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MELOG


AINHOA GONZÁLEZ DE ALAIZA Y GUILLE BLANC

MELOG

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2022

MELOG

© Ainhoa González de Alaiza y Guille Blanc

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2022.

Editado por: ExLibric

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artística o científica.

ISBN: 978-84-19092-56-4

Content

Regreso a Levi Hall

Una nueva vida

El pasado siempre regresa

Sueños de barro

Recuerdos de barro

La huida

Profecías y el ropero

La calma antes de la tormenta

Huellas en el barro

Ouijas y apariciones

Tomando decisiones

El aniversario

Recuerdos

El último Halloween

Sobre los autores

AINHOA GONZÁLEZ DE ALAIZA Y GUILLE BLANC

MELOG

Para todas aquellas personas que,

en la oscuridad, han sido nuestro faro.

Providence, Rhode Island, ahora. Las ideas de Henry.

Mi cliente es un padre absolutamente normal y responsable. Sufrió de niño una situación traumática: un incendio que hizo que fuera testigo de la muerte de su madre. Teme al fuego. Lleva años visitando a un terapeuta. ¿Acaso se ha negado a admitirlo? ¿Tener miedo al fuego significa algo más que ser racional? Piénselo. Este hombre revisará diez veces su casa antes de poder dormir tranquilo. ¿Es una manía? Quizá; hay manías saludables.

La cuestión no era la saludable manía, sino la tutoría de Henry, hijo único, que deseaba independizarse como adulto a los dieciséis. Sentenciaron en su contra. Su padre, sin mancha alguna durante sus años como docente, con su terror hacia el fuego, sin multas de tráfico, sin escándalos ni deudas, era su tutor legal. Punto.

Henry dejó pasar el tiempo. Terminó el curso, disfrutó del verano, evitó enfrentamientos. Luego empezó a mover sus piezas. Tiró de la vieja soga de la escalera del altillo y las lanzas de luz sobre polvo le parecieron mágicas y hermosas. Oyó la voz de Daniel, su padre. Controlada. Tensa. Le dijo que, ya que era lo bastante mayor como para sacar la licencia de conducir, lo era para reclamar una habitación propia, no aquel cubículo infantil muro con muro de la que fuera de sus padres. Y respiró muy despacio.

—Las buhardillas arden fácilmente.

—Si hay en ellas algo que pueda arder aparte de las vigas, papá.

—Tienes razón.

—Créeme, no me gusta el fuego. A nadie le gusta. Solo es una preciosa buhardilla. Y ya no lloro por las noches.

—Me gustaría mucho que no me tomaras por loco, Henry.

—Un loco no pide ayuda, papá. Te da miedo el fuego, como a cualquier persona razonable.

—No.

—Claro que sí. Y temer el fuego salva vidas, ya has visto como lo hacen en Japón.

—El fuego empezó en esa buhardilla. En la chimenea.

Henry también había ido durante años al psicólogo. Estaba entrenado. Sonrió.

—No, papá. Fue un cortocircuito. Eras muy niño.

—Aléjate de ese lugar.

—No quiero chimeneas. Calefacción central. Podemos pagarla, supongo.

—Claro. ¿Cenamos? Prométeme que no buscarás la chimenea.

—Jamás la encenderé. Te lo prometo.

Henry era el primero de su promoción y el tercero en deportes, una mezcla que rara vez sucede. Un desastre con las chicas, un enemigo sin desearlo con los chicos y un tipo con suerte. De los que siempre caen de pie. Claro que, si desde los seis años te llaman hijo de un loco y heredero de casa maldita, quedan pocas salidas. Primero, comerse alguna paliza. Después, crecer y pensar, devolverlas y a ver qué pasa. Luego mirar mejor a las chicas del pueblo y soñar con otra cosa que no fueran aseos de discoteca o traseras de auto. No por nada concreto, excepto que tales lances acaban en la vicaría con una necia como garrapata. Mejor hacerse pajas. Llevó a su padre a los tribunales porque estaba harto de ser el adulto racional. Le robaron la infancia cuando mamá murió. Le habían robado los años irresponsables, le robaban el tiempo que jamás vuelve. Los adultos nunca creen a un menor, debía haberlo pensado antes de abrir una herida que no se cerraría. Tarde. Terminó de acomodar todo lo suyo en la buhardilla. Estaba hecho. Con cierto toque diáfano, vacío, oriental, tatami incluido. Era su cumpleaños. Disfrutó de la sensación de poder recién adquirido, como si absorbiera la vetusta realidad de las vigas. Mío. Es mío. Me lo he ganado. Y una punzada de realidad le mordió las tripas. Él sigue abajo y no me ha llamado.

Había una cierta tibieza en la cocina. Su padre lo miró, sin atención para parecerle casual, y señaló el horno.

—Está perfectamente apagado, pero conserva el calor. Si me haces el honor, he cocinado.

—¿Costillas alemanas?

—Sí.Y cerveza.Ahórrate decirme que no la has probado antes.Te vas a sacar la licencia de auto y un vicario te casaría, así que se supone que eres casi un adulto, Henry. Con buhardilla propia.

—¿Tengo que decir algo, papá?

—No estoy muy seguro. Siéntate, cenemos.

La abundancia de costillas crujientes con su penetrante aroma a romero y la costra de miel lograron que la cerveza fuera un ritual y no una borrachera de novato. El lavaplatos no funcionaría hasta que llegara la señora Sánchez al día siguiente y el hecho de que su padre comprobara espitas de gas y luces le pareció por primera vez tan solo una leve manía razonable. Cogió una botella de agua, trepó a su ático y durmió sin sueños. Ni pesadillas.

Regreso a Levi Hall

Praga, siglo XIX.

Las caras de los niños se quedaban pegadas al cristal. La Bailarina era el lugar preferido de pequeños y mayores. Cada semana en sus escaparates nacía una nueva maravilla que atraía a espectadores y compradores.

Barak y Bitia eran los artífices de aquel lugar mágico donde los problemas quedaban en la calle y dentro sobraba sitio para la magia, la fantasía, y los juegos.

En los talleres comenzaba aquel milagro. Fabricaban títeres, cajas de música, carruseles, caballitos, trenes, maquetas, muñecas. Todo lo que un niño pudiera desear y, si no estaba allí, podía encargarse.

La Bailarina había nacido cerca de Josefov, el barrio judío de Praga. Barak regaló a Bitia la primera caja de música que había creado, en la que danzaba una pequeña bailarina de nácar. Así nació su negocio, aquella caja presidía la tienda y en la fachada del edificio una reproducción de llamativos colores se abría y la joven giraba sobre sí misma.

La casa había pertenecido a la familia de Bitia durante varias generaciones. Siendo niña sus padres fallecieron salvándose ella milagrosamente. Durante más de quince años la casa permaneció cerrada acumulando telarañas y polvo.

Bitia llevaba siempre el pelo cubierto. Nadie había visto su cabello y, aunque después de la tragedia la mandaron lejos, muchos miembros de la comunidad especulaban desde hacía años que su pelo se había vuelto rojo después de lo ocurrido, que llevaba una marca en medio de la frente por algo que habían hecho sus padres.Toda serie de cuentos e historias que corrían por el barrio.

Su padre había sido un erudito muy respetado y su madre pertenecía a una de las más antiguas familias de la ciudad, descendiente del famoso rabí Loew. Después de la tragedia la pequeña se había ido a vivir con unos familiares lejanos de su madre a Marsella. Las primeras semanas tras la catástrofe se convirtieron en noches vacías, sin ningún recuerdo. Lo había bloqueado todo, eso es lo que decía el médico de la familia, y de la historia que le contaban fue creando recuerdos que sabía no eran del todo ciertos. Pasaron los años y aunque no olvidó, las costuras fueron quedándose dentro. Creció, floreció y se enamoró de Paris y de sus rincones. Durante varios años residió allí, conoció amantes de la pintura como ella. Pintó desde los grises hasta los azules y brillantes cielos de la capital francesa. Notre Dame, el corazón de la Cité, la Lutecia romana rodeada por el rio Sena fueron escenario de muchas de sus obras. Después, el regreso.

El coche de caballos pasó ante aquella casa. Por primera vez en muchos años se dio cuenta de que aquella puerta aún permanecía abierta en su mente. El frío de la mañana se colaba en su memoria, todo era silencio. Arriba, allí ocurrió todo, solo quedaban dos cuerpos vacíos, arena y barro. Se estremeció apretando su caja de pinturas, mientras el coche continuaba su camino.

Se contaban historias morbosas sobre la casa cerrada: que se habían encontrado a la pareja muerta en el desván, que la pequeña había estado enferma y milagrosamente se curó. Lo único cierto era que estaba sola aquella mañana, sentada en la escalera, esperando. Tan solo una casa y una niña huérfana.

La gente miraba desde sus ventanas. Decían que en las buhardillas, en ocasiones, se veían luces, se escuchaban gritos. Algunos comadreaban y recordaban que Jokanan, el padre de Bitia, había movido cielo y tierra para salvar a su pequeña, incluso buscando en los libros prohibidos que una vez se abrieron y nadie había vuelto a hacerlo hasta entonces.

Barak era el hijo pequeño de rabí Yosef, el rabino de la sinagoga Vieja Nueva. Como casi todos los niños de Praga, tenían prohibido acercarse, bajo castigo severo, a la casa encantada. Los más grandes solían usarla como prueba de valentía. Entre los chavales se contaban muchas historias; de noche nadie se atrevía a entrar, la casa parecía tener criterio propio: la puerta solía abrirse y extrañas luces y sombras aparecían en el desván. Las historias que contaban los padres para asustarlos, mezcladas con las de los niños, creaban un puzle sombrío difícil de completar. Pero había una historia que se repetía a menudo y aunque era aterradora y misteriosa podía tener un origen real. Rebeca, hija de Abraham, rabino de la sinagoga Vieja Nueva por entonces, cenó en la casa la noche de la tragedia con los fallecidos. Sus padres la vieron por última vez cuando regresó aquella noche o, por lo menos, eso dijeron a los demás; no volvieron a verla nunca más. Todo fue muy extraño, ya que el resto de la familia, unos días después, se marcharon con destino desconocido y nada más se supo de ellos.

Barak, siendo niño, en la lejanía imaginaba que se asomaba a aquellas ventanas; allí dentro había un mundo diferente lleno de misterios y seres de otros tiempos. Una noche regresaba con dos amigos, se acercaron a la casa. Barak miró hacia el desván. Creyó ver una luz y una sombra de gran tamaño. Fue un segundo, un destello. Entonces la puerta principal comenzó a abrirse delante de los tres muchachos. Durante unos segundos se quedaron petrificados: después, salieron corriendo sin mirar atrás.

Pero ya no era solo la casa maldita de los Levi. Él y su familia formaban parte de la historia, ya que vivían en la casa que había pertenecido a Rebeca y su familia. La casa había permanecido algunos años abandonada y a la venta. Hasta que el padre de Barak fue nombrado rabino de la sinagoga Nueva Vieja cuando murió rabí Jacob, un hombre anciano y bueno que había tomado las riendas de la sinagoga ante la desaparición de rabí Abraham y su familia. Entonces pensaron en mudarse a una casa más grande y amplia donde poder recibir a más personas y tener más espacio y libertad para cumplir sus nuevas funciones. Abraham había trabajado en otras sinagogas de Praga y, cuando el rabino Jacob fue nombrado rabino de la SinagogaVieja Nueva, se llevó aAbraham con él como ayudante. Así comenzó rabí Abraham a conocer los secretos de aquel lugar.

Su madre había dejado algunos de los muebles de los antiguos inquilinos como parte del mobiliario, ya que le parecieron de buena calidad y perfectos, sobre todo, para el salón de las visitas. Ahora Barak tenía su propia habitación con una gran cama y aunque no llegaba al suelo se sentía mayor. Investigó la habitación de cabo a rabo, buscando algún objeto que pudieran haberse dejado los antiguos inquilinos. Mientras su madre y sus hermanas vestían la casa, él se dedicó a vivir aventuras y buscar algún hilo del que tirar, pues estaba seguro de que la clave del misterio comenzaba en la casa y acababa en la casa maldita de los Levi.

Pasaron los días y la casa se fue llenando de muebles, de cortinas y de los objetos personales de la familia. Barak fue colocando sus libros, sus juguetes. Poco a poco la antigua vida, los recuerdos de los otros, se fueron mezclando con los suyos. Una tarde en la que ya casi todo estaba colocado, encontró una caja detrás de la puerta. No era de las suyas. Se acercó lentamente, la saco del rincón y la puso sobre la cama. Durante casi diez minutos imaginó qué podía haber en ella. Encontró algunas fotos y una vela a medio consumir con letras en hebreo que seguramente su padre sabría leer, sacó un par de fotos y la vela la escondió en lo más profundo del armario.

Entregó a su madre las fotos y esta las colocó sobre la mesa. Se sentó junto a ella y miró con curiosidad. Su madre se los fue nombrando: rabí Abraham, su mujer y sus tres hijos. Entre ellos, reconoció a Rebeca, la hija mayor. La joven solía acompañar a su padre en sus visitas y le encantaba charlar con los niños. Siempre llevaba algún dulce o una palabra para cualquier niño con el que se cruzara. Barak recordaba haber recibido en más de una ocasión su afecto y su dulce sonrisa. Volvió a mirar la foto y una idea pasó por su mente. Ella debía sentirse muy sola en la casa de los Levi.

Años después, una noche de juerga universitaria, acabó con varios compañeros en la puerta de la casa maldita de los Levi. Alois y Jan, cuyas deudas en las tabernas ya no les permitían beber, decidieron apostar con sus compañeros que Alois sería capaz de subir hasta el desván. Barak se quedó al margen de la apuesta, no le gustaban los juegos en los que se movía dinero y no se fiaba de ninguno de los dos. Y la casa le daba respeto.

Alois, por un par de cervezas, era capaz de cualquier cosa. Intentó abrir la puerta sin ningún éxito. Se abalanzó sobre ella un par de veces antes de caer casi derrotado al suelo. Barak contemplaba un poco apartado y miró hacia arriba. El mismo destello y la misma sombra visible durante un instante parecían vigilarlos. Entonces la puerta se abrió sola y lentamente.

Alois se levantó ante los ánimos de sus compañeros y de su socio en la apuesta. Los jóvenes lo jaleaban. Entró dispuesto a todo comenzó a subir las escaleras hacia el primer piso, con paso firme, y desapareció de la vista de todos. No habían pasado más de unos segundos cuando regresó y salió por la puerta como si de un zombi se tratara. Los compañeros comenzaron a gritar a Jan y a quitarle el dinero de las manos. Cuando Alois llegó a la altura donde estaba Barak, se volvió y con la mirada perdida le dijo:

—Rebeca sabe que volverás. Y te pide que sigas guardando la vela.

Barak intento detener a su compañero: entonces se vio luz tras una ventana. Un vecino les gritó, amenazando con llamar a la policía por el escándalo que estaban montando. Todos salieron corriendo. El dinero quedó en el suelo y la puerta abierta. No fueron capaces de encontrar a su amigo en los días siguientes. Mientras lo buscaban le rondaban en la cabeza aquellas palabras. Recordaba que, siendo niño, sus padres hablaban sobre la desaparición de la joven y que en más de una ocasión sintió el impulso de contarles que ella seguía en la casa. Otra parte de él le decía que su amigo llevaba una curda considerable y que podía ser fruto de la misma.

Dieron con Alois dos días después, vagaba a orillas del Moldava, mudo y con signos de hipotermia. Lo ingresaron en una casa de reposo fuera de la ciudad y nunca más fue el mismo. Barak lo visitó varias veces y el joven parecía no estar allí. Con el tiempo fue recuperándose, pero la mención de aquella noche lo trastocaba completamente. No recordaba nada y parecía no tener muchas ganas de ni siquiera intentarlo.

Un sábado, a la salida de la sinagoga, Barak descubrió a una joven que acompañaba a una pareja de mediana edad. Lo que más le sorprendió era que llevaba el cabello cubierto. Y cada sábado llevaba algo diferente que se convirtió en un evento entre los que asistían. Se llamaba Bitia y era la dueña de la casa encantada.

La pasión de Barak eran las cajas de música; siendo niño las había visto nacer de las manos de su abuelo materno. Se quedaba durante horas viéndolo trabajar. Ahora formaba parte de aquella magia, había aprendido todo lo que sabía de él. Sus creaciones eran únicas. Las jugueterías de Praga visitaban el taller buscándolas. Y hasta algún inversor le había ofrecido la oportunidad de empezar su propio negocio.

Mientras estudiaba, descubrió los relojes. Se quedaba ensimismado cada vez que pasaba junto al ayuntamiento.Todos los niños de Praga conocían las leyendas sobre el gran reloj, sus favoritas. Hizo amistad con los Heinz, la familia que se ocupaba del él. Una obra maestra: desde su primera visita a sus entrañas supo que su ambición era construir una maquinaria que pudiera medirse con aquella. Pasaba tanto tiempo allí, que ya casi parecía ser parte de él.

Dejó el ayuntamiento atrás, iba ensimismado imaginando su reloj. No vio que en sentido contrario venia alguien tan distraída como él. Tras el choque, Barak le tendió la mano mientras Bitia acomodaba su turbante.

—Discúlpeme, señorita Levi. Suele pasarme a menudo, me quedo ensimismado y no miro por donde camino —le dijo.

—No se preocupe, sigo entera. Usted es el hijo del rabíYosef.

—Barak Cohen, es un placer haber chocado con usted. La última vez me di de bruces con el señor Trinker, el que tiene una carnicería un par de calles más allá de la sinagoga Nueva Vieja, y vino a cobrarle a mi padre un filete de vaca que se había tenido que poner en el ojo cuando se le puso morado por nuestro choque. Al final lo pagué yo y me lo comí.

Bitia comenzó a reírse como no lo había hecho en mucho tiempo y hasta la gente se paraba y los miraba.

—Yo no le voy a cobrar un filete, pero si me invita a merendar, quedamos en paz.

Barak enrojeció durante un instante y asintió. Pasearon hasta llegar a la Serpiente de oro, un edificio antiguo en el que se abrió siglo y medio atrás el primer café de manos de un armenio que se las vio y se las deseó para sacar el negocio adelante.

Tomaron un café, mientras se iban relajando y hablando sobre sus vidas, como dos buenos amigos. Bitia le contó cómo se sentía de vuelta en la ciudad en que nació, pero que ahora le era tan extraña. Y más extraña aún le era la casa de su familia, la que visitaba durante horas buscando respuestas. Barak se confesó con ella: los planes de los suyos eran que buscara un buen empleo y formara una familia con una honrada chica judía. Él se sentía demasiado joven, muy presionado. El único que le decía tómate tu tiempo era su abuelo materno.

En sus siguientes cafés hablaron de Paris, de pintura, de cajas de música, del reloj, de sus sueños y de sus deseos. Una tarde, mientras paseaban por el puente de Carlos, Barak le contó las dos aventuras que le habían ligado a su casa y cómo ahora vivía en la antigua casa de su mentora, Rebeca. Bitia le dijo que no era capaz de subir al desván desde aquella fatídica noche y estaba segura de que la clave de lo que ocurrió seguía allí arriba. Se cogieron de la mano. Contemplaron como el agua corría bajo sus pies. Prometieron que hallarían la verdad juntos.

Llegó el otoño y el caer de las hojas. Los dorados se plasmaron en los lienzos de Bitia y en las pupilas de ambos; largos paseos por cada rincón de la ciudad compartieron sus mundos interiores creando un espacio donde convergían. Fueron abriendo la casa poco a poco y la luz entró a través de los cristales, traspasando el polvo y el abandono de años.

En invierno la nieve convirtió la ciudad en un escenario de cuento y, cuando llegaron las navidades, el taller del abuelo de Barak recibió algunos encargos de figuras y mecanismos para belenes. Bitia solía acompañarlo a hacer las entregas y, de paso, contemplaba los que se creaban en las casas católicas más pudientes. Aquellos belenes fueron el germen de una idea que fue creciendo en la mente de la joven.

El cuaderno de dibujo fue llenándose de bocetos, de viñetas, de ideas; todo permanecía dormido fuera, pero dentro la mente de la joven bullía y se plasmaba en aquellas páginas que se llenaban de colores y de vida.

Su madre había tenido una sombrerería que ocupaba parte de los bajos de la casa, asomando a una de las calles más concurridas del centro. Bitia entró con el cuaderno en la mano. Fue imaginando el lugar, basándose en sus pinturas. Entonces alguien tocó en una de las ventanas que daban a la calle. Era Barak. Le dejó entrar.

Le mostró los bocetos y las ideas que había ido teniendo aquel invierno. Caminaban y ella no dejaba de hablar, él la miraba andar de un lado para otro; pequeña, grácil. Le recordaba a una bailarina. Cuando acabaron ella le preguntó:

—¿Qué te parece?

—Me gustan tus ideas. Pero hay una cosa en la que no has pensado.

—¿En qué? —preguntó con curiosidad.

—El nombre para tu negocio.

—Por tu cara pícara, tienes uno ¿verdad?

—Es posible… Además, tiene mucho que ver contigo.

Barak sacó algo de entre sus ropas y se lo tendió.

—Fue la primera caja que hice y me recuerda a ti.

Bitia la abrió. Sonó una hermosa melodía y la figura de una mujer de nácar giraba sobre sí misma.

—La bailarina…

Barak asintió.

Bitia tomó de las manos a Barak y comenzaron a dar vueltas cada vez más aprisa hasta que acabaron en el suelo, riendo a carcajadas.

—Sé mi esposo y compañero, Barak

—Pensé que no me lo ibas a pedir nunca.

Providence, Rhode Island, ahora. Remover el pasado.

—Nunca hemos hablado de eso, doctor Herzog —La psicóloga levantó una ceja—. Creo que se esfuerza usted mucho, si se trata de un sueño.

—Entre el sueño y la vigilia —puntualizó Daniel—. Era el cumpleaños de mi hijo, se lo he contado.

—Por supuesto. Y bebió usted cerveza.

—Por supuesto.

—Hizo bien; una cena, una celebración, una cerveza. Usted no necesita medicación, no estoy atacándole.

—Ahora no. Creo.

—Cuénteme. Es importante lo que usted recuerda, sea cierto o no. Hace muchos años dijeron que hubo un cortocircuito, eso no lo sabemos. Hubo un incendio. Usted tenía seis años. Eso es real. Su madre estaba enferma, también es real, y usted vivía asustado. Su padre era un hombre muy ocupado, su abuelo era rabino. Pero no es practicante.

—No.

—¿Por alguna razón que no hayamos comentado?

—Las hemos comentado todas. En cuanto a mi hijo, preferí dejar que eligiera en su día una fe u otras opciones.

—Muy sensato por su parte.Tras celebrar el cumpleaños, y le felicito por haber cocinado al horno, usted se retiró a descansar y tuvo un sueño ligero.

—Una pesadilla entre el sueño y la vigilia.

—Un sueño ligero. —Le sonrió—. ¿Puede contarlo ahora?

La buhardilla era el santuario de su abuelo Salomón, el rabino. Desde que murió la abuela se había vuelto raro. Colocó un ladrillo desnudo en el muro y luego otro con una mezuzah. Se dejó crecer el cabello, la barba blanca y los tirabuzones. Olvidó el inglés. Solo comía lo que le servía su hija, tras hacer que jurara que era kosher. Su hija era mamá y en voz baja les comentaba que el abuelito estaba viejo y triste, mejor no hacerlo enfadar, a nadie molestaba en su buhardilla.

—¿A nadie molestaba, doctor Herzog?

La voz medida de la psicóloga le crispó los nervios. Pero estaba habituado. Suspiró largamente antes de responder.

—A mí, no.A los niños les gusta tener secretos y hablar lenguas raras, me divertía. Hasta que vinieron todos: el juez, el sheriff, la policía, y se lo llevaron.A un sanatorio mental.Ya lo hemos hablado.

—¿Por homicidio?

—Vamos, doctora, no haga juegos tontos. Nunca me falla la memoria. Profanación de un cementerio. Mi abuelo nunca mató a nadie.

—Se suicidó.

—Nunca mató a nadie.Y sí, le dejaron las filacterias, entonces esas cosas no se revisaban. Se suicidó.

—Y usted tuvo un sueño ligero con su abuelo.

—De ninguna manera. Tuve un sueño ligero con rabí Judá Loew de Praga, según lo contaba mi abuelo. Un cuento de Halloween, para que se haga usted una idea.

—Y en su sueño no hubo un cortocircuito.

—Claro que no. No eran muy normales esas cosas en el siglo XVI, doctora. En mi sueño había fuego y mi madre subía la escalera y ardía en él. Bastante razonable.

—Sin la menor duda.

—No crea. En ese sueño, mi madre ya estaba muerta.Y acaban de pasar los cincuenta minutos de la terapia.

—Si hubiera vivido usted en el siglo XIX, doctor Herzog, sus novelas por entregas arrasarían.

—Ya ve usted qué mala suerte.

—Lo espero con impaciencia el martes.

—Creo que tengo otro cumpleaños el sábado, un respetado colega. Origen ruso. Lo mismo el vodka le añade matices a mis pesadillas.

—Doctor Herzog. —Se volvió hacia ella, ajustándose el sombrero—. Sufrió usted un trauma, nada más. Está igual de cuerdo que cualquiera, merece respeto, y ha sido un buen padre. Intente recordar eso.

—Lo recuerdo cada día, doctora. Gracias.

Un otoño tardío con largas luces doradas, atardeceres ardiendo sobre hojas de cobre y plata, las últimas bocanadas de aire cálido batiéndose a muerte contra la proa azul del invierno. Y noches asomado a los tragaluces de la buhardilla, noches de luna salvaje seguida de estrellas sobre la niebla gris que repta a ras de suelo tratando de anegar la tierra. Las noches que se recuerdan una vida entera, perdiendo la mirada hacia el oeste, soñando los sueños que otros escribieron. Henry disfrutaba su incipiente madurez. Daniel podía controlar el pánico. La señora Sánchez cantaba cada mañana una copla nueva.

La humedad empezaba a pasarle factura a la buhardilla, al menos a la parte recubierta de yeso pintado. Oyó a su padre cambiando ropa ligera por la de invierno y gritó desde arriba:

—John Weiss me ha invitado a pasar el fin de semana en Providence.

—Bien. ¿Necesitarás ropa de abrigo?

—Ya lo haré yo. Por cierto, hay humedad en la pared, se ha caído un ladrillo… ¿Se supone que lo tiro o hay que hacer algo especial con él? ¿Es importante?

—¿Un ladrillo o una piedra?

—Pues… —sopló— una piedra. Tienes razón. Una piedra vulgar, más o menos como un ladrillo.

Nunca hubiera imaginado ver asomar la cabeza de su padre por la trampilla, sin que titubeara en la escalera. Sin apresurarse. Sin el tic nervioso que a veces le fruncía el ceño. Subió, se sacudió el polvo de las manos, olfateó el evidente olor a humedades y miró sus ojos de frente.

—Creo que voy a llamar a Johnson, que es un trabajador serio, antes de que llegue el invierno y te gotee la habitación. Perfecto que pases tres días fuera, es un tipo eficiente. A ver esa piedra, Henry.

—Mira.

—Ya. Una costumbre piadosa, poner una piedra desnuda en el muro para recordar siempre Jerusalén y el exilio o la diáspora.

—¿Hay que hacer algo con ella?

—Vas al lugar correcto, el padre de tu amigo Weiss es un erudito razonable en mitos judíos. Mucho mejor que yo, más distanciado. Pregúntale. Llévate la piedra si quieres mostrársela. Voy a llamar a Johnson, creo que va a llover en serio pronto. Y mete un chubasquero en la mochila, ya sabes cómo es Providence.

—¿Estarás bien?

—Si te asusta el fuego, que llueva a cántaros tranquiliza bastante ¿No crees? —Sonrió—. El sábado tengo un día completo de fiesta, volveré en taxi porque me temo que habré bebido algo de más. No pasa nada, Henry. Johnson trabajará aquí el fin de semana, por si el domingo, además de tener resaca, estoy nervioso. Vete tranquilo. Y si eso te hace sentir mejor, llámame.

Colin Johnson, recto como una larga vara, solían decir. Siempre trabajando, en el condado o más allá, precedido por esa fama de boca a oído que jamás resulta vana.Aparcó su furgoneta, aceptó un café y subió a la buhardilla con claras instrucciones. Bajó media hora más tarde, sacó su libreta y escribió un presupuesto minucioso. Daniel lo leyó. Hicieron el trato con un apretón de manos dejando claro que, como los tiempos son así, aparte de la palabra dada, Colin necesitaría una factura tras acabar y concluirlo todo. Asintió. Los tiempos son así.

A eso de mediodía empezaba a hacer frío. Daniel había decidido qué atuendo sería adecuado en un cumpleaños de los que conllevan muchos discursos e innumerables brindis. Hasta había envuelto su regalo de cortesía, se estaba divirtiendo privadamente. Oyó toser a Johnson, miró la hora y se asomó al inicio de la escalera que trepaba a la buhardilla.

—Vecino, hora de almorzar. Hay sopa y panecillos, ¿le apetece?

Bajó enharinado, cubierto del polvo blanco amarillo de la escayola vieja y de virutas de madera.

—Gracias, pero es sábado.

El humor de Daniel se ensombreció en un segundo, como si las nubes negras que ya cercaban el pueblo acabaran de arracimarse sobre su cabeza. Le quedaba una gota divertida, la última baza, y prefirió no arruinar el día.

—Seamos sensatos, Colin. Usted es judío, ya ha pecado trabajando. Y la sopa y los panecillos los hice ayer, de manera que son kosher. Elija, dos pecados o uno. Le recuerdo que ofender a quien le ofrece hospitalidad también es pecado. Sumaría usted tres.

—Tiene razón en eso, vecino. Perdone, no quería ser grosero.

—Ahí está el lavabo. Pase, quítese el polvo y almorcemos.

No hablaron de nada más que del tiempo, la lluvia y la prisa por acabar el trabajo, la salud y ciertas críticas menores hacia el alcalde. Bastante antes de anochecer Daniel se despidió dejándole un juego de llaves.

—Póngalas luego en la maceta, por favor. Supongo que mañana vendrá temprano y yo tengo una fiesta de profesores de esas de las que te levantas tarde y con resaca.

Colin lo vio salir. También vio salir volando un montón de cascotes, una nube de polvo de ceniza y una catarata de viejos ladrillos, cuando estaba a punto de rematar la limpieza de la chimenea oculta tras muchas capas de yeso. El polvo color ocre llenó la buhardilla, se le metió en la garganta e hizo que maldijera. Medio día perdido. El hueco estaba negro de hollín y cenizas compactas, húmedo igual que una turbera; hasta goteaba, porque las primeras lluvias debían haberse filtrado no solo desde arriba, sino a través del grueso muro. Maldita mil veces la obra del siglo XIX; todo arreglado con escayola y pintura de colores pastel. Empezó a retirar ladrillos uno a uno. Rojos, traídos de lejos, buena manufactura, materiales caros. Entre los cascotes y las placas de hollín había una jarra de barro. Con la tapa rota. Pensó deprisa. Una jarra ritual, seguro.Todo el mundo hablaba del viejo, el abuelo de su patrón. Y de su patrón, un hombre cabal si no le acercabas una cerilla. Miró mejor. Una maldita jarra, no un tesoro. Apartó la tapa rota y metió la mano enguantada: cenizas. Lo normal, en semejante agujero. Al aparcar se había fijado en el jardín, removido para dejar descansar la tierra y empaparse de lluvias en otoño, muy sensato. Lo limpió todo, metió en sacos los escombros y, antes de cerrar bien la puerta y dejar las llaves en la maceta, enterró la jarra rota junto al acebo del jardín. Ni se notaba. Mejor así.

Encontró las llaves sin problema, cerró la puerta tranquilamente, igual que sin titubeos había pagado al taxista tras despedirse de él y empujar con cuidado la verja. Se obligó a repetir que no había nada encendido, nada de qué preocuparse, nada que revisar.

Lo había pasado bien. Discursos breves, complicidad de años trabajando juntos, una larga familia dada a la música, los aplausos y el vodka en vasitos helados. Excelente cocinera la esposa del anfitrión. Gran conversadora, detallista, culta, amable sin resultar metomentodo, divertida. Muy guapa aún, con aire de matrona nada venerable, capaz de bailar hasta dejar sin aliento a la reunión y a cada uno de los que sacaba con una sonrisa muy seria y unos pies aplomados. Pasaba larga la medianoche cuando subió al taxi, de excelente humor. Y ahora bebía agua sentado en el cómodo sofá del salón, desenrollando una manta de viaje. Mejor el sofá que la escalera hasta la planta de arriba y su dormitorio. Colin lo encontraría vestido, descalzo y, tal vez, roncando. ¿Y? Se arrebujó buscando postura.

Lo sacudió suavemente. Parecía divertido.

—He traído café de casa. Caliente. Y tarta de manzana. Buenos días, doctor Herzog.

Aceptó el café y el desayuno mientras el hombre le informaba de que iba a meter lana de roca como aislante de humedades antes de rehacer el zócalo de placa de piedra y enlucirlo todo.

—Supongo que no querrá pintura color pastel, ni papel pintado o esas cosas viejas. Vamos, imagino que no.

—No, Colin. Pintura a pistola, blanca. Creo que contrastará con la piedra oscura y la madera de las vigas. La buhardilla es ahora de mi hijo, le ha dado un aire muy sencillo.

—Mejor. Mañana podré pintar si no llueve. En veinticuatro horas estará seco. Hoy la lana me llevará el día, eso y reponer el zócalo. Voy a empezar ya.

—Gracias por el café y el pastel.

—Una cosa… —Johnson, a su pesar, no podía eliminar todos sus escrúpulos de conciencia—. El muro casi se vino abajo al picarlo, encontré una mezuzah. La tengo envuelta en papel, por si usted la quiere. No me hago idea de cómo acabó en el agujero de la chimenea, se supone que debía estar en la jamba de alguna puerta. Pero no es asunto mío, claro.

—Muchas gracias. —A Daniel le duraba aún el buen humor—. Estaré encantado de conservarla, sin duda la puso mi abuelo. Yo era un niño entonces, tampoco sé cómo acabó en... ¿Una chimenea?

—Había una. Todo lleno de hollín y humedades. Hoy lo rellenaré con lana de roca y se acabó el problema. Las casas viejas son así; la gente pasaba frío y ponía estufas o chimeneas con malos tiros, a veces hasta enfermaban por el humo. Eso ya no va a pasar.

—Sin duda.

—Tranquilo, nada de chimeneas. Son poco seguras.

No lo tomó como algo personal. Se dio una larga ducha, eligió ropa y calzado cómodo y salió a pasear aprovechando el sol oblicuo. Un día sin viento ni nubes. Vio salir a sus vecinos de las diferentes iglesias cristianas, con aire de domingo. Más tarde, coincidió con Jason Müller, el cartero. Acabaron tomando una pinta y hablando de menudencias. Y aún más tarde, el sol, ya bajo en el arco del cielo, le indicó el camino a casa. No iba a cocinar. Otra parada para hacerse con pastel de carne e (inusualmente) más cerveza. Nada raro, entre sus vecinos, en domingo. Verían el partido en la televisión. Él, no. Las llaves seguían en la maceta. Revisó asuntos pendientes hasta que fue noche cerrada. Ni tan siquiera le sobresalto el teléfono. Henry lo estaba pasando bien y no volvería hasta el miércoles. Que disfrute, pensó. Saltarse dos días de clase carece de importancia. En Providence también llovía. La buhardilla estaba quedando espectacular, sí. Y se había puesto un poco fino de más en la fiesta, todo vodka del bueno. En taxi, claro que volvió en taxi. Colgó, buscó entre las cintas de video, y cenó pastel frío de carne con cerveza viendo Alexander Nevski sin subtítulos. El silencio de la casa casi lo arrullaba. Hacía años que no pasaba una velada tan pacífica. Tal vez nadie sabe del todo lo que es la felicidad, pero eso se le parecía mucho.

Rachel Johnson era una mujer sensata, aplomada, siempre segura de sí misma. No perdió el tiempo cuando, a la tenue luz de las farolas de la avenida, vio a su marido caminando con los ojos abiertos, hablando entre dientes, con el terror grabado en el rostro mientras seguía dormido. Rápida y de puntillas cerró la puerta de la habitación de las niñas, regresó al dormitorio cerrando también a sus espaldas y encendió la luz del baño antes de acercarse al hombre.

—Colin, cariño —le susurró suavemente, sin perder de vista sus manos—, vuelve a la cama. Solo es una pesadilla, Colin. Un mal sueño. Estás en casa, con tus hijas y conmigo. Estás a salvo.

Se despertó gritando, con aquella expresión de horror irracional que Rachel no recordaba desde años atrás. Síndrome del veterano, estrés postraumático. Se le había ido pasando. Tenía mucho trabajo diario, un grupo de apoyo, sus tres niñas y a ella. Ahora parpadeaba, sudoroso y jadeante. Rachel frunció el ceño. No se parecía a lo que ella recordaba tan bien. Esta vez la había reconocido a la primera, sin lagunas.Tan solo parecía aterrorizado, como un niño en mitad de una tormenta. Le sonrió.

—¿Quieres que nos demos una ducha juntos? Sobrará tiempo para un desayuno tranquilo, incluso para que los dos lleguemos temprano al trabajo.

—Tal vez no sobre tanto. —Colin le devolvió la sonrisa.

Una nueva vida

Praga, siglo XIX.

Un mes después se casaron y pasaron su luna de miel visitando a sus familiares en Marsella y a sus amigos en Paris. A su regreso la casa estaba lista. Sus familias les dieron la bienvenida. La pareja estaba exultante y deseando comenzar su nueva vida.

La primera noche en la casa ella se levantó en silencio, durante largo rato se quedó mirando las escaleras que llevaban al desván. Siendo muy pequeña era su lugar favorito, se pasaba las horas jugando con los tesoros que había entre el polvo. Sé escondía en los armarios, debajo de las mesas, entre las sombras, era parte del lugar. En ocasiones jugaba al escondite con sus padres y no la encontraban hasta que ella salía. Ahora, a oscuras, descalza y con la respiración de Barak de fondo, se acercó a la ventana, llovía mansamente. Cuando era niña hubo un momento en el que todo comenzó. ¿Pero qué pasó entonces? Casi no salía de casa, su padre se pasaba las horas fuera y mama tenía su sombrerería, su niñera casi nunca le permitía jugar fuera. El desván era su lugar secreto donde todo era posible y entonces llegó alguien para acompañarla en su soledad.

Barak se la encontró sentada en la puerta de la casa, con la mirada perdida y llorando desconsoladamente mientras susurraba:

—No dejes que me lleve, papá. No dejes que me lleve.

El pasado quedó olvidado por un tiempo. Lo real era el presente: las obras. Bitia dibujó la bailarina. Barak la llenó de vida.

Ella solía bajar cada mañana, muy temprano, con un tocado diferente. Veía como sus dibujos se hacían realidad. Los vacíos se llenaron de estanterías, las paredes se revistieron de maderas y papeles de pared de brillantes colores. El mostrador se labró a diferentes alturas para que los niños pudieran ver todo lo que había más allá.

Un lugar diáfano, con cristaleras por donde entraba la luz y escaparates en los que su imaginación ya creaba futuras escenas en movimiento para los más pequeños y los no tanto.

La casa fue haciéndose habitable y hasta acogedora. Había dos secretos por descubrir para Barak, por qué su mujer escondía su cabello con aquella variedad de tocados, sombreros, turbantes. En Praga era conocida por su originalidad, pero en la intimidad aquello no era tan curioso. Lo que casi siempre era original, a veces le resultaba molesto.

Por otro lado, Barak intentó varias veces que subieran al desván. Todavía no se sentía preparada. Fue bajando cajas para que entre ambos decidieran qué se hacía con cada cosa.

La señora Zimmermann acompaño a Barak a su nuevo hogar, había trabajado durante años en la casa de rabí Cohen y ahora que ya no había tanto trabajo aceptó encantada ayudar a la pareja.

El tiempo fue pasando, la tienda prosperó y tuvo una primera ampliación. Lo que empezó siendo un escaparate curioso se convirtió en un referente en la ciudad. La precisión del joven y la imaginación de ella se complementaban en los talleres y en la tienda.

Su aprendizaje junto a los Heinz sobre el reloj del ayuntamiento acabó siendo una colaboración que fue alargándose en el tiempo. Bitia, mientras, buscaba lugares que la invitaran a pintar, en ocasiones, dentro de la misma casa. Los temas para los escaparates también requerían mucho trabajo. Por eso comenzó a buscar objetos que pudieran usarse y dieran originalidad.

Recordó sus juguetes y fueron poco a poco abriendo habitaciones de la segunda planta que habían permanecido cerradas. Entonces se acordó de las colecciones de cuentos que estaban en la biblioteca y le habían hecho pasar muy buenos ratos.

Comenzó a pasar mucho tiempo allí, se llevó la mayoría de su material de dibujo y estableció su lugar de trabajo. Tenía unas bonitas vistas a las traseras donde los tejados daban paso al río Moldava. Mandó volver a tapizar un par de sillones que colocó cerca de las ventanas y que podían moverse fácilmente cerca de la chimenea.

Cuando cumplieron su primer aniversario, Bitia le hizo un regalo que el joven no olvidaría jamás. En la intimidad de su habitación ella deshizo lentamente su tocado y, por primera vez, le mostro su cabello que, aunque el intuía cuál era su color por haberlo visto en otras partes, lo dejó sorprendido. El cabello caía en cascadas rojizas sustentadas por una banda que recordaba a las que llevaban las nativas americanas.

Él le pregunto por la banda y ella le habló de una cicatriz que se había hecho siendo muy niña y que la avergonzaba. Segundos después, ambos se olvidaron de lo que ocurría fuera.

Pasaron los meses y cada cosa fue ocupando su lugar. La pareja era feliz, tan solo una pequeña sombra se escondía en un rincón en lo más alto de aquel hogar. El aniversario de la muerte de sus padres, Bitia solía pasarlo despierta, leyendo en la biblioteca cerca del fuego. Era la única noche del año en la que todo parecía más oscuro y ella escuchaba sonidos que provenían del desván y que creía fruto de su imaginación. Entonces buscaba coraje en la foto que le había dado Barak en la que aparecía su mentora, le hacía sentirse más segura. A veces miraba a su alrededor y Rebeca aparecía, casi etérea. Supo por su marido que la noche de la muerte de sus padres, ella los había visitado y después la tierra se la tragó. También Barak le confesó que desde niño él creía que la joven estaba allí. No solo por el fantasma que había visto Alois, sino porque lo creía así.

Bitia le hablaba y la imagen del recuerdo de Rebeca paseaba por la habitación. Bitia sabía que ella estaba allí para protegerlos de algo. Ella siempre le decía:

—Nunca esperes que te lo cuenten, descúbrelo por ti misma.

Aquella madrugada no se quedó dormida como en los aniversarios anteriores y Rebeca le habló por primera vez:

—Ten cuidado con Melog.

Le señaló un cuadro que colgaba encima de la chimenea. Lo miró. Era una imagen onírica del barrio judío: la sinagoga Nueva Vieja y el cementerio bajo una luna llena. Y entre aquellas sombras acertó a ver una figura cerca del río que parecía surgir de la orilla del Moldava. Aquel cuadro había estado desde siempre en la casa, en el mismo lugar, y nunca le había prestado demasiada atención hasta aquella noche.

Amanecía. Sintió frío y entró en la cama donde Barak dormía. Soñó con una sombra de su pasado que tenía nombre propio: Melog. Sintió temor, un miedo antiguo, casi oxidado, encerrado en su mente y que ella no había dejado salir. Pero entre todo aquel miedo, había un destello de alegría infantil de aquellos tiempos en los que los amigos invisibles eran la mejor de las amistades.

Barak la abrazó, al parecer estaba teniendo una pesadilla. Sintió su calor y la necesidad de que su abrazo no acabara nunca. Aquella mañana llegaron tarde a sus tareas y casi nueve meses después nació su hija Débora. A partir de entonces, la señora Zimmermann tuvo más trabajo; sobre todo, ante los miedos e inseguridades de los primerizos padres.

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