Kitabı oku: «Las ciencias inhumanas»
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
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REF.: GEBO483
ISBN: 9788424937966
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Índice
PREFACIO
EL FUTURO DEL MYCOPLASMA LABORATORIUM
LA SUBVERSIÓN CONSUMISTA DEL SUJETO
EL CIUDADANO ATÍPICO BAJO LA AMENAZA DEL NUEVO LABORISMO
EL SUJETO EN LOS TIEMPOS DE LA TECNOCIENCIA
ATOLLADEROS DE LA EVALUACIÓN
LA CIENCIA DEL ESTADO Y EL SECRETO DEL PSICOANÁLISIS. ALGUNAS OBSERVACIONES CONTRA CUALQUIER POSIBLE
BIOQUÍMICA NO LACANIANA
UNA - MÁQUINA - ANIMAL
DE LA EVALUACIÓN «CIENTÍFICA» AL RESTO SINGULAR INCONTROLABLE
RELIGIÓN, SEXUALIDAD, FAMILIA, CIENCIA
LEYENDO EL PERIÓDICO EN EL SIGLO XXI
HEISENBERG: UN LAPSUS QUE CAMBIÓ LA HISTORIA
EL MÉDICO: ENTRE LA CIENCIA Y LA FICCIÓN
ACERCA DE LA IMPOSTURA «CIENTÍFICA» DE LAS TERAPIAS COGNITIVO-CONDUCTUALES
TRASTORNOS COGNITIVOS O EL FUNDAMENTO LÓGICO-FILOSÓFICO DEL COGNITIVISMO
HABLEMOS DE LA LOCURA
LA LEY, O EL VANO INTENTO DE REGULAR EL GOCE
PSICOANÁLISIS Y CRIMINOLOGÍA: ESTRATEGIAS DE RESISTENCIA
LA REDUCCIÓN CIENTIFICISTA DE LO HUMANO
MADE IN SCIENCE
LA METAMORFOSIS DE LA CIENCIA EN TÉCNICA: EL DISCURSO CAPITALISTA
NOTAS
PREFACIO
GUSTAVO DESSAL*
Desde su primera formulación publicada en 1966 («La ciencia y la verdad»), la tesis lacaniana de que el sujeto del psicoanálisis es el sujeto de la ciencia fue plenamente demostrada. No obstante, su alcance no ha sido aún debidamente apreciado por historiadores y epistemólogos, a pesar de que dicha tesis postula una interpretación inédita de la ciencia, nunca antes vislumbrada por los estudiosos.
Sin duda, fue necesario el descubrimiento freudiano del inconsciente para que de forma retroactiva la estructura y la lógica científica quedasen desveladas, más allá de cualquier variación de sus paradigmas y de lo que el propio pensamiento científico es capaz de saber sobre sí mismo. Aunque sin los instrumentos de la obra freudiana nada hubiese podido decirse al respecto, lo cierto es que no fue precisamente Freud quien se aproximó a la articulación entre ciencia e inconsciente, entre otras razones por el hecho de considerar la ciencia como un ideal para el psicoanálisis, lo que constituyó un escollo para situar con precisión el modo en que la ciencia se constituye, se emplaza y se extiende en su propósito de conquista y colonización de lo real.
Toda una época separa la concepción de ambos autores en lo que respecta a este tema: la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando la ciencia alcanzó un modo de presencia social y una determinación de la vida humana hasta entonces desconocidos. Desde sus orígenes cartesianos hasta mediados del siglo XIX, la ciencia constituía una actividad relativamente desvinculada de la vida de las personas, quienes en su mayoría permanecían ajenas a sus conocimientos o su influencia. Por supuesto, numerosos inventos y descubrimientos produjeron cambios importantes en Occidente, pero una gran parte de estos prodigios no dependieron de manera directa de los desarrollos científicos, sino que más bien fueron tributarios de factores vinculados a la manipulación técnica de lo real, que incluyó en muchos casos una combinatoria de imaginación y azar. A menudo la ciencia se añadió a posteriori, como elaboración y formalización de un saber que había surgido de manera autónoma, y que resultaba ventajoso prohijar.
A partir de la Segunda Gran Guerra el estatuto filosófico de la ciencia ha conocido una transformación decisiva y sin precedentes. No nos referimos a las extraordinarias revoluciones de los paradigmas fisicomatemáticos (que ciertamente ya se habían producido algunas décadas antes), sino al hecho de que la ciencia haya conquistado una presencia social inédita, al punto de convertirse, como lo ha señalado Heidegger, en el modo exclusivo y legítimo de revelación de la verdad. Tras el progresivo desmoronamiento de las grandes mitologías que durante los siglos precedentes sirvieron a los fines de organizar y administrar el orden del sentido, muchos pensadores han señalado a la ciencia como el relevo de esa función, es decir, como sustitución moderna de la esperanza mesiánica depositada en la religión y sus derivaciones sociopolíticas, entre las cuales el marxismo constituyó una tentativa fundamental.
Es probable que las analogías sean lo suficientemente destacables como para hacernos creer que, en efecto, la ciencia se alza en el firmamento como una divinidad renovada, a la que una buena parte de la humanidad reverencia con el mismo fervor —o temor— que siglos antes dedicaba a Dios. Si nos limitamos a analizar este proceso desde el punto de vista de la expansión social de la ciencia y el modo en que se gestiona su transmisión al conjunto social, la idea de una absorción metafórica de la función religiosa resulta bastante convincente:
Ciencia

Dios
(con la salvedad, desde luego, de que la hipótesis de Dios no ha sido jamás desterrada de la conjetura científica).
En la medida en que la transmisión social de la función científica procede mediante la manipulación —en ocasiones inconsciente y en otros casos intencionada— del registro humano en el que se enraíza la esperanza como defensa frente a lo real, es evidente que la ciencia propaga un mensaje bien conocido, sólo que actualizado en un lenguaje laico. No en vano el significante «milagro» ha podido desplazarse de manera prácticamente integral desde la semántica religiosa a la científica. Más aún, mientras la religión adoptó una postura generalmente cauta y crítica respecto de la credibilidad de los milagros, sólo aceptando como tales algunos fenómenos tras rigurosos análisis y comprobaciones, la ciencia en cambio multiplica sus milagros por doquier, los anuncia mucho antes de ser debidamente validados, por no decir incluso antes de que se produzcan, como es el caso de algunas investigaciones sobre el genoma humano y la aplicabilidad de su desciframiento.
Sin embargo, y a pesar de su validez descriptiva, este proceso de metaforización es apenas un aspecto del papel actual de la ciencia, sin duda destacable, pero de ninguna manera el que más nos interesa para los propósitos de este libro. Es necesaria la tesis de Lacan sobre la ciencia (en adelante nombrada como «la Tesis») para comprender el reverso del discurso científico, y atravesar este primer plano de su ubicuidad social, así como su alianza con el ultraliberalismo político.
La Tesis, enunciada por primera vez en el escrito «La ciencia y la verdad», establece una equivalencia entre el sujeto del psicoanálisis y el de la ciencia cuando menos sorprendente, en la medida en que el lector tenderá a razonar, sin carecer de lógica, que entre el psicoanálisis y la ciencia existe esa misma relación que Freud establecía entre el oso y la ballena, o sea, ninguna. La clave de la Tesis lacaniana, formulada en el modo aforístico que demostró su eficacia a la hora de renovar la lectura de Freud, consiste en el sutil pero decisivo desplazamiento del sentido en el empleo del genitivo. Mientras el sujeto del psicoanálisis es el sujeto que el psicoanálisis busca realizar en tanto, por así decirlo, «le pertenece», el sujeto de la ciencia es aquel que el discurso científico destierra en su constitución y posterior aplicación, en tanto «no le pertenece». La extraordinaria operación lógica que Lacan lleva a cabo consiste en sacar a la luz el enlace secreto e invisible que vuelve equivalentes el sujeto que la ciencia hace «desaparecer», y el sujeto que, así «desaparecido», resurge en el seno de la experiencia analítica. Cuál es el estatuto exacto de esa desaparición, a qué procedimientos ontológicos debe remitirse, he aquí uno de los problemas claves que sostienen la argumentación de la Tesis.
En primer lugar, es preciso comprender que la Tesis contempla el carácter necesario del borramiento del sujeto como acto fundacional de la ciencia moderna. No se trata, en este punto, de considerar dicho borramiento como una mera consecuencia del corte epistémico operado por la ciencia, sino del gesto constituyente de su discurso, que exige una separación absoluta de lo que Freud denominaba el proceso primario. Si seguimos a Freud un poco más, cabe recordar aquí su convicción de que la ciencia representa la máxima distancia posible entre el pensamiento y el principio del placer. Abreviando los pasos, podríamos retraducir esta idea de la siguiente manera: la ciencia constituye un modo de conocimiento, de abordaje de lo real, cuya dinámica es ajena a todas las demás formas de conocimiento, las cuales forman parte de la estructura del fantasma. Como veremos, este supuesto divorcio entre ciencia y fantasma queda profundamente cuestionado por el segundo elemento clave en la argumentación de la Tesis: la relación de la ciencia con su propia causa, tal como Lacan la puso de relieve al demostrar que allí tiene lugar una forma esencial de desconocimiento.
La Tesis, por lo tanto, se desdobla en dos aspectos complementarios, pero que resulta decisivo no confundir a fin de extraer toda la potencia de su desarrollo. Por una parte, la ciencia se constituye mediante una exclusión fundante, la del sujeto (que Lacan denomina en ocasiones «forclusión», conforme al mecanismo causal que descubre en las psicosis), cuyos efectos de retorno pueden reconocerse en lo que Freud denomina «el malestar en la civilización», traducible en síntomas singulares o colectivos. Por otra, el agujero así producido encuentra su reflejo en una segunda falta, esta vez la que rubrica la imposibilidad de la ciencia para dar cuenta del deseo que la anima. Esta última imposibilidad es la que vendrá a poner en cuestión la neutralidad de la ciencia en su aproximación a lo real, o dicho en otros términos, hasta qué punto la ciencia puede verdaderamente desembarazarse de una adherencia al fantasma o al principio del placer.
El hecho mismo de que Lacan calificase a la ciencia como «ideología», ideología de la supresión del sujeto, hace sospechar que —con independencia de su efectividad en lo real— la «objetividad» científica forma parte del registro de la ilusión.
El lector, y en particular aquel que no esté familiarizado con la obra de Jacques Lacan (si es que alguna vez alguien puede llegar a experimentar un sentimiento semejante frente a esta obra), no debe en modo alguno suponer que la Tesis implica un enjuiciamiento crítico o moral de la ciencia, como puede surgir en ciertas posiciones filosóficas, religiosas o políticas. Se trata, en todo caso, de analizar el modus operandi con el que la ciencia procede en su cálculo de lo real, y de qué manera ese cálculo está necesariamente atravesado por algo incalculable e impensado que el psicoanálisis descifra en la experiencia del inconsciente. Que lo impensado pueda incluso alcanzar proporciones devastadoras, las cuales eventualmente llegan a alarmar a los propios científicos, no cambia las cosas en lo que respecta a la posición del psicoanálisis y su deslinde de cualquier actitud moral. Como máximo, cabe la salvedad de tomar nota de que la indiscutible acción de la ciencia sobre lo real no impide considerar su dinamismo como una acción ciega e irresponsable, términos ambos que deben ser leídos de modo literal. Ciega, en cuanto la ciencia moderna debe su existencia al abandono de los sentidos humanos como medio de conocimiento; irresponsable, en tanto el automatismo de su desarrollo es independiente de cualquier esfera de intención. Este carácter acéfalo con el que la ciencia se desenvuelve en su propagación y proliferación creciente, esta autonomía que refleja una dinámica carente de control interno, y que a duras penas encuentra un «correctivo» temporario en el límite de la sensibilidad moral que cada sociedad esgrime en determinado momento histórico, en suma, esta forma particular de concebir la revelación de la verdad, es una consecuencia directa del hecho estructural, señalado por la Tesis, de que la ciencia no quiere saber nada sobre la causa de su propio deseo. Apresurémonos a aclarar que este no querer no designa una intención de rechazo o una voluntad negativa que se ejercería en el sentido de una negación psicológica. Se trata, más bien, de afirmar que el querer de la ciencia, su pasión y su deseo de saber, está causado por una ignorancia que le es inherente.
Sin embargo, abstenerse de una crítica moral de la ciencia no significa que el psicoanálisis no pueda adoptar un modo particular de crítica, consistente en lo que cabría denominar una interpretación del discurso científico, si tenemos en cuenta que la interpretación es uno de los instrumentos principales de la experiencia analítica en su desciframiento del síntoma. Esa interpretación no es otra cosa que la aplicación directa de la Tesis a los problemas que la ciencia presenta en la actualidad, y que se derivan principalmente de la extensión y la extrapolación del paradigma científico al terreno de las mal llamadas «ciencias humanas». La interpretación se autoriza en una distinción muy precisa que es necesario introducir (y que la Tesis contempla), aunque hasta ahora los estudiosos de Lacan no hayan acentuado su importancia: la diferencia entre la supresión inaugural del sujeto como acto instituyente de la ciencia, creador de un vacío operativo en el interior de su método, y los modos ulteriores de supresión del sujeto como resultado de la aplicación del método a ciertos fenómenos y planos de la vida humana. Es decir, la diferencia, que bien puede advertirse incluso en las consecuencias clínicas, entre una supresión del sujeto como causa estructurante del método científico moderno y los efectos de dicho método en el terreno del sujeto. Dichos efectos no sólo justifican la necesidad de una interpretación por parte del psicoanálisis, sino que dan prueba de que la ciencia, lejos de constituir una práctica pura, es una actividad social que refleja la ideología dominante de la sociedad en la que se realiza, así como las exigencias políticas de la época, y los prejuicios personales de sus practicantes (cf. Gould, S. J., La falsa medida del hombre, Crítica, Barcelona, 1997). Como lo expresa Richard Lewontin en su libro El sueño del genoma humano y otras ilusiones (Paidós, Barcelona, 2001), «los científicos racistas producen ciencia racista. No es que falseen deliberadamente la naturaleza, sino que sus prejuicios inconscientes los llevan a desviaciones en gran parte inconscientes en sus métodos de análisis, desviaciones que les proporcionan conclusiones cómodas para ellos».
Pocos son los campos en los que el riesgo de falseamiento (cuando no de auténtico delirio) se manifiesta hoy en día en mayor medida que en el de la biología humana. Tras un período de relativa recesión debida al desprestigio que supuso la investigación eugenésica nazi, la biología conoce en la actualidad una época de euforia, pretendidamente avalada por sus logros en el desciframiento del genoma humano. Las esperanzas fundadas en la genética conducen a algunos científicos a la propagación de la creencia en un determinismo biológico que en ciertos casos alcanza el grado del disparate, si no fuera porque aquello que está en juego no es motivo de risa. Por fortuna, también son muchas las voces que, desde la comunidad científica, se alzan para denunciar que la idea de un determinismo biológico absoluto, que explicaría no sólo las diferencias físicas sino que justificaría la presunta existencia de razas «menos favorecidas», o incluso condenadas a la indigencia, constituye una aberración epistemológica y moral, amén de un error de hecho y de concepto. La abrumadora extensión del discurso científico y su progresiva alianza con el proyecto ideológico de la globalización económica y técnica, dificultan hoy en día la labor de discriminar la verdadera ciencia de aquella inundación cotidiana de falsedades «científicas» que los medios de comunicación —e incluso las publicaciones especializadas— difunden como mensajes mesiánicos. Una revista tan prestigiosa como Nature se ha visto obligada a retractarse respecto de afirmaciones que aseguraban la localización definitiva del gen de la esquizofrenia y el síndrome maníaco-depresivo utilizando marcadores de ADN.
Lewontin cita la divertida y al mismo tiempo reveladora anécdota de una reunión científica en la que uno de sus participantes expresó en voz alta: «Si me considero un lector medio de Nature, ¿qué tengo que creer?».
The selfish gen (El gen egoísta, Salvat, Barcelona, 2000), el libro de Richard Dawkins aparecido en 1976, constituye una prueba fehaciente de que una práctica forclusiva puede conducir a la construcción de un delirio que goce de gran aceptación entre algunos especialistas. Sin duda, la genética no sólo es una rama de la ciencia, sino también un caudal inagotable de significaciones muy propicias para alimentar una expansión delirante. La certeza de Dawkins acerca del determinismo genético lo lleva a afirmar que la causa del deseo sexual se basa en la calidad genética del partenaire, gracias a la «información» que al respecto nos brinda nuestro cerebro. Según este autor, los seres humanos no somos otra cosa que «torpes robots» bajo la dirección de genes que «nos crearon, cuerpo y mente». Esta oda a la disolución del sujeto, celebrada en la actualidad como una Biblia del conocimiento científico, no sólo supone la erradicación de cualquier atisbo de responsabilidad en el comportamiento y la orientación humana individual o colectiva, sino que afirma la inexorabilidad de un destino en el que no tenemos participación alguna. Resulta verdaderamente instructivo comprobar hasta qué punto una teoría científica tiene más probabilidades de ser aceptada cuanto mayor sea su capacidad para negar rotundamente todo rastro de subjetividad. La certeza de Dawkins de que nos somos más que robots a merced de una dictadura genética, no es sino una nueva metáfora de los aterradores proyectos ideológicos que atormentaron al siglo xx, y que hoy pretenden rehabilitarse con nuevos argumentos «científicos».
¿Cuáles son, por ejemplo, algunas de las derivaciones concretas de estas afirmaciones? Jonathan Epstein ha «logrado» crear simulaciones informáticas de genocidios mediante simples reglas de partida (citado por Olivier Dyens en La condition inhumaine, Flammarion, París, 2008), lo que demostraría que los genocidios responden más a dinámicas algorítmicas del ecosistema que a una voluntad humana cualquiera.
En su libro La condition inhumaine, de reciente aparición, el profesor Olivier Dyens sostiene la tesis de que la revolución tecnológica ha producido tal mutación ontológica y metafísica del hombre, que su verdadera condición actual debe calificarse como inhumana. El término no se aplica aquí en su valor moral y negativo, sino como intento de redefinir las condiciones de una nueva realidad a la que debemos hacer frente: el hecho de que la tecnología ha comenzado a desdibujar la frontera entre el hombre y la máquina, obligándonos a reconsiderar el concepto de humanidad. La máquina no sólo no se opone y se distingue del humano, sino que la posmodernidad no puede concebir lo humano sin la máquina. Como lo escribe el autor de una forma rotunda y expresiva, «no somos humanos sino por nuestra relación con las máquinas». A pesar de lo inquietante que la idea pudiera parecer, Dyens es consciente de que su propuesta no es otra cosa que la versión posmoderna y actualizada del maquinismo cartesiano, al que debemos una parte esencial de la revolución científica. Pero el error de su ensayo, que por momentos formula preguntas lúcidas y sugerentes, consiste en oponer el lenguaje humano al lenguaje informático o tecnológico. Una vez más, comprobamos hasta qué extremo los teóricos que con toda razón propugnan la dislocación y disolución de las realidades aseguradas por las creencias humanas siguen aferrados a la concepción ingenua del lenguaje como símbolo que representa una cosa del mundo. Según este razonamiento, el lenguaje humano nos aproxima a la realidad de los objetos, mientras que el lenguaje informático nos aleja de ellos, sumergiéndonos en la virtualidad de lo simbólico. Digámoslo con palabras del autor: «El lenguaje humano designa el mundo. El lenguaje informático designa el binario». ¿Qué designa el lenguaje que emplea Olivier Dyens? ¿Es humano o informático el lenguaje con el que se dirige a nosotros? No lo sabemos, pero en cualquier caso sí sabemos algo sobre su fantasma: cree que existe un lenguaje (humano) capaz de armonizar la aprehensión de la realidad y la comunicación, y otro (tecnológico) que rompe esa armonía, del mismo modo en que cree en la existencia de una lectura de la realidad determinada por nuestra estructura biológica, que entra en colusión con la lectura que nos ofrecen las máquinas. No está claro si nuestra condición inhumana es el producto de una humanidad dorada que hemos perdido a consecuencia de la tecnología, o si por el contrario la tecnología es el producto de nuestra condición inhumana, en el sentido de que nuestra relación con el lenguaje es radicalmente contraria a cualquier relación biológica, natural y comunicacional con el mundo. El psicoanálisis afirma que el lenguaje nos convierte en seres virtuales, que vivimos en realidades virtuales desde siempre, y que la desmaterialización del mundo que la posmodernidad nos anuncia no es tan nueva como parece, sino que viene precedida por el hecho de que el hombre accede a la realidad con «los aparatos del goce» (cf. Lacan, Libro XX, 1972), lo que significa que nos «informamos» del mundo según el modo en cada uno goza de su inconsciente.
La Tesis de Lacan merece ser proseguida a la luz de su investigación sobre el goce, concepto que ahonda en la estructura y los elementos de la pulsión freudiana. Si lo humano se concibe desde la perspectiva del determinismo biológico, es evidente que no cabe atribuirnos ninguna particularidad como especie. Que nuestra secuencia de ADN no se distinga demasiado de la de la mosca de la fruta constituye una herida narcisista que bien puede sumarse a la lista propuesta por Freud. Si, por el contrario, el acento se pone en la dinámica de los neurotransmisores y en la convicción de que la inteligencia humana es reproducible mediante modelos informáticos, nos veremos forzados a reconocer que nada nos diferencia de las máquinas. Dado que Jacques Lacan formuló una teoría sobre el inconsciente como una estructura basada en el lenguaje, ¿podríamos acaso aventurar una aproximación entre el sujeto del inconsciente y el «hombre neuronal»? (Changeux, El hombre neuronal, Espasa Calpe, Madrid, 1986). ¿Sería ésta la vía por medio de la cual el psicoanálisis y la ciencia podrían encontrar una alianza epistémica y política? Aquí es donde la Tesis prosigue, y nos recuerda que el goce es la «sustancia» del pensamiento, una sustancia que no puede sintetizarse en el laboratorio, y que hace del pensamiento algo que no puede computarizarse por entero. La inconsistencia lógica introducida por el goce (que refuta la idea de que un genocidio pueda reducirse a una combinatoria matemáticamente programable, como si sólo se tratase de una secuencia neutra de significantes) plantea una singularidad del ser hablante que la ciencia ignora por completo. Podemos continuar con Lacan afirmando entonces que no sólo el sujeto del psicoanálisis es el sujeto de la ciencia, sino también que el goce que el psicoanálisis revela en su experiencia es el goce de la ciencia, el goce que la ciencia excluye para afirmar la vana pretensión de suturar la hiancia del universo. En su escrito «La ciencia y la verdad», Lacan habló del «no-éxito» de la ciencia en su propósito de suprimir la división del sujeto. «No-éxito» es una fórmula que no implica necesariamente el fracaso, sino la imposibilidad. El triunfo de la ciencia es incontestable e irreversible, lo cual no impide que el psicoanálisis pueda apuntar al goce como límite de imposibilidad que lo real humano, es decir, subjetivo, reintroduce como residuo imperecedero del cálculo.
La pretensión de aplicar a los registros de la subjetividad los paradigmas propios de la biología y las ciencias físico-matemáticas ha producido en el mejor de los casos un error de concepto, y en el peor una falsificación de los hechos no siempre involuntaria. La idea de que por haber seguido un proceso matemático uno ha producido un objeto real es un prejuicio frecuentemente extendido entre los científicos, y que responde en parte al desplazamiento que en el último siglo ha tenido lugar desde el terreno de la ciencia pura al de las aplicaciones tecnológicas. Que el cerebro de un deprimido muestre determinadas imágenes digitalizadas no demuestra nada sobre la causa de la depresión, a pesar de que los hechos parezcan «hablar» por sí mismos. Pero los hechos «hablan» según el modo en que se los interroga, o incluso el modo en el que se los hace callar. La ciencia hace hablar a los hechos del hombre para acallar en él la voz del goce, que sin embargo sigue hablando en los sueños y los síntomas. Escucharla, descifrar su sentido, preservar su irreductible singularidad, es la labor a la que el psicoanalista de hoy se ve más que nunca comprometido, si queremos seguir contribuyendo a esa peculiar forma de resistencia llamada psicoanálisis.
La singularidad, el exilio de sí que la civilización percibe respecto de la tecnología y la imposibilidad de gobernar su evolución, es la forma en que en la actualidad se manifiesta el poder de lo simbólico y la disolución del ideal de la autoconsciencia. Resulta evidente que el desarrollo del saber —y la historia lo atestigua— avanza incesantemente como profanación de lo sagrado. Toda aprehensión de lo real supone una desacralización del objeto al que se dirige, lo que inevitablemente tendrá una repercusión en la conciencia de cada época, encargada de definir la inviolabilidad de los principios en los que se sustenta. Como es obvio, la objeción del psicoanálisis al cientificismo actual no se alinea en la serie de las protestas morales que el desarrollo científico ha despertado a su paso. Por el contrario, defiende la idea de que la formalización de lo real no puede ser en modo alguno confundida con su medición, y que las consecuencias de dicha confusión son tanto más problemáticas cuando se extienden al terreno de la intimidad subjetiva. Para el psicoanálisis, lo íntimo no se vuelve jamás equivalente a lo sagrado o lo inviolable. Forma parte de la fundación misma del acto analítico la idea de que lo íntimo se entregue a la elucidación de la palabra, a condición de que el sujeto se preste a ello a través de un consentimiento del que se vuelve responsable. Pero existe una intimidad que el psicoanálisis protege y cuyo principio se halla contenido en el concepto freudiano de libido, metáfora de una cualidad energética incuantificable, es decir, refractaria a cualquier procedimiento de medición. Para el psicoanálisis la intimidad remite a lo que en el sujeto resulta (en el sentido de resultado, de resto de una operación) incuantificable y único, en tanto contingencia irrepetible, diferencia absoluta imposible de reabsorberse en las leyes generales de lo estadístico, lo normativo y lo calculable.
¿Rescribiría Lacan medio siglo más tarde su escrito «La ciencia y la verdad» titulándolo «La ciencia y lo real»? No lo creo probable. Aunque a partir de los años setenta el concepto de verdad fue cediendo terreno a lo real en juego en la práctica analítica, aunque el concepto pivote de objeto a «desarregló» la triangulación entre inconsciente, saber y verdad, este último término sigue siendo la clave de la relación estructural y a la vez crítica entre ciencia y psicoanálisis. En la pragmática de la cura analítica, el «saber hacer» con lo real es indisociable del «cómo hacerlo», y esta distinción no puede ser jamás descuidada. Finalmente, bien puede decirse que aquello a lo que denominamos verdad en psicoanálisis no es sino el modo de designar el estatuto intrínseco de lo ético en el desarrollo de una cura, a diferencia del método científico, para el cual la ética constituye un regulador externo, por lo general multidisciplinario, y que no forma parte del proceso mismo de su elucidación. Que a su estructura de ficción Lacan le haya añadido a la verdad la condición de ser no-toda hizo de la práctica analítica un modo de dirigirse a lo real irreconciliable con las políticas destinadas a programar las condiciones universales de la infelicidad, que es el auténtico rostro de las promesas de felicidad apoyada en el «cienciacionalismo» del poder.
El ser hablante, reflexionó Freud en su ensayo Más allá del principio del placer, quiere en su inconsciente morir a su manera, es decir, que su muerte se inscriba en un sentido que no se agote en la materialidad de los irreductibles procesos biológicos. Podríamos agregar, de manera análoga, que el ser hablante también quiere enfermar a su manera y —por qué no— curarse siguiendo esta misma pauta, lo cual puede muy bien contemplar la posibilidad de no querer curarse del síntoma que le permite existir.
Ahora que el mundo se desmaterializa a toda velocidad, dando paso a la expansión infinita de un hipertexto en el que la vida humana encuentra una nueva transustanciación, el psicoanálisis tiene una larga experiencia que aportar. La virtualidad de la realidad es bien conocida para una praxis que —desde sus inicios— se fundamenta en el corte irreductible entre el signo y su referente. A diferencia del discurso moral, el psicoanálisis no plantea ninguna objeción a que la ciencia algún día altere profundamente la naturaleza humana, por la sencilla razón de que dicha naturaleza humana no existe como tal, no ha existido jamás, y que la nostalgia de su supuesta pérdida no es otra cosa que una fantasía, muy poco distinguible de la fantasía científica de explicar al hombre según las leyes de la naturaleza. Y es particularmente en su empeño por naturalizar la sexualidad donde numerosos estudios científicos naufragan contra las costas de la estupidez. Allí donde el mathema no puede escribir lo real del sexo, siempre surgirá el poema, que es otra forma de nombrar el síntoma, ese artificio donde la letra y el goce se entretejen para sostener una existencia.
Si muchos son los campos de investigación y experimentación extremadamente propicios para el disparate pseudocientífico, el de la genética resulta ser en la actualidad uno de los más fértiles. No entraremos, desde luego, en la crítica especializada de esta rama de la biología, dado que para ello existen numerosas obras debidamente autorizadas que se dedican a poner bajo un signo de interrogación algunas de las premisas y promesas fundamentales de la genética moderna. Nos parece más pertinente señalar en el contexto de este prefacio hasta qué punto puede llegar el reduccionismo cientificista. Un maravilloso ejemplo lo constituye la «confirmación» de que la creencia en Dios obedece a la acción de un determinado gen, o de una sustancia neurotransmisora, como es el caso de la serotonina. Todo esto no sería mucho más que un episodio en la larga historia de la estupidez humana (que a juicio de Einstein constituye una prueba irrefutable del infinito) si no fuese por el hecho de que esta clase de afirmaciones se emiten desde los departamentos de prestigiosas universidades que disponen de presupuestos millonarios. Qué es lo que predispone al misterioso gen hacia la elección de Jesucristo, Alá, Jehová, Buda o la Pachamama es algo que aún no ha sido revelado, pero suponemos que es sólo una cuestión de tiempo. Mientras tanto, recuerde que si en algún momento se ve asaltado por la tentación de entrar en un templo, o de pronunciar una plegaria, debe respirar hondo y procurar relajarse. Es probable que de este modo consiga apaciguar la influencia de su gen religioso. Por el contrario, si es usted un creyente convencido no debe preocuparse. En breve dispondrá en el mercado de reforzadores enzimáticos de la fe. Imaginemos la poderosa industria que el futuro nos promete: potenciadores de la religiosidad, inhibidores para quienes deseen abrazar la causa del ateísmo, incluso conversores efervescentes para los que decidan cambiar de credo. Una vacuna contra el fundamentalismo integrista podría ser también de gran utilidad, sin duda. ¿Acaso no sería factible la hipótesis de un origen vírico?
¿Cuál es, finalmente, la gran lección que podemos obtener? Una extraordinaria lección de humildad. Nada contribuye mejor que el cientificismo moderno a rebajar aquella visión que tenemos de nosotros mismos. Nuestras conquistas, nuestras desgracias, lo más elevado y lo más execrable de la civilización, nuestras guerras y nuestras obras de arte, la locura, el amor, el crimen y la avaricia, el poder, la gloria y la ternura, todo ello no ha sido más que un espejismo en el que nos hemos extraviado durante milenios. Abra los ojos, despierte de su sueño y entérese de una vez que todo está en nuestros genes y en nuestras células, y que si se encuentra angustiado, deprimido, enamorado o sufre de alucinaciones, todo es culpa de esas malditas bacterias que pululan en su organismo: ellas son las que gobiernan nuestras vidas. Puede creerlo. Está científicamente demostrado.
GUSTAVO DESSAL
EL FUTURO DEL MYCOPLASMA LABORATORIUM*
JACQUES-ALAIN MILLER**
Una comunicación de la Agencia Francesa de Prensa [AFP] llegó en el momento oportuno para procurarme mi introducción. Ha llegado anoche a las 21:24 h, proveniente de Washington, capital de los Estados Unidos.
Craig Venter —el famoso investigador de punta en biotecnología, que había estado con su equipo en el primer lugar en la carrera del desciframiento del genoma humano, y que acaparó la crónica por haber querido patentar su descubrimiento— está ahora «a punto de crear una nueva forma de vida». La noticia podría volverse oficial a partir de este lunes, en las Jornadas de Estudios Anuales del Instituto Craig J. Venter de San Diego, en California.
Por primera vez en el mundo, un cromosoma sintético habría sido realizado en laboratorio. Un equipo de 20 investigadores, bajo la dirección del premio Nobel Hamilton Smith, habría logrado pegar, enlazar, articular, una secuencia del ADN de 381 genes (les recuerdo que el genoma humano cuenta con alrededor de 34.000).
Los biotecnólogos partieron del organismo vivo más simple que les era conocido, ese organismo unicelular que llamamos bacteria, en este caso la bacteria Mycoplasma genitalium, que se encuentra en las vías genitales. Su patrimonio genético de 517 genes fue artificialmente reducido a un cuarto para dar nacimiento, si podemos decirlo así, al cromosoma sintético, el cual fue luego trasplantado e injertado en una célula bacteriana viva. Este cromosoma debería lograr tomar el control y manejar la bacteria. Esto sería una «nueva forma de vida». La bacteria así manipulada ha recibido el nombre de Mycoplasma laboratorium.
Si he comprendido bien la noticia, el Mycoplasma laboratorium es una entidad mixta, híbrida; la molécula es natural, mientras que su ADN es artificial. Queda aún por saber si esta nueva forma de vida alcanzará a reproducirse y a metabolizarse. Interrogado por la AFP, un portavoz del instituto ha indicado que eso no se ha hecho todavía. «Cuando lo logremos, ha dicho, habrá una publicación científica, pero sin duda faltan algunos meses». No obstante, Craig Venter ha declarado al periódico The Guardian: «Sabíamos leer nuestro código genético. Vamos a ser capaces de escribirlo». Él tiene la intención de patentar la nueva bacteria, y de no permitir su utilización más que bajo contrato de licencia con su instituto.
Este avance sensacional de la biotecnología ya da que hablar a los organismos de vigilancia en bioética. El director de una organización canadiense ha declarado: «¿Qué quiere decir eso de crear nuevas formas de vida en un tubo de ensayo? Mr. Venter ha perfeccionado un chasis sobre el cual puede construirse más o menos cualquier cosa, desde nuevos medicamentos hasta armas biológicas». Craig Venter ha respondido: «Tenemos la impresión de que that is good science. Es un paso filosófico muy importante en la historia de nuestra especie. Intentamos crear un nuevo sistema de valores concernientes a la vida. En este punto, no se puede esperar que todo el mundo esté contento, happy». No, no todo el mundo está contento.
Los progresos de la biología serán sin duda en el siglo XXI lo que fue la física en el siglo XX, como lo escribía recientemente Freedman Dyson en la New York Review of Books. Sin duda, la industria biotecnológica conocerá un crecimiento exponencial.
Al mismo tiempo, la vida, bajo las formas conocidas desde el origen de los tiempos, encuentra sus defensores. Ésos son los sectores de la tradición, que pueblan los comités de ética y las organizaciones de bioética, desde los humanistas laicos hasta la Iglesia. Ésta lleva a cabo sobre este tema un combate político multiforme, que va desde el aborto hasta las células madre. Éste será mañana, se puede prever, el vade retro Mycoplasma laboratorium.
¿Y los psicoanalistas?
El psicoanálisis no es, sin duda, una nueva forma de vida, pero es probablemente una nueva forma de discurso, el producto artificial de la logotecnología más avanzada. No es seguro que sus practicantes aún se hayan dado cuenta del discurso inédito al que sirven, a pesar del esfuerzo prolongado de Lacan por desprender el ADN freudiano, es decir, la secuencia significante dirigiendo la práctica, desde su filón inicial, concreción de antiguos discursos e ideologías caducas. La inercia ideológica, es decir, imaginaria, vence regularmente en ellos al dinamismo simbólico del discurso, y se traduce en la realidad efectiva por una práctica frecuentemente dubitativa, incierta en su problemática.
La gran mayoría de psicoanalistas existentes en el mundo, por no decir su casi totalidad, son los tradicionalistas. Adoptan de modo completamente natural las posiciones humanistas y clericales, con la esperanza de prolongar el mundo que han conocido, y de frenar, incluso detener, el movimiento actual de la ciencia, así como las incidencias que dicho movimiento tiene sobre las dimensiones políticas y sociales de la realidad efectiva. Están animados por el pesimismo radical de Sigmund Freud, persuadido de haber reconocido en el ser humano, a través de su experiencia, una pulsión específica, la pulsión de muerte, de la que el siglo XX le había permitido constatar la devastación a gran escala por la explosión de una guerra mundial, en 1914, y por la ruptura del equilibrio de las potencias impulsado por Bismarck (véanse el Tratado de Berlín de 1878 y el Acta final de la Conferencia de Berlín en 1885). Simultáneamente, el sistema de valores de la democracia americana, tan opuesto al de Austro-Hungría y, más generalmente, a aquel de la vieja Europa, aumentaba en potencia, y emprendía el proceso de su mundialización, cuya evidencia se impone al principio del siglo XXI. El cambio de los fundamentos de la tradición europea le parecía a Freud a la vez irresistible, y que no podría producirse sino para lo peor.
En su Ética del psicoanálisis, que retoma El malestar en la cultura, Lacan se inscribe en la misma línea. Reconoce la pulsión de muerte actuando en la preponderancia adquirida por el discurso científico, sus avances prodigiosos, su verdadero frenesí, y sus consecuencias sobre los modos de vida y de goce: la multiplicación y la renovación incesante de los objetos tecnológicos, haciendo nacer demandas cada vez más apremiantes y ofreciendo satisfacciones cada vez más disponibles, sin, por tanto, calmar la falta de goce, sino, al contrario, distribuyéndola sobre toda la superficie del globo, llevándola a una intensidad jamás vista, poniendo en movimiento las sociedades detenidas, sin historia, frías, y conduciendo a la ebullición a las sociedades cálidas.1
Como el pesimismo freudiano, el pesimismo lacaniano está establecido sobre la convicción de que todo cambio es para lo peor, y que ese peor se impondrá irresistiblemente, que está programado, que es seguro. Pero en Lacan se añade una nota que no está en Freud: una nota sardónica propiamente hablando, un tono burlón y malvado respecto a una humanidad que, a través de acontecimientos sensacionales, trabaja para su perdición. ¡No hay piedad con la humanidad! El destino de esta calaña, de esta forma de vida intrínsecamente fracasada, es de absorberse después de haber aportado a la naturaleza todas las trasformaciones, todas las devastaciones, que están condicionadas por el hecho de que esta especie, porque ella habla, es a la vez desnaturalizada y desnaturalizante, si puedo decirlo así.
Se verá, leyendo este año el Seminario XVIII y el Seminario XIX bajo una forma al fin digna del autor, la atención que Lacan había puesto en el descubrimiento del código genético. Se verá que estaba intrigado por la forma de vida unicelular de las bacterias. Se verá también que profetizaba grandes cambios en la organización de la vida y de su reproducción.
Lacan mostraba su inclinación burlona, y no ocultaba su malevolencia: «No tengo buenas intenciones», decía él. Y es que las buenas intenciones no garantizan nada. Como se sabe, el infierno está empedrado con ellas. Es imposible dirigir una cura analítica hacia su conclusión lógica si el analista no está suficientemente familiarizado con su propia malevolencia para romper los velos de la piedad y del terror. Burla y malevolencia no son solamente rasgos de carácter de Lacan. La burla, apoyándose en el brazo de la malevolencia, forma el cortejo para que, del analista, se espere la lucidez.
Los psicoanalistas no tienen que convertirse en el coro de las suplicantes que suspiran por los tiempos pasados. Libre cada uno de ser humanista, si eso le place, cristiano, por qué no, pero como analista, no sabrá ser tradicionalista, ya que esa posición reactiva, reaccionaria, conservadora, va en contra de su acto. Sin embargo, esto no quiere decir que el psicoanálisis pueda compartir el entusiasmo de los mánagers del progreso científico, que aspiran a llenar las arcas de sus institutos con los dineros obtenidos por los contratos de licencia que firmarán para la utilización de los cromosomas patentados.
No, el psicoanálisis no es una bella alma, porque en las gigantescas transformaciones en el discurso de la vida y de la sociedad, aspira a seguir horadando su vía en la Wirklichkeit, la realidad efectiva. Y le importa que existan otros como él, que no sean engañados ni por la tradición ni por el progreso. Como ser no-engañado absoluto es la errancia asegurada, la tercera vía debe ser el discurso analítico.
Estamos lejos de eso, pensamos. El discurso analítico es muy pobre, miserable, en cuanto se lo compara con los esplendores acumulados en el curso de los siglos por las tradiciones religiosas y humanistas, cuando mide sus balbuceos con el progreso implacable del discurso de la ciencia, y con las riquezas bien materiales que vienen a llenar los cofres del capitalismo industrial y financiero. Y bien, en su indigencia misma el discurso analítico ocupa sin embargo en el choque de la tradición y del progreso una posición original, estructuralmente prescrita, y que se demuestra inexpugnable por poco que los psicoanalistas sepan mantenerse en la saetera de su fortaleza.
El destino del psicoanálisis no está de ninguna manera atado a la vitalidad del Nombre-del-Padre heredado de la tradición. La declinación del Nombre-del-Padre se anunció desde el siglo XIX, Balzac lo señala, por efecto de las modificaciones que inducían en la sociedad el aumento de la potencia del modo de producción capitalista, él mismo condicionado por la revolución tecnológica de finales del siglo XIX, consecuencia de la revolución científica del siglo XVII. Los avances de la biología en la segunda mitad del siglo XX han dislocado poderosamente el orden del mundo fundado sobre la prevalencia del Nombre-del-Padre y del Nombre-de-Dios. Esta perturbación, en adelante sensible a todos, está en el origen de la reacción tradicionalista, que toma la forma de movimientos llamados fundamentalistas. Estos movimientos, inexistentes en las zonas del globo marcadas por las religiones sin Nombre-del-Padre, permanecen moderados en aquellas donde se había impuesto una concepción trinitaria, taponando lo absoluto del Nombre. Son ya más extremistas allí donde el culto del Nombre único es tradicional, en el judaísmo, y recurren francamente al mass murder allí donde el Nombre es tradicionalmente llamado a reinar sobre los espíritus y sobre la sociedad bajo una forma absoluta, quiero decir en la tierra del Islam.
Se pueden prever desde ahora las inmensas convulsiones que tendrán lugar en el curso del presente siglo por la aparición probable de nuevas formas sintéticas, perfeccionadas en laboratorio, ya no en el Nombre-del-Padre, sino en el nombre del progreso científico y de los beneficios que de él se esperan.
Ya no más leer, sino escribir el código genético: es lo que aún no se ha hecho, pero a partir de ayer está dicho, y es probable que se haga.
En este punto es oportuno escuchar de nuevo la vocecita de Jacques Lacan, y su llamada aforística, por largo tiempo enigmática, críptica: «No hay proporción sexual —relación sexual— que pueda escribirse».
Se trata aquí de un caveat mayor, de una cláusula de imposibilidad extraída por Lacan de la experiencia condicionada por el discurso analítico, y del que se esforzó en demostrar la pertinencia en sus Seminarios XVIII y XIX en los inicios de los años setenta. Hoy, en 2007, esto quiere decir que las reescrituras en curso del patrimonio genético de los seres vivos darán sin duda nacimiento a nuevas formas de vida. Esta reescritura terminará ciertamente por tocar al genoma humano mismo. Formas inéditas de reproducción del viviente aparecerán. No obstante, podemos estar seguros de que, en lo que concierne a la especie humana, permanecerá imposible escribir en el código genético la proporción sexual que no hay.
En el ser hablante, la proporción sexual está condicionada por el lenguaje o, más precisamente, por la práctica de lalangue. De esto se deduce que se distingan en su cuerpo los órganos, que toman un valor de significante. Es el caso en particular del órgano macho de la reproducción. Es también el caso de una entidad material excretada por el cuerpo, a saber, el objeto anal, y de la entidad material necesaria para la subsistencia, tomada del cuerpo materno, el objeto oral. Del mismo modo funciona para los objetos cuya materialidad es ciertamente menos evidente, la mirada y la voz. Esos objetos tienen un valor de significantes imaginarios. Teniendo valor de significantes, son potencialmente portadores de significación. Esas significaciones no son genéricas y necesarias; en razón de la estructura de la relación del significante al significado, son individuales y aleatorias. Pero interfieren necesariamente en el establecimiento de la proporción sexual, hasta el punto de que parece que el ser hablante tiene relación con esos objetos más que con el partenaire sexual propiamente dicho.
El psicoanálisis ha podido mostrar que, en un sujeto dado, la elección de objeto sexual estaba guiada por la implicación de dicho objeto en ciertas significaciones ligadas a los objetos primordiales que hemos enumerado. El modo de goce del ser hablante está afectado hasta en sus fundamentos, y se encuentra esencialmente diversificado según los individuos de la especie, incluso se puede grosso modo distinguir el modo de gozar del individuo macho del modo de gozar del individuo hembra. Esta individuación extrema del modo de gozar según las significaciones en juego, obliga por otra parte a poner en función al sujeto del significante más que al individuo de la especie.
Para decirlo en términos técnicos, la relación del sujeto al falo y, más generalmente, al objeto a, existe como tal, se encuentra en todos los sujetos dotados de ser hablante, proviene, digamos, de lo real. En cambio, la relación al otro sexo no existe como tal, proviene, digamos, del semblante. La relación sexual constituye en el ser hablante una verdadera falla de lo real, que ninguna ingeniería biotecnológica, ninguna biología sintética, sabrá colmar, salvo extrayéndole su facultad de hablar, al realizarle una ablación simbólica. Es en esa pequeña falla donde proliferan los fantasmas, los delirios, también las epopeyas de las que se revela capaz la especie humana, tanto en el registro religioso como en el científico, y en las tecnologías que explotan y orientan.
La experiencia analítica, que tiene ahora un siglo detrás de ella, muestra, si se la lee como conviene, que la elección del objeto sexual propio de un sujeto dado se caracteriza por tres rasgos constantes: la contingencia; la singularidad; la invención.
Contingencia. El defecto de escritura de toda proporción sexual genérica tiene por consecuencia que el sujeto depende de la contingencia de los encuentros que puede hacer en la esfera de su Umwelt, y de los enunciados prescriptivos que remplazan para él la relación imposible de inscribir. Las civilizaciones han inventado diferentes modelos normativos para compensar el defecto de la proporción sexual. Con relación a esas normas, la desviación subjetiva no es accidental, es de regla. Un análisis permite en general aislar el o los encuentros iniciales haciendo escritura.
Singularidad. Una vez instalado a partir de la contingencia inicial, el modo de gozar, en general, se vuelve necesario, en el sentido de que no cesa más de escribirse, sino que se repite. Un análisis debe permitir repetir, aislar, volver legible la escritura del programa del goce que prevalece para un sujeto, abriéndole así la posibilidad de ganar un cierto grado de libertad con relación a aquél y, al menos, de reinscribirse en él con el menor malestar posible.
Invención, finalmente. Una invención aleatoria viene en general a recubrir la contingencia real como la necesidad subsecuente, para dar al sujeto la ilusión de una libertad de elección inspirada por motivos éticos y/o racionales, según la fórmula: «Yo, como los otros», a menos que sostenga en él la noción de la desgracia de ser, de la cual sería sólo él la víctima, según la fórmula «Todos, menos yo». Un análisis, una vez más, debe permitir barrer esos sueños groseros para reconciliarse lo mejor posible con la singularidad que es el terreno de todo ser hablante. La ideología contemporánea de la civilización occidental, fuertemente marcada por el psicoanálisis, va además en ese sentido.
Por esta razón propongo, para las Jornadas de la ECF del año próximo, que podamos testimoniar, basándonos en la riqueza infinita de nuestra experiencia, de la proporción sexual en la contingencia, su singularidad y sus invenciones.
Bibliografía
FREEMAN DYSON, «Our biotech future», The New York Review of Books, vol. 54, n° 12, 19 de julio de 2007; también: l’échange de W. Berry, J. P. Herman y C. B. Michael, con Fr. Dyson, vol. 14, 27 de septiembre de 2007; la carta de Raymond A. Firestone y la respuesta de Fr. Dyson, vol. 54, 11 de octubre de 2007.
FRÉDÉRIC GARLAN, «Le biologiste controversé C. Venter anuncia una nueva forma de vida», AFP, 6 de octubre de 2007, 20:24 h.
ED PILKINGTON, «Scientist has made synthetic chromosome», The Guardian, 6 de octubre de 2007.
Complementos
En el momento de escribir mi comunicación, no había leído el artículo siguiente, muy sugerente: Andrew Pollack, «How do you like your genes? Biofabs take orders», The New York Times, 12 de septiembre de 2007.
Para una aproximación mediática al juego de roles sexuales, consulté esta mañana el dossier de la revista Elle de esta semana, titulado «Especial sexo. ¡Viva el amor! Lo que nos vuelve mujeres. Lo que los vuelve locos», Elle, n° 323, 8 de octubre de 2007.
LA SUBVERSIÓN CONSUMISTA DEL SUJETO
IGNACIO CASTRO REY*
A riesgo de ser pesados, recordemos otra vez el avance entre nosotros de la normalización, el despliegue general de la identidad, de los procesos sociales de identificación y reconocimiento que hacen «salir del armario» a individuos, minorías y nuevas naciones. La fluidez del capitalismo se consigue con una atomización individual, con la acumulación masiva de una identidad aislada y marcada. Sólo se suman masivamente átomos desarraigados de lo cualitativo, sólo se acumula y se cuantifica el aislamiento. Desde hace tres, cuatro décadas el «principio de individuación» del ser humano parece ser el aislamiento creciente de cualquier principio fijo, el recorte informativo del individuo sobre un fondo neutro, uniforme, tan plural como indiferente. El triunfo mundial de la información y el canon digital supone un fondo de oscurantismo analógico que impide la expresión espontánea y hacer un sinfín de preguntas. Vivimos en una combinación acelerada de desarraigo y reidentificación, de silencio privado y espectáculo público, de miedo y seguridad. En este sentido, nuestra época es profundamente nuclear, incluso a través de variantes verdes. No tolera a un niño, una mujer, un indígena, un inconsciente sin regular ni reconocer. El ideal es que no haya existencias que palpiten fuera de la historia, vidas sin ser integradas como sujeto de derechos. El mercado es, en este aspecto, una forma genial de marcado, de marcaje, mucho más eficaz que el Estado. El imperio estadounidense sobre el mundo —en primer lugar, sobre Europa— impulsa el dominio puritano del desarraigo y la identificación, de la independencia y la asociación. Es puritano porque siente repugnancia ante el virus de la existencia, la posibilidad de que su simple condición mortal genere sentido. Éste es el fantasma del capitalismo, que la singularidad se baste a sí misma. Para sortearlo, barras y estrellas, barras de corte y estrellas de marca: balcanizar y federar. ¿Es otra cosa la actual Europa? Lo mismo ocurre en el plano psíquico: cortar y pegar, aislar y evaluar, diagnosticar y medicar. Se trata de un poder biopolítico que desaloja íntimamente lo latente en aras de una actualización comunicativa que penetra todos los rincones. Nunca como en el «fin de la Historia» ésta ha tenido un fin más preciso: la cobertura, la duplicación, el dominio de cualquier forma de vida. No deben quedar potencias latentes. Para nosotros ya no hay clase proletaria que ronde las afueras, sino sólo la vida sin nombre, sin clase ni media estadística. Estamos hablando de un poder social, venido del Norte, cuyo fantasma es la finitud misma, su inmediatez mortal. Un poder que generará, se ha dicho, guerras terribles. ¿También contra el alma de la subjetividad, ese Dasein cuya esencia es existencia?
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Por lo pronto, bajo el imperativo de la socialización, este avance del aislamiento y su conexión febril, es necesario constatar el retroceso, el marginamiento creciente de lo que podríamos llamar la errancia, ese errar propio de la vida más elemental, del «cualquiera» que es uno mientras vaga. Recordemos que la individualidad tiene el precio de no poder ser elegida ni conocida; por definición, tiene su eje fuera de toda esencia fija: sencillamente, deviene, nos sorprende «arrojados» en tal o cual caso. De ahí la importancia clave de atender al lapsus y el error, al acto fallido, a aquello que en el cristianismo se llamaba «pecado». Como el Yo no es el maestro en su morada, no tiene método para la verdad. Su método es la crisis del saber, el dolor y la vivencia constante de la finitud, de aquello que muta por fuera y precisamente la ideología consumista niega. De resultas de ésta, debemos hablar de una nueva discriminación, de la clandestinidad que segrega la transferencia global de la existencia a lo social, de la naturaleza a la historia, de lo personal a lo impersonal y técnico. Gitanos, mujeres, homosexuales, negros, gallegos, judíos: todo el mundo quiere reconocimiento público, tener los dos pies en el Estado-mercado, en el marcado estadístico e informativo. Estamos hablando de un estatismo continuo, anímico, interiorizado. En el plano psíquico, el resultado es la hipertrofia de las señas de identidad y el decrecimiento de la relación con todo lo que sea turbio y terrenal, lo indefinido o anómico en el sujeto, lo que no se presente marcado. El Yo es como una Torre aislada dentro de las sombras de la subjetividad, sostenido por el temor constante a un ataque interno. Asistimos a una especie de hegelianismo generalizado también en el orden mental, a una voluntad incansable de superación, aunque hoy día su estilo sea emotivo y personalizado, casi a la carta. Lo sucio o anómalo sólo obtiene reconocimiento si es espectacular —si tiene «armas de destrucción masiva», perdonen la broma—. A veces parece que en este marco de «debilitamiento» posmoderno y corrosión del viejo carácter, incluso las posiciones individuales más sutiles —leer a Benjamin, gustar de las películas de Sokurov, ser deleuziano o lacaniano— son solamente otros modos de la identificación, formas de mantener la marca del nombre propio en la planicie mundial de la indiferencia.
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Asistimos a un divorcio generalizado de la subjetividad —la crisis de la pareja es sólo parte de esto— con respecto a cualquier cosa que comprometa o limite su narcisismo, la seguridad del egoísta «yo-mí-me-conmigo». Es obvio que la caída espectacular de la tasa de natalidad en los países desarrollados, salvo que el Estado intervenga con incentivos, es un reflejo indirecto de esto. Tener un hijo no es precisamente desplegar tu identidad, sino apostar por la otredad más íntima de tu existencia, y no parece que estemos preparados para esto. Con frecuencia, al criticar la «hipocresía» tradicional de ayer, lo que el sujeto quiere es romper incluso con las formas de cortesía y educación que hoy obligarían a atender al otro. Y esto es groseramente patente hasta en las situaciones más dramáticas: el muerto al hoyo, el vivo al bollo. Todo el mundo es vertiginosamente correcto en cualquier situación, por no decir ausente. Al mismo tiempo que el sujeto se atiene rígidamente a las reglas del guión social, a una seguridad que no le exige más que asistir «interpasivamente» —diría Baudrillard— al espectáculo, no se permite ninguna actuación que le ponga en juego, que arriesgue su seguridad o su narcisismo. En nuestro mundo la gente ni siquiera es malvada, sino simplemente neutra, fluida, reservada. Ésta es nuestra monstruosidad banal, la que los «efectos especiales» del terror mediático ocultan. En este mundo taladrado por la imagen, se trata de no ser nunca visible personalmente, sino sólo escénicamente, en los diversos papeles precocinados que desempeñamos. El sujeto se divide en franjas horarias separadas y así nadie lo conoce —ni siquiera él mismo—, mientras la vida la controlan distintos guiones que no están en contacto entre sí. La conexión se establecería al desconectar del programa social, al pararse y dialogar con el no-saber de la existencia, con su «angustia», pero eso es más o menos inconcebible en estos tiempos de programación total, donde la división del ocio prolonga en lo privado el control antes circunscrito solamente al horario de trabajo. Si hoy ponemos continuamente el acento en la violencia espectacular es para tender una cortina de humo sobre esa otra violencia diaria, discreta, consensuada. En efecto, la moraleja de la violencia espectacular, de esos monstruos que hoy dan tanto juego mediático, es ésta: el exterior no digitalizado es aberrante; por tanto, mantente a este lado de las cámaras, perfecciona las reglas de la compartimentación.
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La información sólo tiene un mensaje, por eso puede mutarse en un medio sin fin: mantén las afueras de la vida lejos. Pero el problema es que el afuera constituye lo más íntimo del adentro, el ser mismo del Dasein. De manera que nuestra sociedad de interiores solamente puede sostenerse con una incesante hilera de miedos inducidos —depresión, virus, inestabilidad meteorológica, terroristas—, todos ellos representantes de esa exterioridad que tememos, que ha de ser demonizada. Por cada alivio natural del individuo ha de haber una maldición social correspondiente que permita injuriar la simplicidad común. El nivel social de los individuos no se mide en realidad por otra cosa distinta de la complejidad en la separación, con su neurosis e hipocondría asociadas. ¿Cuál es el problema de fondo en este tipo de sociedad, en este individuo Über-social? Que la exterioridad está dentro, constituye el adentro de lo humano. Dicho de otro modo, que la «intimidad» —por ser éxtima— es algo que «se pierde en la medida en que se encuentra», que siempre muta por fuera. De forma que la única manera de mantener una mínima estabilidad, la del sujeto débil, es a través de la religión consumista de la circulación, del estrés del recambio perpetuo. El estrés nos protege, nos permite ignorar la fórmula para detenernos, para residir en la existencia mortal y escuchar algo que hoy, desde nuestra «complejidad», resulta casi intolerable. La única forma de vivir es hacerlo a trozos, en franjas horarias compartimentadas por una información que expertos esotéricos controlan. La duración como tal, la continuidad nos está vedada, pues amenazaría con prolongar la finitud y otorgarle sentido. El tiempo es así el único enemigo serio de la pluralidad espectacular, el tiempo donde late lo atemporal. Como carecemos de un sentido para la muerte, el tiempo crudo, sin organizar, tendría el efecto de una sobredosis en un yonqui habituado a la droga adulterada. Antes de pararnos y afrontar la angustia de vivir, preferimos el riesgo del infarto, de la depresión o el cáncer, que en definitiva garantizan una muerte por velocidad compartida, que es nuestro canon social. La vigilancia digital del tiempo milimetrado establece así una franja horaria para todo y para todos. Entre contrato y contrato, entre cita y cita, entre reunión y reunión, la gente sencillamente desaparece. ¿Convertirse en índice de audiencia no es, para sí mismo, una forma de desaparición, de borrar la intimidad de lo trágico? Necesitamos además que algunos parias del exterior atenúen nuestras dudas, por eso nos encanta la imagen —que potenciamos, aunque querríamos regular— de todos los seres depauperados que llegan a nuestras costas atraídos por la opulencia. ¿Quién se acuerda sin embargo de la humanidad que se fuga de aquí? Me refiero al sumidero de la depresión, al hecho de que tengamos que tapiar todos los lugares desde donde la gente se pueda sentir atraída por el vacío —el puente de la calle Segovia—, a las desapariciones incesantes, al «zulo» del fin de semana. No hace falta recurrir a la estadística de suicidios, hoy en día prácticamente clandestina. Basta con fijarse en el aspecto arrasado de la gente en el metro, un observatorio privilegiado para calibrar el inexpresivo estado de ánimo del sujeto cuando no actúa, cuando no «asiste» a ninguna de las franjas horarias programadas y se cree inobservado.
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La obsesión por la visibilidad, por la visualización —obsesión que alcanza también a la psicología— ha arrinconado lo invisible en ámbitos de terror. ¿Qué es la comunicación? La conexión mundial de un aislamiento personalizado, omnipresente en cualquier localidad. La comunicación parte de un individuo aislado del entorno, que ha roto con la expresividad de la inmediatez. Es intrínsecamente nihilista porque vive de la idea de que el sentido ha de sobreponerse a una cercanía terrenal muda, vaciada por leyes mecánicas. La imagen de la comunicación es la del soldado yankee en Irak —botella de agua, gafas de sol, chaleco antibalas, casco inteligente—, la del joven con perenne capucha, la del ejecutivo con cascos, la del prisionero en Guantánamo... Cada uno aislado en su pasillo de nichos, esa cuaternidad trabajo-ordenador-coche-apartamento, y conectado con cualquier lejanía programada. De noche, a viajar con la televisión o por Internet. El ideal social es ser un inválido equipado (Virilio), un mutante desconectado de la sucia cercanía y conectado con cualquier límpida distancia. Pero esto ataca el equilibrio, la entereza del sujeto en su línea de flotación: el diálogo con la muerte. Pues el desorden y suciedad del subsuelo es insalvable, ya que está dentro. Queriendo evitar peligros antiguos —la decisión heroica, la soledad, la resistencia, la melancolía, la fidelidad referencial fuerte— el «debilitamiento» del sujeto le ha arrojado a nuevos peligros, pues la Spaltung de la muerte, eje de la singularidad, sigue sin ser débil. Como el Yo era el maestro en una morada en la que siempre había espectros, representantes del afuera, se ha acabado con eso y lo que queda es la inmanencia de un yo interactivo sin dualismos, la navegación sin término en la planicie de la globalización, sin adentro ni afuera. Aunque la subjetividad es un Finisterre con semblante, el trasfondo psíquico del neoliberalismo triunfante, también con modalidades de izquierda, es un individualismo que consigue separarse del eje de la existencia al instante. Ésta es la ventaja psíquica de la instantaneidad, con la digitalización de un continuum de interiores que impide los tiempos muertos. Todo malestar se seda al momento. Como si la clase media occidental, que se establece como ideal de integración sobre las infraclases de las afueras, democratizara la neurosis y la hiciera «global», arrinconando una psicosis que rompía con la fluidez social y vivía de alguna manera en la ruptura. Sin burguesía ni proletariado, el sufrimiento psíquico entra en un registro más fluido, sin anomia heroica ni crisis wagnerianas o freudianas. Digamos que el sujeto oscila entre la presencia triunfal, espectacular, y la desaparición por medio del cáncer, el infarto, la depresión, el Alzheimer, la anorexia, la eutanasia. El ser humano de la información pasa de la hiperactividad a la desaparición en pocas horas. La soledad de la gente estriba en que no tropieza con el dolor ni con los límites, no dialoga con ninguna frontera. Nada le detiene ni le obliga a perseverar en la crisis, en el dolor, en el espectro de lo real. Al diluirse la relación con lo imposible, falla la exterioridad referencial, la represión asumida que se necesita para vivir, y aumentan las neurosis, incluida la neurosis de salud. El resultado es que entre la patología larvada de la «normalidad» —los nuevos cuadros de ansiedad— y la psicosis o las patologías del acto parece no haber nada.
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La llamada corrosión del carácter y la flexibilidad personal también han entrado dentro del propio sujeto, que se limita a navegar psíquicamente entre marcas y marcadores psíquicos... hasta que tropieza con un obstáculo insalvable, para el que no sirven mediadores. Entonces se queda atónito. Se da entre nosotros una infantilización generalizada, una juvenilización arraigada en el retiro de lo real, en una incapacidad para lo exterior y en la consiguiente afición a las tecnologías de moda, que ocultan esa indefensión. Pero éste es en realidad un índice de envejecimiento —sólo indirectamente reflejada esa espectacular caída de la tasa de natalidad— ante la lógica del encuentro, que es la de la vida, una vitalidad que ahora se deja para el viaje programado de Internet o el turismo de vacaciones. Los fantasmas de lo real se guardan para los efectos especiales del cine y las sesiones televisivas de tarde, «basadas» en un hecho real. Sólo los inmigrantes, externos al escenario azulado de las nuevas tecnologías de mando, parecen arrogarse el peso de la presencia real: el trabajo pesado, la música, el baile, el sexo duro. Las naciones normalizadas han de buscar en la inmigración los nombres exóticos bajo los cuales se pueda contar algo —literario, sexual, musical— vagamente «inspirado en una experiencia real» que entre nosotros falta. Todo esto indica un divorcio generalizado del sujeto con respecto a todo lo que comprometa su privacidad, lo que limite su narcisismo blindado. Por eso la expectación ante el sufrimiento de los otros, o la eventual acción directa —cuando se abre la veda en diversos escenarios de caza, a veces completamente legales—, ha de tener algo de brutal que recuerda al circo romano. Todo el perfil psicológico del adolescente clónico en esta posmodernidad —umbral mínimo de sufrimiento, narcisismo, sobreprotección familiar, hipocondría, mutismo hacia el entorno y prodigiosa comunicación con la distancia anónima— lo padecemos ya los mayores. No es extraño entonces que la juventud se erija en ídolo de toda una sociedad que teme su declive senil. Los especialistas musculares, los superhéroes globales hacen en los estadios y las pantallas lo que nosotros no hacemos en la vida corriente. Pocas épocas de sedentarización han generado un culto tal a la personalidad de la acción, criminales incluidos. De hecho, el ciudadano medio deja para las vacaciones lo que se llama vivir, sin el agobio del protector tiempo milimetrado y con la posibilidad de algunas preguntas clásicas: ¿cómo, con quién debo vivir, a quién debo amar? Por eso es normal, a la vuelta de las vacaciones, la consabida depresión, así como el disparo del número de divorcios. ¿Y el índice de suicidios, también se dispara a la vuelta de vacaciones? Curiosamente, las estadísticas callan.
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La medicalización masiva, el neoconductismo que nos envuelve —¿pariente psíquico del neoliberalismo?—, aderezado o no de cognitivismo, es sólo el síntoma externo de este retroceso de la errancia vital y el avance de una socialización forzosa. El reflujo de la palabra, de la palabra que cura porque arranca un sentido del dolor, es un resultado directo de un imperio de la comunicación que ignora la inmediatez. El descenso de la natalidad ha tenido antes un índice en el descenso de la tasa de relación, de mirada, de sonrisa, de conversación. El maltrato es una cortina de humo en las relaciones. El maltrato no es el peligro, sino la falta de trato, la ausencia de compromiso estable, la no implicación, la infidelidad anterior a la primera cita. Para nosotros se trata de multiplicar los contactos y no mantener una sola relación, que comprometería nuestra existencia, cortando la comodidad ondulatoria de la identidad. La misma obsesión por la cita, de origen tan angloamericano, trasluce este cerco del individualismo, que precisamente mantiene el bastión de su aislamiento cita tras cita, contacto tras contacto —tan indelebles como las visitas de una página web. Nuestra obsesión por el sexo y la pornografía se debe a que hemos retrocedido en el amor, digamos, en el sexo sexualizado. La falta de fe en el espíritu de la carne, en una humanidad que tiene alma porque tiene las manos vacías —y la identidad en suspenso—, impulsa esta fiebre por la carne descarnada, por el sexo «a sangre fría». El problema no es que las parejas se maltraten, sino que no tienen nada que decirse: querrían cambiar de cadena, ser siempre jóvenes. Cualquier adicción de las cien que proliferan a diario —a los ansiolíticos, las drogas, el juego, la televisión, el sexo, la informática— es el epifenómeno de una sociodependencia obligatoria, la forma secundaria del «enganche» a lo social en el individuo medio. Una sociedad es esencialmente drogadicta cuando ya no le sirve la «sustancia» del sentido real (Lacan), su esencial accidentalidad. En este aspecto, el silencio privado depende del estruendo público en una especie de feudalismo anímico. ¿Qué es la comunicación más que la conexión ágil, la fluidez del aislamiento? Ése es su beneficio psíquico, prometer socializar la vida y la muerte. El impacto encadenado —good news, no news— es la forma de «asistir» a un individuo que no puede vivir en la continuidad, en la duración, en la narración que le brindaría su finitud. Nuestro hombre delega en este punto crucial, que le hace igual a todos en su no-existencia, y a cambio puede recibir el beneficio de un reconocimiento mundial en sus tonterías. El narcisismo y la privacidad expandida ocupan el lugar de la vieja autonomía, que le exigiría enfrentarse a lo que de único hay en la vivencia de la muerte. La complejidad consensuada, la fragmentación informática e informativa, le protege de una elementalidad indelegable. El estrés digital, que divide sus 24 horas, le protege de la continuidad analógica del tiempo. La antigua alienación ha devenido así dividual, dividiendo al antiguo individuo indivisible. Así pues, la alienación se ha hecho indetectable, intratable, puesto que se ha instalado, sin distancia crítica posible, en el corazón mismo del sujeto.
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Se dice que la apostasía de la Iglesia católica es difícil, pero no lo parece menos desconectar de nuestro omnipresente catolicismo social, dialogar con alguna «vacuola de no comunicación» que no esté marcada y satanizada, como las sectas o las drogas. Fíjense que también en el plano psíquico el modelo sigue siendo el aislamiento y su conexión. Todos los síndromes han de ser a la vez coágulos aislados, insignias de autorreconocimiento del ser humano, con marca y sin palabras. Al fallar la mediación subjetiva con lo real, la medicalización «psi» cristaliza rápidamente la patología en una seña de identidad. Establece una conexión instantánea entre el sufrimiento humano y la programación general, la circulación de los logos. A través del espectáculo televisivo, del consumo y la medicalización, no hay malestar que no se troque inmediatamente en descarga, en catarsis o evasión. De esta obsesión por la descarga instantánea, por mimar el alivio del sujeto, proviene el interés social por la «inteligencia emocional». El umbral de sufrimiento es mínimo, lo cual otorga un nuevo poder a los especialistas: cualquier suceso es inmediatamente asistido por un programa y su experto. El malestar estructural sostenido, el coraje para interrogarlo, se correspondía a etapas menos inmanentes, más duales, anteriores al nuevo orden informativo. Por eso las nuevas patologías se convierten automáticamente en signos de identificación: soy autista, soy esquizofrénico, soy depresivo, soy bipolar. Se extienden las víctimas por todas partes: así, nadie es verdugo —tampoco los políticos corruptos o los delincuentes—. Si antes el complejo de culpa era constante, ahora nadie se siente culpable de nada. Todo el mundo, hasta el peor criminal, tiene a mano coartadas psicológicas. No hay asesino que no alegue una infancia traumática, una alteración de personalidad, un alien que tiene dentro y que emite voces. El conductismo de término medio es estupendo para el individuo «débil» de la posmodernidad porque, al no tener nadie alma, todo el mundo tiene disculpas en el medio externo, en la información o desinformación, en una infancia desgraciada, etc. Por supuesto, nadie es responsable de su estado psíquico, de su depresión, de su déficit de «información». Es curioso que hayan de ser algunos criminales (Sadam) ante la inminencia de la muerte, o algunos enfermos en estado terminal, los pocos que reivindiquen entre nosotros el absoluto de la individuación.
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La psicologización universal, la banalidad mediática de la preocupación psicológica refleja una energía sobrante en el Yo paralizado por la sociedad de la información. Al estar anulada la libertad de acción por el imperativo económico, la «libertad de expresión» nos carcome por dentro con nuevos síntomas, incesantes temores, ansiedades y necesidades. El informe meteorológico, con su neurosis ante la «inestabilidad atmosférica», o la hipersensible inestabilidad bursátil, son el modelo para un psiquismo altamente especulativo. El consumo ha de ser constante para sedar un cuadro de ansiedad constante, donde ha desaparecido la subjetividad firme frente al misterio de los objetos. ¿Qué refleja el género representado por las películas Seven, El silencio de los corderos, El cabo del miedo o No es país para viejos? Que la inteligencia, la de la autonomía, es algo intrínsecamente perverso y por eso «el malo» es siempre un psicólogo, a ser posible no conductista. La psicología está de moda porque nuestro sistema de poder es psíquico, arraigado en un narcisismo que separa a la identidad —su saber— de la existencia, de su verdad en errancia. Todo el mundo huye del absoluto mortal con la particularidad de la patología conectada al canon social. Para que funcione el emblema con el que nos pensó Nietzsche —ningún pastor, un solo rebaño—, el mensaje es: «Reconozca su dolencia, nosotros le ayudaremos». En este sentido, la apertura de los manicomios, la «salida del armario» de todos los síndromes psíquicos, coincide con el encierro de la sociedad entera en una psiquiatrización global sin precedentes. ¿Ha habido alguna vez más trabajo para los psicólogos? Vivimos ante el triunfo de un control nómada, rizomático, asistido por la velocidad de lo digital. El encierro psiquiátrico ha sido sustituido por este encierro orbital de ala variable, ayudado por toda suerte de «tecnologías del yo» —¿la tecnología no es siempre del yo?— que sirven una alteridad de diseño y un simulacro de relación al instante. Todo el mundo padece algo —lo que más odia esta sociedad es a alguien que no necesita ayuda, esa ayuda para la que siempre hay medios disponibles— y por eso ya no hay enfermos frente a psiquiatras, sino grupos flotantes de riesgo punteados de vez en cuando por un ejemplo monstruoso. Igual que el espectro de la normalidad se ha ampliado considerablemente y ya no nos asombramos de nada, ni siquiera de lo que antes representaba un escándalo, también el espectro de las patologías se ha diversificado. Por esto no hay ninguna razón para que los locos no salgan a la calle, ya que hace tiempo que sus hijos están en el poder. Es como si el sueño de la antipsiquiatría, en el mal sentido, se hubiera cumplido. ¿También en este punto el rebufo mediático del 68 se ha limitado a acelerar la liquidez del capitalismo?
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Desde el punto de vista psíquico consumir es inyectarse metalenguaje, marcas uniformadas de seguridad, logotipos cuantificados. Las marcas enfilan y numeran nuestras vidas, nos libran del espectro de lo no marcado, de tener que escuchar la otredad de una existencia que en principio surge sin esencia. No sólo el índice de natalidad, repetimos, sino el índice de mirada y de conversación, con su sentido para la ambigüedad, han caído en picado. Y esto no es extraño, pues ¿de qué hablaríamos libremente, a quién miraríamos, fuera de la interpasividad de los medios, que no entrañase un riesgo? Es asombroso cómo se puede mirar a la gente en una exposición o en el metro sin que nadie vea que estás mirando. Esta sociedad es abierta, plural, flexible, para conseguir cerrarse en cada punto donde surja el uno a uno de la existencia. Y la ansiada cobertura no deja de ser una genial simulación de ese «uno a uno»: por cada segundo de vida, un logotipo; por cada latido, un anuncio. Las nanotecnologías representan la posibilidad de una conexión total, un ADSL para el temor más íntimo del sujeto, esa incertidumbre que late en sus bajos. Parodiando a un clásico, diríamos que nuestro aislamiento expandido ha logrado una crisis epiléptica minuciosamente controlada. De la «puntuación sin texto» de Lacan pasamos al texto sin puntuación, al hipertexto acelerado de los medios, del e-mail al móvil, que se ahorra cualquier puntuación. Lo que importa es la cobertura infinita del texto, la ansiedad de un hipertexto que nos cubra e impida que nada se cuele en el tiempo muerto de unos hombres completamente incapacitados para el tiempo, desarmados para el sentido de los sentidos. Ni la ortografía ni el contenido importan desde que el sentido lo dicta la velocidad de la cobertura, desde que el mensaje es el medio, una mediación global que debe cubrir las veinticuatro horas y desactivar la vitalidad cruda del tiempo. El hombre desarrollado es un marginal en el mundo de los sentidos. El retroceso ante el silencio es finalmente el retroceso ante el «sexto sentido» que guía a los sentidos, ante la inteligencia intrínseca a la percepción. La saturación del espacio urbano, su aversión al vacío, es un síntoma del temor pueril que cerca a la sociedad mundial. Todo el dispositivo informativo de los miedos inducidos debe trocar nuestra angustia hacia lo latente en un miedo concreto hacia algo patente. Al fin y al cabo, es preferible el miedo a Al Qaeda que el miedo al vacío. El silencio es el gran virus, la madre de todos los terrores. Todas las otras figuras terroristas, que nos mantienen encerrados en un psiquismo preventivo, son subsidiarias.
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Nunca ha habido, repito, más trabajo para psicólogos y psiquiatras. Para evitar el trauma, el sentido real que brota de él, se han de rebasar con creces las previsiones de Foucault acerca del parentesco de policía y psiquiatría. Cualquier roce con el accidente, sea la incomunicación familiar, el desamor, la fatalidad criminal o terrorista, necesita su psicólogo. Como el Estado ha de ser ágil, incluso frágil —el mercado es sólo un Estado portátil—, todas las banderas, del piercing a la esquizofrenia, se llevan en el aislamiento del cuerpo. De otro modo el poder social no conseguiría ser dividual, actuar en el corazón mismo del sujeto, desactivar ahí el temor narcisista a lo real. En esto estriba la diferencia entre la represión de antaño y la comunicación de hogaño. La medicalización busca el fin del diálogo con la otredad que es eje de la existencia, esa zona de encuentro que recorre los bajos de la identidad. Pero lo busca descendiendo a un tuteo con el narcisismo del individuo. Prevenir, evaluar, diagnosticar, medicalizar: esta sociedad del fluctuante bienestar consumista, intercalado con el estado de excepción pavoroso, sólo se puede sostener si apuntala bien a sus enemigos, los peligros de los que sin desmayo avisan las encuestas. Igual que el cuerpo entero de la sociedad, estamos ante una salud mental que sólo se reconoce por sus enemigos, por el Tercer Mundo de peligros que nos rodean. Primero fueron el cáncer, los virus, el tabaco, el alcohol. Pronto lo serán la obesidad, la depresión... Se trata de una normalización discreta y perfectamente intolerante con la singularidad de lo que irrumpe, con el sentido de la contingencia. Todo esto es hoy el demonio de nuestra infinita sociedad de interiores. La tecnología digital, con sus drogas y ansiolíticos de diseño, representa en este aspecto una extensión de la normalización al cuerpo, a la microfísica del deseo. La automedicación es la consecuencia de una medicalización masiva e individualizada, de una «heterodependencia» que, por lo general, se ha vuelto personalizada. Es difícil que los cuadros de ansiedad no se disparen cuando es prácticamente clandestino el reposo, cuando al sujeto se le ha prohibido —ésa es la palabra— la fórmula para detenerse, para extraer sentido de la simple inmediatez mortal, sin prótesis.
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El papel de las minorías alternativas ha sido en este punto un poco perverso, pues han «minorizado» el sistema del control social, publicidad incluida, y le han permitido aligerarse, bajar a un tuteo microfísico con cada privacidad. Con la proliferación de logos consumistas no queda apenas espacio donde pararse ni fórmula para detenerse. Es indudable que también el psicoanálisis, que necesita un «tiempo muerto», se ha visto perjudicado por este microdeterminismo del lenguaje informativo. ¿Es debido a esto que el discurso de ciertos pacientes se presenta a veces marcado, configurado en torno a una teoría en boga? De cualquier manera, vivimos en medio de un conductismo capilar, digitalizado. Consenso, adaptación, flexibilidad sin fin traslucen una cómica incapacidad para desconectar, para detenerse, para afrontar la tragedia de romper... Es como si el cambio perpetuo de canal sedase la presión de lo intolerable, que es el origen de la personalidad y de toda decisión, y condujese paradójicamente a la imposibilidad de la ruptura. Todo lo escénico cambia para que nada vital cambie. Somos tan «libres» que no podemos elegir. Una vez más, la «complejidad» es en este punto una ideología letal, pues paraliza a la gente corriente en manos del experto y consume las fuerzas del sujeto en el recambio de alternativas terciarias. En el fondo, hemos cambiado incluso la soledad, que era un diálogo singular con la mudez común, por la seguridad y su fluido aislamiento. De ahí la aversión del psiquismo y de toda nuestra cultura a la ambigüedad, al paro, al aburrimiento. Igual que los medios —«el aislamiento de Rusia», «el PP se queda solo», «la soledad de Zapatero»—, con su pánico a la desconexión, al tiempo muerto, a la soledad. Esto se nota ya en la expresión desamparada del locutor cuando la cámara no corta a tiempo su breve y calculada aparición. ¿Se imaginan que se filme a alguien que carece de guión o programa?: la misma expresión desolada de los humanos en el metro, pero sabiéndose en pantalla. El miedo a la soledad es global porque sentimos que el trasfondo de la comunicación, de este estruendo de la pantalla total, es el aislamiento, la indefensión y el mutismo con respecto a la base asocial de la subjetividad, su soledad ontológica. Tal miedo es un producto del nihilismo porque éste entiende que sin conexiones la individualidad no es nada. Como hemos perdido la relación con el sentido de la finitud, entre impacto e impacto espectacular, la desolación se ha convertido en la regla del tiempo no organizado. De ahí ese extraño silencio de los apartamentos a la caída de la tarde, esa ansiedad cuando el teléfono al fin suena y podría rescatarnos de estar a solas con una existencia para la cual ya no tenemos hilos. La conexión técnica se alimenta de la desconexión vital.
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Del arte a la filosofía, el avance de la digitalización, con su dosis calculada de escándalo, parece imparable. Hace mucho tiempo que un hombre sin identificación, sin uniforme a la vista —empresa, ideología, aficiones, historial clínico—, causa inquietud, al menos si aparece entre nosotros y no entre los parias oficiales. Particularmente en las grandes ciudades, es llamativo el desarraigo del individuo con respecto a su humus personal, cultural o familiar. Y por desarraigo no debe entenderse tanto el retroceso de sus raíces locales, que muy bien pueden acentuarse en formas folclóricas, como la ruptura con el sentido de lo traumático, lo «no elegido» que funda a los humanos, y la línea de narratividad personal que parte de ahí. La patología enquistada no deja de ser un modo desesperado de que el sujeto mantenga su singularidad frente a la «liquidación de existencias» social e informativa. La nueva subjetividad, alergias y fobias incluidas, configura algo así como una resistencia mental a la transparencia total, a la promiscua fragmentación que ofrecen los medios. La obsesión juvenil por el tatuaje y el piercing no deja de representar a su vez una voluntad de encontrar el dolor del cuerpo por algún lado en medio de una anestesia general. Igual que los deportes extremos, parte del arte contemporáneo o los parques de atracciones. Al huir del dolor de vivir, el hombre ha de buscar la violencia del espectáculo informativo como mecanismo de blanqueo del malestar de la normalización, buscando víctimas por todas partes. Sólo después, sobre este suelo de incomunicación que convierte al sujeto informativo en un zombie —la imagen más tópica es el adolescente encapsulado, que a veces duerme en nuestra propia casa—, se sirven las múltiples conexiones on line.
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Se puede decir que el inmigrante es una metáfora del marciano inescrutable que ya es el prójimo en la aldea global. Pregunten algo en la calle de una gran ciudad: con frecuencia su presunto interlocutor se apartará sin escuchar la demanda. Sólo la indumentaria de periodista facilita todas las entradas. Los contactos se buscan lejos, a través de la red de redes, mientras el ritmo de trabajo y el estrés producen un profundo aislamiento del entorno del prójimo. De alguna manera, en la época de la telecomunicación no hay nadie en torno, no debe haber nadie. De ahí esa curiosa dicotomía entre el mutismo privado del cercano y el estruendo del público... y las sorpresas a veces con los vecinos. El consumidor es casi un turista en su propia existencia; navega en ella, practica surf en ella, visita sus esquinas. Fiestas, drogas, espiritismo, parapsicología, deportes extremos, experiencias sexuales extremas, cursos de risoterapia: cualquier cosa antes que dialogar con la propia muerte, con el sentido real de la Spaltung. La sociedad de los «media» no soporta el medio porque ahí, en el centro, está la vitalidad corriente de la muerte. Y toda nuestra cultura del recambio y la mediación enloquece con esa simplicidad de la muerte, con esa soberana indiferencia de lo atemporal en el tiempo. Hasta se podría decir que los muertos espectaculares se multiplican en todas las pantallas para que no veamos la muerte, para que no nos roce la naturalidad afirmativa de su sentido. Lo normal hoy es dimitir de la existencia mortal y abonarse a la norma social, con su hilera de anomia y perversiones consensuadas. Este tándem entre el Superyó y el Ello, derechos humanos y espectáculo de destrucción, permite puentear a la vez la subjetividad y su inconsciente. Y esto se logra también con esa edificante «solidaridad» que suelda por fuera el solipsismo, el aislamiento del Yo con respecto al prójimo de su geografía local. La alternativa del voluntariado permite extraer la energía de los pobres, tocar tierra en algún lugar lejano.
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La consigna del cambio climático se ha transformado en una especie de «solución final» en esta deconstrucción del sujeto y de su último referente terrenal. ¿Qué se deduce de esta verdad en el fondo tan cómoda? Primero, de nuevo, el papel central del miedo: ¿qué haría nuestra querida «América» sin su inacabable lista de rostros? Segundo, el peligro de degeneración de una tierra frágil, que se presenta tan frágil e hipocondríaca como nosotros. Por tanto, en tercer lugar, el hecho de que ya no hay referente, ninguna naturaleza indiferente a nuestros planes. La naturaleza ecologista, como dice Beck, es un producto más del poder tardoindustrial. Como es continuamente auscultada, igual que nuestro cuerpo, padece continuamente toda clase de dolencias —la propia «inestabilidad atmosférica» es una dolencia—. Al aparecer la tierra como un producto de lo social —se ha tecleado mal y habría que resetearla—, se desactiva la experiencia común de la naturaleza, se infunde una sospecha constante sobre ella. En el fondo, el objetivo es inducir una sospecha radical sobre las fuerzas del individuo en el dolor y en la intemperie, pues eso es la naturaleza. La ideología del cambio climático produce el resultado de encerrarnos más en nuestra globalidad de interiores tecnológicos. Y aquí, una vez más, lo alternativo se pone al servicio de la mayoría occidental, revolucionando nuestra tecnología para aumentar la hegemonía de lo social sobre el individuo, la de Occidente sobre los pueblos exteriores, que son atrasados en su dependencia del petróleo y contaminan más. La consigna del cambio climático aumenta, en suma, nuestra endogamia, el prestigio cultural de lo socio-dependiente, lo tecnodependiente.
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Fijémonos además en cómo este último canon vale para el sujeto consumista como un guante, igual que si fuera una simple proyección de la ideología informativa que le envuelve. Obedece a la consigna del miedo y del consiguiente debilitamiento referencial, a una hipocondría cuyo fantasma es tanto la inestabilidad atmosférica como el desequilibrio psíquico. Hoy casi indiscutible —los que no creen son llamados por Gore «escépticos»—, el dogma del cambio climático supone: aumento de la temperatura del «interior global» en el que vivimos; deshielo de los polos lejanos, de todo núcleo de dureza; subida del nivel de las aguas; fin de la referencia estacional a manos de una especie de continuum climático medio con fuertes oscilaciones imprevisibles entre el calor sofocante y los huracanes, entre la sequía y la inundaciones... ¿No les recuerda esto al mismo paisaje posturbano que rodea al hombre del consumo informativo? Como ven, se refuerza en el sujeto la desconfianza en la referencialidad del exterior, ahora en manos de complejas mediciones lejanas. Igual que Al Qaeda, el cambio climático vale para explicar la cadena de catástrofes que rodea a nuestra seguridad tecnológica. Vale, en suma, para todo lo que ayude a la resignación del ciudadano en su creciente dependencia técnica. Ese ecologismo medio refuerza el ideal de una burbuja climatizada, una conurbación artificial en la que se incluyen árboles en línea y animales que bajan a comer a horas fijas. Al margen de la discusión en torno a los datos, lleva hasta el paroxismo la cultura del miedo. Ahora ya no son los musulmanes, ni los rusos o los chinos, sino la tierra misma la que es enemigo, en plena Yihad contra nosotros. Aliada con la comunicación, la «demostración científica» vuelve a apuntalar en este caso nuestra sociedad de interiores, poniéndole la puntilla a lo real, a ese trauma del afuera que, si existiera para nosotros, permitiría un principio de individuación, de independencia... y de hermandad con los que llamamos atrasados. Esto para el hombre es letal, pues toda su vida se juega en la cercanía.
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Clima, clímax, calima, polvareda. En virtud de la velocidad del fragmento informativo, el sujeto vive como en una pantalla en nieve, sin una memoria clara de lo que hace, en una oscilación dicotómica entre extremos para los que no hay lenguaje, lo cual establece por añadidura una nueva impunidad jurídica para el delito. Por eso el consumidor, sujeto por las marcas —la medicalización preventiva no deja de ser un marcaje psíquico—, está abocado a una oscilación sin palabras entre el tedio y la monstruosidad, la normalización y el escándalo, la euforia y la depresión, la presencia espectacular y la desaparición... Nos sostiene una especie de trastorno bipolar inducido que ningunea la conciencia y, por lo mismo, también la existencia inconsciente. Como si entre el miedo al paro y las horas extras, entre el sedentarismo televisivo y el turismo exótico, entre la jornada laboral agotadora y las vacaciones fantásticas, el individuo no tuviera espaciotemporalidad para vivir la ambivalencia, para ese papel mediador del Yo entre la realidad y el deseo. La norma, no lo olvidemos, es que no haya término medio. Como si el sujeto no tuviera el mínimo reposo para detenerse, para explorar su existencia, para trabajar los bordes de lo peor y reconstruirse desde ahí. Las llamadas «enfermedades de sí mismo», de la autoinmunidad —el sida, el cáncer, las alergias, la depresión—, que curiosamente parecen inducidas por un fallo del sistema interno de regulación —igual que el riesgo de un fallo interno en la inteligencia nuclear—, contribuyen a desprestigiar más la potencia del deseo, de la naturaleza del individuo y de su independencia. El cáncer y la quimioterapia, el sida, las alergias, el ACV y el infarto, el cuerpo destrozado en carretera, ¿no contribuye incluso todo esto a desprestigiar la naturaleza de la muerte, la posibilidad de su sentido? Sirviendo la imagen de un hombre que agoniza espantosamente, que no puede morir de manera natural, que ha de necesitar asistencia técnica hasta en el último trance, refuerzan los poderes de un limbo técnico donde la voluntad y el coraje no valen nada. Así, la misma cultura que facilita esa muerte atroz facilita después la eutanasia para sortearla.
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Rememoremos el pánico actual a la parada, a lo que pueda hablar en el reposo, demonizado por todas partes con el halo del retraso. El estrés, la fragmentación nos protege del sentido real, del referente de la caída de cualquier esencia, de cualquier metalenguaje. ¿Qué película de terror no comienza con una detención accidental de nuestra marcha, del bienestar que es la velocidad? Hasta la conversación, el silencio de la mirada —tal vez incluso el alto del cigarrillo— pueden estar incluidos en esa demonización de la parada que nos rodea por doquier. Pararse, en efecto, es peligroso porque ahí puedes escuchar algo para lo que no estés preparado, pues tal vez no esté codificado por los medios, por nuestra religión de la mediación social. Al final, la religión que siempre triunfa en la modernidad es la religión de la circulación, del recambio perpetuo. La velocidad es nuestra idea fija, dice hace ya noventa años Rilke. La sala de espera de lo social exige estar siempre atento a la siguiente novedad en pantalla, a la complejidad estadística, a la información. La complejidad nos protege, y no sólo porque obliga a delegar en el especialista. La cultura del consenso infinito, de la mediación técnica continua —incluso para lo más cercano: pareja, hijos— implica una relación con el trauma de lo real prácticamente nula, puesto que falla la mediación subjetiva del pensamiento y la palabra. La dificultad para la ruptura, para lo que se llama una decisión, con su drama de elegir y abandonar, es verdaderamente llamativa. Por eso todo se encharca en el consenso, en el pacto, en el respeto a la complejidad de las reglas, aderezados con ocasionales comités de ética..., hasta que ocurre después algún brutal paso al acto, generando tragedia en la cercanía y espectáculo en la lejanía. La multiplicidad relativista tiene en su reverso el uno de la indiferencia. Tanto para la Sociedad como para el Yo, la indiferencia es el referente del veloz pluralismo. Con razón Baudrillard ha calificado de cadavérica a nuestra exultante flexibilidad: genera cadáveres y brota de ellos, pues, un odio sordo, una violencia autista, un afán de revancha que brota de todo lo no ocurrido entre nosotros, esta lógica consensual de la no acción. La interactividad se basa en una previa interpasividad, en la creencia de que siempre hay un especialista que te arreglará el problema para el que no hay instrumentos propios. Emulando a las naciones poderosas, el sujeto vive así en una especie de maniqueísmo generalizado, como un psicologismo preventivo, en guerra perpetua con fantasmas y sin ninguna capacidad para dialogar con ellos, con el mal de vivir. El cambio de canal es, en nuestra juvenilización masiva, una anestesia epidural para el parto diario del sujeto, para el posible despertar a la existencia. La religión del pluralismo mantiene algo así como una subjetividad sin empleo, sostenida por la cultura del recambio. Es normal que después, ya que todo lo primario se ha desactivado, ese mismo sujeto tenga que desahogarse en sectores terciarios, participando en la crueldad televisiva, apoyando furiosamente al equipo local, en lejanas campañas de solidaridad o incluso en la furia de nuestras guerras justas.
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Como todo el mundo se atiene a las reglas, nunca sabes con quién estás... hasta que ocurre algo —al hombre se le conoce en las dificultades— y entonces es demasiado tarde. Lo grave es que esto quizá vale también para la convivencia del sujeto consumista con su inconsciente, la cohabitación de la nueva identidad surfeante con los espectros que surgen del subsuelo. En efecto, el sujeto postmoderno tiene la maleabilidad de algo muerto. Y el problema es cómo afrontará algún día ese núcleo traumático, no socializable, que constituye la personalidad. Nuestra cultura del «cero muertos» —no dar la vida por nada, ni siquiera por la propia vida— tiene a la fuerza el reverso del terrorismo mental, de las crisis de pánico, de las nuevas fobias, del estado de excepción —miedo a miedo, escándalo a escándalo— como estructura misma de la subjetividad. El sueño del consumo engendra monstruos, el retorno terrorista de lo inconsumible. Solamente el sobresalto perpetuo que sirve la información libra al sujeto de atender al peligro callado de una vida que se escapa. La información es, en este crucial sentido psíquico, todo un mecanismo de alivio y exorcización, pues impide que la gente enloquezca, se haga preguntas, sienta el rumor de su suelo indescifrable. El ansiado pleno empleo es sobre todo un empleo del tiempo entero de la vida, empleo que tapona los agujeros negros del tiempo muerto. Aunque en el fondo se intuya que el tiempo es muerte, muerte a la espera de sentido, se hacen horas extras para no estar en casa, para no estar a solas con el tiempo. Incluso se ha diagnosticado un odio al fin de semana, minoritario, pero significativo. La gente está tan habituada a la cháchara, al parloteo sin fin de los medios, que cuando se tropieza con algo o alguien que maneja bien el silencio, la ambigüedad calculada —un amante, un famoso, un director de cine de suspense—, se rinde, perdida. En este aspecto, difícilmente el silencio de nadie puede estar sobrevalorado. Si los hombres apagasen el televisor, que prolonga en el ocio la guerra contra la finitud propia de nuestro furioso orden laboral, se volverían locos. De ahí ese extraño momento, a las 00:15 de la noche, cuando hemos de apagar el televisor, se hace el silencio y por un instante el vivir vacila. Mientras los segundos del tiempo fibrilan, vuelve el rumor de todas las preguntas que hemos esquivado durante el día. ¿Cómo resumir la vida ahora, con quién dormir, con cuál de los múltiples girones de vida que hemos simulado? Cuando la existencia ha retrocedido ante la identidad social, es un poco difícil que la automedicación —representante psíquico de la técnica— no tenga que asistir en ese justo instante al sueño. Un sueño que está alterado desde que hemos delegado la noche, el fondo sombrío de la subjetividad, en los especialistas de la excepción. Desde que no podemos reposar en algo distinto al recambio de emblemas identitarios, la continuidad de la transparencia nos roba el sueño.
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De impacto en impacto, del escándalo obsceno a la crisis humanitaria, el sistema entero de la alternancia está «centrado» en la tarea de descentrar al sujeto, de hacerlo ondulatorio y segarle la hierba de cualquier fijeza bajo los pies. Éste es el sentido de la mitología política que concentra nuestra metafísica: que la fe en la Democracia, en su sagrado pluralismo, nos salve de descender al sentido real de la contingencia, a la sustancia del accidente que nos constituye, ese afuera de peligros que la información debe mantener a raya. La torsión consumista del ser humano, el acoso informativo a la individualidad, a lo que se supone es su violencia de especie —la llamada «violencia de género» vendrá después—, tiene el resultado de que nadie, tanto en Europa como en EE.UU., decide nada. El reverso de esta impotencia en la relación simbólica con lo real es el culto a las armas en EE.UU., al espectáculo de las víctimas en la UE. La obsesiva seguridad occidental, cara militar de nuestro aislamiento civil, manteniéndonos exiliados de la dureza de la decisión —de una resolución individual que supondría toparse con los límites y aceptar lo que Lacan llama castración—, nos deja flotantes, exiliados en la indefinición. Entre compromiso y compromiso social, la gente desaparece continuamente. La obsesión en diversos ámbitos institucionales por controlar la asistencia —en las citas electorales, en las aulas, en cursos de todo tipo, en el trabajo— resulta de este abstencionismo anímico inyectado por los medios, de nuestra tendencia a escondernos en la privacidad que interactúa, interpasivamente, a distancia. Hasta el mutismo misterioso del público actual en los actos culturales —las primeras sillas vacías, la gente refugiada en tomar notas— proviene de una especie de timidez de presencia real provocada por el estruendo absorbente de las pantallas. Así es la ideología de la seguridad virtual: nos convierte en misteriosos inquilinos de una existencia flotante, endeudada en su misma raíz. No es extraño que esta indecisión radical genere un consenso insólito en las democracias en todos los momentos clave —espectáculo o guerra—... y una curiosa impunidad de los políticos que detentan el poder, como si les estuviéramos inmensamente agradecidos de que decidan por nosotros. El intervencionismo escandaloso del actual poder público y familiar en la vida de los individuos —no pueden «conducir por ti», ni amar por ti, ni pensar por ti, pero les gustaría— proviene tal vez de intuir que la demanda íntima de los ciudadanos es delegar hasta límites insospechados. ¿Cómo los jóvenes no van ser indolentes, cómo van a abandonar el nido materno a una edad razonable si en él encuentran el mundo servido con mando a distancia? Después vendrán los efectos secundarios de esa molicie: de la normativa hiperprotectora a la anomia, de la indolencia a las crisis de pánico. El mecanismo psíquico de la oscilación sin medio, sostén de la clase media y del poder de los medios, se alimenta a sí mismo.
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La seguridad de la socialización, lo minucioso de la normalización, hace inestable al sujeto, fluctuante y desarmado ante las irregularidades que constituyen la vida. Es normal que este retroceso simbólico ante el espectro de lo real genere que después, al atardecer, resurjan todos los fantasmas y temores. El terror, el terrorismo como género en boga y como negocio universal, tanto o más que bajo el Antiguo Régimen, obedece a una estructura psíquica que necesita ayuda para exorcizar sus fantasmas. Tras el rastro general de incertidumbre que genera la información, nos enfrentamos también a un principio de incertidumbre mental. ¿No es cierto que en el mismo día incluso la gente «normal» pasamos no sólo por diez estados de ánimo distintos, sino también por diez evaluaciones seriamente distintas de nuestra existencia? Tal vez este fenómeno tenga que ver con el hecho de que la libertad de expresión espectacular en los medios es la cara externa de una libertad de expresión y de acción prácticamente nula en la vida real. Lo hipercinético digital tapa y alimenta la parálisis analógica. De ahí este vecino misterioso, flotante, mudo, cristalizado en el secreto. Como la interioridad se atiene también a la normalización, casi nunca sabes con quién convives... hasta que lo ves en los periódicos. Tal incertidumbre resulta de la disolución del carácter necesario para atravesar la crisis que es esta vida mortal, el elemento de la verdad. Bajo el cristal de la normalización, cuya cobertura se amplía, es mínima la capacidad para extraer signos del accidente y el dolor, para extraer sentido de esa necesaria contingencia que es existir. El sujeto se limita a navegar con la autoayuda, flanqueado por el exorcismo del malestar íntimo que ejercen las atrocidades «austríacas» que sirven los medios. Casi todo el mundo es infeliz, ha perdido la savia de lo que era vivir, pero al menos a los otros —también a nuestros padres— les va peor. A un nivel psíquico, el poder de los medios puede ser reducido a este poder de la satanización inducida y los miedos inducidos. El mecanismo básico de la información es demonizar el exterior atrasado o antiguo, localizar víctimas y verdugos espectaculares por todas partes. Y nosotros, ciertamente, comparados con los nazis, no somos espectaculares, más bien vivimos y morimos con una espantosa normalidad.
EL CIUDADANO ATÍPICO BAJO LA AMENAZA
DEL NUEVO LABORISMO*
RICHARD KLEIN**
El estatuto del ciudadano atípico es el mejor que podemos esperar al final de un análisis, en la opinión de quien suscribe, siguiendo a Lacan. Para lograrlo, la herejía es el deber de todo analista. Es un deber freudiano contra el derecho al goce incorporado en el Health Professional Council (HPC) basado en los principios de la redención y de la máxima felicidad. Ciertos principios freudianos que se indican parecen ser postcoloniales, cuando los intentos de utilizarlos se hacen para aclarar la estructura del HPC y del Nuevo Laborismo en general.
El individuo que llamamos analista puede dejar de estar a la altura de su deseo. Estas fallas van desde las evidentes hasta las que nunca verán la luz del día. Nosotros estructuramos nuestra organización como un soporte del deseo del analista. Si no lo hemos hecho bien, es posible que hayamos perdido la oportunidad de prestarle nuestra atención. En nombre de la seguridad del paciente, el deseo del analista pronto quedará en manos de un Estado regulador. El Estado regulador tendrá sus propias ideas acerca de lo que constituye el deseo del analista. Una pregunta que nunca se me ha ocurrido antes se me presenta ahora: ¿a quién pertenece el deseo del analista? ¿Pertenece al analista, al Estado regulador, o pertenece al psicoanálisis como tal? ¿Pertenece a algo o a alguien?
La transferencia que no sea el deseo del analista pronto será una entidad jurídica. Hay transferencia entre el médico y el paciente. Esa transferencia es una transferencia legítima. La transferencia entre analista y analizante nunca ha sido legislada. Pronto lo será, y el deseo del analista podrá considerarse un comodín. Hay muchas otras cuestiones. Voy a dejar de preguntar con esta última pregunta: ¿el futuro del psicoanálisis pertenece al Nuevo Laborismo?
No puedo mejorar los argumentos de mis colegas contra el concepto del Health Professional Council, el HPC. Mi impresión es que nadie ha tenido una gran conversación con el Departamento de Salud. Nos invitan a un debate sobre la regulación estatal del psicoanálisis cuyo resultado ya ha sido decidido. Una gran conversación está basada en una tradición dialéctica que el Nuevo Laborismo abandonó con la cláusula 4, pensando, sin duda, que era estrictamente un concepto marxista. De lo contrario, ¿por qué el discurso del gobierno se ha vuelto tan rápidamente incompatible con tantos otros discursos, y mucho más con el discurso psicoanalítico?
Mi tesis es que el HPC funciona como un ideal del yo. Un objetivo que se inscribe en el principio de máxima felicidad. Es una felicidad que debe encontrar apoyo en la redención regulada por un ideal paterno. La redención es un efecto del Otro lado del psicoanálisis, esto es, del lado edípico. El principio de máxima felicidad se opone al mismo, basándose en la necesidad imperiosa de disfrutar al máximo. Lo llamamos superyó, que sitúa el goce en el campo del gran Otro. Desde la operación del superyó, el sujeto encontrará la redención a través del Padre o se convertirá en un criminal, o ambas cosas. Para mantener el propio estatuto de santo o pecador, el imperativo del superyó debe seguir funcionando. Si es obligación del sujeto, con el apoyo del analista, descubrir el bienestar, entonces el deber y el derecho al goce se muestran incómodamente próximos el uno del otro. Esto es válido para una parte de la estructura del HPC, una parte de la estructura del Nuevo Laborismo, y probablemente del neoconservadurismo. Es el deber del psicoanalista resistir al neoconservadurismo y convertirse en un hereje.
El concepto de redención es natural en la práctica política del Reino Unido. El Nuevo Laborismo no ha hecho más que llevarlo mucho más lejos de lo que era la práctica común entre los políticos en la sociedad británica contemporánea. El programa de modernización de Blair está motivado por dicho concepto. «He salvado el Servicio Nacional de Salud» (NHS, por sus siglas en inglés) es una de sus observaciones agonizantes. Él lo ha salvado del error de las vías antiguas. Unos días después, nos enteramos a partir de los representantes de oncología de que el NHS tiene el menor acceso a los medicamentos contra el cáncer de toda la UE. Su agonizante observación es una entre otras. Inscribirse en el HPC es ya una forma de redención. Esto conduce a la paradoja del neoconservadurismo. Seremos redimidos siempre que busquemos la mayor felicidad para el mayor número de pacientes y para nosotros mismos. Surgirán santos así como pecadores. Estos últimos pueden ser derivados a la justicia penal y a las prisiones del Nuevo Laborismo. La redención es un acto que salva al sujeto del error moral, incluso del mal. Es incompatible con la tradición dialéctica. Uno de los síntomas de esta incompatibilidad es la intransigencia con la que el Gobierno aplica los llamados programas de modernización. Lo que realmente quiere es salvarnos del modernismo.
Lacan sostiene la estructura de James Joyce como uno de los mejores resultados que se pueden esperar de un análisis.1 ¿Podría ser lo que el Nuevo Laborismo llama un objetivo? Vamos a llamarlo un objetivo poscolonial. En el estudio de Margaret Drabble sobre literatura inglesa, ella llama nuestra atención sobre un método de los colonizados que permite la apropiación de la lengua de los colonizadores. El colonizado ejerce su arte en dicha lengua con una intención subversiva. Ella no menciona a James Joyce. Pero él seguramente se ajusta al proyecto del uso subversivo del idioma del colonizador. Joyce hace de la lengua del colonizador una corriente de goce, y no una corriente de la conciencia.
Una vez logré decir algo acerca de James Joyce. Voy a tratar de decir un poco más. Cuando la independencia de Irlanda se pone en cuestión, él toma como equivalentes al Imperio Británico y al Imperio Romano en tanto absorbidos por la Iglesia. En esta equivalencia él no pertenece a la Irlanda de su tiempo. Se pregunta si vale la pena librar a Irlanda del yugo del Imperio Británico, mientras siga lastrada por el de los romanos. Por otra parte, desde su exilio todavía se aferra a Dublín, interrogando a sus visitantes irlandeses acerca de detalles geográficos precisos, molestándolos implacablemente para obtener información sobre Irlanda. No puede renunciar a su sentido de pertenencia. ¿Está la duda dividiendo al sujeto entre pertenecer y no pertenecer? La división por la duda es característica de la estructura neurótica. No hay mucho lugar para dudas en la estructura de un sujeto que está convencido de que su producción literaria mantendrá a los profesores ocupados durante siglos. Según Joyce, ello garantiza su propia inmortalidad.2 Él tiene una relación con la eternidad. El sujeto Joyce no está dividido por su propio goce entre un ciudadano que vive conforme a la doctrina aceptada y un ciudadano que no pertenece a ella. Es un sujeto del goce, y esto es lo que hace de él un ciudadano atípico.
El goce está hecho de aquellas formas de satisfacción que son específicas del sujeto y que no se pueden compartir. Son elementos heterogéneos fuera de la doctrina aceptada y deben caer mal a cualquier tendencia universalizante de la que la Iglesia Romana y el Imperio Británico son modelos ejemplares. ¿El individuo tiene derecho al goce? El artista puede llegar a compartir su goce de una manera socialmente valiosa. Pero nadie tiene el derecho al goce, dice Lacan.3 El goce le llegó a Joyce, quien anunció al final de Retrato del artista adolescente que él tenía un deber para con su arte. El goce al que tuvo acceso lo encontró como deber.4 Es tal el grado de certeza que acompaña a su deber, que él podría haberlo extraído del goce mismo. El deber de Joyce es proporcionarse a sí mismo algo a lo cual pertenecer.
Con el fin de evaluar nuestra práctica, ¿adoptará el Departamento de Salud una posición algo así como lo que hacen los críticos literarios evaluando a James Joyce? ¿Aceptará la subversión de la lengua del colonizador? ¿O tomará al típico ciudadano como estándar? Jacques-Alain Miller lo dice a su manera: la evaluación fuerza al sujeto a pasar de su estado singular al estado de uno-entre-otros.5 El sujeto neurótico alcanza un estado de pertenencia /no pertenencia a través de la división del sujeto. En su breve, y tal vez magnífica declaración, Jacques-Alain Miller afirma que el sujeto ha llegado a su división. Para ser evaluado, el sujeto debe pasar de la condición de ciudadano atípico a la de ciudadano típico. Éste sería un sujeto que ha llegado a su división entre pertenencia y no pertenencia a través del goce. En una evaluación que se basa en una norma universalmente aceptada, el ciudadano típico no puede rendir cuentas al Estado regulador por su goce. El ciudadano típico no puede ni siquiera representar su goce ante el regulador. El HPC habla el idioma del colonizador, el cual no puede ser subvertido. Uno llega a la conclusión de que la evaluación del tratamiento psicoanalítico en su orientación lacaniana va en contra del tratamiento que apunta a lo singular del sujeto y que no siempre es lo más soportable. La orientación del tratamiento se basa en un no-estándar, y no en un estándar inferior, sino en un no-estándar. El regulador del HPC será un promotor del estándar, y nuestra práctica va a desaparecer.
Comencé con algunas preguntas sobre el deseo del analista. La meta del analista es excluir de su deseo cualquier uso de la omnipotencia identificatoria. Uno de los efectos del deseo del analista es una «no pertenencia», que incluye la no pertenencia al HPC. El deseo del analista está por fuera de la influencia de un ideal del yo. Pertenece al discurso del psicoanálisis. El analista sólo puede pertenecer a una organización que también reconozca que él o ella no pertenecen a la misma. Para esta organización, el analista debe aferrarse como hizo Joyce a Dublín para continuar con su práctica.
¿Es el Nuevo Laborismo nuestro enemigo? Para que no sea el caso, debemos tratar de comprender su estructura de la mejor manera posible. Todo lo que se dice en los argumentos a favor y en contra de los documentos de identidad se refleja en los argumentos a favor y en contra de la regulación estatal del psicoanálisis. El ciudadano típico tiene una notable capacidad para imaginar el mundo distinto de como es. Él o ella monta el mundo con una escena que es el fertilizante de su identidad. Entre las características biométricas de su documento de identidad, que se supone deben ser muy particularizantes [particularising], los elementos heterogéneos del ciudadano atípico no se pueden encontrar porque éstos no pueden ser representados, al menos no de esta manera. El documento de identidad es una forma de tiranía que intenta poner fin a la ex-sistencia del ciudadano atípico. Apela a un significante mayor que el que indica el correcto nombre del sujeto en el documento, al significante del Nombre-del-Padre. La cédula de identidad representa el triunfo del Padre. Supone excluir lo real y enterrar lo particular en lo universal. Es decir, excluir la inclusión del goce en el campo del Otro.
Podemos descubrir qué posición tenemos para el Departamento de Salud en los últimos discursos pronunciados por Blair, dirigiéndose a las llamadas minorías étnicas. O mejor, ¿qué objeto somos para el Otro? El pueblo inglés es muy tolerante, dijo, y de esta tolerancia no se debe abusar. Otros ministros dicen algo diferente: que los ingleses están profundamente inquietos por la inmigración. La sola presencia de los inmigrantes constituye un abuso, tiene un valor traumático para los ingleses. Freud tenía una opinión diferente a la de Blair acerca de la tolerancia inglesa. Freud observó en 1920 que el inglés arroja todo tipo de calumnias a los escoceses.6 En un libro llamado No Mean City sobre el Glasgow de los años treinta, no había que esperar el insulto por parte del inglés. Elegir el ojo incorrecto de una persona podría haber significado un regreso a casa en ambulancia. Supongo que el primer ministro hubiera dicho que los elementos criminales en la cultura escocesa estaban actuando, aunque puede haber albergado el secreto pensamiento de que la cultura en sí misma era letal.
No me asombré tanto como cuando oí la opinión del primer ministro acerca de los adolescentes negros que van por ahí dándose puñaladas mortales unos a otros. Según Blair, la cultura negra es letal. Él no habla de elementos criminales en la cultura negra. Ésta es en sí el problema. Blair piensa que las pandillas negras de Londres son las únicas bandas que han existido. A pesar del título Gangs of New York, los significantes «pandillero» y «cazapandillas» [gangbuster] y la existencia de dicho libro No Mean City, resulta poco probable que el señor Blair tenga la misma opinión acerca de la cultura americana como acerca de la cultura negra en Londres. Para nosotros, por supuesto, hay un factor letal en todas las culturas.
Blair quiere ser un cazapandillas aumentando la cohesión social. Desde que el psicoanálisis se distribuye entre las pandillas, es vulnerable. Él utiliza el significante «británico» como un ideal del yo y como su llamada de retorno a la identidad, cuando la identidad nacional no está realmente en juego. En el Acta de Unión, el significante «británico» tuvo este efecto de unidad. Se debilitó con el paso de los años y se redujo gradualmente al principio de los puercoespines ateridos de frío. El principio fue formulado por Schopenhauer, y encontró su continuidad en una nota a pie de página de Freud.
«Un grupo de puercoespines se reunió muy estrechamente un frío día de invierno, a fin de beneficiarse mutuamente por la calidez y así salvarse de morir congelados. Pero pronto empezaron a sentir las espinas de los demás, lo que les indujo a separarse de nuevo. Y ahora, cuando la necesidad de calor los acercó de nuevo, por segunda vez apareció el mal. Así que eran impulsados hacia adelante y hacia atrás de un problema a otro, hasta que descubrieron una distancia media en la que podrían existir de un modo más o menos soportable».7 Esta distancia media es el efecto de lo que Freud llama el narcisismo de las pequeñas diferencias.8 El narcisismo de las no-diferencias es la relación imaginaria entre el yo y su imagen especular. El narcisismo de las pequeñas diferencias se juega en el plano de la relación simbólica con el ideal del yo.
Cuanto más trata el Nuevo Laborismo de restablecer un valor original al ideal del yo británico, más el escocés cierra filas en torno a un nuevo significante, cuanto más experimenta el inglés la cohesión social, más se separan las comunidades del norte de Inglaterra y más se distribuyen las escuelas conforme a divisiones raciales. Yo diría que hay demasiada identidad y demasiada cohesión social. Blair está tratando de anular el narcisismo de las pequeñas diferencias. Una forma de hacerlo es empezar a amar al vecino. Nadie puede tolerar una aproximación demasiado íntima con su vecino, de acuerdo con Freud.
El HPC representa su propia acta de unión. Se estructurará sobre la base del narcisismo de las pequeñas diferencias o dará paso a la presión del Nuevo Laborismo para alcanzar la identidad y la cohesión incluso entre las bandas psicoanalíticas. Se legislará la transferencia, lo cual hará imposible excluir la omnipotencia identificatoria del deseo del analista. Se tratará de armonizar las escuelas de psicoanálisis. Se nos arrastrará hacia absurdos conceptos de bienestar. Esto se hará mediante el establecimiento de objetivos hasta que se logre lo que se reconoce como un típico ciudadano del Nuevo Laborismo. Se quiere que todos nos identifiquemos con sus ideales.
Una forma más tradicional de aumentar la cohesión social es la de erradicar un grupo de entre los puercoespines. Freud explica que el pueblo judío, disperso por todo el mundo, ha prestado un servicio muy útil a la civilización de los países huéspedes.9 Al excluirlos, la hostilidad entre los miembros de una comunidad se reduce y aumenta el sentido de su unidad. Esto puede funcionar para todas las comunidades, tanto para la comunidad autóctona como para las minorías étnicas. Si Blair piensa que es conveniente hacer esta cohesión aún más intensa, entonces hizo lo correcto al denunciar la cultura negra como letal. Tiene el efecto de la exclusión de un objeto, dejando a la comunidad autóctona con un mayor sentido de unidad. Hay un principio freudiano aquí, que se ha conservado en conversaciones con Theodor Reik, y que parece estar asociado con el pesimismo freudiano. Freud le hace ver a su colega que si otra forma de educación de masas sustituye a la religión, como el socialismo en aquel entonces parecía estar haciendo, la intolerancia contra los extranjeros persistirá. Incluso llega a la conclusión de que si fuera el punto de vista científico el que obtuviera el mismo control sobre las masas, el resultado no sería diferente.10 La cohesión social siempre requerirá la exclusión de un objeto. Ésta es la conclusión pesimista de Freud. Pero continúa para poder pronunciarse sobre dicho objeto. Se refirió a sí mismo como un extraño (outsider), un no-perteneciente, según contó Reik. ¿Incluye esto a su propia organización, la Asociación Psicoanalítica Internacional (API)? ¿No deberíamos darle a Freud la condición de ciudadano atípico y resistir el intento higienista del Nuevo Laborismo de colonizarlo a él y a su práctica, tal y como lo vemos desde nuestra óptica lacaniana?
EL SUJETO EN LOS TIEMPOS DE LA TECNOCIENCIA*
MIQUEL BASSOLS**
Nuestro título tiene un eco de la novela de Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera, donde se trata del amor, del tiempo y de la memoria. El autor hace allí una apuesta, una defensa de las diversas formas del amor. Se trata del amor de la pareja, de la amistad, del amor filial, del amor familiar... pero siempre contra la ruptura y la degradación de los vínculos del sujeto con el otro, contra el paso del tiempo, contra la muerte, contra todo aquello que rompe los vínculos con el otro. El amor es una de las formas de vínculo con el otro que corre peligro en «los tiempos del cólera».
La cuestión es si se trata para nosotros de hacer una defensa del sujeto, de su singularidad, incluso de su goce más singular, en los tiempos que podemos llamar de la tecnociencia; tiempos en los que se reduce cada vez más al sujeto a ser un objeto. El sujeto consumidor se transforma paulatinamente en objeto consumido por la misma maquinaria de producción en la que está incluido, generalmente a título de objeto de intercambio. Planteada así la cuestión pudiera parecer que haré una defensa de una suerte de humanismo, una defensa del hombre frente a la ciencia que nos llena de males... Es verdad que hay una tradición que opone el hombre como un universal a la ciencia, entendida ella misma como otra suerte de universal. Se trataría de defender la supervivencia del hombre cuando la ciencia y sus efectos sobre el planeta plantean por primera vez algo más que la posibilidad de su desaparición. Podría ser ésta una defensa del humanismo, pero la cuestión es más compleja porque la ciencia misma, como experiencia del saber y como práctica, es un producto del hombre que suponemos como centro del humanismo. Se puede pensar, en efecto, que hay productos creados por el hombre para su bienestar que terminan yendo en contra del propio hombre. Éste es un tema clásico en la historia del pensamiento, y también Freud cuando descubre, sitúa y construye la noción de pulsión de muerte indica algo de este orden: en el núcleo de la cultura, en el centro mismo del sujeto, de cada sujeto, hay algo que va en contra de su propia subsistencia. La noción de pulsión de muerte, que es compleja, en realidad es simple si uno entiende que cualquier satisfacción de la pulsión llevada al límite implica siempre la muerte del sujeto. Lo que empieza siendo una satisfacción placentera, si es repetida hasta cierto punto, lleva al sujeto a la muerte. Buena parte de los síntomas actuales no se entienden si no se incluye esta dimensión, si no se separa la idea de un trastorno orgánico de esa presencia de la pulsión de muerte como una forma de satisfacción que, llevada al límite, implica la muerte del sujeto. Introduciendo este concepto de pulsión de muerte ya no podemos tener una concepción unitaria del hombre como pretende el humanismo, no podemos pensar al hombre como un universal, «El hombre», sino que debemos introducir, y es lo que hará el psicoanálisis a partir de Jacques Lacan, una concepción del sujeto dividido en su estructura. Y es por esta razón, precisamente, por la que el psicoanálisis no será nunca un humanismo. El psicoanálisis es hijo de la ciencia, pero descubre en el seno mismo de la ciencia ese campo que llama inconsciente y que plantea una objeción radical al ideal del hombre como una unidad universal, ideal que proviene de la Ilustración, que de hecho también dio todo su empuje a la ciencia moderna. El psicoanálisis es heredero de esta tradición, pero reintroduce la idea de un sujeto que está dividido en sí mismo y que rompe la idea de universalidad, de un «vale para todos».
Volviendo a la novela de García Márquez, los signos del amor podían confundirse allí con los signos del cólera. No se sabe muy bien en la novela cuándo alguien está bajo los efectos del amor o cuándo está bajo los efectos del cólera. Esos signos pueden ser entendidos entonces como un trastorno orgánico que lleva al sujeto a la muerte o bien como los signos del amor. Siguiendo la misma lógica, la ciencia puede hoy confundir los síntomas del sujeto con un simple desarreglo de lo real del organismo, con su soporte biológico. Hay un debate sobre la causalidad del malestar, del síntoma, en el que el psicoanálisis tiene mucho que decir porque reintroduce en el campo de la ciencia la idea del sentido del síntoma para el sujeto como irreductible a lo orgánico. Seguimos viéndolo en los nuevos síntomas producidos en la histeria y en la obsesión. No hace mucho, una psicoanalista decía que no encontraba ya los síntomas de la histeria, que ésta había desaparecido como cuadro clínico, y es realmente sorprendente que una psicoanalista llegue a decir eso, pues si algo vemos aparecer hoy en la clínica son las multiplicidades de la histeria en toda la serie de fenómenos somáticos y psicosomáticos que intentan abordarse en la clínica de las más variadas formas. Es un problema, porque los propios psicoanalistas pueden perder de vista lo que está más a la vista, como ocurre en la famosa Carta Robada del cuento de Poe analizada por Lacan, y puede desaparecer lo que es la actualidad de la clínica en sus nuevas formaciones sintomáticas, donde la histeria es una de las posiciones subjetivas más avanzadas... siempre un paso adelante respecto del clínico.
Aquí hay una cuestión que es central: ¿cómo interpretamos los signos del malestar? ¿Los interpretamos como un simple trastorno de lo real —utilizo la palabra «trastorno» porque es la que hoy se utiliza en la clínica de Salud Mental en el DSM IV—, trastorno como algo real del organismo que no funciona y que hay que corregir, o estamos en presencia de construcciones de sentido, de síntomas que deben ser interpretados, que deben ser leídos a modo de jeroglíficos? Éste es un tema fundamental, lo era en tiempos de Freud, pero hoy lo es de una manera mucho más radical en la medida en que el llamado campo de la salud mental está marcado profundamente por este ideal de corregir lo que aparece como un trastorno, ideal que suele olvidar la dimensión del sujeto como irreductible.
LA LÓGICA DEL SUJETO SUPUESTO SABER
El mercado de la salud mental sigue hoy la lógica del usuario. Cuando se está en el llamado Estado del Bienestar a título de usuario es porque se tiene derecho a la salud y es un derecho, en efecto, innegable. Sólo que si nos sostenemos únicamente en el derecho a la salud entramos en este mercado a título de usuarios, pero no es seguro que entremos a título de sujetos de la palabra. La lógica del usuario es la lógica del derecho al goce de los bienes, incluso si ese goce termina por ir en contra del propio sujeto, cosa que ocurre con mucha frecuencia. En todo caso, la figura del usuario es una figura muy antigua, por la que un individuo tiene derecho a gozar de un bien propio o ajeno como usufructo. En la lógica del usuario el sujeto no es escuchado como sujeto de la palabra, como sujeto que puede descifrar su malestar a partir de su saber inconsciente, desde su relación con el inconsciente o con la singularidad de su síntoma, sino que es entendido y es leído como un objeto a clasificar en parámetros clínicos ya establecidos para los que hay un tratamiento previsto según protocolos. Los que trabajan en servicios de salud pública o semipública están recibiendo hoy los efectos de esta maquinaria que llamamos «la ideología de la evaluación». Es algo que ha producido un gran debate en Francia a partir de la lógica de la evaluación, empezando por la escuela, donde a través de determinados protocolos los niños son detectados como hiperactivos, evaluados con relación al diagnóstico de TDAH (trastorno de déficit de atención con hiperactividad), controlados como potenciales delincuentes, y tratados entonces con medicamentos derivados de las anfetaminas. Se trata en realidad de un método de control social dirigido hacia esta nueva dimensión de la subjetividad. Estoy dando una visión un poco fuerte del asunto, pero estamos en este punto en lo que se refiere a las políticas de salud en la actualidad, si llevamos hasta el límite la lógica del usuario y del trastorno.
Si tomamos, en cambio, al sujeto como sujeto de la palabra que puede dar un sentido a su síntoma, que puede descifrar un sentido ignorado de su síntoma en su singularidad, podemos producir un tiempo de saber antes de precipitar un diagnóstico o una previsión según un protocolo; es ahí donde se abre otra lógica que no es la lógica del usuario, y que el psicoanálisis llama la lógica de la transferencia, dirigida a situar lo que he llamado El sujeto en los tiempos de las tecnociencias.
¿Qué es la transferencia? Lacan la definió, con una expresión aparentemente simple, como la lógica del Sujeto supuesto Saber (SsS). Esta expresión puede tener al menos dos sentidos que nos introducen en la dimensión del sujeto en la experiencia clínica y en el campo de la ciencia misma. En un primer sentido, yo supongo un saber al otro tomado como un sujeto que puede proveer ese saber. Cuando le supongo un saber al otro sobre mi malestar, instauro ese vínculo que se funda en la transferencia de un saber al otro, supongo un saber al otro. Una segunda lectura, más interesante, es suponer un sujeto al saber, lo cual es distinto. Tomemos un ejemplo: si yo tengo un sueño, al despertarme por la mañana puedo pensar que eso no va conmigo, que es efecto de la combinatoria más o menos azarosa de las neuronas durante la noche; o bien puedo pensar, y es lo que pensó Freud para iniciar su famoso texto sobre la Interpretación de los Sueños, que en ese sueño hay un sentido, un sentido que me implica a mí como sujeto; hay un sentido en esa formación en la que está cifrado un saber sobre mí mismo como sujeto. Y puedo empezar entonces a descifrarlo como si se tratara de un jeroglífico, suponiendo que hay ahí un saber articulado y suponiendo que yo como sujeto estoy implicado en ese sueño. Ahí se está realizando una operación que puede ser paralela a la de suponer un saber al otro, una operación mucho más importante y estructural que es la de suponer un sujeto al saber. Así se trata de suponer un sujeto a mi sueño, a mi síntoma, a un sufrimiento, a un lapsus, a un mal encuentro... La transferencia se funda aquí en suponer un sujeto a mi sufrimiento o a mi saber. Un psicoanálisis empieza con este primer paso, y sin él no hay tratamiento posible del síntoma ni hay tampoco psicoanálisis. Para que empiece un psicoanálisis debemos transformar a alguien que viene a veces como un usuario —en realidad se suele llegar al analista para pedir un poco más de satisfacción en la vida, para pedir un poco más de ese goce del bienestar o de la felicidad que pensamos que nos falta—, debemos, pues, transformar a un usuario, que pide su derecho al goce, en un sujeto supuesto al saber, en un sujeto que pueda ponerse a trabajar sobre el saber de su síntoma y de sus formaciones del inconsciente. Con esto hacemos una operación que es fundamental y que es la que nos ayuda realmente a tratar el síntoma, esto es, introducir a un sujeto responsable de sus actos y de su posición como sujeto en su síntoma. El sujeto, entonces, ya no viene con su síntoma para que el otro lo cure sin más, como un trastorno reducido a ese objeto del malestar, sino que se convierte en sujeto agente del tratamiento, del desciframiento del malestar de ese síntoma. Es decir, hemos producido esa función de sujeto en el síntoma —vemos que la noción de sujeto en Lacan es muy singular— y algo de ese sujeto implica una relación con el saber inconsciente y con el trabajo de desciframiento de este saber inconsciente. Sin este trabajo no hay posibilidad de sujeto, no hay posibilidad de tratamiento.
No es fácil introducir esta dimensión del sujeto en la época que llamamos de las tecnociencias, en un mundo donde el saber tiende cada vez más a una función de sugestión y no tanto de transferencia. Es verdad que la transferencia es también a veces un modo de sugestión, y que la sugestión es un modo de transferencia, pero hay que saberlas distinguir. Es por eso que en ocasiones se producen efectos terapéuticos inmediatos, porque la transferencia tiene efectos sugestivos. El psicoanálisis quiere, en todo caso, analizar esa sugestión y no utilizarla sin más, como se hace con mucha frecuencia, justamente en la época en que la sugestión es una de las formas masivas de administración del saber. Demos de ello también un ejemplo, del que habló recientemente Jacques-Alain Miller, director del Instituto del Campo Freudiano, realizando un comentario sobre Google,1 ese motor de búsqueda que empezó siendo un pequeño artilugio y que se ha convertido en un verdadero aparato de sugestión; Google nos promete realmente saber todo al instante, en un solo clic. Nada más sugestivo que Google cuando queremos saber algo («lo encontré en Internet con Google«) y esto produce inmediatamente una avalancha de saber. Decía Jacques-Alain Miller: «Google es la araña de la tela, asegura una metafunción, la de saber dónde está el saber». No nos asegura el saber, nos asegura dónde está el saber... pero eso es tan sugestivo y tan hipnótico... Y continúa: «Dios ya no responde, pero Google siempre y rápido, con un clic le hacemos una pequeña señal sin sintaxis, además, casi sin gramática y ¡bingo! Es la catarata de saber inmediata, se nos llena la pantalla de saber...». Esta máquina tan sugestiva puede llegar incluso a angustiarnos porque puede faltar la falta misma, como diría Lacan al situar la causa de la angustia. La pantalla de la percepción se nos llena de inmediato de una sugerencia de saber, hasta el punto —Miller se pregunta— que parece un poco malvado este uso que puede ser abusivo de la administración del saber de esta forma. «Lo que es seguro —dice— es que Google es estúpido, si bien las respuestas llenan la pantalla, comprende todo mal, la señal inicial está hecha de palabras, y una palabra no tiene sólo un sentido. El sentido se le escapa a Google, cifra pero no descifra. Es la palabra en su materialidad estúpida lo que memoriza sin equívocos posibles. Google sería inteligente si se pudieran computar las significaciones. No puede articular sus significaciones [...] es un Sansón que da vueltas a su molino infinitamente sin llegar a comprender nada de lo que está administrando [...]» y ahí me detengo. Iba a seguir para concluir la frase: «Nada de lo que está administrando... como saber», pero precisamente no se trata del saber, no nos da ningún saber. Podemos decir más bien que nos da conocimiento, que es algo muy distinto. Nos da información o conocimiento, y éste es un punto crucial, porque aquí debemos empezar a distinguir, claramente, y es a lo que nos introduce la dimensión del sujeto supuesto al saber, saber e información, saber y conocimiento. Es un problema porque en inglés sólo hay una palabra para eso: knowledge, que es tanto saber como conocimiento, es el saber reducido a conocimiento. Y esto ha marcado una orientación epistemológica en las ciencias, especialmente en la concepción americana, a diferencia de la tradición europea, donde en las lenguas románicas saber es una cosa y conocimiento es otra. Yo puedo tener mucho conocimiento de algo, pero puede que no sepa nada en absoluto de lo que está ocurriendo con ese conocimiento, al estilo Google.
Las formas de tratamiento que se proponen en el mundo «psi» se fundan en muchos casos en «corregir información» que supuestamente ha sido tratada de modo erróneo por la persona. El mismo cognitivismo tiene esa idea de «error cognitivo» como eje de su tratamiento, la idea de que el trastorno a tratar es fundamentalmente un error de información; se entiende entonces al sujeto como una suerte de Google que no tiene la información correcta y suficiente, una información que hay que poder administrar correctamente. Si entendemos al sujeto como un cúmulo de conocimiento y de información, y al síntoma como un trastorno de la información, vamos a tener una forma de tratamiento, una orientación, una posición ética en el campo de la ciencia. Si introducimos la dimensión del sujeto supuesto saber, la relación del sujeto con el saber en tanto algo se le escapa, en tanto saber inconsciente, tendremos otra dimensión que es la que reintroduce, en efecto, el psicoanálisis.
LAS TECNOCIENCIAS Y SU SÍNTOMA
¿Qué son hoy las tecnociencias? Existe una multiplicidad de campos en la ciencia actual, y las tecnociencias han venido a designar la serie de ciencias que se fundan y se ordenan tomando como paradigma fundamentalmente a la genética, a la biología, a la informática y a las ciencias de la información. Las neurociencias son la traducción de la tecnociencia en el campo «psi», y ahí, en efecto, es donde se reduce de manera más radical el saber al objeto de conocimiento o a la información. Es un problema, por ejemplo, plantearse la pregunta —que mucha gente se plantea desde el campo de la ciencia— «¿sabe un ordenador?» o bien «¿recuerda algo un ordenador?». Porque el hecho de que tenga una memoria no quiere decir que recuerde algo y pueda entonces olvidarlo. El recuerdo supone un sujeto y, como dice Freud, supone siempre que un recuerdo sea encubridor de algo. Lacan decía en los años cincuenta, cuando vio aparecer las ciencias computacionales y las neurociencias cada vez más ordenadas según este modelo, que el día que un ordenador fingiera engañarle ese día supondría que allí hay un sujeto y no que se habría estropeado o que tuviera un error. Que el Otro haga apariencia de engañarme, es un hecho que supone una subjetividad en algún lugar. Si eso sucediera en un ordenador u otra máquina, seguramente el primer signo en el sujeto sería la angustia, el signo de que hay otro sujeto en algún lado, «un alien», haciendo signo de que hay un sujeto vinculado con un saber, no con una información o un conocimiento.
Esto es fundamental, porque un síntoma —un síntoma como una fobia, como una neurosis obsesiva, un síntoma histérico, incluso un delirio psicótico— es un signo de que hay un sujeto supuesto al saber. Es muy diferente leer un delirio psicótico con la perspectiva de que hay un sujeto supuesto articulado en ese saber a pensarlo como una alteración de la información del sistema nervioso. La forma de tratamiento será, en efecto, muy distinta.
Finalmente hay que poder distinguir si tratamos o no al sujeto. Hay formas de tratamiento que tratan al sujeto y otras que no, que lo excluyen radicalmente. Por eso —voy a ser radical en este punto— creo que hay que distinguir lo que son «técnicas de modificación de la conducta» de lo que es el campo de los tratamientos psicoterapéuticos que incluyen necesariamente la dimensión del sujeto. No es seguro que podamos dar a esas técnicas la condición de psicoterapias, si entendemos por psicoterapia el tratamiento del sujeto. Éste es un debate que debemos llevar correctamente, haciendo aparecer esta dimensión del sujeto allí donde se cierra al objetivar el saber en forma de conocimiento.
Volvamos a situar ese campo llamado de las «tecnociencias». Un autor como Javier Echeverría, que en algún momento tuvo un acercamiento a nuestros encuentros, filósofo de la ciencia, ha publicado un libro2 titulado La revolución tecnocientífica. Tiene todo su interés porque hace una historia de esta problemática del saber versus el conocimiento y la información. Y hace una historia de la aparición de las tecnociencias contradiciendo cierta orientación epistemológica que plantea que la ciencia clásica como tal habría desaparecido. En todo caso diríamos que la ciencia se ha transformado como práctica y como experiencia subjetiva. La hipótesis de Echeverría sitúa el nacimiento de las tecnociencias en la Segunda Guerra Mundial. Si la ciencia clásica, la del siglo XVII que nació con Descartes y con Newton, fue una creación europea, la tecnociencia contemporánea tiene una fuerte marca norteamericana y ha sido impulsada por grandes empresas multinacionales más que por los Estados. Si la ciencia se justificaba por la búsqueda de la verdad y por el dominio de la naturaleza, la tecnociencia —dice Echeverría— tiene como objetivos garantizar el predominio militar, político, económico y comercial de un país. El inicio de esta aparición de la tecnociencia está muy bien situado en 1945 en un informe, el llamado Informe Vannevar Bush (Science, the Endless Frontier), encargado para convencer al presidente Roosevelt y al Congreso norteamericano de la necesidad de diseñar una política científica para la posguerra. A partir de este momento, la actividad científica cambia de orientación y tiene un vínculo articulado con la política de los países, con las empresas más que con los Estados y, como dice Echeverría, «el conocimiento científico ya no es un bien en sí mismo, sino un bien económico y en concreto un capital». Es decir, que el conocimiento y el saber, introducidos en esta cápsula, se reducen a un objeto, a un objeto de consumo; el saber, finalmente, sigue la lógica del consumidor porque se transforma en un objeto de intercambio y de consumo. Las comunidades científicas se convierten entonces en empresas tecnocientíficas y aparecen, en efecto, nuevas profesiones, como los asesores y expertos en gestión de políticas científicas, y empieza a surgir una gran maquinaria destinada a la evaluación de la ciencia y de la tecnología que se multiplicará para sustituir en muchos casos a los propios científicos e ingenieros. Cada vez más, el número de los evaluadores es mayor que el de los propios científicos que son evaluados, y la actividad evaluadora supera a la propia actividad investigadora. Recientemente, un psicólogo que trabaja en la red pública me contaba que tenía que dedicar el 60% de su tiempo a realizar los protocolos de evaluación y que el 40% restante, que se suponía que era el tiempo en el que le sería posible dedicarse a escuchar al paciente, debía orientar su trabajo para cumplimentar los citados protocolos. Era algo que puede resultar angustiante. Hay que decir que el signo del sujeto en los tiempos de la tecnociencia es la angustia, es uno de los síntomas que encontramos donde el sujeto reaparece reducido a esta dimensión, también en lo profesional, y lo que aparece entonces es la angustia. Lacan, en la ciudad de Roma, en el año 1973, en una rueda de prensa, habló de la angustia de los científicos en el momento en que en su laboratorio pueden llegar a imaginar las consecuencias de un descubrimiento llevado a una difusión social masiva.
Hay aquí un punto de la subjetividad que nos interesa situar y a veces sólo aparece en este punto de angustia, un punto que convendría no olvidar y no menospreciar. Mejor en este punto no recurrir a los ansiolíticos, sino escuchar de dónde viene esta angustia, porque es muy verdadera y señala un real irreductible.
Digamos por nuestra parte que lo que nos importa desde la lógica de la transferencia en el psicoanálisis es reintroducir la dimensión del sujeto en la ciencia. En el empuje de esta reducción del saber al conocimiento lo que queda borrado es el sujeto y la responsabilidad sobre sus actos. Voy a citarles un ejemplo, unas declaraciones de un ex director de Biología Molecular del CSIC que me parecieron paradigmáticas de esta posición: «Si partimos de la base de que los genes del envejecimiento pueden manipularse, por qué no podemos aspirar a la inmortalidad. La ciencia está en condiciones de afirmar esto...». Es el límite de lo que Lacan llama la forclusión del sujeto, el sujeto que es siempre un sujeto mortal, es decir, es la desaparición misma del sujeto en tanto que se sabe mortal en el campo del lenguaje. Al final, el ex director dice: «El otro día lo comentaba con mi mujer, siempre estamos hablando de estas cosas; le decía: “Mira, hay veces en que uno es consciente de que debe hacer algo, sin embargo no tiene la fuerza interior para hacerlo, pero esa fuerza también está condicionada por los genes, mi genotipo no me da la suficiente presencia de ánimo, de solidaridad o de sacrificio para hacerlo, o sea que no soy responsable”».
Sin duda, hay un punto cómico en estas declaraciones, pero es también el punto en el que vemos desaparecer al sujeto de la responsabilidad de su acto. Él mismo se declara irresponsable sobre los actos en nombre de un saber reducido al conocimiento objetivable en sus genes. Ésta es la posición que está supuesta en la promesa científica de un saber absoluto en nombre de una desaparición de un sujeto responsable de sus actos. Luego, este mismo sujeto se encuentra con cierto síntoma, una suerte de acto fallido que, aunque sea calculado, no es menos sintomático de su posición como sujeto al decir: «Comprenderá que de esto aún se puede hablar menos en voz alta». Pero claro, aparece en el dominical de El País...3
Hay que situar aquí cierta figura del mundo clásico que es la del cinismo, y que no es tan menospreciable. Lacan le presta atención porque el cínico dice verdades como si fueran des-alienadas de sí mismo, como si no tuvieran que ver nada con él. La voz del cínico dice algo así: «Digo verdades pero me desentiendo de ellas, no tengo nada que ver, son así, objetivables». Hay algo semejante en la ciencia actual, que nos promete un saber objetivable, des-responsabilizando al sujeto que sufre finalmente de esta verdad, que sufre del saber articulado en términos de inconsciente. Este biólogo decía que finalmente es mejor callar, no decir según qué; y es cierto que el silencio, aquí, es el síntoma que retorna cuando el saber se ha reducido al conocimiento, encontramos aquí al sujeto marcado por el silencio mismo de lo que no puede decirse.
EL PSICOANÁLISIS COMO SÍNTOMA
Hay que afirmar, sin embargo, que Freud mismo era hijo de un ideal científico, no hay que olvidarlo. El psicoanálisis es hijo de este ideal, pero precisamente hará retornar al sujeto excluido de la ciencia en nombre de este ideal. Freud mismo tiene un texto que es en cierta forma delirante, el famoso Proyecto de una psicología para neurólogos, un texto que interrumpió en 1895, una fecha prefreudiana de algún modo, y que es el intento de traducir el saber inconsciente del síntoma del sujeto en términos de neuronas, explicando a través del mecanismo de las neuronas la producción de síntomas. Más tarde Freud le escribe a Fliess y le dice que no sabe cómo había podido endilgarle ese texto y decidirá no publicarlo. Años después de su muerte fue publicado. Es un texto excelente, de una pulcritud científica admirable, pero que fue considerado, finalmente, y con justa razón por Freud mismo, como un delirio, aunque era el intento más «científico» y objetivable de borrar al sujeto y traducirlo en términos de células nerviosas.
En la actualidad hay un texto académico, escrito por Christof Koch, titulado La Conciencia, una aproximación neurobiológica, donde encontramos capítulos muy parecidos a los de la Psicología para neurólogos de Freud. Es un lenguaje traducido en términos neuronales, suponiendo que todo el sentido del lenguaje es localizable a nivel neuronal. Lo increíble es que una parte del psicoanálisis todavía sueña con que eso es posible, hay una orientación analítica que comparte este sueño de las neurociencias, y es el psicoanálisis que más ha olvidado a Freud, que hizo este recorrido para darse cuenta de que, como tal, el sujeto de la palabra es irreductible, que el sentido no se va a encontrar nunca cifrado en la neurona o en el gen, y que el lenguaje nunca podrá ser localizable en un soporte orgánico, que no hay una estructura profunda en la realidad del lenguaje. La lengua es algo mucho más complejo que todo esto y se sitúa en otro real, producido por lo simbólico del lenguaje.
La hipótesis de Lacan, que enunció en los años sesenta, sigue teniendo hoy una gran actualidad: «La ciencia se ha constituido necesariamente excluyendo al sujeto de la palabra y del goce, excluyendo al sujeto supuesto al saber». Lacan hablaba de una forclusión del sujeto de la ciencia, es algo más que la represión, es el borramiento de cualquier huella de esta dimensión del sujeto. La ciencia se constituye necesariamente bajo este sesgo. Heidegger decía que «la ciencia no piensa», es cierto, la ciencia no puede pensar sobre su objeto, experimenta, saca resultados, pero pensar, lo que se llama pensar, no puede pensar su objeto. El objeto de la ciencia está constituido fuera de este ámbito del sujeto del pensamiento. La idea de Lacan es que ese sujeto excluido del campo de la ciencia está destinado a retornar de una y mil maneras. Lo que sacamos por la puerta vuelve a entrar por la ventana. Y es algo que también estamos viendo en la experiencia clínica, en la clínica del mundo «psi», donde cuanto más reducimos síntomas a objetos de información más producimos una suerte de epidemia de sentido que no podemos atrapar con esa maquinaria. Lo vemos, por ejemplo, en un tema de actualidad como es la anorexia, un tema muy llamativo donde toda esta ambigüedad se está jugando de un modo muy fuerte, y donde la subjetividad moderna se está anclando, no sólo en la histeria, sino también en la psicosis, donde los sujetos se enganchan a esa forma de objeto de consumo, donde son consumidos y llegan a transformarse ellos mismos en el objeto de consumo, a ser comidos por la maquinaria del Otro.
La idea de Lacan era que el sujeto excluido de la ciencia retorna en lo real de esta serie de fenómenos. Tanto es así, que el propio psicoanálisis hace presente este retorno del sujeto excluido de la ciencia, él mismo se ha convertido en un síntoma de este retorno. En el campo de la ciencia, el psicoanálisis se transforma así en un síntoma del sujeto. Ésta era finalmente la concepción que Lacan tenía del psicoanálisis, un síntoma de lo real donde se produce el retorno del sujeto, y no debemos suponer que a los analistas les sea nada fácil consentir en ello.
De la misma forma que el amor es también un síntoma de nuestra época, también el psicoanálisis hace síntoma en el vínculo social con el otro y con la transferencia. Este sujeto supuesto saber que es excluido por la promoción del Yo del conocimiento es uno de los signos de este retorno de lo reprimido, de este retorno del sujeto en el campo del saber que es el que nos permite elaborar, trabajar sobre este saber de otra forma que no sea reduciéndolo a un conocimiento.
Lacan pensaba que en esta tarea estamos destinados a fracasar siempre, y que el psicoanálisis mismo debe saber que no hay modo de reintegrar nunca este saber en el conocimiento, que debemos trabajar con él sabiendo que hay siempre un fracaso inherente a esta dimensión. Tanto es así que Lacan llegó a decir que si el psicoanálisis tuviera un éxito completo en este punto se extinguiría hasta no ser más que un síntoma olvidado, frase paradójica pero muy interesante. Hay muchos síntomas olvidados: es posible que la histeria sea algún día un síntoma olvidado; el psicoanálisis mismo podría ser, en algún momento, un síntoma olvidado, por esto es mejor «fracasar un poco de la buena manera», para que no llegue a extinguirse.
¡AMA A TU SÍNTOMA!
¿Qué puede decirle y ofrecerle el psicoanálisis a este sujeto de los tiempos de la tecnociencia, este sujeto que aparece como un retorno en lo real de lo forcluido en lo simbólico? Puede ofrecerle una segunda oportunidad en el retorno de sus síntomas. Ésa es un expresión de Freud: «El psicoanálisis le ofrece al sujeto una segunda oportunidad», es decir, le ofrece el tiempo lógico necesario para la constitución de un síntoma que el sujeto tiene la oportunidad de leer entonces en términos de sentido reprimido, y no considerarlo como un trastorno de lo real, sino como algo en lo que él está implicado como sujeto, en la experiencia de su deseo. Y ésta es la segunda oportunidad que el psicoanálisis permite al sujeto, para ser escuchado en la dimensión del sentido y del inconsciente; el psicoanálisis puede decirle a este sujeto, retomando aquella primera referencia de El amor en los tiempos del cólera, que también se puede amar un poco a este síntoma que incluye un saber sobre sí mismo y que le resulta al sujeto tan ajeno como insoportable. Lacan inventó el neologismo sinthome, «sínthoma», para designar esta dimensión. Hay alguien, Slavoj Zizek, que hizo fortuna en los EE.UU. con ese título: Enjoy your sinthome, «goza de tu sínthoma». Pero sería mejor tal vez decir Love your sinthome, ama a tu sínthoma, más que a ti mismo, cuídalo un poco, suponle un saber de ti que tú mismo ignoras, e intenta descifrarlo, porque será suponiéndole un saber en la transferencia y elaborando sus diversas formas de satisfacción como podrás llegar a hacer algo más con él, algo más productivo que simplemente sufrirlo como ajeno a ti. No se trata de pensar que borrándolo de inmediato te liberarás de la verdad que transporta ese síntoma. En esta dimensión del sujeto que retorna se trata siempre de un saber y de una verdad. Aprende más bien a leerlo. Es en él, en tu síntoma, donde está escrita la cifra de ese deseo que a veces confundes con el destino y del que, finalmente, sólo tú mismo como sujeto puedes hacerte responsable.
ATOLLADEROS DE LA EVALUACIÓN*
ERIC LAURENT**
El 16 de abril de 2007 un estudiante mató a veintisiete de sus condiscípulos y cinco profesores, para luego volver el arma contra sí mismo, mientras estaba en tratamiento desde hacía dos años. No lo seguía, aunque parece que tomaba psicotrópicos. Esta espantosa matanza tuvo lugar casi en la misma fecha —ocho años después— que la de Columbine. Un columnista comentaba que esta repetición se producía mientras «las 18.000 agencias que tienen que hacer respetar la ley han modificado completamente sus procedimientos y adoptado protocolos de respuesta a las crisis que permiten afrontar tales casos; luego de la publicación de docenas de libros sobre el tema, de tesis, de programas de televisión y de documentales; luego de que los colegios, institutos, universidades hayan hecho que los vigilantes uniformados formen parte de la vida del campus».1
El pasaje al acto sigue siendo un desafío para los protocolos que intentan prevenirlo y evitarlo. Más que los psiquiatras, los vigilantes o las autoridades universitarias, fue un profesor de literatura y poeta el que percibió el peligro real de Cho Seung Hui. Fuera del mundo de los protocolos y de la evaluación de los procedimientos, algo de lo que se trataba pudo aparecer en un taller de escritura creativa. El sujeto no hablaba. Por el contrario, escribía con gusto. Este estudiante de máster en Letras había redactado una novela, dos obras de teatro y poemas. Éstos chocaron tanto a dos profesores y a los otros alumnos como para que lo señalaran a las autoridades universitarias.
Se les respondió que no se podía hacer nada porque no había violencia. Fueron necesarias las quejas por hostigamiento de dos estudiantes para que la policía convocara a Cho en diciembre de 2005. Después de esta entrevista, el sujeto envió un mail a uno de los estudiantes que compartía su cuarto para decirle que se iba a suicidar. Los vigilantes del campus intervinieron e hicieron una advertencia psiquiátrica.
Los comentaristas de los diarios americanos se preguntan hoy si la causa del pasaje al acto reside en un déficit sináptico debido a la esquizofrenia, o en un déficit de serotonina que conduce a la depresión y luego a la hiperagresión. Debaten también sobre la genética de la psicopatía o sobre un trauma cerebral posible. Se evoca también un trance «Amok», la paranoia, o la esquizofrenia paranoide. La tía que lo conoció antes de su emigración, a los ocho años, habla de autismo. Al cerebro ya se le hizo la autopsia y fue considerado «normal». Al juez ante el cual el sujeto había sido presentado dos años antes, los médicos le hablaban de depresión y subrayaban, al mismo tiempo, que ese sujeto era peligroso para sí mismo y para los otros. Así pues, era necesario someterlo a un tratamiento. Según el New York Times, el examen médico del experto contiene las siguientes anotaciones: «Afecto plano y humor deprimido. Niega las ideas suicidas. No reconoce síntomas de un trastorno del pensamiento. Su juicio y su insight son buenos».2 El médico concluyó que Cho estaba mentalmente enfermo pero no presentaba peligro inminente. El juez decidió entonces no internarlo, y decretó que debía someterse a terapia (counceling). De esta manera las evaluaciones y los protocolos condujeron a la impotencia y al abandono del sujeto a sí mismo. Fue el profesor poeta quien supo reconocer la peligrosidad que se confesaba en los escritos. Fue esto lo que hizo que las autoridades universitarias actuasen. Se ve en esta desgracia la distancia entre aquellos que se interesaban por lo que el sujeto escribía y aquellos que sólo se interesaban por el funcionamiento de las funciones cognitivas. Ciertamente, todo lo que se escribe de carácter violento no será necesariamente puesto en práctica. Pero la paradoja sigue siendo que la experiencia del poeta es la que le ha hecho reconocer la peligrosidad de la enunciación del sujeto.
Cuando se busca retroactivamente cómo podría haber sido evitado el drama, en los EE.UU. se piensa enseguida en mejorar la manera de comunicar el expediente psiquiátrico a las autoridades federales para poder consultarlo antes de la compra de un arma de fuego. Se quiere entonces mejorar la seguridad del protocolo. Los protocolos son como un aparato lógico que es necesario proteger mediante rutinas sucesivas. ¿Es necesario sacrificar las libertades públicas para mejorarlos? La amenaza de tales pasajes al acto se agrega al terrorismo para ir en ese sentido. No es ciertamente inútil plantearse estas preguntas, pero esto deja de lado, al menos, la extraña paradoja por la cual aquellos que aplican el protocolo han pasado por alto el carácter extraordinario del sufrimiento de este sujeto. Aquellos que sólo se fiaban de la escucha de su singularidad fueron los que percibieron hasta qué punto el joven estaba enfermo.
¿No podríamos interrogar en este caso el gusto cientificista de fiarse sólo de la evaluación como guía de la acción?
LAS FALLAS DE LAS TÉCNICAS DE MEDIDA: ECR,3 METAANÁLISIS, GRUPOS CONTROL
Un informe del Consejo Superior de Higiene Belga, producido con el fin de permitir el establecimiento de una ley sobre las psicoterapias, enuncia así el problema central de la evaluación de la eficacia de las psicoterapias:4 «La obra de base de Bergin y Garfield, Handbook of Psychotherapy and Behavior Change (Lambert, 2004), que está en su quinta edición, provee un resumen de todos los estudios empíricos emprendidos en el curso de los últimos sesenta años. Pone en evidencia que la psicoterapia es eficaz y que goza de efectos que, en promedio, igualan a los de los tratamientos somáticos y médicos. En general hay poca o ninguna diferencia entre las terapias serias (el famoso Dodo bird verdict, Luborsky et al., [2002]), sobre todo después de las correcciones efectuadas con el fin de tener en cuenta el alivio del investigador principal. Los procesos interpersonales (como la construcción de una alianza de trabajo), la persona, y la experiencia del terapeuta (sin tener en cuenta la orientación a la que éste pertenece) demuestran tener mayor impacto sobre la variación de los efectos que las técnicas específicamente utilizadas».
El debate sobre el «veredicto del dodo» data de hace treinta años. Es un homenaje a Lewis Carroll.5 En el segundo capítulo de Alicia en el país de las maravillas, la heroína se encoge y se encuentra en el mar formado por las lágrimas que ella había vertido cuando medía dos metros setenta y cinco. Un ratón se le une y luego diversos animales: «Había un pato y un dodo, un loro y un aguilucho y un sinnúmero de criaturas raras». Esta banda de animales reunida forma el entorno común del autor y de su Alicia. En duck, es necesario escuchar el nombre del amigo del colegio de Lewis Carroll, Robinson Duckworth; en lory y eagle, los de las hermanas de Alicia, Lorina y Edith Lidell, y en dodo el nombre del autor (Dodgson). Debe notarse que el dodo es un animal desaparecido, que Alicia apareció en 1865 y que El origen de las especies de Charles Darwin data de 1859. El dodo, homenaje darwiniano, es un animal emblemático de la isla Mauricio, desaparecido hacia 1680 víctima de la evolución. Este nombre sin referencia lo designa especialmente en Alicia para distribuir los precios luego del concurso abierto para saber cómo secarse. El ratón propone un procedimiento semántico, una historia «árida, la más propicia para hacerlos secar de pie» que ella conozca. El dodo propone a continuación un procedimiento asemántico, a caucus race,6 una carrera en comité [à la Comitarde], que nadie sabe qué es. Cada uno lo interpreta a su manera y se pone a correr. Cuando ellos han «corrido durante una media hora, más o menos, y [están] completamente secos, el dodo proclama de repente: “¡La carrera ha terminado! [...] ¿Pero quién ha ganado? [...] Todo el mundo ha ganado y todos debemos recibir premios”». Para llegar a esta brillante solución el dodo pensó seriamente. Permaneció «durante un tiempo bastante largo, quieto, con un dedo sobre la frente (pose en la que se ve usualmente a Shakespeare en los cuadros que lo representan) mientras que los otros esperaban en silencio».7 Su pensamiento no da testimonio de ninguna melancolía. Esta solución elegante por medio de una prueba cuyo contenido exacto todos ignoran, en la que la información es distribuida desigualmente, es disimétrica, pero en la que cada uno sale ganando, anticipa el enunciado de un problema que ocupará a los lógicos y a los matemáticos en el siglo siguiente.
¿Existen juegos sin perdedores, es decir, juegos de suma no nula, matemáticamente formulables? John Nash resolverá esta cuestión al final de los años cincuenta. Los «equilibrios de Nash» designan, en efecto, juegos económicos de suma no nula. Todos los participantes ganan. ¿Se trataría de un fenómeno de este orden para las terapias «de buena fe»? Si se las mide, su eficacia se demuestra más o menos equivalente. «De manera general, la mayoría de los estudios, de los metaanálisis y de los meta-metaanálisis indican que hay pocas diferencias en los resultados obtenidos entre las psicoterapias llamadas “de buena fe”, es decir, guiadas por una estructura teórica coherente, ampliamente practicada desde hace mucho tiempo y que tienen fundamentos en la investigación», «como es el caso de las psicoterapias cognitivo-conductuales, sistémicas, psicoanalíticas» o relacionales.8 Es la voluntad, la hubris, de pasar más allá de este límite lo que constituye la asombrosa excepción de la pericia colectiva del Inserm.9 Ésta fue tomada como tal por el informe belga: «Una excepción notable es la del reciente informe del Inserm (2004), que se presenta como la primera investigación comparativa que, exceptuando los trastornos de la personalidad, habría mostrado la superioridad de las terapias cognitivo-conductuales sobre las otras psicoterapias. Los caminos metodológicos que culminaron en tales resultados han sido, entre tanto, ampliamente explicitados».10
No lo han sido suficientemente. Esta primera hazaña del Inserm fue seguida de otras dos pericias colectivas, una sobre la autopsia psicológica del suicidio y la otra sobre los trastornos de conducta en el niño y en el adolescente. Las tres rehúsaban tomar en cuenta el rechazo del medio. Esta indiferencia misma indicaba una voluntad. A un grupo de cientificistas le pareció oportuno aplicar a nuestro contexto, sin miramientos y sin preparación, las recomendaciones del National Institute of Mental Health (NIMH) americano a partir de 1985. La única manera de forzar la salida del problema del «veredicto del dodo» era, para el NIMH, el recurso a un método muy particular construido sobre el modelo de los ensayos clínicos comparados utilizados para autorizar la salida de los medicamentos al mercado. El grupo en el origen del sesgo metodológico del informe francés eligió conservar sólo el enfoque de los ECR, hablando, llegado el caso, de ensayo clínico de «tercera generación», que descalifica cualquier otro método, mientras que un seminario del NIMH en diciembre de 2002 sobre la evaluación de las psicoterapias comprobaba que «a pesar de progresos sustanciales, los ECR han sido objeto de un examen atento y han sido criticados por su falta de validez externa, sus costos elevados y su débil capacidad de tratar las cuestiones cruciales que conciernen a la diseminación de las intervenciones».11
El método supone sostener la identidad entre psicoterapia y medicamento, lo que permite justificar el recurso único a este modo de medida.
Para los ensayos sobre medicamentos, el método consiste en obtener grupos perfectamente homogéneos de pacientes según un modelo biológico que define la causa de la enfermedad. Luego se distribuyen los pacientes conforme a un protocolo extremadamente estandarizado, al azar (random en inglés), administrándoles ya sea el medicamento que se va a testar en posologías estrictamente definidas, ya sea un placebo o un tratamiento «de referencia». El prescriptor mismo no sabe lo que distribuye. Inventado para encuadrar a la industria farmacéutica, este método se presenta en lo sucesivo como una máquina embalada en cuanto a sus aplicaciones a los medicamentos psicotrópicos. La ausencia de una causalidad biológica comprobada para las enfermedades mentales deja medir ciegamente a los ensayos comparados el efecto de procesos que permanecen desconocidos. Un psiquiatra inglés nota que el «modelo» dopaminérgico vuelve a un razonamiento del tipo: «La aspirina alivia el dolor de cabeza, por lo tanto el dolor de cabeza es causado por un déficit de ácido acetilsalicílico».12 Las interpretaciones de la eficacia medida en estos ensayos pueden, entonces, dar lugar a reinterpretaciones penosas. Con los ECR, el contraste entre la afirmación de la cientificidad del método y la dificultad para extraer de allí enseñanzas para la comunidad de los practicantes es constante. La evaluación de los efectos desinhibitorios de los antidepresivos es un ejemplo sorprendente de ello. La interpretación de los resultados de los ECR sobre los efectos desinhibitorios de los antidepresivos en los adolescentes, particularmente, ha provocado polémicas, escándalos e interdicciones de prescripción, razón por la cual los resultados de un estudio avalado13 por el National Institute of Mental Health, y no por un laboratorio, eran especialmente esperados. Ahora bien, los resultados de este estudio que compara el tratamiento por psicoterapia y/o por Prozac en adolescentes deprimidos son paradójicos. Por una parte reaseguran a los médicos que temen procesos judiciales por una mala práctica: que la farmacoterapia sola fue eficaz en más del 60% de los casos prueba que su prescripción lo fue también. Por otra parte, el estudio demuele, en revancha, las esperanzas engendradas por pericias como la del Inserm de 2004. En efecto, la terapia cognitivo-conductual, presentada como «psicoterapia» y «terapia por la palabra» [talking therapy], no se demuestra más eficaz que el tratamiento por el placebo. Allí, la terapia cognitivo-conductual como «psicoterapia» se encuentra prácticamente descalificada como tratamiento preventivo del suicidio.
Desde la publicación de los resultados, un artículo del New York Times echa una ojeada sobre la inquietud que atraviesa al medio. ¿Cómo generar confianza en los pacientes y en sus padres, cómo ayudarlos a resolver la dificultad entre los riesgos presentados por los antidepresivos y la ineficacia de las «psicoterapias» representadas por las terapias cognitivo-conductuales (TCC)? Se desea generar confianza en los padres de adolescentes deprimidos haciéndoles notar que los expertos subrayan que los resultados son menos desalentadores de lo que parecen.14 Después de todo, aunque los resultados no sean significativos, la psicoterapia por TCC tuvo efecto sobre el 43% de los pacientes, lo que es ligeramente superior al 35% de pacientes que mejoraron con el placebo. Los universitarios americanos se movilizaron. Vuelven a poner en su lugar los datos estadísticos que no dan cuenta de las variaciones individuales y hacen valer que los resultados dependen, de hecho, mucho más de los casos particulares y de los terapeutas que de las estadísticas generales. En una palabra, reencontramos la interpretación habitual del «veredicto del dodo». Algunos sospechan que los adolescentes están demasiado devorados por sus emociones para tener la actitud de autoobservación que corresponde a las TCC: ellos se someten menos a los deberes de tomar nota y a la observación continua de sí mismos. Para terminar, y para apaciguar los espíritus, se concluye que es necesario tener entrevistas regulares con el adolescente, especialmente a causa de los riesgos de suicidio.
Es preciso inscribir también en este contexto la disparidad de las reglas de prescripción de los antidepresivos según los países —diferencias difíciles de justificar—, y la dificultad de establecer guías de buena práctica que resolviesen todas las contradicciones. Un metaanálisis de abril de 2007 que se funda en veintisiete trabajos diferentes y efectuado por la Universidad de Columbia confirma «que existe un aumento del riesgo de suicidio y de pensamientos suicidas en los niños y adolescentes que reciben un tratamiento antidepresivo. Pero éste es tan débil, según ellos, que no cuestiona la relación beneficio-riesgo de esos medicamentos». Sin embargo, las recomendaciones de la Agencia francesa de seguridad sanitaria siguen sosteniendo la otra posición: «Si se encara la prescripción de antidepresivos, ésta sólo debe intervenir en segundo término, en el marco de una depresión mayor [...] En caso de prescripción de antidepresivos se debe efectuar una vigilancia estrecha del paciente acompañada de la investigación de un comportamiento suicida, sobre todo al comienzo del tratamiento».15
El debate sobre la seguridad de emplear antidepresivos concierne igualmente a los adultos.16 Un estudio de la Universidad de Ottawa afirma que el riesgo de suicidio es casi el doble en aquellos que toman antidepresivos. Otros dos estudios ingleses concluyen, por el contrario, que no hay un aumento significativo del riesgo de suicidio. A la luz de estos resultados contradictorios, ¿en quién y en qué confiar, entonces? El British Medical Journal, que publica estos tres estudios,17 apela, para terminar, al juicio clínico de los practicantes y al sentido común utilitarista de los pacientes. Esto supone, al menos, comprobar lo irreductible del acto médico y de la elección del sujeto ante la incertidumbre. En el artículo del New York Times el doctor Freedman, experto en ensayos clínicos de la Universidad de Berkeley en California, concluye con una bella fórmula retórica: «Tenemos máquinas para extraer diamantes de la tierra pero no tenemos máquinas para extraer la verdad de estos estudios». ¡No se puede decir mejor!
Hay algo peor que los ECR: ¡el metaanálisis de los ECR! La oposición entre el anhelo de obtener largas series estadísticas y el hecho de que cuestan muy caro ha dado lugar a un artefacto. La puesta en serie de estudios muy diferentes por medio de procedimientos estadísticos que producen una equivalencia formal, da lugar a conjuntos barrocos que se parecen a los rostros de Archimboldo, en el que se mezclan todas las frutas y verduras de una estación dada. La distancia entre el lujo de la presentación estadística de los metaanálisis y el contenido específico de lo que se mide es, quizá, sorprendente. Por ejemplo, a propósito del metaanálisis de Smith y Glass que en 1980 reagrupó por primera vez 475 estudios sobre 25.000 sujetos, una de las numerosas críticas que se le dirigieron fue que el reagrupamiento de estudios dispares ponía en un mismo plano trabajos efectuados con estudiantes voluntarios y verdaderos pacientes. Es una de las razones por la cual las conclusiones no reflejaban la realidad de la práctica clínica corriente. Había, de hecho, un 22% de verdaderos pacientes el restante 78% eran estudiantes reclutados por atractivos anuncios.18 Si nos detenemos en uno de los estudios que forma parte del magnífico metaanálisis podemos dar con perlas de ineptitud, como por ejemplo esta psicoterapia breve evocada a través del estudio controlado de Strupp y Hadley (1979): «Una población relativamente homogénea de 49 estudiantes de diecisiete a veinticuatro años, deprimidos o psicasténicos en el MMPI, reclutada por anuncios y entre los consultantes del servicio de atención es confiada, por un lado, a psicoterapeutas profesionales de orientación psicoanalítica y, por otro, a enseñantes seleccionados sobre la base de su reputación, por su empatía y la confianza que inspiran en los estudiantes. El grupo “control” esta constituido por estudiantes de las listas de espera. La terapia se limita a 25 horas en un período de tres a cuatro meses a un ritmo de dos sesiones por semana. Los resultados muestran que los pacientes que tienen una psicoterapia con los profesores presentan, en promedio, una mejora significativamente tan importante como los pacientes tratados por terapeutas profesionales experimentados».19
¿De qué se trata aquí? En estos reclutamientos de estudiantes por anuncios en las facultades no se trata de terapia, sino de una suerte de juego universitario, de una parodia de la vida universitaria digna de una novela de David Lodge como Paradise Lost, en la vertiente cómica, y en una vertiente más trágica, al estilo de J. M. Coetzee. La manipulación de la transferencia en el medio universitario es un juego cruel. El metaanálisis obtenido incluyendo este tipo de bosquejo puede tener todas las perfecciones técnicas, pero no enseñará nada sobre el fondo. Hay pocas oportunidades a priori de que un hallazgo científico se efectúe en este tipo de mediciones que caen fácilmente bajo el golpe de las críticas hechas por John Ioannidis a las encuestas en investigación médica bajo el título provocador de «Por qué la mayoría de los resultados de la investigación son falsos».20
Un tercer obstáculo a la transposición del método es el del establecimiento de un grupo control, o grupo placebo. Algunos subrayaron la aberración deontológica que constituiría el reparto aleatorio de un conjunto de pacientes que consultaran por problemas psíquicos, ya sea en un grupo experimental, ya sea en un grupo control donde serían puestos en una lista de espera, ya sea en un grupo placebo. Como lo subraya el informe belga, «uno no puede menos que espantarse frente a este tipo de técnica».21 La cuestión del grupo control tampoco fue resuelta después de veinte años de publicaciones sobre el tema. El editorial del American Journal of Psychiatry de enero de 2007 resume así los dilemas sobre los grupos control que intentan ser montados por los ECR: «La mayoría de los ECR que conciernen a la psicoterapia utilizan la lista de espera como punto de comparación. Esto no es adecuado. Imagine que usted ha dado su acuerdo para participar en un estudio que compara la psicoterapia con una lista de espera y que usted sea asignado a la lista de espera. ¿No estaría usted decepcionado? Así, si el grupo que tuvo una psicoterapia obtiene mejores resultados, ¿acaso eso quiere decir que ésta era eficaz, o más bien que no influyó de ninguna manera en el curso natural de la enfermedad y que los sujetos decepcionados de la lista de espera se han desempeñado peor que el curso natural de la enfermedad? Claramente tenemos necesidad de un mejor grupo de comparación que una lista de espera».22
Además, ¿qué es un grupo placebo en un campo como el nuestro, en el que el efecto placebo es crucial? Está establecido que el 15% de los pacientes mejora desde el primer contacto telefónico para fijar una primera entrevista antes de todo encuentro. Evidentemente, es necesario para ello respetar el lugar del sujeto supuesto saber antes que querer destruirlo por la aleatorización (randomisation) autoritaria.
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