Kitabı oku: «Fuerte como la muerte»
Fuerte como la muerte

Fuerte como la muerte (1889) Guy de Maupassant
© Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Edición: Octubre 2020
Imagen de portada: Johanna van de Kamer Rawpixel / Shutterstock
Diseño de portada: Ana Gabriela León Carbajal
Traducción: Ricardo García
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
Índice
1 Primera Parte
2 I
3 II
4 III
5 IV
6 V
7 Segunda Parte
8 I
9 II
10 III
11 IV
12 V
13 VI
Primera Parte
I
El sol se colaba en el amplio estudio por el tragaluz del techo. Era como un gran cuadrado de luz brillante y azul, un espacio abierto sobre un infinito lejano de azul, por el que pasaban rápidamente bandadas de pájaros.
Pero apenas se entraba en la pieza, alta de techo y tapizada, la alegre claridad del cielo parecía como que se atenuaba dulcemente durmiéndose sobre los paños, muriendo en los huecos de las puertas, apenas alumbrando los rincones sombríos, en los que únicamente brillaban como llamaradas los marcos dorados. La paz y el sueño, esa paz de la casa del artista en que el alma humana trabaja, parecían esclavizadas allí.
En paredes como aquéllas en donde el pensamiento mora y se agita agotándose en esfuerzos violentos, parece que todo está fatigado y anonadado cuando aquél reposa.
Todo resulta inmóvil después de aquellas crisis de la vida; todo descansa; los muebles, los paños, los grandes personajes sin terminar en las telas manchadas de color, como si la mansión entera sufriese con el cansancio del dueño y hubiese trabajado con él tomando parte a diario en la lucha sin cesar renovada.
Un leve olor mareante de pintura, de trementina y tabaco a la vez, flotaba en el ambiente y empapaba los tapices y los muebles. No turbaba ruido alguno el solemne silencio fuera de los gritos vivos y rápidos de las golondrinas que pasaban sobre la cristalería abierta, y el grave rumor de París, apenas perceptible más arriba de las techumbres. Dentro del estudio, todo permanecía inmóvil, excepto la intermitente nubecilla de humo del cigarro que Oliverio Bertin, medio echado en un diván. fumaba perezosamente.
Con la mirada perdida en las lejanías del cielo, buscaba asunto para su nuevo cuadro. ¿Cuál sería éste? Nada sabía aún. No era Oliverio artista resuelto y seguro de sí mismo; sino espíritu inquieto de inspiración indecisa, que vacilaba a cada paso, entre todas las manifestaciones del arte. Rico, de buena cuna, poseedor de todos los honores, se encontraba al pie de la etapa de la vida, sin saber hacia cuál ideal había marchado.
Había sido becado en Roma, defensor de la tradición, evocador, como tantos otros, de las grandes escenas de la Historia. Luego había modernizado sus tendencias y pintado hombres de hoy con recuerdos clásicos.
Inteligente, entusiasta, tenaz para el trabajo, cambiando de ideal frecuentemente, enamorado de su arte, que conocía maravillosamente, había adquirido, gracias a la penetración de su espíritu, habilidades de procedimiento verdaderamente notables y gran flexibilidad de talento, debido en parte a aquellas sus dudas y vacilaciones en las tentativas sobre diversos géneros. Tal vez la admiración brusca del público por sus trabajos llenos de elegancia, correctos y distinguidos, había influido sobre su temperamento, impidiendo que fuese lo que, normalmente hubiera sido de otro modo.
Desde el triunfo de su “debut”, le preocupaba, sin darse cuenta de ello, el afán de gustar siempre, y esto torcía secretamente su rumbo y atenuaba sus convicciones. Aquel deseo de agradar aparecía en él con todas las formas y había contribuido no poco a su reputación.
El agrado de sus maneras, las costumbres todas de su vida, el propio cuidado de su persona, su antiguo crédito de fuerza y destreza, de habilidad con la esgrima y la equitación, eran un conjunto de pequeñas notoriedades acumuladas a su creciente celebridad.
A partir de “Cleopatra”, el primer cuadro que dio lustre a su nombre, París se apasionó bruscamente por él, adoptándolo y festejándolo, y fue de pronto uno de esos brillantes artistas del gran mundo que pasean por el Bosque, a quienes los salones miman, y que la Academia acoge desde su juventud. Era, pues, un conquistador por el voto de París entero. La fortuna lo había llevado con mimos y caricias hasta la edad madura.
Bajo la influencia de aquel hermoso día que palpitaba afuera, buscaba Oliverio un asunto poético. Estaba un tanto aletargado por el almuerzo y el cigarro, y soñaba con los ojos hundidos en el espacio, dibujando sobre el azul del cielo rápidas y graciosas figuras de mujer en una avenida del bosque o en la acera de una calle, enamorados a la orilla del agua y buena porción de fantasías galantes que llenaban su espíritu.
Las cambiantes imágenes se contorneaban sobre el cielo vagas e inmóviles, con la alucinación colorista de su mirada, y los revuelos rápidos de las golondrinas, parecidos a flechas disparadas, asemejaban rayas tiradas sobre los dibujos, como rasgos instantáneos de una pluma. Y Oliverio no daba con el asunto.
Todas las figuras entrevistas se parecían a las que ya había hecho; todas las mujeres eran hijas o hermanas de otras ya creadas por su capricho de artista, y el temor vago de que estaba impotente para el arte hacía un año, el miedo de estar agotado, de haber gastado sus facultades, de haber consumido su inspiración, se apoderaba de él en aquella meditación y por aquella dificultad para soñar nuevamente y descubrir una vez más lo desconocido.
Se levantó con dejadez para buscar en el lienzo lo que su pensamiento no hallaba, esperando que haciendo dibujos al azar surgiría de pronto la idea tenaz y rebelde. Sin dejar de hacer bocanadas con el cigarro, sembró líneas y rasgos rápidos con la punta de su difumino; pero cansado de aquellas vanas tentativas, agobiado el espíritu, arrojó el cigarro, silbó una canción popular y recogió de una silla con algún trabajo unas pesadas esferas de gimnasia.
Levantó con la otra mano una cortina corrediza, que ocultaba el espejo que le servía para apreciar la exactitud de las posturas del modelo y medir las perspectivas para obtener la verdad exacta, y colocándose delante, probó los músculos mirándose en el espejo.
Había tenido fama en los estudios de artista por su fuerza, como la tuvo luego en la sociedad por su belleza varonil. La edad, no obstante, pesaba sobre él y lo entorpecía. Oliverio era alto, de ancha espalda y pecho lleno, pero había echado vientre, como los antiguos luchadores, aunque hacía esgrima y montaba todos los días.
Tan sólo la cabeza era tan hermosa como antes, aunque de distinto aspecto; los cabellos blancos, cortos e hirsutos daban mayor brillo a la mirada de sus ojos bajo las cejas grises. Su bigote áspero, de soldado viejo, había permanecido casi castaño y daba al rostro extraño carácter de energía y fiereza.
De pie ante el espejo, las piernas juntas, el cuerpo recto, hacía describir a las esferas de hierro los movimientos reglamentarios, sostenidas en el extremo de su musculoso brazo, y seguía con complacida mirada el propio esfuerzo tranquilo y vigoroso.
De pronto, en el espejo que copiaba todo el estudio, vio moverse un tapiz. Apareció después una cabeza de mujer, sólo la cabeza, que lo miraba, y oyó una voz que decía a su espalda:
—¿No hay nadie?
—Presente —contestó volviéndose.
Arrojó las esferas sobre una alfombra y se dirigió hacia la puerta con agilidad un tanto forzada. Entró una mujer vestida con traje claro, y cuando se dieron las manos, dijo:
—¿Hace gimnasia?
—Sí —contestó él—, hacía el pavo real y me he dejado sorprender.
Ella sonrió.
—No estaba su portero —dijo—, pero como sé que está siempre solo a estas horas, he subido sin anunciarme.
Oliverio la miraba fijamente.
—¡Demonios! ¡Qué hermosa está! ¡Qué elegante!
—¡Ah, sí! Traigo un traje nuevo. ¿Le gusta?
—Precioso y perfectamente armónico... con su belleza. Parece que todos tienen hoy la intuición del color.
Dio la vuelta en derredor de ella, aplanó la tela con las manos y arregló los pliegues con la punta de los dedos como quien conoce el tocado con la experiencia de un modisto o como artista que ha pasado su vida fijando con la punta menuda del pincel las modas tornadizas y delicadas que ponen de relieve la gracia mujeril cautiva en crespón de terciopelo y seda o bajo la nevada de los encajes.
—Ya está —dijo—; le sienta admirablemente.
Ella se dejaba admirar, satisfecha de ser bonita y agradar.
No era una niña, pero si todavía hermosa; de regular estatura, bien constituida, fresca, con la morbidez que da a la carne de cuarenta años un sabor de madurez; parecía una de esas rosas que se abren indefinidamente hasta que cansadas de florecer se marchitan en una hora.
Tenían sus cabellos rubios la gracia juvenil y despierta de esas parisienses que no envejecen nunca, que tienen en sí mismas inexplicable fuerza vital y provisión inagotable de resistencia, y que durante veinte años viven de este modo, indestructibles y victoriosas, cuidando ante todo el cuerpo y economizando la salud.
—¡Qué! —dijo ella —¿nadie me besa?
—He fumado...
—¡Uff! —replicó ella.
Luego ofreció la boca a Oliverio diciéndole: Tanto peor.
Sus labios se unieron.
Oliverio le quitó la sombrilla y la despojó de su capita de verano con vivo y movimiento pronto y seguro, propio de quien estaba hecho a aquella familiar maniobra.
Se sentó luego ella en el diván y Oliverio le preguntó con interés:
—¿Está bien su esposo?
—Muy bien, y hasta puede que esté hablando en estos momentos en la Cámara.
—¡Hola! ¿Y sobre qué?
—Pues seguramente de la remolacha y los aceites de colza, como siempre.
Su esposo, el conde de Guilleroy, diputado por el departamento de El Havre, había llegado a ser un especialista en las cuestiones agrícolas.
Vio ella en un rincón un croquis que no conocía y atravesó el estudio preguntando:
—¿Qué es esto?
—Un pastel que he empezado; el retrato de la princesa de Pontève.
—Ya sabe —dijo ella con seriedad —que si vuelve a hacer retratos de mujer le cerraré el estudio. Yo sé bien adónde lleva esta clase de trabajo.
—¡Ah! —replicó Oliverio—. Es que no se hace dos veces un retrato de la princesa.
—Así lo espero.
La condesa examinaba el croquis empezado como mujer entendida en cuestiones de arte. Se alejó, se acercó otra vez, se colocó bien para ver la luz y acabó por declararse satisfecha.
—Está bien —dijo—. Hace maravillosamente el pastel.
—¿De veras? —preguntó halagado Oliverio.
—Sí, es un procedimiento delicado y para el que se necesita distinción. No es para los pintores vulgares.
Desde hacía doce años acentuaba la condesa su inclinación por la pintura distinguida, luchando con sus aficiones a la sencilla realidad.
Por consideraciones de elegancia puramente mundana, la condesa empujaba suavemente a Oliverio hacia el ideal gracioso, pero un poco amanerado y ficticio.
—¿Cómo es esta princesa? —preguntó.
Oliverio tuvo que dar mil detalles de todo género, detalles minuciosos en que se complacía la curiosidad celosa y sutil de la mujer, pasando de las líneas de lo pintado a las reflexiones del propio espíritu.
—¿Coqueta con usted? —preguntó de repente.
Oliverio río y le juró que no.
La condesa puso ambas manos en los hombros del artista y lo miró con fijeza.
El ardor de la pregunta muda hacía temblar la redonda pupila en el centro del gris azulado de sus ojos, manchado de puntitos negros a modo de salpicaduras de tinta.
—¿De veras no coquetea? —preguntó por segunda vez.
—Muy de veras.
Ella le retorció las puntas del bigote entre los índices y pulgares, y añadió:
—Además..., estoy tranquila, no puede amar a nadie más que a mí. Esto ha acabado para las demás; es ya muy tarde para eso, amigo mío.
Sintió Oliverio el ligero estremecimiento que sienten los hombres maduros cuando se les habla de la edad y murmuró:
—Hoy como ayer y mañana como hoy, sólo tú vivirás en mi vida, Any.
Ella le tomó del brazo, y volviendo al diván lo hizo sentar a su lado.
—¿En qué pensaba? —le dijo.
—Buscaba un asunto para un cuadro.
—¿Cuál?
—No lo sé, puesto que busco.
—¿Qué ha hecho estos días?
Tuvo Oliverio que enumerar todas las visitas que había recibido, las cenas, las reuniones, las conversaciones y hasta las habladurías.
Por otra parte, ambos se interesaban por todas aquellas futilidades familiares de la existencia social. Las pequeñas rivalidades, las relaciones conocidas o sospechadas, los juicios mil veces dichos y repetidos sobre las mismas personas, los propios sucedidos y las mismas opiniones, todo invadía y llenaba sus espíritus en el torrente agitado que se llama vida parisina.
Conociendo como conocían a todo el mundo en todas las esferas, él como artista ante quien se abrían todas las puertas, y ella como mujer de un diputado conservador, se hallaban ejercitados en aquella gimnasia de la conversación francesa, fina y vacía, amablemente malévola, inútilmente espiritual y vulgarmente distinguida, que da particular y envidiada reputación a aquellos cuyo idioma se ha afinado en esta charla murmuradora.
—¿Cuando vendrá a comer? —dijo de pronto Any.
—Cuando quiera. Señale el día.
—El viernes; estarán la duquesa de Montemain, los Corbelle y Musadieu. Me acompañarán para celebrar el regreso de mi hija que llega esta noche; pero no lo diga porque es un secreto.
—Acepto, acepto. Me alegraré de volver a ver a Anita después de tres años.
—Cierto; tres años.
Educada Anita primero en París, en casa de sus padres, llegó a ser el último y apasionado cariño de su abuela la señora Paradin, que estaba casi ciega y vivía todo el año en el castillo de Roncières, en el Eure, propiedad de su yerno.
Poco a poco, la anciana había ido guardando consigo a la niña, y como los de Guilleroy pasaban casi la mitad de su vida en aquella propiedad a que le llamaban constantemente diversos intereses agrícolas y electorales, resultó que sólo iba la niña de vez en cuando a París, porque prefería la vida libre y movida del campo a la recogida de la casa paterna.
Hacía tres años que no iba a París; prefería la condesa tenerla lejos para no crear en ella nuevos gustos del día fijado para su entrada en el mundo.
La señora Guilleroy le había dado en el castillo, dos institutrices llenas de diplomas, y hacía frecuentes viajes para ver a su madre y su hija. La estancia de Anita en el castillo había llegado a ser indispensable para la anciana.
Oliverio Bertin solía antes pasar seis semanas cada verano en Roncières, pero desde hacía tres años las reumas lo llevaban a baños termales lejanos, y cuando de ellos volvía a París, el cariño a la capital le impedía abandonarla para ir al castillo.
Anita debía haber regresado a París para el otoño, pero su padre concibió bruscamente un proyecto de bodas y la llamó antes de la fecha fijada para que conociera a su futuro esposo, el marqués de Farandal.
Este proyecto se mantuvo en secreto, y sólo Oliverio lo sabía por la confidencia de la señora de Guilleroy.
—Entonces —preguntó Oliverio—, ¿es un hecho el proyecto de su marido?
—Completamente, y lo creo acertado.
Hablaron de otras cosas luego; volvieron sobre la pintura y Any lo animó a hacer un Cristo, a lo que él se negó, diciendo que era ya tema agotado, pero Any se obstinó impaciente en la idea.
—Si yo supiese dibujar —le dijo—, vería lo que he pensado; es nuevo y atrevido; lleva el acto del descendimiento y el hombre que ha desatado las divinas manos deja inclinar la parte superior del cuerpo. Este cae sobre la muchedumbre que abre los brazos para sostenerlo y recibirlo... ¿comprende?
Oliverio comprendía y hasta juzgaba la idea original, pero estaba en un acceso de “modernismo” y sólo se fijaba en su amiga medio echada en el diván.
Por bajo de la falda asomaba un pie finamente calzado y revelando la carne a través de la media casi transparente.
—Esto —exclamó —es lo que hay que pintar, esto, que es la vida: un pie de mujer asomando por una falda. Así cabe pintarlo todo: verdad, deseo, poesía. Nada más gracioso y bonito que un pie de mujer... y el misterio que revela, la pierna velada y adivinada bajo la tela.
Se sentó a la turca en el suelo, tocó el pie, lo levantó y lo descalzó; el pie pareció moverse mejor con las alegrías de la libertad.
—Esto es fino, distinguido y más tangible que la mano... ¿A ver su mano, Any?
Llevaba guantes largos hasta el codo.
Para quitarse uno lo tomó por el extremo, y lo hizo resbalar, volviéndolo como si arrancase la piel de una serpiente. Apareció el brazo blanco, regordete, mórbido, tan rápidamente descubierto, que pudo hacer pensar, al que lo hubiese visto, en un desnudo atrevido y completo. Any enseñó su mano caída por la muñeca. Brillaban las sortijas en sus dedos blancos, y las uñas, rosadas y puntiagudas, parecían garfios amorosos puestos en aquella pequeña garra de mujer. Oliverio la manejaba suavemente admirándola y retorcía los dedos como si hubiesen sido juguetitos de carne.
—¡Qué cosa más rara! —dijo. —Este gracioso miembro inteligente y diestro es el que elabora lo que se quiere, libros, encajes, casas, pirámides, locomotoras, pastelillos... y caricias, que es su mejor empleo.
Quitó las sortijas una a una, y al sacar el anillo de boda saludó.
—La ley: saludemos —dijo riendo.
—Tonto —contestó Any un poco mortificada.
Oliverio había tenido siempre espíritu burlón, tendencia de todo francés, que mezcla siempre un poco de ironía en los sentimientos más serios; muchas veces ponía triste a Any sin sospecharlo, sin saber apreciar las sutiles distinciones de la mujer, ni tantear el límite de los “rincones sagrados”, como él decía.
Any se enfadaba, sobre todo cada vez que Oliverio hablaba con cierto tono humorístico de aquellas relaciones de ambos tan largas, que decían eran el más grande ejemplo de amor del siglo XIX.
—¿Nos llevaría al “Salón” el día de la inauguración a mí y a Anita? —preguntó la condesa después de un momento de silencio.
—Seguramente.
Any le preguntó acera de los mejores cuadros del próximo “Salón” que debía abrirse dentro de quince días; pero como recordando de pronto un quehacer olvidado, le dijo:
—Me voy. Deme el zapato.
Oliverio volvía y revolvía el zapatito con aire pensativo entre las manos.
Se inclinó. Besó el pie suspendido entre la falda y la alfombra, inmóvil y un poco enfriado al contacto del aire, y luego lo calzó.
Any se levantó y se fue a la mesa, cubierta de papeles, cartas abiertas, antiguas y recientes, y un tintero de pintor, con la tinta seca. Revolvió los papeles curiosamente y los levantó para ver debajo de ellos.
—Va a descomponer mi desarreglo —dijo Oliverio acercándose.
—¿Quién es este señor que quiere comprarle sus “Bañistas”? —preguntó Any sin contestar.
—Un americano a quien no conozco.
—¿Ha hecho trato con la “Cantante callejera”?
—Sí, diez mil francos.
—Bien hecho; es muy bonita, pero no un asombro... Adiós, amigo mío.
Any le presentó la mejilla, que él rozó con un suave beso, y la condesa desapareció tras el tapiz, diciendo a media voz:
—El viernes a las ocho. No salga; ya sabe que no me gusta... Adiós. Cuando Any se fue, Oliverio encendió otro cigarro y paseó lentamente por el taller.
Todo el pasado de aquellas relaciones volvía ante sus ojos. Recordaba lejanos detalles olvidados, y los soldaba unos a otros, complaciéndose a solas con aquella caza de recuerdos.
Cuando él se levantó como un nuevo astro en el horizonte del París artístico, en tiempos en que los pintores habían acaparado el favor del público y llenaban hoteles un barrio, ganados con algunos trazos de pincel, en 1864, volvió de Roma y permaneció algún tiempo sin nombre ni éxitos.
Pero de pronto, en 1868, expuso su “Cleopatra”, y en pocos días le levantó la crítica hasta las nubes y después el público.
En 1872, después de la guerra, y cuando la muerte de Henri Regnault colocó a todos sus compañeros sobre glorioso pedestal, una “Yocasta” de atrevido asunto y factura sabiamente original y gustada hasta por los académicos, clasificó a Oliverio entre los audaces.
En 1873 lo puso fuera de concurso una primera medalla por su “Judía de Argel”, que pintó al regreso de un viaje a África.
En 1874 se le consideró por la sociedad elegante como el primer retratista de su época por un retrato de la princesa de Salia.
A partir de entonces, fue el pintor mimado de los parisienses y el mejor intérprete de su gracia y su espiritual naturaleza. En pocos meses todas las mujeres conocidas en París solicitaron de él el favor de un retrato. Se dejó querer y se hizo pagar bien caro.
Como estaba de moda y visitaba con la frecuencia de hombre de mundo, vio cierto día en casa de la duquesa de Mortemain una joven de luto riguroso que salía cual él entraba y que fue como una aparición llena de gracia y distinción.
Preguntó su nombre, supo que era la condesa de Guilleroy, esposa de un señor campesino de Normandía, agrónomo y diputado, que llevaba luto por el padre de su marido y que era mujer espiritual muy admirada y muy deseada.
—Es mujer cuyo retrato haría de buen grado —dijo Oliverio preocupado por aquella figura que seducía sus ojos de artista.
Llegó al día siguiente la frase a oídos de la joven, y Oliverio recibió aquella misma tarde una cartita azulada, ligeramente perfumada, de letra fina y regular, un poco torcida hacia el lado derecho y que decía:
Caballero:
La duquesa de Mortemain acaba de salir de mis casa y me ha asegurado que está dispuesto a hacer con mi pobre rostro una de sus obras maestras. Se lo confiaría con gusto si supiese que no había hablado por hablar, y que realmente había visto en mí algo digno de ser reproducido e idealizado por usted. Reciba, caballero, el testimonio de mi más distinguida consideración.
Ana de Guilleroy.
Oliverio contestó pidiendo hora, y fue invitado sencillamente para almorzar el lunes siguiente.
Fue; vivía la dama en el boulevard Maussmann, en el primer piso de una lujosa casa moderna. Atravesó un espacioso salón tapizado de seda azul y medias cañas de madera blanca y oro, y se le hizo entrar en uno a modo de tocador cubierto de tapicería del siglo XVIII, claras y graciosas, tapicerías a lo Watteau, de tonos tiernos y asuntos encantadores, que parecen ideados por obreros enamorados.
Acababa de sentarse, cuando apareció la condesa. Pisaba tan suave que no la sintió atravesar la habitación próxima, y se sorprendió al verla.
Ella alargó familiarmente la mano.
—¿Con que es verdad que quiere hacer mi retrato?
—Muy feliz seré con ello, señora.
Llevaba la condesa un traje negro que la hacía más esbelta y más joven, pero dándole un aire serio que alegraba no obstante su rostro sonriente iluminado por sus cabellos rubios.
Entró entonces el conde, llevando de la mano a una niña de seis años.
—Mi marido —dijo a Oliverio.
Era un hombre de pequeña estatura, imberbe, de mejillas hundidas y ensombrecidas por el afeite de la barba. Tenía un aire de actor o de clérigo, con su pelo largo echado atrás y sus maneras urbanas. En torno de la boca se dibujaban dos pliegues circulares que bajaban de las mejillas a la barbilla y que parecían producto de la costumbre de hablar en público.
Dios gracias al pintor con fluidez de palabras, que revelaban al orador. Dijo que hacía mucho que tenía deseos de que se retratase su mujer, y que hubiera escogido para ello a Oliverio, si no hubiese sabido que estaba agobiado de peticiones y temido, por tanto, una negativa. Se convino, con grandes cortesías por ambas partes, que la condesa iría al estudio desde el siguiente día.
El conde preguntó si convendría esperara a que Any se quitase el luto que llevaba, pero Bertin dijo que no quería perder la primera impresión recibida y aquel extraño contraste entre la cabeza viva y fina realzado por el rubio cabello y el negro austero del traje.
Fue, pues, al día siguiente con su marido y luego con su hija, a la que sentaban ante una mesa llena de libros con estampas. Oliverio se mostró muy reservado, según costumbre. Las mujeres de la alta sociedad le preocupaban un poco porque no las conocía bien. Las suponía experimentadas y simples a un mismo tiempo, hipócritas y peligrosas, sencillas y complicadas. Había tenido con mujeres de medio vuelo aventuras efímeras, debido a su fama, a su genio alegre, a su estatura de atleta elegante, y a su rostro enérgico y moreno. Le gustaban más, porque encontraba en ellas las maneras libres y las frases desveladas, acostumbrado como estaba a las costumbres fáciles y endiabladamente alegres de los estudios y los escenarios que frecuentaba.
Lo llevaba a la alta sociedad la gloria, y no el corazón, se hacía agradable por necesidad y recibía cumplidos y encargos, y rodaba en torno de las grandes damas sin hacerles jamás la corte.
No se permitía con ellas bromas atrevidas ni palabras salpimentadas; las creía gazmoñas, y así pasaba por tener buen tono. Siempre que una de ellas tenía sesión en su estudio, percibía Oliverio, a pesar de sus esfuerzos por hacerse grato, la disparidad de raza que impide se confundan, aunque se mezclen, los artistas y los que viven elevados.
Detrás de las sonrisas y la admiración, siempre un poco ficticia en la mujer, determinaba la escondida reserva mental del ser que se cree de superior esencia. De esto nacía en él algo como alerta del orgullo en maneras respetuosas y casi altanera, y junto a la vanidad de cualquiera tratado de igual a igual por príncipes y princesas, surgía en él la fiereza del hombre que debe a sí mismo una posición que los otros deben a su nacimiento. Se decía de él, como con extrañeza, que estaba bien educado por todo extremo, y esta extrañeza, que lo halagaba, los mortificaba también, porque marcaba en cierto modo las fronteras. La seriedad ceremoniosa y de propósito del pintor cohibía un poco a la señora de Guilleroy, que no sabía qué decir a aquel hombre tan frío y tenido por espiritual. Después de dejar a su hija ante la mesita bien cargada de estampas, se sentó en una butaca cerca del boceto empezado y se esforzó por dar a su rostro la expresión recomendada por el artista.
En la mitad de la cuarta sesión, dejó de pronto de pintar Oliverio y preguntó:
—¿Qué es lo que más le distrae?
Any calló sin saber qué decir:
—No sé... ¿por qué lo pregunta?
—Porque necesito una mirada satisfecha en esos ojos y no la hay.
—Bueno, pues trate de que hablemos; me gusta mucho hablar.
—¿Está contenta?
—Mucho.
—Hablemos, pues.
Dijo “hablemos” en tono muy serio, y prosiguiendo la tarea trató de hallar asunto de conversación en que marchasen unidos sus espíritus.
Empezaron por cambiar observaciones sobre gente que ambos conocían, y luego hablaron de sí mismos, que es el hablar más agradable.
Al día siguiente se sintieron, al verse, más a su gusto, y notando Bertin que se hacía agradable, empezó a contar detalles de su vida de artista, puso a la vista sus recuerdos con el ingenio y la fantasía peculiares en él.
Acostumbrado a las cualidades postizas de los literatos de salón, sorprendió a Any la cháchara un poco alocada de Oliverio, que decía las cosas con lisura e ironía, y contestó en el mismo tono con atrevido y fino gracejo.
En ocho días hizo la conquista de Oliverio con su buen humor, su franqueza y su naturalidad. El pintor olvidó sus prejuicios sobre las mujeres de la alta sociedad, y casi hubiese afirmado que eran las únicas que tenían encanto.
Mientras pintaba de pie delante del lienzo, avanzando o retrocediendo con posturas de combatiente, dejaba salir sus pensamientos internos como si siempre hubiese conocido a aquella mujer negra y rubia, hecha de sol y luto, que reía sentada ante él y que le respondía con tal animación que perdía la postura a cada momento.
Tan pronto se alejaba de ella Oliverio, cerrando los ojos e inclinándose para ver su modelo en conjunto, tan pronto se acercaba lo más posible para detallar los menores matices de su rostro y la expresión más fugitiva, como artista que sabe que en un rostro de mujer hay algo más que la apariencia visible, algo que es emanación de la belleza ideal, reflejo de un no sé qué desconocido, la gracia íntima y temible de cada una que la hace ser amada perdidamente por uno o por otro.
Una tarde fue la niña a colocarse delante del lienzo y dijo con sinceridad infantil:
—Es mamá, ¿verdad?
Oliverio la tomó en brazos para darle un beso, halagado por aquel sencillo tributo al parecido de su obra.
Otro día, cuando parecía más tranquila, se le oyó decir de pronto, con cierta tristeza:
—Me aburro, mamá.
Tanto conmovió a Oliverio aquella primera queja, que al día siguiente le hizo llevar al estudio un almacén de juguetes.
Asombrada Anita al verlos, pero contenta y reflexiva, los puso en orden con gran cuidado para tomarlos uno después de otro, según cambiase su deseo.
Desde el día del regalo, Anita se encariño con el pintor como se encariñan los niños, con la amistad pegadiza que los hace tan graciosos y adorables.
Cada vez asistía la condesa con más gusto a las sesiones. Aquel invierno, por razón del duelo, estaba muy ociosa, no iba a fiestas ni a parte alguna, y encerraba en el estudio de Bertin todos los cuidados de su vida.
Hija de un comerciante parisiense riquísimo y comunicativo, muerto hacía muchos años, y de una madre constantemente enferma que pasaba en el lecho seis meses del año, Any llegó a ser desde muy joven una ama de casa perfecta. Sabía sentir, hablar, sonreír, distinguir a unos de otros, y escoger lo que a cada cual debía decirse.
Desde el primer momento se hizo a aquella vida, sin esfuerzo algunos, previsora y manejable.
Cuando la presentaron como futura del conde de Guilleroy, midió al primer golpe de vista las ventajas de aquel enlace, y las admitió sin rebelarse, como hija sumisa que sabe que no todo puede conciliarse, y que en la vida debe haber una mitad buena y otra mala.
Ya en la corriente del mundo, fue solicitada porque era hermosa y espiritual, y se vio cortejada por muchos hombres, sin que perdiese la calma de su corazón, no menos razonable que su cabeza. Era coqueta, pero con coquetería agresiva y prudente.
Gustaba de los cumplidos, se sentía acariciada por los deseos que despertaba, aunque parecía pasar sin verlos, y cuando salía de un salón, después de recibir el incienso de la adoración, dormía tranquila, como hembra que ha cumplido su misión terrena.
Esta vida, que llevaba ya hacía siete años sin fatigarla con su monotonía, porque adoraba la incesante agitación del mundo, la hacía, no obstante, desear algo más. Los hombres de sus relaciones sociales, abogados, políticos, hacendados y desocupados, la distraían como actores de la comedia de la vida sin tomarlos en serio, aunque apreciase sus funciones sociales y sus méritos.
Por esto Oliverio la agradó desde el primer instante. Le llevaba algo nuevo. Se divertía grandemente en el estudio, reía de todo corazón, se sentía espiritual y comprendía que él gozaba con los goces de ella.
Oliverio le gustaba también porque era guapo, fuerte y célebre. No hay mujer, aunque ellas lo nieguen, que sea indiferente a la gloria y a la belleza física.
Le halagaba haber sido notada por aquel conocedor, y dispuesta a juzgarle a su vez, descubrió en Bertin un cerebro despierto y culto, fantástico, y delicado, y una inteligencia llena de encantos, y palabra colorista que inundaba de luz cuanto trataba. Nació rápida intimidad entre ambos, y en el apretón de manos que se daban al principio de las sesiones, iba cada día mezclándose un poco más de sus corazones.
Sin cálculo alguno, sin predeterminación, Any sintió en sí el deseo de conquistarlo y cedió a él.
Nada habría previsto ni combinado; fue coqueta, pero con más gracia instintiva, como que se trataba de quien la había gustado más que otros, y puso en su mirada y su sonrisa el perfume que difunde en torno suyo la mujer que siente despertar el deseo de ser amada.
Solía decirle frases aduladoras, equivalente a un “me gusta”, y le hacía hablar muchas veces para que viera el interés con que lo oía.
Oliverio dejaba de pintar, se sentaba cerca de ella, y con la excitación cerebral que provoca el deseo de agradar, tenía crisis de poesía, de humorismo o de filosofía, según convenía.
Any se alegraba con la alegría de Oliverio, trataba de entenderlo cuando dogmatizaba, sin conseguirlo muchas veces, y hasta cuando pensaba en otra cosa, lo escuchaba con tan dispuesta atención, que Oliverio se extasiaba viéndola, conmovido por haber hallado un alma delicada, abierta y dócil, en la que caía su pensamiento como una semilla.
El retrato adelantaba y salía admirable, en fuerza de haber llegado el pintor a la disposición de espíritu bastante para apreciar las cualidades de su modelo y expresarlas con el convencido ardor y la inspiración del verdadero artista.
Inclinado sobre ella, espiando sus movimientos, las coloraciones de su carne, las sombras de su piel, la expresión y transparencia de sus ojos y los secretos todos de su fisonomía, llegó Oliverio a saturarse de ella como de agua una esponja.
Y al llevar al lienzo aquella emanación del perturbador encanto que recogía en su mirada y fluía de su pensamiento a su pincel, solía quedar Oliverio en éxtasis, con la embriaguez del que ha bebido la gracia del eterno femenino.
Any comprendía lo que por Oliverio pasaba; se complacía en aquella victoria cada vez más segura, y se daba a sí, ánimos para acabar de alcanzarla.
Algo nuevo daba a su vida nueva savia y despertaba misterioso goce. Cuando oía hablar de Oliverio latía su corazón con más apresuramiento, y sentía deseos —que nunca llegaban a los labios— de decir: Me ama. Le satisfacía que alabasen su talento, y más aún que dijesen bien de su figura, y cuando a solas pensaba en él sin indiscretos que la distrajesen, creía haber hallado en Oliverio un buen amigo, que había de contentarse siempre con un cordial apretón de manos.
Muchas veces Oliverio dejaba la paleta a mitad de sesión, tomaba en brazos a Anita y la besaba con ternura en los ojos o los cabellos mirando a la madre y como diciendo: “A usted la beso, no a la pequeña”.
Hacía algunos días que la condesa no llevaba a la niña siempre. Iba sola, y cuando esto ocurría, se trabajaba poco en el estudio y se hablaba mucho.
II
Any se retrasó una tarde. Era a fines de febrero y hacía frío. Oliverio había ido temprano al estudio como de costumbre desde que ella iba, y siempre esperando que fuese antes.
Mientras llegaba, se puso a pasear fumando y se preguntaba asombrado por centésima vez desde hacía ocho días: “¿Estoy enamorado?” No lo sabía porque no lo había estado nunca verdaderamente; había tenido caprichos muy vivos y hasta muy largos, sin creer nunca que fuesen amor, pero en aquel momento se admiraba de lo que en si mismo sentía. ¿La amaba? Era seguro que no la deseaba porque no había pensado nunca en poseerla. Cuando una mujer le había gustado había sobrevenido el deseo, y siempre había adelantado sus manos para tomar el fruto, pero sin que nunca turbase su espíritu ni con la ausencia ni con la presencia de la mujer.
Y el deseo, respecto de Any, apenas se había despertado en él, como oscurecido y atrincherado detrás de otro sentimiento más poderoso pero aún oscuro e indeterminado. Siempre había creído Oliverio que el amor empezaba soñador y poético, y lo que sentía más bien parecía provenir de una emoción indefinible más física que moral.
Estaba nervioso, vibrante e inquieto, como cuando germina una enfermedad en nosotros, pero nada doloroso se mezclaba a aquella fiebre de su sangre que contagiaba su pensamiento. No ignoraba que la condesa era la causa de aquel estado por el recuerdo que en él dejaba y por las ansias de su espera. No se creía impelido hacia ella por movimiento de todo su ser, pero la sentía vivir en él como si no se hubiese ido, como si le dejase algo de sí misma al marcharse, algo sutil y no bien explicado. ¿Qué era? ¿Amor? Sondeaba su corazón para ver en él y poder comprender.
Oliverio hallaba a la condesa encantadora, pero sin encajar en el tipo ideal de la mujer que su ciego deseo había forjado. El que busca amor prevé las dotes morales y los encantos físicos de la que ha de inspirárselo, y aunque la señora de Guilleroy no tuviese tacha no le parecía ser “la suya”. Pero si era así, ¿por qué Any le preocupaba más que las otras y con mayor insistencia y de manera distinta? ¿Era que había caído en el lazo tendido por su coquetería que él había adivinado, y fascinado por sus maniobras sufría el prestigio que da a la mujer la voluntad de agradar?
Paseaba, se sentaba, volvía al paseo, encendía cigarros y los arrojaba enseguida, y no quitaba ojo de reloj, cuyas agujas marchaban hacia la hora ordinaria con movimiento lento e inmutable. Varias veces había tenido intención de levantar el cristal de la esfera, y hacer correr con el dedo el minutero hasta la cifra a que tan perezosamente se acercaba. Creía que aquello bastaría para que la puerta girase y apareciese la esperada, engañada por aquel anzuelo. Luego se reía de aquel empeño infantil y poco juicioso.
Y al fin se preguntó si podría ser su amante. Le pareció singular y poco realizable la idea, y hasta indigna de insistir sobre ella por las complicaciones que pudiera introducir en su vida, pero aquella mujer le gustaba extraordinariamente y acabó por decirse que se hallaba en un endiablado estado de espíritu.
Dio horas el reloj y el sonido de ellas lo hizo estremecerse, sacudiendo más sus nervios que su alma. Esperó ya con la impaciencia que crece por segundos; Any era siempre exacta, y seguramente entraría antes de transcurrir diez minutos. Cuando pasaron sintió Oliverio la opresión de un disgusto próximo, y luego irritación por el tiempo que Any le hacía perder. Y de pronto comprendió que si al fin no iba, sufriría.
¿Qué hacer? Esperarla... No, saldría para que si ella iba hallase el estudio vacío. ¿Y cuando saliese? Mejor era esperar y hacerle entender con cuatro palabras frías cuando llegase que no era él de aquellos a quienes se hace aguardar. Pero, ¿y si no iba? ¿Recibiría alguna carta, recado o sirviente que fuese de su parte? ¿Y en qué ocuparse si no llegaba? Era un día perdido, porque no podría trabajar ya. Entonces..., entonces lo mejor era ir a saber de ella, porque no podía pasar por otro punto. Sí, era cierto, necesitaba verla, y era su deseo profundo y obstinado... ¿Era amor aquello? No, puesto que no sentía exaltación pasional, ni sacudimiento en los sentidos, ni sueños en el alma al pensar en lo que sufriría si no iba.
Sonó el timbre de la calle en la escalera del hotel, y Oliverio se sintió al pronto sin aliento, y tan alegre luego que arrojó el cigarro haciendo una pirueta.
Al fin entró sola. Entonces Oliverio se arrojó inmediatamente a una audiencia increíble.
—¿Sabe lo que me preguntaba mientras la esperaba? —dijo.
—No.
—Pues me preguntaba si estaría enamorado de usted.
—¡De mí! Está loco.
Pero al decirlo sonrió; su sonrisa decía que aquello se satisfacía.
—Eso es poco serio —dijo— ¿A qué viene esa broma?
—Hablo muy en serio —replicó él—. No afirmo que esté enamorado de usted; me pregunto si estoy en camino de llegar a estarlo.
—¿Y qué es lo que hace temerlo?
—Mi melancolía cuando no está, mi alegría cuando viene.
Any se sentó.
—No se alarme por eso —dijo—. Mientras duerma bien y coma con apetito, no hay peligro.
—¿Y si perdiese el sueño y el apetito? —preguntó riendo Oliverio.
—Avíseme.
—¿Y entonces?
—Lo dejaré en paz para que cure.
—Gracias.
Sobre el tema de aquel enamoramiento charlaron toda la tarde y muchas de las siguientes.
Aceptado aquello como una broma ingeniosa y sin valor, la condesa le preguntaba siempre en tono bromista cuando llegaba:
—¿Cómo vamos hoy de amores?
Oliverio le explicaba en tono entre serio y ligero los progresos de la enfermedad y el trabajo lento, íntimo y profundo de aquella ternura que sentía nacer. Hacía minuciosamente su propio análisis delante de ella, hora por hora, desde la separación de la víspera, con la indiferencia de un catedrático que explica, y la condesa lo escuchaba con interés, algo conmovida y turbada por aquella historia que parecía sacada de un libro en el que ella fuese protagonista.
Cuando Oliverio enumeraba con manera galante y despreocupada los cuidados de que era presa, se hacía su voz más temblorosa a cada paso, y llegaba a expresar sólo con una palabra o una entonación sola el estado de su corazón. Any le preguntaba siempre vibrante de curiosidad, con los ojos fijos en él y ávido el oído de regalarse con preceptos alarmantes, difíciles de oír y gratos de paladear. Alguna vez, al acercarse a ella Oliverio para rectificar la postura, le tomaba la mano y trataba de besársela; pero Any retiraba aquélla de los labios del pintor con vivo movimiento, y fruncía un poco el entrecejo.
—Vamos —decía— a trabajar.
Y volvía Oliverio al trabajo, pero no pasaban cinco minutos sin que la condesa lo llevara con una pregunta diestra al terreno en que lo quería tener.
Any sentía ya nacer el temor en su corazón. Quería ser amada, pero no con exceso; segura de no ser arrastrada, temía dejarlo aventurarse demasiado y perderlo, obligada a sumirlo en la desesperación después de alentarlo. Y sin embargo, si Oliverio hubiese renunciado a aquella amistad sentida, a aquellas confidencias llenas de impalpable amor como un río lleno de partículas de oro, la condesa hubiese experimentado pena real y muy parecida a una herida en el corazón.
Cada vez que salía de su casa camino del estudio una alegría viva y punzante la aligeraba; al poner la mano sobre el timbre del domicilio de Oliverio latía de impaciencia su corazón y le parecía que la alfombra de la escalera era la más blanda que hubiesen pisado nunca sus pies.
A menudo Oliverio aparecía ceñudo, nervioso e irritable, como si le obsesionasen impaciencias comprimidas pero frecuentes. Cierto día, después de entrar la condesa, Oliverio se sentó a su lado en vez de ponerse a pintar.
—No puede seguir ignorando que esto no es una broma y que la amo locamente —dijo.
Desbordaba de amor en su corazón, hubo de oírlo temblorosa y pálida; habló él, largo espacio sin pedir nada, con gran ternura, tristeza y resignación, y la condesa se dejó tomar las manos que Oliverio conservó entre las suyas.
Se había arrodillado Oliverio sin que ella se diese cuenta de ello, y con mirada de extraviado suplicaba que no lo hiciese sufrir... ¿Qué pena era la suya? Any no comprendía ni trataba de comprender, absorta con la angustia de verlo sufrir, angustia que al mismo tiempo tenía algo de goce.
De pronto vio la condesa lágrimas en los ojos de Oliverio y estuvo a punto de decir algo y besarlo como se besa a los niños que lloran. El repetía a cada paso: “sufro mucho”, y repentinamente vencida por aquel dolor, por el contagio de aquellas lágrimas, sollozó y sintió sacudidos los nervios y prontos para abrir los brazos.
Cuando se sintió tomada por Oliverio, y besada apasionadamente en la boca, quiso gritar, luchar, rechazarlo, pero se juzgó perdida porque consentía resistiéndose, se entregaba luchando y lo abrazaba diciendo:
—¡No quiero! ¡No quiero!
Quedó después alterada, el rostro entre las manos, y de pronto se levantó, recogió su sombrero caído en la alfombra, se lo puso vivamente y salió a pesar de los ruegos de Oliverio, que quería retenerla tomándola por el traje. Cuando se vio en la calle casi se sentó en el encintado de la acera; tan desplomada iba y de tal modo le flaqueaban las piernas. Pasó un coche, llamó al cochero y le dijo:
—Vaya despacio... por donde quiera.
Entró en el carruaje, cerro la portezuela, se acurrucó en el fondo, y se creyó sola entre los cristales levantados, sola para pensar. En un buen rato no hubo en su cabeza más que ruido del rodaje del coche y los saltos de éste sobre el empedrado. Miraba las casas, los que iban a pie o en coche, los ómnibus con ojos que parecían mirar el vacío, y no pensó nada, como si se concediese una tregua antes de volver sobre lo ocurrido.
Como tenía espíritu despierto y valiente, pensó que era una mujer perdida, y durante unos minutos estuvo bajo el peso de aquella desgracia irreparable, espantada como el que cae de alto y teme moverse porque adivina que tiene las piernas rotas y prefiere no intentar levantarse para no saberlo.
Pero en vez del dolor que esperaba y temía, notó que en su corazón sólo había calma y sosiego. Latía con dulzura después de aquella caída que había conturbado su alma, y no parecía tomar parte en el desorden de su espíritu.
—Sí, soy una mujer perdida —decía en voz alta para oírse y convencerse, sin que eco alguno de dolor de su carne respondiese a aquella queja de su espíritu.
Se dejó mecer por el movimiento del carruaje, aplazando las razones que le ocurrían sobre su penosa situación; no sufría, tenía miedo de meditar, de saber y de reflexionar, y no obstante, en el ser oscuro e impenetrable que constituye en nosotros la lucha eterna de las inclinaciones y las voluntades, notaba una paz inverosímil.
Pasada media hora en aquel extraño reposo comprendió al fin que la desesperación deseada no sobrevendría, se sacudió del letargo y murmuró:
—¿Qué me sucede? Apenas siento dolor por lo que ha pasado... ¿qué es esto?
Se reconvino entonces a sí misma, colérica por su ceguera y su debilidad. ¿Por qué no lo había previsto? ¿Cómo no comprendió que la lucha llegaría? ¿Cómo no notó que aquél le agradaba lo bastante para hacerla cobarde? ¿Cómo no adivinó que aun en los corazones más rectos suelo soplar el deseo como una racha que arrastra a la voluntad?
Pero una vez reconvenida se preguntó con miedo por lo que había de suceder. Su primera idea fue la de romper con el pintor y no volver a verlo jamás, pero apenas pensó en ello cuando surgieron mil razones contra el proyecto. ¿Cómo explicaría la ruptura? ¿Qué diría su marido? ¿No sería sospechada la verdad, dicha luego en voz baja, y en voz alta por último? ¿No sería mejor para cubrir las apariencias hacer ante el mismo Oliverio la comedia hipócrita de la indiferencia y el olvido, haciéndole entender que ella había borrado aquel momento de su memoria y hasta de su vida? Pero, ¿podría hacerlo? ¿Tendría valor para fingir que de nada se acordaba ante aquel hombre con quién había compartido un goce rápido y brutal?
Después de vacilar mucho se decidió por este último extremo. Iría al día siguiente con valor bastante, y le haría entender sobre la marcha lo que de él exigía; que nunca le recordase aquella vergüenza con la palabra ni con la mirada. Seguramente esto habría de dolerle, pero como hombre leal tomaría su partido y sería en lo porvenir lo que había sido siempre.
Tomada esta resolución dio la dirección de su casa al cochero, y entró en ella presa de profundo abatimiento, con deseos de acostarse, de no ver a nadie, de dormir y olvidar. Se encerró en su cuarto y en él estuvo hasta la hora de comer echada en una meridiana, absorta, sin querer ocupar el alma con aquel recuerdo lleno de peligros. Bajó al comedor a la hora precisa de comer, admirada de verse tan tranquila y esperando a su marido con el rostro de todos los días.
El conde llegó con su hija en brazos. Any estrechó la mano de su marido y besó a su hija sin turbación.
El señor Guilleroy se informó de lo que había hecho, y ella dijo con indiferencia que había estado en el estudio, como todos los días.
—¿Sale bien el retrato? —preguntó el conde.
—Muy bien.
Habló el conde de sus asuntos, de los que gustaba tratar mientras comía, de la sesión de la Cámara y de la discusión del proyecto de ley sobre adulteración de comestibles.
Aquella conversación que la condesa soportaba a diario la irritó esta vez y la hizo examinar con mayor atención al hombre vulgar y hacedor de frases que tomaba interés por aquellas cosas, pero sonrió al escucharlo y respondió con agrado, y hasta más graciosamente que otras veces, sintiéndose instintivamente con más indulgencia para aquellas monadas.
Y pensaba mirando a su marido:
—Lo he engañado, es mi marido y lo he engañado... ¡Qué extraño! Nada puede evitar ya esto, nadie puede borrarlo. He cerrado los ojos, he sufrido durante unos segundos, nada más que unos segundos, los besos de otro hombre y no soy ya una mujer honrada. Esos pocos segundos de mi vida que no es posible suprimir, han traído sobre mí un hecho irreparable, cierto, criminal y vergonzoso para una mujer... y no siento desesperación por ello. Si me lo hubiera dicho ayer no lo hubiese creído, y habría pensado en las amarguras que hoy debieran remorderme... y nada, casi nada.
El conde salió, como siempre, después de comer. Entonces tomó la condesa en brazos a su hija, y lloró besándola, lloró sinceramente, pero con la conciencia, no con el corazón. No pudo dormir aquella noche.
En la oscuridad de su cuarto se preocupó grandemente con los peligros que podría crearle la actitud de Oliverio y cobró miedo a la entrevista del siguiente día y a lo que tendría que decirle cara a cara.
Se levantó temprano y estuvo toda la mañana echada en la meridiana, esforzándose en prever lo que tuviera que responderle y en prepararse para toda clase de sorpresas. Salió temprano para seguir reflexionando por el camino. Oliverio no la esperaba, y desde la víspera se preguntaba cuál había de ser su conducta para con ella. Después de la fuga de la condesa, a la que no se atrevió a oponerse, se quedó solo, oyendo, aunque estaba ya lejos, el ruido de sus pasos, el roce de su traje y el golpe de la puerta, empujada por su mano nerviosa.
Permaneció en pie, saturado de goce ardiente y profundo como un hervidero. ¡Había sido suya! ¡Se había cumplido el hecho entre ambos! ¿Era posible? Después de la sorpresa, saboreaba el triunfo, y para gustar mejor de él, se echó sobre el diván en que la había poseído. Permaneció allí largo rato, lleno el espíritu de ella, pensando que era su amante, que entre aquella mujer tan deseada y él se había anudado ese lazo misteriosos que ata secretamente dos seres.
Toda su carne, aun vibrante, temblaba ante el recuero agudo del rápido instante en que tropezaron sus labios, y en que sus cuerpos unidos se electrizaron con el supremo estremecimiento de la vida. No salió por la noche para deleitarse en el recuerdo, y se acostó temprano radiante de dicha. Apenas despertó al día siguiente, se preguntó qué debía hacer. Si se hubiera tratado de una cortesana o una actriz, le hubiera enviado flores o joyas; pero era la suya una situación nueva que lo dejó perplejo.
Debía escribir, aunque no sabía qué. Rasgueó y rompió, volvió a empezar veinte cartas. Todas le parecían humillantes, odiosas y ridículas. Quería expresar en términos delicados y llenos de encanto la gratitud de su alma, sus impulsos de loca ternura, sus ofertas de tierno sacrificio; pero para fijar estas cosas apasionadas y llenas de matices, solo halló palabras groseras y pueriles.
Renunció a escribir y se decidió por ir a verla cuando pasase la hora de costumbre, porque estaba seguro de que ella no iría. Se encerró en el estudio contemplando el retrato, cosquilleándole el deseo de besar los labios pintados en los que algo de ella había. De tanto en tanto miraba la calle por la ventana, y todos los trajes mujeriles que aparecían a lo lejos, le producían un más presuroso latir del corazón. Veinte veces creyó reconocerla, y cuando la mujer vista pasaba, tenía que sentarse como si hubiese sufrido una decepción. La vio de pronto, dudó, tomó los gemelos, se cercioró de que era ella, y con violenta emoción se sentó para esperarla.
Cuanto entró, Oliverio se puso de pie y quiso tomarle las manos, pero Any las retiró con brusquedad. Al verlo en el suelo con expresión de angustia y mirándola, le dijo ella con altanería:
—¿Qué es esto, caballero? No me explico su actitud.
—¡Oh, señora, por Dios!... —balbuceó él.
—Esto es ridículo; levántese —dijo Any con rudeza.
Oliverio se levantó trastornado.
—¿Qué tiene? —murmuró—. No me trate así... ¡la amo!
Con unas cuantas palabras rápidas y secas, expresó la condesa su voluntad e impuso la regla de conducta.
—No comprendo qué quiere decir; no vuelva a hablarme de su amor o me iré para no volver jamás. Si olvida alguna vez esta condición que le impongo, dejará de verme para siempre.
Oliverio la miraba dolorido por aquella dureza imprevista.
—Obedeceré —dijo, comprendiendo al fin.
—Bueno, así lo esperaba —respondió la condesa—, ahora trabajar, porque verdaderamente dura demasiado este retrato.
Oliverio tomó la paleta y se puso a pintar; pero su mano temblaba y sus ojos miraban sin ver. Tal pena sentía en el corazón, que tuvo impulsos de llorar. Trató de hablar, pero ella apenas contestaba; intentó una galantería sobre el buen color de su rostro, pero Any lo detuvo con tono tan decisivo, que Oliverio pasó por una de esas cóleras de enamorado que cambian en odio la ternura. Hubo en su ser moral y físico, una sacudida nerviosa, y, sin transición, creyó que la aborrecía.
¡Aquella era la “mujer”, igual a todas: falsa, movible y débil. Lo había seducido con gatadas de niña, tratando de enloquecerlo sin dar nada a cambio, provocándolo para negarse, empleando para con él las cobardes maniobras de las coquetas, siempre dispuestas al don de su desnudez, mientras el hombre con quien juegan siente la sed del deseo como el perro callejero la sed del agua.
Pues peor para ella, porque él la había poseído. Podía la condesa purificar su cuerpo y contestar con altanería, sin que con esto borrase nada ni evitase que él la olvidara. En verdad que él, Oliverio, hubiera hecho una tontería cargando con semejante querida, que hubiese anulado su vida artística y comido su posición con sus dientes caprichosos de mujer bonita.
Casi se puso a silbar como lo hacía delante de las modelos, pero sentía gran enervación. Temiendo cometer una tontería, abrevió la sesión pretextando una cita. Cuando se saludaron al separarse, se creyeron más alejados uno del otro que el día en que se encontraron en casa de la duquesa Mortemain. Después de irse la Condesa, Oliverio salió a la calle.
Un sol pálido en un cielo azul, empapado de bruma, echaba sobre la capital una luz débil y algo triste. Anduvo algún espacio con paso rápido e irritado, tropezando con los transeúntes para no perder la línea recta, y su cólera contra Any se desperdigó en desconsuelo y arrepentimientos. Después de repetirse todas las reconvenciones contra ella, recordó, viendo pasar otras mujeres, cuán seductora y bonita era Any.
Como tantos que no lo confiesan, Oliverio había esperado siempre la imposible mitad, la afección rara, única y apasionada, cuyo ideal flota eterno sobre nuestros corazones. ¿Había dado con él? ¿Era ella la que debió proporcionarle aquella imposible felicidad? ¿Por qué nada se realiza completo en el mundo? ¿Por qué no se alcanza lo que se persigue, o se logra sólo en partículas que hacen más dolorosa esa cacería de decepciones? No culpaba a la joven sino a la vida. Puesto en la razón, ¿qué tenía que echarle en cara? Haber sido amable, buena y graciosa, mientras a su vez podía decir de él que se había conducido como un salteador. Regresó lleno de tristeza. Hubiera querido poder pedirle perdón, sacrificarse por ella, hacer olvidar lo sucedido, y estudió qué era lo que haría para hacerle entender que sería, hasta morir, dócil a sus voluntades.
Fue la condesa al día siguiente con su hija. Tenía el aspecto tan apenado, tan melancólica la sonrisa, que el pintor creyó ver en aquellos pobres ojos azules, hasta entonces alegres, la tristeza, el remordimiento y la angustia de su corazón de mujer. Se sintió lleno de compasión y para que olvidase tuvo con ella, con suave reserva, todo género de delicadezas. Any las pagó con dulzura y bondad, y con la actitud cansada y dolorida de una mujer que sufre.
Mirándola Oliverio, sintiendo deseo loco de amar y ser amado, ser preguntaba cómo aquella mujer no estaba más indignada, y como podía volver, hablarle y responderle habiendo entre ambos aquel recuerdo. Puesto que podía verla, oír su voz, soportar ante sus ojos la idea que no debía abandonarla, era porque aquella idea no debía serle odiosamente intolerable. Cuando una mujer aborrece al hombre que la ha seducido, no puede verlo sin que su odio estalle. No puede serle indiferente; o lo perdona o lo detesta, y cuando perdona está cerca de amar.
Mientras pintaba con lentitud, Oliverio argumentaba para sí con razonamientos claros y seguros; se sentía lúcido, fuerte y dueño ya de los acontecimientos. Le bastaría ser prudente y tener paciencia para que la recobrase un día u otro. Y supo esperar; para tranquilizarla y reconquistarla fue astuto a su vez; empleó ternuras disimuladas bajo aparentes arrepentimientos, atenciones vacilantes y actitudes indiferentes.
Tranquilo con la certeza de la próxima dicha, poco le importaba que llegase pronto o tarde, y hasta experimentaba cierto placer refinado en no precipitarse, en espiarla, y en decirse que tenía miedo al ver que iba siempre con su hija. Comprendía que entre ambos se verificaba lento trabajo de aproximación, y veía en las miradas de la condesa algo extraño, algo dolorosamente dulce, como llamamientos de un alma que lucha y un corazón que desfallece, y parece decir:
—¡Oblígame!
Poco tiempo después fue ya la condesa sola al estudio, tranquilizada con la reserva de Oliverio, y entonces la trató él como a una amiga, hablándole de sus proyectos y de su arte como lo hubiera hecho a una hermana.
Encantada por aquella confianza, tomó ella gustosa el papel de consejera, halagada porque la distinguiese entre las demás, y creyendo que su talento ganaría en delicadeza con aquella intimidad intelectual. Pero en fuerza de consultarla y mostrarle deferencia, Oliverio la hizo pasar de las funciones de consejera al sacerdocio de inspiradora.
Any halló de su gusto esta extensión de su influjo sobre el grande hombre, y consintió de cierto modo que la amase como artista, puesto que ella inspiraba sus obras. Y una tarde, después de una larga conversación acerca de las mujeres amadas por los pintores ilustres, la condesa se dejó caer en brazos de Oliverio, y allí permaneció esta vez, sin tratar de huir y devolviéndole sus besos. No sintió ya remordimientos, pero sí el vago presentimiento del olvido. Creyó en la fatalidad para acallar el grito de la razón.
Arrastrada hacia él por su corazón, que había permanecido virgen, y por su alma, llena de afectos, dejó dominar su carne por la lenta conquista de las caricias y se fundió en él poco a poco, como todas las mujeres cariñosas que aman por primera vez. El hecho fue en Oliverio como una aguda crisis de amor sensual y poético. Muchas veces creía que en su esperar con los brazos abiertos, había conseguido aprisionar el ideal que espolea constantemente nuestro deseo.
Había concluido el retrato de la condesa, su mejor retrato, ciertamente, puesto que en él había fijado ese algo inexpresable, ese reflejo misterioso, esa fisonomía del espíritu que rara vez descubre el pintor y que pasa impalpable sobre todos los rostros.
Pasaron meses y años sin que apenas aflojasen el lazo que ataba a la condesa y a Oliverio. No sentía éste los ardores primeros, pero sí un afecto sosegado como una amistad llena de amor que había llegado a ser una costumbre en él. Crecía en ella, por el contrario, aquella adhesión apasionada, la adhesión de ciertas mujeres cuando se entregan por entero y para siempre a un hombre. Fieles y rectas en el adulterio como lo hubiesen sido en el matrimonio, hacen fe de un amor único del que nada las separa, sólo desean el amor de un hombre, sólo en él se miran, y en tal medida llenan con él su corazón y su pensamiento, que nada cabe en ella fuera de este defecto. Siguen con él su existencia con la resolución del que sabiendo nadar y queriendo morir, se liga las manos antes de saltar el parapeto de un puente.
A partir del momento en que la condesa se entregó de este modo a Bertin, empezó a sentir dudas sobre la constancia de Oliverio. A ella no lo unía más que su voluntad de hombre, su capricho pasajero por una mujer encontrada por azar, como tantas otras. Se veía libre y fácil para la tentación, porque vivía, como todos los hombres, sin deberes y sin escrúpulos. Era célebre, buena figura, solicitado; tenía al alcance de sus deseos fáciles todas las mujeres del gran mundo, cuyo pudor es tan frágil, y todas las mujeres del teatro y alquiler pródigas de sus favores para con hombres como él. Cualquiera de ellas podía, después de una cena, seguirlo, gustarle y guardarlo para sí.
Vivió con el temor de perderlo, espiando sus actitudes y maneras, alarmándose por una palabra, angustiándose cuando admiraba a otra mujer o cuando alababa el encanto de un rostro o la gracia de un talle. Todo lo que ella ignoraba de su vida la hacía temblar, y lo que sabía la aterraba. Cada vez que se veían, gastaba el ingenio en interrogarlo sin que él lo notase, para que diese su opinión sobre la gente que había visto, las casas en que había comido, o las impresiones que habían pasado por su espíritu; y cuando creía presenciar en él la influencia de alguien, la combatía con prodigiosa astucia e innumerables recursos. No dejaba nunca de sospechar esas intriguillas sin raíz profunda, que de tanto en tanto, ocupan quince días en la vida de todo artista conocido. Entonces sufría y dormía con sueño turbado por el torcedor de la duda. Iba a su casa sin prevenirlo para sorprenderlo, le hacía preguntas que parecían sencillas, y tanteaba en su corazón y su pensamiento, como se ausculta en un organismo para conocer la enfermedad desconocida.
Cuando se veía sola lloraba, segura de que aquella vez se lo arrebataban y le robaban aquel amor a que tan firme se adhería ella, por lo mismo que en él había puesto toda su voluntad y su fuerza afectiva, sus esperanzas y sus sueños todos. De este modo, cada vez que lo veía volver hacia ella después de aquellos rápidos apartamientos, experimentaba el recobrarlo, como cosa perdida y hallaba luego, una felicidad profunda y muda que la hacía entrar en cualquier iglesia al paso para dar gracias al cielo.
Su preocupación de seguir gustándole más que ninguna otra y de guardarle contra las demás, había hecho de su existencia una lucha no interrumpida de coquetería para él sólo con su belleza, su gracia y su elegancia por armas. Quería que donde quiera que Oliverio oyese hablar de ella alabasen su gusto, su ingenio y sus trajes, y se empeñaba en gustar a los demás por él, para que se sintiese orgulloso de ella. Y siempre que notaba en él celos hallaba medio de proporcionarle el placer de una victoria después de hacerlo sufrir un poco, para que se reavivase su amor excitando su vanidad. Comprendiendo que un hombre puede encontrar otra mujer, de encanto físico más poderoso por ser más nuevo, recurrió a un nuevo medio: lo aduló y lo mimó.
Por modo discreto y continuo lo rodeó de elogios, lo meció con su admiración, con el fin de que lejos de ella, aquellos homenajes le resultasen fríos e incompletos junto a los suyos. De esta manera, si otras podrían amarlo ninguna lo comprendería como ella. Hizo de manera que los salones de su casa, que él frecuentaba, fuesen un cebo para su orgullo de artista, tanto como para su amor de hombre, y el único sitio de París que Oliverio prefiriese porque en él satisfacía todas sus ambiciones. No solamente se dedicó a halagar todos sus gustos en aquella casa, haciéndole experimentar un bienestar irremplazable, sino que supo crearle otros nuevos en apetitos de todo género, morales y materiales, en pequeños cuidados, en afección, en adoración y halagos.
Se esforzó en conquistar sus ojos por el espectáculo de la elegancia, su olfato por los perfumes, su oído por los elogios y su paladar por los manjares. Pero cuando la condesa hubo acostumbrado el cuerpo y es espíritu del soltero egoísta y mimado en fuerza de cuidados tiránicos; cuando estuvo segura de que ninguna amante tendría como ella el cuidado de mantenerlos para retenerlo con todos los goces de la vida, tuvo de pronto miedo al verlo aburrido de su propio hogar y quejándose sin cesar de vivir solo y de no poder ir a casa de ella sino guardando todas las reservas impuestas por la sociedad. Y cuando lo vio buscar en su círculo y en todas partes el medio de endulzar su soledad, tuvo miedo de que llegase a pensar en el matrimonio. Sufría en ciertos momentos tanto con este temor, que deseaba hacerse vieja para acabar con aquella angustia y descansar en un afecto que entonces sería sosegado y tranquilo.
Pasaron, no obstante, los años sin desunirlos. La cadena que Any había forjado era sólida, y cuidaba de reponer los eslabones gastados. Siempre cuidadosa, vigilaba el corazón del pintor como se cuida de un niño que cruza una calle llena de carruajes, sin dejar de temer el acontecimiento imprevisto que parece amenazarnos siempre. Sin sospechas ni celos, hallaba el conde natural aquella intimidad entre su mujer y un artista célebre, recibido en todas partes con grandes miramientos, y a fuerza de verse aquellos dos hombres, habían acabado por habituarse primero uno a otro, y por estimarse al fin.
III
Llegado el viernes fue Oliverio a casa de su amiga para comer y celebrar el regreso de Anita de Guilleroy. No encontró en el salón pequeño estilo Luix XV más que al señor de Musadieu, que acababa de llegar también.
Era éste un anciano de agudo ingenio, que hubiese podido ser hombre de valer, y que no se consolaba de no haberlo sido.
Antiguo ex conservador de los museos imperiales era cuando logró ser nombrado inspector de Bellas Artes de la República, lo cual no le impedía ser, ante todo, amigo de los príncipes, de todos los príncipes y princesas, de las duquesas de la aristocracia europea, y protector jurado de los artistas de todo género. Dotado de viva inteligencia, capaz de entenderlo todo, con facilidad de palabra que le permitía decir con elegancia las cosas más vulgares, y de una ductibilidad en el pensar que lo hacía estar a su gusto en todos los ambientes, gozaba de un olfato de diplomático que le facilitaba el juzgar a los hombres a primera vista, y paseaba por los salones un día y otro día su actividad despierta, inútil y charlatana.
Apto para todo, al parecer, hablaba de todo con aires de competencia simpática y claridad de vulgarizador, lo cual le hacía ser apreciado de las mujeres a quienes prestaba los servicios de un bazar de erudición ambulante. Sabía, efectivamente, muchas cosas, sin haber leído más libros que los indispensables, y hacía buenas migas con las cinco Academias, y con todos los sabios escritores y eruditos especialistas a quienes sabía escuchar. Olvidaba pronto las explicaciones sobrando técnicas o inútiles para sus relaciones, retenía bien las demás, y revestía estos conocimientos así espigados de aspecto propio y bonachón, que los hacía comprensibles como la ciencia recreativa. Después de oído se lo juzgaba como un depósito de ideas, como un vasto almacén en el que no hallase nunca los objetos raros pero si los corrientes, y éstos de todo género, de universal origen y baratos, desde los utensilios caseros hasta los vulgares instrumentos de física recreativa o de cirugía doméstica.
Los pintores con quienes por sus funciones tenía que rozarse, hablaban mal de él y lo temían, poro él les prestaba ciertos servicios, hacía que vendiesen sus cuadros, les buscaba relaciones en sociedad y gustaba de presentarlos y protegerlos empujándolos. Parecía consagrado a una empresa misteriosa, consistente en fundir a la gente del arte con las del mundo, y se alababa de conocer íntimamente a éstas, de entrar familiarmente en su casa, y de cenar la misma noche con Pablo Adelmans, Oliverio Bertin y Amaluray Maldant. Bertin lo apreciaba mucho, y le parecía simpático.
—Es la enciclopedia de Julio Verne encuadernada en piel de asno —decía él.
Al entrar Oliverio estrechó la mano del señor Musadieu y se pusieron a hablar de la situación política y de los rumores de guerra que Musadieu creía alarmantes. Para ello exponía sus razones que juzgaba incontrastables, pues Alemania tenía interés en aplastarnos y en apresurar el momento esperado durante dieciocho años por Bismark. Oliverio probaba también con argumentos irrebatibles que aquellos temores eran quiméricos, que Alemania no podía comprometer su conquista por una aventura dudosa, y que no podía ser que el canciller fuera tan imprudente, que arriesgase en los últimos años de su vida, su obra y su gloria de un golpe.
El señor de Musadieu se daba aire de saber cosas que se podían revelar. Aquel día había hablado con un ministro y encontrado al gran duque Wladimir, que había regresado de Cannes la noche anterior. El artista resistía y ponía en duda con tranquila ironía la competencia de los bien informados porque además de aquellos rumores estaban los manejos de Bolsa. Únicamente Bismark podía saber la verdad en todo aquello.
Entró el señor de Guilleroy y se excusó con frases suaves de haberlos dejado solos.
—¿Y qué piensas tú de los rumores de guerra, mi querido diputado? —preguntó el pintor.
El señor de Guilleroy se enredó en un discurso al oír la pregunta. Dijo que como miembro de la Cámara sabía de aquello más que nadie, y no estaba conforme con la mayoría de sus compañeros. No, no creía en la probabilidad de un conflicto próximo a menos que fuese provocado por el turbulento carácter francés o las quijotadas de los que se llamaban patriotas de la Liga.
Hizo de Bismark un retrato a grandes rasgos, a lo Saint-Simon. Dijo de él que era un hombre a quién no quería entenderse por el afán de colgar a otros el propio modo de pensar o de ver que haría lo que uno mismo, a estar en su lugar. Bismark no era un diplomático falso y embustero, sino un cantaclaro, una verdad brutal que decía lisamente lo que intentaba. Si decía que quería la paz es que quería la paz y nada más que la paz, como lo probaba de modo claro hacía dieciocho años, incluso por sus armamentos, sus alianzas y el haz de pueblos unidos contra nuestra impetuosidad. El señor de Guilleroy acabó diciendo con tono profundo y convencido.
Es un gran hombre, pero muy grande, que desea la paz, creyendo que las amenazas y los medios violentos son el mejor camino para lograrla. Es, en suma, un ilustre bárbaro de la Edad moderna.
—El que quiere el fin, quiere los medios —replicó Musadieu—. Concedo que desee la paz si me concede usted que siempre ha querido la guerra para obtener aquella. Esta es una verdad indiscutible y aplastante: en el mundo sólo se hace la guerra por la paz.
—¡La señora duquesa de Mortemain! —anunció el criado.
En la puerta apareció una mujer alta y robusta, que entró con solemnidad.
—¿Qué tal duquesa? —preguntó Guilleroy saliendo a su encuentro y besándole el extremo de los dedos.
Los otros dos hombres la saludaron con cierta familiaridad reservada. La duquesa tenía maneras cordiales y bruscas. Era viuda del general de Mortemain, y madre de una hija casada con el príncipe de Salia. Hija del marqués de Frandal, de alta prosapia y riquísimo, recibía en su palacete de la calle de Varennes a todas las personalidades del mundo que allí se daban cita.
Ninguna Alteza pasaba por París sin comer en su mesa; ningún hombre hacía hablar de sí sin que ella sintiese deseo de conocerlo. Necesitaba verlo, hacerlo hablar y juzgarle, y esto la divertía extraordinariamente, ocupaba su vida y alimentaba la llama de curiosidad altanera y protectora que ardía en ella.
Apenas se hubo sentado la duquesa cuando el criado anunció a los barones de Corbelle. Eran jóvenes ambos, él grueso y ya calvo, y ella delgada, elegante y muy morena. Esta pareja ocupaba un lugar especial en la aristocracia francesa, debido a la escrupulosa elección de sus relaciones. Procedían de no muy egregia cepa, y valían, por sí, muy poco. Pero regulaban sus actos por un cariño inmoderado por todo lo que era escogido, distinguido y correcto.
A fuerza de pisar solamente las casas más tituladas, de mostrar sus sentimientos realistas, piadosos y correctos en grado sumo, de respetar lo respetable y despreciar lo despreciable, no engañándose nunca en punto a dogmas sociales ni dudando nunca en puntos de etiqueta, habían llegado a pasar a los ojos de muchos por la flor de la high-life. Su opinión era como un decreto de la corrección misma, y su presencia en una casa daba ejecutoría de respetabilidad.
Los Corbelle eran parientes del conde de Guilleroy.
—¿Y su mujer? —preguntó admirada la duquesa.
—Un momento, nada más que un momento —dijo el conde—. Ahora vendrá. Hay una sorpresa.
Cuando la señora de Guilleroy al mes de casada hizo su entrada en el mundo, fue presentada a la duquesa de Mortemain, quién la adoptó y protegió acto seguido.
Esta amistad no se había enfriado en veinte años, y cuando la duquesa decía “mi niña”, se notaba aún en su voz la emoción de aquella afección súbita y persistente. En casa de la duquesa ocurrió el encuentro del pintor y la condesa.
—¿Ha visto la duquesa la exposición de los Intemperantes —preguntó Musadieu acercándose a la duquesa.
—No, ¿qué es eso?
—Un grupo de artistas nuevos, impresionistas en estado de embriaguez. Dos de entre ellos son notables.
—No me gustan las bromas de esos caballeros —repuso desdeñosamente la duquesa.
Autoritaria y brusca, no admitía otra opinión que la suya, fundada únicamente en la conciencia de su posición social, y tenía a los artistas y a los sabios, sin darse buena cuenta, por mercenarios inteligentes encargados por Dios de distraer a la gente del gran mundo o servirla.
Sus juicios no tenían otra base que el grado de admiración o de placer, sin razonar que procuraba la vista de un objeto, la lectura de un libro o el relato de un descubrimiento.
Alta, robusta, pesada y con buena voz, pasaba por tener grandes modales, opinión que debía a que nada la turbaba, a que decía todo sin ambages, y a la protección que a todos dispensaba: a los príncipes destronados con sus recepciones en honor suyo, y hasta al Todopoderoso por sus mercedes al clero y sus donativos a los templos.
—¿Sabe la duquesa que se cree haber dado con el asesino de Maria Lambourg? —preguntó Musadieu.
—¡No! Cuénteme eso —dijo sintiéndose bruscamente interesada.
Y contó con detalles el caso. El viejo Musadieu, alto, chupado, con su chaleco blanco, sujeta la pechera con botones de diamantes, hablaba sin gesticular, con su ademán correcto, que le permitía exponer sin alarma los conceptos más escabrosos, arte en que era especialista. Era un miope y a pesar de sus lentes nunca parecía ver a nadie. Cuando se sentaba se hubiese creído que su armazón óseo seguía y se amoldaba en las líneas de la butaca; su torso doblado se achicaba, como si la columna vertebral hubiera sido de caucho; sus piernas cruzadas una sobre otra, parecían dos madejas retorcidas, y los brazos posados en los del sillón dejaban caer las manos pulidas terminadas por largos dedos. Su pelo y su bigote, artísticamente teñidos, pero dejando ver algún hilo blanco hábilmente olvidado, eran motivo de crítica con frecuencia.
Estaba contando Musadieu a la duquesa que las joyas de la cortesana asesinada habían sido regaladas por el presunto asesino a otra mujer de la misma especie cuando se abrió la puerta del salón y aparecieron dos mujeres con los brazos en los talles y sonriendo. Iban vestidas de encajes blancos y blondas sobre fondo de Malinas crema, y se parecían como dos hermanas de edades diferentes que fuesen una más dura, más hecha, y la otra más fresca y espigada.
Se acogió su entrada con exclamaciones y aplausos. Nadie, fuera de Oliverio, sabía nada del regreso de Anita de Guilleroy. La aparición de la hija junto a la madre, hizo que se hallase encantadoras las dos, porque de lejos parecía la condesa tan fresca y hasta más bella que su hija, como flor y abierta y en todo su esplendor, mientras que Anita era como el capullo entreabierto y empezaba solamente por ser bonita.
La duquesa aplaudía encantada y exclamando:
—¡Pero que bien están juntas, Dios mío! Mire, señor de Musadieu, mire cómo se parecen.
Se comparó a la madre con la hija y hubo dos opiniones. Según parecer de Musadieu, de los Corbelle y del conde, Any y su hija sólo se parecían en el color, en los cabellos, y sobre todo, en los ojos, que eran los mismos, que estaban igualmente salpicados de puntitos negros como gotitas de tinta caídas en el iris azul. Pero añadían que en breve plazo y cuando la joven fuese una mujer, ya no se parecerían.
Según la duquesa y Oliverio, las dos se parecían y sólo había diferencia en la edad.
—¡Cómo ha cambiado en tres años! —decía el pintor—. No la conozco y no quiero tutearla ya.
—¡Cómo! —replicó riendo la condesa—, ¡tendría gracia que hable de “usted” a Anita!
—Yo seré quien no se atreverá a usar del “tú” con el señor Bertin —repuso la joven, que dejaba ya asomar en sus modales tímidamente resueltos la desenvoltura que había de tener.
—Puedes seguir esa mala costumbre, te lo permito —dijo su madre sonriendo—. Ya reanudará las amistades.
Anita movió negativamente la cabeza.
—No —dijo—, eso me molestaría.
La duquesa la besó y la examinó como perita interesada.
—A ver, nena, mírame a la cara... Sí, tienes la misma mirada de tu madre, ya serás algo en cuanto brilles un poco. Hay que engordar algo, no mucho; estás delgada.
—No le diga eso —dijo la condesa.
—¿Por qué no?
—Porque es muy bonito estar delgada; yo voy a procurar adelgazarme.
La duquesa se enfadó, olvidando, con sus raptos de viveza la presencia de una joven.
—¡Siempre así! —exclamó—. Está por el hueso porque se viste mejor que la carne. Yo soy de la generación de las mujeres gruesas. Lo que dice me recuerda las vacas de Egipto, y no comprendo cómo los hombres se contentan con sus armazones. En mis tiempos tenían otro gusto; pero ahora lo dejan todo para la modista y nada para la intimidad...
Se calló al ver las sonrisas de todos, y añadió:
—Mira a tú mamá, nena; ponte como ella, ni más ni menos.
Pasaron todos al comedor, y cuando estuvieron sentados, Musadieu prosiguió la discusión:
—Yo sostengo que los hombres deben ser delgados —dijo —porque han nacido para ejercicios que reclaman destreza y agilidad incompatibles con la obesidad. En las mujeres es distinto. ¿No opina como yo, Corbelle?
Corbelle se quedó perplejo, porque la duquesa era gruesa y su mujer más que delgada. Pero la baronesa acudió en auxilio de su marido, pronunciándose por la esbeltez. Precisamente el año anterior hubo de luchar ella contra el principio de la obesidad, que logró dominar en seguida.
—¿Y qué hizo? —preguntó la señora de Guilleroy.
La baronesa explicó el método seguido por las mujeres elegantes del día, que consistía en no beber en las comidas y tomar solamente una hora después una taza de té hirviendo. Era de éxito seguro, y citó casos de mujeres gruesas que en tres meses se habían quedado como cuchillos.
—¡Pues es tonto mortificarse de ese modo! —dijo con enfado la duquesa—. Con esa dieta acaba porque no le guste ni el champagne. Vamos a ver, señor Bertin, usted que es artista, ¿qué opina?
—Yo soy pintor, señor, y visto con el pincel. Si fuese escultor, tal vez me quejase.
—¿Yo? Pues... una elegancia... bien mantenida, la que llama mi cocinera un pollo cebado, que no está gordo, pero si lleno y fino.
El símil hizo reír, pero la condesa seguía en sus trece y miraba a su hija diciendo:
—Es muy agradable estar delgada; las mujeres delgadas no envejecen.
Este punto se discutió también y dividió a la reunión, pero todos convinieron en una cosa: que no era conveniente que una persona demasiado gruesa adelgazase rápidamente. Esta observación dio ocasión para pasar revista a algunas mujeres conocidas y a nueves dimes y diretes sobre su gracia, su elegancia o su belleza.
Musadieu opinaba que la rubia marquesa de Lochrits era incomparablemente guapa, mientras que Bertin creía que no tenía rival la señora de Mandelière, que era morena, de frente bien asentada y de boca un poco grande, en la que blanqueaba la dentadura.
Estaba Oliverio sentado junto a la joven, y de pronto se volvió a ella y le dijo:
—Oye bien, Anita: al menos una vez por semana y hasta que seas vieja oirás repetir lo que hemos dicho. En ocho días aprenderás de memoria cuanto piensa la gente sobre la política, las mujeres, las obras dramáticas, etc. Te bastará cambiar los nombres o los títulos de tanto en tanto, y una vez oídos todos los pareceres tú formarás el tuyo sosegadamente, como cumplimiento del deber de tener uno. Y después no necesitarás volver a pensar porque podrás descansar con la opinión hecha.
La joven no contestó y lo miró maliciosamente con sus ojos en que destellaba una inteligencia nueva, despierta, viva, y como sujeta hasta entonces y dispuesta a volar.
Pero la duquesa y Musadieu, que jugaban con las ideas como a la pelota, sin ver que siempre se cambiaban las mismas, protestaron en nombre del pensamiento y de la actividad humana.
Bertin se esforzó entonces por demostrar que la inteligencia de la gente elevada, aun la más instruida, carece de valor, o fundamento y de empuje, que sus creencias están pobremente basadas, que su gusto por los placeres del espíritu es débil e indiferente, que sus aficiones son tornadizas y dudosas.
Tocado por uno de esos accesos de indignación, mitad verdaderos y mitad ficticios que provoca el deseo de ser elocuente, y que refuerza un criterio claro de ordinario oscurecido por la benevolencia, demostró que la gente que tiene por únicas ocupaciones de la vida hacer visitas y comer fuera, acaban de modo fatal e irresistible por ser figurillas ligeras y bonitas, pero huecas, vagamente agitadas por cuidados, creencias y ambiciones superficiales.
Hizo ver que en ellas nada hay profundo, ardiente ni sincero, que su cultura intelectual es nula, y su erudición un barniz, y que son, en suma, maniquíes que remedan los gestos de gente de calidad sin tenerla.
Probó que nada quieren porque las débiles raíces de sus instintos agarran en las convenciones y no en las realidades, y que el lujo de su existencia es una satisfacción a su vanidad y no el culto de una pasión refinada del cuerpo, puesto que en casa de esta gente se come mal y se bebe peor, pero pagado muy caro.
—Viven —añadió— aparte de todo, sin ver ni penetrar en nada, junto a la ciencia, que desconocen, junto a la naturaleza a la que no saben ver; aparte de la felicidad, porque son impotentes para gozar ardientemente de algo; aparte de las bellezas del mundo o del arte de que hablan sin haberlas visto y hasta sin creer en ellas, pues ignoran que cosa es la embriaguez que dan los goces de la vida y la inteligencia, y son incapaces de adherirse a una cosa para adorar sólo en ella y de interesarse en nada hasta el punto de saturarse en la felicidad de comprenderla.
El barón de Corbelle creyó su deber tomar la defensa de los ausentes. Y lo hizo con argumentos inconsistentes e irrefutables de esos que se funden ante la razón como la nieve al calórico; razonamientos impalpables, absurdos y contundentes como los que emplearía un cura de misa y olla para demostrar la existencia de Dios. Acabó comparando a la gente del gran mundo con los caballos de carrera, que no sirven, ciertamente, para nada, pero que son gloria de la raza caballar.
Amoscado Bertin ante aquel adversario, guardó silencio desdeñoso y cortés, pero la imbecilidad del barón lo irritó, y cortándole bruscamente el discurso refirió la vida de un hombre bien educado desde que se levanta hasta que se acuesta.
Se veía primeramente al caballero, vestido por su ayuda de cámara, desarrollando unas cuantas ideas generales ante el peluquero que iba a afeitarlo, y después, al dar el paseo matinal, preguntando a los mozos de cuadra por la salud de los caballos. Después de trotar por las avenidas del bosque, cuidando únicamente de saludar y ser saludado; luego el almuerzo con su mujer (quién por su parte ha salido en su cupé), y enumerándole las personas vistas por la mañana; más tarde, por la noche, de salón en salón, para fortificar la inteligencia con el trato de sus semejantes, o comiendo en casa de un príncipe donde se discuta la actitud de Europa. Y concluía la noche en el “foyer” del cuerpo de baile de la ópera, en el que su afán de vividor y corrido se satisface con aquello, con el inocente placer de pisar un sitio mal afamado. Sin que hubiera alusión mortificante para nadie, era tan exacto el retrato que todos rieron.
Movida la duquesa por su alegría contenida de obesa, reía discretamente y acabó por decir:
—Es demasiado; va a hacerme morir de risa.
—Señora —replicó Bertin muy excitado—, nadie se muere de risa en el gran mundo; apenas se ríe ya, porque lo que se hace es aparentar que nos reímos. Se imita bien la mueca, no más. Vaya a los teatros populares y vea reír también. Visite los camastros del soldado, y lo verá reír hasta llorar, ante las gracias de uno de ellos. Pero en nuestros salones no se ríe, porque en ellos se hace simulacro de todo, hasta de eso.
—Permítame... es muy severo —dijo interrumpiendo Musadieu—. Me parece que usted mismo no desprecia ese gran mundo del que tan bien se burla.
—¿Yo? Al contrario: me gusta —contestó Bertin sonriendo.
—¿Entonces...?
—Entonces... le diré que también me desprecio un poco como mestizo de raza dudosa.
—Eso es sólo por hablar —dijo la duquesa.
Oliverio se defendió de la acusación, y la duquesa cerró la discusión declarando que a todos los artistas les gustaba hacer tomar gato por liebre. Se generalizó luego la conversación amistosa y discreta.
La comida tocaba al fin, y de pronto dijo la condesa señalando sus copas llenas:
—No he bebido nada, ni una gota; veremos si adelgazo.
Enfadada la duquesa quiso que bebiera uno o dos sorbos de agua mineral, pero fue en vano.
—¡Tonta! —exclamó —, ¿a qué la vuelve loca su hija? Le ruego, Guilleroy, que impida a su mujer hacer semejante tontería.
El conde estaba explicando en aquel momento a Musadieu un sistema de desgranadora mecánica inventada en América, y no había oído.
—¿Qué locura, duquesa?
—La de hacer adelgazar.
El conde miró a su mujer benévolo e indiferente.
—El caso es que no he adoptado la costumbre de contrariarla —dijo.
La condesa se había levantado tomando el brazo de su vecino de mesa, el conde ofreció el suyo a la duquesa, y todos pasaron al salón grande. El saloncito tocador se reservaba para las recepciones de día.
Era el salón una pieza amplia y clara.
Las paredes, cubiertas de hermoso revestimiento en seda azul pálido de dibujo antiguo, tomaban tono lunar con la luz de las lámparas y la araña.
En el centro del entrepaño mayor, el retrato de la condesa, hecho por Oliverio, parecía vivir y animarlo todo. Estaba allí como en casa propia, derramando en el salón su sonrisa de mujer joven, la gracia de su mirada y el encanto de sus cabellos rubios.
Era ya casi costumbre, como el hacer la señal de la cruz al entrar en la iglesia, detenerse ante el retrato y cumplimentar a la modela por la obra del pintor.
Musadieu no faltaba jamás a la costumbre. Su opinión de experto pagado por el Estado tenía gran valor, y creía deber suyo alabar convencido el valor de aquella pintura.
—Verdaderamente —dijo— es éste el mejor retrato moderno que conozco; tiene una vida prodigiosa.
El conde, que creía poseer una obra maestra en fuerza de oírla alabar, se acercó. Durante un par de minutos, ambos acumularon sobre la tela todas las fórmulas usadas y técnicas sobre las cualidades aparentes o intencionadas del lienzo.
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