Kitabı oku: «Condenados»

Yazı tipi:

Condenados

Giovanni de J. Rodríguez P.



Rodríguez P., Giovanni de J.Condenados / Giovanni de J. Rodríguez P. – Envigado: Institución Universitaria de Envigado, 2021.596 páginas.ISBN Impreso: 978-958-53318-2-2ISBN Pdf: 978-958-53318-4-6ISBN E-pub: 978-958-53318-3-9Novela de ciencia ficción colombiana – 2. Literatura colombianaC863.44

Condenados

© Giovanni de J. Rodríguez P.

© Institución Universitaria de Envigado, (IUE)

Segunda edición: abril de 2021

Hechos todos los depósitos legales

Rectora

Blanca Libia Echeverri Londoño

Director de Publicaciones

Jorge Hernando Restrepo Quirós

Coordinadora de Publicaciones

Lina Marcela Patiño Olarte

Diseño y Diagramación

Leonardo Sánchez Perea

Corrección de estilo

Erika Tatiana Agudelo Olarte

Edición

Sello Editorial Institución Universitaria de Envigado

Fondo Editorial IUE

Institución Universitaria de Envigado

Teléfono: 339 10 10 ext 1524

Carrera 27 B # 39 A Sur 57 - Envigado Colombia

Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Los autores son moral y legalmente responsables de la información expresada en este libro, así como del respeto a los derechos de autor. Por lo tanto, no comprometen en ningún sentido a la Institución Universitaria de Envigado.

Prohibida la reproducción total o parcial del libro, en cualquier medio o para cualquier propósito, sin la autorización escrita del autor(es) o del Fondo Editorial IUE.

A la memoria de Bernardo.

Lo llamaron negrita, fortaleza y campeón; yo le decía papá.

Fue un hombre ejemplar, que dejó de escribir cuando su mano empezó a temblar.

A Gloria. La negrita,

que es pura y blanca como un rayo de luz.

Agradecimientos

Este libro se enriqueció con investigaciones, lecturas, entrevistas y sueños. Lo terminé después de mil días, y gracias al apoyo de mi familia. Sus animosas palabras y el amor que me prodigan son la mejor compañía en el acto solitario de escribir.

A mi esposa que en este viaje llamado vida navega conmigo con amor incondicional.

A Sara, que tiene mirada de ángel y a través de sus ojos descubro el infinito. Convertida en mi faro y en mi motor me ayuda todos los días a morir y a resucitar.

También quiero agradecer a mis Beta readers entusiastas y diligentes. Entre ellos, especialmente a mi hermana Angélica Rodríguez y a mis dos queridas amigas Ángela Montoya y Nancy Arango.

A mi estimado amigo y científico de la Universidad de Antioquia, su genialidad es una inagotable fuente de información e inspiración, agradezco la notable asistencia que recibí en temas de astrofísica. Acatando su indicación dejaré su nombre en secreto.

De manera muy especial, doy mi agradecimiento y homenaje a José Librado Porras, hombre amable y maestro valioso que puso en mi pluma la infinitud de la prosa y la exactitud de las palabras.

Finalmente, y no menos importante, a ti, mi estimado lector. Me sentiré satisfecho si esta lectura logra evocarte un recuerdo, causarte una reflexión o arrancarte una emoción.

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

Prólogo

Primera parte

1. La despedida

2. Fantasmas en la casa

3. Agonía

4. Amenaza de tormenta

5. La primera carta

6. Paranoia

7. Antípodas de realidad

8. El cambio de Ana

9. La primera cosecha de la Parca

10. El monstruo escondido

11. La visita de Aravena

12. Segunda carta

13. Espectros en las calles

14. La segunda cosecha de la Parca

15. El arribo de la caballería

16. Tercera carta

17. Margarita vuelve a ser Margarita

18. El hombre es lobo del hombre

19. Abatimiento de Abigail Lucero

20. La tercera cosecha de la Parca

21. El descubrimiento

22. Conjeturas ajenas

23. Sueño de realidades lejanas

24. La cuarta carta

25. Fuente de plata

26. Emilio Rojo, ¿es un hijo de Zeus?

27. La cuarta cosecha de la Parca

28. La fuente de las señales nociceptoras

29. El Dios de Margarita

30. Purga en la Cárcel Distrital

31. El hijo pródigo

32. Chay Nordal y Yunus Náifur

33. Regreso al pasado

34. La quinta carta

35. Cambio de gobierno

Segunda parte

36. La noticia que no se quiere recibir

37. El escape

38. La manipulación

39. Transhumanos

40. Hijos de Layo

41. El reencuentro

42. El método

43. Lealtad condicionada

44. La sexta carta

45. Apuestas clandestinas

46. La despedida de los hermanos Rojo

47. Prometeo encadenado

48. Las Lizarraga (primera parte)

49. ¿Ana está vinculada?

50. Pacheco en custodia

51. La quinta cosecha de la Parca

52. Interrogan a Benoni

53. Las Lizarraga (segunda parte)

54. Peccatum

55. Calamidad en Krubera

56. Un día sin cartas

57. La séptima carta

58. La trampa de la economía

59. Optogenética

60. Incapacidad

61. El regalo perfumado

62. Morsunda

63. Un lucero que se apagó en la vida de Carlos

64. Benoni y los transhumanos

65. Las Lizarraga (tercera parte)

66. Un día diferente

67. El método del implante

68. La octava carta

69. El mejor regalo

70. Los Arda Fravas y los ataques psíquicos

71. Revelaciones cósmicas

72. El reporte del espionaje

73. La novena carta

74. El rapto

75. Las Mudas

76. El puente Einstein-Rosen

77. Regreso del Vaticano

78. Rendición de cuentas

79. El Encanto

80. La gestación de un dios

81. Dioses del pasado, demonios del presente

82. Desvelando realidades

83. El portal

84. Desvelando a los Arcontes

85. Luis llega con ayuda

86. En el monte Athos

87. Destrucción del portal

88. Salvación y ruina

89. Epílogo

Reseña del autor

Colofón

Contraportada

Prólogo

Después de escribir novelas históricas por más de un lustro, en 2016 me abordó una impertinente idea que atenazó mis pensamientos por varios meses. En ese periodo de incubación me aproximé a realidades desconocidas y conocí personajes singulares que no pararon de hablar a mi oído hasta quebrarme la voluntad y persuadirme para escribir Condenados.

Fue así como me sumergí, durante más de tres años, en un mundo distópico de contrastes y misterios en el que las realidades oníricas se funden en contextos verosímiles de la vida cotidiana, creando conspiraciones y laberintos sociales a través de sorprendentes imágenes. No obstante, no es una novela negra o de misterio. Es una historia de ciencia ficción cargada con profusos detalles. Elaborada como una muñeca rusa, crece en intensidades y reserva un desenlace insospechado capaz de vincular al lector, de tal manera que se sentirá uno de los personajes, se le avivarán emociones y reflexiones y atesorará momentos placenteros de esta lectura.

Como novela de ciencia ficción enriquecida con tantos matices tiene todos los aditamentos necesarios para el disfrute de los amantes de la ciencia, la psicología y la mitología. Es un híbrido de géneros y a la vez un osado experimento literario cuyo asiento es la cruda realidad de una Colombia diversa, rica e injusta que muchos aman y otros muchos ignoran.

Primera parte

El crepúsculo llegó vestido de Caronte para llevarse a la humanidad hacia el mundo de las sombras. Ana Pontefino lo intuía como la más cruel de las corazonadas, pero enmudeció por el temor que le producían sus pensamientos. Durante los últimos diez años vio a la humanidad hundirse en un lodazal de mezquindades y miserias… hasta hace unos días. Él regresó en medio de un estallido de luz y los otros aparecieron detrás del halo de fuego.

1. La despedida

Bogotá, martes 10 de octubre de 2045.

A las seis de la tarde el ocaso impregnó el cielo con un encantamiento iridiscente que cautivó la atención de los bogotanos. Un gigantesco arco luminoso apareció por el norte y se extendió por el firmamento hacia el sur, formando una especie de muralla verdosa que dividía el cielo en dos. No tardó mucho tiempo para que el arco se diluyera sobre la bóveda celeste y la tornasolara con halos escarlatas surtidos por resplandores dorados y púrpuras sobre un manto azul. El espectáculo, difícil de describir, dejó perplejos a millones de ciudadanos.

—El clima del planeta está de cabezas y, para colmo, el sol está de fiesta... Pasaron casi dos siglos para que fuésemos testigos de un evento Carrington. No sé si sentirme afortunado o lamentar esta condenada suerte. Menos mal que el torrente de partículas es menor en el trópico, de lo contrario estaríamos con las manos cruzadas sin saber qué hacer. —Guillermo Pontefino le regaló una mirada de desaliento—. Gracias a Dios no tengo implantes porque los transhumanos están llevando la peor parte al inhabilitárseles sus facultades. Hoy murieron dos: un astronauta japonés en la estación espacial ardió en llamas mientras caminaba por la plataforma exterior, estaba a nueve minutos de la compuerta de acceso, nueve minutos para sobrevivir y le avisaron sin retardo cuando los sensores de la sonda Hayabusa-8 detectaron la eyección de masa coronal, pero la explosión solar llegó en ocho minutos. El otro, Enzo Fusco, empresario y coleccionista de libros antiguos, fue mi primo hasta las dos y media de la tarde. Estudiamos en el mismo colegio donde lo apodaron ‘Coco’, apócope de cocodrilo, por tener una boca grande. Falleció a causa de una sobrecarga eléctrica que ocasionó un cortocircuito en la red neuronal que conectaba su antena frontal con el cerebro. Estaba de turismo en la Catedral de Westminster. El pobre cayó frente a la tumba de Charles Dickens; los demás turistas entraron en pánico cuando vieron salir fumarolas negras por sus orejas—. Suspiró y un hálito impregnado de alcohol le perfumó la voz. —A mí, solo se me inflamaron los ganglios. Mire usted, ¿cuándo se había visto auroras en estas latitudes? Señor, casi nadie sabe que los átomos de hidrógeno excitados en niveles de energía bajos forman la cortina de luz rojiza, ¿lo ve? Ya se está desvaneciendo. —Guillermo levantó la cabeza hacia el firmamento como pidiendo ayuda del cielo, luego regresó una mirada de tedio al científico que no paraba de hablar. Gesto que Benoni no logró descifrar porque hablaba con un ojo mirando para fuera y otro para dentro—. La borrasca de la madrugada fue cosa seria, no había visto llover así en toda mi vida. En los noticieros dijeron que afectó principalmente siembras de jazmines. Pero sabe una cosa, señor presidente, el cambio climático es una invención para arrinconarnos y hacernos creer en la necesidad de una institución independiente de cualquier gobierno…

—Benoni, estás borracho… ya deja de hablar.

El científico, intimidado por la insidiosa respuesta, desaceleró el paso y dejó que el presidente se alejara. Por el lado pasaron los demás representantes del Estado con ojos de piedra y semblantes de acero, apenas advirtieron su presencia falseada de sobriedad. Benoni Bachis se preguntó qué tenía de malo beber un poco de vino, a lo sumo habían sido dos botellas de sangiovese procedentes de su natal Carmignano. Las miradas de reproche de los burócratas lo hicieron sentir como un antílope en medio de una manada de leones. Así que optó por apiñarse con sus correligionarios que observaban la aurora boreal con mirada arrobada, estupefactos y retraídos de la realidad. Caminaron indiferentes ante la presencia de ángeles de yeso postrados sobre las tumbas.

La procesión silenciosa caminó detrás del féretro haciendo caso omiso al abrazador frío que arañaba las lápidas de mármol del Cementerio Central. La distinguida romería de personalidades se combinaba con un batallón de periodistas que se mezclaban con decenas de militares encargados de la seguridad, y entre ellos, circulaban centenares de personas que alguna vez fueron bendecidas por la caridad de la fallecida. También hacían acto de presencia personalidades estatales del ámbito internacional y nacional entre los que se contaban los mandatarios de México, Brasil, Perú y Venezuela. Ministros, senadores, cancilleres y casi todo el gabinete presidencial, excepto Milton Calahor. La junta directiva del gremio nacional de pintores tampoco se perdió las exequias y junto a ellos marchaba un centenar de supersticiosos que creían en la expiación de los pecados por peregrinar junto a la que consideraban una verdadera santa. Todos andaban hacia la final morada de la última fallecida del día. Contrario a lo que las malas lenguas decían, ella no murió por las cartas.

—Hermano, han muerto más de cuarenta mil personas. Ya no hay espacio en los cementerios. —Gabriel Pontefino susurró con precaución para que nadie más lo escuchara.

—Cuarenta y cuatro mil trescientas y una, para ser exactos. Ya se promulgó por ley que todo fallecido será cremado. —Guillermo contestó sin mover un solo músculo de la cara mientras una ráfaga de viento silbó al entrar por el resquicio de la mampostería averiada—. Huele demasiado a flores, ¿no te parece? Tanto perfume me está mareando.

—No es perfume, es una peste. Huele así por todos lados. Lo noté al salir de la Catedral Primada, casi vomito cuando cruzamos la Avenida Caracas.

Juan Pacheco los escuchó, sabía que la intensa fragancia de flores marchitas provenía del sureste, a escasos veintiún kilómetros donde miles de hectáreas de cultivos se arruinaron por la granizada de la madrugada. No dijo nada y prefirió desviar la mirada hasta posarse de pleno sobre la insigne flacura de Marion Dubois. El cuello largo de cisne que una vez le hizo ganar admiradores ahora revelaba hilos de tendones y meandros de arterias azulosas que trataban de esconderse entre largos mechones dorados. Marion languidecía como el día y Juan sintió más pena por ella que por la difunta.

Gabriel levantó la mirada hacia el atardecer: la aurora se desvaneció, el horizonte le había dado el primer mordisco al sol, nubes oscuras se arremolinaron en el norte. “Esta noche de nuevo lloverá” pensó en voz alta. Hizo una pausa para tragar saliva y recordar la cristalina mirada de su amada madre. Su presencia tibia estaba tan cercana y tan distante que la abstracción de la pérdida le nublaba los recuerdos y solo le permitía ver la imagen más triste que una persona puede inmortalizar en la memoria: el cuerpo sin vida de su madre enfriándose encima de la cama. Gabriel suspiró, sacudió la cabeza y con el movimiento se le desprendió la última lágrima que derramaría en vida.

—¿Será que tienen razón? —preguntó mientras ponía cara de pánico al recordar el rostro de Ate, el asesino potencial más grande de toda la historia.

—Gabriel, todos creen saber lo que ocurre y te aseguro que están equivocados. Nadie se lo imagina…

—Por todos los santos, ¿qué es?

—No te lo puedo contar.

Gabriel endureció la mirada y se sintió indignado.

—Ate está más cerca… la gente dice que ese diablo tiene la culpa de todo.

—Hermano, solo Dios lo sabe. Ate puede matar a millones y los sobrevivientes estarían condenados a una nueva era glaciar. El doctor Nahuel dice que no debemos preocuparnos, que está controlado; incluso si se acerca demasiado podemos desviarlo.

—Entonces, ¿no tiene nada que ver con las cartas?

—Te aseguro que no. El peligro hollywoodense que vemos es infundado, es creado por nuestros propios miedos.

Gabriel apretó los labios y se persignó. Pacheco se burló en silencio; con Gabriel nunca congenió y desde que lo conoció observó incoherencias en su realidad clerical. Al cura siempre le acompañaba una sombra de insatisfacción en la mirada que a Juan le daba desconfianza.

—Mamá en su locura dijo tantas incoherencias relacionadas con este escenario de muerte que estoy seguro de que sabía quién es el autor y se llevó el secreto a la tumba.

—Gabriel, no lo sé. Por su enfermedad no podría juzgar si las cosas que dijo eran realidad o fantasía. Hablé con ella horas antes de morir y solo dijo disparates. Al menos murió en casa tranquila y sin los dolores que provoca la agonía.

—Yo creo que sí sabía algo, mamá tuvo mucho poder y hablaba de cosas extrañas, pudo decirte quién era el autor de tantas muertes y desgracias.

—Gabriel estás paranoico. Más sabrá nuestra hermana… cuando cayó la primera carta dijo que la amenaza era real. Mejor deja la memoria de mamá en paz, ella fue una persona enigmática y no heredamos su carácter ni sus secretos. No me desgastaré emprendiendo odiseas inútiles en busca de quimeras. Ahora tengo una responsabilidad mayor y los ojos del mundo recaen sobre mis hombros. Sabes, te adelantaré algo, el trabajo con el equipo de científicos está dando frutos.

—Son solo niños jugando a la ciencia, ¿cómo podrán salvar el mundo?

—No los discrimines por su juventud, esos muchachos que no pasan de los veinticinco años son unas lumbreras.

—Guillermo, no somos Sísifo para engañar a la muerte. La Parca se carga el alma de los difuntos y una parte de la vida de los que quedamos en este mundo. Sin mamá nada volverá a ser igual.

—Gabriel, puedes estar seguro de que meteré a La Parca en la cárcel.

La mirada del presidente se cruzó con la de Juan Pacheco. Este, con un ademán, le indicó que se fijara en Marion Dubois: los melancólicos ojos azules de la primera dama estaban hechos una fuente de lágrimas.

—Hoy no cayeron cartas, ¿no te parece extraño? —Gabriel habló sin notar que Guillermo tenía la atención puesta en otra parte. Aun así, Guillermo respondió con tono afanoso:

—Es una tregua por la muerte de mamá. Quien esté detrás de todo esto debe estar con nosotros en el cementerio. Ahora, si me lo permites debo cuidar de mi esposa.

2. Fantasmas en la casa

Bogotá, martes 5 de septiembre de 2045.

—Rosa, ven rápido: hay un hombre en mi cuarto.

En segundos, una mujer vestida de blanco y de complexión recia entró a trompicones en la habitación. Con cara de espanto observó a la octogenaria Margarita arrinconada en el borde de la cama con las piernas cruzadas y la cabeza apuntalada en medio de las rodillas. La anciana tenía un semblante de cabra mojada; arrugaba la nariz y la cumbamba mientras babeaba. Las aguas le chorreaban como hilos vidriosos y elásticos hasta las pantorrillas, no paraba de temblar y con cada temblor surgía un crujido arenoso desde las articulaciones capaz de estremecer a un espanto. Era más de lo mismo, y la enfermera lamentó haber interrumpido su sesión amatoria con John Keats, el poeta con cara de ángel que calentaba su cama. Miró a Margarita como se mira un espantapájaros, por un instante quiso darse la vuelta y regresar al paraíso de sábanas suaves que le esperaban a su cuerpo para colmarlo de caricias húmedas mientras perdía la conciencia presa de sus fantasías.

—¿Por qué tanto alboroto, señora? Despertará a todos en casa.

Doña Margarita escuchó el reclamo como la voz que reverbera adentro de un tubo y debió aguantar la respiración para que los rechinamientos de su desvencijado cuerpo no eclipsaran la comunicación del momento. Inclinó la cabeza y con la timidez de una niña de siete años señaló hacia un costado. La enfermera giró el cuello y lo vio: estaba apostado en la pared con una mirada contemplativa y azulada como un cielo, a la que ella respondió con una sonrisa blanca. Suspiró al verlo y lo miró como se hace con el bien amado. Él, con el rostro de adonis perfecto y el poder de aplacar los nervios de cualquier mujer, no logró quitarle a la enfermera la desazón por el interruptus causado a su ególatra soledad mientras viajaba por los jardines del onanismo que marchitó el grito insolente de un falso auxilio.

—Llévatelo.

—¡Qué me lo lleve! Doña Margarita, por favor, si es un ángel. Cualquier mujer desearía tener un hombre así en el cuarto.

—Me mira todo el tiempo y no me deja dormir.

—¡Santo cielo! No se ponga melindrosa a estas horas de la noche, lo que usted necesita es dormir.

La enfermera lo observó de reojo; él se mantuvo inmóvil en su posición habitual que le hacía verse tácito y ausente, sus rosados labios parecían hablar más de la cuenta así no modularan palabra, imprimiendo en el ambiente un no sé qué indescifrable… y ese encanto misterioso de ingenuidad juvenil y arrogancia varonil seducía, sin proponérselo, el corazón de las damas que lo miraban.

—Mírelo, en ese talante se proyecta la imagen de un dios griego...

Iba a seguir hablando de don Alfonso cuando advirtió un silbido casi imperceptible que provenía debajo de la cama (podría ser un gato con asfixia o un duende quejándose de gota) y su corazón acelerado confundió el miedo de la anciana con el propio.

—Ves por qué no puedo dormir, me atormentan todo el tiempo.

—A estas horas el cerebro no escucha, no ve y no piensa. —Se excusó para no mirar debajo de la cama. Solo de niña le tuvo miedo al payaso que roba los sueños, profesaba que esa entelequia de cara pintada y dientes afilados había muerto con su pasado, hasta que habitó en la casa de la anciana—. Mejor hablemos de John Keats… ¡Oh, soledad! Si contigo debo vivir, que no sea en el desordenado sufrir de turbias y sombrías moradas… —Lo recitó con tono de alegría sin reparar que dichas palabras eran una radiografía de su propia vida.

La conversación disolvió el miedo, los versos del poeta sosegaron los ánimos y acallaron los ruidos extraños. La anciana dejó de temblar. Sin embargo, señalaba la pared con perturbadora insistencia. Margarita no soportó la indiferencia y protestó por no recibir atención.

—Él nunca dice nada. Presiento que en cualquier momento saltará otra vez de la pared.

La enfermera miró a la anciana con dulzura e hizo suyo el tormento ajeno. Pobre le decía y pobre a sí misma por estar en la otra orilla sufriendo lo innombrable tras cientos de horas de vigilia. Mery, la enfermera, aseguraba que las personas se conectan a través de las experiencias y estrechan lazos afectivos indisolubles por el resto de su existencia, una especie de ósmosis vivencial en la que se implantan en cuerpo ajeno felicidades y tormentos. En ese sentido, Mery cada día se sentía más anciana y enferma. Hacía seis meses la demencia senil de doña Margarita se había agudizado de tal forma que se abreviaron las jornadas en horas y las horas en minutos afectando los ciclos de vigilia y sueño. La anciana empezó a tener visiones surrealistas comparables con paisajes y personajes trazados en pinturas de Dalí. Uno de esos imaginarios la atormentaba al menos una vez por semana. Lo describió como un ser deforme, un humanoide de tres metros de altura y cráneo dolicocéfalo con frente hundida de la que le nace una serpiente con patas de león que trepa por la frente hasta rodear la cabeza y descansar encima de un hombro. Ese ser monstruoso siempre surgía de la pintura de don Alfonso emitiendo un sonido latoso semejante al llanto de una hiena. Luego sobrevenía un largo silencio que se rompía por los alaridos de Margarita en los que repetía que le regresaran sus hijas. La enfermera monitoreó por dos meses las alucinaciones y tomó notas referentes a la hora exacta de ocurrencia y encontró que todos los episodios estaban emparentados con el fenómeno sundowning, también llamado síndrome del ocaso debido a que se manifiesta al ponerse el sol y se expresa con una exacerbación de los síntomas conductuales del paciente. Mery, con su personalidad mordaz, mostró una desproporcionada actitud hilarante y comparó el estado enfermizo de la anciana con el de un vampiro que descubre su verdadera naturaleza cuando llega la noche: “¡En verdad está bien loca!”, decía para sus adentros al mismo tiempo que en su mente recreaba la descripción del listado bestial de alucinaciones que sufría la anciana: grifos, hidras y arpías la visitaban. Espectros vaporosos negros como el carbón y seres de cuatro cabezas. El retrato del ser más querido, inmortalizado por su propia mano hace más de veinte años en un óleo de colores vívidos y delicadas texturas se trasmutaba en un gigante que tenía por sombrero una serpiente con ojos de humano. Aunque la enfermera había perdido la dulzura del trato hacia sus pacientes, aún le quedaban vestigios de lo más importante: el respeto. Y esto la llevó a buscar un método alternativo, no químico, para alivianar los incidentes nocturnos. Siempre dejaba la radio con música de Mozart. Los resultados demostraron una leve mejoría. Sin embargo, existían otros factores desconocidos en la medicina que menoscababan todos los esfuerzos que realizaba. Tales eran las extrañas e inexplicables circunstancias que sucedían noche tras noche en la casa de los Pontefino, a tal punto que Mery y los demás residentes empezaron a escuchar voces susurrando secretos provenientes del viento, huellas de pies húmedos en el corredor dejadas por pisadas irreconocibles, manos que desollaban el aire del patio haciendo que bufara como un animal herido y, por encima de todo, lo más perturbador fue percibir la presencia inexistente de un extraño, de manera que los residentes de la casa creían ciertas las alucinaciones de la anciana. A medida que pasaba el tiempo, el desacoplamiento de la realidad en la mente de doña Margarita se intensificó y surgieron otra clase de eventos inexplicables: miradas persiguieron por los pasillos a los visitantes, ronquidos emergieron de las paredes y olores nauseabundos circularon por los rincones del ático. Aunque era de poca ayuda, la música no dejó de sonar y le sirvió a la enfermera para sentirse acompañada. “Si a doña Margarita no le sirve, al menos a mí sí”. Mery intuía que la locura era pegajosa, por aquello de que los vínculos entre las personas se hacen tan íntimos que terminan compartiendo experiencias. Ella, una mujer que de niña ganó todas las competencias atléticas del colegio y que en la universidad conquistó el oro usando el Ura nage, había dejado boquiabiertos a todos por la magistral exhibición de técnica y fuerza, y por del charco de sangre que manó de la clavícula izquierda de la oponente que se retorció de dolor en el suelo. En el presente, Mery sentía que era un saco de boxeo de setenta kilos agrietado por cuarenta años de vida a la intemperie. Se había vuelto llorona y miedosa, lasciva y ponzoñosa. Con frecuencia se aislaba del mundo en la habitación, y, debajo de las cobijas, se ahogaba en llanto por la mayor desgracia de su vida: ser soltera. Margarita resopló y por la garganta floreció un quejido como el de un madero que se quiebra. Mery, que miraba absorta hacia sus adentros, salió de sus abismos y se quedó mirando a la anciana como si observase una indescifrable obra de arte.

—Tengo miedo, la serpiente habla en lenguas extrañas. Saca al demonio, Rosita, por favor sácalo de aquí.

—Está bien, lo haré con una condición; si se toma la medicina sacaré del cuarto a don Alfonso.

Doña Margarita asintió con la cabeza y recibió una diminuta pastillita rosada. Luego la anciana escurrió su cuerpo debajo de la cobija de lana, cerró los ojos y recibió un beso en la frente.

—Descansa, ya descansa —dijo—. De una vez por todas—. Pensó, y su pensamiento estuvo limpio de maldad. La mano de la anciana cogió el antebrazo de la enfermera y lo sujetó con firmeza.

—Llámalos, llámalos…

—Doña Margarita, tranquilícese, los llamaré mañana. Esos tres diablillos vendrán pronto a visitarla, ahora no se preocupe y duerma que los ángeles de la guarda la cuidarán.

—A ellos no. —Los ojos vidriosos de la anciana centellearon como calderos con fuego—. Llama a DF-2 son los únicos que pueden salvarme. Que vengan rápido y me cubran con sus alas de oro y plata.

Mery alzó una ceja y esbozó una leve sonrisa.

—Sí, mi señora, llamaré al Distrito Federal Dos, mañana lo haré, a estas horas todos duermen y nosotros también debemos hacerlo.

—Rosa, son los protectores y mañana tengo que salir con ellos. Mi terapeuta dijo que debía… —Margarita respondió entre dientes y se quedó dormida antes de terminar la frase.

La medicina actuó rápido y ahora ningún fenómeno natural o paranormal la despertaría. La anciana fue observada por cuatro ojos, dos azules pintados por el pincel del amor inmaculado que se recuerda con entrañable anhelo; y dos ojos saltones, oscuros e indescifrables igual que el lenguaje más antiguo del mundo, olvidado por los mortales. La mirada oscura era tan negra como los deseos inhibidos que albergaba el alma de la enfermera, como las acciones reprochables que tuvo en el pasado, sobre todo, igual a los dementores que viajaban por su mente a la espera del alimento que reciben cuando ella está a solas.

El consumido pecho de la anciana se movía lento. Mery miró de reojo el retrato de don Alfonso y frunció el ceño. Él respondió a su mirada con una carcajada contenida. Para él no existían los secretos en la casa de los Pontefino, sabía bien lo que la enfermera pretendía, sus planes para satisfacer las sombras que anegaban la luz de su existencia. Incluso sabiéndolo, no podía hacer nada, era un testigo mudo de los acontecimientos que ocurrían en el amado espacio que una vez fue su hogar.

—Sigue riéndote de mí y un día te pinto bigote; he cargado esta cruz más de un año, así que te quedarás ahí colgado hasta que ella te acompañe.

Apagó la luz y salió de la habitación. Justo después de cerrar la puerta una sombra se le atravesó de frente, el corazón brincó y sintió que se le atascaba en la garganta. En la penumbra del corredor se dibujaba una alargada forma fantasmal que la miraba y por un momento creyó que el ánima de don Alfonso hacía acto de presencia para recriminarla. Se le helaron los intestinos, y las pupilas, a punto de desaguarse, se llenaron con una imagen difusa que al aproximarse expuso su aspecto mortal.

—¡MIERDA! ¿Qué hace ahí?

Solo esto faltaba, que el codiciado fruto de sus más lúbricos deseos se presentase. Se mordió el labio inferior cual Lamia que degusta de su víctima en la antesala del festín.

—Mery, perdona, no quise asustarte. No podía dormir y escuché ruido en la habitación de mamá, creí que necesitaba ayuda.

—Casi me matas del susto, ¿qué haces despierto a estas horas?

—Ya te lo dije, no puedo conciliar el sueño, hoy fue un día tan espinoso como la corona de Cristo en la parroquia. Dos feligreses en plena misa de mediodía perdieron la cordura y se machacaron a golpes. Mis regaños, las suplicas de las monjas y los brazos de tres fortachones parroquianos fueron insuficientes para detenerlos; mancharon una pared con sangre, dañaron tres butacas y quebraron el confesionario. Para colmo, un infeliz aprovechó la batahola para robarse una de las cestas con la limosna (para nuestra desgracia fue la que tenía los billetes) y en la fuga, corriendo como el mismísimo diablo al que se le queman los pies por pisar suelo santo, derribó a doña Jacinta. La única que ha probado el cuerpo de Cristo todos los días del año; la pobre tiene ínfulas de santa y por el encontronazo cayó de bruces rompiéndose como porcelana. La ambulancia tardó una eternidad; ahora está en la clínica recuperándose de una fractura de cadera y moretones en los brazos. Su hijo, un tal Federico, que nunca va a misa y dicen que es la oveja negra de esa familia, nos amenazó con demandarnos dizque porque en la parroquia no tenemos mecanismos de seguridad. Y como si eso fuera poco, en la misa de la noche me enteré de que el ladrón y el Federico de Jacinta dizque son pareja, viven juntos hace tres años. No faltaba más, ¿cuándo se había visto esto?, la gente ya no teme a Dios ni tiene respeto por los lugares santos.

Mery frunció el ceño y asintió con la cabeza pensando que lo único que ella hacía en misa era soñar despierta con cualquier feligrés que tuviera manos grandes y buen trasero.

—¿Mamá cómo está?

—Gabriel, doña Margarita está estable, la crisis ya terminó. Aunque parece que prevalece el dolor psicogénico. Las heridas invisibles dejadas por el pasado y que nadie ve agobian a su mamá con tristezas que los medicamentos no pueden curar, bien le vendría salir de casa y pasear por un jardín mientras conversa contigo, con Ana o Guillermo de cualquier pendejada que la haga sentir una persona normal. Ya ha tenido suficiente con el diablo imaginario que ronda su cuarto, ¿opinas diferente?

El rostro redondo de Mery se relajó y el cuello se le hundió entre la musculatura flácida de unos hombros que fueron rocas en el pasado. Al hacer esa pregunta sintió un alivio inmenso y el nudo que sentía en la garganta se desanudó, fue como si descargara de su espalda diez kilos de piedras afiladas.

—Mery, todo esto te pone de mal humor, ¿cierto?

—Nunca me molestó trasnochar, es mi trabajo y estoy acostumbrada. Lo que me fastidia es que tu mamá siempre me llame Rosa, Begonia, Jazmín o Alfalfa. Nunca me llama por mi nombre. Incluso cuando éramos jóvenes me llamaba Belladona. Lo recuerdo bien, antes de saludar me miraba como si hurgara dentro de mi pecho y luego con una sonrisa me saludaba usando otro nombre.

Gabriel sonrió, recordó que de jóvenes su mamá olvidaba el nombre de las jovencitas que se acercaban con pretensiones de noviazgo y a sabiendas les ponía motes con nombres de flores.

—Mery, no te quejes. La belladona es una flor hermosa.

—¡Ah sí, en verdad lo crees! La belladona abundaba en las pócimas de las brujas, usado en forma de veneno para matar o desquiciar a sus contrarios.

—No lo tomes personal. También fue utilizada por las prostitutas romanas como artilugio estético, una gota en cada ojo bastaba para que se les dilatara la pupila y quedarán… chispeantes.

—¿Qué me quieres decir, tú mamá me veía como una puta?

—No, nada de eso, solo te daba un ejemplo. Mejor no supongas cosas que no son. Hace treinta años éramos jóvenes y actuábamos impulsados por hormonas, sueños y miedos insondables.

—Doña Margarita no me quería, desde que era una niña nunca me quiso. Eso no fue un secreto, todos lo sabían, incluso mi mamá me lo dijo una noche que regresé de tu casa, se sentó a mi lado como quien quiere decir algo y no encuentra palabras para expresarlo. Me dijo: “La reina de la casa Pontefino no te quiere, mejor no te metas con esos muchachos, tarde o temprano se hará su santa voluntad y saldrás lastimada”. Las mamás son sabias y los hijos tercos, yo no le hice caso… y bueno ya sabes cómo acabó todo. Gracias a Dios tu mamá perdió la memoria, de lo contrario no me hubieran contratado. Supongo que entre los recuerdos perdidos de tu madre hay una Belladona convertida en rosa. O mejor: soy una bruja vestida con sotana.

—Mery, son cosas del pasado. Mamá seguro te tiene afecto.

—Irónico que ella también tenga nombre de flor, y que esa precisamente simbolice la inocencia infantil, espejo de su actual estado mental.

Ambos se quedaron en silencio.

—¿Por qué será que tu madre solo recuerda el nombre de tu hermano? Ese bueno para nada. Incluso, a veces olvida el propio, el tuyo y el de tu hermana. Pero no el de tu hermano, ese…

—No hables mal de Guillermo. Dios sabe que está muy ocupado.

—Él no merece nada bueno de mi parte, le ha hecho mucho daño a la familia.

—Mery, nadie merece juzgar a nadie. Y no olvides que él es quien paga las cuentas, incluso tu salario. Mejor dime si mamá ya se durmió.

—Sí, señor, la pobre sufre mucho. Da lástima verla; hace tan solo unos años era la mujer más influyente del país, su forma de vestir terciaba las tendencias de moda de los personajes de la farándula; gobernantes y empresarios buscaban su consejo. Mírela ahora en lo que se ha convertido. Definitivamente esa enfermedad es el diablo.

—¡Mery! Cuántas veces te he dicho que no menciones a ese señor en esta casa. Cuida tus palabras.

—Lo sé, lo sé. Siempre se me olvida. Ya te lo he dicho, ese epíteto para mí es natural, una muletilla, es como decir: ¡Cielos!

—Tampoco maldigas y menos en mi presencia.

—Está bien, lo intentaré, a veces olvido que eres un cura. Tu mamá se quedó dormida. Insiste en que don Alfonso no la deja dormir.

—¿Otra vez pidió que sacaran de la habitación el retrato de papá?

—Sí, otra vez lo hizo, y también lo confundió con las pesadillas. Qué cosa tan rara. Hoy me di cuenta en dónde he visto un doble de su difunto padre. Casi no me acuerdo y cada vez que veía el retrato como que se me quedaba atorado un pensamiento; ¿has visto el retrato de John Keats?

—No, ¿quién es?

—Fue. —Mery hizo una pausa y notó que la mirada de Gabriel huía, endureció la voz y exclamó con aire de regaño que Keats fue un poeta británico del siglo XIX admirado por doña Margarita, pues la anciana tenía un poemario con la recopilación de todos los poemas, ilustraciones a color del propio autor y una reseña bibliográfica.

—No lo conozco. No sabía que gustabas del arte. Hasta donde sabía solo el deporte te movía las fibras.

—Odio las artes tanto como las odiaron mis padres, que Dios los tenga en su santa gloria. Y tú sabes que nunca tuve talento para esas cursilerías.

—Si lo recuerdo bien…incluso te causaba dificultad hacer una pelota con plastilina.

Mery arrugó la frente. Gabriel tenía razón, lo único que ella podía hacer bien con las manos era propinar golpes y así lo hizo, a lo grande, mientras le duró la universidad.

—Aunque no lo parezca me gusta leer y ahora con tanto trasnocho leo de todo. —Lanzó una mirada de reproche—. He leído tres libros de tu madre, uno de ellos el poemario que te conté. Allí está el retrato del poeta y es igualito a tu padre. No lo recordaba bien, él siempre fue muy del trabajo y de viajes. En verdad don Alfonso fue un adonis, lástima que tan solo Ana sacó sus facciones. No sé por qué tu madre dice que….

—Que es un demonio blanco. —Terminó la frase con tono de aflicción.

Mery percibió cómo la última palabra se había desenrollado de la legua de Gabriel hasta convertirse en una soga de diez metros que se anubada en la garganta con ánimo de estrangularlo. Los dos se callaron y una ráfaga de aire helado dejó una huella sobre la pared, ambos vieron unas gotas de rocío arañando la pintura hasta desaparecer en el zócalo. Mery se estremeció y estuvo a punto de arrojarse en los brazos de Gabriel; sin embargo, él la detuvo con una mirada inquisidora.

—Me pregunto quién personifica, en la mente de su madre, a ese demonio. Y por qué ella le tiene tanto miedo.

—Puede ser por el parecido del poeta con papá y por los temas de las poesías, ¿de qué tratan los poemas?

—Hay mucho amor, amor contrariado de ese que deja nostalgia y rabia… ¡Ah!, si bien lo recuerdo hay un poema que puede estar relacionado. Es una historia de dolor y pena, creo… creo que tienes razón, Gabriel. El primer poema es sobrecogedor, de amor y muerte, belleza y asecho. En el que una serpiente aparece… —Mery frunció la boca y arrugó la frente—. ¡Es eso! Es el poema, la mente de su madre asocia la imagen del autor con el retrato de su padre y este con la historia narrada en el poema.

—¡Lo descubriste! felicidades, ahora todos en casa dejarán de ver fantasmas. —Mery intuitivamente miró hacia la pared, la huella húmeda dejada por las gotas estaba allí como arañazos, demostrándole que ambos se equivocaban—. Mejor no prestes atención a las alucinaciones de mamá, su cabeza está llena de creaturas enigmáticas para nosotros. —Suspiró—. La enfermedad la condujo a un deplorable estado de conciencia. Verás que mañana se levantará sin saber nada y como de costumbre te preguntará quién es ese buen mozo pintado en el cuadro.

Mery hizo una mueca de aprobación y volvió a mirar la pared.

—Mujer, todo esto debe ser difícil para ti; tanto trasnocho, afanes y cuidados quiebran hasta al más fuerte. Mejor ve a descansar. Ah, y, por cierto, cambia a Mozart por Queen, esa fue la banda musical preferida de mamá, tanto que Innuendo se convirtió en la canción de cuna de mi hermana.

Mery no podía creer lo que acababa de escuchar. ¿La anciana fue una Queener?… Le era difícil imaginar en el pasado a doña Margarita con su recatada y pulcra figura rockeando al ritmo de los armónicos de una de las bandas más populares del siglo pasado. Una visión de ella cantando con los pulgares en alto le causó risa. La mirada de Gabriel la interrumpió, se sacudió el mechón rubio que le caía sobre la frente y recompuso el semblante.

—Si es difícil para mí debe ser horrible para la familia, en especial para ti. —Gabriel, era el más sentimental de todos. Con tendencia a enfermarse de solo pensar en las dificultades, máxime si él no veía soluciones y había que dejarlas en manos de Dios; qué ironía, la confianza en una mente con falta de carácter deja de ser una cualidad y se convierte en un defecto—. No se preocupe, es mi trabajo. Váyase, usted termine el rosario, llene una copa con ese sabroso vino Cabrini que tiene guardado junto al paquete de hostias dentro del primer cajón de la mesa de noche y métase en cama medio borracho y medio bendito. Yo me quedaré cerca de su madre por si se levanta. ¡Ah! Por cierto, ¿por qué le recomendó salir? Decir mentiras no es lo suyo, ¿cierto?, por qué le llena la cabeza de cucarachas.

—¿Salir? No te entiendo.

—Ella me lo confesó antes de quedarse dormida. Que los tales defensores mañana se la van a llevar.

—¡Yo sé a qué se refiere! —Suspiró—. Es misericordia. Cuando todo se ha perdido el único hilo de fuerza que le queda a una persona es la esperanza. Mamá se sentirá mejor si sabe que puede salir y disfrutar del día, ver la gente deambular por las calles con sus pintas y extravagancias; mirar las montañas, sentir el aire en la cara, ver el cielo y el vuelo de las aves. Esa idea la hace soñar, ¿te das cuenta? Mamá pone cara de felicidad cuando se lo digo; su mirada se vuelve vidriosa y se pierde en la fantasía de su mundo ideal. Ese sueño la fortalece ante la enfermedad, ¿lo entiendes, Mery? Las enfermedades incurables provocan una guerra en quienes las padecen; por eso los sueños ayudan a encontrarle sentido a la lucha interna y a sobrevivir a nosotros mismos.

—Discrepo de tu concepto. No solo de sueños se vive y mucho menos cuando la enfermedad lo impide. El dolor es un ladrón. Para una persona como su madre la realidad gira al derredor de agujas y pastillas, dolores y calambres; unos cuantos minutos de sol al día y atender las pocas visitas de las almas caritativas que se dignen visitarla para distraerla con chismes de personas que no recuerda o no conoce. Doña Margarita perdió las pasiones, ya no pinta acuarelas, tampoco lee y nunca viaja. Esta casa es su cárcel, el mundo es una pared infranqueable y está sola con su enfermedad y con su locura. ¿Sabe qué es una persona sin pasiones? … es una roca, es un costal vacío, un ente sin alma y sin personalidad. En esas condiciones soñar no es fácil, ¿qué puede soñar una persona sin recuerdos? Una persona a quien despiertan cada tres horas para monitorearle los signos vitales. En mis veinte años de profesión he conocido a estos pacientes más que usted en sus años de ministerio. Para ellos es más importante recibir amor y que sus familiares les procuren momentos de confianza y alegría. Lo único que valoran es que una persona honesta se siente a su lado y los mire con afecto y agradecimiento, les provoque una sonrisa y se aparten del miedo que les causa sentir los pasos de la muerte.

—¡Basta! Sé por lo que pasa mamá. Aun así, ella no ha perdido del todo la memoria, todavía se estremece con la lectura de las cartas del viejo cofre.

El cofre es el más preciado tesoro de doña Margarita, podría decirse que de toda la familia Pontefino, pues ese pequeño baúl de madera de cedro contiene los retazos más sobresalientes de la historia de la familia, cientos de recuerdos, viajes, cartas y fotografías en las que quedó registrado el paso del tiempo, los tiempos buenos, los cambios que presentó cada uno de los integrantes a lo largo de la vida (y entre todas las futilezas emocionales habidas allí, un par de registros particulares ocultan un secreto con un impacto tan grande que desvelarlo no solo cambiaría la vida de los Pontefino, sino del mundo entero). Algo que solamente la versión saludable de Margarita conocía.

—Sí, tienes razón, doña Margarita aún tiene recuerdos felices. Si pudieras verla cuando habla de eso; sobre todo de un puente. Habla tanto de un puente que se vuelve hasta fastidiosa, aunque olvidó cómo es; a veces dice que es de piedra y otras de madera. —Gabriel sonrió, Mery hizo una pausa y ladeó la cabeza intuyendo que él sabía de qué hablaba—. ¿Conoces ese puente?

—No, lastimosamente no.

—¿Por qué es tan importante para Margarita?

—En ese puente inició la historia de la familia. Tal vez es el momento más sublime que ella recuerde. Ha idealizado ese momento durante tantos años que el deseo se convirtió en pensamiento y el pensamiento en obsesión. Recuerdo que papá en un lapso de quince años la llevó ocho veces; para mamá fue insuficiente. Creo que ella quería vivir allí.

—Es un sueño frustrado. Qué lástima, una verdadera lástima, las frustraciones son infecciones que se enconan con el paso de los años hasta encarnarse en una enfermedad. No me extrañaría que una de las tantas molestias que ella tiene haya sido provocada por vivir lejos de ese lugar.

—Tal vez, el tiempo siempre eclipsa los anhelos y ahora es imposible llevarla, no soportaría el viaje.

—Es una pena, si fuera mi madre yo la llevaría, ¿qué más da?, que muera en la habitación o en un avión. Y si lo logra, para ella sería la máxima alegría.

—Con su enfermedad no hay certeza de que lo disfrute. Podría ser que al estar en el puente tampoco lo reconozca.

—Entonces llévela al Puente de Guadua. No tienes que meterla en un avión y no la someterás a ningún riesgo. Puedes hacerle creer que está en el puente de sus sueños.

—¿Y si no es así? Aún no ha perdido todos los recuerdos y podría provocarle una desilusión. Lo cierto es que esa rumiación no es dañina; la aleja de cualquier experiencia dolorosa. Es paradójico que los que estamos sanos pasamos la mayor parte del tiempo reflexionando sobre las preocupaciones, en cambio, los enfermos se dedican a rumiar sus fantasías. Unos pueden y no tienen, otros tienen y no pueden. Mery, por eso no te alteres cuando mamá repita una y otra vez la misma historia. Ella es feliz contándola, déjala y ponle atención. Seguro en el cofre encontrarás alguna carta sobre el puente.

—A veces leo las cartas del cofre y ella llora de emoción, es como si a través de esas letras recobrara momentos de su pasado. Una vez le mostré una fotografía, parecía la copia de una antigua obra de arte que mostraba una anciana, doña Margarita la llamó mamá.

—Son recuerdos encubridores. La frontera que separa lo que somos de lo que fuimos. Doy gracias a todos los cielos por haber preservado las cartas de papá. Sin ese cofre mamá no tendría pasado… —Miró el reloj, daban las doce de la noche.

—La psicología no es de mucha ayuda para el estado en que está tu mamá.

—Mery, no discutiré contigo. Cada uno habla de lo que conoce. Además, Dios sabe cómo hace las cosas.

—Le confieso que, a veces no sé cómo tratarlo: si como un simple mortal que estudió psicología o como cura que está pendiente de mis faltas. —Gabriel elevó las cejas sin saber qué responder. La impertinencia de Mery era famosa por levantar desconciertos y él sabía que su origen venía desde la adolescencia, tal vez por ello su mamá nunca se la tragó; Mery hablaba con la confianza que prodiga una relación de muchos años, sin filtros y altanería— ¿Sus dos hermanos saben sobre el desmayo de su madre?

—Aún no hablo con ellos.

—¡NO!

Hubo silencio y Mery entronó la mirada.

—Ya me extrañaba que doña Ana y Guillermo no se hubieran aparecido hoy por aquí. Nunca pensé que un cura pecara por impiedad. Sabe que ahora usted se comporta como un hombre y no como un pastor. Ellos son sus hermanos, no son cualesquiera.

—Mery no te pagamos para que hagas juicios de nosotros sino para que cuides de mamá. Hablaré con ellos cuando sea necesario.

—Necesitarán uno del otro cuando ella se marche. No tiene derecho de privarlos de ese momento.

—No discutiré más contigo, siempre quieres tener la razón y esta clase de conversaciones me agrian el ánimo. Por hoy ya tuve suficientes problemas como para agregarle otro a mi conciencia, iré a dormir. Me llamas si mamá despierta.

Ambos se despidieron con un insípido ademán y se marcharon. Mery se santiguó siete veces camino al dormitorio pensando que así tendría un escudo contra la tragedia: Luego de vivir ochenta años, a doña Margarita Ibáñez, viuda de Pontefino, le apetecía jugar con muñecas y creía que los ángeles eran estrellas. Después de tanto tiempo de grandeza la enfermedad le arrebató todo, incluidos los recuerdos. Mery cerró la puerta de su habitación y de un brinco se tumbó encima de la cama, haciendo a un lado el poemario de su amante imaginario. Caviló en retirarse la ropa, pero recordó la noche anterior y se dijo así misma que era mejor quedarse vestida por si había que salir corriendo.

“Uno no debería llegar a viejo, ¿cuántos sufrimientos aguardan en el futuro? Pobre vieja, así fue mi abuela que falleció por lo mismo después de dos años. ¡Ay, Dios!, no permitas que mi cuerpo caiga en desgracia, déjame intacta y si me tienes para anciana... antes que una enfermedad, mándame del cielo una espada que me atraviese el pecho y me arrebate el mundo en dos segundos”. En la penumbra miró el techo, luego la repisa atestada de libros prestados, el armario y una fantasmagórica blusa blanca colgando del perchero; suspiró. Esta noche, doña Margarita logró arrebatarle el sueño. Encendió la luz y tomó el libro de poemas de Keats.

¿Puede la muerte estar dormida, si la vida es solo un sueño, y las escenas de dicha pasan como un fantasma? Los efímeros placeres a visiones se asemejan y aún creemos que el dolor más grande es morir.

Mery hizo una pausa y sintió que el poema describía en perfectos matices literarios su existencia. Con disimulada nostalgia percibía que el espejismo de la realidad que deseaba cada día se desvanecía mientras se consolaba diciendo que un día futuro la tendría. Retomó la lectura, se perdió en los versos y con la melodía de las palabras naufragó en los diferentes niveles que ofrecía el entendimiento del poema. Ritmo y armonía susurraron a sus oídos alucinaciones de su propia existencia que la hacían reconocerse como si mirase un espejo. Después de leer tres poemas, su conciencia se disolvió en pensamientos diferentes a los de la lectura. Reflexionó sobre la vejez y sobre la enfermedad hasta que el miedo a morir le provocó fuego en el vientre, jugos gástricos le quemaron la garganta. Gruñó. Cerró de golpe el libro y buscó el tarro verde menta con antiácido, a ojos cerrados bebió dos tragos sin saborearlos. —¡Diablos!, ¿por qué acepté este trabajo?

Luego retomó la lectura. Esta vez se conectó con el encanto de la prosa lírica y dejó de lado sus incertidumbres, pero no del todo. De vez en cuando confundía sus pensamientos con los de aquellos personajes que habitaron hace más de doscientos años la mente del poeta. Fue en ese momento que entendió que el mundo era un tren de carga que pasaba deprisa por su lado sin prestarle la más mínima atención, un ente insensible y desalmado que no debería llamarse mundo sino analgesia. Cada día te regala algo, cada día te quita algo. Mery percibió el mismo horror que experimentó Gregorio Samsa cuando notó que la vida seguía su curso natural como si nada hubiera pasado. Daba igual en qué se metamorfosean las personas que han perdido el amor verdadero: el amor a sí mismos. Era lo mismo ser un insecto, una enfermera o una anciana. Suspiró y especuló que a la vida no le importan las personas, solo las circunstancias. El mundo es lo mismo que la vida y la vida una metáfora del tiempo, porque sin tiempo no hay vida y sin vida no hay tiempo. Mery lo imaginó como un gigante que se alimenta de humanos; nos cosecha para nutrirse hasta que la energía humana se vuelve amarga para luego desecharnos igual que las frutas podridas de un árbol. Mery soltó una carcajada, no era el tipo de mujer que hablase consigo misma, a menos que estuviera frente al espejo y tuviera siete copas de ron en el cerebro: “¿Y ahora… qué hago para dormir?”

3. Agonía

En la habitación contigua, doña Margarita sufría convulsiones intermitentes que la hacían perder el sueño. Medio despierta y medio dormida recreaba fantasías para entretenerse y apartarse del dolor. Imaginó que Guillermo cruzaba el puente de piedra para visitarla; traía flores amarillas y una canasta llena de panes humeantes. Él pasaba de largo sin saludar, ella con desilusión lo veía alejarse, detenerse a mitad del camino y volver a estar a unos pasos para empezar de nuevo el mismo recorrido en un ciclo sin principio ni fin. Fuera del sueño, en el mundo real, doña Margarita tenía leves espasmos y sus costillas se agitaban como las velas de un navío en medio de una tempestad en altamar. El semblante de su primogénito se deformaba con cada convulsión como se distorsionan las imágenes en un televisor averiado; hizo un esfuerzo máximo por mantenerlo nítido hasta que una de las sacudidas fue más larga que las anteriores y la imagen mental desapareció. Se quedó sin respiración y un grito se atoró en medio de su garganta. Sintió que el mundo se le iba, que su corazón se detenía. Su torso se arqueó. Las venas de sus manos se hincharon mientras apretujaba la cobija hasta que las pupilas se dilataron. Luego la tensión cesó y Margarita se quedó inmóvil. Siete segundos después su cuerpo se estremeció y una dolorosa bocanada de aire le llenó los pulmones. Abrió los ojos cargados con telarañas rojas de pequeñas venas congestionadas de sangre. Inhaló y exhaló con desesperación el preciado oxígeno reciclado de la habitación. Era denso y olía rancio, apestaba a vejez. Creyó que el hedor vetusto era de la cobija —cof, cof—, tosió y tosió. La primera respiración fue dolorosa como el dolor de un bebe en el primer aliento de vida. En la penumbra, Margarita notó que temblaba, luego supo que no era toda ella, eran solo sus manos y empezó a llorar. Mery escuchó el llanto por un intercomunicador como si fuese el sollozo de una niña de cuatro años a la que le negaron un juguete. Al llegar a la habitación observó a doña Margarita acurrucada y tiritando.

—Mi señora, tranquila, no llore. Ya estoy aquí. —Le acarició el pelo y le retiró un mechón castaño que le cubría la frente—. ¿Quiere ver a alguien?

Margarita no moduló palabra, movió la cabeza para los lados, y con las caricias de Mery las lágrimas cesaron.

—Rosita, pásame por favor el pintalabios.

—Por supuesto, primero muerta que sencilla…—Mery se mordió los labios— ¡mierda!, cuándo aprenderé a ser prudente.

Fue al tocador y buscó el neceser de la anciana. Extrajo un labial carmesí y regresó con una sonrisa.

—Aquí lo tengo. Le lloverán pretendientes.

—¿Te enloqueciste, muchacha? No usaré labial a media noche.

Mery arqueó las cejas.

—Tiene razón, es una locura como también es locura jugar a estas horas. Así que vamos a dormir.

—Jazmín, no puedo, dame otra pastilla para conciliar el sueño.

Mery empezó a impacientarse.

—Mi señora, no me llamo Jazmín. Y ya no estoy para bromas. Iré por las benditas pastillas para que descanse.

—¡Ah, sí! Eres Rosa, de momento lo olvidé, perdona. Por favor antes de irte trae el labial.

—¡Mierda, ahora soy un juguete! —exclamó en tono contenido y contó hasta diez—. ¿Doña Margarita, para qué quiere el labial? Un ángel no se maquilla en la oscuridad.

—Necesito que escribas algo en mi antebrazo. Se verá horrible, pero la necesidad lo amerita.

Mery se acercó y tomó el antebrazo de la anciana, miró la piel que parecía el papiro quebradizo de una tumba egipcia y buscó el lugar con menos manchas. Le pareció un completo despilfarro desperdiciar en otro uso el pintalabios más costoso que hubiera podido tener en la mano.

—¿Qué escribo?

—Reprender a Guillermo. —Mery sonrió con ironía. Ahora quería gastarse todo el labial en el cuerpo de la anciana, lo escribiría en las paredes si era necesario. Y si se lo pidieran, ella haría esa tarea con el mayor de los gustos; solo que la anciana era la única persona con autoridad para hacerlo.

Margarita se volvió a quedar a solas, con miedo, y observó el retrato de un joven de facciones pulcras con pelo rubio, nariz recta y ojos azulados del que emanaba una energía hipnótica desconcertante; pensó que el prodigioso pintor había captado en esa mirada la naturaleza del primer amor, del primer beso y con ello de la eternidad. Margarita sonrió y deslizó su mano izquierda debajo de la almohada, el revés estaba fresco. Suspiró. Mientras veía el retrato del joven su mente saltó el umbral que la aislaba de ella misma y recuperó la razón, pero la usó mal, para señalarse y compadecerse.

—Les di problemas a mis hijos, no me los merezco. Pobre Ana, qué hará cuando yo falte, si tan solo ella pudiera tener un hijo. Sería diferente. —Se sentó en la cama, bajó la mirada y advirtió la frase pintada en el antebrazo, la leyó tres veces y arrugó la frente—. Lo debería castigar de por vida por ingenuo, si supiera la verdad, lo matarán sino hago algo. —Con su mano izquierda intentó borrar la inscripción, pero se detuvo después de borrar el nombre— ¿Y si mañana lo olvido?, mejor lo dejo así para recordar que debo hablar con él y contarle la verdad. —Levantó la mirada y de nuevo se topó con el joven rubio que le sonreía; ella también le sonrió y con picardía guiñó un ojo—. Amado esposo, estaré mejor si me llevas contigo. —Y de manera inexplicable sintió que Alfonso la acompañaba.

A las cuatro de la madrugada Margarita tenía afán de que llegara el día, porque olvidaba con rapidez. No tenía la certeza de que al levantarse sabría qué hacer, o peor, temía observar su cuerpo achacoso e inerte sobre la cama mientras se marchara su alma. Miró el reloj, el suave murmullo del tictac se mezcló con los crujidos de su respiración; notó que las manecillas permanecían inmóviles, frunció la frente y trató de enfocar la mirada para ver mejor. En efecto no se movían, el cacharro parecía muerto, pero se escuchaba y ella presentía que su momento había llegado. Asomaron varias lágrimas y se le encajó un vacío en medio del pecho. Levantó la mirada y esperó resignada que uno de los muros se abriera y por la grieta saliera un chorro de luz cegadora, de esas que aparecen en las películas de misterio cuando el túnel del más allá se conecta con el más acá. Rezó para que dentro de esa luz estuviera Alfonso. Pero nada pasó. Cinco minutos después se acostó en su lecho, un poco contenta, un poco defraudada. Las lagunas mentales regresaron y de nuevo volvió a ser una anciana enferma incapaz de reconocer su presente y recordar su pasado.

El día despertó horas después de que ella lo hiciera. Había dejado de llover. Un haz de luz se colaba debajo de la puerta y avivaba su entereza. Dentro de la habitación ocurría otro milagro: Margarita sobrevivía. Era una fría mañana soleada de invierno.

En pocos minutos llegó Mery con su complexión de atleta, saludó con expresión de absoluta sorpresa, pues el día no empezaba como ella esperaba.

—Qué maravilla… verla tan despierta.

“Qué ironía —pensó Mery—, yo que creí que hoy mi vida cambiaría”.

—¿Quién es usted?

Mery titubeo un segundo antes de responder. Por el semblante áspero de la anciana vislumbró que una conducta violenta se estaba fraguando.

—Soy Mery, soy Rosa, Azucena o Belladona ¿lo recuerda? —Margarita estaba muda y distante—. Soy su enfermera y amiga. Más amiga que enfermera.

Sin decir nada más empezó el parsimonioso protocolo de todos los días. Su tarea principal era suministrarle las medicinas, asistirla en las emergencias y asearla. Retirarle la ropa era la labor más difícil, la anciana siempre hacía pataleta porque le daba vergüenza que la vieran desnuda. Librarla de la suciedad y de los malos olores era lo más fácil. Para la señora de la casa el agua tibia era el único placer del día. Por último, Mery tenía que vestirla, llevarla a desayunar y dejarla en el patio para que tomara unos minutos de sol, si es que el invierno lo permitía. Primero había que bañarla y la anciana tenía cara de husky siberiano. Forcejearon durante diez minutos hasta que la musculatura de los brazos de Mery y un par de técnicas judocas doblegaron la fuerza desmedida de la loca que Margarita llevaba por dentro. La tina se llenó y Mery con un dedo tanteó la temperatura del agua mientras vertió agua fría para atemperarla hasta que quedara como le gustaba a la anciana. La metió con cuidado.

Dentro de la bañera, Margarita parecía una corroída astilla de madera. Sentada sobre sus nalgas secas recogió sus piernas para tapar su pecho con las angulosas rodillas. Mery la miró con respeto entendiendo el pudor de la anciana y evitó posar los ojos directamente sobre ella. Los pensamientos vagabundearon mientras le frotó la espalda con una esponja nueva, en su cabeza aparecían dudas existenciales que lindaban con sus fantasías más mundanas; ¿A qué hora se habrá acostado Gabriel?

—¿Cuántos años llevas a mi lado?

—Dos años, mi señora.

—¿Y eso es mucho o es poco?

—Creo que es lo suficiente para encariñarme con las personas de esta casa.

—¿Me quieres?

—¿Qué clase de pregunta es esa? Usted es como una madre para todos.

—Una madre… ¿cómo podría serlo?, ni siquiera recuerdo qué desayuné ayer. Tampoco sé cómo te llamas.

—Se lo dije hace un rato, ¿no lo recuerda?

—No puse cuidado, perdona.

—Doña Margarita, puede llamarme como usted quiera. Por ahora, debe saber que hoy es lunes, diecinueve de septiembre, es invierno, está en su casa y tiene tres hijos.

—Tengo hijos… —Margarita puso cara de incredulidad, se miró las manos y movió los dedos, arriba y abajo como si fueran pequeñas marionetas, sonrió y luego entrelazó sus manos como piezas de un rompecabezas.

—Me gustan mis hijos, mira cómo se abrazan. —Levantó las manos hasta ponerlas encima de la cara de Mery. La enfermera las esquivó y pensó que las cosas se pondrían feas.

—Esos no son hijos, son dedos.

—Entonces, ¿cómo son?, ¿dónde los tengo? —Dirigió la mirada hacia los pies y movió las pequeñas falanges como peldaños de un piano oxidado.

Mery no sabía qué responder, sería fácil contar el significado de un hijo desde el corazón, si al menos hubiera tenido uno. No quiso buscar un atajo y mencionar a las cigüeñas, tampoco hacer comparaciones burdas con animales, pensó en sexo y recordó que no tenía pareja desde que trabajaba con los Pontefino. Iría al grano, le diría cómo un hombre y mujer regalan sus cuerpos y después le narraría los sufrimientos que una madre padece durante el parto para luego sobrellevar con alegría los sacrificios de la crianza; todas experiencias ajenas. Mery pestañeó un par de veces y pensó en ello, cuando fue hija, pues siendo adulta nunca sopesó el significado de tener una madre y en su caso nunca lo sabría porque se negó a serlo. Además, su madre murió cuando tenía veinte años, muy joven para entender el significado. Se comprenden los significados trascendentales de la vida solo cuando en carne propia se experimentan y Mery apenas contaba con fragmentos incompletos del pasado reflejados en otra mujer. Desde la otra orilla, para ella, un hijo era como un caballo con rienda queriendo ir donde no debe. Margarita la miraba esperando una respuesta.

—No lo sé. Me quedé solterona y de joven odiaba la idea de ser madre soltera.

—¿Y ahora?

—Ya es muy tarde. —Una nube de nostalgia apagó su mirada.

Margarita no supo qué sentir frente a eso. Lo bueno de no tener recuerdos o de que estos aparecieran cuando se les daba la gana era que tampoco sabía cómo sentirse o comportarse frente a las situaciones de la vida. Era como una niña descubriendo el mundo y sus reglas, ¿qué es bueno?, ¿qué es malo? El sabor de los alimentos y el de las emociones. Los colores, la compañía y la soledad. Todo era nuevo, inodoro, incoloro e insípido mientras que los sentidos se adaptan y descubren las diferencias entre los contrastes. El gran problema era que por su enfermedad desaprendía con la misma velocidad que aprendía sin tener tiempo para disfrutar las situaciones cotidianas. Margarita tenía claro que algunas palabras sonaban bonitas y, por tanto, creía que debían estar relacionadas a situaciones buenas; otras sonaban feo, entonces debían pertenecer al mundo oscuro de la maldad. Esa era su columna ética y moral, a falta de memoria su sentido común se sustentaba en la sonoridad de las palabras y el brillo de los ojos de las personas que las pronunciaban. Mamá es una buena palabra; deducía que debían ser buenas las personas a quienes llamaran de dicha manera.

—Serías una buena mamá.

—¡La mejor!, al menos no repetiría los errores que cometieron mis padres. Me impusieron el estudio como si con ello salvara mi vida, qué equivocados estaban, sería más feliz y tendría dinero si me hubiera dedicado a la compraventa y no a estudiar enfermería. Mamá, que descanse en paz, siempre imponía sus deseos. Por encima de todos, incluido papá que falto de carácter dejaba que ella eligiese hasta el color de sus medias. Papá murió cuando yo tenía doce años a causa de un pago que le exigía un proveedor al que se negó por considerar que era una estafa. Mamá incineró los restos, papá quería que lo enterraran bajo tierra. Mis dos únicas tías también fueron enfermeras; yo quería ser abogada, pero entre las tres no me dieron elección y terminé convertida en su títere siguiendo al pie de la letra sus caprichos, me convertí en una réplica defectuosa de ellas. En lo único que me diferenciaba era en el deporte, ellas, tan señoriteras preferían jugar tenis para enseñar las piernas y pescar algún amante. A mí me gustaban las peleas y en el judo encontré mi vocación. Lástima que no se sintonizaron con mis proyectos, sería otra persona. Yo dejaría a mi hijo ser tan libre como un tigre de montaña.

—¿Sabes si yo cometí errores con mis hijos?

—No tengo idea, mi señora. Un extraño no puede juzgar lo que ocurre dentro de una casa. Sus hijos eran adultos cuando regresé a esta familia, muy diferentes a los que conocí en la adolescencia. Además, creo que los papás tienen los primeros siete años para educar o malcriar a sus hijos. Los suyos ya están criados y no hay nada que se pueda hacer por ellos.

—¿Cómo son?

—Son maravi… —titubeó, iba a decir una mentira. En verdad solo uno de ellos le parecía encantador, los otros eran odiosos. Caviló un instante y resolvió decir la verdad, al fin y al cabo, la anciana lo olvidaría—. Sus hijos son el Infierno, el Paraíso y la Tierra. Los tres se excluyen de manera mutua y ninguno cree en el otro. Aunque a mí me parezcan odiosos, a la vista de todos son maravillosos. Muchas personas dicen que usted es afortunada y desearían tener hijos como los que tuvo.

Margarita no supo qué pensar. Cuál de los tres era bueno o malo. Rosa narró matices desconcertantes y mencionó palabras que no tenía en su vocabulario. Pensó que tal vez, Infierno, Paraíso y Tierra eran tres bellos colores que reflejaban cualidades buenas de sus hijos, quizás fuerza, pureza y fragilidad…

“Fragilidad, ¿será que tengo un hijo enfermo?”.

La anciana no quiso hacerse un lío y centró su atención en la palabra con más musicalidad.

—¡Maravillosos! Tengo hijos maravillosos. —Aplaudió como si acabara de recibir un regalo—. ¿Cómo no están aquí?

—Son adultos, están muy ocupados, siempre tienen cosas qué hacer —mintió. Gabriel, que hacía las veces de terapeuta, siempre permanecía cerca. Eso a Mery la reconfortaba, su cercanía suavizaba su responsabilidad.

—Los adultos no me gustan, ¿sabes si hoy vendrán a visitarme? Quiero conocerlos. —Mery se mordió los labios y sin darse cuenta restregó con más fuerza la delicada piel de la anciana—. ¡Ayyy! Duele.

Margarita se inclinó y llevó la mano derecha hacia la espalda.

—Perdón, quería quitarle una mancha. Hoy es un buen día para visitas, estoy segura de que vendrán. Cuénteme, ¿ayer… el gigante salió del cuadro?

Margarita no respondió. En vez de eso retomó la postura y al hacerlo vio una inscripción pintada en su antebrazo.

—¿Qué es esto?

—Un recordatorio, supongo. Hoy reprenderá a su hijo Guillermo. Ya casi terminamos, déjeme ayudarla. Le pondré el vestido de flores amarillas que tanto le gusta y luego iremos a desayunar.

—No quiero ponerme vestido.

—Claro que sí. Le queda muy bonito. Usted ama las flores, le gusta el pan y tomar el sol en el patio.

—Rosa, no soy una niña, ¿por qué me recuerdas lo que me gusta?

—Veo que recuperó la memoria, qué bien. Se lo digo porque es bueno para su salud, su terapeuta insistió en…

Esa palabra sacudió la conciencia de Margarita, fue como si despertara de un sueño y recobrara parte de su realidad, recordó una tarea pendiente, recordó un documento que estaba en el cofre de los recuerdos y abrió los ojos como platos.

—Dile a mi terapeuta que lo haré.

—¿Qué va a hacer?

—Solo díselo.

—Está oficiando misa, lo llamaré más tarde.

Doña Margarita desayunó con lentitud un panecillo de avena remojado en té de manzanilla y una delgada lámina de queso mozzarella; luego fue al patio para tomar el sol, admiró las flores bermellones que colgaban en gajos desparramados desde el techo; el vivaz colorido de la planta le recordó que no se puso labial; arrugó la frente, abominaba verse con los labios pálidos y quebrados. Aun así, no regresó a la habitación, prefirió quedarse allí bajo la tibieza de la luz del día. Bastaron un par de minutos para que el calor le causara escozor en los antebrazos y recordó que a esas alturas de la vida todo era peligroso. Según su terapeuta era mejor cultivar el alma y ejercitar la mente, la irritación en su piel despertó una desazón olvidada, un malestar en su alma, el mismo que en la noche anterior la había obsesionado; entonces, tomó la decisión que había esquivado hacía mucho tiempo, por fin se desahogaría. Hacía meses un pensamiento la maltrataba, una inquina en lo más hondo de su ser pugnaba por liberarse. Regresó a su habitación y fue hasta el tocador, abrió el pequeño cofre de madera y extrajo una carta que guardó en su pequeño bolso, suspiró, ansió escaparse de la responsabilidad, pero ¿cómo?, estaba confinada en medio de dos murallas: su vejez y sus enfermedades.

4. Amenaza de tormenta

Guillermo se acomodó el nudo de la corbata y peinó sus cejas con los dedos. Esa mañana su reflejo no le inspiró confianza, torció la boca y examinó con minuciosidad la superficie del espejo en busca de algún desperfecto que afeara su semblante, pero no tuvo éxito.

—Señor, no cambiará por más que se mire.

—Algo está mal.

—Lo normal es que hoy todo esté mal, señor. Es un buen día para que un líder personifique el espíritu conquistador de Napoleón. —Leopoldo Azcón respondió mientras se aseaba las manos en el lavamanos.

—¿A qué te refieres?

—Este martes es el día más fatídico del último quinquenio. El año pasado un avión cayó en el Atlántico y murieron más de doscientas personas; el antepasado, en la misma fecha, ocurrió el sismo de Indonesia; el anterior dos trenes chocaron en Croacia —bostezó—; este día consagrado al dios de la guerra no es un buen día para tener paz.

—¿Qué ocurrió en el primer año de tu seguidilla de tragedias?

—¡El primer año!

—Solo mencionaste tres en un periodo de cinco años y dijiste que cada año ocurrió una desdicha.

—La peor de las tragedias, casi quedo pobre al perder un negocio.

Guillermo movió la cabeza para ambos lados.

—Tienes razón, la peor tragedia es la que le pasa a uno. Leopoldo, sabes que no soy supersticioso. Este espejo está averiado. Mírame, yo no soy así, ¿cuándo mis cejas fueron tan pobladas y mi boca tan pequeña? Parece que no tengo carácter.

El secretario miró circunspecto y luego observó la imagen reflejada del presidente en el espejo. Guillermo advirtió la mirada puntillosa del secretario y se dijo a sí mismo que Leopoldo tenía los ojos tan tristes como si la muerte de un ser querido se le hubiera quedado por siempre en la mirada.

—Su aspecto está igual que todos los días, señor.

—Hombre, no te esfuerces por subirme el ánimo. Me siento como una puta barata, todo me sale mal, empezando por el reloj que me regaló Marion de cumpleaños, se me cayó.

—¿Qué pasó?

—Esta mañana, al despertar empujé sin querer el reloj cuando intentaba silenciar el despertador. Se le quebró la mica. —Levantó las cejas—. ¿Puedes creerlo? un cristal de mil dólares debería resistir caídas tan insignificantes, ¿no lo crees? Más vale que Marion no se entere.

Ambos salieron del cuarto de baño y caminaron por el pasillo hacia el despacho presidencial.

—Es un mal día, señor, ¿no vio mi mensaje?

—Estás loco si crees que usaré calzoncillos rojos para la buena suerte. Te lo he dicho cientos de veces, no creo en maldiciones o agüeros; lo que dicen de los gatos, las escaleras y los espejos son todas estupideces. Nada trae más surte y fortuna que el trabajo honrado y bien hecho. Así que no se hable más, quédate con tus creencias y por favor que sea la última vez que me hablas de esos temas.

—¿Cómo explica que un reloj tan fino se haya estropeado con tanta facilidad? ¿Que el invierno haya llegado dos meses antes?

El teléfono de Guillermo se sacudió dentro del bolsillo. Miró la pantalla e hizo una mueca antes de contestar.

—Hola, Mery; no eres oportuna.

—La llamada de una simple mortal nunca es oportuna, señor presidente. Y en ese caso usted no debería contestar.

Hubo silencio. Guillermo nunca se acostumbró a la crudeza y alevosía con la que ella lo trataba. Mery conservaba el trabajo solo porque Margarita no permitía que la cambiaran.

—¿Qué ocurre, Mery?

—¿Ya habló con su hermano?

—No, ¿qué sucede? Y por favor habla sin rodeos; sabes que me mantengo ocupado.

—Su mamá tuvo una recaída.

—¿Por qué no me avisaron?

—Su hermano…

—¡MI HERMANO!, ¿qué importa mi hermano? Su deber es mantenerme informado.

—Estoy en medio de los dos y no sé qué hacer, ¿a quién debo hacerle caso?

—Hablaré con él; ¿cómo está mamá?

—Regular, ayer al mediodía se desmayó. El doctor Aravena dijo que doña Margarita sufrió una isquemia cerebral con consecuencias leves, y la presión arterial la tiene por las nubes. Durante la noche se despertó varias veces, una de ellas la encontré llorando. No soporta ver el retrato de su padre y repite con frecuencia que las ménades rojas secuestraron a sus hijas para que un toro las embistiera. Pobre, me da pena el grado al que ha llegado su locura.

—Dios santo… ¿qué diablos con las ménades?

—No lo sé, señor. Seguro alguno de los monstruos que la molestan por las noches.

—Pásamela, quiero saludarla.

—Está tomando sol en el patio; ya sabe cómo se pone si la interrumpimos.

—Hablaré con Aravena.

—Doña Margarita tuvo una noche muy larga. Sería de mucha ayuda que hoy viniera a visitarla.

—Imposible. Hoy tengo asuntos que atender, de pronto mañana. Y sin importar qué diga mi hermano, mantenme informado.

Mery apretó la quijada.

—Guillermo, es tu madre. Nada en el mundo te la traerá de vuelta cuando falte.

—Trataré…

—¿Tratará? Que estupidez tan grande. Siempre se excusa con que tiene mucho qué hacer. Ojalá pudiera meterse en la cabeza de la vieja para sufrir lo que ella sufre y así pueda entender cuánto lo necesita.

—Mery, no me malinterpretes. No entiendes mi trabajo y no estás en la posición…

—Tiene razón, no lo entiendo. Como tampoco entendí la desidia y falta de apoyo cuando éramos jóvenes.

—Así que eso es. Ya veo por qué me tratas así. Mery, el pasado es pasado. Éramos niños.

—Éramos adolescentes.

—Tuviste la culpa por meterte con Gabriel.

—Me acerqué a él para llegar a ti.

—Y sí que te acercaste… dos horas dentro del armario con mi hermano.

—La culpa fue tuya por darme vodka. Los dos se parecían y los confundí.

—No voy a discutirlo. Eso fue hace más de veinte años. Ya debo colgar, por favor cuida de mamá.

Mery colgó la llamada y refunfuñó mientras caminaba hacia el patio.

—¿Qué ocurre? —preguntó el secretario levantando una ceja.

—Nada. Es un asunto de mujeres en los que un hombre no tiene cabida ni medida.

—Ellas son como una olla a presión aguantando el vapor…

—Leopoldo, mejor no digas nada y que no te escuche Rubí, podría quebrarte la cabeza de un golpe. Vamos a mi despacho y tomemos un café, quiero que revisemos el presupuesto de gastos y luego el asunto de las protestas de los universitarios.

—Señor, hay otros temas más apremiantes. Ayer me informaron que el Congreso no aprobará la compra de drones armados para operaciones autónomas. No quieren máquinas asesinas volando sobre las cabezas de los ciudadanos, rotulan que sería más fácil el terrorismo y que un simple error de programación tendría consecuencias fatales. Tampoco quieren aprobar la ley para migrar nuestro sistema de seguridad, el riesgo más relevante del uso de la inteligencia artificial se apoya en los pronósticos de la tormenta solar. La agencia espacial China declaró alerta roja y señalan que es probable que en los próximos días una explosión solar llegue al planeta afectando todos los equipos electrónicos. Las naciones cercanas al hemisferio norte quedarán vulnerables y se estima que tardarán diez años en recomponer sus estructuras tecnológicas de defensa y veinte años en reconstruir la infraestructura de telecomunicaciones y el tendido eléctrico para el suministro de energía domiciliaria. Por otro lado, los parlamentarios están temerosos de perder los controles burocráticos del sistema y entiendo, por comentarios de pasillo, que la situación es más alarmante por los detrimentos económicos que acarrea no tener alcance de los oferentes y proveedores de suministros en los proyectos.

—Mierda, ¿qué demonios les pasa? Vivimos en la quinta revolución industrial, llegó la singularidad tecnológica, hace un mes fuimos testigos del primer vuelo comercial sin piloto controlado por inteligencia artificial entre Londres y Nueva York. En Singapur, Japón y Estonia existen Smartcities. Contamos con computadores cuánticos y hay laboratorios que secuencian el genoma por tres mil dólares y ni hablar de los transhumanos… hombre, la tecnología nos consume y no nosotros a ella, ¿cuándo nuestros honorables parlamentarios dejarán de vivir en la Edad Media? El ejército está obsoleto; en países desarrollados los drones y las computadoras reemplazan a los soldados. Debemos dar el salto y abrazar los adelantos tecnológicos que otras naciones adoptaron en pro del desarrollo.

—Hay demasiado en juego. Nuestro país es costumbrista, arraigado a las maneras de antaño.

—Pamplinas. Hay mucho dinero e intereses de por medio. El mejor negocio del país es la política y es por ello por lo que no avanzamos, hace veinte años debimos cambiar y no lo hicimos…

—La mayoría se opone a desarrollar al país, argumentan que seremos vulnerables a riesgos para los cuales no estamos preparados. Y francamente, sin el apoyo de los partidos la ley se hundirá como se hundió hace ocho años.

—Todos son unos Judas, lo que tienen es miedo de perder coimas y de entregar el control de las rutas burocráticas de enriquecimiento a canales tecnológicos libres de plusvalía y corrupción.

Leopoldo se encogió de hombros y, tras un silencio breve, agregó:

—Antes recibían una parte de las ganancias en la contratación. Y aunque no estaba escrito sobre el papel, el formalismo de contratación les dejaba un pequeño porcentaje del precio del negocio con el que podían financiar sus campañas.

—Eso se acabó.

—No fue una buena medida, señor. No se puede hacer política sin ser político. Hay acciones blandas que hacen parte del modelo de gobierno y lo ayudan a mantener su engranaje aceitado. Impedir los incentivos es como quitarle las ruedas a una bicicleta.

—Esos incentivos son veneno y no cederé en ese punto porque precisamente por ello gané las elecciones.

—Ellos tampoco cederán y le quitarán el apoyo, lo anularán, ¿se da cuenta?

—Solo debo convencer a uno, él hará el resto.

—Milton Calahor no lo ayudará.

—Encontraré la manera.

Una hora más tarde, Guillermo convocó a Pacheco en el despacho presidencial. El asesor llegó raudo con una jovial sonrisa.

—¿Qué sabes del reporte de los chinos sobre la tormenta?

—La alerta ha sido escuchada por las naciones que tienen mayor riesgo y han tomado precauciones, que a mi modo de ver servirán de poco si se presenta.

—Entonces, ¿la amenaza es real?

—Sí señor. La Agencia China es la mayor autoridad en la materia. Desde que la sonda espacial Parker quedó inutilizada, la Hayabusa-8 se transformó en nuestra principal y única sonda de monitoreo solar. En este momento todo el mundo está expectante de las noticias que nos divulguen los científicos chinos. Los que se lo han tomado muy en serio son un millar de transhumanos que acampan en la cueva Krubera, al noroeste de Georgia.

—¿Y nosotros?

—Ni nosotros ni el mundo está preparado para un evento de tal magnitud. En Noruega, por ejemplo, publicaron una campaña de autocuidado ciudadano recomendando no usar elevadores, desconectar aparatos eléctricos, tener una reserva de alimentos no perecederos, asegurar el abastecimiento de leña en casas con chimenea y vestir con prendas térmicas. También disminuyeron la capacidad del sistema de transporte en tren y aéreo. Además, aunque la probabilidad de que tengamos un evento Carrington es muy alta, los expertos se mantienen neutrales porque no tienen aún una explicación sobre lo que detectaron los sensores de la sonda espacial. Se supone que actualmente pasamos por un mínimo de Maunder, es decir una época de escasa actividad solar en la que se aprecian muy pocas manchas solares. Esto genera cambios climáticos en el planeta, haciendo que el invierno sea más frío y prolongado, y eso explica el invierno que padecemos. Los expertos opinan que el nivel máximo de enfriamiento del planeta será en los próximos cinco años y podría convertir el Támesis y el Volga en grandiosas pistas de patinaje sobre hielo. Ahora bien, ¿cómo se explica la ocurrencia de una explosión coronal en un periodo de mínima actividad solar? —Guillermo absorto enfocó toda su atención en la respuesta contenida por Pacheco—. De ninguna manera, no se tiene respuesta. Se predijo que sobrevendrá un evento Carrington entre los años 2085 y 2090, pero los datos de los últimos días arrojados por la Hayabusa-8 revelan una actividad solar fuera de lo normal. Aún no se ven manchas solares, pero el campo magnético del Sol está vibrando de manera inusual. De producirse un evento Carrington habría una catástrofe mundial sin precedentes. Perderíamos casi todos los satélites, no tendríamos Internet, televisión satelital ni sistemas de GPS, los radares no funcionarían y los equipos eléctricos podrían dañarse. Las Smartcities retrocederían al siglo pasado y la mayoría de las redes eléctricas se estropearían dejando sin energía a ciudades enteras. Todo esto no debe preocuparlo porque nuestro país tiene una situación geográfica privilegiada y se estima que los daños serán menores.

5. La primera carta

Una corriente de aire proveniente del patio golpeó el rostro de Mery. La frescura le recordó el sabor de la serenidad. Cerró los ojos y se transportó a la cima de una montaña; inhaló aire fresco hasta el fondo, sintió la fragancia de flores marchitas e hizo fuerza para hacerle creer a su mente que olía a menta. En la mente aparecieron, poco a poco, pequeños soles que se fueron aglutinando hasta llenar todo su interior de luz y paz. Luego de un par de suspiros ya estaba en calma.

—¡¿MERY, MERY?! —gritaron desde el patio—. Mery, ven rápido a ver esto, las nubes se caen.

Y la enfermera despavorida corrió. Al llegar al lugar se quedó inmóvil, espantada. Gabriel también llegó y quedó impresionado a su lado; él vestía una casulla verde, ella una camisa blanca sin botones. La anciana se había retirado la ropa. Desnuda, en medio del patio miraba hacia el cielo mientras se balanceaba y sacudía las manos en el aire, en un baile que al cura le pareció grotesco. Gabriel y Mery se preguntaron qué entretenía tanto a doña Margarita. Una teja les cortaba la vista del firmamento. Ninguno podía imaginar que vieron los ojos de la anciana que, embelesada, se dejó llevar por la emoción y aplaudió un par de veces, para luego estirar las manos hacia el cielo y mover los dedos. Sus ojos verdes vieron nubes blancas fragmentadas en pequeños retazos que danzaron en su descenso. Eran tantas que, al ocultar el sol, dejaban pequeños resquicios por donde algunos rayos de luz se colaban formando chorros luminosos como los que salen de los reflectores en un escenario. Se iban entrecortando por el vaivén de los pedazos y causaban en la tierra un efecto estroboscópico modulado por luces y sombras. A mayor descenso las nubecillas se mecían más rápido por el aire que las agitaba y miles de ellas giraban sobre sus ejes como trompos refulgentes que arrojan destellos plateados. Margarita se empinó y sacudió las manos. Los fragmentos eran tantos que ya no dejaban ver el azul del firmamento, sellaban los resquicios y eclipsaban el sol. Por unos segundos anocheció y, desde algunos sectores, la corriente del viento dejó aberturas por donde un haz de luz salió disparado como un rayo o cual cometas surcando el cielo. Debido a la oscuridad, Gabriel se alertó y Mery sintió un vacío en medio del pecho. Algo inusual acontecía y se lo estaban perdiendo. Las incontables nubecillas se precipitaron en caída libre hacia el suelo. Entonces, se pudo ver con claridad su forma: todas rectangulares y del mismo tamaño, como si una experimentada costurera las hubiera cortado. A cuatrocientos metros de la superficie fueron arrastradas por un ventarrón que restituyó la vida al día, y así, apartada la oscuridad, apareció de nuevo el sol de las tres de la tarde.

Cuando Mery recuperó el aliento, anheló coger la mano de Gabriel, pero se contuvo. Lo miró esperando que le dijera lo que ocurría, pero él no se percató: estaba ensimismado, con la vista en el baile que ofrecía su madre desnuda, al compás de músicas imaginarias y en el medio del patio. De repente, la luz del día volvió a ser intermitente y una lluvia de cartas blancas inundó el patio. Margarita tomó cuantas pudo en el aire y las besó antes de soltarlas

—Vuelen, pichoncitos, vuelen. —Para ella, no eran nubes ni papeles, eran palomas blancas.

—¿Qué es esto? —Gabriel entró al patio y miró hacia el cielo.

Mery recogió la ropa de Margarita y la colocó encima de una silla, luego con un delicado y firme abrazo cubrió la desnudez de la anciana mientras Gabriel levantaba del suelo uno de los papeles. Tenía escrito un desconcertante texto, un acertijo…una amenaza. Luego tomó otra del piso y otra más para darse cuenta de que todas decían lo mismo.

—Es un regalo del DF-2 —dijo Margarita y luego sonrió.

La mirada fue perturbadoramente dulce, como la de un bebé que habla con los ojos y dice te amo. Mery sintió que se le aflojaron las piernas y suspiró. Guardaría esa mirada el resto de su vida como si se la hubiera regalado su propio angelito. Y en un segundo, sin saber de dónde venía tanta fuerza, Margarita se zafó de los brazos que la aprisionaban y, de nuevo desnuda, fue a jugar con los mensajes. Gabriel la tomó por la espalda con un abrazo cariñoso y firme.

—Vamos, mamá, ya recibiste suficiente sol. —La llevó hacia la habitación y Mery los siguió.

Margarita empezó a patalear y manotear, pidió a rabiar que la soltaran. Uno de sus tobillos rompió una matera de barro y un brazo tumbó uno de los cuadros, el golpe también le hirió la piel y un hilo de sangre goteó desde el antebrazo dejando una estela roja en la baldosa del corredor. En la habitación continuó la lucha hasta que Mery le inyectó un calmante. Antes de quedarse dormida, Margarita gritó tres veces: “DF-2 ya viene”. Mery no pudo dejar de sentir escalofríos. Esas palabras repetidas tres veces taconearon en su cerebro como una profecía que avecina un futuro perturbador. La anciana se quedó dormida. Le vendaron la herida y la arroparon con una manta de lana de merino.

Gabriel notó un rasguño profundo en su brazo, la sangre había empañado su vestidura sacramental y el crucifijo debajo de ella; se tomó la cabeza con ambas manos y miró el retrato de su padre implorando ayuda para su madre.

—Nunca la había visto así. Dios nos ayude.

A Mery no le importó el episodio reciente de locura, había pasado por momentos peores; lo que la intranquilizó fue ver el crucifijo de Gabriel empapado de sangre. Sus ojos creyeron que la efigie cobraba vida y que la sangre de Gabriel era la sangre de Cristo. Espabiló un par de veces y giró la cabeza para apartar la mirada.

—Gabriel, no te preocupes, es normal que estos pacientes tengan episodios violentos. Ella se había demorado para tener una reacción así. Llamaré al doctor Aravena para que la revise, seguro le ajustará la medicación. Salgamos de la habitación, dejémosla dormir.

Ambos caminaron por el pasillo sin modular palabra, esquivaron las materas colgadas en la pared y llegaron al patio central de la casa. Notaron que los papeles resplandecían con los rayos del sol, había cientos. Mery se dedicó a amontonarlos en un rincón.

—Mery, ¿no te da curiosidad?

—No; debe ser publicidad.

—Parece la broma de un desocupado. —Gabriel sintió escozor en el brazo, sacó un pañuelo y limpió un hilo de sangre que empezaba a melcocharse. Su teléfono móvil sonó y tardó unos segundos en contestar.

—¿Se puede saber qué pasa contigo? —gruñó Guillermo.

—Tranquilízate, ¿a qué te refieres?

—Sabes bien a qué me refiero, ¿desde cuándo te volviste el carcelero de mamá?

—El día en que su otro hijo la abandonó.

—Eso nunca ha pasado. Tengo una responsabilidad. No puedo abandonar mi trabajo. Pero es imperdonable que me ocultes lo que le pasa ¿Le contaste a Ana? ¿O solo soy yo el desterrado de la familia?

—Ana no lo sabe y no les conté porque no fue nada grave.

—Solo sabes rezar, deberías hacerle caso a tu ex. Al menos ella sí sabe de esas cosas y para eso se le paga. No me vuelvas a ocultar nada, ¿me oíste?

—Guillermo, si te importa tanto por qué no vienes, todos tenemos el derecho y el deber de atender una calamidad familiar.

—Mis derechos carecen de valor frente a mis responsabilidades. Parece que tú y Ana no lo entienden. Pero no discutiré nimiedades. Acabo de hablar con el doctor y autoricé que le administre a mamá un medicamento experimental, le ayudará a recuperar la memoria. —Por el auricular, Gabriel escuchó ruido—. Cuando pueda te llamo, debo colgar.

—Necesito que vengas a casa, debemos hablar.

—Ahora no puedo, enciende el televisor.

Ambos colgaron, Gabriel fue a la sala de televisión. La señal televisiva se entrecortaba y el audio llegaba desfasado del video. En las noticias mostraban las calles de Medellín, Cali, Barranquilla, Bogotá y otras ciudades tapizadas con cartas. Los mensajes cayeron a las tres de la tarde y al mismo tiempo en todo el país. Nadie conocía ni el origen ni al autor ni al destinatario. El desconcierto reinaba. Mery se acercó y se cruzó de manos frente al monitor, vieron la noticia hasta el final del reportaje.

—Es una broma. Seguro es obra de tu querido hermano para desviar la atención de la gente. Por estos días se está volviendo muy impopular.

—¿Por qué lo dices? Sería una broma muy costosa, ¿qué tipo de idiota podría gastar tanto dinero para hacer tal cosa? ¿Y cómo lo hicieron? Nadie vio aviones en el cielo. Según las noticias, no se detectaron en los radares. Es extraño. Y puede que Guillermo sea el hombre más maquiavélico que conozca, pero no tiene tanto poder para hacer tal cosa. Además, en el país no hay aviones que tengan un techo de vuelo tan alto como para sobrevolar sin ser vistos.

—Tanto alboroto por un mensaje. Nada pasará.

Mery salió de la sala, a paso largo se dirigió al patio, tomó una de las cartas y luego leyó en voz alta.

Castigaré a los impíos y pecadores.

Morirán los que se vistan de Caín.

Juan Pacheco entró corriendo en el despacho del presidente.

—Señor, la tormenta… la tormenta solar —Guillermo le notó la cara de pánico— está sucediendo. La Hayabusa-8 transmitió una gran explosión de energía, parece que fue un Carrington moderado, pero suficiente para afectar algunos países del hemisferio norte. Finlandia, Canadá, Reino Unido, Islandia y el distrito autónomo de Chukotka en Siberia declararon la calamidad pública. La Agencia China indicó que se debe mantener la alerta y extremar las precauciones. A pesar de que la explosión ya terminó, el planeta recibirá durante siete días una poderosa corriente de partículas cargadas desde el sol.

—¿Se registran daños en el país?

—Por ahora no, señor. Solo la señal de televisión y radio está deficiente. Y el acceso al servicio de banda ancha está momentáneamente interrumpido. El planeta cuenta con el cuarenta por ciento de la red satelital funcionando.

—¿Hay alguna relación con las cartas?

—No señor, es pura coincidencia.

6. Paranoia

De lejos no se distinguían las casas, los parques ni las vías. Desaparecían en conjunto bajo un manto blanquecino como la nieve del cual brotaban resplandores cada vez que el sol avanzaba en el firmamento. Ubicados en los pisos altos de los rascacielos, los curiosos se maravillaban mirando la lontananza mágica surcada por destellos intermitentes de plata. El misterioso fenómeno había empezado a las tres en punto de la tarde y había finalizado cinco minutos después. Lo extraño del evento es que se había presentado de manera simultánea en todas las ciudades principales del país. El cielo había vertido cientos de millones de mensajes inscritos en pequeños papeles rectangulares. La caligrafía argéntica le confería al mensaje cierto brillo que daba la impresión de que la tinta tuviera cristales. Nadie sabía quién era el artífice de tan grandiosa obra de arte, nadie conocía el significado de los mensajes que encubrían un destino marcado por el crimen. Parecían una creación más del arte lisérgico del setentón Gao Wang renegando otra vez de la sociedad. Cualesquiera que fuera el objeto, el autor anónimo con su tétrico regalo logró un cometido: proporcionar miedo. Antes de las siete de la noche una lluvia a cántaros hizo que la temperatura descendiera en algunos sectores de Usme y Tunjuelito hasta los cinco grados centígrados. En Guaymaral y Chía la sensación térmica helaba los huesos y descendía hasta los dos grados. Más al sur, en zonas veredales de Fusagasugá, principalmente en Batan, fuertes vientos con velocidades superiores a cien kilómetros por hora destecharon viviendas, derribaron árboles y estropearon el tendido aéreo de las redes de telecomunicaciones; luego, la fuerte granizada que duró veinte minutos rompió tejas y destruyó cultivos de hortalizas. Ya fuese por el invierno o por las cartas, las calles estaban desiertas y las iglesias repletas.

En los primeros minutos del fenómeno la gente miró hacia el firmamento con entusiasmo puesto que los rayos de luz reflejados en los papeles que descendían emitían destellos. Luego sintieron temor cuando las ciudades se oscurecieron; más todavía, cuando la gente advirtió la ausencia de aviones surcando el cielo. Muchos creyeron que era un milagro. Igual que sucedió hace años en Lajamanu, un pequeño pueblo australiano en el que llovieron peces. La gente en todas partes se quedó pasmada con el evento; las autoridades no podían explicarlo. El mensaje generó estupor, las personas se sintieron inseguras, incluso dentro de sus casas, y se resistieron a salir. Algunos se miraron con miedo y otros con indiferencia; muchos se echaron la bendición; otros tantos, intuyendo el trasfondo del mensaje, celebraron en silencio y suplicaron con fervor que la misiva se cumpliera. Fanáticos religiosos vieron una oportunidad para propagar sus ideas y asociaron el evento con el vaticinado regreso del Mesías. Los pentecostales, férreos creyentes de que Dios se manifiesta por medio de eventos sobrenaturales manifestaron a voz en cuello que el Altísimo había soltado los ángeles para acabar con la maldad. Por otro lado, los noticieros se ensañaron como perros famélicos detrás de un hueso, una tropa de periodistas anduvo por todos lados entrevistando a los curiosos, a los atrevidos que no tenían miedo de transitar por las calles, y a los supersticiosos que pregonaban hipótesis descabelladas. Cualquier deslenguado iba por ahí divulgando profecías y sátiras que eran bien acogidas por micrófonos de terciopelo y videocámaras amarillistas.

Guillermo no sabía qué hacer. Por un lado, todo parecía estar ejecutado por una mente retorcida con el capital suficiente para hacer una mala broma; por el otro, la ausencia de pruebas dictaminaba que podía ser un milagro. Observó la televisión y escuchó la entrevista que le hacían a un comerciante minorista de legumbres: el hombre de rostro redondo y pelo descuidado alababa la situación y rogaba para que fuera verdad: “Los barrios son de la delincuencia y el gobierno no hace nada”. Se expresaba con convicción mientras enumeraba las repetidas situaciones en las que había sido víctima de extorsiones y atracos. Guillermo se llevó la mano a la cabeza y rebujó su pelo canoso. Se levantó del asiento con el ceño fruncido y haciendo uso de su mal carácter llamó a Rubí Mendoza, su asistente, con tono de enfado.

—¡Rubí! —gritó, y en un segundo llegó una señora cuarentona de rostro alargado y cuerpo esbelto. Vestía una falda roja de cuero que le cubría la mitad de la rodilla y una blusa blanca de satín con diminutas flores rojas con escote recatado en el pecho, insinuando que podía nutrir por décadas a un infante. Sus negros ojos vivarachos le daban una expresión alegre. Saludó con una sonrisa amplia que el presidente no percibió. Antes de finalizar la cortesía, Guillermo solicitó que lo comunicaran con Raúl Alfaro, el ministro de comunicaciones. Pasados dos minutos, hablaban acaloradamente.

—¿Cuántas veces te lo he pedido?

—Señor presidente, ya hablamos de eso, es ilegal, no podemos hacerlo.

—No te estoy pidiendo que hagas algo ilegal o en contra de nuestra constitución, solo que negocies. Las grandes cadenas de noticias del mundo siempre están ávidas de concesiones a cambio de favores, las nuestras siguen la misma regla. Debe haber alguna forma de que estén alineadas con las necesidades del gobierno, hace unos años era así, transmitían lo que se les decía; los medios no deben hablar con tanta libertad de lo que pasa en las calles. Su ligereza puede empeorar la situación, están generando pánico y poniendo en entredicho la institucionalidad del país.

—Esa es la realidad, no podemos tapar el sol con un dedo. La delincuencia…

—Doctor Alfaro, el domingo treinta de octubre de 1938 quedó demostrado el poder que tiene la radio, la emisión de La guerra de los mundos causó pánico en más de un millón de estadounidenses. ¿Lo sabe no? Millones de estadounidenses creyeron que eran invadidos por extraterrestres.

—Ese evento se recuerda como una anécdota, señor presidente. Aunque tiene razón, el efecto en su momento tuvo un gran impacto en la sociedad norteamericana. Pero estamos en otros tiempos. El control sobre los medios es ilícito.

Guillermo se quedó callado, la línea suspendida en silencio por unos segundos le dio al presidente la oportunidad de darle un empuje a la discusión.

—Tendremos que multar a los medios que propendan un mal ambiente y pongan con ello en riesgo la vida de la gente. Algo similar a lo que hicimos hace unos meses con los productores de medios audiovisuales que envilecen el buen nombre del país.

—Sí, sí… lo recuerdo: La Ley del Buen Nombre, multas para las producciones que depraven la imagen del país. Lo recuerdo… —vaciló— pero no creo que haya sido una buena idea, ya usted vio la reacción del gremio de cineastas. En este momento no es indicado postular nuevas leyes, ¿ya habló con Leopoldo? Carecemos de apoyo en el Congreso.

—Es un tropiezo transitorio. Por ahora comunícate con los directivos de los cuatro principales canales de televisión y radio, negocia con ellos.

—No quiero contradecirlo, pero debería dejar que pase lo que debe pasar.

—Raúl, ¿acaso no ves las consecuencias de lo que está ocurriendo? Mueren personas cuando el miedo se convierte en pánico. Y nuestro deber es cuidar de los ciudadanos. Llámalos.

—¿Qué les daremos a cambio?

Guillermo se llevó la mano al mentón y con los dedos se dio golpecitos en los labios.

—Tú eres el dueño de esa cartera. No me pidas hacer tu trabajo.

—Si le parece bien, retiraremos la restricción para hacer reportajes en los establecimientos gubernamentales, les daremos distintivos de privilegio para que realicen las reseñas al interior del Congreso y podrán tener de nuevo cámara abierta en las plenarias. Eso les gustará, lo han pedido desde hace meses.

—No creo que los cuatro accedan. Y a los parlamentarios no les gustará porque verán que se invade su privacidad. Los primeros en protestar serán los que en el pasado salieron en cámara dormidos y babeando en plena sesión de trabajo. De todas maneras, haz lo que debas hacer.

Al colgar el teléfono, Guillermo se levantó y fue hacia la ventana, acababa de escampar y cinco funcionarios recogían con rastrillos y palas los papeles esparcidos por el Patio de Armas del Palacio de Nariño. Guillermo pensó en su mamá.

—Señor, lo necesitan en la línea. —Guillermo observó la hora, faltaban diez para las siete de la noche, pensó en el doctor Raúl y masculló una maldición, no se había demorado nada para contarle el resultado de la gestión, o seguro lo llamaba a darle más excusas para no hablar con los medios.

—Rubí, estoy ocupado, toma el recado.

—Excúseme, señor, pero insisten, es su hermano.

Refunfuñando se acercó al teléfono y contestó de mala gana.

—¿Qué quieres?

—Mamá está en la clínica, le dio un preinfarto.

Guillermo se quedó callado y sintió un golpe en la boca del estómago, fue como si la dolencia de su madre se transmitiera hacia él por medio de las palabras de su hermano. Aguantó una lágrima entre las pestañas y tragó saliva mientras tomó asiento. Durante unos interminables segundos, la imaginó tumbada encima de una cama de hospital, entubada y abandonada. Su carácter no pudo contener el alud de nostalgia y sus ojos se llenaron de lágrimas, sintió vergüenza de sí mismo. Era la primera vez que distinguía la gravedad de la enfermedad de su mamá.

Se quedaron en silencio un par de segundos. Gabriel percibió que su hermano quedó noqueado con la noticia.

—¿Quién está con ella? —Guillermo por fin logró hablar con tono quebrado.

—Todos, excepto tú. Ana acaba de salir por un café, se ve extenuada. Mery salió a comer y parece que esto no le afectó, está más fresca que una lechuga; en cambio Teresita está hecha un mar de lágrimas, no se le despega y está en un sillón junto a la camilla de mamá, insistió en que los quehaceres de la casa podían atenderse mañana.

—Teresita ha estado con nosotros más de veinte años, es normal que sienta dolor al ver a mamá así. Pero lo de Mery me deja consternado.

—No le prestes atención, ella no es la joven que conocimos cuando éramos adolescentes, es muy desprendida y su profesión la volvió una mujer fría.

—Mamá se repondrá, con la ayuda de Dios. —Otro silencio—. ¿Qué dicen los médicos?

—Está controlada, al parecer fue por una repentina subida de la presión. Le están haciendo exámenes para descartar problemas en las arterias coronarias.

—¿Qué está haciendo?

—Está despierta, ve la televisión y aplaude cada vez que muestran el fenómeno de las cartas. En todos los canales hablan de eso, incluso en los canales internacionales.

—Sí, parece que en el mundo nada más sucedió. Todas las demás noticias se eclipsaron con la dichosa lluvia de cartas. —Guillermo hizo una pausa, respiró hondo y recompuso el carácter frívolo que lo caracterizaba—. Dale mis saludos. Cuando termine un par de asuntos urgentes iré a visitarla.

Hubo un gran silencio entre los dos.

—¿Guillermo, por qué eres tan cruel? Sabe Dios que sus quebrantos de salud son…. —vaciló— una carga para su edad. Ya pasó lo que pasó, ella no recuerda nada. Tal vez todos te debemos un perdón, los tres debemos solucionar la situación.

—Los dos son responsables por lo que pasó; nunca entendieron que no tuve la culpa. He hecho todo por enorgullecer a mi familia y no ven mis esfuerzos. ¿Qué madre y qué hermano no quisiera tener a uno de los suyos en la presidencia?

—Por el amor de Dios, ¿no imaginas los dolores de cabeza que nos das? Ana está hecha un mar de lágrimas porque la gente no valora tus esfuerzos y cree que siempre estás en peligro.

—Y vos no parás de rezar… todos son unos santos.

—Solo Dios lo sabe, ¿qué podríamos hacer nosotros para atormentar a mamá?

—Que buen punto de comparación. Pierdo con cualquiera que me compares. Gabriel, estoy cansado de tus sermones. Nunca les ha gustado algo de lo que he hecho. Ya no me importa si lo ven bien o mal. Un país no necesita un santo para gobernar.

Guillermo estaba indignado; su familia no era profusa como las del siglo pasado en las que se contaban hasta veinte hermanos, sus padres habían tenido tres hijos (una exageración, dirían muchos para estos tiempos difíciles); Ana la menor es una científica, Gabriel el del medio es sacerdote, y él de profesión abogado. Aunque habían sido levantados de la misma manera con los mismos preceptos y valores, entre los tres había marcadas diferencias, eran pólvora y fuego; a sus padres les salieron canas cuando ellos llegaron a la adolescencia. Don Alfonso fue empresario del sector textil y doña Margarita una fiscal importante que, gracias a una herencia de un bisabuelo, amasó una fortuna inimaginable. Su carácter filántropo la hizo famosa en el ámbito nacional e internacional y sus constantes donaciones mantuvieron a decenas de instituciones lejos de la quiebra y sacaron de la miseria a familias enteras.

La hecatombe familiar llegó el día menos pensado, una noche mágica de navidad llena de luces y sueños tan perfecta, que nunca se imaginaron una cena de nochebuena empañada por la mayor de las tristezas. Fue hace cuatro años, la mesa estaba servida con el mejor champagne, postres, natilla, buñuelos, empanadas y toda clase de exquisitos manjares; todos sentados en derredor sonreían, fantaseaban, sus mentes volaban alentadas por los buenos vientos de sus proyectos, se acercaba un gran año lleno de expectativas, retos y éxitos. De repente, su padre se levantó y los miró con dulzura, como nunca los había mirado antes, la transparencia de su mirada brillaba con la humedad de una lágrima contenida; él no sabía cómo decirles… estropearía la velada y golpearía las vidas de quienes más amaba, pero debía hacerlo porque al día siguiente debía madrugar al hospital y su familia debía acompañarlo. Con un gran esfuerzo les reveló que estaba enfermo, le quedaba poco tiempo, y expresó su última voluntad.

Desde ese instante, la vida de la familia Pontefino Ibáñez se partió en dos.

Luego de escuchar a su padre, todos le manifestaron apoyarlo para cumplir su último deseo y se repartieron compromisos. En las siguientes semanas, Guillermo, acosado por la campaña política incumplió su parte del trato, su padre no pudo esperar y falleció. La enemistad entre la familia se instauró de tal manera que mes a mes florecieron los problemas, sobre todo entre Ana y Guillermo. En medio estaba el reconciliador Gabriel y la afligida doña Margarita que, como madre amorosa, nunca perdía la esperanza de ver reunida de nuevo a su familia; por más que intentaba resolver las diferencias, su inocente intervención las acrecentaba.

Al otro lado del teléfono el silencio se rompió con la voz afligida de Gabriel.

— Antes de entrar en la sala de urgencias mamá dijo que la muerte no vencería su amor por la familia y por este país. Ella solo tiene un aliciente para enfrentase a la vejez y es que estemos unidos como antes.

Guillermo sintió otro golpe en el estómago. Y de nuevo afloró la nostalgia y el miedo a perder a su madre.

—Dile a mamá que la amo.

—Se lo diré y también le daré un beso en la frente de tu parte. Pero debes venir cuando te quede fácil. Ella dice que tiene que contarte algo, que los defensores te ayudarán pero que debes saber la verdad.

—Mamá y sus misterios, siempre habla en clave cuando le viene en gana, ¿cómo es qué dice?... Ah, sí… “tengo un pacto con Dios, y Él me lo ha dicho todo al oído”. Igual que le ocurrió a Juana de Arco, las voces tejen el destino. Hermano, creo que son palabras sembradas por un cura malintencionado que pretende que la vida gire alrededor de sus creencias. Dile a mamá que la amo sin medida y que pronto iré a visitarla. Es una promesa.

—Es…

—Gabriel, ya viste las noticias. Tengo asuntos críticos que atender.

Guillermo colgó el teléfono y regresó la mirada hacia la ventana. El verdor del prado de nuevo aparecía. Sacó de su bolsillo una de las cartas y la leyó por segunda vez, su mente repasó cada palabra como un detective examina la escena de un crimen.

Castigaré a los impíos y pecadores.

Morirán los que se vistan de Caín.

“Si los mensajes solo hubieran caído en casa de mamá, pensaría que es obra de Gabriel” … si esta misiva en verdad es del cielo y Caín va a morir, por las calles pasará el ángel de Dios con espada en mano que es lo mismo que un asesino armado recorriendo los barrios; como mínimo en cada barrio habrá un Caín, y por cada Caín una madre que no entenderá por qué su hijo debe morir.

7. Antípodas de realidad

Siendo las ocho y media de la noche Leopoldo entró en uno de los recintos protocolarios del Palacio de Nariño ubicado en el primer nivel, el salón Luis XV. Levantó las cejas al ver el cuadro del masón Juan José Nieto Gil, el único presidente colombiano de origen afroamericano que ha tenido el país y que participó en la Guerra de los Supremos, guerra cuyas consecuencias fueron las constantes pugnas políticas entre los extintos partidos Liberal y Conservador. Se detuvo un instante frente al retrato y reparó en la imagen: observó con detenimiento que Nieto tenía la nariz recta y ancha igual que la de Guillermo. Este último miraba a su secretario con mutismo desde una silla. Casi nunca coincidían en dicho lugar, el presidente a veces pasaba de largo y otras veces entraba a ver otro retrato, el del expresidente Rafael Reyes a quien admiraba por construir la primera carretera del país y desarmar a la población civil entregando el privilegio del porte de armas al Estado. Además, a Guillermo le gustaba estar dentro del salón porque allí se sentía un verdadero soberano y el ensimismamiento que le regalaba dicho lugar le permitía concentrarse en los asuntos más críticos del gobierno, como sucedía en ese instante con el tema de las cartas.

Dejó de mirar a Leopoldo y, mientras balanceaba su celular, observó meditabundo por enésima vez el mensaje caído del cielo. Su mente saltaba del bíblico Caín a su madre y de allí a su hermano, y luego hasta su hermana. Y en el siguiente salto caía en los brazos de Marion. En cada brinco sentía un vacío en medio del pecho como si cada bote lo hiciera sobre un precipicio. El embeleco le duró hasta sentir el taladro silencioso de la mirada de Leopoldo. Levantó la mirada y arqueó una ceja en forma de saludo. Leopoldo suspiró hondo.

—Creí que ibas a mover el óleo de Juan Nieto hacia el salón de los expresidentes.

—Mejor no. Está acá como acto de reconocimiento y reconciliación, un acto que corrige el error infame que causaron mentes corroídas por el racismo. Y en estos días de impopularidad sería pecado sacarlo del salón. Además, este salón acoge a los visitantes más ilustres que llegan al país y es bueno que ellos se den cuenta, por su propio ojo, que en Colombia respetamos las diferencias y enaltecemos nuestra historia. No somos un país de godos como dicen muchos.

Con un leve ademán, Leopoldo aplaudió la respuesta y se acercó con una tableta. La pantalla mostraba una imagen con nubarrones negros en el cielo. El presidente no entendió qué pretendía su secretario hasta que posó la mirada en la esquina superior derecha del monitor; extrañas nubes parecían tener la forma de dos jinetes.

—¿Qué es?

—Una fotografía de la tormenta que se avecina.

En ese momento unas gotas gruesas de lluvia viajaron a más de treinta kilómetros por hora hacia Bogotá, en segundos la temperatura de la ciudad disminuyó once grados y una bruma gris se esparció sobre los cerros, el perfume de lluvia cabalgó encima de una ráfaga de viento que entró por las ventanas y llegó hasta el salón Luis XV. Olor a petricor, un sugestivo aroma de tierra, pasto, pavimento, musgo y flores mojadas. El aire bufó y en pocos segundos se descargó un chaparrón arrastrando pequeños pedruscos de hielo.

—La fotografía fue tomada por una joven. La subió en la web con el título: los jinetes del apocalipsis cabalgan los cielos de Bogotá.

Leopoldo se sentó en el costado opuesto de Guillermo. El secretario se veía inquieto, algunas gotas de sudor perlaban su frente y le caían por la cara. Era lo más cercano al llanto, puesto que cuando era niño perdió los lagrimales en un accidente de tránsito, razón por la que cada cinco días tenía el aspecto de un mapache. Sacó un pañuelo y se secó el rostro, luego miró al presidente y cruzó los brazos.

—No es nada. Vemos lo que queremos ver o lo que nuestros cerebros tienen programado. Es un fenómeno psicológico llamado pareidolia. —Leopoldo se sorprendió por la tranquilidad de Guillermo y por la muestra de conocimiento, el presidente manejaba términos ajenos a su práctica laboral con los cuales a veces lo descrestaba—. No importa lo que le digamos a la gente, están sugestionados. Seguirán viendo señales en todos lados. —Guillermo elevó la voz por encima del golpeteo del granizo.

—Deberías salir en televisión y dar un mensaje de calma.

Leopoldo se levantó de la silla y caminó errático por el salón, pasó delante del retrato del estereotipado conservador Carlos Holguín Mallarino y le disparó con la mirada. Leopoldo nunca se tragó que dicho expresidente en 1892 le hubiera regalado de manera ilegal el tesoro Quimbaya a la reina de España. Mientras le miró la barba de chivo le asaltó el deseo de dibujarle cuernos en la cabeza y escribirle rufián en la frente, lo que le hizo soltar la tensión en la quijada y proferir una sonrisa sardónica, acto que en el pasado hubiera sido aplaudido por muchos liberales. Sin detenerse mucho tiempo siguió hasta posarse frente a la puerta del salón. El reflejo distorsionado de su rostro en los cristales de la puerta le enseñó una nariz angulada como el pico de un ave y le causó risa. Abrió los ojos y la boca exagerando cada movimiento hasta que sus cejas desaparecieron entre las arrugas de la frente y la úvula floreció en el fondo de su boca como una estalactita rosada. En ese punto, la imagen no le pareció chistosa. Su fisonomía esperpéntica representaba el grito de un monstruo. Estaba convertido en un adefesio. Guillermo lo observó sin que le pareciera graciosa la pantomima del secretario y se puso a su lado.

—La realidad es una ilusión mental —agregó Leopoldo—. En las calles, la gente puede estar imaginándose cien mil cosas frente a esas putas cartas. Les pregunté a tres de mis asistentes qué pensaban y sus respuestas fueron como la imagen deforme que apareció en la ventana. La gente no es consciente de la realidad hasta sufrirla en carne propia. Tienes razón, Guillermo; debe haber gente con miedo y el miedo mata.

—Mi querido amigo, ¿tú también?

—Te das cuenta de que, si en verdad es el fin del mundo, no podemos hacer nada.

—Leopoldo, no es el fin del mundo, solo es una amenaza. Una extraña amenaza.

—¡El fin! —El secretario palideció.

—¡No! Si fuera así, ¿por qué inició aquí? Otros países tienen peores índices de maldad. Te confesaré algo, creo que esto es obra humana, las condiciones están dadas para que la gente sienta miedo. Esto es un ataque terrorista psicológico de gran escala. Tal vez ahora no tengamos respuestas de lo que está sucediendo, pero las tendremos y llevaremos ante la justicia a los responsables.

—Señor presidente, por favor salgamos de aquí, estar cerca de Mallarino me da escozor. Mejor vamos a la sala de prensa a ver qué dicen en las noticias.

Salieron del salón y pasaron por un costado del Patio de los Novios y caminaron hasta el fondo. Una vez en la sala de prensa, Leopoldo Azcón cogió el control remoto del televisor y hundió la tecla de encendido. En segundos apareció la imagen de un reportero en medio de una calle blanca, que entrevistaba a una morena de ojos apagados y boca ancha vestida de carmesí. El contraste de los colores y la nitidez del monitor hacían que ella saltara de la pantalla. Se veía tranquila y sonreía al hablar.

—Vaya, y pensé que teníamos control sobre las noticias. Al fin de cuentas Raúl falló con la tarea.

—Los noticieros son propiedad de empresas extranjeras, no es como antes, que teníamos el dominio por ser los dueños.

—Bendita globalización.

—A veces las noticias pesan más que los intereses del Estado, señor. Raúl es un buen ministro, aunque le falta determinación.

—En fin, lo hecho, hecho está. Miremos las noticias. —Callaron para mirar con detenimiento a la entrevistada—. Ella nos da ejemplo, así deberían estar todos y dejar a un lado el chisme y la superstición.

Leopoldo subió el volumen. La voz dulzona de la mujer surgió por los altoparlantes: “Se lo merecen, si el gobierno no hace nada que lo haga Dios”. Luego la imagen brincó y un tendido de líneas negras llenó el monitor dejando en el ambiente un zumbido eléctrico molesto. Leopoldo apagó el televisor. Guillermo hizo una mueca de desagrado y le echó una mirada de negación a Leopoldo. Durante todo el día se había desatado una oleada de críticas sobre el desamparo de la sociedad frente a la delincuencia común (Caín para los medios de comunicación). Todos se echan la culpa, la policía se lavaba las manos diciendo que hacían su trabajo, pero los ladrones eran liberados por los jueces, los jueces indicaban que acataban la ley, el Congreso decía que era un asunto complicado y no daba más comentarios entendiendo que la situación era un tema del presupuesto de la Nación: “La cárcel no es la solución”, decían, pero no tomaban otro dictamen que diera una solución y dejaban la población a merced de los delincuentes. Nadie tomaba decisiones y, al final, todas las miradas apuntaban hacia el máximo jefe del gobierno. Guillermo había tocado el tema hacía dos meses. Los asesores les mostraron las cifras, el costo de manutención de los presos estaba por las nubes, existían 135 cárceles y no podían hacerse más, y tampoco podían contratarse más trabajadores en el INPEC que tenía un déficit de personal de más de dieciséis mil personas, todo esto debido al hueco fiscal heredado del mandato anterior. La posición de Guillermo era que el sistema carcelario había que reformarlo, había niveles altísimos de alcahuetería, burocracia y soborno inmanejables, y por ello solicitó al Congreso, como primera medida para aliviar el gasto, que analizara la posibilidad de trasladar los cobros del sustento penitenciario a los reos o sus familias, y quienes no pudieran pagar, lo harían con trabajo mientras estuvieran confinados. La idea era buena, pero difícil de implementar.

—¿Leopoldo, qué opinas de lo que dice la entrevista?

—A los malos los prefiero muertos —respondió con indolencia.

—La época de la Inquisición ya pasó, son humanos.

—Son escoria.

Guillermo hizo una inflexión de desacuerdo y se rascó la cabeza.

—Pero si en verdad sucede, y el vaticinio se hace realidad ¿qué pasaría?

—No es un problema, señor.

—¿Por qué dices eso?

—Yo lo veo como un ahorro. Si es un castigo divino habrá que ir a misa y darle gracias a Dios porque nos ahorraremos mucho dinero, al menos once millones por delincuente al año, ¿se lo imagina? Si un hijo de Caín en promedio se queda preso diez años, nos ahorraríamos ciento diez millones, multiplíquelo por la cantidad de criminales. Con ese dinero podríamos hacer universidades y hospitales.

—Entonces, ¿le pones precio a la vida de una persona? Por favor… debes escucharte.

—Todo tiene precio así suene a dictador. No hablo de una persona del común, de un trabajador responsable que se gana la vida sin hacerle mal a nadie, tampoco hablo de un estudiante que se quema las pestañas por salir adelante o de una ama de casa que cuida de su hogar con esmero y hace la cena con amor para congregar a su familia cada noche. Hablamos de un criminal que mata, viola, roba o extorsiona, un bandido al que no le duele hacer el mal y que le cuesta a nuestro sistema carcelario once millones al año. Sin contar el costo de los daños causados por los crimines realizados y la tasación de los daños y perjuicios inmateriales. —Azcón hizo una pausa y esperó a que el ardor que sentía en las venas se desvaneciera—. El problema real es que la justicia se vería inutilizada. Sería un golpe a la institucionalidad.

El presidente levantó una ceja y llevó la mano a su barbilla. El secretario tenía razón, la justicia se vería inutilizada, ¿hasta dónde llegaría la amenaza? Sin especular mucho se podía intuir que la situación, de ser cierta, menoscabaría todos los estratos sociales. El hecho quebrantaría la paz y la seguridad de todos los ciudadanos.

—Leopoldo, ¿qué crees que pasará?

—Nada señor. Lastimosamente no pasará nada. Y si pasa algo, que es improbable, les pasará a los malos… Caín lo fue. Sería un milagro que entre los malvados se libre una guerra y se aniquilen sin que haya daños colaterales en la infraestructura del país y que no mueran inocentes.

—Menudo problema tenemos. Hablas como si en verdad no fuera a pasar nada. Te quedas corto con tus apreciaciones, los efectos colaterales pueden devastar al país, ¿no lo ves? Ya está ocurriendo, el miedo tiene a la gente atrincherada en las casas.

—Señor, soy un creyente y le puedo asegurar que los mensajes no son un milagro. Pongo mi mano en el fuego y doy por hecho que nadie morirá como lo vaticinan; Dios no mata y no manda amenazas en cartas. Tampoco existe una persona o un grupo delincuencial tan poderoso que mate en un solo día a todas las personas señaladas.

—Apuesto mi sueldo a que, si algo ocurre, cambiarías de parecer.

—Señor presidente, los mensajes no me preocupan, eso es ficción. El verdadero problema que tenemos es la falta de apoyo del Congreso.

8. El cambio de Ana

Ana Pontefino ingresó en el cuarto de baño para desmaquillarse, aplicó en el rostro unas gotas de aceite de argán y las esparció en círculos sobre las mejillas con la yema de los dedos. Esa noche estaba rota y no sabía por qué, no era como las anteriores. Ya fuese por la angustia que le provocaba la enfermedad de su madre o por la insatisfacción que le producía dar clase a un montón de jóvenes universitarios a los que consideraba flojos por desconocer la ecuación de Dirac. Por más que se afanara en hacerse entender terminaba perdiendo la paciencia con los estudiantes y regresaba frustrada a casa; ya había agotado todas las herramientas pedagógicas posibles y estaba a punto de renunciar. Las aulas de clase no eran para ella y desde hacía semanas sentía que estaba incompleta. Esa frustración le molestaba sobremanera y creía que las mismas circunstancias serían menos incómodas si residiera en Europa. Recordó una frase de uno de sus personajes favoritos y sonrió, tal vez él tenía razón. Para obtener resultados diferentes había que pensar diferente. Se miró en el espejo y se dijo así misma: “¿Cómo me deshago de esta mujer?”. Entonces hizo algo inusual, se desnudó. Detalló la altura de sus senos y la ubicación de sus pezones marrones. Se giró para verse la espalda limpia de lunares y con ambas manos se apretó con fuerza las nalgas. “Si no fuera por el culo y las tetas diría que soy un hombre. Qué mierda con este rostro andrógino que me dio la naturaleza. No debí llamarme Ana sino Tiresias. No volveré a cortarme el pelo”. Se puso de lado para detallar la saliente de su vientre; sacó de un cajón una cinta métrica, midió setenta y siete centímetros. “¡MIERDA! Creció cuatro centímetros… benditos pasteles de arequipe. Me estoy engordando y eso a Juan no le gustará, al menos mi trasero sigue firme y redondo”.

Ana regresó a la posición inicial no muy satisfecha con la autoevaluación corporal y detalló su rostro. El aceite hizo su efecto, su semblante se veía más relajado. Apagó la luz y dio unos pasos hacia atrás; su espalda tocó el pecho de otra persona. En un segundo pasaron por su mente todas las historias de fantasmas que ocurrían en casa de su madre y gritó. Su instinto la hizo brincar y empuñar las manos, se giró con furia dispuesta a golpear…

—Tranquila, amor, tranquila, soy yo. —Ana respiró hondó y aflojó los puños y la quijada. Juan Pacheco llevó las manos en alto—. Perdona, no quise asustarte. —Ana no respondió, aún no recuperaba el aliento y respiraba con agitación. Juan la abrazó y le besó la frente con ternura—. ¿Qué hacías?

—Nada, me desmaquillaba. Sabes, creo que fue una mala idea córtame el pelo. Me he masculinizado.

—A mí me gusta verte así. Te ves diferente.

—¡Diferente! Lo sabía, te odio, ¿por qué no me dijiste que quedé fea?

—No, qué dices, me gusta cómo te queda. Además, sabes que prefiero llevar mis ojos hacia otro lado. —Juan movió la mano y le agarró una teta.

—Suelta, no empieces, eres un mal esposo por no decirme la verdad. Me ves fea y prefieres bajar la mirada para cogerme las tetas. Malo, eres muy malo. Yo acepté que roncaras como locomotora y nunca te he cogido el pene para que te calles.

—Es muy buena idea. Para la ronquera no hay mejor remedio. De pronto dejo de roncar para montarte.

—Jaja, jaja. Mijo, qué le dieron en el trabajo.

Juan sujetó a Ana por la cintura y estrechó su cuerpo contra el de ella.

—Dejemos de hablar. —Ana sonrió—. Te amo.

En todo el mundo solo otro hombre había sido tan aplicado en el compromiso nupcial, su padre. Juan se hundió en la mirada de su esposa.

—¿Qué ves cuando miras mis ojos?

—Veo a tu papá.

—¿Qué…?

—Tienes los mismos ojos de él. Tu genética sacó lo mejor de tus padres.

—¡Sí, claro! Mírame bien, tengo la quijada recta como la de un hombre.

—Linda, no te quejes. Modelos de revista matarían por tener tus facciones.

Ana se quedó pensativa, tal vez su esposo tenía razón. Está de moda las imágenes de hombres con maquillaje de mujer y chicas semidesnudas con cabeza rapada que dejan muchas dudas sobre su sexo. En todo caso, al verles no se puede decir qué género tienen. Ana, al llevar el pelo tan corto se incluía en esa categoría de personas que hechizan a los medios contemporáneos.

—¿No ves nada extraño en mi rostro?

—Solo un poco de miedo. —Juan sonrió—. Eres una miedosa, ¿qué tienes?

Ana se zafó y caminó hacia la cama.

—No sé. Debo estar cansada. Ahora dejé a mamá en la clínica. Los exámenes salieron bien, sin embargo los médicos quieren dejarla en observación.

—Amor, ya lo hablamos. —Ambos se miraron con nostalgia—. Sé que no es fácil… es mejor aceptar que los días de tu mamá están contados.

—Sí, lindo, ella merece descansar. Solo que es agotador lidiar con los estudiantes y luego salir corriendo para el hospital y verla tan frágil. En la universidad algunos miran más mi trasero que lo que escribo en la pizarra. A veces siento que pierdo el tiempo.

—No los culpo. Yo haría lo mismo. —Juan se acercó y la estrechó con sus brazos, la miró fijamente a los ojos y dejó caer las manos por la espalda.

—Suéltame, no más Juan. Estamos hablando. —Él la soltó mientras se mordía los labios, aún sentía en su mano derecha el voluptuoso volumen del seno izquierdo de Ana.

—Te lo advertí, vivimos en otra cultura y en otra época. Los estudiantes no son como éramos nosotros. Tenemos que desgastarnos más para que aprendan. Usan uno de los cientos de wereables del mercado, una cámara de realidad aumentada o leen un hipertexto y ya está, tienen toda la información en línea y en 3D. No podemos motivarlos con palabras a que descubran secretos en los números si todo el tiempo se exponen a estímulos visuales incontenibles como el firme y redondo trasero de la profesora.

—Eso es porque la mayoría son holgazanes y libidinosos. Facilistas es lo que son.

—No seas tan dura, son estudiantes de tercer semestre. Algunos no han superado la pubertad y todavía tiene las hormonas calientes. Están biches, no entienden la importancia de tener una profesión, incluso muchos deben estar inseguros de la carrera que eligieron. Ana, ten en cuenta que los jóvenes de ahora son… más prácticos. Estudian menos y sacan mejores notas.

—A mí no me sacan buenas notas, nadie pasa de tres con cinco.

—Les exiges más de lo que debes… —Juan hizo una pausa para tomar aliento y con la mirada se la comió a besos. La frustración de Ana siempre se alojaba en los labios con una mueca de niña de ocho años similar a la que hace cuando tiene un orgasmo—. Linda, percibo que al ver las caras núbiles de tus alumnos viajas al auditorio que precedía tu profesor favorito de matemáticas. Ten presente que tus alumnos no tienen un IQ de 170.

Ana abrió los ojos como gesto de protesta.

—Juan, les enseño para que se exijan y den más de lo que pueden dar. La educación no se trata de ir en busca de la ciencia cultivada por otros, cualquiera puede abrir un libro e instruirse. Ellos deben explorar sus mentes y generar conocimiento con bases sólidas, bases que yo llevo como regalos al aula de clase. Pero no lo hacen, aprenden como loros, ¿sabes por qué? … Porque prefieren rumbear, beber y follar. Queman más energía pensando en sus parejas que en mi asignatura.

—Amor, no generalices, debes tener alumnos dedicados, serios y comprometidos. Según leí en una revista académica, en cada semestre debe haber por lo menos diez nerds ávidos de conocimiento que se avergonzarían de ver tu trasero. —Juan se mordió el labio y observó la expresión de inconformidad de Ana. La chispa palpitante en la mirada de Juan le insinuaba a su esposa que quería llevársela a la cama; sin embargo, conociendo las buenas intenciones de Juan, Ana no mostró ningún código de aprobación, le dolía el cuerpo y necesitaba descansar. Se miraron en silencio y él entendió que esta noche no habría sexo—. Entonces, ¿eso es lo que te mortifica? Que tus competencias como docente se quedaron cortas con tus estudiantes.

—No lo es… o tal vez. Amo la docencia, aunque solo me entiendan la mitad. Creo que todo esto es por mamá. Ya acepté que se marche, pero cada vez que pienso en ello se me salen las lágrimas.

—¿Qué le pasó? De verdad dime cuál es su estado de salud, ¿se agravó?

—Mery dice que enloqueció al ver la lluvia de cartas. Le aplicaron un medicamento para calmarla y reaccionó mal. Le produjo bradicardia y casi le da un infarto.

—¿Ya está mejor?

—Está estable. Sin embargo, como te dije, los médicos la dejarán en observación.

—Pobre, en este mes se ha desmejorado mucho. Ojalá pudiéramos hacer algo, ¿Guillermo lo sabe?

—Claro que lo sabe. Gabriel lo llamó y no le prestó mucha atención. El país lo convirtió en un apestoso ogro. Le interesa más su trabajo que la salud de mamá.

—No es eso. Parece que tiene un caparazón de piedra, pero es un hombre muy sensible, y tú lo sabes mejor que nadie. Lo que sucede es que él debe seguir resentido. Los tres no han hecho las paces. Ya es hora de echarle tierra a esas discordias que no conducen a nada bueno. Lo que pasó, ya pasó y son familia, ojalá yo tuviera al menos un hermano.

—Todos estamos resentidos y todos tenemos por qué estarlo. Me da lástima porque él no conoce toda la verdad. Hoy Gabriel me dijo que está muy preocupado por cosas que mamá le contó.

—¿Gabriel preocupado? Pero cómo; eso sí es una novedad. Ese hombre cada vez que se preocupa se acaba el vino de consagrar y ya está… otra vez como si nada, ¿se le acabó el vino?

—No, y no digas eso, solo dos veces tomó de esa manera. Le pregunté qué le preocupaba, pero se negó a contarme. Creo que es algo que mamá le confesó en algún momento de conciencia.

—Gabriel no debería ser su confesor.

—Pienso igual; según él, los nuevos cánones lo avalan en condiciones extremas.

—Si sabe algo no lo dirá para no quebrantar el sigilo sacramental.

Juan encendió la televisión mientras ella se tumbó en la cama y acomodó la almohada entre los muslos para indicarle a Juan que podía montarla… Juan no la vio.

—Lindo, todo el mundo habla del mensaje. Mejor apaga la televisión, hay mejores cosas para hacer. —Sus tonificados muslos apretaron la almohada y su ingle sintió una ligera corriente eléctrica palpitar entre las piernas.

—Es la noticia del momento, además quiero enterarme un poco más sobre los daños de la tormenta solar. —Juan seguía mirando los videos de aficionados realizados cuando cayeron las cartas. El efecto caleidoscópico era indescriptible, mejor que juegos artificiales. Ana tensó los muslos y sintió impaciencia en la entrepierna, una nueva ráfaga de energía la atravesó dejándole una sensación de suaves pulsaciones en medio de los labios.

—Hombre, te digo que hay mejores cosas qué hacer.

—Amor, no lo sé. A esta hora ya debió terminar el juego de la NBA, seguro los Lakers ganaron, este año ganarán las finales. —Ana sintió rabia y se dijo a sí misma que él se lo perdía. Sacó de un tirón la almohada y la tiró con ira hacia un rincón de la habitación—. Linda, ¿pasa algo?

—Nada, no pasa nada, eso es lo que pasa. —Ambos se quedaron callados—. Pacheco, ¿tienes alguna idea de lo que está pasando?

—¿Estás enojada?

—No… ¿por qué lo dices?

—Siempre me llamas por el apellido cuando te enojas.

—No es nada, deben ser los electrones cósmicos que afectan mi hipotálamo o esas putas cartas que tienen locos a todos. Entonces, ¿nadie sabe de dónde vienen y a qué se refieren?

—Amor, hay indicios de que es terrorismo psicológico. Están trabajando en ello. Tú sabes que no le doy importancia a esas cosas. Y hasta donde supe tu hermano tampoco.

—La amenaza de las cartas es real, tan real como la tormenta solar.

—¿Por qué lo dices?

—No estoy segura, es una corazonada.

—¡Un científico con corazonadas! Eso sí que es raro…

—Las corazonadas son secretos decodificados por el inconsciente sin que la razón aún los acepte. Wolfgang Pauli tuvo una corazonada cuando experimentó con la radiación beta y los resultados contradijeron el principio de conservación de energía, y así predijo la existencia de los neutrinos. Y por cierto, hablando de neutrinos, el Super-Kamiokande detectó una ráfaga de neutrinos con energía superior a diez mil teraelectrovoltios, indicio de que estas partículas vienen de un lugar extremadamente lejano del universo.

—¿Eso tiene alguna relación con el comportamiento del sol?

—Es improbable, al menos hasta hoy no se ha descubierto que los neutrinos puedan estimular el campo magnético de las estrellas; ¿hablaste con mi hermano?

—No, hoy estuve revisando los nuevos proyectos que quiere llevar el ministro de Medio Ambiente al Congreso. Mañana me reuniré con Guillermo. Hablé con Leopoldo… ese pobre sí está asustado. Le exaspera que Guillermo esté tan tranquilo con el tema de los mensajes. Leopoldo está impactado, no me extrañaría que en este momento esté escribiendo su testamento.

—No me extraña, qué puede esperarse de un ermitaño que duerme en una habitación con cien cruces de palo para evitar (según él) a cien demonios que escupen fuego.

—No lo juzgues tan duro. Vive como lo criaron sus padres.

—Lo comparo con un extremófilo capaz de vivir en condiciones intolerables para los humanos. ¿Recuerdas cuando nos invitó a cenar…?

—Cómo olvidarlo, no soportaste el olor a canela de las varitas aromáticas.

—No solo fue por eso; fue el conjunto de todas esas imágenes, los aromas y la oscuridad, ese hombre vive en una cueva sucia llena de telarañas, los lugares donde no olía a canela hedían a vejez y humedad. Tiene la casa en ruinas.

—Mejor no hablemos de Leopoldo.

Ana se sentó, cogió la almohada de Juan y la puso en el espaldar de la cama. Luego tomó un libro de la mesa de noche y lo abrió por la mitad. Juan leyó en la tapa: Rey Jesús - Robert Graves.

—¿Y ese libro?

—Se me quitó el sueño… —Juan la miró con ojos de burla y ella lo notó con mirada periférica—. Es para matar la ignorancia.

—¿No que eras alérgica a esos temas?

—¡Ja ja! Lo soy, pero es hora de encarar mis contrariedades. Un buen científico no solo se hace preguntas de las cosas que no entiende, las estudia para entender si está o no equivocado.

—Ana, ¿qué piensas del mensaje?

—No pienso nada y precisamente por eso hoy discutí con Gabriel. Él dice que hubo un milagro. Dijo que antes de apagarse el sol, del cielo salieron rayos y centellas; que ese tipo de cosas solo provienen de Dios. Yo también vi el fenómeno y le respondí que fue un efecto de luces y sombras causadas por la cantidad y por la composición química de las cartas, el ángulo de incidencia de los rayos de luz y el movimiento causado por el viento. Si yo fuera Dios hace mucho que hubiera matado a todos los malos de este planeta y no me pondría en el trabajo de avisarles. O cambiaría la órbita de Ate para que diera contra el planeta. Pero como no soy Dios y no creo que exista, estoy segura de que algún excéntrico millonario lo hizo para burlarse de la ignorancia de todos en este país.

—Ana, ¿cómo así que matarías a los malos del planeta? ¿Desde cuándo piensas así? Esa Ana no es la Ana con la que me casé.

—Es la Ana que tienes ahora, para qué me trajiste a vivir en este horrible país donde todos los días hay crímenes y la gente sigue sus vidas como si nada. Conservaría mi candor si nos hubiéramos quedado en Neubau.

—¡Ana! Este también es tu país.

—Somos el producto de la sociedad. El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe. —citó a Rousseau con tono de sarcasmo.

—Reclamo a la mujer dulce y libre de maldad que tenía por esposa.

—La tienes. Debo tener mutaciones conductuales arraigadas en mi genotipo a causa de la realidad en la que vivimos. No me hagas caso.

—El país no es tan malo.

—Tampoco es tan bueno.

9. La primera cosecha de la Parca

Amaneció, era el cumpleaños de Horacio Vélez. Se levantó de la cama para celebrarlo de igual manera que en los últimos cuatro años. Procuró no hacer ruido para no despertar a su pareja que dormitaba sin ropa y desabrigado. Hizo sus oraciones frente al pequeño altar junto al baño y se colocó el escapulario, cogió las llaves, la chaqueta de cuero pardo y de un tirón cerró la cremallera. Federico lo escuchó y abrió los ojos; entre nubes de sueño vio a su amante terminar de acicalarse. Se peinaba de lado para verse como un niño bueno.

—Ven a la cama, déjame celebrarte el cumpleaños.

—No, Fefo, tengo trabajo. Regreso al finalizar la mañana para que compremos la silla de ruedas de tu madre. Luego hacemos lo que quieras.

Horacio bajó corriendo los escalones hacia el estacionamiento privado de su apartamento, dio un salto para acomodarse encima del sillín de una Ducati 1199; aceleró y en segundos avanzó velozmente por la vía; un nuevo movimiento en el manillar y se montó sobre la línea amarilla que separaba los dos carriles de la vía. Prácticamente volaba sobre el asfalto mientras el motor rugía; esquivó con precisión los retrovisores de los carros que tenía en los costados hasta llegar al semáforo del cruce de la calle 120 con la Troncal Suba. Allí no se detuvo, incluso cuando la luz cambió a rojo. Se precipitó hacia el cruce vial a toda velocidad ocasionando que otro motociclista, por esquivarlo, se quebrara la clavícula contra el pavimento. Antes de las ocho y treinta de la mañana llegó a la Iglesia de la Parroquia de Santa Beatriz: el bello y blanquísimo templo situado en Usaquén estaba recién pintado. Siempre estaba atiborrado por devotos feligreses y turistas curiosos expectantes de la predicación de un párroco mofletudo que, según decían, tenía la mejor oratoria del mundo. Horacio parqueó a un costado del atrio, se echó la bendición y esperó a que terminara la misa. Los primeros en salir fueron dos adolescentes que advirtieron su presencia. Horacio se sintió intimidado por la forma en que lo miraron y se echó un vistazo por el retrovisor; en efecto no generaba confianza. Hoy no era un día frío como los anteriores, hacía calor y Horacio vestía una indumentaria pertrecha para combatir cualquier invierno.

Gotas de sudor bajaron por su espalda. Se levantó la visera del casco para que le entrara un poco de aire. Su corazón bombeó más rápido que de costumbre, sintió palpitaciones como redobles de tambor en el pecho. Nunca había sentido tanta adrenalina correr por sus venas. Empezó a marearse, unos espasmos en la garganta le advirtieron que estaba a punto de vomitar, cerró los ojos un instante y contuvo la respiración. Mientras tanto, la gente seguía saliendo del templo. Horacio sintió que se le revolvieron los intestinos, y le echó la culpa a la pizza del día anterior. Abrió los ojos, bajó la visera y se concentró en la gente que salía de la Iglesia. La persona a la que esperaba era un comerciante de abolengo histórico en el comercio de joyas llamado Thiago Silva que aún no hacía acto de presencia. En su mente preparó la ruta de escape: iría a toda velocidad por la Avenida 15 hasta el Parque de la calle 106, le tomaría menos de cuatro minutos llegar allí, luego se cambiaría de ropa, se afeitaría y raparía el pelo, todo después de esconder la motocicleta dentro de la furgoneta de Chay Nordal, el amigo inseparable con pinta de rockero que lo acompañaba a todos lados y por el que Federico se moría de celos. Chay lo esperaba mientras veía en una revista de farándula el culo bronceado y las tetas pálidas de Aita Lizarraga, la presentadora deportiva más famosa de la televisión nacional, quien con veinte años y un año de carrera profesional se había posicionado en el mercado como la preferida de todos los deportistas profesionales y, por ende, a causa de los cientos de miles de seguidores, se había convertido en la imagen del canal de la programadora más influyente. Aita, con cara de ángel, es la dueña de una sonrisa blanca y amplia que brilla como un amanecer y tiene un cuerpo de sirena capaz de motivarle un orgasmo al impróvido espectador de su belleza. A Chay se le hinchó el pantalón y mientras su fulano creció sacó de la guantera un porro kilométrico para sosegar la ansiedad que le produjo la fotografía.

El resto, para Horacio era pan comido. Por el atrio de la iglesia pasó un vendedor ambulante ofreciendo buñuelos mantecosos al que solo le prestó atención un perro callejero muerto de hambre. Horacio sintió palpitaciones más fuertes y la sudoración se incrementó al punto de sentirse ahogado. Ríos de sudor corrieron por su espalda, la frente le goteó y el vapor de la respiración le opacó la visera del casco que debió quitarse para pasarse el antebrazo por la frente.

El lugar empezó a llenarse de personas que salían de misa y de otras gentes que llegaban al templo. Entrecerró los párpados para afinar la vista, pero su mirada ya no pudo enfocar: los rostros de la gente se mostraron borrosos como si los viera a través de un cristal opaco. Pestañeó y de nuevo se limpió el sudor de la frente. Carraspeó un par de veces y una presión en el pecho hizo que el casco se le soltara y cayera al suelo. El sonido llamó la atención de los circundantes, que lo miraron con reparo.

Horacio llevaba la barba tinturada de rojo y dos trenzas en la chivera. Sudaba demasiado y su visión ya no podía distinguir las formas; las personas eran sombras deformes en movimiento.

Sintió una opresión creciendo en el esternón y quedó ciego de repente. Perdió además el sentido de la propiocepción: no supo si estaba sentado, de pie o acostado; su cuerpo se inclinó y se sintió caer en un abismo. Escuchó a la gente pedir ayuda. “Me descubrieron”, pensó. Sus palpitaciones se aceleraron y se le encalambró el brazo izquierdo; el dolor torácico se agigantó hasta juzgar que estaba en el suelo con un elefante sentado sobre su pecho. Dentro de su cuerpo una minúscula red de vasos sanguíneos se congestionó a tal punto que el tránsito de la sangre se ralentizó, sus células se hincharon en un intento desesperado por captar oxígeno y el tejido se expandió en las cavidades intersticiales ocupando todo el espacio internodular. Las costillas crujieron. Las células se apiñaron, chocaron unas contra otras haciendo que algunas estallaran. Las que sobrevivieron rugieron como cachorros de león pidiendo alimento. Un haz de electricidad recorrió como un rayo desde el pecho hasta la espalda, como un cuchillo caliente cortando mantequilla. A su paso miles de células se vaporizaron y las contiguas se apelmazaron en medio de un jugo pegajoso y sanguinolento. A Horacio le ardió el esternón como si lo quemara la llama de un soplete y un leve sabor a sangre le llenó la boca. Empezó a escuchar distantes las voces de la gente que pedía auxilio; los gritos llegaron a sus oídos como murmullos distorsionados por los sonidos internos de su propio cuerpo: crujidos de tejidos que convulsionan, células que se tumefactan y necrosan. A la vez, una descarga de hormonas en su torrente sanguíneo lo dejó casi sin fuerzas en las extremidades.

Con arrojo sobrehumano, Horacio llevó la mano derecha al interior de la chaqueta y, con dificultad, sacó una pistola Walther P99 que le había hurtado a un policía. Apuntó con destino errático mientras la gente corrió desesperada para esquivar el cañón. Sabiendo que huían, envió toda la fuerza que le queda al dedo índice… pero este no se movió; en consecuencia, por el gran esfuerzo, brotó un malestar profundo y visceral en medio del pecho que cegó su pensamiento. Todo su cuerpo, toda su mente, todo él fue un sentimiento insuperable de dolor que redujo su esperanza de vida a un efímero milisegundo. El elefante terminó de acomodarse encima de Horacio y algo estalló dentro de su pecho.

A las once de la mañana una de las emisoras radiales de noticias del país emitió un reportaje de última hora: “Amenaza fantasma es real. Mensajes del cielo matan a cuarenta y cinco personas”.

10. El monstruo escondido

Juan Pacheco llegó por la entrada de la Carrera Séptima. Prefería hacerlo por allí para ver la escultura del siglo II del dios Silvano, “que los dioses de antaño sean testigos de que vine a trabajar”, decía. Subió por las escaleras de honor hacia el segundo nivel de la Casa de Nariño y caminó con expresión adusta hasta el despacho privado del presidente; su carismática sonrisa inhibida por la noticia se halló perdida en un lodazal de incertidumbres y conjeturas. Saludó y se acercó a Guillermo que estaba parado en diagonal al retrato de Simón Bolívar y miraba distraído por la ventana. Por unos instantes no dijeron nada. Guillermo clavó la mirada en la negrura de la noche. Y allí se quedó inmóvil.

Pensaba en su esposa. Hacía ocho meses que no la veía y ahora era cuando más le hacía falta. Anhelaba besarla, abrazarla y hacerle el amor, y sobre todo quería perderse en la dulzura de su mirada.

—Ya casi nadie mira el cielo. —Guillermo sonrió al escucharlo. Se acordó de su madre que disfrutaba tanto del cielo estrellado como de las flores. Estrellas y flores en la senectud de doña Margarita significaban lo mismo: migas de belleza que avivan la vida sin importar el lugar donde estén.

—Todo cambia, doctor Pacheco. Los que se hacían ciegos ya están forzados a mirar. —Juan notó una sombra de melancolía en el tono de voz del presidente.

—Señor, estoy seguro de que la situación mejorará. Encontraremos la solución, como siempre lo hacemos.

—Creí que lo peor había pasado. Me equivoqué. El país estará de cabeza y se pondrá peor si se repiten esas amenazas de mierda.

Juan suspiró y enfocó la mirada en el horizonte; en la distancia creyó sentir la soledad del corazón de Guillermo y el frío de las nubes grises que se agrietaron dejando pedazos del cielo oscuro sin estrellas. Miró expectante. Sabía que, durante la noche, si se despejaba el firmamento, aparecería Venus como un lucero y debajo lo seguirían unas cuantas estrellitas resplandecientes igual que diminutos diamantes. El aire helado le erizó los antebrazos y por la nariz se le coló el perfume de la clorofila recién cortada en el jardín.

—Paz —murmuró Juan—. Se respira paz. —Y pensó que la paz no podía ser como la pintaban: una paloma blanca igual que el Espíritu Santo de los cristianos; sino verde como las montañas, cristalina como el agua, exuberante como los bosques, silenciosa como los desiertos, espumosa como las cascadas y brillante como las estrellas. Paz en expresiones multicoloridas y multiemotivas como la esencia de la naturaleza.

—Juan, ¿qué debemos hacer para mantenerla?

—Solo hay una cosa por hacer, señor.

—No me lo digas, ya lo sé.

—Siempre se lo digo. Usted quiere modernizar el país importando tecnologías y dando espacio a empresas con el potencial suficiente para producirlas aquí, pero si la gente local no tiene el conocimiento básico lo único que logrará es que otros sean los beneficiados. El país tiene muchas personas talentosas, invierta en investigación para que produzcamos nuestro propio conocimiento.

—Entonces soy un mal gobernante porque no te hago caso. Sabes que la situación fiscal del país no lo permite, el paquidérmico Congreso frente a ese tema es reacio al cambio. Y ahora con esta nueva situación qué podemos hacer para recobrar la confianza de la gente.

—No todos lo saben, la mayoría de la gente no escucha la radio.

—Sí, además parece que Raúl hizo bien su trabajo. Logramos detener la noticia en los medios televisivos. Pero existen las redes sociales y pronto la noticia llegará a todos lados.

—Lo que debe hacer es subir los niveles de percepción de seguridad.

—Juan, es imposible en este momento. Ya te lo dije, no se pueden contener las redes sociales. Tenemos un ataque terrorista y pronto seremos el centro de atención del mundo entero.

—Penaliza la forma en que se emiten las noticias, califica el nivel de significancia política, aquellas que vayan en detrimento del Estado.

—Estás loco. Ni en el pasado cuando el país era más permisible con el gobierno. No podemos coartar la libertad de prensa.

Guillermo lo había intentado meses atrás, pero lo disimuló; ser prudente y no asaltar el derecho de todo ciudadano a la libre expresión era algo que el ministro de comunicaciones siempre defendía.

—Señor presidente, la situación no cambiará y se pondrá peor si no se toman acciones contundentes.

—Esto es política. Sabes bien que toda decisión está atada a una miríada de intereses.

—Señor, el país pide a gritos un cambio. De hecho, a usted lo eligieron creyendo en un cambio. —Hizo una pausa al ver el rostro consternado de Guillermo. Suspiró y sesgó la mirada para ver a Bolívar—. Señor, ¿sabía que el Libertador batalló en 472 batallas y solo perdió seis?

—Sé bien eso, Pacheco. Nuestro prócer ganó casi todo lo que peleó y perdió casi todo en el amor. Murió a los cuarenta y siete años traicionado por sus copartidarios y desatendido por sus amigos. En su lecho de muerte ninguna mujer sostuvo su mano ni le dijo al oído palabras bonitas de consuelo… No es el mejor aliciente que me puedes dar.

—Si lo ve desde ese punto de vista, no. Mírelo como el guerrero incansable de los ideales más nobles. Él nunca se rindió.

—Pacheco, si somos exactos con la historia debemos reconocer que todo héroe es un hombre con fallos y defectos. Nada es perfecto y nuestro libertador tuvo muchos errores y algunos causaron la pérdida de vidas inocentes. Yo no quiero tenerlo como el faro que me guie en estos tiempos de crisis y de oscuridad. El mejor faro que un hombre tiene es uno mismo. Sabías que Bolívar tuvo que hincar la rodilla en Puerto Cabello, perdió el Fuerte de San Felipe ante un puñado de harapientos prisioneros leales a Fernando VII.

—No lo sabía. No soy experto en historia.

—Entonces no hables de cosas que no sabes, y perdona que sea tan directo. Ninguna batalla se puede perder cuando hay vidas en juego. Mi batalla es contra el populismo, la burocracia y la corrupción. Cada vez la gente es más crítica y está más inconforme. La población ha sufrido quince reformas en una década… todas para tapar huecos fiscales dejados por el gobierno anterior. Las administraciones pasadas no lograron encontrar una mejor solución que trasladarle a la gente el costo de los desatinos estatales.

—El apoliticismo de nuestros ciudadanos nos permite obrar con cierto margen de libertad. Lo que sucede ahora es una simple pataleta.

—Seré afortunado si se comportan igual que en los otros mandatos. En un mes lograremos ajustar la inflación y con ello tendrán más dinero para gastar en las fiestas decembrinas, y para el siguiente año congelaré las alzas en los impuestos.

—Sin importar lo que haga estaremos en problemas si los manifestantes logran que los medios den cobertura nacional a los reclamos. Las ollas podridas de gobiernos anteriores están oliendo a mierda. Sé que no es problema de esta administración, pero eso no lo ve la gente. Dirán que fue su culpa.

—No lo harán. Raúl ya negoció con los gremios. Que Dios me perdone, otro dinero se perdió para mantenerlos a tope.

—Muy bien, por ahora tenemos ventaja, la mayoría tiene una actitud reservada y conformista, incluso puede decirse que son apáticos a la política. Sin embargo, debe enfocar su atención en ello. Como bien lo dijo: las redes sociales son imparables. Cualquier persona con un teléfono móvil y acceso a Internet es un reportero. De hecho, ya hay tres empresas independientes que funcionan con ese modelo.

—Juan, los que más critican al Estado son los que menos lo conocen. Y por los tres medios independientes no te preocupes, ya los compramos.

—La misma salida de siempre… en un año aparecerá uno nuevo con la necesidad de contar la verdad y no podremos culparlo.

—Ya vas a empezar…

—Si quiere evitar la crítica… —titubeó, contuvo el comentario en la punta de la lengua y cambió de tema—. La democracia debería evolucionar.

—Evolucionar, no hay nada de malo en ella.

—Claro que sí. Desde siempre ha sido un negocio de multinacionales extranjeras y poderes económicos nacionales que financian las campañas en busca de contratos y favores. Todavía hay corruptos que mercadean votos, regalan espectáculos y condicionan salarios. Los más necesitados votan sin saber por quién votaron. La democracia es una proxeneta. —Guillermo miró con enfado.

—¡Esa proxeneta me eligió a mí!… entonces, ¿qué sugieres?

—Solo deberían votar las personas con conocimiento político o estudios universitarios.

—No sería democracia. —Guillermo tensó el rostro—. La dificultad es de comunicación —agregó zanjando la discusión y bajando el tono de voz.

—Por eso mismo hay que usar medios de comunicación diferentes...

—¡No! Esa no es la solución; no hincaré mi rodilla ante los deseos de la gente. Así no se gobierna un país. La ley procede del Estado y no al revés.

—Cuidado, señor, que los movimientos universitarios no lo escuchen decir eso. El Estado es hijo de las leyes como las leyes son hijas del Estado. Los movimientos estudiantiles y obreros tienen mucho poder. Ya lo ve, quieren que se establezca un mínimo de educación para todos los cargos políticos en el país y lo que es más revoltoso para muchos: que todo funcionario en un cargo político tenga un periodo de prueba como cualquier otro empleado en este país.

—Es un disparate. A veces ni siquiera en un periodo de cuatro años alcanzamos a ejecutar el plan de desarrollo que nos trazamos en campaña; menos con un tiempo de prueba.

—Precisamente por eso, ellos ven ineficiencia.

—Nos juzgan mal. ¿Tú también?

—No, señor presidente. Para comprender un conflicto hay que jugar en ambos bandos, ¿cómo va a resolver un problema si las partes no ganan algo?

—¿Qué propones?

—Señor, creo que debería ceder un poco. Ser más flexible con las prerrogativas de los gremios para que genere un impacto social positivo y mejore el nivel de aceptación entre la gente. Hágalos partícipes de las acciones gubernamentales; sentirán que son escuchados y que tienen su apoyo. Debe recordar que su cargo administrativo también implica liderazgo.

—Bien, lo haré, pero antes solucionemos el problema que llegó con las cartas.

Juan suspiró.

—Voy a salir en televisión, ¿qué opinas, Juan: debo o no debo pronunciarme?

—Empeoraría las cosas si lo hace, señor.

—¿Lo crees? Leopoldo dijo todo lo contrario.

—Usted es abogado, en estos casos debe pensar como tal. Para qué va a dar excusas o explicaciones que no tiene y que no le han pedido. Mejor déjelo así. Y póngale atención a doña Margarita.

—¿Qué clase de consejo es ese? Hablas como si debiera apartar mi atención de los asuntos del Estado. No saldré en televisión a dar explicaciones que no tengo, saldré para que los ciudadanos sepan que estamos de su lado, que lamentamos las muertes, estamos con las familias de las víctimas y que hacemos todo cuanto está en nuestras manos para hallar al responsable.

—Tiene razón, señor, solo lo mencioné porque en las últimas encuestas se evidenció que la gente apaga el televisor incluso cuando inicia el Minuto de Dios; el rating cuando usted o cualquier político aparece no alcanza el tres por ciento. Solo le recomiendo no descuidar a su madre.

—Todo en su momento. Por ahora debo saber quién es el autor de los mensajes.

—No creo que caigan más, aunque Ana predijo que la amenaza era real. Y esas muertes hasta donde sé, no fueron violentas.

—De dónde sacó Ana que esto sucedería, ¿acaso le preguntó al oráculo de mamá que todo lo sabe? Ya quisiera tener la intuición que tienen ellas. —Hubo silencio, Juan tampoco supo cómo su esposa atinó el resultado de las cartas—. Juan, el contexto en el que ocurrieron las muertes dice lo contrario. Los fallecidos tenían intenciones asesinas; personificaban a Caín como decía la misiva, ¿cómo se explica que hayan padecido de un infarto fulminante antes de cometer el crimen? Gracias a Dios en la radio dijeron que fue un castigo divino y lo tildan de milagro.

—¡Milagro! No, no lo fue. He visto a hombres levitando, a magos sacando conejos de las mangas y hasta a personas resucitadas, engaños y engaños, todos ellos tienen un truco o son fenómenos explicados por la ciencia. Los milagros son los centauros del presente; explicaciones supersticiosas de mentes inmaduras y subdesarrolladas. Lo que acabamos de vivir es terrorismo a gran escala. Un plan urdido con meticulosidad. Este tipo de amenazas son como el monstruo escondido dentro del diván. Lo que nos ha enseñado la historia es que la mejor estrategia contra este tipo de ataques es mantenernos conectados con la realidad, no podemos caer en la neurosis y dejarnos atrapar por la ficción.

—Juan, las amenazas dejaron de ser presunciones, ya hay muertos… los hijos de Caín.

“Una metáfora de los hijos de Caín”.

—Es lo que dicen en la radio. Explican lo que no se puede explicar. Pero no crea lo que recitan los periodistas. El año pasado fueron sentenciados a cadena perpetua por asesinato más de doscientos criminales, y allá dentro de las cárceles aún están vivos. Vuelvo y le digo, concéntrese en realidades.

—Juan, no dejaré nada al azar, ¿crees que exista la posibilidad de que nos enfrentemos a algún tipo de arma?

—Es probable, señor. “Toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia” —citó al extinto Arthur C. Clarke—. Dicen que ya empezó la singularidad tecnológica y cualquier utopía puede convertirse en una realidad distópica que amenace nuestro estilo de vida.

11. La visita de Aravena

Siendo las ocho de la noche, Ana se tumbó sobre la cama y abrió otro libro: Exégesis y filogenia del mito griego de Trisha Patel. Ana lo tenía como uno de sus textos predilectos y era, entre todos sus libros, la obra a la que más le tenía afecto. Ahora que tenía un poco más de tiempo lo rescató de entre el desorden de tratados, poemarios, manuales, novelas, biografías y cartillas que acumulaban polvo en la estantería. A pesar de que la moda era leer en digital y de que las bibliotecas se convertían en museos, ella se resistió a cambiar de usanza y a posar sus ojos por horas en una pantalla, prefirió palpar las páginas e incluso olfatearlas como si se trataran de un manjar. Las hojas del libro estaban avejentadas por el paso del tiempo, amarillentas, quebradizas y acartonadas. Describía una imagen de Zeus descolorida y una veintena de páginas apolilladas. Ana lamentó el terrible estado de su amigo y se recriminó por no haberle prestado mayor atención. Juan notó que su esposa de nuevo se entusiasmaba con la lectura y sonrió. Ana lo vio con el rabillo del ojo izquierdo.

—¿De nuevo los griegos?

—Sí, es que sabes… últimamente he tenido sueños como los de mi adolescencia.

—¿Qué sueños?

—Sueños extraños, me veía en el cuerpo de mujeres de la antigua Grecia, como una sacerdotisa, o algo así. Tal vez era por mi fanatismo, leía y releía cuanto libro llegaba a mis manos de los antiguos griegos. Estaba fascinada con esa cultura. Pero ahora no entiendo a qué se deben. Si fuera por saturar mis neuronas con información, diría que mis sueños repiquetearían situaciones de la universidad.

—No le prestes atención, lo bueno es que retomas tu literatura. Pero deberías buscar el texto en Internet, este ya huele a viejo.

—Sabes que me enferma leer en pantallas. Además, cuando tomo un libro entre mis manos uso dos sentidos adicionales: el del tacto y el olfato. Así que la experiencia es más gratificante.

—Cielo, entonces busca un hipertexto o una lectura de realidad aumentada. Las imágenes saltarán de las manos hacia tus ojos. Mira el que yo leo. —Juan le mostró el asistente personal de lectura, en la pantalla y sobre un fondo azul celeste se leía en letras blancas Los dulces del mañana, escrito por Agda Borowski.

—¿Y qué tal?

—Agda es la escritora más leída en la actualidad, su estilo se caracteriza por una prosa natural que carece de artificios y florituras literarias, es directa con elocuencia y precisión de cirujano; ha publicado ocho libros que se ubicaron en el top-five de los más leídos a nivel mundial, rompiendo récords en ventas.

—Cielo, no me quedan dudas de la calidad de la escritora, hace días leí un artículo sobre ella y la técnica que usa para producir sus historias, ¿sabías que se aísla del mundo? Agda se interna en una cabaña ubicada en medio de un bosque en Budapest y no sale hasta terminar de escribir su libro. ¿Y de qué es la historia?

—Llevo cincuenta páginas y la realidad distópica que presenta la autora me ha hecho reflexionar sobre nuestra sociedad y su posible transformación. La historia transcurre doscientos años en el futuro. La sociedad es ciento por ciento irreligiosa y adoptó antivalores como su columna moral y cultural, sobre la cual fundamenta el estilo de vida. El único valor humano existente es la verdad, todo lo demás se infringe sin que origine una consecuencia penal, siempre y cuando las personas sean auténticas y transparentes. Narra cómo la verdad es fuente de justicia; por ende, cualquier acto justo es correcto y no puede ser penalizado.

—Es una visión muy simple y artística del mundo. En algo la autora tendrá razón. Los irreligiosos cada vez nos hacemos mayoría, no será extraño que en cien años las religiones actuales desaparezcan; ¿hablaste con mi hermano?

—Sí y sigue igual de testarudo con el asunto familiar.

—Peor para él; ¿y qué opina de lo que cuentan en la radio?

—Nada importante. Le recomendé que tomara las cosas con calma. Aquí realmente no ha pasado nada.

—Lo mismo piensa la mayoría de la gente. Pero no falta el supersticioso. En la universidad algunos docentes hablaron del tema con tono relajado, sin prestarle demasiada importancia, como debe ser.

—Así es, mañana será otro día con la misma monotonía de todos los días; y a ti, ¿cómo te fue con los estudiantes?

—Igual que siempre. Me vestí lo más mojigata que pude para evitar distracciones y los alumnos lo notaron. La clase la liquidé explicando el enunciado de Clausius con un ejemplo sencillo de la cotidianidad. Creo que hoy sí aprendieron algo. —Ana hizo un gesto de desaprobación con la boca como diciendo que no estaba segura de lo que acababa de decir.

—¿Estás de mal genio?

—Igual que siempre. —Sonrió—. Mentiras, hoy todo estuvo mejor que ayer. Los muchachos estaban más concentrados… tendré que adoptar el hábito de monja, de todas maneras, intuyo que los muchachos se volverán locos cuando empiecen los exámenes.

—La física electromagnética de por sí es dura, no la hagas más difícil de lo que es.

—Juan, seré tan dura como es la materia; ganarán los que sepan aplicar las ecuaciones de Maxwell.

—Ana, ¿qué te molesta? ¿Acaso quieres desquitarte de algo con esos jóvenes?

—No me pasa nada. Solo que no les regalaré la materia. Pondré ejercicios básicos.

Juan levantó una ceja, sabía la clase de ejercicios básicos que formulaba Ana; eran un terremoto en la mente de cualquier estudiante. Tan elementales que la memoria se hacía exigua al tratar de responder y a la vez tan exigentes que un alumno tenía que aplicar artilugios matemáticos para encontrar el resultado. Juan se acercó y se metió entre los brazos de Ana haciendo que el libro se le cayera de las manos; con el mentón rozó el pezón derecho y subió directo a los labios. Ana aceptó de buena gana el beso; la caricia le indujo cosquillas en el vientre, más de las que le producía tener en la entrepierna la almohada y se apartó con una sonrisa.

—¿Qué pasa?

—Déjame leer.

—¿No quieres… jugar?

—Ayer quise y ni te fijaste. Hoy no tengo ganas.

—¡Qué! Tú no querías.

—Sí, señor, lo quería y mucho. Incluso lo necesitaba como remedio y me dejaste con ganas y fastidiada. Así que ahora aguantate. Además, la última vez me cogiste como rata en balde, al día siguiente me dolieron las nalgas y la ingle como si hubiese montado caballo toda la noche. Descarado… no quiero que hoy me pase lo mismo, mañana debo madrugar.

—¿Para qué?

—Visitaré a mamá. Ya está en casa.

—Amor… lo haré pasito.

—No.

La capital amaneció con cinco grados centígrados de temperatura, el cielo encapotado y una ligera llovizna como aserrín mojando las calles. Ana fue a casa de su madre y al pasar por el Centro Médico de la Sabana notó un grupo de manifestantes enardecidos que coreaban sátiras en contra del sistema de salud y las firmas constructoras de propiedad raíz. Sus pancartas gritaban mensajes alusivos a la colonización de los cerros orientales y el subsiguiente menoscabo en la calidad del aire de los bogotanos. El líder de la revuelta, con megáfono en mano, profería eslóganes envenenados para que sus copartidarios gritaran y alzaran las manos. Entre ellos, un par de anarquistas encapuchados sacaban rocas de sus mochilas. En esas, un grupo antimotines llegó con sus pertrechos para contener la rebelión, escudos arriba amortiguaron las primeras rocas lanzadas por los anarquistas que estimularon a los demás a embravecer sus posiciones. Ana intuyó que era mejor acelerar para huir del medio de la refriega.

En casa de los Pontefino, luego de bañar a Margarita y mientras luchaba para vestirla, Mery no se percató de que Ana estaba presente, observando el manoteo de su mamá para evitar que la metieran dentro de una blusa morada más fea que un costal de papas.

—No le debe gustar, mejor intenta con otra prenda. —Mery se dio vuelta. Ana estaba recostada en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—Doña Ana, no la vi llegar.

Ana caminó hacia el guardarropa. Margarita la miró como si fuera una extraña.

—A mi viejita le gusta el blanco. —Sacó una blusa como la nieve de mangas largas. Recordó que hacía unos años era la preferida de su mamá y que la última vez que la usó fue en la cena de navidad cuando toda la familia estaba reunida. Margarita aplaudió—. Lo ve, las personas no ponen resistencia cuando se trata de las cosas que les gusta.

En ese momento entró Gabriel acompañado del doctor Alfredo Aravena.

—Hola, Ana.

—Hola, Gabriel.

—¡Mi niña, cuánto tiempo! Cuando te fuiste pensé que nunca más te volvería a ver; ¿han pasado doce años? Te recuerdo flaca como escoba y plana como tabla, con granitos en la cara y cabello de sirena. Mírate ahora, estás hecha toda una mujer, casi no te reconozco.

—Hola, doctor, también me da gusto verlo.

—¿Por qué llevas el pelo corto? Mujer, pareces un hombre. —Ana torció la boca. Aravena también había cambiado, su pelo cambió de un negro canoso a gris. Ahora cargaba en el abdomen una barriga de veinte kilos que hacía juego con una papada de morsa que le ocultaba el cuello.

—Pasaron en realidad trece años, doctor, cualquier organismo viviente de este planeta cambia en tanto tiempo.

—Sí, sí. Así es… los mortales no vivimos por siempre jóvenes y bellos. Mírame a mí, no perdí mucho, ¿verdad? Como consolación por la robustez de elefante que me adorna gané el carisma de un actor de cine.

—Nuestros cuerpos son máquinas perfectas, lastimosamente construidas con materiales orgánicos considerados de segunda mano, deberíamos ser de titanio.

—Muy bien dicho, mi niña, pero eso ya está cambiando. Han pasado muchas cosas después de que en 2004 se reconociera oficialmente al primer cíborg del planeta. Hoy en día existen alrededor de cien mil personas con estatus oficial de cíborg-ciudadanos que lograron expandir sus capacidades físicas y mentales gracias a implantes tecnológicos. Son como mutantes capaces de interactuar con el mundo en formas extraordinarias. El año pasado conocí a uno de ellos en un congreso de nanotecnología aplicada a la medicina, un tal Callum Taylor que se vanagloriaba por tener diez implantes, cuatro de ellos para mejorar la fuerza en las extremidades, y los otros para funcionar como sentidos. Este joven de diecinueve años es capaz de leer códigos de barras, ver en infrarrojo y detectar sismos. Se comunica con videollamada mental con otros cíborgs sin importar donde estén ubicados y percibe frecuencias que vienen de afuera del planeta. —Como buena conservadora, Ana mostró la mejor cara de desgano; sabía bastante del transhumanismo y de la organización cíborg—. Es fascinante, ¿no?

—No… ellos están acabando la humanidad, algún día dejaremos de ser humanos y naceremos híbridos, la tecnología nos consumirá y transformados en máquinas una supercomputadora cibernética será Dios y todos seremos simples cosas que pueden dejar de existir por un simple bit potestativo de mierda. Ahora creamos máquinas y las programamos para que hagan nuestro trabajo, en cien años seremos una creación de ellas, a menos que el mundo ponga en cintura a esos excesivos lunáticos.

Aravena torció la boca al quedarse sin respuesta y prefirió cambiar de tema.

—¿Y cuándo regresaste?

—Hace dieciocho meses, doctor.

—¡Y apenas nos vemos! Me huele a que ya no me quieres.

—El amor es un sentimiento recíproco y no hace falta que nos señalemos, ¿qué hace aquí?

—Mi niña, ¿qué pregunta es esa? Sigo siendo el doctor de la familia. —Hubo silencio—. Vine para administrarle a tu mamá un nuevo medicamento.

—Es una medicina experimental, nada de nanotecnología para que no te preocupes, son químicos extraídos de unas raras plantas acuáticas.

—Guillermo ya lo autorizó —añadió Gabriel con tono huraño mientras caminó hasta la ventana de la alcoba y corrió las cortinas. Luego les regresó una mirada inquisitiva a los presentes.

—No hay tratamiento que valga para la enfermedad que padece mamá, no entiendo por qué siguen intentando hacer cosas que solo la martirizan.

—Gabriel, ¿y qué quieres que hagamos? Que nos pongamos a rezar y nos crucemos de brazos… he escuchado por ahí que tu dios dice ayúdate que yo te ayudaré. La medicina es necesaria y salva vidas —reprendió Ana con tono de molestia.

—Ya dejen de discutir. Gabriel, para que estés tranquilo, esta nueva medicina mejora la memoria de corto y mediano plazo, mitiga los dolores articulares y mejora el apetito. Tu mamá experimentará una mejor calidad de vida. Al menos recuperará los recuerdos recientes, ¿entiendes eso? Prácticamente recuperará la vida y dejará de ser un autómata.

Gabriel se cruzó de brazos, estaba harto de que le dieran a su madre medicamentos que, según él, no servían para nada. Los médicos iban y venían jactándose de su experiencia y conocimiento; agujereaban los brazos de la anciana y la hacían llorar. Las facturas crecían y Margarita no mejoraba. Vencido, se sentó en la esquina de la cama; su celular vibró, contestó y su cara cambió. Se le revolvieron los intestinos y el rostro se le decoloró. Nadie le prestó atención, todos estaban concentrados en la visita del doctor. Luego de colgar la llamada, Gabriel se levantó y al dar dos pasos se desmayó. Mery corrió a auxiliarlo; entre ella y el doctor Aravena lo llevaron hasta su habitación. Después de examinarlo el doctor le indicó a Mery que solo era un desvanecimiento por cansancio o por el cambio abrupto de presión al cambiar de manera súbita de posición. Mery cerró con seguro la puerta de la habitación y se quedó allí para llenarlo de cuidados mientras que Aravena finalizaba la visita con Ana y Margarita.

—¿Qué le pasó a Gabriel? —Ana le preguntó al doctor.

—Recibió una llamada del diablo. —Todos rieron—. Nada grave, mi niña, se le fueron las luces por levantarse rápido de la cama. Parece frágil, pero es un hombre fuerte. Estará bien.

Aravena extrajo de su maletín una pequeña caja plástica y de ella un frasco verde con un líquido viscoso y ambarino. Se acercó a la anciana con mirada sonriente.

—Bueno… mi dulce Margarita. Soy tu ferviente enamorado, ayúdame para poder ayudarte, ven que te traje unas gotas que saben a naranja.

Margarita abrió la boca y sacó la lengua, Aravena dejó caer cinco gotas, la anciana las paladeó antes de tragarlas. En efecto eran dulzonas, pero el señor que se las dio le mintió, sabían a canela. Aravena le entregó el frasco a Ana.

—Cinco gotas cada ocho horas, ni una más, ni una menos.

—¿Qué pasa si le doy más?

—Mi querida Afrodita, pasará lo inesperado… —Ana apretó la quijada—. Niña, no te alarmes, a veces exagero. El efecto no será el esperado.

—No estoy para bromas, doctor, ¿cuál es el efecto secundario?

—Una dosis más grande le provocará vómitos. Diarrea si se exageran. Es mejor no pasarse de la dosis; este encanto se nos puede deshidratar.

—¿No más?

—No, Ana, no más. Por lo general, la dosis recomendada causa incontinencia en algunos pacientes, pero eso no será problema porque Margarita siempre lleva pañal. Dígale a Mery que no deje de dárselas. Solo cinco gotas. Y que me llame en cualquier horario si ve alguna reacción inusual como fiebre, convulsiones o hemorragias.

—Se lo diré.

—¿Y tú cómo vas? Por boca de Guillermo supe que te casaste, ¿piensan adoptar?

Ana abrió los ojos y apretó la quijada.

—La prudencia nunca fue su fuerte, ¿cierto doctor?

—Mi querida Afrodita, excúsame si me excedí, es algo que nunca pude evitar… gloriosa herencia de mi abuelo que debe estar quemándose en el infierno. Si te sirve de algo, piensa que la vida es tan difícil o tan simple como cada uno quiera hacerla. Las cosas son lo que son y es mejor aceptarlas sin ponerles tapujos. Me da mucha pena que…

—Ya está bien, doctor, agradezco mucho su honestidad y la visita. Mi familia no tiene cómo pagarle todo lo que ha hecho por nosotros.

—No te preocupes, tus padres y ahora Guillermo han sabido compensar mis esfuerzos.

—Lo entiendo perfectamente, doctor. El dinero es para el hombre como la fuerza de gravedad para el planeta.

—Tu genio no ha cambiado. Sigues siendo una Pontefino en la más pura esencia. Que tengas un buen día, mi niña; no dudes en llamarme si me necesitas, ya existen tratamientos que pueden ayudarte con el problemita de fertilidad. Y asegúrate de que la medicina no le falte a tu mamá.

—No le faltará, Mery es muy cuidadosa con esas cosas. Por cierto, ¿dónde se quedó? Debería estar aquí.

—Es enfermera, debió quedarse con Gabriel. Me llamas cuando el frasco esté a la mitad para traerte más, ese líquido es como la piedra filosofal y no es fácil de encontrar.

—¿Me buscan? —Mery entró.

—Ya es hora de marcharme.

—Doctor, ¿ya se va?

Margarita jugaba con la blusa morada encima de la cama.

—Sí, tengo que visitar a otro paciente. Ya le di instrucciones a Ana, ¿Gabriel ya recuperó el conocimiento?

—No, parece que cayó en un estado de sueño profundo. Lo dejé descansar.

—Cuando despierte dile que me vaya a ver. De todas maneras es mejor revisarlo y garantizar que todo se encuentra bien, Dios no quiera que el diablo se quiera llevar a nuestro santo.

—No creo que sea necesario, la presión está normal y no tiene signos neuronales…

—Mery, no juegue con la salud ajena. Hágame caso y déjeme ganar el almuerzo, tenga en cuenta que aquí yo soy el médico. Un desmayo ocurre por falta de oxígeno en el cerebro. Pudo ocurrir por ponerse de pie demasiado rápido, pero es mejor descartar.

Aravena se marchó de la casa. Ana le dio las instrucciones de la medicación a Mery y se fue para la universidad.

Gabriel se despertó tres horas más tarde. Se levantó amodorrado y con dolor en la cintura, caminó hacia la repisa donde había un vaso medio lleno de agua y tomó dos tragos. Al dejarlo de nuevo en su lugar notó que tenía marcas de otros labios. Entrecerró los ojos y movió para los lados la cabeza. Se sentía suelto y ligero como si hubiera dejado sobre la cama una pesada carga. El reloj daba las once de la mañana. Le provocó anticipar el almuerzo y bostezó. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y tocó su pierna desnuda. Supo entonces por qué estaba tan ligero: no tenía ropa.

—Dios, ¿qué me pasó? —Recordó la llamada y se llevó las manos a la cabeza—. No puede ser. —Escuchó ruido y una sombra alargada salió del baño de la habitación.

Los ojos de Gabriel se llenaron con la imagen semidesnuda de Mery. Tenía el torso descubierto y mostraba un sostén rojo. Él se echó para atrás. El delicado bralette con encaje dejaba ver los grandes pezones blancos de la enfermera. Por un instante, Gabriel olvidó los votos del celibato. Los senos de ella eran por lo menos cuatro veces más grandes de como los recordaba. Mery sonrió al ver que la mirada del cura aterrizaba con destellos juveniles encima de su transparencia.

—Mujer, ¿qué haces?

—Nada, hombre, por fin despiertas. Estuve a punto de llamar al engreído de Aravena.

Gabriel se acordó que estaba desnudo y corrió apenado por un cojín para taparse sus partes pudendas. Mery sonrió y se secó el pelo con una toalla.

—Mery, esto es inapropiado, estoy desnudo.

—Y no estás tan mal, para llevar una vida monástica y sedentaria deberías tener la figura de un oso.

—¡Mery! ¿Quién me quitó la ropa?

—El diablo… que te hizo el amor mientras dormías. —Gabriel entronó la mirada y se echó la bendición. Mery sonrió—. Soy enfermera, ¿lo recuerdas? Estoy acostumbrada a ver hombres desnudos sin que me asalte el deseo. Además, eres un cura, ¿qué clase de mujer en pleno control de sus cabales se tiraría a un cura? Sería el peor polvo del mundo, ¿ya te sientes mejor?

—Estás loca. Nunca vuelvas a hacerlo. Te lo prohíbo.

—Gabriel, deja la bobada, necesitabas ayuda. Y no hay nadie como yo en esta casa, para ayudarte.

—¿Qué hiciste?

—Estás paranoico, simplemente te ayudé. Sudabas profusamente, creí que tenías fiebre y no podía cargar tu cuerpo para bañarte con agua tibia, así que te quité la ropa y, cuando quise tomarte la temperatura, se me dañó el termómetro, el mercurio se esparció por mi blusa, y fui al baño a asearme.

—Vete, déjame solo.

Mery buscó la blusa, se tapó el torso antes de salir de la habitación y dejó la toalla húmeda encima de la repisa. Gabriel estaba confundido, no sabía si estar apenado por el bochornoso momento o estar preocupado por la invitación que le habían hecho en la llamada. Se preguntó qué tenían qué ver los mensajes caídos del cielo y por qué en Roma estaban tan inquietos. Suspiró y se dejó caer en la cama. Sintió calor. Las sábanas tibias hedían a un perfume dulzón que no era el suyo y su cuerpo estaba pegajoso.

12. Segunda carta

Jueves, 7 de septiembre.

La mañana transcurrió con recias lluvias que ocasionaron cuatro derrumbes en diferentes tramos de la vía Bogotá-Villavicencio y dejaron incomunicadas a ambas poblaciones. El sector del puente Quetame fue el más afectado por un inmenso alud que se desprendió de la montaña acarreando rocas de hasta una tonelada, maleza y árboles. En el país, ninguna otra novedad llamó la atención hasta que el reloj dio las tres de la tarde y un nuevo juego de luces encendió el firmamento. El cielo se desplomó a retazos formando esquelas blancas que el viento meció y retorció en todas las direcciones. Luces, sombras, oscuridad, rayos y mensajes cayeron como hojas secas de un árbol hasta tocar el suelo.

La gente acalló el miedo. La sentencia escrita en clave ocultó quiénes serían los próximos condenados y tampoco dio pistas de quién sería el victimario. En ese mismo instante Ana estaba con dolor de cabeza y nauseas. Se dirigía a la tienda de la universidad en busca de una pastilla. En su camino recogió uno de los mensajes y lo leyó.

Anularé el regalo que hizo Hermes a su hijo.

Haré visible la proeza malvada

y con ello perecerá Autólico.

En el despacho presidencial Guillermo leyó la carta con furia contenida y desconcierto. Nunca creyó que el fenómeno se repetiría. En ese momento, Juan entró en la oficina.

—¿Qué quiere decir esto?

—Señor presidente, no sé mucho de mitología griega, pero déjeme hago una llamada. —Juan le marcó a su esposa. Ana contestó al segundo timbre y hablaron del mensaje por dos minutos.

—¿Era Ana?

—Sí, señor, hablaba con su hermana.

—Estos temas son privados y no debes hablarlos con ella.

—Ana no conoce nada y, como lo sabes, es experta en mitología. Como lo pudiste escuchar, solo le pregunté por el mensaje.

—¿Qué dijo?

—Autólico fue hijo de Hermes y abuelo de Odiseo… —Guillermo se impacientó—. En resumen, Autólico fue un ladrón, el ladrón perfecto que nadie podía descubrir ni atrapar.

—Ayer murieron más de cuarenta personas. Los hijos de Caín eran los asesinos. Ahora Autólico representa a los ladrones…

—Si mañana mueren otras cuarenta o cien personas, ¿qué hará la diferencia? Son criminales, no le hacen bien a la sociedad. Mejor que se mueran. Además, el volumen de muertes per cápita sería tan bajo que pasaría desapercibido.

—Juan piensas igual que Leopoldo, me decepcionas. Ninguna muerte es insignificante. —Los dos se quedaron callados, Guillermo miró con recelo—. ¿No crees en la gente?

—Solo creo en mi familia. Y doy la vida por ella. La gente ajena me ha demostrado que soy una herramienta de su progreso, un utensilio barato que pueden tirar cuando se les venga en gana. Solo doña Margarita me mostró verdadera piedad y me ayudó a ser lo que ahora soy. No creo que sea casualidad que años después conociera a su hija…

—Bla, bla, bla… todo tiene que ver con el destino, Juan. Eso es lo que dicen, pero yo no creo en esos cuentos. Las personas no se conectan desde vidas pasadas. Ni tienen el destino marcado. Yo soy mi propio destino. Y creo que tu posición debería hacerte pensar diferente. No somos nadie para juzgar a los demás.

—Con todo respeto, señor, ninguna persona está destinada a gustarle a las demás. Y hablo desde mi experiencia. Cuando perdí a mi madre nadie me tendió una mano y durante dos largo años tuve que residir en el Frenchman’s Park. La gente es la gente.

Guillermo miró con detenimiento la expresión indolente de Juan que no perdonaba a la vida por tratarle mal.

—Lamento que hayas tenido que pasar por eso. Pero creo que fue lo mejor que te pudo pasar. Además, creo que has olvidado que la gente sí te tendió la mano, de muchas maneras lo hizo, pero eras tú quien debía salir de ese hueco en el que estabas. Nadie salva a nadie, las personas se salvan a sí mismas cuando dejan el miedo a morir y un día cualquiera despiertan siendo otros.

—No discutiré asuntos personales en horario laboral, te invito cuando quieras a mi apartamento para que rebujemos el pasado, aún tengo la botella de chardonnay que me diste hace dos navidades, y aprovechas para hacer las paces con Ana. —Guillermo apartó la vista—. Señor, no confío en la gente, solo en mi familia.

—Y por eso jamás gobernarás. —Levantó la mirada—. Si no puedes levantarte cada día de la cama para ser una mejor persona y creer en los demás, nunca podrás ser un líder social. Te confesaré algo: un día de vacaciones mamá decidió que debía salir a buscar algo… Ana y Gabriel se quedaron con papá y yo la acompañé. Era uno de esos arrebatos locos e indescifrables que asaltaban a mamá cada dos o tres años. Salimos del campo de recreación de Stanford y nos dirigimos hacia el suroeste, al parecer sin rumbo alguno hasta llegar a un parque donde algunos niños jugaban a las carreras con drones y una pareja de ancianos paseaba un husky siberiano. Allá, tumbado en la hierba había un joven con un pequeño lunar cerca de la ceja parecido al mapa de América, tenía la mirada perdida en el firmamento y los ojos vidriosos como si contuvieran toda la desolación del planeta. Mamá dijo: “Lo encontré”. Nunca le pregunté nada y nunca supe que vio en ti para rescatarte de las calles y terminar de pagarte la universidad. Mamá siempre habla de ti con cariño, más de lo que hablaba de sus muchos otros hijos adoptados por su piedad. No había nada de particular en ti y siempre creí que lo de ese día fue una de esas correrías típicas en busca de desamparados. Al final lo supe, cuando diez años después te casaste con mi hermana. Todos estamos conectados. No puedes ayudar a las personas sin esperar que la vida te dé un regalo. Tú fuiste un regalo. El amor entre tú y Ana está fuera de este mundo y sin ti ella estaría perdida. Mamá te cuidó y ahora tú le ayudarás a mamá cuidando de su amada hija.

Juan parpadeó un par de veces, los recuerdos de esa época le revolvieron las tripas. Creía que el destino lo había llevado hasta Ana. Cuando la conoció en el CERN ni se imaginó que era la hija de su benefactora.

—¿Usted no cree en ellos, no en todos ellos?

—¿Cómo no podría creer? Es mi pueblo, es mi país. Para esto me preparé. Dejé mi familia en un segundo plano, renuncié a mis gustos, a mis aficiones y a todo lo que me hacía feliz. Pero nadie ve eso. Estoy rodeado de insensibles que no ven más allá que su propio beneficio. Ayer no pasó desapercibido. No estás viendo la dimensión del problema.

—Señor, lo que sucedió ayer no tiene conexión real con los mensajes.

—Entonces, no crees que los ladrones morirán mañana.

—No creo que tengamos tanta suerte. Claro que nada sucederá. Es una mala broma y tendremos que seguir costeando el sistema penitenciario con los miles de millones que nos cuesta cada año.

—Parece que hablo con la extrapolación de la mente de Leopoldo. Juan, toda vida es invaluable y no importa de quién sea. La mayoría de la gente está en posiciones que no buscó, inmersa en un sistema que las empujó a cometer actos en contra de las reglas y en pro de la supervivencia, mucha gente es inocente. Tú eras un joven inocente y no tuviste la culpa del accidente.

—Guillermo, por favor no me pongas como ejemplo. En nuestro país, la mayoría de las personas acusadas son culpables. Han pasado más de veinte años desde que un presidente quiso establecer la seguridad nacional como prioridad y no logró minimizar los crímenes. Así que, con todo respeto, objeto tu postura. Los criminales viven del crimen, son un cáncer para la sociedad, el que mata una persona puede matar a cien y está a un paso del terrorismo, de destruir el derecho inalienable de cada persona a vivir. Para mí la vida es tan preciada como para usted. Ni el sistema penitenciario ni el jurídico son efectivos. Así que si caen más mensajes y se hacen realidad… pues que así sea. Sin embargo, no creo que eso suceda.

—No estoy seguro de ello, mi querido cuñado.

—Señor presidente, se reportan ochenta y seis hurtos cada hora. Datos del Departamento de Seguridad Social indican que treinta más no se reportan; ochenta robos por hora son ochocientos en una jornada de diez horas. Si muriesen todos los ladrones… sería una calamidad comparable con las víctimas de un pequeño terremoto, y esa purga beneficiaría a la sociedad.

—¡Ah, mierda! ¿A quién le pregunté? Al hombre más ateo del Estado. Juan, me temo que habrá pánico, debemos estar preparados.

Y en ello Guillermo tenía toda la razón. Juan era por esencia ateo, de esos extraños ateos que nacen con el agnosticismo arraigado en el ADN; desde los cinco años se resistía a ir a la iglesia y prefería quemar hormigas con una lupa o leer los cuentos de los hermanos Grimm. Aunque sus padres devotos nunca entendieron por qué tal resistencia devocional de su único hijo, respetaron sus principios. Con el paso de los años se transformó en un hombre de mente abierta, versado y práctico, y su formación académica lo alejó más de la religión. Desde muy joven fue un crítico de la fe por lo que tuvo varios enfrentamientos con docentes de religión en la secundaria. Decía que perdía el tiempo y que prefería una clase de cálculo; su raciocinio estaba alejado de toda creencia que implicara cerrar los ojos y taparse los oídos ante ideas no comprobables. Sus andanzas por el mundo de la ciencia lo llevaron a conocer científicos que compartían sus opiniones en todos los continentes, uno de ellos fue Ana Pontefino, con la que se había casado una tarde de un cinco de abril.

Por otro lado, Guillermo pensaba en la conversación de la noche anterior con el Secretario de Naciones Unidas. El pánico era un problema exponencial con un comportamiento similar al de una epidemia viral, sin control podía expandirse rápidamente e infectar toda una población. Como ejemplo, le explicaron las estrategias de violencia psicológica que hacía más de cuarenta años había aplicado ETA en la población vasca.

El abuso emocional materializado con amenazas constantes condiciona la cotidianidad de las personas. El ataque los había cogido desarmados y sin herramientas efectivas para restringir el contagio. Ahora todos estaban presos por la incertidumbre. La voz de Juan retumbó de nuevo en los oídos del presidente, esta vez con tono conciliador.

—Señor, esta vez debo sugerirle lo contrario, si no hace nada, la gente creerá que la amenaza viene del Estado.

—He pensado en eso, la mayoría en este país cree que el gobierno es la madre de todos los males.

Juan hizo una pausa y se cruzó de brazos. Hacía diez años, él era uno de los que pensaban así. La vida es irónica y le enseñó que la mayoría de los críticos están equivocados.

—No estamos preparados para esto y nunca imaginamos tal escenario. —Guillermo miró su reloj—. Señor, es mejor que se marche, ya es hora del programa, ¿preparó algunas palabras? —El presidente asintió con la cabeza.

Juan Pacheco hacía referencia al breve espacio televisivo en el que el presidente se dirigiría a la Nación. Guillermo se alejó, fue hasta la sala de prensa y entregó una hoja al asistente de cámara que tenía el discurso. Lo leyó rápidamente en el teleprónter para darle paso a una maquilladora que le espolvoreó la cara.

La alocución era una impecable exégesis de templanza que tenía como objeto generar confianza en la población y serenar los ánimos. Nada malo pasará, todo está controlado; en pleno siglo XXI las maldiciones apocalípticas son artimañas urdidas por mortales, no existe poder humano capaz de hacer tal cosa que dicen las cartas; ninguna fábrica deberá cerrar, ninguna universidad cesará sus actividades...exhortaba, en fin, a que la vida de cada ciudadano siguiera su curso natural. Fueron cuatro minutos llenos de elocuencia urdidos con palabras precisas y categóricas. Luego Guillermo regresó al despacho, donde Juan lo esperaba con un par de copas llenas de vino tinto.

Bebieron en sincronía un trago largo y luego otro hasta agotar el licor contenido en los cristales praguenses. La noche asomaba y el frío los arañaba. Era hora de llamar a casa. La familia de Guillermo residía en Londres, su esposa e hijos estaban en una lujosa residencia ubicada a corta distancia del emblemático Palacio de Buckingham; su mujer, alarmada por la situación del país, lo había llamado varias veces durante el día, él no había contestado. En cada ocasión retornó un mensaje indicando que estaba en reunión, ahora era el momento de prestarle la debida atención y dejar que la voz dulce de Marion lo apartase por minutos del mundo. Se despidió de Juan y se alejó hacia una de las habitaciones privadas, allí se tendió encima de una cama y marcó el teléfono con lentitud. Mientras lo hacía pensaba qué cosas le contaría para no erizarle los nervios.

—¡Tesoro, hola mi vida! Sí, sí amor, todo está bien, no te preocupes, solo son rumores… todo está controlado. No, no, mamá está bien, solo fue una descompensación emocional, ya está mejor, ella es tan fuerte como una roca, ¿Las voces? ¡Ah…! Las voces que escucha en las noches no son otra cosa que ella hablando consigo misma, Aravena dice que es la demencia senil… no creas en todo lo que te diga Gabriel; es un cura, a todos nos ve en el cielo o en el infierno. Amor, no te inquietes, sabes que eso no es bueno para tu salud.

Su esposa apaciguó el tono quebradizo de la voz; la situación política del país y su estado emocional eran incompatibles. Padecía de crisis nerviosas hacía dos años. Guillermo sabía que eran causadas por la naturaleza emotiva de su esposa, una mujer de sentimientos dulces y quebradizos, de emociones inestables, que se volvía eufórica con la misma facilidad con que se deprimía. A veces, él creía que Marion era bipolar y no recordaba por qué se había enamorado de esa mujer tan frágil. Por su salud y la de él, habían tomado la decisión de que ella residiera en el extranjero rodeada de un séquito de personas para cuidarla, ellos evitarían a toda costa cualquier malestar: mucamas, médicos y asistentes la asediaban permanentemente. Marion Dubois, que todo lo tenía, cada día tenía menos. En el fondo de su pecho un abismo de soledad subyugaba su vida, impregnándola de nostalgia.

Aquel era uno de esos días en los que le provocaba huir, se sentía intrascendente y fútil; de no ser por la compañía de sus dos hijos, no lo dudaría, tomaría carrera hacia cualquier parte donde pudiera encontrar las ilusiones que garantizaban su felicidad. Ella sabía que ese lugar en particular no era un espacio físico, era un tiempo; el único resquicio en el mundo donde ella se sintió joven, bella y libre… su infancia. Sus pensamientos siempre la llevaban hacia allá; hasta un balcón de cristales amarillentos de un cuarto piso ubicado en la calle Lutèce.

13. Espectros en las calles

Eran casi las nueve de la noche y el viento silbaba en la calle. La falta de motores rugiendo y de cuerpos tibios deambulando por las vías deformaba la imagen mental que el colectivo social tenía de la tranquilidad noctámbula; esa noche estaba cristalizada por coplas de grillos y sombras fosilizadas. El caos normal había sucumbido para dar paso a un silencio de miedo. Fue tal la realidad que la gente en el interior de las casas encendió sus artefactos de sonido, sus televisores y las lámparas para sentir un poco más de seguridad. La música llenó todos los rincones mientras jugaron Tío rico, ajedrez o cualquier otro juego de mesa que distrajera los pensamientos; al hacerlo evitaban por un momento sentir escalofríos.

Carlos Rojo estaba tumbado encima de la cama con los audífonos ajustados por encima del pasamontaña; como todos, pretendía entretenerse, pero no se sacaba de la cabeza la alocución presidencial. El día siguiente sería uno normal de universidad, aunque muchos compañeros faltarían a clase, según los comentarios publicados en sus redes sociales.

Llamó a Abigail Lucero, su novia, una joven de veintidós años, de aspecto encantador y mojigato, que despertaba en secreto algo más que admiración en su cuñado. Desempleada y recién graduada de sociología de la Universidad del Rosario había optado por la investigación mientras conseguía el empleo de sus sueños. Pero, más que una investigación era un pasatiempo consistente en analizar los cambios disruptivos en la sociedad actual e identificar signos patológicos de los bogotanos, para diseñar un modelo predictivo de los comportamientos peligrosos en las masas. Abigail acababa de tomarse un par de pastillas para el dolor de cabeza, y sus hallazgos le sugerían que en cualquier momento estallarían manifestaciones estudiantiles con un alto impacto que podían converger en una cadena de situaciones vandálicas sin control por las Avenidas Boyacá y Caracas, las calles 80 y 72.

Después de discutir la situación actual, ambos pactaron, a modo de previsión, cancelar todas las actividades que tenían el día siguiente y no salir de casa. Luego de la conversación, Carlos regresó con su música y se entregó a sus fantasías desplomado encima de la almohada. Siendo las tres de la madrugada flotó entre espiraciones y deseos lejos de su cuerpo, apenas un ligero dolor en el cuello lo persiguió hasta el mundo de los sueños, no escuchó la música hasta que un malestar en el oído derecho lo despertó; regresó del mundo de Morfeo un poco aturdido, sin abrir los ojos y por instinto retiró el auricular de su oreja. El silencio impregnó todo, incluso sus pensamientos, hasta que un movimiento involuntario del pie izquierdo tropezó con la baranda metálica de la cama. Estaba helada como un tempano, y esa sensación lo terminó de despertar. Caviló sobre los acontecimientos y miró el reloj ubicado encima de la mesa de noche: las tres con cinco minutos de la madrugada. Pensó que pronto llegaría el día, la luz del sol bañaría la vida de millones de personas que, como él y su novia, se negarían a salir hacia los trabajos, los colegios, las universidades o tan solo a pasear a los perros. La emoción negativa contenida por la expectativa de los acontecimientos venideros canibalizó su voluntad y la de los demás que, como él, se morían de miedo.

Su mente se atestó de imágenes y de ideas, de pensamientos, hipótesis y contradicciones, su razón indagó en su imaginación las respuestas. Por quince minutos aguantó los discursos mentales, sus frívolos e infértiles soliloquios, y cuando no los soportó más se puso de pie; dejó la cama y fue a la cocina a beber leche fría. Se sentó junto a la barra de la cocina. Fue tal el silencio que lo único que percibieron sus oídos fue el ruido de su boca al tragar y unos pasos lejanos antes de terminar.

Agudizó su oído y levantó la cabeza ladeándola para un costado como si al hacerlo oyera mejor. Al principio creyó que sus padres se habían despertado y caminaban por el pasillo, luego entendió que el ruido provenía de afuera del apartamento, de la calle. Parecía haber mucha gente rezando. El murmullo de los pasos llegaba lejano, como cuando se camina despacio, pero eran tantos los que marchaban que el débil eco de los pasos se escuchaba como el epílogo de una canción militar, y un bisbiseo de cientos de voces le daba al momento una atmósfera solemne. ¿Qué hacía tanta gente rezando a esta hora? Fue a ver, se acercó a la ventana del balcón y corrió sutilmente la cortina para no ser descubierto, al instante el bullicio cesó. La calle estaba desierta.

—¡Imposible! ¿Dónde están?

Cerró la cortina y apareció de nuevo el leve susurro de cientos de voces pasándose un secreto, su mirada encontró a través de la tela que cubría la ventana pequeñas luces amarillentas flotando en la calle, como si la gente de afuera tuviera velas encendidas. Las piernas de Carlos flaquearon, no hizo ningún ruido. La imagen filtrada por la cortina era difusa, pero distinguía el tránsito de las sombras. Levantó su mano y corrió de nuevo el telón para ver mejor. Nada, la calle estaba desierta, pero los sonidos permanecían. Allí, en la vía, bullían como enjambres los susurros y cuchicheos de palabras rotas e incomprensibles y de ecos de pasos ahogados en el asfalto. Sus pupilas se dilataron y un escalofrío le recorrió la espalda. Sin saberlo, un puente invisible se formó a través de su miedo y las miradas de los ausentes lo alcanzaron desde el oscuro abismo de la muerte. Le tocaron la espalda, sintió una caricia de frío espeluznante y, petrificado, juzgó que los espectros estaban en su casa, a su espalda. Contuvo la respiración y, como si tuviera el don de la clarividencia, en su mente apareció una imagen horrenda. Unas manos largas y huesudas, aún con pedazos de carne putrefacta colgando, se acercaban para abrazarlo. Apreció la cercanía con un soplo de frío que le dio un molesto cosquilleo en la nuca y le congeló la sangre. Intentó serenarse y pensó que tal vez su mente calenturienta le jugaba una broma, le mostraba presencias inexistentes que se sentían reales, tan reales que confundió un vapor de aire exhalado de su propia boca con un suspiro aterrador proveniente del más allá. Brincó y cerró los ojos. Rezó un Padre Nuestro. Cuando dijo “libranos del mal”, unos dedos extremadamente delgados y ásperos le tocaron el hombro, a la vez que una voz respondió con cierto tono burlón: “Amén”. Carlos corrió hacia la pared como un ratón acosado por un gato. Se quedó inmóvil, con los párpados cerrados. Intuyó que una abominable mirada lo taladraba y se le pagaba al cuerpo como brea ardiente. Escuchó pasos que se acercaban y, antes de gritar, unos brazos lo rodearon con fuerza sobrehumana haciéndole perder el habla, toda la calma, el sentido de la orientación. Languideció. Su cuerpo parecía de plastilina, y de hierro el que lo atenazaba. El contacto se hizo estrecho y en la fricción de los cuerpos unidos se sentían los corazones latiendo al unísono. Los esfínteres de Carlos se soltaron como diques estropeados y la orina le mojó los pies. En ese espantoso momento creyó que la tierra se abriría y caería al infierno. De nuevo llegó a sus oídos la dulzona voz de ultratumba…: “hijo, no pasa nada”.

Carlos tardó ocho segundos para salir del estupor y reconocer a su padre que le decía que estaba sonámbulo. Fue a darse un baño y regresó a la cama sintiéndose un niño de cinco años que cree en la Patasola y en el monstruo debajo de la cama. Se tapó la cabeza con la cobija de lana y se dijo repetidamente que los espejismos noctámbulos eran fruto de su mente sugestionada.

“Están pasando cosas extrañas; ¿y ahora qué hago para conciliar el sueño…?”, se dijo. Solo había una cosa qué hacer, su salvavidas para las noches de insomnio era evocar la última vez que estuvo con una mujer en la cama.

Ya hacía muchos años y el tiempo había lavado las sensaciones de ese entonces, pero al menos dos imágenes tenía bien reservadas: el grito de ahogo cuando ella gritó de dolor y cuando ella llegó; cerró los ojos y forzó la rememoración del momento con el cuerpo de Abigail: apareció la desnudez de su novia y sus desconocidos quejidos y su tierno semblante ocultando el miedo de entregarse por primera vez; pero Carlos no logró mantener la imagen, el rostro de Abigail se distorsionaba y en su reemplazo aparecían los susurros que escuchó de fantasmas en la calle; luego en su mente surgían por ensalmo las caras de gente desconocida con bocas desencajadas. Una tras otra las alucinaciones se le aparecían para atormentarlo. Entonces intentó algo más contundente; igual que de la costilla de Adán salió su mujer, Carlos sacaría a su Eva de su propia mano. Pronto aparecieron imágenes diáfanas y sensaciones similares a las del pasado que no se borraron. Cuando terminó, su fisiología cebada por el deseo lo recompensó con un profundo sueño. No duró mucho; una hora después un silbido constante surgió de su teléfono móvil; la pantalla se iluminó con la imagen de Lucero: era un mensaje de texto.

—¿Estás dormido?

—No —respondió haciendo una mueca y se preguntó qué hacía levantada a esas horas.

—Tuve una pesadilla. No puedo conciliar el sueño, ¿te molesta si hablamos?

Miró el reloj y pensó: “sí me molesta, son las cuatro de la madrugada”.

—Claro que no, ¿qué soñaste?

—Estaba en el balcón de mi apartamento con mi primo Efraín, eran las tres de la tarde y comíamos un helado, sabes lo mucho que me gusta hablar con él…

—Sí, lo sé… dices que es el hombre más carismático e inteligente del mundo, si no fuera porque está casado y tiene una maravillosa familia, diría que estás enamorada.

—Pues, para una mujer es fácil amar a un hombre así. En fin, no tienes por qué sentir celos, él nunca se fijaría en mí, es un hombre de principios y nunca pondría cachos.

—¡Ahhh! ¿y tú sí?

—Carlos… no. Me conoces, soy tan tonta para esas cosas que parezco monja. Solo lo admiro. Te decía que estaba mirando y de repente todo el mundo cayó al suelo, todo el mundo, las cabezas rebotaban y se escuchaba el crujir de los cráneos al partirse con el pavimento, parecían muñecos a los que se les hubiera desconectado la energía, creí que se habían desmayado, ¡pero todos a la vez! Fue algo muy extraño.

Carlos recordó lo que acababa de sucederle, ¿acaso, ese mar de gente que escuchó deambular frente de su calle eran las almas de los que Lucero vio en su sueño? No quiso contarle la experiencia metempsicótica que había acabado de tener, la aterrorizaría; además, él estaba intentando convencerse de que eso que vio y escuchó fue producto de su imaginación.

—Fue solo un sueño, y ya lo contaste, no se hará realidad.

—De todas maneras me da miedo. Yo nunca sueño.

Abigail tenía una colección de miedos y fobias que transitaban por su mente de manera intermitente. Temía a la soledad porque sus padres nunca la habían dejado sola, incluso en el preescolar ellos fueron sus maestros. Temía escuchar el latido de su propio corazón cuando dormía, sufría de astrafobia y de miedo a las palomas porque cuando tenía cinco años fue atacada en un parque por una bandada que confundió su blusa con un enorme pedazo de pan; y, sobre todo, temía a la muerte, producto de una experiencia aterradora que experimentó cuando fue testigo del último aliento de vida de su abuelo Fernando, el carpintero; las convulsiones involuntarias y expresiones congestivas del rostro del anciano le dejaron una impronta indeleble frente al hecho de morir: era un acto grotesco y doloroso; por eso nunca iba a funerales, ni siquiera de familiares. Como Carlos lo sabía, prefirió callar y cambió la línea de conversación por algo más académico, su trabajo de investigación. Él estaba a punto de graduarse de antropología y Abigail le ayudaba a completar la tesis de pregrado sobre el liderazgo precoz y el desarrollo de competencias comunicativas en niños de colegios públicos sensibilizados en el programa de matemáticas y ciencia del planetario. Fue la excusa perfecta para escapar de los miedos de ambos. Escucharon truenos y el repiqueteo de la lluvia sobre los techos, hablaron hasta que el sueño regresó a asaltar sus cerebros y, antes de cortar la llamada, se mandaron tantos besos que se hartaron de las caricias normales y desearon tener sexo, pero no lo dijeron.

14. La segunda cosecha de la Parca

Amaneció con una delgada llovizna que levantaba del suelo vapores perfumados a invierno. En la televisión comentaban que la época invernal empezaba a recrudecerse. La acritud del clima y el estado amodorrado de Carlos le nublaban la razón, una razón saturada de alertas, riesgos e incertidumbres. A las seis de la mañana el tráfico bogotano era de lujo, quien viera el estado de las vías diría que había amanecido en otra ciudad. La fuerza policial también se había volcado a las vías en mayor medida que todos los días, la institucionalidad deambulaba por los parques y proliferaban los retenes de la policía de tránsito en Chapinero, Teusaquillo y Fontibón en los que se detenía a transeúntes, motociclistas y vehículos particulares.

Una luz que entró por la ventana de la habitación jugueteó en su rostro hasta despertarlo. Lugo de abrir los ojos, bendijo su cuerpo con la mano derecha y, dándoselas de Sumo Pontífice, hasta bendijo el día. En el celular, tenía otro mensaje de Lucero contándole que había vuelto a tener la misma pesadilla. Él suspiró y anheló que el tiempo pasara rápido para que llegara la noche. Respondió con un simple: no pienses en eso, y se dio vuelta para seguir durmiendo.

La ciudad despertaba apenas a las ocho y media de la mañana gracias a una miríada de ráfagas de luz que se colaban como cuchillas entre los negros nubarrones remanentes de la noche. Como se sospechaba, mucha gente optó por aplazar sus actividades habituales y fueron pocas las personas que acataron las recomendaciones del presidente. Emilio Rojo era uno de ellos, aplicado estudiante de derecho que combinaba su vida académica con un trabajo de medio tiempo en la notaría de Sauzalito. Se desplazaba por la Carrera 10 hacia el trabajo en su automóvil con las ventanas cerradas mientras escuchaba las noticias; las más relevantes eran el restablecimiento del paso hacia Villavicencio, las pérdidas millonarias debidas a las heladas en Boyacá y Cundinamarca en cultivos de papa, arveja y maíz; y el paso cercano a la órbita terrestre de un meteorito nombrado Ate. El reportero indicó que la roca de diecisiete kilómetros de ancho y una masa de diez mil toneladas procedente del cinturón de Kuiper viajaba a una velocidad de cuarenta kilómetros por segundo y tenía, para sorpresa de todos, la forma de una calavera; de caer en el planeta ocasionaría una explosión treinta veces mayor a la bomba de Hiroshima. Emilio se persignó y disminuyó la velocidad al acercarse al cruce vial de la calle 19, se detuvo y colocó la marcha del carro en neutra. Miró desprevenido el reloj ubicado en el panel del vehículo y luego el computador portátil que estaba encima del sillón del pasajero; en ese momento escuchó un par de golpecitos en el vidrio de la ventana y giró la cabeza para ver qué ocurría. Un cañón negro de una pistola lo señalaba. Emilio sintió que su intestino se escurría; un hombre montado en una motocicleta le apuntó, una voz juvenil que salió dentro del casco le pidió el computador. El sobresalto causado por la situación lo paralizó, su corazón latió tan rápido que sus costillas temblaron. Su visión dejó de ver objetos lejanos. De nuevo un par de golpecitos en la ventana. Emilio bajó el cristal y temblando estiró la mano para entregar con desconsuelo el equipo. En ese momento, el motociclista emitió un grito de dolor, dejó caer el arma y se llevó la mano al pecho; doblado sobre sí se desplomó de cabeza hasta estrellarse en el asfalto. El cuello se dobló produciendo un crujido que a Emilio le erizó los pelos; el peso del cuerpo del motociclista en caída libre impulsó la columna vertebral en un ángulo antinatural que hizo perder el soporte cervical, ocasionando que el atlas perforara el cráneo. El joven quedó tendido con culo al aire y la frente en el piso. El primer impulso de Emilio fue huir, pero no lo hizo: dejó el ordenador en su lugar y respiró hondo; el semáforo cambió a verde y los coches de atrás empezaron a pitar insistentemente. Emilio tardó unos segundos en recuperarse y luego recordó el mensaje del cielo. Los vehículos empezaron a esquivarlo y al pasar por su lado le gritaron improperios. Al difunto nadie le puso cuidado, solo Emilio que aún tenía miedo.

Siendo las ocho y cuarenta de la mañana una llamada rompió el sueño de Carlos. Contestó con voz distante y por el auricular escuchó: “Hermano, cayó el primero”. Carlos no alcanzó a descifrar el mensaje que se repitió dos veces más con un eco de exclamación. Por fin, a la tercera vez lo entendió y con un salto se levantó de la cama mientras su hermano le daba detalles por el auricular.

—Hermano, no salieron rayos del firmamento… simplemente el tipo se llevó la mano al pecho, fue como si una bala lo hubiera atravesado y cayó muerto.

El motociclista fue el primer muerto del día. Un malandrín incrédulo que no llegaba a cumplir veinte años. Holgazán para cualquier trabajo, perezoso incluso para robar; con hábitos tan irracionales y grotescos que su misma ralea lo excluía por carecer de principios frente a sus colegas. Robaba de seis de la tarde a seis de la madrugada, una vez por semana, y rotaba cada ocho días para no exponerse demasiado a la policía. Con el producto de su faena daba de comer a su madre, compraba ropa nueva, el sexo de una puta y una docena de porros. Su vida era un ciclo de adrenalina y de excesos. El joven de hombros flacuchos, pómulos saltones y pecho hundido se creía el varón más varón de todos los varones por tener un arma y un pene de película de porno; contaba con una marca criminal de siete arrestos durante el mismo año, y era el niño adorado de la casa.

Hoy no era un buen día para trabajar… no pudo levantar el dedo medio para burlar a la justicia. Situación similar, con algunas variantes, sucedía en tiendas de barrio, en zonas de parqueaderos, autobuses, en las vías y en los parques. Había gente tendida en el suelo, gente muerta sin aparente causa más que intentar robar. Al mediodía, muchos noticieros hablaban a boca llena sobre los hechos acontecidos, la noticia se convertía en tragedia gracias a la manipulación de los reporteros. Tan solo unos pocos periodistas se ceñían a la noticia, sin comentarios henchidos de conjeturas quiméricas. A pesar de las circunstancias, en la mayoría de la población reinó la tranquilidad, incluso con pleno conocimiento de que era real la amenaza proveniente del cielo.

El número de muertes era alarmante. Uno de los noticieros independientes del poder político hizo caso omiso a la orden de no dar las cifras de los fallecidos y reveló que la cantidad aproximada era de nueve mil personas. Ningún ladrón se escapó de la justicia de Ate, como la denominaron en las noticias. Cayeron fleteros, ladrones de carros, de motocicletas, de bicicletas, de celulares e incluso los que hurtaban víveres en minimercados. Murieron comerciantes, abogados y una docena de concejales. Entre muchas personas, cayeron bandidos consumados, tenderos, secretarias, empleadas de servicio doméstico y banqueros. Ate no respetó género ni edad, atacó a adolescentes, mujeres, adultos y ancianos. Los periodistas decían que un robo era una falta censurable, un delito sin importar el objeto robado: dos muchachas de quince y catorce años murieron en el probador de un local de ropa del Centro Comercial Andino. Una mujer de sesenta años falleció al olvidar pagar un café en un establecimiento ubicado en Tunjuelito. Y un cura en el barrio San Cristóbal falleció dentro de la sacristía al tomar doscientos mil pesos de las limosnas recogidas en la misa matutina.

El reporte forense entregado por Medicina Legal de los primeros cadáveres indicó que todos habían muerto a causa de infarto.

Cada minuto crecía la cantidad de personas que se aglomeraban en la carrera 13 y ocupaban las zonas aledañas; familiares de las víctimas, incrédulos de lo que pasaba, lloraban desconsolados a sus seres queridos. Las pérdidas de miles de vidas humanas afligieron a gran cantidad de familias y, por lo general, la otra facción de la población tenía dentro del pecho un sentimiento agridulce, pues, a consecuencia de esas muertes, se podría caminar con tranquilidad por las calles. Todos, tanto afectados como no afectados, padecían una aflicción como la que se siente en los minutos posteriores a un desastre natural. Después de las dos de la tarde no se reportaron muertes masivas. Dicen que los que tenían planes para hacer de las suyas en la siguiente jornada, se rindieron al ver las noticias.

Había un hecho que causaba desconcierto, no todas las víctimas fallecieron en el acto de cometer un hurto. 920 personas, de las que se aseveraba completa inocencia y conducta intachable, fallecieron al parecer por la misma enfermedad. El caso más dramático fue el de Fermín Villalobos, un emblemático profesor del Colegio Renatus Cartesius, ganador del Premio Llinás por destacarse en la enseñanza de las ciencias naturales y promover proyectos de investigación en jóvenes de primaria. En el laboratorio del colegio, Fermín enseñaba a construir un espectroscopio casero. Doce pequeños vieron como murió retorciéndose de dolor en el suelo.

Tres horas después, en el Salón del Consejo de Ministros, Guillermo miraba a su gabinete con cara de reproche, quería respuestas que nadie podía darle. Lo que acontecía sobrepasaba todo entendimiento, pero él seguía cavilando que lo ocurrido era obra terrenal. Se sentó y apoyó sus manos encima de la mesa, tomó aliento y miró el cuadro El cóndor, del maestro Alejandro Obregón. Repasó con la mirada el rostro de los presentes y no encontró nada que le gustara. Milton Calahor, el ministro más influyente, se mostraba más apático que nunca y parecía tan distante como uno de los tantos retratos que adornaban el recinto. Raúl Alfaro miraba el celular y a juzgar por su cara se intuía amargura en el mensaje que leía. De nuevo, el presidente buscó en sus adentros el detonante dialéctico que sacudiera a sus ministros del bodrio mental en el que estaban. Y lo halló en el retrato de Camilo Torres, el Verbo de la Revolución.

—Entonces, ¿creen que Dios los mató?

Nadie respondió. Leopoldo lo miró con sus pequeños ojos de ratón de manera extraña, como se repara un platillo antes de comer. Los demás esquivaron la mirada. Luego, uno a uno intentó dar una explicación, pero todos los argumentos eran imaginarios.

—Declararé el estado de sitio. Quiero respuestas y quiero culpables.

Juan Pacheco estaba recostado en la pared cerca del cuadro La Constituyente de Beatriz González. Su mediana estatura lo dejaba por debajo de los hombros de todos en el gabinete por lo que prefería quedarse de pie en las asambleas; así, de alguna manera, le decía a su mente que respondiera con mayor altura y decoro que sus interlocutores; miraba entretenido la discusión, para él lo que sucedía era inexplicable desde lo espiritual e inaceptable y cuestionable desde la razón. Después de su última plática con el presidente había optado por investigar qué podía generar tales muertes y había encontrado en la ciencia una respuesta sensata. Cuando notó un hueco en la conversación se metió.

—Somos testigos del arribo de la singularidad tecnológica y el inicio de la edad posthumana. Las muertes son el producto de una tecnología nueva que puede utilizar gadgets con señales mentales, algo que desconocemos, un arma operada a distancia con gran cobertura y…

—Qué estupidez. Esto es serio, doctor Pacheco, lo que menos necesitamos es trazar un plan basado en fantasías. Los criminales murieron por causa divina, no hay otra explicación —replicó tajante el regordete Elías Tobar, ministro de defensa nacional. Guillermo los observó sin parpadear, era evidente que entre el ministro y el asesor no existían buenas relaciones, Tobar y Juan entronaron las cejas y se miraron como toros de lidia dispuestos a darse cabezazos.

—Estúpido es aquel que por sus prejuicios banales se hace el ciego ante la realidad. Apuesto mi sueldo que no conoce el themerim, se lo recomiendo, mírelo funcionar para que entienda lo que he dicho.

Hubo silencio en la sala de reuniones hasta que habló Facundo Soler, ministro del interior.

—No hay delito sin contravención de la ley, los atacantes eran ladrones en potencia que no consumaron el delito, es decir, no hubo crimen, así que no podemos llamarlos como tal, por ende, no hay victimarios qué incriminar y todos se convirtieron en víctimas inocentes, además, si los tratamos como criminales no tardarán sus familias en demandarnos.

—Doctor Soler, su silogismo abductivo raya con la moral. No vamos a entrar en señalamientos. Si a esas personas no las hubiera detenido algo, el día de hoy acabaría con ese mismo número de hurtos; es improcedente tomar una posición moralista, no es nuestra labor; ni el objetivo de esta reunión —exclamó el presidente. Facundo asintió y continuó hablando en un intento de robustecer su participación en la reunión.

—Lo entiendo, señor presidente, reconozco que, desde el ámbito legal ellos no cometieron un delito, no hay un acto consumado. Por otro lado, el problema que ahora tenemos es de sanidad, hay municipios en los que no hay espacio para albergar los cuerpos mientras se hacen las autopsias, se están utilizando coliseos y técnicas de conservación para evitar malos olores y problemas de salud pública.

—El último reporte indica que todos murieron por la misma causa. Postulantes a ser criminales y otros novecientos como maestros, ingenieros y estudiantes que no estaban en proceso de robo —añadió Pacheco.

—¿De qué murieron? —urgió Guillermo Pontefino con tono de impaciencia e intuyendo la respuesta.

—En cincuenta y cinco autopsias realizadas se encontró lo mismo: muerte natural a causa de un infarto agudo al miocardio —completó Leopoldo Azcón.

—¡Homicidio! —exclamó Guillermo, golpeando la mesa con el puño.

—Posiblemente a todos los demás se les dictamine la misma causa. Pero eso tardará meses —repuso Facundo, arrugando la frente.

—Señores, el tema es más delicado de lo que parece, las familias querrán a sus difuntos pronto para los funerales y seguramente habrá problemas sociales, han muerto jóvenes de todos los estratos sociales, ¿quién lo hubiera pensado? Se supone que gente de niveles socioeconómicos altos no necesitan robar. Surgirán señalamientos y discriminación entre las clases sociales —agregó Leopoldo y todos empezaron a opinar.

Juan Pacheco, con ironía, los miraba discutir y pensaba que todos justificaban lo que ocurría en la sociedad, olvidando que el mismo sistema abogaba por la libre expresión y el desarrollo de las personas. Él pensaba que todos y cada uno de los ciudadanos tenían las oportunidades y medios necesarios para ser quien quisieran ser. Entre tanto observaba con jocosidad a los ministros y reflexionaba que ellos, en su afán de dar una respuesta, olvidaban que no existen modelos perfectos para gobernar y que toda comunidad es una amalgama de personalidades diferentes que hibridan la cultura en matices complejos difíciles de predecir y mucho menos de controlar. Las estribaciones surgidas en contra de las normas no corresponden a una causa raíz, a un núcleo de maldad o a un sistema defectuoso, sino a una acumulación de eventos degenerativos que causan efectos encadenados. La oferta y demanda en la satisfacción de las necesidades básicas genera una competencia tutelada por leyes que muchos atacan. Después de unos segundos, la reunión parecía un mercado donde cada cual trata de imponerse sobre los demás para vender sus ideas.

—¡BASTA! No nos excusemos más. La culpa no puede ser de la sociedad, del sistema o de nosotros. Es de todos —apuntó Guillermo—, tenemos deficiencias que trataremos a su debido momento. Pero ese es otro tema; no pongan sus necesidades ministeriales como plataforma para ganar recursos y adelantar proyectos como alternativa de solución a esta situación en particular. No nos apartemos del asunto que nos tiene aquí. Estoy seguro de que todo esto es un acto humano, y probablemente el doctor Pacheco tiene razón. Los infartos pudieron generarse por medio de alguna fuente de radiopropagación o cualquier otra tecnología de ondas; cómo lo hicieron y, sobre todo, cómo identificaron a las personas que iban a cometer un delito es un misterio que debemos solucionar, y entendiendo que no tenemos los recursos tecnológicos necesarios para esta investigación, así que solicitaré ayuda internacional.

Pacheco sonrió levemente, se sintió ante el doctor Elías Tobar. Era sensato que el presidente, en un caso como estos, confiara más en sus juicios que en los del ministro de defensa, un eminente abogado muy bueno como jurista, pero muy malo en asuntos de ciencia. Además, Juan Pacheco era el hombre del gabinete presidencial más ilustrado en tecnología.

—¿En verdad es posible? —preguntó el doctor Soler.

—Es la hipótesis más probable —respondió Pacheco—. El desarrollo tecnológico de la humanidad avanza con pasos agigantados. Sin embargo, las características de dicha arma son tan particulares que rayan con la ciencia ficción. Y no tenemos los recursos tecnológicos ni los académicos para estudiarla.

—Señor presidente, ¿qué hará cuando tenga en sus manos esa tecnología? —preguntó el doctor Tobar.

“Ajustar la intensidad”, pensó.

—Primero encontremos el arma. Después decidiremos qué hacer.

—Señor presidente, cuidado con lo que dice. Recuerde que hoy murieron aquellos que intentaron robar —expresó Elías con tono mordaz—. Si en verdad es un arma con la facultad para detectar las intenciones de las personas y atacarlos en el acto… —vaciló— podría detectar las intenciones de terceros para rastrearla. De todas maneras, dudo mucho que dicha arma exista; de equivocarme, que Dios nos ampare porque todos somos vulnerables.

—Entonces, ¿qué cree que es?

—Un castigo divino. No hay duda, apoyo la posición del doctor Soler. Sucedió lo mismo en el pasado. Dios envía viento, tierra, fuego y agua…

—Y ahora envía cartas… vamos, no diga estupideces. ¿Juan, existe la posibilidad de un arma así? —insistió el presidente.

—Señor presidente, no debemos descartar que somos presa de un artefacto tecnológico. Desde hace ochenta años existen frecuencias infrasónicas o extremadamente bajas (ELF) que afectan dos tipos de ondas cerebrales en los humanos; las señales Berger son las ondas Beta y Gamma. Existen armas usadas para producir desordenes en la conducta, como es el caso de las armas neuroelectromagnéticas utilizadas de manera especial para infundir miedo, causar vómitos, provocar dolores de cabeza e incluso acelerar el ritmo cardíaco. Se ha documentado que armas con estas características se usaron a finales del siglo pasado en la Guerra del Golfo. En la actualidad, el ejército de los Estados Unidos cuenta con el Active Denial System o rayo de calor que puede usarse para controlar manifestaciones. Otras armas desarrolladas con tecnología LRAD1 consideradas como no letales se emplean a diario sin que la gente se percate de su uso. Incluso, hay documentación sobre aparatos que producen resonancias indetectables por los sentidos que afectan nuestros órganos internos haciéndonos vomitar. Hace dos meses, y no sé si está relacionado, un grupo de transhumanos londinenses vieron ondas de luz extrañas que corrían sobre las mismas líneas magnéticas del planeta y vaticinaron que habría profundos cambios en el clima y en la forma en que las personas piensan.

—Alharacas, simples y tontas alharacas. Los metahumanos nunca dicen la verdad, siempre esconden algo, si les seguimos la corriente terminaremos siendo sus esclavos —respondió Calahor.

—Doctor Calahor, puede que usted tenga o no razón, lo que sé es que los cíborgs nos superan por mucho en inteligencia y capacidades. Y no estoy tan seguro de si lo que vieron tiene o no algo que ver. Ese mismo hecho fue registrado por los equipos del observatorio magnético de Islandia, el reporte oficial indica que un cordón de energía vibró como cuerda de guitarra sobre una isolínea del campo magnético del planeta, se especula que fue ocasionada por la tormenta solar que no logró ser filtrado por nuestro Cinturón de Van Allen, afectando la ionosfera y produciendo auroras boreales; las mismas que vimos aquí en Bogotá se observaron en Tarragona, Ibiza y Orán. —Calahor se cruzó de brazos—. Por otro lado, el hecho es que las armas que mencioné no tienen una emisión de ondas selectiva y los efectos impactan a todos los individuos que estén dentro de un rango de alcance. Nos enfrentamos ante una poderosa arma letal que, a mi modo de ver, no solo amenaza el país, sino que amenaza a toda la humanidad. Piénselo bien, un terrorista podría elegir cualquier blanco.

—Si es cierto lo que dices, entonces el arma emite señales que se transportan sobre las líneas magnéticas y perturba el magnetismo del planeta, pero… la detección se hizo en ciudades del mediterráneo y estamos muy lejos, por eso su teoría se cae.

—No señor, la cartografía de isolíneas demuestra que el recorrido no es lineal, y la perturbación generó que el flujo magnético se moviera sobre el océano Atlántico llegando al país.

—Aun así, no hay nada que relacione ese evento físico con las cartas. Señor Pacheco, nos está desenfocando.

—Tal vez Pacheco tenga razón. No podemos descartar información si la causa de las muertes es un arma desconocida.

—Tendría el poder de Dios en sus manos —interrumpió el doctor Tobar.

—¡El poder de su dios o el poder de su diablo! Da igual, cualquiera de los dos es un criminal —respondió Pacheco mientras el ministro abría los ojos al escuchar tal blasfemia.

Un murmullo se generó en la sala, los ministros alterados manoteaban y cada uno intentaba hablar. Las cartas estaban echadas sobre la mesa, existía una nueva arma de alcances inimaginables o acaecía un castigo divino, a eso se enfrentaban y en ambos casos estaban desamparados.

—Señores, es posible que estemos ante una amenaza terrorista de magnitudes inimaginables. No podemos cruzarnos de brazos ni llenarnos la boca con justificaciones parcas o con especulaciones insulsas mientras siguen muriendo ciudadanos. Tampoco creamos que esta amenaza que ha empezado en nuestro territorio se va a quedar en nuestro territorio. Cualquier acto de barbarie que amenace el estilo de vida libre de una sociedad también coacciona el estilo de vida de todos en el planeta. Señores, un terrorista nos sometió a vivir en medio de un escenario dantesco y no podemos ceder, ni agachar la cabeza. Somos víctimas de una amenaza global y como tal tenemos que actuar —acotó el presidente y todos callaron.

—¡Que Dios nos libre! ¿Ahora quién será? —añadió Leopoldo.

—Debemos apurarnos. El mundo entero conoce lo que sucedió y varios países nos señalan como agresores potenciales.

—¡Agresores! Pero si somos las víctimas.

—Doctor Elías, por favor, no es hora de hacer preguntas estúpidas.

Elías no caía en cuenta de que, así como el país estaba bajo ataque, cualquier otro podría estarlo.

—Todos estamos en peligro y, como lo mencioné, no estamos preparados ni científica ni tecnológicamente para resolver una situación como esta. Por esto, antes de esta reunión hablé con varios mandatarios de países con los recursos necesarios para hacerle frente a esta amenaza. Esta noche aterrizarán un par de aviones militares con ayuda tecnológica y científica. —Todos se sorprendieron, el presidente se les anticipó—. Señores, esto es muy grave. Debemos perseverar y esforzarnos sin miramientos para solucionar el problema.

1 Long Range Acoustic Device, también llamado Grito, es un arma no letal. Entre sus utilidades está la emisión de sonidos dolorosos utilizados para reprimir manifestaciones.

15. El arribo de la caballería

Al ocultarse el sol, las calles desoladas se hicieron más frías y silenciosas que de costumbre. Esta vez no había curiosos en los balcones. El cielo nublado se rasgó con una intermitente ráfaga de relámpagos y luego llovió a cántaros. Los aviones que traían la ayuda de los países aliados arribaron antes de la tormenta. Aún quedaban fuera de los hangares un Airbus Beluga y un C-130J Hércules, que eran el centro de atracción en el aeropuerto. En el último se alojaban cuatro laboratorios avanzados.

Una reunión secreta iniciaba en una hacienda ubicada en Engativá, al frente del humedal Jaboque. Altos ministros de seguridad de varios países acompañados por asesores, científicos y militares analizaban los hechos y trazaban un programa de monitoreo de señales electromagnéticas. Los inalterables rostros de los aliados y su forma de actuar daban la impresión de que se preparaban para una guerra. Guillermo Pontefino se mostró conciliador y suministró todos los recursos requeridos por los visitantes: seguridad, inteligencia, acceso a espacios, bases de datos, tecnología y personas. Todo cuanto hiciera falta sería entregado de manera inmediata.

Cuando dejó de llover, de la panza del C-130J Hércules sacaron los laboratorios y los trasladaron en camiones a la hacienda donde se instalaba el centro de investigaciones.

Al día siguiente, los diplomáticos se marcharon en el primer vuelo. Se quedaron los científicos, acomodados en las amplias y tibias habitaciones de la hacienda de Jaboque. La coalición formada por doce naciones empezó a desplegar en todo el territorio una serie de sofisticadas estaciones de monitoreo, antenas y receptores que permitían captar todas las ondas del espectro electromagnético. El mecanismo estaba interconectado con una red satelital formada por una miríada de Cube Sats desplegados en una órbita geoestacionaria; dicha red, apodada Blackness, tenía la capacidad de enlazarse al sistema mundial Ununtrium, que regulaba las telecomunicaciones del planeta. De esa forma, espiarían con algoritmos complejos todas las comunicaciones de voz, mensajería de texto, hologramas y datos. Finalmente, hicieron lo que parecía imposible y, bajo el máximo secreto, utilizaron las redes móviles de los operadores de telefonía celular para activar un “oído” remoto. No solo las llamadas desde cualquier teléfono inteligente serían escuchadas, sino que cada aparato sería utilizado como un oído para escuchar todo lo que hubiere en el ambiente sin que su propietario lo supiera. Las voces se analizarían buscando patrones específicos para evidenciar posibles ataques. La gigantesca cantidad de información sería retrasmitida en tiempo real a un enlace satelital que no había sufrido daños con la tormenta solar y de allí sería rebotada hacia una estación europea, sede de la alianza tecnológica los Cinco Ojos,2 donde una computadora cuántica con potentes algoritmos de rastreo identificaría palabras claves. Este potente buscador fonológico separaría la comunicación basura de la susceptible de análisis, la cual se enviaría a otros equipos especializados ubicados en Israel, USA y Francia.

El día terminó rápido, el presidente salió en televisión informando que doce países se habían unido para buscar al terrorista que había herido a la nación. Señaló que pronto estaría tras las rejas. Fue enfático en esto último, hizo hincapié varias veces en que nunca se había utilizado la tecnología como se hacía ahora. Invitó a tener calma, puso en tela de juicio si todos los fallecidos eran culpables y merecedores de una muerte tan trágica, se puso del lado de las víctimas y de la libertad que merecían tener todos los ciudadanos. Finalizó el discurso con estas palabras: “Tengan por cierto una cosa, este país es un lugar de paz y ningún crimen quedará impune.”

Los hermanos Rojo Cabrales (Carlos y Emilio) apagaron la televisión después de la alocución presidencial. Estaban cansados de tanta arenga, de tanta promesa y sobre todo de tanta incertidumbre. Ambos se miraron y se sirvieron en silencio el último pedazo de torta que sobrevivía dentro de la nevera. Emilio, que vivía a dos cuadras de la casa de sus padres, había respetado la súplica de su madre para que pasara la noche con ellos, porque nadie sabía qué ocurriría al día siguiente, todos tomaban las precauciones necesarias para garantizar su propia seguridad. Lo cierto era que, al menos, no habría asesinos ni ladrones. Carlos pensaba ensimismado en Lucero, ella había tenido un ataque de nervios, su pesadilla se había hecho realidad y ahora no quería dormir, tenía miedo de volver a soñar y ver más gente muerta. Por otra parte, su madre Silvia Cabrales, acérrima católica, no paraba de rezar por vivos y muertos, y, culpando al gobierno, repetía a menudo que era una injusticia. Emilio estaba perdido en sus reflexiones.

—Emilio, ¿qué piensas?

—Miles se quedarán sin empleo.

—¿A qué te refieres?

—Si todos los bandidos van a morir este país no necesitará jueces, ni fiscales, ni abogados defensores, ni penalistas, ni cárceles. Tramitadores, asistentes, auxiliares, secretarias, mensajeros, comisionistas, psicólogos, policías, vigilantes y guardianes. Se quebrarán algunas cooperativas de transporte y otras tantas empresas de seguridad. Carlos, hay una red grandísima de oficios y de personas que viven del comercio que genera el crimen, yo soy uno de ellos, ¿entiendes el problema?

—Sí, hermano, te entiendo. Parece que el tejido de la sociedad que conocemos deberá hilarse con otros hilos. —Guiñó el ojo—. Es una oportunidad para que surjan otras ramas del derecho.

—No lo sé, hermano. Creo que se avecinan muchos cambios. —Hizo una pausa—. Mamá dijo que Lucero está enferma, de nuevo.

—Eso parece, somatiza todo lo que ocurre. Está muy angustiada y deprimida. Por ahora no quiere salir de su apartamento y para mí es mejor así porque evita peligros en la calle, me preocupa que no está durmiendo. A escondidas de sus padres toma pastillas para mantenerse despierta.

—Si no duerme se enfermará más.

—Lo sé. Pero no hay poder humano para hacerla entrar en razón. Dice que tiene premoniciones. Tiene mucho miedo.

—Yo sé lo que ella necesita.

—No empieces.

—Necesita conseguir empleo. Y rápido, a ver si deja de pensar en tantas bobadas. Me tiene el celular lleno de mensajes. Cada día me llega una alerta de desorden social recomendándome rutas alternas para evitar peligros. Le creí a los tres primeros y cambié de ruta para meterme en unos trancones… perdí horas de trabajo.

—Lucero es de buen corazón, no es por hacerte maldades. Además, ella tiene razón, ¿has visto las manifestaciones? Los desmanes en el Centro Médico de la Sabana dejaron una docena de heridos.

—Vi lo que ocurrió en las noticias. Hacía años no veía una manifestación de esa magnitud. El problema no son los manifestantes, son los anarquistas que aprovechan cualquier manifestación social para mezclarse y desahogar sus instintos bárbaros de piromanía y revolución.

Guillermo miró el reloj, eran las tres de la tarde. Suspiró y se acercó al ventanal del salón para fijarse en el firmamento. Una nube gris manchaba el cielo. Bostezó y se llevó una mano a la boca, luego musitó: “Te estamos esperando”, dando a entender que estaba preparado para otra lluvia de mensajes. En ese momento, se percató de que faltaba algo en el plan y llamó al jefe de la operación a la que denominaron Espectro. Su interlocutor, con acento alemán, no tardó en responder. No tenían cubierto el espacio aéreo, estaban tan enfocados en las señales que olvidaron el canal de propagación de las misivas. En ese momento entró Oscar Mena. El corpulento jefe de seguridad vestía un impecable traje negro, su grueso cuerpo era una masa de músculos que se tallaban en las madrugadas antes de salir para el trabajo. Traía un maletín que abrió sin dilación mientras saludaba. Extrajo una especie de cota de malla, parecida a la que usaban los caballeros en el Medioevo. Al sacarla la estiró para verla con detalle, el metal resplandecía con la luz. Fue tejido de manera fina por cientos de diminutos hilos plateados dispuestos de manera horizontal y apelmazados a tal punto que no dejaban estrías ni huecos. Guillermo sonrió.

—¿Quién saldrá a cazar dragones?

—Usted, señor.

Guillermo levantó las cejas desconcertado; en ese momento entró Juan Pacheco.

—Es un chaleco que bloquea rayos X, radiaciones alfa, beta y gamma. Será su protección contra ondas electromagnéticas —agregó.

El presidente, sin modular una sola palabra, lo vistió; era ligero y no impedía sus movimientos. Miró su abultada apariencia en un espejo y notó que la prenda no favorecía su aspecto; cuando regresó la mirada, Óscar Mena se había marchado.

—Señor, el chaleco es de uso permanente.

—¿Tendré que dormir con esto?

—Por el momento sí, no sabemos cuándo atacarán de nuevo. También es inoxidable —Se le adelantó a la siguiente pregunta—. Y lo puede usar al bañarse.

Guillermo hizo una mueca y estiró los brazos hacia el techo. En esa posición notó que el chaleco no era la prenda más cómoda que había usado y el roce con sus axilas le fastidiaba.

—¿Cómo sigue tu suegra? —Guillermo preguntó mirando hacia otra parte.

—Ya salió de la clínica. Pensé que nunca lo preguntaría.

—La bruja de Mery nunca me cuenta lo importante. Si fuera por mí la hubiera despedido hace meses, pero Gabriel insiste que ella es la única con la que mamá ha congeniado.

—Si olvida el detalle del pasado, Mery es una excelente enfermera. Y hablando de personas excelentes, le cuento que Ana lo llamó un par de veces, pero usted no contestó. Se puso furiosa como una adolescente que llama al novio y no lo encuentra.

—Vi las llamadas, pero estaba con los embajadores; ¿cómo está?

—Su hermana, como siempre, se desquitó conmigo, pero está bien. Indignada, porque usted no ha visitado a doña Margarita.

—Sabes, Juan, si Ana no fuera mi hermana me hubiera casado con ella. Es la mujer perfecta, cuídala que tienes un tesoro en casa.

—Comparto tu apreciación, si yo fuera otra persona también la elegiría. Ana también habla de usted como si fuera el mejor hombre del mundo. —Un trueno desgarró el cielo—. Guillermo, ella lo es todo en mi vida.—El eco de un nuevo trueno se propagó por el firmamento y, con tentáculos luminosos, golpeó los cerros orientales—. Le expliqué cuál era la dificultad y se tranquilizó.

—¿Le contaste?

—Solo lo que es público, lo que usted mismo dijo por televisión. Aun así, ella no se calmó. Está muy molesta.

—Sabes, Juan, a veces me gustaría enviar todo a la mierda, dejar la presidencia, olvidarme de la política y regresar a casa. Trabajar en el nivel más básico de la cadena productiva, no sé… ser mensajero, un conductor o mesero y gozar de la vida sencilla, tener menos dinero y menos problemas, ver en los ojos de otros la satisfacción de un servicio recibido, llegar a casa al final del día con la mente despejada, recibir un abrazo de mi esposa y una sonrisa de mis hijos… como era antes. Volver a sentarme alrededor de la mesa, al lado de los que amo y verles las caras mientras hablamos de insignificancias. Extraño cómo nos reíamos y cómo disfrutábamos las cosas más pequeñas. Ahora me siento como un traidor por darle mi vida a la patria y con ello perder mi vida. Ya no conozco a mi esposa y creo que por mi culpa está enferma, dejé de ver cómo crecían mis hijos y no sé siquiera cuál es su deporte favorito, mamá me odia y siento que Gabriel ora por mí todas las noches y yo sé que en verdad necesito de sus plegarias. No tengo tiempo para montar a caballo, hacer senderismo ni mucho menos para leer un libro. A lo sumo me mantengo pulcro, porque es necesario. Cargo con las necesidades de un país que a veces no entiendo y con el odio de la mitad de la nación por no darle gusto. Tengo la misma pesadilla recurrente todas las noches a pesar de los sedantes que Aravena me prescribió; cada noche un toro cornudo corre hacia mí y me embiste, clava sus astas en mi pecho y me levanta como si fuera un muñeco de trapo por los aires...al caer al suelo muero y en esa muerte despierto… en verdad que a veces, ni sé cómo llegué a ser presidente.

Guillermo había entrado en una burbuja de melancolía. Su asesor y cuñado lo escuchaba hablar y, con cada palabra, advertía cómo el presidente se hundía en desilusiones cada vez más amargas. Era la primera vez que ese hombre, tan admirado por Juan, se doblegaba en un mar de emociones truncadas, anhelos tan loables que los sintió como propios. Intentó darle aliento, pero antes de gesticular un solo vocablo advirtió por el ventanal una lluvia de papeles. Su mente apartó la nube de nostalgia que ensombrecía sus ojos y un brillo de aprensión encendió su rostro. Guillermo seguía abstraído, inocente de lo que estaba ocurriendo.

2 La alianza los Cinco Ojos nació de la intensa colaboración entre USA y Reino Unido en la segunda Guerra Mundial. Se especializa en la vigilancia y monitoreo de telecomunicaciones. La alianza está conformada por USA, Reino Unido, Australia, Canadá y Nueva Zelandia.

16. Tercera carta

¿Quién como Apolo, que siendo tortuga llegó hasta Dríope?

Pobre de ella, que no pudo convertirse en laurel,

mientras él, siendo serpiente, la tomó.

Sábado, 9 de septiembre.

Espectro trabajaba a toda máquina como un pulpo de cien brazos. Utilizaba todos sus tentáculos como interfaces tecnológicas para procesar datos. El artilugio tenía a su alcance el mayor potencial mundial para encontrar indicios; para hallar los aviones que habían esparcido por todas las ciudades el mensaje. Llevaban una hora en el centro de operaciones y aún no encontraban respuestas, los radares estaban ciegos, la perplejidad crecía a medida que el nerviosismo aumentaba. Entre tanto, siendo las cuatro con treinta minutos de la tarde, mientras se rascaba la cabeza, Guillermo leía por quinta vez el mensaje. Había bloqueado todas las llamadas a su línea personal, no quería distracciones de su esposa neurasténica ni de sus pequeños hijos alarmados. Toda su concentración estaba empeñada en entender el significado del mensaje.

El salón de mando estaba atestado, la gente iba y venía para todos lados mientras señales ininteligibles para el presidente aparecían en los monitores; se acercaba de vez en cuando a los científicos y preguntaba: ¿han encontrado algo? La respuesta siempre era negativa, se limitaban a mover la cabeza. A la quinta vez, los científicos le dieron a entender con gestos respetuosos que estorbaba, entonces se retiró hacia una sala alejada. Juan lo siguió; un viejo sofá negro de cuero recibió al presidente y su pesado cuerpo se hundió hasta estar confortable, se arrellanó y llevó ambas manos a la cabeza. Pensó en su madre y maldijo que no tuviera tiempo para visitarla.

—Señor, ¿se encuentra bien? —Guillermo estaba descompuesto y se veía vulnerable.

—¡Qué mierda está ocurriendo! ¿Cómo es que los radares no detectan nada?

—Detectan todo lo que pueden, señor, desde una parvada de aves hasta un leve cambio climático. Hay que tener paciencia.

—¡Paciencia!, no podemos tener paciencia cuando hay en juego cientos de vidas. Se supone que contamos con el mejor arsenal tecnológico del mundo y no tenemos avances. Has visto el salón… ¿lo has visto? Está lleno de adolescentes jugando con números y pantallas. Por Dios…, debemos reestablecer cuanto antes la normalidad ciudadana y poner a los responsables en la cárcel.

—La mayoría de los científicos son jóvenes, por eso no los satanice. Son los mejores en lo que hacen.

—Deberían hacer más. Son unos inútiles.

—Ha sido un mes difícil y está sometido a una gran tensión, debería dormir un poco.

—¿Quién puede dormir con esta puta malla? —Pacheco arrugó la frente y fue a sentarse en uno de los brazos del sofá. Hizo una pausa y continuó hablando—: todavía no sabemos quiénes van a morir, ¿verdad? —Lo expresó con tono de melancolía.

—Nadie lo sabe. Benoni Bachis viene de Italia y es el especialista en encriptología. Ya está trabajando en descifrar el mensaje, pero temo que no encontrará nada. Emocionalmente está trastornado, hoy le avisaron que la tormenta solar causó la muerte a un pariente cercano, un transhumano que tenía en la cabeza una antena y sensores en los oídos para escuchar cosas que nosotros no podemos. Todo eso es muy confuso para mí. En realidad, conozco solo las quejas de la mayoría sobre el ego de los transhumanos.

—Desde hace siete años el cyborgismo rompió los paradigmas que frenaban la inclusión social. Ha cogido tanta fuerza que la fusión humano-tecnología es una moda en ciudades como Londres, Tokio y Shenzhen donde existen centros tecnológicos avanzados para el diseño, fabricación e implantación de aditamentos cibernéticos. Además de la retrovisión, esos dos apéndices que mencionaste se volvieron los más comunes en los transhumanos y les dan acceso a una especie de sinestesia que les proporciona sentidos adicionales. La antena la usan para escuchar sonidos y traducirlos en colores, se llama sonocromatopsia. Es tan particular que los transhumanos que la tienen pueden distinguir el infrarrojo y el ultravioleta, colores que el ojo humano no puede ver. Los implantes auditivos se alojan en la cóclea y se unen al nervio auditivo con lo cual se amplía el rango sonoro, tanto que escuchan frecuencias que solo los gatos y los perros pueden oír. Uno de estos transhumanos, en una entrevista televisiva, dijo que ya podía escuchar toda la canción A day in the life de los Beatles.

—Pacheco, todo el mundo puede escuchar esa melodía.

—No es cierto, ningún humano podía escucharla, en su totalidad porque los Beatles añadieron al final de esa canción un sonido para que los perros la escuchasen.

—Qué locura, nunca había escuchado algo similar.

—No es una locura, señor presidente, es una genialidad. De hecho, en la actualidad hay por lo menos ocho bandas en el mundo dedicadas a componer música para gatos. Y según investigaciones científicas, estas mascotas disfrutan mucho de la música.

—Bueno, ya dejémonos de perros, gatos y transhumanos. Enfoquémonos en el mensaje. Benoni no podrá ayudarnos, así que por favor llama a Ana.

—Está en clase.

—Este asunto es más importante.

Juan tomó el teléfono y llamó a su esposa, Ana no contestó.

—Se lo dije, no contestará.

Guillermo sacó su móvil y le marcó. Ana contestó al segundo repique.

—¿Qué pasa Guillermo, es mamá?

—No, Ana, mamá está bien. Qué pena importunarte.

—Dime la verdad, ¿le pasó algo a mamá?

—No, Ana, mamá está bien. Aravena me contó que la nueva medicina ha obrado bien y poco a poco recupera la memoria. Sé que estás trabajando, pero este asunto no da espera.

—Guillermo, estoy a mitad de clase, ¿qué sucede?

—Perdona, es sobre el mensaje que cayó hace un rato, ¿lo leíste?

—¿Qué pregunta es esa? Claro que lo leí. Todo el mundo lo leyó.

—¿Sabes qué significa?

—Creo que sí. Aunque puedo estar equivocada, porque apenas reanudo mi devoción por la mitología.

—Será de mucha ayuda lo que me puedas contar.

—Apolo fue un dios olímpico. Uno de los dioses más cercanos a los mortales, tanto así que compartió con la humanidad tanto sus virtudes como sus defectos, a tal punto que se comportaba como un mortal. También se le atribuye ser el dios de la profecía, siendo el oráculo de Delfos el sitio profético más importante; recuerdo que de niña jugaba a ser su sacerdotisa. Es paradójico que cometiera crímenes nefastos, siendo él el canal por el que el hombre se hacía consciente de las faltas y siendo, a la vez, el medio de purificación. La historia cuenta que Zeus desterró del Olimpo a Apolo y este último tuvo que vivir como un mortal.

—Ana, tengo un poco de afán, por favor ahórrate la clase de historia. Ve al grano, ¿qué significa el mensaje?

—Apolo se encaprichó de una hermosa doncella llamada Dríope y, convertido en serpiente, la violó. La mención del laurel es porque la ninfa Dafne también sufrió el mismo acoso lascivo de Apolo, pero escapó gracias a que invocó el favor del dios de los ríos, Peneo, y la convirtieron en laurel.

—Gracias, hermana, sigue con tu clase, no te quito más tiempo.

Guillermo miró a Juan con expresión de victoria.

—Ya sé quiénes morirán, lo escribió en un papel y se lo mostró a Juan. —Pacheco sopesó la información y en su mente echó cálculos del número de posibles víctimas—. Quiero que Ana trabaje con el equipo. Seguro Benoni aprenderá mucho de ella.

—Guillermo, no lo creo conveniente. Ana no puede trabajar con ellos.

—Me parece que sí, Juan. Ella es una científica y apuesto que su formación académica no la tienen esos mocosos.

—Si lo hace pone en riesgo de muerte a su propia hermana y a mi esposa, ¿es capaz de hacerlo? —Guillermo se quedó callado. Juan no supo si ese silencio era una afirmación. —Me opongo y si insiste, yo renuncio a trabajar con usted y a considerarlo parte de mi familia.

Guillermo observó a Leopoldo que entraba arrastrándose como culebra por el pasillo, escrutó el aspecto singular que ofrecía y se le hizo como una representación de la mortandad. El largo rostro lánguido y pálido sostenido por un cuerpo de alfiler le daba una apariencia cadavérica. El problema con sus lagrimales le dibujó ojeras grandes como panda. Cualquiera diría que no había dormido por semanas y que se la pasaba llorando. En ese instante también llegó Elías Tobar; los cuatro se saludaron sin mucho protocolo; Leopoldo y Tobar se cruzaron una mirada cargada de misterio que el presidente no percibió.

—¿Y entonces? —Elías se rascó las cejas peludas.

—Es el mismo modus operandi, solo debemos esperar —respondió Guillermo con plena certeza.

—¿Qué significa el verso?

—¿No lo sabes? —inquirió Juan.

—No. —Leopoldo respondió a la vez que levantaba los hombros, Elías tampoco lo había descifrado y se mostró interesado.

—Que les sirva de terapia mental, a ver si despiertan una neurona por lo menos. —Guillermo sonrió.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
693 s. 6 illüstrasyon
ISBN:
9789585331839
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar