Kitabı oku: «Pensamiento Estético en Musicoterapia II»

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GUSTAVO RODRÍGUEZ ESPADA

PENSAMIENTO ESTÉTICO EN MUSICOTERAPIA II

Territorializaciones: formación, improvisación, técnica y escucha


Rodríguez Espada, Gustavo

Pensamiento Estético en Musicoterapia II. Territorializaciones : formación, improvisación, técnica y escucha / Gustavo Rodríguez Espada. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.

ISBN 978-987-87-1204-8

1. Musicoterapia. I. Título.

CDD 615.85154

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

Mail: info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

El rizoma que escribe estos textos…

Claudia Banfi: Lic. en Musicoterapia. Docente universitaria. Supervisora clínica en hospitales públicos y en el ámbito privado. Autora del libro Musicoterapia. Acciones de un pensar estético (2015. Ed. Lugar) y de diversas publicaciones en Argentina y Brasil.

Majo Bennardis: Lic. en Musicoterapia. Especialista en Docencia Universitaria. Docente Universitaria en Universidad Abierta Interamericana, Facultad de Psicología y Relaciones Humanas. Rosario. Argentina

Mauro Bertola: Musicoterapeuta clínico y docente universitario. Guitarrista.

Claudio Eiriz: Percusionista, compositor, psicopedagogo, profesor y licenciado en Ciencias de la Educación, Docente universitario (UBA, UAI, UP, UMaza)

Daniela Gianoni: Lic. en Musicoterapia. Docente universitaria. Musicoterapeuta de la Dirección de Salud Mental de la Prov. de Santa Fe.

Daniel González: Musicoterapeuta (UAI), Clínica en niños y jóvenes (eN Ronda Musicoterapia y Equipo Ninnus). Musicoterapeuta en Htal. de Día Mafalda (Htal. T. Alvarez, CABA). Docente universitario (UAI)

Claudia Heckmann: Profesora de Música. Licenciada en Musicoterapia. Docente universitaria. Musicoterapeuta en el campo de la salud mental.

Darío Nappe: Músico. Egresado y alumno auxiliar de la Lic. en Musicoterapia (UAI)

Rodrigo Olmedo: Lic. en Musicoterapia y músico.

Maxi Papa: Musicoterapeuta (UAI). Docente universitario en la Lic. en Musicoterapia (UAI).

Ximena Perea: Lic. en Musicoterapia. Formada en Coriat en Estimulación Temprana. Trabajo clínico con niñ@s en modalidad grupal en co-terapia. Flautista y otras yerbas. Docente universitaria y tutora de tesis (UAI, UBA). Directora de la Lic. en Musicoterapia (UAI).

… a ellas y a ellos debo el estado de placer y gratitud en el que permanezco.

Gustavo Rodríguez Espada: Magister en Metodología de la Investigación (UNLa), Lic. en Musicoterapia (USal, UAI). Saxofonista. Desarrolló actividades docentes y de supervisión en universidades e instituciones clínicas de Argentina, Venezuela, España, Estados Unidos, Brasil y Uruguay.

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

PRÓLOGO

Bitácora del Pensamiento Estético en Musicoterapia: Un posible relato genealógico

Introducción

Escritura colectiva

Primer Desvío

La pregunta por la ciencia: Vislumbrando una epistemología

Segundo Desvío

La pregunta por el sujeto y el discurso en Musicoterapia

Tercer Desvío

La pregunta por la música y el arte en Musicoterapia

Adisciplina Estética

Referencias bibliográficas

INTRODUCCIÓN EXPANDIDA

DECIR DE ÉPOCA

Clínica del Fastidio

La Hermandad del Fastidio

De la clínica en Musicoterapia en tiempos de aislamiento. Un texto de emergencia

Pantalla-escenario-tiempo

Cuerpo-objetos-mirada

Referencias bibliográficas

PRIMER MOVIMIENTO

La clínica en Musicoterapia como hecho social

La red vincular como superficie significante

El modelo como disciplinamiento social

Elecciones de lenguaje como superficies de lo posible

Descripción

Relevancia

Adisciplina estética

Hipótesis de intervención

Línea de fuga

Identidad

Intervención

Ejes semánticos

Sonido, cuerpo, dinámica grupal y subjetividad del/la musicoterapeuta

Intervención versus instrucción: Instrucción como disciplinamiento. Intervención como apertura

La construcción estética del vínculo

El vínculo estético

La Semana de la Improvisación Libre

Palabras de apertura

La gestión del silencio

Referencias bibliográficas

TERRITORIO DE REFLEXIONES EN TORNO A LA FORMACIÓN Y EL PENSAMIENTO ESTÉTICO EN MUSICOTERAPIA

Errancias forma-cionales

Referencias bibliográficas

De Sujetos y de Fábricas

Referencias bibliográficas

Anecdotario de la Formación: “Mermelada Ayer”

Aión: “Mermelada Ayer y Mañana”

Referencias bibliográficas

TERRITORIO DE REFLEXIONES EN TORNO A LA IMPROVISACIÓN LIBRE, LA MATERIA SONORA Y LA TÉCNICA EN MUSICOTERAPIA

La Improvisación es un Niño que Juega

Referencias Bibliográficas

La Existencia de las Madrigueras

Referencias bibliográficas

Conciencia Estética y Subjetividades Abiertas

Microescritos pensando la Improvisación Libre

De la técnica

Del temblor y la técnica

De los vínculos estéticos

De la levedad como destino

De la conversación dialógica

De la producción estocástica de discurso

Del improvisar como retorno al juego

Referencias bibliográficas

TERRITORIO DE REFLEXIONES EN TORNO A LA MÚSICA Y LA ESCUCHA MUSICOTERAPÉUTICA

Arte Escondido

Referencias bibliográficas

SEGUNDO MOVIMIENTO

Espejos de Sonido

Introducción

La Improvisación Libre: Orillas del bosque, espejos que suenan

La Improvisación libre como camino

Los avatares de la materia

La técnica en la Improvisación libre y en la clínica musicoterapéutica

Indicios de un sujeto

Espejos, laberintos y sonidos

Pensamiento Estético: Recuperación de la pregunta por la verdad del (desde-el) Arte

La Grecia clásica: Sócrates, Platón y Aristóteles

La Cristiandad: San Agustín de Hipona y Santo Tomás de Aquino

Renacimiento

La moderna Razón: Descartes

La honorable tradición: El Empirismo inglés

Kant

El Romanticismo alemán: Schiller

Hegel

La inversión trágica: Nietzsche

Croce

Heidegger

Pensamiento estético y subjetividad

Espacio clínico. Espacio de seducción. Más allá de las leyes

Referencias bibliográficas

TERCER MOVIMIENTO

Tritopía de Prácticas Estéticas de Libertad

Ejercicio reflexivo levemente amoral y alógico en torno a la ética, el poder, la seducción, la improvisación libre y la subjetividad en la clínica musicoterapéutica

Sujeto estético

La Tritopía:

El discurso improvisado

El discurso clínico

El discurso amoroso

Referencias bibliográficas

Un Broche, un Televisor, algunas Nubes

Comentarios acerca de una posible constitución subjetiva

Comentario 1

Comentario 2

Comentario 3

Comentario 4

Comentario 5

Comentario 6

Comentario 7

Comentario 8

Referencias bibliográficas

Una observación hacia lo sagrado

Un callarse del silencio...

Ceremonias de constitución: Lo sagrado

Somos forma, luego conocemos

Referencias bibliográficas

El Extranjero

Introducción

De los territorios del arte

De verdad y enigma

Adisciplina estética, epistemología y ética

El lugar del saber y sus consecuencias

La elección estética

Referencias bibliográficas

La Transición Estética

Indicios de un Pensar Estético en Musicoterapia

De la existencia del Discurso no-Verbal (DnV): El Arte

Lo que no es posible decir: otra vez el arte

Ceremonias de Conocimiento

Las palabras clave: estética y epistemología

Indicios de una transición posible

Consideraciones sobre el poder, la ética y la estética

Fragmentos de un Pensamiento Estético

Un epílogo

Referencias bibliográficas

De Popper a Coltrane

Construyendo objetos en Musicoterapia

Definiciones y problemas

Objetos y problemas

Discursos, materiales y lenguajes

La pretensión de entender

La existencia del Arte

Construcciones de objeto

Epistemología y estética: La posición

Adisciplina estética y curiosidad

Sobre el poder, la estética y la adisciplina

Referencias bibliográficas

La Estética de lo Sano

Referencias bibliográficas

Ética y Estética en Musicoterapia

Descripción del discurso sonoro no-verbal: Algunas consideraciones

El lenguaje del discurso: El discurso como descripción del emisor

Lo que no es posible decir

Hacia una concepción ética de la Musicoterapia

Consideraciones finales

Referencias bibliográficas

Notas

Prólogo
Bitácora del Pensamiento Estético en Musicoterapia: Un posible relato genealógico

XIMENA PEREA

Introducción 1

Esta trama de textos de Espada que se inician a principios de los ’90 contiene una recopilación lógica y en reverso cronológica de artículos que fueron constituyendo soportes teóricos fundamentales para la disciplina. Intuyo que estos aportes son los que motivaron que la escasa producción teórica de época acerca de la musicoterapia como práctica y campo de estudio, se desamarrase de algunos de aquellos orígenes ligados a la instrucción y a la normalización a través de la música como perspectiva de salud. Este entramado de textos delinea un campo de conocimientos específicos y reconfigura territorios de producción de discurso acerca de campos de saber y conceptos propios de la disciplina, sin desconocer su trama transdisciplinar. El giro epistemológico que provoca este movimiento teórico trastoca los paradigmas vigentes y produce en los pasillos disciplinares actos libertarios de sus lazos de origen que reconocen en la forma de estos mismos actos su potencia de crear concepto y desde allí formas diversas de pensar la salud.

¿Por qué el acto de volver a hacer pública esta trama de textos imprescindibles, a casi 30 años de su irrupción? Quizá la práctica en musicoterapia, al producir movimientos y expandirse a nuevos territorios de acción en lo social, va diseñando prácticas emergentes y este viraje reclama epistemologías novedosas, inmanentes, provisorias. Por eso estos textos vuelven a tener esa vigencia, actualizan la pregunta por la producción de saber-poder, por la transmisión de conocimiento en musicoterapia. Reinauguran la posibilidad de problematizar y distinguir aquellos mecanismos, métodos, procedimientos, construcciones discursivas y prácticas que puedan perpetuar formas de sufrimiento.

Espada en Pensamiento Estético en Musicoterapia construye conceptos y constituye con ellos formas posibles de concepción de la enunciación libertaria por la vía de la improvisación libre. Devela los lazos intrínsecos y necesarios del hacer musical con el arte en su posibilidad de expansión estética, y desde allí hacia la clínica devienen formas posibles de alivio del sufrimiento. Propone epistemologías contingentes al fenómeno estético que lo liberan, o por lo menos lo advierten de formas cosmetizadas de disciplinamiento. La perspectiva de la improvisación libre sitúa conversación y pertinencia: la producción cooperativa desmonta posiciones jerárquicas, desde sus entrañas provoca soberanía del hecho estético y es allí donde sucede algo cercano al alivio del padecimiento: fenómenos estéticos colectivos.

Espada insiste en intranquilizarnos con la pregunta por nuestros propios modos de reproducción de formas instructivas, por la posibilidad ante el acatamiento automático a formas coercitivas. Lo hace a favor de pensar en un recorrido responsable y necesario de líneas de fuga hacia la salud. Invita a reflexionar acerca de la pertinencia y de la pretensión del valor de verdad de nuestras propias estrategias: esta forma de la reflexión quizá nos sea una práctica urgente a los profesionales de la salud, tan complicados en garantizar la evidencia de un producto devenido de la clínica, más cómodos en el lenguaje deficitario que en las incómodas formas discursivas emancipatorias. Adormecidos en lecturas que desconocen contexto, corremos el riesgo de desoír pequeños detalles y diluir posibles formas de encuentro en la conversación.

¿Estamos seguros que la musicoterapia expande las posibilidades discursivas y comunicativas de los sujetos? ¿Cómo saber si ciertas prácticas no se ocupan de garantizar la permanencia de sujetos violentados? ¿O si ciertas prácticas no perpetúan a los sujetos y sus circunstancias en estado de deterioro? ¿Hasta qué punto no somos funcionales a ciertas formas añejas pero vigentes en los contextos y sistemas de salud? ¿Cuántas veces habremos declinado de gestar condiciones de posibilidad de trasladar al territorio de lo audible las voces padecientes?

Pero es posible que antes, cuando eras otro - siempre eres otro-, ese error fuera para ti necesario como todas tus verdades “actuales”, de la misma manera que una piel ocultaba y envolvía muchas cosas que no tenías derecho a ver aún. Ha sido tu nueva vida, no tu razón, quien ha matado a favor tuyo esa antigua opinión; ya no la necesitas y ahora se ha derrumbado, para salir arrastrándose de sus ruinas a plena luz del día el gusano de la sinrazón… actúan en nosotros fuerzas activas que están preparadas para hacer que estalle una corteza. (Nietzsche, 1882). Que estalle una certeza.

Escritura colectiva

Es preciso contar que esta trama conceptual además provoca incesantemente al grupo, propaga voces y potencia lazos en la escritura. Su letra permite tomar intersticios y gestar conversaciones, cartografías que derraman reenvíos, reflexiones y producciones conceptuales. Y sobre todo su permanente referencia teórica.

El rizoma no es una raíz sino un tallo subterráneo. Se extiende bajo la tierra adquiriendo formas imprevisibles, estalla sobre la superficie regalando una planta y otra….varios metros separan a veces, una mata de sus múltiples vecinas…si es cortado en alguno de sus tramos, se lanza nuevamente a la aventura de crecer. (Díaz, 2007).

Desarrolla aportes a voces emancipadas y precisas de la disciplina, a la vez que sintoniza con la pregunta acerca de expandir condiciones para hacer audibles las voces de los sujetos y sus padecimientos. Esto trastoca, ubica y potencia al sujeto en musicoterapia como co-constructor del saber acerca de formas posibles de producir salud, y salud colectiva.

En este segundo diseño del Pensamiento Estético en Musicoterapia, Espada vuelve a trastocar alguna lógica cronológica de sus escritos. No me voy a ajustar a ninguna cronología, tan sólo intentaré resaltar algunos de los esquejes que fueron poblando un bosque. Invito a bucear por esta marea de conceptos que derrama puntos de mira éticos, estéticos, políticos. Es un texto imprescindible por su insistencia en develar el riesgo siempre presente de traducir y simplificar a texto, método y concepto, todo acto estético singular.

Primer Desvío
La pregunta por la ciencia: Vislumbrando una epistemología

Espada claramente instala a principios de los ‘90 la pregunta acerca de cómo construir objetos en musicoterapia, interrogante que el estado de cosas del desarrollo conceptual de la disciplina por esos años difícilmente podía alojar. Sitúa la reflexión acerca de cómo las producciones teóricas determinan las prácticas, deja entrever cierta advertencia a la posibilidad de constituirnos en agentes de normalización, y allí el riesgo de la música de constituirse en forma posible de disciplinamiento.

Bien acompañado en estas reflexiones por Foucault y sus consideraciones acerca de la construcción de saber como sitio posible de intervenir sobre las subjetividades, de quien puntúa esa estrecha relación entre las producciones teóricas y sus impactos en las prácticas, en los sujetos. Las relaciones de poder allí presentes en esa frontera lábil ante la posibilidad de constituirse en estados de dominación.

Al mismo tiempo, y siguiendo a Foucault, los modos de subjetivación - En tanto formas de actividad sobre sí mismo- no sólo darán cuenta de los modos de sujeción; toda instancia de análisis de los poderes tendrá que establecer las múltiples formas de resistencia a éstos, es decir, de enfrentar también de muy diversas maneras a los aparatos de dominio. Siempre hay un resto o un exceso que no puede disciplinarse. Es decir que no puede pensarse la subjetividad como el mero resultado o efecto de los dispositivos de saber-poder y sus estrategias; habrá que tener siempre en cuenta ese resto-exceso que resiste la inclusión en lo instituido...Producir elementos conceptuales que permitan pensar ese resto exceso requiere desdisciplinar los dominios de objeto unidisciplinario y abrir la constitución de campos de problemas necesariamente desdisciplinarios donde las teorías intervinientes aporten problemas y no sistemas, donde aporten herramientas para pensar y no verdades de referencia. (Fernández en Damnotti/Barbin, 2010)

Y así, volviendo a la propuesta inicial; quiero situar aquí su pregunta por la ciencia, por el método en cuestión y sus fundamentos. Espada precisa y bordea el campo de discurso en Musicoterapia, vislumbrando una perspectiva epistemológica que necesita de la pregunta por la ética y estética para llegar a esa contundencia que contiene el Pensamiento Estético en Musicoterapia: “Es aquí donde pretendemos un movimiento epistemológico que permita rotar el punto de observación: hasta aquí la ciencia miraba al Fenómeno Estético. Ahora es ella la observada desde la mirada estética. Ahora es ese otro el que conoce.” (Espada, 2016)

Inventa categorías con carácter hipotético para producir conocimiento acerca del sujeto en Musicoterapia, el sitio del sujeto productor de discurso como instancia inasible, inalienable, irreductible. Enuncia también la posibilidad y el riesgo que la materia y la forma sean sometidas a la anticipación, es por ello que sitúa a la Adisciplina Estética como lugar imprescindible de observancia de la propia teoría y práctica, como instancia de resguardo posible de formas de resistencia.

El Fenómeno Estético como sitio de lo observable, audible: materia posible de ser moldeada, inanticipable, improvisada, libre: “Dispositivo de producción colectiva de materia significante, a-disciplinada, y semiotizada por un orden vincular, inaugural, efímero e inmanente.” (Espada en Olmedo, 2014). Entonces allí fracasarán las categorías previas, las herramientas predeterminadas de percepción y formalización, y cada fenómeno estético requerirá producirlas o cuanto menos tomarlas como provisorias, o cuanto menos actualizarlas. No sólo la perspectiva de la complejidad, sino la perspectiva del sujeto en devenir propone no predecirle materia y forma a la experiencia. El sujeto como condición de posibilidad de alguna ciencia (o sólo las ciencias de las diferencias), y no al revés. “Una mirada estética de la salud convierte aquello que era una identidad, en un enigma” (Espada, 2016).

“Pensar es diferir la repetición. Distinguir devenires. La potencia del pensamiento no estaría localizada en aquel lugar en el cual el pensamiento descubre lo mismo, se remite a lo idéntico, busca lo igual. Sino en aquel lugar dónde se realiza una capacidad de distinguir. Distinguir devenires.” (Gallego, 2020). Se vale de la perspectiva de la Adisciplina Estética para reflexionar acerca de los momentos en los cuales pretendemos describir al sujeto como efecto de algunas causas. La irrupción de lo singular reclama no condicionar ni anticipar materia y forma, sino alguna ciencia de lo inexacto, “las leyes que regulan las excepciones en la patafísica” dice Ariel para referirse al estilo. (Alfred Jarry en Ariel. 1994).

Se trata (…) de producir las herramientas conceptuales para pensar una dimensión subjetiva producida en el “entre” de un colectivo en acción; es decir que se trata de pensar esos restos-excesos que se producen en el “entre” de los pliegues, repliegues y despliegues de las multiplicidades. Pensar esos restos-excesos es pensar esos cuerpos sin organismo, esas partes de cuerpo que agencian y fugan en el lógicas de multiplicidad para lo cual, tal como se señaló (…) es necesario habilitar un pensar que piensa diferencia de diferencias que no remiten a lo idéntico. (Fernández en Damnotti/Barbin, 2010)

Cualquier modelo explicativo sólo dará cuenta del sujeto en los lugares en los cuales el sujeto no es sujeto, sino sujetado a alguna norma, como efectos de poder que vienen asociados a esa producción de verdad. Y allí la Improvisación Libre: el ejercicio práctico de la libertad o su intento más aproximado. Provee formas livianas de alojar un sujeto que produce discurso al situar las huellas materiales de esos discursos, las reglas de configuración del fenómeno estético y allí formas posibles de reconfiguración del sujeto estético.

Segundo Desvío
La pregunta por el sujeto y el discurso en Musicoterapia

Retomo los textos iniciales que dejaron los esquejes para producir una trama de estudio, reflexión y pregunta sobre cómo el sujeto productor observa a la ciencia, y retomo la pertinencia de esa pregunta en la práctica. Su vigencia en tiempos en los cuales lo validado por la evidencia parece ser lo que tiene valor de mercancía.

Quizá el andar acompañados por algunas apreciaciones acerca de las ciencias de las diferencias y del sujeto en devenir en trama con lo social, traccione hacia la idea de un hacer musical que vibre en frecuencias cercanas con esas ideas, que no predetermine ni materia ni forma ni mucho menos sentido. Y así esta expansión de la concepción de música que propone la improvisación libre permea sobre la idea de sujeto y vínculo. El objeto de estudio será el sujeto y sus formas singulares de potencia y padecimiento, y el Fenómeno Estético que sucede en musicoterapia. Entonces ambas perspectivas se impregnan, se suplementan y construyen sitios de resistencia a su propia posibilidad de pretender ser universalizables. Allí es “donde el arte observa a la salud”, dice Espada al concebir la idea de la Adisciplina Estética.

El Fenómeno Estético, contiene huellas en el discurso de los sujetos. Y allí el shifter, ese sitio de designación de una posición del sujeto productor, singular y provisorio; traccionando y trastocando lo dado (Jerusalinsky, 2017). Ese más allá de la belleza donde lo singular se soporta y agujerea lo codificado de modo tal que inventa sus propias reglas contingentes. Y para escuchar lo inédito, necesitaremos “que se acallen los sonidos devenidos de las disciplinas del mundo”, dirá Espada.

Pienso que en aquellos sitios de intervención en los cuales las infancias muy tempranas están comprometidas en sus procesos de despliegue discursivo, lúdico, simbólico; si no es pertinente pensar en acompañar desde la potencia del intercambio en una superficie dialógica a través y a partir de la materia sonora. Acompañar el complejo proceso de amarrarse y fundar códigos compartidos que impacten en el cuerpo de modo singular y expandan formas desde donde producir discurso, habitar formas singulares de enunciación que derramen en formas de lazo en la trama social, colectiva, familiar, institucional.

Esas aberturas habilitará el traslado, el despliegue de esta condición de buscante incluirá la variación como instancia posible, trascendiendo lo atemporal que aparece en la superficie como más inmóvil y para filtrarse, deslizándose en la sucesión de los acontecimientos. Subversivo con él mismo y con los lugares preestablecidos que pueden obturan la expresión de lo subjetivo, explorando grietas, aperturas posibles. Espada plantea

(…) apertura de una región de lo-por-conocer. El procedimiento de tal apertura es la inauguración de lo estético como discursivo y cognoscible. Esta región está signada por la paradójica condición de imposibilidad de conocimiento de las leyes que gobiernan la constitución del discurso estético en general, toda vez que es imposible categoría tipológica superior al Fenómeno Estético mismo. (Espada, 2016)

Inauguración y reinauguración de un lugar desde donde producir discurso que lo habilite a trasladarse a través de él, y en ese traslado se invente sobre una superficie que sostiene la aventura como transcurso posible. Al aventurar se pone en peligro, se corre el riesgo de alejarse de lo preestablecido, direccionándose hacia lo incierto. Y allí donde el transcurso está obturado, el posicionamiento del musicoterapeuta desde un lugar de improvisación en la escucha y en la producción colectiva podrá alojar algún escenario posible para el aventurarse. Reconocer la potencia de todo acto de improvisación libre como tecnología, estrategia y epistemología, como herramienta técnica imprescindible para constituirse en condición de posibilidad: pausar el tiempo hasta permitir que acontezca la irrupción de lo singular. Y allí quizá se dará existencia a realidades inexpresables con palabras, trazando diferencias, bosquejando cartografías potentes y provisorias.

Tercer Desvío
La pregunta por la música y el arte en Musicoterapia
Adisciplina Estética

Fundador y portavoz de búsquedas de desterritorialización, Espada propone la Adisciplina Estética como instancia que devuelve al hecho clínico en musicoterapia su pertenencia a la dinámica del arte, al denunciar formas posibles de territorialización de la música como herramienta instructiva a favor de formas de control y homogeneización social. Retoma la huella que dejara a principios de los ’90, advirtiendo el riesgo de domesticar a través del hacer musical. Y allí la estrategia del marketing como brazo operador de las formas de control del consumo, advirtiendo también sobre la colonización de las formas de producción. Por eso la importancia de situar esa pregunta en la clínica.

El Pensamiento Estético propone algún sitio de observación para no modelizarse y constituirse con pretensión de universalidad como único imperativo: sólo hay clínica en musicoterapia si hay Improvisación Libre, que puede constituirse tanto en un sitio emancipatorio como en una posibilidad de sujeción. Y aquí es donde nos acompaña la perspectiva de la Adisciplina Estética como espacio de observancia y de posible develamiento de ese punto ciego. Cuando nuestros hábitos perceptivos puedan desoír un Fenómeno Estético cuyas reglas de configuración nos resulten extranjeras, corremos el riesgo de aplacar algunas formas mínimas, imprescindibles de irrupción de lo singular. Dice Espada: “Se trata de la descalificación perceptiva de aquello que no puedo explicar con proposiciones verbales, de manera tal que quede clara la línea causal del fenómeno cuyo acontecer describo”. (Espada, 2016)

Dice Derrida:

Éste le impone la traducción en su propia lengua y esta es la primera violencia. La pregunta de la hospitalidad comienza ahí: ¿debemos exigir al extranjero comprendernos, hablar nuestra lengua. En todos los sentidos de este término, en todas sus extensiones posibles, antes y a fin de poder acogerlo entre nosotros? Si ya hablase nuestra lengua con todo lo que esto implica, si ya compartiésemos todo lo que se comparte con una lengua, ¿sería el extranjero todavía un extranjero y podríamos hablar respecto a él de asilo o de hospitalidad? (Derrida, 2014).

Hablar a principio de los ‘90 de responsabilidad estética, situando la posibilidad de la música de disciplinar formas discursivas, delinea un sitio en el que habríamos de demorarnos a reflexionar como musicoterapeutas por estar atravesados por contextos que nos predeterminan formas de percepción y formalización de los discursos estéticos. La pregunta por el sitio estético desde donde observar la producción desde esta idea tan precisa de la Adisciplina Estética, contornea un sitio de problematización, de reflexión de cuánto expandimos la posibilidad del sujeto productor de discurso de desplegar el ejercicio práctico de su libertad.

Podemos hablar de singularidades sólo cuando algo que se presenta hace desfallecer las capacidades clasificatorias de la lengua de la situación… Las singularidades no son unas objetividades dispuestas para el conocimiento de un sujeto puesto enfrente -en trascendencia- sino intervenciones subjetivas que producen una novedad en la inmanencia de la situación. De ahí que una de las condiciones de posibilidad para que existan singularidades es la posibilidad de intervención. (Lewkowicz, 2015)

¿Cómo generamos la expansión de formas discursivas emancipatorias? ¿Cuáles son los bordes que delimitan esos territorios? ¿Cuáles son nuestros condicionamientos que nos empañan los tímpanos y la mirada? Espada nos propone formas de intentar despabilar sitios de adormecimiento de nuestras propias costumbres perceptivas, formas de naturalización de perspectivas diagnósticas que terminan siendo deficitarias a través de los cuales podemos inhabilitar la producción discursiva. Entonces la urgencia de ubicar otros sitios de reflexión y deliberación, cuando gestamos objetos, discursos, prácticas en musicoterapia.

Referencias bibliográficas

ARIEL, A. (1994) “Una poética del estilo” en El estilo y el acto. Editorial Manantial. Buenos Aires.

DÍAZ, E. (2010) Entre la tecnociencia y el deseo. Editorial Biblos. Buenos Aires.

DERRIDA, J. (2014) La hospitalidad. Ediciones de la Flor. Buenos Aires.

FERNÁNDEZ, A.M. (2010) “Lógicas colectivas y producción de subjetividad”, En Damnotti/Barbin La potencia de lo colectivo en la construcción de subjetividades. Tesis de Licenciatura. Universidad Abierta Interamericana. Buenos Aires.

GALLEGO, J.M. (2020) “Foucault. Ciencia y Sujeto”. Desgrabación Clase del 10/07/2020. PESS. Filosofía y Letras. UBA. Buenos Aires.

JERUSALINSKY, A. (2016)”Sobre cómo se produce la transmisión de la lengua”. Seminario 31/05/2016.

TRADUCCIÓN libre Norma Filidoro. Fundación para el Estudios de los Problemas de la Infancia. Buenos Aires.

LEWKOWICZ, I. (2015) “Particular, universal singular” en Juan Jorge Fariña. Ética. Un horizonte en quiebra. Editorial Eudeba. Buenos Aires.

NIETZSCHE, F. (2001) “En favor de la crítica” en La gaya ciencia. (1era ed. 1882) Akal, Madrid.

PEREA. X. (2005) Entre lo originario y lo original. Transcurso discursivo en Musicoterapia. Tesis de Licenciatura. Universidad Abierta Interamericana. Buenos Aires.

RODRÍGUEZ Espada, G. (2014) En Olmedo, Movimientos hacia la Improvisación Libre. Tesis de Licenciatura. Universidad Abierta Interamericana. Buenos Aires.

-------------------- (2016) Pensamiento Estético en Musicoterapia. Editorial Universidad Abierta Interamericana. Buenos Aires.

Introducción expandida

Este texto es un rizoma. Fragmentos de un todo desarrollado en diferentes épocas, diferentes circunstancias históricas, diferentes necesidades y acontecimientos motivadores.

Fragmentos que guardan entre sí una relación no siempre evidente. Atesoran repeticiones, reescrituras, contradicciones, complejidades y ambigüedades que discurren, discontinuas, en una historia posible.

Incluye más de veinticinco años de voluntades, ideas, discusiones y horas de trabajo clínico propias y de compañer@s de caminata por los senderos de ese bosque que es el Pensamiento Estético en Musicoterapia. Formas del compartir tiempos profesionales, lecturas, viajes, exposiciones en congresos, charlas públicas, y algunos vinos, no menos inspiradores que los libros y la academia.

En este no tan nuevo libro, se suman a los escritos ya conocidos, los de buena parte de es@s colegas con quienes hemos compartido el placer de pensar, sentir y trabajar estéticamente.

Esta colección de escritos está poblada de otras voces, otras plumas, otros cantos. Los que también han poblado clases, talleres, ejercicio clínico y argumentos de gestión institucional.

La lectura, seguramente poco amable de los escritos precedentes es ahora abierta a una comprensión expandida en el diálogo colectivo, sostenido en la clínica en Musicoterapia y en la Improvisación Libre, como territorio de permanente retorno sonoro en el que abrevamos toda vez que hemos necesitado de una pregunta, de un acontecimiento o de un abrazo.

Los tiempos históricos que nos tocan nos han invitado a revisar nuestras prácticas, tanto en la formación profesional cuanto, y recursivamente, en su ejercicio clínico. La técnica, el concepto de adisciplina estética, la escucha y la ética desde la que percibimos nuestro devenir musicoterapeutas, y a la que invitamos a quienes, tan audaces como amables, se entrelacen con nuestros escritos.

Como en el primer libro, también el presente fluye “hacia un pasado imaginario y pretenciosamente fundacional”, pero su textura se expande y territorializa nuevas regiones. No es imposible y acaso sea deseable, construir un propio recorrido como lector@s, una línea de fuga, que al tiempo que se transita, produce una diferencia e integra en lo colectivo.

Los textos, tanto los que historizan el Pensamiento Estético en Musicoterapia, recopilados, releídos y corregidos sin perder su lógica y su situación epocal, cuanto los nuevos habitantes de este libro, son una invitación a participar e intervenir en ellos, a hacer uso, a resignificarlos. Tienen como destino el dejar de pertenecer a su autor/a para esparcirse en pensamientos y en actos de una comunidad, con el objeto de acentuar su capacidad de proliferar en lo heterogéneo, como quería Deleuze.

Pueden comprenderse como fragmentos de una gran improvisación, que han quedado fijados en una partitura sin dejar de ser aquella improvisación, sin perder su condición de tiempo presente y colectivo, que ahora adquiere la apariencia de una lectura.

Es a nuestr@s lector@s a quienes les toca el trabajo, arduo siempre, caprichoso a veces, de restituirle a esa improvisación fragmentaria el carácter de discurso vivo. Y ya entonces participar del festejo, la ceremonia de un acontecimiento que obra, que distingue, que traza, fundando una pequeña guía de prolongaciones y réplicas rizomáticas. Errancias, derivas, fugas...

Probablemente, y aún sin mi total consentimiento, un deseo pueble esta introducción; que cada vez que alguien se interne en estos escritos reinicie esa improvisación en la que todos los sujetos invocados en ellos, ese nosotr@s, vuelva a sonar, a escucharse. ¡Volvamos a tocar! Un nosotr@s nómada, un nosotr@s que se sostiene, así como el curso del río sostiene el cambio constante de las aguas. Este nosotr@s tiene la potencia de incluir a quien lee, que cada vez que abra, y se abra, al texto se estará ya integrando nuestra conversación colectiva. Nuestra dialogia.

Y es desde este escenario de acontecimientos desde donde l@s invito a recorrer los mentados senderos del bosque, comprender los conceptos, sufrir las arideces sembradas en la escritura, discutir pareceres y, secretamente lo espero, disfrutar de alguna línea afortunada.

Gustavo Rodríguez Espada

Rosario, Junio de 2016 - Buenos Aires, Diciembre de 2020

Decir de época
Clínica del Fastidio
La Hermandad del Fastidio

MAURO BERTOLA, DANIEL GONZÁLEZ, RODRIGO OLMEDO, MAXIMILIANO PAPA, GUSTAVO RODRÍGUEZ ESPADA

Este escrito tiene carácter colectivo, se gesta en lo fraternal del encuentro, porque hubo y hay encuentro a pesar de la pantalla. ¿Cómo reactivar ese cuerpo colectivo en estos tiempos?

(La Hermandad del Fastidio, 2020)

La única terapia que yo veo tras la oscuridad presente es la reactivación del cuerpo colectivo, del placer de encontrar el cuerpo del otro en la dimensión colectiva.

(Berardi, 2019)

De la clínica en Musicoterapia en tiempos de aislamiento. Un texto de emergencia

Estas líneas son escritas en tiempos de pandemia, de distanciamiento social obligatorio, en tiempos en los que el contacto físico está disminuido o neutralizado, en tiempos en los que a muchos profesionales de la salud nos han pedido que brindemos prestaciones desde dispositivos electrónicos y, pantalla mediante, tentemos algún tipo de afectación saludable con quienes atendemos.

El tiempo y la corporeidad son justamente dos de los tantos factores que instalan diferencias en esta nueva vincularidad para la clínica. ¿Cómo hacemos música con otras personas en este contexto dominado por la latencia? ¿Qué hacemos con la incomodidad y el fastidio que esto nos produce? ¿Qué clínica musicoterapéutica podemos pensar desde ahí sin negar ese malestar de época? No podíamos escribir fuera de este tiempo. No podíamos proyectar estos párrafos fuera de esta vivencia que nos perturba, no podíamos pensarnos dentro de una clínica conocida o ideal que ya no sabemos si volverá a darse, no podíamos negar la explotación sobre nuestros cuerpos por un neoliberalismo que nos sujeta hasta en lo más íntimo de nuestro hogar y, no obstante esto, necesitábamos componer algunos caminos posibles si es que queríamos seguir ejerciendo nuestra querida práctica clínica en este contexto. Las tecnologías devinieron en una prótesis fundamental para el proceso terapéutico. No podemos llegarnos sin las múltiples plataformas de tele-asistencia, no podemos componer con otros sin los software de edición musical, ni siquiera podemos vernos las caras sin algún dispositivo a disposición.

En estos tiempos las palabras “distancia” y “pantalla” toman un protagonismo impensado hasta el momento y, resignificándose en tanto su uso en el territorio de la clínica musicoterapéutica se hace cotidiano, van siendo transitadas por sentidos diversos e inestables, proceso que parece propio de este escenario en el que la materia expresiva se torna disponible al sentido.

En esta trama compleja y cargada de incertidumbre, la pantalla oficia de membrana por cuyos poros transita, de un lado al otro, un discurso cuya materialidad dispuesta al sentido diverge, cambia en su formación y propone acontecimientos. Esas mutaciones nos interpelan, no exentas violencia. Una virtualidad violenta.

Materia disponible “que es susceptible de percibirse por los sentidos (...) no es posible percibir sin formalizar y, recursivamente, la formalización implica percepciones, aun siendo éstas objetos simbólicos. Hablamos de estética como la posición desde la que vemos el acontecer estético y, circularmente otra vez, la estética determina una posición de percepción.” (Rodríguez Espada, 2016 p.101)

La imagen, los movimientos, los gestos, las duraciones, el sonido, la interferencia, el espacio, las posibles relaciones, operan como puntos de apoyo desde los cuales “ubicarse en posición ventajosa para observar” y describir realidades posibles, estados de cosas.

Pero explicar los fenómenos estéticos (…) implica, en principio, un cartografiado de los mismos mediante una descripción, la cual nos pone en serias dificultades pues se trata de dibujar un mapa en la superficie del agua. La superficie, el lenguaje sobre el que se hace el cartografiado condiciona nuestro relevamiento. (Rodríguez Espada, 2016 p. 102)

En tal relevamiento algo se pierde, un resto que queda fuera del lenguaje, la descripción es una aproximación posible, “el mapa no es el territorio”, dirá Bateson (1976, 1997). La teoría del Pensamiento Estético en Musicoterapia ofrece la posibilidad de elegir y asumir el compromiso ético de velar por ese resto desde la adisciplina estética sabiendo que dicho pensamiento está inserto en una trama social disciplinante.

Si el lenguaje ya condiciona nuestro relevamiento ¿qué sucede cuando le quitamos una dimensión? Ahora relevamos, describimos, percibimos mediados por la pantalla, en dos dimensiones.

¿Cómo lidiamos con esa tercera dimensión en ausencia? ¿Se completa en diferido? ¿En simultáneo? ¿En ambos lados de la pantalla y luego se reenvía?

¿Permanece como una ausencia? ¿Es lo perdido una forma de la melancolía inoperable?

Y en algunos discursos institucionales con pretensiones instituyentes, lo negado, o acaso forcluido.

Pantalla-escenario-tiempo

La pantalla devuelve la propia imagen, nuestros gestos y en ellos queda capturada nuestra expresión de fastidio por lo incómodo que suele ser escuchar y hacer música en tales condiciones.

Desde este fastidio discursivo surgen las preguntas:

¿Cómo pensar la clínica musicoterapéutica en estos tiempos de peste y cuarentena, pantalla mediante?

¿Cómo sostener la escena sonora con el otro? Y al otro.

¿Qué escuchamos, qué vemos, qué relaciones hay entre lo que vemos y escuchamos? ¿Cuáles son las distinciones que realizamos? O, desplegando la pregunta, ¿Qué lenguajes son posibles en este universo perceptivo?

El denominador común que articula cada una de las posibles respuestas lo podríamos situar en el discurso, materia expresiva que transcurre en el tiempo e invita a encontrar un orden, formas al interior del vínculo cargándose de sentido e inaugurando encuentro. Lenguaje. Signos compartidos.

Discurso producido por/con un otro… “Sujeto que definimos, siguiendo a Verón, como posición, como punto lógico donde situar las operaciones de producción de un discurso identificado y bajo análisis. Es decir, aceptamos como principio hipotético la existencia de un sujeto en tanto es posible reconocer un discurso” (Rodríguez Espada, 2016, p. 125)

Sin dudas, tal horizonte se vuelve prometedor, pero nos devuelve el compromiso de repensar lo ético en este presente pandémico, asumiendo la toma de decisiones tendientes a la construcción de un objeto discursivo desde donde trazar aquellas distinciones posibles, tomando al fastidio como condición de producción.

El dispositivo de pantalla instala otra cotidianidad, cambiando el escenario, la forma de presentarnos y mostrarnos ante el otro. El lugar del profesional, la forma de ofrecerse en el espacio, lugar en devenir según la singularidad de cada musicoterapeuta, se encuentra con el desafío de lidiar con las nuevas tecnologías de información y comunicación e intentar acompañar a otro, cuyas condiciones de reconocimiento en el devenir discursivo ya no son las de un espacio relativamente adaptado a la práctica musicoterapéutica, sino la casa, o más complejamente, el hábitat cotidiano: la cocina, el dormitorio, a veces compartido con familia, mascotas, vecinos, que incide en tanto componente aleatorio del proceso estocástico de la escucha. En este caldo sucede que los musicoterapeutas también sonamos y a su vez ofrecemos (intencionalmente o no) condiciones de reconocimiento para que las familias se encuentren con la producción de estos miembros en proceso de musicoterapéutico.

Recortar, editar, yuxtaponer, amplificar, imitar, etc. Son todas operaciones que hacemos en la clínica musicoterapéutica al componer con/por/desde el discurso de los pacientes. Las diferencias con la pérdida de la dimensión corporal a través de las pantallas deben ser innumerables, pero también las posibilidades que se abren consensuando un nuevo encuadre mediado por estos dispositivos o mejor aún nuevos dispositivos encuadrado en este contexto. Cosa que, a su vez, transforma nuestra escucha y promulga la creación de un nuevo territorio de encuentro. De seguro más virtual de lo que nos gustaría, pero territorio de encuentro al fin.

La noción de dispositivo que desde Foucault toma Fernández (2007) nos permite ampliar las lecturas, descripciones posibles, y “pensar el entramado de elementos discursivos y extradiscursivos”. Dice la autora:

En primer lugar se refiere a la red de relaciones que se pueden establecer entre elementos heterogéneos: discursos, instituciones, arquitecturas, reglamentos, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales, filantrópicas, lo dicho y lo no dicho. En segundo lugar, el dispositivo establece la naturaleza del nexo que puede existir entre estos elementos heterogéneos. (…) Además trata de una formación que en un momento dado ha tenido por función responder a una urgencia. (Fernández, 2007, p.112, 113)

¿“Responde a una urgencia” en este estadío de la clínica, es también responder al fastidio?

Cada dispositivo es una multiplicidad en sí misma en la que operan distintos procesos de modo muy diferentes en cada uno de ellos ya que en cada uno se instalan sus regímenes de intensidades y velocidades específicos. Se trata de singularidades que no pueden ser consideradas como partes de un universal (Fernández, 2002, p.154)

Tendríamos que agregar a estos elementos heterogéneos las nuevas tecnologías de información y comunicación, es decir, las redes sociales, las videollamadas, las plataformas virtuales y todo otro artificio informático que envasa el discurso y, por consiguiente, lo formatea. Es condición de producción (Cp). Deleuze (1990) dirá que “todo dispositivo se define pues por su tenor de novedad y creatividad, el cual marca al mismo tiempo su capacidad de transformarse o de fisurarse y en provecho de un dispositivo futuro”. Continuando esta idea creemos necesario construir y sostener un posicionamiento que contemple, desde la propia práctica, cierta horizontalidad en los lugares y en las relaciones de saber/poder que sean capaces de huir de la captura, de la reducción homogeneizante, de la continuidad enfermiza, de las operaciones de universalización. Algo del ofrecer ciertas condiciones de reconocimiento que se mencionaba anteriormente en este escrito, al modo que lo piensa Percia:

Intentados Clínicos: Los intentados son textos que no pretenden alcanzar una cosa que está en otra parte o lograr un resultado preestablecido; los intentados, se intentan. Y gustan permanecer en estado de tentativa. Intentados clínicos que dicen lo que no pueden resolver; porque no creen tanto en una resolución como en la insistencia de lo incolmado. Intervenir es intentarse como un pensamiento. Su mayor potencia es el intento. Muchos de estos trabajos exponen contradicciones de la práctica sin fingir conocer la salida. Son textos que se afirman en el ensayo y la pregunta. (Percia, 1997)

Intentados que se arriesgan, se arrojan y buscan un horizonte posible, planos de composición en otros tiempos fuera de los simil-reales, una restitución más que una intervención, un afuera del afuera, una fisura posible.

Las dimensiones de saber, poder, subjetividad (objeto, sujeto, lenguaje) son líneas de fuerzas que van en múltiples direcciones formando una trama, una red de relaciones. Según el filósofo francés, en la medida que las líneas de subjetivación puedan escapar, o al menos distanciarse de las dimensiones de saber y de poder, serán capaces de trazar caminos de creación, es decir, líneas de fuga, huidas activas; las cuales hemos ubicado en conversaciones y escritos grupales, como un lugar de formas posibles que ofreciera esta virtualidad.

La clínica musicoterapéutica es inexacta, si sus operaciones, desde una posición de adisciplina estética, postulan una apertura a lo posible, una inauguración de signos desprovistos de algo, levemente inciertos, una clínica que retrocede desde lo cierto hacia lo posible. (...) El rigor de nuestra práctica es ético, forma reflexiva de la libertad que siempre pregunta por los bordes. (Rodríguez Espada, 2016)

Trazamos distinciones, percibimos y formalizamos, el mapa no es el territorio, pero en tal contexto ofrece posibilidades de reconocimiento y producción en el discurso.

Disparatar la escucha en tanto aloje lo incierto (…) como aquella instancia que habilite a un (…) otro, a partir de la conducción activa de un acto discursivo, a dejar huellas de su presencia en el enunciado. Sólo es posible en un territorio que aloje a la improvisación y al juego como ejes sobre los cuales se sostendrá un escenario que permita restablecer el transcurso discursivo. (Perea, 2008, p.46)

Componemos la escucha en situación, con lo que “hay”, lo que suena, lo que no, aquello que emerge, que se insinúa, en los contrastes y en los vaivenes del gesto sonoro corporal. Si el objeto discursivo “tiene algo que decirnos, no será otra cosa que los modos en que nos apropiamos de él al tiempo que lo creamos” (Eiriz, 2016, p.47). Buscamos la mezcla que nos ofrezca la mejor posición para observar-escuchar aquellos gestos que se muestran y ocultan en la dinámica del arte y que en ocasiones son re-encontrados en una grabación y/o un video, tornándose disponibles en un tiempo diferido, tiempo que habilita una escucha recursiva historizando relaciones y modos vinculares en tanto condiciones de posibilidad.

Y la historia en términos de Giorgio Agamben, no es más que el resultado de las relaciones entre significantes diacrónicos (una progresión en el tiempo) y significantes sincrónicos (el tiempo en un momento dado, un tiempo concreto). (...) Al interior de cada encuentro, en el instante del hacer clínico se vive otro tiempo. Un tiempo que no es del orden cronológico, sino, a decir de Deleuze, un tiempo aiónico. Aión, significación temporal que en griego clásico designaba una temporalidad no numerable, implica una temporalidad más del lado de la fuerza vital y de la potencia, que de la cronicidad. (Barbin, Damnotti, 2010, p. 43)

La latencia nos empuja a una escucha dificultada o interrumpida, nos fastidia, nos difiere. Pero contamos con ese gesto captado y repetido para alcanzar nuevos niveles de escucha. Esa mínima porción discursiva que contiene el estilo del otro. Como quien se sienta a escuchar música y descubre inflexiones donde antes no las percibía, vamos ingresando en una escucha más minuciosa, una escucha de lo micro y buscando ese pequeño atisbo de libertad posible por medio de un hacer musical/sonoro colectivo. Poner a conversar nuestro sentido estético, nuestro deseo de hacer música con esas producciones puede volverse una deriva posible del fastidio latente.

Podemos pensarlo también como un hiato, un corte en el espacio-tiempo, un cambio de ritmo, de pulso, discontinuidad que posibilite un movimiento desde cierta impotencia-estática, impuesta por el neoliberalismo de forma circular, continua y sin corte, hacia una imposibilidad-estética que se plantea hoy en nuestro contexto clínico virtual. Se nos ha vuelto indispensable poder ubicar, describir y plantear aquellos problemas subyacentes al acontecimiento. Es importante considerar que esta imposibilidad no se aleja del movimiento, por el contrario, es empujada por cierta necesidad, entendida desde Deleuze como una fuerza indispensable en todo acto de creación, que insiste en acomodarse a otras velocidades, intensidades, sonoridades, materialidades, planos, artencias y azares. Actos de resistencia.

Cuerpo-objetos-mirada

El desafío es sostener diversas formas de encuentro, en los cuales trazamos mapas que no son fijos, cartografías que se arman y rearman de tal manera que la materia expresiva se ofrece y dispone como textura vincular de andamiaje que se reedita en el discurso a partir de la experiencia.

Si el discurso, luego de ser percibido y formalizado deja una huella, imprime el cuerpo, la huella de dos dimensiones, producida por ese discurso de pantalla, en el que algo se ha perdido, ausencia fastidiosa si las hay, ¿qué cuerpo deja? ¿Es lo mismo una consigna verbal, pedido, pregunta, incentivo, invitación, orden, límite o connotación verbal o sonora, acuse de recibo de la escucha, contacto ocular en dos dimensiones, o en tres, que dar la mano? ¿El desplazamiento del propio cuerpo en el espacio, ahora a negociar con la cámara, el plano de la imagen, la proxemia en sesión, es lo mismo que la distancia de foco? ¿Un plano cercano y/o un beso o un abrazo? Aquí, todos sabemos que no lo es, pero ¿en dónde radica exactamente esa diferencia?

Compartir un objeto físico o virtual no parece ser lo mismo. La mano que agarra, tensiona, aprieta, desliza. ¿Dónde trazar una frontera, primaria al menos, borrosa, móvil, en la que el lenguaje fuere soportado por la materia significante que fuere, diverge entre las dos y las tres dimensiones? ¿Hay una bifurcación?

¿Qué cuerpo-discurso es posible? ¿Cómo tramitamos los S. musicoterapeutas ese cuerpo sin temperatura, sin olor, sin textura, comprimido y recortado en su espacialidad, ecualizado en sus movimientos a partir de las posibilidades técnicas de desplazamiento de un teléfono-cámara-ojo que recuerdan la estética de von Triers del Dogma 95?

Planteamos el discurso en tanto transcurso durante el cual, en tiempo presente, el sujeto se enuncia y se denuncia presente a través de su expresión en presencia de otro: y esta operación implica vínculo, implica y necesita de otro. Arma presencia y presente al hacerse oír, al apropiarse del discurso en tiempo y espacio habitándolo, transcurriéndolo. En palabras de Verón (1987): una subjetividad definida desde el discurso (...) el transcurso de una temporalidad en un presente actualizado por el sujeto (Perea, 2008, p.90)

Fastidia la ausencia de lo que nos es (¿era?) tan necesario a los musicoterapeutas para formalizar lo percibido. Hoy las posibilidades de análisis e intervención se dislocan: se juegan en lo sonoro, en lo gestual que atraviesa la pantalla, membrana porosa a la percepción, pero membrana filtrante al fin. Hay un costo, hay algo que se pierde. Y también es ese disparatar la escucha que pide Perea, o más extensamente, disparatar la percepción y entonces volver al escenario musicoterapéutico; atravesar el territorio del fastidio y volver a trazar distinciones posibles, co-construir con el otro, otro lenguaje, aquellos signos compartidos.

Y aquí es necesaria la parada ética musicoterapéutica, que desde el concebir estéticamente al Sujeto (S) y a nuestra práctica, nos invita a sostener que Hay otro allí, tal vez del otro lado de la pantalla, o quizás en esa tercera zona, en el “entre” ambos lados de la pantalla, una tridimensionalidad diacrónica, en tiempos dislocados. Pero hay otro. Aún no sabemos qué formatos subjetivos nos depara este cruzar la frontera del fastidio, ese otro que nos espera allí.

Referencias bibliográficas

BARBIN, J. DAMNOTTI, P. (2010). Clínica en Musicoterapia. La potencia de lo colectivo en la construcción subjetiva de niños con TGD. Tesis de Grado. Buenos Aires, Argentina: Universidad Abierta Interamericana.

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BERARDI, F. (2019) “El problema es cómo la pantalla se ha apoderado del cerebro”. Disponible en: https://elpais.com/cultura/2019/02/18/actualidad/1550504419_263711.html

DELEUZE, G. (1990) “Capítulo III ¿Qué es un dispositivo?” en Michel Foucault filósofo. Barcelona. Editorial Gedisa.

EIRIZ, C. (2016) En busca de lo audible: Ensayos críticos acerca del Tratado de los objetos Musicales de Pierre Schaeffer. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ugerman Editor.

FERNÁNDEZ, A. (2007) Las lógicas colectivas: imaginarios, cuerpos y multiplicidades. Buenos Aires, Biblos.

KIEKTIK, C. (2006) La envoltura sonora del artista: Creación sonora para la creación artística. Tesis de grado. Buenos Aires, Argentina: Universidad Abierta Interamericana.

PEREA, X. Paterlini, G. comp. (2014) A Voces: Intertextos en Musicoterapia. Buenos Aires, Editorial UAI.

PEREA, X. (2008) “Capítulo I Bases epistemológicas de un pensar-hacer clínico en musicoterapia en la infancia” en Del Posicionamiento ante la clínica en Diagnóstico y abordaje musicoterapéutico en la infancia y la niñez. Gauna, G, Perea, X. y otros. Buenos Aires, Koyatun editorial.

RODRÍGUEZ Espada, G. (2016) Pensamiento Estético en Musicoterapia. Buenos Aires. Editorial UAI.

SCHLEMENSON s. y Percia M. comp. (1997) “Capítulo I Pensamientos y comentarios: Intentos y desmesura” en “El tratamiento grupal en la clínica psicopedagógica”. Buenos Aires. Ed. Miño y Dávila.

La clínica en Musicoterapia como hecho social

El fenómeno musical, como el fenómeno lingüístico, o el fenómeno religioso, no puede ser correctamente definido o descripto sin tener en cuenta su triple modo de existencia, como objeto arbitrariamente aislado, como objeto producido y como objeto percibido. Estas tres dimensiones fundan, en gran medida, la especificidad de lo simbólico.

(Molino, 1995)

A finales de los años 90, las áridas lecturas de textos que abordaban la semiología y sus intersecciones con la música, alumbraron un necesario enunciado contextual del trabajo estético en Musicoterapia que permitió, y permite ahora, ya amablemente acepta- do, comprender a nuestra práctica como socialmente semiotizada. Es decir, comprender a la Musicoterapia como un complejo sistema de producción estética dado en el interior de una textura social, siendo allí, bajo sus condiciones, donde adquiere algún sentido. Siendo allí donde la clínica acontece.

Estos postulados posibilitan ubicaciones de un sujeto enunciador en esa textura, lecturas de los aconteceres que han dejado huellas significantes tanto en nuestra historia como comunidad, en nuestras producciones, saberes, instituciones y dinámicas vincula- res, como en nuestro ejercicio profesional. En sus resultados, en sus efectos, y no estará mal decir, también, sobre nuestras subjetividades.

De esos textos de semiología musical, es el de Jean Molino (1995), originalmente publicado en francés y traducido por Jorge Sad, del que nos valemos para sostener a la Musicoterapia como Hecho social, en el mismo sentido en el que nuestro autor entiende a la música. Es decir, como un discurso que debe, necesariamente, ser comprendido en su triple dimensión de producto material, aislado mediante ciertas operaciones de reconocimiento realizadas a partir de condiciones diversas, que variarán según ocupe esa posición un analista, usuario, o consumidor inclusive, y situadas en un punto soporte estésico según nuestro autor. La tercera dimensión desde la que abordar esta comprensión semiótica será la producción, es decir, estamos en presencia, participando, de un objeto que ha sido (y/o está siendo) producido y por tanto situado en un punto soporte, poiético ha dicho Molino, en el que ciertas condiciones son operadas dejando huellas en el discurso bajo análisis. Huellas a partir de las cuales postulamos, inclusive, la existencia de un sujeto productor.

Esta triple topía es central en esta concepción del Pensamiento Estético y adquiere valor de herramienta de intervención en la clínica tanto como de objeto-marco de nuestras teorizaciones.

Producción ⇒ Discurso producido o en proceso de producción ⇒ Reconocimiento

La concepción de la música como Hecho social en Molino también entraña un trabajo deconstructivo de la histórica concepción de una definición universal y pura de esa música, que la sitúa en la Europa occidental y que permite desde allí, como en tantas postulaciones etnocéntricas, juicios de valor hacia las música o manifestaciones sociosonoras de otras culturas, etnias, tiempos históricos, etc., como músicas “menores”, “primitivas”, inclusive “degeneradas”, como el Estado nazi evaluó en su momento al jazz, la música gitana, etc.

Como ocurre con otros hechos sociales, la música parece, a medida que nos alejamos en el espacio y el tiempo, cargarse de elementos heterogéneos y, a nuestros ojos, no musicales. No existe una música universal, fondo común o gran común denominador de las músicas de todos los tiempos y de todos los países: se trata de realidades diferentes que no pueden sino ser designadas por palabras ellas mismas diferentes que reenvían a diversos dominios de la experiencia. (Molino, 1995)

Se trata de un trabajo de disolución de esta pureza trascendente de la música en las aguas de las culturas, sociedades y tiempos históricos, para enunciar su condición de producto cuya conciencia significante, cuyo sentido, solo es posible en el interior de un entramado de discursos sociales. Este reenvío produce la abolición de cualquier petición de pureza o trascendencia de las producciones sociales comprendidas como música, evitando esa estrategia propia de todo proyecto de aspiración hegemónica, de desligamiento de la música de su condición de producción social, es decir de sus relaciones ideológicas no en pocos casos asociadas a órdenes y/o controles sociales, incluyendo al Mercado.

Se trata, pues, de una separación de las esferas culturales, políticas y económicas que poco tiene de elección teórica natural sino que, más bien, se trata de un acto de complicidad que deja el ámbito musical tradicional en un limbo de pureza o de incontaminación absoluta que evita, de hecho, su análisis histórico. Que evita preguntarse por su papel, histórico, en la construcción y reconstrucción constantes de las hegemonías y de las identidades sociales. La música popular contemporánea, al no poder ser considerada como parte de este “limbo cultural”, ayuda a poner en crisis este proceso. (Pitarch, 2005)

La música, considerada como un discurso socialmente semiotizado, no deja afuera de sus condicionantes a los procesos políticos, económicos y a su entrelazamiento mediático. La Musicoterapia como campo de conocimiento se ha ocupado de intentar respuestas a esta capacidad de ser aprehendida, tomada, utilizada, que la música parece tener. Desde las situaciones clínicas como la de un niño con severas dificultades en la constitución de su subjetividad, o un limitado acceso al leguaje verbal, o un adolescente bordeando procesos psicóticos y sostenida por un producto de la industria musical; hasta las manifestaciones de consumo popular de un producto de ese mercado musical que parece convertirse velozmente en un/el discurso representativo (¿constructor?) de la realidad, de la identidad, de la narración que una comunidad o un colectivo hace de sí misma y donde también hay un limitado acceso al discurso verbal, acaso más que individual, colectivo.

Las identidades, colectivas o individuales, no pueden ser concebidas sin comprender- las dentro de esta trama densa en y de la que la música como discurso social participa y opera en nuestras construcciones subjetivas.

Escuchar, memorizar, es poder interpretar y dominar la historia, manipular la cultura de un pueblo, canalizar su violencia y su esperanza. ¿Quién no presiente que hoy el proceso, llevado a su extremo límite, está a punto de hacer del Estado moderno una gigantesca fuente única de emisión de ruido, al mismo tiempo que un centro de escucha general? ¿Escucha de qué? ¿Para hacer callar a quién? (Attali, 1995)

En estas situaciones, en cualquier extremo, la apropiación del discurso sonoro-musical parece posibilitar una vía de acceso a la constitución del espacio subjetivo, individual y colectivo, al trazado de rasgos identitarios, a partir del carácter asignificado de la música. Esto es, a diferencia del lenguaje verbal, fuertemente referencial, denotativo y disciplinado semántica, sintácticamente y, acaso lo más duro, pragmáticamente. La música es discurso asignificado: materia formalizada en el tiempo, potencialmente capaz de portar sentido y no discurso sustantivado y clausurado en su potencialidad semántica. La música es, paradigmáticamente, el discurso estético. Este carácter abierto del discurso estético es entonces, su potencia generadora de sentido y de libertad.

La música popular y la cultura popular sirven para posicionar a los individuos, para situarlos socialmente, y en este proceso contribuyen al mantenimiento de identidades individuales. (Frith, 1996).

Nos resulta útil para pensar los discursos que se producen en nuestro hacer musicoterapéutico, discursos siempre socialmente producidos, como hechos sociales que no se atienen a ningún canon de pureza universal y/o pretensión hegemónica de “modelización” (asunto que retomaremos más adelante), porque solo pueden ser abordados como signos capaces de portar sentidos en la medida en que acontecen dentro de una red discursiva, una red de vínculos a los que comenzamos a llamar estéticos en tanto fueron develando su cercanías con el Arte y desde ese territorio de pensamiento es desde el que ejercemos nuestras prácticas los musicoterapeutas. Sin olvidar que siempre se trata de un discurso sometido a las condiciones de producción de una época y que en este momento histórico los procesos de construcción de sentido sociales se han desterritorializado, desplazado de la interacción entre individuos o colectivos de individuos, reterritorializándose en la red mediática, especialmente en las pantallas, donde la industria de la música adquiere esa cualidad de nueva ontología que Debord (1967) enunciara al respecto del Capitalismo: El espectáculo es el Capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen, y la música, en tanto industria capaz de una espectacular acumulación de capital, no escapa a esta mutación.

...La producción cultural (...) producción de significaciones y valores (...) en la actualidad está dada por los diversos medios masivos de comunicación (...) Esto supone un desplazamiento de los problemas del desarrollo cultural del poder de los individuos al poder de estos medios. Este desplazamiento es observable como rasgo subjetivo en muchas personas y es concordante con la presencia de estos valores en la cultura. (Galende, 1997).

La red vincular como superficie significante

El acto inaugural en una I.L. (Improvisación libre) acontece solo cuando se callan los sonidos devenidos de las disciplinas del mundo y los improvisadores se exponen al silencio y a la nada: A la inauguración de un formato diverso de sujeto. Sujeto en devenir, del que se entra y se sale, o se es y no se es, o al que se va y se retorna (Rodríguez Espada, 2001)

La trama vincular de la que es capaz un grupo que improvisa postula formas alter- nativas de producción de sociedad y de participación en ella de los sujetos singulares que componen el grupo. Alternativas estéticas. Formas de entrelazamientos subjetivos territorializantes.

Todo vínculo es siempre, de algún modo, un orden discursivo, esta vez, inclusivo. La habilidad técnica musicoterapéutica, que como toda técnica tiene huellas de sus condiciones de producción ideológicas, consiste en la protección sin instrucción disciplinante de ese acontecimiento inaugural de sociedad. Producción de libertad.

Los fenómenos que acontecen en los espacios en los que se desarrollan las prácticas musicoterapéuticas, en tanto comprendidos como estéticos, como la música, adquieren su carnadura significante en los interactos de enlazamiento productivo entre esos agenciamientos deleuzianos que soportan operaciones de producción y que escuchan, es decir, sujetos. Que se tornan visibles, que delinean sus contornos, sus voces, sus deseos en el interior de una trama capaz de inauguraciones, luego instituciones y acaso también de revoluciones.

El modelo como disciplinamiento social

El desarrollo de prácticas de intervención en Musicoterapia ha sido dispar en el mundo, tanto por sus fundamentos teóricos, como por su aplicación en diferentes poblaciones y culturas o el apoyo económico recibido para investigación y aplicación concreta. Los esfuerzos de los colegas por reunir, unificar, generalizar y, por qué no, hegemonizar, han tenido sus frutos concretos en una definición “oficial” de nuestra práctica que se revisa periódicamente:

La musicoterapia es el uso profesional de la música y sus elementos como una intervención en ambientes médicos, educativos y cotidianos con individuos, grupos, familias o comunidades buscando optimizar su calidad de vida, y mejorar su salud física, social, comunicativa, emocional e intelectual y su bienestar general. La investigación, la práctica, la educación y la instrucción clínica en la musicoterapia se basan en estándares profesionales acordes a cada contexto cultural, social y político (WFMT, 2011)

Esta definición, avalada por la World Federation of Music Therapy (WFMT), como toda definición generada en una organización de aspiraciones globales, universalistas y generalizadoras, apela a la más rigurosa de las tibiezas para contemporizar divergencias teóricas, técnicas y políticas de sus miembros y representados, eludiendo menciones que pudieren producir asperezas, objeciones o exclusiones. Nos es necesario entonces profundizar en aspectos técnicos, teóricos y políticos vinculados a la salud, especialmente en un enfoque del abordaje clínico que piense a la subjetividad como producción de una diferencia posible y necesaria, como emergiendo o mejor, aconteciendo en un borde decisorio y atravesada, condicionada, por la pluralidad de las relaciones sociales, como menciona Elorza (2010), siguiendo a Laclau. En esta línea de trabajo es que la noción de discurso en el ejercicio clínico de la Musicoterapia se constituye en el núcleo del entramado teórico en el que se basan nuestras prácticas y desde donde decimos, siguiendo a Claudia Banfi (2011), que todo modelo es una situación disciplinante que invitamos a discutir.

Para comprender y construir una posición desde la cual revisar las ideas y las políticas ligadas a la concepción de Modelos en Musicoterapia, y acaso no solo en nuestro campo; mencionamos un momento de institucionalización de tal idea, el IX Congreso Mundial de Musicoterapia que se realizó en 1999 en la ciudad de Washington, Estados Unidos, hubo allí un ordenamiento del discurso musicoterapéutico, es decir de nuestro Saber, por parte de la cúpula de la WFMT, instituyendo en la comunidad de los musicoterapeutas de todo el mundo un conjunto de cinco modelos teórico/técnicos, a los que sin dudas podemos llamar oficiales. No nos detendremos en sus particularidades, dada la vastísima bibliografía que ya lo hace, pero sí en una lectura crítica y necesaria de estas construcciones.

Ya menciona Barreto un perfil del proceso de modelización:

(...) los representantes de la epistemología musicoterapéutica de la concepción heredada, a través de la elección de este “uso” del concepto de modelo: Imponen una universal premisa, la Primacía del Método sobre la teoría. No asumen la proliferación de modelos, y también la invisibilizan. Reducen el número de proliferación de modelos, con pretensiones de universalizarse, oficialmente (ejerciendo el criterio de autoridad). Ocultan la naturaleza provisoria de los modelos. (Barreto, 2010)

Si bien extraoficialmente varios integrantes de esa organización reconocieron la existencia de otros tantos desarrollos teóricos y prácticas musicoterapéuticas aceptadas en diferentes países, convinieron también en un acto político de homogeneización, inevitablemente coherente con una época del mundo en la que el pensamiento global resultaba, y aún resulta, un vehículo útil para el establecimiento de hegemonías, siempre favorables a un Orden de las cosas, e inevitablemente de los negocios.

La modelización de nuestro ejercicio profesional no solo produce un evidente ordenamiento en el sentido de la formación profesional y el flujo económico que deviene de ella, sino que también se disponen, se tornan visibles, concepciones de salud, sujeto y sociedad en las cuales estos modelos son aplicables y, aceptemos, efectivos. Por cierto, ningún desarrollo de los mencionados nace fuera de un contexto histórico-social y de una ubicación de clase, y se desarrolla en la atención a ciertas necesidades, también de clase, a cierta tipología de pacientes-clientes, en sociedades desarrolladas: USA, Canadá, UK, Francia, o bien en espacios sociales dominantes, como ocurrió en Argentina. Ninguno de estos modelos oficializados emerge como respuesta a una lectura de necesidades de sectores sociales excluidos, aunque a cincuenta años de sus inicios haya colegas que los aplican, o lo intentan con convicción, en realidades para las que no fueron creados: la pobreza, la marginalidad, los indignos arrabales del Capitalismo.

No es menos importante revisar la concepción modelizante desde algunas posiciones teóricas, Claudia Banfi ha realizado ya este trabajo señalando la condición de Obra, sin para qué, de la música, sin utilidad, en tanto Arte. (Heidegger, 1992, Rodríguez Espada, 2001) Y por tanto capaz de esa apertura que nos dispone a la libertad, a las posibilidades emancipatorias, de deconstrucción disciplinar, que es la propuesta de disolución de una estética rígida que sostiene el padecer. Y que es una mención ético- política a favor de lo posible.

Cualquier música que en su forma de manifestarse diluya los contornos en que estaba confinada una identidad sufriente es música de musicoterapia. Todo sonido o gesto cuya inutilidad (en el sentido del reconocimiento del objeto artístico como desprovisto de toda función, libre de servidumbre, “soberano”) juegue una carta de transformación, es acto musicoterapéutico. Cuando un paciente de musicoterapia encarna la libertad de crear una forma de sonoridad que cuestiona su matriz conocida o previsible, hay acontecimiento. Estar escuchándolo allí donde él (se) inventa, encontrarlo en ese instante de intensidad es nuestra ética. (Banfi, 2007)

Esta disposición, rigurosamente poética, como nuestra colega lo señalara, es, precisamente, un enunciado de salida, de apertura de toda idea de modelo. Esta posición, que compartimos, y que entiende a nuestra práctica profesional como entramada en una ética siempre orientada a la producción de libertad; también deja a la vista, como consecuencia de ello, las posibilidades de clausura de toda ética normativa, devenida de un sistema (modelo) que orienta su producción a un formato subjetivo dado y entendido como saludable o normal.

Los modelos en Musicoterapia, y acaso en otras prácticas del campo de la salud, responden a un orden social

Elecciones de lenguaje como superficies de lo posible
Descripción

Todo proceso perceptivo con acceso a alguna dimensión simbólica acontece en el lenguaje. Nuestra percepción es tal en tanto el lenguaje como atributo constitutivo nos permite trazar distinciones, y toda distinción es un anclaje de lo posible. Aquel punto de apoyo para mover el mundo por el que clamaba Arquímedes, y predicó Juan, In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum (Biblia, 2014).

A partir de aquí es que podemos operar, no hay preceptos operables que no acontezcan en el lenguaje. Toda discriminación adviene allí donde fue posible un predicado, un rasgo atribuible, un trazo. Es en este punto donde comienza la descripción: una o varias elecciones de lenguaje que nos permiten disponer un mundo, en ese mundo serán posibles ciertos acontecimientos, no otros, y cobrarán existencia potenciales intervenciones. Interacciones que prestarán nuestra subjetividad al devenir clínico dejando siempre mutuas huellas en su producción.

Una descripción es siempre un aquietar el fluir infinito del todo, por un tiempo, descartando existencias posibles y fijando otras, y en un mismo movimiento, es también un enunciado de posición del sujeto descriptor y una construcción contextual, es decir una red de vínculos, de regularidades, de repeticiones, de relaciones, de estabilidades y cambios, de velocidades y densidades. Pautas que conectan señaló Bateson (1990), que tarde o temprano dejan florecer el estadío estético del mundo, la obra. Luego, al fin, ya es posible una existencia operable, un “útil para” heideggeriano (ver p. 63) que es, claro, una condición necesaria del discurso científico.

El discurso descriptivo que moldea la experiencia originaria está integrado por categorías que se han constituido en la historia de la praxis de cada disciplina (Samaja, 1998). Este útil operable se ha constituido siempre en referencia a un conjunto de técnicas, conceptos y performances productivas de una comunidad profesional, y se encuentra en constante expansión y discusión. Esto implica el conocimiento de una constelación teórica que nos proveerá de conceptos en los que habiten nuestras percepciones. Las hagan posibles. Es entonces necesario complejizar esa constelación, ya interdisciplinaria, ya entramada de saberes no siempre coincidentes, incluyendo eventos contradictorios, problemas no resueltos, articulaciones y vacíos, pero en permanente producción.

Postulamos la necesidad de proliferación heterogénea de signos, siempre intersubjetivables, siempre viviendo en la producción y el tránsito del discurso colectivo de la comunidad, en su diálogo; ya sea instituido, como en un congreso o en la academia, ya informal, en todo encuentro de colegas apasionados por este universo. Esos signos asignificados, como la música, son los que nos conducen a la frontera con el arte, donde lo inefable es abordado con el rigor poético que pide Banfi y desde donde también, llegamos a la clínica.

La descripción necesita de una elección de lenguaje, es la primera operación y condición de existencia. La construcción del mapa, un mapa posible, es en la superficie de una elección de lenguaje. Como hemos dicho, cuando hablamos de lenguaje, no estamos haciendo referencia necesaria y excluyente a la palabra y/o solo palabra, lo que implica, ante un evento clínico en Musicoterapia, la posibilidad de elecciones de lenguaje tales como las que hacemos siguiendo alguna tradición musical, que es, también, lenguaje.

(…) el concepto de lenguaje puede incluir lo verbal y también otros lenguajes como el gestual, el visual, el musical, etc. La discusión puede tocar el terreno de la multimodalidad donde se trabaja con textos complejos en los que se mezclan y entrecruzan distintos tipos de lenguajes- (Bolívar, 2007).

Cuenta Borges (1989) que los cartógrafos chinos se esmeraron en el mapa del Imperio. A tal punto tejieron el detalle en esa descripción, que el mapa llegó a coincidir exactamente con el Imperio. Un mapa idéntico al territorio que describe es inútil. Y si consideramos que ese territorio, como cualquier fenómeno estético, como nuestra clínica, es infinito, entonces es infinitamente inútil.

¿Qué hace útil al mapa? Su capacidad operativa, las posibilidades de vínculos entre distinciones que lo tornen potencialmente productivo, capaz de tornar visible aquello que, perdido en la densidad de lo real se tornó indistinguible. Aquello que abre a lo heterogéneo, a lo posible. Las marcas de lo relevante. Algo importará más que otra cosa.

Geertz (2001) propuso el concepto de descripción densa, que nos resulta sumamente conveniente para acercarnos a la idea de una multidimensionalidad articulada a partir de elecciones de lenguaje nunca excluyentes, sino que asociables, cooperativos, interactivos y texturables. Una descripción apoyada en ejes semánticos proveedores de materia significante pero sin la pretensión de desvelamiento de un significado ya listo y a la espera, sino con el objeto de tornar operable ese discurso polimaterialmente complejo en orden al desarrollo de hipótesis de intervención, es decir producción de sentido compartida, subjetivante, el acto clínico musicoterapéutico en el que acontece el otro. Un sujeto que devendrá diverso.

Relevancia

En un segundo momento lógico, ya que no necesariamente cronológico, este mapeo, esta descripción del acontecimiento infinito de todo fenómeno estético, y nuestra clínica lo es, dejará afuera algo; perderá fragmentos del todo para distinguirnos de él, producirá forma, ordenará la percepción en un flujo de aconteceres cuyo efecto será una intelección. Ahora un recorte del universo, acontecimiento que se ha tornado comprensible, o mejor, accesible a alguna comprensión que no es siempre, ni necesariamente, ni completamente, lógica y lineal, sino que involucra cuerpo, espacio y tensiones emocionales. Que inaugura el tiempo y lo sostiene.

El trazado de estas diferencias es una marca perceptual valorativa: No todas las percepciones son iguales, no todas están en un mismo plano, algunas parecen tener una consistencia capaz de reordenar la descripción, de establecer categorías: hay un antes y un después, una figura o voz sobre otra cosa que no lo es, una relación inteligible entre dos eventos, que no se manifiesta con un tercero. Un acontecimiento en el lecho del discurso que no había ocurrido antes, que construye ese antes, y que inaugura un rizoma de posibles después, de retornos de lo que ya había estado allí.

El acontecimiento formal es también una pregunta por la disciplina, por el orden del discurso. La historia de la música registra el extenso proceso en el que los criterios bien avenidos de forma fueron mutando, no sin incidir en una moral que se sostenía en ellos. El bien y el mal son también categorías de inclusión/exclusión discursiva que se manifiestan formalmente. Satie, hacia 1903, recopila y compone siete pequeñas piezas a las que denomina Tres Piezas en Forma de Pera, invitándonos a revisar el apego formal que parecía reclamarle su amigo Debussy. Los niños que deciden que los hermanos se encuentran en la categoría de entidades prestables (Ver La Semana de la Improvisación Libre, líneas abajo), formalizan una relación colectiva que funda su propia forma del bien. La forma lleva en su metafórica entraña una posible fundación moral. Las mutaciones, devenires formales son, también, devenires morales, del bien y del mal. Son un Orden.

Adisciplina estética

La formalización es un proceso en el que ciertas percepciones se tornan relevantes y que suele estar fuertemente disciplinado. La clínica musicoterapéutica nos invita a deconstruirlo, es decir, a producir en/desde nuestra posición subjetiva, un movimiento adisciplinante. Una suspensión, no abolición, de las disciplinas formales que nos pueblan, y que son, sin dudas, condiciones de reconocimiento del discurso que analizamos y en el que pretendemos intervenir.

Este paso atrás es la apertura de una pregunta por nuestras propias condiciones de reconocimiento. ¿Desde dónde estamos percibiendo y formalizando? ¿Qué elecciones de lenguaje hemos hecho? Este cuestionamiento que es entendido como una herramienta ética, como dispositivo crítico de un orden ya dado, nos permite a la vez abrirnos a otras alternativas perceptuales no modelizadas, es decir, a otra construcción comprensiva del fenómeno y por tanto a otras alternativas posibles de intervención.

Hipótesis de intervención

La intervención clínica en Musicoterapia es una propuesta/apuesta por el otro. Una invitación a un vínculo. Para ello acaso sea necesario una producción compartida que comienza con disoluciones disciplinares, con derivas de un orden, desgranamientos, erosiones, errancias, hasta un encuentro en el que el discurso co-construido tiene incidencias en el/los sujetos productores. Don Enrique Pichón Riviere (2001) sostuvo que es ese vínculo el que enferma, pero también es el que cura. Es el disciplinamiento de un orden vincular el que sostiene el sufrimiento del sujeto, y es la apertura de ese rigor sufriente a favor de la alternativa estética lo que lo diluye y deja advenir el alivio. Ese alivio es vínculo. Formas del otro que ahora son posibles y que siempre espejan a quien las percibe.

Las hipótesis de intervención (HdI) son una postulación que se define rigurosamente desde el concepto de hipótesis, en tanto asevera una relación, o una trama de relaciones entre, al menos, dos fenómenos.

Uno de los términos que se pone en relación con la circunstancia clínica del paciente, es la producción del musicoterapeuta, cuya materia significante es sonido, cuerpo, gesto, espacios, objetos, etc. pero también lo es el silencio que contiene, sostiene y permite el acontecimiento subjetivo, “…no hay palabra sin respuesta, incluso si no encuentra más que el silencio, con tal de que tenga un oyente…” (Lacan, J. 2002). Es decir, nuestra primera HdI desde el Pensamiento Estético en Musicoterapia, es la existencia del otro, que sostenemos prestando nuestra subjetividad como soporte y propuesta. Hay alguien produciendo mundo, y allí estaremos presentes, reconociendo ese mundo de un otro.

Esta postulación debe argumentarse en/desde una complejidad que se ha desarrollado a partir de la descripción del fenómeno clínico musicoterapéutico, aquel análisis del discurso sonoro como inicio, su formalización relevante, y ahora incluyendo los discursos propios de la constelación clínica que singularizan al paciente, como hemos dicho, ya sea un individuo o un grupo. Citemos los más evidentes: historias clínicas (relatos múltiples), interfase institucional (cómo llega a la institución, quién deriva, quién paga, quién autoriza prácticas), modalidades de abordaje (equipo, dispositivos y estrategias, potencia interdisciplinar, decisiones sobre la dirección de la cura), diagnósticos, redes sociofamiliares de contención y pertenencia, condicionantes macro (económicos, sociales, legales, geográficos, étnico-religiosos, culturales, etc.).

La HdI responde tanto a una petición de la lógica del método científico, cuanto al rigor poético que el Arte nos propone, pide y da, a un mismo tiempo, en nuestro ejercicio clínico.

Una HdI siempre es una postulación emancipadora, aun cuando en algún caso particular se oriente a disciplinar y/o contener un sujeto caótico que no puede hacer distinciones, es decir elecciones, y decidir un entrelazamiento posible y capaz de producir mundo. Una HdI propone una errancia desde un núcleo duro de disciplina del padecimiento hacia regiones inciertas, esta deriva, que es técnica y que se desarrolla a partir de la intervención, es el evento clínico central, al que, desde Deleuze, llamamos línea de fuga.

Línea de fuga

La fuga siempre es deriva desde un territorio subjetivo disciplinado, entonces, esa des- territorialización es una disolución de un formato de sujeto, forma de producción, forma de disciplina de vínculos en/del mundo. Esta fuga acontece en el espacio clínico musicoterapéutico, y aquí otra vez hay una invitación a pensarlo desde la improvisación libre, acontece en esa Tercera zona, como la llamara Mc Donald (2000), que no es el discurso del musicoterapeuta ni es el del paciente, que es un tercero inmanente al vínculo y solo posible en ese vínculo, es decir enlaces producidos en el trámite clínico en el que el musicoterapeuta ha prestado su subjetividad al ensayo de alternativas colectivas con el/ los sujetos pacientes. La deriva, entonces, es en-el-vínculo. El musicoterapeuta fuga con el otro, que es el que sabe conducir la errancia, y acompaña, contiene, produce cooperativamente, aloja en ocasiones y cuando es necesario al otro, como lo ha hecho notar Perea.

El escenario que el musicoterapeuta sostiene se soportará como tal sólo con las condiciones que el niño diga que son necesarias para que pueda convertirse en un territorio para la aventura. Juego en el cual sólo el musicoterapeuta, sorprendiéndose ante una disparatada (original) opción posible de construcción de sentidos por parte del niño, sólo dispuesto a escuchar lo que este niño plantea, para detenerse a ver y oír la escena de juego desplegada, e ir al encuentro cohabitándola. (Gauna, G.; Perea, X. y otros, 2008).

Esta errancia es un viaje abductivo: Reterritorialización permanente, retorno heracliteano en el que nunca se vuelve al mismo sitio. La deriva disuelve el disciplinamiento territorial, disuelve la forma o mejor, la torna incierta. Transiciona hacia alguna parte, pero no hacia cualquier parte. La fuga es probabilística. No se deriva hacia infinitas posiciones sino hacia allí donde es posible.

Fuga es salida desde una disciplina estética, es decir, escape de un vínculo productor de padecimiento en el que se encuentra una fisura, una grieta, o acaso se crea, en/desde las propias condiciones de producción del discurso del paciente sobre/en las que inter- viene el musicoterapeuta.

La fuga se produce al operar/intervenir en un ritornello territorializante. En los re- latos clínicos que escuchamos y acaso protagonizamos en nuestra práctica cotidiana, y cuyos protagonistas eran niños con trastornos del espectro autista, la función de los ritornellos es extrema. Su interrupción abre y desata abismos de angustia, vivencias de desintegración y vacío. El fin de ese discurso al que está sujeto, el hundimiento de ese territorio-niño. Por eso la fuga es también pausa, reterritorialización, aún efímera, retorno..., es música, se compone junto con el otro, a (hacia) un tercero.

La disciplina estética es identidad. El desanudamiento de la producción y montaje de signos y significados que sostienen la identidad es desde donde se fuga, pero también es la principal condición de producción de la deriva, en ella se reconocen los juegos de la identidad, que ha dejado su huella. Toda deriva desterritorializante genera un flujo de angustia porque esa identidad sustantivada, disciplinada, fijada, deja de serlo. Pasa de sustantivo a predicado, de identidad a rasgos identificatorios, categorías, descripciones más o menos estables que vuelven a su condición inestable y primaria, necesitando reconstituirse y reterritorializarse permanentemente. La contención que el cauce del río proporciona al flujo de las aguas.

Identidad

La identidad es el nombre de un punto de fijación del proceso identificatorio, es la estabilización y captura de un devenir identificable; los predicados se sostienen como trascendentes y sus mutaciones, si las hubiera, se fijan u ordenan en torno a una disciplina. La fijación o sustantivación identitaria es un producto complejamente causal en el que el discurso social hegemónico y fuertemente mediatizado juega un papel cada vez más pre- eminente como condición de producción: el mercado, como organización del flujo social, desarrolla encauces identitarios, ofrece modelos. La música, o la industria del entretenimiento más generalmente, son muy eficaces en esto, homogeneizando superficies sociales que son definidas desde una perspectiva mercadotécnica como target de consumidores. Nuestra clínica puesta en relación con este fenómeno permite un pasaje de lo molar a lo molecular, encontrando y rizomatizando diferencias. Abriendo a lo heterogéneo. La forma de una fuga desde un corral identitario que es una máquina de captura subjetiva.

La pertenencia del sujeto a una tradición, a una historia de clase, de etnia, de región social, de ejercicio laboral, como la principal condición de producción del proceso identitario se relativiza en orden al mercado y a sus estrategias de segmentación, homogeneización y disciplinamiento.

Pero también la microhistoria singulariza, las experiencias de ocupación de sitios en la red familiar, comenzando por esa díada madre-hijo, son dispositivos productores de identidad y disciplina subjetiva.

Tenemos entonces al menos tres planos consistentes de órdenes interactivas, tres planos intercondicionantes, tradición, mercado y experiencia familiar.

Aquí es donde es necesario comprender la intervención clínica en Musicoterapia como una práctica productora de libertad. Se interviene en territorios que son producidos por vínculos estéticos disciplinados, texturas, formas rigurosas, como el ritornello, pero también eficaces. Capaces de proponer un allí donde solo pueden ocurrir estas cosas y no otras, donde el mundo se ha cerrado a toda alternativa. Y este totalitarismo estético es siempre padecimiento.

La empresa ha ocupado el lugar de la fábrica. (...) Ya sea el Estado o la iniciativa privada (...) se han convertido en figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que ya sólo tiene gestores. (...) Instituye entre los individuos una rivalidad interminable a modo de sana competición, como una motivación excelente que contrapone unos individuos a otros y atraviesa a cada uno de ellos, dividiéndole interiormente. (Deleuze, 1991)

Tenemos entonces tres máquinas de disciplinamiento identitario: La estética devenida de la tradición, la devenida del mercado y la que nos formaliza desde la red de vínculos de una familia singular. Todas aspiran a una trascendencia en diferentes registros y con una interacción polifónica que suele ser conflictiva, o acaso deberíamos omitir el “suele” y decir que es inevitablemente conflictiva, todas pugnando por una hegemonía identitaria. Entonces, es posible proponer una posición ético-política siempre como alternativa emancipatoria, a partir de la cual intervenimos en la clínica Musicoterapéutica, que aún en la uterina intimidad de una sesión en consultorio no deja de ser una inscripción social. Es la deriva hacia formas sociales, colectividades inmanentes, tradiciones efímeras a las que se pertenece intensamente mientras se habita en ellas, en ese interior, que también puede abandonarse, modularse, fluir discursivamente y cobijar, permitir, el acontecimiento. Leyes de autogestión social que deben ser, pero solo en este ahora; no necesariamente una máquina de producción subjetiva disciplinante, máquina de control del vínculo con un pasado posible, un pasado que opera como condición productiva pero no condena ni determina. También una forma de concebir el diagnóstico.

Entonces la fuga es ese ir hacia un costado, abandonar la lucha por instituirse como sujeto de una estética-tradición histórica, de una estética-estrategia de mercado, de una estética-vivencia del vínculo familiar.

Espacio lateral, agenciamiento vincular musicoterapeuta-paciente que funda, que inaugura. Territorio del acontecimiento. No hay causa ni razón, solo forma. Una estética.

Los signos, entonces, proliferarán en lo heterogéneo, como pidió Deleuze (1995), asignificantes aún. Ya habrá historia, y entonces tiempo, acaso en esa misteriosa forma que asume cuando es música.

Estamos en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un ¿interior? en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etc. (…) Si los juegos televisados más idiotas tienen tanto éxito es porque expresan adecuadamente la situación de empresa. (…) En las sociedades de disciplina siempre se estaba empezando de nuevo (de la escuela al cuartel, del cuartel a la fábrica), mientras que en las sociedades de control nunca se termina nada: la empresa, la formación, el servicio son los estados metaestables y coexistentes de una misma modulación, como un deformador universal (…) Se nos enseña que las empresas tiene un alma, lo cual es sin duda la noticia más terrorífica del mundo. El marketing es ahora el instrumento del control social, y forma la raza impúdica de nuestros amos. (Deleuze, 1991)

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