaba sermones que a él no le nacieran. El verdadero poder y sabiduría –Cristo– comunicaba a su lengua una palabra eficaz (cf Sal 67,34).
Un médico docto y elocuente dijo en cierta ocasión: «La predicación de otros la retengo palabra por palabra; se me escapan, en cambio, únicamente las que expresa san Francisco. Y, si logro grabar algunas en la memoria, no me parecen ya las mismas que sus labios destilaron (cf Cant 4,11)».
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 73: FF 694)
18 de enero
Cierto día que rezaba al Señor con mucho fervor, oyó esta respuesta: «Francisco, es necesario que todo lo que, como hombre carnal, has amado y has deseado tener, lo desprecies y aborrezcas, si quieres conocer mi voluntad. Y después que empieces a probarlo, aquello que hasta el presente te parecía suave y deleitable, se convertirá para ti en insoportable y amargo, y en aquello que antes te causaba horror, experimentarás gran dulzura y suavidad inmensa».
Alegre y confortado con estas palabras del Señor, yendo un día a caballo por las afueras de Asís, se cruzó en el camino con un leproso. Como el profundo horror por los leprosos era habitual en él, haciéndose una gran violencia, bajó del caballo, le dio una moneda y le besó la mano. Y, habiendo recibido del leproso el ósculo de paz, montó de nuevo a caballo y prosiguió su camino. Desde entonces empezó a despreciarse más y más, hasta conseguir, con la gracia de Dios, la victoria total sobre sí mismo.
A los pocos días, tomando una gran cantidad de dinero, fue al hospital de los leprosos, y, una vez que hubo reunido a todos, les fue dando a cada uno su limosna, al tiempo que les besaba la mano. Al salir del hospital, lo que antes era para él repugnante, es decir, ver y palpar a los leprosos, se le convirtió en dulzura. De tal manera le echaba atrás el ver los leprosos, que, como él dijo, no sólo no quería verlos, sino que evitaba hasta el acercarse al lazareto. Y si alguna vez le tocaba pasar cerca de sus casas o verlos, aunque la compasión le indujese a darles limosna por medio de otra persona, siempre lo hacía volviendo el rostro y tapándose la nariz con las manos. Mas por la gracia de Dios llegó a ser tan familiar y amigo de los leprosos, que, como dice en su testamento, entre ellos moraba y a ellos humildemente servía.
Transformado hacia el bien después de su visita a los leprosos, decía a un compañero suyo, al que amaba con predilección y a quien llevaba consigo a lugares apartados, que había encontrado un tesoro grande y precioso. Lleno de alegría este buen hombre iba de buen grado con Francisco cuantas veces este lo llamaba. Francisco lo llevaba muchas veces a una cueva cerca de Asís, y, dejando afuera al compañero que tanto anhelaba poseer el tesoro, entraba él solo; y, penetrado de un nuevo y especial espíritu, suplicaba en secreto al Padre, deseando que nadie supiera lo que hacía allí dentro, sino sólo Dios, a quien consultaba asiduamente sobre el tesoro celestial que había de poseer.
(Leyenda de los Tres Compañeros, IV: FF 1407-1409)
19 de enero
El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo:
«Hermano León, escribe».
El cual respondió:
«Heme aquí preparado».
«Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría.
Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.
Y que también lo han hecho todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría.
También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría».
«Pero, ¿cuál es la verdadera alegría?».
«Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llego aquí, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.
Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco.
Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.
E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.
Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios, recogedme esta noche.
Y él responde: No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.
Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma».
(De la verdadera y perfecta alegría,
en Las florecillas de san Francisco, VIII: FF 278)
20 de enero
Francisco, por sano o enfermo que estuviese, tenía tanta caridad y piedad no sólo hacia sus hermanos, sino también hacia los pobres, sanos o enfermos, que, halagándonos primero a nosotros, para que no nos disgustáramos, con gran gozo interior y exterior daba a otros lo que necesitaba su propio cuerpo, y que los hermanos conseguían a veces con gran solicitud y devoción; privaba a su cuerpo de cosas que le eran muy necesarias.
Por eso, el ministro general y su guardián le tenían mandado que no diera la túnica a ningún hermano sin su permiso, pues algunas veces los hermanos se la pedían por devoción, y él al momento se la daba. También sucedía que, al ver él a un hermano enfermizo o mal vestido, a veces le daba su túnica; otras, como nunca llevó ni quiso tener para sí más que una túnica, la partía, para dar un trozo al hermano y quedarse él con el resto.
(Compilación de Asís, 89: FF 1625)
21 de enero
La piedad del Santo era aún mayor cuando consideraba el primer y común origen de todos los seres, y llamaba a todas las criaturas –por más pequeñas que fueran– con los nombres de hermano o hermana, pues sabía que todas ellas tenían con él un mismo principio.
«Pero profesaba un afecto más dulce y entrañable a aquellas criaturas que por su semejanza natural reflejan la mansedumbre de Cristo, y queda constancia de ello en la Escritura. Muchas veces rescató corderos que eran llevados al matadero, recordando al mansísimo Cordero, que quiso ser conducido a la muerte para redimir a los pecadores.
Hospedándose en cierta ocasión el siervo de Dios en el monasterio de San Verecundo, del obispado de Gubbio, sucedió que aquella misma noche una ovejita parió un corderillo. Había allí una cerda ferocísima que, sin ninguna compasión de la vida del inocente animalito, lo mató de una salvaje dentellada.
Enterado de ello el piadoso padre, se sintió estremecido por una extraordinaria conmiseración, y, recordando al Cordero sin mancha, se lamentaba delante de todos por la muerte del corderillo, exclamando:
«¡Ay de mí, hermano corderillo, animal inocente, que representas a Cristo entre los hombres; maldita sea la impía que te mató; que ningún hombre ni bestia se aproveche de su carne!».
¡Cosa admirable! Al instante comenzó a enfermar la cerda maléfica y, después de haber pagado su acción con penosos sufrimientos durante tres días, terminó por sucumbir al filo de la muerte vengadora.
Arrojada en la fosa del monasterio, permaneció allí largo tiempo, sin que a ningún hambriento sirviera de comida. Considere, pues, la impiedad humana de qué forma será al fin castigada, cuando con una muerte tan horrenda fue sancionada la ferocidad de una bestia; reflexionen también los fieles devotos con qué admirable virtud y copiosa dulzura estuvo adornada la piedad del siervo de Dios, que mereció incluso que los animales la reconocieran a su modo.
(Buenaventura, Leyenda mayor, VIII, 6: FF 1145-1146)
22 de enero
Un día, pasando de nuevo por la Marca (de Ancona) con el hermano Paolo, que gustoso le acompañaba, se encontró en el camino con un hombre que iba al mercado, llevando atados y colgados al hombro dos corderillos para venderlos. Al oírlos balar el biena-venturado Francisco se conmovió y, acercándose, los acarició como madre que muestra sus sentimientos de compasión con su hijo que llora. Y le preguntó al hombre aquel: «¿Por qué haces sufrir a mis hermanos llevándolos así atados y colgados?». «Porque los llevo al mercado –le respondió– para venderlos, pues ando mal de dinero». A esto le dijo el Santo: «¿Qué será luego de ellos?». «Pues los compradores –replicó– los matarán y se los comerán». «No lo quiera Dios –reac-cionó el Santo–. No se haga tal; toma este manto que llevo a cambio de los corderos». Al punto le dio el hombre los corderos y muy contento recibió el manto, ya que este valía mucho más. El Santo lo había recibido prestado aquel mismo día, de manos de un amigo suyo, para defenderse del frío. Una vez con los corderillos, se puso a pensar qué haría con ellos y, aconsejado por el hermano que le acompañaba, resolvió dárselos al mismo hombre para que los cuidara, con la orden de que jamás los vendiera ni les causara daño alguno, sino que los conservara, los alimentara y los pastoreara con todo cuidado.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 28: FF 457)
23 de enero
Oh, santísimo Padre nuestro (Mt 6,9): creador, redentor, consolador y salvador nuestro.
Que estás en el cielo (Mt 6,9): en los ángeles y en los santos; iluminándolos para el conocimiento, porque tú, Señor, eres luz; inflamándolos para el amor, porque tú, Señor, eres amor; habitando en ellos y colmándolos para la bienaventuranza, porque tú, Señor, eres sumo bien, eterno bien, del cual viene todo bien, sin el cual no hay ningún bien.
Santificado sea tu nombre (Mt 6,9): clarificada sea en nosotros tu noticia, para que conozcamos cuál es la grandeza de tus beneficios, la largura de tus promesas, la sublimidad de la majestad y la profundidad de los juicios.
Venga a nosotros tu Reino (Mt 6,10): para que tú reines en nosotros por la gracia y nos hagas llegar a tu Reino, donde la visión de ti es manifiesta, la dilección de ti perfecta, la compañía de ti bienaventurada, la fruición de ti sempiterna.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo (Mt 6,10): para que te amemos con todo el corazón, pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras fuerzas y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no en otra cosa; y para que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, atrayéndolos a todos a tu amor según nuestras fuerzas, alegrándonos del bien de los otros como del nuestro y compadeciéndolos en sus males y no dando a nadie ocasión alguna de tropiezo.
Danos hoy nuestro pan de cada día (Mt 6,11): tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo: para memoria e inteligencia y reverencia del amor que tuvo por nosotros, y de lo que por nosotros dijo, hizo y padeció.
Perdona nuestras ofensas (Mt 6,12): por tu misericordia inefable, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la santísima Virgen y de todos tus elegidos.
Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6,12): y lo que no perdonamos por completo, haz tú, Señor, que lo perdonemos plenamente, para que, por ti, amemos verdaderamente a los enemigos, y ante ti intercedamos por ellos devotamente, no devolviendo a nadie mal por mal, y nos apliquemos a ser provechosos para todos en ti.
No nos dejes caer en la tentación (Mt 6,13): oculta o manifiesta, repentina o importuna.
Y líbranos del mal (Mt 6,13): pasado, presente y futuro.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
(Exposición del Padrenuestro: FF 266-275)
24 de enero
Como la doctrina evangélica, salvadas excepciones singulares, dejaba mucho que desear en todas partes en cuanto a la conducta de la mayoría, Francisco fue enviado por Dios para dar, a imitación de los apóstoles, testimonio de la verdad a todos los hombres y en todo el mundo. Así, sus enseñanzas pusieron en evidencia que la sabiduría del mundo no era más que necedad, y en poco tiempo, siguiendo a Cristo y por medio de la necedad de la predicación, atrajo a los hombres a la verdadera sabiduría divina (cf 1Cor 1,20-21).
Porque el nuevo evangelista de los últimos tiempos, como uno de los ríos del paraíso, inundó el mundo entero con las aguas vivas del Evangelio y con sus obras predicó el camino del Hijo de Dios y la doctrina de la verdad. Y así surgió en él, y por su medio resurgió en toda la tierra, un inesperado fervor y un renacimiento de santidad: el germen de la antigua religión renovó muy pronto a quienes estaban desde hace tiempo decrépitos y acabados. Un espíritu nuevo se infundió sobre los corazones de los elegidos, y se derramó en medio de ellos una saludable unción cuando este santo siervo de Cristo, como astro celeste, irradió la luz de su original forma de vida y de sus prodigios.
Ha renovado los antiguos portentos cuando en el desierto de este mundo, con nuevo orden, pero fiel al antiguo, se plantó la viña fructífera, portadora de flores suaves de santas virtudes, que extiende por doquier los sarmientos de la santa religión.
Y aunque, como nosotros, era frágil, no se contentó, sin embargo, con el solo cumplimiento de los preceptos comunes, sino que, ardiendo en fervorosísima caridad, emprendió el camino de la perfección cabal, alcanzó la cima de la perfecta santidad y vio el límite de toda perfección (Sal 118,96).
Por eso, las personas de toda clase, sexo y edad encuentran en él enseñanzas claras de doctrina salvífica, así como espléndidos ejemplos de obras de santidad. Si algunos quieren emprender cosas arduas y se esfuerzan aspirando a carismas más elevados de caminos más excelentes, mírense en el espejo de su vida y aprenderán toda perfección. Si otros, por el contrario, temerosos de lanzarse por rutas más difíciles y de escalar la cumbre del monte, aspiran a cosas más humildes y llanas, también estos encontrarán en él enseñanzas apropiadas. Quienes, en fin, buscan señales y milagros, contemplen su santidad, y conseguirán cuanto pidan.
Y, ciertamente, su vida gloriosa añade una luz más esplendente a la perfección de los primeros santos; lo prueba la pasión de Jesucristo y su cruz lo manifiesta colmadamente. En efecto, el venerable Padre fue marcado con el sello de la pasión y cruz en cinco partes de su cuerpo, como si hubiera estado colgado de la cruz con el Hijo de Dios. Gran sacramento es este (Ef 5,32), que patentiza la sublimidad de la prerrogativa del amor; pero encierra un arcano designio y un misterio venerando, que creemos es conocido de Dios solamente y en parte revelado por el mismo Santo a cierta persona.
(Tomás de Celano, Vida primera, II, 1: FF 474-478)
25 de enero
Un día de invierno, san Francisco llevaba puesto, doblado en forma de manto, un paño que le había prestado cierto amigo de los hermanos de Tívoli. Y, estando en el palacio del obispo de Marsi, se le presentó una viejecita que pedía limosna. Enseguida soltó del cuello el paño y se lo alargó –aunque no era suyo– a la viejecita, diciéndole: «Anda, hazte un vestido, que bien lo necesitas». Sonrió la viejecita, y, sorprendida, no sé si de temor o de gozo, tomó de las manos el paño. Se fue enseguida y, para no correr –si tardaba– el peligro de que lo reclamasen, lo cortó con las tijeras.
Pero, al comprobar que el paño cortado no bastaba para una túnica, tornó a donde el Santo, en las alas de la generosidad que había experimentado, y le hizo ver lo insuficiente del paño. El Santo volvió los ojos al compañero, que llevaba a la espalda otro de igual medida, y le dijo: «¿Oyes, hermano, lo que dice esta pobrecilla? Suframos el frío por amor de Dios y da el paño a la pobrecilla para que complete la túnica». Dio él, dio también el compañero; y, despojados el uno y el otro, vistieron a la viejecita.
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 53: FF 673)
26 de enero
En la ermita de los hermanos de Sarteano, el maligno, aquel que envidia siempre los progresos de los hijos de Dios, osó tentar al Santo de este modo.
Veía que el Santo se santificaba más (cf Ap 22,11) y que no descuidaba por la de ayer la ganancia de hoy. Una noche en que se daba a la oración en una celdilla, el demonio lo llamó tres veces:
—Francisco, Francisco, Francisco.
—¿Qué quieres? –respondió este.
—No hay en el mundo –replicó aquel– ni un pecador a quien, si se convierte (cf Ez 33,9), no perdone el Señor; pero el que se mata a fuerza de penitencias, nunca jamás hallará misericordia (cf Dan 3,39).
Enseguida, una revelación hizo ver al Santo la astucia del enemigo, que se había esforzado para inducirlo a la tibieza. Pero, ¿qué más? El enemigo no desiste de presentar nuevo combate. Y, viendo que no había acertado a ocultar el lazo, prepara otro: el incentivo de la carne. Pero en vano, porque quien había descubierto la astucia del espíritu, mal pudo ser engañado con el sofisma de la carne. El demonio desencadena, pues, contra él una tentación terrible de lujuria. Mas el bienaventurado Padre, en cuanto la siente, despojado del vestido, se azota sin piedad con una cuerda: «¡Ea, hermano asno! –se dice–, te corresponde estar así, aguantar así los azotes. La túnica es de la Orden, y no es lícito robarla; si quieres irte a otra parte, vete».
Mas como ve que las disciplinas no ahuyentan la tentación, y a pesar de tener todos los miembros cárdenos, abre la celda, sale afuera al huerto y desnudo se mete entre la mucha nieve. Y, tomando la nieve, la moldea entre sus manos y hace con ella siete bloques a modo de monigotes. Poniéndose ante estos, comienza a hablar así el hombre: «Mira, este mayor es tu mujer; estos otros cuatro son tus dos hijos y tus dos hijas; los otros dos el criado y la criada que se necesitan para el servicio. Pero date prisa –continúa– en vestir a todos, porque se mueren de frío. Y, si te molesta la multiplicada atención que hay que prestarles, sirve con solicitud al Señor sólo».
El diablo huye al instante confuso y el Santo se vuelve a la celda glorificando al Señor.
Un hermano piadoso que estaba en oración a aquella hora fue testigo de todo gracias a la luz de la luna, que resplandecía más aquella noche. Mas el Santo, enterado después de que el hermano lo había visto aquella noche, le mandó que, mientras él viviese, no descubriera a nadie lo sucedido.
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 82: FF 703)
27 de enero
A todos los reverendos y muy amados hermanos (...) el hermano Francisco, hombre vil y caduco, vuestro pequeñuelo siervo, os desea salud en aquel que nos redimió y nos lavó en su preciosísima sangre (cf Ap 1,5); al oír su nombre, adoradlo con temor y reverencia, rostro en tierra (cf 2Esd 8,6); su nombre es Señor Jesucristo, Hijo del Altísimo, que es bendito por los siglos (cf Lc 1,32; Rom 1,25).
Oíd, señores hijos y hermanos míos, y prestad oídos a mis palabras (He 2,14). Inclinad el oído de vuestro corazón y obedeced a la voz del Hijo de Dios (Is 55,3). Guardad en todo vuestro corazón sus mandamientos y cumplid perfectamente sus consejos.
Confesadlo, porque es bueno, y ensalzadlo en vuestras obras (Sal 135,1); porque por esa razón os ha enviado al mundo entero, para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay omnipotente sino él (cf Tob 13,4). Perseverad en la disciplina (Heb 12,7) y en la santa obediencia, y lo que le prometisteis con bueno y firme propósito cumplidlo. Como a hijos se nos ofrece el Señor Dios (Heb 12,7).
Así pues, os ruego a todos vosotros, hermanos, besándoos los pies y con la caridad que puedo, que manifestéis toda reverencia y todo honor, tanto cuanto podáis, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, en el cual las cosas que hay en los cielos y en la tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente.
(Carta a toda la Orden: FF 215-217)
28 de enero
Ruego también en el Señor a todos mis hermanos sacerdotes, los que son y serán y desean ser sacerdotes del Altísimo, que siempre que quieran celebrar la misa, lo hagan simple y llanamente reverenciando el verdadero sacrificio del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, con intención santa y limpia, y no por cosa alguna terrena ni por temor o amor de hombre alguno, como para agradar a los hombres; sino que toda la voluntad, en cuanto la gracia la ayude, se dirija a Dios, deseando agradar al solo sumo Señor en persona, porque allí solo Él mismo obra como le place; porque, como Él mismo dice: Haced esto en memoria mía (Lc 22,19) si alguno lo hace de otra manera, se convierte en Judas, el traidor, y se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor (cf 1Cor 11,27).
Recordad, hermanos míos sacerdotes, lo que está escrito de la ley de Moisés, cuyo transgresor, aun en cosas materiales, moría sin misericordia alguna por sentencia del Señor. ¡Cuánto mayores y peores suplicios merecerá padecer quien pisotee al Hijo de Dios y profane la sangre de la alianza, en la que fue santificado, y ultraje al Espíritu de la gracia! (Heb 10,28-29). Pues el hombre desprecia, profana y pisotea al Cordero de Dios cuando, como dice el Apóstol, no distingue (1Cor 11,29) ni discierne el santo pan de Cristo de los otros alimentos y obras, y o bien lo come siendo indigno, o bien, aunque sea digno, lo come vana e indignamente, siendo así que el Señor dice por el profeta: Maldito el hombre que hace la obra de Dios fraudulentamente. Y a los sacerdotes que no quieren poner esto en su corazón de veras los condena diciendo: Maldeciré vuestras bendiciones (Mal 2,2).
(Carta a toda la Orden, II: FF 218-219)
29 de enero
Oídme, hermanos míos: Si se honra a la santísima Virgen tal y como se merece, porque lo llevó en su santísimo seno; si el Bautista bienaventurado se estremeció y no se atreve a tocar la cabeza santa de Dios; si el sepulcro, en el que yació por algún tiempo, es venerado, ¡qué santo, justo y digno debe ser quien toca con sus manos, toma en su corazón y en su boca y da a los demás para que lo tomen, al que ya no ha de morir, sino que ha de vivir eternamente y ha sido glorificado, a quien los ángeles desean contemplar! (1Pe 1,12).
Ved vuestra dignidad, hermanos sacerdotes, y sed santos, porque él es santo (cf Lev 19,2). Y así como el Señor Dios os ha honrado a vosotros sobre todos por causa de este ministerio, así también vosotros, sobre todos, amadlo, reverenciadlo y honradlo. Gran miseria y miserable debilidad, que cuando lo tenéis tan presente a él en persona, vosotros os preocupéis de cualquier otra cosa en todo el mundo.
¡Tiemble el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y que el cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios vivo (Jn 11,27)!
¡Oh admirable celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan!
Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante Él vuestros corazones (Sal 61,9); humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por Él. Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero.
(Carta a toda la Orden, II: FF 220-221)
30 de enero
San Francisco encontró una vez en Colle, condado de Perusa, a uno muy pobre, a quien había conocido estando todavía en el mundo. Y le preguntó: «¿Cómo te va, hermano?». El pobre, irritado, comenzó a maldecir contra su señor, que le había despojado de todos los bienes. «Por culpa de mi señor –dijo–, a quien el Señor todopoderoso maldiga, lo único que puedo es estar mal» (cf Gén 5,29).
Más compadecido del alma que del cuerpo del pobre, que persistía en su odio a muerte, el biena-venturado Francisco le dijo: «Hermano, perdona a tu señor por amor de Dios, para que libres a tu alma de la muerte eterna, y puede ser que te devuelva lo arrebatado. Si no, tú, que has perdido tus bienes, perderás también tu alma». «No puedo perdonar de ninguna manera –replicó el pobre–, si no me devuelve primero lo que se ha llevado».
El bienaventurado Francisco, que llevaba puesto un manto, le dijo: «Mira: te doy este manto y te pido que perdones a tu señor por amor del Señor Dios». Calmado y conmovido por el favor, el pobre, en cuanto recibió el regalo, perdonó los agravios.
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 56: FF 676)
31 de enero
El padre de los pobres, el pobrecillo Francisco, identificado con todos los pobres, no estaba tranquilo si veía otro más pobre que él; no era por deseo de vanagloria, sino por afecto de verdadera compasión. Y si es verdad que estaba contento con una túnica extremadamente mísera y áspera, con todo, muchas veces deseaba dividirla con otro pobre. Movido de un gran afecto de piedad y queriendo este pobre riquísimo socorrer de alguna manera a los pobres, en las noches más frías solicitaba de los ricos del mundo que le dieran capas o pellicos. Como estos lo hicieran devotamente y más a gusto de lo que él pedía de ellos, el bienaventurado Padre les decía: «Acepto recibirlo con esta condición: que no esperéis verlo más en vuestras manos». Y al primer pobre que encontraba en el camino lo vestía, gozoso y contento, con lo que había recibido.
No podía sufrir que algún pobre fuese despreciado, ni tampoco oír palabras de maldición contra las criaturas. Ocurrió en cierta ocasión que un hermano ofendió a un pobre que pedía limosna, diciéndole estas palabras injuriosas: «¡Ojo, que no seas un rico y te hagas pasar por pobre!». Habiéndolo oído el padre de los pobres, san Francisco, se dolió profundamente, y reprendió con severidad al hermano que así había hablado, y le mandó que se desnudase delante del pobre y, besándole los pies, le pidiera perdón. Pues solía decir: «Quien dice mal de un pobre, ofende a Cristo, de quien lleva la enseña de nobleza y que se hizo pobre por nosotros en este mundo» (cf 2Cor 8,9). Por eso, si se encontraba con pobres que llevaban leña u otro peso, por ayudarlos lo cargaba con frecuencia sobre sus hombros, en extremo débiles.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 28: FF 453-454)
Febrero
1 de febrero
El siervo de Dios Francisco, pequeño de talla, humilde de alma, menor por profesión, estando en el mundo, escogió para sí y para los suyos una pequeña porción del mundo, ya que no pudo servir de otro modo a Cristo sin tener algo del mundo. Pues no sin presagio divino se había llamado desde la antigüedad Porciúncula este lugar que debía caberles en suerte a los que nada querían tener del mundo.
Es de saber que había en el lugar una iglesia levantada en honor de la Virgen Madre, que por su singular humildad mereció ser, después de su Hijo, cabeza de todos los santos. La Orden de los Menores tuvo su origen en ella, y en ella, creciendo el número, se alzó, como sobre cimiento estable, su noble edificio. El Santo amó este lugar sobre todos los demás, y mandó que los hermanos tuviesen veneración especial por él, y quiso que se conservase siempre como espejo de la Religión en humildad y pobreza altísima, reservada a otros su propiedad, teniendo el Santo y los suyos el simple uso.
Se observaba en él la más estrecha disciplina en todo, tanto en el silencio y en el trabajo como en las demás prescripciones regulares. No se admitían en él sino hermanos especialmente escogidos, llamados de diversas partes, a quienes el Santo quería devotos de veras para con Dios y del todo perfectos. Estaba también absolutamente prohibida la entrada de seglares. No quería el Santo que los hermanos que moraban en él, y cuyo número era limitado, buscasen, por ansia de novedades, el trato con los seglares, no fuera que, abandonando la contemplación de las cosas del cielo, vinieran, por influencia de charlatanes, a aficionarse a las de aquí abajo. A nadie se le permitía decir palabras ociosas ni contar las que había oído. Y si alguna vez ocurría esto por culpa de algún hermano, aprendiendo en el castigo, bien se precavía en adelante para que no volviera a suceder lo mismo. Los moradores de aquel lugar estaban entregados sin cesar a las alabanzas divinas día y noche y llevaban vida de ángeles, que difundía en torno maravillosa fragancia.
Y con toda razón. Porque, según atestiguan antiguos moradores, el lugar se llamaba también Santa María de los Ángeles. El dichoso padre solía decir que por revelación de Dios sabía que la Virgen Santísima amaba con especial amor aquella iglesia entre todas las construidas en su honor a lo ancho del mundo, y por eso el Santo la amaba más que a todas.
(Tomás de Celano, Vida segunda, I, 12: FF 604-605)
2 de febrero
Lugar santo, en verdad, entre los lugares santos. Con razón es considerado digno de grandes honores.
Dichoso en su sobrenombre; más dichoso en su nombre; su tercer nombre es ahora augurio de favores.
Los ángeles difunden su luz en él; en él pasan las noches y cantan.
Después de arruinarse por completo esta iglesia, la restauró Francisco; fue una de las tres que reparó el mismo padre.
La eligió el Padre cuando vistió el sayo. Fue aquí donde domó su cuerpo y lo obligó a someterse al alma.
Dentro de este templo nació la Orden de los Menores cuando una multitud de varones se puso a imitar el ejemplo del Padre.
Aquí fue donde Clara, esposa de Dios, se cortó por primera vez su cabellera y, pisoteando las pompas del mundo, se dispuso a seguir a Cristo.
La Madre de Dios tuvo aquí el doble y glorioso alumbramiento de los hermanos y las señoras, por los que volvió a derramar a Cristo por el mundo.
Aquí fue estrechado el ancho camino del viejo mundo y dilatada la virtud de la gente por Dios llamada.
Compuesta la Regla, volvió a nacer la pobreza, se abdicó de los honores y volvió a brillar la cruz.
Si Francisco se ve turbado y cansado, aquí recobra el sosiego y su alma se renueva.
Aquí se muestra la verdad de lo que se duda y además se le otorga lo que el mismo Padre demanda.
(Espejo de perfección, IV, 84: FF 1781)
3 de febrero
Francisco se introdujo (fluxit) por completo, con el cuerpo y con la mente, dentro de las cicatrices impresas por el Amado que se le había aparecido, y el amante se transformó en el amado. Como el fuego tiene poder de separar y, consumiendo la materia terrenal, siempre tiende hacia las cosas superiores, porque es su naturaleza elevarse hacia lo alto, así el fuego del amor divino, consumiendo el corazón de Francisco y prendiendo su carne, la inflamó y la configuró, arrastrándola hasta las zonas altas, de forma que se cumplió en él aquello que él pidió que le ocurriera: «Te suplico, Señor (...)» (sigue la oración Absorbeat).
(Ubertino da Casale, El árbol de la vida, I: FF 2095)
4 de febrero
Te suplico, Señor,
que la fuerza abrasadora y meliflua de tu amor
absorba de tal modo mi mente
que la separe de todas las cosas que hay debajo del cielo,
para que yo muera por amor de tu amor,
ya que por amor de mi amor, tú te dignaste morir.
(Oración «Absorbeat»: FF 277)
5 de febrero
Francisco practicaba todas las devociones, porque gozaba de la unción del Espíritu (cf Lc 4,18); sin embargo, profesaba un afecto especial hacia algunas formas específicas de piedad.
Entre otras expresiones usuales en la conversación, no podía oír la del «amor de Dios» sin conmoverse hondamente. En efecto, al oír mencionar el amor de Dios, de súbito se excitaba, se impresionaba, se inflamaba, como si la voz que sonaba fuera tocara como un plectro la cuerda íntima del corazón.
Solía decir que ofrecer ese censo a cambio de la limosna era una noble prodigalidad y que cuantos lo tenían en menor estima que el dinero eran muy necios. Y cierto es que él mismo observó inviolable hasta la muerte el propósito que –entretenido todavía en las cosas del mundo– había hecho de no rechazar a ningún pobre que pidiera por amor de Dios.
En una ocasión, no teniendo nada que dar a un pobre que pedía por amor de Dios, toma con disimulo las tijeras y se apresta a partir la túnica. Y lo hubiera hecho de no haberle sorprendido los hermanos, de quienes obtuvo que dieran otra cosa al pobre.
Solía decir: «Tenemos que amar mucho el amor del que nos ha amado mucho».
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 148: FF 784)
6 de febrero
Como se entregaba a la alegría espiritual, evitaba con cuidado la falsa, como quien sabía bien que debe amarse con ardor cuanto perfecciona y ahuyentar con esmero cuanto inficiona. Así, procuraba sofocar en germen la vanagloria, sin dejar subsistir ni por un momento lo que es ofensa a los ojos de su Señor. De hecho muchas veces, cuando era ensalzado, el aprecio se convertía en tristeza, doliéndose y gimiendo.
Un invierno en que por todo abrigo de su santo cuerpecillo llevaba una sola túnica con refuerzos de burdos retazos, su guardián, que era también su compañero, adquirió una piel de zorra y, presentándosela, le dijo: «Padre, padeces del bazo y del estómago; ruego en el Señor a tu caridad que consientas que se cosa esta piel por dentro con la túnica. Y, si no la quieres toda, deja al menos coserla a la altura del estómago».
«Si quieres que la lleve por dentro de la túnica –le respondió Francisco–, haz que un retazo igual vaya también por fuera; que, cosido así por fuera, indique a los hombres la piel que se esconde dentro». El hermano oye, pero no lo acepta; insiste, pero no logra otra cosa. Cede al fin el guardián, y se cose retazo sobre retazo para hacer ver que Francisco no quiere ser uno por fuera y otro por dentro.
¡Oh identidad de palabra y de vida! ¡El mismo por fuera y por dentro! ¡El mismo de súbdito y de prelado! Tú que te gloriabas siempre en el Señor (1Cor 1,31), no querías otra gloria ni de los extraños ni de los de casa. Y no se ofendan, por favor, los que llevan pieles preciosas si digo que se lleva también piel por piel (cf Job 2,4), pues sabemos que los despojados de la inocencia tuvieron que cubrirse con túnicas de piel (cf Gén 3,21).
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 93: FF 714)
7 de febrero
Bienaventurado el hombre que soporta a su prójimo según su fragilidad en aquello en que querría ser soportado por él, si estuviera en un caso semejante.
Bienaventurado el siervo que devuelve todos los bienes al Señor Dios, porque quien retiene algo para sí, esconde en sí el dinero de su Señor Dios, y lo que creía tener se le quitará (cf Mt 25,18; Lc 8,18).
Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque el hombre delante de Dios es lo que no es, y no más. ¡Ay de aquel religioso que ha sido puesto en lo alto por los otros, y por su voluntad no quiere descender! Y bienaventurado aquel siervo que no es puesto en lo alto por su voluntad, y siempre desea estar bajo los pies de los otros.
Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría. ¡Ay de aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa!
Bienaventurado el siervo que, cuando habla, no manifiesta todas sus cosas con miras a la recompensa, y no habla con ligereza, sino que prevé sabiamente lo que debe hablar y responder. ¡Ay de aquel religioso que no guarda en su corazón los bienes que el Señor le muestra y no los muestra a los otros con obras, sino que, con miras a la recompensa, ansía más bien mostrarlos a los hombres con palabras! Él recibe su recompensa, y los oyentes sacan poco fruto (cf Mt 6,2.16).
(Admoniciones, XVIII-XXI: FF 167-171)
8 de febrero
Bienaventurado el siervo que está dispuesto a soportar tan pacientemente la advertencia, acusación y reprensión que procede de otro, como si procediera de sí mismo. Bienaventurado el siervo que, reprendido, asiente benignamente, con vergüenza se somete, humildemente confiesa y gozosamente satisface. Biena-venturado el siervo que no es ligero para excusarse, sino que humildemente soporta la vergüenza y la reprensión de un pecado, cuando no incurrió en culpa.
Bienaventurado el siervo a quien se encuentra tan humilde entre sus súbditos, como si estuviera entre sus señores. Bienaventurado el siervo que permanece siempre bajo la vara de la corrección. Es siervo fiel y prudente (cf Mt 24,45) el que, en todas sus ofensas, no tarda en castigarse interiormente por la contrición y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra.
Bienaventurado el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo, que no puede recompensarle, como cuando está sano, que puede recompensarle.
Bienaventurado el siervo que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos de él, como cuando está con él, y no dice nada a su espalda, que no pueda decir con caridad delante de él.
Bienaventurado el siervo que tiene fe en los clérigos que viven rectamente según la forma de la Iglesia romana. Y, ¡ay de aquellos que los desprecian!; pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque sólo el Señor en persona se reserva el juzgarlos.
Pues cuanto mayor es el ministerio que ellos tienen del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a los demás, tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos, que los que pecan contra todos los demás hombres de este mundo.
(Admoniciones, XXII-XXVI: FF 172-176)
9 de febrero
Francisco, a semejanza de Jesús, sintiendo que en el cuerpo estaba en el exilio lejano del Señor (cf 2Cor 5,6), se volvió también exteriormente completamente insensible a los deseos terrenales por el amor de Cristo Jesús; rezando sin interrupción, buscaba tener siempre a Dios presente. La oración era la dicha del contemplador cuando, ya convertido en conciudadano de los ángeles y vagando por las moradas eternas, contempló a sus arcanos y, con un agitado deseo, contemplaba al Amado, del que solamente lo separaba el frágil muro de la carne. Absorto en su acción, él fue su defensa. En todo lo que hacía, desconfiando de su capacidad, imploraba con insistente oración que el bendito Jesús lo dirigiera, e incitaba a los frailes a la oración con todos los medios que estaban a su disposición. Además, él mismo se mostró siempre presto a sumergirse en la oración de forma que, caminase o estuviese quieto, trabajara o descansara, parecía que siempre estuviera absorto en la oración, tanto exterior como interiormente. Parecía que no sólo dedicara a la oración el cuerpo y el corazón, sino también la acción y el tiempo.
(Ubertino da Casale, El árbol de la vida, I: FF 2086)
10 de febrero
A veces se quedaba tan suspendido por el exceso de contemplación que, arrastrado fuera de sí y de los sentidos humanos, no se percataba de cuanto sucedía en torno a él. Y, puesto que el espíritu del hombre a través de la soledad se recoge sobre las cosas más íntimas y el abrazo del Esposo es enemigo de las miradas de la multitud, fue a las iglesias abandonadas, en busca de lugares solitarios para rezar durante la noche. Allí mantenía terribles luchas con los demonios, que combatían contra él cuerpo a cuerpo en un intento de impedirle que se concentrara en la oración; y triunfaba maravillosamente, quedando a solas y en paz. Llenaba entonces los bosques de gemidos. Algunas veces los frailes lo observaban, lo escuchaban interceder con un gran clamor ante Dios por los pecadores y lloraba en voz alta, como si tuviera ante sí la pasión del Señor. Allí se le vio rezar durante una noche con las manos extendidas en forma de cruz, con todo el cuerpo elevado desde el suelo, mientras una pequeña nube iluminaba todo en torno a él, dando testimonio maravilloso y evidente, en torno al cuerpo de la admirable iluminación que llenaba su alma. Se abrieron ante él los secretos arcanos de la sabiduría de Dios. Allí aprendieron las cosas que estaban escritas en la Regla y en su santísimo Testamento y todo lo que mandó respetar a los hermanos. En efecto, como es más que evidente, la incansable dedicación a la oración, unida al continuo ejercicio de la virtud, condujo al varón de Dios a tal serenidad de su mente que, aunque no hubiese perecido por doctrina en las Sagradas Escrituras, sin embargo, iluminado por el fulgor de la luz eterna, penetraba con admirable agudeza en las verdades más profundas de la Escritura. Allí obtuvo del Señor un luminoso espíritu de profecía, por el que, en su época, predijo muchas cosas futuras que se cumplieron puntualmente según su palabra, tal y como se ilustra a través de muchas pruebas en su leyenda.
Allí, de forma singular pero clarísima, recibió la revelación sobre el crecimiento de su Orden y el camino que el propio Cristo quiso que recorrieran sus frailes, y el padre santo mostraba continuamente este camino a los hermanos con la palabra y con el ejemplo. Y también allí le fue revelado el peligroso camino que los frailes recorrieron. Y él, mientras vivió, buscó de todas las formas posibles impedirlo e, incluso cuando estaba a punto de atravesar el umbral del glorioso Jesús, tendido en su lecho de muerte, lo prohibió, de forma inútil en lo que concierne a los perversos, ya que prevaleció su presuntuosa y necia prudencia de la carne y su malicia obstinada; pero los hijos legítimos, a la luz de sus palabras y de su santísimo Testamento, aunque ahora son pocos, avanzan siguiendo las huellas de Jesucristo, aunque se vean perseguidos por los hijos que siguen a la carne.
(Ubertino da Casale, El árbol de la vida, I: FF 2087-2088)
11 de febrero
En efecto, este padre santo, casi otro Abrahán, tuvo una progenie doble: por un lado la de la esclava y, por el otro, la de la mujer libre (cf Gál 4,22ss).
Y los que han nacido de la esclava, han nacido según la carne y han caminado, en la mayoría de los casos, muy abiertamente, siguiendo la prudencia de la carne. Pero los que han nacido de la libre son los hijos de la promesa y no dudan que Cristo no ha mentido a su siervo Francisco, y que el fiel siervo Francisco tampoco ha mentido en aquellas cosas que escribió en la Regla y en su santo Testamento. Y, por lo tanto, avanzando seguros a través de la altura de la Regla y la observancia literal de esta, no tienen la más mínima duda de que contenga algo imposible o impracticable.
Pero, del mismo modo en que entonces el que nació según la carne persiguió al que nació del espíritu, lo hacía ahora también (cf Gál 4,29). No es, en efecto, ahora menos verdadero que entonces que este Ismael es cazador y lanza sus flechas en todas direcciones contra los hijos legítimos y observadores de la Regla a través de persecuciones, represiones, preceptos desordenados y duras sentencias. Pero, ¿qué dice la Escritura? Aleja a la esclava y al hijo de esta, porque el hijo de la esclava no será heredero junto al hijo de la libre (cf Gál 4,30), ya que se le dijo a Abrahán: Gracias a Isaac tomará de ti el nombre nuestra estirpe (cf Gén 21,12).
Pedimos orando y con gemidos del corazón que se expulse a este ilegítimo hijo de la esclava, en cuanto a la observancia de la Regla; no por su herencia paterna, si quisiese recorrer el camino de la Regla, sino por sus perversas obras y por la usurpación de un nombre falso y por la persecución del heredero legítimo.
(Ubertino da Casale, El árbol de la vida, I: FF 2089)
12 de febrero
Altísimo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta,
esperanza cierta
y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento.
Amén.
(Oración ante el crucifijo: FF [276])
13 de febrero
Ante tal resolución, convencido el padre (de Francisco) de que no podía disuadir al hijo del camino emprendido, (...) lo emplazó a comparecer ante el obispo de la ciudad, para que, renunciando en sus manos a todos los bienes, le entregara cuanto poseía. A nada de esto se opuso; al contrario, gozoso en extremo, se dio prisa con toda su alma para hacer cuanto se le reclamaba.
Una vez en presencia del obispo, no sufre demora ni vacila por nada; más bien, sin esperar palabra ni decirla, inmediatamente, quitándose y tirando todos sus vestidos, se los devuelve al padre. Ni siquiera retiene los calzones, quedando ante todos del todo desnudo. Percatándose el obispo de su espíritu y admirado de su fervor y constancia, se levantó al momento y, acogiéndolo entre sus brazos, lo cubrió con su propio manto. Comprendió claramente que se trataba de un designio divino y que los hechos del varón de Dios que habían presenciado sus ojos encerraban un misterio. Estas son las razones por las que en adelante será su protector. Y, animándolo y confortándolo, lo abrazó con entrañas de caridad.
Helo ahí ya desnudo luchando con el desnudo; desechado cuanto es del mundo, sólo de la divina justicia se acuerda. Se esfuerza así por menospreciar su vida, abandonando todo cuidado de sí mismo, para que en este caminar peligroso se una a su pobreza la paz y sólo la envoltura de la carne lo tenga separado, entretanto, de la visión de Dios.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 6: FF 343-345)
14 de febrero
Cubierto de andrajos el que tiempo atrás vestía de escarlata, marchaba por el bosque cantando en lengua francesa alabanzas al Señor; de improviso caen sobre él unos ladrones. A la pregunta, que le dirigen con aire feroz, inquiriendo quién es, el varón de Dios, seguro de sí mismo, con voz llena les responde: «Soy el pregonero del gran Rey; ¿qué queréis?». Ellos, sin más, le propinaron una buena sacudida y lo arrojaron a un hoyo lleno de mucha nieve, diciéndole: «Descansa, rústico pregonero de Dios». Él, revolviéndose de un lado para otro, sacudiéndose la nieve –ellos se habían marchado–, de un salto se puso fuera del hoyo, y, lleno de gozo, comenzó a proclamar a plena voz, por los bosques, las alabanzas del Creador de todas las cosas.
Así llegó, finalmente, a un monasterio, en el que permaneció varios días, sin más vestido que un tosco blusón, trabajando como mozo de cocina, ansioso de saciar el hambre siquiera con un poco de caldo. Y al no hallar un poco de compasión, y ante la imposibilidad de hacerse, al menos, con un vestido viejo, salió de aquí no movido de resentimiento, sino obligado por la necesidad, y llegó a la ciudad de Gubbio, donde un antiguo amigo le dio una túnica. Como, pasado algún tiempo, se extendiese por todas partes la fama del varón de Dios y se divulgase su nombre por los pueblos, el prior del monasterio, recordando y reconociendo el trato que habían dado al varón de Dios, se llegó a él y le suplicó, en nombre del Salvador, le perdonase a él y a los suyos.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 7: FF 346-347)
15 de febrero
Después, el santo enamorado de la perfecta humildad se fue a donde los leprosos; vivía con ellos y servía a todos por Dios con extremada delicadeza: lavaba sus cuerpos infectados y curaba sus úlceras purulentas, tal y como él mismo refiere en su testamento: «Como estaba en pecado, me parecía muy amargo ver leprosos; pero el Señor me condujo en medio de ellos y practiqué con ellos la misericordia». En efecto, tan repugnante le había sido la visión de los leprosos, como él decía, que en sus años de vanidades, al divisar de lejos, a unas dos millas, sus casetas, se tapaba la nariz con las manos. Sin embargo, una vez que, por gracia y virtud del Altísimo, comenzó a tener santos y provechosos pensamientos, mientras aún permanecía en el siglo, se topó cierto día con un leproso, y, superándose a sí mismo, se llegó a él y le dio un beso. Desde este momento comenzó a tenerse más y más en menos, hasta que, por la misericordia del Redentor, consiguió la total victoria sobre sí mismo.
También favorecía, aun viviendo en el mundo y siguiendo sus máximas, a otros necesitados, alargándoles, a los que nada tenían, su mano generosa, y a los afligidos, el afecto de su corazón. Pero en cierta ocasión le sucedió, contra su modo habitual de ser
–porque era en extremo cortés–, que despidió de malas formas a un pobre que le pedía limosna; enseguida, arrepentido, comenzó a recriminarse dentro de sí, diciendo que negar lo que se pide a quien pide en nombre de tan gran Rey es digno de todo vituperio y de todo deshonor. Entonces tomó la determinación de no negar, en cuanto pudiese, nada a nadie que le pidiese en nombre de Dios. Lo cumplió con toda diligencia, hasta el punto de llegar a darse él mismo todo en cualquier forma, poniendo en práctica, antes de predicarlo, el consejo evangélico que dice: A quien te pida, dale, y a quien te pida un préstamo, no le des la espalda (Mt 5,42).
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 7: FF 348-349)
16 de febrero
Francisco, ya cambiado perfectamente en su corazón, y a punto de cambiar también en su cuerpo, anda un día cerca de la iglesia de San Damián, que estaba casi derruida y abandonada de todos. Entra en ella, guiándole el Espíritu, a orar, se postra suplicante y devoto ante el crucifijo, y, visitado con toques no acostumbrados en el alma, se reconoce luego distinto de cuando había entrado. Y en este trance, la imagen de Cristo crucificado –cosa nunca oída (cf Jn 9,32)–, desplegando los labios, habla desde el cuadro a Francisco. Llamándolo por su nombre (cf Is 40,26): «Francisco –le dice–, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo». Presa del miedo, Francisco se pasma y como que pierde el sentido por lo que ha oído. Se apresura a obedecer, se reconcentra todo él en la orden recibida. Pero... nos es mejor callar, pues experimentó tan inefable cambio, que ni él mismo ha acertado a describirlo.
Desde entonces se le clava en el alma santa la compasión por el Crucificado, y, como puede creerse piadosamente, se le imprimen profundamente en el corazón, bien que no todavía en la carne, las venerandas llagas de la pasión.
(Tomás de Celano, Vida segunda, I, 6: FF 593-594)
17 de febrero
¡Cosa admirable e inaudita en nuestros tiempos! ¿Cómo no asombrarse ante esto? ¿Quién ha pensado algo semejante? ¿Quién duda de que Francisco, al volver a la ciudad, apareciera crucificado, si aun antes de haber abandonado del todo el mundo en lo exterior, Cristo le habla desde el leño de la cruz con milagro nuevo, nunca oído? Desde aquella hora desfalleció su alma al oír hablar al Amado (cf Cant 5,4). Poco más tarde, el amor del corazón se puso de manifiesto en las llagas del cuerpo.
Por eso, no puede contener el llanto desde entonces; gime lastimeramente la pasión de Cristo, que casi siempre tiene ante los ojos. Al recordar las llagas de Cristo, llena de lamentos los caminos, no admite consuelo. Se encuentra con un amigo íntimo, que, al conocer la causa del dolor de Francisco, luego rompe a llorar también él amargamente.
Pero no descuida por olvido la santa imagen misma, ni deja, negligente, de cumplir el mandato recibido de ella. Da, desde luego, a cierto sacerdote una suma de dinero con que comprar lámpara y aceite para que ni por un instante falte a la imagen sagrada el honor merecido de la luz. Después, ni corto ni perezoso, se apresura a poner en práctica lo demás, trabajando incansable en reparar la iglesia. Pues, aunque el habla divina se había referido a la Iglesia que había adquirido Cristo con su sangre (cf He 20,28), Francisco, que había de pasar poco a poco de la carne al espíritu, no quiso verse de golpe encumbrado.
(Tomás de Celano, Vida segunda, I, 6: FF 594-595)
18 de febrero
Entretanto, el santo de Dios, cambiado su hábito secular y restaurada la iglesia (de San Damián), marchó a otro lugar próximo a la ciudad de Asís; allí llevó a cabo la reedificación de otra iglesia muy deteriorada y semiderruida; de esta forma continuó en el empeño de sus principios hasta que dio cima a todo.
De allí pasó a otro lugar llamado Porciúncula, donde existía una iglesia dedicada a la bienaventurada Virgen Madre de Dios, construida en tiempos lejanos y ahora abandonada, sin que nadie se cuidara de ella. Al contemplarla el varón de Dios en tal estado, movido a compasión, porque le hervía el corazón en devoción hacia la madre de toda bondad, decidió quedarse allí mismo.
Cuando acabó de reparar dicha iglesia, se encontraba ya en el tercer año de su conversión.
En este período de su vida vestía un hábito como de ermitaño, sujeto con una correa; llevaba un bastón en la mano, y los pies calzados.
Pero cierto día se leía en esta iglesia el evangelio que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar; presente allí el santo de Dios, no comprendió perfectamente las palabras evangélicas; terminada la misa, pidió humildemente al sacerdote que le explicase el evangelio. Como el sacerdote le fuese explicando todo ordenadamente, al oír Francisco que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni llevar para el camino alforja, ni bolsa, ni pan, ni bastón; ni tener calzado, ni dos túnicas, sino predicar el reino de Dios y la penitencia (Mt 10,7-10; Mc 6,8; Lc 9,3), al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica».
Rebosando de alegría, se apresura inmediatamente el santo padre a cumplir la doctrina saludable que acaba de escuchar; no admite dilación alguna en comenzar a cumplir con devoción lo que ha oído. Al punto desata el calzado de sus pies, echa por tierra el bastón y, gozoso con una túnica, se pone una cuerda en lugar de la correa. Desde este momento se prepara una túnica en forma de cruz para expulsar todas las ilusiones diabólicas; se la prepara muy áspera, para crucificar la carne con sus vicios y pecados; se la prepara, en fin, pobrísima y burda, para que el mundo nunca pueda ambicionarla. Todo lo demás que había escuchado se esfuerza en realizarlo con la mayor diligencia y con suma reverencia. Pues nunca fue oyente sordo del Evangelio sino que, confiando a su feliz memoria cuanto oía, procuraba cumplirlo al pie de la letra sin tardanza.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 9: FF 354-357)
19 de febrero
Pero el padre según la carne persigue al que se entrega a obras de piedad, y, juzgando locura el servicio de Cristo, lo lacera dondequiera con maldiciones. Entonces, el siervo de Dios llama a un hombre plebeyo y simple por demás, y, tomándolo por padre, le ruega que, cuando el padre lo acose con maldiciones, él, por el contrario, lo bendiga. Evidentemente, lleva a la práctica el dicho del profeta y declara con hechos lo que dice este de palabra: Maldicen ellos, pero tú bendecirás (Sal 108,28).
Por consejo del obispo de la ciudad, que era verdaderamente piadoso, devuelve al padre el dinero que el hombre de Dios habría querido invertir en la obra de la iglesia mencionada, pues no era justo gastar en usos sagrados nada mal adquirido. Y, oyéndolo muchos de los que se habían reunido, dijo: «Desde ahora diré con libertad: Padre nuestro, que estás en los cielos (Mt 6,8), y no padre Pedro Bernardone, a quien no sólo devuelvo este dinero, sino que dejo también todos los vestidos. E iré desnudo al encuentro del Señor».
¡Ánimo noble el de este hombre, a quien ya sólo Cristo basta! Se vio entonces que el varón de Dios llevaba puesto un cilicio bajo los vestidos, apreciando más la realidad de las virtudes que su apariencia.
Un hermano carnal, a imitación de su padre, lo molesta con palabras envenenadas. Una mañana de invierno en que ve a Francisco en oración, mal cubierto de viles vestidos, temblando de frío, el muy perverso dice a un vecino: «Di a Francisco que te venda un céntimo de sudor». Oyéndolo el hombre de Dios, regocijado en extremo, respondió sonriente: «Por cierto que lo venderé a muy buen precio a mi Señor». Nada más acertado, porque recibió no sólo cien veces más, sino también mil veces más en este mundo y heredó en el venidero, para sí y para muchos, la vida eterna (cf Mt 19,29).
(Tomás de Celano, Vida segunda, I, 7: FF 596-598)
20 de febrero
Se esfuerza de aquí en adelante por convertir en austera su anterior condición delicada y por reducir a la bondad natural su cuerpo, hecho ya a la molicie. (...)
Desde que comenzó a servir al Señor de todos, quiso hacer también cosas asequibles a todos, huyendo en todo de la singularidad, que suele mancharse con toda clase de faltas. Así, al tiempo en que se afanaba en la restauración de la iglesia que le había mandado Cristo, de tan delicado como era, iba tomando trazas de campesino por el aguante del trabajo. Por eso, el sacerdote encargado de la iglesia, que lo veía abatido por el cansancio excesivo, movido a compasión, comenzó a darle de comer cada día algo especial, aunque no exquisito, pues también él era pobre. Francisco, reflexionando sobre esta atención y estimando la piedad del sacerdote, se dijo a sí mismo: «Mira que no encontrarás donde quieras sacerdote como este, que te dé siempre de comer así. No va bien este vivir con quien profesa pobreza; no te conviene acostumbrarte a esto; poco a poco volverás a lo que has despreciado, te abandonarás de nuevo a la molicie. ¡Ea!, levántate, perezoso, y mendiga condumio de puerta en puerta».
Y se va decidido a Asís, y pide cocido de puerta en puerta, y, cuando ve la escudilla llena de viandas de toda clase, se le revuelve de pronto el estómago; pero, acordándose de Dios y venciéndose a sí mismo, las come con gusto del alma. Todo lo hace suave el amor y convierte en totalmente dulce lo que es amargo.
(Tomás de Celano, Vida segunda, I, 8-9: FF 599-600)
21 de febrero
Ante todo se debe considerar que el glorioso messere san Francisco, en todos los hechos de su vida, fue conforme a Jesucristo bendito; porque así como Cristo, al principio de su predicación, eligió doce apóstoles para que, despreciando toda cosa mundana, le siguieran en pobreza y demás virtudes, también san Francisco eligió, desde el principio de la fundación de la Orden, doce compañeros poseedores de la altísima pobreza. Y así como uno de los doce apóstoles, el que se llamó Judas Iscariote, apostató del apostolado, traicionando a Cristo, y se ahorcó a sí mismo por el cuello (Mt 27,3-5), también uno de los doce compañeros de Francisco, de nombre Juan della Capella, apostató y finalmente se ahorcó. Y esto sirve de gran ejemplo para los elegidos y es motivo de humildad y temor, considerando que nadie está seguro de perseverar hasta el final en la gracia de Dios. Y del mismo modo que los apóstoles admiraron a todo el mundo por su santidad y humildad y plenitud del Espíritu Santo, así también aquellos santos compañeros de san Francisco fueron hombres de tanta santidad que, desde el tiempo de los apóstoles hasta ahora, no hubo en el mundo hombres tan maravillosos y santos; pues alguno de ellos, en concreto fray Gil, fue arrebatado hasta el tercer cielo como san Pablo (2Cor 22,2-4); a otro, llamado fray Felipe Lungo, le tocó el Ángel los labios con un carbón encendido, igual que al profeta Isaías (Is 6,6-7); otro, como fue el caso de fray Silvestre, hablaba con Dios, como un amigo con otro, lo mismo que Moisés (Éx 3); otro volaba con la sutileza del intelecto hasta la luz de la divina sabiduría, como el águila, es decir, Juan Evangelista, y fue el muy humilde fray Bernardo, que exponía con toda profundidad la Sagrada Escritura; alguno fue santificado por Dios y canonizado en el cielo, viviendo aún en el mundo, y este fue fray Rufino, caballero de Asís; y así, todos fueron privilegiados con singulares muestras de santidad, tal como se declara más adelante.
(Las florecillas de san Francisco, I: FF 1826)
22 de febrero
Estando san Francisco en un lugar, en los comienzos de la religión, reunió a sus compañeros para hablar de Cristo y, lleno de fervor de espíritu, mandó a uno de ellos que, en nombre de Dios, abriera la boca y hablase de Dios lo que el Espíritu Santo le inspirase, y el hermano cumplió el mandato y habló de Dios maravillosamente; y san Francisco le impuso silencio y mandó a otro hermano que hiciese lo mismo, y este, obediente, habló de Dios con toda sutileza, y san Francisco le impuso silencio de igual modo y mandó lo mismo a un tercero, que también comenzó a hablar de las cosas secretas de Dios tan profundamente que san Francisco conoció con certeza que hablaba inspirado, como los otros, por el Espíritu Santo. Y esto también se demostró mediante una señal expresa; ya que mientras estaban en esta conversación, se apareció Cristo bendito en medio de ellos con el aspecto y la forma de un joven bellísimo y, bendiciéndoles a todos, les llenó de tanta gracia y dulzura, que todos ellos se quedaron extasiados y fuera de sí, y yacían como muertos, sin sentir las cosas de este mundo. Cuando volvieron en sí, les dijo san Francisco: «Hermanos míos muy queridos, dad gracias a Dios que ha querido revelar los tesoros de la divina sabiduría por boca de los simples, pues es Dios quien abre la boca de los mudos y hace que las lenguas de los sencillos hablen sapientemente».
(Las florecillas de san Francisco, XIV: FF 1843)
23 de febrero
A todos los poderosos y cónsules, jueces y gobernantes de toda la tierra y a todos los demás a quienes lleguen estas letras, el hermano Francisco, vuestro pequeño y despreciable siervo en el Señor Dios, os desea a todos vosotros salud y paz.
Considerad y ved que el día de la muerte se aproxima. Os ruego, por tanto, con la reverencia que puedo, que no olvidéis al Señor ni os apartéis de sus mandamientos a causa de los cuidados y preocupaciones de este siglo que tenéis, porque todos aquellos que lo echan al olvido y se apartan de sus mandamientos son malditos, y serán echados por Él al olvido (cf Sal 118,21; Ez 33,13).
Y cuando llegue el día de la muerte, todo lo que creían tener, se les quitará. Y cuanto más sabios y poderosos hayan sido en este siglo, tanto mayores tormentos sufrirán en el infierno (cf Sab 6,7).
Por lo que os aconsejo firmemente, como a señores míos, que, habiendo pospuesto todo cuidado y preocupación, recibáis benignamente el santísimo cuerpo y la santísima sangre de nuestro Señor Jesucristo en santa memoria suya.
Y rendid al Señor tanto honor en medio del pueblo que os ha sido encomendado, que cada tarde se anuncie por medio de pregonero o por medio de otra señal, que se rindan alabanzas y gracias por el pueblo entero al Señor Dios omnipotente. Y si no hacéis esto, sabed que tendréis que dar cuenta ante el Señor Dios vuestro, Jesucristo, en el día del juicio (cf Mt 13,36).
Los que guarden consigo este escrito y lo observen, sepan que son benditos del Señor Dios.
(Carta a las autoridades: FF 210-213)
24 de febrero
Al veraz siervo de Dios san Francisco, ya que en ciertas cosas fue casi otro Cristo, dado al mundo para la salvación de las gentes, Dios Padre le quiso hacer en muchos actos semejante y conforme a su Hijo Jesucristo, como se demuestra en el venerable colegio de los doce compañeros, y en el admirable misterio de los sagrados Estigmas y en el ayuno continuado de la santa Cuaresma, que él pasó de este modo.
Se encontraba una vez san Francisco, un día de Carnaval, cerca del lago de Perugia, en casa de un devoto suyo que le había hospedado aquella noche, cuando le inspiró Dios que pasase aquella Cuaresma en una isla del lago. Por lo que san Francisco pidió a su devoto que, por amor de Cristo, le llevase en su barquilla a una isla del lago donde no hubiera habitantes y que lo hiciese la noche del Miércoles de Ceniza, de modo que nadie los viese. Y aquel hombre, por amor de la gran devoción que tenía a san Francisco, cumplió solícitamente su deseo y le trasladó a la isla; y san Francisco no se llevó más que dos panecillos. Y cuando llegaron a la isla y el amigo se disponía a volver a su casa, san Francisco le rogó afectuosamente que no revelase a nadie que estaba allí y que no fuera a buscarle hasta el Jueves Santo; y con esto se marchó aquel y san Francisco se quedó solo.
Pero como no había ninguna habitación donde guarecerse, se adentró en la tupida espesura, donde espinos y arbustos habían formado una especie de cubil o choza, y en tal lugar se puso en oración y a contemplar las cosas celestiales. Y allí estuvo toda la Cuaresma sin comer ni beber, salvo la mitad de uno de aquellos panecillos, según comprobó aquel devoto suyo el Jueves Santo cuando volvió a buscarle, pues de los dos panecillos encontró uno entero y la mitad del otro; se cree que san Francisco se comió la otra mitad, por respeto al ayuno de Cristo bendito, que ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches sin tomar ningún alimento material; y así, con aquel medio pan, alejó de sí el veneno de la vanagloria y, a ejemplo de Cristo, ayunó cuarenta días y cuarenta noches.
Después, en aquel lugar donde san Francisco había realizado una abstinencia tan maravillosa, obró Dios muchos milagros por sus méritos; por lo cual comenzaron los hombres a levantar casas y habitarlas; y en poco tiempo se formó en aquel sitio un burgo bueno y grande, y hay allí un lugar de hermanos conocido como el lugar de la Isla, y aún hoy los hombres y las mujeres de aquel burgo guardan gran reverencia y devoción al lugar donde san Francisco hizo aquella Cuaresma.
(Las florecillas de san Francisco, VII: FF 1835)
25 de febrero
¡En el nombre del Señor!
Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, con todas las fuerzas (cf Mc 12,30), y aman a sus prójimos como a sí mismos (cf Mt 22,39), y odian a sus cuerpos con sus vicios y pecados, y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y hacen frutos dignos de penitencia (cf Lc 3,8):
¡Oh, qué bienaventurados y benditos son ellos y ellas, mientras hacen estas cosas y en tales cosas perseveran!, porque descansará sobre ellos el espíritu del Señor (cf Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cf Jn 14,23), y son hijos del Padre celestial, cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf Mt 12,50).
Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a nuestro Señor Jesucristo. Somos para él hermanos cuando hacemos la voluntad del Padre que está en los cielos (Mt 12,50); madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo, por el amor divino y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf Mt 5,16).
¡Oh, qué glorioso, santo y grande es tener un Padre en los cielos!
¡Oh, qué santo, consolador, bello y admirable, tener un tal esposo!
¡Oh, qué santo y cuán amado, placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable, tener un tal hermano y un tal hijo: Nuestro Señor Jesucristo!, quien dio la vida por sus ovejas (cf Jn 10,15) y oró al Padre diciendo:
Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado en el mundo; tuyos eran y tú me los has dado. Y las palabras que tú me diste, se las he dado a ellos, y ellos las han recibido y han creído de verdad que salí de ti, y han conocido que tú me has enviado. Ruego por ellos y no por el mundo. Bendícelos y santifícalos, y por ellos me santificó a mí mismo. No ruego sólo por ellos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, han de creer en mí, para que sean santificados en la unidad, como nosotros. Y quiero, Padre, que, donde yo esté, estén también ellos conmigo, para que vean mi gloria en tu reino (cf Jn 17,6-24; Mt 20,21). Amén.
(Carta a los fieles, primera redacción, 1: FF 178/1-3)
26 de febrero
Pero todos aquellos y aquellas que, por el contrario, no viven en penitencia, y no reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y se dedican a vicios y pecados, y que andan tras la mala concupiscencia y los malos deseos de su carne, y no guardan lo que prometieron al Señor, y sirven con el propio cuerpo al mundo con los deseos carnales y las preocupaciones del siglo y los cuidados de esta vida: Apresados por el diablo, cuyos hijos son y cuyas obras hacen, están ciegos, porque no ven la verdadera luz, nuestro Señor Jesucristo (cf Jn 8,41). No tienen la sabiduría espiritual, porque no tienen al Hijo de Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre; de ellos se dice: Su sabiduría ha sido devorada (Sal 106,27), y: Malditos los que se apartan de tus mandatos (Sal 118,21). Ven y conocen, saben y hacen el mal, y ellos mismos, a sabiendas, pierden sus almas.
Ved, ciegos, engañados por vuestros enemigos, por la carne, el mundo y el diablo, que al cuerpo le es dulce hacer el pecado y le es amargo hacerlo servir a Dios; porque todos los vicios y pecados salen y proceden del corazón de los hombres, como dice el Señor en el Evangelio (cf Mc 7,21; Mt 5,19). Y nada tenéis en este siglo ni en el futuro. Y pensáis poseer por largo tiempo las vanidades de este siglo, pero estáis engañados, porque vendrá el día y la hora en los que no pensáis, no sabéis e ignoráis; enferma el cuerpo, se aproxima la muerte y así se muere de muerte amarga.
Y dondequiera, cuando quiera, comoquiera que muere el hombre en pecado mortal sin penitencia ni satisfacción, si puede satisfacer y no satisface, el diablo arrebata su alma de su cuerpo con tanta angustia y tribulación, que nadie puede saberlo sino el que las sufre.
Y todos los talentos y poder y ciencia y sabiduría (2Cor 1,12) que pensaban tener, se les quitará. Y lo dejan a parientes y amigos; y ellos toman y dividen su hacienda, y luego dicen: Maldita sea su alma, porque pudo darnos más y adquirir más de lo que adquirió. Los gusanos comen el cuerpo, y así aquellos perdieron el cuerpo y el alma en este breve siglo, e irán al infierno, donde serán atormentados sin fin.
A todos aquellos a quienes lleguen estas letras, les rogamos, en la caridad que es Dios (cf 1Jn 4,16), que reciban benignamente, con amor divino, las susodichas odoríferas palabras de nuestro Señor Jesucristo. Y los que no saben leer, hagan que se las lean muchas veces; y reténganlas consigo junto con obras santas hasta el fin, porque son espíritu y vida (Jn 6,64).
(Carta a los fieles, primera redacción, 2: FF 178/4-7)
27 de febrero
El altísimo Padre anunció desde el cielo, por medio de su santo ángel Gabriel, esta Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, en el seno de la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad (cf Lc 1,26-38).
Él, siendo rico (2Cor 8,9), quiso sobre todas las cosas elegir, con la santísima Virgen, su Madre, la pobreza en el mundo.
Y cerca de la pasión, celebró la Pascua con sus discípulos y, tomando el pan, dio las gracias y lo bendijo y lo partió diciendo: Tomad y comed, este es mi cuerpo. Y tomando el cáliz dijo: Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por vosotros y por muchos para remisión de los pecados. Después oró al Padre diciendo: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz (cf Mt 26,26-28). Y se hizo su sudor como gotas de sangre que caían en tierra (Lc 22,44). Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre, hágase tu voluntad; no como yo quiero, sino como quieras tú (Mt 26,42.49).
Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, que Él nos dio y que nació por nosotros, se ofreciera a sí mismo por su propia sangre como sacrificio y hostia en el ara de la cruz; no por sí mismo, por quien fueron hechas todas las cosas (cf Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo, para que sigamos sus huellas (cf 1Pe 2,21). Y quiere que todos nos salvemos a través de él y que lo recibamos con nuestro corazón puro y nuestro cuerpo casto. Pero son pocos los que quieren recibirlo y ser salvados por él, aunque su yugo sea suave y su carga ligera (cf Mt 11,30).
(Carta a los fieles, segunda redacción, 1: FF 181-185)
28 de febrero
¡Qué bienaventurados y benditos son aquellos que aman a Dios y hacen como dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda la mente, y a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,37.39)!
Por consiguiente, amemos a Dios y adorémoslo con corazón y mente pura, porque Él mismo, buscando esto sobre todas las cosas, dijo: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad (Jn 4,23). Pues todos los que lo adoran, lo deben adorar en el Espíritu de la verdad (cf Jn 4,24). Y digámosle alabanzas y oraciones día y noche diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo (Mt 6,9), porque es preciso que oremos siempre y que no desfallezcamos (cf Lc 18,1).
Ciertamente debemos confesar al sacerdote todos nuestros pecados; y recibamos de él el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Quien no come su carne y no bebe su sangre, no puede entrar en el reino de Dios (cf Jn 6,55.57; 3,5). Sin embargo, que coma y beba dignamente, porque quien lo recibe indignamente, come y bebe su propia condenación, no distinguiendo el cuerpo del Señor (1Cor 11,29), esto es, que no lo discierne. Además, hagamos frutos dignos de penitencia (Lc 3,8). Y amemos al prójimo como a nosotros mismos (cf Mt 22,39). Y si alguien no quiere amarlo como a sí mismo, que al menos no le cause mal, sino que le haga bien.
(Carta a los fieles, segunda redacción, 2-4: FF 186-190)
Marzo
1 de marzo
Y los que han recibido la potestad de juzgar a los otros, ejerzan el juicio con misericordia, como ellos mismos quieren obtener del Señor misericordia. Pues habrá un juicio sin misericordia para aquellos que no hayan hecho misericordia (Sant 2,13).
Así pues, tengamos caridad y humildad; y demos limosnas, porque la limosna lava las almas de las manchas de los pecados. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este siglo; llevan consigo, sin embargo, el precio de la caridad y las limosnas que hicieron, por las que tendrán del Señor premio y digna recompensa.
Debemos también ayunar y abstenernos de los vicios y pecados, y de lo superfluo en comidas y bebida, y ser católicos. Debemos también visitar las iglesias frecuentemente y venerar y reverenciar a los clérigos, no tanto por ellos mismos si fueren pecadores, sino por el oficio y administración del santísimo cuerpo y sangre de Cristo, que sacrifican en el altar, y reciben y administran a los otros.
Y sepamos todos firmemente que nadie puede salvarse sino por las santas palabras y por la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos dicen, anuncian y administran. Y ellos solos deben administrar, y no otros.
Y especialmente los religiosos, que han renunciado al siglo, están obligados a hacer más y mayores cosas, pero sin omitir estas.
(Carta a los fieles, segunda redacción, 5-6: FF 191-194)
2 de marzo
Debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos tienen odio (cf Mt 5,44; Lc 6,27). Debemos observar los preceptos y consejos de nuestro Señor Jesucristo. Debemos también negarnos a nosotros mismos (cf Mt 16,24) y poner nuestro cuerpo bajo el yugo de la servidumbre y de la santa obediencia, como cada uno lo haya prometido al Señor.
Y que ningún hombre esté obligado por obediencia a obedecer a nadie en aquello en que se comete delito o pecado. Mas aquel a quien se ha encomendado la obediencia y que es tenido como el mayor, sea como el menor y siervo de los otros hermanos. Y haga y tenga para con cada uno de sus hermanos la misericordia que querría se le hiciera a él, si estuviese en un caso semejante.
Y no se irrite contra el hermano por el pecado cometido, sino que, con toda paciencia y humildad, amonéstelo benignamente y sopórtelo.
No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino que, por el contrario, debemos ser sencillos, humildes y puros. Y tengamos nuestro cuerpo en oprobio y desprecio, porque todos, por nuestra culpa, somos miserables y pútridos, hediondos y gusanos, como dice el Señor por el profeta: Yo soy gusano y no hombre, oprobio de los hombres y desprecio de la plebe (Sal 21,7).
Nunca debemos desear estar por encima de los otros, sino que, por el contrario, debemos ser siervos y estar sujetos a toda humana criatura por Dios
(1Pe 2,13).
(Carta a los fieles, segunda redacción, 7-9: FF 196-199)
3 de marzo
En cierta ocasión, al principio de la Orden, cuando el bienaventurado Francisco empezó a tener hermanos, moraba con ellos en Rivotorto. Una vez, a media noche, cuando los hermanos descansaban en sus yacijas, un hermano exclamó: «¡Me muero! ¡Me muero!». Todos los hermanos se despertaron aturdidos y asustados. El bienaventurado Francisco se levantó y dijo: «Levantaos, hermanos, y encended la lámpara». Cuando tuvieron luz, preguntó Francisco: «¿Quién es el que ha gritado: “Me muero”?». Un hermano respondió: «He sido yo». El bienaventurado Francisco le dijo: «¿Qué te ocurre, hermano? ¿Por qué te vas a morir?». «Me muero de hambre», contestó él.
El bienaventurado Francisco, hombre lleno de caridad y discreción, no quiso que aquel hermano pasase vergüenza de comer solo. Mandó preparar enseguida la mesa, y todos comieron con aquel hermano. Hay que tener en cuenta que tanto este como los demás hermanos eran recién conversos y con indiscreto fervor se entregaban a grandes penitencias corporales.
Después de la comida, habló así el bienaventurado Francisco a los hermanos: «Hermanos míos, entendedlo bien: cada uno ha de tener en cuenta su propia constitución física. Si uno de vosotros puede pasar con menos alimento que otro, no quiero que el que necesita más intente imitar al primero. Cada uno, según su naturaleza, dé a su cuerpo lo necesario. Pues, si hemos de evitar los excesos en la comida y la bebida, igualmente, e incluso más, hemos de librarnos del excesivo ayuno, ya que el Señor quiere la misericordia y no el sacrificio» (cf Os 6,6; Mt 9,13; 12,7).
(Compilación de Asís, 50: FF 1568)
4 de marzo
Los primeros hermanos, en efecto, y los que durante mucho tiempo se les unirían, mortificaban sus cuerpos no sólo con una excesiva abstinencia en la comida y bebida, sino también durmiendo poco, pasando frío y trabajando con sus manos. Llevaban, sobre la piel, cinturones de hierro y cotas de malla que podían procurarse, así como los cilicios más punzantes que pudieran conseguir.
Por eso, el santo padre, pensando que con este proceder los hermanos podían caer enfermos, como efectivamente ya había acaecido con algunos poco tiempo antes, prohibió en un capítulo que los hermanos llevaran sobre la carne otra cosa que la túnica.
Nosotros que vivimos con él podemos dar este testimonio: si bien desde el momento en que tuvo hermanos y durante toda su vida practicó con ellos la virtud de la discreción, procuró, con todo, que se guardasen siempre, en cuestión de alimentos y de cosas, la pobreza y la virtud requeridas por nuestra Orden y que eran tradicionales a los hermanos más antiguos; sin embargo, en cuanto a él, tenemos que decir que trató a su cuerpo con dureza tanto desde los inicios de su conversión, cuando todavía no contaba con hermanos, como durante toda su vida, a pesar de que desde joven fue de constitución delicada y frágil, y en el mundo no podía vivir si no rodeado de cuidados.
Un día, juzgando que sus hermanos empezaban a quebrantar la pobreza y exagerar en materia de alimentos y de cosas, dijo a algunos hermanos, pero refiriéndose a todos: «¿No creen los hermanos que mi cuerpo tiene necesidad de un régimen especial? Sin embargo, porque debo ser modelo y ejemplo para todos los hermanos, quiero usar alimentos y cosas pobres y no delicadas y estar contento con ellos».
(Compilación de Asís, 50: FF 1569)
5 de marzo
Una noche, tras larga oración, adormeciéndose poco a poco, acabó por dormirse. Su alma santa entró en el santuario de Dios (cf Sal 72,17) y vio en sueños, entre otras cosas, una señora con estas características: cabeza, de oro; pecho y brazos, de plata; vientre, de cristal, y las extremidades inferiores, de hierro; alta de estatura, de presencia fina y bien formada. Y, sin embargo, esta señora de belleza singular se cubría con un manto sórdido.
Al levantarse a la mañana el bienaventurado padre refiere la visión al hermano Pacífico –hombre santo–, pero no le revela lo que quiere significar. Aunque muchos otros la han interpretado a su aire, no me parece fuera de razón mantener la interpretación del mencionado Pacífico, que, mientras la escuchaba, le sugirió el Espíritu Santo.
«La señora de belleza singular –explicó– es el alma hermosa de san Francisco. La cabeza de oro, la contemplación y la sabiduría de las cosas eternas; el pecho y los brazos de plata, las palabras del Señor meditadas en el corazón y llevadas a la práctica; el cristal, por su dureza, designa la sobriedad; por su transparencia, la castidad; el hierro es la perseverancia firme; y el manto sórdido es el cuerpecillo despreciable –créelo– con que se cubre el alma preciosa».
Pero muchos en quienes reside el espíritu de Dios (cf Dan 4,5) interpretan que esa señora, en calidad de esposa del Padre, es la pobreza: «A esa –dicen– la hizo de oro el premio de la gloria; de plata, el encomio de la fama; de cristal, una misma y única profesión sin dineros fuera ni dentro; de hierro, la perseverancia final. Mas el manto sórdido para esa esclarecida señora lo ha tejido la opinión de hombres carnales».
Son también muchos los que aplican este oráculo a la Religión, tratando de ajustar la sucesión de los tiempos al curso señalado por Daniel (cf Dan
2,36-45).
Pero que se refiera al padre corre claro, si consideramos, sobre todo, que –en evitación del orgullo– se negó a dar ninguna interpretación. Y en verdad que, de referirse a la Orden, no la hubiera callado.
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 50: FF 669)
6 de marzo
Aunque este hombre bienaventurado no había hecho estudios científicos, con todo, aprendiendo la sabiduría que desciende de Dios (cf Col 3,1-3) e ilustrado con las iluminaciones de la luz eterna, poseía un sentido no vulgar de las Escrituras. Efectivamente, su ingenio, limpio de toda mancha, penetraba hasta lo escondido de los misterios (cf Col 1,26), y su afecto de amante entraba donde la ciencia de los maestros no llegaba a entrar.
Leía a las veces en los libros sagrados, y lo que confiaba una vez al alma le quedaba grabado de manera indeleble en el corazón. «La memoria suplía a los libros»; que no en vano lo que una vez captaba el oído, el amor lo rumiaba con devoción incesante. Decía que le resultaba fructuoso este método de aprender y de leer y no el de divagar entre un millar de tratados. Para él era filósofo de veras el que no anteponía nada al deseo de la vida eterna. Y aseguraba que quien, en el estudio de la Escritura, busca con humildad, sin presumir, llegará fácilmente del conocimiento de sí al conocimiento de Dios (cf Prov 2,5). A menudo resolvía cuestiones difíciles con una sola frase, y, sin ser maestro en el hablar, ponía de manifiesto, a todas luces, su entendimiento y su virtud.
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 68: FF 689)
7 de marzo
Cuando llegó al retiro del Alverna para celebrar la Cuaresma en honor del arcángel san Miguel, aves de diversa especie aparecieron revoloteando en torno a su celda, y con sus armoniosos cantos y gestos de regocijo, como quienes festejaban su llegada, parecía que invitaban encarecidamente al piadoso padre a establecer allí su morada.
Al ver esto, dijo a su compañero: «Creo, hermano, que voluntad de Dios es que permanezcamos aquí por algún tiempo, pues parece que las hermanas avecillas reciben un gran consuelo con nuestra presencia».
Fijando, pues, allí su morada, un halcón que anidaba en aquel mismo lugar se le asoció con un extraordinario pacto de amistad. En efecto, todas las noches, a la hora en que el Santo acostumbraba levantarse para los divinos oficios, el halcón le despertaba con sus cantos y sonidos. Este gesto agradaba sumamente al siervo de Dios, ya que semejante solicitud ejercida con él le hacía sacudir toda pereza y desidia.
Mas, cuando el siervo de Cristo se sentía más enfermo de lo acostumbrado, el halcón se mostraba comprensivo, y no le marcaba una hora tan temprana para levantarse, sino que al amanecer –como si estuviera instruido por Dios– pulsaba suavemente la campana de su voz.
Ciertamente, parece que tanto la alegría exultante de la variada multitud de aves como el canto del halcón fueron un presagio divino de cómo el cantor y adorador de Dios –elevado sobre las alas de la contemplación– había de ser exaltado en aquel mismo monte mediante la aparición de un serafín.
(Buenaventura, Leyenda mayor, VIII, 10: FF 1157-1158)
8 de marzo
Cuando el varón de Dios marchaba a Celle di Cortona, enterada una mujer noble del castillo llamado Volusiano corre a su encuentro; fatigada por la larga caminata, ella, que era débil ya de por sí y delicada, llegó por fin a donde el Santo. El padre santísimo, al notar el cansancio y la respiración entrecortada de la mujer, compadecido, le dijo: «¿Qué quieres, señora?». «Padre, que me bendigas». Y el Santo: «¿Estás casada o no?».
«Padre –respondió ella–, tengo un marido cruel, y sufro con él, porque me estorba en el servicio de Jesucristo. Este es mi dolor más grande: el de no poder llevar a la práctica, por impedírmelo el marido, la buena voluntad que Dios me ha inspirado. Por eso, te pido a ti, que eres santo, que ruegues por él, para que la misericordia divina le humille el corazón».
Admira el Santo la fortaleza viril de la mujer, la madurez de alma de la joven, y, movido a piedad, le dice: «Vete, hija bendita, y sábete que tu marido te dará muy pronto un consuelo. Dile, de parte de Dios y de la mía –añadió–, que ahora es el tiempo de salvación, y después el de la justicia». Con la bendición del Santo, se vuelve la mujer, encuentra al marido, le comunica el mensaje. De repente, el Espíritu Santo descendió sobre él, y, cambiándolo de hombre viejo en nuevo, le hace hablar con toda mansedumbre en estos términos: «Señora, sirvamos al Señor y salvemos nuestras almas en nuestra casa».
Replicó la mujer: «Me parece que hay que poner la continencia por cimiento seguro del alma, y luego edificar sobre ella las demás virtudes».
«Eso es –dijo él–; como a ti, también a mí me place». Y, llevando desde entonces, por muchos años, vida de célibes, murieron santamente en el mismo día, como holocausto de la mañana el uno y sacrificio de la tarde el otro.
¡Dichosa mujer, que ablandó así a su señor para la vida! Se cumple en ella aquello del Apóstol: Se salva el marido no creyente por la mujer creyente.
(Tomás de Celano, Vida segunda, IX, 38: FF 623)
9 de marzo
Escuchad, pobrecillas, por el Señor llamadas, que de muchas partes y provincias habéis sido [congregadas: vivid siempre en la verdad, que en obediencia muráis.
No miréis a la vida de fuera, porque la del espíritu es mejor. Yo os ruego con gran amor que tengáis discreción de las limosnas que os da el [Señor. Las que están por enfermedad gravadas y las otras que por ellas están fatigadas, unas y otras soportadlo en paz, porque muy cara venderéis esta fatiga, porque cada una será reina en el cielo coronada con [la Virgen María.
(Audite, poverelle: FF 263/1)
10 de marzo
Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas (cf Gén 2,16-17). Podía comer de todo árbol del paraíso, porque, mientras no contravino a la obediencia, no pecó.
Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien, aquel que se apropia su voluntad y se enaltece del bien que el Señor dice y obra en él; y así, por la sugestión del diablo y la transgresión del mandamiento, vino a ser la manzana de la ciencia del mal. Por eso es necesario que sufra la pena.
(Admoniciones, II: FF 146-147)
11 de marzo
Dice el Señor en el Evangelio: El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío (Lc 14,33); y: El que quiera salvar su vida, la perderá (Lc 9,24).
Abandona todo lo que posee y pierde su cuerpo el hombre que se ofrece a sí mismo todo entero a la obediencia en manos de su prelado. Y todo lo que hace y dice que él sepa que no es contra la voluntad del prelado, mientras sea bueno lo que hace, es verdadera obediencia. Y si alguna vez el súbdito ve cosas mejores y más útiles para su alma que aquellas que le ordena el prelado, sacrifique voluntariamente sus cosas a Dios, y aplíquese en cambio a cumplir con obras las cosas que son del prelado. Pues esta es la obediencia caritativa, porque satisface a Dios y al prójimo.
Pero si el superior le ordena algo que sea contra su alma, aunque no le obedezca, sin embargo no lo abandone. Y si a causa de eso sufriera la persecución de algunos, ámelos más por Dios. Pues quien sufre la persecución antes que querer separarse de sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida por sus hermanos (cf Jn 15,13).
Pues hay muchos religiosos que, so pretexto de que ven cosas mejores que las que les ordenan sus prelados, miran atrás y vuelven al vómito de la propia voluntad (cf Lc 9,62); estos son homicidas y, por sus malos ejemplos, hacen que se pierdan muchas almas (cf 2Pe 2,22).
(Admoniciones III: FF 148-151)
12 de marzo
Y mis hermanos benditos, tanto clérigos como laicos, confiesen sus pecados a sacerdotes de nuestra Orden. Y si no pueden, confiésenlos a otros sacerdotes discretos y católicos, sabiendo firmemente y considerando que, de cualquier sacerdote católico que reciban la penitencia y absolución, serán sin duda alguna absueltos de sus pecados, si procuran cumplir humilde y devotamente la penitencia que les haya sido impuesta.
Pero si entonces no pudieran tener sacerdote, confiésense con un hermano suyo, como dice el apóstol Santiago: Confesaos mutuamente vuestros pecados (Sant 5,16). Mas no por esto dejen de recurrir al sacerdote, porque la potestad de atar y desatar ha sido concedida solamente a los sacerdotes.
Y así, contritos y confesados, reciban el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo con gran humildad y veneración, recordando lo que dice el Señor: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna (cf Jn 6,55); y también: Haced esto en conmemoración mía (Lc 22,19).
(Regla no bulada, XX: FF 53-54)
13 de marzo
Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza según el espíritu.
Y todas las criaturas que hay bajo el cielo, de por sí, sirven, conocen y obedecen a su Creador mejor que tú. Y ni siquiera los demonios lo crucificaron, sino que tú, con ellos, lo crucificaste y todavía lo crucificas deleitándote en vicios y pecados. ¿De qué te vanaglorias entonces?
Pues, aunque fueras tan sutil y sabio que tuvieras toda la ciencia y supieras interpretar todo género de lenguas e investigar sutilmente las cosas celestiales, de ninguna de estas cosas puedes gloriarte; porque un solo demonio supo de las cosas celestiales y ahora sabe de las terrenas más que todos los hombres, aunque hubiera alguno que hubiese recibido del Señor un conocimiento especial de la suma sabiduría.
De igual manera, aunque fueras más hermoso y más rico que todos, y aunque también hicieras maravillas, de modo que ahuyentaras a los demonios, todas estas cosas te son contrarias, y nada te pertenece, y no puedes en absoluto gloriarte en ellas; por el contrario, en esto podemos gloriarnos: en nuestras enfermedades y en llevar a cuestas a diario la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo.
(Admoniciones, V: FF 153-154)
14 de marzo
El Santo repetía, a veces, los avisos siguientes: «En la medida en que los hermanos se alejan de la pobreza, se alejará también de ellos el mundo; buscarán y no hallarán (cf Prov 1,28; 8,17). Pero, si permanecieren abrazados a mi señora la pobreza, el mundo los nutrirá, porque han sido dados al mundo para salvarlo».
Y también: «Hay un pacto entre el mundo y los hermanos: estos deben al mundo el buen ejemplo; el mundo debe a los hermanos la provisión necesaria. Si los hermanos, faltando a la palabra, niegan el buen ejemplo, el mundo, en justa correspondencia, les negará la mano».
Preocupado con la pobreza el hombre de Dios, temía que llegaran a ser un gran número, porque el ser muchos presenta, si no una realidad, sí una apariencia de riqueza. Por esto decía: «Si fuera posible, o, más bien, ¡ojalá pudiera ser que el mundo al ver hermanos menores en rarísimas ocasiones, se admire de que sean tan pocos!».
Atado de todos modos con vínculo indisoluble a la dama Pobreza, vive en expectación de la dote que le va a legar ella no al presente, sino en el futuro.
Solía cantar con más encendido fervor y júbilo más desbordante los salmos que hablan de la pobreza, como este: No ha de ser por siempre fallida la esperanza del pobre (Sal 9,19); y este otro: Lo verán los pobres, y se alegrarán (Sal 8,33).
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 40: FF 656-658)
15 de marzo
El padre santo, que progresaba continuamente en méritos y en virtud, viendo que sus hijos aumentaban en número y en gracia por todas partes y extendían sus ramos maravillosos por la abundancia de frutos hasta los confines de la tierra, reflexionó muchas veces cuidadosamente sobre el modo de conservar y de ayudar a crecer la nueva plantación teniéndola atada por el lazo de unidad.
Observaba ya entonces que muchos se revolvían furiosos, como lobos, contra la pequeña grey, y que, envejecidos en la maldad, aprovechaban la ocasión de hacer daño por el solo hecho de su novedad.
Preveía que entre los mismos hijos podrían ocurrir percances contrarios a la santa paz y a la unidad, y, como sucede muchas veces entre los elegidos, dudaba de si llegaría a haber algunos rebeldes, llenos del sentimiento de su propia valía y dispuestos en su espíritu a discordias e inclinados a escándalos.
Y como el varón de Dios diese en su interior muchas vueltas a estas y parecidas preocupaciones, una noche mientras dormía tuvo la siguiente visión. Ve una gallina pequeña y negra, semejante a una paloma doméstica, con las patas cubiertas de plumas. La gallina tenía incontables polluelos, que, rondando sin parar en torno a ella, no lograban todos cobijarse bajo las alas. Despierta el varón de Dios, repasa en su corazón lo meditado y se hace intérprete de su propia visión: «Esa gallina –se dice– soy yo, pequeño de estatura y de tez negruzca, a quien por la inocencia de vida debe acompañar la simplicidad de la paloma, la cual, siendo tan extraña al mundo, vuela sin dificultad al cielo. Los polluelos son los hermanos, muchos ya en número y en gracia, a los que la sola fuerza de Francisco no puede defender de la turbación provocada por los hombres, ni poner a cubierto de las acusaciones de lenguas enemigas (Sal 30,21)
Iré, pues, y los encomendaré a la santa Iglesia romana, para que con su poderoso cetro abata a los que les quieren mal y para que los hijos de Dios tengan en todas partes libertad plena para adelantar en el camino de la salvación eterna. Desde esa hora, los hijos experimentarán las dulces atenciones de la madre y se adherirán por siempre con especial devoción a sus huellas veneradas. Bajo su protección no se alterará la paz en la Orden ni hijo alguno de Belial (cf Dt 13,13) pasará impune por la viña del Señor (cf Is 5,1-7). Ella que es santa emulará la gloria de nuestra pobreza y no consentirá que nieblas de soberbia desluzcan los honores de la humildad. Conservará en nosotros inviolables los lazos de la equidad y de la paz imponiendo severísimas penas a los disidentes.
La santa observancia de la pureza evangélica florecerá sin cesar en presencia de ella y no consentirá que ni por un instante se desvirtúe el aroma de la vida».
Esto es lo que el santo de Dios únicamente buscó al decidir encomendarse a la Iglesia; aquí se advierte la previsión del varón de Dios, que se percata de la necesidad de esta institución para tiempos futuros.
(Tomás de Celano, Vida segunda, I, 16: FF 609-611)
16 de marzo
Por más cuidado que ponía el Santo en tener oculto el tesoro encontrado en el campo (Mt 13,44), no pudo evitar que algunos llegaran a ver las llagas de sus manos y pies, a pesar de llevar casi siempre cubiertas las manos y andar desde entonces con los pies calzados.
Muchos hermanos vieron las llagas durante la vida del Santo; y aunque por su santidad relevante eran dignos de todo crédito, sin embargo, para eliminar toda posible duda, afirmaron bajo juramento, con las manos puestas sobre los evangelios, ser verdad que las habían visto.
Las vieron también algunos cardenales que gozaban de especial intimidad con el Santo, los cuales, consignando con toda veracidad el hecho, enaltecieron dichas sagradas llagas en prosa, en himnos y antífonas que compusieron en honor del siervo de Dios, y tanto de palabra como por escrito dieron testimonio de la verdad (cf Jn 5,33).
Asimismo, el sumo pontífice señor Alejandro, una vez que predicaba al pueblo en presencia de muchos hermanos –entre ellos me encontraba yo–, afirmó haber visto con sus propios ojos las sagradas llagas mientras vivía aún el Santo.
Las vieron, con ocasión de su muerte, más de cincuenta hermanos, y la virgen devotísima de Dios Clara, junto con sus hermanas de comunidad y un grupo incontable de seglares, muchos de los cuales –como se dirá en su lugar–, movidos por la devoción y el afecto, llegaron a besar y tocar con sus propias manos las llagas para confirmación testimonial.
En cuanto a la llaga del costado, la ocultó tan sigilosamente el Santo, que nadie pudo verla mientras él vivió, si no era de manera furtiva.
Así sucedió cuando un hermano que solía atenderle con gran solicitud le indujo con piadosa cautela a quitarse la túnica para sacudirla; entonces miró atentamente y le vio la llaga, incluso llegó a tocarla aplicando rápidamente tres dedos. De este modo pudo percibir no sólo con el tacto, sino también con la vista, la magnitud de la herida.
(Buenaventura, Leyenda mayor, XIII, 8: FF 1232-1233)
17 de marzo
En cierta ocasión, estando el bienaventurado Francisco junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula cuando todavía eran pocos los hermanos, salía de vez en cuando a visitar las aldeas y las iglesias de los alrededores de Asís, anunciando y predicando a los hombres la penitencia. Llevaba consigo una escoba para barrer las iglesias, pues sufría mucho cuando, al entrar en ellas, las encontraba sucias.
Por eso, cuando terminaba de predicar al pueblo, reunía a todos los sacerdotes que se encontraban allí en un local apartado para no ser oído por los seglares. Les hablaba de la salvación de las almas, y, sobre todo, les recomendaba mucho el cuidado y diligencia que debían poner para que estuvieran limpias las iglesias, los altares y todo lo que sirve para la celebración de los divinos misterios.
Un día, el bienaventurado Francisco entró en la iglesia de una aldea de la ciudad de Asís y se puso a barrerla. Enseguida corrió la noticia de su llegada por toda la aldea, pues sus habitantes gustaban mucho de verle y oírle.
Un hombre llamado Juan, de admirable simplicidad, estaba arando en un campo suyo cercano a la iglesia; tan pronto supo que había llegado, corrió a él y le halló barriendo la iglesia. Le dijo: «Hermano, quiero ayudarte; déjame la escoba». Él se la dio, y Juan barrió lo que faltaba. Luego, sentándose los dos, aquel hombre habló al bienaventurado Francisco: «Hermano, desde hace tiempo deseo dedicarme al servicio de Dios; sobre todo desde que oí hablar de ti y de tus hermanos; pero no encontraba ocasión de acercarme a ti. Ahora que al Señor ha tenido a bien que te viera, quiero hacer lo que tú me digas».
Al ver tanto fervor, el bienaventurado Francisco se llenó de alegría en el Señor, sobre todo porque todavía eran pocos los hermanos y porque le pareció que aquel hombre, dada su pura simplicidad, sería un buen religioso. Le dijo: «Hermano, si quieres llevar nuestra vida y unirte a nosotros, has de expropiarte de todos los bienes que hayas adquirido sin escándalo y dárselos a los pobres, según el consejo del Evangelio, pues es lo que han hecho aquellos de mis hermanos a quienes les ha sido posible».
(Compilación de Asís, 60-61: FF 1588-1589)
18 de marzo
Había un hermano que, a juzgar por las apariencias, se distinguía por una vida de santidad excepcional; pero era él muy singular. Entregado a todas horas a la oración, guardaba un silencio tan riguroso, que tenía por costumbre confesarse no de palabra, sino con señas. Con las palabras de la Sagrada Escritura concebía un gran ardor, y, oyéndolas, daba signos de una extraña dulzura. Pero, ¿a qué continuar? Todos lo tenían por tres veces santo. Llegó un día al lugar el bienaventurado padre (Francisco), vio al hermano, escuchó al santo. Y como todos lo encomiaran y enaltecieran, observó el Padre: «Dejadme, hermanos, y no me ponderéis en él las tretas del diablo. Tened por cierto que es caso de tentación diabólica y un engaño insidioso. Para mí esto es claro, y prueba de ello es que no quiere confesarse». Muy duro se les hacía a los hermanos oír esto, sobre todo al vicario del Santo. Y objetan: «¿Cómo puede ser verdad que entre tantas señales de perfección entren en juego ficciones engañosas?». Responde el Padre: «Amonestadle que se confiese una o dos veces a la semana; si no lo hace, veréis que es verdad lo que os he dicho».
Lo toma aparte el vicario y comienza por charlar familiarmente con él y le ordena después la confesión. El hermano la rechaza, y con el índice en los labios, moviendo la cabeza, da a entender por señas que en manera alguna se confesará. Callaron los hermanos, temiendo un escándalo del falso santo. Pocos días después abandona este, por voluntad propia, la Orden, se vuelve al mundo, retorna a su vómito (cf Prov 26,11). Y, después de innumerables pecados, quedó privado de la penitencia y de la vida.
Hay que evitar siempre la singularidad, que no es sino un precipicio atrayente. Lo han experimentado muchos tocados de singularidad, que suben hasta los cielos y bajan hasta los abismos (cf Sal 106,26). Atiende, en cambio, la eficacia de la confesión devota, que no sólo hace, sino que da a conocer al santo.
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 2: FF 615)
19 de marzo
Creía pecar gravemente si, estando en oración, se veía alguna vez agitado de vanas imaginaciones. En tales casos recurría a la confesión, para expiar cuanto antes la falta. Le era tan habitual ese cuidado, que rarísimamente le molestaban semejantes moscas.
Durante una Cuaresma, con el fin de aprovechar bien algunos ratos libres, se dedicaba a fabricar un vasito. Pero un día, mientras rezaba devotamente tercia, se deslizaron por casualidad los ojos a mirar detenidamente el vaso; notó que el hombre interior sentía un estorbo para el fervor. Dolido por ello de que había interceptado la voz del corazón antes que llegase a los oídos de Dios, no bien acabaron de rezar tercia, dijo de modo que le oyeran los hermanos: «¡Vaya trabajo frívolo, que me ha prestado tal servicio, que ha logrado desviar hacia sí mi atención! Lo ofreceré en sacrificio al Señor (cf Sal 53,8), cuyo sacrificio ha estorbado».
Dicho esto, tomó el vaso y lo quemó en el fuego. «Avergoncémonos –comentó– de vernos entretenidos por distracciones fútiles mientras hablamos con el gran Rey durante la oración».
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 63: FF 684)
20 de marzo
Día a día se iba llenando de consuelo y gracia del Espíritu Santo el bienaventurado Francisco, y con la mayor vigilancia y solicitud iba formando a sus nuevos hijos con instrucciones nuevas, enseñándoles a caminar con paso seguro por la vía de la santa pobreza y de la bienaventurada simplicidad.
En cierta ocasión, admirando la misericordia del Señor en tantos beneficios como le había concedido y deseando que Dios le mostrase cómo habían de proceder en su vida él y los suyos, se retiró a un lugar de oración, según lo hacía muchísimas veces. Como permaneciese allí largo tiempo con temor y temblor ante el Señor de toda la tierra, reflexionando con amargura de alma sobre los años malgastados y repitiendo muchas veces aquellas palabras: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador! (Lc 18,13), comenzó a inundar poco a poco lo íntimo de su corazón una indecible alegría e inmensa dulzura. Comenzó también a sentirse fuera de sí; contenidos los sentimientos y ahuyentadas las tinieblas que se habían ido fijando en su corazón por temor al pecado, le fue infundida la certeza del perdón de todos los pecados y se le dio la confianza de que estaba en gracia. Arrobado luego y absorto enteramente en una luz, dilatado el horizonte de su mente, contempló claramente lo que había de suceder. Cuando, por fin, desapareció aquella suavidad y aquella luz, renovado espiritualmente, parecía transformado ya en otro hombre.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 11: FF 363)
21 de marzo
Volvió lleno de gozo y habló así a los hermanos: «Confortaos, carísimos, y alegraos en el Señor; no os entristezcáis al veros tan pocos; ni os asuste mi sencillez ni la vuestra, porque, como me ha mostrado en verdad el Señor, Dios nos hará crecer en gran multitud y nos propagará hasta los confines de la tierra. Para vuestro provecho, me siento forzado a manifestaros cuanto he visto; lo callaría gustosamente, si la caridad no me obligara a comunicarlo. He visto una gran multitud de hombres que venían deseosos de convivir con nosotros bajo el mismo hábito de nuestra santa vida y bajo la Regla de la bienaventurada Orden. Resuena todavía en mis oídos la algazara de quienes iban y venían según el mandato de la santa obediencia. He visto caminos atestados de gente de toda nación que confluía en estas regiones. Vienen los franceses; aceleran el paso los españoles; corren los alemanes y los ingleses, y vuela veloz una gran multitud de otras diversas lenguas». Al escuchar todo esto, los hermanos se llenaron de gozo saludable, sea por la gracia que el Señor Dios había concedido a su Santo, sea porque, anhelando ardientemente el bien de sus prójimos, deseaban que estos multiplicasen a diario el número de los hermanos para ser salvos todos juntos.
Luego añadió el Santo: «Hermanos, para que “fiel y devotamente” demos gracias al Señor Dios nuestro de todos sus dones y para que sepáis cómo hemos de comportarnos con los hermanos de hoy y con los del futuro, oíd la verdad de los acontecimientos que sucederán. Ahora, al principio de nuestra vida, encontramos frutos dulces y suaves sobremanera para comer; poco después se nos ofrecerán otros no tan suaves y dulces; pero al final se nos darán otros tan amargos, que no los podremos comer, pues, aunque tengan una presencia hermosa y aromática, nadie los podrá gustar por su desabrimiento. Y en verdad, como os he dicho, el Señor nos hará crecer hasta ser un gran pueblo. Pero al final sucederá como al pescador que lanza sus redes al mar o en un lago y captura una gran cantidad de peces; cuando los ha colocado en su navecilla, no pudiendo con todos por la multitud, recoge los mayores y los mejores en sus canastos y los demás los tira».
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 11: FF 364-365)
22 de marzo
En esa misma época ingresó en la Orden otro hombre de bien, llegando con él a ser ocho en número. Entonces, el bienaventurado Francisco los llamó a todos a su presencia y platicó sobre muchas cosas: del reino de Dios, del desprecio del mundo, de la negación de la propia voluntad y del dominio de la propia carne; los dividió en cuatro grupos de a dos y les dijo: «Marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para remisión de los pecados. Y permaneced pacientes en la tribulación, seguros, porque el Señor cumplirá su designio y su promesa. A los que os pregunten, responded con humildad; bendecid a los que os persigan; dad gracias a los que os injurien y calumnien, pues por esto se nos prepara un Reino eterno».
Y ellos, inundados de gozo y alegría, se postraban en tierra ante Francisco en actitud de súplica, mientras recibían el mandato de la santa obediencia. Y Francisco los abrazaba, y con dulzura y devoción decía a cada uno: Pon tu confianza en el Señor, que Él te sostendrá (Sal 54,23). Estas palabras las repetía siempre que mandaba a algún hermano a cumplir una obediencia.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 12: FF 366-367)
23 de marzo
San Francisco iba de paso, en una pequeña barca, por el lago de Rieti al eremitorio de Greccio. El pescador le ofreció una avecilla de río para que se solazara en el Señor con ella.
Tomándola gozoso el bienaventurado padre, la invitó mansamente, abiertas las manos, a volar en libertad. Pero como ella no quería irse, sino que se recostaba en las manos del Santo como si estuviera en un nido pequeño, el Santo, con los ojos alzados, se sumergió en oración. Después de mucho tiempo, vuelto en sí como quien viene de otro mundo, mandó con dulzura a la avecilla que volviera sin temor a la libertad de antes. Con este permiso y una bendición salió volando, mostrando, con un ademán del cuerpo, una alegría especial.
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 126: FF 753)
24 de marzo
Mientras el bienaventurado Francisco, huyendo, según costumbre, de la vista y el trato con los hombres, estaba en cierto eremitorio, un halcón que había anidado en el lugar entabló estrecho pacto de amistad con él. Tanto que el halcón siempre avisaba de antemano, cantando y haciendo ruido, la hora en que el Santo solía levantarse a la noche para la alabanza divina. Y esto gustaba muchísimo al santo de Dios, pues con la solicitud tan puntual que mostraba para con él le hacía sacudir toda negligencia.
En cambio, cuando al Santo le aquejaba algún malestar más de lo habitual, el halcón le dispensaba y no le llamaba a la hora acostumbrada de las vigilias; y así –cual si Dios lo hubiere amaestrado (cf 2Tim 3,17)–, hacia la aurora pulsaba levemente la campana de su voz.
No es de maravillar que las demás creaturas veneren al que es el primero en amar al Creador.
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 127: FF 754)
25 de marzo
Un noble del condado de Siena envió al bienaventurado Francisco, que estaba enfermo, un faisán. En la alegría de recibirlo, no por el apetito de comerlo, sino por la costumbre que tenía de alegrarse siempre en tales casos por amor del Creador, le dijo al faisán: «Hermano faisán, alabado sea nuestro Creador». Y a los hermanos: «Hagamos ahora prueba de si el hermano faisán quiere quedarse con nosotros o volver a los lugares a los que está hecho y que le son más convenientes».
Y, por orden del Santo, un hermano lo llevó lejos y lo dejó en una viña; pero el faisán volvió con paso veloz a la celda del padre. El Santo ordena de nuevo que se le aleje más; pero el faisán volvió a toda prisa a la puerta de la celda y logró entrar en ella como forcejeando, amparándose bajo las túnicas de los hermanos que estaban en la puerta. Después de esto, el Santo, abrazándolo y acariciándolo mientras le decía palabras de ternura, mandó que se le diese de comer con diligencia.
Presenciando esto un médico gran devoto del santo de Dios, pidió el faisán a los hermanos, no para comerlo, sino para alimentarlo por reverencia al Santo. Y, ¿qué? Lo llevó consigo a casa; pero el faisán, igual que si hubiese recibido una injuria, al verse separado del Santo, no quiso comer nada todo el tiempo que estuvo separado de él. Se maravilló el médico y, devolviendo enseguida el faisán al Santo, contó al detalle todo lo que había pasado. En cuanto el faisán, una vez dejado en el suelo, vio a su padre, comenzó a comer con gusto.
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 129: FF 756)
26 de marzo
En la Porciúncula, cerca de la celda del santo de Dios, una cigarra que se aposentaba en una higuera cantaba muchas veces con suave insistencia. La llamó un día bondadosamente hacia sí el bienaventurado padre, extendiéndole la mano, y le dijo: «Hermana mía cigarra, ven a mí». La cigarra, como si estuviera dotada de razón, se pone al momento en sus manos. Le dice: «Canta, hermana mía cigarra, y alaba jubilosa al Señor, tu creador».
Obediente enseguida, la cigarra comenzó a cantar, y no cesó hasta que el varón de Dios, uniendo su alabanza al canto de ella, la mandó que volviese al lugar donde solía estar. Allí se mantuvo, como atada, durante ocho días seguidos. Y el Santo, al bajar de la celda, la acariciaba con las manos, le mandaba cantar; a estas órdenes estaba siempre dispuesta a obedecer.
Y dijo el Santo a sus compañeros: «Liberemos a nuestra hermana cigarra, que bastante nos ha alegrado hasta ahora con su alabanza, para que nuestra carne no pueda vanagloriarse de eso». Y al punto, con el permiso del Santo, se alejó y no apareció más en el lugar. Los hermanos testigos del hecho quedaron admirados sobremanera.
(Tomás de Celano, Vida segunda, II, 130: FF 757)
27 de marzo
(Francisco) custodiaba, con todo interés y con la mayor solicitud, la santa y señora pobreza; para que no se llegase a tener cosas superfluas, ni permitía siquiera que hubiera en casa un vaso, siempre que se pudiera pasar sin él sin caer en extrema necesidad. Solía decir que era imposible satisfacer la necesidad sin condescender con el placer. Muy rara vez consentía en comer viandas cocidas, y, cuando las admitía, las acompañaba muchas veces con ceniza o las volvía insípidas a base de agua fría. ¡Cuántas veces, mientras andaba por el mundo predicando el evangelio de Dios, invitado a la mesa por grandes príncipes que le veneraban con afecto entrañable, gustaba apenas un poco de carne, por observar el santo Evangelio (cf Lc 10,8), y todo lo demás, que simulaba comer, lo guardaba en el seno, llevándose la mano a la boca para que nadie reparase lo que hacía! Y, ¿qué diré del uso del vino, cuando ni bebía el agua suficiente aun en los casos en que se veía atormentado por la sed?
Dondequiera que se hospedase, no permitía que su lecho fuera cubierto de ropas, sino que sobre la desnuda tierra extendía la túnica, que recibía sus desnudos miembros. Cuando concedía al débil cuerpo el favor del sueño, dormía muchas veces sentado y no se tendía, poniendo de cabezal un leño o una piedra.
Si, como ocurre, sentía que se le despertaba el apetito de comer alguna cosa, difícilmente se avenía a satisfacerlo. Sucedió en cierta ocasión que, estando enfermo, comió un poco de carne de pollo; recobradas las fuerzas del cuerpo, entró en la ciudad de Asís. Al llegar a la puerta, mandó a un hermano que le acompañaba que, echándole una cuerda al cuello, lo llevase como a ladrón por toda la ciudad, proclamando en tono de pregonero: «Aquí lo tenéis; mirad a este glotón, que está bien cebado de carne de gallina sin que vosotros lo supierais». Ante semejante espectáculo, corría la gente y decían entre lágrimas y suspiros: «¡Pobres de nosotros, que pasamos toda la vida manchados con sangre y alimentamos nuestros corazones y cuerpos con lujurias y borracheras!». Así, compungidos de corazón ante ejemplo tan singular, se sentían arrastrados a mejorar su vida.
Casos como este los repetía con frecuencia, ya para despreciarse perfectamente a sí mismo, ya también para estimular a los demás a apetecer los honores que no se acaban. Se miraba a sí mismo como objeto de desecho; libre de todo temor, de toda solicitud por su cuerpo, lo exponía a toda clase de afrentas para que su amor no le hiciera desear cosa temporal. Maestro consumado en el desprecio de sí mismo, a todos lo enseñaba con la palabra y con el ejemplo. Celebrado por todos y por todos ensalzado, sólo para él era un ser vil, sólo él se consideraba con todo ardor objeto de menosprecio.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 19: FF 411-414)
28 de marzo
Viajaba otro día con un hermano por las lagunas de Venecia, cuando se encontró con una gran bandada de aves que, subidas a las ramas, entonaban animados gorjeos. Al verlas dijo a su compañero: «Las hermanas aves alaban a su Creador. Pongámonos en medio de ellas y cantemos también nosotros al Señor, recitando sus alabanzas y las horas canónicas».
Y, adentrándose entre las avecillas, estas no se movieron de su sitio. Pero como, a causa de la algarabía que armaban, no podían oírse uno a otro en la recitación de las horas, el santo varón se volvió a ellas para decirles: «Hermanas avecillas, cesad en vuestros cantos mientras tributamos al Señor las debidas alabanzas». Inmediatamente callaron las aves, permaneciendo en silencio hasta tanto que, recitadas sosegadamente las horas y concluidas las alabanzas, recibieron del santo de Dios el permiso para cantar. Y así reanudaron al instante sus acostumbrados trinos y gorjeos.
(Buenaventura, Leyenda mayor, VIII, 9: FF 1154)
29 de marzo
Con frecuencia se veía honrado por todos, y por ello se sentía tan profundamente herido, que, rehusado todo halago humano, se hacía insultar por alguien. Llamaba a un hermano y le decía: «Te mando por obediencia que me injuries sin compasión y me digas la verdad, contra la falsedad de estos». Y mientras el hermano, muy a pesar suyo, le llamaba villano, mercenario, sin substancia, él, entre sonrisas y aplausos, respondía: «El Señor te bendiga, porque dices la verdad; esto es lo que necesita oír el hijo de Pedro Bernardone». De este modo traía a su memoria el origen humilde de su cuna.
Con objeto de probar que en verdad era digno de desprecio y de dar a los demás ejemplo de auténtica confesión, no tenía reparo en manifestar ante todo el público, durante la predicación, la falta que hubiera cometido. Más aún: si le asaltaba, tal vez, algún mal pensamiento sobre otro o sin reflexionar le dirigía una palabra menos correcta, al punto confesaba su culpa con toda humildad al mismo de quien había pensado o hablado y le pedía perdón. La conciencia, testigo de toda inocencia, no le dejaba reposar, vigilándose con toda solicitud en tanto la llaga del alma no quedase enteramente curada. No le agradaba que nadie se apercibiera de sus progresos en todo género de empresas; sorteaba por todos los medios la admiración, para no incurrir en vanidad.
¡Pobres de nosotros! Te hemos perdido, digno padre, ejemplar de toda bondad y de toda humildad; te hemos perdido por justa condena, pues, teniéndote con nosotros, no nos esforzamos en conocerte.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 19: FF 415-416)
30 de marzo
Que Dios concede muchas veces su gracia a los pobres evangélicos que por amor de Cristo abandonan el mundo es algo que se demostró en fray Bernardo de Quintavalle, quien, después que tomó el hábito de san Francisco, con frecuencia se vio llamado por Dios a la contemplación de las cosas celestiales. En una de aquellas ocasiones, estando en una iglesia oyendo misa y teniendo toda su mente puesta en Dios, quedó de tal manera absorto en la contemplación que no advirtió la elevación del Cuerpo de Cristo, ni se arrodilló ni se quitó la capucha, como hacían los demás que estaban allí, sino que permaneció insensible y mirando fijamente, sin pestañear, desde la mañana hasta la hora nona. Y después de nona, cuando volvió en sí, andaba admirado, gritando por el lugar: «¡Oh hermanos!, ¡oh hermanos!, ¡oh hermanos! No hay hombre en esta comarca, por muy grande y noble que sea, que si le prometiesen un palacio bellísimo lleno de oro, no aceptase fácilmente llevar un saco lleno de estiércol, para ganar un tesoro tan valioso».
A este celestial tesoro, prometido a los que aman a Dios, fue elevado el espíritu de fray Bernardo, que durante quince años seguidos anduvo siempre con la cara y la mente levantadas al cielo; y en todo ese tiempo jamás sació su hambre en la mesa, aunque comía un poco de lo que le ponían delante, pues decía que de lo que el hombre no gusta, no hace perfecta abstinencia, y que la verdadera abstinencia consiste en moderarse en aquellas cosas que son buenas al paladar. Con esto alcanzó tal claridad y luz del intelecto que hasta los grandes clérigos recurrían a él en busca de soluciones ante intrincadas cuestiones y pasajes difíciles de la Escritura; y él les aclaraba cualquier dificultad.
Y puesto que su entendimiento estaba del todo libre y abstraído de las cosas terrenas, e, igual que las golondrinas se remontaba muy alto en la contemplación, a veces pasaba a solas veinte y hasta treinta días sobre la cumbre de montes muy altos, contemplando las cosas celestiales. Por eso decía fray Gil que a nadie, como a fray Bernardo da Quintavalle, le era dado alimentarse volando, como hacen las golondrinas; y por esta excelente gracia que le había dado Dios, san Francisco gustaba frecuentemente de hablar con él de día y de noche, y alguna vez se les encontró juntos, extasiados en Dios, toda la noche, en el bosque, donde se habían retirado para hablar con Dios.
(Las florecillas de san Francisco, XXVIII: FF 1862)
31 de marzo
Los nuevos discípulos de Cristo (...) llegaron a un lugar solitario; estaban muy cansados por la fatiga del viaje; tenían hambre, y no podían hallar alimento alguno, porque aquel lugar estaba muy alejado de todo poblado. Pero al punto, por divina providencia, les salió al encuentro un hombre que traía en sus manos un pan; se lo dio y se fue. Ellos, que no lo conocían, quedaron profundamente maravillados, y mutuamente se exhortaban con devoción a confiar más y más en la divina misericordia. Tomado el alimento y ya confortados, llegaron a un lugar próximo a la ciudad de Orte, y allí permanecieron unos quince días. Algunos de ellos entraban en la ciudad en busca de lo necesario para la subsistencia, y lo poco que podían conseguir de puerta en puerta lo llevaban a los otros hermanos y lo comían en común, con acción de gracias y gozo del corazón. (...) Aquel lugar estaba desierto y abandonado, y pocos, por no decir ninguno, se acercaban allí.
Grande era su alegría cuando no veían ni tenían nada que vana y carnalmente pudiera excitarles a deleite. Comenzaron a familiarizarse con la santa pobreza; y, sintiéndose llenos de consuelo en medio de la carencia total de las cosas del mundo, determinaron vivir perpetuamente y en todo lugar unidos a ella, como lo estaban al presente. Ya que, abandonada toda preocupación por las cosas terrenas, les deleitaba sólo la divina consolación, establecieron –y se confirmaron en ello– no apartarse nunca de sus abrazos por muchas que fueran las tribulaciones que los agitasen y muchas las tentaciones que los importunasen.
(Tomás de Celano, Vida primera, I, 14: FF 378-379)
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