Kitabı oku: «Tierra fresca de su tumba»
Giovanna Rivero

Giovanna Rivero nació en Montero, Bolivia, en 1972 y vive en Lake Mary, EEUU. Es escritora y doctora en literatura hispanoamericana.
Es autora de los libros de cuentos Las bestias (1997, Premio Municipal Santa Cruz), Contraluna (2005), Sangre dulce (2006), Niñas y detectives (2009) y Para comerte mejor (2015, Premio Dante Alighieri 2018).
Ha publicado cuatro novelas Las camaleonas (2001), Tukzon (2008), Helena 2022 (2011) y 98 segundos sin sombra (2014, Premio Audiobook Narration y llevada al cine por el director boliviano Juan Pablo Richter). Entre sus libros juveniles destacan La dueña de nuestros sueños (2005) y Lo más oscuro del bosque (2015, Libro recomendado del año por La Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil).
En 2004 participó del Iowa Writing Program y en 2007 recibió la beca Fulbright. En 2011 fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de “Los 25 Secretos Literarios Mejor Guardados de América Latina” y en 2015 le otorgaron el Premio Internacional de Cuento “Cosecha Eñe”.).
Candaya Narrativa, 72
TIERRA FRESCA DE SU TUMBA
© Giovanna Rivero
Primera edición impresa en la Editorial Candaya: febrero 2021
© Editorial Candaya S.L.
Camí de l’Arboçar, 4 - Les Gunyoles
08793 Avinyonet del Penedès (Barcelona)
www.candaya.com
facebook.com/edcandaya
Diseño de la colección:
Francesc Fernández
Imagen de la cubierta:
© Francesc Fernández
Maquetación y composición epub
Miquel Robles
BIC: FA
ISBN: 978-84-18504-30-3
Depósito Legal:B 2125-2021
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier procedimiento, sin la previa autorización del editor.
Para Pablo, mi hermano menor,
que se comió su propia sombra.
Índice
La mansedumbre
Pez, tortuga, buitre
Cuando llueve parece humano
Socorro
Piel de asno
Hermano ciervo
LA MANSEDUMBRE
I
¿Era caliente el líquido viscoso que te dejaron ahí?
¿Caliente?
–Tibio. Viscoso. ¿Era un líquido como la clara del huevo? La clara, Elise, cuando recién quiebras el cascarón…
–Sí. Creo que sí. No lo sé. Pensé que era sangre del mes.
–Y sin embargo no era. Era la semilla de un varón.
–Sí, Pastor Jacob. Digo la verdad.
–La verdad siempre es más grande que los siervos. Y más si la sierva se ha distraído, si no se ha cuidado como lo exige el Señor. Nosotros vamos a determinar cuál es la verdad. Según hemos grabado en tu primer testimonio, tú estabas sumida en un sopor extraño como si hubieras ofrecido tu voluntad al diablo.
–Yo jamás le ofrecería mi voluntad al diablo, Pastor Jacob.
–No digas “jamás”, Elise. Somos débiles. Tú eres muy débil, ya ves.
–Yo estaba dormida, Pastor Jacob.
–Eso lo tenemos en cuenta.
¿...Vendrá mi padre a la reunión de los ministros?
–No. El hermano Walter Lowen no puede formar parte de la reunión. Ya la deshonra y la tribulación lo tienen muy ocupado. Anda, Elise, dile a tu madre que traiga las sábanas de esa noche, vamos a examinarlas. Que ya nadie las toque. Todo es impuro ahora, ¿me entiendes?
–Sí, hermano Jacob.
II
Su padre la mira por unos segundos y luego aparta los ojos, avergonzado, piensa Elise, o enojado. O ambas cosas. De inmediato vuelve a ocuparse del tema que los ha llevado hasta allí, hasta esa villa en los márgenes de la vida. Ese conjunto de casas no se parece en nada a la colonia. Son construcciones dispersas, obstinadas en alcanzar algún retazo de ese cielo sucio, sin pájaros. Dos o tres horribles edificios de ladrillo visto y ventanas mezquinas reinan en todo ese lodo. Elise mira sus zapatos y piensa que debería quitárselos, cuidarlos mejor por si el pie le crece. Tiene quince, es cierto, pero ha escuchado que a su abuela Anna el pie le creció hasta que tuvo su primer hijo, a los dieciocho. Ella es muy parecida a la vieja Anna: los ojos casi transparentes, la frente redonda, como ideando soluciones o alabanzas. A ella también, cuando canta, se le brotan azules como riachuelos subterráneos las venas de las sienes. Eso es cantar con amor, dice su padre. O decía. Porque después del último turbión el mundo se precipitó sobre ella.
Elise entiende palabras salpicadas del español que su padre utiliza para hacer las transacciones con el indio. “Tractor”, “luna” y “quinientos pesos” es lo que Elise comprende. Aunque no está muy segura de la última. También podría ser “quinientos quesos”. El año anterior, cuando el turbión de junio desbordó el río y los cauces artificiales y ahogó sin un ápice de piedad las plantaciones de soya, Walter Lowen, su padre, salió del paso aumentando la producción de queso. Ella le rogó con humildad que le permitiera acompañarlo a la feria de Santa Cruz para ayudarle a vender los quesos. Eran más de quinientos rectángulos perfectamente cuajados, con la mejor leche, apenas dorados por los pocos rayos de sol que se colaban entre las altas ventanas del galpón donde las mujeres se encargaban del desmolde. Esa vez comprendió poco, casi nada, de lo que su padre hablaba con los compradores. Algunos la miraban sin disimulo, tal vez elaborando razones genéticas descabelladas para entender los inquietantes ojos albinos, y murmuraban algo o le sonreían directamente. ¿Era bonita Elise? No precisamente, pero tenía que agradecerle al Señor la composición definida de su rostro, la manera en que el mentón se apretaba contra el labio inferior, un poco más grueso que el superior, y que era lo que según la propia abuela Anna le exigía ser más sencilla, protegerse mejor.
Protegerse. Contra el turbión que todo lo destruía a puro dentelladas de electricidad y agua. Protegerse, sí, ¡contra los designios del Señor! Y que Walter Lowen jamás la escuchara blasfemando así.
Aunque es probable que su padre también blasfemara. Lo había encontrado llorando con ira en los cobertizos, mientras les prendía fuego a las sábanas ensangrentadas cuando por fin se las devolvieron, después de días de discusión en la reunión de ancianos y ministros. Y llorando cuando en medio de la noche, como si fueran ladrones de lámparas, de luces ajenas, subieron las cosas más importantes al buggy: el cofrecito oxidado con los ahorros, los bolsos con ropa, el edredón de cuidadosos tulipanes bordados en puntos rellenos tan gorditos que provocaba tocarlos y tocarlos, los álbumes y los casetes con las imágenes y las voces de sus muertos. No eran ellos los que debían marcharse. Pero eran ellos los que se marchaban. “No miren atrás”, les ordenó Walter Lowen, y entonces ella apoyó su cabeza cubierta únicamente con la pañoleta sobre el hombro blando de su madre y se concentró en el traqueteo del buggy que registraba, bajo sus ruedas de hierro, cada bache, cada uno de los tajos que el turbión había hendido en los caminos. Su cabeza contra el pecho oloroso a suero, a cebolla y vainilla de su madre, el deseo más fuerte que su joven espíritu de dejar todo atrás, de no mirar, como exigía Walter Lowen, que repitió justamente eso, “no miren atrás”, hasta que la frase no tuvo sentido porque ya otro pueblo con sus tentaciones modernas comenzó a prefigurarse inevitable en lo que debía ser el horizonte.
III
–Mientras el diablo te poseía, Elise, ¿te decía algo? ¿Te susurraba cosas al oído? El diablo susurra. Su voz no ha de haberte parecido muy autoritaria, ¿verdad? El diablo seduce.
—¿El diablo me ha seducido, Pastor Jacob? Es que yo pensé que era el hermano Joshua Klassen. Creo que tenía sus ojos y el lunar de arroz cerca de la boca… Yo pensé…
—¡Cuántos detalles, Elise! Pero dices que “crees”. El diablo hace esas cosas en la imaginación cuando la imaginación se rebela, y somete también a la observancia, al temor de Dios. Tus padres, Elise, ¿en qué andaban? Hemos sabido que el hermano Walter Lowen intentaba firmar unos tratos con un supermercado en Santa Cruz. Si él hubiera repartido esas tareas con la comunidad, habría cubierto todos sus deberes. El hambre de posesión le ha corroído la templanza. Tus padres no han vigilado tu educación, Elise. Ellos han fallado en mantener la disciplina bajo su techo; ellos también son responsables de este episodio de maldad. Eres una víctima de las tentaciones del mundo y por eso los ministros hemos clamado al Señor por piedad. Piedad para ti, pequeña Elise, y piedad para tus padres y hermanos que están tan avergonzados.
—¿Qué pasará con nosotros, Pastor Jacob?
–Tienen que recogerse mucho, Elise. Hay que mirar adentro, a las cosas del hogar. Por un tiempo no trabajarás en la tierra ni en la quesería de tu padre. Puedes perfeccionar otras virtudes, Elise. La asamblea va a hacer algunos negocios con la gente de Urubichá. Ellos tejen hamacas coloridas, pero son malos con las flores, con las representaciones de la naturaleza, que es siempre el mejor adorno. Tú puedes tejer o bordar piezas así, modelos humildes y armoniosos que agraden al Señor. Todo desde la cabaña. Ahora tendrás que cuidar ese fruto, ¿verdad?
—¿Este… fruto?
–Es tuyo, Elise. Si el Señor permite sus latidos en tu seno joven, hay que dar gracias. Es fruto de tu cuerpo.
–Pero… ¿acaso este fruto no es del diablo, Pastor Jacob? ¿No es el fruto de esa seducción que usted dice?
IV
El terreno al que se mudaron es vecino de esa villa. No tuvieron que llegar a levantar cabañas porque antes de ellos habían desertado los Welkel y fue ese clan el que los acogió mientras construían sus propios cuartos. La mano derecha que ayuda a la izquierda. Nadie ha prohibido que lo digan: “hemos desertado”, no es necesario mentir. Elise todavía extraña la luz brillante de Manitoba, pero este sol atónito tampoco les ha permitido esconder ningún secreto. No es un éxodo más, es una fuga. Comienzan otra historia. Un día dirán: Mateo Welkel respaldó a Walter Lowen con los trámites del crédito y la compra de un tractor. Ese fue el génesis. Antes del turbión, después del turbión. Y luego el tractor.
Desde hace tres meses, a riesgo compartido, comenzaron a alquilar la maquinaria y su propio trabajo a las obras que proliferan en la zona. Es increíble cómo aquel tractor con fantásticas ruedas de goma puede alzar tales cantidades de material. Hay algo de conmovedor en la fuerza empecinada del tractor arrastrando los residuos de un lado para otro como lo haría una bestia. ¡Es un verdadero Goliat! Cuando los contratos concluyen y la bestia duerme su cansancio, los quince chicos Welkel, excepto Leah Welkel, se montan presurosos en ese trono alto de comandos y palancas. Leah los mira desde abajo y se despide de sus hermanos con exagerados gestos e infinitas bendiciones como si el tractor fuese a alzar vuelo en cualquier momento hacia un lugar del universo donde solo van los varones.
—Ven, Leah —la llama Elise.
Elise prefiere dejar que Leah le haga un dédalo precioso de trenzas en su pelo rojizo.
—¿De dónde has sacado este pelo, Elise? —pregunta una y otra vez Leah, como si Elise no le hubiera explicado incontables veces que ella es el espejo en el tiempo nuevo de su abuela Anna, que en el clan de Canadá las mujeres nacen con esas hebras casi púrpuras. Pero a Leah Welkel hay que tenerle paciencia porque pertenece a ese tipo de seres humanos que nace con dificultad para guardar en la cabeza tantas cosas que ocurren en una jornada. También el mayor y el séptimo de los Welkel son incapaces de atesorar la realidad en su cabeza. Dios los ha querido pobres y pequeños en todo aspecto. Es el precio de haberse quedado en la misma colonia por tanto tiempo, generación tras generación. Finalmente te casas con tu primo, aceptas que parte de tu cosecha se dañará, renuncias a la perfección.
A Leah también la han poseído, y Leah le ha contado que lo mismo ha sucedido con dos de sus hermanos. Su padre les ha ordenado no hablar de eso, purificar la herida con el silencio.
—Pero yo no sé cómo ser obediente —le ha dicho Leah con los celestes ojos húmedos, llenos de culpabilidad.
Elise no siente más pena por la estupidez santa de Leah que la que siente por sí misma. Sentir pena por uno mismo es un modo en que la soberbia, el más fino de los pecados, se escurre por los resquicios del alma, dijo en una prédica el Pastor Jacob, pero Elise no puede evitarlo. En algún lugar tiene que haber misericordia para ella. Al Pastor Jacob no lo han poseído. El Pastor Jacob no se quedará solo por el resto de su vida, larga vida, porque su mujer le ha dejado esa descendencia vasta. Elise, en cambio, tendrá que cuidar de sus padres hasta el final, especialmente porque el Señor ha segado el vientre de su madre y ella, Elise, es la última Lowen de Manitoba.
—No tendrás esposo, es verdad —le dijo durante su primer testimonio el Pastor Jacob, apretándole los hombros—, pero tendrás un hijo, un fruto.
A la pobre Elise se le estremecieron sus pezoncitos cuando el Pastor Jacob la sentenció de esa manera. Miró a los pájaros y solo vio orgullo y belleza en su vuelo alto. Miró a las vacas, sus ojos lánguidos y piadosos, y se sintió mejor. Si no fuera pecado, si todo no fuera pecado, se habría sentado a mugir allí mismo, en medio de la granja. Sí, porque aunque en ese momento no lo sabía, de entre todas las cosas, eran las vacas las criaturas que Elise iba a extrañar con el corazón hecho un escarabajo. No a esos ruiseñores sin alma ni a los árboles colosales y de panza inflamada como una hembra encinta.
V
–Elise, nos hemos equivocado. Tú no eres la única muchacha que ha sido tomada durante la noche.
—¿No?
–Hay muchas otras, Elise. Muchas. Esto es una terrible abominación.
—¿Y qué van a hacer para procurar justicia?
–Tenemos que reunir fuerzas, Elise. El consejo de ancianos ayunará. Las madres ayunarán.
—¿Y después del ayuno, Pastor Jacob?
–El ayuno nos dará luz, Elise. Que no te gobierne la desesperación. El diablo se aprovecha de esas miserias.
–Pero si la comisión ya sabe que no ha sido el diablo, ¿verdad, Pastor Jacob? Ha sido el hermano Klassen, en mi caso. O entonces, ¿por qué lo han enjaulado? ¿Y las otras, Pastor Jacob? Margareta, Katarina, Aganetha y Lorrae acusan al hermano Dick Fuster.
–El diablo se apodera de nuestras voluntades, Elise, pequeña. ¿Acaso tus padres no te han enseñado eso? Yo mismo, en la prédica, ¿no les he advertido de las trampas del diablo? El hermano Klassen ha caído, igual que tú, igual que Katarina, que Aganetha o que el hermano Fuster. Nos ha faltado observancia.
–Pastor Jacob…
–Dime, Elise.
–Van a castigarlos, ¿verdad?
–Tendrán que hacer mucha penitencia, sí. Tendrán que trabajar mucho para la comunidad, mucho más que los otros hombres…
–Pero van a castigarlos, ¿no es así? La penitencia no es un castigo, Pastor Jacob.
–Estas querellas intelectuales en tu mente joven son ociosas, Elise. En adelante conversaré con tu padre únicamente. Ya tenemos todos los testimonios que necesitamos. Tus palabras, ya las tenemos. Tú y las otras estaban dormidas. El Señor las ha bendecido con ese sueño profundo para que no haya traumas, para que perdonen sin dificultad. A todos nos duele esta tragedia tanto como a ti, Elise.
—¿Tanto como a mí, Pastor Jacob?
–Vete, Elise Lowen. Entra a casa y ayuda a tu madre.
VI
Esta vez, lejos de las leyes de Manitoba, Walter Lowen ha permitido que Elise lo acompañe a las obras que dirige el indio, mientras el resto de las mujeres hornea galletas y desmolda quesos –ahora no muchos– en un cuarto tan pequeño que es imposible no salir hediendo a ese aroma dulcemente agrio de las vacas.
El indio y su padre han trabajado todo el día, turnándose para excavar y remover la tierra que brota y brota inagotable del pozo que se va formando. Elise se acerca de a ratos y espía esa tripa angosta y siente angustia y vértigo, entonces se acomoda el sombrero de paja encima de la pañoleta y vuelve a sentarse sobre los materiales de construcción a mirar a los dos hombres. Qué pálido y qué alto se ve su padre junto al hombrecito de facciones contundentes, los pómulos desafiantes cual piedras ígneas que el sol fuera a rasgar a fuerza de luz. Que su padre hubiera llorado en la cabina telefónica mientras marcaba el número de Canadá de la abuela Anna le parece ahora increíble. Entendió que la vieja Anna dijo: “tienes que hacer algo”. Así fue como en la madrugada subieron las cosas al buggy y no miraron atrás.
Cuando el pozo es ya un cilindro negro, una obra bien hecha, los dos hombres beben la limonada que les ofrece Elise. Huelen a animales, a las vacas que los granjeros traían de regreso después de aparearlas, no una, sino muchas veces. El trabajo hace eso, saca todo lo de animal que el Señor ha permitido que permanezca en nosotros, pero también lo purifica. Elise siente náuseas y le pregunta a su padre si puede regresar a la casa; sabe que pregunta una idiotez, que no se le permitiría caminar sola en ese mundo de lodo al que se han mudado; pero es que sus vidas mismas han cambiado, no pueden negarlo, y quizás Walter Lowen ahora decida que lo importante es sobrevivir, estar juntos, perdonarla inclusive.
Pero Walter Lowen le ordena quedarse. El indio y él esperan a una tercera persona y Elise debe acompañarlo hasta el final, hasta terminar la jornada. ¿No es eso lo que ella quería? ¿No es esto lo que deseas, Elise? ¿Ocupar con hidalguía el lugar del hijo varón?… No importa si estás preñada, mejor aun si estás preñada de un niño. Un pequeño Lowen. Necesitaremos muchos cuerpos para sacar adelante estas vidas en Santa Cruz, para mantenernos fieles a Dios cuando todo está en contra. Y es que, aunque parezca increíble, en la ciudad Dios se debilita, se asusta, se arrincona en la oscuridad de los actos.
Elise se incorpora, se alisa el vestido de flores gigantes y mete su nariz en los bordes de la pañoleta que, además de cubrirle la cabeza avellana, casi púrpura, le da una vuelta al cuello; supera las náuseas; se acaricia instintivamente el bulto que le sembraron adentro, ella en la profunda inconsciencia, como una anunciación bastarda.
El indio le mira el vientre por un instante y luego parece olvidarlo, distraído por el breve desfile de colegialas que a esa hora salen o se escapan descosidas y exultantes de las aulas. También Elise se olvida por un rato del bulto vivo que le come la juventud desde dentro, allí donde nadie nunca había estado antes, no hasta esa noche, después del turbión. Mira a las chicas con sus uniformes blancos y azules y siente sus risas como agujas de oro bordando texturas invisibles en el aire, flotando sobre la música de sus celulares, una música que es una vibración furiosa y feliz. Mira sus zapatos deportivos, sus pantorrillas bronceadas, las melenas cortas, las mejillas altas, sin pecas, solo rubor y una intensidad desconocida. Y en esa contemplación se sabe absurda y sola.
Walter Lowen, en cambio, no se distrae. Es un hombre todavía joven, acostumbrado a transacciones rápidas y a llevar cuentas muy claras. Igual, Elise intuye una inquietud, un nerviosismo distinto en los gestos rudos de su padre. No encuentra entre las palabras que va aprendiendo en español ninguna que le permita comprender la conversación entre los dos hombres. No puede saber que, en cierto modo, ahora hablan de política.
—¿No tienes miedo de que venga la prensa? Los periodistas son bien metiches —dice el indio. Con la boca apretada mastica bollitos de coca que saca de una bolsa de plástico. También a eso huele aquel hombre. Desde que lleva el bulto adentro, moviéndose con un regocijo que le va partiendo las caderas adolescentes, para Elise todo es olor. Pero el olor del indio, de su boca oscura exprimiendo el jugo vegetal, le gusta. Huele a bosque. A un bosque sucio y hondo.
—Por eso hemos desertado también —explica Walter Lowen—. Es una vergüenza —dice, moviendo la cabeza para espantar a los cuervos invisibles de los recuerdos.
—En tu religión está prohibido matar, ¿no? —dice el indio casi sonriendo, los dientes fuertes manchados de aquel bosque agrio.
—Esa potestad es de Dios nomás, eso te enseñan, así aprendemos toditos —dice Walter Lowen.
Al indio le causa gracia el acento fuertemente oriental del menonita, las palabras mutiladas por la respiración llena de oxígeno. ¿Cómo sería Walter Lowen de haber llevado a su familia a un pueblo montañoso? A El Alto, por ejemplo. Allí nada habría quedado impune. Los hombres se habrían alzado llenos de coraje y hambre de lobos, y las mujeres, esas peor, esas sí. Gasolina, kerosene, alcohol, palos, dinamita, piedras, lo que sea habrían agarrado para hacer justicia. Y el culpable, ¡ay del culpable!, convertido en inmensa antorcha de redención, habría clamado piedad hasta que se le reventara la garganta mientras las gentes le espetarían su delito. Pero estos menonitas cambas confían demasiado. A lo mucho, como este señor, el Walter Lowen, desertan, según dice, como si fuera soldado de la Guerra del Chaco. Pero la Pachamama no entierra así nomás el pasado. Ni aunque sean alemanes cambas, o de dónde serán pues, pero ni así se hace tres cruces al daño.
—Yo primero pensé que habías desertado por el gobierno. Ahora ya no es posible tener tanta tierra para uno solito ni aunque seas un grupo grande como los menonitas —dice el indio—. En el Paraguay también les han expropiado. Antes, claro, ustedes los gringos de las sectas llegaban invitados por los gobiernos. El MNR ha sido el más abierto. El Víctor Paz Estenssoro, con su Revolución de la Reforma Agraria del 52, ha repartido tierras como si fuera chicha o singani. Toma, para ti, a los japoneses; toma, para ti, a los menonitas. Obreros en las minas, campesinos a sembrar, diciendo. Claro que eran tierras cerradas, ¿no? Bien duro les ha tocado a ustedes trabajar la tierra, doblegar la selva, abrir caminos, alzar sus casitas, ¿no? Pero si te das cuenta, señor Lowen, no hay mal que por bien no venga; así es nomás, ¿no? Lo que le ha pasado a tu hija te ha obligado a salir como alma que lleva el diablo —Ríe el indio de su ironía, contento de esa sagacidad cultural que le nace de algún lugar más profundo que su propio temperamento.
—Ha sido una tragedia…
—Disculpame, señor Lowen, pero es verdad. Has dejado tu Manitoba justo antes de que llegue el gobierno a parcelar esas tierras. Bien lindas deben ser esas tierras. Bien a tiempo has desertado, señor Lowen. Bienvenido a esta parte, señor Lowen —Ríe el indio, a tiempo de meterse otro bollo de ese oro verde maravilloso que a Elise le produce tanto deseo. No ser vaca y comer loca de alegría el pasto tierno de las praderas.
VII
“Serás mi mujer, Elise Lowen. Cuando yo quiera. Como esta noche. Hoy eres mi hembra. Yo entraré en ti en las noches, en tus sueños. Vendré siempre y me llevaré tu aliento. Qué tibio es tu aliento. Y el sabor de tu cuello”.
–Elise, Elise, levántate, Elise.
—¿Madre?
—¿Con qué soñabas, Elise? Ya no sueñes así, hija mía. Olvida, olvida.
–Madre…
–Nos vamos, Elise. Ayúdame. Recoge la ropa. Mete nuestros zapatos en una caja.
—¿Nos vamos? ¿Adónde?
–Lejos, Elise. A Santa Cruz. Allá vas a parir.
VIII
Este es, dice Walter Lowen, señalando con su mentón rubio al hombre de overol azul que se acerca. El indio se mete otro bollo de coca, Elise también quisiera meterse algo a la boca, un bosque completo, hojas y flores, espinas incluso, para aquietarse ella y aquietar al bulto que ahora se ha ensañado con su pelvis golpeándola con terquedad, como si el cuerpito de la joven no fuera hogar suficiente para nadie, como una asfixia que crece adentro y afuera. Es que Elise ha reconocido al hombre del turbión. Es decir, no lo ha reconocido, no debería reconocerlo, no tendría cómo, pero el lunar de arroz de ese hombre le sirve como esos puntos desde los que se comienza un dibujo. Es su miedo el que completa los rasgos de aquella cara tan cerca de la suya. No confía en sus recuerdos y sin embargo todavía siente el aguijón que le parte el pecho y permite que un vendaval negro la atraviese, rasgándola como se rasga un corte de tela, de extremo a extremo, sin posibilidad de volver a zurcirse. Recuerda que ella dormía, cansada de acarrear los moldes de queso del galpón al comedor de la cabaña, pues el río descuajado por el turbión avanzaba como un demonio, un monstruo que se rompía en mil tentáculos de agua, metiéndose en los galpones. Las cabañas se salvaban porque estaban sostenidas por fortísimas estacas que los hombres de la comunidad habían anclado en las colinas, ayudándose unos a otros. Ella dormía, sí, cuando ese olor pestilente, esa mezcla de veneno, detergente y sudor, la tomó como un vaho, el vaho de azufre que el Pastor Jacob decía que el diablo dejaba al pasar.
¿Te gusta esto, Elise? ¿Lo habías hecho antes? Ni en sueños, ¿verdad?
Walter Lowen tuvo que aceptar que su hijita, la virgen Elise Lowen, había sido la elegida del enemigo. Era una prueba para todos. Al principio, Elise no negó, no corrigió, no compartió sus sospechas. Luego se impuso la visión de Joshua Klassen rociándole el espray que usaba para dormir el ganado cuando lo intervenían, ya fuese para castrarlo, curarle los cascos o arrancarle terneros muertos. Fue él, dijo entonces Elise. Pero el rumor de que el diablo había instalado un reino temporal en Manitoba era ya una verdad inmensa, como verdad era la media luna de su pancita de niña.
¿Lo habías hecho antes?
Pero allí está otra vez, Joshua Klassen. Allí, como un fantasma olfativo, la estela nefasta de ese espray narcotizante que esa noche aplastaba para siempre la dignidad de la cabaña Lowen.
Serás mi mujer. Yo entraré en tus noches, en tu cuerpo, en tu cuello. Siempre. Entraré, Elise. Y toma la mano joven de Elise y con ella se rodea el miembro hinchado, la obliga a conocer, incluso en la inconsciencia vil, que es en ese áspid donde el diablo fermenta lo suyo. Hueles a ternero, Elise. Así me gusta. Así. Y tu llanto, Elise, cuánto me enciende. Anda, llórame en la oreja, ternerita Lowen.
No, no es la conciencia de Elise la que recuerda a Joshua Klassen suspendiéndole el camisón, quitándole el calzón de hilo, ensalivando su vulva apretada, montándola como una vez ella misma lo había sorprendido, qué horror, haciéndoselo a la pobre vaca de los Welkel, a la que ella secretamente llamaba “Carolina”, como en un cuento canadiense que le había narrado la vieja Anna, advirtiéndole, eso sí, que era un agravio darles nombres a los animales porque el Señor los había puesto sobre la faz de la tierra para que el hombre los dominara. Y sí, Joshua Klassen había dominado a Carolina con la misma asquerosa lascivia con que la había tomado a ella en el sueño de azufre.
Entraré en ti como he entrado en Carolina. Vas a mugir en mi oído, Elise Lowen.
De modo que no entiende por qué su padre, Walter Lowen, la ha obligado a quedarse. ¿Acaso busca que ella pida perdón por su pecado, por la vergüenza, por la deserción? ¿Que aclare que no fue ella quien cayó en la terrible tentación, en la trampa hedionda de espray y baba, y que sus susurros le produjeron asco aun en la inconsciencia? No está bien que Elise sienta lo que siente, pero el relámpago de la abominación la hace desear ser hija del indio. Cuánto mejor protegida se habría sentido.
Elise, sin embargo, se aferra a su última mansedumbre cuando Walter Lowen le pasa la mano por la espalda, sosteniéndole suavemente esa columna de muchachita que va cediendo, curvándose ante las demandas del útero crecido. Confía en él y en lo mucho que su padre la ama. Por otra parte, lo conoce muy bien y sabe que es capaz de dar la otra mejilla sin pestañear. Como cuando invitó a cenar en su propia mesa al ladrón que le había arrebatado la mochila con la ganancia de seis meses. Le pagó al viaje desde Santa Cruz hasta Manitoba e hizo servir abundantes platos. ¿Para demostrar qué? ¿Que Dios lo había bendecido con un espíritu más generoso? ¿Que tenía la habilidad de convertir una ofensa en amistad? “Solo se trata de dinero; no me ha robado nada importante”, explicó Lowen en esa ocasión. Esta vez no se trata de dinero y, de todas maneras, su padre está dispuesto a entregar de nuevo esa mejilla tantas veces lastimada. Esta vez se trata de ella. En todo caso, piensa Elise, conteniendo las ganas de llorar, es su mejilla, es su vientre, es su futuro agraviado, embarrado, sucio. Elise mira turbada a su padre, quiere que él le explique por qué ha citado al hermano Klassen a esa absurda reunión. Por favor, que le explique.
Ajeno a esas ideas que pelean como aves carroñeras en la cabeza de Elise, Walter Lowen mira fijamente a Joshua Klassen y le da la bienvenida. En plautdietsch le dice:
—Qué bueno que has venido, hermano Joshua, hoy vamos a hacer negocios.
Y Joshua Klassen sonríe y se atreve a sonreírle a Elise sin ceder ni por un segundo a bajar la vista hasta ese vientre en el que ha dejado una semilla indeseada. Pobre Elise, pobre Carolina.
El indio también se acerca. Le extiende la mano al recién llegado.
—Así que tú eres el Joshua —Sonríe el indio. Elise comienza a simpatizar con esa sonrisa, comienza a comprenderla. El lodo, los horribles edificios de ladrillo visto, esa naturaleza urbana de árboles amarillentos, ya no le parecen tan feos. Hay algo que el indio puede hacer por ella, por los Lowen, intuye Elise.
—Este es el negocio —Comienza su explicación el indio, invitando a los menonitas a acercarse hasta el pozo de tierra todavía fresca–. No puedes levantar nada próspero, ni una humilde choza, si no pides perdón.
—¿Perdón? —Enarca las cejas Joshua Klassen–. —¿Perdón a quién? —Mira furibundo, colorado, al hermano desertor, con el que quizás no ha debido reunirse ahora que toda la colonia se avergüenza de su cobardía. Huir, huir de su destino. ¡Vaya hijo de Dios!
—A la Pachamama, pues, ¿a quién más va a ser? No es nomás pedirle solidez para el cimiento, ¿no? Hay que ofrendarle algún fruto, un feto de llama, unos caramelos, ¡algo! –Se ríe el indio con convulsiones de felicidad. Elise quiere volver a sentir eso, las cosquillas, los pulmones a punto de explotar porque la vida entera es demasiado brillante para soportarla en su desnudez.
Joshua Klassen se contagia de la risa portentosa del indio. Elise lo ve temblar en esa risa prestada, embriagándose de algo, de un bienestar inmerecido, supone, tambaleando el enorme cuerpo al que su padre no ha sido capaz de enfrentarse, las manos velludas, todo lo de animal que el Señor ha permitido en nosotros. Elise lo odia. Quizás por eso no puede distinguir el destello de felicidad cuando los hechos se desencadenan perfectos en su violencia, súbitos y hermosos en su sencillez: el indio, todavía riendo, empuja a Joshua Klassen al pozo hondísimo, mientras Walter Lowen, desertando una vez más de su propia salvación, se sube de un salto al tractor y comienza a devolver a las fauces de la obra lo que le han usurpado durante toda esa jornada. Montón a montón, la tierra va cubriendo los gritos, primero iracundos, incrédulos, luego desmadejados, de Joshua Klassen
—Sacrificio es —dice el indio, mientras rocía su hoja de resina apetitosa sobre esa improvisada chullpa–. Tranquila estarás, Pachamama —parece que reza–. Sacrificio es —dice.
Elise no sabe qué significa esa palabra en español, “sacrificio”, pero no es su conciencia la que necesita entender, sino su corazón de chica. Ese corazón asustado que ahora la obliga, como un animal fiel, a estirar sus manos blancas y callosas y tomar puñados de tierra, con cuidadito, con furia, quebrándose las uñas. Mira esos puñados como si fuera la primera vez que entra en contacto con la consistencia granulosa de su materia y los arroja sobre el promontorio como una ofrenda propia, un ramito de flores sucias y preciosas. Por ella, por Leah Welkel y por Carolina. También por Carolina.
PEZ, TORTUGA, BUITRE
Mover las sombras es lo que se hace
cuando no es posible discernir lo que
está pensando el adversario
Miyamoto Musashi
Cuénteme más, dice ella, acercándole el plato con tortillas como si con esa masa tibia y olorosa estuviera pagándole el relato.
Ya le he dicho todo, suspira Amador.
Dice que bebían esa sangre. Dice usted que mi hijo no quería beber de esa sangre.
Era sangre cuajada, casi peor que el orine, señora, sonríe amargamente Amador.
Eso o tomarse lo de uno mismo… Pobre mi hijo.
Amador alza una tortilla y la parte con cuidado, casi se diría que con ese gesto místico que adoptan los curas en la consagración del pan. No puede evitar cerrar los ojos por unos segundos mientras mastica. Lo hace desde que pudo comer algo distinto a los peces empalagosos que atrapaba en las cuencas de las manos. Cerrar los ojos y masticar.
Y pobre usted también, claro. Solo que usted está vivo, ¿sí me entiende? Pero bueno… Y dígame, ¿están buenas las tortillas?
Muy buenas, señora. Yo le agradezco mucho su invitación. Sé que usted quisiera que, en esta silla, en lugar de mí, estuviera sentado su hijo, platicándole de las cosas del mar, de lo bravo que puede ponerse un tiburón. Pero no está. Esa es la pura verdad. Estoy yo. Y está usted, que es tan amable de invitarme a comer aquí, ¿no?, de prepararme tan amablemente estas tortillas… Mire, lo siento mucho…
Ni se preocupe, Amador. Mi dolor es mío nomás. Es el luto de una madre, ¿sabe?
Para mí, le juro, lo más difícil fue tirar el cuerpo al mar. Perdone que se lo diga así, a lo crudo… Más bien que se lo puedo contar ahora sin largarme a llorar como un cipote. Ya puedo hablarlo. Es la terapia. El gobierno me paga una terapia. La doctora me hace muchas preguntas, se queda callada con paciencia, me pregunta qué sueño y yo le cuento que el mar vuelve, que regresa como un pájaro gigante, que mi garganta se va sellando como con pegamento de zapato, que yo…
¿Qué día tiró usted el cuerpo al mar, Amador? ¿Cuándo fue eso? ¿Rezó? ¿Por lo menos, rezó?, insiste la mujer con los ojos húmedos, pero que no desaguan una sola lágrima, como si ella tuviera la potestad de administrar el alivio o la penitencia del llanto. Así, vestida de un negro riguroso, es difícil saber la edad de esa señora. Elías Coronado era joven y decía que su madre lo había parido en la madurez, que lo consideraba un milagro.
Amador quiere irse. Todavía desea masticar más tortillas. Las tortillas y la comida en general le recuerdan que está vivo. Pero es mejor irse. Hace una semana que se aloja en un hostalito del pueblo pesquero solo para cumplir la promesa que le hizo a Coronado durante los días de largas conversaciones. Fue bueno conversar con el muerto. Con ese chero se podía conversar de todo. Ahora sabe que tenía quince años apenas, pero en la cooperativa se había registrado de dieciocho. Era leído Coronado, siempre tenía algo curioso para contar. Del Estado Islámico, de leyendas japonesas de otros siglos, de la bacteria comecarne, de la migración de los pájaros. Lástima que no se hubiera informado sobre formas de supervivencia en un naufragio. Ahí sí se le fueron las patas. Si uno tiene que enseñarse a todo, a pelearles las sobras a los perros si es preciso.
En el hostalito, Amador ha estado durmiendo con las ventanas cerradas. No ha querido escuchar el oleaje del puerto. Ese siseo de víboras se le entra por los oídos y le arma pesadillas terribles. El hambre expandiéndose por dentro como un globo de helio, un animal hecho de vacío, un animal ciego que le quema las tripas, que lo cubre de miseria. Y el sol desmoronándose sobre él con toda su maldad.
Pero en dos días se va. No a su país, allá no vuelve ni amarrado. Esa mierda sigue yuca. Ha comprado una casita en la parte más tranquila de Michoacán, en las montañas, donde el viento domina al sol y llueve cada dos por tres. Si va a haber agua, que sea de arriba, sencilla. De hecho, ha venido a la casa de la madre de Coronado en esa parte sucia de Costa Azul para dejarle un cheque, la mitad de lo que ha recibido del periodista famoso que escribirá su historia. Es también la historia de Elías Coronado, aunque esté muerto.
Muerto.
Eso se dijo muchas veces Amador mirando el cuerpo quieto de Coronado, sin la lucidez suficiente para percibir con claridad el modo en que el vientre se le iba hinchando, ya no de hambre y jugos gástricos desesperados, sino de puritita muerte. No supo cuándo la cara del muchacho se puso así de rígida, pálida, aunque el sol siguiera cayendo en picada sobre la piel.
¿Es lindo estar muerto?, le preguntó como al tercer día de su muerte, que quizás sería apenas el día número ٩٨ del viaje. Como un reo, marcaba en la pared interna de la proa cada aparición de la luna. Confiaba más en la luna que en el sol, porque esa luz era venenosa y lo hacía alucinar.
Coronado se incorporó. La boca cuarteada hizo un esfuerzo por sonreír.
Sos un hijuepeta egoísta, sollozó Amador. Quiso abrazarlo o refugiar su cabeza en el pecho del muerto, pero Coronado había vuelto a recostarse sobre la madera húmeda de la embarcación. El sol no lo molestaba. No fruncía los ojos ni levantaba el brazo para cubrirlos. Parecía feliz.
Amador se acercó a Coronado y lo sacudió un poco. El cuerpo era liviano, aun cuando Amador no tenía ánimos de usar sus fuerzas, las pocas que le quedaban y con las que degollaba a las gaviotas para chuparles, ya sin asco, la sangre pegajosa.
Amador le suspendió la camiseta, esa que él le había bromeado al subir a la embarcación porque ponía en evidencia la juventud del muchacho, su ingenuidad conmovedora de principiante declarándole al mundo el orgullo de pertenecer a los “tiburoneros”. La cooperativa vendía esas camisetas a los turistas, pero eran pocos los pescadores que las usaban. El algodón no era bueno en el mar. El sudor ponía pesada la prenda y, si corría brisa dura, seguro pescabas, en lugar de un tiburón, una buena gripe. Pero Coronado había comenzado a trabajar desde hacía poco más de un mes y seguramente le había parecido que esa camiseta lo legitimaba, igual que a un futbolista suplente.
Amador se asombró de que un hilo de vellos le ascendiera al muchacho hasta el ombligo. Era flaco y, exceptuando el vientre inflamado, ahora se diría que esquelético por culpa de todos esos interminables días en que se había negado a comer las algas podridas, los pocos peces y las tortugas medianas que su compañero de viaje y naufragio cazaba, porque eso era cazar y no pescar, hincándole la uña en la cabeza a las parlamas cuando rebotaban contra la lancha y mordiéndoles el pescuezo a las gaviotas para terminar de degollarlas con las manos. Al comienzo usaba el cuchillito, pero temía perderlo en esa guerra constante con el agua. Debían preservarlo en caso de que hubiera que soltar las boyas para alcanzar alguna costa. Coronado no colaboraba. Y aquí estaba, poniéndose verde como si no le importara nada. Era cierto que ahora sus brazos laxos no oponían resistencia, pero seguía siendo difícil para Amador estirar la camiseta tan pegada a la espalda mojada del muchacho. Tuvo que levantarlo un poco desde esa parte en que la columna se angosta, y la sensación de estar cometiendo algo lascivo, lo que haría con una mujer, lo estremeció.
Amador mojó la camiseta de Coronado y se la ató en la cabeza. Total, así bien muerto, ya no iba a necesitarla. Que se disecara como cualquier ganado, por cobarde. ¿Dónde se habría visto semejante escogencia tan delicada en días de hambruna? Uno podría devorarse la propia mano.
El alivio del trapo mojado duró poco. El agua salada que resbalaba del improvisado turbante le laceró más la boca seca, la garganta apretada. De pronto un mareo más pronunciado que el que experimentaba casi todo el tiempo lo obligó a acostarse a lo largo de la embarcación, en la parte donde el mástil postizo proyectaba una sombra delgada. Se estiró al lado de Coronado. Lo bueno de estar allí, acostado con un muerto, es que no se sentía huraño. Podía mirarlo sin interrupciones, como penetrando sus sesos quietos, libres ya de tanto tormento. Es más, le ladeó la cara para mirarlo mejor. Coronado no podía verlo porque tenía los párpados cerrados, lo cual era bueno. Se habría sentido muy incómodo si aun después de tieso, el muchacho siguiera mirándolo con esa curiosidad desmedida con que lo había seguido cuando lo asignaron a su cargo para las misiones en el “Chavela”. Su paga era una miseria. Capaz que eso sí el muerto viniera a reclamarle ahora, un salario justo, como si de él dependiera. Esos pendejos de la cooperativa se aprovechaban de los novatos. Que pagaran el derecho de piso. Pero, ¿qué piso?, ¿qué suelo?, si todo era mar, un vómito líquido sin horizonte, un lomo esmeralda lleno de maldad y hermosura. Era un lugar canalla.
Usted no tiene por qué pagarme nada, dice la madre de Coronado, deslizando el Money Order que Amador le ha puesto entre las manos.
Amador sigue masticando. Va por la cuarta tortilla. Quiere parar, pero el sabor blando y tibio de ese alimento lo retiene allí, en el comedor humilde. Al fondo hay un patiecito techado con calaminas mal cortadas, como garras de cuarzo. Helechos, hongos colorados que parecen fetos, hierbas, flores sin gracia y cebollines forman el mundo vegetal de esa mujer. Siente pena por ella.
La mujer lo mira comer. Amador no puede sonreírle mientras come. Desde su regreso, almuerza y cena solo, atento a los ruidos de la trituración. Eso no lo ha hablado en la terapia.
El Money Order sigue ahí. Amador se pregunta si será una ofensa. Se apura y traga y dice:
Yo no le estoy pagando nada, señora.
Mire, mejor sírvase el refresco. Es de hierba casera. De mi huertito.
Amador toma de sopetón el vaso de linaza. No quiere detenerse en el color de ese líquido porque se parece al orine manchado que tanto él como Coronado comenzaron a mear a las dos semanas del naufragio.
Yo lo que quiero saber es toditito sobre mi hijo. ¿Sufrió mucho en su agonía? ¿Tuvo usted piedad?
¿Piedad?
Amador inhala profundo, retiene el aire en la boca del estómago, como la gente de la terapia le ha indicado que haga cada vez que el pánico amenace con apretarle el tórax. Él ya conocía esa técnica, la de respirar como hundiéndose en un océano negro, viscoso, sin muchas reservas de oxígeno. Por ejemplo, cuando se adentraba en el bosque de víboras de Garita Palmera huyendo de los Salvatrucha. Con el espinazo pegado a los árboles, Amador contenía la respiración. Prefería eso, morir asfixiado, envenenado con su propio dióxido, que a merced de un palo largo atravesándole la garganta, las tripas, rajándole los órganos internos, barrenándole la mierda que uno siempre carga adentro. Entonces no podía saber que el pánico se presentaba, igual que el Diablo, de muchas formas. Ahora mismo, por ejemplo, esta mujer le pregunta si le tuvo piedad a Coronado y lo obliga a trasbuscar recuerdos más precisos en esos momentos en que el mar, su inmensidad plomiza, llevaba el bote de acá pa’ allá, metiendo y sacando agua de la boca abierta de Coronado. Él se había quedado hipnotizado mirando ese vaivén. Coronado vomitando agua y sal, pedacitos de algas podridas, ya sin quejarse.
¿Es linda la muerte?, volvía a preguntarle.
Y Coronado le decía que sí, que la muerte era lo mejor.
Amador entonces le reprochaba: Te atrevés a decirme que sí. Y ni siquiera tenés el coraje de mirar el cielo, lo pronto que va a amanecer. No tenés la más puta idea de si tendremos un día nublado o si otra vez este sol perro nos va a despellejar. Y sonreís. Claro que sonreís, mono bayunco. Yo te he estado mirando y sé que el lado izquierdo de tu boca se te tuerce un poco cuando algo te divierte. Dale gracias a tu buena suerte que acá no funciona ni madres, que si no te echaba una foto como prueba de tus chingaderas. No tenés güevos pa’ vivir, cabrón.
Sí, dice la mujer, Elías tenía esa forma de sonreír. Me desarmaba. Y no sabía mentir. En el segundo que mentía, se le torcía la boquita. Usted es bueno para observar. Fíjese en este retrato de cuando comenzó la secundaria. ¿Lo ve? Sonreía así porque…
Quizás es mejor que me vaya al hotel, la interrumpe. La casa de la madre de Coronado se ha ido arrumando hacia la pared del fondo, pronto va a caber en el huertito de calaminas. Es lo que hace el sol del atardecer con las casas de techo bajo, las achica, las ovilla, arrastrando las sombras de los muebles hacia un punto discretamente luminoso. De todos modos, a Amador lo tranquiliza la proximidad de la noche. De día todo está muy inflamado de luz, muy desnudo al miedo de los ojos.
No se vaya todavía, pide la madre de Coronado. A Chocohuital llega hasta caminando si le pone ganas.
Le he contado todo, señora, suplica Amador. Porque en realidad su voz es eso, un déjeme ir, déjeme cerrar los ojos y meterme algodones en los oídos como si yo también fuera un pinche muerto.
Pero la mujer ahora trae otro plato con tortillas. No muchas más, las suficientes para mantener viva esa lascivia traumática del hombre que arrojó al mar el cuerpo de su hijo. Debió habérselo traído, así fuera en calidad de momia, como esa carne marinada con limón que la luz solar termina de achicharrar. Debió habérselo traído como machaca, pues.
Coma, coma, por favor. Es bueno tener hambre y poder saciarla, ¿no cree? Esta era la masa preferida de Elías, la hago sin levadura artificial. Dígame si no tiene otro sabor…
Amador sonríe. Nota que la mujer prefiere regresar a los modales amables con tal de retenerlo. Pero él no quiere inventar lo que no ha ocurrido. Prefiere callar. Es un derecho, le ha dicho la de la terapia, es un derecho rumiar los recuerdos como si fueran pasto. Entonces se sirve un poco más de linaza, la bebe con más paciencia. Por el vapor del plato, calcula que esas tortillas estarán que hierven todavía.
¿De qué va a servirse las empanadas, mi joven almirante?, le preguntó un día, sería aún el día 27, lo recuerda porque Amador siempre había sido supersticioso, y esperaba que ese día fuera diferente, que el cielo se mantuviera nublado, sin destellos masivos, para que el helicóptero de rescate no se acobardara ante ese refulgir incesante. Sí, ese día de suerte el helicóptero se aventaría en vuelos rasantes y podría distinguir a la embarcación y desplegar una de esas redes similares a las que usaban para envolver a los tiburones como niños recién nacidos. Tan suave a la vista y tan agresiva al tacto la piel de esos animales.
Era, pues, el día 27 y se había propuesto levantarle los ánimos a ese zombi bronceado y áspero en que se había convertido su almirante, como lo había llamado desde el comienzo para hacer más tolerables el tedio y la desesperación. Desde el agua le dictaba el menú: ¿pastelitos de algas, pastelitos de chacalín, de atún, o pastelitos de “loquesea”?
Coronado sonreía y pedía lo imposible: chalupas, por favor, ¡bien salseaditas!
Y Amador nadaba con el mejor estilo que recordaba de ese otro mar, un mar casero, la arena chuca salvadoreña, el mundo acuático ya olvidado en el que había remojado los años de su infancia, no mucho antes de que los Salvatrucha le echaran el ojo, ya fuera para reclutarlo o para divertirse con él. En ese tiempo, el mar era un refugio. ¿Y ahora? Ahora, de algún modo, también.
¿Y la salsa?, ¿de aguacate o de chile?
¡De chile rojo, mi capitán!, jugaba por unos minutos el muchacho. Porque no era más que eso, un muchacho, un niño con huellas de pubertad en las costillas ahora descarnadas. Lo blanco del ojo teñido por el veneno que sin saberlo había ingerido de las vísceras de la gaviota confirmaba su vocación de muerto. Elías Coronado había estado muerto desde el comienzo, desde el día en que se enroló en la cooperativa de tiburoneros. Quizás era más bien él quien había arrastrado a Amador hacia ese destino, al mar infinito de los muertos. Quizás era él el anzuelo y Amador solo se había dejado llevar del hocico a un infierno sorprendente, una transfiguración líquida del fuego, una broma de muy mal gusto.
Y aquí estaban, Amador usando una imaginación que no sabía que tenía para alimentar lo que quedaba de ese guiñapo de almirante. Se alejaba unos metros de la embarcación, una distancia prudente. Además, no tenía las fuerzas necesarias para bracear por más de cinco minutos. Recogía cualquier materia que se moviera en los pequeños bultos de agua que las olas formaban alrededor de su cuerpo, cerraba por un momento los ojos, no ya solo para dejar que el instinto cumpliera con la tarea de cazar, sino para imaginar que esos latigazos constantes eran una forma de amor de Dios. No lo había abandonado, el solo hecho de que la embarcación no hubiera sucumbido en el vientre infinito del océano cuando tenía fisuras a lo largo de los siete metros de plataforma era una prueba de ese milagro amoroso, de ese milagro que sucedía en pequeñas perpetuidades: un día tras otro día tras otro día.
Volvía con peces a los que descabezaba de un mordisco para evitar que se escurrieran. Los arrojaba como podía dentro del barco. Coronado mostraba una curiosidad inicial, azuzado por el hambre, pero luego apenas probaba esas tortillas marítimas. Cada día más flaco, su rostro escasamente recordaba su edad. Era un viejo sin tiempo. Quizás de eso se trataba naufragar.
Mire, suspira hondo la mujer, sacando ánimos de sus propias entrañas, esas donde gestó a Elías en el último frescor de sus ovarios, voy a hacerle una pregunta. No es una pregunta nueva, se la han hecho todos en la tele, en los periódicos, y usted debe estar un poco harto de tener que responderla como un loro sin memoria. Es que las personas no dejan de maravillarse que usted haya sobrevivido ahí, solito como un alma olvidada del Señor, ¡más de cuatrocientos días! Me imagino lo que habrá pensado esa gente que lo vio llegar allá, en esas islas tan lejanas, salir del agua, tambaleándose como un borracho, según me cuenta… Habrán creído que usted era un demonio. Porque yo digo, ¿no?, que solo los demonios pueden vencer el hambre, el frío malvado, la enfermedad. Los demás somos más humanos. Y segurito le habrán preguntado cómo le hizo, pues, para seguir vivo durante todo ese viaje, don Amador. Y yo supongo que cada vez le cuesta menos repetir sus explicaciones, debe ser como rezar, ¿no? Uno pide y pide a Dios por un milagro sabiendo de antemano que esa piedad es imposible. Así debe ser hablar en la tele, ¿no? Pero a mí, don Amador, a mí, por favor, dígame la verdad.
En la última parte de ese pequeño discurso la voz de la mujer suena estrangulada. Amador quiere distraerla o distraerse, ocupar su boca con la manía de la masticación. Estira el brazo sobre la mesa de fórmica para alcanzar el plato con esas dos grandes tortillas de bordes picoteados, doradas y blandas como medusas en formación. Pero la mujer le aleja el plato.
Amador la mira sin demostrar particular sorpresa.
Pregunte lo que quiera, dice. Ahora son sus manos, las manos de Amador, las que parecen criaturas marinas, los dedos extendidos sobre la fórmica, con la discreta esperanza de controlar ese temblorcito que lo ataca por lo menos tres veces al día.
El día 93, quizás dos o tres días antes de que Coronado decidiera no volver a abrir los ojos y que las comisuras de los labios se le cuartearan más de la cuenta –luego Amador le revisaría la boca, la manera en que el pobre almirante se había estado comiendo pedacitos de su propia lengua–, ese día Amador divisó un barco largo, modesto. Era un barco pesquero. Por el modo en que el sol se derramaba oblicuo calculó que serían las cinco de la tarde. Pero tampoco podía confiar mucho. Sabía que se dirigía hacia el este, pero no sabía si en ese punto desconocido del mundo comenzaba o terminaba la primavera. En todo caso, la brisa ya helaba y los destellos del mar parecían diamantes. Igual, él nunca había visto un diamante.
¡Un barco! ¡Mirá, un barco! ¡Vamos, no te hagás el maje, despertate! ¡Un barco!
Coronado miró como ver llover. No se inmutó. Había estado así desde la tarde anterior.
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