Kitabı oku: «Determinismo y organización»


A Jean Gayon:Amigo querido,colega respetado,maestro admirado.
CLAUDE BERNARD
[Saint Julien, 12 de julio de 1813 – París, 11 de Febrero de 1878]
Cronología sucinta*
| [1834] | Comienza sus estudios de Medicina en París |
| [1840] | Se vincula con François Magendie, como alumno y asistente de su labo-ratorio, en el Collège de France. |
| [1843] | Obtiene su doctorado en Medicina con una tesis sobre el papel del jugo gástrico en la nutrición. |
| [1847] | Es nombrado suplente de Magendie en el Collège de France y comienza su carrera como investigador. A partir de ahí, a lo largo de más de dos déca-das, sus resultados experimentales en Fisiológica comienzan a acumularse, dándole renombre internacional. |
| [1853] | Obtiene el doctorado en Ciencias Naturales. Coronación de Napoleón III. |
| [1854] | Asume como profesor de la Sorbonne. |
| [1855] | Es titularizado en el Collège de France. |
| [1859] | Charles Darwin publica El origen de las especies. |
| [1865] | Publica la Introducción al estudio de la Medicina Experimental. |
| [1868] | Renuncia a la Sorbonne y comienza a dictar clases en el Museo Nacio-nal de Historia Natural. Ingresa a L’Académie française. |
| [1870] | Caída de Napoleón III. |
| [1877] | Dicta su última clase en el Collège de France. |
Agradecimientos
Este libro es el resultado más importante de la labor realizada durante mi estancia en el Institut d’Histoire et de Philosophie des Sciences et des Techniques de la Sorbona, ocurrida entre septiembre de 2017 y febrero de 2018. Privilegio, ese, que no hubiese podido disfrutar sin por el apoyo de mi Universidade Federal de Santa Catarina.
Mi agradecimiento, entonces, para ambas instituciones. Pero también, y sobre todo, para la Universidad Nacional de Colombia y para la Universidad El Bosque. Porque sin su reconocimiento por mi trabajo, y sin su generosidad, yo no estaría escribiendo esta página. Y en lo que respecta a eso, no puedo dejar de mencionar al profesor Gustavo Silva, de la Universidad El Bosque, principal artífice y estratega de esta aventura editorial.
Tampoco quiero olvidarme de los plátanos de la Rue Faidherbe; que, con sus imprevistas nostalgias rosarinas, nos abrazaron, a Dixie y a mí, mientras escribíamos y mirábamos a París desde el nido de un gorrión.
Introducción
En el contexto de la Historia epistemológica de la ciencia, y como alguna vez Gaston Bachelard (1973[1951], p.134) supo subrayarlo, el pasado de cada disciplina científica debe ser evaluado y comprendido asumiendo las verdades que el estado actual del conocimiento deja “más claras y mejor coordinadas”. Si se procura identificar los vectores que pautaron el progreso conceptual de una ciencia, señalando también los obstáculos que esta tuvo que superar para llegar a su estado presente, entonces los presupuestos, resultados y valores cognitivos de ese estado actual del conocimiento deberán asumirse como los únicos criterios a ser considerados en esa operación de evaluación y comprensión epistemológica (cf. Fichant, 1971, p.92). Proceder de otra forma sería arrogarse un conocimiento superior al conocimiento de la propia ciencia y también implicaría aceptar que, en lugar de establecer y reformular —autónoma y permanentemente— sus propios principios y fundamentos, el conocimiento científico está sujeto a alguna autoridad epistemológica exterior a él. Una autoridad trascendente que permanecería ajena a las vicisitudes y convulsiones que jalonan la historia de cada disciplina científica, y a la cual podríamos remitirnos como corte de última instancia en toda cuestión epistemológica.
Entretanto, aunque ese compromiso y ese anclaje en el presente de la ciencia sean inherentes a la reflexión epistemológica, también es cierto que el modo en el que Bachelard presentó esa idea puede llevarnos al error de pensar que ese presente sea algo transparente e inconcuso. Lejos de eso, el presente de una ciencia no se define solo por sus consensos y por aquello que, en ese momento, sea considerado como una conquista definitiva de nuestro saber: el presente de una ciencia también se define por sus problemas y polémicas. Por eso nuestra comprensión y nuestra evaluación del pasado estarán inevitablemente marcadas por esos problemas y sesgadas por nuestros posicionamientos ante las polémicas que esos problemas susciten. Pero, además de eso, también es preciso asumir que ese presente tampoco es epistemológicamente transparente; por el contrario, está regido por una gramática cuya elucidación también es problemática y polémica. El esfuerzo por avanzar en esa elucidación que genera los problemas y las discusiones que definen la agenda es lo que, habitualmente, se denomina “filosofía de la ciencia”1.
En efecto, la filosofía de la ciencia tiene como objetivo elucidar las reglas metodológicas, las presuposiciones y los conceptos fundamentales, valores cognitivos y objetivos explanatorios que cada ciencia va instituyendo y siguiendo en su desarrollo (Caponi, 2007, p.76; 2013a, p.257), y podemos estar seguros de que esas elucidaciones son un auxilio insustituible para la reflexión histórico-epistemológica. En la medida en que ella consiga explicitar el encuadramiento metodológico y categorial que cada disciplina científica crea y recrea permanentemente para sí misma, la filosofía de la ciencia también permitirá una mejor comprensión de esa actualidad del conocimiento científico en la cual, necesariamente, habremos de afirmarnos para intentar alcanzar una comprensión epistemológica de la historia de las diferentes ciencias. Es decir: si se trata de interrogar el pasado del presente de una ciencia, entonces las elucidaciones y los instrumentos de análisis que la filosofía de la ciencia va generando en su empeño por entender la ciencia actual, ciertamente van a auxiliarnos en el estudio de los caminos que convergieron en ese presente en el cual estamos situados.
Por lo tanto, aunque sepamos que la propia filosofía de la ciencia también es un ámbito transido por problemas y polémicas, que más que a cerrarse tienden siempre a reformularse y diversificarse indefinidamente, tenemos que aceptar que es desde ahí, desde esas polémicas y esos problemas generados por el esfuerzo de comprender la gramática de la ciencia presente, que tenemos que comprender y juzgar el pasado de cada región del conocimiento científico. Esto vale, sobre todo, en el caso de cualquier tentativa por explicitar y entender los presupuestos teóricos y los principios metodológicos más fundamentales que rigieron —o pugnaron por regir— el destino de esos dominios disciplinares en cualquier momento histórico. Aunque sea palmariamente cierto que la filosofía de la ciencia actual no podría brindarnos todos los instrumentos necesarios para esa tarea, será desde la discusión epistemológica del presente que tendremos que comenzar nuestra revisión del pasado.
Es decir: en la medida en que la propia comprensión de la actualidad de la ciencia exige una reflexión epistemológica, esta última también habrá de pautar, aunque sea solo implícitamente, nuestra vuelta sobre el pasado. Esta vuelta, para decirlo de otro modo, no solo estará pautada por las polémicas científicas del presente, sino que también estará marcada por las polémicas epistemológicas que ese presente suscita. Y es claro que la corrección de las distorsiones que ese punto de partida nos imponga también forma parte del esfuerzo hermenéutico a ser realizado. De hecho, la eventual constatación de que algunos de esos instrumentos de análisis forjados en el análisis de la ciencia presente no son pertinentes o adecuados al estudio de algún aspecto de la ciencia pasada, puede ser uno de los resultados más relevantes de nuestros estudios histórico-epistemológicos. Pero para que eso sea posible es necesario conocer y tener en cuenta esos instrumentos de la filosofía de la ciencia actual; si no, nunca sabremos —con la debida precisión— cuáles son las verdaderas razones de su posible inadecuación para la comprensión del pasado.
Por otra parte es obvio que las indagaciones histórico-epistemológicas también habrán de brindarnos subsidios para comprender ese presente en el cual estamos situados. Si se trata de entender los presupuestos y los principios rectores de los modos vigentes de hacer ciencia, nada mejor que contrastarlos con esos otros modos de hacer ciencia que se vieron desplazados por aquellos que hoy imperan. Por eso es que es tan importante estudiar las coyunturas de la historia de una ciencia en las que ocurrieron esas grandes rectificaciones o rupturas, encrucijadas en las cuales los modos ahora permitidos de hacer ciencia se vieron efectivamente desafiados y después derrocados o revocados por las opciones epistemológicas que desembocaron en ese presente en el cual estamos parados. Así, entre pasado y presente se entabla una compleja dialéctica de mutua iluminación y problematización epistemológica que es tan inevitable como enriquecedora (Caponi, 2007, p.78). La filosofía de la ciencia y la historia de la ciencia se asisten mutuamente configurando un simbionte altamente integrado.
Parafraseando a Kant (A51/B75)2, Imre Lakatos (1971, p.91) dijo: “la filosofía de la ciencia sin la historia de la ciencia es vacía; la historia de la ciencia sin la filosofía de la ciencia es ciega”, y lo que estoy diciendo aquí se deja capturar por esa paráfrasis, aunque por “historia epistemológica” yo esté entendiendo algo un poco más rico y amplio que las reconstrucciones racionales lakatosianas. Estas últimas se limitaban al estudio de las decisiones y reglas metodológicas que guían las elecciones entre teorías; sin detenerse mucho en el análisis de los presupuestos sobre los que esas teorías se apoyaban, ni en los conceptos que las articulaban, atenerse a ese resabio de la distinción entre “contexto de descubrimiento” y “contexto de justificación” puede empobrecer la reflexión histórico-epistemológica. Esta no solo debe procurar elucidar las reglas que rigen las opciones teóricas que ocurran en un momento dado del desarrollo de una ciencia, sino que también debe tematizar los principios y nociones que les dieron forma a las teorías que allí se ofrecían, y que permitían que ellas ingresasen en el ámbito de lo discutible, tornándose opciones posibles. Por tanto, insisto, la indagación histórico-epistemológica debe partir de un presente cuya comprensión también nos exige una reflexión epistemológica que, a su vez, se verá enriquecida, rectificada y ampliada por lo que el pasado nos enseñe sobre el desarrollo del pensamiento científico.
Pero en ese contrapunto entre pasado y presente, la filosofía de la ciencia no solo opera como una pauta que orienta la comprensión del presente y desde ahí incide en la propia comprensión del pasado, sino que ella, para decirlo de otro modo, es una base y una guía para la indagación histórico-epistemológica, que también puede y debe ser tema de esa indagación. Aunque no siempre de modo explícito, y muchas veces de forma oblicua y poco sistemática, el desarrollo de toda investigación científica siempre suscita esfuerzos por definir y comprender las reglas, los presupuestos y los conceptos fundamentales que rigen dicha actividad (cf. Guillaumin, 2009, p.10-1). Es decir: la ciencia nunca deja de estar acompañada por un esfuerzo de autoconciencia epistemológica; y ese esfuerzo, que da lugar a la filosofía de la ciencia, suele poner en evidencia los valores y los objetivos epistémicos que pautan el desarrollo de una disciplina científica particular en un determinado momento histórico. Por eso el análisis de esas reflexiones epistemológicas, el estudio de la filosofía de la ciencia que se desarrolla en determinado momento de la historia de una disciplina científica, también tiene que formar parte de la indagación histórico-epistemológica (cf. Guillaumin, 2009, p.13-4).
Un ejemplo clásico de lo que estoy diciendo lo podemos encontrar en Los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna de Edwin Burtt (1960). Pero refiriéndonos a un tema más próximo del que aquí nos ocupa, también podemos mencionar los muchos —y muy relevantes— estudios que se han hecho respecto del modo en que la filosofía de la ciencia inglesa de mediados del siglo XIX estuvo presente en la formulación y aceptación de la teoría darwiniana sobre el origen de las especies3. El estudio de las tesis epistemológicas de John Herschell (1846), de William Whewell (1837, 1847[1840], 1858) y, en menor grado, de John Stuart Mill (1851), sobre la naturaleza de la explicación causal y sobre la validación de teorías, se ha mostrado fundamental para entender tanto la articulación de la teoría darwiniana como su impacto en la comunidad científica de la época. Y nadie podrá poner en duda la relevancia que esos estudios tuvieron para la historiografía de la revolución darwiniana.
Se podrá discutir, por supuesto, cuál es la naturaleza de esa relación entre la ciencia y la reflexión epistemológica que sobre ella se realiza en una determinada coyuntura. Se puede pensar que esa reflexión ejerce un control efectivo sobre el desarrollo de la ciencia (cf. Guillaumin, 2009, p.10-1), pero también se puede pensar —y yo me inclino por esta segunda alternativa— que dicha reflexión solo expresa —explicitando de forma más o menos directa y adecuada— un plexo de reglas que ya están siendo acatadas; y que si ella ejerce, en algún momento, cierta coerción sobre el desarrollo de las investigaciones y sobre la validación de sus resultados, es solo por el hecho de esa misma explicitación: hasta cierto punto, normas reconocidas pueden ser mejor atendidas que normas tácitas, aunque, llegado un punto, esa explicitación también propicie su desacatamiento. Pero, sea cual sea la posición que adoptemos a ese respecto, lo cierto es que esas reflexiones nos dejan ver las coordenadas epistemológicas y metodológicas más fundamentales de ciertos desarrollos científicos; y lo hacen con una claridad que no siempre encuentra parangón en la presentación y en la justificación de los desarrollos teóricos y los resultados empíricos que se obtienen en el marco de esas coordenadas.
En ocasiones, la reflexión epistemológica que los desarrollos de una ciencia van suscitando conforme estos últimos van ocurriendo, puede mostrarnos una trama de presupuestos teóricos fundamentales que puede ser difícil de entrever si nos limitamos a analizar las formulaciones y los desarrollos estrictamente científicos. Por eso, incluso, el interés que siempre han suscitado las reflexiones epistemológicas y metodológicas de Claude Bernard: ellas nos muestran, con claridad aun inigualada, cuál era el suelo de supuestos —pero también de disidencias fundamentales— sobre el que se delineó el programa de la fisiología experimental. Y será por eso que aquí volveré sobre esas reflexiones. Pero, si me permito insistir por un camino de lecturas por el que tantos ya se han aventurado, es porque estoy convencido de que los desarrollos de la filosofía de la ciencia nunca dejan de ampliar y renovar los instrumentos con los cuales analizar el presente de la ciencia, para desde ahí intentar revisar y profundizar nuestra comprensión epistemológica de su pasado.

Esto vale para todos los niveles en los que cabe desarrollar una reflexión histórico-epistemológica, aplicándose también a todos los ámbitos del conocimiento científico y a todas las subáreas de los estudios epistemológicos: desde la filosofía y la historia de la física, hasta la filosofía y la historia de ciencias especiales como la sociología, la economía o la geología. Además vale muy especialmente para el caso de la biología, porque las discusiones que ocurrieron en las últimas dos décadas en los diversos campos de la filosofía de la biología posibilitaron el desarrollo y el refinamiento de toda una serie de instrumentos de análisis que, ciertamente, pueden ser muy útiles en la historia epistemológica de las ciencias de la vida. Así, valiéndose de esos instrumentos, esa rama de la historia de la ciencia puede llegar a una comprensión del pasado de la biología y de su devenir que, sin ninguna duda, también habrá de redundar en un mejor entendimiento del presente que sirve como anclaje inicial de dicha comprensión.
Debido al hecho de que la mayor parte de la filosofía de la biología contemporánea fue una filosofía de la biología evolucionaria, la comprensión epistemológica del devenir histórico de ese campo de las ciencias de la vida progresó sustancialmente, como ciertamente no lo hubiese hecho de haber carecido de los subsidios e instrumentos conceptuales que le brindó la filosofía de la ciencia. El propio estudio de la relación entre la revolución darwiniana y la filosofía de la ciencia victoriana ya se ha visto beneficiado por esos servicios que la filosofía de la ciencia tout court puede prestarle a la historia epistemológica. Pero existen otros campos de las ciencias de la vida que también fueron objeto de las reflexiones de la actual filosofía de la biología, aunque ciertamente nunca llegaron a ser tan frecuentados y estudiados como lo ha sido la propia biología evolucionaria. Tal es el caso de ese dominio de la investigación biológica que Marcel Weber (2004, p.3) llamó “biología experimental”, que no es otro que aquel que Mayr (1961, p.1502) englobó bajo el rótulo de “biología funcional” (cf. Caponi: 2001). Y ahí también puede ocurrir ese deseable enriquecimiento de la historia de la ciencia por la filosofía de la ciencia.
En efecto, el estudio de la historia de esos otros dominios disciplinares también se puede ver beneficiado y enriquecido por esos desarrollos de la filosofía de la biología a los que estoy aludiendo. De las reflexiones epistemológicas sobre esos otros campos de las ciencias biológicas surgen recursos de análisis que también se pueden usar en estudios históricos sobre diferentes aspectos y momentos del desarrollo de disciplinas como la embriología, la inmunología y la genética, y en esa lista debe incluirse, por supuesto, la propia fisiología, máxime si pensamos en lo que será el tema de este libro: los presupuestos epistemológicos que pautaron el delineamiento del programa que Claude Bernard impuso en el ámbito de la fisiología experimental. Abordar estas reflexiones teniendo en cuenta los desarrollos de la filosofía de la biología actual puede resultar algo altamente instructivo, y cuando digo esto pienso en las derivaciones más recientes de algunas polémicas clásicas de ese campo de la filosofía de la ciencia. Pienso, particularmente, en las últimas discusiones sobre la estructura y el fundamento de las explicaciones causales propias de las ciencias biológicas, y también en las discusiones relativas al posible carácter teleológico de algunas de dichas explicaciones.
De ahí emergen claves y planteamientos que pueden permitir una comprensión más nítida y una evaluación mejor ponderada de algunas opciones teóricas y algunos compromisos epistemológicos que fueron cruciales en el desarrollo de la fisiología experimental. Pero esas opciones ya habían sido objeto de las lúcidas reflexiones epistemológicas que el propio Bernard se permitió para establecer la legitimidad de sus emprendimientos teóricos, y es por eso que vale releerlas a la luz de la última reflexión de la filosofía de la biología. Esta puede darnos claves para terminar de entender lo que Claude Bernard realmente quería mostrar en tales consideraciones. Pero además de eso, la filosofía de la biología actual también puede darnos los recursos conceptuales y terminológicos que Bernard no tuvo a su disposición en el momento de ensayar sus propias indagaciones epistemológicas. La ciencia pasada —conforme ya vimos que Bachelard decía— debe ser evaluada y comprendida partiendo de las verdades que el estado actual del conocimiento deja “más claras y mejor coordinadas”, lo que no excluye a la propia filosofía de la ciencia que hemos desarrollado para situarnos mejor en ese presente desde el que, inevitablemente, iniciamos nuestra démarche histórico-epistemológica.
Claude Bernard siempre fue, en efecto, sorprendentemente perspicaz y sumamente cuidadoso en lo que atañe a los compromisos y presupuestos fundamentales de su programa de investigación. Él fue su propio Whewell y su propio Herschel. Pero aunque él le haya dedicado muchas páginas al tratamiento de esas cuestiones de fundamentos, su modo de explicar y justificar la naturaleza de los posicionamientos ahí defendidos no siempre fue lo suficientemente claro. Eso fue así por la simple y sencilla razón de que en el siglo XIX no estaban disponibles los recursos de análisis epistemológico y la terminología de la que hoy disponemos. Esos recursos y esa terminología suponen la plena articulación y consolidación de un modo de hacer las ciencias del viviente que Bernard recién estaba ayudando a configurarse, y cuyos contornos aún no estaban plenamente definidos. Pero, además de eso, también es preciso decir que algunas reflexiones epistemológicas de Claude Bernard acabaron pareciendo más opacas de lo que en realidad eran, y eso fue así porque —en la mayoría de los casos— las claves de lectura con las que estas fueron abordadas no resultaron del todo adecuadas.
Frecuentemente, cuando recorremos la literatura secundaria sobre la obra de Claude Bernard, percibimos que dicha literatura suele estar animada por una filosofía de la biología aún inmadura, e incluso precaria, y eso acaba comprometiendo la precisión y el alcance de los análisis allí desarrollados, cosa que se agrava precisamente en el examen de las reflexiones epistemológicas que el propio Claude Bernard se permitía cuando quería dejar más claros los contornos y los presupuestos del programa de investigación que él estaba delineando. Muchos trabajos, no solo merecedores de elogio sino también de mucha consideración en cualquier tentativa de profundizar en el análisis histórico-epistemológico de la obra de Bernard, podrían haber llegado más lejos de lo que de hecho consiguieron llegar, si sus autores hubiesen podido, sabido o querido, recurrir a algunos desarrollos de la última filosofía de la biología. Esta nos da una comprensión del presente de las ciencias de la vida que facilita entender las tensiones y los clivajes de aquel momento fundacional en el que Bernard desarrollaba sus propias reflexiones epistemológicas.
Quiero decir: gran parte de los análisis de dichas reflexiones que hasta aquí se hicieron habrían ganado mucho si hubiesen podido —y en ocasiones aceptado— tener como referencia algunas polémicas y algunos desarrollos recientes de la filosofía de la biología4. Por eso, en las próximas páginas tendré en cuenta esas polémicas y esos desarrollos para, con base en ellos, articular y proponer una reconstrucción unitaria del modo en el que Claude Bernard entendía no solo las explicaciones causales y funcionales propias de la fisiología, sino también la relación íntima que existía entre esas explicaciones y lo que él llamaba “determinismo físico-químico”. Pero dicha reconstrucción sobre el modo en el cual entendía la explicación del cómo de los procesos biológicos también dejará en evidencia algunas limitaciones en la comprensión que Bernard tenía de la biología en general, sobre todo en lo atinente al porqué del diseño biológico, entendiendo por esto último el hecho de que las estructuras biológicas sean adecuadas a los desempeños funcionales exigidos para posibilitar la viabilidad de los seres vivos. Defenderé, así, cuatro tesis que quiero formular desde el inicio, aunque sea de una forma un poco cruda y sumaria.
La primera de esas tesis se limita a afirmar que Claude Bernard sustentaba una concepción experimentalista de la explicación causal; la segunda es que su crítica al vitalismo y su defensa del determinismo eran perfectamente compatibles con el desarrollo de una fisiología que aludiese a propiedades específicamente biológicas. La tercera tesis, mientras tanto, es que el entendimiento que Bernard tenía de las imputaciones funcionales responde perfectamente a la concepción de la función como papel causal. Y la cuarta tesis será, sin duda, la más polémica: sostendré que el recurso que Bernard hace a supuestas leyes morfológicas que guiarían el desarrollo orgánico solo responde a su incapacidad de vislumbrar la posibilidad de una explicación naturalista, científica, del diseño biológico, una explicación que Darwin estaba proponiendo en el mismo momento en el que Claude Bernard parecía presuponer su total imposibilidad. Por otra parte, entre mi discusión de la segunda y la tercera tesis me detendré en un análisis de la noción de medio interno. Ese análisis no solo nos permitirá comprender mejor la concepción bernardiana de la explicación funcional, sino que también nos ayudará a identificar lo que podría caracterizarse como el ideal de orden natural de la fisiología experimental. A continuación balizo el camino que seguiré en mi argumentación.

Lo primero que procuraré mostrar es que la idea de ley a la que alude Claude Bernard en sus escritos no remite necesariamente a enunciados nómicos como los supuestos en el modelo nomológico-deductivo de explicación. Dicha idea remite, más bien, a los invariantes estables bajo intervenciones que James Woodward puso en el centro de su concepción experimental de la explicación causal, y es a ese mismo entendimiento experimentalista del término “ley” que tenemos que remitirnos para entender las referencias que Bernard hacía a “leyes fisiológicas”. Él, sostendré, hablaba de “leyes fisiológicas” porque entendía que el desarrollo de la fisiología experimental ponía en evidencia invariantes que debían ser considerados como específicamente fisiológicos. Y la razón para considerarlos así era que ellos aludían a cambios ocurridos en variables cuyos estados eran descritos en términos de propiedades cuyo correlato o sustrato físico-químico aún no había sido establecido: propiedades que, en todos los casos, eran consideradas como modalidades de esa propiedad fisiológica general que es la irritabilidad.
Por eso, aun reconociendo que el mundo natural está sujeto a un estricto determinismo físico como aquel que Bernard siempre postuló, esos invariantes puramente fisiológicos debían considerarse como conocimiento causal efectivo y legítimo. Eso era así porque dichos invariantes establecían relaciones entre variables que eran satisfactoriamente estables en intervenciones experimentales. Aunque Bernard considerase que la trama causal del mundo era de naturaleza físico-química, él también sabía que, en muchos casos, el diagrama de esas relaciones causales podía y debía escribirse en un lenguaje que aludiese a propiedades biológicas, o vitales, aún no reducidas a propiedades físicas o químicas. No hacerlo así habría puesto a la fisiología delante de desafíos cognitivos casi imposibles de enfrentar, y nos hubiera obligado a conformarnos con un conocimiento fisiológico carente de cohesión teórica.
Para Bernard, el determinismo físico, que implicaba la exclusión de toda forma de vitalismo, era condición de posibilidad de cualquier conocimiento experimental que pudiese venir a surgir. Eso era así porque, conforme espero poder mostrar, dicho determinismo postula la estricta correlación, o invariancia, entre la intervención experimental y la respuesta del sistema intervenido. Para Bernard, el éxito en el establecimiento de invariantes estables en intervenciones experimentales que aludían a variables cuyos estados eran descritos en términos de propiedades específicamente fisiológicas era prueba suficiente de que la fisiología producía un conocimiento causal efectivo, y cuando él desarrollaba esas reflexiones dicho éxito ya había sido alcanzado en diferentes desarrollos experimentales. Ese éxito nos indicaba que la fisiología proveía de un conocimiento causal compatible con una ontología fisicalista, y que solo era posible dentro de ella.
El hecho de que esas intervenciones fuesen realizadas por medios técnicos que operaban sobre la materialidad físico-química de los fenómenos estudiados, y el hecho de que los resultados de esas intervenciones fuesen registrados y medidos por instrumentos que también eran usados en el registro y en la observación de fenómenos físico-químicos, corroboraba ese compromiso y esa compatibilidad que existía entre la fisiología experimental y la ontología fisicalista a la que Bernard aludía cuando hablaba de determinismo. Un input físico o químico sobre el viviente siempre redundaba en un output estrictamente proporcional a ese input, y la fisiología debía descubrir esa proporcionalidad, expresándola en esos invariantes a los que Bernard llamaba “leyes fisiológicas”. La insistencia de Bernard en la capacidad de control de los fenómenos biológicos a que nos daba acceso la fisiología experimental expresaba ese compromiso ontológico suyo con el fisicalismo. Bernard profesaba, para decirlo de algún modo, un fisicalismo experimental. Un fisicalismo basado en la presuposición de que si algo está al alcance del control experimental entonces no es algo que escape al orden físico, aunque nuestra conceptualización de ese control pueda no estar formulada en el lenguaje de la física o de la química.
Hasta ahí, entonces, es lo que diré en el capítulo I sobre la manera en la que Claude Bernard entendía el conocimiento estrictamente causal de los fenómenos fisiológicos. Eso, sin embargo, solo nos daría una visión apenas parcial del modo en el que él consideraba la fisiología. Nos estaría faltando considerar su reconocimiento de la forma compleja en la que se manifestaba el determinismo en los procesos fisiológicos. Y también nos estaría faltando considerar su recurso a la noción de medio interno para, con base en ella, explicar ciertas evidencias que, prima facie, parecían ratificar las presunciones vitalistas sobre la espontaneidad de lo viviente. Esa cuestión, además, también es interesante porque nos permitirá explicitar ese ideal de orden natural de la fisiología que es la muerte, un ideal de orden natural que contrapone la fisiología experimental al vitalismo. Para este, la vida es parte de las causas explanantes; para la fisiología experimental ella se inscribe en el orden de los efectos a ser explicados. Pero antes de examinar esa cuestión me detendré a analizar el modo en que Claude Bernard entendía ese discurso funcional que él sabía inherente a la fisiología.
En efecto, Claude Bernard sabía que el conocimiento causal de los fenómenos fisiológicos era incompleto si no estaba complementado con una perspectiva funcional, y es ahí en donde aparece su idea de teleología intraorgánica. Bernard apela a ella para caracterizar la integración funcional de los fenómenos orgánicos, mostrando además que esta es perfectamente compatible con el determinismo y con la impugnación del vitalismo. Esa finalidad interna es efecto de una articulación causal que solo puede ser entendida a partir del determinismo que Bernard postula al caracterizar la dimensión causal de la explicación fisiológica, y es en esas coordenadas que debemos situar la noción de función supuesta en sus escritos. Esta remite a esa teleología intraorgánica compatible con el determinismo causal y se puede considerar como una especificación de la noción de función como papel causal. Pero ahí también llegaremos al límite de la epistemología bernardiana, cuya identificación y explicación será el asunto del capítulo III.
Porque, si importa decir que Bernard había comprendido la integración que existía entre las perspectivas causal y funcional supuestas en el desarrollo de la fisiología, también es necesario subrayar que, en su modo de ver las cosas, dicha integración constituía una frontera y un presupuesto más allá del cual la ciencia experimental podía ir. Eso era así porque el límite de la reflexión epistemológica de Claude Bernard coincidía con el límite de la propia fisiología experimental, y esta no puede explicar el origen de la articulación causal que genera la finalidad interna de los seres vivos. Es decir: la fisiología puede explicar el cómo de esa finalidad interna, considerándola efecto de una interacción de elementos cuya articulación tiene un origen, un porqué, que ella no consigue, ni precisa, explicar; y Claude Bernard, que no llegaba a comprender esa limitación, atribuía dicha articulación a ciertas leyes morfológicas —a veces descritas como “ideas rectoras del desarrollo”— cuyo estudio escapaba a la ciencia experimental, que era prácticamente como decir que escapaba a toda ciencia genuina. Claude Bernard no conseguía ver que había más biología que aquella que cabía en la fisiología experimental.
Eso que la fisiología experimental ciertamente no consigue explicar, y que en realidad Bernard siquiera consigue delimitar con nitidez, es el origen del diseño biológico, esa adecuación entre estructura y función que exhiben los seres vivos a la que ya me referí y a la que Claude Bernard designaba con el término de “organización”. Dicho cometido explicativo, que el programa bernardiano para la fisiología experimental dejaba del lado de los porqués inaccesibles, tendría que ser alcanzado —solo podía ser alcanzado—, por la biología evolucionaria, y particularmente por la teoría de la selección natural. Una ciencia y una teoría cuya existencia Bernard mal vislumbró, aunque ella estuviese emergiendo en el mismo momento en el que él establecía las bases de la fisiología experimental. Comprendiendo eso, aceptando esa quizá inevitable limitación en el alcance de la reflexión epistemológica de Claude Bernard, también se llega a concluir que esas leyes morfológicas a las que él aludía no estaban llamadas a suplir la falta de una teoría de la herencia aún por venir, y tampoco expresaban un compromiso o resabio de vitalismo.
Dichas leyes solo pretendían suplantar lo que solo a la teoría de la selección natural le cabía proveer: una explicación natural del diseño biológico. Y digo “suplantar” antes que “brindar” porque la postulación de esas leyes morfológicas expresa la renuncia de Claude Bernard a cualquier tentativa de conseguir una explicación del diseño biológico, que él llamaba “organización”, en la que ese ajuste de estructura y función que exhiben los seres vivos —que tan “justificadamente suscita nuestra admiración” (Darwin, 1859, p.3)— fuese pensado como efecto de procesos biológicos y no como presupuestos de estos. Bernard no pudo ver que en Sobre el origen de las especies (Darwin, 1859) se había desvendado un mecanismo causal, la selección natural, que resultaba en el diseño biológico y que, de cierta manera, explicaba el porqué de las estructuras y fenómenos biológicos. Un mecanismo que, como remarcó George Gaylord Simpson (1947, p.489), no producía la adecuación entre estructura y función por un mero accidente, sino que estaba estrictamente pautado por las exigencias de la lucha por la vida (Caponi, 2011, p.49), exigencias que, en el marco de la teoría de la selección natural, suplantaban a las exigencias de las condiciones de existencia (Caponi, 2011, p.54) postuladas en la obra de Cuvier (1817, p.6).
Ensayando una descripción rápida de lo que aquí habré de hacer, puede decirse entonces que en estas páginas asumiré el referencial conceptual desarrollado en Função e desenho na biologia contemporânea (Caponi, 2012a) y en Leyes sin causa y causas sin ley en la explicación biológica (Caponi, 2014a) para, con base en él, analizar presupuestos fundamentales del programa bernardiano para la fisiología experimental. Entiendo, sin embargo, que la lectura de estas últimas obras no es condición para la lectura de la presente. Solo marco esa continuidad para enfatizar, otra vez, la ya aludida complementación y entrelazamiento que puede y debe existir entre filosofía e historia de la ciencia. Complementación y continuidad que, infelizmente, no suelen ser reconocidas —por lo menos en lo respecta a mi medio académico— en el ámbito de la filosofía de la ciencia ni en el ámbito de la historia de la ciencia. Más allá de sus méritos, pocos o nulos, Função e desenho na biologia contemporânea y Leyes sin causa y causas sin ley en la explicación biológica son casos claros —no digo “brillantes”, no digo “ejemplares”— de lo que habitualmente se llama “filosofía de la ciencia”, y creo que aquí muestro cómo es que ese tipo de estudio puede derivar y continuarse en indagaciones histórico-epistemológicas. Indagaciones, estas últimas, que también sirven para ratificar, rectificar y perfeccionar los análisis típicos de la filosofía de la ciencia.

CAPĺTULO I
Materia que se irrita según medida
Claude Bernard, importa recordarlo antes de comenzar nuestro derrotero por su pensamiento, no fue el fundador de la fisiología experimental. En los siglos XVII y XVIII se desarrolló una ciencia experimental de lo viviente en la que ya se vislumbra la producción de un conocimiento fisiológico5, y, aún sin contar a pioneros clave como William Harvey (Morange, 2017, p.71)6 y el propio Antoine Lavoisier (Morange, 2017, p.110)7, se puede decir que ya hay una fisiología experimental en François Magendie (Morange, 2017, p.147), maestro e inspirador de Claude Bernard8. Como también la había, aunque quizá no tan claramente delimitada, en Johannes Müller, iniciador de esa fisiología alemana (cf. Grmek, 1965, p.237) que, desarrollándose paralelamente a la francesa, dio lugar a figuras tan relevantes como lo fueron Justus von Liebig, Carl Ludwig, Emil du Bois-Reymond o Hermann von Helmholtz9, fisiólogos cuyos resultados experimentales no fueron menos relevantes, aunque quizá sí menos paradigmáticos que los obtenidos por Bernard (cf. Canguilhem, 2015[1957], p.758-9). Claude Bernard, para decirlo de otro modo, no significó para la fisiología lo mismo que Darwin significó para la biología evolucionaria.
Antes de la publicación de Sobre el origen de las especies (Darwin, 1859), hubo, claro, quienes formularon tesis transformistas; y desde 1859 en adelante se ha desarrollado una copiosa e irregular literatura tendiente a recordarnos y a examinar las tesis de los precursores de Darwin. Pero antes de esa publicación no existía un espacio disciplinar, un espacio de cooperación baconeana podríamos decir, tendiente a reconstruir y a explicar los procesos evolutivos (cf. Bowler, 1996; Caponi, 2011). Sí existía, en cambio y como ya dije, una fisiología experimental anterior a los trabajos de Bernard: estos últimos fueron contribuciones, indiscutiblemente cruciales, a una ciencia ya existente. Nadie como él, sin embargo, comprendió tan tempranamente, y con tanta claridad, cuáles eran los supuestos teóricos fundamentales, los objetivos cognitivos específicos y las reglas metodológicas rectoras de ese campo disciplinar. Bernard no fundó la fisiología experimental, pero la fundamentó y señaló sus principios y objetivos cognitivos fundamentales como nadie supo hacerlo antes de él (cf. Canguilhem, 2015[1957], p.762 y Morange, 2015, p.148).
Es más: creo que la sagacidad epistemológica de Claude Bernard trasciende a la propia fisiología. Él no solo llegó a demarcar la senda por la que ya se estaban dando, y se continuarían dando, los primeros pasos de la fisiología experimental10, sino que incluso consiguió mostrar la dirección que llevaría al desarrollo de todo ese ámbito de la biología que —en la introducción y siguiendo a Ernst Mayr (1988, 1998)— ya llamé “biología funcional”. Pero es claro que no aludo aquí al modo en que Claude Bernard entendía el proceso de generación, test y validación de hipótesis al que tantos autores se han referido11 y que ciertamente prefiguraba la dialéctica popperiana de las “conjeturas y las refutaciones” (cf. Popper, 1983[1953])12; a lo que me refiero es a lo que él entendía por “determinismo” (cf. Gayon, 1996). Allí está cifrada esa actitud metodológica atomista o reduccionista que —en La lógica de lo viviente— François Jacob (1973, p.14-6) contrapuso a la actitud integrista o evolucionista (cf. Caponi, 2001, p.30). Esta última sería la que pauta a la biología evolucionaria, y la primera, esa que Bernard avizoró, sería la que pauta a la biología funcional (cf. Caponi, 2001, p.29). Actitud reduccionista, esta última, que está en la base de la biología molecular y cuyo éxito parece ratificar esto que Claude Bernard decía en la Introducción al estudio de la medicina experimental:
Si el físico y el fisiólogo se distinguen por el hecho de que el primero se ocupa de fenómenos que ocurren en la materia bruta y el segundo de fenómenos que se cumplen en la materia viviente, ellos no difieren, sin embargo, en lo que atañe al objetivo que ambos quieren alcanzar. En efecto, el uno y el otro se proponen por objetivo común remontarse a la causa próxima de los fenómenos que estudian. Y eso que llamamos la causa próxima de un fenómeno no es otra cosa que la condición física y material de su existencia o de su manifestación (1984[1865], p.106)13.
Primera aproximación al determinismo bernardiano
Es interesante ver, por otra parte, que además de haber entendido de modo semejante la dialéctica entre hipótesis y observación, Popper y Bernard también parecen aproximarse, de alguna manera, en lo que respecta al modo de entender la explicación científica. En la Introducción al estudio de la medicina experimental aparecen algunas referencias al papel de las leyes en las explicaciones causales de la fisiología, que parecen anticipaciones, no del todo precisas, al modelo nomológico-deductivo de explicación delineado por Karl Popper (1962[1934]) y muy pregonado por Carl Hempel (1979[1942]) en el siglo XX14. Según se puede leer en la introducción, “el fin en la experimentación es el mismo en el estudio de los fenómenos de los cuerpos vivos que en el estudio de los fenómenos de los cuerpos inorgánicos”: en uno y otro caso, la meta y el límite de las investigaciones “consiste en hallar las relaciones que unen el fenómeno con la causa inmediata, o, expresándolo de un modo diferente, consiste en definir las condiciones necesarias a la aparición del fenómeno” (Bernard, 1984[1865], p. 106). Pero para Claude Bernard ese vínculo causal solo podía entenderse en virtud de la mediación de una ley: para conocerlo era menester superar la mera constatación de una sucesión de acontecimientos e intentar el establecimiento de una correlación constante (Grmek, 1965, p.58). Por eso, nos decía, “toda la filosofía natural se resume en esto: conocer la ley de los fenómenos” (Bernard, 1984[1865], p.93); ese es “el objetivo en el que se detiene toda ciencia” (Bernard, 1984[1865], p.108). Y una ley, conforme pensaba Bernard,
es esa relación establecida por la observación que le permite al astrónomo prever los fenómenos celestes; y es esa misma relación, establecida por la observación y por la experiencia, que le permite al físico, al químico, al fisiólogo, no solamente predecir los fenómenos de la naturaleza, sino también modificarlos a voluntad y con seguridad, siempre que no se aparten de las relaciones indicadas por la experiencia (1984[1865], p.128).
De tal modo que
cuando tenemos la ley de un fenómeno, no solo conocemos absolutamente las condiciones que determinan su existencia, sino que tenemos también las relaciones que se aplican a todas sus variaciones, de forma que podemos predecir las modificaciones del fenómeno en cualquier circunstancia dada (Bernard, 1984[1865], p.108).
Eso, insistía Bernard (1984[1865], p.128), era así tanto en el dominio de la astronomía, de la física y de la química, como en el dominio de la fisiología. En los tres casos, explicar y predecir un fenómeno particular es subsumirlo en una ley que nos lo muestra como un cambio en una variable que resulta del cambio ocurrido en otra variable o configuración de variables. Por otra parte, en el caso de la física, de la química y de la fisiología, el conocimiento de las leyes no solo permitía explicar y predecir, sino que también permitía gobernar los fenómenos estudiados (1984[1865], p.128). La ley nos dice qué tenemos que hacer con las variables de control para así obtener tal o cual resultado con las variables controladas. Y es claro que Bernard sabía que esa subsunción del fenómeno particular en la ley general, sobre todo en el caso de los fenómenos orgánicos, nunca llegaba a realizarse plenamente.
Se trataba, en todo caso, de un ideal metodológico inmune a cualquier fenómeno de explicación difícil y problemática. “Cada caso individual y cada forma individual”, dijo alguna vez Ernst Cassirer (1967[1918], p.399), “envuelve una complicación ilimitada”; pero, aun así, decía también él, la exigencia de la subsunción nómica se debe considerar en principio realizable, “a menos que se quiera que el objeto de que se trata quede en absoluto fuera de los dominios de la naturaleza encuadrada dentro de la ley general de la conservación y sus corolarios”. Nada muy diferente de lo que hubiese dicho el propio Bernard: aunque nunca podamos cumplir acabadamente, en ningún caso real, con ese ideal, no por eso habremos de desconocer la exigencia de que cualquier referencia a una relación de causación inmediata entre dos conjuntos de fenómenos sea, por lo menos en principio, justificable en términos de alguna regularidad aceptable. Más aún: Claude Bernard también podría haber dicho que la aceptabilidad de nuestras hipótesis causales es inversamente proporcional a la distancia que nos separa de esa justificación basada en lo que él llamaba “ley”.
Fuera cual fuese la complejidad de los fenómenos estudiados, la investigación científica no podía detenerse en su esfuerzo por establecer esas conexiones regulares ni en su empeño por revisar y criticar nuestras conjeturas sobre estas. Y decir eso no es más que insistir en la tesitura de que las ciencias de la vida, al igual que la física y la química, debían someterse a ese principio, o axioma, que Bernard (1984[1865] p.87) llamaba “critérium experimental”, o “principio general del determinismo” (1947, p.264)15, según el cual “todo fenómeno se sigue de algún otro según lo establecido por alguna ley”, un principio que no era una simple teoría sobre la trama causal del mundo sino un presupuesto que pautaba nuestro modo de interrogar el mundo, definiendo también cuál era la naturaleza de las respuestas que debíamos buscar para esas preguntas (1865, p.647; 1878, p.18)16. Según Bernard, existe, en efecto, una clara distinción entre los principios que pautan la formulación de nuestros problemas científicos y las teorías que formulamos como alternativas de solución para estos (1947, p.219):
Los principios son los axiomas científicos; son verdades absolutas que constituyen un critérium inmutable. Las teorías son generalidades o ideas científicas que resumen el estado actual de nuestros conocimientos; constituyen verdades siempre relativas y destinadas a modificarse por el progreso mismo de las ciencias. Luego, si planteamos como conclusión fundamental que no hay que creer de modo absoluto en las fórmulas de la ciencia, hay que creer, por el contrario, de una manera absoluta en los principios (1984[1865], p.243).
Por eso, incluso reconociendo la actitud crítica como fundamental para el desarrollo de la ciencia, debemos aun asumir que esa crítica es siempre una crítica fundada y orientada por principios: si rechazamos una teoría por insatisfactoria, o si la consideramos como preferible a otra, deben existir criterios o principios que nos digan en qué sentido dicha teoría no es satisfactoria, o en qué sentido ella es mejor que otra que aparece como su alternativa. El investigador, decía Claude Bernard (1984[1865], p.87-8) pensando en esa dirección, debe dudar de “la exactitud de su sentimiento o de sus ideas, en cuanto experimentador”; es decir: debe dudar siempre de sus hipótesis o teorías. Debe dudar también del “valor de sus medios de investigación”, es decir de sus recursos e instrumentos de observación. Pero de lo que jamás puede dudar es del determinismo: ese es “el principio mismo de la ciencia experimental” y, en cuanto tal, él funciona siempre como criterio para la evaluación de la satisfactoriedad de nuestras teorías y del rigor de nuestras observaciones (cf. 1984[1865], p.111; 1865, p.656; 1878 p.379).
Puede ocurrir, de hecho, que “un experimentador, después de haber efectuado una experiencia en condiciones que él creía determinadas, no obtenga en una nueva serie de búsquedas el resultado que se había mostrado en su primera observación”; e incluso, “repitiendo su experiencia después de haber tomado nuevas precauciones, puede ocurrir aún que, en lugar de encontrar el resultado primitivamente obtenido, dé con otro completamente diferente” (1984[1865], p.112). Pero, ni aun así, sería el caso de admitir o declarar que estamos ante hechos indeterminables. En lugar de eso “habrá que admitir simplemente que las condiciones de la experiencia que se creían conocidas no lo son. Habrá que estudiar mejor, que buscar y precisar las condiciones experimentales, porque los hechos no pueden ser opuestos los unos a los otros; no pueden ser más que indeterminados”, nunca indeterminables. Tanto en la fisiología como en la química o la física, “si las condiciones experimentales son idénticas, el resultado es unívoco: si el resultado es diferente es porque alguna condición cambió” (1878, p.18). Por eso
si un fenómeno se presentara en una experiencia con una apariencia tan contradictoria que no se llega a ligar de una manera necesaria a condiciones de existencia determinadas, la razón debería rechazarlo considerándolo un hecho no científico. Habría que esperar saber o buscar por experiencias directas cuál es la causa de error que ha podido deslizarse en la observación. Porque es preciso, en efecto, que haya habido error o insuficiencia en la observación, pues la admisión de un hecho sin causa, es decir indeterminable en sus condiciones de existencia, no es ni más ni menos que la negación de la ciencia (1984[1865], p.90).
Pero no la ciencia entendida como conjunto de teorías establecidas, sino la ciencia entendida como modo de indagación. Para esta última solo hay dos clases de fenómenos: aquellos cuya causa está actualmente determinada, y aquellos cuya causa está aún indeterminada (1984[1865], p.194). Estos no pueden jamás constituirse en límite o fin de la investigación, sino que siempre deben ser su punto de arranque, su disparador. La indeterminación de un fenómeno nunca puede ser respuesta o conclusión, debe ser siempre pregunta: problema y no solución. Podemos, por eso, reconocer un cierto valor dialéctico o polémico en el vitalismo: su función sería la de plantearle problemas al biólogo experimental agendando desafíos cruciales para su programa. Esa fue la importancia de Xavier Bichat para Claude Bernard, y esa fue la importancia que los trabajos de embriólogos como Hans Driesch o Paul Weiss han tenido para el desarrollo de la biología contemporánea (cf. Goodfield, 1983, p. 98 y ss.). Sin la desconfianza vitalista, la investigación experimental puede amodorrarse en la certeza de un determinismo generalizado pero nunca especificado.
Con todo, el modo en que tales desafíos “vitalistas” serán afrontados no puede ser otro que aquel pautado por el propio programa experimental, porque si esa desconfianza se transforma en resignación ante la complejidad o la espontaneidad de lo viviente, el resultado no es mejor. En uno y otro caso la investigación se detiene porque se acaba prefiriendo las respuestas a las preguntas. En realidad, cuando el discurso vitalista se empeña en mostrarnos los obstáculos o los supuestos límites que debe enfrentar el enfoque experimental-determinista de los fenómenos orgánicos, lo que de hecho hace es recordarnos uno de los presupuestos básicos de esa perspectiva: el reconocimiento de que la determinación no es un dato primitivo sino un resultado obtenido tras una laboriosa indagación (cf. Canguilhem, 1965, p.90). El fenómeno nunca se encuentra determinado, y, parafraseando a Gaston Bachelard, podemos decir que siempre damos con la determinación en estado de arrepentimiento: es decir, solo la establecemos cuando asumimos que los factores, parámetros y relaciones a considerar eran otros o eran más que los que inicial e ingenuamente habíamos pensado.
Cuando el biólogo corrige o amplía la trama de factores que deben ser considerados para establecer la determinación de un fenómeno, lejos de estar multiplicando hipótesis ad hoc, o de estar recurriendo a estratagemas convencionalistas para proteger el programa experimental frente a evidencia contraria, lo que está haciendo es trabajar en la dirección propuesta por ese programa, y, de ese modo, nos muestra su fertilidad y realiza sus potencialidades. En realidad, si la descripción del viviente se torna cada vez más compleja e intrincada es porque la biología funcional presume la determinación “a la Bernard” de los fenómenos. Esta, en lugar de ser discutida y contrastada, sirve de marco y de motivación para la investigación experimental: presuponiendo que todo fenómeno orgánico se sigue de algún otro según lo establecido por alguna correlación causal general, el biólogo experimental deberá formular y contrastar hipótesis sobre tales factores sin nunca cuestionar su existencia.
Así, la discriminación entre lo que debe ser discutido y lo que debe ser presupuesto es introducida por un principio incontrastable que funda lo que podríamos llamar un programa de investigación. Pero que no se vea aquí una actitud dogmática: se trata, en realidad, de preferir un principio que nos obliga a seguir investigando en detrimento de un presunto hecho que nos exonera de esa obligación, y a eso era que aludía John Watkins (1974, p.86) cuando decía que
en cualquier ciencia se requiere usualmente un cuerpo considerable de premisas para que se puedan derivar lógicamente predicciones refutables. Generalmente no será demasiado difícil reemplazar una premisa existente sin disminuir la refutabilidad empírica del sistema. Sin embargo también puede haber premisas de las que parezca prácticamente imposible prescindir sin que disminuya seriamente la refutabilidad del sistema o sin que se convierta incluso en un sistema incontrastable. A tales premisas se les puede llamar principios, es decir, componentes privilegiados que se consideran como irrefutables en interés de la refutabilidad de todo el sistema.
Sobre el estatuto de estos principios puede discutirse mucho. Una alternativa sería pensarlos como principios metafísicos en un sentido pre o poscrítico, es decir a la manera de Leibniz o la manera de Kant. Pero, en última instancia, también cabría recurrir a las nociones de presuposición absoluta (Collingwood, 1940, p.34), proposición paradigmática (Brown, 1983, p.115), o aun presupuesto (Rescher, 1994, p.35). Todas ellas serían más o menos aptas para caracterizar esos principios que, al mismo tiempo en que guían la formulación de la agenda de preguntas que pautan nuestra investigación, también establecen la forma que habrán de tener nuestras respuestas para estas. Es posible, incluso, que Bernard, lector directo o indirecto de Kant17, haya pensado el determinismo como algo próximo a la segunda analogía de la experiencia. Lo cierto, sin embargo, es que su valoración de este principio es fundamentalmente metodológica (cf. Grmek, 1965, p.58 y Lecourt, 1999, p. 299), y, tal como Popper (1962[1934] p.61) lo apuntó, en el marco de una reflexión metodológica, en vez de recurrir a cualquier principio metafísico o trascendental para justificar la exigencia generalizada de explicaciones nomológico-causales, nos basta con aceptar una regla que, para todo fenómeno natural registrado, nos conmine a procurar una descripción de este tal que nos permita considerarlo como efecto de algún otro fenómeno conocido conforme a lo establecido por una ley a ser también determinada (cf. Delsol, 1989, p.19).
Así, lejos de pretender ofrecernos una guía para resolver problemas científicos, esta regla “hace explícito un objetivo generalizado de la investigación y formula en términos generales una condición que se exige de las premisas propuestas como explicaciones” (Nagel, 1978, p.298), es decir que expresa, como máxima, el objetivo de obtener explicaciones deterministas en el sentido de que “dado el estado de un sistema en un instante inicial, la teoría explicativa establece lógicamente un estado único del sistema para cualquier otro instante” (Nagel, 1978, p.299). Por otra parte, y dado el carácter general de esa regla, es evidente que aunque ciertas formulaciones especiales de esta puedan ser eventualmente abandonadas por resultar inaplicables, ningún experimento o serie de experimentos podría nunca forzarnos a su derogación (cf. Nagel, 1978, p.298). Es que, al ser una directiva que nos propone la búsqueda de explicaciones con características tan ampliamente delimitadas, “los repetidos fracasos en encontrar tales explicaciones para un dominio dado de hechos no constituyen un obstáculo lógico para continuar la búsqueda” (Nagel, 1978, p.298).
El determinismo como negación del vitalismo
Aunque esa lectura del determinismo que acabo de bosquejar no pueda ser desestimada, y deba ser tomada en consideración para entender muchos pasajes de los escritos metodológicos de Bernard, creo que también es necesario vincular esos compromisos epistemológicos de Claude Bernard con las opciones teóricas que él, efectiva y explícitamente, estaba proponiendo y desarrollando en sus investigaciones fisiológicas. Se puede considerar que allí Claude Bernard no solo estaba intentando mostrar las reglas que debían pautar el desarrollo de la ciencia experimental en general, sino que también estaba reforzando la impugnación del vitalismo supuesta en su programa para la fisiología experimental (cf. Reiss, 2009, p.118). Para ver eso tenemos que superar la simple analogía que ciertamente se puede hacer entre el modelo nomológico-deductivo de explicación y el modo en que Bernard entendía la explicación causal, yendo también más allá de la analogía, que tampoco hay por qué dejar de hacer, entre el critérium experimental y las justificaciones metodológicas de la persistencia en la búsqueda de explicaciones causales que encontramos en la filosofía de la ciencia del siglo XX.
Para entender cabalmente la forma en que se contraponen vitalismo y determinismo es necesario centrarse más en lo que Claude Bernard realmente entendía por ley, que es algo distinto de lo que hoy se designa con ese vocablo. Si lo hacemos, no solo veremos que la anticipación de Hempel y Popper es menos clara de lo que puede parecer a primera vista, sino que también veremos que, al insistir en la idea de ley, Bernard estaba menos interesado en una caracterización general de lo que debía entenderse por explicación científica que en el establecimiento de la propia condición de posibilidad de una ciencia experimental de lo viviente. Y, a ese respecto, el primer indicio a ser considerado es la importancia que Bernard le da al carácter matemático de esas leyes que la fisiología debía buscar18, una importancia que contrasta —muy significativamente— con la nula importancia que él mismo le da al posible carácter universal de esas leyes, condición esta que sí es central en la caracterización del modelo nomológico-deductivo de explicación propuesto por Popper y Hempel.
Para Bernard, meras correlaciones cuantitativas constantes entre variables particulares —como aquellas que pueden existir entre la producción de una hormona y una determinada reacción metabólica— no eran menos merecedoras del calificativo de “ley” que lo que podían serlo el principio de Arquímedes o el principio gravitacional (1984[1865], p.185). La ley, decía Bernard, “nos da la relación numérica del efecto con su causa, y ese es el objetivo en el que se detiene la ciencia” (1984[1865], p.108). Así, cuando conocemos una correlación entre dos magnitudes x e y de forma tal que controlando o graduando a x podamos determinar o graduar el valor de y, podemos decir que conocemos la ley que establece su vínculo causal (cf. Ravaisson, 1868, p.121). Lo podemos decir porque “la ley de los fenómenos no es otra cosa que esa relación establecida numéricamente que nos permite prever la relación de la causa con el efecto en todos los casos dados” (1984[1865], p.128 y 1865, p.654), y eso nos permite dar esta formulación del critérium experimental en la que no aparezca ninguna referencia al carácter universal de la correlación establecida:
Dado el registro C de un cambio M” en una magnitud Y, se debe formular y testar un conjunto de hipótesis [coherente con el cuerpo del conocimiento aceptado] tal que contenga: (1) la descripción B de otro cambio M” en otra magnitud X; y (2) la formulación de una relación matemática mínimamente constante y necesariamente asimétrica entre X e Y tal que cada valor de la segunda magnitud sea considerado como resultante del valor de la primera.
Si se quiere llamar “ley” a esa correlación constante, que era lo que Bernard hacía, solo es necesario recordar que allí no hay embutida ninguna exigencia de universalidad. Pero creo que también importa decir que Bernard está pensando en algo más próximo a los invariantes estables en intervenciones a los que James Woodward (2003) alude en su concepción experimental, o manipulativa, de la explicación causal (cf. Caponi, 2014a): un invariante estable en intervenciones es una correlación mínimamente constante entre dos variables tal que nos permite determinar, o controlar, los estados de una de esas variables por la mediación de una manipulación de la otra. El principio de Arquímedes es un invariante estable en intervenciones porque nos permite determinar o controlar el empuje que padece un cuerpo sumergido en un líquido por la mediación de intervenciones en el volumen de dicho cuerpo, o por la mediación de intervenciones en la densidad del líquido. Pero solo se trata de un caso muy especial: se trata de un invariante que por su universalidad también puede ser considerado como una genuina ley causal, en el sentido más hempeliano o popperiano de esa palabra.
Hay, entretanto, invariantes experimentales menos conspicuos que ese. Invariantes a los que, pensando en el sentido que Hempel y Popper le daban a la palabra “ley”, nadie les concedería estatuto nómico: tal el caso de la correlación entre las posiciones de un control de volumen y el volumen de sonido efectivamente emitido por un aparato de audio, aunque Claude Bernard no hubiese visto ninguna dificultad en decir que sí se trata de una ley. Sin embargo, más allá de estas disquisiciones sobre el significado de la palabra “ley”, lo que más debe importarnos aquí es que esa formulación del critérium experimental que acabo de proponer indica, con toda claridad, cuál es la primera y principal diferencia existente entre el programa experimental de Bernard y su contrapunto privilegiado: el programa de una fisiología vitalista propugnado por Bichat (1994[1800]). Para este último, la vida se sustraía a toda regularidad que permitiese calcular las reacciones orgánicas en función de una descripción numérica de fenómenos que pudiésemos considerar como sus causas, y por eso su estudio no podía responder al mismo tipo de estrategia metodológica que guiaba a la física19.
Mientras tanto, en oposición directa a eso, la concepción y el desarrollo del programa de la fisiología experimental exigía aceptar que los cuerpos organizados estaban desprovistos de cualquier espontaneidad que los hiciese refractarios al conocimiento y al control experimental: en ellos, al igual que en los fenómenos propios de los cuerpos brutos, la respuesta del sistema sometido a una intervención experimental debía ser siempre estrictamente proporcional a la magnitud y a la intensidad de dicha intervención, y lo que Bernard entendía por ley no era otra cosa que la expresión de esa proporcionalidad que podía ser descubierta midiendo la relación constante que existía entre la magnitud de la intervención experimental y la magnitud de la respuesta dada por el organismo. Que pudiesen descubrirse leyes fisiológicas así entendidas, ratificaba la legitimidad y la viabilidad de la vía experimental que Bernard proponía para la fisiología, y en la medida en que ese descubrimiento fuese considerado como el objetivo último de la investigación fisiológica, eso también aseguraba la suficiencia de dicha vía.
Como lo ha subrayado Cécilia Bognon-Küss (2012, p.413), para Bernard el determinismo era la propia condición de posibilidad de la ciencia experimental, y ahí residía el principal motivo de su combate en contra de lo que Rostand (1966, p.84-5) llamó “el fantasma obstinado de la fuerza vital”. Bernard consideraba que para poder desarrollar la fisiología experimental era preciso admitir “que en los seres vivos, al igual que en los cuerpos brutos, las condiciones de existencia de todo fenómeno están determinadas de una manera absoluta” (1984[1865], p.109), y eso significaba que: “una vez conocida plenamente la condición de un fenómeno, este debe reproducirse siempre y necesariamente conforme la voluntad del experimentador. La negación de esa proposición no sería otra cosa que la negación de la ciencia misma” (1984[1865], p.109), y el vitalismo no era más que esa negación. “Los vitalistas [decía Bernard] niegan el determinismo porque, según ellos, las manifestaciones vitales tendrían por causa la acción espontánea eficaz, voluntaria y libre, de un principio vital” (1878, p.56-7); y esa supuesta espontaneidad, esa putativa capacidad de autodeterminarse que tendrían los fenómenos vitales, además de inviabilizar la experimentación por hacer a los fenómenos orgánicos incontrolables, también llevaría a que el estudio de dichos fenómenos fuese indefectiblemente inexacto y mayormente refractario a la cuantificación (1878, p.57). Así por lo menos lo había entendido el propio Bichat (1994[1801], p.231-2)20, y Bernard siempre insistió en la negación de esa supuesta excepcionalidad de los fenómenos orgánicos (1856, p.17).
Invariantes cuantitativos
Para evitar posibles malentendidos, vale recordar que en sus Lecciones sobre los fenómenos de la vida comunes a animales y vegetales, Claude Bernard (1878) distingue dos tipos de factores que siempre habría que considerar, sin nunca confundir, en el estudio experimental de lo viviente: [1] las leyes preestablecidas que rigen la forma y el orden interno de los seres orgánicos, y [2] las condiciones físico-químicas determinadas que son necesarias a la aparición de los fenómenos que en ellos ocurren21. Pero no es a esas “leyes preestablecidas que rigen la forma y el orden interno de los seres orgánicos” que me estoy refiriendo en este primer capítulo. Lo haré, sí, y largamente, en el capítulo III, que está dedicado a esclarecer la naturaleza del problema que ese primer conjunto de leyes estaba supuestamente llamado a resolver. Aquí solo me estoy refiriendo a esas leyes, o invariantes, que son pertinentes a las condiciones necesarias a la aparición de los fenómenos biológicos. Estas leyes, cuya naturaleza Bernard consideraba ciertamente poco problemática, tenían que ver, precisamente, con las condiciones físico-químicas necesarias para la efectiva ocurrencia de los fenómenos que se dan en los seres vivos, y son ellas las que se deben considerar, como de hecho estoy haciendo, para poder comprender lo que Claude Bernard entendía por “determinismo”.
Estas últimas, las que aquí nos están ocupando, son leyes concernientes al orden de las causas próximas: las únicas causas que, conforme insistía Bernard (1984[1865], p.106), debían interesarle al físico y al fisiólogo. Estas quieren darnos a conocer el cómo de los fenómenos, nunca el porqué. Este, siempre según Bernard, yacía escondido en el orden de las causas primeras22, y con este las otras leyes, las morfológicas, estaban –de algún modo– más inmediatamente vinculadas23. Pero insisto en que esa cuestión, y la propia noción de “causa primera”, son asuntos que solo serán tratados en el capítulo III, aunque sí dedicaré una sección de este mismo capítulo a la noción de causa próxima. Por ahora, sin embargo, solo diré que esta última noción alude a factores que, dentro de ciertos límites, y en ciertas proporciones, son experimentalmente manipulables; y, dada la idea de que una ley (sensu Bernard) es una correlación cuantitativa constante entre dos variables, eso nos lleva, otra vez, a la exigencia de una representación cuantitativa de esas causas y de los efectos que de ellas resultan. Bernard asume eso con toda claridad:
En las ciencias experimentales la medida de los fenómenos es fundamental, porque es por la determinación cuantitativa de un efecto relativamente a una causa dada que la ley de los fenómenos puede ser establecida. Si en biología queremos llegar a conocer las leyes de la vida, es necesario no solo observar y constatar los fenómenos vitales, sino también fijar numéricamente las relaciones de intensidad en las cuales ellos están en relación los unos con los otros (1984[1865], p.185).
Según Bernard (1878, p.18), a una magnitud o intensidad de la causa debe corresponderle una y solo una magnitud o intensidad del efecto; y si eso no se verifica inmediatamente, debe inferirse que se están ignorando otros factores intervinientes que contribuyen a disminuir o a aumentar la magnitud, o intensidad, del efecto registrado (1984[1865], p.89). Y ahí reaparece ese determinismo del cual el experimentador jamás puede dudar (ver 1984[1865], p.109; 1865, p.656; 1878, p.379; 1879, p.51), determinismo del cual las leyes aludidas por Claude Bernard serían la expresión más cabal24, o como insistía el propio Bernard:
La ley nos da la relación numérica del efecto con su causa y ese es el fin en el que la ciencia se detiene. Una vez que tenemos la ley de un fenómeno, conocemos no solo el determinismo absoluto de las condiciones de su existencia, sino que también tenemos las relaciones referentes a todas sus variaciones, de manera tal que podemos predecir las modificaciones de ese fenómeno en todas las circunstancias dadas (1984[1865], p.108).
Ahí podemos ver, muy claramente enunciado, el principal punto de ruptura entre Bernard y el vitalismo de Xavier Bichat (1994[1800], p.123)25. Para este, la fisiología no podía esperar demasiado del método experimental (Bichat, 1994[1798], p.290) y debía desarrollarse, fundamentalmente, por la vía de la observación clínica (Grmek, 1999, pp.148-9). La razón de ello estribaba, precisamente, en la distancia existente entre la constancia de las leyes físicas y la inestabilidad de las fuerzas vitales (Bichat, 1994[1800] p.120):
Esa inestabilidad de las fuerzas vitales, esa facilidad que ellas tienen de variar a cada instante, disminuyendo o aumentando, imprimen a todos los fenómenos vitales un carácter de irregularidad que los distingue de los fenómenos físicos, caracterizados por su uniformidad (p.121)26.
Las fuerzas vitales, consideraba Bichat (1994[1800]), son
permanentemente variables en su intensidad, su energía, su desarrollo, pasan a menudo con rapidez del último grado de postración al punto más alto de exaltación, se acumulan y se debilitan alternativamente en los órganos, y toman, bajo la influencias de menores causas, mil modificaciones diversas (p.121).
En cambio, las leyes físicas “son fijas, invariables, constantemente las mismas en todos los tiempos”, y “son la fuente de una serie de fenómenos siempre uniformes” (Bichat, 1994[1800], p.121). Y para corroborar esa diferencia, Bichat (1994[1800], p.121) pedía comparar “la facultad vital de sentir con la facultad física de atraer”. Él decía que “La atracción está siempre en razón de la masa del cuerpo bruto en la que se la observa, mientras que la sensibilidad cambia sin cesar de proporción en la misma parte orgánica y en la misma masa de materia” (Bichat, 1994[1800], p.121). Es decir:
Diferentemente de la regularidad que impera en los fenómenos físicos, todas las funciones vitales son susceptibles de múltiples variaciones. Ellas se apartan frecuentemente de su grado natural, escapando a toda suerte de “calculo”; se harían necesarias tantas fórmulas cuantos casos se presentan. No se puede prever nada, nada se puede predecir ni calcular en esos fenómenos: lo único que tenemos al respecto de ellos son aproximaciones, y en general inciertas (Bichat, 1994[1801], p.231-2).
Por lo mismo, mientras la matematización era un objetivo perfectamente factible y legítimo para la física, ella podía resultar engañosa en el caso de la fisiología:
La invariabilidad de las leyes que rigen los fenómenos físicos permite someter al cálculo todas las ciencias que los tienen como objetos, mientras que aplicadas a los actos de la vida, las matemáticas jamás pueden ofrecer fórmulas generales. Calculamos la órbita de un cometa, la resistencia de un fluido que recorre un canal inerte, la velocidad de un proyectil, etc., pero calcular, con Borelli, la fuerza de un músculo, con Keil la velocidad de la sangre, con Jurine, Lavoisier, etc. la cantidad de aire entrando en un pulmón, es asentar sobre arena movediza un edificio en sí mismo sólido, pero que se cae cuando falla su base. (Bichat, 1994[1801], p.232).
No debe pensarse, por otra parte, que en el momento en el que Bernard desarrollaba sus trabajos, y ensayaba su fundamentación de la fisiología experimental, el vitalismo fuese un perro muerto (cf. Waisse-Priven, 2009, p.103; Lavabre-Bertrand, 2011, p.67). A mediados del XIX esas ideas estaban aún muy presentes (cf. Lemoine, 1864, p.16), y una figura tan influyente en la época, como lo era Johannes Müller (1851, p.25), también sostenía tesis vitalistas (cf. Albarracín, 1983b, p.92; Waisse-Priven, 2009, p.113). De hecho, y como puede verse en L’espèce humain, de Armand Quatrefages (1878, p.4-8), más de una década después de la publicación de Introducción al estudio de la medicina experimental el vitalismo continuaba siendo parte de lo decible, y así continuó siendo hasta las primeras décadas del siglo XX: exigiendo impugnaciones como las de Ralph Lillie (1914) y Herbert Spencer Jennings (1918). La idea de entelequia sostenida por Hans Driesch (1908, p.143) y James Johnstone (1914, p.329) es el ejemplo más claro y conocido de esa persistencia del vitalismo, y esta todavía era seriamente discutida a mediados del siglo XX (cf. Hartmann, 1960[1947], p.124).
La docilidad experimental de lo viviente
Aquí puede ser oportuno un paréntesis para introducir una aclaración terminológica sobre qué es lo que estoy entendiendo por “vitalismo”. En su Vocabulaire technique et critique de la philosophie, André Lalande (1947, p.1214) distingue dos acepciones de ese término: una estrecha, que remite exclusivamente a las tesis de la escuela de Montpellier, y a Paul-Joseph Barthez en particular (cf. Bognon-Küss, 2012, p.415; Morange, 2017, p.93)27, y otra amplia que, por ser aquella que Bernard considera e impugna en sus textos (cf. Lalande, 1947, p.1214-5), es la que estoy adoptando aquí. Según esa acepción amplia, es vitalista toda posición que admita que “los fenómenos de la vida poseen caracteres sui géneris, por los cuales ellos se diferencian radicalmente de los fenómenos físicos y químicos, manifestando así la existencia de una fuerza vital irreductible a las fuerzas de la materia inerte” (cf. Lalande, 1947, p.1214). En este sentido Bichat sería la expresión más clara de esa forma de entender los fenómenos vitales.
En él aparece con toda claridad, la postulación de una fuerza vital entendida como un agente causal específico que produce efectos en el orden de las causas próximas o segundas, sin someterse a la legalidad física. Esa fuerza, sin ser nada sobrenatural28, no solo es ajena al orden físico, sino que además se le resiste y subleva (cf. Bichat, 1994[1800], p.59). Bichat (1994[1800], p.57) había dicho que “la vida es el conjunto de funciones que resisten a la muerte”, y para él morir no era otra cosa que subordinarse al orden de lo inerte: el orden físico. Por eso, para evitar esa subordinación, era preciso que los seres vivos estuviesen animados por una fuerza que, aun siendo natural, fuese distinta de las fuerzas físicas y les permitiese resistir a estas. Los seres vivos, lo decía claramente Bichat (1994[1800], p.58), “sucumbirían si no poseyesen un principio permanente de reacción”, y “ese principio es el de la vida, cuya naturaleza es desconocida, pudiéndose apreciar solo por sus manifestaciones”.
Sin la fuerza vital, sin la vida entendida como agente causal y no como efecto o resultado, los fenómenos biológicos seguirían mansamente la dirección impuesta por los agentes de su entorno. La sequedad del ambiente los deshidrataría irremediablemente, y su temperatura siempre se equipararía con la de los medios circundantes. Más aún: la intensidad de esos procesos de deshidratación y de incremento o pérdida de temperatura sería siempre estrictamente proporcional a la de las condiciones imperantes en esos medios. A cada grado de temperatura ganada o perdida en el entorno correspondería una cantidad siempre proporcional de temperatura ganada o perdida por el organismo. Que eso no fuese así, Bernard lo explicaba en virtud de mecanismos de regulación interna tendientes a mantener la constancia del medio interno (cf. 1984[1865], p.103; 1865, p.644; 1878, p.112)29 a los que ya volveré a refirme en el capítulo II; pero Bichat lo explicaba por la intervención de la fuerza vital.
Ella era la responsable de que las reacciones orgánicas nunca fuesen proporcionales a los estímulos que afectaban a los seres vivos, y eso es como decir que, por la mediación de esa fuerza, tales seres desobedecían al principio de inercia: la magnitud o la intensidad de la respuesta que ellos daban a los agentes causales que los afectaban no era proporcional a la magnitud o a la intensidad de dichos agentes. Por el contrario, esa respuesta obedecía a ese factor interno que era la fuerza vital, y no a la perturbación advenida desde el entorno. Ese era el principio que hacía que la reacción del viviente no fuese pasible de predicción, no obstante el eventual conocimiento y la ponderación del factor que lo perturbaba. Ese principio, siempre voluble e inestable, actuaba espontáneamente, sin ajustarse a ninguna regla o proporción definida.
En sus Principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza, Kant (1989[1786], p.135) había dicho que “la inercia de la materia no significa otra cosa que la carencia de vida como materia en sí misma”, y la vida no sería otra cosa que “la facultad de una sustancia de determinarse por sí misma para actuar a partir de un principio interno —de una sustancia finita que se determina a sí misma para el cambio— y de una sustancia material para determinarse a sí misma en el movimiento o en el reposo como cambio de su estado”. En este sentido, un cuerpo es inerte porque carece de cualquier capacidad de darse movimiento por sí mismo, o de resistirse —solo desde sí—, a cualquier agente exterior que lo empuje a moverse; y esa capacidad sería la vida que Kant le niega a la materia en general y que Bichat le atribuye a los seres organizados en particular. Estos no son seres inertes: son, justamente, seres vivos. Pero sería justamente por esa vida, por esa capacidad de sustraerse a cualquier proporción constante entre la intensidad de sus respuestas y la intensidad de los agentes que las suscitan, que esos seres se hurtarían, no solo a cualquier legalidad que pudiese permitir prever y calcular sus reacciones, sino también a cualquier experimentación que pudiese permitir conocer esa legalidad.
Todo es parte de lo mismo: lo que no es inerte, porque tiene vida, actúa espontáneamente sin respetar ninguna proporción entre sus reacciones y aquello que lo afecta o deja de afectarlo. Lo que es inerte, lo que tiene vida, es imprevisible y difícilmente controlable. No hay ahí leyes, como las de la física, que permitan calcular la reacción a partir de la acción, y, como no hay proporción contante entre lo que afecta al viviente y su reacción o respuesta, tampoco hay ahí posibilidad de control experimental: porque nunca descubriremos ninguna relación invariante entre nuestras intervenciones y el comportamiento del sistema intervenido. Lo que se sustrae a cualquier regularidad próxima de lo que Bernard entendía por “ley” también escapa al conocimiento experimental. Bernard podría haber hecho suyas estas palabras de Kant (1989[1786], p.135-6): “toda materia en cuanto tal está […] privada de vida”; es decir: toda materia es inerte, en sí misma carente de vida (cf. Grmek, 1991b, p.124). Y esa inercia, esa pasividad de la materia, esa disponibilidad para ser determinada desde afuera, era una condición sin la cual el método experimental nunca podría abrirse camino en el estudio de lo viviente (1878, p.18-9).
Por eso, para legitimar el abordaje experimental de la fisiología, Bernard (1984[1865], p.99; 1878 p.26) precisaba negar esa supuesta espontaneidad del viviente (Bognon-Küss, 2012, p.414). Precisaba suponer que: “los fenómenos de la vida no son las manifestaciones espontáneas de un principio vital interior” (1878, p.242). Dicha espontaneidad solo podía ser una apariencia resultante de nuestra incapacidad para asir un determinismo demasiado complejo (1984[1865], p.111; 1878, p.19)30. Una vez superada esa dificultad, por la insistencia en la propia experimentación, la ley involucrada en cada fenómeno estudiado se rebelaría, y sabríamos cómo controlar las reacciones del viviente graduando la intensidad y la duración de las intervenciones sobre él. Si la mediación de una inasible fuerza vital estaba descartada, eso era perfectamente posible (1865, p.643; 1878 p.57; 1947, p.150), y el efectivo establecimiento de algunos invariantes fisiológicos y la obtención de diversos resultados experimentalmente reproducibles ratificaba esa posibilidad.
Contrariando explícitamente lo que Cuvier (1805, p.v) había dicho al respecto en la “Carta a Mertrud”, que prologaba las Lecciones de anatomía comparada (cf. Caponi, 2008, p.29), Bernard (1984[1865], p.100) ya negaba que la complejidad organizacional del ser vivo fuese un obstáculo infranqueable para el desarrollo de la fisiología experimental. Para él, la fisiología, malgré Cuvier (1805, p.v-vi), no tenía por qué limitarse a lo que la anatomía comparada, o el conocimiento anatomo-clínico pudiesen enseñarle (cf. Caponi, 2008, p.30), sino todo lo contrario: su via regia hacia la verdad debía ser la experimentación. Pero ya volveré sobre ese asunto en el próximo capítulo. Lo que más me importa aquí es que Bernard también negase, de modo terminante, que esa supuesta espontaneidad, ilusoria en definitiva, pudiese impedir el desarrollo de una fisiología experimental. En contra de ese reparo, Bernard (1984[1865], p.120) dirá que: “tanto en las ciencias biológicas como en las ciencias físico-químicas el determinismo es posible porque tanto los cuerpos vivos como en los cuerpos brutos la materia no puede tener ninguna espontaneidad”31. O dicho con mayor claridad aún:
La materia viviente, al igual que la materia bruta, no puede darse actividad y movimiento por sí misma. Todo cambio en la materia supone la intervención de una relación nueva, es decir de una condición o de una influencia exterior. El papel del sabio es intentar definir y determinar para cada fenómeno las condiciones materiales que producen su manifestación. Una vez conocidas esas condiciones el experimentador deviene amo del fenómeno, en el sentido en que él puede darle o quitarle movimiento a la materia (1984[1865], p.122)32.
Pero, dado que —para Bernard (1984[1865], p.107)— “determinar” no puede significar otra cosa que el establecimiento de una relación invariante entre magnitudes tal que, registrada o producida cierta intensidad de la causa, podamos calcular o producir cierta intensidad del efecto, entonces la postulación de esa inercia, o ausencia de espontaneidad, de la materia viva resulta, al mismo tiempo y como ya lo señalé, idéntica a la postulación de su subordinación a leyes, y es también idéntica a la postulación de la docilidad, o disponibilidad, de esa materia para la experimentación (cf. Grmek, 1997 p.105-6). El viviente puede ser experimentalmente controlado porque su modo de comportarse se ajusta a regularidades contantes, y esto es así porque en él nada escapa a la inercia que también reina en el orden de los cuerpos brutos.
La negación del vitalismo, podríamos entonces también decir, implica el pleno encuadramiento de lo viviente en el marco de la legalidad física. O por lo menos eso es lo que Bernard parecía querer indicar cuando, en el Informe sobre los progresos y la marcha de la fisiología general en Francia, y en Sobre la fisiología general decía que:
La materia viviente de los elementos orgánicos no tiene, por ella misma, ninguna espontaneidad; como la materia bruta, ella solo reacciona bajo la influencia de agentes y de excitantes que le son exteriores. Los excitantes generales, aire, calor, luz, electricidad, etc. que provocan las manifestaciones de los fenómenos físico-químicos de la materia bruta también suscitan de una manera paralela la actividad de los fenómenos propios de la materia viviente. De donde resulta que la fisiología debe, para conocer la materia organizada, estudiar las condiciones físico-químicas de su actividad (1867, p.134; 1872, p.190).
Cosa que queda ratificada cuando, en una y otra obra, Bernard agrega que:
El error de los vitalistas fue creer que los fenómenos de los seres vivos no eran en nada semejantes, y hasta eran opuestos, por su naturaleza y por las leyes que los rigen, a aquellos que ocurren en los cuerpos brutos. Los fisiólogos físico-químicos o mecanicistas sostuvieron, por el contrario, y sobre ese punto tienen toda la razón, que las manifestaciones de los organismos vivientes no tienen nada de especial en su naturaleza, y que ellas entran todas en las leyes de la físico-química general (1867, p.134-5; 1872, p.190).
Idea, esa, que reaparecerá en las Lecciones de fisiología operatoria, en las que podemos leer que “la explicación de los fenómenos vivientes debe ser siempre remitida a leyes, a propiedades, a condiciones, a fenómenos físico-químicos. Solamente que esos fenómenos físico-químicos son de naturaleza especial. Ellos tienen instrumentos especiales, aunque entren en las leyes físico-químicas generales” (1879, p.xiii). Pero sobre ese asunto de las leyes físico-químicas subsisten algunas ambigüedades que Bernard no llega a despejar plenamente. Queda claro, sí, que los fenómenos biológicos no solo no están en contradicción o conflicto con la legalidad que rige los fenómenos inorgánicos, sino que ellos se pautan por esa misma legalidad: el rechazo del vitalismo por parte de Bernard, insisto, siempre fue terminante. Pero lo que no llega a quedar del todo claro es si él afirma una plena identidad entre las leyes fisiológicas y las leyes físicas, o si él supone que existen leyes específicamente fisiológicas. Si uno se pregunta si la explicación causal de un fenómeno biológico debe estar necesariamente estructurada con base en leyes físico-químicas, o si es legítimo construir explicaciones causales que supongan leyes específicamente fisiológicas, la respuesta que encontraremos en los textos de Bernard no llega a ser del todo nítida. Pero creo que eso se debe a un déficit de la exposición que el análisis puede permitirnos paliar.
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