Kitabı oku: «Jesús, Nacido En El Año 6 «antes De Cristo» Y Crucificado En El Año 30 (Una Aproximación Histórica)»
Copyright © 2020 Guido Pagliarino
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Tektime S.r.l.s. – Via Armando Fioretti, 17 – 05030 – Montefranco (TR)

Guido Pagliarino
Jesús, nacido en el año 6 «antes de Cristo» y crucificado en el año 30 (Una aproximación histórica)
Ensayo
sobre la historicidad de Jesús y la predicación apostólica y sobre la correcta formación del Nuevo testamento
Traducción del italiano al español de Mariano Bas
Copyright © 2020 Guido Pagliarino
Distribución Tektime
Texto mecanografiado redactado en el bienio 1996-1997
Ediciones de la obra en italiano:
1a edición, «Gesù, Nato Nel 6 “a.C.” Crocifisso Nel 30: Un Approccio Storico – Saggio», publicación impresa en 1997 en solo 100 copias en papel por el propio autor para regalar a amigos escritores y a críticos literarios, con ocasión de la Navidad del mismo año. Copyright © Guido Pagliarino
2a edición, «Gesù, Nato Nel 6 “a.C.” Crocifisso Nel 30: Un Approccio Storico – Saggio», libro en papel, copyright © junio 2003 – septiembre 2011 Prospettiva Editrice sas (obra premiada una Mención especial en el «PREMIO PER LA PACE 2004» del Centro Studi Cultura e Società)
Desde el 1 de octubre de 2011, todos los derechos literarios, cinematográficos, televisivos, radiofónicos, de Internet y relacionados con cualquier otro medio de difusión volvieron y permanecen en poder del autor en todo el mundo. Copyright © Guido Pagliarino
3a edición, en e-book y libro en papel, «Gesù, Nato Nel 6 “a.C.” Crocifisso Nel 30: (Un Approccio Storico) Saggio sulla storicità di Gesù e della predicazione apostolica e sulla concreta formazione del Nuovo Testamento», publicado por la editorial Tektime, copyright 2019 © Guido Pagliarino
4a edición, en e-book y libro en papel, «Gesù, Nato Nel 6 “a.C.” Crocifisso Nel 30: (Un Approccio Storico) Saggio sulla storicità di Gesù e della predicazione apostolica e sulla concreta formazione del Nuovo Testamento», publicado a través de Amazon, copyright 2019 © Guido Pagliarino
Cubierta: Rostro del Hombre de la Sábana Santa de Turín.
PRÓLOGO DEL AUTOR
(conforme al prólogo de la edición de 2003 Prospettiva Editrice)
Este es un libro de divulgación histórica, no de catequesis, y pretende dirigirse a todos, aunque lo haya escrito un cristiano. Eso no significa que se trate de una obra de parte: desafío a cualquiera a que sea verdaderamente objetivo. Contiene datos ignorados por muchos, incluso por creyentes, o más bien conocidos de modo superficial y distorsionado, lo que resulta peor: lo sé porque durante muchos años he realizado conferencias sobre el verdadero cristianismo y siempre he comprobado el asombro de muchos de los presentes.
En los últimos dos milenios, junto a innumerables casos de caridad, se han cometido por parte de miembros y colectivos de la Iglesia, clérigos y laicos, muchas maldades, como guerras santas y hogueras encendidas con igual diligencia por católicos y protestantes, como si el precepto hubiera sido: «Odiarás al enemigo» y Dios hubiera considerado como sus enemigos personales a los adversarios ideológicos de esos fieles. Aunque no fue menor el número de atrocidades realizadas por los no creyentes y los miembros de otras religiones, al ser el Dios de Amor lo esencial del mensaje cristiano, muchos hoy califican al cristianismo como «incoherente» y «oscurantista»: el mal aparece rápido y queda en la memoria, el bien, no. Es una lluvia de acusaciones a la «Iglesia», por otro lado, en parte, injustas. Aun así, lo que importa realmente es: O Cristo realmente existió, murió y resucitó y, por tanto, nos ha salvado, o no. Si es así, siempre tendrá sentido ser cristiano, aunque muchos creyentes usaron y usan su libertad para hacer el mal en lugar del bien; en caso contrario, no tendría sentido. No es en absoluto una novedad: ya el apóstol San Pablo afirmaba en la Primera Epístola a los Corintios, que es parte del Nuevo Testamento y, por tanto, Palabra de Dios, que sin una resurrección real no hay cristianismo: «Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1 Cor 15, 14) o, por decirlo de otra manera, se convertiría en una de las muchas religiones que el hombre ha imaginado, solo como consuelo y útiles para el orden social. Por esto, con la Ilustración y el Positivismo los críticos del cristianismo buscaron primero derribar la realidad de la Resurrección y, algunos de ellos, la propia historicidad de Jesús. Por esta vía se creyó además, equivocadamente, que se salvaría al cristianismo de los ataques de los racionalistas eliminando al Jesús histórico o manteniendo solo un Cristo de la fe.
Mi trabajo se ocupa de dos periodos históricos, aunque no está dividido en dos partes: el tiempo de Jesús y la primera Iglesia y la época que va de la Ilustración hasta hoy, con sus diversas escuelas de oposición al cristianismo. Contempla, en un enfrentamiento con esos críticos, la realidad histórica o no de Jesús y la de la predicación apostólica sobre su resurrección. También la formación concreta de los libros del Nuevo Testamento, obras literarias no dictadas desde lo Alto, sino sin contradicciones, como veremos, e inspiradas por Dios, en una época en torno a los años 50 a 90, en la cual, al menos en parte, los testigos oculares de Cristo resucitado todavía estaban vivos y activos en la comunidad cristiana. La hipótesis contraria, hoy todavía de moda, es que estos textos se escribieron mucho tiempo después, cuando hacía mucho que habían muerto los testigos y no era posible desmentirla.
Escribí en 1996-97 un primer borrador del ensayo, encargando imprimirla yo mismo y regalándola en diciembre de ese mismo año a una decena de amigos y colegas escritores, cristianos y no. Humildad y modestia son cosas distintas. La humildad es una virtud cristiana, que consiste en no envanecerse, sabiendo que se trata de dones del Espíritu Santo, pero, al tiempo, no disminuirse, lo que sería un desprecio de esos dones y una ofensa a la verdad que se conoce. La modestia, sin embargo, no es un valor, siempre temerosa del juicio de los demás y que, además, a veces, es cómplice silente de los presuntuosos, por lo que no oculto que los comentarios de esos lectores fueron positivos: entre los más gratos estuvieron los de Giorgio Bárberi Squarotti y Vittorio Messori (incluidos a continuación en dos imágenes fuera del texto y en italiano), expresados sobre la primera edición, todavía no integrados en el texto ni en las notas; además, no había encontrado aún nueva bibliografía, gracias a mis conferencias sobre el tema y por tanto no se había añadido a esta nueva redacción más amplia. Sobre ella he decido hacer una apuesta al presentar la obra a un público más amplio, a través de un editor: un ensayo que solo quiere presentar el argumento cristiano desde una aproximación histórica, teniendo en mente los métodos de la antigua escuela cristiana de Antioquía (de la que hablaré).
Guido Pagliarino
Imagen fuera del texto
Opinión de Giorgio Bárberi Squarotti sobre la primera edición de 100 copias, de 1997

[Traducción de la carta precedente]
Turín, 18 de marzo de 1998
Querido Pagliarino:
He leído su libro sobre Jesús y estoy completamente de acuerdo con todos sus comentarios y sus juicios justamente polémicos en los enfrentamientos contra quienes, sin tener ningún conocimiento de historia, ni de filología, ni de filosofía y sin haber leído nunca la Biblia, de improviso se convierten en sentenciadores acerca del cristianismo.
(Omitido)
Gracias por el envío. Con mis mejores deseos y saludos.
Giorgio Bárberi Squarotti
Imagen fuera del texto
Opinión de Vittorio Messori sobre la primera edición de 100 copias, de 1997

[Traducción de la carta precedente]
Querido Pagliarino:
Gracias por haberme enviado su «Jesús». Lo encuentro bien hecho, con un lenguaje ágil y comprensible. Es cierto que está algo sintetizado, solo un primer «bocado» sobre la historicidad del cristianismo. Pero creo que este era precisamente el objetivo de un opúsculo que genera ganas de profundizar en ello.
Advierto una recuperación «apologética», no solo en los movimientos, sino también en muchos «individualistas» que se entregan realmente para dar a conocer la verdad. Haría falta recurrir a coordinar estos esfuerzos. Incluso me lo han pedido. Pero ¿cómo se puede hacer todo? Hago todo lo que puedo con mis libros. ¿Ha visto mi Algunas razones para creer? En dos meses, ya se han vendido cincuenta mil ejemplares. Hay siempre sed de Jesucristo, incluso creo que siempre está aumentando. Tal vez de vez en cuando sea preciso encontrar la valentía de volver a hablar sin complejos y sin simplificaciones injustas.
Con una renovada amistad y contando con su recuerdo [cursiva escrita a mano]
Vittorio Messori
Enero de 1998
Capítulo I
A PROPÓSITO DEL ANALFABETISMO CRISTIANO
«Con seguridad, el budismo es superior: no tiene la ingenuidad del cristianismo»;
«¿Cristo? Un mito, como Osiris o Dionisio»;
«Jesús es un personaje histórico, pero solo fue un buen rabino»;
«El Apocalipsis, como el resto de los Evangelios, se escribió como mínimo en el siglo II o III»;
estas son algunas afirmaciones que he oído por televisión.
«La estrella de Belén habría quemado el portal; más aún, habría destruido el mundo: ¡Son invenciones cristianas anteriores a Galileo!»: carta de un licenciado en física a un periódico.
«¿El bautismo? Un rito mágico-supersticioso»: una voz en la sala en la presentación de un libro.
«¿El cristianismo? ¡Mitos repetidos!»: sentencia de un estudiante de ciencias de la comunicación después de haber leído un ensayo sobre mitos y no haber leído nada sobre cristianismo. Quién sabe qué doctos artículos escribirá.
Podría continuar durante un buen rato.
No hacer a los otros…
Yo también he querido leer ese ensayo de Citati1 y allí he encontrado, entre otras cosas, una admiración absoluta por el Tao, cuyo libro, de Chuang Tzu, es para el autor único y maravilloso. Muy bien, la libertad por encima de todo, pero libertad quiere también decir informarse bien. Cuando en un capítulo posterior el autor se enfrenta a la antigua cultura china y el cristianismo llevado a China por el misionero Matteo Ricci, a finales del siglo XVI, afirma que el principio cristiano (?) de «No hagáis a los demás lo que no queráis que os hagan» ya les resultaba familiar a los chinos, porque se encontraba en los Diálogos de Confucio. Ya, pero, si es por eso, ese principio se recoge también en el Antiguo testamento, por ejemplo, en el libro de Tobías y no es otra cosa que la síntesis de los mandamientos que van del cuarto al décimo y que se refieren al comportamiento hacia los demás seres humanos.2
Habla Tobit, padre de Tobías, recomendando al hijo: «No hagas a nadie lo que no te agrada a ti…» (Tb 4, 15); pero el conjunto de las recomendaciones es incluso mayor, por ejemplo: «Da la limosna de tus bienes y no lo hagas de mala gana. No apartes tu rostro del pobre y el Señor no apartará su rostro de ti» (Tb 4, 7); aunque estas recomendaciones (estamos todavía en una época anterior a Jesús, en torno al siglo III-II a. de C.) no son a favor de los pecadores, sino solo de los justos: «Derrama tu vino y ofrece tu pan sobre la tumba de los justos, pero no lo des a los pecadores» (Tb 4, 17). Hay otro ejemplo en el Levítico, capítulo 19, versículo 17, que impone: «No odiarás a tu hermano en tu corazón». Se aprecia que la conocida orden de Jesús que leemos en el Evangelio de San Mateo: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 19), se encuentra ya en el mismo Levítico (19, 18): «No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor». Sin embargo, tampoco en este libro se llega al precepto de amar al enemigo. El prójimo al que hay que amar es aún solo el amigo o como mucho al compatriota desconocido, no al adversario. Según el Eclesiástico (12, 4-5) a quien peca, no se le ayuda: «Da al hombre bueno, pero no ayudes al pecador. / Sé bueno con el humilde, pero no des el impío / rehúsale su pan, no se lo des». En resumen, se trata, en el fondo, del principio en vigor en cualquier sociedad organizada, por el cual quien crea desorden no debe ser tratado igual que quien actúa respetando la libertad de los otros, sino que, por el contrario, debe ser perseguido. Para el Salmo 139, 21-22, el «enemigo» de Dios es también enemigo del creyente: «¿Acaso yo no odio, Señor, a los que te odian / y aborrezco a tus enemigos? / Yo los detesto implacablemente / como si fueran mis enemigos»: así como en las diversas otras sociedades organizadas hay odio para los que son considerados como los enemigos de la patria, externos e internos, también era así en el antiguo Israel, y tengamos presente que este es un estado teocrático, del cual el verdadero y único rey es Dios.
No se trata solo de los antiguos hebreos y del confucianismo, ya que en otras culturas se encuentra el precepto de no hacer el mal al prójimo (pero no el de amar a todos) e incluso, en algunas de ellas, de tener compasión: véase, en los tiempos de Jesús y de los apóstoles, la ética de Séneca con su derecho humano. Era y es un principio general de convivencia, base de la moral y esencia de lo que se suele llamar la ley natural (que, para los creyentes está igualmente dictada por Dios), pero, y aquí viene lo bueno, no es aún un principio cristiano.
Cristo, según el Evangelio de San Juan, estando ya muy cerca de su crucifixión hace de la orden de amar al prójimo algo absolutamente más importante, pidiendo a los discípulos que amen «como yo os he amado» (es decir, incluso hasta la muerte), ya que «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15, 13). Hay que advertir que, como se deduce claramente del Nuevo Testamento, siempre por boca de Cristo, todos, pecadores o no, son hijos muy amados de Dios y por amigos debe entenderse a todos, incluidos los «enemigos». Por otro lado, el propio Jesús, agonizando, ruega desde la cruz para que sus perseguidores sean perdonados. Según los evangelistas Mateo y Lucas, Cristo habría afirmado claramente: «Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y odiarás a tu enemigo. 3 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rogad por vuestros perseguidores, porque sois hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos»;4 «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian. Bendecid a los que os maldicen, rogad por lo que os maltratan».5 Solo en la plenitud de los tiempos de la que habla el Nuevo Testamento, con Cristo, se llega a la revelación final de Dios con la enseñanza de que no basta con no hacer el mal, sino que hay que comportarse como en la famosa parábola, como el buen samaritano con el hebreo herido por los ladrones (hebreos y samaritanos eran adversarios), que tiene que socorrer al prójimo y además amar al enemigo, si se quiere ser cristiano.
No era «No hacer el mal» el principio cristiano que el padre Matteo Ricci había llevado a China, sino «Haced el bien y hacédselo también a los enemigos, considerando a todos los seres humanos, incluso a los que están socialmente más abajo, como hijos iguales de Dios y hermanos de Jesús», actitud esta seguramente alejada de la cultura china, y de la nuestra, en la que han vuelto a contar los roles sociales y no la persona en sí: el concepto de persona nace con el cristianismo.6 En el mismo capítulo, un poco más adelante, Pietro Citati afirma que el éxito del padre Ricci y los suyos fue escaso porque los chinos no veían diferencias esenciales entre lo Alto y lo bajo, mientras que los misioneros cristianos creían en un Dios trascendente. Cuidado: los cristianos creían y creen en un Dios encarnado en Jesús, un hombre verdadero. Por el contrario, son los hebreos y los mahometanos los que creen en la sola trascendencia de Dios y también los testigos de Jehová y otros similares: para estos últimos, Jesús no es Dios coeterno y consustancial al Padre, sino que es solo el primero de los creados.7
«Por qué no podemos no calificarnos como cristianos»
Creo que si todavía estuviera entre nosotros el agnóstico Croce vacilaría, él y su breve ensayo «Por qué no podemos no calificarnos como cristianos» (cristianos en sentido cultural), él que, en polémica con Bertrand Russell, a su vez no creyente, no expresaba opiniones superficiales y consideraba la civilización y la ética occidentales fruto, en parte notable, del cristianismo, de ese cristianismo que no se estudia. En su momento, el teólogo francés M. D. Chenu ha escrito, en la argumentación de la segunda edición de La teología como ciencia en el siglo XII:8 «Si tuviera que rehacer esta obra, prestaría mucha mayor atención a la historia de las artes, la literatura y todas las bellas artes, porque no son solo ilustraciones estéticas, sinos verdaderas expresiones teológicas». Dándole la vuelta: hay hoy en día personas que no saben reconocer el tema de una pintura religiosa, aunque sea elemental, que creen que caridad significa limosna, no amor a Dios y al prójimo y hay quienes piensan que el amor cristiano es un hecho sentimental, no fruto de la buena voluntad y que, por tanto, no hay culpa en no amar al prójimo. Hay…
Si estáis entre los bautizados que han dejado de estudiar el cristianismo desde niños, desde el catecismo para la primera comunión o incluso, no siendo cristianos, no sabéis lo que dicen periódicos y televisiones; peor aún: si solo lo habéis conocido por obras como el Diccionario filosófico de Voltaire y si pensáis que antes de hablar en una discusión es mejor conocer, al menos básicamente, algo de los argumentos sobre sus fundamentos históricos… ¿ya os he aburrido?
Si no os apetece seguir, tranquilos: libertad, ante todo. Aun así, ya sabéis que no tengo intención de convertir a nadie y tampoco sería capaz: es cristiano responder (en lo poco que se cree saber) a quien quiere saber, no imponer. Dios es también libertad absoluta y nos ha creado libres. No hay que confundir el catecismo con el estudio del cristianismo: el primero es para el creyente que desea profundizar en su fe, el segundo es indispensable para la cultura de todos.
Si os apetece, os aseguro que no os haré perder mucho tiempo. Tal vez ni siquiera os aburra. Este es un breve ensayo de alguien que, como tantos, tenía en la cabeza solo algunas astillas del cristianismo, que lo consideraba una fantasía y lo había abandonado por cosas que consideraba más serias, de alguien que se desconectó durante muchos años, quedando privado de esta parte esencial de la cultura occidental.
Así que intento dirigirme a no creyentes y a creyentes y, entre estos, de modo particular a quienes desde niños no han profundizado más y muchas veces se callan delante de las ínfulas anticristianas de ciertos intelectuales que, para empezar, saben realmente poco y mal del verdadero cristianismo. Naturalmente, esta breve obra será solo un pequeño paso: hay que conocer más para llegar a un conocimiento suficiente. Para vosotros y para mí, «la investigación no tiene fin», como escribía el que considero el más grande de los teóricos de la ciencia, Karl R. Popper.
Dado que, obviamente, me referiré sobre todo a documentos históricos cristianos, que algunos denuncian por «ser parciales», en primer lugar, explicaré por qué se trata de un prejuicio.
Capítulo II
A PROPÓSITO DE LOS DOCUMENTOS HISTÓRICOS CRISTIANOS
A propósito de los documentos cristianos, ya desde los libros del Nuevo Testamento, no es justo ni racional alimentar espontáneamente una menor confianza en ellos que en las fuentes históricas no cristianas: además, se considera que para los hechos narrativos unos y otros están esencialmente de acuerdo. La buena fe de los autores debe admitirse siempre, salvo prueba en contrario, es decir, el eventual descubrimiento de pruebas opuestas convincentes. Por ejemplo, ningún documento ha demostrado que sea falso el libro de San Lucas de los Hechos de los Apóstoles y, por tanto, es correcto pensar que la vida de la primera Iglesia se desarrollara, sustancialmente, como dice el autor.9 Además, si se asumiera la postura contraria, no habría ningún testimonio de la historia antigua, ya que todas las fuentes relativas son apologías, predispuestas hacia una parte, como saben los historiadores. Para los autores antiguos importaba sobre todo destacar la figura de la persona que era protagonista de un acontecimiento. En ciertos casos se trataba además de memoriales de los propios protagonistas, como los dos libros de Julio César sobre la guerra de las Galias y la guerra civil, que nadie puede excluir como fuentes históricas. Ponerse de un lado no significa, por sí mismo, tener mala fe, inventarse las cosas. Por otro lado, incluso en la historia más reciente cabe la manipulación, la mala fe, por ejemplo, montando un documental de tal manera que se cambia la cronología de los acontecimientos, pero también en estos casos se debe demostrar que el autor miente. No sería una actitud cultural, sino visceral, presuponer la mala fe de los autores cristianos solo porque no se acepta el cristianismo. Hay que advertir además que las copias de documentos neotestamentarios en nuestro poder, al ser las más antiguas de los siglos II y III, son las más cercanas en el tiempo a los hechos que narran con respecto a todas los hasta ahora descubiertas: de los originales, aparte de los documentos arqueológicos, no queda nada. Por ejemplo, el códice más antiguo relativo a Virgilio, el Veronensis, que contiene fragmentos de las Bucólicas, de las Geórgicas y de la Eneida, es solo del siglo IV; cinco siglos separan a Tito Livio de la copias más antiguas de que nos han llegado; cerca de novecientos años separan la época de César de las transcripciones más antiguas que nos han llegado de sus libros y hay casi mil quinientos años de distancia temporal entre Aristófanes y Sófocles y los manuscritos más antiguos de sus obras en nuestro poder. Además, los documentos neotestamentarios son bastante más numerosos: se han encontrado cerca de cinco mil. De entre estos, el más antiguo es el P52 Rylands, un fragmento de los años 120/130, de cerca de 6 centímetros por 9, que contiene algunos versículos del Evangelio de San Juan:10 así que lo separan unos 90/100 años de los acontecimientos narrados. Poseemos además algunos fragmentos escritos en torno al año 200, como el papiro P64 Magdalena (aunque este podría ser más antiguo: ver más adelante), el P65 Bodmer y P67 Fondazione San Luca. Del siglo III y menos incompleto, tenemos el P45 Chester-Beatty, compuesto por una treintena de pequeñas hojas que contienen largos fragmentos y capítulos enteros de los Evangelios. Todos los manuscritos citados son papiros, 11 un soporte no muy caro, pero fácilmente deteriorable. Los documentos que permanecen más completos se escribieron desde el siglo IV sobre un más resistente pergamino, cuando a la Iglesia, en tiempos de Constantino, se pudo permitir acumular bienes y, por tanto, entre otras cosas, proveerse con regularidad de esta base de escritura más cara. Entre otros documentos, y de gran valor para la investigación, poseemos, del siglo IV, el Vaticanus, que contiene casi toda la Biblia y el Sinaiticus, con el Nuevo testamento prácticamente completo, mientras que las hojas del Antiguo se han perdido en su mayor parte. Del siglo V y todavía más importante, porque reproduce todo el Testamento, tenemos, siempre entre otros, el Alexandrinus del Museo Británico, el Codex Ephraemi de la Biblioteca Nacional de París y el Códice de Beza de Cambridge (en latín además de en griego).
Es verdad que algunos fragmentos neotestamentarios se han datado todavía más próximos a los hechos, concretamente al hecho de Jesús, documentos considerados por algunos estudiosos de en torno a la mitad del siglo I.
Sobre todo, un fragmento clasificado como 7Q5, que contiene trece cartas todavía legibles, en varios renglones, que pertenecerían al capítulo 6, versículos 52-54 del Evangelio de San Marcos, los cuales, completos, dicen «… porque no habían comprendido el hecho de los panes, al estar su corazón endurecido. – Al acabar la travesía llegaron a Genesaret y atracaron allí. Apenas desembarcaron, la gente lo reconoció». Para empezar, en 1972, José O’ Callaghan sugirió que esta coincidencia y también que otro fragmento recuperado, el 7Q4, se referiría al Nuevo Testamento y exactamente que se tratara de letras de la Primera Epístola de San Pablo a Timoteo, capítulo 4, versículo 1: esta segunda hipótesis ha sido contestada casi unánimemente, pero, según el estudioso y docente Harald Riesenfeld, luterano bultmaniano convertido al catolicismo, el fragmento incluiría realmente letras de la Primera Epístola de San Pablo a Timoteo, 4, 1, que, en su totalidad dice: «El Espíritu afirma claramente que en los últimos tiempos habrá algunos que renegarán de su fe, para entregarse a espíritus seductores y doctrinas demoníacas». También la hipótesis sobre el 7Q5 ha sido contestada por algunos, pero asimismo ha recibido la aprobación de no pocos estudiosos. El 7Q4 y el 7Q5 forman parte de los manuscritos del Mar Muerto, encontrados en unas grutas en Qumrán entre 1947 y 1955 y guardados en Jerusalén y son, en orden de recuperación, el cuarto y quinto documento descubiertos en la séptima gruta, gruta-custodia cerrada, como otras en la zona, para proteger de los romanos esos y otros escritos, antes del 68. Este es el año de la aniquilación de Qumrán por parte de la legión Fretensis, tras la revuelta hebrea que habría llevado en el año 70 a la destrucción de Jerusalén y su templo.
Además, tenemos tres fragmentos, que son parte del ya citado papiro P64, guardado en colegio universitario Magdalen, descubiertos en Egipto a finales del siglo XIX por Charles Bousfield Huleatt y que muestran seguramente frases del Evangelio de San Mateo, capítulo 26, versículos del 6 al 16, en los que se describe la unción de Jesús en casa del leproso Simón y la traición de Judas Iscariote. Según el investigador Carsten Peter Thiede, los fragmentos P64 Magdalen se escribieron entre el año 40 y el 70. Pero para este documento no hay, como en el 7Q4 y el /7Q5, un hecho bien datado, como la destrucción de Qumrán: como ya he indicado, otros investigadores establecieron en su momento, en el año 1950, que el P64 Magdalen era de finales del siglo II.12
Capítulo III
SOBRE LA RESURRECCIÓN
Es natural empezar con Jesús crucificado y, para los creyentes, resucitado: como desgraciadamente no todos, ni siquiera todos los cristianos, saben con claridad, el cristianismo se funda en realidad esencialmente a partir de la resurrección de Cristo. No sobre los diez mandamientos, como se oye tantas veces, incluso a algún cristiano desinformado: sobre Jesús resucitado. No, aunque menos imprecisamente, sobre el ama a Dios y ama y sirve al prójimo, incluido el enemigo. Hay no creyentes que aceptan este principio y tratan de ponerlo en práctica. Como veremos con más detalle, según el cristianismo13 también ellos están en Dios, aunque para ellos Jesús es solo un hombre que enseña y aplica este mandamiento nuevo, «un hombre entre los mejores, si no el mejor», como he oído decir a una persona justa y atea, «y de quien se puede, por tanto, tratar de seguir su ejemplo». Sí, pero Jesús dice ser «el camino, la verdad y la vida», se proclama expresamente Dios-Hijo de Dios y, si no lo fuera, se trataría de un loco o de un gran embustero: sería un hombre irrelevante, no el mejor de los hombres. Para que sea el mejor debe ser también Dios y puedo ahora decir más exactamente que el cristianismo se basa en Cristo, que, resucitando, demuestra ser Dios y que todo lo que ha dicho y hecho viene de Dios.
Nada se crea, nada se destruye
En su Diccionario filosófico, Voltaire se burla de la idea de la resurrección del cuerpo, que para los cristianos es un dogma. Da el ejemplo de los muertos en la guerra, cuyos cadáveres son sepultados en el campo de batalla. Sobre sus despojos, con el tiempo, crecen plantas, se cultivan y recolectan mieses que adquieren la materia de los cadáveres. Pájaros y seres humanos se alimentan de esos frutos, y además los segundos de la carne de esos animales, adquiriendo así en sus cuerpos las moléculas de otros seres humanos difuntos. ¿Cómo van a resucitar los cuerpos si su materia pertenece a más personas?, concluye sustancialmente, burlándose, el gran filósofo.
Hay que precisar qué entiende por cuerpo resucitado el cristiano (si conoce el Nuevo testamento). En contra de lo que pensaba Voltaire, no se refiere a nuestras moléculas. San Pablo, en la Primera Epístola a los Corintios,14 dice claramente que, a imitación del de Jesús resucitado, nuestro cuerpo resucitará de otra manera, de forma gloriosa espiritual y, en concreto, que nuestro cuerpo animal-material y además psíquico al estar dotado de razón-yo, se transformará en cuerpo glorioso y pneumático (espiritual) eterno. Lo dice después de haber antepuesto una alegoría, la de que si se siembra un grano y nace una espiga, la cual es en cierto modo esa semilla, pero, en sentido estricto, ya no es el grano, que se ha marchitado: ninguno de los de la espiga es el grano sembrado, sino, de una nueva forma gloriosa, esa espiga entera es la semilla marchitada.15
Por tanto, es mejor no estudiar el cristianismo con el Diccionario filosófico de Voltaire, quien, evidentemente, al burlarse de la resurrección basándose en el principio del nada se crea y nada se destruye, no conocía el Nuevo Testamento. Todavía hoy se oye decir que, ante los descubrimientos de la ciencia, el dogma de la resurrección de Cristo ya no es sostenible. Por el contrario, la química y la física no cuentan, no tiene ninguna importancia que la materia del cuerpo de un sepultado acabe en la de una planta o que los seres humanos coman sus frutos e incorporen esa materia: para el cristianismo, lo que resucita es nuestra persona en forma sublime y gloriosa espiritual, es algo que tiene que ver con lo Trascendente que no se puede conocer: Jesús, para quien cree en los Evangelios, al presentarse resucitado a los apóstoles, entra en un lugar cerrado, pasa, por decirlo así, a través de las paredes, algo que sería irreconciliable con el principio de la impenetrabilidad de los cuerpos si el Resucitado trascendente estuviera hecho de materia inmanente. ¿Cómo puede ser trascendente la materia? El cristiano tiene la curiosidad de experimentarlo cuando sea el momento. Por ahora, tiene lo que dice San Pablo y lo que afirma la Primera Epístola de San Juan: 16 «Desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es».
Capítulo IV
SOBRE LA HISTORICIDAD DE JESÚS
Saduceos, fariseos, escribas
En los Evangelios se habla a menudo de saduceos, fariseos y escribas, que se relacionan con Cristo, como enemigos, hasta conseguir del procurador de Roma, Poncio Pilatos, su condena a muerte. Puede ser oportuno, antes de proseguir, explicar estas figuras.
Se llaman saduceos a los pertenecientes a familias sacerdotales, junto a sus apoyos laicos. Se proclaman los herederos de las tradiciones saduceas, es decir de los descendientes del antiguo sacerdote Sadoq o Saduq, que vivió antes del exilio de Babilonia: de ahí su nombre. Constituían una minoría noble y rica durante el periodo del segundo templo, construido por Herodes el Grande, llegando a su culminación a partir del año 20 a. de C., una época que concluirá con la destrucción de Jerusalén y el mismo templo en el año 70. Los saduceos aceptaban el valor vinculante de la ley de Moisés y los libros sagrados más antiguos, seguramente todo el Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio); no consideraban palabra de Dios los libros más recientes, desde los siglos II-I a. de C., como el Segundo de los Macabeos (por otra parte rechazado, junto al más antiguo Primero de los Macabeos, por todos los hebreos) y el libro de la Sabiduría, libro de mano farisea, en el que aparece la creencia en la resurrección al final de los tiempos. Los saduceos piensan, como los hebreos más antiguos, que todo acaba con la muerte. Tal vez también por esta idea, se rebajan a pactar con los dominadores romanos, con el objetivo concreto de defender sus intereses terrenales, los únicos reales, según ellos. Sostienen convencidos el libre albedrío y se oponen teológicamente a los fariseos, que esperan la resurrección de los cuerpos y son providencialistas hasta el punto de que parte de ellos cree en la más estricta predestinación. Los fariseos aparecen en el siglo II a. de C. como una facción política y religiosa de «separados» (perushim en hebreo, pharisàion en griego). Se consideran una élite con respecto a los numerosos no observantes, ya sea por falta de voluntad o por ignorancia, a los que llaman con desprecio «pueblo de la tierra», es decir, personas materiales destinadas a no resucitar. Se oponen desde el principio a la clase sacerdotal en el poder, helenizada, a la que podemos llamar los saduceos. Durante la guerra hebrea librada contra el rey Alejandro Janneo, muy sangrienta, decenas de millares de fariseos mueren en batalla y el soberano hace crucificar a 50.000 prisioneros, lo que es apoyado por los saduceos, que habían llegado a un compromiso político con él. Muerto el rey, su viuda, por temor, busca la paz y llama a la corte también a los fariseos, confiándoles las reglas de la observancia, junto a los sacerdotes colaboracionistas saduceos. De la oposición original entre saduceos y fariseos se llega por tanto a una alianza, aunque no siempre estable, para defender sus intereses comunes. Parte de los fariseos entra junto a los saduceos en el sanedrín, una especie de senado y tribunal religioso-político, que condenará a Jesús, aunque sin poder convertirse en sacerdotes, por razones de nacimiento. Pero en las ceremonias del templo son los fariseos los que establecen el comportamiento, también en lo que se refiere a los sumos sacerdotes. Los fariseos se dividen en muchas corrientes, siete principales, que se agrupan en dos grandes escuelas llamadas: de Shammai, que acepta con muchas reticencias el proselitismo entre los no hebreos, y de Hillel, que quiere el mayor número posible de prosélitos de origen pagano y facilita lo más posible las conversiones, incluso a costa eventualmente de normas de observancia consideradas demasiado duras para los gentiles. Los segundos no están muy distanciados de la mentalidad de Jesús. A diferencia de los saduceos colaboracionistas, los fariseos son hostiles a los romanos, pero se trata de una oposición despreocupada y sin manifestaciones externas; sin embargo, los que giran en torno al templo y el sanedrín, sustancialmente colaboraban con los ocupantes. Los escribas, por fin, tienen a su vez una posición particularmente importante, unidos y en parte integrados en el sacerdocio. En los tiempos de Jesús eran fariseos o aliados de los fariseos, a los que en cualquier caso se unían en su afán minucioso por cumplir con la Torah.17 Durante el exilio, y por tanto muchos siglos antes, habían conservado el patrimonio literario religioso israelita, convirtiéndose luego en los depositarios oficiales de las antiguas tradiciones de los padres, muy respetadas y entrando así parte de ellos en el sanedrín. Eran laicos y, al menos en teoría, podían ser de cualquier estrato social, ascendiendo gracias al estudio, lo mismo que pasaba con los fariseos y a diferencia de los saduceos que eran tales por razones hereditarias. Lucas define a los escribas como doctores de la ley porque se dirige a los gentiles y no quiere que estos los entiendan como simples secretarios escribanos. Saduceos, fariseos y escribas constituían entonces, y desde hacía tiempo, la élite político-religiosa en Israel durante la predicación de Cristo. Este era un grave peligro para su poder, como veremos en el siguiente parágrafo, así que decidieron quitárselo de en medio.
Causas y entorno de las acusaciones contra Jesús
Según el Evangelio de San Juan,18 en cuanto Jesús fue arrestado, es conducido ante Anás, suegro del sumo sacerdote Caifás y Anás lo interroga. En los otros evangelios no hay mención del interrogatorio ante este. Este episodio descrito por Juan tiene naturaleza teológica, pero no se puede excluir que tenga cierta naturaleza histórica.
El encuentro con Anás no es un proceso judicial. Este había sido sumo sacerdote entre el año 6 y el 15 y tenía todavía una grandísima influencia moral, pero ya no era el jefe del templo ni del tribunal del sanedrín. Después de él y antes de su descendiente Caifás, habían sido sumos sacerdotes todos sus hijos: un asunto de familia. Anás queda como una especie de gran anciano, una eminencia gris, pero ya no era un personaje oficial con poder político y jurídico personales y era todavía un consejero escuchado, como todos los antiguos sumos sacerdotes y miembros del sanedrín. Quien ha sido sumo sacerdote continúa teniendo el título, como hoy en Italia a los expresidentes de la república se les sigue llamando «presidente». Por eso en los evangelios encontramos muchas veces la expresión «los sumos sacerdotes», en lugar de «el sumo sacerdote y sus predecesores». En Anás hay voluntad de saber con quién se está enfrentando. En el interrogatorio, el tema central es «ser discípulo» según la «doctrina» (didachê) de Jesús, según su «enseñanza» (didáskein). Se puede suponer que Anás quiera saber también si existe una doctrina más profunda, secreta, no manifestada al pueblo, pero Jesús le responde de hecho: «He hablado al mundo en público, he enseñado (didáskõ) en la sinagoga y en el templo donde se reúnen todos los judíos y no he dicho nada en secreto». Ese «hablar» de Jesús en el original griego es «laleîn», que, en lenguaje público es una palabra que indica revelación divina a través de profetas o de ángeles o de visiones, en absoluto es la Palabra-Verbo de Dios. Jesús ha enseñado en el lugar central del judaísmo, el templo. Allí y en la sinagoga ha hablado «abiertamente»: por tanto, no es una doctrina religiosa para adeptos que, tal vez, si solo se hubiera tratado de esto, no habría preocupado mucho a los sacerdotes, como no les preocupaba excesivamente la fanática, pero aislada, secta esenia, sino que se trata de un estilo de vida para todo Israel, y luego para el mundo entero, con sus más que posibles implicaciones de orden político. La bofetada que recibe Jesús del sirviente de Anás, siempre según el Evangelio de San Juan, es el símbolo de rechazo indignado de la revelación de Cristo, que, para Anás, es impía. Pero Anás también ha visto un peligro político y, por eso, manda a Jesús inmediatamente al poder jurídico-político-religioso del sanedrín para que sea procesado. A diferencia de los demás evangelistas, Juan omite este proceso. ¿Por qué no habla de él? Es verdad que lo conoce y ha entendido su significado. El hecho es que, como ya hemos aludido, Juan considera el coloquio con Anás y luego en el tribunal romano de acuerdo con la teología y con ironía, en vez de históricamente: el que para él es condenado realmente es el pueblo hebreo que no acepta el cristianismo y, para este evangelista, juzgar significa condenarse a sí mismo diciendo «no» a la Revelación que trae Cristo. Jesús es el juez delante del cual el pueblo (o, mejor dicho, los presentes que eligen rechazar a Jesús) se autocondena. La misma muerte en la cruz de Cristo es para Juan el juicio divino sobre el mundo, palabra que, para él, con algunas excepciones, coincide con el pecado. No le interesa que Jesús haya sido históricamente condenado, pues teológicamente es exactamente lo contrario y así se ve en el único proceso que describe, el que se produce delante de Pilatos.
Entretanto, veamos algo del proceso delante del sanedrín, acudiendo a los evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas (llamados sinópticos, porque tienen varias partes casi coincidentes).
¿Por qué Cristo es acusado y condenado por el sanedrín?
Sobre todo, por su distinta mentalidad.
Jesús cura también en sábado, cuando está prohibido desarrollar ni siquiera la más mínima actividad física, y, además, muchas veces, en la sinagoga. Metafóricamente, Cristo quita el demonio de la enfermedad: para los hebreos, toda enfermedad, no solo la locura y la epilepsia, la causa un demonio. Según Lucas,19 cuando Jesús cura a una mujer encorvada, que no conseguía ponerse erguida, el jefe de la sinagoga se indigna: «Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la multitud: “Los días de trabajo son seis; venid durante esos días para haceros curar y no el sábado”». Jesús es tratado como un curandero, como un hechicero y se le dice sustancialmente que, si quiere ejercer su profesión de charlatán, lo haga en los otros seis días de la semana, como sus iguales. Por tanto, una de las acusaciones que los jefes religiosos y políticos lanzan a Cristo es precisamente la de trabajar en sábado, blasfemando así contra Dios. Entonces, y resulta inaudito, Jesús afirma públicamente que «el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» y se declara al respecto «Señor del sábado», es decir, Dios mismo, lo que es absolutamente escandaloso para la mentalidad de sus adversarios.
Según el cristianismo, Cristo es una sola persona con dos naturalezas, divina y humana: en el Evangelio de San Marcos es particularmente evidente la humanidad real de Jesús, podríamos decir en cierto sentido la carnalidad y los contrastes son tan vívidos con la de sus enemigos. En el capítulo 1, versículos 14 y 15, leemos: «Después que Juan fue arrestado, 20 Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en la Buena Nueva”».21 Ese «Convertíos y creed en la Buena Nueva» es lo esencial del mensaje: «cambiad de mentalidad». Poco después,22 el evangelista nos hace entender bien qué significa cambiar de mentalidad: los pescadores Simón y Andrés, llamados por Jesús, abandonan sus redes y lo siguen y lo mismo ocurre inmediatamente después con Santiago y Juan, socios en los negocios de los primos. Para los discípulos de Cristo, cambiar de mentalidad es sustancialmente adherirse en todo a él, aceptarlo como la luz de todos. Podemos entender cuánto miedo generaba esto a los jefes de Israel, los hombres del templo y el sanedrín, que querían ser los guías del pueblo. Además, Jesús es «alguien que tiene autoridad», como nos dicen los evangelios. En el capítulo 1, versículos 21-28, Marcos describe la curación de un hombre poseído por un espíritu impuro que ha tratado de revolverse contra Jesús, pero calla y sale de esa persona en cuanto Cristo lo amenaza imponiéndole exactamente: «¡Calla! ¡Y sal de este hombre!»;23 «Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad, da órdenes a los espíritus impuros y estos le obedecen!”». La misión de Jesús tiene como objetivo la aniquilación de lo que es impuro: en el corazón, no según la mentalidad farisea y saducea de una impureza externa, material, derivada, por ejemplo, de haber tocado un cadáver o de haber entrado en la casa de un gentil. En Mateo, Cristo dice a la multitud, en particular a propósito de los alimentos impuros como la carne de cerdo o los peces sin escamas, pero también en un sentido general: «Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella».24 Igualmente, en Marcos.25 Son los propósitos malvados que vienen del corazón los que vuelven impuros, es decir, los pecados, las decisiones con la mala intención de hacer el mal. Según las enseñanzas de Cristo, la ruina de lo que es verdaderamente impuro, del pecado, es libertad para el hombre. Pecar es esclavitud y también aplaudirlo es esclavitud. Es precisamente esa servidumbre, inadvertida porque no han cambiado de mentalidad, la que crean por sí solos y para sí los líderes de Israel y los que les rodean: sienten amenazados por Cristo su admiración por la multitud y su poder. Jesús, hombre verdaderamente libre, debe elegir delante del poder constituido y de la ley formalista que sostiene el sistema, esta presunta «ley de Dios», abarrotada de preceptos humanos que abanderan los jefes de Israel. Para Jesús es muy arriesgado, y él se da cuenta.26 Cristo ha elegido al hombre y no hay ley que lo contenga cuando esté de por medio el ser humano hijo de Dios. Por tanto, afronta las situaciones que derivan de haber infringido, y continuar infringiendo, las normas. Llega además a lo que para la ley mosaica es una absoluta blasfemia; perdonar los pecados. Así es, por ejemplo, en la curación del paralítico, al cual, antes de sanarlo, le dice: «Hijo, tus pecados te son perdonados».27 Ese hijo lo dice, no el hombre, sino el Dios, Padre de todos, «Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: “¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?”». En la comunidad religiosa hebrea, según el pensamiento dominante fariseo, los pecadores, incluidos por este solo hecho los que servían al poder de Roma (mientras que los fariseos y los saduceos consideraban que se servían de ella) debían mantenerse a distancia. Jesús elige como discípulo a un impuro, un pecador, Leví Mateo, recaudador de impuestos para los ocupantes romanos y se sienta a la mesa con él y otros pecadores. Naturalmente, recibe una estupefacta reprobación de los escribas de la secta de los fariseos que pasan por ahí: «Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos. Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: “¿Por qué come con publicanos y pecadores?”».28 No le hablan directamente, pues se debían sentir menospreciados, pero lo dejan caer. «Jesús, que había oído, les dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”».29 Cristo no afirma que los publicanos sean justos. No equipara justos y pecadores. En cierto modo, al decir que llama a los pecadores se pone en la posición de los fariseos, que consideran a esas personas alejadas de Dios, pero, con fuerza y autoridad, Jesús se opone al sistema del aislamiento de los pescadores defendido por los escribas y los demás líderes, al sistema de falta de perdón, y estos se escandalizan. Llegan así nuevos reproches a Jesús, tanto de fariseos como de miembros de la facción de Juan el Bautista: lo reprueban porque come en vez de hacer ayuno como está prescrito para los días de cualquier norma formal de pureza.30 Esta vez Jesús lo dice con absoluta claridad, en bloque, que lo viejo está rasgado como ropa vetusta y está tan raído como los otros consumidos, que estos están a punto de romperse a la luz de lo nuevo que él lleva, del vino nuevo que será la sangre que ha de verter, la Salvación gracias a la muerte y resurrección del propio Cristo: dice que la viejas normas rituales están totalmente obsoletas y que del Antiguo Testamento queda lo esencial, que ha de verse y matizarse de acuerdo con el Nuevo que él porta. ¡Podemos figurarnos cómo podían entenderlo los jefes del pueblo, que basaban todo su poder en las normas!
El evangelista Lucas analiza sintéticamente la distinta mentalidad en el capítulo 11, versículos 37-53 y análogamente, en un entorno distinto, es decir, en una plaza, leemos en Mateo 23, 1-39.
En Lucas, invitan a Jesús a comer, junto a doctores de la ley, en casa de un fariseo, después de haber hablado ya muchas veces contra la mentalidad farisaica y saducea. Se puede suponer que querían conocerlo mejor, para entender lo grande que era la aversión de Jesús hacia ellos. Cristo, en su absoluta libertad, sin remordimiento, les complace plenamente, definiéndolos como sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre y copas limpias por fuera, pero sucias por dentro:
«Un fariseo lo invitó a cenar a su casa. Jesús entró y se sentó a la mesa. El fariseo extrañó de que no se lavara antes de comer. Pero el Señor le dijo: “¡Así son ustedes, los fariseos! Purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia. ¡Insensatos! El que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro? Dad más bien como limosna lo que tenéis y todo será puro. Pero ¡ay de vosotros, fariseos, que pagáis el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y descuidáis la justicia y el amor de Dios! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, porque os gusta ocupar el primer asiento en las sinagogas y ser saludados en las plazas! ¡Ay de vosotros, porque sois como esos sepulcros que no se ven y sobre los cuales se camina sin saber!”. Un doctor de la Ley tomó entonces la palabra y dijo: “Maestro, cuando hablas así, nos insultas también a nosotros”. Él le respondió: “¡Ay de vosotros también, porque imponéis a los demás cargas insoportables, pero vosotros no las tocáis ni siquiera con un dedo! ¡Ay de vosotros, que construís los sepulcros de los profetas, a quienes vuestros mismos padres han matado! Así os convertís en testigos y aprobáis los actos de vuestros padres: ellos los mataron y vosotros les construís sepulcros. Por eso la Sabiduría de Dios ha dicho: Yo les enviaré profetas y apóstoles: matarán y perseguirán a muchos de ellos. Así se pedirá cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas, que ha sido derramada desde la creación del mundo: desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que fue asesinado entre el altar y el santuario. Sí, os aseguro que a esta generación se le pedirá cuenta de todo esto. ¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque os habéis apoderado de la llave de la ciencia! ¡No habéis entrado y se lo impedís a los que quieren entrar”».
La afirmación de Jesús: «Dad (…) como limosna lo que tenéis y todo será puro» debe entenderse, no a través de los siervos, sino personalmente, y es revolucionaria en ese entorno, donde acercarse a los necesitados se considera impuro: dar limosna no tiene aquí solo el significado de compasión, sino también el de obras de bien material, incluso ensuciándose si hace falta. Jesús no se opone en conjunto a las prácticas farisaicas, pero sí a la costumbre de descuidar mandamientos esenciales y dar un peso excesivo a los secundarios, como por ejemplo lavarse al menos veinte veces al día manos y brazos hasta los codos, despreciando al que no lo haga. El fariseo le había reprochado, al inicio de la comida, precisamente porque no había realizado las abluciones: evidentemente, Jesús lo había hecho a propósito, para provocar lo que sucedió a continuación. Los fariseos no llegan ni a rozar los sepulcros, porque piensan que eso les haría impuros ante Dios y Cristo, en respuesta, los define como esos mismos sepulcros. Los escribas se consideran los portavoces de la sabiduría de Dios y Jesús los define como hipócritas que cargan pesos insoportables sobre otros y, personalmente, cuando no los ven, no los cargan. Además, llama a todos los presentes hijos de asesinos de profetas, también en esto hipócritas, porque, metafóricamente, esconden esos restos mortales en sepulcros que han construido ellos mismos, elogiando así las enseñanzas de esos profetas a los que, en realidad, no siguen. Cuanto Jesús condena en ellos es, por tanto, más que suficiente como para considerar a los presentes todavía más enemigos. De hecho, olvidan las obligadas buenas maneras y, como añade Lucas, «Cuando Jesús salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosarlo, exigiéndole respuesta sobre muchas cosas y tendiéndole trampas para sorprenderlo en alguna afirmación que saliera de su boca».
Quien mantiene las formas, en la mentalidad habitual en ese tiempo en Israel, es considerado un justo, un puro y además un santo y, según los líderes y su grupo, todos los demás son pecadores.
Jesús se enfrenta a ellos. Ciertas disputas que tienen entre ellos pierden importancia en ese caso y se agrupan en contra de él.
Hay que añadir que tienen otras grandes querellas. En Palestina, durante los años de Jesús, hay de hecho fuerzas que podrían comprometer la estabilidad del poder judaico establecido, es decir, los zelotas y los falsos profetas.
Los zelotas (zelotes) son personajes antiguos, aparecen en el siglo II a. de C. en respuesta a las tentativas de los reyes macedonios de helenizar Israel. Son defensores a ultranza de la ley mosaica, no pertenecientes a un grupo concreto, sino compuestos por los que de hecho se comportan como fanáticos. Durante la insurrección del siglo II a. de C. contra Antíoco IV Epifanio, el rey extranjero que quería helenizar a los hebreos y llevarlos a la apostasía, en un sábado, un grupo de zelotes insurrectos se hace matar por los enemigos antes que empuñar las armas en el día sagrado dedicado a Dios y al reposo. Los jefes de la revuelta, Matatías y sus hijos, los macabeos, deciden llegar a un acuerdo: observar el sábado no atacando ese día, pero defenderse en caso de un ataque enemigo. Las victorias dan la razón a su política, pero los zelotes y todos los que se consideran observantes estrictos (hasidim) siguen decepcionados, de lo que deriva una separación que lleva a la aparición de la secta de los fariseos. Son acontecimientos narrados en los libros 1 y 2 de los Macabeos, el primero en hebreo, tal vez de impronta saducea, y el segundo en griego, teológico y que en parte incluye los mismos hechos y es de mano farisea. 31
Los partisanos antirromanos del tiempo de Cristo asumen el nombre de los antiguos zelotas. También en los años de Jesús se escriben otros dos libros sobre los Macabeos, 3 y 4, que pudieron ser de origen zelota o de personas cercanas a ese entorno, pero son considerados apócrifos por todos.
Los zelotas operan tendiendo emboscadas a pelotones romanos, robando provisiones de los ocupantes, haciendo sabotajes, parte de ellos matando a traición con la sica, una espada corta, de donde deriva el nombre de sicarios. Al contrario de la situación unas décadas después, los zelotas todavía no tienen la posibilidad de levantar la insurrección que desean, pero despiertan fuertes preocupaciones entre saduceos y fariseos, que temen por el mantenimiento de su poder a causa de desórdenes, dado que nominación del gran sacerdote y sus colaboradores es, de hecho, aunque no oficialmente, acordada con el gobernador romano y Roma pretende que los hombres del sanedrín del templo contribuyan a mantener el orden.
Como se ha dicho, además de los zelotas existía para los jefes de Israel el problema de los falsos profetas que podían «confundir al pueblo».
Jesús es un profeta. A su vez, se le ve como un profeta sedicente, un agitador, un curandero profesional, pero bastante más poderoso, a diferencia de los demás, porque habla con autoridad, sabe hacer que le obedezcan y le siguen grandes multitudes: aunque solo sea por ese entusiasmo, que desaparecerá con el arresto de Jesús, pero entretanto les da miedo. Los verdaderos discípulos de Cristo, que han elegido cambiar de mentalidad siguiendo las enseñanzas del amor de Jesús, son pocos (incluso en su momento lo dejarán solo tras su arresto) pero esto no lo saben los sacerdotes: lo que más les asombra es la multitud que le alaba, desbordante incluso cuando llega a Jerusalén, multitud a la que se dirige Cristo denunciando en un tono muy duro el modo de pensar y el comportamiento de los jefes de Israel. Estos temen además que los zelotas podrían estar de su parte.
Jesús, a quien el pueblo reconoce como hijo de David, como Mesías, se inscribe en la tradición de la espera del rey Ungido por Dios y, además, de la misericordia de Dios hacia los pecadores: frente a la distinta tradición teológica, bastante dura, admitida por los hombres del templo, por la cual la ley debe cumplirse al pie de la letra por derivar de un pacto con Dios y por la cual los jefes de Israel son los sacerdotes, que deben hacer respetar la ley, y no un rey. En realidad, en esta ley incluyen muchísimas normas que no son Palabra de Dios.
Conviene, para comprender las cosas más a fondo, explicar un poco mejor las dos líneas teológicas del Israel más antiguo, dos versiones distintas de la relación con el Creador. Para una, había habido una alianza entre Dios y el pueblo. A cambio de su obediencia, el Creador se obligaba a proteger a los hebreos. Por tanto, la salvación del pueblo dependía de la observación estricta de la ley de Dios comunicada a Moisés, comenzando por las formas de culto, que una clase especializada, la de los sacerdotes, debía hacer respetar. En tiempos de Jesús, esta es también la opinión de los saduceos y sus aliados, los fariseos, aunque para los primeros la salvación se refiere al pueblo en la historia y para los segundos también a la salvación individual eterna. Se trata de una línea completamente minoritaria. Para la otra línea teológica, la de la gran mayoría de los hebreos en tiempos de Jesús, Dios en un cierto momento habría elegido y ungido a un rey, un cristo (un ungido, precisamente, según el término griego christòs) como representante de todo el pueblo y ese habría sido David, prometiéndole protección personal y ayuda a su descendencia. La salvación del pueblo venía del recuerdo de esta promesa de Dios y de su intervención en la historia, a pesar de los pecados de Israel, a través de un mesías (siempre ungido, pero al estilo hebreo), descendiente de David, al final de los tiempos antiguos, que debía fundar el nuevo reino milenario. Las dos líneas coexistían, entre los hombres en el poder, en el periodo precedente al exilio de Babilonia, pero, tras la vuelta a Palestina en el siglo V a. de C., con el rey reducido a un vasallo de soberanos extranjeros, primero había prevalecido y luego había triunfado la primera versión, la que giraba en torno a sus sacerdotes.
Se puede pensar que los sacerdotes y su grupo tenían realmente miedo a que Jesús quisiera y consiguiera hacerse rey con el apoyo del pueblo, pero no ocupar el lugar del César, como luego dirán a Pilatos, es decir, echando a los romanos de Palestina, sino llegando a un acuerdo con Roma y derrocando al sanedrín. El poder romano no vacila en cambiar a un rey fantoche cuando le conviene y los romanos podrían, cuando lo juzgaran útil para la tranquilidad social, sustituir con un fiel rey-tetrarca al procurador del emperador y gobernador de la región de Judea o incluso a todos los tetrarcas entonces reinantes en las demás tierras de Israel, igual que al procurador romano, con un rey único sometido al emperador, bien visto por la población, como había pasado con Herodes el Grande, que había tenido un gran poder sobre la clase sacerdotal, llegando a hacer matar a sacerdotes que se le oponían, al tiempo que conseguía tener suficiente apoyo popular.32
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