Kitabı oku: «La educación sentimental»
La educación sentimental

La educación sentimental (1869) Gustave Flaubert
Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Edición: Febrero 2022
Imagen de portada: Rawpixel
Traducción: Ricardo García
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
Índice
1 .
2 I
3 II
4 III
5 IV
6 V
7 VI
8 ·
9 I
10 II
11 III
12 IV
13 V
14 VI
15 ·
16 I
17 II
18 III
19 IV
20 V
21 VI
22 VII
.
Primera parte
I
El 15 de septiembre de 1840, a eso de las diez de la mañana, el Ciudad de Montereau, próximo a partir, lanzaba grandes torbellinos de humo en el muelle de Saint-Bernard.
La gente llegaba agitada; los toneles, las maromas y las cestas de ropa blanca entorpecían la circulación; los marineros no contestaban a nadie; los pasajeros chocaban entre sí; de entre los dos cabrestantes de cubierta emergían los bultos, y el alboroto humano se confundía con el silbar del vapor que, escapando por las válvulas, lo envolvía todo en una nube blanquecina, mientras la campana de proa resonaba sin cesar.
Por fin el buque partió, y las dos riberas, flanqueadas por almacenes, arsenales y fábricas, desfilaron como dos largas cintas que se desenrollan.
Un joven de dieciocho años, melenudo y sosteniendo un álbum bajo el brazo, permanecía inmóvil junto al timón. A través de la neblina contemplaba los campanarios y edificios cuyos nombres desconocía; abrazó después, en ojeada postrera, la isla de Saint-Louis, la Cité, Nôtre-Dame; luego, una vez desvanecido París, lanzó un prolongado suspiro.
Frédéric Moreau, recién graduado de bachiller, regresaba a Nogentsur-Seine, donde vegetaría los dos meses siguientes, antes de comenzar la carrera de leyes. Su madre lo había enviado con el dinero justo a El Havre para que viera a un tío, de quien aguardaba que su hijo fuese heredero; Frédéric volvió de allí la víspera, lamentando no poder permanecer en la capital, y regresó a su ciudad por el camino más largo.
El alboroto empezó a ceder; todos ocupaban sus respectivos puestos; algunos, de pie, se calentaban en torno de la máquina, y la chimenea, con lento y acompasado estertor, despedía un negro penacho de humo; algunas gotas de rocío resbalaban por los tubos de cobre; el puente se sacudía por una sutil vibración interna, y las dos ruedas, girando con rapidez, removían el agua.
Playas arenosas circundaban el río; de cuando en cuando encontraban armadías meciéndose al embate de las olas, o bien, en una pequeña barca, a un hombre sentado, pescando; luego, las errantes brumas se esfumaron, salió el sol, y poco a poco se fue hundiendo en la colina que seguía la corriente del Sena por la margen derecha, surgiendo otra, más cercana, en la orilla opuesta. La coronaban algunos árboles, entre achatados edificios de tejados estilo italiano, con jardines en declive, divididos por tapias nuevas, verjas de hierro, céspedes, templados invernaderos y macetas de geranios, espaciados simétricamente en terrazas con sus correspondientes barandillas. Más de uno, al divisar aquellas coquetas y apacibles viviendas, deseaba ser su dueño para vivir en ellas hasta el fin de sus días, con una buena mesa de billar, una chalupa, una mujer o cualquier otra cosa deseada. El placer enteramente nuevo de una excursión marítima facilitaba las expansiones; iniciaban ya las bromas de los más desenvueltos; muchos cantaban y bebían; la alegría era de todos; entonces, el vino hizo su aparición.
Frédéric pensaba en la habitación que ocuparía abajo, en el plan de un drama, en temas para cuadros, en futuras pasiones. Le parecía que la felicidad a que era acreedor por las excelencias de su persona, se retrasaba demasiado. Declamó melancólicos versos; iba por el puente con rápido andar, y así llegó hasta la punta, por el lado de la campana, viendo allí, en un grupo de pasajeros y marineros, a un señor diciéndole galanterías a una aldeana, a la vez que jugueteaba con la cruz de oro que ella lucía en el pecho. Era un hombre bien parecido, de unos cuarenta años y de hirsuta cabellera. Le ceñía el recio busto una chaqueta de terciopelo negro; en su camisa de batista brillaban dos esmeraldas, y su amplio pantalón blanco caía sobre unas rojizas y extrañas botas de piel de Rusia, adornadas con dibujos azules.
No se inmutó con la presencia de Frédéric; incluso, con frecuencia se volvía hacia él y le dirigía interrogadores guiños; después repartió cigarros entre los que le rodeaban; pero hastiado, sin duda, de aquel auditorio, se fue más lejos, y Frédéric le siguió.
En un principio, la charla trató sobre las diversas clases de tabaco, y luego, claro está, sobre las mujeres. El señor de las botas rojizas aconsejó al joven, exponiéndole sus teorías; le narraba anécdotas y se ponía a sí mismo como ejemplo, todo con un tono paternal y una ingenua corrupción que resultaba divertidísima.
Era republicano, había viajado y conocía la intimidad de teatros, restaurantes y periódicos, y a todos los artistas célebres, a quienes llamaba familiarmente por su nombre. Frédéric no tardó en confiarle sus proyectos, y él le animó, interrumpiéndose al momento para observar el tubo de la chimenea, mascullando muy aprisa un largo cálculo para saber "cuánto, cada golpe de pistón, a tantas veces por minuto, debía, etcétera". Y una vez resuelto el problema, se entregó a la contemplación del paisaje, afirmando que se tenía por feliz al verse libre de los negocios.
Frédéric sentía por él cierto respeto, y no pudo sustraerse al impulso de saber su nombre, a lo que el desconocido accedió, diciéndole de un tirón:
—Jacques Arnoux, propietario de L'Art Industriel, bulevar Montmartre.
Un criado, con gorra galoneada de oro, vino a decirle:
—¿Quisiera hacer el favor de bajar el señor? La señorita está llorando.
Al oír esto desapareció.
L'Art Industriel era un establecimiento híbrido, que explotaba a un mismo tiempo el negocio de cuadros y una revista de arte. Frédéric había leído con mucha frecuencia aquel título en el escaparate de la librería de su rincón provinciano, en enormes carteles en los que aparecía, muy llamativamente por cierto, el nombre de Jacques Arnoux.
El sol caía a plomo, arrancando reflejos a las ferradas gavias de los mástiles, a las chapas del empalletado y a la superficie del agua, que se partía en dos surcos por la parte de proa, extendiéndose hasta el borde mismo de la pradera.
A cada recodo el río ofrecía el mismo panorama de álamos blancos. La campiña estaba completamente desierta; en el cielo había unas blancas e inmóviles nubecillas, y el aburrimiento, que vagamente se infiltraba, parecía amortiguar el deslizarse del buque, a la vez que daba un más insignificante aspecto al talante de los pasajeros.
A excepción de algunos ricachones que viajaban en primera, todos los demás eran obreros y tenderos, con sus hijos y mujeres. Como existía entonces la costumbre de viajar vestidos con lo peor, casi todos llevaban viejos casquetes griegos o sombreros desteñidos, trajes negros y raquíticos, raídos por el continuo roce con el mostrador, o levitas cuyos forrados botones, por el exceso de uso, aparecían al descubierto; acá y allá algún chaleco de lana dejaba ver una camisa de algodón con lamparones de café; se veían alfileres de similor en corbatas hechas jirones, trabillas cosidas que sujetaban babuchas de orillo; dos o tres bribones, con sendos palos sujetos por correas, lanzaban miradas oblicuas, y algunos padres de familia, con los ojos desmesuradamente abiertos, hacían ésta o la otra pregunta. Unos hablaban de pie, o bien sentados en sus equipajes; algunos dormían en los rincones, y otros más comían cáscaras de nueces y peras, colillas y restos de embutidos, envueltos en papeles, se esparcían por la cubierta; frente a la cantina estaban parados tres ebanistas, vestidos con blusa; un arpista, cubierto de andrajos, descansaba acodado en su instrumento; de vez en vez se oía el crujir del carbón en los hornos, un grito, una carcajada; el capitán, entre tanto, paseaba de un tambor a otro, por el entrepuente. Para volver a su lugar, Frédéric empujó la verja que lo separaba de los camarotes de primera, incomodando con esto a dos cazadores que se hallaban allí con sus lebreles. Fue como una aparición.
Estaba sentada, en mitad del banco, completamente sola; al menos él no distinguió a nadie; deslumbrado, sin duda, por el resplandor en que aquellos ojos le envolvieron. A punto de cruzar Frédéric, ella levantó la cabeza y él, involuntariamente, inclinó la suya; pero apenas la dejó atrás, se volvió para mirarla. Cubría su cabeza un amplio sombrero de paja, adornado con cintas color rosa que se estremecían, detrás de ella, agitadas por el aire. Los negros bandós de sus cabellos, que llegaban muy abajo, rozando la extremidad de sus grandes cejas, parecían oprimir amorosamente el óvalo de su rostro. Su traje, de muselina clara con lunarcitos, le caía en numerosos pliegues. Se ocupaba en bordar algo, y su recta nariz, su barbilla, toda su persona se destacaba en el azulado fondo del ambiente.
Como ella se mantenía en su prístina actitud, el joven dio varias vueltas en diferentes sentidos para disimular su propósito; después se colocó muy cerca de la sombrilla de ella, recargada en el banco, y fingió observar el deslizarse de una chalupa por el río.
Jamás había visto él un cutis moreno de semejante esplendor, un talle tan seductor, ni manos tan finas como aquellas, que la luz atravesaba. Absorto, veía como algo extraordinario su cestillo de labor.
¿Cuáles eran su nombre, su domicilio, su vida, su pasado? Ansiaba conocer los muebles de su casa, cuantos vestidos hubiera usado, cuantas personas hubiesen tenido trato con ella; hasta el deseo de la posesión carnal desaparecía en un deseo más profundo, en una casi dolorosa curiosidad que carecía de limites.
En eso se presentó una negra, tocada con un pañuelo, llevando de la mano a una niña, ya crecidita, con los ojos llenos de lágrimas, que acababa de despertar; la cogió y la puso sobre sus rodillas.
—La señorita, aunque está por cumplir los siete años, no se ha portado bien; su madre ya no la va a querer; está demasiado mimada.
Y Frédéric, al oír tales cosas, se regocijó como si hubiera hecho un gran descubrimiento o una valiosa adquisición.
La suponía de origen andaluz, acaso criolla. ¿Habría traído de las islas a aquella negra?
A espaldas de la joven, sobre la metálica borda, se veía un largo chal a rayas color violeta. ¡Cuántas veces, en medio del mar y durante las húmedas noches, debió envolver en él su torso, cubrir sus plantas y dormir a su abrigo! El chal, arrastrado por el peso de los flecos, se iba deslizando, poco a poco, hacia el agua. Frédéric, de un salto, lo atrapó.
– Se lo agradezco mucho, caballero –dijo ella.
Y las miradas de una y otro se encontraron.
—¿Estás lista, mujer? —exclamó el señor Arnoux, apareciendo en lo alto de la escalera.
La señorita Marthe corrió hacia él y se colgó de su cuello, mientras le tiraba de los bigotes. En eso se oyó el son de un arpa y la niña mostró deseos de oírla; el arpista, conducido por la negra, penetró en el camarote. Arnoux, al reconocer en él a un antiguo modelo, comenzó a tutearlo, lo que sorprendió a los presentes. Por fin, el arpista, echándose hacia atrás los cabellos y estirando los brazos, comenzó a tocar.
Era una romanza oriental en la que salían a relucir puñales, flores y estrellas. El hombre andrajoso cantaba con una voz penetrante; los resoplidos de la máquina interrumpían la melodía y rompían el compás; él punteaba con más fuerza, las cuerdas vibraban y sus sones metálicos parecían exhalar sollozos y quejumbres como de un altivo y destrozado amor. Los bosques ribereños, del uno y del otro lado, se inclinaban sobre el agua; soplaba una fresca brisa; la señora Arnoux hundía sus ojos en la lejanía, y al cesar la música parpadeó repetidas veces, como si saliera de un sueño.
El arpista se aproximó a ellos humildemente. Mientras Arnoux buscaba dinero en sus bolsillos, Frédéric alargó hacia la gorra su mano cerrada y, abriéndola pudorosamente, depositó en ella un luis de oro.
Y no era, ciertamente, la vanidad lo que lo empujaba a dar semejante limosna delante de ella, sino un pensamiento, en el que la asociaba, bendita, con un cordial y casi religioso arranque.
Arnoux, mostrándole el camino, lo invitó cordialmente a almorzar con ellos; pero Frédéric respondió que acababa de hacerlo, siendo que se moría de hambre; en realidad, ya no le quedaba ni un céntimo en los bolsillos.
Después pensó que, como cualquier otro, tenía derecho a permanecer en el comedor.
En torno de las redondas mesas comían algunos burgueses, y un camarero iba y venía; los señores Arnoux se hallaban en un extremo, a la derecha; Frédéric, cogiendo un periódico que encontró allí, se sentó en el largo diván de terciopelo.
Los Arnoux debían tomar la diligencia de Chalons en Montereau; su viaje a Suiza duraría un mes. La señora Arnoux censuraba a su marido por lo consentida que tenía a la niña. Alguna gracia debió de haberle dicho al oído, porque ella sonrió; luego, el señor Arnoux se volvió y corrió la cortina de la ventana que estaba a sus espaldas.
El techo, bajo y completamente blanco, despedía un fuerte resplandor. Frédéric, de frente, distinguía la sombra de sus pestañas: ella humedecía los labios en una copa, al tiempo que deshacía entre sus dedos un trozo de pan. El medallón de lapislázuli, sujeto a su muñeca por una cadena de oro, chocaba de vez en cuando con su plato. No obstante, los que estaban allí no parecían darse cuenta.
A veces se veía deslizarse por el tragaluz el flanco de un bote que se acercaba al barco para tomar o dejar pasajeros. Los que se hallaban en torno de las mesas, inclinándose hacia los tragaluces, decían los nombres de los lugares ribereños.
Arnoux se quejaba de la cocina, y al recibir la cuenta protestó muchísimo, y consiguió que la rebajaran. Luego condujo al joven hasta la proa para beber grogs; pero Frédéric se volvió pronto a la toldilla, en la que otra vez estaba la señora Arnoux, leyendo un librito de cubierta gris. A ratos, las comisuras de su boca se distendían y un relámpago de placer iluminaba su frente. Frédéric sintió celos de quien escribió esas cosas que tanto parecían agradarle. Y mientras más la contemplaba, más y más abismos sentía abrirse entre ella y él, pensando que dentro de muy poco tendría que abandonarla irrevocablemente, sin ni siquiera haber cambiado una palabra con ella, ni dejarle un mínimo recuerdo.
Una llanura se extendía a la derecha; a la izquierda, un herbazal, que iba a morir suavemente en una colina en la que se percibían viñedos, nogales, un molino, entre el verdor, y más allá, algunos senderos zigzagueando por la blanca roca que rozaba los confines celestes. ¡Qué dicha sería subir juntos y rodear con el brazo su cintura, mientras su falda arrastraría las amarillentas hojas, y escuchar su voz bajo la luminosa caricia de sus ojos! El buque podía detenerse y ellos descender, y sin embargo esto tan sencillo no era más fácil que cambiar el curso del Sol.
Un poco más lejos se veía un castillo de puntiagudo tejado y cuadradas torrecillas. Un parterre de flores se extendía ante la fachada, y las avenidas se hundían bajo los altos tilos, semejantes a ennegrecidas bóvedas. Frédéric la imaginó paseando entre los árboles. En ese momento aparecieron en la escalinata una joven y un doncel, entre los macetones de naranjos. Luego todo desapareció.
La pequeñuela jugaba cerca de él; Frédéric trató de besarla, pero la niña se ocultó detrás de la nana, y su madre la regañó por no haber sido amable con el señor que había salvado su chal. ¿Sería aquello un pretexto para iniciar una conversación?
"¿Irá a hablarme por fin?" se preguntaba.
El tiempo apremiaba. ¿Cómo hacerse invitar a la casa de los Arnoux? No se le ocurrió nada mejor que invitarlo a observar el cuadro del otoño, diciendo:
—¡Dentro de nada vendrá el invierno, la estación de los bailes y los banquetes!
Pero el señor Arnoux estaba completamente concentrado en los equipajes. Entonces vieron la costa de Surville; los dos puentes se aproximaban; bordearon una cordelería, y luego apareció una fila de achatadas casas; en la parte de abajo se veían marmitas de brea y trozos de madera, y los chiquillos corrían y jugaban en la arena, dando saltos. Frédéric, al reconocer a un hombre con camisa, le gritó:
–¡Aprisa!
Estaban por llegar. Frédéric buscó a Arnoux entre los pasajeros y cuando, a duras penas, logró dar con él, Arnoux dedicó al joven un apretón de manos y estas palabras:
—Tanto gusto, mi querido señor.
Una vez en el muelle, Frédéric volvió la vista atrás. La vio, de pie junto al timón. Le envió una mirada en la que intentaba poner toda su alma; pero ella permaneció inmóvil, como si nada hubiera ocurrido.
Luego, él, sin contestar los saludos de su criado, le dijo:
—¿Por qué no trajiste el coche hasta aquí?
El buen hombre se disculpó.
—Qué torpe! ¡Dame dinero!
Y se dirigió a una fonda para comer.
Un cuarto de hora después sintió la comezón de entrar, como al acaso, en el patio de las diligencias; quizá podría verla aún. "¿Y para qué?, se dijo.
Partió en el coche. Uno de los dos caballos que tiraban de éste no era de su madre; ella se lo había pedido prestado al señor Chambrion, el recaudador, para engancharlo con el suyo. Isidore había salido la víspera y descansado en Bray hasta el anochecer, durmiendo en Montereau; de modo que probablemente a eso se debiera la agilidad de las bestias, que trotaban alegremente, descansadas.
Los segados campos se extendían hasta perderse de vista. Dos hileras de árboles bordeaban el camino; los montones de grava se sucedían, y, poco a poco, Villeneuve-Saint-Georges, Ablon, Châtillon, Corbeil, su viaje todo, en una palabra, se le vino a la memoria, surgiendo claramente, al punto que podía distinguir en aquel momento detalles nuevos y más íntimas particularidades; por debajo del último volante de su vestido veía el pie de ella, calzado con menuda bota de seda color castaño; el toldo de cotí formaba un amplio dosel alrededor de su cabeza, con unas borlas rojas que se estremecían incesantemente al soplo de la brisa.
Se parecía a las protagonistas de los libros románticos. Él hubiera preferido no quitar ni añadir nada a ese personaje. De pronto, parecía que el universo se ensanchaba ante él; ella era como el punto luminoso en el que convergían todas las cosas, y, mecido por el vaivén del coche, los párpados a medio cerrar y la mirada perdida en las nubes, se entregaba a una infinita y placentera ensoñación.
En Bray ni siquiera aguardó a que los caballos tomaran el pienso, se fue, completamente solo, carretera adelante. Recordando que Arnoux la había llamado "Marie", gritó este nombre a voz en cuello. Su voz se perdió en el aire.
Al poniente, una ancha franja púrpura inflamaba el cielo. Las grandes ruedas del molino, que emergían en medio de los rastrojos, proyectaban gigantescas sombras. A lo lejos se oyó ladrar a un perro en una granja. Frédéric se estremeció, presa de una inexplicable inquietud.
Una vez alcanzado por Isidore, subió al pescante para guiar. Su agotamiento se había desvanecido; estaba decidido a entrar, como fuera, a la casa de los Arnoux y a intimar con ellos. Su casa debía de ser agradable, pensaba, y además Arnoux le simpatizaba; luego, ¿quién sabe? En tal punto, la sangre le encendió el rostro y le zumbaron las sienes. Hizo tronar el látigo, sacudió las bridas y era tal la carrera de los caballos, que el anciano cochero repetía:
—¡Despacio! ¡Más despacio, que los va a reventar!
Frédéric, calmándose poco a poco, acabó por escuchar al criado.
El señorito era esperado con notable impaciencia. La señorita Louise había llorado porque quería venir en el coche.
—¿Quién es la señorita Louise? —preguntó Frédéric.
—La hija del señor Roque.
—¡Ah, claro!, no me acordaba —repuso, con aire indiferente.
Entre tanto, los caballos avanzaban a trompicones y no podían más.
Estaban a punto de dar las nueve en Saint-Laurent, cuando Frédéric llegó a la Plaza de Armas, ante la casa materna: una casa espaciosa, con un jardín que daba al campo, haciendo parecer aún más importante a la señora Moreau, la persona más respetada de aquellos lugares. Procedía de una noble y antigua estirpe, extinguida ya. Su marido —un plebeyo con quien sus padres la casaron— había muerto, de una estocada, durante su embarazo, dejándole una considerable fortuna. Recibía visitas tres veces por semana y de vez en vez daba un banquete; no obstante, en su casa todo era pesado y medido de antemano, y siempre aguardaba con impaciencia el cobro de sus rentas. Tal estrechez, que ocultaba como si se tratase de un vicio, ensombrecía su carácter. Su virtud, sin embargo, se ejercitaba de continuo, sin amargura ni alarde. Sus pequeñas limosnas parecían grandes obras de caridad. Se le consultaba sobre la elección de criados, la educación de los jóvenes, el arte de hacer dulces, y, en las visitas pastorales, monseñor se hospedaba en su casa.
La señora Moreau alimentaba una gran ambición respecto a su hijo, de aquí que no fuera de su agrado, debido a una especie de anticipada prudencia, oír censuras contra el Gobierno. En un principio, el muchacho necesitaría protección; pero más adelante, y merced a sus cualidades, bien podría llegar a consejero de Estado, embajador o ministro. Sus triunfos en el colegio de Sens —donde había obtenido el premio de honor— justificaban su orgullo.
Cuando entró en el salón todos se levantaron alborotadamente y lo abrazaron, formando un amplio círculo con sillas y butacas, un amplio corro en torno de la chimenea. Inmediatamente, el señor Gamblin preguntó su opinión sobre el caso de la señora Lafarge, acusada de envenenar a su marido. Ese proceso y el furor que desató en aquella época dio lugar a una fuerte discusión, que la señora Moreau contuvo, muy a pesar, sin embargo, del señor Gamblin, quien la consideraba muy útil para el joven, como futuro jurista que era; aquél, disgustado con tal medida, abandonó el salón.
¡No era de sorprender semejante actitud en un amigo del tío Roque! A propósito del tío, se dijo que el señor Dambreuse acababa de adquirir la propiedad de la Fortelle. Pero el recaudador se había llevado aparte a Frédéric para saber lo que pensaba de la última obra de Guizot. Todos deseaban informarse de sus asuntos, y la señora Benoit supo aprovecharse hábilmente de ello para preguntar por su tío. ¿Cómo le iba a aquel bendito pariente? Hacía tiempo que no sabía de él; ¿no tenía en América un primo lejano?
Al anunciar la cocinera que la sopa del señor estaba servida, todos se retiraron discretamente. Luego, y una vez solos, la madre le dijo en voz baja:
—¿Tienes algo que decir?
El anciano le había recibido muy cordialmente; pero sin descubrir sus intenciones.
La señora Moreau suspiró.
"¿Dónde estará ella ahora?" pensaba el joven.
La diligencia avanzaba, dando tumbos, y ella, envuelta en el chal, apoyaba, adormecida, su hermosa cabeza en el respaldo del asiento.
Subían a sus dormitorios, cuando un mozo de El Cisne de la Cruz le entregó una esquela.
—¿Qué sucede? preguntó ella.
—Deslauriers, que me necesita —respondió.
—¡Ah!, tu camarada –repuso la señora Moreau con sarcástica sonrisa—. ¡En verdad ha elegido bien la hora!
Frédéric vacilaba; pero pudo más la amistad, y cogió su sombrero.
—Al menos, no estés mucho tiempo —le dijo su madre.
II
El padre de Charles Deslauriers, un viejo capitán de infantería retirado en 1818, volvió a Nogent para casarse, y con el dinero de la dote compró una plaza de procurador que apenas si le daba para vivir.
Agriado por las continuadas injusticias, resintiendo sus añejas heridas y echando de menos al emperador, desahogaba con los más cercanos sus arranques de cólera. Pocos muchachos habían sido más golpeados que su hijo; pero el pillete, a pesar de los golpes, continuaba en lo mismo. Cuando la madre trataba de interponerse, salía tan maltratada como el chico. Por último, el capitán le colocó en su despacho, teniéndole durante todo el día inclinado sobre un pupitre copiando documentos, por lo que el hombro derecho se desarrolló más que el otro.
En 1833, a instancias del señor presidente, el capitán vendió su bufete. Su mujer murió de cáncer. El se fue a vivir a Dijon, estableciéndose a poco como corredor de quintos en Troyes, y habiendo obtenido una media beca para Charles, le inscribió en el colegio de Sens, donde Frédéric le conoció de nuevo. Pero el uno tenía doce años y el otro quince; además, mil diferencias de carácter y de origen los separaban.
Frédéric guardaba en su cómoda toda suerte de provisiones y finos utensilios y, entre otros, un estuche de aseo. Le gustaba levantarse tarde, contemplar a las golondrinas, leer obras teatrales y, echando de menos las comodidades de su casa, la vida del colegio le parecía penosa.
En cambio, el hijo del procurador la tenía por buena, y trabajaba tanto, que al segundo año estudiaba ya las asignaturas del tercero. Sin embargo, a causa de su pobreza o de su carácter pendenciero, le rodeaba una sorda malevolencia. Cierta vez, cuando un criado le llamó, en plena clase "hijo de mendigo", se abalanzó sobre su cuello, y lo hubiera estrangulado, de no ser por la oportuna intervención de tres jefes de estudios. Frédéric, lleno de admiración, lo estrechó entre sus brazos. A partir de ese día, la intimidad fue completa. Tener el afecto de un mayor lisonjeó, sin duda, la vanidad del muchacho, y el otro aceptó como una felicidad aquella adhesión que se le ofrecía.
Durante las vacaciones, el padre lo dejaba en el colegio. Una traducción de Platón, que la casualidad puso en sus manos, lo llenó de entusiasmo y le sembró la afición por los estudios metafísicos, en los que hizo rápidos progresos, pues a ellos se entregó con juveniles arranques y con el orgullo de una inteligencia emancipada. Jouffroy, Cousin, Laromiguière, Malebranche, los Escoceses, todo cuanto la biblioteca contenía, pasó por sus manos; inclusive llegó a sustraer la llave para procurarse libros.
Las distracciones de Frédéric eran menos serias. Dibujó en la calle de Trois-Rois la genealogía de Cristo, esculpida en un pilar de madera, y luego el pórtico de la catedral. Después de los dramas de la Edad Media, la emprendió con las Memorias, leyendo las de Froissart, Comines, Pierre de l'Estoile y Brantôme.
Las imágenes que esas lecturas producían en su espíritu le dominaban de tal manera que se sentía empujado a reproducirlas. Ambicionaba ser un día el Walter Scott de Francia. Deslauriers, por su parte, meditaba sobre un vasto sistema filosófico que tuviera las más amplias aplicaciones.
De todo esto hablaban durante las horas de recreo, en el patio, frente a la inscripción moral que se leía bajo el reloj, y cuchicheaban sobre lo mismo en la capilla, delante de San Luis; luego soñaban con eso en el dormitorio, desde el que se dominaba un cementerio. Los días de paseo se rezagaban para seguir charlando interminablemente.
Hablaban de lo que harían más adelante, cuando salieran del colegio. En primer término, emprenderían un largo viaje con el dinero que Frédéric recibiría a cuenta de la fortuna que había de heredar al llegar a la mayoría de edad. Luego volverían a París, trabajarían juntos y no se separarían, y, para descanso de sus afanes, tendrían amores con princesas en gabinetes de raso o resplandecientes orgías con cortesanas célebres. Transitaban del entusiasmo a la duda, cayendo en silencios profundos después de su alegre verbosismo.
En los atardeceres estivales, tras largas caminatas por los pedregosos caminos que bordeaban los viñedos, o por las carreteras, a través de los campos, cuando los trigales ondulaban al sol y se diluían en el aire los perfumes de angélica, los sobrecogía una especie de sofocación y se echaban boca arriba, aturdidos, embriagados. Los demás, en mangas de camisa, jugaban a la barra o echaban las cometas. El celador los llamaba, y todos emprendían el regreso por los jardines atravesados por arroyuelos, después cruzaban los bulevares, ensombrecidos por los antiguos muros; sus pasos resonaban en las calles desiertas; la verja se abría, subían las escaleras y se quedaban tristes, como en una especie de resaca, al pensar en las pasadas expansiones. Según el prefecto del colegio, los dos jóvenes se exaltaban mutuamente: sin embargo, si Frédéric llegó a trabajar en las clases superiores, ello fue debido a las exhortaciones de su amigo; por eso, durante las vacaciones de 1837, lo invitó a casa de su madre.
A la señora Moreau no le agradó el joven: comía excesivamente, se negaba a ir a misa los domingos y tenía ideas republicanas. Por último, ella creyó descubrir que había llevado a su hijo a lugares deshonestos.
Decidió vigilar esa relación, lo que no hizo sino acrecentar la amistad entre ellos. Al año siguiente, cuando Deslauriers abandonó el colegio para estudiar Derecho en París, la despedida de los dos amigos fue dolorosa. Frédéric pensaba reunirse con él. Hacía dos años que no se veían; cuando acabaron de abrazarse, se dirigieron al puente para platicar a sus anchas.
El padre de Deslauriers, que tenía por entonces un billar en Villenauxe, enrojeció de cólera cuando su hijo le pidió cuentas de su tutela, llegando al extremo de negarle, en absoluto, la comida. Pero como Deslauriers pretendía para más adelante una cátedra de profesor en la escuela y carecía de dinero, aceptó un puesto de oficial en casa de un procurador. A fuerza de privaciones ahorraría cuatro mil francos, y, en caso de no obtener nada de la herencia materna, siempre podría trabajar libremente durante tres años, en espera de hacerse una posición.
Era preciso, pues, dejar de lado su antiguo proyecto de vivir juntos en la capital, al menos por el momento.
Frédéric inclinó la cabeza. Aquél era el primero de sus sueños que se desvanecía.
—Consuélate —dijo el hijo del capitán—: la vida es larga y somos jóvenes. Ya me reuniré contigo. No pienses más en eso.
Y estrechándole las manos, le preguntó por las incidencias de su viaje, para distraerlo.
Frédéric no tenía mucho que contar. Pero ante el recuerdo de la señora Arnoux su pesadumbre se desvaneció. Sin embargo, por pudor, no habló de ella, y sí, en cambio y muy extensamente, del marido, refiriendo sus ideas, sus modales y sus relaciones; Deslauriers, después de oírlo, le animó a que cultivara la amistad de aquel hombre.
En aquellos últimos tiempos Frédéric no había escrito nada; sus opiniones literarias sufrieron un notable cambio; estimaba por encima de todo la pasión; Werther, René, Franck, Lara, Lelia y otros de menor fama le entusiasmaban casi en idéntica medida. A veces le parecía que la música era lo único que podría expresar sus íntimas turbaciones, y entonces soñaba con componer sinfonías; otras veces se sentía sobrecogido por el aspecto exterior de las cosas, y el deseo de pintar se apoderaba de él. Sin embargo, había escrito algunos versos. Deslauriers los encontró bellísimos; pero no pidió que le leyera más.
En cuanto a Deslauriers, había abandonado la metafísica. Ahora le interesaban la economía social y la Revolución francesa. Por esta época era un mozo avispado, de veintidós años, enjuto, de boca ancha y aire resuelto. Aquella noche llevaba un pantalón de lana ya raído, y sus botas se veían blancas de polvo, pues había recorrido a pie el camino de Villenauxe, con la intención expresa de ver a Frédéric.
Isidoro se acercó. La señora rogaba al señorito que volviera y, temiendo que hiciera frío, le enviaba la capa.
—¡Quédate! —dijo Deslauriers.
Y siguieron paseando de un extremo a otro de los dos puentes que se apoyan en la angosta isla formada por el canal y el río.
Cuando iban por el lado de Nogent tenían enfrente una manzana de edificios ligeramente inclinados; a la derecha, la iglesia emergía entre los molinos de madera, cuyas compuertas estaban cerradas, y a la izquierda, a lo largo de la orilla, un conjunto de arbustos cercaba los apenas perceptibles jardines. Pero del lado de París la carretera bajaba en línea recta y los prados se perdían en la distancia, entre los vapores de la apacible noche, de una claridad lechosa. Los olores del húmedo follaje llegaban hasta ellos, y el agua, cien pasos más allá, al rebasar la presa, se oía el suave murmullo de las aguas entre las tinieblas.
Deslauriers se detuvo y dijo:
—¡Es tan curioso!: jesas buenas gentes durmiendo tan tranquilas!
¡Paciencia! ¡Un nuevo 89 se prepara! ¡El pueblo está harto de Constituciones, de Cartas, de sutilezas, de mentiras! ¡Cómo sacudiría todo eso si tuviera un periódico o una tribuna! ¡Pero para emprender cualquier cosa hace falta dinero! ¡Qué desgracia ser el hijo de un cantinero y tener que dedicar la juventud a la lucha por el pan cotidiano!
Inclinó la cabeza y se mordió los labios, tiritando bajo su delgado traje.
Frédéric le echó la mitad de su capa por los hombros; los dos se envolvieron en ella y, cogidos de la cintura, prosiguieron su marcha.
—¿Cómo quieres que viva allá abajo sin ti? —decía Frédéric, que volvió a entristecerse ante la amargura de su amigo. De haberme amado una mujer, yo hubiera hecho cualquier cosa... ¿Por qué te ríes?
El amor es el alimento y la atmósfera del genio. Las emociones extraordinarias engendran las obras sublimes. En cuanto a buscar a la que yo necesitaría, renuncio a ello! Por otra parte, si alguna vez la encuentro, me rechazará. Pertenezco a la raza de los desheredados, y mi tesoro, de borra o de diamante, se extinguirá conmigo.
Una sombra se reflejó en el suelo, mientras oían estas palabras:
—Servidor de ustedes, señores.
El que las pronunciaba era un hombrecillo vestido con amplio levitón oscuro y tocado con una gorra que bajo la visera dejaba ver una puntiaguda nariz.
—¿Tío Roque? —dijo Frédéric.
—El mismo —repuso la voz.
El nogentés justificó su presencia en aquel sitio diciendo que venía de su huerto, de inspeccionar sus trampas para los lobos, a la orilla del agua.
—¿Así que estás de regreso? ¡Muy bien! Lo he sabido por mi chiquilla. La salud, supongo, será buena. ¿Te quedarás un tiempo entre nosotros?
Y se marchó, desalentado, sin duda, por la reacción de Frédéric. La señora Moreau no lo frecuentaba; el tío Roque vivía en amasiato con su sirvienta, y no obstante ser el electorero y administrador del señor Dambreuse, no tenía muy buena reputación.
— Ese señor Dambreuse, ¿no es el banquero que vive en la calle de Anjou? —preguntó Deslauriers—. ¿Sabes lo que deberías hacer?
Isidore les interrumpió otra vez. Tenía órdenes de llevar consigo a Frédéric; la señora se inquietaba con su prolongada ausencia.
—Bien, bien; ahora mismo va para allá --dijo Deslauriers; no se quedará fuera de casa.
Y una vez que el criado se marchó, Deslauriers prosiguió:
—Deberías pedirle al viejo que te presente con los Dambreuse; nada tan útil como frecuentar una casa rica. Puesto que tienes frac y guantes blancos, júsalos! Es preciso que frecuentes esa sociedad.
Después me llevarás a mí. Piénsalo bien, ¡se trata de un hombre millonario! Arréglatelas para agradarle, lo mismo que a su mujer, y si puedes hazte su amante.
Frédéric protesto.
—Pues me parece que lo que te digo es algo normal. ¡Acuérdate de Rastignac, en la Comedia humana! ¡Lo lograrás, estoy seguro!
Frédéric confiaba plenamente en Deslauriers, de modo que lo convenció, y olvidando a la señora Arnoux, o incluyéndola en la predicción hecha por su amigo, no pudo contener una sonrisa.
Deslauriers prosiguió:
—Un último consejo: examínate. Un título es siempre muy conveniente. Y abandona de una vez a tus poetas católicos y satánicos, tan al corriente de la filosofía como se estaba en el siglo XII. Tu desesperación es tonta. Personajes importantísimos tuvieron en sus principios dificultades mayores, comenzando por Mirabeau. Además, nuestra separación no será tan larga. Ya haré vomitar el dinero al tramposo de mi padre. En fin, ya es hora de que me vaya; adiós. ¿Tienes cinco francos para mi cena?
Frédéric le entregó diez; el resto de lo que por la mañana le diera Isidore.
A unos veinte pasos de los puentes, a la orilla izquierda, en el desván de una casa achatada resplandecía una luz.
Deslauriers, al verla, se quitó el sombrero y dijo enfáticamente:
—¡Venus, reina de los cielos, salud! Pero ¡la Miseria es la madre de la Sabiduría! ¡Cuánto se nos ha calumniado por eso! ¡Misericordia!
Esa alusión a una aventura común los puso alegres; avanzaron, riendo a carcajadas, por en medio de las calles.
Luego, y una vez pagada la cuenta en la fonda, Deslauriers acompañó a Frédéric hasta la plazuela del Hôtel-Dieu, y después de un prolongado abrazo los dos amigos se separaron.
III
Dos meses después, Frédéric, apenas llegó a la calle Coq-Héron, pensó en hacer su gran visita. La casualidad ayudó a sus deseos. El tío Roque había ido a llevarle un rollo de papeles, suplicándole que lo entregara personalmente al señor Dambreause, y con el rollo le entregó una carta abierta en la que hacía la presentación de su joven paisano.
La señora Moreau pareció sorprendida ante esta situación, mientras que Frédéric disimulaba el gran placer que le producía.
El verdadero nombre del señor Dambreuse era conde d'Ambreuse; pero desde 1825 abandonó su título nobiliario y se dedicó a la industria, atento siempre a lo que se decía en los despachos y metido en toda suerte de negocios, al acecho de las oportunidades, sutil como un griego y dedicado como buen auverniano, por lo que logró amasar una considerable fortuna; además, era miembro de la Legión de Honor y del Consejo General del Aube, diputado, y con el tiempo llegaría a Par de Francia; complaciente, por lo demás, asediaba al ministro con sus continuadas peticiones de apoyos, cruces y estancos, y, en sus ataques al poder, se inclinaba siempre al centro izquierda. Su mujer, la linda señora Dambreuse, cuyo nombre aparecía en los periódicos de modas, presidía las reuniones de caridad. Halagando a las duquesas, apaciguaba los rencores de la nobleza y hacía creer a todos que su marido podría aún arrepentirse y prestarles buenos servicios.
Frédéric se encaminó a aquella casa, sumamente turbado. "Debí haberme puesto frac. ¿y si me invitan al baile de la próxima semana?
¿Qué irán a decirme?" Recuperó el aplomo al pensar que el señor Dambreuse no era más que un ricachón, y saltó con gallardía de su coche a la acera de la calle de Anjou.
Tras empujar una de las dos puertas cocheras, atravesó el patio, subió la escalinata y penetró en un vestíbulo con piso de mármol de color.
Una doble y recta escalera, con alfombra roja y varillas de bronce se apoyaba en las altas paredes de brillante estuco; al pie de la escalera se veía un plátano cuyas anchas hojas caían sobre el terciopelo del pasamanos; de dos candelabros de bronce pendían unos globos de porcelana, merced a unas cadenillas; los radiadores de los abiertos caloríferos exhalaban un bochornoso hálito, y sólo se oía el tic-tac de un enorme reloj, al otro extremo del vestíbulo, bajo una panoplia.
Sonó un timbre y apareció un criado, que condujo a Frédéric a una salita en la que se veían dos arcones con los compartimientos llenos de legajos, y entre uno y otro arcón estaba el señor Dambreuse, en el escritorio de su despacho, escribiendo.
Pasó la vista por la carta del tío Roque, rasgó con su cortaplumas la tela que envolvía los papeles y los examinó.
De lejos, y debido a sus pocas carnes y corta estatura, parecía más joven; pero sus escasos y blancos cabellos, sus miembros débiles y, sobre todo, la notable palidez de su rostro, descubrían el desgaste provocado por el paso del tiempo. Sin embargo, en sus ojos verdes, más fríos que si fueran de cristal, brillaba una despiadada energía. Tenía los pómulos salientes y nudosas articulaciones en las manos.
Levantándose, dirigió al joven algunas preguntas sobre personas que ambos conocían, sobre Nogent, y luego sobre sus estudios; por último, inclinándose, se despidió. Frédéric salió por otro pasillo y fue a dar al patio, junto a las cocheras.
Un carruaje azul, tirado por un caballo negro, estaba parado al pie de la escalinata. Se abrió la portezuela; una señora subió, y el coche empezó a rodar sobre la grava, con un ruido apagado.
Frédéric llegó al mismo tiempo a la puerta de la cochera, por el lado opuesto, y como el espacio no era suficiente, tuvo que esperar. La joven mujer, asomada a la ventanilla, hablaba en voz baja con el portero. Frédéric sólo le veía la espalda cubierta con un manto morado, entreteniéndose en examinar el interior del carruaje, forrado de reps azul, con pasamanerías y calados de seda; el vestido de la dama lo llenaba todo; de aquel acojinado transporte emanaba un perfume de iris y una vaga sensación de elegancia femenina. El cochero aflojó las bridas; el caballo arrancó, rozando bruscamente el guardacantón, y todos desaparecieron.
Frédéric regresó a pie por los bulevares, lamentándose de no haber podido ver más detenidamente a la señora Dambreuse.
Un poco más allá de la calle Montmartre, el paso de unos carruajes le detuvo y le hizo volver la cabeza, y entonces pudo ver, del otro lado, una placa de mármol que decía:
JACQUES ARNOUX
¿Cómo no había pensado antes en ella? La culpa era de Deslauriers; se dirigió hacia la tienda, pero no entró: esperaba a que ella apareciera.
Las altas y transparentes vitrinas ofrecían a las miradas curiosas, merced a una hábil disposición, estatuillas, dibujos, grabados, catálogos, algunos números de L'Art Industriel, y los precios de la suscripción se repetían sobre la puerta, adornada con las iniciales del editor. De las paredes colgaban enormes cuadros, abrillantados por el barniz, y allá, al fondo, dos estantes repletos de porcelanas, bronces y atractivas curiosidades; los separaba una escalerilla rematada por una cortina de alfombra; y una araña antigua de Sajonia más una alfombra verde en el suelo, y una mesa labrada, daban al interior una apariencia de gabinete, más que de tienda.
Frédéric fingió examinar los dibujos, y, tras infinitas vacilaciones, entró por fin.
Un dependiente le dijo que el dueño no vendría "al almacén" sino a las cinco; pero que si deseaba dejarle un recado...
—No; volveré - replicó Frédéric suavemente.
Los días siguientes se dedicó a buscar alojamiento, decidiéndose por una habitación amueblada en el segundo piso de un hotel de la calle de Saint-Hyacinthe.
Con un cartapacio nuevo bajo el brazo, se dirigió a la apertura del curso. Trescientos jóvenes sin sombrero llenaban un anfiteatro en el que un anciano con toga roja disertaba con monótona voz, mientras se oía el rasguear de las plumas en el papel. Volvía a encontrar en aquella sala el polvoriento olor de las clases, una cátedra igual a las que ya conocía, un fastidio idéntico. Durante quince días continuó asistiendo; pero aún no llegaba al artículo tercero cuando decidió abandonar el Código Civil, dejando la Instituta en la Summa divisio personarum.
Los goces que se había prometido no llegaban, y cuando hubo agotado los libros de un gabinete de lectura recorrió las salas del Louvre, y asistió con frecuencia al teatro, cayendo a menudo en la más insondable ociosidad.
Mil nuevos motivos aumentaban su tristeza. Tenía necesidad de contar su ropa blanca y aguantar al portero un patán con pinta de enfermero--, que todas las mañanas subía, gruñendo y apestando a alcohol, a hacerle la cama. Su habitación, adornada con un reloj de alabastro en la pared, le desagradaba, y como los tabiques eran delgados, estaba obligado a oír a los estudiantes vecinos hacer ponches, cantar y reír.
Cansado de aquella soledad, buscó a uno de sus antiguos camaradas, llamado Baptiste Martinon; dio con él en una modesta casa de huéspedes de la calle Saint-Jacques, empollando sus códigos ante un buen fuego. Frente a él, una mujer en bata zurcía calcetines.
Martinon era lo que se llama un guapo mozo: alto, mofletudo, de facciones regulares y azules ojos saltones; su padre, un rico labrador, lo dedicaba a la magistratura, y queriendo aparentar seriedad, usaba barba cortada en forma de collar.
Como el malestar de Frédéric no tenía una causa justificada y tampoco podía alegar desgracia alguna, Martino no podía explicarse aquellas lamentaciones sobre la vida. Iba todas las mañanas a la Escuela, se paseaba luego por el Luxemburgo; por la noche tomaba media taza de café, y con sus mil quinientos francos anuales y el cariño de aquella obrera se sentía perfectamente dichoso.
"¡Qué dicha!", pensó Frédéric para sí.
En la Escuela conoció al señor de Cisy, hijo de una buena familia y que por sus delicados modales parecía una señorita.
El señor de Cisy se dedicaba al dibujo y sentía predilección por el arte gótico. Varias veces fueron juntos a Sainte-Chapelle y Nôtre-Dame, pero bajo la distinción de aquel noble mozo se ocultaba una mediocre inteligencia. Todo le sorprendía; se reía de cualquier cosa, era tal su ingenuidad, que Frédéric, en un principio, le tomó por socarrón, convenciéndose, finalmente, de que era bobo.
Explayarse, pues, no era posible con nadie; de modo que continuaba aguardando la invitación de los Dambreuse.
En Año Nuevo les envió su tarjeta, sin que ellos correspondieran.
Había vuelto otra vez por L'Art Industriel. Reincidió una tercera, y, por fin, vio a Arnoux, discutiendo con cinco o seis personas, y apenas si contestó a su saludo, lo que molestó a Frédéric; pero ello no fue suficiente motivo para que renunciara a buscar el medio de acercarse a ella.
En un principio se le ocurrió presentarse con frecuencia por allí para comprar cuadros. Luego pensó en depositar en el buzón del periódico, como medio de relacionarse, algunos artículos " muy fuertes"
¿Sería más conveniente, acaso, ir directo a su objetivo y declarar su amor? Escribió entonces una carta de doce páginas, llena de apóstrofes y líricos arranques; pero luego la rompió y, atemorizado por el fra-
caso, nada hizo ni intentó nada más.
Arriba de la tienda de Arnoux había tres ventanas, que se iluminaban todas las noches. Tras de aquéllas se deslizaban algunas sombras: una sobre todo le atraía; sin duda era la de ella. Frédéric recorría una larga distancia sólo para contemplar esas ventanas y aquella sombra.
La negra que llevaba una muchachita de la mano, y con quien tropezó un día en las Tullerías, le recordó a la negra de la señora Arnoux; ella debía ir por allí, como las demás. Cuantas veces atravesaba las Tullerías, el corazón le latía fuerte, con la esperanza de encontrarla. Los días soleados continuaba su paseo hasta el final de los Campos Elíseos.
Mujeres indolentemente reclinadas en los asientos de sus calesas, con sus velos flotando al aire, desfilaban junto a él, al andar firme de sus caballos, con un insensible balanceo que hacía crujir las charoladas capotas. Había cada vez más coches, y a partir del Rond-Point acortaban el paso, cubriendo toda la avenida. Avanzaban crin a crin; los faroles junto a los faroles; los estribos de acero, las barbadas de plata, las hebillas de cobre, lanzaban luminosas chispas, entre los cortos calzones, los guantes blancos y las pieles que caían sobre el blasón de las portezuelas.
Frédéric se sentía como perdido en un mundo lejano. Su mirada iba de una cabeza femenina a otra, y vagas semejanzas hacían surgir en su memoria el recuerdo de la señora Arnoux. Se la imaginaba allí, entre las demás, en uno de esos carruajes parecidos al de la señora Dambreuse.
El Sol se ponía y el frío viento levantaba torbellinos de polvo. Los cocheros hundían la barbilla en sus corbatas, las ruedas giraban más aprisa y el pavimento rechinaba; a lo largo del paseo, todos los vehículos descendían al vivo trote de sus caballos, rozándose, adelantándose, apartándose los unos de los otros y dispersándose, al fin, en la plaza de la Concordia. Más allá de las Tullerías, el cielo se tornaba pizarroso; los árboles del jardín, de violáceas copas, formaban dos masas enormes; se encendían los faroles de gas, y el Sena, verdoso en toda su extensión, se deshacía en burbujas de plata contra los pilares de los puentes.
Iba a cenar, en un restaurante de la calle del Harpe, con su abono de dos francos por cubierto.
Miraba desdeñosamente el viejo mostrador de caoba, las manchadas servilletas, los cubiertos grasientos y los sombreros colgados de la pared. Todos los que estaban a su alrededor eran estudiantes, como él, y hablaban de sus profesores y de sus amantes. ¡Con lo que le importaban a él los profesores! En cuanto a las amantes, ¿las tenía él acaso?
Para no presenciar el alborozo estudiantil, llegaba lo más tarde posible.
Todas las mesas estaban cubiertas de sobras. Los dos camareros, cansados ya, dormían en algún rincón, y un olor a cocina, a petróleo y a tabaco llenaba el desierto salón.
Después subía lentamente por las calles. Los reverberos de los faroles se mecían, haciendo temblar en el encharcado piso largos y amarillentos reflejos. Bajo los paraguas y por el borde de las aceras se deslizaban algunas sombras con paraguas. El pavimento estaba sucio y pegajoso, la bruma caía y se le antojaba que las húmedas tinieblas que lo envolvían, bajaban para hundirse indefinidamente en su corazón.
Embargado por las penas, volvió a sus clases; pero le costaba trabajo comprender incluso las cosas más sencillas.
Se puso a escribir una novela, que tituló Silvio, el hijo del pescador.
La trama se desarrollaba en Venecia, y el héroe era él mismo; la protagonista era la señora Arnoux, a quien llamaba Antonia. Para conseguirla, asesinaba a varios nobles, incendiaba una parte de la ciudad y cantaba bajo su balcón, donde, al soplo de la brisa, se estremecían las rojas cortinas de damasco del bulevar Montmartre. Las excesivas reminiscencias que descubrió en aquel relato lo desalentaron; se detuvo allí y su ociosidad aumentó.
Entonces suplicó a Deslauriers que viniera a compartir su habitación. Ya se las arreglarían para vivir con su pensión de dos mil francos; cualquier cosa era preferible a esa vida intolerable. Pero Deslauriers aún no podía abandonar Troyes; sin embargo, lo animaba a distraerse y a que entablara relaciones con Senecal.
Senecal era pasante de matemáticas; un hombre de carácter firme e ideas republicanas; un futuro Saint-Just, según Deslauriers. Tres veces fue Frédéric a visitarlo al quinto piso donde vivía; pero como no corespondió a una sola sus visitas, no volvió más.
Quiso divertirse, y fue a los bailes de la Opera. Pero ya en la puerta, ante la algarabía, desbarajuste, la sangre se le helaba. Además, la escasez de dinero le contenía y atemorizaba, imaginándose que la cena con una mascarita suponía gastos considerables y que aquello era para él demasiada aventura.
Sin embargo, se creía digno de que le amaran. A veces despertaba, el corazón lleno de esperanza, se vestía con sumo cuidado, arreglándose como para una cita, y daba interminables paseos por París. Ante cada mujer que caminaba frente a él o con la que se cruzaba, se decía: "¡Es ella!; así, sufría a cada paso una nueva decepción. El recuerdo de la señora Arnoux fortalecía la avidez de su deseo. Acaso la hallaría en su camino; se imaginaba, para llegar a ella, complicados e imprevistos trances, y extraordinarios peligros, de los que él la salvaría.
De este modo se deslizaban los días, repitiendo los mismos actos y enfrentando idénticos fastidios. Hojeaba folletos bajo las arcadas del Odeón; iba a leer la Revue des Deux Mondes en el café; entraba en un aula del Colegio de Francia para oír, durante una hora, una lección de chino o de Economía política. Todas las semanas escribía extensamente a Deslauriers; comía de vez en cuando con Martinon, y a veces visitaba al señor de Cisy. Finalmente, alquiló un piano y compuso algunos valses.
Una noche, en el teatro del Palais-Royal, divisó a Arnoux junto a una mujer en un palco de proscenio. ¿Sería ella? La pantalla de tafetán verde, al borde del palco, le tapaba el rostro; se alzó el telón y la pantalla descendió. Era una mujer alta, como de treinta años, ajada y de gruesos labios, que al reír descubrían una espléndida dentadura. Charlaba familiarmente con Arnoux, dándole en la mano golpecitos con su abanico. Después, una jovencita rubia, de párpados ligeramente enrojecidos, como si acabara de llorar, se sentó entre ellos. Desde ese momento, Arnoux permaneció inclinado sobre su hombro, diciéndole cosas a las que ella no contestaba. Frédéric se esforzaba por descubrir la condición de aquellas mujeres, modestamente vestidas con trajes oscuros de cuellos lisos y bajos.
Al terminar el espectáculo, se precipitó a los pasillos, llenos de gente. Arnoux, delante de él, descendía lentamente por la escalera, del brazo de las dos mujeres.
De pronto, un mechero de gas se encendió. Llevaba un crespón negro en el sombrero. ¿Acaso ella había muerto? La idea lo atormentó a tal grado que al día siguiente se dirigió a toda prisa a L'Art Industriel, y después de comprar uno de los grabados de la vitrina, preguntó al dependiente cómo se hallaba el señor Arnoux, a lo que el dependiente repuso:
–Pues muy bien.
Frédéric añadió, palideciendo:
—¿Y la señora?
—También.
Frédéric se olvidó de llevarse el grabado.
Terminó el invierno. En la primavera estuvo menos triste; se preparó para los exámenes, y una vez que hubo aprobado, con mediano éxito, partió en seguida para Nogent.
Con el fin de evitar las observaciones de su madre, no fue a Troyes a visitar a su amigo. Después, a su vuelta, abandonó su antiguo alojamiento, y tomó y amuebló un departamento de dos habitaciones en el muelle Napoleón. Había perdido la esperanza de ser invitado por los Dambreuse, y su inmensa pasión por la señora Arnoux comenzaba a extinguirse.
IV
Una mañana del mes de diciembre, al dirigirse a clase de derecho procesal, creyó notar en la calle Saint-Jacques más animación que de ordinario. Los estudiantes salían precipitadamente de los cafés, o, por las ventanas abiertas, se llamaban de una casa a otra; los tenderos, en mitad de las aceras, miraban con inquietud; se cerraban los postigos, y ya en la calle de Soufflot notó, en torno del Panteón, una enorme y alborotada concurrencia.
Algunos mozalbetes, en desiguales grupos de cinco a doce, se paseaban cogidos del brazo, acercándose a otros grupos más numerosos que se percibían acá o allá; al fondo de la plaza, contra las rejas, unos hombres de blusa peroraban, mientras que algunos agentes de policía, con el tricornio ladeado y las manos atrás, iban y venían a lo largo de las fachadas, haciendo resonar bajo sus recias botas el enlosado. Todos tenían un aire de misterio y asombro; era obvio que algo aguardaban; todos los labios contenían una interrogación.
Frédéric se hallaba junto a un joven rubio, de simpático rostro, con bigote y perilla como un cortesano de la época de Luis XIII, a quien preguntó la causa del desorden.
—No sé nada repuso el interrogado, y ellos tampoco. ¡Es la moda! Vaya farsa!
Y se echó a reír.
Las peticiones para la reforma, que hacían firmar en la Guardia Nacional, unidas al empadronamiento Humann, y a otros acontecimientos, producían en París, desde hacía seis meses, inexplicables tumultos, y se renovaban con tal frecuencia, que los periódicos no se ocupaban ya de ellos.
—Esto no tiene gracia ni color prosiguió el vecino de Frédéric—. ¡Deduzco de esto, señor, que hemos degenerado! En los buenos tiempos de Luis XI, y aun de Benjamin Constant, había más rebeldía entre los escolares. Me parecen pacíficos como borregos, estúpidos como calabazas y muy apropiados para ser tenderos, ¡voto a Dios! ¡Y a esto llaman la juventud de las escuelas!
Y abrió mucho los brazos, como Frédérick Lemaître en Robert Macaire:
—Juventud de las escuelas, yo te bendigo!
A continuación se dirigió a un trapero que buscaba entre un montón de conchas de ostras, junto al guardacantón de una taberna:
—¿Tú también perteneces a la juventud escolar?
El anciano levantó su horrible cara; en medio de una barba gris, se descubría una nariz roja y unos avinados y estúpidos ojos.
—No; tú más bien me pareces uno de esos hombres de rostro patibulario que se ven, en diversos grupos, sembrando oro a manos llenas... ¡Oh, siembra, patriarca, siembra! ¡Corrómpeme con los tesoros de Albión!
Are you English? ¡Yo no rehúso los regalos de Artajerjes! Hablemos un poco sobre la unión aduanera.
Frédéric sintió que alguien le tocaba en el hombro y se volvió. Era Martino, extraordinariamente pálido.
—Bueno... —dijo, lanzando un gran suspiro—. ¡Otro motín!
Tenía miedo de verse comprometido y se lamentaba. Sobre todo, los hombres de blusa, en quienes veía a miembros de sociedades secretas, le causaban inquietud.
¿Pero es que existen sociedades secretas? —dijo el bigotudo—.
¡Ése es un viejo rumor que el Gobierno usa para asustar a los burgueses!
Martinon le instó a hablar más quedo, por miedo a la policía.
—Pero ¿usted aún cree en la policía? Después de todo, ¿cómo sabe si no seré yo mismo un soplón?
Y le miró de tal modo, que Martinon —tan inquieto estaba— no se dio cuenta, en un principio, de la broma. Como la muchedumbre los empujaba, se vieron forzados a resguardarse en la escalinata que conducía, por un pasillo, al nuevo anfiteatro.
La turba se abrió paso y muchos se descubrieron, saludando al ilustre profesor Samuel Rondelot, quien, envuelto en su pesada levita, agitaba en el aire sus gafas de plata, resoplando, a causa del asma, mientras avanzaba con paso tranquilo para dar su clase. Aquel hombre era una de las glorias jurídicas del siglo XIx, el rival de los Zachariae y de los Ruhdorff. Su reciente dignidad de par de Francia no había modificado sus costumbres. Se sabía que era pobre, y todos lo respetaban.
Mientras tanto, al fondo de la plaza, algunos gritaron:
—Abajo Guizot!
—¡Abajo Pritchard!
—¡Abajo los vendidos!
—¡Abajo Luis Felipe!
La muchedumbre se arremolinó, y apretujándose contra la puerta del patio, que estaba cerrada, impedía al profesor seguir su camino. Delante de la escalera se detuvo; a poco se le vio en el último de los tres descansillos; quiso hablar, pero los murmullos no dejaban oír su voz. Aunque hacía un rato simpatizaba a todos, en ese momento se le odiaba, pues representaba a la Autoridad. Apenas pretendía hacerse oír, reiniciaban los gritos. Hizo un ademán enérgico, invitando a los estudiantes a seguirle; pero como respuesta recibió un griterío general. Se encogió desdeñosamente de hombros y se perdió en el pasillo. Martinon se había aprovechado de la coyuntura para desaparecer al mismo tiempo.
—¡Qué cobarde! —dijo Frédéric.
—Sólo es prudente —replicó el otro.
La muchedumbre rompió en aplausos; aquella retirada del profesor se convertía en triunfo para ella. Todas las ventanas se llenaron de curiosos. Unos entonaban La Marsellesa, otros proponían ir a casa de Béranger.
—¡A casa de Lafitte!
—¡A casa de Chateaubriand!
—¡A casa de Voltaire! —rugió el joven del bigote rubio.
Los polizontes trataban de disolver los grupos, diciendo con la mayor dulzura que les era posible:
—Vamos, señores, circulen; hagan el favor de retirarse.
Alguien gritó:
—¡Abajo los matarifes!
Ésta era una injuria usual desde las revueltas del mes de septiembre. Todos la repitieron. Los policías, que comenzaban a palidecer, eran silbados y escarnecidos; uno de ellos, agotada la paciencia y al divisar a un mozalbete que se le acercaba demasiado, riéndose de él en sus mismas narices, le dio tan fuerte empujón que le hizo caer de espaldas, cinco pasos más allá, ante una taberna. Todos se apartaron; pero casi al mismo tiempo el policía vino a tierra, derribado por una especie de Hércules, cuya cabellera, semejante a un manojo de estopa, se desbordaba bajo una gorra de hule.
Detenido desde hacía algunos minutos en la esquina de la calle de Saint-Jacques, abandonó la caja que llevaba para echarse sobre el policía, y una vez que lo tuvo debajo, le cubrió de puñetazos el rostro.
Acudieron los camaradas del esbirro; pero aquel terrible muchachote era tan fuerte, que necesitaba por lo menos cuatro hombres para reducirle. Dos le sacudían por el cuello, otros dos le jalaban de los brazos, un quinto le daba rodillazos en los riñones y todos le llamaban bandido, asesino, sedicioso. Y él, con el pecho al desnudo y el traje hecho trizas, protestaba de su inocencia: no había podido ver con sangre fría que maltrataran a un niño.
—Me llamo Dussardier y estoy colocado en la mercería de los señores Valincart hermanos, que están establecidos en la calle de Cléry.
¿Dónde está mi caja? ¡Quiero mi caja! —y repetía—: Dussardier.. calle de Cléry. ¡Mi caja!
Se apaciguó, sin embargo, dejándose conducir estoicamente a la comisaría de la calle Descartes. Una oleada de público le siguió. Frédéric y el joven del bigote le iban inmediatamente a la zaga, llenos de admiración hacia él e indignados por los abusos de la fuerza pública.
A medida que avanzaban iba decreciendo la muchedumbre.
Los polizontes, de vez en cuando, se volvían con ceño feroz; los alborotadores y los curiosos, como ya no tenían nada que hacer los unos, ni que presenciar los otros, se iban dispersando lentamente. Los transeúntes, al cruzar, quedábanse mirando a Dussardier y se entregaban a toda suerte de ultrajantes comentarios. Una anciana, de pie en su puerta, llegó a decir que había robado un pan; semejante injusticia aumentó la irritación de los dos amigos. Por fin llegaron a la Comisaría; sólo quedaban unas veinte personas; la vista de las fuerzas fue bastante para dispersarlas.
Frédéric y su compañero reclamaron valerosamente al que acababan de encerrar en un calabozo. Un policía les amenazó, si insistían, con encerrarlos a ellos también. Preguntaron por el comisario y dieron a conocer su nombre y su condición de estudiantes de Derecho, afirmando que el detenido era un camarada.
Se les hizo entrar en un cuarto, completamente desmantelado, con cuatro banquetas a lo largo de las enyesadas y ennegrecidas paredes.
Allá, en el fondo, se abrió un ventanillo, y por él surgió la robusta cabeza de Dussardier, que vagamente recordaba a la de un perro, con su revuelta pelambrera, sus diminutos y francos ojos y su nariz de punta cuadrada.
—¿No te acuerdas de nosotros? —dijo Hussonnet, que era el apellido del joven del bigote.
—Pero... —balbuceó Dussardier.
—No te hagas más el tonto —repuso el otro—; ya saben que eres, como nosotros, estudiante de Derecho.
Pero a pesar de los guiños que le hacían, Dussardier no adivinaba nada.
Pareció reflexionar y de pronto preguntó:
—¿Han encontrado mi caja?
Frédéric, desalentado, levantó los ojos, y Hussonnet repuso:
—¡Ah!, tu caja, en la que guardabas tus apuntes de clase. Sí, sí; tranquilízate.
Y redoblaron su pantomima. Dussardier se dio cuenta al fin de su salvadora intención, y, temiendo comprometerlos, no dijo una palabra.
Además, sentía una especie de vergüenza viéndose elevado a la categoría de estudiante y al nivel de aquellos jóvenes de manos tan blancas.
—¿Deseas que le llevemos algún recado a alguien? —preguntó Frédéric.
—No, gracias.
—¿Ni a tu familia?
El pobre mancebo, que era hospiciano, bajó la cabeza sin responder. Este silencio llenó de asombro a los dos amigos.
—¿Tienes tabaco? —insistió Frédéric.
El dependiente se palpó los bolsillos y sacó del fondo de uno de ellos los restos de una pipa, una hermosa pipa de espuma de mar, con depósito de madera negra, tapadera de plata y boquilla de ámbar. Hacía tres años que estaba dedicado a hacer de ella una obra maestra y se cuidaba mucho de tener el depósito constantemente encerrado en una funda de gamuza, de fumar con la mayor lentitud posible, de no dejarla jamás sobre el mármol y de colgarla todas las noches a la cabecera de su lecho. Y ahora se veían los despojos de ella entre sus manos, cuyas uñas sangraban, y, boquiabierto, hundida en el pecho la barbilla y con las pupilas fijas, contemplaba con ojos de inefable tristeza aquellos restos de su alegría.
—Si le diésemos unos cigarrillos, ¿eh? —dijo Hussonnet en voz baja, haciendo ademán de buscarlos.
Pero Frédéric había puesto ya en el borde del ventanillo una petaca llena.
—¡Toma! ¡Adiós, y mucho ánimo!
Dussardier se abalanzó a las dos manos que se le tendían y, estrechándolas frenéticamente y con la voz entrecortada por los sollozos, dijo:
—¿Cómo? A mí!... A mí!
Y los dos amigos, para libertarse de las muestras de su gratitud, escaparon, dirigiéndose juntos, para almorzar, al café Tabourey, delante del Luxemburgo.
Mientras partían el bistec, Hussonnet le dijo a su compañero que escribía en los periódicos de moda y que redactaba los reclamos para L'Art Industriel.
—¿En casa de Jacques Arnoux? - dijo Frédéric.
—¿Le conoce usted?
—Sí... no... es decir, lo he visto... me lo he encontrado..
Y negligentemente preguntó a su amigo si veía algunas veces a la señora Arnoux.
—De vez en cuando —repuso el bohemio.
Frédéric no se atrevió a seguir haciéndole preguntas; aquel hombre venía a ocupar un lugar importantísimo en su vida. Pagó la cuenta del almuerzo, sin que el otro, por su parte, hiciera la menor protesta.
La simpatía era mutua; se ofrecieron sus casas, y Hussonnet se ofreció cordialmente a acompañarle hasta la calle de Fleurus.
Se hallaban en medio del jardín, cuando el empleado de Arnoux, conteniendo la respiración y haciendo un rarísimo mohín con el rostro, se puso a cacarear, y al punto todos los gallos de los alrededores le respondieron con prolongados quiquiriquíes.
—Es una señal —dijo Hussonnet.
Se detuvieron junto al teatro Bobino, delante de una casa a la que se llegaba por una alameda. En el tragaluz de una buhardilla, por entre capuchinas y olorosos guisantes, se asomó una joven, destocada y en corsé, apoyando los brazos en el borde del canalón.
—Buenos días, ángel mío; buenos días, monina —dijo Hussonnet enviándole besos.
Y abriendo la verja de un puntapié, desapareció.
Durante toda la semana le aguardó Frédéric, no atreviéndose a buscarle en su casa, no fuera a parecer que estaba deseoso de que le devolviera el convite; pero lo buscó por todo el barrio latino, hasta que por fin dio con él una noche y lo condujo a su albergue del muelle de Napoleón.
La charla fue tan extensa como expansiva. Hussonnet ambicionaba la gloria y los beneficios que el teatro reportaba; colaboraba en vodeviles no admitidos aún; "tenía muchos asuntos", y hacía canciones, de las cuales cantó algunas. Luego, y como viera en un anaquel un volumen de Hugo y otro de Lamartine, se deshizo en sarcasmos contra la escuela romántica. Aquellos poetas no tenían sentido ni corrección y, sobre todo, no eran franceses. Se jactaba de conocer el idioma y escogía las frases más bellas, con esa intolerable severidad y ese gusto académico de que se valen las personas dicharacheras cuando se ocupan de arte serio.
Frédéric se sintió mortificado en sus aficiones y estaba ansioso por romper de una vez. ¿Por qué no atreverse a decir la palabra de la que su felicidad dependía? Hasta que, por fin, le preguntó al joven literato si le era factible presentarle en casa de Arnoux.
La cosa era fácil, y se citaron para el día siguiente.
Hussonnet faltó a aquella cita y a otras tres más, hasta que un sábado, a eso de las cuatro, apareció: pero, aprovechándose del coche, se detuvo primero en el teatro Francés para sacar una entrada de palco; luego se dirigió a casa de un sastre, y a la de una costurera a continuación; escribió algunas cartas en las porterías, hasta que por fin llegaron al bulevar Montmartre. Frédéric atravesó la tienda y subió la escalera.
Arnoux lo reconoció a través del espejo colocado frente a su escritorio, y sin abandonar su tarea le alargó la mano por encima del hombro.
Cinco o seis personas, de pie, ocupaban por completo el angosto recinto, iluminado por una sola ventana que daba al patio; en el interior de una alcoba se veía un canapé de lana oscura adamascada, entre dos biombos de parecida tela; sobre la chimenea, y entre dos candelabros con bujías rosas, se destacaba una Venus de bronce; a la derecha, junto a un armario, un hombre, con el sombrero encasquetado y sentado en un sillón, leía un periódico; las paredes aparecían llenas de cuadros y estampas, de lindísimos grabados o bocetos de maestros del día, con dedicatorias demostrativas del sincero afecto que les mereciera Jacques Arnoux.
_Usted bien, como siempre, ¿no? —dijo volviéndose hacia Frédéric. Y sin aguardar su respuesta, preguntó en voz baja a Hussonnet:
—¿Cómo se llama su amigo?
Y luego en voz alta, añadió:
—Cojan un cigarro de la caja que hay ahí encima, en el estante.
L' Art Industriel, enclavado en un sitio céntrico de París, era un cómodo lugar de reunión y terreno neutral en el que las rivalidades se codeaban familiarmente.
Se hallaban allí aquel día Anténor Craive, el retratista de los reyes; Julio Burrieu, que comenzaba a popularizar con sus dibujos las guerras de Argelia; el caricaturista Sombaz, el escultor Vourdad y algunos otros; pero ninguno respondía a los prejuicios formados por el estudiante. Sus modales eran sencillos, y libres sus livianas conversaciones.
El místico Lobarias recitó un cuento obsceno, y el famoso Dittmer, creador del paisaje oriental, llevaba una camisola de punto bajo el chaleco y tomó el ómnibus al marcharse.
Primeramente se habló de una tal Apolonia, antigua modelo, a la que Burrieu pretendía haber visto en el bulevar, en un coche a la d'Aumont. Hussonnet explicó aquella metamorfosis por la serie de protectores que la tal había tenido.
—¡Cómo conoce a las muchachas de París este perillán! —dijo Arnoux.
—No tanto como usted, señor —repuso el bohemio saludando militarmente para imitar al granadero que le ofreció su cantimplora a Bonaparte.
A continuación discutieron sobre algunos cuadros para los que la cabeza de Apolonia había servido de modelo. Criticaron a los colegas ausentes, asombrándose de los precios que alcanzaban sus obras y quejándose de no ganar ellos lo suficiente; en tal punto llegó un hombre de mediana estatura, con un solo botón de la levita abrochado, de viva mirada y con aire de loco.
—¡Vaya un hato de burgueses que son ustedes! —dijo. Qué importa nada de eso, por Dios! Los antiguos pintores que hacían obras maestras no se ocupaban del dinero. Correggio, Murillo.
—Añada a Pellerin —dijo Sombaz.
Pero, sin recoger el epigrama, continuó discurriendo con tanta vehemencia, que Arnoux se vio obligado a decirle dos veces:
—Mi mujer le necesita el jueves; no lo olvide.
Aquella frase hizo surgir en la mente de Frédéric el recuerdo de la señora Arnoux. Sin duda, se llegaba a sus habitaciones por el gabinete próximo al diván. Arnoux, para coger un pañuelo, acababa de abrirlo, y Frédéric vio allá en el fondo un lavabo. Pero de la chimenea partió una especie de gruñido: era el personaje que leía el periódico, sentado en un sillón. Tenía cinco pies y nueve pulgadas de estatura, los párpados algo caídos, la cabellera gris, un majestuoso talante y se llamaba Regimbart.
—¿Qué ocurre, ciudadano? —dijo Arnoux.
—¡Una nueva canallada del Gobierno!
Se trataba de la destitución de un maestro de escuela; Pellerin volvió a establecer su paralelo entre Miguel Angel y Shakespeare. Dittmerse fue; Arnoux le detuvo para entregarle dos billetes de banco. Hussonnet, creyendo que aquella era la ocasión propicia, le dijo:
—¿Podría usted adelantarme algo, querido jefe?
Pero Arnoux se había sentado de nuevo, y censuraba acremente a un anciano de aspecto sórdido y gafas azules.
—¡Es usted muy divertido, señor Isaac! ¡Aquí tiene usted tres obras desacreditadas, perdidas! ¡Todo bicho viviente se burla de mí! Ya las conocen! ¿Qué quiere usted que haga con ellas? ¿Será preciso que las envíe a California?... jo al infierno! ¡Cállese usted!
La especialidad de aquel buen hombre consistía en poner al pie de aquellos cuadros las firmas de los antiguos maestros. Arnoux se negaba a pagarle, y lo despidió groseramente. Luego, cambiando de modales, saludó a un caballero muy condecorado y estirado, con patillas y corbata blanca.
Con el codo en la orilla de la ventana, y con voz melosa, le habló durante un gran rato. Por último dijo:
—Señor conde: a mí no me apura el tener que servirme de corredores.
Se resignó el hidalgo y Arnoux le entregó veinticinco luises, y cuando se fue dijo:
—¡Estos señorones son pesadísimos!
—¡Y unos miserables! —murmuró Regimbart.
A medida que el tiempo transcurría, aumentaban las ocupaciones de Arnoux: clasificaba artículos, abría cartas, preparaba las cuentas; al ruido de los martillazos en el almacén, salía para vigilar los envases; se entregaba luego a su tarea, y mientras hacía correr la pluma por el papel replicaba vivamente a las bromas. Por la noche debía cenar con su abogado, y al día siguiente partir para Bélgica.
Los otros, entre tanto, charlaban de los asuntos de actualidad: del retrato de Cherubini, del anfiteatro de Bellas Artes, de la próxima exposición. Pellerin arremetía contra el Instituto. Los chismes, las discusiones, se entrecruzaban. La habitación, baja de techo, se veía de tal modo abarrotada, que no era posible rebullirse, y la luz de las bujías rosa se filtraba por entre la humareda de los cigarros, como los rayos del Sol a través de la bruma.
Se abrió la puerta de junto al diván y entró una mujer alta y enjuta, con un vestido negro de seda; a sus movimientos bruscos se entrechocaban, tintineando, los dijes de su reloj.
Aquella era la mujer entrevista por Frédéric el verano último, en el Palais-Royal. Algunos, llamándola por su nombre, estrechaban su mano. Hussonnet, por fin, consiguió echarle el guante a unos cincuenta francos. Al dar las siete el reloj, todos se retiraron.
Arnoux dijo a Pellerin que se quedara, y condujo al gabinete a la señorita Vatnaz.
Frédéric no pudo oír lo que decían, porque hablaban en voz baja.
Sin embargo, la voz femenina se elevó de pronto:
—Hace seis meses que el negocio está hecho y yo sigo aguardando.
Después de un prolongado silencio, la señorita Vatnaz reapareció.
Sin duda Arnoux le había prometido nuevamente algo.
—¡Oh, oh! Ya veremos más adelante.
—¡Adiós, hombre dichoso! —dijo la mujer, retirándose.
Arnoux penetró prestamente en el gabinete, se untó de cosmético el bigote, se arregló los tirantes y mientras se lavaba las manos dijo:
—Necesitaría dos sobrepuertas, a doscientos cincuenta francos cada una, género Boucher. ¿Estamos?
—Perfectamente --dijo el artista, que estaba arrebolado.
—¡Bueno! Y no se olvide usted de mi mujer!
Frédéric acompañó a Pellerin hasta lo alto del barrio de la Poissonnière, pidiéndole permiso para visitarle de vez en cuando, a lo que amablemente accedió su compañero.
Pellerin leía todas las obras de estética para descubrir la verdadera teoría de lo bello, en la seguridad de que cuando la encontrara haría obras maestras. Se rodeaba de todos los auxiliares posibles, dibujos, estatuas de yeso, modelos, grabados; buscaba, rebuscaba, se consumía, y acusando de su impotencia al tiempo, a sus nervios, a su estudio, se iba a la calle en busca de inspiración, estremeciéndose cuando creía atraparla, y luego abandonaba su obra, soñando con otra que debía ser más bella. Atormentado de este modo por sus ansias de gloria, malgastando su tiempo en discusiones y creyendo en mil necedades, en los sistemas, en los críticos, en la importancia de un reglamento o de una reforma en materia de arte, no había producido, a los cincuenta años de edad, más que bocetos. Su gran orgullo le impedía sufrir el más leve desaliento; pero siempre estaba irritado y en ese punto de exaltación a la vez ficticio y natural que es como la idiosincrasia de los comediantes.
Al entrar en su casa se veían dos grandes cuadros, cuyos primeros toques, acá y allá, ponían en el blanco lienzo manchones oscuros, rojos y azules. Por encima, y hecho con tiza, se extendía un enrejado de líneas, como las mallas, veinte veces zurcidas, de una red; era imposible comprender nada de aquello. Pellerin explicó el asunto de los dos cuadros, indicando con el pulgar las partes que faltaban. Uno debía representar La demencia de Nabucodonosor, y el otro, El incendio de Roma por Nerón. Ante uno y otro se extasió Frédéric.
Y se extasió igualmente ante unas figuras de mujeres desmelenadas, ante unos paisajes en los que abundaban los troncos hendidos por la tempestad y, sobre todo, ante unos caprichos a pluma, a la manera de Callot, de Rembrandt o de Goya, cuyos originales no conocía. Pellerin no estimaba ya aquellos trabajos de su juventud. Ahora le había dado por el estilo ampuloso; dogmatizó acerca de Fidias y de Winckelmann, elocuentemente. Cuanto había a su alrededor reforzaba el brío de su acento; se veía allí una calavera sobre un reclinatorio, unos yataganes, un hábito de monje, que Frédéric se puso.
Cuando llegaba temprano le sorprendía en su desvencijado catre, que ocultaba un pedazo de alfombra, pues Pellerin, como iba con asiduidad a los teatros, se acostaba tarde. Le servía una vieja haraposa, comía en un bodegón y vivía sin querida. Sus conocimientos, adquiridos a la buena de Dios, daban un cierto y divertido encanto a sus paradojas. Su odio por lo vulgar y lo burgués se desbordaba en sarcasmos de un soberbio lirismo y era tal su fervor religioso para los maestros, que gracias a él llegaba hasta ellos.
Pero ¿por qué no hablaba nunca de la señora Arnoux? Por lo que al marido respecta, unas veces le decía buen muchacho y otras charlatán. Frédéric aguardaba sus confidencias.
Un día, hojeando uno de sus cuadernos de apuntes, descubrió un retrato de gitana con un cierto parecido a la señorita Vatnaz, y como esta individua le interesaba, quiso saber algo de ella.
Creía Pellerin que en un principio había sido institutriz en provincias; pero ahora daba lecciones y procuraba escribir en los periodiquillos.
Por su manera de portarse con Arnoux, podía suponerse, según Frédéric, que era su querida.
—¡Bah! Tiene otras.
Entonces el joven, volviendo el rostro, que enrojecía de vergüenza ante la infamia de su pensamiento, añadió con tono decidido:
—Su mujer, sin duda, le pagará con la misma moneda.
—¡De ningún modo! Es honrada!
Frédéric tuvo remordimientos y asistió con más frecuencia a la reunión.
Las enormes letras que componían el nombre de Arnoux en la placa de mármol, sobre el dintel de la puerta, se le antojaban, a modo de escritura sagrada, particularísimas y llenas de significaciones. La amplia acera, en pendiente, facilitaba su marcha; la puerta se abría casi por propio impulso, y el picaporte, suave al tacto; tenía la cordialidad y como la inteligencia de una mano entre la suya. Insensiblemente se hizo tan puntual como Regimbart.
A diario, Regimbart se sentaba en su sillón, junto a la chimenea; se apoderaba, y ya no lo dejaba, de El Nacional, exteriorizando sus pensamientos con exclamaciones o simples encogimientos de hombros. De vez en cuando se enjugaba la frente con un pañuelo de bolsillo que él llevaba, hecho un rollo, entre dos botones de su levitón verde. Usaba pantalón con raya, zapatos abotinados, corbata de nudo y un sombrero de alas vueltas, por el que era reconocido de lejos entre la multitud.
A las ocho de la mañana bajaba de las alturas de Montmartre a tomar un vaso de vino blanco en la calle de Nôtre-Dame-des-Victoires.
Su almuerzo, al que seguían varias partidas de billar, lo entretenía hasta las tres; a dicha hora se encaminaba al pasaje de los Panoramas para tomar el ajenjo. Después de la sesión en casa de Arnoux, se iba al cafetín Bordelés para tomar el vermouth; luego, en vez de irse a su casa con su mujer, prefería, con frecuencia, comer solo en otro cafetín de la plaza Gaillon, donde quería que le sirviesen "platos caseros, cosas sencillas". Por último, se iba a otro billar y en él permanecía hasta las doce, hasta la una de la madrugada, hasta el momento mismo en que, apagada la luz y echadas las compuertas, el dueño, extenuado, le suplicaba que hiciera el favor de marcharse.
Y no era su afición a la bebida lo que empujaba a tales sitios al ciudadano Regimbart, sino la vieja costumbre de hablar con ellos de política; con los años su facundia había desaparecido, quedándole tan sólo una hosca misantropía. Se hubiera dicho, al ver la seriedad de su rostro, que el mundo giraba dentro de su cabeza; no decía palabra, y nadie, ni aun sus amigos, le conocía ocupación alguna, si bien el se las daba de hombre de negocios.
Arnoux parecía estimarle muchísimo. Un día le dijo a Frédéric:
—Ése sabe mucho. Es un hombre que vale! Acérquese a él.
Otra vez, Regimbart puso sobre su pupitre unos documentos concernientes a las minas de caolín de Bretaña; Arnoux se sometía a su experiencia.
Frédéric se mostró más atento con Regimbart, llegando hasta el punto de invitarle de vez en cuando un ajenjo, y aunque lo tuviese por un estúpido, permanecía a su lado horas enteras, solamente porque se trataba de un amigo de Jacques Arnoux.
Después de haber protegido en sus comienzos a los maestros contemporáneos, el mercader de cuadros, hombre de visión progresista, había procurado, sin perder su empaque artístico, ampliar sus ganancias. Buscaba la emancipación de las artes, lo sublime por poco precio. Todas las industrias del lujo parisiense sufrieron su influjo, beneficioso para las cosas de poca monta y funesto para las grandes. En su ansia por halagar a la opinión, desvió de su camino a los artistas hábiles y corrompió a los fuertes, estrujó a los débiles y ennobleció a los mediocres, disponiendo de ellos gracias a sus relaciones y a su revista.
Los principiantes ambicionaban ver sus obras en su vitrina, y los tapiceros tomaban en su casa los modelos para sus mobiliarios. Frédéric le tenía, a la vez, por millonario, por dilettante y por hombre de acción.
Muchas cosas, sin embargo, le asombraban, pues el señor Arnoux procedía con malicia en sus tratos comerciales.
Recibía lo último de Alemania o Italia un lienzo comprado en París por mil quinientos francos, y exhibiendo una factura que ascendía a cuatro mil, lo revendía en tres mil quinientos, por complacencia.
Una de sus martingalas más frecuentes con los pintores consistía en exigirles, a modo de adehala, una reducción de su cuadro, so pretexto de publicar un grabado de él; vendía siempre la reducción, pero el grabado no aparecía nunca. A los que se le quejaban de ser explotados respondía con un golpecito en el abdomen. Excelente persona, por lo demás, prodigaba los cigarros, tuteaba a los desconocidos, se entusiasmaba con una obra o con un hombre, y era tal su obstinación en este punto que, sin tener nada en cuenta, multiplicaba las idas y venidas, las cartas, los reclamos. Se creía honradísimo, y en su deseo de expansión solía contar ingenuamente sus propias faltas de delicadeza.
En cierta ocasión, para molestar a un colega que inauguraba una revista de pintura con un gran banquete, rogó a Frédéric que escribiera en presencia suya, un poco antes de la hora de la cita, unas esquelas anulando las invitaciones de los convidados.
—Esto no tiene nada de deshonroso, ¿comprende usted?
Y el joven no tuvo ánimos para negarse a complacerlo.
Al día siguiente, al penetrar en su despacho con Hussonnet, Frédéric vio por la puerta --la que daba a la escalera-- el volante de un vestido que desaparecía.
—Mil perdones —dijo Hussonnet—. Si hubiera sabido que había aquí mujeres.
—¡Oh!, por esta vez se trataba de la mía repuso Arnoux—. Ha subido al pasar para hacerme una visita.
—¿Cómo? —dijo Frédéric.
—Sí, hombre; que se va a su casa.
El encanto de las cosas ambientes se desvaneció como por ensalmo.
Cuanto por manera confusa había experimentado allí acababa de desvanecerse, o, mejor, jamás había existido. Experimentaba una infinita sorpresa y como el dolor de una traición.
Arnoux, revolviendo papeles en su cajón, sonreía. ¿Acaso se burlaba de él? El dependiente puso sobre la mesa un envoltorio de papeles húmedos.
—¡Ah!, son los carteles —exclamó el comerciante—. No sé a qué hora voy a comer.
Regimbart cogió su sombrero.
—¡Cómo! ¿Se marcha usted?
—Son las siete —dijo Regimbart.
Frédéric le siguió.
En la esquina de la calle Montmartre volvió la cabeza para contemplar las ventanas del primer piso, riéndose íntima y piadosamente de sí mismo al recordar con cuánto amor y frecuencia las había contemplado. ¿Dónde vivía ella, pues? ¿Cómo encontrarla ahora? La soledad más inmensa que nunca se hacía otra vez en torno de su anhelo.
—¿Viene a tomarlo? —dijo Regimbart.
—¿A tomar qué?
—El ajenjo.
Y, cediendo a sus instancias. Frédéric se dejó llevar al cafetín Bordelés. Mientras su acompañante, apoyado en el codo, contemplaba la garrafa, él dirigía sus ojos de izquierda a derecha; de pronto descubrió en la acera el perfil de Pellerin; golpeó con viveza en los cristales, y aún no se había sentado el pintor, cuando Regimbart preguntóle por qué no se le veía ya por L'Art Industriel.
¡Que reviente si vuelvo por allí! ¡Ese hombre es una bestia, un burgués, un miserable, un pillo!
Aquellas injurias halagaban la cólera de Frédéric; pero con todo y eso le ofendían, pareciéndole que algo de aquello tocaba a la señora Arnoux.
—Mas, ¿qué es lo que le ha hecho? —dijo Regimbart.
Pellerin, por toda contestación, golpeó el suelo con el pie y resopló con fuerza.
Se dedicaba a trabajos clandestinos, tales como retratos a dos tintas o imitaciones de los grandes maestros para aficionados poco competentes, y como esos trabajos le humillaban, prefería, por lo general, callarse. Pero "la avaricia de Arnoux" le exasperaba muchísimo y se desahogó. Cumpliendo un encargo que le hizo, y del cual el propio Frédéric fue testigo, le había llevado dos cuadros, y el comerciante se permitió criticarlos, censurando la composición, el colorido y el dibujo, especialmente el dibujo; en suma, que no los quiso a ningún precio. Pero Pellerin, obligado por el vencimiento de un pagaré, se vio en el trance de cedérselos al judío Isaac, y quince días después el propio Arnoux se los vendía a un español por dos mil francos.
—¡Ni un céntimo menos! ¡Qué granujada!... y muchísimas más que ha hecho, maldición! Un día cualquiera le veremos en el banquillo.
—¡Cómo exagera usted! - dijo tímidamente Frédéric.
—Vamos, está bien; ¡que yo exagero! —exclamó el artista, descargando un puñetazo sobre la mesa.
Aquella violencia devolvió al joven todo su aplomo. Sin duda se debía proceder con más delicadeza; no obstante, si a Arnoux se le antojaban aquellos dos lienzos...
—¿Malos? ¡Retire esa palabra! ¿Los conoce usted? ¿Es ese su oficio? ¡Pues sepa, joven, que yo no admito esas cosas de los aficionados!
—¡Bah, nada de eso es de mi incumbencia! —dijo Frédéric.
—Pues entonces, ¿qué interés tiene usted en defenderle? —repuso fríamente Pellerin.
El joven balbuceó:
—Pues... porque soy amigo suyo.
—Bien; dele recuerdos de mi parte, y buenas noches.
El pintor salió furioso, sin pagar, por supuesto, lo que había tomado.
Frédéric, al defender a Arnoux, se había convencido a sí mismo. En el transporte de su elocuencia se sintió lleno de ternura por aquel hombre inteligente y bueno, al que calumniaban sus amigos, y que al presente trabajaba completamente solo, abandonado. Y sintió el extraño deseo de verle inmediatamente. Diez minutos después empujaba la puerta del almacén.
—¡Calle! ¿Qué le trae por aquí otra vez?
Tan sencilla pregunta turbó a Frédéric, y no sabiendo qué responder, preguntó si se habían encontrado, por casualidad, su cartera, una carterita de piel azul.
—¿En la que guarda sus cartas de mujeres? —preguntó Arnoux.
Frédéric, ruborizándose como una doncella, rechazó semejante suposición.
—¿Sus versos, entonces? —repuso el comerciante.
Tocaba y retocaba las pruebas extendidas aquí y allí; discutía la forma, el color, la orla, y Frédéric sentíase por momentos más y más irritado por aquel su aire meditabundo y sobre todo por sus manos, que iban de acá para allá entre los carteles, aquellas manos regordetas, blanduchas y de uñas cortas. Por último, Arnoux se levantó, y, diciendo "Esto se acabó", le pasó la mano familiarmente por la barbilla. Aquella muestra de confianza desagradó a Frédéric, que se hizo atrás, atravesando a poco y por última vez - según creía-- el umbral de aquel despacho. La propia señora Arnoux se presentaba ante sus ojos como empequeñecida por la vulgaridad de su marido.
Aquella misma semana recibió una misiva en la que Deslauriers le anunciaba para el jueves próximo su arribo a París. Entonces se entregó ahincadamente a aquel más profundo y sólido afecto. Un hombre tal valía por todas las mujeres. Ya no tendría que recurrir a Regimbart, a Pellerin, a Hussonnet, a nadie. Para mejor recibir a su amigo, compró una camita de hierro, otra butaca y preparó la ropa del lecho; y el jueves por la mañana, cuando se disponía a salir al encuentro de Deslauriers, resonó un campanillazo en su puerta, presentándose Arnoux.
—Una palabra, tan sólo. Ayer he recibido de Ginebra una hermosa trucha, y contamos con usted, desde luego, para las siete en punto...
Calle de Choiseul, 24 duplicado: no lo olvide.
Frédéric se vio en la necesidad de sentarse; se le doblaban las rodillas, y repetía: "¡Por fin, por fin!" Después escribió sendas cartas a su sastre, a su sombrerero y a su zapatero, enviándolas a la vez con tres mozos distintos. Giró la llave en la cerradura y apareció el portero con una maleta a hombros.
Frédéric, al verse ante Deslauriers, se echó a temblar; como la mujer adúltera en presencia del esposo.
—¿Qué te ocurre? —dijo Deslauriers-. ¿No has recibido una carta mía?
Frédéric no tuvo ánimos para mentir; abrió los brazos y estrechó a su amigo, quien sin perder momento le contó su historia. Su padre se había negado a rendirle las cuentas de su tutela, creyéndose que prescribían a los diez años. Pero Deslauriers, conocedor de la materia al dedillo, consiguió arrancarle al fin la herencia materna, consistente en siete mil francos, que llevaba consigo en una vieja cartera.
—Me servirán de reserva si alguna vez se tuercen las cosas. Es preciso que piense en colocarlos y en colocarme yo mismo desde mañana por la mañana. Por lo que hace a hoy, holganza completa y a tu entera disposición, amigo mío.
—¡Oh!, no te molestes —dijo Frédéric—. Si esta noche tienes alguna cosa de importancia.
—¡Vamos! Sería un grandísimo miserable.
Aquel epíteto, caprichosamente lanzado, hirió a Frédéric en mitad del corazón, como una alusión ultrajante.
El portero había colocado en la mesa, que se hallaba junto a la chimenea, unas chuletas, galantina, una langosta, el postre y dos botellas de Burdeos.
Tan buena acogida conmovió a Deslauriers.
—Me tratas a cuerpo de rey; palabra.
Hablaron del pasado y del porvenir, y de vez en cuando se estrechaban la mano por debajo de la mesa, contemplándose por un momento con ternura. En esto apareció uno de los mozos, que traía un sombrero reluciente. Deslauriers, en voz alta, hizo notar cuán flamante era.
Después, el mismo sastre en persona trajo el frac, que había planchado.
—Se creería que vas a casarte —dijo Deslauriers.
A la hora, un tercer individuo apareció, sacando de un enorme saco negro unas magníficas botas de charol. Mientras Frédéric se las probaba, el zapatero, mirando con socarronería, no apartaba sus ojos del calzado del provinciano.
—¿Necesita algo el señor?
—No, gracias —repuso Deslauriers, escondiendo bajo la silla sus viejos borceguíes.
Semejante humillación molestó a Frédéric. Se resistía a descubrir su trance. Al fin, y como si se le ocurriera una idea, exclamó:
—¡Ah, caray! Se me olvidaba.
—¿Qué cosa?
—Pues que esta noche estoy convidado.
—¿En casa de los Dambreuse? ¿Por qué no me has hablado de ellos en tus cartas?
No era en casa de los Dambreuse, sino en la de los Arnoux.
—Has debido advertírmelo —dijo Deslauriers y hubiera venido un día más tarde.
—¡Imposible! —repuso Frédéric con brusquedad—. Hasta esta mañana, hasta hace poco no me han invitado.
Y para atenuar su falta y distraer de ella a su amigo, desató los enredados cordeles de su maleta, ordenó todas sus cosas sobre la cómoda y hasta quiso cederle su propia cama y acostarse él en la leñera.
Luego, a las cuatro, comenzó sus preparativos para vestirse.
—¡Tienes mucho tiempo por delante! —le dijo su amigo.
Al fin, y una vez vestido, se fue.
—¡Así son los ricos! —pensó Deslauriers, y se dirigió para comer a la calle Saint-Jacques, a un modesto restaurante que conocía.
Frédéric —de tal modo latía su corazón— se detuvo varias veces en la escalera. Las costuras de uno de sus guantes excesivamente justos saltaron, y mientras ocultaba el descosido bajo el puño de su camisa, Arnoux, que le iba a la zaga, le cogió de un brazo y le hizo entrar.
Se veía en la antesala, decorada a la manera china, un farol pintado en el techo y sendos bambúes en los rincones. Al atravesar el salón, Frédéric tropezó con una piel de tigre. Aún no habían encendido las velas; pero allá, en el fondo del gabinete, dos lámparas resplandecían.
La señorita Marthe vino a decir que su madre se estaba vistiendo.
Arnoux la levantó a la altura de su boca para besarla, y luego, como quisiera escoger él mismo en el sótano dos botellas de cierto vino, dejó a Frédéric con la niña.
Había crecido mucho desde el viaje de Montereau. Sus cabellos oscuros caían en largos tirabuzones, que rozaban sus desnudos brazos.
Su vestido, más ahuecado que la corta falda de una bailarina, dejaba al descubierto sus sonrosadas piernas, y de toda su gentil persona, trascendía una frescura de ramillete. Acogió los piropos del joven con aire coqueto, fijando en él sus profundos ojos, y a continuación, deslizándose por entre los muebles, desapareció como una gata.
Frédéric ya no sentía la más leve turbación. Los globos de las lámparas, cubiertos con encaje de papel, despedían una tenue luz, que amortiguaba el matiz de los muros, tapizados con raso malva. Por entre el enrejado del guardafuegos de la chimenea, semejante a un gran abanico, se percibían los enrojecidos carbones; junto al reloj había un cofrecillo con abrazaderas de plata. Acá y allá se amontonaban cosas íntimas: una muñeca sobre el confidente, una pañoleta en el respaldo de una silla, y en la mesa de costura una labor de punto, de la que pendían, con la punta hacia el suelo, dos agujas de marfil. Era ése, a un mismo tiempo, un rincón apacible, honrado y familiar.
Arnoux entró, y su mujer apareció por otra puerta. Como la envolvía la oscuridad, en un principio el joven sólo percibió su cabeza.
Vestía un traje de terciopelo negro y se tocaba con una larga redecilla argelina de punto de seda roja, la cual, enrollándose en su peineta, le caía sobre el hombro izquierdo.
Arnoux presentó a Frédéric.
—Le recuerdo perfectamente —repuso ella.
Casi al mismo tiempo fueron llegando todos los invitados: Dittmer, Lobarias, Burrieu, el compositor Rosenwal, el poeta Teófilo Lorris, dos críticos de arte colegas de Hussonnet, un fabricante de papel y, en fin, el ilustre Pedro Pablo Meinsius, el último representante de la alta pintura, que llevaba gallardamente, con su gloria, sus ochenta años y su abultado abdomen.
Cuando se dirigieron al comedor, la señora Arnoux se cogió de su brazo. Pellerin tenía reservado su puesto. Arnoux, sin perjuicio de explotarle, le estimaba; además temía de tal modo a su terrible lengua, que para contentarlo publicó en L'Art Industriel su retrato seguido de hiperbólicos elogios, y Pellerin, más sensible a la gloria que al dinero, apareció, jadeante, a eso de las ocho. Frédéric se figuró que se hallaban reconciliados desde hacía mucho tiempo.
La compañía, los manjares, todo le agradaba. El comedor, a semejanza de un locutorio de la Edad Media, estaba revestido de cuero curtido; un estante holandés se erguía ante un tablero de pipas turcas, y, en torno de la mesa, los cristales de Bohemia, de diversos matices, entre las flores y las frutas, daban a aquello el aspecto de un jardín iluminado.
Pudo escoger entre diez clases de mostaza; comió daspachio, arroz a la india, jengibre, merlos de Córcega, empanadas romanas; bebió vinos extraordinarios —lip-fraolí y Tokay—. Arnoux se jactaba de hacer bien estas cosas. Halagaba —puestos los ojos en los comestibles— a los ambulantes de correos, y tenía amistad con los cocineros de las casas de rango, enterándose por ellos de ciertos guisos.
Pero lo que más entretenía a Frédéric eran las conversaciones. Su afición por los viajes fue satisfecha por Dittmer, que habló del Oriente; sació su curiosidad por las cosas de teatros oyendo a Rosenwal hablar de la Ópera, y el horrible vivir bohemio se le antojó singularísimo a través de la alegría de Hussonnet, quien contó de manera pintoresca cómo se había pasado todo un invierno sin comer otra cosa que queso de Holanda. Luego una discusión entre Lobarias y Burrieu, sobre la escuela florentina, le reveló obras maestras, abriéndole nuevos horizontes, y casi no pudo reprimir su entusiasmo cuando Pellerin exclamó:
¡Déjenme tranquilo con su odiosa realidad! ¿Qué quiere decir eso de realidad? Los unos ven negro; los otros, azul, y la turba, necedades. Nada menos natural que Miguel Ángel; pero nada más fuerte.
El cuidado por la verdad externa descubre la bajeza contemporánea, y el arte, si continúan así, llegará a ser como una pesada y resobada broma, por debajo de la religión como poesía, y de la política como interés. Ustedes no conseguirán su objeto, ¡sí, su objeto!, que es producirnos una exaltación impersonal con obras sin importancia, no obstante las sutilezas de ejecución. He aquí, por ejemplo, los cuadros de Bassolier: lindos, coquetones, limpios y ligeros; se pueden llevar de viaje, en un bolsillo. Los notarios pagan por ellos veinte mil francos, y no tienen tres céntimos de ideas; pero sin ideas nada es grande, y sin grandeza nada es bello. El Olimpo es una montaña. El más atrevido monumento serán siempre las Pirámides. Preferible es la exuberancia al gusto, el desierto a la acera y el salvaje al peluquero.
Frédéric, oyendo tales cosas, miraba a la señora Arnoux. Aquellas palabras caían en su espíritu como metales en un horno, fomentaban su apasionamiento y enardecían su amor.
Estaba sentado en el mismo lado, pero tres puestos más allá que la señora Arnoux. Ella de vez en cuando se inclinaba ligeramente, volviendo el rostro para dirigirle algunas palabras a su hija, y como se sonriera al hacerlo, en la mejilla se le formaba un hoyuelo que daba a su cara un más delicado aire de bondad.
A la hora de los licores desapareció, y la charla se hizo más libre, brillando en tal punto el señor Arnoux y llenándose de asombro Frédéric con el cinismo de aquellos hombres. Sin embargo, su preocupación por la mujer establecía entre los otros y él una especie de igualdad que elevaba al comerciante en la estimación del joven.
De vuelta en el salón, y por hacer algo, cogió uno de los álbumes amontonados sobre la mesa. Los grandes artistas de la época habían llenado sus páginas: de dibujos los unos; los otros de verso o prosa, y algunos se limitaron a firmar; entre los nombres célebres aparecían muchos desconocidos, y entre una nube de necedades descollaba tal cual curioso pensamiento; pero todos contenían un homenaje más o menos directo a la señora Arnoux. Frédéric hubiera sentido miedo de poner allí una línea.
La señora Arnoux fue a su gabinete para buscar el cofrecillo con abrazaderas de plata —obra del Renacimiento, regalo de su marido— que el joven había visto sobre la chimenea. Los amigos del comerciante le elogiaron; su mujer dio las gracias, y él se sintió tan enternecido, que delante de todos besó a su mujer.
A continuación, y por doquier, se formaron grupos en los que se charlaba; el bueno de Meinsius se hallaba con la señora Arnoux, en una butaca, junto al fuego; se inclinaba ella al oído del viejo pintor y sus cabezas se rozaban. Frédéric hubiera aceptado ser sordo, enfermo y feo a cambio de un nombre ilustre y de unos cabellos blancos que le permitieran ampararse en una parecida intimidad; su corazón se consumía, furioso contra su juventud.
La señora Arnoux, a poco, se dirigió al ángulo del salón en donde estaba Frédéric, preguntándole si conocía a algunos de los invitados, si era amante de la pintura y, por último, si hacía mucho que estudiaba en París. Cada palabra que salía de su boca se le antojaba a Frédéric una cosa nueva, algo exclusivamente relacionado con su persona. Lleno de atención, contemplaba los sueltos cabellos de su peinado acariciando su desnudo hombro, y sin apartar de ellos los ojos, se le hundía el alma en la blancura de aquella carne femenina; sin embargo, no osaba levantar la vista para mirarla frente a frente.
Los interrumpió Rosenwal, rogando a la señora Arnoux que cantara algo. Preludió aquél, mientras ella aguardaba; sus labios se entreabrieron, y un son puro, largo y sostenido vibró en el aire. Frédéric no comprendió nada de la letra, que era italiana.
Comenzaba aquello con un grave ritmo, como de canto sagrado, que, animándose y creciendo después, multiplicaba las sonoras vibraciones, se apaciguaba de pronto, y la melodía, en una amplia y lánguida oscilación, retornaba amorosamente.
Estaba ella de pie, junto al teclado, los brazos caídos, la mirada perdida. A veces, para leer la música, entornaba los párpados, adelantando por un instante la frente. Su voz de contralto se revestía en los graves de una lúgubre entonación, que helaba, y en tal punto, su hermosa cabeza, de hermosas cejas, caía sobre su hombro; su seno se henchía, sus brazos se levantaban; de su garganta fluían unos trinos y su cuello parecía como tronchado suavemente por la caricia del aire. Lanzó tres notas agudas, que sostuvo hasta perderlas; luego otra, más alta aún, terminando, por último, y tras un silencio, con una fermata.
Rosenwal prosiguió tocando para él mismo. Poco a poco iban desapareciendo los invitados. A las once, cuando se marchaban los últimos, Arnoux salió con Pellerin, so pretexto de acompañarle, pues era de esas personas que se sienten mal si no dan una vueltecita después de comer.
La señora Arnoux había llegado hasta el recibimiento; Dittmer y Hussonnet se despedían de ella, que les tendió la mano; lo propio hizo con Frédéric, que se sintió como penetrado hasta lo más profundo de su ser.
Se separó de sus amigos; tenía necesidad de hallarse solo; su corazón se expandía. ¿Por qué le alargó la mano? ¿Lo hizo sin darse cuenta o para animarlo? ;Vamos, hombre, estoy loco!" Además, qué importaba una cosa u otra, si al fin le era dado verla a sus anchas y vivir en su ambiente.
Las calles estaban desiertas. A veces pasaba una pesada carreta haciendo temblar el piso. Se sucedían los edificios con sus fachadas grises y sus cerradas ventanas, y Frédéric pensaba desdeñosamente en todos aquellos seres humanos que dormían tras aquellos muros, que vivían sin verla, que hasta ignoraban que ella viviese. Ya no tenía conciencia del medio, del espacio, de nada, y taconeando fuerte, golpeando con su bastón las puertas de las tiendas, caminaba adelante siempre, al azar, arrastrado, perdido. Una húmeda brisa le envolvió, percatándose por ello de que se hallaba en el muelle.
Los faroles resplandecían en dos rectas e indefinidas ringleras, y largos y rojizos reflejos de luz palpitaban en la profundidad de las aguas, de un matiz pizarroso, en tanto que el cielo, más claro, parecía sostenerse en las sombrías y enormes masas tenebrosas que se elevaban de una y otra ribera del río. Algunos edificios, hundidos en las sombras, hacían aun más densa la oscuridad. Allá, por encima de los tejados, flotaba una coloreada bruma; se fundían todos los rumores en un solo murmullo, y erraba una brisa leve.
Se había detenido en mitad del Pont-Neuf, y con la cabeza descubierta, henchido el pecho, aspiraba el aire. Sentía, sin embargo, subir de lo más profundo de su ser un algo inagotable, un como flujo de ternura, que le enervaba como el deslizarse de las ondas bajo sus ojos.
Lentamente, como si fuera una voz que le llamase, el reloj de una iglesia dio la una.
Entonces se sintió sobrecogido por uno de esos estremecimientos del alma gracias a los que se siente uno como transportado a un mundo superior. Se sintió dotado de una facultad extraordinaria, cuyo objeto desconocía, y preguntándose seriamente qué iba a ser, si un gran pintor o un gran poeta, se decidió por la pintura, pues las exigencias de ese arte le aproximarían a la señora Arnoux. Por fin había descubierto su vocación! ¡La finalidad de su existencia y lo infalible de su porvenir se manifestaban claramente ahora!
Una vez que hubo cerrado la puerta, oyó a alguien que roncaba, en el gabinete oscuro, junto a su cuarto. Era su amigo. Ya no se acordaba de él.
Su rostro se reflejaba en el espejo. Se halló guapo, y durante un momento permaneció contemplándose.
V
A la mañana siguiente, antes de las doce, compró una caja de pinturas, pinceles y un caballete. Pellerin se avino a darle lecciones, y Frédéric lo condujo a su alojamiento para que viera si le faltaba algún utensilio de pintura.
Deslauriers se hallaba en casa, y un joven estaba sentado en el segundo sillón; señalándolo, su amigo le dijo:
—Aquí lo tienes; es él, Senecal.
Aquel mozo desagradó a Frédéric. Su cabello, cortado al rape, realzaba la anchura de su frente; un no sé qué de frío y de duro se percibía en sus ojos grises, y su largo levitón negro y todo su traje trascendía a pedagogo y a eclesiástico.
En primer término se charló de cosas de actualidad, y entre otras del Stabat, de Rossini; Senecal, a una pregunta, declaró que no iba nunca al teatro. Pellerin abrió la caja de pinturas.
—¿Es para ti todo eso? —dijo Deslauriers.
—Es natural.
—¡Vaya idea!
Y se inclinó sobre la mesa, en la que el pasante de matemáticas hojeaba un libro de Louis Blanc, que él mismo había llevado, y leía en voz baja algunos pasajes, mientras Pellerin y Frédéric examinaban juntos la paleta, el raspador, los tubos de pintura. Después comenzaron a hablar del banquete de Arnoux.
—¿El comerciante de cuadros? —preguntó Senecal—. ¡Valiente sujeto!
—¿Por qué? —preguntó Pellerin.
—Pues porque es un hombre que negocia con las infamias de la política.
Y comenzó a hablar de un dibujo célebre que representaba a toda la familia real entregada a edificantes ocupaciones: Luis Felipe tenía un código; la reina, un devocionario; las princesas bordaban; el duque de Nemours ceñía un sable; el señor de Joinville enseñaba una carta geográfica a sus hermanos menores, y en el fondo descubríase una cama para dos. Este dibujo, titulado Una buena familia, había sido la alegría de los burgueses, al par que la aflicción de los patriotas. Pellerin, con tono contrariado, como si fuera el autor, repuso que todas las opiniones eran admisibles; Senecal protestó. ¡El arte debía aspirar exclusivamente a la educación de las masas! No debían reproducirse más que asuntos que reflejaran acciones virtuosas; los demás eran nocivos.
—Pero eso depende de la ejecución —exclamó Pellerin—. ¡Yo puedo hacer obras maestras!
Entonces, ¡tanto peor para usted! Uno no tiene derecho.
¿Cómo?
—No, señor. ¡Usted no tiene derecho a interesarme con cosas que yo rechazo! ¿Qué falta nos hacen todas esas laboriosas bagatelas de las que es imposible sacar ningún provecho, como, por ejemplo, de esas Venus y de todos los paisajes de ustedes? ¡Ni en unas ni en otros veo enseñanza ninguna para el pueblo! ¡Dennos más bien a conocer sus miserias! Entusiásmenos con sus sacrificios! ¡Oh, Dios mío, los asuntos no faltan: la alquería, el taller....
Pellerin, el aliento entrecortado por la indignación y creyendo disponer de un argumento, dijo:
—¿Acepta usted a Molière?
—¡Lo acepto! —repuso Senecal—. ¡Lo acepto y lo admiro como precursor de la Revolución francesa!
—¡Oh, la Revolución! ;Vaya un arte! Jamás hubo más deplorable época!
—¡Nunca más grande, caballero!
Pellerin, cruzándose de brazos y mirándole a la cara, dijo:
—¡Tiene usted toda la vitola de un guardia nacional!
—¡No pertenezco a ella y la detesto tanto como usted! Pero con semejantes principios se corrompe a las muchedumbres. Por lo demás, eso es cuenta del Gobierno; sin la complicidad de una caterva de farsantes como el que nos ocupa, no sería aquél tan fuerte.
El pintor tomó la defensa del comerciante porque las opiniones de Senecal le exasperaban. Hasta se atrevió a sostener que Jacques Arnoux era un verdadero corazón de oro, abnegado con sus amigos, cariñoso con su mujer.
—¡Bah, bah! Si le ofrecen una buena suma, no se negaría a que sirviera de modelo.
Frédéric se puso pálido.
—¿Tanto mal le ha causado a usted, caballero?
—¿A mí? Nada de eso. Lo he visto una vez únicamente, en el café, con un amigo: eso es todo.
Y decía la verdad; pero los reclamos continuados de L'Art Industriel le sacaban de quicio. Arnoux era, para él, el representante de un mundo que consideraba funesto para la democracia. Republicano austero, sin necesidades ningunas, además, y de una inflexible honradez, consideraba corrompidas todas las elegancias.
La charla se reanudó, no sin trabajo. El pintor, a poco, se acordó de su cita, y de sus alumnos el pasante; y cuando se vieron fuera, después de un largo silencio, Deslauriers hizo varias preguntas sobre Arnoux.
—Me presentarás a él más adelante, ¿no es cierto, amigo mío?
—Seguramente —dijo Frédéric.
Luego trataron de su colocación. Deslauriers había obtenido sin trabajo un puesto de pasante segundo en casa de un procurador; se matriculó en la Escuela de Derecho, comprando los libros indispensables, y la tan anhelada vida comenzó, una vida que fue deliciosa merced a la belleza de su juventud. Como Deslauriers no dijera nada respecto de los gastos, Frédéric tampoco dijo una palabra. Subvenía a todas las necesidades, arreglaba el armario, se ocupaba de la casa; pero si era menester echarle una reprimenda al portero, el pasante era el encargado de ello, continuando, como en la escuela, su papel de mayorcito y de protector,
Separados durante el día, volvían a reunirse llegada la noche. Se colocaba cada uno en su sitio, en un rincón de la chimenea, y ponían manos en el trabajo, que no tardaban en interrumpir con interminables expansiones y alegrías sin motivos, y hasta disputas, a las veces, a propósito de la mala luz de la lámpara o de un libro extraviado; cóleras de un minuto, en fin, que al minuto se ahogaban en risas.
Las puertas de las alcobas se quedaban abiertas y el charloteo proseguía de cama en cama.
Al llegar el día se paseaban en mangas de camisa por el terrado; surgía el Sol, las fugitivas brumas se deslizaban por el río, se oían los mil ruidos del vecino mercado de flores, y el humo de sus pipas se esparcia por el puro ambiente que refrescaba sus ojos, abotargados aún, inundándose sus almas de una esperanza inmensa al aspirar aquel aire.
El domingo, si no llovía, se marchaban juntos y cogidos del brazo por esas calles. Casi siempre se les ocurría a un tiempo idéntica reflexión, o bien charlaban sin parar mientes en lo que había en torno de ellos. Deslauriers ambicionaba la riqueza como medio de señorearse del mundo; hubiera deseado remover la sociedad, llamar mucho la atención, tener tres secretarios a sus órdenes y dar comidas políticas una vez a la semana. Frédéric se amueblaba un palacio a lo moro, para vivir tendido en divanes de Cachemira, acariciado el oído por el desgranarse de un surtidor y servido por pajes negros, y eran tan palpables todas estas cosas soñadas, que al verse sin ellas se entristecían como si las hubiesen perdido.
—Pero ¿para qué hablar de tales cosas —decía Frédéric—si nunca las tendremos?
—¿Quién sabe? —replicaba Deslauriers.
A pesar de sus opiniones democráticas, le incitaba a que se introdujera en casa de los Dambreuse; a lo que Frédéric argüía que ya lo había intentado.
—¡Bah! Vuelve a la carga y te invitarán.
Como a mediados de marzo, y entre otras cuentas de importancia, recibiera la del hostelero que les servía la comida, y como Frédéric no tuviera dinero bastante, pidió prestado a Deslauriers cien escudos; la misma petición fue reiterada quince días más tarde, regañándole su amigo por los gastos que hacía en el establecimiento de Arnoux.
Efectivamente, tales gastos eran excesivos. Una vista de Nápoles, otra de Venecia y otra de Constantinopla aparecían en mitad de cada una de las tres paredes; acá y allá, escenas ecuestres de Alfredo de Dreux, un grupo de Pradier sobre la chimenea, dos números de L'Art Industriel sobre el piano y cartones de dibujo por el suelo, obstruían de tal suerte la habitación, que apenas si había sitio para colocar un libro ni tan siquiera para rebullirse. Según Frédéric, todo aquello le era necesario para poder pintar.
Trabajaba en casa de Pellerin; pero éste con frecuencia se hallaba en la calle, pues tenía la costumbre de asistir a todos los entierros y acontecimientos de que hablaban los periódicos, de modo que Frédéric se pasaba completamente solo las horas enteras en el estudio. El silencio que allí reinaba, sólo interrumpido por el corretear de los ratones; la luz que caía de lo alto, y hasta el crepitar de la estufa, todo, de consuno, le hundía al principio en una especie de bienestar intelectual.
Luego sus ojos, abandonando el trabajo, se abismaban en las desconchaduras de la pared, entre las baratijas del armario, a lo largo de las estatuas en las que el polvo amasado semejaba jirones de terciopelo, y como el viajero que, perdido en medio de un bosque, siempre, vaya por donde vaya, sale al mismo sitio, así el joven, en lo profundo de cada idea, se hallaba siempre con la imagen de la señora Arnoux.
Se había fijado día para ir a su casa; pero una vez en el segundo piso, ante la puerta, dudaba en llamar. Unos pasos se aproximaban, abrían, y al oír "La señora no está en casa", se sentía como liberado, como si le quitaran un peso del corazón.
Sin embargo, la encontró más de una vez: la primera estaba en compañía de tres señoras; otra, por la tarde, fueron interrumpidos por el maestro de caligrafía de la señorita Marthe. Además, como los hombres que conocían a la señora Arnoux no la visitaban, Frédéric, por discreción, dejó de hacerlo.
Pero no dejaba de ir, muy particularmente todos los miércoles por la tarde, a L'Art Industriel, para ser invitado a las comidas de los jueves; permanecía allí después de todos, más tiempo aun que Regimbart, hasta el último minuto, fingiendo que miraba un grabado o que leía un periódico. Al fin, Arnoux le decía:
—¿Está usted libre mañana por la noche?
Y sin esperar a que terminase, aceptaba la invitación. Parecía que Arnoux iba tomándole cariño. Le enseñó el arte de reconocer los vinos, a quemar el ponche, a hacer salmorejo de ave. Frédéric seguía dócilmente sus consejos, amando cuanto dependía de la señora Arnoux: sus muebles, sus criados, su casa, su calle.
Apenas si hablaba durante aquellas comidas, limitándose a contemplarla a ella: en la sien derecha tenía un lunarcito; sus cabellos, por delante, eran de una negrura más intensa y como ligeramente humedecidos por los bordes; de vez en cuando, y con tan sólo dos dedos, se los alisaba. Frédéric conocía la forma de todas las uñas de ella; se deleitaba escuchando el crujir de su vestido de seda al pasar junto a las puertas; olisqueaba a hurtadillas el perfume de su pañuelo; su peinado, sus guantes, sus sortijas, eran para él cosas de un alto valor, importantísimas como obras de arte, casi animadas como personas; todas se le adentraban en el alma y enardecían su pasión, que no había tenido fuerzas para ocultársela a Deslauriers. Cuando regresaba de casa de la señora Arnoux, lo despertaba como sin querer, a fin de poder hablar de ella.
Deslauriers, que dormía en un cuartito, junto a la pileta, lanzaba un prolongado bostezo, y Frédéric se sentaba a los pies de la cama. En primer lugar hablaba de la comida, y a continuación refería mil detalles insignificantes, en los que observaba señales de desprecio o de cariño.
Una vez, por ejemplo, ella había rehusado su brazo para tomar el de Dittmer, desolándose Frédéric.
—¡Oh, que tontería!
O bien le había llamado "amigo mío". "¡Entonces la cosa marcha!", pensaba él.
—Pero yo no me atrevo —decía Frédéric.
Perfectamente; no pienses más en ella. Buenas noches.
Y volviéndose del lado de la pared, tornaba a dormirse. Aquel amor le resultaba ininteligible, considerándolo como una última flaqueza de adolescente, y por no bastarle ya su intimidad, sin duda, pensó en reunir una vez por semana a los amigos comunes.
Llegaban el sábado, como a eso de las nueve de la noche. Las tres cortinas estaban cuidadosamente corridas; ardían la lámpara y cuatro velas; la caja de tabaco, llena de pipas, se veía en medio de la mesa, entre las botellas de cerveza, la tetera, un frasco de ron y algunas pastas. Se discutía la inmortalidad del alma y se establecían paralelos entre los profesores.
Una noche, Hussonnet se presentó con un mozo fornido, de apocado continente y con una levita de mangas demasiado cortas. Era el muchachote aquel que el año último reclamaron como camarada en la Comisaría.
Como no le fue posible entregarle a su jefe la caja con los encajes perdida en la refriega, aquél le acusó de robo, amenazándole con llevarlo a los Tribunales; ahora estaba de dependiente en una casa de transportes. Hussonnet se lo había tropezado aquella mañana en la esquina de una calle y lo traía porque Dussardier, por reconocimiento quería ver "al otro"
Alargó a Frédéric la petaca, con todos los cigarros aún, pues la había conservado religiosamente, con la esperanza de devolverla. Los jóvenes le invitaron a volver, y así lo hizo.
Todos simpatizaban. En primer lugar, su odio al Gobierno tenía la fuerza de un dogma indiscutible. Unicamente Martinon trataba de defender a Luis Felipe; pero los demás se le echaban encima agobiándolo con los lugares comunes de los periódicos: la fortificación de París, las leyes de septiembre, Prithard, lord Guizot, y esto de tal manera, que Martinon, temiendo ofender a alguno, se callaba. En siete años de colegio nunca se hizo acreedor a un castigo, y en la Facultad de Derecho sabía congraciarse con los profesores. Llevaba por lo general una gruesa levita color de almáciga y chanclas de goma; pero una noche se presentó con traje de recién casado: chaleco de terciopelo, corbata blanca y cadena de oro.
El asombro aumentó cuando se supo que venía de casa del señor Dambreuse. En efecto, el banquero Dambreuse acababa de comprar al padre de Martinon una partida considerable de madera, y como el buen hombre le había presentado a su hijo, el banquero invitó a comer a los dos.
—¿Había muchas trufas? —preguntó Deslauriers—. ¿Y has abrazado a su esposa, entre cortinas, sicut decet?
Con esto, la charla derivó hacia las mujeres. Pellerin no admitía que hubiese mujeres hermosas —prefería los tigres—; además, la hembra del hombre era un ser inferior en la jerarquía estética.
—Lo que a ustedes les seduce en ella es precisamente lo que la rebaja como idea; es decir, el seno, los cabellos.
—Sin embargo —objetó Frédéric—, una abundante cabellera y unos grandes ojos negros..
—¡Conocemos la cantilena! —exclamó Hussonnet—. Basta de andaluzas! ¡Yo estoy chapado a la antigua! ¡Dejémonos, en fin, de charlatanerías! Una mujer elegante y casquivana es más entretenida que la Venus de Milo. ¡Seamos sencillotes, como corresponde a unos buenos muchachos! ¡Y de costumbres disolutas, si podemos!
¡Corred, vinos generosos!
¡Dignaos sonreír, mujeres!
—Es preciso ir de la morena a la rubia. ¿Es ésta su opinión, amigo Dussardier?
Dussardier no dijo nada, y todos le acosaron para conocer sus aficiones.
—Está bien —dijo, ruborizándose—; a mí me gustaría amar siempre a la misma.
Y fue dicho aquello de tal manera, que por un momento todos callaron, sorprendidos los unos por aquel candor, y quizá percatados los otros del mismo anhelo de aquella alma.
Senecal colocó en el jambaje de la chimenea su vaso de cerveza y declaró dogmáticamente que, siendo la prostitución una tiranía y el casamiento una inmoralidad, era preferible abstenerse. Deslauriers tomaba a las mujeres como distracción, y nada más. El señor de Cisy, a este respecto, sentía toda clase de temores.
Educado bajo la férula de una abuela muy devota, la compañía de aquellos jóvenes la encontraba atrayente como un lugar peligroso e instructiva como una Sorbona. No se le regateaban las lecciones, manifestándose él lleno de celo, hasta el punto de querer fumar, a despecho de las náuseas que le atormentaban cada vez que lo hacía. Frédéric le rodeaba de atenciones, admirando el matiz de sus corbatas, las pieles de su paleto y sobre todo sus botas, finas como guantes y de una extraordinaria elegancia y pulcritud: en la puerta siempre le aguardaba su coche. Una noche de nieve, recién marchado el señor de Cisy, Senecal se compadeció de su cochero, declamando a continuación contra los lechuguinos y el Jockey-Club; hacía más caso de un obrero que de los tales caballeretes.
—Yo, al menos, trabajo; soy pobre.
—Ya se ve —dijo Frédéric impaciente.
El pasante le guardó rencor por aquellas palabras.
Habiéndole dicho Regimbart que conocía un poco a Senecal, Frédéric, para mostrarse cortés con el amigo de Arnoux, le invitó a las reuniones del sábado. El encuentro les fue grato a los dos patriotas. Sin embargo, sus opiniones diferían.
Senecal —que tenía cabeza puntiaguda apreciaba las cosas de una manera sistemática, en tanto que Regimbart, por el contrario, en los hechos no veía sino los hechos mismos. Su principal inquietud era la frontera del Rhin. Se consideraba perito en artillería y se hacía vestir por el sastre de la Escuela Politécnica.
El primer día, al ofrecérsele unos pasteles, se encogió desdeñosamente de hombros, afirmando que aquello eran cosas de mujeres, y no estuvo más amable las veces sucesivas. En cuanto las discusiones se elevaban un poco, murmuraba: ";Oh, nada de Utopías, nada de sueños!"
En materia de arte —aunque frecuentaba los estudios, donde, a las veces, solía dar alguna que otra lección de esgrima—no eran más trascendentales sus opiniones. Comparaba el estilo de Marast con el de Voltaire y el de la señorita Vatnaz con el de la señora Staël, por una oda a Polonia "en la que había pasión". En fin, Regimbart molestaba a todos, y especialmente a Deslauriers, porque el tal ciudadano era uno de los íntimos de Arnoux; lo que no era óbice para que él ambicionara concurrir a la tertulia del comerciante, en la creencia de que le sería dado relacionarse provechosamente.
"¿Cuándo vas a presentarme?", le decía Frédéric; a lo que éste respondía que Arnoux andaba muy atareado, o bien que se iba de viaje; por otra parte, no valía la pena, porque las comidas iban a terminarse.
Si hubiera sido preciso arriesgar la vida para salvar a Deslauriers Frédéric lo habría hecho; mas como deseaba presentarse de la más ventajosa manera posible, y como cuidaba su conversación, sus maneras y sus costumbres, hasta el punto de que siempre iba a L'Art Industriel irreprochablemente acicalado, temía que Deslauriers, con su vieja levita negra, su vitola de procurador y sus ideas presuntuosas no fuera del agrado de la señora Arnoux, lo que podía comprometerle y aun rebajarle a él mismo ante los ojos de ella. Transigía de buen grado con los demás; pero su amigo precisamente sería para él un estorbo muchísimo mayor. A Deslauriers no se le ocultaba que el joven rehuía cumplir su promesa, antojándosele, además, que su silencio era como una agravación de la injuria.
Hubiera querido ser su único guía y verle desenvolverse según el ideal de su juventud, y su holgazanería le sublevaba como una desobediencia y como una traición. Además, Frédéric, a cuestas siempre por el recuerdo de la señora Arnoux, hablaba con frecuencia de su marido, y Deslauriers, en vista de ello, dio en la gracia de repetir a troche y moche, a modo de muletilla y como resabio de idiota, el apellido del comerciante, viniera o no a cuento. Si llamaban a su puerta, respondía "Entre usted, Arnoux" En el restaurante pedía queso de Brie "lo mismo que el de Arnoux"Y por la noche, fingiendo una pesadilla despertaba a su amigo, aullando; "¡Arnoux, Arnoux!" Hasta que por fin, un día, Frédéric, harto ya, le dijo con deplorable acento:
—¿Quieres dejarme tranquilo con tanto Arnoux?
—¡Nunca! —repuso Deslauriers.
¡Siempre y en todas partes él!
La imagen de Arnoux, cálida o fría...
—¡Cállate! —exclamó Frédéric, amenazándole con el puño. Y añadió con más dulzura:
—Bien sabes que eso me molesta.
—¡Oh, excelente persona, perdóneme! —replicó Deslauriers haciendo una profunda reverencia--. En lo sucesivo, se respetarán los nervios de la señorita! ¡Perdóneme, se lo repito! ¡Acepte mis excusas.
Y así terminó la broma.
Una noche, tres semanas más tarde, le dijo:
—No hace mucho he visto a la señora Arnoux.
—¿Dónde?
—En la Audiencia, con el procurador Balandar. ¿No es una mujer morena, de mediana estatura?
Frédéric asintió, aguardando a que Deslauriers hablase. A la menor palabra de admiración se desahogaría por completo; incluso estaba a punto de reverenciarlo; pero el otro seguía sin despegar su boca; por último, no pudiendo contenerse por más tiempo, le preguntó, como quien no quiere la cosa, lo que pensaba de ella.
Para Deslauriers, "no estaba mal, aunque no tenía nada de extraordinario".
—¿Eso crees? —dijo Frédéric.
Con el mes de agosto llegó la hora de su segundo examen. Quince días de trabajo eran suficientes, según la opinión general, para imponerse de las asignaturas. Frédéric, no dudando de sus fuerzas, se sorbió de un trago los cuatro primeros libros de Procedimientos, los tres primeros del Código penal, una parte del civil, con anotaciones del señor Poncelet, y algunos trozos de Procedimiento criminal. La víspera, Deslauriers le hizo dar un repaso, que duró hasta la mañana, y para aprovecharse hasta el último minuto le continuó haciendo preguntas mientras iban por la calle.
Como se celebraban varios exámenes a la vez, en el patio había muchas personas, Hussonnet y Cisy entre ellas; cuando se trataba de compañeros, no faltaban a tales actos. Frédéric, después de revestirse la tradicional toga negra, penetró, con tres estudiantes más y seguido de una turba, en un salón grande, iluminado por algunas ventanas sin cortinas y con bancos alrededor de las paredes. En medio, unas sillas de cuero rodeaban una mesa cubierta con un paño verde, que separaba a los examinados de los señores del tribunal, todos con sus togas rojas, sus mucetas crladas de armiño sobre los hombros y sus birretes con galones de oro en la cabeza.
Frédéric era —mal número— el penúltimo de la lista. A la primera pregunta, sobre la diferencia entre convenio y contrato, se trabucó, confundiendo el uno con el otro; el profesor, que era una buena persona, le dijo: "No se haga usted un lío; tranquilícese." Luego, después de dos preguntas fáciles, contestadas ambiguamente, se pasó a la cuarta. Frédéric se desconcertó con tal principio. Deslauriers, que se hallaba enfrente, entre el público, le decía, por señas, que aún no se había perdido todo. En la segunda pregunta, sobre Derecho criminal, estuvo pasable; pero después de la tercera, relativa al testamento místico, como el profesor permaneciera impasible mientras él hablaba, redobló su angustia, pues Hussonnet juntaba las manos para aplaudir, en tanto que Deslauriers se encogía de hombros a cada paso. ¡Llegó, por último, el instante de probar su suficiencia en Procedimientos! Se trataba de la tercera prueba. El profesor, extrañado de haber oído teorías opuestas a las suyas, le preguntó bruscamente.
—¿Es ésa su opinión? Pues ¿cómo concilia usted el principio del artículo 1 351 del Código civil con su extraordinaria arremetida?
Como se había pasado la noche sin dormir, Frédéric sentía una fuerte jaqueca. Un rayo de sol, deslizándose por entre las rendijas de una persiana, le hería el rostro. De pie y contoneándose detrás de la silla, se retorcía las guías del bigote.
—¡No dejo de aguardar su respuesta! —dijo el hombre del galoneado birrete.
Y molesto sin duda por los gestos de Frédéric añadió:
—¡No la sacará de su bigote, seguramente!
Aquella gracia hizo reír al auditorio, y el profesor, halagado en su vanidad, se dulcificó y le hizo aún dos preguntas acerca de las citaciones y los sumarios, acogiendo las respuestas con signos de aprobación.
Terminado el acto, Frédéric volvió al vestíbulo.
Mientras el bedel le despojaba de la toga para ponérsela inmediatamente otro, le rodearon sus amigos, acabando de confundirle con sus contradictorias opiniones sobre el resultado del examen, que a poco lo daba a conocer una voz sonora desde la puerta del aula: "El tercero.. suspenso."
—¡Despachado! —dijo Hussonnet—. ¡Vámonos de aquí!
Ante la portería encontraron a Martinon, arrebolado, conmovido, radiantes los ojos y ceñida la frente por la aureola del triunfo. Acababa de sufrir sin tropiezos su último examen. Ya no le quedaba más que la tesis; antes de quince días sería licenciado. Su familia conocía a un ministro; se le presentaba "una hermosa carrera".
—Ese, a pesar de todo, te vence —dijo Deslauriers.
Nada tan humillante como ver a los necios triunfar en tales empresas donde uno fracasa. Frédéric, mortificado, repuso que aquello le importaba poco. Sus pretensiones eran más elevadas; y como Hussonnet se dispusiera a marcharse, lo llamó a un lado para decirle:
—De esto, ni una palabra allí. ¿Estamos?
El secreto era fácil, puesto que Arnoux se marchaba al día siguiente a Alemania.
Por la noche, al llegar, Deslauriers halló a su amigo en muy diferente tesitura: saltaba, silbaba, admirándose el otro de aquel cambio de humor. Frédéric declaró que no iría a casa de su madre y que dedicaría las vacaciones al estudio.
Al enterarse de la marcha de Arnoux se sintió presa de un gran júbilo. Podría presentarse allá abajo completamente a sus anchas y sin temor a ser interrumpido en sus visitas. La convicción de una seguridad absoluta le daría ánimos. En fin, no se vería alejado ni separado de ella! Algo más fuerte que una cadena de hierro le ataba a París y una voz interior le decía que se quedase.
Algunos obstáculos se oponían a ello, pero los zanjó escribiéndole a su madre; en primer término le confesaba su derrota, ocasionada por un cambio en el programa —una desgracia, una injusticia— ; además, a todos los grandes abogados —y citaba los nombres— les había sucedido lo mismo. Pero pensaba presentarse otra vez en noviembre, y como no te nía tiempo que perder, aquel año no iría a casa; por último, pedía, además del dinero del trimestre, doscientos cincuenta francos para atender a los gastos que el repaso de las asignaturas —cosa muy útil— le ocasionaría: todo ello adobado con palabras condolidas y apesadumbradas y con mimoserías y protestas de amor filial.
La señora Moreau, que le aguardaba al día siguiente, se entristeció con doble motivo. Ocultó la desgracia de su hijo y le respondió que "fuera a pesar de todo". No quiso ceder Frédéric y sobrevino la desavenencia. Al fin de la semana, no obstante, recibió el dinero del trimestre, con la suma destinada a los repasos, suma que sirvió para pagar unos pantalones gris perla, un sombrero de fieltro blanco y un bastoncillo con empuñadura de oro.
Cuando tuvo todas estas cosas en su poder, pensó: "¿Habré tenido una idea de peluquero?" Y se sintió sobrecogido por la duda.
Para saber si iría a casa de la señora Arnoux lanzó al aire por tres veces una moneda, y las tres veces el presagio fue venturoso. La fatalidad, pues, lo exigía. Y se hizo conducir en coche a la calle de Choiseul.
Subió apresuradamente la escalera y tiró del cordón de la campanilla; ésta no sonó, y él estuvo a punto de desmayarse.
Luego sacudió furiosamente el grueso borlón de seda roja. Dejóse oír un largo repiqueteo, que poco a poco se fue extinguiendo; pero nada, nada se oía. Frédéric tuvo miedo.
Aplicó el oído a la puerta: ni un soplo; miró por el ojo de la cerradura: en la antesala sólo se veían los extremos de dos cañas, junto al muro, entre las flores de papel. Dio media vuelta para irse; pero cambió de opinión, golpeando esta vez la puerta ligeramente. Esta se abrió por fin, y en el umbral apareció, enmarañada la cabeza, el rostro arrebolado y hosco el talante del propio Arnoux.
—¡Vaya! ¿Qué demonios le trae por aquí? Pase usted.
Y lo condujo, no al gabinete ni a su cuarto, sino al comedor, donde se veía, sobre la mesa, una botella de champaña y dos copas.
—¿Tiene usted algo que pedirme, querido amigo? —le preguntó con brusquedad.
—¡No! Nada, nada —balbuceó el joven, intentando buscar un pretexto a su visita.
Hasta que le dijo, por fin, que había ido para tener noticias suyas, pues le creía —por referencia de Hussonnet— en Alemania.
—¡De ninguna manera! —repuso Arnoux-. ¡Qué cabeza de chorlito tiene ese muchacho! Todo lo entiende al revés.
A fin de disimular su turbación, Frédéric iba de un lado a otro de la sala, y al tropezar con una silla dejó caer una sombrilla puesta sobreella, cuyo puño de marfil se hizo pedazos.
—¡Dios mío! —exclamó—. Cuánto siento haber roto la sombrilla de la señora Arnoux!
Al oír esto, el comerciante levantó la cabeza y sonrió de un modo extraño. Frédéric, aprovechando la ocasión que se le ofrecía para hablar de ella, añadió con timidez:
—¿Podré verla?
Estaba en su ciudad, junto a su madre enferma. No se atrevió a preguntar si duraría mucho aquel alejamiento; pero sí cuál era la tierra de la señora Arnoux.
—Chartres. ¿Le admira eso?
—¿A mí? No. ¿Por qué? De ningún modo.
Después de esto, ya no sabían qué decirse. Arnoux, que había liado un cigarrillo, daba vueltas soplando, alrededor de la mesa. Frédéric, de pie delante de la estufa, contemplaba las paredes, el aparador, el pavimento, y por su memoria, se diría más bien que ante sus ojos, desfilaban encantadoras imágenes. Al fin se retiró.
En el suelo de la antesala había un trozo de periódico apelotonado; lo recogió Arnoux y, empinándose, lo colocó dentro de la campanilla, para "continuar —dijo— su interrumpida siesta". Y añadió, dándole un apretón de manos:
Hágame el favor de decirle al portero que no estoy en casa para nadie.
Y apenas Frédéric volvió la espalda cerró violentamente la puerta.
El joven bajó la escalera poquito a poco. El fracaso de aquella primera tentativa le hizo dudar del buen éxito de las otras. Entonces comenzaron sus tres meses de aburrimiento. Como no tenía nada que hacer, su ociosidad aumentaba la tristeza que le invadía.
Pasaba las horas contemplando desde lo alto del balcón el deslizarse del río por entre los paseos cenicientos, ennegrecidos de trecho en trecho por el desagüe de las cloacas, con un pontón de lavanderas amarrado en la orilla, en la que a las veces se entretenían unos pilluelos bañando a un perro de aguas. Sus ojos, dejando a la izquierda el puente de piedra de Nôtre-Dame y otros tres puentes colgantes, se dirigían siempre al paseo de los Olmos, a un bosquecillo de añosos árboles semejantes a los tilos del puerto de Montereau. La torre de Saint-Jacques, el Ayuntamiento, Saint-Gervais, Saint-Louis, Saint-Paul, se alzaban entre los aglomerados tejados, y el remate de la columna de Julio resplandecía en Oriente como enorme estrella de oro, mientras que en el opuesto lado la cúpula de las Tullerías recortaba en el cielo su pesada y redonda masa azul. Por allí detrás debía de hallarse la casa de la señora Arnoux.
Volvía a su cuarto y tendiéndose en el diván, se abandonaba a una desordenada meditación: planes de trabajo, proyectos de vida, acciones para lo venidero, hasta que al fin, y para librarse de sí mismo, se lanzaba a la calle y subía a la ventura por el barrio Latino, tan tumultuoso de ordinario, pero desierto en aquella época, porque los estudiantes se hallaban ya con sus familias en el rincón provinciano. Las grandes fachadas de los colegios, que el silencio parecía alargar, tenían un más sombrío aspecto aún; se oían toda suerte de apacibles rumores: el batir de alas en las jaulas, el rechinar de un torno, el golpear del martillo de un zapatero remendón, y los traperos miraban inútilmente a todas las ventanas. En el fondo de los solitarios cafés, la encargada de la caja bostezaba entre las repletas botellas; los periódicos permanecían perfectamente ordenados en las mesas de los salones de lectura; en los talleres de plancha, las ropas se balanceaban al tibio soplo del aire. De vez en cuando se detenía ante el escaparate de un librero de viejo; un ómnibus que pasaba rozando la acera le obligaba a detenerse, y así hasta que se veía delante del Luxemburgo, de donde no pasaba.
A veces, y con la esperanza de una posible distracción, se dirigía a los bulevares. Después de atravesar callejuelas sombrías que exhalaban un húmedo vaho, llegaba a las grandes plazas desiertas, resplandecientes de luz, con sus monumentos que dibujaban en el empedrado festones de negra sombra. Pero los carros y los establecimientos comenzaban a surgir otra vez, y la muchedumbre le aturdía —los domingos sobre todo—, pues desde la Bastilla hasta la Magdalena aquello era un constante e inmenso ondular por el asfalto, entre el polvo, y en un rumor continuo; se sentía completamente desilusionado por la vulgaridad de los rostros, por la estupidez de las conversaciones y por la imbécil satisfacción que de aquellas frentes sudorosas se desprendía. Sin embargo, la conciencia de valer más que aquellos hombres atenuaba la fatiga de contemplarlos.
A diario iba a L'Art Industriel, y para saber cuándo volvería la señora Arnoux preguntaba detenidamente por la madre de ella. La respuesta de Arnoux siempre era igual: "continuaba la mejoría"; su mujer, con la pequeña, estarían de regreso a la semana siguiente. Cuanto más se prolongaba la ausencia, mayor era la interesada inquietud de Frédéric, hasta tal punto que Arnoux, enternecido por semejante prueba de afecto, lo llevó a comer cinco o seis veces al restaurante.
Frédéric, en aquellos largos vis a vis, se dio perfecta cuenta de que el comerciante de cuadros no era muy espiritual. Arnoux podía percatarse de aquel enfriamiento de su aprecio, y además la ocasión era que ni pintada para pagarle modestamente sus atenciones.
Para hacer las cosas de la mejor manera posible vendió a un prendero toda su ropa nueva en cuatrocientos francos y, con otros cien más que le quedaban, se fue a casa de Arnoux, invitándole a comer, y como se encontraba con él Regimbart, todos juntos se encaminaron a los Tres Hermanos Provenzales.
Regimbart comenzó por quitarse su levita y, contando de antemano con la deferencia de los otros dos, eligió los platos. Pero aunque tuvo a bien dirigirse a la cocina para hablar en persona con el jefe, y descender al sótano, del que conocía todos los rincones, y hacer subir al encargado del establecimiento, al que "dio un jabón" no le agradaron ni los manjares, ni los vinos, ni el servicio. A cada nuevo plato, a cada botella diferente, al primer bocado, a la primera buchada, dejaba caer el tenedor o ponía a distancia su copa; luego, poniendo sus brazos cuan largos eran sobre el mantel, exclamaba que ya no se podía comer en París. Por último, y no sabiendo qué pedir, Regimbart encargó unos frijoles en aceite "de una manera sencillota", los cuales, sin ser por completo de su gusto, lo apaciguaron un poco. Después sostuvo con el camarero un diálogo acerca de los antiguos mozos de los Provenzales. ¿Qué había sido de Antonio? ¿Y de un tal Eugenio? ¿Y de Teodoro, el pequeño que servía siempre abajo? El trato que por aquel entonces se daba aquí era mucho más esmerado, y había borgoña de las mejores marcas, como no volverá a verse más.
A continuación se trató del precio de los terrenos en las afueras: se trataba de una infalible especulación de Arnoux. Puesto que él no quería vender a ningún precio, Regimbart le fijaría alguno, y, de sobremesa, aquellos dos señores comenzaron a hacer cálculos y más cálculos con un lápiz.
Para tomar el café se encaminaron a uno que había en un entresuelo del pasaje del Saumon. Y allí aguantó Frédéric a pie firme interminables partidas de billar, remojadas con infinitos bocks de cerveza, y allí permaneció hasta las doce de la noche sin saber por qué, por cobardía, por necedad, clavado por la confusa esperanza de un acontecimiento cualquiera favorable a su amor.
¿Cuándo volvería a verla? Frédéric se desesperaba, hasta que una noche, a fines de noviembre, Arnoux le dijo:
—Ayer volvió mi mujer, ¿sabe?
Al día siguiente, a las cinco, entraba en casa de ella.
Comenzó dándole el parabién por la mejoría de su madre, tan gravemente enferma.
—No lo crea. ¿Quién se lo ha dicho?
—Arnoux.
Un leve "ah!" escapó de su boca, añadiendo que en un principio tuvo serios temores, desaparecidos ya.
Ella se hallaba junto al fuego, hundida en la tapizada poltrona, y él en un diván, con el sombrero en las rodillas; la conversación, abandonada por ella a cada instante, fue penosa, y el joven no hallaba la ocasión propicia para hablar de sus sentimientos. A unas palabras suyas, lamentándose de estudiar para abogado, ella repuso:
—Sí... lo comprendo... los negocios... —y bajó la cabeza como absorbida por ciertas reflexiones.
Se sentía sediento por conocerlas, incluso no pensaba en otra cosa.
Las sombras del crepúsculo los envolvían.
Ella se levantó, pues tenía unos encargos que hacer, reapareciendo a poco tocada con una capota de terciopelo y una capa guarnecida con piel de marta. Frédéric se atrevió a ofrecerse para acompañarla.
No se veía ya; el tiempo era frío, y una espesa bruma, desvaneciendo la fachada de los edificios, corrompía el ambiente. Frédéric lo aspiraba con delicia, al sentir en su brazo la presión del de ella, a través del enguate del vestido; su mano, además, aprisionada en guantes de gamuza con dos botones, su pequeña mano, que él hubiera querido cubrir de besos, se apoyaba en la manga de él; oscilaban un poco al andar, por lo resbaladizo del suelo, antojándosele al joven que iban como mecidos por el viento y en medio de una nube.
El luminoso resplandor del bulevar lo devolvió a la realidad. La ocasión era que ni de encargo, y el tiempo apremiaba. Al llegar a la calle de Richelieu —tal se propuso— le declararía su amor; pero casi al punto, frente a un almacén de porcelanas, se detuvo ella resueltamente, diciéndole:
—Ya hemos llegado; mil gracias. Hasta el jueves, como de costumbre, ¿no es así?
Y otra vez comenzaron las comidas. Mientras más trataba a la señora Arnoux, su decaimiento aumentaba. La contemplación de aquella mujer le enervaba, como el uso de un perfume demasiado fuerte.
Aquello se infiltraba hasta lo más profundo de su ser, convirtiéndose en una casi exclusiva manera de sentir, en un nuevo modo de existencia.
Las prostitutas que se hallaban a la luz de los faroles, las cantantes al lanzar sus gorgoritos, las amazonas en sus caballos al galope, las burguesitas a pie, las modistillas en sus ventanas; todas las mujeres, en fin, le traían a la memoria a la otra, bien por semejanzas, bien por violentos contrastes. Contemplaba en las tiendas las cachemiras, las tiras de encaje, las arracadas de pedrería y se las imaginaba ciñendo sus caderas, prendidas de su blusa, fulgurando en la negrura de sus cabellos. En la cesta de las floristas se abrían las flores para que ella las escogiese al pasar; en los escaparates de los zapateros los chapines de raso, con su orla de plumas, se diría que aguardaban su pie; todas las calles conducían a su retiro, y para llevar a él con más ligereza se estacionaban los coches en las paradas; París convergía en su persona, y la gran ciudad, con todas sus voces, como una inmensa orquesta, en torno de ella vibraba.
Cuando aparecía por el Jardín de Plantas, la contemplación de una palmera le transportaba a países remotos. Viajaban juntos, a lomo de los dromedarios, bajo los toldos de los elefantes, en el camarote de un yate, por entre los azulados archipiélagos, o bien, uno al lado del otro, en sendas mulas campanilleras, tropezando acá y allá, por entre el yerbaje, con las rotas columnas. Algunas veces se detenía en el Louvre ante los cuadros antiguos, y su amor, que se adentraba hasta en los tiempos idos, la sustituía por los personajes de las pinturas. Peinada al uso del siglo XV, rezaba, hincada de rodillas, detrás de una vidriera con marco de plomo. Gran señora, en tierras de Castilla o Flandes, permanecía sentada, con su almidonada gorguera y su emballenado y abullonado traje. Descendía después por una escalinata de pórfido, en medio de los senadores, bajo un dosel de plumas de avestruz, vestida de brocado.
Otras veces soñaba que la veía con pantalones de amarilla seda, sobre los cojines de un harén; en suma, cuanto era bello, el cintilar de las estrellas, ciertos aires de música, la elegancia de un giro, un contorno, hacíanla surgir en su pensamiento, por insensible y repentina manera.
En cuanto a lo de intentar que fuera su amante, era seguro que toda tentativa sería inútil.
Una noche, al llegar, Dittmer la besó en la frente; lo mismo hizo Lobarias, diciendo:
—Usted me lo permite, puesto que es privilegio de los amigos, ¿no es así?
Frédéric balbuceó:
—Me parece que todos somos amigos.
—Pero no todos ancianos —repuso ella.
Aquello era una manera indirecta de rechazarle de antemano. ¿Qué hacer, por otra parte? ¿Decirle que la amaba? Le rechazaría, con muy buenas palabras, sin duda, o bien, llena de indignación, lo arrojaría de su casa. Cualquier cosa era preferible al horrible destino de no verla más.
Envidiaba el talento de los pianistas, las cicatrices de los soldados, y hasta deseaba una enfermedad peligrosa, por si de este modo conseguía atraerla.
Le admiraba una cosa, y era que no estaba celoso de Arnoux, y no podía figurársela de otro modo que vestida: en tal manera parecía su pudor innato y de tal suerte hundía su sexo en una misteriosa sombra.
Sin embargo, pensaba en la felicidad de vivir con ella, de tutearla, de acariciar suavemente con la mano sus cabellos o de permanecer de rodillas, con los brazos alrededor de su talle y bebiendo el alma en sus ojos. Mas para esto hubiera sido necesario trastrocar el destino, e inútil para toda acción, maldiciendo a Dios y acusándose de su cobardía, se revolvía en su deseo como el preso en su calabozo. Una permanente angustia le ahogaba. Durante horas enteras permanecía inmóvil, o bien se deshacía en llanto; un día, que no tuvo fuerzas para contenerse, Deslauriers le dijo:
—Pero, ¡por vida del chápiro!, ¿qué es lo que tienes?
Era un malestar nervioso; pero Deslauriers no creyó nada de aquello. Ante un sufrir semejante, sintió que su ternura se despertaba, y lo consoló. Un hombre como él dejarse abatir, ¡qué necedad! Pasa que tales cosas ocurren en la mocedad, pero después era perder el tiempo.
—Te estás echando a perder, Frédéric; ya no eres el mismo; exijo que te recobres y vuelvas a ser como eras, que así me gustabas. Anda, fúmate una pipa, animal. ¡Sacude esa modorra que me desespera!
—¡Es cierto! —dijo Frédéric—. ¡Estoy loco!
Deslauriers replicó:
—¡Ah, viejo trovador, bien sé por qué estás afligido! ¿Asuntos del querer? ¡Confiésalo! ¡Bah!, si una puerta se cierra, cientos se abren. De las mujeres virtuosas se consuela uno con las que no lo son. ¿Quieres que te haga conocer algunas de éstas? No tienes más que venir a la Alhambra. (Se trataba de un lugar de baile, inaugurado poco hacía en las alturas de los Campos Elíseos, y que a la segunda temporada se arruinó por su lujo, prematura en aquella clase de establecimientos.) A lo que parece, allí se divierte uno. ¡Vamos allá! Que te acompañen, si quieres, tus amigos, incluso Regimbart; paso por él.
Frédéric no invitó al último, y Deslauriers, por su parte, se privó de Senecal. Llevaron únicamente a Hussonnet y Cisy con Dussardier, y en un mismo coche se dirigieron los cinco a la Alhambra, a cuya puerta se apearon.
Galerías morunas se extendían paralelamente a derecha e izquierda; en el frente, el muro de una casa le servía de fondo, y en el cuarto lado —el del restaurante— figuraba un claustro gótico con vidrieras de colores. Una como techumbre china cubría el templete donde los músicos tocaban; el suelo, en los contornos, se hallaba asfaltado, y los farolillos a la veneciana, pendientes de los postes, ponían, vistos de lejos, como una aureola de multicolores resplandores sobre las parejas.
Acá y allá, en sus correspondientes pedestales, se veían tazas marmóreas de donde emergían sutiles chorros de agua. Entre el follaje se percibían estatuas de yeso, Hebés y Cupidos, embadurnados de oleosa pintura; y las numerosas avenidas, de menuda arena de un amarillo intenso y perfectamente rastrillada, hacían parecer aquel jardín mucho mayor de lo que era en realidad.
Los estudiantes se paseaban con sus amantes; los dependientes de novedades se pavoneaban con un bastón en la mano; los colegiales fumaban magníficos vegueros; los viejos solterones se pasaban un peine por sus teñidas barbas; había allí ingleses, rusos, sudamericanos, tres orientales con gorros turcos. Las entretenidas, las modistillas y las muchachas iban allí en busca de un protector, de un novio, de una moneda de oro, o sencillamente por el placer de bailar, y sus vestidos de túnica, color verdegay, azul, escarlata o violeta, se deslizaban, por entre ébanos y lilas, desplegándose al viento. Casi todos los hombres vestían trajes a cuadros; algunos llevaban pantalones blancos, no obstante el fresco de la noche. Los mecheros de gas comenzaban a encenderse.
Hussonnet, por sus relaciones con los periódicos de modas y los teatrillos, conocía a muchas mujeres, a las cuales enviaba besos con la punta de los dedos, y, de vez en cuando, abandonando a sus amigos, se iba a charlar con ellas.
Deslauriers, celoso de aquellas andanzas, se dirigió cínicamente a una rubia de alta estatura, quien, tras de contemplarle con hosquedad, le dijo:
—No; ¡nada de confianzas, buen hombre! —y le volvió la espalda.
Fue entonces hacia una morena bastota, loca sin duda, pues a las primeras de cambio se enojó, amenazándole con llamar a la policía si continuaba. Deslauriers se esforzó por reír, mas como descubriera a una menuda mujer sentada en un lugar aparte, se fue a ella, invitándola a bailar.
Los músicos, encaramados en la plataforma, y con posturas de mono, rascaban y soplaban a más no poder. El director de orquesta, en pie, llevaba la batuta de una manera maquinal. La gente, arremolinada, se divertía; las desatadas cintas de los sombreros rozaban las corbatas; los pies se hundían bajo las faldas; todo era un cadencioso saltar; Deslauriers, abrazado a la mujer menuda y poseído de la fiebre del cancan, se rebullía por entre las parejas como un enorme maniquí. Cisy y Dussardier continuaban su paseo; el joven aristócrata le hacía guiños a las muchachas, mas sin hablarles, a pesar de las exhortaciones del dependiente, porque se imaginaba que en casa de aquellas mujeres había siempre "un hombre con una pistola y oculto en un armario, del que salía obligando a firmar letras de cambio"
Volvieron al lado de Frédéric. Deslauriers no bailaba ya, y cuando se preguntaban todos cómo terminar la noche, Hussonnet exclamo:
—¡Mira! La marquesa de Amaegui!
Era una mujer pálida, de remangada nariz, con mitones que le llegaban a los codos y unos grandes y negros bucles que le caían sobre las mejillas, como orejas de perro. Hussonnet le dijo:
—Deberíamos organizar una fiestecita en tu casa, un sarao al estilo oriental. Procura recoger a algunas de tus amigas para estos caballeros franceses. Pero ¿qué es lo que te contraría? ¿Acaso esperas a tu hidalgo?
La andaluza estaba cabizbaja; conociendo las costumbres poco espléndidas de su amigo, temía no sacarle ni para sus refrescos; mas como deslizara la palabra dinero, Cisy ofreció cinco duros, que era todo su capital, y la cosa quedó decidida. Pero Frédéric ya no estaba allí.
Había creído reconocer la voz de Arnoux y visto un sombrero de mujer, y al punto se había escondido en el bosquecillo próximo.
La señorita Vatnaz estaba a solas con Arnoux.
—Perdóneme, ¿le molesto?
—De ninguna manera —repuso el comerciante.
Frédéric, por las últimas palabras de la conversación, comprendió que Arnoux había acudido a la Alhambra para hablar con la señorita Vatnaz de un asunto urgente, y sin duda no se hallaba completamente tranquilizado, porque le dijo con aire inquieto:
¿Está usted bien segura?
—¡Segurísima! ¡Le aman! ¡Oh, que hombre!
Y ella se mostraba contrariada, avanzando sus gruesos labios, en fuerza de rojos, sanguinolentos. Pero sus ojos eran admirables, ojos leonados con puntitos de oro en las pupilas, ojos llenos de viveza, de amor y de sensualidad, que iluminaban como lámparas la amarillenta piel de su enjuto rostro. Arnoux, que parecía gozar sus despreciativas repulsas, le dijo, inclinándose sobre ella:
—Es usted muy amable; déme un beso.
Ella, cogiéndole por las orejas, le besó en la frente.
Cesaron de bailar en aquel momento, y en el sitio del director de orquesta apareció un guapo mozo, demasiado grueso y con una blancura de cera. Usaba larga y negra melena, al modo nazareno; chaleco de terciopelo azul con grandes palmas de oro, y de su talante trascendía el orgullo de un pavo real y la estupidez de un pavo de los otros. Una vez que hubo saludado al público, entonó una cancioncilla. Se trataba en ella de un lugareño que refería por sí mismo su viaje a la capital; el artista hablaba en bajo normando, y se hacía el beodo; el estribillo,
Me he reído, me he reído
en este París perdido:
Y producía un entusiasta pataleo. Delmas, "cantante expresivo" de una excesiva malicia para que lo dejaran de la mano. Al punto le entregaron una guitarra, y suspiró una romanza que tenía por título El hermano de la Albanesa.
La letra recordó a Frédéric la que el hombre astroso cantara entre los dos cabrestantes del buque. Sus ojos se fijaban involuntariamente en los vuelos del vestido que tenía ante su vista. Cada copla era seguida de una larga pausa, y el soplo del viento en los árboles remedaba el ruido de las olas.
La señorita Vatnaz, separando con su mano el ramaje de una alheña que le impedía ver el tablado, contemplaba fijamente al cantante, cejijunta, con las narices dilatadas y como hundida en un gozo verdadero.
—¡Perfectamente! —dijo Arnoux-. ¡Ahora me explico por qué ha venido usted esta noche a la Alhambra! Le gusta Delmas, querida mía.
Ella no quiso decir nada.
—¡Oh, qué pudor!
Y añadió, señalando a Frédéric:
—¿Acaso por éste? De ser así, padecería una equivocación; ¡no hay muchacho más discreto!
Los otros, que buscaban a su amigo, penetraron en la glorieta. Hussonnet los fue presentando y Arnoux les regaló puros y los obsequió con helados.
La señorita Vatnaz, que se había ruborizado al fijarse en Dussardier, se levantó en seguida y, alargándole la mano, le dijo:
—¿No se acuerda de mí, Augusto?
—¡Cómo! ¿La conoce usted? —preguntó Frédéric.
—Hemos estado en la misma casa —repuso Dussardier.
Y como Cisy le tiraba de la manga, salieron; apenas desaparecido, la señorita Vatnaz comenzó a elogiarlo por su carácter, llegando hasta decir que era "la bondad personificada".
Después se habló de Delmas, que podría, en calidad de mimo, tener éxitos en el teatro, entablándose por contera una discusión, en la que salieron a relucir Shakespeare, la censura, el estilo, los principios de la Porte-Saint-Martin, Alejandro Dumas, Victor Hugo y Dumersan.
Como Arnoux había conocido a muchos artistas célebres, los jóvenes se acercaban para oírle; pero sus palabras se perdían entre los acordes de la música, y una vez el rigodón o la polka terminados, las parejas se dirigían a las mesas, riendo y llamando a los camareros; detonaban entre el ramaje los taponazos de las botellas de cerveza y de soda; chillaban como ratas las mujeres; a veces dos señores pretendían reñir; un ladrón fue detenido.
Los bailarines, en desenfrenado galope, irrumpieron en las avenidas. Jadeantes, sonrientes y enrojecidos los rostros, desfilaban en un torbellino que hacía tremolar las faldas femeninas y los faldones de los fraques; los trombones rugían con más fuerza; el ritmo se aceleraba; detrás de los medievales claustros, tras de oírse unos chisporroteos, estallaron los cohetes; las ruedas de los fuegos artificiales comenzaron a girar; las luces de bengala, con sus resplandores esmeraldinos, iluminaron por un momento el jardín, y cuando estalló la bomba final, la multitud lanzó un prolongado ¡ah!, desfilando lentamente.
Una nube de pólvora flotaba en el aire. Frédéric y Deslauriers discurrían paso a paso por entre la muchedumbre, cuando una escena inusitada los detuvo: Martinon recibía la vuelta de una moneda en el guardarropa, acompañado de una mujer de unos cincuenta años, fea, magnificamente ataviada y de muy discutible condición.
—Ese buen mozo —dijo Deslauriers— es menos simplón de lo que parece. Pero ¿dónde está Cisy?
Dussardier les señaló el café, y allí vieron al descendiente de los paladines, ante un ponche y en compañía de una mujer con sombrero rosa.
Hussonnet, que se había ausentado hacía cinco minutos, reapareció al mismo tiempo.
Una muchacha se apoyaba en su brazo, llamándole "gatito mío"
—¡De ninguna manera! —le decía—. ¡No! En público no me llames así! Llámame más bien vizconde! Eso viste mucho y da un cierto aspecto de caballero de la época de Luis XIII que me agrada. ¡Sí, mis buenos amigos, una antigua conocida! ¿Verdad que es muy mona? —y le acariciaba la barbilla al decirlo—. ;Saluda a estos caballeros!
¡Todos son hijos de pares de Francia! ¡Los trato para que me nombren embajador!
—¡Qué loco es usted! —suspiró la señorita Vatnaz.
Y rogó a Dussardier que la acompañara a su casa.
Arnoux los vio alejarse, y volviéndose luego a Frédéric, le dijo:
—¿Le gusta la Vatnaz? No es usted franco en este punto. Me parece que oculta usted sus amores.
Frédéric se puso pálido y juró que no ocultaba nada.
—Es que no se le conoce a usted prometida —repuso Arnoux.
Frédéric sintió deseos de decir un nombre cualquiera; pero como podían irle con el cuento a ella, se contuvo y respondió que, efectivamente, no tenía prometida.
El comerciante se lo censuró.
—Esta noche ha tenido la gran ocasión. ¿Por qué no ha imitado a los demás, que se han ido con una mujer?
—Bueno, ¿y usted? - repuso Frédéric, impaciente ante tal insistencia.
—Porque es muy diferente, hijo mío. Yo me voy en busca de la mía.
Y, llamando a un coche, desapareció.
Los dos amigos se fueron a pie. Soplaba el levante. Los dos iban silenciosos. Deslauriers se lamentaba de no haber estado brillante ante el director de un periódico y Frédéric se sumergía en su tristeza. Al fin dijo que el bailecito aquel se le había antojado estúpido.
—¿Y de quién es la culpa? ¡Si no nos hubieras dejado por tu Arnoux!
—¡Bah! Es lo mismo. ¡Hubiera sido inútil cuanto hiciera!
Pero Deslauriers tenía sus teorías. Para conseguir las cosas con desearlas fuertemente era bastante.
—Sin embargo, tú mismo, hace poco...
—¡Mucho que me importaba a mí la cosa! —dijo Deslauriers parando en seco la alusión—. ¿Pretendo yo acaso enredarme con una mujer? —y declamó contra sus diabluras, sus estupideces; en suma, las mujeres le desagradaban.
—¡Pues no presumes tú! —dijo Frédéric.
Deslauriers se calló, exclamando a poco y de repente:
—¿Quieres apostarte cien duros a que consigo la primera que pase?
—¡Sí, aceptado!
La primera que pasó fue una mendiga haraposa, y estaban a punto de desconfiar de su estrella, cuando en medio de la calle de Révoli descubrieron a una muchacha alta con una cajita de cartón en la mano.
Deslauriers se acercó a ella bajo las arcadas; pero la muchacha, torciendo bruscamente por el lado de las Tullerías, se dirigió en seguida por la plaza del Carrousel, lanzando miradas a diestro y siniestro.
Corrió hacia un coche; pero Deslauriers la alcanzó nuevamente. Marchaba junto a ella, hablándole con expresivos gestos. Por fin aceptó su brazo, y juntos continuaron a través de los muelles. Luego, a la altura del Chatelet, y por lo menos durante veinte minutos, pasearon por la acera como dos marinos que estuvieran de guardia. Pero de pronto atravesaron el puente del Cambio, el mercado de las Flores y el paseo de Napoleón. Como Frédéric entrara tras ellos, le hizo comprender su amigo que, de recogerse, les estorbaría, y que no le quedaba otro recurso que imitar su ejemplo.
—¿Cuánto te queda aún?
—Diez duros.
—Es suficiente. Adiós.
Frédéric se quedó boquiabierto ante el éxito de aquella farsa. "Se burla de mí", pensó. "¿Si le siguiera de nuevo? ¿Creerá acaso Deslauriers que le envidio ese amor? ¡Como si yo no tuviera uno cien veces más extraordinario, más noble y más fuerte! Una especie de cólera le empujaba, y llevado por ella llegó ante la casa de la señora Arnoux.
Ninguna de aquellas ventanas pertenecía a sus habitaciones; pero, no obstante esto, proseguía con los ojos fijos en la fachada, como si pretendiera, contemplándola, atravesar sus muros. En aquel momento, sin duda, ella reposaba tranquilamente, como adormecida flor, con sus hermosos y negros cabellos entre los encajes de la almohada, entreabierta la boca y descansando la cabeza en uno de los brazos. Pero se le apareció la de Arnoux, y se alejó al punto para huir de aquella visión.
El consejo de Arnoux se le vino —sin que le horrorizara— a la memoria, y comenzó a vagabundear por las calles.
Cuando se adelantaba un transeúnte, procuraba distinguirle el rostro.
De vez en cuando un rayo de luz, deslizándose por entre sus piernas, describía, a ras de suelo, un enorme cuarto de círculo, y al punto un hombre surgía de la sombra con su cesta y su farol. El viento, en algunos parajes, sacudía las chimeneas; se oían sones lejanos que se mezclaban al zumbido de su cabeza, y se le antojaba oír, en el aire, el vago ritornelo de las contradanzas. El movimiento de su marcha mantenía aquella embriaguez, y de este modo llegó a la plaza de la Concordia.
En aquel instante se acordó de aquella otra noche del anterior invierno, cuando, al salir de casa de ella, por primera vez, se vio en trance de detenerse, de tal modo y tan aprisa le latía el corazón a impulso de sus esperanzas. Y ahora, ¡todas se habían desvanecido!
Algunas sombras desnudas corrían por la faz de la Luna. El joven la contempló, pensando en la grandeza de los espacios, en las miserias de la vida y en la vacuidad de todo. Amaneció; entrechocaban sus dientes, y medio dormido, empapado por la niebla y bañado de lágrimas, se preguntó por qué no ponía fin a su existencia. Le bastaba con hacer un movimiento! Le arrastraba el peso de su frente y su cadáver lo veía ya flotando en el agua. Frédéric se inclinó; pero era un poco ancha la barandilla y su indolencia no le permitió franquearla.
El alma se le sobrecogió, y de vuelta en los bulevares se desplomó en un banco, de donde le despertaron los policías, convencidos de que "había corrido una juerga".
Prosiguió su marcha; pero como tenía mucho apetito y los restaurantes estaban cerrados, se fue a comer a un figón de los mercados.
Después de esto, y como creyera que aún era muy pronto para recogerse, comenzó a dar vueltas, sin ton ni son, en torno del Ayuntamiento, hasta las ocho y cuarto.
Deslauriers, que había despedido a la joven hacía mucho tiempo, escribía en la mesa, en mitad del cuarto. Hacia las cuatro se presentó el señor de Cisy.
Gracias a Dussardier, la noche anterior se tropezó con una señora, y hasta la había acompañado en coche, con su marido, a la puerta de su casa, y fue citado por ella allí, y de allí venía ¡y aún ignoraba quiénes eran!
—¿Qué quiere usted que yo haga? —preguntó Frédéric.
Y en tal punto, el hidalgo, yéndose por los cerros de Ubeda, habló de la señorita Vatnaz, de la andaluza y de todas las demás. Por fin, y con muchos rodeos, expuso el objeto de su visita: fiándose en la discreción de su amigo, venía para que le ayudase en un cierto asunto, después del cual se consideraría definitivamente como un hombre; a lo que Frédéric accedió. Luego contó la historia a Deslauriers, ocultándole todo aquello que hacía referencia a su persona.
A Deslauriers le pareció que "entonces iba por el buen camino"
Tal consideración a sus consecuencias aumentó su buen humor.
Gracias a él había seducido, desde el primer momento, a la señorita Clemencia Daviou, bordadora en oro de uniformes militares, la criatura más buena del mundo, esbelta como un junco y con grandes y azules ojos, siempre como pasmados. Deslauriers abusaba de su candor, hasta el punto de hacerla creer que estaba condecorado con la Legión de Honor, y para visitarla se ponía en el ojal de su levita una cinta roja, que no usaba en público —según decía él—para no humillar a su jefe. Aparte de esto, la mantenía a distancia, haciéndose acariciar como una baja y llamándola —a modo de broma— "hija del pueblo". Ella, por su parte, le llevaba continuamente ramitos de violetas. Frédéric no hubiera deseado tal amor.
No obstante, cuando salían del brazo para irse a un reservado de Pinson o de Barillot, experimentaba una singular tristeza. ¡No sabía Frédéric lo que había hecho sufrir a Deslauriers durante un año, todos los jueves, mientras se arreglaba las uñas, antes de dirigirse, para comer, a la calle de Choiseul!
Una noche que, desde lo alto de su balcón, acababa de verlos salir, distinguió a lo lejos, en el puente de Arcole, a Hussonnet. El bohemio comenzó a hacerle señas para que bajase, y cuando bajó de su quinto piso le dijo aquél:
—He aquí de lo que se trata: el sábado próximo, o sea el veinticuatro, es el santo de la señora Arnoux.
—¡Cómo! ¿Pues no se llama María?
—Y Angeles también, ¡qué importa! La fiesta tendrá lugar en su casa de campo de Saint-Cloud, y me han encargado para que se lo comunique a usted. Le aguardará un coche, a las tres, en el periódico.
Quedamos en lo dicho, ¿no? Perdone que le haya molestado; pero ¡tengo tanto que hacer!
No había dado un paso Frédéric, cuando su portero le entregó una carta que decía así:
"Los señores Dambreuse ruegan a D. F. Moreau les dispense la honra de asistir a la comida que se celebrará en su casa el sábado 24 del corriente. (Se suplica el acuse de recibo.)"
—Llega tarde —pensó.
Sin embargo, se la enseñó a Deslauriers, quien dijo:
—¡Ah! Por fin. Pero no pareces contento. ¿Por qué?
Frédéric, después de vacilar un momento, repuso que estaba invitado para el mismo día en otra parte.
—Hazme el favor de mandar a paseo a esa dichosa calle de Choiseul. ¡Nada de tonterías! Y si a ti te molesta, yo contestaré por ti.
Y escribió, aceptando, en nombre de Frédéric.
Como no conocía la vida de sociedad sino a través de la fiebre de sus deseos, se la imaginaba como una creación artificial que funcionaba en virtud de leyes matemáticas. Una comida por invitación, el encuentro en la calle con un hombre, la sonrisa de una linda mujer, podían, por una serie de actos, entrelazados entre sí, tener enormes consecuencias. Ciertos salones parisinos eran como esas máquinas que reciben los materiales en estado bruto y los altiprecian y perfeccionan al devolverlos. Creía en las cortesanas que aconsejan a los diplomáticos, en los matrimonios con gente rica logrados por medio de intrigas, en la aptitud de los esforzados, en el doblegarse del azar bajo la diestra de los fuertes. En fin, consideraba el trato con los Dambreuse en tal modo útil, y de tal manera y tan acertadamente habló, que Frédéric no sabía ya de qué lado caer.
Pero debía, por lo menos, y puesto que era el santo de la señora Arnoux, llevarle un regalo, y pensó, naturalmente, en una sombrilla, para reparar su torpeza. Y halló una de la China, de seda tornasolada y con un pequeño y cincelado puño de marfil; pero querían por ella ciento setenta y cinco francos y no le quedaba ni un céntimo, como que hasta vivía a cuenta de la paga del próximo trimestre. Sin embargo, quería poseerla y la poseería, y venciendo su repugnancia recurrió a Deslauriers; mas él repuso que no le quedaba dinero.
—Pues lo necesito —dijo Frédéric--; me hace mucha falta.
Y como le repitiera la misma excusa, se le fue la lengua y dijo:
—Bien podrías, algunas veces..
—¿Qué?
—¡Nada!
Pero Deslauriers lo había comprendido. Sacó de sus ahorros la suma pedida, y una vez que la amontonó, moneda sobre moneda, dijo:
—No te pido un recibo puesto que estoy viviendo a costa tuya.
Frédéric se le abrazó al cuello, haciéndole mil protestas de amistad; pero Deslauriers permaneció impasible. Al día siguiente, y al ver la sombrilla sobre el piano, exclamó:
—¡Ah! Era para esto!
—Sí; quizá la envíe —dijo, como al descuido, Frédéric.
La casualidad le ayudó, pues aquella tarde recibió una esquelita de luto en la que la señora Dambreuse le anunciaba la muerte de un tío, excusándose de dejar para más adelante el placer de conocerle.
Desde las dos se hallaba en la oficina del periódico. Arnoux, en lugar de aguardarle para conducirlo en su coche, se había marchado la víspera, no pudiendo resistir a su deseo de verse en pleno aire.
Todos los años, al iniciarse la primavera, durante muchos días seguidos, se iba a las afueras por la mañana, daba largos paseos a campo traviesa, bebía leche en las granjas, bromeaba con los aldeanos, se informaba de las cosechas y volvía grupas con el pañuelo lleno de lechugas.
Al fin, realizando un antiguo sueño, había comprado una casa de campo.
Mientras Frédéric hablaba con el dependiente se presentó la señorita Vatnaz, llenándose de asombro al no encontrarse con Arnoux, que quizá permanecería aún dos días en su retiro campestre. El dependiente le aconsejó que "fuera allí", pero ella no podía hacer tal cosa; pues "escriba una carta, entonces", le dijo; tampoco se atrevía, por temor a que la carta se extraviara. Frédéric se ofreció a llevarla en persona. La escribió, entonces, rogándole encarecidamente que se la entregara sin que nadie lo viera.
Cuarenta minutos después llegaba a Saint-Cloud.
La casa, cien pasos más allá del puente, se erguía en la mediación de la colina. Las tapias del jardín se ocultaban entre una doble ringlera de tilos, y un espeso césped descendía hasta la orilla del río. Como la verja se hallaba abierta, Frédéric entró.
Arnoux, tendido en la hierba, jugaba con unos gatitos. Aquella distracción parecía absorberle por completo; pero la carta de la señorita Vatnaz le sacó de aquélla.
—¡Demonios, demonios! ¡Qué fastidio! Tiene razón; es necesario que vaya.
Tras guardarse la carta en el bolsillo, se complació en enseñar su posesión. Lo enseñó todo: la cuadra, el cobertizo para los útiles de labranza, la cocina. El salón se hallaba a la derecha, y por el lado de París daba a un enrejado cubierto de clemátides. De pronto, por encima de su cabeza se oyeron unos gorgoritos. Era la señora Arnoux, que, creyéndose a solas, se entretenía cantando, haciendo escalas, trinos y arpegios. Lanzaba largas notas, que parecían quedarse como suspendidas, y otras caían con la precipitación de una cascada, y su voz, escapándose por las persianas, rompía el profundo silencio, elevándose al cielo azul.
Calló de repente, al presentarse los señores de Oudry, que eran vecinos.
Luego apareció en lo alto de la escalinata, y al descender por ella pudo descubrir su pie. Calzaba unos zapatitos escotados de mordoré, con tiras transversales que ponían un como enrejado de oro sobre las medias. Comenzaron a llegar los invitados, y a excepción del jurisconsulto señor Lefaucheur, todos los demás eran los ya conocidos. Cada uno traía su correspondiente regalo: Dittmer, un chal asirio; Rosenwal, un álbum de romanzas; Burnieu, una acuarela; Sombaz, una autocaricatura, y Pellerin, un dibujo al carbón, especie de danza macabra, fantasía horrible, de una mediana ejecución. Hussonnet se creyó exento de todo presente.
Frédéric aguardó a ser el último para ofrecerle el suyo. Ella se lo agradeció muchísimo, y entonces él repuso:
—Era casi una deuda. ¡Me contrarió tanto!
—¿Qué cosa? No comprendo —replicó la señora Arnoux.
—¡A la mesa! - dijo el marido cogiéndole por el brazo, y luego, en voz baja y al oído, añadió: ¡No es usted muy despierto que digamos!
Nada tan agradable como el comedor, pintado de un color verde mar.
En uno de los extremos, una ninfa de mármol humedecía su pie en una pila en forma de concha. Por las ventanas abiertas se veía todo el jardín y el espeso césped, flanqueado por un añoso y casi destruido pino de Escocia; arriates acá y allá que daban a la superficie un desigual bombeamiento, y de la otra parte del río, el bosque de Boulogne, Neuilly, Sèvres, Meudon, que se abrían en un amplio semicírculo. Por último, enfrente, delante de la verja, un barco velero se deslizaba costeando.
Primeramente se habló del panorama que desde allí se ofrecía, y luego del paisaje en general, y cuando las discusiones dieron principio, Arnoux dio a su criado la orden de enganchar el coche para las nueve y media. Una carta de su cajero según dijo le obligaba a ausentarse.
—¿Quieres que me vaya contigo? —dijo su mujer.
—¡Sí, por cierto! —y; haciéndole una galante reverencia, añadió:
Ya sabe usted, señora, que no puedo vivir sin usted.
Todos le dieron la enhorabuena por tener tan perfecto marido.
—¡Oh! ¡Es que no se trata sólo de mí! --replicó dulcemente, señalando a su hijita.
Luego, reanudada la conversación sobre la pintura, se habló de un Ruysdaël, por el que Arnoux aguardaba obtener una fuerte suma, y Pellerin le preguntó si era cierto que el pasado mes había ido el famoso Saul Mathias, de Londres, para ofrecerle veintitrés mil francos.
—¡Nada más exacto! —y volviéndose a Frédéric añadió: Es aquel mismo caballero que se paseaba conmigo el otro día por la Alhambra, muy a pesar mío, se lo aseguro, pues los tales ingleses no tienen nada de divertidos.
Frédéric, creyendo descubrir en la carta de la señorita Vatnaz alguna empresa amorosa, se admiró de la facilidad con que Arnoux encontró un medio razonable para escabullirse; pero aquella nueva mentira, completamente injustificada, le hizo abrir los ojos con estupefacción.
El comerciante añadió con sencillez:
—¿Cómo se llama ese joven alto, amigo de usted?
—Deslauriers —dijo apresuradamente Frédéric.
Y para reparar las faltas que con él cometiera, le alabó como a hombre de clarísimo talento.
—¿De veras? Pero no tiene aspecto de ser tan buen muchacho como el otro, el dependiente de transportes.
Frédéric maldijo a Dussardier, porque ella iba a creerse que se codeaba con gentecilla de poco más o menos.
En seguida se habló de las mejoras realizadas en la capital, de los barrios nuevos, y el infeliz de Oudry citó entre los grandes especuladores al señor Dambreuse.
Frédéric, cogiendo por los cabellos, para darse tono, la ocasión que se le presentaba, dijo que lo conocía; pero Pellerin lanzó una catilinaria contra los tenderos en general, pues para él era completamente lo mismo vender bujías o plata. A continuación, Rosenwald y Burrieu discutieron de porcelanas; Arnoux hablaba de jardinería con la señora de Oudry, y Sombaz, zumbón chapado a la antigua, se divertía burlándose del marido de aquella, al que llamaba Odry, como el actor, y afirmando que debía descender de Oudry, el pintor de los perros, porque la protuberancia craneana de los animales era muy visible en su frente, y al decir esto intentaba pasarle la mano por el cráneo; pero el otro, a causa de su peluca, se resistía con tenacidad, terminando de este modo la sobremesa, entre grandes risas.
Después de que tomaron el café bajo los tilos, de fumar y de dar unas cuantas vueltas por el jardín, se fueron a la orilla del río para pasearse a lo largo de ella.
La caravana se detuvo ante un pescador que limpiaba anguilas en un cubo. La señorita Marthe quiso verlas; las vació sobre la hierba el buen hombre, y la muchacha se arrodilló para cogerlas, riendo de alborozo y chillando asustada, y como se perdieron todas, Arnoux las pagó, ocurriendosele, a poco, la idea de dar un paseo en bote.
El horizonte comenzaba a palidecer por una parte, en tanto que de la otra se extendía por el cielo una amplia franja de anaranjado matiz, que se hacía de más intensa púrpura en la cumbre de las colinas, ennegrecidas por completo. La señora Arnoux se hallaba sentada en un peñón, de espaldas a aquel resplandor de hoguera. Los demás iban de acá para allá, sin rumbo ni idea fija. Hussonnet, al pie del ribazo, arrojaba piedras al agua.
Volvió Arnoux con una chalupa vieja, en la que, no obstante las prudentes advertencias que se le hicieron, amontonó a los convidados; pero como zozobraba, fue preciso desembarcar.
Dentro de la casa, en el salón, tapizado de estofa persa y con arañas de cristal en las paredes, resplandecían ya las luces. La señora de Oudry cabeceaba dulcemente en un sillón, y los demás oían una disertación del señor Lefaucheur sobre las glorias del foro. La señora Arnoux estaba sola, junto a la ventana: Frédéric se acercó a ella.
Hablaron a propósito de lo que se decía: ella admiraba a los oradores; él, la gloria literaria. Pero el orador según ella —debía sentir un mayor goce al conmover directamente y por sí mismo a las masas y al contemplar cómo los propios sentimientos se adentraban en la muchedumbre. Tales triunfos apenas si tentaban a Frédéric, que carecía de ambición.
—¿Por qué? —dijo ella—. Es preciso tener alguna.
Se hallaban uno junto al otro, de pie, al lado del alféizar de la ventana. La noche, ante ellos, se extendía como inmenso y sombrío velo, salpicado de plata. Era la primera vez que no hablaban de cosas insignificantes. Llegó incluso a conocer los gustos y antipatías de ella: ciertos perfumes no eran de su gusto; le interesaban los libros de historia y creía en los sueños.
Frédéric abordó el capítulo de las aventuras sentimentales. Ella se compadecía de los destrozos que la pasión ocasiona; pero se revolvía contra las hipócritas liviandades, y aquella rectitud de espíritu le iba tan bien a la correcta belleza de su rostro, que parecía su natural corolario.
A veces sonreía, fijando, por un momento, sus ojos en él, que sentía penetrar aquella mirada en su espíritu, como el rayo de sol que desciende hasta el fondo de las aguas. La amaba sin segunda intención, sin la más ligerísima esperanza de ser correspondido, y en aquellos mudos transportes, semejantes a vehementes impulsos de gratitud, hubiera deseado cubrir su frente de una lluvia de besos. Sin embargo, un íntimo anhelo le arrastraba como fuera de sí: era un ansia de sacrificio, una necesidad de inmediata abnegación, tanto más fuerte cuanto que no podía satisfacerla.
No se retiró con los otros invitados; Hussonnet tampoco; debían regresar en el coche; aguardaba éste al pie de la escalinata, cuando Arnoux bajó al jardín para cortar rosas. Una vez hecho el ramillete y atado con un hilo, como los tallos eran desiguales, rebuscó en su bolsillo, lleno de papeles, y cogiendo uno al azar, los envolvió y sujetó, para mayor seguridad, con un alfiler grande, entregándole el ramillete, por último, y no sin cierta emoción, a su mujer.
—Toma, querida mía —le dijo—, y perdóname que te tenga olvidada.
Ella lanzó un "¡ay!: se había herido con el alfiler, torpemente colocado, y subió a su habitación. Estuvieron esperándola cerca de quince minutos. Al fin se presentó, tomó a Marthe y penetró en el coche.
—¿Y el ramillete? —preguntó Arnoux.
—¡Déjalo! No vale la pena!
Como Frédéric se apresurara para ir a recogerlo, ella exclamó:
—¡No lo quiero!
Pero lo trajo en seguida, diciendo que acababa de ponerlo otra vez en su envoltorio, pues se había encontrado las flores esparcidas por el suelo. Las puso en el guardafango, junto al asiento, y el coche arrancó Frédéric, sentado junto a ella, notó que se estremecía de un modo horrible. A poco, una vez pasado el puente, y como Arnoux se dirigiera a la izquierda, le dijo:
—¡No es por ahí, te equivocas! ¡Es por este otro lado!
Parecía irritada; se molestaba con lo más mínimo. Como Marthe cerrara los ojos, tomó el ramillete y lo arrojó por la portezuela; luego, cogiendo el brazo de Frédéric con una mano, le hizo comprender por señas con la otra que jamás dijera nada de aquello.
A continuación se puso el pañuelo en la boca y no dijo una palabra más.
Los otros dos, mientras tanto, en el pescante, hablaban de asuntos de imprenta y de suscriptores. Arnoux, quien guiaba sin fijarse, se perdió en medio del bosque de Boulogne, hundiéndose por los vericuetos. El caballo iba al paso; las ramas de los árboles rozaban la capota del coche.
Frédéric no veía de la señora Arnoux más que los ojos, entre las sombras; Marthe se había tendido en la falda de su madre, y él le sostenía la cabeza.
—¿Le molesta? - le preguntó la señora Arnoux.
—¡Oh, no, no!
Se alzaban lentos remolinos de polvo; atravesaron Auteuil; todas las casas estaban cerradas; de trecho en trecho, un farol iluminaba la esquina de una calle y las tinieblas volvían; una de las veces Frédéric se percató de que ella lloraba.
¿Era remordimiento, deseo? ¿Qué era, pues? Aquel sufrimiento, cuya causa desconocía, le interesaba como algo personal; al presente existía entre ellos un nuevo lazo, una como complicidad que los ligaba, lo más cariñosamente que pudo, le pregunto:
—¿Sufre usted?
—Sí, un poco —repuso ella.
Avanzaba el coche, y las madreselvas y las jeringuillas, desbordándose por sobre las tapias de los jardines, inundaban la noche de enervantes y perfumados efluvios. Los numerosos pliegues de su vestido cubrían sus pies, y se le antojaba que aquel cuerpo infantil, tendido entre los dos, le servía como de comunicación con toda su persona. Se inclinó sobre la niña, y apartando sus hermosos y oscuros cabellos, la besó en la frente con suavidad.
—Es usted bueno —dijo la señora Arnoux.
—¿Por qué?
—Porque ama a los niños.
—No a todos.
Y sin decir otra cosa, alargó hacia ella su mano izquierda, abierta del todo, imaginándose que acaso ella haría lo mismo y se encontraría con la suya. Luego tuvo vergüenza y la retiró.
A poco rodaba el coche por el empedrado; el caballo iba más aprisa; se multiplicaban los mecheros de gas: estaban en París. Hussonnet saltó de su sitio frente al guardamueble. Frédéric aguardó a que llegasen al patio para apearse; luego se emboscó en la esquina de la calle de Choiseul, viendo a Arnoux que subía de nuevo y lentamente hacia los bulevares.
Desde el día siguiente se puso a trabajar con todas sus fuerzas. Se veía en la sala de una Audiencia, durante una tarde de invierno y próxima a terminar la defensa, cuando los jurados están pálidos y la jadeante multitud hace crujir los tabiques de madera de la sala, hablando cuatro horas hacía, resumiendo todas sus pruebas, presentando otras y sintiendo a cada frase, a cada palabra, a cada ademán, levantarse la cuchilla de la guillotina, suspendida a sus espaldas; luego se veía en la Cámara como orador que lleva en sus labios la salvación de todo un pueblo, ahogando, con sus vehemencias, a los adversarios, confundiéndolos con una respuesta, llena la voz —irónica, patética, fogosa o sublime—de arranques y musicales entonaciones. Ella estaría allí, en cualquier parte, en medio de los demás, ocultando bajo el velo sus lágrimas de entusiasmo; se reunirían después, y los desalientos, las calumnias y las injurias no harían mella en su ánimo si ella le decía: "¡Oh, qué hermoso es eso!", pasándole por la frente su grácil mano.
Aquellas imágenes fulguraban como faros en el horizonte de su vida. Su talento, excitado, se hizo más penetrante y más fuerte. Se encerró hasta el mes de agosto, consiguiendo salir bien de su último examen.
Deslauriers, a quien tanto trabajo había costado obligarle a repasar de nuevo el segundo curso, a fin de diciembre, y el tercero, en febrero, se admiraba de aquel entusiasmo. Con tal motivo, renacieron las antiguas esperanzas. Era preciso que Deslauriers, dentro de diez años, fuera diputado, y ministro dentro de quince, ¿por qué no? Con su patrimonio, que iba a recoger en seguida, podía, primeramente, fundar un periódico; esto, para empezar, que luego ya se vería. En cuanto a él, su ambición era siempre ocupar una cátedra de la Facultad de Derecho.
Su tesis Doctoral fue de tan sobresaliente manera defendida, que mereció las felicitaciones de los catedráticos.
Tres días después era aprobada la de Frédéric. Antes de marcharse de vacaciones se le ocurrió finalizar con una comida a escote las reuniones de los sábados. Así se hizo, y en ella estuvo muy alegre.
La señora Arnoux estaba en Chartres con su madre; pero la encontraía de nuevo muy pronto, y acabaría siendo su amante.
Deslauriers, admitido aquel mismo día en laparlotte de Orsay, lugar donde suelen adiestrarse los abogados jóvenes, hizo allí un discurso que fue muy celebrado. Aunque era hombre sobrio, se achispó, y ya en los postres le dijo a Dussardier:
—¡Tú eres una persona honrada! Cuando yo sea rico te nombraré mi administrador.
Todos eran dichosos: Cisy no acabaría la carrera; Martinon se iba a continuar las practicas en provincias, donde sería nombrado auxiliar; Pellerin se preparaba para pintar un gran cuadro que representaba El genio de la revolución; Hussonnet, en la semana siguiente, debía leer al director de las Diversiones el plan de una obrita, y no dudaba del éxito.
—¡Porque el armazón del drama me lo admiten! Por lo que hace a las pasiones, he rodado lo bastante para conocerlas, y en cuanto a los rasgos de ingenio, precisamente son mi fuerte.
Dio un salto, cayó sobre ambas manos, lanzó las piernas al aire, y de esta suerte anduvo en torno de la mesa durante un rato.
Aquella galopinada no desarrugó el ceño de Senecal, que acababa de perder su destino en el colegio por haberle pegado al hijo de un aristócrata. Como su miseria era cada vez mayor, renegaba del orden social y maldecía a los ricos, desahogándose en el seno de Regimbart, que estaba, por momentos, más desilusionado, entristecido y disgustado. El ciudadano se entregaba, por entonces, al estudio de los presupuestos y acusaba a la camarilla de malgastar los millones en Argelia.
Como no podía dormir sin haberse pasado por el diván Alexandre, apenas dieron las once desapareció. Los demás se retiraron más tarde, y Frédéric, al despedirse de Hussonnet, supo por éste que la señora Arnoux había debido llegar la víspera.
Demoró su partida para el día siguiente, y a eso de las seis de la tarde se presentó en casa de ella, que no estaba, pues, según le dijo el portero, había demorado su regreso una semana. Frédéric comió solo, y luego paseó, para pasar el tiempo, por los bulevares.
Nubes rosas, en forma de chal, se alargaban por encima de los tejados; comenzaban a recogerse los toldos de las tiendas; los carros de riego vertían su lluvia sobre el polvo, y una inesperada frescura se mezclaba al vaho de los cafés, por cuyas abiertas puertas se veían, entre plateados y dorados, los manojos de flores que se reflejaban en los altos espejos. La gente marchaba despacio; en medio de la acera había grupos de hombres charlando, y cruzaban las mujeres con ese lánguido mirar y ese matiz de camelia que dan a las carnes femeninas la laxitud de los calores excesivos. Un desmedido no se qué se extendía por doquier, envolviendo las casas. Nunca París se le antojó tan hermoso, y era tal su optimismo, que sólo percibía en el porvenir una interminable serie de años repletos de amor.
Se detuvo ante el teatro de la Porte-Saint-Martin para mirar el cartel y, como no tenía nada que hacer, compró un boleto.
Se representaba una antigua comedia de magia. Los espectadores eran escasos, y en las claraboyas del paraíso la luz se destacaba en cuadraditos azules, mientras que los quinqués del proscenio formaban una sola hilera de luces amarillas. La escena representaba un mercado de esclavos en Pekín, con campanillas, platillos, sutanes, gorros puntiagudos y retruécanos. Bajado el telón anduvo a solas por el foyer y admiró el bulevar, al pie de la escalinata, un gran landó verde, tirado por dos caballos blancos que sujetaba un cochero de calzón corto.
Ocupaba de nuevo su sitio, cuando en el antepecho del primer palco apareció un matrimonio. El marido tenía rostro pálido, de rala y canosa barba, la insignia de la Legión de Honor y ese glacial empaque que se atribuye a los diplomáticos.
Su mujer, veinte años más joven, por lo menos, ni alta ni baja, ni fea ni bonita, con los rubios cabellos en tirabuzones a la inglesa, llevaba un vestido de cuerpo liso y un gran abanico de encaje negro. Para que personas de un rango asistiesen al espectáculo en aquella estación era necesario suponer una casualidad o el aburrimiento de pasar la noche solos. La señora mordisqueaba su abanico y el caballero bostezaba. Frédéric no podía acordarse de dónde conocía aquel rostro.
En el entreacto siguiente, al atravesar por el pasillo de los palcos, se encontró con los dos, y al ligero saludo que les hizo, el señor Dambreuse, reconociéndolo, le llamó y se excusó de imperdonables negligencias. Era una alusión a las numerosas tarjetas que le enviara siguiendo los consejos de Deslauriers. Con todo, confundía las épocas creyendo que Frédéric estudiaba el segundo año de Derecho. Después le envidió por marcharse al campo; también él necesitaba reposo, pero sus asuntos le retenían en París. La señora Dambreuse, apoyada en el brazo de su marido, inclinaba levemente la cabeza; la agradable espiritualidad de su rostro contrastaba con su melancólica expresión de hacía un momento.
—A pesar de todo, en el campo se encuentran muchas distracciones —dijo, a propósito de las últimas palabras de su marido. Qué espectáculo más necio es éste, ¿verdad, caballero?
Y permanecieron de pie, hablando de teatros y obras nuevas.
Frédéric, acostumbrado a los modales de las muchachitas provincianas, no había visto en mujer alguna una tal soltura de maneras, ni esa sencillez, que es un refinamiento, y en la que las almas cándidas creen descubrir la expresión de una instantánea simpatía.
A su vuelta, contaban con él; el señor Dambreuse le dio recuerdos para el tío Roque.
Ya en casa, Frédéric no dejó de contar aquella acogida a Deslauriers.
—¡Estupendo! —dijo su amigo. ¡Y no te dejes engatusar por tu madrecita! Regresa a la carrera.
Al siguiente día de su llegada, después del almuerzo, la señora de Moreau se fue con su hijo al jardín.
Le dijo que se sentía muy feliz viéndole con una carrera, pues no eran tan ricos como se creía; la tierra daba muy poco, los renteros cumplían mal sus compromisos, y hasta ella misma se vio en el aprieto de vender su coche: en una palabra le expuso su situación.
En los primeros apuros de su viudez, un hombre astuto, el tío Roque, le había hecho algunos préstamos, renovados y prolongados muy a su pesar, y de pronto vino a reclamarlos, teniendo que someterse a sus imposiciones y entregarle, por un precio irrisorio, la finca de Presles. Diez años más tarde desaparecía su capital con la quiebra de un banquero de Melun. Por horror a las hipotecas, y para conservar unas apariencias beneficiosas para el porvenir de su hijo, y como el tío Roque se le presentara de nuevo, se echó en su brazos una vez más.
Pero al presente ya había liquidado con él. En resumen: les quedaban unos diez mil francos de renta, perteneciéndole a él dos mil trescientos; éste era todo su patrimonio.
—Pero ¡eso no es posible! —exclamó Frédéric.
La madre hizo un gesto, dándole a entender que "aquello era muy posible".
—Pero su tío le dejaría algo.
—Nada menos seguro.
Y, en silencio, dieron una vuelta por el jardín. Por último, lo estrechó contra su corazón y, ahogada por las lágrimas, le dijo:
—¡Ah, pobre hijo! ¡Cuántos sueños he tenido que abandonar!
Frédéric se sentó en un banco, a la sombra de una frondosa acacia.
Su madre le aconsejaba que entrara de pasante con el procurador señor Prouharam, quien le cedería su bufete, y si lo hacía valer, podría revenderlo y hallar un buen partido.
Frédéric ya no oía; maquinalmente clavaba sus ojos, por encima de la empalizada, en el jardín frontero.
Una muchachita de unos doce años, con el pelo rojo, se hallaba allí completamente sola. Se había hecho unos zarcillos con bayas de serbal; su cuerpecillo, de una tela gris, dejaba al descubierto sus hombros, ligeramente tostados por el sol; acá y allá, en su falda blanca, se veían algunas manchas de dulce, y en toda su infantil persona se descubría un cierto encanto de bestezuela joven, fuerte y delicada a un tiempo mismo. Sin duda le asombraba la presencia de un desconocido, porque se detuvo de pronto, con su regadera en la mano, clavando en él sus pupilas, de un oscuro y traslúcido verde.
—Es la hija del tío Roque —dijo la señora de Moreau—. El padre, para legitimarla, se ha casado hace poco con su doméstica.
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