Kitabı oku: «La estabilidad del contrato social en Chile»

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Primera edición, fce Chile, 2021

Larraín, Guillermo

La estabilidad del contrato social en Chile / Guillermo Larraín.

Santiago de Chile : fce, 2021

ISBN 978-956-289-232-2

ISBN digital: 978-956-289-233-9

1. Contrato social – Chile – Siglo xxi 2. Estado, el – Chile – Siglo xxi 3. Derecho – Chile – Siglo xxi 4. Chile – Condiciones económicas – Siglo xxi 5. Chile – Política y gobierno I. Ser. II. t.

LC JC179. Dewey 320.11 L135e

Distribución mundial en habla española

© Guillermo Larraín

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Cuidado de la edición: Álvaro Matus

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra —incluido el diseño tipográfico y de portada—, sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de los editores.

ISBN 978-956-289-232-2

ISBN digital 978-956-289-233-9

Diagramación digital: ebooks Patagonia

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ÍNDICE

Agradecimientos

Introducción

Primera Parte La paradójica crisis del contrato social en Chile

Capítulo I La economía y la sociedad del Chile democrático

La fortaleza de la economía: Chile en perspectiva

Algo hay que preservar: tres fuentes históricas del desarrollo

Desconfianza y compromiso: el frágil contrato social en 2019

Una cuarta fuente del contrato social

Capítulo II La fragilidad del contrato social en Chile: marco conceptual

El enfoque utilitario o unidimensional

El enfoque contractualista o de expectativas autocumplidas

Primera visión sobre la estabilidad del contrato social

Lecciones para Chile

Capítulo III El problema constitucional de Chile

Tres consecuencias de construir una casa que no pretendía ser para todos

La memoria de las instituciones

La Constitución y las condiciones para la cooperación

Domesticar la Constitución y un ejercicio especulativo clave

El malestar y la crisis de gobernabilidad

La especificidad del problema constitucional chileno

La salida “por las malas”

Capítulo IV El estallido y el contrato social en Chile

Individuos aislados, pero equilibrios múltiples

La interacción social y el activismo

Una interpretación preliminar del estallido social

Segunda Parte El estado, el mercado, la sociedad y los individuos

Capítulo V Límites de la intervención del Estado y la extensión del mercado

Principio de subsidiariedad

El criterio de satisfacción

Límites morales del mercado

El déficit de lo público

Derechos sociales: una frontera posible entre Estado y mercado

Fallas de gobierno

Capítulo VI Producción y goce de derechos sociales: lo estatal, lo público y lo privado

Derechos sociales y lo público en el siglo XXI

La educación como derecho social

Tipos de Estados de bienestar

El surgimiento de los derechos sociales

Bienes de mérito y derechos sociales

Límite inferior de satisfacción democrática

Desestatización de la provisión de derechos sociales

Capítulo VII Lucro y derechos sociales

La educación escolar en Chile antes de la Ley de Inclusión

La lógica fundamental del funcionamiento empresarial

El rol social del fin de lucro

Críticas a Milton Friedman y John Galt

La demanda por derechos sociales en gráficos

Capítulo VIII Gratuidad y derechos sociales

El poco estudiado fenómeno de la gratuidad

Pagar un poco para que todos accedan

Criterios de acceso al derecho social

La sustentabilidad del lucro

Racionalidad limitada y derechos sociales

Transacción comercial de derechos sociales

El régimen de lo público

Limitaciones del enfoque de fallas de mercado en educación

El lucro en el mercado educacional: lógica y evidencia empírica

¿Maximización de utilidades en educación?

Regulación del lucro o del proceso de maximización de utilidades

Capítulo IX Derecho de propiedad y naturaleza económica de los bienes

La importancia del derecho de propiedad para la economía

Función social de la propiedad y expropiación justa

El paradójico debilitamiento del derecho de propiedad en el mundo

La dinámica naturaleza económica de los bienes

Derecho de propiedad: un ejercicio comparativo

Los derechos de propiedad y los recursos naturales

Seis reflexiones adicionales sobre derecho de propiedad

Capítulo X El derecho de propiedad de un bien particular: el agua

Priorizar la preservación del agua: mercado y cambio climático

El tipo de bien que es el agua

La institucionalidad del agua en Chile: breve descripción

El mercado del agua y el problema económico

La pobre capacidad de gestión de conflictos de la institucionalidad

La institucionalidad debe legitimar soluciones a situaciones críticas

La encrucijada institucional tras estos conflictos: una propuesta

Tercera Parte Una mejor democracia y un mejor Estado

Capítulo XI La burocracia y el mejor funcionamiento del Estado

El ideal burocrático

Incentivos en el Estado

Escepticismo sobre la burocracia

La versión chilena del NPM

Burocracia y grupos de interés

Corrupción, capturas y contrato social

Efectividad del gobierno y control de corrupción

Dimensiones del interés público

El problema de la falta de controlador

El sector público como mercado

Promover la vocación de servicio público

Despolitizar la voz en el Estado

Voz y derechos laborales en el Estado hoy

Capítulo XII Perfeccionar los espacios de representatividad

La crisis de representatividad

Corrupción y crisis de representatividad

La (verdadera) tercera cámara

Democracia directa, participación y reducción de la captura

Capítulo XIII Un nuevo régimen político para Chile

Impacto económico del régimen político

Brevísima taxonomía de los regímenes políticos

El modelo agente-principal y el régimen político

Restricciones que impone el multipartidismo

Horizontes temporales del gobernante

Sistema semipresidencial requiere dos cámaras

El Senado, debate público y promoción de la cooperación

Hitos electorales: segunda vuelta y secuencia de elecciones

Un sistema semipresidencial a la chilena

Capítulo XIV Post scriptum

Bibliografía





Este libro no pudo ser pensado, leído, escrito y reescrito, sin el apoyo fundamental de María Olga, Dominga, Federica y Colomba. Agradezco su paciencia, pero sobre todo los innumerables momentos de alegría mezclados con comentarios tan agudos que me hicieron dudar, pensar y repensar, escribir y reescribir todos los contenidos que, bien o mal, lo constituyen.

A ellas, con amor, este libro

Santiago, febrero 2021

AGRADECIMIENTOS

Este libro se concibió y desarrolló entre 2015 y 2020. Necesariamente he contado con el apoyo de mucha gente. A todos les estoy profundamente agradecido por sus comentarios, ideas, sugerencias o críticas, y espero no haber olvidado a nadie.

Quiero partir por agradecer a la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile (FEN), por proveer un espacio de libertad intelectual y rigor académico que es un ejemplo en el país. En particular, agradezco las conversaciones que en diversos momentos tuve con mis colegas Manuel Agosin, Roberto Álvarez, Heidi Berner, José De Gregorio, Eduardo Engel, Ricardo Ffrench-Davis, Fabián Duarte, Nicolás Eyzaguirre, Eugenio Figueroa, Andrés Gómez-Lobo, Aldo González, Daniel Hojman, Jorge Katz, Óscar Landerretche, Alejandro Micco, Javier Núñez, Francisca Pérez, Francisco Pino, Joseph Ramos, Jaime Ruiz-Tagle y Juan Pablo Torres-Martínez.

En la FEN debo agradecer la extraordinaria dedicación e inteligencia, pero sobre todo a la amistad de mis ayudantes de investigación Simón Ballesteros, ahora en la Universidad de Georgetown, y Andrea Costa, ahora en la Universidad de Cambridge.

El personal de la FEN ha sido de gran ayuda en el desarrollo de este libro. Quiero encarnar este agradecimiento en las personas de Pamela Fuentes, Susana Numhauser, Alberto Donoso y Justo Donoso.

Agradezco las conversaciones que sostuve con otros economistas interesados en los temas institucionales, en particular Alejandro Jofré, del Centro de Modelamiento Matemático de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile; Arturo Cifuentes, Francisco Gallego, Felipe González y Alberto Valdés, de la Universidad Católica; Ignacio Briones y Andrea Repetto, de la Universidad Adolfo Ibáñez; Eduardo Aninat, Hernán Cheyre y Carlos Rodríguez, de la Universidad del Desarrollo, y Claudia Sanhueza, de la Universidad Mayor.

Agradezco las muchas conversaciones y los inquisitivos aportes de José Miguel Benavente, del Banco Interamericano de Desarrollo; Mario Marcel, presidente del Banco Central de Chile, y de Jorge Rodríguez, entonces en la Dirección de Presupuestos del Ministerio de Hacienda. También a mi gran amigo Maurizio Bussolo, del Banco Mundial, con quien conversé menos de lo deseado sobre el contrato social, pero cuyos escritos al respecto me iluminaron. Agradezco el diálogo con Alejandro Foxley y Manuel Marfán, de Cieplan; Andrés Sanfuentes, del CED; Cristián Larroulet, de Libertad y Desarrollo, y Leonidas Montes y Rodrigo Vergara, del CEP, así como las conversaciones que tuve con Andrea Butelman, Felipe del Solar y Roberto Zahler.

Lo que sé de derecho constitucional se lo debo a Fernando Atria, Carlos Carmona, Gloria Claro, Luis Cordero, Javier Couso, Francisco Cox, Arturo Fermandois, Matías Larraín, Esteban Ovalle, Juan Ignacio Piña, Pía Silva, José Luis Ugarte y Patricio Zapata. En el ámbito de la ciencia política y la sociología, agradezco los aportes de Alfredo Joignant, Pedro Güell y Sergio Micco.

Con Daniel Hojman organizamos en la FEN durante 2016 una serie de debates que denominamos “Viernes constitucionales”. Sin repetir a los ya mencionados, agradezco a Alberto Arenas, Carl Bauer, Solange Berstein, Fernando Coloma, Rossana Costa, Valentina Durán, Silvia Eyzaguirre, María Isabel González, Nicolás Grau, Felipe Kast, Ricardo Lagos Escobar, Matías Larraín, Alfredo Sfeir, José Luis Ugarte, Sergio Urzúa y Ángela Vivanco.

Luego de que la primera versión del libro estuviera lista, he dictado desde la primavera de 2018 un curso optativo en la FEN basado en los contenidos de este volumen. Un grupo de alumnos ha leído el manuscrito y realizado comentarios que quisiera agradecer: Isaac Carriel, Paul Gondonneau, Luis Felipe Hidalgo, Ariel Higuera, Santiago Illanes, Tomás Jaar, Sebastián Muena y Franco Vergara.

Inmediatamente anunciado el proceso constituyente, en la FEN y con el apoyo de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, hemos preparado el proyecto “Nueva Constitución para Chile”. Quiero agradecer al decano de esa Facultad, Pablo Ruiz-Tagle, por su apoyo y comentarios sobre temas constitucionales. Una mención especial merece Diego Pardow, con quien comparto la idea de que la economía y el derecho deben trabajar más de cerca. Un grupo de alumnos está ayudándonos con la organización conceptual y la implementación del programa. Quiero destacar especialmente a Manuel Taboada, así como a Kevin Sepúlveda, Álvaro Castillo y Matías Fuentes.

Javier Couso organizó una presentación en la Escuela de Derecho de la Universidad Diego Portales. Agradezco los comentarios que entonces hicieron Domingo Lovera, Jaime Bassa, Sebastián Soto, Rodolfo Figueroa, Matías Guiloff y José Luis Ugarte.

Una deuda especial tengo con Felipe Schwember, de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez, que hizo importantes comentarios a aspectos filosóficos de la teoría del contrato social.

Quisiera agradecer también al Institut d’Études Politiques de París (SciencesPo), que se interesó en que dictara un curso basado en este libro dentro del programa de graduados. Dicho curso lo he dado en 2019 y 2020. En particular agradezco por la invitación y los valiosos comentarios a Jean Pisani-Ferry y al decano de la Paris School of International Affairs, Enrico Letta. He tenido valiosos intercambios con Philippe Bezes, pero también con Guillaume Chapelle, Elie Cohen, Olivier Dabenne, Maurizio Ferrera, Bruno Palier, Olivier Pilmis, Xavier Timbeau y Mikaël Zammour.

Un reconocimiento especial a Olivier Bouin, director del Réseau Français des Instituts d’Études Avancées, por compartir sus ideas del “Manifiesto por el progreso social”.

La agrupación de estudiantes de posgrado de la London School of Economics (LSE) me invitó dos veces a presentar una versión de este libro. La segunda se canceló por la epidemia del coronavirus, no obstante lo cual recibí valiosos comentarios de José Manuel Matte, Noam Titelman y Diego Vela. Agradezco también el diálogo con Andrés Velasco, decano de la Escuela de Políticas Públicas de LSE.

Debo agradecer también a Ha-Joon Chang, de la Universidad de Cambridge, por sus comentarios e invitación para presentar este libro en esa universidad.

Agradezco también al Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Universidad de París (IHEAL), en particular a Vera Chiodi, así como a Juan Pablo Scarfi, de la Universidad Nacional San Martín de Argentina, a quien encontré en el IHEAL.

En la Paris School of Economics agradezco las conversaciones con Agnes Benassy-Quere, François Bourguignon y Roger Guesnerie. Estoy particularmente agradecido por los estimulantes encuentros durante tantos años con mi gran amigo Carlos Winograd.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) organizó un seminario donde discutimos los contenidos de este libro. Quiero agradecer el interés y los comentarios a Paula Cerrutti, Sebastián Nieto, Ana Novik, Nicolás Ruiz y Juan Yermo.

Un reconocimiento muy especial debo a Ken Binmore, del University College de Londres y la Universidad de Bristol. Sus escritos sobre la interpretación del contrato social desde la perspectiva de la teoría de juegos agregó una dimensión crucial para el desarrollo del libro. A Ken no lo conocía hasta que me atreví a escribirle para visitarlo. Se inició una amistad virtual que agradezco.

Quiero agradecer las conversaciones con Sebastián Edwards, de la Universidad de California, por sus reflexiones sobre el populismo y el rol de las instituciones en el desarrollo económico. Agradezco a Carl Bauer, de la Universidad de Arizona; a Ulrike Broschek, de la Fundación Chile, y a Axel Dourojeanni, por compartir sus conocimientos y observaciones sobre el problema de los recursos hídricos en Chile. Gerard Bronner, de la Universidad Paris-Diderot, fue clave en las discusiones sobre creencias e ideología. En la LSE debo agradecer a los profesores Nicholas Barr y Richard Layard. Lo mismo puedo decir de una provechosa conversación con Marisol Touraine, exministra del Trabajo y miembro de la Cours des Comptes de Francia, sobre aspectos constitucionales en ese país.

Y a lo lejos, en el tiempo, no puedo no agradecer a algunos de mis profesores del colegio, a quienes les debo hoy más de lo que pensé: Verónica Urrutia, Roberto Alderete, Nicolás de Prado, Jorge Sepúlveda y, tanto por sus enseñanzas como por una llamada muy especial, a mi profesor de matemáticas, Sergio Seballos.

Evidentemente, cualquier error que persista a todos los buenos consejos que recibí es de mi exclusiva responsabilidad.

INTRODUCCIÓN

Este libro comenzó a ser pensado mucho antes del estallido social de octubre de 2019. Cuatro años antes, el gobierno de Michelle Bachelet anunciaba que iniciaría el proceso para aprobar una nueva Constitución. En aquel entonces, yo ocupaba el cargo de presidente de BancoEstado y me sorprendieron, en las conversaciones con empresarios, los temores profundos que detonó ese anuncio. Me pareció un error iniciar una reforma de tal magnitud solo refiriéndose al procedimiento, sin que el Gobierno diera luces sobre los contenidos a los que aspiraba.

Claro, esa no era una opción antojadiza. El trasfondo era la gradual pero sistemática pérdida de prestigio de nuestras instituciones democráticas, en particular de la Constitución. La reforma de 2005 cambió algunos elementos cruciales, como la existencia de senadores designados y la capacidad del Consejo de Seguridad Nacional de autoconvocarse, pero a pesar de ello no logró detener el proceso.

El gobierno dudaba entre la presentación de un proyecto propio y convocar a una asamblea constituyente. Finalmente optó por un camino intermedio. Los contenidos debían surgir de la manera más pura posible y del pueblo mismo. Para ello creó un “proceso constituyente”, el cual contemplaba varias fases. Primero, una de educación cívica, seguida de diálogos a niveles comunal, provincial y regional. Un “Consejo Ciudadano de Observadores” ordenaría esa información, lo que daría paso a una propuesta de reforma constitucional que, efectivamente, se presentó en el Congreso hacia el final del gobierno. Dicha reforma era una propuesta de Constitución que serviría de base para una discusión que tendría lugar en uno de tres foros posibles, y que debería ser votada en el Parlamento: Comisión bicameral, Convención Constituyente mixta y Asamblea Constituyente. Cualquiera fuera el camino, la propuesta del gobierno era que el resultado de dicho proceso fuera un plebiscito.

En abstracto, era un plan razonable, pero sin relación con la situación económica y la historia chilena. Me pareció un error que el gobierno no diera luz alguna de a qué tipo de cosas aspiraba, al menos en lo más estructural. Ello podía retroalimentar un proceso de desaceleración económica que ya era preocupante y afectar la propia discusión constitucional. Un debate apasionado y sin una consideración serena de contenidos y sus consecuencias podía tener repercusiones económicas de gran magnitud.

La razón es lo que los economistas denominamos la “incertidumbre de Knight”. El punto es simple: una economía funciona bien cuando los agentes económicos pueden asignar probabilidades de ocurrencia a los distintos eventos. Desde una perspectiva institucional, ello requiere de la existencia de reglas del juego más o menos claras. No es que no se puedan hacer reformas importantes. Lo que hay que tener claro al gobernar es que mientras más fundamental es la reforma y menos credibilidad tiene el proceso, mayor es el impacto negativo sobre la economía.

Discutir sobre la Constitución enfatizando el “cómo”, pero sin referirse al “qué”, equivale a poner una sombra de duda sobre las reglas del juego en el cual se toman decisiones de largo plazo. Hay al menos dos decisiones cruciales para el día a día del funcionamiento de la economía y que dependen de esas señales: la inversión y el empleo. La economía no funciona adecuadamente cuando hay incertidumbre en variables tan claves.

Si se detonaba una discusión constitucional mayor en condiciones de bajo crecimiento y alza en el desempleo, podía afectar negativamente la discusión constitucional misma. Era imprescindible comenzar a pensar y hablar de los contenidos de la Constitución.

Entre noviembre y diciembre de 2015, luego de largas conversaciones con muchas personas, tuve un primer índice del libro. Ello ayudó a preparar, en conjunto con Daniel Hojman, una serie de debates sobre aspectos económicos de la Constitución en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile. Esos debates los llamamos “Viernes Constitucionales”, y atrajeron a académicos de muy alto nivel. Entre los temas que analizamos estuvo el rol de las instituciones para el desarrollo, responsabilidad fiscal, autonomía de los reguladores, recursos naturales y desarrollo sustentable, derecho y función social de la propiedad, derechos sociales y derecho de huelgas, negociación colectiva y futuro del trabajo.

Con el fin del proceso constituyente y la cercanía de las elecciones presidenciales, la presión por una nueva Constitución mermó… y gradualmente el horizonte de planificación del libro se extendió. Lo que iba a terminar en 2016, se extendió a 2019.

Fue una suerte por tres razones fundamentales. Primero, porque permitió discutir y madurar mejor los temas. Segundo, el paso del tiempo ha mostrado que lo que vivíamos en Chile en 2015 era un fenómeno más generalizado. Desde entonces, el populismo dejó de ser latinoamericano y se instaló con fuerza en Estados Unidos, Italia, Polonia y Hungría. La deslegitimación de las instituciones democráticas es un fenómeno que se discute en Francia. Varios países hablan de crisis constitucional, incluyendo al decano de las Constituciones, el Reino Unido. Japón ha anunciado reformas porque se acabó un ciclo: sería el fin de la Constitución de la posguerra, diseñada nada menos que por Estados Unidos. La globalización del comercio y las finanzas, las migraciones y el acelerado cambio tecnológico han tensionado las instituciones a nivel global. Parecieran no dar abasto. Tercero, como discutiremos más adelante, el estallido social de finales de 2019 mostró que el grado de deterioro institucional era más grave de lo previsto. Por lo tanto, el tipo de argumentos y de propuestas que se discuten en este libro eran eventualmente más necesarios.

Esto tuvo dos consecuencias. Una es que el libro creció bastante. Hemos hecho un esfuerzo por acortarlo, pero me temo que ha sido infructuoso. La otra es que fue necesario “desconstitucionalizar” el libro, es decir, hablar en términos más generales de instituciones. El lector verá que a veces se habla en general del problema institucional y a veces se entra al problema particular de la Constitución.

Este es un libro de economía política. No es un libro de derecho constitucional ni pretende debatir la estructura de la Constitución y las instituciones formales desde la óptica del derecho. Respeto demasiado la ciencia jurídica (y tengo demasiados amigos excelentes abogados constitucionalistas) como para (atreverme a) intentar aquello.

En la formación de los economistas hay dos grandes vacíos. El primero es que, en lo fundamental, las instituciones son transparentes. Los cursos de teoría económica pasan a través de las instituciones formales sin detenerse en el rol que juegan para el desempeño de los mercados. Hay que llegar a cursos avanzados para darse cuenta de que detrás de casi todos los mercados, hay instituciones que hay que diseñar. El segundo vacío, es que no existe en la formación de los economistas la política y el poder. Enseñamos economía como si fuera una ciencia inmanente y les restamos influencia a las instituciones informales, que son cruciales a la hora de entender por qué pasan algunas cosas y otras no. Tercero, sabemos muy poca historia. Esto nos resta capacidad de contextualizar el momento actual con hechos ya

ocurridos.

Estos vacíos se están agrandando, porque en todas partes la formación de los economistas se hace más y más cuantitativa, o al menos estadística. Estamos obnubilados por los avances innegables de la econometría y la disponibilidad gigantesca de información a nivel global. Pero el resultado indeseado es que ya no discutimos ideas, sino tests y evidencia empírica. Un debate teórico, desde la estratósfera, sin mirar los números, es indeseable. Pero mirar solo números sin preguntarnos por las razones de fondo que los guían, es igualmente indeseable.

La discusión sobre instituciones parece entonces necesaria en Chile y el resto del mundo. Intentaremos entender mejor cómo las instituciones en general y la Constitución en particular afectan el desempeño económico y haremos un argumento respecto de cómo el marco institucional puede convertirse en un freno al proceso de desarrollo. Analizaremos dos derechos que son cruciales en cualquier Constitución: 1) los derechos sociales, tratando de identificar condiciones mediante las cuales entidades privadas pueden proveerlos y 2) el derecho de propiedad y su relación con la naturaleza económica de los bienes, en particular con los recursos naturales y el medioambiente. Haremos un esfuerzo por identificar principios y dilemas relevantes para la discusión constitucional. Finalmente, haremos tres propuestas que fortalecen la democracia y, como consecuencia, permiten un mejor desarrollo económico.

El libro está pensado desde Chile. El año 2005, siendo superintendente de Pensiones de Chile, fuimos invitados a Rusia a conversar con el gobierno sobre la reforma a las pensiones. Por alguna razón, fui invitado a un programa de televisión en vivo (…obviamente no tengo idea de ruso, por lo que tenía una traductora al lado), a debatir sobre pensiones con el entonces ministro del Trabajo ruso. La primera pregunta del entrevistador fue: “¿Por qué un gran país como Rusia debiera recibir lecciones sobre qué hacer con su sistema previsional de un país tan chico y alejado como Chile?”. No pretendo dar lecciones de qué hacer con las instituciones, respondí. Solo creo —y aún mantengo esta idea— que si entendemos mejor algunos casos particulares, en este caso el chileno, podremos sacar lecciones útiles para todos.

La renovación del contrato social se hizo urgente en 2019

Si bien la motivación inicial del libro fue el anuncio el 2015 de reforma constitucional y su impacto en las expectativas empresariales y la inversión, el estallido social del 18 de octubre de 2019 y el plebiscito para reformar la Constitución del 25 de octubre pasado dan a este libro un horizonte más amplio y, al mismo tiempo, más pertinente.

Como veremos más adelante, Chile tiene un historial de activismo político. Sin embargo, lo ocurrido el 18 de octubre de 2019 y en los meses posteriores es distinto. Careció de líderes visibles y alcanzó niveles de violencia nunca antes vistos, con la destrucción de estaciones y trenes del metro de Santiago, fábricas, bodegas, supermercados, automóviles e infraestructura pública, calles, semáforos, peajes, señalética. Además, fue un fenómeno que se extendió por todo Chile.

A pesar de que algunos pretendan negarlo, no fuimos pocos los que habíamos advertido, como por ejemplo en El otro modelo (Atria et al., 2013), que la estrategia de desarrollo de Chile había alcanzado un tope, que el deterioro institucional era preocupante y que se requerían reformas importantes. Dicho límite lo asociábamos a las carencias de “lo público”, muy especialmente respecto de la institucionalidad política y, por lo tanto, a la Constitución misma. Sin embargo, la violencia y rapidez con que se detonaron los eventos desde ese 18 de octubre en adelante, nos tomó a todos desprevenidos.

La reacción inicial del gobierno, en particular del Presidente Piñera, fue de que se trataba de un problema agudo de orden público. Carabineros no estaba preparado para eventos de esta naturaleza y, como consecuencia, el resguardo del orden público ha terminado en graves violaciones a los derechos humanos. Esto, más el llamado al toque de queda, la salida de los militares de los cuarteles para instalarse en las calles y la “declaración de guerra” frente a un “enemigo poderoso”, pero sin que hubiese aportado ningún antecedente, exacerbó la reacción popular.

Las medidas no represivas, igualmente improvisadas, han ido en aumento. Lo primero fue retirar la propuesta de incremento en las tarifas del metro, que fue el detonante inicial de la revuelta. Desde entonces, el calado de las medidas crece y crece: el ingreso mínimo garantizado, incremento de pensiones y el llamado a plebiscito para entrar al proceso constituyente que se inició el 25 de octubre de 2020.

Pero el que el gobierno no hubiese estado preparado, ni sospechara remotamente que un evento de esta naturaleza pudiera ocurrirle, no quiere decir que haya que continuar en estado de parálisis mental. Al contrario. Chile ha estado al borde de una revolución sin líderes, o sea, cerca del caos y la anarquía. No podemos caer ahora en un acostumbramiento lerdo de unos niveles de violencia que son intolerables. Esto no es un llamado a la represión. Siempre la represión es una medida desesperada y coyuntural. El desafío es repensar la forma en que interactuamos los chilenos. La violencia que hemos visto en las calles esconde otras violencias más o menos sutiles, que son más estructurales, como las que denuncia el movimiento feminista encarnado en el cántico de LasTesis. Chile necesita reestructurar las relaciones entre sus habitantes, entre estos y el Estado, y al interior del Estado mismo. Chile debe repensar sus instituciones, en particular la Constitución. Es decir, Chile debe reformar su contrato social.

Si bien las opiniones hechas al fragor de los eventos corren el riesgo de reflejar cosas que en un ambiente más frío alguien podría no expresar, también pasa lo contrario: se dicen cosas que se piensan, solo que en otras circunstancias se callan por cálculo o temor. La más famosa de esas frases es una que le confidenció la Primera Dama a una amiga y que, no se sabe cómo, salió a la luz pública: “Por favor, mantengamos nosotros la calma, llamemos a la gente de buena voluntad, aprovechen de racionar la comida, y vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”.

Otros líderes de opinión, en grupos de WhatsApp (razón por la cual omito revelar su identidad), emitieron opiniones que vale la pena reproducir, pues muestran lo amplia que es la crisis institucional:

“Habiendo estado tres años fuera, lo que mas me sorprendió volviendo es la agresividad en la calle, es realmente de locos. Sí la vi venir, porque esto era totalmente anormal. He tenido la suerte de viajar mucho y he estado en países mucho más pobres que Chile y mucho más desiguales y nunca había visto un nivel de tensión/stress/cansancio como en Chile y eso iba a explotar”. (Ejecutivo del sector financiero)

“La verdad es que la moral chilena es cuestionable. El robo masivo de familias enteras entrando a robar denota un gran problema. De la misma manera que empleados robando. O ejecutivos estafando (La Polar) o empresarios simulando forwards para hacerse plata libre de impuestos o teniendo a sus señoras y autos en sociedades para ahorrarse dos pesos con cincuenta (Los Pentas), o no pagando contribuciones (el mismo Piñera), a pesar de no tener la necesidad, es un síntoma ético que hay que empezar a atacar. Y eso parte por arriba. Porque si los de abajo ven que a los de arriba no les pasa nada, obviamente van a actuar acorde. Creo que esto es algo que tenemos que corregir urgentemente”. (Empresario)

“Creemos que es necesario generar una instancia de reflexión del empresariado, directorios y gerencias de cómo, errores del pasado, han contribuido al sentimiento de abuso que hoy nos tiene en este caos”. (Profesor de ingeniería comercial)

“Ustedes no tienen idea de la cantidad de gente que se sincera conmigo y me dicen abiertamente que quieren un Pinochet. Están saturados con todo lo que pasa en Chile. Y la inacción del gobierno. Y cuando les digo que en realidad habría que meter presos a todos estos revoltosos, la reacción prácticamente unánime es ‘presos no, hay que liquidarlos’. Y ojo, esto es muy transversal en cuestión de nivel socioeconómico”. (Líder de opinión radial)

“La legitimidad nace de un Orden General acordado democráticamente y no impuesto. Eso faculta a ejercer la fuerza para que haya imperio de la Ley y no de grupos fuera de ella por las causas que sea. Cuando falla sistemáticamente el Estado en eso, pasa a legitimar la defensa individual o grupal de derechos conculcados!”. (Empresario)

Restaurar la convivencia nacional es imperativo. Es imposible crecer en un ambiente de violencia y vandalismo y, como economista que soy, creo que el crecimiento es importante. Sin embargo, es urgente entender la naturaleza de esa violencia, porque reducirla, como algunos creen, a una dimensión delictual, no permitirá entender qué está pasando en Chile y qué es necesario cambiar. Este libro pretende iluminar ese debate.

Pensar antes de actuar

Las reformas procrecimiento son insuficientes. Debemos ampliar la mirada y analizar cómo vigorizar nuestro contrato social, cómo hacerlo recuperar la legitimidad que requiere una sociedad y una economía modernas.

La principal institución formal es la Constitución. Su primer objetivo es generar condiciones para el gobierno de una sociedad democrática. Gobernar es adoptar decisiones en nombre de los ciudadanos, repartiendo costos y beneficios de una manera equitativa. Dichos costos y beneficios operan sobre distintas dimensiones del espacio y del tiempo.

Cuando “ejercer la tarea de gobernar” implica tomar medidas cuyo costo es inmediato y afecta a comunidades específicas, mientras que los beneficios recaen sobre todo el país pero se verán en un tiempo más lejano (como ocurre cuando se trata de la aprobación de un gran proyecto de infraestructura), la oposición de los grupos afectados usualmente será efectiva en detener dicha iniciativa. A medida que las comunidades toman conciencia de sus derechos, aumenta su capacidad de organización y gobernar se vuelve más difícil. ¿Cómo implementar entonces medidas de beneficio para el país y distribuir adecuadamente los costos entre los ciudadanos? ¿Cómo hacerlo para que los ciudadanos piensen en las restricciones impuestas por el gobierno como opciones razonables que incrementan nuestra libertad sustantiva, aun cuando la coarten en el momento en que son impuestas? ¿Cómo hacemos para no perder la ilusión (en su doble sentido de espejismo y de aspiración) de la libertad?

Esta es la razón por la que la palabra clave de nuestra búsqueda de una institucionalidad moderna es legitimidad. La única forma en que los costos sean aceptados por la comunidad (aun cuando sea a regañadientes), es que sean fruto de un proceso de decisiones legítimo.

Según la Real Academia Española de la Lengua, legítimo puede entenderse como “conforme a las leyes” o “lícito”, es decir, “justo, permitido según justicia y razón”. El criterio de conformidad a las leyes es un estándar bajo, por cuanto las leyes mismas pueden ser ilegítimas. Una ley aprobada en dictadura no tiene por qué ser considerada legítima. El estándar que nos interesa, más bien, es el segundo: la legitimidad de una acción de gobernar se deriva de su apego a criterios de justicia.

Para el filósofo John Rawls (1971), “la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales”. Y continúa: “Tal como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento. Tal como una teoría, por muy elegante y económica que sea, debe ser rechazada o revisada si es falsa, así entonces las leyes e instituciones, no importa cuán eficientes sean, deben ser reformadas o

abolidas si son injustas”.

Los actos de gobierno tienden a ser reactivos respecto de la realidad social y política. Usualmente, primero pasan cosas en la sociedad. Hay cambios de preferencias y de valores, cambios tecnológicos, nuevas aspiraciones y metas que se fijan los ciudadanos, nueva evidencia que afecta su percepción de lo que es bueno o malo, justo o injusto. Las leyes aparecen como una respuesta que intenta alterar un patrón de conducta o conducir un proceso por vías formales. En ambos casos, las leyes impondrán costos y distribuirán beneficios en la población. Si dicho proceso es cuestionado, si hay una desproporción entre costos y beneficios, diremos que esas instituciones son injustas. Las instituciones injustas pierden legitimidad y, más importante, pierden efectividad para lograr lo que buscan.

Desde el punto de vista económico, el énfasis que planteamos en el criterio de justicia nos plantea un dilema, pues veremos que en varias dimensiones el ideal de justicia puede entrar en contradicción con el de eficiencia. De hecho, esta tensión no puede no ser considerada al momento de analizar el problema institucional en Chile. ¿No habremos buscado en exceso metas de eficiencia (por lo demás, con un grado cuestionable de éxito), en desmedro del ideal de justicia?

Este libro tiene como objetivo esclarecer esta discusión. Pretendemos contribuir a dar al contrato social chileno un grado superior de legitimidad. Nuestro enfoque no será tanto desde la perspectiva de los principios filosóficos que subyacen a toda Constitución, sino desde la perspectiva del funcionamiento real de la economía. Nos interesa que la economía funcione mejor, para que el contrato social también lo haga.

Primera Parte

La paradójica crisis del contrato social en Chile

Capítulo I

La economía y la sociedad del Chile democrático

No podría estar más orgulloso del increíble progreso que hicimos juntos durante mi presidencia. (…) pero si corriera hoy, no correría la misma carrera ni tendría la misma plataforma que en 2008. El mundo es diferente.

Barack Obama, abril del 2020

Cualquier construcción de calidad, en particular si se trata de la construcción de una nueva institucionalidad, debe partir por un buen estudio del terreno en el cual se instalará la edificación. Es necesario ser precisos. En Chile hay cosas que están mal, pero muchas otras están bien. Es necesario identificarlas para que la nueva estructura fortalezca lo bueno y corrija lo malo.

Pinto Santa Cruz (1958) hizo famosa la teoría de que, entonces, el sistema político era más desarrollado que el económico. Las demandas distributivas que surgían de aquel no podían ser satisfechas por la economía y ello generaba presiones que lesionaban el crecimiento. Larraín (2005) plantea que la dictadura tuvo el efecto inverso: desarrolló el sistema económico por sobre el político. Esto fue ratificado en Atria et al. (2013), quien señala que, al analizar la política, la sociedad y la economía, el orden de gravedad de los problemas era precisamente ese.

La política desgraciadamente ya explotó: la aprobación presidencial llegó a mínimos históricos del 6% en enero del 2020, el prestigio de las instituciones democráticas continúa su descenso y el proceso constituyente comenzó con un rotundo éxito del Apruebo en el plebiscito del 25 de octubre, precisamente porque el sistema político no fue capaz de reformarse oportunamente.

Esta explosión de la política ha tenido otro efecto: ha consolidado una mayor autonomía de “lo social”, lo que era impensable en la época de Pinto. En su libro casi no hay sociedad: todo era político. Tal como discutimos en este libro, estas tres esferas son cada vez más autónomas pero interactúan y se afectan mutuamente. Un buen sistema institucional debe reconocer esa autonomía e interacción. Chile debe avanzar hacia un sistema que reconozca este fenómeno de simultanea autonomía y dependencia entre economía, política y sociedad.

El desempeño económico de Chile ha sido destacable no solo respecto del resto del mundo, sino también respecto de su propia historia. Sin embargo, ello ha ocurrido en una etapa en que la sociedad ha desarrollado patologías preocupantes. Entre ambos fenómenos hay una relación de causalidad. La lógica económica indica que la satisfacción de necesidades se realiza mediante un pago, y quien no paga queda marginado del consumo. Se promueve la competencia por sobre la cooperación, el individualismo por sobre la acción colectiva. En el mercado cada persona puede expresar sus preferencias y opiniones en función de su capacidad de generar ingresos más que por el hecho de ser ciudadano. Cuando esta lógica se universaliza, los individuos y la sociedad se atrofian. Esto es lo que ha pasado en Chile.

A los sectores de izquierda hay que recordarles que esta constatación no significa que haya que tirar la economía por la ventana. La satisfacción de necesidades materiales es ineludible para llevar una vida personal y comunitaria exitosa. Y la capacidad de la economía chilena de generar más bienes y servicios ha crecido de manera sustancial. Mantener tal capacidad de crecer es medular para el desarrollo de Chile.

La derecha, por su parte, debe entender que para que la economía sea sustentable se requiere una sociedad sana. El estándar de “sanidad” no la define un grupo de iluminados, sino los propios ciudadanos. Usualmente ello conlleva la aplicación de criterios de distribución de bienes y servicios públicos distintos al que espontáneamente busca la economía. Por lo tanto, dichos criterios, en general, distorsionan el funcionamiento de los mercados. Sin embargo, mientras se genere valor social, en ese mundo plagado de distorsiones, el resultado termina por ser positivo.

La fortaleza de la economía: Chile en perspectiva

Desde el punto de vista del crecimiento de la economía, de la disponibilidad de bienes y servicios, en los últimos 30 años Chile ha tenido un desempeño sobresaliente en comparación con el resto del mundo. Aun cuando es imperfecta, la variable que mejor capta esto es el nivel del ingreso per cápita.1

Utilizaremos como fuente de información la enorme base de datos recolectada durante toda su vida por el economista británico Angus Maddison. Esta contiene las mejores estimaciones de ingreso per cápita para todos los países del mundo con series que en algunos casos comienzan con observaciones puntuales en 1300, que es el caso del norte de Italia. En el caso de Chile, la serie comienza en 1870.

Los gráficos que siguen muestran el ingreso per cápita de Chile como porcentaje del ingreso de una serie de otros países. Es decir, graficamos la siguiente variable:


Supongamos que el país “j” es Francia. Como se ve en el gráfico 1, salvo los períodos de guerra, este cociente ha estado bajo 1. Esto quiere decir que en períodos de paz, Chile es más pobre que Francia. Cuando el indicador está por arriba de 1, como ha sido el caso en el siglo XIX y comienzos del siglo XX respecto de Portugal, eso indica que Chile era más rico que ese país.

Los países con los cuales haremos la comparación (la lista de países “j”) son:

•América Latina: Argentina, Brasil, Colombia, México, Perú y Uruguay.

•Europa “latina”: Francia, España, Portugal e Italia.

•Europa del norte: Alemania, Holanda, Suecia, Noruega, Suiza.

•Anglosajones: Reino Unido, Inglaterra, Canadá, Australia, Nueva Zelandia.

•Asia: Japón, Corea del Sur y Taiwán.

El primer gráfico muestra la situación del PIB de Chile en relación con un grupo diverso de países. Este gráfico nos permite identificar cuatro fases del desarrollo relativo de Chile desde 1870 hasta nuestros días y que, con matices propios de cada experiencia, son fases que se replican en casi todos los países de referencia. Los períodos de las dos guerras mundiales alteran las posiciones relativas de cada país. No haremos un análisis específico de cada caso porque lo que nos interesa son las tendencias económicas en tiempos de paz.

Las cuatro fases son las siguientes:

1.1870-1930, “estabilidad relativa”. Durante el siglo XIX, Chile tenía niveles de ingreso superiores a España y dicho diferencial fue ampliándose a favor de Chile hasta 1900, aproximadamente; luego se redujo. Con Francia, el diferencial fue estable a favor de Francia. Estados Unidos y Nueva Zelandia han tenido persistentemente un ingreso superior al chileno. Con cierta volatilidad, en este período hubo una cierta “estabilidad relativa” en el ranking de ingreso de los países.

2.1930-1975, “decadencia”. Todos estos países empezaron a crecer más rápido que Chile y, por lo tanto, el nivel relativo de ingreso de Chile empezó a bajar consistentemente. Es una fase que podríamos denominar de “decadencia”. Todos aquellos países que en siglo XIX tenían ingresos inferiores a Chile, nos superaron desde finales de los años 60.

3.1975-1988, “contención”. La decadencia de Chile se ralentizó y eventualmente se detuvo durante la dictadura. Chile no ganó posiciones relativas sobre estos países durante este período, solo se contuvo su caída.

4.1989-2010, “recuperación”. Se observa una clara y sistemática alza del ingreso relativo de Chile respecto de los países de la muestra.

Gráfico I.1. Fases del desarrollo de Chile


Fuente: Larraín, G. (2020), “Una mirada racionalmente optimista del proceso constituyente”, Mirada fen, marzo.

La fase 1, en el siglo XIX, es la época de gloria de la economía chilena. En 1850, en el Annuaire de Deux Mondes, un almanaque publicado por una editorial francesa, decía: “Chile es uno de los países más apacibles de toda la América del Sur (…) donde la existencia aparece en las condiciones más regulares y las más favorables. (…) Podemos explicar este fenómeno por la sabiduría de sus instituciones, por la feliz apropiación del régimen adoptado (…) estas explicaciones no son totalmente conclusivas, porque Chile se encuentra, en definitiva, sometido a las mismas influencias y disolventes que las otras repúblicas americanas —tradiciones coloniales, inexperiencia de libertad política y de trabajo”. El comercio entre Europa y California u Oceanía pasaba regularmente por Valparaíso, lo que transformó a esa ciudad en un polo de desarrollo global e hizo que Chile dispusiera de la mayor flota mercante de América del Sur. Es a esta época a la que se refiere nostálgicamente en 1900 Enrique Mac Iver en su “Discurso sobre la crisis moral de la República”.

En la segunda parte de esta primera etapa ocurren dos eventos importantes para Chile. A nivel interno, en 1891 Chile adoptó un mal llamado régimen parlamentario, el cual hizo que los gobiernos duraran menos que antes y hubiera gran inestabilidad política. A nivel internacional, el descubrimiento en 1914 del salitre sintético generó en Chile una crisis productiva de la cual no se pudo recuperar.2 A esto se refiere Francisco Antonio Encina en su libro Nuestra inferioridad económica.

La fase 2, “decadencia”, tiene como antecedente la aparición de la llamada “cuestión social”, con la fundación de la Federación Obrera de Chile en 1909 y, en 1912, con la fundación del Partido Obrero Socialista de Luis Emilio Recabarren, antecedente directo del Partido Comunista. La cuestión social generó, como en todo Occidente, tensiones políticas redistributivas mayores. La respuesta a este fenómeno coincidió con un mal ambiente internacional derivado de las sucesivas guerras mundiales y la gran crisis de 1929. En 1924 la crisis en Chile es de talla mayor y se produce el golpe de Estado, que alejará del poder al Presidente Arturo Alessandri Palma por seis meses, a la vuelta de los cuales se aprobará una nueva Constitución, la de 1925.

Todo esto, más las inestabilidades producidas por la Gran Depresión de 1930 y luego la II Guerra Mundial, derivó en que se adopten, a nivel de las políticas económicas, una estrategia de crecimiento orientada a la sustitución de importaciones, por la industrialización forzada, el desarrollo del rol empresarial del Estado y la inestabilidad macroeconómica. Esta es la fase de la larga decadencia que señala Pinto en Chile, un caso de desarrollo frustrado.

La fase 3 o de “contención” corresponde al período dictatorial, donde varias reformas macroeconómicas se llevaron a cabo, en particular la apertura comercial. Esta reforma venía siendo discutida desde 1950, por ejemplo en el libro de Jorge Ahumada En vez de la miseria, cuyo programa de trabajo inspiró al gobierno de Eduardo Frei Montalva. En aquel entonces, Frei intentó reducir los aranceles, disminuir las barreras paraarancelarias y mejorar la institucionalidad de fijación de las sobretasas. Los éxitos fueron parciales. La oposición desde el mundo empresarial y la izquierda imposibilitaron avanzar más. De hecho, desde 1968 el proceso de apertura se revirtió. La dictadura de Pinochet, en los hechos, logró abrir la economía al comercio exterior, eliminando casi todas las barreras no tarifarias y reduciendo unilateralmente los aranceles. La apertura económica, apalancándose en el desarrollo del sector financiero, en parte favorecido por la reforma de pensiones, logró detener la caída relativa en el PIB de Chile respecto de los países de referencia.

La fase 4, la de recuperación coincide precisamente con el retorno a la democracia. La mezcla de una economía abierta con estabilidad política y social, además de las sucesivas reformas que promovían el desarrollo económico, resultaron en un proceso sostenido de convergencia de Chile con todo el mundo desarrollado.

El gráfico I.2 muestra a Chile en función de los países de la Europa latina. Puede apreciarse que en el siglo XIX, Chile tenía un ingreso per cápita superior al de España y Portugal e incluso Italia. Solo Francia, salvo en los períodos de guerras mundiales, ha tenido ingresos consistentemente superiores al chileno. Las cuatro fases descritas anteriormente se aprecian con mucha claridad.

Gráfico I.2. Ingreso per cápita de Chile respecto de Europa “latina”


Fuente: elaboración propia a partir de Maddison (2018).

El gráfico I.3 muestra el mismo cuociente, pero esta vez los países de la comparación son de Europa del Norte. Aunque a niveles distintos, las cuatro fases antes señaladas se repiten nuevamente. Desde la perspectiva de este libro, se aprecia que el período democrático reciente es aquel en el cual sin ambigüedad alguna Chile inició un proceso de convergencia.

Gráfico I.3. Ingreso per cápita de Chile respecto de Europa del Norte


Fuente: elaboración propia a partir de Maddison (2018).

La historia del gráfico I.4 es nuevamente similar, solo que Chile siempre ha estado por debajo del nivel de ingreso per cápita de los países anglosajones. Aquí las fases 1, 2 y 3 son menos claras, pero sí es evidente el proceso de convergencia iniciado con el retorno a la democracia.

Gráfico I.4. Ingreso per cápita de Chile respecto de países anglosajones


Fuente: elaboración propia a partir de Maddison (2018).

Las cuatro fases antes mencionadas son claras también si nos comparamos con Japón en el gráfico I.5. En el siglo XIX, Chile tenía el doble del ingreso per cápita de Japón y era aún más rico que Corea, Malasia o Taiwán. Japón, con su exitoso proceso de industrialización y con la sola interrupción de la II Guerra Mundial, inició su convergencia hacia Chile que se logró en los años 50. La fase 4 nuevamente aparece nítidamente, con un sostenido proceso de convergencia esta vez a la inversa, de Chile hacia Japón.

El caso de Corea, Malasia y Taiwán, por tomar otros países asiáticos, son algo distintos. Se trataba de países muy pobres en el siglo XIX, los más pobres de los que hemos analizado aquí. La fase de decadencia de Chile coincide con que esos países adoptaron una política de crecimiento basado en exportaciones intensivas de mano de obra barata que detonó un período de alto crecimiento, el cual ha durado más de medio siglo. La fase de recuperación de Chile es clara respecto de Malasia; sin embargo, no lo es en comparación con Corea y Taiwán, países que siempre han crecido al menos a la misma velocidad de Chile.

Gráfico I.5. Ingreso per cápita de Chile respecto de países asiáticos


Fuente: elaboración propia a partir de Madddison (2018).

Hemos dejado la comparación con América Latina para el final, porque respecto de estos países, salvo México, no hay cuatro fases sino cinco. La fase 4 es idéntica a la que ya hemos discutido: el crecimiento relativo del ingreso per cápita de Chile respecto de todos los países de la muestra. Si en los años 80 Chile estaba por debajo del ingreso per cápita de Argentina, México y Uruguay, en los 90 se transformó en el país de mayor nivel de ingreso per cápita de la región.

Pero aparece una quinta fase en el caso latinoamericano, que corresponde al proceso que Argentina, Brasil, Colombia y Perú inician durante los años 2000 de convergencia hacia Chile. Es interesante destacar que, en parte, esta reversión de la fase 4 se debe a que estos países del continente abrieron sus economías. Esto es evidente en el caso de Colombia y Perú, menos obvio para Argentina y Brasil, aunque comparado con lo que esos países tenían en los años 80, existe un proceso de apertura.

Gráfico I.6. Ingreso per cápita de Chile respecto de América Latina


Fuente: elaboración propia a partir de Maddison (2018).

Algo hay que preservar: Tres fuentes históricas del desarrollo

Es claro que algo pasó en Chile en los años 80 y 90, algo que detuvo primero y terminó después con prácticamente un siglo de decadencia, un siglo de “desarrollo frustrado”, como diría Aníbal Pinto.

En Larraín (2005), se descomponen las reformas realizadas desde 1976 en adelante en tres áreas:

1. La apertura comercial. En 1974 existía una enorme varianza en los aranceles, cuyo promedio alcanzaba a 105%.3 A eso había que agregar una larga lista de restricciones no arancelarias al comercio exterior. Entre 1974 y 1976, se redujo la varianza y minimizaron las barreras no arancelarias. Hacia 1979, los aranceles eran homogéneos en 12% y había desaparecido una buena parte de las barreras paraarancelarias. Esto permitió que desde mediados de los 80 —y con un alto costo de ajuste, graficado en una disminución del empleo global de más de 20%—, el país se especializara en los productos en los cuales tenía ventaja comparativa. Esto se produjo por dos vías. Una, mediante una masiva reasignación de plantas existentes en sectores en decadencia hacia sectores en expansión. Dos, mediante el ingreso de nuevas plantas, de tamaño menor.

Esta apertura fue inicialmente unilateral, pero desde 1991 en adelante se convirtió en una política de integración comercial pactada que tuvo gran éxito. Desde 2000 en adelante, además, se ha ido produciendo una sistemática pero gradual integración a los mercados de capital.

2. Se logró estabilizar la economía. Si entre 1900 y 1970 el crecimiento per cápita fue de 1,5% al año, entre 1980 y 2014 fue de 3,2%. Pero además de eso, la volatilidad del crecimiento cayó sustancialmente: pasamos de una desviación estándar del crecimiento de 8,8% a una de 4,4% en los mismos períodos. Y si medimos la magnitud del cambio estructural operado por la inflación, vemos que para los períodos 1930-1970 y 1980-2014, la inflación promedio bajó de 19% al año a un 9,9%; y su volatilidad cayó estrepitosamente. Si consideramos el período desde 2001 en adelante, cuando se adopta el actual esquema de metas de inflación, los números son aún más impresionantes: la inflación promedio anual ha sido de 3,2% y la desviación estándar de solo 1,7%. El impacto positivo sobre la acumulación de capital humano y capital físico ha sido sustancial.

3. La tercera reforma consistió en el relativo desistimiento del Estado de intervenir directamente en la economía en tanto productor, salvo algunas áreas específicas como minería, banca y televisión. Esto se hizo mediante vastos programas de privatizaciones que duraron hasta los años 2000, y se extendió al área de las concesiones de infraestructura, lo que dura hasta nuestros días. Lo más controversial en esta materia ha sido la transferencia a privados de responsabilidades públicas tradicionales, en especial pensiones y salud.

Chile, fértil provincia señala que de estas tres macro áreas de reforma, solo la tercera es imputable íntegramente a la dictadura pinochetista, en el sentido de que no hay rastros en el debate intelectual previo al golpe de Estado de que se analizaran las privatizaciones como una alternativa de desarrollo. Ahora, incluso dentro de esta tercera área, la necesidad de una reforma de pensiones que evitara los abusos asociados al clientelismo y el comportamiento oportunista ya la señaló Aníbal Pinto en 1958, y en 1967 el Presidente Frei Montalva intentó crear el “Fondo de Capitalización de los Trabajadores”.

Las otras dos áreas de reformas (apertura comercial y la estabilidad macro) eran objetivos largamente añorados por buena parte del espectro político, en particular en la centroizquierda. Chile, fértil provincia argumenta que ello es claro en el primer intento de reforma económica moderna que, escarbando en la historia, se encuentra antes de la misión Klein & Saks —que es la enseñanza tradicional en las escuelas de economía en Chile—, sino en la denominada “gestión Frei” de 1954 y que tuvo como protagonistas impensados a Carlos Altamirano, Aníbal Pinto, Jorge Ahumada y al propio Eduardo Frei Montalva.

4. Chile frente al espejo (retrovisor). Díaz, Lüders y Wagner (2007) recopilaron, en la misma lógica de Maddison y usando una metodología similar, datos sectoriales y macroeconómicos de Chile desde 1810 en adelante. Esta información la hemos actualizado usando los datos de crecimiento de la Información Histórica del Banco Central de Chile y estimaciones de crecimiento de la población de la Organización de Naciones Unidas. El cuadro siguiente muestra, para las cuatro fases identificadas, el crecimiento y la inflación promedio del período y la volatilidad de ambas variables, medidas por la desviación estándar.

Cuadro I.1. Macroeconomía de Chile: 1870-2018


Fuente: elaboración propia basado en UC (2018), Banco Central (2019).

El cuadro I.1 es bastante elocuente: el crecimiento per cápita promedio desde 1870 hasta fines de los 80 era inferior al 1,8% por año, mientras que desde 1990 en adelante el crecimiento prácticamente se duplicó. Ello amerita una nota destacada. Pero esto va más allá porque la volatilidad del crecimiento se redujo prácticamente un 66%. No solo Chile ha crecido desde 1990 en adelante al doble de su tasa histórica, sino que también es mucho más estable. Hasta 1990, era común que hubiera grandes recesiones en nuestro país. Como parámetro, recordemos que en los últimos 30 años, desde el retorno a la democracia, ha habido dos recesiones en que el PIB cayó un 0,8% en 1998 y 1,0% en 2008. Pues bien, entre 1900 y 1990 hubo 19 años en los cuales el PIB cayó más de 2% en el año, 13 años en que el PIB cayó más de 5% en el año y nueve años en los cuales el PIB cayó más de 10%.

El bienestar que esta mayor estabilidad trajo fue enorme.

Una visión alternativa al problema de la inestabilidad es la inflación. En el siglo XIX Chile era conocido por ser un país de alta inflación. Se escribían libros sobre el problema inflacionario chileno, por ejemplo Fetter (1928). En las fases 2 y 3, la inflación fue creciente hasta 1974. Luego del ajuste macroeconómico, la dictadura solo estabilizó la inflación en 23,6% al año. Este número refleja bien la política inflacionaria durante todo el período. La inflación en 1989, último año de gestión íntegra de los militares, la inflación fue 21,4%. En democracia la inflación se redujo y, nuevamente, su volatilidad cayó de manera espectacular.

Es decir, el período desde la vuelta a la democracia ha coincidido con el mayor crecimiento y la menor inflación de la historia.

El mayor crecimiento per cápita promedio, la menor inflación y la mayor estabilidad macroeconómica han tenido impactos significativos sobre la calidad de vida de los chilenos. No vamos a detallarlos aquí, pero el lector interesado puede ver, por ejemplo, La paradoja aparente, de Patricio Meller.

Desconfianza y compromiso: El frágil contrato social en 2019

Siguiendo la racionalidad desplegada anteriormente, el problema institucional de Chile no se entiende desde una lógica utilitarista. Según esta, la mayor abundancia de bienes y servicios que toda la población goza en Chile debiera conducirnos a una mayor paz social. Pero no es así.

Si uno compara la situación de Chile, usando la Encuesta Mundial de Valores,4 con otros países de ingreso medio-alto o alto, como Alemania, Australia, Estados Unidos, España y Uruguay, cinco características lo distinguen.

Lo primero es la valoración —casi un 60% de aprobación— del crecimiento económico. Encuestas paralelas, como las del Centro de Estudios Públicos, ratifican que la población valora el progreso económico, pero con dos características. Por un lado, la gente asocia ese progreso como producto de su propio esfuerzo y, por otro, en general piensa que su situación económica personal es superior a la situación del país en su conjunto.

La segunda característica chilena es el bajo y decreciente nivel de

confianza interpersonal.5 A la pregunta “¿Se puede confiar en la mayoría de las personas?”, un 12% contestó que sí en 2010-2014, mientras que entre 1989 y 2005 la cifra era de 22%. También contrasta con el alto porcentaje de personas que contesta afirmativo en países desarrollados: 45% en Alemania, 51% en Australia, 66% en Holanda. En Uruguay, un 14% señala que se puede confiar en el resto. Sobre la confianza en gente que uno conoce por primera vez, el 26% de las respuestas en Chile señala que no se puede confiar en quien uno conoce por primera vez. Eso se compara con un 18% en Alemania, 12% en Australia, España y Holanda. Solo Uruguay supera a Chile con un 40%. De entre la gente que señala que hay que ser muy cuidadoso al momento de confiar en una persona cualquiera, en Chile un 13% señala que se puede confiar completamente en el vecino, comparado con 10% en Alemania, 9% en Holanda o 3% en Australia.

Una tercera característica se refiere a la creciente desconfianza en las instituciones, en particular los tres poderes del Estado. La desconfianza en el Congreso en Chile alcanza al 29%, comparado con 18% en Australia, 12% en Holanda o 9% en Alemania. Lo más preocupante es que esta desconfianza en el Congreso era de 8% al retornar a la democracia, y luego se ha situado permanentemente sobre el 20%. Tanto el bajo nivel actual de confianza como la tendencia decreciente se dan en los partidos políticos.

Peor: la desconfianza en el Poder Ejecutivo alcanza a un 25%, comparado con un 19% en Australia, 13% en Holanda o 10% en Alemania. Solo España supera a Chile. La desconfianza con los funcionarios públicos en Chile llega al 21%, comparado con 16% en España, 9% en Holanda, 8% en Australia y 6% en Alemania. Respecto de la policía, el 9% desconfía en Chile, comparado con 4% en Alemania, 3% en Holanda y 2% en Australia. Salvo en el caso de la policía (en la que la desconfianza venía cayendo hasta 2014), el Poder Ejecutivo en todas estas dimensiones mostraba un deterioro en la confianza ciudadana.

En cuanto al Poder Judicial, la desconfianza en los tribunales en Chile asciende a un 24%, superando a Uruguay con 17%, España con 14% o Australia con 7%. Esta desconfianza en los tribunales viene al alza desde el regreso de la democracia.

Esta alta y creciente desconfianza en las instituciones democráticas convive con un alto apoyo a la democracia como sistema de gobierno. El 90% de los entrevistados cree que el sistema democrático es bueno o muy bueno, comparado con un 87% en Australia, 81% en Holanda u 80% en Estados Unidos. Pareciera, entonces, que los chilenos apoyan el sistema democrático, pero son críticos de cómo funciona.

Esto sirve como prólogo para una cuarta característica que se da en nuestro país: el alto nivel de activismo cívico. Entre 2010 y 2014, la cantidad de personas que no asistió a ningún tipo de manifestación pacífica fue de solo 12% en Chile, comparado con un 62% en Alemania o 31% en España. Por el contrario, quienes participaron más de tres veces en manifestaciones pacíficas en Chile alcanzaron el 27%, comparado con un 2% en Alemania y 17% en Uruguay. Sobre la participación en “actos de boicot”, si bien quienes nunca lo han hecho en Chile (45%) es similar a Alemania (49%), los que han hecho boicot más de tres veces llega al 20% en Chile, comparado con 16% en Australia o 7% en Estados Unidos. En términos de agitación laboral, la cantidad de personas que ha participado más tres veces en huelgas en Chile alcanza a 24%, comparado con 13% en Australia, 3% en Alemania y 0% en Holanda. Según el Informe Anual de Huelgas Laborales desarrollado por el Centro de Estudios de Conflictos y Cohesión Social (COES), el número de huelgas extralegales ha subido persistentemente desde 2011, y en 2016 llegó a su máximo histórico.

La quinta característica es que estas personas desconfiadas de sus conciudadanos y las instituciones que los rigen, esas personas con un relativamente alto nivel de activismo político, evalúan mejor su entorno personal comparado con su evaluación del país. Esta es una característica bastante persistente en Chile, y que fue identificada en el primer Informe de Desarrollo Humano del PNUD, el año 1998.6

El Centro de Estudios Públicos incorporó también esta pregunta en sus encuestas y es sistemático que las personas evalúan mejor su entorno que el país. A la pregunta de ¿cómo es su situación personal comparado con el país?, sistemáticamente se responde que uno está bien, el país mal. Lo mismo ocurre con preguntas de evaluación individual en relación con las genéricas (por ejemplo, sobre el abuso de “mi banco” se compara con el de “los bancos”, si “uno ha sido víctima de actos de corrupción” comparado con “el nivel de corrupción” en Chile).

Estas cinco características se pueden sintetizar de la siguiente manera: del lado más positivo, en Chile la valoración del crecimiento económico es importante, un 60% en promedio entre 1989 y 2014. Esto es más alto que en los países de referencia. Dicho crecimiento, sin embargo, es cuestionado en dos sentidos. Por un lado, existe la percepción de que en Chile, mucho más que en los otros países, se quisiera que este fuera más “humano” y donde “las ideas contaran más que el dinero”. Por otro lado, está la discrepancia entre cuánto mejora el país y cuánto mejora la persona misma.

Un segundo elemento es que los chilenos quieren más democracia y no menos. Pero las instituciones que rigen la democracia actual son objeto de desconfianza. Esto afecta tanto al Poder Ejecutivo como al Legislativo y Judicial. El nivel actual de desconfianza en las instituciones es alto para los estándares internacionales relevantes, pero lo que es preocupante es que la desconfianza ha crecido en el tiempo. Esa desconfianza probablemente explique que los canales de participación formales se han desintermediado, lo que se refleja en un alto nivel de activismo cívico.

Con los tres poderes del Estado sometidos a altos niveles de desconfianza y con una alta convocatoria para canalizar los conflictos por afuera de los canales formales, es difícil negar que no existe un problema institucional profundo. Y si hay que caracterizar dicho problema, lo más acertado es que las instituciones sufren de crecientes niveles de deslegitimidad. El proceso constituyente detonado con el plebiscito de octubre de 2020 es un mecanismo razonable para enfrentar este problema.

Una cuarta fuente del contrato social

Quizá un “éxito” de la dictadura fue hacernos pensar que todo comenzó en 1973 y que todo lo ocurrido antes es irrelevante, que no merecía reconocimiento, pues antes imperaba la irracionalidad. Claro, la dictadura desde muy temprano se autoimpuso una agenda de reformar el país, una agenda constituyente. Es evidente que hizo reformas que marcaron al país, pero nunca entendió bien cuán flexible y cuánta inercia tiene el marco institucional. La razón es que la dictadura pensó que lo relevante es el marco de las instituciones formales, desconociendo las creencias, las convenciones, la historia, la cultura. Claro, cuando el poder está concentrado de manera tan extrema, se corre el riesgo de pensar que porque puede cambiar las instituciones formales, las informales le seguirán. Ello es solo parcialmente cierto, porque en las instituciones informales hay más inercia de la que uno cree. Las creencias, la historia, las utopías, no ceden fácilmente.

Hay tres fuentes originarias del modelo de desarrollo chileno y que implícitamente se han mencionado aquí (Larraín, 2005). Por un lado, la más antigua es la herencia de la discusión de 1954 entre Aníbal Pinto y Jorge Ahumada, un socialista y un democratacristiano; ese debate inspiró dos de los más importantes libros de la segunda mitad del siglo XX, cuyos ecos llegaron incluso al gobierno de Eduardo Frei Montalva, en particular entre 1964 y 1967. A su vez, está la herencia de la dictadura y sus reformas, algunas de corte neoliberal, como las reformas a la seguridad social, y otras no necesariamente, como la apertura comercial. Finalmente está la herencia de la Concertación y sus reformas de inclusión social y estabilidad macroeconómica. Todas ellas, en distinto grado, tienen un espacio de reconocimiento institucional que fue, con idas y venidas, aceptado por todos los sectores.

Pero hemos relegado una cuarta fuente de inspiración de nuestro contrato social que yo mismo desestimé años atrás y que, querámoslo o no, existe. La explosión social de 2019 la ha dejado en evidencia: la experiencia de la Unidad Popular y el testimonio de Salvador Allende. Uno puede levantar reparos a la gestión de ese gobierno, desde su desmedida ambición programática en circunstancias que solo contaba con algo más de 1/3 de los votos, hasta la cuestionable gestión gubernamental y el caos social y político que no se puede reducir solo al boicot norteamericano. Sin embargo, fue un gobierno importante para una cantidad demasiado significativa de chilenos. En particular, lo fue para un número mayor al mínimo necesario para desestabilizar el contrato social.

Es imperativo que el debate sobre esta cuarta fuente de nuestro contrato social lo enfrentemos con mirada de Estado. Guste o no, la herencia de la Unidad Popular, pero en particular de Allende mismo, está ahí. Chile no estará en paz mientras no logre aceptar como parte de ese contrato social lo que denominaremos instituciones informales asociadas a ese gobierno.

Es útil recordar algunas cosas antiguas y otras no tanto. Primero, en las elecciones de marzo de 1973, Allende obtuvo un 42,75% de los votos. En 1973, en medio de una polarización creciente, había un segmento grande de la ciudadanía que apoyaba a Allende. Segundo, la cultura importa y los principales y más reconocidos referentes culturales de Chile entre los años 1970 y hasta finales de 1990 fueron en su minuto partidarios de ese gobierno. Muchos lo son todavía. Esa parte de Chile requiere reconocimiento y dignidad. Tercero, las injusticias asociadas a 17 años de violaciones a los derechos humanos en dictadura dejan huellas en la sociedad. Esas situaciones repulsivas resisten el paso del tiempo, se transmiten naturalmente de generación en generación. La primera generación post Golpe

creció con el recuerdo de la represión, pero la segunda generación, la actual, ante la represión del gobierno de Piñera respondió con un elocuente: “Se equivocaron de generación: no tenemos miedo”.

En cuarto lugar, y creo que es lo políticamente más fuerte, está la advertencia del propio Allende en su sereno y hermoso discurso de radio Magallanes ese 11 de septiembre de 1973 a las 9:10 a.m.:

Ante estos hechos, solo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo.

(…)

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

Allende se suicidó horas después de esta alocución. La fuerza de estas palabras es tal que dudo que ellas no resuenen hoy en la memoria de una porción no menor de la población en Chile, probablemente la más movilizada.

Aunque no nos demos cuenta, es improbable que este mensaje no sea hoy un elemento constituyente de nuestro carácter nacional. Es demasiado poderoso. Claro, obviamente, mensajes de este tipo no unen. Forzosamente habrá gente que lo rechace. Pero entender esa reacción visceral no la justifica. En una mirada de Estado, este discurso es objetivamente importante. Tiene una dignidad a la cual nuestro contrato social debe dar un espacio institucional. No hay por qué estar de acuerdo con Allende, solo reconocer que es un gran discurso que nos marca como Nación. Es un discurso de una envergadura tal, que debemos tratarlo al nivel de “I have a dream”, de Martin Luther King, o “I am prepared to die”, de Nelson Mandela.

Chile no podrá recuperar la tranquilidad social y, por lo tanto, su capacidad de crecimiento y progreso, mientras no encontremos una forma de reconocer constructivamente esta cuarta fuente de inspiración del Chile actual.

Capítulo II

La fragilidad del contrato social en Chile: marco conceptual

Las regiones de Francia que fueron el foco principal de esta revolución fueron precisamente aquellas que más habían progresado (…) de modo que se diría que los franceses encontraban que su posición se hacía más insoportable cuanto más mejoraba. (…) Los males soportados con paciencia porque eran considerados inevitables parecen intolerables cuando se concibe la posibilidad de liberarse de ellos. Todo abuso que se elimina parece resaltar más los que subsisten y los hace más intolerables.

Alexis De Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución

En los últimos 30 años, Chile ha progresado como nunca en su historia. El nivel del ingreso per cápita se elevó hasta ser el más alto de América Latina. El salario mínimo en términos reales se multiplicó casi tres veces. La medida más estricta de pobreza disminuyó desde 1990 a nuestros días desde un 40% de la población al 15%. La inflación, que por más de un siglo fue un problema insoluble para los gobiernos, desde Federico Errázuriz en adelante, desapareció y la solvencia financiera del Estado mejoró de manera sustancial. Es decir, todos los chilenos hemos mejorado nuestra calidad de vida. Siguiendo esta lógica, nuestro devenir político, social y económico debiera ser plácido. La calidad de vida ha mejorado para todos; la generación entre 35-55 años ha tenido más oportunidades que la generación de sus padres, los ingresos han subido y se respetan más los derechos ciudadanos hoy. ¿Por qué hay conflicto entonces? ¿Por qué cunde la desconfianza?

A nivel global, el surgimiento de movimientos populistas y fuerzas de extrema derecha que desconfían de la democracia representativa es una manifestación de cuánto recelan algunos sectores de la sociedad acerca de cómo resolver los desafíos que plantea la prosperidad económica. Esto se ha dado en Europa, EE.UU. y América Latina, por supuesto, no se ha salvado de esta ola. En Brasil, durante la Copa del Mundo de 2014, hubo grandes manifestaciones debido a los enormes costos de infraestructura invertidos para el campeonato, en circunstancias que había muchas necesidades no resueltas, incluso apremiantes, todo lo cual tenía, como telón de fondo, la sospecha generalizada de corrupción.

En cuanto a los movimientos sociales, Chile ha sido un protagonista decidido, como lo confirma la Encuesta Mundial de Valores Sociales. Las manifestaciones estudiantiles de 2011 movilizaron literalmente a millones de personas en las calles que solicitaban educación gratuita, y fueron seguidas en 2014 por movimientos igualmente masivos que exigieron mejoras en las pensiones, así como en 2018 con la cuarta ola feminista. Por supuesto, el estallido social de 2019 fue la “guinda de la torta” de ese proceso de creciente activismo social. Así, hemos vivido permanentes muestras multitudinarias de protesta e inquietud social. Los grados de conflictividad van en aumento; en la zona de La Araucanía hay violencia política, los actos de corrupción siguen sorprendiendo y el desprestigio de la clase política no cesa de agudizarse. Las protestas y los disturbios sociales han sido invitados estelares en la política chilena como en ningún otro país latinoamericano.

El problema es el siguiente: el progreso material generalizado no implica paz social. Esa forma de pensar deriva de una visión utilitaria de la sociedad. La formulación clásica de Jeremy Bentham dice que “la mejor acción es la que trae la mayor felicidad al mayor número”, pero esto no ocurre en la realidad. Si fuera cierta, los chilenos deberíamos estar completamente satisfechos con las instituciones actuales. Sin embargo, si hay más medios materiales a disposición de todos, ¿por qué en la elección presidencial de 2014 todos los candidatos a la Presidencia enarbolaban la necesidad de un cambio a la Constitución actual, la de 1980-88-2005, que había producido niveles de prosperidad muy por sobre el promedio histórico?

O siguiendo la formulación de Von Mises, si pensamos que el rol del Estado es generar más medios para que cada uno persiga el objetivo que desee, ¿por qué, si todos hemos mejorado, todos tenemos más medios, más del 50% de los chilenos no vota y una parte importante de ellos protesta?

Por supuesto, no es la primera vez en la historia donde en medio de un período de progreso, la desazón y la inquietud social se instalan en una sociedad. Ya lo advirtió Tocqueville (1856), citado en el epígrafe de este capítulo para explicar la Revolución francesa. Por su parte, en Chile, Enrique Mac Iver señalaba en 1900 en su Discurso sobre la crisis moral de la República:

No sería posible desconocer que tenemos más naves de guerra, más soldados, más jueces, más guardianes, más oficinas, más empleados y más rentas públicas que en otros tiempos; pero ¿tendremos también mayor seguridad, tranquilidad nacional, superiores garantías de los bienes, de la vida y el honor, ideas más exactas y costumbres más regulares, ideales más perfectos y aspiraciones más nobles, mejores servicios, más población y más riqueza y mayor bienestar? En una palabra: ¿progresamos?

Tanto Tocqueville como Mac Iver sugieren que el progreso económico no es una medicina contra la inestabilidad política. Tal lectura resulta demasiado lineal de una realidad llena de texturas y recovecos.

¿Por qué es tan dañino un sistema político que persistentemente favorece a algunos? ¿Por qué es tan nociva la corrupción? ¿Por qué el mal uso del monopolio de la fuerza por parte del Estado es brutalmente destructor, como lo ha demostrado el caso de Camilo Catrillanca?

La razón que esgrimiremos es que destruyen la lógica de asociación voluntaria contractualista. Si no se adquiere el mismo derecho que se cede, ¿a título de qué un ciudadano responsable daría algo suyo a la sociedad? ¿Por qué pagar impuestos si hay despilfarro y corrupción? ¿Por qué adherir a leyes que están hechas para favorecer siempre a los mismos? ¿Por qué respetar las instrucciones de los poderes públicos, si la violencia estatal siempre recae en los mismos?

Tenemos que enriquecer el análisis del capitalismo democrático. Muchas personas, la mayoría de los analistas y casi todos los economistas piensan usando un enfoque utilitario. ¿No es razonable que, si hay más bienes y servicios disponibles, deberíamos estar satisfechos con el funcionamiento de la economía? Esta es la paradoja actual: la riqueza privada, el seguro social y los bienes públicos están en sus niveles históricos más altos, y sin embargo hay operando importantes fuerzas destructivas.

El utilitarismo es seductor, pero no nos permite comprender esta paradoja, menos aún proponer una salida razonable y práctica.

El enfoque utilitario o unidimensional

Desde el punto de vista de la economía política, juzgar el diseño de instituciones desde una perspectiva utilitaria es engañoso. El criterio de juicio utilitarista clásico se basa en los efectos de las instituciones y las políticas sobre la disponibilidad general de bienes y servicios. Sin embargo, las instituciones son multidimensionales. Cuando un parámetro de eficiencia se mueve en una dirección, es probable que un parámetro de equidad lo haga en la dirección opuesta. Más allá de la tensión conocida entre eficiencia y equidad, hay otras tensiones en la sociedad y es el rol de las instituciones gestionarlos.

El hecho de que todos hayamos mejorado nuestra calidad de vida no es un argumento suficiente para comprender el malestar actual. La mayor disponibilidad de bienes y servicios no puede explicar por qué las instituciones han sido desacreditadas, por qué persiste el malestar social y por qué el populismo gana audiencia. No se entiende, desde el punto de vista utilitario, el descrédito de las instituciones —políticas y económicas— que han permitido estos avances objetivos.

El utilitarismo es un guía incompleto para sugerir cómo enfrentar los desafíos del mañana. Una reforma que promete más crecimiento alivia la situación, pero difícilmente por sí sola reconstruirá la confianza en las instituciones. Sin embargo, algunas personas insisten en que el problema es la competencia y el crecimiento. En un artículo de The Economist, en la edición del 24 de agosto de 2019, llamado “¿Para qué son las empresas? Los accionistas de las grandes empresas y la sociedad”, su título introductorio dice: “La competencia, no el corporativismo, es la respuesta a los problemas del capitalismo”. Si bien estamos de acuerdo en que el corporativismo no es la respuesta adecuada, es insatisfactorio pensar que el problema se reduce a la falta de competencia y crecimiento.

Al leer un artículo como este en The Economist, se podría pensar que el utilitarismo es de derecha. No es así. Si pensamos en el utilitarismo de manera más amplia como el uso de criterios unidimensionales para evaluar el impacto de instituciones, entonces hay claramente utilitaristas de centro e izquierda. Basta reemplazar el criterio de disponibilidad de bienes y servicios por el de cómo estos están distribuidos, para pasar de un utilitarista de derecha a uno de izquierda. Ambos son imperfectos para evaluar instituciones que por su naturaleza deben gestionar tensiones entre eficiencia y equidad, autointerés, confianza y cooperación, libertad y seguridad, competencia y ética, entre otros.7

Una digresión es importante en este punto: esta visión unidimensional de derecha o izquierda tiene como protagonista, aunque no exclusivo, a economistas. Estos, en ambos lados del espectro político, utilizan regularmente el principio de utilidad en el sentido ampliado que definimos aquí para llevar a cabo sus análisis.8 Es difícil pensar en otra disciplina académica que tenga tanta primacía en la configuración de las políticas públicas hoy en día. Mientras el economista de derecha usa el impacto sobre el PIB como variable decisoria sobre lo deseable de una política, el de izquierda usa el coeficiente de Gini. Ambos enfoques son útiles para evaluar políticas específicas, pero son insuficientes para evaluar instituciones.

Ostrom (2005) define las instituciones como la forma en que “los humanos organizan todas las formas de interacción repetitivas y estructuradas”, explicando que “las oportunidades y restricciones que los individuos enfrentan en una circunstancia determinada, la información que obtienen, los beneficios que reciben o de los que son excluidos y cómo ellos razonan dicha situación” están críticamente determinadas por la existencia o ausencia de reglas que la estructuran. Una institución no pretende lograr un objetivo particular, sino arbitrar muchas cosas deseables.9

El utilitarismo clásico, el criterio de Pareto y la compensación

Volvamos al utilitarismo clásico, aquel que se preocupa por la disponibilidad total de bienes y servicios, digamos su eficiencia, pero que minimiza las preocupaciones por otros problemas como los efectos distributivos de políticas e instituciones. Si como consecuencia de una política al menos algunos mejoran y nadie empeora, es una buena opción de política. Por ejemplo, focalizar el gasto social hace que se usen eficientemente los escasos recursos públicos financiados por los impuestos porque mejora la situación de los más pobres, pero deja a un lado a la clase media, haciendo de esta solo algo menos vulnerable a la pobreza. En la política tributaria, el instrumento preferido por los utilitaristas es el Impuesto al Valor Agregado porque penaliza el consumo y no la generación de ingresos, a pesar de que, por la misma razón, recae desproporcionadamente sobre aquellos cuyos ingresos y consumo son similares, es decir, las clases medias y pobres.

Si una política mejora la capacidad general para la creación de riqueza, debe ser deseable. ¿Y si en el camino algunas personas, pocas o muchas, pierden? ¿Importa si algunos pierden si el resultado agregado es mejor? La respuesta de los economistas es doble.

Por un lado, una política es deseable si nadie empeora su situación y al menos uno gana. Esto es lo que llamamos óptimo de Pareto. Es un criterio atractivo, pero pensemos que ocurre en una situación repetitiva: ¿es deseable que siempre ganen los mismos, aunque los otros no pierdan? Es lo que ha pasado en Estados Unidos en los últimos 30 años, en que el ingreso del 0.1% más rico de la población ha aumentado del 3% al 10% del PIB,10 mientras el ingreso absoluto del resto de la población no cayó en este período. Una fracción importante de la población considera que este argumento no es razonable. Implícitamente, la mayoría de la gente piensa que la prosperidad debe ser compartida.

Por otro lado, los economistas dirían que, en la medida en que aparezcan los perdedores, la política puede seguir siendo óptima en tanto se realicen transferencias para compensar las pérdidas de estos grupos.

Hay tres tipos de problemas que las políticas compensatorias deben abordar. Primero, un shock como una pandemia o una política pública como la apertura comercial pueden tener efectos permanentes. Las transferencias pueden mitigarlos, pero no debieran impedir que las personas afectadas modifiquen su comportamiento para que sea compatible con las nuevas circunstancias. Las transferencias, en este caso, subsidios de cesantía, pueden prevenir o retrasar dicho cambio. Por lo tanto, habrá presión para cesar esas transferencias.

En segundo lugar, las transferencias son financiadas por el Estado, pero existen restricciones presupuestarias. Cada compensación debe analizarse desde una perspectiva prudente de política fiscal. En el Chile de la pandemia, ya se alzan voces diciendo que habría un límite prudente de endeudamiento fiscal en torno al 45% del PIB, y que más allá de eso, se pone en riesgo la calidad crediticia soberana. Con el aumento de la deuda pública, la capacidad de compensar a posibles perdedores de reformas es menos factible. A medida que aumenta la deuda pública, la lógica compensatoria pierde fuerza.

Finalmente y en tercer lugar, aparecen restricciones ideológicas. En 1975, Chile inició una amplia apertura unilateral de su economía. La reasignación de recursos fue masiva, porque los requisitos de los sectores emergentes no coincidían con los de los sectores en declive. Además, en 1982, como resultado de graves errores de política económica, el país sufrió una fuerte recesión en dos años consecutivos, en los que el PIB cayó un 17%. Entre 1975 y 1988, cada año la tasa de desempleo promedio nacional superó por lejos el 10% con un máximo de 19%. El subempleo fue masivo, con un máximo estimado cercano al 35%.

Los ingredientes estaban allí para justificar la compensación: reformas importantes, como la apertura comercial, o errores de política macroeconómica que imponían un costo gigantesco a la sociedad. La dictadura solo creó programas de empleo de emergencia para evitar la pobreza extrema. De hecho, no había indicios de diseñar una transferencia paretiana. Eso fue entonces.

En 2019, antes del estallido y la pandemia, Chile tenía una de las capacidades de compensación más altas dentro de la OCDE. En el marco de la discusión previsional, Chile estaba en condiciones de compensar a los perdedores de los años 80. El mecanismo de transmisión es el sistema de pensiones. Este es un mecanismo de ahorro forzado según el cual la pensión es proporcional a los ahorros acumulados. Se esperaba que las pensiones reflejaran su esfuerzo de ahorro de por vida; un excelente incentivo para ser responsable y ahorrar. Sin embargo, a veces las personas no ahorran por factores ajenos a ellos. No es irresponsabilidad, sino imposibilidad. En un sistema de puro ahorro, los intereses no son devengados porque siendo joven, la persona no pudo ahorrar, producto del alto desempleo involuntario, lo cual tiene un peso enorme en el nivel de las pensiones de 40 o 45 años más tarde. Es decir, ahora y para los próximos años.

La ausencia de compensación de la dictadura es un hecho. La pregunta es, ¿por qué no hacerlo hoy? Ahora surgen restricciones ideológicas, porque para hacer esa transferencia se requiere alguna forma de reparto, como un sistema de seguro de longevidad para la cuarta edad o alguna forma de reparto tradicional.

En otras palabras, la compensación que es tan necesaria en la lógica completa del utilitarismo clásico, tiene debilidades de implementación de corto, mediano y largo plazo. Sin embargo, el utilitarismo tiene un gran atractivo, una gran fortaleza.

El atractivo del utilitarismo

¿De dónde viene este atractivo del utilitarismo? Hay dos razones principales. Por un lado, la métrica de utilidad habitual (PIB o consumo) tiene una enorme ventaja, ya que se puede medir el impacto de las políticas públicas. Podemos estimar el impacto de los controles de capital o la inflación en el bienestar, es decir, en el PIB o el consumo. En principio, esto debería permitir una mejor gestión económica al evitar especulaciones sin sustento empírico. Por otro lado, a los economistas se nos ha dicho —y decimos regularmente— que la economía es una ciencia positiva; nuestro objetivo es describir el mundo tal como es, evitando hacer juicios de valor explícitos. El enfoque de maximización de la utilidad se convierte así en una forma conveniente. Sin embargo, en su búsqueda de ser positivistas, los economistas a menudo no nos damos cuenta de que hay al menos un juicio de valor que pasamos por alto: el utilitarismo mismo.

Utilitarismo y maximización de la utilidad

El utilitarismo es una teoría moral, mientras que la maximización de la utilidad es una herramienta metodológica inspirada en la primera, pero no limitada por ella. Por lo tanto, ambos están relacionados y su vínculo se ha fortalecido con el tiempo, pues la simplicidad de la maximización de la utilidad aumenta cuando se usa para resolver problemas inspirados por pensadores utilitarios.

Desde finales de la década de 1960, la economía como disciplina ha soñado con acercarse lo más posible a una ciencia dura, y la formalización matemática de los modelos ha avanzado significativamente. Partiendo de supuestos de racionalidad individual, la economía usa el cálculo para maximizar la utilidad del agente representativo. Con este instrumento, podemos ofrecer soluciones intuitivas y elegantes en muchos campos. Solo tenemos que acordar qué es la racionalidad.

La estrategia de usar matemáticas garantiza que los resultados sigan un camino lógico, con cuyos resultados “las personas honestas no pueden estar en desacuerdo”. Esta es una frase de Robert Lucas, ganador del Premio Nobel de Economía y uno de los economistas más influyentes en el último cuarto del siglo XX, uno de los líderes de esta revolución neoclásica.

De Vroey (2010) analiza la visión de Lucas sobre el vínculo entre teoría e ideología. En una carta a Cristopher Sims, Lucas dice: “Trabajar de esta manera es productivo, no porque resuelva los problemas de política de una manera que las personas honestas no puedan estar en desacuerdo, sino porque canaliza la controversia (las cursivas son mías) en pistas potencialmente productivas, porque nos hace hablar y pensar sobre temas en los que podemos progresar”. Esta “canalización de la controversia” incluye disputas ideológicas. El punto es que “hacer que la conversación sea matemática”, es decir, lógica, le permite al economista poner la ideología solo al comienzo del proceso; el resto es solo lógica garantizada por las matemáticas. Por lo tanto, la matematización de la economía se ha guiado por el deseo de ordenar el debate ideológico. En lugar de intentar discutir ideologías, uno debe discutir los supuestos subyacentes y dejar que los resultados sean consecuencia de la lógica matemática pura.

Aunque esta podría haber sido una estrategia bienintencionada, sigue siendo un enfoque incorrecto para tratar con ideologías e instituciones. No todas las ideologías pueden escribirse simplemente en unas pocas ecuaciones y competir con otras. Además, se convierte en una trampa, pues para mantener las soluciones matemáticas razonablemente manejables, cada vez se necesitan más supuestos simplificadores convenientes. Si cambiamos la definición de racionalidad, como han sugerido los psicólogos, nuestros resultados elegantes y simples se convierten en ecuaciones matemáticas complejas; cuanto más relajamos las condiciones restrictivas de la maximización de la utilidad, más complejo se vuelve todo. Además, si introducimos más argumentos en la función de utilidad, si permitimos que los agentes interactúen estratégicamente, si consideramos varios sectores de la economía con precios endógenos, si estimamos fallas del mercado (bienes públicos, externalidades), costos que introducen algunas rigideces, o si permitimos la incertidumbre o el riesgo, la consecuencia es que la trazabilidad matemática de los modelos se vuelve casi imposible. Si, además de esto, consideramos argumentos no económicos, como creencias, cultura o política, entonces la palabra “casi” puede cambiarse por “verdaderamente”.

La matematización de modelos basados en la maximización de la utilidad es útil, pero, como decimos los economistas, incluso aquí hay rendimientos decrecientes. El hecho de que esto haya arrojado algo de luz sobre los problemas relevantes, no significa que la maximización de la utilidad sea la forma de analizar todo tipo de problemas económicos, en particular cuando interactúan con problemas no económicos. Hay problemas que son difíciles o incluso imposibles de analizar utilizando modelos matemáticos. La matematización, en principio, nos evita hacer juicios de valor, pero muchas veces solo oculta el propio juicio del modelador.

A los economistas modernos, como Lucas, no les gusta hacer juicios de valor explícitos. Adam Smith era profesor de filosofía moral, promovió ciertas políticas como el libre comercio y la especialización laboral, porque pensaba que eran mejores para la sociedad. Hizo juicios de valor explícitos. En los libros de texto de economía pública, por ejemplo Stiglitz (1988), la estrategia es buscar formas en que los juicios de valor sean innecesarios. En el análisis del bienestar, construye funciones de utilidad social que dependen del consumo de agentes, apareciendo así cierto espacio para el juicio de valor: establece diferentes formas de la función de utilidad social, utilitaria o rawlsiana. Sin embargo, incluso aquí la mecánica del análisis es la misma: o maximizamos el consumo de cualquier persona en la sociedad (utilitarismo) o de los menos acomodados (rawlsianismo).

Por lo tanto, desde esta perspectiva, el utilitarismo es útil porque permite el desarrollo de modelos matemáticos estilizados que, eventualmente, permitirían a los economistas evitar entrar en juicios de valor y disputas ideológicas. O eso piensan algunas personas. Es que el utilitarismo no es malo siempre, solo en dosis exageradas.

Las consecuencias políticas de la hegemonía utilitarista

La lógica utilitaria era “lógicamente” más entusiasta para los economistas neoclásicos. En una entrevista con la Reserva Federal de Minneapolis, Robert Lucas dice: “Creo que Chicago tiene un sesgo promercado o tal vez una mejor manera de expresarlo es que solo tiene un escepticismo sobre la eficacia de los programas gubernamentales. La belleza de la economía neoclásica es que no es un tipo revolucionario de todo o nada”. De hecho, a partir de cualquier modelo estilizado de maximización de la utilidad, la intervención del gobierno genera diferentes formas de costos sociales. Este enfoque conduce naturalmente a discursos políticos que limitan la acción gubernamental, como los sugeridos ex ante por Lucas. Este resultado apareció de modelos que fueron diseñados para “canalizar la controversia” de modo que “las personas honestas no puedan estar en desacuerdo”. ¿Qué sucede cuando la sociedad valora algunas de esas intervenciones gubernamentales? Ese es el punto de partida de la economía keynesiana.

La revolución neoclásica liderada por Lucas, Sargent o Wallace a comienzos de los años setenta tuvo una gran influencia en el keynesianismo. Lucas sugiere que incluso antes, comenzando con Paul Samuelson, “hubo un esfuerzo por unificar la economía keynesiana con la economía neoclásica”, en el sentido de proporcionarle microfundamentos. Paradójicamente, agrega: “A medida que avanzamos más y más hacia encontrar algo que parecía ser una base microeconómica común, la economía se hizo cada vez menos keynesiana. Finalmente, algunos decidimos que no era keynesiana en absoluto”.

Por lo tanto, el enfoque del gobierno limitado se instaló dentro del campo keynesiano mediante esta herramienta metodológica. A lo sumo, hubo acuerdo en que la distribución del ingreso resultante de un mercado eficiente podría ser demasiado desigual o que algunos bienes “de mérito” debían ser distribuidos de una manera no mercantil (Tobin, 1970). Uno de los focos importantes de la economía neokeynesiana, que es la mezcla de objetivos keynesianos con instrumentos neoclásicos, era precisamente sobre las desigualdades. La relevancia de esa línea de investigación ha estado creciendo en las últimas dos décadas, a medida que la distribución de ingresos ha empeorado en el mundo desarrollado.

El utilitarismo y el poder de los números

Otro elemento atractivo del análisis utilitario son los números y su análisis estadístico. La disponibilidad de grandes bases de datos está aumentando, y el análisis estadístico se vuelve cada vez más sofisticado. El uso de datos tiene la intención, nuevamente, de canalizar debates ideológicos: “dejemos que se hable de datos” es una frase que se escucha a menudo entre los economistas.

De nuevo, este es un objetivo razonable. Sin embargo, hay fuentes de error no evidentes que pueden llegar a ser importantes. Una es absurda: la calidad de los datos puede ser mala (fuentes poco confiables, cambios en los criterios estadísticos, empalmes de series mal realizados, errores administrativos). Otra es más sofisticada: los modelos empíricos generalmente centran su atención en la evaluación de mecanismos particulares tratando de agrupar otros efectos. Esto puede producir sesgos en las estimaciones; a medida que el trabajo académico se sucede, no es poco común que los nuevos trabajos adviertan que la investigación anterior tenía sesgos, pero sin reconocer que ellos mismos pueden tener algunos, solo que aún no lo han descubierto. Los economistas hacemos un serio esfuerzo para producir números duros y análisis empíricos sofisticados, pero nos falta la humildad y la prudencia en la interpretación de ellos y a darlos a conocer al público.

Lamentablemente, la prudencia no es popular. Los números le dan a su creador una dosis significativa de poder. Las métricas utilizadas en economía tienen un alto valor comunicativo. Es difícil oponerse a una política pública que supuestamente aumenta el PIB en un X%, en particular si ese número proviene de un análisis reflexivo. Tomemos, por ejemplo, el informe de productividad de la reforma de las pensiones del segundo gobierno de Piñera en Chile: “El impacto de la tasa de contribución en la economía se estima a través de un modelo que tiene en cuenta cómo un mayor ahorro impacta la economía. (...) El mayor ahorro, 2%, es expansivo con respecto al stock de capital, 4.1%, y del PIB, 1.5%. Mientras que los salarios reales caen un 1,5% y el empleo formal disminuye un 0,9%. Es decir, aproximadamente 52.000 empleos”. Es atractivo para las políticas públicas tener datos sólidos que supuestamente provienen de modelos bien diseñados y estimados.

Sin embargo, existe una falta inherente de precisión debido a que las políticas se implementan en un entorno determinado. Cada reforma se acompaña de un contexto político, social y económico que afecta en cómo los agentes económicos dan forma a sus expectativas y creencias. Esto determina de manera crucial cómo reaccionarán los agentes ante los estímulos que trae una reforma. Su impacto debe incorporarse desde el exterior, lo cual es difícil de medir y se presta a manipulaciones bruscas.

La conclusión es que la disponibilidad de datos y la sofisticación de los modelos desafortunadamente no garantizan un mejor debate público. Lo que se supone que facilita el debate y lo hace transparente, puede terminar logrando lo contrario. Cualquier analista con cierta solvencia profesional puede defender razonablemente sus modelos y números. El público solo puede “creer” en la versión de uno u otro. Hay más información, pero no necesariamente hay más transparencia y calidad en el debate.

Más allá de eso, muchos economistas olvidan las limitaciones del análisis utilitario. El debate entre pares los induce a extender y naturalizar esta lógica. La mayoría de los análisis de bienestar utilizados en documentos y libros económicos, a pesar de que eventualmente pueden proporcionar medidas alternativas y advertencias sobre las limitaciones del análisis, generalmente terminan utilizando flujos de ingresos o consumos de un individuo representativo. En estos análisis formales usualmente no hay interacción entre las personas, ni hay interacción con las instituciones. Por lo tanto, es una visión unidimensional del bienestar, desprovista de tensiones respecto de variables no económicas.

Este enfoque utilitario ha sido utilizado masivamente por economistas de derecha, pero también de centro e izquierda. Los economistas de centroizquierda, sin olvidar el criterio de disponibilidad de bienes y servicios, incorporan en sus análisis un contrapeso relacionado con su distribución. Si al leer a Lucas o Friedman lo único que importa es generar condiciones para que los mercados maximicen el crecimiento, al leer a Piketty pareciera que el rol del Estado es optimizar científicamente su capacidad distributiva.

La gracia de una política unidimensional es que es muy claro qué pretende. Esto le permite a todo el mundo tomar posición a favor y en contra. El problema es lo que esa batalla olvida.

El desafío olvidado de la fraternidad

En la literatura económica más tradicional, el uso del enfoque utilitario mezclado con consideraciones distributivas, puede leerse como la intención de usar un enfoque científico para hacer compatibles la eficiencia y la igualdad. Un caso claro es la discusión sobre el régimen tributario óptimo (como en Diamond y Saez o en el Mirrlees Review). Entre estos dos valores —eficiencia e igualdad— hay una tensión. Resolver este dilema ha tenido un costo. Se llama fraternidad.

Varios autores han advertido que la expansión de la lógica de mercado liberada por la caída del Muro de Berlín y el triunfo ideológico neoliberal ha tenido consecuencias importantes en otras áreas. En 2013, Michael Sandel señaló que, sin límites, la expansión de la lógica de mercado podía transformar la naturaleza de ciertos valores que son importantes.

Ese mismo año, en El otro modelo (Atria et al., 2013) postulábamos que era necesario encontrar un punto intermedio entre el régimen del Estado —que fija las condiciones en las que el Estado provee derechos sociales— y el régimen privado —que fija las condiciones para que el sector privado maximizador de utilidades desarrolle sus actividades—. Ese régimen, que denominamos “régimen de lo público”, pretende generar condiciones para que los privados puedan proveer derechos sociales sin poner en peligro la descomodificación que estos pretenden.

Más recientemente, en 2018, Paul Collier en The Future of Capitalism señala que la socialdemocracia europea se olvidó de construir una lógica y un discurso sobre las obligaciones recíprocas (lo que veremos es la esencia de la lógica contractualista), y se dedicó más a optimizar la eficiencia de las políticas de ingresos redistributivos, que a minimizar los desincentivos para trabajar e invertir.

Según Collier, esto generó un efecto no deseado: las obligaciones morales interpersonales se depositaban cada vez más dentro del alcance del Estado. Para decirlo en términos del lema de la Revolución francesa, los economistas intentan maximizar la libertad y la igualdad, con resultados positivos en el primero y resultados negativos en el segundo, pero olvidando el tercer componente: la fraternidad.

Y la fraternidad es algo que podemos experimentar en grupos pequeños. Raghuram Rajan, hasta cierto punto reconoce esto en su libro El tercer pilar (2019), cuando argumenta a favor del desarrollo de relaciones basadas en la comunidad.

La gran víctima del utilitarismo de derecha e izquierda ha sido la fraternidad.

Utilitarismo y comportamiento racional

El enfoque utilitario se basa en una lógica bien desarrollada en teoría económica. Los economistas piensan en el ser humano como un ser racional, cuyo objetivo es la maximización de la utilidad, en particular, el consumo. Si alguien no cumple con este principio, decimos que él o ella no es racional.

Pensadores prominentes como Daniel Kahneman dicen hoy que tal visión de los seres humanos no es realista. Durante mucho tiempo, dentro de la corriente económica principal, la opinión predominante fue la de John Harsanyi, un influyente pensador neoliberal. Según Harsanyi (1977), “los filósofos y los científicos sociales no se dan cuenta de cuán débiles son los postulados de racionalidad”, y continúa: “Todo lo que necesitamos es el requisito de preferencias consistentes, un axioma de continuidad”. Estos dos elementos son condiciones extremadamente estrictas para mantener. Acordemos que es una posición extrema.

Una crítica a esto viene de la sociología. Gérald Bronner en L’empire des croyances (2003), cuestiona esta forma de entender la racionalidad. Dice que, en lugar de imponer una forma precisa de entender la racionalidad humana, como lo hace el economista, el sociólogo procede a la inversa. Comienza a identificar un determinado comportamiento, por ejemplo, en el caso de Bronner, el extremismo, y se pregunta qué razones, lógica, prioridades y preferencias hacen que el extremista actúe, algo racional desde la perspectiva de quién lo ejecuta. El economista piensa en la racionalidad desde donde observa al agente. El sociólogo piensa la racionalidad desde la posición del propio agente.

Desde la perspectiva del utilitarismo, el trabajo del sociólogo nos recuerda que no todos los seres humanos valoran igualmente los criterios de mayor disponibilidad de bienes y servicios para pensar que cualquier política dada es deseable.

Pero el ataque más fuerte contra el homo economicus ha surgido de la psicología, particularmente gracias al trabajo de Daniel Kahneman y Amos Tversky, ganadores del Premio Nobel de Economía. Ellos consideran que la forma en que los economistas pensamos en la racionalidad humana es crudamente simplista. Al ser unidimensional —la única cosa que importa es el bienestar material—, no es capaz de identificar con precisión y claridad las tensiones que siempre acompañan las decisiones de política pública. El desarrollo de la economía del comportamiento está abriendo nuevos campos de comprensión sobre cómo desarrollar mejores políticas públicas que, a la vez que busquen incentivos de crecimiento, puedan identificar mejor las compensaciones que surgen. Una sofisticación de la metodología económica en este sentido ayudará naturalmente a superar el utilitarismo.

Por ejemplo, Jonathan Haidt, en The Righteous Mind: Why Good People are Divided by Politics and Religion (2012), plantea dos ideas interesantes. Primero, que las intuiciones morales del ser humano aparecen automáticamente y casi instantáneamente, mucho antes de que el razonamiento comience a funcionar. Esto hace que sea muy complejo para el razonamiento ignorar las intuiciones morales que lo condicionan. Una persona con intuiciones morales conservadoras usará su racionalidad de tal manera que minimice la disonancia cognitiva que podría ocurrir si racionalmente concluye algo más de lo que cree. El corolario obvio es que es necesario prestar atención a los argumentos que justifican cierta posición moral como si fuera racional en sí misma.

Segundo, los valores morales que son importantes para los seres humanos de diferentes culturas y niveles socioeconómicos, van más allá de la preocupación por la justicia y el dolor. Según Haidt, las personas tienen otras intuiciones morales muy poderosas, como las relacionadas con la libertad, la lealtad, la autoridad y la santidad (en el sentido de no degradación).11 Los economistas tendríamos problemas para maximizar una función con seis argumentos, lo que requeriría seis restricciones, casi todas las cuales serían inconmensurables.

En el estado actual de desarrollo de la economía, la principal ventaja del enfoque utilitario es que se adapta muy bien a una metodología simple y elegante. Esta discusión, sin embargo, nos dice que el enfoque utilitario para analizar fenómenos complejos como el malestar en las sociedades modernas es, en el mejor de los casos, incompleto.

El utilitarismo nos lleva por caminos en los que no encontraremos la solución que buscamos para restablecer la confianza en nuestras instituciones. Desde su perspectiva, el problema se resolvería con una buena agenda a favor del crecimiento. Esto es necesario, pero está lejos de ser suficiente. Para avanzar en el análisis de las instituciones, debemos modificar el curso; es necesario adoptar otra perspectiva.

La principal alternativa al utilitarismo es el contractualismo, cuya obra reciente más destacada es Teoría de la justicia (1971), de John Rawls. Para el economista, el enfoque contractualista es más complejo, pero tiene una importante herramienta a la mano para analizarla: la teoría de juegos. Si el utilitarismo usa la maximización de la utilidad como su marco analítico, el contractualismo puede usar la teoría de juegos.

Hablemos del contractualismo antes de entrar plenamente en el análisis institucional en sí.

El enfoque contractualista o de expectativas autocumplidas

Podemos entender mejor las sociedades modernas si adoptamos un enfoque alternativo al utilitarismo, a saber, el contractualismo. Este enfoque puede definirse generalmente como aquel que sostiene que la obligación de seguir las normas depende del consentimiento de quienes están cubiertos por ellas.

Sin embargo, hay numerosas formas de entender este consentimiento.

Varios contractualismos

Schwember (2014) clasifica las diferentes corrientes contractualistas de acuerdo con cuatro dimensiones: función del contrato, incentivos del agente, alcance del contrato y su estado ontológico. Estas dimensiones dan lugar a varias categorías y las distancias entre ellas no son triviales. La categorización más aceptada se basa en los filósofos que las inspiraron. Siguiendo a Schwember, existen al menos tres formas de contractualismo, todas las cuales comparten la opinión de que el contrato no es un hecho histórico.

Un contractualismo hobbesiano postula que antes del contrato no hay una regla de justicia ni ningún vínculo normativo, por lo que el contrato cubre cualquier cosa. Schwember califica este tipo de contractualismo como “fuerte”, precisamente porque todo es posible dentro del contrato; no hay derechos válidos antes de él. Es un contractualismo egoísta, porque es válido siempre que permita a los agentes alcanzar sus propios objetivos. Incluso podríamos decir que esto es un contractualismo utilitario.

Un contractualismo lockeano es en el que los agentes tienen un amplio margen de maniobra para acordar cosas muy diferentes con respecto al orden político, “pero no tienen libertad para (re)configurar el orden moral de la ley natural”, porque en el estado de naturaleza hay libertad perfecta. Este es un contractualismo débil e individualista. De hecho, Locke no ve ninguna razón para obligar a los agentes a adherir a un contrato que les sirve mal. Sin embargo, se les pueden imponer algunas restricciones porque, como en el estado de naturaleza hay alguna forma de cooperación, “pueden aparecer algunas restricciones que hacen posible la cooperación mutua” en virtud del contractualismo lockeano. Schwember afirma que este es un contractualismo libertario, porque los hombres son “dueños de su propia persona” y también le pertenecen “el resultado del trabajo de su cuerpo y sus manos. (...) Cada vez que cambia el estado de algo como la naturaleza lo dejó (...) es su propiedad”. Para Locke, los derechos de propiedad son precontractuales.

Finalmente, en un contractualismo rousseauniano-kantiano, el pacto tiene como objetivo salvar la libertad humana contra la opresión y hacerla efectiva en la vida social. Esto también es un contractualismo débil, pero es universalista en el sentido que supone que nuestros propios intereses son tan válidos como los de los demás y, por lo tanto, el contrato debe ser imparcial y pluralista. Para hacerlo, el contexto de imparcialidad y pluralismo es la adhesión a los principios de justicia.

Un aspecto particular de este debate que marca una diferencia con Locke es que la propiedad de Rousseau pertenece al alcance del contrato. De hecho, Rousseau es flexible en su enfoque de la propiedad porque pertenece al alcance del contrato. Por lo tanto, cuando habla del primer ocupante de una tierra, dice que “obtuvo la posesión no por medio de una ceremonia simple sino por el trabajo y la cultura, único signo de propiedad que, sin ninguna documentación legal, debe ser respetada”. Hasta aquí se parece a Locke, pero más adelante en el mismo párrafo, cuando habla de propiedad comunal, dice que “el derecho de cada individuo a su propia tierra está subordinado al derecho de la comunidad a todo”. Esta tensión entre derecho del individuo a la propiedad y el de la comunidad a todo para garantizar el ejercicio de la libertad de cada individuo es un punto conflictivo.

Aunque la concepción original de este enfoque universalista proviene de Rousseau, Kant se clasificó con él cuando declaró su imperativo categórico según el cual un acto es correcto si sigue principios que podrían haber sido aceptados por todos los demás. Un corolario de este enfoque es que se trata de un contractualismo igualitario, en el sentido de que, a pesar de sus diferencias naturales de fuerza y genio, “todos los hombres se vuelven iguales por convención y por ley”.

Si bien no pretendemos entrar a fondo en este debate, tenemos la intención de algo más modesto, basado en un elemento que comparten estas tres escuelas de pensamiento contractualistas: el hecho de que las obligaciones mutuas en la sociedad surgen de una mezcla de conveniencia con respecto a los resultados (por ejemplo, interés propio) y restricciones en nuestro comportamiento a las que adherimos voluntariamente.

Primera visión sobre la estabilidad del contrato social

La paradójica situación chilena que discutíamos al inicio es de una potencial inestabilidad de nuestro contrato social, que la visión utilitarista no tiene cómo analizar satisfactoriamente. Esto se discute más en detalle en Larraín (2020 a). En breve, se postula que esta depende de una frágil relación entre, por un lado, la supuesta voluntariedad de la adhesión a las reglas establecidas y, por otro, la materialidad de las disposiciones que por algún mecanismo representan la voluntad general.

Las propiedades de estabilidad pueden analizarse siguiendo cualquiera de las tres escuelas discutidas anteriormente. Para este propósito, la elección de una u otra es secundaria. Comenzaremos con el enfoque de Rousseau,

ya que su formulación es sorprendentemente cercana al concepto de “equilibrio de Nash”.

Antes de seguir, hagamos dos definiciones: equilibrio y equilibrio de Nash. Un equilibrio es una situación en la cual los individuos de alguna manera ejercen fuerzas opuestas que se neutralizan entre sí, y el resultado es que algo que les interesa a todos no cambia. Para que un equilibrio cambie, para que deje de ser estable, algo debe suceder: un shock externo o un cambio en las preferencias de los individuos.

En cuanto al equilibrio de Nash, es un tipo particular de equilibrio. En esta situación, los jugadores conocen las estrategias de los demás, es decir, cada jugador sabe lo que es conveniente para los otros jugadores. Estos agentes estarán en equilibrio si este conocimiento los induce a desarrollar una secuencia de acciones, de tal manera que cada acción sea la mejor

respuesta a las acciones del resto. Un caso ilustrativo es por qué conducimos por la derecha o la izquierda; no hay una razón a priori para preferir una u otra alternativa. Pero si crees que todos lo harán por la izquierda, debes hacerlo por el mismo carril. En el Reino Unido, no intentes conducir por la derecha; todos en ese país esperan que lo hagas por la izquierda y aceptarás hacerlo.

Volvamos al contrato social y su interpretación. Según Rousseau, el contrato social es uno en el que:

En resumen, cada uno entregándose a todos, no se entrega a nadie; y dado que no hay un asociado sobre el cual no adquirimos los mismos derechos que le concedemos sobre nosotros mismos, ganamos el equivalente de todo lo que perdemos y más poder para preservar lo que tenemos.12

Esta formulación es lo suficientemente amplia como para representar todas las ramas del contractualismo, y será clave en lo que viene después.

Antes de esto, necesitamos discutir dos cosas. Primero, ¿en qué sentido violar algunas de las dimensiones mencionadas puede convertirse en una amenaza para la estabilidad del contrato social? Segundo, ¿cómo lidiamos con el problema de que enfrentamos una familia de contratos sociales, y no solo uno, cuya estabilidad es nuestro foco de análisis?

La estabilidad del contrato social se relaciona con el cumplimiento de sus condiciones internas de operación. Por ejemplo, la existencia de condiciones precontractuales significa que el contrato puede discutir muchas cosas salvo aquellas. En el caso de Locke, es la propiedad: una resolución deficiente de los conflictos relacionados con los derechos de propiedad es una fuente de inestabilidad. En el caso de Rousseau-Kant, el problema surge con la justicia. A pesar de que Rousseau tiene cuidado con legitimar los derechos de propiedad adquiridos dudosamente —como los reclamados por Núñez de Balboa en nombre de la Corona española en las Américas—, las reglas internas del contrato social son tales que podemos decir que el problema es de justicia o falta de ella. El tratamiento injusto de los conflictos de derechos de propiedad también conduce a fuentes de inestabilidad. Obviamente, según Rousseau, este conflicto es menos amenazador para la estabilidad del contrato social que según Locke.

Para identificar los contratos sociales más frágiles, procederemos de la siguiente manera: supongamos que podemos ordenar contratos sociales (H, hobbessiano; L, lockeano y RK, rousseaiano-kantiano) de acuerdo con la fragilidad de sus condiciones de estabilidad. Por ejemplo, acabamos de decir que H es un fuerte contrato social en comparación con L o RK, porque en H no hay condiciones precontractuales que limiten lo que se pueda discutir dentro del contrato. Esto significa que L y RK son más sensibles a cómo interpretar los acuerdos precontractuales. Como en H no es admisible ningún acuerdo precontractual, todo debe discutirse dentro del contrato social; ninguna discusión puede crear inestabilidad en un contrato así diseñado. Este criterio parece poco útil dado que, de hecho, vemos que hay contratos sociales que colapsan o arriesgan colapsar. Por lo tanto, podemos centrarnos en los requisitos impuestos por L o RK, para quienes algunas discusiones no son toleradas porque se resuelven fuera del contrato (propiedad en el caso L y libertad e igualdad en el caso RK). El siguiente cuadro basado en Schwember (2014) intenta identificar los aspectos clave de la discusión de este tema.

Cuadro II.1. Identificación de los puntos frágiles del contrato social


Fuente: elaboración propia, basada en Schwember (2014). Con fondo gris aparecen los criterios que aparecen como más estrictos en el sentido de que su violación arriesga que el contrato social sea inestable. Esto se interpreta como mayores requisitos de estabilidad.

El cuadro anterior sugiere que el marco conceptual del contrato social RK tiene estándares de estabilidad más altos que el contrato social lockeano y que este tiene requisitos de estabilidad más altos que el hobbesiano. Independiente de a cuál versión del contrato social uno adhiera, en la medida que se cumplan las condiciones de estabilidad del contrato RK, las otras se cumplen inmediatamente. Si se cumple el estándar más alto, es decir, el RK, se cumplen automáticamente los estándares menores, H o L.

Analicemos un poco más en detalle. RK y L son similares, excepto en la dimensión de motivación del agente. ¿En qué sentido RK es más estricto? Porque en el caso L, la prevalencia de un enfoque individualista relega a un segundo plano la prioridad que RK le da a la justicia. Es más simple tener un sistema que permita a los agentes maximizar sus propios intereses que establecer un sistema neutral con respecto a esos intereses. La violación de un principio de justicia en el enfoque RK es una causa de inestabilidad, mientras que no lo es en el esquema L.

En resumen, como el enfoque RK tiene condiciones de estabilidad más estrictas que L podemos centrar nuestra atención en el enfoque RK. Por lo tanto, si se cumplen las condiciones para la estabilidad del contrato social de RK, automáticamente nos ocuparemos de condiciones de estabilidad para el enfoque L también.

Comprender la estabilidad de los contratos sociales de Rousseau-Kant y Locke

Aunque no se interpretó de esa manera en el momento —Nash nació 166 años después de que Rousseau escribiera El contrato social y en particular la frase citada previamente—, se puede apreciar que el contrato social es un equilibrio en el que cada uno da y obtiene algo a cambio. Al hacerlo, contribuyen a financiar al Estado, lo que les permite obtener una mayor protección que en autarquía. Para la estabilidad de este equilibrio, es crucial que lo que cada miembro da y que obtiene (o más precisamente, cree que da y cree que obtiene) sean comparables.

Dado un equilibrio inicial, si algún actor comienza a dar menos y/o a recibir más, puede cambiar las condiciones del contrato social e inducir un nuevo equilibrio. Por ejemplo, alguien que evade impuestos y/o recibe subsidios gracias a acciones corruptas, cambiará las condiciones de estabilidad del contrato social. Si esas acciones no se combaten, otros actores pueden considerar natural hacer lo mismo. Pero si todos evaden o corrompen, el contrato social es inviable; cuando la evasión y/o la corrupción adquieren relevancia pública, el contrato social está en riesgo. Esta es la conclusión del enfoque RK.

Para proteger el contrato social, las autoridades deberán reaccionar. ¿Aumentará la supervisión fiscal o el sistema político intentará compensar su debilidad en un área fortaleciéndose en otra? ¿La evasión fiscal crecerá como una enfermedad contagiosa y el desprestigio de las autoridades caerá? No podemos decirlo, pero algo sucederá. Volveremos a esto más adelante porque este es el corazón del problema que enfrenta Chile.13, 14

Rousseau, la voluntad general y la parte indivisible del todo

Aunque la lógica del argumento de Rousseau es impecable, mucha gente no se siente llamada por ella. Dedicaremos algunas páginas a explorar esto.

Una razón proviene de la frase que sigue a la anterior en El contrato social (Rousseau, 1762):

Entonces, si dejamos a un lado todo lo que no pertenece a la esencia del contrato social, veremos que podemos reducirlo a los siguientes términos: cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y a cambio cada miembro se convierte en una parte indivisible del todo.

El punto es cuál es la “voluntad general” y en qué sentido uno es una “parte indivisible” del todo. Algunos sostienen que la “voluntad general” no existe y que no es más que una excusa para justificar la opresión de la minoría por la mayoría. Otros protestan porque una “parte indivisible del todo” es inaceptable, ya que niega los derechos del individuo.

No creemos que sea absurdo especular que si Rousseau pudiera reescribir este párrafo, si hubiera podido prever cómo posteriormente algunas fuerzas políticas interpretaron la “voluntad general”, por ejemplo bajo el comunismo, probablemente dudaría en usar expresiones como “cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder” bajo la dirección suprema de la voluntad general, que en ese caso particular corresponde al partido único.

Lo que nos hace pensar esto es el objetivo declarado por Rousseau al inicio de la obra, y que debe iluminar la interpretación de sus escritos. Rousseau, como Locke y Montesquieu, busca establecer la legitimidad del gobierno sobre la base de la conveniencia individual de cada ciudadano bajo una lógica de libre adhesión. A pesar de su aspiración a derechos universales, el enfoque de Rousseau a fin de cuentas se puede situar dentro del individualismo metodológico, debido a que su contrato social requiere que cada individuo considere que su adhesión le conviene.

Así, Rousseau plantea al comienzo del capítulo VI que su objetivo es:

encontrar una forma de asociación que pueda defender y proteger con toda la fuerza de la comunidad a la persona y la propiedad de cada asociado, y por medio de la cual cada uno, junto con todos, puede obedecer solo a sí mismo y permanecer libre como antes. Tal es el problema fundamental del que el contrato social proporciona la solución.

No debería ser necesario hacer más comentarios a esta prosa tan clara.

La lógica contractualista aspira a la existencia de un gobierno legítimo; uno que pueda requerir a cada ciudadano que aporte lo que en términos de justicia le corresponde aportar. Según algunas interpretaciones, tal gobierno puede alcanzar un tamaño considerable. Sin embargo, el tamaño del Estado y la opresión de los ciudadanos son dos problemas diferentes. Posiblemente hoy no existen países donde haya más libertad que donde tienen más gobierno; o sí, un ejemplo, Escandinavia. Y a su vez, posiblemente no hay países donde no se ejerza mayor opresión del ciudadano común que donde el gobierno sea muy débil o casi inexistente, como en muchos países africanos. En algunos de estos casos, las sociedades están sujetas a dos formas diferentes de opresión.

Una es la opresión del Estado; algo a lo que el contractualismo se opone fervientemente. Otra es la opresión de otros agentes privados. Por lo general, esto no es una consideración directa del contractualismo, pero ciertamente debería ser una de manera indirecta. De hecho, la opresión entre las partes privadas puede explicarse por la negligencia o las fallas de supervisión del Estado respecto del ejercicio de la fuerza entre privados.

Creemos no exagerar si postulamos que la paz y la libertad son siempre responsabilidad de los gobiernos e, independientemente de quién provoque la opresión, los ciudadanos esperan que sus autoridades creen las condiciones para que haya paz y libertad.

La caricatura del Leviatán

El problema, de acuerdo con Binmore, radica en que tanto la izquierda como la derecha caricaturizan el Estado, el Leviatán.

La izquierda piensa en un Leviatán “ingenuo”, inclinado hacia el bien común. El Estado es enorme, parece sólido e inmutable, pero es víctima de fracasos, captura y corrupción. Es sincero asumir una inclinación innata del Leviatán hacia el bien común. Sin embargo, la búsqueda del bien común debe ser el estándar por el cual juzgamos las acciones del Estado. La búsqueda del bien común no debe ser un supuesto de trabajo con el que analizar el Estado, sino un estándar con el que medimos lo que hacen los funcionarios y las políticas estatales. Es con respecto a ese estándar que podemos identificar las fallas del Estado e inducir reglas, condiciones e incentivos para que el resultado se acerque al bien común.

Con respecto a la derecha, Binmore dice, reflexionando sobre la idea de Margaret Thatcher de que no existe la “sociedad”, que el rechazo del ingenuo Leviatán se transforma en la derecha en un rechazo a cualquier forma de Leviatán. Tal posición no puede defenderse, excepto por razones estrictamente ideológicas.

Dejemos de lado los bocetos y busquemos soluciones realistas en el mundo del segundo mejor.

Desde la lógica contractualista, una política pública es deseable si aumenta la libertad de las personas y fortalece la cohesión de la ciudadanía. Tal cohesión no significa igualdad y menos dictadura. Esto último es lo que, según Binmore, Thatcher temía: que cualquier Leviatán que no sea el mínimo se vuelva tiránico.

En la lógica de la teoría de juegos que desarrolla Binmore, la interpretación de la cohesión es sutil: se trata de generar, en un contexto de incertidumbre e información imperfecta, condiciones de igualdad suficiente para que prevalezca un mínimo de lealtad entre los participantes que el contrato social permite.

¿Podríamos cambiar, en la oración anterior, la palabra igualdad por bienestar o ingresos? Supongo que la respuesta es no. La razón principal es que la igualdad a la que nos referimos no se trata de ingresos, sino de igualdad en términos de derechos y deberes.

Igualdad de derechos y deberes versus desigualdad de resultados

Los derechos en los que estamos pensando tratan de que los ciudadanos obtengan beneficios directos derivados de ser parte del contrato. Esos beneficios deben nutrirse permanentemente. Es un error pensar que este cálculo que se le pide al individuo es un evento único; más bien, es un ejercicio permanente.

La “mayor fuerza para proteger lo que tienes”, que plantea Rousseau, es un beneficio que, una vez establecido, las sucesivas generaciones lo consideran natural. La igualdad de los ciudadanos ante la ley no se valora, excepto cuando un país entra en dictadura. Este claro beneficio contractualista, ya no recibe el mismo reconocimiento hoy que cuando se alcanzó durante los siglos XVIII y XIX. La estabilidad del contrato social requiere que los ciudadanos reciban beneficios directos que valoren. Ellos sirven para reforzar su necesaria lealtad hacia aquellos a los que entregamos parte de nuestra libertad.

Paralelamente, es crucial solicitar a los ciudadanos que cumplan con sus obligaciones. La visión conservadora es que esto es de naturaleza moral: dado que una persona obtiene beneficios que se derivan de ser parte de una asociación, se le debe exigir a esa persona para que cumpla con su contribución. El conservador busca evitar el free riding, es decir, el abuso por parte de algunos, del esfuerzo al que muchos contribuyen.

Desde el punto de vista contractual, el requisito de hacer cumplir deberes es de una dimensión superior. Este es necesario por una razón abstracta y lejana a las preocupaciones de los ciudadanos: la existencia misma del contrato social, su estabilidad. El free riding es indeseable porque fomenta un tipo de comportamiento incompatible con la existencia del contrato social. De aquí surge un imperativo de exigencia de deberes de la mayor relevancia.

Cristina Bicchieri (2005), en The Grammar of Society, sostiene que las instituciones —en un sentido amplio— se basan en expectativas autocumplidas. Es decir, si las personas creen que un grupo suficientemente grande de personas actúa de acuerdo con una determinada norma, entonces ellas mismas se sentirán inclinadas a comportarse de acuerdo con ella. Así, por ejemplo, se dice que la disposición a pagar impuestos depende de cuán

frecuente sea el pago de impuestos en una sociedad.

Un estudio realizado por investigadores del Instituto Universitario Europeo muestra que la evasión fiscal promedio es similar entre los ciudadanos suecos e italianos. Sin embargo, es más probable que los suecos sean completamente deshonestos y produzcan grandes fraudes. Por su parte, los italianos muestran con mayor frecuencia un comportamiento moderadamente deshonesto. En Suecia, como la evasión fiscal está fuertemente penalizada, en las instituciones formales e informales, una vez que alguien decide cometer fraude, es más probable que sea grande. En Italia, como la sociedad es más permisiva, el delincuente no está excluido de la vida social si es moderadamente deshonesto. Las instituciones importan.

La necesidad de exigir deberes no proviene de la moralidad individual, sino del impacto sistémico de no cumplirlos: para que las instituciones funcionen, es necesario que los miembros tengan razones para creer que su contribución es proporcional a las contribuciones de otros; es por eso que aquellos que no colaboran deben ser penalizados. Para que el contrato social funcione lo más cerca posible del ideal de la asociación voluntaria, es necesario evitar crear condiciones para que las personas piensen que su contribución es injusta. Si usted ve que alguien no cumple con sus obligaciones y evade impuestos, o no separa la basura en los lugares adecuados, probablemente usted no permanecerá inmutable. Es razonable plantear que usted estará inducido a pensar que la acción del vecino implica que probablemente la contribución que usted hace —el monto que paga en impuestos o su esfuerzo de reciclaje— es excesiva. Así, va a tener alguna razón para pensar en eludir impuestos o poner menos esfuerzo en el reciclaje. Para reforzar la eficiencia del contrato social y, por lo tanto, la naturaleza voluntaria de la asociación, es necesario exigir a quienes se beneficien de él que cumplan con su parte del acuerdo.

No se trata solo de que los ciudadanos aporten su parte a la asociación, sino de que la distribución de los cargos y beneficios sea percibida como justa. Para que haya justicia, se requiere que, en diferentes dimensiones, ciudadanos iguales sean tratados por igual. En el lenguaje de la teoría de las finanzas públicas, debe haber equidad horizontal. Esta igualdad no es absoluta.

Una asociación libre tolera desigualdad en los resultados o desigualdad vertical. El punto es que estas desigualdades no provengan de un desequilibrio entre derechos y deberes en el contrato social —como desigualdades protegidas por instituciones anquilosadas o privilegios anacrónicos—, sino como consecuencia de elementos adscritos a cada individuo. Algunos de esos elementos son parte de la “lotería natural” y algunos pensadores pueden incluso sugerir que las loterías naturales son injustas. Este es un punto político relevante, pero supongo que aquellos no son de primera importancia. De hecho, vemos personas superdotadas que no tienen problemas para mostrar su riqueza y no vemos personas quejándose de ello. La gente se queja de los salarios de los banqueros, pero porque sospechan que no hay habilidades particulares que los expliquen.

De esta manera, en los países más desarrollados observamos que hay desigualdades tolerables. La explicación más razonable es que son compatibles con la noción de asociación libre aquellas desigualdades resultantes de diferentes preferencias para el trabajo, debido a las habilidades inherentes de la persona o los diferentes grados de exposición al riesgo. En un contrato social estable, es necesario crear condiciones para que los participantes consideren que las desigualdades se atribuyen más a diferentes formas de mérito (esfuerzo, habilidades, disposición), y no a diferentes formas de privilegio (exclusión, segregación, violencia).

La construcción de la voluntad general

Con respecto a la “voluntad general”, diremos que es la voluntad que surge del proceso democrático que la sociedad se da libremente y que se caracteriza porque contempla mecanismos de protección a las minorías. No desconocemos que en este proceso existe el riesgo de que la minoría sea oprimida por la mayoría. Obviamente, la materialización de tal riesgo iría en contra del principio de asociación voluntaria que buscamos. Una minoría que sienta que sus derechos no son respetados, dirá que no tiene sentido adherir al contrato y, en lo posible, se alejará. Ejemplo de esto es el caso de Escocia dentro del Reino Unido, de Cataluña en España, de Quebec dentro de Canadá y eventualmente del pueblo mapuche en Chile. En algunos casos, si dicho alejamiento no se puede manifestar democráticamente, la experiencia de Irlanda respecto de Gran Bretaña o del País Vasco respecto de España, indica que el alejamiento ocurre en las formas de protesta, boicot o incluso terrorismo.

El problema es que también es posible lo contrario: la minoría puede oprimir a la mayoría.

Eso sería una violación flagrante del principio de la libre asociación. La opresión de la minoría está asociada con gobiernos autoritarios de diferentes tipos. En el caso de Chile, esto se ejemplifica brutalmente en la dictadura, cuando su ideólogo principal, Jaime Guzmán, declaró que la gran virtud de la institucionalidad que estaban planteando era que “cuando los otros gobiernen”, es decir, cuando él sea minoría y la oposición a Pinochet sea mayoría, la Constitución no les permitirá hacer algo muy distinto de lo que lo que él mismo haría. A pesar del prestigio que Jaime Guzmán tenía en ese momento entre los constitucionalistas, esta frase es un error analítico serio. Sin embargo, de cara al futuro, la opresión de la mayoría por parte de la minoría parece de menor prioridad analítica. Aceptando que se nos pueda acusar de ser ingenuos, no profundizaremos en ello.15

Lo que interesa es el riesgo más frecuente: que la mayoría sea opresiva, en el sentido de que, utilizando mecanismos democráticos, esa mayoría no respete los derechos básicos de la minoría. El desafío es identificar las normas y criterios que, protegiendo los intereses de la minoría, permiten a los intereses mayoritarios una acción de gobierno.

El espíritu del contractualismo requiere asegurar que, bajo condiciones de libre asociación, la construcción de la voluntad general respete los derechos de las minorías, pero que la orientación de las políticas refleje los intereses y preferencias de la mayoría. Esto requiere un diseño cuidadoso de procedimientos, tanto en sustancia como en forma. De esta manera, Larraín (2020 a) plantea que esto significa identificar los contornos de un marco institucional y reglas de funcionamiento interno que mejoren el proceso democrático.

El uso de la coerción estatal

Cada individuo debe estar razonablemente dispuesto a dar de sí mismo a toda la comunidad y debe percibir que “adquiere (respecto del resto de la comunidad) por lo menos el mismo derecho que cede”. Para esto, no solo las reglas de la política deben ser preestablecidas y razonables, sino que se debe garantizar a los ciudadanos un razonable y transparente uso de los poderes coercitivos del Estado, lo que supone un sistema judicial independiente y eficaz. Esto quiere decir que un buen sistema institucional no puede “cargar los dados” en algún sentido; una institucionalidad que persistentemente favorece a algunos grupos es perniciosa. La estrategia de los republicanos en Estados Unidos que pretende “conquistar” la Corte Suprema para influir en la interpretación de las leyes pone en riesgo un elemento crucial, como es la neutralidad ex ante del órgano interpretativo de la Constitución.

La corrupción y el mal uso del aparato represivo del Estado son formas, desgraciadamente más comunes hoy de lo que quisiéramos, que desequilibran esta relación entre lo que cada uno contribuye y recibe del contrato social. La corrupción sesga el uso de algún organismo del Estado en favor de intereses económicos. El frecuente y desproporcionado uso de la fuerza represiva contra grupos identificables, como el caso de la muerte de Camilo Catrillanca, ciudadano chileno de origen mapuche, o el asesinato de George Floyd, ciudadano afroamericano en Estados Unidos, son ejemplos de ello.

Todas esas acciones destruyen la lógica de asociación voluntaria que pretende el contrato social. Si el derecho que se otorga sobre uno mismo no se retribuye en alguna proporción razonable, ¿en virtud de qué ciudadanos razonables optarán por ser leales con las instituciones que los gobiernan? ¿Por qué pagar impuestos si el Estado es ineficiente y corrupto? ¿Por qué adherir a leyes hechas para favorecer sistemáticamente a las mismas personas? ¿Por qué respetar las instrucciones de los poderes públicos si la violencia estatal recae con demasiada frecuencia en las mismas personas?

La deslegitimación de las instituciones democráticas está relacionada con esta dinámica.

Importancia y debilidades del contractualismo

John Rawls, en A Theory of Justice (1971), propone que el contractualismo de Locke, Rousseau o Kant nunca ha tenido la intención de señalar que en los hechos se alcance algún contrato, sino que se busca algo más sutil e inteligente: un principio de justicia subyacente para que la sociedad pueda funcionar lo más cerca posible de un esquema voluntario.

Tal principio permitiría que las personas libres e iguales acuerden obligarse mutuamente. En términos económicos, esta obligación mutua debe entenderse en dos sentidos. Primero, como una obligación de contribuir a la provisión de bienes públicos necesarios para que la sociedad funcione correctamente. En segundo lugar, como tolerancia a las diferentes formas de intervención estatal, esencialmente coercitivas, pero necesarias para promover el interés público, como la regulación.

De existir, este principio permitiría argumentar que las obligaciones mutuas son autoimpuestas por miembros autónomos de esta sociedad. El requisito básico que debe caracterizar al grupo de obligaciones mutuas es que su carga sea equitativa. Es en este sentido que, en la perspectiva rawlsiana, cuando se habla de justicia, se piensa en “justicia como equidad”. Si la carga de las diversas obligaciones mutuas se distribuye equitativamente, el contrato social es viable. Desde esta perspectiva, la justicia es la característica principal de las instituciones en una sociedad libre y democrática. Esta noción de justicia no se refiere a los resultados, sino a la carga de las obligaciones recíprocas.

En la teoría contractualista, el principio de justicia se estableció como uno de igualdad en una “posición original”, que se consideraba como el estado de la naturaleza. Por supuesto, esto no se refiere a un momento histórico preciso, ni a la situación existente en alguna cultura primitiva. La posición original era, por lo tanto, un concepto difuso.

La contribución de Rawls a esta reflexión es que la posición original debe entenderse como esa situación hipotética que permite desarrollar un principio de justicia sin prejuicios. El problema es que nuestra idea de justicia probablemente esté influenciada por la posición que ocupamos en la sociedad. Los ricos considerarán que lo que tienen les pertenece en justicia porque, ellos o sus antepasados, han hecho esfuerzos para acumularlo. Los pobres afirmarán que la sociedad no les ha dado las oportunidades correspondientes y que su precaria situación obedece a las condiciones que se les han impuesto desde hace mucho tiempo. Los ricos pedirán al Estado medidas que, desde la perspectiva de los pobres, pueden ser amenazantes, como la flexibilidad laboral. Los pobres votarán por medidas redistributivas que los ricos considerarán inaceptables y contrarios a los incentivos económicos. Así, la idea de justicia que cada uno tiene se correlaciona con su posición en la sociedad.

Rawls necesita excluir estas posiciones subjetivas del principio de justicia. Una característica que debe tener la posición original es que en ella nadie sabría (ex ante) el lugar que tendría en la sociedad, su clase social, su estatus, fortuna, inteligencia o fuerza. Tal principio de justicia, argumenta Rawls, solo puede surgir detrás de un “velo de ignorancia”, un esfuerzo deliberado para no considerar toda esa información. Solo de esta manera el principio de justicia resultante puede favorecer a alguien en particular.

¿Qué cobertura y qué calidad deben tener los servicios de salud pública? ¿Cuál debería ser el procedimiento para fijar el monto de una expropiación? ¿Cuál debería ser el beneficio de pensión básica? ¿Cuál debería ser el motivo de las fuerzas de seguridad? ¿Debería haber un ingreso básico universal? ¿Cómo facilitar que las empresas innoven y adopten nuevas tecnologías para ser competitivas? ¿Deberíamos buscar una forma de proteger a los desempleados como resultado del cambio tecnológico?

Para responder estas preguntas en un contexto rawlsiano, debiéramos ignorar nuestra posición como empleado o empleador, propietario del capital o proveedor de servicios laborales, del sector agrícola o minero, ambiental o industrial. Solo si cada miembro de la sociedad lo piensa separándose de sus intereses particulares, es posible que surja el interés público. Siguiendo este principio de justicia, se puede argumentar que las obligaciones recíprocas que surgen de él podrían ser el resultado de un acuerdo equitativo (justo) y libre entre los individuos.

La crítica comunitarista

El punto de partida de esta escuela es una doble reacción a la teoría rawlsiana. Por un lado, Rawls tiene una aspiración universalista, en el sentido de que aspira a alcanzar un principio único de justicia. Para el comunitarismo cualquier juicio dependerá de cómo las personas vean el mundo y no tiene mucho sentido buscar un principio al abstraerse de las creencias, prácticas e instituciones reales en las que viven los individuos. Por otro lado, Sandel y otros dentro del movimiento comunitario critican a Rawls por su visión excesivamente individualista del ser humano, dado que el contrato social al que aspira es uno en el que cada individuo se adhiere sobre la base de su conveniencia personal.

Sandel dice en Justicia: ¿qué es lo correcto? (2010) que “es cierto que la mayoría de nuestros argumentos tratan de promover la prosperidad y respetar la libertad individual”, pero no podemos ignorar que de hecho nos importa “qué virtudes son dignas de honor y recompensa, y qué forma de vida debería promover una buena sociedad”. Sandel argumenta que no existe oposición entre la búsqueda de la prosperidad y el respeto de las libertades individuales, y este aspecto del paradigma de la justicia que se refiere a cómo se debe vivir una buena vida.

Después de ilustrar su punto con muchos ejemplos, como suele escribir Sandel, el autor concluye que el consentimiento no es un argumento suficiente para respetar un contrato en todos los casos imaginables. Según Sandel, hay dos límites morales para el contrato. Primero, ese consentimiento no garantiza la equidad del contrato. De hecho, hay muchos casos imaginables (y reales) en los que existe el consentimiento de las partes, pero en los que la posición negociadora es totalmente asimétrica. Un ejemplo obvio ocurre con un monopolista y un consumidor que aceptan un contrato de venta, pero en condiciones desproporcionadamente favorables para el primero. Segundo, el consentimiento puede no ser suficiente para crear una obligación. En una relación comercial, las partes están obligadas a hacer algo bajo el contrato. Esa obligación es exigible en los tribunales. En el caso social, sin embargo, la “obligación” surge de un contrato ficticio. Lo que buscamos es crear condiciones para una adhesión probabilística a los términos del contrato, no obligaciones mutuas reales. No es una obligación exigible, porque al ser un acuerdo político, más bien se trata de generar condiciones para que sea más probable que se cumpla. Esto no sucede en casos extremos. Según Sandel, el contractualismo tendría una dosis de ingenuidad que puede conducir a una mala interpretación.

La dinámica del contrato social para borrar la violencia encarnada

Dentro de la tradición contractualista, Binmore (1996) ofrece un enfoque alternativo basado en la idea de que el “velo de la ignorancia” es un requisito demasiado estricto para ser aplicable. Utilizando la teoría de juegos, Binmore afirma que un contrato social puede entenderse como un equilibrio en el que ningún jugador tiene incentivos para apelar a la posición original con el fin de justificar una reforma. Esto supone que la posición original no puede ser, como argumenta Rawls, un concepto absoluto, un “limbo atemporal” o un “momento fundacional mítico”. El argumento rawlsiano supone un ejercicio sobrehumano: por un lado, hacer una abstracción de cómo se constituye la sociedad en los hechos y, por otro, una abstracción del proceso histórico mediante el cual la sociedad alcanzó su estado actual.

Además, Binmore señala que “cualquier estándar ideal de justicia que elijamos defender debería ser viable en al menos un mundo posible. Además, debería ser un mundo posible que se pueda obtener del mundo en el que actualmente vivimos mediante un proceso que es en sí mismo posible”. El atractivo del velo de la ignorancia es que permite el surgimiento de un principio de justicia; sin embargo, es un requisito excesivo para entrar en funcionamiento. Binmore sugiere una propuesta aplicable pero controvertida en la que el estado de la naturaleza no es nada sino el statu quo actual.16

La gran ventaja del statu quo, en comparación con cualquier alternativa, es que contiene toda la memoria histórica de los miembros de la sociedad. A diferencia de la posición de Rawls, Binmore afirma que esa memoria no puede descartarse ni es posible planificar el futuro de la sociedad como si no existiera.

El problema, por supuesto, es que ese statu quo puede encarnar la violencia pasada. Como dijo Tocqueville, “los abusos del pasado, que se consideraban naturales, dejan de serlo cuando uno percibe la posibilidad de deshacerse de ellos”.

Los arreglos constitucionales en particular, argumenta Shane (2006), tienden a incluir negociaciones políticas controvertidas y caóticas, pero son necesarias para llegar a un acuerdo. En sus propias palabras, al analizar la Constitución de Estados Unidos:

Aunque las palabras “esclavo” y “esclavitud” nunca aparecen en el documento, en un gesto a las sensibilidades de los estados libres, la Constitución prohibió al Congreso detener o incluso gravar el comercio internacional de esclavos antes de 1808 (Art. I, § 9). (...) El artículo que rige la enmienda constitucional protegía la “ventana” de la trata de esclavos por 20 años al prohibir cualquier enmienda que la acortara (Art. V). La Constitución (agrego yo: ¡aún en 2020!) dice que ningún estado puede promulgar leyes que pretendan dar de baja del “servicio o trabajo” a cualquier persona que se escape a ese estado desde otro en el que legalmente están “obligados al servicio o trabajo”. Cualquiera de estos escapados “se entregará a solicitud de la parte a quien se le deba dicho servicio o trabajo” (Art. IV, § 2).17

En este sentido, el marco institucional actual puede “encarnar la violencia pasada”.18 La ilegitimidad de origen que se reclama de la Constitución chilena tiene el mismo problema: encarna violencia pasada.

Binmore sugiere que cualquier persona debe ser capaz de invocar a la posición original para revaluar lo que es justo, porque nadie está obligado a respetar los acuerdos hipotéticos alcanzados en el pasado. Esto quiere decir que los acuerdos precontractuales deben ser pocos si queremos que el contrato social evolucione y borre lo que quede de violencia incrustada en las instituciones actuales. El contrato social debe mejorarse constantemente y esto debe hacerse dentro de un marco institucional que lo permita.

Desde esta perspectiva, la principal falla de la Constitución chilena actual son sus condiciones de reforma para reflejar las aspiraciones ciudadanas. Esas reglas no solo contemplan un alto quorum para el cambio constitucional mismo, cosa que es común, sino que también la numerosa presencia de Leyes Orgánicas Constitucionales con quorum supramayoritarios más la existencia durante los primeros 15 años de democracia de senadores designados y durante 25 años de un sistema electoral que beneficiaba a la derecha.

La noción de contrato social como equilibrio da la impresión de que el contrato social es precario. Es una observación precisa en nuestra opinión. El contrato social es una institución que necesita ser cuidada y perfeccionada permanentemente, y para eso debe evolucionar. Tal evolución obviamente plantea riesgos para aquellos que se benefician del statu quo, pero no hay alternativa: a medida que cambian las expectativas de los actores, los objetivos de los participantes en una comunidad política evolucionan, las circunstancias los hacen revaluar su pertenencia a esa comunidad, y el marco institucional debe estar sujeto a revisión, si la “voluntad general” así lo desea.

Binmore, quien se declara un defensor de las condiciones de vida burguesas, señala que los más ricos de la sociedad deben entender que “los derechos de propiedad de aquellos que disfrutan dependen del reconocimiento de esos derechos de los más desposeídos”. El conflicto es inevitable desde el momento en que todos los actores sociales “juegan” equipados con diferentes aspiraciones e intereses. En una sociedad sana, hay un equilibrio entre los beneficios de la cooperación mutua y el desgaste que produce la lucha interna. La existencia de un equilibrio requiere convenciones sobre cómo coordinar comportamientos, es decir, cómo resolver conflictos, cómo distribuir las oportunidades, riesgos y costos. El contrato social como equilibrio puede interpretarse como un sistema de coordinación de estas

convenciones.

La institución emblemática del contractualismo:

el Estado de bienestar

En la definición de Rousseau, que afirmamos se puede aplicar a todas las familias contractualistas, el objetivo es generar condiciones para que los individuos maximicen su potencialidad de desarrollo y su libertad, tanto respecto al Estado como a otros ciudadanos. En cuanto a la autonomía respecto del Estado, esto supone imponer al poder político ciertos principios, como la separación de poderes (judicial, legislativo y ejecutivo), la alternancia en el ejercicio del poder y el régimen representativo democrático. En cuanto a la autonomía con respecto a los ciudadanos, esto supone la igualdad de deberes y derechos.

El que cada uno esté disponible para “darse” a la comunidad de manera que nadie obtenga menos de lo que otorga, es posible si el Estado favorece la satisfacción de necesidades que son importantes dado el tipo de vida que llevan los ciudadanos de este contrato social. En muchos casos, esas necesidades se resuelven usando el mecanismo de mercado. Sin embargo, usualmente los mercados segmentan clientes proponiendo soluciones de distinta calidad en función del ingreso. El problema aparece cuando el sistema produce una segmentación de calidad que ofende ciertos valores sociales. Por ejemplo, cuando la ley permite que una clínica o un hospital exija dejar una garantía para acceder al servicio de urgencia, está permitiendo que pacientes de menores ingresos no reciban tratamiento cuando más lo necesitan.19 Cuando la satisfacción de alguna necesidad requiere una forma de distribución especial, alejada de la lógica de mercado, estamos en presencia de un derecho social.20

La forma por excelencia de satisfacción de estas necesidades en los países occidentales ha sido el Estado de bienestar que, con distintas estructuras, coberturas y objetivos, está presente en todos los países desarrollados.

Hay críticas al Estado de bienestar, cuyo objetivo real es cuestionar la existencia de un contrato social. De esta manera, vale la pena detenerse un poco en este debate.

Sandel (1996) señala que los defensores del Estado de bienestar lo hacen dentro de la lógica contractualista porque “respetar la capacidad de las personas de elegir sus propios fines significa proporcionarles los requisitos materiales necesarios para la dignidad humana, como alimentos y vivienda, educación y empleo”. En otras palabras, desde un punto de vista contractualista, una consecuencia del Estado de bienestar es expandir los espacios de libertad que disfrutan los individuos.

Entre las muchas dimensiones que tiene este problema, una que es importante para nuestra discusión se refiere a la descomodificación del servicio provisto. Lo que hace especial al Estado de bienestar es que reconoce la dignidad de los receptores, por lo que requiere crear condiciones que hagan posible el tratamiento humano. El Estado de bienestar proporciona servicios que, desde la perspectiva del receptor, podríamos calificar como de gran relevancia existencial. El Estado de bienestar provee servicios cuando las personas se encuentran en una situación precaria: una mujer embarazada que va a dar a luz, una paciente con enfermedad terminal que lucha por su vida, una anciana que requiere una pensión de vejez o niños huérfanos que requieren una pensión de la supervivencia son casos extremos de eso.

Es por eso que autores como Gosta Esping-Andersen (1990) afirman que “el criterio principal de los derechos sociales debería ser el grado en que permitan a las personas desarrollar niveles de vida independientes de las fuerzas del mercado puro. En este sentido, los derechos sociales disminuyen el estatus de ‘mercancía’ de los ciudadanos”, y por lo tanto aumentan su libertad.

Es curiosa la contradicción entre esta interpretación del Estado de bienestar como fuente de libertad, y la visión exactamente opuesta de Hayek, a saber, que el Estado de bienestar es un “camino de servidumbre”. De hecho, en 1942, cuando Beveridge publicó el informe que dio origen al Estado de bienestar británico, Hayek, traumatizado por los Estados totalitarios nazis y soviéticos, predice que la extensión del Estado de bienestar es solo el comienzo de un camino de sumisión de los individuos al capricho de los estados y sus gobernantes.

Es evidente a nivel teórico que ambas concepciones se pueden defender y/o atacar de forma aislada. Uno puede imaginar políticos corruptos que explotan los beneficios del Estado de bienestar para sobornar a los beneficiarios, en cuyo caso perderían la libertad y se someterían a sus deseos. Pero esto implica la ausencia o fragilidad del Estado de derecho, porque en el Estado de bienestar los beneficios deben asignarse de acuerdo con criterios preestablecidos.

La cuestión de si existe o no un Estado de bienestar para la promoción de la libertad debe resolverse empíricamente. Aunque es evidente que existen problemas en los estados de bienestar, por ejemplo, con respecto a su sostenibilidad financiera, es evidente a nivel empírico que ni el Estado de bienestar británico ni ningún país occidental terminaron en amenazas a la libertad. Más bien sucedió lo contrario: no hay países más libres que aquellos en los que se ha puesto en marcha alguna forma de Estado de bienestar.

Lecciones para Chile

No es paradójico que a pesar de todos sus logros en materia de crecimiento económico y disponibilidad general de bienes y servicios, Chile haya vivido un creciente clima de inestabilidad social que culminó con el estallido social de 2019. La razón que esgrimimos en este artículo es que solo alguien usando una visión utilitarista del mundo podría sorprenderse. Cualquier lectura contractualista es compatible con esta situación ambivalente: progreso y crisis.

Una vez que uno acepta esto, surgen consecuencias interesantes para el caso chileno, pero entre ellas las principales que ilustra este análisis es que un marco institucional sano se caracteriza y requiere cumplir con lo siguiente:

1.El contrato social es un delicado equilibrio de expectativas de agentes sociales, políticos y económicos.

2.El marco institucional debe generar condiciones para que las personas sientan que su sometimiento voluntario a las leyes resulta conveniente porque obtienen a cambio garantías superiores de que podrán realizar el modo de vida que quieran.

3.Esto supone que los mecanismos de donde surgen esas leyes son neutros ex ante.

4.Resulta crítica la supervisión eficaz del cumplimiento de las leyes. Esto implica que el Estado debe velar por la simetría en los esfuerzos desplegados para inducir ese cumplimiento.

5.La corrupción atenta contra la estabilidad del contrato social porque sesga tanto el mecanismo de generación de las leyes como sus procedimientos de supervisión.

6.El uso arbitrario y opaco del poder coercitivo del Estado atenta contra la estabilidad del contrato social porque induce a la rebelión contra las leyes y su supervisión.

7.El marco institucional debe evolucionar a tiempo para acomodar los cambios en las formas de vida de las personas y sus expectativas de satisfacción de necesidades.

8.El marco institucional debe equilibrar los roles del Estado y del mercado con formas alternativas de participación ciudadana en lo político, social y económico. En lo político, esto favorece que los intereses ciudadanos se expresen de mejor forma si el sistema representativo falla. En lo social, favorece atender necesidades con más flexibilidad que la que permite el Estado. En lo económico, permite canalizar mejor las capacidades de individuos con alta motivación intrínseca y sentido de misión.

Capítulo III

El problema constitucional de Chile

Pero si tú me domesticas, nos necesitaremos mutuamente. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti, único en el mundo.

Antoine De Saint Exupéry, El Principito

Una Constitución debiera ser, como lo sugiere el título del libro de Patricio Zapata, una casa para todos. En efecto, como una casa, la Carta Fundamental debe permitir que todos sus habitantes puedan desarrollar en ella sus destinos de manera libre y protegidos de los riesgos circundantes. La casa tiene muros; la Constitución tiene límites que forjan su estructura y dentro de los cuales los ciudadanos podemos desplegar nuestras actividades y

planes de vida, pero que no se deben traspasar.

La Constitución chilena actual ha sido reformada muchas veces, más que cualquier otra en nuestra historia. Inicialmente fue impuesta por la dictadura en 1980, luego sufrió cambios importantes tras los acuerdos de 1988, que permitieron la transición a la democracia, y finalmente la última gran reforma del año 2005.

Como vimos en el capítulo I, esta Constitución ha coincidido con un período de alto crecimiento económico. No es evidente que entre ambos fenómenos haya una causalidad, es decir, no podemos decir a ciencia cierta si el crecimiento chileno tiene que ver con la Carta Fundamental o tiene que ver con políticas que pudieron ser adoptadas bajo cualquier régimen constitucional. Sin embargo, sí se puede constatar, como lo hicimos, que existe una correlación positiva.

Tres consecuencias de construir una casa que no pretendía ser para todos

La Constitución de 1980 y el proceso previo que le dio origen partieron sin ser —ni pretender ser— una casa común. El “proceso constituyente” de la dictadura comenzó apenas los militares tomaron el poder. Así, el DL 128, de noviembre de 1973, en su artículo 3º, señalaba:

El Poder Constituyente y el Poder Legislativo son ejercidos por la Junta de Gobierno mediante decretos leyes con la firma de todos sus miembros y, cuando estos lo estimen conveniente, con la de el o los Ministros respectivos.

Las disposiciones de los decretos leyes que modifiquen la Constitución Política del Estado, formarán parte de su texto y se tendrán por incorporadas en ella.

Este artículo significa, en la práctica, que se derogó la Constitución de 1925, pues todo decreto ley automáticamente la reformaba. En los hechos, entre 1973 y 1980 Chile vivió sin Carta Fundamental.

Concebida entre cuatro paredes y aprobada en un plebiscito fraudulento, la Constitución original de 1980 tuvo además algo único. A diferencia de las Constituciones de 1833 y 1925, ambas aprobadas en contextos no plenamente democráticos, la Constitución de 1980 pretendía imponer un modelo de desarrollo y buscaba hacer que fuera muy difícil cambiarlo.

Esto lo dijo claramente Jaime Guzmán en un artículo publicado en 1979 denominado “El camino político”. Allí dice que la nueva Constitución aspiraba a que:

Si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque —valga la metáfora— el margen de alternativas que la cancha imponga de hecho a quienes juegan en ella, sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario.21

La intención de la dictadura entonces no fue crear una “casa de todos” sino una “casa de ellos”, en la cual el resto de los chilenos actuaran como invitados.

Desde la lógica contractualista, surge una primera gran crítica a la Constitución: fija reglas del juego con los “dados cargados”, es decir, pretendiendo que el resultado del juego les favorezca a algunos. Esto niega de plano la lógica contractualista, que requiere que se generen condiciones para que cada uno esté en disposición de entregarse a todos. Es claro que ello requiere que la institucionalidad se rija por una norma de justicia básica, neutra, que no tome partido por alguna fuerza política en particular.

La reforma de 1988, que fue una condición para la recuperación pacífica del régimen democrático, y luego las 16 reformas posteriores —en particular la reforma de 2005, la más ambiciosa y comprehensiva de todas— han pretendido acomodar los deseos y aspiraciones de esos chilenos excluidos en 1980. La casa que inicialmente era de algunos, poco a poco ha ido permitiendo que los chilenos encuentren en ella un espacio. Hay un principio de justicia que se fue haciendo un espacio en la institucionalidad, y que es esencial para que el contrato social funcione.

Sin embargo, su éxito fue limitado. En los últimos años se produjeron varios casos donde se manifestó el sesgo en la actuación particular del Tribunal Constitucional. En el ámbito social, el TC decidió anteponer un “no” a una frase en la Ley de Aborto en tres causales, revirtiendo la obligatoriedad de los centros de atención de salud que recibieran fondos estatales a implementar la citada ley. En algo más ligado a la economía, el propio TC decidió eliminar una serie de párrafos en la ley que promovía la Negociación Colectiva, de tal suerte que deshizo los acuerdos que la discusión democrática había alcanzado.

La norma de justicia que indica que la institucionalidad no debe tomar partido en favor de nadie “dentro de la casa”, en Chile sí lo ha hecho. Para una cantidad importante de chilenos es crecientemente una causa de inquietud. Esta es la primera gran crítica a la Constitución.

Como decíamos, bajo el imperio de esta Constitución Chile progresó como nunca en su historia, pero no es evidente cuánto de este éxito es atribuible a la Constitución y cuánto al mejor manejo político y económico que tuvieron los gobiernos de la Concertación desde el regreso a la democracia. De los aciertos, pero también de sus errores, me declaro solidario de las decisiones tomadas por nuestras autoridades de la época. No obstante haber ejercido cargos técnicos relevantes en los gobiernos de Frei Ruiz Tagle, Lagos y Bachelet, si me hubieran preguntado qué hacer en el ámbito político, reconozco que posiblemente hubiera tomado decisiones iguales o similares. Hoy se olvida o no se entiende el contexto en que se tomaron esas decisiones.

Esta declaración es importante para darle credibilidad a la frase siguiente: aun reconociendo la brillantez de esta época, desde ya más de una década han aparecido rendimientos decrecientes en el proceso de reformas.

Aquello que dio un impulso al crecimiento de Chile está desacelerándose.22 En los últimos 10 años, Chile creció en términos per cápita a tasas solo marginalmente superiores a las de países desarrollados. En Guillermo Larraín (2020), se aprecia que esta es una manifestación de la denominada trampa del ingreso medio. El problema de fondo es, en términos genéricos, de naturaleza institucional: cuando las instituciones dejan de ser eficaces para promover comportamientos adecuados desde la perspectiva del desarrollo, deben evolucionar. Sin embargo, no todos los marcos institucionales facilitan tal evolución. De hecho, como lo mostramos recién, la idea original de los ideólogos de la Constitución era que no hubiera evolución, salvo si satisfacía la visión de mundo de la derecha.23

Aunque desde la lógica institucional esta representa la segunda crítica a la Constitución chilena, en términos económicos es su principal falla de diseño. El termómetro con el que podemos medir esto es la productividad total de factores. Este concepto, cuya sigla es PTF, se refiere a la capacidad de crecimiento de una economía que se explica por cosas distintas del crecimiento de la población y de la acumulación de capital. De esta manera, la PTF refleja el impulso de crecimiento derivado de la forma en que trabajo y capital interactúan. Si dicha interacción es de calidad, la PTF crece. Pero al hablar de interacción, hacemos referencia inmediatamente al marco institucional que fija sus reglas, porque una definición de institución aceptada en economía es aquel conjunto de reglas que moldean interacciones repetitivas y estructuradas (Ostrom, 2005).

Pues bien, después de crecer a tasas muy elevadas en los años 90, desde el año 2000 la PTF prácticamente se estancó. El gran desafío es encontrar dónde, en el entramado institucional, se encuentran las fallas que produjeron este freno. ¿Qué interacciones muestran fallas en Chile de manera sistemática?

En Atria et al. (2013) se señalaba que una traba ideológica impide al país acometer sistemáticamente políticas de desarrollo que enriquezcan la matriz productiva chilena. Esto tiene sentido porque, al descomponer la PTF por sectores, se aprecia que el problema está en el sector minero, puesto que en el sector no minero la PTF crece razonablemente.

Una tercera falla de la Constitución es lo que podríamos denominar “falta de porosidad”. Un sistema institucional sano debe permitir tratar a tiempo problemas sociales, absorber en la sociedad aquellas inquietudes que requieren un tratamiento institucional. En Chile ello ocurre por azar. Con un

sistema hiperpresidencial y una sociedad muy estratificada, las iniciativas y prioridades de un gobierno tienden a ser aquellas que fluyen hacia el Poder Ejecutivo a través de canales compuestos por personas que interpretan el mundo aproximadamente como lo hacen quienes tienen el poder. Esto ocurre en mayor grado en los gobiernos de derecha, cuyos altos dirigentes tienden a provenir de un mismo sector social.

No obstante estas fallas de diseño propias del marco institucional chileno, debemos reconocer que, en parte por ellas pero también por otras cosas, las instituciones democráticas representativas sufren un creciente desprestigio. El prestigio es importante, porque las instituciones están llamadas a canalizar comportamientos y zanjar conflictos. Cuando una institución está desprestigiada, la parte interesada cuyo comportamiento tiene que controlar o modificar, o aquella que pierde en la solución del conflicto, creerá que como la institución no tiene reputación, puede no acatar la decisión. En ese caso, la institución deja de cumplir el rol de enrielar los comportamientos de los individuos.

El bajo aprecio que los chilenos sienten por sus autoridades e instituciones democráticas, en particular por la Constitución, algo tiene que ver con la frecuencia con la que se ha invocado o se ha amenazado con invocar la Constitución para detener reformas clave. Al pretender imponer una forma particular de organización social, los estrechos caminos de cambio de que dispone la Constitución para la innovación institucional logran un

triple efecto: las autoridades políticas del centro y la izquierda parecieran no servir de mucho, los responsables políticos de centroderecha son percibidos como obstructores del cambio social y la Constitución pareciera ser el instrumento responsable de dicho bloqueo.

La memoria de las instituciones

Las instituciones moldean el comportamiento humano, porque fijan las reglas de la interacción social. Cada necesidad humana, individual o colectiva, tiene o tendrá un correlato con un marco institucional. Como plantean Olson y Kähkönen (2000), en algunos casos la solución institucional puede ser relativamente arbitraria, pues las sociedades requieren una solución y toman la más cercana. La decisión de si se debe conducir por la derecha o la izquierda, da lo mismo. Lo importante es que la institucionalidad consistentemente siga la opción elegida.

Ello va a ocurrir por dos razones económicas. Primero, porque hay un costo de búsqueda de alternativas institucionales que es significativo y los beneficios esperados son usualmente poco claros. Segundo, y más importante aún, los costos de transición de un paradigma institucional a otro pueden ser prohibitivos. Por ejemplo, en 1967 Suecia decidió que en lugar de conducir por la izquierda (a la inglesa) lo harían por la derecha (a la europea continental). Se supone que las ventajas de esta reforma se asociaban al mayor tamaño del mercado europeo continental para la industria automotriz sueca. Quizá haya sido así, pero lo más claro era el costo que tuvieron que pagar: cambiar toda la señalética del país, los semáforos, la obsolescencia del parque automotor previo, etc.

Como lo reconocen economistas y cientistas políticos,24 en las estructuras sociales existen importantes dosis de dependencia temporal, es decir, que un determinado arreglo social tiende a persistir en el tiempo. Por supuesto, el que haya dependencia temporal no quiere decir que dichos arreglos sociales no cambien. De hecho, lo hacen. Lo que quiere decir es que rara vez ocurre un “borrón y cuenta nueva”, en particular en un contexto democrático.

En democracia los arreglos sociales tienen “rigideces” que hacen que evolucionen lentamente. Una razón es que los arreglos sociales existen porque dan respuesta a necesidades que tiene la sociedad en su conjunto o ciertos actores políticos, sociales y económicos dentro de ella. Esas respuestas pueden ser imperfectas desde el punto de vista social, pero mientras quienes se vean beneficiados puedan influir en el proceso institucional, el resultado será de dependencia temporal de una institución respecto de otra.

En contextos no democráticos, un dictador puede pretender refundar el país institucionalmente. Así encontramos a una gama amplia de dictadores refundacionales, desde Lenin y Stalin en la Unión Soviética, hasta Pinochet en Chile, pasando por Mao en China, Ho Chi Minh en Vietnam, Castro en Cuba y Getulio Vargas en Brasil.

En el caso de intentos refundacionales, como ocurrió en Chile con la Constitución de 1980, la dependencia temporal es evidentemente más difícil. Un objetivo explícito de los ideólogos de la dictadura militar fue hacer “borrón y cuenta nueva”, porque se consideraba que el período previo al golpe militar estuvo caracterizado por la irracionalidad y la demagogia. No obstante, hubo dependencia temporal en algunas instituciones no porque su diseño fuera óptimo, sino porque tenían, como señalábamos antes, capacidad de hacerse oír. Por ejemplo, la reforma previsional fue impuesta al país, salvo al principal grupo de poder en aquel entonces, las Fuerzas Armadas, que se opusieron tenazmente al cambio. Ese arreglo tradicional chileno sobrevivió a la reforma impuesta.

Pero, como dice Pierson (2004), una vez que un arreglo se establece, es natural que del proceso político democrático —con las restricciones que enfrente— aparezcan “dinámicas de autorrefuerzo” y “procesos de retroalimentación positiva”, normalmente de parte de aquellos que se benefician de dichos arreglos. Cuando se decide manejar por la derecha, las nuevas obras públicas toman esa decisión como dada y toda la infraestructura se va perfeccionando en función de esa decisión. Cuando una determinada norma se establece, es difícil cambiarla.

La Constitución de 1980 tiene a su favor haber contribuido en alguna proporción a un período de estabilidad y progreso económico en Chile, aunque ello obedece a las particulares condiciones políticas y sociales que siguieron al fin de la dictadura, es decir, mientras duró el temor a retroceder —desde el punto de vista social y político— al período más brutal de la historia de Chile. Una vez reconquistada la democracia y gracias a sucesivas reformas que hicieron viable una transición pacífica, desde la perspectiva del Estado, las libertades individuales se respetaron y, hasta el estallido social de octubre de 2019, no hubo períodos con “estado de excepción” y los conflictos se resolvieron dentro del esquema constitucional (con excepción de los conflictos laborales en el Estado).

Sin embargo, a medida que ese temor ha ido cediendo y la sociedad comenzó a expresar por múltiples medios sus preferencias y aspiraciones, la capacidad de la Constitución de 1980 para contribuir a la estabilidad y progreso de Chile —incluso en su versión 2005— es cada vez más cuestionada.

Por ejemplo, el sistema electoral binominal fue relativamente exitoso mientras la sociedad no manifestaba abiertamente su amplia gama de opciones políticas. Una vez superados dichos temores (en gran parte por la emergencia de las generaciones que no vivieron la dictadura), ese activo se transformó en pasivo, en una camisa de fuerza. La histórica reticencia de la derecha a reformar el binominal indujo a la Concertación a entregar cupos a grupos previamente excluidos (el Partido Comunista y Revolución Democrática).

En parte por esto, por su falla de origen, por el abuso que se ha hecho del rol preventivo del Tribunal Constitucional25 y porque la Carta Fundamental generó espacios de cooptación y corrupción en los partidos políticos, el marco legal no goza de prestigio en la ciudadanía. Un rol sustancial de una Constitución es que sea capaz de encarnar el criterio último respecto de lo que es permisible y lo que no lo es. Hoy —y crecientemente desde hace varios años— la Constitución del 80 no es capaz de ser un instrumento que permita zanjar diferencias; más bien se la considera un cuerpo que favorece una visión ideológica de la sociedad y la economía, la propuesta por el neoliberalismo.

Si por un momento definimos “Constitución” de manera más amplia que el mero texto formado por aquellas leyes que por ser esenciales para organizar el Estado requieren de quorum de reforma supramayoritario, resulta que la Constitución de Chile es de las más extensas del planeta. En EE.UU., Francia y la mayoría de las democracias occidentales, se entiende por ley “supramayoritaria” al texto mismo de “la” Constitución.26 En Chile, en cambio, refiere no solo a la Constitución del 80 reformada, sino a las 21 leyes orgánicas constitucionales cuyo quorum es de 4/7, dos tipos de reforma que requieren 3/5 y nueve leyes de quorum calificado (mayoría absoluta de senadores y diputados en ejercicio).27 Esto significa que el proceso constitucional en Chile debiera buscar la “normalización” de la Constitución, restituyendo la aprobación por mayoría simple de aquellas leyes distintas de la Constitución. Este sería el proceso de “desconstitucionalizar” las leyes.

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