Kitabı oku: «La luna en fuga»

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Título original: The Moon in Its Flight

© Del texto: Gilbert Sorrentino, 2004

© De la traducción: Javier Calvo, 2021

© de la edición en castellano: Todos lo sabemos SL, 2021

Diseño y maquetación: Setanta

Ilustración de portada: Pere Llobera

Editorial Cielo Eléctrico

C/ Bermeo 19. 28023 Madrid

www.cieloelectrico.com

1ª edición: Abril 2021

ISBN: 978-84-120833-9-2

Composición digital: Newcomlab S.L.L.

Con agradecimiento a las revistas en las que se publicaron estos relatos por primera vez: La luna en fuga (New American Review, 1971), Décadas (Esquire, 1977), Tierra de algodón (Harper's, 1977), Una colmena organizada según principios humanos (Conjunctions, 1985), El mar atrapado entre rosas (Zyzzyva, 1990), Ocasiones innumerables (Private Arts, 1992), Pastillas (Trafika. Praga, 1994), En la tierra del amor (Common Knowledge, 1996), Cosas que han dejado de moverse (Conjunctions, 1997), Muestra de escritura de muestra (Arshile, 1997), Alegoría de la inocencia (Matrix, Montreal, 1998), Los hechos y sus manifestaciones (The Southern California Anthology, 1999), Gorgias (Conjunctions, 2001), Vida y correspondencia (Conjunctions, 2001), Es hora de dejarlo correr (Bluesky Review, 2003), Perdido (BOOMB, 2004), Perdido en las estrellas (Fence, 2004). Una colmena organizada según principios humanos también se publicó en edición limitada y firmada, con xilografías de David Storey, por Greffen Press (Nueva York, 1986).

Esta obra ha recibido una ayuda a la edición

de la Comunidad de Madrid


Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin el permiso expreso de los titulares del copyright.

Índice

Portada

Créditos

La luna en fuga

Décadas

Tierra de algodón

La dignidad del trabajo

El mar, atrapado entre las rosas

Una colmena organizada según principios humanos

Pastillas

Alegoría de la inocencia

Muestra de escritura de muestra

Ocasiones innumerables

Metro

Los hechos y sus manifestaciones

Es hora de dejarlo correr

Vida y correspondencia

Perdido

Perdido en las estrellas

Psicopatología de la vida cotidiana

Gorgias

En la tierra del amor

Cosas que han dejado de moverse

LA LUNA EN FUGA

Pasó en 1948. Había un grupo de jóvenes sentados en el porche a oscuras de una casa de veraneo de Nueva Jersey, en una urbanización de vacaciones junto a un lago. El anfitrión era un tal Bernie, que llevaba una sudadera del Upsala College. La noche de finales de junio era tan apacible que, con la distancia que da el tiempo, se le podía perdonar todo a América. Debía de haber ocho o nueve personas allí, dos de las cuales son las personas que este relato retrata.

Bernie estaba hablando del saxo alto de Sonny Stitt en «That’s Earl, Brother». Igual de bueno que Bird, dijo. Y una mierda, le contestó Arnie, un chaval muy sofisticado de Washington Heights con gafas de sol de espejo; batería de bebop en su último curso de la High School of Performing Arts. Nuestro joven, que por entonces tenía diecinueve años, sólo escuchaba a Rebecca, una chica de quince, fantástica con su indumentaria New Look. Falda larga y negra, camisa a medida ajustada a rayas blancas y azules con cuello alto y blanco, corbatín negro de cordones y zapatos Capezio de niño negros. No es de extrañar que a las lesbianas les gusten las mujeres.

En algún momento de la velada, Arnie acompañó a su casa a Rebecca. Vivía en Lake Shore Drive, una avenida ancha que bordeaba la playa y discurría en paralelo al riachuelo que desembocaba en el lago Minnehaha. ¿El lago Ramapo? El lago Tomahawk. ¿El lago O-shi-wanoh? El lago Sunburst. Apoyados en el Buick descapotable azul celeste del padre de ella, perdidos, en la noche añil, las estrellas cremosas, el ruido de los grillos, se besaron. Se enamoraron.

Una de las canciones de aquel verano fue «For Heaven’s Sake». Otra fue «It’s Magic». ¿Quién recuerda la claridad de Claude Tornhill y Sarah Vaughan, su exquisita irrelevancia? Se fueron al mismo sitio que las inútiles rosquillas cromadas de las capotas de los Buick. Aquel Valhalla de Amos ‘n’ Andy y de las vendedoras callejeras italianas de fruta con pendientes de aro dorados. «Per favore, no estrujen los plátanos.» En 1948, el mundo entero les parecía hermoso a los jóvenes de cierto ambiente, o por lo menos posible. Sí, parecía un mundo posible. Esa idea perduró hasta 1950 y entonces murió, junto con muchos de los jóvenes que la habían albergado. En Corea, los chinos ponían «Scrapple from the Apple» en altavoces orientados hacia las líneas americanas. Aquel saxo alto salvaje y viril claro como el aire en la noche helada. Esto es, por supuesto, bien sabido.

Rebecca era rubia. Era rubia. Una encantadora chica judía del remoto y exótico Bronx. A Arnie aquel enorme distrito de Nueva York le parecía una Citerea: ¡cómo podía albergar a criaturas tan fantásticas como ella! Quería ser judío. Y, sin embargo, era católico, bañado en pecado y redención. Qué desprecio les tenía a las chicas irlandesas que iban a misa de once, legiones de piel rosada y chaquetas de primavera color lavanda, sombreros de paja blancos y planos, velos susurrantes sobre las caras desnudas. Ropa de iglesia, bajo la cual sus entrepiernas intactas se acurrucaban bajo un vello suave.

Tenía unos dientes blancos y perfectos. La boca ancha. Estrellas cremosas, noches pálidas. Carreteras negras y polvorientas que dejaban atrás la playa. La luz del sol sobre la balsa, la luz de la luna sobre el lago. Pecas espolvoreadas sobre los hombros. Brisa aromática.

Pues claro que fue un romance de verano, pero tened paciencia y veréis con qué banal ironía literaria se resuelve todo; o bien no se resuelve. El país jugaba a los bolos y hablaba de las agallas y la bravura de Truman. Con qué suavidad nos habíamos resbalado y caído por el borde de la civilización.

La luz líquida de la luna llenando el pequeño aparcamiento que había al otro lado de las verjas de la playa. Las lubinas chapoteando suavemente en las aguas oscuras. ¿Qué aroma tenía el perfume de Rebecca? El ruido de la radio de un coche en las noches frías, la memoria colectiva americana. El cuerpo bronceado de ella, el delicado vello teñido de dorado de sus muslos. En el pabellón de la playa bailaban y bebían Coca-Cola. Mel Tormé y los Mel-Tones. Dizzy Gillespie. «Too Soon to Know.» Por las mañanas, un sol tan cristalino y reluciente que parecía la exhalación misma del cielo, Arnie nadaba solo hasta la balsa y se quedaba tumbado en ella, la playa vacía, la música procedente de la radio adjunta del pabellón llegándole a ráfagas. En aquellos momentos se emocionaba a sí mismo fingiendo que no había conocido a Rebecca y que aquella tarde la vería por primera vez.

La primera vez que le tocó los pechos soltó una exclamación de vergüenza y placer. ¿Era posible que aquello hubiera sucedido en América? Los árboles susurraban para él, igual que caía la lluvia. Un día, en Nueva York, le compró un anillo de amistad de plata, dos minúsculos y perfectos bajorrelieves de corazones, con los bordes labrados de tal manera que la punta de un corazón encajaba perfectamente en la hendidura del otro. Un símbolo inocente que le torturaba la sangre. Ella se le plantó delante en sujetador y bragas blancos, los pantalones cortos y la blusa colgados de la alambrada de la pista de tenis abandonada e invadida por las malas hierbas, y él la abrazó, acariciando sus costados y nalgas y besándole los hombros. El olor de su piel, sudor tenue y perfume. Por supuesto que estaba loco. Ella lo acarició lo mejor que supo a través de los vaqueros cortos descoloridos. ¿Qué iban a hacer? ¿Adónde iban a ir? La idea misma del condón que llevaba en el bolsillo hacía que el corazón se le acelerase desesperado. A fin de cuentas, nada era como decía ser. La adoraba.

Rebecca iba a empezar segundo curso en la Evander Childs aquel otoño. Arnie odiaba aquella escuela que nunca había visto, y odiaba a todos los compañeros y compañeras de ella. Anhelaba ser judío, oscuro y misterioso y privado de pecado. Le acariciaba el pelo a ella y le toqueteaba los pezones y se masturbaba con ferocidad en la carretera a oscuras después de acompañarla a casa. ¿Por qué no podía al menos vivir en el Bronx?

Cualquier idiota puede ver que, con un minúsculo giro en una dirección u otra, todo esto es material para una sofisticada rutina cómica. De David Steinberg, por ejemplo. Casi se puede oír su voz certera registrando estos desastres insignificantes en forma de chistes. Y, sin embargo, toda aquella luz de luna era real. Arnie le besaba aquellas uñas luminosas y moría una y otra vez. Las mutilaciones del amor son infinitamente graciosas, igual que esas figuritas diminutas de animales parlantes que revientan en pedazos en los dibujos animados.

Fue aquel mismo joven el que, tres años más tarde, chingaba con las putas de los pueblos de la frontera de México con una especie de hilaridad borracha, cayéndose por las calles polvorientas de Nuevo Laredo, Villa Acuña y Piedras Negras, su olor sofocante a colonia combinado con sus pantalones caqui arrugados, su camisa floreada y aquellos zapatos de cuero negro raspados y salpicados de cerveza que se arrastraban por los umbrales del Blue Room, el Ofelia’s, el 1-2-3 Club, el Felicia’s, el Cadillac y el Tres Hermanas. Sería un gran placer para mí permitirle que se encontrara allí a Rebecca, con vestido de cóctel de raso amarillo y tacones de aguja, perdida en la prostitución.

Una noche, una puta india enorme y sonriente le bañó el miembro en ginebra a modo de testamento de la estricta higiene que afirmaba practicar y Arnie pensó absurdamente en Rebecca, en que nunca la había visto desnuda, ni ella a él, bañado ahora en la rosada luz hollywoodiense de la habitación de la puta, con el Cristo colgando en su tortura perpetua de la pared de encima del camastro. La mujer era amable y la luz le arrancaba destellos del incisivo de oro y de la crucecita que llevaba en la garganta. Tú folla bien, Jack, le dijo, sonriendo a su manera mentirosa de puta. Él volvió a sentir la cálida carne de Rebecca bajo aquella luz del sol de Nueva Jersey muerta largo tiempo atrás. Haced un chiste con eso, venga.

Estaban en el parque de atracciones del lago Hopatcong con otras dos parejas. Una noche calurosa y jadeante de finales de agosto, con ese olor patriótico a perritos calientes y a patatas fritas y la música de carraca del carrusel colándose por entre los árboles plantados de forma dispersa en dirección a la playa. Rebecca estaba pálida y sudorosa, se encontraba mal, y Arnie se la llevó de vuelta al coche y fumaron. Caminaron hasta la ribera del lago negro, que se extendía ante ellos con el neón azul y rojo de la otra orilla visible en la oscuridad tob dio un oir traho, oeroi ella isieórrida.

Arnie le secó la frente y le masajeó los hombros, venerando su dolor. Le fue a buscar una Coca-Cola y se la trajo, pero ella sólo dio un sorbo, luego dijo: ¡oh Dios!, y se inclinó para vomitar. Él le sostuvo las caderas mientras vomitaba y le encantó el olor y la suciedad que venían de ella. Rebecca se quedó tumbada en el suelo y él se le tumbó al lado, acariciándole los pechos hasta que se le pusieron los pezones erectos bajo la blusa de algodón. Mi regla, dijo ella. Dios, me deja hecha polvo al principio. Sangras, vomitas, qué increíble eres, pensó Arnie. Te tendrías que haber quedado en casa, le dijo. La luz de luna de sus dientes. No me quería perder una noche contigo, dijo ella. Es agosto. Estrellas, amigo, grandes estrellas centelleantes caían sobre Alabama.

Estaban a oscuras bajo la lluvia intensa, protegidos por el paraguas de ella. ¿Dónde pudo ser? ¿Nokomis Road? ¿Bliss Lane? Besándose con aquel frenesí atrapado y sin embargo completamente inocente peculiar de aquella era. La familia de Rebecca se iba a marchar de la ciudad hacia finales de semana. Se besaron, se besaron. Cantaron los ángeles. ¿Adónde podían ir para salir de aquella intensa lluvia?

¿Acaso no hay nadie, ningún articulista o cineasta de vanguardia, ningún amante de la vida u optimista entregado que esté dispuesto a trasladarlos a una casita de campo, ya cerrada por haberse terminado la temporada de veraneo, en cuyo exterior de troncos encuentren una puerta sin cerrar con llave? Dentro habrá una cama, whisky, una estufa eléctrica. O mejor, una chimenea. Lámparas blancas, luz suave. Música dulce. Una radio en la que sintonicen Cooky’s Caravan o Symphony Sid. Billy Eckstine cantará «My Deep Blue Dream». ¿Quién los puede juntar y permitir que él la penetre? Lágrimas de agradecimiento y liberación, la disposición sublime y sombreada con elegancia de sus piernas cuando yazcan juntos. Aquello era América en 1948. No los podían ayudar ni el arte falso ni los cansinos trucos del cine.

Ella se tambaleó, sosteniendo el paraguas torcido mientras él se ponía de rodillas y la agarraba, con la lluvia empapándolo, le metía la cabeza debajo de la falda y le besaba el vientre, la lamía como un loco por debajo de la ropa interior.

Amantes modernos, liberados por Mick Jagger y el orgasmo, prestadles por el amor de Dios, aunque sólo sea durante una hora, vuestro pequeño y fantástico apartamento. No se fumarán vuestra marihuana ni os tocarán los pósteres de Indiana. No os cogerán prestados los libros de Fanon, de Cleaver, de Barthelme o de Vonnegut. Os harán la cama antes de marcharse. Susurrarán buenas noches y bailarán en la oscuridad.

Rebecca estaba llorando y acariciándole el pelo. Ah, por Dios, cómo caían las hojas marrones de los árboles, ¿se acuerdan? Arnie la vio entrar en su casa y cerrar la puerta. La lluvia que le caía por la barbilla se llevó una parte de su vida.

Una chica llamada Sheila, cuyo padre era propietario de una flota de taxis, montó una fiesta de ex alumnos en el apartamento de sus padres en Forest Hills. ¿Dónde si no? Voy a insistir en la elegancia comprada y nada más. En este relato no quiero ni ver vuestros apartamentos cálidos y atiborrados de cosas, con gatos encima de los montones de libros y tal. Era la primera vez que Arnie veía una sala de estar soterrada y la visión marcó para siempre su idea de lo que era la buena vida. Rebecca estaba hablando con Marv y Robin, que se tenían que casar dentro de un mes. Eran judíos, increíblemente y prodigiosamente judíos, sus padres les sonreían y les prestaban dinero y coches. Él se sentía abatido con su ropa chillona de Brooklyn.

Enfundaré la carne virgen de Rebecca en un vestido negro de lino, con una gargantilla de perlas. ¿He mencionado que su pelo era del color de la miel? Creedme cuando os digo que él le quería besar los zapatos.

Todo el mundo estaba bebiendo Cutty Sark. Esto os da una idea no de quiénes eran, sino de quiénes creían ser. Se esforzaban desesperadamente a pesar de ser agosto, pero debajo de la piel de zapa y del nylon tenían escondidas las extremidades bronceadas. Sheila puso «In the Still of the Night» y las seis parejas se pusieron a bailar. Cuando cogió a Rebecca en sus brazos, le pareció que iba a llorar.

Arnie no quería ni oír hablar de la Evander Childs ni de Gun Hill Road ni de la Calle 92. No quería saber qué decía el estudiante de bachillerato médico con quien Rebecca estaba saliendo. Cuya mano le había tocado los muslos secretos. Era completamente insoportable saber que aquel fantasma los conocía de una forma específicamente erótica que a él le estaba vedada. Él los había tocado decorados con ligas y medias. Unos muslos distintos. Ella había estado en el Copa, en el Royal Roost y en el Lewisohn Stadium para asistir al concierto de Gershwin. Ella hablaba del New Yorker, del Vogue, de e. e. cummings. Volaba ante sus ojos, flotando en sus zapatos I. Miller de charol de tacón alto.

Sentados juntos en la cama de la habitación de los padres de Sheila, Rebecca le dijo que todavía lo quería, que lo querría siempre, pero que era muy difícil no salir con otros chicos, tenía que mantener a sus padres contentos. Estaban preocupados por él. En realidad no lo conocían. No era judío. Muy bien. Muy bien. ¿Pero era necesario que se lo permitiera a Shelley? ¿Era necesario que fuera al MoMA? ¿Al Met? ¿Dónde estaban aquellos sitios? ¿Qué era la University of Miami? ¿Quién es Brooklyn Law? ¿Qué clase de dios coge prestado un Chrysler y va al Barrio Latino? ¿Qué es un restaurante para miembros? ¿Cuánto cuesta el Bénédictine? Las acciones épicas de ella, los zapatos de Flagg Brothers de él.

Había un chico que casi se la había tirado. Ella le había dejado que le quitara la blusa y la falda, ¡nada más!, en una fiesta de alumnos de segundo año del CCNY. Estaba un poco colocada y él se le corrió encima de la combinación. Fue muy feo y ella se quedó avergonzada. Vapuleándole el corazón a Arnie con su sinceridad. Bueno, yo también estuve a punto de cagarla, mintió él, y le aterró el hecho de que Rebecca pareciera aliviada. Se levantó y cerró la puerta y luego se tumbó en la cama con ella y le quitó la chaqueta y el sujetador. Ella le abrió la bragueta de los pantalones. ¡Se acabó el tiempo!, dijo Sheila, llamando a la puerta y luego abriéndola para verlo a él con la cabeza en los pechos de ella. Oh, oh, dijo, y cerró la puerta. Por supuesto, aquello lo estropeó todo. En la década siguiente nos deshicimos de mucha de aquella gente reprimida y ahora todos somos libres y felices.

A las tres en punto, Arnie le dio un beso de buenas noches en Yellowstone Boulevard bajo una fina llovizna. Llámame, le dijo, y yo te llamaré también. Ella se alejó hacia su fastuosa vida judía, hacia los mambos y el Blue Angel.

Déjame venir a dormir contigo. Déjame tumbarme en tu cama y verte con ese pijama precioso. Haré lo que digas. Honraré a tus preciosos padres. Me esconderé en el armario y no causaré problemas. Trabajaré de reponedor en la preciosa fábrica de jerséis de tu padre. No es culpa mía si no soy Marvin o Shelley. ¡Ni siquiera sé dónde está la CCNY! ¿Quién es Conrad Aiken? ¿Qué es la Bronx Science? ¿Quién es Berlioz? ¿Qué es un Stravinsky? ¿Cómo se juega al mah-jong? ¿Qué quieren decir schmooz, schlepp, Purim, Moo Goo Gai Pan? ¡Ayuda!

Cuando se bajó del metro en Brooklyn al cabo de una hora, vio a sus amigos a través del ventanal de la cafetería abierta veinticuatro horas, echándose café en el gran foso de sus panzas llenas de cerveza. Los despreciaba igual que se despreciaba a sí mismo y al barrio entero. Luchó para no pensar en ella y no tener que imaginar su sutil elegancia en aquellas calles de infiernos vulgares, bendición e incienso.

En Nochebuena, Arnie se marchó de la fiesta de la oficina a las dos, a pesar de que una de las chicas de archivos, cuyo catolicismo se había visto temporalmente desplazado por el Four Roses con jengibre, lo había besado con lengua en el almacén.

Rebecca estaba fuera, esperándolo en la esquina de la 46 con Broadway, y se cogieron de la mano muy, muy brevemente. Caminaron sin rumbo en medio del frío gris e inclemente y se detuvieron un rato frente a la pista de patinaje del Rockefeller Center para contemplar a los dueños de Manhattan. Cuando empezó a hacer demasiado frío, pasearon un poco más y terminaron en el Automat que había delante de Bryant Park. Cuando ella se quitó el abrigo, se le movieron los pechos por debajo del jersey de ganchillo que llevaba. Tomaron café con donuts, rodeados de borrachos de las fiestas de las oficinas que se estaban quitando las borracheras antes de volverse a casa.

Luego pasó lo siguiente: podemos ir a Maryland y casarnos, le dijo Rebecca. Ya sabes que cumplí dieciséis hace un mes. Quiero casarme contigo, no aguanto más. Arnie se sintió excitado y aterrado y tuvo una erección. ¿Cómo podía soportar aquella imagen? Los pechos de ella, su perfume familiar, figuras enormes de divas del cine rutilantes con sus atuendos de seda y encaje en cómodos dormitorios de fondas de Vermont; persianas golpeando, la lluvia cayendo a mares, los cuerpos enredados, ¡casados! ¿Cómo llegamos hasta Maryland?, dijo él.

Sobre la superficie de la mesa la mano de ella, con sus dedos largos y delicados, las lunas perfectas, las lunas de Carolina de sus uñas. Le otorgaré hasta el último milagro: le introduciré suavemente aroma de magnolia y jazmín en la entrepierna y le permitiré que mee champán.

Sobre la superficie de la mesa la mano de ella, medias lunas resplandecientes sobre lagos de azul prusiano en crepúsculos de verde perenne. Sus ojos grises, con motas de bronce. En sus dedos una cadenilla dorada y en la cadenilla una llave de coche. El coche de mi padre, me dijo. Podemos cogerlo y estar allí esta misma noche. Entonces podremos estar casados por Navidad, dijo él, pero tú eres judía. Vio a un borracho que salía a la Sexta Avenida llevándose sus vidas dentro de una bolsa de papel. Lo digo en serio, dijo ella. No lo soporto, te quiero. Y yo a ti, dijo él, pero no sé conducir. Sonrió. Lo digo en serio, dijo ella. Y le puso la llave en la mano. El coche está aquí en el Midtown, junto a la Novena Avenida. En serio que no sé conducir, dijo él. Sabía jugar al billar y beber cócteles de cerveza con whisky, llevar la cuenta de las anotaciones de los partidos de béisbol y de los resultados de las carreras de caballos de hándicap, pero no sabía conducir.

La llave en la mano de él, una arruga de jersey fascinante en la cintura de ella. Por supuesto, la vida es una conspiración de derrota, un chiste sofisticado e interminable. Voy a conseguir dinero y nos iremos cuando empiecen las vacaciones, dijo él, cogeremos el tren, ¿vale? Vale, dijo ella. Ella sonrió y se pidió otro café, cogió la llave y se la guardó en el bolso. Todo era un chiste a fin de cuentas. Caminaron hasta el metro y él le dijo: te llamaré justo después de Navidad. Cielo gris e inclemente. Lo que Arnie recordaría era cómo le había ondeado a Rebecca el abrigo de cachemir gris en torno a los tobillos cuando se había girado al pie de la escalera para sonreírle y luego hacer el gesto de marcar un número de teléfono, señalarlo a él y después a sí misma.

Dadle a estos críos un Silver Phantom y un chofer. Un chofer negro, para completar la América a la que pertenecían.

Ahora llego a la parte literaria de esta historia, y el lector puede elegir pasarla por alto y contemplar el perfil de Rebecca sobre el fondo de los azulejos relucientes de las escaleras del metro de la IRT, ya que Rebecca ha salido de la realidad de la narración, por fragmentada que estuviera. Esta postdata ofrece algo distinto, algo elegantemente artificial y discreto, como uno de esos jerséis de diseño que ahora fabricaba el padre de ella, algo blanco y estilizado como los pantalones acampanados de los marineros. Os garantizo que será increíble.

Sitúo al joven en 1958. Ha servido en el ejército, y una vez les contó la historia del Automat a un grupo de amigos a modo de prueba de sus hazañas sexuales. Ellos lo creyeron: ¿qué otra cosa podían hacer? Aquel uso indigno de tan frágil anécdota lo había provocado el olor a madreselva y magnolia de las plantaciones de tabaco de las afueras de Winston-Salem. El olor le recordó tanto a Rebecca que se quedó poseído. Sintió una vez más la llave mágica en la mano. Y, a fin de superar aquella oleada abrumadora de nostalgia, la degradó. Ciertamente el lector recordará incidentes igualmente ignominiosos en su propia vida.

Después de licenciarse del ejército, Arnie se casó con una chavala y tuvo tres hijos con ella. Él le permitía sus intereses diversos y ella le permitía sus estúpidas infidelidades. Arnie tenía un buen trabajo en la industria publicitaria y vivían en Kew Gardens, en una casa adosada de ladrillo. Permitidme que le ponga a su casa una sala de estar soterrada para darle a esto cierta apariencia de realismo. Su madre había muerto en 1958 y le había dejado en herencia la casa del lago. Como ya llevaba diez años sin vivir allí, decidió venderla, en contra de los deseos de su esposa. La comunidad estaba creciendo y el valor de la propiedad se había duplicado.

Todo esto es una artimaña para mostrarlo allí un plácido día de primavera de mayo. Había subido hasta allí en un Pontiac nuevo del año anterior. La oficina de la agencia inmobiliaria, el papeleo, etc. Ciertamente, todo aquello tenía un reverbero de nostalgia, aunque él se sentía un completo forastero. Dejó el coche junto a la carretera y decidió caminar hasta el lago, parcialmente visible a través de las hojas nuevas de los árboles. Muy bien, pues vamos allá. Una ranchera Cadillac le pasó al lado, se detuvo unos quince metros por delante de él y de ella salió Rebecca. Llevaba pantalones cortos blancos, zapatillas deportivas y sudadera azul. Tenía el pelo igual, quizás más corto, atado con una cinta de velvetón azul marino.

Es imposible inventarse una conversación para darles. Arnie entró en el coche de Rebecca. Su perfume no era el mismo. Fueron con el coche a casa de los padres de ella para tomar un café, por los viejos tiempos. Si no, ¿cómo iban a poder estar juntos y a solas? Ella había subido para abrir la casa de cara a la temporada de vacaciones. Su marido era viajante de universidades para una editorial y estaba ahora mismo de viaje; sus hijos estaban pasando el día en casa de los abuelos. Canciones populares, letras recordadas a medias. Os conviene imaginaros el ambiente de toda esta escena como el de esas novelas de detectives donde el detective privado va a la casa de veraneo del hombre asesinado. Siempre pasa en temporada baja porque entonces todo es mágico: uno se ve a sí mismo como si existiera fuera del tiempo y los residentes de todo el año son dibujos sobre un fondo plano.

En cuanto se adentraron en el frío de la casa, ella le pasó la mano junto al costado para cerrar el pestillo de la puerta y él le tocó la mano sobre el pestillo, luego el antebrazo, luego el hombro. Quítate la ropa, le dijo en tono amable. Muy amable. Por favor. Quítate la ropa, ¿no? Le desabrochó el botón de los pantalones cortos. Ya veis que por fin tienen a su disposición el refugio que yo suplicaba para ellos una década atrás. Todo llega si uno tiene fe. Ella tenía la piel fría.

En el dormitorio, Rebecca bajó la colcha y ahuecó las almohadas, luego se sentó y se desvistió. Mientras se desanudaba los cordones de las deportivas, él dejó sus últimas prendas en una silla. Ella se levantó, con los pechos temblándole un poco, y él le vio unas tenues estrías adentrándose en la simetría de sombras de su vello púbico. Ella enchufó una estufa eléctrica pequeña, inclinándose ante él, y él le puso las manos debajo de las nalgas para que se quedara así. Ella suspiró y tembló y se incorporó, girándose hacia él. Dejadme que le ponga un velo de lágrimas en los ojos, de alegría amarga y de vergüenza, de desesperación. Ella se tumbó en la cama y abrió los muslos e hicieron el amor sin complicaciones.

Por la noche, Arnie siguió al coche de Rebecca de regreso a la ciudad. Habían prometido volver a encontrarse la semana siguiente. Por supuesto, no sería sórdido. ¿Qué sería entonces? Quizás él había llorado amargamente aquella tarde mientras ella le besaba las rodillas. Se llamarían. Encontrarían un sitio al que ir. ¿Era feliz ella? ¿Feliz de verdad? ¡Dios sabía que él no era feliz! En la ciudad pararon a tomar una copa en un bar del Village y se sentaron el uno frente al otro en el reservado, con las rodillas tocándose, cogiéndose las manos. Evitaron meticulosamente hablar del pasado, no hicieron bromas. Era un asco para todo el mundo, era un asco pero aun así se verían, de alguna forma se lo debían. Encontrarían un sitio con sábanas limpias, una radio, whisky, y simplemente… continuarían. ¿Por qué no?

Estos accidentes destructivos y agridulces no pasan todos los días. Arnie se apuntó el número de Rebecca en la agenda, pero no la quiso llamar. Quizás lo llamaría ella y, si lo hacía, pues ya verían, ya verían. Pero él no la llamaría. No estaba tan loco. De camino a Queens revivió la sensación de estar dentro de ella y el coche derrapó erráticamente. Cuando llegó a casa estaba agotado.

Tenéis todo el derecho de soltar un soplido de burla ante semejante obviedad escandalosa si os digo que su mujer le dijo que estaba tan pálido que parecía que hubiera visto un fantasma, pero es lo que le dijo, en serio. El arte no puede rescatar a nadie de nada.

DÉCADAS

Ben y Clara Stein estaban hechos el uno para el otro. No llegaré a decir que habían nacido el uno para el otro, pero son tres cuartos de lo mismo. Me resulta imposible, incluso hoy, después de los quince años más o menos que han pasado desde que los conocí, pensar en ellos salvo como «los Stein».

No tengo ni idea de cómo ni dónde se conocieron, pero quizás fuera en una fiesta durante las vacaciones de Navidad; calculo que hacia 1955 o algo así. Por entonces, Clara estudiaba en el Bard College, adonde había llegado procedente del Bennington, adonde había llegado procedente del Antioch, adonde había llegado procedente del Brooklyn College. Todos aquellos traslados habían tenido algo que ver con el arte, es decir, Clara iba allí donde el arte era «posible». Vale, de acuerdo, tampoco sé qué significa eso. Había publicado poemas en varias revistas estudiantiles y en una de ellas un ensayo sobre los Nueve cuentos de Salinger, que le había reportado un premio de veinticinco dólares en libros. Era una chica de tez oscura, esbelta e hipernerviosa, cuyo padre creía que iba a acabar siendo maestra. La idea lo reconfortaba, aunque os aseguro que la habría mandado a la universidad independientemente de lo que pensara que ella quería ser, porque para su padre la universidad era buena, era como un día soleado o como los plátanos con nata. No le faltaba el dinero gracias a su negocio, que estaba relacionado con el equipamiento electrónico para los hospitales, y no le negaba nada a Clara.

Ben era estudiante de literatura inglesa en el Brooklyn College cuando conoció a Clara en aquella fiesta. Voy a situar su primer encuentro en aquella fiesta porque todas las fiestas universitarias son esencialmente iguales y por tanto así me ahorro el trabajo de describirla. Pero se conocieron, conversación en el rincón, café en el Riker’s, etcétera. Ben llevaba camisas de trabajo azules, chaquetas de tweed con coderas de cuero y bufandas largas enrolladas en torno al cuello y echadas al hombro. Su padre se dedicaba a algo. Da igual a qué se dedicara el tuyo, el suyo se dedicaba a esto: el lento paso de los años, marcado por Chevys destartalados y vacaciones febriles, las Series Mundiales de Béisbol y el antiácido Gelusil. Ben cursaba literatura francesa como itinerario secundario y leía a Apollinaire y Cocteau. El hecho de leer francés lo anglicanizaba un poco al estilo Ronald Firbank, y afectaba un hastío y una sensibilidad que resultaban dignos de verse en Flatbush y Nostrand. Tenía una mente veloz y arcana, de un cariz que hizo que Clara olvidara para siempre que alguna vez había admirado a Salinger. En alguna parte encontraron un sitio para estar solos, y en un par de meses Clara ya estaba embarazada. Ben se casó con ella, después de una larga y seria conversación con los padres de Clara, durante la cual agitó nerviosamente el pie, les dedicó su sonrisa compulsiva e hizo chistes desconcertantes acerca de W. H. Auden. El padre de Clara le estrechó la mano y los dos se quedaron así, sumidos en una desdicha sin palabras, riéndose cordialmente. El padre no entendía cómo Clara había permitido que aquel mentecato entrara en su cuerpo delgado y firme.

Conocí a Ben en una clase de civilización clásica del Brooklyn College. Por entonces, yo iba a la universidad gracias a la Ley de Veteranos de la Guerra de Corea, y mis amigos de la facultad eran ex soldados como yo, una panda mísera y patética como pocas. Ben era el primer no veterano que yo conocía que parecía tener algo que ver con lo que yo consideraba por entonces la realidad. Nos sentábamos al fondo del aula, componiendo sonetos obscenos, turnándonos para escribir versos alternos, mientras el resto de la clase tomaba apuntes incansablemente. No puedo explicaros de forma clara por qué asistía yo a la universidad: digamos que quería aprender latín. Pues bueno.

Ben y yo suspendimos aquel curso, pero a Ben, que estaba siendo mantenido por el padre de Clara, le entró el pánico. Tenía miedo de quedarse sin su estipendio mensual y de verse obligado a dejar los estudios o ponerse a trabajar. El lector necesita saber que en los años 50 Ben era miembro de una gran minoría de jóvenes que pensaban que la vida no existía fuera del mundo académico, es decir, que la vida dentro de la universidad era la vida real; fuera estaba aquella gente que hablaba con errores gramaticales y veneraba la bomba de hidrógeno. Dios sabe qué habrá sido de aquellos académicos; sólo sé lo que les pasó a Ben y a Clara. En cualquier caso, a mí no me importó mi suspenso, pero fue interesante ver la reacción de Ben a la mala nota: rogó, suplicó, repitió el examen y terminó el curso con un aprobado pelado. Cuando digo que fue interesante, quiero decir que pude ver que Ben no era la figura romántica byroniana por la que yo lo había tomado. De alguna manera, tenía una meta, había hecho —¿cómo llamarlo?— «una apuesta en la vida». Yo, en cambio, sigo más o menos buscándome a mí mismo, si podéis soportar esa expresión. Pero, bueno, eso no viene al caso; esta es la historia de los Stein.

Supongo que fue por entonces cuando conocí a Clara, la media naranja de Ben; la banalidad de esa expresión es, en el caso que nos ocupa, la perfección misma. La escena: un día caluroso de junio. Ben había obtenido permiso para hacer su examen de recuperación. Me invitaron a su apartamento para tomar una copa y cenar y «ver al bebé», Caleb. Por entonces, yo salía con una chica que colaboraba habitualmente con la revista literaria del Brooklyn College y cuyo padre era delegado de lo que solía ser una sección sindical comunista. La chica en cuestión leía The Worker y me intentaba hacer leer las novelas de Howard Fast. Si ha seguido el patrón típico de su generación, se habrá casado con un farmacéutico y vivirá en Kips Bay; pero en aquella época era mi amante, o, permítanme que lo escriba así, Mi Amante. ¡Qué flagrantemente serios éramos! Lona llevaba el diafragma en el bolso y descubrimos que John Ford era un gran artista. Fuimos juntos a ver a los Stein en su apartamento de Marine Park.

Los vasos más exquisitos, altos y finos como el papel, llenos de café Medaglia d’Oro helado y con nata montada encima. Coñac Hennessy de cinco estrellas. Aguacates cortados en tiras con rodajas de lima. Pan de centeno firme y salado con queso Brie. Con mi camisa caqui descolorida, con un desgarrón en el hombro allí donde me había arrancado de mala manera el parche que antaño me había identificado, comí y bebí y entendí por qué a Ben le había preocupado tanto su nota. Clara dejó claro que el Hennessy era un regalo de su padre, que al parecer servía para poco más.

—¡En su puñetero Cadillac con aire acondicionado!

—¿Qué más? —dijo Ben.

—De gustibus.

Lona estaba soltando su arenga sobre las bellas simetrías de Costa bárbara, Ben se estaba ventilando el coñac y el bebé estaba llorando. Hablamos de Charles Olson, a quien yo apenas conocía. Clara pensaba que era «una puta mierda», un Ezra Pound falso: lo conocía del Bard o de Benington o de algún sitio. Norman Mailer también era «mierda», igual que el partido comunista, Adlai Stevenson, la paz, la guerra y Ben. Ben se estremeció un poco y dijo, ¿Cla-ra, Claa-ra, Claaa-raaa? En la puerta, Ben me enseñó una grieta que tenía en la suela del zapato para demostrarme su penuria. Pronto me di cuenta de que Ben siempre estaba sin blanca; es decir, esa era su máscara. Hablando en términos financieros, su vida era notablemente estable; pero siempre estaba sin blanca. Conseguir aquella actitud era un talento que tenía la clase social de Ben, una actitud que ha persistido e incluso se ha refinado. Por entonces, yo era lo bastante ingenuo como para pensar que para estar sin blanca había que no tener dinero.

Lona y yo nos separamos poco después. Recuerdo que por la tarde cogí un ferry y, antes de que terminara el día, acabé en el Luigi’s, un bar situado cerca de la universidad, donde me emborraché con la oferta de Kinsey y cerveza. Triste, triste, quería estar triste. Era delicioso.

Pasó un tiempo y les perdí la pista a los Stein. Ben se había licenciado y Clara, el bebé y él se habían marchado de la ciudad; Ben había cogido un puesto de profesor asistente en el Medio Oeste. Yo había dejado la universidad y estaba trabajando en una fábrica de Pearl Street, operando una prensa troqueladora que producía juntas y manguitos de Teflón. El trabajo me agotaba, pero me reconfortaba el hecho de que me dejara la mente libre para escribir. Por supuesto, si uno tiene la mente demasiado libre mientras opera una troqueladora, ya se puede despedir de un dedo o dos. Pero yo vivía atrapado por la mitología del escritor pobre en América; con la distancia que da el tiempo, me doy cuenta de que también contribuí un poco a aquel mito. No es un consuelo, ¿pero qué es entonces? Por las noches intentaba penosamente escribir una novela gigantesca y difícil, De incendios parciales, que ya hacía tiempo que se me había ido por completo de las manos, pero que yo insistía en pensar que me iba a labrar una reputación. No sé qué más hacía. Tuve una aventura con una chica que trabajaba en la oficina de la fábrica y que miraba mi manuscrito con temor; veíamos un montón de películas juntos y después íbamos a mi apartamento de Coney Island Avenue y hacíamos el amor. Ella se marchaba a medianoche; yo la acompañaba al metro y luego volvía a casa para observar la densa prosa que había compuesto la noche anterior. Creo que nunca he estado tan cerca de la desesperación.

De pronto, los Stein volvieron, sólo para pasar un verano. Ben iba a trabajar en un programa teatral al aire libre destinado a llevar la cultura a alguien bajo la guisa de versiones en demótico de comedias de la Restauración. Casi todos los sábados íbamos a la playa en el coche de Ben. June, mi amante, no soportaba a los Stein, y ellos la consideraban una cateta graciosa. Clara se deleitaba haciéndole a June preguntas como por ejemplo cuál de los Cuartetos le gustaba más. Ben bebía cantidades ingentes de vodka con zumo de naranja, igual que yo. Un día me despidieron por tomarme tres lunes seguidos libres y tuve la suerte de conseguir el subsidio de desempleo. El sábado siguiente, June me pegó con su bolsa de la playa cuando la llamé «pequeña rosa polaca» y se fue llorando a coger el autobús. El resto del día, Clara pareció contenta y de buen humor, y al atardecer fuimos a nadar juntos y nos alejamos bastante de la playa. Aquel día, Ben me pareció el hombre más afortunado del mundo.

Hacia el Día del Trabajo, Ben se lió con una chica llamada Rosalind, una flautista que asistía a la Juilliard. Se pasaba las tardes con ella en su loft de la calle East Houston. Clara no decía nada, pero empezó a tomar Dexedrina en grandes cantidades y a hacer comentarios sobre mi atractivo sexual cada vez que Ben prestaba atención. Ben hacía muecas y decía: «¿Claa-raa, Claaaraaaa?». Un día en que Rosalind había venido a la playa con nosotros y Ben y ella se habían ido caminando hasta la orilla, cogidos de la mano —¡amor inocente!— y recogiendo conchas, me acerqué a Clara y la besé y ella me abofeteó y me arañó la cara. Estaba temblando y ruborizada.

—¡Asqueroso de mierda! ¡Cabrón asqueroso de mierda! — Pero no le dijo nada a Ben, como si la hubiera oído.

Cuando en septiembre los Stein se volvieron a su vida del Medio Oeste, Rosalind se fue con ellos. Oí que Ben se había saltado la isleta en una autopista de ocho carriles y había estado a punto de matarlos a todos. No puedo concebir que fuera otra cosa que un accidente; tenía a Rosalind, tenía a Clara y tenía dinero. Creo que más o menos por aquella época conseguí otro trabajo, de despachador de camiones para una compañía de jabones ubicada junto al North River. El capataz no paraba de contarme que solía tirarse a su mujer todas las noches hasta hacerla llorar de placer histérico. Me encantaría poder decir que lo que me contaba el capataz era verdad, pero no. Mentía desesperadamente, casi con gallardía, viendo descender todas las tardes el sol sobre la fealdad del norte de Nueva Jersey mientras esperábamos que regresaran los camiones.

De vez en cuando, una de aquellas viejas cafeteras se averiaba en las afueras de Paterson o de Hackensack y nos tocaba esperar varias horas ya de noche a que llegara para poder marcharnos. Entonces el capataz mandaba a buscar bocadillos y café y me hablaba de las piernas y el culo increíbles que tenía alguna chati y de «todo lo demás» que había visto en alguna parte, donde fuera. Los ojos se le abrían mucho a causa de aquella nostalgia notablemente precisa de algo que no había sucedido. Una vez, me inventé y le conté una escena de alcoba descabellada que yo había tenido con una «tía buena y muy loca» que estaba casada con un buen amigo mío. Mientras desgranaba los detalles de aquella mentira, me di cuenta de que estaba visualizando a Clara Stein. De manera que ya podéis ver el punto al que había llegado.

Mi novela estaba terminada y emprendí el proceso de volver a mecanografiar el manuscrito sin pulir, al que me gustaba pensar que le había dado todo. Empecé a frecuentar los mismos bares a los que había ido antes de empezar a trabajar en el libro, y en ellos oí varios informes acerca de los Stein. Ben, Clara y Rosalind habían intentado que funcionara su trío, pero no había manera, y Ben se había marchado con Rosalind a Taos, donde ella lo había dejado por el propietario de una cadena de supermercado de Oklahoma que tenía la mayoría de las acciones de dos de las galerías de Taos. «¡Montañas, montañas, traedme más montañas!», les ordenaban sin duda los directores de las galerías a sus hordas de pintorzuelos rústicos. Luego los Stein volvieron a juntarse y Ben dejó embarazada a Clara, para demostrar su amor o su hombría o su desprecio. Más o menos por la misma época en que oí aquella historia, los Stein volvieron a Nueva York para que Clara abortara. Al padre de ella no le gustaba la idea, pero el aborto, si se hacía en el momento oportuno… era igual que la universidad o el sol, era bueno. La visita de los Stein fue fugaz y no llegué a verlos, aunque sí que hablé brevemente con Ben por teléfono. Despreciaba al feto condenado tanto como despreciaba a Clara y a sí mismo. O por lo menos esa es la impresión que me llevé. Pero quizás me equivocara, quizás Ben simplemente estuviera nervioso.

Había terminado mi novela y se la mandé a un editor de una de las grandes editoriales, un hombre al que había conocido unos años atrás en una de mis «meriendas» de profesores de literatura inglesa. El editor era corpulento y renqueaba, y los martinis con vodka le habían impedido tener una carrera brillante. Almorzamos en uno de aquellos pequeños restaurantes-bar franceses de la zona de la Cincuenta Este, un detalle que recuerdo con mucha claridad porque dos mujeres y un hombre de la mesa vecina a la nuestra estaban hablando borrachuzamente pero en serio de sus aventuras sexuales del fin de semana anterior. En cualquier caso, De incendios parciales era demasiado larga, estaba demasiado atiborrada de tramas, en realidad eran dos novelas, los personajes estaban sin desarrollar y no resultaban convincentes, a excepción de la mujer que estaba casada con Jerry, ¿cómo se llamaba? Quizá si la reescribiera… Me fui a casa embotado por la borrachera e hice pedazos el manuscrito. Mi sensación de alivio fue casi igual de grande que el día en que se había marchado de mi vida mi rosa polaca. Ahora me sentía libre para… hacer cosas. Para hacer cosas.

Una de las primeras cosas que hice fue conocer, en una fiesta en honor de alguien que había hecho una lectura en el YMCA, a una chica realmente encantadora que estudiaba yoga y escribía unos poemas que eran un festival de nombres abstractos, todos desgranados con una meticulosidad métrica digna de John Betjeman. Vivía en un apartamento hermosamente amueblado de Saint Marks Place, al que me mudé con ella poco después de que se nos pasara la lujuria inicial. Justo antes de dejar mi trabajo en la compañía de jabones, le pedí que me recogiera un día a la salida del trabajo, a fin de poder exhibirla delante del capataz. Aquellas pequeñas crueldades vuelven ahora a menudo para atormentarme. Me gusta considerarlas simples aberraciones, o desvíos del camino verdadero.

De manera que Lynn me mantenía. Mientras ella estaba en el trabajo —digamos que trabajaba en una editorial donde su inteligencia se revelaría pronto—, yo paseaba mucho, tomaba cafés e iba al cine. De vez en cuando, escribía poemas en la Olivetti de ella, una máquina que tiene el talento de hacer que todos los poemas parezcan de aficionado, o bien cogía los poemas de Lynn y trataba de rehacerlos con rimas distintas. Lynn era un hacha con las rimas.

En mi paz inquieta, después de llevar a cabo mis paseos o mi mecanografiado del día, y mientras esperaba a que Lynn llegara a casa, me acordaba a menudo de los Stein, y me preguntaba qué tal le caería Lynn a Clara o, mejor dicho, me preguntaba cómo de mal le caería. Lynn llegaba entre las cinco y media y las seis, con algún detallito para «animar» la casa, como si aquellas cosas pudieran alejar Nueva York, que acechaba al otro lado de las ventanas. Traía flores, o un jarroncito japonés; a veces un pastel del Sutter’s; o un farolillo de papel para iluminar la cena de linguini y salsa de almejas que nos comíamos ya tarde, el Chablis y las peras de Anjou. Hablábamos de arte y de cine y de sus poemas. Ya casi había juntado su primer poemario y se estaba planteando publicarlo de forma privada en una pequeña edición en offset. Uno de los hombres del departamento de arte (qué expresión tan admirable) de la oficina le iba a hacer un dibujo para la cubierta; y era muy bueno. ¿Cómo iba a ser, si no? ¿Alguien conoce a un artista malo?

Una tarde me emborraché mucho en el Fox’s Corner, un bar —ya desaparecido— de la Segunda Avenida frecuentado por jugadores profesionales y apostadores de las carreras de caballos. Si lo recuerdo es porque fue el día en que mataron a Kennedy en Dallas. Cuando llegué a casa, Lynn me estaba esperando con la tele y la radio encendidas, la cara seria y pálida y el cenicero lleno de sus Pall Mall a medio fumar. Me miró, compungida, como si se hubiera muerto alguien que la quería. Por alguna razón, aquello me excitó sexualmente y me arrodillé delante de ella y me puse a subirle la falda por encima de los muslos, abriéndoselos con delicadeza. Ella me apartó las manos de un bofetón y se puso de pie.

—¡Dios mío! ¡Estás borracho! ¿Estás borracho y no te das cuenta de nada? ¿Es que no sabes lo que ha pasado? ¡Han matado a Kennedy! ¡Kennedy está muerto!

Estaba encolerizada y eso me molestó hasta lo indecible; me molestó hasta la locura. Sonriendo con una vaga imitación del rictus compulsivo de Ben, decidí mostrarme despreocupado; ah, despreocupado, desenfadado, jocoso.

—Ya, bueno, ¿pero qué ha hecho Kennedy por la novela?

Supongo que Lynn hizo bien en pegarme; hasta los idiotas son capaces de mostrar lo que supongo que consideran cierta dignidad. De manera que ahí se terminó aquella aventura. Sólo se nos permite ridiculizar nuestras propias muertes. Me marché al día siguiente, mientras Lynn estaba en el trabajo, y dejé mi llave en el buzón, envuelta en un papel en el que había escrito: Ars gratia artis.

Conseguí otro trabajo de secretario/mecanógrafo en una pequeña imprenta y me acomodé en un apartamento nuevo de la Avenida B, cerca del cine Charles. Una noche en una fiesta, un borracho me contó que Ben y Clara y una estudiante de arte se habían montado un nidito los tres juntos. Ben estaba trabajando en su doctorado, un estudio de las relaciones entre las canciones de las obras de Shakespeare y los coros del teatro griego, y ahora vivían en Cambridge. Su hijo, Caleb, estaba en un internado —demasiado tarde para que importara, claro—; Ben estudiaba, escribía y bebía; la estudiante de arte pintaba y bebía; y Clara… no me imaginaba qué debía de hacer Clara. La única imagen que yo me formaba mostraba a Clara y a la estudiante de arte rodeándose mutuamente las cinturas con los brazos y entrando dando tumbos en el dormitorio mientras Ben gruñía: ¿Claa-ra, Claaa-raaa? y le daba al bebercio.

Poco después, conocí a una chica que había conocido a Clara en el instituto y me contó que Clara le hablaba a menudo de mí en sus cartas; me quedé conmovido. Aquella misma semana, fuimos al New Yorker y vimos por séptima vez La gran ilusión, luego cogimos un taxi hasta mi casa. El viernes siguiente, me llamó para preguntarme si me gustaría que viniera a pasar el fin de semana conmigo y le dije que me parecía bien. Cuando llegó, traía un pastel de Jon Vie y una vela de color verde azulado que estaba «hecha a mano». Mientras hacíamos el amor aquella noche, se echó a llorar y pensé en el capataz y en su mujer de fantasía. Quizás a fin de cuentas me había estado contando la verdad.

En los años siguientes, se mezclan cosas completamente dispares, todas las cuales, sin embargo, son esencialmente la misma. Mi chica Jon Vie me plantó una noche en un bar después de que me pusiera a insultarla porque no dejaba de hablarme sin parar de Saul Bellow.

—Vete a la mierda, tú y tus escritores judíos —le dije, o algo equivalente—. Esos escritores judíos no nos representan a los proletarios y a la clase obrera. —No sé por qué le dije aquello: no tengo nada contra Saul Bellow; ni siquiera lo he leído.

Más o menos en la época de aquella rajada, empecé a escribir otra vez, pero me resultó poco satisfactorio, tanto el acto en sí como el producto. Se me ocurrió escribir una historia de detectives y ganar el bastante dinero para dejar el trabajo y mudarme a alguna parte, pero no conseguí pasar del primer capítulo. Lo que me hizo abandonarlo todo fue una revista que me encontré un día en la librería de la Calle 8; en ella venía un poema de Benjamin Stein. No me acuerdo del poema entero, pero estaba forjado con un lenguaje curioso y afectado, una especie de argot vanguardista que por entonces abundaba mucho. Los primeros versos decían así:

Yo te toco y tú me

tocas, tu panza y la mía

tenía razón el viejo Catulo

un millón de besos…

En la página de colaboradores decía que el señor Stein era un «ex profesor de literatura inglesa que ahora vivía en la Bahía de San Francisco con su mujer y su hijo». No soy capaz de expresar la sensación de derrota que aquel pequeño poema me infundió en el espíritu. Entendí, eso sí, que mi abortado «regreso a la escritura» presentaba afinidades muy estrechas con aquella basura ridícula de Ben.

Al día siguiente, ya no volví al trabajo, ni al otro, y luego fui a recoger lo que se me debía y a decirle al jefe que me tenía que ir a Chicago por una emergencia familiar. Viví con frugalidad de un dinero que tenía ahorrado, al que se añadían trabajillos ocasionales de corrector freelance; me asomaba a la ventana y componía mentalmente cientos de cartas a Ben y Clara. Pero eran imposibles de escribir, ya que necesariamente tendrían que estar llenas de nada que contar. Supongo que me avergonzaba un poco de mí mismo.

Unas seis semanas antes de que se me terminaran los ahorros, me metí en una conversación ridícula con un idiota al que conocía desde hacía años. Él me estaba invitando a las copas y yo, con sinceridad de gorrón, no paraba de decirle, a medida que nos emborrachábamos, que no le podía devolver la invitación. De alguna manera, hicimos planes para colaborar en una obra de teatro que explotara la vertiente ridícula de los hippies. «¡Un exitazo, colega, un exitazo! ¡Quizás hasta podamos conseguir una puñetera beca y hacerla en los parques!» De forma que nos hicimos colaboradores y me mudé a vivir con él después de explicarle mi lamentable estado financiero. En fin, no quiero dar detalles, pero empecé a montármelo con su chica, que siempre estaba convenientemente en casa cuando no estaba él. Era una auténtica chica de anuncio de cereales, dientes blancos, ojos azules, pelo soleado estilo California; oh, Dios mío. Por supuesto, ella le contó nuestras infidelidades después de que una noche nos peleáramos amargamente por el valor artístico real de los Beatles. ¡Los Beatles! Ya podéis ver que yo había llegado más allá de la simple tontería.

Mi amigo me echó de casa y alquilé una habitación por semanas en el Hotel Albert hasta que conseguí reunir las agallas para escribir a Ben y pedirle el dinero suficiente para pagar la fianza y el primer mes de alquiler de un piso estrecho en la Avenida C. Mientras le escribía, caí en la cuenta de que no tenía a nadie más a quien escribir. No esperaba que me mandara el dinero, pero dos semanas más tarde me lo mandó, un giro postal por ciento cincuenta dólares y una nota: Paz. La carta tenía matasellos de Venice, California, otro enclave del batallón perdido. Me mudé al piso nuevo, empecé a hacer trabajos temporales de oficina y recuperé parte de mi solvencia. Hasta conseguí mandar a Ben diez o quince dólares semanales para pagar la deuda. Pasaron unos meses, durante los cuales no supe nada de Ben ni tampoco de Clara. Mi experiencia me había permitido obtener otro trabajo de despachador de camiones para una compañía de publicidad por correo directo de la Cuarta Avenida, a unas cuantas manzanas al norte del Klein’s. Me encargaba de los camiones que hacían los trayectos diarios a las oficinas de correos, y ejercía un poco de capataz del constante ir y venir de personal. Como despreciaba a la dirección tanto como los trabajadores me despreciaban a mí, el trabajo era una pesadilla, y empecé a pasarme la hora del almuerzo bebiendo en un bar de la Calle 14. Las tardes me las pasaba en una neblina borrachuza de sudor, palabrotas y gritos. Por aquello cobraba cuarenta y ocho dólares semanales.

Una tarde me llamó al trabajo Clara. Me preguntó si quería tomar una copa con ella después del trabajo; alguien le había dicho dónde trabajaba yo y se le había ocurrido que… Su voz era gentil, casi gentil, y también, me pareció, resignada. Ben estaba haciendo lo que siempre había querido hacer, escribir. Era feliz. ¿Acaso les importaba a Clara o a él que fuera mal escritor? ¿Acaso le importaba a alguien? Quedamos en encontrarnos a las cinco y media en un pequeño bar de University Place.

Cuando llegué, Clara ya estaba en la barra, ventilándose el que parecía ser, a juzgar por sus modales, su tercer Gibson. Iba veraniega y bronceada con un vestido amarillo, sandalias amarillas y el pelo recogido. Me pedí un bourbon con soda y me senté en el taburete contiguo al suyo, dándole a su muñeca lo que confié que fuera un simple apretón de amigos. Cómo me despreciaba a mí mismo. ¿Qué debí decirle? Es asombroso que sea completamente incapaz de recordar nuestra conversación. Bueno, tenéis que recordar que ya estaba medio beodo cuando llegué allí, y los bourbons que me bebí después tampoco ayudaron a quitarme la borrachera. Es extraño que sea así, que no pueda recordar nada de lo que se dijo, ya que aquella fue seguramente una de las conversaciones más importantes de mi vida; es decir, si estáis dispuestos a aceptar que mi vida ha tenido alguna importancia. De camino al bar, me había decidido a preguntarle a Clara si estaría dispuesta a «estar» conmigo durante su estancia en la ciudad. Luego ya veríamos; ya veríamos lo que pasaba. Dios sabe que yo no era peor que Ben; en cierto sentido, era mejor. Me había quedado en la ciudad, había aguantado allí, no me había engañado a mí mismo pensando que era escritor. En suma, había dado la cara. No creo que me considerara un fracasado; tampoco lo pienso ahora, claro. Pero sí que he llegado a ser consciente de que hay ciertas opciones, digamos, que me están negadas. Los círculos artísticos sofisticadamente desarrapados de Nueva York están llenos de gente como yo, gente lo bastante amable como para mentir sobre tus posibilidades con la certidumbre implícita de que tú les mentirás sobre las suyas. Ciertamente, si todo el mundo dijera la verdad, en todos aquellos bares y lofts, en todas aquellas fiestas e inauguraciones, casi todo el Downtown de Manhattan desaparecía en un aterrador destello de odio, repugnancia y autodesprecio.

Bueno, hablamos de Ben, eso está claro. Ah, qué maravillosamente borrachos nos estábamos poniendo, mirándonos el uno al otro con aquellas gafas de color rosa que llevan todos los bebedores. Ben había vuelto a dejar a Clara y se había ido a una comuna de Colorado con una jovencita a la que había conocido en un concierto de rock en Los Ángeles. Debí de preguntarle sutilmente a Clara por sus sentimientos al respecto; o sea, quería saber si le importaba y si quería volver con él. La recuerdo allí mirándome, con las piernas cruzadas, rozándome el tobillo con una pierna cada vez que la meneaba de adelante atrás, con el frágil vaso en los labios. Oh, no lo sé. No sé cómo lo dije, cómo dije lo que fuera. Seguramente debió de ser algo parecido a «¿Por qué no lo intentamos un poco? ¿Unos días?». Lo que en realidad quería decirle era: «Tu vestido amarillo. Tus sandalias amarillas. Tu piel oscura y dulce. Tus piernas. No me importa Ben y no me importa nada más que tú». Pero sí que la recuerdo diciendo: «Vamos a mi hotel. Es lo que quieres, ¿verdad? ¿No es lo que quieres?». Y también que le dije algo así como (oh, estaba decidido a obligarla a estropear nuestras posibilidades, si es que teníamos posibilidades): «No pasa nada, ¿verdad? Por Ben, quiero decir».

De camino al Fifth Avenue Hotel, compré una botella de Gordon’s y nos pusimos a beber nada más llegar a su habitación; sin hielo ni soda, sólo la ginebra áspera y caliente directamente de la botella. Le puse la botella en la boca mientras ella dejaba caer a sus pies el vestido y la media enagua.

Hicimos el amor bajo la ducha, serpenteando y empujando y estremeciéndonos en medio de aquella espuma flotante de agua caliente que parecía estar poniéndome más borracho. Clara se apoyó en los azulejos de porcelana de la ducha, inclinada hacia delante, y yo me puse detrás de ella, con los ojos cegados por los chorros de agua y su calor metálico en la boca abierta.

—¡Ben! —dijo ella, riendo—. ¡Oh, Ben! ¡Párteme en dos, hijo de la gran puta! ¡Hijo de puta asqueroso! —No me importó. No me importó.

Después de secarme y de secarla a ella, se quedó tumbada en la cama, sonriéndome.

—Estoy aquí dos días —me dijo—. ¿No estás enfadado conmigo? ¿Me perdonas?

—¿Por qué iba a estar enfadado contigo?

—Ven a dormir —me dijo—. Y cuando nos despertemos te enseñaré unas cuantas cosas divertidas que sé hacer.

—Claro —le dije, y luego cerró los ojos y se quedó dormida en un minuto. Me vestí y me marché, y me pasé una hora paseando sin rumbo, con ganas de volver al hotel. Clara me volvería a llamar «Ben». Me podía enseñar cosas divertidas que sabía hacer. Me terminé de emborrachar en un bar de la Sexta Avenida, al lado de la Calle 14, y perdí la cartera en el taxi que me llevó a casa.

Al día siguiente, llamé a la señora Stein a su hotel y el empleado de recepción me dijo que se había marchado muy temprano. Ahora me doy cuenta de que ni siquiera llegué a enterarme de por qué había venido a Nueva York, que quizás no hubiera venido más que para verme. Aunque, si conozco un poco a Clara, debió de venir para visitar a su madre o a su padre, o para hacerse un chequeo dental, o para comprarse ropa. No habría venido desde California sólo por los viejos tiempos. Conozco a Clara.

Ahora vivo en un apartamento más que decente de un edificio antiguo pero bien conservado de la Avenida B con la 10, con la mujer separada de un músico de estudio. Se saca un salario muy bueno como compradora para Saks, así que he dejado el trabajo. Fuera, Tompkins Square Park y las calles se estremecen bajo el asalto de las hordas de consumidores descerebrados de drogas. Pero aquí dentro estamos a salvo, detrás de nuestras cerraduras triples y nuestras ventanas con barrotes. Más o menos una vez al mes, mi novia, que es tremendamente brillante —se graduó magna cum laude en ciencias políticas por el Smith College—, y yo invitamos a casa a un joven cineasta y a su mujer para ver películas guarras filmadas en una comuna de Berkeley. Bebemos vino y fumamos un montón de marihuana y pasa lo que pasa. Cada vez que vienen, nos fingimos horrorizados porque pueda pasar «algo», entre el vino, la maría y las películas. Nos reímos e intercambiamos comentarios delicadamente sugerentes. Parece obvio que le gusto mucho a la mujer del joven cineasta. Cada vez que vienen a visitarnos, es un nuevo principio y nadie habla de la última vez.

He empezado otra vez a escribir poemas, o bueno, siendo honestos, son más bien intentos de poemas. Pero a mí me parecen sinceros. Fluyen de forma natural y controlada. Le gustan a mi chica.

Esta mañana me ha llegado una carta de Ben. Ha tardado tres semanas en llegarme porque Ben la mandó a la dirección de la Avenida C. La verdad es que no sé qué voy a hacer con ella.

La estoy releyendo ahora. En algún lugar del edificio hay un joven cantando una canción con acompañamiento de guitarra. No entiendo la letra, pero sé que trata de la libertad, del amor y de la paz; una paz perfecta en este mundo oscuro de pecado.

querido colega

siempre estuviste loco por huir de la vida. aquí en colorado —el campo nos traerá la paz—, estamos juntos, todos juntos, suzanne, una chavalita dulce y encantadora, y también clara. ven a vernos. abundan el buen pan y las buenas mamadas. una comuna para todos los perdidos –istas. ¡flipa con nosotros!

¡ay, dios! todos estábamos enfermos o heridos pero ahora nos vamos a curar. ¡vente! no eres tan puñeteramente viejo.

te quiero,

ben

TIERRA DE ALGODÓN

Joe Doyle era hijo bastardo y su padre natural se apellidaba Lionni, o Leone. No tengo ni idea de quién le había legado el apellido Doyle. Imaginemos que su verdadero padre era un bocazas que se pasaba el día en una tienda de golosinas del Bronx, leyendo The Green Sheet y haciendo apuestas sin posibilidad alguna de ganar. Cuando uno habla de la Gente, es necesario acordarse de que siempre hay que incluir al padre de Joe. Es inexplicable, pero se han escrito novelas enteras explorando a personajes como él. Quizás esas novelas les permitan persistir.

Más o menos por la época en que Joe decidió que iba a ser «escritor», le cambió en la mente su apellido paterno y pasó a pensar que era Lee. O por lo menos convenció a todos sus conocidos de que él creía que su padre se apellidaba Lee. Ah, misterio. Quedó sin explicar por qué su padre se iba a cambiar el apellido de Lee a Lionni, pero el enigma sólo sirvió para volverlo todo más neblinosamente romántico. En cuanto se acepta una aberración, sus variaciones posibles son virtualmente ilimitadas: piensen en la publicidad. Poco después, juro que Joe pasó a considerarse descendiente de Robert E. Lee, y el viejo Sur en ruinas, las grandiosas plantaciones de antaño y las hermosas mansiones en llamas de antaño, se volvieron parte de su herencia. Y podría haber sido cierto si las cosas hubieran sido un poco distintas en un sentido u otro, ¿verdad? Así lo pensaba Joe a veces.

Aquellas rutilantes patrañas le resultaban útiles a Joe en su vida; gracias a ellas podía sacar a su padre de los apartamentos angostos y llenos de cucarachas y de los trabajos de ayudante de camarero en Horn and Hardart e insertarlo en unas nubes rosadas que resplandecían con luz romántica. Ya no era el hombre que su madre le había descrito a menudo con amargura y burla, el amante desempleado con traje de Crawford y dos pares de pantalones y el aceite capilar de esencia de rosas, que se abrillantaba el pelo hasta que le parecía hule, sino un héroe quijotesco y sin ataduras cuya sangre rebelde lo impulsaba a desaparecer de las cocinas llenas de roedores en las que Joe había crecido. Joe, por supuesto, se adjudicaba a sí mismo aquella misma sangre imaginaria.

Joe mantenía en un sutil segundo plano toda aquella refulgente gloria perdida, exponiéndola discretamente cuando le podía beneficiar en algo, y se alimentaba de su energía. Ciertamente era una especie de motor, y no interfería para nada con su trabajo, su vida social ni su «escritura». Joe se convirtió en eso que llaman artista; y cómo le encantaba la palabra; todavía me acuerdo de cómo la decía: «Bueno, la cuestión de si Flaherty es artista…». Porque ser artista era ser como el tozudo ejército confederado en retirada. Empezó a escribir poemas, con palabras de verdad, y a contarlas, las palabras, sobre papel de verdad. Era una actividad «interesante», que le permitía entrar en un mundo que parecía ofrecer más que, por ejemplo, el mundo de la numismática. La cuestión de si aquellos poemas eran realmente aceptados como arte tiene poca relevancia en esta historia; aunque sospecho que no es tanto una historia como una variación menor sobre una fábula común. El mundo está lleno de gente con talento e inteligencia que produce cositas artísticas con las que se nutre de alguna manera otra gente con talento e inteligencia; con las que obtienen lo que necesitan para sus dolencias. A veces pienso que por un lado son todos simples Joes con sus variaciones de madreselva falsa y noches de Alabama, y por otro lado están aquellos que se acercan lo bastante a ese glamour cogido con pinzas. Todo es muy excitante y todo el mundo queda muy contento.

Joe conoció a Helen Ingersoll en 1965, unos cinco años después de manufacturar su leyenda de magnolias de papel. En compañía de un amigo, Ed Manx, había ido a una lectura de poemas en un pequeño teatro siniestro y chirriante del Downtown, al lado de la Segunda Avenida. Creo que el teatrillo ahora es un restaurante macrobiótico, o una «tienda para fumetas»; no es culpa mía que la nomenclatura de la presente generación sea tan espectacularmente fea. El poeta era un amigo suyo brumoso de los 50 que había estado viviendo unos años en el Sudoeste y había vuelto un mes para atender a unos asuntos familiares. Sus poemas actuales trataban de la libertad y del adobe y la arena blanca, de esa manera en que los poemas de Robert Frost tratan de América; es decir, los conceptos eran extendidos como si fueran una capa de esmalte con brillo. Podéis imaginaros la mesilla llena de muescas detrás de la que se sentó el bardo, su lata de cerveza y las carpetas de anillas negras que tenía al lado mientras leía, curiosamente, de un libro de versos que había publicado hacía casi diez años, en una época en la que había albergado una noción poderosamente irreal de su propio talento. Leyó aquellos antiguos poemas como si fueran ejemplos de aberración juvenil. Es decir, se rió de lo que ahora consideraba su «sentimentalismo de alcoba», en sus propias palabras. Cuando Joe le preguntó por Nuevo México o Colorado o algún otro desierto chic, el poeta le contestó: «Querido, nunca supe qué era una línea larga hasta que vi aquellas montañas». Ya os hacéis la idea. Joe y Ed se dedicaron a beber de un botellín de Dant que Ed llevaba dentro de la gabardina, con unas expresiones intensas y vacías en las caras detrás de las cuales se arrastraba y arañaba el aburrimiento. En el intermedio, cruzaron la calle para ir a un bar y ya no volvieron a la lectura.

Joe se puso a hablarle a Ed de Hope, su mujer, de lo increíble que era, de lo encantadora, comprensiva e inteligente que era y de lo hijo de puta que había sido él con ella, y aun así, aun así, ahora que estaban separados eran muy buenos amigos. Estoy seguro de que incluso cantó unos cuantos compases de aquella vieja melodía que decía «We see more of each other than when we were together». Podía ser un maestro de lo nauseabundo sin apenas intentarlo. A Hope le iba bien trabajando de secretaria/ recepcionista/chica para todo en una galería del Uptown dedicada a la Escuela de Lo Que Vende. Hope tenía un gusto maravilloso, explicó Joe; ahora además se sentía útil, involucrada de verdad en el mundo del arte, del que hasta entonces nunca había tocado nada más que los márgenes. Casi me imagino la cara lacada de Hope paseando plácidamente por entre las mercancías en exposición; casi la oigo diciéndole a algún pintor sin blanca, desesperado y con la corbata arrugada, que le llevara una selección de diapositivas a color. Bebieron un poco más, contemplando en silencio el esplendor de Hope. Y luego, sólo para dar una vuelta, y también porque estaba un poco borracho, Joe subió con Ed al Uptown para ver a Helen.

Helen le había pedido a Ed que la ayudara a elegir marco y paspartú para un pequeño dibujo a tinta que le habían regalado y, mientras Ed y ella lo discutían, Joe se paseó por el apartamento, contemplando la pequeña pero preciada colección de cuadros y libros de Helen. Se podría decir que estaba definiendo sus intenciones hacia aquella atractiva mujer. Era madura, otra palabra que le gustaba a Joe; la típica ex alumna de la Sarah Lawrence o de la Barnard que había visto mundo. La vida la había usado, igual que ella había usado la vida, etcétera. Joe tenía la sensación de estar adentrándose en una película importante, todo caras angustiadas, diálogo poco inteligible e imágenes desdibujadas. Se sirvió otro vodka y su mirada se encontró con la de Helen. Joe la vio delicadamente descolorida; había algo irrevocablemente roto en ella. Se repanchingó contra la pared, galante y aristocrático; sobre el fondo del raído y turbulento cielo gris de su mente, las barras y estrellas crepitaron al viento.

De camino al Downtown, Ed le contó que Helen tenía cuarenta y dos años y que estaba haciendo tratamiento de quimioterapia para la leucemia. Para Joe aquello resultaba inesperadamente perfecto; ¿cómo podía ella resistirse, teniendo la tragedia encima, al hecho de que Joe se le ofreciera a modo de regalo? La opinión que tenía Joe de sí mismo se basaba sólidamente en el hecho de ser un producto de aquella aristocracia solipsista que se aglutina en torno al núcleo del arte; y a la que el arte le confiere su aliento y su razón de ser. Era, en su individualidad falsa, completamente vulgar. Y también lo era Helen.

Joe no sabía esto de Helen; ni tampoco lo sabía de sí mismo, ciertamente. De hecho, Joe le veía a Helen las credenciales de aquella elegancia natural y espontánea de la que estaba infundido su propio pasado de leyenda, y ella ocupaba un sitio en aquel lugar neblinoso donde el padre de Joe bebía julepes y jugaba al croquet en céspedes de color esmeralda, con el sol reflejándose deslumbrante en su ropa de franela blanca y en su gorra de lino. Joe tenía la sensación de que sobre la persona misma de Helen había una pátina que él podía rascar y desprender y ponérsela a sí mismo en forma de capas suaves y lustrosas. Para Helen, Joe era lo bastante joven como para resultar interesante, pero no lo bastante como para hacer gala de un deseo desmañado y trillado. De manera que se hicieron amantes. No sé cómo decir esto sin parecer frío ni vulgar, pero Helen consideraba a Joe una última aventura. Los sentimientos de Joe hacia Helen eran, como habréis adivinado ya, fríos y vulgares.

En relación con el pasado de Helen, no hay mucho que decir. Se había tallado de cualquier manera un icono torcido que hacía pasar por gusto, había conseguido una fachada impactante y había estado casada dos veces con hombres vagamente creativos que habían cosechado un éxito moderado en trabajos vagamente creativos; la clase de hombres que llevaban corbatas de nudo francés y fumaban cigarrillos puros holandeses. A los treinta y tantos años había pintado un poco y había hecho con torpeza algunos papelillos en teatros del off-off-off-Broadway; en el mismo lodo también habían quedado enterrados una clase de danza moderna y un taller de poesía. Entenderéis por tanto que era la contrapartida femenina de Joe. El único elemento que la distinguía por completo de él era el hecho de su grave enfermedad: la muerte y la enfermedad son máscaras impenetrables detrás de las cuales quedan completamente ocultas las mezquindades y las fealdades de la personalidad. El hecho de que tendamos a perdonar o pasar por alto los defectos de los condenados seguramente sea lo que nos salve de la monstruosidad total. Pero hay que tener en cuenta, por poco generoso que resulte, que Helen era un caos de ideas a medio formar, siempre insistiendo en lo fina que tenía la piel, lo cual no le había impedido traicionar de forma oportunista a sus maridos e hijos, que se habían criado entre medicaciones y terapias, con la salud echada a perder por aquella madre que abrazaba con fervor imbécil, por ejemplo, la idea de Mick Jagger como Profeta. Joven, joven, sempiternamente joven mientras se precipitaba a su muerte esgrimiendo un ejemplar del Village Voice.

Es importante saber que Joe creía, durante las primeras semanas de su relación, que era su «arte» lo que la había seducido; siempre había sido su «arte» el que le había traído sus pelotones de jovencitas en celo: era el sutil anzuelo que usaba para atraparlas y después levantarles la falda. Y, si le fallaba el «arte», entonces Dixie se materializaba de la nada (ciertamente de la nada). Cuando Joe descubrió que aquel no era el caso con Helen, se quedó desconcertado, luego dolido y por fin se enfureció. Ella se limitaba a tomar a Joe por un joven encantador y estéticamente intenso como muchos otros; muy parecido a sus maridos y a sus amantes previos. Y tenía razón, pero nadie nunca había obligado a Joe a afrontar la falsedad que era su vida y la insignificancia de sus productos. Joe se movía en un mundo de gente igual de falsa que él, de manera que su interés mutuo se basaba en mentiras interdependientes. Se consideraba a sí mismo un poeta de «camarilla» con una producción meticulosamente limitada; igual que sus amigos. Y ahora, de pronto, allí estaba Helen, que con ecuanimidad genuina lo trataba como a un diletante amateur; en el caso de Joe, la expresión no es tautológica: lo era y lo sería siempre. Jamás se le ocurrió que Joe pudiera pensar en sus invenciones como si fueran poemas. Una noche, ella le dijo que un poema suyo le hacía pensar por alguna razón en caramelos masticables salados. Lo cual no estaba nada mal. Joe no estaba acostumbrado a aquella clase de comentarios sobre su trabajo; Hope jamás le había dicho nada parecido, ya que lo consideraba un artista serio e incomprendido, aunque habría sido incapaz de reconocer el arte ni aunque este le estuviera fracturando el cráneo.

Joe y Hope cenaban juntos una vez por semana; eran civilizados y comprensivos y buenos amigos y todo eso. Se hacían eco incansablemente de hasta el último tedioso cambio moderno. Hope sabía que Joe y Helen estaban teniendo una aventura; Ed Manx le había hablado de Helen y Joe había corroborado la historia; y el cómo. Para ella se trataba de una aventura «amigable», y de alguna forma buena para Joe: una mujer madura y buena que podía discutir de arte con su marido. Oh, de vez en cuando se sorprendían juntos en la cama, pero era casi por accidente, o bien era el precio a pagar por cultivar la belleza. Comían su cóctel de gambas y ella se mostraba fiablemente lista y cautivadora. Eran Peck y Peck, tal cual, siempre charlando de algún pintor de ultimísima hornada que pintaba «cosas muy locas». La mirada de Hope era inexpresiva y tenía esa falta de profundidad peculiar de los nativos de California del Sur, lo que se podría denominar el equivalente ocular de una boca entreabierta. Había ensayado años para conseguirla, Dios sabe por qué: sospecho que la confundía con sang-froid. Ah, todavía tenía algo para Joe; él la miraba con falsa calidez y afecto y ella le devolvía aquella mirada, esforzándose para emular su falsedad. Qué divinos momentos, qué sereno rapto.

—Es bonito y transparente —dijo una noche Helen refiriéndose a un poema nuevo que Joe había caracterizado humildemente de «avance espectacular». Joe llevaba cinco o seis años escribiendo y cada año tenía uno de aquellos avances espectaculares. Sus poemas no cambiaban ni tampoco mejoraban, pero en aquella insistencia suya en los descubrimientos estéticos había la ilusión de que iba a mejorar sus pinitos literarios. Joe era uno de esos «escritores» que al principio uno considera un simple novato; luego un día cristaliza la conciencia de que esa persona ya lleva diez años o más intentándolo sin éxito. Y eso basta para calificarlo de mentecato. Quiero decir que es muy… claro, sí, eso. Transparente.

Joe, furioso pero sin decir nada, recostado en el sofá debajo del dibujo a tinta cuyo marco y paspartú habían resaltado sus defectos, permitió a Helen que le desabrochara el cinturón y la bragueta de los pantalones. ¡Era ella quien lo estaba controlando a él! Menuda zorra la consideró entonces. Vio cómo le desaparecía la cara bajo el encaje de su combinación cuando levantó los brazos deprisa y con elegancia por encima de la cabeza. Una vieja zorra salida. A juzgar por la forma despreocupada en que lo estaba usando, lo mismo Joe podría haber sido un simple camionero o un fontanero o un puñetero maestro de escuela. ¡Un periodista o un asistente editorial que quería escribir una novela! ¡Dios! En aquel momento, empezó a odiarla y su linaje sureño espurio lo espoleó para combatir con gallardía. Ella lo empujó suavemente para tumbarlo en el sofá y se puso las manos detrás de la espalda para desabrocharse el sujetador. Menuda vieja zorra lasciva y tonta.

De forma que Joe empezó a hablar de Helen, vulgar y abiertamente, en el bar donde él era más o menos conocido. Se trataba de un antro mezquino y ponzoñoso de pintores de tercera fila, parásitos, cinéfilos devotos e idiotas intelectualoides, todos enfrascados en sus pinitos artísticos, todos simplemente de paso. La voz le salía controlada y burlona de la cara expertamente hirsuta; su chaqueta de cuero italiano estaba —ligeramente— arrugada con pliegues suaves y expertos. Hablaba en broma de la tremenda pasión que ella sentía por él, de sus rabietas y sus ansias sexuales casi «embarazosas», de los saltos de cama voluptuosos y de la sugerente ropa interior que compraba para excitarlo. Era patético. Joe tenía la sensación de que era casi su deber. Las lágrimas de ella. Sus gemidos de agradecimiento. ¿De dónde creían que había sacado aquella chaqueta de cuero? ¡No hay nada como tener una novia vieja! Sus oyentes y él soltaron risillas y cambiaron de postura; una panda de clientes habituales que la vie d’art no cambiaría nunca. Las palabras de Joe puntuaban la larga historia de malicia y resentimiento que el bar nunca paraba de desgranar.

A medida que avanzaba su enfermedad, más hacía Helen el ridículo a base de intentar ser vivaz y juvenil para Joe, que ya casi nunca salía con ella. Caía de cabeza en el juego de las feas historias que Joe contaba, de manera que, cada vez que se encontraban con algún conocido de Joe, el comportamiento de Helen propiciaba que Joe soltara risitas y le guiñara el ojo al conocido. Él se mostraba despectivo con ella, maleducado y arrogante; la atacaba, vengándose una y otra vez de lo del «caramelo masticable salado», de lo de «transparente», de su sexualidad agresiva y de la chaqueta de cuero italiano. Los andrajosos soldados de caballería de su fantasía salían de las nieblas matinales cabalgando a lomos de sus jamelgos exhaustos, sedientos de sangre.

Resultó que Helen, con esa predictibilidad típica del melodrama, se enamoró de Joe. Era tan delicado, tan vulnerable, y sin embargo tan orgulloso… En el momento en que Joe se dio cuenta, el muy mentiroso le dijo que Hope y él se estaban planteando «volver a intentar estar juntos otra vez». Era cruel de una forma precisa, aunque no sutil.

Durante el confinamiento final de Helen en el hospital, Joe la visitaba casi a diario, le llevaba flores, revistas, libros; una vez, por increíble que parezca, le llevó un ejemplar de Mientras agonizo: se había vuelto mezquino de una forma casi temeraria. ¿Qué podía perder? De vez en cuando, le cogía la mano y se sentía generoso e indulgente. Me gusta pensar que Joe consideraba aquellas pequeñas atenciones ejemplos de un refinado sentimiento de noblesse oblige.

Por supuesto, asistió al funeral vestido con un traje nuevo de color azul oscuro: nada le habría podido impedir que estuviera en la primera fila del cortejo fúnebre. Lo sorprendente es que Hope fue con él. Joe permaneció allí de pie en la plácida mañana, con la cara convertida en un prodigio de abstracción, con Hope a su lado, encontrando un destino útil para su mirada inexpresiva, ataviada con un vestido negro y plateado impresionantemente severo que se había comprado el mes anterior para una inauguración importante. Estaban tan ansiosos por verse que se besaron y se abrazaron con fuerza y se manosearon en el taxi de vuelta de Queens a casa. Quizás fuera el primer paso para intentar estar juntos otra vez.

LA DIGNIDAD DEL TRABAJO

—La camisa blanca—

Un joven, lo podemos llamar Bill, licenciado del Ejército hacía tres meses e impregnado, por así decirlo, impregnado de una melancolía rayana en la desesperación, consiguió trabajo. Era el primer trabajo que tenía Bill, con la única excepción de los seis meses que había pasado de friegaplatos y de sus tres años en la infantería, dos actividades que hoy en día no se consideran trabajos sino más bien lacras, o quizás infortunios. ¡Qué sabio y maravilloso se ha vuelto el mundo, con su rebosar de carreras!

Allí estaba, en el almacén del sótano de Art Adventures, una tienda de materiales de arte del Midtown de Manhattan. Una de las tareas medio indignas y cansinas de Bill era llenar unos frasquitos minúsculos de cristal de chillonas pinturas al agua «de todos los colores populares», unas pinturas que habían sido mezcladas en cubas de cuatrocientos litros en el laboratorio de Art Adventures, ya me perdonaréis la palabra, pegarles etiquetas identificativas a los frasquitos llenos y colocarlos en hileras bien ordenadas sobre los estantes de acero que había reservados para ellos y para otros artículos diversos del ramo del arte.

El superior inmediato de Bill era un capullo gangoso de Ozone Park llamado Stewie, autoproclamado modernillo, empapado en la cultura del mambo y aficionado a cantar, tararear y silbar todo el santo día o, por usar una expresión de pintura al agua, «de sol a sol». Si Stewie no se hubiera llamado Stewie, se habría llamado Carl, Ernie, Cliffie o Sheldon. ¡Ahora ya sabéis quién es! Por supuesto, Stewie se regocijaba en decirles a Bill y a su colega, un matón puertorriqueño llamado Félix, lo que tenían que hacer y cómo tenían que hacerlo. A Félix le habían «dado una oportunidad» y lo habían contratado poco después de salir en libertad bajo fianza, Dios sabe por qué, de Coxsackie. A menudo, mascullaba por lo bajo, cuando Bill y él salían a fumar, que quizás iba a matar accidentalmente a Stewie a puñaladas. Y así pasaron los días de aquel otoño soleado y frío, un sueño desastrado de recompensas al trabajo honrado y de segundas oportunidades.

Una mañana, Stewie les dijo a Bill y a Félix que quería los frascos de pintura al agua colocados en los estantes de tal manera que las etiquetas básicamente innecesarias —que describían de forma cómica y redundante el rojo deslumbrante o el verde asqueroso de la pintura del frasco como ROJO o VERDE— miraran todas hacia delante, a fin de que, tal como razonó sabiamente Stewie, supieras perfectamente qué puta pintura estabas cogiendo cuando atendías al puto encargo de un puto cliente. Era un tipo lógico, en líneas generales. Bill le sugirió, con mucha gentileza, que aquello parecía un desperdicio de tiempo y energía, porque hasta un idiota medio ciego y borracho sería capaz de ver los distintos colores, incluso a oscuras, joder. Pero Stewie, haciendo gala de la clase de inteligencia deteriorada e inestable que lo podría haber mandado perfectamente a la facultad de derecho si no hubiera sido tan ambicioso, no quería saber nada de aquello. Vais a hacer lo que sus diga, joder, señaló. O quizás: hacer lo que sus digo, coño. O bien: hacerlo bien, coño. Bill replicó con voz débil que, joder, venga ya, nadie puede confundir el ROJO con el AMARILLO, etcétera. Pero aquella clase de discusión no funcionaba con Stewie. Félix, atento a aquel diálogo, se toqueteó la navaja automática que tenía en el bolsillo, con la mirada puesta en el cuello pálido de Stewie, hasta que este terminó la conversación argumentando que Bill se creía un tío duro porque había estado en el puto ejército. Bill se quedó callado, buscando el significado arcano oculto de aquella conversación, pero se rindió. Qué demonios. Félix, en un aparte en voz baja, sugirió a Bill que podían lesionarle gravemente el perolo a Stewie a base de manejar descuidadamente un bidón de cuatro litros de tinta china, menudo gilipollas maricón de mierda.

Todavía no he mencionado al señor Pearl, el supervisor de almacén, coordinador de envíos (aunque él prefería llamarlos «tráfico»), encargado de inventarios y subordinado inmediato del agente de adquisiciones de Art Adventures. El señor Pearl tenía una mesa de trabajo pequeña y triste, del tamaño de una caja de cerillas, como solía decir la gente en una «era más inocente» (véase: la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, la «acción policial» en Corea, etc.). Sobre aquella lúgubre superficie organizaba sus registros de inventario, sus formularios de pedidos diarios, sus memorandos de pedidos de fondo, bolígrafos, lápices (rojos, verdes, azules), gomas de borrar y su regla mellada de madera. Y sobre aquella mesa almorzaba siempre un pedestre, humilde y nada pretencioso bocadillo, una pieza de fruta fresca y medio litro de leche, esta última envuelta en papel de cera debido a la creencia supersticiosa —refutada a diario— en que eso ayudaba a conservar la leche fría. Era lo que se podría denominar un pobre tonto. Y, desde su puesto en aquella mesilla del tamaño de un pañuelo, miraba con aprobación al joven Stewie, ¿y por qué? ¡Como si no lo supierais! Pues porque antaño él había sido igual que el joven Stewie. Sí, hasta la cara sudorosa y la chaqueta de punto raída eran idénticas.

Bill, el pobre Bill, cometió la equivocación clásica pero banal, común entre todos los empleados inexpertos y de bajo rango, de apelar las decisiones irracionales de la mente del pequeño mandamás ante una autoridad superior y supuestamente más cuerda. (¿Puedo introducir una digresión momentánea? ¡Jo, jo, jo!). O bien, como dijo Félix cuando Bill le contó sus intenciones, «tú tienes la sesera averiada, coño». El cruel pero lúcido Félix. El señor Pearl, sentado ante su escritorio de juguete, frente a un bocadillo de mortadela con queso en lonchas parcialmente destruido y colocado sobre un pañuelo blanco horripilantemente decorado con una «P» bordada desteñida y deshilachada de un color verde claro vomitivo, con las manos mugrientas y relucientes por culpa de los lápices de dibujo que había desembalado en persona aquella mañana apoyadas sobre el Mirror, miró a Bill. Y por fin habló.

Stewie es tu jefe igual que yo soy tu jefe, y cuando habla Stewie hablo yo, es como si hablara yo, ¿m’entiendes? Pero distinto, un poco como un segundo jefe, así que haz lo que te dicen y ya ve-verás como te va bien porque un clavo saca otro clavo, ¿tengo razón o tengo razón? Tú no eres como el otro tío, el cha-chaval hispano del reformatorio, no te conviene ser como él, que es de Harlem, ¿verdá? Es hispano, y tú no eres hispano, ¿verdá que no? No es por ofender, yo me llevo bien con tó el mundo, pregúntale a Stewie, con los pu-puertorriqueños, con la gente de color, pregúntale a Stewie, pero tú, tú quieres ser un hombre de verdá, un mensch, como se suele decir en judío, como Stewie, como yo, un hombre con esposa que un día podrás enseñar, una señorita limpia y maja y americana, tú eres un tío bien parecido, el típico tío bien parecido, veterano si no me equivoco, pues bueno, no todos podemos ser ve-veteranos, mírame a mí, mira a Stewie, yo era, créetelo o no, pero en mis tiempos yo era igual que Stewie, ¿te lo puedes creer? ¿Te lo puedes creer o qué? Pero ese chaval todavía no ha encontrao a la chavala de sus sueños, pero a las chavalas de arriba, de la oficina, les gusta a todas y, a ver si me entiendes, no estoy diciendo que no le gusten las chicas, no, sólo que me recuerda mu-mucho a mí cuando yo empecé en mi primer trabajo de mensajero, en el Garment, sí, en lo que quedaba del negocio, y ahora ya lo ves, ya lo puedes ver, ahora la camisa blanca la llevo yo, ¿m’entiendes? O sea, la camisa blanca, la camisa blanca, si quieres llevar la camisa blanca, tienes que, siempre se lo digo a Stewie, ti-tienes que, y te lo vía decir a ti también, tienes que no meterte en líos y llevarte bien con todos, a mí me da igual quién sea de color, quién sea hispano, un clavo saca, ya sabes, a otro clavo, esto Stewie lo sabe, ya lo creo, conoce bien el percal, sabe por dónde van los tiros, ajá, tiene la vista puesta en la camisa blanca, yo le digo como si fuera mi hijo, le digo: Stevie, tú tienes la vista puesta en la camisa blanca, ¿verdá?, jaja, ¿verdá que sí? Y Stewie pu-pues sonríe porque conozco sus planes, los conozco, yo era igual que Stewie en ti-tiempos, ¿te lo puedes creer?, ¿te lo crees?, mira mi mesa, mi mesa personal, con los bolígrafos y los lápices y la camisa blanca, la ca-camisa, ¿ves?, bolígrafos, lápices, mi teléfono, mira, a ver si lo ves, a ver si lo entiendes, pronto cuando me vaya, cuando me vaya arriba, arriba, pronto Stewie tendrá, Stewie se quedará con esto, esta será su mesa, con los pedidos diarios, sí, con la camisa blanca, sí, la camisa y sí, señor, la corbata, la camisa blanca, ajá, así que no te metas en líos, no seas un don nadie que va de enterao, a nadie le gustan los veteranos que van de enteraos, no todos lo podemos ser, no, ni tampoco como el pa-panchito ese de la penitenciaría, siempre rebotao de todo, alguien le va a, ya lo creo, cortar el rollo, no podemos serlo todo, por ejemplo, tú no eres hispano, ¿verdá? No es por ofender, no todos podemos serlo, mira a Stewie, que intentó alistarse, no todos podemos serlo, ni repanchingarse en la penitenciaría, chupando del contribuyente, ya sabes, mira a Stewie, que intentó alistarse en el ejército, en los marines, pero el asma, los pies planos, el tímpano perforado, los adenoides, algo de su familia, ya sabes, problemas familiares en Queens, astigmatismo, astigmatismo diagnosticao, la Guardia Nacional, no hemos tenido esa suerte, no, no todos hemos podido escaparnos de las obligaciones, alistarnos en el ejército o a la cárcel, ya sabes, no, así que pon las pinturas en las estanterías co-como te dice Stewie, él tiene sus métodos y son buenos, acuérdate de la camisa blanca si ti-tienes problemas y tal, ¿tengo razón o tengo razón? ¿sí o no? Pues claro, tengo más razón que un santo, joder, ahora lárgate, aprovecha la pausa del almuerzo, cógete seis minutos extra, ve y sigue mi consejo, no te acerques a ese granuja, al Félix ese de Harlem, odio decirlo pe-pero son todos unos animales por allí, todos rajando en puertorriqueño, en Dios sabe qué idioma, como monos con los cuchillos y las pistolas, así que no te metas en líos si quieres, si quieres progresar en la vida, ya sabes, subir escalafones, como Stewie, que era un don nadie como tú, como tú, hace un par de años, un don nadie, hazme caso.

A Bill lo despidieron un par de semanas más tarde por manifestar lo que el director de personal de Art Adventures denominó una «actitud negativa». Desapareció poco después. El señor Pearl «subió al piso de arriba», para ejercer de asistente del agente de adquisiciones de Art Adventures. Murió seis años más tarde en el aseo de caballeros. Stewie ocupó su asiento cuando él se fue, se puso la camisa blanca y «subió al piso de arriba» también, legándole su trabajo a un tal Carl Sheldon. Y allí sigue, igual de tonto que siempre. Lo último que se supo de Félix era que trabajaba de camillero en el Flower Hospital de la Quinta Avenida. Se había casado y tenía cuatro hijas.

—Todo funciona como la seda—

T. Lawless, Director de Sucursal: Loquitor.

Hace calor aquí dentro. Cierra la puerta. Hace frío, joder. Abre la puerta. Arregla el aire acondicionado. No entra ni una gota de aire. Sube la calefacción. Deja en paz el aire acondicionado. Fúmate un puro. Arregla la fotocopiadora. Arregla la luz. Ayuda a los de ventas en todo lo que te digan. Enséñame las piernas. Apaga ese cigarrillo. Vamos a almorzar. Arregla la puerta. Haz salir los pedidos ya mismo. Descarga ese camión. Dile a tu mujer que vas a llegar tarde. ¿Esto qué es? ¿Eso qué es? Crúzate de piernas. Abre el aire acondicionado. No te mees por todo el suelo. Llama a central ahora mismo. Fúmate un pitillo. Trae siempre las existencias nuevas primero. Pon el material de oficina allí. Pon las máquinas aquí. Pon el material de oficina al lado de las máquinas. Pon las máquinas y el material de oficina donde yo te diga. Tráeme una Coca-Cola. ¿Quién te ha dicho que encargaras tantas bombillas? Ponte corbata, por el amor de Dios. Las etiquetas mirando ADELANTE, siempre. Deja ese palé ahí. Deja ese palé al lado del ascensor. Cierra la puerta y cierra con llave. Haz el envío de las máquinas ya, ya, ya, ahora mismo. Vete a la puta mierda. No hagas lo que quieren los de ventas. Ven a trabajar el fin de semana. ¿Dónde está la carretilla? ¿Qué es un pinchazo? Apaga la ventana. Cierra el baño. Limpia las ventanas. Cierra el calor. Sácate esa puñetera corbata. Quítate el vestido. Quítate el puro. El verde aquí, el rojo ahí, el rojo aquí, el verde ahí, el azul ahí, el blanco ahí, el negro ahí, no, ahí, ahí, AHÍ. Haz el envío del puto aire acondicionado. Pon el calor en el estante de al lado del material de oficina. Ábrete la blusa. ¿Cómo que no hay sitio? Repara la puerta. ¿Dónde tienes la goma de borrar? Qué cruz tan bonita. ¿Dónde tienes el lápiz? ¿Dónde has puesto mi bolígrafo? ¿Dónde están los pedidos de ayer? Envía el inventario entero. Olvídate del papeleo. Ven temprano mañana. No hagas caso del calor. Hace demasiado sol. Coloca las persianas al lado del puro. Cierra las cortinas. Pon el culo en pompa. Demasiado ruido. Demasiado silencio. No tengo nada en contra de esa gente. Saca mis camisas blancas de la lavandería de los putos chinos. No vayas con los de ventas. No vayas por el almacén. No te acerques a mi oficina. Entrega el correo en todas las putas mesas sin falta. Recoge todo el correo todo el tiempo. ¿Quién te ha mandado que recojas las máquinas? Limpia la acera de nieve. Amontona las puertas al lado del calor. Cambia de sitio los puros. Ponte otra vez el sujetador. No te creas que los cócteles te los vas a beber tú. No te metas en líos. Abre a los de ventas. No hagas caso de las secretarias. No hables con el tío de UPS. No hables con el cartero. No vayas con esos puñeteros camioneros. No te preocupes por los detalles del inventario. ¿Por qué no funciona mi bolígrafo? Devuelve el calor. ¿Cómo que se pidió ya? Ciérrate la blusa. Ciérrate la falda. Súbete las medias. Lo pasado, pasado está. Arregla la oficina. Arregla esto. Arregla aquello. Arregla a los de ventas. ¿Quién te ha mandado que lleves corbata? Friega el suelo. Desatasca el lavabo. Desatasca el desagüe. Desatasca el atasco. Pon tu falda en inventario. Pon el armario rojo. Abre las llaves. Compra lápices y galletas danesas. Haz el azul. Haz el café. Vas a beber agua. Nada de azúcar en los pedidos, ni ahora ni nunca. Pon tus enaguas en ese estante de ahí, no, aquí, no, ahí, no, aquí, póntelas otra vez. Calla la boca. Ponme con mi mujer. Ponme al teléfono con ese judío de mierda de Pearl. Arregla el teléfono. Tacha el verde, no, el rojo, no, el aire acondicionado. Métete los expedientes en los calcetines. Se está demasiado cómodo aquí, joder. Nada de camisas blancas, nada de camisas blancas, joder, nada de camisas blancas en el puto almacén. No comas el almuerzo aquí. ¿Quién te ha dicho que podías comerte el almuerzo ahora? Nada de radios en el almacén. Aquí no te vuelvas a poner esa camisa vieja del ejército. ¿Quién ha contratado a esa zorra italiana? Ponme al teléfono con Sven Bjornstrom, ese cabrón chiflado sueco. Tócame ahí, sí, primero ahí y luego aquí. Aquí hace demasiado calor, es sofocante, cierra, no, hace demasiado calor. Arregla la ventilación o como se llame. Y también el aire acondicionado puta puerta máquina ahora mismo joder inmediatamente. Y cuéntale tus problemas a Jesucristo, mariconcillo de mierda.

—Cócteles—

Hola, soy Sven Bjornstrom. Diversas personas me han llamado a menudo sueco chiflado, y admito que soy pálido de piel y que tengo los dientes tirando a amarillos. Soy bastante competente en tres idiomas, aunque no los domino del todo, incluyendo, como podréis deducir al instante, este que estoy usando ahora. No se me permite divulgar la identidad ni el nombre del otro idioma, o tercer idioma, por razones que pronto quedarán más claras que las borrajas. Y bueno, os preguntaréis cómo es que admito que me llaman sueco chiflado. ¡Pues muy fácil! Estaré encantado de explicároslo a medida que avance mi historia. Veréis que mi vida no carece por completo de momentos de satisfacción y que también he gozado como el que más de risas de corazón, y también de la atención más que ocasional de toda una serie de mujeres, empezando por las parcialmente atractivas y luego bajando toda la escala hasta las feas variadas o algo peor. No llegué a conocer muy bien a todas, la verdad.

Siempre he intentado portarme de forma honorable y hasta con una pizca de sinceridad estricta con mis congéneres, una especie de rasgo que hay que meter a la fuerza en las cabezas de los bebés suecos, da igual quiénes sean. Día a día y año a año, la honorabilidad y la sinceridad. ¡Es lo que suele llamarse el broche de oro sueco! Muchos de estos rasgos de costumbre se basan del todo en las muchas enseñanzas de Jesucristo, o bien, como lo llamamos a veces en broma los suecos, «el primer luterano». De vez en cuando, alguien sugiere que esto se parece mucho a una blasfemia, y sin embargo al mismo Jesús le gustaba echarse unas buenas risas y un vaso de cerveza fría, sí. El mundo está lleno de mucha gente que en realidad no tiene deportividad. Hay quien opina, medio en broma, que de vez en cuando habría que matarlos, jaja.

A veces mis subordinados, compañeros de trabajo y damas diversas que conocí en el pasado me han considerado un rigorista, palabra que he buscado en el diccionario. La palabra no tiene contra-partido en el idioma sueco, pero, por lo que yo sé, la expresión más cercana que tenemos se podría traducir como «dictadorzuelo de mierda». Un término maleducado, en mi opinión, y sin embargo forma parte de mi naturaleza abierta el hablar con vigor aguerrido. La mala voluntad que muestran hacia mí deriva directamente, como la noche del día, del hecho de que, desde el feliz día en que me bajé del avión que me trajo de las bellas y verdes tierras de Suecia a este gran país de oportunidades y de dinero, he puesto el ojo y la bala en un éxito tal que me permita comprar, por fin, a crédito, los trajes de Hickey-Freeman, los zapatos de Bally-Bush, las chaquetas deportivas y las elegantemente envejecidas camisas que manufactura Lauren Polo, por no mencionar los buenos manjares y la libación de los mejores vinos franceses. Y, al aproximarme al pináculo, obtuve el símbolo indisputable del éxito, la señal de la llegada, como se entienda eso, ¡la camisa blanca! En relación con este último artículo, soy como un hombre al que conozco apenas un poco, sólo de decirle hola y qué tal y otros saludos, cuando nos cruzamos por las avenidas y tranquilas calles de Jackson Heights, que está en Queens. Se trata de un hombre construido a sí mismo, un hombre que inició su carrera empresarial siendo una especie de sórdido matón sudoroso judío de las calles. Trabajando en almacenes, en naves de carga y descarga, empaquetando y poniendo cinta adhesiva en sótanos polvorientos rodeado hasta las rodillas de periódicos viejos y virutas de embalar. Y sin embargo, ¡sí!, a base de sonrisas joviales y de lamidas de culos juiciosamente selectas a quienes estaban al mando de la fuerza de trabajo, fue subiendo lentamente hasta el puesto de supervisor severo pero justo, tal como he señalado meticulosamente, de los que llevan la camisa blanca al trabajo todos los días, ¡y almidonada!, con corbatas de maravilla. Siempre me he atrevido a tener el sueño de estar en la cima de la colina de la selva social, donde pueda relajarme de una manera o estilo sofisticados, engalanado con corbata de nudo francés, batín de fumar y pantuflas de terciopelo, con una pipa llena de ese tabaco aromático ardiente que adoran las mujeres, y echarme relajadamente a la bartola y beber sabrosos cócteles hasta hartarme con la crema de la crema. Y sonreír con gentileza mientras jugueteo con gentileza con mi culta prometida, licenciada universitaria y, creedme, no necesariamente sueca.

En breve. Mi currículo es como sigue. Primero, trabajé duro en una librería donde tuve que lidiar, en calidad de ayudante de encargado de los fines de semana vespertinos, con unos patanes de empleados que siempre estaban haciendo el vago en el almacén leyendo revistas de basura y el Daily News y charlando de chistes guarros. Además, parecía que les gustaba comerse bocadillos de mortadela en pan de corteza dura, aunque sólo menciono estas obsesiones culinarias porque se comían aquellos alimentos a plena vista de los clientes, descuidando por completo la tarea de ordenar y cuidar las enormes existencias de pósteres de toreros que tenía la tienda, un artículo que no podíamos simplemente dejar en las estanterías y marcharnos, como suele decirse. También se burlaban y se choteaban de mi sentido de la conducta ordenada y se echaban a reír a carcajadas cuando yo empleaba una cinta métrica para asegurarme de la disposición uniforme y pulcra de las pilas de libros que había sobre las mesas y también de su atractivo. Cada pila desplegada de tal forma que los clientes ociosos pudieran ver los libros con facilidad, a pesar de que la mayoría eran unos tacaños y apenas compraban nada. Aquella atención devota por mi parte al cuidado de las cosas no era, insisto, una tendencia cripto-fascista que yo tenía. Soy, tenéis que recordarlo, una persona sueca, como ya he sugerido. Llevaba chaqueta de punto pulcramente abotonada para ejercer mis obligaciones, además de una pajarita bastante desenfadada, un poco al estilo, creo yo, de un profesor universitario, y esa indumentaria no es señal e indicio de tiranía oculta ni de aflicción mental. ¡No!, protesto con tenacidad.

Lo admito, y lo he admitido jovialmente en el pasado reciente, tanto en charlas orales como escritas, doy testimonio de que a veces sí me permito aspavientos un poco frenéticos con los brazos y gritos roncos, palabrotas en sueco y, hum, chillidos ensordecedores, estando de servicio, además de dar pisotones vigorosos con el pie en los suelos y aporrear con los puños el mostrador. Nada de naturaleza grave, pero sí lo bastante como para ver alejarse de mí la ansiada coctelera a bordo de una nube de odiados bocadillos de mortadela. Fue difícil de estomagar la imagen de mi sueño plateado rompiéndose en muchos añicos. El encargado de la tienda, un italiano de piel oscura, me sugirió en tono hosco que estaba alarmando a los clientes y ahuyentándolos, ¡a aquellos inútiles roñosos! Y también que la chusma de empleados estaban despidiéndose con regularidad porque yo les interrumpía la pausa del almuerzo. Pero entonces me pregunté a mí mismo: ¿qué sabe este italiano grasiento de mis deseos de éxito supremo? ¡Podéis estar seguros de que él sí se bebía los cócteles! «Señor», le aseveré una tarde con una sonrisa, «usted se está bebiendo los cócteles, ¿verdad que es un hecho? ¿Y qué pasa con mi oportunidad de alcanzar la tierra prometida?» Se apartó de mí con lo que estoy seguro de que era fingimiento de perplejidad alarmada, y me dijo con celeridad que recogiera mis chaquetas de punto y abandonara el establecimiento. No estaba funcionando como ayudante de encargado de fines de semana vespertinos, afirmó aquel gánster.

Muy poco tiempo después, mi mujer hizo las maletas y me dejó, cansada, o eso afirmaba, de escuchar mis sueños. «¡Gánate la vida!», afirmó la muy ramera. Pero sin rendirme bajo ningún concepto, pronto reivindiqué un nuevo talento en calidad de traductor para una empresa de importación-exportación, hasta que las ventanas de mi mente iniciaron su lento empañamiento por culpa de inoportunos pensamientos lascivos, provocados por la visión de una mujer de mi departamento que empezó a ponerse unas faldas perturbadoramente ajustadas y también demasiado cortas para una dama. Además, mis compañeros de trabajo fumaban, un hábito más peligroso para el espectador inocente que un mes de intensos combates, lo han demostrado las investigaciones. Y fumaban todo lo que les placía. Me alegro de poder informar de que, con lo que he ahorrado en mi vida a base de no fumar, me he permitido muchos caprichos instructivos como, por ejemplo, diversas revistas científicas y baterías para linternas. ¡Y más que unas cuantas! La realidad era que yo no sabía portugués, mi terreno de responsabilidad traductora en la empresa, pero aun así persistí. Mis recias versiones de cartas y contratos redactados en aquella lengua bárbara no eran todo lo precisas que podrían haber sido, y al añadir mi atenta mirada al cuerpo de la impúdica señorita al asunto de las traducciones, que el jefe de departamento calificó de «bastante increíbles», si no recuerdo mal, fui mandado de forma innoble a hacer las maletas como resultado de ser puesto de patitas en la calle. Debo añadir que hasta entonces no había bebido nada más que cerveza con mis irrisorios almuerzos, mientras que a mi alrededor un montón de gente que no era mejor que yo se hartaba de beber cócteles.

El desgraciado y tremendamente inculto matón que dirigía el almacén de carga en mi siguiente trabajo, donde yo ejercía de agente de adquisiciones, contable y encargado del correo, y en realidad más o menos de jefe de cocina y lava-botellas, por si alguien lo entiende, para una distribuidora de libros de bolsillo, era asquerosamente arrogante. Me señaló que yo era un «puto chiflado», si no recuerdo mal su jerga vil, cuando le insistí, en calidad de ayudante de supervisor temporal en funciones de la sala del correo, en que el correo promocional se tenía que sellar, una vez metido en el sobre, PRIMERA CLASE dos veces en la parte de delante del sobre, dos veces en el dorso y una vez en las etiquetas. Una vez más, masculló una imprecación directamente dirigida a mi benignamente sonriente persona. Por esta razón, me trastorné nerviosamente un poco, como es natural, di un salto en dirección a los soportes de madera que unían dos estanterías de libros entre sí y me quedé allí balanceándome, con bastante galanura, a fin de enfriarme la cabeza y recuperar la calma que me pertenecía. El jefe llegó a escena poco después. «¡Sólo quiero BEBERME LOS CÓCTELES!», clamé vigorosamente. Rápidamente, y ante la interrogación tempestuosa del jefe, sugerí que el granuja del almacén de carga, que jamás había poseído ni una sola camisa blanca como la que yo llevaba a diario, no estaba ejecutando mis autoritarias órdenes. Es decir, estaba haciendo lo que podía para obstruir mi ascenso a la cima del escalafón de la empresa. Y, en aquel momento, una mujer que no había hecho ningún caso de mi presencia en la empresa desde hacía tiempo se metió un caramelo Chimos en la boca blandengue y la escoria del enclave de carga desenvolvió grandes bocadillos de mortadela delante de mí, ¡gritando su desdén con aquel mensaje silencioso! Vi evaporarse de nuevo mis sueños de una América de cócteles. Debí de desmayarme en medio de un maremoto de risas y pronto me encontré nuevamente «de patitas».

En los últimos meses, he estado llamando a varios colegas míos de antaño a las tres de la madrugada para transmitirles palabras severas de odio anónimo. ¿Persona sueca chiflada? ¡Ya les enseñaré yo quién es una persona sueca chiflada! También he avituallado mi despensa y mi alacena, o como se llamen esos armarios aquí en la tierra de los sueños hechos realidad, con Bloody Marys y Manhattan preparados para beber y otros caprichos alcohólicos. A temperatura ambiente no es como más buenos están, así que espero que la compañía eléctrica acceda a mis deseos de volver a activar el suministro. Aun así, cuido mi aspecto, camisa blanca, pajarita, chaqueta de punto, punta en blanco. He descubierto que en materia de color esto se llama azul eléctrico, lo que un libro que una vez hojeé entero denominaba «el color de la locura». El autor es bien conocido por ser un pervertido homosexual, pero debo intentar amarlo a pesar de todas sus tendencias morales inapropiadas. Puede que le haga una breve llamada telefónica una madrugada y ya se puede ir preparando, como se dice por aquí. ¡Os aseguro que mi meta de beber cócteles sofisticados con lo más elegante de la alta sociedad no es la simple meta de un atontado corto de luces! Mi reloj Timex me informa ahora de que ya están listas las patatas hervidas que hierven sabrosamente en mi fogón de gelatina combustible. Junto con una taza de sabroso café instantáneo y unas cuantas páginas selectas de un buen libro, voy a cenar relajadamente, aunque preferiría intercambiar comentarios agudos con mujeres hermosas y discretas bajo la pálida luz de la luna, como ya habréis adivinado. Está bien ser extranjero en América, a pesar de las groserías que te encuentras.

—Giran las ruedas—

Queridos nuevos colegas y amigos: los agentes de ventas, debido a que trabajan sobre el terreno, no tienen tiempo para responder a las peticiones de muestras, información, instrucciones u orientación que les formulan los clientes o clientes potenciales; ni tampoco tienen tiempo para entablar relaciones amorosas ni sexuales con esa gente. A menos, claro está, que consideren que dichas interacciones puedan conducir a una cuenta de cliente cuantiosa. Siempre existe la posibilidad de acompañar misivas diversas con fotografías de naturaleza sugerente o estimulante, junto con ocasionales regalos de dinero, y es posible que esos artículos hagan cambiar de opinión a las mentes más determinadas. Vosotros, en calidad de corresponsales, aquí en el Departamento de Correo, no estáis en posición, ni estaréis jamás en dicha posición, de juzgar si el personal de ventas sobre el terreno va a tener el tiempo ni la inclinación necesarias para contestar a esas cartas «personalmente», si se me permite usar esa palabra, cargada, oh, cargada como está de veleidad y sugerencias. Importa poco, en otras palabras, qué opinión podáis tener de dichas cartas, dado que todas las cartas que aterrizan —y uso este término después de considerarlo bien—, que aterrizan en vuestras mesas respectivas, por mucho que estas puedan llegar a abarrotarse de parafernalia e impedimenta surtida, serán necesariamente aquellas que ya hayan pasado por el proceso de veto de la planta veintitrés, es decir, del Departamento Alfa de la División de Material Escolar, Sucursal Sudoeste, departamento supervisado por nuestro señor Bjornstrom, hombre al que nuestros otros supervisores —y hay muchos— llaman «el hombre del matasellos», o bien, tal como a él le encanta describirse a sí mismo burdamente y bastante jovialmente, y hasta histéricamente, «el Dictadorzuelo de Estocolmo». Estocolmo está en Suecia, por supuesto, la patria del señor Bjornstrom. Estas instrucciones, pues, se os suministran en caso de que aterrice en uno de vuestros escritorios una carta sin vetar de un cliente o cliente en potencia, algo que, por supuesto, no sucederá nunca. Si sucediera, en fin, no hace falta penetrar en los entresijos de semejante eventualidad imposible. De momento.

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