Kitabı oku: «Tigresa Acuña. Alma de Amazona»

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Alma de Amazona
Historia de una revolución femenina

Fecha de Edición: Noviembre 2020

@2020, Nigrelli, Gustavo

Derechos exclusivos de edición digital reservados para todo el mundo.

Editado y distribuido por:



ISBN: 978-987-47887-0-2

Editado en Argentina

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Alma de Amazona
Historia de una revolución femenina


Gustavo Nigrelli


PRÓLOGO


Esta historia reúne las dos condiciones fundamentales para generar una obra de enorme valor humano. Esas condiciones son: tener una historia dramática y emocionante y, a la vez, un redactor que haya transitado gran parte de esa historia logrando el pleno conocimiento de la protagonista.

En este libro se dan ambas cosas. La vida de la Tigresa y las vivencias que sobre esa vida fue recogiendo el periodista Gustavo Nigrelli, dan solidez a ésta biografía.

Esta mujer es el fruto de sus luchas. Y de todas ellas, probablemente, la menos cruenta hayan sido las de los rings. Luchó por el amor, por la familia y por su vocación. Y también lo hizo contra la discriminación, el hambre, la desprotección y los abusos.

Ningún prólogo debiera invadir el relato. Pero pactar un suicidio con su hombre amado tras la persecución, el encierro y el escarnio para defender un "amor prohibido", resulta conmovedor.

También los son sus inclaudicables batallas para lograr que el boxeo femenino sea reconocido, reglamentado y desarrollado en un plano de igualdad al de los hombres.

La Tigresa Acuña, nacida en el Barrio La Pilar y criada en el barrio La Paz de Formosa es, inequívocamente, un paradigma fundacional del boxeo femenino en la Argentina. Hasta ella no existía y a partir de ella, cientos de mujeres lo realizan sepultando para siempre este debate de género.

Los sueños de aquella niña que a los siete años fue al gimnasio de Ramón Chaparro sin saber qué habría de hallar, allí lo encontró todo: el sentido del amor y la razón de la vida.

Pero, antes de llegar a la Federación Argentina de Box, al Luna Park, a Pol-Ka, a Ideas del Sur, a otros escenarios del país y del extranjero, antes de entrenar a la Oreiro a pedido de Suar y bailar en el programa de Tinelli, hubo hambre para ella y sus hijos Maxi y Josué. También desazón e infortunio ante tanta puerta cerrada y tanta promesa incumplida.

Para llegar a ser la Primera Campeona del Mundo del Boxeo Femenino (2003), ésta extraordinaria mujer incorporó acero a su corazón hasta tornarse imbatible en la lucha por sus convicciones.

Cuando con justicia se la reconoce como pionera, se habla con propiedad. Pionero fue quien llegó y marcó la tierra fértil para sembrar el prodigio. Detrás de ellos venían los colonos a transformar esa tierra en pan. Marcela ya fue sucedida por cientos de " colonas".

Por cierto, el relato autobiográfico es minucioso, detallista y cronológicamente armonioso. Más aún, están los testimonios fotográficos de cada etapa que refrendan la rigurosidad con que Gustavo Nigrelli logra traducir los aspectos íntimos y públicos de esta mujer deportista, madre y esposa que transita la vida imponiéndose, a cada instante, un desafío diferente.

Después de leer ésta obra resultan explicables todos sus logros. Más aún, podría decirse que en el único lugar donde alguna vez pudieron vencerla fue en el ring.

Ernesto Cherquis Bialo

Agradecimientos

A todos quienes colaboraron para que este libro fuera posible:

Mauricio Bellora

Marcelo Berenstein

Alfredo Bernardi

Adrián Blanco

Ariel Brizzola

Leandro Caffarena

Pablo Cattoni

Emiliano Cortes

Marcelo Crivelli

Horacio Cuervo

Fabián D'Aiello

Eduardo De Bonis

Claudio Destéfano

Aldo Franco

Darío Víctor Galíndez

Gastón Garriga

Marcelo González

Walter González

Javier Haltrecht

Alejandro Iglesias

Diego Kupferberg

Fabián López

Maximiliano López Arce

Nicolás López Fagúndez

Eduardo Martínez

Juan Martínez Córdoba

Carlos Nougués

Daniel Novegil

Agustín Novegil

Mariano Pantanetti

Jorge Paviolo

Gustavo Pedace

Miguel Pelorosso

Daniel Rosamilia

Juan Schamber

Daniel Senatore

Cynthia Staffa

Ricardo Stoltzing

Alberto Términe

Marcelo Torres

EL AUTOR:


Me es importante aclarar que el libro está escrito en primera persona del singular, porque en realidad es una autobiografía; la de Marcela Acuña, nada menos que la fundadora del boxeo femenino en la Argentina.

Es su vida, su historia, sus sensaciones. Lo que quiso contar y lo que quiso guardar. Lo que recuerda y lo que no, pero principalmente, cómo lo recuerda tras el paso del tiempo y las huellas que sus vivencias dejaron en ella.

Sería irrespetuoso hablar en tercera persona con una historia así. Es su observación de los acontecimientos, que supo transmitirme en largas charlas, que supo contestar y reflexionar ante mis preguntas, con la madurez de una mujer de 40 años en retrospectiva hacia la niña y la joven que fue, la madre y la esposa que es, y la boxeadora que impuso ser cuando nada era.

Confió en mí para que fuera la pluma de sus palabras, y es un orgullo. Un orgullo y un halago que me haya elegido, que se haya entregado, y que sin motivo alguno sienta cualquier tipo de gratitud originada en sus comienzos, cuando pocos creían en ella. Muy pocos. Y no sólo en ella, sino en el boxeo femenino.

Por eso este libro, además del texto escrito y las historias contadas dignas de un best seller -del que aspiro a estar a la altura pero a la vez temo no estarlo-, posee tantas fotos y testimonios periodísticos a modo de “documentos”, porque a cada paso, a cada momento, a cada vivencia, hubo alguien que periodísticamente lo reflejó. Y quedó la prueba –muchas más que las que figuran aquí-, sin sospechar remotamente que habría de serlo alguna vez, como tampoco que su vida iría a tener este destino.

Gracias a todos los interesados en leer y -por ende- ser parte de esta historia de transformación sociocultural, no sólo a través de un deporte, sino además de un ser humano desamparado, que muy particularmente fue una mujer.

Gustavo Nigrelli

Índice

PRÓLOGO

EL AUTOR

HISTORIA DE UNA REVOLUCIÓN FEMENINA

EXTRAÑAS COINCIDENCIAS

LA ESCUELA

ARTES, PERO MARCIALES

LAS PRIMERAS PELEAS

CONTRA UN VARÓN

ROMEO Y JULIETA

UNA NUEVA ETAPA

UN KO INESPERADO

EL BOXEO EN LA CABEZA

EL PRIMER CLICK

TESTIMONIO DE CARLOS IRUSTA

TESTIMONIO RAMÓN CAIRO

TESTIMONIO GUSTAVO BACIGALUPO (CORTI SRL)

PREPARANDO LA PELEA CON CHRISTY

LUCÍA RIJKER

EL SUPLICIO DEL REGLAMENTO FEMENINO

TESTIMONIO DE MARCELO GONZÁLEZ

LA NUEVA VIDA EN BUENOS AIRES

JORGE OCAMPO

¡SE HIZO EL REGLAMENTO!

JAMILIA LAWRENCE

¿LA FIRPO CON POLLERAS?

DISCRIMINACIÓN:

YOLIS MARRUGO

LA LEONA QUIRICO

UNA RECONCILIACIÓN SORPRESIVA

¡QUÉ SEMANA SANTA!

NOCHEBUENA

EN ISIDRO CASANOVA

LA GUAPA MONTIEL

ALICIA ASHLEY

LA SOMBRA NEGRA

OSVALDO RIVERO

PALABRA DE OSVALDO RIVERO

LUNA PARK, EL TEMPLO DEL BOXEO

ROSAS Y ESPINAS

NÓMADE A LA FUERZA

SHARON ANYOS

RECLAMO JUSTIFICADO

BAILAR POR UN SUEÑO

“SOS MI VIDA”

“LA LOCOMOTORA” OLIVERAS:

JACKIE NAVA

LA MUJER FUERA DEL RING

EL CASAMIENTO

ALICIA ASHLEY, EL DESQUITE

UNA VIEJA CONOCIDA

¿LA HORA DEL RETIRO?

REAPARICIÓN TRIUNFAL

CAROLINA DUER

YÉSICA MARCOS

PALABRA DE BISBAL

PATEAR EL TABLERO

HIMNO ARGENTINO SALUD

DIRECTORA TÉCNICA

BRENDA CARABAJAL, LA GRAN PRUEBA

LA GRAN REVANCHA

YÉSICA MARCOS II

HISTORIA DE UNA REVOLUCIÓN FEMENINA

El primer recuerdo que tengo de niña, curiosamente, es en la casa de mi abuela materna, Doña Petrona -como la cocinera-, donde vivíamos con mi padre, madre y hermanito menor, Guillermo Federico.

Irene Petrona Torres, se llamaba mi abuela. Pero todos le decían Petrona, tal la costumbre en las provincias de llamar a las personas por su segundo nombre.

Lo traigo a la memoria porque ya van a ver que ella tuvo bastante que ver en mi historia, y más que nada en mi formación y temperamento, algo que pude advertir recién de grande, a la distancia, haciendo un balance de mi vida.

Y dije “curiosamente”, porque en realidad mi memoria arranca después de los 5 años. Para atrás no me acuerdo de casi nada.

Sin embargo, en esa casa del Barrio La Pilar de Formosa –donde nací-, vivimos hasta que pasé los 5 años de edad y después nos mudamos al Barrio La Paz, casi al otro lado, a unas 30 cuadras de allí, gracias a una casa que nos otorgó el Estado a través del IPV (Instituto Provincial de la Vivienda) por el año ‘82, cuando yo estaba cerca de cumplir los 6.

También va a ser fundamental para mi vida este cambio de barrio, porque allí empezó todo, y cuando me pongo a revisarla, además de conmoverme, me asombra entender que está llena de coincidencias y señales a las que antes no le prestaba atención.

Es que, sin ir más lejos, allí empecé a boxear. Bueno, mejor dicho, a entrenar full contact, deportes de combate, y a pisar por primera vez un gimnasio, a los 7 años.

Allí conocí además a Ramón Chaparro, mi marido, mi profesor y director técnico, el hombre crucial en mi vida. Y fue allí que sentí por primera vez cuál iba a ser mi destino, aunque muchos dudaban, o se reían cuando yo lo comentaba.

Pero quiero volver a mi primera casa, la de mi abuela, donde la memoria aún me falla, donde todo es borroso y lo armé preguntando, buceando en las vivencias de otros, de mis antepasados familiares.

Recuerdo que la casa tenía tres habitaciones, una donde dormía mi abuela, otra mis padres, y otra mi hermano y yo. Un baño, una cocina, un comedor. A la entrada, un patio en donde había un árbol de mango y en la parte de atrás, lleno de plantas.

El mango es una fruta tan común en Formosa, que en las calles suele haber árboles de esa fruta por todos lados, y hasta se caen y la gente se los come así en la vereda.

Mi abuela estaba separada de mi abuelo, Ramón Arístides Carísimo.

Carísimo… Qué raro apellido. En italiano es queridísimo, pero acá significa algo muy costoso. Yo digo que la combinación de ellos forma un mensaje sabio, que signó mucho todos los momentos de mi vida: “lo más preciado, o lo más querido, es lo que más cuesta”.

Lo cierto es que me pongo a analizar a mi abuela, y pienso: una mujer separada en aquella época, en una provincia, con lo mal visto que estaba eso…

No era demasiado común, si bien no era algo inédito. Pero insisto en mi reflexión: “había que tener personalidad y “agallas” para decidir separarse en una sociedad tan machista, donde la mujer apenas si podía trabajar de algunas cosas, o directamente le estaba impedido”.

Sin embargo, ella lo hacía, y se ve que se bancaba sola. Era empleada aeronáutica allá en Formosa, y hacía todo tipo de tareas, desde limpieza, hasta tareas de oficina. No sé exactamente qué, como tampoco los motivos por los cuales se separó de mi abuelo.

Nunca se lo pregunté bien a mi madre que, al revés de mi abuela, era todo ternura. Pero entonces muchos temas eran tabúes, y “de esto no se habla”.

Mi madre, nunca un grito, nunca un reto, siempre con suavidad y dulzura, pacífica, buena. Por algo será que me la llevó Dios a los 18 años, aunque por suerte tuvo la dicha de conocer a sus dos nietos –mis hijos-, Maxi y Josué, que tenía meses.

Falleció de cáncer de mamas, que detectó a los 37 años y supo llevar hasta los 42 con entereza, pero después de que la operaron en Buenos Aires, en el Hospital Italiano –le extirparon un pecho-, ya no fue la misma. Y tras la quimioterapia, se debilitó mucho, adelgazó, y falleció de un paro cardio respiratorio, pero ya en el hospital de Formosa.

No sé por qué, pero veo que me pongo a hacer este libro sobre mi vida a la misma edad en que a mi madre le diagnosticaron la enfermedad que la llevó a la tumba.

Mi madre, Francisca David Carísimo.

Sí, David.

¿Alguien conoce alguna mujer llamada David?

Cosas de mi abuela… Otra más.

Es que resulta que ella quería tener un hijo varón al cual llamarlo David, obviamente por David y Goliat.

Por un lado, nombre bíblico, como tenemos casi todos nosotros. Pero por otro, ¿por qué uno tan guerrero, y más aún, alguien que es el emblema de la victoria imposible, de la lucha contra el poderoso, contra el gigante, y la del supuesto débil contra el más fuerte?

Mi abuela, evidentemente, admiraba eso. Pero como le salió mujer y vio que no podía satisfacer su propósito, le metió Francisca de primer nombre y con el segundo se salió con la suya. Por suerte, en el registro Civil se lo permitieron, no sé por qué.

Conozco segundos nombres masculinos usados en mujeres como José, a lo sumo ambiguos como René, pero David, jamás. Y si bien la portadora era mi madre, bien puede decirse que nada tiene ella que ver con algo que eligió y tramitó mi abuela, incluso oponiéndose a los seguros reparos de mi abuelo Ramón, que no sé si en esa época estarían casados, juntados, separados, o cómo. Nunca se habló de eso en casa.

Lo cómico es que después tuvo cuatro hijos más, dos de ellos varones, al primero de los cuales llamó Sergio. El tío Sergio. Parece incoherente, pero es evidente que ella quería ponerle David al primogénito, no a cualquiera.

El último de todos es el tío Luis, que con su esposa Iris era con quien más contacto teníamos junto a la tía Julia –la tercera-, quien va a tener conmigo un episodio bastante traumático en la muerte de mi madre -su hermana mayor- de lo que ya la perdoné.

Pero fueron siempre los más cercanos. También estaban la tía Ñeca, la cuarta.

Con mi tía Julia nos turnábamos y cuidábamos una noche cada una a mi madre, mientras que mi hermano iba por la mañana.

Pero la noche previa a su muerte, mamá le había pedido a tía Julia que me avisara que vaya yo a verla al día siguiente, que me tenía que decir algo, que jamás sabré qué. Y ella no me avisó.

Es cierto que estábamos medio enemistadas, más que nada porque ella era una de las que se oponía a mi relación con Ramón, una historia que ya contaré con mayor detalle más adelante.

Cuando un paciente en ese estado te pide algo, tenés que satisfacerlo, limar todas las asperezas, superar todas las barreras y dejar el orgullo a un lado, porque si no, podés arrepentirte para toda tu vida.

El daño que uno puede hacer y la culpa con la que se queda luego, no te la quita nadie, si es que ocurre algo como lo que pasó. Yo ya lo superé, y ya la perdoné. No sé qué pasará con su conciencia, aunque deseo que también se haya liberado.

La cuestión es que cuando me avisaron que vaya al hospital, mi madre ya había fallecido.

Lloré, lloré… Lloré por todos los días en que no había tomado conciencia, en que casi ni sabía de qué se trataba. Sabía que estaba enferma, pero pensé que se curaría. La veía bien, fuerte, linda, saludable. Recién a lo último se la veía mal, pero había días. De repente repuntaba, y uno se engañaba. Creía que era por la quimio, por alguna cosa extra que pasaba, porque el cáncer es así, te ataca otras cosas. Finalmente, ella falleció de un paro cardíaco respiratorio.

EXTRAÑAS COINCIDENCIAS

Mi madre había nacido el 3 de diciembre de 1950.

Y mi padre, Bernabé Acuña –que falleció en febrero de 2009-, el 11 de junio del mismo año que mi madre, o sea, 1950. Pero curiosamente, nació el mismo día que su padre, es decir, que mi abuelo paterno, también llamado Bernabé Acuña. Era jefe de comunicaciones en Casa de Gobierno.

Acuñas y Chaparros, es decir, todos mis antepasados por una u otra rama, ya van a ver que estuvieron siempre ligados a la política de un modo u otro.

Mi padre y mi abuelo paterno no sólo nacieron el mismo día, el 11 de junio, sino que se llamaban exactamente igual. ¿No es otra rara coincidencia?

De mi abuela paterna casi no tengo registro, porque falleció cuando yo tenía 4 años, así que ni la recuerdo.

La otra coincidencia numérica de mi querida familia es que mi hermano, Guillermo Federico -el único que tengo-, es 1 año y 5 meses menor que yo. Nació el 15 de marzo del ’78, mientras que yo el 16 de octubre del ’76. Él en marzo, yo en octubre.

Y da la casualidad que mis dos hijos se llevan casi esa misma edad: Alexander Maximiliano (Maxi) nació el 14 de marzo del ’93 –casualmente, un día antes que mi hermano-, mientras que Josué Ezequiel lo hizo el 4 de octubre del ’94, es decir, en mi mismo mes.

Mi hermano y yo nos llevamos casi la misma diferencia que se llevan mis dos hijos, y nacimos en los mismos meses, invirtiendo el orden.

Si faltara alguna coincidencia más, mi abuelo materno, Ramón Carísimo, que fue presidente del Partido Justicialista de Formosa –ya desde entonces que en mi familia estamos en la política bajo el mismo signo, no de ahora- falleció un 17 de octubre, el Día de la Lealtad peronista, un día después que yo naciera, aunque no en el mismo año, sino varios después. Debe hacer unos 10.

Y la última: mi marido y el de mi abuela Petrona se llamaban igual: Ramón. Para algunos puede pasar inadvertido. Para mí es demasiada coincidencia.

Tuve también otra hermanita, pero nació muerta. Otra historia triste. Nació 10 años después que yo: Patricia Alejandra, pero por esas cosas del destino, Dios quiso que naciera sin vida, y no supimos por qué. Estaba todo bien cuando de repente se complicó.

Alejandra, por Alejandro Magno, y Patricia, por una amiga querida que yo tenía en mi escuela primaria, de 1° a 4° grado, que después no vi más… Qué habrá sido de Patricia, pienso a veces.

Hago cuentas, y me quedo pensando que si mi hermanita nació cuando yo tenía 10 años, y mi madre falleció 8 después, incluyendo todo su período de enfermedad -que duró más o menos lo mismo-, advierto que algo habrá tenido que ver una cosa con la otra, aunque no podré saber qué habrá originado qué.

LA ESCUELA

Como todo chico de aquel entonces, a los 5 años hice el jardín de infantes en la Escuela N° 66 del Barrio La Pilar, del cual casi no tengo recuerdos. Antes no se estilaba empezar a los 2 ó 3 años como ahora.

Pero al mudarnos a La Paz comencé la primaria en la N° 19, aunque sólo hasta 5° grado, porque después, por una cuestión de practicidad y cercanía, nos cambiamos a otra que se llamaba Gustavo Striens, donde terminé 6° y 7° grado.

No fue mucho lo que ahorramos, apenas 3 cuadras, pero la ventaja era que matábamos dos pájaros de un tiro, porque allí mismo funcionaba el secundario Arturo Jauretche, un bachiller con orientación en informática, lo cual nos resolvía el problema de dónde continuar los estudios.

Hablo en plural porque conmigo venía siempre mi hermano, que me seguía a todos lados porque yo además de su hermana mayor lo cuidaba más o menos como si fuera la madre, lo protegía, y él nunca se movía de mi lado. Siempre andábamos juntos, al punto que a muchos les generaba cierta bronca, sospecha, o curiosidad, la relación tan unida que teníamos. Hoy él es policía de la bonaerense.

Pero mis primeros recuerdos, los más firmes, arrancan en la nueva casa de La Paz: una casa de dos pisos, con un patio de tierra descubierto abajo. Un dormitorio, baño, y cocina/comedor en esa planta, y una pieza más arriba, con una terraza. Y en la Escuela 19, donde empecé 1° grado, y donde de algún modo se empezó a gestar mi historia.

Mi maestra de 1° era la señorita Alicia. Es a la que más recuerdo por su bondad. A ella siempre le llamaba la atención que yo fuera tan callada, más aún cuando se enteró de que practicaba artes marciales. No podía entender cómo yo siendo tan buenita, tan tímida, que no mataba una mosca, hiciera full contact, o algún deporte de contacto, de pelea, de violencia.

Es que yo jamás me peleaba ni discutía con nadie. Bueno, no tan con nadie, porque en el secundario pasó algo que ya contaré más abajo, cuando tuve que darle un “estate quieto” a un compañero, ja. Fue la única vez, y yo ya era conocida como “La Tigresa”, al menos en el barrio.

Siempre fui responsable y estudiosa, por eso jamás me llevé materias. En el secundario llegué a ser 1° escolta de la bandera, nunca abanderada, porque siempre mi amiga Silvia, con quien estábamos juntas, me ganaba con las centésimas.

Competíamos sanamente en notas, pero me terminaba ganando. Yo me destacaba más en lenguas y ciencias naturales, pero también andaba bien en matemática, historia, geografía y estudios sociales, que era una especie de temas políticos.

Pero tanto mi madre, como los familiares o conocidos, jamás sospecharon hasta ese momento cuáles eran mis verdaderas potencialidades, aunque en casa yo siempre fui muy inquieta e hiperactiva. Entonces mi madre me mandó a hacer danzas españolas, a ver si gastando un poco de energía se me pasaba.

ARTES, PERO MARCIALES

Tenía 6 años e iba a hacer eso, porque era de las pocas opciones para mujeres, y mi madre además siempre fue partidaria de que hiciéramos algún deporte.

Me aburría como la mejor, pero yo obedecía. Hasta que ocurrió algo que cambió el destino de todo, y fue cuando nos mudamos a La Paz, al poco tiempo.

Es que en el afán de encontrarle a mi hermano algo para que él desarrollara, mi viejo vio camino a casa, en la esquina, que habían abierto un lugar donde se practicaban artes marciales, y de inmediato pensó en llevarlo allí.

El gimnasio daba a la calle, y era vidriado, por lo que desde afuera se veía todo. Era el Club Polideportivo La Paz.

Hacía muy poco nos habíamos mudado, cambiado de escuela, de casa, de todo. Pero como con mi hermano estábamos siempre juntos, fue él y atrás suyo fui yo a acompañarlo.

Estaban los chicos practicando, unos 30 pibes de entre 17 y 18 años, y también unos chiquitos entre los cuales estaba mi hermanito, cuando Ramón –que era el profe- se me acercó y me dijo: “¿querés probar?”. Yo pensé: “¿por qué no?”. También había niñas, ¿cómo no iba a poder practicar yo también?

- “Sí”, le respondí.

Ni bien puse un pie en el gimnasio, y Ramón me hizo tirar la primera patada, me dije: esto es lo mío.

Pateé, pegué, hice ese día los primeros movimientos del full contact, y volví enloquecida a casa. Miré a mi vieja en la cena y le comenté: yo voy a seguir haciendo esto. Y a danzas no voy más.

Vi que se miraron un poco, pero nadie dijo nada. Y en ese silencio sentí una especie de aprobación. Mi viejo, porque de por sí él siempre me apoyó y porque le gustaban esos deportes, y mi madre por naturaleza, porque nunca se oponía a los gustos nuestros, mientras no se tratara de algo malo, le gustara o no.

A partir de allí, cuando me preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, mientras todos decían médico, abogado, o arquitecto, yo decía: campeona de full contact.

Por supuesto, todos se reían y me volvían a preguntar, esperando la respuesta “seria”, “convencional”, pero yo volvía a repetir la misma. Y bueno, en el fondo me tomarían por loca, pero me lo aceptaban.

Tal como decía mi maestra, la señorita Alicia, yo no sólo jamás me había agarrado a piñas, ni era de pelearme, al contrario, era calladita y respetuosa. Tampoco sabía si era fuerte o no, pero no era algo que me importara. Creo que ni siquiera pensaba en eso.

Lo único que sé es que, a los 8 meses de haber empezado, ya cagaba a palos a todas las chicas de mi edad, por lo que Ramón empezaba a ponerme con los varones o con gente más grande primero para no lastimar a nadie, y luego para que pudiera entrenar tranquila sin limitarme.

Yo tenía 7 años, y Ramón 30. Siempre lo vi como el profe, como mi maestro, respetuosa y obediente de todo lo que me decía. No me daba tampoco tanta bola, porque tenía a los chicos más avanzados, a los más grandes, y él se tenía que dedicar un poco más a los que de repente competían, o tenían alguna pelea o exhibición cercana.

Pero al año de haber entrado, recuerdo que hice mi primera exhibición. Fue en agosto, para el Día del Niño, en el playón del barrio Guadalupe, a unas 10 cuadras del La Paz. La hice con César, el segundo hijo del primer matrimonio de Ramón, que también practicaba y en ese entonces tenía 7 años, uno menos que yo, que ya tenía 8.

Fue pareja. Con César, al ser casi de la misma edad, pero él varón, nos dábamos con un caño. Siempre hacíamos exhibiciones y entrenábamos juntos, pero nuestras peleas eran palo y palo, yo más con las manos, porque siempre tenía la tendencia de pegar piñas, y él con las piernas, porque tenía buena patada.

Pero Ramón también sabía que siendo su hijo tenía más confianza y no nos íbamos a lastimar, aunque de alguna manera lo sorprendía que siendo mujer estuviera a su altura.

Creo que allí recién descubrí yo que era fuerte, que me la bancaba, al tener que pelear contra varones porque con mujeres de mi edad no podía, ya que las superaba. Y al poder soportar golpes de alguien que además de su género masculino era más grandote que yo, pese a tener un año menos.

Fue entonces a los 9 años, cuando ya comencé a hacer exhibiciones siempre contra varones que Ramón me bautizó con el apodo de Tigresa. Y así me quedó. “La Tigresa”, me decía. Por lo agresiva, por lo indómita, por lo salvaje.

Tanto pegó mi apodo que al poco tiempo mi viejo me hizo hacer una remera estampada con la imagen de un tigre, que yo usaba generalmente para hacer las exhibiciones, como a modo de bata con la que suben los boxeadores. Era para remarcar mi apodo, y dejar bien en claro que ahí venía La Tigresa, con remera y todo. Fue mi primer merchandising.

Y así siguió mi historia, cada vez más abocada en el deporte del full contact, que era hasta ese momento lo único que podía hacer de contacto y con el cual competía, no solamente practicaba y hacía exhibiciones.

También eso incrementó en algo mi pequeña fama casera, porque de alguna manera comenzaron a identificarme con el nombre de Tigresa más que de Marcela, lo cual me otorgó cierto respeto y consideración, además del aprecio de los cercanos.

Pero a la vez algún que otro contratiempo, como el que prometí contar más adelante hace unos párrafos arriba.

Siempre fui tranquila fuera del gimnasio, como lo soy ahora abajo del ring, y no tuve que aplicar nada de lo que sé sobre peleas en la calle, porque además no me gusta, no es mi personalidad, no soy de discutir mucho.

Sin embargo, una vez, en el secundario, a los 13/14 años, estábamos en el centro de estudiantes, discutiendo entre nosotros de varias cosas. Un compañero de curso quería sobresalir, ser el delegado, el capo, y encima era el más acalorado de todos. Casi nadie lo quería, y yo menos, así que de repente me vi envuelta en una discusión personal con él.

Palabra va, palabra viene, la cuestión fue que de pronto me insultó. Cuando me insultó yo me paré, y él me empujó. Entonces agarré y ahí nomás le metí un trompazo que lo tiré para atrás, y ahí se terminó todo. Él era de esos que siempre quiere tener razón y está en desacuerdo con todo, y como nadie le dice nada se aprovecha.

Vinieron las autoridades, porque no sé cómo se enteraron, y enseguida se corrió la versión de que fue la Tigresa Acuña.

Terminé en la Dirección, con amonestaciones, aunque quien empezó la agresión fue él. Yo lo que hice fue devolvérsela, pero claro, ya era “La Tigresa” Acuña, todos sabían que practicaba artes marciales, y supuestamente tenía “la mano prohibida”, ja. Se suponía que no podía usarla contra nadie, ni siendo mujer y habiendo sido la agredida.

De todos modos, mis compañeros salieron a favor mío y el pibe al poco tiempo se fue del colegio y no lo volvimos a ver más.

LAS PRIMERAS PELEAS

Cada tanto a Ramón le pedían pibes para hacer exhibiciones, y él usaba sus contactos que le habían quedado desde Capital Federal para llevarlos. Fue así que a los 11 años fuimos a la Federación de Box, en mi caso a pelear contra una piba de La Plata, del profesor Cañón.

Cañón no sé cuánto, así lo conocíamos, por el profe Cañón. Eran exhibiciones, pero en realidad eran peleas, porque nadie regulaba. Nos dábamos en serio y a querer ganar, aunque no había fallo o, mejor dicho, los fallos eran empate. Pero fue ésa la primera vez que pisé la FAB, en el ’87. Igual sé que a la pibita le di para que tenga.

CAMPEONA SUDAMERICANA DE FULL CONTACT

Exhibición tras exhibición, internamente se corrió mi fama entre la gente del full contact, y fue así que desde Paraguay lo contactaron a Ramón para ir a hacer una pelea contra la campeona sudamericana de la Asociación Americana de Karate-Full Contact, una paraguaya de 32 años llamada Graciela Mujica.

Corría el ’91 y yo por entonces tenía 14 años, pero aún no éramos novios con Ramón. Lo contactó un tal Miguel Ángel Zen.

En realidad, como siempre, íbamos un grupo a pelear contra otro grupo de allá, pero ya se sabía que como organizaban ellos, te robaban las peleas y las fallaban a favor de los locales.

Entonces Ramón se le plantó a Miguel Ángel sabiendo que iba yo, que realmente podía llegar a hacer carrera, y le dijo: “Voy, pero con la condición de que no me robes. Si gano, gano, si pierdo, pierdo. Y pase lo que pase, hacemos la revancha en Formosa dentro de dos meses y que Marcela vaya por el título sudamericano contra tu pupila”.

El tipo aceptó, entonces fui a pelear contra la campeona, Graciela Mujica. La cagué a palos, pero no la pude noquear. Igual me dieron la victoria por puntos en 4 asaltos.

Dos meses después, tal como quedamos, hicimos la revancha en Formosa, ya por el título. Eran 7 rounds de 2 por 1, como casi siempre en los combates importantes. Ahí sí, le gané por KOT 2. Ya la tipa abandonó, no aguantó más. Y así fue como me hice campeona sudamericana. Qué emoción…

Poco después sí, nos pusimos de novios. Yo ya tenía 15 años.

LAS DEFENSAS

Ya como campeona sudamericana me tocaron las primeras defensas, pero la primera de todas fue quizás la más preocupante, contra Graciela Coronel, una morochita re fibrosa, muy linda, que también era de Formosa y con la que a veces entrenábamos en el gimnasio.

Fue también en el ’91, porque en full contact no es como en el boxeo. Allí todo se hace rápido, en pocos meses. Ella tenía un año más que yo, unos 16, y lo curioso es que fue como semifondo de una pelea del correntino Héctor Echavarría, ¿se acuerdan? Ese artista marcial que surgió en lo de Gerardo Sofovich y se hizo tan mediático que hasta filmó películas, como Brigada Cola, Los Extermineitors, al menos las que más recuerdo.

Fue en Obras Sanitarias, y fue la primera velada televisada a nivel nacional de artes marciales, por América TV, donde además estaba el actor estadounidense Bill Wallace, campeón mundial de kick boxing.

Si mal no recuerdo allí me hacen la primera nota escrita de mi carrera, que la hizo el periodista formoseño Alfredo Domínguez. Calculo que fue porque gané, y por haber peleado por TV y en Buenos Aires, siendo mujer y formoseña.

Digo que fue la más preocupante, porque si bien yo siempre la dominaba y me sentía segura ante ella, en una de las promociones para la pelea, la negra me metió una patada descendente que me tiró al piso.

Me sentí avergonzada, más que nada, porque yo era la campeona y me estaban filmando para hacer los avances para la TV. Pero bueno, en la pelea por suerte todo volvió a la normalidad, estuve concentrada y le gané bien por puntos.

La segunda defensa fue ante Mary Potenza, que luego después fue boxeadora profesional y nos enfrentamos en el boxeo.

Eso fue en Rosario, a 5 rounds de 2 por 1, y también le gané por puntos. Mary era una gran artista marcial, durísima, y campeona mundial de taekwondo.

La tercera fue ante Daniela Rodríguez, una rubia campeona mundial de karate de gran calidad, mucha destreza, que también era la favorita, porque tenía más experiencia que yo. Sin embargo, fue pareja, dura, y finalmente dieron un empate en 5 rounds, siempre de 2 por 1, y sentí que la gente hasta se sorprendió. Fue ya en el ’92, y fue la única que recuerdo haber empatado. Nunca perdí en full contact.

Después de eso al poco tiempo tuve que interrumpir porque quedé embarazada, primero de Maxi, luego de Josué, y reaparecí a los 19 años, meses después de tener a Josué. Las peleas que hice después de mis embarazos y partos, fueron ganadas todas por KO. Habrán sido 3 ó 4, pero volví con todo.

Y ya sentí un límite, porque el siguiente paso era ir a los Estados Unidos, a buscar un título mundial, pero eso era algo ya imposible por la lejanía. Y ellos no iban a fijarse ni a contratar a una chica de acá, para ir a pelear allá. ¿Con qué objeto?

Nada. Esa era una barrera infranqueable para mí, y fue que empecé a pensar en otra cosa, a mirar boxeo, a ver a Christy Martin, y a querer ser como ella, o a hacer lo que hacía ella.

CONTRA UN VARÓN

(Boxeo vs full contact)

Quería demostrar que, a pesar de ser mujer, con la técnica los podía igualar.

Tal era la fama que se me había hecho –a nivel interno, se entiende- que en el Polideportivo La Paz comenzaron a acudir no sólo más alumnos, sino que a diario venían bandas de pibes, en teoría con la idea de mirar los entrenamientos, pero en el fondo con el objetivo de desafiarme, ya sea por un antojo personal de alguno, o a veces, por alguna picardía de los chicos, de mandar al frente a alguien contra mí y luego mofarse.

Pibes de 16/17 años, adolescentes grandes en grupos, se quedaban al costado como para comprobar si era cierto lo que se decía, hasta que Ramón los invitaba a hacer algún round de exhibición conmigo, adivinando sus intenciones. Y si no, directamente ellos encontraban a un “candidato” para mandarlo a probarse y experimentar en carne propia las bondades del arte del full contact, para regocijo de los presentes.

Tras algunos movimientos, con alguna patada, o alguna mano bien puesta, los pibes terminaban contra algún rincón, alguna pared, o simplemente, al sentir los primeros golpes se rendían y se iban, en medio de las risas de sus amigos y la admiración de algunos otros, que se iban dando fe de lo que habían ido a ver.

Eso sucedía a diario, semanalmente. Siempre se repetía una situación similar, salvo una vez, que vino un pibe más grande, que además sabía algo.

Vino con “mala leche”, a lastimar, y al comenzar a pelear tiró patadas fuertes.

Hicimos un round, yo lo aguanté, pero al finalizar la primera vuelta, Ramón le dijo: ahora hacé con éste: y le puso a César, su hijo, con quien yo ya había dejado de medirme, porque a eso de los 12 ó 13 años, cuando César empezó a desarrollar, la potencia que tenía en sus patadas ya era demasiada.

Y bueno, en pocos movimientos César lo hizo arrodillar, y entonces Ramón le hizo ver que si quería pelear en serio no era de hombres hacerlo contra una mujer, encima en ventaja de peso. Si quería pelear, que lo hiciera contra alguien como él. El pibe pidió perdón y se fue.

Por eso de vez en cuando Ramón recibía desafíos de otros lados para enfrentar a algunas chicas. Pero un día, el desafío que le llegó fue para enfrentar a un muchacho que practicaba boxeo.

Era para ir a Las Lomitas, a 300 km de Formosa. A 6 rounds, de 2 por 1, y nos pagaban.

Él 19 años, y 57 kg, con boxeo. Yo 17 años –ya era campeona sudamericana de full contact desde los 14-, 53 kg, con mi deporte, el full.

Fue la primera y única vez que enfrenté oficialmente a un hombre, sin tener en cuenta los entrenamientos, claro.

En el 1° round el pibe me metió una derecha y me sentó de culo, literalmente. Me sorprendió. Me quedé atónita. Fue casi sobre el final del round, por lo cual terminó enseguida.

El pibe volvió al rincón sonriendo, como canchereando, como subestimando la situación de pelear contra una mujer, y como si fuera una fácil tarea.

Al volver yo a mi esquina, Ramón me dice: “está agrandado, se te va a venir a definir ciegamente, lo agarramos con el giro. Acordate, con el giro de derecha lo agarrás. Y así hice.

Con un giro de mano derecha lo agarré con el codo y lo corté en la ceja. Y ahí nomás volví a girar y con el otro puño, el izquierdo, lo calcé en la nariz. Lo sangré todo.

Así ensangrentado el árbitro la detuvo para preguntarle si quería seguir, pero el pibe le dijo que no y se retiró. Gané por KOT 2. Nadie lo podía creer, y menos teniendo en cuenta cómo empezó la pelea.

Pobre, se ve que el pibe ahora es algo en Formosa, funcionario, o no sé qué, porque un día, estando con Sergio Massa allí, uno de sus asistentes me dice: “allá hay un muchacho que no tiene un buen recuerdo tuyo, ja”. Yo me pregunté quién era, qué habré hecho, porque de entrada no lo relacioné, hasta que este hombre me aclaró que el mal recuerdo era deportivo, porque una vez habíamos peleado y le rompí la nariz.

“Ah, ya sé quién es”, le dije sonriendo. Pero al final no pude verlo. Hubiese querido ir a saludarlo y pedirle disculpas. Espero no me guarde rencor.


Octubre del ’97, antes de ser boxeadora, y de pelear contra Martin, en una nota cuenta sus victorias frente a los hombres, donde el de la presente anécdota está incluido.

Para entonces, ya Ramón era mi novio o, mejor dicho, mi pareja, porque estábamos juntos conviviendo. Una historia que vale la pena contar, que es más allá de lo deportivo, el corazón y el eje central de mi vida.

Porque creo que el boxeo, los títulos mundiales, la fama y demás son consecuencias de mi relación con Ramón.

Varias veces me pregunté, y me preguntaron si de no haber sido por él yo hubiese sido no sólo campeona mundial de boxeo, sino boxeadora. Y una y otra vez me respondo que no.

Sin dudas. Yo sin Ramón no sólo no hubiese sido campeona, tampoco hubiese sido boxeadora.

Y sin mí quizás aún no hubiese existido el boxeo femenino acá en Argentina, que tantas trabas tenía y tanto me costó hacer que se reglamente, en la lucha más grande que afronté en mi vida, porque fue torcer las conciencias, las costumbres, las creencias –incluso científicas- de mucha gente, de toda una sociedad que pensaba que la mujer no podía pelear, que no podía boxear, y que argumentaba que los golpes en las mamas traerían consecuencias.

Que también sucedería lo mismo con la maternidad, que podría ser factor de innumerables abortos, y qué sé yo cuántas cosas más, que luego se comprobaron que eran simples mentiras.

Excusas machistas y conservadoras para prohibir algo que no les gustaba, o que no aceptaban. Prejuicios y tabúes que se escondían detrás de la ciencia, o de la opinión supuestamente especializada, para poder imponerse sin ser cuestionados, para evitar cualquier discusión alguna.

Era un modo camuflado de represión, tan grave y comparable a la de los abolicionistas del boxeo, que siempre usan como caballito de batalla a la salud humana, a los golpes, sin ver la parte positiva, que es el desarrollo físico y mental, la contención social, la canalización de la agresividad, el respeto por las reglas aún cuando te vaya bien o mal, la obediencia, sin contar la salida laboral que eso trae aparejado, más la posible gloria, la fama, y más allá de eso, la protección a la que está sujeto todo púgil, ya sea abajo como arriba del ring, por las equivalencias, por las reglas, y por las autoridades deportivas.

Guardo recortes periodísticos de lo que digo, e incluso de calificadas y prestigiosas personalidades y comunicadores sociales, que –como dije- abusando de su chapa aprovecharon para bajar una línea acorde con sus gustos, pero tan fuera de la realidad que rozó lo abolicionista, la censura, y atentó contra la libertad de trabajo, de expansión y desarrollo físico y cultural.


Cocinado en su tinta, el periodista Ulises Barrera se pronuncia en contra del boxeo femenino, argumentando entre otras cosas: “Una mujer tiene glándulas mamarias, valores estéticos, valores alimenticios, no hay protector que amortigüe los que caen en su plexo. El tiempo va a demostrar que el boxeo femenino es un tremendo error y no quiero pensar en caras desfiguradas” . Sarasa. Pasaron 14 años y ninguna mujer falleció en un ring, ni quedó mal. La Tigresa ya se retiró campeona y victoriosa, y el boxeo femenino marcha viento en popa, con 16 campeonas mundiales argentinas. Ulises falleció en diciembre de 2005, sin poder comprobar que el equivocado era él.


En la misma nota, pero publicada por otro medio que extrajo otras declaraciones, afirma en la bajada del título: “La Tigresa Acuña no tiene la menor idea de lo que es el boxeo”. También el tiempo desmintió al periodista.

Pero no guardo rencores. Simplemente aprendí a estar alerta y a no confiar en nadie sólo por su chapa, reputación, nombre, o cargo, y a cambio tratar de ver más la realidad tal como es, sin prejuicios.

Ni los fundamentos a veces alcanzan si estos son sólo palabras incomprobables, a las que hay que aceptar como un dogma por venir de determinado lado, o de determinada persona. “La única verdad es la realidad”, decía Perón*, y en este caso se cumple, aunque verdad y realidad no siempre son la misma cosa.

* La frase pertenece a Aristóteles, aunque la acuñó y popularizó Perón.

Pero volviendo a mi última pregunta, definitivamente no. No hubiese sido boxeadora sin Ramón. Y de haberlo sido, no creo que hubiese sido campeona mundial.

Ni siquiera hubiese sido “La Tigresa” Acuña, apodo con el que me bautizó él.

A decir verdad, no sé qué hubiese sido de mí sin él. Tal vez hubiese estudiado, me gustaba la abogacía –que estoy estudiando ahora, de grande-, la sicología, no sé.

Soy constante, buena estudiante, tal vez me hubiese destacado por eso, pero no en los deportes. En deportes no había ninguno que me gustara, como les sucede a otras, que tienen aptitudes y destrezas para todo. Yo no. Ni el fútbol, ni el tenis, ni el básquet. Nada. Sólo los deportes de contacto me gustaban, y para practicarlos.

Por aquel entonces ni como entrenadora me veía, porque pensaba que no podía enseñar. Sólo estaba para aprender y ejecutar, pero no enseñar, no. No me gustaba hacerlo. Hoy en día todo eso cambió.

Hay quienes dicen que cuando alguien es campeón mundial, esa semilla la lleva adentro y en lo que sea, se destacaría. Yo lo dudo. No me veo otro destino, u otra forma de consagración, incluso en algo ya existente de no haber sido porque Ramón puso su gimnasio en la esquina de mi casa.

Y digo más: creo que el hecho de que el boxeo femenino no existiera fue algo que reforzó mi meta, que acrecentó mis ansias de triunfar en él -aunque confieso que varias veces estuve a punto de tirar la toalla, algo que ya contaré en su momento- y esto lo pienso luego de repasar todas aquellas cosas en las que fui pionera, primera, o única en mi vida. Por ejemplo:

La licencia Nº 1

La primera campeona argentina.

Primera campeona mundial del país.

El KO más rápido en el boxeo profesional (a Patricia Quirico), al menos en la era moderna, porque en la antigüedad no era confiable y al no quedar grabadas algunas peleas no pueden comprobarse.

El KO más rápido en el Luna Park por título mundial (42 segundos, a Daysi Padilla).

La primera deportista en participar en el Bailando de Tinelli.

Estando en actividad política, la primera en defender el título mundial (4 veces).

La primera boxeadora que hizo un documental sobre su vida, siendo la protagonista real.

La primera mujer que unificó sus títulos mundiales.

Alguna de esas cosas y otras que tengo y no vienen a mi memoria quiero averiguar cómo hacer para ponerlas en el libro Guinness de los records.

ROMEO Y JULIETA

Para el amor no hay edad, ni religión, ni posición económica.

Más allá de mi carrera deportiva y la curiosidad que despierta mi profesión, que al principio era resistida, exótica y poco tradicional -aunque ahora esté aceptada y sea casi como una más-, lo que más llama y sigue llamando la atención, es nuestra historia de amor con Ramón.

Por la diferencia de edad, porque fue una relación entre profesor y alumna, porque yo era menor, y porque encima se dio en una provincia muy conservadora y machista, como la mayoría de las provincias de nuestro país.

Lo primero que voy a contar es que Ramón practicó boxeo en sus “años mozos”, y también jugaba al fútbol.

Es primo hermano de Raúl de la Cruz Chaparro, aquel futbolista que sobresalió en Instituto de Córdoba, Rosario Central, River, Tigre y San Lorenzo de Almagro, entre otros.

Pero en el boxeo incursionó como amateur e hizo alrededor de 30 peleas. Perdió algunas, pero llegó a representar a la provincia de Formosa en algún campeonato y lo practicó hasta los 24/25 años, en que se dio cuenta de que no era ésa su función dentro del boxeo.

Llegó a ir y a entrenar a Buenos Aires, en el club Nueva Chicago, y estuvo radicado varios meses allí, donde hizo contactos.

Cuando se retiró, luego de trabajar en distintas cosas, se contactó con Horacio Duglioli.

Horacio Duglioli no es otro que quien instaló el full contact en el país, y lo invitó a hacer un curso de instructor de 3 meses a Capital Federal, creo que, por Paternal, terminado el cual se volvió a Formosa y se puso el gimnasio en el Polideportivo La Paz, en la esquina de casa.

Allí, y de ese modo, arrancó nuestra historia, aunque hasta los 14 años todo era relación profesor-alumna. Buena, muy buena, pero sólo de profesor a alumna.

Sin embargo, cuando yo tenía 14 años, poco tiempo después de hacerme campeona sudamericana, comencé a fijarme en él. Me empezó a gustar la forma en que me trataba, su forma de ser, y calculo que inconscientemente habré intentado hacer algo para que se fije en mí.

Pero no.

No lo hacía.

Me ponía nerviosa esperando que se decidiera y me dijera algo, y así estuve unos meses, no sé cuánto, esperando, sin saber si a él le pasaría lo mismo que a mí, o no.

Nosotros nos juntábamos todos los viernes en la casa de alguien, como se dice allá, “a la canasta”, porque éramos pobres. Es decir, cada cual llevaba algo para comer o tomar, y así pasábamos el tiempo entreteniéndonos, charlando, escuchando música, o bailando.

Fue un día, en verano, después de un torneo en Paraguay en que fuimos a festejar como de costumbre, es decir, a tomar algo y bailar con el grupo. Bailábamos, nos divertíamos entre todos, y yo vi que él estaba muy cerca, bailaba mucho conmigo y me miraba más de lo normal. Distinto a otras veces.

Nos quedamos sentados de repente uno al lado del otro, y entonces él me empezó a hablar.

Yo lo miraba y no le decía nada. Sólo le sonreía. Pero en una mujer, no negarse y no rechazar, ya es demasiado. Es señal de aprobación, porque nunca vamos a decir que sí de entrada.

Y bueno, ya en el hotel, lejos de las miradas indiscretas, cuando todos se metieron a sus piezas, nos dimos el primer beso.

Antes de eso, disimuladamente, en la pista de baile yo sentía cómo él me rozaba y me pasaba su mejilla contra la mía, como preparando el terreno, como tanteando. Fue todo en la misma noche, y quedó como secreto mutuo por varios días, quizás un mes, tras el cual algunos comenzaron a darse cuenta.

El primero fue mi hermanito, que estaba siempre conmigo. Pero él era mi cómplice. Y no sólo no decía nada, sino que con su compañía a veces me ayudaba a disimular, en especial ante mis padres, que no sabían nada, y yo percibía que iban a oponerse.

Varios meses duró el secreto, aunque mi viejo sospechaba algo. Más que nada, porque le llamaba la atención que siempre me pasara a buscar con la moto para ir a distintos lados. Pero como junto a mí venía mi hermano, le costó convencerse.

Sin embargo, un día, yendo hacia el colegio -a donde también siempre nos llevaba- mi viejo nos cruzó con la moto. Se ve que nos estuvo siguiendo y quiso constatarlo con sus propios ojos. Cuando estuvo seguro, o con determinadas pruebas que no íbamos a poder refutar, nos encaró.

Estábamos mi hermano y yo con Ramón, y nos quiso llevar a ambos. Pero yo no quise.

“A él te lo podés llevar -le dijo Ramón, refiriéndose a mi hermano-, pero a ella no, porque ella está conmigo”.

Fue un momento tenso. Pero mi viejo nos vio tan decididos, que prefirió llevarse a mi hermano y dejarme a mí junto a Ramón, porque se dio cuenta de que yo no quería separarme de él.

Fue entonces que mi viejo fue a hacer la denuncia a la comisaría, una especie de denuncia de rapto. Y como nosotros sabíamos que iba a hacerla, nos fuimos a la casa de un amigo de Ramón, que también era de la policía, y que nos cobijó.

Era más que nada para que nos permitiera escondernos ahí y pasar la noche, aunque más no sea. Yo ya a mi casa sabía que no iba a volver más.

Ramón, que estaba separado ya de su ex mujer –con quien tengo y tuve siempre muy buena relación- y que iba allí solamente a dormir, tampoco podía regresar a su vivienda conmigo, así que tampoco tenía ya dónde ir a vivir él, por lo cual pasamos a ser en un instante dos desamparados, sin techo, sin nada, porque el plan de parar en lo de su amigo era muy provisorio.

La cosa duró poco, porque se ve que al amigo de Ramón lo apretaron, lo habrán presionado sabiendo que eran amigos y que podía estar ayudándonos, y se ve que cantó.

La cuestión fue que al otro día vino la policía nomás. Todo un operativo policial para buscarnos a nosotros dos, que estábamos solos, como dos chorlitos, como si fuéramos dos delincuentes.

Me agarraron a mí y me quisieron llevar a mi casa, y yo les decía: “no, a mi casa no voy”. Y ellos me respondían: “a tu casa, o al Instituto de Menores”.

- “Al Instituto de Menores”, les respondía yo.

Me llevaron a la comisaría, y en la comisaría lo mismo: “A tu casa, o al Instituto de menores”.

- “Al Instituto de Menores”, les repetía sin vacilaciones.

-Bueno, no se hable más –dijeron-. Al Instituto de Menores.

Y ahí fui a parar.

Claro, qué sabía yo lo que era el Instituto de Menores…

Fue la peor época de mi vida.

Yo pensaba que sería algo así como un colegio, un hospedaje, un lugar con chicos como yo que solamente no tenían familia. Pero no. Era algo más bien parecido a una cárcel.

Sí, era una cárcel. Estábamos todos juntos, en cuchetas, y privados de la libertad. Nos hacían trabajar, nos tenían prohibido ir a la terraza, porque por allí se escapaban los internos. Y nos trataban mal, muy mal.

Yo lloraba todo el tiempo…

Al otro día Ramón vino a verme, haciéndose pasar por mi papá, y lo dejaron pasar, pero al día siguiente ya se avivaron y le prohibieron la entrada.

Entonces se contactó con un abogado, para ver cómo podía hacer para sacarme de allí, y el abogado comenzó a interceder, aunque en realidad, digamos que lo estafó, porque a modo de pago le cobró la moto, y en realidad lo que él hizo era algo que podía hacer cualquiera, que no se necesitaba plata, porque no era ningún trámite. Más que nada lo que nos ofreció fue contención y consejos. Pero ya está.

Era el único que parecía estar de nuestro lado, y cuando uno no sabe, o está desesperado, se aferra a cualquier balsa.

En realidad, cualquiera podía sacarme de allí, menos Ramón, porque yo no había hecho nada. No era delincuente. De última era la víctima. Si venía mi viejo me sacaba, el problema era que yo no quería irme con él, y menos a casa.

Así estuve una semana. Me venía a ver el abogado, mientras yo relojeaba todos los días a ver cómo podía llegar a la terraza para escaparme.

Pero finalmente salí en forma legal, porque el abogado no sé cómo hizo, si dijo que se hacía cargo de mí por 24 horas, no sé, lo cierto es que un día me llamaron y me retiraron por la puerta principal.

Ahí entonces el abogado me avivó. Me dijo que la próxima vez que me agarraran y me preguntaran dónde quería ir, me convenía irme a mi casa, porque de allí si quería me podía escapar con mucha más facilidad que del Instituto.

Y así fue. Volví a casa, y al otro día, me volví a escapar.

Yo me iba a ir a la noche y Ramón me estaba esperando a la vuelta de casa, pero se volvió, porque mi vieja se ve que algo intuyó y se vino a dormir a mi pieza esa noche, con lo cual me embromó. No pude fugarme.

Lo hice al otro día. Esperé el horario del colegio, y Ramón, que sabía todos mis pasos y horarios, sin necesidad de decirnos una sola palabra me estaba esperando.

Ahí mi viejo se rindió. Entendió que era inútil, y dejó de seguirme. El problema era que no teníamos dónde ir, y nos sentíamos todo el tiempo perseguidos, porque, mal que mal, estábamos prófugos. Y yo era menor.

La solución provisoria fue irnos a la casa de otro amigo de Ramón, que nos prestó una habitación donde pudimos estar ambos, casi sin nada.

Era un amigo de donde él trabajaba en ese momento, que era Obras Sanitarias.

Estábamos todo el tiempo juntos, si mal no recuerdo con una muda de ropa en la mochila, nada más, lavándola a cada rato para ponerme la otra e irlas cambiando.

Pero lo peor es que sabíamos, o pensábamos, que en cualquier momento vendrían por nosotros porque mi viejo nos iba a seguir denunciándonos y buscándonos. Lo sentíamos. Y ya se había convertido en una paranoia.

Él se iba a la mañana a su trabajo y yo me quedaba adentro, escondida. Sufriendo hasta que él volviera.

Hasta que entonces se nos ocurrió una idea, que hoy a la distancia lo veo como una locura, con una leve sonrisa. Un pensamiento lleno de romanticismo, un dramatismo tal vez exagerado, pero que, en aquel entonces, como estaban las cosas, mientras estábamos viviendo la película de nuestras vidas sin saber cómo iba a terminar, era algo que nos parecía la mejor salida:

Ramón se compró un revólver. Un revólver con dos proyectiles. Dos balas explosivas. Una para él, y otra para mí. E hicimos un pacto: o estábamos juntos, o no estábamos con nadie.

Así que en cuanto vinieran por nosotros, ya sea que nos golpearan la puerta, que fueran al trabajo suyo, que los veamos cerca merodear por la casa, o donde sea, ni bien viéramos a la policía cerca, que nos detengan, o quieran llevarme nuevamente… el primero que estuviera en esa situación, se mataba. Y después, se mataba el otro.

Y si estábamos juntos, lo mismo. Uno de los dos, quien primero se animara, o quien primero agarrara el arma, mataba al otro y se suicidaba. Hasta habíamos dejado una carta, que la habíamos escrito juntos.


Esta carta es para decirles:Que hemos tomado esta drástica decisión por ver que nuestras familias no entienden “nuestro amor”.Y dejar en claro en claro que si no podemos estar juntos, es mejor no vivir.Perdón si lastimamos a alguien, pero así lo decidimos…Amamos nuestras familias, pero más nos amamos nosotros… (SIC)

Ramón y Marcela

Tuvimos suerte de que en ese momento la policía ni apareció por ningún lugar, ni siquiera por error, ni para hacer una multa, nada, porque nuestra paranoia era tan grande, que si los hubiésemos visto cerca hubiésemos pensado que era por nosotros y hubiésemos cumplido el pacto.

Pero no. Por suerte no se dio. Dios estuvo con nosotros una vez más.

Así vivimos unos meses, casi sin nada. Hasta que de pronto, sucedió la noticia salvadora: quedé embarazada.

Y al quedar embarazada, el abogado le dijo a Ramón que ya no era necesario ni siquiera escondernos, porque si él se hacía cargo ya no era más un raptor, ya era el padre de la criatura, mi pareja, concubino, lo que fuera, pero ya no había más necesidad de andar escapando.

Tampoco me podían obligar a ir a casa estando embarazada, y menos al Instituto de Menores. Entonces a partir de allí salíamos a todos lados sin temor y dejamos de escondernos. Fue una liberación.

Así que eso resolvió nuestra vida, al menos con la sociedad, hacia el afuera.

En mi casa, con mi familia, todo seguía igual, aunque mi madre, ni bien se enteró de que estaba embarazada, aceptó todo con naturalidad, y mi relación con ella fue la de siempre.

Aceptó a Ramón como mi pareja, y yo podía ir a casa de vez en cuando, aunque sin saludar a mi viejo, por supuesto, ya que él no aflojaba ni quería saber nada. Parece mentira: mi viejo fue quien me llevó al gimnasio de Ramón y el que indirectamente me lo presentó.

Mi viejo, sin darse cuenta, me puso el futuro delante de mis narices, mi profesión, mi vida, mi marido, el padre de mis hijos, y después renegaba de eso, sin motivo alguno, sólo egoístamente. Cómo es la vida…

A Ramón también le hacían la vida imposible la mayoría de su familia.

Se distanció de casi todos. Y la que más contra le hacía era su madre, Guillermina Jara, que no aceptaba su nueva vida. No me aceptaba a mí, y que dejara a su primera familia con hijos. Lo aceptaba su ex, pero su madre no… También él la pasó fea.

Pero lo cómico era que con su esposa estaba todo bien. Ella conmigo hablaba, nos apoyaba. ¡Su propia ex esposa…! Su madre no. Increíble. Muy conservadora y chapada a la antigua.

Una de sus hermanas era la que más estaba a su lado, que para mí era mi verdadera suegra. Se llamaba Teodora, pero le decíamos Yiyila. Es que los nombres más raros, en el interior tienen apodos sencillos que, si uno se fija, nada tienen que ver con nada.

UNA NUEVA ETAPA

Las dos razones de mi vida: mis dos hijos, Maxi y Josué.

El embarazo de alguna manera nos abrió una nueva vida, ya sin esa culpa que arrastrábamos como si fuéramos fugitivos de la Justicia, así que nos quedamos un poco más en lo de su amigo hasta que Ramón cobró, y nos fuimos a alquilar una piecita a otro lado.

Ya lo habíamos estado comprometiendo por demás al muchacho. Por eso ni bien vimos que pudimos y no corríamos riesgo, nos fuimos.

Lo que pasa es que ahí, en que nos teníamos que arreglar por la nuestra, si bien nos sentíamos libres, fue donde más padecimos la pobreza y la escasez.

Porque por falta de recursos lo que podíamos alquilar era bien precario: una pieza para ambos y poner todo ahí, con baño compartido y techo de chapa, donde con el frío del invierno la chapa transpiraba por la condensación del aire ambiental y goteaba como si estuviera lloviendo, y cuando hacía calor te cocinabas. Más con esos calores de Formosa y con su humedad, que aumentaba la sensación térmica en ambos climas.

Poca ropa, poca comida, sin agua fresca, nuestro único confort era saber que estábamos juntos y que esperaba a un hijo. Lo demás no nos importaba, pero eso no quiere decir que no lo sufriéramos.

Por suerte teníamos buenos vecinos, que a veces nos prestaban la heladera para llenar botellitas de agua y transformarlas en hielo, porque a veces ni plata para bolsitas de hielo teníamos.

Incluso la ropa me la prestaban. Toda la ropa del embarazo me la prestaron los vecinos, porque si comprábamos ropa, no comíamos, o no pagábamos el alquiler.

La comida tradicional era fideos. Blancos, sin nada. Si alguna vez podíamos ponerle huevo, que era la parte de la proteína, bueno, eso era una bendición. Y otras veces, a la noche, si hacía mucho calor, comíamos una ensalada de tomate y huevo. Rico. Sano. Pero poco.

A veces pienso en esas épocas y hago un salto al presente para entender que uno a veces tiene que tocar fondo, conocer el fondo del mar, para después saber de dónde se viene, dónde se estuvo parado, y no perder la cabeza ni la humildad. Tener la sensibilidad y la comprensión de que las realidades de la gente difieren en mucho de las de uno cuando no pasa hambre, ni pobreza. Y yo le conocí las caras de todas las formas posibles antes de ser quien terminé siendo, antes del triunfo personal, ya sea deportivo, social, familiar, o económico.

Lo bueno que nos pasaba era que al menos yo todos los días me iba a acompañar a Ramón a su oficina de Obras Sanitarias –después Aguas Argentinas, cuando se privatizó-, y ahí estaba todo el día con él.

Los compañeros me dejaban sentar en su escritorio, más que nada por estar embarazada, y el tiempo pasaba algo más rápidamente que cuando me quedaba encerrada sin asomar las narices mientras estaba en aquella otra pieza de un amigo, escapando de la policía, dispuesta a quitarme la vida si veía que volvían a venir por mí.

Así nos mantuvimos unos meses, hasta que a los 7 de embarazo, un amigo que tenía un departamento y se iba a Europa, nos lo dejó para que se lo cuidáramos.

Sólo nos pedía eso, que se lo mantengamos arreglado, y que se lo ocupáramos para que no se le meta nadie, como a veces sucede. Pero no nos cobraba nada, ni alquiler, ni expensas, ni impuestos, nada.

Era un departamentito dentro de un conjunto de monoblocks, algo así como Fuerte Apache, pero para nosotros fue como pasar de estar bajo el puente, a ir a vivir en un palacio. Increíble. Baño privado, luz, heladera, todo.

También allí me siguieron prestando o regalando ropa para el embarazo los vecinos. Nunca me voy a olvidar.

En ese contexto, estando en ese departamento, nació Maxi, mi primer hijo. Y al tiempo, cuando este hombre volvió de su viaje, sin apuro, con tiempo, nos fuimos a alquilar otra pieza, pero ya con baño privado, un poco más grande. Ya habíamos ahorrado algo, apenas. Pero al menos llegábamos bien a fin de mes.

Al poco tiempo, cuando quedé embarazada de Josué, a Ramón en el trabajo le habían dado una Comisión en El Potrillo, una localidad donde había todas comunidades aborígenes, más dos policías, un maestro, dos médicos y nada más. En una Planta Potabilizadora. Y Ramón trabajaba ahí, potabilizando el agua.

Ahí le pagaban doble. Ahí sí ahorramos lindo. Vivíamos en una especie de casa rodante, bien humilde, pero con un bañito de construcción, fuera de la casa rodante, pero para nosotros solos. Únicamente para nosotros que trabajábamos ahí en la planta.

Lo único que gastábamos era en la comida, que yo como no sabía cocinar al principio quemaba todo, con las brasas era un desastre. Hasta que descubrimos que una señora cocinaba unas especies de viandas, riquísimo. Todo lo que caminaba la señora lo mandaba al asador y hacía comidas riquísimas, así que le pagábamos a ella por unas viandas diarias, y así resolvimos el tema de la comida.

Hoy soy una especialista de la cocina. Con poco hago de todo, sano, y me encanta cocinar. A veces no tengo tiempo, pero los fines de semana, cuando estamos en casa me hago unas recetas espectaculares. Agarro alguna que tengo y la adapto a lo que a mí y a los chicos les gusta. Me gusta inventar, crear, con lo que tengo o lo que me gusta. Esa faceta mía mucho no se conoce…

Después que volvimos de la Comisión esa de El Portillo, y que nació Josué, yo ya volví a entrenar. Y volvimos a alquilar, pero ya algo mejor. Con cocina aparte -lo que hoy se llama mono ambiente-, con bañito privado, aunque algunas habitaciones lo compartían, en fin. Pero siempre el techo de chapa, que te cocinás en verano y te morís de frío en invierno. Siempre la gotera de la humedad que se condensa, pero bueno, al menos estábamos más cómodos.

Era un predio con muchas habitaciones alrededor, que salís y te ves con el vecino, para que se den una idea. Con un patio en común. Tipo conventillo, pero más humilde de los que veo yo por acá.

Mi entrenamiento empezó de a poco en lo de Ramón, que seguía adelante con el gimnasio, aunque cada vez cobraba menos, la gente entraba gratis porque él estaba en política. Siempre estuvo en la política, y por beneficencia, porque la gente no podía, o por lo que sea, eran más los que iban sin pagar que los que pagaban.

Hasta que vino la privatización de Obras Sanitarias en la época de Menem, que se transformó en Aguas Argentinas, y a Ramón lo echaron e indemnizaron. Fue allá por 1995.

Con esa plata nos compramos la primera casita en Formosa, en un barrio humilde llamado República Argentina, al otro lado del barrio Juan Domingo Perón, que estaba dividido por una avenida nomás. Era a 10 o 15 km de la ciudad.

Ya para entonces Ramón tenía su motito de nuevo, teníamos heladera, varias cositas. Y retomé con fuerza el entrenamiento, el full contact, y la segunda parte de mi carrera, donde al reaparecer gané todas las peleas por nocaut.

El problema era que Ramón ya se había quedado sin trabajo. Le habían prometido que lo iban a volver a tomar y no le cumplieron, aunque después fue a hablar con el gobernador de ese momento, y le consiguieron trabajo en la Legislatura.

Se portó bien. Una muy buena persona. Aunque Igual eran cosas provisorias que sólo nos iban tapando los agujeros del momento.

Yo creo que si hubiese estado él cuando comencé a boxear, hubiese tenido mucho más apoyo del que tuve.

La verdad fue que el haber estado tan en el fondo del mar, al borde del suicidio, en situación desesperante, con una mano atrás y otra adelante, escapando de todos lados sin contar con la ayuda prácticamente de nadie, nos hizo fuertes para lo que vendría, que fue igual o peor.

Fue la etapa en que vinimos a Buenos Aires para intentar conseguir que se reglamentara el boxeo femenino y poder dedicarnos a esto profesionalmente.


En Formosa, La Tigresa, con Ramón y sus dos chiquitos, Maxi y Josué (rubión), con su inseparable motito. Eran los primeros tiempos, cuando aún estaba todo por venir.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
315 s. 176 illüstrasyon
ISBN:
9789874788702
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

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