Kitabı oku: «El Vuelo de la Vida»

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GUADALUPE FERNÁNDEZ

El Vuelo de la Vida


Fernández, Guadalupe

El vuelo de la vida / Guadalupe Fernández. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-1753-1

1. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Imagen de portada: Asdrúbal Marot, “El vuelo”. Acrílico, lienzo (50 x 70 cm). Año 2020.

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

La libertad del aire vista desde la perspectiva de una tripulante de cabina, el aprendizaje derivado de las diferentes situaciones vividas en los vuelos hasta entender la máxima de todo personal de las aerolíneas:

“Velocidad y altura conservan la dentadura”; es decir, el equilibrio al cual invito a ustedes a abordar para recuperar - en algo - la cuasi extinta paz. Mientras…

“El hombre piensa, Dios guía”. (Anónimo).

Tabla de contenidos

1  Dedicado a

2  Agradecimiento

3  Introducción

4  Prólogo

5  Vuelo 1 - La certeza de una decisión

6  Vuelo 2 - Entrenamiento en lo inesperado

7  Vuelo 3 - La observación

8  Vuelo 4 - Navidad e inocencia

9  Vuelo 5 - Relación e intimidad

10  Vuelo 6 - Atravesar las tormentas

11  Vuelo 7 - Despido y despedida por enfermedad o accidente

12  Vuelo 8 - El campeonato de las terapias

13  Vuelo 9 - Demoledora noticia de la peor historia;CRM afectado

14  Vuelo 10 - La unión y la multiplicación, el milagro

15  Vuelo 11 - Cuanto más le huyes a lo que temes, te alcanza…

16  Vuelo 12 - Amistad, amor y dignidad

17  Vuelo 13 - Muerte moral y física

18  Vuelo 14 - Terrorismo

19  Vuelo 15 - La comunicación

20  Vuelo 16 - Fidelidad y lealtad

21  Vuelo 17 - Apariencias

22  Vuelo 18 - Perdón y restitución

23  Vuelo 19 - ESPERA, la Sala de la Paciencia

24  Vuelo 20 - El vuelo que nuestro país merece

25  Vuelo 21 - Lo aprendido

26  Un brindis para concluir

27  Fuentes bibliográficas

Landmarks

1 Table of Contents

Dedicado a

Baruj Melej Ha Olam

Bendito eres Tú, Señor nuestro Dios, Rey del universo,

por cuya palabra todo fue llamado a ser.

TODOS LOS PACIFICADORES DEL MUNDO

Trabajadores de las aerolíneas, aeropuertos, aeródromos, controladores aéreos, bomberos, paramédicos, encargados de mantenimiento, programadores, despachadores, operadores de radio, personal de tráfico, técnicos en línea de aviones, pilotos, tripulantes de cabina, agentes aduaneros, miembros del equipo de seguridad, médicos, enfermeras, rescatistas, voluntarios, educadores, estudiantes, pasajeros alrededor del mundo, hombres y mujeres de buena voluntad; en medio de muchos más.

Todo aquel que ame servir, sobre todo;

¡Papá y mamá!

Agradecimiento

Hoy es el día en el que, agradecida, me dirijo al Todopoderoso por la inspiración para escribir este libro. Sin Él, las palabras no hubiesen fluido con la naturalidad con que salieron.

A mí ser amado, por distinguirme, respetarme, en consecuencia, amarme y aceptarme tal cual soy, sin pretensiones ni imposiciones, tornándome en toda una princesa; por ser mi apoyo en cada una de las metas que me propongo, señalándome con afabilidad lo que puedo mejorar y lo que debo ignorar, considerando mi individualidad, mi ritmo y mis tiempos. En pocas palabras, por ser mi defensor y mejor amigo.

A papá y a mamá, porque ambos me otorgaron semillas de fe, honestidad, amabilidad, trabajo, perseverancia y sobre todo la capacidad de saber amar. Asimismo, a cada uno de los miembros de mi familia, tanto por consanguinidad como por afinidad, llamados: “amigos”. Debido a esto, mis apellidos son muchos, ya que he agregado al mío los de ellos.

A mis compañeros de labores dentro de las aerolíneas, el personal de tierra de los distintos departamentos que forman parte de los diferentes aeropuertos y empresas aéreas, cuya contribución sirvió de aprendizaje de lo aquí expresado, sobre todo Harry Hadelich, Enrique Acosta, Juan Castro, Richard Boulton, Cuerpo de Instructores de AVENSA y a la instructora de vida Olimpia Caló. Ellos me explicaron pacientemente los diversos sistemas de vuelo de forma tan clara y precisa que, a pesar de los años, aún lo recuerdo.

A todos y cada uno de los tripulantes de cabina y pilotos alrededor del mundo, efectivos o en formación, espero que lo que expreso aquí los haga sentir y agradecer el privilegio de volar.

A mis pasajeros en las diferentes empresas donde volé, independientemente de la clase y ruta en la que viajaban, por los momentos compartidos; ya sea en vuelos despejados, en las turbulencias, e incluso en las emergencias.

A mis estudiantes y participantes de los distintos talleres, por ser la inspiración para mejorar diariamente, surcando más cielos y viajando por tierra.

A los profesores, alumnos, personal administrativo y de mantenimiento del Liceo “Enrique Tejera”, quienes contra todo pronóstico destacan con sus corazones y mentes. Pese a las dificultades, todos evolucionamos, ejemplo de ello Javier Araujo, quien dio origen a la ONG Venezuela Without Borders. Él jamás olvidó la procedencia de su cantera.

A ustedes, por emprender la lectura de este libro. Gracias por brindarme la oportunidad de compartir estas vivencias y aprendizajes con su individualidad y desde la perspectiva de su humanidad.

Definitivamente, deseo remarcar la generosidad y profesionalismo del artista plástico Asdrúbal Marot y la señora Alicia Palmero, coordinadora de IcalmArte Internacional, IcalmaGallery; su gesto ofreció color y fuerza a la portada de este libro, que en sí misma evidencia la intención de lo aquí relatado.

A los eslabones de luz: Susana, Dilcia, Aldrin, Arianna, Liz, Héctor, Gabriel, Vanesa, Ana, Noe, Mary, Nora, Corina, Leyda, Rudy, Jesús, Ángel, Clara, Patricia, Daniela, Gladys, Mónica, Sandra, Martín, Yajaira, Yvonne, Iván, Liliana, Luis, Darío, Josefina, Jazmín, Nancy, José, Rocío, Graciela, Morella, América, Carmen, Skydra, Eduardo, Marcus, Alba, Elsa, Claudio, Horacio, Orlando, Marilyn, Nona, Thanya, Marianna, Amanda, Magui, Osvaldo, Rubén, Yessica, Mullan, Mariel, Cecilia, Joaquín, Candela, Laura, Gesy, Belén, Perla, Nadia, Mayra, Gustavo, Nereida, Roberto, Rodrigo, César, Adriana, Meli, Humberto, Elena, Teresa, Diego, Agustín, Fernando, Matías, al igual que a la Editorial Autores de Argentina por sus talentos y vital asistencia en el proceso.

A todos los profesionales de la fotografía, de las distintas revistas, periódicos y en especial a la magnanimidad de www. piqsels. com —aunque la página no requiere de atribución, sin embargo, pienso es vital reconocerlos—; imposible no darles el crédito que merecen por su sentido y visión, estilo propio y sensibilidad; sin lugar a dudas, se debe honrar el buen trabajo.

A Florencia Borrilli, por su calidad profesional y orientación humana; sin ella muchos detalles pasarían inadvertidos.

A Elba Callisto y Héctor Nicora, por el hermoso legado de generosidad y solidaridad en su constante sonrisa, que reitera mi creencia en la bondad de la gente: Susana Nicora Callisto.

Y por último, y no menos sustancial, a las situaciones adversas, así como a los adversarios. De no ser por ellos, jamás hubiese adquirido el temple, la fuerza, ni tampoco encontrado mi esencia. Mil gracias por el gran favor de haberme dado la ocasión de comprender que todo proceso de transformación surge de los difíciles trances.

Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla —. Juan 1:5

Introducción
El Vuelo de la Vida

Todo libro alberga una historia y en ella se halla una enseñanza o un mensaje derivado de la misma, a través de los protagonistas. El vuelo de la vida no es distinto, es una compilación de las anécdotas vividas como tripulante de cabina en la aviación comercial en los años de servicio. Los miembros de la tripulación, al igual que los pilotos, pasamos horas estudiando sobre diferentes equipos y procedimientos de emergencia, aviones y sistemas, además de una serie de conocimientos más. Aunado a esto, debemos aprender a interactuar con los pensamientos negativos y los miedos de todos los involucrados en la operación de un traslado aéreo, para poder llegar sanos y salvos a destino.

El Vuelo de la Vida nos muestra que la sabiduría se adquiere haciendo y ensayando, nos ayuda a entender y materializar la realidad experimentando sincronía. ¿Cómo? Abriendo los brazos, porque sabemos que el Creador pondrá el viento. Volar requiere de un plan—desconocido tal vez— que dilucidamos a lo largo y ancho de las pistas del mundo, sin dejar de ser sentido por todos los pasajeros de este vasto planeta.

Eso, queridos lectores, los incluye a ustedes; los verdaderos protagonistas de esta historia. Aunque ignotos, la totalidad de los habitantes de la tierra estamos en una base aérea llamada savia de la existencia, honrando un pasado muerto, empero intentando distinguir nuestro futuro aquí y ahora; pese a la estación o aeródromo del que deseamos partir: miedo, angustia, rabia, tristeza o, tal vez, queramos permanecer en el aeropuerto del amor, la alegría, armonía y felicidad.

Las distintas anécdotas y hechos históricos aquí narrados son la manera de incentivar a todos para la realización del más hermoso vuelo; el de la vida. En tal sentido, resulta necesario: preparar el corazón y la mente para dar inicio a un viaje con destino a la propia conciencia. Durante el trayecto, las diferentes circunstancias y los múltiples encuentros nos harán descubrir quiénes somos y hacia dónde vamos.

Sea que nos percatemos de ello o no, la existencia instruye con el objetivo de convertir a los seres vivientes en una influencia armoniosa para el mundo. El vuelo de la vida alberga innumerables escalas; en las mismas se nos capacita para reconocer y explorar nuestros talentos ocultos en los diversos aeropuertos (lugares, empleos, relaciones). Por ende, cada despegue y aterrizaje propicia el encuentro con los dones y esto, a su vez, al logro del equilibrio que brinda la paz interior. Por consiguiente, a agudizar la intuición y detectar la energía que recibe; bien sea negativa, bien sea positiva. De allí seguir las señales emanadas por el corazón y que revela la intención secreta del espíritu, es decir, el buen sentido, el saber práctico, la inteligencia y también el poder. El Ser Supremo nos entrena diariamente y, tiene el propósito de transformarnos en el sujeto que Él quiere y desea que seamos, sin juicio, prejuicio ni creencias limitantes, sin embargo, sí accionando y materializando. La mente tiene su plan lógico, no obstante, las emociones seducen y nos vuelven impredecibles, desviando el curso —y aun— demorando la llegada a destino. Todo tripulante sueña con alcanzar el cielo solo para darse cuenta —a su regreso— de que no hay nada más sublime que aterrizar y besar la tierra, valorando lo sencillo, encontrando una forma de amar la vida con autenticidad.

En la aviación y en la vida nos rigen las normas, son el traje que reviste nuestra desnudez con la uniformidad del criterio sensato. ¿Cuesta aceptar estas reglas?, obviamente, aunque pronto y en medio de los intercalados despegues, rutas y aterrizajes, nos habituamos a ellas y logramos inmortalizarlas. Tanto es así que vemos los distintos preceptos como instrumentos de liberación de las difíciles eventualidades, entre las cuales están las emergencias. Ellas existen para prevenir los desastres, pero también para proteger o minimizar los daños. Los preceptos espirituales no escapan a ello.

Por medio de este relato procuramos responder las razones que nos direccionan a incumplir las normas; ¿qué nos empuja? Incluso, y cabe subrayarlo, parece natural y aun necesario romperlas. No obstante, jamás hablamos de las consecuencias de esas rupturas. ¿Hasta dónde se pueden quebrantar?, tratamos de demostrar que el hecho de que sigamos reglas no nos hace comunes. Esa falsa percepción deviene de comparaciones. Todos somos diferentes como los vuelos, distintos y enriquecedores, sin importar el tipo de avión que abordemos. Volar es atreverse a soñar y ser lo valientemente decididos a fluir con el viento, resistiendo las tempestades, zigzagueando las turbulencias. Sin embargo, siguiendo la ruta indicada por la luz de las estrellas, con humildad y la plena seguridad de saber cuándo dejar el equipaje innecesario o adquirir uno nuevo, defendiendo lo vital y desprendiéndonos de lo que no es esencial.

Para una evacuación de emergencia en un avión solo disponemos de un máximo de 90 segundos. Nosotros, los seres humanos, vamos por la vida sin entender que debemos ser rápidos para despedir lo negativo y preservar lo positivo, soltar y lograr tomar. Nos sabemos creados semejantes al Eterno y pretendemos ser tratados como iguales, empero ¿cómo osamos propulsar nuestra aeronave? ¿Qué tipo de combustible utilizamos para llenar nuestro corazón?, todo depende del octanaje de las emociones. Estas miden la resistencia en la detonación de las reacciones, sentimientos y acciones.

Entonces, ¿de qué forma podemos y pretendemos llegar a aterrizar en el aeropuerto del amor y el perdón? ¿Nos animaremos a un vuelo crucero en el cielo de la prosperidad? ¿No les parece incongruente no comprender la ruta de la generosidad e insistir en viajar con personas inadecuadas?

La vida nos señala que hay un tiempo para todo y ese momento está marcado, tal cual las horas de despegue y aterrizaje de un avión: “Todo tiene su tiempo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer y tiempo de morir… ”.

Entre días, trayectos y deseos se nos encomienda responder algunas preguntas:

¿Quiénes somos?, ¿Qué queremos tener?, ¿De quiénes deseamos rodearnos?, ¿A qué altitud anhelamos emprender nuestro planeo?, ¿A la del águila?, longeva en su capacidad de reinvención para afrontar los cambios o ¿A la del avestruz?, estancada en el agujero del confort y de la falsa seguridad de la rutina. Es necesario recordar que todos somos transeúntes hasta los virus y bacterias.

A través de sus episodios, el vuelo de la vida advierte que nuestras peores pesadillas no son otro elemento que los amargos recuerdos de lo que no pudimos alcanzar. Somos seres de amor que, tal vez, erramos, si bien esto no quiere decir que la intención no haya sido buena. Nuestra naturaleza es energía más que cuerpos pesados en los que nos transportamos.

Somos las semillas del Creador, cuyo designio es crecer y desarrollarnos donde Él considere sea mejor para cada uno y la “gran obra”, y así florecer en equilibrio. Nuestros cuerpos son las aeronaves que vemos surcar el cielo, pilotados por nosotros mismos. De la misma manera que cualquier avión, necesitamos de un VOR (Very High Frequency Omnidirectional Range - radiofaro omnidireccional de muy alta frecuencia-). Las frecuencias estarán determinadas por el tipo de pensamiento, la vibración será producida por el sentir de nuestra alma, nutrida por las emociones del corazón.

Lo que creemos de nosotros, eso manifestamos, ya sea en positivo o negativo; cada alma reconoce el origen de la vida. Antes de ser el espejismo de un pensamiento, somos el sentir de nuestra ánima otorgada para regocijarse de la existencia sin ataduras emocionales, ni las cargas de las culpas. Los seres humanos también necesitamos mantenimiento para poder incrementar la autonomía de vuelo, las distancias y el tiempo de duración y rendimiento. Ese cuidado no solamente incumbe lo físico, sino que de igual forma lo espiritual: regresar a la esencia de lo creado, la pureza y la libertad de los cielos; el retorno a casa en las manos del Padre.

Bienvenidos a la más segura y puntual de las aerolíneas:

“FLY GOD AND LIVE”— “Vuele con Dios y Viva”


Prólogo

Señoras y señores: ¡muy feliz existencia!

En nombre de la aerolínea Fly God & Live (Vuele Con Dios y Viva) el capitán, el Todopoderoso Creador, les damos la más cordial bienvenida a la lectura del libro:

El Vuelo de la Vida

TIEMPO DE VUELO: abarca toda la existencia, los sueños y más.

ALTITUD: 30.000 pies, cuyo ascenso será cada 10.000 pies, de acuerdo con nuestro deseo e intención para distinguir lo especial, transformándonos en extraordinarios hasta llegar a ser excepcionales.

VELOCIDAD: al ritmo y sazón del corazón de cada quien, porque cuando hay propósito el artilugio aparece.

En el vuelo de la vida embarcamos sin ninguna preparación y sin manual de instrucciones, pero sí con identidad, aprendemos porque nos equivocamos y rectificamos rumbo y altitud. Todo lo demás, señoras y señores, depende de nosotros. Disfruten del viaje y observen la señal que les indica el abrocharse el cinturón de seguridad espiritual y emocional. Asimismo, aseguren en sus mentes la siguiente frase:

“La divinidad duerme en las rocas, respira en las plantas, sueña en los animales y despierta en los seres humanos”. —Proverbio hindú.

Vuelo 1
La certeza de una decisión


Señoras y señores, permítannos darles la más cordial bienvenida al vuelo de la vida N.º 1 de la aerolínea FLY GOD & LIVE con destino a la decisión. Volaremos a la altitud que determine la ilusión y nuestro tiempo de vuelo estará signado por el deseo.

Favor de asegurar en sus mentes la siguiente frase:

“El hombre que pretende verlo todo con claridad antes de decidir, nunca decide”, — Henry Ford.

Corría el fin de la década de los ochenta: joven, inquieta e impaciente, recién graduada y sin perspectiva de encontrar empleo rápido, opté por buscar trabajo en otras áreas que en nada estaban relacionados con lo estudiado.

Un lunes de una mañana cualquiera y a escasos días de haber culminado la universidad, más aún ansiosa por ser económicamente independiente, compré el periódico en un kiosco de revistas de mi ciudad. De igual modo en plena conexión con el Eterno, dije a mi madre, quien estaba conmigo en esos momentos:

—Mamá, me cansé de que me digan que soy muy joven para el puesto X, o que no tengo experiencia para el cargo Z. —Y finalicé—: ¡mamá! ¿Cómo voy a obtener la práctica necesaria si no me dan el empleo? Necesito que sepas la dimensión de la frustración que siento. Me encuentro igual que los marineros cuando se ven obligados a atravesar el estrecho de Bonifacio.

Mi madre, intrigada, levantó sus arqueadas y bien definidas cejas e inquirió tras un suspiro, mientras me miraba fijamente:

— ¿Y eso dónde queda?

—Mami, eso está ubicado entre la isla francesa de Córcega y la italiana de Cerdeña y dicen que, debido a su no muy grande profundidad, enormes corrientes y un clima espantoso, es peligroso de transitar.

Mi madre, preocupada, en un intento de calmar tanta ansiedad, replicó:

—No veo la relación entre esos navegantes y tú. —Y agregó—: ¿qué clase de analogía es esa?

—Considera esto mamita y demuéstrame si no estoy en la misma que esos navegantes. Explícame, ¿de qué otra forma se puede justificar que antes de los veinticinco eres muy joven sin praxis y luego de los treinta y cinco te encuentras viejo con veteranía, sin embargo, indomable y obsoleto? Pónganse de acuerdo, ¡por favor y en consideración a los clavos de Cristo!, —señalé.

Hasta ese momento había llenado múltiples solicitudes de empleo para los cargos a los que consideré que podía postularme, tomando en cuenta la realidad de mi perfil, mi nivel educativo y de mi obvia inexperiencia laboral, que empezaba a inquietarme.

No obstante, ese día en particular me sentía diferente; después de orarle con total sentimiento al Creador, sentí una fuerza indubitable en mi corazón, del mismo modo en el que una persona toma la decisión más trascendental de su vida y sin pizca de duda le agregué lo siguiente:

—Solo te digo algo: donde abra el periódico, en esa página estará mi puesto de trabajo. —Y al expresar con el alma dicha declaración, el Eterno dijo: “amén”, puesto que fue cuestión en extremo cierta—.

Abrí el diario y justo en esa página solicitaban jóvenes mayores de 18 años, 1.65 m de altura, bilingües y buena presencia para trabajar en una conocida aerolínea venezolana (Nótese y subráyese la frase buena presencia, porque más adelante comprenderán).

Mi madre, de pie a mi lado, escuchaba escandalizada mientras yo leía el anuncio en voz alta, cuando exclamó a modo de pregunta:

— ¿Cómo es posible que posteriormente a que estudiaste tanto y de ser una muy buena alumna vas a terminar sirviendo bandejas en un avión?—Y añadió, de manera sentenciosa—: las azafatas tienen una vida inestable, también toma en cuenta que no llegas a la altura requerida, —añadiendo —, ¿qué piensas?, ¿usar zancos?, —riendo contesté —: por favor madre, ¡soy menuda, no pigmea!, —agregando—: ¿sabes que viven poco, pero son muy inteligentes y fuertes?

Haciendo caso omiso a las palabras de mamá y su observación sobre mi altura, sin decirle nada y despojándome de todo prejuicio, decidí introducir mi currículum en la aerolínea.

Aquel día, después de haber hecho entrega de la documentación necesaria en relación con el acto de grado en la universidad en donde cursé mis estudios, fui a una librería y compré unas hojas blancas. En ellas, escribí a mano un currículum que no constaba de más de una página, y de forma firme y decidida, pasé a dejarlo por la empresa.

Al momento de entregar mi hoja de vida, una señora de unos cuarenta y tantos años, de trato muy agradable, preguntó sin titubeos si hablaba los idiomas que allí había manifestado que sabía, a lo que respondí sin dudar:

— ¡Sí! Me defiendo bastante bien.

La mujer, sonriendo, dijo:

—Por favor, sube al piso trece a una entrevista.

En ese momento, la amable dama notó mi atuendo: un jean desteñido, una franela o remera blanca, zapatos deportivos desgastados, peinada con una cola de caballo y sin una pizca de maquillaje. Con bondad, expresó:

—Te voy a colocar una pinturita en los labios. —Hizo una pausa y añadió—: ¿de dónde vienes?

—De la universidad —contesté, mientras observaba cómo extraía de su bolso un lápiz labial color carmesí.

Le expresé con toda la espontaneidad que me caracterizaba, y aún me caracteriza:

—No tengo 21 años y en casa no me permiten maquillarme hasta cumplirlos. ¿Es necesario?

La señora respondió con la pregunta:

— ¿Es que no quieres optar por el empleo? —inquiriéndome con la natural comprensión propia de las mujeres maternales.

—Claro que sí —dije, y obedientemente permití que me echara la pintura.

Camino al ascensor, retiré un poco de aquel intenso color con una servilleta porque me hacía sentir incómoda y traidora hacia las costumbres familiares, si bien agradecida por la noble intención de aquella buena señora.

Acto seguido y muy tranquilamente subí al piso indicado; cuando el ascensor abrió sus puertas, allí, frente a mí, había un desfile de mujeres que optaban por el cargo. Parecían sacadas de las portadas de revistas: altas, esbeltas, hermosas, elegantemente vestidas, en zapatos de tacones altos y perfectamente; maquilladas.

En ese instante, de golpe y porrazo, tomé conciencia de que no tenía la vestimenta, ni los tacones, ni la estatura adecuada; aunque sí era delgada, pero nada más. En esa hora deseé muy encarecidamente tener las habilidades de MacGyver, un investigador de una serie televisiva de esos tiempos, quien siempre resolvía todos los problemas usando su inteligencia sobresaliente, vastos conocimientos técnicos y una amplia cultura general. Quizás él hubiese sabido fabricar en el baño un vestido y unos stilettos — mi modelo de zapatos favoritos— con papel o algún otro material.

Sin embargo, lejos de amedrentarme, solo me hizo recordar lo que decía papá: “un individuo elegante es aquel que logra cruzar un salón lleno de personas bien vestidas en total desnudez, sin que esta sea visible o se note”. Sin otro remedio, decidí probar que era lo suficientemente refinada, pese al estilo informal.

En mi mente se desataba una batalla campal contra mi corazón a quien le gritaba: “¡De todos los momentos en tu vida, tuviste que agarrar este para indagar tu distinguido estilo!”. Mientras el deseo de mi fuero interno libraba el combate por la razón y no por la ilusión, busqué con la vista cualquier recurso que me ayudara a solventar el requisito de la “buena presencia” que aparecía en el aviso. Para mi buena suerte, visualicé un periódico sobre la consola de la sala de espera. De inmediato lo tomé con el supremo anhelo de que me contribuyera a alcanzar la ansiada invisibilidad y respirando hondamente ocupé un asiento.

Una vez acomodada en un confortable sillón, comencé a leerlo enfrascándome en la lectura, a tal punto que no escuché cuando me llamaron para la entrevista. Fue la señora responsable de la recepción de candidatos quien se aproximó hasta donde estaba sentada y tocando mi hombro, dijo: “Señorita, la esperan para la reunión, pase al tercer despacho a la derecha”.

Levantándome sin prisa, periódico en mano, caminé muy derecha hacia el lugar mencionado, mientras entre inhalación y exhalación, pensaba: “Esta vestimenta informal es una contradicción que me llevará a la expansión de mi verdadera expresión”. Allí, en esa oficina, sentado junto a su escritorio, se hallaba un señor ataviado de traje y corbata que, con cara muy seria, hablaba vía telefónica. Al verme, me dio la señal indicativa de pasar y sentarme a la cual obedecí. Puesto que él se encontraba conversando por teléfono, y de modo de no prestar oídos a su conversación (acaso no era suficiente con el hecho de la indumentaria y la falta de los tres centímetros como para agregarle a esa situación la ausencia de modales, ¡eso por Dios no lo podía permitir!), retomé el artículo que me había atrapado, por lo que volví a abrir el diario y continué leyendo hasta escuchar un insistente “Jmmm, jmmm”.

De inmediato, bajé el diario y observé frente a mí y mirándome de forma inquisidora, al señor que habría de entrevistarme, levantando una ceja, preguntó:

— ¿Está buena la noticia?

— ¡Sí, señor! —respondí con entusiasmo.

— ¿De qué trata? — inquirió con gesto curioso.

—De los pescadores de Tucupita.

—Ah, ¿y por casualidad el artículo menciona dónde se encuentra ubicada Tucupita, o usted lo sabe? —cuestionó en tono amigable.

—Claro, en el oriente del país —repliqué.

De ese modo, comenzó mi entrevista como potencial candidata a un puesto de trabajo en la industria aeronáutica que, en cuestión de minutos, se convirtió en una grata tertulia, llevándome a conseguir mi primer empleo. Un cargo con el cual jamás soñé, pero para el que fui moldeada con el cincel de la excelencia por una empresa de calidad. Allí pasé a ser empleada y miembro de un grupo o parentela muy selecta que conocimos en ese entonces como “La Gran Familia AVENSA”.

Dentro de las múltiples preguntas, continuó:

— ¿Sabes nadar?

—Sí señor, cual sardina. —, a fin de cuentas, la charla entre nosotros había comenzado con el artículo sobre unos pescadores—. ¿Por qué? —pregunté, no entendía la relación cielo-agua, iba a volar, no a nadar, ¿o no?

—Saber flotar y bracear —respondió con total paciencia a mi curiosidad— es imprescindible a causa del entrenamiento donde deberás realizar pruebas de natación para obtener la licencia de TCP (Tripulante de Cabina de Pasajeros). Además, es obligatorio pasar el Certificado Médico Aeronáutico de Clase 2. Esta certificación puede obtenerse en los centros autorizados por el Departamento de Aeronáutica Civil.

En ese momento hizo acto de presencia una señora muy sofisticada, se presentó como instructora de tripulantes y se unió a la entrevista. Jamás olvidaré su mirada de completa atención al detalle. Ella solicitó que me levantara, caminara, girara y me volviera a sentar, preguntándome de manera directa y aplastante la razón del atuendo tan informal para esa reunión.

Con total sinceridad manifesté el desconocer que me iban a entrevistar ese mismo día. El aviso del periódico solamente señalaba que debía entregar el curriculum vitae en la dirección indicada y, por ende, asumí que me llamarían en el transcurrir de los días, en el hipotético caso de estar interesados. Sonrió y en señal de aprobación al entrevistador, manifestó encontrarse de acuerdo con la selección y posterior reclutamiento, hecho que dio por concluida la charla.

Ambos, gerente e instructora, en total concordancia, me comunicaron que el lunes de la semana siguiente comenzaría el curso de entrenamiento, siempre y cuando aprobara los exámenes médicos y el psicotécnico y que los resultados me serían notificados vía telefónica.

—No obstante —añadió la espléndida señora—, deberás usar tacones y ropa más formal durante el curso —los tres reímos casi en simultáneo ante la acotación, sobre todo por el impulso de aquella contagiosa risa de la hermosa instructora.

—Sí, me imagino —dije y mirando al caballero, le expresé—: señor, si es tan fácil superar una entrevista y ser cuasi admitida, ¿por qué hay tantos desempleados?

Riendo, contestó:

—Porque la mayoría de las personas jamás se presentan con lo que tienen, pero sí con lo que quieren aparentar. Aunque joven proyectas pulcritud en el habla, determinación y sosiego en el contacto visual y en cuanto a la vestimenta está acorde a tus funciones. En lo que a mí respecta; eso es buena presencia.

En ese instante entendí, perfectamente y en carne propia, la frase de papá. Mi primer trabajo comenzó por una decisión que no midió ni los prejuicios, ni imágenes preconcebidas, en jean roído, franela y zapatos deportivos. La audacia de mi elección fue la determinación que adopté en un momento de duda y, pese a ese dilema, fue la certeza de sentir que mi destino estaba en las manos del Creador.

Ese día fue Él quien me dio el valor para actuar con las cualidades proporcionadas por la seguridad; el temple para decidir con coraje y fe, de no renunciar antes de intentar. Créame, parece fácil, pero dicha resolución se debatió entre la razón y el sueño interno, que eran incompatibles con la realidad llena de preconcepciones. Me enfoqué directamente en el deseo de ser económicamente independiente, nada más tuvo importancia. Mis cinco sentidos pasaron a segundo y quizás tercer plano, sin saberlo, di mi mejor energía. Durante el proceso me ocupé de ser quien era, no en la apariencia de lo que no tenía con respecto al resto de candidatos que allí estaban. Hasta tal punto es, que el Creador dijo: vamos a demostrarte el poder de un corazón que anhela, convirtiéndolo en una realidad tangible.

Entendí el motivo del por qué un dictamen de vida comienza con el principio de certidumbre, con la obediencia a nuestra voz interior en la que no objetamos nada. Es estar convencidos de que cuando hacemos el pedido desde nuestro corazón, ese deseo es escuchado por el Eterno, igual que en el instante en que nos ofrecen café, jugo o gaseosa en un vuelo: elegimos de acuerdo con lo que en ese momento nos apetece y sabemos que será satisfecha la propia necesidad.

Pensé: “¿Qué sucedería si hubiese dejado que me intimidaran mi escaso metro sesenta y dos o mi vestimenta?”. La respuesta era simple. Me habría inhibido de vivir experiencias inolvidables y de conocer lugares y personas fenomenales. Mi primer vuelo, sin despegar del suelo aún, fue dirigido por el Padre de forma perfecta y armoniosa en beneficio propio y de los míos.

“Nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió conmigo está. No me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada”. —Juan 8:29.

Todas las mañanas son renovadas las oportunidades para retirarnos el peso de lo que nos priva de la existencia mágica de nuestro ser.

Los invito a que abramos las alas con total confianza, que el Eterno Creador pondrá el viento, porque cuando la decisión es sincera, los resultados serán beneficiosos, pese al tiempo transcurrido y a los factores externos que circunden.

Todo lo que decidamos será la proyección de un sentimiento que se instalará en la mente, se proyectará en la acción y en el vuelo de nuestra existencia, haciéndonos comprender que el agradecimiento resultará en la expansión de todo lo que somos y tenemos.


Vuelo 2
Entrenamiento en lo inesperado


Señoras y señores, permítannos darles la más cordial bienvenida al vuelo de la vida N.º 2 de la aerolínea FLY GOD & LIVE con destino al entrenamiento en lo inesperado. Volaremos a una altitud oscilante entre 100 y 85 puntos como mínimo y nuestro tiempo de vuelo será de dos meses y medio.

Favor de asegurar en sus mentes la siguiente frase:

“El conocimiento, si no se sabe aplicar, es peor que la ignorancia”. —Charles Bukowski

De los 21 vuelos que conforman el texto, posiblemente este sea el de mayor formalidad por el conjunto de conceptos que reviste. Consideramos relevante compartir y dedicar, tanto a ustedes estimados lectores como a los tripulantes activos, retirados y a los que están en formación, un vuelo. La aviación perecería sin la existencia de una de las partes, del mismo modo que si a la tierra le llegara a faltar uno de sus elementos, el ciclo se rompería.

La aviación y la vida se enlazan para demostrarnos que estamos en constante entrenamiento, otorgándonos logros de acuerdo con el propósito, tiempo, dedicación y compromiso. Si existe algo en la existencia que cambia las reacciones y actitudes, es sin duda la preparación y el autoconocimiento. Las distintas capacitaciones nos conducen a un proceso de transformación percibido y sentido poco o más o menos intolerable por los altos grados de presión a los que somos sometidos, tal cual el carbón que termina convirtiéndose en diamante.

Ninguna vida es similar a otra, tampoco la industria aeronáutica, esta no tiene paralelo alguno con otras empresas. Ambas exigen dedicación, tiempo y la comprensión de lo trascendental de los retos que no es otro que propiciar los cambios internos para que se manifiesten en lo externo, a través de cada evento, circunstancia, sentimiento y pensamiento. La existencia y la aviación nos propulsan a transformarnos en aviones de carga que trasladan luz.

Nada en la vida es en vano, ya sea en el aire o en la tierra, sufrimos imprevistos, desvíos, emergencias y demoras. Estas situaciones nos restan consciencia situacional, debido a que la rutina nos da la falsa idea de que nunca pasará algo que interrumpa las acciones y que constantemente llegaremos a destino. La aparente seguridad de la zona de confort distorsiona la realidad, por ende, no nos reconocemos en ella.

Lo aquí expuesto pretende ayudarlos a la comprensión de lo que existe detrás de cada operación aérea, y así poder enfrentar las emergencias con objetividad. Les recomendamos estar de forma regular atentos a su intuición y a lo que capten sus sentidos. El olfato jamás se equivoca, siempre sabe discernir, ¿o es que nos disfraza el hedor tras el buen olor?, le sigue el oído, el habla, la vista y luego el tacto y gusto.

¿En qué podemos relacionar esto con lo espiritual?, en todo. El espíritu es el olfato del mundo invisible que trabaja en frecuencia, y el alma en vibración, en sintonía con la palabra escuchada. Unidos generan la intuición, esa voz del corazón que la lógica de nuestra mente no acepta.

Con el transcurrir del tiempo, la vida nos adiestra en el uso de la conciencia, a discernir entre lo que se encuentra bien —lugar donde las buenas acciones crecen como el trigo— o lo que está mal —donde la cizaña nos hace enfocar en la superficialidad y la alteración aparente de las causas hasta engañar e impedir el crecimiento—, negándonos a sentir el alma de la tierra, tornándonos en seres tibios e indiferentes: en muertos vivientes.

Volar es vivir y también percibir lo bueno de la luz mediante los momentos oscuros que experimentemos, desde el nacimiento hasta la muerte. A quienes se están formando y a los que se formarán, les deseamos éxitos y sueños alcanzados en cielos despejados. Recuerden que el hecho de aprobar el curso no les otorga la licencia de tripulante de cabina, que estarán bajo el escrutinio de las autoridades aeronáuticas, que a su vez dependen de otros organismos y no solo de su país de residencia; al momento de obtenerla no vean únicamente el logro, sino lo que este representa.

Una prueba que acredita que son merecedores de esa concesión negada a muchos, es asimilarla como un instrumento de honor y servicio, en el que sus habilidades y competencias son verificadas a diario; asimismo aplica en la vida.

Posiblemente, esta profesión no vaya a representar una tarea que abarque la totalidad de su existencia laboral, pero independientemente del tiempo, debe realizarse con ética.

Ahora volvamos a lo que nos ocupa, la historia del entrenamiento, en la que atravesaremos la densidad del desconocimiento para encontrarnos con el resumen de la carrera.

Transcurrió el tiempo y después de haber aprobado el test psicotécnico, entre grandes expectativas, los candidatos seleccionados recibimos el curso de Auxiliar de vuelo o TCP (Tripulante de Cabina de Pasajeros), asumiendo el reto de obtener numerosos conceptos en unos pocos meses.

Créannos, el entrenamiento está hecho para desarrollar y mantener un alto nivel de «consciencia situacional»; durante el vuelo cada miembro de la tripulación de cabina estará ocupado en medio de bebidas y comidas, además de dedicarse a discernir entre las condiciones normales, los incidentes sin consecuencias y las emergencias. Un tripulante es similar a un doble agente, que tras la gentileza y sonrisa, debe ser implacable con todo aquello que atente contra la seguridad y la vida de todos.

En la aerolínea donde comenzó el vuelo de la vida, la instrucción estaba dividida en dos períodos: en una primera etapa se nos instruía en los vuelos nacionales, y una vez que adquiríamos experiencia se rendía el internacional, que nos adiestraba en gastronomía y bebidas.

La mayoría de las personas imaginan a los tripulantes de cabina como individuos cuya misión consiste en estar perfumados, maquillados y uniformados al momento de sonreír y serviles a los viajantes con bebidas y comidas. Pocos saben de toda la preparación física, mental e intelectual que implica ser un TCP. Hay que tener en claro que ser un tripulante es trabajar de cara al público, si en suelo firme no es tarea fácil, muchísimo menos lo es a 30.000 pies de altitud, donde resulta difícil asistir e instruir al viajero con el grado de comprensión adecuada en cada situación.

En virtud de lo anterior y según lo indica el manual de normas y procedimientos y el protocolo que rige la profesión, los tripulantes son los representantes de la empresa para la que trabajan. Tal cual todo ser humano está encargado de ser la sal y la luz de la tierra, es decir, tanto la aviación como la vida, nos entrena para iluminar y sazonar las circunstancias de manera proactiva y no reactiva.

Por ello, todo el tiempo el TCP debe reflejar buena educación, profesionalismo, amabilidad y empatía con todos los involucrados dentro y fuera de la operación del vuelo; además, fomentar relaciones armónicas de trabajo, debido a que la vida de uno afecta y pone en riesgo la seguridad del otro. De igual manera, no olvidemos la función más trascendental de todas: velar por el resguardo de los viajeros sin distinguir edad, raza y credo, en cada coyuntura y especialmente en situaciones de emergencia, avezados o acostumbrados para afrontar cualquiera de las circunstancias y gracias al saber integral.

La instrucción académica dota a los TCP del conocimiento requerido por la autoridad aeronáutica competente con el propósito de optar por la licencia. Las asignaturas son muchas; sin embargo, para no aburrirlos y sin más preámbulos pasamos a contarles las diversas materias cursadas con una breve explicación de su contenido. La finalidad de esto es hacernos reflexionar sobre una de las frases de la aerolínea Fly God and Live, que reza que profesión u oficio sin formación ni estudio fracasan, asimismo, este principio aplica para cualquiera área de la vida. La totalidad de los seres humanos en el planeta, nos estamos formando como tripulantes en la existencia, por eso, más adelante haremos las correspondientes analogías:

Normativa: impartida por instructores de vuelo de la aerolínea, con larga data de experiencia. En ella se aprende acerca del conjunto de normas aplicable al trabajo del TCP; también se estudia sobre la Organización Internacional de la Aviación Civil (OACI) por sus siglas en inglés, que es un organismo especializado dependiente de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de la que son miembros más de un centenar de países que se suscribieron al Convenio de Chicago realizado en 1944.

Tipos de aeronaves: nos enseña a diferenciar y clasificar los aviones con la finalidad de comprender la mecánica de los distintos componentes y sistemas que envuelven la funcionalidad de un avión, según la física de vuelo. Cada uno fue creado con un propósito y estos son catalogados conforme a la función que les corresponda desempeñar: transporte de pasajeros, transporte de carga (bienes, mercancía o mixtos) o transporte tanto de pasajeros como carga.

Medicina y primeros auxilios: asignatura dictada por médicos con especialidad en medicina aeronáutica y fisiología de vuelo. Los profesionales de la salud nos explican el funcionamiento de los distintos sistemas vitales del cuerpo humano y los efectos que puede tener el volar sobre el organismo, debido al ambiente artificial de las cabinas. Igualmente, nos imparten nociones básicas de asistencia de urgencia, incluyendo RCP (Reanimación Cardiopulmonar), atención y cuidado a una parturienta y maniobra de Heimlich (compresión abdominal para desobstruir el conducto respiratorio), entre otros.

Factores humanos y CRM (Customer Relationship Management): trata la psicología del ser humano, sus reacciones y motivaciones. En esta materia estudiamos con prácticas el trabajo en equipo, o según la traducción de sus siglas en español, la gestión de recursos de la tripulación.

Mercancías peligrosas: en esta asignatura nos explican el tratamiento que debemos darles a algunos de los materiales considerados peligrosos para el transporte aéreo, adicionalmente educarnos en la consciencia situacional (observar la realidad) de estar atentos. Discriminar entre lo que está o no permitido transportar en aeronaves que trasladan pasajeros, siguiendo el protocolo establecido por la ONU.

Además de las clases teóricas, el curso oficial de auxiliar de vuelo o TCP incluye una formación práctica obligatoria:

Prácticas de capacitación de aeronaves: este módulo consiste en una serie de visitas al simulador de cabinas de pasajeros y pilotaje. En este se lleva a la praxis el conocimiento teórico, en lo referente a la operatividad de puertas en condiciones normales y de emergencia, manipulación de chalecos salvavidas, máscaras de oxígeno, visualización de la ubicación de extintores de incendio, comandos y preparación de cabina para una emergencia.

Prácticas de primeros auxilios: maniobras típicas de RCP, maniobra de Heimlich e inmovilización de miembros rotos, entre otras técnicas. Hoy muchas aeronaves poseen desfibriladores y las aerolíneas entrenan para su uso.

Prácticas de CRM: juegos y ejercicios de confianza y de trabajo en equipo para integrar la comunicación entre los eslabones que conforman la tripulación.

Prácticas de procedimientos operacionales: preparación de cabina, comandos de evacuación por toboganes y ventanillas de emergencia, uso de los chalecos y botes salvavidas, encendido de bengalas y todo aquello que sirva como SVE (Señales Visuales de Emergencias), entre otras.

Prácticas de supervivencia en mar y tierra: uso de chalecos y botes salvavidas, natación, sobrevivencia en selva y toda una serie de ejercicios que van desde recolectar agua hasta encender un fuego.

Prácticas de extinción de incendios: tipos de fuego (ABC) y cómo sofocarlos con extintores de acuerdo con su clase, rompiendo así con uno de los eslabones que componen el triángulo del fuego.

El examen del curso de TCP es realizado por inspectores de la Aeronáutica Civil de cada país o de examinadores autorizados en las propias instalaciones de la escuela o donde ellos designen, como las salas del propio Ministerio. Los requisitos para aprobar son varios: justificar la comparecencia a la parte teórica superior al 85% y una asistencia a prácticas del 100%.

Las pruebas teóricas consisten en 100 preguntas de selección múltiple de las que hay que acertar como mínimo 85 de ellas, que representan el 85% de la puntuación.

En la evaluación práctica es obligatorio nadar 50 metros cronometrados en minutos, y movilizar en el agua a un individuo que generalmente es el más corpulento de la clase, quien debe permanecer inerte mientras es llevado hasta el bote salvavidas, también debemos evacuar correctamente un avión en 90 segundos y saber apagar un fuego.

Verán que nos preparan para un amasijo de racionalidad, pasiones y voluntad, pero esta es la única esencia de ser un auténtico TCP. La personalidad establecerá las prioridades y proporciones en que esa mezcla se ponga de manifiesto. Si bien el perfil psicológico del personal aeronáutico está preestablecido en los requisitos que demanda el ejercicio de la profesión, cada rasgo se acciona de acuerdo con la forma de existir de los seres humanos. Unos tripulantes son más serios que otros; sin embargo, son igualmente atentos, amables, ágiles y creativos.

Al conjunto de los trabajadores del aire les inunda la ilusión que obsequia el sueño y la perseverancia. No todo es lo que parece, tenemos que estar preparados para entender y aceptar que la dificultad es la herramienta que utiliza el Creador al momento de determinar si merecemos o no obtener ese anhelo por el que estamos luchando. En consecuencia, acceder a lo que realmente queremos, el verdadero éxito, se gana por mérito.

La instrucción del curso incluye gastronomía y bebidas. Viajar nos amplía la necesidad de descubrir, experimentar y hasta comprender por qué en ciertas culturas funciona de determinada manera y por qué en otras no. Debido a esto y siendo los tripulantes los agentes de relaciones públicas entre la tierra y el cielo, nos enseñan a promover un entorno cálido a través de las comidas. De ahí que aprendemos a manejar de forma básica una serie de términos gastronómicos para ofrecer los platos por su nombre y comentar las técnicas culinarias empleadas para su elaboración. No es lo mismo ofrecer la bandeja a un judío ortodoxo, a un vegano o a un islámico. Cada grupo representa sus características especiales y deben ser manejadas con respeto y aceptación de las diferencias.

No existe comida sin bebida, por lo tanto, nos educan hasta convertirnos en unos sommeliers amateurs, para ser capaces de distinguir los tipos de vinos y recomendar —de acuerdo con el plato elegido—, es decir, el maridaje y así resaltar los sabores en el paladar. También nos formamos igual que principiantes bartenders, aprendiendo sobre las diferentes preparaciones de aperitivos y la diferencia entre tragos, cocteles y pousse café, este último conocido en el argot popular como licor digestivo.

Al finalizar la lectura de este libro, brindaremos con lo aprendido en semejante acrobacia aérea, ¿les parece?, ya que durante la capacitación y a modo de cultura general, nos enseñaron a preparar dos tragos que guardan íntima relación con la historia de la aviación y sus pilotos.

El cielo ofrece un coctel que enamora y se expresa mediante la combinación de elementos entre la alta e inspiradora vibración del aire y la realidad distorsionada percibida en la tierra, pero ambas invitan a lo perfectible y al crecimiento, ¿cuándo lo lograremos? En la ocasión en que alcancemos con diligencia y cuidado la raíz y la sustancia que sustentan las distintas dimensiones del ser.

Nuestras vidas están colmadas de paradojas y se grafican perfectamente en un traslado aéreo, ¿Cuántas veces no nos hemos preguntado como un vehículo más pesado que el aire puede alcanzar el cielo?, del mismo modo ¿de qué manera podemos materializar la alegría y los sueños sin perecer en el intento?, en el instante en que comprendamos nuestra verdadera naturaleza, notaremos que la vida es más fluida, la belleza y claridad serán mayores, ya no lucharemos con lo que duele.

Volar, al igual que vivir, es una hermosa y sofisticada adicción que esconde un secreto bien guardado entre las nubes y hasta la tierra. ¿Quieren saber cuál es ese misterio que nos atrapa?, continúen leyendo, sin importar lo que haga no olvide estar conectado con la chispa de luz revelada por la autenticidad de su ser. Ustedes pueden establecer, si así lo desean, la calma en medio del caos y el poder que crea en el vuelo de la vida. Todos somos guiados entre sincronizaciones; la reestructuración de la tierra depende de los despegues de los desapegos.

Una vez terminado el curso y tras haber aprobado los exámenes teóricos y prácticos, existe otra etapa de evaluación en el aire. A esta fase se la denomina “Observación”, similar a las pasantías de cualquier carrera. Con ella ingresamos al contacto con la realidad del trabajo en sí mismo y requiere del cumplimiento de cierta cantidad de horas. Finalizado este período, volvemos a ser examinados por los instructores de las aerolíneas habilitadas con una licencia adicional por el Instituto Nacional de Aviación Civil (INAC). El hecho de que un individuo sea tripulante no lo hace instructor; para ello se necesita una licencia donde se certifiquen habilidades y competencias, niveles elevados de conocimiento y grados de pedagogía. Cuando termina el chequeo sobrevienen las distintas recomendaciones de modo de lograr éxito de conformidad con la perspectiva ética, es decir, consejos cargados de muy buenas intenciones.

Culminado el período de observación, el tripulante es considerado apto para volar e iniciar la programación de vuelos. Esta es elaborada por un grupo de personas pertenecientes al departamento de operaciones, conocidas como Programadores. Ellos representan un punto neurálgico y de vital trascendencia para que la aerolínea funcione bien. Si no existieran sería un caos, no habría ni orden ni planificación, tampoco se podría prever la solución en caso de demora o falta por parte de uno de los miembros de una tripulación.

Esta ardua labor requiere de individuos con capacidad de operar bajo presión, agilidad y flexibilidad mental y una memoria extraordinaria, a fin de propiciar las respuestas necesarias en tiempo y forma. Por otra parte, saber congeniar y trabajar en equipo con la oficina de despacho de vuelo y con el objetivo de conocer los nombres de los integrantes de cada una de las rutas.

Luego de haber aprobado y asimilado cada peldaño de la larga escalera, falta un elemento esencial de todo tripulante: proyectar un uniforme con presencia agradable. ¡Ah!, y claro, súmenle a esto los tacones y el maquillaje y ¡oh, làlà’ Dieu soit loué!, (¡Oh la la, alabado sea Dios!), tenemos a un ser humano que vence la gravedad del cansancio con una sonrisa y un excelente trato; un profesional de un solo rostro, empero experto en múltiples funciones.

El plan de estudios de AVENSA o de cualquier otra prestigiosa aerolínea nos demuestra que nada es fortuito para alcanzar las metas que nos proponemos.

Resulta imprescindible formarnos. ¡Señoras y señores, jóvenes y niños! La suerte es efímera y temporal, de la misma manera que la primavera o el verano. Puede ser uno de los elementos que facilite el camino, pero no define los logros y mucho menos las oportunidades. Sin embargo, en el vuelo de la vida, la fortuna de la casualidad es una de las tantas ventanas por las que la bendición del Padre decide asomarse en la existencia de cada uno.

A los seres humanos nos rige la ley de causa y efecto, la perseverancia y buena disposición que nos permitirá hallar la senda de la luz. La oscuridad de la pérdida o la derrota solo es la semilla de lo que debemos trabajar con considerable ahínco. No le otorguemos el poder ni la responsabilidad al fracaso, que intenta mediante el ego propiciar la excusa perfecta para no intentarlo una vez más. Créannos cuando les decimos que la caída es un alto en la pista que nos dice y nos señala que necesitamos pulir la idea, buscar las herramientas idóneas y sintonizar el corazón con la frecuencia de la ilusión para que nuestro cerebro asuma la acción con brío y nuestra inmortalidad se proyecte en el legado que dejemos en este plano. En todo vuelo se alcanza distintos tipos de velocidad que hay que considerar en el despegue, vuelo crucero y aterrizaje, aunque vayamos a 900 km por hora, esto no significa que llegaremos a destino con mayor prontitud. Recuerden que a veces existen factores externos favorables y en otras ocasiones no.

Deseamos comunicarles, antes de culminar el adiestramiento, que todos sin excepción pasamos por una escuela llamada; vida. Ella nos entrena y nos hace repetir lecciones unas veces y otras no. Por esa razón, en esta analogía les revelaremos que el largo cuestionario de la existencia trae consigo las respuestas, la vida se vive mediante la comprensión:

Ustedes, estimados lectores, en este viaje de exploración se han regido por la normativa de existir en función de lo que les dicten los valores y la inclinación que disponga su corazón. ¿A qué se debe?, a que todos estamos suscritos a una especie; la humana. ¿Para qué fueron creadas las normas? para organizar y clarificar la mente, por ende, dirigir la conducta hacia el bien, ¿qué pensaría si descubriera que para conectarnos con lo vital de las reglas espirituales es necesario ser lo que queremos lograr? Sin embargo, ¿cuál es la norma del espíritu? Mucho radica en la observación y autoobservación, la humildad para recibir y la nobleza para dar. Por esta razón, debemos ser coherentes entre lo físico, emocional, mental y espiritual. El espíritu es la fuente de la luz y el alma es la acción de esa luz sin palabras. ¿Qué es lo que realmente desea? ¿Cuál es la metodología que emplea la vida para enseñar?

Aunque no lo crean, a cada paso del desplazamiento en el tiempo, la vida nos brinda un entrenamiento en las diferentes áreas del conocimiento, y es muy probable que no nos hayamos percatado del todo.

Los retos vitalizan nuestras capacidades, pero, ¿cuál es el propósito de los retos?, propiciar los cambios, ¿para qué?, para hallar la verdadera y única identidad, ¿cuándo ocurre?, en cada acto de desapego o despegue. ¿Con qué finalidad?, modificar conductas, ¿cómo lograrlo?, obrando con sano compromiso en pos de la solución. ¿Adónde nos conduce todo esto?, a aterrizar en la pista de la tranquilidad y del haber tratado lo mejor posible dentro de nuestras capacidades, de manera tal de desembarcar en la terminal de la liberación de las preocupaciones y los sentimientos de culpa.

Por el contrario, los problemas son oportunidades de cambio en nuestro mundo interior que afectarán lo externo. Esto significa que lo mejor está por llegar y eso mismo intentaremos exponerles a continuación con el objetivo de cercenar la ilusión que proporciona el miedo y las comparaciones con los demás que solo nos victimizan. Les demostraremos que el mayor milagro es la renovación de la conciencia y de la alegría. Solamente ustedes tienen el poder de pilotear o pilotar su existencia y de modificar su rumbo y altitud para aterrizar en el aeropuerto del saber vivir, siguiendo la luz y la voz interna hacia el merecimiento.

El tipo de aeronave es directamente proporcional al vehículo que les fue entregado al momento de nacer. Su longevidad dependerá de la clase de combustible, su cuidado y mantenimiento, algo así como una buena nutrición y actividad física. Amen cada pieza de su contextura, no pretendan emular los ideales de belleza y diseño impuestos por la sociedad. Ustedes son bellos, hermosos y perfectos tal cual son; ¿no lo creen? hagamos un ejercicio, ¿quieren? Diríjanse al espejo y mírense a los ojos, detallen todos los rasgos de su cuerpo, reconozcan las partes más hermosas y acepten las que consideren no lo son, incluso las arrugas. ¡No permitan que los descalificativos arruinen la apreciación y valoración de quien es!

Tenemos pies de barro, por ende, la vulnerabilidad y la fragilidad de la existencia humana son palpables, a pesar de nuestra aparente superioridad.

Tal como los aviones son catalogados de acuerdo con las funciones a desempeñar, nosotros los seres humanos estamos clasificados conforme a la misión, propósito y sentido de vida.

Con esta analogía los invitamos a crecer, ascendiendo a niveles de conciencia que nos permitan tener bases sólidas para ejercer con verdadero señorío la dignidad y la fuerza de prosperar. De nada nos sirve lo que alcancemos si no construimos una base maciza y en vano se construye en terreno arenoso la casa de nuestros sueños. Ningún aspecto logrará las piernas de bronce ni el torso de plata; recuerden que el corazón y la mente están diseñados para ser de oro, y aceptar nuestro físico es otorgar equilibrio entre lo material y lo espiritual para materializar la nueva realidad con las piedras preciosas del bien común. ¿A cuántas personas conocen que no cumplen con los cánones de hermosura, y sin embargo, un sinnúmero de individuos las perciben como regias?

¿Sabían ustedes que todos nacemos con la capacidad de exaltar lo bueno? Eso nos convierte según las circunstancias en medicina, algunas veces dulce para reconfortar a un alma triste y otras tantas amargas; en la hora en que nos toca advertir a un amigo lo errado de su camino, también somos instrumento de primeros auxilios al entregar la venda que detendrá el corazón sangrante del afligido. Lo que hace de cada uno de nosotros un medicamento idóneo es hablarse con dulzura. Utilice como herramienta de emergencia el espejo, sonría a la imagen que se refleja en éste, verá cómo su alma le devolverá el gesto; ahora digan: “Gracias, Padre, por todo”. Si ustedes tienen alguna discapacidad visual, aun así agradezcan, su visión es mayor de lo que piensan: huelen, perciben y escuchan mejor que muchos. Los fármacos habitan en la sintonía y sincronización de los elementos físicos con las de los recursos otorgados por los dones y talentos.

El ejercitarse en la vida no se detiene, por eso se requiere establecer tierra entre el agua donde navegan nuestras emociones y el transmutar con el fuego de aquellas sensaciones que nos anclan, elevándonos por encima del ego. Los sentimientos deben ser expresados al igual que un manantial y no de forma destructiva o dicho de otra manera, como alud de fango violento y estrépito, que arrasa con todo a su paso.

El amor propio es el medicamento que debe aplicarse para la reconstrucción del santuario interior, donde habita la chispa divina: la maestría del ser. La fuente del amor consciente e incondicional se logra mediante el ejercicio del perdón, la gracia y la misericordia, en función de las necesidades y no tanto en atención a los deseos; esto conduce a saber establecer límites, sin culpa. Asimismo, prestar el socorro del coexistir; ustedes, del mismo modo que la aeronave, también poseen un desfibrilador (dispositivo que suministra descargas eléctricas al corazón a través de la pared torácica). ¿Cuándo se pone en marcha? Se activa en el vivir diario, justo en el minuto en que anima a otro ser humano. ¿Cómo?, brindando las palabras de consuelo durante la agonía que se presenta en las horas oscuras.

Unos de los objetivos más difíciles de lidiar en la existencia son los factores humanos y CRM. El conjunto de individuos en el planeta—pasajeros y tripulantes— tenemos una carrera en proceso de formación. Sin embargo, ahora corresponde analizar con cuántos puntos se graduaron algunos o consideramos que faltan por graduarnos otros. ¿Cuál es el método que se utiliza para la vinculación con otras personas y el deseo de vivir en plenitud? Uno de los sistemas que debemos aprender a activar es el de la consideración, todos somos capaces de obrar acciones de bien. No obstante, esto no significa que lo hagamos bajo la luz de la apreciación y valoración en el trato hacia los demás y nosotros mismos.

Cada día y ante toda decisión toca establecer procedimientos operacionales: este aspecto lo efectuamos siempre y cuando actuemos con congruencia entre sentir, pensar y actuar. ¿Somos del tipo de persona que habla de una manera y actúa de otra muy distinta? ¿Estamos alineados o desbalanceados? ¿Qué nos callamos? ¿Cuánto hemos prometido y no cumplido? ¿De cuántas personas nos hemos olvidado y hasta abandonado? ¿En qué nivel se encuentra la memoria y capacidad de agradecimiento?

Como vehículos humanos, también transportamos mercancías peligrosas: está determinado por los sentimientos negativos que se proyectan en las agresiones verbales o gestos de desdén. El adecuado manejo de estas afecciones estriba en la comprensión y el tratamiento que le demos a ese lado oscuro, en el que descubriremos que la venganza no es justicia y menos sanación de heridas. Una de las sustancias más corrosivas es el vacío que deja el resentimiento, la envidia, las comparaciones y la crítica negativa.

Cuando entramos en el mundo espiritual tendemos a aprender conceptos, pero nos corresponden una serie de prácticas que no son fáciles de llevar a cabo por las implicancias de asumir la responsabilidad de nuestra realidad. Éstas son las siguientes:

Prácticas de capacitación para la empatía: consiste en un número de visitas a la cabina del corazón que es la puerta de acceso al alma, el autoconocimiento, la valoración, la aceptación de los sentimientos y emociones, capacitando y elevando el nivel de comprensión en relación con otro ser humano; de igual modo a la propia dimensión. Ese espacio interior demuestra de forma indiscutible la relevancia de dejar fluir o pasar los momentos de dificultades. Asimismo, se hace a través de la calma de saber que todo sirve a un mejor y mayor propósito con la añadidura de llegar a lo más profundo de uno mismo, retornando a la naturaleza, despertando el instinto y la intuición. ¿De qué manera?, disminuyendo la aceleración e intensidad del tengo y debo hacer.

Prácticas de primeros auxilios para la liberación: se nos invita a aplicar las maniobras del perdón por medio de la identificación de los aspectos que nos aquejan, ocultos hasta ese momento tras la frustración o el malhumor. Descifrar la propia humanidad en la concordia de las miserias ocasiona un cambio en el curso de los acontecimientos; por ese motivo, es vital construir la paz con nosotros mismos. Esto solo se logrará cuando nos liberemos de la culpa y nos desahoguemos del síndrome de abandono, admitiendo y depurando las infecciones ocasionadas por las heridas emocionales del rechazo, derribando así la dualidad entre lo racional y lo emocional; dando el paso al equilibrio del dar y recibir, y del merecer. La realidad es un reflejo de todo lo que sucede en nuestro interior.

Prácticas de CRM para las relaciones humanas: juegos en los cuales se establece la confianza con los más cercanos y sobre todo con nosotros mismos. De las relaciones no deberíamos salir heridos por el arma de fuego de la amargura o del rencor, ni con cargas de culpa por la decepción de lo que no pudo ser, tampoco victoriosos. De las relaciones correspondería partir crecidos por la revelación de lo aprendido. Fortalecidos interiormente por la propia redención, dispuestos a construir por elección. Se hace imprescindible saber diferenciar entre quienes nos aportan o nos restan.

Las relaciones fallidas son la fuente de lo que dejaremos de aceptar y desear para nosotros como también para los demás. Nos afianza al lugar donde pertenecemos, revelándonos el tipo de facultad que poseemos y que nos permitirá procesar la información a partir de la percepción y de la experiencia; en la cual la ignorancia desaparece. Así mismo, permite dejar sitio a una auténtica interrelación con uno mismo y con el entorno, además de exteriorizar el privilegio de sentir y soltar.

Prácticas de procedimientos operacionales para crear vidas saludables: preparación de la mente, dominio en los comandos de evacuación de la frustración, enojo o miedo por palabras y acciones coherentes con los sentimientos y emociones, sean positivos o negativos. Es decir, saber discernir entre cuándo callar, hablar, conocer y decidir ser feliz para amar, trabajando la pérdida como la necesidad de la vida, de manera de vaciar y liberar espacio para lo nuevo. Sin duda alguna, la existencia devuelve lo que damos sin recordar y recibimos sin olvidar. Sellamos con la bendición del agradecimiento por tener para compartir y por ser merecedores de lo que aceptamos o rechazamos. Al final, aprendemos a interpretar las señales del universo; desarrollamos la intuición.

Prácticas de supervivencia en el mar de las emociones y la tierra de la lógica y la razón: uno de los entrenamientos que nos ubica entre la impotencia por no salvar a otros y la culpa de haber sobrevivido. No obstante, cuando la conmoción por la tragedia pase, nos encontraremos en la orilla de la autovaloración y el reconocimiento que la ley de causa y efecto nos señala con la bengala de la luz de lo que no hemos terminado. Debemos encontrar el para qué sobrevivimos y esto no es otra elemento que el dar, compartir y brindarnos de modo de exaltar la propia humanidad para saber recibir.

Prácticas de extinción de incendios —pensamientos negativos—: con el transcurrir de la existencia y si prestamos atención a las emociones, sabremos reconocer lo que nos afecta. Es el método por el que sofocamos las llamas producidas por la reacción ante la angustia, la belicosidad y la avaricia que resulta de no hacernos cómplices y que, a su vez, no contribuye a una mejor y nueva realidad, sobre todo, el reconocimiento al valor de la vida. Apagar el ego y sus múltiples flamas —llamadas facetas—, es una ardua tarea en la evolución del alma. ¿Cómo se clasifican los fuegos emocionales?, mediante la identificación de los pensamientos rumiantes y saboteadores. Vale decir que el combustible de las emociones puede ser positivo, debido a que nos proporciona contención en los momentos difíciles u otorgan entusiasmo, vigor y poder para cumplir la misión. Por otro lado, ofrece la posibilidad de ser negativo porque destruye; eso sucede cuando el incidente cobra fuerza, nubla el razonamiento y el dominio propio. Ello, lo determinará: el grado de agresividad, tristeza, dolor e ira manifestados.

Tanto los entrenamientos en la aviación como en la vida, nos invitan a abrirnos a un cambio de actitud para observar con claridad y actuar con madurez, puesto que nada está vinculado con la edad, sino con el autoconocimiento. Esto nos permitirá transformar cualquier situación desde una perspectiva correcta, evitando o minimizando los conflictos. Cada error es una emergencia en la que entra en juego nuestro ego, empero también la oportunidad inequívoca de modificar la conciencia y la capacidad de entender que el bien individual es la base del bienestar colectivo. La individualidad es un regalo de distinción, el espíritu comunitario una fortuna.

Si existe alguna duda, fíjense en la pandemia actual de COVID-19. En la medida en que se respeten los protocolos sanitarios, se ayuda a la salud del otro. El entrenamiento es esa reactivación de la semilla de la sabiduría que revitaliza la luz interior del entendimiento mediante el buen desempeño. Contar con una visión de las diferentes consecuencias que puede originar una coyuntura, aunada a la fe, proporciona seguridad y calma en la acción. Por el contrario, la ansiedad —que es la antesala del miedo—, priva al individuo de tomar elecciones correctas en el momento preciso.

Un tripulante carente de conocimiento, buen entrenamiento, comprensión de lo trascendental de la consciencia situacional y su práctica se convierte en un instrumento letal en la seguridad propia y de todos los ocupantes de una aeronave. Desconocer la ubicación de los equipos de emergencia y su conveniente uso, de acuerdo con el cómo, cuándo, dónde y para qué, los torna en objetos inútiles. Del mismo modo, cada ser humano que no tiene idea de sus dones y talentos y su adecuado uso y área de dónde aplicarlos resulta en angustias, demoras y pésimas elecciones.

Una inmensa parte de la población mundial fue entrenada con base en resultados tangibles, como por ejemplo: estudiar una carrera que brindará éxito económico, pero no con el objetivo de lo que realmente inspirará o generará la felicidad de crear. Esto deriva en una gran cantidad de profesionales frustrados que viven el sueño de alguien más y no el propio.

Hoy muchos dentro y fuera de la aviación, alrededor del mundo, están perdiendo sus empleos por reducción de personal y falta de pasajeros a causa de la cuarentena. Esto afecta a muchísimos otros rubros de la economía, paralizando el ingreso de nuevos empleados y nuevas contrataciones. No obstante, no debemos olvidar que todo conocimiento es útil porque nos despierta y nos hace descubrir talentos ocultos. Recuerden, queridos tripulantes y viajeros del vuelo de la vida, es inmenso lo que han visto, saboreado, tocado y sentido. El caudal de habilidades, destrezas e información y la cultura del entendimiento brindan adaptabilidad. La circunstancia, sumado a lo que ya sabemos, es lo que prevalece en la consciencia situacional y lo que nos permite experimentar en sincronía con el deseo de vivir, la intuición y la intención.

Ahora pregúntense dónde y cómo pueden aplicarlo. Es cierto que el aire nos brinda una existencia planetaria distinta, no olviden que lo concientizado nos puede abrir un universo de posibilidades. Somos embajadores de la unicidad, y si existe algo en lo que el COVID-19 nos está entrenando, es en la convivencia, la máxima de las dificultades que nos toca asumir a los seres humanos. Nos ha colocado en la posición de profundizar las más intrincadas emociones, aflorando sentimientos hacia el mundo y en relación con la familia.

Nos estamos permitiendo preparar el alma, al imponer y establecer un alto, purificándonos de todo aquello que nos limita en la apreciación de la realidad y en calidad de hijos de la tierra viva, derrocando la dualidad ofrecida por el miedo al rechazo y al juicio.

En nuestros años de vida y de entrenamiento, tanto en el cielo como en la tierra, jamás habíamos podido observar cómo la espiritualidad a través del arte ha asistido a la ciencia para que la población mundial no enloquezca en medio del encierro. Su ejercicio ha permitido desbloquear caminos hacia la templanza entre el dar y el recibir. De igual forma, hemos percibido con beneplácito el establecimiento de movimientos de ayuda desinteresada, liderada por mujeres empoderadas que han propiciado el cumplimiento de sueños de sus integrantes; ellas se ayudan y animan a seguir y perseguir su independencia.

Los entrenamientos nos obligan a escuchar las señales del alma para despegar y aterrizar con absoluta certeza en la pista de un mayor propósito y mejor destino. Este está definido por el éxito de acuerdo al área trabajada. Pese a los desvíos, quizás haya alguno que otro dolor, pero sin el sufrimiento causado por el apego. La forma más adecuada de empoderarse de un espacio es acogerse al derecho y los deberes que implica. Ambos nos otorgan el respaldo para la aceptación, la reorganización y priorización de las emociones y estas — a su vez— la gratificación de sentirnos satisfechos con nosotros mismos y por ende, facultarnos con la sabiduría de discernir con claridad cuáles son las mejores elecciones, sabiéndonos merecedores de los resultados.

La prueba del vuelo de la vida es realizada por la divinidad que habita dentro de cada individuo, certificada por el grado de conciencia y cuyo inspector es la conexión que activa la chispa divina. Este examen es realizado por los amorosos controladores de la luz en la comprensión de la percepción, en verdad y amor; de los Arcángeles y Ángeles custodios designados e invocados. Los mensajeros autorizados por el Eterno a cargo de la gran obra en las instalaciones donde seamos requeridos cada quien. Nosotros, ustedes y yo nos encontramos en lugar en que Él nos necesita.

Los requisitos para aprobar son muchos, empero sobre todo erradicar el ego con la humildad de entender que estamos aprendiendo a ser humanamente luminosos. Al final, la tierra es la escuela transitoria y el cielo la casa más segura.

Recordemos que la vida es una hermosa tripulante e instructora de existencias. Conoce las diferentes culturas, valores y educación bien fundamentados. Además de ser políglota, debido a que habla todos los idiomas y dialectos existentes alrededor del mundo, también maneja a la perfección el lenguaje emocional, tal cual lo hace toda gestante con sus críos. Cuenta con la capacidad de saber, entender y adaptarse al espíritu de los seres con los que conversa y la escuchan, con amor y sin juicio, se acomoda hasta lograr obtener lo mejor de cada habitante de esta tierra. Ella nos trata y responde en el mismo tono en que le conversamos, es decir, devuelve lo que le ofrecemos.

Nos enseña que el desapegarse de lo que no corresponde es el gesto más fuerte y noble que podamos accionar hacia nosotros mismos, resucitar para reiniciar. Indómita y de carácter alegre, comprensivo y fuerte, determinante en sus reglas, perseverante en los cambios por sus características y apego al amor incondicional. A causa de su desempeño y excelsitud le fue otorgada la licencia de mayor nivel en su clase y categoría. Han transcurrido milenios y dicha acreditación jamás ha sido concedida por el Universo a otros entes: fue, es y será siempre certificada por la Divinidad.

La empresa para la que trabaja es reconocida mundialmente como Planeta Tierra y se extiende por todo el universo. Las operaciones de vuelo son comandadas por el Capitán Dar y lo acompaña en sus viajes el Copiloto Recibir. Sus compañeros de labores son las circunstancias, lugares y personas y se regocija en cada base aérea. A todos los miembros de su tripulación los reciben Ángeles espirituales o humanos, quienes personifican los niveles de conciencia, sin creencias limitantes, pero sí evolutivas. Su plan de desplazamiento se desarrolla en un destino con propósito.

La existencia siempre le da a cada uno la bienvenida, uniformada de honor, gloria y múltiples colores con el mejor estilo y honestidad. Sonriendo, brinda lo óptimo y como se habrán dado cuenta espera que ustedes y yo aprobemos las lecciones programadas por las situaciones que nos destinen para otorgarnos la licencia de acuerdo con los grados justos y necesarios. Según lo que nos corresponda realizar, entre lo más importante: Ser Humano practicando el luminiscente y adormecido don de la humanidad.

“No está en las estrellas mantener nuestro destino, sino en nosotros mismos”. —William Shakespeare.

Mantenga en mente y asegure en su corazón: El Eterno creó toda vida. Implementó reglas y procedimientos espirituales. Por consiguiente, y a modo de internalizarlas y accionarlas, planificó un programa de entrenamiento que contempla: teorías, prácticas y estrategias. El mismo está diseñado de acuerdo con las características individuales, nivel de conciencia y misión de vida.

Dicha planificación consta de un objetivo principal o general donde se enlazan: el espacio, la materia y el tiempo. Las etapas determinan que el ayer, afecta el hoy y este el mañana. Las diversas acciones contienen en sí mismas lo ancho, profundo y la amplitud de la intención y sus resultados se sentirán: densos, fluidos o elevados. Todo eso, para aprender a realizar lo correcto y seguir expandiendo la Gran Obra. Las dificultades u obstáculos, nos someten a distintas formas y categorías de presión, a fin de innovar y evolucionar. Alcanzar la verdadera identidad y libertad, autoconocimiento, autoobservación y autocorrección. Despertar las potencialidades, habilidades escondidas y transformarlas en luz. Escuchar la conciencia a partir del melodioso silencio interior para propiciar el encuentro entre la energía del pensamiento y el sentimiento. Convertir cada alma en causa de vida y no en efecto de esta. La evaluación incluye preguntas de elección múltiple en el que se ejerce el libre albedrío y desarrollo de la conciencia por lo que nos conduce a responder: ¿para qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿qué?, ¿dónde? Tranquilos, respiren, no es cronometrado, la prueba dura desde el nacimiento hasta la muerte. ¡Es lo que hace hermosa y entretenida la vida!, ¿no les parece?

“Antes como ahora, todo tripulante sueña con alcanzar el cielo, solo para darse cuenta a su regreso de que no hay nada más sublime que besar la tierra”.— (FGGA).


Tripulantes y pilotos de excelencia profesional y humana


Corina Fuentes, excelsa compañera, jefe de cabina y empresaria.

Vuelo 3
La observación


Señoras y señores, permítannos darles la más cordial bienvenida al vuelo de la vida N.º 3 de la aerolínea FLY GOD & LIVE con destino a la observación. Volaremos a una altitud de 16.000 pies y nuestro tiempo de vuelo será de 50 minutos en un avión del pasado.

Favor de asegurar en sus mentes la siguiente frase:

“El conocimiento no es algo separado y que se baste a sí mismo, sino que está envuelto en el proceso por el cual la vida se sostiene y se desenvuelve”. —John Dewey.

Antes de convertirnos en Tripulante de Cabina de Pasajeros regulares, la mayoría experimentaba y realizaba su primer vuelo como observadores en una aeronave que había pasado de pistones a turbohélice: un Convair CV580 convertido a Allison. Aquel era un avión más rápido, su cola estaba fabricada con un estabilizador vertical o deriva ampliado, también dotada de estabilizadores horizontales o plano de profundidad modificados. El conjunto de esa configuración es lo que permite movimientos de viraje uno y de dirección el otro. Las conversiones fueron efectuadas por Pacific Air Motive en nombre de la empresa Allison Engine Company.

Al volar el Convair 580 (Consolidated Vultee Aircraft) experimentábamos la sensación de atravesar un tubo de luz hacia el pasado por donde se emprendía un viaje de regreso a la verdadera esencia de la aviación. Operado por dos pilotos, su cockpit incluía además un asiento de observador, requería de dos tripulantes de cabina y estaba configurado por 52 asientos para pasajeros. Aunque parezca increíble esa reliquia era veloz, desarrollaba una velocidad de 500 km por hora. Al mismo tiempo desataba contradicciones porque lo sentíamos lento. Si se compara con los aviones jet que sobrepasan los 900 km por hora y que, incluso, pueden romper la barrera del sonido, siempre y cuando estén diseñados para eso.

Antes del amanecer, el Convair levantaba vuelo, poniendo su confianza en el Creador y en quienes lo piloteaban. En cada uno de sus despegues ofrecía lo que era y lo que tenía. Él empleaba el combustible de la firmeza y la convicción. ¿De qué forma?, combinando, de manera entusiasta, una serie de elementos, entre ellos: el testimonio de tiempos lejanos y la experiencia. Estos representados en las turbinas de hélice. A ello se le sumaba el tipo de pasajeros que viajaban en él: gente vibrante, humilde y de buen corazón que descubría la magia de elevarse al cielo y recorrer kilómetros en un traslado único, dentro de ese corcel de metal. La totalidad de esos aspectos convertía a esta fascinante aeronave en un lugar en el que las vibraciones de frecuencia se elevaban e impulsaban a soñar, por medio de esplendorosos amaneceres y radiantes atardeceres. En conjunto extendía una cálida invitación a realzar el corazón con pureza y delicadeza. Juntos, máquina y ocupantes, realizábamos actos de magia con el rayo de la conciencia. Todo guiado por el recuerdo que alberga el origen del alma. Tanto uno como otro, creados con piezas únicas, que unidas transformaban las duras luchas internas en llegadas sabias.

Este avión a hélice tenía la particularidad de mostrarnos con humildad, la fuerza de sus motores y con ello el ímpetu de su deseo de alcanzar el cielo. Entre despegues y aterrizajes combatió el rigor de los obstáculos en los distintos períodos de su historia. Aun así, sus trayectos ofrecían bondad y liviandad por la conformación familiar de su cabina de pasajeros. Su carga nos enseñaba que las circunstancias pueden pesar como el fuselaje. El señalado pesaje lo determina: la calidad de pensamientos, sentimientos, emociones, expresiones y acciones. Es decir, la sensación negativa incrementa el peso o el tamaño del obstáculo; por el contrario, la alegría y el agradecimiento lo reducen. Ahora bien, ¿qué aumenta la negatividad?, pues, las excusas y creencias limitantes que yacen, según lo manifestado, a lo largo de la vida. ¿Acaso resulta una falacia que se ha programado a la sociedad con la falsa percepción de que la edad es un impedimento para comenzar alguna nueva actividad o sueño?

Aquella aeronave producía en nosotros la ilusión persistente de hacernos creer que mientras mayor velocidad desarrolláramos, más rápido llegaríamos. Durante el trayecto de su pesado vuelo daba la sensación de lentitud. Era impresionante cómo un segundo en el Convair parecía un minuto interminable, ese poderoso efecto se extendían a horas y hasta días. Tal cual los momentos de angustia que parecen eternos y muy cortos los felices, si bien el tiempo sea el mismo. Este avión nos enseñaba a esperar sin perturbarnos. Si lo comparábamos con los jets, demostraba que los ciclos siempre nos remiten al reloj de sol y de arena. Sin importar los avances tecnológicos, los instantes están hechos para experimentarse, es la forma más sana de aprender a vivir. Demostró que tanto humanos como aeronaves funcionan y evolucionan conforme a sus rasgos individuales, por ende, es natural y lógico emprender ritmos y formas distintas para llegar a destino. Ciertamente, es lo que hace a los individuos y aviones únicos, la comparación destruye la autovaloración y la autoaceptación.

Esa misma impresión la tenemos cuando afirmamos que lo que hacemos no es relevante y a nadie afecta. Al convencernos de que lo trascendental son los resultados y no el medio utilizado. De igual manera, la falta de autocontrol que se manifiesta con gestos o palabras de violencia. Dicho comportamiento, desquicia las relaciones laborales y personales e induce a perder la seguridad y firmeza en uno mismo. Encima de todo se encuentra coronada por la tendencia de seguir los impulsos, sin controlar ni prever las consecuencias, tornando el vuelo de la vida en circunstancias y rutas densas, dando la sensación de no alcanzar el destino ansiado.

El tiempo es una unidad que comunica un incesante ahora, aunque por costumbre e intento de interpretación, fraccionamos en pasado y futuro, que invita y renueva el momento adecuado para dar lugar al sentir y la comprensión. Demuestra que todo lo que nos ocurre, va dirigido a un mejor propósito. A cada paso del trayecto, el universo nos otorga las herramientas necesarias para superar los escollos. Según cuál sea la intención, encauzando nuestros deseos en armonía entre el mundo interior y exterior. Así, son las etapas de la juventud, la madurez y la vejez del hombre, una fase refleja en la otra la prosperidad del alma y la añadidura del espíritu.

Volar en el Allison o Convair nos adiestraba en manejar las épocas de acuerdo con las crisis. Entender y trabajar nuestras temporadas decisivas para conquistar el instante oportuno en un período limitado e indeterminado. En un lugar impensado; sin que la ansiedad arruine el objetivo de lo que fuimos llamados a ser. Indiscutiblemente, esta anciana aeronave nos enseñaba, además de la paciencia y la tolerancia, el entendimiento de que detrás del “no puedo” se esconde el “no quiero”. Esas emociones que rara vez admitimos por falta de confianza en las propias habilidades y capacidades.

A lo largo de nuestra primera observación, ese avión nos invitó a reflexionar en las clases en las que recién habíamos aprendido acerca de los hermanos Wright. Al mismo tiempo, en sus innumerables intentos por crear un aeroplano que pudiera ser controlado. Asimismo, en cómo las cualidades de los padres fueron heredadas por Wilbur y Orville; uno de ellos contaba: “Fuimos muy afortunados en crecer en un ambiente en donde siempre hubo mucho apoyo a los niños, a seguir sus intereses intelectuales, propiciando la investigación sobre cualquier tema que llamara la atención”. Esta particular cita generó en muchos de nosotros la comprensión de que los sueños crecen en la mente propicia a la fe; la cual es certeza (sustancia) de lo que se espera y convicción (evidencia) de lo que no se ve. — (Hebreos 11:1-6).

En cualquier caso, necesitamos preguntarnos: ¿qué es la fe? La fe es similar a las cuatro fuerzas principales producidas por un avión en vuelo: ¿cuáles son y en qué consisten?, sustentación, peso, empuje y resistencia. Ellas son tan poderosas que se complementan y al hacerlo se perfeccionan entre sí. Vamos a relacionarlas con la elevación de nuestra existencia; dado que nacimos y somos llamados para trascender y encontrarnos con nosotros mismos y ser una influencia positiva para los demás. La fe impulsa al progreso y la evolución del ser. Por medio de ella se manifiesta cambios de conductas. De igual manera, nos aleja del sentido de perfección, de las trivialidades que limitan la vida y matan el espíritu. Sin embargo, nos aproxima a las bendiciones para permanecer fieles a la instrucción de la Luz, siendo diestros en la práctica y fuertes en la relación con la Divinidad. La fe se perfecciona en el instante en que obramos por certeza y por oración.

Por otra parte, la sustentación de la fe ofrece el saber, creer y actuar de acuerdo con la conexión espiritual, la cual guía a la verdad en toda actividad realizada. Esa potencia nos otorga el sentido y propósito de vida. ¿Cuál es el objetivo? El de compartir bondadosamente con los demás, pese a las duras circunstancias que enfrentemos, floreciendo, fortaleciéndonos y siendo flexibles en los distintos procesos, según la consideración y actos de generosidad con nosotros mismos y hacia el prójimo. ¡Ah!, pero ¿cómo mantenernos firmes y convencidos ante las dificultades?, ¿cuál es la sustancia de la fe?

Pues, la resistencia, representada por la tenacidad, fidelidad y obediencia a los principios de la luz, que nos permite llevar a cabo una tarea con dedicación o esfuerzo durante una indefinida cantidad de tiempo, creyendo que es posible. Sin lugar a dudas, El Padre concede al esforzado la recompensa del logro. No obstante, no es el único ingrediente, la convicción requiere de la paciencia para vencer completamente la rigidez, esta le añade la consideración que somete toda oposición y establece un carácter y una visión; proporcionándonos la capacidad para el cambio, afrontar el dolor y usarlo de forma positiva en la empatía. De eso surge la pregunta: ¿cómo podemos transformar la aflicción en armonía y benignidad?

La respuesta se encuentra en el empuje que otorga el quehacer diario para armonizar el peso de los atolladeros y los infortunios. Los problemas nos empujan en dirección a nuevas oportunidades y el lastre de las adversidades al crecimiento. El impulso de la luz nos libera de la carga de la esclavitud interna y nos aleja de causar daños. Nos permite trascender las afrentas con las cualidades inspiradas en los valores de la propia conciencia. Tanto el empuje como el peso, nos conceden el brío para realizar lo que debemos formar en el interior. Muchas circunstancias nos hacen creer que invariablemente tendremos un referente humano que nos incline a lo emocional, y más aún, a lo espiritual. Solo para mostrarnos lo antagónicos que podemos llegar a ser. Valerosos respecto a unas causas y endebles hacia otras; hermosos y decididos para soñar. Por esa razón, nos extraviamos en la senda para alcanzar esos anhelos; deseosos de comunicarnos, pero aislados porque nos cuesta intimar por miedo a ser heridos.

La energía vital de la fe se sustenta en la obra, se fortalece, perfecciona y expande en la espera y la acción correcta. Es decir, existen momentos en que podemos obrar algo en pro de lo que necesitamos, en consonancia con un alma llena de certeza por sabernos acompañados, protegidos, respaldados y dotados por la Luz en nuestras capacidades y la buena intención. Mientras que en la incertidumbre toca aguardar. ¿Qué significa? La vida nos presenta situaciones en las cuales no tenemos ni control ni injerencia para poder resolverlas, se escapan de las manos. Es ahí donde la fe se hace más fuerte, ¿cómo es eso posible?, porque nos obliga a aprender a no desesperar y creer en Él. Esa fuerza poderosa, aun cuando sea tan diminuta como el tamaño de un grano de mostaza, nos impulsará a vencer la coerción de la grave circunstancia, mediante el acto de inclinar el corazón hacia el pronunciamiento de una oración. Al ser oídos, seremos sostenidos desde la máxima perspectiva. ¿Cuál es esa visión?, la del Creador y no la nuestra.

Tener fe es poseer un criterio adecuado en lo referente a las propias fuerzas y habilidades. ¿Estamos capacitados para detener un sismo? ¿Poseemos facultades para adelantar o atrasar el proceso de recuperación de un enfermo en la unidad de cuidados intensivos?, no. Así pues, ¿qué corresponde realizar? Orar y esperar ser escuchados. ¿Cuáles son los posibles resultados después de haber orado? Según sea lo mejor y en armonía para cada uno de los involucrados, un milagro, ese hecho que no puede explicarse por las leyes regulares de la naturaleza. En el caso del terremoto, salir ileso. Sin embargo, también puedo ocurrir lo opuesto a lo deseado y continuar siendo un prodigio de la Luz; el paciente no se salvó, pese a todos los esfuerzos. ¡Ah!, entonces, ¿de qué valió?, de mucho, siempre lo que sucede es lo óptimo. En el que murió fue el no seguir sufriendo y en los familiares y amigos el establecimiento de la paz por haberlo acompañado y asistido hasta el último suspiro. Al final, quedará el consuelo y la comprensión de que era su momento de partir. ¡Vivir con sentimientos de paz es el portento auspiciado por la bendición interna para acceder y entender las riquezas eternas! La sabiduría de la fe, es una mezcla de cientos de aprendizajes destilados durante la vida para que los aspectos internos, propios de nuestras vivencias, puedan funcionar de acuerdo con el dominio de las emociones.

Lo mencionado fue la reflexión provocada por la manera en que se visualizaba la configuración del Allison para ese entonces, era como la conjunción de la fuerza invisible que, en forma global, llevamos en nuestro interior. Aquello que nos indica de modo extraordinario la existencia de un ente más poderoso, rigiendo y controlando los mecanismos del vuelo de la vida. Todos disponemos de esa energía, aunque no lo admitimos. Huimos sin descanso a la creencia en alguien o algo que nos hace observar y sentir que somos parte de un todo empeñado en humanizarnos.

Esta humanización es demostrada en los aviadores a través de giros y la compenetración con mecanismos tan antiguos, de igual forma seguros. Unos hombres que sudaban para llevar a cabo las fases del vuelo en aquel aparato más pesado que el aire mismo, de servos aerodinámicos que podrían vincularse hasta con comandos mecánicos, a excepción del tren de aterrizaje y los alerones. Al unísono, lo convertían en un viaje ligero como el de una pluma; coordinando con la afinidad entre mano/ojo y la conciencia espacial. Si lo comparamos con lo espiritual, los apegos son esos duros dispositivos que limitan la vida, pero cuando somos fieles hacedores de la Luz, sin duda alguna fluiremos suavemente.

El Convair es la muestra del coraje de muchos antes que nosotros en una aviación que desafió el miedo. Evoca la caballerosidad de los pilotos de la Segunda Guerra Mundial, cuando se les permitía a los malheridos escapar, perecía la venganza y prevalecía el sentido humano. Ese avión rememoraba que no importa cuán alto llegues, debes tener tus raíces bien fijas en el suelo. Solamente quienes tienen fundamento están facultados para volar, porque de eso depende la capacidad de adaptación. ¿Será que esto es una invitación a honrar a nuestros antepasados? ¿Acaso no hicieron y dieron lo mejor que pudieron?, ustedes, al igual que yo, somos esa herencia, hagamos lo propio con sano criterio, cada quien da el amor que puede, y no siempre de la forma como uno quisiera recibirlo.

Después de ese viaje inaugural, siguieron muchos otros en los que ocurrían eventos inusuales. Esa aeronave siempre quedará como la más querida por muchos tripulantes. En tal sentido, fue un amor a primer vuelo.

No sabemos bien por qué ese avión y sus respectivas rutas tenían la capacidad de otorgarnos el buen trato, que dispensa la naturalidad. Quizás era porque nos instruía en la reflexión, el respeto y la estima a lo esencial y no a lo superficial de la apariencia. Los pilotos a los que les correspondía pilotear ese equipo contaban con un dispositivo suplementario de amabilidad y paciencia, y por añadidura mucha resistencia.

Tuvimos el privilegio de trabajar con caballerosos profesionales del aire, no tan solo en el Allison, sino en la flota entera, empero para esa máquina voladora se necesitaba de una cualidad adicional que favoreciera el rendimiento. Créannos que un asunto es llegar a Nueva York, Shanghái, Londres, Canberra o Toronto, y otro muy distinto a Acarigua, Anaco, Güiria, o Tucupita, ciudades provincianas de nuestra amada Venezuela en un avión a hélice.

La diversidad de imágenes y sensaciones ofrecidas por esas rutas; era mágica, al extremo de envolvernos en una especie de naturaleza genuina y gratificante pureza, cualidades extintas en las convulsionadas ciudades. Se sentían el olor y la brisa de los colores brillantes y la sencillez de los pobladores a 16.000 pies de altitud y en completitud con aquel gran y pesado pájaro de metal, el canto de sus turbohélices, provocaba un ensordecedor ruido para irrumpir de forma disonante la quietud del ambiente. Ese mismo bullicio en la vida diaria se denomina; preocupación, angustia, tristeza y depresión; también el alborozo en el que palpita la fantasía de los niños.

En Tucupita, la cabecera de pista se avista próxima a la desembocadura del río Orinoco, uno de los más largos del mundo, por lo que el tren de aterrizaje acariciaba sus aguas antes de posarse en la tierra. Cuando soñamos acariciamos primero el deseo y si trabajamos el sueño; el logro.

En ese entonces y durante la aproximación a la pista, se veía a las personas que vivían cerca del aeropuerto de Tucupita, prácticamente anunciando su arribo, la simplicidad es cálida y no asiste a los distantes y fríos protocolos. Sus pobladores, junto con la belleza de los paisajes, nos hacían sentir diminutos ante la inmensidad del delta fluvial. En el que los indígenas Guarao o Warao aprenden a remar antes que a caminar o lo que es lo mismo, aprendamos a conocernos, amarnos y relacionarnos con nosotros mismos, previo a los demás.

Resultaba cotidiano observar a los pasajeros que esperaban la salida del vuelo para abordarlo. Dentro de las sencillas instalaciones del aeropuerto destacaban las ancianas que solían llevar consigo plantas, frutas y encomiendas prometidas al pueblo de destino. Aunque también jóvenes y adultos, seres humanos afables que se acercaban con dulces hechos en casa y ofrecidos a los tripulantes; personas de espíritu amoroso hacia el ambiente. Esos lindos ciudadanos percibían el volar del mismo modo que un gran autobús con alas. Es de comprender y aceptar que un corazón alegre y generoso cuenta con dispositivos para embellecer el cielo y la tierra con integridad y agradecimiento.

Entre aquellos maravillosos personajes, era frecuente advertir a una señora muy agradable cargando un bolso rectangular con asas de madera, al cual no se le prestaba atención. Hasta que un día cualquiera, el embarque sería algo diferente gracias a esa mujer y su acompañante. El vuelo se inició con el recibimiento de siempre:

— ¡Buen día! Señora, bienvenida, ¿qué asiento le asignaron? —preguntó la tripulante, ubicada en la puerta de entrada.

—M’ija, no sé.

—Señora, ¿dónde está su pase de abordar?

—Muchachita, ¿y eso qué es? —inquirió la pasajera con asombro.

—Una tarjeta de embarque que le entregó el empleado de la aerolínea y que autoriza su ingreso al avión. En él, señora, está impreso el número de asiento asignado.

— ¡Ay, m’ija! Yo se lo di al muchacho vestido de blanco. ¡Ah!, y si lo ves, le dices que me traiga la comida de Francisco.

Intentando informarse, la tripulante inquirió de manera cortés:

— ¿Qué muchacho de blanco, señora?, ¿y quién es Francisco?

— ¡El de blanco, m’ija! ¡El que trabaja en el aeropuerto!

Terminada la conversación, logró asomarse por la puerta. Efectivamente, al pie de la escalera de la aeronave, estaba el señor con una braga blanca y un envoltorio en la mano, haciendo señas con las manos e indicando que iba a subir. La tripulante sonrió en señal de aprobación. Al llegar a la entrada del avión y previa identificación, el hombre le entregó el pase de abordar de la señora y un paquete que no pesaba más de 1 kilo; semejante a las dimensiones de una caja de zapatos. Seguidamente, informó que le pertenecía a la dama que había ingresado minutos antes, adicionando el hecho de que ella era la dueña de la gallera de la localidad.

La tripulante agarró el paquete, sin añadir otra pregunta, de modo de no interrumpir más el umbral de acceso a los viajeros. Entretanto, mientras se dirigía al interior de la aeronave; pudo escuchar la voz de una mujer vociferando: “Francisco, ven acá”. Al mismo tiempo, notó a los pasajeros regresando a la entrada, tratando de correr, algo despavoridos. Cuando preguntó qué ocurría, observó sorprendida a un gran gallo parado en el respaldo de uno de los 52 asientos de la parte posterior y con las alas desplegadas en todo su esplendor. Si bien el comandante en la cabina de pilotos estaba ocupado con sus propias actividades, atento, consultó a la tripulante:

—Chama, ¿por qué detuvieron el embarque?

—Mejor vea por usted mismo a fin de que crea, porque si lo digo va a pensar que alucino o que estoy bajo la influencia de estupefacientes.

Curioso, se levanta y mirando hacia atrás, asombrado exclamó:

— ¿¡Y eso!?

—Pues, según oí, es Francisco —respondió evitando reírse.

Ante semejante situación, y dadas las espuelas de esa ave descomunal, le inquirió:

—Capitán, ¿podría prestarme su chaqueta?

— ¿Para qué?, ¿no hay otro objeto disponible? —intuyendo las pretensiones de la tripulante.

—Señor, lamentablemente no. Mi blazer es pequeño y no lo tengo aquí, además la suya tiene mayor autoridad y poder, las cuatro barras tienen peso y lo amansarán. —

En esas rutas, por condiciones de temperatura, no se consideraba obligatorio el uso de las chaquetas del uniforme durante el embarque y desembarque de pasajeros.

El caso es que el comandante gentilmente le prestó su chaqueta a la tripulante. Ella, a su vez, la lanzó a la propietaria del ave, quien con destreza envolvió al gallo, metiéndolo de nuevo en su bolsa, pero esta vez asegurada. El ave dejó un recuerdo en la indumentaria del capitán, muestra de su aprecio o de su venganza. Por supuesto, fue lavada en el lavamanos del baño de la mejor manera posible con sonoras carcajadas nuestras por lo ocurrido. Finalmente, la señora recibió la comida de Francisco.

Cuando llegamos a la ciudad de destino, el gallo dejó saber su felicidad de haber regresado a tierra con un estruendoso quiquiriquí. Señoras y señores, después de todo y por muy ave que fuese, no estaba hecho para volar y menos a esas alturas.

Debido a estas circunstancias, el típico anuncio de despedida fue modificado, y se hizo referencia al inusual y fantástico pasajero: “En nombre de la Aerolínea AVENSA, el capitán, su tripulación y Francisco, agradecemos su preferencia”. Los pasajeros rieron y aplaudieron al unísono.

En este vuelo se evidencia los distintos aspectos de la vida: la velocidad no equivale a llegar a tiempo o con mayor rapidez. La existencia no consiste en ganar la condecoración del reconocimiento y la satisfacción plena por las múltiples luchas, logros o sucesos en la que la pervivencia nos conduce a elevarnos unas veces y otras tantas a sumergirnos. Cada lección de vida, sea esperada o no, sucede sin pausa y siguiendo un itinerario cronológico y formativo. Dicha instrucción está conformada por toda circunstancia, labor y relación a fin de diagnosticar necesidades, potenciales y fortalezas. Los diferentes eventos suceden en un orden, espacio y temporadas determinadas. ¿Con qué propósito? Descubrir el grado de aprendizaje entre una prueba y la siguiente. ¿Cuál es la finalidad? Garantizar la construcción de la conciencia; espiritual y emocional.

La concientización se alcanzará a través de las destrezas humanas que trascienden las diversas etapas y tipos de naturaleza material. En consecuencia, este viaje nos señala de manera implícita que los grados universitarios no garantizan el éxito económico o la acumulación de fortunas. Los títulos nobiliarios, altos cargos, fama y riqueza, si bien conllevan a privilegios, no implican la facultad de dilatar la muerte, evitar la vejez o hallar la felicidad. Por otra parte, ¿qué ocurre con los timadores?, por temporadas alcanzarán favores, empero, no perdurará eternamente; la paz y la salud en sus vidas. A tal efecto, tanto el carácter espiritual como la inteligencia emocional se obtienen cuando se establece la concordancia en medio de las cualidades psíquicas y afectivas. Por consiguiente, queda establecido que no es por cumplir caprichos o antojos del ego o la distorsión de los pensamientos y emociones.

Igualmente, jamás se le otorgó ni concederá a individuo alguno, el derecho de subyugar la belleza y la vida del reino vegetal o animal. El Todopoderoso nunca nos confirió el permiso para destruir los elementos que componen los diversos ecosistemas, menos aún el poder para controlar los fenómenos naturales del planeta. Sin embargo, si queda definido, en las lecciones impartidas por aquel viejo avión de hélice, que todos dependemos de la bendición, guía, corrección, fortaleza y protección divina.

El espíritu de la aviación estriba en la comprensión de los distintos mecanismos de las aeronaves y no en la edad de estos. Del mismo modo, nuestro tránsito por este plano, radica en aceptar y entender que el propósito de nuestra humanidad es darle valor a la espiritualidad, ¿cómo?, respetando la creación, la energía activa y visible de la propia esencia. La chispa divina generada dentro de nosotros que impulsa la forma en que nos comunicamos con la vida y como actuamos y sentimos ante ella.

Nuestro viejo Convair demostró que la felicidad estriba en contribuir y no en competir. Entre despegues, rutas y aterrizajes nunca se comparó con otros aviones. Hizo caso omiso a las críticas negativas, (es caluroso, lento, ruidoso). Tuvo certidumbre en el Ser Supremo y en quienes lo piloteaban. Realizó lo mejor que pudo con lo que tenía para llegar a destino. Por tanto, la firmeza de su vuelo nos transmitía alegría, fortaleza e impulso en las capacidades que todos con los años admiramos y hasta añoramos. Tal cual lo hacen los seres humanos que han alcanzado la luminiscencia del alma.


Créditos capitán A. Cruz, por el obsequio de esta fotografía


Amado Convair, agradecemos tu lento y ruidoso andar, nos concediste lecciones de humildad concientizándonos de que el volar en la vida es un aprendizaje progresivo en el reflexionar y el actuar, todo viaje inicia con la comunión y compromiso en lo íntimo. Nos hiciste recordar la importancia de la guía suave del corazón en dirección a la conciencia de la unidad y la benevolencia de todo lo que es. Gracias a ti, aceptamos que la palabra sabia es la clave para poder comprender las acciones, corazones y omisiones.

¡Gallo Francisco!, ¿dónde fuiste a parar? Posiblemente a un caldero o al podio, eso nunca nadie lo sabrá, pero no olvidaremos tu singular cacareo al aterrizar. Esperamos hayas podido sobrevivir a la crueldad de quienes propician las peleas entre animales, un sinsentido en el que solo imperan las apuestas y la falsa superioridad.

Vuelo 4
Navidad e inocencia


Señoras y señores, permítannos darles la más cordial bienvenida al vuelo de la vida N.º 4 en la aerolínea Fly God & Live con destino a la Navidad e inocencia. Volaremos a la altitud de la satisfacción y la alegría de compartir y el tiempo de vuelo será la esperanza.

Favor de asegurar en sus mentes las siguientes frases:

Cada uno debe dar según se lo haya propuesto en su corazón, y no debe dar con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama a quien da con alegría. — (2 Co 9:7)

Un corazón alegre es la mejor medicina; un ánimo triste deprime a todo el cuerpo. — (Pr 17:22).

Todos sabemos de los constantes desplazamientos requeridos por la profesión de tripulante. Además del desgaste físico, también de qué maneras estos pueden generar en los individuos una gran inclinación hacia lo material. Por consiguiente, a los pocos meses de empezar a volar observábamos cómo la mayoría de nosotros nos preocupábamos por buscar una mejor casa, comprar mejores autos y ropa de marcas reconocidas a la vista. Al gozar de cierta estabilidad financiera, comenzábamos a explorar nuevos horizontes y sitios donde pasar vacaciones, Navidad, luna de miel, días libres, sin tener en cuenta en que punto de la geografía universal estuviera. No quiere decir que fuera malo, pero sí que perdíamos noción de las distancias, tiempos y gastos. Nos volvíamos pretenciosos, olvidando el origen de nuestra cantera, diluyéndose la humildad en muchos. Mirábamos con desdén a personas, lugares y restaurantes que, antes de incorporarnos a la aerolínea, frecuentábamos y disfrutábamos. ¡No!, a partir de ese instante, debía ser íntegramente de renombre o última moda. Se condicionaba el hablar o vestir de cierto modo para no ser excluidos, obligándonos a vivir inmersos en una imagen materialista y competitiva. Eso tiene sus costos; nada es gratis en la existencia.

Todo eso se generaba en medio de otras coyunturas diferentes, actitudes y energías diversas que oscilaban entre la superficialidad, mayor envidia hacia las posesiones de otros, habladurías, críticas, rivalidad y deslealtad. La frustración aparecía al tratar de mantener el tren de vida, semejante al de los demás. Era allí en donde las personas con baja autoestima tenían dificultades en admitir las carencias de habilidad, por lo que escondían sus debilidades en los logros materiales y en la mentalidad de superioridad.

En cambio, existía otro tipo de tripulantes que, pese a encontrarnos en jets, decidíamos continuar volando en Convairs. Enfocándonos en la respiración fluida del vivir intensa y armónicamente por medio del ser y el tener. Es decir, distinguir entre la ilusión y la autenticidad. Meditando en la bendición ofrecida por las vistas privilegiadas de aquellas ventanillas. Era impresionante la singularidad de cada uno de los despegues y aterrizajes. Sin mezquindad se nos regalaba con beneplácito un glorioso amanecer o sorprendentes atardeceres, difíciles de describir. Los cambios de temperaturas, tormentas y estaciones de acuerdo con el destino. El rostro de un niño, las lágrimas de la despedida o de la soledad o de la alegría durante los trayectos de días festivos. Detalles exhibidos a todo color con calidez por la fuerza de la vida y el amor del Padre. Dicha circunstancia, propiciaba la energía y los eventos que fomentaban el entusiasmo y la inocencia. Lo expuesto potenció a los acontecimientos ocurridos durante un vuelo nocturno, en el que se experimentó, el verdadero sentido de la Natividad. ¿Alguna vez han sido partícipes o instrumento de las coincidencias?, este vuelo es producto de ello. Era víspera de Navidad, el regocijo embargaba a adultos, jóvenes y pequeños viajeros del vuelo, excepto a uno; el comandante del avión.

Sin embargo, en vista de la cantidad de niños viajando ese día y ante el sentir del capitán a cargo —un hombre gordo, de barba gris y amplia sonrisa, además de muy buen corazón—, quien estaba triste por no poder compartir con su familia esa fecha tan excepcional. En ese vuelo se unieron de manera perfecta: fecha, hora, sentires e ilusiones, por ello, decidimos unir dos extremos de una misma cuerda. La supervisora de esa jornada tan especial, lo llamó por Interphone (sistema de comunicación interna) y le notificó, añadiendo una pregunta y comenzar a tramar la chiquillada que se desarrollaría minutos después y a unos 23.000 pies de altitud:

—Capitán, tengo aquí unos niños que solicitan visitar la cabina y a usted. ¿Les permite pasar?

— ¿Cuántos son? —inquirió con cortesía, aunque, sin ánimo.

—Dieciséis. —Acorde al manifiesto de pasajeros.

— ¡Bien! Pásalos en pares y solamente dos minutos —dijo sin ganas, pero atento.

Recuerden: en aquellos tiempos no existían puertas de cabina blindadas, no había ocurrido lo de las Torres Gemelas y se permitía pasar al cockpit siempre y cuando las visitas fueran autorizadas, asimismo supervisadas.

Luego de autorizada, empero, con sustito en el corazón por la travesura que recién emprendíamos y que confiábamos daría buenos resultados, tomó el P. A. Public Address —sistema de comunicaciones entre tripulaciones y pasajeros, más conocido como micrófono — y dio el siguiente anuncio:

—Señoras y señores, ¡su atención por favor! Nos es grato informarles y traerles a la memoria que mañana será Navidad y Papá Noel vendrá igual que cada año a obsequiar regalos a los más pequeños de la casa. En este momento somos afortunados por poder contar con un enviado especial que se encuentra trabajando de incógnito como capitán del vuelo y es el hermano menor de San Nicolás. Aquellos que decidan y necesiten realizar la entrega de su petición de última hora a Santa o mandarle un saludo, se les agradece, tengan a bien, oprimir el timbre de llamado de tripulante para organizar un encuentro con él.

La euforia de los pequeños viajeros se hizo sentir. Disciplinada y respetuosamente, escucharon las instrucciones.

Una vez que los niños fueron organizados e instruidos en cómo debían ingresar y comportarse en la cabina, los chiquillos contaron con dos minutos para conocer al “hermanito de Santa”, y con total credulidad, comenzaron a dejar sus peticiones trazadas en servilletas. Muchos de ellos eran tan pequeños que no sabían escribir, y fue así que optaron por dibujar su objeto deseado. Algunos le jalaron o halaron la barba para saber si era real y le preguntaban y decían: “¿por qué no ayudas a tu hermano que es más viejo que tú?”, “¿no te da lástima?”, “yo ayudo a mi abuelo porque es viejito y lo quiero”, “¿estás bravo con él porque no te dio un regalo?”.

Antes de que el capitán respondiera, la supervisora intervino:

—Señor, no pude contenerme y les revelé su gran secreto —. Y el pobre capitán sin entender ni atinar a nada, preguntó con ingenuidad:

— ¿Mi secreto?

¡Sí!, capitán, ¿recuerda que antes del embarque nos confió acerca de su parentesco con Papá Noel? Pues, no nos aguantamos y se lo revelamos a todos los niños a bordo y ahora saben que usted es el hermano menor de Santa y que el copiloto y el ingeniero son sus asistentes, también fueron informados en relación con el nuevo servicio expreso del Polo Norte inaugurado en días pasados, y dado que usted es piloto, él lo puso a cargo.

Frente a toda esta farsa, la expresión de su semblante era indescifrable. No sabía si enojarse o soltar una ruidosa carcajada. Por esa razón, creímos que uno de los chiquillos la interpretó como gesto de enojo, a lo que él, colocando su mano izquierda en el hombro del capitán, le comentó en tono solidario y a manera de consuelo:

—Tranquilo, son así, mi hermana me hace lo mismo. Ella manda y todo el tiempo me gana y mis papás siempre le creen. Me tiene verde, ¡es fastidiosa! —exclamó con gran intensidad, pero riéndose.

El capitán asombrado le respondió:

— ¡No!

Enseguida, dirigiéndose a la tripulante inquirió:

— ¿Alguna otra tarea me dejaron?

—Pues sí, qué bochorno con usted, de la misma manera les hablamos sobre la misión encargada por su hermano, ese hombre con la mirada iluminada por vivir la ilusión de los pequeños; esbozó una mueca de agrado y expresó con énfasis:

— ¡Ah, sí!, ¿y se puede saber de qué más me dejó a cargo mi hermano?

Ahí, en ese instante, otro de los niños — en defensa de Papá Noel —, respondió:

— ¡No te hagas!, ¿qué más, pues?, recoger nuestros deseos de última hora, ¡no ves que es viejo y se le olvidan las cosas!

No sabiendo qué responder, sin embargo, con una sonrisa enorme dibujada en su rostro y complacido ante semejante distinción, siguió la corriente y hasta firmó autógrafos en yesos de bracitos lesionados.

El resultado fue un capitán sonriente, menos deprimido y muy agradecido por aquellos niños esperanzados. Una niña le dijo:

—Por favor, ¿podrías decirle a tu hermano que me traiga una muñeca Barbie, un camión y una bici? Siempre me trae otro juguete y no me gusta, me hace llorar.

Con humildad, es necesario aceptar que todos tenemos las mismas necesidades de cariño y reconocimiento. Muchas veces, por cumplir con el deber, nos revestimos de máscaras, privándonos de momentos dulces y especiales. Desde cualquier punto de vista, los ocupantes de ese vuelo entendimos lo sustancial de brindarnos con humanidad. La solidaridad en tiempos difíciles no puede ni debe ser reemplazada por lo material o el juguete de última moda.

Apenas tocamos tierra — en una época donde no había celulares—, llamamos a nuestros seres queridos para mitigar la ausencia que causa la distancia física.

En tierra firme cuesta entender la soledad que aflige a los tripulantes del mundo en épocas festivas. De ahí que en el afán de minimizarla, sustituimos la presencia en los hogares con regalos y toda suerte de objetos decorativos, comprados en alguna parte del planeta; cuando la hora de la cena navideña nos agarra en algún lugar.

Entendemos que la Navidad es una temporada para disfrutar dondequiera que nos toque estar y con quien sea que estemos. Aunque en el corazón esté encendida la chimenea del hogar y en la maleta se albergue el vacío de casa. No hay forma de llevarnos a los seres amados en ella. La distancia puede separar cuerpos, pero no corazones, por eso compensamos su existencia y nuestra ausencia con fotos o una nota dejada al descuido en la que dice: “nos vemos pronto, te quiero mucho”.

Esa Navidad tuvo un sabor especial, porque nació en cada uno la empatía, la rendija por donde se cuela la capacidad de comprender a los otros. Ese día, al llegar al hotel, vimos a muchos que estaban igual que nosotros sirviendo en sus puestos de trabajo y nos acercamos para desearles felices fiestas con un cálido abrazo y un bombón, comprado en la tienda del aeropuerto. La jornada culminó con total agradecimiento al Padre, por el techo provisorio en aquella noche fría, el servicio prestado por el personal de la cocina, los mesoneros y recepcionistas, las mucamas de guardia y el portero.

Los tripulantes no son los únicos que trabajan esos días: médicos, enfermeras, bomberos, paramédicos, controladores aéreos, policías, soldados, fiscales, oficiales de inmigración y aduana, operarios de mantenimiento. Ingenieros en las diferentes empresas de atención a servicios esenciales, fábricas de producción que no pueden suspender operaciones por el tipo de producto que confeccionan. Amas de casa, mamás y papás. Asimismo un contingente de individuos de los que poco sabemos, pero que también desempeñan tareas relevantes, ejemplo: las funerarias, recordemos que la muerte no tiene fecha. La diferencia es que la morada está cerca de cada uno de ellos y la de un tripulante más lejos.

En ese vuelo reconocimos, a través de la inocencia de esos niños, las bondades de lo terrenal como lo que realmente son, una ilusión temporaria destinada a desaparecer, lo mismo que una bocanada de humo si no es sostenida por los lazos de la utilidad con sencillez y afectividad.

Es vital señalar que lo material, acompañado de lo espiritual, sirve a un propósito trascendental y elevado. Al igual que el conjunto de estos factores es lo que necesitamos en ese momento. Lentamente podemos aprender a reconocer el bien verdadero que yace en cada situación, mientras el crecimiento en abundancia es proporcional a la humildad desarrollada desde la autenticidad.

En medio de los tripulantes hay hijos y nietos de los conflictos bélicos mundiales. Entre ellos están mis padres, quienes vivieron las repercusiones de una Europa en guerra y Posguerra, por esta razón, amaban las festividades en las que se honra la luz sin importar cuáles fueran estas. Janucá (significa inauguración, sin embargo, es conocida como “La fiesta del milagro de las luces”. Acontece el 25 de Kislev del almanaque judío), Navidad (del latín Nativitas, “nacimiento”, se festeja el 25 de diciembre), y epifanía (por etimología del griego, “manifestación gloriosa de Dios”, se celebra el 6 de enero). Para papá y mamá esas celebraciones simbolizaban un homenaje al poder y el efecto de la luz. En conjunción perfecta con el estandarte de la paz, dejando brillar la luminiscencia con generosidad y sin mezquindad, disipando las fuerzas negativas de los desavenimientos sin sentido ni propósito. En cualquiera de dichas fechas, el humor y la actitud de los individuos se transforman y descargan, brindando el fulgor espiritual de Dios a este mundo. “Un poco de luz puede vencer a mucha oscuridad”, decían mis progenitores. Así que lo ejemplificaban con la tregua de 1914, una historia que ustedes muy probablemente ya sepan, empero que a continuación les será contado:

Señoras y señores, abróchense los cinturones, coloquen el respaldo de su asiento en posición cómoda para viajar a través del túnel del tiempo y adentrarnos en la Primera Guerra Mundial. En la Navidad de 1914, en el frente occidental y en la manera en que este hecho —sin precedentes en la historia militar— nos muestra el verdadero propósito de estas festividades. No valieron las órdenes del alto mando, sino el deseo de festejar sin coacción, pero sí por decisión propia de los soldados alemanes, franceses y británicos. Estos hombres hicieron un cese al fuego para darle una oportunidad a la paz.

Los alemanes, siendo fieles a la tradición y no cediendo a sus costumbres, comenzaron a entonar canciones navideñas a la vez que decoraban sus abetos con la finalidad de colocarlos a lo largo de sus trincheras. Estos pequeños arbustos habían sido enviados al frente por mandato expreso del Estado Mayor, junto a suministros extras como pan, salchichas y hasta licores. Los franceses, al igual que los británicos, no podían dar crédito a lo que sus ojos veían con asombro. ¿Cómo era posible? ¡Árboles de Navidad iluminados en las zanjas enemigas! Los soldados aliados no tardaron mucho en unirse a la celebración. Aquella guerra cruenta e inhumana para sus combatientes dio paso a la tregua, en la que casi no hubo intercambio de disparos, salvo los de la Legión Extranjera en Alsacia.

La noche pasó, el alba despuntó, y pese a su llegada, se hizo la paz y el deseo de que esta continuara. Se levantaron muchas e improvisadas banderas blancas, y los soldados salieron de sus trincheras igual que las hormigas de su hormiguero, la mayoría dudando, llenos de temor y desconfianza.

Con ilusión se dirigieron a lo que se denominó “la tierra de nadie” para compartir lo que tenían, no lo que les sobraba, incluso lo más íntimo como fotografías, recuerdos, miedos y hasta sueños.

A cada una de las distintas unidades se les permitió dar la sepultura debida a sus muertos. Oficiar servicios religiosos y realizar juegos improvisados, como ajedrez y fútbol. El juego es el instrumento que utiliza nuestra alma para engendrar el renacimiento de la ilusión y la alegría, rescatándonos del oscuro pesimismo que trae muerte al disfrute. Las actividades recreativas, al igual que las festividades, conducen a la vitalidad de la adolescencia y a la inocencia de la niñez, proporcionan diversas visiones a las que se les otorgan diferentes valores.

Cuando llegaron las noticias de la tregua a los distintos cuarteles generales, la paz detonó la bomba de la sorpresa. Sus esquirlas enmudecieron a todos los coroneles, quienes enloquecidos por semejante inconveniente, solo atinaron a exigir informes a los oficiales a cargo para tomar represalias contra las unidades destacadas al frente. Lo manifestado refleja el dominio de las bajas pasiones y de los intereses de la guerra. Así somos en la vida cotidiana, en el instante que empuñamos el arma de la manipulación para alcanzar el deseo sin pensar en el bien común.

Hacer volver a las fuerzas armadas al combate no fue fácil. Cansados, hartos y luego de saborear la paz tan añorada. ¿La paz tiene sabor?, sí, podría decirse que sabe a pan recién horneado, untado con mantequilla fresca y acompañado de un rico chocolate caliente, compartido en una tarde fría de invierno.

Las cartas con negativos de fotografías que los soldados enviaron a sus familias fueron confiscadas y de ese modo, evitar que la paz ganara adeptos. Pasamos por la vida, sin expresar ni entender el dolor. Permitiendo que el sufrimiento nos secuestre los buenos recuerdos y la alegría, llevándonos a rumiantes pensamientos de guerra que se traducen en conflictos internos y externos.

En época de conflictos bélicos, como en tiempos de tregua, las festividades tienden a causar efectos de bien y eso es andar en la Luz del Creador. Nuestros problemas simulan desaparecer porque nos atrevemos a agradecer y reconocer deseando lo mejor a los demás y a nosotros mismos. Durante las celebraciones somos capaces de validar la realidad de los que nos rodean, honrándolos y resistiendo todo aquello que impide la alegría sin cederle lugar a la tristeza. Una evidencia de esto fueron los protagonistas de la Navidad de 1914 en la “tierra de nadie”; claramente, establecieron: la paz no tiene dueño y la guerra es propiedad de la avaricia y del poder egoísta que a todos nos convierte en cadáveres. Aquellos soldados reconocieron en su enemigo a su semejante, un ser humano que al igual que ellos sufría penurias. Ese adversario sentía frío, las mismas ausencias, miedos, rabias y ansiedad. Todos albergaban, independientemente del idioma, semejantes interrogantes sin respuestas. El personal militar de los distintos regimientos estaba formado por seres humanos y no por el tipo de personas que les habían hecho creer que eran; sujetos desalmados sin sentimientos ni emociones. Por breves horas, unos y otros sintieron y tuvieron el poder de detener la guerra, ejecutar alto al fuego e implementar una impensable amnistía, mientras los generales y coroneles —apostados en sus cuarteles— definían su suerte.

“En la medida en que las proposiciones de las matemáticas se refieren a la realidad no son ciertas, y en la medida en que son ciertas no se refieren a la realidad”. —Albert Einstein.

Si sobrevolamos y nos adentramos en cada lugar santo alrededor de nuestro planeta, notaremos que todos buscamos conexión según nuestra percepción: sinagoga de Jerusalén, monasterio de San Miguel en Ucrania, templo budista en Tailandia, basílica de San Pedro en el Vaticano de Roma, y la mezquita Hagia Sophia en Estambul.

Más allá de la forma de creer y pensar, todos buscamos iluminar con paz y esperanza el propio corazón, mente y alma, porque sabemos que por cada vela encendida que nos alumbra, podemos convertir nuestro ser en un cirio viviente para recobrar la chispa divina.

Han transcurrido muchos años desde la tregua de Navidad de 1914, sin embargo, no podemos olvidar que a la paz se le dio una oportunidad. Aquel día fue el milagro que propició el reconocimiento de la luz que nace dentro de los seres humanos para manifestar la gloria del Eterno. ¿Cómo? Los hombres prefirieron patear un balón que cargar y disparar un arma para herir a los otros, escogieron la Luz. La perspectiva de los generales atrincherados en sus respectivos cuarteles no cambió los hechos que intentaron negar, por ende, eligieron las tinieblas. Lo acontecido durante aquella festividad en el frente y que en consecuencia, luego se erigió un monumento de hecho y por derecho, sirvió para construir un puente de regreso a la hermandad de los pueblos en el que se concedió un tiempo para el cese de las diferencias. No se adiestró para el odio ni las desavenencias, sin sermones y con hechos se esparció el conocimiento de la existencia del Creador.

Desmentir este suceso sería igual que arrebatarle un grano de arena arrastrado por el viento caliente del Siroco o descalificar la belleza paradisíaca de la isla griega de Zante en el mar Jónico.

El acto de denegar el suceso quizás se disculpe, aunque no se comprenda, no obstante, el crimen de haber asesinado a seres que no querían pelear… eso ya es otro aspecto del cual tendrán que rendir cuentas sus autores. La paz siempre nace de la justicia porque respeta la ley de vida, y es así como los hijos entierran a sus padres. En cambio, la guerra es tan soberbia que rompe con todo orden natural, entonces son los progenitores quienes se ven en el doloroso deber de enterrar a sus pequeños.

La paz y la guerra son la muestra palpable de nuestra fragmentación, ¿qué puede ser más ambiguo que pelear por la paz y el deseo de imponer razones, sin entender diferencias? La paz brinda el conocimiento y mueve al descubrimiento del ADN luminoso que llevamos dentro de ese tesoro llamado; corazón.

La contienda solo son puntos de vista que forman los esquemas de la cruda realidad que fabricamos con egos exacerbados por las ansias de conquista y necesidad de control sobre otros.

¿Qué es estar en paz?, es proveer la luz y la bondad necesaria para disipar los vacíos, compensar, restituir y hallarse completo. Un pacificador no carece de nada, actúa y establece justicia de acuerdo con la herida o el daño hecho. La paz es la máxima declaración de igualdad de derecho y equidad por decisión propia. El sosiego construye el Universo, ilumina nuestro interior y crea el espacio para la vida eterna.


De FredericVilliers (1851-1922)

Vuelo 5
Relación e intimidad


Señoras y señores, permítannos darles la más cordial bienvenida al vuelo de la vida N.º 5, de la aerolínea FLY GOD & LIVE, con destino a la relación e Intimidad. Volaremos a la altitud del reconocimiento y nuestro tiempo de vuelo será la instrucción.

Favor de asegurar en sus mentes las siguientes frases:

“La confianza es clave en la vida. Es el ingrediente esencial de la comunicación efectiva. Es el principio que mantiene a las relaciones”. —Stephen R. Covey.

Pensamos que volar una aeronave es la conjunción entre la propulsión de los motores, los sistemas hidráulicos, los diseños aerodinámicos y un sinfín de elementos que elevan un cuerpo más pesado que la atmósfera. Sin embargo, muy pocos observamos que, al igual que la relación médico-paciente, también existe una conexión a través del enlace de la operatividad del avión y del conocimiento e intuición del aviador, semejante al caballo con su jinete.

Las horas de vuelo hacen del piloto un experimentado profesional, por consiguiente, aprende a desarrollar un vínculo de confianza, respeto y armonía con su aeronave, despertando en sí mismo, habilidades motoras y psíquicas, agudizando la vista y el oído, sentido de equilibrio y orientación. Uno y otro deslizan la vida entre el aire y la tierra, por medio de la acción lógica de los distintos procedimientos aprendidos y practicados a lo largo de los extenuantes entrenamientos.

Es tal el nexo entre la máquina y el hombre, que el aparato es el infinito, el horizonte natural con respecto al terreno que nos traslada en medio y con la ayuda del vacío. Los dos nos hacen llegar a destino de la misma manera que la luz, el piloto se vuelve la visión u óptica del ilimitado panorama, pero enfocado en el lugar a donde se dirige con la comprensión de los fenómenos naturales. Cielo, tierra, aire, fuego, agua y vacío crean los elementos y complementos para alcanzarlo hasta romper la barrera omnipresente que viaja en todas direcciones, intentando escuchar el sonido del silencio, gracias a la llama del alma.

El transporte aéreo puede ser considerado lo cuántico, la energía prístina, la velocidad de decisión propiciada por quienes realizan el excelso despegue, vuelo crucero y del aterrizaje. El tejido del dharma (premio) que no siempre depende de la rapidez con que nos movamos, sino de la sabia paciencia y resistencia. Es decir, lo sublime de desarrollar el desafío a la gravedad para alcanzar las nubes y acariciar el aire, leyendo los astros, sin yugo. El capitán, copiloto e ingeniero son el anhelo de la proeza inalcanzable detrás de la luz.

El piloto es el sudor, producto del esfuerzo y el compromiso. Este se incrementa de acuerdo con las condiciones adversas que encuentra, llevando a ambos a la creatividad y al sentido del desafío para lograr un vuelo seguro y armónico. Sin embargo, cuando esta relación se rompe y el aviador deja de sentir a su máquina, igual que el jinete con su caballo, puede matar a cientos, herir a muchos. Llevar al mundo a la locura en una suerte de innumerables preguntas: ¿qué pasó? ¿Cómo ocurrió? ¿Quién es el culpable? ¿Cuántos muertos? ¿Dónde cayeron? ¿Por qué? ¿Qué falló? ¿Cuándo se le realizó la última inspección? Los cuestionamientos de este vuelo nos llevan a pensar: ¿qué fue lo último que experimentaron el avión y su piloto? Pensamos que dejaron de conocerse y de percibirse como uno, y ese nexo, ese lazo rojo que nos ata al otro, finalmente se esfumó.

No obstante, no es el único cordón que se rasga, también lo hace el hilo de plata, mientras se desploma a tierra, el cielo anuncia a los ocupantes que el postrero aliento los desvinculará de los deberes terrenales. Que solo regresando al inicio se podrá hallar el camino a la eternidad. Ante este evento surgen interrogantes: ¿cuáles fueron los últimos pensamientos que invadieron las mentes de los viajeros? ¿A quiénes estaban dirigidos? ¿Qué sintieron, acaso solamente miedo y desesperación? ¿Oraron, se arrepintieron o agradecieron la vida que vivieron?, jamás lo sabremos.

Así, resultan las relaciones entre las personas; una de las más importantes misiones en la vida de los diferentes individuos, cualquiera que sea el oficio, profesión o rol que desempeñe, es promover lazos duraderos, fuertes, sin embargo y por encima de todo; saludables. No solo con nuestros seres amados, sino con todos aquellos que contactemos y con el ser más postergado y olvidado; ¿saben quién?, uno mismo.

Las relaciones tienen el objetivo primordial de afinar los aspectos fundamentales de nuestro ser físico, mental, emocional y espiritual. Ellas nos ayudan a mostrar lo que debemos acrecentar, como la plusvalía de nuestra existencia. Son muestras de lo relevante que somos para los seres con los que interactuamos y también son el punto vital que fortalece el planeta y todo lo que cohabita en la tierra. Es la oportunidad que nos ofrece la vida para crecer y entregarnos en confianza y con total desnudez. La relación sexual no es intimidad, es parte de ella. El sexo es similar a acariciar el vigor de la creación para que nazcan nuevas estrellas. No es el mero acto de procrear, es la energía natural de lo permanente e invariable en acción.

Una relación buena y sólida es la que crece y seguimos divisando a través de las arrugas y el andar del tiempo. Ser capaces de observar lo hermoso que nos atrajo de ese humano. Es vislumbrar en la mirada del otro el apoyo desinteresado y el reconocimiento que nos dio en el pasado. Entonces, experimentar la confianza, la armonía y la complicidad que brinda una sonrisa en el presente. Sobre todo y más allá de todo eso, darse cuenta del futuro cobijado por la decisión de valorar lo construido con respeto, aceptación, cariño y pasión, pese a los malos momentos vividos. Es la disposición de percibir lo bueno de ese alguien y sabernos privilegiados por vivir, sentir y tocar en su justa dimensión la distinción y la bendición de la que somos objeto.

Aun así, no todas las relaciones son duraderas, aunque en algunos casos sea esa la intención. No sabemos cuál es el origen de la causa de las rupturas ni a qué atribuirle la culpa o responsabilidad. Los motivos pueden ser múltiples, entre ellos el ritmo acelerado en el que nuestra sociedad nos obliga a desenvolvernos. El hecho de no compartir gustos y valores o extrapolar situaciones del pasado y depositarlas en alguien que en nada empalma con episodios y protagonistas de ese instante; atribuyéndole acciones, palabras y omisiones de esos acontecimientos.

Estamos tan inmersos en el consumismo que hemos vuelto desechables y automáticos a nuestros vínculos. Se nos hace muy cuesta arriba admitir e interactuar con respeto y consideración hacia los sentimientos del otro. Ni hablar de comprometernos de corazón y mente, deberíamos entender que las diferencias con los otros son las que nos atraen y que los aspectos comunes son el pegamento para mantenernos unidos en los lazos afectivos. Tenemos la extraña tendencia a manipular y coartar la libertad de los demás, además de la falsa pretensión de querer cambiar a los individuos. Un factor adicional podría ser que no hay o que deja de existir la química, de ahí que la verdadera intimidad jamás existió, por lo que simple y llanamente se tomó la decisión unilateral e irrevocable de no continuar.

Todos esos factores nos hacen sufrir sin entender los motivos de las reacciones. En reiteradas oportunidades no comprendemos al compañero por no tomarnos tiempo para conocer, aceptar y respetar. Damos por sentado que la otra persona es buena y que por eso debe aguantar todo como demostración inequívoca de amor o amistad, sin contemplar que esos sentimientos pueden tener fin. Terminamos olvidando el apreciar los gestos que ese sujeto tiene respecto a nosotros. A veces nos dejamos llevar por una supuesta imagen de caballerosidad y otras tantas por la belleza.

Sin embargo, cuando nos involucramos resulta que nos encontramos con Hulk o Hulkina, seres verdes oliva que con la ira se ven luminosos y centelleantes. ¿A qué se debe?, a la inseguridad y dualidad. Sus actitudes muestran la mente necia y descontrolada por la disconformidad ante el deseo real interno. La ira es el dolor y frustración no entendidas, mucho menos aceptadas, aun así con efecto mordaz en la autoestima. Son la evidencia del tipo de ser que es luz hacia la calle y oscuridad en la casa, destruyendo en minutos lo que probablemente lleva largos períodos tratando de crecer, pero languidece con la decepción.

Al finalizar un vínculo, no nos afecta tanto el hecho de haber terminado con ese hombre o mujer, amigo o amiga, sino lo que esa persona se lleva de nosotros: nuestros secretos, la vulnerabilidad de nuestra existencia, la forma de dormir, si roncamos o no, cómo despertamos, hasta objetos de valor que quedan en manos del otro. En la ruptura duelen la ausencia de reconocimiento por lo que se hizo o no, el juicio, las acusaciones, la falta de unas disculpas sinceras por la palabra que ofende o la herida causada. Luego y por paradójico que parezca, los distintos aspectos se convierten en elemento sanador y liberador, por algo denominado “verdad” que nos conduce sabiamente al origen de los acontecimientos, a la razón del porqué se provocaron acciones convenientes para uno y dolorosas para otro.

Algunos seres humanos, cuando no saben desvincularse de una relación que ya no les resulta atractiva, crean episodios en los que obligan a adoptar la medida de romper y partir de quien no tiene idea de la raíz de toda esa irracionalidad. Después de los finales aparecen las auténticas razones de los eventos vividos.

Estos sucesos se observan en la aviación y en el mundo. Pese a las heridas, el asunto es aprender que una relación verdadera es aquella en la cual ambas partes proveen el 100% de sí mismas en un contexto natural y saludable. Cuando esto no sucede se manifiestan las defensas y la división, no la construcción de la unión.

Desde tiempos inmemorables este tipo de situaciones no solo sucede en los vínculos humanos; sino también con respecto a nuestra relación con el Creador. Damos por sentado que siempre está y recurrimos a Él únicamente ante una emergencia, e incluso nos llegamos a sentir abandonados y le reclamamos con atrevimiento. Nos comportamos de manera similar a los adolescentes y hasta llegamos a mantener una actitud distante cuando se nos niega la complacencia de algún capricho o deseo no conveniente. Asimismo, frente a ese acaecimiento, la luz se manifiesta al descubrir lo que realmente necesitábamos y la niebla mental impedía apreciar. Al final se desprenderá del corazón unas Gracias Eterno, porque ahora vivo esto, es decir, obtenemos la divina recompensa y es lo excelente que correspondía.

En el momento en que nos permitimos fluir, respetando los tiempos que nos liberan de las ataduras emocionales, el Todopoderoso nos concede el conocer a la persona adecuada. Es ahí mismo cuando comienza la conexión hacia nuestro interior. Nos hacemos conscientes de los regalos que nos otorga, todo tiene la finalidad de conducirnos en dirección a algo mejor. Nada ocurre al azar porque, como decía Einstein, “Dios no juega a los dados”. Fuimos creados para cumplir tareas específicas que nos llevan al más elevado propósito de felicidad, y esta nace en libertad, aceptación, respeto y amor profundo, traduciéndose en afectos incondicionales de afectividad y abundante prosperidad. Las relaciones auténticas y duraderas distinguen, respetan, reconocen y aman, y de alguna manera están dispuestas a conocerse y encontrarse. No se olviden que no existe ser con mayor creatividad que el Supremo, autor de nuestros días, excelso novelista, humorista y cantante; entre muchas otras profesiones y atributos.

La intimidad y la relación, ya sea humana o divina, comienza con el autoconocimiento, el entendimiento del otro y el de Él y la verificación del aliento de vida en todo y cada uno de los habitantes de la tierra. YO SOY EL QUE YO SOY. Más aún, nos quejamos porque nos ignoran, rechazan y no nos reconocen, ¿ahora bien, hemos acaso reconocido Su existencia y la de los seres que nos importan?

Nos sonará simplista, empero los lazos con nosotros mismos, con los seres queridos, con el mundo y con Dios están programados por el universo para ser plenos. No por aprobación de lo externo, sino por aceptación de lo interno. Por el contrario, la cultura occidental nos empuja a aprender, valorar relaciones y personas a través del dolor y el sufrimiento. Las enfermedades son los maestros que el subconsciente refleja acerca de cómo apreciar todo lo que Él hace a diario por cada ser humano, sus inmensas misericordias.

La alineación con Él inicia cuando buscamos ese algo que no atinamos a definir, y que aun así vale la pena encontrar. Esto nos vuelve agradecidos, y mediante la acción, siendo leales con la mente, fieles con el corazón y congruentes entre el sentir, el pensar y el actuar. Toda vez que lo hallemos, sin duda, seremos dueños de los pilares que sustentan con éxito la intimidad en las relaciones. Habremos conquistado el secreto de que la lealtad va dirigida a la propia emoción y percepción de nuestra imagen y semejanza con el Creador. Él se encargará de librar nuestras batallas, y a partir de entonces comenzará el primer mandamiento que habla de amar a otros como a nuestro propio ser. Eso no significa la inexistencia o anulación de altos y bajos. La vida está llena de obstáculos desafiantes que, muchas veces, nos hacen dudar de la fe. Sin embargo, de todos esos bajones somos librados y levantados en justicia.

Si no nos adentramos en nosotros mismos para conocernos, respetarnos y aceptarnos estaremos debilitados ante las fuerzas externas, exponiéndonos a ser atacados. Es de esta manera que contribuiríamos a la anulación de nuestro pensar y sentir, dando como resultado una autoestima baja, mientras trascendemos la existencia, se presentan situaciones que nos permiten observar si estamos graduados en distintos aspectos.

Esta situación de la que hablamos puede ilustrarse con el ejemplo de las pirámides de Egipto. Construcciones —precisamente—piramidales, anchas en sus bases y estrechas en su altura cuando van aumentando su medida. Esto no es así porque sí, sino debido a que la magnificencia de ese modo lo requiere. Amerita corrección, precisión, cuidado y calidad, de la misma forma los caminos a la sabiduría lo demandan. “Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. — Mateo: 7:14.

Vivimos en una época rápida e instantánea y pareciera que no queremos esforzarnos. Todo lo deseamos y exigimos servido en bandeja. Elegir este estilo es optar por la senda ancha, sin medir las consecuencias derivadas de la imprudencia y la insensatez. En contraste, existe un grupo de personas que busca la ruta de la inteligencia que comienza con la rectitud, el valor y la templanza. Una vez que trabajamos estos valores en nosotros mismos, estaremos preparados para ascender y comprender los peldaños que nos conducirán a amar a otros con el verdadero significado de la bondad y el amor. Su entrada es una vía estrecha y angosta; y para ingresar debemos dejar el ego a un lado, no se trata de eliminarlo, sino de entender sus debilidades; en otras palabras, conocer las heridas de ese gran oponente que habita dentro de la mente, de modo de permitirnos atravesar la apretada puerta y alcanzar el camino ceñido del compromiso que lleva a una vida pacífica, de valoración y respeto.

Al volar sentíamos que los cielos más hermosos se hallaban al cruzar la neblina. De ella emergía un espectáculo de varios colores, asimismo, es la niebla mental, y detrás de esta, brotan la luz del conocimiento y comprensión de lo que nos afecta.

En esas confusiones se encuentra la mayor de las joyas, la verdad que sostiene toda relación íntima, el manifiesto de una emoción que conecta con la vida. Únicamente puede haber intimidad cuando nos permitimos una comunicación saludable con los otros, sin juicios ni reproches, pero atentos a las necesidades emocionales que establecen esa conexión. Con Dios no es diferente, Él conoce quiénes y qué somos. Solo Él sabe lo que realmente pensamos o sentimos y, siempre mucho mejor que nosotros mismos porque entiende exactamente lo que necesitamos, ¿o es que acaso no nos creó?

Hemos descubierto, y probablemente ustedes ya lo sabrán, que la intimidad surge de la empatía, del saber oír a la otra persona e intentar ponernos en sus zapatos tanto como sea posible, no obstante, sin anular la propia sustancia. Puede que sea nuestra esencia la que ayude al otro ser humano a crecer y permanecer.

Las relaciones requieren tiempo y esmero, paciencia y tolerancia, responsabilidad y ternura, lealtad y fidelidad, además de pasión. Necesitan espacio para que, cuál bambú, puedan desarrollar sus raíces, sin dejar de comunicar los pensamientos más internos, que son el APU (Auxiliar Power Unit, unidad auxiliar de poder de potencia) de toda relación. El poder de la energía que nos enseña a apreciar las bondades de los sujetos que nos rodean y de quienes forman la pareja para que el esfuerzo dé sus frutos y sea recompensado. Las vinculaciones nos brindan la oportunidad de convertirnos en el ser que admiramos en los demás, sin embargo, para llegar a eso tenemos que sembrar en nuestro corazón.

El generador eléctrico de nuestro existir es la fuerza y la luz con las que fuimos creados y el reconocimiento del Creador en cada elemento y en todos aunque suene panteísta para algunos (creencia que identifica a Dios con el universo. De manera tal que la totalidad de lo que existe es de naturaleza divina).

“Parte un madero y allí estoy yo; levanta una piedra y me encontrarás allí”. — Evangelio apócrifo de San Tomás.

Reconocernos como obras únicas e irrepetibles es la forma más honrosa de considerar a Dios. No estamos creados con el propósito de competir entre nosotros, sino de complementarnos y colaborar. Cuando disfrutamos de una producción de ballet clásico, la bailarina representa la flexibilidad y el bailarín la fuerza; ambos se acoplan armónicamente para dar paso a la gran obra maestra del coreógrafo, o sea, del Creador. Relacionarse es vincularse y formar eslabones de concordancia con alguien más para iluminar la Creación a partir de acordes positivos de aceptación y conciliación. En fin, amar es ajustar la frecuencia de luz con hechos de la intuición en correspondencia.

Es necesario resaltar que las parejas no se buscan ni se encuentran por casualidad, pero sí por la causalidad y para completar los aspectos que debemos pulir. Uno y otro están a cargo de aportar los ladrillos amorosos para la edificación del tipo de relación en la que desean involucrarse. No es función de alguna de las partes llenar los vacíos. Los problemas comienzan cuando no nos hacemos responsables de lo que sentimos y callamos o aceptamos por complacer al otro y en esa tarea colosal terminamos por desdibujarnos. La perpetuidad de un vínculo afectivo radica en la propia valoración y autenticidad. En el instante en que negamos nuestro pensar, sentir y obrar, nos contradecimos. La expresión real y congruente de lo que deseamos nos sincroniza con la liviandad de la energía que transmitiremos y emitiremos como vibración. Por lo tanto, podremos expandir nuestra luz y atraer lo que corresponde porque estaremos en paz con nosotros mismos.

En todo encuentro existe una historia, un lugar que el universo ofrece para utilizarlo —cuál recurso pedagógico— y poder afirmar o sanar las relaciones. Es necesario trascender, elevar el alma trabajando juntos, si bien se piense diferente, con pasión natural, comprendiendo desde la emoción, valorando la coincidencia, y hasta incluso, una despedida. La ruptura de una relación, y dependiendo de cómo haya ocurrido, es el incidente que quiebra nuestro eje. La forma de cortar cualquier vínculo requiere del arte de saber quedarse con la experiencia, diluyendo el dolor que abriga al sufrimiento, librándonos de las creencias limitantes y pudiendo decidir por lo que nos conviene. Por otro lado, no hacerlo a partir de los espejismos del ego, porque mucho de lo que rechazamos en los otros, es lo que nosotros mismos somos.

Independientemente del tipo de relación, pareja, amistad, filial, fraternal, los lazos siempre ejercerán la necesidad de compartir intereses y necesidades entre sí, en el que se fortalecerá: la identidad, por ende, el valor personal.

Mantenga en mente y asegure en su corazón: Toda relación está hecha para vincular opuestos mentales en función de ofrecerse uno al otro; la ayuda idónea. Es decir, la aptitud, buena disposición o capacidad para ser un apoyo fundamental de crecimiento. ¿Qué significa? Brindar una perspectiva diferente con respecto a cualquier situación y, así, poder decidir por la mejor opción. Entonces, ¿por qué se genera tantos conflictos en los diferentes tipos de relaciones? Por no saber oír ni aceptar las diferencias.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
26 eylül 2025
Hacim:
421 s. 53 illüstrasyon
ISBN:
9789878717531
Telif hakkı:
Bookwire
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