Kitabı oku: «Peregrinaje al Bicampeonato»


PEREGRINAJE AL BICAMPEONATO A 25 AÑOS DEL TÍTULO DE LA “U” 1995, EN LA MEMORIA DEL HINCHA Autor: Gustavo Villafranca Cobelli. Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, 56-2-24153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Fotos: Claudio Vilogrón Primera edición: diciembre de 2020. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
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Registro de Propiedad Intelectual: N° 2020-A-9002
ISBN: Nº 9789563384970
ISBN Digital: Nº 99789563384987
Han terminado los torneos profesionales de 1995. Y habrá que decirlo (…) es la temporada más espectacular de la historia del profesionalismo, considerando la suma de sus campeonatos de primera y segunda división.
Edgardo Marín,
Premio Nacional de Periodismo Deportivo.
(Revista Don Balón N° 182, 12 de diciembre de 1995).

PRÓLOGO
Soy de la “U” gracias a mi hermano. Crecimos en una pieza donde las paredes se vestían de fotos, banderas y banderines del Romántico Viajero. En esas décadas las derrotas superaban los triunfos. De hecho, nunca vi a la “U” campeón, pero algo tenía este equipo que nos enamoraba cada semana sin importar el resultado. Ahí estábamos los tres. Mi padre, mi hermano y yo. No fueron pocas las veces que salimos llorando la derrota. Abrazado a Erwin, le pregunté más de una vez: “¿Qué tiene la “U” que la seguimos queriendo?”. “No lo sé”, me dijo. No se puede explicar. Quizás sea ese aspecto inentendible el que nos hace querer a nuestro equipo más allá del resultado. Quizás en lo inexplicable encontramos el valor de mantenernos 25 años sin títulos y contarlo con la frente en alto. Sí, porque no me avergüenzo de haber pasado tanto tiempo sin levantar nada. Fueron esos años los que forjaron el carácter del hincha verdadero, de ese soñador que solo pide entrega en la cancha.
El título del año 95 se ganó con fútbol, valentía y un enorme orgullo de ser parte de ese plantel. Para muchos fue lo mejor que nos pudo pasar en la vida. Pero siempre me pregunté cómo lo hubiera vivido en el tablón, como hubiera celebrado con mi papá y mi hermano si no hubiera sido futbolista. El destino quiso que lo viviera dentro y fuera testigo de un Nacional repleto de globos azules y rojos. Una fiesta que esperamos tanto tiempo. Décadas de ilusión. Pocas cosas emocionan más que salir del túnel y escuchar “Sale, León”, ganar un partido y ver tanta pasión acumulada por tantos años. Qué satisfacción poder mirar a mi hermano y agradecerle haberme enseñado a ser azul. Qué hermoso fue ver a padres llorando abrazados a sus hijos. En esas lágrimas se traspasaron años de historia. Años de amor, sufrimiento, pasión y orgullo. ¿Existe otra manera de ser de la “U”?
Rodrigo Goldberg M.
DESDE EL SALVADOR A SANTIAGO
No fue demasiado larga la espera en la soledad estrellada del desierto para detener un bus que viniera desde el Norte y viajara rumbo a la capital. La máquina de la línea Corsario, además de varios asientos desocupados, portaba en su parabrisas el letrero “Santiago”. El auxiliar no tuvo problemas para ofrecernos un gran descuento a Cesario, a mí y a un par de hinchas que también esperaban transporte en medio de la Panamericana. El cansancio por todo lo vivido durante las últimas horas era muy grande, así que recién me di cuenta de que el viaje había llegado a su término cuando miré por la ventana y, ante la presencia del monumento a Los Héroes, observé que atravesábamos la Alameda para ingresar al terminal de buses por calle Tucapel Jiménez. Eran poco más de las 9 de la mañana del lunes 19 de diciembre de 1994 y, lejos de pensar en el regreso a casa, caminé por la Libertador Bernardo O`Higgins hacia el poniente con destino a la universidad, en un estado de enorme satisfacción, esperando encontrar a mis compañeros, tanto azules como rivales. En el trayecto iba deteniéndome en los diferentes kioscos a mirar las portadas de la heroica gesta de El Salvador. Mi orgullo y satisfacción se vieron coronados con el titular principal de El Mercurio, que informaba sobre el éxito de la “U”, algo inédito por ese entonces, cuando apenas tenía 21 años.
En el campus estaba mi compañero Rodrigo Sepúlveda –hoy conocido periodista de Mega–, quien, además de felicitarme por mi Peregrinaje a El Salvador, me dijo que tuviera cuidado de andar con la camiseta de Universidad de Chile, pues algunas informaciones señalaban que hinchas de Colo-Colo estaban organizados para reprimir a los azules que se encontraban celebrando el título. Sus códigos de Eterno campeón les impedían ver al rival manifestarse, celebrar o expresarse, pues ellos eran dueños exclusivos del triunfo y tiranos absolutos del equipo que ha sabido ser campeón. Ciertamente las palabras del Sepu tenían alguna lógica, porque no solo los hinchas de Colo-Colo eran una potencial amenaza, sino que, eventualmente, también Carabineros. El carnaval azul se había tomado las principales avenidas de la ciudad de Santiago la noche anterior. Caminar por el centro me alertó de la criminal agresión de una turba de hinchas de la “U” a un pobre oficial en plena plaza Italia, quien recibió en el piso incontables puntapiés en la cabeza y terminó con riesgo vital. Independiente de este supuesto peligro, el miedo no me sedujo y caminé orgulloso por la universidad en busca de mis compañeros, sin embargo, mi decepción se fue acumulando, ya que en los patios casi no había gente. A esa altura del año estábamos al borde de los exámenes, algunos estudiaban en grupos, otros lidiaban con la caña tras los festejos. Los cruzados, seguramente, seguían masticando la rabia e impotencia de haber perdido la posibilidad de ir a una definición, debido al polémico penal cobrado por Imperatore contra Salas y que convirtió el Pato Mardones.
DUELO DE CAMPEONES
Si bien esperaba a un grande de Argentina o algún club importante de otro país, lo cierto es que en ningún caso nos sentimos desmotivados con mi viejo para el partido de celebración –disputado un par de días después del 1 × 1 con Cobresal– ante el campeón de la Segunda División, Deportes Concepción. Ver a la “U” con la Copa del Torneo Nacional era parte de ese pacto padre-hijo que había llegado la hora de pagar, así que partimos a Ñuñoa ante el cuadro penquista.
Faltaban pocos minutos para las 20 horas, aún las luces artificiales del Estadio Nacional no se encendían y unas 30 mil personas se encontraban en las tribunas. Mientras el locutor los nombraba uno a uno, cada jugador del plantel 1994 emergió del túnel sur y recibió el caluroso saludo de la hinchada. Esta vez, tras Marcelo Salas y Sergio Vargas, el más ovacionado fue Patricio Mardones, quien, tras aquel penal convertido en El Salvador, había tatuado para siempre su nombre en la historia más grande del club azul, y eso el hincha lo hizo sentir de inmediato.
Luego de que todos hicieran su ingreso, la Copa fue entregada al doctor Orozco y al capitán Luis Musrri, para que luego los jugadores dieran la vuelta olímpica desde el sector de regalones, continuando por Los de Abajo, el lado del Imperio Azul, la tribuna Andes y el codo norte –donde nos encontrábamos–, para concluir en marquesina. Si bien el acto tuvo su cuota de simbolismo, la verdad es que no fue un momento emotivo y lo sentí con una fría distancia respecto a la celebración que siempre había soñado.
Tras la ceremonia ingresó Concepción de uniforme completamente blanco, mientras la “U” lo hacía con el azul eléctrico característico del auspiciador de entonces. El equipo de Jorge Socías comenzó atacando con determinación y rápidamente sacó una cómoda ventaja, resultado con que se fue al descanso. En el entretiempo, mientras compartíamos el maní tostado, comentábamos con otros hinchas del tablón que Arturo Salah se quería llevar a Fabián Guevara y Raúl Aredes al Monterrey, lo que me generaba muchas contradicciones. Por un lado, sentía que la noticia era casi una tragedia, pues encontrar un equipo para ser campeón nos había costado mucho, y el hecho de que llegaran ofertas por jugadores no me hacía gracia. Pero, por otro, había pasado mucho tiempo para poder ver a un jugador de la “U” vendido al extranjero.
Hasta entonces, el último gran equipo que la “U” había tenido era el cuadro dirigido por Leonel Sánchez en 1986, que arrasó con sus rivales del Grupo Norte de la Copa Apertura, con una racha de 7 triunfos y 2 empates en las primeras 9 jornadas; un registro extraordinario en ese oscuro período de los 25 años sin títulos. Tan bien andaba ese equipo, que desde México vino un llamado de la selección nacional para enfrentar a Universidad de Chile, con el objetivo de jugar contra un rival de categoría internacional, además de evaluar toda la logística para recibir a 120 mil personas en el estadio como ensayo general del Mundial en tierras aztecas. Aún recuerdo el murmullo de la multitud la tarde de ese sábado 20 de abril, en el audio de la transmisión que hizo Televisión Nacional de Chile, para el momento en que Patricio Reyes convirtió el 1 × 1. El problema fue que, a la vuelta de la gira, Carlos “Búfalo” Poblete se quedó en el Puebla, mientras Martín “Tincho” Gálvez fue al Cruz Azul, conjunto al que luego se sumaría Mariano Puyol. Con esas ventas, el equipo de Leonel se vino abajo.
Pero volvamos a diciembre de 1994. En el segundo tiempo, la “U” sacó el pie del acelerador y el partido ante Concepción se transformó en un trámite. El marcador final sellaba el 3 × 1 con goles del Pato Mardones –penal–, Marcelo Salas y Rodrigo Goldberg. Con mi viejo nos fuimos del estadio con una extraña sensación de felicidad insatisfecha.
LA RIVALIDAD CON CATÓLICA
Mi permanencia en El Salvador me mantuvo incomunicado con respecto a lo que se comentaba en los medios, sin embargo, esto no impidió que más tarde viera cada detalle de lo vivido. En un vhs de 6 horas, me habían grabado la previa, todo el partido ante Cobresal, los comentarios en los noticiarios, Zoom Deportivo, Más gol y Futgol. Asimismo, tenía los especiales de Don Balón y Minuto 90, más los suplementos deportivos de El Mercurio y La Tercera.
Luego de revisar todo el material del campeón 1994, mi rechazo hacia Universidad Católica se volvió más intenso, pues a los dichos de Pellegrini –que el campeonato estaba arreglado– se sumaban las palabras de Gorosito –quien disparó: “Yo salí campeón con Católica”–, además de la recusación al árbitro Carlos Robles por parte de los dirigentes del ex Club de Santa Rosa de Las Condes, como represalia a su conducción del clásico que se resolvió con gol de Salas. En ese contexto, desde Argentina llegaron los árbitros Javier Castrilli, Francisco Lamolina, Juan Bava y Ángel Sánchez para dirigir la Liguilla Pre Libertadores, que protagonizarían Católica, O’Higgins, Colo-Colo y Cobreloa.
El mini torneo era crucial, pues quien lo ganara acompañaría a la “U” en el difícil grupo con los colombianos Millonarios y Atlético Nacional. Tras una primera fecha en que Colo-Colo y O’Higgins igualaron 2 × 2 y Católica goleó 4 × 0 a Cobreloa, decidí acompañar a un amigo hincha del Cacique para el duelo de la segunda jornada ante la UC.
Ese 23 de diciembre de 1994, por primera y única vez, me ubiqué en el sector norte del Estadio Nacional estando Colo-Colo en cancha. Tras el preliminar, en que Cobreloa derrotó holgadamente a O’Higgins, me preparé para vivir la entrada de albos y cruzados a la cancha; tenía sentimientos encontrados. Ya me había tocado vivir partidos entre ambos rivales en un par de oportunidades y con empates: en 1987 –con goles de Osvaldo “Arica” Hurtado y Jaime Pizarro– y 1990 –a dos goles, con polémica mano de Rubén Martínez para el empate albo sobre la hora, en reunión doble a estadio lleno, donde los azules sufrieron las burlas de los rivales tras perder 1 x 2 con Cobresal, en el preliminar. Por entonces, fui testigo de esos partidos desde otras ubicaciones del estadio, que pese a estar pobladas de colocolinos, tenían un significado muy distinto al enigmático sector norte.
A pesar de que 41.785 personas estaban en el estadio, sentí una pasividad enorme por parte de los hinchas del Cacique. La Garra Blanca no era más que una centena de muchachos con escaso colorido e incapacidad de contagiar al resto de sus seguidores, mientras el equipo en cancha mostraba muy poco. Vi el partido en silencio y casi sin interés, aunque mis palpitaciones subían cada vez que Alberto Acosta fingía faltas o Gorosito reclamaba a los árbitros, lo que me incitaba a gritarles una gran cantidad de improperios. Finalmente, la Católica se impuso 2 × 1 con un golazo extraordinario de Raimundo Tupper, que fue más lindo aún gracias al vuelo fotográfico del Rambo Ramírez. Con ello, la UC obtuvo su cuarto subcampeonato en los últimos 6 años.
LLEGA 1995
Luego de las celebraciones de año nuevo y de algunos días en el litoral central, donde estuve absolutamente desconectado, volví a Santiago para tomar los ramos correspondientes al cuarto año de periodismo, ocasión que aproveché para reinsertarme en el fútbol. A diferencia de otros años, en que enero era un período eterno de rumores y transferencias, rápidamente se concretaron las partidas de Fabián Guevara y Raúl Aredes al Monterrey de Arturo Salah. Sin embargo, la noticia que más me golpeó fue el anuncio de la partida de Rogelio Delgado para ser ayudante técnico de su compatriota Gustavo Benítez en Colo-Colo.
Por un lado, el León Paraguayo para mí representaba la mística y el carácter que un jugador de la “U” siempre debía tener; por otro, era una inusitada mezcla de elegancia y dureza. Siempre había observado a centrales rudos o técnicos, pero ninguno que combinara los dos aspectos como Capanga. De los 126 partidos que Delgado había jugado con la camiseta azul desde su arribo a principios de 1992, yo había sido testigo presencial de la mayoría, así que, además de sus virtudes ya expuestas, daba fe de su completa vigencia y buen estado para seguir siendo el patrón de la defensa. No me cabía en la cabeza cómo uno de los mejores jugadores del equipo tomaba la decisión de retirarse para asumir un cargo de esa naturaleza. Su partida a Colo-Colo generó la indignación de muchos hinchas y pronto aparecieron varios rayados en diferentes murales de Santiago con la leyenda “Paraguayo, traicionaste al bullanguero por el sucio dinero”. El presidente de Universidad de Chile René Orozco estaba furioso con su salida y se escuchaba complicado buscando diferentes jugadores que quisieran venir a la “U” para reemplazar las bajas. Incluso respondía de muy mal humor a los periodistas cuando le preguntaban: “¿Es cierto que la “U” está interesada en Traverso, el jugador de Argentinos Juniors?”. “¿Traverso?”, respondía Orozco con ironía, “el único Traverso que conozco, es el vinagre”.
Universidad Católica, en tanto, mantenía incólume su plantel de súper estrellas y, como si fuera poco, repatriaba desde el extranjero a dos argentinos que habían sido campeón y subcampeón de Copa Libertadores: Marcelo Barticciotto y Ricardo Lunari, además del promisorio volante de contención de La Serena, Carlos Barraza. Y Colo-Colo, aparte de sumar a los paraguayos en la banca, remecía el mercado con las llegadas de Fabián Estay y Marcelo Espina.
MI PRIMERA VEZ
Comenzó el mes de febrero y partimos de vacaciones con un grupo en el que íbamos tres amigos y dos amigas a conocer Chiloé y sus festivales costumbristas. Hicimos las correspondientes escalas antes de llegar a la isla, una de las primeras fue en Pucón. Aquellos días de verano, además de admirar la magnitud del volcán Villarrica, la tranquilidad del lago y el hermoso entorno, quedé marcado por la cantidad de gente con gorros y camisetas de la “U”. Era impresionante. De niño siempre me había fijado en los argentinos que llegaban a la quinta región a veranear, hinchas que lucían los distintos colores de los grandes equipos de ese país y su selección, pero nunca había observado a alguien usando los colores de algún club chileno. Sí se veían algunos fanáticos con la camiseta de Zamorano en el Real Madrid, del Milán o las selecciones que estuvieron en el Mundial de Estados Unidos 1994. Entonces, lo que estaba presenciando era un fenómeno de fanatismo único en la historia reciente de Chile: la gran notoriedad que estaban tomando los seguidores de la “U”.
El día 15 de febrero de 1995 llegamos muy temprano a Puerto Montt y, mientras mis amigos se quedaron armando el camping, yo partí con ansiedad a recorrer el centro de la ciudad, pues en la noche se enfrentaban Universidad de Chile con Universidad Católica. Ese partido no solo tenía el morbo de la revancha respecto a aquel famoso duelo que ganó la “U” 1 × 0 con gol del Matador, sino que era la oportunidad de Sergio Fabián Vázquez, Néstor Raúl Gorosito y Alberto Federico Acosta de demostrar que ellos habían sido los campeones, en concordancia a sus declaraciones a diferentes medios. Asimismo, era la primera vez que sería testigo de un partido de la “U” por Copa Libertadores, pues no tenía recuerdos de su última participación en 1981, así que mi obsesión y nerviosismo eran desesperantes.
Transcurridas las horas, una fuerte lluvia comenzó a caer, lo que no fue impedimento para que con todo el grupo fuéramos a ver el partido. El Negro, uno de mis amigos, se había vuelto mucho más fanático tras el título ante Cobresal y ya conocía bien a todos los jugadores, así que compartía muchos de mis temores en la previa.
Universidad Católica era favorita para el debut, porque tenía mucho mejor plantel que el año anterior, mientras que el de la “U” estaba despotenciado, pues en reemplazo de Rogelio Delgado jugaba Luis Abarca; en lugar de Fabián Guevara, el ex Everton Miguel Ponce; y reemplazando a la gran Bruja Aredes, el desconocido mediocampista argentino Óscar Román Acosta. Por otro lado, el cuadro de Jorge “Lulo” Socías había dejado muchas dudas al caer por la cuenta mínima en Coquimbo durante el debut oficial de la temporada; el estreno de la Copa Chile había sido unos días antes.
El favoritismo de aquella noche tuvo mucho de cierto, porque Católica empezó con todo y rápidamente se puso 1 × 0 gracias a la anotación de Alberto Acosta. Los cruzados dominaban el partido casi a su antojo, pero lentamente se comenzó a dar vuelta en favor de la “U” gracias a dos jugadas muy concretas: en la primera, el Beto enfrentó solo a Vargas, quien tras gran achique, logró quedarse con la pelota cuando el gol era casi seguro; y, en la segunda, Marcelo Salas corrió a disputar una pelota con Sergio Fabián Vázquez y se lanzó en dura trancada contra el argentino, lo que provocó su lesión y salida del campo. Ambas acciones fueron un aliciente para el resto de los jugadores azules que, poco a poco, comenzaron a presionar con el sobrio trabajo de Musrri y Mardones, además del constante desahogo del Huevo Valencia. En las áreas, era un hecho que Vargas estaba inspirado y Salas parecía una amenaza constante. Así, el hombre de Temuco, aprovechó la única oportunidad que tuvo y anotó el 1 × 1 al filo del descanso. El gol lo gritamos todos en el bar y en la fila al baño durante el entretiempo; el Negro, con un par de piscolas en el cuerpo, se animó con un C-H-I que hizo retumbar los ventanales del sucucho.
Tras aquel grito, comenzamos a ver el segundo tiempo como si estuviéramos en el estadio, cantando y alentando a la “U”, lo que pareció transmitirse a los jugadores de Socías, ya que en el segundo tiempo entraron aleonados y atacando con todo hacia el sector sur. De esta manera, gracias a otros dos goles del Matador y a la conquista del Polaco Goldberg, se produjo un expresivo 4 × 1, algo impensado. Terminado el partido, salimos a las calles a celebrar y eran muchos los autos que tocaban la bocina. Parecía que Universidad de Chile estuviera celebrando un título, sin embargo, la temporada recién comenzaba.
COPA LIBERTADORES
Por esos años, el reglamento de la Copa Libertadores clasificaba a 3 equipos de cada grupo a la siguiente ronda; en nuestro caso –con las Universidades, Millonarios y Atlético Nacional– se veía muy reñido, especialmente por el equipo de Medellín, que había ganado la Copa hacía apenas unos años y continuaba siendo una institución potente gracias al lavado de activos del cartel de esa ciudad, a pesar de la muerte de su líder, Pablo Escobar, a fines de 1993.
La tabla de posiciones mostraba a la “U” escapada arriba con 3 puntos, los colombianos con 1 y la UC sin unidades, algo inédito en el fútbol hasta ese entonces, ya que siempre fueron 2 puntos en cancha lo que se jugaba, destinados en su totalidad para el ganador o a repartir en caso de empate. Sin embargo, la puntuación cambiaba en Sudamérica esa temporada 1995, imitando lo que hace algunos años ya se venía realizando en Inglaterra, debido al abuso de la famosa media inglesa –ganar de local y empatar de visita–, lógica que generaba especulaciones en relación al empate.
Universidad Católica fue el primer equipo chileno en visitar tierras cafetaleras y sufrió un papelón cayendo por goleada 4 × 1 y 5 × 1 en cada cotejo. Con esa campaña, la “U” ya casi estaba al otro lado, así que con cierto relajo vi los dos partidos de los azules en Colombia. El equipo venía mejorando en Copa Chile y se acercaba a la clasificación en el torneo local tras igualar 0 × 0 en La Serena, vencer 1 × 0 a Unión Española –gol de Goldberg– y 5 × 0 a Coquimbo en Santa Laura –anotaciones de Marcelo Jara (2), Juan Carlos Ibáñez (2) y Juan Quiroga.
En Colombia, frente a Atlético Nacional, el duelo fue apretado: la “U” pudo haber convertido, pero René Higuita demostró su grandeza al bloquear dos llegadas de Salas. Ante Millonarios ocurrió algo parecido, y el equipo de Socías volvió con derrotas por la cuenta mínima, pero estos resultados en ningún caso se veían como algo negativo. Perder fuera de casa y por margen estrecho era algo remontable de local en la Libertadores.
ABONADOS
Al regresar de las vacaciones de verano, mi fervor hacia la “U” estaba por los cielos, pues tendría la oportunidad de ver a Universidad de Chile jugar por primera vez la Copa Libertadores en el Estadio Nacional, lo que se veía bastante asequible, ya que la dirigencia de la Corfuch contaba con un sistema de abonos a precios muy baratos y en varias cuotas. Mi cálculo era el siguiente: asistiendo a tres partidos de Copa Libertadores, más dos clásicos de local a tribuna Andes, se pagaba el abono de todo el año y, en mi caso, el costo disminuía aún más al ser adicional de mi viejo, por lo que también agregamos al Negro, haciéndolo pasar como sobrino de mi papá.
Ya en condición de abonado, pude hacer estreno de mi tarjeta para el partido del 12 de marzo ante Deportes La Serena en Santa Laura. Como el recinto de plaza Chacabuco no tenía tribuna Andes diferenciada de galería, con el abono se pudo entrar bajo la marquesina en plaza Chacabuco, un lugar donde nunca me había tocado asistir.
Era increíble cómo iban cambiando mis hábitos de hincha. Durante la temporada en segunda nos sentábamos en la tribuna que está al frente del sector oficial y, luego de esperar un largo rato la típica rifa de la pelota Tango en ese sector –que nunca gané–, dejaba la compañía de mi viejo para ir a la barra oficial, ubicada en el sector sur, donde había mucha batucada y banderas gigantes al estilo del fútbol brasilero. En el segundo tiempo iba al lado norte para sumarme a la naciente barra, compuesta en su mayoría por jóvenes metaleros, donde se cantaba a viva voz: A pesar de todo, yo estoy aquí, porque soy de abajo, muero por ti.
Ese partido de 1995 no iba acompañado de algún morbo especial, las fichas estaban puestas en la Copa Libertadores y el grupo de Copa Chile se veía totalmente asequible. De todos modos, el duelo con los papayeros sirvió para aumentar mis preocupaciones con respecto a los tres volantes que la “U” había traído –Juan Quiroga, Hugo Bravo y Óscar Román Acosta–, ya que su rendimiento futbolístico se veía poco convincente y estaban muy lejos de Raúl Aredes. El partido se ganó por un cómodo 2 × 0, gracias a las anotaciones de Jara y Goldberg.
A TRES BANDAS
Marzo se empezaba a llenar de actividades y en Universidad de Chile la escasez de plantel preocupaba ante la eventualidad de jugar la Copa Chile, Libertadores y el Torneo Nacional en forma paralela. A ello se sumaban las convocatorias del vasco Xabier Azkargorta, que llegaba a hacerse cargo de la selección luego del extraño periodo de Mirko Jozic, concluido con muy pocos partidos y una triste derrota 0 × 3 en el debut –llevado a cabo en Ñuñoa– de Daniel Passarella como seleccionador de Argentina.
Cristián Castañeda, Marcelo Salas y Esteban Valencia eran convocados a la selección en forma permanente; mientras que Luis Musrri, Ronald Fuentes y Patricio Mardones solo ocasionalmente. En ese sentido, Socías ya había comenzado con las rotaciones, pero el nivel de varios no convencía. Solo Cristián Traverso –que finalmente había llegado desde Argentinos Juniors– demostraba esfuerzo y garra para defender la camiseta, porque el resto de las incorporaciones hacía muy poco.
En Copa Chile fueron titulares durante algunos encuentros varios juveniles salidos de la cantera azul, como los laterales Pablo Contreras y Juan Silva, el central Víctor Bascuñán y el volante Edgardo Julio. Solo el Peladito Goldberg aprovechaba sus oportunidades y se anticipaba como la principal opción acompañando a Marcelo Salas, pues Ibáñez y Jara mostraban un rendimiento cada vez más irregular.
El 15 de marzo se disputaba el segundo partido de Copa Libertadores entre las universidades, pero el morbo del duelo inicial había desaparecido. La razón principal era que, tras perder los cuatro partidos en tierras colombianas, la opinión del medio fue casi de una crisis a nivel de clubes en el fútbol chileno. Además, los hinchas de Católica ya no estaban tan enamorados del juego de su equipo y las críticas a Pellegrini se hacían cada vez más fuertes. Para la “U” empatar el partido era un muy buen resultado, así que se entró a jugar con eso en mente. El encuentro fue malo y los azules cayeron 0 × 2 en un juego carente de emoción. El resultado dejaba la resolución entre los equipos locales, así que era hora de empezar a jugarse la vida. Llegaba el momento de recibir a los colombianos y el cuadro local que pestañeara iba a quedarse fuera de la Copa, de eso no había dudas.
Por ser el campeón, Universidad de Chile jugaba los viernes, mientras que los cruzados lo hacían los martes. El primer visitante fue Millonarios, equipo que no trajo a todos sus titulares y terminó perdiendo 2 × 1 con la UC y 3 × 2 con la “U”. Salas fue figura en el Estadio Nacional anotando dos goles, mientras el Polaco Goldberg convirtió el definitivo en un partido que terminó siendo mucho más estrecho en el marcador que en la cancha. Aquel partido ante los colombianos se disputó el 24 de marzo e inmediatamente Cristián Castañeda, Esteban Valencia y Marcelo Salas tomaron un avión hacia Los Ángeles para enfrentar a México por la Roja. Este partido era el sueño de todo el fútbol chileno, pues marcaba el inicio de un proceso que buscaba clasificar al Mundial de Francia 98, tras el fatídico último duelo ante Brasil en 1989 que nos dejó casi ocho años sin jugar eliminatorias. En la antesala del duelo a disputarse en Estados Unidos, algunos medios recordaron este último proceso premundialista de la selección. En aquellos tiempos de dictadura, se decía constantemente que Chile le hacía buenos partidos a Brasil. Yo recordaba con claridad un 0 × 0 en Ñuñoa, lo vi con mi viejo en galería poco antes del Mundial de España 1982–; un exiguo 2 × 3 en el Maracaná previo a la Copa América 1983, donde el arquero Óscar Wirth se comió un gol y el Pato Reyes estaba como lateral derecho; un 1 × 1 en Curitiba durante mayo del 86, lo seguí por la radio con tremendo orgullo al escuchar a Pellegrini como baluarte de la defensa y a Mariano Puyol convirtiendo el gol; y el inolvidable 4 × 0 de la Copa América 1987, que vi en el segundo piso de la casa de mis viejos, aunque tuve que bajar en reiteradas ocasiones las escaleras para informar a mis familiares de los goles de Basay y Letelier.
La ilusión del país era total para las eliminatorias de Italia 90. Aún recuerdo perfectamente los detalles del partido de ida con la Verdeamarela en el Estadio Nacional –al que ambas selecciones llegaban después de haber vencido a Venezuela de visita– que presencié con mi viejo desde la galería sur. Ese día el ambiente de fervor y odio al rival era feroz, con un himno brasileño abucheado por la multitud y los jugadores chilenos Raúl Ormeño y Alejandro Hisis provocando desde un principio a los visitantes. La “U” estaba en Segunda División, por ello la selección era casi colocolina, con Roberto Rojas, Jaime Pizarro, Fernando Astengo, Hugo González, Hugo Rubio y el mismo Zamorano, quien había dicho a varios medios que su sueño era jugar en el Cacique. Universidad de Chile ni figuraba en la prensa, estaba en el fango de la zona sur de segunda y las tardes de sábado en Santa Laura parecían de fútbol amateur comparadas con esas eliminatorias.
Tras aquel 1 × 1 en Ñuñoa, que se desarrolló con permanentes invasiones de reporteros chilenos a la cancha, lluvia de naranjas y proyectiles a los rivales, constantes C-H-I por los altoparlantes del locutor del estadio –lo que estaba prohibido–, el equipo fue sancionado en su localía y tuvo que hacer de local en Mendoza ante Venezuela. El medio estaba indignado. Todos criticaron a la Fifa, y se decía que Brasil no podía faltar a un Mundial. El equipo de Orlando Aravena estaba predispuesto a armar un show en caso de recibir un trato poco amigable, pero lo cierto es que aquel 3 de septiembre de 1989 todo fue muy distinto, porque Brasil dominó sin contrapeso y Roberto Rojas hacía un heroico esfuerzo por apoderarse del balón, aunque su respuesta fue débil en el gol de Careca.
Yo estaba en la casa de mi amigo Larva junto a otros quince compañeros de curso. Era la primera vez que me juntaba a ver un partido por tv y llegué sobre la hora, tras esperar por largo rato a que pasara la micro Tropezón. Cuando sucedió lo del Cóndor, quien terminó inconsciente y ensangrentado, nuestra indignación fue total. Sin embargo, lo que era motivo de orgullo, ver a los jugadores defender la patria en el extranjero ante el enemigo brasileño, pasaría a vergüenza tras saber que el arquero chileno vendió su verdad a La Tercera confesando haberse autoinfligido el corte. El papelón en cancha sería matizado por la imagen de Patricio Yáñez, que pasaría a la historia por el ordinario gesto de tocarse los genitales frente a la parcialidad carioca.
Pero volvamos a 1995. La selección de Azkargorta debutó con un claro triunfo sobre México y, por primera vez, Marcelo Salas, con apenas 20 años, era titular en ataque junto a la gran figura del Real Madrid, Iván Zamorano. El Matador terminaría siendo la figura del partido ante 60 mil personas en Estados Unidos. Jugó como un verdadero crack y anotó un golazo, mientras Bam-Bam marcaba el segundo de penal. Ese día nació la dupla que con el tiempo sería bautizada Sa-Za, como copia a la de Ro-Ro, que integraban Ronaldo y Romario en Brasil.
EL CAMPEONATO
El sábado 1 de abril de 1995 se estrenaría el Campeonato Nacional con la insólita novedad de los tres puntos al ganador y, además, con otro ingrediente particular: la televisión. El canal VTR Cable Express hacía su estreno en las transmisiones deportivas justo para el partido que se jugaría en San Carlos de Apoquindo entre Universidad Católica y La Serena. Manuel Pellegrini usó equipo mixto pensando en la Copa Libertadores, por lo que dejó en la banca a Gorosito, Acosta y Rozental, quienes entraron a la cancha como otra de las grandes novedades de la época, pues hasta entonces se podían hacer dos cambios. La apuesta le estaba resultando a la UC, porque bien entrado el segundo tiempo ganaba 1 × 0 gracias a un gol de Acosta, sin embargo, en medio de la agonía el excruzado César Marín marcaba el 1 × 1. El empate lo escuché cuando volvía de futbolito –en las canchas de Colón 9000–, en el auto de unos amigos y, por supuesto, lo recibí con alegría.
Ya de vuelta en casa, me dispuse a ver la transmisión de Mega desde Copiapó para el partido entre Regional Atacama y Colo-Colo. En mi casa no teníamos cable y un partido televisado por la tv local era algo imperdible, independiente de los equipos. El Cacique, junto con incorporar a Rogelio Delgado al cuerpo técnico, apostaba otra vez por ser campeón, como era habitual, e invertía millones en el capitán de la selección argentina, Marcelo Espina, que apenas unos meses antes había marcado un golazo a Chile en Ñuñoa. Asimismo, contrataron al exazul Fabián Estay, al arquero uruguayo Luis Barbat, a un central paraguayo llamado Miguel Ángel Acosta y a uno de los tantos Rojas que había en el fútbol chileno, aunque este era conocido como Murci. Sin embargo, de todas las contrataciones albas, la que menos entendía era la de Mauricio “Bototo” Illesca. De niño era fanático de la revista Barrabases y admirador de Pirulete y Bototo, así que cuando me enteré a principios de los 90 que venía emergiendo un centrodelantero de la “U” con ese apodo, siempre soñé que se convertiría en figura. Sin embargo, en el primer equipo nunca rindió.
El equipo de Gustavo Benítez arrasó en una de las canchas más difíciles de la Primera División y trituró con un 5 × 0 al cuadro de la Tercera Región con goles de Marcelo Vega, Fernando Vergara –que también había llegado como refuerzo, tras haber defendido otras camisetas, incluida la “U” en 1991–, Marcelo Espina y doblete de Leonel Herrera. Este último no era conocido en mi casa por su gol a Olimpia en la Final de la Copa Libertadores 1991, sino por haber sido hijo de Zapatitos con sangre, el central que solía levantar a chuletas a Héctor Hoffens en los superclásicos.
Al día siguiente, como era característico durante los últimos catorce años cada vez que la “U” debutaba en Santiago por el Campeonato Nacional, partimos con mi viejo a Ñuñoa para ver el partido ante Provincial Osorno, equipo sin entrenador y dirigido interinamente por Guillermo Valle. Los sureños tenían dentro de sus filas al excruzado Francisco Hormann, al rudo centrocampista Luis Medina, al eterno Pancho Ugarte y a dos atacantes de fuste: el argentino Roque Burella y el paraguayo Rolando Azás. Mientras la “U”, dirigida por Jorge Socías, estaba formada por Vargas, Castañeda, Abarca, Traverso, Ponce, Musrri, Mardones, Valencia, O. Acosta, Goldberg y Salas. El partido contra Los Lecheros tuvo mucha llegada a las respectivas áreas, pero Universidad de Chile terminaría haciéndolo suyo con un disparo de media distancia y un penal del Pato Mardones, además de otro doblete del Matador Salas y anotación del Polaco Goldberg. Para Osorno, en cambio, solo anotaron Burella y Barría.
Al volver del estadio, en vez de estudiar para las clases de periodismo, llegué directamente a anotar los resultados en mi nuevo cuaderno del Campeonato 1995. Al hojear los anteriores, recordaba mi primera gran alegría en un debut del Torneo Nacional: el 7 × 3 a Unión Española en Santa Laura, en una llovida tarde sabatina del año 1982. Aunque, pensándolo fríamente, el resultado que más recordaba era el 5 × 0 durante el debut del torneo pasado ante el mismo rival, donde Marcelo Salas también anotó dos goles.
Con esos resultados y el 7 × 1 de Cobreloa sobre Huachipato, mi ilusión de que el Romántico Viajero peleara el título estaba intacta, a pesar de no tener refuerzos y contar con un plantel tan estrecho. Mis compañeros de universidad, algunos albos y otros cruzados, comenzaron a molestarme desde el primer día, pues sus respectivos equipos estaban bien reforzados. Decían que la “U” pasaría otros 25 años sin salir campeón, que el argentino Óscar Acosta parecía rockero en vez de futbolista, y que Traverso era más tronco que Luis Abarca, así de malo era.
DEL ÉXTASIS AL DOLOR
Tras el estreno del campeonato y con la visita del gran Atlético Nacional, se venía la semana decisiva en la Copa Libertadores. Recuerdo que San Carlos estaba completamente lleno, vi el partido por Canal 13, apoyando completamente a los colombianos, pues la “U” peleaba el último cupo con la UC. El conjunto cruzado resultó ser un oponente digno para el equipo de Medellín, que tenía al gigante René Higuita en el arco, a Luis “Chonto” Herrera como defensa, a Chicho Serna en mediocampo y a los cracks Aristizábal y Juan Pablo Ángel en delantera. Es más, cuando el empate a 0 ya se conjuraba, hubo un penal sobre la hora que disparó el Beto Acosta y que fue tapado por Higuita.
Con el 0 × 0 de San Carlos, un triunfo el día viernes dejaba a la “U” en octavos de final, así que la expectativa fue enorme. Nos organizamos para ir con unos amigos, así que le presté mi tarjeta Andes al colega de mi viejo para que fueran juntos a esa ubicación, a cambio de que me diera las lucas correspondientes para ir a galería. Si bien tengo anotado que 44.418 espectadores llegaron ese día al estadio, lo cierto es que por lo menos había 60 mil personas en Ñuñoa. Con Pastel y el Negro dimos vueltas por el sector sur tratando de ingresar, pero encontramos todas las puertas cerradas, así que nos instalamos en el lado norte, bien arriba, próximos a la diagonal que está cerca de la marquesina. Ese día, la “U” jugó un partidazo, en gran parte por la decisión de Socías: dejar definitivamente a Acosta en la banca e ingresar a Víctor Hugo Castañeda, cuyas pausas en los momentos más adecuados contrarrestaban la vertiginosidad característica de Valencia, Goldberg y Salas. Y, en defensa, la entrada del Relojito Romero ayudó a la dupla de Abarca y Traverso, que a punta de mañas y agarrones trataban de frenar al duro de Aristizábal.
Durante el segundo tiempo, a la “U” le tocaba atacar hacia el sector sur, por lo que ver a los once azules correr hacia la multitud de Los de Abajo era un espectáculo sublime. La barra ya no era ese grupo de muchachotes que cantaba bajo el tablero marcador de goles sin una estructura definida, ahora se organizaba estratégicamente con distintos líderes que hacían saltar y moverse a todo el sector. En cada C-H-I, el movimiento de los brazos y las palmadas formaban una perfecta coreografía que me tenía tan preocupado de la barra como de la pelota. Sin embargo, a pesar del frenesí en la tribuna, recuerdo perfectamente una clara falta de Higuita sobre Salas que ameritaba un penal, pero era muy difícil que sancionaran con otra pena máxima al equipo del Cartel de Medellín, que ya había sido castigado en el partido contra la UC hacía un par de días.
Ya en los últimos minutos, la “U” atacó con todo, ingresó Ángel y estuvieron cerca del gol, pero Vargas fue rápido para salir del área y cortar un par de cargas. Un gol de Universidad de Chile nos dejaba en octavos de final, mientras que el empate llevaba a una definición con la UC, mientras la derrota nos eliminaba. Finalmente, el 0 no se movió y nos fuimos con la amargura de haber tenido todo para enterrar a la Católica.
Por reglamento, Universidad de Chile y Universidad Católica tenían que definir la clasificación chilena a octavos de final en un partido adicional, a pesar de que la “U” tenía mejor diferencia de goles que el equipo cruzado. Pero antes, por la segunda fecha del Campeonato Nacional, el cuadro del Lulo conseguía un sufrido empate en Las Higueras ante Huachipato con cabezazo de Luis Abarca, mientras la UC se imponía en Antofagasta con gol de Acosta, y Colo-Colo saltaba a la punta tras derrotar a Concepción 2 × 1 en Pedrero.
El partido con la UC definía al equipo que enfrentaría a River Plate y se jugó un martes en vísperas de Semana Santa. Asistí al encuentro con varios compañeros de periodismo, presintiendo una inminente derrota, pues la “U” había tenido todo para pasar a la otra ronda de la Copa y, a pesar de haber jugado bien, no pudo timbrar los pasajes. Por otro lado, la Franja había perdido los tres primeros partidos por paliza y el acceso a la siguiente etapa prácticamente se les había escapado, lo que les daba un motivo extra para llegar crecidos al encuentro.
La definición tuvo muy pocos hinchas de la Católica. El sector norte, destinado a sus seguidores, estaba dividido entre integrantes de la barra Los del Este, muchachos de Los de Abajo y familias completas. A varios hinchas de la “U” ya no les importaba tanto la rivalidad deportiva porque iban directamente al estadio con la idea de amedrentar a los forofos de la UC. Es más, para un clásico universitario del año 1993, recuerdo haber tenido que escapar de fanáticos de mi propio equipo. Fue un día de invierno en que caminaba tranquilamente junto a un amigo, sin ningún atuendo que nos identificara como seguidores de Universidad de Chile. Al salir por los accesos de avenida Grecia, nos encararon unos barristas azules, para amedrentarnos con voz amenazante: “¿Andan pasando piola?”. Por suerte, casi en forma instantánea, se armó otro matonaje entre azules y cruzados cerca del mono en pelota, lo que alejó a nuestros atacantes.
El clásico universitario de definición por los pasajes a octavos de final de la Copa comenzó mal desde un inicio, porque la “U” perdió el sorteo y le tocó cambiar de lado. A eso, se sumó una clara superioridad del equipo de Manuel Pellegrini en el primer tiempo, que se fue con un 2 × 0 al descanso tras el cabezazo de Ardiman a poco de iniciado el partido y definición de Acosta en el segundo gol. Una de las grandes lecciones que dejó ese primer tiempo, fue el paupérrimo nivel de Óscar Acosta y la lentitud de Cristián Romero ante la presencia de Marcelo Barticciotto que, quizás por su pasado colocolino, jugó lejos su mejor partido con la camiseta de la UC.
Nosotros estábamos en el sector sur, muy cerca de Los de Abajo y, tras el descanso, era poco lo que se podía ver hacia el otro arco, pues había mucha neblina. A pesar de la inferioridad, Universidad de Chile entró atacando con mucho amor propio y, gracias a un remate de distancia del Pato Mardones, vino el descuento y el equipo se acercó al empate, aunque con más ganas que fútbol. Socías sacó a Óscar Acosta, pero en vez de ingresar a Víctor Hugo Castañeda, puso a Ibáñez, lo que dejó al equipo desarmado. La “U” tenía la pelota, se acercaba, pero en las contras podría venir el tercero en cualquier momento y así pasó con el gol de Gorosito a 20 minutos del final. De ahí comenzaron los cambios y roces, generando un partido cada vez más interrumpido que finiquitó Acosta con el cuarto gol cuando solo quedaba 1 minuto. Tras anotar, Rodrigo Gómez, eterno suplente en la UC, comenzó a burlarse de los jugadores azules al festejar mostrando la camiseta. Inmediatamente sacamos la voz desde la tribuna con el cántico: Ojo, tengan cuidado. Ojo, tengan cuidado con el León, su bravura es feroz y su hinchada la mejor, que opacó cualquier atisbo de CEATOLEÍ desde el sector norte. Finalmente, el autor de las burlas y Sergio Vargas fueron expulsados, mientras en la radio, el soberbio de Néstor Raúl Gorosito declaró terminado el partido: “¿Querían jugar con River? Como somos argentinos, quizás les consigamos un amistoso”. Yo lo odiaba.
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