Kitabı oku: «Árboles sin sombra»
Narrativa
ÁRBOLES SIN SOMBRA

ESTE LIBRO OBTUVO LA BECA DE CREACIÓN DEL CONSEJO NACIONAL
DE LA CULTURA Y LAS ARTES, FONDO NACIONAL DE FOMENTO DEL LIBRO
Y LA LECTURA, CONVOCATORIA 2016.
ÁRBOLES SIN SOMBRA
© GRACIELA PINO GAETE, 2016
Inscripción Nº 252.328
I.S.B.N. 978-956-260-831-2
© Editorial Cuarto Propio
Valenzuela Castillo 990, Providencia, Santiago
Fono: 22 792 6518
www.cuartopropio.cl
Diseño y diagramación: Alejandro Álvarez
Impresión:
Fotografía. Catalina Díaz.
IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE
1ª edición, septiembre de 2016
Queda prohibida la reproducción de este libro en Chile
y en el exterior sin autorización previa de la Editorial.
Para Camila, Javiera, Catalina, Nicolás, y Claudio
El desorden aumenta con el tiempo porque
nosotros medimos el tiempo en la dirección
en la que el desorden crece.
S.HAWKING
UNA BELLEZA PARTICULAR
–¿Qué? ¿Qué pasa?
Jorge despierta de madrugada sobresaltado. Se sienta en la cama mareado por la resaca. No vienen a él imágenes de sueños violentos ni el recuerdo de ruidos repentinos. Resopla para sacarse el susto. Quiere seguir durmiendo. Deja caer su cabeza sobre la almohada, todo el peso de su gran cabeza pelona. Mira el cielorraso que se va tiñendo de rojo, amarillo, verde; recuerda que en la esquina hay un semáforo, que está en la casa de sus padres y ellos no están hace mucho, que el dormitorio y la cama que lo acogen son su rincón de juventud, y la casa. Qué pena verla así. Cuando había llegado la noche anterior lo constató. Las paredes de la entrada descascarilladas por la humedad dejando ver el rastro de colores del pasado, capas de pigmentos entremezclados con recuerdos que él miró al llegar a medianoche, borracho y triste. Ahora al despertar mira otra vez la casa y apenas la reconoce y no puede creerlo. La casa abandonada de sus padres. ¿Tantos años han pasado? Las baldosas de la entrada están quebradas, se levantan por aquí y por allá como queriendo huir del abandono, pero son las raíces del gomero que él plantó junto a su madre que empujan desde abajo, y muestran que la vida sigue su curso a pesar de las ausencias: de la madre muerta siendo aún joven, muchos años después el padre. El gomero ya es un árbol robusto, frondoso, salvaje; un animal solitario que golpea las paredes cuando hay viento, rompe las tejas, extiende su sombra dejando una mísera entrada al lugar, y se arrastra sobre el tejado buscando donde echarse a descansar. Tal como lo hace él ahora caminando por la casa, subiendo al segundo piso, y tumbándose vestido. Ya no está en su casa; Laura sí, y el perro de ambos, y el canario.
Ya no te quiero: las palabras de Laura de la noche anterior. Ya no te quiero aquí: las palabras del padre otra noche hace muchos años. Eres mi único hijo: las palabras de la madre rogándole que no se marche de casa, la casa de los tres.
Cierra los ojos y se tapa la cara con las manos. Empezar de nuevo o terminar de una, con todo. Resopla. Inspira. Un aroma a café recién preparado entibia algo en su recuerdo: voces que suben trotando por las escaleras. Baja ya, Jorgito, llegarás tarde al colegio (la madre). Y él que se despereza a duras penas sin ganas de levantarse porque el colegio no, no es lo suyo. ¿Para qué? Estudiar tantos años para terminar ganando un sueldo de miseria como su padre. Esa no es vida, no su vida. O bajas ya o te vas en bus, te doy cinco minutos. Tú no tienes remedio (el padre). Resopla. Inspira. El aroma a café sigue en el aire y llena sus pulmones. Se levanta lentamente, camina hacia la puerta en puntillas. Se asoma por la baranda de la escalera y ve que un haz de luz fluorescente se cuela por la rendija de una puerta que ya no es tal, es solo un montón de tablas mal clavadas sobre lo que fue una puerta; la recuerda alta, blanca, con una campanita de bronce sonando al entrar en la cocina.
Baja la escalera saltando el peldaño que él sabe que cruje, quizá con el tiempo transcurrido cruje mucho más. Se acerca sigilosamente a la puerta tapiada. Escucha ruidos. Mira hacia los lados buscando algo para defenderse, pero la penumbra solo deja ver caprichosas siluetas de muebles que semejan personas sentadas allí, a oscuras, esperando. Lo recorre un escalofrío. Qué puede querer un ladrón en una casa herrumbrosa. Se acerca un poco más a la puerta. Espía por la rendija. Se sobresalta al ver en la cocina a una mujer que va y viene a sus anchas. Le parece bajita, delgada, ni linda ni fea. Más joven que él, pero nada del otro mundo. No es su tipo. Ella mueve la cabeza al ritmo de la música que sale de sus audífonos, muerde un trozo de manzana mientras vierte café en una taza. Sobre una silla descansa un bolso del que sobresale un rollo de terciopelo rojo. La mujer tira el resto de manzana y se sienta. Bebe su café acompañado de galletas de arroz con mermelada. Esas asquerosas galletas. Jorge está convencido de que no se puede confiar en las personas que comen esas cosas. Tampoco en las que se cuelan en casas ajenas como si nada. La mujer mira su reloj. Se levanta rápido. Prácticamente arroja la taza y el platillo al lavaplatos. Jorge mueve la cabeza con desagrado. Ella no aprendió a cuidar las cosas. Le parece ver los platos y cubiertos antiguos que él ha ido recogiendo de las calles por años, que han ido ocupando espacio y ganando polvo arrumbados sobre el refrigerador, junto a la lavadora, arriba del microondas, en cualquier rincón donde los pueda ver, porque las cosas antiguas atesoran una belleza particular frente a la cual él, simplemente, sucumbe. Belleza, dices, belleza, no seas ridículo (Laura). La mujer toma el bolso, apaga la luz y sale a la calle. Él corre hacia la ventana del living, quiere ver quién es, hacia dónde camina o si alguien la recoge, pero la ventana del living está tapiada, también la ventana que da al comedor. Solo la puerta principal permite la entrada y la salida a ese lado de la casa. No saldrá, no quiere que ella lo vea. Vuelve a la puerta de la cocina, mira por la rendija. Quizá podría sacar las tablas y recuperar ese espacio. Se arrepiente enseguida, el lugar que lo acoge en ese momento es su lado de la casa. Por suerte siempre lleva su llave junto a un amuleto con forma de luna creciente. Guárdalo, por si algún día vuelves (la madre). Deambular borracho y con lo puesto por esas calles húmedas y solitarias tratando de entender cómo se acaba el amor no es lo suyo. ¿Qué hará Laura con mis cosas?
Quiere saber más, ¿quién es ella? Espera un rato, no vaya a ser que a la okupa se le ocurra devolverse. Personas así son impredecibles, y pueden ser peligrosas. Sale al antejardín por la puerta principal agachado junto a la pared para que ningún vecino madrugador lo vea, entra al patio de la casa cruzando una pequeña reja de fierro. La puerta trasera de la cocina está sin llave, nunca la tuvo. Mira el pequeño surco que se dibuja desde esa entrada hasta el portón de atrás, un breve camino que se resiste a ser tragado por toda esa maleza que crece a destajo. La senda de la okupa. Entra sigiloso a la cocina tomada por esa extraña y enciende la luz. ¿Y si hay alguien más? No hay nadie. Están la mesa y las sillas de toda la vida, la cocina enlozada en blanco, la máquina de moler carne adosada en una esquina. Tus tiernas albóndigas, mamá. Y un poco más allá, junto al refrigerador, un calendario amarillento marcando el mismo año en que murió su padre. El tiempo es una foto. Se acerca a la cocina y huele el jarro de café. Aún está caliente. Se sienta en una silla que cruje bajo sus setenta y más kilos. Pon la mesa, hoy comemos aquí (la madre). Llora, se limpia los ojos con las manos sucias, como cuando era un niño. Llora. Se limpia los mocos con la manga de la camisa. Llora. Llora. Llora. Amanece. Mira la puerta del dormitorio de servicio. Entra. Un cobertor amarillo con flores rosadas, lilas y moradas se amontona sobre unas sábanas verde limón. Estos colores chillones no pueden ser de la mamá, son de la okupa. En el baño hurga entre cremas y potajes varios, la colonia huele a flores dulces y el cepillo de dientes está devastado, abierto en la mitad. Toma la peineta y la mira a contraluz. Tiene el pelo negro, muy negro, ensortijado. Pasa la peineta cerca de su nariz. No te metas en mis cosas (Laura). Suelta la peineta y sale rápido. Pone un poco de agua fría en el resto del café y se sirve una taza con mucho azúcar. Rebusca y encuentra cereales, papas fritas y nueces. Toma un poco de cada cosa. Para que no se note. Apaga las luces, sale al patio, orina largo junto a un árbol. Vuelve rápidamente a su lado de la casa.
Sentado en la cama come nueces y papas fritas mirando las paredes que aún cargan el color de aquellos años, pero vaya que lucen avejentadas, como él. Se tira de espaldas sobre la cama dispuesto a dormirse. Aún está algo borracho. Que descanses, hijo (la madre). Sonríe. Nunca llegarás a ningún lado (el padre). Se pone en posición fetal y se tapa hasta la cabeza.
Lo despierta un olor a ajo frito, pero él no lo sabe hasta que abre los ojos e inspira hondo. Saliva abundantemente. La cena esta lista (Laura). Se levanta de un salto y mira el suelo que pisa: un pedazo de alfombra desgastada y polvorienta. Está en la casa de sus padres. Se acerca a la ventana. Ya no te quiero, ya no soporto tus cosas (Laura). Le parece ver sus cosas en el living de la casa, en el dormitorio, en la cocina, en la bodega, en el patio. Abandonadas a su suerte. No quiere perder sus lámparas de todos los colores y tamaños, sus libros viejos, sus vinilos, sus muebles antiguos, el paragüero apolillado que cada semana revisaba fielmente para matar una que otra termita glotona. Bebe el resto de café. La taza. La okupa puede darse cuenta de que falta. No importa, es mi vieja taza. Baja en puntillas nuevamente y se instala tras la puerta tapiada. La mujer va en camiseta y calzones. Ahora le parece linda, las piernas, sobre todo, aunque sean cortas. Ella está escuchando música con volumen bajo. Tararea de tanto en tanto y mueve las caderas siguiendo el ritmo. Prueba varias veces la comida que prepara en una olla. ¿Me veo linda? (Laura). Sonríe viendo en las piernas cortas de la intrusa las piernas largas y tersas de su mujer. Debo hacer algo. No hace nada, salvo mirar por la rendija, salivar y aguantar los retortijones que pinchan y hacen ruidos crecientes en su barriga. Tiene que volver a su casa, porque también es su casa. Debe hacer algo con la intrusa también, pero ya verá, ya verá.
Se prepara para salir. Espera a que la okupa lave la loza, entre al baño, haga ruido. Ella entra al baño y él sale cerrando la puerta con llave, despacito. Se baja un poco la gorra. No quiere que lo vean, que lo reconozcan, tener que aguantar la buena cuna de los vecinos viejos saludando, ¿cómo va la vida, Jorgito? Y él: bien, bien. Mentira. Se necesita energía para mentir y él no la tiene. Solo le va quedando lo justo para volver, suplicarle incluso a Laura, jurar que se puede empezar de nuevo. Se lo dirá suavemente, con cariño, con palabras elegidas con pinzas como si de escribir un poema se tratara. Te amo, Laura. No, tiene que ser más esponjoso, envolvente, menos directo. Sube al bus y no paga el pasaje. Para qué, muchos no lo hacen. Entra a presión entre esos cuerpos apretujados, siente alientos en su cara, en su nuca, en una oreja. Se agarra a un pasamano junto a otra mano sudorosa como la suya, pero de mujer. Mira la cara de la mujer y se encuentra con sus ojos. Los rehúye y mira más abajo, se encuentra con el pronunciado escote de la mujer. Se pone nervioso. Levanta la vista y ahí están los ojos de nuevo. Gira la cabeza hacia un lado para buscar algún punto en el techo donde detener la mirada. Pero sus ojos vuelven pertinazmente al escote, luego a los ojos de ella, y al techo otra vez. Así varias veces. ¿Qué tienen los pechos de una mujer que tiran tanto? Le duele el cuello, se mueve un poco para darle la espalda. Logra ponerse de medio lado, la cadera girada hacia la izquierda, los hombros hacia la derecha.
Cuando llega a su casa, de la que ha salido la noche anterior, ya es media tarde. Le duele la espalda. Laura tendría que estar ahí. Pero no hay ni una señal de vida. Saca su llavero y trata de abrir la puerta, no puede. Intenta con otra llave y tampoco. Cambió la chapa. Pero si es mi casa también. Se encarama en la reja que da al patio, puede ver la montonera de cachivaches que se apilan por aquí y por allá: bicicletas antiguas, columpios de niños, caballitos de madera, sillas, mesas, esculturas, piedras talladas, y más. Mis cosas siguen ahí. Suspira aliviado. Esas no son cosas, son basura, basura, basura por todos lados (Laura). Mueve la cabeza apesadumbrado. Cuándo me vas a entender. Silba para llamar al perro, pero la mascota no viene. Orex, Orex. Podría romper la chapa, entrar y recobrar sus dominios. Búscate un lugar para vivir, esto se acabó (Laura). Podría saltar la reja y entrar igual y esperarla en la terraza, pero la reja es alta y de puntas aguzadas y él está muy gordo y ella ha sido tan enfática, cruel. No quiero verte en la vida (Laura). Se restriega los ojos, agita la cabeza. Un mal día lo tiene cualquiera, yo puedo perdonar, sí que puedo, ¿puedo? La llama por teléfono. Este número ha cambiado de dueño (el contestador). Lo intenta dos veces más. Nada. Se sienta en la acera a esperar. Laura no viene. Si al menos me diera el canario. Vuelve a la casa abandonada de sus padres.
Por el camino compra algo para comer. Come mientras camina, mientras va en el bus, mientras se acerca a la casa. Camina lento por esas calles de su infancia. La esquina para jugar a la escondida, la de su primer beso, la de su estreno a los puñetes y el ojo en tinta, la plaza para el fútbol. Solo cuando llega a la puerta y saca la llave recuerda a la okupa. Abre despacito. Se acerca lentamente a la rendija. Solo puede ver el perfil de los muebles de cocina apenas dibujados por una luz que llega del otro lado de la calle. Debe estar durmiendo. Sube al dormitorio. Se sienta sobre la alfombra y sigue comiendo. De repente le da por mirar debajo de la cama. Saca de allí varias cajas de zapatos llenas de diferentes cosas: soldaditos, canicas, postales, servilletas, llaveros, botellas, revistas. Una seguidilla de colecciones. Un sudor tibio empieza a mojar su frente, las manos, y hasta los pies. Mis cosas, mis primeras cosas. Han pasado unas cuantas horas desde que está ahí, pero recién ahora se va sintiendo en casa, de vuelta en casa. Entusiasmado rebusca en armarios y cómoda, la alfombra va quedando cubierta de cosas y más cosas, hasta que ya no tiene donde sentarse y se instala en la cama. Cruza las piernas a lo indio, lo mejor que puede, o lo mejor que le permite su abultada barriga. Contempla sus reliquias, imagina las que pueden venir, el cuarto lleno de ellas rodeándolo. Una suave tibieza se va extendiendo por su cuerpo. Se recuesta de lado sin dejar de mirar sus pertenencias y se va durmiendo.
Lo despierta un ruido. Varios ruidos. Al levantarse pisa una de las cajas de zapatos con sus colecciones. Cruje. No. Se deja caer en la cama y levanta los pies. Revisa el contenido de la caja, algunos de los soldaditos están rotos, pulverizados. No, no. Los roza suavemente con la punta de los dedos, se lleva los dedos a la nariz. Huelen a plomo, a piedra, a una montonera de años perdidos. Vuelven los ruidos. Pone la caja sobre la cama, se abre paso moviendo delicadamente sus cosas hacia los lados. Un sendero estrecho se va formando desde la cama hasta la puerta. Baja al primer piso con movimientos sinuosos, apenas perceptibles, como un tigre al acecho. Se para junto a la rendija y mira a la mujer. Ella está terminando aretes de cobre y alpaca, los va enganchando en el paño de terciopelo que saca del bolso. A ratos le da un mordisco a un pan que tiene sobre un plato, a ratos bebe un sorbo de café, a ratos se levanta y camina de un lado a otro de la cocina, en actitud reflexiva, o preocupada. Parece aburrida. De pronto enrolla el paño con los aretes y lo mete en el bolso. Guarda el trozo de pan en una bolsa y entra al baño. Él puede distinguir el perfil de sus nalgas cuando se agacha para algo. Trata de acomodar un poco el ojo para ver más, pero no lo logra. Escucha el ruido de la ducha e imagina el agua cayendo sobre su pelo negro, obligándola a cerrar los ojos, refrescando su cuerpo. ¿Hace cuánto que no me ducho? Le gustaría meterse bajo el agua y sentir el mismo frescor. Pero no puede, no mientras ella esté en la casa. Sube y entra al baño, rebusca en el botiquín con espejo. No hay champú, ni pasta de dientes, solo un pedazo de jabón resquebrajado y una peineta ennegrecida entre los dientes. Vuelve al dormitorio, sonríe al ver sus colecciones sobre la alfombra. Un pitido le avisa que su teléfono está a punto de quedarse sin batería, toma la chaqueta rápidamente y busca nervioso el teléfono para que no vuelva a sonar. Lo encuentra y lo pone en silencio. Saca el cargador de un bolsillo y lo enchufa y carga. Revisa por si hay algún mensaje o llamada perdida. Laura no ha llamado. Se acuesta otra vez pensando en cómo hacer para convencerla.
Lo despierta la claridad del día, o quizá el ruido de una rama del gomero que golpea suavemente la ventana al ser mecido por el viento. Las plantas se comunican de una sutil manera (la madre). Él debe lograr lo mismo con Laura. Busca en su ropero de tres puertas algo de ropa, encuentra polos, camisas, pantalones; cada prenda tiene tres tallas menos. Se sienta en la cama, se agarra el trozo de barriga grasienta que sobresale del pantalón, lo aprieta con fuerza hasta dejar la huella de sus dedos sobre la piel. Pone toda esa ropa sobre la cama y sigue hurgando en el ropero. Un buzo deportivo de algodón le va bien, algo ajustado, pero entra, igual que la chaqueta a juego, y las zapatillas. Tiene hambre. Busca los restos de la comida que compró ayer, solo queda un trozo de hamburguesa con el kétchup reseco. Se lo come igual. Sigue con hambre. En el baño bebe agua en cantidades. Necesita un café, y huevos, una fruta. La okupa. Toma el teléfono y baja lentamente las escaleras. Mira por la rendija. Espera varios minutos, la mujer no está allí. Vuelve a caminar medio agachado por el costado de la casa y entra a la cocina. Busca en el refrigerador, hay cinco huevos. Uno, solo uno. Lo prepara revuelto y lo come con un pequeño trozo de pan. Bebe un poco de café, está frío pero es igual. Una manzana y un plátano son las únicas frutas. No, ella lo notaría. Lava la paila del huevo meticulosamente y la deja en su lugar. Sale a la calle reconfortado, ensayando palabras, frases rebuscadas, alguna promesa para Laura.
Se detiene frente a su casa. Llama a Laura, solo escucha la voz calentona del contestador. Cabreado, deja un mensaje: Quiero mis cosas, y el canario, al menos. Intenta nuevamente con la llave. Nada. Se encarama en el borde de la reja y mira al patio. Sus cosas aún están ahí. Laura no. Un vecino se acerca a saludarlo. Se baja de la reja intentando inventarse una buena excusa.
–Hola Jorge, ¿te quedaste afuera?
–Sí, qué rabia. Laura está de vacaciones, y mi llave se estropeó, o la chapa.
–¿Y qué harás?
–Volver con Laura. Quizá la de ella funciona. Dejaré lo que vine a hacer para otro día.
–Seguro, sin poder entrar, te quedas en la calle.
El vecino sonríe. Jorge intenta una sonrisa. Se despide. Antes de perder de vista su casa se vuelve y la mira, es nueva, blanca, de un piso. Hay dos plantas desfallecientes en unas pequeñas macetas, junto a la entrada. Laura no habla con las plantas. Enrumba camino a la vieja casa de sus padres pensando en aquella entrada cubierta por el gomero. Es bella. La imagina como la entrada en una caverna, pero no cualquier caverna. Se sienta en la parada del bus pero no se sube a ellos, los va dejando pasar, los cuenta, compara los colores, calcula lo viejos que son por la carrocería soltando quejidos al pasar sobre la calle trizada. Mira a la gente que sube y baja con cara de agobio, una mujer carga a un niño, el pequeño lo saluda de repente con la manito, le sonríe, Jorge también. Ojalá crezca lento, ojalá no pierda la sonrisa. La madre se aleja con el niño que alcanza a mover la manito hacia Jorge una vez más. Algo de eso lo reconforta, se levanta y echa a andar. Por el camino se encuentra junto a la basura un cacharro de greda con forma de pato y dibujos indígenas. Le brillan los ojos. Se lo queda mirando un rato antes de recogerlo, lo toma rápido para que otro no se atreva a arrebatarle ese tesoro. Ya es su tesoro. Camina hacia la casa vieja cada vez más entusiasmado. Ya sabe dónde pondrá el cacharro, en su velador, junto a la cama, muy cerca.
Cae la noche cuando llega a la entrada de casa. Mira el gomero, la puerta apenas perceptible bajo el árbol. Es mi caverna. Entra rápido haciendo un mínimo ruido. Deja cuidadosamente el cacharro de greda sobre un peldaño de la escalera y se asoma a la rendija. Huele a comida, una sopa de pollo, quizá. Saliva. En media hora comemos, Jorgito (la madre). Tendría que haber comprado algo por el camino, pan al menos. Huele sabroso y la okupa no está. Traga saliva. Podría entrar rápido y sacar algo, solo un poco. ¿Y si vuelve justo en ese momento? La echaría, es lo que corresponde. No, no sabe si lo haría. La casa huele a hogar y es por ella. Una ligera nausea lo pone mal. Tiene que comer algo, pero no quiere salir a la calle otra vez, ha caminado mucho, está cansado. Sacaré un poquito, lo justo, que valga como alquiler. Se acerca rápidamente a la cocina mirando al fondo del patio, la ruta de la okupa. Nadie por ahí. Inspira hondo al entrar. El caldo está tibio, mete una cuchara y sorbe con placer. Es de pollo, sí. De hígados de pollo en realidad. Toma uno entero y se lo mete a la boca, la textura pastosa se le antoja un manjar, y pensar que de niño nunca le gustaron esas menudencias. Se mete otro en la boca. Ya está, ya está, que lo va a notar. Sorbe otro poco de caldo, toma un trozo de pan y saca cuatro granos de uva de un racimo que está sobre la mesa. Antes de salir corriendo ve sobre un mueble alto la palmatoria que usaba su madre en los tiempos de cortes de luz y toque de queda. Cuándo se va a acabar todo esto (la madre). Recuerda a la vieja rosario en mano pidiendo cada día paz en la humanidad. No sirvió de mucho, mamá. Toma la palmatoria y vuelve a su lado de la casa. Sube al dormitorio con sus dos nuevos hallazgos, los pone sobre el velador, junto a los granos de uva y el pan. Se recuesta mirándolos. Se duerme. Despierta con el olor a sopa. Llegó. Come un grano de uva. Baja y se para junto a la puerta. La escucha tararear una melodía pegajosa. Parece que le fue bien el día. Cuando acerca el ojo a la rendija puede ver la perfecta desnudez de la mujer. Se sobresalta. Se aleja un poco. Duda si seguir mirando. Se voltea y se encuentra con la imagen de los sofás en la penumbra, esperando. No me dirijas la palabra (el padre). Vuelve a la rendija, a la luminosidad de ese cuerpo desnudo aún húmedo de ducha. Ella apaga el fuego de la cocina, se sirve sopa. Él cruza los dedos pidiendo un poco de suerte. Que no note el robo. Ella vuelve a meter el cucharón, como revisando, chasquea la lengua y se sirve otro poco. Bien, bien. La mujer come pausadamente al tiempo que va pasando las páginas de una revista. Sus pechos tiemblan cada vez que lo hace. Jorge los imagina tibios. Cuando termina la sopa come algunos granos de uva, deja el plato en el fregadero, apaga la luz y entra al baño. Tararea. Luego se va la cama. Él se vuelve y mira los sofás sin querer verlos, sube rápido pero sigiloso a su cama. Despierta antes de que ella salga, aún está oscuro. Huele el aroma a café que ya inunda su lado de la casa. Se queda mirándola. Ella se sienta y se pone un calcetín, el dedo gordo se le escapa por un agujero, mueve la cabeza con desagrado. Gira la punta del calcetín y la dobla un poco hacia abajo, se pone la zapatilla. Su paño de terciopelo con aretes está sobre la mesa. Vende eso de noche. Por la mañana qué hará. Ella alcanza su bolso y sale. Él espera lo justo, va a la cocina y bebe café, busca las nueces y come dos. Se acerca a la cama en la que ella duerme, mira la huella de su pequeño cuerpo sobre las sábanas, roza la almohada suavemente, la huele; el perfume dulzón le recuerda algún tipo de caramelo, otra edad de su vida, la mejor de su vida, quizá. Vuelve al dormitorio pensativo. A nadie le falta Dios (la madre). Limpia su cacharro de greda con una camiseta, lo hace con verdadera dedicación, lo vuelve a su lugar. Se da una larga ducha sin dejar de pensar en los pechos temblorosos de la okupa.
Sale rumbo a su verdadera casa. Ya no piensa tanto en palabras bonitas. Quiere algunas de sus cosas, el canario ya no, no puede, la okupa lo escucharía trinar. Cuando se va acercando a la casa escucha el ladrido de Orex, el perro ladra porque sabe que Jorge se acerca, lo sabe desde que su amo se baja del bus tres calles más arriba. Se le ilumina la cara cuando ve a su perro. Mete la mano por entre las rejas y le rasca la cabeza. Laura lo observa desde una ventana, se esconde rápido detrás de las cortinas, pero Jorge la ha visto. Toca el timbre muchas veces. Nada. Deja el dedo pegado al timbre. Hasta que se funda o hasta que salgas. De pronto se abre la puerta.
–Ya basta. ¿Qué quieres?
–Quizá a ti no, así no.
–¿Qué dices?
–Mis cosas, quiero algunas cosas.
–Ya estás con eso. Las voy a tirar.
–No te atrevas a tocarlas.
Laura se acerca a la reja y abre. Orex se le tira encima a Jorge. Quién fuera perro, mi amigo. Lo abraza, le soba el lomo. Entra en la casa sin mirar a Laura. Toma dos maletas que va llenando con algo de ropa, sus vinilos, libros, adornos, tres pequeñas lámparas, una colección de lapiceros, lo que va pillando en el camino. Laura va tras él, en silencio.
–¿Dónde estás viviendo?
–Eso qué importa. ¿Te importa?
Laura se da media vuelta y lo deja solo. Él guarda algo más y toma las pesadas maletas. Sale a la calle sin decir nada. Ella lo sigue, se detiene en la puerta de la casa. Orex se acerca a su amo y lo olisquea. Jorge deja las maletas en el suelo y lo abraza.
–Si quieres te llevas el canario.
–Que cante para ti.
–Lo hará. ¿Y las demás cosas?
Jorge la mira desde la reja tratando de tranquilizar a Orex.
–Guárdalas en el pedazo de casa que me corresponde. Ya vendré por ellas.
Toma las maletas y se aleja pensando en sus nuevas cosas. Los ladridos del perro le causan un profundo malestar. Imágenes de cuando era un cachorro pasan por su mente como una flecha. Estarás bien, pero solo, esta casa para Laura no es más que un dormitorio. A duras penas llega a la casa vieja. Se la queda mirando parado en el antejardín. Mientras más descascarillada está la pintura en algunas zonas, más le gusta. Sube con dificultad al dormitorio. Pasa horas acomodando sus tesoros, hasta que ya no hay superficie donde poner algo más. El resto lo deja en el suelo, junto a sus colecciones de adolescente. El surco por el que transita de la cama a la puerta se va estrechando. Vigila que la okupa no haya llegado, se da una ducha para quitarse el polvo y el sudor. El hambre arremete de nuevo. Tendría que haber comprado comida, siempre lo olvida. Se come los granos de uva que quedan y el trozo de pan. Sale al pasillo, camina en dirección contraria a la escalera, se detiene frente a la puerta del dormitorio de sus padres. ¿Por qué siempre lo estás humillando? (la madre). Porque se lo merece (el padre). Quizá pueda entrar en algún momento, quizá no. Las cosas que están ahí adentro no son suyas, nunca lo fueron. Vuelve a la rendija. Ella no está. Se queda sentado en la escalera sin mirar los sofás. Espera. Llega la noche y ella no viene. Poco a poco y de reojo empieza a mirar esos sofás en penumbra, la oscuridad parece agrandarlos. Qué le pasa con esos muebles si nunca le tuvo miedo a la oscuridad. Será que no son sus cosas. Ya es hora de que te vayas, el tren no espera (el padre). Esta siempre será tu casa (la madre). Ya es mi casa, mamá. Mira los sofás y recuerda: su madre y su padre sentados allí la noche de su partida. Es la última imagen que guarda de ellos. Se levanta y se sienta en el sofá de su padre, inspira y resopla purgando algo. La noche avanza de la mano con el sueño. Sube a acostarse.
Lo despierta un ruido. Por qué tiene que ser tan escandalosa. Pega un ojo a la rendija, se queda largo rato mirando. La mujer corta trozos de cobre con formas de corazón y tréboles de cuatro hojas. Los golpea para aplanarlos, los lima en los bordes y les hace pequeños orificios por los que pasa los ganchitos de los aretes. De pronto algo se agita en el hueco de la rendija estorbando su visión, algo que se mueve sinuosamente. Una araña.
–Mierda.
Se restriega los ojos. La araña huye. La mujer deja caer la lima de metal.
–¿Quién está ahí?
Él se tapa la boca, la aprieta con fuerza. Debe decir algo, mejor no. Se queda muy quieto deseando que la mujer haya confundido su voz con cualquier otro ruido.
–Si no se va, llamo a la policía. Ahora.
Toma el teléfono rápidamente, lo blande como una espada. Jorge se desconcierta. ¿A la policía? Pero si es mi casa.
–La policía para ti por violación de la propiedad privada –dice finalmente.
La mujer mira hacia la rendija, su bolso, la puerta de salida.
–¿Quién eres?
–El dueño de esta casa.
–No te creo, está abandonada hace años.
–Estaba.
–¿Cómo sé que eres el dueño?
–Porque yo lo digo.
–No basta.
No sabe qué decir. Esta nunca será tu casa, fuera de aquí (el padre). Un escalofrío lo remueve. Deja a mi hijo, no le pegues, no le pegues (la madre). No tiene escritura de propiedad, ni algún papel de herencia, nada. Si hubieras muerto después de él, mamá, yo habría vuelto.
–Hay fotos, hay fotos mías arriba, tengo un álbum.
La mujer se acerca lentamente a la puerta tapiada, mira hacia la rendija de lejos, luego de más cerca, cada vez más cerca.
–¿Y si eres un ladrón, un asesino?
Jorge suelta una risa que lo sorprende también a él, una risa cristalina, infantil.
–Me han dicho de todo, menos eso.
–¿Pero quién eres?
–Yo debería preguntar eso, tú eres la okupa. Eso es ilegal.
La mujer pone las manos sobre las tablas, está casi pegada a la rendija. Un ligero brillo en sus ojos delata miedo. Él sabe que puede provocar eso en las personas, y le gusta, pero no sabe por qué. Ya no puedo confiar en ti, nadie puede hacerlo (Laura).
–¿Qué haces aquí? –dice él.
–No estoy de vacaciones.
–Sin bromitas, eh.
–Apenas tengo dinero, soy del norte y estoy sola.
–Búscate un trabajo.
–Ya tengo uno, no alcanza. Y no puedo con otro.
–No es mi problema.
–No, no lo es.
Eres bueno, Jorgito, ya verás como las cosas te irán bien (la madre). Un zángano, eso es lo que eres (el padre). Se aparta un poco de la puerta, niega con la cabeza, mira la foto de boda apenas coloreada de sus padres. Yo no soy como él.
–¿Estás ahí? –dice ella.
Él acerca el ojo a la rendija.
–Cocinas bien.
–¿Qué?
–La comida que preparas huele sabroso.
–¿Hace cuánto estás aquí?
–Eso no importa. Te puedes quedar con una condición.
Ella achica un ojo, lo acerca a la rendija, parece querer verlo mejor, adivinar algo.
–Tienes que cocinar para mí.
–Pero si apenas me alcanza para comer.
–Yo compro, tú cocinas.
Ella se retira un poco. Sonríe levemente.
–¿Cómo sé si puedo confiar en ti?
–No sabes –dice él.
Ella vuelve a retirarse un poco, cruza los brazos bajo sus pechos, reflexiona.
–¿Por qué lo piensas tanto? –dice él–. No tienes adónde ir. Yo sé lo que es eso. Y es feo.
–¿Por eso estás aquí?
–Eso no te incumbe.
Ella asiente. Él mira como se restriega las manos, nerviosa.
–Te dejaría la comida en la puerta de entrada, cada noche. Porque estoy fuera todo el día.
–Como quieras.
–¿Como yo quiera?
–Sí, tú serás la mujer de la casa.
–No te pases.
–De tu lado de la casa. No está permitido que entres al mío.
Ella se acerca a la rendija, mira fijamente el ojo de Jorge.
–De acuerdo –dice–. Pero tampoco está permitido que entres tú a mi lado. ¿Vale?
–Vale. Otro punto: quizá vaya guardando algunas cosas en el patio, cosas que a ti te parecerán cachivaches, pero que para mí son importantes. Prohibido botarlas.
Ella se aleja de la rendija. Él observa su cabello negro, muy negro, ensortijado. Ya no te quiero, nadie me ha hecho todo lo que tú me has hecho (Laura).
–¿Qué pasa? –dice ella.
–Nada, nada, ya nos iremos conociendo.
LA MITAD DE TU VIDA
El teléfono sonó en el estrecho living de Marlén. Lo miró con desidia desde el sofá. Estaba echada hacía horas mirando el anguloso e inútil recorrido que hacían las moscas que se habían colado por la ventana sin cortinas. El teléfono dejó de sonar. Masculló: idiotas. El aparato volvió a sonar minutos después. Mierda. ¿Por qué no me dejan en paz? Se levantó pesadamente arrastrando las pantuflas hilachentas. Soy yo. ¿Quién más? Se quedó escuchando lo que decían al otro lado de la línea. Le hablaban desde el que fuera su lugar de trabajo durante algunos años. Pudo imaginar a su ex jefe apoltronado en su sillón; la barriga alcohólica subiendo y bajando pegoteada a su camisa cara. Se los dije cuando me echaron. ¿Lo recuerda? Les dije que yo no fui. Es más, lo juré. Se rascó la cabeza sucia de días sin ducha. Ni sé quién fue ni es mi problema. Investiguen. Lo de mi sueldo es lo justo. Deposítenlo. No volveré. Colgó. Y váyanse a la mierda.
Volvió a echarse en el sofá. Levantó un pie muy rápido y se deshizo de la pantufla que voló alterando el geométrico recorrido de las moscas; luego largó lejos la otra. Siguió dejando ir las horas como si el tiempo no pasara por ella. Como si la vida fuera eterna. Si yo pudiera volar como ustedes lo haría en línea recta, le dijo a las moscas, hacia algún lugar. A cualquier lugar. Fue cuando decidió viajar. Se levantó y se fue al baño. Llenó la tina con agua tibia y se quedó metida allí más de una hora.
La mañana del otro día salió del metro caminando despreocupadamente. Vestía jean, camiseta amarilla y zapatillas color naranja. Cargaba una mochila. Sobre la cabeza un gorro blanco con visera. En el terminal de buses se mezcló con los viajeros que iban y venían de diferentes lugares. Los envolvía un penetrante olor a fritanga que le abrió el apetito. Compró un cucurucho de papas fritas que anegó con kétchup y salsa de ají. Las fue comiendo mientras caminaba mirando las largas filas de gente agolpada frente a los mostradores de venta de pasajes. De tanto en tanto se chupaba los dedos a modo de servilleta. Me pondré en una de estas filas apenas se me acaben las papas fritas. Siguió caminando. Las papas se le acabaron frente a una fila que tenía unas doce personas antes que ella. Se detuvo. El letrero del mostrador decía: Viajes al sur. Cuando le tocó el turno de comprar su pasaje, la vendedora le preguntó: ¿Adónde va? Dónde usted quiera. Mientras más lejos, mejor. La vendedora se la quedó mirando como diciendo por favor no jodas. Luego le dijo: Puerto Montt es el destino final. Pues deme uno de esos. En el primer asiento del lado derecho, junto a la ventana. ¿Está libre? La vendedora asintió.
El bus partía en quince minutos. Aprovechó de comprar un botellín de agua, dos gaseosas, dos paquetes de galletas y una bolsita de maní. Se paró junto al bus. Se quedó mirando cómo la gente iba y venía de diferentes lugares; a casi todos les encontró cara de prisa, de ganas de llegar o partir, de agobio. Pensó que viajar era una manera de disfrutar y no un suplicio. Se prometió que ella no pondría las caras de los otros. Qué idiotas son. Ella se lo iba a pasar mejor que nunca. Subió al bus preguntándose por qué no había viajado más. Se acomodó en su asiento junto a la ventana. Puso el botellín de agua en el orificio para líquidos y la mochila bajo el sillón. Hecho. Viaje al sur. Movió la cortina aportillada hacia atrás y apoyó la cabeza en el respaldo seboso. No me perderé el paisaje por nada del mundo.
Un hombre subió al bus cuando ya partía. Se sentó jadeando junto a Marlén. Casi, casi, le dijo ella. Sí, dijo él, resoplando, gracias a Dios. Ella le sonrió y siguió mirando por la ventana. Se equivoca este tipo, Dios no tiene nada que ver con los atrasos. O uno sale más temprano o camina rápido o corre o toma un taxi. No hay más. A los pocos minutos sonó el teléfono del hombre. Era alguien que quería saber si ya estaba en el bus. Marlén recordó que su teléfono estaba encendido. No quería llamadas. Voy a desconectar de verdad. Sacó su teléfono y vio que tenía una llamada perdida de su madre. Mierda. La llamaré solo para que sepa que me voy por un mes. Y lo hizo. Fue breve y displicente; no iba a malgastar su tiempo en una mujer que dedicaba su vida al trabajo, y la poca energía que le quedaba al idiota que se había echado por novio. Colgó y apagó el aparato.
Había aprendido a ser autónoma desde pequeña. A vivir sola. Miró por la ventana y vio a un grupo de estudiantes esperando transporte. Recordó sus largas jornadas en el colegio, el bus escolar y su pan con queso, las tareas al llegar a casa, la consola de juegos. Y los pasos sigilosos de la madre cerca de las diez de la noche; el beso que solía darle en la cama cuando era pequeña y que recibía fingiendo dormir. La estela de su perfume. A medida que fue creciendo aquel beso desapareció. Y sus ganas de tener hijos o algo parecido a una familia, también.
Abrió un paquete de galletas y empezó a comer. No apartaba la mirada del paisaje. De las casas diminutas, grandes, de madera, de ladrillo, de adobe que veía ir hacia atrás como si viajaran al pasado, no a un pasado esplendoroso sino a uno que ya las había cubierto de polvo y años. Miró al hombre. Yo les daría una manito de pintura y sacaría los barrotes. Tanta reja por todos lados, parecen cárceles. ¿No cree que parecen cárceles? El hombre la quedó mirando ¿Qué cosa? Las casas. Apuntó hacia fuera. Tienen barrotes hasta en el techo, algunas. Parece que roban mucho por aquí, dijo él. Ya. Marlén le ofreció una galleta. Él la tomó, gracias. Se la fue comiendo de a poco. Ella siguió mirando y comiendo. ¿Sabe cómo se llama este barrio?, dijo ella. No soy de aquí, dijo él. Ah, vale. Yo soy de Santiago y tampoco sé. Creo que nunca he andado por ahí ni por muchos otros lugares; la verdad es que de Santiago solo conozco mi barrio, algunos de alrededor, el cerro Santa Lucia y el San Cristóbal, La Moneda y algún otro edificio emblemático. Y pare de contar. Es muy poco, ¿no cree? Eres joven, ya lo vas a hacer.
El bus se detuvo unos kilómetros más adelante, junto a un peaje. Subió una vendedora de dulces chilenos. Yo quiero, dijo Marlén, apenas la vio. Cuatro en mil pesos. Deme un cachito, dos empolvados, ¿estas empanadas de qué son? De pera. Quiero una de esas también. El hombre compró una bolsa surtida. Hace años que no como de estos, dijo, mientras masticaba un pastel. Están muy buenos. Puso la bolsa en el suelo, al lado de la mochila. Se sacó las zapatillas porque le ardían los pies. Hace calor aquí adentro, ¿verdad que sí? El hombre asintió. Pero no te desabrigues, que más al sur está lloviendo. ¿En serio? Quién lo diría, con lo lindo que está en Santiago. Mejor así, dijo él, y en buena hora, si no las cosechas… Se secan, dijo ella. Sí, o crecen muy poco, o todo se quema. Y está faltando el agua, hay lugares donde hace tiempo se secaron los pozos. ¿Por qué? Porque han plantado muchos bosques de pino y de otros tipos. De los que chupan mucha agua de las napas de tierra. Qué pena, ¿no? Hay que hacer algo. Siguen plantando bosques, dijo él, eso no tiene arreglo. Pues habría que hacer algo, insistió ella. Yo haría algo. El hombre se quedó pensativo. Marlén apoyó la cabeza en el respaldo y se fue durmiendo mientras pensaba que nunca habría imaginado que plantar un árbol pudiera causar daño.
Se soñó vestida de novia. Bajaba por un camino pedregoso y miraba cada tanto hacia atrás buscando a los invitados. Pero todos habían desaparecido. Entró a una casa grande en la que los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas. Miró a todos lados pero no había nadie. Fue pasando por muchas habitaciones, como si la casa fuera muy larga. En una de las habitaciones había un piano, se sentó y empezó a tocar una melodía. De pronto ramas de árboles empezaron a aparecer en las paredes, todas las paredes. Cuando fueron llenando la sala y acercándose a ella, se levantó y empezó a correr hacia la puerta, pero la puerta se alejó hasta desaparecer. Se arrimó a una pared y se tapó la cara con las manos. Las ramas de los árboles empezaron a trepar por sus piernas, a enredarse con los pliegues del vestido. Gritó. Despertó con el ruido de su grito. Mierda. Qué feo. ¿Te sientes mal? No, una pesadilla, qué susto. Hace mucho tiempo que no tenía pesadillas. No me gusta. Tranquila, ya la olvidarás, es lo bueno de los sueños, duran poco. Ella asintió. Los buenos sueños también, dijo. Tomó la botella de agua y le dio un largo sorbo. Ya vamos llegando a Chillán, ahí pararemos a comer. Qué bien, ya tengo hambre. ¿Falta mucho para Puerto Montt? El hombre la miró sonriendo. Falta mucho.
Tenían cuarenta y cinco minutos para comer. Bajó junto al hombre. ¿Vas al mercado?, dijo él. Ella se encogió de hombros. No sé dónde está. Es la primera vez que vengo al sur. ¿Ahí se puede comer? Sí, y muy bien, platos chilenos, sobre todo. Entonces vamos, ¿le molesta que vaya con usted? No. Lo que me molesta es que me trates de usted. Ah, okey. En el mercado estuvieron admirando algunos trabajos artesanales de gente de la zona. Ella se enamoró de un poncho de lana a rayas negras y blancas. Cuando vuelva me lo voy a comprar. Es lindo, dijo él, y abrigador. Le fue contando de dónde venían las artesanías que había allí. Le habló de pueblos perdidos entre los cerros que ella no sabía que existían, de los materiales que usaban, de cómo trabajaban la lana de las ovejas. Ella escuchaba atentamente, de repente le pareció que aquel hombre era un sabio. Me gustaría saber tanto como tú. En la cara del hombre apareció una sonrisa de satisfacción. Entraron a uno de los locales de comida y se instalaron en una mesa pequeña. Él pidió cazuela de pava con chuchoca. Ella lo imitó. Les pusieron un pocillo de greda con pebre y un canasto con pancitos amasados que comieron con ganas mientras esperaban los platos. ¿Te gusta la cazuela de pava?, dijo él. Nunca la he probado, la pedí porque tú la pediste. ¿Qué es la chuchoca? ¿Nunca has comido chuchoca? Nunca. Él sonrió. Pues es maíz muy chancado, pero sin que llegue a ser harina, es muy sabrosa. Les trajeron la cazuela humeante servida en platos de greda. Tremendo plato, dijo ella, yo no voy a poder. Pero pudo, y hasta chupeteó el hueso de la pierna de pava sacando los últimos hilillos de carne con los dedos. Eres golosa. Depende, dijo ella, con una sonrisa pícara. Caminaron en silencio hacia el bus. Sacó una chaqueta de su mochila, se tapó el pecho con ella y se aprestó a reposar. A los pocos minutos dormía profundamente. Su cabeza fue cayendo hacia el hombro de él, que la acogió acomodando un poco la espalda. De tanto en tanto parecía oler el cabello de Marlén hasta que también se durmió.
Despertaron cuando faltaba poco para llegar a Puerto Montt. Marlén lo miró sorprendida. Disculpa, te usé de almohada. Yo también. Se miraron sin decir más. Algo incómoda le pidió permiso para pasar y fue al baño. Al volver bebió gaseosa. Le regaló la otra a él. ¿Cuánto falta? Poco. Ya no tuviste pesadillas. Por suerte. Se fue mirando las luces y sombras que se divisaban en la noche. Me perdí el paisaje, qué pena. Lo encontrarás por todos lados al llegar. No te preocupes. ¿Y dónde llegarás allí, dónde vas a alojar? Ella lo miró y se quedó pensativa. No sé, en un hotel, o pensión. Ya veré. Él hizo un gesto de desaprobación. No siempre es fácil encontrar alojamiento. Algo habrá, ¿no? Yo voy a Angelmó. Vendrán a buscarme en auto. Puedes quedarte con nosotros esta noche. Mi hija menor está estudiando afuera, así es que hay un dormitorio libre. ¿De verdad? Okey, muchas gracias, después puedo ir a Puerto Montt. Es que Angelmó es un barrio de Puerto Montt, dijo él, una caleta. Ah, mejor así. ¿Cómo te llamas? Ramón. Yo soy Marlén.
La hija mayor de Ramón lo saludó efusivamente, con un abrazo apretado. Marlén los miraba desde un poco más atrás. Nunca he saludado así a nadie. Sintió frío y sacó una chaqueta de la mochila. El hombre se acercó y puso el brazo sobre su hombro. Marlén sintió un ligero escalofrío, cierto temblor. Ella es Marlén, viene de Santiago y no tiene dónde alojar. Es la primera vez que viaja al sur. Ella es Carmen, mi hija mayor. Hola. La mujer le devolvió el saludo. Bienvenida. Vamos andando para que alcancen a cenar algo, deben estar cansados. Se subieron al auto y partieron. ¿Estás estudiando?, dijo la hija. No, trabajé hasta hace unas semanas. Pero eso se acabó. Así que me tomé unas vacaciones antes de buscar otro trabajo. Bien pensado, dijo él, no hay que esclavizarse, para eso la vida ya se encarga. ¿De qué se encarga la vida?, dijo Marlén. De esclavizarnos con algo. A todos nos toca alguna cosa. Marlén se quedó pensando en eso una parte del trayecto. Pensó en su madre y su trabajo. Pensó en qué tipo de esclavitud podía tener ella misma. Pensó que no tenía ni idea. Nunca se le había ocurrido elucubrar sobre esas cosas. Es difícil eso, ¿no les parece?, dijo rato después. ¿Qué cosa?, dijo él, que hablaba con su hija de otros temas. Saber cuál es la esclavitud de uno. Ah, eso, pues con el tiempo uno se va dando cuenta. ¿Y cómo lo notas? Ramón se quedó un rato pensativo, la hija lo miró divertida. Por el cansancio, dijo luego. Porque termina agotándolo a uno, y entonces hay que ver cómo sacársela de encima. Me parece muy difícil, dijo Marlén. Lo es, dijo él.
Llegaron a la casa cerca de las once de la noche. Marlén se quedó mirando desde el auto y se enamoró del lugar inmediatamente. Era una casa de un piso muy alta, tenía las luces de afuera encendidas y del techo salía humo de chimenea. Estaba rodeada de árboles y de flores en el antejardín. Es como la casa que yo siempre dibujaba cuando era chica. La que quería tener. Qué linda es. Ramón la miró pensativo, la hija con un brillo extraño en la mirada. Pues vamos a verla por dentro, dijo él. Es una casa sencilla. No, es bella, bella, bella. Gracias. Marlén entró y sintió que era la casa más calientita en la que había estado nunca. Un perrito se acercó a ella y empezó a olisquearla. Se llama Remolino, dijo la hija, porque nunca se está quieto. Marlén rió. Remolino, Remolino, el perrito le movió la cola y empezó a saltarle mirándola a la cara. Dejó la mochila junto a una pared, lo tomó en brazos y le acarició el pelaje. Qué lindo eres. Pasaron a la cocina y se sentaron junto a la mesa, cerca de la chimenea que tenía sobre una parrilla triangular una tetera que echaba vapor, y al lado una olla ennegrecida de hollín. La chimenea es una cocina, dijo sorprendida, qué buena idea. La hija escarbó un poco las brasas. Así matamos dos pájaros de un tiro. ¿Cómo es que te llamas?, dijo Marlén. Carmen. Se agachó sobre las brasas y puso la olla donde antes estaba la tetera. ¿Ayudo en algo? Allí hay platos hondos y cubiertos, dijo Carmen, puedes poner la mesa. Okey. Empezó a ayudar con entusiasmo. Carmen sacó una tortilla de rescoldo y la puso sobre la mesa. Rebanó unos trozos. Remolino se acercó para ver si le caía algo. Carmen lo empujó bruscamente hacia el lado con el pie. Sírvete, para abrir el apetito aquí hay mantequilla. Marlén comió con ganas. Qué bueno está, tiene carne, ¿cómo se llama este pan? Tortilla de rescoldo, con chicharrones. Nunca lo había comido. Pues te has perdido la mitad de tu vida, dijo Carmen, con una leve sonrisa. Marlén no sonrió. Le pareció que lo que había dicho la mujer era cierto.
Remolino corrió hacia Ramón cuando entró en la cocina. El hombre se había duchado y vestía ropa liviana. A Marlén le pareció más joven. Fresquito como una lechuga, eh. Bueno, no exactamente, me duele la espalda. ¿A ti no? También, un poco. Él abrió una botella de vino y le sirvió un poco a Marlén. Qué buen vino. ¿Sí, verdad?, guardo algunos para ocasiones especiales. Carmen los miró de reojo. Ya pueden sentarse, dijo seria, voy a servir los platos. Cenaron recordando tiempos pasados, la vida del pueblo, los terremotos. ¿Qué edad tienes?, dijo Carmen, de pronto, como si hubiera estado absorta en otros temas. Veintinueve, dijo Marlén. En unos meses cumplo treinta. Te ves más joven. Eso es porque soy flaca y chica. Tendrían que verme vestida de dama y con tacones. Él se la quedó mirando como si la estuviera viendo con esa facha. Carmen se levantó y tomó los platos con una brusquedad que Marlene no notó, pero el padre sí. Hora de irse a la cama, dijo él. Primero lavaré todo esto, dijo Carmen. Marlén tomó las copas y las acercó al fregadero. Puedo hacerlo yo. No, no, dijo Carmen cortante. Esto es cosa mía. Empezó a fregar los platos. Marlén se apartó un poco, incómoda. Ramón se acercó a ella y le guiñó un ojo. A mi hija le gusta todo en orden y muy pero muy limpio. Hace años que desistí de ofrecerle ayuda. Le dije a mamá que te cuidaría. Ya ha pasado mucho tiempo de eso, dijo Ramón. Una promesa es una promesa, dijo Carmen,
sin mirarlos. Hay que cumplirlas. Él encogió los hombros en actitud de resignación. Vamos, Marlén, te mostraré el dormitorio para que descanses. Buenas noches, dijo Marlén. Carmen no respondió. Remolino se fue correteando tras ellos.
Caminaron en silencio por el pasillo. En una de las paredes había una foto de la madre de Carmen. Mi esposa, dijo Ramón, falleció hace diez años. Marlén se acercó un poco más a la foto. Era linda. Sí, mucho. En el dormitorio él puso la mochila sobre la cama y le mostró el baño. Puedes dormir hasta la hora que quieras, son tus vacaciones. Gracias, eso sin duda. ¿De verdad que no molesto? Para nada, claro que no. Eres una brisa fresca en esta casa. Me alegro de que estés aquí. Okey. Gracias. Marlén se acercó y le dio un rápido beso en la mejilla. Él se retiró un poco, intimidado. Que descanses. Salió cerrando la puerta tras de sí. Marlén miró la cama y se tiró de espaldas. ¿Cuántos años tendrá? Respiró hondo y soltó el aire con fuerza. Huele a leña. Qué bien huele. Se fue al baño, volvió y se puso el pijama. Se metió en la cama. Solo escuchaba los ladridos de algún perro a lo lejos. Recordó su departamento en Santiago, el ruido de los autos, el de sus vecinos. La ropa de cama le pesaba en el cuerpo de tan gruesa, le gustó la sensación. Se durmió de inmediato.
Despertó a medianoche sobresaltada por el crujir de la madera. Miró hacia la puerta y vio a Carmen enfundada en una camisola blanca. Llevaba el pelo suelto, como lo llevaba su madre en la foto del pasillo. ¿Qué pasa, Carmen? La puerta se cerró. Se levantó y fue hacia la puerta y la abrió. Miró a ambos lados del pasillo pero no había nadie. Volvió a la cama. Debe ser sonámbula. Se durmió inquieta. Despertó cerca de las diez de la mañana, tomó una ducha y bajó a la cocina. Remolino salió a su encuentro. Hola, Remolino, ¿cómo dormiste? Le rascó la nuca. Entró a la cocina cuando Ramón y la hija discutían sobre algo. Callaron al verla entrar. Ramón se levantó. Buenos días, dijo. Siéntate allí, recién empezamos a desayunar. Buenos días, gracias. ¿Quieres unos huevos de campo revueltos?, dijo Ramón.
Sí, me encantaría. Carmen le acercó un vaso de jugo de naranja que puso en la mesa derramando un poco. Marlén bebió medio vaso de un trago. ¿Son naranjas naturales? Sí, del patio de atrás, dijo Ramón. Más tarde te lo mostraré. Mejor lo hago yo, dijo la hija, están floreciendo los rosales de mamá; ya sabes cómo te pones con tu alergia. Le da por toser, agregó, mirando a Marlén. Pueden bajar a la caleta mientras cocino. Necesito algunas cosas para la cena. Buena idea, dijo él. Marlén sonrió. Okey, me encantaría. Carmen le acercó la paila con huevos. Gracias. Son amarillos casi anaranjados, dijo Marlén. Son de campo, ya lo oíste, ¿no? Ramón esbozó un gesto de molestia. Qué buena pinta, dijo Marlén, simulando no darse cuenta. Comió con ganas rebañando los restos pegoteados con pequeños trozos de tortilla de rescoldo. En verdad eres muy golosa, dijo Ramón, de pronto. Carmen lo miró seria. Él se hizo el desentendido. Es que están tan buenos, muchas gracias, dijo Marlén. Bebió un sorbo de té y miró a Carmen. ¿Anoche entraste al dormitorio donde dormí? No, ¿por qué? Te vi en la puerta, bueno, estaba medio dormida, me pareció verte. Ramón miró a la hija con un gesto contrariado. Un mal sueño, quizá, dijo Carmen. Una de tus pesadillas, dijo él. Sí, sí, puede ser. Estaba muy cansada. ¿Por qué Chile tiene que ser tan largo? ¿Se imaginan si fuera cuadrado o redondo? Él sonrió. Podríamos recorrerlo en un tris. Cada chileno podría conocerlo. Subo a buscar la chaqueta y salimos. Te espero, dijo Ramón.
Estacionaron cerca de la caleta. Caminaron admirando los alegres colores de las casas de madera. Era una caminata sosegada, como la de los que transitaban cerca de ellos y se iban quedando frente a los puestos de la feria. Pequeños puestos rebosantes de frutas y verduras, hierbas y flores, mariscos y pescados frescos y ahumados. Marlén salivaba imaginando los sabores ocultos bajo esas variadas texturas. Tanta cosa rica. No me lo puedo creer. Sí, la tierra y el mar son generosos. Debe ser bello vivir aquí. ¿Naciste aquí? Sí. ¿Hace cuánto? Él tomó una tira de piures ensartados en un cordel. Los olió mientras la miraba ensimismado. Si no quieres responder no importa. A los hombres tampoco les gusta decir la edad. Sesenta y pocos. Okey, señor y pocos. Sonrieron. Llevaremos una de estas. Pero lo compraremos a la vuelta para no ir cargados. ¿A la vuelta de dónde? De la isla Tenglo. Ven, bajemos al muelle.
Ramón intercambió unas palabras con un pescador sentado sobre unos sacos. El hombre se levantó y los llevó junto a un pequeño bote. Marlén rozó el agua con las puntas de los dedos. Está muy fría. Mira esas casas paradas sobre palos, dijo Marlén, parecen zancudos de colores. Él sonrió. Son palafitos. No escuchaba esa palabra desde los tiempos del colegio, dijo ella. No hace mucho, dijo él. Pues a mí me parece una eternidad. Avanzaron lentamente el pequeño trecho que separaba las dos orillas. No hay mucho más al otro lado, pero la playa es acogedora y la vista de Angelmó desde allí es muy linda, dijo él. Ya me lo parece. El pescador empezó a hablar del clima. Ellos lo escuchaban mirando el paisaje. Los hizo reparar en la brisa que se estaba levantando, en el cambio de color de las aguas, en el vuelo errático de algunos pájaros. Auguró lluvia para el día siguiente. Ya va siendo hora de que vuelva el agua, dijo Ramón. Llegaron a la otra orilla. Marlén estuvo a punto de caer al bajarse, pero Ramón alcanzó a tomarla por la cintura. No pudo evitar mojarse los pies. Sí que está fría. Qué rápido eres. Ella le echó los brazos al cuello y se dejó llevar a tierra firme. Estuvieron así unos segundos. Hueles a naranjas, dijo él. ¿Es un cumplido? Él hizo un gesto que ella interpretó como un sí. Marlén lo besó en la cara y se apartó un poco. Él le acomodó un mechón de pelo que le caía sobre la frente. De pronto le pareció muy tierno. Caminaron sobre la arena gris de la playa. Ella recogía pequeñas piedras de tanto en tanto. Con estas me mandaré a hacer un collar como recuerdo de las vacaciones. Te gustan las cosas simples, dijo él. Ella lo quedó mirando. Luego asintió. La verdad es que sí, las pequeñas cosas. Dieron un corto paseo.
Volvieron al bote. Nunca he remado, dijo Marlén. ¿Puedo? El pescador asintió y se sentó enfrente haciendo tambalear la pequeña embarcación. Le dio algunas instrucciones. Ella empezó a hundir los remos adelante, atrás, adelante, atrás, con una suave cadencia. Avanzamos, avanzamos. Genial. Ramón le dio unas suaves palmaditas en la espalda. Ya puedes cambiar de trabajo. Cómo me gustaría. Puedo acostumbrarme rápidamente a todo esto. ¿Serías feliz lejos del ombligo de Chile?, dijo él. Creo que sí. Siguió remando reconcentrada hasta que llegaron a la otra orilla.
De regreso en la feria compraron un congrio colorado, almejas, erizos y algunos mariscos ahumados. Él se volvió hacia ella. ¿Te gustan los mariscos, supongo? Yo como de todo, tranquilo, he comido hasta grillos fritos, en México, y gusanos. No te digo como estaban de picantes, pero muy buenos. Es la única vez que viajé fuera de Chile. Pues ya es algo. Yo no he salido nunca. ¿En serio? Yo decidí que viajaré lo más que pueda. ¿Para liberarte? ¿Liberarme? De alguna esclavitud. Ah, eso. No lo sé, podría ser. Voy a pensar en eso. Imagínate, si no hubiera venido al sur no te habría conocido. No soy muy entretenido. Pues a mí me lo pareces. Él volvió a acomodarle un mechón de pelo. Ven, vamos a tomar un aperitivo. Quiero que pruebes algo. Entraron a una cocinería. Marlén se sorprendió al ver una pared tapizada con una red de pescar en la que habían pegado todo tipo de productos del mar. Qué bello, y qué bien huele lo que sea que estén cocinando. Me comería todo lo de la carta. Eso seguro, dijo él, riendo. Pidieron machas a la parmesana, y dos copas de licor de oro. ¿Qué trago es ese? Un licor típico de esta zona. Está hecho en base a leche ¿Como el cola de mono? No, no, es transparente, amarillo cristalino, como tu pelo. ¿Otro cumplido? Él sonrió y apuntó a la camarera con el dedo como cambiando de tema. Ahí lo traen, mira. Pruébalo. Okey. Parece miel, está muy bueno. Nadie diría que es de leche. Bebieron dos copas cada uno a medida que degustaban las machas. Volvieron a la casa un poco achispados.
A esta hora ya hemos terminado de comer, dijo Carmen cuando entraron a la cocina. Ellos se miraron y sonrieron. Carmen tomó las bolsas de la compra con un gesto brusco. Las guardó en el refrigerador mientras ellos se sentaban a la mesa. Nos demoramos paseando, dijo Ramón. Marlén no conoce el sur. Ya lo sé, dijo Carmen. Ni yo conozco todo lo que hay que ver. Podemos salir todos juntos, dijo Marlén. Carmen la miró seria. No me queda tiempo, esta casa es muy grande, y el jardín, y el huerto. Tú lo quieres así, dijo Ramón. Hemos tenido algunas empleadas pero no duran, agregó, mirando a Marlén. Son flojas y lentas y sucias. No sirven, dijo la hija. Pues entonces no te quejes. ¿Comemos ya? Carmen abrió un mueble para sacar loza y un plato resbaló de sus manos estrellándose contra el suelo. Se quedó muy quieta mirando el estropicio. Déjame limpiar eso, dijo Ramón, tú sigue con lo tuyo. ¿Ayudo?, dijo Marlén. No, gracias, ya lo hago yo. La hija empezó a servir la comida mientras el padre barría prolijamente los restos de loza esparcidos por el suelo. Marlén se sentó en silencio. Ramón tiró los restos a la basura. Ya está. Huele delicioso, dijo Marlén, para cambiar de tema. A comer entonces, dijo Ramón. Carmen se mantuvo silenciosa. Se dedicó a servir y levantar platos. Luego se retiró alegando dolor de cabeza. ¿Podrías recomendarme un hotel o residencia?, dijo Marlén. Sería bueno que me vaya. Si lo dices por Carmen, no te preocupes. Ella es así, temperamental. Me gustaría que te quedaras un poco más. Si llueve no tendrás mucho que hacer allí afuera, y sin auto, menos. Es verdad. Me quedo.
Salieron al patio. Ven, siéntate aquí, dijo Ramón. Ella se acomodó en la silla de lona y pudo ver el borde del mar. Qué linda vista. Aquí lo tienes todo. Bueno, no todo, dijo él. Este es el lugar que más me gusta de la casa. Cómo no, estás en la primera línea de mar. Ahí tienes una mantita. Para que reposemos abrigados. Buena idea. Con tanta comida y traguito no sirvo para más. Después podemos recoger fruta para la cena. Okey. Comen mucho por aquí, ¿no? Ramón rió. La verdad es que sí. Reposaron juntos bajo el cobertizo. Carmen los miraba desde una ventana. Al rato los despertó el frescor de la tarde. Caminaron por el patio seleccionando algunas frutas, nombrando los árboles y alejándose de las rosas. ¿Por qué no las cortas si te dan alergia? Yo lo haría. No puedo, son de Carmen. Ah, claro. Ramón partió algunos trozos de leña que entraron a la casa. Gracias, dijo Carmen, súbitamente de buen ánimo, cuando los vio entrar a la cocina. Tomó los trozos de leña y los acomodó en la chimenea. Marlén miró a Ramón sorprendida por el cambio de humor de la hija. Él le guiñó un ojo. Ella se alegró porque la comida había sido tensa y no quería que pasara lo mismo en la cena. ¿Qué delicia comeremos hoy?, dijo Ramón. Caldillo de congrio, para espantar el frío. Mañana va a llover, dijo Marlén, lo comentó un pescador y Ramón dice lo mismo. Sí, va a llover, dijo Carmen. Encendieron el televisor para ver las noticias. Demasiadas tragedias, dijo Marlén. Las cosas van mal por todas partes. Y no tienen pinta de arreglarse, dijo Ramón. Lo único entretenido son los goles. ¿Te gusta el fútbol? Mucho. A mí también. ¿Puedes poner la mesa?, dijo Carmen mirando a Marlén, así adelantamos. Hoy quiero acostarme temprano. Sí, claro. Ramón miró a la hija en silencio y siguió viendo las noticias. En verdad cocinas muy bien, dijo Marlén, cuando ya cenaban. Gracias. Todo lo aprendí de mi madre. Pues yo de la mía no aprendí nada. Casi ni la veo. ¿Y tus hermanos? No tengo. Como yo, dijo Ramón. Hijo único. Es aburrido ser hijo único. Sí, creo lo mismo. Me habría gustado tener una hermana mayor. Cuando no se puede, no se puede, dijo Carmen, mirando el trozo de congrio que movía con la cuchara de un lado a otro en el plato. Los dos la miraron sin entender a qué se refería pero se manifestaron de acuerdo. Ha sido un día largo, dijo Ramón, me voy a acostar. Bebió otro sorbo de vino. Yo también, dijo Marlén, quiero despertar temprano para aprovechar el día. Yo mañana iré al negocio y volveré a la hora de almuerzo, dijo Ramón, en la tarde podemos salir a pasear en auto, los tres. ¿Les parece? Va a llover, dijo Carmen. A mí me encantaría, dijo Marlén.
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